Kitabı oku: «Las ruinas de la caza»
Las ruinas de la caza
Alfredo Lèal
Las ruinas de la caza
Alfredo Lèal

México 2021
Para Virginia Saji,
después de todo
Qu’est-ce que suivre un fantôme? Et si cela revenait à être suivi par lui, toujours, persécuté peut-être par la chasse même que nous lui faisons ?
DERRIDA
Índice
Preámbulo
Flashback, Pt. 1
Argumento
Flashback, Pt. 2
Teoría
Práctica
Intuición
[...]
Preámbulo
La casa huele a hospital, dijo el más joven de los peritos, pero esto no me consta: si lo menciono ahora es porque mi madre asegura que esa fue precisamente la frase con la que el padre de Aïnhoa comenzó aquella entrevista que sostuvieron siete años después de ese 9 de septiembre, cuando aceptó, mi madre, por primera vez, la tarea de investigar a alguien.
No quiero justificarla, y no tendría por qué, en verdad; sin embargo, si algo hay que decir al respecto es que pasábamos por un momento económico difícil —¿los hay, acaso, de otro modo?— y que ella estaba presionada por poner todo en orden. ¿Sería ese mismo orden el que la condicionaba a no poder avanzar? Eso tampoco lo sé. Lo que sé es que su trabajo, en ese momento, no era aún el de buscar ese dato, ese trozo de información que alguna vez pudiera haberse escondido y que ahora, es decir, en el momento en el que la encontrara, podría ser vital para que la gente perseguida fuera una presa fácil de conseguir. Su trabajo, entonces, era otro: no le gustaba llamarse detective porque esta palabra siempre le había sonado a una especie de máquina pre-programada para encontrar algo, además de que le provocaba una risa involuntaria, asociándola más bien a los perros de las caricaturas que usan sombrero y gabardina cafés que a los personajes de las novelas negras, aunque la verdadera razón, creo yo, es que en un momento, precisamente después de Aïnhoa, se dio cuenta de que eso mismo que buscaba o, mejor, que pretendía buscar, estaba ya siempre ahí, era un simple evento u objeto u hombre que de todos modos alguien más hubiera encontrado sin que ella o cualquier otra persona con ese oficio hiciera el mínimo esfuerzo por que sucediera; prefería, pues, el término “investigadora”, que le recordaba dos cosas:
la primera, sus años en la Universidad y el aura que rodeaba a la palabra research
(Oxford: “a careful study of a subject, especially in order to discover new facts or information about it”),
que, a veces, le gustaba escribir con un guion, re-search, modificando el sentido del prefijo “re” en la etimología original por el uso actual del mismo
(sencillamente: “to research”, es decir, “acto de”, “acto de + buscar”, en este caso):
volver a buscar, buscar de nuevo, seguir buscando incluso.
En todo caso, se trataba siempre de una re-research. Por lo tanto:
acto de + buscar + (acto de buscar + (acto-de-buscar))2
Re-researcher, entonces, traducido literalmente por in-investigadora. Pero esto, vale decirlo, viene mucho después: hay un momento anterior del que basta recordar no más que un doblez, un pliegue: mucho antes de entrar a la empresa de headhunters intenta entrar a los servicios particulares de búsqueda:
investigadora privada ofrece sus servicios y un número de teléfono, sin que sea ni siquiera en lo más mínimo sorprendente que el número de llamadas, en su mayoría, sea de gente que piensa que lo que está ofreciendo es un servicio de escort. (No deja de llamarle la atención, empero, que se trate siempre, en su caso, de una búsqueda, de un volver-a-buscar escondido entre los pliegues de esa investigación que se basa en el lenguaje. El detective, pudo haber dicho Piglia —o quizá lo dijo y Jolene no está sino recordándolo— es un lingüista que debe desconfiar de los signos. Jitrik sería más radical aun: el detective es un especialista en semiótica del lenguaje que ha abandonado toda certeza con respecto a los significados. El detective es un esquizo.)
Dos raíces —y un montón de tiempo desperdiciado, o al menos así lo ve y cree que así debería verlo cualquiera que tenga hijos y no quiera dedicarse enteramente a ellos, no por maldad o por alguno de esos nombres melodramáticos sino, sencillamente, porque tal vez su vida, la vida individual, aún no termina, y por eso mismo quiere dedicarle algún momento a ella —y en la elección de estos dos verbos reflexivos, dedicarse/dedicarle, está toda la decisión tomada anticipadamente; dos formas de vida, entonces:
la primera es una modalidad del sacrificio: el cuerpo se des-pliega, abandonado a los segmentos que lo contienen desde fuera, doblado o doblegado en espacios disímiles;
la segunda, en cambio, es una estrategia de segmentación de esos momentos: la acción recae sobre ellos y no viene al encuentro con el sujeto (tal vez debería agregarse: porque no hay sujeto que encontrar; porque no hay sujeto realmente; algo así…);
la primera, entonces, tiene que ver con la búsqueda en sí misma (si esto fuera una libreta con márgenes, Jolene anotaría: lo cual nos remonta a Proust); la segunda, en cambio, se relaciona con la búsqueda específica en el lenguaje, al interior del mismo (libreta hipotética, nota escrita a mano: y esto tiene que ver con Joyce). La imposibilidad, pues, de salir de la modernidad y una escritura que se va dejando hacer, que se sabe objeto de una entidad exterior y subjetiva que le da forma pero, a final de cuentas, autónoma —más, por supuesto, la necesidad de meter a Proust y Joyce en todo, o, a manera de subtítulo:
La imposibilidad de salir del eurocentrismo
¿Por qué no se puede salir del asilo? No se puede salir del asilo no porque la salida esté lejos, sino porque la entrada está demasiado cerca. Nunca se deja de entrar a él, y cada uno de esos encuentros, cada uno de esos enfrentamientos entre el médico y el enfermo vuelven a poner en marcha, repiten de manera indefinida ese acto fundador, ese acto inicial a través del cual la locura va a existir como realidad y el psiquiatra, como médico.
Michel Foucault, “Clase del 30 de enero de 1974”, El poder psiquiátrico
Un silencio ensordecedor.
O así es como lo escuchaba Judith a esa hora de la mañana en el Parque Juana de Asbaje, interrumpido sólo por las palabras que, desde la cima de la resbaladilla más alta, antes de deslizarse, le lanzaba José Pablo. La alcanzaban sentada en una de las bancas que rodean el área de juegos infantiles, comúnmente ocupada por una gran cantidad de niños cuyos movimientos dejan una huella que se materializa en el cuerpo de los padres detrás de ellos, observándolos mientras suben las escaleras o se deslizan por los toboganes, esperándolos en el extremo inferior de éstos o bien impidiendo que se suban por ese lado; es una lógica del cuidado desmedido cuya gramática parecen compartir todos los padres que asisten con sus hijos al área de juegos pero que, aun cuando se pueda comunicar —y, de hecho, a pesar de que no es sino una larga comunicación con los hijos, en la que impera, por cierto, solamente la forma imperativa: “no te subas”, “deja pasar”, “cuidado con la cabeza”—, termina convirtiéndose en un murmullo constante, casi un zumbido, que no significa nada realmente porque aquéllos a quienes está destinado no lo entienden, en el sentido largo de la palabra: se escuchan las voces de los padres y las palabras sueltas de los niños, coladas entre risas o alguno que otro llanto esporádico, a veces demasiado ruidoso, y eso que se escucha no es sino una forma de mantener a los cuerpos, tan pequeños como lo pueden ser los de los niños que asisten al área de juegos, en un espacio interior, el del discurso, que se opone diametralmente al espacio en donde se mueven, en donde encuentran las maneras de solucionar los problemas más inmediatos o, tal vez, de hacer problemático lo más simple, como sucedía en ese momento, rodeados no del murmullo de los padres que ocupan junto con sus hijos el área de juegos por las tardes, entre semana, o los sábados desde temprano y el domingo después de misa, en ese orden ascendente de concurrencia: José Pablo estaba detenido de uno de los tubos que, imitando aquéllos de los bomberos tal como se representan en las películas o los programas de televisión, planteaba un reto al pequeño: antes de soltarse, se quedó mirando, sólo unos segundos antes de que Judith lo hiciera, hacia el fondo del parque, allá junto a la salida a Allende, donde está la librería Elsa Cecilia Frost.
La mirada de Judith atravesaba las copas de los árboles, merodeaba entre los pequeños resquicios por donde un cielo tal vez demasiado azul de principios de noviembre parecía tratar de ponerse en primer plano, de manera tal que el paisaje semejaba no un paisaje sino la pintura de uno, parecía venir hacia ella en una suerte de movimiento sigiloso y tartamudo, avanzaba a tientas, moviéndose sin permitirle entender que en realidad era ella, era el movimiento interno de su conciencia el que la hacía pensar que todo estaba mejor así, como el parque a esta hora: rodeada solamente por algunos cuantos indicios de vida que pasaban ráfagas distanciadas, si bien no lo suficiente como para ser imperceptibles, en la forma de automóviles sobre Hidalgo, detrás, afuera. Se detuvo en esa palabra: afuera, como si en verdad pudieran dividirse tajantemente los espacios entre las cosas y, más aún, los espacios del paisaje. Había terminado por interiorizar la división de las cosas, su separación en la forma de la oposición exterior e interior, en la forma de lo que entra en un espacio —y, consecuentemente, sale de otro— con respecto al cual puede decirse que se trata de una forma interior, una bolsa abierta en sus bordes como labios. Judith sonrió para sí, sin que fuera esa sonrisa suficiente para aclarar el sentido de la frase que recién había pensado; mejor: no el sentido: la referencia. Y esto era porque en algún punto sentía siempre la necesidad de que el paisaje tuviera en sí mismo la capacidad para contenerla, envolviéndola como se envuelve un trozo de uva entre los labios y haciendo de ese primer acto de envoltura un pasaje hacia el espacio otro, húmedo, de la boca, donde la uva, ella misma contenida en su cáscara, puede mantener su sustancia de uva durante algunas horas. Piensa en Pinocchio internándose en el cuerpo del Pesce-cane, “avviandose un paso dietro l’altro verso quel piccolo chiarore che vedeva baluginare lontano lontano” y luego, inmediatamente —por culpa de Lucien, por supuesto—, en Auster: “the son saves the father. This must be fully imagined from the perspective of the little boy. And this, in the mind of the father who was once a little boy, a son, to his own father, must be fully imagined. Puer æternus. The son saves the father”. Se había aprendido el primer pasaje la primera vez que leyó a Collodi, en la carrera; el segundo, cuando Lucien, una noche, luego de esas discusiones que tenían, motivadas por las cosas más simples —lo recuerda muy bien: José Pablo dormía en su cuna, a la que recién le habían agregado el crib bumper, más que para evitar los golpes, para cubrir al pequeño del frío que se filtraba por la puerta del baño de la habitación (y de la casa) y ellos dos estaban en la sala: ella hacía un bordado para Mar, a quien se lo daría de regalo de intercambio; él estaba contento porque los Canadiens de Montréal habían pasado, después de tres años de no hacerlo, a las finales, y no hacía nada realmente—, se lo leyera en voz alta en el pasillo del edificio y ella comenzara a pensar cuál sería el equivalente para decir lo mismo, “the son saves the father”, en femenino: “la hija salva a la madre” o, incluso, “el hijo salva a la madre”. No bastaba con cambiar los pronombres o, en su caso, las terminaciones de los adjetivos: era preciso reformular enteramente el pasaje —el de Collodi, el de Auster…— y ahí, sólo en ese pausado ir y venir de las palabras hacia otra dirección, igual que un viento como lo son los de otoño en la Ciudad —frío, sin tomar, empero, enteramente cuerpo, apenas dibujado, diríase, entre los pocos espacios abiertos que aún quedaban, un viento que se siente sobre todo en el rostro y en las manos, o, en su caso, en el cabello—, ahí, preguntarse cómo poder decir que es el hijo el que salva al padre o que es la hija la que salva a la madre y el resto de las combinaciones subsecuentes hasta deformarse o reconfigurarse en la frase: el hijo mata a la madre. El movimiento era muy sutil, como sentimos el viento en el cabello: ¿es el viento el que sentimos o es el cabello el que siente el viento y nos remite la sensación a los ojos, a la nariz, a la boca que, de un momento a otro, ya está seca y busca, sin saber que le será imposible encontrarla, el agua? Porque el viento de otoño en la Ciudad es el viento que viene desde el sol o que baja, mejor dicho, junto con éste, con el aplomo de la necesidad imperativa, y nunca del todo cristalizada, de cubrirlo todo, de estar sobre todas las cosas; aplastante, quemante, ese sol, pensaba Judith, un poco repitiendo esa frase que todos en la Ciudad decían y que, en su otra ciudad, en el Valle, nunca llegó a escuchar, tal vez porque allá el viento es parte fundamental de la educación sentimental —no: sintiente— de los habitantes y, por ello, no se pueden detener a quejarse de un sol que no calienta pero quema, como dicen los habitantes de esta Ciudad en la que lo más cercano que tendremos al invierno se encuentra en los destellos de ese viento y el soplo de ese sol sobre los cuerpos.
¿Te molesta?
Judith se volvió.
La voz había salido de la nada.
En el momento en el que sus ojos la enfocaron, cuando tomó cuerpo, se dibujó, en un solo gesto, el rostro de una mujer joven de facciones cansadas. Vestía una falda larga, hasta los tobillos, pegada en ese momento contra las piernas en un encuadre que transparentaba las licras grises ceñidas desde los muslos hasta las pantorrillas; luego: un breve asomo de piel, que contrastaba con las líneas amarillentas sobre la tela azul de un par de calcetines cuyo resorte ya no podía sostenerlos y estaban a punto de escurrirse hasta casi rozar la orilla de los New Balance azules, también, con detalles en rosa.
No, para nada, cómo crees, dijo Judith, y se hizo a un lado, sin levantarse de la banca, hasta que sus manos tocaron la orilla de ésta.
La recién llegada se quitó la bolsa que le colgaba al hombro y la puso entre su cuerpo, ahora sentado también, y el de su vecina de banca. Se levantó brevemente para colocar la pierna derecha, doblada, bajo el muslo de la pierna izquierda, en el momento exacto en el que el viento se detuvo y, de inmediato, brilló una vez más, con mayor insistencia, junto con el rechinido de un sol que se confundía con el del plástico de los tenis sobre el metal de la banca.
El hijo de la mujer recién llegada, de apenas unos tres años, corrió hacia los juegos pequeños. Subió, apoyándose en los escalones, hasta la orilla del tobogán naranja de plástico que parecía ser mucho más grande ahora que estaba habitado por ese cuerpo junto al que no tardó en llegar aquél de José Pablo. Judith, sentada con las piernas cruzadas, a la orilla izquierda de la banca y mirando una libreta que la otra acababa de abrir —plena, desbordada de una letra que, en la página que le quedaba más cercana a la vista, cubría todo el espacio del papel, con esa capacidad que tiene cierta escritura de borrar incluso las líneas que, se supone, le dan orden a las frases: una escritura en bloque, cerrada sobre sí y, no obstante, legible aún desde la lejanía del cuerpo de Judith con respecto al de su ahora compañera de banca, quien ya dejaba fluir la mano sobre la hoja de la derecha y le permitía ver el proceso de una actividad que Judith inmediatamente denominó como esquizofrénica: escribir sin espacios, pegando las letras lo más posible las unas a las otras como si temiera que entre los espacios de éstas tal vez pudiera colarse un significado impreciso, imposible, indeseado. Alcanzó a ver un par de palabras que, por ese extraño respeto que nos llega de pronto cuando estamos frente a alguien que recién conocimos, se negó a completar, pero se dio cuenta de que escribía en inglés —o, mejor dicho, de que el fragmento que ocupaba toda la hoja que ahora, en lugar del paisaje, llenaba la mirada de Judith, estaba escrito en parte en inglés, aunque le pareció ver un par de palabras en francés también, una línea en español, entre paréntesis, muchas comas, guiones.
¿Cómo se llama tu hijo?
Judith volvió en sí.
La otra terminó una frase, o simuló terminarla con un punto y aparte. Las palabras habían causado un efecto muy breve en Judith, un reflejo, haciéndola subir el rostro —una ráfaga de viento chocó en ese momento contra su cabello, haciéndolo ondular frente al rostro, por lo que tuvo que llevar la mano hasta ésta y quitarse de delante de los ojos el pelo negro y colocarlo, momentáneamente (el viento seguía golpeando los cuatro cuerpos y, seguramente, arriba, moviendo con violencia también las nubes), detrás de la oreja.
José Pablo, dijo Judith y, sin saber por qué, como siempre que le hacían la pregunta por el nombre de su hijo en circunstancias similares, agregó:
¿Y el tuyo?
Job, dijo la mujer, cerrando la libreta sobre sus piernas.
¿Vienes acá muy seguido? Nunca te había visto.
Judith no tuvo tiempo para pensar en el nombre del hijo de la otra, que, recién ahora se daba cuenta, parecía moverse en un diagrama temporal paralelo al suyo: ya sacaba un cigarro y lo encendía dentro de una especie de cazuela que había hecho con la mano izquierda, ladeando un poco el rostro hacia la dirección contraria y luego mirándola fijamente a los ojos mientras el humo le recorría el cabello corto, a la Jean Seberg.
Sí, venimos muy seguido pero en las tardes, casi siempre.
Vives cerca.
La mujer miró a su hijo, jugando con el de Judith, quien apenas reía, apenas emitía algunos sonidos que, era cierto, si acaso se parecían a las palabras era porque aquello era lo que ella quería escuchar ahí, en la respuesta que la otra había hecho a una pregunta sobre si eran o no, José Pablo y Judith, gente de la colonia —lo primero que había percibido cuando Lucien le propusiera que vivieran en el Centro de Tlalpan era esa especie tan particular de recelo que algunos confunden con la envidia; los celos, para nombrarlos de una manera más precisa, que los habitantes del Centro de Tlalpan sentían respecto a la gente que bajaba desde los pueblos a la salida a Cuernavaca (San Pedro, San Andrés, Topilejo) para comprar una nieve junto a la iglesia de San Agustín, desayunar en el buffet de La Leyenda o, como suponía la otra —de no haber intuido o adivinado que, en efecto, Judith vivía cerca de ahí—, pasar al Juana de Asbaje antes o después de recoger a sus hijos de alguna de las tantas escuelas que había en ese damero perfecto— y pensó, por un segundo, en que las palabras no existen, no están en ninguna parte y, sin embargo, son, en cualquiera de sus formas, lo único que reactiva esa sociabilidad primera, si la hubo, en la que un cuerpo se acerca a otro y decide suspender el tiempo entre ambos, suspender el tiempo de la muerte.
Sí. En Congreso, junto a Telmex.
Nunca te he visto, insistió la mujer.
¿Me regalas un cigarro?
Claro, dijo la otra, sacando la cajetilla de su bolso y deslizando uno de entre los que lo mantenían apretado dentro de la caja. Era un gesto completamente normal, un movimiento que muchos fumadores tienen para ofrecer los cigarros, pero a Judith le pareció un claro indicio de que la mujer no podía tratarla del mismo modo en el que trataba a sus conocidos, a quienes —y esto no sabría o no habría sabido, en ese momento, cómo explicarlo— les hubiera dado el cigarro sin más, sacándolo de la cajetilla, con las manos.
Madre soltera en el parque.
El humo del cigarro, que la otra mantenía dentro de sí como para alargar el efecto de mareo instantáneo que produce la primera bocanada, salió intempestivo junto con una risa apenas audible que enmarcaba el rostro mirando hacia donde su hijo y José Pablo estaban, y cuyas voces, como el viento, se habían o apagado por completo o desvanecido en una especie de fondo, un segundo plano.
No: tengo dos divorcios. El segundo no fue un divorcio, pero, bueno: me gusta pensarlo como si sí. Mi hijo no conoció a su padre, dijo, volviéndose; dejémoslo así.
A Judith le pareció un gesto muy claro de distancia el hecho de que la otra no se refiriera a su hijo por su nombre. Siempre le había parecido que esas madres que recién se han conocido y hablan de sus hijos usando los nombres propios tratan de establecer una cercanía falaz, de entrada y sin que haya una justificación para hacerlo, como si todas las madres del mundo formaran una sororidad implícita no desde el acto mismo de dar a luz o cuidar a los hijos, luego, con la paciencia que, Judith lo sabía, no todo el mundo debe forzosamente poseer y, por ello, es preciso desarrollar, como una forma de arte, sino desde el momento mismo de la concepción o incluso desde el momento del embarazo, el momento de la evidencia del embarazo, como si pertenecieran a una especie de territorio, en sí mismo limítrofe, donde la convivencia, a todas luces imposible en la normalidad, se transparentara, como si los nombres pudieran ser, por sí mismos, una forma real de la confianza.
A veces me dan ganas de renunciar. Tener que estar todo el tiempo ahí, tener que ser siempre mamá, eso me cansa. Con mis hijas no me pasó. Es raro. Lo hice durante muchos años: la mayor está por terminar la universidad y la menor está en grado doce y nunca lo sentí así, tal vez porque, antes de que me divorciara, no sabía muchas cosas que tienen que ver con la necesidad de que dejes que el hijo encuentre los modos de sobrevivir por sí mismo, por sí mismos, mejor dicho: los modos; esos los tiene que encontrar.
¿Grado doce?
Mis hijas viven con su padre en el pueblo donde nací, cerca de Minneapolis.
José Pablo es mi primer hijo y no creo tener otro, y era así, tan sencillo, contradecirse, hablar de su hijo por su nombre, deshacer todo lo que había pensado unos segundos antes, ni siquiera un minuto ha. Estaba vulnerable porque no le había quedado claro, o no quería que le quedara claro, no aún, al menos, que el silencio era ese espacio que tenía que habitar de ahora en adelante hasta que algo más pasara, la memoria o el accidente, qué sé yo.
El primero, el segundo, es igual: no son ellos los que tienen que cambiar la actitud, somos nosotras, ¿sabes?
La otra se volvió hacia ella y le sonrió al terminar de hablar.
¿Por qué están aquí a esta hora?
Es raro, ¿verdad?
Se siente muy solo el parque. Como si fuera nuestro.
No, no, para nada, la mujer había modulado, mínimamente, su tono de voz; Judith pensó que se trataba de una especie de guiño, de su forma de ser cordial —o totalmente irónica. Eso no podría saberlo.
Sólo que, creo que me entenderás, no sé si tu pregunta es por qué estamos aquí hoy a esta hora o por qué venimos aquí todos los días, ¿viste?
Me gusta que uses muletillas.
A veces, sí.
O sea: yo no sé qué es lo que haces y no tienes ninguna razón para decírmelo. Pero pienso que a mí me daría miedo salir todos los días a la misma hora y meterme a un parque que está vacío, sola, con mi hijo.
Yet, here you are.
Here we are.
Acabo de quedarme sin trabajo, dijo la mujer; luego: renuncié. O me renunciaron. No sé, pues. Da igual, ¿no? Al final te quedas con una tarjeta de vales de despensa en la que nunca más va a haber nada y piensas que eso fue todo, que ahí se resume todo lo que hiciste en ese trabajo de mierda en el que te tuviste que meter por necesidad y no porque quisieras realmente hacerlo, aunque, bueno, ¿qué trabajo lo hacemos porque queramos hacerlo, porque tengamos las ganas de trabajar y pensemos que se trata de algo que es indispensable para nuestras vidas y que, sin ello, no podríamos estar vivos?, ¿qué trabajo se piensa, o, bueno, te lo pregunto, qué trabajo piensas que es mejor que estar en otro espacio, el que sea, y que por eso mismo vale más la pena hacerse que no? Creo que es una pregunta muy sencilla la que me interesa ahora pero no sé si la voy a formular de la mejor de las formas: ¿hay un trabajo que se pueda sentir y no sentir al mismo tiempo?, ¿hay algo que podamos hacer como si no lo hiciéramos y que, además, nos dé lo suficiente para que vivamos, digámoslo así, dignamente? No lo creo. Creo que se trata de una condición que nos hemos impuesto y que nos ayuda a pensar que, de un modo u otro, somos independientes de lo que nos rodea, que podemos desligarnos de todo, devenir satélites.
La mujer bajó, tímidamente, la mirada, menos por vergüenza que por una clase muy específica de orgullo: el orgullo de los jazzistas que terminan de improvisar y que saben que algo de su fraseo fue memorable, que se podrá retener más allá de la contingencia del solo que terminaron. Judith pensaba en esto cuando, de golpe, la mano de la otra le extendió otro cigarro. Lo encendió con calma, aspirando, al mismo tiempo, el humo y el perfume de la otra, que había hecho la misma cazuelita que cuando ella prendiera su cigarro para encender el de su vecina de banca.
Trabajaba en una escuela, dijo, exhalando el humo hacia enfrente. Una prepa. Bueno, no una prepa: una de esas escuelas que tienen desde kínder hasta prepa, y yo daba clases en prepa.
Clases de qué, preguntó Judith, pensando en Lucien.
Literatura en quinto y sexto, francés en sexto y francés también en tercero de secundaria.
Literatura mexicana, ¿no? Esa es la de sexto.
La de quinto es Literatura Universal, hizo una pausa.
En mi cabeza, siempre he pensado esta pausa, por insignificante que parezca, como el corte a un relato paralelo en el que mamá piensa en las condiciones de la educación media superior en México; revisa uno a uno los programas de estudio de la Literatura y comienza a resolver los problemas con base en una especie de historia en la que inscribe, sin quererlo, su propio cuerpo, su trabajo. Escribe, en ese momento, ese ensayo que intituló “La Literatura se enseña”.
Ninguna de las dos les gusta a los alumnos de prepa. Alumnas, en mi caso. Era un colegio católico, para mujeres, en el Pedregal.
¿Lo conozco?
La otra se volvió, dejó caer un poco hacia atrás la cabeza sobre el respaldo de la banca y levantó los hombros.
Si fueran otros tiempos, te diría que si te cuento me tienes que prometer que no vas a decirle nada a nadie, pero ni te conozco ni me interesa que alguien más lo sepa o no.
Cuéntame, entonces.
Es una historia larga.
Tengo tiempo, como dicen en las películas.
Te lo voy a plantear de este modo: supón que eres la encargada de cuidar a esos dos niños, dijo, señalando a José Pablo y a su propio hijo, quienes, en ese movimiento que provenía del dedo de Jolene señalándolos —estoy seguro de que para este momento, aunque mamá no me lo haya dicho, ya se habían dado los nombres, pero no me interesa repetir la escena—, volvieron a formar parte del paisaje o, mejor dicho, volvieron a hacer que ellas dos formaran parte del paisaje —o tal vez esto lo estoy contando yo desde mi propia experiencia o lo que, supongo, he conservado como mi propia experiencia: para mí ese día no existe en la medida en la que sea un recuerdo que pueda reconstruir sino en cuanto a que es un día que mamá, según me dijo, tomó como el punto de partida para que nos mudáramos de la Ciudad; un día, pues, mucho más importante que los que, para mí, por lo que me ha contado, podrían haber sido determinantes para tomar esa decisión; pero un día, al fin, que no puedo relatar sino a través del relato de mi madre, como me sucede con todo lo que, desde antes de que naciera, cuando mamá y J. se conocieran en Zihuatanejo, me han contado); y siguió:
Cuidas a mi hijo y te voy a pagar por hacerlo, ¿viste? Y todo va muy normal pero, por alguna razón, algo no te hace sentido, algo no va y luego, en un momento de iluminación, te das cuenta de que yo maltrato a mi hijo. No es cualquier maltrato: no le pego ni lo maltrato psicológicamente, es algo peor: el maltrato consiste en que no hay maltrato, no al menos un maltrato evidente. ¿Estamos? El niño es funcional, una pieza perfecta de una sociedad perfecta: excelente alumno, excelente comportamiento, todas las condiciones para que se convierta en un adulto sin problemas.
Todas las pruebas contenidas en un trozo de historia que se pierde, y ahora fue Judith quien se le adelantó a mamá, quien terminó de darle cuerpo a la idea:
El maltrato está determinado por la paradoja de la resignación: por qué si puedo hacer el bien, hago el mal.
Al revés: por qué si puedo hacer el mal, hago el bien.
Y fue ahí, en la bisagra entre la mañana y el mediodía, fue cuando el sol comenzó a quemar de nuevo.
Flashback, Pt. 1
El problema, su problema, era que las palabras nunca decían lo suficiente, ni siquiera lo que de ellas podía surgir a partir de todas las combinaciones posibles, del encuentro de todas las palabras que había escuchado durante treinta y siete años: las palabras no alcanzaban, se quedaban cortas, había que descifrar, siempre, había que indagar, que desentrañar algo superior, una materia fétida que, paradójicamente, subyacía en el marco de la lengua, como una maldición. El problema, pensaba, era muy sencillo, podía resumirse en un solo nombre (y qué es el nombre sino ese sitio donde confluyen las palabras, ese espacio donde se conjuntan sintagmas y constructos que nos hacen creer que lo que tenemos delante nuestro es, a pesar de todo, un ser humano), un solo nombre que lo contenía todo, origen y originario, el inicio de la cadena que le ataba las piernas, le impedía salir del consultorio como antes y saludar a las enfermeras, subirse al auto para conducir a casa, abrir la puerta, mirar, pensar que el silencio era la única palabra. Un nombre, ese: la fórmula condensada de diecinueve letras que habían cambiado su vida porque ya no podía ser indiferente, porque ahora le era imposible ver las cosas desde esa especie de pasividad objetiva que le otorgaban los títulos, las medallas físicas y virtuales, los reconocimientos colgados en marcos de madera que servían —sólo en ocasiones, es preciso decirlo— de escenografía perfecta para su autoritarismo. Se contentaba con escuchar, decir unas cuantas frases repetidas un sinfín de veces y en las más variadas ocasiones y reír por dentro, ahí donde nadie había sabido llegar antes de ella, ese lugar que, creía, estaba asegurado, ese silencio que nadie podía tocar porque las palabras son siempre el indicio del síntoma, la raíz que se hace patente, la imagen construida contra la que debía ingeniárselas, ese objeto que debía escrutar con palabras, irónicamente, para que el otro sintiera un determinado alivio. La ciencia, la suya, era caduca, y tardarse tanto en reconstruir el nombre, en armarlo en su mente para, luego, cuando llegara a casa —esa tarde no había tomado la ruta corta, había escapado, dejando a tres pacientes a la espera en el consultorio; llovía y el noticiero de la radio era una estática interminable, ruido blanco—, en el instante en que abriera la puerta, ser capaz de decir el nombre para después contárselo a sus muebles, a la mesa sobre la que había trabajado durante tantos años (la casa era la misma de sus años de estudiante, ese rincón que su padre le dejó a manera de herencia en vida, cuyo jardín había servido para tantas lecturas, para que sus ojos pasaran sobre tantos libros y sus manos se colorearan con la ausencia siempre latente de alguien a quien confiarle eso que, cada vez con más cautela, escribía en los márgenes, el sitio, único, de sus diálogos, de su reflexión instantánea y, por mucho, hondamente sincera sobre sí mismo; la casa, esa, con su duela a medio destruir y las paredes cortándose en grietas que las recorrían discretamente desde el techo hasta la alfombra, el sitio de tantas reuniones —algunas de ellas programadas, otras espontáneas, como un suspiro— con el recuerdo de su madre en el hospital la tarde en que tomara su mano por última vez), susurrarle el nombre al sofá de piel en el que en una ocasión —la recordaba nítidamente— había llorado frente a esa fotografía de la infancia en la que estaban todos los que alguna vez fueron y que ahora eran solamente olvido.
Miró el reloj del auto y siguió conduciendo.
En el asiento del copiloto —no era necesario volverse a verlo— estaba la pila de archivos que había robado del despacho general del Hospital.
Se preguntaba, entonces, si no habría sido más fácil renunciar, escribir un oficio en el que dijera que estaba cansado, que los años no pasan en vano y que se sentía cansado; quién sabe, quizá solamente alguna de esas líneas prefabricadas con las que la gente se despide de la demás gente, con las que las personas se disculpan por fallar. No lo había hecho porque sabía que habría sido frustrante que le remitieran la carta, que lo quisieran convencer de no dejar el Hospital y que, años después, a la hora de su retiro definitivo —el cual no veía sino en la muerte—, todos hubieran recordado como un episodio de debilidad, de flaqueza. Lo que le quedaba era sólo eso, sin duda, una especie de mecanismo de protección dentro del cual escondía algunos episodios.
No quería abrir las compuertas. Abrirse. No quería explicar la verdadera razón porque entonces tendría que encontrarse una enfermedad, determinar —auto-determinarse, auto-diagnosticarse— los síntomas. Justificarse. Mejor así. Los papeles podrían estar en su casa mientras trabajara en el libro, mientras escribiera. En el fondo sabía que no era necesario tenerlos a la mano. Recordaba cada gesto, cada detalle. Ahora mismo, mientras conducía, recordaba. Ahora, gracias a ella, era capaz de recordar. Si le hubieran preguntado unos meses atrás —tres meses y siete días atrás, para hacerle justicia a la fijación— habría hallado alguna forma para evadir los encuentros, para evitar los nombres y los síntomas, una manera de hacerse el desentendido arguyendo que iba en contra de la ética profesional, que su labor se lo impedía. (Al humanismo siempre le dejaba la salida fácil: ¿quién podía haber dudado de él, de un médico con su prestigio, con su trayectoria?; en todo caso, ¿por qué dudar?) Y, no obstante, ahora sabía que todo estaba ahí, en su cabeza: un fluir de encuentros en los que se había prefigurado la ruta que recorría a tientas con los ojos palpitando y las pupilas dilatadas en contra de su voluntad. Cada charla, cada discurso, cada persona que se había acercado a él o que los otros —la amabilidad es interminable— le habían acercado, todos ellos estaban ahí. Ella había venido a mostrárselo. Tres meses y siete días antes hubiera pensado que no era posible, que nadie nunca podría haberlo hecho entender, que su labor era muy sencilla y que debía enfocarse sólo en ésta con la finalidad de construir las bases de un futuro en el que quedara la impronta de su palabra, testimonio de la humanidad que habita, todavía y a pesar de todo, en el hombre.
Tres meses y siete días antes hubiera dicho que no. Se hubiera negado. Ahora, por el contrario, conducía con la mirada puesta en el parabrisas, en las gotas que chocaban y se deshacían igual que las palabras saliendo de la boca del paciente y estrellándose contra sus ojos, contra sus prejuicios y sus conceptos caducos, pisoteados.
La lluvia en el parabrisas, los limpiadores del auto en su afán por borrarlas lo más pronto posible y su mente averiada. Pensaba que las palabras no existen hasta que se las pone en el papel, hasta que forman conjuntos que pueden reflejar el pensamiento o separarse lo más sinceramente de éste. Por eso tomaba notas, hacía informes, tenía archivos. Por eso se los había llevado. Era necesario impedir que los otros descifraran el mecanismo, que los otros entraran en lo que había construido con el paso de los años. Tenía los archivos porque eran él y porque —aunque esto le sonaba, cada que se lo repetía en la cabeza, imbécil, profunda y cabalmente imbécil— tal vez ella quisiera leerlos. Tal vez, había una mínima posibilidad de que lo hiciera. Bastaba con que la llamara, con que se acercara a ella del mismo modo en el que ella se había acercado a él, con la misma fineza en el paso, con las mismas intenciones de hacerse patente, de reconfigurarse frente al otro sin que se ejerza sobre él ninguna tiranía. Era honesta, dichosa en su desgracia, perfecta en la medida en que la perfección era imposible e imposible en tanto imagen decodificada, en tanto signo vacío, alterado, inaccesible. Era, ella, más de lo que podía resumir en un pensamiento que surgía a medias mientras conducía, mientras no pasaba nada, como en esas narraciones que no son narraciones, esas que emulan las narraciones y se valen de éstas como pretexto para hacer cuadrar un determinado discurso en el foco de la lengua. Ocupaba el espacio vacío, el espacio muerto del trayecto a casa —especialmente patético esa tarde, habiendo tomado la ruta larga; los papeles, que descansaban en el asiento del copiloto— para reconstruir una serie de procesos que había iniciado a las doce dieciséis de un veintiséis de agosto, tres meses y siete días antes de ese momento. Las manos sobre el volante, los ojos fijos en las gotas del parabrisas, conduciendo automatizadamente en una calle que nada dice de las demás, en una ciudad que puede ser cualquiera, bajo una tormenta igual a cualquier otra.
Por un instante creyó que podría arrepentirse, que esa era una opción más, que esa habría sido una opción en aquel momento.
Se sintió pleno.
Detuvo el auto, orillándose hacia la derecha y dando vuelta en la primera calle que encontró. Una esquina sin nombre, sin historia. Miró hacia el asiento del copiloto y se dijo que no era necesario seguirla, que no debía hacerlo, no había por qué, no ahora porque no había sido necesario hacerlo antes. Tomó la pila de papeles, buscó entre todos los fólders y carpetas el papel que necesitaba para saber que todo podía cambiar, que podía tomar una ruta en dirección opuesta, regresar al Hospital, regresar los papeles a su sitio y salvarse, salvar su carrera y su vida. Porque en ese momento sintió que tenía una posibilidad de futuro, que podía haber una opción, que no todo dependía de ella, pero fue en vano: a manera que sus manos escarbaban en el montón de papeles, conforme éstos iban cayendo y revolviéndose como hojas haladas por el viento sobre el suelo del automóvil las diecinueve letras se conjugaron en su cabeza hasta que le fue imposible no repetir el nombre una y otra vez, sintiendo cómo sus raíces se extendían desde la boca del estómago hasta la garganta, estallaba en su cabeza y le impedía seguir buscando porque en el fondo sabía que lo que buscaba estaba en otra parte, en un lugar muy lejos del que había encontrado azarosamente para detener el auto, para pensar que podía evitarse el trabajo de pensar.
Encendió un cigarro.
Dejó de buscar porque la buscaba a ella.
Porque buscaba su expediente, porque había una historia clínica que la concernía.
Ella había llegado por la mañana. Una paciente como cualquier otra. Sin recomendación, según había marcado en la hoja de datos estadísticos que la enfermera le había hecho llegar mientras atendía a ese que él mismo identificaba como el hombre de los sueños en cadena. El nombre, Aïnhoa Idiazábal Lescano, lo había encantado desde ese instante. (Sin quererlo —mientras el humo, luego de haber escapado por una hendidura brevísima de sus labios, salía por el vidrio a su izquierda— había cedido.) Una tipografía casi infantil, tierna o más bien perversa, acentuada por la tinta azul turquesa de una pluma de gel. Escuchaba al hombre de los sueños en cadena pero sus ojos ya se perdían en la tipografía de Aïnhoa, en las respuestas lacónicas y absurdas que había dado a las preguntas (absurdas y lacónicas) que la gente trataba de encontrar verdaderamente significativas, quizá solamente para dar una buena impresión, quizá porque en verdad creían en él, confiaban en que lo que estaban haciendo al llenar esa hoja de datos era un paso hacia la salvación, hacia la cura. Una cosa le impactó desde el principio: la forma en que una respuesta parecía extenderse a la siguiente. Parecía como si Aïnhoa intentara crear un efecto de totalidad; más que un relato, una novela. El hombre de los sueños en cadena lloraba como lo hacía habitualmente. Él levantó la vista, dijo alguna frase hecha para la ocasión, trató de acertar y lo hizo y el hombre de los sueños en cadena volvió a recordar el episodio de la tina, las vecinas de su madre entrando en la sala de baño y preguntándole si ese pequeño cuerpo que salía apenas del agua era de niño o de niña. Tuvo tiempo de mirar la hoja de datos una vez más en el momento en el que el hombre de los sueños en cadena se tocaba los senos, los palpaba con la delicadeza con que se escoge un recuerdo que nos duele. La última respuesta era especialmente reveladora. “Ningún motivo es suficiente para venir aquí pero cualquiera de ellos bastaría para no hacerlo”. Recordaba tan bien esa línea que podía entrecomillarla. Citaba de memoria. Recordaba el momento en que escribió la receta del hombre de los sueños en cadena pensando en Aïnhoa y el cigarro se consumió por entero.
No necesitaba los papeles. Todo estaba ahí. Adentro. Sólo tenía que sacarlo, que escribirlo.
Echó a andar el auto y condujo hasta su casa. En el camino pensó que lo primero que haría sería tomar un baño. Así lo hizo.
Al salir —los papeles, sobre la mesa de trabajo, lo miraban como niños sentados frente a un profesor temido a quien, empero, se le tiene cierto cariño— comenzó la labor metódica de acomodar cada uno de los archivos de acuerdo a los síntomas que se contenían en ellos —tarea que, sin ningún problema, hubiera podido, en cualquier otra circunstancia, haber delegado a alguien más, alguna de esas estudiantes que lo atosigaban con preguntas cada jueves por la tarde cuando impartía cátedra en la universidad, alguna de las enfermeras que buscaban cualquier oportunidad para ir a su casa y dejar que las acariciara sin la menor intención de hacerlo, su secretaria, una anciana amable y anodina, su vecino, que se decía escritor y decía estar trabajando en un proyecto de cuentos que constaba en el libro que escribía un psiquiatra, el cual, habiendo traicionado el código de ética, recuperaba algunas de las sesiones con sus pacientes para escribir una serie de relatos que giraban en torno a la imposibilidad de la representación por medio de los trastornos del lenguaje. Esa noche no contaba con nadie. Estaba solo. En silencio.
Trabajó hasta tarde —once con tres de la noche para ser exactos, según sus propias anotaciones. Una vez terminada su labor, obtuvo una clasificación que, si bien a primera vista no tenía coherencia, decidió conservar, con la posibilidad de realizar algunas modificaciones ulteriores: autismo, bipolaridad, esquizofrenia, border, agorafobia, angustia, paranoia, además de una octava clasificación, arbitraria no menos que el resto: Aïnhoa Idiazábal Lescano. Las clasificaciones, escribió, tienen que avanzar como una escala de colores que debe llegar al blanco, que debe volver…
Nunca terminaría la frase.
Nota al pie de la página 52 de la primera edición de Vidapública:
El pasaje anterior se encuentra evidentemente incompleto. El resto del texto —entiéndase, de esta línea hasta el final— fueron sin duda correcciones que el doctor Ricardo Fernández Kacew agregó después, es decir, antes de presentar el trabajo ante la Société Internationale de Psychiatrie Expérimentale con sede en Liège bajo el título de Vidapública. Informe y análisis del tratamiento y la observación de algunos casos clínicos relacionados tangencialmente con los trastornos del lenguaje. El primer manuscrito entregado cuenta ya con los pasajes que, a continuación, se desarrollan. A este respecto cabe mencionar que el trabajo de edición ha consistido simplemente en darle forma al fárrago que era este manuscrito en su primera versión, terminada, en palabras del autor. El proceso de edición no ha tenido injerencia alguna en el texto original. Los editores han decidido aprovechar la presente intervención para determinar un estatuto de carácter formal: la SIPE se deslinda de cualquier opinión, crítica, comentario o simple punto de vista presentados por el autor del presente libro, dejando en claro, asimismo, que el valor de este trabajo debe ser considerado a la luz de lo estrictamente científico y que, como tal, se recomienda al lector que no lo aborde desde ninguna otra perspectiva que la de la psiquiatría —con la salvedad de ciertos puntos que, como podrá identificarlos, son estrictamente ficcionales y cuya naturaleza es tan clara que cualquier proceso de inteligibilidad podrá detectar.
Documentos anexos al Informe Oficial entregado el 17 de febrero de 2002 a la Dirección General del Hospital Nacional de Psiquiatría. Paciente: Aïnhoa Idiazábal Lescano:
3 de mayo de 20…, Aïnhoa Idiazábal Lescano. Dieciséis años. Caso indeterminado (¿indeterminable?). Aïnhoa entra al consultorio por primera vez. Lleva vestido de flores, tenis rotos, el cabello suelto. Mira a su alrededor y opta por sentarse en el sofá largo, perpendicular a la ventana. Breve saludo. No hay respuesta. La invito a comenzar. Mirada evasiva, errante. “La belleza no se puede determinar sino en el tiempo”, dice. “Por tanto, no se puede representar”. Me mira a los ojos y sonríe. ¿Qué hay detrás de esa sonrisa? Pide que deje de escribir. Así lo hago (Nota —agregada al término de la sesión—: Aïnhoa dibujó un mapa mental de lo que intentaría trabajar conmigo basándose en la estructura del consultorio. Comenzó por la puerta que abre al pasillo que conecta los consultorios y terminó con la ventana perpendicular al sofá donde estaba sentada. Cada espacio involucraba una parte de su trabajo conmigo. Ha estado en sesiones anteriormente, seguramente de psicoanálisis. Tiende a auto-interpretar lo que dice y así forma un marco del lenguaje que es de difícil acceso. La idea de entrada en contraposición a la de salida la atormenta. Sólo en contraposición. Momentos después de trazar el mapa comentó una escena de cuchillos, en una casa —no dio mayores detalles—; mencionó, asimismo, la “desesperación” de enfrentarse al silencio de esa casa “vacía” y saber que “los cuchillos están ahí, en la cocina, en el lugar de siempre”. Dijo que temía volverse loca —cito textualmente—, que temía clavárselos —no agregó a quién. Luego de una breve conclusión de su parte, “no controlo lo que pienso pero puedo darme cuenta de lo que hago mientras lo estoy pensando”, permaneció en silencio más de veinte minutos y luego, sin más, me preguntó si podía irse. Despedida cordial. Evita el contacto físico.
Argumento
Mi vida mental está atravesada totalmente por dudas mezquinas y certezas perentorias que se explican en palabras lúcidas y coherentes. Y mis debilidades son de una contextura más temblante, son ellas mismas larvarias y mal formuladas. Tienen raíces vivas, raíces de angustia que tocan el corazón de la vida; pero ellas no poseen el corazón de la vida, no se siente en ellas ese aliento cósmico de un alma estremecida en sus bases. Ellas son de un espíritu que no habría pensado su debilidad, pues de otro modo la traduciría en palabras densas y agitadas. He ahí, señor, todo el problema: tener en sí la realidad inseparable y la claridad mental de un sentimiento, tenerla al punto de que no haya manera de explicarla, tener una riqueza de palabras, de giros aprendidos y que podrían hacerse bailar, servir al juego; y que, en el momento en el que el alma se apresta a organizar su riqueza, sus descubrimientos (esta revelación), en este inconsciente minuto en el que la cosa está a punto de emanar, una voluntad superior y cruel ataca al alma como a un vitriolo, ataca la masa palabra-e-imagen, ataca la masa del sentimiento y me deja, a mí, palpitando como a la puerta misma de la vida.
Antonin Artaud, “Carta a Jacques Rivière, 6 de junio de 1924”
El 9 de septiembre de 20…, Jolene viajó a su antigua casa en Eau Claire, Wisconsin, cuando aún no se cumplían siquiera los dos primeros meses de su ingreso como profesora del Colegio y exactamente siete meses y tres días antes de copiar en su libreta: “¡Qué bien me enseñaron a odiar! Casi diría que mi vida no será otra cosa que sacar lo que absorbí cuando mi cabeza era una esponja abierta a las emanaciones de los grandes” (Germán García, Nanina). Debajo de la cita, anotó:
Puedo decir, sin temor a equivocarme, que Ricardo Fernández Kacew estaba convencido de que debía escribir como si le faltara el impulso anterior —no el de antes, el de otros tiempos, sino el inmediatamente anterior al momento de la escritura, eso que esperaba y, a veces también, buscaba, propiciaba incluso por medios conocidos y luego a través de cosas o pensamientos que no sabía que podrían propiciarlo—: tenía que escribir así, como sin querer hacerlo, porque escribir era parte de un flujo que lo contenía o en el que él estaba inmerso en formas que la escritura, precisamente, se suponía revelar: circuitos o, quizás aún más que eso, sencillamente ciclos en los que se veía a sí mismo pensando —podía ser cualquier cosa: una palabra que había leído por equivocación al husmear en los diarios por la mañana, camino al trabajo; una frase escuchada de paso mientras se adentraba entre la gente para ingresar al metro; algo como una configuración visual que se le aparecía al volver el rostro, al tornar, como hacia dentro, la mirada hacia las cosas— y luego pensaba cómo iba a escribir exactamente eso y no algo más de lo tanto que ya había aparecido en sus ojos y que quería, de algún modo, adoptar o adaptar, cualquiera que fuese el verbo correcto para ese asunto, en la medida en la que el impulso cabía dentro de un párrafo o dos, a veces demasiado cercado, a veces abierto, expuesto, mostrándose como si fuese capaz de ostentar una especie de cinismo hasta que, al fin, en efecto, sin darse cuenta, delante de la pantalla de la computadora escuchaba el ritmo del golpeteo de las puntas de sus dedos sobre el teclado siempre en contrapunto con las melodías que Oscar Peterson hacía y deshacía, escribía y reescribía en un piano que le gustaba imaginar igual cada vez, o bien con la mano sobre el cuaderno o el libro abierto y el espacio al margen, apenas utilizable, o sobre un trozo de papel que podía ser cualquier otra cosa menos un soporte para la escritura: un flyer, una postal, un boleto de avión. Pero no, me equivoco: no “estaba convencido”: alguien lo había convencido, por medio quizá de alguna especie de artilugio discursivo que en su cabeza funcionara a la manera de las advertencias que nos hacen las profetizas o las madres —quienes, a veces, las más, son nada menos que una y la misma cosa—, convencido de un modo en el que sólo lo están los niños que todavía tienen un margen de duda en cuanto a que aquello que se les dice puede, de un momento a otro y sin la menor explicación, sin el menor atisbo de eso que, más adelante, habrán de entender como “razones”, así, de improviso, volverse real —pienso en mamá: nos ponía un VHS de Dumbo a mi primo y a mí para distraernos un rato las tardes en las que, por alguna razón, mi tío, que era quien se hacía cargo de mi primo después de la muerte de la hermana de mamá, su esposa (o bien, como lo supe algunos años más adelante, al cumplir exactamente la edad que tenía mi tía cuando se suicidó), no podía cuidarlo porque debía doblar turnos en el trabajo; nos quedábamos, mi primo y yo, sentados en el sillón de tres plazas, el ventilador encendido repitiendo su ir y venir de derecha a izquierda incesantemente delante nuestro, pues el calor del verano era insufrible en esa casa a la que le faltaba muy poco para ser un remolque —o tal vez lo había sido en algún momento y había echado raíces de asfalto, florecido muros de madera, capullos de vidrio como ventanas— y él subía las piernas al respaldo, ponía los pies descalzos contra la pared y los deslizaba ligeramente de arriba a abajo haciendo un ruidito apenas perceptible que se me quedó acá, grabado o, como decía mamá, taladrado en la cabeza, y cuya imagen visual asocio siempre con el momento en el que, sea cual sea el tema de la charla, alguien dice algo sobre hormigas; sin decírnoslo, mi madre nos ponía Dumbo no porque fuera especialmente buena, aun cuando hoy pueda decir que se trata de una de las más extrañas producciones de Disney a nivel visual, una en la que se combinan al menos tres tipos de animación, que podríamos llamar, respectivamente: a) realista, como se ve en la escena de los hombres “que no quisieron estudiar” levantando la carpa del circo; b) impresionista, como en la escena, tal vez la mejor de la película, posterior al cautiverio de la Señora Dumbo; y c) expresionista, tal cual pasa en los actos circenses, especialmente el último —que, por cierto, los productores de Bichos parodian casi perfectamente en la escena inicial del espectáculo de P.T. Flea—; si bien, pues, Dumbo cumple con casi todos los elementos que tienen los demás filmes de la que me gusta llamar “la serie antropomórfica” de Disney —que va de Fantasia hasta The Lion King (Pixar es otro asunto)—, la cual es, sin duda, la que implica el más sencillo acceso de los niños pequeños a la ideología del capital —en palabras de Filloy: “la maestría de Walt Disney está en el divorcio con [la fábula]. Transgrede la realidad zoológica. Su destreza reside en el movimiento gráfico, no en la vida misma de los sujetos. Nada más falso, como entidad moral, que embutir en la piel de diversos animales las peores entelequias del hombre. Disney ha invadido la jurisdicción de la fábula sin escrúpulos de ninguna clase, forjando arquetipos con las más groseras imperfecciones humanas”—, tampoco lo hacía, mamá, porque no tuviéramos otra cosa con la cual entretenernos por la tarde: nos gustaban los juegos de rol —especialmente uno que se llamaba Life, en el que se nos premiaba por ayudar a los homeless— o tirarnos de panza sobre la alfombra vetusta (al margen, señalando la palabra “vetusta” con una flecha: buscar otro adjetivo) y colorear unos libros gemelos de Rocky and Bullwinckle, si bien ya ninguno de los dos estaba en edad de libros para colorear ni juegos de rol ni películas de Disney, mi primo recién entrado a Middle School y yo por pasar a grado nueve, aunque tampoco se esperaba de nosotros que cuestionáramos lo que hacía mi madre; no lo entendíamos, o creíamos, o simplemente nos queríamos hacer creer, de algún modo, inocentemente (y tal vez sea eso la verdadera inocencia: la que se pretende poseer y se ejerce como un acto de voluntad y no la que se da espontánea, naturalmente, considerando que la inocencia está del lado de la forma artificial y no de aquél de la forma natural), que no sabíamos que mamá nos ponía específicamente esa película porque quería darnos una lección sobre el alcohol y las drogas con la canción de los elefantes rosas cuando Dumbo bebe (de manera ‘inocente’) una cubeta en la que se había derramado la botella de lo que, quiero suponer, era un ron bastante barato de los payasos que lo humillan en la pista central; nos la ponía en español, de paso, para que aprendiéramos un poco:
al que abusa del licor/ se le aparece una visión/ son elefantes en color/ que
espantan y dan temor;/
esas noches, acostada en la misma cama con primo, espalda contra espalda a pesar del sudor mezclado, recorriéndole yo la pierna con la punta de los dedos de mi pie, rasgándolo incluso, un poco, con unas uñas pubertas que ya para entonces me pintaba de rojo o de lila, soñaba con elefantes rosas que habían desafiado al diablo y le habían arrancado la cola, me perseguían, me tomaban con sus trompas desde todos los ángulos, amarrándome hasta dejarme completamente a merced de un payaso que se acercaba y que, cuando se quitaba la nariz roja del rostro y se le terminaba de escurrir el maquillaje, revelaba su verdadera identidad: era mi tío, la cara muy cerca de la mía, en esa exacta cercanía de quien está a punto de besarte y con las manos te sostiene el rostro, las mejillas: de la mano derecha, el dedo pulgar recorriendo con la punta el pómulo, y el meñique, abajo, acariciando suavemente el final del mentón e inicio del cuello, mientras la izquierda, casi como una sola cosa, sube hasta la cabeza, donde los dedos se desprenden los unos de los otros al contacto con el cabello y, no sé por qué, yo sabía que se mojaban de algo que no era sudor pero no tenía aún palabras para nombrar.
“Violar el agua con lascivo fuego”, había anotado Fernández Kacew en las notas que Jolene revisaba pero ella no recordaba dónde, como tampoco se acuerda de si la sensación anterior a este recuerdo de la infancia interrumpido por el flujo de lo que ahora la ocupaba era radicalmente opuesta o si era, acaso, complementaria.
Al fin, luego de un momento de indecisión —que, en cualquier otro contexto, bien podría haber pasado por duda, por una duda reflexiva, digamos—, agrega un par de palabras más a un apunte que no piensa releer; abajo, sin dejar espacio en la hoja: “pertenencia, legitimidad”.
Descansa sobre el papel a rayas de la libreta la punta del bolígrafo y la separa tan pronto como ve escurrírsele una mancha de tinta. Cierra la libreta, vuelve la mirada a la pantalla del iPad, al documento de Word donde recién ha copiado una más de las cartas de Fernández Kacew:
Liz,
Quisiera preguntarte si las faltas de la semana pasada se me descontaron, porque mi quincena pasó incompleta. Ya hablé a Secundaria y a Coordinación de Francés y ellos no le reportaron las faltas a Valencia porque, como sabes, fueron por enfermedad, por lo que sólo queda Preparatoria. Te agradezco de antemano la respuesta y te mando
saludos cordiales,
Ricardo Fernández Kacew
Jolene mira la pantalla, inmóvil; al lado, la libreta abierta. En ninguna de las dos había una sola pregunta escrita, tal vez porque la única pregunta que realmente le importaba era cómo había llegado hasta ahí. No exactamente a ese punto, a ese momento, sino a ese lugar, al Colegio. Qué la había llevado a dar clases ahí y cómo había hecho para quedarse donde estaba después de siete meses y tres días del viaje a su antigua casa, del que podía decir que marcaba, sin duda alguna, el punto de partida. Traza, entonces, una línea hacia atrás: en el principio hay un evento que no puede demostrar del todo y que tiene que ver con alguien enviándola a trabajar ahí; un evento que, podría decirse, está determinado en contra de su voluntad.
(Así ahora, tres de abril de 20… Ha copiado la frase de Germán García y escrito que Fernández Kacew estaba convencido de que tenía que escribir como si no quisiera hacerlo pero lo que en verdad quiere es comenzar a hacer algo con todo ese material que ha reunido si bien no sabe, primero, si es preciso notificar que quiere hacer algo con ello porque no se trata de fojas de papel o de fotografías —de hecho, no tiene ni una sola fotografía de su estancia en el Colegio, por lo que tal vez esto, todo, no sea sino un sueño del que no sabe cómo despertar— que le pertenezcan: se trata, en cambio, de muchos eventos, muchas charlas, muchas, sin más, cosas que se suman a los días y que comienzan forzosamente en la conferencia sobre pedagogía ignaciana que le gustaría narrar de este modo —si Jolene fuera la narradora y no yo:
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