Kitabı oku: «La covid-19 y la integración ante los desafíos de un nuevo orden mundial»
La covid-19 y la integración ante los desafíos de un nuevo orden mundial
¿Cómo citar este libro? / How to cite this book?
Vieira Posada, E. y Peña, F. (Eds.). (2021). La covid-19 y la integración ante los desafíos de un nuevo orden mundial (vol. 6). Ediciones Universidad Cooperativa de Colombia. https://doi.org/10.16925/9789587602906
La covid-19 y la integración ante los desafíos de un nuevo orden mundial
Edgar Vieira Posada y Félix Peña (Editores)


La covid-19 y la integración ante los desafíos de un nuevo orden mundial
© Ediciones Universidad Cooperativa de Colombia, Bogotá, febrero del 2021
© Edgar Vieira Posada, Félix Peña, Detlef Nolte, Brigitte Weiffen, Isabel Clemente Batalla, Francisco Daniel Parada, Isabel Marcela Rodríguez, Fernando Romero Wimer, Gerald Solano Aguilar, Percy Rodríguez Argüello, Ana Gabriela Navarro Alpízar
ISBN (impreso): 978-958-760-289-0
ISBN (PDF): 978-958-760-291-3
ISBN (EPUB): 978-958-760-290-6
DOI: https://doi.org/10.16925/9789587602906
Colección Gridale
Proceso de arbitraje doble ciego
Recepción: 14 de octubre del 2020
Evaluación de contenidos: 15 de noviembre del 2020
Corrección de autores: 1 de diciembre del 2020
Aprobación: 3 de diciembre del 2020
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Catalogación en la publicación – Biblioteca Nacional de Colombia
La covid-19 y la integración ante los desafíos de un nuevo orden mundial / Edgar Vieira Posada y Félix Peña, editores. -- Bogotá : Universidad Cooperativa de Colombia, 2021.
p. -- (Colección Gridale ; Tomo 6)
Incluye datos de los autores. -- Incluye referencias bibliográficas al final de cada capítulo.
ISBN 978-958-760-289-0
1. Integración económica internacional 2. covid-19 (Enfermedad) - Aspectos económicos 3. Cooperación internacional 4. Integración latinoamericana I. Vieira Posada, Edgar, editor II. Peña, Félix, 1938-, editor III. Serie
CDD: 337.18 ed. 23
CO-BoBN- a1068913
Contenido
Introducción
Capítulo 1. Los principales impactos de la pandemia de la covid-19 y las renovadas posibilidades de la integración
Edgar Vieira Posada
Capítulo 2. América Latina en un mundo que pueda ser más solidario y eficaz: su contribución a acuerdos comerciales multilaterales y a la integración regional
Félix Peña
Capítulo 3. Efectos colaterales de la pandemia para la integración regional en América Latina: una perspectiva comparativa
Detlef Nolte, Brigitte Weiffen
Capítulo 4. La crisis mundial en la coyuntura del coronavirus: escenarios y desafíos desde la perspectiva latinoamericana
Isabel Clemente Batalla
Capítulo 5. Estados del este asiático: el péndulo confuciano-legalista y el ejercicio de la soberanía digital
Francisco Daniel Parada, Isabel Marcela Rodríguez
Capítulo 6. La covid-19, la transición a un nuevo orden internacional y el ascenso de China
Fernando Romero Wimer
Capítulo 7. Liderazgos en la covid-19: ¿hacia un nuevo orden mundial?
Gerald Solano Aguilar, Percy Rodríguez Argüello, Ana Gabriela Navarro Alpízar
Sobre los autores
Resúmenes / Abstracts
Introducción
La covid-19 es la primera pandemia que vive el planeta en el contexto de un proceso de interdependencia e intercomunicación global, que aceleró no solo los contagios, sino la reacción de los países para enfrentarla.
Lamentablemente, fue esta una reacción individual y particular de cada país, cuando los procesos de integración existentes podrían haber sido en la pandemia —y deberán serlo en la pospandemia— instrumentos válidos y efectivos para racionalizar y maximizar el aprovechamiento de recursos y la eficiencia de las medidas adoptadas.
La pandemia de la covid-19 es una de las variantes del coronavirus existente hace ya un tiempo, precedida en el presente siglo por otros coronavirus, como el sars en el 2003, que causó el síndrome respiratorio agudo grave, o el mers en el 2012, conocido como síndrome respiratorio de Oriente Medio. Los coronavirus son una gran familia. La covid 19 —más transmisible que los anteriores— pertenece a los alfa-coronavirus presentes en los mamíferos; pero hay también otros coronavirus como los beta-coronavirus, adaptados principalmente a los murciélagos, pero poco a los humanos, con lo cual, al pasar a estos, hay un choque entre el microorganismo y el humano que lo aloja.
Las epidemias han venido aumentando su frecuencia y en buena parte son enfermedades producidas por transmisiones de agentes patógenos entre animales y humanos. Tal situación se debe especialmente a la deforestación, que ha ejercido una presión sobre los animales, y por ello, al ser expulsados de sus hábitats naturales, se ha facilitado el cruce con los humanos en ecosistemas desequilibrados a raíz de factores como el calentamiento global. La realidad es que el origen de estas epidemias son los trastornos causados a la biodiversidad, por lo cual se requiere de una mayor vigilancia epidemiológica con el funcionamiento de alertas tempranas.
La covid-19 se convirtió en un problema en todo el planeta, resultado de un mundo interconectado e interdependiente, y ha sido enfrentado tanto
de manera global a través de organismos multilaterales como la Organización Mundial de la Salud (oms), como desde acciones particulares, con la actuación irregular de los Estados: unos responsables en las medidas para afrontar la pandemia, mientras otros han tenido un manejo irresponsable que ha derivado en la expansión y contagio del virus. El seguimiento simultáneo
de su evolución por todo el planeta ha estado acompañado de informaciones exageradas y distorsionadas —como las noticias falsas en las redes sociales—, que han ocasionado dificultades para la aceptación de las medidas de control y contribuido a una mayor incertidumbre y angustia.
La esperanza es que estos largos meses vividos bajo la pandemia permitan que la humanidad reaccione y examine cómo y por qué contribuimos a que se produjera tal crisis, replanteando varios de los postulados y paradigmas que hasta ahora nos han regido. Así, en vez de continuar con la depredación del planeta y la actuación egoísta de países y personas, el mundo podría pasar a un reforzamiento de los dispositivos globales y multilaterales y actuar con mayor solidaridad, por ejemplo, a través de la integración.
El trasfondo y la reacción a la pandemia en el contexto mundial deberían estar marcados por el ajuste del proceso de globalización desarrollado en el planeta durante tres décadas, para que no continuase soportado en un libre mercado caracterizado por la actuación especulativa y sin control del sistema financiero, que resultados muy malos tuvo en la distribución del ingreso y sí resultó en el agravamiento de las inequidades sociales. Lo aconsejable sería una reafirmación de un Estado de bienestar poskeynesiano, que, en el caso de las políticas de salud pública, les otorgue prioridad para enfrentar de manera preventiva las nuevas pandemias que le llegarán al planeta. Y es una oportunidad para conceder mucha mayor importancia y apoyo a la responsabilidad de sacar adelante los compromisos de la Agenda de Desarrollo Sostenible 2016-2030, contexto en que deberá tener especial relevancia el calentamiento global, uno de los factores principales de la degradación de las condiciones de vida en el planeta.
En el campo geopolítico, la pandemia pone en entredicho los débiles liderazgos mundiales de muchos países, donde han tenido lamentablemente más protagonismo los liderazgos no colaborativos y donde el hiperpresidencialismo ha aprovechado la coyuntura para debilitar los procedimientos democráticos y consolidar un mayor control de las instituciones. El caso más diciente es el del reciente Gobierno de Donald Trump en los Estados Unidos, que ve el multilateralismo como un juego de suma cero, donde lo que beneficia a otros países es perjudicial para el suyo; por consiguiente, ejerce un liderazgo con base en políticas de aislamiento, retiro de instancias internacionales y desconocimiento de reglas multilaterales. Así, se ha producido el marginamiento de Estados Unidos de las decisiones globales que debe tomar el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, el retiro de la Organización Mundial de la Salud (oms) y del Acuerdo de París sobre el calentamiento global, las críticas a la Corte Penal Internacional, la parálisis del accionar de la Organización Mundial del Comercio (omc) y el ataque de órganos de decisiones consensuadas como la Unión Europea.
Los recientes resultados de las elecciones estadounidenses permiten esperar que el nuevo Gobierno demócrata de Joe Biden vaya rectificando estas medidas equivocadas y posibilite en la pospandemia contar con la participación de los Estados Unidos en los distintos foros multilaterales, donde se habrán de tomar medidas globales, universales, para enfrentar los estragos que deja la pandemia. Parece conveniente la revisión de los instrumentos de gobernabilidad mundial, contexto en que varias organizaciones internacionales necesitan profundas reformas para adecuarse a las nuevas realidades del siglo xxi, y donde lo multilateral debería disponer de reglas de aplicación mundial en el enfrentamiento de la pandemia que eviten la ineficiencia de medidas fragmentadas o contradictorias de cada país.
Este reposicionamiento a favor del multilateralismo es fundamental para los procesos latinoamericanos de integración, por cuanto las reglas multilaterales como marco negociador de los acuerdos dan mayor seguridad y beneficios en comparación con el marco bilateral de negociación desde posiciones neoproteccionistas, como las del Gobierno saliente de Estados Unidos. Ojalá estos cambios de orientación de la política internacional contribuyan igualmente a detener la tendencia que venía adquiriendo fuerza en varios lugares: la de un neoproteccionismo que incitaría al cierre de
fronteras o a disminuir las medidas globales, regresando al aislamiento
de posiciones nacionales, algunas con características xenófobas.
Lo que sí parece evidente es que, en la pospandemia, se darán ajustes importantes en el campo productivo o, más específicamente, en la forma como venían operando los encadenamientos productivos en el mundo: mediante las cadenas globales de valor. La tendencia que seguramente se impondrá será la de acortar los encadenamientos buscando mayor proximidad, al decidir los países privilegiar producciones nacionales o estar más cerca de quien subcontrata la producción. Esto puede ser una oportunidad favorable para que en los procesos de integración se aproveche tal circunstancia y, por tanto, se incremente y desarrolle la utilización de cadenas de valor para la consolidación de mayores intercambios y relacionamientos productivos entre las empresas de los procesos de integración.
Un tema igualmente preocupante es el avance de Gobiernos autoritarios que ponen en peligro la continuidad de los sistemas democráticos en la pospandemia. Este incremento del autoritarismo es un serio peligro para el desarrollo y funcionamiento de los procesos de integración, que necesitan, ante todo, apertura, claridad y transparencia en su formulación e implementación.
Otro problema geopolítico en este contexto es el peligro de que poblaciones frustradas por los efectos desastrosos de desempleo, por faltas de oportunidad y por la pérdida de confianza en sus dirigentes pasen a apoyar y dar respaldo a caudillismos populistas de alternativas demagógicas y posiciones políticas extremas, con la reactivación de estilos de Gobierno que tanto mal han ocasionado a los avances de la integración latinoamericana, al contribuir a la división ideológica en la orientación de los procesos de integración.
Y es que, en el caso de la integración latinoamericana, no deja de ser muy preocupante el desinterés y la falta de iniciativa de acudir a instrumentos de los procesos regionales de integración para procurar una respuesta comunitaria y colectiva a la pandemia, y de este modo unificar acciones, maximizar la utilización de presupuestos y ayudas internacionales o programar medidas para la pospandemia. Ha sido notorio el posicionamiento individual de cada país en la adopción de políticas contra el virus, sin las coordinaciones necesarias al menos de los ministros de salud, bien sea en la Comunidad Andina y su convenio para temas sanitarios, sea el Mercosur y su institucionalidad para temas sociales adelantados al comienzo de siglo, sea el sica para los países centroamericanos, y mucho menos en una Alianza del Pacífico sin institucionalidad y con el aislamiento del presidente López Obrador, de México, a pesar de que Chile, Colombia y Perú fueron algunos de los países latinoamericanos con mayores niveles de contaminación.
Se debe insistir en que la integración puede y debe ser herramienta fundamental de trabajo comunitario, colectivo y consensuado, de espíritu solidario que invita al tratamiento de dispositivos y medidas en la pospandemia y al replanteamiento de varios de los paradigmas que hasta ahora habían regido el mundo. Se aspira a la recuperación de un Estado de bienestar más responsable de la aplicación de políticas públicas —comenzando por la salud—, en un proceso de armonización de políticas macroeconómicas y sociales; también el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible y de los compromisos sobre cambio climático; asimismo, enfrentar los estragos enormes de recesión mundial y desempleo ocasionados por la covid-19, mediante la revalorización de políticas sociales, políticas de empleo y políticas multilaterales, en las cuales se enmarquen los diferentes acuerdos comerciales que permitan aumentar exportaciones y reconstituir las economías mediante inversión y tecnología; de igual forma, desarrollar energías limpias sustitutivas, acompañadas de encadenamientos productivos generadores de valor en las exportaciones de la región, que reemplacen la participación actual de las exportaciones de materias primas.
La integración latinoamericana tiene la oportunidad histórica de responder a la pandemia y articularse en la pospandemia, reconsiderando objetivos y planes de acción orientados a consolidar una integración multidimensional que equipare aspectos económico-comerciales con aspectos de profundas reformas sociales y políticas, en un contexto de economía más solidaria que conlleve superar egoísmos nacionales en favor del bien común. Los aspectos institucionales merecerían ser considerados a fin de contar con esquemas operativos que, frente al desgaste de posiciones nacionales aisladas, permitieran a los Gobiernos trabajar de manera colaborativa, compartiendo su soberanía en la puesta en marcha de soluciones comunitarias al problema de inequidad y de distribución de la riqueza en busca de mejores resultados en el bienestar y las condiciones de vida de la población.
Los impactos y las consecuencias de la covid-19 en la pospandemia son de una temática tan variada y diversa que sus temas requirieron ser tratados en dos colecciones diferentes. La presente colección del Grupo de Reflexión sobre Integración y Desarrollo en América Latina y Europa (Gridale), con los tomos 6, 7 y 8, está dedicada a analizar las temáticas desde el enfoque de la integración en sus diferentes componentes multidimensionales. Por su parte, la colección Pensamiento Global cuenta con cuatro obras sobre impactos más generales y globales de la pandemia.
Estructura de la obra
Desde marzo del 2020, cuando se comenzó a diseminar la epidemia de la covid-19 por el planeta hasta convertirse en pandemia, el Centro de Pensamiento Global (Cepeg) de la Universidad Cooperativa de Colombia (ucc) procedió a preparar con Ediciones ucc una convocatoria abierta para autores interesados en tratar los principales aspectos multidimensionales de este fenómeno, con resultados de confinamiento nunca antes experimentados en el mundo y con consecuencias en la pospandemia de dimensiones enormes. El retroceso que sufrirá América Latina en sus condiciones de desarrollo, a situaciones existentes en décadas anteriores, es muy preocupante. Por eso, es un desafío gigantesco encontrar respuestas adecuadas que interpreten lo que ha sucedido y los impactos en distintos órdenes políticos, económicos y sociales. Allí la integración latinoamericana tiene la oportunidad de reconfigurarse para ser un instrumento eficaz en esa reactivación.
El resultado de la convocatoria fue muy favorable, con más de sesenta (60) propuestas seleccionadas. Luego de la evaluación por dobles pares de los capítulos correspondientes, es posible, entonces, estructurar siete (7) libros que se distribuyen en dos colecciones: tres (3) libros correspondientes a los tomos 6, 7 y 8, en la colección Gridale, y cuatro (4) libros correspondientes a los tomos 3, 4, 5 y 6, en la colección Pensamiento Global.
En la colección Gridale, los libros tratarán los temas siguientes:
Tomo 6: La covid-19 y la integración ante los desafíos de un nuevo orden mundial
Tomo 7: Impactos de la covid-19 en el sistema internacional y en la integración regional
Tomo 8: La covid-19 y los cambios en la integración latinoamericana y europea
En la colección Pensamiento Global se abordarán estos temas:
Tomo 3: La pandemia de la covid-19 y un nuevo orden mundial
Tomo 4: La pandemia de la covid-19 y los cambios en las condiciones de vida
Tomo 5: La pospandemia en un contexto de desarrollo solidario
Tomo 6: La pospandemia y políticas públicas para enfrentarla
El presente tomo, La covid-19 y la integración ante los desafíos de un nuevo orden mundial, está constituido por siete (7) capítulos. En el primer capítulo: “Los principales impactos de la pandemia de la covid-19 y las renovadas posibilidades de la integración”, de Edgar Vieira Posada, se abordan los principales impactos en cuatro ámbitos principales: geopolítico, económico, políticas públicas (en salud pública y transición energética y ecológica) e integración de América Latina. En lo geopolítico, en el mundo se espera que se profundice el realineamiento de liderazgos globales, en un contexto peligroso de incremento del autoritarismo y en desmedro de la democracia en varios países, pero a la vez con cambios esperanzadores de reactivación del multilateralismo mediante reestructuración de varios organismos internacionales. En el ámbito económico, un proceso no tan centrado en la economía de mercado y en la libre especulación, con una reactivación de la globalización hacia un modelo de Estado de bienestar más cooperativo y solidario. En políticas públicas, una mayor actuación de los Gobiernos en dos aspectos directamente relacionados con la covid-19: la salud y el medio ambiente, al igual que una transición en materia energética hacia energías limpias sustitutivas. Y en el ámbito de integración, una reactivación de los procesos que den respuestas consensuadas y multidimensionales a los inmensos problemas que se vivirán en la pospandemia para recuperarse de los efectos negativos dejados por la covid-19 (ojalá de manera organizada mediante un plan de acción que trace una hoja de ruta).
En el segundo capítulo, “América Latina en un mundo que pueda ser más solidario y eficaz: su contribución a acuerdos comerciales multilaterales y a la integración regional”, de Félix Peña, se brindan elementos para una visión realista de los procesos de integración latinoamericana y de su inserción en el sistema multilateral del comercio mundial, a través de setenta años de experiencia acumulada, y con especial referencia a la de los últimos años, incluyendo la reciente crisis global provocada por la pandemia covid-19. Está basado en una lectura multidisciplinaria en la que se considera, en especial, la interacción institucional y dinámica de factores políticos, económicos y jurídicos, pero también la importancia que en relación con tales factores tienen los recursos humanos y, en particular, los que conectan al liderazgo con la acción política, empresarial y social. El objetivo perseguido es que de su lectura resulte una contribución para entender aspectos diversos de la realidad internacional, al igual que estimular la búsqueda de nuevos horizontes en la difícil tarea que nuestros países tienen para competir y negociar en un entorno internacional, ojalá cooperativo y basado en una solidaridad efectiva. Los temas abordados son: 1) lo que la región podría hacer para acrecentar la eficacia en los acuerdos comerciales de alcance global y en especial de la omc; 2) el multilateralismo en el plano regional de América Latina y el Caribe; y 3) los aportes resultantes de las experiencias de la integración económica (Mercosur, Grupo Andino y Comunidad Andina, Mercado Común Centroamericano, Alianza del Pacífico).
En el tercer capítulo, “Efectos colaterales de la pandemia para la integración regional en América Latina: una perspectiva comparativa”, de Detlef Nolte y Brigitte Weiffen, se analizan las repercusiones de la pandemia de la covid-19 para el regionalismo latinoamericano, donde existen factores de estrés que pueden agravar los problemas existentes y contribuir a la desin-
tegración regional. La pandemia como factor de estrés refuerza factores como la profundización de la crisis económica de América Latina, cuyo manejo puede dividir y obstaculizar la integración regional. El autoritarismo de
izquierda y el populismo de derecha ocasionan un alejamiento político entre los países, y esto, junto a la falta de liderazgo, frena actuaciones en política exterior y en políticas concertadas frente, por ejemplo, a una necesaria gobernanza regional sanitaria, pues falta voluntad política de cooperación regional para combatir la pandemia. Se señala que existe el riesgo de que, resultado de la pandemia, el peso de América Latina en la economía mundial continúe disminuyendo y su papel se limite al de proveedor de materias primas. La recuperación económica más rápida en China y Asia podría conducir a un aumento del intercambio comercial, mientras con Europa la firma del acuerdo ue-Mercosur puede retrasarse. En resumen, la pandemia ha vuelto a poner de manifiesto las debilidades del regionalismo latinoamericano ante la ausencia de liderazgo regional y la debilidad de las instituciones.
En el cuarto capítulo, “La crisis mundial en la coyuntura del coronavirus: escenarios y desafíos desde la perspectiva latinoamericana”, de Isabel Clemente Batalla, se presenta un enfoque desde Uruguay de cómo la covid-19 va a incidir en aspectos de la gobernanza global y de las relaciones internacionales, vistos desde América Latina e impactados por la profundización de relaciones de interdependencia desde el concepto de bienes públicos y los aportes de teorías de las relaciones internacionales centradas en el Estado. Se analizan escenarios de cooperación internacional acompañados de transformaciones en el orden mundial en la pospandemia, en aspectos como los equilibrios de poder en las relaciones internacionales y la competencia entre potencias, en un contexto de efectos de tendencias autoritarias en las políticas domésticas por el avance de organizaciones políticas de extrema derecha. Se configuran, entonces, unas relaciones internacionales impactadas por nuevos escenarios de reformulación del orden mundial, con efectos sobre la inserción latinoamericana. Asimismo, emergen desafíos de gobernanza en la capacidad de respuesta de los Estados y en el establecimiento de políticas públicas, principalmente en materia de salud por las dos organizaciones responsables en nuestro continente: la Organización Mundial de la Salud y la Organización Panamericana de la Salud.
En el quinto capítulo, “Estados del este asiático: el péndulo confuciano-
legalista y el ejercicio de la soberanía digital”, de Francisco Daniel Parada e Isabel Marcela Rodríguez, se analiza la actuación de tres países asiáticos: China, Taiwán y Corea del Sur, frente a la pandemia del covid-19, con base en tres grandes líneas de pensamiento: el confucianismo, el taoísmo y el legalismo, que fundamentan la legalidad del Estado y delinean sus políticas internas desde hace siglos. Se evalúan los resultados de eficacia colectiva de acuerdo con estrategias de control de la pandemia en las fronteras, soportados en fundamentos políticos y sociales que otorgan legitimidad a los lineamientos y medidas del Estado y se traducen en respuestas positivas por parte de la población. China presenta la superioridad de su sistema autoritario frente al decadente sistema democrático occidental como un logro, acompañado de diplomacia sanitaria. Los autores explican en detalle los resultados alcanzados a través de los avances en soberanía digital en los tres países, que aunque tienen regímenes políticos distintos, el gran control tecnológico ejercido sobre la población en desplazamientos e información es aceptado por la influencia confuciana y la experiencia reciente en pandemias anteriores, pues tanto en el régimen autoritario como en los otros dos democráticos, la libertad individual es menos importante que la seguridad colectiva, en una sociedad disciplinada que coopera con la autoridad y confía en las instituciones.
En el sexto capítulo: “La covid-19, la transición a un nuevo orden internacional y el ascenso de China”, de Fernando Romero Wimer, se analiza
la incidencia de las condiciones de la pandemia en la política exterior y en la
posición internacional de la República Popular China, en un contexto en el que las condiciones globales de la pandemia facilitaron que se configurara en condiciones de liderazgo mundial. Considera los mecanismos de
dominación del capitalismo y desarrolla las características de potencia
de China en términos económicos, diplomáticos y militares. Aunque pone de presente que todavía no tiene un poderío económico, tecnológico y militar semejante al de Estados Unidos, sí se ubica en segundo lugar como potencia mundial. Reflexiona sobre la aparición de la covid-19 en China, su dispersión por el planeta y la forma de reaccionar del mundo, en un escenario de pandemia donde la estrategia de cooperación internacional en el combate a la enfermedad la han fortalecido como alternativa de poder y liderazgo global. Analiza la existencia de oportunidades estratégicas para el ascenso mundial del gigante asiático a una posición de liderazgo; y examina las aspiraciones internacionales de China y sus manifestaciones en el contexto de la pandemia, las cuales evidencian la apertura de una transición hacia un nuevo orden internacional bajo el liderazgo de China con una reconfiguración de las relaciones de dominación y asociación en el plano internacional.
En el séptimo capítulo, “Liderazgos en la covid-19: ¿hacia un nuevo orden mundial?”, de Gerald Solano Aguilar, Percy Rodríguez Argüello y Ana Gabriela Navarro Alpízar, se plantean algunos escenarios de cómo podría verse afectada la arquitectura del orden mundial, a partir de los liderazgos que han caracterizado al sistema internacional. Describen las repercusiones de la pandemia que han obligado a repensar el sistema internacional, los liderazgos mundiales y los posibles escenarios en el orden mundial; todo ello acompañado del análisis pormenorizado de las etapas del sistema internacional, desde el modelo de Westfalia de los Estados Nación en 1648, las dos Guerras Mundiales y los autoritarismos de entreguerras, la Guerra Fría, la caída del Muro de Berlín, la desintegración de la Unión Soviética, los ataques de septiembre del 2001, la crisis financiera del 2008, los ataques terroristas de grupos fundamentalistas, hasta la llegada de la covid-19. En la pospandemia se pondrá a prueba la respuesta colectiva a la crisis global y los liderazgos para aplicarla en cuanto a los mecanismos para abordar los problemas y la crisis sanitaria mundial, así como para establecer un nuevo contrato social internacional en un nuevo orden mundial. Los autores plantean tres escenarios: 1) un sistema golpeado, con debilitamiento del multilateralismo; 2) un sistema fortalecido en el que el sistema y el capitalismo se mantienen y fortalecen, y 3) una nueva arquitectura mundial, con capacidad de respuesta, balances de poder y agudización de las crisis, junto con nuevas oportunidades para los regionalismos.
En conclusión, se puede expresar que los escritos incorporados en este tomo 6 ponen en evidencia que se pueden esperar cambios importantes y significativos en el orden mundial como consecuencia de los impactos de la covid-19 en ámbitos como el geopolítico, el económico, el social, en políticas de salud pública, de transición energética y ecológica y de integración de América Latina, en un escenario de mayor solidaridad y cooperación internacional; resultado de un reforzamiento del multilateralismo y de respuestas de políticas públicas vinculadas al desarrollo sostenible, al medio ambiente y particularmente a la salud, en un contexto que abre nuevamente las puertas a la integración latinoamericana como un factor de desarrollo y de trabajo consensuado y cooperativo. Tal dinámica se configura en medio de confrontaciones de liderazgo y de poder, especialmente en la disputa entre Estados Unidos y China, pero lamentablemente con la pérdida de participación en el sistema internacional de América Latina frente a otras regiones, ante una manifiesta debilidad del regionalismo latinoamericano y ante los progresos de Asia Oriental, soportados en grandes avances de la soberanía digital en países como la República Popular China, Taiwán y Corea del Sur. La transición hacia un nuevo orden mundial liderado por China pondrá a prueba la respuesta colectiva y los liderazgos a la crisis global, con condiciones dadas para establecer un nuevo contrato social internacional.
Edgar Vieira Posada y Félix Peña
Editores
Diciembre del 2020
Capítulo 1. Los principales impactos de la pandemia de la covid-19 y las renovadas posibilidades de la integración
Edgar Vieira Posada
¿Cómo citar este capítulo? / How to cite this chapter?
Vieira Posada, E. (2021). Los principales impactos de la pandemia de la covid-19 y las renovadas posibilidades de la integración. En E. Vieira Posada y F. Peña (Eds.), La covid-19 y la integración ante los desafíos de un nuevo orden mundial (vol. 6, pp. 19-56). Ediciones Universidad Cooperativa de Colombia. https://doi.org/10.16925/9789587602906
Introducción1
La humanidad ahora se enfrenta a una crisis global. Quizás la mayor crisis de nuestra generación. Las decisiones que las personas y los Gobiernos tomen en las próximas semanas probablemente darán forma al mundo en los próximos años. Darán forma no solo a nuestros sistemas de salud, sino también a nuestra economía, política y cultura.
Yuval Noah Harari, marzo del 2020
El mundo estaba pendiente del acomodamiento al proceso globalizador que acompañaba la transición entre los siglos xx y xxi, cuando sobrevino, inesperadamente para la mayoría2, la generalización de una nueva epidemia surgida en Asia Oriental. Rápidamente, gracias a la hiperconexión en un mundo globalizado, se convirtió en pandemia, afectando el globo terráqueo, en el 2020, con su difusión a Europa, a América y gradualmente a los demás continentes.
Las expectativas se centraban en los impactos de las tecnologías disruptivas, características de la tercera ola de globalización, entre las que se destacaban el Internet, la informática, la nanotecnología, la biogenética, la robótica o la inteligencia artificial. Estas hacían prever grandes cambios en las condiciones no solo productivas sino de vida de la humanidad. Preocupaba la posibilidad de un mayor desempleo a corto plazo, por la rapidez con la que se implantaban estas tecnologías de punta y por los malos resultados en el acceso a los beneficios del proceso globalizador, el cual mostraba situaciones de inequidad, desequilibrio y desigualdad para amplios sectores de la población mundial. En este clima de insatisfacción, de malestar y de protesta social, aparece la pandemia de la covid-19 (Coronavirus disease), una variante del coronavirus existente hace tiempo.
Lo lamentable es que no se puede considerar que la humanidad no estaba advertida, pues varias epidemias de variantes del coronavirus habían ocurrido en años recientes. Cada vez más, la interacción entre la especie humana y los animales generaba llamados al orden. En el 2013, por ejemplo, el profesor Luis Carlos Villamil hacía la siguiente advertencia:
Asistimos a cambios importantes desde la perspectiva sanitaria, tanto en las poblaciones humanas como en las animales; la salud y la enfermedad de dichas poblaciones tiene que ver con la sensible interacción entre tres factores: el ambiente (social, geográfico, económico, político), los agentes patógenos, y las poblaciones (humanas y animales); cualquier desequilibrio en alguno de los anteriores puede desencadenar la activación de nuevos agentes (emergentes) o la reemergencia de enfermedades olvidadas o desatendidas, con consecuencias graves desde la perspectiva sanitaria, la economía local y el comercio internacional. Por lo anterior, se deben activar mecanismos que aseguren la prevención y el control eficiente, a través de programas integrales, manejo interdisciplinar y cooperación intersectorial (agricultura, salud, ambiente). (Villamil, 2013, p. 7)
A diferencia de las pandemias anteriores en la historia de la humanidad3, una de las características de la pandemia de la covid-19 es que, al producirse en un mundo globalizado, interdependiente e interconectado, llevó a las autoridades gubernamentales a la adopción de medidas de confinamiento para tratar de reducir el pico de la pandemia y la magnitud de la contaminación a través del aislamiento general. Esto condujo al mundo a la peor recesión de su historia, solo comparable con la Gran Depresión iniciada en 1929 del siglo xx. En efecto, más de la mitad de la población mundial, casi 4500 millones de personas, experimentó el cierre de las fronteras de sus países y el encierro en sus viviendas. La mayoría quedó sin poder laborar o con niveles parciales de actividad a través de modalidades de teletrabajo. La cesación total o parcial de la actividad económica tuvo grandes repercusiones ante las pérdidas acumuladas por los Estados, los sectores económicos y las personas, debido a la fuerte reducción de sus ingresos. Las cifras de desempleo y el malestar social se elevaron peligrosamente.
Desde el primer semestre del 2020, distintos organismos internacionales cuantificaron los efectos devastadores de una recesión mundial que afectaría de manera especial a áreas como América Latina, cuyos indicadores socioeconómicos han empeorado. Hay cifras preocupantes con respecto a la deuda externa, la cual gravitaba negativamente en la economía de varios países y, con la covid-19, se reflejará en un aumento del déficit fiscal en un 10 % o más del pib. Concurrirán el agravamiento de la sostenibilidad de la deuda pública de los Estados, los impagos y las quiebras por niveles insostenibles de deuda del sector privado. La pandemia de la covid-19 contribuye al incremento de la pobreza y al agravamiento de las condiciones de vida de grandes sectores de la población mundial: “Con millones de personas que perderán el empleo o trabajarán y ganarán menos, las disparidades de ingresos y riqueza de la economía del siglo xxi se profundizarán” (Roubini, 2020b).
Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), América Latina en particular sufrirá el serio problema de una movilidad económica descendente:
En 2020, 37,6 millones de personas que en 2019 pertenecían a estratos bajos no pobres (entre 1 y 1,8 líneas de pobreza per cápita) caerían en la pobreza y 4 millones en la extrema pobreza. Habrá un fuerte deterioro de la posición de los estratos medios: 33,5 millones de personas dejarían de pertenecer a los mismos (13 % del total de personas que pertenecían a estos estratos) e ingresarían a los estratos de ingresos bajos. En particular, 32,8 millones de personas que antes de la pandemia pertenecían a los estratos medio-bajos pasarían a pertenecer a estratos bajos. De ellos, 2,1 millones caerían directamente en la pobreza o pobreza extrema. (Cepal, 2020b, p. 21)
La coyuntura negativa retrasa los avances esperados con optimismo para la presente década. Un shock de tal magnitud, sumado a meses de confinamiento y de reflexión, ha llevado a la mayoría de la población a la espera de cambios profundos en el comportamiento de la humanidad, en el manejo de las condiciones de vida y de la naturaleza, y en la gobernanza mundial en diferentes terrenos. Según Morin, “[esta] crisis planetaria pone en relieve la comunidad de destino de todos los humanos en vínculo inseparable con el destino bio-ecológico del planeta Tierra” (citado por Truong, 2020). Y para bien de la humanidad es de esperar que así sea. Sin embargo, los posibles escenarios de ajuste pueden ser de cambios de fondo en el entramado actual en el que se desenvuelve la humanidad, procurando salir adelante con formas colaborativas y solidarias. En escenarios negativos, las posiciones aislacionistas y egoístas se imponen, con el resultado de un agravamiento del capitalismo salvaje.
Los cambios favorables implican un rediseño del proceso de globalización, no tan centrado en la economía de mercado y la libre especulación del sistema financiero, con pésimos resultados en la distribución del ingreso y el agravamiento de las inequidades sociales. Se pretende, más bien, un modelo de reafirmación de la conveniencia de un Estado de bienestar, que otorgue importancia a las políticas de salud pública y que acelere el cumplimiento de los objetivos de la Agenda para el Desarrollo Sostenible, 2016-2030.
Josep Borrell, alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad y vicepresidente de la Comisión Europea, señala lo siguiente a propósito de este asunto:
Esta pandemia no significará el fin de la globalización. Pero pondrá en cuestión algunas de sus modalidades y de sus presupuestos ideológicos, en particular, el famoso tríptico neoliberal: apertura de los mercados, retroceso del Estado y privatizaciones. Este cuestionamiento ya había empezado antes de que estallara la crisis. Se acentuará después de ella. (Borrell, 2020)
El planteamiento central de este primer capítulo es que los impactos de la pandemia pueden ser de tal magnitud que la humanidad deberá replantear soluciones globales efectivas en su proceso globalizador, e incluso repensar sus ideales y propósitos. Se parte del supuesto de que el confinamiento creó nuevas condiciones para las relaciones interpersonales e intersocietales, con elementos favorables para la profundización del trabajo solidario y ético. Dentro de los temas por replantear, existen algunos de gran significado en los campos geopolítico, geoeconómico y de integración, como el realineamiento de liderazgos mundiales, el auge del autoritarismo, la gobernabilidad mundial, la reestructuración de las organizaciones internacionales, la recomposición de las cadenas globales de valor y las políticas de salud pública y de transición energética y ecológica.
En particular, se aborda el papel que puede desempeñar la integración en esta coyuntura, por considerarla preferible al manejo aislado, con el que buena parte de los países ha actuado en respuesta a la pandemia. Se sostiene que es importante el aporte de la integración, como herramienta de trabajo comunitario, consensuado, multilateral y solidario, para relanzar políticas sociales y económicas, que brinden oportunidades de recuperación en las condiciones de desarrollo de América Latina.
Impacto en lo geopolítico
La pandemia deja a Estados Unidos y a la República Popular China más enfrentados que antes, en temas tecnológicos y comerciales, en la manera de responder a las pandemias, en formas de Gobierno democrático o autoritario, en el liderazgo mundial. Existe incluso el peligro de una eventual confrontación bélica, resultante de los niveles de exposición a un error en la medición de fuerzas alrededor del territorio chino4.
La inserción en la escena internacional ha sido contraria en los dos países en años recientes. En el caso de los Estados Unidos, se trata del autoaislamiento del Gobierno Trump en lo que Haas (2017) ha llamado “la diplomacia de la retirada”, al proceder a marginarse de las decisiones globales que debe tomar el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, y al retirarse del Acuerdo Transpacífico, del Acuerdo de París sobre el Calentamiento Global, del Pacto nuclear con Irán, del Tratado de Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio (inf) con Rusia y, recientemente, de la Organización Mundial de la Salud (oms). Además, se distancia de la Organización Mundial del Comercio (omc) y hace críticas a la Corte Penal Internacional (cpi) y a organizaciones de integración como la Unión Europea (ue), aspectos que el nuevo presidente Biden ha prometido rectificar.
China ha aprovechado estas circunstancias para tratar de posicionarse como vencedora en la lucha contra la covid-19, pero desde una posición autoritaria e ideológica del multilateralismo, del cual pretende ser país defensor, y que maneja como instrumento de dominación según sus intereses de potencia imperial. Aprovechando el marginamiento de Estados Unidos bajo el Gobierno del presidente Trump, China ha reforzado su participación en las organizaciones internacionales, apoyándolas siempre para que no sean contrarias a su posición, por ejemplo, frente a Taiwán, y expandiéndose físicamente con islas artificiales en el mar Meridional. China participa activamente en el proceso globalizador si se acomoda a sus intereses, y ha ampliado su presencia internacional mediante foros multilaterales como la “Iniciativa de la Ruta de la Seda” lanzada en el 2013, el Fondo de la Ruta de la Seda creado en el 2014 y el Banco Asiático de Inversión y Desarrollo fundado en el 2016.
Dada la aceleración de la cuarta revolución industrial y la importancia que mostraron las tecnologías de comunicación durante la pandemia, es previsible una mayor competencia tecnológica entre Estados Unidos y China, en particular en el desarrollo de la tecnología 5G. Y ya es motivo de la guerra comercial entre los dos países: la interrupción, por parte de Estados Unidos, de transferencias tecnológicas desde China y de cadenas globales de valor, lo cual impulsará a esta a utilizar componentes propios. Así se prevé en el programa Made in China 2025 (mic2025), que desarrollará sectores de tecnología de información, robótica, biofarmacéutica y energía limpia para aumentar el contenido doméstico a un 70 % ese año (Institute for Security and Development Policy [isdp], 2018).
Este enfrentamiento se produce en la pospandemia, momento en que el mundo necesita de liderazgos claros y respuestas consensuadas, y que se pregunta por quién o quiénes pudieran asumirlos. Al respecto, el excanciller sueco Carld Bildt señala lo siguiente:
Con Estados Unidos ausente y la credibilidad de China afectada, existe una urgente necesidad de que alguien asuma el deber de liderar y comience a movilizar una respuesta coordinada, sea a través de la oms u otra vía […]. ¿Podría la Unión Europea dar el paso, o también se encuentra consumida en sus propios problemas? ¿Se podría forjar una coalición completamente nueva para dinamizar las cosas o el orden internacional está condenado a involucionar más todavía a un amasijo de multipolaridad y luchas de poder, donde el único fenómeno verdaderamente global es un virus letal? (Bildt, 2020)
De no lograrse en la pospandemia consolidar liderazgos, reorganizar las organizaciones internacionales, revalidar lo multilateral en un mundo global, es posible que se asista al fraccionamiento geopolítico en zonas de influencia de la Unión Europea, de Rusia y de naciones emergentes en sus áreas de influencia (Turquía, India, Suráfrica, Brasil). En tal caso, el regionalismo asumiría las responsabilidades de actuar en un entorno mundial global y la integración tendría un papel relevante por desarrollar.
El telón de fondo de los cambios geopolíticos son los conflictos entre el mundo occidental y otros grupos civilizacionales del planeta; las confrontaciones religiosas por interpretaciones fundamentalistas; la falta de principios éticos y la mayor corrupción, con pérdida de credibilidad en los sistemas políticos y en los principios democráticos; los problemas de gobernabilidad por obsolescencia de instituciones, sin actualización desde la Segunda Guerra Mundial; las crisis de liderazgo, y las tendencias nacionalistas y neoproteccionistas.
En el campo civilizacional, el error de Occidente fue creer que la comunidad internacional acogería su modelo de globalización del capitalismo posindustrial triunfante —con planteamientos como los de Francis Fukuyama del fin de la historia y de los grandes conflictos en el planeta—, en el que la imposición sobre el comunismo permitiría ingresar en “un mundo de euforia y armonía” (Fukuyama, 1992). Sin embargo, no ocurrió así. Las diferencias civilizacionales, culturales y religiosas se tradujeron en enfrentamientos en los Balcanes en la década de los noventa y en ataques de grupos terroristas fundamentalistas islámicos contra naciones de Occidente, que aún persisten. Internacionalistas como Samuel Huntington lo habían advertido: “La intervención occidental en asuntos de otras civilizaciones es probablemente la fuente más peligrosa de inestabilidad y de conflicto potencial a escala planetaria en un mundo multicivilizatorio” (Huntington, 1997, p. 374), y las consecuencias negativas de la pandemia pueden agravar el distanciamiento.
Sería útil encontrar formas de acercamiento a la revalorización de las religiones que, junto con la reconsideración de principios éticos, permitan una gobernabilidad más transparente, un modelo económico más justo, la priorización de políticas públicas relacionadas con la salud pública y otros propósitos renovadores surgidos en la pospandemia. En los ajustes de un nuevo orden internacional, se debería partir de una nueva ética mundial, pues sin esta los cambios propuestos podrían quedar sin sustento para su implementación y respeto.
También es importante examinar el tipo de Estado que se revaloriza con la pandemia, pues los valores democráticos se pueden ver alterados por derivas autoritarias o populistas que afectan la democracia, tal como anota el escritor Yuval Noah Harari: “En este momento de crisis, enfrentamos dos opciones particularmente importantes. La primera es entre la vigilancia totalitaria y el empoderamiento ciudadano. La segunda es entre el aislamiento nacionalista y la solidaridad global” (Harari, 2020; traducción propia). Por su parte, Borrell (2020) identifica tres narrativas: “La populista, la autoritaria —que coincide con la anterior en muchos puntos— y la democrática”; además, considera que la crisis de la pandemia impactaría la narrativa populista, “ya que pone de relieve la importancia de la racionalidad, la competencia y los conocimientos. Todos ellos principios ridiculizados y rechazados por los populistas, que los identifican con las élites”. Por otro lado, lo autoritario tendría posibilidades de imponerse en varios lugares del globo, pues en un contexto de miedo y de incertidumbre, hay inclinación a aprovecharse de la situación para limitar libertades y derechos.
Con la crisis de credibilidad en la dirigencia pública y en la clase política, cualquier reconsideración del papel del Estado contemplaría formas de participación de la sociedad civil, mediante una gobernanza pública que permita “la participación, la negociación, la coordinación, los proyectos, el partenariado y el consenso” (Cabanes, 2004, p. 39). A raíz de la pandemia, se ha observado un mayor autoritarismo en muchos Gobiernos de diferentes lugares: con el pretexto de asumir responsabilidades en la lucha contra la covid-19, ejercen un mayor control político, usando el aislamiento, el cierre de fronteras y los avances tecnológicos, como los sistemas biométricos que controlan las poblaciones. Es el caso de China, donde el Gobierno ha empleado tecnologías de punta que le permiten tener control total del movimiento de sus ciudadanos. Harari (2020) lo describe así:
Al monitorear de cerca los teléfonos inteligentes de las personas, hacer uso de cientos de millones de cámaras de reconocimiento facial y obligar a las personas a verificar e informar sobre su temperatura corporal y condición médica, las autoridades chinas no solo pueden identificar rápidamente portadores sospechosos de coronavirus, sino también rastrear sus movimientos e identificar a cualquiera con quien hayan entrado en contacto. (Traducción propia)
Replantear un mayor poder del Estado en áreas de alcance social y colectivo, como la salud y la ocupación, sería una de las reformas que faciliten la participación de actores de la sociedad civil. El tema de gobernanza tuvo un desarrollo positivo en regiones de Europa, con los principios de cohesión social y de participación de las regiones en las decisiones y beneficios del proceso de integración. Sería conveniente retomar esos principios en la pospandemia, tanto en el relanzamiento de la integración latinoamericana, como en el replanteamiento de una gobernanza pública que revalorice el papel del Estado, pues “el poder es cada vez más concebido como un proceso interactivo y no más unilateral, unidimensional” (Cabanes, 2004, p. 38).
Los escasos liderazgos vistos durante la pandemia y las derivas autoritarias invitan a considerar, además de una gobernanza regional, la reestructuración y puesta al día de organizaciones internacionales como las Naciones Unidas (onu), el Fondo Monetario Internacional (fmi) o la Organización Mundial del Comercio (omc), y organizaciones menos formales, como el Grupo de los Veinte (G-20), incapaz de estructurar un plan global sanitario contra el coronavirus. También es conveniente la readaptación y —si fuere necesaria— la refundación de organismos multilaterales responsables de la integración en la Unión Europea y los procesos de integración en América Latina, de modo que sea posible la adopción de medidas de carácter global, que generen escenarios de solidaridad, pensados y construidos consensuadamente en un nuevo orden geopolítico internacional.
Impacto en el modelo económico y en la globalización
Con la pandemia, el capitalismo enfrentó tres grandes crisis: sanitaria, económica y climática, que obligan a plantear soluciones integrales en el modelo, con medidas que van más allá de la dotación de liquidez al sistema financiero, tal como ocurrió en la crisis del 2008: “Los programas de rescate permitieron a las corporaciones aumentar todavía más sus ganancias, pero no se sentaron las bases para una recuperación sólida e inclusiva”. Ahora que el Estado vuelve a desempeñar un papel protagónico, “necesitamos con urgencia de Estados emprendedores que inviertan más en áreas como la inteligencia artificial, la salud pública, las energías renovables, etcétera” (Mazzucato, 2020), y que exista una revalorización del Estado de bienestar.
El actual proceso de globalización, iniciado a finales de los años ochenta del siglo pasado, llevó a la transición de un modelo económico de Estado de bienestar keynesiano vigente durante décadas —aplicado incluso en Estados Unidos con la política de Welfare State del presidente Franklin Delano Rossevelt para salir de la Gran Depresión de los años treinta— a un modelo neoliberal de economía de mercado, proveniente del pensamiento neoclásico de las escuelas de Cambridge, Lausana y de la Escuela Austriaca de Economía de los siglos xix y xx. Fue propugnado por Friedrich August Von Hayek desde los años treinta y promovido por Milton Friedman en los años setenta, ambos de la escuela monetarista de Chicago. Este modelo sostenía que una apertura generalizada de la economía mundial, basada en el libre juego de la oferta y la demanda, con mínima intervención del Estado, permitiría que el mundo avanzara en su desarrollo5.
Lamentablemente, el desarrollo de una globalización financiera cortoplacista y especulativa, en lugar de una globalización productiva, generó mayor concentración de la riqueza y el aumento de la inequidad en la distribución de los beneficios del proceso de globalización (Friedman, 2012; Vieira, 2016).
Como observa Stiglitz (2019):
Los recursos —incluida una parte de la gente joven y más talentosa— se destinaron a las finanzas en lugar de a fortalecer la economía real. Un sector que debería haber operado como un medio para un fin, la producción más eficaz de bienes y servicios, se ha convertido en un fin en sí mismo. (p. 128)
En la pospandemia, el mundo tendrá dos alternativas para su recuperación económica: profundizar el capitalismo salvaje o ajustar el modelo hacia una economía más solidaria. La alternativa resultante será crucial. Como anota Morin, “la pospandemia será una aventura incierta donde se desarrollarán las fuerzas de lo peor y las de lo mejor, estas últimas siendo todavía débiles y dispersas” (citado por Truong, 2020).
De reforzarse el capitalismo salvaje, el mundo vería una “balcanización” neoproteccionista, característica del modelo liderado por Estados Unidos en el Gobierno del presidente Trump, que podría ser aplicado por otros países actuando de manera egoísta en función solo de sus propios intereses.
La otra alternativa es orientarse hacia formas de economía más colaborativas, más solidarias, de tejido de intereses empresariales en red, de mayor interacción social y productiva, de mayor estabilidad laboral, de metas a largo plazo. Estas son más próximas a las formas de capitalismo renano o japonés, también asimilables al capitalismo de los países nórdicos o escandinavos, y al de algunos países de Asia-Pacífico.
De esta economía de intereses empresariales en red y de mayor interacción social y productiva, destaca el antecedente de economía social de mercado desarrollada por Alemania en la posguerra. Se trata de un orden económico “vinculado a valores, normas y objetivos éticos fundamentales […] que incluye el predicado social como deber ético”. Para fines del siglo xx, se convierte en una “economía ecológico-social de mercado con fundamento ético” y, en el siglo xxi, en una “economía global de mercado que exige una ética global” (Küng, 1999, pp. 207-218), bajo “el postulado de un ordenamiento global de la competencia, de la sociedad y del medio ambiente, que garantice que también los mercados globales se integran en el marco ético-político de una biopolítica global” (Ulrich, citado por Küng, 1999, p. 225). Hace veinte años, el teólogo suizo Hans Küng premonitoriamente se preguntaba si no sería necesaria una nueva crisis económica mundial para ocuparse seriamente de un ordenamiento global de la economía, con las siguientes medidas:
1) La creación de un ordenamiento internacional de la competencia.
2) Una mayor vinculación de los flujos financieros internacionales a objetivos económicos reales de crecimiento y ocupación.
3) Garantía social contra las crecientes deficiencias estructurales agudizadas por la economía globalizada.
4) Equilibrio del drástico desnivel económico y social entre las regiones del mundo.
5) La internacionalización de los crecientes costes sociales y ecológicos que surgen de la globalización económica.
6) Un ordenamiento internacional que frene el excesivo consumo de recursos no regenerables. (Küng, 1999, pp. 226-227)
Es un plan de acción que sigue siendo válido para el planeta, pues la enorme recesión económica mundial generada por la pandemia de la covid-19 hace aplicables esas medidas, “en tanto no aparezca la nueva vía política-
ecológica-económica-social guiada por una humanidad regenerada” (Morin, citado por Truong, 2020). Los responsables de llevarlas a cabo son los Estados nacionales; las múltiples organizaciones y estructuras mundiales aportadas por el proceso globalizador; las empresas transnacionales; los medios de comunicación, y las organizaciones no gubernamentales (ong), embrión de una sociedad civil internacional (Küng, 1999, p. 237).
El individualismo, característico del modelo neoliberal de obtención de ganancias, sería reemplazado por una concepción más integral del papel del ser humano en la economía. Küng (1999) se pregunta:
¿No se necesita también en la ciencia económica una nueva conciencia de que la economía no sólo tiene que ver con dinero y mercancías, sino también con el hombre real que, en su pensamiento y actuación, en modo alguno puede reducirse al Homo economicus de intereses individuales? (p. 207)
Stiglitz (2019), por su parte, anota: “Un sistema sin valores en una globalización sin restricciones no puede funcionar” (p. 123). Y Borrell (2020) se refiere al Estado en la pospandemia como actor fundamental en un nuevo orden económico mundial:
La globalización va a cambiar de cara. También el Estado, ya que su retroceso es el núcleo de la ideología neoliberal. En esta crisis se aprecia claramente que la demanda espontánea de Estado crece y que los países con una alta protección social están mejor preparados para hacerle frente que los que dejan a sus ciudadanos solos ante el mercado.
A finales de marzo del 2020, cuando apenas se estaba expandiendo la pandemia de la covid-19, el economista turco Kemal Dervis, exjefe del Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas, escribía en Project Syndicate:
El mundo está a punto de descubrir si décadas de globalización económica y financiera pueden conducir a una comprensión más profunda de los lazos, sociales, morales y personales, que unen a todas las personas. Solo reconociendo y fortaleciendo esos lazos podemos reemplazar nuestro sistema frágil y conflictivo, construido al servicio de la hipereficiencia y la ganancia a corto plazo, con acuerdos más sostenibles basados en la solidaridad económica, generacional e internacional. (Dervis, 2020)
La pospandemia muestra entonces una tendencia a recuperar el Estado de bienestar o Estado benefactor, en que políticas como las de la salud sean responsabilidad gubernamental, pues el Estado es responsable de asegurar una cobertura suficiente y eficiente de estos servicios para las distintas capas sociales. En el caso del modelo neoliberal, ocurre lo contrario: uno de los principios del Consenso de Washington, la austeridad fiscal, limitó inversiones en los sistemas públicos de salud, y otro puso a la salud a ser eficiente y competitiva como cualquier otra actividad productiva o comercial, sin considerar que así quedaban desamparadas las capas sociales menos favorecidas. No se remuneraba adecuadamente al cuerpo médico ni se incentivaba la investigación científica en áreas médicas no rentables en el corto plazo, como las investigaciones sobre virus y epidemias. Así se puso en peligro el desarrollo sanitario del planeta.
Ya es tiempo de reconocer que eliminar la intervención del Estado hasta donde sea posible y dejar que las fuerzas del mercado equilibren los intereses y las necesidades de los actores económicos participantes “arriesgaría provocar la pérdida de servicios indispensables, pero no rentables, que los ciudadanos estiman tener el derecho de obtener de un Estado contemporáneo” (Cabanes, 2004, p. 38).
También es el momento de poner en práctica recomendaciones formuladas por un grupo de economistas poskeynesianos antes de la pandemia. Entre estos destaca Stiglitz (2006), quien propulsó reformas en la representación en organismos multilaterales, para que los países en desarrollo tengan mayor capacidad decisoria, formas de comercio más justo en los intercambios internacionales, reformas al sistema financiero global y responsabilidades concretas en materia de calentamiento global. En el 2019, estableció como reto para su país un capitalismo progresista, con transición de la economía industrializada del siglo xx a la del xxi, una economía verde de servicios e innovación que sostenga el empleo, mayor protección social, mayores cuidados a los adultos mayores, enfermos y discapacitados, y mejor sanidad, educación, vivienda y seguridad financiera para los ciudadanos (Stiglitz, 2019, p. 206). Este es un modelo aplicable en la pospandemia.
Por su parte, Rodrik (2006) presenta propuestas de cambio en el Consenso de Washington: reducción de la pobreza, regulaciones financieras, políticas anticorrupción, acuerdos en la omc y redes de seguridad social. Paul Krugman sobresale por su postura respecto al comercio internacional de competencia imperfecta correspondiente a la realidad de los intercambios mundiales, así como por sus críticas a los Gobiernos de George W. Bush y Donald Trump. Así también, desde el Instituto de la Tierra y su óptica ambientalista, Sachs (2008) ha formulado recomendaciones en torno a desarrollo sostenible, medio ambiente, pobreza y demografía.
Más recientemente, el francés Thomas Piketty, quien propuso un impuesto a las empresas y patrimonios de los más ricos, considera que la pandemia podría acelerar la transición a otro modelo económico más equitativo y sustentable (Alconada Mon, 2020). Sugiere aumentar la inversión en los sistemas públicos de salud; apoyar más ingresos de los que lo necesitan con programas de ingresos básicos; intercambiar información entre organismos tributarios; organizar tributación por emisión de dióxido de carbono, como parte del comercio internacional, y constituir un fondo. Estas medidas dependerán de balances de poder y de construcciones ideológicas variadas según países y regiones.
Otro cambio importante en el campo económico se producirá en las inversiones extranjeras y en el funcionamiento de las cadenas globales de valor (cgv), símbolo del proceso de globalización, buscando reducir los costes de producción y mejorar la eficiencia productiva y la competitividad (un 70% del comercio internacional), mediante la deslocalización productiva, con aprovechamiento de las diferencias salariales en países muy poblados o de menor desarrollo. Sin embargo, el aumento gradual en los salarios generados del retorno (reshoring) de algunas multinacionales a sus países de origen; los cambios tecnológicos de la automatización; las tendencias neoproteccionistas; la profundización de la guerra comercial entre Estados Unidos y China; la dependencia en la provisión de insumos y partes de proveedores externos, que ocasionan situaciones de vulnerabilidad, como en el campo sanitario con la covid-19; o la búsqueda de equilibrio entre seguridad y menor coste para el consumidor tendrá como resultado el acortamiento en las cgv. Se establecerán cadenas más cercanas a las casas matrices y al consumidor, generando el “reforzamiento de la regionalización o producción en proximidad” (Fanjul, 2020). El contexto de la pospandemia “apunta una continuidad de las cgv, si bien con una arquitectura distinta que se adapte al nuevo marco” (Gandoy y Díaz-Mora, 2020, p. 9).
Los cambios generados por la covid-19 no suponen la desaparición, pero sí el ajuste de las cgv:
Los análisis empíricos apoyan la persistencia en el tiempo de las cgv, poniendo de manifiesto que los flujos comerciales asociados a las
cgv son más estables que el resto. El adecuado funcionamiento de las cadenas de suministro exige una coordinación y confianza extrema entre los eslabones que la conforman. El producto final depende de que todos y cada uno de los participantes respondan a tiempo, con la calidad y los requerimientos técnicos precisos. La selección adecuada de los proveedores es, por tanto, un elemento esencial y, una vez que se ha encontrado al proveedor más conveniente y se han establecido los lazos de cooperación, son muchas las reticencias a cambiarlo o a ampliar la cartera de proveedores con objeto de reducir el riesgo ante posibles perturbaciones. (Gandoy y Díaz-Mora, 2020, p. 6)
En la pospandemia, los procesos latinoamericanos de integración, que en general han desarrollado escasos encadenamientos productivos, podrían estimular una mayor utilización de las cadenas globales de valor. Así se aprovecha la relocalización de las cgv en áreas cercanas a las casas matrices, para contribuir a la reindustrialización de los mercados subregionales, en respuesta a la recesión motivada por la covid-19.
Josep Borrell de la ue considera que habrá una diversificación de las fuentes de abastecimiento en el sector sanitario, para atender calamidades como las pandemias, con recursos propios y no centralizados en China. Esto permitirá protegerse de la situación de vulnerabilidad ante los proveedores extranjeros; además, la reubicación de actividades cerca de lugares de consumo implicará cadenas de valor más cortas, lo cual coincide en algunos casos con la lucha contra el cambio climático (Borrell, 2020).
Para Enrique Fanjul, del Real Instituto Elcano, el impacto consistirá en una reducción de las inversiones extranjeras, acompañada por “desarrollos tecnológicos como la digitalización, robotización, automatización, inteligencia artificial, impresión en 3D” en el mediano plazo. Estos cambios provocarán “que pierda relevancia el factor trabajo en los procesos productivos” (Fanjul, 2020), con las respectivas consecuencias en los salarios:
Para protegerse de futuras perturbaciones en las cadenas de suministro, las empresas en las economías avanzadas repatriarán producción de regiones de bajo costo a mercados locales más costosos. Pero en vez de favorecer a los trabajadores locales, esta tendencia acelerará la automatización, lo que generará presiones bajistas sobre los salarios y dará más sustento al populismo, el nacionalismo y la xenofobia. (Roubini, 2020b)
A diferencia de la crisis financiera del 2008, cuando el rescate se enfocó en el sistema financiero, ahora hay la oportunidad de reaccionar a las consecuencias de la pandemia con medidas globales orientadas a las personas, en montos que neutralicen la contracción y recesión mundial. La oxfam, por ejemplo, desde comienzos de la covid-19, sugería impuestos solidarios de emergencia, que permitieran la obtención de “la mayor cantidad posible de ingresos gravando beneficios extraordinarios, la riqueza de las personas más ricas, productos financieros de carácter especulativo y actividades que generen un impacto negativo en el medio ambiente” (oxfam, 2020, p. 4). Las estimaciones sobre las cantidades de dinero a obtener eran los siguientes:
Como mínimo serían necesarios 2,5 billones de dólares. La unctad ha solicitado 2,5 billones de dólares para rescatar a las economías de los países en desarrollo. Esta suma podría estar constituida por un billón de dólares en concepto de cancelación de la deuda externa, otro billón de dólares en liquidez adicional movilizada a través de derechos especiales de giro, y 500 000 millones de dólares en ayuda para apoyar los sistemas de salud de los países en desarrollo. oxfam ha instado que la ayuda se destine a duplicar el gasto en salud de los 85 países más pobres del mundo, lo que supondría un coste de 160 000 millones de dólares. Kristalina Georgieva, directora ejecutiva del fmi, ha afirmado también que los mercados emergentes requerirán un apoyo de 2,5 billones de dólares. Un total de 20 expertos, entre los que destacan cuatro ganadores del premio Nobel, incluyendo a Joseph Stiglitz, Nicholas Stern y siete economistas del Banco Mundial y otros bancos de desarrollo, han escrito a los líderes del G20 para advertirles de los “inimaginables impactos sociales y para la salud” de esta crisis, y han instado a la “movilización de billones de dólares”. (oxfam, 2020, p. 6)
Impacto en las políticas de salud pública y de transición energética y ecológica
Existen varios temas en los cuales la humanidad podrá hacer cambios significativos en la pospandemia, y muchos corren el riesgo de no ser tratados. Sin embargo, dos en particular merecen ser atendidos por los distintos actores de la sociedad para introducir cambios de fondo: la salud pública y la transición energética y ecológica.
En la reciente campaña electoral en los Estados Unidos, el candidato de la izquierda del Partido Demócrata, Bernie Sanders, tuvo entre sus principales propuestas dotar al país de un sistema de atención médica universal, sorprendentemente inexistente en la primera potencia del planeta. Una parte de la opinión pública consideraba que era una propuesta comunista, cuando en realidad corresponde a uno de los pilares principales de un Estado de bienestar. Como afirma Stiglitz (2019), “hasta que el programa Obamacare se promulgó, el país no reconocía el derecho de cada estadounidense a la atención médica, un derecho reconocido prácticamente por todos los países avanzados” (p. 66). Es de esperar que las enormes cifras de muertes alcanzadas por la covid-19 en los Estados Unidos y los efectos trágicos de la pandemia en el mundo lleven a pensar que una de las medidas prioritarias de la pospandemia sería asegurar una atención médica universal. Esta medida puede concretarse mediante la estructuración de redes globales de salud pública y una reforma de la actual oms hacia un Sistema Global de Salud, tal como sostiene Andrés Ortega (2000), investigador del Real Instituto Elcano de España.
Es recomendable examinar los errores cometidos en estos años de proceso globalizador, pues los presupuestos de salud raramente cubrieron las necesidades del personal médico, las inversiones hospitalarias, los ancianatos, el número de camas públicas y las unidades de cuidados intensivos. La prioridad no fue la vida, sino la rentabilidad y la eficiencia de los sistemas privatizados de salud; se proletarizaron los ingresos del cuerpo médico, limitado en su atención a los pacientes para evitar el aumento de los costos. En la pospandemia, la revisión de las políticas públicas de salud es necesaria para frenar la inequidad social, pues los más desprotegidos no tienen acceso por insuficiencia en los recursos públicos, además, están imposibilitados de someterse indefinidamente a medidas de confinamiento porque deben buscar el sustento diario. Por tanto, según Piketty, es importante asegurar una adecuada distribución de la vacuna entre las distintas clases sociales, para no agravar los efectos de la recesión mundial y se consoliden nuevas relaciones sociales basadas en la solidaridad (Alconada Mon, 2020).
Para atender la extensión de los sistemas de salud pública, se necesitará de financiamiento de las instituciones financieras y de medidas de condonación y/o moratoria de la deuda pública de los países, complementadas con reestructuraciones del servicio de la deuda. Por otro lado, los recortes de austeridad no deben socavar los sistemas de salud pública. La integración de sanidad y servicios sociales es clave en el modelo de bienestar futuro. Con el cambio del modelo asistencial pasivo a uno proactivo y preventivo, es vital aprovechar los avances tecnológicos de la biogenética, la nanomedicina y la bioinformática, para prevenir y controlar nuevas pandemias, previsibles en el futuro inmediato.
La capacidad del planeta para afrontar nuevas pandemias debe ser abordada desde ahora, para que se desarrolle de manera multilateral, coordinada y responsable, a fin de no repetir los problemas presentados en el manejo de la covid-19. Al respecto, la recién creada Junta de Vigilancia Mundial de la Preparación6 señala que dichos problemas resultaron de la falta de cooperación multilateral. Por tanto, el debilitamiento de la actividad multilateral tendrá graves consecuencias para la seguridad sanitaria mundial. Para evitar la próxima epidemia, habrá que ejercer un liderazgo responsable, tener una ciudadanía comprometida, contar con sistemas sólidos y ágiles que garanticen la seguridad sanitaria, y gozar de una inversión constante y una gobernanza mundial sólida en materia de preparación (Junta de Vigilancia Mundial de la Preparación, 2020).
Las epidemias han estado aumentando con mayor frecuencia y corresponden, en gran medida, a enfermedades producidas por transmisiones de agentes patógenos entre animales y humanos. La deforestación ha ejercido una presión tremenda sobre los animales, que son expulsados de sus hábitats naturales, lo cual ha facilitado el encuentro con humanos en ecosistemas desequilibrados. A su vez, los humanos están cada vez más hacinados en los grandes centros urbanos y disponen de facilidades de desplazamiento aéreo masivo, que moviliza los virus a distintos lugares del planeta. La Junta de Vigilancia Mundial de la Preparación confirma que, junto a la movilidad de la población y la alteración del clima, la destrucción de las pluviselvas tropicales ha hecho posible que virus de animales silvestres se propaguen a los seres humanos (Junta de Vigilancia Mundial de la Preparación, 2020).
Los efectos desastrosos de migraciones causadas por la desertificación de tierras agrícolas, sumados a problemas de aumento de los mares por derretimiento de los polos, han sido igualmente advertidos por los analistas:
En las próximas décadas, las pérdidas de cosechas provocadas por el aumento de temperaturas y la desertificación expulsarán a cientos de millones de personas desde las zonas tropicales cálidas hacia ee. uu., Europa y otras regiones templadas. Y otros estudios recientes advierten sobre la posibilidad de “puntos de inflexión” climáticos, por ejemplo, un derretimiento de grandes placas de hielo en la Antártida o Groenlandia que provoque un aumento repentino y catastrófico del nivel de los mares. (Roubini, 2020a)
El mundo tiene la oportunidad histórica de no continuar en la depredación del planeta y de reorientarse hacia una transición energética y ecológica, adoptando medidas, a corto y mediano plazo, que permitan a la humanidad la convivencia con la Tierra; estabilizando los cambios climáticos; desarrollando recursos naturales limpios y sostenibles, con energías y transportes bajos en carbono; y preservando y conservando las especies. Para lograrlo, se requerirá del trabajo coordinado entre los Estados, los organismos intergubernamentales internacionales, las ong y la sociedad civil, que asegure la reactivación y cumplimiento de los acuerdos y tratados internacionales sobre estas temáticas.
Es fundamental, como plantea el director de la Agencia Internacional de Energía (aie) Fatih Birol, “que los Gobiernos no piensen únicamente en términos de relanzamiento de la economía y se vinculen a la construcción de un mejor futuro” (citado por Garric, Wakim y Mouterde, 2020). Esto implica necesariamente lo energético y lo ecológico, bajo dos alternativas: “[o] nos engañan todavía por varios decenios en un modelo de desarrollo contaminante, ineficaz, carbonizado y no sostenible; [o aprovechan] para acelerar el movimiento hacia una energía y transportes bajos en carbono que aportarán beneficios a largo plazo” (Mountford, citado por Garric et al., 2020).
Afortunadamente, desde mediados del 2020, en algunos lugares del mundo, la pandemia suscitó el estudio de propuestas para enfrentar los problemas del cambio climático en la pospandemia. Así, por ejemplo, en Francia, en junio del 2020, una convención ciudadana le presentó al Gobierno del presidente Macron un listado de 150 proposiciones, entre las cuales estaban: modificar la constitución para garantizar la preservación de la biodiversidad, el medioambiente y la lucha contra el cambio climático; aplicar profundos cambios en el parque automotor para reducir las emisiones e incrementar el uso del tren; limitar los efectos “nefastos” del transporte aéreo en los vuelos internos y la construcción de nuevos aeropuertos; hacer obligatoria la renovación energética global de las construcciones al 2040; limitar grandes superficies comerciales en las afueras de las ciudades; aumentar la longevidad de productos reparables y el reciclaje obligatorio de todos los productos de plástico para el 2023; orientar inversiones hacia proyectos “verdes” y publicitar el impacto del carbono en bienes y servicios; y generalizar los temas medioambientales y de desarrollo durable en la educación. Existen también diversas proposiciones relacionadas con la alimentación: mayor consumo vegetariano y reducción del consumo de carne y de productos lecheros, eliminación de la sobrexplotación pesquera, y la prohibición de pesticidas dañinos del medioambiente para el 2035. Además, se plantea reformar la Organización Mundial del Comercio, para incluir la obligación de considerar los compromisos del Acuerdo de París sobre cambio climático en las negociaciones de acuerdos comerciales (Garric y Barroux, 2020).
Los problemas no tratados hasta ahora con la suficiente atención deberían ser asumidos en esta década con mayor responsabilidad. Es el caso del calentamiento global generado por la actividad humana, asunto ratificado por informes del Panel Intergubernamental de Cambio Climático de las Naciones Unidas, del cual se habla hace más de cuarenta años, con pocos resultados y tardía puesta en práctica de los compromisos del Acuerdo de París de 2015. El grave peligro de desatenderlo es que la recesión económica impacte tan negativamente que, mientras el mundo se recupera de la crisis, no existan fondos para los recursos que implica una transición a una economía descarbonizada, de energías limpias sustitutivas. Habrá que contar también con los precios del petróleo en los mercados mundiales pues, de mantenerse muy bajos, la transición energética se complicaría.
La transición energética no se puede dejar al azar y a la buena voluntad; debe responder a planes de acción concertados a nivel mundial, para todo tipo de proyectos que involucren cambio climático, así como la recuperación de la recesión mundial, las políticas de salud pública e incluso de la convivencia racial. La directora de Políticas Climáticas del Instituto Roosevelt (Estados Unidos), y una de las artífices del Green New Deal (Nuevo Pacto Verde)7, Rhiana Gunn-Wright, considera que todos estos problemas están interrelacionados:
No es posible comprender el daño real del sector de los combustibles fósiles si no se lo analiza a través del prisma de la justicia racial, la desigualdad económica y la sanidad pública […], los sucesos de 2020 […] subrayan la urgencia de que los distintos movimientos sociales por el clima, la justicia social y la equidad se unan para exigir cambios estructurales desde una perspectiva ambiental. (Temple, 2020)
Lo anterior procura ecologizar la economía a través de un nuevo contrato social entre el Gobierno, las empresas y los ciudadanos. Se debería entonces contar con compromisos a corto, mediano y largo plazo, para no repetir lo acontecido durante la crisis mundial del 2008, pues los esfuerzos de recuperación económica estuvieron acompañados de una fuerte alza del co2, que perjudicó los planes contra la contaminación ambiental. Por eso, en la recuperación económica de sectores como el aéreo y automotor, se sugieren medidas de transición energética más exigentes, aunque será difícil hacer prevalecer este enfoque frente a aquellos que se basan en la recuperación económica, generando enfrentamientos permanentes entre grupos empresariales y grupos ecológicos. Así ocurre con el objetivo de la Comisión Europea de alcanzar la neutralidad de carbono en el continente para el 2050: ha sido rechazado por algunos Gobiernos y grupos empresariales, mientras que grupos políticos, ong y ecologistas lo defienden (Garric et al., 2020).
La pospandemia y la integración multidimensional en América Latina
En la pospandemia, la integración multidimensional será un vector fundamental e indispensable. Servirá para contrarrestar el avance de nacionalismos autárquicos y populistas contrarios a la integración, pues su consolidación dificulta la continuidad de estos procesos. Además, la coyuntura de la pospandemia es adecuada para formas de trabajo más solidario, manejo de objetivos en común, soberanías compartidas sin tanto egoísmo localista, y eso le corresponde a la integración. Según plantea la Cepal (2020a), “es posible que la mejor solución sea una nueva globalización con una gobernanza proclive a la inclusión y la sostenibilidad, pero para participar activamente en esa nueva globalización, América Latina y el Caribe debe integrarse productiva, comercial y socialmente” (p. 20).
Los impactos económicos y sociales negativos, en términos de pérdidas de empleo8 y de aumento de las cifras de pobreza9, demandan en los procesos de integración el desarrollo de programas conjuntos como reacción a la recesión económica, y de agendas de desarrollo y cohesión social ante la crisis generada por la pandemia.
A esto se suma el crecimiento de los niveles de endeudamiento interno y externo, la falta de liderazgo y la pérdida de credibilidad en las instituciones, la disminución de las remesas de migrantes desde el exterior y de las corrientes de turismo, además de la contracción del comercio internacional. Estas son nuevas realidades en la pospandemia que pueden enfrentarse y solucionarse a través de una integración latinoamericana multidimensional, renovada y bien reformulada, de soluciones comunitarias y solidarias.
Así ocurrió en el proceso de integración europeo, con una respuesta comunitaria, mutualizada y consensuada a la recesión económica provocada por la covid-19, que —cabe señalar— no es responsabilidad de ningún país en particular. Después de cuatro días de duras negociaciones presenciales de los 27 Gobiernos del bloque, durante julio del 2020, en Bruselas, se aprobó una ayuda global de 750 000 millones de euros. El 70 % estaba destinado a ser utilizado en solo dos años: 390 000 millones de euros, como subsidio o transferencias directas, no reembolsables por los países beneficiarios, principalmente del sur del continente; y 360 000 millones de euros en préstamos de 27 a 28 años, con una tasa muy baja de interés. A esto se suma la aprobación del presupuesto comunitario para el periodo 2021-2027, por un monto mayor de 1000 millones de dólares.
Entre las acciones por destacar, está la financiación del paquete de ayuda global por la pandemia, a través de eurobonos de emisión de deuda de la propia Comisión Europea, usando como aval el presupuesto comunitario. Este se reforzará con impuestos, como el del plástico no reciclable establecido para el 2021, y deberá estudiar nuevos impuestos de tasa numérica digital y de ajuste al carbono en fronteras, aplicable a productos importados cuya huella de carbono no corresponda a los estándares (Stroobants y Malingre, 2020; El País, 2020).
La Unión Europea ha logrado no solo responder a las consecuencias de la pandemia de manera más solidaria, federal e integrada, sino que ha procedido a sentar las bases para una tesorería común, en la cual los países miembros resultan solidarios de una deuda comunitaria. Esta medida contribuirá a avanzar hacia una unión fiscal que profundizará la integración europea en sus compromisos como unión económica. Se vienen más debates de lo acordado en los parlamentos nacionales, en el Parlamento Europeo y en la Comisión, y con esto se abre la posibilidad de profundizar los alcances de la integración europea. Al respecto, el exministro belga y presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, señala lo siguiente: “Será responsabilidad de las instituciones europeas y de los Jefes de Estado y de Gobierno convencer. Y yo pienso que es bueno para la democracia que tengamos un debate, en todos los Estados miembro, sobre la Europa que queremos” (Malingre, 2020).
Ahora bien, fue una negociación difícil: los denominados países frugales (Holanda, Austria, Suecia, Finlandia y Dinamarca), contrarios a entregar unos recursos a un fondo perdido, sin control previo de unos planes de inversión y de reformas, lograron reducir la cifra a 390 000 millones de euros, cuando la solicitada era de 500 000 millones de euros. Además, a cambio de contar con el respaldo de países como Hungría y Polonia, se hicieron algunas concesiones sobre el respeto de las normas de derecho comunitario, aspecto que seguramente será reconsiderado por el Parlamento Europeo.
Las negociaciones contaron con el claro liderazgo, tan necesario en momentos de crisis como la pandemia, de la canciller alemana Angela Merkel, que considera que la negociación fue la prueba más grande del proceso desde su fundación, y del europeísta presidente francés Emmanuel Macron, para quien el resultado fue el logro más importante desde la introducción del euro. Como anota un editorial del diario español El País, “constituye sin lugar a dudas uno de los grandes momentos de la Europa comunitaria. Equiparable, porque viene a refundarla, con otras encrucijadas clave como su propia creación en 1957 y con el lanzamiento de la moneda única en 1998/2000” (El País, 2020).
A esta ayuda global se añaden mecanismos establecidos luego de la crisis financiera mundial de 2008, como el Mecanismo Europeo de Estabilidad (mede), que dispone de sumas importantes para la concesión de créditos, que pueden complementarse con recursos del Banco Europeo de Inversiones (bei). Con esto se demuestra la importancia de contar con instituciones sólidas en los procesos de integración.
Respecto al papel de la integración en la pospandemia, la Cepal (2020a) considera que:
La integración regional está llamada a desempeñar un papel clave en las estrategias de desarrollo de los países de América Latina y el Caribe. Un mercado integrado de 650 millones de habitantes constituiría un importante seguro frente a perturbaciones de oferta o de demanda generadas fuera de la región. (p. 20)
La continuidad y supervivencia de los procesos de integración sería seriamente cuestionada de no lograrse una consolidación de lo multinacional frente a lo nacional; de no captarse el interés y apoyo de las poblaciones hacia la integración, demostrando que las soluciones colaborativas de supranacionalidades compartidas son más beneficiosas; y de no existir un adecuado respaldo y voluntad política por parte de los Gobiernos. Encontrar respuestas urgentes y convincentes es una tarea que deberán adelantar los procesos de integración, tanto en el mundo desarrollado, como en el mundo en vías de desarrollo. Sería recomendable disponer de estructuras mínimas de personal técnico dedicado a pensar en función de las soluciones globales, de juntar y unificar propuestas nacionales y darles una presentación y un sentido comunitario (Vieira, 2019).
Lamentablemente, son pocos los procesos de integración como el de la Unión Europea (ue), en los que existen estas condiciones. Por su disciplina y sentido colectivo, procesos de integración asiáticos como la Asociación Económica de Estados Asiáticos (asean) podrían alcanzarlas. En América Latina, donde ha prevalecido el desmantelamiento de la supranacionalidad —como ha ocurrido con la Comunidad Andina (can)— y la conducción intergubernamental de la integración —como en el Mercosur y la sica—, ojalá se esté a tiempo de profundizar y relanzar procesos de integración con respuestas efectivas, consensuadas y solidarias.
Entre los muchos temas por abordar, están algunos que se han trabajado poco, como el científico y tecnológico, considerando que los avances de las nuevas tecnologías disruptivas son inatajables y tienen fuertes impactos en el futuro de los empleos. Otros temas que deben tratarse de manera prioritaria son las políticas de salud pública y de generación de empleo, como herramientas indispensables para enfrentar el aumento de pobreza ocasionado por la pandemia; el tema de democracia y autoritarismo; o el de las políticas ambientales y las políticas sociales y económicas a armonizar, para salir del estancamiento de la integración latinoamericana en fases de libre comercio y avanzar con mayor profundidad en una integración para un desarrollo compatible con lo medioambiental.
Es pues muy conveniente el relanzamiento de una integración latino-americana con una agenda gradual, pero precisa de diferentes etapas a corto, mediano y largo plazo, para avanzar en una integración multidimensional mediante un plan de acción de la integración latinoamericana en la pospandemia que retome elementos que habían sido dejados de lado en una integración regional aperturista, y se acuerde una mayor participación consensuada de los Estados en una integración latinoamericana basada en políticas del Estado de bienestar. Esto permitiría superar las divisiones ideológicas que se han presentado este siglo entre partidarios de un regionalismo abierto, de articulación al mundo, con base en aspectos económicos y comerciales de la globalización, y los partidarios de un regionalismo posliberal o poshegemónico, que centran la integración en aspectos políticos y sociales, descalificando los demás. De este modo, podría recuperarse la característica central de una efectiva integración: la multidimensionalidad (Vieira, 2020).
Además del fortalecimiento del Estado de bienestar, es recomendable lograr el de la institucionalidad de los procesos latinoamericanos de integración (Vieira, 2019). Sería conveniente hacer una revisión del desempeño y de las posibilidades de atender la pospandemia en materia de integración, de los múltiples organismos encargados de los procesos. Así sería posible proceder con las reformas necesarias, bien sea para su mejoramiento y mayor eficiencia, para su fusión o para contemplar su eventual desaparición, concentrando los costos operativos en aquellos organismos que realmente puedan responder al difícil entorno de la pospandemia. Es incomprensible e inaceptable la falta de respuesta comunitaria a la covid-19 de los procesos de integración, considerando que en Suramérica se había dado un Consejo Suramericano de Salud en la Unasur, y que, en la Comunidad Andina, con medio siglo de existencia y décadas de contar con el Convenio Hipólito Unanue para la salud, se deberían haber definido acciones consensuadas entre los ministros del ramo. El Mercosur, por su parte, está paralizado por las desavenencias ideológicas de sus dirigentes, y solo el sica ha respondido como proceso de integración en Centroamérica.
En la medida en que hubiera voluntad política para reaccionar con un vuelco profundo en las estructuras institucionales existentes, la coyuntura especial creada por la pospandemia permitiría reconsiderar el proyecto adelantado en la década de los noventa para la creación de un organismo de integración continental: la Comunidad Latinoamericana de Naciones (clan). Este proyecto, que no alcanzó resultados en aquel tiempo, cubre los diecinueve países de habla española y portuguesa, con Cuba y República Dominicana como países caribeños, los países continentales, como México, y los países centro-americanos y suramericanos10. Sería más difícil actuar con eficiencia en medio de tantos procesos subregionales de integración (Mercosur, can, sica y Alianza del Pacífico), de organismos de alcance regional (aladi, alba y Prosur, reemplazante de Unasur) y de organismos continentales con funciones adicionales a las de la integración (por ejemplo, la celac)11.
Una acción realizable a corto plazo es definirle compromisos específicos y puntuales a la Asociación Latinoamericana de Integración (aladi). Su permanencia depende de que los Gobiernos decidan llevar a cabo los compromisos que esta ha venido arrastrando sobre convergencia, mandato establecido en el artículo 3.º del tratado constitutivo de 1980 (aladi, 2011; Garnelo, 2011; Vieira, 2020). Se podría contar con un organismo de alcance continental que, en la coyuntura de recesión ocasionada por la covid-19, concentre un accionar unificado, y agrupe a los países centroamericanos y a República Dominicana, pues Cuba y Panamá ya pertenecen a la aladi.
Su actividad se centraría en la convergencia pronta de los diferentes compromisos de los procesos subregionales de integración, y podría intentarse incorporar también con la armonización de políticas sociales y productivas correspondientes a una integración multidimensional, indispensables para la recuperación de los perjuicios de la pandemia. La obtención de estos resultados exige decisión y voluntad política por parte de los Gobiernos latinoamericanos acorde con el problemático contexto existente.
Si se lograra concentrar el manejo de la integración en una aladi ampliada al continente, con mandatos claros a ejecutar, o acordar el establecimiento de la Comunidad Latinoamericana de Naciones (clan) en corto y mediano plazo, sería posible pensar en la desaparición de organismos regionales de integración que no muestren una reacción adecuada para relanzar los compromisos de integración y enfrentar las crisis de la covid-19. Esta acción serviría incluso para disminuir costos y desgastes en acciones dispersas, en momentos de estrecheces económicas de los Gobiernos con motivo de la pandemia.
De no haber acuerdo político para estas medidas de mayor compromiso, se podría buscar al menos concentrar la integración suramericana en un solo proceso que fusione al Mercosur con la Comunidad Andina y/o la Alianza del Pacífico. Centroamérica continuaría con el Sistema de la Integración Centroamericana, que incluye a República Dominicana, y se podría invitar a Cuba a incorporarse, pues los miembros del Caricom poseen un contexto geopolítico muy distinto, en cuanto son excolonias británicas, francesas u holandesas.
Finalmente, ante la existencia de intereses distintos y contradictorios imperantes en América Latina, otra opción sería acudir a propuestas pragmáticas de compromisos de geometría variable, que atendieran esas diferencias, como lo planteaba el entonces director de la División de Comercio Internacional e Integración de la Cepal, Osvaldo Rosales: “A lo mejor es el momento de buscar pragmáticamente fórmulas de convergencia entre lo que hay, sin abandonar el objetivo integracionista, adoptando fórmulas flexibles, de geometría variable para —en una etapa posterior— generar una fase de agrupación más avanzada” (Rosales, citado por Leiva, 2008, p. 36).
Respecto al tema del proteccionismo, cabe señalar que la continuación de tendencias neoproteccionistas pone en peligro la integración, al tiempo que el autoaislamiento de los dos mayores países latinoamericanos, Brasil y México, podría estar ejerciendo un liderazgo en la integración. El aislacionismo es perjudicial. Lo recomendable es mostrar que la profundización de la integración es una herramienta efectiva para desarrollar el espíritu de solidaridad y alcanzar la recuperación económica y social del continente. Lo peor que podría suceder es regresar a formas de regionalismo cerrado o proteccionista, pues el aislamiento hará más difícil superar los impactos negativos de la pandemia.
En cuanto a las políticas por armonizar, las de calentamiento global y el desarrollo de energías alternativas limpias y sustitutivas de las energías fósiles y contaminantes son un reto para trabajar de manera conjunta, multilateral y solidaria. Con esto se aseguraría la habitabilidad del planeta, y se superaría la condición de productores-exportadores de commodities minero-energéticos y la dependencia excesiva del comercio exterior de algunos países. En este sentido, se debería trabajar en la modificación del relacionamiento tradicional de América Latina como proveedor de materias primas a los mercados internacionales. Al respecto, la Cepal (2020a) considera que “como nunca en los últimos 30 años, hoy está abierto a discusión el modelo dominante de inserción de la región en la economía internacional, basado en la especialización en materias primas, manufacturas de ensamblaje y turismo de sol y playa” (p. 19).
En la pospandemia, el comercio exterior se abre a la posibilidad de hacer un importante desarrollo de las cadenas globales de valor (cvg). En el proceso de globalización iniciado en la década de los noventa, muchas empresas realizaron la deslocalización productiva de bienes y de servicios a través del planeta, pero principalmente las grandes compañías transnacionales. En las nuevas condiciones establecidas por la pandemia, que implican un repliegue territorial hacia lugares más cercanos a los centros de consumo, se presenta la gran oportunidad para que los procesos de integración latinoamericanos, tan retrasados en este asunto, desarrollen cadenas globales de valor y aseguren encadenamientos productivos entre empresas de los países que integran los procesos subregionales y regionales. En particular, es una gran oportunidad para la convergencia de acciones tangibles entre el Mercosur y la Alianza del Pacífico, y en el interior de cada uno de estos procesos subregionales, para asegurar un mayor encadenamiento y tejido empresarial.
En cualquiera de los dos escenarios de la pospandemia, se necesitará actuar como bloque, de manera multilateral. El orden internacional se debe basar en una gobernanza más participativa, que requiere la preservación de un sistema multilateral de comercio internacional (Peña, 2020). Si el mundo evoluciona favorablemente hacia mecanismos comunitarios y solidarios, una América Latina actuando en bloque tendrá mejor acceso y aprovechamiento de las condiciones de ayuda que se establezcan de manera global. Y necesitará actuar unida mucho más y en bloque si se generaliza el “sálvese quien pueda” y el enfrentamiento feroz de un capitalismo salvaje, para reposicionarse en la escena internacional, en la que muy pocos países latinoamericanos tienen condiciones de hacerlo por sí solos.
La pospandemia representa una oportunidad histórica para dar un salto hacia adelante y concretar las metas y objetivos aplazados de la integración de América Latina. Coincidimos con Leiva (2008) en ese sentido:
Alcanzar un sólido proceso de integración no significa solamente avanzar en los esquemas que se han venido aplicando en los últimos decenios, sino significa además aunar la voluntad política de los países para dar un salto adelante y emprender un proceso que comprometa a todos los países de América Latina y el Caribe en torno a un conjunto básico de compromisos que representen beneficios reales y equitativos para todos los países y transformen la integración de la región en un proceso irreversible y en una real palanca para el desarrollo de toda la región y su inserción internacional. (p. 30)
Esta es una oportunidad para avanzar hacia la pertinencia y convergencia de la integración latinoamericana, que ha sido considerada desde el 2017 por un amplio grupo de académicos estudiosos de la integración pertenecientes al Grupo de Reflexión sobre Integración y Desarrollo en América Latina y Europa (Gridale).
Conclusión
La crisis económica, política y social que impacta el continente y las difíciles condiciones para su recuperación como consecuencia de la covid-19 requieren de medidas de choque estructuradas a corto, mediano y largo plazo, con el debido respaldo político. No es con el caudillismo aislacionista y populista como se podrá salir adelante. No es con disputas ideológicas como se alcanzará la recuperación. Es con la actuación conjunta, solidaria y multilateral en la reactivación de la integración multidimensional de América Latina, mediante la adopción de un plan de acción de la integración latinoamericana en la pospandemia, con medidas necesarias, fuertes y profundas, que por fin lograremos la transformación que requiere nuestro continente.
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1 Este capítulo es resultado del proyecto de investigación INV 3066 “La covid-19 y los cambios en el orden mundial de la pospandemia".
2 Algunas personalidades del mundo científico (por ejemplo, el Comité Nacional de Inteligencia de ee. uu., en el 2008), empresarial y político (Bill Gates y Barack Obama, respectivamente) habían prevenido sobre el peligro latente de aparición de nuevos virus. Este asunto debía atenderse con mayor respaldo de investigaciones científicas, pero en una sociedad capitalista, interesaron más las actividades rentables a corto plazo. Le preguntaron al pensador Edgar Morin si era previsible esta pandemia, y respondió que la llegada de un imprevisible era previsible, pero no su naturaleza. De ahí su máxima Attends-toi à l’inattendu (“Espérate a lo inesperado”).
3 Terminada la Primera Guerra Mundial en 1918, el mundo vivió la pandemia de la “gripe española”, que comenzó en Estados Unidos. A falta de avances medicinales y de las tecnologías de hoy, alcanzó una mortalidad espantosa. Según Angel Badillo, investigador del Real Instituto Elcano, esta gripe “mató a un número de personas imposible de determinar: algunas fuentes hablan de 20 a 30 millones, otras elevan el número hasta 50 o incluso 100, solo en un año más que en las dos guerras mundiales juntas”. Solo un cuarto de siglo después la humanidad descubrió el mundo de los virus mediante los microscopios electrónicos (Badillo, 2020).
4 Así lo advertía, a mediados del 2020, Nouriel Roubini: “La crisis de la covid-19 también agudizó la guerra fría que Estados Unidos y China mantienen por cuestiones de comercio, tecnología, datos, inversiones y tipo de cambio. Hay una peligrosa escalada de tensiones geopolíticas en Hong Kong, Taiwán y los mares Oriental y Meridional de China. Por más que China y Estados Unidos quieran evitar una confrontación militar, la creciente temeridad de ambas partes puede llevar a que se produzca algún incidente militar que se salga de control” (Roubini, 2020a).
5 El modelo neoliberal no fue aplicado de manera similar en el planeta, como en su momento lo planteó Michel Albert al referirse a distintas formas de capitalismo. Por una parte, un modelo “neoamericano, fundado sobre el éxito individual y el beneficio financiero a corto plazo”, que fue el que originó graves crisis financieras, la principal en el 2008; y por otra, el modelo “renano, centrado en Alemania”, con semejanzas con el modelo desarrollado en Japón, que “valora el éxito colectivo, el consenso, la inquietud a largo plazo” (Albert, 1992, p. 24).
6 La Junta de Vigilancia Mundial de la Preparación (Global Preparedness Monitoring Board, gpmb) fue creada en el 2017 por la Organización Mundial de la Salud y el Banco Mundial, por recomendación del Equipo de Tareas sobre las Crisis Sanitarias Mundiales del Secretario General de las Naciones Unidas, e inició actividades en el 2018.
7 El Nuevo Pacto Verde es un movimiento propuesto recientemente por la congresista demócrata Alexandria Ocasio-Cortez, que ha modificado el debate en Estados Unidos sobre cambio climático, exigiendo inversiones públicas específicas para hacer frente al cambio climático y a desafíos sociales como la desigualdad. Esta postura es compartida por la economista Mariana Mazzucato del University College de Londres, autora del libro Rethinking Capitalism y fundadora del recientemente creado Instituto para la Innovación y el Propósito Público. Mazzucato destaca que la financiación pública ha sido crucial para los avances tecnológicos desde internet a la biotecnología, y considera que este tipo de inversión dirigida o “políticas de innovación con misión” permite emplear las políticas industriales para enfrentar el cambio climático y otros grandes desafíos sociales.
8 “Los efectos de la crisis llevarían al cierre más de 2,7 millones de empresas formales en la región, con una pérdida de 8,5 millones de puestos de trabajo, sin incluir las reducciones de empleos realizadas por las empresas que seguirían operando. El número de desocupados llegaría a 44,1 millones de personas, lo que representa un aumento cercano a 18 millones con respecto al nivel de 2019 (26,1 millones de desocupados)” (Cepal, 2020b, p. 10).
9 La Cepal (2020b) proyecta que “el número de personas en situación de pobreza se incrementará en 45,4 millones en 2020, con lo que el total de personas en situación de pobreza pasaría de 185,5 millones en 2019 a 230,9 millones en 2020, cifra que representa el 37,3 % de la población latinoamericana. Dentro de este grupo, el número de personas en situación de pobreza extrema se incrementaría en 28,5 millones, pasando de 67,7 millones de personas en 2019 a 96,2 millones de personas en 2020, cifra que equivale al 15,5 % del total de la población” (pp. 10-11).
10 La reconsideración de la creación de la Comunidad Latinoamericana de Naciones (clan) se plantea dentro de las acciones a largo plazo para la convergencia de la integración latinoamericana, analizada en el primer capítulo del libro Pertinencia y convergencia de la integración latinoamericana en un contexto de cambios mundiales (Hurtado Briceño y Vieira Posada, 2020). Si hubiera voluntad política de respuesta institucional a la pandemia, se podría acortar el tiempo para ponerla a funcionar.
11 La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (celac) no es una opción continental de integración, pues la integración latinoamericana necesita de un organismo dedicado plenamente a estas responsabilidades. La celac tiene otras responsabilidades, como el posicionamiento de la región en temas globales, la concertación política y el fomento de procesos de diálogo con otros actores. Además, ha perdido protagonismo por sus diferencias ideológicas internas, la poca importancia que le otorga el actual Gobierno de México a las relaciones internacionales y el retiro de la potencia latinoamericana que es Brasil en enero del 2020.
Capítulo 2. América Latina en un mundo que pueda ser más solidario y eficaz: su contribución a acuerdos comerciales multilaterales y a la integración regional
Félix Peña
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Peña, F. (2021). América Latina en un mundo que pueda ser más solidario y eficaz: su contribución a acuerdos comerciales multilaterales y a la integración regional. En E. Vieira Posada y F. Peña (Eds.), La covid-19 y la integración ante los desafíos de un nuevo orden mundial (vol. 6, pp. 57-78). Ediciones Universidad Cooperativa de Colombia. https://doi.org/10.16925/9789587602906
Un mundo más conectado, contagioso y, por ende, bien complejo1
El Papa Francisco ha señalado que para salir mejor de la crisis de la covid-19 “debemos hacerlo juntos, en solidaridad”2. Es lo que permite, dijo, que nos veamos como interdependientes, y “sólo siendo solidarios podremos salir adelante, pues de lo contrario surgen desigualdad, egoísmos, injusticia y marginación”. Señaló que la solidaridad es un cambio de mentalidad que nos conduce “a pensar en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes de parte de unos pocos”, y agrega que “para que nuestra interdependencia sea solidaria y dé frutos, debe fundarse en el respeto a nuestros semejantes y a la creación”.
Son conceptos que nos ayudan a la impostergable reflexión sobre cómo encarar una nueva etapa del desarrollo de los países latinoamericanos y del mundo. Pero también nos ayuda a repensar el futuro de la cooperación latinoamericana basada en la solidaridad entre los países y los pueblos, como una forma de poder incidir como región, con más eficacia, en los necesarios replanteos del orden internacional y de las instituciones multilaterales y regionales existentes. Y ese replanteo, tanto en nuestra propia región como en el plano global, debe asentarse en la idea de “convergencia en la diversidad” que los países latinoamericanos aprobaron en su momento, con base en una iniciativa lanzada en el 2014 por el entonces Gobierno chileno de Michelle Bachelet3.
Entender factores que conducen a una crisis sistémica de alcance global es esencial cuando se aspira a superarla. Tal es el caso de la pandemia de la covid-19. Encararla con éxito requiere capacidad de concertación en todos los niveles involucrados: el global, el regional y el nacional. Para ello, es fundamental entender transformaciones profundas que se han operado en los últimos tiempos. En primer lugar, el mundo actual está hiperconectado. Es quizás uno de los principales cambios con respecto al mundo de solo unas décadas atrás. Entender hoy los efectos de la pandemia de covid-19 requiere clarificar los crecientes efectos que un mundo hiperconectado tiene sobre los flujos de bienes, de servicios, de personas, pero también de ideas, creencias, valores, sueños, pestes…, y las múltiples variantes de ataques terroristas o cibernéticos que seguirán ocurriendo. Pero, en segundo lugar, la crisis actual nos está indicando que, además de hiperconectado, el mundo tiende a ser por momentos hipercontagioso. Esto es, un mundo en el que las tecnologías permiten atravesar muy rápido y en forma efectiva todo tipo de fronteras, incluyendo las culturales. El actual es un mundo digital. Las antes mencionadas son dos cualidades que tornan poco recomendable la pretensión que un país pudiera hoy tener de aislarse de su contexto global o regional. Por el contrario, entender todos los factores que han conducido a la actual crisis sistémica global es esencial cuando se aspira a superarla.
Difícil sería limitar la génesis del proceso a un solo factor. Para encararla en la perspectiva de país de forma oportuna y, eventualmente, con éxito, es inexorable tener diagnósticos lo más precisos posible sobre sus efectos actuales y potenciales, al igual que poder acceder a información correcta, de calidad y confiable respecto a cómo la están encarando otros países y regiones.
De ahí la importancia de que funcionarios, empresarios, dirigentes sociales y especialistas de cada país concentren su atención en el análisis de la situación internacional, y de sus múltiples impactos —actuales y previsibles— en cada uno de los otros países, especialmente los de su propia región. Es una atención que deberá estar concentrada en cada sector, sin dejar de tener en cuenta los efectos en cadena que una crisis sistémica como la actual puede ocasionar sobre múltiples sectores a la vez. Y es una atención que deberá reconocer la dinámica de este tipo de crisis y, por ende, la necesidad de revisar continuamente los diagnósticos y cursos de acción que se tracen —que a veces se pueden volver obsoletos a los pocos días de concluidos—.
También implica tener una gran capacidad de concertación de intereses diferentes que se exteriorice en todos los niveles involucrados en una crisis como la actual: el global, el regional y nacional. Cada uno de ellos puede requerir diversos desdoblamientos, si lo que se aspira es a entender realmente los desarrollos actuales y potenciales de esta crisis sistémica. No es, por lo tanto, una crisis que se preste a enfoques simplistas, monodimensionales y, sobre todo, estáticos. Por el contrario, su abordaje requerirá entender todas sus múltiples y profundas complejidades, aun cuando ellas requieran dejar de lado conceptos y marcos teóricos provenientes de otros momentos históricos. Implica, entonces, poner el análisis de la actual crisis global —y los cursos de acción que eventualmente se privilegien— en el marco de una interpretación correcta de los profundos cambios que se están produciendo en el sistema internacional.
El comercio internacional, en todos sus sectores y protagonistas, no dejará de evidenciar los efectos de esta crisis en diversos planos. De allí la importancia de tener información actualizada y de calidad sobre la pandemia, incluyendo los efectos actuales y potenciales que ya se pueden percibir en el comercio regional y en la integración latinoamericana. Igual de prioritario es poseer información actualizada sobre sus impactos en los respectivos procesos regionales de integración, comenzando por el Mercado Común del Sur (Mercosur), la Unión Europea, la Comunidad del Caribe (Caricom), el Mercado Común Centroamericano (mcca) y la Alianza del Pacífico (o sea,
los que mayor impacto tendrían sobre nuestra región latinoamericana), como también en los ámbitos institucionales de alcance mundial, en especial la Organización Mundial del Comercio (omc).
Es muy posible, además, que la actual pandemia ponga en evidencia la necesidad de introducir innovaciones en las instituciones (sistemas de decisión, de gestión y de producción de reglas de juego) de la gobernanza global y regional, cuyos alcances se podrán ir definiendo con base en la experiencia acumulada. Tendrán que ser innovaciones orientadas a facilitar la concertación de visiones e intereses entre todos los protagonistas gubernamentales, empresariales y sociales.
Como conclusión de esta primera aproximación, resaltaría la importancia de la información de calidad, que refleje la pluralidad de visiones entre todos los sectores; la urgencia de contar con diagnósticos precisos que asuman las complejidades de los escenarios que se enfrentan, y la relevancia de una concertación eficaz de la diversidad de intereses en juego. Estos tres requerimientos pueden tornar efectiva la voluntad política y social de transformar la actual crisis global en un factor de cambios profundos y positivos en los países de la región, así como en sus respectivos procesos de integración económica.
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