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HISTORIA Y FICCIÓN

LA ESCRITURA DE LA HISTORIA GENERAL Y NATURAL DE LAS INDIAS DE GONZALO FERNÁNDEZ DE OVIEDO Y VALDÉS (1478-1557)

HISTORIA Y FICCIÓN

LA ESCRITURA DE LA HISTORIA GENERALY NATURAL DE LAS INDIAS DE GONZALO FERNÁNDEZ DE OVIEDO Y VALDÉS (1478-1557)

Alexandre Coello de la Rosa


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© Alexandre Coello de la Rosa, 2012

© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2012

Publicacions de la Universitat de València

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publicacions@uv.es

Diseño de la maqueta: Inmaculada Mesa

Ilustración de la cubierta: Franz von Stuck, Amazona herida,

Museo Van Gogh, Amsterdam

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-370-9033-7

ÍNDICE

Ilustraciones

Agradecimientos

Introducción

Capítulo 1. El héroe y su reverso

1.1. Introducción: historia, realidad y ficción

1.2. Historia y verdad en la producción literaria colonial

1.3. Héroes del Nuevo Mundo

1.4. El reverso del héroe

1.5. Reflexiones finales

Capítulo 2. El modelo cidiano en la conquista de San Juan de Puerto Rico

2.1. Introducción

2.2. De La Española a San Juan de Puerto Rico (1503-1508)

2.3. La sublevación de los indios tainos de San Juan de Puerto Rico (1511-1513)

2.4. Diego de Salazar o el héroe cidiano en la conquista de San Juan de Puerto Rico

2.5. Reflexiones finales

Capítulo 3. Gigantes y patagones como relato épico retórico

3.1. Introducción

3.2. El héroe homérico como proyecto moral

3.3. Los salvajes patagones como relato épico retórico

3.4. Reflexiones finales

Capítulo 4. Las hijas de Marte en el Nuevo Mundo

4.1. Introducción

4.2. Las amazonas de las Antillas y Nueva España

4.3. Gonzalo Jiménez de Quesada y las amazonas del Nuevo Reino de Granada

4.4. Gonzalo Pizarro y las amazonas del río Marañón

4.5. Reflexiones finales

Conclusiones

Bibliografía

Índice onomástico

ILUSTRACIONES

1. «Lirio». «Manuscrito Montserrat» de la Historia General y Natural de las Indias de Gonzalo Fernández de Oviedo (HM 177, Vol. II, f. 78r). Libro XI, Capítulo VII, sobre hierbas y plantas. Cortesía de la Henry E. Huntington Library (San Marino, EEUU).

2. «Perorica». «Manuscrito Montserrat» de la Historia General y Natural de las Indias de Gonzalo Fernández de Oviedo (HM 177, Vol. II, f. 78v). Libro XI, Capítulo VIII, sobre hierbas y plantas. Cortesía de la Henry E. Huntington Library (San Marino, EEUU).

3. Firma del capitán Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés. Colección Salazar y Castro. Cortesía de la Real Academia de la Historia.

4. «Lavando oro en batea». «Montserrat Manuscript» de la Historia General de Oviedo (HM, 177, Vol. I, f. 18v). Libro VI, Cap. VIII sobre «Depósitos» o «Misceláneas». Cortesía de la Henry E. Huntington Library (San Marino, EEUU).

5. Theodor de Bry, América (1590-1634). Lámina V (Libro IV, 1594: «Quisieron los indios probar si eran inmortales los españoles, y ahogaron a un español, llamado Salcedo, en el mar»). Madrid: Editorial Siruela, 1995.

6. Theodor de Bry, América (1590-1634). Lámina XV (Libro IV, 1594: «Descubrimiento del Mar de Magallanes»). Madrid: Editorial Siruela.

7. Theodor de Bry, América (1590-1634). Lámina VI (Libro X, Parte 1ª, 1618: «De cómo son recibidos Amerigo Vespucci en una ínsula habitada por gigantes»). Madrid: Editorial Siruela.

8. Gonzalo Fernández de Oviedo, Libro XX de la Segunda Parte de la General Historia de las Indias, Cap. VI. «Rancho o casa de los gigantes», Valladolid, 1557, folio 24. Cortesía de la John Carter Brown Library, Brown University (EEUU).

A la memoria de Álvaro Félix Bolaños (1956-2007)

¡Ay, breve vida intensa

de un día de rosales secular

pasaste por la casa

igual, igual, igual

que un meteoro herido, perfumado

de hermosura y verdad!

Miguel Hernández, Cancionero y romancero de

ausencias, 1938-1941

AGRADECIMIENTOS

Hace ya algunos años que me intereso por la Historia General y Natural de las Indias (1535-1549) de Gonzalo Fernández de Oviedo. A diferencia de otros historiadores, más interesados en la figura del cronista como naturalista o geógrafo, mi trabajo enfatizaba que su exaltación de la naturaleza americana minimizaba las contradicciones del imperialismo colonial español. Estas contradicciones, que iban desde el extraordinario despoblamiento de la población nativa en el Caribe hasta los conflictos políticos y económicos entre las diversas facciones de conquistadores, acabaron con el «paraíso terrenal» descrito por Cristóbal Colón y llevaron a la Corona a implementar un mayor control de sus posesiones en el Nuevo Mundo (De la Naturaleza y el Nuevo Mundo. Maravilla y Exotismo en Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, 1478-1556, Madrid, 2002).

Este libro, que analiza la narratividad del discurso historiográfico de Oviedo, tiene una deuda intelectual con numerosos amigos y colegas que en los últimos años han leído y comentado muchas de sus secciones. Mención especial merecen Leonidas Emilfork Tobar, Anne Garland Mahler, Karl Kohut, Guy Rozat, Juana Martínez Gómez, Esteban Mira Caballos, Jesús Pérez-Magallón, Kathleen A. Myers, Gustavo Verdesio, Consuelo Varela, Álvaro Baraibar, Ashley Nelson, Lorna Polo Alvarado, mi esposa, Patrícia Pou i Vila, Karen Stolley, Vicent Olmos por su interés en editar este libro, y muy especialmente, Álvaro Félix Bolaños, experto oviedista y profesor del Department of Romance Languagues and Literature de la Universidad de Florida (EEUU), fallecido en la primavera del 2007. En los últimos años compartimos nuestro interés por la obra del cronista madrileño, a quien Félix dedicó su tesis doctoral. Este libro está dedicado a la memoria de un hombre generoso.

INTRODUCCIÓN

la historia de las cosas pasadas tiene valor y precio inestimable porque es conservadora de la memoria y mensajera de la verdad y da mucha causa de deleite y de honesta utilidad... E como quiera que los preceptos y doctrinas de la filosofía informen y enseñen la vida de los hombres con mucho provecho y hermosura, con mayor utilidad y más hermoseadamente lo hacen las lecciones historiales.1

En los últimos se ha revitalizado el interés por la obra de Gonzalo Fernández de Oviedo (Madrid, 1478 – Santo Domingo, 1557). Conocido habitualmente por su obra americanista, lo cierto es que el ilustre madrileño fue, además de Cronista Real de las Indias y alcalde de Santo Domingo, autor de una novela de caballería, Don Claribalte (1519), genealogista, historiador de la España del dieciséis, experto en heráldica y viajero incansable. Como señala el epígrafe anterior, la verdad fue siempre para Oviedo la suprema deidad. Para transmitirla a sus lectores, siguiendo el ideal erasmiano,2 Oviedo recurrió a lo antiguo y lo moderno, a lo moral y a lo natural, a la historia y a la ficción.

Los orígenes del cronista fueron modestos. Nacido en el seno de una familia hidalga de origen asturiano, en 1478, en Madrid, Oviedo entró en contacto por primera vez con el pensamiento humanista en la casa ducal de Alonso de Aragón, segundo duque de Villahermosa y sobrino de Fernando el Católico, donde trabajó como paje de su hijo primogénito.3 Tres años después, a los catorce años de edad, fue transferido a la corte itinerante de los reyes Fernando e Isabel, ocupando el puesto de mozo de cámara del príncipe Juan, el único hijo varón y heredero al trono de los Reyes Católicos, con un sueldo de ocho mil maravedíes y título firmado por la misma reina.4 En aquel ambiente cortesano, formado por mayordomos, secretarios, tesoreros, notarios, escribanos y cronistas fue donde se familiarizó con el pensamiento, la erudición y las fuentes del saber humanista y clásico que el heredero recibía de su tutor, el catedrático salmantino fray Diego de Deza (luego Inquisidor General),5 así como de destacados humanistas italianos, como del siciliano fray Bernardo Gentile, de Alejandro Giraldino, de Perugia, de Lucio Marineo Sículo –llegado a España en 1484, donde permaneció hasta su muerte en 1533– y de Pedro Mártir de Anglería (ca. 1457-1526), o Anghiera –traído de Italia en 1487 por el Conde de Tendilla y nombrado «Maestro de los caballeros de la Corte en las Artes Literarias».6 Pero más importante aún, aquel ambiente de «Minerva y de Marte», según escribió el mismo Oviedo, le ayudó a configurar una ideología letrada basada en los valores hispanos y en la dedicación y la lealtad exclusivas al rey.7

Su presencia en las cortes generales de Aragón, celebradas en Barcelona y Zaragoza en 1493, le permitió familiarizarse con las primeras noticias sobre tierras desconocidas y productos exóticos, así como conocer a personalidades relevantes de la vida política y económica del Nuevo Mundo. Entre ellos cabe destacar a Vicente Yánez Pinzón, Nicolás de Ovando, y sobre todo, a Cristóbal Colón, a quien conoció en 1493 y cuyo hijo Diego sirvió como paje –oficio de mayor prestigio que el de mozo de cámara– en el séquito principesco.8 La repentina muerte del príncipe, pocos meses después de su matrimonio con Margarita de Habsburgo, hija del emperador Maximiliano I (1459-1519), en la ciudad de Burgos (4 de octubre de 1497), le hizo perder su lugar en la corte y buscar fortuna en Italia (1499-1502), donde entró al servicio de distintos señores –Ludovico Sforza, apodado «El Moro», el cardenal Juan Borja, sobrino-nieto de Alejandro IV, Isabel de Aragón, don Fadrique Enríquez de la Cabrera– y aprendió de los intelectuales del Renacimiento italiano.

De vuelta a España en 1502, Oviedo entró al servicio de Don Fernando de Aragón, hasta que en 1512 el duque de Calabria fue encerrado en el castillo de Játiva.9 Participó también en la campaña del Rosellón –cuando los franceses apresaron Sales– y a principios de 1505 regresó a la villa de Madrid con el fin de obtener una escribanía pública. En 1506 –año de la muerte de Felipe I «el Hermoso»– trabajó como notario público y secretario del Consejo de la Santa Inquisición de los cuatro obispados de Osma, Sigüenza, Cuenca y Calahorra, en tiempos del por entonces Inquisidor General fray Diego de Deza, cesando en 1507. Hacia 1502 se casó con la bella Margarita de Vergara profundamente enamorado y cuya pérdida (1505) le costó mucho aceptar.10 Pocos años después, el 14 de diciembre de 1507, la reina Juana lo nombró «mi notario e escribano público en la mi corte e todos mis reinos e señoríos». Sin embargo, sus ambiciones personales le llevarán siempre a desdeñar dicho oficio.11

Alrededor de 1509 contrajo segundas nupcias con Isabel de Aguilar. Nombrado secretario del «Gran Capitán», don Gonzalo Fernández de Córdoba, duque de Terranova, Oviedo estaba nuevamente preparado para volver a Italia formando parte de las tropas de la Liga Santa contra Francia, después de la victoria francesa en Rávena (1511-1512). Llegó a vender parte de sus bienes para cumplir su objetivo, dejando a su mujer, a su tío Juan de Oviedo y a su primo –oficiales en la secretaría del aragonés Lope de Conchillos y Quintana– con poderes notariales para que le representaran en la corte.12 Pero, en 1513, el bloqueo de los planes militares de la Corona con respecto a sus dominios italianos de Cerdeña, Sicilia y Nápoles llevó al Gran Capitán a disolver la armada.13 Frustrado y arruinado, satisfizo su curiosidad intelectual leyendo los libros de la prodigiosa Biblioteca d’Aragona, formada cuidadosamente en el Castel Nuovo de Nápoles por Alfonso V –apodado «el Magnánimo» y muerto en 1458– de Aragón y llevada a Valencia por su patrón, el duque de Calabria, quien se encontraba prisionero en el castillo de Játiva. Algunos meses después, agobiado por las deudas contraídas, Oviedo decidió convertirse en un soldado de fortuna y partir a las Indias como escribano mayor de minas, además de participar en diversos oficios para los negocios particulares del influyente secretario real Lope de Conchillos, como los de fundición y preparación de los metales preciosos, las escribanías de justicia criminal y civil, y sobre todo, entró en el negocio de herrar a los indios esclavizados en guerra justa, que garantizaba un ingreso fijo por esclavo herrado. Y por si todo ello no fuera poco, el 2 de noviembre de 1513 se hizo además con el puesto de Veedor de las fundiciones de la provincia del Darién,14 acompañando al nuevo gobernador Pedro Arias (Pedrarias) Dávila (1440?-1531) en una flamante expedición compuesta de 22 naves y carabelas y unos dos mil hombres que partió de Sanlúcar de Barrameda el 11 de abril de 1514 y desembarcó en el puerto de Santa Marta, en Tierra Firme, el 12 de junio de 1514.15

Después de haberse embarcado por dos veces a las Indias (abril de 1514; abril de 1520), Oviedo volvió a Castilla después de haber sido requerido por Pedrarias en otoño de 1523 para promover su destitución.16 En Santo Domingo se casó por tercera vez y última vez con Catalina Rivafecha.17 Tan pronto pisó tierras castellanas se concentró en la publicación el Sumario de la natural y general historia de las Indias (1526), un breve tratado de ochenta y seis capítulos que antecedió a la primera parte de la Historia General y Natural de las Indias (1535).18 A finales de septiembre de 1530 regresó por cuarta vez como procurador –o agente– de las municipalidades de Panamá y de Santo Domingo. Su trabajo consistía en acusar al cordobés Pedro de los Ríos –quien substituyó a Pedrarias, conocido como «el Galán» o «el Gran Justador», en la gobernación de Castilla del Oro en 1526– de defraudar los intereses de la Corona y de mala administración ante el Consejo Real de Indias (1518). Situado en medio del tráfico de influencias políticas y económicas de magistrados y oficiales reales, Oviedo consiguió que el ambicioso gobernador fuera destituido.19 A pesar de su efectividad como burócrata e intermediario en el nombramiento y destitución de los «malos gobernantes» coloniales de la época, Oviedo perdió en mayo de 1532 la gobernación de Cartagena que ambicionaba durante tanto tiempo.20 En compensación, Francisco de los Cobos, un influyente secretario del Consejo de Finanzas del Emperador (muerto en 1547),21 concedió a Oviedo un salario de 30.000 maravedíes anuales para averiguar las cosas concernientes a la geografía y la historia del Nuevo Mundo, con la obligación de enviarlas al Consejo para ser incorporadas a la Crónica Real de Castilla.22 A finales de mayo, Oviedo pidió al Consejo de Indias que le permitiera renunciar a la veeduría del Darién a favor de su único hijo Francisco Fernández de Valdés –que contaba veintitrés años y murió ahogado al intentar cruzar un río cerca de Arequipa en noviembre de 1536, cuando iba en compañía de la hueste de Diego de Almagro, de regreso de la fabulosa expedición a Chile. Con más de cincuenta años y amoldado a la vida y al clima de Santo Domingo, las Cortes de Castilla vieron con buenos ojos el nombramiento oficial de Oviedo como cronista real el 18 de agosto de 1532 –un cronista erudito y castellano, no un cronista agente de propaganda e italiano– en un momento crucial de debate acerca de la legitimidad del dominio político de las Indias.23

A lo largo de los siglos XVI y XVII, la historiografía indiana –sin duda el género literario más significativo de la historiografía española temprana– experimentó una notable expansión. Historiadores y/o cronistas de la época, como Pedro Mártir de Anglería, Francisco López de Gómara o el mismo Fernández de Oviedo, produjeron una nueva historia en lo que Michel de Certeau definió alegóricamente como escribir en una «página en blanco», convirtiéndose en figuras clave de la nueva economía escriturística del Renacimiento español. Escribir historias en el mundo medieval no tenía que ver con la adquisición de nuevos saberes sino con la acumulación de lo ya sabido. A partir del siglo XVI la concepción historiográfica del humanismo tenía mucho que ver con el reconocimiento de los grandes modelos clásicos –como Polibio, Salustio, Tácito o Tito Livio– y retóricos. Pero también con las pretensiones de una mayor proyección internacional de la monarquía española y el mecenazgo. La actitud del historiador hacia el pasado ya no es de una simple imitación de los modelos antiguos, sino de una revisión de los mismos para las necesidades del presente.24 Siguiendo al pensador francés, la escritura de la historia reinventa continuamente los eventos de la experiencia pasada y los convierte en un producto cultural que se extiende más allá de las experiencias particulares o individuales de sus protagonistas, contribuyendo a satisfacer los intereses de una cultura expansiva y hegemónica.25

Como sabemos, la Historia General y Natural de las Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano –recordemos que Fernández de Oviedo es el primero que utiliza el término para designar la historia de la totalidad de las nuevas tierras descubiertas– se publicó por primera vez el 30 de septiembre de 1535 (Sevilla: Juan Cromberger) y parcialmente el 2 de mayo de 1547 (Salamanca: Juan de Junta).26 La segunda y la tercera parte fueron publicadas conjuntamente por Amador de los Ríos en cuatro grandes volúmenes en Madrid en 1851-1855.27 Recientemente, historiadores como Jesús María Carrillo (2003, 2004) y Antonio Barrera (2006) han señalado que el Sumario de la natural historia de las Indias (Toledo, 1526) y la Historia (Sevilla, 1535) son las primeras obras ilustradas de un funcionario real encargado de desentrañar y sacar a la luz la materialidad americana –vegetación, animales y modos de vida– a través de la acción y la voluntad científica –el «querer saber»– de sus protagonistas.28 La construcción de un modelo de autoridad basado en la experiencia directa, vivencial, le permitirá al Oviedo naturalista inventariar y clasificar esa materialidad como lo habían hecho los Antiguos, en especial Aristóteles y su admirado Plinio Segundo –el Viejo (23-79 DC).29 Para ello no utilizará un vocabulario ex novo y unitario, sino que, como apunta Carrillo, intentará reproducir en la medida de lo posible la singularidad de lo ya existente –la «novedad»– mediante un estilo sencillo y llano. Esta correlación entre lo visible y lo nombrable significa que los españoles debían aprender a «leer» el Nuevo Mundo tal y como se presentaba ante sus ojos, observando las virtudes estéticas de las especies y las posibilidades de transferirlas a un lenguaje visual.30 Cínicamente, a mediados de 1540, Oviedo lamentaba que sus fuentes de información estuvieran desapareciendo, y con ellos, el conocimiento empírico de las «cosas» americanas, sin advertir que dicho conocimiento dependía de su papel como agente observador del presente colonial y de los requerimientos –políticos, económicos, morales– del sistema social del que formaba parte.31

Como señala Mercedes Serna, la «verdad histórica» del Renacimiento se relacionaba con la capacidad de evocar una realidad espiritual oculta a los ojos de los hombres vulgares, pero accesible a los dotados de una visión poética. La historiografía española del siglo XVI, por tanto, incorporaba leyendas y profecías que provenían de la tradición bíblica o grecolatina.32 Este es el caso de la Historia General y Natural de Fernández de Oviedo, una obra compuesta por un conjunto de relatos y narraciones legendarias, interpolaciones episódicas, digresiones anecdóticas, diálogos ficticios, en suma, estilos de contar las experiencias vividas en el Nuevo Mundo, impregnadas de providencialismo y de otros juicios de valor procedentes de una formación retórica tradicional –Aristóteles, Cicerón, Quintiliano– y de la pastoral judeocristiana.33 La particularidad y la contingencia de los hechos históricos –informes, cuestionarios, etc.– autorizaban la Historia en tanto eran verdaderos. Pero, como ha señalado J. M. Carrillo (2003), ese «discurso de la verdad» utilizó imágenes o concepciones para representar la viveza e inmediatez de lo narrado.34 Imágenes que, como es sabido, reproducían discursos coloniales con significados de alto contenido exegético, ideológico y mesiánico.

Hayden White fue uno de los primeros en preguntarse sobre el estatus literario-historiográfico de los textos coloniales, señalando las conexiones entre la actividad del historiador y el novelista. Desde el campo de la crítica literaria, White sostiene que la intención política y social de un texto historiográfico puede rastrearse a partir de la estructura narrativa y arquetípica de su autor.35 De acuerdo con esto, observamos que Oviedo inscribe su obra en el marco elegante de la cultura clásica renacentista.36 Su estilo literario es propio de la historia panegírica o encomiástica (laudatio y exordio), configurando un discurso salpicado de héroes arquetípicos de un orden teleológico cristiano en lucha contra las fuerzas del mal. Al otro lado se situaban los «indios flecheros» o caribes, que se complacían en ser licenciosos y practicaban el canibalismo de acuerdo con una lógica colonial.37 Estas prácticas corrompidas, al tiempo que horrorizaban a los europeos, alimentaban su fascinación por otros pueblos monstruosos con particularidades extrañas y diversas, como las amazonas, los pigmeos, los nereidos u hombres marinos y los gigantes patagones, que pertenecían a la mitología medieval, heredada de la patrística y del topos pliniano.38

Dentro de la historiografía indiana existen dos géneros o tipos discursivos que influyeron decididamente en la construcción de la Historia ovetense. Dos procedimientos narrativos que evolucionaron en el transcurso del siglo XII y que se extendieron por toda España hasta alcanzar los territorios por ella conquistados: uno, literario, basado en el texto o narración –narratio o ars narrandi– que recupera y organiza los hechos pasados como parte de un género discursivo retórico –rerum gestarum– a través de la composición de cantares de gesta, relatos de viajes, novelas de caballerías e historia moral, y otro, historiográfico, que busca explicar los hechos históricos en un sentido moderno; esto es, dar cuenta de las particularidades de los acontecimientos a través del criterio de verdad que reflejan lo «visto» y lo «vivido» –res gestae.39 Pero como ya señaló José Antonio Maravall, la autoridad moral del hombre sabio no se vio súbitamente reemplazada por la autoridad del testigo ocular e investigador de los acontecimientos.40 El «yo estuve allí» como transmisor de conocimientos de primera mano evocaba una presencia participatoria que se remontaba a Tucídides (455-395 AC), Polibio (208-126 AC) y Flavio Josefo (37-95 DC),41 un contacto sensitivo –la vista, el tacto, el olfato, el sabor, e incluso el sonido– con la naturaleza americana, una tangibilidad de percepción que se correspondía con los acontecimientos del presente americano. También sugería un conocimiento acumulativo, enciclopédico, que favoreció la progresiva revisión y el cuestionamiento de enunciados anteriores, abriendo la posibilidad de añadir nueva información sobre los límites del mundo a través de una nueva cultura del viaje de gran popularidad durante el Quattrocento italiano (1350-1550).42

La unidad de estos procedimientos o grupos narrativos depende de una serie de principios reguladores que definen y delimitan una formación discursiva (e.g., la historiografía o ars historiae de mediados del siglo XVI) sobre la base de lo que Walter D. Mignolo ha definido como metatexto. O lo que es lo mismo, el «medio» a través del cual una disciplina (e.g., la historia, la literatura) controla la producción de discursos (texto, narración) y el dominio de objetos (e.g., el contenido del texto en cuestión).43 La inclusión de unos pasajes meta-textuales, prólogos o proemios al inicio de cada libro, inspirados en la Historia Naturalis de Plinio, proporcionaban un sentido de orden que justificaba la lógica específica de cada uno de ellos en relación con el esquema general de la obra.44

La Historia, que integra los ochenta y seis capítulos contenidos en De la Natural Historia de las Indias (más conocido como Sumario), además de la historia española hasta la fecha, buscaba un lugar en el contexto literario del Renacimiento para lo que había sido designado en la primera edición de la Geografía (1513) de Claudio Ptolomeo como terra incognita. Mientras que Alberto M. Salas sostuvo que el gusto de Oviedo por describir las novedades y lo maravilloso podría compensar por cualquier descuido en el orden expositivo,45 Stephanie Merrim planteó que esta «totalidad amorfa» obedecía a una ideología premeditada –un estilo histórico y no el producto directo de las circunstancias– que estaba indisolublemente ligado a una poética renacentista en la que la contemplación de la naturaleza era el vehículo para la contemplación de Dios como hacedor.46

Una de las características esenciales del discurso natural ovetense es la creencia en la utilidad de todas las cosas naturales: «no hay cosa errada ni mal compuesta en la natura, porque el Maestro y Hacedor de ella, no pudo errar, ni hizo cosa desconveniente o sin provecho, pues que hasta en las ponzoñas y cosas nocivas hay secretos medicinales y excelentes propiedades; y cuanto son más varias y diferentes, tanto es más hermosa la Natura».47 Dios no había creado cosa inútil. Lo que hacía falta era tratar de averiguar su utilidad a través de la clasificación y la comparación. Antonio Barrera ha señalado que el Sumario formaba parte del interés de la Casa de Contratación de Sevilla y el Consejo de Indias por recopilar información acerca de la cosmografía, geografía y los recursos naturales y humanos del Nuevo Mundo.48 Oviedo describió la existencia de felinos, roedores, insectos, reptiles y aves conocidas y diferentes a las que había en España, confirmando la existencia de peces voladores («luengos del tamaño de sardinas»), siguiendo la tradición de los bestiarios medievales. Pero no hay que olvidar que aquellas imágenes exóticas y exuberantes que Oviedo envió a sus amigos y patronos españoles e italianos, al mismo tiempo que desafiaban los límites de la historia clásica sobre la irrepresentabilidad de lo natural, situaban sus descripciones al servicio de una ideología colonial expansionista que Oviedo compartía. Dicho instrumento informativo fue concebido como un «discurso de la verdad» que impuso un orden social y político sobre el Nuevo Mundo, de modo que el monarca pudiera ejercer de manera más eficaz su soberanía o dominio sobre los reinos hispánicos, tanto en su dimensión interior como internacional.49


Lirio.


Perorica.

Para muestra un botón. En la Historia General y Natural de las Indias (1535), Fernández de Oviedo sostuvo que los habitantes del Nuevo Mundo eran en realidad los descendientes de una diáspora visigoda, con lo cual redujo la singularidad del descubrimiento de Cristóbal Colón y las donaciones pontificias del Papa Alejandro VI (Inter Caetera I y II, 1493) a un segundo nivel.50 No se trataba del descubrimiento de un continente, sino del hallazgo no premeditado de unas islas lejanas, fabulosas, para la antigüedad mediterránea –las legendarias Hespéridas, o Hespéride– que tomaban su nombre del rey Hespero XII, uno de los veinticuatro antiguos reyes de España, según la versión propagada por Juan Annio de Viterbo, que las habría mandado descubrir más de tres mil años antes.51 El primer Almirante se convirtió, así, en un instrumento de la Providencia Divina al devolver el señorío de las islas antillanas a España, con lo que la verdad cognitiva quedaba supeditada a una verdad normativa o moral de orden superior.52 Esta exaltación de los valores «patrios» no era ajena a la historiografía tradicional, defensora de la restauración de la monarquía visigoda. Si Oviedo se alineó con esta postura «nacionalista» era para reivindicar los cronistas hispanos frente a la cultura grecorromana.53

Diversos historiadores (José Manuel Nieto Soria, Mª Dolores Pérez Baltasar) han llamado la atención sobre los recursos propagandísticos y legitimadores puestos al servicio de las necesidades políticas de la realeza Trastámara por algunos historiadores y miembros del clero, como Pablo de Santa María (1350-1435), Alfonso de Cartagena (1384-1456), Rodrigo Sánchez de Arévalo (1404-1470) y Lope de Barrientos (1382-1469). Todos ellos compartían un providencialismo de puras raíces medievales que identificaba lo castellano con lo hispánico, estableciendo conexiones entre los Trastámara y la realeza visigoda.54 La utilización del conocido recurso de remontarse a un pasado remoto y heroico, basándose en ese criterio tan típico de la mentalidad medieval, según el cual, cuanto más antiguo, más legítimo, llevó al capellán y cronista real de la reina Isabel, Diego Rodríguez de Almeida (1426-1489), a otorgar una antigüedad de cerca de mil años a la dinastía española (Compendio historial de las crónicas de España, 1476-1480).55 No debe sorprender, pues, que Fernández de Oviedo buscara también apoyos en el pasado visigodo para construir un modelo de verdad imperial adaptado a la realidad de la unificación y expulsión sarracena. El objetivo no era otro que ofrecer la imagen de una continuidad, la de la realeza española, ininterrumpida a través de los siglos, legitimando así las pretensiones universalistas de la nueva dinastía de los Habsburgo.56

De lo que no hay ninguna duda es que la narrativización de su experiencia –o la de otros– no produjo necesariamente un «discurso de la verdad». Además de la carga ideológica y ética que contiene, tampoco puede desligarse de la relación entre la «realidad-objeto» y los valores culturales e ideológicos del relator que la produce.57 De acuerdo con los influyentes trabajos de Roberto González Echevarría (1983), Enrique Pupo-Walker (1982), José Juan Arrom (1983), Stelio Cro (1989) y Jesús Mª Carrillo (2003, 2004) sobre los discursos coloniales, la crónica ovetense contiene ciertos rasgos de estilo propios de un género cuyo carácter tiene que ver indudablemente con la tradición historiográfica castellana e italiana. Asimismo, incorpora múltiples planos alegóricos e imaginativos, como el mito de la edad de oro difundido en las célebres Saturnalis de Luciano, o las no menos conocidas amazonas, que aunque son mitos clásicos por excelencia, pertenecen a una formación textual poética o literaria de plena actualidad durante el Quattrocento italiano. La posibilidad de utilizar dichas simbologías, tropos y alegorías, las cuales eran perfectamente vigentes a mediados del siglo XVI, proporcionaba a Oviedo una mayor libertad creativa en la elaboración de la Historia, proyectando una ejemplaridad moral que sería decodificada por una comunidad de lectores mediante una apropiación interpretativa.58 Negar, pues, la narratividad del discurso historiográfico conlleva olvidar el amplio sentido ideográfico que contiene la Historia de Fernández de Oviedo. Pero afirmar el carácter “literario” de la crónica ovetense por su utilización de figuras retóricas de diverso signo significa no entender las preceptivas historiográficas de la época. La presencia del ornato retórico no invalida su compromiso con la verdad histórica, pues su fin consistirá en proporcionar al lector una lección moral. No olvidemos que, como apunta S. Fabregat, el cronista madrileño era mayormente de formación autodidacta, y por lo tanto, la inserción retórica de mitos clásicos y medievales obedecía a la voluntad de justificar su erudición y autoría individual ante el Emperador y su audiencia.59 A continuación analizaremos algunos ejemplos que mostrarán la imposibilidad del cronista de despojarse de la práctica retórica del mito clásico en la elaboración de una historia nueva e imperecedera sobre las Indias.

1 G. Fernández de Oviedo, Epílogo real, imperial y pontificial, Biblioteca Nacional de Madrid, Ms. 6224, fol. 1, citado en J. B. Avalle-Arce, Introducción al Sumario, p. 11. Al respecto, véase también su Historia, Libro XXVIII, Cap. IV, pp. 186-187.

2 El primero en señalar la influencia del erasmismo en la obra ovetense fue M. Bataillon, Erasmo y España.

3 G. Fernández de Oviedo, Catálogo Real de Castilla, ff. 379r; J. B. Avalle-Arce, «Oviedo a media luz», p. 140; K. A. Myers, Fernández de Oviedo’s Chronicle of America, p. 12.

4 G. Fernández de Oviedo, Quinquágenas II (Las Memorias de Gonzalo Fernández de Oviedo, editadas por J. B. Avalle-Arce), [1555], p. 281; Fernández de Oviedo, Libro de la Cámara real del príncipe don Juan e officios de su casa e servicio ordinario, [1546-1548]. Véase también A. de los Ríos, «Introducción», p. XIII; J. de la Peña y Cámara, «Contribuciones documentales y críticas…», pp. 603-705; 631-640; D. Turner, Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés..., X-XII.

5 Para S. Fabregat Barrios, la erudición de Oviedo no proviene de la educación que hubiera podido recibir en la corte, pues él mismo decía que las lecciones diarias que el heredero recibía de fray Diego de Deza tenían lugar en la absoluta privacidad entre maestro y discípulo («Presencia y función de los mitos…», pp. 68-69).

6 Para un estudio de Mártir de Angleria y Gentile como representantes de la «historiografía oficial» de Carlos V, véase Druez, «Perspectives Comparées», pp. 84-95.

7 J. Mª Carrillo, «La teatralización de la verdad...», p. 11; Carrillo, Naturaleza e imperio..., pp. 32-33.

8 Oviedo describió a Colón como un hombre «más alto que mediano, e de recios miembros; los ojos vivos, e las otras partes del rostro de muy buena proporción; el cabello muy bermejo, e la cara algo encendida e pecoso». Además, consideraba al Almirante como el precursor de esta visión mesiánica, y como un hombre «bien hablado, cauto e de gran ingenio, e gentil latino, e doctísimo cosmógrafo» (G. Fernández de Oviedo, Historia, Tomo 117, Libro II, Capítulo II, p. 16). Por el contrario, el franciscano Jerónimo de Mendieta y Francisco López de Gómara, entre otros, pensaban que dicho honor debía corresponder a Hernán Cortés.

9 J. Pérez de Tudela Bueso, «Vida y escritos de Gonzalo Fernández de Oviedo», XXXIII.

10 Margarita de Vergara murió seis meses después de dar a luz a Francisco González de Valdés (noviembre, 1509), su segundo hijo (el primero nació muerto). Sus escritos revelan una profunda admiración por su esposa y el tremendo dolor de su pérdida (G. Fernández de Oviedo, Historia, Tomo 117, Libro VI, Capítulo XXXIX, pp. 197-198). Véase también K. A. Myers, Fernández de Oviedo’s Chronicle of America, p. 14.

11 J. Pérez de Tudela Bueso, «Vida y escritos de Gonzalo Fernández de Oviedo», XXXVII. Por ejemplo, Oviedo explicaba que el 15 de enero de 1508 vivía humildemente con un insignificante cargo de escribano en una notaría de Madrid (G. Fernández de Oviedo, Batallas y Quinquágenas, [1550-1552], pp. 148; 152).

12 J. Pérez de Tudela Bueso, «Vida y escritos de Gonzalo Fernández de Oviedo», XLI.

13 A. Gerbi, La naturaleza de las Indias nuevas..., p. 179.

14 Situada en el golfo de Urabá, el Darién era una zona aurífera que comprendía la costa de las Perlas (Veragua) y Castilla del Oro.

15 B. Aram, Leyenda negra y leyendas doradas..., pp. 87-99; K. A. Myers, Fernández de Oviedo’s Chronicle of America, pp. 41-42.

16 Como apunta K. A. Myers, Oviedo dedica el libro XXIX a repasar las conductas de los conquistadores, «but the portrait of the infamous Pedrarias dominates; he represents the ultimate traitor to the king» (Myers, Fernández de Oviedo’s Chronicle of America, pp. 44-45). Recientemente, B. Aram ha cuestionado esta descripción negativa que Oviedo hace de Pedrarias, y su alter ego, Vasco Núñez de Balboa, capitán y alcalde de la provincia del Darién (Leyenda negra y leyendas doradas..., p. 168).

17 Como señala K. A. Myers, tuvieron al menos una hija: Juana (Myers, Fernández de Oviedo’s Chronicle of America, p. 17).

18 Recientemente Álvaro Baraibar ha editado nuevamente el Sumario de la Natural Historia de las Indias (Madrid: Universidad de Navarra & Iberoamericana & Vervuert, 2010).

19 J. Pérez de Tudela Bueso, «Vida y escritos de Gonzalo Fernández de Oviedo», CXVCXVI.

20 H. H. Orjuela, «Orígenes de la literatura colombiana...», p. 253.

21 En 1529 el secretario de la cancillería castellana, don Francisco de los Cobos, fue ascendido a miembro del Consejo de Estado, «siendo el responsable desde entonces de dirigir toda la política imperial en los territorios españoles e italianos» (X. Tubau, «Alfonso de Valdés y la política imperial...», p. 20).

22 E. Schäfer, El Consejo Real y Supremo de las Indias..., pp. 405-406. En marzo de 1532 algunos hidalgos de La Española habían solicitado al Emperador el nombramiento de Oviedo como cronista oficial de las Indias (E. Otte, «Gonzalo Fernández de Oviedo, alcaide», p. 32).

23 La carta del nombramiento oficial por Carlos V se guarda en el Archivo de Simancas, Secretaría de Estado, Leb. 636 (J. Pérez de Tudela Bueso, 1957, p. 428. También en Ibidem, «Vida y escritos de Gonzalo Fernández de Oviedo», CXVIII). Véase al respecto J. de la Peña y Cámara, «Contribuciones documentales y críticas...», pp. 603-705; M. Ballesteros Gaibrois, Gonzalo Fernández de Oviedo, p. 157.

24 Simón Valcárcel, Las crónicas de Indias, citado en M. Serna, Crónicas de Indias, p. 60.

25 Sobre la noción discursiva de escribir lo «real» en la formación de una cultura escrita expansiva y hegemónica, véase M. de Certeau, La escritura de la historia, pp. 11; 90-91; y M. de Certeau, The Practise of Everyday Life. En un sentido similar se expresa H. White, «Rhetoric and History», pp. 7-25.

26 A lo largo del siglo XVI los vocablos crónica e historia se convirtieron prácticamente en sinónimos (W. D. Mignolo, «El metatexto historiográfico…», p. 375). Por el contrario, A. M. Salas opina que Oviedo no era un historiador, sino un cronista, porque el orden y la sistematización no son los factores dominantes en la Historia (Tres Cronistas de Indias, pp. 112-114). Para un análisis reciente de las crónicas de Indias del siglo XVI, véase Kohut, «Las crónicas de Indias y la teoría historiográfica», pp. 15-60.

27 E. O’Gorman, Sucesos y diálogo de la Nueva España. Para un estudio arqueológico de la edición de J. Amador de los Ríos, véase J. Mª Carrillo Castillo, Naturaleza e imperio..., pp. 107-117.

28 J. Mª Carrillo Castillo, Naturaleza e imperio...; A. Barrera, «Empire and Knowledge...», pp. 39-54.

29 Somos conscientes de que el término «experiencia» tenía muchos significados. Oviedo no estaba interesado en la comprobación directa y objetiva de los hechos naturales, sino en la elaboración de un discurso intelectual, basado en su práctica y vivencias personales, sobre la naturaleza, la geografía y la botánica del nuevo continente. Con respecto a la posición autorial del historiador del Renacimiento, véase el trabajo de S. Greenblatt, «Renaissance Self-fashioning...».

30 Del mismo modo había que prestar atención al sonido exacto de los nombres nativos, según eran pronunciados, para luego trasladar al alfabeto latino los sonidos con que los indios se referían a los fenómenos de su entorno (J. Mª Carrillo Castillo, Naturaleza e imperio..., pp. 150-152).

31 Como apunta G. Fernández de Oviedo, «Y de otros muchos (ríos) no se saben los nombres, porque, como se han acabado los hombres antiguos de estos indios naturales de esta isla (Española), así se han olvidado los nombres de los ríos y de otras cosas» (G. Fernández de Oviedo, Historia, Libro VI, Cap. VII, p. 154).

32 De acuerdo con Mercedes Serna, a lo largo del siglo XVI «la verdad histórica y la evocación poética se dan la mano» (M. Serna, «José de Acosta y las cosmografías fabulosas de la Antigüedad», pp. 261-262).

33 E. O’Gorman, Cuatro historiadores de Indias, p. 67; A. Mendiola, Bernal Díaz del Castillo; Mendiola, Retórica, comunicación y realidad, pp. 9-23; M. Serna, Crónicas de Indias, pp. 60-62.

34 Para una discusión acerca de la tensión entre un «discurso de lo real» y un «discurso de la verdad» en la obra americana de Oviedo, véase Carrillo, «La teatralización de la verdad...», pp. 9-24.

35 H. White, Metahistory; White, Tropics of Discourse. Véase también P. Ricoeur, Temps et récit.

36 S. Cro, «Los cronistas primitivos de Indias...», p. 421.

37 C. Jáuregui, Canibalia; C. Jáuregui, «Cannibalism, the Eucharist, and Criollo Subjects», pp. 61-63.

38 A mediados del siglo XVI, la autoridad de Plinio era enorme. Fue el escritor más antiguo en dar una descripción sistemática de aquella antropología mítica que vivía muy lejos, en los confines del mundo conocido. Fernández de Oviedo tuvo la oportunidad de leer la Historia Naturalis de Plinio en la prodigiosa Biblioteca d’Aragona, formada cuidadosamente en el Castel dell’Ovo, en la bahía napolitana, por Alfonso V –apodado «el Magnánimo» y muerto en 1458– de Aragón I de Nápoles y llevada a Valencia por el duque de Calabria (J. Alcina Franch, La Biblioteca de Alfonso V de Aragón, pp. 43-44).

39 W. D. Mignolo, «El Metatexto Historiográfico y la Historiografía Indiana», pp. 358-402; K. Kohut, «La conquista en la crítica literaria», pp. 30-34. Uno de los primeros en sistematizar esta «realidad objetiva» que llamamos historia fue G. W. F. Hegel («Lecciones sobre la filosofía de la historia universal», p. 137).

40 J. A. Maravall, Antiguos y modernos, p. 438.

41 Mientras que Heródoto de Halicarnaso (485-424 AC) mezclaba realidad y ficción, Tucídides y Polibio se alejaban del énfasis en lo fabuloso, limitándose a una «verdad (histórica) de lo visto y lo vivido». Al respecto, véase F. Hartog, Le Miroir d’Hérodote...; M. Serna, Crónicas de Indias, pp. 56-57.

42 I. Soler, El nudo y la esfera...

43 W. D. Mignolo, «El metatexto historiográfico...», pp. 358-402.

44 Historiadores como K. Kohut («Fernández de Oviedo, historiador y literato...», pp. 43-104), J. Mª Carrillo (Naturaleza e imperio..., pp. 69-106) y K. A. Myers (Fernández de Oviedo’s Chronicle of America, p. 3; 36) han corroborado la creciente preocupación del cronista madrileño por ordenar y sistematizar la información que iba recibiendo del Nuevo Mundo a través de una estrategia simultánea de imitación y distinción del principio del modelo antiguo pliniano.

45 A. M. Salas, «Crónicas: Fernández de Oviedo y la naturaleza de las Indias», p. 116.

46 S. Merrim, «Un mare magno e oculto...», p. 105. En un trabajo más reciente, Merrim sugiere que el cronista madrileño puso en práctica una economía del placer sensual a través de la descripción de la naturaleza americana. Un mundo compuesto de frutas jugosas, de variadas texturas y colores exóticos, como la famosa piña, de propiedades medicinales y terapéuticas, se expone a los ojos del lector y lo trasladan a un mercado del placer en el que poder visualizar –y casi probar– las maravillas del Nuevo Mundo (S. Merrim, «The Work of Marketplaces...», pp. 215-238).

47 G. Fernández de Oviedo, Historia, Tomo 118, p. 188 (Proemio al Libro XIX).

48 A. Barrera-Osorio, «Empire and Knowledge...», pp. 40 y ss.; A. Barrera-Osorio, Experiencing Nature, pp. 1-12.

49 He pedido prestado a Jesús Carrillo el término «discurso de la verdad» («La teatralización de la verdad...», pp. 9-10).

50 El Sumario de la natural historia de las Indias (1526), de Gonzalo Fernández de Oviedo, fue la primera crónica de las Indias en la que se señala al Almirante Cristóbal Colón como primer descubridor de América (Fernández de Oviedo, Sumario. Edición de Álvaro Baraibar, p. 67). Para Bartolomé de Las Casas, no sólo Colón había sido el primero en descubrir el Nuevo Mundo, sino que había sido elegido por el mismo Dios para cumplir el designio divino (M. Serna, Crónicas de Indias, pp. 18-19).

51 Oviedo reproduce la historia antigua de España de Juan Annio de Viterbo (o Seudo-Berosio), quien en su obra «De primis temporibus et quator ac viginti regibus Hispaniae et eius antiquitate», incluida en el tratado que lleva por título Comentaria super omnia opera auctorum diversorumde antiquitatibus looquentium (Roma, 1498), apuntaba a veinticuatro el número de primitivos reyes de España. Esta afirmación se basaba a su vez en las tesis del caldeo Berosio que hablaban de Túbal, nieto de Noé y quinto hijo de Jafet, como el primero que pobló y señoreó la antigua España. Unas tesis que eran bien conocidas en los círculos humanistas y cortesanos (Berosi. Chaldei Sacerdotis. Reliquorumque consimilis argumenti autorum. De antiquitate Italiae, ac totius orbis, cum F. Ioan Annii Viterbensis Theologi comentatione & auses, at verborum rerumque memoriabilium indice plenísimo. Ludguni: Apud Joannem Temporalem, [1498] 1555). Para un estudio sobre la influencia de las tesis bíblicas de Berosio y su aplicación en la historiografía española de finales del siglo XV, véase R. B. Tate, Ensayos sobre la historiografía peninsular... Para un estudio del «tubalismo» y su influencia en la historiografía española de los siglos XVI y XVII, véanse los trabajos de Lida de Malkiel, «Túbal, primer poblador de España», pp. 11-47; Julio Caro Baroja, Las falsificaciones de la Historia; E. Romano de Thuessen, «Un autógrafo inédito de Gonzalo Fernández de Oviedo...», pp. 96-97; K. Kohut, «Tubal und die spanishe...», pp. 377-388; Guarnieri Calò Carducci, Idolatria e identità creola in Perù, pp. 87-92.

52 Oviedo sostuvo esta tesis por primera vez en el Catálogo Real de Castilla (1532, ff. 19r) y en numerosos pasajes de la Historia, Tomo 117, Libro II, Capítulo XIII, p. 50. Véase también el Tomo 118, 1959, p. 86 (Proemio al Libro XVI). En su Historia del Almirante, Hernando Colón la rechazó por considerarla falsa (Historia del Almirante, Tomo I, pp. 76-83). F. López de Gómara también la rechazó, apuntando que las auténticas Hespérides eran las islas de Cabo Verde y las Gorgonas (Historia General de las Indias y vida de Hernán Cortés, p. 314). Sin embargo, los informes oficialmente sancionados de Oviedo proporcionaron un argumento formidable que, en esencia, cuestionaban la legitimidad de los herederos de Cristóbal Colón para reclamar cualquier derecho en los territorios recién descubiertos de Tierra Firme. Un esfuerzo que el Emperador supo agradecer a su fiel vasallo (M. Bataillon, «Historiografía oficial...», pp. 23-39; M. Serna, Crónicas de Indias, pp. 18-19).

53 Mª Dolores Pérez Baltasar, «Fernández de Oviedo...», pp. 309-326.

54 Tras la derrota en 711 de don Rodrigo (o Roderico), el último de los reyes godos, la nobleza visigoda se refugió en Asturias, donde uno de sus hombres, el infante don Pelayo, se convirtió en caudillo al obtener una alianza entre los godos y los asturianos, obligándolos a hacerse cristianos. Así, Asturias se convirtió en el primer reducto cristiano de resistencia al Islam (J. M. Nieto Soria, Iglesia y génesis del Estado moderno..., pp. 215-223; Mª Dolores Pérez Baltasar, «Fernández de Oviedo...», pp. 309-326).

55 R. B. Tate, Ensayos sobre historiografía peninsular..., p. 115.

56 M. Serna, Crónicas de Indias, pp. 18-19.

57 Para un análisis de esta semántica histórico-política de los conceptos, véase Reinhart Koselleck, Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos, Barcelona: Ediciones Paidos, [1979] 1993, especialmente el capítulo X, pp. 205-236.

58 Al respecto, véase R. González Echevarría, Isla a su vuelo fugitiva..., pp. 13-15. Para una lectura de Oviedo como autor de ficciones, véase E. Pupo-Walker, La vocación literaria..., p. 24. En la misma línea argumentativa, J. J. Arrom señala que Oviedo es uno de los precursores de la narrativa hispanoamericana («Gonzalo Fernández de Oviedo...», pp. 369-383).

59 S. Fabregat Barrios, «Presencia y función de los mitos...», pp. 72 y ss. Sobre el carácter personalista de Oviedo, siempre reclamando atención sobre sí mismo, véase Carrillo, «La teatralización de la verdad...», pp. 10-11.

CAPÍTULO 1

EL HÉROE Y SU REVERSO*

aunque el principal intento de la historia sea enderezado a otro fin, en especial en ésta, que es hacer principal memoria de los secretos e cosas que la Natura produce en estas nuestras Indias naturalmente, también consuena con el título de llamarla General Historia, recontar los méritos de los conquistadores de estas partes, porque, a lo menos, si quedaron sin galardón o pago de sus trabajos y méritos, no les falta por culpa de mi pluma e pigricia la memoria de que fueron e son muy dignos sus hechos.1

1.1. INTRODUCCIÓN: HISTORIA, REALIDAD Y FICCIÓN

Hace algunos años, historiadores y críticos literarios como Ida Rodríguez Prampolini (1948) e Irving A. Leonard (1949) llamaron la atención sobre el impacto que la épica culta y la literatura caballeresca tuvieron en la mente de los descubridores españoles.2 Aunque, como señalara Rolena Adorno (1986), la influencia de esta literatura de ficción ha sido difícil de demostrar, es evidente que las novelas de caballerías se contaban entre las formas narrativas más utilizadas para organizar el texto historiográfico del siglo XVI.3 Efectivamente, la tesis doctoral de Álvaro Félix Bolaños (1988) demostró que el mundo caballeresco de la nobleza, con los ideales de lealtad al rey, la defensa de los débiles y de la cristiandad, la honra y la fama, se difundió a raíz del impacto que las novelas más popularizadas de caballería (el Amadís de Gaula, 1508; Las Sergas de Esplandián, 1510) tuvieron en la mente de los descubridores, cronistas e historiadores del siglo XVI.4

Más recientemente, Jimena N. Rodríguez (2010) ha analizado la crónica de Indias a partir de la tradición literaria de los «relatos de viajes» hispánico-medievales. Si en las novelas de caballerías el viaje es un motivo dinámico que modifica la situación del personaje principal, en la literatura de viajes, en cambio, el viaje adopta una función organizadora de la materia narrativa y el explorador describe el paisaje, la flora, la fauna y las costumbres de los habitantes del Nuevo Mundo según una retórica descriptiva específica «que permite el movimiento».5 Oviedo utilizó este género discursivo para describir una realidad textual que no siempre se correspondía con experiencias «reales», a pesar de que el cronista aseguraba haberlas contrastado con diversas fuentes, porque además de «informar» debía satisfacer y «divertir» a su audiencia.

En este capítulo analizaremos el papel que jugó el héroe cristiano y su reverso, el villano, como figuras literarias en la elaboración de la historiografía colonial e imperialista de Gonzalo Fernández de Oviedo.6 En su Historia General y Natural de las Indias (1535-1549), la realidad americana aparecía como una realidad observada, al mismo tiempo, con espanto y fascinación; como un campo de acción y de desplazamiento para la geografía caballeresca.7 Pero, por encima de todo, aquella realidad en la que cómodamente podía incorporarse lo maravilloso (mirabilia) fue contemplada a través de una prosa narrativa que tenía su razón de ser en una voluntad común de incorporarse en la historia a través de un nuevo sistema de valores y de las experiencias vitales –las acciones– de sus autores.8

Muchas de las primeras relaciones e informes de servicios se escribieron por sujetos coloniales cuyos esquemas mentales les sirvieron para ordenar el espacio natural y humano del Nuevo Mundo a través del prisma del hombre cortesano del siglo XVI español. La mayoría de ellas, como por ejemplo las Cartas de Relación de Hernán Cortés (1519-1526), la Historia de Indias y Conquista de México (1552) de Francisco López de Gómara, o la Historia de Gonzalo Fernández de Oviedo, registraron en lengua vernácula las hazañas y los hechos memorables de los españoles en la Nueva España.9 Una batalla cósmica entre héroes cristianos que luchaban denodadamente por derrotar a los sicarios de Satán se iba abriendo camino entre la audiencia europea de los siglos XVI y XVII.10 Una misma idea guiaba sus actos: alcanzar fortuna, gloria y algún tipo de promoción social.11 Aun cuando el propósito que movía a Oviedo era educar moralmente a una comunidad de lectores, aquellas proezas revelaron múltiples manipulaciones, adaptaciones y actualizaciones realizadas por una historiografía institucional al servicio de una monarquía universal en expansión.12 La propensión de aquellos cronistas a recurrir a los mitos cristianos y paganos para construir modelos civilizadores y benefactores no ocultaba, como bien señalaron E. Pupo Walker13 y J. J. Arrom,14 la tendencia de Oviedo a mezclar la historia con la ficción y la política. Si bien en el siglo XVI los historiadores humanistas vituperaban la falsedad de otros tipos de narración, como los libros de caballerías, lo cierto es que muchos de ellos no abandonaron del todo la inclusión de relatos ficcionales en sus obras. En suma, se trataba de un principio evemerista que, como bien ha señalado Santiago Fabregat Barrios, se situaba al servicio de unos intereses esencialmente políticos y personales.15

En agosto de 1532, tras previa petición del Consejo de Indias, Fernández de Oviedo fue nombrado Cronista Real. Tres años después publicó la primera parte de su Historia ilustrada en la que describía el paisaje del Nuevo Mundo en términos esencialistas.16 La naturaleza era el libro en el cual Dios escribió la prodigalidad del Nuevo Mundo, y contemplar la naturaleza era la mejor manera de contemplar las obras de Dios. La elaboración de una «crónica verdadera» formaba parte de su deber como funcionario y cronista real.17 Pero en algunas ocasiones, la función ejemplar que se atribuía desde antiguo a toda historia llevó a Oviedo a convertir el mito en fuente histórica como la mejor manera de legitimar y expandir el Sacro Imperio Romano Germánico de su patrón, Carlos V, al Nuevo Mundo.18 De acuerdo con las tesis de Ginés de Sepúlveda, la naturaleza corrupta de los amerindios –servi a natura– y su quebrantamiento de la ley natural justificaba por sí misma la conquista.

Pero el funcionario de la monarquía española no se conformó solamente con repetir aquel viejo argumento de la barbarie de los indios y los derechos de la conquista. Hizo mucho más. Sostuvo que los habitantes del Nuevo Mundo eran en realidad los descendientes de una diáspora protagonizada por los godos, con lo cual redujo la singularidad del descubrimiento de Cristóbal Colón (1451-1506) y las donaciones pontificias a un segundo nivel. Como apunta Oviedo,

(...) ahora tres mil y ciento y noventa y tres años, España y su rey Hespero, señoreaban estas islas o Indias Hespérides; y así con derecho tan antiquísimo y por forma que está dicho, o por la que adelante se dirá en la prosecución de los viajes del Almirante Cristóbal Colón, volvió este señorío a España a cabo de tantos siglos. Y parece que, como cosa que fue suya, quiere la divina justicia que lo haya tornado a ser y lo sea perpetuamente.19

Este renacer del sentimiento «gótico», interrumpido por la invasión musulmana, tenía un carácter providencial. Fue el propio Dios, dice Oviedo, quien hizo volver el señorío de La Española y las islas de Barlovento a España a través del primer Almirante, proporcionando un argumento formidable que, en esencia, cuestionaba la legitimidad de los herederos de Cristóbal Colón para reclamar los títulos y derechos del «Almirante, Virrey y Gobernador General de las Indias» sobre los territorios recién descubiertos de Tierra Firme. No era lo mismo dominar unas tierras que Colón había cedido a los reyes castellanos que reincorporar a la soberanía de España algo que antaño fue suyo.20 Paradójicamente, ello contrasta con el reconocimiento que hace en el Catálogo Real de Castilla (1532) de que Colón fue el «primero inventor o descubridor de estas Indias, enriquecedor de nuestra España».

Más que un intento de menoscabar la hazaña colombina o de perjudicar las aspiraciones de sus herederos, las historiadoras María Dolores Pérez Baltasar (1992) y Evelina A. Romano de Thuessen (1992) sugieren que Oviedo trató de justificar la hegemonía política española, basada en la antigua monarquía visigoda, en contraposición a la «romanidad» que se extendía desde Italia por toda Europa.21 Su chauvinismo político nos obliga a determinar los nexos entre la «verdad cognitiva» que corresponde al conocimiento historiográfico en cuanto verdadero, y las estrategias retóricas de representación –interpolaciones, cuentos, leyendas, anécdotas sencillas, ejemplos, simples parodias, retratos de personas, paráfrasis, etc.– de la «verdad moral, o normativa» que constituyen el discurso hegemónico de la conquista de América.

Esta es, sin duda, una tarea ardua. Los cronistas indianos –Oviedo, Las Casas, López de Gómara– reclamaron el carácter utilitario de la «Historia General» y se esforzaron en evitar la verosimilitud de lo narrado, que correspondería, en última instancia, a una apariencia de verdad que impacta contra una realidad demasiado dogmática y providencialista de los hechos.22 Rechazaron la «realidad maravillosa» de los libros de caballerías porque representaban acciones que eran del todo inconsecuentes con las posibilidades de la acción humana en una sociedad estratificada, y a diferencia del lógos expositivo de la crónica medieval, abogaron por un conocimiento más honesto y ejemplar ajeno a los bestiarios medievales y a la fábula, que es, recordemos, el alma de la Poética de Aristóteles.23 Ello potenció la aparición de un nuevo saber apoyado en la experiencia personal directa y en unos criterios de verdad basados en una utilidad de carácter moral que obligaban a corregir y ampliar el conocimiento (oral) previo sobre el mundo.24

Este último punto es importante porque la inclusión de nuevos conocimientos, ya se trate de la cosmografía o del arte de la navegación, de la historia natural o la política, no implicó un rechazo de los modelos clásicos, en especial la metafísica aristotélica y la filosofía moral, sino que aumentó el espacio de lo decible y lo pensable.25 Oviedo creía efectivamente que las Etimologías de Isidoro, la Historia de las Plantas de Teofrasto, la Geografía de Ptolomeo (150 AC), y especialmente, teniendo la Historia Natural de su tan admirado Plinio Segundo –también conocido como Plinio el Viejo– eran una herramienta excelente y un modelo a imitar para configurar la idea del Nuevo Mundo.26 De acuerdo con la sabiduría heredada de estos Antiguos (la reiteración de «lo ya dicho, escrito o sabido», que como sabemos, formaba parte del saber medieval),27 pero sin ser prisionero de ellos, Oviedo llevó a cabo el primer intento serio de clasificar y subordinar los nuevos territorios como una panoplia de mundos exóticos.28 Pero tanto la historia natural como la historia moral utilizaron numerosos recursos alegóricos, metafóricos y metonímicos que proporcionaban al mito una función esencialmente estilística, típica de la literatura de viajes,29 confirmando dos cosas: una, la inclinación imaginativa del texto y la vocación de narrador que poseía Oviedo, y dos, la relación entre esa literatura de viajes y el discurso científico moderno.29bis

1.2. HISTORIA Y VERDAD EN LA PRODUCCIÓN LITERARIA COLONIAL

Una de las razones que contribuyen a explicar estas variaciones en el canon narrativo ovetense tiene mucho que ver con su estancia en la Italia de principios del siglo XVI. El discurso expositivo de la historiografía humanista italiana, de la cual Oviedo era un buen conocedor, consideraba que la historicidad de la narración debía corresponder con una obvia calidad literaria. Es decir, que fuera capaz de transmitir al lector el mismo sentido de inmediatez y presencia que emanaba de la pintura.30 Hasta ese momento los anales, relaciones o crónicas medievales eran en su mayor parte una relación de personalidades ilustres, reyes y sacerdotes, caracterizados por la parquedad de estilo. Sus descripciones pretendían únicamente ensalzar las gestas de los monarcas y caballeros «principales» cuyo papel era clave en el mantenimiento y conservación del orden feudal, e.g., la Crónica General de Alfonso X, la Crónica de Alfonso XI, la Crónica de los Veinte Reyes, la Crónica de los Reyes de Castilla (Siglo XIV). Con el advenimiento del Quattrocento italiano, algunos poetas e historiadores humanistas, como los florentinos Poggio Bracciolini (1380-1459) y Leonardo Bruni (1370-1444), el toscano Angelo Poliziano (1454-1494) y el napolitano Lorenzo Valla (1407-1457), entre otros, redefinieron sus propósitos morales, intelectuales y estéticos, así como las técnicas mediante las cuales podían expresarse correctamente. Para ello elaboraron una narración histórica caracterizada por mantener un alto nivel de expresividad, elocuencia y elegancia expositiva en los acontecimientos narrados. Para muestra un botón. El humanista milanés Pedro Mártir de Anglería (Milán, 1457 – Granada, 1526), quien fue sacerdote, maestro de la nobleza, capellán de Isabel y embajador de los Reyes Católicos al sultán de Egipto, aseguraba a su ilustre lector, el Papa León X (1513-1521), a quién también había dedicado su Segunda Década, que de las muchas cosas que cada informante le contó sobre la abundancia de oro y las noticias del Mar del Sur (descubierto por Vasco Núñez de Balboa en noviembre de 1513), pasando por alto las que no eran dignas de mención, él seleccionó únicamente lo que le pareció que había de satisfacer a los amantes de la historia.31

Para nuestro propósito, el sumario de Pedro Mártir sobre el descubrimiento de Balboa ilustra la idea de que la narrativa histórica dependía de una coherencia estructural propia de la narración. Se buscaba un equilibrio entre la información acerca de una novedad grandiosa y sin precedentes que había tenido lugar y la forma comunicativa o retórica más adecuada para transmitirla mediante un lenguaje claro y sencillo, accesible a una audiencia lo más amplia posible.32 Ello favoreció la creación de una clase de textos –historias, biografías, epopeyas elaboradas a partir de anécdotas, sucesos simplificados, arrancados del contexto inmediato para ser interpretados en la reconstrucción (histórica) posterior– que desafiaban la autoridad del mundo clásico y medieval-cristiano. Para Oviedo, las coordenadas del pensamiento histórico debían girar necesariamente en torno a la obligación de informar sobre lo que se consideraba «verdadero». Y la verdad sólo puede ser narrada por aquellos testigos directos que han vivido –y sufrido– las experiencias que cuentan.33

A diferencia de los libros de caballería, que no servían para dar cuenta de una «realidad» en el sentido moderno, la historia debía tener una finalidad didáctica, útil a la Corona y al gobierno de las Indias como gesta hominis y magistra vitae.34 Por esta razón en la primera parte de su Historia (1535) Oviedo rompe con la imaginación colombina, basada en la otredad oriental y en la incapacidad para describir lo novedoso. Siguiendo el tópico ciceroniano apuesta por el mundo de «lo verdadero» y rechaza los mitos y los cuentos de aquéllos que decían haber visto ríos de oro, cíclopes, cinocéfalos, grifos, blemmyas o ewaipanomas, sirenas, amazonas y toda clase de seres fantásticos en las tierras del Nuevo Mundo. Aunque desde su punto de vista, carecían de utilidad como fuentes históricas, la sola mención de su existencia demostraba una tensión entre el canon clásico y la realidad del Nuevo Mundo.35 En efecto, algunos espacios imaginarios, como la isla Perdida de San Anselmo, San Borondón, el país de la Canela, Jauja, El Dorado, Antilia, identificada con las Siete Ciudades Perdidas de Cíbola, o la Fons Juventutis –o Fuente de la Eterna Juventud– adquirieron mayor importancia en la segunda y tercera parte de la Historia General (1542-1548). Como ya señalara el historiador Juan Gil, mito e historia, realidad y ficción se entremezclaron en las mentes y en los destinos de los conquistadores del Nuevo Mundo.36


Firma: Gonzalo Fernández de Oviedo.

En el Libro XXXVI, Oviedo narra como los indios de San Juan de Puerto Rico informaron a Ponce de León de la existencia de una isla llamada Biminí, perteneciente a las Lucayas o Bahamas, al norte de Cuba, «que los indios habían dado a entender que hacía renovar e retoñecer e refrescar la edad e fuerzas del que bebía o se lavaba en aquella fuente».37 La génesis verdadera de la capitulación no estaba en encontrar una Fons Juventis semejante a la mitológica Juvencia, sino en la necesidad de encontrar mano de obra esclava. Fueron los cronistas posteriores (Mártir de Anglería, Oviedo) quienes articularon la expedición de Ponce con los relatos fantásticos sobre la búsqueda de la famosa fuente. Según el artículo primero de la capitulación firmada en Burgos, el 23 de febrero de 1512, el veterano Ponce de León fue nombrado «Adelantado de Biminí» y «Gobernador de La Florida». Todos los gastos corrieron a cargo de Ponce de León. Esta primera expedición, compuesta de dos carabelas, fracasó, regresando a Puerto Rico la primera decena de octubre de 1512. A partir de 1513, las expediciones de Ponce de León tuvieron un resultado desigual. El 3 de marzo de 1513 partió de San Juan con tres barcos hacia el nordeste a la conquista y colonización de la Florida. El 21 de septiembre de 1513 volvió a San Juan y ayudó a pacificar la isla. En septiembre de 1514, el rey Fernando le encargó la pacificación de Guadalupe y la conquista de la «isla de la Florida» sin que nadie más pudiera intervenir, ni siquiera el Almirante Diego Colón.38 En 1515 dirigió una campaña desastrosa contra los caribes, volviendo a Puerto Rico, donde residió hasta 1520.39 A principios de 1521 el adelantado inició una segunda expedición para colonizar la Florida: perdió a muchos de sus hombres en la actual bahía de Charlotte Harbor y de regreso a Cuba, murió víctima de las heridas recibidas, pero abrió el camino a las que posteriormente llevarían a cabo Lucas Vázquez de Ayllón a las Carolinas (1525-26), Pánfilo de Narváez (1528) y Hernando de Soto a La Florida (1539-42) en busca de oro y esclavos.40

La España de la década de los años cuarenta se había convertido en una sociedad que aglutinaba a sectores poderosos y aventureros con no pocas ambiciones empresariales. Proliferaban sociedades que concebían enormes proyectos imperiales de conquista y colonización. Oviedo nos proporciona otro ejemplo de la futilidad de tales empresas en la figura del Adelantado Pedro de Alvarado. Tras pacificar la gobernación de Honduras, en agosto de 1540 zarpó de Guatemala con trece navíos y más de mil hombres en dirección norte en busca de las Siete Ciudades encantadas de Cíbola que supuestamente había observado un fraile franciscano llamado fray Marcos de Niza (1495-1558) desde lo alto de una colina.41 La expedición fue un desastre y Alvarado perdió su vida en 1541.42 A mediados de febrero de 1540, el Virrey Don Antonio de Mendoza organizó la primera expedición a Cíbola, al mando del gobernador de Nueva Galicia, don Francisco Vázquez de Coronado (1510-1554). Su objetivo era dar con las siete torres imaginarias pero el 10 de marzo de 1542, el Virrey escribía una carta al comendador mayor de León participándole de la muerte de Alvarado y de otros asuntos, entre ellos, el misterioso paradero de Coronado y de sus hombres.43 Al final, la expedición fue un desastre y regresaron a México a mediados de 1542. Todos estos fracasos demostraban, a juicio de Oviedo, que los adelantados buscaban mundos ilusorios que no hacían sino perder la mesura, prudencia o buen sentido –una cualidad o virtud de todo gobernante– y que casi siempre ocasionaban grandes pérdidas de las haciendas.44

El rigor historiográfico de Oviedo le llevó a criticar, entre otros, a Pedro Mártir de Anglería y Francisco López de Gómara, acusándolos de no haber estado nunca en Indias y de representar una historiografía erudita que falsificaba la realidad al difundir un espacio geográfico positivo e hiperbólico.45 Pero Oviedo no siempre era testigo ocular de todo lo que narraba, lo que le obligó a adoptar procedimientos jurídico-legales para comprobar la veracidad de los informes que periódicamente recibía.46 Dichos procedimientos eran similares a los que utilizó Tucídides (455-395 AC) en la elaboración de su Historia de la guerra del Peloponeso, consistentes en el interrogatorio de testigos y en la comparación sistemática de versiones diferentes sobre un mismo acontecimiento:

no he querido escribir lo que oí decir a todos, aunque me pareciese verdadero, sino solamente lo que yo vi por mis ojos, y supe y entendí por cierto de personas dignas de fe, que tenían verdadera noticia y conocimiento de ellas.47

Al situar la causalidad en el terreno de lo humano, Tucídides pretendía redactar una historia provechosa y duradera, eliminando todo lo relativo a aspectos etnográficos, presentes en Heródoto de Halicarnaso (484-425 AC), así como la tradición mítica, los oráculos y los hechos sobrenaturales. Oviedo utilizó el mismo rigor en la documentación que el historiador ateniense, especialmente por lo que se refiere a algunas fantasías históricas, difícilmente verosímiles,48 insertándolas o no en la Historia en función de la fiabilidad de sus informantes. Sin ir más lejos, la existencia de hombres marinos, monstruos mitad hombres mitad peces, que los expedicionarios del río Paraná se habían encargado de difundir, desafiaba las leyes de la naturaleza, pero su inserción en la Historia se justificó por haber sido confirmada por «hombres de crédito».49 O también los indios gigantes «de doce o trece palmos de alto», que la expedición de Fernando de Magallanes encontró en el Puerto Deseado o bahía de San Julián (Libro XX), fue autentificada por la carta que el primer Virrey de Nueva España, Don Antonio de Mendoza, escribió a Fernández de Oviedo en 1541. En ella respondía a algunas cuestiones referentes a las particularidades del extenso Virreinato, afirmando que los aztecas y los incas del Perú provenían del norte, excepto unos cincuenta gigantes de dieciocho o diecinueve pies de alto que deambulaban en territorio nahua y que fueron muertos, cuyo origen parecía no ser otro que el estrecho de Magallanes.50 Ni que decir tiene que ni Oviedo ni el Virrey habían puesto sus pies en aquel inhóspito lugar. Sin embargo, la autoridad política del Vicesoberano y la aportación de evidencias incontrovertibles –restos óseos, etc.– justificaba la «verdad legal» de su testimonio, certificando una cultura «patagona» dentro de las cuales los lectores podían reubicar funcionalmente la nueva composición de los textos historiográficos ovetenses.51

1.3. HÉROES DEL NUEVO MUNDO

Los indios de Santo Domingo –o La Española– tenían una curiosa manera de «memorar las cosas pasadas e antiguas».52 Lo hacían a través de cantos y bailes llamados areitos, o lo que es lo mismo, bailar cantando. Para ello un grupo de hombres y mujeres formaban un círculo, ejecutando una serie de pasos hacia delante y hacia atrás guiados por un «maestro o guiador». Este individuo pronunciaba unos cánticos que iban en consonancia con los pasos de la danza. A veces los cantos iban acompañados del sonido de un tambor, y casi siempre de algún tipo de bebida.

En su descripción, Oviedo no destaca nada extraño. Al contrario, considera que los areitos tenían una gran semejanza con los romances populares de las fiestas españolas y holandesas, pues descubren el modo en que los indios «conservaban sus memorias» y mantenían sus tradiciones mediante ceremonias, formas de expresión poética y representaciones de carácter dramático. Como apunta el cronista, «¿qué otra cosa son los romances e canciones que se fundan sobre verdades, sino parte e acuerdo de las historias pasadas?».53 En efecto, si los areitos consistían en rememorar las genealogías de sus caciques, reyes o señores, así como las victorias militares, la historia debía preservar igualmente la memoria «de los hechos verdaderos» y luchar contra «la calumnia y el olvido».

Para ello Oviedo introduce un elemento que potencia la mistificación de la realidad americana: siendo hombres y mujeres extraordinarios, sus oponentes (españoles) tenían que ser también capaces de realizar acciones que estuvieran por encima de su condición de seres humanos. Siguiendo este razonamiento, uno de los recursos narrativos empleados por el cronista fue la utilización de patrones arquetípicos de la tradición clásica y medieval a la hora de representar la figura del héroe cristiano en el Nuevo Mundo. Su conocimiento de los clásicos grecolatinos, como Homero, Hesíodo, Tucídides, Teofrasto, Ptolomeo, Estrabón o Lucano, entre otros, provenía de fuentes indirectas, a través de traducciones italianas o españolas. Asimismo, es probable que tuviera acceso a las traducciones de la Ilíada (1442) del cordobés Juan de Mena (1411-1456) y de la Crónica troyana del canciller vitoriano Pero López de Ayala (1332-1407).54 Ello le sirvió para poder expresar sus ideas de forma universal y llegar con más fuerza a sus lectores. Al hacerlo, el autor descubre el carácter comunicativo de la Historia, cuyos enunciados dependen del horizonte de expectativas de dichos interlocutores.55 También revelaba su verdadera intención: construir un modelo de descubridor que reproduce un ideal heroico de comportamiento en una sociedad posibilista pero estructurada jerárquicamente. Para ello Oviedo hizo uso de unas estructuras discursivas –narración, descripciones– que respondían al concepto humanista de virtud heroica. En ellas, el cronista madrileño puso al descubierto una serie de procedimientos retóricos que trascendían las restricciones impuestas por el marco histórico, traduciendo la experiencia americana a una forma textual armónica y efectiva.56

En los doce libros de su Institutio Oratoria (94-95 DC), Marco Fabio Quintiliano confirió al uso del ejemplo una gran importancia en el género epidíctico o demostrativo, principalmente para exaltar un hecho o alabar las virtudes de alguien en grado superlativo. Jesús Carrillo ha demostrado que la ékfrasis, tal y como la encontramos definida en la retórica epidéptica, fue un recurso utilizado por Oviedo para describir la naturaleza americana.57 Aplicado a la «historia moral», esta mitificación o «sobrepujamiento» de las hazañas de los españoles en Indias estaba íntimamente afectada por la acción de múltiples subjetividades y constricciones políticas.58 A consecuencia de ello, la crónica se convirtió en un fenómeno literario consistente en demostrar no sólo la superioridad de los modernos sobre los antiguos (recordemos la circunvalación de Juan Sebastián del Cano, a quien Oviedo compara con Ulises, Jasón y Hércules), sino también la de España sobre todas las otras naciones. En sus Nueve Libros de la Historia (425 AC), Heródoto había registrado las guerras médicas entre griegos y persas como una enciclopedia del saber histórico y geográfico de la época. Del mismo modo, Oviedo pretendía evitar que se desvanecieran con el tiempo las grandes y maravillosas obras que los españoles habían realizado en el Nuevo Mundo. Analizar la construcción del héroe cristiano por parte de Oviedo requiere, pues, un estudio de los diversos modelos de héroe que aparecen en la morfología de su Historia.

En primer lugar encontramos el héroe épico militar, encarnado en las figuras de Vasco Núñez de Balboa (Libro XXIX), Ponce de León (Libro XVI), Hernán Cortés (Libro XXXIII), Sebastián de Benalcázar (Libro VI), Diego de Almagro (Libro XXXXVIII) o Gonzalo Jiménez de Quesada (Libro XXVI), poseedores, entre otros, de los vicios y las virtudes de aquellos héroes ejemplares de la Grecia clásica. La Edad de los Héroes griegos mostraba la supremacía de una clase de hombres de primera categoría muy superiores a los mortales. El pasado clásico se imagina como un ejemplo a seguir, pero también como una época a superar. Sirva de modelo de referencia los elogios a un Cortés arquetípico, quien, a juicio de Oviedo, llevó tan alto como los romanos el valor militar y el sentido político de sus acciones. La conquista de Tenochtitlán representa la culminación de las expediciones fallidas anteriores (Francisco Hernández de Córdoba, Cristóbal de Morante y Lope Ochoa de Caicedo, 1516; Juan de Grijalva, 1518). Sus hazañas militares se equiparaban a las de Julio César, Pompeyo, Viriato y Alejandro de Macedonia, que aspiraba a ser un nuevo Aquiles.59 Destacar también las tribulaciones de uno de los cuatro supervivientes de la expedición frustrada a la Florida que dirigió Pánfilo de Narváez en 1527-28, de nombre Alvar Núñez Cabeza de Vaca, quien después de naufragar en la bahía de Tampa, volvió a encontrar a los suyos en la Nueva Galicia, al norte de México, después de ocho años de vida nómada entre los indios de las llanuras,60 o los viajes y trabajos del Adelantado Diego de Almagro en su expansión hacia Chile y su vuelta al Perú,61 los cuales sobrepasaron con mucho a los de Ulises, Jasón y Hércules. O las entradas efectuadas desde Santa Marta por «la diligencia y buena maña de su general» Gonzalo Jiménez de Quesada en busca de El Dorado, que le llevaron a descubrir a los orfebres chibchas en el valle del Cauca y en la meseta de Bogotá en 1538.62 En aquel Nuevo Reino de Granada se enfrentó a muchos indios, en especial a las mujeres guerreras de la reina y soberana Jarativa, lo que recordaba los combates llevados a cabo por el mismo Hércules, concebido como vir fortis, en lucha contra «la funesta estirpe de las mujeres amazonas», que Homero (La Ilíada, libro III y VIII) identificaba como oponentes de Príamo y Belerofonte, y que Hesíodo situaba fuera de las normas de la polis griega (Teogonía, 588-591), en las márgenes del Termodonte.63 Y al igual que Jasón, a quien su tío Pelías envió al lejano país de la Cólquide a buscar el Vellocino de Oro si quería ejercer como legítimo soberano de Yolcos, Juan Sebastián Del Cano regresó a su lugar de origen como la encarnación del héroe tesalio, como es sabido, doblando el cabo de Buena Esperanza y llegando cuatro meses después al Puerto de Santa María, tras recorrer 14.000 leguas con tan sólo 18 hombres y la nave Victoria, la única de las cinco que quedaba, cargada de especias.64 Todas estas historias fueron racionalizadas en el contexto de las actuaciones humanas, de los sufrimientos y penalidades de unos seres liminares de vida arriesgada que se situaban a caballo entre los dioses y los hombres. Algunas, incluso, como las hazañas que cantan los poemas homéricos (Ilíada, Juan de Mena, 1519; Odisea, Salamanca, 1550), eran vividas por el público como un acontecimiento real, perteneciente al mismo orden temporal del poeta elegíaco y su auditorio.65

Pero la determinación estructural del tipo de héroe del humanismo universalista que Oviedo presenta a lo largo de su Historia no se inspira únicamente en personajes mitológicos o de la Antigüedad clásica (Hércules, Jasón, Ulises). Muchos de aquellos héroes reproducían un ideal caballeresco y medievalizante característico de la historiografía cristiana.66 Se trata de la construcción mítica del conquistador como un héroe militar en lucha contra el infiel –judío, «moro», indio– cuya ejemplaridad radica en su destreza en el manejo de las armas, su devoción religiosa y su capacidad política de liderazgo. Son grandes hombres –infanzones, caballeros, hidalgos– dotados de todas las virtudes –el sentido del honor, la audacia, coraje y valentía en los campos de batalla, fidelidad al monarca– y los defectos –la mayoría se rebelaron contra sus jefes legítimos– de los héroes españoles de los tiempos antiguos, como el Cid Campeador y Ferrán González, Bernardo del Carpio y los siete infantes de Lara o Viriato, que lucharon valerosamente contra enemigos paganos muy superiores en número. Este impulso militar, este afán adoctrinador se remontaba históricamente a los inicios de la Reconquista, esgrimiendo sus mismos valores ético-militares, su mismo ideario de un universalismo represivo y su misma racionalidad.67 La historicidad y el realismo de la épica medieval castellana trasladarán aquella épica de conquista contra los musulmanes, tan frecuente en las ediciones sucesivas de los primeros tomos de las principales novelas de caballerías (Amadís de Gaula, Las Sergas de Espalandián, Don Florisando, Lisuarte de Grecia, Claribalte, Tirant lo Blanc, Palmerín de Olivia, el caballero Cifar), a ese Nuevo Mundo que los hidalgos españoles imaginaban como una tierra de promisión. Ello podría parecer contradictorio, teniendo en cuenta que Oviedo, a pesar de haber escrito él mismo un libro de caballerías, había denostado públicamente esa «antigua afición».68 Pero no olvidemos que el cronista se educó en un ambiente en el que la exaltación de los valores y la estética caballeresca eran aún fundamentales.

Desde una perspectiva literaria, L. Emilfork ha demostrado que a pesar de sus intentos por ceñirse a la verdad histórica, empírica y documental, la medida de lo grandioso seguía siendo lo fabuloso. Las acciones españolas en el Nuevo Mundo fueron realmente portentosas y superaban con creces a las protagonizadas por los antiguos romanos.69 Para hacerlas verosímiles, exentas de signos falaces, Oviedo recurrió a la similitudo fabulosas, es decir, a cuentos y leyendas hiperbólicas para reproducir lo que Alejo Carpentier definía como lo «real maravilloso».70 Como acertadamente ha señalado K. A. Myers, la diseminación de estos textos híbridos constituye una parte importante en la Historia de Oviedo.71 J. J. Arrom y E. Pupo-Walker sostienen que la interpolación de unidades narrativas simples en forma pequeñas anécdotas pueden identificarse y disociarse perfectamente del resto de la narración, adoptando una función claramente subsidiaria con respecto al discurso histórico.72 Son principalmente relaciones de sucesos cuya dimensión didáctica o moral abarca desde la tradición historiográfica romana –el exemplum– hasta la tradición medieval de historia, relatos cortos y ricas descripciones.73 La construcción de la narratio, a juicio de Bénat, sigue un orden expositivo que se inicia con una introducción, una cristalización de tensiones y un final.74 Una de esas narraciones autónomas e independientes es el episodio de Becerrillo y la india borinqueña donde, como apunta J.J. Arrom, el héroe es el perro. Un perro famoso por su agresividad hacia los indios y que al echarle una de las «viejas indias prisioneras», en lugar de devorarla, «alzó una pierna e la meó».75 El suceso es significativo porque sirve para transmitir a los lectores una enseñanza moral en clave de humor al tiempo que amplifica una de las virtudes del héroe: la benevolencia. Si el héroe-perro no le hizo «mayor mal», los cristianos eran clementes con sus enemigos, aunque muchos, dice Oviedo, lo tuvieron por «cosa de misterio».76

En segundo lugar, cabe destacar el heroísmo del descubridor, representado por las figuras de los viajeros Cristóbal Colón, Fernando de Magallanes, Juan Sebastián del Cano, y fray García Jofre de Loayza, entre otros, que inauguran un modelo de héroe renacentista que transita a lo largo de caminos húmedos, que diría Homero, caminos que llevan a otros caminos, lo cual les obligaba a una constante actitud de superación. Se trataba de avezados navegantes, valientes y arriesgados, profundamente religiosos, dotados de una extraordinaria confianza en sí mismos y en sus posibilidades.77 En este sentido, la soledad de Colón en el primer viaje, y luego, en la administración de la isla, las tribulaciones del portugués Magallanes desafiado por Juan de Cartagena y por el resto de sublevados en abril de 1520, o el viaje homérico que protagonizó Juan Sebastián del Cano entre 1519 y 1522 de vuelta a España evoca una actitud proteica equivalente a las experiencias de aquellos semi-dioses como Jasón.78 Las hazañas de Cristóbal Colón llevaron a cronistas –Pedro Mártir, Oviedo– y navegantes –Del Cano, Pigafetta– a difundir narraciones imaginarias como la existencia de monstruos marinos, terribles tribus, como los gigantes patagones, y toda clase de peligros.79 Estas historias de grandes exploradores revelan una relación comunicativa entre el autor y su audiencia. Es decir, el autor conoce los hechos, objetos y acontecimientos y los expone de acuerdo a las expectativas de una audiencia preparada para recibirlos. Para el lector renacentista, era comprensible que muchas de las fábulas del repertorio mitológico, que antaño se situaban en el contexto geográfico y cultural del Mediterráneo central, pasaran a ubicarse en las costas e islas del Atlántico. Lo extraño y lo desconocido no se explicaba a partir de lo mágico o lo maravilloso, sino que exigía un pacto entre lector y autor, entre texto y lector. Un pacto ideal que proporcionara una verosimilitud ejemplar y una honestidad testimonial de los hechos narrados. Como señala Isabel Soler, «es el hombre que viaja por curiosidad, por ansia de saber, el viajero».80 Las características del viaje eran tan peligrosas que Colón, Vespucci, Magallanes o Del Cano compensaban las deficiencias técnicas, científicas y cartográficas de sus expediciones con una extraordinaria fe en el éxito de la empresa y en su fidelidad religiosa. Esas cualidades de buenos caballeros y vasallos que transitan por espacios desconocidos los convertían en figuras más cercanas a la humanidad del lector.

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