Kitabı oku: «La ejecución de la estatua»



Osorio, Amilcar
La ejecución de la estatua / Amilcar Osorio. -- Medellín: Editorial EAFIT, 2018
244 p.; 24 cm. -- (Letra x letra)
ISBN : 978-958-720-494-0
1. Novela colombiana. I. Arbeláez, Jotamario, 1940- pról. II. Tít. III. Serie
C863 cd 23 ed.
O837
Universidad EAFIT - Centro Cultural Biblioteca Luis Echavarría Villegas
La ejecución de la estatua
Primera edición: abril de 2018
© Amílcar Osorio
© Editorial EAFIT
Carrera 49 # 7 Sur - 50, Medellín. Tel. 261 95 23
http//www.eafit.edu.co/fondo
Correo electrónico: fonedit@eafit.edu.co
ISBN: 978-958-720-494-0
© De la Presentación, Eduardo Escobar
© Del Prólogo, Jotamario Arbeláez
© Del Epílogo, Juan José Cadavid Ochoa
Coordinación y nota editorial: Felipe Restrepo David
Asesoría: Eduardo Escobar y Jotamario Arbeláez
Corrección y cotejo: Álvaro Molina
Apoyo: María Adelaida Chaverra Restrepo
Diseño y diagramación: Editorial Artes y Letras S.A.S.
Imágenes de carátula y guardas: Foto cortesía de Eduardo Escobar, Imagen de Shutterstock
Universidad EAFIT | Vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad: Decreto Número 759, del 6 de mayo de 1971, de la Presidencia de la República de Colombia Reconocimiento personería jurídica: Número 75, del 28 de junio de 1960, expedida por la Gobernación de Antioquia Acreditada institucionalmente por el Ministerio de Educación Nacional, mediante Resolución 1680 del 16 de marzo de 2010.
Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio o con cualquier propósito, sin la autorización escrita de la editorial
Editado en Medellín, Colombia
Diseño epub: Hipertexto – Netizen Digital Solutions
stanza
en los muros blancos yace la sombra de la fuente que viene desde el patio, su agua insurgente que refrescara la galería.
en la hornacina está olvidada la cabeza en yeso de un muchacho, una caja sin fósforos, una cadena pequeña.
el piso cruje en las horas de la tarde.
Amílcar Osorio
PRESENTACIÓN
Eduardo Escobar
La ejecución de la estatua es una novela singular primero que todo. Como corresponde al más singular de los escritores del nadaísmo que es su autor. Quizás sea necesario situarla dentro de las llamadas novelas colombianas de la violencia. Y quizás es necesario decir también que no se parece a ninguna de las conocidas dentro de ese subgénero.
Amílcar Osorio rehuyó lo sensiblero, lo obvio, lo fácilmente conjeturable. Y en consecuencia su libro, que en efecto habla y describe ese período deprimente de la historia del siglo veinte colombiano, pretende ser al mismo tiempo el admirable ejercicio de estilo de un muchacho que junto a gonzaloarango, como entonces se firmaba, inventó el nadaísmo en la ciudad más pacata de Colombia, enorme sepulcro blanqueado entonces y ahora.
El relato adopta una variante joyciana del tiempo que consiste en restringir, exprimir y comprimir un presente sin fondo, el presente, mejor dicho. Supongo que la novela transcurre en el Jericó de la Madre Laura y de Manuel Mejía Vallejo, y que cuenta un solo día, como el libro máximo de Joyce, o en todo caso el más famoso de sus poemas: un solo día atroz, como inventado por el diablo.
La novela también debe considerarse como una manera de ostentar la ambigüedad de una personalidad. Conocí bien a Amílcar, nos quisimos entrañablemente desde que éramos dos adolescentes descentrados en la ciudad de Medellín, sin destino y sin ganas de nada, al borde del comienzo de la década de los 60. Y porque lo conocí puedo afirmar, me siento autorizado, que le gustaba lo ambiguo, y sobre todo posar de ambiguo, porque a veces podía ser tierno y claro, y las cosas de doble fondo.
Debo decir antes de que el lector lo descubra por sí mismo que el título de la novela no alude a la creación de una estatua, no existe una ejecución de la estatua, sino más bien a su fusilamiento. Que otros se encarguen de indagar si el libro es una metáfora del complejo de Edipo de Rubén Amílcar Osorio, como creo que en realidad se llamaba. El hecho es que a lo largo del día de mercado de menjunjes de indios y de verduleros y carniceros, y farmacopistas y músicos y soldados, como era en esos pueblos de Antioquia de la segunda infancia del autor, el hecho es que a lo largo del día que cuenta el libro, se prepara la destrucción de la estatua, más bien. El destrozo de la estatua culmina, libera el agobio que es también un placer, el placer de la poesía.
Y juro que mi encomio no está comandado por el amor que siento por este nombre, uno de los muertos de mi predilección. Y que no estoy mintiendo si digo que Amílcar Osorio tenía algo de genio: en todo caso poseyó el genio de la tristeza que nos privó de una obra más vasta porque a veces asumía la forma de la indolencia y el pesimismo radical. Y el genio del amor: porque eso fue lo que más buscó este solitario que a veces escribía cosas como La ejecución de la estatua, para no reventar en el asco de la soledad, que refinó en sus lecturas de Heidegger y Sartre y Abagnano, un autor que trajinamos juntos en una adolescencia remota.
A pesar de los cuentos y de las colecciones de poemas inéditos casi todos todavía, a sus amigos nos hubiera gustado conocer más de su capacidad creadora. Por lo pronto solo queda agradecerle este libro extraño sobre la violencia que jamás llora ni cae en lo patético mientras al mismo tiempo explora el lenguaje popular y el lenguage refinado como por ejemplo al hacer el censo de los instrumentos musicales de ese día infeliz que nos cuenta.
PRÓLOGO
Amílcar, el personaje
Jotamario Arbeláez
Uno de los elementos impactantes del primer nadaísmo fue la firma de su segundo fundador, Amílkar-U, tanto como su deslumbrante poema “Plegaria Nuclear de un coca-colo”. Tal vez por ello nos rebautizamos Jaime Jaramillo y yo, X-504 y J. Mario. Gonzalo nos rompió lo que escribiéramos hasta entonces y U nos señaló cómo continuar.
Muchos de los observadores y seguidores del Nadaísmo sostienen que el exseminarista de Jericó, nacido de padres antioqueños en Santa Rosa de Cabal y en el presente el menos divulgado de la pandilla –aunque para los que lo conocen o lo recuerdan es un autor de culto–, fue el mejor de todos nosotros. El más culto, el más talentoso, el más ambicioso. El excéntrico. Y eso que todos, desde un comienzo, aupados por el “profeta”, quien de esa manera nos capturó de por vida, nos sentíamos pichones de genio. Genios brutos. Que ya tendríamos tiempo de cultivarnos.
A los diecinueve años parecía haber leído todos los libros, por lo menos los que afanó de la Librería Aguirre, donde se desempañaba como librero precoz. Y donde descubrió para sus amigos a Maikovski y a Marinetti, mientras en la intimidad se solazaba con Wallace Stevens y con John Donne. De la lectura de la joven escandalosa francesa Françoise Sagán adoptó el seudónimo de Claudia Santamaría, de quien publicó una serie de cuentos deslumbrantes en la revista Cromos.
Fue la mano derecha y la pluma fuente de Gonzaloarango en la elaboración de los manifiestos. Este lo llevaba por las calles atado de una cadena al cuello y así lo sentaba en el mosaico de los cafés, como un perro, para pasmo o sorna de los parroquianos. Era un acto más de soberbia que de humildad. Quien debería sentir vergüenza era el amo. Pues nunca condescendió con el humanismo que inflamaba al “profeta”. Él quería conducir a su generación por otro sendero, igualmente sin meta pero tal vez más mórbido que satírico. Ni siquiera le interesaba la revolución. Él prefería la abyección, “hacer monstruosa el alma”, como predicaba Rimbaud, ser el francotirador en la torre.
Eso, más algunas indelicadezas rampantes ante el probo Gonzalo, enemigo número uno de la humanidad pero de una ética a prueba de balas, los llevó a separarse. Como varios nadaístas de entonces,1 Amílcar marchó a los Estados Unidos. Allí se integró con algunos beatniks que andaban haciendo el camino, con algunos vagabundos del Dharma de la montaña, con algunos santones zen de los altos hornos. Entre ellos Allan Wats, promotor del Zen, David Howie y Renée Frey, John Sirio, Jim Taylor, Bob Dylan, Allen Ginsberg, Gregory Corso. En ese tiempo escribió una novela que vino a dar a nuestros Sagrados Archivos, La ejecución de la estatua. Inédita, como casi todo lo suyo. Desde hace casi cincuenta años ando con ella como un trofeo o un tesoro, buscando quien la lea o quien la publique. La he perdido por años y la he llorado como a una novia pero la he vuelto a encontrar. Es una asombrosa novela de la violencia en Colombia, escrita con referencia a las maromas lingüísticas de Joyce y el rigor detallista de los objetalistas franceses, y viene a ver la luz apenas cuando en Colombia se columbra la paz. Trabajada y lograda por un nadaísta, precisamente.
Casi todos los nadaístas en tránsito tratamos de seguirle en su destreza literaria y sus desplantes, por lo general con menor fortuna. Se nos hacía que su estilo era rutilante, con influencias depuradas dada su rigurosa bibliomanía. Andaba siempre con un lujoso tomo de Rimbaud empastado en francés. Traducía a los surrealistas, en especial a Bretón y a Peret. Devoró Lolita de Nabokov, de la que hizo una parodia con un niño como protagonista gay. Fue quien nos repartió a todos ejemplares dudosamente adquiridos de El cuarteto de Alejandría, ese tratado del amor moderno de Lawrence Durrell, que nos dejó “profundamente herido el sexo, profundamente herida esta conciencia, profundamente herida la manera de comer”, como el mismo Amílcar cantara. Y de paso allí se encontró con el viejo poeta de la ciudad, con Constantino Kavafis, de quien hizo impecables traducciones y convirtió desde entonces en nuestro compañero de farras.
Solo dos libros, casi opúsculos, alcanzaron a publicarse, antes de que sospechosamente se lo tragara la laguna “La Oculta”. Vana stanza, diván selecto, poemas elaborados entre 1962 y 1984 y El yacente de Mantenga, replicado después como Gato o soledad en la lluvia, con cuentos elaborados en diferentes épocas. Cuando los publicara en los suplementos de los periódicos se le consideró un genio sin antecedentes en la literatura colombiana, lo que lo llevó a inferir que sus compatriotas eran unos imbéciles y por eso también se fue. Su primera novela, de altos ribetes sicalípticos, Súbete en todo mí, escrita durante la gira que los nadaístas realizábamos por Colombia en 1960, se la hizo quemar por improcedente un aseñorado español ante quien nuestro portento se descubría, como los demás de la facción sodomita de Medellín. Su obra recuperada es copiosa y exuberante. Está a salvo en la Biblioteca Piloto, de Medellín. Cubre todos los géneros.
El día que se conozca, y ya llegó el día con su novela principal, gracias a la solícita Editorial EAFIT, va a resucitar entre el público el “imbécil” concepto –según él, que era irónico– de que era un genio. Bien merecido se lo tiene.
NOTA EDITORIAL
La historia editorial de La ejecución de la estatua podría ser una fascinante crónica: en 1968 fue finalista del premio Seix Barral de novela; Amílcar, para entonces, tenía veintiocho años: se conocían sus cuentos y poemas, y sus excentricidades como nadaísta. La ejecución no fue publicada ese año, ni tampoco lo sería en las siguientes décadas. Pasó por varias manos y, podría suponerse, por una que otra editorial; los que la conocían, en esa clandestinidad que empezó a crearse a su alrededor, hablaban de ella con entusiasmo, y algunas veces se comparaba, en la forma, con las técnicas que había probado Joyce en Ulises (1922) y Finnengans Wake (1939). Ahora se publica, cincuenta años después, solo que ronda una inquietud que no termina de resolverse: por qué tantos años inédita esta novela. Una respuesta salta a la vista, y es que no se creía en su valor “comercial” porque La Ejecución, más que una novela experimental, es una obra que lleva la lúdica creativa hasta ese lugar en el que el fragmento, lo laberíntico, el caos, la polifonía, el contrapunto y los cruces se convierten en la propia estructura; por eso, quien pedía de La ejecución aquella sucesión clásica de los hechos, unos tras de otros, no encontraba más que simultaneidad y paralelismos en los tiempos y los espacios. Dice Jotamario de La ejecución: “Quién sabe cuántos años la trabajó con dedicación enjundiosa, rodeado de poetas outsider y maestros zen […], por medio siglo ha pernoctado en la mesa de noche de todos mis enganches sentimentales y la he perdido por años y vuelto a recuperar, y la he entregado a editoriales que la devuelven, considerándola un hueso duro de roer, pues entre una novela de la violencia –que era lo que se esperaba en Colombia de los escritores de garra– y un Ulises, cosa que no espera nadie, nuestro hombre se fue por un Ulises de la violencia. Una violencia tal de salvaje que luego de la masacre en el pueblo de Saldeguaca se termina ejecutando la estatua de la Madre en la plaza”. La ejecución es una novela de múltiples escenografías en las que Amílcar fue el escritor y artista que ya era e, incluso, el que llegaría a ser, por el riesgo y la libertad de una prosa que solo hacía concesiones a la potencia de su expresión.
La ejecución sobrevivió como “mecanuscrito”: la copia que llegó a la Editorial EAFIT da cuenta de una batalla que no podía ganarse. En esos cincuenta años, no solo fue leída, sino que fue intervenida; algunos de sus lectores (amigos y conocidos), suponemos que después de la muerte de Amílcar en 1985, se tomaron la licencia, por afecto o deber literarios, de tachar algunas partes, agregar otras, y hasta reordenar, en aquello que juzgaban como el más “correcto” sentido para la comprensión, que tenía que ver con la idea de “aclarar” la lectura, hacerla coherente. Como editores, sabemos que es un gesto más que comprensible: se trataba de un manuscrito susceptible de ser “mejorado”, y mucho más si sus lectores también eran escritores, poetas y narradores; solo que partimos de un principio, que a veces por obvio solemos olvidar: si presentábamos la novela con esas “intervenciones” había ya otro estatus, el de la “reescritura”, el de la “coautoría”, y eso significaba publicar “otra” novela. Así, para esta edición, omitimos esas “tachaduras” y quisimos presentar la novela en la que podría ser su versión “primera”, o, al menos, la versión que pudo haber tenido el mismo Amílcar, aquella de 1968. De esa versión, además, nos propusimos respetar el más importante aspecto que puede respetarse en un manuscrito: su estilo; justo ahí vive la voluntad creativa del escritor; por eso nos abstuvimos de “actualizar” su gramática: tratamos de comprender su “naturaleza” y desde allí editar, corregir, diagramar, incurriendo, como advertimos, en someter la novela a los corsés de un manual de estilo; en otras palabras, evitamos la tentación de domesticar, o al menos no del todo, la escritura de Amílcar, pues ella brilla en su espontaneidad. Como se verá, La ejecución comienza con esta frase (en minúscula): “pueblo trazado…”; y termina en un artículo: “aparecen en los”. Es decir, iniciamos una novela que tuvo su principio mucho antes, y luego al final somos abandonados por ella, pareciera que la historia continúa sin nosotros. La ejecución, toda ella, quiere destruir la obsesión de la totalidad; prefiere la parcialidad, los días que no acaban, las superposiciones de la realidad y la ficción, de las maneras de narrar y de ver.
Finalmente, nuestro mayor desafío: descifrar el paso del tiempo en la copia mecanuscrita que nos llegó; muchas de las páginas mostraban una tinta desleída, quizás, desde el mismo original, como si se tratara de un palimpsesto que hubiera sido raspado en ciertas partes para ser nuevamente escrito. Tras esos cincuenta años, La ejecución es una novela que había comenzado a desaparecer. Entonces, con delicadeza y resignación ante esa voluntad lúdica de Amílcar, procuramos completar algunas de esas palabras y conservar el sentido “incorrecto” de muchas otras. Tal vez, con más información, teniendo a mano la posibilidad de comparar varias “copias” (las más cercanas al original), y con muchos más datos de los protagonistas de esa “crónica editorial”, pudiera algún día editarse una versión “crítica” de La ejecución de la estatua, que ya comienza a hacer parte de unos de los capítulos más cautivantes de la historia literaria y estética de Colombia: el nadaísmo.
Felipe Restrepo David

PUEBLO TRAZADO EN LA COMARCA, techos negros, patios blancos, estatua de La madre acariciando al hijo de mármol que adelanta un paso sobre el pedestal para bajar al parque, luz de velas sobre los chorros de sangres que saltan del cuello de los novillos, el alarido descendiente, el sudar; cerrados los portones y las puertas que dan a la plaza, solo dos postigos dejan entrar la oscuridad, el del teniente y el del padre coadjutor; sobre el polvo rociado de la calle suena el agua, una bandada de brujas escupe desde el cielo, el gallo del gallero canta atado a lo que fuera un estantillo en el patio trasero y empedrado, la intensidad del coro se expande, las tapias multiplican los ecos, el grupo de cantantes en las calles, aumentando a cada paso; don Laureano Lleras entra en su cantina, ajusta la puerta y se pone a lavar los últimos pocillos que de la noche anterior quedaron sucios, asientos de azúcar, cadáveres de moscas, las copas de los aguardientes, los platicos de los pasabocas. “¡Ya entró en la agonía, bendito sea el Señor!”, exclama en voz baja doña Raquel, hermana de doña Lía, viuda de don Genaro Restrepo, agonizante víctima del cáncer; don Evaristo, quien a más de ser el fontanero es hojalatero y maestro de albañilería, abre la puerta, quitadas las trancas, echa a andar por la falda, asegurada la cerradura con la llave que más que artefacto no es sino un detritus de herrumbre, la deposita en uno de los amplios bolsillos de sus pantalones holgados, jadeando cardiacamente repara las cuentas de achiras en su camándula y dirigido al tanque de las aguas; dos hombres primero se levantan, el-queapaga-las-luces y el-que-surte-el-agua, don Evaristo el fontanero, Gilberto Arredondo, el que sale por la puerta de su casa con el palo terminado en gancho para separar las conexiones eléctricas. “¡Acuso las cuarenta!”. “Otra vez volviste a ganar y este es el último porque va a amanecer”. El calor, la luz, un liviano viento amontona las estrellas últimas en cualquier periodo del mundo, la luz malva manifiesta al borde de los montes en los cerros, al otro lado de la cordillera un incendio que se refleja en el cielo, verti caen dos o tres aerolitos, se inclinan matutinas centellas, evanecen cuasistelas, se pagan pulsares, epitelio, carnes, hemorragia, nervios que se retraen en los músculos, tendones, manares de burbujas escarlata que se precipitan en las vasijas chispeando por la luz que viene de las candelas, su reflejo en los cuchillos, vaho acosado de los novillos, rictus de los cuellos, ruptura de las cervices, quebrantar de huesos; adelante van los acólitos bamboleando los incensarios, cabeceando crucifijos y cantando, descienden las escalas del atrio seguidos por el reverendo y la imagen, detrás las velas flatulantes y las voces, sepelio madrugador o procesión báquica: tejiendo van guirnaldas/ llenándolas de amor/ tejiendo van guirnaldas/ llenándolas de amor/ oh celeste aurora/ dame tu fulgor/ oh celeste aurora/ dame tu fulgor/ tejiendo van guirnaldas/ llenándolas de amor/.

Idolillo gótico de la Virgen de Fátima, género y enigmático, cristiano, siniestro y blanco al regreso hay más hombres, más mujeres, más niños, sobre todo más niños y el Reverendo sube al atrio, atediado, las escalas, ni una luz se ve en el horizonte, las candelas están medias, las tres puertas del puerto, abiertas; en el volumen de oscuridad que la plaza encuadra rengloncillos de viento brinconean acariciando los troncos de los árboles, palmoteando las hojas, silbando y fantasmeando, enriqueciendo el rocío, condensándose en el rostro de las estatuas; placas de latón marcan los números de las puertas, aldabones zoomórficos reposan contra las hojas, grafitos ilegibles en varios zócalos y en las puertas mismas (sin luz para descifrarlos), muescas de balas en las tapias, varas cuadradas sobre el empedrado para las mesas, los pies, los cascos, los tejidos, las pieles, los costales con grano, las legumbres frescas; el agente 223247PM llega por la esquina sureste, la de la calle Real mira hacia la Caja de ahorros, hacia el parque, es algo que se mueve, no más que el viento, tira la colilla de su cigarrillo en un sumidero y taconeando atraviesa la calle del Camino viejo, se detiene, mira hacia donde ha venido y girando casi marcialmente camina por el costado oriental, se para al llegar al camión frente a Transportes de las Montañas, levanta la lona e inspecciona el interior, los dos muchachos están dormidos; en la Vecina población dos moradores cruzan la plaza, suenan varios disparos, caen al empedrado, frente a la casa cural, en sus cédulas de ciudadanía consta que se llaman Virgilio Garcés de treinta y cinco años y Luis Gilberto Arredondo, homónimo del-que-apaga-las-luces, de cuarenta y ocho, ambos de filiación liberal, soltero el uno y padre de varios hijos el otro (serán traídos a Saldeguaca en el camión platanero de Pasolento o Saldarriaga, dado que en la población vecina no hay ni alcalde ni juez, es necesario este viaje a cargo de Filiberto Saldarriaga, alias Pasolento, quien se dedica al acarreo de plátanos y muchachas entre un poblado y otro); el camión de Saldarriaga está en la calle del colegio público, en frente del cual vive Emilia, su moza, con quien está acabando de pasar la noche que iniciaran bebiendo en el barrio de las putas; don Próspero el carnicero está en el degolladero sacrificando un ternero, en la casa de esquina, calle del Convento del Santo Sepulcro y en su cocina Rosa Emilia acomoda la hulla en los cuatro reverberos, atiza con una china que hace quince días le mandaron comprar ahí al frente no más, en el toldo de Hermenegildo, las llamas enrojecen sus carrillos y mentón en la oscura cocina que no está alumbrada, sino por las profusas chispas que saltan del fogón y que cuando alguna alcanza cualquiera de sus brazos Rosa Emilia maldice con unas palabras que hace tiempos aprendió en su vereda de origen; en la cama, calle cercana a la del Camino viejo, doña Rosa Emilia Peláez ronca estruendosamente, fetalmente hundida en el colchón que le quedó de su tía Emilia Rosa Rincón, vestidora de santos y adoratriz del Santísimo que murió de un vómito hace algunos años; Pedro Pablo el encerrador y paje reposa envuelto por sus inconscientes delirios en una alcoba de la planta baja, su verga erecta bajo la cobija, el túmulo cubierto con la lana de la cobija apunta al cielorraso envigado y con las vigas deslustradas, doña Emilia le ha rogado tanto a Heriberto para que venga a blanqueársela pero él siempre le dice que no tiene mucho tiempo, que mañana cuando acabe de blanquear lo de Restrepo, sí, que cuando acabe de blanquear lo de Restrepo vendrá con mucho gusto a encalarle las vigas de la pieza de Pedro Pablo y la otra de abajo, la que está junto al solar, pero Heriberto sabe muy bien que doña Rosa Emilia es muy amarrada y que no le pagará más de uno con cincuenta por todo ese trabajo que le puede gastar muy bien toda una tarde; en el patio, varias ranas con sus espaldas cubiertas por el rocío duerme velan bajo las azaleas, rendidas de croar inútilmente por varios estancos nocturnos; don Eleuterio se inclina hacia la poceta después de abrir la canilla y mete su cabeza seca bajo el chorro que don Evaristo tan benevolentemente le acaba de deparar, jadea bajo el golpe helado del agua campesina y bacteriosa, aspira el perfume tibio que el fondo de la poceta emana, turbio, adoración de musgo pantanoso, tierra sedimentada y manteca de cerdo que se ha ido acumulando con las eternas lavadas de platos y ollas; el gallo canta avisando por los primeros, lejanos, suaves, ingenuos, reticentes, endomingados, montañeros, alegrantes, jubilosos, inmarcesibles, beneficiosos, matutinos, emperifollados, alboreantes, rosas que ayuntan en la sierra del horizonte; Plumasfieras canta amarrado al estantillo: cla cla claclaclarín, claclaclariiiin; el enano ronca, una botija desinflándose, deventrándose, expeliendo el vino, vomitándolo, toda su flema se acomoda en la glotis y burbujea espesamente, al lado de su colchón y tirado en el suelo el cenicero emana un hedor a ceniza húmeda, tabaco y estearina derretida; Leonisa, apenas abre los ojos, se aprieta el vientre, se ausculta con su palma tibia, gesticula desesperanzada como si pensara en algo irremediable y apoyándose en las manos se sienta sobre la cama para persignarse: “… spiritusanto amén”. Ágilmente descuelga las piernas hacia el piso, el frío de las baldosas le quema las plantas, un gesto entre pereza y desasosiego, pereza de levantarse adivinando que afuera hace mucho frío y llueve; Atehortúa cierra la puerta de su casa y se va al establo para asegurarse de que no le han robado las vacas, hace dos años le robaron una y estas sí no se las roban. “¡Cuatreros malparidos!”. Observa el bulto blancuzco y dando por cierto que las vacas están aún ahí endereza sus pasos por la pendiente húmeda hacia la iglesia, corre para atravesar la calle, el alero no lo cubre más; doña Doloritas sale acompañada por Pacha, lo saludan en voz baja como si temieran despertar a los vecinos, la verdad es que se levantan muy devotas y como entrambas han hecho voto de silencio por virtud, prefieren hablar susurrando cuando es absolutamente necesario; un gallo canta, el otro vuelve a cantar y el otro, y el de más allá, y de solar en solar se forma un ciclo que va y viene, del solar de Plácido al solar de Benemérito, del solar de Agustín al solar de Encarnación, del solar de Apulio al solar de Germán, del solar de las monjas al solar de los Guzmán, gallos irguiendo el cuello como que sumergidos en la noche se ahogaran, el búho emite su último currucutú y se escapa de la luz al desván de la casa de doña Concepción, una de sus veinte gallinas lo escucha de regreso pero parece sentirse segura en su gallinero de trenzadas cañabravas porque cubre de nuevo sus pupilas con el párpado rosado; la madre se contorsiona, don Vicente la calma poniéndole la palma en la frente, las monjitas respiran contenida y expectantemente, entre nerviosas y alegres porque un niño va a nacer; el sargento que no fue a la comisión se revuelve desnudo en la cama junto al cuerpo de Pubenza, agitado por varios zancudos que han instalado sus taladros en los brazos y el cuello, los hombros; de las chimeneas brincan las chispas y el humo del carbón de piedra queda en las colinas, el aire se ha limpiado de lluvia, si se pudiera ver, los tejados serían nítidos; don Evaristo sin soltar la camándula y sin menguar el jadeo mira con sus pupilas viejas el ojo del estanque, se inclina hacia la llave mayor y con gran esfuerzo la gira haciendo que la compuerta se separe, el agua fluye por el tubo mayor hacia Saldeguaca, se reparte por la red de la tubería hasta las canillas de todo el poblado, excepta la casa de don Jacinto beneficiada por un pozo artesiano, y la de Rosa Velásquez a quien no le dan agua dizque por puta y porque le contagió una sífilis a uno de los hijos de doña Bernarda de Andrade, presidenta consuetudinaria de la Sociedad de mejoras públicas y alcantarillado, la de Rosa Vélez por otras razones. “¿Vea, ent’oos ma’ana yo ‘uelvo po’ esas tripitas, no?”. “Sí Carolita, ma’ana mesmito t’ espero, pero vení tempranito porque vos sabés qu’ entre más tarde’ iay más trabaho”. “Ueno señor, hasta lueguito”. “Adiosito pues”. Carola recoge su costal y descalza camina sobre el empedrado sangrante y sangriento, enmierdado y mierdiento, se va tongonéandose y resbalándose y dando miradas a cada pocos pasos a Jairo que también se la queda mirándola y dándole “últimas” de enamorado de ojo; una recua de mulas entra por el camino de las Guaduas bajo los hijueputazos del arriero y los zurriagazos del zurriago: “Ahentro hijueputas que ya llegamos”. Un olor a café húmedo se expande en derredor cuando las mulas se agitan, aroma de café, llaga, paja, sal, fósforo y chispas que sacan del camino las herraduras al golpear las piedras; Gilberto tira de otra conección, se va la luz en la manzana del norte; la hermana Enriqueta de San Saturnino extiende sobre el altar los paños blancos y enciende las dos velas para la misa rezada en la capilla, las hermanas Julia de la Inmaculada Concepción, Sofía de San Tarsicio, la otra Julia, la de San Juan de la Cruz, Domitila de la Resurrección y la madre Valvanera de todos los Santos, arrodilladas rezan con sus vocecitas la hora prima del Oficio de María Santísima, sor Mónica de África, sor Pascuala de la Resurrección y sor María Magdalena trabajan afanosamente en la cocina: la una ablanda la masa para los panes, la otra sopla el fogón con la china y la última limpia el piso; siete enfermeras dan las cucharadas a ciertos enfermos y sor Cibelina de los Cinco Mil y Más Azotes aplica suero a don Crisóstomo Jaramillo quien está hospitalizado hace cuatro meses y de acuerdo con el Dr. Villa ha de morir en pocos días; el padre Zapata, capellán del Hospital y del colegio, se pasea gravemente por el corredor haciendo crujir las tablas y los soportes, lee la hora prima del Oficio Sagrado de Verano; Bernardo, somnoliento, percibe en su boca y garganta el acre sabor del guayabo y en su verga parada la mano de Enriqueta, voltea su cuerpo sobre ella y se despierta completamente con el frenesí de la eyaculación, se levanta con el chimbo aún parado y baboso y brillante, empieza a vestirse. “¿Qué horas son Quetica?”. “No sé, ya le he dicho que no me llame así. Por qué no se queda otro ratico?”. “No, no puedo, el padre no confiesa sino antes de la misa y creo que ya está muy tarde”. “Bueno mijo, entonces lo espero el sábado”. Don Felipe llega a la puerta de su tienda, mira hacia la torre del reloj, saca de su carriel la enorme llave y la introduce en la cerradura de la puerta verde que da a la calle del Santo Sepulcro o sea la que pasa en frente al templo, entra en la oscuridad olorosa y busca a tientas las trancas que aseguran la puerta de la calle del Camino viejo, y la otra, la que da casi a la esquina por la misma calle, enciende un bombillo, la luz natural es bastante escasa, se pone a contar los bultos de maíz que su hermano recibió por la noche; él maneja la tienda durante el día y su hermano después de las tres de la tarde, hora en que don Felipe se siente muy cansado del trabajo durante todo el día y va a dar un paseo por la carretera o al café de Fabio a tomarse unos tintos, jugar un chico de billar porque según dice: “Uno tampoco se puede matar trabajando”. El enano en su ponchera tiene un vientre abandonado, a punto de estallar, bañado con la luz espesa y grasienta de la vela, un sucio ombligo lo remata, el ojo pardo de un cíclope que se ahogara en la ponchera de Mardoqueo, ciego, cíclope, círculo, ciclo bicicleta, ciclamen, clicio, clicli, cli, cla, clu burbujea la barriguita del enano rojo; don Evaristo se desliza por la barranca, gana el camino de piedra suelta y camanduleando y jadeando y respirocardeando se dirige a la aldea por la calle del Camino viejo, con intención de irse a la misa; el padre Noreña termina sus afeites, abre el breviario y se entreduerme en un asiento del corredor mientras el vientecillo frío que ha empezado a sacudir la amanecida golpea sus mejillas y sus violadas sienes de toro contenido (dentro le tiembla una mujer que suele expresarse con histérica vehemencia en el púlpito después de predicar los precios del café); Virgilio Garcés y Luis Gilberto Arredondo mueren por aguda hemorragia, el primero ha sido alcanzado por dos proyectiles de fusil, fusil como los de la policía, uno se le ha alojado en la silla turca y el otro después de perforar la femoral y romper el cóndilo del fémur ha tropezado con sus potentes ilíacos, al segundo lo han alcanzado cinco y aunque alguna sangre ha logrado salir por los orificios el resto ha inundado el bajo vientre, varias costillas destrozadas, rota la yugular y la gran cardíaca, cartílagos en trizas, uno de los proyectiles lo ha traspasado y se ha detenido en las escalas del atrio rompiendo un baldosín; una película de luz en el matadero cubre los cadáveres, y los movimientos de los matarifes y carniceros, las rellenaderas recogen la sangre en ollas y tarros, lavan las tripas y vociferan ofuscadas por el olor de la mierda, los orines, los excrementos diversos de los diferentes animales, los líquidos, los caldos orgánicos, Ramón descuartiza y tasajea el marrano; por los campos y hacia el río viene un verde, negreante a veces y amarilleante otras, brillante de rocío y evaporante, nítidos los árboles y los matorrales cubiertos con celofán de agua, viene el verde sobre las quebradas en donde lavan los cueros y casi hasta los bramaderos y los degolladeros en donde empieza el patio de tierra parda y floja que en días de calor no es sino polvo amarillo que se levanta hasta los ojos, olor de humo, bramadera, picante en las pupilas, degolladera, color de humo, azul de firmamento; los jugadores de naipes / y los amantes recientes / dormitan al amanecer /ambos empiezan a perder / los unos el dinero/ los otros el placer; don Evaristo, refrescada la amplia calva con agua recogida, terciada la amplia ruana, con un detritus de herrumbre abre la chapa del portón, las claves hacen en el zaguán como si alguien en la noche intentara entrar para robar, suena el reloj despertador, los demás se levantan para el Rosario de la Aurora excepto el jugador, tejiendo van guirnaldas / llenándolas de amor /. “¿Qué horas son?”. “Las horas del Rosario de la Aurora, hay que correr”. Los jugadores las barajas amontonan, dos de los tres se despiden en voces muy bajas y llegando al zaguán se arropan en sus ruanas, y en saliendo a la calle la luz que proyecta el postigo los descubre en la oscuridad como a un par de embozados que madrugaron a delinquir; no bien dejan el foco, el rayo de súbito se apaga y sus dos siluetas negras se funden con el derredor, oh celeste aurora / dame tu fulgor /; Bernardo, apagada la lámpara, se tiende en el sofá para dormitar un rato mientras los niños y la madre van al Rosario; el amante, por postrera vez, se agita sobre la húmeda carne de su Eleonora amada, el gallo del gallero, y el gallo del otro gallero, y el gallo del otro gallero, y el gallo del otro gallero también amarrado y cubierto con un costal en un cuarto de maderas sin pintar; don Genaro yace convulso aunque contenido sobre su lecho en el que por más de dos meses ha padecido el período agudo de su enfermedad, ya no tiene necesidad de confesarse ni de la aplicación de los Santos óleos pues el sacerdote se los untó a las once de la noche al creerse finalmente que estaba ya muriendo, aprieta el crucifijo que le han puesto entre las manos e inclina la cabeza, en la cocina doña Aurora ha puesto a hervir las infusiones de cidrón y café para las mujeres asistentes y excitadas; don Vicente Villa, el doctor, abandona el fórceps y levanta el cuerpo sangrante y mucoso que berrea entre la sala blanca y ante la sonrisa de las sores, la madre vencida; los mendigos Patecoca, Carenalga, Pategüinche, Patecuchara, el poeta y Ladrillo van saliendo de sus respectivas moradas con sus respectivos garrotes y costales y sus respectivas dolencias y suciedades hacia la misa, aún no les llegan los primeros insultos porque en los amaneceres de los pueblos las gentes son más bien pacíficas, pero ya les llegará la hora y es por ello, que sabiéndolo muy bien, se arman cada madrugada de sus garrotes; en la del míster, don Harold, los chinches en silencio avanzan por la pared buscando refugio al presentir el domingo y el día; don Harold se vino a buscar oro, no encontró sino sal, hulla y una putica, se quedó hasta convertirse en el míster, don Eleuterio le alquiló la pieza por veinte pesos mensuales de los trecientos que mensualmente gana por su asesoría en las minas de Quebradabajo, su castellano es soloiquizante, se lleva bien con todo el pueblo y los muchachos lo admiran porque habla protestante; Atehortúa abre uno de los inmensos cajones en donde desde la fundación del pueblo, se guardan ordenada y cuidadosamente los añosos ornamentos, traídos unos de España, los más antiguos y otros confeccionados por las hermanitas Pérez siete viejas solteronas que hacen maravillas con las agujetas, los caladores y los satines, cosen ajeno y consagran gran parte de su quehacer a los ornamentos en reparación, a los nuevos y a los vestidos que lucen los santos en las diversas festividades; tejiendo van guirnalda s/ llenándolas de amor / en las manos empuñadas chorrean las velas, en los ojos somnolientos se reflejan, chisporroteos en los pabilos enviando las sombras de la procesión contra las paredes, puertas, ventanas, postigos, paredes, quicios, alares, aleros, chapas, placas, letreros, aldabones, ventanas, cerraduras, aceras, pisos, tapias, muros, despaciosamente movidas y cantando; va la procesión recorriendo las calles y nutriéndose con los que salen de las puertas acomodándose las ruanas, ajustándose los abrigos, ensortijándose las flores porque tejiendo van guirnaldas / llenándolas de amor / oh celeste aurora / dame tu fulgor; el dragoncillo con sus centenares de lenguas ardientes va inflamando los corazones de los componentes, con voz polifónica va despertando a los durmientes y loando a la virgen de Fátima que no es más que un idolillo de yeso sobre las andas; doña Concepción Zapata viuda de Posada camina por el corredor de tablas gastadas y crujientes, algunas cabezas de clavos salidas por el desajuste que el uso ha provocado en las junturas, las blandas y bien pulidas, cortadas y repulidas tablas por esponjas y jabones de tierra y de barra (el de tierra lo vende Doloritas la de abajo y el de barra don Segismundo en la tienda de la esquina), los pasos de doña Concha chirrean en las tablas, sus pies con babuchas de fieltro marrón; mientras don Laureano enjabona sus utensilios mecánicamente, veinte años en el mismo oficio tecnifican, va revisando el estante en donde tres botellas de aguardiente, ciento veinte y cinco de cerveza, dos docenas de Pielrroja, dos botellas de Ron Antioquia y dos de Ron Medellín, quince cajas de fósforos y siete paqueticos de Sal de Uvas Picot aparecen como Ídolos en un iconostasio ante los ojos de los fieles o habituados y más que todo, tempranos campesinos, que de las veredas vienen a la misa, mercado y borrachera; Bernardo y Enriqueta son mozos hace dos meses, él la visita los sábados después de que ella ha acabado de asistir a sus clientes montañeros que cada ocho días vienen a darle el dinero y la verga para pasar la semana, Bernardo se pone el saco y sale, no sin antes precaverse que por la calle nadie pase; del presbiterio hasta el coro, de ambón a ambón, de fascistol a fascistol, de atril a atril, de devocionario a misal, de boca en boca y del presbiterio hasta el coro las silabicaciones del griego cantan el coro de la culpa, el arrepentimiento temprano y premeditado, en el último ON entre nasal y quinceañero del padre coadjutor el sacristán está pasando el cepillo por la banca de Doloritas, la banca que Simón Pedro hace veinte años le construyó para donación a la iglesia de Nuestra Señora de Los Siete Puñales, en puro comino crespo para que no le entrara el comején, ni los dientes de los niños en muda que son tan amigos de estar mordisqueando todo lo que encuentran y si no veáse la banca de don Pacho que está más llena de impresiones que la dentistería de don Roberto; Kyrie eleison / Kyrie Eleison / Christe eleison / Kyrie eleison / Kyrie Eleison / Christe eleison; don Próspero sube por la calle del Camino viejo con su ternero despedazado entre un costal, don Evaristo cierra la puerta que da acceso al tanque y reanuda su rosario en las pepitas de la camándula, don Felipe abre el cajón en donde guarda la menuda y sacando rápidamente su revólver del carriel lo mete entre las pilas de cinco, veinte y diez centavos que su hermano le ha dejado para poder devolver por la mañana, enciende el radio. “¡Dios Santo!, si está tardísimo, ¿por qué me cogió el día?”. Vuelve a contar los uno… dos… y tres, cuatro… y los diez de allá, catorce y veinte bultos de maíz que todos los sábados le traen de la finca de don Chema, necesarios especialmente los domingos. “¡Pueda ser que no acaben con ellos porque esto va a estar muy duro hoy!”. “¿Está hablando solo don Felipe?”, pregunta don Gabriel Pérez entrando y dirigiéndose hasta el mostrador, poniendo las manos sobre él se inclina hacia don Felipe; el padre Noreña, párroco permanente de Saldeguaca, demoledor de siete iglesias y reconstructor de todas ellas, en calzoncillos aún, se inclina sobre la blanca e impecable palangana de peltre, sumerge sus manos y levanta el agua hacia su rosto para juagarse la espuma de jabón que le ha quedado después de la afeitada, en su radio suena un bambuco, destapa el frasco de loción, se frota la cara, tapa el frasco, lo coloca en la repisa de vidrio que Carola ha instalado, reposan ahí la barbera, el jabón, una medalla de latón con la imagen de Nuestra Señora de los Siete Puñales, un cepillo de dientes, se mira fijamente a los ojos en el espejo como dándose amonestaciones para el día y empieza a ponerse los calzones mientras en el radio suena un nuevo bambuco; Harold Butman, a pesar de su nato sentido de observación, no se ha percatado de las bestezuelas que lo visitan durante la noche, su piel enrojecida por las ronchas cae en la clasificación de “una alergia tropical” y cree que el médico no la puede curar dado que nuestras facultades no están especializadas en enfermedades tropicales, “solo los alemanes, ¡lástima!”, él regresa cansado o borracho de las minas o el barrio, cae en su cama como una piedra o un zapato; los esposos Agudelo Ángel, don Jesús y doña Gabriela reposan en su cama de matrimonio, a él le duele la úlcera pero está dormido, ella tiene ganas de levantarse pero le parece que hace mucho frío y no se atreve a llamar a Rosa por temor a despertar a su marido, sobre todo en las primeras horas de la mañana; ha optado por rezar jaculatorias apuntándolas en su camándula de achiras calientes entre las cobijas y sus carnes desvencijadas; Rigoberto, hijo de ellos, duerme en la pieza contigua, llegó a la una de la mañana del barrio de putas y con una borrachera que le ha hecho vomitar en la esquina, cerca al estanco. “Ahora, por cortesía de Sal de Uvas Picot escucharán el pasillo Aguas de mis montañas y el tango argentino Abandonada, los dos pegaditos”. Suenan unos tiples y guitarras y el reverendo Noreña abre sus ojos sobre el misal, piensa por un momento que se le ha pasado la hora de la misa, apaga el radio y mientras baja las escaleras de traqueante madera escucha el segundo para la misa; Juancito pegado de los lazos, tirando rítmicamente, don Próspero arma su tolda, en el piso empedrado reposan el ternero en cuartos entre el costal de cabuya, la romana de cobre, la ruana, el machete y los cuchillos de tasajear, las hojas de biao, medio limpia la mesa con una camisa de franela que ya no usa y ajusta los armazones, inaugura su toldo en la plaza desierta: “Siempre es el primero en llegar y el último en irse, siempre llega antes de la primera aurora y se va con el último crepúsculo”, dijo de él en alguna ocasión el maestro Ferdinando Sierra, don Ferdinando Sierra, director de la Escuela Pública, poeta de altos méritos y preclaro ciudadano; bruscamente vacía el ternero sobre las tablas y empieza a ordenarlo y tasajearlo: allí los lomos, aquí los huesos, allá las piernas, más allá la cabeza, las entrañas a este lado y a éste el corazón, hígado, riñones y boje, la pajarilla, cuelga la cola de un clavo, es un encargo de doña Bernarda Arbeláez viuda de Andrade, ajusta la balanza atacada por el cardenillo, la pesa, la marca, el plato; el coro de mujeres y niños desvelados por la esperada muerte inician un solo llanto matizado por tres o cuatro ancianas que habituadas a la muerte rezan las oraciones de perdón después de haber rezado durante horas las plegarias de ayudar al moribundo al buen morir, doña Lía en un arranque de madre y esposa se lanza sobre el cadáver y lo besa desesperadamente ante los concurrentes que asisten al rito, las mujeres ancianas retiran a los niños de la alcoba y dicen a los presentes que hay que salir “porque hay que arreglar al difunto”. “Vea don Felipe, ¿sí me consiguió las balitas?”. “No diga eso don Gabriel que usted sabe que las paredes oyen y en este pueblo se sabe todo”. “¡Pero, dígame pues!”. “Sí hombre, aquí se las tengo, ¡no se preocupe que hoy sí acabamos hasta con el nido de la perra! ¿Se las quiere llevar?”. “No, ni riesgos, voy para misa, pero deme algunas por si acaso, el resto me lo da por la tarde”; con Doloritas están doña Catalina y doña Resfa, los niños de ambas, las niñas, y la niña que recogió Doloritas y ocho por cinco son cuarenta multiplica el sacristán, pues es lo que está estipulado como limosna mínima, incluidos los párvulos, con esto van tres cincuenta, Atehortúa retira el cepillo para pasarlo a la banca que sigue, la de don Sinforoso; Eleison y eleison / Señor ten piedad de nosotros / Señor ten piedad de nosotros / Cristo ten piedad de nosotros / Señor de nosotros apiádate; el bombillo de la tienda de don Felipe enmarca la puerta que da a la plaza, la mula de don Federico patea en la acera, la herradura chispea; plam, plam, plam plam plam plam plam plamplamplamplamplamplam plam plam plam plam plam plam plam plam plop plop plam plamplamplampeantemente el ba ta llón va en tran do en la plaza con dir ección al cuar tel / vien en de co mi sión / bo to nes presillas botines sudores heridas cas cas cas cas cos cos cos fusiles sí mi ca pi tán simicapitán simicapitán simicapitán simisargento simiteniente sí señor no señor sí señor no señor sí mi señor simiseñor simiseñor simitenientesimitenietesimitenientelossoldadosvanentrandoenlaplaza entrandoenlaplazaentrandoenlaplaza trando en la pla za san san san san sangre sangre sangre un poquito de sangre y otro poquito de mercurocromo sí mi capitán no le tire-de-frente ti-re-le de lado que es mejor agáchense / agáchense / agáchense que viene llovido / que es puro plomo / ques puroplomo / cuántos cayeron!!! / cuántos se levantaron!!! / a bañarse / a peinarse/ bandolerohijodeputamalparidomatarifeeeeeh!!! /agáchesechus mero agáchesepordios!!! / el muerto viene en la camilla soldado 674832 heroescortadoresdecabezascortadoresdebrazoscortadoresdefranela cortadoresdegüebascortadoresdeliberalescortadoresdeconservadores cortadoresdeojos cortadoresdevergas cortadoresdeniños cortadoresdetetas cortadoresdevientres cortadoresdefetos plam plam plam plan plapla plapam plam plam plam plam plam plam plam cortadores devergasdegüebasdetetasdeojosdenalgasdeculosdepechosdemalparidos liberalesdemalparidosconservadoresdehijosdeputascortadoresheroes entran tran tran trandoenlaplaza desaldeguaca, bdon Federico Estrada sale a la puerta del café Pielrroja para verlos llegar, su copa de aguardiente en la mano, en la otra el limón y la sal y en el carriel el revólver y el cura en la iglesia “Confiteordeomnipotenti”. “Y sí mi sargento y sigan adelante y ya estamos en la plaza ya estamos en la plaza de este jijodeputapueblo de los demonios y sí mi capitán y estodosuyomiteniente”. “¡Qué fatiga su mercé!”. “Su compañero, ¿vendrá muerto?”. “Sí, mi compañero viene muerto”. Cruzan frente a la alcaldía y frente a don Federico Estrada, van al cuartel con la crujiente camilla de guadua que-traquea; Bernardo pasa por la casa número ocho, de ella sale Gildardo. “¡Ah, Bernardo!”. “¡¿Qué hubo hombre?!”. “¿Para dónde vas a estas horas?”. “Pues para misa, hombre”. “Ve, y de dónde venís”. “¿Yo? De por allá”. “Ve, y ¿dónde es por allá?”. “Pues vos sabes hombre, pa’ qué preguntás tanto, ¿ah?”. Don Próspero recoge los cuchillos, los examina con la yema de los dedos, se limpia la mano con la franela que ya no usa, abre el carriel y con la yema de los dedos examina el revólver, abre el taburete plegable y enciende su tabaco, mira cómo el guardia 223247PM se pasea de una esquina a otra por la acera de la alcaldía; las hermanas Pérez se reúnen en la cocina para tomar unos tragos de café antes de salir, las “hermanitas Pérez” como todo Saldeguaca las llama: Zoila de Jesús, Luisa de José, Carmen María, María de Jesús, Jesusa María, Josefa del corazón atravesado y María Carmela; Simón Pedro vacila en la escogencia del color, se decide por el verde, desenvuelve la casulla, doblada la sección en tres, el amito, la estola, el cíngulo, y el alba, el bonete y el manípulo, Juancito deja los lazos de las campanas y va a la sacristía, reza jaculatorias mientras camina por la nave lateral derecha, tropieza en las gradas que separan, caen, los levanta y los sujeta mejor, atraviesa el presbiterio y va a la sacristía, saca su peine y empieza a asentarse el pelo rebelde; doña Concha después de tomar el tinto vuelve a su alcoba para acicalarse y volarse para misa; don Laureano termina de limpiar los pocillos y las copas, los acomoda en el otro pequeño estante, ordena las sillas en las mesas, descubre los dos billares y abre la puerta que da a la calle Real, las otras dos que dan a la plaza, revisa la cafetera; lavarlo, afeitarlo, peinarlo, taquearlo y vestirlo con el hábito de la Virgen del Carmen, las gentes salen del cuarto con los gritos más calmados, las mujeres se tienden en las camas distendidas de las otras alcobas, inician los gemidos que durante todo el día merodearán el velorio, algunas salen para misa, los hombres serios se van dispersando por la acera y van epitafiando al ya cadáver don Genaro. “Tan bueno que era”. “¡Tan generoso!”. “Tan caritativo”. “¡Y sobre todo tan generoso!”. “¡Un marido admirable por lo cumplidor!”. Don Felipe levanta la tapa falsa de un cajón y escoge cinco proyectiles, se levanta, las entrega a don Gabriel atemorizadamente, oye por la calle Real el trote de una mula y ve pasar en ella a don Federico Estrada que viene de la finca. “¡Ahí viene ese hijueputa!”. “¡Tranquilo don Gabriel que ese cae hoy!”. Como haciendo dúo al llanto del niño recién nacido un gallo quiquiriquea en un solar; al despertar, el reverendo se percata que ha dejado el radio prendido porque oye que le cantan un tango, Abandonada, y que él a pesar de su severidad de vez en cuando tararea sin darse cuenta, corre a la consola y se arrodilla para bendecir al Señor que le ha dado un día más de vida y una noche menos de penar, “… de los comunistas, de los masones, de las malas mujeres, de los espíritus del bosque defiéndenos Señor y ayúdanos a cumplir con tu santo ministerio”. Se levanta y va al espejo, se acaricia la barba y busca las cuchillas. “Introibo ad altare Dei…”. “Eleonora, Eleonora es hora de dormir”. “Eleonora, Eleonora, duérmete mi amor”. “Eleonora por favor”. “Duérmete mi niño / duérmete mi amor / antes de que vengan / la chucha y el currucutú/”. Eleonora tiene el cuerpo brillante por el sudor. “¿A qué horas llegó mijito?”. Don Alfonso no responde a su mujer madrugadora, duerme profundamente borracho. “Huele a puro alcohol”. “Mamá, ¿usted sí va al rosario?”. “Sí mija ya me voy a levantar”. Cortado el cordón umbilical el doctor entrega el niño a las monjas para que lo laven, como la luz de los jugadores así se apaga la luz de todos los bombillos de la calle Real cuando Arredondo hala las conexiones con su bidente de diablo madrugador; el enano no mide más de setenta centímetros a la luz del día y lo mismo en su cama en el rincón de la pieza, se despierta de súbito, siempre sobresaltado, con movimientos lentos que parecen rapidísimos dadas sus dimensiones, enciende una vela y velozmente desnudo se mete en la ponchera en la que recoge el agua para su baño; los jugadores caminan en puntillas por los vestíbulos para no despertar a nadie, todos los otros saldeguaqueños se van levantando para el Rosario de la Aurora, unos en las heladas pocetas, otros en los fríos sanitarios, otros por alcobas y pasillos probando trajes, gorras, chaquetas, sacos, suéteres, chalinas, pañoletas, mantos, faldas, calzones, novenas y devocionarios, fundas, sostenes, peinetas, suspensorios, zapatos, cambiados, vahos tumefactos. “Ah bandido ¿de dónde venís a estas horas, ah?”. “¡De por ahí!”. “¿Amaneciste otra vez jugando? Cuánto ganaste ¿ah?”. El muchacho jugador se pierde por un cuarto mientras don Jorge se echa encima la ruana y apresurado sale. “Y a usted, ¡¿en dónde lo cogió la noche. En dónde lo pañó la aurora?!”. “¡A usted qué le importa!”. “No me responda, todavía amanece por ahí haciendo quién sabe qué y de sobremesa viene a responderme. ¡Vaya acuéstese antes de que le reviente esa jeta!”. La lluvia arrecia como si el grupo de hechiceras se nutriera con las de toda la comarca; pequeños montones de bultos oscuros se deslizan por las calles, corriendo, volúmenes sin luz se atraviesan de acera en acera zapateando sobre el empedrado y los charcos, las manchas saltan de las puertas a las aceras, de las aceras a la calle, a los atrios, bajo los aleros, gentes que van al Rosario de la Aurora; la hermanita golpea la puerta con vehemencia, agitada bajo su hábito blanco y negro como los techos y los patios: “Doctor, doctor, un parto inminente”. “Sí hermanita, ya voy, ya voy”. Se va por el corredor con su caminadito, el doctor se levanta de mala gana, se envuelve en su bata y va al pabellón de maternidad, va hasta la cama en donde la monjita inclina su toca sobre una de las mujeres; Plumasfieras quiquiriquea amarrado al pilar, no ve la hora de irse a pelear a la plaza bajo el sol; la lluvia amengua. “¡Habrá rosario si escampa porque con esta lluvia qué imagen se va a sacar!”. “No es sino un aguacerito, ya va a escampar”. Las gentes se amontonan contra el sacristán que trata de abrir la puerta. “¡Esta condenada llave nunca ha servido!”. Los muchachos lo empujan acosados, emparamados, las mujeres esperan quietas y respetuosas a que Atehortúa abra por fin la puerta; si hubiera más luz los árboles del parque brillarían de las ramas a la raíz, las tejas, las campanas, las agujas de las torres; Mardoqueo se levanta, sale de la palangana, frotándose con un trapo sucio murmura las oraciones matinales, se viste a cuanto puede y como si lo estuvieran esperando y fuera a llegar tarde sale velozmente a la calle oscura, murmurando y saltando como una rana va por la calle hacia el templo; al abrir la puerta las palomas revolotean en la nave izquierda o nave del perdón, así la bautizó hace medio siglo el obispo Tangarife en una de sus visitas pastorales; las palomas pasan la noche en la iglesia desde que la virgen de Fátima empezó sus peregrinaciones, sus plumas han curado a mil enfermos; el padre Ildefonso llega apresurado, en la sacristía se pone un roquete y una estola sin reparar en el color y abriendo el breviario se arrodilla mientras los fieles se acumulan, muchos niños van llegando y entrando por la puerta del perdón, se arrodillan y rezan dispersas oraciones, algunas viejas devotas y versadas se rezan un magníficat mientras es hora del rosario; el reverendo Ildefonso calculando que ya hay gente suficiente abandona el breviario sobre el reclinatorio y se pone de pie; venid y vamos todos / con flores a María / con flores a porfía / que madre nuestra es /; por sobre el polvo de la calle va la recua de cantantes, llevan cirios y velas chorreando esperma entre la frialdad de la alborada y el calor que despiden las llamas y las manos, cantan frenéticamente para despertar a todos los durmientes, las avemarías de la voz de contrabajo de las viejas, timbrada de las niñas, ardorosa de los muchachos, rendida del cura, pretenciosa del viejo, por la trama de las calles se pasea el grupo ardiente, la niña preñada también va bajo la llovizna pensando en lo del hijo, en que no está casada, en que con quién se va a casar, Plumasfieras se une al coro, cerrares y abrires de puertas, cuadros y rectángulos como parpadeos poligonales se abren y se cierran doquiera, para que salga el humo, para que entre el aire, para ver pasar la procesión y por un momento unirse al coro, la iluminación de los interiores sale súbita a la calle y súbita se extingue; pasada la lluvia hay un periodo de silencio, aunque no hay calor parece que lo hubiera, parece que se fuera a entintar súbitamente el horizonte, algunos astros al borde de la montaña, el cielo queda limpio después de la lluvia como si las brujas hubieran barrido la opacidad con sus escobas azules, los gallos cantan, las gallinas cacarean, hay un incendio detrás de las montañas, por donde pasa el Cauca… llenándolas de amorsantamariamadrededios...dios tesalvemaria… llenándolas de amor… aldas… or… venid y vamos, se calienta el malva, el violeta se calienta, por las acequias baja el agua, veinte marranos y veinte vacas, colgados de los garfios, manando sangre, al suelo resbaladizo, mierda, sangre, esputos de los matarifes y babas de los novillos, la acequia en donde las mujeres lavan las tripas aún calientes, alumbradas con velas, no pueden ir al rosario porque tienen que recoger la sangre para hacer las morcillas, los cueros amontonados, para los taburetes, forrar las sillas, fabricar los zapatos, de algunas hacas aún surgen luces fatuas en el campo, color de aerolito que se consume en un instante, por el camino de la herradura hay mucho silencio, como que nadie viniera al pueblo; el niño recién nacido, envuelto en pañales por las monjas, chillando incontenidamente; las brujas que en su mayoría son sirvientas atizan los fogones de hulla después de haber atizado sus pailas mochas en los infiernos durante la noche sabatina de aquelarre: Filibertina, Isabelina, Carolina, Fridolina, Avelina, Celina, Angelina, Etelbina, Hemoglobina y Rosa, nombres diminutivos todos y ad usum diaboli, ya que en realidad, notarial y jurídicamente se llaman Filiberta Tangarife (dicha de la familia del obispo), Isabel o Isabela Rentería, Carola Correa, Frida Valbuena, Evelia Vásquez, Cielo Londoño, Ángela Restrepo, Etelba Zuloaga, Hemogloba Herrera y Rosa Rosales, también jurídica y religiosamente hijas naturales excepta Hemogloba Herrera y Rosa o la Rosa quien siempre viste de vestido blanco, es gorda y lleva invariablemente una rosa en el pelo rubio, carillena y palidita (palidita de beber y pichar, susurran los vecinos), palidita y cocina bien y unos dicen que es bruja y otros que no, pero que sí es, un día de estos cae porque son muchos los cintos de San Agustín que doña Gabriela le tiende casi a diario.

Llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve llueve
La Llorona, la Patetrapo, la Muñeca y la Gobernadora no van a misa porque son liberales y ateas, solo Benjumea, la vieja renga que no recibe, sino astillas de leña como limosna, baja para la misa por la falda de los Boteros, su pata llaguienta y su eterno pañolón de cuadros azules y los que eran blancos, envuelta toda en él cual un obispo medieval que fuera al Oficio de Tinieblas; cuando las brujas se acuestan, se acuestan las lechuzas, los murciélagos, los jugadores y los amantes, se levantan los gallos, la aurora, los coadjutores, el fontanero, el hojalatero y ciertas lombrices de género tropical e inclasificado. “Algunas estrellas se van de sueños y otras de los sueños se vienen”, dijo en alguna memorable ocasión el maestro Sierra; el estanco cerrado, la notaría cerrada, la alcaldía cerrada; los niños y las palomas se han esparcido por el templo en variantes e irregulares formas: grupos de adormecidos, grupos de devotas, grupos de negras, grupos de grises, grupos de romanas, grupos de sonrientes, grupos de continentes, grupos de maliciosos, grupos de blancas, de tornasoladas y de viejas arrodilladas en sus adoloridas y callosas rodillas rezan vociferantes diversas novenas y devociones esperando el comienzo de la misa; los acólitos corretean por el presbiterio encendiendo las velas, instalando los sillones, sacudiendo el altar, tendiendo los paños, acomodando las campanillas, retocando las flores; en la sacristía de atrás, como la llaman los acólitos, se guardan los santos que solo se sacan en semana santa, allá van los acólitos a dormitar y a acariciarse mientras empieza la misa; allá violaron hace treinta años a Merceditas Botero entre dos curas, el uno joven y el otro viejo, mucho le había dicho su padre que dejara de ser tan rezandera, después del acto quedó frígida y se entregó por completo a los quehaceres del templo: cuidar de que las imágenes de los santos se conserven bien, de que las hostias estén bien hechas, de que no falten las clavijas en los clavijeros de las órdenes terceras, especialmente la de la Adoración del Santísimo, de que los que barren y trapean el templo lo hagan con devoción y cuidado, de que el sagrario y el templete sean bruñidos cada mes, de que las custodias estén brillantísimas, de que no haya ninguna esmeralda floja en los cálices ni en las custodias; el rostro de San Juan es afeminado según corresponde al tierno amante del Señor, el de San Pedro es rudo y envejecido como corresponde al primer Papa, el de Judas es astrogo y criminal (se sabe por qué) y el de Verónica histérico, amontonados como efigies de un auto sacramental en uno de los rincones ojivales del templo románico (especialidades de la arquitectura cural); Angelito, casi todos los días, obtiene unos cortos y súbitos éxtasis ante el cuadro al óleo de san Sebastián que hay en uno de los muros laterales y a donde va a rezar mientras empieza la misa, es muy devoto del santo porque él querría ser martirizado también, sangrante y bello bajo los venablos, matado por los sangrientos soldados, vencido por la tropa, violado en un lejano campamento de centuriones dormidos, escupido y sobre todo, vejado y flechado con las poderosas varas; el enano hace su entrada en la iglesia bajo las risotadas de los muchachos, serio, mascando su pipa apagada va a arrodillarse ante la imagen del Señor Caído para pedir perdón por su pequeñez y fuerza para pasar el día bajo los insultos y pedradas de los muchachos, Mardoqueo recorre el día con el burro de las monjas del convento pidiendo la limosna para la manutención de las Vírgenes del Señor, enciende tres lámparas de aceite de higuerilla y reza varios credos; le taponan el culo con una tusa como es tradición, con mucha dificultad le visten el hábito ya que los tendones se han endurecido, la viuda llora enloquecida, tratan de acomodarlo en la caja pero la torpeza de los que ayudan logra que el cadáver caiga al suelo produciendo tal impacto en el entablado que si no se hubiera muerto se habría matado, de su boca salta la caja de dientes que las viejas al prepararlo olvidaron; el matadero va quedando vacío, todos los cadáveres van siendo llevados a la plaza por carniceros y matarifes, demoran las viejas tabaquientas que lavando las tripas cantan canciones amorosas, rezan oraciones para reparar por la misa y el sol remojado por la lluvia y el rocío se va asomando por el monte de la vereda de La Aurora, su luz espesa arrecia los colores de la comarca, la región y el pueblo, la patria, don Evaristo, lento y que parece cansado sube las escalas del atrio; Simón Pedro ve entrar a Juancito, observa que no se ha bañado, nota las lagañas en sus pestañas superiores e inferiores, le entran ganas de regañarlo pero se distrae bruñendo la patena con un lino limpio que han tejido y bordado las hermanitas Pérez, Juancito se sienta en un sillón que tiene para dormitar bajo el estante de las capas pluviales, la negra para los entierros, la dorada para el Corpus, la blanca para la Aspersión, la roja para ciertos días de la Pasión, la azul para el ocho de diciembre, la verde para los domingos de pentecostés, la morada para otros días de pasión, la otra blanca para cuando el obispo viene de visita; Simón Pedro termina de limpiar la patena y toma la otra, la de comunión de los fieles, con manguillo de plata; doña Concha se dirige al baúl fumando su cigarrillo matinal, se inclina y lo abre, saca un pañuelo y va al tocador a limpiarse la crema que se aplica cada noche antes de dormir, se aplica el perfume para recibir al Santísimo y vuelve al baúl para ponerse la mantilla, recoge su devocionario de la mesita de noche, el Oficio Parvo de nuestra Señora, el manual de San Juan Eudes y el devocionario y misal de las Hermanas Eudistinas, cruzando la mantilla sobre su pecho echa a caminar por el zaguán enladrillado y rezando una oración a la virgen del Perpetuo Socorro cuya imagen sobre el dintel vigila y guarda la casa de incendios, ladrones, violaciones y todos los pánicos de que una mujer es acogida a la edad de doña Concha; Carola, su sirvienta, ha bajado al matadero que queda saliendo por un callejón de la calle de las Quebraditas en busca del hueso gustador o calambombo y las tripas, unas de res para las vejigas y otras de cerdo para chorizos y morcillas, doña Concha entretanto ha hecho la aguapananela para el chocolate; mientras las campanas dan la orden llena de “última” la primera mosca se sienta en el mostrador y empieza a caminar y revolotear bajo los ojos ansiosos de don Laureano, al final de un vuelo se para en el papel engomado que él nunca olvida poner en el extremo, junto a la caja de parva, precisamente para eso, para que no haya moscas, cada que se llena lo recoge y lo echa a la basura gozando mucho con el numeroso funeral; sonríe y exclama: “¡Ya cayó la primera!”. Don Sinforoso pisa el umbral de la puerta que da a la falda de la calle Real, envuelto en su poncho, su carriel colgando y su rostro bajo el cuidado sombrero de fieltro verde, adelanta unos pasos y ordena su tinto; don Gabriel carga las balas en su revólver, lo acomoda en el carriel y diciendo “hasta luego” echa a caminar hacia la iglesia mientras don Federico Estrada atraviesa la plaza y va a amarrar su mula a la entrada del café Pielrroja para tomarse su primer aguardiente. “Buenos días don Laureano, cómo le amaneció, ¿ya me calentó el aguardientico?”. “Aquí se lo tengo señor, y otras cositas para que no se le olviden”. “Y no se le olvide a usted el limoncito que después de este aguacero está haciendo mucho frío pero hoy hace calor, hoy hace calor y usted sabe que eso es lo que necesitamos, ¡calor!”. Don Laureano voltea hacia su iconostasio, toma la botella de aguardiente, la coloca sobre el mostrador y empieza a vaciar lentamente bajo la mirada intensa de don Federico, tasante, tapa la botella y vuelve a su nicho, acerca el platillo con el limón, la mula patea en la acera; vueltos a la iglesia el padre coadjutor se prepara para la misa, va a la sacristía a lavarse las manos y revestirse, Simón Pedro tiene los ornamentos dispuestos; por la aurora el sol se viene sobre el pueblo montañero y endomingado, la plaza se acoge bajo un velo medio malva, medio púrpura, el vaho neblinoso y húmedo se va secando, se va levantando al cielo, ofrenda al azul que cubre la comarca, la patria entera, algunas palomas han volado a las torres del templo, Hildebrando Puerta atraviesa la plaza en su caballo encabritado y blanco, el policía Rigoberto fatigado de su ronda espera el relevo para irse a dormir, tejiendo van guirnaldas / llenándolas de amor / oh celeste aurora / dame tu fulgor / tejiendo van guirnalda s/ llenándolas de amor / quiquiriqui ququqaraqua quequereque quoquoroquo quuquuruqu kikiriki kakaraka kekereke kukuruku kokoroko cacaraca cocoroco cucurucu, los gallos cantan acosados por la luz que va tomando posesión de patios y corredores, aleros y tejados, calles y aceras, matas de azalea, muros desconchados, tapias húmedas y purificada su cal por la lluvia madrugadora y endomingada, ¡quiquiriquiiiii!!! “¿Cuánto hace?”. “Quince días padre”. “Di tus pecados”. “Me acuso padre de haber fornicado, de haber robado, de haberme enfurecido, de haber peleado, de haber desobedecido, de no haber cumplido con mi deber, de haber sido perezoso, glotón, de tener malos pensamientos, de haber jurado en falso, me acuso padre de todos los pecados olvidados y por olvidar, y no de los olvidados solamente”. “¿Has fornicado solo o acompañado?”. “Solo, padre”. “¿Cuántas veces?”. “Quince, padre”. “¿Y qué has hecho?”. “Me he hecho la paja”. “No digas así pequeño mío, de ahora en adelante dirás ‘me he masturbado’; ¿tienes malos pensamientos cuando lo haces?”. “No padre”. “¿En qué piensas?”. “En las tetas de mi prima”. “Eso es un mal pensamiento, y no digas tetas, tetas son de vaca, di ‘senos’”. “Las teee… seeenos de mi prima son bonitos”. “Pero son un mal pensamiento, hijo mío, pequeño mío, estás en la edad en la que el demonio quiere tu joven corazoncito para él, y no solo el corazón, sino tus tiernas nalguitas, tus ágiles piernas, tu boquita, tus manos y todo tu cuerpecito que es el templo vivo del Espíritu Santo y que debes conservar puro y casto e inmaculado para el día en que desposes a una joven pura y virginal como tú, y unidos por el Santo Sacramento del matrimonio vivan en felicidad y contentos hasta el día en que la muerte los separe y como dos palomitas impolutas vuelen al cielo. El demonio te tienta a diario con esos horribles pecados de la carne que han llevado a tantos hombres al infierno; prométeme nunca más volver a hacerlo porque de lo contrario, día a día, tu alma se irá ennegreciendo hasta ponerse como un carbón con el que el diablo atiza el fuego de los infiernos; en cuanto a los otros pecados que si no son tan graves como éste, no dejan de serlo, aléjate de todos ellos y no los cometas más. En penitencia rezarás cien credos y diez avemarías”. “Una pregunta padre”. “Sí, di hijo”. “¿Qué es inmaculado?”. “Es lo mismo que impoluto, que no tiene mancha, reza el señormiojesucristo”. “Señor mío Jesucristodiosy hombreverdadero prssrbsqunsbpsblsblssblsdslsbslblssbprquesmsobrtdslascsas las cosas prsdn prolspcadsypslds psmamen”. “Ego te absolvo in nomini…”. Parece que la luz llegara por los cuatro costados del mundo porque el barro rojo del barrio de las putas, porque en la entrada del camino de las Guaduas, en el verde de las hojas, por la entrada de El Carretero, por la salida para el Alto del Sinaí, porque en el patio trasero y empedrado en donde Plumasfieras canta, porque sobre el tejado de la Casa Cural inhabitada, porque en la frente de la estatua de La madre y en los pliegues de su ropa de mármol, porque en la cacha del revólver del agente Rigoberto, porque en la cúpulas del templo, porque en el balancín tornasolado del toldo de Próspero, porque en el Tanque de las Aguas, porque en el aviso en donde dice Pielrroja, porque en el león de yeso de la entrada al colegio, porque en el alero del estanco, porque en el techo del kiosco, porque en la capota de El Fugaz, porque en las gafas de Heliodoro, porque en el patio de los Agudelo, porque en la acequia de la molienda, porque en los guijarros del piso, porque en las calles de Saldeguaca, porque en las tapias de la casona de doña Concha, porque en la tonsura del cura, porque en las macetas de la casa de Agustina, porque en los caballetes de la pesebrera de Gildardo, porque en las losas del atrio, porque en la glorieta del parque, porque en los setos del otro parque, porque en el patio de la escuela, porque en el frontis del templo, porque en la quebrada de las Ánimas la luz cae como un pájaro desosegado que viniera del otro lado del mundo; con la luz vienen las mulas, por los cuatro costados vienen las mulas con la aurora y la carga para las barricadas, bajo las palabrotas de los peones van llegando, sangrantes y sudorientas, entre las enjalmas y la piel el dolor de las mataduras, los cuartos traseros se van acostumbrando al zurriago en las más jóvenes, desfile de júbilo y riqueza: los grupos envueltos en olores de panela fresca, maíz recién cosechado, caña de azúcar sumiendo savia, frisoles, aguacates, naranjas, limones, acosadas por el latigazo de los zurriagos, por las nudosidades del guayabo y del arrayán, la vehemencia del presto o con sentimiento del “movetemulahijueputarecondenada” y el maestoso del gesto arriero; Filiberto, Fabián y Fabricio vienen del sur; Jenaro, Juancho y Julio vienen del oriente, Hernán, Hernando y Hermenegildo vienen por el occidente y Óscar, Horacio y Ovidio y Otomán vienen por el norte; son los trece más grandes muleros de las comarcas, trabajadores de los más poderosos finqueros, armados todos de peinilla, revólver, zurriago, carriel y ruana, sombrero de iraca y alpargatas de cabuya, baraja de naipes, barbera española y pañuelo rabuegallo; el teniente tiene gonorrea, su chaqueta tiene quince botones colgada en el taburete, la luz agónica que entra por el postigo modifica su cuerpo dormido, quince botones en la chaqueta, la camiseta, un par de botas sobre la cómoda, otro par bajo la cama, la camisa junto a la chaqueta, los pantalones debajo de la chaqueta, doblados meticulosamente, algunos reflejos sacuden sus dedos, recién cortadas colas de iguana, teclean sobre la sábana amarillenta por el sudor y el malva de la madrugada, entreabierta su boca burbujea saliva al expirar, un poco de fiebre en sus sienes. “¿Por qué el teniente no fue a la comisión?”. “Vos sabés qu’ esos hijueputicas hijos de rico no sirven p’a nada. Ese ’stuvo en l’ escuela militar”. El postigo del teniente tiene pestillo pero él no lo ajusta porque le gusta que entre el aire y le ventée los sueños y la piel, a sus sueños, entran las botas de los soldados, el sargento golpea la puerta, el teniente se voltea bocaabajo demostrando sus arqueadas nalgas y su espalda de nadador, el sargento golpea de nuevo, la escuadra gira en los sueños; la luz arrecia sobre la piel. “El sargento Silverio Camargo de parte de la comisión”. “¿Estás aún vivo, indio de mierda?!”. “¡Sí mi teniente!”. “Acúsome padre que el jueves estuve robando en la platanera de El Malo, más o menos veinte racimos, que anoche me acosté con una de las mujeres malas y me emborraché, los demás son pecados veniales, como decir palabras feas, pelear con mi mujer y enfurecerme con mis hijos”. “Hijo de mi alma, tus pecados son muy graves, recuerda que lo robado no es perdonado si no es restituido, tienes que encontrar una manera de restituir esos plátanos; lo de que te emborrachaste ya se puede saber por el tufo que traes y que mata cristianos, y lo de la mujer, ya sabes que no es primera vez que vienes a confesármelo, tu carne es muy débil, si no enmiendas tus continuos pecados con estas mujeres te van a llevar a la perdición del fuego eterno; los que llamas pecados veniales también son graves porque seguramente con tus palabras feas maldices y hasta blasfemas, los altercados con tu mujer y con tus hijos debes morigerarlos porque ellos te conducen a la ira que es uno de los pecados más graves; una vez más te conmino a que entiendas tus pecados y hagas un firme propósito de no volver a cometerlos; como penitencia darás veinte pesos a nuestra Señora de los Siete Puñales y de hoy en adelante, cada día, hasta tu próxima confesión, rezarás cinco credos y tres rosarios. Reza el señormiojesucristo”. “Señormiojesucristo…”. A más de su tablero de controles, El Fugaz ostenta, a la izquierda, una lámina barata de san Cristóbal rodeada de una corona de siemprevivas, en el centro, encima del espejo retrovisor, una estampa de la virgen del Perpetuo Socorro guardada a cada lado por dos ramos de siemprevivas, a la derecha un retrato de El Caudillo; con esta guardia delantera, sus brazos expertos y su ojo preciso como el de un arriero, José Luis Bedoya, alias Chicharrón, comedidamente lleva a los pasajeros de Saldeguaca a la Villa de la Candelaria; Darío monta la llanta de repuesto. “No hombre, no se suba, ¡¿no ve que están cambiando la llanta, o qué?!”. “Y ustedes, ¿a qué van a la Villa?, cuenten pues”. Doña Julia voltea la cara esquivando la pregunta mientras su niña sonríe medio tímida al interlocutor, Darío termina con lo de la llanta, desmonta el gato y abre el portamaletas. “Bueno ¡traigan aquí esos corotos que ya nos vamos!”. La barbería de Saldeguaca contiene dos armarios que guardan varias cajas de jabón en polvo para afeitar, siete tijeras, doce frascos de loción para después de la afeitada, tres frascos de tricofero DuBarry, una piedra de afilar hojas, una silla de barbero muy gastada en los brazos de cuero, oxidada en la pata de metal, chirriadora al girar, en la repisa una inevitable bacía de barbero para mezclar el jabón en polvo con el agua caliente, las tijeras de uso, la brocha peluda de uso, la piedralumbre de uso, la loción de uso, el talco de uso, dos espejos, uno frente al otro, una palangana, una fotografía de la Magdalena meditando en la cueva de la muerte, una Alegoría del bebedor (en vitela), un retrato del Corazón de Jesús, un radiocardiograma enmarcado, dos sillas para que los pacientes se sienten, una hemeroteca de publicaciones viejas amontonada junto a las sillas, una percha de pie, un radio y un reloj; doña Leonor Guzmán despierta a su marido, se levanta desganado y se dirige al baño, después de mear piensa temerosamente en el chorro helado que le espera, cobra valor, abre los brazos y respira profundamente, se mete bajo el agua. “¿Está ya listo el desayuno?”. “¡Pero si ni siquiera te has afeitado y ya estás acosando por el desayuno Helio bendito!”. Calladamente empieza a enjabonarse la cara flaca (Caremachete lo llamaban en la escuela), desayuna velozmente y velozmente sale de la casa como si el patrón lo estuviera esperando en la barbería. “… por lo tanto, en la oficina de don Alberto te explicarán todo lo que debes hacer. Encomiéndate a la Virgen del Perpetuo Socorro y a nuestra Patrona, arrepiéntete de tus pecados y reza el señormiojesucristo”. “Señormiojesucristo… basbabaslabasamen”. “Ego te absolvo in nomine patris et filii et…”. El reverendo Noreña camina acusadamente por el atrio, mira hacia el camión de Chicharrón, su paso enérgico cae sobre el embaldosado con la fuerza y serenidad que tanto elogiaban sus profesores cuando estaba en el seminario, las gafas tienden a corrérsele sobre la nariz, gafas que ya muy viejas viene usando por diez años y a las cuales les ha hecho cambiar las lentes solo una vez (la miopía progresiva de tanto leer y estudiar, el breviario de las devociones y las cuentas de la parroquia, vigilar el pueblo y ordenar la conducta de los hombres), renguea desde que lo operaron de la próstata y de lo cual le quedó el espermancamiento vacilante, algunas palomas revolotean alborotadas con su pasar, deslumbradas por el rebrillo de las hebillas de plata en sus zapatos; su caminar despide cierta seguridad malsana que su padre confesor solía describir como síntoma de orgullo y soberbia, disminuye la lentitud de sus pasos a medida que se acerca al templo, abre su libro de oficios, se detiene ante la puerta, mira hacia la plaza y observa a la gente que sube al camión, observa la alcaldía cerrada, la peluquería abierta, el postigo del teniente abierto, el toldo de Próspero, el postigo del teniente, Ramón, mira hacia el balcón de la casa de doña Tulia, hacia el postigo del teniente y como dándose por satisfecho entra en la nave (fuera de la cual no hay salvación) y va a sentarse en su confesionario (a sentarse en su cubil como negra y maligna ave viperina y tóxica, así lo calificó el poeta que se suicidó en el parque después de cortar una rosa y ponérsela en el ojal de la solapa); los arrieros sudan y gritan meros animales montaraces, peen como mulas y escapan ladeando los cigarrillos en sus mestizos labios de buey; Filiberto Posada viene primero, sesenta y dos años, ha caminado tres leguas, ni siquiera suda, sus ojos van atentos a cada mula, a cada traspié, a cada rezago, el tabaco bien mordido y presto el brazo para asentar el zurriago sobre la Chapolera que es la más caprichosa, pasa frente a la casa de los Giraldo, saluda cortésmente tocándose el ala del sombrero con el mango del guayabo, Ismael, el nieto de seis años trota a su lado para coordinar el paso, aferrado a los ramales de la vaina del machete de su abuelo, no llueve pero las mulas están frescas; a dos cuadras viene Fabián Ochoa, se detiene en la casa de los Giraldo para entregar unos quesos y hacer requiebros a la sirvienta, pellizcarle las nalgas, sus mulas continúan al trote como si fueran azotadas, acostumbradas ya porque Fabián no las deja en paz un segundo, continuamente va fueteándolas como si anduvieran despacio; pegado a él viene Fabricio González, ha sido el último en salir este domingo porque él es el más cercano al pueblo, ahí no más, más allá de la Cascada, ni una legua, saluda al pasar por la casa de los Giraldo aunque nadie hay que le reciba las saludes, ni nadie que le responda a las “buenas mañanas”, golpea el ala del sombrero con el mango del zurriago y vocifera: “¡Cómo amanecieron!”. Un caballo sin montura y con su jinete irrumpe en la plaza y va a detenerse chispeando junto a la mula de don Federico, la cabeza del barbero asoma en la puerta de la peluquería, el sargento se detiene a la puerta del cuartel, el jinete baja presto y entra al Pielrroja. “Dohon Fehedeherico, la policía mató a Garcés y Arredondo”. “Pasito hombree, no haga escándalo, ¿a Garcés y Arredondo, Virgilio y Luis Ge?”. “Los mismísimos don, en el mero atrio”. El reducido grupo que se ha formado se mueve hacia la parte trasera de El Fugaz aprestándose para subir las maletas, los bolsos y las encomiendas. “No señora, no se asuste, yo no me la voy a comer”. Doña Julia toma la niña, Georgina, del brazo y sube al camión alejándola del interlocutor, un desconocido agente viajero que va de regreso a la Villa después de haber empleado todo el sábado vendiendo específicos. “Lo que él quiere es hablarte, ni lo voltees a ver”. Georgina se sienta comedidamente junto a su mamá en la segunda banca, otros pasajeros suben y se distribuyen por las diversas bancas, aún entredormido, el agente viajero se sienta en el extremo de la izquierda en la banca de adelante y empieza a mirar por el espejo a Georgina, allá le sonríe atemorizadamente mientras doña Julia la vigila al reojo. “Oiga usted, no se siente ahí que ahí voy yo”. El agente no hace el menor caso, es como si no hubiera oído, don Ricardo Vélez sube con sus alforjas y envuelto en la ruana, se sienta en el extremo de la segunda. “Buenos días doña Julia, ¿cómo le amaneció?”. “Muy bien don Ricardo ¿y usted?”. “Pues ahí, como siempre, medio vivo, medio muerto, unos días que me voy, otros que me quedo”. “Cómo así don Ricardo, ¡cuánto lo siento!”. “Mi Dios se lo pague señora Julia. Vea, ¿y qué la lleva por la Villa?”. “Pues no, nada importante, voy a visitar a Jorge, eso es todo”. “¿Y qué hay de él?, cuénteme”. Chicharrón llega medio acosado y revisa el equipaje. “¿Ya chequiaste el motor?”. “Sí ’ombe, ha’ que cambiar una bu’ía”. “En la bomba, en la bomba, ¿todo listo?”. “No, faltan algunos”. Chicharrón revisa banca por banca, el vendedor le arguye que esa banca no es la del fogonero, que el fogonero tiene que ir en la alta. “Vea hombre, lo que pasa es que ese puesto está reservado”. “Ah, bueno, si así es perdone usted”. El vendedor se baja y va a sentarse en uno de los pocos puestos que quedan atrás, doña Julia respira desahogadamente. “Encomiéndense a la Virgen que ya nos vamos, pero no se preocupen que la carretera está muy buena”. Chicharrón voltea la llave del encendido, El Fugaz ruge, pita anunciando su partida y echa a rodar por la calle Real hacia la salida de Saldeguaca en donde hay que recoger a Pacha, la moza de Chicharrón; la Venenosa se levanta de la mesa en la cantina y tambaleándose se mete en su cuarto, se mira al espejo, se frota el rouge con el envés de la mano y se arrodilla a rezar y llorar, la Culibajita la consuela y trata de hacerla meter en la cama, la Venenosa se resiste. “… dejame llorar mis penas, ¿vos creés que porque soy puta no tengo de qué llorar?, ay, ese hombre me va matar, ¿cuándo volverá?”. La Culibajita entra a la cantina y despierta a Crisanto que se ha quedado dormido sobre una mesa. “Venga pues mijito que ya si’acabó el trabajo y nos tenemos qui acostar”. Crisanto se levanta de la mesa vomitada y con la cara toda untada, la Culibajita le ayuda a sostenerse y vacilantes se meten a su cuarto, ella moja una toalla en la ponchera de agua caliente y empieza a limpiarle la cara. “¡Olés a puro demonio!”. Lo desviste y se mete con él en la cama después de lavarse la vulva, se persigna y empieza a rezar sus oraciones y entredormirse mientras él se va despertando. “Bueno cabrona, ¿es que no vamos a meter o qué?”. “Vos estás muy borracho y esa cosa no se te para”. “¿Que no?, tocá y verás qu’está como pat’a e santo”. La Culibajita le coge la cosa que en realidad está como una pata de santo, sonríe contenta y se le sienta encima. “Me tenes que soltar esa piedra ligero o te mato. Yo creo que vos se la estás soltando a otro gran perra”. “Ssssssst, sst”. Sonriente, la Culibajita salta encima de Crisanto y le aprieta las caderas con las rodillas, empieza a temblar y él a arquearse; la Venenosa termina sus llantos y arrancándose el vestido se mete en la cama y se queda dormida de un golpe, tocan a su puerta, ella no oye, tocan más fuertemente, es la Pesada, la débil puerta cede con el empujón de la enorme mole borracha y excitada. “¿T’ emborrachaste otra vez malparida?!”. Coge el cepillo para el pelo y empieza a golpear a la Venenosa en la cara. “¡Gran puta!, mientras yo trabajo vos bebés porque ya no tenés a nadie que te coma y yo te tengo que mantener, ¡ah, gran malparida!”. La Culibajita interrumpida en su tarea en el cuarto vecino por los gritos de la Pesaba precipita las cosas. “Yo voy a callar ese par de areperas, esperate y verás”. “No mijo, no se mueva, no se vaya a meter con eso que con cosas de amor nadie se puede meter”. Ella vuelve a su ritmo encima de Crisanto, Efraín el cantinero viene a ver qué pasa pero dándose cuenta de que son ellas vuelve a la cantina a terminar su cerveza antes de acostarse, agita una botella de soda y empieza a duchar a los que se han quedado dormidos en las mesas. “Bueno muchachos, esto se acabó, vamos a cerrar, vayan despertándose que ya nos vamos para la misa”. Con las primeras gotas de sangre que salen de la frente de la Venenosa, la Pesada se conmueve y empieza a besarla hasta irse quedando dormida, la otra, inerte como si estuviera muerta respira y babea la almohada, Efraín pone el candado y desenvuelve la estera que guarda detrás de la puerta, trae las cobijas, apaga las luces, se persigna y trata de dormir. “¿Por qué no te moriste indio de mierda?!”. “No sé mi teniente”. El teniente se sienta, Silveriano arrodillado le acomoda los pies en los calzoncillos, el teniente se pone de pie, Silveriano sube los pantaloncillos, el teniente se sienta. “¿Sigue muy enfermo mi teniente?”. “¡No, no es nada indio de mierda!”. Silveriano abraza al teniente, el teniente se aprieta contra el afiebrado e inane, las mangas de la camiseta, la camiseta sobre el pecho, un roto cerca de la tetilla izquierda. “No, no importa, indio de mierda, otro día la remienda”. “Sí mi teniente”. “¿Hay pompas?”. “Sí mi teniente, solo uno”. Vestido y endomingado el teniente baja las escaleras golpeándose las piernas con el vergajo, los soldados se ponen de pie, dispersos en derredor a la barbacoa, el sargento se adelanta, la cara ensangrentada, la cabeza vendada, el dolor de las corvas, los ojos rendidos, la acritud en la garganta. “Acabamos con todos mi teniente, no queda ni uno”. “Pero nos falta uno, gran hijo de puta”. El teniente golpea con el vergajo débilmente la mejilla del sargento. “¿Por qué lo dejaste morir, gran hijo de puta?!”. El sargento calla, el teniente arrecia los golpecitos, extiende el brazo y golpea fuertemente con la sangre seca de la mejilla, salta un polvillo marrón, la sangre se refresca con la nueva. “Preparen el funeral, laven al muerto”. Los crótalos herrados de las mulas llegan a la plaza por las cuatro esquinas como si una banda de gitanos madrugara al pueblo para arreglarlo con los panderos, las ajorcas tintineantes y la lectura de tarots y manos, los crótalos retumban en los pabellones del sargento que se dirige a la botica por las benzedrinas, la acústica que forman las filadas tapias, las cocidas tejas, las aboriginalmente piedras sobre el piso estallan con sus ritmos y ecos en los pabellones heridos del sargento, parece que aún estuvieran disparando, se aprieta las palmas contra las orejas y escucha el agitado atabal de su corazón percutiendo en los nervios de las muñecas, en la red venosa de las sienes; Jenaro Chaverra trota al lado de su perro, las mulas van de prisa, acosadas por el sol y las enjalmas en las mataduras; Juancho que viene rezagado, Juancho López, va conversando con Julio, reunidas las dos recuas, Julio Agudelo; Hermenegildo Barrientos viene por el puente de la Herrería, blande su zurriago y blande su palabra (es uno de los copleros más renombrados, dizque solo le gana el viejo Chema); Hernando va entrando al barrio de putas, Hernando Alzate, Hernán Sepúlveda ya está propiamente en el pueblo, trotando por la calle Real entre blanqueadas tapias con su recua parda; Óscar Rojas viene acompañado de su mujer porque ella, mientras él descarga, instala su venta de verduras en la plaza, tienen una huertecita en la finca; Horacio Londoño les precede, Ovidio y Otomán ya están en el pueblo, Ovidio y Otomán Osorio, el primero descarga el maíz en la tienda de don Toribio y el segundo junto a la flota porque todo el frisol de don Chema, su padre, se lo llevan para la Villa de la Candelaria; Heliodoro llega a la puerta de su barbería y la abre, toma la escoba y barre, un muchacho llega con el Cariacontecido y se para en la puerta a mirarlo absortamente, Helio distraído barre, barre la sombra del muchacho y el polvo del piso. “Buenos días don Heliodoro lo estaba esperando”. “Éntrese hombre y espéreme un momentico que tengo que barrer esta pesebrera, anoche hubo mucho trabajo y no tuve tiempo de hacerlo. Toda mi vida siempre lo he hecho por la noche, creo que durante los días que tiene este pueblo, pero a las once despaché el ultimo cliente, todos montañeros usted sabe, usted sabe los sábados hay mucho trabajo porque vienen todos estos montañeros a mercar y vender pendejadas. Vea, ¿y qué le pasó que viene tan temprano? Hoy como que va a hacer buen día, ya la mañana está calientica, pueda ser que no peleen mucho a ver si se trabaja en paz. Ya casi acabo, no se vaya a ir, es cosa de un momentico. Vea hombre ¿y qué le pasa que trae esa cara como de espantado? No se preocupe que usted está muy joven y esta vida rinde mucho, no empiece a joderse que usted está en lo primero. ¿Por qué no me hace un favor, y mientras acabo aquí de barrer, va y me trae un tintico del café?”. “Con mucho gusto don Heliodoro, ¿del Pielrroja?”. “Dígale a Laureano que es para mí”. El muchacho sale corriendo, Heliodoro sintoniza el radio en la estación que transmite la Ópera Matinal y tararea una aria invariable que aprendió cuando estuvo viviendo en la Villa. “¿Cuánto hace?”. “Quince días padre”. “Diga sus pecados”. “He tenido malos pensamientos, quince veces he deseado ardientemente a mi novio, he peleado dos veces con una compañera de la escuela, he dicho cincuenta mentiras, he sido desobediente no sé cuántas veces, pido perdón por todos mis pecados, los confesados y los olvidados”. “Estás en la edad en la cual el demonio tienta a los hombres con el terrible pecado de la carne. Tu misión en este mundo es criar hijos para el cielo y educarlos, por lo tanto debes conservar tu pureza hasta el santo día del matrimonio, si tu novio te es motivo de pecado aléjate de él, no lo frecuentes, ya vendrá otro hombre que será tu futuro esposo y no te causará tanta pena, tanto dolor para tu alma inocente, arrepiéntete de tus pecados y haz una firme encomienda de no cometerlos más, reza el rosario cada día con suma devoción y enciéndele una vela a Nuestra Señora de los Siete Puñales. Reza el señormiojesucristo”. El rostro se retira del postigo con visillo, con el que lleva el olor a pachuli, un hombre procede de la fila y se arrodilla frente a la negra sotana del párroco, su cabeza surge de entre las cortinillas moradas. “Di tus pecados”. “Vea padre, yo ya hablé con los hombres, todo está listo y arreglado”. “Muy bien hombre, usted sabe que tiene mi apoyo en todo lo que haga. Hay que liberar a este pueblo de esa chusma infame”. “Muy bien padre”. “Ego te absolvo…”. “Gua gua gua guaaaaak, gua gua gua aaaaaaah, guah guah gua guaguaGUAH!”. El padre Noreña se levanta aireado de su confesionario, va hacia el perro, el perro retrocede, un hombre lo golpea con el bastón, el perro huye ladrando más agudamente por entre los fieles hacia la puerta. “Un mes padre”. “Debes confesarte con más frecuencia hija mía, no lo olvides, no es bueno pasar días en pecado porque la vida es efímera y nunca sabes cuándo vas a morir, y si mueres en pecado ya sabes lo que te espera, di tus pecados”. “Me acuso padre de haber sido infiel a mi esposo, de incumplir con mi deber en el hogar, de no haber venido a la misa del domingo pasado. Me acuso de todos los pecados confesados y olvidados”. “¿Cuántas veces has sido infiel a tu marido?”. “Tres veces padre”. “¿Con la misma persona?”. “Dos veces con una y una con otra”. “Maldita. ¿Sabes cuán vil es este pecado? ¡Maldita adúltera! Tú que eres considerada socialmente como modelo de virtudes y no eres más que un sepulcro blanqueado, tú, mujer, vil mujerzuela, ¡te arrepentirás hasta el fin de tus días de tan ignominioso hecho! Oh hija mía, nunca más vuelvas a hacerlo, este pecado no solo se castiga con la pena sino con la muerte, las mujeres antiguas eran lapidadas, pero tú, tú has tenido la suerte de vivir en estos tiempos corrompidos y modernos en los que la sociedad no se protege; si cuando vuelvas a confesarte regresas con este pecado no te podré perdonar, tendrás que ir a confesarte con el señor obispo…”. La palidez que se ha acentuado en las sienes de súbito aprieta la cabeza de la penitente quien temblorosa rueda por el escabel del confesionario y cae inconsciente sobre las baldosas. “Pobrecita, no debe haber desayunado todavía, ayudémosla”. Tres de las mujeres la levantan y van a sentarla en una de las bancas; Filiberto Posada viene primero, Ismael, el hijo de Juancho, el menor trota a su lado, asido a los ramales de la vaina del machete. “¡Pueda ser que ya no llueva más!”. “Ya vamos llegando, ¿no cierto abuelito?”. “Sí mijo, ya casi llegamos, ¿está cansado?”. El niño no contesta, le duelen las plantas de los pies, el abuelo bien lo sabe, pero Ismael tiene también que aprender a ser arriero, primero le dolerá un poco pero con el tiempo la piel forma callo; el trotar deja de ser penoso y el trabajo se vuelve sencillo; el muchacho vuelve con el café y poniéndolo sobre el tocador sonríe a Heliodoro: “Don Heliodoro por favor, motíleme ligerito que es que me tengo que ir para el colegio y no quiero llegar tarde, ni siquiera me he puesto el uniforme, ayer no tuve tiempo de venir porque me fui a jugar fútbol a la manga”. “Y mejor que no hubiera venido porque con el trabajo que hubo no sé si me hubiera alcanzado el tiempo, pero como le dije antes no empiece a preocuparse que usted está muy joven, siéntese a ver si comenzamos”. Don Heliodoro echa mano a las tijeras y empieza a sonarlas en el aire como si cortara la cola a los espíritus. “Es que mi papá me castigó y me mandó para acá hace rato”. “Vea, cuénteme hombre, cómo está su papá, hace días que no lo veo, creo que desde que lo motilé la última vez. Ese Fernando sí que es un gran tipo, es de los pocos varones que hay en este pueblo. ¿Se acuerda usted de lo de Rengifo? Pues ahí se portó como un hombre, nos mostró a todos lo que vale, especialmente a nosotros los liberales y a esos godos también que querían acabar con Rengifo ahí sin más ni más, todo porque el pobre Rengifo es pobre. ¿Lo mojo? Pero su papá sí que es un caballero, y como les hablaba y como los desafíó, no fueron capaces de dar ni un paso, ni siquiera uno, pero no, usted estaba muy chiquito para acordarse, mejor que ni se lo cuente. Bueno, ¿no ve?, ya está listo, ya sabe que Heliodoro es su peluquero y que no tiene que preocuparse, cuando llegue a la casa démele saludes a Fernando y dígale que se deje ver de vez en cuando”. El grupo sangriento fatigado se va a las duchas, el muerto y el teniente se quedan solos en el patio claro, la pierna izquierda amputada completamente, la carne interior pálida, la cara blanca y barbada, el teniente extiende la sábana, se golpea la pierna con el vergajo, por los caños del baño va el pantano, el polvo, la sangre, el sudor, la mierda, el teniente observa cómo se van por el sumidero, los movimientos lentos de los soldados cansados. “Sargento, dígale al boticario que mande las benzedrinas, hoy es domingo”. El teniente se sienta en el corredor, el sargento sale a la plaza, la botica está cerrada, Silveriano le da el vaso de jugo, la uretra arde, el batallón desnudo pasa sobre el patio en tierra bajo el sol, marcha adormecidamente, sube las escaleras hacia el dormitorio. “La botica está cerrada mi teniente”. “Vaya hasta la casa de ese malparido y no se me aparezca sin las pastillas gran cabrón”. El teniente toma el jugo de naranja, va al baño. “Es mejor la verga del cura”. “¿Qué dice mi teniente?”. “Que es mejor la verga del cura”. Silveriano cierra la ducha. “Perdone mi teniente pero no lo oigo”. “¡Nada, indio de mierda!”. La nariz del teniente tiene veinte y dos años, la lengua del teniente tiene veinte y dos años, el teniente todo entero tiene veinte y dos años en la puerta del baño mirando a Silveriano bañarse, los soldados se ponen los uniformes limpios, se acaban de secar la sangre, se limpian las heridas; Filiberto, Fabián y Fabricio vienen del sur, bañados en luz y sudor, sacudiendo los rejos, los cetros de guayabo, circundados por las mulas castañueleras, alocadas, sonoras, el eco del trote se proyecta hacia las tapias. “Muévetemulahijueputarecondenada”. Truta truta truta truta truta truta truta truta truta truta truta truta truta truta truta truta truta truta truta truta truta truta truta truta truta truta truta “¡Arre mula de los demonios!”. Sobre las mataduras van las enjalmas, sobre las enjalmas la carga, sobre la carga el rejo, y sobre el rejo las bocas de Filiberto, Fabián y Fabricio, proferidoras, vituperadoras, apasionadas, anchas, tenoras que avientan las palabrotas contra el trasero peyente de las estériles bestias; Ismael de cuando en cuando levanta su zurriago y ayuda a Filiberto con la tarea, pero los dos pies arden, arden más que el trasero de las mulas, más que las mataduras de las mulas bajo las enjalmas, arden sobre los filudos guijarros, las yerbas espinosas, la piedra reventada; Rosalba abre la puerta. “Como li’ amaneció mi niña”. “Pus a i será bien y a vusté”. “Pos lo mesmito qu’ iayer, ni más ni menos”. Ella se le arranca de las uñas que se le han clavado en la nalga, mientras lo mira con desdén y ganas le palmotea la callosa mano de una bestia, inmensa, poderosa. “Prest’ iacá esos quesitos y adiosito”. Antes de entregarle los quesitos le vuelve a agarrar la nalga. “¡Eh maldita sea, lárguese pues!”. Las mulas de Fabricio lo alcanzan al bajar las escalas de piedra, corre delante de ellas para alcanzar las suyas que han seguido a un rápido trote. “¡Qu iubo Jabián!”. GHUAGHUAGHUAGHUAGHUA GHUAGHUAGHUAGHUA”. “Diga sus pecados, este maldito perro…”. El cura interrumpió, aparta al teniente, sale del confesionario, el perro al verlo sale atemorizado, algunos ríen, el padre Noreña acordeona el entrecejo y vuelve al confesionario. “Mire padre, yo no vine propiamente a confesarme sino a decirle que vino un hombre de la Población Vecina contando que allá mataron a dos liberales y que si usted no ayuda a lo que pueda pasar este pueblo se va a prender como todos los domingos”. “¿Sabes los nombres de ellos?”. “Un tal Arredondo, del otro, ni idea”. “Ego te absolvo in nomini…”. El reverendo padre Noreña se levanta y va a la sacristía, escribe una nota en un papelito. “Quítese esa sotana, no, no, mejor vaya con ella, vaya a la casa de don Alberto Ospina y llévele esto. Pero a la carrerita”. “Diga sus pecados”. “Me acuso padre de haber jurado en falso, de haber fornicado quince veces, de no haber cumplido con mi deber, de haber desobedecido a mi padre, de haber matado un ratón, de haber mentido como mil veces, de haber hecho chismes, de no haber ido a la escuela, de haber robado, de haber vuelto a mentir”. “En penitencia rezarás cinco Credos. Ego te absolvo in nomini Domini Patris…”. “Diga sus pecados”. “Hace quince días padre”. “Diga sus pecados”. “He sido mala, perjura, infiel, he cobrado por mis servicios en el barrio, he dicho palabrotas feas, he maldecido, lo he maldecido a usted por no dejarnos ir al pueblo, chucé a un hombre la semana pasada pero los policías no me cogieron. Estoy muy arrepentida padre y no quiero volver a hacerlo más”. “En penitencia darás diez pesos a la Santísima Virgen y rezarás el rosario todos los días. Ego te absolvo…”. “Ghua ghua ghua ghua ghua”. “Diga los pecados”. “Mis pecados no son sino veniales porque yo nunca cometo pecados mortales, yo soy muy buena pero no me enorgullezco de ello, sino más bien trato de ser…”. “Si no tienes pecados haz un acto de contrición”. “Señormiojesucristo…”. “Ego te absolvo in nomi…”. El acólito vuelve corriendo, el párroco se levanta y va a la sacristía. “Qué dijo, qué mandó decir”. “No, él no dijo nada, cogió el papelito y se entró”. “¡Almártaga, vuelve y dile que si tiene algún mensaje!”. El sargento reparte las bencedrinas, los soldados parecen acabados de levantar mientras desayunan en un rincón del patio, el teniente no desayuna, se golpea con el vergajo, tiene veinte y dos años, sube a su oficina, grita desde el corredor del segundo piso: “¡Soldado Rentería, traiga la regadera!”. El soldado Rentería va a la esquina del patio en donde están las ametralladoras, coge la “regadera” y su trípode, sube las escalas. “Se va a estar aquí todo el día, ojo con la casa cural, ojo con la casa de don Laureano, ojo con la comandancia de la policía y ojo conmigo, yo no voy a salir de la plaza”. “Sí mi teniente”. Los soldados terminan el desayuno y empiezan a limpiar los fusiles, toman el café. “¡Silveriano!”. “Sí mi teniente”. “¡Afeitada!”. Silveriano va a la pieza del teniente, se sienta en su taburete en el corredor del segundo piso, por el marco que deja el techo hacia el cielo atraviesan cinco gallinazos. “Ahí van tus tíos Silveriano”. “Sí mi teniente”. Silveriano va a la pieza, vuelve con la vasija de agua caliente, moja la brocha, aplica el jabón en las mejillas, en la barbilla, en la nuca del teniente, pasa la barbera, pasan los gallinazos, el soldado Dinero prende una vela junto al ataúd del municipio, el soldado muerto no respira, las moscas lamen la película de aguasangre de su rostro, los gallinazos miran el pasar, Rentería ve un perro que sale corriendo de la iglesia, el teniente se golpea con el vergajo, Silveriano pule la nuez de Adán de veinte y dos años, pasa la toalla, frota el alcohol, la piel se enrojece. “Tráigame los cigarrillos y el café”. “Sí mi teniente”. Severiano coge la cajetilla de la mesa de noche, mira por el postigo y ve a un perro en el atrio de la iglesia, el toldo del carnicero, asoma la cabeza, la capota de El Fugaz, Atehortúa, el cocinero, atraviesa el patio encementado con el pocillo del teniente, Silveriano recibe el pocillo y va hacia el teniente, mira a los gallinazos. “Aquí tiene mi teniente”. Ya “bacía” de helio esa tonelada, tibia entre su mano y seca en el exterior, la heredó de su padre quien no siendo peluquero la usaba, tiene escrita una H que aparentemente fue lograda con un cautín de hojalatero, Heliodoro la deja sobre la repisa junto a las tijeras de uso y echa los treinta centavos en la caja de galletas un llamore e un bambino… se filtra por la tela burda que cubre el parlante del radio, viene hasta sus oídos a excitarlo a un “baaaaambino da… Boheee”. Una masa casi cuadrangular envuelta en una extensa ruana parda y gruesa, coronada por un sombrero alón de fieltro marrón, soportada por dos ángulos y encallecidos pies que curvan las tablas del umbral oscurece quieta y repentinamente casi toda la barbería; el hombre es muy alto, casi llena la puerta llegándose a las jambas con los codos de los dos brazos ocultos bajo la ruana, por el contraluz Heliodoro no puede ver los movimientos de los labios que dejan salir la voz profunda y vigorosa: “Heliodoro, mataron a Garcés y a Arredondo”. “No me lo diga don Mariano”. “Acaba de llegar la voz, ¿no vio al hombre a caballo que entró corriendo hace un momento?”. “Sí, ¿por qué don Mariano?”. “Él trajo la mala noticia, así que váyase preparando”. “Cuente siempre conmigo señor”. “Más tarde le daré los informes, tengo que hablar primero con los otros a ver qué se hace”. La masa gris gira lentamente en el marco de la puerta y desaparece por una de las jambas dejando un “hasta luego Helio” que se viene sobre el barbero como una pedrada, Helio se queda clavado, estupefacto en la mitad de la barbería, como saliendo de un súbito ensueño va hasta el excusado para constatar que su rifle está aún ahí; la Venenosa tiene un vestido rosa, la Pesada tiene una bata rosada y una blusa morada, duerme casi encima de la Venenosa vestida de rosa, los trajes vomitados, arrugados, laicizados, ensangrentados, enrosados, dormidos en derredor a ellas y ellas dormidas entre ellos, herida la Venenosa, la Pesada arrepentida y ponderosa sobre el débil rosa del vestido de la Venenosa, por las hendijas de la puerta entra la luz filuda, polvosa, fluye sobre las tablas y alumbra los zapatos de las dos putas, las flores marchitas sobre la mesa de noche, la pasta de los pintalabios se derrite en sus rostros, el mentón filoso de la Venenosa, muy blanco, liso y blanco de la Pesada, una de sus grandes tetas ha salido por el escote y rosa el vestido de la Venenosa, dos muñecas guardadas por un gigante corrompido, flácidas, desnutridas, intoxicadas muñecas que usan las brujas de las montañas para los maleficios, dura la cara de la Venenosa, vertical partida por una nariz huesuda aunque no preminente, agujereada por dos horizontales, delgados y oscuros ojos que fueron el atractivo para los hombres que la adoraran en su juventud, los labios delgados y apretados por la penuria; la Pesada tiene una cara tan redonda como sus tetas, blanda como ellas y blanquísima, envuelta en el cabello negro y recortado a la altura del lóbulo de las orejas, de consistencia de lana, de la frente de la Venenosa no sale sangre pero hay sangre seca al lado de su herida, en los pequeños labios de la herida, aguasangre como la aguasangre en el rostro del soldado muerto en el patio de los soldados, sus dos caras dormidas gastadas por la putería, el abandono, el tiempo, el amor, la intoxicación y el uso; El Fugaz tiene la trompa pintada de tres colores, amarillo, azul y rojo, los faros y la parte frontal son rojos, la tapa de la máquina, amarilla, los guardabarros azules, tres bandas de los tres mismos colores se adhieren a lado y lado hasta la parte de atrás en donde terminan en el cuadrángulo que delinea la tapa del portamaletas en cuya superficie una pintura representa un lago azul, rodeado de montañas verdes, una luna menguante en el cielo, y un hombre duro asido a una guitarra en forma de castañuela mal dibujada recostado al tronco de un árbol; el carruaje va por entre las tapias hacia la bomba de gasolina, pita alertando a los pasajeros, a los arrieros, a las vacas y a las mulas, José Luis Bedoya sostiene el volante como si tuviera a un toro por los cuernos, las láminas de los santos y sus flores se sacuden a medida que las llantas saltan en los baches y los guijarros, los huecos, el polvo blando, el retrato de El Caudillo se zarandea como en una película de cine mudo, doña Julia saca su camándula y empieza a repetir avemarías e insiste en que su hija la acompañe, otros pasajeros se santiguan al iniciar la carretera en la salida de Saldeguaca; el confesionario es de madera marrón barnizada, arruinada en algunos lugares por las uñas de ciertos penitentes convulsivos que no hallando cómo soportar las palabras han tenido que apuntalar su resistencia contra la construcción del dicho aparato, acosados por las admoniciones del confesor, dos cortinillas moradas velan la puerta ojival y ocultan al párroco en el interior, estampadas con dos cruces iguales, bordadas en la parte inferior con flequillos que solo las hermanitas Pérez con su tecnificada tradición pueden lograr; en el escabel frontal, en donde los varones se hincan, hay polvo y huellas de rodillas perdonadas, gusto de madera en donde a la manera de taladros por varias épocas muchos penitentes han pedido perdón por sus pecados o hanse ofrecido para ser absueltos después del vituperio unas veces, y otras después del consuelo y la admonición; las rejillas laterales a las cuales alternativamente el confesor ajusta una portezuela cuando termina cada confesión para evitar la confusión de pecados, un cojín morado y fabricado también por las hermanitas Pérez protege el trasero del confesor de la dureza de las tablas con que está construido el asiento; el padre sobre él, siente la presión de su cuerpo sobre el cojín, por entre las cortinas espía la devoción de algunas viejas, suena la campanilla que anuncia la elevación, terminan rápido los consejos a su penitente, separa las cortinillas y se arrodilla mientras pasa la elevación, vuelve a sentarse y aplica su pañuelo a las narices para protegerse del aliento matinal de los confesantes; el cuartel es una casa cuadrada, las partes de madera pintadas de amarillo, las tapias de rosa, en las tapias frontales del segundo piso e interrumpido por las tres puertas que dan al balcón un letrero dice: BATALLÓN GIRARDOT, en el primer piso y en la pared que da a la calle hay un cartel cerca de la puerta de entrada, impreso en tinta negra sobre el papel amarillo, titulado con el escudo nacional:


1 El ejército es el amigo del pueblo
2 El soldado es un hombre del pueblo
3 El pueblo debe respetar los ciudadanos
4 El ejército protege las elecciones
5 El ejército protege la libertad
6 El ejército es el guardián de la vida
7 El ejército es el guardián de la propiedad
8 El ejército es el guardián de nuestras fronteras
9 El ejército es apolítico
10 El ejército sirve a la autoridad civil. Y
11 Todo ciudadano debe respetarlo
Viva la Patria. Viva la libertad. Viva el Orden
Viva Cristo Rey. Viva Bolívar
(Imprenta Nacional)

El patio del cuartel es cuadrado, el segundo piso marca un rectángulo a los dormitorios de los soldados y la oficina del teniente, un enchambranado pintado de amarillo guarda el corredor de tablas que cubre el de ladrillos del primer piso en donde están la cocina, los baños, la guardia y el depósito, el corredor del primer piso enmarca el patio en donde está el asta ante la cual los soldados juran defender la bandera, de los muros cuelgan cuadros que representan momentos de las gestas libertadoras; la batalla del Puente de Boyacá, la del Bárbula, el Paso de los Andes, Ricaurte en San Mateo en Átomos Volando, la Pola y Gabriel y Galán, en la oficina del teniente están Bolívar, Santander y Girardot, en un extremo del corredor está el soldado muerto en el ataúd que provee el Municipio, las moscas lamiéndole la cara, los gallinazos sobrevolando el patio. “Ahora escucharán una aria de Il trovatore, la inmortal aria de la ópera del gran compositor italiano…”. Heliodoro presiona la jamba en el mismo sitio en donde recostara la cuadratura ampulosa de don Mariano, con su leve peso de barbero anémico Heliodoro descansa su cuerpo como si cuñara la tapia hacia la esquina, con la mano izquierda haciendo una V con el pulgar y el índice se acaricia la barbilla, algunas agitaciones de color en la plaza se inquietan en el borde circular de su mirada atentando distraer sus pensamientos, superficie de carne sangrante / hilachas de toldos crema / sal / luz en los balancines de los carniceros / volúmenes blanco y cal del templo / retazo de firmamento azul y elástico / el movimiento de una ruana /, retira la mano del mentón, los músculos de la jamba, gira en sus zapatillas lustradísimas y se mete en la sombra de su barbería, va tras el armario, toma el rifle con ambas manos, lo examina, lo palpa, cuidadosamente lo deja en su sitio, va a la puerta, al pasar acaricia la silla de cuero, palpa la molicie de la piel sobre el cojín de cerda, la suavidad del uso, coge una revista de su gastada hemeroteca, mira una fotografía de la reina del maíz, la enrolla y sosteniéndola en su puño llega a la puerta, se inclina contra la jamba. “Buenos días don Heliodoro”. “Buenos días mi señora”. “Buenos días don Heliodoro”. “Buenos días Gildardo”. “Buenos días Heliodoro”. “Buenos días Jacinto”. Escucha la campañilla de la elevación, el tintineo se introduce en los senderos de sus laberintos pesarosos, retumba en las osificaciones de su cráneo, el vendedor de telas agita varias yardas de shantung encarecido, una mula suelta asienta sus cascos en el dédalo de los oídos, imperceptiblemente Heliodoro enciende un cigarrillo; los gallinazos arrojan miradas al patio, descargan sus bombas de vigilia que estallan en las sienes del teniente, el soldado muerto no los percibe, Olaya levanta su pocillo de café hasta los labios hinchados por el golpe de una cacha de machete, Vergara con una mano en el bolsillo trasero de su pantalón la otra aferrada a un estantillo mira lelamente la superficie del encementado, las figuras, las grietecillas, Mosquera, cruzados los brazos sobre el pecho y adheridas las gazas sobre la frente, inclina su cabeza hacia el olor que sube del cuerpo inerte del soldado, Rentería en el balcón del segundo piso descansa su mano sobre la ametralladora y sus posaderas sobre el taburete, el sueño le acaricia los párpados, separa las pestañas para que la luz le anestesie las pupilas; Silveriano sentado en el suelo cepilla las botas del teniente como masturbándolas, las sienes le sudan, el teniente bruñe su sable con un trapo azul untado de pomada como masturbándolo, los gallinazos se reflejan en la hoja precipitadamente, Caro limpia el popo de su fusil con la escobilla roja, como masturbándolo, Marroquín se pudre, Valenzuela pega los botones a su camisa con hilo verde, los gallinazos proyectan sus sombras sobre el piso del patio, fugaces y devoradoras; el teniente tira la espada al suelo, se pone de pie, el ruido del metal contra las tablas alerta a los soldados, Silveriano se queda con el cepillo en medio del aire, Olaya retira el borde del pocillo de sus labios y su brazo se paraliza, Vergara aprieta el estantillo, Marroquín permanece quieto, Rentería mira las hendijas de las tablas en el corredor del segundo piso, Caro detiene la escobilla entre el cañón, Valenzuela revienta el hilo verde, Cuervo mira hacia el cielo. ¡PTHAAH! FLOPPP! Al gallinazo le sangra el cuello, le sale mierda blanca por el culo, el teniente enfunda la pistola, el aire de los pares de pulmones de los soldados sale en forma de conos, los pechos henchidos se recogen, los párpados de Rentería vuelven a caer sobre los ojos / gallinacito vení vení por este tío que te tengo aquí /
Gallinacito vení vení por este tío que te tengo aquí
Gallinacito vení vení por este tío que te tengo aquí
Gallinacito vení vení por este tío que te tengo aquí
Gallinacito vení vení por este tío que te tengo aquí
Mira, allá va tu tío gallinazo / viene a comerse sus tripitas
Mira, allá viene tu tío gallinazo / viene a comerse sus ojitos
Mira, allá viene tu tío gallinazo / viene a comerse su culito
Mira, allá va tu tío gallinazo, viene a comerse su boquita
Mira, allá viene tu tío gallinazo / viene a comerse tus orejitas
Mira, allá viene tu tío gallinazo / viene a comerse tus nalguitas
Mira, allá viene tío gallinazo / viene a comerse tus patitas
Mira, allá viene tu tío gallinazo / viene a comerse tu ombliguito
Mira, allá viene tu tío gallinazo / viene a comerse tus uñitas
gallinacito vení vení / por este soldadito que tengo aquí
gallinacito vení vení / por este soldadito que tengo aquí
gallinacito vení vení / por este soldadito que tengo aquí
gallinacito vení vení / por este rolito que tengo aquí
gallinacito vení vení / mira, allá va tu tío gallinazo/ a comerse tu gorrita
mira, allá viene tu tío gallinazo / a comerse tu banderita
mira, allá viene tu tío gallinazo / a comerse tu fusilito
mira, allá viene tu tío gallinazo / a comerse tu tanquecito
mira, allá viene tu tío gallinazo / a comerse tu pistolita
mira, allá viene tu tío gallinazo / a comerse tu patriecita
mira, allá viene tu tío gallinazo / a comerse tus botitas
mira, allá viene tu tío gallinazo / a comerse tu bayonetica
gallinacito vení vení / por este soldadito que te tengo aquí
gallinacito vení vení / por este soldadito que te tengo aquí
mira, allá viene tu tío gallinazo / viene a comerse tus balitas
mira, allá viene tu tío gallinazo / viene a comerse tu cañoncito
mira, allá viene tu tío gallinazo / viene a comerse tus condecoracioncitas
mira, allá viene tu tío gallinazo / viene a comerse tus güebitas
Mira, allá viene tu tío gallinazo / viene a comerse tus medallitas
mira, allá viene tu tío gallinazo / viene a comerse tus huesitos
mira, allá viene tu tío gallinazo / viene a comerse tu estomaguito
mira, allá viene tu tío gallinazo / viene a comerse tu pertrechito
mira, allá viene tu tío gallinazo / viene a comerse tu cuchillito
mira, allá viene tu tío gallinazo / viene a chuparse tu sangresita
gallinacito vení vení / por este soldadito que te tengo aquí
gallinacito vení vení / por este tenientico que te tengo aquí
gallinacito vení vení / por este alcaldecito que te tengo aquí
gallinacito vení vení / por este caballito que te tengo aquí
gallinacito vení vení / por este curita que te tengo aquí
gallinacito vení vení / por este liberalito que te tengo aquí
gallinacito vení vení / por este sacristancito que te tengo aquí
gallinacito vení vení / por este barberito que te tengo aquí
gallinacito vení vení / por este gallito que te tengo aquí
gallinacito vení vení / por esta mulita que te tengo aquí
gallinacito vení vení / por este policiita que te tengo aquí
gallinacito vení vení
gallinacito vení vení
gallinacito vení vení
gallinacito vení vení / por este pueblito que te tengo aquí
El gallinazo chapalea sobre el cuartel y divide con su reflejo los ojos de los cuatrocientos ochenta pares de ojos que se han reunido para verlo caer, los cuatrocientos ochenta rostros giran sobre las nucas espantando la resonancia de tiro, los dos pares de ojos de mármol miran: los de la madre hacia el templo, los del niño hacia el rostro de mármol de la madre, hacia sus senos; Tzancarra Budure (venado- de- la- luz- que- hay- en- la quebrada- que- baja- del- cerro- y- se- recoge- entre- las- piedras- juntoal río- donde- picotean- las- garzas- en -los- crepúsculos- de-calor- y -endonde-las- espumas- son- más- blancas- que- el- agua- y- que- las-piedrasmás- oscuras- que- la- noche- sin- paz- de- los- sueños- desvelados) revisa sus objetos de barro porque después de un ruido como ese ha encontrado trastos entre sus ollas y algún trozo de metal junto a sus chocolateras, lenta y minuciosamente las observa, una por una, calladamente las repasa con la lente incisiva de sus ojos, chupa su cigarro; Atila Napoleón González interna su cuchillo en las fibras del hígado, lo divide, toma el trozo más pequeño y lo coloca en el plato de la balanza, la aguja señala el uno y medio, el plato suena contra su soporte, el ronroneo de los resortes; Nelson Chaverra coge un gajo de plátanos verdes, separa tres de los diez, el zumo chasquea y gotea sobre su delantal de lona, negruzco y desvaído, lo pone junto al gajo de los maduros; Nepomuceno Valderrama amarra con una cabuya diez tallos de cebolla junca, los acomoda con los haces que ha ido amontonando sobre el costal, vuelve a contar, amarra otros diez tallos con otra cabuya, rechaza el olor; el cuchillo de Valentín Cornelio Velásquez golpea la tabla de dividir el queso. “Este debe ser como de dos libras mi señora, pesémoslo a ver”. “Le dije don Valente que quiero un queso de libra”. Delfino ha construido sobre su mesa un tapiz de confituras rosadas, amarillas, azules, blancas, transparentes, zoomorfas, signiformes, antropomorfas y llenas de almíbar anisado; Bernabela Piedrahíta fabrica torres de roscas de pandequeso, diez roscas de cada cilindro marrones hacia el centro y amarillentas hacia afuera; Sancho, el jabonero coge una barra de jabón de fábrica y como un ingeniero militar la coloca sobre el carro añadiendo un elemento más a la construcción, cada barra ostenta su marca que consiste en una corona ducal y la palabra REAL, sus manos pegajosas y velludas asen otra barra. “Trentidós”. Corazón Villa destapa la caja de cartón y saca un cerro de novenas de san Judas, lo pone sobre la mesa, otro de san Antonio. Nuestra Señora de los Siete Puñales, Nuestra Señora de Fátima, doce Manuales del Buen Cristiano, Camino de Perdición, Los Entretelones del Placer, Mujer, Devocionario Cristiano, los distribuye simétricamente. “Y ahora, señoras y señores presenciarán el milagro de los milagros, verán a este pequeño muñequito danzar en la cuerda floja, ejecutar para ustedes, señoras y señores, el salto mortal, el triple salto mortal, el más mortal que ninguno de los trapecistas de este mundo inmenso ha sido capaz de ejecutar, y verán cómo este pequeño muñeco…”. La sierpe se ensortija en su nuca apoyando la cabeza sobre el hombro izquierdo del Sultán de Arabia, Aben Humar Ali de los Mil y Un Días y del Califato de Córdoba, la maleta abierta sobre el piso, la maleta que incluye setenta frascos de aceite de aguacate, doscientos de Pomada Peña, quince de ungüento del Santo Sepulcro, catorce de Narciso Negro, siete de alhucena Suleika, veinte cajas de polvo de Niza, diez de polvo Coqueta; Garuregari Borobinu Ungueruriru (besti- que- asomas -tuys- doscientos - veinte- y- dos- y medio- hocicos- en- los- sueños -sagrados- de- la- piedra- que- hay -en- la- falda - de- los-binubinubinubinubinubinubinus- y- que- atacas- a- los- gerus- en- loscaminos-de- las –cuatro- tierras) se pasea por el andén sur del parque con su ruana cubierta de cuentas de nueces, semillas, colmillos, anillos, aretes, ajorcas, nueces de madroño, táparos, amolados, corozos, algarrobas, colmillos de tigre, puma, gato montés, perezoso, mono, el sombrero coronado de plumas de chu, de cucarachero, de sinsonte, de latillo, de lucaro, su cesto con piedras y nueces para curaciones, encantos, ensueños, leyendas, nostalgias, “derelocciones”, venganzas, melancolías, reparos, promesas, infecciones, embrujos, ensimismamientos, remembranzas, maldiciones, espejismos; Jesús, el revueltero uno de los tantos y dispersos vendedores de revuelto, sentado en su terroso bulto de yucas se recuesta al tronco de la ceiba; hay un olor a humedad, almidón, hoja rota, tierra adherida a los pellejos de los tubérculos, a costal gastado, Jesús fuma su tabaco saboreadamente y lentos sus ojos anidan miradas en las cuencas sin mover la cabeza, en la umbrosidad que le da el ala del sombrero sobre la parte superior del rostro de las arrugas quietas, un momento la pupilas examinan los bultos de arracacha a la derecha, se dirigen a las piedras del piso, a las hormigas que van por las junturas llevando trizas de hojas de plátano, a las manos cuidadosas y analíticas de alguna señora que examina una papa; José, otro de los revuelteros, extiende los costales sobre el piso y se prepara a hacer el cerco habitual que construye en derredor a sí mismo con los bultos, se agacha y desdobla otro costal cubriendo a otras hormigas y otros guijarros, añade otro retazo al mosaico de la plaza, en el centro está el parque con la glorieta y las zonas verdes, en derredor un marco de millones de movimientos, un sombrero blanco de paja traza una curva hacia el suelo, repetida un millón de veces, otro una línea hacia la derecha, un corte de shantung bermellón chispea en el centro de un grupo de ruanas verdes y marrones, los rectángulos de lona cruda forman hileras irregulares e imprecisas; Candure Malari (susurro- del- fuegomientras- arden- los- troncos- en- la- noche- de- quema- y- chisporroteanlas- llamas- en- la- oscuridad- de- la- noche- de- agosto) acomoda sus canastos trenzados con diversas fibras del monte y en diversas formas que con su labor durante la semana toman las lianas y bejucos, el tiro del cuartel resuena en la plaza; Julián, el de la pierna rota, apila las callanas y olletas sobre unos papeles encerados y pegajosos, las va sacando de varios cajones con experto cuidado, las compone de manera que las callanas estén con las callanas, las olletas con las olletas, las chocolateras con las chocolateras, las cafeteras con las cafeteras, las soperas con las soperas, las azucareras con las azucareras, las chicheras con las chicheras, las aguapaneleras con las aguapaneleras, las lecheras con las lecheras; los espantamoscas y chinas para atizar los fuegos son verdosos y amarillentos porque Rosalía Gómez ha tejido unos con espartos que aún no se han secado y otros con cintas de iraca tensas y persistentes, los ha puesto todos, amarrados en haces de a diez junto con las canastas y canastillos. “Pues sí señoras y señores, señoritas y señoritos, que nunca vio Arabia tan grandes prodigios como los que ustedes ven, nunca el Califato de Córdoba presenció acontecimientos tan maravillosos como los que este pequeño muñequito ejecutará para ustedes, ni se vio en las Mil y Una Noches semejante…”. Doña Ruth coge el plátano, lo aprieta, le clava la uña. “¿A cómo están los plátanos don Ramón?”. “A dos por cinco mi señora, los verdes, porque los maduros ya están a cinco cada uno”. “¿A cinco cada uno?!”. “Sí señora, a cinco”. “Pero don Ramón, ¡esto es un robo!”. “Yo qué le hago mi señora, si es que la vida va todos los días p’ arriba”. “Bueno, en fin, yo me voy a dar una vueltecita y si no los encuentro más baratos aquí vuelvo mi señor”. “No, venga acá, no se vaya que no los va a encontrar más baratos. Yo, por ser a usted, le doy los verdes a tres por cinco y los maduros a dos, pero solo por ser a usted”. “Ah, eso ya está mejor, preste a ver, dos gajos maduros y cinco verdes, cuéntelos bien y que no le falten los dedos”. “¡Eh, per uste sí que iamaneció bien recationa, ehavemaría!”. “Eh, pero don Ramón, ¿es que usted cree que mi marido hace oro o qué?”. “Bueno, bueno pues, no sio fusque doña Ruh”. Rosa, zapote, bermellón, azul prusia, “¿Este? Este chantu por este precio no lo encuentra usted ni en la Villa, este chantu es importado directamente de la China, del legendario imperio, del otro lado del mundo, un chantu de esta calidad no lo encuentra usted ni en el mismo París. A ver, a ver, ¿es que no se animan o qué? ¡A cinco pesos la vara, a menos cinco pesos, para su novia, para su señora, para sus hijas, un bonito corte de chantu para un trajecito de fiesta! ¡A ver, a cinco pesos la vara!”. Azul prusia, verde grillo, zapote, rosa; el cuchillo bajo se hunde en la grasa y busca ciegamente con su punta. “Aquí está”. Eliécer tira el riñón a la mesa, Gildardo lo coge y lo pesa. “Es más de media libra doña Ester”. “No importa, ¿cuánto?”. “Ochenta y cinco”. Le entrega el peso a Eliécer. “Más tarde vuelvo por el resto, no me vaya a dejar sin solomo que me mata mi marido”. “No doña Ester, no tenga cuidado”. Los muchachos corretean con sus carretillas gritando: “¡Un merca íto, un merca íto!”. De las bocas del templo sale incienso, las nubes que quedan en el firmamento se van separando hacia las montañas, el soldado dormita en el balcón del cuartel al pie de su ametralladora de trípode, frente a la flota un hombre carga y descarga maíz, frijoles. “¿No tiene usted a Nuestra Señora de la Valvanera? ¡Ay, yo que la quería comprar!”. “No misiá, esta semana se me agotaron, pero dentro de ocho días ya tengo nuevas láminas, lo siento mucho”. “Ay, pueda ser, porque mire, yo la iba a comprar la semana pasada pero no tenía ni cinco y ahora tengo con qué, usted no tiene el cuadro y no sé si la semana entrante cuando usted venga y tenga el cuadro yo voy a tener plata”. “Pues es muy sencillo, me lo paga adelantado”. Ruana marrón, una, dos, tres, y con esta son seis en la pila de las marrones, una, dos, tres y cuatro, y con esta son seis en la pila de las azules, y con esta son las seis en la pila de las ruanas blancas que Jesús ordena sobre los papeles encerados; los sombreros de Jesús, el ruanero de a seis en cada pila, verdes, azules, negros, y marrones de fieltro y las ruanas de algodón y lana, tres con cuello y cierre, las otras tres sencillas, en cada montón, tres sombreros alones y tres de ala corta, tres para los cabezones y tres para los cabecichiquitos. “Y este, este es el chantu de la Persia, por eso vale diez pesos la vara, diez pesitos no más para el vestido de la señora del caballero, y a ver, la niña, diez pesitos por este chantu de Persia…”. Encarnación Ochoa rodeada por el perfume de la mejorana, el cilantro, la malva, las hojas de caracucho, el cidrón, la verbena, el eucalipto, las hojas de brevo, la manzanilla, se aplica los moños rosados a los extremos de las trenzas sentada en un bulto de papeles gruesos que tiene para el efecto, su bata de medio luto húmeda y manchada en las haldas. “Vea don Toribio ¿y cómo es que no tiene achotes?”. “Pues mi señora, si supiera la tragedia que mi aconteció, pues sucedió que la barranca del lado del camino, si acuerda usté, la que está d ste la o, en onde tengo platada la cruz con la corona, se derrumbó con el torrencial del otro día y en dónde más iba a caer que encima de las maticas di achote que estaban sembradas d ese la o”. “Ay don Toribio, qué lástima peru así es la vida, qué le vamos a hacer. Ahora sin achotes habrá que comprar azafrán”. “Y lo malo señora es qui azafrán yo sí no tengo”. Don Gildardo González cogiendo el cuartillo abre el costal de maíz del que se escapa una nubecilla de harina, hundiéndose en el grano el cajoncito provoca una polvareda blanca que se le viene sobre el delantal y la cara, echa a un lado la cabeza para no respirar todo el polvo y sacando la mano vacía en el costal que Rafael tiene abierto. “Uno”. Repite la operación. “Dos”. Su gordura y estatura le impiden agacharse cómodamente hacia el costal, a cada vez su cara roja se le enrojece más y las arrugas de la nuca son como burbujas que quieren estallar. “¡Y treeees!”. Un novillo suelto atraviesa por la calle del costado oriental perseguido por su novillero y abriéndose un canal de gente que a ambos lados grita confusamente: “Novillo bravo, ojo, ojo, cuida o, un novillo, corran, ojo, novillo bravo, ojo, cuidado te agarra,
ay, uy, novillo bravo, ojo
cuida o ¡!!
Novillo suelto / correr / corran / échense para acá, ¡ojo novilloooo!
Ay, ah, aaaah, ojo, ojo,
¡novillo suelto, corran / corran!”
De las puertas del templo algunas caras voltean hacia atrás para percatarse de lo que pasa; llega una recua de bueyes acosadas por el tábano de los zurriagos y la boca endemoniada de Exequiel María Zapata, Rosario separa los tomates estripados de los buenos, los pequeños del aliño y los grandes de la ensalada. “Estos medianos se los doy a treinta la pucha, y estos buenecitos a cuarenta y cinco”. “¡Eh Avemaría! ya con usted no se puede tener cuentas, cada vez más carera”. “No mija, vea a ver si los encuentra más baratos en toda la plaza, ese es el precio de hoy; no sabe usted lo que cuesta sembrar y cosechar estos tomaticos”. Tzancarra vuelve a revisar sus ollas para cerciorarse de que nada les ha pasado con el tiro del cuartel, vuelve a pasar su aguda pupila negra por cada redondez, cada curva, cada arco colar, cada dibujo a punzón. “Y como han visto por gracia de los mágicos poderes de Aben Humar Ali del Califato de Córdoba, este muñequito chocarrero y paseador ha ejecutado para ustedes el salto mortal, ¡el salto que ningún mortal haya podido lograr ni siquiera bajo mi reino de Boadbil el Grandeee! Y ahora, señores y señoras, perdón, señoras y señores, verán ustedes…”. Próspero tasajea y tasajea, sala y resala, cuelga, vende, devuelve, pesa. “El marrano no me lo han traído pero yo le mando el solomito y las orejas con Carlos, no se preocupe doña Aurora”. El balancín tornasolea y va a incrustarse en los ojos de Heliodoro con toda su fulgencia en añicos, Heliodoro repasa una vez más su barba. “¡Los aguacates no están muy buenos, pues con este invierno qué se puede esperar!, todo está aguachento, hasta uno mismo”. “Hasta uno mismo don Pancracio, me duelen todas las coyunturas pero hoy hay solecito y parece que va abrir, a lo mejor mejora el tiempo y tendremos aguacates buenos”. “En fin, llévese esos que si no son lo mejor al menos tienen algún gustico”. Echándose su costal a la espalda se encamina hacia el revueltero con el temor de que los plátanos estén paludos; suenan la campañilla y la campana mayor, toda la plaza se quita sus sombreros, un aleteo de silencio se extiende sobre las mesas y los rostros, un hincarse general ataca el piso empedrado, nada se mueve, ni siquiera el vaporcillo de los tejados, de cada boca sale un susurro orante que no tiene eco, la campañilla vuelve a sonar, los sombreros vuelven a las cabezas y la algarabía ininterrumpida se reanuda; piñas, moras, curuba, algarrobas marrón, bananos, rojos, anones, amarillo, mameyes, chirimoyas, zapotes, guanábanas, cocos, los ojos de Germán no se deciden, vuelve a repasar todas las frutas puestas en la mesa y las del suelo, finalmente escoge cuatro granadillas del montón y mira a su madre. “Pero no se las coma ahora, en la casa cuando volvamos”. Los ojos miran descontentos a la madre, de las puertas del templo sale incienso e inquietud por terminar la misa. “¿A cómo tiene los pollos?”. “A cuatro mi señora”. “A ver, escójame uno que esté sanito”. “Todos están sanitos, yo no me los robo, yo misma los crío en mi casa”. “Yo no quería decir eso, yo quería decir que estén buenos para comer porque es para hoy”. “Ah, sí así es”. “Y vaya preparándose para la semana entrante que le voy a comprar unos cinco o seis porque mi hermana ya está a punto”. “Ay, qué alegría, así que va a tener otro sobrinito, ¿no le digo pues?!”. “Sí, ya con ese ajusta doce”. “Aquí está su pollito y que le alimente”. Echa el pollo maneado a la carretilla del muchacho que la acompaña. “¿Cuántos llevas hombre?”. “Con este son cinco”. “Así que ya tenés p a juar, ¿no?”. “Cuánto querés apostar, te voy un peso”. “Te voy veinte centavos al clavo”. “¡Vayan!”. Mientras la señora se acerca a la verdulería los muchachos trazan una raya en un campito de tierra, el más pequeño saca el clavo, lo tira, nada, el más grande recoge y tira el clavo, nada. “Yo quedé más cerquita, a ver esos veinte”. “Nada monada, hay que darle a la raya, es al que le dé primero. Ahora me toca el turno a mí”. Tira, nada. “¿Ves cómo te gané?”. Tira, da en la raya. “Lo que había de ser pa mí. A ver esos veinte”. Melchor García abre un pequeño cajón que lo acompaña junto a su tendido de repetidas ediciones con variantes, dibujos, sin dibujos, texto completo, abreviado, infantil de Los siete zapatos del gato, las vidas de Juan Grillín en los países de la Maravilla Misteriosa, la Isla Encantada, Gil Blas de Santillane, el Monaguillo Travieso, El Lazarillo de Tormes, El cuento de las tres Ranas, El Pastor Desprevenido, saca del cajón un libro, rápidamente lo enseña a Juan Bueno quien con un disimulado movimiento se ha puesto al pie de Melchor, una rosa en el fango, una mujer de senos rojos bajo las letras del título, un fondo gris con la silueta de un palacio. “Este te vale diez pesos”. “Pero Melchor”. “Son diez pesos”. Juan dificultosamente abre su carriel y empieza a buscar entre el mazo de billetes. “Aquí tiene Melchor”. Melchor le da un paquetito papel amarillo y pasado el cuchicheo Juan desaparece por entre las toldas de las carnes; Lucas Benjumea pasa la palma de su mano callosa por la cerviz de uno de los tres terneros que han traído a vender tan tiernos porque las vacas se le murieron, él los quería para hacer dos bueyes y un semental, pero con las vacas muertas ni los dos ni el uno, repasa la mano acosadamente por la cerviz del más enclenque, se recuesta al árbol y chupa el tabaco acosadamente; Juanita, la coja, se ha echado en el piso sobre una manta parda y se ha unido al rumor emplumado de sus gallinas saraviadas, pavas y piscos, espanta a los que se le acercan con el certero envés de la mano, otros gallinazos se reúnen con los que otean el cuartel; el taburetero desamarra las sillas que ha traído atadas de dos en dos y en su carro de bestia, su caballo saca el pienso del costal, el taburete repasa ligeramente los dibujos en la baqueta de asientos y espaldares, generalmente compuestos por cóndores con terneros colgando del pico, grandes caídas de agua, arabescos de trazo simple y colores brutamente contrastados; Luisa Ríos vocifera sus bateas y platos de madera, sus cucharones y cucharas de palo. “Y estos cedazos que yo misma he hecho, ¿cree usted señora que es poco trabajo trenzar toda esta cerda?, trenzarla porque tejería es lo que hace mi marido, pero mire aquí, todas estas trenzas las he hecho yo con mis propias manos, con estas manos que ve aquí, y así quiere que lo dé por sesenta centavos, ¡ni loca que estuviera!, ya le dije que le cuesta uno con diez y que no lo va a encontrar mejor porque soy la única que los tiene, ¿qué me dice pues?”. Doña Dolores Restrepo se retira de la alocada vendedora y cavilando va diciéndose que más bien la semana entrante lo compra, que la mujer esa viene todos los domingos con sus cedazos y bateas,
Mercaí to
U mercaí tooo!
Un mercaí toooo!
Un mercaí tooooo!
Un mercaí toooo!
Un mercaí tooo!
Un mercaí tooooo!
Un mercaí tooooo!
Un mercaí tooooooooooooooo!

Los carretilleros, todos entre los nueve y los quince años, a lo más, corretean con sus aparatos empujando la gente, atropellando a las señoras, volteando los canastos de ciruelas, recogiéndolas, zahiriendo la plaza con sus gritos inequívocos. “Bueno pues, ¿jugamos los otros veinte?”. “Claro hombre, pero esta vez a la tapita, no a la raya”. “Ahí le va”. El muchacho tira su tapita contra un cajón de lentejas después de hacer la marca en el piso con el dedo, mide. “Un jeme”. El otro tira, mide. “Un jeme, patos”. Vuelve a tirar el primero. “Una cuarta esta vez”. Tira el segundo”. “Jijueputa me pasé”. “Vuelvo a ganar, ¡andá date otra vueltecita a ver si cogés suerte!”. El hombre que hace las piruetas con el mono, contra el muro, entre la tienda de Benancio y la de Fidencio, ha colgado un trapo mugroso que hace de telón de fondo, en un banquillo alto el mono con sombrero tira las cartas, hace malabares con naranjas que después muerde y abandona, cuando alguna muchacha se acerca intenta masturbarse excitado por el olor a pachulí, el hombre del mono hace suertes con las barajas mientras el adiestrado simio mete las manos en los bolsillos de los presentes y saca peines, navajas, billetes de a peso que deposita en un beque guardado en el inmenso cajón con que hombre y mono viajan; a tres metros está el fotógrafo con su parapeto groseramente pintado y que representa a una mujer medio desnuda para las fotos de las señoritas y a un atlas para las fotos de los señores, el burrito embalsamado para los niños y el oso mecánico para las niñas, sus dedos amarillentos por los químicos del revelado, su anillo de falso diamante, su vestido de años, su corbata ancha y gruesa, su máquina de fuelle completamente descompuesta. “Bueno señoras y señores ¿qué opinan, qué me opinan de este lujoso satín venido del Egipto, quién de las niñas se va a casar en estos días, quién de los jovencitos va a ir a pasear a la Villa, quién es el galante novio que va a comprar este baratísimo corte por el que un marqués pagaría doscientos y tantos maravedís?”. Yucas, curubas, plátanos, piñas, arracachas, hojas de biao, hojas de plátano, hojas de cacaraco, hojas de iraca, hojas de laurel, hojas de cebolla, cerdos, terneros, pavas, pavitas, gallos, gallinas, guacamayas, sinsontes; el otro hacedor de taburetes y banquetes y bancos, camas para matrimonio y cama para solitarios, cunas para los niños, ataúdes para los moribundos, aparadores para los quesos y estantes para las botellas, bancas para la iglesia, don Juan Corrales, experto en barnices y tapones para caobas, cedros, palosantos, palos de rosa, juegos enteros de muebles para los niños, “Porque con todo, los muebles de Juan Corrales, aunque él los venda en la plaza los domingos y no en la carpintería como lo hacen esos otros mequetrefes, el tal Cepeda y Arias, y el otro, el de la quebrada Abajo, sí son mucho mejores, pero es que no hay ni comparación ¡y digan lo barato! que cuando uno va a donde Arias le quiere sacar una fortuna por un beque y por un banquillo, quiere cobrar como si estuviera vendiendo un juego de roperos en caoba y con espejo de cristal de roca, forrados los entrepaños en raso y con cornisas trabajadas al oro”. “¡Qué va hombre, lo que pasa es que vos sos muy adulador!”. “No señora, estos collares son de pura madreperla, que ni lo quiera el altísimo que vayan a ser de perlas de estearina, de esas que se derriten en unas vísperas, estos son traídos de la lejana India me dijo el panameño que me los vendió, y si no es cierto, al menos cualquiera lo puede decir con verlos”. “Sí, sí, ¡pero mire usted que las perlas ni siquiera son bien redonditas!”. “Ah pues esa es la gracia, ¡eso es lo que hace una perla valiosa!”. Con los carrillos enrojecidos por la perorata y las narices sudantes vuelve el collar de perlas a su cajita de cartón mientras la señora asombrada se aleja del puesto como tratando de consolarse por no tener el dinero suficiente; la otomana naranja reverbera bajo la luz que es de un rigor insoportable, interrumpida por los flotares de shantung, fallas, linos, coletas, lienzos, encajes sedas, gros, muarés que el malabarista vendedor de cortes sacude sobre su cabeza como enarbolando todas las banderas del universo; los terneros tiritan porque son raquíticos, enclenques, deslechados en tempranos días y el miedo de perderlos da vueltas en la cabeza de su dueño detrás de las chupadas apasionadas a su cigarro. “¡Esta vez sí te gano cabrón!”. “Veremos”. “Vení pa cá. Y no son veinte sino cincuenta al pipo y cuarta”. “¡A ver qué es lo que vos sabés, so pendejo!”. El uno saca su boca y hace el hoyito, el otro la suya, tira, nada, tira, pipo y cuarta. “Vengan acá esos cincuenta”. Tzancarra Budure pone sus manos sobre la curva de una olla de barro, en silencio y lentamente la ofrece para que don Nicanor la examine. “Se se le ca es a se purro resgo don Nicanor”. Nicanor clava sus ojos en los poros del barro, la redondez de la olla se le va por los nervios del brazo hasta los hombros. “Está mal cocida”. La devuelve a Tzancarra Budure quien la deposita en donde estaba, la destruye con sus ojos que se incrustan en cada uno de los poros del barro bien cocido, el círculo de gallinazos aumenta, deja de ser un círculo para convertirse en una elipse irregular, de diversos niveles y velocidades; en la esquina de la mesa, casi en el aire, la muchacha erguida y un tanto regordeta sostiene un jarro proporcionalmente inmenso, su traje color hoja de caracucho, cintas azules en el pelo, el pie sobre la peana de losa, a su lado, un pájaro de pesado plumaje acerca su pico a un estanque ficticio en donde peces dibujados nadan, hacia el centro un ejército de ranas del mismo color miran ordenadas hacia algún lado, una legión de mariposas posadas en patas de alambre; bajo la mesa, Leonel guarda en cajas otras terracotas que no puede exhibir al mismo tiempo pues la superficie de la mesa es escasa para tantas piezas, ranas que sirven para cuñar las puertas, sostener las carpetas de macramé sobre las mesas de café, las carpetas de crochet sobre los radios; en alguna esquina la recua de las mulas que arrastran largueros se detiene para que sea descargada, los albañiles se han reunido a la espera para recatear, discutir las calidades y los precios. “Claro está que yo siempre puedo comprar lo mismo donde Roberto pero vengo siempre aquí por precios más favorables como es de esperarse y usted, sin embargo, cada día está más carero. Y si no, ¿cuánto vale esta jamba?”. Guayabas tamales ollas terneros begonias troncos cerdos imágenes aguatera pasiflora shantung bermellón gallinazo maíz azafrán chocolatera sendrujo hocico terracota perro mango tornillo clavo novena hombre sombrero / pencas / tunas guanábanas campanas alpargatas / zapatos / zapotes carretillas berenjenas / repollos / lechugas repollos lechugas berenjenas repollos lechugas berenjenas repollos lechugas berenjena repollos arracachas
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