Kitabı oku: «La organización social del cuidado de niños, niñas y adolescentes en Colombia»
La organización social del
cuidado de niños, niñas
y adolescentes en Colombia
La organización social del
cuidado de niños, niñas
y adolescentes en Colombia
Experiencias urbanas
Editoras académicas
Yolanda Puyana Villamizar
Amparo Hernández Bello
Martha Lucía Gutiérrez Bonilla


Reservados todos los derechos
© Pontificia Universidad Javeriana
©Yolanda Puyana Villamizar, Amparo Hernández Bello y Martha Lucía Gutiérrez Bonilla, editoras académicas
© María Eugenia Agudelo Bedoya, Lady Johanna Betancourt Maldonado, Maritza Charry Higueras, Julia Isabel Durán Rivera, María Cénide Escobar Serrano, Lina Estrada Jaramillo, Gloria Gómez Santa, Amparo Hernández Bello, Andrea Hernández Quirama, Carolina Jordán Mosquera, María Cristina Maldonado Gómez, Martha Lucía Gutiérrez Bonilla, Amparo Micolta León, María del Pilar Morad Haydar, Margarita Moreno Roldán, Gloria Giammaría de Osorio, Leidy Perneth Pareja, Yolanda Puyana Villamizar, Mercedes Rodríguez López, Héctor Mauricio Rojas Betancur, Julián Salas Rodas, Johanna Jazmín Zapata Posada, Carolina Giraldo Henao, autores y autoras
Primera edición: diciembre de 2020
Bogotá D. C.
ISBN (impreso): 978-958-781-529-0
ISBN (digital): 978-958-781-530-6
DOI: https://doi.org/10.11144/Javeriana.9789587815306
Conversión ePub: Lápiz Blanco S.A.S.
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Diagramación
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Diseño de cubierta
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Imagen de portada
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Pontificia Universidad Javeriana | Vigilada Mineducación. Reconocimiento como
Universidad: Decreto 1297 del 30 de mayo de 1964. Reconocimiento de personería jurídica: Resolución 73 del 12 de diciembre de 1933 del Ministerio de Gobierno.
Puyana Villamizar, Yolanda, 1948-, autora, editora académica
La organización social del cuidado de niños, niñas y adolescentes en Colombia : experiencias urbanas / autores Yolanda Puyana Villamizar [y otros veintidós] ; editoras académicas Yolanda Puyana Villamizar, Amparo Hernández Bello, Martha Lucía Gutiérrez Bonilla. -- Primera edición. -- Bogotá : Pontificia Universidad Javeriana, 2020.
Incluye referencias bibliográficas.
ISBN : 978-958-781-529-0
1. Niños - Condiciones sociales - Colombia 2. Adolescentes - Condiciones sociales - Colombia 3. Familia – Aspectos sociales - Colombia 4. Trabajo infantil - Colombia 5. Niños - Cuidado - Colombia 6. Niños - Legislación - Colombia 7. Adolescentes - Legislación - Colombia 8. Políticas públicas - Colombia I. Hernández Bello, Amparo Higinia, autora, editora académica II. Gutiérrez Bonilla, Martha Lucía, autora, editora académica III. Pontificia Universidad Javeriana. Bogotá
| CDD | 305231 edición 21 |
Catalogación en la publicación - Pontificia Universidad Javeriana. Biblioteca Alfonso Borrero Cabal, S.J.
| inp. | 11 / 09 / 2020 |
Prohibida la reproducción total o parcial de este material, sin autorización por escrito de la Pontificia Universidad Javeriana.
Contenido
Agradecimientos
Introducción
Yolanda Puyana Villamizar
El contexto urbano nacional
Yolanda Puyana Villamizar
Narraciones sobre el cuidado de NNA en Bogotá: reflexiones desde el género y la posición social
Yolanda Puyana Villamizar, Amparo Hernández Bello, Martha Lucía Gutiérrez Bonilla y Carolina Giraldo Henao
El cuidado de niños y niñas en Cartagena de Indias: estrategias familiares e inequidades
Mercedes Rodríguez López, María del Pilar Morad Haydar, Gloria Giammaría de Osorio, Julia Isabel Durán Rivera y Leidy Perneth Pareja
¿Cómo cuidamos a nuestros niños y niñas en Medellín? Narrativas de quienes agencian el cuidado y quienes lo reciben
María Eugenia Agudelo Bedoya (in memoriam), Margarita Moreno Roldán, Lina Estrada Jaramillo, Gloria Gómez Santa, Johanna Jazmín Zapata Posada, Carolina Jordán Mosquera y Julián Salas Rodas
Mujeres y hombres del cuidado: algo se aprende, algo se hace y algo prevalece en el cuidado de la niñez y la adolescencia en Bucaramanga
Andrea Hernández Quirama y Héctor Mauricio Rojas Betancur
Organización social del cuidado para la primera infancia en Cali: nociones y estrategias
Amparo Micolta León, María Cénide Escobar Serrano, Maritza Charry Higueras, María Cristina Maldonado Gómez y Lady Johanna Betancourt Maldonado
Nociones y prácticas del cuidado de niños, niñas y adolescentes en Bogotá, Bucaramanga, Cali, Cartagena y Medellín: lo común y lo diverso
Yolanda Puyana Villamizar, Amparo Hernández Bello y Martha Lucía Gutiérrez Bonilla
Reflexiones sobre la organización social del cuidado y algunas recomendaciones de política pública
Amparo Hernández Bello, Yolanda Puyana Villamizar y Martha Lucía Gutiérrez Bonilla
Autoras y autores
Agradecimientos
La investigación que dio origen al libro La organización social del cuidado de niños, niñas y adolescentes en Colombia. Experiencias urbanas contó con el apoyo financiero y técnico de las universidades a las que pertenecen las investigadoras y los investigadores de este macroproyecto:
Pontificia Universidad Javeriana
Universidad de Cartagena
Universidad del Valle
Universidad Industrial de Santander
Universidad Pontificia Bolivariana
Asimismo, agradecemos a ONU Mujeres, Entidad de las Naciones Unidas para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de las Mujeres, por sus contribuciones para llevar a buen puerto esta investigación.
Introducción
Yolanda Puyana Villamizar
El cuidado debe ser visto como una actividad de la especie humana que incluye todo lo que hacemos para mantener, continuar o reparar nuestro mundo, de modo que podamos vivir en él de la mejor manera posible. Este mundo incluye nuestros cuerpos, nuestras individualidades y nuestro entorno, que buscamos entretejer en una red compleja que sostiene la vida.
CITADO POR TRONTO, 2018, P. 25
El cuidado, como esa red que sostiene a todos, es un interrogante cada vez más vigente en nuestros tiempos. En esta época de catástrofe ambiental, ¿quién no es proclive a mantener la vida? Cuidarnos y cuidar a las y los demás es fundamental desde que despertamos hasta el anochecer. A su vez, forma parte del engranaje cultural, pues en medio del cuidado se dan las relaciones afectivas que nos hacen personas, aprehendemos el lenguaje, el universo simbólico, los espacios y tiempos con que nos movemos e incorporamos. En pocas palabras, las formas de vivir en sociedad. Como nos sugiere Tronto (1993), vamos a ser cuidados, pues ninguna persona podría declarar con seguridad su independencia de los y las demás, en especial al final y al principio de la vida.
Somos seres particulares y corporales, pero a la vez compartimos una meta colectiva que implica entretejer redes, porque es el único camino para conservar la vida y mejorar el entorno. Lo anterior está inexorablemente ligado a la política. Lo menciona Aristóteles a propósito de la polis: un espacio de ejercicio de la ciudadanía en el que se involucra el cuidado (Tronto, 2018). No es suficiente la construcción de un Estado capaz de fortalecer la democracia. Cada persona va incorporando el cuidado mediante la consolidación de una ética ciudadana en la acción misma de cuidar, una ética que debe ser interiorizada por cada uno y una en calidad de ciudadanos/as. A partir de esta concepción del cuidado como una red en que todos y todas estamos inmersos, realizamos la investigación sobre la organización social del cuidado (OSC) de niños, niñas y adolescentes en cinco ciudades colombianas.1
Uno de los conceptos fundamentales que atravesó la investigación fue la concepción social del cuidado como un trabajo, entendido este como una acción transformadora de la naturaleza dirigida a personas cuya vida y bienestar dependen de una atención particularizada, continua y cotidiana de quien cuida, y en medio de una interacción social entre quien realiza esta acción y quien recibe la protección en los momentos vitales en los que se es dependiente.2 Con el cuidado no solo se contribuye a mantener o preservar la vida de uno mismo y de los demás, sino que también se construye la riqueza de la sociedad (Arango y Molinier, 2011; Carrasco, Borderías y Torns, 2011; Esquivel, Faur y Jelin, 2012).
En este orden de ideas, cuidar implica un abordaje desde dimensiones éticas, emocionales y materiales que le confieren sentido al cuidado insertándose en la misma acción (Martín, 2011). La ética corresponde al deber ser de cuidar, al para qué y a la justificación axiológica de su acción, asociada con el contexto cultural. Así: “la vida moral no es un dominio distinto y autónomo de la actividad humana: resulta de las prácticas corrientes de los grupos de personas. La moral es siempre contextual y condicionada por la historia, incluso cuando reivindica la universalidad” (Tronto, 2009, p. 98).
Además del contexto, la ética también se integra a la acción misma de cuidar. Al respecto, Arango y Molinier (2011) nos ilustran sobre la distinción entre una ética femenina y una feminista: la primera legitima la acción de cuidar como respuesta a una ancestral división sexual del trabajo que la subsume sin reconocimiento social; la segunda conlleva una democracia liberada del patriarcado y de otras formas de exclusión, como el racismo, el sexismo y la homofobia. A su vez, el cuidado contiene una dimensión emocional en cuya interacción se genera una relación cara a cara, manteniendo un vínculo afectivo inevitable. Es posible expresar el amor, que con frecuencia implica contradicciones, y genera rabias y hostilidades, dadas las múltiples situaciones enmarcadas en esta interacción. Las emociones en el acto de cuidar están sujetas a un diccionario cultural con preconcepciones que regulan su expresión o su inhibición y el deber ser del comportamiento de quien cuida (Hochschild, 2008;3 Martín, 2011).
Por último, la dimensión material ha sido la más señalada por los estudios feministas, porque implícito en el concepto del cuidado se encuentra el trabajo doméstico necesario para que las personas a cargo obtengan bienestar. En su interior están los oficios directos, la provisión de las precondiciones en que se realizan tareas como la preparación y compra de alimentos y la limpieza de la casa. También conlleva la gestión del cuidado: coordinación de horarios, traslados a centros educativos y a otras instituciones, supervisión del trabajo de cuidadoras remuneradas, entre otros. Si bien este tipo de actividades son las más contabilizadas como trabajo no remunerado, se realizan al mismo tiempo y buena parte de ellas no son mercantilizables, en especial, el cuidado directo (Rodríguez, 2015).
A su vez, la OSC constituye otra categoría central de esta investigación, derivada del diamante del bienestar propuesto por Razavi (2007). Como enuncia Arriagada (2010): “se trata de la forma de distribuir, entender y gestionar la necesidad de cuidados que sustentan el funcionamiento del sistema económico y de la política social” (p. 29). En este sentido, organizar la OSC requiere considerar tanto la demanda de cuidados existentes, las personas que proveen los servicios, así como el régimen de bienestar en que se desenvuelven. Además, incluye las acciones del Estado, las políticas públicas, las instituciones sociales articuladas al apoyo del mismo, y el papel de las organizaciones de la sociedad civil.
Asimismo, en el curso del estudio reconocemos como categorías transversales el enfoque de género y de clase social, porque marcan diferencias significativas en la perspectiva ya planteada.4 Sobre este tema compartimos la conceptualización hecha por Gabriela Castellanos (2003) que, previa a una crítica a la manera polarizada como nuestra cultura observa las diferencias sexuales entre el sexo y el género, afirma:
[…] sistema de saberes, discursos, prácticas sociales y relaciones de poder que dan contenido específico al cuerpo sexuado, a la sexualidad y a las diferencias físicas, socioeconómicas, culturales y políticas entre los sexos en una época y en un contexto determinado. (p. 48)
El cuidado ha sido visto a través de los lentes de género, en la medida en que se fueron desarrollando los estudios feministas, por la forma como las distintas culturas interpretan la maternidad y la división sexual de las funciones en la familia y en la sociedad (Arango y Molinier, 2011). Respecto a las clases sociales, retomamos a quienes, desde los estudios latinoamericanos, enuncian cómo el cuidado está permeado por las inequidades sociales de la región (Martínez, 2008; Del Valle, 2013). Lo anterior, porque los recursos, el acceso al mercado y al Estado van a incidir en las formas de cuidar. El mercado de trabajo que provee el salario por medio del cual se adquieren bienes y servicios; el trabajo doméstico, que transforma para el consumo los bienes que se adquieren vía el mercado y brinda diversos servicios que no encuentran sustituto o que son poco accesibles por esa vía; y, finalmente, los servicios ofrecidos por el Estado (Del Valle, 2013).
Al iniciar esta investigación, problemáticas del contexto colombianos nos indujeron la necesidad de estudiar el cuidado, como ilustraremos en el curso de este libro, al abordar los contextos, las nociones y prácticas del mismo en las ciudades señaladas. Por ahora, solo cabe anotar problemas sociales que nos generaron preguntas de investigación asociadas con acontecimientos que, a continuación, describiremos a grandes rasgos:
• La migración abrupta hacia las ciudades ha redundado en un proceso de urbanización caótico, negativo para la población, que incide en que estos centros urbanos no sean “cuidadores”, en el sentido propuesto por Rico (2017), quien tuvo como base varios casos latinoamericanos.
• Durante el curso de los siglos XX y XXI en las ciudades colombianas ha persistido una estratificación y una inequidad social que, sumada al bajo acceso a bienes y servicios, influye en el cuidado y en los altos niveles de pobreza. Esta situación, obliga a quienes ejercen la labor del cuidado a vincularse al mercado laboral para alcanzar un nivel de vida apenas aceptable (Profamilia, 2015; Puyana y Valencia, 2013).
• Desde la segunda parte del siglo XX persisten cambios en las relaciones de género, manifestadas en el incremento de las tasas de participación femenina en el mercado laboral, en especial, por parte de mujeres jóvenes y en edad reproductiva. No obstante, como muestran los estudios gestados a partir de la Ley 1413 del 2010, aún la mayoría de los hombres colombianos permanecen ajenos al cuidado y no ha ocurrido una transformación de la división sexual del trabajo en los hogares (ver la Encuesta Nacional de Uso de Tiempo, DANE, 2013).
• Advertimos que buena parte de la población cuidadora a la vez ha trabajado en condiciones adversas y cubren extensas jornadas laborales, en las que prevalece la vinculación al sector informal con bajo acceso a la seguridad social y, en el caso de las grandes ciudades, son obligados a transportarse desde lugares lejanos al sitio de vivienda.
• Crecen reconfiguraciones familiares distintas a la conformada por padres, madres e hijos/as. En especial, han aumentado los hogares monoparentales femeninos y masculinos. Aunque persisten los hogares extensos, en los anteriores se hace más difícil el cuidado (Profamilia, 2015).
• La orientación neoliberal de las políticas estatales incide en un Estado débil, con cobertura y calidad insuficiente, lo que genera una amplia brecha entre lo formulado en tales políticas y la realidad de su implementación. Además, consideramos que persisten en Colombia bajas coberturas y la calidad de los servicios es deficiente (Giraldo, 2013).
• Las inquietudes acerca de que la familiarización del cuidado de NNA es prioritariamente una responsabilidad de las familias, fenómeno común en América Latina, además de las mínimas prácticas de conciliación en las empresas debido, entre otras, a la precariedad de los empleos (Del Valle, 2013; Martínez y Camacho, 2007; Esquivel et al., 2011).
En síntesis, como se abordará en el curso de este libro, en Colombia persiste un déficit del cuidado de la población menor de 18 años. Consideramos que aún no se ha gestado un cambio cultural en la familia dirigido a democratizar su ejercicio, ni se ha construido una ética del cuidado en el sentido propuesto por Joan Tronto (2018). Como en el país se carecía de estudios que recogieran las vivencias sobre el cuidado de NNA en varias ciudades, abordamos un enfoque cualitativo, ya que les damos prioridad a las conversaciones con quienes cuidan. Quienes cuidan y son cuidados transmiten sus vivencias y un saber que solo es percibido por quienes escuchan. La disposición fue generar un diálogo entre investigadoras y las personas que cuidan, diálogo que no es ajeno a la autorreflexión sobre nuestras mismas prácticas de cuidado en calidad de abuelas, madres, hijas e incluso hermanos/as y amigos/as. Al mismo tiempo, otros estudios se fundamentaron en talleres que combinaron el diálogo en grupo con la investigación.
Con la perspectiva teórica citada, y ante las inquietudes someramente expuestas, nos preguntamos sobre la conservación de la vida de las nuevas generaciones para el caso de la Colombia urbana. Con un grupo de profesoras nos propusimos contestar, en cinco ciudades colombianas —Bogotá, Cali, Medellín, Bucaramanga y Cartagena—, las siguientes preguntas: ¿cómo se cuidan a niños, niñas y adolescentes desde los grupos familiares? Y, ¿cómo estos hogares se articulan con la organización social del cuidado? La investigación se centra en dos temáticas articuladas desde los relatos de quienes cuidan y, en algunos casos, de niños y niñas que son cuidados.
La primera se inscribe en la dinámica interna de los grupos familiares, pues se aborda el cuidado y se profundiza en sus nociones, estrategias, prácticas, emociones y en la división sexual del trabajo. La segunda se refiere a la articulación de estos con el Estado, esto es, los servicios y leyes para el cuidado de población menor de 18 años. Además, se indagan las nociones y el uso que hacen los grupos familiares de los bienes y servicios que ofrece el mercado para este cuidado, la conexión entre el tiempo laboral y el tiempo del cuidado familiar, entre otras, y se analizan desde la categoría de género y posición socioeconómica de los hogares (ver la figura 1).
El trabajo en colectivo
Esta investigación es resultado de una gestión para desarrollar un proyecto interuniversitario con objetivos compartidos. Así, en las instituciones educativas del Valle, Cartagena, Bolivariana de Medellín, Javeriana de Bogotá e Industrial de Santander (UIS) de Bucaramanga, retomamos nuestros intereses comunes, alrededor de la pregunta de investigación y los objetivos planteados. Dadas las experiencias anteriores de trabajo conjunto,5 en 2013 Julián Salas, de la Fundación Bienhumano de Medellín, propuso su elaboración bajo la coordinación de Yolanda Puyana Villamizar. Una vez construida la propuesta, convocamos a un seminario interuniversitario en Rionegro, Antioquia, en el año 2013.6 El proyecto (Puyana y Valencia 2013) se presentó a entidades financiadoras y se fue aprobando a través de procesos particulares de gestión en las universidades. Así, en cada una de las ciudades se conformaron equipos de investigación regionales y se inició un productivo trabajo en equipo interuniversitario e interdisciplinario.
En la Universidad Javeriana hicimos una alianza con el Observatorio Javeriano de Juventud, la Maestría de Política Social y el Instituto de Salud Pública, para convocar a las demás universidades que adelantaban sus estudios, en las ciudades referidas, a propiciar y organizar dos seminarios encaminados a compartir los avances y a estudiar una estrategia de divulgación, cuyo contenido central fuera la organización social del cuidado de niños, niñas y adolescentes en cinco ciudades colombianas. Estos dos seminarios contaron con el apoyo técnico y financiero de ONU Mujeres y de la Universidad Javeriana. El primero versó sobre un estado del arte en Bogotá y las distintas universidades convocadas y el segundo fue un seminario internacional con la participación de Karina Batthyány e Irma Arriagada, quienes reconocieron los avances logrados e intercambiaron ideas sobre la presente publicación. Ante la pertinencia del texto propuesto y, con el fin de cubrir un campo de estudios novedoso, ONU Mujeres se sumó a la publicación y nos brindó el apoyo financiero necesario para divulgar la obra que hoy compartimos con ustedes.
Contenido del libro
El libro se inicia con un capítulo referente al contexto nacional urbano en el que exponemos de forma sintética elementos centrales de las situaciones demográficas, sociales y económicas donde se desenvuelve el cuidado. Finaliza con las referencias a algunas políticas que desde el Estado están apoyando el cuidado de NNA, haciendo un corte en el tiempo entre 2015-2017.
El primer capítulo, “Narraciones sobre el cuidado de NNA en Bogotá: reflexiones sobre género y posición social”, desarrolla significativos contrastes sobre el tema. Una ciudad como Bogotá, que en 2016 alcanzaba los ocho millones de habitantes, y cuyo bagaje cultural es bien heterogéneo, tiene problemas de movilidad y seguridad alarmantes, además de contrastes sociales agudos que van a incidir en el déficit del cuidado, al tiempo que ofrece políticas locales sobre la infancia que son bien innovadoras. El texto contiene una fortaleza: la construcción y fundamentación de la categoría de posición social, en la que se incluye la capacidad de autonomía de las cuidadoras, con una propuesta metodológica que trasciende los tradicionales estudios basados en la categoría de estrato social.
En el capítulo ilustramos la persistencia de la naturalización de las relaciones de género y el no reconocimiento del cuidado como un trabajo, un fenómeno transversal a las distintas posiciones sociales de quienes cuidan, pero con matices diversos. Persiste, además, una tendencia común al familiarismo, que concentra el cuidado en los hogares y en las redes parentales. La mercantilización del cuidado se concentra en los sectores medios, a los más pobres llega una débil acción del Estado, con subsidios y programas focalizados, mientras los sectores medios carecen de apoyos al respecto. Además, mostramos la desprotección de las condiciones labores de quienes son madres. Por un lado, las licencias de maternidad y la Ley María, que se cumplen como derecho para quienes tenían contrato laboral vigente previo al embarazo, a lo que se suma la escasa conciliación entre los tiempos del ámbito laboral y el cuidado en el ámbito familiar.
El segundo capítulo, “El cuidado de niños y niñas en Cartagena de Indias: estrategias familiares e inequidades”, se inicia presentando un contexto sociodemográfico de una ciudad plena de contrastes dada la inequidad social, con altos niveles de pobreza padecidos por cuidadoras/es. En Cartagena, el cuidado en estos estratos tiende a ser bien familiarista, continuando con una forma de crianza tradicional en la cultura que prevalece en la medida en que las madres jóvenes se insertan en el mercado laboral. Se encuentra, además, colaboración de los padres en algunos casos, mientras que como tendencia general se observan padres cuya vinculación es “periférica, ausente e irresponsable, sin garantizar los derechos de su progenie”. De este modo, se sigue reproduciendo la tendencia general de la cultura familiar acerca de que son las mujeres, abuelas y madres quienes sustentan el cuidado, así tengan a su cargo la proveeduría.
Mientras los niños y niñas convocados/as en los grupos focales pertenecientes a los grupos de más ingresos reclamaron de sus padres y madres más tiempo para ellos/as, los de hogares más precarios solicitaron evitar el castigo físico, aún prevaleciente durante el cuidado. Sobresale en sus análisis el alto valor que se le otorga a la compra de los servicios domésticos, a través de la tradicional “nana”, como niñera de niños y niñas, y la precariedad contractual con que este grupo se vincula laboralmente. Por último, se demandan servicios de atención a la infancia a pesar de las condiciones adversas debido a la falta de institucionalidad del gobierno local y el manejo corrupto de recursos públicos. A pesar de las vigorosas redes vecinales persistentes en la ciudad, que por tradición han apoyado a la niñez, se anota alta vulnerabilidad de las mismas, debido a la violencia en los barrios populares.
Desde Medellín, la Universidad Bolivariana presenta el capítulo: “¿Cómo cuidamos a nuestros niños y niñas en Medellín? Narrativas de quienes ejercen el cuidado y quienes lo reciben”. Se inicia con un contexto sobre el área metropolitana de la ciudad. Después de destacar los indicadores sociodemográficos, se mencionan las políticas públicas para la infancia como el programa Buen comienzo y las alianzas de la sociedad civil para su atención. Las nociones del cuidado se abordaron desde las perspectivas de niños y niñas y adultos/as. Los primeros resaltaron su papel de garantizar la subsistencia y el afecto que ellos y ellas demandan, mientras quienes cuidan significan esta labor desde las dimensiones económicas, en tanto les representa un costo. Al tiempo resaltaron el papel del afecto, nombrando las ventajas del compartir y el disfrute de espacios con quienes les cuidan. En este sentido, es preocupante la presencia del castigo físico al interior de algunos grupos familiares, pues este es cuestionado por ellos y ellas. Con relación a las acciones del cuidar que se destaca en las narrativas dominantes, se visualiza la familia como principal responsable del cuidado de niños y niñas, ligada a la feminización de esta práctica, y se considera a las mujeres como principales responsables de las tareas domésticas. Esto se fundamenta en la creencia de que ellas poseen habilidades y recursos innatos para realizar un rol por tanto tiempo asignado en la sociedad.
Se resalta, además, la elevada sobrecarga física y emocional para cuidadoras/es principales de bajos recursos económicos, para quienes la subsistencia con empleos de baja calidad y la concentración de la responsabilidad en las labores de cuidado constituyen una carga desproporcionada, de manera que, en especial las madres y un grupo de padres cuidadores, anhelan que la pareja tenga mayor participación en el cuidado de los niños y niñas. A la vez, se muestra cómo se gestionan redes parentales para su cuidado, en especial, por delegación a las abuelas y tías, quienes efectúan esta labor de manera altruista. El capítulo finaliza referenciando la articulación de los grupos familiares con el Estado, el mercado y el temor a la ayuda de las redes vecinales.
En el caso de Bucaramanga, desde la UIS, se presenta el capítulo “Mujeres y hombres del cuidado: algo se aprende, algo se hace y algo prevalece en el cuidado de la niñez y la adolescencia en Bucaramanga”. El estudio, de tipo cualitativo, se realizó en el área metropolitana donde prevalecen los sectores medios y donde los niveles de pobreza son menores que en Cartagena y Bogotá. El capítulo aborda los significados del cuidar para las y los cuidadores y la forma en que se siguen reproduciendo en las nuevas generaciones la formación en las visiones tradicionales sobre el género. Además, a partir del análisis de los testimonios recogidos, se plantea que el cuidado sigue concentrado en las mujeres bajo la modalidad de madres de tiempo completo. Al tiempo, se habla de la inserción de las mismas en el trabajo productivo, sin cambiar la tradicional división sexual de las tareas e implicando una sobrecarga para ellas, que afecta su salud física y emocional. Similar a las otras ciudades, la situación es más difícil para quienes no alcanzan a comprar servicios del cuidado. Refieren, a la vez, otras modalidades de cuidado: los padres cuidadores principales o los hogares de las parejas separadas. Igual que las demás ciudades, resaltan la familiarización del cuidado y el destacado papel de las abuelas cuidadoras. Concluyen sobre cómo se complementa una predisposición negativa de la población hacia el Estado con la falta de una oferta de servicios del cuidado provista por los municipios y, en general, del Estado. Finalmente, se refieren al aumento de la desconfianza de las redes vecinales para el cuidado.
Por su parte, la Universidad del Valle presenta el capítulo “Organización social del cuidado para la primera infancia en Cali: nociones y estrategias”. En la introducción se muestra cómo se gesta un proceso de investigaciónacción que ofrece elementos para comprender la dinámica del cuidado en dicha ciudad. En el segundo apartado se contextualiza la situación social, económica, cultural y la calidad de vida del entorno social en el que habita la población estudiada y, en cierto sentido, la desesperanza y la pobreza que se reproduce allí. La tercera parte se ocupa del cuidado de los niños y niñas en las familias a partir de las voces de las mujeres madres entrevistadas usuarias del programa en la Modalidad Familiar. Un cuarto apartado introduce los hallazgos relativos al cuidado desde los equipos de trabajo de las modalidades familiares De Cero a Siempre, en una comuna popular, el cual forma parte de la organización social de niños y niñas. En los relatos sobre el cuidado y el deber ser del mismo, se introduce el tema sobre el papel que cumplen las personas como funcionarias de este programa del Estado, concebido y orientado desde la política pública de primera infancia de Colombia. Aquí sobresale la reproducción de una mirada familiarista y maternalista que, desde el Estado, despliega la división sexual del trabajo. A la vez se muestra cómo cuidadores/as gestionan redes parentales para el cuidado, en especial las organizaciones comunitarias y las instituciones públicas y privadas que participan del cuidado de niños y niñas en el contexto de la investigación.
El texto “Nociones y prácticas del cuidado de niños, niñas y adolescentes en Bogotá, Bucaramanga, Cali, Cartagena y Medellín: lo común y lo diverso” compara los capítulos de las universidades citadas en torno a las nociones, prácticas y estrategias y articulación de los hogares con la organización social del cuidado: Estado, mercado (como compra de servicios y como conciliación entre el tiempo laboral y el familiar) y, finalmente, con las redes vecinales y ONG. Sobresale en todos los contextos el énfasis en la salud emocional de NNA, la necesidad de protección y satisfacción de sus necesidades básicas y la preocupación en relación con la inseguridad de las ciudades. Además, persiste una tendencia hacia la naturalización del cuidado en dos sentidos: como desconocimiento del trabajo implicado y como concentración del mismo en las mujeres. Todo esto sumado a que sigue siendo una actividad familiarizada, dada la debilidad del Estado. Finalmente, tenemos un corto capítulo llamado “Reflexiones sobre la organización social del cuidado y algunas recomendaciones de política pública”, acompañado de las conclusiones del libro.

FIGURA 1. Grupos familiares y su articulación con la organización social del cuidado por género y clase.
Fuente: elaboración propia.
Referencias
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Notas
1 En adelante niños, niñas y adolescentes se sintetiza con la sigla NNA.
2 Dependencia no significa sumisión en esta perspectiva. Si bien hay momentos del ciclo vital en que no podemos vivir sin el cuidado, la perspectiva es la búsqueda permanente de una interacción que tienda a la autonomía de quien es asistido.
3 Hochschild (2008) reivindica el estudio de las emociones a partir de la cultura y de las normas sociales condicionadas por el contexto.
4 Una carencia de estos capítulos es la de hacer explícito el carácter étnico, a pesar de ser conscientes de que es un factor de exclusión e inequidad social.
5 Desde 1999 hemos realizado trabajos colectivos bajo el convencimiento de la necesidad de integrar avances sobre investigaciones en familia realizadas de manera particular en las ciudades. Entre 1999 y 2001 un grupo de profesoras de las universidades Nacional, Valle, Antioquia, Cartagena y Autónoma de Bucaramanga, con el auspicio de Colciencias (Puyana, 2003), desarrollamos un proyecto mancomunado sobre los procesos de cambio y permanencias de la paternidad y la maternidad. Posteriormente, desde 2008 y con equipo similar, estudiamos las familias en situación de transnacionalidad. También fue auspiciado por Colciencias y las universidades Nacional, Antioquia, Valle, Cartagena y Caldas (Puyana, Micolta y Palacio, 2013).
6 Debido a que los términos de referencia de las convocatorias de Colciencias cambiaron, en cada universidad decidimos gestionar recursos a través de las convocatorias de investigación internas, lo que incidió en tiempos distintos para cada institución y en la modificación de la población a estudiar: Bogotá y Bucaramanga incluyeron adolescentes, Cali se limitó a menores de 5 años y Cartagena y Medellín a menores de 12.
El contexto urbano nacional
Yolanda Puyana Villamizar1
El cuidado hace referencia a la gestión y a la generación de recursos para el mantenimiento cotidiano de la vida y la salud; a la provisión diaria de bienestar físico y emocional, que satisfacen las necesidades de las personas a lo largo de todo el ciclo vital. El cuidado se refiere a los bienes, servicios y actividades que permiten a las personas alimentarse, educarse, estar sanas y vivir en un hábitat propicio.
(ARRIAGADA, 2011, P. 2)
El cuidado se articula inexorablemente con el contexto y, aunque buena parte del mismo ocurre en los hogares, un espacio microsocial, está atado a fenómenos macrosociales, al devenir histórico de la sociedad, a los cambios culturales y a la vinculación del país a fenómenos globales. Asimismo, se relaciona con la posibilidad de acceder a servicios sociales básicos, a las dinámicas demográficas, a la estructura del mercado ocupacional y las características del Estado. Compartimos con Arriagada (2011) su visión acerca de que el contexto incide en la calidad del cuidado y su enunciado sobre la importancia del hábitat o el espacio donde se desenvuelve la vida de quienes cuidan y son cuidados.
Si bien no es posible desarrollar a profundidad los aspectos señalados, partimos del supuesto acerca de la relación entre las nociones, estrategias y organización del cuidado con los contextos citadinos, cuyos avances y problemáticas comunes merecen ser referidas para iniciar este libro. Dados los complejos cambios políticos, económicos, culturales y sociales del país en el siglo XX, que continúan en el siglo XXI,2 para este aparte solo he seleccionado lo más relevante para entender el contexto del cuidado entre 2015 y 2018.
En Colombia, en 2016, el 77 % de la población habitaba el sector urbano y apenas el 23 % el sector rural. Esta concentración poblacional en las ciudades facilita el acceso a los servicios públicos del Estado, ya que en el sector urbano persiste un cubrimiento de acueducto, alcantarillado y energía eléctrica que supera el 90 %, con la excepción del 77.4 % del gas natural (DANE, 2017a).3
Adicionalmente se facilita un mercado de bienes y servicios, muchos de ellos para complementar las necesidades del cuidado. El acceso a la educación en las cabeceras municipales ha mejorado: en 2016 para la población entre 15 a 24 años ascendieron los años de escolaridad a 10.5 y la tasa de asistencia en las cabeceras municipales de la cohorte de 5 a 16 años4 llega a un 93.5 %. Sin embargo, en el caso de los jóvenes de secundaria, de 17 a 24 años, su cobertura bajó a 42.5 %. Se destaca la concentración de NNA en instituciones educativas oficiales en el nivel preescolar, ya que corresponden a un 79.9 % (DANE, 2017a).
Si bien se presenta una baja en la tasa de analfabetismo,5 la calidad de la educación en el país para NNA presenta múltiples problemas: las dificultades se observan solo evaluando la diferencia entre lo enunciado en el Plan Nacional de Educación (PAE) 2016-2026, que pretende un sistema: “articulado, participativo descentralizado y con mecanismos eficaces de participación”, respecto a las respuestas de FECODE —sindicato único de maestros— quienes, desde 2015, cada año se movilizan contra los incumplimientos del gobierno ante las dificultades que afectan la calidad del sistema, por ejemplo, la falta de recursos —que incluye la financiación de una jornada única que retenga a los escolares en horarios más compatibles con quienes les cuidan—, el estímulo al docente, vicios en los programas de alimentación, entre otros. Por ello, al comparar la calidad de las pruebas en educación secundaria con los estándares internacionales Colombia sale mal librada (Cajiao, 2013; Guarín, Medina y Poso, 2018).
De la misma forma han aumentado las coberturas de salud y seguridad social: el porcentaje de afiliación al Sistema General de Seguridad Social en Salud (SGSSS) para las cabeceras ocupó un 94.6 %, de las cuales el 59.2 % estaban en el régimen contributivo y el 40.5 % en subsidiado. Pero, igual que con el sector educativo, los problemas de calidad son bien álgidos, entre ellos, la sujeción a un sistema financiero especulativo, la corrupción y la politización de los servicios, la unificación del régimen contributivo y el subsidiado, la inequidad de la calidad de la atención, entre otros (Franco, 2013).
Con la urbanización las clases medias y las élites se insertaron a un mundo cultural moderno en el que predomina la mirada eurocéntrica, que copia el estilo de vida de Estados Unidos, mientras que persisten el racismo, la homofobia y las actitudes clasistas contra las mayorías pobres mestizas, afrodescendientes o indígenas. Otros, que constituimos las minorías, intentamos lograr el respeto por la diversidad mientras vivenciamos una mirada posmoderna ante ese mundo cultural desconocido abierto a partir de la Constitución de 1991, cuando fueron reconocidos en su ciudadanía.
Las ciudades mantienen una inequitativa distribución de los ingresos, la cual se mide a partir del coeficiente de Gini de 0.52,6 así como los niveles de pobreza de la población.7 A raíz de la concentración de la propiedad urbana y la falta del control del Estado, la consolidación de las ciudades ha sido caótica, sin una planificación que obedezca a las necesidades del cuidado, e insensible ante las necesidades de NNA y de quienes cuidan.8 Apenas si logran insertar a su población en medio de procesos migratorios abruptos,9 bien sea debido a las expectativas de mejorar la vida en la ciudad, al desplazamiento10 y como víctimas de los grupos ilegales provenientes del sector rural u otros municipios11 y, más recientemente, de extranjeros, por la crisis en Venezuela.
La dinámica de conformación de los barrios sigue obedeciendo al incremento de las tasas de ganancia que la actividad inmobiliaria genera. De manera que, ante la pobreza de la población nativa y de quienes migran, muchos hogares se insertan en barrios con conformación irregular, cuyas tierras han sido producto de urbanizadores piratas, invasiones o casas de interés social en los que la renta de la tierra facilita el acceso de la población a menores costos (Dalmazo, 2017). Todo esto ha estado acompañado de un déficit de vivienda,12 que constituye uno de los problemas centrales de la vida urbana.
Una de las características de este proceso urbano en Colombia ha sido la constante violencia,13 que combina los efectos del “conflicto armado”, los grupos organizados por el mercadeo de la droga y la delincuencia común. Si bien en 2017 la tasa de homicidios en el país se reportó como la más baja desde 1975, debido, entre otras, al pacto entre las FARC y el gobierno del expresidente Santos, las ciudades objeto de este estudio siguen estando afectadas por los homicidios, robos y extorciones con consecuencias para el cuidado, como se tratará en los capítulos posteriores.
Un fenómeno acrecentado en las dos últimas décadas del siglo XXI ha sido la globalización. Según Benería (2000 p. 74), “implica la expansión permanente de mercados, intensificadas por los cambios tecnológicos en el ámbito de las comunicaciones y el transporte, que trascienden las fronteras nacionales y reducen las dimensiones espaciales”. Para Guarnizo (2006a; 2006b) el proceso incide en las relaciones de poder de la organización de la sociedad colombiana y su historia se explica al comprender la configuración y reconfiguración transnacional en un mundo globalizado. Pero no solo las estructuras del Estado y la economía se organizan en esta dinámica trasnacional, el proceso va a incidir en las migraciones internacionales y, en consecuencia, en la conformación de familias transnacionales (Puyana et al., 2013), en el uso de las TIC,14 en las ofertas laborales, la recreación, los movimientos sociales, el narcotráfico, los procesos de socialización de la niñez y, en general, en una revolución de la vida cotidiana de dimensiones aún inexplicables.
La siguiente pirámide, de población urbana en Colombia de 2015, nos facilita ver las tendencias de las dinámicas demográficas del país:

FIGURA 1. Pirámide de población urbana en Colombia, 2015.
Fuente: elaborado con base en Profamilia y Ministerio de Salud y Protección Social (2017).
La gráfica muestra una progresiva reducción relativa de la población menor de edad, 0 a 15 años, lo que trae como consecuencia el aumento de quienes están en capacidad de trabajar, 19-55 años, y un crecimiento de la población mayor de 65 años. Para las zonas urbanas las y los menores de 5 años representaron el 8.4 %, entre 5 y 9 años, el 8.4 % y entre 15 y 19 años, el 8.8 % (Profamilia, 2015). En ese sentido, los datos reportan que la relación de dependencia demográfica nacional está descendiendo: en 2015 alcanzó un 52 % frente al 56 % del 2010.15
Como observamos en la pirámide, la tasa de fecundidad urbana16 sigue descendiendo entre 1964-1970, de 7.0 hijos por mujer a 1.8 (Profamilia, 2015). Debemos anotar que en las áreas urbanas la fecundidad aumenta en los sectores de menor quintil de ingreso y cuando el nivel educativo de las mujeres es más bajo (Profamilia, 2015). No obstante, la única tasa de fecundidad que apenas decrece un mínimo es la de adolescentes: en las zonas urbanas este porcentaje llegó al 15.1 % para las mujeres entre 15 y 19 años. Como consecuencia de este comportamiento de la población, el promedio de personas por hogar ha disminuido: para el 2015 fue de 3.5 respecto al 4.1 del 2005 (Profamilia 2015). Además, reconocemos un aumento de la esperanza de vida al nacer, que, según el Banco Mundial, en 2016, llegó al total nacional de 71 años para los hombres y 78 años para las mujeres.
Una constante histórica de los grupos familiares ha sido su diversidad (Pachón 2007), mostrada por la antropología desde Virginia Gutiérrez de Pineda (1990), quien a mitad del siglo XX fue describiendo la enorme variedad de organización de las familias en las regiones colombianas. Esta tendencia sigue presentándose en los sectores urbanos, como lo indican las últimas encuestas de Profamilia. Como tendencia general, entre 1993 y 2015 se mantienen los hogares nucleares con diferentes características: más uniones monoparentales y más parejas sin hijos o hijas. Ocurre a la vez una continuidad del hogar extenso y el incremento de hogares compuestos, sin núcleo parental y unipersonales.
TABLA 1. Conformación de los hogares entre 1993 y 201517
| TIPOS DE HOGARES | 1993 | 2005 | 2010 | 2015 |
| Nuclear | 54.9 | 53.3 | 55.4 | 55.5 |
| Nuclear y pareja con hijos | 38.4 | 35.5 | 35.5 | 33.2 |
| Nuclear pareja sin hijos | 5.9 | 6.6 | 7.8 | 9.8 |
| Monoparental | 10.6 | 11.2 | 12.3 | 12.6 |
| Extensa | 30.4 | 33.6 | 30.9 | 30.0 |
| Monoparental, hijos y parientes | 14.0 | 10.2 | 11.2 | 9.8 |
| Parejas, hijos y parientes | 15.3 | 16.2 | 16.3 | 12.8 |
| Compuesta | 10.2 | 5.4 | 4.2 | 3.2 |
| Unipersonal | 6.9 | 7.7 | 9.5 | 11.2 |
Fuente: Puyana y Lamus (2003, p. 36); Profamilia (2005; 2010); Profamilia y Ministerio de Salud y Protección Social (2017).
Aunque en 2018 la población en edad de trabajar (PET) llegó aproximadamente al 80 % de la población colombiana —en el segundo trimestre del año—, la distribución del trabajo por sexos constituye una situación desfavorable para las mujeres: “Los hombres representaron 58.2 % de los ocupados y las mujeres 41.8 % y la población desocupada estuvo compuesta por un 44.1 % de hombres y un 55.9 % de mujeres.” (DANE, 2018, p. 3). Las tasas de participación inclinaron su balanza hacia los hombres: “En el trimestre móvil marzo-mayo 2018, de 74.2 % para los hombres y 54.0 % para las mujeres” (DANE, 2018, p. 4).
Esta perspectiva de desequilibro en las oportunidades laborales de hombres o mujeres contiene múltiples facetas: por un lado, la proporción de hombres empleados es de 72.6 % en las zonas urbanas, mientras que la de las mujeres es de 56.6 % (Profamilia, 2015). Son ellas quienes se concentran en el sector informal, suelen contar con ingresos más bajos que los hombres y trabajar en ocupaciones de baja productividad asociadas a menores remuneraciones. A la vez, están sobrerrepresentadas en los hogares en situación de pobreza, así como en los hogares monoparentales.18
En ese sentido, los datos de la ENUT (2016) nos indican las dificultades de las mujeres colombianas trabajadoras y las amas de casa para cumplir con el cuidado directo e indirecto de las nuevas generaciones. Los datos nos muestran que mientras ellas desarrollan en promedio siete horas y catorce minutos19 para estas labores, siguen representado el doble del tiempo del estimado para los hombres, que es de tres horas y veinticinco minutos (ONU Mujeres, 2018). Los estudios de la misma encuesta señalan que las actividades del hogar enfocadas al suministro de alimentos, cuidado físico de personas, cuidado pasivo —estar pendiente— y de limpieza y mantenimiento se concentran en las mujeres respecto a los hombres y que las brechas más amplias por sexo son: el suministro de alimentos 74.4 %, y la limpieza del hogar el 69.9 % (DANE, 2016).
El panorama presentado nos lleva a concluir que persisten contradicciones para garantizar un buen cuidado de NNA. Por un lado, los datos demográficos presentados nos muestran un panorama alentador para el cuidado de las nuevas generaciones, ya que sigue presentándose una tendencia hacia la disminución de la mortalidad infantil.20 Este decrecimiento obedece a un cambio en la mentalidad sobre la infancia, en los patrones de crianza y en las formas de atención, especialmente al nacer, y un aumento de la edad del primer embarazo, así como el desarrollo de políticas públicas orientadas a la protección de la infancia o de las gestantes.
Al mismo tiempo, las tendencias ocupacionales de las mujeres, quienes han sido tradicionalmente las cuidadoras, nos indican que persiste en el país crisis o déficit del cuidado en el sentido de que sobresalen las dificultades para alcanzar niveles satisfactorios de bienestar de quienes cuidan —tiempos, recursos, transporte, apoyo estatal—, dado el panorama ya enunciado en las ciudades colombianas, como veremos en los próximos capítulos. Como dice Irma Arriagada (2012) para Santiago de Chile, se trata de la crisis por la falta de quienes cuidan.
Otra dificultad en el cuidado podría ser ocasionada por la delegación de NNA a otros parientes, dado que las redes parentales no siempre apoyan con suficiencia a quienes trabajan fuera del hogar o, en especial, a hijos e hijas de emigrantes, como ha ocurrido constantemente según las condiciones de oferta de mejores oportunidades laborales en el exterior (Micolta et al., 2013). De todos modos, una meta para las ciudades colombianas es compartir el sueño de un contexto que convierta a las “ciudades en cuidadoras” y facilite la vida de NNA y de quienes les apoyan, como afirma Rico (2017):
Una ciudad inclusiva y cuidadora supera las visiones dicotómicas basadas en los ámbitos productivo y reproductivo y se constituye en un espacio de ejercicio de los derechos de ciudadanía, donde se articulan tanto la producción y el consumo como la reproducción de la vida cotidiana, para la cual el cual el trabajo vinculado a la satisfacción de las necesidades de cuidado es esencial. (p. 12)
En torno a los planes y políticas del cuidado de cobertura nacional
Si velar por el cuidado implica todas las acciones que conservan la vida, políticas al respecto se encuentran difuminadas en diferentes agencias estatales. Por ello, para este estudio hemos escogido algunas, siguiendo el esquema de Martínez y Camacho (2007). En las primeras, denominadas como normativas, el Estado colombiano ha propuesto la Ley 1822 de 2017, que consagra la licencia de maternidad de catorce semanas remuneradas, veintidós semanas si son gemelos, y el descanso por lactancia de una hora. La Ley 1468 del 2011, llamada Ley María, que reglamenta ocho días hábiles de licencia de paternidad. Asimismo, se ha reglamentado el derecho a la calamidad doméstica, que incluye la prohibición de despedir o descontar del pago a las madres o padres ante una situación de emergencia.
La segunda clasificación, denominada como la infraestructura del cuidado, es, por ejemplo, De Cero a Siempre, una política de Estado consagrada por la Ley 1804 de 2016, con la que se pretende dar respuesta a las situaciones de pobreza que enfrentan los NN menores de 5 años y que impacta negativamente su desarrollo en el país. El objetivo principal de esta política pública es lograr una atención integral para esta población, ya que en este rango etario se sientan las bases para el desarrollo de habilidades, capacidades y potencialidades humanas.
De este modo, el programa se concibe como una estrategia de atención integral (EAI), es decir, que conglomera un conjunto de acciones planificadas de carácter nacional y territorial (donde interactúan los diferentes ministerios y entes relacionados con el tema, como el ICBF21 y las autoridades gubernamentales departamentales y municipales). El objetivo es promover y garantizar el desarrollo infantil temprano. Para ello, estableció cinco ejes estructurantes con los que pretende responder a dicho desarrollo: cuidado y crianza; salud, alimentación y nutrición; educación inicial; recreación y, por último, ejercicio de ciudadanía y participación. “Teniendo en cuenta los recursos del presupuesto nacional y los aportes del sector privado destinados a […] De Cero a Siempre solo se podrían incluir 1 200 000 niños y niñas alcanzando así una cobertura del 41 % durante el cuatrenio 2010-2014” (Gestión Social Unicafam, 2012).
Familias en Acción, que constituye una política de Estado mediante la Ley 1532 del 7 de junio del 2012, es definida así:
Consiste en la entrega, condicionada y periódica de una transferencia monetaria directa para complementar el ingreso y mejorar la salud y educación de los menores de 18 años de las familias que se encuentran en condición de pobreza, y vulnerabilidad. (Artículo 2)
La entrega del subsidio se hace a través de las madres, bajo el criterio de que son más responsables “porque los gastan en el consumo de alimentos, educación y salud” (Ley 1532 del 2012). Los recursos están condicionados a la asistencia escolar y a los controles de salud. El programa está a cargo del Departamento de la Prosperidad Social (DPS) y su cobertura asciende a 2 950 000 hogares, un alcance de 1028 municipios (DPS, 2015).
Las políticas encaminadas a lograr la equidad de género, que incluye la Ley 1413 del 2010, reguladora de la inclusión de la economía del cuidado en el sistema de cuentas nacionales y que dispuso al DANE medir la participación de la mujer al desarrollo económico social, al realizar la Encuesta del Uso del Tiempo, ha logrado una medición del trabajo no remunerado a partir de las actividades realizadas en los hogares, todo esto para fundamentar la propuesta de unas políticas acerca del cuidado. Finalmente, Equipares, propuesto en la administración de Juan Manuel Santos, tiene por objeto generar
[…] un marco normativo que constituye un primer paso para garantizar herramientas y condiciones legales que permitan alcanzar la equidad efectiva entre los géneros. Esta iniciativa busca apoyar el ingreso de las mujeres al mercado laboral en igualdad de condiciones a las de los hombres sin las existencia de barreras. (Equipares, s. f.)
Se propone también: “[…] distinguir a las empresas que hayan implementado el Sistema de Gestión de Igualdad de Género mediante un proceso de certificación que conlleve a generar transformaciones culturales para el logro de la equidad de género en las empresas” (Rial, s. f.).
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Notas
1 Este capítulo fue apoyado por Ivette Sepúlveda, asistente de investigación.
2 En ese sentido, compartimos la caracterización que Jorge Orlando Melo (2017) hace del siglo XX como una época de cambios caracterizada por el crecimiento del Estado y de la población, de las ciudades llamadas modernas.
3 Para 2017, en las cabeceras municipales, el servicio de energía eléctrica llegaba al 99.9 % de los hogares; adicionalmente, el servicio de acueducto contó con un porcentaje de cubrimiento del 97.6 % y el de alcantarillado de un 92.6 % (DANE, 2017a).
4 Las cuales se entienden como las edades para cursar educación básica y media.
5 Según el Banco Mundial, en 2015 Colombia presentó una tasa de alfabetización total de adultos (porcentaje de personas de 15 años o más) de 94.245 %.
6 El coeficiente de Gini toma valores de 0 y 1. El 0 expresa la igualdad total y el 1 la máxima desigualdad.
7 Para 2016 en las cabeceras municipales el porcentaje de personas pobres —medido en términos de pobreza monetaria— pasó de 24.1 % (porcentaje del 2015) a 24.9 % (DANE, 2017b).
8 En este sentido se aplican para estas ciudades las contradicciones señaladas por Rico: “Son percibidas por sus habitantes, como un fenómeno multiforme con superposición de caos y organización, permanente orden y desorden de formas […] un lugar de conflicto, convivencia y negociación; un territorio de libertad y de restricciones” (2017, p. 3).
9 Según Migración Colombia, en 2016 se registraron trece millones de movimientos migratorios en el país. La llegada y salida de extranjeros alcanzó una cifra histórica de 5.6 millones, la mayoría provenientes de Venezuela (Portafolio, 2017).
10 Para 2012, debido a la violencia agenciada por los llamados grupos ilegales —paramilitares, guerrilla y narcotraficantes—, las hectáreas abandonadas y despojadas en el sector rural oscilaban alrededor de los 6.5 millones, el equivalente al 15 % de la superficie agropecuaria del país (ACNUR, 2012).
11 En 2017 se registró un total acumulado de 7.7 millones de personas desplazadas, lo que posicionó a Colombia como el país con mayor problemática de ese tipo mundo.
12 El diario El Colombiano (2012), citando al BID, señala que el 37 % de quienes residen en el país no poseen techos para vivir o habitan en viviendas de mala calidad.
13 La tasa de homicidios por cada cien mil habitantes en el sector urbano es de 23.90 casos (mientras en Río de Janeiro, Brasil era de 30.0). Las principales ciudades del país para este mismo año siguen siendo las que muestran el mayor número de casos: en Bogotá son 1137, en Cali 1229 y en Medellín 569 (El Espectador, 2018). Cali sigue siendo la ciudad más afectada en razón al número de habitantes.
14 En la telefonía móvil en 2017 se contabilizaron en las cabeceras municipales un 97.5 % de hogares que cuentan con, por lo menos, una persona que tenga este medio de comunicación (DANE, 2017a).
15 Relación de dependencia demográfica: establece el tamaño relativo de la población potencialmente inactiva, frente a la población potencialmente activa (Martínez, 2012; Profamilia, 2015).
16 La tasa de fecundidad, en general, se calcula por la relación entre el número de nacimientos que una mujer tendría al final del período reproductivo: 45 años. La de adolescentes se calcula por el número de menores de 19 años que contestaron estar en embarazo y/o tener hijos.
17 Cada categoría contiene las siguientes especificaciones: nuclear, que no hay otra generación conviviendo, extensa, que son más de tres generaciones en un mismo hogar, y compuesta, que no hay relaciones de consanguinidad que demarquen la forma de hogar.
18 “A pesar de que la pobreza ha decrecido en los últimos años de 42 % a 26.9 %, el índice de feminidad en la pobreza subió de 102.5 mujeres pobres por cada cien hombres pobres a 120.3 en el 2017” (ONU Mujeres, 2018, p. 20).
19 No incluidas en el Sistema de Cuentas Nacionales.
20 Por cada mil NN nacidos vivos en el sector urbano del país la Tasa de Mortalidad Infantil, reportada en el período 2012-2015, fue de catorce y esta descendió, porque en 1995 era de veintiocho por mil niños y niñas (Profamilia, 2015, p. 71).
21 El ICBF para el eje de cuidado y crianza mantiene tres modalidades de atención a esta población: institucional, familiar y comunitaria, que corresponden al escenario de cuidado o protección de los NN menores de 5 años.
Narraciones sobre el cuidado de NNA en Bogotá: reflexiones desde el género y la posición social1
Yolanda Puyana Villamizar, Amparo Hernández Bello, Martha Lucía Gutiérrez Bonilla y Carolina Giraldo Henao
Cuidar supone un entramado de acciones y relaciones más complejo en las grandes ciudades como Bogotá. En este capítulo se exponen diversas formas de asumir el cuidado, de vivenciarlo y de reflexionar al respecto desde las voces de quienes realizan esta tarea. Buscamos comprender la organización social del cuidado de la niñez y la adolescencia en Bogotá, desde la perspectiva de los grupos familiares, ilustrando la red de estrategias, acciones y relaciones que posibilitan o limitan la acción compleja de cuidar a niños, niñas y adolescentes. Para ello, se exponen las nociones y perspectivas de cuidado que expresan las y los cuidadores, y se muestran las múltiples estrategias que construyen los hogares para salirles al paso a los obstáculos que imponen el sistema cultural y la ciudad con sus complejidades. Se relata la interacción que ocurre entre los hogares, los servicios del Estado, el mercado, y las formas como se equilibran o se ponen en tensión las relaciones entre el trabajo y las labores de cuidado. Y, por último, se hace del género y la posición social categorías diferenciadoras y transversales, porque aportan al análisis de las diversas formas en que los hogares asumen el proceso de cuidar a niños, niñas y adolescentes (NNA), una actividad que afecta todas las esferas de la vida social.
Deseamos profundizar en una perspectiva crítica del cuidado y su realidad en Bogotá, aportando al ejercicio de comparabilidad y dando evidencias que delineen pistas para la acción en políticas públicas en un marco de mayor justicia social. Además, esperamos contribuir al debate académico tendiente a develar los mecanismos que subyacen a los estereotipos sobre el cuidado en los hogares como función predominantemente femenina, los cuales subordinan a las mujeres y soslayan la contribución de su trabajo al bienestar general de la sociedad.
A partir de la descripción de los referentes teóricos y metodológicos —en particular, de la manera como construimos la posición social—, el caso se desarrolla en cinco apartes: la necesaria mirada del contexto de Bogotá y sus complejidades; una descripción de las características de los y las entrevistadas; la perspectiva de cuidadoras y cuidadores sobre el cuidado al interior de los hogares según posición social; los relatos sobre el cuidado en los hogares y su relación con el Estado, el mercado y las redes; y, para finalizar, una reflexión sobre las principales lecciones y recomendaciones derivadas.
Referentes teóricos: cuidado, género y bienestar
En su acepción más general, el cuidado constituye una cualidad y una actitud propia de la especie humana encaminada a reproducir la vida para su conservación (Tronto, 1994). Como categoría contiene varios significados: el político, en tanto concierne a la sociedad como totalidad e implica un compromiso ligado al Estado y a la ciudadanía; el ético, asociado a la responsabilidad que “se expresa en un conjunto intrincado de relaciones que están atravesadas por el poder” (Arango y Molinier, 2011, p. 3); el social, por cuanto el cuidado constituye un trabajo que hace referencia a una acción transformadora de la naturaleza, a actividades dirigidas a producir bienes útiles para el consumo de las personas, a una atención particularizada, continua, cotidiana que implica desgaste físico, emocional y de la salud para quien la realiza.
De acuerdo con Martín Palomo (2011), la acción de cuidar contiene tres dimensiones: material, emocional y ética. La dimensión material se refiere a las actividades para garantizar el cuidado e incluye: a) el trabajo doméstico o la realización de oficios tales como la preparación de alimentos, arreglo de la vivienda y mantenimiento de la ropa; b) el cuidado directo, esto es, las actividades necesarias para garantizar un buen estado de salud física y psíquica, tales como la higiene del cuerpo, el descanso, la revisión de tareas escolares o el acompañamiento en el tiempo libre; y c) la gestión del cuidado, entendida como la administración de la delegación de tareas, la proveeduría o el desarrollo de actividades administrativas frente a instituciones y entidades de educación o salud. La dimensión emocional, por su parte, es intrínseca a la acción de cuidar porque conlleva una relación cara a cara, plena de sentimientos entre quien cuida y es cuidado, e incluye sensaciones de amor, encanto y desencanto, tensiones y rabias.2 Finalmente, la dimensión moral y ética hace referencia a aquellas conductas orientadoras de la acción que se definen como:
[…] las ideas como principios últimos de comportamientos, por los cuales actuamos o creemos actuar, es decir, aquellas construcciones que definen lo que está bien y lo que está mal, lo que es bueno o lo que es malo, lo que se considera valioso, correcto, apropiado para una convivencia justa. (Martín Palomo, 2011, p. 81)
Complementariamente, Thomas (2011) propone incluir las características de quien cuida, de quien recibe el cuidado y de las relaciones entre ellos, la naturaleza de los cuidados y los distintos tipos de cuidado, el dominio público o privado en el que ocurre el cuidado, el carácter asalariado o no del trabajo y el marco institucional (espacio físico) en el que se realiza. En el caso del cuidado de las/los NNA, su vida y bienestar dependen de personas cuidadoras con quienes inevitablemente se vinculan en relaciones de dependencia. Estas relaciones se conciben, en el sentido planteado por Sen (2000), como un acompañamiento en el proceso de formación requerido por las/los NNA para que puedan desarrollar las capacidades necesarias, ejercer sus libertades y disponer de una vida con calidad que merezca ser vivida.
Cuando se hace referencia a esta población, buena parte de las actividades de cuidado permanecen insertas en los grupos familiares en donde se cumplen funciones relacionadas con la reproducción biológica, la crianza, la socialización, la gestión del cuidado, así como la reproducción de la fuerza de trabajo indispensable para la existencia del sistema de producción. No obstante, las familias no son el único ámbito de producción de bienestar.
Lo son también el Estado, el mercado y la comunidad3 (Esquivel, Faur y Jelin, 2012; Jenson, 2003; Razavi, 2007). La acción conjunta e interdependiente de estos ámbitos configura tipos de sistemas a los que Esping-Andersen (1993) denomina regímenes de bienestar. Estos no son otra cosa que el tipo de respuesta del Estado a partir de cómo se conceden los derechos y de si ellos son independientes del nexo monetario (mercantilización/desmercantilización), del sistema de estratificación social que promueve la política social y del grado de desplazamiento de la carga por el bienestar a los hogares (familiarismo/desfamiliarismo).
La principal crítica feminista a esta propuesta ha sido su “ceguera” frente al género, pues excluye la división sexual del trabajo en el análisis de la protección social y reduce su enfoque a las relaciones del trabajo remunerado desconociendo el trabajo no remunerado que en los hogares y comunidades realizan principalmente las mujeres (Orloff, 1993; 1996). Además, es limitada para su aplicación en contextos sin estados de bienestar desarrollados. Por eso, para las realidades latinoamericanas resulta más pertinente la categoría de organización social del cuidado, entendida como: “la configuración que surge del cruce entre las instituciones que regulan y proveen servicios de cuidado infantil y adolescente, y los modos en que los hogares de distintos niveles socioeconómicos y sus miembros se benefician de los mismos” (Esquivel et al., 2012, p. 27). Una visión más profunda del cuidado, que contenga al tiempo una perspectiva de su relación con el Estado y un cambio en las relaciones de género, apunta a una crítica social que buscaría la transformación de su papel en calidad de protector de la vida integral de las personas (Carrasco, Borderías y Torns, 2011). El Estado de bienestar contiene el cuidado como parte de sus funciones. No puede seguir siendo solo una actividad invisible de las mujeres.
En lo concerniente a las familias, el cuidado está inscrito en relaciones de poder articuladas inexorablemente a las de género, entendido este último como una categoría encaminada a profundizar los simbolismos culturales en torno a la masculinidad y la feminidad, la división sexual del trabajo y las prácticas que de allí se derivan. Como lo menciona Kergoat, la división sexual se rige por dos principios organizadores: “el principio de la separación, hay trabajos de hombres y de mujeres, y el principio jerárquico, el trabajo del hombre vale más que el de la mujer” (citada en Molinier, 2011, p. 47). El análisis desde esta perspectiva permite desentrañar los significados que permean los espacios de la vida cotidiana y son incorporados por las personas en la construcción de sus identidades y en sus experiencias sociales. Implica, además, la reflexión en torno a la interpretación del mundo, que conlleva dar respuesta a ciertas apariencias supuestamente inevitables y naturales (Scott, 1996).
El cuidado a la vez depende del acceso que tienen las familias a los bienes y servicios a través de las políticas sociales o del mercado, por eso otra categoría fundamental es la de posición socioeconómica. En este proyecto acogemos la propuesta de Bourdieu (2002) sobre las clases sociales y el capital como relación de poder que tiene efectos desiguales sobre las oportunidades de los distintos agentes sociales, a partir de la distinción entre “condición de clase”, que se refiere a las características intrínsecas de las condiciones de vida y capitales de las personas y grupos, y “posición de clase”, que enfatiza en las relaciones entre las distintas posiciones.
Es creciente el número de estudios sobre el cuidado. La literatura transita entre visiones conservadoras que proponen fortalecer el papel de la mujer en el hogar, y los estudios que promulgan la autonomía femenina mediante su participación en el mercado de trabajo y que se dirigen a desentrañar las inequidades persistentes en la distribución de la carga de cuidado (Carrasco, Borderías y Torns, 2011). La temática ocupa un núcleo central y desde los intereses de las Naciones Unidas se encuentra inscrita en los lineamientos de sus organismos. Si bien varios estudios usan como modelo teórico el propuesto por Esping-Andersen (2000) para los regímenes del bienestar en Europa, en muchos países de América Latina el cuidado está limitado por la debilidad del Estado, la tributación poco redistributiva, la baja cobertura de la seguridad social y la informalización y precarización de los empleos, que generan mayor familiarización. Esto explica el actual interés en la configuración de sistemas nacionales de cuidado, entre los cuales resalta la experiencia de Uruguay (Aguirre, 2003; Ministerio de Desarrollo Social, 2015). El cuidado, ciertamente, es un tema de debate contemporáneo en las ciencias sociales que remite a las discusiones centrales sobre la justicia redistributiva y la equidad de género, y está vinculado a la política y a la reivindicación de las tres R: redistribución, reducción y reconocimiento (Esquivel et al., 2012). La consigna es democratizar las relaciones familiares y garantizar la equitativa distribución de responsabilidades y costos por el cuidado entre los distintos ámbitos de producción de bienestar en la sociedad (Fraser, 1997; Tronto, 2013; 2015).
El problema y los métodos de investigación
El cuidado de la niñez y la adolescencia ha estado sustentado en la idealización de la familia nuclear biparental que divide la función del padre como encargado de la proveeduría y de la madre como responsable de las labores domésticas del hogar y del cuidado de los miembros de la familia. Cuando esto no ocurría, el Estado o las instituciones de beneficencia asumían el cuidado que las mujeres no proporcionaban (Fraser, 1997; Puyana y Valencia, 2013). Desde la mitad del siglo XX, la metáfora del proveedor universal empezó a fracturarse debido a las complejas transformaciones económicas, sociales y culturales, así como a las luchas democráticas por los derechos ciudadanos de las mujeres (Fraser, 1997; Hochschild, 2008; Puyana y Mosquera, 2003; Pineda, 2008). La vida y el cuidado familiar se reconfiguran a partir del cuestionamiento de las tradicionales relaciones de género, la necesidad de conciliar los tiempos dedicados a la actividad laboral con las necesidades de cuidado, la regulación por parte del Estado y la demanda de participación de otras instituciones en el proceso.
En Colombia, la información respecto a la división sexual del trabajo en los grupos familiares indica cambios significativos. En las últimas tres décadas del siglo XX la tasa de participación laboral femenina aumentó y la mayoría de las mujeres en edad fértil trabajaba fuera del hogar (Pineda, 2011, p. 137). En el presente siglo estas tendencias se han mantenido y persisten unos “techos de género” que han impedido seguir incrementando la participación laboral femenina. Una de las causas es la sobrecarga del cuidado familiar doméstico que tensiona las relaciones entre el trabajo productivo y el no remunerado: “Las mujeres que trabajan fuera de casa enfrentan una triple jornada: el mercado laboral, los oficios del hogar y el cuidado de los infantes, adolescentes, ancianos y personas en estado de discapacidad” (citado en Puyana y Valencia, 2013, p. 7).
En seguimiento de lo dispuesto en la Ley 1413 de 20104 que “regula la inclusión de la economía del cuidado en el Sistema de Cuentas Nacionales con el fin de medir la contribución de la mujer al desarrollo del cuidado en Colombia” (Art. 1), la Encuesta de Uso del Tiempo del DANE (2013) mostró, como se verá en detalle en el contexto de la ciudad, una inequitativa distribución del trabajo que se concentra en las mujeres. Esta asimétrica distribución resulta particularmente crítica frente a fenómenos de cambio en la estructura y dinámica familiares como el incremento de la jefatura femenina, el crecimiento de las familias en grupos en desventaja o la existencia de NNA sin padres, que viven solos, que están al cuidado de otros parientes o que cuidan a hermanos menores, particularmente en los hogares más pobres, en los que se registran mayores necesidades, sobrecarga de cuidado y déficit de servicios. En respuesta a ese panorama, el Estado ha implementado políticas tendientes a desfamiliarizar el cuidado. Acciones como ampliación de coberturas escolares, salas cuna y jardines infantiles, mejor cobertura de los servicios de salud, programas de apoyo a las tareas escolares y de uso del tiempo libre. Sin embargo, persiste una amplia brecha entre lo formulado en las políticas y el acceso y calidad de los servicios, que se acentúa en los barrios populares donde la responsabilidad del cuidado aún es prioritariamente familiar.
Además de la relación con el Estado, es importante analizar la relación con el mercado y las redes comunitarias y ONG en el apoyo al cuidado. El mercado ofrece servicios de cuidado que pueden minimizar los efectos del déficit estatal, pero se requiere de recursos. Por otra parte, el sector productivo colombiano poco considera, en las prácticas de responsabilidad social empresarial, la conciliación entre el cuidado familiar doméstico y el tiempo laboral (Toca, Grueso y Carrillo, 2012), una situación que ha sido señalada para toda la región latinoamericana. Sumado a esto, los avances legales, como las licencias de maternidad y paternidad o para el cuidado de los infantes y adolescentes enfermos, no cobijan a las mujeres con empleos precarios y el acceso a los bienes y servicios del cuidado es desigual de acuerdo con la posición socioeconómica (Puyana y Mosquera, 2003). En relación con las ONG, estas se han convertido en instituciones de prestación de servicios de atención a NNA mediante el mecanismo de la contratación estatal dirigida a la población de menores ingresos. Por último, están las redes vecinales y parentales que juegan un papel central en el cuidado directo o en su gestión.
Aunque algunos de los problemas mencionados han sido objeto de investigación, los estudios se han concentrado en la medición y distribución del trabajo según sexo, entre los cuales se resaltan las encuestas nacionales de uso del tiempo (DANE, 2013, 2017b) y los indicadores construidos por Profamilia (2015). Resulta más escasa la indagación sobre aspectos que lleven a analizar en profundidad las emociones, los conflictos, las expectativas, la flexibilidad del tiempo del cuidado y la carga de cuidado y sus consecuencias. Entre estos pueden mencionarse dos estudios cualitativos sobre el estilo de crianza, paternidad y maternidad (Puyana y Mosquera, 2003 y Tenorio, 2000) en los que se sistematizan los patrones culturales comunes en la crianza de niños y niñas de 0 a 6 años en medio de una variedad de formas familiares, y la investigación de Hernández (2015) sobre carga de cuidado según posición social.
La revisión sobre las investigaciones realizadas muestra que no se ha hecho en Bogotá un estudio que analice la organización del cuidado de NNA desde la perspectiva de quienes cuidan. En respuesta a ese vacío propusimos esta investigación orientada por la pregunta: ¿cómo los grupos familiares organizan y significan el cuidado de las niñas, niños y adolescentes en Bogotá y cómo se articulan con el Estado, el mercado, las ONG y las redes vecinales? Nos preguntamos además: ¿cómo se distribuye el cuidado al interior de los hogares? ¿Cómo se realiza y cuándo se hace? ¿Qué sentimientos, gratificaciones, frustraciones y expectativas se construyen en torno al cuidado? ¿Qué tensiones y conflictos surgen y cómo se resuelven? Y, finalmente, ¿cómo se perciben las políticas y programas estatales y cómo se utilizan los servicios del Estado? ¿Cuál es el uso de los bienes y servicios que ofrece el mercado para el cuidado y cómo se percibe la respuesta del mercado a las necesidades y demandas de cuidado? ¿Cómo interactúan los grupos familiares con las redes vecinales y las ONG para el cuidado y, en general, cuáles son las desigualdades de género y posición social que se identifican?
El objetivo principal del estudio fue comprender la organización social del cuidado de la niñez y la adolescencia en Bogotá desde la perspectiva de los grupos familiares, según género y posición social, y en su articulación con el Estado, el mercado, las redes vecinales y las ONG. Con un enfoque metodológico de carácter cualitativo-interpretativo, privilegiamos los relatos tanto de quienes cuidan como de las/los sujetos de cuidado como fuente principal de información. Consideramos que es a través de una relación dialógica que comprendemos cómo quienes cuidan y son cuidados nos comunican sus vivencias, tratando de interpretar a la vez el significado de estos relatos. Por ello, retomamos el aporte de Gergen:
Los términos y formas mediante los cuales obtenemos información del mundo y de nosotros mismos son artefactos sociales, producto de intercambio histórico y culturalmente situados entre las personas. Son resultado de relaciones cooperativas que adquieren significado en el diálogo, de la acción conjunta y son inherentemente interindividuales. (1996, p. 162)
A través de un muestreo teórico (Strauss y Corbin, 2002) y de la voluntad de las personas que quisieron participar en el estudio, configuramos una muestra heterogénea según sexo, estrato socioeconómico y contextos relevantes5 tales como: diferentes estratos socioeconómicos, vinculaciones laborales, formas de organización familiar y presencia de enfermedad o discapacidad en los sujetos cuidados. La búsqueda de las personas que participaron en el estudio tuvo como puertas de entrada colegios, empresas, organizaciones comunitarias y entidades de atención a personas enfermas o con discapacidad.
El trabajo de campo fue extenso y los realizamos entre abril y noviembre de 2016. La fuente principal fueron cincuenta entrevistas semiestructuradas con cuidadoras y cuidadores de NNA de hogares de distintos estratos y territorios de la ciudad. Complementariamente, para conocer la perspectiva de las y los sujetos de cuidado, convocamos cinco talleres lúdicos en instituciones educativas con niños y niñas entre 5 y 10 años (cuarenta y cuatro participantes) y cinco grupos focales con adolescentes entre 10 y 14 años quienes eran sujetos de cuidado y a la vez, tenían responsabilidades de cuidado (sesenta y dos participantes); además de dos entrevistas colectivas con dieciséis mujeres y dos hombres entre 30 y 60 años, personas cuidadoras y lideresas comunitarias, y un grupo focal con jóvenes entre 16 y 25 años (siete mujeres y dos hombres), cuidadoras/es principales de sus hijos/as nacidos en la adolescencia y/o de sus hermanas y hermanos. En total consultamos a 183 personas, 67 % de ellas mujeres. Grabamos las entrevistas y grupos focales en audio, las transcribimos con mínima edición y las procesamos en el programa NVivo versión 10.0.
Con base en los referentes teóricos anotados definimos dos ejes de indagación y análisis. El primero para dar cuenta de la distribución del cuidado al interior de los grupos familiares. Este incluyó categorías sobre contexto del hogar, nociones e hitos sobre cuidado, dimensión material (trabajo doméstico, cuidado directo y gestión del cuidado), emocional y ética del cuidado, además de carga del cuidado y sus efectos sobre quienes cuidan. El segundo para mostrar las relaciones de los hogares con el Estado, el mercado y la comunidad. En el transcurso del análisis de los relatos encontramos nuevos aspectos como las particularidades de quien recibe el cuidado, las trayectorias vitales de quienes cuidan, las nociones de género que influyen en el cuidado, las concepciones sobre el papel de la familia y las diversidades en la conformación de los hogares. En la primera parte construimos una caracterización parcial de las personas participantes en sus aspectos sociodemográficos, socioeconómicos y de funciones, tiempo, recursos, apoyos y tipo de actividades de cuidado, revelándonos diferencias y desigualdades en la naturaleza y la carga de cuidado más allá del nivel socioeconómico. Para dar cuenta de estas, realizamos un ejercicio de construcción de la posición social de cuidadoras/es a partir de distintos aspectos.
De acuerdo con Bourdieu (2002; 2013),6 la posición social de un individuo o grupo en la estructura social no se restringe a la posición de clase, es decir, a las posiciones diferenciadas según la participación en el mercado de trabajo (empleo/ocupación/categoría ocupacional) y a las relaciones sociales de trabajo que conllevan y explican diferencias en la participación desigual en recursos, oportunidades de vida y nivel de calidad de vida (propiedades de posición), sino también al habitus cultural diferenciado entre grupos más allá de las características objetivas o materiales (propiedades de situación).7 Sin embargo, las posiciones sociales no son estáticas y pueden variar (ascenso o descenso) dependiendo tanto de la trayectoria vital como del devenir de la estructura social.
Para el caso que nos ocupa, nos importaba identificar tanto las condiciones objetivas como los significados, conductas y actitudes comunes entre grupos, en un marco de relaciones sociales y de género que definen las trayectorias sociales y el lugar que ocupan quienes realizan el cuidado. Esto es, los estereotipos y prejuicios socialmente construidos que asignan responsabilidades y privilegios diferenciales a hombres y mujeres en función de la división sexual de trabajo, a partir de la cual el trabajo doméstico y el cuidado son funciones principalmente femeninas. Un recurso para caracterizar el contexto material y los rasgos culturales que definen la posición social es la categoría de autonomía, que no es otra cosa que la capacidad de las personas de realizar sus derechos en condiciones de igualdad a partir de tres pilares: autonomía económica, autonomía física y toma de decisiones (CEPAL, 2016). Interesa en particular la primera, entendida como la capacidad de las personas de acceder a bienes y servicios que les permita satisfacer, de manera independiente, sus necesidades y expectativas (Fundación Sol, 2015).
La potencia de esta categoría radica en que recupera varias dimensiones: roles, tiempo y acceso a recursos y oportunidades, aspectos que, como ya mencionamos, son centrales al cuidado y permiten decidir si cuidar o no, además de las condiciones para el cuidado y los recursos para cuidar que, en últimas, definen la carga de cuidado y sus efectos sobre la vida de las personas. Son aspectos centrales de la equidad de género (Hernández, 2015). A partir de esta discusión, construimos un mapa de posiciones sociales según características de las personas que definen las condiciones y posibilitan o, por el contrario, son adversas al cuidado (tabla 1), estas son: socioeconómicas (estratificación, nivel educativo, protección social); del hogar (composición, jefatura, niños/as escolares a cargo); autonomía económica (inserción laboral y calidad del empleo, recursos para vivir); recursos para cuidar (fuentes de recursos, subsidios, cuotas, transferencias, servicios de cuidado, licencias/conciliación) y compra de servicios (relación con el mercado).
En síntesis, se construyeron cuatro posiciones sociales. Las posiciones 1 y 2 son las que tienen mayores desventajas sociales y de autonomía económica, la 3 algunas ventajas sustanciales en cuanto a recursos para cuidar respecto a las dos primeras, pero carece de autonomía económica para su estatus social, y la 4 es la que cuenta con mayores y mejores condiciones para cuidar. Junto con la categoría género, la estratificación por posición social sirvió de lente de análisis de los relatos.
Bogotá y sus realidades
Bogotá, capital de Colombia, presenta unas características, como ciudad, en su estructura y devenir sociodemográfico que inciden en facilitar o dificultar el cuidado de niños, niñas y adolescentes, como se trata en este sintético contexto.
TABLA 1. Entrevistadas/os según posición social

Fuente: elaboración propia a partir de información de entrevistas.
Aspectos sociodemográficos
Según proyecciones del DANE, en 2016 la población de la ciudad era de 7 980 001 habitantes, correspondiente al 16.4 % de la población del país, de los cuales 22.7 % era menor de 15 años, 11.9 % tenía 60 años y más y el 65.5 % restante eran personas en edades medias. El 51.6 % de la población eran mujeres y 48.4 % hombres, para una relación de masculinidad de 94.2 hombres por cada cien mujeres (DANE, 2018a). La población habitante de la ciudad que refirió pertenencia étnica fue el 6.6 % (5.4 %, afrodescendiente, 1.2 % indígena) (Profamilia, 2015, p. 76).
La esperanza de vida al nacer proyectada 2010-2015 era de 78 años (76 años hombres, 80 años mujeres), mejor que los niveles nacionales de 72 y 79 años respectivamente. Por su parte, la tasa bruta de natalidad para el mismo período es de 15.9 por mil y la tasa global de fecundidad de 1.9 hijos/as por mujer, por debajo de las tasas nacionales de 18.9 por mil nacidos vivos y de 2.4 hijos/as por mujer, respectivamente (DANE, 2018b). El ascenso en la Esperanza de Vida al Nacer (EVN) junto con el comportamiento de la fecundidad y natalidad inciden en la pirámide poblacional, como se muestra en la figura 1. La tasa de mortalidad infantil entre 2010-2015 fue de 14.3 por mil, menor que la tasa nacional de 17.1 por mil, como también inferior la tasa bruta de mortalidad de 4.5 por mil para la ciudad y 5.8 por mil para el país.

FIGURA 1. Pirámide poblacional de Bogotá 2015
Fuente: elaboración propia basada en datos Salutada, Observatorio de Salud de Bogotá (2019).
Según el DANE, la edad media de las madres al nacimiento de sus hijos/as en Bogotá entre 2010-2015 era de 28.6 años (27.7 años la tasa nacional). A pesar de la tendencia a tener hijos a una edad mayor, un porcentaje importante de mujeres, entre 15 y 19 años, refirió ser madre o estar embarazada de su primer hijo (Profamilia, 2015). Puede decirse que es una ventaja para el cuidado de NNA el que haya aumentado la edad de tener el primer hijo. Sin embargo, la fecundidad de menores de 19 años tiende a ser aún alta y se concentra entre los grupos menos educados y de menores ingresos, lo que conlleva dificultades para el cuidado.
La Encuesta Multipropósito de 2014 (DANE, 2015) reportó que había en Bogotá un total de 2 438 000 hogares con un promedio de 3.2 personas por hogar. Para 2017, según la misma encuesta (DANE, 2017a), el número de hogares en la cabecera de Bogotá había ascendido a 2 697 440, pero el promedio de personas por hogar se redujo a tres. Según la ENDS-2015 (Profamilia, 2015), el 36.7 % de los hogares tenían una mujer como jefa de hogar (25.5 % zona rural, 39.6 % zona urbana), una cifra cercana a la del país, de 36.4 %. La tabla 2 muestra la composición de los hogares según tipo de familia (Profamilia, 2015).8
TABLA 2. Hogares por tipo de familia Bogotá y nacional en 2015
| TIPOLOGÍA | BOGOTÁ | NACIONAL |
| Unipersonal | 10.0 | 11.2 |
| Nuclear | 59.3 | 55.5 |
| Extensa | 28.4 | 30.0 |
| Compuesta | 2.3 | 3.2 |
Fuente: Profamilia (2015).
Aun cuando predomina la modalidad nuclear, es significativo que cerca de la tercera parte de los hogares en Bogotá son extensos con predominio de hogares biparentales al interior de ellos (12.0 %). Los datos indican que los hogares bogotanos, como los del resto del país, tienden a ser de una conformación similar y, además, las personas se organizan de diversas maneras para cumplir con las funciones familiares. Sobresale el alto nivel de hogares monoparentales de familias nucleares y extensas (22.4 %).
Recursos y necesidades de los hogares bogotanos
El total de 2 438 000 hogares de la ciudad reportados por Encuesta Multipropósito de 2014 (DANE, 2015) estaban distribuidos así: los estratos 1 y 2 concentraban el 48 % de los hogares, el estrato 3 el 36.7 %, el estrato 4 el 9.7 % y los estratos 5 y 6 el 5.8 %. En relación con las viviendas, 54.6 % de los hogares vive en apartamento (29 % el promedio nacional) y 40.1 % en casa (67.9 % nacional), siendo las principales formas de tenencia la propiedad (49 % pagada o pagando vs. 54.3 % nacional) y el arriendo o subarriendo (44.2 % vs. 32.5 % nacional). El 99.9 % de las viviendas cuenta con electricidad, 95 % con servicio de acueducto público, 99.8 % con alcantarillado, 99.6 % con servicio de recolección de basuras y 92.5 % están conectadas a red de gas (Profamilia, 2015).
En el mismo año el 9.1 % de los hogares presenta déficit de vivienda en materiales de paredes y pisos, acceso a servicios públicos y/o espacio, y al menos 35 % de los hogares reportó uno o más problemas en el sector donde reside, como contaminación del aire, malos olores, ruido, manejo inadecuado de basuras, invasión de andenes o exceso de anuncios publicitarios. Si bien el acceso a los servicios públicos de los hogares bogotanos es casi universal, los parques se ubican en los barrios de los estratos más altos mientras hay deficiencia en el equipamiento urbanístico de los estratos 1 a 3, precisamente los más densamente poblados. Pese a esto, el 54.2 % de los hogares consideró que sus condiciones de vida eran mejores en 2014 comparadas con cinco años atrás (DANE, 2015). En cuanto a bienes de consumo duradero, el 65 % de los hogares tiene teléfono fijo, 97.3 % posee celular, 98.5 % televisión, 62.9 % computador y 59.3 % conexión a internet, con importantes diferenciales según nivel de riqueza (Profamilia, 2015).
En materia de indicadores laborales, conforme la Gran Encuesta Integrada de Hogares del DANE, en el trimestre octubre-diciembre de 2016 las tasas de participación, ocupación y desempleo en Bogotá fueron 71.0 %, 64.8 %, y 8.8 % respectivamente (DANE, 2017a). Los hallazgos de la ENDS-2015 muestran que la tasa de participación de mujeres entre 13-49 años que trabajaban al momento de la encuesta era de 64.3 %, sustancialmente más alta que la tasa nacional (53.6 %), mientras la de los hombres de la misma edad era de 73.3 % en la capital y de 79.2 % en el país (Profamilia, 2015). La alta proporción de personas ocupadas muestra la necesidad del apoyo para el cuidado de las nuevas generaciones.
En educación, el promedio de años de escolaridad de hombres y mujeres bogotanos era en 2015 de 9.2 años, mayor que el nivel nacional de 7.9 años (Profamilia, 2015). Según el programa Bogotá Cómo Vamos (2017), en 2016 la tasa global bruta en educación era de 92.1 %, siendo la cobertura en preescolar de 78 %, la básica primaria 92.4 %, la de secundaria 98.3 % y la media vocacional 86.1 %. A pesar de las altas coberturas, la brecha difícil de superar para continuar en el sistema educativo es el paso de la secundaria a un nivel de formación técnico o universitario, entre otras cosas por el bajo nivel de calidad, en especial en los colegios oficiales, lo que ha sido reconocido por la Alcaldía en el Plan de Desarrollo 2016-2020 (Concejo de Bogotá, 2016).
Respecto a la cobertura en salud, datos citados de la Secretaría de salud muestran que en el 2016 el total de población asegurada de la ciudad era de 99.4 %, casi dos puntos porcentuales más que la cobertura de 2015 (97.6 %). De estos, el 77.5 % pertenecía al régimen contributivo, 14.6 % al subsidiado y 2.6 % a regímenes especiales (Bogotá Cómo Vamos, 2017). A pesar de estas cifras, la ENDS-2015 encontró que el 13.6 % de los hogares no tenía aseguramiento en salud y en el 8 % se reportaron barreras de acceso a servicios (Profamilia, 2015). Además, existen evidencias sobre problemas de calidad. Una encuesta de percepción ciudadana reportó que apenas el 40 % de las personas estaba satisfechas con los servicios de salud (Bogotá Cómo Vamos, 2017). La situación es peor para el 11.4 % de los hogares de la ciudad que habitan con personas que tienen dificultades para realizar actividades diarias (9.8 % a nivel nacional), de los cuales 55.2 % reportó barreras de acceso a los servicios de salud (Profamilia, 2015).
De interés resultan algunos indicadores de la salud infantil en el período 2012-2016. Pese a la tendencia general al descenso, existen importantes desigualdades entre localidades y grupos poblacionales según riqueza y aseguramiento, y preocupan: la elevación de la tasa de mortalidad de menores de 5 años (de 10.3 a 10.8 por mil entre 2015 y 2016); la mortalidad por IRA en aumentó; el descenso en las coberturas de vacunación de triple viral (de 98 % a 95.3 %); la prevalencia en 2016 de desnutrición global (5.1 %), crónica (17.5 %); la mortalidad por desnutrición (0.7 por cien mil) en menores de 5 años sin cambios significativos en el período, y la duración de la lactancia también sin cambios (3.1 meses en promedio) asociada con el reingreso de las mujeres a la vida laboral.
En lo referente al trabajo no remunerado, a partir de cálculos de la encuesta ENUT se aprecia una intensa división sexual entre hombres y mujeres que concentra el cuidado en estas últimas. En efecto:
Durante el periodo de agosto de 2012 a julio de 2013 en Bogotá, el tiempo total de trabajo diario de las mujeres fue de 15 horas con 1 minuto. De estas, 9 horas con 24 minutos fueron dedicadas a actividades de trabajo que es contabilizado en el Producto Interno Bruto (PIB) y 5 horas con 37 minutos dedicadas a trabajo no incluido en esta medición. El 88.4 % de las mujeres en Bogotá realizó actividades de trabajo no comprendido en el Sistema de Cuentas Nacionales (SCN) durante un día promedio, dedicando a estas actividades 7 horas y 43 minutos. Por su parte el 70.3 % de los hombres realizó estas actividades con 3 horas y 39 minutos de dedicación.9 (Cetré, 2015, p. 15)
Esto se refleja en los datos de la ENDS-2015 sobre economía del cuidado donde predominan ampliamente las actividades de limpieza y mantenimiento del hogar en las mujeres en un 69.9 % vs. 14.1 % en hombres, mientras que en las actividades de compras y administración del hogar se ubican mayoritariamente los hombres, aunque no con mucha superioridad, 31.9 % vs. 27.2 % las mujeres. Respecto al cuidado de otros, particularmente de los hijos/as menores de 5 años, la participación de las mujeres es mayor (52.5 %) que la de los hombres (31.9 %) (Profamilia, 2015). La segunda encuesta ENUT (DANE, 2017b) revela que la brecha entre géneros de participación en las labores no remuneradas se mantiene. Prevalece la participación femenina en el trabajo doméstico, de cuidado y voluntario no remunerado frente a la masculina (87.5 % vs. 64.8 %), lo que se expresa en una ocupación promedio en estas labores de cinco horas y treinta y tres minutos en mujeres y dos horas y veintidós minutos en hombres.
Adicionalmente, son relevantes los hallazgos sobre programas de atención para niños y niñas de 6 años o menos reportados por Profamilia. En la ENDS-2015, apenas el 48.9 % de los menores asiste a algún programa, la mayoría a jardín privado u oficial (60.5 %), y entre las razones de no asistencia, se resaltan el cuidado en casa (45.7 %), el considerar que el niño o niña no está en edad de asistir (35 %) y razones como el no cumplimiento de requisitos, la ausencia de cupo o la negación del servicio en cerca del 10 % (Profamilia, 2015). Conforme lo reportado por Bogotá Cómo Vamos (2017) en relación con las condiciones de niñez y juventud, en 2016 el 8.1 % de los hogares tenía barreras de acceso a servicios para el cuidado de la primera infancia y el rezago escolar10 se presentó en la cuarta parte de los hogares, indicadores de privación que alertan sobre las demandas de cuidado.
Bogotá presenta un alto nivel de desigualdad en términos de recursos económicos. Con datos del DANE de la GEIH, entre 2012 y 2016 el coeficiente de Gini se mantuvo relativamente estable (0.497 vs 0.499), inferior al promedio nacional (0.539 vs. 0.517) que no obstante mostró un descenso importante en el período (Bogotá cómo Vamos, 2017). Esta desigualdad incide en las estrategias del cuidado de los hogares. La pobreza en términos monetarios11 era en 2016 de 11.6 % de las personas, un aumento de 1.2 puntos porcentuales frente a 2015 e igual cifra que en 2012, y la pobreza extrema de 2.3 %, un aumento con respecto al quinquenio anterior, lo que en números es algo más de 1 100 000 bogotanos. En todo caso, la mayoría de los hogares de la ciudad percibe que sus ingresos solo alcanzan para cubrir los gastos mínimos (63.3 %) o no llegan a cubrirlos (18.9 %) (DANE, 2016).
Conforme la Encuesta Nacional de Calidad de Vida, la pobreza multidimensional (IPM) aumentó de 4.7 % a 5.9 % entre 2015 y 2016, aunque el porcentaje del distrito era en 2016 la tercera parte del nacional de 17.8 % (Bogotá Cómo Vamos, 2017). Sin embargo, algunos de los indicadores de privación en la ciudad son preocupantes en lo que a las condiciones del cuidado se refiere como se muestra en la tabla 3: alto porcentaje de inasistencia escolar, proporción de hogares con falta de servicios para la primera infancia, hogares con trabajo informal y hogares sin aseguramiento en salud.
Por último, existen otros asuntos que interesan a los efectos de este capítulo. En general, la alta densidad poblacional, la desorganización del transporte público, la carencia de vías suficientes y el crecimiento vertiginoso y desordenado del parque automotor generan un grave problema para las cuidadoras/es que trabajan fuera del hogar, porque a su jornada laboral deben sumarle varias horas en transporte. A estos problemas se añade la inseguridad que se concentra en las localidades con mayores índices de pobreza. Para el caso, en 2016 el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses (2018) contabilizó 1302 homicidios en la ciudad, setenta casos menos que el año anterior, y 4211 presuntos delitos sexuales, principalmente contra mujeres, casi 300 menos. No obstante, la violencia contra NNA que se denuncia aumentó en los mismos años, de 3238 a 3473 casos, y la violencia de pareja de 11 259 a 12 888 casos, principalmente de mujeres; la mortalidad por accidente de tránsito también se incrementó de 556 a 591 casos. Este panorama puede explicar los datos de la Encuesta de Calidad de Vida para Bogotá, 2016, según la cual 32.8 % de las personas se sienten inseguras en el barrio donde viven.
TABLA 3. Hogares con privaciones en indicadores básicos de pobreza multidimensional seleccionados en Bogotá y ámbito nacional en 2015
| INDICADOR | BOGOTÁ | NACIONAL |
| Hogares con bajo logro educativo | 30.5 | 48.4 |
| Hogares con inasistencia escolar | 41.1 | 43.5 |
| Hogares con privación en servicios para 1ª infancia | 14.1 | 14.9 |
| Hogares con trabajo infantil | 0.6 | 1.7 |
| Hogares con trabajo informal | 13.2 | 10.9 |
| Hogares sin aseguramiento en salud | 13.6 | 11.7 |
| Hogares con barreras de acceso a servicios de salud | 8.0 | 8.7 |
| Hogares con barreras a fuente de agua mejorada | 0.1 | 9.0 |
| Hogares con hacinamiento | 6.6 | 9.3 |
Fuente: Profamilia (2015).
Políticas de infancia y adolescencia y políticas de cuidado en Bogotá
El cuidado como objeto de política pública es reciente y se verifica en políticas dirigidas a diversos sujetos poblacionales, con distintos enfoques y andamiajes institucionales. Las decisiones de política en lo ateniente a niñez y adolescencia están más desarrolladas. En esta sección trataremos someramente el desarrollo de estas políticas con énfasis en las últimas administraciones. A partir de la promulgación de la Constitución de 1991 los temas de infancia adquirieron mayor importancia, especialmente desde 1992, con el Plan Nacional en Favor de la Infancia (PAFI), caracterizado por una visión integral de la niñez, sus derechos y capacidades y formulado en consonancia con los pactos internacionales, en particular, la Convención sobre los Derechos del Niño, de 1989, y la Cumbre Mundial a Favor de la Infancia, de 1990.
Puede decirse que es desde este momento que en Bogotá los niños y niñas empezaron a considerarse sujetos de derechos que deben ser garantizados por el Estado y la sociedad en general. Así, en la administración de Jaime Castro se incluyó dentro del Plan de Gobierno Bogotá: prioridad social un plan de acción a favor de la infancia. Igualmente, en la primera administración de Antanas Mockus se diseñó una política que resaltó el compromiso del Estado en el cuidado de la infancia. Pero fue en la segunda administración, Bogotá para vivir todos del mismo lado, 2001-2004, cuando la niñez pasó a ocupar un lugar privilegiado. La política deja de estar dispersa en el conjunto de la política social y se fija un objetivo específico: “Crear condiciones para que niñas y niños puedan vivir su niñez y apoyar los comportamientos solidarios de las diferentes formas de familia y de sus integrantes: niñas y niños, jóvenes, hombres, mujeres y adultos mayores” (Alcaldía Mayor de Bogotá, 2001, p. 91).
En los “Lineamientos Generales de Política Social para Bogotá, 2004-2014” (Alcaldía Mayor de Bogotá, 2004), se da un importante reconocimiento a los actores y temas de infancia en el marco de los derechos, la diversidad de género y la protección como asunto público. Pero es a partir de la política Quiéreme bien, quiéreme hoy, del alcalde Luis Eduardo Garzón (Alcaldía Mayor de Bogotá, 2004a; 2004b) que se estructuran las acciones para las y los menores de edad. Estas se recogieron en los planes de desarrollo de Samuel Moreno, Bogotá Positiva: para vivir mejor, 2008-2011 y de Gustavo Petro, Bogotá Humana, 2012-2016. Aunque la política de infancia tiene una apuesta integral, se evidencia que cada administración da un énfasis diferente a temas o enfoques en razón a prioridades de su plan de gobierno.
Puede decirse que en Bogotá hay variedad de oferta de servicios, públicos y privados, para la primera infancia, la infancia y la adolescencia. Entre la pública está la oferta nacional del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) a través de los jardines infantiles, salas cuna y hogares de bienestar (FAMIS) para la atención a niños y niñas de bajos recursos, además de la oferta de la ciudad propiamente dicha a cargo de la Secretaria Distrital de Integración Social (SDIS), que brinda atención prioritaria a niños y niñas en primera infancia en tres modalidades: los jardines infantiles, los jardines cofinanciados y los jardines sociales. Los primeros son construidos y operados por la Secretaria de Integración Social, los segundos contratados por el distrito con organizaciones no gubernamentales y los jardines sociales son entregados a grandes empresas o cajas de compensación familiar12 para su operación.
Es de resaltar que, en las administraciones de Samuel Moreno y Gustavo Petro, se hicieron apuestas importantes por incrementar la cobertura para la atención integral a la primera infancia. Así, para el periodo 2008-2012, de la Bogotá Positiva, se propuso abrir 41 900 nuevos cupos para niños y niñas, y en el siguiente 2012-2016, de la Bogotá Humana, se propuso atender 270 000 más. Además, en esta última se diseñó e implementó la modalidad de ámbito familiar, una estrategia para apoyar a las familias en el cuidado directo de los menores. Durante la administración de Enrique Peñalosa, esta modalidad se eliminó pese a algunos avances.13 Cabe resaltar de esta modalidad que: a) articuló el accionar de tres sectores de la administración distrital para llegar a los microterritorios donde los servicios institucionales no suelen tener impacto (Secretaría de Integración Social, Secretaría Distrital de Salud e Instituto Distrital de las Artes); b) fortaleció el enfoque diferencial a través de servicios específicos para los niños y las niñas ampliando el espectro de oferta institucional y avanzando en la inclusión social y apoyo al cuidado a través de programas como: Casas de Pensamiento Intercultural, Sana que Sana y Centros de Desarrollo Infantil y Familiar Rural.
Una característica de las anteriores administraciones fue reconocer riesgos y vulnerabilidades específicas, como el trabajo infantil, la explotación sexual, el abandono u orfandad, el conflicto armado y la situación de discapacidad. En la administración de Peñalosa (Alcaldía Mayor de Bogotá, 2016) se retomó la política de Infancia y Adolescencia, 2011-2021, ya formulada, pero con distinto énfasis en su implementación y operación. Por ejemplo, el programa antes denominado Ámbito Familiar cambia su nombre a Creciendo en Familias, y se limitan los criterios de ingreso al puntaje de los hogares en el Sisbén14. Y, con base en la Ley de Primera Infancia15 (Ley 1804 de 2016), se da más importancia al proceso de articulación intra y transectorial, y al diseño e implementación de rutas de atención: Ruta integral de atenciones para primera infancia y Ruta integral de atenciones para infancia y adolescencia para Bogotá.
Igualmente, la atención en jardines infantiles —propios y en convenio— continúa su operación centrando la atención en la primera infancia en las instituciones de educación distritales. Esta oferta, que venía desde la administración anterior, no es bien recibida por padres y cuidadores por cuanto los niños y niñas de 3 a 5 años entran en el proceso institucional de la educación formal y reciben poco el cuidado especializado que brindan los jardines infantiles. Adicionalmente, se tiene como meta la ampliación de la jornada extendida para los colegios distritales, hecho que puede impactar positivamente en la calidad de la educación de NNA y en la carga de cuidado en los hogares. Sin embargo, la cobertura es escasa. Los servicios de cuidado directo descritos se complementan con la oferta deportiva y artística que ha desplegado el Distrito Capital, la cual es usada y altamente valorada por las familias, en especial las de escasos recursos económicos. Esta ha tenido un crecimiento y cualificación notable en las localidades y ha penetrado en la vida de los hogares, constituyéndose en recurso importante para el cuidado y desarrollo integral de los NNA.
Es importante reconocer los énfasis, las continuidades y rupturas que han tenido las políticas de infancia y adolescencia en la ciudad en las distintas administraciones, las cuales han marcado fortalezas y, en algunos campos, vacíos de operación y acción. Pese a los alcances señalados, la respuesta es aún limitada a juzgar por las brechas en coberturas. Primero, porque la diversidad de demandas y el volumen supera lo existente, lo cual exige una significativa inversión y continuidad de acciones que apoyen el cuidado y la posibilidad clara de construcción de un sistema de cuidados. Segundo, porque no ha existido el compromiso claro de medir los impactos de los servicios sociales implementados. De hecho, son pocas las experiencias en este sentido, lo que limita las recomendaciones de política pública y de transformación para la cualificación de los procesos de atención.
Por su parte, en la ciudad se han formulado también políticas específicas en relación con el cuidado en las políticas públicas de salud referidas al envejecimiento y la vejez,16 las políticas de discapacidad17 y las políticas públicas de familia.18 En las políticas de familia, a partir de la alcaldía de Lucho Garzón se esbozó un componente para fortalecer la democratización de las relaciones familiares a través del cambio en la división sexual de los trabajos domésticos. Además, se desarrolló el Plan de Igualdad de Oportunidades encaminado a fortalecer la equidad de género19 y la Política Pública de Mujeres y Equidad de Género,20 que incorpora dentro de sus acciones políticas el reconocimiento del cuidado como trabajo e incluye la participación de las mujeres.21
Con el Acuerdo 489 de 2012,22 con el cual se adopta el Plan de Desarrollo de la Bogotá Humana, en la alcaldía de Gustavo Petro (y posteriormente en el Acuerdo 584 de 2015)23 se hace especial énfasis en el cuidado, tanto en las personas receptoras de cuidado, como en las que lo ofrecen: mujeres y docentes, y se crea y consolida la Secretaría de la Mujer para facilitar su implementación.
Vale la pena reconocer que la Política de Mujeres y Equidad de Género toma el cuidado en relación con su carácter subordinado y busca que este sea reconocido y valorado de una forma distributiva. Desde esta política, se ha posicionado la economía de cuidado como una de las categorías que merece ser reconocida dentro de la búsqueda de condiciones equitativas en el trabajo. (Sepúlveda, 2017, p. 116)
Algunas críticas sobre estas políticas son su falta de coherencia. Unas tienden a ser familiaristas, como las de infancia y adolescencia, mientras las de cuidado buscan el desfamiliarismo a partir del reconocimiento del cuidado como trabajo que requiere ser redistribuido y compensado. Además, no hay articulación entre instituciones del distrito para el trabajo con las familias y tampoco se ha alcanzado un sistema distrital de cuidado que permita materializar las intenciones de las políticas recientes, como discutiremos en la parte final de este artículo.
Este sintético contexto de la ciudad, con el lente en el cuidado de NNA, revela que existen condiciones que facilitan la organización del cuidado y otras que la dificultan. Así, la baja fecundidad y mortalidad infantil decreciente, la apreciable cobertura de educación y salud, el promedio alto de educación de la población y el elevado acceso a los servicios públicos son factores favorecedores. En cambio, dificultan el cuidado la deficiente movilidad que implica largos períodos de tiempo para unir las enormes distancias entre la casa y el empleo, la inseguridad en los barrios, el trabajo remunerado y la falta de calidad de la educación (en especial en aquellas instituciones educativas de medias jornadas escolares).
La inequidad social de la ciudad se hace más potente y acrecienta las labores del cuidado para quienes cuentan con menos recursos económicos. Además, en los hogares con jefatura femenina, o en aquellos biparentales donde es evidente la inequitativa distribución de las labores de cuidado y de las labores domésticas, las mujeres son quienes más dificultades tienen para responder a las demandas del cuidado. Los testimonios que presentamos en las siguientes secciones ilustran las experiencias de cuidadoras y cuidadores y completan el panorama de límites y avances en la respuesta que la sociedad, el mercado y el Estado dan en materia de la protección y bienestar de NNA.
Características de quienes hablan
Con los relatos de las/los entrevistadas/os, y a partir de análisis intratextuales e intertextuales, identificamos algunas características demográficas y socioeconómicas de las personas cuidadoras, del contexto del hogar y de los roles de cuidado y analizamos la capacidad económica del hogar para responder a las demandas de cuidado, las particularidades de la dependencia de los sujetos de cuidado, la percepción sobre la carga (y sobrecarga) en tiempo y recursos, así como de los medios para cuidar (recursos materiales, económicos, de tiempo, redes, apoyos, subsidios o compra de servicios).
Perfil sociodemográfico
Como ya dijimos, fueron entrevistadas cincuenta personas de igual número de hogares quienes tenían a su cuidado noventa y un niños, niñas y adolescentes: once menores de 5 años; cuarenta y dos entre 5 y 11 años y treinta y cuatro entre 12 y 17 años, cuatro de los cuales acababan de cumplir 18 años. En el 60 % de los hogares había dos o más menores bajo cuidado, y en más de la mitad, adolescentes entre 12 y 18 años (veintinueve de cincuenta hogares). En ocho casos había NNA con necesidades adicionales y permanentes de cuidado por enfermedad o discapacidad. De las y los relatantes, treinta y nueve eran madres, siete padres, tres abuelas y una tía, con un rango de edad entre 24 y 74 años. De las madres, la cuarta parte refirió haber tenido hijos/as antes de los 19 años. Un poco más del 40 % de las entrevistadas pertenecía a hogares de los estratos más pobres de la ciudad, según el pago de servicios públicos, 38 % a los estratos 3 y 4, el 20 % restante a los estratos superiores, o sea 5 y 6. La mitad de las personas tenía como procedencia otro municipio diferente a Bogotá. Veintiséis de las cinco personas entrevistadas refirieron estar casadas o unidas (53 % de las mujeres y 43 % de los hombres), dieciocho eran viudas o separadas y seis nunca casadas o unidas. La mayoría de los hogares se agrupan a través de la modalidad de hogar familiar extensa (40 %), seguida por el nuclear biparental (38 %) y el resto, con proporciones mucho más bajas, se ubican en la modalidad monoparental femenina y masculina.
Características socioeconómicas
En relación con la escolaridad, 66 % de las/los entrevistados (33 personas) tenía educación universitaria o técnica y la tercera parte había alcanzado apenas la educación básica (tabla 4).
TABLA 4. Entrevistadas/os por sexo según máximo nivel educativo

Fuente: elaboración propia.
El 60 % de las personas, cinco hombres y veinticinco mujeres, se dedicaba al trabajo formal, y a las labores del hogar y al trabajo informal solo las mujeres (tabla 5). Como era de esperarse, las personas que refirieron ser trabajadoras formales tenían como principal fuente de ingreso el salario (veintidós mujeres y tres hombres), cuatro tenían honorarios como contratistas y en un caso recursos como empresaria. En tanto, en las trabajadoras informales los recursos para vivir eran propios de actividades como: ventas ambulantes, servicios domésticos, cuidado de menores, oficios varios y clases particulares (cuatro), y dos mujeres derivaban ingresos para vivir como propietarias de negocio o pequeños emprendimientos. En catorce casos (dedicadas al hogar, desempleados, estudiante y trabajadoras informales ocasionales) los recursos prioritarios para la supervivencia provenían de la pareja o la familia (tabla 6).
TABLA 5. Entrevistadas/os por sexo según ocupación

Fuente: elaboración propia.
TABLA 6. Entrevistadas/os por sexo según principal fuente de recursos para vivir

Fuente: elaboración propia.
En términos de la protección social en salud, la mayor proporción de las personas entrevistadas declaró estar afiliada al régimen contributivo en calidad de cotizante, lo cual es coherente con el alto porcentaje que dijo dedicarse al trabajo en el sector formal. Las personas beneficiarias del régimen contributivo (diez mujeres, un hombre) reportaron recursos para vivir provenientes de sus parejas o familia, y todas las pertenecientes al régimen subsidiado (cuatro) resultaron ser mujeres trabajadoras informales. La única persona no asegurada fue un hombre desempleado. Quienes declararon cobertura adicional con algún seguro privado o medicina prepagada (diez) pertenecían a los estratos más altos. Con la información sobre ocupación, protección social y fuente de recursos para vivir, tal como fue relatada por las/los entrevistadas/os, construimos la categoría “autonomía económica”. En diecisiete casos la autonomía es escasa o parcial y coincide con quienes viven de recursos de sus parejas o familiares o son trabajadoras/es informales ocasionales. Por el contrario, tienen mayor autonomía quienes son asalariados, contratistas por honorarios y propietarios (treinta y tres).
Funciones y carga de cuidado
Todas las personas entrevistadas se percibían como cuidadoras principales con distintos tipos de ayuda de sus parejas, familias o redes. Respecto de las preguntas de cómo se asumió el cuidado y cómo se decidió en el hogar quién debía hacerse responsable principal del cuidado de los hijos/as o menores, las respuestas caen en tres grandes categorías: por naturalización,24 por acuerdo con la pareja,25 o por las circunstancias.26 Consistente con otros hallazgos, que serán presentados en secciones siguientes, una buena proporción de las mujeres refirieron asumir el cuidado como parte de los estereotipos de género femeninos, o como un acuerdo explícito con la pareja, lo que en varios casos igual revela la naturalización. En los hombres, en una proporción significativamente mayor que en las mujeres, la decisión fue obligada por las circunstancias (véase la tabla 7).
TABLA 7. Entrevistadas/os según decisión sobre el cuidado de NNA en el hogar

Fuente: elaboración propia.
Las dimensiones del cuidado incluyen: la gestión, el cuidado directo y el trabajo doméstico. Dedicarse solo a las actividades de gestión fue reportado por ocho entrevistadas/os, y coincide con quienes tienen menos tiempo disponible por trabajo o mayores recursos. En quince casos a la gestión del cuidado se suman las actividades de cuidado directo, pero en la mayoría (veintiséis), personas de los estratos 1, 2 y 3, las actividades incluyen las tres dimensiones. Por supuesto, no todas las demandas de cuidado son iguales, y tampoco la percepción de la carga, como se muestra en la tabla 8. En aquellos hogares con mayor número de NNA bajo cuidado, con menores de 5 años y de familias monoparentales, las actividades tienden a percibirse como una alta carga, que puede ser abrumadora en los hogares con menores enfermos o discapacitados.
TABLA 8. Entrevistadas/os según percepción de la carga de cuidado de NNA en el hogar
| PERCEPCIÓN DE LA CARGA | HOGARES | % |
| Baja | 18 | 36.0 |
| Media | 6 | 12.0 |
| Alta | 22 | 44.0 |
| Muy alta | 4 | 8.0 |
| Total | 50 | 100.0 |
Fuente: elaboración propia.
La percepción de la carga depende tanto del tipo y número de actividades como del tiempo necesario para llevarlas a cabo, pero también está en función de otros factores como la existencia o no de redes de apoyo y la disponibilidad de recursos económicos. A la existencia de recursos económicos para realizar las actividades necesarias, deseadas o para comprar servicios de cuidado, las denominamos recursos para cuidar. En general, existe una relación directa entre los recursos disponibles para sufragar los costos derivados de las actividades de cuidado y la percepción de la carga. Importan tanto los subsidios estatales o de cajas de compensación para educación, alimentación o recreación, como la disponibilidad de recursos para comprar cuidado como complemento o sustitución del cuidado directo, la gestión o el trabajo doméstico.
En la totalidad de los casos los recursos para cuidar provenían de ingresos propios, familiares o de la pareja. En catorce casos de familias monoparentales la cuota alimentaria pactada formal o informalmente era una fuente adicional. Los subsidios de las cajas de compensación fueron referidos por quince entrevistadas/os, y los subsidios estatales en cinco casos de hogares de bajos estratos. Compran algún servicio de cuidado treinta y tres hogares, lo que coincide, en la mayoría de los casos, con quienes dijeron realizar principalmente actividades de gestión. En los doce restantes, aquellos en los que quienes cuidan realizan todas las funciones y en los que la relación con la oferta estatal de jardines o colegios públicos, subsidios alimentarios o de canasta familiar es mayor, no se reportó compra. Esos hogares resultaron ser los más pobres (estratos 1 y 2).
TABLA 9. Entrevistadas/os según compra de servicios de cuidado por tipo de servicio
| TIPO DE SERVICIO | HOGARES | % |
| Educativo | 28 | 62.2 |
| De salud | 13 | 28.9 |
| De cuidado directo | 8 | 17.8 |
| Doméstico | 20 | 44.4 |
| Ocio y recreación | 6 | 13.3 |
| Especial | 5 | 11.1 |
| No compra | 12 | 24.4 |
Fuente: elaboración propia.
Como se ilustra en la tabla 9, los servicios que se compran son variados. Predominan los educativos, como jardines o colegios privados, y las clases particulares de refuerzo escolar, así como el servicio doméstico por días o permanente para tareas de mantenimiento del hogar, alimentación y hasta cuidado directo. Servicios de salud prepagada, médico privado, terapias y tratamientos especiales, adicionales a los beneficios de la seguridad social en salud, se compran en trece de los hogares, sobre todo en aquellos en los que hay NNA con necesidades especiales por enfermedad y/o discapacidad. Por su parte, los servicios de cuidado directo tienen la forma de cuidador por horas o arreglos para recoger del colegio o jardín, y se refirieren en ocho casos, y los de ocio y recreación incluyen arte y deportes. La compra de servicios especiales se remite a transporte escolar y transporte especial.
En general, los relatos muestran que disponer de mayores recursos económicos amplía el número y tipo de servicios de cuidado que se compran. Pero no es tan simple como que los hogares más pobres realizan todo el cuidado y los más ricos lo compran, como tampoco es directa la relación entre la percepción sobre la carga de cuidado y el estrato al que se pertenece. Las entrevistas nos revelan un panorama más complejo de las condiciones que posibilitan a las personas el cuidado o, por el contrario, las hacen más adversas.
El cuidado al interior de los hogares
El cuidado de NNA se refiere a las acciones dirigidas a facilitar su desarrollo y bienestar en la vida cotidiana (Batthyány, Genta y Perrotta, 2014). Aunque el cuidado de los menores es responsabilidad de la sociedad en su conjunto, los hogares tienen un papel fundamental a través de varios arreglos: el trabajo de cuidado no remunerado que realizan quienes hacen parte del hogar, el trabajo remunerado de personas contratadas para ello (Rodríguez y Marzonetto, 2015), o ambos. La mayor dificultad en la valoración del cuidado infantil al interior de los hogares es, tal vez, tratar de medir objetivamente las múltiples y simultáneas actividades que componen estas acciones de cuidado, más allá de la dimensión material (Esquivel et al., 2012). Como lo señalan Folbre y Yoon (2008), el cuidado de NNA es tanto una responsabilidad como una actividad; un continuo basado en la intensidad del esfuerzo que abarca la supervisión, el cuidado indirecto (trabajo doméstico y administración del hogar) y el cuidado directo como actividad principal. La inclusión de estas tres dimensiones tiene varias ventajas potenciales: ver, por ejemplo, el tipo de cuidado de niños y niñas mayores, cuyas necesidades no se reducen a actividades como alimentar o bañar, cuáles son las actividades de cuidado indirecto causadas por NNA y, también, cómo se distribuyen las responsabilidades por estas acciones entre hombres y mujeres al interior del hogar.
Nociones sobre cuidado y género
En esta sección exploramos las nociones sobre cuidado y género en la perspectiva de las personas entrevistadas, teniendo como preguntas guía: ¿cómo entienden el cuidado? ¿Dependen sus nociones sobre cuidado de la posición social que ocupan? ¿Quiénes se asume son responsables del cuidado? ¿Qué imaginarios sustentan la distribución de responsabilidades por el cuidado? Y, ¿qué hitos de la vida definen las responsabilidades y actividades de cuidar? “El cuidado es una partitura” (Fabio, PS4) que involucra una serie de acciones con distintos propósitos. Los y las relatantes lo expresan a partir de un conjunto de “verbos esenciales” tendientes a garantizar las condiciones para la supervivencia en el presente y a sentar las bases para el mañana que son comunes en todos los relatos, pero con distintos énfasis según la posición social de quien cuida.

FIGURA 2. Verbos del cuidado
Fuente: elaboración propia.
Las acciones de cuidar, cuya finalidad es el bienestar, tienen varias dimensiones. Una dimensión material, que se expresa como bienestar en términos de salud, alimentación, vestido, educación y recreación, “que se desarrollen bien”, y como seguridad, “proteger de los riesgos”. Una dimensión económica de provisión para satisfacer necesidades de supervivencia, “dar lo que necesiten”, “responder por…”. Una dimensión emocional, expresada como soporte y acompañamiento, “estar ahí en la casa, para ellos”, “que se sientan amados, protegidos”, “no causarles daño”. Así las resume Juvenia, PS3:
Cuidar […] pues implica tiempo. Implica estar presente, en primera instancia, y pues también obviamente toda la parte no solo de alimentación, sino también como de estar metido en los cuentos de ellos, pues compartir con ellos sus cosas, ya sea jugar, acompañarlos a una fiesta… digamos despertarlos porque pues no es tan sencillo, y la parte del estudio también hay que apoyarla. Y recreación también; desarrollo de deportes o hobbies o lo que le guste.
No basta con señalar qué actividades involucra. Se requiere que las respuestas sean pertinentes, completas, oportunas y ajustadas a las necesidades, en grados percibidos como buenos o dignos.
Bueno, yo creo que cuidar es asegurar como un nivel o una condición de vida estable; una condición, pues, no sé, digna podría decir yo, en el sentido de la alimentación y que se dé las veces que se requiera y en la condición que se requiere. […]. Un seguimiento, uno tiene que estar detallando qué está pasando. El cuidado es eso. Es estar acompañándolo, estar pendiente. La comida, la necesidad de los medicamentos, que eso esté y que se dé en el momento que se requiere. (Ruby, PS4)
Existe una cuarta dimensión del cuidado que es la ética, referida a la educación, orientación y formación en valores o una ética civil. “Cuidar es ser muy responsable y dar amor, respeto y enseñar. Me parece que eso es cuidado, porque el cuidar no es solamente estar pendiente de un niño, sino educar, dar ejemplo” (Jessy, PS4). Una suerte de compromiso moral necesario para el futuro que se manifiesta en expresiones como “educar”, “corregir”, “dar ejemplo, herramientas para la vida”, “ubicarlos por el buen camino”, “llevarlos hacia el bien”. A esta dimensión ética, Michel, PS3, padre soltero, denomina cuidado cultural:
Lo entiendo [el cuidado] desde diferentes formas. Una que es como un cuidado material, un cuidado emocional y un cuidado cultural. El cuidado material es, obviamente, todo lo que implica su supervivencia, su alimentación, su vestuario, en términos materiales. El cuidado emocional es todo lo que implica su estabilidad emocional; todos esos aspectos no materiales que se le ofrecen para que emocionalmente esté en equilibrio, sea seguro de sí mismo, tenga la capacidad de enfrentarse a la sociedad. Tenga una diferenciación entre lo bueno y lo malo, los valores, por ejemplo. Y culturalmente lo referente a la educación, al aprendizaje, al desarrollar un tipo de conciencia, cuál es el rol en la sociedad, cuál es el rol en la familia, cuál es el rol consigo mismo.
Los testimonios muestran que cuidar es tanto una responsabilidad como una gratificación (Aguirre, 2007). “El cuidado implica eso, una responsabilidad y si uno es responsable sobre algo o sobre alguien” (Dorotea, PS1). Pero es también una preocupación que trae aparejados sacrificios:
El cuidado también implica unos sacrificios. Implica sacrificar tiempo; implica sacrificar actividades que hacía antes y ya no hago, […] que ella tiene unos gustos particulares, puede comer unas cosas y otras no, y eso implica que yo también tengo que cambiar mis hábitos alimenticios. (Ester, PS4)
E, incluso, como se percibe en las posiciones sociales más bajas, se cuida para cambiar el futuro de los hijos/as y con una idea de reciprocidad futura. Algo así como cuidar hoy para recibir en la vejez, como claramente lo expresa una abuela cuidadora de dos adolescentes:
La idea es que los hijos de uno crezcan bien, así uno esté en tierra viviendo, pero qué importa, así ellos van buscando algo mejor; de aquí a mañana porque ellos viven bien. Hasta de pronto uno enfermo por ahí tirado en una cama y ahí pues ellos al menos le dan la mano a uno. Así sea un vasito de agua que le alcancen a uno, pero si usted le pega así a los niños con el tiempo usted va llegar a su vejez y ellos se van volviendo jóvenes. (Dorotea, PS1)
Ahora bien, estas formas de entender el cuidado tienen particularidades según la edad y sexo de quien requiere atención, y se expresan como diferencias asociadas a percepciones sobre vulnerabilidad o desventaja. Predominan en las/los más pequeños los riesgos físicos y de salud que implican mayor énfasis en la dimensión material, mientras en las/los mayores predominan las dimensiones emocional y ética para lidiar con la emocionalidad, las demandas de autonomía y la ruptura de la comunicación con padres y madres.
Yo diría que es más fácil cuidar un niño, que uno lo coge de la mano y […] uno todavía lo puede coger de la mano y decirle camine vamos acá o estese acá, pero ya un adolescente veo que tiene más, o sea, ya como más esa libertad; ya le queda a uno más difícil decirle […], me parece que es como un poquito más complicado el uno hacer que le obedezcan. (Marla, PS2)
Coinciden la mayoría de las y los entrevistadas/os en señalar que es diferente cuidar a un niño que a una niña y a un adolescente hombre que a una adolescente mujer, en tanto los peligros y necesidades varían, y se agudizan los riesgos en razón a los contextos y posiciones sociales.
Es muy diferente las dos opciones de criar hombres y criar mujeres. […] las niñas son más tranquilas, aprenden más rápido, se adaptan más fácil, el desarrollo de la primera infancia de ellas, por decirlo así, es súper rápido y es más virtuoso. Los niños son más demorados en aprender, son más complejos los procesos, son a tiempos muy diferentes. (Jessy, PS4)
A pesar de las “virtudes” de la crianza de niñas, existen riesgos y vulnerabilidades mayores. En su cuidado se despliegan en paralelo la provisión y atención a la alimentación, el cuidado de la salud y la prevención de riesgos de accidentalidad en casa, con la vigilancia y protección frente a la exposición a contextos de peligro relacionados con el abuso sexual, por ejemplo:
Tú no puedes dejar un niño un momento porque ahora resulta que hasta el papá viola a los hijos; entonces ahora no se le puede dejar los hijos a nadie. Yo no los suelto, yo soy mamá gallina, mis hijos están conmigo. (Yuliana, PS2)
En las y los adolescentes el repertorio es distinto. A las tensiones que resultan del tránsito hacia un período de afirmación y de deseos de emancipación, que con frecuencia chocan con las responsabilidades con el estudio y las asignadas en el hogar, se suman los riesgos sociales y de seguridad del contexto escolar y barrial, los temores a las diferentes formas de violencia urbana, la violencia sexual, el consumo de sicoactivos o la cooptación para las redes de tráfico, son una realidad extendida, sobre todo en las localidades más pobres de la ciudad. Incluso se asume como riesgo la sexualidad; el inicio de la sexualidad que puede devenir en embarazos a temprana edad o las sexualidades no heteronormativas, tal como lo revelan los siguientes testimonios:
El compañero que es gay, la amiga que es lesbiana, el niño que fuma marihuana tiene un compañerito que supuestamente es bisexual […]. Yo a veces no sé ni cómo manejarlos […]. A veces uno no sabe cómo tomar esto, pues uno de papá no quiere que el hijo le salga marica ni la hija lesbiana. (Piedad, PS2)
Yo tengo un temor inmenso [...], que me preocupaba terriblemente. Además es por mi formación, porque yo soy open mind, pero que por ejemplo mi hijo fuera homosexual, por cuenta de su mala relación con la mamá. Digamos que su orientación sexual […] no fuera la natural, digamos en lo que yo considero que es natural. (Alberto, PS4)
Todos y todas definen el predominio que ha de tener el cuidado en el que se conjugan la protección, la vigilancia, la educación (la educación formal y la educación “en valores”), la orientación-corrección, el acompañamiento y el apoyo emocional. No obstante, aparecen algunas voces distintas que señalan que se cuida igual en las distintas etapas porque, sin importar la edad o el sexo, existen riesgos, necesidades de protección y requerimientos de acompañamiento: “Yo he cuidado igual a mis hijos como a mis hijas. Yo los cuidé, hasta que ya se hicieron hombres y se fueron de la casa a estudiar afuera. El asunto no es de grado, sino de énfasis” (Mariana, PS3).
En general, subyace en la noción de cuidar a NNA la intención principal del bienestar en sus distintas dimensiones. Más allá de garantizar la supervivencia, predominan en los discursos la educación como eje ordenador, el cuidado de los cuerpos y una dimensión moral expresada en la responsabilidad de hacer de los menores “personas de bien”. Pero existen diferencias dependiendo del momento de la vida de quienes son sujetos de cuidado y, principalmente, de las condiciones del contexto de los hogares y de la posición social de quienes cuidan, las cuales definen las posibilidades de cuidar, las condiciones del cuidado y explican el énfasis en cómo se entiende el cuidado desde la experiencia.
Por otra parte, el análisis de las distintas formas de cuidado de la infancia revela no solo la forma como se organiza el cuidado en la sociedad, sino también “los fundamentos ideológicos y los sistemas de legitimación de una determinada división social y sexual del trabajo” (Batthyány, 2007, p. 138) que asignan tradicionalmente a las mujeres la responsabilidad principal. En el “deber ser”, si bien el cuidado “es de todos” (la familia, el Estado y la sociedad en su conjunto), predomina una idea de buen cuidado asociada al papel de la familia y a la responsabilidad compartida entre madres y padres y otros miembros si corresponde. Una noción basada en criterios informales pero influida por las idealizaciones sobre maternidad y paternidad y definida “en términos de cuánto se acerca a [la visión romantizada de] la atmósfera del amor familiar” (Esquivel et al., 2012, p. 34), a partir de la cual se juzga el cuidado como “bueno” o “malo”, “mejor” o “peor”, y se establecen jerarquías entre el cuidado basado en el amor y el que resulta de un intercambio monetario.
No obstante, en el ideal democrático del cuidado compartido, predominan los discursos que naturalizan el cuidado como asunto femenino asociado a virtudes y habilidades de las mujeres. Se resaltan la devoción, el amor y la bondad. Las mujeres son vistas como dotadas para pensar y hacer lo requerido del cuidado (el “don” del cuidado) por educación, formación y/o “naturaleza”. Lo propio femenino son la maternidad y el cuidado. “Pues yo diría que la mamá, pues, porque nosotras nomás tenemos que siempre estar ahí con ellos, en el cuidado de ellos” (Dilma, PS1).
Pues uno, uno es el que los tuvo ahí en su barriguita y todo, uno como que es más considerado que ellos, pues los papás, sí, hay papás muy amorosos, pero, pues, no todos los papás son así o no todas las mamás tampoco, hay mamás que son terribles. (Fernanda, PS2)
Las mujeres, madres, se reconocen más idóneas para el cuidado que los hombres. “Yo pienso que es una responsabilidad muy mía, de la madre […] teniendo el apoyo del papá, pero muchas veces las mujeres solas son las que sacan sus hijos adelante” (Maité, PS3). Se enfatiza en las madres en todas las circunstancias (casadas o solteras, jefas de hogar o dependientes, trabajadoras o amas de casa) y de todas las posiciones sociales:
Pues yo realmente digo que es… la mamá… la mamá y en eso sí, critico lo que ha cambiado el sistema económico, que ha obligado a que la mujer tenga que salir a trabajar y, pues, dado que los horarios no son a veces los que uno quisiera tener para sus hijos. (Rita, PS4).
Y, pues, que uno de mujer, gracias a Dios, que uno, perdone que lo diga, pero somos multifacéticas, somos […] yo digo que, gracias a Dios, nos dio ese don mi Dios de tener hijos, de ser mujeres emprendedoras que uno prácticamente no depende de nadie, sino de uno mismo y de Dios, que es el que lo ayuda a uno. (Leyda, PS2)
Los hombres entrevistados se consideran a sí mismos mejores cuidadores, aunque sus discursos revelan un orden que sigue los estereotipos, porque en todo caso lo ideal sería el cuidado materno, aunque estén a cargo, obligados por las circunstancias. Así lo expresa este padre de dos hijos pequeños, separado:
Uy, duro, duro, duro, manejar dos papeles y sobre todo el principal, porque, pues, ¿a quién le dan confianza? Pues a la mamá, ¿y quién, entre comillas, regaña y castiga? El papá. Entonces, ¿qué le toca a uno? Dé con esta mano y apriete con esta, en el total sentido de la palabra. (Joseph, PS1)
Sin embargo, en general los hombres no contradicen, rechazan, resisten o reflexionan sobre esta división sexual del trabajo que naturaliza el cuidado como femenino, sobre todo en la dimensión emocional. Contrario a este discurso de madres y padres, los y las adolescentes que son tanto sujetos de cuidado como cuidadores, si bien consideran que las madres son idóneas por su delicadez, capacidades de comunicación y conexión directa con la lactancia y la crianza, relativizan esa mirada tradicional y naturalizada, y reconocen que: “debe cuidar quien tenga la posibilidad, el tiempo y algo de talento para lograrlo”, y con realismo añaden que “deben cuidar quienes se sientan más capaces”, “cada persona tiene responsabilidad de cuidado y autorresponsabilidad para cuidarse”, “a cuidar se aprende en lo cotidiano; los papás guían y nosotros aprendemos”, “el cuidado y la protección no depende del género, depende de las circunstancias que se presentan” (grupo focal con adolescentes de colegio privado de estratos 2 y 3).
Los relatos muestran que existen nociones compartidas sobre el deber ser del cuidado, y pese a las diferentes percepciones entre hombres y mujeres de distintas generaciones, pero hay experiencias y posibilidades desiguales de alcanzar las expectativas en función de la posición social y las reglas de género. Sin embargo, como se verá en la siguiente sección, tal condicionamiento encuentra resistencias en las prácticas que los hogares realizan para superar las restricciones de los recursos y los imperativos sociales de género.
Estrategias de cuidado de NNA en los hogares bogotanos
En esta sección estudiamos las prácticas entre las que se entretejen las dimensiones material, emocional y ética del cuidado a través de estrategias o caminos, “prácticas sociales en las que el componente de intencionalidad cobra especial importancia”, como las define Constanza Tobío (2005, p. 133). Las preguntas orientadoras fueron: ¿cuáles son las estrategias del cuidado en los hogares de diferente posición social? ¿Cuáles sus exigencias y recursos? ¿Qué valores y expectativas sobre el cuidado se entretejen en la responsabilidad, obligatoriedad e ideal de cuidado a partir de la vivencia de cuidadoras y cuidadores?
Concebimos la categoría “estrategias” a partir de Pierre Bourdieu como “líneas de acción objetivamente orientadas, que los agentes sociales construyen sin cesar en la práctica y que se definen en el encuentro entre el habitus y una coyuntura particular” (Bourdieu y Wacquant, 1995, p. 89). ¿Por qué ese encuentro? Porque constituye una acción plena de “posiciones estructuradas y estructurantes” que han sido constituidas a través de prácticas de interacción social y orientadas a resolver funciones adscritas al nicho cultural de referencia interiorizado por cada persona.
Las estrategias tienen una doble entrada. Una la estructura que condiciona su presencia y existencia, y otra que corresponde a un sujeto actuante que puede superar estas estructuras y rebasarlas para recrear en ellas su autonomía. Las estrategias asociadas a resolver las contradicciones comprenden las predisposiciones a actuar en la herencia socioestructural y las constricciones. Constricción no implica determinismo, porque los agentes tienen capacidad de elegir y de construir estrategias distintas.
Los agentes son el producto de la historia […] pero también cuentan con capacidad de reflexión que nos enseña a valorar el poder del mismo habitus sobre nosotros, lo que nos permite luchar por modificar nuestra percepción de la situación y, con ello, nuestra reacción. (Bourdieu y Wacquant, 1995, p. 94)
Las estrategias se inscriben en el capital social que las personas han adquirido en el transcurso de sus vidas, o sea, “la suma de los recursos, actuales o potenciales, correspondientes a un individuo o grupo, en virtud de que estos posean una red duradera de relaciones, conocimientos y reconocimientos mutuos, más o menos institucionalizados” (Bourdieu y Wacquant, 1995, p. 82). Existen varias estrategias dominantes en los relatos de este estudio. Una primera es consecuencia de la naturalización del cuidado como acción exclusivamente femenina, no solo por la legitimación de la actividad realizada por las madres como correspondiente a un habitus cultural ancestral, sino que, aun asumiéndola los padres, se tornan invisibles y no se les otorga el debido reconocimiento social, laboral y emocional.
Las actividades relacionadas con la mejor educación de hijos e hijas fue otra estrategia dominante, y todas las personas entrevistadas hicieron referencia a la alta inversión de tiempo y recursos para garantizar la continuidad y permanencia de sus hijos/as en la educación formal como mecanismo de ascenso social que les permitirá la autosuficiencia y la posibilidad futura de contar con los recursos necesarios para su bienestar y para mantener un capital social en la adultez. Para madres y padres cuidadores de las posiciones sociales 1 y 2 la educación se convierte en el mecanismo para romper las historias de precariedad, esfuerzo y frustración, mientras que para las de las posiciones sociales 3 y 4, la educación es un motor para que hijos e hijas logren reproducir sus condiciones de existencia. Una tercera estrategia corresponde a la búsqueda de oportunidades de desarrollo complementarias a la educación escolar y las acciones para el disfrute del tiempo libre, como las actividades deportivas, artísticas o culturales. En estas dos últimas estrategias se da una contradicción con la estructura que condiciona los recursos sociales y culturales para alcanzarla y frustra las expectativas, en los términos propuestos por Bourdieu.
Tanto los recursos como los tiempos de la jornada laboral, el ambiente barrial y el capital social heredado intergeneracionalmente muestran las limitaciones que tienen quienes provienen de un nivel de vida más precario. Pero estas restricciones no influyen mecánicamente en la estrategia, y algunos o algunas/os cuidadoras/es logran esta expectativa de forma que la constricción no implica el determinismo, porque los agentes tienen capacidad de elegir así sus recursos sean menores y de construir estrategias distintas. En este sentido, agrupamos las estrategias de cuidado encontradas en los hogares estudiados a partir de diferentes claves ordenadoras: estrategias de cuidado a partir de la división sexual del trabajo, estrategias basadas en la reconformación de los hogares para el cuidado y estrategias de cuidado según los fines del cuidado o por expectativas de desarrollo para los hijos/as.
Estrategias basadas en la división sexual e intergeneracional del trabajo
Incluye las modalidades de cuidado de tiempo completo, cuidado y proveeduría centrada en las madres, de trabajo compartido entre madres y padres y de cuidado intergeneracional.
Cuidar de tiempo completo
En esta condición están las madres de la PS1 y PS3, quienes carecen de recursos propios para cuidar y de autonomía económica. Aunque generan un mínimo de ingresos, estos son insuficientes para el sostenimiento y bienestar de sus hijos o hijas. Su cotidianidad gira casi de forma exclusiva alrededor del cuidado, y justifican la falta de participación de los padres o parejas en el cuidado, debido a su rol central como proveedores económicos. Las cuidadoras de la PS1 desarrollan una labor más ardua que quienes pertenecen a otras posiciones; múltiples labores simultáneas en las que se combinan el trabajo doméstico (“lavar la ropa”, “arreglar el desorden”, “planchar”, “arreglar uniformes”, “hacer desayunos, almuerzos y comidas”), el cuidado directo y la gestión, a las que se añade la búsqueda de recursos económicos para el hogar. No solo se cuida a los hijos e hijas, se atiende también a los maridos con la preparación de alimentos para que lleven a sus empleos y así disminuir los gastos con la comida. Estas cuidadoras tratan de evitar las tensiones familiares y el conflicto con sus cónyuges porque consideran que sus trabajos son intensos y eso merece la mayor consideración. En estos casos se verifica la relación entre la precariedad económica, que impone estrategias y la mayor carga de trabajo doméstico (Esquivel et al., 2012).
Para ejemplificar, las rutinas de Gabriela (PS1) son intensas, con horarios extendidos y llenas de actividades superpuestas. Su esposo es celador y ella está a cargo de tres hijos y un niño de la vecindad. Su hogar está en Ciudad Bolívar, una localidad muy extensa en territorio, con problemas de trasporte urbano y condiciones precarias de seguridad e infraestructura urbana. Así relata ella su día:
Vienen a golpearme para entregarme al niño a las cinco y media. Yo me levanto, lo recibo, le preparo el desayuno y lo llevo al colegio porque él entra a las siete, de ahí en adelante yo no puedo dormir más. Yo lavo a mano, a mí no me gusta la lavadora, a mí se me hace que deja la ropa sucia. Vengo y preparo el desayuno para mi familia, mi hogar, mi esposo y mis tres hijos. Ya el niño que estudia en la tarde se levanta por ahí a las siete y media, y los otros los levanto a las ocho y media. El muchacho ahorita se levanta a las cinco y media, se arregla, desayuna y se va y llega a las siete de la noche, porque él está trabajando de ayudante mientras entra al SENA. Hago el almuerzo, mientras yo cocino le ayudo con las tareas al niño pequeño, luego lo hago bañar, lo visto, le doy el almuercito y lo llevo al colegio. Ya el resto del tiempo me queda para arreglar la casa, el desorden y el reguero.
De manera similar, extensas jornadas dedicadas al trabajo doméstico y de cuidado son referidas por cuidadoras de tiempo completo de la PS3, quienes, a pesar de tener una posición más favorable que les permite eventualmente contratar empleadas domésticas por tiempo parcial o, incluso, de tiempo completo, comparten con las de la PS1 su falta de autonomía económica.
Yo arranco el día a las cinco de la mañana, las niñas se duchan y arreglan su habitación. Mientras tanto yo estoy haciéndoles desayuno. Yo me tomo un café con las tres grandes —hijas—, en ese momento oramos un poquitico, o yo guío una oración y las bendigo, pedimos si alguna tiene un examen o si alguna tiene una petición. A las seis de la mañana, normalmente, y mientras despierto a Tomás, a las siete, ese es mi espacio, ese es mi tiempito, el que yo saco para mi espiritualidad. A las siete arranco con Tomás el mismo proceso; de bañarlo, desayuno y a las ocho estamos bajando a la ruta. Me acuesto como a las once de la noche, después de que he servido comida y he terminado de hacer tareas. Después de que yo termino mi trabajo o la lectura, ese es mi hobby, comemos todos, es el momento también de estar en familia. (Angélica, PS3)
En estas cuidadoras persiste la creencia de que solo la madre puede cumplir a cabalidad las tareas de cuidado, así contraten personal para trabajos domésticos. Ellas hacen las tareas que facilitan la interacción cara a cara con sus hijas e hijos, lo que a su juicio favorece el diálogo y crea una armonía familiar necesaria para el desarrollo. La gestión del cuidado se centra en la gestión de servicios de salud y la asistencia e interacción con el medio escolar. Sin embargo, la forma como se significa el cuidado es distinta según la posición social. Para las madres de PS1 es naturalmente femenino, como lo señala la tradición, y para las de PS3 la maternidad y la dedicación de tiempo completo a los hijos/as se justifica bajo el argumento de la responsabilidad y el valor social y humano que permite la perpetuación de la vida. No obstante, no son pocas las voces que resienten que la sociedad no aprecie su labor de cuidado en la producción de bienestar.
El cuidado es, para estas madres cuidadoras de tiempo completo, una responsabilidad, una obligación indelegable que se asocia con valores como la responsabilidad, el compromiso familiar o la solidaridad con sus parejas, expresiones de una ética femenina cuyos sacrificios se sustentan en la argumentación moral de una maternidad abnegada que antepone los intereses de sus hijos e hijas sobre los propios, lo cual, corresponde a la maternidad intensiva, tan estudiada por Hays (1998) y Barreto y Puyana (1996). Esto no quiere decir que no sientan el peso de la carga y su demanda física y emocional. Dayana, madre de tres hijos que habita en un barrio popular, manifiesta con esta frase su concepción sobre una maternidad intensiva: “A veces quisiera tirar la toalla. Pero no, hay que seguir adelante por mis hijos”, y Juana, madre de tres hijas habitantes en el centro de la ciudad: “Yo quisiera trabajar por fuera del hogar, pero no puedo por ellas. No les puedo dar alas, no las puedo soltar”. Tampoco significa la ausencia de una capacidad de autorreflexión y de protesta contra el habitus cultural que naturaliza el cuidado, como lo manifiesta María, quien guarda para sí su paseo matutino en bicicleta, aunque pasa el resto del día ocupándose de la parálisis cerebral de sus dos hijos, mientras su segundo esposo trabaja largas jornadas para garantizar los gastos del hogar.
La gente dice “Ay, tú no trabajas”, entonces yo, molesta, les digo: “te reto a que hagas un día de mi vida, y eso sí, la condición es esta; no puedes dejar de sonreír”, porque yo siempre estoy con una sonrisa y yo no ando amargada, ni nada. Y desde que salgo en la cicla a las cinco de la mañana a la Calera, no paro. (María, PS3)
En el fondo de estas estrategias están las limitaciones de la estructura que margina a las cuidadoras-madres de opciones laborales, de ingresos económicos o de apoyos para su labor de cuidado. Según los relatos, estas mujeres se sienten poco reconocidas como actoras del bienestar de la sociedad y de sus familias. “Desafortunadamente eso es un problema en que las mamás nos encontramos cuando nos hemos dedicado a criar niños. Nos encontramos con puertas cerradas en el sistema laboral” (Angélica, PS3).
La estrategia del cuidado de tiempo completo ha sido asumida por un grupo de cuidadoras principales que viven la dura experiencia de atender niños o niñas en situación de discapacidad permanente, quienes han dejado sus trabajos, sus carreras profesionales exitosas y se han consagrado por completo a resolver las necesidades de sus hijos e hijas. Los problemas crónicos de salud, de discapacidad permanente o de enfermedad progresiva llevan a estas madres cuidadoras a intensificar su acción, a especializarse en el cuidado fortaleciendo terapias físicas u ocupacionales, administrando medicamentos de riesgo, supervisando la alimentación y gestionando con dificultad ante el sistema de salud. “Paso todo el día con ellos, yo hago los feedback a las terapeutas, nosotros tenemos reuniones mensuales con los profesionales, si se hace el objetivo o no, porque yo estoy pendiente de todo”, dice María (PS3), quien ha adquirido una sólida formación en el tema a través del internet, diplomados y estudios cortos, lo que le ha permitido alcanzar con sus hijos con discapacidad metas de desarrollo superiores a las proyectadas por los médicos.
Frente a las limitaciones y exclusiones del sistema de salud, los altísimos costos de la atención privada para estos niños y niñas contribuyen a profundizar la ya frágil condición de estas cuidadoras porque las pone en situaciones de extrema exigencia física y emocional, y demanda de sus parejas máximo compromiso económico, comprometiendo seriamente la estabilidad y el bienestar de los hogares. Algunas de estas madres-cuidadoras han experimentado el abandono de sus parejas apenas conocieron el diagnóstico, y ello las ha llevado a situaciones límite.
Trabajar, proveer y cuidar
Un escenario distinto es el de quienes trabajan y a la vez cuidan. Se destacan tres subgrupos: tres mujeres que laboran en sus casas y barrio, y representan condiciones muy comunes entre la fuerza laboral femenina de la ciudad, las cuidadoras principales que laboran fuera del barrio y a la vez cuidan, y, finalmente, los padres cuidadores y proveedores de tiempo completo. Refiriéndose a sus estrategias del cuidado, una madre comunitaria, del primer subgrupo, quien realiza el cuidado directo de tres hijos, al mismo tiempo que atiende doce niños/as en su hogar (hogar comunitario), anota:
Me levanto a las cinco y a las siete y media estoy lista a recibir los niños, y me acuesto a las nueve de la noche. Aunque claro, hay veces llega él [el esposo] a la una, dos, tres de la mañana, toca levantarme, calentarle comidita, porque [...] también con hambre y cansado.
Sandra combina el cuidado de sus dos hijos con la administración de una “tienda”, cerca de su hogar. Labora en su negocio el día completo y parte de la noche, iniciando su jornada desde las cuatro y media de la mañana, en tanto prepara desayunos, recibe otros dos niños a quienes cuida mientras atiende a sus clientes y supervisa las tareas escolares de sus hijos. A las diez de la noche cierra y continúa haciendo los oficios domésticos en el hogar. Además, con los vecinos vigila el contexto barrial, para que niños y niñas puedan jugar en las calles y así evitar los peligros que sienten que les acechan.
El tercer caso es el de Nadia, madre de cuatro hijos, dos de ellos de otra unión durante su adolescencia y dos pequeños de la actual relación. Trabaja en su hogar haciendo consultas en línea contratada por el Distrito. Inicia su rutina a las tres y media de la madrugada, para preparar el almuerzo de sus hijas y el desayuno, despertarlas y enviarlas al colegio en el autobús, y luego se lleva al hijo de cuatro años al jardín infantil. Obtiene muy poca ayuda, porque considera que las labores del hogar son su responsabilidad, pues sus hijas estudian y además el esposo tiene un horario de trabajo poco flexible. En estos tres casos se muestra cómo el trabajar en el barrio o vivienda, casi nunca fuera del hogar, y las actividades del cuidado, limitan el tiempo disponible para ellas mismas. Para este grupo es indispensable el apoyo de las redes parentales y el de sus hijos e hijas adolescentes para conciliar los tiempos y exigencias del hogar y del cuidado con los horarios del trabajo.
El segundo subgrupo, la PS2, lo constituyen madres y una abuela que trabajan lejos de los lugares donde residen y de los centros educativos de sus hijos, lo que les obliga a construir otras estrategias para el cuidado, como el apoyo de las redes parentales, de vecinos y amigos e, incluso, la reconfiguración del hogar, como se verá más adelante.
Me levanto a las cuatro, llevo la niña a donde me la cuidan a las cuatro y media, me vengo a trabajar, salgo a las tres de la tarde. Voy y espero a la niña que sale hasta las cinco y media, la recojo y llego a la casa, hago comida, le ayudo con las tareas y a alistar lo del otro día. Los sábados, también lo mismo, la recojo, a las cuatro y media. Si, pobrecita mi chinita. La niña también se acuesta a las nueve y media, porque hasta que yo no me acueste ella no se acuesta. (Consuelo, PS2)
En varios de los casos los padres están ausentes y ni siquiera cumplen con sus responsabilidades por el sustento material, obligando a las cuidadoras a generar los recursos necesarios para el sostenimiento del hogar, lo que se traduce en largas jornadas laborales además de las responsabilidades de cuidado. Ejemplo de esto es Lesly (PS2), obrera, madre soltera, quien hace turnos hasta de doce horas para tener mayores ingresos que le permitan garantizar el cuidado de sus hijas y su madre. Duerme apenas entre tres y cuatro horas diarias, permanece cinco horas en promedio en el trasporte público y es la encargada de la proveeduría de su hogar. Solo ve a sus hijas los domingos. “Yo por lo menos soy la cabeza de mi familia, soy como el hombre de la casa y trabajo mucho para que mis tres mujeres estén bien: mi mamá y mis dos hijas; para llevar buen sustento a la casa”.
Entre estas mujeres de la PS2 coexisten sentimientos de culpa y fortaleza que se agudizan cuando son las únicas responsables tanto de la proveeduría económica como del cuidado. Evidencian un importante desgaste físico y psicológico que se expresa en signos de envejecimiento prematuro, agotamiento y problemas de sueño, no registrados en la morbilidad y poco estudiados por el sistema de salud. Estas mujeres son buenas malabaristas, pero se les caen objetos (Faur, 2014; Martínez Franzoni y Camacho, 2007). En contraste, las madres trabajadoras y cuidadoras de la PS4, dado su capital cultural y el haber tenido menores limitaciones estructurales para cumplir con el cuidado y el trabajo fuera del hogar, son mejores “equilibristas”. En estos hogares, la mayoría contrata servicio doméstico y concentra su escaso tiempo en el cuidado directo.
Durante el colegio es cuando más rutinarios somos. Yo me levanto a las cinco de la mañana, nos arreglarnos, a desayunar juntas, llevarlas al paradero y luego regreso. Ella es súper disciplinada, mucho más que todos nosotros, cuando regresa, almuerza nuevamente y hace sus tareas. Llego yo, y compartimos ese pedazo de la tarde, ya sea ayudándola a terminar sus labores o compartiendo juntas el espacio. Nos encanta leer, oímos música. A las nueve, ¡estoy fundida! Ni pa’ mi marido, ni pa’ nadie. Mi sueño y punto. (Margie PS4)
Si bien en esta posición las culpas se narran menos, todas las mujeres relataron dificultades para conciliar el cuidado, la proveeduría económica y el desarrollo personal-profesional (ascender laboralmente o capacitarse), sobre todo aquellas responsables principales o significativas del sostenimiento económico.
Finalmente, esta estrategia comprende un subgrupo de hombres que se dedican intensivamente al cuidado de NNA. Ellos han asumido estas tareas luego de abruptas y conflictivas separaciones. Álvaro (PS1), Leonidas, Fabio y Alejandro (PS4) conforman hogares monoparentales, no reciben colaboración de las madres de sus hijos/as para el cuidado directo y solo en un caso la madre aporta una cuota alimentaria para la proveeduría, a raíz de un acuerdo legal. Estos padres organizan su vida alrededor del cuidado de sus hijos. Sus jornadas son tan extensas como las ya relatadas en madres solas. Las actividades de cuidado las inician muy temprano y se centran en tareas como preparar los alimentos, apoyar las labores escolares, gestionar el cuidado de salud y atender las relaciones escolares y lúdicas extraescolares. En la posición social 1 la labor doméstica es repartida entre ellos y sus hijos/as, en posiciones sociales mayores, 3 y 4, se contrata apoyo doméstico, muy parcial.
Esta actividad de cuidado implica arreglos especiales tanto en ubicación de vivienda-trabajo como en horarios laborales y pactos con las redes familiares cercanas. Alfredo, por ejemplo, es médico y decidió colocar su consultorio muy cerca de su casa. “Tengo empleada una vez a la semana, para que planche y haga el aseo del apartamento; el resto del oficio lo hago yo”. Leonardo, un ejecutivo de las comunicaciones con trabajo independiente, atiende a sus dos hijos, “un día normal con ellos empieza antes de las cinco de la mañana, donde ellos se levantan y se alistan. Yo mismo les cocino ese día”. Alberto busca trabajo de celador por las noches para asumir sin falta sus labores domésticas y de cuidado en el día.
En estos cuatro casos, las madres están ausentes del cuidado y del apoyo emocional y económico de sus hijos/as por historias de conflicto previo o de no deseo de asumir la crianza.
Creo que la mamá no contó con él para irse, para tomar la decisión, solo le informó y para él fue una desgracia total, un abandono. A mí me tocó frentear (sic) la situación con mucho amor; decirle que lo amaba todos los días, cada cinco minutos, y que no se preocupara por la soledad. (Fabio PS4)
La experiencia de padres cuidadores principales tiene para ellos gran impacto respecto de la forma como fueron socializados, lo que pone en tensión la tradicional división sexual del trabajo. Como lo señala Pineda (2001), significa un cambio en la masculinidad, con frecuencia una crisis situacional que poco a poco se asume, reconfigurando roles sociales y formas de ser y hacer familia. De hecho, según la ENDS-2015, este tipo de hogar de padres a cargo de hijos e hijas se presenta en el 6.9 % de los hogares bogotanos (Profamilia, 2015).
El cuidado compartido entre padres y madres
Si bien una estrategia dominante es el papel del padre como proveedor y poco colaborador en el cuidado, se encontraron casos de hogares en los que existe un acuerdo con la pareja en las responsabilidades por el cuidado. Un caso es el de Any y Orlando (PS4), quienes conjuntamente crían al hijo de ella; otro es el de Alicia y Marco (PS4), quienes dividen los oficios domésticos y el cuidado de sus hijas.
Me levanto todos los días a las cuatro y media de la mañana, les preparó el desayuno, organizo mi almuerzo, a las dos siempre les hago lonchera. Me subo, tiendo la cama, me ducho. Mientras yo me ducho él es el encargado de los uniformes de Valentina y de mi uniforme. […] Cada uno de nosotros tiene una tarea. Él se encarga de los baños, yo me encargo de la cocina; ellas se encargan cada una de las habitaciones, y pues yo, de la mía. (Alicia PS4)
En estas situaciones, los padres están presentes y comprometidos con el cuidado. Han adquirido un capital social alto y han roto con los estereotipos propios de la masculinidad hegemónica, lo que en no pocas ocasiones les ha generado presiones de sus pares y familiares que los ven “sometidos”, desviados de lo socialmente esperado, situación que ha sido señalada en otras investigaciones (Pineda, 2008; Puyana y Mosquera, 2003). Otros dos casos de hombres en la PS2 son de resaltar. El primero es el de Juan, quien vive una situación de crisis debido al cáncer de su hija. Con su pareja comparte el cuidado y ha acordado su distribución: él asume la mayoría de las funciones de proveeduría y las labores domésticas, mientras su esposa atiende las necesidades de la niña. El otro caso es el del exmarido de Lucrecia, que no cohabita con ella pero comparte el cuidado. Ambos acordaron que sea él quien se ocupe del niño en las mañanas y lo lleve al jardín infantil, y para facilitarlo ha decidido vivir cerca de su expareja.
Adolescentes como cuidadores
Las y los adolescentes son un recurso importante, especialmente en los hogares con padres y madres de las posiciones sociales en los que los recursos son escasos y no se puede acudir a la compra de servicios de cuidado o trabajo doméstico. Se hacen cargo de sus hermanos y hermanas pequeños en los tiempos extraescolares, realizan labores de cuidado directo y trabajo doméstico a la par de sus deberes escolares. En los grupos focales, ellos y ellas expresaron una significativa conciencia de la enorme carga laboral y económica de sus madres y padres, hecho que los hace sentir corresponsables del sostén del hogar al aportar su tiempo para el cuidado. “Es suplir esas cosas que mi mamá no puede hacer; igual mi mamá es cabeza del hogar y yo tengo que ser como el papá prácticamente […]” (Lina, 11 años).
En algunos casos, la carga del cuidado concomitante con las obligaciones escolares constituye motivo de conflicto, particularmente en los casos en que se requiere cuidar de varios hermanos/as menores y son muchas las labores domésticas, al punto de representar diariamente cinco horas o más de trabajo continuo, lo que explica las muchas expresiones de cansancio. El conflicto es el resultado de la tensión entre los deseos de emancipación de las y los adolescentes y sus obligaciones de cuidado, y en ocasiones es difícil de manejar. En las posiciones más bajas las y los adolescentes son generalmente quienes cuidan durante el día de sus hermanos y hermanas, a diferencia de los de PS3, que en general comparten el cuidado con un adulto. Realizan el cuidado desplazando las responsabilidades escolares o articulándolas.
Cuidar es percibido de diversas formas: como una carga pesada de llevar, como un obstáculo para la vivencia juvenil o como un aporte al conocimiento de la vida adulta que puede serles útil en el futuro. “Ser joven y tener la responsabilidad de cuidar es como bueno, porque esto te va a servir en el futuro y estaré más preparada” (Nora, 13 años). “Uno se siente forzado a la obligación, aunque tenga cosas por hacer, por ejemplo: voy a hacer mis tareas y no alcanzo” (Lina, 11 años).
La situación es crítica en el caso de adolescentes madres y padres, quienes además de cuidar a sus hermanos y hermanas menores de edad, cuidan a sus hijos/as pequeños. Aunque, en general, cuentan con redes de apoyo familiar, viven situaciones difíciles, tienen sentimientos encontrados y conflictivos y perciben un futuro de sueños aplazados. Así lo expresa María Fernanda, de 16 años, quien vive con su madre, su padrastro, su hija de año y medio y sus dos hermanos de 3 y 13 años: “Ahora me siento frustrada porque uno tiene que conseguir plata, que si falta esto o aquello […] pero no me arrepiento de mi hija, en ningún momento, sino que me gustaría que fueran otras circunstancias”. Y Gertrudis, de 17 años, en último año de educación secundaria, quien vive con su hijo de nueve meses, sus padres y un hermano de 12 años: “Se pierden oportunidades, usted quiere matricularse y ya no puede, no tiene uno con quien dejar al niño”.
La experiencia del cuidado marca las trayectorias vitales tanto de quienes lo prodigan como de quienes lo reciben, e influye la visión de la realidad y el futuro. Pese a ser un fenómeno relativamente común, en la literatura académica poco se sabe sobre este tema. Algunos estudios mencionan los impactos físicos, emocionales, sociales y de adaptación para niños, niñas y adolescentes cuidadores/as, pero pocos tratan sobre la cantidad de adolescentes y niños y niñas dedicados a estas actividades, de su contribución al cuidado y de los impactos diferenciales del cuidado de otros en la vida juvenil.
El concepto de niños cuidadores es reciente y puede ser definido como niños y adolescentes hasta 18 años, que prestan atenciones de manera significativa y regular, en las actividades de vida diaria, para familiares u otros que viven en la misma casa y que necesitan auxilio debido a la enfermedad crónica o prolongada, física o mental, dependencia asociada a la edad u otras condiciones. Estos niños asumen una determinada responsabilidad que, por lo menos en las sociedades occidentales, normalmente no se destina a los mismos. Este tipo de atenciones puede incluir un o más de los siguientes componentes: atenciones personales, atenciones de salud, gestión del domicilio, supervisión, conductas referentes a la salida del ambiente hospitalario y soporte emocional.
La situación de cuidar por parte de niños [y adolescentes], debido a su complejidad, apenas puede ser entendida si tenemos en cuenta los siguientes factores: escasos recursos materiales y financieros, la naturaleza y extensión de la enfermedad/deficiencia, el concepto de familia y valores familiares, las expectativas/creencias, la estructura y dinámica de relación familiar, ausencia de otra persona para asumir el papel de cuidador, afiliación étnica y cultural, la edad y su género, que inevitablemente tendrán influencia en la prestación de atenciones. Más allá de los ya referidos, otros factores aumentan la probabilidad de los niños presten atenciones, entre estos: familias desagregadas, condiciones habitacionales precarias, hermanos adolescentes y familias ensanchadas. (Marote et al., 2012, p. 1196)
Las evidencias sobre los factores implicados en la asunción del papel de cuidador/a son escasas, aunque varios estudios apuntan a la pobreza y al bajo rendimiento escolar como principales determinantes.
Redes que apoyan el cuidado
Las redes son un recurso importante de los hogares para cumplir con las demandas y expectativas del cuidado de NNA y pueden ser parentales, de amigos, vecinales, organizacionales y virtuales. En general, las redes parentales son las de mayor soporte material, económico y emocional y suelen activarse en situaciones específicas como los nacimientos de nuevos integrantes de la familia, momento en el cual las madres de las parturientas son el mayor soporte, pero no el único. “Yo vivía con mi hermana, entonces ella fue como el apoyo en todo ese tema del embarazo […] me lo cuidaba a raticos, tratábamos de que no se cruzaran las clases” (Adriana, PS2). Lo menos frecuente es la participación de los parientes del padre.
Cuando los hijos/as nacen en la adolescencia o en medio de los estudios universitarios, la participación de las familias es indispensable para atender las demandas de las niñas y los niños. Padres, madres, abuelos, abuelas, padrastros, suegras, tías y tíos están dispuestos a suplir las necesidades de un recién nacido, en especial ante la falta de licencias de maternidad. Para Erika este apoyo fue fundamental. Fue madre a los 14 años: “cuando la iba a bañar, siempre mi papá, o la mamá por parte del papá de mi hija, pues, me colaboró mucho, porque yo sentía mi hija como tan tierna, tan débil, que me daban nervios”.
En el cuidado de la infancia y adolescencia las redes parentales tienen un papel muy significativo, en todas las posiciones sociales: bien para cumplir con tareas específicas que se desarrollan durante periodos cortos, generalmente unas horas al día, o bien de manera permanente o prolongada para asumir trabajo doméstico o extradoméstico que permita atender las necesidades de los hijos/as en cuanto a provisión y gestión del tiempo libre. En algunos casos los apoyos duran varios años, como le pasó a Diana (PS2): “Me vine y trabajé en una casa de familia. […] a él si me tocó dejarlo en el Tolima, yo les mandaba a mis abuelitos para que le compraran lo necesario”. El abuelazgo es un fenómeno, pero a la vez un recurso del que las familias se valen para garantizar el bienestar de la infancia y la adolescencia (Marín-Rengifo y Palacio-Valencia, 2015).
No solo las familias son apoyo, también las y los vecinos pueden serlo, sobre todo cuando cuidadoras y cuidadores se ausentan de la vivienda por periodos ocasionales cortos o regularmente para cumplir horarios de trabajo. El cuidado que proveen se basa en garantizar la seguridad en espacios públicos o en las viviendas, facilitar sumas de dinero o celebrar fechas especiales. La compensación por esta labor, en dinero o especie, suele ser escasa y se presenta generalmente cuando el apoyo es casi cotidiano. Por supuesto, la confianza ocupa un lugar muy importante cuando se encarga a los vecinos del cuidado de los hijos/as. Aunque es un riesgo, y a pesar del temor, en muchos casos no hay opción. “No le encargo mis hijos a nadie, porque, pues, uno no sabe las otras familias cómo son, ni nada de eso. Entonces eso no me gusta” (Lucía, PS3).
A las amigas y amigos se recurre ante eventualidades como la necesidad de cuidado por unas horas o pocos días en ausencia de las/los cuidadoras/res principales, el préstamo de dinero o el apoyo emocional. La confianza en los amigos para resolver asuntos del cuidado está mediada por la empatía con aquellos que no pertenecen a la red parental, y no siempre comparten el vecindario, y con quienes se establecen relaciones de solidaridad: “[…] unos amigos que fueron mi bastón en ese momento del divorcio. Unos amigos que quiero mucho se fueron para Miami; entonces Juanita se fue para Miami y allá estaba […] matada, feliz” (Andrea, PS4).
Por su parte, las redes organizacionales para favorecer el cuidado operan bajo ciertos parámetros más o menos institucionalizados. En el caso de las entidades sin ánimo de lucro ofrecen programas que vinculan a los niños, niñas y adolescentes en actividades para el uso del tiempo libre, donde aprenden habilidades sociales, reciben materiales escolares y complementos alimenticios. En el medio escolar es factible encontrar redes formales e informales que apoyan el cuidado a través de actividades culturales, o que dan apoyo en situaciones que les afectan emocionalmente. También las organizaciones religiosas tienen la particularidad de favorecer la conexión con otras redes que ofrecen actividades de esparcimiento, pero su mayor importancia está en brindar apoyo y soporte emocional a los miembros de las familias.
Igualmente, son recursos las redes virtuales que permiten superar los límites de la distancia y altos costos económicos del pasado, y tienen variada funciones: contenidos educativos, movilización de causas colectivas, supervisión de las actividades de NNA e, incluso, la contratación de servicios para garantizar el cuidado material. Sin embargo, son problemáticas y aumentan las demandas de cuidado cuando difunden contenidos inapropiados y requieren ser vigiladas, como en el caso de NNA que utilizan redes virtuales para formar sus propias redes de contactos. Así lo relata Nidia sobre su hija de 16 años:
[…] resultó con el cuento de estar recibiendo invitaciones que nada que ver; hasta sugerencias de que se metiera a esas páginas de bulimia y anorexia. ¡No! O sea, todo lo que no debía, ella todo lo tuvo a su alcance y no… no supo manejar la situación. Ahí me tocó… de policía cibernético.
En el uso de las redes también existen diferencias según posición social. Así, en la PS1 es característico que las cuidadoras ejerzan el cuidado como su actividad principal y poco deleguen trabajo en otras personas, lo cual puede explicar la precariedad de sus redes parentales, aunque hay una mayor presencia de las redes institucionales. Una diferencia significativa es la situación encontrada en la PS2, donde hay un papel protagónico de las redes parentales, ya que la mayoría de las personas cuidadoras laboran fuera de la vivienda y confían principalmente en sus familiares para atender las necesidades del cuidado. En la PS3 la asunción del cuidado es similar a las personas cuidadoras de la PS1 en cuanto a redes familiares, las amistades se requieren principalmente por el soporte emocional y las redes organizacionales a las que recurren son para gestionar y apoyar en temas de salud o bienestar con personas en condiciones similares. Por el contrario, en las PS4 y PS2 las redes parentales son robustas debido a que también la mayoría de las cuidadoras y cuidadores trabaja fuera del hogar y, a pesar de comprar servicios de cuidado en el mercado, hay actividades de cuidado directo y gestión de cuidado que prefieren delegar solo a sus madres, padres o parientes cercanos. En las posiciones 3 y 4 el uso de redes virtuales es preponderante. En síntesis, contribuyen a reducir la carga las redes familiares o vecinales que ayudan en el cuidado directo o doméstico, las redes sociales que aportan soporte emocional principalmente, las organizacionales que ofrecen programas para el uso del tiempo libre o dotaciones específicas, como materiales escolares o complementos alimenticios e, incluso, las redes tecnológicas que facilitan la comunicación y el control.
Estrategias de cuidado basadas en la reconfiguración de los hogares
Estas estrategias están presentes en todas las posiciones sociales y consisten en organizar formas de convivencia con parientes o no parientes para apoyar las labores domésticas, el cuidado directo y/o la gestión. El tipo de conformación de estos hogares varía: en la mayoría de los casos los hogares se organizan bajo la modalidad de extensos, lo que favorece tanto la distribución de las tareas de cuidado como el ahorro en el gasto. En este caso la limitación estructural del cuidado se suple con una estrategia activa.
Lyda (PS2) invitó a convivir a su hermano para que le ayudara con el cuidado de sus hijas. Su labor central es hacerse cargo del desayuno, ya que ella debe salir muy temprano porque su trabajo se lo exige. Juana (PS1) vive con su madre y su compañero sentimental —que no es el padre de sus tres hijas—. Para cuidar se apoya en su madre y en su compañero aporta económicamente al hogar; ella contribuye a la economía familiar fabricando y vendiendo “arepas” en el centro de Bogotá. Jessica (PS4) al separarse reorganizó un hogar extenso, reunió en la misma vivienda a su madre, sus hijos, su hermana y su sobrina. En consecuencia, hizo un pacto de mujeres con su madre y hermana. Su madre cuida a sus hijos y a su sobrina mientras ella y su hermana trabajan. Las dos son cuidadoras responsables, pero no ejercen el cuidado directo. Es la abuela quien ejerce tal labor y con los recursos compartidos sostienen las necesidades de todos. Al convivir en el mismo hogar, alcanzan a pagar un arriendo de una casa grande y sienten la tranquilidad de contar con su madre como cuidadora principal. Constituyen así un hogar extenso, monoparental femenino. Esta estrategia ha sido destacada en otros estudios (Puyana, 2014).
Otra forma de recomposición del hogar lo constituyen madres de bajos recursos económicos que conforman un hogar superpuesto para compartir gastos con un esposo, resultando una estrategia de supervivencia y de adaptación a la vulnerabilidad social que el medio impone, aunque son comunes los temores a que a hijos/as enfrenten diversas formas de violencia con las nuevas parejas. Javier Pineda (2008) ha encontrado este fenómeno para Bogotá, y aunque resalta el empoderamiento femenino en contra de la violencia y el maltrato y, por tanto, las rupturas familiares, también señala la búsqueda de estabilidad económica y emocional de las madres, lo que lleva a la conformación de estas formas familiares. De todos modos, es la forma familiar menos estudiada, porque en las encuestas estos hogares no se contabilizan y la convivencia con hijos/as de varias uniones genera múltiples conflictos (Jiménez, Barragán y Sepúlveda, 2001).
Estrategias a partir de las expectativas del cuidado
Como ya resaltamos, existe otro conjunto de estrategias encaminadas a garantizar los objetivos del cuidado en materia de bienestar de NNA que incluyen el desarrollo corporal, el crecimiento intelectual y la seguridad, para los cuales cuidadoras y cuidadores buscan actividades complementarias a la educación formal y al cuidado doméstico, espacios y recursos para la prevención y el control de riesgos como la drogadicción, el embarazo temprano o la vinculación a pandillas.
La búsqueda de actividades extracurriculares
La mayoría de las personas entrevistadas desean que sus hijas e hijos desarrollen cualidades artísticas y/o deportivas como parte de su crecimiento personal y como estrategia de uso del tiempo libre. Las cuidadoras/es pertenecientes a las posiciones sociales 3 y 4 pasan el fin de semana llevando a los NNA a actividades como escuelas de futbol, baloncesto, patinaje y danza, entre otras. “Vamos a la liga de baloncesto de siete a una. Luego nos vamos relajadas al Jardín Botánico, vamos charlando. Luego llegamos a la casa a hacer oficios y cosas que hay que hacer” (Ruth, PS4). Marcela (PS1), impulsada por formar su hija en el arte y los deportes, todos los fines de semana la lleva a los conciertos públicos, talleres, busca piscinas y participa en las actividades extracurriculares del jardín infantil. Johana, por su parte, establece estrategias que incluyen llevar dos veces por semana a patinaje a sus hijas —programa gratuito de la Alcaldía— y a su hija mayor a un curso de la Cruz Roja, que le ofrecerá nuevas posibilidades, incluso profesionales.
Sin embargo, las posibilidades de alcanzar estas metas de desarrollo artístico, deportivo o lúdico varían también por posición social. Para las posiciones 1 y 2 la estrategia choca con la estructura y es más intensa la brecha entre lo deseado y la realidad, por los costos de transporte y alimentación, la falta de recursos económicos y el escaso tiempo de madres y padres para acompañar, situación que se hace más dramática cuando el sistema escolar no provee ningún tipo de actividades complementarias de formación integral o no agencia el enlace y vínculo con la oferta de la ciudad.
Lo que también es común a todas las posiciones sociales es el deseo de alcanzar recursos suficientes para lograr el ideal de vacaciones en familia. Cuidadoras y cuidadores principales manifestaron su interés de llevar a los hijos e hijas fuera de la ciudad para que aprovechen otros espacios de recreación. Así lo expresa Gladys (PS1): “Él les dedica las vacaciones a los niños; son 18 días al año. Los domingos vamos al parque, a veces vamos a Mesitas, a veces a Girardot, al zoológico de Santa Cruz, al campo, adonde estemos nosotros con nuestra familia”. Son deseos y prácticas que parecen mostrar la apropiación de un discurso moderno hacia la infancia, influido por la televisión y los medios virtuales,27 las reuniones de padres y madres en las escuelas y colegios e, incluso, por los eventos que programa el distrito capital. El contraste según los ingresos es alto, pues los padres y madres adinerados llevan sus hijos e hijas al exterior bajo la perspectiva de ampliar sus referencias acerca del mundo (Clara, PS3). Otro grupo resiente la falta de programas de uso del tiempo libre tipo para NNA de medianos ingresos.
Vigilar, controlar, prevenir y proteger
Un conjunto de acciones de cuidado, especial pero no exclusivamente dirigidas a las y los adolescentes, se centra en la necesidad de controlar tiempos y espacios de riesgo para prevenir los consumos de sustancias sicoactivas, la vinculación a grupos que transitan en la paralegalidad o los vínculos con actores delincuenciales. Si bien estos son riesgos, sobre todo en zonas pobres de la ciudad, resultan una oferta atractiva para las y los jóvenes porque se conectan con intereses de la vida juvenil, como la emancipación familiar, la pertenencia a un grupo, reconocimiento social, recursos económicos y posibilidad de consumos múltiples tanto de dispositivos tecnológicos como de ropa y medios. Estos escenarios de precarización y vulnerabilidad social intensifican los conflictos entre las y los adolescentes y sus cuidadores.
Es de anotar que, independiente de la posición social, el conflicto está asociado con las tensiones entre la necesidad de construir capacidades de autonomía y responsabilidad, aceptar límites y controles y equilibrar el deseo y la rebeldía, con la responsabilidad y los compromisos escolares, los tiempos de ocio, los oficios domésticos y el autocuidado. A esto se suma la segregación que la cultura dominante hace de los y las jóvenes, a quienes se estigmatiza como plenos de problemas y, a los más empobrecidos, responsables del deterioro y la violencia (Reguillo, 2012).
En la PS1 y en la PS2 el capital cultural para atender los conflictos es menor y parece más fuerte la presencia de los pares como referentes válidos. Entre los hogares aquí estudiados, las estrategias con los adolescentes varían sustancialmente: mientras en PS3 y PS4 el cuidado se centra en el diálogo, además de apoyar los intereses deportivos y lúdicos, en PS1 y PS2 el cuidado se centra en vigilar los desplazamientos, impedir tiempos libres o vacíos que los expulse a la calle y, con ello, a amistades peligrosas. En estos últimos, es frecuente la negación de permisos para asistir a fiestas y celebraciones, por miedo de madres y padres a los conflictos interpersonales y las respuestas violentas que, con frecuencia, ocurren en estos barrios pobres donde se concentran los mayores niveles de violencia.
No, como nosotros no vamos a fiestas, si uno va a fiestas es problema fijo. Cuántas cosas no han pasado. Más por acá, la gente, no sé, es muy poco civilizada. Porque son problemáticos, cualquier cosa se empujaron, y ya tienen su problema. (Milena, PS1)
De aquí al colegio, son como cuatro cuadras. Pero entonces yo, desde la calle veo cuando ella baja, o muchas veces se me demora. Le digo: “mire tantos casos que suceden, cuántos niños no se roban, cuántas niñas las cogen, se las llevan, las violan, las matan y listo”. (Gladys, PS1)
Al temor por la inseguridad del contexto se suma la desconfianza en las relaciones vecinales, por los riesgos de abuso sexual y la vinculación a grupos ilícitos. Las pandillas y las agresiones físicas entre jóvenes fueron de común referencia entre quienes entrevistamos. Por ejemplo, Sandra, habitante de Ciudad Bolívar, hace alusión a que su descanso es: “acompañar y proteger a su hijo adolescente, jugador de futbol el fin de semana” porque teme que, si él desarrolla esta actividad sin su compañía, sea gravemente agredido. Otro es el miedo al abuso sexual de las niñas. Un terrible evento que tensiona el cuidado y genera mayores exigencias a cuidadoras y cuidadores.
[…] hace como un mes que pasó eso. Yo me fui a trabajar cuando llegué a las dos de la tarde a la casa, llegaron las dos niñas. Mi sobrinita y mi niña menor, la de siete años. Llegó y me dijo: “mami, mami, mire lo que pasó”. Yo dije: “¿qué pasó?” “¡Ay! Es que lo que pasa es que Don Luis —así se llama el señor—, él nos invitó a que fuéramos a su apartamento, que fuéramos a tomar chocolate con sándwich. Nosotras subimos y, pues, nos dio el chocolate con eso; pero después de que nosotras nos comimos eso, Don Luis, el señor nos cogió a Nicole y nos cogió a mí y nos metió la mano entre la vagina”. (Dolly PS1)
La desconfianza hacia vecinos y parientes fractura las redes sociales y limita disponer de ellas para el cuidado, tan necesario para estas madres y padres. Es por ello que quienes cuidan sienten un contexto adverso que presiona su accionar, intensifica la carga de cuidado y la exigencia de recursos para cuidar, a lo que se suma una respuesta social e institucional débil respecto a la protección y cuidado de las y los adolescentes.
Allá abajo hay uno, le llaman el parque de los viciosos, porque realmente, dañaron el parque terriblemente, porque se ponen [los jóvenes] cuando están trabados, a patearlo y no. Y arriba hay uno al lado del CAI;28 pero tú lo ves y es plagado de muchachos metiendo alcohol. Pero pasa uno por ahí, digo ahí entra a ese parque, y sale trabado al otro lado. De hecho, hay gente que dice que la policía ahí recoge como sus cuotas, porque han dicho que hay mucha corrupción ahí entre esos policías que están ahí. (Nydia, PS2)
En contraste, en los sectores de mayores ingresos, las viviendas se encuentran rodeadas de sistemas de vigilancia que previenen violencias contra la población y facilitan las estrategias de cuidado y la recreación de NNA. En las entrevistas realizadas a niños y niñas de PS4 identificaban claramente los sitios seguros, como sus conjuntos residenciales cerrados, acompañados por padres y madres y custodiados por personal contratado para tal fin, y los sitios riesgosos como la calle o los límites exteriores de sus áreas de vivienda.
El barrio es muy bonito. Justo afuera de mi ventana hay dos parques. Dentro del conjunto tenemos otro parque y cerca está el centro comercial Hayuelos, que creo que es el más bonito de Bogotá, porque además tiene muchas cosas para niños. Yo puedo llevar a Tomás y entretenerlo; me sale además muy económico. Hayuelos se ha enfocado en hacer cosas para entretener a los niños. Ellos hacen como estaciones ecológicas en todo el centro comercial, en donde el niño juega y aprende. Me parece un lugar maravilloso; yo estoy muy contenta en el sector. Tomás estudia ahí cerquita a diez minutos del apartamento, es un sector que para mí ofrece todo. (Ada, PS4)
Entre PS3 y PS4, la infancia y la adolescencia implican para sus cuidadores/as programas de fin de semana que cambian y se vuelcan hacia compartir las actividades lúdicas. Es el caso de Fabio (PS4), quien acompaña a su hijo en el gusto por la música. Además de pasar con el chico buena parte del tiempo libre cantando y tocando instrumentos en un estudio de grabación en la casa, procura invitar a sus amigos y compartir con ellos el fin de semana. Por su parte, Susana (PS4) relata sus actividades como cuidadora de adolescentes el fin de semana: “ahorita están en los quince años, entonces son fiestas, yo las llevo y las traigo en mi carro”. Olga (PS3), madre de tres adolescentes, desde que tuvo que hospitalizar a una de sus hijas a partir de una fiesta, decidió intensificar su presencia y lleva y recoge a sus hijas de todas sus actividades y apoyada en su celular rastrea todo el tiempo el lugar donde se encuentran, en especial cuando van de fiesta en las noches. De nuevo encontramos contradicciones entre la expectativa plasmada en la estrategia, como es el desarrollo social y emocional de NNA, y las posibilidades de logro, por las condiciones sociales.
El cuidado en los hogares y su relación con el Estado, el mercado y la comunidad
Tal como planteamos en la introducción, el cuidado trasciende el orden familiar. El cuidado es un compromiso del Estado y de la sociedad en su conjunto, pero “el Estado es el garante de los derechos al cuidado y es el que garantiza que sea universal” (Batthyány, 2015, p. 11). Revisar la relación entre el Estado, el mercado y los hogares implica adentrase en las dotaciones y garantías dispuestas para el cuidado. En este texto nos concentraremos en analizar la conciliación entre el empleo y el trabajo de cuidado, para ello presentamos los hallazgos acerca de cómo quienes cuidan han vivido las políticas y medidas de conciliación legalmente estipuladas, los pactos al interior de las empresas o de la relación trabajadora-empleador, el beneficio de los subsidios y el uso de prestaciones y servicios sociales. Estos últimos son llamados por Martínez Franzoni y Camacho (2007) como “la infraestructura del cuidado”.
La conciliación entre los mundos del hogar y del trabajo
Dado que la posición socioeconómica de los grupos familiares está, entre otros aspectos, en función de la vinculación laboral de quienes proveen y son responsables del cuidado, resulta indispensable examinar cómo se combinan el trabajo familiar y el trabajo laboral, es decir, la conciliación.29 Según Meil (2007), la conciliación se define a partir de variados acuerdos de flexibilidad temporal entre los horarios de trabajo y las demandas familiares, bien sea concentrando la jornada o dejando tiempos para la familia, incluyendo la flexibilidad espacial como la posibilidad de realizar algunos trabajos en el hogar, la organización de guarderías en el espacio laboral y el aumento de permisos de maternidad o paternidad.
Respecto a la conciliación entre el trabajo y el cuidado, se espera que existan medidas propiciadas por el Estado a través de la implementación de acuerdos internacionales y de acciones para dinamizar pactos con empresas e iniciativas de la sociedad civil, a fin de lograr armonizar los tiempos del trabajo familiar y los de trabajo productivo, flexibilizando los horarios laborales. En este sentido, la OIT insta a los signatarios del Convenio C156 de 1981 sobre los trabajadores con responsabilidades familiares, a generar condiciones de igualdad entre hombres y mujeres mediante acciones efectivas para lograr la conciliación:
Con miras a crear la igualdad efectiva de oportunidades y de trato entre trabajadores y trabajadoras, cada Miembro deberá incluir entre los objetivos de su política nacional el de permitir que las personas con responsabilidades familiares que desempeñen o deseen desempeñar un empleo ejerzan su derecho a hacerlo sin ser objeto de discriminación y, en la medida de lo posible, sin conflicto entre sus responsabilidades familiares y profesionales. (OIT, 1981, Art. 3.1)
Las políticas de apoyo a la familia o políticas de conciliación30 constituyen un pilar fundamental en la política social e inciden a favor o en contra de los “techos de género para la participación laboral” (Pineda, 2011, p. 137), pues son las mujeres quienes con frecuencia deben suspender sus labores ante eventos como la maternidad o la enfermedad de hijos e hijas.
Las licencias de maternidad y paternidad
En los casos de este estudio, el uso de la licencia de maternidad31 y la Ley María32 se concentra entre quienes poseen un empleo formal y de calidad. Apenas la quinta parte de las cuidadoras/es principales de las posiciones 2 y 4 tuvo acceso a las garantías de la maternidad o a la Ley María derivadas del contrato de trabajo. Margie (PS4) indica cómo logró, además de la licencia, juntar vacaciones y así extender el tiempo de cuidado de su lactante:
En el nacimiento tuve la licencia de maternidad y pedí un mes más. Me di el lujo de pedir, y luego entré a la universidad ocho días y ya, salíamos a vacaciones colectivas. Estuve prácticamente seis meses con ella, con lactancia exclusiva y ella no recibía tampoco nada más. Fue una dedicación exclusiva espectacular, súperagradable, súperplacentera.
En contraste, la mayoría negó haber tenido estos beneficios de ley, situación frecuente entre las mujeres que laboran en trabajo doméstico, debido a la informalidad de sus contratos y la no existencia de prestaciones sociales, pese a que desde 1982 las leyes colombianas obligan a los empleadores a protegerlas. De hecho, fueron frecuentes los relatos de mujeres que fueron expulsadas cuando comunicaban su embarazo o este era visible. Diana (PS1) refiere: “me dijeron que no, pues, que no me podían tener así en el estado en el que estaba, porque ya era más complicado para ellos y que necesitaban una persona sola”. A Dolores (PS1), por el contrario, la aceptaron embarazada, pero sin licencia de maternidad: “Después de tener él bebé, como tres días no más, me fui a trabajar. Yo me pegué tanto de mi niña, yo no la quería soltar a nadie, me la cargué, porque yo no podía dejarla tan chiquitica”. En estos casos, no lograron licencia ni hora de lactancia, ni mínimas consideraciones de dignidad y cuidado materno-neonatal. Al respecto Rojas Benavides (2017) expone en su investigación sobre prácticas y significados del cuidado en trabajadoras domésticas de Duitama, Boyacá, una condición de explotación laboral inaceptable en la que por permitirles a las madres llevar al bebé al trabajo, los patrones pagaban a las madres la mitad del salario mínimo, aunque su trabajo real era de doce horas diarias, incluso sábados y domingos.
Otra situación que demuestra la precarización del trabajo y la violación del derecho a la seguridad social integral es la de vinculaciones laborales “a destajo”33 basadas en el argumento de la flexibilización de los empleos, que bien describe Nydia (PS4):
En el trabajo no me reconocen eso que llaman licencia materna. La figura que manejan es la suspensión del contrato, me paran el contrato, me dejan que pase el tiempo que yo misma elija. Mi jefe, muy querido, porque él sabe que yo tengo necesidades acá, que me toca suplir con el sueldo. El jefe consultó con el abogado de jurídica y le dijo: “mire, si ella puede suplir las labores que tiene que suplir para ganarse el sueldo desde su casa; pues déjela que trabaje desde la casa”, una especie como de teletrabajo.
Una situación diferente, también ilegal, la ilustra una madre soltera de dos hijas. Con la primera hija la despidieron e indemnizaron; con la segunda, al ingresar al empleo el examen de embarazo dio negativo en las pruebas de salud,34 pero cuando ya estaba contratada la prueba salió positiva, y la licencia de maternidad y las coberturas dependieron de la voluntad del empleador y no de la garantía y obligatoriedad que exige el Estado:
Yo tenía dos jefes, uno, que era una mujer maravillosa e integra, y me dijo: “Sonia, no se afane, las mujeres inteligentes también podemos tener hijos”. La otra era una bruja, una vieja clasista, me hizo la guerra. La prueba de embarazo me la había hecho Colsubsidio, y escribió una carta reclamando, que ¿cómo era posible que una funcionaria había entrado embarazada? Yo trabajaba como coordinadora del hogar de madres que entregaban sus bebés en adopción. A ella no le cabía en la cabeza que yo siendo madre soltera podía hacer un buen trabajo en una fundación donde las mamás iban a entregar sus hijos porque no podían con ellos. Finalmente, la bruja, a los dos años, me sacó por eso. Y en esa época, claro, yo me sentía como avergonzada, yo decía: “miércoles”, yo recién llegada a ese trabajo… embarazada, no, ¡qué horror! Entonces cuando la licencia de maternidad yo le dije: “si me necesita, yo me vengo a trabajar antes”; y ella me hizo ir a trabajar antes de terminar la licencia de maternidad. (Sonia, PS4)
En ambos casos la posibilidad de cuidar el bebé y ejercer el derecho a la maternidad en protección, seguridad y garantía fueron negados. Estos ejemplos no solo indican la falta de conciencia de las empresas ante el embarazo de las madres, y la mínima estimación del cuidado, sino también la resignación de las madres frente al atropello y, en cierta medida, la culpabilización por la gestación y la responsabilidad laboral concomitante. Asoma un temor importante a luchar por sus derechos en razón a la coerción y la pérdida del empleo recién ganado. Los casos hacen también evidente el incumplimiento del Estado en la protección de la maternidad. Otra de las madres anotaba cómo para el mundo laboral la maternidad y el cuidado constituyen una calamidad porque se afectan las metas de producción y crecimiento empresarial. “La idea es no tener hijos para que no los afecte por el tiempo de la licencia. Como uno no está generando rentabilidad para ellos en ese momento, ven al ser humano como una máquina” (María, PS4). En los casos descritos, en los que se tuvo licencia y cuando no gozaron de este derecho, tanto las redes parentales y vecinales como la compra de servicios de cuidado en el mercado fueron necesarias para atender el regreso al empleo.
Las empresas y las medidas de conciliación
En las entrevistas, unos de los problemas más señalados por las madres de PS2 y PS4 fueron las dificultades para equilibrar sus tiempos laborales con los familiares. Pero en las PS2 y PS3, a pesar de la existencia de trabajos formales y de ciertas medidas laborales y de política que apoyan la conciliación, parece no existir un cumplimiento de estas disposiciones por parte de muchas de las empresas, pues son las madres y su red parental quienes resuelven la conciliación, con costos económicos, emocionales y físicos significativos. Un caso dramático ha sido el de Yamile (PS2). Su hija padece una incapacidad crónica y Yamile se vinculó laboralmente a una empresa de celaduría, esperando que, con el sistema de salud, al cual tiene derecho por ser trabajadora, mejorara el acceso de la niña a los servicios médicos. No obstante, la esperanza de mayor acceso a salud no se ha cumplido a cabalidad y esta madre se ve obligada a realizar turnos laborales de doce horas diarias, sin derecho a permisos para atender los requerimientos de su hija (pues le descuentan el día de trabajo que no acuda) y ha tenido que contratar a una familiar para que le cuide la niña y la lleve a las terapias. En mujeres solas, sin pareja, las exigencias de horario chocan más con las necesidades de cuidado de sus hijos e hijas, y requieren extender sus jornadas de trabajo para poder comprar cuidado y sostener las necesidades básicas del hogar; una situación más intensa y demandante en madres solas con hijos/as con problemas de salud crónicos o discapacidad. “Cuando hay una cita médica me toca pasar un permiso y yo arreglo con ellos. Entonces les digo: yo me doblo, o si ya no puedo, entonces yo no vengo ese día y ellos me lo descuentan” (Yamile, PS2).
Marcela (PS1) fue trabajadora en una empresa de telecomunicaciones en telefonía móvil y refiere haber tenido enormes dificultades para el cuidado de su hija de tres años, a quien logró vincular en un jardín infantil:
Era muy duro, porque no la veía casi a ella. Me molestó mucho el día que tuve que pedir permiso para conseguir el cupo en el jardín y se me fue todo el día. Me parece injusto, porque si uno pide permiso para actividades de los hijos de uno, no tienen por qué descontarle tiempo y hacerlo pagar, porque por ley uno tiene derecho a hacer las vueltas de los hijos de uno, las matrículas, y era una causa justa.
La tendencia de los relatos en la mayoría de las trabajadoras del sector formal es la de dificultades para cumplir con el cuidado directo y la gestión del cuidado (asistencia a reuniones “de padres de familia”, acompañamiento y solicitud de citas médicas, enfermedad u hospitalización de sus hijos e hijas). Son menos comunes los testimonios en los que las empresas desarrollan un sistema de bienestar ampliado, es decir, acciones que van más allá de lo señalado por ley. Por ejemplo, subsidian un jardín infantil para los hijos/as de sus trabajadoras/es o hacen préstamos de vivienda sin intereses a sus empleados. Estas prestaciones son apreciadas por quienes las poseen, pese a aclarar que sigue siendo difícil lograr la armonización entre el trabajo remunerado y el cuidado. “A mí lo que pasa es que me apoya mucho mi mamá y mi esposo, aquí me tocaría pedir una calamidad, o sea, es difícil el tema de los permisos” (Nora, PS2). Gloria (PS4), docente de secundaria, considera que no hay equidad de género en los trabajos: “tengo memorandos por llegar tarde, pero es que yo tengo que esperar que otra persona llegue para que me reciba a Simón y Vio. Si hay actividad extra, nunca me quedo”.
Las condiciones para la conciliación son precarias, hecho que impacta a las familias, fragiliza su economía, sobreexige a las trabajadoras y termina por recargar las labores de cuidado en las mujeres del hogar, ya sean adultas, jóvenes o adolescentes, abuelas u otras parientas o no parientas. Las mujeres profesionales de la PS4, negociaron sus contratos a fin de lograr flexibilidad en los horarios. Margie, directiva universitaria, María, gerente de una empresa de alimentos y Helena, profesional del sector financiero de un banco suizo, acordaron iniciar la jornada laboral muy temprano para salir antes del horario habitual y lograr el desplazamiento casa-trabajo en menor tiempo para estar con sus hijas/os. “Si salgo a las seis ya llego a la casa a las ocho y mi hija está durmiendo. Eso ha sido negociado, digamos, gracias a los jefes que tengo y al ambiente que se da acá” (Margie, PS4). En todos los casos son acuerdos con los jefes, no obedecen a políticas empresariales explícitas, más bien ha sido una práctica que se ha instaurado tácitamente:
Lo que pasa es que el ámbito universitario permite que la cosa sea más flexible. Por ejemplo, alguna vez había alguna actividad, justo era la entrega de informes de la niña. “No, es que tú tienes que venir”. Yo dije: “¡me muero de la pena! Primero está mi hija”. Si es una actividad en el colegio: “bueno, pues me organizo, les voy a dejar unas guías a los estudiantes”. (Eliana, PS4)
Las luchas por la flexibilidad en los horarios no son un tema presente en las mujeres de PS1 y PS2 con empleos informales, en consecuencia, las arbitrariedades son múltiples y la conciliación trabajo-cuidado una quimera, como en los casos en que a las madres sus jefes les permitían llevar a los bebés al trabajo, hecho que les era cobrado con horarios interminables, salarios ínfimos e incumplimiento de las leyes laborales.
Ella [la patrona] tiene unos locales en San Andresito. Ella misma me ponía a mí el sueldo, me pagaba a diario por labor cumplida, no había un contrato laboral, es decir, bueno que me pagaran un seguro. (Nayibe, PS2)
Sobre las maquilas, unidades productivas muy comunes en el contexto de los barrios populares, rememora Luz Marina (PS2):
Tenía todo el tiempo en casa y trabajaba de siete de la mañana a las nueve de la noche, pues estaba en casa. Es muy pesado porque te toca todo a vos. O sea, la persona que te entrega el trabajo dice: “le entrego esto, usted hágase responsable, ¿cómo? No lo sé, pero se tiene que hacer responsable”. Es poco el precio para todo lo que uno de pronto tiene que hacer.
Una narración muy común en las madres de todas las posiciones sociales es la de afirmar que sus hijos/as están primero que el trabajo remunerado y, ante circunstancias adversas como enfermedades o discapacidad de un hijo o hija, son ellas quienes asumen prioritariamente la decisión y responsabilidad de cuidar, pues los padres no cuestionan su lugar ni asumen un papel protagónico. En los cinco casos de madres cuyos hijos/as han sido diagnosticados con discapacidad severa, todas dejaron sus vidas profesionales.
Los hogares y los subsidios
En Colombia existen subsidios económicos que contribuyen a apoyar las labores del cuidado de NNA divididos en dos fuentes: los que provienen de los aportes a la seguridad social y los subsidios estatales. Los primeros son impuestos a la nómina que pagan los empleadores, dirigidos a las cajas de compensación familiar que dan derecho a la subvención por hijo de trabajadoras/es de menores ingresos, y el derecho de participar de programas recreativos y culturales, programas en general muy bien valorados por las personas entrevistadas, particularmente de las posiciones sociales 2 y 3. Aunque la lejanía de los centros recreativos, y el costo diferencial de los servicios según el nivel de ingreso del trabajador desestimula su uso en los hogares con recursos limitados.
Los otros son los subsidios estatales que se otorgan a la población en situación de pobreza a partir de la clasificación de la encuesta Sisbén. Son subsidios focalizados y limitados en cantidad y cobertura. En América Latina, y en particular en Colombia, el enfoque neoliberal de las políticas sociales lleva a que estos programas dirigidos a menguar la pobreza y mejorar la calidad de vida de NNA a través de transferencias condicionadas asociadas a que la familia mejore su asistencia escolar y el cuidado de la salud, sean insuficientes dada la cantidad de personas que en Bogotá viven en la pobreza. Desde la perspectiva de las madres en condición de precariedad, programas como el de Familias en Acción ayudan a satisfacer necesidades básicas de los niños y niñas: “sí eché mucho de menos los subsidios, porque de ahí me cubría muchas cosas. Yo de ahí les compraba ropa a mis niños, zapaticos, medias, todo lo que ellos necesitaban” (Gloria, PS1). Si bien estas madres aprecian el dinero que han recibido para sus hijas/os, refieren dos problemas: por un lado, las dificultades para su consecución por las largas filas que implica poder reclamarlos y, por otro, los cursos y reuniones a los que deben asistir. “La mamá hizo un sacrificio, amaneció por allá, día y noche haciendo fila” (Doly, PS1). “Estaba en Familias en Acción, pero muchas reuniones. Yo no puedo dejar mi trabajo botado por una reunión” (Ladys, PS2).
Otras cuidadoras entrevistadas refirieron hacer también uso de subsidios en especie de la Alcaldía de Bogotá, tales como los bonos de alimentación para niños o niñas, usuarios de comedores comunitarios y subsidios de trasporte para los menores de edad que tienen que desplazarse a otros barrios donde se ubican los colegios. La focalización de subsidios solo en los estratos más pobres de la población excluye hogares que en mejor posición también los requerirían. Tal es el caso de cuidadoras de PS4, que habitan barrios de estrato 3 y, por ser beneficiarias como asalariadas del subsidio de las cajas de compensación, no califican para los subsidios públicos cuyo monto es cuatro veces mayor al de las cajas. Yeimy y Gilma (PS4), cuidadoras de gemelos, consideran que no les alcanzan los ingresos y tampoco el Estado brinda protección:
[…] se ve una ausencia del Estado en relación con el cuidado. O sea, el cuidado no solo es una responsabilidad de la familia realmente. Creo que mis ingresos no dan para estar en ningún beneficio del gobierno, entonces no tengo subsidio familiar, nada de eso recibo yo. La caja de compensación sí la tengo, pero realmente cuando uno pasa de cierto monto salarial entre tenerla o no, me da igual.
La división es tajante. Al pertenecer a hogares de estrato socioeconómico tres y más, los subsidios y otros servicios del Estado se hacen más limitados dado que se espera que estas poblaciones sean trabajadoras, con mejores ingresos y niveles educativos, capaces por tanto de procurarse la subsistencia. Se suma a esto el rechazo y desvalorización que estos grupos dan a la oferta estatal escolar y de cuidado de la primera infancia, hecho que incide en sus finanzas y, sin duda, en sus condiciones de bienestar, en tanto quienes cuidan, así sean de estratos socioeconómicos bajos, buscan contratar el cuidado o hacer uso de la oferta escolar privada. En todo caso, para las cuidadoras y cuidadores entrevistados, el Estado tiene la responsabilidad de cuidar a sus ciudadanos y en especial a los NNA, o quienes por su edad o condición no lo pueden hacer por sí solos, y ven con preocupación su marginal participación y los limitados recursos que impiden una perspectiva universal en lo social. Coinciden en una desconfianza importante frente al Estado: “El Estado para las personas en este país, no se preocupa para nada; pues mientras siga siendo un Estado corrupto, nunca” (Alfredo, PS4).
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