Kitabı oku: «El valle perdido y otros relatos alucinantes»

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El valle perdido y otros relatos alucinantes

D. R. © Susan Reeves-Jones

D. R. © 2002, S. T. Joshi, por el prólogo.

D. R. © 2020, Alberto Chimal, por el epílogo.

D. R. © 1990, Francisco Torres Oliver, por la traducción de “El sacrificio”, “El valle perdido” y “El señuelo”.

D. R. © 2020, Juan Elías Tovar, por la traducción del prólogo, la introducción, “La excentricidad de Simon Parnacute”, “El toque de Pan”, “Max Hensig” y “El terror de los gemelos”.

D. R. © 2020, Ricardo Vinós, por la traducción de “La regeneración de Lord Ernie”, “Los malditos” y “La mosca dorada”.

Ilustración de portada: Isidro R. Esquivel

Primera edición: marzo de 2021

D. R. © 2020, de la presente edición en castellano para todo el mundo:

Perla Ediciones ®, S. A. de C. V.

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ISBN: 9786079889906

Impreso en México / Printed in Mexico

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Conversión eBook:

Mutāre, Procesos Editoriales y de Comunicación

ÍNDICE


Página de título

Página de créditos

Prólogo, por S. T. Joshi

La excentricidad de Simon Parnacute

Los malditos

La regeneración de lord Ernie

El toque de Pan

Max Hensig

El valle perdido

La mosca dorada

El sacrificio

El terror de los gemelos

El señuelo

Epílogo. Algernon Blackwood, visionario, por Alberto Chimal

Acerca del autor

Acerca de este libro


PRÓLOGO


EN SU MEZCLA DE SANGRE IRLANDESA, escocesa e inglesa, la primera predominaba, y el elemento celta era fuerte en él. Hombre de vigorosa salud, indiferente a las ganancias, trotamundos y, por elección propia, un poco mar­ginado, encarnó hasta el final la existencia de una piedra rodante. Vivía al día y nunca acabó de madurar. Parecía, en efecto, que nunca iba a madurar en el sentido aceptado del término, pues su lema era lo opuesto a nil admirari, y se encontraba en un estado perpetuo de asombro ante el misterio de las cosas. Siempre estaba descifrando el gran horóscopo de la Vida, sin pasar de la Casa del Asombro, en cuya cúspide seguramente había nacido.1

De esta manera se nos presenta a Terence O’Malley, el protagonista de la autobiografía espiritual de Algernon Blackwood, El centauro (1911). En su brevedad podría funcionar como un retrato notablemente exacto del autor, y sólo faltarían algunos detalles para completar la semblanza de una de las figuras literarias más distintivas de su época.

Blackwood vivió su obra como pocos autores lo han hecho. En el nivel más superficial, esto significa que incorporó abundantes elementos autobiográficos a sus relatos y novelas, especialmente de sus extensos viajes —desde los bosques de las regiones indómitas de Canadá hasta las sedientas arenas de Egipto; desde los riscos nevados de los Alpes hasta la imponente lejanía de las montañas del Cáucaso—. Pero va mucho más allá de esto. Se puede decir que cada una de las figuras centrales en la ficción de Blackwood es un autorre­trato, apenas disfrazado, y del tipo más íntimo: un autorretrato que sondea las profundidades de su propio temperamen­to, complejo y místico al mismo tiempo, y que pinta la interacción de ese carácter con la gente y las tierras que conoció en una vida de incesantes andanzas. Lo que es más, Blackwood escribe con una convicción tan poderosa en lo que está diciendo que inexorablemente induce este mismo convencimiento también en el lector. Por muy fantásticas que sean sus imaginaciones, uno se lleva la impresión de que Blackwood siempre dice exactamente lo que quiere decir.

Algernon Blackwood nació el 14 de marzo de 1869 en Wood Lodge, Shooter’s Hill, Kent. Fue hijo de Stevenson Arthur Blackwood, quien sirvió en la guerra de Crimea y poste­riormente se convirtió en secretario permanente del servicio postal; lo nombraron caballero en 1887. Stevenson se había vuelto un cristiano ferviente y evangélico en 1856 y dedicaba gran parte de su tiempo a la predicación laica; en consecuencia, el joven Algernon —cuya familia se mudó varias veces durante su primera infancia y, finalmente, se estableció en Shortlands House, Beckenham, Kent— creció en un hogar extremadamente estricto en lo religioso, con un énfasis en la salvación personal y la pesada carga del pecado. Tampoco ayudó el año (1885-1886) que Blackwood pasó bajo la “disciplina excesiva y semimilitarizada”2 de la Escuela de la Hermandad de Moravia en la Selva Negra en Alemania, periodo que luego retrataría vívidamente en el cuento de John Silence “Culto secreto”. Blackwood escapaba de la opresiva religiosidad de su entorno familiar de diversas maneras. La principal fue su descubrimiento, en 1886, del budismo, según se plasma en los Aforismos del yoga de Patañjali; poco después estaba enfrascado en libros sobre espiritualidad y teosofía. Pero estas rebeldías fueron sólo preliminares a su descubrimiento de la Naturaleza (siempre con N mayúscula en Blackwood), descubrimiento que finalmente llegaría a ser el núcleo de toda su manera de ver la vida:

Por mucho, la influencia más fuerte en mi vida […] fue la Naturaleza; se reveló temprano y fue creciendo en intensidad cada año. Trayendo consuelo, compañía, inspiración, alegría, el hechizo de la Naturaleza se ha mantenido dominante, un hechizo verdaderamente mágico. Siempre inmenso y potente, los años lo han fortalecido. La temprana impresión de que todo estaba vivo, una vaga sensación de que algún tipo de conciencia luchaba en cada forma, incluso de que una especie de comunicación inarticulada con esa “otra vida” era posible, si tan sólo pudiera descubrir la manera: estos humores colorearon el creciente asombro.3

En cierto sentido, la Naturaleza subsumía o incorporaba todos sus demás intereses en los temas de espiritualidad y ocultismo, pues éstos no eran sino simples vehículos para alcanzar una “conciencia extendida o expandida” que daría lugar a una especie de vínculo místico con la Naturaleza. Tal como el narrador de Blackwood describe a O’Malley en El centauro:

Pues los humores de la Naturaleza fluían a través de él —en él— como presencias potentemente evocadoras, como la presencia de las personas, y con significados igualmente variados: el bosque de amor y ternura; el mar de reverencia y magia; las planicies y los horizontes abiertos de paz melancólica y silencio como de viejos y sabios compañeros, y las montañas de un terror espléndido debido a una necesidad de comprensión dentro de él mismo, causada probablemente por una lejanía espiritual de su humor.

El Cosmos, en una palabra, para él era psíquico, y los humores de la Naturaleza eran actividades cósmicas trascendentales que inducían en él esos singulares estados de exaltación y expansión. Ella le abrió de par en par las puertas de una vida más profunda. Entró, tomó posesión de él, sumergió a ese ser más pequeño en su propia personalidad enorme y envolvente.4

El hechizo de la Naturaleza no tardó mucho en imponerse: breves viajes a Suiza y Canadá en 1887 y un recorrido a pie por el norte de Italia en 1889 fueron sólo adelantos de lo que vendría después.

Mientras tanto, la educación formal de Blackwood no progresaba especialmente bien. Estuvo sólo un año en la Universidad de Edimburgo (1888-1889), supuestamente estudiando agronomía, pero más interesado en la patología, la psicología y lo oculto. Para entonces ya había empezado a asistir a sesiones espiritistas y a explorar casas embrujadas en compañía de un miembro de la Sociedad para la Investigación Psíquica; es posible que también haya entrado en contacto con la Orden Hermética de la Aurora Dorada —sociedad ocultista que incluía entre sus miembros a varios de los principales escritores del Reino Unido, entre ellos el irlandés W. B. Yeats y el autor de ficción sobrenatural galés Arthur Machen—, aunque no ingresó formalmente sino hasta 1900. Para 1891 también se había hecho miembro de la Sociedad Teosófica. Pero estos grupos a la larga resultaron insatisfactorios, pues Blackwood se dio cuenta de que su propio misticismo en torno a la Naturaleza era demasiado distintivo y ajeno a doctrinas como para caber en sus estrechos dogmas.

En 1890 Blackwood decidió buscar fortuna en Canadá. Como resultado de su extremada torpeza social y falta de mundo, sin querer ofendió a un prominente funcionario de la ferroviaria Canadian Pacific Railway, donde esperaba conseguir trabajo, así que tuvo que buscar otras oportuni­dades. En consecuencia, se asoció con Alfred Cooper para fundar un rancho lechero cerca de Toronto. Blackwood, cuya habilidad para los negocios era (sobre todo por falta de interés en los mundanos detalles de las finanzas) rudimentaria en el mejor de los casos, rápidamente perdió gran parte de las dos mil libras que había invertido en el proyecto, y una empresa posterior —administrar un hotel y un bar con un amigo británico, Johann Kay Pauw (disimulado con el nombre de “John Kay” en su autobiografía, Episodios antes de los treinta)— fue igualmente desastrosa. Otro cambio importante estaba en puerta: irse a Nueva York.

Podría pensarse que la megalópolis estadounidense sería el lugar menos indicado para un adorador de la Naturaleza como Blackwood, pero él confiaba en su capacidad para conseguir trabajo e incluso para encontrar cierto tipo de felicidad. Pero ocurrió lo inevitable: aunque para el otoño de 1892 se había convertido en reportero del New York Sun, el efecto acumulado de su estancia en Nueva York sólo podría llamarse psicológicamente devastador:

Me sentía cubierto de llagas y cortaduras en las que Nueva York frotaba sal y ácido a cada hora del día. Hería, no sólo porque yo fuera infeliz, sino en sí misma. Me pegaba donde quería. La espantosa ciudad, con su vida torrencial, precipitada, tenía para mí algo de monstruoso. Todo en ella era exage­rado. Su velocidad trepidante, sus azoteas entre las nubes con los abismos debajo, sus llamativas avenidas chorreando oro que van casi de la mano con calles que son poco más que cloacas de miseria y podredumbre humana, su ruido frenético tanto de voces como de mecanismos, su caridad organiza­da fastuosamente y su esplendor jactancioso, y su profunda corrupción en las garras de una despiadada y degradada Tammany: todas estas cosas eran lo que en mi imaginación pintaba el horror como algo monstruoso, no humano, casi de otro mundo. Se convirtió, para mí, en una costra en la piel del planeta, brillante con los tonos de la fiebre, pululando de microbios. Yo sentía que era, en verdad, un lugar civilizado a medias.5

Uno sospecha que Blackwood hubiera tenido la misma reacción incluso si una serie de eventos adicionales no hubieran conspirado para hacer sus primeros días en Nueva York aún más miserables: una dolorosa enfermedad que lo incapacitó durante semanas; pobreza extrema que lo obligó a subsistir sobre todo a base de manzanas secas (cuando las comía con agua se expandían en su estómago, de modo que mitigaban las punzadas del hambre); y, lo más fantasmagórico de todo, su tortuosa relación con un ladrón y canalla, Arthur Bigge (disfrazado como “Boyde” en Episodios antes de los treinta), que le robó a Blackwood el poco dinero que tenía y a quien éste finalmente cazó como a un ani­mal y lo hizo arrestar.

Pero ése fue el nadir. Para el otoño de 1895 Blackwood había conseguido un puesto mucho más tolerable como reportero de The New York Times, y a principios de 1897 empezó un periodo de dos años como secretario privado de un acauda­lado filántropo, James Speyer. Ésta fue probablemente la etapa más placentera del periodo neoyorquino de Blackwood; una expedición para cazar alces a Canadá en 1898 también debe haber ayudado, al renovar su intimidad con la Naturaleza. Y, sin embargo, Blackwood sabía que esos años de penu­ria y angustia fueron la fuente de su posterior trabajo literario: “Fue, quizás, el horror indigesto de aquellos días, así como los anhelos de belleza insatisfechos, lo que trató de hallar expresión quince años después en la escritura”.6

A principios de 1899 Blackwood añoraba volver a su tierra, y para marzo se había instalado nuevamente en Inglate­rra. Pero el espíritu viajero que siempre sería parte esencial de su naturaleza no tardó en manifestarse: en 1900 y 1901 pasó buena parte del verano viajando en canoa por el Danubio —viajes que finalmente serían transformados en su más memorable relato de lo extraño, “Los sauces”. Los viajes de Blackwood en el periodo de 1902 a 1905 no están del todo claros; al parecer fue a Francia, volvió a la Selva Negra y a la escuela de los moravos, y viajó por toda Inglaterra, otra vez absorbiendo impresiones que acabarían plasmadas en sus futuros relatos.

¿Blackwood estaba considerando una carrera literaria? Su primer cuento, “Una casa misteriosa”, se publicó en 1889, y algunos artículos suyos salieron en la Methodist Magazine y la revista teosófica Lucifer a principios de la década de 1890. Para 1905 Blackwood probablemente había acumulado una cantidad considerable de ficción, pero no parece haber hecho ningún esfuerzo por asegurar su publicación. Luego, un encuentro fortuito con un viejo amigo, Angus Hamilton, en 1906 lo llevó a presentar una colección de cuentos a la editora Eveleigh Nash, quien la aceptó de inmediato. La casa vacía y otros relatos de fantasmas apareció a fines de 1906 y fue bien recibida. El oyente y otros relatos —que contiene varias de las narraciones más memorables de Blackwood, incluyendo el cuento titular, “Los sauces”, “Max Hensig” y “El cuento del fantasma de una mujer”— salió al año siguiente.

Pero fue con John Silence: médico extraordinario (1908) que la carrera literaria de Blackwood despegó definitivamente. Gracias a una astuta campaña publicitaria, el libro se convirtió en bestseller y le dio a Blackwood la libertad de dedicar los siguientes seis años a escribir, sin tener que preocuparse por tener ingresos. Decidió establecerse en Suiza, y en el siguiente lustro produjo algunas de las obras más memorables en la historia de la ficción de lo extraño: las colecciones El valle perdido y otras historias (1910), El jardín de Pan (1912) y Aventuras increíbles (1914); las novelas El acorde humano (1910) y El centauro (1911), y las fantasías para niños Jimbo (1909) y La educación del tío Paul (1909).

Es difícil generalizar sobre estas muy diversas obras; baste decir que todas recorren la nebulosa frontera entre la fantasía, el asombro, lo maravilloso y el horror. El asombro es quizás el motivo más dominante; Blackwood de alguna manera consigue investir los eventos más simples —o incluso las reacciones psicológicas de sus personajes ante esos eventos— de una portentosa grandeza, como si el tejido mismo del universo estuviera involucrado. Esto, de hecho, es exactamente lo que está involucrado en El acorde humano, una novela con una de las premisas más distintivas de toda la literatura de lo extraño: la posibilidad de que un “acorde humano” cantado por cuatro individuos en apariencia ordinarios pudiera de algún modo reorganizar toda la materia del cosmos. O consideremos varios cuentos que Blackwood escribió después de visitar Egipto en 1912, entre ellos “Arena” (en El jardín de Pan) y “Un descenso a Egipto” (en Aventuras increíbles). La escena climática no es más que un retablo de tres persona­jes esperando el amanecer, y, sin embargo, pocos relatos tienen un final más apasionante, pues en él vemos a dos desventurados personajes literalmente ser devorados por el hechizo de Egipto:

Yo fui testigo de la desaparición de George Isley. Había una magia espantosa en la imagen. El par de hombres, pequeños y distantes abajo en la ligera hondonada en la arena, resaltaban claramente definidos como en una miniatura. Vi sus contornos nítidos y terribles como un horrible añadido contra el enorme paisaje. Aunque se encontraban muy cerca de mí en el espacio real, estaban a siglos de distancia. Y los cubría una sombra tenue y vasta que no era la sombra de las crestas. Los envolvía; se movía, arrastrándose por la arena, obliterándolos. Dentro de ella, como insectos perdidos en ámbar, quedaron visiblemente apresados, reducidos de tamaño, llevados hasta remotas profundidades, absorbidos.7

De hecho, es interesante que el horror puro sea tan preponde­rante en estas obras. En “La regeneración de lord Ernie” (en Aventuras increíbles), un personaje comenta sobre un bosque siniestro en la ladera de una montaña: “Allá arriba se dan pensamientos de mucha maldad, pero, santo Cielo, están vivos. Aquello es positivo, ambicioso, constructivo”. De inmediato matiza esto diciendo: “¿Cómo puede haber mal en una fuerza? Sencillamente es preciso encaminarla”.8 La Naturaleza, que ha dejado de ser esa fuerza íntima que nutre los relatos de asombro, se vuelve malévola y potencialmente destructiva. Pero quizá la culpa no sea de la Naturaleza sino de la humanidad: la civilización nos ha separado del mundo natural, y nuestra enajenación pudo haber engendrado en la Naturaleza una indiferencia que raya en hostilidad. El narrador de “El Wendigo” se hace consciente de “ese otro aspecto de la selva: la indiferencia por la vida humana, el despiadado espíritu de la desolación que no se percataba del hombre”. Y consideremos el comentario del sueco en “Los sauces”: “Aquí cerca hay fuerzas que podrían matar a una manada de elefantes en un segundo tan fácilmente como tú o yo podríamos aplastar una mosca. Nuestra única opor­tunidad es quedarnos perfectamente quietos. Quizá nuestra insignificancia pueda salvarnos”.

El centauro, cuya conmovedora y delicada evocación de la vitalidad de la Naturaleza la vuelve pieza central en la obra de Blackwood, es la clave para entender tanto su obra como su filosofía. ¿Qué simboliza el misterioso ruso (sin nombre) a quien O’Malley conoce en un barco de vapor que va de Marsella a las montañas del Cáucaso? Es un “Ser cósmico”,9 alguien tan cercano a la Naturaleza que su sola presencia en ese civilizado grupo de turistas parece anormal e incluso un poco amenazante. Él guía a O’Malley al Cáucaso —exactamente como el propio Blackwood viajó allá en el verano de 1910— hasta lo que parece ser un rebaño de centauros; es más, no sólo el ruso sino el propio O’Malley parecen, momentáneamente, convertirse en centauros. Para O’Malley es un momento de transformación espiritual: “Ahora el Jardín lo envolvía. Había encontrado el corazón de la Tierra, su madre. La autorrealización en perfecta unión con la Naturaleza se había logrado. Conoció la Gran Comunión”.10

Mencioné el viaje de Blackwood a Egipto a principios de 1912. Ese viaje fue en compañía de Mabel (Maya) Stuart King (baronesa de Knoop) y su marido, y engendró no sólo las obras ya mencionadas sino también la curiosa novela La ola (1916). Ésta dista mucho de ser la obra más meritoria de Blackwood, pero su importancia biográfica podría ser considerable. Está dedicada, como varios otros volúmenes, a “M. S.-K.”, y uno se pregunta exactamente qué papel desempeñó Maya en la vida de Blackwood. Dado que La ola da cuenta de un antiguo esclavo egipcio que ama a la esposa de un general, y dado que el propio Blackwood era un firme creyente en la reencarnación, las implicaciones autobiográficas de la novela se vuelven intrigantes. Maya está en el centro de varias obras más cuyo foco es un nebuloso e impreciso anhelo de unión espiritual con otro ser humano. Posiblemente, para este soltero de por vida, Maya —casada y, por lo tanto, inalcanzable— fuera el objeto perfecto de su adoración, aunque hay evidencia de que Maya correspondía al afecto de Blackwood, al menos en parte. Parece difícil negar que Blackwood, como Poe y Lovecraft, era en gran medida asexual, sublimando cualquier tendencia de ese tipo en su obra y en su misticismo de la Naturaleza.

Blackwood pasó la mayor parte de los primeros dos años después del estallido de la Primera Guerra Mundial adaptando su fantasía para niños Prisionero en la tierra de las hadas (1913) a un musical, El expreso de la luz de las estrellas, con música de Edward Elgar. Aunque escribió una serie de obras para niños y acerca de ellos, sólo Jimbo, La educación del tío Paul y Los que apedrean la fruta (1934) tuvieron un éxito notable. Queda claro que él mismo era un genial “tío Paul” para una variedad de sobrinas y sobrinos, así como los hijos de algunas amistades. Los niños, como los animales, tenían un vínculo psicológico instintivo con la Naturaleza que hacía que su mundo de la imaginación fuera inmediatamente comprensible para Blackwood. Consideremos las metáforas de la Naturaleza usadas para describir a la niña Nixie en La educación del tío Paul:

…el nombre le quedaba como una piel, pues era la verdadera figura de una ninfa y se veía como si acabara de salir del agua y su cabello se hubiera robado el amarillo de la arena. Sus ojos recorrían el cuarto como la luz del sol en la superficie de un arroyo, y sus movimientos de inmediato le recordaron a Paul el agua cuando se desliza sobre guijarros o arena estriada con tranquilas y suaves ondulaciones. En un vislumbre la vio en un claro de su bosque solitario, una criatura de los elementos.11

Blackwood rara vez fue capaz de alcanzar este nivel de pasión no sentimental en sus posteriores obras para niños.

En cierto sentido, la guerra marcó el final definitivo de una etapa —y, quizá, la etapa más vital y significativa— de la carrera de Blackwood. La hostilidad hacia la ciencia y la civilización material que Blackwood reveló a través de O’Malley (“Y aborrezco, aborrezco el espíritu de hoy, con sus inventos de baratijas y su falsa cultura universal asfixiante, sus superficialidades criminales y su sórdida vulgaridad, donde ya no queda suficiente sentido de la belleza verdadera para ver que una margarita está más cerca del cielo que una aeronave”)12 sólo se vio aumentada por la guerra, un producto de las fuerzas destructivas que estaban alejando al hombre cada vez más de la Naturaleza. Julius LeVallon (1916), otra novela sobre la reencarnación, es confusa y dispersa, y su secuela, El mensajero brillante (1921), más aún, y sólo resulta de interés por una creciente veta de pesimismo: “El reciente cataclismo ha sido más que una guerra intertribal. Fue un evento planetario. Ha sacudido nuestra naturaleza fundamentalmente, radicalmente. La mente humana ha sido traumada, quebrada, dislocada”.13

En los cuentos de Blackwood, la inspiración parecía estar agotándose. Los contenidos en Relatos del día y la noche (1917) son, en general, menores; Los lobos de Dios y otros relatos místicos (1921) consta de cuentos derivados en gran medida de las experiencias compartidas de Blackwood y su viejo amigo Wilfrid Wilson, quien aparece como coautor; Lenguas de fuego y otros bosquejos (1924) también decepciona. Ésta fue su última colección original de cuentos hasta Shocks (1935).

Blackwood, mientras tanto, se estaba dedicando sobre todo al teatro. Karma: una obra sobre la reencarnación, escrita con Violet Pearn, se publicó en 1918; parece que nunca se montó. Obras de teatro posteriores —La travesía (1920, con Bertram Forsyth), Por la rendija (1920, con Violet Pearn), Magia blanca (1921, con Bertram Forsyth) y Casa de medio camino (1921, con Elaine Ainley)— se montaron, aunque sólo La travesía y Por la rendija tuvieron éxito. Probablemente lo más emotivo de la obra de Blackwood en los años 1920 sea su conmovedor relato de las primeras tres décadas de su vida, Episodios antes de los treinta (1923). Pero los viajes —tanto al extranjero como a los hogares de numerosos amigos en Inglaterra— hicieron de los años 1920 un periodo de gran satisfacción para él.

Fue en la segunda mitad de esa década que Blackwood volvió a escribir para niños. Un variopinto conjunto de obras se produjo en este periodo, pero ninguna es especialmente notable excepto Dudley y Gilderoy: un desvarío (1929), una encantadora fábula sobre las aventuras de un perico y un gato que se salen de su casa, abordan un tren y realizan otras hazañas sorprendentes. Varios relatos de Shocks, inspirados por su asimilación de la filosofía mística de G. I. Gurdjieff y su discípulo P. D. Ouspensky, demuestran que Blackwood aún tenía cosas que decir en el ámbito del terror sobrenatural, mientras que otros relatos de ese volumen, de manera notable “En otro lugar y de otra forma” y “El hombre que vivía para atrás”, ambos inspirados por la teoría del tiempo serial de J. W. Dunne, casi podrían clasificarse como ciencia ficción.

Y, sin embargo, los años 1930 trajeron un cambio en la carrera literaria de Blackwood que nadie hubiera podido imaginar: su transición de autor a personalidad de la radio. Su trabajo para BBC Radio empezó en 1934 y consistía en adaptar sus propios cuentos ya publicados o crear relatos originales para transmitirlos por radio. Lo que es aún más notable, Blackwood apareció en un segmento de tres minutos en la primera transmisión televisada comercial en Gran Bretaña el 2 de noviembre de 1936, en el programa de variedades Picture Page. El biógrafo Mike Ashley muestra por qué Blackwood “era ideal para la televisión”:

A sus 67 años tenía el rostro curtido, bronceado e inmensamente arrugado, calvo excepto por un breve cerquillo, el domo de la coronilla arrugado y pecoso. Pero en su semblante brillaban dos ojos penetrantes, fascinantes e hipnóticos que al mismo tiempo eran amigables, confiados y persuasivos. Bien iluminada, su cara parecería resaltar en tres dimensiones de la pantalla.14

Pero no volvió a salir en televisión hasta después de la Segunda Guerra Mundial.

En esa guerra, desde luego, Blackwood era muy viejo para participar militarmente, pero eso no significó que estuvie­ra exento de sus estragos. Por poco pierde la vida cuando la casa de su sobrino en Lawn Road, Hampstead, donde se estaba quedando, recibió el impacto directo de una bomba alemana el 13 de octubre de 1940. Sobrevivió de pura casualidad, pero muchos de sus papeles y efectos personales fueron destruidos. Para el propio Blackwood, desdeñoso como era de las posesiones materiales, quizás esto tuviera poca importancia, pero ha tenido un impacto en nuestro entendimiento del transcurso de su vida: esos papeles podrían haber subsanado lagunas vitales en nuestro conocimiento de ciertos periodos de los que ahora sólo tenemos indicios sugerentes.

Blackwood siguió escribiendo para radio y televisión, pero hizo relativamente poca obra original de ficción. La incipiente editorial estadounidense Arkham House, deseando aumentar el prestigio de su empresa, lo convenció de componer una breve colección de sólo dos relatos, La muñeca y uno más (1946). Sería su última colección de cuentos originales. En 1946 el rey Jorge VI lo nombró comendador del Imperio Británico; Blackwood comentó un poco cínicamente en su diario: “¡Es raro ser nombrado comendador de un imperio que los mismos que confieren el honor han destruido!”.15 Un mes después recibió la medalla al mérito artístico sobresaliente de la Television Society. Su trabajo en radio y televisión continuó casi hasta su muerte, el 10 de diciembre de 1951, a la edad de 82 años.

En El centauro, O’Malley, después de su experiencia trascendente en el Cáucaso, ansía contarle al mundo lo que ha sentido y aprendido: cree que eso salvará a la humanidad de hundirse en un pantano de materialismo y cinismo. Su solidario pero escéptico amigo, Stahl, le advierte: “No te escucharán los hombres de acción, y pocos de intelecto. Sólo lo harán los soñadores, que ya están bastante embotados. ¿Qué caso tiene?, te pregunto. ¿Qué caso tiene?”.16 Pero O’Malley está decidido a perseverar.

Al igual que Blackwood. Quizás en sus últimos años haya sentido que aquello era una causa perdida; que la ciencia y las comodidades materiales habían avanzado tanto que el asombro y la maravilla de la Naturaleza eran cosa del pasado. No obstante, en su ensayo “Sueños y hadas” (1929) se aferra a una tenue esperanza de que la tecnología quizá no aplaste por completo nuestra percepción de los misterios del cosmos:

Ariel como una longitud de onda personificada que escuchamos en nuestra sala de estar, los “invisibles mensajeros del aire” mientras las olas de éter nos traen sonido o imagen a través de una máquina que cuesta muchas libras —y éstas, aunque son maravillosas, no encierran ningún misterio del espí­ritu. El asombro del espíritu no es el asombro de una mente instruida. El comprador cuestiona, pero no se estremece con una deliciosa fascinación de otro mundo.

Hoy, nuestros vientos parecen escasos de voces, nuestros bosques y florestas se están vaciando, nuestras cañadas alimentan arroyos donde no danzan pies destellantes. La música cautivadora de ese mundo más antiguo se silencia y no se ven alas surcando la luz de la luna que antes estuvo poblada de inquietante gloria. Puede ser, sin embargo, que el encanto sólo esté cambiando y que el corazón creativo del poeta extraiga un Asombro más estimulante de las “realidades” más nuevas de la vida. Misterio, desde luego, siempre tendrá que haber. El cambio merece subrayarse: será un Asombro que instruya; un Asombro que instruya antes que embellecer.17

No queda del todo claro a qué se refiere con el último comentario; casi podría verse como una justificación de la ciencia ficción, un género literario que Blackwood nunca abordó excepto en algunas de sus últimas obras. No obstante, es evidente que él mismo conservó su sentido de asombro hasta el final y buscó transmitirlo a otros de la manera más sincera y potente que pudo. A pesar de que sus mejores obras se escribieron en un tiempo relativamente corto, que comprende las primeras dos décadas del siglo xx, cada uno de sus relatos, novelas, obras de teatro e incluso ensayos y reseñas busca descubrir esas capas de misterio que se ocultan tras la fa­chada de lo conocido: el misterio de los bosques, de los desiertos, de los picos nevados y, el más significati­vo de todos, de la psique humana. Ésta es la lección final que aprende O’Malley:

—¡Que el Jardín está en todas partes! No hace falta ir al lejano Cáucaso para encontrarlo. Está por todos lados en esta vieja ciudad de Londres, y en estas calles llenas de neblina y aceras gastadas. Está incluso en este cuarto apretado y sin limpiar. Ahora, en este momento, mientras esa lámpara parpadea y miles se van a dormir. Las puertas de cuerno y marfil están aquí —se tocó el pecho—. ¡Y aquí están las flores, las largas y despejadas colinas abiertas, la manada gigante, las ninfas, la luz del sol y los dioses!18

S. T. JOSHI

1 The Centaur (1911; reimpresión, Harmondsworth: Penguin, 1939), p. 9.

2 “Nota del autor para la edición de 1942” de John Silence-Physician Extraordinary (Londres: Richards Press, 1942), p. [vi].

3 Episodes Before Thirty (Nueva York: E. P. Dutton, 1923), pp. 36-37.

4 The Centaur, p. 10.

5 Episodes Before Thirty, pp. 124-125.

6 Ibid., p. 187.

7 Incredible Adventures (Nueva York: Macmillan, 1914), p. 331.

8 Ibid., pp. 21, 23.

9 The Centaur, p. 209.

10 Ibid., pp. 214-215.

11 The Education of Uncle Paul (Londres: Macmillan, 1909), pp. 52-53.

12 The Centaur, p. 40.

13 The Bright Messenger (Londres: Cassell, 1921), p. 166.

14 Mike Ashley, Algernon Blackwood: A Bio-bibliography (Westport: Greenwood Press, 1987), pp. 28-29.

15 Ibid., p. 31.

16 The Centaur, pp. 267-268.

17 “Dreams and Fairies”, Bookman (Londres, núm. 459, diciembre de 1929), p. 175.

18 The Centaur, p. 273.

LA EXCENTRICIDAD DE SIMON PARNACUTE


I


ERA UNA DE ESAS MAÑANAS de principios de primavera cuando hasta las calles de Londres irradian belleza. El día, que pasaba por el cielo con nubes como cabellos al aire, tocaba a todos con la magia de su propio regocijo irresponsable, mientras alternaba entre la risa y las lágrimas de chubascos repentinos.

En el parque los árboles, con tenues vestimentas de gasa, se ocupaban tímidamente de pensar en las hojas venideras. En el aire había algo cortante, pero el sol nadaba por los deslumbrantes espacios azules con estallidos de calor casi de verano, y un viento, directo del sur hechizado, extendía su suave persuasión sobre todas las cosas, trayendo visiones demasiado bellas para durar: largos pensamientos de juventud, de praderas de prímulas, naves de velas blancas, olas sobre la arena amarilla, y otras imágenes innumerables y encantadoras.

Tan potente, de hecho, era este hechizo del despertar de la primavera que Simon Parnacute, profesor de Economía Política retirado —hombre mayor, de rostro delgado, rumiando en su enorme cráneo las grandes cuestiones relacionadas con los sistemas de gobierno de las naciones— no fue, ni siquiera él, la excepción a la regla. Pues, cuando recorría lentamente la calle que iba de su departamento a los jardines de Little Park, era plenamente consciente de que esta ma­gia de la primavera corría también por su propia sangre, y de que el polvo que se había acumulado con los años en la superficie de su alma se estaba levantando por una de las brisas más suaves que hubiera sentido en todo el transcurso de su ardua carrera docente.

Y —por casualidad— cuando llegó al final de la calle donde las casas desaparecían bajando hacia el parque abierto, el sol asomó de golpe a uno de los repentinos espacios de cielo azul y lo empapó en una ola de calor delicioso que para todo el mundo era como el calor de julio.

El profesor Parnacute, antes catedrático, ahora sólo pensador, era un hombre de reflexiones exactas, que manejaba cuidadosamente los hechos de la vida como él los veía. Era buena persona y era íntegro. Se ocupaba de las grandes emociones, como corresponde a alguien que estudia naciones más que individuos, y de todas las diplomacias del corazón era groseramente ignorante. Siempre vivía en el centro del círculo —su propio círculo— y la excentricidad era para él una cosa absolutamente aborrecible. La convención lo regía en cuerpo, mente y alma. Conocer un pensamiento desordenado o una emoción inusitada lo perturbaba tanto como ver un cuadro chueco en la pared o el cuello de la camisa de un hombre saliendo del abrigo. La excentricidad era síntoma de una enfermedad.

Así, cuando llegó al final de la calle y sintió el sol y el viento sobre sus mejillas curtidas, este inesperado llamado de la Naturaleza le llegó marcadamente como algo por completo fuera de lugar e ilegítimo: síntoma de una condición irregular de la mente que debía reprimirse al instante. Y fue justo aquí, mientras la multitud lo empujaba y lo retenía, que batió en su oído el canto encarnado de la primavera misma, cuyo hechizo estaba en proceso de relegar a su debido sitio en su economía personal: ¡oyó el cautivador canto de un pájaro!

Paralizado de asombro y deleite, se quedó ahí de pie un minuto entero, escuchando. Luego, al voltear lentamente, se topó de frente con los ojitos suplicantes de un… mirlo; un mirlo en una jaula que colgaba en la pared afuera de una tienda para aficionados a los pájaros que estaba a sus espaldas.

Quizá no se hubiera detenido más que estos pocos segundos, sin embargo, de no haber sido porque la multitud lo tuvo por un momento prisionero en un punto exactamente enfrente de la tienda, donde su cabeza, además, quedaba exactamente a la misma altura que la jaula colgada. Así, se vio necesa­riamente obligado a esperar y observar y escuchar; y, mientras lo hacía, el canto arrobado y suplicante del pájaro afectó los sentimientos que ya había despertado la primavera, urgiéndolos a elevarse y salir hasta un punto que se volvía peligrosamente conmovedor.

Tanto el sonido como la imagen lo atraparon y lo retuvieron, fascinado.

Percibió que el pájaro, quizá favorecido en otro tiempo, ahora estaba flaco y desaliñado, con sus plumas desarregladas por revolotear continuamente en su percha y por el aleteo interminable de alas y cuerpo contra los barrotes de su estrecha jaula. No tenía espacio para abrir bien las dos alas; a menudo se estrellaba con los costados de su prisión de madera, y toda la fuerza de su apasionado y vano deseo de libertad brillaba en los dos pequeños ojos resplandecientes que contemplaban implorantes a los transeúntes por entre los barrotes. Se veía quebrantado y exhausto de renovar incesantemente su inútil lucha. Saltando por la vara, inclinando de lado su delicada cabecita y mirando directo a los ojos del profesor, logró (por medio de alguna magia inarticulada que sólo conocen los ojos de las criaturas en prisión) explicar el mensaje de su dolor: el desgarrador anhelo de la libertad del cielo abierto, la elevación de los grandes vientos, la gloria del sol sobre sus plumas sin brillo.

Ahora bien, sucedió que esta embestida combinada de imagen y sonido sorprendió al veterano profesor por la línea de menor resistencia: la línea de una sensación que no había probado y, por lo tanto, no se había agotado. Aquí, al parecer, había una emoción hasta entonces desconocida y, por lo tanto, aún no regulada hasta atrofiarla.

Pues, con una intuición tan singular como penetrante, de pronto entendió algo de la pasión de las Cosas Enjauladas salvajes del mundo, y captó en un fugaz vislumbre algo de su indecible dolor.

En un raudo momento de auténtica empatía mística, pudo sentir la peculiar cualidad de su anhelo insatisfecho exactamente como si fuera suyo; el anhelo no sólo de aves y animales cautivos, sino de hombres y mujeres angustiados, atrapados por las circunstancias, confinados por la debilidad, encerrados por carácter y temperamento, todos anhelando una libertad que no sabían cómo alcanzar —enjaulados por la pequeñez de sus deseos, por la impotencia de su voluntad, por la mezquindad de su alma—, enjaulados en cuerpos de los que sólo la muerte podía traer una liberación final.

Algo de todo esto se abrió camino hasta el corazón del anciano profesor cuando estaba ahí parado viendo la pantomima del mirlo cautivo —la Cosa Enjaulada—, y, tras un momento de titubeo que reflejó una gran cantidad de sentimiento condensado, entró decididamente por la puerta baja de la tienda y preguntó el precio del pájaro.

—El mirlo… eh… que canta en la jaulita —tartamudeó.

—Uno con seis solamente, señor —respondió el tosco hombre de cara colorada que era dueño de la tienda, levantando la vista de un conejo que estaba metiendo en una caja, empujándolo con dedos torpes—; sólo un chelín con seis peniques —y luego siguió con abundantes comentarios sobre los mirlos en general y las cualidades superiores de éste en particular—. Lleva aquí cuatro meses y canta precioso —agregó, a manera de clímax.

—Gracias —dijo Parnacute en voz baja, tratando de convencerse de que no se sentía mortificado por su impulsiva y excéntrica acción—; entonces le voy a comprar el pájaro… de inmediato… eh… si me hace el favor.

—Verá que no se ha equivocado, señor —dijo el hom­bre, mientras empujaba el conejo a un lado y salía para traer el mirlo.

—No, no voy a necesitar la jaula, pero… eh… quizá podría acomodarlo en una caja de cartón, para poderlo llevar conmigo más fácilmente.

Se había referido al pájaro casi como si fuera una persona, y el cambio, notado subrepticiamente por así decirlo, abonó a su sensación general de confusión. Era demasiado tarde, sin embargo, para cambiar de parecer, y después de ver al hombre meter al pájaro a la fuerza en una caja con sus toscas manos, tomó el lazo de hilo con que estaba amarrada y salió de la tienda con todo el aplomo y la dignidad que pudo.

Pero en el momento en que salió a la calle con ese paquete vivo bajo el brazo —podía oír y también sentir el golpeteo de las patas del pájaro—, la conciencia de que había sido culpable de lo que consideraba un escandaloso acto de excentricidad por poco lo rebasó. Pues había sucumbido de la manera más lamentable a un impulso momentáneo, y había comprado el pájaro para liberarlo. “¡Válgame!”, pensó. “¡Cómo he podido permitirme hacer una cosa tan excéntrica e impulsiva!”

Y de no haber sido por el hecho de que eso sólo hubiera acentuado su excentricidad, en ese mismo instante se habría regresado a la tienda a devolver el pájaro.

Pero como ahora, claramente, eso era imposible, cruzó la calle y entró en Little Park por la primera verja de hierro que encontró. Caminó por el camino de grava, batallando con el hilo. En un minuto más el pájaro habría sido libre, cuando se le ocurrió mirar a su alrededor para asegurarse de que nadie lo observara y vio frente a los matorrales a su izquierda… un policía.

Esto, sintió, era una tremenda molestia, pues tenía la esperanza de completar la transacción sin ser visto.

Enderezándose, volvió a ajustar el hilo nerviosamente y siguió caminando como si nada, despacio, buscando un sitio más solitario donde pudiera estar por completo libre de observación.

El profesor Parnacute ahora se hizo consciente de que esa molestia —causada principalmente por su acto impulsivo, e incrementada por el hecho de ser observado— ya se había vuelto bastante aguda. Era extraordinario, reflexionaba, cómo los policías tenían esa manera de manifestarse en los lugares menos apropiados, menos necesarios. No había ninguna razón para que un policía estuviera parado frente a esos inocentes matorrales, donde no había nada que hacer, nadie a quien ver. En casi cualquier otro punto de Little Park quizás hubiera sido de mayor utilidad, y sin embargo, en efecto, había tenido que escoger el único lugar donde no se le quería: donde su presencia, de hecho, era absolutamente objetable.

El policía, entretanto, lo miraba fijamente mientras él se retiraba con el molesto paquete. Lo traía cargando al revés sin darse cuenta. Sentía como si lo hubiera descubierto en un crimen. Él también miraba al policía de reojo, ansiando acabar ya con todo el asunto.

“Ese policía es un tipo tremendo”, pensó. “Nunca he visto a un gendarme tan grande, tan robusto. Debe de ser el policía del distrito, lo que sea que eso signifique, una verdadera muralla y torre de defensa.” El casco lo hizo pensar en un ariete, y los botones de su abrigo en cañones de pistolas.

Se alejó y dobló la esquina aparentando inocencia lo mejor que pudo, como si trajera cargando un paquete de libros o algún artículo nuevo de vestimenta.

Es, sin duda, el deber de cada gendarme estar alerta para observar tan agudamente como sea posible el transcurso de los eventos que pasan frente a sus ojos, pero este poli en particular parecía mucho más interesado en la caja de cartón de Parnacute de lo que la circunstancia ameritaba. La seguía implacablemente con la mirada.

Quizá, pensó el profesor, había oído los movimientos apurados del pájaro asustado en su interior. Quizás había pensado que era un gato que llevaba a ahogar en el estanque or­namental. Quizás —¡oh, espantosa idea!— había pensado ¡que era un bebé!

Sin embargo, como las sospechas de un policía inteligente eran imposibles de adivinar, Simon Parnacute las ignoró sabiamente y, justo entonces, dobló una esquina, donde quedó cubierto de su persistente observador por un grupo de tupidos arbustos de rododendro.

Aprovechando el momento oportuno, y actuando con una decisión expedita nacida del terror a la reaparición del policía, cortó el hilo, abrió la tapa de la caja y, un instante después, tuvo la intensa satisfacción de ver al mirlo prisionero saltar al borde y luego salir volando con un hermoso giro descendiente y un zumbido de alas hacia el cielo abierto. Volteó una vez al volar y su brillante ojo café lo miró. Luego se había ido, perdido en la luz del sol que resplandecía por encima de los arbustos y lo llamaba sobre las copas ondulantes hacia el otro lado del río.

El prisionero estaba libre. Por espacio de un minuto entero, el profesor se quedó inmóvil, consciente de una sensación de auténtico alivio. Ese sonido de alas, ese veloz trayecto del trémulo cuerpecito escapando hacia la libertad ilimitada, la penetrante mirada de gratitud en sus diminutos ojos cafés: esto agitó en él nuevamente la misma prodigiosa emoción que había experimentado por primera vez esa tarde afuera de la tienda para aficionados a los pájaros. La liberación de la “criatura enjaulada” le brindó una especie de experiencia vicaria de libertad y un deleite como nunca había conocido en toda su vida. Casi parecía como si él mismo hubiera escapado: hubiera salido de su “círculo”. Luego, cuando se dio la vuelta, con la caja vacía aún colgando de la mano, la primera cosa que vio, avanzando lentamente hacia él por el camino a paso firme, fue… el policía grande.

Algo muy severo, muy intimidante, colgaba como una atmósfera de advertencia en torno a este guardián de la ley con su uniforme azul. Lo hizo regresar de golpe a las rígidas realidades de la vida, y la suave belleza del día primaveral se desvaneció dejándolo intacto. Aceptó el recordatorio de que la vida es seria y que las excentricidades son invitacio­nes al desastre. Tarde o temprano el policía siempre tiene que aparecer.

Sin embargo, este gendarme en particular, por supuesto, pasó a su lado sin una palabra ni un gesto, y en cuanto el profesor llegó a uno de los pequeños cestos de alambre proporcionados para tal fin, echó dentro la caja, y luego regresó lenta y pensativamente a su departamento y a su almuerzo.

Pero la excentricidad de la que había sido culpable le daba vueltas y más vueltas en la cabeza, recordándole con in­clemente insistencia la acción ridícula que nunca debió haber cometido y agobiándolo con punzaditas incesantes por haberse permitido un proceder impulsivo y anormal.

Pues, para él, la inevitabilidad de la vida se presentaba como un hecho al que se había resignado, más que como una fuerza que debía apropiarse para los fines de su propia alma; y el espectáculo del pájaro feliz escapando hacia el cielo y la luz del sol, con la figura del inflexible y adusto policía en el fondo, le causó una profunda impresión que sin duda tarde o temprano daría fruto.

“Válgame”, pensó el profesor de Economía Política, dando una expresión mental a este sentimiento. “¡A la larga voy a pagar por esto! ¡Sin duda lo voy a pagar!”

II


SI PODEMOS DAR POR SENTADO que no existe la casualidad, haciendo travesuras tras los bastidores de la existencia, sino que todos los sucesos que ocurren en las vidas de los hombres son el resultado calculado de causas adecuadas, entonces el señor Simon Parnacute, profesor retirado de Economía Política del C… College, ciertamente pagó por su aberración primaveral, en el sentido de que pescó un violento resfrío que lo postró en la cama y rápidamente se convirtió en pulmonía.

Era la tarde del sexto día y estaba acostado, agotado y con fiebre, en su cuarto en el último piso del edificio que contenía su pequeño departamento independiente. La enfermera estaba abajo tomando el té. Había una lámpara con pantalla junto a la cama, y por la ventana —aún no cerraban las persianas— veía las azoteas y chimeneas, y el torrente de cables contrastados nítidamente contra el cielo de un atardecer dorado y rosa. Por encima del ocaso flotaban largas tiras de nubes de colores, y las primeras estrellas destellaban entre los vapores de abril que se acumulaban al acercarse la noche.

De pronto se abrió la puerta y alguien entró sin hacer ruido y se detuvo en mitad del cuarto. El profesor volteó fatiga­do y vio que la sirvienta estaba ahí parada tratando de hablar.

Parecía nerviosa, él se daba cuenta, y tenía el rostro más bien pálido.

—¿Y ahora qué, Emily? —preguntó débilmente, pero con irritación.

—Por favor, profesor… hay un caballero… —y hasta ahí llegó.

—¿Alguien vino a verme? ¿Ya es el doctor otra vez? —inda­gó el paciente, preguntándose vaga y distraídamente por qué la muchacha se vería tan alarmada.

Mientras ella hablaba se empezaron a oír pasos afuera en el rellano: pasos pesados.

—Pero, por favor, señor profesor, no es el doctor —la sirvienta titubeó—, sólo que no me dio su nombre, y no lo pude detener, y dijo que usted lo esperaba… y creo que tiene cara de… —los pasos que se acercaban asustaban tanto a la muchacha que no encontraba las palabras para terminar su descripción. Ya estaban justo afuera de la puerta. —¡De policía! —se apuró a terminar, retrocediendo hacia la puerta como si temiera que el profesor fuera a abalanzarse contra ella desde su cama.

—¡Un policía! —dijo sin aire el señor Parnacute, sin creer lo que oía—. ¡Un policía, Emily! ¿En mi departamento?

Y antes de que el enfermo pudiera encontrar palabras para expresar su particular molestia por que un extraño cualquie­ra (y sobre todo un gendarme) pudiera entrometerse a esas horas, la puerta se abrió de un empujón, la muchacha se esfumó con un revuelo de enaguas, y la figura alta de un hombre se detuvo a plena vista en el umbral, mirando fijamente al ocupante de la cama al otro lado del cuarto.

En efecto era un policía, y un policía muy grande. Es más, era el policía.

En el instante en que el profesor reconoció al hombre del parque, su enojo, por alguna razón bastante inexplicable, desa­pareció casi por completo; la aguda molestia que había sentido hacía un momento se desvaneció, y, hundiéndose exhausto en sus almohadas, apenas encontró aliento para pe­dirle que cerrara la puerta y pasara. El hecho era que el asombro había gastado la pequeña reserva de energía de la cual disponía, y de momento no se le ocurría qué otra cosa hacer.

El policía cerró la puerta en silencio y avanzó hacia el centro de la habitación, de modo que el círculo de luz de la lámpara junto a la cabecera de la cama alcanzaba su figura, pero terminaba justo antes de llegar a su cara.

El inválido se volvió a enderezar en su cama y lo miró fijamente. Como no pasaba nada pudo ordenar un poco sus pensamientos dispersos.

—¿Usted es el policía del parque, si no me equivoco? —preguntó débilmente con una mezcla de soberbia y resen­timiento.

El hombre corpulento asintió con la cabeza y se quitó el casco, sosteniéndolo frente a él con la mano. Su rostro era especialmente brillante, casi como si reflejara el resplandor de una linterna de mano escondida en alguna parte de su enorme persona.

—Me pareció reconocerlo —continuó el profesor, un poco exasperado por la compostura del otro—. Quizás esté consciente de que estoy enfermo, demasiado enfermo para recibir a desconocidos, ¡y que haberse metido así por la fuerza…! —dejó el enunciado inconcluso por falta de improperios adecuados.

—Ciertamente usted está enfermo —respondió el gendarme, hablando por primera vez—: por otro lado, no soy un desconocido —el timbre y la modulación de su voz eran maravillosos para ser policía.

—Entonces, dígame, ¿con qué derecho se atreve usted a molestarme en un momento así? —protestó el otro, ignorando el último comentario.

—Mi deber, señor —respondió el hombre, con una dignidad más bien asombrosa—, no entiende de tiempo ni de lugar.

El profesor Parnacute lo miró un poco más detenidamente, ahí parado con su casco en la mano. Era algo más, supuso, que un gendarme común y corriente; un inspector, quizá. Lo examinó cuidadosamente; pero no entendía nada de las diferencias en los uniformes, de las barras o estrellas en la manga y el cuello.

—Si usted está aquí para cumplir con su deber, entonces —exclamó el hombre de mente cuidadosa, buscando febrilmente alguna posible infracción por parte de su pequeño grupo de sirvientes—, por favor, tome asiento y diga su asunto, pero de la manera más breve posible. Me duele la garganta y ando bajo de fuerzas —habló con menos acritud. La dignidad del visitante empezaba a impresionarlo vagamente de una manera que no entendía.

La corpulenta figura de azul volvió a inclinar la cabeza, pero no hizo nada por continuar.

—Me imagino que viene de la comisaría X… —agregó Parnacute, mencionando el nombre de la comisaría a la vuelta de la esquina. Se hundió más en sus almohadas, conscien­te de que su fuerza se estaba agotando.

—Vengo de la jefatura —respondió el coloso con voz profunda.

El profesor sólo tenía la más vaga idea de lo que significaba la jefatura, pero la palabra transmitía una importancia que de algún modo no pasó desapercibida. Mientras tanto, su impaciencia crecía junto con su agotamiento.

—Debo solicitarle, oficial, que exponga su asunto cuanto antes —dijo con aspereza— o que regrese cuando esté en mejores condiciones de atenderlo. La semana que entra, sin duda…

—No hay más tiempo que el presente —respondió el otro, con una extraña selección de palabras que escapó de la atención de su perplejo escucha, mientras sacaba de un espacioso bolsillo en el faldón de su abrigo una libreta sujeta con un aro de metal brillante como el oro.

—¿Su nombre es Parnacute? —preguntó, consultando la libreta.

—Sí —respondió el otro, con la resignación que viene del agotamiento.

—¿Simon Parnacute?

—Por supuesto, sí.

—¿Y el pasado tres de abril —prosiguió, mirando con atención al enfermo por encima del cuaderno— usted, Simon Parnacute, entró en la tienda de Theodore Spinks en la calle P…, y ahí adquirió cierta criatura viva?

—Sí —respondió el profesor, que empezaba a sentirse acalorado ante el descubrimiento de su insensatez.

—¿Un pájaro?

—Un pájaro.

—¿Un mirlo?

—Un mirlo.

—¿Un mirlo cantor?

—Pues sí, era un mirlo cantor, si tanto necesita saberlo.

—¿En dinero usted pagó por este mirlo la suma de un chelín con seis peniques? —enfatizó el “con”, como lo había hecho el vendedor de pájaros.

—Uno con seis, sí.

—Pero en valor verdadero —dijo el policía, hablando con énfasis solemne—, ¿le costó bastante más?

—Puede ser —se retorció internamente ante el recuerdo.

Estaba asombrado, además, de que la visita tuviera que ver con él mismo y no con los sirvientes.

—¿Lo pagó con el corazón? —insistió el otro.

El profesor no respondió nada. Se sobresaltó. Casi se retorcía debajo de la sábana.

—¿Tengo razón? —preguntó el policía.

—Esos son los hechos, supongo —respondió en voz baja, sumamente desconcertado por el catecismo.

—¿Y usted llevó a este pájaro en una caja de cartón hasta los Jardines E… junto al río, y ahí lo puso en libertad y lo vio irse volando?

—Su declaración es correcta, me parece, en cada deta­lle. Pero francamente, ¡este absurdo interrogatorio, señor mío!

—¿Y su motivo para hacerlo —continuó el policía, ahogando con su voz los debilitados tonos del inválido— fue la liberación desinteresada de una criatura prisionera y atormentada? —Simon Parnacute levantó la mirada con la mayor sorpresa posible.

—Pienso que… ¡bueno, bueno!… tal vez así haya sido —murmuró avergonzado—. El canto extraordinario, porque era extraordinario, sabe, y verlo al pobre batiendo las alas me entristeció.

El policía corpulento guardó su libreta de pronto y se acercó a la cama, de modo que su cara entró en el círculo de luz de la lámpara.

—En ese caso —exclamó—, ¡usted es el hombre que quiero!

—¡Yo soy el hombre que quiere! —exclamó el profesor con un sobresalto incontenible.

—El hombre que estoy buscando —repitió el otro, sonriendo. Su voz de pronto se había vuelto suave y maravillosa, como el tañer de un gong de plata, y en su rostro había una expresión de ternura anhelante que lo volvía absolutamente hermoso. Resplandecía. Como salida de un cuadro, nunca había visto el profesor una expresión como ésa en ningún semblante humano, ni había oído labios humanos emitir semejan­tes tonos. Pensó, fugaz y confusamente, en una mujer, en la mujer que nunca había encontrado; en un sueño, un encantamiento como de música o de una visión sobre los sentidos.

“¡Me está buscando!”, pensó alarmado. “¿Y ahora qué hice? ¿De qué nueva excentricidad se me acusa?”

Ideas extrañas y desconcertantes, de contorno borroso y carácter descabellado, se agolparon en su mente.

Una sensación de frío atrapó su fiebre y la subyugó, bañándolo en sudor, haciéndolo temblar, pero no de miedo. Un nuevo y curioso deleite había empezado a pulsar las cuerdas de su corazón.

Luego una sospecha extravagante cruzó por su cerebro, pero no era una sospecha del todo injustificada.

—¿Quién es usted? —preguntó, levantando la vista—. ¿De verdad es sólo un policía? —el hombre se acercó de manera que parecía, de ser posible, aún más enorme que antes.

—Soy un policía mundial —respondió—, un guardián, quizá, más que un detective.

—¡Santo cielo! —gritó el profesor, pensando en la locura y en los crímenes cometidos por locura.

—Sí —prosiguió el otro en esos tonos serenos y musicales que en poco tiempo empezaron a tener un efecto tranquilizante sobre su escucha—, y es mi deber, entre muchos otros, tener vigilada a la gente excéntrica; encerrarla cuando es necesario y, cuando su sentencia ha expirado, liberarla.

”Además —agregó imponentemente—, como en el caso de usted, sacarlos de su jaula sin dolor… cuando se lo han ganado.

—Ah, Dios mío, ¡válgame! —exclamó Parnacute, que no estaba acostumbrado a usar interjecciones, pero tampoco podía pensar en nada más que decir.

—Y a veces cuidar que sus jaulas no los destruyan; y que no se maten golpeándose contra los barrotes —continuó, con una sonrisa bastante maravillosa—. Nuestros deberes son muchos y muy variados. Soy parte de una fuerza numerosa.

El hombre instruido en Economía Política sintió que la cabeza le daba vueltas. Pensó en pedir ayuda. De hecho, ya había acercado la mano a la campana cuando un gesto de su extraño visitante lo contuvo.

—¿Entonces por qué me busca a mí, si se puede saber? —titubeó en vez de tocarla.

—Para anotarlo; y cuando llegue el momento, para sacarlo de su jaula de manera fácil y cómoda, sin dolor. Ésa es una recompensa por su bondad con el pájaro —los temores del profesor ahora habían desaparecido por completo. El policía parecía completamente inofensivo después de todo.

—Es muy amable de su parte —dijo débilmente, volviendo a meter el brazo bajo la ropa de cama—. Sólo que… eh… no era consciente, exactamente, de estar viviendo en una jaula.

Levantó la vista resignado hacia el rostro del hombre.

—Sólo se da uno cuenta cuando sale —respondió—. Así es con todos. El pájaro no acababa de entender lo que pasaba, sólo sabía que era desdichado. Es igual con usted. Se siente infeliz en ese cuerpo que tiene y en esa mentecita cuidadosa que ha regulado tan bien, pero, por mucho que lo intente, no logra entender cuál es el problema. Quiere espacio, independencia, probar la libertad. ¡Quiere volar, eso es lo que quiere! —exclamó, levantando la voz.

—¿Yo… quiero… volar? —dijo el inválido con voz en­trecortada.

—Oh —sonriendo otra vez—, nosotros, los policías mundiales, tenemos miles de casos como el suyo. Nuestro campo es extenso, muy extenso en verdad.

Entró más de lleno a la luz y se volteó de perfil.

—Aquí está mi insignia, si la quiere ver—dijo orgulloso.

Se encorvó un poco para que los ojitos brillantes del profesor pudieran enfocar fácilmente el cuello de su abrigo. Ahí, igual que las letras en el cuello de cualquier policía londinense, sólo que en oro brillante en vez de plata, resplande­cía la constelación de las Pléyades. Luego se volteó para enseñarle el otro lado, y Parnacute vio la constelación de Orión inclinada hacia arriba, como a menudo la había visto en el cielo nocturno.

—Ésas son mis insignias —repitió con orgullo, enderezándose nuevamente y retrocediendo otra vez a la sombra.

—Son muy bonitas —dijo el profesor, pues su creciente agotamiento no le sugería ningún comentario mejor. Pero al ver esas figuras estrelladas le había llegado un extraño aire de cielos abiertos, espacio y viento: los vientos del mundo.

—De modo que cuando llegue el momento —retomó el policía mundial—, puede estar tranquilo. Lo dejaré salir sin dolor ni miedo tal como usted dejó salir al pájaro. Y, mientras tanto, más vale que se dé cuenta de que vive en una jaula igual de apretada y alejada de la luz y la libertad que la del mirlo.

—Gracias; desde luego, lo intentaré —susurró Parnacute, que casi se desmayaba de cansancio.

Siguió una pausa, en la que el policía se puso su casco, se apretó el cinturón y luego empezó a buscar vigorosamente algo en los bolsillos del faldón de su abrigo.

—Y ahora —se aventuró el hombre enfermo, sintiéndose mitad temeroso, mitad feliz, aunque sin saber exactamente por qué—, ¿hay algo más que pueda hacer por usted, señor policía mundial? —era consciente de que sus palabras eran peculiares, pero no podía evitarlo. Parecían salir por cuenta propia.

—No hay nada más que usted pueda hacer por mí, señor, gracias —respondió el hombre en sus tonos más brillantes—. ¡Pero hay algo más que yo puedo hacer por usted! Y eso es darle una probada preliminar de la libertad, para que pueda darse cuenta de que está viviendo en una jaula, y esté menos confundido y desconcertado cuando le toque hacer el escape final —Parnacute recuperó el aliento bruscamente… mirando boquiabierto.

De una sola zancada el policía recorrió el espacio entre él y la cama. Antes de que el debilitado y febril profesor pudiera emitir palabra o grito, el otro levantó su exangüe cuerpo de la cama, sacudiéndole las cobijas como el papel de un paquete, y sin mayor ceremonia lo echó sobre sus gigantes hombros. Luego cruzó el cuarto, sacó una llave del bolsillo del faldón de su abrigo y la metió directamente en la pared sólida. La giró y todo ese lado de la casa se abrió como una puerta.

Por un segundo, Simon Parnacute volteó hacia atrás y vio la lámpara y la chimenea y la cama. Y en la cama vio su propio cuerpo acostado, inmóvil, profundamente dormido.

Luego, mientras el policía se balanceaba, suspendido en el borde vertiginoso, miró hacia fuera y vio la red de luces del alumbrado público abajo muy lejos, y oyó el profundo rugido de la ciudad golpear sus oídos como el estruendo de un mar.

Un momento después el hombre dio un paso al vacío, y vio que se elevaban rápidamente hacia la oscura bóveda del cielo, donde las estrellas titilaban sobre ellos entre delgados jirones de nubes voladoras.

III


UNA VEZ AFUERA, FLOTANDO EN LA NOCHE, el policía le dio a su hombro una fuerte sacudida que lanzó su pequeña carga al espacio abierto.

—¡Salte! —gritó—. ¡No hay ningún peligro!

El profesor cayó como una bala hacia el pavimento, y de pronto se empezó a elevar otra vez, como un globo. Todo rastro de fiebre o incomodidad corporal lo había abandona­do por completo. Se sentía tan ligero como el aire y tan fuerte como el rayo.

—Ahora, ¿adónde vamos? —sonó la voz arriba de él.

Simon Parnacute no era muy volador. Nunca había conocido esos extraños sueños de vuelo que constituyen un raro placer en la vida onírica de muchas personas. Estaba increíblemente aterrado hasta que se dio cuenta de que no se estrellaba contra la tierra y de que tenía dentro de sí el poder de regular sus movimientos, de elevarse o hundirse a voluntad. Entonces, por supuesto, la furia más salvaje de deleite y libertad que hubiera conocido en la vida destelló por todo su cuerpo y ardió en su cerebro como una intoxicación.

—¿Las grandes ciudades o las estrellas? —preguntó el policía mundial.

—No, no —gritó—, el campo: ¡el campo abierto! ¡Y otras tierras! —pues Simon Parnacute nunca había viajado. Por increíble que parezca, en toda su vida lo más lejos que había estado de Inglaterra era un velero en Southend. Su cuerpo había viajado aún menos en su imaginación. Con esta capacidad de movimiento repentinamente incrementada, el deseo de correr por todas partes y ver se volvió una pasión.

—¡Bosques! ¡Montañas! ¡Mares! ¡Desiertos! ¡Lo que sea, excepto casas y gente! —gritó, elevándose hacia su compañero sin el menor esfuerzo.

Un intenso anhelo de ver las regiones desoladas y solitarias de la Tierra se apoderó de él, desgarrándolo para salir en palabras extrañamente diferentes a su forma de hablar normal y mesurada. Toda su vida había dado pasos de un lado a otro en un jardincito muy formal con los caminos más precisos que se pueda uno imaginar. Ahora quería un mundo sin sendas. La reacción fue tremenda. El deseo del árabe por el desierto, del gitano por los páramos abiertos, el “deseo de la agachadiza por la Naturaleza” —el anhelo del eterno vagabundo— poseyó su alma y encontró desahogo en las palabras.

Era como si la pasión del mirlo liberado se estuviera reproduciendo en él y volviéndose articulada.

—Me persiguen los rostros de los lugares olvidados del mundo —gritó impetuosamente—. Playas tendidas a la luz de la luna, olvidadas a la luz de la luna… —su expresión, como la del pájaro, se había vuelto lírica.

“¿Será esto lo que sintió el mirlo?”, se preguntaba.

—Entonces, vamos —gritó en respuesta el policía—. No hay más tiempo que el presente, recuerde. —Se lanzó por el espacio como un enorme proyectil. Producía un ligero silbido al pasar.

Parnacute siguió su ejemplo. El más ligero deseo, descubrió, le daba al instante la facilidad y velocidad del pensamiento.

El policía se había quitado su casco, abrigo y cinturón, y los había dejado caer desde lo alto en alguna calle de Londres. Ahora aparecía como el simple contorno azul de un hombre, apenas discernible contra el cielo oscuro: un contorno lleno de aire. El profesor se echó un vistazo y vio que él también era sólo el contorno de un hombre: un contorno pálido lleno del aire morado de la noche.

—Vamos, pues —exclamó ese “poli del mundo”.

Los dos juntos subieron disparados vertiginosamente, y las luces de Londres, ciudad y suburbios, se alejaron parpadeando debajo de ellos, en líneas y parches radiantes. En un segundo la oscuridad llenó el enorme hueco, derramándose detrás de ellos como una poderosa ola. Otros arroyos y parches de luz se sucedieron rápidamente, borrosos y tenues, como los faroles de las estaciones de tren vistas desde un expreso nocturno, conforme otras poblaciones iban pasando debajo de ellos en serie y eran devoradas por el golfo que dejaban atrás.

Un aire fresco y salado les pegó en la cara, y Parnacute oyó el suave romper de las olas al cruzar el Canal, y siguieron deslizándose sobre los campos y bosques de Francia, que deste­llaban debajo de ellos como los cuadros de un imponente tablero de ajedrez. Como juguetes, un pueblo tras otro pasó disparado, con su olor a ganado, humo de turba y tenues vientos de la primavera cercana.

A veces pasaban bajo las nubes y perdían las estrellas, a veces sobre ellas y perdían el mundo; a veces sobre bosques que rugían como el mar, a veces sobre vastas planicies quietas y silenciosas como la tumba; pero Parnacute siempre veía las constelaciones de Orión y las Pléyades brillando en el cuello del policía volador, con su diseño resaltando como si tuvieran diminutos focos eléctricos.

Debajo de ellos yacía el gigantesco mapa de la tierra, levantada, marcada, de colores oscuros, respirando: un mapa vivo.

Luego llegó el Jura, suave y morado, alfombrado de bosques, rodando bajo ellos como un sueño, y desde lo alto vieron valles adormecidos y oyeron el lejano correr del agua y el canto de incontables arroyos.

—¡Gloria, gloria! —gritó el profesor—. ¿Y los pájaros conocen esto?

—No los que están prisioneros —fue la respuesta. Y más adelante surcaron veloces sobre grandes extensiones resplandecientes de agua al acercarse a los lagos de Suiza. Luego, al entrar en las zonas de atmósfera gélida, voltearon hacia abajo y vieron torres blancas y pináculos de plata, y las formas imponentes y quebradas de glaciares que se alzaban y caían entre campos de nieve eterna, doblándose sobre las monta­ñas en una vasta procesión.

—Creo que… ¡tengo miedo! —jadeó Parnacute; trató de agarrar a su compañero, pero sólo atrapó el aire gélido.

El policía rio con ganas.

—Esto no es nada… comparado con Marte o la Luna —gri­tó, remontándose hasta que los Alpes se veían como un macizo de campanillas de invierno en un jardín de Surrey—. Pronto se acostumbrará.

El profesor de Economía Política se elevó detrás de él. Pero más adelante volvieron a descender trazando una inmensa curva y tocaron las cimas de las montañas más altas con los dedos de los pies. Esto de inmediato volvió a mandarlos al aire, rebotando con el ímpetu de los cohetes, y así siguieron precipitándose por la noche perfumada y sin sendas hasta que llegaron a Italia y dejaron atrás los Alpes como el muro sombrío de otro mundo que se les había acercado silenciosamente a través del espacio.

—¡Madre de las Montañas! —gritó el académico, fasci­nado—. ¿Y el mirlo también conoció esto?

—De ser así, se lo debe a usted —respondió el policía.

—Y yo se lo debo a usted.

—No: a usted mismo —respondió su guía volador.

¡Y luego el desierto! Habían cruzado el fragante Mediterráneo y llegado a las zonas de arena. Se levantaba en nubes y hojas mientras un poderoso viento se agitaba sobre las leguas de soledad que se extendían debajo de ellos hasta la distancia azul. Se arremolinaba alrededor de ellos y les picaba la cara.

—¡Delgados cordones de arena que se desmoronan antes que ceñir! —gritó el profesor con una carcajada, sin saber lo que había dicho en el delirio de su placer.

El aroma caliente de la arena lo entusiasmaba; saber que en cientos de kilómetros no se veía una casa ni un ser humano lo emocionaba vertiginosamente con el deleite incalculable de la libertad. El esplendor de la noche, místico e incomunicable, lo superó. Se elevó, riendo con desenfreno, sacudiéndose la arena del pelo y trazando curvas gigantescas por el espacio estrellado que lo rodeaba. Recordaba vívidamente la imagen de esas alas desaliñadas en la jaulita apretada… y luego volteó hacia abajo y se dio cuenta de que aquí los vientos se hundían exhaustos por la fatiga misma de tener demasiado espacio. Ay, si pudiera arrancar los barrotes de todas las jaulas que el mundo ha conocido —liberar a todas las criaturas cautivas—, ¡restaurar a toda la fauna alada salvaje la libertad de los espacios abiertos que es suya por derecho!

Volvió a gritar a las estrellas y los vientos y los desiertos, pero sus palabras no encontraron expresión inteligible, pues su pasión era demasiado grande para ser confinada en cualquier medio conocido. Sólo el policía mundial entendió, quizá, pues bajó volando en círculos alrededor del pequeño profesor y reía y reía y reía.

Y parecía como si enormes figuras se formaran en el cielo para escuchar, y se agacharan para levantarlo con un solo movimiento de sus inmensos brazos desde la tierra hasta las alturas. Tal era el torrencial poder y deleite de escape que había en él que casi sentía que podía sobrevolar los helados abismos de la propia Muerte… sin que jamás lo atrapara…

Las formas colosales de Egipto, terribles y monstruosas, pasaron abajo muy lejos en enorme y sombría procesión, y las desoladas montañas libias lo atrajeron flotando sobre sus páramos de piedra…

¡Y esto era sólo un principio! ¡Asia, India y los mares del Sur estaban todos a su alcance! De uno en uno podían visitarse todos. ¡Los espacios interestelares, los planetas lejanos y la blanca Luna aún quedaban por explorar!

—Pronto debemos pensar en volver —oyó la voz de su compañero, y entonces recordó cómo su propio cuerpo, acalorado y febril, estaba tendido en aquel cuartito sofocante del otro lado de Europa. En efecto, estaba enjaulado —el cuerpo maltrecho en el cuarto, y él mismo en el cuerpo maltrecho—: doblemente enjaulado. Se rio y tiritó. El viento lo recorrió, dejándolo limpio. Se volvió a elevar en el éxtasis del vuelo libre, siguiendo al policía de camino a casa, y abajo las montañas se volvieron una línea morada en el mapa. En una serie de grandes planeos reposaron en la cima de la Pirámide y luego en la frente de la Esfinge, y así hacia delante, tocando la tierra a intervalos, hasta que oyeron nuevamente las olas sobre la costa, y otra vez se elevaron por los aires sobre el mar, cruzando España y los Pirineos. El delgado contorno azul del policía se mantuvo siempre a su lado.

—¡De todas las lejanas colinas del cielo soplan estos vientos de libertad! —gritó al espacio, y después soltó una carcajada que hizo que su guía diera vueltas y vueltas alrededor de él, riendo por lo bajo mientras volaba. Era una risita curiosa, argéntea… pero sonaba como si le llegara desde una distancia mucho mayor que antes. Le llegaba, por decirlo así, a través de barreras.

La imagen de la tienda para aficionados a los pájaros le volvió a llegar vívidamente. Vio los ojitos implorantes y asustados; oyó el golpeteo incesante de los pies apresados, las alas pegando contra los barrotes y los suaves cuerpos empujando en vano para salir. Vio la cara colorada de Theodore Spinks, el propietario, regodeándose ante la escena de vida cautiva que le daba los medios para vivir: los medios para disfrutar su pequeña medida de libertad. Vio a la gaviota decaída en su rincón, y al búho con los ojos llenos del polvo de la calle, sus orejas emplumadas crispándose… y entonces volvió a pensar en los seres humanos enjaulados del mundo —hombres, mujeres y niños— y un dolor, como el dolor de un universo entero, le quemó el alma y encendió su corazón de anhelo… de liberarlos a todos al instante.

Y, al no poder encontrar palabras para expresar lo que sentía, volvió a encontrar alivio en su extraño e impetuoso canto.

Simon Parnacute, profesor de Economía Política, ¡cantó en mitad del cielo! Pero ése fue su último recuerdo vívido. A partir de ahí, todo se fue poniendo un poco borroso. Todo cambió rápidamente como en un sueño cuando el cuerpo se acerca al momento de despertar. Él trató de sujetarlo y detenerlo, de retrasar el momento en que debía terminar, pero ese poder estaba más allá de él. Se sentía pesado y cansado, y volaba más cerca del suelo; los intervalos entre las curvas de vuelo se hicieron más y más pequeños, el ímpetu más y más débil mientras él a cada momento se volvía más denso y estúpido. Su curso por los campos del sur de Inglaterra, en su camino a casa que ya era casi trabajoso, se volvió una serie de saltos largos y bajos más que un vuelo propiamente dicho. Más y más seguido se veía obligado a tocar tierra para adquirir el impulso necesario. El policía corpulento parecía haberse fundido repentinamente en el azul de la noche.

Luego oyó que se abría una puerta en el cielo sobre su cabeza. Una estrella bajó y se acercó demasiado, y lo deslumbró. Instintivamente gritó pidiendo ayuda a su amigo, el policía mundial.

—Ya es hora de su sopa —fue la única respuesta que ob­tuvo.

No parecía ser la respuesta correcta, ni tampoco la voz correcta. Un terror de estar perdido permanentemente lo invadió, y volvió a gritar, más fuerte que antes.

—Y primero la medicina —soltó la voz estridente y aguda desde el espacio infinito.

No era la voz del policía para nada. Ahora lo sabía, y entendía. Una sensación de agotamiento, de repulsión nauseabunda y hastío se apoderó de él. Volteó hacia arriba. El cielo se había vuelto blanco; vio cortinas y paredes y una lámpara brillante con una pantalla roja. Ésta era la estrella que por poco lo había cegado: ¡sólo una lámpara en el cuarto de un enfermo! Y, de pie en el otro extremo de la habitación, vio la figura de la enfermera de cofia y delantal.

Bajo él yacía su cuerpo en la cama. Su sensación de repugnancia y hastío se volvió un horror absoluto. Pero se hundió exhausto en él: en su jaula.

—Tome esta sopa, señor, después de la medicina, y luego quizá podrá dormir otro poco —le decía la enfermera con amable autoridad, encorvada sobre él.

IV


EL PROGRESO DEL PROFESOR PARNACUTE hacia la recuperación fue lento y tedioso, pues la enfermedad había sido severa y lo había dejado con el corazón peligrosamente debilitado.

Y por la noche aún se deleitaba con los sueños de vuelo. Sólo que, para entonces, ya había aprendido a volar solo. Su amigo fantas­ma, el corpulento policía mundial, ya no lo acom­pañaba.

Y su principal ocupación en estas tediosas horas de convalecencia fue curiosa y, a juicio de la enfermera, no muy apropiada para un inválido, pues se pasaba el tiempo en cálculos interminables, repasando detenidamente la lista de sus pocas inversiones y sumando incontables veces el total de sus ahorros de casi cuarenta años. La cama estaba cubierta de papeles y documentos; siempre se perdían los lápices entre las sábanas, y cada vez que la enfermera recogía toda la parafernalia y la ponía a un lado, él esperaba a que ella saliera del cuarto y se arrastraba hasta la mesa y se lo llevaba todo otra vez a la cama.

Finalmente, ella dejó de pelearse con él y cedió, pues su inquietud crecía y no se podía dormir hasta que sus amados papeles y lápices estaban desparramados sobre el cubrecama, donde los podía alcanzar al instante.

Hasta el menos observador podía ver que el profesor estaba tramando los detalles preliminares de un plan profundo.

Y su primer visitante, en cuanto le dieron permiso de recibir gente, fue un caballero con piel de pergamino y ojos duros, secos y fisgones que había venido a solicitud expresa: un abogado, de la firma de los señores Costa y Delay.

—Averiguaré el precio de la tienda y el inventario y le informaré del resultado en la primera oportunidad, profesor Parnacute —dijo el hombre de leyes con su áspera voz profesional, cuando finalmente se despidió y salió del cuarto del enfermo con el rostro inexpresivo de aquel a quien las excentricidades de la naturaleza humana nunca podrían resultarle nuevas ni sorprendentes.

—Gracias; estaré ansioso por saberlo —respondió el otro, volteándose en su sillón largo para guardar sus papeles y, al mismo tiempo, para defenderse de los regaños de la bondadosa enfermera.

”Ya sabía yo que iba a tener que pagarlo —murmuró, pensando en su pecado original—; pero espero —aquí volvió a consul­tar sus cifras en lápiz—, creo que puedo lograrlo… apenas. Aunque con los consolidados tan bajos… —Otra vez cayó en cavilaciones—. Aun así, siempre puedo subarrendar la tienda, desde luego, como sugieren —concluyó con un suspiro, volviéndose para recurrir a la desconcertada enfermera y percatándose por primera vez de que ella había salido del cuarto.

Cayó en reflexiones profundas. Finalmente, la “lista adjunta” de los abogados le llamó la atención entre las almohadas, y empezó a examinarla sin energía. Estaba escrita a máquina y abarcaba varios folios. Estaba dividida en secciones tituladas “Lote 1, Lote 2, Lote 3” y así sucesivamente. Empezó a leer lentamente medio en voz alta para sí mismo; luego con creciente emoción:

50 pardillos, garantizados, no recién traídos del campo, todos enjaulados.

10 pardillos cantores salvajes.

10 zorzales machos grandes, en plenitud de canto.

5 jilgueros de peral, con mancha brillante y cuadrada, bien definida y descubierta.

4 alondras totovías de Devonshire, canto completo garanti­zado; enjauladas tres meses.

El profesor se enderezó y apretó el papel con fuerza. Su rostro lucía una expresión afligida, intensa. Un movimiento convulso de los dedos, automático tal vez, arrugó la hoja de papel y por poco la rompe por el medio. Siguió leyendo, apartando las cobijas y almohadas como si lo oprimieran. Su respiración se aceleró un poco.

5 tordos machos, plumaje completo, magníficos cantores.

1 mirlo cantor, jaula de exhibición y cesto; espléndido silbador, pájaro selecto.

1 hermosa alondra cantora, grande y espigada; canta todo el día; lleva enjaulada cinco meses seguro.

Simon Parnacute emitió un curioso grito quedo. Fue en lo profundo de su garganta. Estaba consciente de un deseo ardiente de ser rico: un millonario; poderoso; un monarca autocrático. Después de una pausa regresó su atención con esfuerzo a la página escrita a máquina para seguir repasando los “lotes”:

3 alondras macho; se oyen a casi 200 metros cuando cantan.

—A casi doscientos metros cuando cantan —masculló el profesor en la única almohada que le quedaba.

Siguió leyendo, dando patadas, un tanto furiosas para un hombre enfermo, contra el reposapiés de mimbre al final del sillón largo.

1 alondra macho cantora, especial, selecta; enjaulada tres meses, garantizada; canta su nota salvaje.

De pronto arrojó la lista a un lado. El sillón entero crujió y gimió con la violencia de su movimiento. Pateó tres veces seguidas el reposapiés de mimbre, y evidentemente se regocijó de ver que seguía suficientemente firme como para que valiera la pena volverlo a patear… más fuerte.

—¡Ay, si tuviera todo el dinero del mundo! —exclamó para sí, dejando que sus ojos vagaran hasta la ventana y los espacios azules despejados entre las nubes—. ¡Todo el dinero del mundo! —repitió con creciente excitación. Vio una de las gaviotas de Londres volando en círculos muy, muy alto. La observó varios minutos, hasta que navegó frente a un tramo deslumbrante de nube blanca y se perdió de vista.

“Canta su nota salvaje… enjaulada tres meses, garantizada… se oyen a casi doscientos metros.” Las frases ardían en su cerebro como flamas devastadoras.

Y así seguía la lista. Estaba ojeando la última página cuando sus ojos se toparon de pronto con un artículo que describía un lote de:

8 pardillos enjaulados cuatro meses; locos de canto.

Soltó la lista, se levantó con dificultad de su sillón y dio pasos por el cuarto, mascullando para sí “locos de canto, locos de canto, locos de canto”. Sus mejillas hundidas estaban sonrojadas, sus ojos encendidos.

—Enjaulados, enjaulados, enjaulados —repitió entre dientes, mientras sus pensamientos viajaron a ese vuelo acelerado sobre Europa, sobre mares y montañas.

“¡Canta su nota salvaje!” Volvió a oír el silbido del viento alrededor de sus orejas cuando volaba por las zonas de aire caliente sobre las arenas del desierto.

“¡Locos de canto!” Recordó la pasión de su propio grito: ese extraño arrebato lírico de su corazón cuando la magia de la libertad se apoderó de él y se remontó a voluntad por las ignotas regiones de la noche.

Y luego vio otra vez al búho que parpadeaba, cegado por el polvo de la calle londinense, sus orejas emplumadas crispándose al oír que el viento pasaba suspirando por la puerta abierta de la sórdida tienda.

Y otra vez el mirlo lo miró a la cara y derramó el embeleso de su canto primaveral.

Y media hora después estaba tan exhausto por la inusitada emoción y el ejercicio que la enfermera se vio obligada a escribir ella la carta que él le dictó en respuesta a los abogados, los señores Costa y Delay de Southampton Row.

Pero la carta se mandó esa misma tarde y el profesor, aún mascullando para sí algo sobre “tener que pagarlo”, se fue a acostar a la primera hora de oscuridad y se zambulló directamente en otro de sus deliciosos sueños de vuelo casi en el mismo momento en que cerró los ojos.

V


“ASÍ, NOS HEMOS ENCARGADO de todos los animales de acuerdo con sus instrucciones —decía la carta final de los abogados—; sírvase ver la lista adjunta de los artículos asignados, así como las direcciones rurales a las que han sido enviados. Puede usted tener la certeza de que ahora están en hogares donde serán bien cuidados.

”Aún conservamos los siguientes animales, a la espera de sus instrucciones:

2 lagartos zonuros,

1 tortuga angulada,

2 pericos pálidos,

2 lori escuamiverdes.

”A este respecto, nos permitimos aconsejar…

”Mientras tanto, los pájaros enjaulados que usted desea que liberen los niños se están cuidando satisfactoriamente; y las instalaciones estarán listas para que se tome posesión de ellas a partir del 1 de junio…”

Y, con la ayuda de la enfermera, se puso entonces a remitir una serie de cartas a los papás de niños que conocía que vivían en el campo, anotando y tabulando las respuestas cuidadosamente, y haciendo pequeñas etiquetas blancas inscritas en letra clara con las palabras “Lote 1”, “Lote 2”, etc., precisamente como si se dedicara al negocio de los animales y estuviera preparando una venta.

Pero la venta que tuvo lugar una quincena después, el 1 de junio, no fue una venta común y corriente.

Era un día caluroso y brillante cuando Simon Parna­cute, aún debilitado e inestable por su reciente enfermedad, se dirigió a la tienda del aficionado a los pájaros “retirado”. La venta del local y el inventario, y el alto precio obtenido, habían causado conmoción entre la gente, pero esto el profesor lo ignoraba sublimemente, y cruzó la calle frente a un truculento ómnibus motorizado y se quedó de pie frente a la sórdida casa de ladrillo rojo de tres pisos.

Sacó la llave que le habían enviado los señores Costa y Delay y abrió la puerta. El lugar se sentía fresco después del relumbre de la calle ardiente, y estaba deliciosamente silencioso. Recordó el coro de chillidos de pájaros que había reci­bido su última aparición. Ahora el silencio era elocuente.

“Bien, bien”, dijo para sí, con una discreta sonrisa, al ver el mostrador temporal que se había construido a todo lo largo de la primera habitación para dejar abrigos y paquetes, “de verdad, muy bien.”

Luego subió la escalera, con muchos esfuerzos, pues aún se agotaba con facilidad.

No había prácticamente ningún mueble en la casa, ni una pulgada de alfombra en el piso y las escaleras, pero los cuartos estaban barridos y trapeados; todo estaba fresco y escrupulosamente limpio, y el inquilino al que pensaba alquilarle no tendría queja en ese sentido.

En los cuartos del primer piso vio con gusto que las flores se habían acomodado por toda la duela como él había indicado. El aire era dulce y perfumado. Las ventanas del fondo —los marcos llenos de jarrones de rosas— daban a un pequeño tramo de jardín verde, y Parnacute se asomó para fuera y vio el cielo azul y las nubes blancas que lo cruzaban flotando, perezosas.

—Bien, muy bien —volvió a exclamar, sentándose un momento en la escalera para tomar aire. La emoción y el calor del día lo habían fatigado. Y, al estar ahí sentado, se llevó la mano al oído y escuchó con atención. Un sonido de pájaros cantando le llegó tenuemente de la parte superior de la casa—. ¡Ah! —dijo, inhalando profundamente, el color volviendo a sus mejillas—. ¡Ah! Ya los oigo.

El sonido del canto se acercó, como traído por el viento. Subió trabajosamente hasta el último piso y luego, después de descansar otra vez, trepó por una escalera vertical a tra­vés de un tragaluz abierto hasta la azotea. En el momento en que su rostro sudoroso asomó sobre las tejas, un coro salvaje de pájaros cantores lo recibió con un sonido como de toda una campiña en primavera.

—¡Quisiera que mi amigo, el policía del parque, pudiera ver esto! —dijo en voz alta, con una risita jovial—, ¡y oírlo! —Encontró un precario lugar para descansar en la base del cañón de una chimenea, enjugándose la frente.

A su alrededor, el mar de tejados y chimeneas londinenses se extendía como un océano negro, pero aquí, como un oasis en el desierto, había una azotea de extensión limitada, y no muy alta comparada con otras, convertida en un perfecto jardín. Flores… pero, ¿para qué describirlas, cuando él mismo no sabía ni los nombres? Lo importante era que sus órdenes se habían cumplido a su entera satisfacción y que esa pequeña azotea era un mundo de colores vivos, moviéndose en el viento, perfumando el aire, recibiendo la luz del sol.

Por todos lados, entre las macetas y cajas de flores, estaban las jaulas. Y en las jaulas los mirlos y los zorzales, las alondras y los pardillos, cantaban apasionadamente en un coro que era más exquisito, pensaba él, que cualquier cosa que hubiera oído en la vida. Y ahí en el rincón junto a la gran chime­nea, cuidadosamente resguardada del brillo del sol, estaba la jaula grande con los búhos.

—Casi podría creer que han adivinado mi intención, después de todo —exclamó el profesor.

Durante un largo rato se quedó ahí sentado, recargado en la chimenea, sin percatarse del cuello tiznado, escuchando el canto y deleitando sus ojos en el jardín de flores que lo rodeaba. Luego el sonido de una campana en la planta baja lo incitó repentinamente a la acción y volvió a bajar con dificultad hasta la puerta del recibidor.

“Aquí vienen”, pensó, sumamente emocionado. “Válgame, espero no cometer ningún error.”

Palpó su bolsillo y encontró su libreta, y luego abrió la puerta que daba a la calle.

—¡Ah, sólo es usted! —exclamó, mientras su enfermera entraba con los brazos llenos de paquetes.

—Sólo yo —rio ella—, pero traigo la limonada y las galle­tas. Los demás llegarán en cualquier momento. Ya pasa de las tres. Apenas hay tiempo para acomodar los vasos y los platos. Deben llegar unos cincuenta, de acuerdo con las cartas que recibió. Y tenga cuidado de no fatigarse.

—¡Oh, yo estoy bien! —respondió él.

La enfermera subió corriendo. Antes de que se oyera su primer paso en el piso de arriba, un landó de dos caballos se detuvo a la puerta y un lacayo se acercó sin demora a preguntar si el profesor Parnacute estaba en casa.

—Estoy, en efecto —respondió el anciano, sonrojándose y riendo al mismo tiempo, y luego salió hasta el carruaje para recibir en persona a la niña y el niño que bajaron. Se inclinó tiesa y torpemente ante la hermosa dama, quien le agradeció su bondad con palabras que él no pudo oír bien, y luego condujo a sus invitados a la casa. Al principio estaban muy tímidos, y no sabían muy bien qué pensar de todo aquello, pero una vez dentro, el sentido de aventura del niño despertó al ver la tienda vacía, y el mostrador, y la extraña variedad de flores en el piso.

Recordó la carta del profesor Parnacute que su padre les había leído hacía una semana.

—Mi lote es el número 7, ¿verdad, profesor? —exclamó—. Voy a liberar una jaula de pardillos, y me tocan una cobaya y un lori-no-sé-qué de regalo, ¿no?

El señor Parnacute, tembloroso y radiante, consultó su libreta presurosamente y respondió que estaba “perfectamente en lo cierto”.

—Señorito Edwin Burton —leyó—; para liberar: lote 7. Para llevar: una cobaya y un lori escuamiverde.

—Yo tengo el lote 8, por favor —dijo la vocecita de la niña, parada a su lado con los ojos desorbitados.

—Ah, no me digas, querida —dijo él—. Sí, sí, creo que tienes razón —volvió a batallar con su libreta.

”Aquí está —agregó, leyendo otra vez en voz alta—. Señorita Angelina Burton… —se acercó la libreta para descifrar la escritura en la penumbra—; para liberar: lote 8. Ése es de alondras totovías, ¿sabes, querida? Para llevar: una tortuga angulada. Correcto, sí; es correcto.

Llamó a la enfermera, que estaba arriba, para que les enseñara a los niños sus regalos, escondidos en cajas entre las flores —el escuamiverde y la tortuga—, y luego regresó a la puerta a recibir a sus demás invitados, que ahora empezaron a llegar en un flujo continuo. Hasta sumar veinte o treinta siguieron llegando, y no había uno solo que pareciera mucho mayor de doce. Y casi todos dejaron a sus mayores en la puerta y entraron sin acompañante.

Poner en orden a esta variedad de jóvenes entre los pájaros y las flores fue una cuestión de cierta dificultad, pero aquí la enfermera salió al rescate del profesor con energía y experiencia, de modo que él pudo economizar fuerzas y los niños se acomodaron sin peligro para nadie.

Y en esa pequeña azotea el espectáculo ciertamente era único. Ahí estaban todos parados, una extraordinaria mezcolanza de colores para los tejados del suroeste de Londres: los brillantes vestidos de las niñas, el plumaje de las aves, los azules y amarillos y escarlatas de las flores; mientras que el canto y las voces formaron un coro que trajo numerosas caras sorprendidas a las ventanas de los edificios más altos alrededor de ellos e hizo que la gente se detuviera, abajo en la calle, y se preguntara con expresión desconcertada de dónde rayos provenían esos sonidos en esa tranquila tarde de junio.

—¡Listo! —gritó Simon Parnacute cuando todos los lotes habían sido colocados con cuidado junto a sus dueños—. En el momento en que dé la instrucción, ¡abran sus jaulas y dejen escapar a los prisioneros! Y apunten en dirección del parque.

Los niños se agacharon a recoger sus jaulas. Las voces y el canto de cien gargantas diminutas cesaron. Se hizo silencio en la azotea y en esa extraña reunión. El sol se derramaba resplandeciente sobre todas las cosas y el rostro del profesor goteaba.

—¡Una —gritó con la voz trémula de emoción—, dos, tres… y a volar!

Se oyó el traqueteo de las puertitas que se abrían y los barrotes de alambre… y luego un repentino estallido de “Aaaahs” largos y medio contenidos. De inmediato siguió una conmoción de plumas aleteando, una rápida vibración del aire, y la pequeña horda de prisioneros salió disparada como una nube hacia el cielo, y un momento después con un gran zumbido de alas había desaparecido tras los muros más allá del bosque de chimeneas y se perdió de vista. Zorzales, mirlos, pardillos y pinzones desaparecieron en un instante, tanto que el ojo apenas los podía seguir. Sólo las gaviotas, perplejas por su libertad repentina, con las alas aún entumidas por la estrechez de su alojamiento, permanecieron unos minutos en la orilla de la azotea, mirando a su alrededor desconcertadas, hasta que ellas también descubrieron su libertad y zarpa­ron hacia el cielo abierto en busca de los esplendores del mar.

Un segundo silencio, aún más profundo que el primero, se apoderó de todos por un momento, y luego los niños en el mismo acorde estallaron en alaridos de deleite y explicación, gritando, para el que quisiera escuchar, los detalles de cómo sus pájaros, respectivamente, habían volado; adónde se habían ido; cómo eran y qué pensaban, y un centenar de cosas más sobre dónde harían sus nidos y cuántos huevos pondrían.

Y luego todos bajaron por sus regalos y los refrigerios. Uno por uno se acercaron al profesor; en la mano traían el boleto con el número de su “lote” y la descripción del animal que iban a recibir para darle un hogar. Los pocos que iban acompañados por adultos pasaron primero.

—¿Los búhos, me parece? —dijo el pastor de cara rosada que había venido acompañando a varios niños aparte de los suyos, abriéndose camino por la azotea cuando la multitud bajó por la claraboya.

”Dos búhos —repitió, con una sonrisa—. En las ventosas torres de mi campanario bajo las colinas de Mendip, espero…

—Oh, es perfecto, el lugar perfecto —respondió Parnacute con placer, recordando su correspondencia. Pues, desde luego, los búhos no habían sido liberados con los demás pájaros.

—Y para mi pequeña usted había pensado que tal vez un lorito…

—Un loriescuamiverde, papá —interrumpió ella, con un grado de emoción demasiado intenso para las sonrisas, y pronunciando el nombre como lo había aprendido: en una sola palabra—, y una lagartija.

Se dirigieron al tragaluz, la jaula de los búhos bajo el brazo del pastor. Abajo recibirían el lori y la lagartija al darle su boleto a la enfermera.

—Y recuerda —agregó Parnacute pícaramente, hablándole a la niña—, ¡hay que peinar sus pantalones de plumas con un peine muy fino!

El pastor volteó un momento desde la claraboya mientras ayudaba a pasar a los niños y los búhos, que apenas cabían.

—Tendré algo que decir sobre esto en mi sermón del próximo domingo —dijo. Sonrió y desapareció su cabeza.

—Pero, espere, mi estimado señor… —gritó el profesor, tropezándose con una maceta de tan contento y abochornado que estaba, y sólo alcanzó el tragaluz a tiempo para añadir—: ¡Y recuerden, en el piso de abajo hay pasteles y limonada!

A todos los animales se les encontró un hogar feliz; el último carruaje ya se había ido, y la enfermera había salido a buscar al señor de las flores. Parnacute esparció comida en la azotea, y musgo y jirones de tela para poder hacer nidos, en caso de que alguno de los pájaros regresara. Solo, se quedó parado viendo el ocaso derramar su oro sobre incontables casas: las jaulas de los hombres y las mujeres de la ciudad de Londres.

Se sentía exhausto; el cielo era reconfortante y agradable de contemplar…

Se sentó a descansar, consciente de una gran debilidad ahora que había pasado la emoción y empezaba a sentir el efecto. Probablemente se había extralimitado.

Su mente volvió a su primera excentricidad impulsiva de hacía dos meses.

—Ya sabía yo que iba a tener que pagarlo —murmuró, con una sonrisa—, y así fue. Pero valió la pena. —Paró repentinamente para tomar aire un momento. Estaba absolutamente agotado; la emoción de todo lo sucedido había sido demasiada para él. Debía llegar a casa lo antes posible para descansar.

La enfermera regresaría en cualquier momento.

Un sonido de alas batiendo rápidamente en el aire pasó sobre su cabeza, y volteó para arriba y vio el vuelo de las palomas que pasaban. Le pareció, también, que apenas alcanzaba a oír las notas de un mirlo cantando a lo lejos, en el parque al final de la calle. Recordó las frases de aquella inquietante y terrible lista. “Canta su nota salvaje”, “Se oye a casi doscientos metros”, “Loco de canto”. Un espasmo momentáneo recorrió su cuerpo. En el aire, muy lejos, las gaviotas aún circulaban, tomando camino con todo el esplendor de la verdadera libertad hacia el mar.

“Hoy en la noche”, pensó, “anidarán en las ciénagas o en lo alto de los riscos solitarios. Bien, bien, ¡muy bien!”

Se puso de pie, tieso y con dificultad, para ver mejor a las palomas y para oír al mirlo, y en ese momento sonó la campa­na en la planta baja; estaban a la puerta la enfermera y el señor de las flores.

“Qué raro”, pensó. “¡Le di la llave!”

Se dirigió hacia el tragaluz, con paso vacilante entre las cajas de flores; pero antes de que llegara, una cabeza y unos hombros aparecieron repentinamente por la abertura.

“Qué raro”, volvió a pensar, “que haya subido tan rápido…” Pero no completó el pensamiento. No era la enfermera en absoluto. Una figura muy diferente siguió al surgimiento de la cabeza y los hombros, y ahí enfrente de él, parado en la azotea, estaba… un policía.

Era el policía.

—Oh —dijo Parnacute en voz baja—, ¡es usted! —un tumulto salvaje de anhelo y felicidad se apoderó de su corazón e hizo que le resultara imposible pensar en algo más que decir.

La enorme figura azul sonrió con su sonrisa res­plandeciente.

—Un vuelo más, señor —dijo respetuosamente la voz argéntea y resonante—, y el último.

Las palomas pasaron volando sobre ellos con un agudo zumbido de aleteos. Los dos hombres voltearon hacia arriba elocuentemente y vieron su contorno desaparecer sobre los tejados. Un silencio profundo se abrió entre ambos.

Parnacute era consciente de que estaba sonriendo y contento.

—Estoy listo, me parece —dijo en tono bajo—. Usted prometió…

—Sí —respondió el otro con una voz que era como el tañer de un gong de plata—, lo prometí: sin dolor.

El policía se acercó suavemente a él; no hizo ningún sonido; las constelaciones de Orión y las Pléyades resplandecían en el cuello de su abrigo. Hubo otro zumbido veloz de las palomas que volvieron a sobrevolar y giraron abruptamente, pero esta vez no había nadie en la azotea para contemplarlas, y parecía que su formación en V, al irse perdiendo de vista entre destellos, era más grande y oscura que antes…

Y cuando la enfermera regresó con el señor para llevarse las cajas, subieron a la azotea y encontraron el cuerpo de Simon Parnacute, profesor de Economía Política retirado, tendido boca arriba entre las flores. La jaula humana estaba vacía. Alguien había abierto la puerta.

LOS MALDITOS


I


—TENGO MÁS DE CUARENTA AÑOS, Frances, y estoy muy habituado a mis maneras —dije de buen humor, listo para ceder si ella insistía en que su felicidad dependía de que la acompañara a su visita—. Ahora mismo se me ha acumulado mucho el trabajo, como bien sabes. La pregunta consiste en saber si podré trabajar ahí, con un montón de gente desconocida en la casa.

—Pero Mabel no menciona a otros invitados, Bill —replicó mi hermana—. Tengo entendido que no hay nadie con ella, y también que se siente sola.

Noté su indudable decepción al verla mirar por la ventana hacia donde nada había, pero para mi sorpresa no me presionó; la invitación de la señora Franklyn sobre su regazo, escrita en una caligrafía infantil, evocaba la imagen de la viuda del banquero con su tímida e insignificante personalidad, sus ojos de color gris pálido y su expresión de niña retrasada. También recordé la espaciosa mansión que su difunto marido alteró para adaptarla a sus necesidades particulares. Varios años antes hicimos una visita, y sus enormes espacios infecundos me sugirieron una nave del Museo de Kensington provisionalmente adaptada para comer y dormir. La comparación mental con el diminuto departamento de Chelsea en donde mi hermana y yo vivíamos modestamente hizo acudir a mi memoria otros pormenores poco valiosos pero seductores: una buena biblioteca, el órgano, la habitación tranquila para trabajar que me sería asignada, el servicio perfecto, la deliciosa taza de té por las mañanas y los baños calientes a cualquier hora del día ¡sin tener que ir a prender el calentador!

—Sería una visita más bien larga, como de un mes, ¿verdad? —aventuré, sin querer comprometerme todavía, pero sonriendo al recordar aquellos detalles, un poco avergonzado de mi egoísmo masculino, pero a sabiendas de lo que Frances esperaba de mí—. La visita tiene ventajas, lo admito. Si estás decidida a que yo te acompañe, creo que podré soportarlo perfectamente.

Dije todo aquello porque mi hermana no me contestaba. Vi sus ojos fatigados recorrer las fealdades de la calle Oakley y sentí que me hería una punzada. Tras una pausa durante la cual ella se quedó en silencio, añadí:

—Mira: cuando le respondas, podrías insinuar que yo trabajo toda la mañana y que no soy un visitante muy social que digamos. Así le será más fácil entender, ¿no te parece?

Me levanté con la idea de volver a mi pequeño despacho, donde me esclavizaba un absorbente ensayo sobre los valo­res estéticos comparativos entre los ciegos y los sordos. Pero Frances no hizo movimiento alguno. Mantuvo sus ojos grises sobre la triste perspectiva de la calle Oakley, donde la neblina del anochecer se alzaba sobre el río. Estaba por finalizar el mes de octubre. Podíamos oír los autobuses que cruzaban estruendosos el puente. La monotonía de la ca­lle an­cha y sin ningún carácter resultaba más deprimente que de costumbre. Esa atmósfera funeral permanecía aún bajo el sol de junio, pero en el otoño la melancolía se metía a cada una de las casas entre King’s Road y el Embankment. La calle corría hacia el pasado, en lugar de invitar a un futuro lleno de esperanza. Para mí, su fácil anchura ofrecía camino a mensajes rastreros que transmitían la depresión de los barrios pobres, tan numerosos y anónimos. Siempre consideré que principalmente por ahí entraba el invierno a Londres. Cada noviembre llegaba el mismo desfile de niebla, fango y oscuridad, que ondeaba sus antipáticos estandartes hasta que marzo los expulsaba. El único atributo amable era el viento del sur que a veces soplaba libremente por la calle y traía suaves sugerencias del mar. Yo guardaba para mi caletre esas lúgubres reflexiones, aunque nunca dejé de arrepentirme por elegir el pequeño departamento que nos atrajo por barato. Mirando el rostro impasible de mi hermana me di cuenta de que tal vez también ella sentía lo mismo que yo, aunque era demasiado valiente para lamentarse.

—Además, Fanny —le dije, cruzando el cuarto para ponerle la mano sobre el hombro—, te vendrá muy bien a ti. Tus labores caseras te tienen agotada. Mabel es tu más vieja amiga y apenas la has visto desde la muerte de aquel…

—Estuvo fuera del país todo un año, Bill, y acaba de volver —interpuso mi hermana—. Un regreso inesperado, aunque jamás pensé que ella quisiera vivir en esa casa…

Se detuvo abruptamente. Comprendí que tenía en mente otras cosas que prefería no mencionar.

—Lo más probable —continuó al fin— es que Mabel tenga la intención de revivir sus viejos vínculos.

—Y naturalmente tú eres el más importante —comenté. Dejé pasar en silencio la referencia disimulada a la casa. Implicaba iniciar una discusión sobre el difunto marido, entre otras cosas.

—Siento que yo debo ir —retomó ella—, pero será mucho más agradable si tú también vienes. Sin mí, tú aquí te vas a hacer líos y comerás mal y se te olvidará ventilar la casa y… ¡oh, todo!

Alzó los ojos riéndose.

—Tu único problema será que no podrás ir al Museo Británico…

—Pero allá hay una gran biblioteca —repuse— con todos los libros de referencia que pudiera necesitar. Yo estaba más bien pensando en ti. Podrías ponerte a pintar de nuevo; siempre vendes la mitad de los cuadros que haces. Te servirá de descanso, y en Sussex uno puede dar excelentes paseos. Por muchas razones, Fanny, te recomiendo que…

En ese punto nos miramos a los ojos mientras yo tartamudeaba para esconder lo que ambos estábamos pensando. Mi hermana sentía una debilidad por diversas teorías “nuevas”, y Mabel, antes de casarse, perteneció a sociedades estúpidamente dedicadas a investigar la vida futura menospreciando la presente, y siempre apoyó esas tendencias indeseables de Frances. El temperamento de mi hermana, amable y fácil de impresionar, se abría a cada viento sobrenatural que soplara. A mí todo aquello me parecía deplorable, pues detestaba ese tipo de cosas. Principalmente aborrecí la influencia posterior del señor Franklyn sobre su esposa, pues sus sombrías doctrinas la capturaron en cuerpo y alma. Temí que también mi hermana cayera en ellas.

—Ahora que está sola de nuevo…

Me interrumpí. Fingir se volvió imposible, pues nos lo dijimos todo con los ojos. La verdad inevitable se derramó estúpidamente, aunque no fue expresada en un lenguaje definido. Mi hermana y yo nos reímos, volviendo la cara para mirar otras cosas en la habitación. Frances tomó un libro y examinó la portada como si descubriera en ella algo importante, mientras que yo saqué mi cajetilla y encendí un cigarro, aunque sin deseos de fumar. Ahí dejamos el tema. Salí del cuarto antes de que nuevas explicaciones causaran mayor tensión. Los desacuerdos evolucionan a discordias por las menores causas: adjetivos erróneos o cambios casuales de inflexión en la voz. Frances tenía el mismo derecho que yo a sus ideas sobre la vida. Una reflexión me dio consuelo: por lo menos logramos separarnos estando de acuerdo, y lo reconocimos mutuamente sin necesitar declaraciones.

El acuerdo, por raro que parezca, reflejó la manera en que considerábamos a alguien ya difunto. Pues tanto a ella como a mí nos disgustaba sobremanera el marido, y durante los tres años que duró el matrimonio fuimos a su casa tan sólo en una ocasión: una visita de fin de semana, en la que llegamos el sábado por la tarde y nos marchamos el lunes después del desayuno. Atribuí en aquella ocasión la antipatía de mi hermana a celos naturales por perder a su vieja amiga, y me limité a declarar que el tipo no me agradaba. Pero ambos supimos que nuestras emociones reales se movían a mayores profundidades. Siendo una criatura leal y honorable, Fran­ces no dijo más, solamente que la casa y el terreno —la primera alterada y el otro aplanado— le causaban angustia en tanto que expresaban la personalidad de aquel hombre (“angustia” fue la palabra que ella utilizó), y no quiso ofrecer ninguna explicación adicional.

El desagrado que nos producía su personalidad se justificaba hasta cierto punto, ya que mi hermana y yo compartíamos la noción artística de que un credo, una vez reducido a su verdadera medida y puesto a secar, era cosa fea, y que un dogma que el creyente debiera aceptar o perecer por toda una eternidad significaba una barbarie sustentada en la crueldad. Mi devoción abstracta por la belleza formaba las bases de mi rechazo, pero en el caso de mi hermana había que considerar otra vuelta de tuerca, pues gracias a las “nuevas” tendencias ella creía que todas las religiones presentaban aspectos de la verdad, y que nadie, ni siquiera la persona más vil, se libraría a largo plazo de entrar en el Cielo.

Samuel Franklyn, el banquero adinerado, gozó de admiración y respeto universales. La novedad de su casamiento fue recibida con aplausos, aunque Mabel era quince años más joven que él. La novia disfrutaba por su parte de una herencia proveniente de empresas cerveceras; el relato de su conversión en una ceremonia evangelista, en la cual Samuel Franklyn predicó fervoroso sobre el Cielo y aterradoramente sobre el pecado y la perdición, tenía incluso un aspecto de genuino romance. Ella se identificó con una antorcha salvada del fuego. Ingresó en el Cielo impulsada por la minuciosa elocuencia de Franklyn; la salvación llegó justo a tiempo: sus palabras la rescataron del borde de aquel lago de fuego y azufre en el que el gusano no muere y el fuego no se apaga jamás. Ella lo consideró un héroe, se acogió suspirando a su abrazo santificador y aceptó la paz que él le brindaba con resignación y gratitud.

Su marido fue un “hombre religioso” que combinaba triunfalmente sus grandes riquezas con la encantadora ocupación de salvar almas. Corpulento, alto, con grandes manos de dedos rojos y rechonchos, su dignidad, que apenas se libraba de ser pomposa, tenía algo de implacable. Sus ojos proyectaban certeza sin ningún remordimiento, sobre todo cuando predicaba. Las amenazas que profería sobre el fuego del Infierno sin duda asustaron a almas más fuertes que la tímida y receptiva Mabel, con quien se casó. La vestimen­ta del banquero consistía en largos abrigos que se abrochaba saltando botones, grandes botas cuadradas y pantalones que siempre formaban bolsas en las rodillas y le quedaban algo cortos. Usaba cuellos bajos, a veces polainas y un alto sombrero negro que no era de seda. Su voz alternaba entre la dureza y la untuosidad, y consideraba los teatros, los salones de baile y los hipódromos como antesalas del lago de azufre, cuya geografía presumía conocer tan detalladamente como las oficinas de su banco. Nadie dudaba, sin embargo, de su total sinceridad. Su filantropía, la firmeza de sus convicciones y la fe proveniente de su modo de vivir quedaban demostradas al aparecer su nombre como tesorero, donador principal o dirigente de abundantes asociaciones admirables. En el mundo de hacer el bien, el bulto de su presencia dominaba y constituía una roca amplia y majestuosa en el combate contra la maldad. Además, tenía un corazón genuinamente tierno y bondadoso hacia los demás… siempre y cuando creyeran lo mismo que él.

No obstante, a pesar de su auténtica compasión frente al sufrimiento y su deseo de ayudar, era igual de estrecho que un cable de telégrafo y más inflexible que una columna de iglesia. Mantenía una actitud intensamente egoísta, no menos intolerante que un ministro de la Inquisición; su alma burguesa edificaba una repugnante imagen del Cielo reproducida en miniatura en todas sus acciones y planes. La fe representaba el sine qua non de la salvación, y entendía por dicha “fe” la creencia en sus puntos de vista personales, “una fe que, exceptuando a aquellos que se conservan comple­tamente puros y sin mancha, condena a todos a la eterna destrucción”. El mundo entero, menos su propia secta mínima y exclusiva, quedaba sentenciado a la maldición eterna… Una lástima, pero inevitable. Él necesitaba tener razón.

Sin embargo, rezaba sin cesar y socorría a los pobres generosamente. Solamente era incapaz de dar grandes ideas a su deidad suburbana. Más mezquino que un insecto, más obstinado que una mula, expresaba la humildad superior y pulcra de un “elegido”. También se desempeñaba como mayordomo de la iglesia. Leía las lecciones en algún “lugar de oración”, que solía ser demasiado frío o excesi­vamente cálido, donde no se permitían órgano, vestiduras ni velas encendidas, pero tan sólo el olor a champú en las cabezas de los niños de las últimas filas llenaba todo el edificio.

Tal vez resulte un poco exagerado semejante retrato del banquero, dedicado a acumular riquezas tanto en la tierra como en el Cielo, pues Frances y yo teníamos un “temperamento artístico” que rechazaba a ese tipo de gente y los consideraba indignos de confianza, casi merecedores de desprecio. La mayoría valoraba a Samuel Franklyn como buen ciudadano. Y seguramente la mayoría tenía una perspectiva más saludable. De haber vivido unos cuantos años más le habrían otorgado algún título nobiliario. Alivió muchos su­frimientos en el mundo, al menos al mismo grado en que su énfasis en la condenación causó agonías de miedo y tortura en muchas almas. Habríamos sido menos severos si pudiéramos encontrar un rasgo de belleza en su persona; sin embargo, no fue así, aunque admito que tampoco nos esforzamos demasiado por hallarlo. No podré olvidar nunca la mirada de agrio perdón con que oyó nuestras excusas por no acudir a las oraciones matutinas aquel domingo temprano en la única visita que hicimos a las Torres. Mi hermana supo que poco después se efectuó un cambio, y las oraciones “conducidas” por él a primera hora de la mañana se trasladaron a después del desayuno.

Las Torres se alzaban solemnes sobre una colina de Sussex, en medio de un terreno parecido a un parque moderno, pero no es posible describir la casa —entre otras razones, por­que sería demasiado fatigoso—, a menos que se califique como un cruce entre una villa de Norwood pretenciosa y excesivamente grande, y uno de aquellos institutos saturninos para lisiados frente a los que pasa avergonzado el tren al atravesar el sur de Londres para llegar a Surrey. Estaba amueblada con gran ostentación y a primera vista parecía im­ponente, pero un examen más minucioso descubría una personalidad paupérrima, estéril y austera. Uno esperaba encontrar en las paredes una lista de reglas y obligaciones, todas firmadas por la Orden. La mansión venía a ser una cárcel que aprisionaba al “mundo exterior”. Por supuesto, no incluía salones para fumar ni mesas de billar ni habitaciones dispuestas para otros juegos, y el gran espacio al fondo, que fue antes una capilla y pudo ser destinada a bailes y funciones teatrales, entre otras diversiones inocentes, la consagró el banquero a reuniones de diversas clases, sobre todo brigadas y sociedades de templanza y evaluación de misiones. En un extremo se arrinconaba un armonio, y al otro lado, sobre el mismo nivel, se alzaba un estrado. Arriba, una galería se destinaba a las habitaciones de sirvientes, jardineros y cocheros. La calefacción consistía en tubos de vapor y las paredes estaban ornadas con cuadros de Doré, aunque pronto se juzgaron demasiado poco espirituales y se desterraron al ático. La madera pulida y brillante contribuía a darle el aspecto de una miniatura del pequeño y exclusivo Cielo que siempre lo acompañaba y manifestaba en todas sus actividades y disposiciones, incluso en los jardines en torno a la mansión.

Frances me comentó que los cambios a las Torres se llevaron a cabo durante el primer año de viudez que pasó Mabel en el extranjero: puso un órgano en el pabellón principal, recatalogó la biblioteca e hizo habitable la mansión, una vez que era permisible suponer que había vuelto a encontrar su propia alma y podía retornar a su vida normal y saludable, que incluía juegos y diversiones, literatura, música y arte, sin el toque de trivialidad que suele calificarse de mundano. La señora Franklyn, tal como yo la recordaba, era una mujer tranquila, quizá de poca profundidad y fácil de influir, pero con una sinceridad canina y muy leal en sus amistades. En su corazón, sus gustos eran católicos, sencillos y poco dados a imaginar cosas. Su afición por los diversos movimientos de moda no era más que un signo de que buscaba dentro de su camino limitado alguna creencia que le proporcionara un poco de paz. En realidad, se trataba de una mujer muy ordinaria, de calibre algo inferior al de Frances. Yo estaba al tanto de que ellas hablaban de toda clase de teorías, pero como nunca las llevaban a la acción llegué a creer que no les harían ningún daño. Con todo, no lamenté su casamiento, y tampoco di la bienvenida a la renovación de su antigua intimidad. El filántropo no le dio hijos; de otro modo, habría sido una madre buena y sensata. Sin duda se casaría de nuevo.

—Mabel menciona que desde finales de agosto ha estado sin nadie más en las Torres —me contó Frances mientras tomábamos el té—. Estoy segura de que se siente sola y fuera de contexto. Ir será un acto de bondad. Además, ella me agrada desde siempre.

Manifesté mi aprobación, pues me encontraba recuperado de mi acceso de egoísmo.

—Ya le avisaste que aceptábamos —dije, preguntando a medias.

Frances asintió.

—Le agradecí de tu parte —añadió en voz baja—, diciendo que por el momento no estabas libre, pero que poco después podrías acompañarnos por un tiempo, si no le resulta inconveniente.

Me quedé mirándola. Frances en ocasiones decide cosas con la mayor independencia. Quedé así condenado y de paso sentenciado.

Por supuesto discutimos e intercambiamos explicaciones, como corresponde a hermanos afectuosos, pero registrar aquella conversación reviste poco interés. Las cosas quedaron así dispuestas y ambos nos sentimos satisfechos. Dos días después ella se marchó a las Torres y me dejó solo en el depar­tamento después de dejar todo listo para mi comodidad y buena conducta, ya que le agradaba tiranizarme discretamente. Sus últimas palabras cuando la dejé en la estación de Charing Cross permanecieron en mi mente durante mucho tiempo después de su partida:

—Te escribiré y te haré saber cómo me va, Bill. Come bien, y si algo no anda como es debido me lo dices.

Agitó la manita enguantada, asintió con la cabeza hasta que los cabellos rozaron el vidrio, y partió.

II


RECIBÍ UNA BREVE NOTA anunciando su llegada sana y salva, y luego pasó una semana de silencio. Por fin me llegó una carta, donde además de diversas recomendaciones sobre mi bienestar, se extendía en descripciones e informes sin orden ni concierto, muy a la manera de Frances, siempre generosa con el uso de cursivas.

“… y estamos muy solas”, escribía con su enorme caligrafía que desperdiciaba labor y papel, “aunque entiendo que pronto llegará más gente. Aquí podrás trabajar todo lo que quieras. Mabel entiende perfectamente y dice que serás bienvenido cuando estés libre para viajar. La encuentro un poco cambiada, ha vuelto su naturalidad. Nunca dice una palabra sobre él. El lugar también me parece diferente en algunas cosas; se siente más alegre. Creo que es ella quien le ha dado alegría, un poco a paletadas, si me entiendes, y esa alegría no se ve del todo natural, como si se sintiera incómoda. El órgano es una belleza. Debe ser muy rica ahora, pero sigue siendo la de siempre, dulce y gentil. Sabes, Bill, pienso que él la aterrorizó para que se casaran. Da la impresión de que le tenía miedo.”

La última oración estaba tachada con tinta, pero la pude leer, pues las letras eran demasiado grandes para taparlas del todo.

“Aquel hombre poseía una voluntad indoblegable bajo su aceitosa bondad que hacía pasar por espiritualidad, con una personalidad fuerte, y no dudo que en otro siglo nos habría enviado tan contento a ti y a mí a la hoguera… por nuestro propio bien. ¿No te extraña que ella no hable nunca de él, ni siquiera conmigo?”

De nuevo había tachado esto último, pero sin la intención de impedir su lectura; probablemente porque era una repetición.

“De él no queda más recordatorio en la casa que una copia grande del retrato de presentación de las escaleras del Instituto Multitécnico de Peckham. Ya sabes, el de tamaño natural, con una mano gorda cargada de anillos apoyada en una Biblia gruesa, y la otra metida entre los botones del abrigo. Está colgado en el comedor y domina nuestras comidas. Ojalá Mabel lo quitara de ahí. Creo que le gustaría hacer eso, pero no se atreve. No hay una sola fotografía de él, ni siquiera en la recámara. Aquí está también la señora Marsh; te acordarás de ella, el ama de llaves de él, la esposa de aquel hombre que metieron a la cárcel por asesinar a un bebé, o algo parecido. ¡Tú comentaste que ella le había robado y justificaba el crimen aduciendo la historia del administrador injusto que aparece en la Biblia! ¡Cuánto nos reímos aquella vez! Ella también es la misma de siempre, deslizándose por toda la casa y apareciendo cuando menos te lo esperas.”

Más reminiscencias ocupaban las siguientes dos hojas de su carta, y sin ninguna puntuación añadía instrucciones acerca de la caldera para calentar mi despacho en el departamento, seguidas por lo que debía decirle yo a la cocinera, y pedidos de cosas que olvidó al empacar y deseaba que le enviara: dos blusas, con descripciones tan largas y contradictorias que me hicieron suspirar mientras las leía, “a menos que puedas venir pronto y no te importe traérmelas tú mismo; no la de color malva que me pongo a veces por las tardes, sino la azul claro con encaje en el cuello y pliegues por delante. No sé si estén en el armario de mi recámara o en el cajón. Pregúntale a Annie si tienes dudas. Muchísimas gracias. Mándame un telegrama, no lo olvides, y te iremos a recoger en un automóvil a la hora que sea. No sé si me quede el mes entero yo sola. Todo depende”.

Ahí terminaba la carta, con las cursivas fuera de control hacia el final, repitiendo que a Mabel le encantaría mi visita por mi propia persona, pero también por tener a un “hombre en la casa”, y que no necesitaba más que telegrafiar los datos del tren y la hora… La carta, que me llegó con el segundo correo del día, me interrumpió cuando me hallaba absorto trabajando, y tras leerla y confirmar que nada de lo que me decía requería de mi atención inmediata, la hice a un lado y proseguí con mis notas y lecturas. Pasados cinco minutos, sin embargo, la carta volvió a requerir atención. Ese elemento inquietante al que se alude al decir “leer entre líneas” me revoloteaba en la mente. Se desvaneció mi interés en los estados balcánicos, el artículo político que me “encomendaron”. Algo indeterminado me inquietaba perturbadoramente. Al principio quise persistir en mi trabajo y forzarme a la concentración, pero no tardé en percibir que un estrato de nuevas impresiones flotaba entre el artículo y mi atención. Era algo similar a una sombra, pero que se disipaba tan pronto la inspeccionaba. En un par de ocasiones alcé la mirada esperando encontrar a alguien más en la habitación, pensando que Annie habría abierto la puerta sin hacer ruido y esperaba mis instrucciones. Oí el estruendo de los autobuses que cruzaban el puente. La calle Oakley entró en mis percepciones. Montenegro y el Adriático azul se disolvieron en la neblina de octubre a lo largo del deprimente Embankment que imitaba la ribera de un río, y varias oraciones de la carta saltaban ante mis ojos y me picaban la curiosidad. Después de releerla cuidadosamente llamé a Annie y le dije que encontrara las blusas y las pusiera en un paquete para echar al correo, y por fin le mostré la descripción escrita, y resentí la sonrisa de superioridad que acompañó su rápida interrupción:

—Yo las conozco, señor —dijo y salió.

No obstante, poco me preocupaban las dichosas blusas. Me exasperaba en cambio esa lectura “entre líneas” que puso fin a mi trabajo y me eludía de manera muy irritante. En tales casos, lo único valioso es la impresión inicial, pues si se empieza a analizar se corre el riesgo de que la imaginación elabore toda suerte de falsas interpretaciones. Mientras más meditaba en ello, más aumentaba mi confusión. Creí que la carta quería referirse a algo más, pero que sus ocho hojas tan sólo se limitaban a sugerirlo. Llegaba al borde de hacer una revelación y en ese punto se detenía. Algo que me provocaba inquietud ocupaba la mente de mi corresponsal. Sin embargo, el estudio de las oraciones no me aclaró nada o, mejor dicho, contribuyó a aumentar la confusión, pues, aunque mi inquietud no cesaba, la primera impresión acabó por desvanecerse en el aire. Por fin cerré mis libros y fui a la biblioteca del Museo Británico para hacer una consulta de otro tipo. Tal vez eso me ayudaría a discernir las cosas, llevando a la mente por una dirección distinta. Almorcé cerca de la casa, en el Express Dairy de la calle Oxford, y le avisé a Annie que a las cinco llegaría a casa para tomar el té.

Y fue tomando el té, fatigado en cuerpo y alma después de cinco horas de respirar el aire rancio de la Rotonda, que mi mente logró sacar a la luz la impresión original, vívida y clara; la revelación no llegó acompañada de ninguna prueba; era sólo un presentimiento, pero muy convincente. La mente de Frances se encontraba perturbada. Eché de menos su buen sentido del orden; estaba inquieta, incluso tal vez asustada. Algo respecto a esa casa la angustiaba, y tenía necesidad de mi presencia. A menos que yo acudiera, se echaría a perder su tiempo de reposo, las vacaciones que tanto necesitaba, de hecho. Le faltaba egoísmo para decirlo con esas mismas palabras, pero yo lo adiviné a lo largo de toda la carta. Vi con toda claridad que la señora Franklyn y, en consecuencia, también Frances, necesitaba tener “un hombre en la casa”. La desagradable frase “un hombre en la casa” sugería algo que ella no se atrevía a declarar abiertamente. Esas dos mujeres viviendo en aquella enorme barraca solitaria tenían miedo.

El mensaje implícito incidió en mi sentido del deber, mi afecto, mi altruismo, como quiera que se llame esa emoción compuesta, y también en mi vanidad. Quise actuar rápidamente a fin de evitar que nuevas reflexiones torcieran mi claro y decente juicio.

—Annie —dije cuando ella respondió al timbre—, no necesita enviar esas blusas por el correo. Las llevaré personalmente mañana, cuando me vaya. Estaré fuera una o dos semanas, tal vez más.

Consulté la guía de ferrocarril y me apuré a telegrafiar antes de que se modificara mi opinión, siempre susceptible a cambios.

No obstante, durante la noche ningún deseo se presentó para alterar mi decisión. Iba a hacer lo correcto, lo que se necesitaba. Sentí incluso prisa por llegar a las Torres lo más pronto posible. Elegí un tren que salía temprano por la tarde.

III


UN TELEGRAMA ME INDICÓ que me bajara en un pueblo a poco más de quince kilómetros de la casa, así que me ahorré el tramo lento del tren a la estación local y viajé por exprés. La niebla se aclaró tan pronto salimos de Londres, y un sol de otoño, sin calor, pintaba el paisaje de tonos dorados, entre el café y el amarillo. Mis humores se animaron, sentado cómodamente en el lujoso vagón que corría entre bosques y setos. Por raro que parezca, se me quitó la ansiedad de la noche anterior. Pensé que se debía a la exageración en los detalles que suscita una reflexión en soledad. Frances y yo llevábamos más de un año de no separarnos, y su carta desde las Torres era demasiado escueta. Me pareció poco natural no saber las particularidades de emoción y humores a que estaba ya habituado, pues gozábamos de la mayor confianza y nos unía un profundo afecto. Aunque sólo era cinco años menor que yo, la trataba como si fuese una niña. Mi actitud podría calificarse de paternal. A su vez ella me atendía con una solicitud maternal que nada tenía de empalagosa. Mientras ella aún vivía no sentí el menor deseo de casarme. Pintaba acuarelas con un éxito razonable, y llevaba los asuntos de la casa; yo escribía, reseñaba libros y daba conferencias sobre estética; formábamos una pareja rutinaria de cuasi artistas, satisfechos con la vida. Mi única preocupación consistía en que se volviera sufragista o que la cautivara alguna de las teorías disparatadas que a veces se apoderaban de su imaginación, las mismas que hallaban aliento en su amistad con Mabel, por ejemplo. En cuanto a mí, ella me consideraba un poco estólido o incluso necio —no me acuerdo qué palabra prefería—, pero nuestras diferencias de opinión rompían la monotonía y las discusiones jamás se volvieron disputas. Tomando bocanadas del frío aire otoñal me sentí fresco y estimulado, como si saliera de vacaciones a un ambiente de comodidad al finalizar el viaje, sin tener que cuidar cada centavo.

Sin embargo, mi corazón se vino abajo tan pronto tuve la casa a la vista. El largo camino flanqueado por araucarias hostiles y secoyas formales y solemnes no era distinto de los caminos en miniatura que conducían a un millar de “residen­cias” semiadosadas. La aparición de las Torres después de una curva sugería un lugar común como remate de una historia iniciada con interés, casi con emoción. Una villa se había fugado una noche de la sombra de Crystal Palace, viajando a empellones mientras crecía monstruosamente bajo lluvias abundantes, y llegó para quedarse. Las hiedras cubrían un opulento muro rojo de tabiques, pero con una pulcritud que tenía el efecto de desfigurarlo, como la falsedad de una prisión o un asilo de huérfanos —la comparación me provocó una sonrisa. No se veía la menor traza de la espontaneidad silvestre de las enredaderas, obligadas a crecer bajo tijeras y ataduras, entrenadas y precisas, como en un templo protestante recién estrenado. Puedo jurar que en ninguna parte había un solo nido de pájaros, ni una avefría que volara solitaria. En el porche las enredaderas aumentaban su densidad y ahogaban una lámpara del siglo XVII, un contraste en verdad horroroso. En el lado más lejano de la casa se erigían invernaderos de vidrio; al contemplar las numerosas torres a las cuales el lugar debía su apelativo uno pensaba inevitablemente en campanas para llamar a la escuela; los alféizares de las ventanas, repletos de flores en macetas, me recordaron los suburbios desolados de Brighton o Bexhill. La casa ocupaba una posición dominante sobre la cima de un cerro, desde donde se extendían muchos kilómetros de bosque ondulante al sur, hacia los Downs. En cambio, por el lado posterior, orientado al norte, los saludables y estimulantes vientos nórdicos se detenían en gruesos macizos de encina, acebo y aligustre, de tal modo que, a pesar de ubicarse en lo alto, la casa quedaba encerrada. Desde la última vez que puse los ojos en ella pasaron tres años, pero el recuerdo nefasto que llevé conmigo estaba justificado por la realidad: era un lugar detestable.

Tengo por costumbre expresar audiblemente mi opinión cuando recibo impresiones lo bastante fuertes para ameritarlo. A pesar de eso, solamente suspiré “¡Ay de mí!” cuando saqué las piernas de una multitud de frazadas y entré en la casa. Me recibió una recamarera alta con actitud de granadera, y tras ella vi a la señora Marsh, el ama de llaves, cuyo rasgo más memorable era el aspecto desordenado de sus cabellos negros, como si se los hubiese quemado. Entré cuanto antes a mi habitación, pues la dueña estaba vistiéndose para la cena, pero Frances acudió a verme justo cuando luchaba con mi corbata negra, anudada como agujeta de zapato. Ella la compuso en un lazo pulcro y eficiente, y mientras yo tenía la mandíbula alzada para dicha operación, mirando al techo, sentí —me pregunto si tal vez por haberme toca­do ella— que algo temblaba en su cuerpo. Tal vez sea más apropiado decir que algo se encogía en ella. Su rostro y su conducta no revelaban nada de eso, ni tampoco su charla agradable y fácil mientras arreglaba mis cosas y me reñía por hacer mal la maleta, como de costumbre, preguntándome sobre los sirvientes del departamento. Las blusas resultaron ser las correctas, pero llegaron arrugadas, así que merecí ser reprendido. Pero sus palabras no expresaban ni siquiera impaciencia. A pesar de todo, permaneció en mi mente la sugerencia de una reserva encogida, de algo suprimido. Había pasado sin mí unos cuantos días, por supuesto, pero yo percibía otros motivos. Le agradó que yo fuera a acompañarla, pero por alguna razón de la cual prefería no hablar, también deseaba que hubiese permanecido en el departamento. Hablamos de las novedades ocurridas durante nuestra breve separación, y se me fue olvidando aquella leve impresión inicial. Me fue asignada una recámara grande y bien amueblada; cabrían en ella la sala y el comedor de nuestro hogar. No obstante, no era un sitio donde pudiera ponerme a trabajar. Tenía una atmósfe­ra de no permanencia, y me provocaba la sensación de estar de paso, como en un cuarto de hotel. Claro está que ésa era precisamente mi situación. Pero algunas habitaciones expresan una hospitalidad duradera, bien establecida, incluso en algunos hoteles. No era el caso ahí. Como tenía el hábito de trabajar en el mismo sitio en que dormía, al menos cuando estaba de visita, debo haber fruncido el ceño ligeramente.

—Mabel te ha preparado un cuarto de trabajo al lado de la biblioteca —anunció Frances la clarividente—. Nadie te mo­lestará ahí y tendrás quince mil libros catalogados a tu alcance. Además, hay una escalera privada. Puedes tomar el desayuno en tu recámara y bajar en bata, si te apetece.

Se rio al decir las últimas palabras. Tan disparatadamente como empeoró, mi humor empezó a mejorar.

—¿Y tú cómo estás? —inquirí mientras le daba un beso tardío—. Qué alegría estar juntos de nuevo. Admito que me sentía un poco perdido sin ti.

—Eso es natural —repuso y rio—. Me da mucho gusto.

La vi con buen aspecto y color en las mejillas debido a los aires del campo. Me informó que comía y dormía bien, daba paseos con Mabel, pintaba algunos paisajes, y disfrutaba de su reposo y de un cambio completo. Sin embargo, su valiente descripción no sonaba del todo genuina, sobre todo las últimas palabras. Persistía la impresión de que en su conducta se ocultaba exactamente lo opuesto: inquietud, retroceso, casi ansiedad. Algunas amarraduras de su persona, por lo visto, sufrían demasiada tensión. La expresión coloquial “con los nervios de punta” cruzó mi mente. La miré acuciosamente a la cara mientras me hablaba.

—Solamente al atardecer —agregó, al sentir mis dudas, pero evitando mirarme a los ojos— , a veces me resulta pesado, y me cuesta trabajo mantenerme despierta.

—Debe ser la fuerza del aire después de vivir en Londres —sugerí—, y a ti te gusta acostarte temprano.

Frances se dio vuelta para mirarme directamente.

—Por el contrario, Bill, no me agrada ir a la cama aquí… Mabel se acuesta demasiado temprano.

Usaba un tono ligero al hablar, tocando sin ninguna finalidad las cosas en desorden sobre la mesa de mi recámara, lo cual me dio a entender que sus pensamientos andaban por otros caminos. De repente desplazó la vista, que tenía fija sobre el cepillo y las tijeras, para encararme.

—Billy —dijo abruptamente bajando la voz—, por raro que te parezca, odio dormir sola aquí. No lo entiendo. En mi vida jamás había sentido algo similar. ¿No te parece absurdo?

Una vez más se rio, pero con los labios solamente y no con los ojos. Percibí una nota desafiante, pero no la entendí.

—En una naturaleza como la tuya, Frances, cualquier emoción intensa siempre tiene sentido —repliqué, deseando tranquilizarla. Sin embargo, también yo respondía tan sólo con los labios, pues mis pensamientos trabajaban en otros asuntos con gran inquietud. Me encontré un tanto desconcertado. No estaba seguro de qué manera continuar la conversación; si me reía, ya no me seguiría contando nada. Pero si la tomaba demasiado en serio, las amarraduras se pondrían todavía más tensas. Mis instintos me mostraron enseguida que algo de lo que ella experimentaba yo lo había sentido también, aunque mi interpretación fuese diferente. A pesar de su indefinición, las señales de lluvia o tormenta se anuncian horas antes al detectar indicios de inestabilidad en el aire. Llevaba menos de una hora en la casa —una casa lujosa, grande, cómoda—, pero me afectaban ya aquellas sensaciones de no hallarme estable sino fluctuante, transitorio, la sensación de no permanencia que experimentan los huéspedes de un hotel, pero no el invitado a la casa de un amigo, ya sea en visitas cortas o largas. A Frances, una mujer impresionable, la sensación la alarmó. No le agradaba pasar la noche ella sola, aunque anhelaba dormir. No logré captar la idea exacta, que apenas rozaba mis pensamientos y quedaba en tres cuartas partes oculta, pero sí me di cuenta de que ambos sentíamos lo mismo y ninguno de los dos podía declararlo con suficiente claridad. No sucedió. Sin que lo­gráramos identificar su origen, compartimos la inquietud.

De momento, me sentí perdido. Frances iba a interpretar mis titubeos como una forma de apoyo, y eso podría ser lo que menos le sirviera para superarlo.

—A menudo surgen dificultades al dormir en una casa extraña —terminé diciendo—, y uno se siente solo. Después de quince meses en nuestro pequeño departamento, en esta casa tan grande resulta fácil perderse un poco. Conozco bien esa incómoda sensación. Además, este lugar es como una barraca, ¿no te parece? La masa de muebles lo vuelve todavía peor. Uno se siente como en una bodega bajo el suelo, los muebles no amueblan. Sin embargo, no conviene dejarse llevar por la imaginación…

Frances miró a través de la ventana. Se veía un tanto de­cep­cionada.

—Después de vivir en la sobrepoblación de Chelsea —añadí enseguida—, aquí se tiene una sensación de aislamiento.

Pero no se dio vuelta, y quedó claro que mi respuesta no la ayudaba. Una oleada de compasión sacudió mis emociones. ¿Estaba tal vez realmente asustada? Tenía mucha imaginación, desde luego, pero nunca para asuntos deprimentes. A pesar de su gran sensibilidad, gozaba de un robusto sentido común, y yo capté los ecos de un fuerte susto irracional en ella. Permaneció de pie en mi balcón, mirando el océano de bosque que se extendía con poca nitidez en la penumbra del crepúsculo. Imaginé que sus sombras profundas en­traban en la habitación desde el terreno de afuera. Al seguir la dirección de su mirada, surgió en mí un fuerte deseo de escapar, de huir de aquel sitio. El viento, el espacio y la libertad quedaban allá afuera, mientras que el enorme edificio era opresivo, silencioso, inmóvil. Se me presentó la imagen de grandes catacumbas, cosas bajo tierra, prisiones y cautiverios. Creo que incluso sentí un leve escalofrío.

Le toqué un hombro. Ella giró con lentitud y nos miramos a los ojos con elocuencia.

—Fanny, ¿estás asustada? —pregunté en tono más grave de lo que deseaba—. ¿No ha pasado nada?

—¡Claro que no! —replicó con énfasis—. ¿Qué podría pasar? Quiero decir, ¿por qué yo…?

Se interrumpió como si le generara confusión lo que quería decir.

—Es solamente que me da terr… que no me gusta dormir yo sola.

Naturalmente mi primera ocurrencia consistió en poner fin a la visita. Pero no lo mencioné. Si ahí radicara la solución, Frances me lo habría dicho antes.

—¿No podría Mabel dormir en la misma habitación que tú, o darte un cuarto adyacente y dejar la puerta abierta? —dije, en cambio—. Dios sabe que lugar hay de sobra.

Abajo sonó el gong que anunciaba la cena mientras ella hacía un esfuerzo por hablar:

—Mabel me lo ofreció, la tercera noche, cuando se lo comenté. Pero preferí no aceptar.

—¿Prefieres entonces estar tú sola a dormir cerca de ella? —pregunté con cierto alivio.

Me respondió con tanta gravedad que incluso un niño se daría cuenta de que había algo más al fondo:

—No fue por eso; yo sentí que en realidad ella no lo deseaba.

Tuve una intuición instantánea y hablé por impulso.

—Quizás ella siente lo mismo, pero quiere enfrentarlo y superarlo por sí sola, ¿no crees?

Mi hermana agachó la cabeza. Su gesto me permitió ver cómo nuestra charla se convertía en un diálogo cargado de grave solemnidad, como si habláramos de algún portento. Sucedió por sí solo, imperceptiblemente, igual que un cambio gradual de temperatura. Pero ninguno de los dos supo cuál era su naturaleza, pues no podíamos enunciarlo llanamente. No pasaba nada, ni siquiera en nuestras palabras.

—A mí me dio esa misma impresión, que si se deja llevar por el miedo lo estimula —dijo ella—. Y es tan fácil formar un hábito. Piensa nada más qué fastidio sufriríamos si todo el mundo tuviera esa clase de miedo a la soledad.

Frances se sonrió un poco: la primera seña de liviandad que percibí en ella, y quise aprovechar la oportunidad. Nos reímos, aunque esa risa callada quedaba fuera de lugar. La tomé del brazo y nos acercamos a la puerta.

—Un desastre, de hecho —asentí.

Volvió a alzar la voz a su timbre normal, igual que yo hice un poco antes.

—Ya se me pasará, ahora que ya estás aquí. Por supuesto, es sobre todo mi imaginación.

Su voz asumió un tono más ligero, aunque desde entonces yo ya pensaba que el asunto carecía de liviandad.

—De cualquier modo —añadió apretándome más el brazo cuando vimos bajo las escaleras a la señora Franklyn, que nos esperaba en el nada alegre vestíbulo—, estoy de veras contenta de que hayas venido, Bill, y sé que Mabel siente lo mismo que yo.

—Y si no se te pasa —dije haciendo un leve intento por bromear—, vendré por la noche a roncar al lado de tu puerta. Después de eso te aliviará tanto librarte de mi presencia que ya no te importará estar sola.

—Trato hecho —dijo Frances.

Estreché la mano de mi anfitriona, diciendo alguna banalidad sobre el tiempo transcurrido sin verla, y fui tras ellas hacia el comedor, iluminado por unas velas, preguntándome cuántos días más habría que soportarlo, y qué pudo llevarnos a abandonar nuestro departamentito para entrar en aque­lla desolación de falso lujo. En la pared más distante, desde arriba de la potente chimenea, me miraba la fea imagen del difunto señor don Samuel Franklyn. Se me ocurrió que tenía el aspec­to de un pomposo mayordomo del Cielo que negaba a todo el mundo, y a nosotros en particular, el derecho a entrar sin una tarjeta de presentación firmada personalmente por él, como prueba de que pertenecíamos a su grupo exclusivo. La mayoría de la gente, pese al profundo duelo del predicador y todas sus oraciones por ella, debía arder y “perecer eternamente”.

IV


POSEO UN SALUDABLE INSTINTO DE SOLTERO, consistente en tratar siempre de crear un nido en donde vivo, bien sea por pocos o muchos días. Como visitante, en un hotel o una pensión, lo más esencial es mi nido, objetos personales puestos en las paredes, tal como un pájaro lo construye con sus plumas. Puede tener un aspecto desolado e incómodo para otros ojos, pues el detalle principal no es la cama ni el ropero, ni tampoco el sofá o el sillón, sino una buena mesa para escribir, con patas firmes y suficiente espacio para acomodarse. Desde mi punto de vista, la más vívida descripción de las Torres radica en un solo hecho: ahí me fue imposible “anidar”. Descubrir esto me tomó varios días, pero la inicial impresión de no permanencia resultó más fuerte de lo que yo pensaba. Las plumas de mi mente se rehusaban a alinearse en un solo sentido. Se desordenaban, apuntaban a cualquier dirección y asumían un aspecto silvestre.

Los muebles lujosos no entrañan comodidad; era lo mismo que tratar de instalarme en un sofá y un sillón dentro de una gran tienda departamental. En la recámara era más fácil, pero el cuarto de trabajo privado, especialmente dispuesto para mi uso, me hacía sentir tan marginado como un paria. Por fuera parecía contar con todo lo que se pudiera desear: una antecámara a la gran biblioteca, no con una sola mesa generosa de roble, sino dos de ellas, por no mencionar otras más pequeñas junto a las paredes, con amplios cajones. Además, tenía escritorios para lectura, con atriles para sostener libros, una iluminación perfecta, y era más silenciosa que una iglesia, con un solo acceso a través de la enorme habitación adyacente; a pesar de todo, no era nada acogedora.

—Espero que aquí se encuentre a gusto para trabajar —dijo mi pequeña anfitriona la mañana siguiente, cuando me mostró la habitación y me enseñó el catálogo de la biblioteca en diez tomos, durante la única visita que hizo durante mi estancia en su casa—. El silencio es absoluto, y aquí nadie lo molestará.

—Si no puedes, Bill, entonces no sirves como autor —bromeó Frances, que tenía a Mabel tomada del brazo—. ¡Hasta yo podría escribir en una habitación como ésta!

Examiné con agrado las mesas amplias, las pilas de papel secante, las reglas, la cera para sellos, los cuchillos para pa­pel y el resto de una parafernalia inmaculada.

—Me parece perfecto —repuse con una emoción secreta, pero al mismo tiempo sintiéndome un poco tonto. Ese lugar era para Gibbon o Carlyle, no para mis chapuzas literarias.

—Si no logro escribir aquí mis obras maestras, no será por culpa suya —dije, volviéndome a la señora Franklyn. Ella me miró directamente, con una interrogación en sus ojitos grises que yo no entendí. ¿Acaso se daba cuenta del efecto que me producía la habitación?

—Aquí podrá escribir tal vez una historia de la casa —dijo ella—. Thompson le traerá cualquier cosa que le pida usted; sólo necesita tocar el timbre.

Señaló un timbre eléctrico sobre la mesa central, con el cable ajustado a una de las patas.

—Nadie ha trabajado aquí antes, y la biblioteca apenas se ha usado desde que fue instalada. Así que su imaginación no será afectada… adversamente.

Nos reímos los tres.

—Bill no es de esa clase —dijo mi hermana, mientras yo tan sólo deseaba quedarme a solas para arreglar mi nidito y ponerme a trabajar.

Pensé, por supuesto, que la enorme biblioteca me escuchaba y me causaba sentimientos de insignificancia: los quince mil libros callados y vigilantes, los pasillos solemnes, las repisas profundas y elocuentes. Una vez que las mujeres se fueron y me quedé solo, comenzó a descender la verdad sobre mí, y sentí los primeros indicios de desconsuelo que más adelante habrían de congregarse en un “no” rotundo e imperativo. La mente se cerró y las imágenes dejaron de fluir. Leí y tomé muchas notas, mas no escribí un solo renglón en las Torres. Ahí no era posible completar nada. Nunca pasaba nada.

El sol matutino inundaba la biblioteca a través de diez ventanas largas y angostas; cantaban los pájaros; el aire otoñal, enriquecido por un vago aroma de la melancolía de noviembre que estimula de modo agradable la imaginación, llenaba mi antecámara. Me asomé para contemplar el paisaje ondulado del bosque, cercado a lo lejos por las extensiones descendientes de los Downs, y me llegó un poco de sabor a mar; los grajos graznaban en sus vuelos sobre los olmos, y en los meandros del río descansaban perezosas unas vacas. Doce veces quise formar mi nido y prepararme para trabajar, y doce veces, como un perro que da vueltas fastidiosas tras su propio rabo, cambiaba de lugar la silla, los libros y mis papeles. Un motivo residía en la tentación del catálogo y los estantes de la biblioteca, una seducción fácil de resistir, por supuesto, pero existían otras razones. Mi trabajo, ade­más, no era la composición creativa que requiere absorción total, sino una presentación legible de datos acumulados por mí. Mis cuadernos contenían una multitud de hechos listos para tabularse y, por añadidura, tales hechos atraían mucho mi interés. No precisaba sino un pequeño esfuerzo de voluntad y una concentración fácil de lograr. Y, sin embargo, quedaba fuera de mi alcance: todo el tiempo algo desordenaba mis datos… y acabé sentado a la luz del sol, hojeando una docena de libros que extraje de las repisas de afuera, disfrutando sólo a medias mis lecturas y molesto conmigo mismo. Me llené de inquietud y deseo de estar lejos de ahí.

Aun en medio de mis lecturas mi atención se dispersaba. Por turnos o simultáneamente Frances, Mabel, su extinto esposo, la casa y sus terrenos se presentaban entre mis pensamientos sin ser invitados, obstaculizando cualquier flujo de trabajo. Tales imágenes aparecían en desorden, pero como fragmentos de algo mucho mayor que mi mente deseaba tantear inconscientemente. Revoloteaban, en torno a lo que se escondía, aspectos e interpretaciones fugitivas que por sí solas no ofrecían una revelación completa. No lograba adosar a aquellas emociones adjetivos tales como agradable o desagradable, tan sólo que el resultado siempre quedaba en suspenso. Se hundía en una atmósfera como de sueño y persistía sin que yo pudiera disiparla. Algunas palabras o frases de mi lectura enviaban preguntas que me asediaban la mente, una señal indudable de que parte de mi persona se hallaba insegura y sin reposo.

Preguntas triviales, además, interrogatorios medio tontos, como los de un niño curioso que desea entender. ¿Por qué a mi hermana le daba miedo dormir sola, y por qué su amiga sentía la misma repugnancia y sin embargo intentaba vencerla? ¿Por qué carecía de comodidad el sólido lujo de la mansión, y por qué su refugio no inspiraba permanencia? ¿Por qué la señora Franklyn nos invitó a nosotros, artistas, vagabun­dos no creyentes, tipos completamente distantes de los corderos redimidos que formaban la congregación de su marido? ¿Acaso reaccionaba a la histeria de su conversión? Nunca aprecié en ella signos de fervor religioso; su carácter correspondía a una mujer ordinaria, de aspiraciones convencionales, aunque una mujer de mundo. Tal vez le faltaba un poco de vida; pensándolo bien, nunca tuve una impresión definida de ninguna especie sobre ella, y mis ideas surgían con vaguedad a partir de esos datos frágiles.

Cerré mi libro y dejé que tales ideas siguieran su curso, pues mis reflexiones me llevaron a descubrir que no lograba verla con ninguna claridad. Me evadían su alma y su personalidad. Su rostro, sus pequeños ojos pálidos, su vestido, su cuerpo, su modo de andar; todo eso se me presentó como en una fotografía, pero su yo se me escapaba. No parecía estar en ninguna parte: carecía de vida, era una sombra vacía; nada. Me repelía esa imagen y la hice a un lado. Al instante se esfumó, como si al pensar a la ligera yo hubiera conjurado un fantasma sin existencia real. Y al mismo tiempo mis ojos la captaron mientras pasaba frente a la ventana, andando silenciosa por el camino de grava. Mientras la seguía con la vista me vino una nueva sensación. “Ahí va una prisionera”, fue mi pensamiento inmediato, “una que necesita huir, pero no puede.”

No sé de dónde salió semejante noción disparatada. Ella eligió volver a esa casa, gozaba de dos herencias y el mundo se abría a su paso. No obstante, permanecía infeliz, asustada, cautiva. Todo eso surgió en mi cabeza y causó una impresión penetrante antes de desecharlo por absurdo. Sin embargo, poco después logré dar con una explicación, aunque no menos disparatada que la primera. Se vio obligada mi mente, siendo lógica, a manifestarse de alguna manera. La señora Franklyn, vestida para salir al campo, con gruesas botas de caminante, un palo con punta y gorra de motorista cubierta por un velo para andar por caminos ventosos, se contentaba obviamente con no ir más lejos de los modestos senderos del jardín. El vestuario era falso, una pretensión. Eso, aunado a sus movimientos ágiles y rápidos, sugería una criatura enjaulada, domada mediante la crueldad y el miedo disfrazados de bondad. Andaba de un lado a otro, sin saber por qué mo­tivo no podía ir más allá de las mismas rejas que repetidamente le impedían el paso en el mismo lugar. Mabel tenía la men­te encerrada en una jaula de ésas.

La observé recorrer los senderos y bajar los escalones de una terraza a otra, hasta que me la ocultaron los laureles; a esa imagen momentánea se asoció un indicio de algo ligeramente desagradable, de lo cual mi mente no encontró explicación, por más que lo intenté. Recordé asimismo ciertos detalles adicionales que fueron añadiéndose a la imagen por cuenta propia, sin que los buscara. A veces las piezas de un rompecabezas se unen de ese mismo modo, como revelación, sin buscar pistas deliberadamente; durante unos segundos solamente, opacado antes de que tuviera oportunidad de considerarlo, apareció un pensamiento fuerte y angustioso que no puedo describir más que como una sombra: oscura y fea, opresiva, con bordes desgarrados violentamente que sugerían dolor, lucha y terror. Mi memoria la asoció con dos filas de celdas ocupadas por condenados en el interior de una prisión que visité hace años en Nueva York, sin saber cómo explicar esa conexión. Los “detalles” antes mencionados eran los siguientes: en la charla de sobremesa de la noche anterior, la señora Franklyn habló invariablemente de “esta casa”, sin llamarla nunca “hogar”, y acentuó, sin que fuera necesario para una mujer bien educada, nuestra “enorme bondad” al aceptar pasar tanto tiempo con ella. En otra ocasión, respondió a mi vano elogio sobre la “majestuosidad” de las habitaciones, diciendo en voz queda:

—Es una casa demasiado grande para un grupo tan pequeño. No suelo permanecer aquí más que por breves periodos, mientras la trato de ordenar.

Los tres íbamos subiendo las escaleras para acostarnos, y sin saber a qué se refería decidí no hablar más del tema, pues sentí que pisaba un terreno delicado. Frances no añadió una sola palabra. Se me ocurrió que “vivir” hubiera sido un término más natural que “permanecer”. Recuerdos insignificantes, y, sin embargo, por algún motivo acudían a mi memoria justo en aquel momento… Al acompañar a Frances a su cuarto, para asegurarme de que no se sintiera sola o nerviosa, pensé que por supuesto la señora Franklyn tuvo que hablar con ella confidencialmente de cosas que yo, como hermano de la visita, no compartía. Frances no me hizo ningún comentario, aunque con facilidad pude haberla presionado, cosa que no quise hacer por considerar una falta de lealtad hablar de nuestra anfitriona y su casa tan sólo porque estábamos juntos bajo el mismo techo.

—Si me da miedo, Bill, te llamo —me dijo riéndose al despedirnos, pues mi habitación estaba frente a la de ella, al lado opuesto del gran corredor. Me fui a dormir pensando en lo que la señora Franklyn quiso dar a entender cuando dijo “mientras la trato de ordenar”.

Durante mi segunda mañana en la antecámara de la biblioteca, rodeado de pliegos de papel folio y secantes inmaculados, totalmente inútiles para mí, tales sugerencias retornaron a mi discernimiento y ayudaron a delinear la gran Sombra indefinida ya mencionada. Con el agua al cuello, casi ahogada en dicha Sombra, se erguía mi anfitriona con su ropa de caminante. Imaginé que Frances y yo nadábamos para ir en su auxilio. La Sombra tenía suficiente magnitud para abarcar la casa y los terrenos, pero no logré ir más allá… Hice a un lado tales consideraciones y volví a la lectura del libro que había tomado prestado el día anterior. Pero antes de dar otra vuelta a la página, otro detalle preocupante saltó ante mí: la figura de la señora Franklyn en la Sombra no estaba viva. Flotaba inerme, como una muñeca o un títere sin vida propia. Eso me pareció patético y al mismo tiempo espantoso.

En tales sueños lúcidos, no guiados por la voluntad, por supuesto que cualquiera podría conjurar imágenes igual de ridículas. Así se explican las incongruencias de los sueños; me limito a registrar la imagen tal como se me presentó. No tiene caso consignar que se quedó en mi interior durante varios días, como suele suceder con los sueños más vívidos, y rehusé darle más vueltas. Lo más curioso fue que a partir de aquel día comencé a sentir la disposición, aunque aún no el deseo, de partir. Digo “partir” a propósito; no me acuerdo del momento en que la palabra cambió a otro concepto mu­cho más radical y frenético: escapar.

V


EN AQUELLA MANSIÓN CAMPESTRE con alma de villa disfrutamos de una paz deliciosa. Frances retomó su pintura, aprove­chando lo propicio del clima para salir a elaborar bocetos de flores, árboles y recovecos del bosque, el jardín e incluso la casa cuando alguna parte del edificio se asomaba sugestivamente tras las plantas. La señora Franklyn siempre andaba ocupada en diversas actividades y no inter­fería con nosotros, salvo para proponer un paseo en auto o tomar el té en otro rincón del jardín y cosas por el estilo. Andaba por todas partes, al parecer sin hacer nada, pero con alguna preocupación. La casa la absorbía. No se presentaron visitas. Por una parte, ella aún no anunciaba su regreso del extranjero; por la otra, creo que los vecinos —los vecinos del marido— quedaron desconcertados cuando cesaron las buenas obras. Las reuniones de brigadas y sociedades de templanza dejaron de celebrarse en el salón grande, y el vicario condujo las salidas de alumnos a otros campos, sin ofrecer ninguna explicación. Los únicos recordatorios del hombre que antes vivió en la casa eran su retrato de cuerpo entero en el comedor y la presencia del ama de llaves con los cabellos “chamuscados”. La señora Marsh conservaba su puesto en silencio, sin duda bien pagada, y no daba señales de aquella censura disimu­lada que podría haberse esperado de su parte. En realidad, nada sucedía digno de tal desaprobación, dado que ninguna cosa “mundana” penetraba la casa o sus alrededores. Mientras vivió su amo, la señora Marsh desempeñaba el papel de otra “alma salvada del fuego” en las congregaciones de evangelistas, y tenía por costumbre testimoniar gritando mientras él adornaba la plataforma para conducir los torrentes de oraciones. A veces la observé en las escaleras, donde se quedaba flotando de un lado a otro, mirando y escuchando por partes iguales, y advertí que esa mujer representaba un vínculo con la influencia de su prejuiciado patrón. Entre nosotros, ella era la única persona que pertenecía a la casa y parecía consi­derarla su propio hogar. Cuando la veía hablar, siempre res­petuosa y correcta, con la señora Franklyn, yo detectaba que, a pesar de su actitud nada agresiva, ejercía cierta influencia para que su patrona se quedara en el edificio para siempre, para que viviera ahí. Impedía la fuga, obstaculizaba que “la tratara de ordenar”, frustraba en lo que le era posible su voluntad de ser libre. Tales ideas tenían un carácter fugaz. Sin embargo, en otra ocasión, cuando bajé tarde por la noche para tomar un libro de la antecámara de la biblioteca y me topé con ella sentada en soledad en el vestíbulo, me dio una impresión contraria a la fugacidad. Nunca olvidaré el efecto sumamente desagradable que tuvo sobre mí. ¿Qué podía estar haciendo ahí, a las once y media de la noche, sola en la oscuridad? La vi tiesa en una silla grande, justo bajo el reloj. Me llevé un susto, pues era demasiado raro e incongruente. Al darme vuelta para subir las escaleras se levantó en silencio y me preguntó respetuosa, con los ojos vueltos al suelo como siempre, si ya había terminado con la biblioteca para echar los cerrojos. Eso fue todo, pero aquella experiencia se quedó en mi memoria, marcada por la aversión.

Por supuesto, tales impresiones diversas me llegaban en momentos raros, no en una sola sucesión, como las describo aquí. Después de tres días pude trabajar con bastante intensidad, no escribiendo, como ya expliqué, sino leyendo, tomando notas y localizando materiales en la biblioteca para usar en el futuro. Esos curiosos destellos se producían al azar y me tomaban por sorpresa, y a veces con sobresalto, pues probaban que la Sombra se mantenía en mi inconsciente y que sus causas quedaban lejos del alcance de mi percepción, dejándome inquieto mientras trataba de “anidar” en un lugar donde no era deseado. El trabajo del cerebro no se realiza bien a menos que su parte más profunda se halle en armonía, y eso explica mi incapacidad para escribir. En verdad, todo el tiempo me dedicaba a buscar algo que no lograba encontrar, una explicación que me evadía continuamente. No contaba más que con aquellos indicios triviales. No obstante, amontonados lograban entre todos definir un poco a la Sombra. Me fui dando mejor cuenta de que su existencia era por completo real. En esta parte de mi narración apenas he mencionado a Frances o a mi anfitriona, ya que contribuyeron poco o nada a lo que estoy describiendo. Por fuera llevábamos una vida tranquila, normal y rutinaria. La conversación se mantenía dentro de una banalidad absoluta, sobre todo la de la señora Franklyn. Nada de lo dicho sugería alguna revelación. Las dos se hallaban al interior de la Sombra, y ambas lo sabían, pero se abstenían de toda interpretación. No dudo que hablaran en privado, pero sobre eso no puedo proporcionar ningún detalle.

Pasaron diez días de una estancia común y corriente antes de toparme cara a cara con una rareza que desafiaba cualquier intento de captura. “Hay algo aquí que jamás sucede”, fue la oración pronunciada por mi mente, “y por tal razón ninguno se atreve a mencionar el tema.” Al mirar por la ventana a las vulgares aves negras, con los dedos de las patas flexionados, picoteando en busca de sus gusanos, entendí con claridad que aun ellas, lo mismo que cada cosa, ya fuese grande o pequeña, en la casa y su terreno, quedaba bajo el signo de lo raro, y lo raro tenía el efecto de deformarla. En su totalidad, la vida ahí se reducía a una atmósfera castrada, sin crecimiento ni poder. Los dones de Dios nada significaban; se ignoraba Su amor por la alegría, en el jardín no se cantaba ni se danza­ba. Su contenido era el odio. Mi mente se apresuró a concluir: “la Sombra es una manifestación del odio, y el odio es el Diablo”. Supe que llegaba en parte a la verdad y tuve miedo.

Dejé los libros y salí: vi un cielo nublado, pero el día no tenía nada de triste. La luz filtrada por las nubes le daba un tono cálido, casi veraniego. Sin embargo, contemplé el territorio al desnudo, pues por fin entendí. El odio significa pelea, y entre ambas fuerzas se teje la capa con que se viste el terror. Yo no poseía creencias religiosas ni compartía las series de dogmas denominadas credos, así que podía observar el asunto desde fuera, con objetividad. Absorbí, sin embargo, lo suficiente para considerar (elogiándome) compasivamente a los otros, de alma menos aventurera. El retrato del comedor acechaba en todas partes, se escondía detrás de cada árbol, me observaba desde la fea punta de las torres burguesas, y se notaba la huella pesada de su mano sobre cada lecho de flores. “No se puede hacer esto, no se puede hacer aquello”, vi escrito en el aire. “Prohibido salir de los senderos angostos”, dijeron los barandales de rígido hierro negro. “No se puede andar aquí”, manifestaban todos los prados. “Usa los escalones”, “No cortes las flores, no hagas ruido de risas, cantos o bai­les”, prohibían letreros sobre la rosaleda. Y la declaración corriente de “Los infractores serán procesados” se modificaba en mensajes que aparecían sobre las araucarias y los acebos: “Los infractores serán destruidos”. Al final de cada terraza se erguían implacables agentes policiacos, carceleros, verdugos, quienes cantaban: “Ven con nosotros o quedarás eternamente entre los malditos”.

Me congratulé por haber descubierto esa obvia explicación del ambiente carcelario que exudaban las Torres. No se me ocurrió que la pesada influencia póstuma del viejo Samuel Franklyn fuese insuficiente como solución. La viuda, con su esfuerzo por “tratar de ordenar”, intentaba olvidar el miedo y el credo deprimente que adoptó por obligación. Frances, con su mente delicada, no hablaba del asunto, pues se refería a la influencia de un hombre a quien su amiga había amado. Me sentí más ligero, se me quitó una carga de encima. Recordé una máxima que leí no sé dónde: “Asociar lo desconocido a lo conocido significa entender”. Experimenté un gran alivio; al fin podría hablarle a Frances, y aun a mi anfitriona, sobre el tema sin riesgo de dar pasos en falso. Pues tenía la llave en la mano, y podría incluso ayudar a disipar la Sombra, a “tratar de ordenar”. ¡Quizás así se justificaba haber sido invitados por tanto tiempo!

Riéndome, quizá de mí mismo, entré en la casa. “¡Tal vez la perspectiva del artista, sin dogmas duros y sencillos, sea igual de estrecha que las demás! ¡La humanidad es algo tan pequeño! ¿Por qué no será posible que exista una combinación verdadera de todos los puntos de vista?”

A pesar de mi gran descubrimiento sobre poner las cosas en su sitio, me dominó con mucha fuerza el sentimiento de “inestabilidad”. Y de pronto me encontré con Frances, que bajaba por las escaleras con un portafolios de bocetos bajo el brazo.

Desde su llegada estuvo trabajando mucho, pero me di cuenta abruptamente de que no me había mostrado nada de lo que llevaba hecho. Me pareció raro, poco natural. La manera en que quiso pasar junto a mí confirmó mi sospecha inicial: sus trabajos no estaban a la altura que debían.

—¡Un momento! —le dije entre risas—. Es la hora de exponer tus cosas. No he visto nada de lo que has hecho desde que llegaste; tú, que siempre me enseñas todo. Eso me parece una atrocidad degradante.

Mi risa quedó congelada. Hizo un gesto de astucia tratando de pasar a mi lado, y casi decidí dejarla pasar, pues me afectó ver la expresión en su cara: incómoda, avergonzada, sonrojándose y empalideciendo, y me hizo pensar en un niño que es sorprendido en alguna travesura secreta. Casi expresaba miedo.

—¿Es porque todavía no están terminados? —pregunté con mayor seriedad—. ¿O son demasiado buenos para que yo los entienda?

Mi crítica pictórica, según solía decirme, resultaba a veces burda e ignorante. Añadí:

—Me los dejarás ver más adelante, ¿verdad?

Sin embargo, Frances no quiso tomar esa salida que le ofrecía yo. Cambió de opinión y sacó el portafolios que llevaba bajo el brazo.

—Si de verdad lo deseas, Bill, puedes verlos —dijo en voz queda, en un tono que evocaba a una nana que habla con un niño recién salido de la infancia primera—. Tienes edad suficiente para contemplar el horror y la fealdad… aunque no te lo aconsejo.

—Quiero verlos —repuse, y me di vuelta para bajar junto a ella, pero me dijo:

—Mejor sube conmigo a mi cuarto, ahí nadie nos molestará.

Creí que iba de camino a mostrar sus obras a la anfitriona, y no deseaba que las viéramos al mismo tiempo. Mi mente comenzó a trabajar con furia.

—Mabel me pidió que los hiciera —explicó en un tono de voz que expresaba un horror sumiso, después de cerrar la puerta—. De hecho, me lo suplicó. Ya sabes que es muy per­sistente a pesar de ser tan callada. Tuve… no tuve más remedio que hacerlos.

Se sonrojó y abrió el portafolios sobre la mesa al lado de la ventana, y se puso tras de mí mientras yo iba pasando los bocetos, cuyos temas comprendían el terreno, los árboles y el jardín. Al comenzar mi inspección no hallé ningún motivo por el cual pudiera ofenderse el sentido de modestia de mi hermana. Mi atención se desvió por un instante, pues otra pieza del rompecabezas caía en su sitio, definiendo con mayor exactitud aquello que yo nombré “la Sombra”. Me acordé de que la señora Franklyn, en la biblioteca, me sugirió que quizá podría escribir algo sobre el lugar; yo supuse entonces que no se trataba más que de otro de sus comentarios banales y no le puse más atención. Sin embargo, entendí de pronto que hablaba en serio. Deseaba las interpretaciones expresa­das por nuestros “talentos” respectivos en pinturas y escritos. Eso revelaba los motivos de su invitación. Nos dejaba solos a propósito.

—Me gustaría romper todo —susurró Frances detrás de mí, temblando—. Sólo que prometí…

Se interrumpió un momento.

—¿Le prometiste que no los romperías? —pregunté, con los ojos adheridos a los bocetos y sintiendo una rara angustia.

—Le prometí que antes se los enseñaría a ella —terminó, en voz tan baja que apenas la pude escuchar.

Carezco de comprensión intuitiva e inmediata del valor de las obras pictóricas. Todos creen que sus juicios son acertados, pero yo no me considero mejor espectador que cualquier persona común y corriente. Con frecuencia Frances me encontraba culpable de errores y de una gran ignorancia. Sólo puedo decir que examiné los bocetos con asombro y repulsión. Me parecieron atroces. Sentí vergüenza por mi hermana, quien con algún pretexto se movió al otro lado de la habitación y no los examinó junto a mí. Su talento era mediocre, pero conocía momentos de inspiración. Es decir, momentos en que una visión de la belleza no habitual en ella pasaba divinamente por sus labores. Las interpretacio­nes de aquellos últimos dibujos me parecieron indudables frutos de inspiración, mas no la suya. La ejecución era excelente; al mismo tiempo, resultaban atroces. Sus significados apenas quedaban sugeridos, sin nunca ir más lejos. Implicaban habilidad y poder pecaminosos, hacían sugerencias abominables, dejando casi todo a la imaginación. Encontrar esa especie de significados en un jardín burgués e inter­pretarlos con tanta delicadeza y certidumbre presentaba ciertos simbolismos siniestros, incluso diabólicos. La delicadeza la aportaba la pintora, pero el punto de vista correspondía a otra persona. La palabra que se me ocurrió no fue la burda descripción de lo “impuro”, sino una obra que se manifestaba contra la pureza, algo mucho más fundamental: la antipureza.

Fui pasando los bocetos uno por uno, como pasa un niño las páginas de un libro prohibido, temeroso de ser sorprendido.

—¿Qué hace Mabel con ellos? —le pregunté en voz baja al acercarme al final—. ¿Los guarda?

—Toma notas en un cuaderno y después los destruye —fue la respuesta desde el otro lado del cuarto, con un suspiro de alivio—. Me alegro de que los hayas visto, Bill. Quería enseñártelos, pero me daba miedo. ¿Me entiendes?

—Entiendo —repliqué, aunque la pregunta no necesitaba respuesta. Lo único que logré entender fue que la mentalidad de Mabel era igual de dulce y pura que la de mi hermana, y que tendría buenas razones para actuar de tal manera. ¡Destruía los bocetos, pero antes tomaba notas! Constituían una interpretación del lugar que ella buscaba. Como hermano sentí un poco de resentimiento, pues Frances desperdiciaba tiempo y talento cuando podría estar haciendo obras que podría vender. Naturalmente, también sentí otras cosas…

—Mabel insiste absolutamente en pagarme cinco guineas por cada uno.

Me quedé estúpidamente sin palabras durante un mo­mento.

—Debo aceptar o irme —prosiguió tranquilamente, aunque se puso un poco pálida—. Lo he intentado todo. Al tercer día después de mi llegada tuvimos toda una escena, cuando le mostré mi primer boceto. Quería escribirte sobre esto, pero no pude decidirme…

—Entonces, ¿no es intencional de tu parte? Perdón por preguntar, querida Frances —balbuceé sin saber qué decir o pensar, mientras recordaba la sensación de “leer entre líneas” en su carta—. Quiero decir, tú haces los bocetos a tu manera habitual y… el resultado aparece por su cuenta, por decirlo así.

Asintió, abriendo las manos como los franceses.

—No necesitamos quedarnos con el dinero, Bill. Podemos regalarlo, pero… debo aceptarlo o irme de aquí.

Volvió a encogerse de hombros. Se sentó en una silla frente a mí y se puso a mirar la alfombra.

—¿Dices que se produjo una escena? —continué—. ¿Ella insistió?

—Me rogó que continuara —repuso mi hermana en voz muy baja—. Ella cree que… es decir, tiene la idea o teoría de que algo anda mal con este lugar.

Frances se interrumpió tartamudeando. Sabía que yo no apoyaba teorías sin fundamento.

—Es por algo que siente, entonces —le ayudé, con más que curiosidad.

—Oh, sabes a qué me refiero, Bill —dijo, desesperada—. Que el lugar se halla saturado por alguna influencia que ella es demasiado estúpida y positiva para interpretar. Trata de volverse más negativa y receptiva, como ella dice, pero por supuesto no puede. ¿No has notado lo aburrida e impersonal que parece, como si no tuviera ningún carácter? Piensa que con ese método le llegarán impresiones, pero no sucede así…

—Es natural.

—Por eso lo intenta a través de mí, o de nosotros, lo que ella denomina temperamento artístico, que es más impresionable. Afirma que mientras no tenga la más completa certeza sobre esta influencia, no podrá enfrentarla, sacarla de aquí. “Poner la casa en orden”, es la frase que ella usa.

Al recordar mis propias impresiones me sentí más indulgente de lo normal. Traté de quitar el tono de impaciencia a mi voz:

—Y dicha influencia, ¿qué es? ¿De quién sale?

Pronunciamos el pronombre juntos, pues yo también respondí a mi propia pregunta:

—De él.

Ambos indicamos con la cabeza el suelo, pues el comedor quedaba directamente bajo la habitación.

Se me hundió el corazón, al mismo tiempo que mi curiosidad se esfumaba, dando lugar al aburrimiento. La vulgaridad de una casa embrujada era lo último que podría parecerme interesante. La idea me exasperaba, con sus insinuaciones de imaginación, nervios exacerbados, histeria y cosas por el estilo. La decepción se mezclaba con mis otras emociones. Jamás podría ver ciertas figuras o sentir “presencias”, intercambiando día tras día incidentes extraños; eso me causaba una forma persistente de fatiga.

—En realidad, Frances —añadí después de una breve pausa—, esa explicación es demasiado improbable. Las maldiciones corresponden a los cuentos de la primera época victoriana.

Tan sólo por hallarme persuadido de que sí existía algo que valía la pena descubrir, pero ciertamente no eso, me guardé de sugerir que termináramos nuestra estancia de inmediato, o tan pronto como pudiéramos, sin ser groseros.

—No se trata de casas embrujadas en este caso; tiene que haber otras causas —concluí con vehemencia, y puse de golpe la mano encima de su odioso portafolios.

No obstante, la réplica de mi hermana volvió a despertar mi curiosidad.

—Eso es lo que esperaba que dijeras. Mabel dice exactamente lo mismo. Él forma parte de ello, pero hay algo más, mucho más fuerte y complicado.

Parecía aludir a los bocetos, y aunque capté lo que ella deseaba inferir no quise decir nada, pues no deseaba hablar de eso con ella en aquel momento, ni en ningún otro, en realidad.

Me limité a mirarla y escuchar lo que me decía. Hacer preguntas no serviría de nada, desde luego. Era mejor dejar que ella se expresara en sus propias palabras.

—Él es una influencia, la más reciente —continuó ella hablando con lentitud y mucha calma—, pero por debajo hay varias capas más profundas. Si tan sólo se tratara de él, algo sucedería. Pero nunca pasa nada. Esas cosas lo impiden o lo estorban, como si lucharan entre sí por ganar predominio.

Eso mismo había sentido yo; la idea era en realidad horrible. Me estremecí.

—Es lo más feo de todo, que nunca pase nada —continuó ella—, sólo la apariencia de que está a punto de suceder, siempre en la orilla seca de una consecuencia que jamás se materializa. Es una tortura. Mabel está en las últimas. Cuando me rogó… mis sentimientos en torno a los bocetos… quiero decir…

Volvió a interrumpirse tartamudeando, igual que un momento antes. La paré abruptamente; yo la había juzgado demasiado pronto. El raro simbolismo de sus pinturas, pagano, pero sin ninguna inocencia, era resultado de una mezcla. No fingí entender, pero por lo menos pude ser paciente y quise discutir. Hablamos un poco más, pero de otros temas, sin aludir a nuestra anfitriona ni a las pinturas ni a teorías descabelladas ni tampoco a él. Sin embargo, las emocio­nes que Frances lograba mantener reprimidas, escondidas entre sus frases, lo mismo que entre líneas en su carta, volvieron a estallar y la sacudieron de pies a cabeza:

—En tal caso, Bill, si ésta no es una simple casa embrujada, ¿qué es?

Sus palabras eran corrientes, pero la emoción residía en la voz trémula con que hablaba, en la manera en que se inclinó hacia delante y puso las manos sobre las rodillas, palideciendo un poco mientras sus ojos valientes me interrogaban y buscaban los míos con una ansiedad que bordeaba el pánico. En aquel momento se instaló bajo mi protección. Mi rostro se contorsionó. Ella prosiguió, bajando aún más su voz, aunque poniendo gran énfasis:

—¿Y por qué nunca pasa nada? Si tan sólo algo sucediera y rompiera la tensión sería un alivio. Lo que resulta insufrible es la espera.

Todo su cuerpo se estremeció al hablar, y a sus ojos aso­mó un toque irracional. Yo habría ofrecido mucho a cambio de una respuesta en verdad satisfactoria. Busqué frenético durante unos segundos, pero en vano. No pude encontrar nada que responder. Sentía lo mismo que ella, pero con algunas diferencias. No vislumbraba ninguna explicación definitiva. No pasó nada. Por más que quisiera tirar todo el asunto a la basura, donde la ignorancia y la superstición descargan sus hierbas ponzoñosas, no me era posible hacerlo con honestidad. Si le diera a Frances el mismo trato que a una niña con una explicación insuficiente, tan sólo dañaría su confianza en mi capacidad de protegerla, que había solicitado tan afectuosamente, además de ser débil y deshonesto conmigo mismo, al negar que yo sentía la tensión y la lucha al igual que ella. Mientras seguía buscando mentalmente, le devolví la mirada en silencio, y de pronto Frances, con más honestidad y perspicacia que yo, dio la respuesta a su propia pregunta, aunque yo no supe apreciar hasta qué punto era adecuada y verdadera:

—Yo creo, Bill, que es demasiado grande para que pueda suceder aquí o en cualquier otro lugar, ¡todo junto es demasiado horrible!

Era muy fácil hacer a un lado lo que ella señalaba, demostrando su falta de sentido, como habría procedido en cualquier otra ocasión o lugar. Sin duda, ése era mi deber, pero las vívidas impresiones recibidas a lo largo de la semana me lo impidieron. Mi estrechez de criterio quedó así evidenciada de nuevo. No podemos entender al otro más que en aquello que también nosotros llevamos por dentro. Sin embargo, su explicación me sonó verdadera, en cierta medida. Apuntaba al conflicto y la lucha que mis ideas sobre la Sombra no toma­ban en cuenta.

—Puede ser —repuse sin poderme comprometer más, esperando en vano que ella dijera algo—. Pero tú dijiste hace un momento que percibías “varias capas”. ¿Te refieres a que cada una de tales influencias lucha por ganarles a las otras?

Utilicé sus términos para disimular mi propia pobreza de ideas. La terminología era lo de menos, a fin de cuentas, siempre y cuando pudiésemos alcanzar una noción deseable.

Sus ojos me respondieron afirmativamente. Su concepción era nítida, tal como era su estilo, y la había alcanzado de manera independiente. A diferencia de otras de su sexo, la expresaba con claridad, sin ahogarla en un exceso de palabrería.

—Un conjunto de influencias me llega a mí. A ti te llegan otras influencias. Eso va de acuerdo con nuestros tempe­ramentos, creo —postuló, echando un vistazo al ruin portafolios—. A veces se revuelven, y entonces son falsas. El tema del paganismo siempre ha sido más asequible para mí, aunque gracias a Dios, jamás como ahora.

La sinceridad de su confesión me invitaba a hacer lo mismo, pero me costaba encontrar las palabras precisas.

—Con toda honestidad, Frances, apenas puedo describir lo que he sentido en este lugar, porque no he logrado ordenar mis percepciones de forma definida. La lucha, las agonías de buscar en vano una escapatoria y la inquietud de una atmósfera carcelaria: lo he sentido todo en momentos diferentes y con distintos niveles de fuerza. Pero no doy con una etiqueta que pueda ponerle a eso. No puedo decir paganismo o cristianismo, ni nada parecido, como haces tú. Como pasa con los ciegos o los sordos, se intensifican ciertos sentidos tuyos que yo no poseo, incluso alguna intuición embrionaria…

—Quizá —me detuvo ella, deseando seguir con el tema— tú lo sientes igual que Mabel. Ella siente completas las influencias.

—También eso es posible —dije con lentitud. Mis reflexiones continuaron por debajo de mis palabras. Su extraña mención sobre algo demasiado grande y horrible asumió el aspecto de la verdad. Una sensación muy fuerte de angustia e incomodidad se apoderó súbitamente de mí, con algo de compasión, pero también un feroz desprecio y una rabia brutal y amarga. La furia contra la falsa autoridad interve­nía en esas emociones.

—Frances —dije, después de haber sido tomado por sorpresa, haciendo a un lado cualquier pretensión—, ¿qué puede ser todo esto?

Me quedé mirándola durante unos minutos sin que ninguno de los dos pronunciara una palabra.

—¿Y tú acaso no has tenido ganas de interpretarlo? —me preguntó por fin.

—Mabel me sugirió que escribiera algo sobre la casa —repliqué—, pero no he sentido nada imperativo. Esa clase de escritura no va en mi línea, como tú ya sabes.

Viendo que ella esperaba más, añadí:

—Lo único que siento es un impulso por explicar, por descubrir, sacarlo de mi sistema. Pero no mediante la escritura, por ahora.

Repetí una vez más mi pregunta anterior, en voz baja, con un respeto temeroso:

—¿Tú qué piensas que pueda ser todo esto?

Su respuesta, pronunciada con énfasis lento, hizo que volvieran todas mis reservas; más bien me irritó la fraseología:

—Sea lo que sea, Bill, no viene de Dios.

Me levanté con el propósito de bajar las escaleras. Creo que me encogí de hombros.

—¿Quieres que nos vayamos, Frances? ¿Que regresemos a la ciudad? —sugerí al llegar a la puerta, y al no recibir respuesta me di la vuelta para mirarla.

Frances se hallaba sentada, con la cabeza agachada y las manos enterradas en los cabellos. Su posición sugería que estaba al borde de las lágrimas. Ninguna mujer podría soportar las presiones de la emoción intensa como Frances sin terminar en un colapso líquido. Me detuve inquieto un instante, con anhelos de ayudarla, pero también temeroso de actuar, y en ese trance descubrí una emoción aterradora en mi persona, que apenas tenía adivinada a medias. A toda costa era preciso evitar una escena en la que interviniesen tales exageraciones. Con la brutalidad característica de las debilidades del hombre ordinario, tomé el picaporte para abrir la puerta, pero en ese instante ella alzó la cara, enmarcada por sus cabellos castaños en desorden e iluminada por la luz del sol. Me sorprendió la expresión maravillosa de sus rasgos, donde flameaban compasión, ternura y lástima. Era innegable. Emanaban un amor imperecedero y el anhelo de sacrificarse por otros, algo que no he visto más que en una clase de seres humanos. Era la expresión de una madre.

—Debemos permanecer con Mabel para ayudarla a poner orden —susurró, tomando una decisión a nombre de los dos.

Murmuré mi asentimiento. Abandoné suavemente su habitación y salí de la casa, medio avergonzado. Tan pronto me hallé solo me di cuenta de algo: aquella larga escena entre mi hermana y yo no alcanzó ningún resultado definido. Nuestro intercambio de confidencias se redujo a indicios y sugerencias vagas. Decidimos permanecer, pero fue una decisión negativa de no abandonar el lugar, no una acción positiva. Nada concluyó: las palabras, las preguntas, las conjeturas, las inferencias, las explicaciones, nuestras más sutiles alusiones e insinuaciones, ni siquiera las odiosas pinturas. No había pasado nada.

VI


UNA VEZ QUE ME HALLÉ EN SOLEDAD, busqué instintivamente los lugares donde mi hermana pintó sus extraordinarias imágenes, tratando de ver lo que ella había percibido en ellos. Poco antes, Frances abrió mi juicio a otros puntos de vista, y podría tener la sensibilidad para una interpretación como la suya y posiblemente darle forma literaria. Si me pusiera a escribir sobre el lugar, ¿cómo lo trataría? Deliberadamente deseaba llegar a una interpretación en el camino que me resul­taba más fácil: escribir.

A pesar de ello, no fue el caso de recibir ninguna revelación. Al mirar detenidamente todos los árboles y flores, los aspectos del césped y la terraza, la rosaleda y la esquina de la casa en donde la enredadera crecía apretada, no descubrí nada de las imágenes odiosas, impuras, que sus colores y composiciones le revelaron por los caminos del inconsciente.

Es decir, al principio no descubrí cosa alguna. La realidad ahí se asentaba, común y corriente y fea, y puse mentalmente a su lado la imagen impura y odiosa captada por Frances. Me pareció increíble. Aunque me forzara, fue en vano. Mi imaginación no era igual de profunda que la suya, seguía pautas distintas. Donde yo veía el alma burda de un jardín suburbano excedido de vegetación, inspirado por el espíritu de un evangelista vulgar y rico, aficionado a predicar la maldición, ella percibía escenas de libertad y alegría paganas, la rara licencia de la carne primitiva, que al juntarse producía resultados viles y adulterados.

A pesar de ello, poco a poco se fueron manifestando algunas cosas, que tuve que percibir a la fuerza, aunque no lo deseara. Llegaban lentamente, pero su presencia abrumaba la vista. Los hechos permanecieron como antes, no se alteraron los detalles del terreno, lo cual era imposible, pero por vez primera observé algunos aspectos nunca antes percibidos; cosas triviales pero significativas para mí. Algunas de ellas salían de la memoria de los días recientes; otras se me aparecieron mientras iba de un lado a otro, inquieto e incómodo, sintiéndome bajo observación por parte de alguien que tomaba nota de mis impresiones. Los detalles tal vez fueran tonterías, pero el resultado total se presentaba con una dimensión formidable. Fui consciente a medias de que otros se esforzaban por hacerme ver. Era deliberado. Sin que lo deseara, la frase pronunciada por mi hermana chispeó en mi cerebro: “Una capa de influencias me llega a mí; otra te llega a ti”.

Como a través de los ojos de un niño vi lo que sólo puedo denominar un jardín de duendes: la casa, los terrenos, los árboles, las flores pertenecían al mundo de los duendes, el mismo que los niños conocen mediante las páginas de los cuentos de hadas. El suspiro del viento a mis espaldas fue lo que me ayudó a percibirlo al principio, y por ese motivo me di vuelta con brusquedad, sintiendo que algo se me quería acercar. Un viejo fresno, feo y deformado que sostenía una pérgola al final de la terraza junto a la cancha de tenis, alzaba sus hojas y las bajaba con un murmullo. Al contemplar el fresno tuve la impresión de cruzar en ese momento las puertas al jardín de los duendes agazapado debajo del jardín real. Por debajo, tal vez en un estrato más hondo, se hallaba oculto aquel otro en donde entraba mi hermana.

He nombrado al mío jardín de los duendes, pues poseía un aspecto raro de antigüedad escénica sin llegar nunca a lo pintoresco. Sería probablemente más certero decir grotesco, pues por doquier observé por vez primera una ligera alteración de lo natural causada por la exageración de un detalle o, con mayor frecuencia, su eliminación. Por todas partes la vida se detenía en su flujo, impedida de avanzar con su dulce y amoroso mensaje. Cierta influencia contraria le marcaba un alto, bien fuera suprimiéndola o torciéndola mediante la exageración. La casa, que por supuesto expresaba una mentalidad limitada, era una fealdad absoluta que no requería ser explicada. Lo mismo pude ver en el terreno y el jardín, en términos de forma y plano; pero que los árboles y las flores y otros detalles naturales compartieran la mis­ma deficiencia afectó la lógica de mi alma y me desalentó, Miré, y por todas partes encontré la misma mofa con el aspecto siniestro de algo no acabado. Traté en vano de recuperar mi punto de vista normal. Mi mente descubrió aquel jardín de duendes y daba vueltas y más vueltas en él, incapaz de escapar de ahí.

Era yo quien había cambiado, por supuesto, y los detalles que ilustraban dicho cambio suenan absurdos, mencionados aisladamente. Para mí constituyeron la prueba de todo; no puedo afirmar otra cosa. El toque del duende estaba presente: la forma de los árboles, plantados a intervalos regulares sobre el césped; el viejo fresno retorcido que suspiraba a mis espaldas; la sombra de las wellingtonias melancólicas, cuyas faldas barrían el pasto; pero principalmente, según observé, se manifestaba en las copas de los árboles. Los brotes del año anterior se encogían marchitos, y ninguno apuntaba al cielo. Su vida se había agotado justo en el momento que debía ser triunfal. El carácter de un árbol se expresa sobre todo en sus extremidades, y ahí precisamente el toque del duende las distorsionaba y las hacía doblarse hacia abajo en los retoños de los últimos años. Aquello que debió tener encanto propio, alegre, natural, se afeaba hasta alcanzar apariencias grotescas. La expresión espontánea quedaba censurada. Al percibir el jardín del duende, mi mente quedó cautiva en él. Y el lugar me hacía muecas.

Algo similar ocurría con las flores, pero la descripción de los detalles es mucho más difícil en ese caso. Los vegetales más pequeños me parecieron endemoniados, medio maliciosos. Incluso las pendientes de las terrazas lucían mal, como si sus extremos se enfermaran en esas construcciones lu­josas; los ángulos variables creaban una impresión confusa y poco familiar que hería la vista. Al andar por sus engaño­sas extensiones sería fácil perderse —¡perderse entre terra­zas abiertas!— teniendo la casa al alcance de la mano. El jardín carecía de cualquier hermosura; era un lugar donde resultaba imposible el reposo, con desequilibrio y casi lucha cundiendo por todas partes y creando la mayor discordia.

Además, el jardín invadía la casa y la casa invadía el jardín, y en ambos casos residía una idea de oposición a lo natural: el espíritu que dice “no” a la alegría. A lo largo de toda su extensión manifestaba un esfuerzo por llegar a otro destino, luchando por romper ataduras y escapar a una expresión libre y espontánea que merecía ser feliz y natural, pero dicho esfuerzo abortaba bajo el peso de esa sombra oscura. La vida se arrastraba por un angosto canal que no tenía salida y se volvía de modo horrible contra sí misma. En lugar de capullos y frutos, prosperaban las malas hierbas. Un intento de vida perceptible y enseguida un fracaso radical. No se alcanzaba la plenitud, porque no pasaba nada.

Con este peculiar estado de ánimo pude acercarme a entender esa antipureza tartamuda que el talento de mi hermana supo expresar. La antipureza es simplemente negativa, carece de existencia; tan sólo manifiesta la represión de lo auténtico, un balbuceo que busca establecer falsas fronteras a fin de confinar y limitar. La gran expresión completa de algo es pura, pero en el lugar sólo se admitía lo incompleto, lo no acabado; por lo tanto, lo feo: lucha, dolor y un deseo de huir. Me sentí retroceder de la casa y sus terrenos, lo mismo que uno retrocede cuando es tocado por un loco, alguien a quien la vida ha torcido. Era casi una mutilación.

Del pasado me llegaron recuerdos que confirmaron mi sensación de estar andando por un jardín monstruoso, donde se apresaba la libertad para cercenarla por la mitad. Recordé algunos días de lluvia que refrescaron el campo, pero que dentro del terreno no tuvieron ningún efecto y dejaban sediento el suelo agrietado por el calor del verano, y también los fuertes vientos que limpiaban los bosques y campos en otros lugares, y ahí se arrastraban con dificultades en­­tre el denso follaje que protegía a las Torres al norte, el oeste y el este, corrientes perezosas e ineficaces. No llegaba ningún viento de verdad. No pasaba nada. Más allá de las nociones de mi hermana sobre las distintas “capas”, comencé a darme cuenta con mucha más claridad de que actuaban influen­cias contrarias, con efectos destructivos para cada una de ellas. La casa y el terreno no estaban simplemente hechizados, sino que se transformaban en un campo de batalla de sensaciones e ideas del pasado, tal vez creencias impuras y terribles, donde todas competían por suprimir a las demás sin que ninguna alcanzara supremacía, por faltarles fuerza suficiente, y porque ninguna de ellas era verdadera. Y cada una, por añadidura, intentaba conquistarme, aunque una sola pudo penetrar mi espíritu. Por algún oscuro motivo —posiblemente porque existía en mí un sesgo natural hacia lo grotesco— el estrato del duende quedaba en la línea de menor resistencia…

En términos de mis pensamientos, el “jardín del duende” tan sólo revelaba mi interpretación personal, por supuesto. Percibí objetivamente lo que mi entendimiento captó de modo subjetivo tiempo atrás. Mi trabajo, señal inequívoca de mi espontaneidad vital, quedó parado en seco; era imposible producir. Me encontraba ya muy cerca de las causas de semejante esterilidad. Mejor dicho, la Causa se armó de valor y se me aproximó con insolencia. No pasaba nada en ninguna parte; casa, jardín y mente habían caído en la más comple­ta esterilidad, se malograban en la lucha, desgarradas por la contienda entre impulsos frustrados, feos, odiosos y pecaminosos. Pero detrás de todo persistía el empuje de la vida, el deseo de huir. Fui consciente de la esperanza —una esperanza insoportable— convertida en una corona de la tortura.

En alguna parte de mi ser donde la razón no entraba percibí otra cosa más oscura que me agarró por la garganta, y me encogí con una repugnancia que me produjo aversión. De inmediato supe de dónde salía esta oleada de aborrecimiento y asco, pues a pesar de verlo todo de un rojo repulsivo, creí percibir la capa bajo el duende, la existencia de un estrato más profundo. Uno abría el camino al otro, por decirlo así. Eran muchos y todos se interrelacionaban; al admitir uno se abría la puerta a todos los demás. Uno podría quedar definitivamente atrapado a menos que reaccionara: algo horrible. Sin embargo, luchaban por la supremacía con tanta violencia que la más reciente aparición fue de inmediato aplastada y ahogada, aunque antes se reveló un vislumbre, y el color rojo de mis pensamientos enseguida se trasladó densamente a lo que me rodeaba, convertido en sangre. Aquel aspecto espeluznante empapó el jardín manchando las terrazas, le dio al suelo el matiz de rituales de sacrificio que me cortaron el aliento, mientras el suelo me sujetaba los pies para impedir que me fuera de ahí. La repulsión intensa me producía simultáneamente una terrible curiosidad, una fascinación que me motivaba a permanecer. Me tambaleaba entre impulsos contradictorios, deslumbrado por la fascinación del horror. A través del velo del duende me hundí más y más en un estrato mucho más antiguo y violento. El estrato superior parecía pertenecer al mundo de las hadas, en comparación con este otro terror que nacía de la sed de sangre, rebosante de la angustia de las víctimas de sacrificios humanos.

¡Más arriba! Me comencé a hundir; me atrapaban los pies; en realidad, me hallé adentro. No podré decir qué fuerza atávica, oculta en lo más hondo de mi persona, tocó una vileza que me respondía y me proporcionaba un destello de comprensión intuitiva. Es probable que en todos nosotros la civilización haya cubierto apenas aquellos mundos. Realicé un esfuerzo supremo. Volvieron el sol y el viento. Podría jurar que abrí los ojos. Algo terriblemente atroz volvió a las profundidades de donde surgió, arrastrando consigo la imagen de bosques en­marañados, grandes rocas dispuestas en un círculo, figuras blancas inmóviles, una forma atada con cuerdas y el terrible resplandor de un cuchillo. Se dispersó la escena, lo mismo que el humo sobre un campo de batalla…

Me encontraba de pie en el sendero de grava bajo la segunda terraza cuando el ya familiar jardín del duende se presentó de nuevo danzando, mucho más grotesco que antes, con el doble de burlas, pero gracias al contraste con lo anterior, le di la bienvenida. El vislumbre de las profundidades fue momentáneo, al parecer, pues se había esfumado. El mundo común y corriente se presentó otra vez ante mí aliviándome, mas para siempre ominoso, debido al conocimiento que yacía bajo él. ¿Cómo podría la memoria de lo percibido por mí no dejar su espantosa huella en la calle, en el teatro, en las fiestas de mis amigos, en las salas de conciertos o aun en la iglesia? Me pareció que manchaba la misma estructura de mi entendimiento. Lo que ha sido pensado por otros no puede borrarse hasta que…

Con un sobresalto, mi ensoñación quedó interrumpida y desapareció, empujada por un ruido violento que consideré deseable por primera vez en mi vida. El ruido del motor significaba el retorno de mi anfitriona. No obstante, mi obsesión temporal se ejerció con tanta intensidad que mi visión inicial de ella fue… Bueno, fue muy distinta de lo que ya conocía. Con una expresión de tortura y angustia vi flotar a Mabel, una sencilla efigie cautivada por el pensamiento de otros, precipitándose a las profundidades de fuego y sangre que apenas se acababan de cerrar bajo mis pies. Quedó inmersa y desapareció, con una última mirada de sus débiles ojos buscando hasta el final a algún salvador que le fallaba. En su rostro lucía esa esperanza insufrible.

El misterio del lugar se iba haciendo más espeso a mi alrededor. El día estaba por concluir y el espectro del sol poniente resultaba tan irreal como en un cuadro mal pintado. El jardín en torno a mí se irguió en posición de firmes. No sé cómo explicarlo, pero puedo relatar exactamente lo que vi, pues ha permanecido vivamente en mi memoria: algo casi sucedió, y fui yo mismo quien ofreció el vínculo combinatorio a través del cual quiso manifestarse.

Me hallaba frente a la casa. En mi juicio aparecieron imágenes, no pensamientos reales, del automóvil, del té en la veranda, de mi hermana, de Mabel, cuando a mis espaldas, al abandonar el jardín, se produjo un movimiento horriblemente apresurado. La fealdad, el dolor, la lucha por escapar, el conjunto de agonías suprimidas que constituían el lugar, se enfocaron en ese segundo sobre un esfuerzo concentrado por producir algún resultado. Cayó encima de mí la tempestad cegadora de un deseo largamente frustrado que se alzaba detrás como una multitud angustiada. Estaba a punto de cruzar la frontera hacia mi normalidad cuando me atrapó y se aferró a mi ropa. Todo un diccionario de adjetivos descriptivos no me serviría para dar una impresión más apropiada que lo siguiente: la idea de una inmensa asamblea determinada a escapar conmigo, o a obligarme a volver entre ellos. Me temblaron las piernas durante un momento y detuve la respiración un instante antes de darme la vuelta y salir corriendo lo más rápido que pude sobre las feas terrazas.

En aquel preciso momento, como si se cerrara una puerta de hierro sobre una frase sin terminar, pensé en el comien­zo de algo terrible:

“Los malditos”.

Me persiguió la frase salida del jardín de los duendes que deseaba mantenerme en sus confines:

“¡Los malditos!”

Aunque sé perfectamente que la frase pertenecía a mi subjetividad y no la oía, era sonora, con un volumen muy alto que rugía a mis espaldas como el trueno, desde lejos y debajo de mí. La frase, sin terminar, volvió a hundirse en las profundidades que le dieron nacimiento. Se evitó que pudiera completarse. Como ya resultaba habitual, no pasó nada. Sin embargo, me persiguió como un huracán a mis espaldas mientras corría hacia la casa, y para dar una idea del sonido, sólo puedo mencionar los tremendos tonos bajos que se oyen cuando uno se pone a un lado de las cataratas del Niágara, que subyacen el estruendo de la cascada, pero se quedan adentro, sin hacerse audibles para todos… un ruido que se siente sin que se oiga definidamente.

En apariencia, resonaba en las superficies de las terrazas medio hundidas mientras trepaba por la pendiente final, pues se originaba en tal sitio, bajo ella. También se sentía en el viento que mecía las faldas de las wellingtonias marchitas. Los lechos de flores elegantes lo pasaban a las enreda­deras, rojas como la sangre, que trepaban sobre la fealdad de los muros de la casa. Se hundía en la estructura del edificio vulgar y antipático. Las Torres se lo llevaban consigo. Las malogradas ventanas y puertas semejaban bocas que dijeran las palabras mismas, y en los pisos superiores vi a dos don­cellas en el acto de cerrarlas de nuevo.

De pie en la veranda junto a la mesa del té, Frances y Mabel alzaron la mirada para recibirme. Ambos rostros expresaban conmoción. Me miraron avanzar hacia ellas, pero se encontraban demasiado distraídas por su propia angustia para darse cuenta de mi estado. En la cara de Mabel observé algo distinto de la expresión de Frances y mucho más intenso. Mabel sabía. Ella había compartido la misma experiencia y sentido la misma frase horrible, mas no por vez primera. Creo que además ella oía la oración completa hasta su terrible final.

—Bill, ¿no oíste un ruido curioso ahora mismo? —me preguntó Frances de sopetón antes de que pudiera yo decir palabra.

Se veía confusa, pero me miraba directamente, y en su voz sonaba un temblor que no lograba disimular.

—Es el viento —dije—, viento en los árboles y contra las paredes. Sopla de repente…

Mi voz carecía de seguridad.

—No, no fue el viento —insistió ella, mirándome de manera significativa—. Sonó como truenos distantes, eso nos pareció a nosotras. ¡Qué manera de correr, tú! ¡A qué paso cruzaste las terrazas!

Su manera de hablar me hizo saber de inmediato que ambas habían oído anteriormente el ruido y tenían ansias de verificar si yo también podía percibirlo. Buscaban mi interpretación.

—Admito que fue un ruido muy profundo. Puede ser de cañones en altamar —sugerí—, de cruceros o acorazados haciendo prácticas. La costa no queda demasiado lejos, y si el viento sopla en cierta dirección…

La expresión en el rostro de Mabel me hizo callar de repente.

—Igual que si se cerraran unas puertas enormes —dijo suavemente, en su tono descolorido—. Enormes puertas de metal que se cierran frente a una masa de gente clamando por salir.

La gravedad y la desesperanza de lo que decía me conmocionaron.

Frances entró en la casa en el momento en que Mabel comenzó a hablar:

—Hace frío. Voy a traer un chal.

Mabel y yo nos quedamos a solas, creo que por primera vez desde mi llegada. Alzó los ojos pálidos de las tazas de té y los fijó en los míos. Pronuncié la última oración en tono de pregunta.

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ISBN:
9786079889906
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

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