Kitabı oku: «María Kumbá»
MARÍA KUMBÁ
Novela galardonada con el premio Sor Juana Inés de la Cruz 2002, de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México).
Antes, en 2001, había recibido en la ciudad de Salta (Argentina) el Premio Pro Cultura Salta.
En ambas oportunidades con el título Cielo de tambores.
MARÍA
KUMBÁ
ANA GLORIA MOYA
| Moya, Ana GloriaMaría Kumbá / Ana Gloria Moya. - 3a ed. - Salta : Biblioteca de Textos Universitarios, 2021.Libro digital, Book “app” for Android - (La corriente infinita)Archivo Digital: onlineISBN 978-950-851-120-11. Narrativa Argentina. 2. Novelas Históricas. 3. Novelas de la Vida. I. Título.CDD A863 |
© 2021, por BTU (BIBLIOTECA DE TEXTOS UNIVERSITARIOS)
Colección La corriente infinita
1a. edición por BTU, 2003
Arte de tapa de la colección y adaptación para cada título: Flavio Burstein STEREOTYPO
(www.stereotypo.com.ar)
Domicilio editorial: Los Júncaros 350 - Tres Cerritos - 4400 Salta
Teléfono: (+54) 387 4450231
Depósito Ley 11.723
ISBN: 978-950-851-120-1
Digitalización: Proyecto451
Todos los derechos reservados.
Índice de contenidos
1 Portada
2 Prefacio
3 UNO
4 DOS
5 TRES
6 CUATRO
7 CINCO
8 SEIS
9 SIETE
10 OCHO
11 NUEVE
12 DIEZ
13 ONCE
14 DOCE
15 TRECE
16 Epílogo
17 Glosario
A qué cielo de tambores y siestas largas se han ido.
Se los ha llevado el tiempo, el tiempo que es olvido.
Tú, mujer adversaria y silente, en el misterio de extrañas muertes custodiado.
Con tus venas en la sien repicando
un sonido milenario donde el relevo es casi imperceptible. Pablo Antonio Cuadra
- PREFACIO -
Mi nombre es Gregorio Rivas y hoy, que del fuego de las pasiones se encargó el tiempo, inicio esta escritura para que la verdad no se pierda en el olvido. Para que la otra campana, la que tañe sofocada por las crónicas oficiales, sea oída por ustedes. Espero que no sea demasiado tarde.
Septiembre es un mes impiadoso para los viejos. El olor a azahar se vuelve insolente y nada puede evitar que se cuele por las hendijas de las puertas y la memoria. Alborota el orden que a duras penas impuse a mis sentimientos y me exige de una vez por todas la verdad. Escribir tantas ficciones no me sirvió para evitar que llegue el momento del inventario. Muero sin descendencia y estos recuerdos son mi manera de permanecer. Con suerte dentro de cien años tal vez algún desprevenido me resucite leyendo lo que hoy escribo desesperadamente.
Es necesario que sepan quién fue la mujer que más amé, quién fue el hombre que más odié. El final se acerca y no me entristezco. Mi vida fue tan intensa como mis sentimientos. Nunca perdí la pasión por ir siempre un paso más allá que mis fuerzas, un poco más adelante que mi esperanza.
Puede que estas memorias parezcan vanidad propia del escritor que las inicia convencido de que nadie podrá hacerlo mejor que él. Tal vez sea cierto. Pero nadie supo hasta ahora de los pesados recuerdos que escondo.
Quiero contarles realidades que nadie, ni los que vivieron esta historia, supieron reconocer. Dejaré de lado mi natural tendencia a los extremos y prometo transmitir lo sucedido tal como fue.
Pero no pretendan que la furia de los sentimientos no se filtre entre estas líneas. El odio y el amor son las fuerzas que empujan la vida, a veces odiando al ser amado, a veces amando al odiado… nunca encontré la diferencia.
- UNO -
Me perfeccioné en el difícil arte de sobrevivir siendo minoría
Nací en el partido de San Miguel de Tucumán de la Provincia de Salta, el abril de 1770, cuando era una aldea de apenas cinco o seis cuadras mal trazadas. Mi padre, Francisco Rivas, en un arrebato de amor del que se arrepintió toda su vida, se casó con mi madre, producto ilegítimo pero perfecto de la unión de un español y una india.
Dije que se arrepintió muy pronto de su impulso, ya que sus negocios prosperaron con gran velocidad y, al querer escalar socialmente, el peso de la sangre de mi madre se lo impidió.
Fue para él un lastre tan gravoso que, en un acto de amor, ella decidió morirse en su último parto dejándole en los brazos a mi hermano Bernardo, su tercer hijo varón, el único que mi padre amó. Al menos eso dejaba entrever su mano, cuya textura no conocí, jugueteando en su pelo. Ni Ignacio, el segundo, ni yo, supimos de la debilidad de una caricia.
Por ser el primogénito, recayó sobre mí su mandato inapelable de continuar sus negocios y llevar el apellido Rivas tan alto como la rígida sociedad de entonces le permitiera a un mestizo. Ignacio, el menos comprometido con la sangre, encontró una incuestionable manera de burlar las exigencias paternas. Entró al Seminario sin más vocación que sus ganas de irse lejos, del que salió ordenado sacerdote con brillantes notas, directo al Vaticano. Así se liberó de la opresión paterna que se ensañó con Bernardo. El pobre creció sin madre, en una casa de hombres silenciosos y mujeres que a escondidas le dispensaban una caricia de lástima. Así nunca pudo armarse para la vida y sus zancadillas.
Francisco Rivas era dueño de las tropillas de mulas más grandes de la zona. Venían comerciantes del Alto Perú o del puerto de Buenos Aires a comprar los animales que criábamos. Pese a que muchas morían reventadas bajo el peso excesivo de las cargas, era el único medio que los comerciantes utilizaban para transitar las complicadas geografías desde los puertos del Callao hasta el de Buenos Aires. El negocio era excelente ya que las pasturas tucumanas eran generosas como la tierra y tanto en invierno como en verano las engordaban en diario y gratuito banquete. La única amenaza para el negocio de los troperos era el mal del bazo, una peste tan contagiosa que, si un solo animal se enfermaba, los arrieros, entre cuchillos y lágrimas, sacrificaban al resto. Cualquier sacrificio era poco para ir a buscar de las costas las anheladas mercaderías de Europa.
El patrimonio de mi padre aumentó de tal manera que, necesitando multiplicar sus ganancias, incorporó en Trancas enormes extensiones de cañaverales, que rezumaban azúcar con solo mirarlos. Tiempo después, los barriles llenos del alcohol sacado de la caña se consumían en la zona de manera que los Rivas fuimos culpables de más de un crimen en boliches y pulperías donde los odios y las pasiones eran dejados en libertad por el aguardiente.
Ante tanta prosperidad y la rápida deserción de Ignacio a Europa, de donde, estábamos convencidos, no pensaba volver jamás, Francisco Rivas decidió darme la mejor educación posible para sucederlo y, pese a tantas lágrimas furiosas y a mis escasos doce años, me envió al Real Colegio de San Carlos de Buenos Aires.
Durante cuatro años, me perfeccioné no solo en teología, filosofía y gramática latina, sino también en el difícil arte de sobrevivir siendo minoría. Una minoría oscura y burlada…
Desde el primer día de clase nos unió un odio intenso. Manuel Belgrano creyó que, por ser callado y provinciano, con los pies aprisionados en durísimos zapatos, me podía ordenar que me sentara en el último banco. Su ojo morado me valió la primera penitencia que pagué feliz y selló nuestra eterna enemistad.
Se daba cuenta de que yo sufría lejos de Tucumán; siempre tuvo habilidad para descubrir las miserias ajenas. Me despreciaba por la sangre mestiza tan intensamente como yo lo odiaba por su pelo rubio y sus ojos claros. No perdía oportunidad de humillarme delante de nuestros compañeros. «Indio de mierda», me gritaba y la furia me subía al rostro. «Rubito flojito», le gritaba yo, imitándole su voz aflautada. Y dejaba de ser blanco para ponerse rojo. Intentaba disimularlo, pero a mí nunca pudo engañarme con su papel sobreactuado de monaguillo melancólico te hacías el santo en las misas y todos te creían yo no a mí jamás me engañaste yo veía lo que hacían bajo las mantas vos y tus amigos por las noches en los dormitorios a oscuras chancho obsecuente chismoso siempre delatándonos para colmo disfrutabas y te reías de los latigazos que nos daba el Padre Anselmo cuando le contabas que fumábamos en los baños esos cigarros apestosos todavía tengo surcada la espalda de aquellas noches en que nos desvestía y nos azotaba en su celda mientras nos hacía rezar diez padrenuestros y él jadeaba y jadeaba.
Al volver para las navidades a Tucumán, luego de quince días de ansiosa marcha en berlina, mi padre examinaba los progresos del año, de los que siempre se cuidó de no estar conforme. Nunca me perdonó mi rostro de indio que su sangre no logró aclarar como al de mis hermanos. Fui el más oscuro, el más fiel a la herencia materna. Él nunca supo que ahí residía mi fuerza.
Para el abril en que cumplí quince años, Francisco Rivas se había vuelto a casar, esta vez con la blanca y gorda hija de un comerciante andaluz, logrando al fin su anhelada condición de vecino notable. Con ella tuvo dos hijas con las que jamás crucé palabra, camino ni mirada.
Desesperado ante la invasión de tanta gordura femenina intentó tozudamente iniciarme en el negocio y me llevaba entre los surcos de caña a supervisar a los zafreros. Pero sus esfuerzos llegaron tarde, la escritura ya se había apoderado de mí con la misma intensidad de su rechazo, y ya jamás pude curarme. Había comenzado a hacerme su presa apenas aprendí a leer, guiado por el dedo oscuro y dulce de mi madre que me iba señalando las letras escritas con tiza sobre una pizarra que compartía conmigo sus rodillas. Así, las siestas tucumanas de la niñez abandonaron el duende de mano de lana y mano de fierro, para poblarse de palabras que, unidas a otras palabras, me encadenaron para siempre.
Después, sin orden ni concierto, comencé a escondidas a devorar los libros de la biblioteca paterna, que sacaba escondidos entre las ropas. Así dejé selladas con cebo de velas y sal de lágrimas, las páginas de Séneca, Virgilio y Petrarca. Se me hacían cortas las noches, y mis ojos, permanentemente colorados, delataban los vicios nocturnos que me desvelaban.
El volcán sucedió de repente. El ansia de escribir me surgía con tanta fuerza que se atropellaba en mi mano, siempre más lenta que los arrebatados universos que paría mi mente. La realidad no me bastaba y necesitaba ordenarla a mi antojo en la escritura. Así dolía menos.
Cuando salí para siempre del Colegio San Carlos, y durante más de tres años, mi padre me puso a dirigir la Sucursal de Rivas e Hijos en Buenos Aires. La excusa de los ideales de igualdad y fraternidad, recién llegados de Francia, nos reunían todas las noches alrededor de las mesas de café, de las que nunca pudimos ni quisimos levantarnos antes del amanecer, empapados de vino y sueños. Nadie en la ciudad pudo ver abierto nuestro negocio en horas de la mañana, como tampoco convencerme de que debía atender tras un mostrador. Tan luego a mí, que la madrugada anterior escribía con sangre de todos los borrachos presentes (de los que se dejaban pinchar un dedo, en realidad), manifiestos que, estábamos seguros, cambiarían el curso de la historia.
El pobre negocio no pudo resistir mi pasión por la juerga poética o por la poesía del juego, y lo llevé al borde de la quiebra. No sé si lo intenté seriamente o me esforcé por fracasar. No se puede torcer la naturaleza, esta siempre se impone, más allá de la razón.
Cuando Francisco Rivas descubrió que el espesor de mi sangre era superior a sus fuerzas, decidió que ya era hora de tener un hijo menos y, sin ceremonias fúnebres, me enterró en un rencoroso olvido.
No quiso oír explicaciones ni yo quise dárselas. Bernardo, acongojado, lloraba en un rincón al presenciar la violencia de los reclamos que cruzamos. Aproveché una caravana de mulas que salía para Lima, la ciudad de las delicias y, sin más equipaje que mi furia, partí del Tucumán.
En ese junio de 1770, nacen María Kumbá y Manuel Belgrano en medio de la alegría de los dioses blancos y negros
Desde niña, María, mulata de sangre espesa, fue remolino oscuro, incesante viento, capricho de su padre. Derramó siempre generosas carcajadas.
Su madre resignada la parió aquel otoño melancólico en un rincón de la gran cocina, con los labios apretados para no dejar escapar un rugido de dolor ante el rayo lacerante que, desde adentro, la partía en dos. O para no gritar el nombre prohibido de aquel amo que al descuido la tomó, mientras la iba olvidando. Desde el momento en que, toda sudor y orgullo, la puso sobre su vientre, aleteante y tibia de sangre, por un mandato milenario venía a encarnar una guerrera del norte, para este lugar del sur, altivo y salvaje, al que vería nacer y amaría con toda la fuerza de su corazón.
La bautizaron María. Su madre quería para ella el nombre de su madre. Pero la orden llegó tajante de la boca del sacerdote: «Será María, como la madre del Señor». Cuando lo supo, tuvo el único destello de rebeldía de su vida, y esa noche, cuando todos dormían, la envolvió en una manta y sigilosamente la llevó al rancho de la mama Basilia, Iyalorishá custodia de la tradición yoruba, que vivía cerca del río. La tomó en sus brazos, la miró cómplice y profundamente y luego de liberarla de la ropa que la aprisionaba, la depositó en la tierra. Comenzó a cantar lastimera, invocando los orishás lejanos en medio de la fría noche de junio. Lo hacía con los brazos en alto, mientras daba vueltas alrededor de la recién nacida que se veía feliz ante la inesperada libertad y pataleaba gozosa.
Los dioses la oyeron y complacidos bajaron a regalarle sus dones porque la vieja con un grito cayó a su lado y comenzó a agradecer:
—«Obatalá la acepta como hija, será la mujer valiente y hablarán de ella muchas bocas. Para él se llamará Kumbá».
Su madre orgullosa, la envolvió nuevamente y partió rápida de regreso a la casa, con los seguros pasos de quien acaba de parir a la elegida de los dioses familiares.
Mulata, hermana de leche de la otra hija rubia y legítima, a la que la ataron el deseo del amo y la generosa vida que brotaba del pecho de su madre que, mansamente, viviría hasta el día de su muerte bajo la sombra de la familia que la compró, añorando aquella tierra africana en la que hubiera sido princesa.
Daba gusto verlas correr, anverso y reverso de un tiempo que iba gestando el cambio de un continente, ajenas en ese mundo infantil a todo lo que no fuera el juego bajo la sombra de los añosos árboles del patio. Y la ronda-catonga y el tengue-tengue se desgranaban incansables en cotidianos sones.
Ya a esa edad le salía el ímpetu que la mezcla de razas le otorgaba, ignorando su condición de esclava. Altiva, dirigía los juegos infantiles a los que su hermana se sometía gozosa, porque bajo su mando estaban asegurados el peligro y la diversión. Hasta que el grito de un adulto, alarmado al ver las cabezas que sobresalían en la punta de algún árbol, daba por terminada la diversión, y cada una volvía a su universo de origen: una al salón, la otra a la cocina.
¡Qué placer observar cómo se transformaba cuando, desde alguna ceremonia nocturna, se filtraban dentro de la silenciosa casa los lejanos y nostálgicos sonidos de tambores, mazacayas y marimbas! En ese instante su cuerpecito comenzaba a moverse rítmico y gracioso al compás de la música que, mensajera de otros espacios, invitaba a la danza.
Cerraba los ojos y sus brazos y piernas, como respondiendo a un atávico mensaje, cobraban vida, y eran sus abuelas las que bailaban sobre las rojas baldosas de la galería. Su hermana, inútil, trataba de imitarla: rubiamente se mecía y la diferencia le agregaba encanto. Hasta que impotente, comenzaba a llorar para que un mayor la salvara de la diferencia.
Misteriosa, desaparecía a veces a buscar la compañía de las mulatitas de la casa vecina. Allí, hermanadas por el secreto y la sangre, con torpes rituales mágicos, intentaban ingenuos encantamientos, tal como veían hacer en la cocina a las criadas mozas que trataban de enamorar. Jamás supieron si la muerte del pardo Tomás, al que odiaban por pérfido y lascivo, se debió a que convocaron a los ajogún una noche de luna llena, con las caras pintadas con cenizas, o a su costumbre de pescar borracho.
Era por esos lazos que la unían a las fuerzas ocultas de su religión, en la que secretamente su madre la instruyó, que cuando se reunían después de las tareas a rezar el rosario, lograba armonizar con ellas a ese único Dios bondadoso y a su Madre, de la que llevaba el nombre. Nunca alcanzó un total acuerdo entre ellos y sus orishás vitales y cercanos, pero sí logró que convivieran pacíficamente, invocando en cada ocasión a uno distinto, según la necesidad.
Así iba creciendo María Kumbá, unión de dos sangres que confluyeron en sus venas para darle lo más hermoso de cada una: blanca y negra, negra y blanca, perfecta combinación que comenzaba a poblar este Virreinato en formación, al que marcaría a fuego el sello de la herencia africana.
Oyá, guerrero del viento, que nuestro país no sea invadido por destructores. Ayúdame a descansar sobre la tierra, libre de desengaños indebidos.
¡Pucha que me visitan fantasmas esta noche! Me debo estar por querer morir, o la muerte debe andar por querer llevarme. Así decía mi abuela que es cuando llega la hora; que los finaditos que uno quiere en vida ayudan a morir. Y ella se murió nomás, de tanto pedirle a Oyá que se la llevara con él. Tan linda la pobrecita, la mató la vergüenza de andar por ahí con la frente marcada con una carimba como un animal. Y una mañana, vestidita de blanco, apareció difunta mirando al cielo. A mí sí que la huesuda no me asusta, la tuve tantos años alientándome en la espalda que, si me apura un poco, le diría que me quiero morir de una vez. Casi no conozco a los vivos; con tantos amores muertos que me esperan ya quiero estar con ellos y no aquí, escuchando rezongar a la Carmen. Tan gruñona… no parece mi nieta.
¡Qué calor hace esta noche! Para peor con tanta humedá, los bichos andan en nubes. Mejor me voy a quedar sentada en esta hamaca a esperar que aclare, acá la osamenta aguanta mejor que en el catre de sauce; ya ni con el bastón puedo moverme sin que me duelan hasta las uñas.
También, ¡qué no hice en esta vida! Empecé a pelear al lado de mi Ño General ya cumplidos los cuarenta… Y nunca me achiqué, ni cuando me agarraron allá en el Norte, ni planchando esa parva de camisas de los oficialitos que les gustaba andar bien puestos. ¡Cuando cambia el tiempo, ando crujiendo como bisagra oxidada, qué se va a hacer! Los años no piden permiso, vienen de a poco, arriando la muerte.
Esta tarde también me sacaron a pechones de la casa del Gobernador Viamonte. No voy a ir más a verlo. Los sirvientes ni le deben querer decir que lo ando buscando. ¡Pobre, qué alegría tuvo cuando me reconoció! Era un domingo que se me dio por ir a la Catedral a esperar que salga el gentío de la misa de doce. Es el mejor lugar para pedir unas monedas porque todos salen santos y generosos. Creen que por santiguarse con agua bendita el domingo se van a ganar el cielo…
¿Si me da vergüenza pedir?: la verdá que ya no. Si sabré que casi nadie se salva de andar de mendigo cuando no le interesa la plata. Si no me cree, mire a mi pobre Ño General: implorando ayuda a los importantes, llegó a gatas, vomitando sangre, a morir en Buenos Aires. ¡Limosna le tiraron para que se pague el viaje! ¡Qué me iba a salvar yo, mulata vieja, de esa suerte, si ni él pudo!
Bueno, le sigo contando cómo me descubrió el pobre Viamonte. Ese domingo que le digo, me le acerqué a un señor bien elegante que salía de la Catedral. No mucho, medio haciéndome la tonta, porque a veces mi abuela princesa me reta al verme pedigüeñar. Y ahí nomás siento que me agarran de la mano y me dicen: ¡Pero si sos la tía María! De lo emocionado que se puso casi lloraba el hombre. Yo le decía «estoy bien, estoy bien, no se preocupe», y lo palmeaba como antes, cuando esperábamos al enemigo en medio de la noche y él le temblaba a la muerte. Nunca hay que confiarse, los hombres, por más valientes que sean, sueltan los mocos. ¡Si se los habré secao antes y después de los combates!
Ahí mismito el Gobernador Viamonte despidió a todo el miliquerío que lo escoltaba. Empezó a decirme que era injusto que ande por la calle pidiendo, si era un soldado de la Independencia. Ahí largué la carcajada porque soldado jamás fui. Yo fui la tía María para todos mis mozos, para mi Ño General… Mi Ño General… no puedo acordarme de él sin que los ojos, solos nomás, se larguen a llorar. Mocos de vieja, dice la Carmen. Pero no lloro al vicio, porque bien he sabido yo lo que sufrió esa alma de Dios, buena como no conocí ninguna, que si en algo le erró fue en querer demasiado a la Patria y olvidarse de él. Se lo digo yo, que lo conocí, que lo quise como a nadie, se lo juro, y que aunque nunca se sepa…, bueno, mire si seré bocona, ni siquiera lo conozco y ya le iba a soltar el secreto más pesado que guardo en mi corazón…
Esta noche las estrellas parecen faroles, igualito que en el Norte. ¡Qué tierras aquellas! Lindos lugares, llenos de gente tan valiente a la hora de pelear que parecían medio locos, con algún orishá guerrero metido adentro que los guiaba. Una baja por esas huellitas angostas casi cayéndose de la mula, y le digo que parece que la montaña lo va a aplastar. Pero no, allá abajo espera un llano que sigue hasta que se trepa a otra montaña de colores que como enojada espera al fondo. Ahí nomás se juntan y suben bien alto: nieve o nube lo mismo es, depende de la época del año que toque.
Le cuento que los mozos se reían al ver mi susto; acostumbrada a Buenos Aires que ni una lomadita siquiera tiene, mi cara los hacía carcajear. El que más se reía era Gregorio Rivas, ese caradura sinvergüenza que me desnudó antes que pudiera darme cuenta. Mis mozos… sus caras también me visitan esta noche… como usté… No pasa un día que no le pida a Oyá que les cuide el alma. Tan jóvenes y valientes, todavía me duele el corazón de acordarme cómo se me iban muriendo. Tacuarí, Salta, Ayohuma, se me hace un lío en esta cabeza vieja que no se los puede olvidar. Cuándo se me irá el espanto de los recuerdos…
- DOS -
Pidiendo mal se nos fue la vida
Debo confesar que mi iniciación en los placeres de la carne fue distraídamente tardía. Cuando advertí que ya tenía dieciocho años y jamás había tocado ni visto una mujer desnuda, cerré el libro que estaba leyendo. Había llegado el momento de dejar atrás los placeres solitarios y comprobar si la geografía femenina coincidía con las ardientes descripciones de mis lecturas.
No debí buscar mucho. Estaba rodeado de candidatas deseosas de sentir en sus caderas calientes y generosas, las manos del hijo del patrón. Una siesta tucumana, un cañaveral y mi torpeza, ayuntaron dos cuerpos transpirados, urgidos por el deseo y la torpeza, que apenas si se miraron. No recuerdo su rostro, menos su nombre, pero desde aquel día hasta mi regreso a Buenos Aires, ella fue mi desayuno junto con el jugo de naranja y el café espeso que cada mañana llevaba hasta mi dormitorio.
Por supuesto, hubo otras mujeres de ganas tan atropelladas como las mías, que poseí en lechos húmedos y afiebrados. Pero pasó el tiempo y, pese a mi empeño por conocer la trama del amor y su follaje, solo sabía de él por mis lecturas, y eso no me alcanzaba. Todo cambió cuando María, tan tarde que ya estaba resignado a la ignorancia, irrumpió en mi vida. Jamás había desnudado los abismos y las cumbres que siempre me habitaron, y solo a ella me atreví a confesarle. Por ella supe que la falta del olor y el sabor del ser amado puede llegar a matar de orfandad.

Apenas llegué, Lima me atrapó entre sus dedos de colores. Ahí estaba la Ciudad de los Reyes, desperezándose lánguida a las orillas del Rimac. Entre los jóvenes tenía la fama de ser el Paraíso Terrenal. Una mezcla de Sodoma y Gomorra que prometía placeres prohibidos de la mano de hembras ávidas y lujuriosas. Se decía que estaba todo alegremente permitido, y ahí me dirigí, arrastrando mi condición de hijo pródigo sin intención de redimirse.
Me ajusté naturalmente al ritmo erótico y vital de esa ciudad pintoresca y atrevida. Llevaba una carta de presentación de mi pariente lejano y amigo del corazón, Cornelio Saavedra. Esta me abrió las puertas de la sociedad limeña, y pronto fui uno más entre aquellos jóvenes, universitarios en su mayoría, que ya comenzaban a cuestionar su centenario servilismo a los españoles. Los limeños presumiendo su mestizaje me fascinaron. Tan orgullosos de su estirpe, tan distintos a nosotros que siempre tuvimos la sangre desorientada. Eran pocos los que suspiraban por una piel más clara y mis nuevos amigos torcían las ramas de su árbol genealógico para llegar a rozar a Manco Capac. Los mayores, con ingenua vanidad ante su corte llena de oropeles copiada de Madrid, se paseaban vestidos de terciopelo por las calles en las que las carrozas doradas se topaban con montañas de bosta en cada esquina.
Me dieron una bienvenida tan concreta y solidaria que, en menos de dos semanas de haber llegado, y gracias a Saavedra y sus influencias, ya estaba mezclado con dos de los olores más embriagantes que conocí: los de la tinta y el papel. Si bien mi ingreso a «El Mercurio Peruano», el periódico más importante del Virreinato, fue al desgano y urgido por la subsistencia, pronto su ritmo me succionó. Entonces, como en los viejos tiempos, estalló el viejo volcán, fusionando mi escritura con ese nuevo vicio tan parecido a la pasión: el periodismo.
Comencé a trabajar escribiendo en un oscuro rincón del edificio, y terminé siendo su director por casi diez años. Descubrí la erótica sensación de ser leído apenas días más tarde de parir las ideas. Su aparición muchas veces era irregular, pero armar ese contenido caótico y vital, en el que se mezclaban las sátiras al Virrey y al Obispo con las reseñas de las noticias que llegaban de Europa, fue un desafío del que nunca me arrepentí.
Mis amigos limeños fueron los idealistas y revolucionarios que años más tarde serían la clase dirigente de esta América desordenada y salvaje. Llenos de humo y alcohol en cualquier bodegón, nuestras discusiones sobre literatura y política rivalizaban en brillantez y fogosidad. Literatura y política, pensamiento y acción, principio y fin. ¡Quién puede sustraerse al estéril placer de, ya borracho como una cuba, ordenar el mundo frente a una mesa de café…!
Allí me fue creciendo el orgullo de ser americano, y perdí para siempre la oscura vergüenza por mi sangre india. No era necesario imitar a los europeos para ser. Teníamos nuestra propia identidad, solo debíamos perfilarla.
Por eso, cuando se enteraron de que mi eterno enemigo, Manuel Belgrano, se carteaba con la princesa Carlota Joaquina, declarándose su más leal súbdito, fui el hazmerreír de todo el mundo. ¡El muy patético, siempre soñando con monarquías! y envidiando linajes europeos se te notaba a la legua que te avergonzaba ser el hijo de un comerciante medio pobre y lleno de hijos tantas veces te escuché maldecir tu mala suerte por haber nacido aquí jodiste tanto a tus padres que se hartaron y juntaron las monedas para mandarte a Salamanca así te dabas el gusto de sentirte europeo menos indio más blanquito lacayo lacayito.
Los más temerarios, por unas pocas monedas de soborno, accedíamos a las publicaciones francesas revolucionarias, prohibidas por la Inquisición local, que clandestinamente entraban por el Callao. Gracias a mi cargo en «El Mercurio» pude burlar la censura, y acariciar aquellos «libros prohibidos» que llegaban de Europa. Pero cuando las monedas para los vicios escaseaban, las artimañas de las que nos valíamos eran tan ingeniosas como ridículas; solo urdirlas era una diversión tan recompensada, que no nos la perdíamos por nada del mundo. Un tonel de vino, una caja de sombrero, o una amplia sotana; todo era válido para burlar la vigilancia portuaria y darle de comer al alma.
Así llegaron a mis manos Rousseau, Diderot, Montesquieu. La palabra «pueblo» fue cobrando en mí una dimensión concreta y alcanzable. Y comencé a encontrar mi lugar de pertenencia.
Pasé en Lima los años más placenteros de mi vida. Mi exilio voluntario me sirvió, como sucede con la distancia, para profundizar odios y afectos. De vez en cuando recibía la visita de algún viejo condiscípulo del colegio, que llegaba con sus ideales o lascivia a cuestas, y cualquiera que fuera su equipaje, volvía satisfecho. Por ellos me ponía al día de los chismes del puerto del sur que, iniciado 1800, comenzó a hervir en contradicciones. Repelieron dos veces los intentos ingleses de invadirlos y comenzaron a acariciar la idea de sacudirse también de encima a España.
El único lazo que me unía a Tucumán era la correspondencia con Bernardo. Me escribía con la regularidad que late el corazón. Quedar como único depositario de las pesadas esperanzas de nuestro padre lo estaba asfixiando, pero su carácter débil y bondadoso no le permitía reclamar su espacio en la vida. Es más, creo que jamás supo que tenía derecho a uno. Melancólico, vivía en un mundo más allá de todo. La muerte de nuestra madre, horas después de parirlo, lo había dejado no solo sin un pecho que lo alimentara, sino también lleno de preguntas sin respuestas. El daño era mucho más profundo de lo que jamás imaginamos. Lo que aconteció después nos dio la medida, aunque ya fue tarde, de la herida de muerte que Bernardo recibió al nacer. Desde mi violenta partida, mi padre lo obligaba a llevar la contabilidad de la finca, y el pobre pasaba horas enteras sobre columnas de números que nunca le interesaron. Su verdadera pasión, si alguna vez tuvo alguna como no fuera Dolores, permaneció oculta hasta para él mismo.

La carta de Cornelio Saavedra, me fue entregada una noche sin estrellas, en la que yo escribía más allá de todo. Los golpes de un emisario misterioso que casi voltean la puerta, marcaron el final de aquellos años disolutos y felices. Pensé que me comunicaban la muerte de mi padre, y comencé a renegar pensando en la culpa que me daría su partida sin reconciliación. Durante todo ese tiempo Francisco Rivas me devolvió sin abrir la correspondencia. Era su forma de derrotarme. Había comenzado a escribirle la mañana en que, peinándome, descubrí mis primeras canas y decidí que ya no había tiempo ni espacio para el rencor. Los huesos se van haciendo débiles y cada vez es más difícil seguir sosteniéndolos.
Recuerdo que leí la carta a la mañana siguiente de recibirla, por las dudas no pudiera volver a dormirme quedando a merced de la noche y su impiedad para mis culpas. Pero aquella vez me equivoqué, cuando la abrí, una catarata de acontecimientos que convulsionaban aquel puerto tan lejano llenó mi habitación. En su larguísima misiva mi amigo Saavedra me urgía a volver a Buenos Aires. Grandes cambios se avecinaban, me decía, y me necesitaba a su lado. Se sentía solo y desconfiaba de los que se decían sus amigos. Presionado, aceptó encabezar una conspiración contra el Virrey Cisneros y ahora, asustado de su temeridad, requería de mi experiencia de viejo periodista para publicar elementos que sacudieran a ese puerto, contradictoriamente sumiso a Inglaterra, pero con ideas libertarias respecto de España.
No precisé más excusas, y con el mismo impulso que años atrás me había llevado a Lima, inicié el inevitable camino de regreso.
A pesar de las amistades que fueron mi sostén, y de un puñado de amantes que me calentaron la cama y el corazón sin pedirme demasiado, siempre supe que no moriría en Lima. Me pregunto por qué, pese a haber estado a punto de casarme en dos oportunidades con hermosas limeñas, dejé a las prometidas llorando sobre sus ajuares preparados y su segura soltería. Supongo que al final tuve un mínimo de conciencia y recapacité. Si apenas podía hacerme cargo de mis propias confusiones, mal iba a responsabilizarme de una esposa gorda como la de mi padre y un montón de niños llorones parecidos a mí.
Así, dejé para siempre el lugar donde había despertado a la conciencia, donde aprendí de qué lado estaba mi propia historia. Hijo de india y español como tantos, sentía el tironeo entre dos sangres que no aceptaban mezclarse. Pero lo hicieron, yo era americano y, recién cuando lo descubrí, mi escritura alcanzó sentido y mi corazón la paz.

Bajando hacia Buenos Aires, me detuve en Tucumán. Me quedé el tiempo necesario para comprobar que Francisco Rivas no había cambiado. Estaba viejo y enfermo, pero su rencor seguía intacto.
Para mi sorpresa, el que estaba totalmente transformado era Bernardo. Enamorado perdidamente de una niña castaña y silenciosa que todavía jugaba a las muñecas, el amor lo había hecho luminoso.
Ella era Dolores Helguera, hija de una familia vecina a la nuestra, a la que nos unía una desatada proximidad. Lo entendí, pobre Bernardo. Ignorante de las dulzuras femeninas, ese amor que su imaginación y necesidad agrandaban, lo transportaba a espacios más gratos que la realidad. No quise desanimarlo advirtiéndole de los peligros que ello escondía, ya lo descubriría por su cuenta. Hoy, mientras escribo estas memorias, me culpo de haberlo dejado a solas con su corazón.
Sentados en la galería que da al Aconquija, en esas mañanas en las que hasta el aire es feliz, me dejé torturar escuchando sus planes de casamiento que incluían que la niña creciera. Los hacía a espaldas de nuestro padre, ya que estaba seguro de que no aceptaría un matrimonio que no significara una ventajosa transacción comercial. Con las deserciones de Ignacio y mía, nuestro padre había agotado su capacidad de tolerancia y estaba ya impaciente por ver nacer la próxima generación de Rivas, a sabiendas de que ni sus desapegados hijos mayores, ni sus dos rechonchas hijas, merecidamente solteronas, jamás se la darían.
Bernardo se atropellaba, intentando transmitirme con palabras su demorada felicidad. Lo miré con ternura. Tenía más de treinta años y recién estrenaba su corazón con una niña de escasos trece. Le supliqué que concretara sus sueños sin pedirle permiso a la vida y, por primera vez, intuí que mi hermano era dichoso.
La mañana de mi partida, cuando abracé a mi padre, supe que ya no lo vería vivo nuevamente. Envuelto en una bata de lana gruesa y oliendo a alcanfor, había perdido la ferocidad que yo le recordaba. Sentí pena por nosotros, pidiendo mal se nos fue la vida.
Por primera vez me dejó que lo abrazara. Todavía hoy recuerdo sus manos en mi espalda, acariciándome con torpeza en un tardío encuentro. Pero el problema con el tiempo es que no da marcha atrás.

Llegué a Buenos Aires en junio de 1810, cuando todavía no habían sido barridas de las calles las esperanzas y especulaciones de la pacífica revolución del mes anterior.
Después de tantos años de ausencia, la ciudad estaba desconocida. Se había ido extendiendo hasta lugares que antes eran un monte intransitable, y las calles estaban animadas por un incesante barullo. El alumbrado llegaba hasta la calle Montserrat y ya no había necesidad de poner guardias los días de lluvia para evitar que la gente se ahogara en zanjones hediondos. Lo que sí seguía igual era la peste de ratas que paseaba por todas partes. Más grandes que los gatos, cada dos pasos se las encontraba destripadas por felices hordas infantiles.
El lugar obligado de reunión y discusión política era el Café de Marco, una moderna confitería con mesas de billar y un increíble surtido de bebidas alcohólicas. Volví a encontrarme con mis viejos condiscípulos. Muchos estaban adormecidos bajo el peso de una gran barriga y la prosperidad lograda con el contrabando. Me sentí muy lejos de ellos. Suerte que también estaban otros, como Martín García que, al igual que yo, seguía buscando su lugar exacto en la vida. ¡Como si se lo reconociese al momento de encontrarlo, si es que alguna vez sucede!
La madrugada nos hallaba borrachos y llenos de fervor, jurándonos, entre mocos, amistad eterna, violar a la princesa Carlota Joaquina y matar al virrey, aunque también podía ser al revés.
A veces era tal el entrevero de sillas, parroquianos y vino, que los pobres negros que con un farolillo iban a buscar a sus amos, se llevaban al equivocado. Algunas esposas, agradecidas…
Mayo había desorganizado la vida de todos y nadie, ni siquiera las autoridades del puerto, sabían qué iba a pasar con el Virreinato. Habían cambiado la vergüenza de ser súbditos de una España agónica, por la libertad de comerciar con Francia e Inglaterra… No pasó mucho tiempo para que se dieran cuenta de que habían hecho un pésimo cambio de amos. Pero ya fue demasiado tarde.
¡Ay Santa María de los Buenos Ayres…!
¡Qué encanto el suyo! ¡Qué aquelarre de colores, sonidos y aromas paseaban por sus mal trazadas calles! Para ese entonces, estrenaba orgullosa su condición de capital del Virreinato, y qué americana se perfilaba a su pesar.
Fue amada desde siempre, desde el mismo día en que la parieron los sueños de aquellos locos españoles que, después de tantos días salobres, la fundaron a la orilla de un río.
Todas las savias que confluyeron para engendrarla, pugnaban por dejar su sello. Negros vendedores ambulantes pregonaban sonrientes su mercadería, contorneándose al ritmo de su música interior. La burbujeante chispa andaluza se adivinaba tras rejas y mantillas que escondían fingidos recatos. Algunos faroles iluminaban pretensiones francesas que, atildadas, reinaban en las tertulias. Marinos ingleses, codiciosos, miraban las riquezas que sesteaban en las calles, relamiéndose zorrunamente. Todo, todo era un remolino de vida palpitante en ese puerto que aún no tenía conciencia de su importancia.
Se había acostumbrado a ser el pariente pobre de Méjico y Perú que, rezumantes de oro y plata, pretendían imitar la nobleza europea. De ellos no saldría el primer grito de libertad. Sería esta parte indómita y solitaria del continente la que primero conjugaría la vida sin sumisiones.
Yemoja, madre de los peces, madre de las aguas sobre la tierra, nútreme madre mía protégeme y guíame, llévate los sufrimientos que padezco. Concédeme hijos, no dejes que me devoren los brujos.
¡Cómo me gustaba escaparme de la casa grande y salir a vueltear por las calles! Le rondaba como mosca a la amita y cuando había que salir para un mandado era la primera en ofrecerme. Ella siempre me elegía a mí porque, de las cinco sirvientas que nos repartíamos el trabajo más pesado, yo era la más pícara y la de mejor cabeza.
Lo que más me divertía era ir a la playa a tirarme panza arriba sobre la arena para ver cómo bajaban a los pasajeros de esos barcos enormes, con marineros que hablaban a los gritos sin que nadie les entendiera. Primero los arriaban por una escalerita que colgaba del costado y que se movía como víbora para todos los lados. Después los sentaban quietos en unos botes atados a unas piolas largas que unos percherones tiraban desde la orilla. Así los acercaban a puro látigo. Al final los marineros los pasaban a unas canoas angostitas y, con el agua a la cintura, los empujaban como si fueran de juguete hasta la orilla. Yo ahí ya lloraba de la risa al verlos empapados y con caras de importantes. Las mujeres con sombrillas de encaje se tapaban la boca haciendo arcadas cuando olían los animales muertos tirados en la playa o los charcos de agua podrida. Yo pensaba qué distinto que llegan ellos de nosotros, los esclavos.
De estar de abriboca, se me hacía tan tarde que tenía que volver corriendo a la casa. La tierra se me metía entre los dedos de los pies, haciéndome pesadas las ojotas, tanto que se me salían cada dos pasos y tenía que volver a buscarlas. No me salvaba del coscorrón pero igual siempre me las arreglaba para salir de nuevo al día siguiente.
La verdá es que yo siempre me di maña para todito. Lo que se me ponía en la cabeza, como sea lo conseguía. De bien moza, mi sueño era aprender a escribir mi nombre. Y sola nomás lo aprendí.
Desde el segundo patio, ese que tenía las macetas llenas de begonias coloradas, se escuchaban las voces de los niños de la casa, dale que dale repitiendo las letras, y mientras daba vuelta con un palo de higuera la mezcla para el jabón del mes en la olla grandota, repetía y repetía como loro todo lo que escuchaba. No entendía nada, pero igual repetía. A la tarde, cuando la amita y los niños salían de visitas, entraba despacito a la sala y, con las manos bien limpias para no ensuciar, hojeaba los papeles que quedaban en la mesa. Ahí me paraba quieta, mirándolos fijo mucho tiempo, hasta que a cada letra le sacaba el mismo sonido que yo le machacaba en el patio. Y no me va a creer, pero una tarde pude escribir M A R I A . Usté se acordará que en ese entonces estaba prohibido para nosotros los negros aprender a escribir y leer.
Uno, que vivía cerca de la Plaza Mayor y que de metido aprendió, se ligó doscientos azotes. A mí, sabiendo eso, no me iban a embromar y guardaba bien el secreto; cuando me mandaban a alguna parte con un encargo, garabateaba a cada cuadra con un palito en la parte de tierra más seca: M A R I A, para no olvidarme, claro. Y después lo borraba con el pie. No soy tan tonta, no crea.
Cuando mi Ño General empezó a quererme un poco y se enteró de las ganas que yo tenía de saber, se hizo tiempo y me enseñó los números, para que supiera contar… Me decía que yo tenía cabeza para aprender…
¡Cómo no se iba uno a encariñar con él si tenía esas cosas! A él yo lo quise tanto como a mi mama… Con ella éramos tan unidas… La pobre no podía entender a quién salía yo tan revoltosa. Decía que capaz que a mi abuelo, al que mataron allá en el África, cuando salió a defender a su familia de esos hombres que un día llegaron en un barco enorme para traerlos aquí como a animales.
Ella me contaba todas esas historias cuando terminábamos con la cocina y daba gusto sentarse al fresco, bien juntas y abrazadas, llenas del olor a rosas que llegaba del jardín de atrás. Usté no me va a creer, señó, viéndome vieja y pobre, pero allá en África mi familia era importante, medio reyes. Eso fue hasta que llegaron esos hombres con rifles que le digo y que mataron a mi abuelo. A empujones cargaron a los más jóvenes de la aldea y, después de mucho viajar, llegaron aquí. Pero aguantaron los fuertes nomás. Dicen que los otros se fueron muriendo de hambre y enfermedades durante el viaje. Yo creo que los pobres se morían de tristeza maliciando que nunca volverían a su tierra. Si uno no quiere vivir, al final se da el gusto.
A los finados los iban tirando al mar. Por suerte allá abajo los recibía Yemoja, que nunca abandona a sus hijos. Mi abuela y mi mama tuvieron suerte. Las compró el amo y en la casa grande siempre las trataron bien. Pero mi abuela no aguantó la pena y prefirió morirse. Yo la entiendo, ¿sabe? Uno llama a la muerte cuando en la vida no le queda lugar. Y le aseguro que nunca se hace la sorda. Ahora me viene a la cabeza esa canción nagó con que dormía a mis hijitos… ¿Cómo empezaba?
¡Mi Agustín! ¡Vos también estás conmigo esta noche, hijito!
- TRES -
Fue en aquel viaje donde empezaron a anudarse los destinos
Apenas llegué a Buenos Aires, encontré hospedaje a dos manzanas del Convento de San Francisco. La dueña de la pensión era una solterona deslumbrada aún por la sobreactuada santidad de Ignacio, al que conoció en unos de sus viajes a Italia. Siempre le dio resultado poner los ojos en blanco y juntar las manos piadosamente.
Por ser hermano de tan justo varón, hizo el honor de alquilarme la única habitación del caserón que daba a la calle. Un magnífico juego de dormitorio de ébano taraceado en marfil me hizo sentir opulento por primera vez en mi vida y los sueños lascivos que tuve en esa imponente cama con dosel, siguen hoy siendo inconfesables. Para concretarlos recibí la inapreciable ayuda de Bárbara Estévez, una viudita todavía joven que vivía cruzando una calle tan angosta como anchas sus ganas atrasadas. Así la gran cama de ébano perdió al fin su virginidad junto con uno que otro trozo de marfil.
Después de años de ausencias, abracé a un Saavedra, máxima autoridad del Virreinato, macilento y silencioso. No lo reconocí, había pasado el tiempo pero no tanto como para deshilachar la imagen de aquel síndico que en el Cabildo arrancaba los aplausos del pueblo con solo sonreír. Aplastado por una responsabilidad que lo estaba consumiendo, me recibió haciendo esfuerzos para mostrarme un optimismo que había perdido. Aquella noche cenamos apurando palabras y bocados, tratando de contarnos la vida en una hora.
Compartiendo una tibia copa de coñac en la amplia biblioteca de su casa, mientras afuera caía una lluvia pertinaz y silenciosa cuyo sonido había olvidado en Lima, me confesó sus angustias:
«Estoy arrepentido Gregorio. Fue un error aceptar la Presidencia de una Junta tan liera. Me miran con desconfianza culpa de ese traidor de Moreno… no ve la hora de destruirme… Pero yo también lo quiero ver muerto, aunque Dios no me perdone…»
Los intelectuales del grupo, encabezados por Moreno, Castelli y su primo Belgrano, no soportaban que el populacho con «olor a establo», como ellos decían, adorara tan ciegamente a Saavedra. Sabían que ellos jamás despertarían tanto amor. Y en la certeza descansaba el odio
Aquella noche de confesiones y angustias, me dio los detalles del plan que me incluía como pieza fundamental. Cada quince días y bajo mi entera responsabilidad, publicaríamos una gacetilla advirtiendo al pueblo, y sobre todo a los jóvenes enfervorizados seguidores de Moreno, de los peligros de un cambio basado en la violencia de la que el abogadito estaba tan enamorado.
No era mala idea la de Saavedra. La palabra escrita era decisiva en épocas de cambios y hasta ese momento en Buenos Aires la habían monopolizado Moreno y Belgrano, adoradores de Europa, manipulando las opiniones de la juventud.
Recuerdo que lo miré pensativo, evaluando su arriesgada propuesta que cada vez me gustaba más. Allí estaba yo, de vuelta en ese puerto que me había sido tan hostil años atrás. ¿Había llegado la hora de mi venganza? El volcán volvió y mi mano comenzó a moverse sola. Iba a descubrir el juego a los jacobinos que se enrolaban tras Moreno, y me relamí pensando cómo aniquilarlos. Con ellos caería Manuel Belgrano, demasiado tibio para jugarse de frente. Seguirían siendo las palabras las que tejerían mi vida y eso me pareció bueno, muy bueno. No dudé más y acepté el desafío.
Amaneció mientras ultimábamos los detalles, organizando una oposición que neutralizara la prepotencia de esos monos sabios que se creían dueños de la verdad.
Pero la idea de mi amigo había llegado demasiado tarde. Una noche secreta y lejos de sus oídos, fue concebida por Moreno, entre oscuros pactos, una expedición militar al mando de Manuel Belgrano. Su misión consistiría en convencer a los mansos habitantes del Paraguay de que «debían» imitarnos y plegarse a la revolución del puerto y romper con España de manera urgente.
Se había puesto la piedra fundamental de la política de violencia que sería para siempre el estilo de Buenos Aires.
La excelente acogida que tuvo la maniobra dejó al descubierto la poca importancia que le dieron a la opinión del presidente. Al darse cuenta de su falta de autoridad, Saavedra se sumió en un estado de apatía y temor, y se pasaba encerrado horas enteras en su despacho sin querer ver ni hablar a nadie. La traición le mutiló el ímpetu, se olvidó de sus planes periodísticos y yo me quedé sin saber qué carajo estaba haciendo en esa ciudad.
Comenzó a carcomerlo la culpa por no haber utilizado a tiempo su autoridad de presidente, y de sus afiebradas elucubraciones salió la idea que me transmitió una mañana desprevenida:
«Gregorio, es usted el único que me puede ayudar. La traición me rodea y ya no sé quién es mi amigo o quién me clavará el puñal. Le suplico que vaya con Manuel Belgrano y controle sus movimientos. Las armas no nos traerán nada bueno, lo estoy viendo. ¡Quién mierda me mandó meterme en este baile…!»
En un desesperado intento de frenar lo que veía como el principio del fin, el debilitado Saavedra concibió la loca idea de enviarme con la Expedición al Paraguay como algo parecido a un secretario, mezcla de escribiente y espía. So pretexto de la confección de los informes oficiales de rigor, debería mantenerlo al tanto de todos los movimientos de Belgrano.
Al comienzo me negué asqueado, no iba a ser yo el espía de mi gran enemigo. Grité y amenacé a un Saavedra cada vez más firme. No había sido convocado para rebajarme de esa manera. Y seguí gritando y amenazando, pero lentamente la idea fue tomando forma en mi mente. Quizás había llegado la hora de vengar más concretamente que por un diariucho las ofensas recibidas por mi sangre de tantos como Belgrano, que ahora más que nunca se creían sucesores naturales del poder español. Quizás así, anticipándome a sus torpes movimientos, podría abortar la expedición y evitar que muriera antes de nacer la nueva América con que soñábamos en Lima…
Nada obedece a la casualidad, y por algo estaba en aquel lugar y en aquella instancia. Mi momento había llegado y, sin pedirme permiso, mi alma se puso de pie. Juré convertirme en su sombra, y adelantarme a sus mínimas decisiones para informar a mis amigos de cualquier estupidez que se atreviera a cometer. Y no iba a tener piedad a la hora de detenerlo. Al igual que él no la había tenido conmigo a la hora de humillarme.
Personas leales se me acercarían cada diez días, en el máximo secreto, para llevarle mis noticias de los pasos del abogado recién ungido General.
«No me esconda ni me disimule nada, mi amigo. Solo la verdad de lo que esté ocurriendo. Conociendo el paño, estoy seguro de que me van a inventar los informes».
Cuando se enteró de que yo, su viejo enemigo, iba con él, se puso tan colorado como antes. Dicen que el escándalo que armó fue de órdago.
Tan soberbio como siempre, seguía creyendo que sobre él no había autoridad. Pero se equivocó. Saavedra, en un intento final por recuperar la dignidad perdida, gritó más fuerte que él, golpeó con el puño su escritorio, y al día siguiente mi nombre era prolijamente anotado en el acta de la expedición me están presentando tu cabeza en bandeja de plata ay cuando caiga encima tuyo doctorcito ahora estoy atado a vos por mi escritura tengo que ocultar que soy periodista para hacerte de niñera pero me la vas a pagar no te voy a dejar respirar tranquilo me voy a meter en tus pensamientos bajo tu piel ay rubito flojito tu pesadilla recién comienza y vos ni siquiera lo sospechás…
Fue en aquel viaje donde comenzaron a anudarse los tres destinos que solo desató la muerte. En nombre del odio o del amor, María, él y yo nos unimos más allá de lo que jamás hubiéramos deseado. Aprendimos tarde que el precio de la desmesura es la muerte y la destrucción.

Lo que habían juntado para ir al Paraguay se merecía muchos nombres, pero jamás el de «Ejército». Era un rejunte humano pobre y desorientado. La mayoría eran negros y mulatos que huían del hambre en busca de una comida diaria. El resto eran muchachos casi sin barba y milicianos todavía calientes por el fuego de las invasiones de los ingleses. Pero la algarabía que armaban era contagiosa y la vida estaba de su lado. Descalzos y harapientos, se sentían soldados napoleónicos. Estaban tan felices y seguros de triunfar, que sentí que contradecirlos era un pecado innecesario.
Lo último que supe antes de partir fue que Ignacio anunció como definitivo domicilio la ciudad del Vaticano, de donde no pensaba volver en los próximos cincuenta años. El pobre y débil Bernardo seguía sometido a la voluntad de mi padre que quiso convertirlo por la fuerza en el hombre que nunca pudo ser. Recibí también una carta feliz en la que me contaba los increíbles adelantos de su relación con Dolores Helguera. Al parecer, la proximidad de la muerte y el temor de que el apellido Rivas desapareciera bajo el peso de sus gordas hijas, habían ablandado a nuestro padre. Y una tarde inesperada, se sacó su bata, tapó el olor a alcanfor con agua florida, se puso por última vez su traje de terciopelo marrón, su camisa de holán de hilo y, del brazo de Bernardo, se dirigió a la casa de sus vecinos Helguera a pedir oficialmente la mano de Dolores. Por supuesto que fue concedida de inmediato, el capital de los Rivas era un excelente motivo para brindar por la felicidad de los novios. El compromiso y la suerte de mi hermano quedaron sellados para siempre en un brindis con champagne en el comedor principal del hogar de la niña novia. Así, Bernardo comenzó a recorrer el camino que lo llevó a convertirse en el ser más infeliz que conocí. No tuvo defensas contra el mal amor de Dolores que años más tarde lo destrozaría.
Hoy creo que lo que hice fue suficiente. Sé que nada me devolverá a mi hermano. Pero la venganza ayuda a continuar, aliviando el peso de la vida.
Estoy seguro de que, de saber Bernardo que aniquilé al hombre que lo mató en vida, algo parecido a una sonrisa se hubiera dibujado en su boca. Aunque desde hacía mucho tiempo el pobre ya había dejado de sonreír.
¡Cómo se mezclan los dioses y los hombres!
Los habitantes de El Tambor tuvieron la rara habilidad de mezclar las costumbres traídas de su tierra y las que quiso imponerles la religión que dominaba en el nuevo territorio, al que llegaron robados.
Orgullosos de sus ancestrales ritos y costumbres, habían acriollado a la perfección su Olimpo y, con intuitiva selección, habían tomado de la Iglesia solo lo que armonizara con sus dioses conocidos y cercanos.
Todos los días se desplegaba al sol la vibrante cacofonía de las lenguas africanas que utilizaban los más viejos como rebeldía final ante su destino.
Los hijos y los nietos, por respeto las utilizaban en su presencia. Pero, lejos de su alcance y entre ellos, hablaban en el criollo que se iba gestando y que masticaban desdibujando los filos, para penetrar con sus palabras en nagó, congolés o bantú, en la nueva lengua de esta tierra a la que, sin saberlo, marcarían definitivamente.
Cualquiera que paseara por el barrio y que tuviera la mirada transparente podía ver, al lado del pardo Juan que trenzaba el maíz de Guinea de las escobas, a Okó cantándole al oído; o al lado del brujo que curaba a un enfermo, al sabio Erinle guiando su mano; o desde dentro del espejo que sostenía una adolescente estallante de sensualidad, a Oshún, aconsejándole las más viejas trampas de la seducción. Allí hombres y dioses, desdeñando la dimensión terrenal, vivían y ayudaban a vivir.
Para las fiestas de San Benito, todos los habitantes de El Tambor, San Telmo y Montserrat, eran convocados por el amor a su patrono, y salían a las calles principales de la ciudad en colorida y musical procesión. Y era tanta la devoción al santo, al que algunos veían con cara de Olorúm y otros de Obatalá, que hacían que la ciudad demorara su ritmo para verlo pasar envuelto en la música de las mazacayas y las rítmicas coplas de sus devotos fieles.
Oggúm, fortaléceme.
Oggúm el poderoso.
El Fuerte de la Tierra.
El Grande del otro mundo.
El Protector de los afligidos.
Oggúm, dame fuerza.
Y como le iba diciendo, llegó una mañana en que mi mama no pudo levantarse del catre. Yo la venía notando media lenta para moler los granos de maíz, apenas podía alzar la mano del mortero y de puro orgullosa no dejaba que la ayude.
Ese día la dejé acostada y le hice tomar un tecito de ruda con valeriana para el desgano. Pero a la tarde le vino la fiebre y ni podía abrir los ojos de lo desforzada que estaba. Haciéndose la oración se puso peor. Ahí ya me asusté y fui a pedir ayuda a los amos. Ellos me mandaron a buscar a Don Ricardo, el médico de ellos. Ya sé que éramos esclavas, pero siempre nos trataron como de la familia. El doctor se volvía loco por las empanadas de vizcacha que hacíamos los domingos. Ya para las Navidades que pasé con el miliquerío allá en el Norte preparé parvas, no me pregunte cuántas, con la simbada la mano me quedó acalambrada por tres días y eso que me ayudaron unos comedidos medio desprolijos, pero con el hambre que había, no se imagina lo que se esforzaron. Si después de comerlas, me acuerdo que hasta me aplaudieron. Allá eso sí era un banquete, después de pasarnos días y días apenas a charqui…
Bueno, sigo. Lo que pasa es que doy vueltas, no quiero acordarme tanto… Don Ricardo me dijo que había que esperar y le dio un líquido marrón. Pero a mí me decía el corazón que no se podía esperar, que se me estaba muriendo. Y ahí mismito, entrada bien la noche la envolví con una manta, y como me contó que ella hizo conmigo cuando nací, cuerpiándola con dos de las mucamas, me la llevé al rancho de la mama Basilia. No bien nos vio llegar, la acostó en un catre y empezó a llamar a Ori y a la Virgen del Rosario… Le preparó con los ewes de Oggún un té, mezclando eucalipto, alfalfa, perejil, raíz de sangre y flor de madre. Yo bajito, para que no me escucharan los orishás, le rezaba a la Virgen, que siempre me concedía cosas. Pero esa noche debe ser que estaba ocupada porque mi mama se murió nomás.
Yo no me podía convencer, se lo juro. Hasta me acosté bien pegadita a ella para darle calor con el cuerpo y le canté canciones nagó. Para despertarla, pensaba yo, qué zonza ¿no? ¡Cómo me iba a dejar sola…! ¡Tan compañeras que éramos! ¿Quién me iba a dar la bendición y después decirme «m’ hijita, usté es mi tesoro…»?
Y bué, ya se sabe, ¿no?; así es la cosa nomás. Nadie le ganó a la muerte; apenas se la puede demorar con algún conjuro, pero tarde o temprano llega. Bien que lo aprendí con el tucumano…
A la mañana tempranito apareció el amo, cargando un cajón de finado en el carro grande para llevarla al camposanto de la Iglesia. Y qué quiere que le diga, cuando lo vi ahí parado, ahuyentándome los ojos y asustado de tanta muerte, me vino otra vez mi pálpito. Sí, no se ría, yo tuve corazonadas desde bien moza. Elegi da de los dioses, sabía decirme la mama Basilia que yo era. Por eso los pálpitos a mí me venían como sueños, a veces como un galope del corazón o un relámpago que me iluminaba y me hacía caer de rodillas. Pero eso sí, nunca me fallaron. Tantas veces me hubiera gustado equivocarme… Corazonada que me vino, corazonada que se cumplió…
Bueno, le contaba que cuando lo vi ese día al amo, me vino la seguridá que él era mi padre, si no podía ser otro. ¿Cómo había estado tan ciega todo el tiempo…? Y será pecado, pero me dio una rabia grande, grande… Que yo llevara su sangre y él, nunca nada. Ni un gesto como para que yo me diera cuenta por qué era más clara que las otras esclavas. ¡Si habrá sufrido mi mama, con el peso de semejante secreto! Y ahí mismito le pedí que se fuera por donde había venido, que a mi mama la íbamos a enterrar como una yoruba, como lo que era. Yo creo que se dio cuenta que descubrí el secreto. Será por eso que sin mirarme se fue calladito. Me costó después acostumbrarme a mi parte blanca, pero qué le iba a hacer, la sangre ya estaba mezclada.
Del velorio lo que más me acuerdo son los cantos y los tambores que no pararon en todo el día y después siguieron camino al cementerio. Adelante iba el cajón pulseado por los mozos de la nación nagó. Yo iba atrás, entre la mama Basilia y el babalawo de San Telmo, con un vestido que la niña Eloísa me había regalado, ese azul y negro tan elegante. Los demás venían de a ratos bailando y de a ratos llorando. La queríamos tanto a mi pobre finadita que nos daba pena ir a dejarla tan sola en el camposanto. En cada esquina parábamos a descansar y secarnos la transpiración que nos daba el ajetreo. Los mozos dejaban el cajón sobre las dos sillas que cargaba Luis, el mulato de los Cisneros, y los bailarines dale que dale, a la vuelta del cajón para agradar a Olorúm y pedirle que se lleve a mi mama con todos los orishás, a descansar de tanta fatiga…
Ya no volví a la casa grande… ¿Para qué? De ahí nomás pasé a vivir con la mama Basilia, que me necesitaba para los encantamientos. La pobre se estaba poniendo tan vieja y ciega que confundía los oris de la adivinación.
Capaz que fui ingrata, pero después de saber quién era de verdá el amo, no podía volver. Ahora vieja, me doy cuenta de que siempre lo supe sin saberlo. La verdad era tan grande que se había hecho invisible.
- CUATRO -
Nada se parece a aquel infierno
Desde la primera vez que la vi llegando al campamento allá por septiembre de 1810, lista para ir al Paraguay, supe que no tendría paz hasta no verla sin su ropa de colores, vestida solo con su piel de chocolate caliente.
Y así nomás fue. El momento demoró más de lo que galopaba mi deseo, pero llegó.
En aquellos días previos a la partida, mientras Belgrano controlaba los preparativos finales del improvisado ejército, ella apareció en nuestras vidas para no irse nunca más.
Fue una mañana iluminada por el sol y los sueños. Todo el campamento quedó suspendido, mirando. Alta, erguida, envuelta en el arco iris de sus vestidos, con su cintura estrecha y sus pechos de firmeza esencial era una verdadera aparición. Su seguridad desafiante no permitió que nadie le cerrara el paso, ni siquiera que se le preguntara qué hacía allí. Entre inmóviles bártulos, armamentos y soldados en los que ni siquiera reparó, buscó al General hasta ubicarlo impartiendo órdenes a un grupo de oficiales. Con paso decidido y en medio de un remolino de trapos y pulseras, se le puso en frente, haciéndole un saludo mezcla de reverencia y posición de firme tan cómicamente serio que no me quedó más remedio que adorarla desde ese mismo instante.
«Buen día su Excelencia, voy con usté. Los oficiales y el Señó Generá van a necesitar quien les lave y les planche. ¡Ah, y tambié sé manejá el fusil!».
Más que pedirle permiso estaba anunciándole que vendría con nosotros, le gustara a él o no.
«No hay lugar para mujeres, y menos si son negras», dijo el ceño fruncido y el silencio despectivo de Belgrano.
Indiferente a su gesto endurecido continuó su discurso: «Señó, la Junta pide ayuda para ustedes. En la Gaceta dice que las mujeres dan sus oros. Yo ofrezco mi trabajo, señó, no soy floja, y maté montones de ingleses».
Él la miró sin palabras y dándole la espalda, como si nunca hubiera visto o escuchado a nadie, continuó con sus instrucciones. Jamás supe si ella tomó ese gesto como muda aceptación o no le interesó un cuerno su desprecio, porque dejó cerca de un árbol un bulto con sus cosas, se arremangó la blusa y fue directo a meter su nariz dentro de una olla negra y enorme de la que a partir de ese día solo salieron manjares.
Al día siguiente, me le acerqué burlonamente solemne, y le di una bolsa de lona para que pusiera sus cosas. Ella muy seria, pero con los ojos llenos de risas, en muda complicidad, fue poniendo prolijamente, una manta limpia y raída, dos bultos de ropa, cuatro panes de jabón que, me confesó, hizo para la ocasión, un mate, una pava y una plancha de fierro que más de una vez vi estrellarse en una cabeza goda.
Nunca entendí qué lo llevó a aceptarla, con ese desprecio sin límites que sentía por los negros. Solo puedo atribuirlo a que más allá de su voluntad, los tres debíamos caminar juntos durante esos años para que las cosas sucedieran como estaba escrito. Si es que en alguna parte se escriben las historias de amor y de muerte.
Su boca caliente me hizo perder la noción del ridículo y fui un patético cuarentón habitado por un muchacho en celo. María o Kumbá, ya tenía nombre mi deseo. Había esperado toda mi vida la mujer que tuviera las respuestas que a mí me faltaban y me bastó una sola mirada para descubrir que ella las traía consigo.
Con el tiempo y la soledad, los muchachos la bautizaron «tía María» y quien no la recuerde no puede decir que estuvo al lado de Manuel Belgrano en sus campañas militares al Paraguay y al Alto Perú. Para mi desesperación, y venganza sobre venganza, fue su sombra fiel y lo amó más allá de su muerte.
«Nacimos el mismo día», se ufanaba queriendo encontrar en esa coincidencia, imposible de verificar, el motivo de la extraña relación que los unió desde que se encontraron.
Cierro los ojos y todavía la veo en el campamento, de noche al lado del rescoldo donde calentaba su plancha de fierro, con la infaltable cachimba en la boca, planchando con certeros golpes la ropa de Manuel Belgrano. Así, cuando a la indecisa luz del amanecer él despertaba empapado por las fiebres malignas, a los pies de su catre lo esperaban el uniforme planchado y la camisa remendada restallante de blancura. Podía dudarse de que el sol saliera, pero jamás de que la ropa no estuviera en su lugar.
A qué negarlo ahora, si el tiempo se encargó ya de limar las aristas del orgullo, los celos me ahogaban al comprobar ese lazo que los anudaba dejándome a la intemperie.
Cuando, tiempo después, él me descubrió impregnado de su olor, saliendo una noche de su cuerpo, encontró al fin el lugar exacto dónde golpearme. Con el pretexto de dictarme la correspondencia urgente, hizo poner mi catre al lado del suyo y me despertaba en medio de la noche para dictarme ridículos oficios que al día siguiente rompía delante mío con una sonrisa desafiante. Esperaba una reacción idéntica a las de la época del Colegio San Carlos. Pero nunca más le di con el gusto, no controlaría mi vida esta vez.
Otras veces era yo el que me despertaba a cualquier hora y viéndolo dormir tan indefenso, imaginaba qué fácil sería hacerlo pasar del sueño a la muerte. Con una salud tan precaria, quién dudaría de mí. En realidad yo dudaba de mí, era excesivo el tiempo durante el cual vigilaba su sueño.
Mi mulata, con su irreverente simpatía conquistó a los soldados más duros, a los que curaba de los huesos, las nostalgias y los desengaños del tiempo.
Los jóvenes se aproximaron a ella buscando consuelo, hierbas y cantos nagó, y para los de su raza era una diosa más de su populoso parnaso. Y entre tantos seguidores yo debía, a codazos, hacerme un lugar en su vida.
Cómo pude enloquecerme por una mulata vieja, fue una pregunta que escuché demasiadas veces. Jamás me faltaron mujeres de ojos invitadores y no hubo falda que deseara y que mi mano no demorara en bajar. Nadie que no la haya conocido como yo puede entenderlo. No fue solo su olor a hembra orgullosa lo que me atrapó. Fue esa fibra indómitamente tierna, suavemente fiera que llevaba en su corazón y en su regazo la que me ató a ella hasta la misma asfixia. La hembra me anudó a su piel, la mujer a su alma.
Solo los que estuvieron en el campo de batalla, donde se enfrenta la muerte cara a cara con un arma que no nos atrevemos a disparar, donde el pie resbala en charcos de sangres enemigas mezcladas, pueden entenderme. Allí, en el punto exacto en que se enamoran la vida y la muerte, se entiende cómo es de indispensable una mano de mujer que cierre los ojos de los muertos, que cubra las heridas de los vivos, que nos toque y nos absuelva suavemente a los que por primera vez asesinamos. Y para eso estaba ella allí… siempre.
La recuerdo, vivo para eso, cebándome mates en su punto justo, y escuchándome atentamente desgranarle mi amor mezclado con fracasos y desalientos, en ese gesto tan suyo de humano entendimiento. O sobre mi uniforme, empeñándose con la aguja y el hilo en reconstruir su dignidad perdida, consolándome para que no dolieran tanto los celos que desde entonces no me abandonaron más deseo deseo deseo qué bueno olerte tocarte mulata negrita cómo no te das cuenta que él te odia no te quiere no te desea no arde ni bien te huele como yo qué dulces tus ojos negrita qué rápidas tus manos negrita cómo será una caricia tuya no sé a qué vamos al Paraguay pero vamos juntos qué suerte qué calor no soporto este uniforme de mierda pero vos vas a ser mi recompensa negrita linda la transpiración me entra en los ojos y me arden así voy a transpirar cuando te tenga vos traspirás con un olor a hembra en celo que a todos nos vuelve locos pero no a él mulatita mía a él no lo volvés loco negrita linda a él nada lo calienta no sé con qué goza bueno sí sé con qué goza pero igual nunca lo vi feliz.

Y así fue como aquel septiembre de 1810 sin olor a azahares, partimos desde Buenos Aires en la primera Expedición Militar.
Junté coraje, vestí el áspero uniforme azul, cargué un libro de hojas foliadas, un cartapacio con hojas para correspondencia, mi tintero y una colección de plumas y, desconcertado, con el corazón latiéndome de contradicciones y certidumbres, me uní a esa columna de andrajosos que, como yo, apretaban el gatillo con los ojos cerrados y que partieron felices a un rumbo tan incierto como la suerte.
Desde el primer día en que se pusieron en marcha las desordenadas columnas de hombres, y durante toda la jornada, con maestría de esgrimistas, él y yo evitábamos todo encuentro. Pero si, por accidente, convergíamos en algún lugar, nos erizábamos listos para el ataque. Suficiente tenía yo con las noches y sus caprichos.
Cuando mi necesidad de resarcirme de su arrogancia me ahogaba hasta el punto de hacerme vomitar, irrumpía en las reuniones que mantenía con los oficiales. Con voz y cara de idiota, le solicitaba que me corrigiera los partes a Buenos Aires que a propósito dejara inconclusos la noche anterior. Ahí se producía la transformación y, apenas ahogando la ira, me contestaba con un: «Warnes se ocupa Rivas, deje nomás, retírese». Entonces sí, al verlo rojo como antes, me alejaba satisfecho.
Yo percibía que en aquella puja saldría vencedor el que aguantara más tiempo; pero le llevaba la ventaja de conocer de memoria el peso de la injusticia. Estaba acostumbrado desde niño a que, ante mis desobediencias, mi padre me castigara encerrándome en el armario de la cocina entre las fanegas de trigo, velas de cebo y sartenes, esperando que de allí saliera un hijo arrepentido. Nunca lo logró. Invariablemente, al abrir la puerta se daba con un demonio lleno de furia que lo enfrentaba desde su estatura. Nunca cambié.

La pesadilla vivida en aquella expedición me sigue despertando en medio de las noches. La travesía bajo aquel sol mortífero y rodeados de una diabólica vegetación, fue una prueba que muchos no pasaron. El calor y los insectos nos asediaron sin piedad y ni siquiera me sirvió haber nacido bajo un clima como el de Tucumán. Nada se parece a aquel infierno. Las picaduras de las alimañas se nos infectaban de tal manera que pronto nos cubrimos de unas enormes pústulas que el grueso paño del uniforme convertía en volcanes abiertos en constante erupción.
María, a medida que nos internábamos en ese infierno verde, en ese purgatorio asfixiante, se hizo más necesaria que los dos médicos de la expedición, que, paralizados por tanto conocimiento acartonado, contemplaban sin poder evitar la muerte por aquellas enfermedades tropicales que no figuraban en los libros de medicina que habían traído de Europa. Luego de haberse mostrado abiertamente hostiles y llenos de desprecio hacia la mulata y sus remedios, ante aquella realidad que superó sus fuerzas y conocimientos, formaron un armónico equipo de ciencia y conjuros.
Sus yuyos y emplastos eran de verdad milagrosos, y hasta los más reacios se rendían ante la evidencia de su efectividad, al ver al enfermo que agonizaba al anochecer preso de fiebres altísimas, levantarse lleno de energías al día siguiente; o al sentir el alivio inmediato en los pies llagados por tantos días de marcha con la aplicación de su preparado de artemisa, aceite de oliva y aguardiente por partes iguales, receta que accedió a difundir ante un éxito masivo para el que no daba abasto.
Pero, pese a todos sus conjuros, cuando ya el puerto del que salimos era un recuerdo arrugado y lejano para los memoriosos, los que se olvidaron de que eran seres humanos, comenzaron a morir como moscas, víctimas de la disentería y de los pujos de sangre, que finalmente triunfaron sobre María. La sed nos agrietaba hasta el alma y bebíamos un agua podrida y maloliente que servía para humedecernos los labios partidos y resecos. Soportamos, a lo largo de toda la marcha, lluvias tan violentas que cuando amainaban hombres, animales y pertrechos quedábamos cubiertos de un barro pegajoso y rojizo que imposibilitaba los movimientos del cuerpo y del espíritu. Luego de los chaparrones, el sol aparecía inclemente en un cielo sin nubes, levantando un vapor más espeso que la niebla.
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