Kitabı oku: «Su seductor amigo»

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Editado por Harlequin Ibérica.
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28001 Madrid
© 1998 Peggy Bozeman Morse
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Su seductor amigo, n.º 1060 - septiembre 2020
Título original: The Marriage Assignment
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-129-6
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
LA PUERTA del despacho de Jye se abrió con tanta violencia que éste creyó que en la estancia iba a irrumpir un equipo de bomberos; pero quien entró fue una rubia platino de un metro sesenta de altura enfundada en un traje amarillo canario.
–Buenos días, Steff –saludó, dejando el informe que había estado leyendo–. Duncan me dijo que habías vuelto.
–¡Él lo sabía! –respondió a modo de saludo.
«Oh, oh», pensó Jye, que habría preferido a los bomberos. Stephanie Worthington furiosa no era algo a lo que un hombre debiera enfrentarse sin al menos un whisky en el estómago y otro en la mano. El modo en que podía oscilar de la volatilidad a la vulnerabilidad era capaz de dejar a una persona en un desequilibrio emocional.
–¿Puedes creerlo? –demandó ella–. ¡Sabía en todo momento que estaba casado! ¡Quiero decir, lo sabía y no dijo ni una sola palabra! ¡Oh, Dios! ¡Estoy tan enfadada que podría arrancarle el corazón! No estaba preparada para que me lo soltara de esa manera. Incluso ahora me cuesta creer lo sucedido, y…
–Stephanie –interrumpió, sabiendo que si no la cortaba en ese momento podría divagar durante una hora sin que él se enterara de nada–. ¿De qué estás hablando? ¿Quién lo sabía?
–El padrino, por supuesto –fue de un lado a otro sin dejar de pasarse la mano por su corto pelo–. ¡Ha sabido en todo momento que estaba casado y yo ni siquiera me enteré hasta ayer por la noche! Así… –chasqueó los dedos–. ¡Se levanta y se casa sin decir una palabra!
Cualquiera que no conociera a Duncan Porter habría pensado que la evidente irritación de su ahijada al descubrir que ella era la última en enterarse de su matrimonio era comprensible. Pero Jye conocía a Duncan Porter. También era su tutor y lo había criado desde los diez años. Lo cual habría sido reto más que suficiente para cualquier soltero, sin los quebraderos de cabeza adicionales de educar a la airada y gesticulante rubia que no paraba de moverse en el despacho de Jye.
–Quiero decir, ¿puedes creértelo? –repitió.
Jye no podía. La idea de que Duncan, de setenta y dos años, se hubiera casado sin mencionárselo a ninguno de los dos resultaba incomprensible. No, imposible; incomprensible era Stephanie.
–¡Maldita sea, Jye! –bufó–. ¿Es que no vas a decir nada? No me vendría mal un poco de simpatía.
–Lo siento –murmuró, luchando por contener una sonrisa–. Te prometo que te brindaré toda mi simpatía si te calmas y me cuentas de qué demonios estás hablando.
–¡Hablo de Brad Carey! –su tono y su mirada impaciente indicaron que el nombre debería significar algo para él.
–Carey… Carey… –el nombre resultaba vagamente familiar, pero…– ¡Ah! ¿Te refieres al tipo que Duncan ascendió a Director de Diseño hace más o menos una semana?
Un suspiro sonoro y un gesto de ella confirmaron que había identificado al hombre. Jye apenas iba por el departamento de diseño, y en las raras ocasiones en que tenía que tratar con él lo hacía a través del director, pero Carey y él aún no habían necesitado ponerse en contacto.
–¿Y? –instó cuando Steff no añadió nada más–. ¿Qué pasa con él?
–Te lo acabo de decir –espetó–. Se casó.
–Entonces es él quien necesita mi simpatía, no tú –ese comentario por lo general habría provocado uno de los discursos a favor del matrimonio de Steff; pero lo único que consiguió fue que frunciera los labios y parpadeara con vehemencia–. ¿Steff? ¿Qué pasa?
–¡Se casó con Karrie Dent!
–Hmmm… ¿su secretaria? –Jye tuvo que volver a esforzarse por darle una cara al nombre.
–¡Sí! –exclamó antes de menear otra vez la cabeza–. Todo es una locura. Quiero decir, ¿puedes creerte que de verdad se casara con ella?
–Bueno, ella siempre me dio la impresión de ser más el tipo de persona orientada hacia su carrera que la amante de un ejecutivo –ofreció, ya que estaba claro que Stephanie quería su opinión–. Pero es atractiva, así…
–¡Jye! –le lanzó una mirada de «¿eres un completo imbécil?»– ¡Sólo se casaron para que Brad pudiera conseguir el ascenso! –el tono rebosaba desaprobación e indignación–. Es lo que se conoce como matrimonio de conveniencia.
–Un matrimonio de conveniencia… –Jye rió–. Esa sí que es una tontería.
–¡El único tonto eres tú! –replicó, antes de musitar lo que podría haber sido una disculpa y respirar hondo para calmarse–. Por si no te has dado cuenta, este asunto no me parece gracioso.
–Es evidente. Pero desde donde estoy yo, siempre y cuando no sea mi boda, pequeña, no me parece el fin del mundo.
–¡No lo entiendes! –en esa ocasión se pasó las dos manos por el pelo, revolviéndolo por completo–. ¡Jye, no se aman! ¡Toda la situación es un desastre!
Stephanie era una romántica incurable y, por ende, sus emociones y reacciones siempre resultaban más extremas que razonables, aunque a Jye le sorprendió la pasión con la que reaccionaba ante el matrimonio de dos empleados de la empresa.
–No sabía que tú y esa tal Karrie fuerais tan amigas.
–Bueno, lo éramos. Lo somos. ¡Oh, no lo sé! –respiró hondo y suspiró–. Sólo llegamos a conocernos cuando quise que alguien trazara algunos planos para mejorar mi cocina…
Hizo falta toda la voluntad de Jye para que no estallara en una carcajada. La única mejora útil que Steff podía hacer en su cocina era forrarla con plomo y donarla al gobierno como contenedor para residuos nucleares. El sólo hecho de recordar su reciente intento de hacerle una tarta de cumpleaños a Duncan bastaba para que se le encogiera el estómago.
–Descubrimos que teníamos mucho en común, y por ello a veces al salir del trabajo salíamos. Nada especial, ir al cine, a cenar o a dar un paseo por la playa, ya sabes. Pero una noche regresamos a mi casa y… bueno, nos sorprendió descubrir que nos atraíamos mutuamente, pero una cosa llevó a la otra y terminamos besándonos y…
–¿Qué? ¡Stephanie! –ella se sobresaltó al oír el tono de su voz. Jye no había pretendido gritar, pero… Demonios, no era un puritano, aunque…
–¡No me mires así! Besarse es algo perfectamente normal. Tengo veintiséis años y estoy enamorada de él.
–¿De él? ¿Te refieres a Carey?
–Sí –lo miró con expresión cansada–. Brad Carey, del departamento de diseño. Bueno, como iba diciendo…
Jye sintió un profundo alivio. Había mezclado a Karrie con Carey y durante unos segundos su actitud abierta de vivir y dejar vivir se había visto sacudida.
–Oh, Jye… me siento tan confusa.
–Cuéntamelo –musitó; una elección desgraciada de palabras, ya que Stephanie las tomó al pie de la letra y comenzó una exhaustiva narración de lo que sentía por Carey. En una crisis de negocios Steff podía ser el Peñón de Gibraltar, pero cuando se trataba de su vida personal se venía abajo en seguida, al menos delante de él. Con Duncan siempre lograba mantener un aire de estoicismo en deferencia al credo de reserva del hombre mayor.
–No sé si me siento más desgraciada o furiosa –dijo con suavidad–. Fue tal sorpresa. El padrino me lo dijo en el momento en que bajé del avión y… y…
Así como Steff rara vez lloraba, el frágil temblor de los labios pintados y el rápido parpadeo le indicaron a Jye que era hora de intervenir y distraerla.
–Cariño, estoy seguro de que todo esto te parece devastador en este momento, pero a riesgo de sonar poco sensible y cínico… bueno, te enamoras más veces que las que yo me duermo.
–¡No es verdad! –la expresión de indignación herida la tenía muy dominada. Él la había visto usarla innumerables veces en su juventud para convencer a Duncan de que era inocente de cualquier travesura en que la hubieran descubierto; pero Jye era menos ingenuo. La miró fijamente hasta que ella no pudo dejar de esbozar una sonrisa tímida–. De acuerdo –musitó–. Corrige eso a «más veces que las que duermes en tu propia cama», y lo aceptaré. Pero esta vez es diferente.
–Hmm.
–Hablo en serio, Jye –afirmó con convicción–. Lo que siento por Brad era… es –corrigió– realmente especial. Él es… bueno… es único.
–Único, ¿eh? Me lo imagino –dijo con asombro–. ¿Quién habría pensado que Brad tendría tanto en común con todos los chicos de los que te enamoraste en los últimos diez años?
–¡Pero de eso trata! Brad no es como los chicos de los que me enamoré antes –una sonrisa extasiada apareció en su cara–. Es inteligente, considerado, compasivo, divertido y… y… –agitó los brazos–. Y maravilloso.
–¡Y está casado! –le recordó–. Palabra que no sólo hace sonar campanillas, sino que incluso evoca imágenes de anillos y campanillas –el rostro de ella quedó consumido por una expresión de absoluta desolación, haciendo que Jye deseara no haber sido tan directo. Demonios, quizá ese Carey era especial de verdad. Rodeó el escritorio y le pasó un brazo por los hombros abatidos–. Lo siento, cariño. No ha sido justo. Lo último que necesitas es que yo te lo recuerde. Pero puedes conseguir algo mejor que un tipo que es lo bastante estúpido como para dejarte. En este caso el perdedor es él.
–Gracias, Jye. Pero, por desgracia, en esta ocasión eso no hace que me sienta mejor.
–Funcionó cuando te separaste de Tom –adoptó una expresión cómicamente asombrada–. Y con Dick y con Harry. Por no mencionar a Risueño, Gruñón, Dormilón y todos sus predecesores.
–Sí –ante su intento de humor ella hizo una mueca–, supongo que después de mil repeticiones todo pierde impacto.
–Muy bien, pero no deja de ser menos cierto. Entonces, qué te parece si dejas de ir de víctima y empiezas a mirar el lado bueno, ¿eh?
–Cielos, Jye, tu simpatía y compasión resultan abrumadoras –hizo un mohín.
–Tal como yo lo veo, Steff, tú ya sientes bastante pena por ti misma. Alimentar tu desgracia con una falsa compasión sólo te animará a pensar más en ese idiota –tiró de un rizo plateado–. Y pienso que eres más divertida cuando estás dispuesta a comerte el mundo, Stephanie Worthington –sonrió, le abrazó fugazmente y le dio un beso en la cabeza.
La suavidad sedosa de su pelo era familiar, pero la leve fragancia de su champú no. Se centró en el aroma, pero lo distrajo el modo en que sus dedos jugaron con el puño de su camisa y el cosquilleo en su muñeca.
–Jye…
–Hmm –¿qué perfume era ese? No era el de siempre. Resultaba más almizcleño y empalagoso.
–¡Jye! –su mano dejó de ser gentil al tirar de la muñeca–. ¿Me estás escuchando?
–¿Eh? Lo siento, ¿qué has dicho?
–Que tenías razón…
–¿Me lo puedes dar por escrito?
Ella sacó la lengua y le golpeó el hombro.
–He decidido que estar abatida no le hace ningún bien a mi situación, razón por la que estoy aquí. Necesito tu ayuda, Jye.
–¿Mi ayuda?
–Sí, porque en esta ocasión no pienso arrastrarme como una criatura patética y rechazada para desperdiciar meses curándome las heridas en un exilio social autoimpuesto.
La idea de que alguna vez perdiera una semana en un exilio social autoimpuesto, por no mencionar meses, resultaba fantástica en extremo. Durante los últimos diez años de su vida Stephanie había saltado de «un amor de su vida» a otro con apenas un día o dos para recuperarse.
–Vas a luchar, ¿eh? Es un buen síntoma. Deja que adivine. Piensas quitarle la alfombra de los pies al oportunista Carey diciéndole a Duncan que su matrimonio es un ardid para ser ascendido en…
–¡No seas ridículo! –exclamó perpleja–. El padrino lo despediría en el acto si lo supiera.
–¿Y? ¿Qué mejor manera de vengarte de él?
–Pero yo no quiero vengarme, Jye; sólo quiero recuperarlo.
–¿Estás loca? El tipo se ha casado.
–En realidad, no –sacudió la cabeza–. No es un matrimonio de verdad. No se casaron en una iglesia y no duermen juntos.
–¿Te lo contó Carey? –la expresión de ella hizo que la pregunta fuera retórica–. ¿Y tú le creíste?
–Por supuesto. Brad no me mentiría.
–Claro. ¿Se te ha ocurrido que el sincero y viejo Brad podría estar intentando conseguir la tarta y comérsela también?
–No –dijo–. No conoces a Brad como yo.
–Te conozco a ti, Steff, y no estás hecha para el papel de amante. Por el amor del cielo, siempre has comparado la infidelidad con el asesinato; recuerdo que cuando salí con dos chicas al mismo tiempo lo llamaste «violación emocional». ¡Y eso que no me acostaba con ninguna! ¿De verdad crees que eres capaz de tener una aventura con un hombre casado y vivir contigo misma?
–Te lo repito, Jye, no está casado de verdad.
–Escucha, puede que no haya pasado por el altar, pero, pequeña, ¡casarse es casarse! Créeme, ¡a su esposa no le va a gustar tu intento de arrebatárselo! Sin importar los motivos calculadores que haya podido tener Carey para casarse con esa pobre mujer, te apuesto dinero contra donuts que el único motivo por el que ella se casó es porque se imagina enamorada de él.
–¡Oh, Jye, eres tan ingenuo! –lo absurdo de esa acusación lo dejó mudo, pero, por desgracia, Stephanie no sufrió ese problema–. Fue Karrie Dent quien en primer lugar le sugirió a Brad lo del matrimonio fingido –explicó–. Dio por hecho que él querría conseguir la dirección del departamento cuando éste quedó vacante y le pidió que la recomendara para ocupar su puesto. Cuando él le informó de que ni siquiera lo considerarían para el ascenso porque al padrino le gustaba que sus ejecutivos estuvieran casados, a Karrie se le ocurrió la idea de un matrimonio de conveniencia. Tenías razón con la evaluación que hiciste de ella, Jye –continuó–. Karrie es una mujer que sólo piensa en su carrera. El interés que tiene por Brad es sólo profesional, nada más.
–¡Tonterías! –replicó él–. Puede que tenga planes para su futuro profesional, pero también los tiene sobre Carey. Piensa en ello, Steff. Si sólo persiguiera el anterior puesto de él, le habría bastado con convencerlo de que se casara con alguien… –calló para dejar que las palabras surtieran su impacto–. Por lo que tú has dicho, se ofreció voluntaria al papel.
La duda nubló los ojos de Stephanie mientras se mordía el labio.
–¡Te equivocas! –exclamó con énfasis–. Karrie le dijo a Brad que no ponía objeción alguna a que tuviera relaciones durante su falso matrimonio, siempre y cuando fuera discreto.
–Imagino que eso también te lo contó Brad, ¿no es cierto? –gimió Jye.
–Sí, y le creo.
–Entonces se reduce a un cara o cruz entre proponerte a ti para el premio a la Señorita Ingenua del año o a él para un Oscar.
–Basta, Jye –imploró–. ¿No puedes ver que lo que tienen Karrie y él es sólo… un acuerdo de negocios? Un acuerdo temporal. Lo que yo siento por él es… –enderezó los hombros–. Bueno, de verdad creo que lo amo.
–¡Pues tu proceso mental apesta! –rugió, incapaz de contener la frustración–. Dios mío, Stephanie, ¿te oyes a ti misma? Estás ahí tratando de justificar tu participación en un asunto sórdido con un hombre casado. Bueno, cariño, si esperas que te dé mi bendición, tendrás que esperar mucho. ¡Puede que a mí no me interese el matrimonio, pero considero sagrado el de los demás!
–¡Deja de ser tan santurrón, Jye! ¡Te repito que no es un matrimonio de verdad!
–¡Si es legal… es real!
–¡No es espiritualmente real!
–Dame fuerzas –Jye alzó la vista al cielo en busca de una pista sobre cómo tratar a una mujer decidida a sabotear su cordura–. De acuerdo –decidió cambiar de táctica–. De acuerdo, finjamos que debido a tus estrechos conceptos de cómo debe ser un matrimonio de verdad, Brad Carey esté «técnicamente» libre. ¿Por qué, entonces, armas tanto revuelo por el asunto? Quiero decir, dado que lo quieres y él te quiere a ti, si no lo consideras «casado de verdad», ¿dónde demonios radica tu problema?
–El problema –repuso– es que todo el mundo sabe que Karrie no sale mucho, y Brad es tan agradable que siente que no está bien colocarla en una posición en la que, si alguien averiguara que él y yo nos veíamos, quedaría como una tonta.
–¡Pero si el tipo es un santo!
–Pero para mí no tiene sentido esperar hasta que Karrie empiece a salir con alguien –hizo caso omiso de su sarcasmo–. Santo cielo, Jye, ¡lo único que hace es trabajar! Está tan entregada a su carrera que los hombres a los que es probable que conozca son otros ejecutivos que, gracias al pensamiento medieval del padrino, estarán todos casados.
–Bueno, quizá tengas suerte y el chico que se encarga del mantenimiento de las fotocopiadoras se encapriche de ella –sugirió con tono seco.
–Imposible –repuso como si lo hubiera considerado–. Scott es gay. Lo sé porque el año pasado perdí casi todo un mes tratando de conquistarlo.
–¿Quisiste seducir al mecánico de las fotocopiadoras?
–Está muy bueno –se encogió de hombros–. ¡Cielos! Qué sentido del humor tan retorcido tiene… –antes de que él pudiera digerir ese comentario fascinante, ella continuó–: Mira, Jye, sé que no te gusta mucho la idea de que vea a Brad…
–¿Qué te hace pensar eso?
–¡Por favor, Jye! Necesito tu ayuda. ¿Al menos puedes escucharme? –unos enormes ojos azules grisáceos le suplicaron hasta que hicieron que pensara que era él quien se equivocaba.
«¡Maldita sea! ¿Cómo lo conseguía?», se preguntó, y se resignó al hecho de que probablemente estaría muerto antes de ser inmune a ello. Y a pesar de que le encantaría echarla de su despacho y olvidar que alguna vez habían mantenido esa absurda conversación, no podía, no cuando se la veía tan vulnerable; Steff y Duncan eran lo más próximo a una familia que jamás iba a tener. Si no podía darle su simpatía, al menos le debía dejarla hablar para descargar su problema.
–De acuerdo –dijo con voz cansada–. Te escucho. Pero en diez minutos tengo una reunión con Duncan y los chicos del departamento financiero, así que dispones de ocho para decir lo que quieras decir. Y no se te ocurra pedirme que te cubra el trasero –alzó la voz ante el gesto de ella de querer interrumpirlo– si el jefe llega a averiguar que te acuestas con un hombre casado.
–¡No me acuesto con él!
–¿No?
–¡Sólo he salido con él una media docena de veces!
–¡Demonios! Stephanie, prácticamente me dijiste…
–Cielos, Jye –quedó boquiabierta, con una expresión entre asombrada y dolida–. ¿Cómo puedes decir algo semejante? ¿Cómo puedes pensar siquiera que me metería en la cama con un chico que apenas conozco? ¿Cómo…?
–Quizá –cortó su insinuación de que él era el villano ahí– se debe a que acabas de contarme que tu objetivo inmediato en la vida es ser la amante de ese tipo.
–¡Jamás dije eso! –negó con pasión, desterrado ya su aspecto vulnerable.
–Pues es la impresión que recibí.
–Para tu información, el amor tiene algo más que sexo. En contra de tu experiencia personal, no todas las relaciones entre un hombre y una mujer son físicas.
–Es cierto, no todas –coincidió–. Algunas son simplemente exasperantes –se enfrentó a su mirada indignada, sin saber si la emoción que predominaba en él era el enfado o el alivio. Se sintió aliviado al saber que no era amante de Carey, pero, maldita sea, quiso estrangularla por dejar que pensara lo peor y por su renuencia a no cortar dicha relación.
La estudió, preguntándose cómo una mujer tan atractiva, inteligente y culta como Stephanie podía ser tan estúpida cuando se trataba de su vida personal. A pesar de que su pelo revuelto, su graciosa boca y su falda demasiado corta en las reuniones con clientes varones hacían sospechar que sólo era una decoración, Stephanie era un miembro valioso de Porter Resort Corporation. Aunque su objetivo en la vida era el matrimonio, una casita con valla blanca en un suburbio, un montón de hijos y un perro labrador, durante las horas de negocios se centraba absolutamente en su trabajo.
–¿Y bien? –preguntó, con los brazos cruzados como una institutriz que recibe a su díscolo pupilo.
–¿Y bien, qué?
–Estoy esperando que te disculpes por sacar conclusiones precipitadas.
Jye no pudo dejar de esbozar una leve sonrisa ante su tono de voz. Intentó ocultar la facilidad con que podía aprovecharse de él. Fue un sentimiento sincero de culpabilidad lo que lo impulsó a romper su duelo de silencio.
–Más que sacar conclusiones, me empujaron a ellas –dijo, y alzó una mano cuando ella amagó con debatir esa cuestión–. Sin embargo, lamento haber dicho lo que dije.
–Entonces, ¿me ayudarás? –su rostro expresó felicidad.
–¿Ayudarte cómo? –frunció el ceño.
–Seduciendo a Karrie.
–¿Qué?
–Oh, Jye, por favor –suplicó–. Si consigues que Karrie salga contigo, entonces Brad no se sentirá culpable por salir conmigo –incapaz de hablar por la audacia de su petición, Jye sólo pudo menear la cabeza, pero Stephanie dominó incluso su pequeño logro al enmarcarle la cara en sus manos–. ¿No lo ves, Jye? –habló con voz ligera y amable, sin duda en deferencia a su estado de estupefacción–. Es la solución perfecta. De hecho, es la única. Y será fácil. ¡Karrie no se te resistirá! Después de todo, eres inteligente, rico, atractivo, sexy… –casi ronroneó la palabra–. Y, mejor aún, el siguiente en la línea para ser presidente de Porter Resort Corporation. Reconócelo –añadió con sonrisa confiada–, por ser una mujer dedicada a su carrera, aunque Karrie te considere el idiota más grande de la historia, no salir contigo sería la peor decisión profesional que podría tomar.
Sintió una cierta dosis de satisfacción al asirle las muñecas y apartar sus brazos. Se inclinó y pegó la nariz a la suya.
–No.
–No, ¿qué? –ella parpadeó.
–No, no pienso caer ante una sonrisa dulce, una voz suave o alguno de los ardides femeninos con los que acabas de intentar machacarme. Y, no, no voy a pedirle a Karrie Carey que salga conmigo.
El intento de Stephanie de soltarse hizo que pegara su torso al de Jye; su furia era tan evidente como el subir y bajar de sus pechos contra su camisa y su rostro acalorado.
–Ella… se hace llamar… Karrie Dent.
–Puede hacerse llamar como mejor le plazca; no altera el hecho de que está casada con Brad Carey.
Ella trató de soltarse con más vehemencia, algo que él le negó durante unos segundos, tentado a meterle cierto sentido común en la cabeza. Pero cuando ese impulso benigno de pronto se vio dominado por uno más perturbador de hacerle perder el sentido con un beso, Jye la dejó libre; de inmediato lo lamentó al darse cuenta de que Steff empleaba todo su cuerpo para soltarse. Sus esfuerzo fueron en vano, y un segundo después ella terminó con el trasero en la alfombra. En el acto se puso en cuclillas a su lado.
–Demonios, Steff, ¿te encuentras bien? Cariño, lo siento –extendió una mano para ayudarla a incorporarse–. No esperaba…
–¿Cuánto lo sientes? –los ojos le brillaron con un placer y una expectación casi infantiles.
–No tanto…
–Lo cual demuestra que hablar es fácil –le apartó la mano–. Si de verdad lo lamentaras aceptarías invitar a Karrie. Es lo menos que puedes hacer por tirarme al suelo y lastimarme el trasero.
–No te tiré al suelo –Jye apretó los dientes–. Y si pensara que serviría para algo y le daría algo de cordura a tu tonta cabeza romántica, te azotaría el trasero.
–Y si yo pensara que serviría para algo –repitió con ardor, poniéndose de pie con una celeridad que le proporcionó a él una tentadora visión de su pierna–, apelaría a tu gentil corazón y te pediría que lo reconsideraras. ¡Pero es evidente que no tienes corazón, Jye Fox!
–¿Sí? Bueno, otra cosa que no tengo es tiempo para quedarme contigo y correr otra vez el riesgo de que me manipules –más enfadado que lo que justificaba la situación, recogió unas carpetas del escritorio–. Nos vemos; tengo una reunión a la que asistir.
–¡Jye, aguarda! –le agarró el brazo. Su cara era una mezcla de súplica y cálculo–. ¿Y si te prometiera cocinarte durante una semana por sólo invitar a Karrie a comer?
–Paso. Los dos sabemos que eres una paciente potencial de urgencias cada vez que entras en una cocina; lo mismo le sucede a cualquiera que coma tus platos.
–¿Y si te contara que hace dos semanas empecé a tomar clases de cocina?
El anuncio lo sorprendió, ya que siempre había dicho que en cuanto encontrara al Señor Perfecto dejaría de ser autodidacta en la cocina y asistiría a clases de cocina. Pero, a pesar de las ideas equivocadas que giraban en su cabeza, Carey, casado o no, no era su Señor Perfecto.
–Diría –respondió con los puños apretados para contener su creciente frustración–, que si supones que con eso me vas a convencer… te equivocas. Ahora mismo la única lección que necesitas, Stephanie, es no jugar con hombres casados. Un plato caliente no es lo único que puede quemarte los dedos.
–Jye, por favor.
–Lo siento, Steff, no. Si quieres fastidiar tu vida, adelante; depende de ti. Pero no esperes que te ayude.
La dejó sola en su despacho, sabiendo que no tenía más que dos opciones para tratar el asunto. O bien podía pasar por el departamento de diseño de camino a la reunión y darle un puñetazo a Brad Carey por tontear con Steff, o bien podía comportarse de una manera racional y mantenerse al margen hasta que ella recuperara el sentido común… ¡y luego darle un puñetazo a Carey por tontear con Steff!
Capítulo 2
A PESAR de que los sandwiches de queso se habían quemado sólo de un lado, ese éxito en la cocina no bastó para subir el ánimo de Stephanie. Suspiró, recogió la bandeja con los sandwiches distribuidos de forma artística, dos servilletas y los llevó al salón para reunirse con su amiga Ellee, que se negó a dejarla cancelar su habitual noche de Melrose Place.
Buenas amigas desde sus días en la exclusiva escuela secundaria de monjas, ambas habían estudiado Dirección de Hoteles en la universidad, para ponerse a trabajar en Porter Resort Corporation a las pocas semanas de graduarse. Ellee ya era ayudante de dirección del hotel de Sydney, mientras Stephanie trabajaba en administración, dirigiendo el departamento de promoción de la empresa. El hecho de que fuera la ahijada de Duncan Porter significaba que la gente tendía a pasar por alto su cualificación, pero hacía tiempo que había superado las acusaciones de nepotismo. Era buena en su trabajo, y si otras personas no percibían su dedicación o su agradecimiento por el puesto prestigioso que ostentaba, era su error. El hecho de considerar su actual carrera como algo temporal, aspirando a los papeles más duraderos de esposa y madre, no quería decir que no le gustara su trabajo; únicamente anhelaba un futuro distinto.
No hacía falta un psicólogo para descubrir que el ansia por formar parte de una unidad familiar compacta nacía de haber perdido a sus padres a la edad de seis años, y así como quería a Duncan Porter, y siempre le estaría agradecida por ocuparse de ella y tratarla como si fuera su propia hija, en realidad no era familia. Y tampoco Jye, a pesar de que prácticamente habían crecido como hermanos. Además, ¿quién querría estar genéticamente relacionada con un idiota de mente estrecha, egoísta y santurrón como él?
–Me encanta el sofá, Steff. Tienes un toque especial para la decoración –Steff dejó la bandeja en la mesita junto al vino y logró sonreírle a su amiga mientras se dejaba caer en el rincón del sofá en cuestión, tapizado de amarillo y blanco–. Las clases de cocina deben estar funcionando –comentó Ellee–. La mayor parte sólo se ha quemado por un lado.
–Experimenté con una mezcla de quesos gruyère y roquefort. Dime qué te parecen –alargó la mano para recoger la copa de vino.
–¿Tú no vas a tomar ninguno? –su amiga frunció el ceño.
–No podría. Estoy demasiado deprimida para comer.
–¿Deprimida? Antes me dijiste que querías cancelar nuestra reunión porque estabas demasiado enfadada para ver la tele.
–Y lo estaba. Ahora me siento deprimida.
–¿Porque Jye no te quiso ayudar con Brad?
–¡No! –espetó–. ¡Eso me pone furiosa!
–Cielos, no tienes que arrancarme la cabeza de un mordisco…
–Lo siento, Ellee –suspiró y se reclinó en el sofá–, no pretendía saltar contigo. Es que no he podido ponerme en contacto con Brad desde anteayer; no se lo espera de vuelta en la oficina hasta dentro de dos semanas.
–Ah, la luna de miel.
–¡Ellee! ¡Brad y Karrie no están juntos! Simplemente se tomaron las vacaciones al mismo tiempo por las apariencias. No se tiene una luna de miel con un matrimonio de conveniencia.
–¿Y eso?
–¡Porque no habría nada que hacer, desde luego!
–Por todos los santos, Steff, tú no eres tonta –Ellee se echó el largo cabello castaño hacia atrás–. Nada dice que el sexo no puede ser conveniente –sonrió–. En realidad, la idea de tener a un chico atractivo bajo contrato me parece excitante.
–¡Eres tan mala como Jye! ¿Por qué nadie puede aceptar que Brad y Karrie no están interesados en una relación física?
–Porque… –el tono que empleó su amiga por lo general lo reservaba para aclarar bien las cosas–… Brad Carey es arrebatador y Karrie podría trabajar como modelo si alguna vez necesitara dinero.
–Como de costumbre, exageras. Hay un montón de hombres más atractivos que Brad. Y Karrie Dent es demasiado dotada para ser modelo.
–Lo que quieres decir es que, a diferencia de ti, ella tiene busto.
–Yo tengo busto –se defendió Stephanie con toda la convicción que pudo–. Sólo está sutilmente poco resaltado, eso es todo. Además, no todos los hombres tienen obsesión por los globos y un aspecto voluptuoso, ¿sabes? Algunos, como Brad, prefieren la inteligencia y la personalidad en una mujer.
–Sí, pero no necesariamente en la cama –la respuesta de Stephanie fue el silencio y una mirada dura–. Vale, vale, lo siento –se disculpó su amiga–. Estoy segura de que todo lo que te dijo Brad sobre su matrimonio es verdad. Más allá de los límites de la credibilidad –no pudo evitar añadir–. Pero verdad al fin y al cabo. He de reconocer que en las pocas ocasiones que lo he visto, siempre me ha parecido directo y de confianza.
Stephanie asintió, aunque deseó haberse enterado de la boda antes de que tuviera lugar, y no después, una vez consumada.
Aunque sólo había regresado de Sydney hacía unos días, tras cinco semanas de ausencia, Brad y ella habían hablado varias veces en ese tiempo, y a pesar de que todas las llamadas se habían iniciado por cuestiones de trabajo, ninguna había terminado de esa manera. No había forma de que hubiera podido adivinar el interés de Brad, pero como la ley en Nueva Gales del Sur requería un periodo de «meditación» de cuatro semanas entre la solicitud de una licencia matrimonial y la celebración del enlace, Brad había estado «técnicamente» comprometido durante todas las conversaciones que mantuvieron, y eligió no mencionárselo.
No había resultado fácil ocultar su asombro cuando el padrino mencionó descuidadamente el ascenso de Brad durante la cena que tuvieron tres días atrás, después de que la recogiera en el aeropuerto. En el espacio de unos segundos había pasado de aturdida a incrédula, de tener el corazón roto a estar furiosa.
Nunca en la vida había estado tan encolerizada, ni siquiera con diecisiete años, cuando Jye, que era cuatro años mayor, le había contado al padrino que ella salía con un chico de veinticinco años. Lo que entonces le había indignado era que mientras Jye jugaba a ser un alguacil moral con su romance inocente, estaba inmerso en una aventura con una divorciada que le doblaba en edad. A pesar de que esa actitud rebosaba hipocresía, resultaba insignificante comparada con descubrir a un chico del que estaba un noventa y nueve punto noventa y nueve por ciento enamorada y que se había casado con otra.
De algún modo había logrado mantener un semblante de normalidad durante la cena con Duncan, pero en cuanto se marchó se puso a llamar a Brad. Al no localizarlo ni en su casa ni en el móvil, marcó el número de Jye, con la esperanza de tener un oído compasivo, pero respondió una mujer jadeante. De nuevo sus emociones habían pasado de la desesperación a la furia. Demasiado herida para dormir, pasó el resto de la noche alternando entre el llanto y tramar formas espantosas de asesinar tanto a Brad como a esa mujer sin aliento ni rostro.
Al ir a trabajar al día siguiente, se enteró por la secretaria del departamento de que Brad se hallaba de «vacaciones» y que sólo se lo podía localizar ante una emergencia. Por suerte, una de las ventajas de ser la ahijada del dueño de la empresa era que podías decir: «No intentaría hablar con él si no fuera una emergencia, ¿verdad?» y que nadie lo cuestionara.
No cabía duda de que Brad se había quedado perplejo al oír su voz cuando al fin pudo hablar con él, pero supuso que se lo podía perdonar, ya que su modo de saludarlo había sido: «Hola, miserable pozo de escoria de dos caras». O palabras por el estilo. Al final, sin embargo, se había mostrado sinceramente arrepentido por no contarle lo que pasaba; le explicó que no había querido que sintiera que la ponía en una posición en la que tendría que elegir entre la lealtad hacia su padrino y su empresa por encima de su amistad con él. Ese era el Brad que ella conocía, del que se había enamorado y, tal como le había prometido, existía una carta que le había enviado y que esperaba entre todas las que había recogido aquella misma tarde su vecina.
Fue después de leerla por enésima vez, y tras derramar el correspondiente número de lágrimas, cuando Stephanie tuvo la idea de encontrar una distracción para Karrie; con la ayuda de Jye, el matrimonio profesional de Brad no tenía por qué representar la muerte automática de su floreciente relación con él. Pero Jye se había negado a ayudarla.
–¡Cerdo egoísta de corazón frío!
–¿Perdón? –Ellee enarcó una ceja–. Pensé que Brad era el hombre más amable y maravilloso que Dios había creado.
–Lo es. ¡El cerdo es Jye!
–Jye es un encanto.
–Ser atractivo y sexy no tiene por qué serlo todo, Ellee.
–No, pero Jye Fox lo es –repuso con vehemencia–. Jamás te perdonaré por no arreglar que saliera con él.
–Mira, Ellee, lo intenté, ¿vale? Contigo, con Jill, con Kaitlin, con toda maldita mujer con la que cometí el error de presentarle –sacudió la cabeza y se adelantó para servirse más vino–. Sinceramente, a veces creo que el único motivo por el que hice tantas amigas en mi adolescencia era porque vivía en la misma casa que él.
–Steff…
–¿Hmm?
–Lo era –la expresión de su amiga tuvo éxito en conseguir que Stephanie riera–. ¡Bueno, al menos eso es algo! –aprobó Ellee–. ¿Soy yo quien mejora tu estado de ánimo o esa botella de vino cada vez más vacía?
–Las dos –le guiñó un ojo–. Aparte del hecho de que esta noche espero una llamada de Brad. Pásame un sandwich, ¿quieres?
–¿Estás segura? Ya me comí los que se podían comer.
–¡Todos! Creía que seguías una dieta.
–Steff… sólo había dos.
–Oh. Bueno, ¿cuál es el veredicto?
–Deja que lo exprese de esta manera… no te saltes más clases de cocina.
La llamada de Brad no se había producido cuando Ellee se marchó poco después de las diez. Tampoco a medianoche, cuando una abatida Stephanie se fue a la cama, ni a las tres y cuarto de la mañana, cuando yacía despierta, con el teléfono portátil en las manos. Y tampoco al ocupar su despacho a las ocho de la mañana siguiente.
–¡Stephanie! –se sobresaltó ante la inesperada aparición de su padrino–. Esperaba que llegaras pronto –explicó con evidente satisfacción.
–¿Sí? ¿Por qué? –preguntó, obligándose a centrarse en una actitud laboral. A pesar de la relación íntima que Jye y ella mantenían con el hombre mayor y alto, la rígida disciplina de Duncan al no permitir que ésta se reflejara en la oficina los había condicionado a ambos a comportarse de la misma manera.
–Porque necesito que hagas la maleta y vayas al aeropuerto para tomar un vuelo de las once.
–Duncan –gimió–. No me hagas esto. Acabo de regresar de un viaje de cinco semanas. ¿No puedes enviar a nadie más?
–Ya lo he hecho. Jye se marchó hace dos días –y ella que había estado pensando en el éxito que tenía en esquivarlo–. Al parecer tiene un problema…
–Más de uno, si quieres conocer mi opinión.
–¿Ha hablado sobre los planes de compra de Illusions contigo? –su padrino frunció el ceño–. ¡Bien! Me ahorrará tener que contártelo.
–No, no –Stephanie sacudió la cabeza–. No he hablado de nada con él desde mi vuelta –«al menos nada de negocios», pensó–. Ni siquiera sabía que se había marchado.
–Ha ido a negociar la compra del complejo Illusion Island de sir Frank Mulligan. Creo que será una adición valiosa a nuestro grupo, pero ha encontrado un obstáculo inesperado.
–¿Qué clase de obstáculo? –esperaba que hubiera chocado de cabeza contra él.
–La conexión telefónica no era muy buena –descartó el tema con un gesto de la mano–, así que habría sido imposible hablar de ello. Además, no necesito el estrés añadido de las negociaciones. Jye es jefe de Expansión y Desarrollo, cualquiera que sea el problema lo sabrá solucionar. Confío por completo en su juicio.
–Entonces, ¿para qué quieres que vaya?
–Porque Jye dice que es crucial para que cerremos el trato.
–No sé cómo puede serlo. Mi puesto no tiene nada que ver con la adquisición de propiedades. ¿De qué querría hablar sir Frank con la ejecutiva de promoción de Porter?
–Todo el mundo sabe que Mulligan es un poco excéntrico, así que, ¿quién sabe qué querrá para que aseguremos la venta? Tal vez desea que le garanticemos que estamos comprometidos a mantener el Illusions Hotel como uno de los mejores del país.
–Duncan –Stephanie le dirigió una mirada escéptica–, sólo tiene que analizar nuestro historial para saberlo. Además, ha gastado una fortuna en competir con nosotros en los últimos años –de nuevo volvió a ganarse su gesto habitual con la mano.
–Mira, sólo estoy especulando con el motivo por el que Jye puede decir que te necesita allí, pero en lo que a mí atañe, si él cree que es vital que participes en las negociaciones, a mí me basta.
Así como Stephanie consideraba admirable la fe absoluta que Duncan depositaba en todo su personal ejecutivo, en esa ocasión estaba ansiosa por socavarla. Bajo ningún concepto tenía ganas de ayudar a Jye Fox a salir de una situación difícil.
–Eso está muy bien, Duncan –concedió–. Pero, por desgracia, en este momento lo más que puedo acordar es enviar a mi ayudante, Lewis. Llevo fuera de mi despacho más de un mes, y me quedan semanas de trabajo aquí que…
–Que puede esperar –insistió su padrino–. Aprecio tu diligencia, Stephanie, pero este trato es importante para mí. No quiero que Mulligan le venda el hotel a otro y encontrarme compitiendo con algún desconocido o, Dios lo impida, con ese desgraciado de Kingston.
Cole Kingston era un millonario hecho a sí mismo que amasó su fortuna comprando hoteles australianos con mediano éxito para venderlos a intereses extranjeros. Aunque no iba contra la ley, automáticamente lo convertía en un desgraciado y en rival encarnizado de Duncan, quien creía en mantener los negocios australianos en manos australianas.
–Y ahora, Stephanie, quiero que delegues todo lo que consideres que no puede esperar, y te vayas a casa a hacer la maleta.
–Todavía no la he deshecho desde que regresé de mi viaje –musitó.
–Bien, bien. En ese caso, quizá pueda conseguir que te cambien el billete a un vuelo que salga antes –observó el reloj antes de mirarla fijamente con sus ojos azules–. No tienes aspecto de estar durmiendo lo suficiente –observó–. Tienes ojeras.
–Las cosas han estado un poco… agitadas desde que volví, Duncan –explicó. No quería que se preocupara, pero tampoco iba a entrar en los detalles del matrimonio de Brad.
–Estás demasiado centrada en el trabajo, Stephanie. ¿Por qué no te tomas unos días libres en cuanto se cierre el trato con Mulligan? De hecho, ¿por qué no te quedas allí? –sugirió–. Illusion es un lugar maravilloso para relajarse.
Sí, maravilloso. Illusion Island estaba a treinta minutos de helicóptero de Queensland, en el continente, y carecía de teléfonos, lo que significaba que no podría contactar con Brad y le sería imposible evitar a Jye. ¿Maravilloso? ¿Libre de estrés? ¡En sus sueños!
–¡Será mejor que tengas una buena excusa, Jye Fox! –soltó cuando fue a buscarla al aeropuerto de Cairns.
–¡Dame un abrazo! –demandó él, bloqueándole el paso hacia la cinta con las maletas.
–¿Qué…? –se vio cortada cuando Jye la abrazó.
–Rodéame el cuello con los brazos.
–Me gustaría ponerte una cuerda… ¡Jye!
Le costó describir la sensación de aturdimiento que la invadió al encontrarse envuelta en una abrazo de oso con la cabeza apoyada contra su musculoso pecho. El intento de liberarse se vio impedido por pura fuerza masculina.
–Actúa como si me hubieras echado mucho de menos –instó él en un susurro–. Nos están mirando.
–¡En tu caso sin duda te vigilan los loqueros! –musitó, insistiendo en querer soltarse–. ¡Jye, déjame! ¿Estás loco?
–Maldita sea, Steff –siseó, rozándole el cuello–. Sígueme. Actúa como si me hubieras echado de menos. ¡Pon algo de convicción!
–Lo único en lo que voy a poner convicción es en mi rodilla, cuando te golpee en la entrepierna. Ahora… –la mano que tenía en la nuca le echó la cabeza hacia atrás, dejando que al menos pudiera verle la cara–. ¿Te importaría decirme…? –ni siquiera tuvo tiempo de terminar antes de que la tapara la boca con la suya.
Así como no era nada halagador para el ego de Jye que una mujer se quedara petrificada en sus brazos, se consoló pensando que sólo se trataba de Stephanie, y que al menos había dejado de retorcerse. Lo único que le quedaba era esperar que estuviera demasiado aturdida por su conducta como para empujarlo y abofetearlo en cuanto la soltara, porque eso arruinaría su historia y cualquier posibilidad de asegurarse la transacción con Mulligan.
Y pensaba soltarla… en cualquier momento.
Sólo prolongaba el instante porque sabía que Frank y Tory Mulligan, en especial Tory, los estarían observando. El futuro inmediato de Porter Resort Corporation dependía de un beso… era su responsabilidad hacer que pareciera convincente. Se comportaba así para exclusivo beneficio de su audiencia, no se trataba de nada personal, se recordó mientras sus labios saboreaban el gusto asombrosamente placentero del lápiz de labios de Steff.
Su altruista dedicación a favor de los mejores intereses de la compañía se vieron frenados por una insistente presión en sus hombros, por lo que alzó la cabeza despacio y abrió los ojos para contemplar unos azules sorprendidos que lo miraban atónitos. En realidad, en ese momento eran más grises que azules; jamás había visto que los ojos de Steff adquirieran esa profundidad de tono.
–Jye… –calló para respirar hondo.
Él hizo lo mismo, irritado al descubrir que el estrés de enfrentarse a los siguientes minutos le perturbaba la respiración; por lo general se crecía con la presión. Miró por encima del hombro y descubrió que Frank Mulligan y su voluptuosa tercera esposa se acercaban a ellos.
–Stef –se apresuró a explicar, asiéndole la hermosa y desconcertada cara–. Necesito que sigas todo lo que diga. El futuro de la compañía depende de ello –al percibir una negativa en el modo en que iba a enarcar las cejas, agarró la esbelta mano izquierda de ella en la suya más grande y se volvió con una radiante sonrisa–. Sir Frank, Lady Mulligan –acercó aún más a Steff a su lado–. Me gustaría presentaros a mi esposa…
Capítulo 3
TU ESPOSA! ¡Tu esposa! –Stephanie estalló en un furioso susurro en cuanto los Mulligan se alejaron unos momentos fuera de alcance–. ¡Preferiría que me presentaran como una ninfómana asesina! ¡Al menos de ese modo me quedaría algo de dignidad y credibilidad!
–Corta el teatro, Steff –Jye miró hacia los Mulligan, que en ese momento hablaban con un político importante que aguardaba la salida de su vuelo–. Volverán en unos minutos y hemos de concretar nuestra historia.
–¡Nuestra historia! ¡Este es tu cuento de horror! No se me ocurre ni un motivo por el que no deba contar la verdad…
–Porque –cortó con voz baja y seria– Duncan necesita que este trato se cierre y cuenta conmigo para ello.
–Bueno, sé por recientes experiencias personales que la gente no siempre obtiene lo que quiere; en especial si cuenta contigo.
–Esto no se parece en nada a lo que tú querías que hiciera.
–¡Tienes razón! Lo único que yo te pedí fue que invitaras a una pobre mujer sola y, de paso, que hicieras feliz a tres personas. Tú quieres que me exponga al ridículo público y finja estar casada contigo.
–¡Eh! Muchas mujeres me consideran un buen partido.
–Un montón de mujeres también considera que la prostitución es un valioso servicio público, pero yo no soy lo bastante cívica como para dedicarme a ello.
–Menos mal –musitó–, porque si ese beso fue tu mejor esfuerzo para fingir pasión, te morirías de hambre.
Lo único que impidió que Steff le respondiera con un vehemente puntapié en la espinilla fue ver a sir Frank Mulligan estrechar la mano del senador; en cuestión de momentos se esperaría de ella que reanudara su papel de devota esposa. Gracias a la fortuita llegada del político, hasta ese momento sólo había tenido que soportar la atenta evaluación de lady Mulligan, mientras que el marido mucho mayor de la mujer había felicitado a Jye por tener buena cabeza para los negocios y mejor vista para la belleza. Fue entonces cuando Mulligan vio al político y se excusó unos momentos junto con su renuente esposa para ir a hablar con él.
El regreso de los Mulligan era inminente y Stephanie aún no tenía ni idea por qué Jye había inventado semejante historia, salvo que al parecer la compra del Illusion Hotel dependía de ello. A pesar de lo descabellado que parecía, le quedaban dos opciones: aceptarlo como verdad o arriesgarse a estropear el trato para Porter Resorts.
–De acuerdo –dijo con resignación–. ¿Cuál es la historia? –el alivio que vio en su cara habría sido risible si hubiera tenido el estado de ánimo para encontrar algo en Jye Fox que le resultara divertido.
–Llevamos casados seis meses –se apresuró a explicar–. Aparte de eso, somos los mismos; tú acabas de volver de un viaje de cinco semanas por el oeste de Australia, pero no pudiste volar hasta aquí debido a unos negocios que debías cerrar. Cuantas menos mentiras contemos, más seguros estaremos.
–¿Y el motivo para esta farsa?
–Eh… es una larga historia. No hay tiempo ahora. Te la contaré luego.
Su modo evasivo mientras recogía su equipaje disparó el indicador de suspicacia de Steff. Le aferró el brazo y apretó hasta que él alzó sus ojos oscuros. Tal como sospechaba, su cara reflejaba la expresión ligeramente estúpida que siempre ponían los hombres cuando trataban de ocultar la culpa con inocencia.
–Dímelo ahora, cariño –esbozó una sonrisa dulce–. O este cariñoso reencuentro se va al garete.
–Steff, no es na…
–Dímelo.
–Bueno, si debes saberlo –siseó–. Tory Mulligan me ve como una vieja llama que vale la pena volver a avivar.
–¡Debí imaginarlo! Eso explica las miradas venenosas que me ha estado dirigiendo. ¿Lo sabe sir Frank?
–No lo creo, pero… –de nuevo miró incómodo en dirección a la otra pareja–. Mulligan es enfermizamente celoso; a menos que podamos convencerlos a ambos de que no tengo el menor interés en la coqueta Tory, es factible que nos eche de la isla y no quiera vendernos el hotel –sus labios formaron una línea sombría–. Tendremos que esmerarnos en nuestra representación.
–Vas a deberme un favor muy grande por esto, Jye Fox.
–¿Lo harás?
–No temas, cariño, seré la mejor esposa que jamás hayas tenido –rió entre dientes ante su expresión.
–No cometas el error de subestimarlos –advirtió–. Puede que Mulligan sea excéntrico, pero es un viejo astuto, y Tory no es tan tonta como parece.
–Puede –aceptó Stephanie, pasando la mano por su brazo y sonriéndole en beneficio de la voluptuosa morena y del canoso hombre que rápidamente se acercaban a ellos–. ¡Pero sólo necesitaría un coeficiente intelectual inferior a veinte para ser la llama más brillante que hayas tenido!
El trayecto a la isla se realizó en el helicóptero privado de los Mulligan, con el propio sir Fran a los mandos. Una mala elección de asiento situó a Jye justo detrás del piloto, quedando a merced de Tory y Stephanie. Si las miradas pudieran matar, Jye supuso que moriría de heridas múltiples antes de que aterrizaran.
Cuando Mulligan insistió en que todos se pusieran auriculares con micrófonos para poder hablar por encima del ruido de los rotores, comenzó a preocuparse de que Tory pudiera formular preguntas incómodas sobre su matrimonio y que Steff contradijera lo que él ya había dicho.
Por suerte, en cuanto Mulligan se puso los auriculares se lanzó a un monólogo inagotable sobre el estado de la isla cuando la compró veintitrés años atrás, y cómo había sido su visión y su genio financiero los que la habían convertido en la empresa multimillonaria que era en la actualidad.
Hasta el momento nadie había sido capaz de intervenir, y Jye se sintió agradecido por haber oído ya la historia, tres veces en tres días; si el viejo titubeaba, podría empujarlo con algo como: «Sir Frank, cuéntele a Steff cómo usted…» antes de que Tory pudiera abrir la boca y ponerlos en un aprieto.
Les regaló con una vista de los rasgos naturales de la isla, y de los artificiales que contribuían al Illusion Resort Complex. Stephanie se mostró complacida, pero no hasta el punto de que sir Frank se sintiera confiado a elevar su ya exagerado precio por la venta de la isla. Era un alivio saber que sin importar lo irritada que estuviera con Jye, Stephanie jamás permitía que sus sentimientos fueran en detrimento de unas negociaciones. Quizá fuera una romántica empedernida, cuya forma de pensar resultaba incomprensible, pero era la persona más leal que Jye conocía. Bajo ningún concepto le fallaría a él o a la Porter Resort Corporation.
–Me temo, Stephanie, ya que Jye no nos avisó de que vendrías hasta hace unas horas, que hasta mañana no tendremos disponible una de nuestras suites más grandes –le indicó sir Frank mientras la ayudaba a subir a un cochecito motorizado de golf para realizar el trayecto desde el helipuerto hasta el hotel–. No obstante, si consideras que la suite actual de Jye es un… poco pequeña para dos personas, a pesar de ser una de las más prestigiosas –se apresuró a añadir–, entonces a Victoria y a mí nos encantará que paséis la noche en nuestro ático –le sonrió a su esposa–. ¿No es así, cariño?
A la faceta perversa que había en Stephanie le habría gustado atribuir la expresión en blanco en la cara de «Cariño» como prueba de que era tan estúpida como había creído, pero lo más probable es que no hubiera oído la invitación de su marido, concentrada en enviarle miradas ardientes a Jye a espaldas de sir Frank. Sospechaba que en cuanto Jye se quitara la camisa mostraría las quemaduras de su escrutinio. Lady Mulligan era tan sutil como el diamante del tamaño de una pelota que llevaba en la mano izquierda.
–Es precioso, ¿verdad? –comentó la morena al notar la dirección de los ojos de Stephanie, plantándole la enorme piedra ante la cara–. Frank eligió el diamante, pero yo diseñé el engaste.
–Es… es único –dijo Steff–. Jamás había visto tanto detalle en oro blanco.
–En realidad, es platino. Soy alérgica a los metales baratos, ¿verdad, cariño? –le sonrió a su marido cuando la ayudó a subir al cochecito.
–Para sufrimiento de mis contables, que no tienen idea de lo mucho que un hombre desea complacer a la mujer que ama –rió entre dientes y le guiñó un ojo a Jye–. Creo que sería buena idea dejar que las señoras se sienten juntas atrás, de ese modo podrán charlar de joyas y moda todo lo que quieran mientras nosotros hablamos de negocios.
Stephanie no rebatió el comentario sexista, notando que a Jye no le entusiasmaba más que a ella la idea de sir Frank.
–Veo que no eres muy aficionada a las joyas, Stephanie –dijo Tory en cuanto se pusieron en marcha–. No he podido evitar notar que no llevas ningún anillo.
Jye sintió un nudo en el estómago ante la pregunta y el tono de voz. Eso era lo que había estado temiendo. Se esforzó por oír lo que decía Mulligan sobre unos movimientos recientes en el mercado de valores y la conversación en el asiento de atrás.
–¡Oh, pero me encantan las joyas! –repuso Steff con una risa encantada que Jye reconoció como falsa–. Pendientes, brazaletes, anillos… lo que digas. Tengo docenas. ¿No es verdad, Jye? –preguntó, sin darle ocasión para responder–. Por desgracia, tiendo a hincharme cuando vuelo, de modo que no puedo llevar nada que me esté prieto. ¿Ves? –en prueba estiró las manos hasta dejarlas entre los dos asientos, para que sir Frank también las viera. Al mirarlas, Jye supuso que los dedos largos y elegantes podrían haber estado mínimamente hinchados, pero sólo lo habría notado alguien que la conociera muy bien, aunque Tory no quedó muy convencida–. No os preocupéis, regresarán a la normalidad en unas horas –continuó Steff, como si todo el mundo se hubiera quedado boquiabierto y horrorizado–. Y podré volver a ponerme mis anillos. He de reconocer que me siento desnuda sin ellos.
–Sé lo que quieres decir –coincidió Tory–. No hay nada como un anillo de boda para hacer sentir a una persona realmente casada. Lo cual, desde luego, es el motivo por el que tantos hombres se niegan a llevar uno… Dime, ¿Jye usa el suyo?
Jye notó la pausa forzada y apenas contuvo la tentación de decir: «Déjalo ya, Tory, tú sabes que no lo llevo». Sólo pudo suponer que Steff debió sacudir la cabeza, ya que la siguiente pregunta de Tory fue un espantado: «¿Y eso no te da motivo de preocupación?»
–No. ¿Por qué habría de hacerlo?
–Oh… Bueno, no hay ningún motivo, por supuesto… supongo –repuso Tory con titubeo teatral–. Es que la mayoría de las mujeres que conozco se sentiría engañada si sus maridos no quisieran llevar el anillo de boda. Después de todo, no sólo declara que un hombre queda vedado para otras mujeres, sino que es la declaración definitiva de su absoluto compromiso con su matrimonio.
–¿De verdad? Qué extraño… –Jye contuvo una sonrisa ante el tono incrédulo de Stephanie–. Todas las mujeres y hombres que yo conozco consideran que los votos del matrimonio son la declaración definitiva de su compromiso.
–Recuerda lo que te dije, Stephanie –intervino sir Frank cuando entraron en la elegante recepción del edificio principal del hotel–. Nos encantaría teneros como invitados esta noche si…
–¡Oh, no, sir Frank! Ni se nos pasaría por la cabeza irrumpir en vuestro espacio privado. Después de todo, Jye y tú estáis enfrascados en discusiones de negocios, y soy una firme partidaria de mantener separadas las relaciones profesionales de las personales –«¡Aunque lady Victoria carece de semejantes inhibiciones!», pensó al notar que la «dama» en cuestión dirigía sus ojos de dormitorio y sus mohines sexys en la dirección de Jye. Como las cosas siguieran así, tendría que pegarse a Jye las veinticuatro horas o seguir a Tory con un cubo con agua fría–. En realidad, sir Frank –ofreció la mejor de sus sonrisas–, me fascinan esas cabañas que sobrevolamos en el otro extremo de la isla. ¿Existe la posibilidad de que Jye y yo podamos alojarnos en una de ellas?
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