Kitabı oku: «Tocan las campanas a concejo», sayfa 6

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—¿Por qué no nos lo dijiste ayer recién sucedido? Estuviste aquí —precisó el sargento. Era una pregunta que Serapio estaba esperando.

—Ayer no sabía que a mi hermano Honorio le habían comido los lobos cerca de la Collada de Bachende… y creía que Rufo tenía algo que ver… Al final todo ha sido por una de sus bravuconadas con cuatro vinos de más. Ya sabe cómo se pone a veces…, se le va la fuerza por la boca —respondió Serapio en un tono tranquilo sin dejar de observar al sargento.

—Siento enormemente lo de su hermano, era un buen presidente —comentó Barrena mostrando sus condolencias—. No sé qué va a hacer este pueblo sin él.

Barrena escrutaba a Serapio con su mirada mientras hablaba, y este agachó la cabeza con sentido duelo agarrando su boina con las dos manos por delante de las piernas.

—También voy a buscarlo a él esta mañana, quizá vuelva para la misa de una. Ahora solo rezo para poder encontrar algo de mi hermano que poder llevar a la sepultura —dijo entonces.

—Me hago cargo —asintió el sargento mostrando condescendencia sin decir una palabra más.

—¿Mi sargento, no me va a enseñar la chaqueta que llevaba mi hermano puesta el día que lo mataron? —le dijo Serapio levantando la mirada fijamente.

Barrena quedó en silencio unos segundos barruntando su respuesta ante la atenta mirada de Serapio. Hizo entonces un gesto con su brazo indicándole la dirección a tomar para complacer su deseo.

—Venga conmigo —le indicó dispuesto

Ambos atravesaron juntos un oscuro vestíbulo donde el suelo de tablones grises, que a duras penas dejaba apreciar su origen noble, daba la impresión de ser aquel un lugar decadente y polvoriento. Barrena abrió una puerta y encendió una bombilla eléctrica con una luz exigua desde un interruptor adherido toscamente al marco de la puerta. A duras penas se apreciaban todos los objetos y cachivaches que estaban almacenados en estanterías de madera, las cuales ocupaban todas las paredes de un habitáculo que era como un pasillo de pocos metros donde no cabían las espaldas de dos personas hombro con hombro. Caminaron hasta el fondo, contra la pared, y sobre una pequeña mesa se encontraba una chaqueta que Serapio conoció enseguida a pesar de la poca luz.

—¡Ahí la tiene usted! —exclamó el sargento Barrena.

Serapio se acercó un poco más y la observó con delicadeza, como si se tratara de un ser vivo. Apreció con sus manos las roturas y restos de sangre en los desgarrones que bien podrían ser de animales… o de cualquier otra cosa.

—Es mejor que no la toque —le advirtió el sargento—. Como puede ver, no deja lugar a dudas.

—¿Dónde? —preguntó Serapio. Su tono de voz cambió.

—¿Dónde, qué? —contestó Barrena desconcertado.

—Donde la encontraron —precisó Serapio un poco tenso.

—En una de las grutas que hay al pie del Cueto Cabrón. La encontró Felicísimo, el guarda. Decía que el sitio por donde le apercollaron podía ser más arriba, en la Collada de Bachende. Al parecer es un lugar por donde suelen andar mucho esos cabrones de lobos para pasar de un lado a otro —le explicó el sargento.

Serapio contuvo su ira, indignado como nunca antes se había sentido e incapaz de mediar una palabra más con aquel hombre de uniforme llamado sargento Barrena. Salió del cuartucho de los objetos guardados ávido de respirar; «Sabe Dios qué objetos guardarán esos estantes del demonio», pensaba; misterios y engaños, pero, sobre todo, tragedias humanas como la que a él le había tocado vivir junto a su hermano.

Un último saludo de despedida y Serapio abandona la entrevista. Se puso sus madreñas que a la puerta de salida le esperaban, recogió su pareja y reemprendió la marcha en busca de su hermano, tal como dijo.

—¡ljj! ¡ljj! ¡ljj! ¡Cachorra! —Arreó a las vacas uncidas que le esperaban tocando a una de ellas levemente con la punta de la aijada y continuó su ruta matutina internándose por el camino de La Vega, entre tupidas sebes y frondosos chopos que lo jalonan. Varios cientos de metros más adelante, toma el desvío hacia la fábrica de harinas donde espera encontrar, aunque sea domingo, a Silverio, el molinero.

Camino a la fábrica

Las espesas sebes del camino de La Vega forman algo parecido a un túnel surcando el valle, por el que va Serapio delante de su pareja de vacas uncidas, cavilando, si habrá sido o no lo suficientemente convincente en su corta conversación con el sargento Barrena.

—No sé yo… —se dice. Y continúa arreando a las vacas con el sonido característico que emite su lengua para hacerse entender con las bestias.

Los regueros de agua fluyen por las roderas del camino y por todas partes, charcos interminables entre las densas sebes parecen hacer del camino una profunda grieta. Pisando sobre ellos con sus madreñas, llega Serapio al trecho donde el camino se bifurca hacia la cercana fábrica.

—¡Sooo! —dice a sus vacas.

Se detiene un segundo mirando hacia el edificio, que ya se intuye tras unas salgueras, y toma su camino. En pocos metros se planta en la explanada frente al gran edificio de tres plantas flanqueado por otro más pequeño con soportales, que forman la fábrica de harinas.

—¡Yepa! –Se escucha de repente una voz por encima del tejado de los soportales y aparece Silverio saludando con el brazo en alto asomado por uno de los ventanales.

—¿Qué le trae a usted por aquí, buen hombre? —le grita Silverio con humor apoyando sus manos sobre el mango de una pala de madera.

—¡Baja y tomamos un refrigerio, que hoy es domingo, señor molinero! —le contestó Serapio con el mismo tono.

—Eso está hecho, hombre. Deja la pareja en la portalada…, ahora bajo —concluyó Silverio.

.


Silverio y Serapio son buenos amigos desde la infancia y también parientes por parte de padre. Compañeros de fatigas en mil andanzas que comenzaron a experimentar desde muy pequeños, más allá de sus respectivos corrales. Silverio encontró en Serapio su primer amigo recién llegado de un pequeño pueblo del Valle de Liébana, de donde su familia es originaria. Su padre, Domingo Matorra, se desplazó a Riángulo en busca de un jornal cortando y acarreando robles maderables para la industria. Eran las cortas que se efectuaban de cuando en cuando en los montes pertenecientes a los pueblos de la montaña para obtener sus Concejos unos dineros extra. De los pocos que descansaba, un día, Domingo se presentó en casa para recoger a toda la familia y marchar todos juntos a vivir a Riángulo. Así fue como siendo muy niño Silverio tuvo que abandonar su pequeño y querido pueblo natal con todo el dolor de su corazón. Su pequeño mundo en medio de los densos bosques de la Liébana más profunda, donde la vegetación hace casi intransitables algunas zonas y los lobos encuentran entre tantas gargantas sus mejores guaridas. Lugares que esconden historias como la que le contaba Silverio al poco de conocerse. El relato de la muerte de su tío abuelo Celestino en una oscura noche del invierno con traicioneras tormentas que presagiaban desgracias para ese día; la muerte de un hombre recio que cometió el error de no creer que iba a morir ese día, despeñándose por un barranco, según dicen, acosado por una jauría de lobos hambrientos. Todo el pueblo pudo ver varios días después el cuerpo degollado del tío Celestino y ser testigo de la desgracia no solo de un hombre y su familia, también de todo un pueblo. Esa tarde de duelo y contención, las tormentas se habían desvanecido como si la llamada del bosque buscara el encuentro con las gentes nada más comenzar el día.

—¡Así es como fue! —decía siempre Silverio al terminar su trágico relato—. Los lobos, siempre los lobos detrás de cada tragedia.

El recuerdo de aquel drama quedaría grabado para siempre en la mente del pequeño Silverio, igual que en la memoria colectiva del pueblo montañés de tan profundo nombre, Cueva, tan honda como el lugar en el que se asienta.

Años después de ese suceso, Domingo, su padre, contaba otro relato más liviano, pero no menos relevante. Sucedió un día que regresaba caminando al lado de su burro, Cirilo, en el que fue su último viaje de Riángulo al Valle de Liébana. A varias horas de camino, ya subiendo por las rampas del Puerto de San Glorio, recordó Domingo haberse olvidado el zurrón colgado en la portillera del huerto. Sin dudarlo se dio la vuelta, pero, pasados unos segundos, se paró y se dijo: «¡Ya no vuelvo!». Y no volvió. Continuó su ruta hacia su nueva vida en ese pueblo de montaña camino de la meseta, llamado Riángulo. Así se lo ha contado siempre Silverio a Serapio, hasta quedar grabado en la memoria de ambos.

Silverio se dirige al encuentro de su amigo atravesando una gran sala llena de columnas de madera por los que circula en su interior el trigo almacenado más arriba, hacia los ingenios de la molienda. Esas columnas están hechas de tablas, cuatro tablas de pino tea que parecen sujetar el alto y amplio armazón del techo; allí todo huele a pan sin hacer. Serapio sacó de su zurrón la bota de vino y un trozo de chorizo de casa, y al ver llegar a Silverio le dijo casi cantando:

—¡Molineeero! ¿No tendrá usted un pedazo de pan por ahí? Yo tengo el resto si le complace.

—Sí, hombre, sí —contestó Silverio sacudiendo sus manos de harina con unas palmadas—, lo tengo en el arcón… Traeré también unas sardinillas para celebrar que has venido hoy hasta aquí.

Serapio hizo un gesto exagerando su satisfacción por la idea de su amigo.

A su vuelta con las sardinas, se sentaron sobre la brillante escalinata de madera de tres peldaños que daba entrada a esa parte de la fábrica. Bajo el tejado miraban hacia el exterior a través de las columnas del soportal, mientras conversaban animadamente. Silverio le comenta en pocas palabras los avatares de su rutina en los días y noches de molienda del trigo al tiempo que prepara un buen bocado con una rebanada de pan de la hogaza que su hija Chencha ha amasado y horneado este lunes en casa y un trozo de chorizo que cortó con su navaja ofreciéndoselo a Serapio, que aceptó con gusto.

—¿Has visto por los alrededores algo o alguien que te resulte raro últimamente? —le preguntó Serapio en un momento de la conversación—. Movimientos de gente, ruidos, voces, no sé…

Silverio le miró fijamente algo sorprendido.

—¡Amigo Ser!, hace tiempo que dejamos de jugar a los detectives —le dijo bromeando.

—Pues, la verdad es que sí —volvió a decirle pasados unos segundos—. Llevo varios días o, mejor dicho, noches, observando movimiento de varias personas que me parece, van y vienen camino arriba, camino abajo. No te sabría decir cuánto tiempo llevan con este trajín tan raro. El día que me percaté por primera vez, fue por las voces que daban en medio de la fresca de la madrugada, aún de noche. Debían de ser dos, o tres, por lo menos.

—¿Qué está pasando? Esto tiene algo que ver con la desaparición de tu hermano, ¿verdad? —le preguntó después de otro silencio.

—No estoy del todo seguro, pero después de lo que vieron dos rapaces del barrio en los senderos de Quintanilla… y de lo que tú me acabas de contar ahora… ¡Mi hermano no está muerto, Silverio! Está atrapado en alguna parte y no alcanzo todavía a entender por qué. Aunque eso me da igual, ¡maldita sea!

—¿Has ido al cuartelillo? —interpeló Silverio.

Concentrado en sus pensamientos, Serapio ni tan siquiera escuchó la pregunta de Silverio. Levantó sus brazos echando un trago de la bota de vino.

—Tengo que encontrarlo… y pronto… Presiento que si no lo hago puede suceder lo peor —continuó diciendo Serapio.

Silverio le conoce bien. Hace mucho tiempo que comparten experiencias, algunas difíciles, y siempre fue la elección correcta, aun equivocándose.

Con su navaja abre la lata de sardinas para compartirla.

—No estás solo… ¿En qué estás pensado? —le interrogó.

—¡Remover cielo y tierra hasta encontrarlo!, ¿qué voy a hacer? No voy tras de nadie, tú ya lo sabes, solo quiero encontrarlo —afirmó, seguro del apoyo de su viejo amigo.

—Esta semana tengo que preparar la nueva remesa de trigo que ha llegado de Tierra de Campos. Aquí me encontraré todas las noches, seguro, a las horas del jaleo. Estaré pendiente de todo lo que se mueva en ese camino, puedes estar tranquilo.

—Gracias, Silverio —le contestó Serapio, algo dolido por su hosco temperamento con el viejo amigo molinero y mostrando toda la sinceridad de quien nada tiene que ocultar.

—¡Echa otro trago, hombre! —le ofreció Silverio con buen ánimo, pasándole la bota después de haberlo echado él.

—Tengo que pedirte un favor —se le oyó decir a Serapio después del trago—. He traído la pareja para hacer ver a todos que iba a una tierra…, pero ya sabes dónde voy. ¿Puedo dejártela aquí hasta que vuelva esta tarde?

—Métela en el almacén, hay sitio de sobra y a nadie le va a extrañar, salvo al mozo…, pero por ese… ya sabes que no hay que preocuparse —comentó irónicamente con una medio sonrisa compartida.

—Gracias, eres un amigo —repitió de nuevo Serapio agradecido.

Acabaron juntos de dar los últimos bocados y tragos a la bota, guardando acto seguido las vacas en el gran almacén de la fábrica. Serapio las desunció para que pasaran cómodas las horas de espera. Se despidió de las vacas y de Silverio, y se fue por donde había venido con su zurrón al hombro y su aijada en la mano, una vara gruesa de espino (rosal silvestre) que solo él en el pueblo solía llevar.

Hasta Los Llanos

Caminaba el hombre con sus recios pantalones de pana negros, chaleco también negro y camisa blanca de cuello de botonera, calzado con sus zapatillas de fieltro dentro de unas madreñas y cubierto con su boina, divisando las fértiles vegas del valle que, para él, todas eran su tierra; algunas, con los sembrados recién arados y llenas de terrones ordenadamente desparramados. Todas frente a él son un manto de tierra que se extiende hasta donde alcanza la vista para darles sustento a cambio de su sudor y trabajo. Son lentejas, arvejos, patatas, garbanzos… hasta llegar al soto de Los Llanos, donde un poco más allá ha de cruzar el Río Grande para poder llegar, al fin, al viejo pueblo de Sarlia.

Superadas las tierras de labor de La Vega, el verde intenso de los prados se hace omnipresente hasta llegar a la presa. Esa presa que tanto miedo le daba cuando era niño por ser algo tan temeroso y desconocido, y líquido. Un río artificial silencioso y oscuro en el que nunca se divisa el fondo y donde sus aguas fluyen casi sin darte cuenta, pesadamente rápidas; altas hierbas y algunos arbustos crecen en sus orillas, donde no sabes nunca con seguridad si harás pie o harás agua. Hasta aquí llega el camino por donde hay que cruzar, y ante el cual cualquier profano con sentido común daría media vuelta. En uno de los lados un tocón de arbusto de gruesa salguera guarda la única solución para cruzar el siniestro río que no es río. Serapio echa mano de los dos zancos que medio se esconden entre las largas y tupidas ramas del arbusto. Antes de nada, se quiere probar a sí mismo y desde una piedra a modo de escalón sujeta el palo del zanco en su parte superior con su mano derecha, coloca su pie derecho con su madreña puesta en el soporte de mimbre flexionando su rodilla, y de un impulso, al mismo tiempo que sube el otro pie y su madreña al segundo zanco, se alza muy erguido manteniendo el equilibrio con la firmeza de sus manos. Anda unos metros en círculo con cierta dificultad al introducirse las puntas de los zancos en la tierra, pero, aun así, da por válido el examen. Son unos zancos de campeonato, dicen algunos en el pueblo: tienen más de un metro y medio de altura sobre el suelo, lo justo para poder vadear la presa en ese punto. Serapio lo sabe y concentrado tantea la orilla hasta conseguir introducir la extensión de sus piernas en el fondo. Con facilidad, se coloca sobre sus soportes de mimbre sin perder el equilibrio y con el agua casi llegando hasta sus madreñas, se interna en el cauce de la negra presa zanqueando con cuidado por donde el lecho es más firme y sus puntas no se hunden ni se enredan entre las abundantes algas, algo sobre lo que no tiene toda la certeza en este extraño río. Ya en la otra orilla, el último paso es demasiado alto para darlo con los zancos. Apura la distancia con el borde del escalón que forma la presa y salta con fuerza sobre la hierba lo más adentro que puede sin soltar de las manos durante el vuelo las alzas de madera. Al fin, sin sobresaltos, clava los artilugios de madera en la hierba y allí los deja. Continúa su marcha entre los prados que dominan el llano durante un largo trecho hasta llegar a la zona más alta del Soto Arriba, un bosque donde predominan grandes salgueras y alisos salteados de chopos, abedules, fresnos, argumenos… en un sinfín de arbustos que crecen por doquier. En algunos lugares pueden aparecer de improviso profundas charcas escondidas entre la fronda del sotobosque. El camino que hay que andar desde aquí es ahora incierto, pues nos encontramos ya en los dominios del río, que inunda toda la zona en sus crecidas año tras año, dejando sus sorprendentes e impredecibles huellas. A pesar de los enormes esfuerzos humanos por conquistar sus dominios a base de acarrear y acarrear piedra y tierra, el río es un duro rival, al que poco a poco, con mucho trabajo y voluntad se le gana algún nuevo terreno entre el soto y sus extensos pedregales.

Han pasado casi dos horas desde su salida de la fábrica y frente a él aparece un nuevo obstáculo que superar. Otro curso artificial de agua procedente como todos los que recorren La Vega, del Puerto de Cossío: lugar donde se encuentra la captación de aguas del río grande, construida para abastecer las dos fábricas de harinas que funcionan en el pueblo y utilizada también para regar todas las tierras de la zona. Sigue caminando por la orilla hasta llegar a un desnivel del terreno, cortado en dos por un estrechamiento que sostiene dos gruesos muros de piedra por donde fluye el agua con fuerza. Salvando lo peligroso que pueda resultar la empresa para quien la emprenda, es fácil pasar casi de un salto. Serapio no encuentra ninguna herramienta que le pueda servir de ayuda para cruzar sin esfuerzo (piensa en una pértiga), pero no duda en coger carrerilla y salta con decisión el estrecho paso, esta vez sí, con una madreña en cada mano. A sus más de cuarenta años, su estado de forma es aún lo suficientemente bueno como para no pensárselo dos veces antes de saltar.

A esa altura del valle, ya entre la presa y el río, más allá del triángulo formado por el Puerto de Cossío, se encuentran las llamadas majadas, terrenos llenos de prados llanos ya conquistados al río. Allí mismo, Serapio divisa a lo lejos la silueta de tres hombres que parecen estar trabajando en el acarreo de piedra, tapines y tierra. Se acerca hacia ellos suponiendo quiénes pueden ser por la zona y el día que es. Tal como imaginaba, se trata de Basilio y dos de sus hijos, Kilian y Vidalín, paleando grijo a la orilla del río. Se acerca caminando sobre un alto del terreno por encima de sus cabezas y llega hasta poca distancia de donde se encuentran, pero estos, afanados en su trabajo, no se percatan de su presencia.

—¡Nos os parezca mal…, pero no sabéis trabajar! —les dice Serapio de repente a viva voz.

Vuelven la cabeza rápidamente ambos paleadores y casi al unísono esbozan una sonrisa con su rostro curtido por el sol.

—¡Ser! ¡Qué haces tú por aquí! —gritó Basilio sorprendido, pasando el brazo por su frente surcada de abundante sudor.

—Me alegro de veros por aquí, Basilio. A ti te lo puedo decir… Por disparatado que pueda parecer, voy a Sarlia siguiendo una pista que me lleve hasta mi hermano. Ya sabes que las guaridas de lobos pocas veces han aparecido en las peñas de Bachende, más bien en los montes de Sarlia y Peñas Negras.

Basilio quedó dubitativo mirando a Serapio y preguntándose qué podría estar pasando que él aún no supiera. Clavó la pala en el grijo removido del río y se acercó hasta su amigo subiendo el pequeño talud que les separaba.

—¿Qué es eso que me estás contando de Bachende y Peñas Negras? —le preguntó Basilio nada más llegar a su altura.

Serapio le informó de lo sucedido en los últimos días y Basilio, indignado, mascullaba juramentos contra quienes ya suponía que estaban implicados, los Tralla.

—Malditos hijos de…, nunca debimos dejarles entrar en el pueblo —repetía Basilio.

—Según me ha comentado Suso, y por lo que yo estoy empezando a barruntar, no van a ser esos los peores, Basilio —replicó Serapio.

Kilian observa a su padre conversar con Serapio e intenta llamar su atención con un gesto. Basilio le ve y comenta al fin a Serapio lo que su hijo lleva tiempo insistiendo.

—¡Ah! Ser —dice de pronto en medio de la conversación, los chavales míos están que no mean por que te diga que si les puedes sacar alguna noche de estas a pescar.

Apoyando la barbilla en sus puños, y a su vez estos sobre la vara, y con las piernas abiertas, Serapio se quedó en silencio unos segundos mirando a los chicos antes de contestar a Basilio.

—¿Los tres? Quizá sea buena idea —le dijo mirando al cielo—. Hace tiempo que mi paladar no prueba el pescado…, además, desde esta parte del río hasta el pozo de Los Peñones se divisa bien de cerca la ladera del monte… Nunca se sabe lo que se puede uno encontrar.

Kilian escuchaba expectante las palabras de Serapio, que continuó explicando:

—Pero vendremos antes de lo normal… y puede que sea para toda la noche —comentó dirigiendo su mirada al más joven—, aunque, pensándolo bien, el chaval ya es un buen mozo y podrá volver a casa él solo con su hermano antes que yo con la cesta. ¿Podrás? —exclamó Serapio girando la cabeza hacia el joven fuera del campo de visión de Basilio, que estaba frente a él.

Kilian contestó rápidamente con dos inmediatos: «¡Sí! ¡Sí!»

Viendo el interés de los muchachos por vivir la experiencia nocturna, Serapio, ni corto ni perezoso, les citó para esa misma noche en su casa.

Se despidió y reemprendió su marcha de vuelta al pueblo bordeando el río hasta encontrar el chopo caído y su famosa caseta en el pozo del Abedul, cruzando por él para continuar de vuelta a casa por los senderos de Marmariñán.

Basilio se sienta a la mesa después de un duro día de palear grijo en Los Llanos. Para sus dos hijos que le acompañan, hoy eso no significa nada a pesar del cansancio, solo es cuestión de reponer fuerzas.

—¡La mi cena! —dice Basilio con su acostumbrada alegría cada vez que se sienta a la mesa hambriento.

—Os había hecho una buena olla de fréjoles con berza para mediodía, pero aquí no se ha presentado nadie… —dice Nita mientras sirve a cada uno un buen plato de lo que les tenía reservado. Nadie se queja.

—¿Dónde están los otros rapaces? —pregunta Basilio.

—¿¡Dónde van a estar!? ¡Abriendo la boca por ahí! —le contesta Nita—. Todavía es algo pronto para ellos.

—Ponles bien de comer a estos dos, ponles, que esta noche se van de pesca con Serapio, el de tío Ángel. —Su madre los mira con cara de satisfacción, consciente de lo mucho que eso significa para ellos, especialmente para el pequeño Vidal.

—¡Muy buenísimo todo! —pondera Basilio complacido a media cena—. No hay nada como un buen plato de fréjoles.

La cena continúa con pocas palabras, salvo las escuetas respuestas que da Basilio a Nita sobre el día de trabajo en Los Llanos.

—¡Nooo como más! —termina por decir Basilio, apartando levemente hacia delante su plato vacío sobre la mesa mientras Nita zurce un calcetín de Vidal roto por el zancajo.

Capítulo 13.

Yuri

Esa misma mañana en la que el sargento del cuartel enseña a Serapio la chaqueta rasgada y sucia de su hermano, no muy lejos de allí, en un viejo portalón del barrio más cercano al río, encima de gruesos tablones que forman el techo que resguarda carros y aperos de labranza, tendido sobre un montón de paja y coloños de centeno, dormita Yuri, el ruso. Algo desconcertado, despierta con las primeras luces del día como lo haría un alma fugitiva. Los rayos de sol penetran como lanzas a través de la celosía de mimbre que le aísla del exterior, iluminando a trazos el aire interior de la mañana y deslumbrando sus ojos. Lo primero que le viene a la cabeza es escapar de allí, desaparecer sin dejar rastro lo antes posible. Harto de malvivir vagando de un lugar a otro, le gustaría enmendar tanto desatino cometido, explicando su situación ante quienes le puedan ayudar. Pero, ¿a quién?, se pregunta con desaliento, pero, sobre todo, con hambre. Un hambre atroz le recorre todo el cuerpo haciéndole olvidar repentinamente cualquier otra preocupación. Así de motivado pone sus piernas en movimiento en busca de algo con lo que contentar a su enojado estómago. No se observa movimiento por las calles esta mañana tibia de domingo, solo alguna gallina escarbando y picoteando por aquí y por allá, dentro del extenso corral que forma la barriada de casas que rodean el portalón. Yuri observa las gallinas con atención y, sin querer, guían su mirada hasta una vieja y pequeña puerta con el cuarterón abierto; desde allí ve cómo algunas de ellas pasan de un salto al interior. Hacia la puerta del gallinero resuelto va el hambriento extranjero, como una más, y se mete dentro sin miramiento. Las gallinas cacarean alborotadas por la repentina visita de uno de esos de dos patas grandes y además desconocido; algunas saltan despavoridas de sus nidos por el susto. Yuri avanza decidido hacia los nidos en busca de su deseado desayuno y provoca la total estampida de las gallinas que, ahora a toda velocidad, sortean los pies del intruso cacareando como locas hasta alcanzar su escapatoria en la puerta de salida. En los pesebres para las vacas que ocupan todo el costado de la pared y que ahora hacen la función de confortables camas para las gallinas está lo que busca: una buena ración de huevos recién puestos. Pesebre a pesebre, echa una ojeada al interior para hacerse una idea del banquete que le espera. Acto seguido, coge un huevo y con la uña de su dedo meñique tan afilada que parece un estilete, rompe la cáscara por el extremo fino con sorprendente delicadeza y precisión, absorbe con su boca a la vez que levanta el cuello en un rápido movimiento. Todo para adentro. La cara de gusto y el sonoro suspiro de aire desde sus pulmones expresan el placer por la ingesta del suculento embrión crudo. Un segundo y un tercero, casi sin verlos; y el ultimo del nido…

—¡¡Arggg!! —grita entonces, inclinando su cuerpo con energía.

Un grito desesperado y un movimiento rápido de su cabeza hacia delante para escupir un apestoso líquido viscoso y negro con sabor a huevo podrido. Parecía uno más de los del nido, pero se trataba del huevo del nialero, utilizado desde hace días, quizá semanas, para atraer la gallina a la puesta en el nido.

Unos segundos después, un nudo nauseabundo se apoderó de su estómago vomitando violentamente todo lo que tenía dentro, removiéndosele hasta las mismísimas entrañas. Así lo sintió Yuri en su primer desayuno en el pueblo.

—¡Pero, hijo mío, a quién se le ocurre! ¡Cuantísima hambre has de tener para comerte así los huevos! —escuchó el insensato pronunciar a una suave voz procedente de la entrada de la cuadra—. Ven y te daré algo de comer de preste en casa, niño.

Yuri, aún con el cuerpo doblado sintiendo nuevos retortijones, no es capaz de entender nada y solo intuye una voz y una negra silueta al trasluz de la puerta. Vuelve a vomitar con violencia

—¡¡Ay!! ¡¡Hijo mío!! —Suspira la voz mientras le observa, intuyendo la causa de tan duro trance.

Yuri reacciona al fin alcanzando a ver a duras penas con sus ojos llorosos una silueta humana dentro de la oscura cuadra, solo iluminada por la luz que entra por la puerta y por una exigua ventana de malla de alambres medio tapada con papeles. No le causa sensación de hostilidad esa figura a pesar de haberlo pillado robando huevos, al contrario, percibe en ella cierta feminidad y comprensión ante su famélica situación.

La tía Genara, así es conocida esa mujer por todos sus vecinos, contempla al extraño en su indecisa actitud y, levantando su bastón, le hace un gesto enérgico invitándole a que la siga. Yuri la sigue como niño que obedece al progenitor, consciente de que es lo único que puede hacer en esas circunstancias. Camina tras ella mirando su estampa toda vestida de negro tapada de arriba abajo con gruesas y rucias telas que contrastan con sus cabellos. Se mueve con paso tranquilo apoyándose en su porracha, con la que le indica a Yuri dónde se encuentra su casa. A unos metros de distancia, al otro lado de la calle la examina con la mirada. Le llama la atención su amplio tejado de musgo, que no es de musgo, sino de paja; sus viejas paredes de piedra, y una pequeña y sencilla puerta de entrada revestida por un arco de grandes sillares, tapiado. Ella, toda de negro, desaparece tras el umbral de la vieja casona seguida de Yuri, el cual antes de pasar, como un animal asustado, intentaba distinguir con sus cinco sentidos lo que se encontraría en el interior…; olía a humo, a animal, a matanza… a comida, todo en una atmósfera caldeada. Agachando la cabeza y flexionando las rodillas, el bigardo ruso accedió por fin a un pequeño zaguán, donde, a su izquierda, una puerta abierta le invitaba a pasar hacia la más completa oscuridad; a ella se dirigió cruzando su umbral y dando dos pasos en aquella especie de cueva, que pasados unos segundos no era ya tan oscura, sino literalmente negra, un negro hollín, que todo lo impregna, brilla profusamente con la poca luz que entra desde la puerta y por algún que otro diminuto ventanuco que se adivina en la pared. El olor a humo viejo y a carne curada mezclado con el hedor del estiércol lo impregna todo. Las vacas también habitan la morada bien acomodadas en la habitación contigua.

—Siéntate, nin, te prepararé algo caliente, que ya los días acortan y las noches enfrían —le comenta Genara sobre la marcha, desenfadada, agarrando un gancho de hierro para avivar el fuego del hogar situado sobre la tierra del suelo, en el centro de una amplia habitación que parece ser la cocina, el hogar.

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598 s. 14 illüstrasyon
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9788411141130
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