Kitabı oku: «La botánica del alma»

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La botánica del alma


ALHICIA S.

La botánica del alma

EXLIBRIC

ANTEQUERA 2021

© Alhicia S.

Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric

Iª edición

© ExLibric, 2021.

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ISBN: 978-84-18730-30-6

ALHICIA S.

La botánica del alma

A todas aquellas almas que desean brillar y,

en especial, a mi alma gemela.

Naturaleza terrestre

«Y las semillas de algo superior a mí debieron de caer sobre mi

alma, ya que desde entonces no ha dejado de crecer».

Botánica

Hay quien tiene detrás historias maravillosas por contar; otros, sin embargo, solo podemos suspirar al recordar.

Todo mi mundo se movía por sentimientos similares a las hojas de otoño que caen en medio de un bosque sombrío: algo frío, pero jamás falto de libertad ni ganas de expresar. Así iba a ser mi realidad.

Existen personas PAS (personas de alta sensibilidad) y entendí que sentir en exceso, algo que para unos podía ser terrible y hasta generar un sinfín de luchas y peleas internas, para mí era la única y mejor manera de sobrevivir a tanta naturaleza muerta.

Y es que todo lo que puedo contar es el resultado de una constante búsqueda, que me llevó a entender que la luna era mi hogar y mi felicidad la constante pasión por sentirme viva al expresar.

Noches llenas de dolor, mañanas con ganas de avanzar, ilusiones intactas por miedo a fracasar… La fe ciega en que vibraciones similares vibran juntas y, por ende, la tranquilidad y esperanza que da el amar la vida en general.

Girasoles

Hay dos tipos de personas: las que al mirar al cielo ven el sol, reluciente cual amarillo cristal; y otras que, al alzar la vista, solo ven una mancha rocosa en forma de media sonrisa lunar. Que esté en el segundo grupo, que ame la luna, no significa que odie el sol.

El sol es naturaleza viva, despertar de conciencia, energía que te hace brotar, pecas que forman constelaciones de color, luz que pone en pie tus sentidos, que se cuela por la ventana de los huesos dando fuerza, fe y esplendor. Pero a la hora de acurrucarme, imaginar y soñar, llorar, pedir y suplicar, el sol nunca me podría dar tanto calor como la gran esfera lunar.

Un día me surgió una idea. Yo, que amaba la luna, pensé: «Igual que hay flores que giran en torno al sol, que buscan su energía y seguridad entre los rayos que hace brotar, también debe de haber especies que giren en torno a la noche, a la luna, a su luz, a su magia al brillar. Que se sienten en casa al verse rodeadas de estrellas y piensen: “¡Ese planeta es mi hogar!”».

Yo era una de esas especies. Nos denominé «giralunas».

Tan altos como el bambú

Hubo una época en la que solo queríamos «ser mayores», más libres, tomar nuestras propias decisiones, dejar al niño interior para ser adultos de cara al exterior, alzarnos hasta ser imparables, altos como el bambú.

¡Qué necesidad de expresar! Qué valentía aquella que nos permitía soñar. Qué dispuestos a todo, sin pensar que podía ser el comienzo de la decadencia que el alma intenta parar. ¿Cómo puede ser que ahora echemos de menos la infancia con las ansias que teníamos por crecer y alcanzar la libertad?

Mi mundo siempre fue peculiar: fantasía, historias y lápices para colorear, familia resumida en «mamá», pensamientos plasmados en folios que pintar, preguntas sin respuesta en forma de «papá», sentimientos y lágrimas que solo la luna podía calmar.

Y ahora pienso para qué tantas ganas de crecer si todo sigue igual, el doble de irreal, la mitad de peculiar, todo desencajado por miedo a no encajar.

Deshojar margaritas

Todo comienza a vibrar, sientes que algo empieza a crecer, crees que es ese sentimiento al que llaman amar. Y empiezas a deshojar margaritas con miedo a que llegue el final: «Me quiere, no me quiere… Claro que me quiere».

Pero escuchas a tu intuición, una voz que viene desde algún lugar más allá de la ilusión. A veces habla a gritos, diciendo: «Puede que sea él; no huyas, abre el corazón». Otras veces te susurra: «Huye, huye rápido, igual de rápido que él te va a echar de su colchón». Pero hay otras que dice: «Inténtalo, no pierdes nada. Solo es otra margarita más».

Entonces entendí que el amor es como un folio en blanco. Claro que da miedo comenzar y nadie sabe cómo va a terminar: quizá lleno de colores, rojos, claroscuros, manchas o garabatos, dibujos sin sentido o tan hermosos como el mar. O quizá sin más, en blanco, sin nada que contar.

Pero siempre pienso que más vale tener un cuaderno viejo y hasta roto, o incluso uno por estrenar, que estar mendigando folios por no tener donde pintar.

Reglas para brotar

1.Cuando caigas, que lo harás, súbete encima de tu esperanza, apóyate y echa a andar.

2.Cuando llores siente las lágrimas, siente la limpieza del alma, déjalas marchar.

3.Cuando respires hazlo lento y profundo, siente tus pulmones llenos de flores y hazlas brotar.

4.Cuando ames… ama de verdad.

5.Cuando sueñes mira al cielo y pídelo como un deseo que solo se tiene que materializar, pero ya está.

6.Cuando encuentres algo que te apasione conviértelo en tu trabajo y no lo dejes jamás.

7.Cuando sientas ira o frustración no hace falta ir a por la solución; simplemente, siente cómo tu interior te pide a gritos que sigas viendo con el corazón.

8.Cuando te hable tu intuición cierra los oídos a todo ruido exterior.

9.Cuando sientas que hay algo para ti ve a por ello con fe. No mates oportunidades, déjalas crecer, y si por miedo sale mal…

10.… Vuelve al punto 1. Vuelve a empezar.

Entre algodones

Cuánto daño puede hacer el miedo. Nos quedamos anclados en una idea por el miedo a descubrir que hay más después de ella. Es mucho más fácil pensar que todo está predestinado y que si algo tiene que pasar pasará, que no hace falta salir ahí fuera a buscar.

Cuántas veces me quedé sentada viendo el tiempo pasar, las hojas caer, a mi mente suspirar, sin más ganas que las de huir hacia algún sitio que pudiera considerar hogar.

¡Qué absurda necesidad por miedo a los golpes que algo superior a mí me pudiera dar! Porque lo que no has aprendido de manera consciente lo vas a aprender a través de miles de muros que tendrás que escalar. Qué terrible estar entre algodones por el miedo al qué diré, al qué dirán.

Y llega el día en que estás en tu cama, tumbado, mirando por la ventana, pensando si saltar o seguir maldiciendo el momento en el que te quedaste anclado, suplicando respuestas sobre qué hacer a eso que tú llamas fe.

Y se te dan.

Y ahora que las tienes… ¿coges todos tus miedos y vas?

Coníferas sin piñas

Relaciono la infancia con los sueños y la posibilidad de alcanzarlos. Nacemos con determinados dones que, si conseguimos no abandonarlos, entenderemos que por ellos hemos venido a este mundo, a cultivarlos.

A aquel que se pasa todo el día cantando, lo callan.

A aquel cuya única distracción es subirse a los árboles a investigar, lo bajan.

El que encuentra su fascinación en las estrellas, al suelo debe mirar.

A aquel que por mejores amigos tiene a los libros le dicen: «Qué solo estás».

A los que en clase y de tarde solo nos refugiaba pintar o escribir, nos hacían coger los libros de texto para al cerebro confundir.

Sin eso nos sentimos abandonados, vacíos, secos, como un gran bosque de coníferas sin piñas.

Pero hay esperanza. Si eres capaz de encontrar en tu interior aquello que nos quitaron de niños, aquello que nos hacía inmensamente felices y especiales, encontrarás un motivo para levantarte. No importa qué sea, si dará dinero o no, si será útil o un pasatiempo; si lo encuentras de nuevo no lo dejes ir, ya que si realmente sale del alma no hay nada que te pueda hacer más rico y feliz.

En este mundo lleno de gente y posibilidades habrá un hueco para tus piñas, siempre.

Te lo prometo. No las dejes ir.

Nicotiana tabacum

Antes de dormir no repaso mi día, descifrando aprendizajes, ni rezo ni pido o busco algo en el interior. Ni siquiera agradezco a algo superior. Antes de dormir me gusta fumar, ver cómo el humo ondulante recorre cada pared y sección, envolvente como cada uno de mis sueños atrapados en esta habitación, efímero como cada sentimiento que hizo añicos este amasijo de piel, sensaciones y huesos al que llamo «yo».

Otros quizás pasan horas preguntándose el porqué de sus actos, el cómo de su futuro, el cuándo de ese amor que se fue, el cuánto a las horas hasta que llegue el amanecer; pero esa forma de matarme me parece cruel.

Antes de dormir me gusta encontrarme con cada uno de mis odiados recuerdos, de mis aterradores demonios, de mis horribles miedos, darles una calada y desear que a la mañana siguiente solo alguno de ellos se haya consumido, igual que cientos de mis cigarros, en el cenicero.

Germinar

Siempre me he preguntado el porqué de mi nacimiento o el porqué del tuyo y del de los demás. Es complicado pensar que nosotros elegimos venir a este mundo de sufrimiento y degradación, de pena y dolor, y que todo empieza con un llanto al abrir los ojos al exterior. ¿Así debe comenzar? ¿Ese llanto es una señal de cómo será lo demás? Y lloras más.

Pero déjame decirte que ese llanto no es sin más; es un cúmulo de primeras emociones que no sabes expresar, es la respuesta a todo el llanto que te queda por pasar, la primera semilla de todo lo que está por germinar.

Es la emoción de la primera luz al respirar.

Es el miedo ante lo que no sabes que vendrá.

Es la alegría de saber que algo enorme está por comenzar.

Es el sentimiento de amor brotando por tus ojos, como espejo de tu interior que son.

Es la incertidumbre y la ansiedad de no saber quién te va a cuidar.

Es el sonido de la voz de alguien a quien amas de verdad.

Es mirar al universo y no saber dónde encajar.

Es la inmensa nostalgia de saber que ya no eres dos, que ya eres individual, nostalgia que te acompañará hasta que decidas no estar.

Y es que el primer llanto es el más importante, el que vaticina el porqué de todos los que vendrán, pues lo que sentirás a lo largo de tu vida ya lo has sentido en otra realidad. Por eso mismo llora, deja que brote de tu alma, deja que esas lágrimas que a veces no sabes contener ni por qué están te den la respuesta, el alivio y la serenidad de lo que tu corazón necesita expresar.

Flores secas

Me resulta el mundo una paradoja infinita:

El que tiene agua no tiene sed.

El que desea tiempo no sabe en qué gastarlo.

El que está enamorado siente ansias de libertad.

El que está solo lo prefiere así.

Al que tiene mucho nada le sobra; el que no tiene cree que lo tiene todo.

El que tiene religión tiene miedo a la muerte; el que tiene fe se siente muerto.

El que tiene flores secas y campos baldíos los desea vivos; el que tiene flores vivas las seca para recordar.

El que tiene una esperanza carece de sueños alcanzables…

Y a mí, que solo tengo noches, me faltan lunas para hablarles.

Trébol de cuatro hojas

Miro, pero no enfoco. Demasiada claridad entra por la ventana. Un rayo de luz inunda todo, se cuela por las rendijas de mi cuerpo, por los recodos de mi pensamiento, por el interior de mis huesos, trayendo la calma. ¿Será esto eso que llaman esperanza?

Todo comienza a despejarse, ya no busco sentido a lo que no lo tiene, ya no busco respuestas a por qué soy de una manera o por qué hice tales cosas o aquellas elecciones. Ya no hay preguntas. Todo era inevitable.

Demasiado tiempo desamparados, esperando que algo nos diga que hay luz. No al final del camino, sino al principio y en el recorrido. Y esa luz, como si de un trébol brillante y verde se tratara, se abre paso en el desierto sombrío de los sentimientos y llena el alma.

Ya nada importa, porque ni el futuro es cierto ni el pasado es verdadero. Todo son lecciones. Lo único que tengo es esta ceguera de luz que me abraza y que dice entre susurros que mientras haya aliento habrá esperanza.

Raíces

No olvides quién eres.

Aunque las circunstancias te indiquen que todo ha acabado, no olvides que cuando estés listo tú eres el comienzo. Cuando las fuerzas flaqueen y no encuentres sustento, no olvides tu fuerza interior blanca como un lienzo. No olvides tu nombre. No olvides la raíz de vida que te ancla a esta tierra. Cuando recuerdes a o te cruces con, no olvides la belleza de tus sentimientos; ellos te dirán por dónde ir.

Aunque el mundo te decepcione, no olvides que tu amor es el único que jamás te decepcionará, ya que es perfecto para ti. Lo demás igual que viene se va.

Sujétate a tu fe si quieres, agárrate a tu orgullo y a tu forma, a tu sonrisa y a tus sueños, aunque vengan situaciones que se estrellen como meteoritos en tu corazón. No olvides que jamás estarás solo si te sientas a charlar contigo mismo en un sillón.

Y si crees que tú eres el problema, no olvides que también eres la solución.

No olvides que tú eres.

Barro en mis venas

Nunca suelo entenderme, ni en decisiones o elecciones ni en pensamientos o sentimientos. Si busco una explicación solo digo: «Me salió del alma», porque solo de ahí sale la verdad.

No me verás justificarme ante nada o nadie ni dar detalles de lo que siente mi interior, ya que saldrá la rebeldía por cada poro de mi piel al exterior.

Porque si te contara te verías enfangado entre el barro de mis venas; si te explicara caerías en el mismo pozo profundo en el que caigo yo, pero no sabrías salir. Y yo vi el sol.

Si perdiera el tiempo en explicarte el porqué de mis acontecimientos o la razón de mi certera forma de ser, entrarías en un huracán de fuego que, por miedo, no serías capaz de apagar. Sin embargo, yo tengo agua para inundar a todo aquel que quiera preguntar.

No dejes que te etiqueten, no permitas que te juzguen, no des explicaciones, ya que jamás existirá un ser, divino o terrenal, que pueda condenarte por tener un alma tan especial.

Pensamientos

Sentada en un banco una mañana de domingo, no me hace falta el libro que llevo en la mano. Empiezo a ver cómo la vida se sienta conmigo.

¿Dónde irá toda esa gente? ¿Serán como yo? Van y vienen, sonríen, despiertan de su letargo y empieza su vagar por esas calles donde las hojas van con prisa, se arremolinan y el otoño se acerca, no avisa.

La melancolía saluda, llegan historias jamás vividas y las vividas no aparecen como son; recuerdos que, más que gratos, son un cúmulo de sentimientos extraños. Pero son míos. Si algo tengo más que mi nostalgia y mi alma, que me lo quiten. Solo necesito donde el sentimiento habite.

Ya huele a viento, a anocheceres tempranos, a rayos de sol tardíos. Si al fin llueve, me sentaré a mirar por la ventana cómo crecen los pensamientos plantados en mi jardín, preguntándome si esta nostalgia mía me llevará a algún lugar en el que tanto tú como yo ya hemos estado: un futuro esperanzador que ya no carga con el pasado, un bosque repleto, más de que flores, de ilusiones. Ilusiones tan grandes como nuestras ganas de serlo; porque si algo tengo claro es que somos la generación de los sueños, esa que vive constantemente en pie de guerra por conseguir lo que nos dijeron que no podíamos o debíamos.

Nos podrán quitar los medios, pero jamás el sentimiento de que, al fin, lo lograremos.

La belleza de las peonías

Dicen que la belleza depende de los ojos del que mira. Yo más bien creo que es de la energía que transpiras. Tan subjetiva, tan diáfana y poco duradera que darle más importancia de la que tiene puede llevar a marchitar el jardín de peonías más bonito de la Tierra.

Hubo una vez que lo busqué todo fuera de mí; en mis pétalos, nunca en mis raíces; en mi exterior, jamás dentro. Dentro, solo belleza muerta.

Hubo una vez, y miles de ellas, que fui débil sintiéndome extraordinariamente fuerte, que encontré la belleza en mis huesos. Cada mañana más bella, cada mañana más muerta. Y morí.

Pero hubo una vez que, tras tantos años de naturaleza muerta, resucitaron las flores.

Así que riégalas. Riégalas con llanto, con emociones, con vivencias y experiencias, limpiando todo aquello que crees que te hace menos perfecto. Y no olvides que la belleza está en el alma, no en el cuerpo que habitas.

¿Quién no ha soplado un diente de león?

Miramos el cielo y nos conmovemos. ¿Cómo podría alcanzar tanta libertad?

Estoy cansada de estar anclada entre las mismas piedras, de sentirme atrapada en una vida y unos sueños que, más que míos, intuyo que son de algún creador que solo tenía ganas de reírse a mi costa.

Miro a mi alrededor y solo veo gente pidiendo a algo superior, rezando por encontrar respuestas, calmando frustraciones con vaivenes poco duraderos. Qué tristeza ser yo una más como todos ellos.

Acaba el día y estoy tan cansada de mí misma, de estos huesos, de este huracán de sentimientos contradictorios. Llega la noche y no sé si enterrarme bajo las sábanas o salir desnuda al balcón y flagelarme mirando la noche estrellada. Acabo tan cansada que lo último que deseo es que alguien me diga: «Descansa».

Que me soplen cual diente de león de flores secas. Que alguien me pida, como pedí alguna vez mi mayor deseo. Solo eso.

Cerezos en flor

Si miramos atrás, ¿qué vemos? Unos dirán que risas de infancia, romances apasionados; otros, penurias y hasta hambrunas, calidez de hogar y otoños pisando charcos de felicidad o soledad nocturna hablando con la luna desde la habitación. Nostalgia. Ojos de nostalgia. Unos desean volver; otros deseamos no regresar.

Quizá llegue el día en que nos replanteemos lo pasajeros que son los años y minutos; sentimientos que duran una eternidad o sensaciones que duran dos meses vivas, cual cerezos en flor. Pero igual que las hojas caen y marchitan, renacen cada vez más bellas, cada vez más conscientes de lo irrisorio de este paseo.

Opciones. Se nos dan múltiples opciones posibles. Cuál coger depende de los susurros del alma, leves, inaudibles, no sonoros pero fuertes. Tanto que si prestas atención te resquebrajan toda razón. Escucha.

Y te pregunto yo: si algo tan efímero como un cerezo en flor puede renacer, ¿por qué tú no?

Olor a tierra mojada

Se escucha tormenta, vienen truenos. ¿Qué nos querrá decir? El cielo no guarda secretos.

Siento que puedo mimetizarme con cada gota que cae con delicadeza, con las flores que bailan al son de la lluvia, con los pájaros que aguardan en el alféizar de mi ventana, contándoles que hubo una vez que soñé con ser agua.

Qué extrañas pasiones, como el olor a libro viejo que me transporta a mil vidas pasadas, como el café que bebo esperando a quien amo en mi cama. El sonido de los truenos colándose por la ventana, la luz reflejada en los pinceles esperando a que haga magia.

Peculiaridades. Calcetines dispares, tazas de té a medias, cigarrillos consumidos por su propio peso, tardes de no hacer nada, noches de pensar en todo. Acuarela en mi ropa, tinta en mis nudillos. Sombreros colgados en la pared, fotos guardadas en el cajón. Pasiones que bloquean mis sentidos. Como andar descalza. Como soñar con hadas. Como el olor a tierra mojada que se cuela en mis pulmones y encandila mi alma.

Hay cosas tan pequeñas y grandiosas que nos hacen vibrar; cosas tan nuestras que hacen sentir que nos hicieron de forma única, entre unos y otros, nada similar.

Y comienza a llover.

«¿Seré raro?», nos preguntamos mientras aspiramos…

Rosas en febrero

Como un pájaro que vuela sobre grandes ciudades hechas de bosque y verdes nogales me sentí cuando me miró. Como una amapola entre un campo de girasoles me sentí cuando lo descubrí.

Qué belleza de sentimiento, qué terror mirar sus ojos y verme mirando al cielo, rezando por que su alma fuera como la esperaba. El cielo de París hecho huesos, sinfonías escritas sobre su piel, cuadros recreados con sus ideas, flores en sus manos, arte en su sonrisa, dolor en sus pupilas.

¿Qué era ese vibrar que recorría cada uno de mis siete chacras? ¿Qué eran esas ganas de comerme el mundo y luego sus ojos mermelada? ¿Cómo podía ver en sus palabras tanto amor atrapado en un sinfín de vidas no vividas? ¿Cómo podía amar en cuatro segundos su mirada infinita?

No me preguntes qué es el amor, ya que solo sé de su negro pelo enredado, de sus lágrimas sobre mis mejillas, de sus clavículas perfectas para apoyar mis ideas, de su rebeldía innata. De su vibración exacta. De su energía fluyendo con la mía en la misma habitación.

No lo sé con exactitud. Quizá fue su olor a rosas pintadas de azul.

No me preguntes, porque no sé nada.

Solo sé que febrero ya no es un mes. Febrero y el amor eres tú.

Como abejas a la miel

Soy consciente de que cuando queremos algo con muchas ansias la expectativa es tan grande que al rozarlo con los dedos ni se acerca a lo que pensábamos.

Y así vivimos, en un ir y venir de querer, no poder, desearlo, tener y dejar ir. Quizá por miedo a dejar de soñar, quizá por exceso de fe.

Lo que todo el mundo cree correcto para mí es una incomprensión. ¿Cómo puede ser que nos fascine tanto lo que la sociedad cree perfecto? Tanto que vayamos a ello como abejas a la miel. Frustración. Degenerando el alma en compasión.

Abre la puerta y vuela donde encuentres tu tribu y tu hogar, donde veas campos llenos de panales y en ninguno quieras aterrizar. Sal de la colmena y si alguien juzga, que sea tu interior mostrándote que has estado demasiado tiempo ahogándote en la miel de tu propia pena.

Flores de azahar

Cuando llega la noche marchito y renazco al mismo tiempo. Música, velas y luna, mi santa trinidad. Se mezclan los sentimientos como el humo que desprende mi boca en la oscuridad. Sombras en la pared, cada una de ellas con nombre propio. Todas ellas son yo.

Caballo que galopa entre flores nocturnas, enredándome en ellas sin saber cómo salir. Envuelta en sus pétalos y olores me llevan hasta nostalgias y futuros, presente y fin.

Las estrellas me cuentan que cada vez que cerramos los ojos y creemos dormir nos visitan todas nuestras posibles vidas; se quedan en forma de sueños, pero al despertar las dejamos ir. Recordarlas sería una buena forma de morir.

Desde pequeña recuerdo cada uno de mis sueños con pasmosa exactitud. Volar entre nubes, amores que marchaban, muertos con mensajes que descifrar, olas gigantes que producía el mar, paseos por inmensos jardines de flores sin pintar.

Y dirás que los sueños sueños son, simples jugadas del subconsciente que revelan pasiones y frustraciones ocultas, pero la próxima vez que despiertes háblame de la sensación de haber tocado la realidad envuelta en flores de azahar.

Los geranios de mi balcón

Creo que el olor de una madre es como una sombra que acompaña el resto de nuestra vida. Su voz, el despertar que confundirás con pájaros al amanecer. Sus manos, las que querrás que te sostengan cada día que tu alma respire.

Mezcla de sentimientos, nostalgia y gratitud uniéndose a infancia y preguntas sin responder.

Quizá por lealtad jamás hacemos lo contrario de lo que suelen decir, la tuya o la mía. Quizá por ser siempre suyos no nos dejamos crecer.

Vidas que no son dos, sino una; miedos y decisiones que, más que tuyas, son suyas; amor tan eterno que no es amor, es infinitud; espejo en el que te miras y, por parecido, no sabes si eres ella o tú.

Y llegará el momento en el que ya no haya más que preguntar, no necesitaré saber más. Meteré mis recuerdos y hasta reproches en un jarrón y solo recordaré, con impoluto amor, lo bonita que estaba cuando se sentaba al lado de los geranios de mi balcón.

Granos de cacao

Las personas tenemos dos caras, quizá no opuestas; pero sí una propia, que otorga el alma, y otra que creamos para que duela algo menos.

Aparentamos.

«De tanto creerte una mentira se convierte en realidad». Y así pasamos por la vida, sin saber quiénes somos y sin intención de averiguar. Cuántas almas escondidas desde que no salíamos a jugar, cuántos sueños enterrados por miedo a que alguien nos pudiera juzgar.

Y nos convertimos en un espejo roto de nosotros mismos, un espejo en el que a veces ni nos podemos mirar por engaño, porque los gritos del alma son más fuertes que cualquier trozo de cristal.

Párate a mirar.

Recuerdo que un día me senté, miré y pregunté. Lloré. Esos ojos llenos de vaho no eran míos. Solo dulzura embadurnada en chocolate blanco y mi alma amarga como granos de cacao.

Lluvia en el alma

Son épocas difíciles para los que preferimos guiarnos por el corazón a vivir en un mundo que no siente más allá de lo que ve o que ni quiere ver.

Son momentos complicados para los que abogamos por los sueños que cumplir y las ganas de vivir, para los que anteponemos las pasiones a los medios, para los que queremos el todo sin opción a conformarnos con menos, para los que preferimos mirar a los ojos que a unas pupilas virtuales.

Y es que vamos siempre tan deprisa, mirando al suelo, sin observar, viendo a la gente pasar sin pararnos a saludar, escondiéndonos de quienes realmente somos, publicando verdades que no son verdad. Preferimos no sentir; simplemente, seguir. Llenos de responsabilidades y sin horas suficientes en ese reloj que no dejamos de mirar, porque perderse en los segundos y minutos divagando sobre nuestra verdadera necesidad no es real.

Dejemos de capturar momentos «para siempre» y vivámoslos solo un instante. Fotografiemos con el alma, escuchemos cara a cara, sintamos esa tormenta que nos moja el cuerpo y el aura, porque solo si te permites mojarte brotarán pequeños tallos de grandeza incalculable.

No llenemos la vida de cosas superfluas, dejemos que sea la vida quien nos llene. Convirtamos estos momentos imposibles en posibles, seamos la humanidad de las ganas y los puedo, de los sueños y los retos, de la lluvia en el alma y los pies un poquito más lejos del suelo.

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9788418730306
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