Kitabı oku: «Los caballeros del sol negro», sayfa 2

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III

—Alcánzame la bolsa del tejido, es ist Zest, etwas produktives zu tun (llegó la hora de hacer algo productivo) —dijo Sonia a su esposo Héctor.

—Sofort. Deine Wϋnsche sind Aufträge fϋr mich (Tus deseos son órdenes para mí) —respondió Héctor, sosteniendo una bolsa de tela marrón que ocultaba en su interior algunos ovillos de lana y un par de agujas larguísimas.

—La clave de realizar un buen tejido es no desfallecer y, claro, saber contar. Con algunas lecciones yo podría transformarte en una auténtica araña —habló Sonia, intentando buscar la atención de Judith, a sabiendas que la dormilona Andrea era ya un caso perdido.

A Judith poco le interesaban las labores manuales, a pesar de que su trabajo diario en la peluquería le permitía desarrollar destrezas que solo tenían como límite la propia imaginación. Atraída por el movimiento del tren y los paisajes que aparecían y se desvanecían en las ventanillas, lo menos que le provocaba era adentrarse en las técnicas del ganchillo y el tejido con dos agujas. Pero, obligada por su educación, no le quedaba otro remedio que responder:

—Supongo que está por comenzar un lindo suéter —dijo Judith siguiendo el hilo de la conversación.

—En realidad, querida, se trata más bien de una bufanda. Es para Héctor, ¿sabes?, para que no se resfríe y me haga levantarme por las noches queriendo tomarse un té caliente con limón. Los hombres son como niños, y nosotras tenemos que ir siempre correteándoles: no coman dulce, abríguense, no dejen los zapatos tirados debajo de la cama, lávense las manos antes de sentarse a la mesa…

—Ja, ja, ja. Es verdad —admitió Judith enfocando su mirada en la cara regordeta de Héctor.

—Pero como nos necesitan ustedes… —tomó Héctor la palabra.

De aquí en adelante aparecieron las preguntas. Era como si la confianza surgida trajera otras cosas casi por añadidura… Sin haberlo pensado, Judith comenzó a relatar episodios de la vida familiar e, incluso, dio buena cuenta de sus padecimientos de salud que se reducían a unos estados gripales ocasionales y alergias a ciertos alimentos, en especial a los mariscos y las comidas en extremo picantes.

El tren, poco a poco, se internó entre las montañas. Los pinos hicieron su aparición describiendo formas caprichosas sobre el paisaje mientras eran azotados por la brisa. Las vertientes rocosas desembocaban en pequeños ríos estacionales que serpenteaban hasta llegar al encuentro de lagos cristalinos. En todo caso, parecía flotar en el ambiente un vaho misterioso, un enigma que gravitaba entre las piedras y los arbustos escondiéndose de las miradas curiosas. Judith empujó las cortinas para tener una mejor visión del panorama que la rodeaba. Tras el cristal de la ventanilla, el vapor que emergía de la caldera encendida de la locomotora se fundía con las nubes escindiendo la bóveda celeste. Hasta donde la vista podía abarcar, se advertían algunas construcciones colgadas de las cimas más altas como si fuesen alfileres cuya única función era sujetar el paño del cielo.

—¿Acaso eres una admiradora de los prodigios de la naturaleza? —se interesó Sonia—. En la tierra de mis ancestros, cada veinticinco de diciembre celebrábamos el día del nacimiento del sol invencible, en el que reverenciábamos a este astro que, tras acortar su presencia desde el solsticio de verano, recobraba nuevamente las fuerzas luego del otoño y la muerte invernal.

—De hecho, durante mis ratos de ocio, me gusta dibujar árboles y animales —agregó Judith, concentrada en dar cuenta del paisaje.

—¿No habéis visto los urus de seguro?

—¿Se trata de una nueva especie, quizás de algún animal extinto? —preguntó Judith a Sonia, delatando su curiosidad.

En este instante, el vagón giró con brusquedad y, acto seguido, se internó en un largo túnel. La oscuridad lo abarcó todo de pronto, mientras los quejidos del metal se unían a las voces de Sonia y de Héctor, que se enredaban en un parlamento incomprensible. Cuando volvió de nuevo la claridad al compartimiento del tren, fue Héctor quien hizo uso de la palabra en un tono más grave. Sonia, por su parte, movía las agujas entre los estambres concentrándose en su labor de tejer una bufanda perfecta.

—Los «urus» son bisontes europeos extintos en el siglo xvi. En el bosque de Bialowiez, entre Polonia y Bielorrusia, los hermanos Heinz y Lutz Heck se propusieron recrear estos animales del Cantar de los Nibelungos mediante cruces con bueyes húngaros, escoceses y bisontes canadienses.

—Lebensraum (Espacio de Vida) —agregó Sonia sin desprenderse de su tejido.

—Interesante —acotó Judith, justo cuando algunas gotas diminutas se adherían al cristal de la ventanilla anunciando lluvia.

—He notado, y perdone mi indiscreción, que su nombre tiene un origen judío, sin embargo, su apellido es escocés —habló Héctor inclinando levemente la cabeza.

—En efecto, mi padre vino al país como ejecutivo del Banco escocés, de hecho, fue en estas oficinas donde conoció a mamá y, rápidamente, se hicieron novios. Según ella me relató, papá siempre le dijo que en su árbol familiar había un antepasado judío que llegó a tierras escocesas por el puerto de Leith.

—Judíos, siempre judíos, tal parece que estuvieran en todas partes —interrumpió Sonia, al tiempo que arqueaba las cejas y fruncía el ceño en señal de disgusto.

Un hombre alto, portando pantalón azul, camisa blanca y chaleco, se acercó al compartimiento para solicitar a los pasajeros sus boletos. Su gorra resaltaba una placa de bronce que lo acreditaba como empleado de la compañía ferroviaria. Judith se apresuró a hurgar en la cartera de Andrea y, al no tener éxito en la empresa de obtener los documentos solicitados, tiró de su brazo en un par de ocasiones para despertarla. La mayor de las O´Brien no quería siquiera moverse y, casi a regañadientes, emitió un gruñido, seguido por una escueta oración: «busca en el bolsillo de mi gabardina». Judith siguió las instrucciones y extrajo dos largas tiras de cartulina blanca con sus respectivos códigos del elegante abrigo que Andrea había adquirido dos días atrás con el propósito de realizar este viaje. El hombre constató que la información contenida en los boletos se encontrase en orden y, acto seguido, los marcó con una máquina perforadora. Héctor no perdió ni un segundo para introducir su brazo en la bolsa de tela que contenía los materiales de costura de su esposa. Judith se impresionó ante los vellos que poblaban la gruesa extremidad del fornido vecino con sombrero tirolés y lanzó un suspiro, mezcla de cansancio y de aquella emoción que la poseía.

El brazo emergió de la bolsa con la misma celeridad con la que había entrado en ella. No transcurrieron más que dos segundos para pescar entre los estambres una agenda con un extraño símbolo repujado en el cuero. Era una especie de sol negro compuesto por dos círculos concéntricos. Del más interno de ambos, partían doce líneas que alcanzaban el círculo exterior, torciéndose levemente para así sugerir doce rayos. Héctor abrió la agenda y, justo en la primera página, halló los boletos para entregárselos al empleado de la compañía ferroviaria.

El hombre los devolvió a su propietario y se marchó. Sin embargo, Judith, picada por la curiosidad, preguntó a Héctor:

—¿Ese símbolo representa algo para usted?

—Es algo decorativo, nada más… Recuerda a un sol, creo que la agenda me la obsequiaron en alguna tienda por departamentos. De cualquier manera, fue hace mucho y la memoria de los viejos es frágil —agregó Héctor cerrando los ojos.

Sonia siguió con su tejido, pero Judith no podía entender los comentarios de Héctor. ¿Cómo era posible que un hombre tan versado en el Poema de los Nibelungos desconociese un símbolo ancestral como la runa sigel, cuya línea zigzagueante sugería un rayo irrumpiendo en el cielo? Ella había tenido la ocasión de estudiar algo de mitología escandinava y sabía que para los vikingos representaba las bondades del deshielo, asociándose al sol, la fuente de vida y calor durante el invierno. Pensando en esto, el tren detuvo la marcha en un punto donde una carretera de montaña cruzaba las vías férreas. Un convoy militar pasó justo frente a ellos; se trataba de dos camiones de suministros y otro, con capota verde, repleto de soldados. Judith supuso que acortaban camino en dirección a la costa, pues había leído en la prensa de unas maniobras del ejército que pretendían simular un desembarco anfibio en el litoral. Seguramente, se trataba de un plan de seguridad y defensa del territorio ante un eventual ataque de potencias extranjeras.

Mientras aguardaban el reinicio de la marcha, la tarde avanzaba a grandes saltos y, en la distancia, el sol comenzaba ya a ocultarse tras las elevaciones del terreno. Aquel paisaje escondía una belleza poética… Judith trató de deslizar el cristal de la ventanilla para que el aire del campo pudiese entrar con libertad al compartimiento, pero el marco de madera que lo sujetaba a la estructura del vagón se hallaba un tanto descuadrado y los esfuerzos de la joven estaban muy lejos de dar algún fruto. Durante un último y desproporcionado esfuerzo, Judith creyó ver algo realmente aterrador… De algunos arbustos, en su mayoría higueras, retamas y helechos, emergió una joven portando una bata blanca en extremo estado de delgadez. Sus facciones perfiladas, cabellos lacios que se extendían dos dedos por debajo de la frente y ojos desorbitados de un negro profundo, causaban espanto. Ella gateaba entre la espesura mostrando arañazos en las manos y rasgaduras en el largo camisón que le servía de única vestimenta. Más atrás, como a diez metros de la espectral visión, los arbustos se sacudían en completo desorden mientras algunas luces peinaban la densa vegetación. Parecía que aquella muchacha era acechada por un peligro mortal… Judith se acercó a la ventanilla para contemplar mejor la escena ante ella, justo cuando Sonia corrió las cortinas y el tren continuó su andadura.

—La chica, ¿no vistes a una joven saliendo de los arbustos? Diles que se detengan, debemos ayudarla —habló Judith con gran agitación.

—Allí no había nadie, querida —contestó Sonia, mientras reanudaba el tejido—. Debes estar cansada, llevamos ya varias horas en este tren.

—Te digo que alguien estaba entre los arbustos. Estoy segura de lo que vi…

—Bueno, querida, tal vez sí observaste algo. En esta zona pululan los gitanos. Transitan estos caminos desde hace décadas con sus carretas tiradas por caballos, sus mujeres, sus niños y sus enseres. Buscan las fuentes de agua y los terrenos próximos a las vías férreas para ofrecer desde un mantel bordado hasta una consulta a la bola de cristal. En verdad, te digo que son como las piritas: el oro de los tontos.

—Pero, parecía estar buscando ayuda casi con desesperación…

—Es una postura para engañar a los turistas, una estrategia de ventas. Duerme, querida, llegaremos pronto a la próxima estación y, desde allí, no habrá más paradas hasta el litoral. Yo también aprovecharé para recostarme un rato —terminó Sonia al tiempo que cerraba los ojos y se deslizaba en la butaca describiendo con su cuerpo un ángulo de cuarenta y cinco grados respecto al respaldar.

Héctor susurró algunas palabras a Sonia en alemán que Judith no pudo entender: Dieses jϋdische Mädchen war ein echtes Ӓrgenis. Ojalá hubiese tenido algún conocimiento del idioma para comprender el peligro que rondaba sobre ella y su hermana aquella húmeda tarde. En ocasiones, no le damos crédito a la intuición y tratamos de usar la mente analítica para explicar situaciones que van más cerca del sentimiento que de la razón. Eso que algunos llaman un pálpito, o una corazonada, que muy raras veces tiene un asidero material, sumergiéndose más bien en el territorio subjetivo de las emociones, no debe ser descartado. El olfato para los negocios, el amor y la evasión de situaciones que pudiesen representar problemas a corto o medio plazo, suelen aparecer una vez, por lo cual debemos estar atentos para advertir los llamados «toques de campana» que nos da este sexto sentido. Judith percibía que algo ocurría, Andrea también lo sabía y, sin embargo, no indagaron en sus sospechas… Ellas ignoraron las gotas sobre la ventanilla, el olor a pasto chamuscado, los cambios en la dirección del viento, no les dieron crédito a las frases entrecortadas, las sonrisas que aparecían calcadas sobre los rostros y los detalles minúsculos, es así como desestimaron el poder de aquella frase siniestra: «Esta chica judía es un verdadero problema».

IV

Tras recorrer un tramo de vía recto, de unos doscientos metros, el tren se aproximó a la estación. Algunos pinos, con sus troncos doblados en actitud penitente, recibieron a los viajeros. Antes que la locomotora se detuviese, Judith se incorporó de su asiento para estirar las piernas y hurgar en su maleta siguiéndole el rastro a su cepillo de carey con mango de plata, después de todo, no quería llegar despeinada a su destino. Sus compañeros de viaje aún dormían y las chicas pensaron que sería una oportunidad excelente si querían marcharse sin ser vistas. Andrea hizo una señal a su hermana para retirar sus pertenencias evitando hacer el menor ruido posible. Cuando abandonaron el compartimiento, Sonia mantenía los ojos cerrados y la boca entreabierta, a tal suerte que un fino hilo de saliva se escurría de sus labios describiendo un arco pronunciado hasta alcanzar el tejido del suéter. Héctor, por su parte, roncaba con el sombrero tirolés colocado directamente sobre su rostro en un intento de filtrar al completo la luz que se colaba a través de la ventanilla.

Judith y Andrea sonrieron mientras caminaban a lo largo del estrecho pasillo que las separaba de la portezuela del vagón. Al fin se habían librado de las molestas preguntas de Sonia y del terrible sentido del humor de Héctor que aparecía, de trecho en trecho, con cada bache y curva del recorrido. Tan distraídas estaban, que no advirtieron que Sonia arqueaba sus cejas y solo fingía dormir, mientras no perdía detalle alguno del movimiento de las chicas a través de las entrañas del vagón. Casi susurrando, dijo a Héctor: «Fliehen (huyen)», ante lo cual el hombre, sin inmutarse siquiera, contestó: «Tranquila, no podrán escapar del lugar a donde se dirigen».

Como en cualquier estación de provincia, en el único andén disponible para el desembarco de los viajeros todo era confusión. Las personas colocaban las piezas de equipaje sin ningún orden ni concierto sobre el suelo embaldosado creando un intrincado laberinto del que, a duras penas, las chicas pudieron desembarazarse. Andrea agitó su larga cabellera siguiendo las directrices del viento, mientras invitaba a su hermana a recorrer a pie el trayecto que las separaba de la posada donde pasarían la noche antes de proseguir su viaje. La oscuridad avanzaba desde las solitarias cumbres, derramándose como una peste siniestra sobre el valle. Algunos relámpagos, iguales a teas ardientes, encendían la noche esperando el clamor de los truenos por un epitafio digno para aquel día que no se volvería a levantar. Pronto, unos goterones comenzaron a precipitarse desde el paño del cielo y, en un tris, nadie se hallaba a buen resguardo de un copioso aguacero. Los comerciantes recogían sus maletas repletas de mercancías y saltaban entre los charcos buscando un alero donde protegerse del temporal. Las mujeres de mayor edad tomaban a sus hijos de las manos y deshacían la burda tela de los sacos de verduras para componer improvisados abrigos y mantas. En pocos minutos, la tierra se transformó en un gigantesco lodazal, una suerte de sopa espesa donde los pedruscos actuaban a la manera de condimentos exóticos. Judith, empapada de pies a cabeza, fue la primera en llegar a la recepción de la posada Silberner Brunnen. Andrea la seguía a pocos pasos arrastrando la única maleta por el fangoso suelo y murmurando algunas maldiciones que apenas alcanzaban a escucharse ante la magnitud del temporal. Un cartel de madera tallada, que pendía de un poste coronado por un farolito, dio la bienvenida a las chicas que, a estas horas, respiraban con dificultad producto del cansancio. ¡Una ducha caliente lo compensaría todo! Pensaron ambas, mientras rellenaban la tarjeta de registro.

Conrad, el administrador de la posada Fuente de Plata, les entregó la llave de la cabaña dieciséis, localizada en el límite sur del terreno, colindando con un sembradío de maíz. Se trataba de una construcción de dos pisos, provista de un ático con dos camas individuales, un cuarto principal con su baño y una cocina a la diestra de un pequeño recibidor. La cabaña disponía de nevera, horno, estufa eléctrica y algunos enseres menores, tales como: platos, ollas, cucharas, espátulas, cuchillos y sartenes para ayudar en la preparación de los alimentos. Sin embargo, Judith y Andrea no tenían la menor intención de cocinar y, menos aún, disponían de los ingredientes necesarios para hacerlo. Por fortuna, la posada contaba con un discreto restaurante emplazado a la diestra de la recepción donde los viajeros podían degustar los platillos de la comida local.

Andrea introdujo la llave en la cerradura y giró el pomo de bronce en sentido de las agujas del reloj. El crujido de una terna de bisagras antecedió a la apertura de la puerta. Si bien todo parecía ordenado con gran meticulosidad, Judith no pudo contener un leve estornudo, producto quizás del polvo que se acumulaba entre los resquicios del marco metálico flanqueando la entrada a la habitación. Su hermana saltó sobre la cama rodando algunos centímetros sobre la colcha roja, definitivamente no tenía intención alguna de desempacar. Judith no pudo resistir la curiosidad de abrir las gavetas y revolver cada espacio del cuarto para desentrañar los secretos de aquella construcción. Tenía hambre, pero aquel impulso era superior a su apetito… Sería pues, Andrea, quien hiciera la invitación formal para cenar, cuando el lejano sonido de un silbato, seguido por la inconfundible melodía de las ruedas de hierro deslizándose sobre los rieles, confirmó a las chicas la partida del tren de la pequeña estación. El convoy de vagones emprendía un trayecto de decenas de kilómetros en dirección al litoral y, tanto Judith como Andrea, celebraron que Sonia y Héctor viajaran en él.

—Después de todo, Sonia y Héctor solo querían ser gentiles. Supongo que, a sus años, se tiende a ser repetitivo y un poco puntilloso con los eventos del pasado —agregó Judith sintiéndose culpable por demostrar tanta alegría frente a la partida del tren.

—Bah… —habló Andrea girando su mano derecha como si se tratase de un abanico a punto de refrescarle del sofocón— hice bien en no intercambiar palabras con esa gente, mi sexto sentido me dice que algo bastante oscuro escondían detrás de su amigable apariencia.

—Siempre estás viendo fantasmas gravitando sobre cualquier cosa. Supongo que eso es consecuencia de aquel infeliz episodio de la niñez, en el que un lanudo perrito acabó mordiéndote el brazo en un descuido.

—No es como lo pintas, pero ese minúsculo detalle confirma mi teoría. Detrás de un exterior amistoso, a veces se ocultan los demonios… —sentenció Andrea antes de abrir la puerta del cuarto—. Es mejor ir al restaurante ahora, si es que no queremos quedarnos sin cenar.

—¡A comer se ha dicho!

Las hermanas decidieron acortar el camino a través de un sendero que serpenteaba entre pinos y azaleas, desembocando justo en la parte trasera del restaurante. Dos ventanas de madera, situadas por encima de sus cabezas, proyectaban una luz mortecina sobre el oscuro paisaje recorrido por débiles ráfagas de viento. El olor de las salchichas cocinadas a la brasa, y de los potajes de verduras tan reclamados en esta época del año, se colaban por cada rendija del edificio, junto al chasquido de las copas y las jarras de cerveza con cada brindis improvisado. El ambiente era de celebración y, tanto Andrea como Judith, solo ansiaban una buena mesa servida para reponer las energías desquitadas durante el viaje.

Al entrar, contemplaron un salón presidido por una ancha barra en la que varios jóvenes entonaban cánticos y bebían directamente de las botellas. De dimensiones reducidas, el lugar alcanzaba para cobijar ocho mesas entornadas por cuatro sillas cada una. Los manteles de tela exhibían bordados con personajes portando los trajes típicos de la región. Andrea y Judith ocuparon un lugar próximo a una de las cuatro ventanas del restaurante desde donde podían observar a la perfección los campos cercanos sembrados de maíz y lechugas. Un mesonero alto, vistiendo pantalón negro y camisa blanca con botones de carey, se acercó desde la cocina sosteniendo los menús impresos en letras doradas. La elección se reducía a unos cuantos entrantes, embutidos y verduras de temporada, así como tortas variadas. Para beber, cerveza y vino de la casa, aunque también se ofrecían cócteles con nombres poéticos confirmando que en la provincia había una buena dosis de creatividad.

Judith se inclinó por un plato de salchichas, acompañadas por una delicia culinaria preparada a base de col hervida en filamentos y fermentada mediante sal marina y algunas especias, entre las cuales no podían faltar: la pimienta negra, el eneldo, las hojas de laurel y la alcaravea de hojas verdes y brillantes, que es conocida por muchos como comino del prado. Andrea, en cambio, no pudo resistirse al schnitzel, un filete empanado de ternera colocado sobre una fuente de patatas, que podía servirse a gusto del consumidor con una salsa de champiñones frescos. Para beber, dos jarras de cerveza negra bien fría con un sabor potente cercano al chocolate o al café.

Cuando el mesonero recorrió a la inversa los pasos que le separaban de la cocina, Andrea y Judith se entregaron a las bondades de una larga conversación… Hablaron prácticamente de todo, en especial del trabajo, de aquellos modernos peinados que se habían hecho virales entre las jóvenes. Andrea se había decidido a realizar este largo trayecto con su hermana, conquistada por los comentarios aparecidos en algunas revistas médicas sobre los mágicos tratamientos rejuvenecedores del Spa Majdanek. Desde luego, había una motivación especial detrás de aquel periplo y esta tenía que ver con Ludwig, el rubio joven, de ojos azules, que desde hace dos semanas, días más o días menos, andaba detrás del amor de la mayor de las O´Brien. Andrea sentía que su pulso se aceleraba, y decenas de mariposas aleteaban en su estómago cada vez que le veía parado en las afueras de la terminal de autobuses cuando retornaba a su casa después de trabajar. Él parecía la encarnación misma de un antiguo héroe germano. Sí, Andrea lo veía como el propio Sigfrido derrotando al dragón que custodiaba el tesoro de los Nibelungos, o como Beowulf, el paladín gauta quien, en ayuda de los daneses, mata al gigante Grendel. Al principio, el interés de la joven apenas fue correspondido con algunas sonrisas por parte de Ludwig, pero… las cosas estaban destinadas a cambiar en poco tiempo.

Primero, fue un ramo de rosas con una escueta tarjeta, un café en una panadería cercana y un sencillo beso de despedida poco después de la jornada laboral. Luego, conoció a sus padres durante un almuerzo en la finca familiar. Por instantes, le vienen recuerdos de aquel día… La entrada a la finca mostraba un arco, y dos puertas con barras de metal horizontales y transversales. Se hallaba localizada en una cuesta muy empinada por lo que los carros debían aminorar la marcha con bastante antelación si no querían seguir de largo hasta la cima de la montaña para tener la opción de corregir el rumbo. Tras sortear un cartel con el nombre de la propiedad, se accedía a una carretera secundaria que descendía unos cien metros hasta una explanada habilitada para servir de estacionamiento a los vehículos justo al frente de la casa. Ludwig en este punto ya le había advertido a Andrea sobre la afición de su padre por cultivar orquídeas y bromelias. La construcción de piedra, de una sola planta, se hallaba repleta de estas matas exóticas. Flores moradas, blancas y amarillas se esparcían, por aquí y por allá, tanto en potes de arcilla como en troncos, eso no era más que el entremés de lo que podía contemplarse sin esfuerzo desde una terraza descubierta en el ala sur de la casa. Desde allí, ondeaban algunas banderas curiosas… Junto al águila del Reich alemán, el viento sacudía una tela con tres franjas horizontales, aquella del medio, se tornaba más negra que la misma noche mientras, la de arriba y la de abajo, eran blanquísimas. Definitivamente, Andrea jamás había visto un estandarte parecido y su curiosidad se vio bien recompensada cuando el joven Ludwig le contó que se trataba del pabellón de la provincia de Posen, perteneciente a Prusia y parte del imperio alemán, con una superficie de 29000 kilómetros cuadrados.

En todo caso, no fueron las banderas las responsables de capturar la atención de Andrea, sino los extensos invernaderos que se sucedían colina abajo. Ellos parecían tablones blancos flotando en una inmensidad verde.

—Así que tú eres la responsable de que Ludwig viva soñando despierto —interrumpió una voz seca desde el porche de la casa.

—Andrea, te presento a mi padre, Dieter Liebe —habló Ludwig, acercándose a un hombre de tez muy blanca, poblada cabellera y unos ojos que se esforzaban por contener la profundidad del mar.

La joven permaneció durante algunos segundos anclada al pétreo suelo que la separaba de la puerta principal de la construcción. Parecía que no podía moverse… Tal vez, la dulzura que exhibía el rostro de aquel anciano contrastaba abiertamente con el tono de su voz, por instantes sombrío y autoritario.

—Bueno, jovencita, parece que hubiese visto un fantasma —agregó Dieter, mientras daba dos pasos para acortar la distancia entre ambos.

—No, disculpe, solo debe ser el calor y el aroma de las plantas, estoy lejos de entender lo que me sucede.

—Es normal, cuando se conocen a los parientes de quien hemos resuelto elegir de pareja, pero no te quedes ahí parada y ¡dame un abrazo! —continuó Dieter, mientras extendía los brazos.

Andrea respiró y, llenándose de nuevos bríos, abrazó al padre de Ludwig. Los cenizos cabellos del hombre rozaron su cuello y, casi de inmediato, la joven pudo percibir aquel perfume con acentos cítricos que le recordaba a los frascos de colonia de Roger & Gallet. Luego, todos entraron a la casa… La madera y la piedra parecían ser los elementos resaltantes de aquella construcción que dejaba en el ánimo la desleída percepción de haber traspasado el umbral de una cabaña de montaña. Muchos libros descansaban sobre las estanterías empotradas en los muros y una chimenea, sin duda desproporcionada respecto al tamaño de la casa, presidía el salón. Allí, sobre una repisa, Andrea vio una antigua fotografía que mostraba a un grupo de muchachos con camisas marrones claras y pantalones cortos que, además, llevaban pañoletas colgadas al cuello, al estilo de los «scouts». Dieter, al intuir el interés de la joven, habló pausadamente:

—Soy yo en 1933. Aunque usted no lo crea, en ese campamento nació en mí el amor por la naturaleza, el respeto a las tradiciones y, por supuesto, el aprovechamiento de la fuerza física. Tenía quince años.

—También yo quise pertenecer a un grupo excursionista, pero mis obligaciones… —añadió Andrea antes de que Dieter la interrumpiese.

—De lo que se trata aquí es de una cuestión de sangre, de la superioridad de la raza aria, noble por naturaleza —intervino Dieter, cerrando los puños y abriendo sus ojos más allá de lo normal, destacándose enseguida por adquirir una coloración rojiza.

Un escalofrío sacudió el cuerpo de Andrea, al tiempo que su corazón latió con mayor fuerza dificultándole el habla. Ludwig sería el encargado de cambiar la situación posando su mano izquierda sobre el hombro de la muchacha, mientras añadía:

—Papá, deja tus historias para la sobremesa. ¿Qué va a pensar Andrea de nosotros? Mejor háblale de tu especialidad: el haxe con patatas fritas.

—Tienes razón, hijo, los mayores nos aferramos a viejos recuerdos y cosas sin importancia. Jamás probará una rodilla de cerdo como la mía.

—Me disculpo por mi ignorancia, señor Dieter, no quise ser descortés… —habló Andrea casi susurrando.

—En realidad, la falta ha sido mía… Como supondrá usted, no recibimos muchos invitados y caemos en la tentación de creer que todos comparten nuestra forma de pensar. Solo se puede amar lo que se conoce. Como dijo una mente superior: «Quizás la más grande y mejor lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia».

—¿Quién dijo eso? —preguntó Andrea, mientras Dieter dejaba escapar una leve sonrisa.

—Genug schon, Vater (Basta ya, padre). Pasemos a la mesa —siguió Ludwig haciendo un ademán de cortesía.

Andrea escuchó un chasquido a corta distancia de su cabeza, se trataba de su hermana Judith quien, haciendo uso de sus dedos, intentaba sacarla de aquella especie de trance hipnótico en el que había caído de pronto. Un plato de porcelana se encontraba frente a ella con aquel apetitoso filete de ternera y la humeante salsa a base de champiñones frescos. Había llegado el momento de chocar las jarras de cristal tallado para ensayar el primer brindis de la noche y, simplemente, Andrea continuaba abstraída del mundo.

—¿Te ocurre algo, hermana? —preguntó Judith un tanto preocupada.

—Nada, querida Judith, recordaba aquel almuerzo en casa de Ludwig. Fue algo peculiar…

—Solo ansías ver a tu novio, Andrea, el amor nos hace comportarnos de maneras extrañas.

—Ojalá fuera eso, estoy segura de que el padre de Ludwig oculta algo, cada vez que lo pienso me convenzo más.

—Tonterías. ¿Qué puede ser? La dentadura postiza en un vaso de vidrio sobre la mesita de noche o… tal vez, un cadáver enterrado en el cobertizo. ¡Taratatán!

—No te burles, Judith, en la mirada de ese hombre había muerte y… en ocasiones, pienso que estuvo casi a un milímetro de revelármelo, hablo de su secreto, si no fuese porque Ludwig no se cansaba de interrumpirlo.

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