Kitabı oku: «Piensa y trabaja»

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Acta constitutiva de la Universidad de Guadalajara en 1925, firmada por el gobernador de Jalisco, José Guadalupe Zuno; el rector de la Universidad de Guadalajara, Enrique Díaz de León; el director de la Facultad de Medicina, Juan Campos Kundhardt; el director de la Facultad de Ingeniería y de la Escuela Politécnica, Aurelio Aceves Peña; el director de la Facultad de Jurisprudencia, Ignacio Villalobos Jiménez; el director de la Facultad de Farmacia, Adrián Puga Gómez; la directora de la Facultad de Comercio, Catalina Vizcaíno; el director de la Escuela Preparatoria de Jalisco, Agustín Basave del Castillo Negrete; la directora de la Escuela Preparatoria para Señoritas y de la Normal de Jalisco, Irene Robledo García; el secretario de la Universidad, Ramón Delgado, y el rector de la Universidad Nacional de México, Alfonso Pruneda.



Índice

Prólogo Itzcóatl Tonatiuh Bravo Padilla

Rector general de la Universidad de Guadalajara

Bajo la bóveda del limbo dantesco. Hace noventa años

Juan Real Ledezma

José Cornejo Franco

La tradición liberal universitaria

José Montes de Oca y Silva

Antecedentes históricos de la Universidad de Guadalajara

José Guadalupe Zuno

XXXII Aniversario de la fundación de laUniversidad de Guadalajara

Enrique Díaz de León

Discurso inaugural de la Universidad de Guadalajara

Irene Robledo García

Rasgos históricos de la fundación de la Universidad de Guadalajara

Constancio Hernández Alvirde

Sobre la apasionante “cuestión universitaria” de Jalisco

Rodolfo Delgado Delgado

La posición ideológica de la Universidad de Guadalajara en la década de los cuarenta

José Barba Rubio

Características de la Universidad

José Ortega y Gasset

Cuál es la misión de la universidad

José Parres Arias

xxv Aniversario de la reorganización de la Universidad de Guadalajara

Roberto Mendiola Orta

La misión de la Universidad

Jorge Matute Remus

Guadalajara, su universidad y su desarrollo urbano

José Luis Medina Gutiérrez

Maestros insignes de Jalisco

Antonio Aceves Fernández

lxiii Aniversario de la Universidad de Guadalajara

Antonio Gómez Robledo

Discurso al recibir el doctoradohonoris causa de la Universidad de Guadalajara

Jorge Enrique Zambrano Villa

Discurso de entrega del doctorado honoris causa a Clodomiro Almeyda

Enrique Javier Alfaro Anguiano

Discurso de entrega deldoctorado honoris causa a Enrique Díaz de León

Raúl Padilla López

Discurso de toma de posesión de la Rectoría de la Universidad de Guadalajara

Víctor Manuel González Romero

lxxv Aniversario de la reapertura de la Universidad de Guadalajara

José Trinidad Padilla López

lxxx Aniversario de la reapertura de la Universidad de Guadalajara

Marco Antonio Cortés Guardado

lxxxv Aniversario de la refundación de la Universidad de Guadalajara

Itzcóatl Tonatiuh Bravo Padilla

Mensaje del rector general en la sesión en que el Congreso de Jalisco declara “Benemérita” a la Universidad de Guadalajara

Cronología de rectores de la Universidad de Guadalajara

Breve recuento histórico de la Universidad de Guadalajara a partir de 1910


Fragmento del acta de la primera sesión de Consejo Universitario, realizada el 15 de octubre de 1925, en el que se trata el lema de la Universidad de Guadalajara.


Imagen del Paraninfo de la Universidad de Guadalajara, tomada desde la explanada del edificio de la Rectoría General.

Prólogo
Itzcóatl Tonatiuh Bravo Padilla
Rector general
de la Universidad de Guadalajara

El 12 de octubre de 2015 se conmemora el aniversario número 90 de la refundación de la Universidad de Guadalajara, realizada en 1925 gracias a la iniciativa visionaria de un notable grupo de hombres y mujeres, encabezados por el entonces gobernador de Jalisco, José Guadalupe Zuno, y por su primer rector, Enrique Díaz de León.

Al decir una de las integrantes de la Comisión Organizadora de la Universidad en 1925 y jalisciense ilustre, Irene Robledo García, la decisión de abrir las puertas de esta institución pública de educación superior, precisamente en esa fecha, no fue casual, puesto que “así como se había abierto un nuevo mundo, se había abierto una nueva doctrina para la Universidad de Guadalajara y para su enseñanza superior”.

En este contexto, nuestra Casa de Estudio determinó hacer una selección de textos sobre su origen, historia, misión y principios, con el propósito de refrendar la esencia y la pluralidad que subyace al término mismo universidad, así como de aquilatar sus logros y vislumbrar sus retos en el presente.

Con la colaboración de Juan Real Ledezma y Ernesto Villarruel Alvarado, en un solo volumen se han reunido algunos escritos y discursos elaborados por distinguidos exponentes del pensamiento universitario en diversas etapas de la institución. Estos trabajos han resistido y aprobado la prueba del tiempo, pues mantienen su vigencia como testimonios históricos y filosóficos que permitirán al lector reconocer los fundamentos de la hoy Benemérita Universidad de Guadalajara.

En especial, estas disertaciones dan cuenta del carácter humanista que implicó la conformación de nuestra Alma Mater y contribuyen a fortalecer la identidad de los miembros de esta comunidad, así como a difundir el conocimiento sobre su significado y trascendencia.

Es importante mencionar que por consideración a los autores y con el interés de preservar el valor histórico de los documentos, se respetó el estilo y la redacción, así como los conceptos utilizados y las formas de referir a las diferentes etapas de la Universidad.

Esta obra permite conocer las ideas de avanzada de quienes concibieron a la Universidad de Guadalajara y contribuyeron en su devenir, el cual ha sido imprescindible para el desarrollo sociocultural y económico de la región Centro Occidente de nuestro país. Se trata de un esfuerzo de recuperación de las raíces y los valores que han moldeado la razón de ser de la universidad pública en Jalisco.

Como heredera de los ideales de la Revolución Mexicana, esta Universidad se reconoció en 1925, y lo refrenda ahora, como una institución comprometida con los principios del artículo tercero constitucional de educación laica, gratuita y de calidad, preocupada por la formación de profesionistas que contribuyan a difundir el conocimiento científico y extender la cultura y los servicios educativos hacia amplias capas de la población.

Como elemento vivo que responde a las necesidades de su época, la Universidad ha sido un ente dinámico que se ha situado a la vanguardia de las aspiraciones de la sociedad jalisciense en cada una de las etapas de la historia. Desde su fundación en 1792, esta Casa de Estudio ha sido parte de los acontecimientos públicos y las vicisitudes que han impactado a la sociedad. De acuerdo con Enrique Díaz de León, “Toda nuestra inquieta historia política está relacionada con la Universidad de Guadalajara”. En palabras de José Guadalupe Zuno, en la Universidad “caben todos los Institutos; en ella, todas las ramas de conocimiento humano y de la investigación tienen su lugar natural”.

A lo largo de sus más de doscientos años de historia, la Universidad ha formado múltiples generaciones de destacados profesionistas, líderes sociales, artistas, literatos, pensadores, maestros, científicos y técnicos, quienes con su trabajo cotidiano han puesto y sostienen en alto el nombre del estado de Jalisco.

En particular, durante las nueve décadas que han transcurrido de su etapa moderna, la Universidad ha actualizado sus procesos de gestión y ha innovado sus modalidades educativas, mediante las cuales ha enriquecido las metodologías para explorar los campos disciplinares y las diversas fronteras del conocimiento científico. En este lapso se han consolidado las funciones sustantivas de docencia, investigación y difusión de la cultura, expuestas en su momento por José Ortega y Gasset —en un texto también compilado en este libro—, y han cobrado relevancia, en un proceso de integración, las tareas de vinculación, internacionalización e innovación.

De igual manera, se han incorporado estrategias que han enriquecido el perfil de la Universidad de Guadalajara, como el uso de las nuevas tecnologías de información y comunicación, la educación a distancia, la enseñanza de idiomas, la promoción del deporte, la noción del emprendimiento, la multiculturalidad, el paradigma del medio ambiente, su política incluyente para grupos vulnerables, además de su estructura en Red Universitaria basada en el modelo departamental como eje de la vida académica.

No obstante, persiste el compromiso de atender la creciente demanda educativa y consolidar la calidad académica, así como la responsabilidad de formar ciudadanos íntegros, solidarios y productivos, celosos del bien común, la búsqueda de la justicia y la paz. Ante esto, la Universidad se reafirma como un espacio de confluencia para el análisis crítico, la libertad de expresión, el debate de las ideas, la generación de conocimiento, la difusión cultural y la transferencia de tecnología.

Por todo ello, es un gusto poner esta edición conmemorativa a disposición de los universitarios y de la sociedad, pues representa una estimulante fuente de reflexión en torno a los desafíos de una institución pública de educación superior que “Piensa y Trabaja”, tal como afirma el lema que eligieron sus impulsores en 1925 y que mantiene su actualidad.

Confiamos en que este libro reanimará el diálogo acerca de la esencia y del quehacer de uno de los más grandes baluartes de la sociedad jalisciense, la Universidad de Guadalajara.


Mural inspirado en el Canto IV de La divina comedia, de Dante Alighieri, pintado en 1861 por Jacobo Gálvez y Gerardo Suárez en la cúpula del Teatro Degollado.

Bajo la bóveda del limbo dantesco.
Hace noventa años
Juan Real Ledezma
I

En el Canto IV de La Divina Comedia, Dante Alighieri nos introduce al Círculo Primero o el Limbo, donde están:

“Las almas buenas que no poseyeron la verdadera fe. Espíritus del limbo liberados y subidos al cielo por obra de Cristo. Grandes poetas antiguos y otros espíritus que tienen el privilegio de habitar en un noble y luminoso castillo”.1

Y aunque Dante guiado por su maestro Virgilio encuentre ahí a Héctor y Eneas, al rey Latino y Julio César, a Sócrates y Platón, a Galeno e Hipócrates e incluso a Avicena y Averroes, no por eso el lugar pierde su categoría infernal:

“Topográficamente —escribe Antonio Gómez Robledo—, en efecto, el limbo es parte del infierno, pero en el mismo sentido exactamente que forma parte de un manto o de una túnica su borde, orla o franja: limbus en latín o lembo en italiano. Es la zona indolora del reino doloroso. Pertenece al infierno por la exclusión común de la visión beatífica, pero sin otro tormento que el de la tristeza por esta proscripción; sin otro llanto que el de los suspiros: non avea pianto mai che di sospiri”.2

Este pequeño fragmento de la cosmovisión dantesca de La Divina Comedia, debió excitar significativamente la imaginación del arquitecto Jacobo Gálvez y de su discípulo Gerardo Suárez, para concebir la decoración de la imponente bóveda central del Teatro Degollado de Guadalajara.

Y así, empezaron frenéticamente a surgir ya no en el borde del infierno, sino en una bóveda dorada que se asemeja más al paraíso: los filósofos griegos y romanos Diógenes, Aristóteles, Cicerón, Séneca; los poetas Homero, Eneas, Lucano, Ovidio Nasón; las heroínas Hera, Camila, Electra, Safo, Julia, Lucrecia. Y entre otros Orfeo, hijo de la ninfa Calíope y del rey tracio Eagro que no deja de tañer su lira regalo de Apolo, estremeciendo la naturaleza con árboles y rocas que cambiaban de lugar para seguir su música y con leones que amansaban su ferocidad por la dulzura de sus notas.

II

Esta cátedra plástica de cultura humanista, felizmente el 12 de octubre de 1925 se encontró sensorialmente al alcance de todos los estudiantes, maestros, padres de familia y autoridades, que ese día tuvieron el privilegio de participar en la inauguración de la nueva Universidad de Guadalajara.

A pesar de la grandeza del acontecimiento, la elección del lugar para realizarse fue un hecho meramente fortuito… Era lunes y se tenía previsto celebrar la solemne ceremonia en el patio de la antigua Real Universidad, pero caía una pertinaz lluvia que la hizo trasladar al recinto del Teatro Degollado.

En 1925 el Teatro aún no tenía la majestuosidad que hoy le conocemos, tras la reconceptualización e intervención del arquitecto Ignacio Díaz Morales. Era más bien un recinto modesto, con fuertes problemas estructurales que se había reacondicionado para los festejos del centenario de la Independencia.

Y entonces, unos minutos antes de las once de la mañana de aquel 12 de octubre, atravesaron un pórtico cochera y una galería deprimente para llegar al vestíbulo3 los miembros de la Comisión Organizadora de la Universidad de Guadalajara:

 Aurelio Aceves Peña. Nacido en Zapotlanejo, Jalisco en 1887. Egresado de la Escuela Libre de Ingenieros de Guadalajara. Fue director de la Facultad de Ingeniería, y construyó los Arcos de la avenida Vallarta y la cúpula del edificio de la Rectoría.

 José María Arreola Mendoza. Nació en Zapotlán el Grande, Jalisco, en 1870. Hizo sus estudios en el Seminario Conciliar de Guadalajara y fue ordenado sacerdote en 1893, distinguiéndose como científico, arqueólogo, paleógrafo y maestro.

 Agustín Basave del Castillo Negrete. Nació en Guadalajara, Jalisco, en 1886. En la Universidad de Harvard estudió arquitectura y fue un prestigiado profesor de Literatura. Dirigió la Escuela Preparatoria de Jalisco y recibió las Palmas Académicas de Francia.

 José Ignacio Calderón Bonilla. En Guadalajara, Jalisco, nació en 1886. Estudió Comercio en California y destacó en los deportes y en la gimnasia, luego cursó la licenciatura en Derecho. Fue director de la Escuela Preparatoria de Jalisco y de la Facultad de Comercio, y secretario general de la Universidad.

 Juan Campos Kunhardt. Nacido en Guadalajara, Jalisco, en 1878. Estudió en el Liceo de Varones del Estado de Jalisco y en la Escuela de Medicina de Guadalajara, donde en 1901 recibió su título de médico, cirujano y partero. Fue catedrático y director de la Facultad de Medicina y rector de la Universidad de Guadalajara de 1929 a 1930.

 Severo Díaz Galindo. Nació en Sayula, Jalisco, en 1876. En el Seminario Conciliar de Guadalajara cursó los estudios eclesiásticos y fue ordenado sacerdote en 1900. Se distinguió como científico y catedrático de Química y Física. Fue el director fundador del Instituto de Meteorología y Astronomía y autor de un gran número de tratados y ensayos.

 Adrián Puga Gómez. Nació en Cocula, Jalisco, en 1858. Sus estudios los realizó en la Escuela de Medicina y Farmacia de Guadalajara. Se significó como científico y profesor de Química y fue el primer director de la Escuela de Farmacia de la Universidad.

 Irene Robledo García. Originaria de Jocotepec, Jalisco, nacida en 1890. Fue profesora normalista, enfermera, homeópata y trabajadora social. Dirigió varias veces la Escuela Normal y la Escuela Preparatoria para Señoritas y fundó la Facultad de Trabajo Social.

 Ignacio Villalobos Jiménez. Nació en Guadalajara, Jalisco, en 1895. Fue estudiante del Instituto San José de los jesuitas y de la Escuela de Jurisprudencia de Guadalajara. De 1924 a 1932 dirigió la Facultad de Derecho, escribió un tratado de derecho penal y pasó a residir a la ciudad de México, donde impartió la cátedra de Derecho Penal en la Universidad Nacional Autónoma de México.

 Catalina Vizcaíno Reyes. Originaria de Tizapán el Alto, Jalisco, donde nació en 1885. Fue profesora normalista y dirigió la Facultad de Comercio de la Universidad de Guadalajara.

También debió cruzar ese día el pórtico cochera el ingeniero Juan Salvador Agraz Ramírez de Prado, quien el 5 de enero de 1924 presentó, en la feria de la ciudad de Guadalajara, el “Proyecto de fundación de la Universidad Nacional de Guadalajara”, pero al disentir de los criterios políticos del gobernador José Guadalupe Zuno abandonó las sesiones de la Comisión Organizadora y pasó a residir a la ciudad de México, donde fundó la Escuela Nacional de Ciencias Químicas de la UNAM y fue el primer presidente del Instituto Mexicano del Petróleo.

 El ingeniero Agraz nació en Tecolotlán, Jalisco, en 1881. Estudió en el Liceo de Varones, hizo sus estudios profesionales en París, Francia, y se doctoró en Química en la Universidad de Leipzig, Alemania.

Pero ahora la atención se centra en el arribo al Teatro de los principales protagonistas de la histórica jornada:

 José Guadalupe Zuno Hernández, quien nació en la Hacienda de San Agustín, municipio de La Barca, Jalisco, en 1891. Estudió en el Liceo de Varones y en la Academia de San Carlos, y años más tarde cursó la licenciatura en la Facultad de Derecho de la Universidad de Guadalajara, donde en ١٩٣١ recibió su título de abogado. Y en 1925 tomó la trascendental decisión de abrir nuevamente la Universidad de Guadalajara según los postulados de la Revolución Mexicana.

 Enrique Díaz de León. Nació en Cerrito de Dolores, municipio de Pinos, Zacatecas, en 1890. Estudió en el Liceo de Varones del Estado, fue profesor de Literatura, poeta, diputado estatal y federal y en ese momento funge como flamante rector de la Universidad de Guadalajara.

Ellos acompañan al Secretario de Educación Pública José Manuel Puig Casauranc, quien representa al presidente de la República Plutarco Elías Calles. También se hacen presentes las universidades madrinas de la nueva Universidad, a través de sus delegados: el rector de la Universidad Nacional de México Alfonso Pruneda, el cónsul de Francia Félix Teller por la Universidad Sorbona de París e Idella Purnell por la Universidad de California. Y al no poder enviar oportunamente un representante la Universidad de Salamanca, se le pidió al gobernador Zuno que él mismo asumiera el honor.

No bien se avizoraron las autoridades en el palco de honor, cuando estalló un fuerte aplauso de los presentes puestos de pie, mientras la Banda de la Gendarmería interpretaba una obertura.

Y entonces

“Un gran silencio precedió a las frases del rector [Díaz de León], cuya voz lentamente fue adquiriendo vigor y una admirable plenitud de expresión hasta llegar a captarse hondamente la atención de todo el auditorio […]”4

En el momento culminante del discurso, emotivamente se dirigió a los estudiantes:

“Va la Universidad a formar hombres. El grano que tú siembras son almas decía el moralista […] Jóvenes estudiantes: vosotros sois la médula de esta obra. Sois el fin y el principio de ella. Sois la Universidad”.5

La ovación de los presentes rubricó sus palabras finales, luego vino la declaratoria oficial de la inauguración de la Universidad por el representante presidencial y las salutaciones de los delegados de las universidades madrinas.

Enseguida se presentó el festival artístico del 12 de octubre, y se cerró el acto con la interpretación de la marcha Ecos de México de Clemente Aguirre, en tanto que los asistentes alborozados abandonaban el recinto del Teatro Degollado.

Desde las alturas de la bóveda dorada del limbo dantesco inertes las figuras de sabios, héroes y científicos del mundo clásico parecieran contemplar meditabundos a los noveles universitarios tapatíos y arrebatándole la pluma a Dante les susurran —¿o les gritan?—:

“¡Oh hermanos, que a través de cien mil peligros habéis llegado al Occidente!

A esta tan pequeñísima vigilia de nuestras fuerzas —que es cuanto nos queda— no queráis negarle la experiencia del mundo, que tras el sol, carece de habitantes. Considerad cuál es vuestra semilla: para vivir cual brutos no os hicieron, sino para alcanzar virtud y ciencia”.6

III

Para celebrar los noventa años de aquellos acontecimientos, la Rectoría General de la Universidad ha preparado esta antología con las voces de algunos universitarios que han protagonizado grandes momentos de nuestra historia.

Los textos elegidos intentan abordar las ideas que le han dado vida y rumbo a nuestra Alma Mater, a través de sus últimas nueve décadas.

Y así, José Cornejo Franco expone los orígenes de la tradición liberal de los primeros universitarios. José Montes de Oca y Silva hace una síntesis de la historia de la Universidad. Enseguida emergen las voces de 1925: José Guadalupe Zuno, Enrique Díaz de León e Irene Robledo.

Luego vienen dos textos claves para entender la Universidad en los años del cardenismo y los subsiguientes: una entrevista a Constancio Hernández Alvirde sobre la apasionante “cuestión universitaria” en 1937, y uno más de Rodolfo Delgado donde posiciona ideológicamente a la Universidad en la década de los cuarenta.

Acto seguido, el doctor José Barba Rubio, rector de la Universidad en 1953, en su ponencia “Características de la Universidad”, nos muestra su amor por la institución y su pasión indeclinable por el magisterio.

En 1930 el filósofo español José Ortega y Gasset pronunció en Madrid la célebre conferencia “Misión de la Universidad”, y fue tal su impacto entre los universitarios de entonces que no sólo la multicitaron, sino incluso personalidades como José Parres Arias y Roberto Mendiola Orta así titularon sus respectivos discursos, los cuales se incluyen precedidos de un fragmento del texto orteguiano.

El ingeniero Jorge Matute Remus es el paradigma del universitario apasionado por las matemáticas y la tecnología, pero que sabía que éstas solamente tienen sentido si se ponen al servicio de la humanidad y muy particularmente de la ciudad a la que tanto amó, lo cual quedó de manifiesto en su escrito titulado “Guadalajara, su Universidad y su desarrollo urbano”.

Si los estudiantes son la esencia indiscutible de la Universidad —Díaz de León dixit—, los maestros tienen la delicada responsabilidad de fraguarlos en las aulas universitarias. A manera de reconocimiento a tanto maestro anónimo, que en múltiples ocasiones asume su responsabilidad en circunstancias muy adversas, se presenta el texto “Maestros insignes de Jalisco” de José Luis Medina Gutiérrez. Y con la misma intención de escuchar las voces magisteriales, se propone el discurso de Antonio Aceves Fernández que de alguna forma representa una tradición magisterial de la segunda mitad del siglo XX.

Y como en el eterno retorno hegeliano toda realidad regresa en forma ascendentemente omnicomprensiva, se finaliza esta parte con el discurso de uno de los grandes humanistas del siglo XX: Antonio Gómez Robledo, retornando precisamente a los humanistas, cuyo estudio garantiza la construcción de una mente universal y que originaron precisamente a la Universidad de Guadalajara en el Siglo de las Luces.

En la segunda parte de la antología se presentan las voces de quienes, desde la más alta responsabilidad de la Universidad, iniciaron el proceso de descentralización de la institución hacia las distintas regiones del Estado y de quienes gestaron la actual Red Universitaria. La Red se ha venido consolidando y proyectando, para que las actuales y las futuras generaciones de jóvenes, sigan siendo partícipes de la educación superior en todo el Estado de Jalisco.

Notas

1 Dante Alighieri, La Divina Comedia, Barcelona: Ediciones Nauta, 1968, p. 45.

2 Antonio Gómez Robledo, Dante Alighieri, La Divina Comedia, Segunda parte, en Literatura y arte (Obras 11), México: El Colegio Nacional, 2002, p. 308.

3 José Montes de Oca y Silva y Luis Páez Brotchie, El Teatro Degollado, Guadalajara: Gobierno del Estado de Jalisco, 1964, p. XXXII.

4 Hemeroteca de la Biblioteca Pública del Estado de Jalisco, periódico El Sol, Guadalajara, 13 de octubre de 1925, p. 1.

5 Enrique Díaz de León: Revolución, Universidad y Cultura, Guadalajara: Sindicato de Trabadores Académicos de la Universidad de Guadalajara, 2013, p. 50.

6 En Gómez Robledo, op. cit., pp. 363-364.



Pórtico del antiguo Templo de Santo Tomás, que fue sede de la Real Universidadde Guadalajara. En la actualidad es el ingreso principal de la Biblioteca Iberoamericana “Octavio Paz”.

José Cornejo Franco

La tradición liberal
universitaria
9 de octubre de 1973

En la mesa inaugural de la Primera Jornada de Ideología Universitaria de la Universidad de Guadalajara, el profesor vitalicio José Cornejo Franco (1900–1977) pronunció esta emotiva conferencia sobre la tradición liberal tapatía, que hunde sus raíces en el entorno que precedió a la fundación de la Real Universidad de Guadalajara en el Siglo de las Luces.

José Cornejo Franco, “La tradición liberal universitaria”, Primera Jornada de Ideología Universitaria. Memoria de los trabajos presentados en las mesas de estudio los días 9, 10 y 11 de octubre de 1973, Guadalajara: Universidad de Guadalajara, 1977, pp. 30–37.

Empujando a esta asamblea, ya poco habrá que decir porque bien trazados están los inicios de nuestra actual Universidad.

Quiero, sí, insistir en un aspecto que apuntó el señor Rector con la palabra verticalidad. Es conocido y no vengo, desde luego, a enseñar el “Credo al Papa”, que nuestra formación cultural, desde la colonia, arranca con una tradición francamente liberal; les parecerá un poco exótico el empleo del término, pero es justo.

Nosotros tuvimos, en la época virreinal, la suerte de contar con dos Colegios Mayores, como entonces se decía: el de Santo Tomás y el de San Juan, regenteados por los reverendos padres de la Compañía de Jesús; pero, precisamente para el siglo XVIII, habían venido de Europa jesuitas de mayor cultura, con amplitud de criterio, que se habían formado dentro de las ideas filosóficas que, partiendo de la Enciclopedia, se pronunciaban por el pensamiento que en Europa iba roturando el campo con la avanzada ideológica; y así, apuntándose apenas los estudios económicos, tal como los comprendemos ahora, ellos vinieron también con ideas de los pensadores ingleses, franceses o alemanes, tan en boga.

Estos jesuitas, que no llegaron de España, que no eran jesuitas españoles, eran europeos que no se formaron en la España tradicionalista, dentro del claustro de los “venerables bonetes y reverendas capillas”, que diría Feijoó; ellos vinieron a airear y ventilar el campo de las ideas, y aquí, jesuitas ya criollos, nuestros, como Clavijero, Cavo o Maneiro, y algunos más; otros que no fueron de la Compañía, sino del Oratorio de San Felipe, como Díaz de Gamarra, en San Miguel el Grande, Guanajuato, comenzaron a dar los primeros toques de alarma a la clase privilegiada y prepotente al lanzar conceptos que con seguridad eran francamente heréticos para aquella sociedad; y no es raro que aquí, aquí en nuestra Guadalajara, en nuestro Colegio de San Juan de los jesuitas, hubiera un colegial, Montenegro de apellido, que llegara a la audacia de afirmar: “Pobre nación española, no tendrá remedio mientras no se decida a hacer con su Rey, lo que los franceses hicieron con el suyo”: guillotinarlo, y acabar con la monarquía.

Ustedes comprenderán que cuando llega a decirse expresión tan tajante, ocasiona inquietud; fue procesado y dio a las cárceles de la Inquisición. Pero no era el único.

Junto con él había otros, y las ideas se iban infiltrando no sólo en los colegios de la Compañía, sino que a la expulsión de los jesuitas, los padres del Oratorio de San Felipe Neri de aquí, de Guadalajara, viendo que solamente quedaba el Seminario Conciliar y que hacían falta colegios para la formación de estudiantes estudiosos, trataron de fundar una Casa de Estudios; se pidió permiso a la Audiencia, y lo concedió con carácter de provisional, para la enseñanza de los rudimentos de la gramática y latinidad, mientras venía la autorización —porque entonces todo era Real—, venía la autorización de su Sacra, Católica y Real Majestad.

Y es nada menos Carlos III, que nos lo han presentado como prototipo de la monarquía ilustrada, quien niega que se establezca Colegio, ordenando nada más por su Real Gana, y por el Yo del Rey, que al recibo de la Cédula suspendan y expulsen a los alumnos que estaban recibiendo una enseñanza elemental, y que no se vuelva a tratar nada de educación superior, dejándolo todo en el Seminario.

Para esto, ya se habían iniciado gestiones para el establecimiento de Universidad en Guadalajara, gestiones que fueron puestas en trabajo por la Universidad de México, producto natural del centralismo absorbente que siempre ha prevalecido; no admitían que les hiciera huella ninguna otra provincia, sin pensar que de las provincias era de donde iban a aparecer los que serían rectores de la nueva sociedad.

Después de mil múltiples gestiones, resultó que por quienes menos se esperaba, un monarca tan inepto como el cornudo de Carlos IV, y un pillastre como Fernando VII, su amado hijo, son los que conceden la fundación y ordenan las Constituciones de nuestra vieja Universidad, siguiendo, desde luego, el modelo de las universidades hispanas, principalmente la de Salamanca.

Enclaustradas, sin embargo las ideas ya habían penetrado. Expulsados los jesuitas, quedaron aquí simientes de rebeldía, y señalándose también brotes en nuestra Universidad, recién fundada, y donde se formaron personalidades como Severo Maldonado, que después tuvo tanta relevancia, como los Cañedo, como los Cumplido, como Gómez Farías y como tantos otros que han de tener su significación.

Bien se advierte la verticalidad del concepto liberal que predominó. Al mismo Seminario Conciliar, tan enclavijado, llegaron ideas renovadoras; el mismo Severo Maldonado, antes mencionado, pone para sus alumnos nada menos que el Tratado de las sensaciones de Condillac, cosa inaudita, como guía en los estudios de filosofía, que entonces sí se hacían completos.

Fueron todas esas gentes la simiente para que estallaran, a la consumación de la Independencia, los movimientos de Centralismo y Federalismo, sin llamarnos la atención que fuera Jalisco el estado federalista por excelencia.

¿Por qué razón? En primer lugar, la constitución social de nuestra provincia fue muy diferente a la de otras partes; nosotros no fuimos mineros; nuestras minas fueron de pequeña escala; no fuimos ni Zacatecas, ni Guanajuato, ni Taxco, ni Pachuca, ni sombra de los lugares que dieron ríos de riqueza a la Corona Española.

Nuestra sociedad se fundó con pequeños burgueses, una burguesía muy gachupina, y por lo tanto muy individualista, que se dedicó al comercio, no en muy gran escala, y además a las labores agropecuarias; rancheros que labraban su tierra y cuidaban su ganado y la producían, y que, evidentemente, se fueron formando y conformando en una sociedad que en varias ocasiones se opuso a las intromisiones del gobierno virreinal, hasta el caso de verse envueltos en líos militares, en venidas de expediciones para tratar de sojuzgar a los levantiscos que se oponían al entrometimiento del poder centralizador.

Si había todas esas simientes, no es de maravillar que hubiera un movimiento tan arraigadamente Federalista, como surgió entre nosotros, lo reafirmó, después de la consumación de la Independencia.

Y antes que nada, periodista y ayancado, como llamó Salado Álvarez a Maldonado, antes que nada, Maldonado, se propuso redactar toda una Constitución, él solo, toda una Constitución con el Pacto Federal de Anáhuac, al mismo tiempo que con título similar don Prisciliano Sánchez emprendía, en forma más limitada, la manifestación de propósitos similares.

El resultado ustedes lo saben: De ahí, y no sólo para la verticalidad liberal, y para asombro de muchos tal vez, aun el elemento clerical fue francamente liberal. Nada menos que uno de los campeones del Federalismo, para la Constitución de 24, fue uno, que humildemente Cura de Zapopan, llegó después al Obispado de Michoacán y luego a ser el primer Cardenal Mexicano: don Juan Cayetano Gómez de Portugal. Él, junto con otros, esforzado en sacar adelante las ideas Federalistas. Desde entonces, la aparición de un clero levantisco, bronco, aquí en Jalisco, donde un hombre como el canónigo Caserta, pregonó que le gustaría que se llevaran preso a uno que otro canónigo para que se acostumbraran a ver a los “moraditos” en la cárcel. No es de extrañar tampoco que un canónigo Verdía se opusiera rotundamente a recibir a Maximiliano; por eso no nos tocó la honorable visita: se opuso el Cabildo a recibirlo en la Catedral bajo palio, como se acostumbraba a recibir a los señores emperadores, y por eso no llegó sino hasta las haciendas del “Burro de Oro”, para regresar sin atreverse a llegar a Guadalajara.

No es de admirar, así mismo, que cuando se viene la Intervención Francesa, el Cabildo Eclesiástico proteste contra esa Intervención, actitud por la cual Juárez, al extinguir todos los cabildos eclesiásticos, eximió al de Guadalajara por su patriótica conducta durante la Intervención. Y no es de extrañar tampoco que toda esa pléyade forjada en las aulas de la vieja Universidad, con sus ideas liberales anillara un núcleo de jóvenes impulsivos, atrevidos a todo, expositores de ideas, que se inician con la “Estrella Polar”, siguen como grupo en “La Falange de Estudios Literarios” y “El Ensayo Literario”, patrocinados por López Portillo, don Jesús López Portillo, y continuaran, trasladándose del Instituto de Ciencias, que intentó Prisciliano Sánchez, al posterior Liceo de Varones, donde el elemento liberal fue clásico, al grado de que alguno, y años después, Enrique Díaz de León, lo voy a puntualizar, Enrique Díaz de León, al que su padre metió a hacer estudios preparatorios en el Seminario, todo mundo lo apodaba “el liberal”. Nada raro que hubiera esa generación que no fue espontánea, que no es generación de hongos, sino un almácigo, un almácigo que se fue cultivando desde los jesuitas criollos, los que bebieron en las fuentes de los jesuitas europeos, que venían ya inficionados con todas las lecturas que proliferaban entonces.

Y no es casual que después, con esa misma tradición liberal, surjan los liberales puros, el grupo de Vallarta, de Ogazón, de Robles Gil, de los Ahedo, de Molina, de Vigil, de toda esa gente tan brillante, que Bulnes encarece por ser la generación más importante y la que más configuró las ideas reformistas y con más fidelidad sostuvo a Juárez, como los Camarena.

Qué nos llama la atención si ese grupo liberal clásico, jacobino, a ratos extremadamente jacobino, que decía horrores de todo mundo, era de tal firmeza ideológica que pudo llevar adelante el movimiento reformista sin claudicación de ningún tipo. Y no crean ustedes que era cosa individual, de un personaje, de Pedro Ogazón, digamos por ejemplo, o de un Vallarta, sino que eso trascendía a las familias; mencionaba hace poco a Montenegro, colegial de San Juan, que quería degollar a los monarcas españoles, pues de la familia Montenegro son los Montenegro que lucharon contra la Intervención y a favor de la Constitución.

Era similar con Ogazón: Maura Ogazón, su hermana, tenía a orgullo cruzarse una banda roja, símbolo de su liberalismo; de la misma casa de Ogazón resultó un militar distinguido y un organizador magnífico, creador de la industria de Monterrey, el general Bernardo Reyes, que era Ogazón por parte de su madre. En familia, colectivamente se sentía el ambiente de todas esas ideas de carácter renovador, avanzado, reformista, que había de perdurar para nuestro Liceo de Varones, que es el punto al que más concretamente quería llegar.

Nosotros pretendemos trazar una trayectoria, columna vertebral, cordón umbilical que una a nuestras generaciones recientes con el grupo de liceístas que mencionaba el doctor Córdova. Ese grupo no es sino el heredero, que así como el juvenil de los Ogazón y los Vallarta, tuvo significación y creó lo que pudo crear, abriendo ellos el Liceo de Varones en 61, y los pósteres iniciaron un movimiento intelectual, enérgico, violento, hasta agresivo, que desembocó en nuestra Universidad con Guadalupe Zuno a la cabeza.

Principalmente quiero insistir en una cosa ya dicha: la aportación de la Escuela Politécnica, esa Escuela Politécnica donde vimos, lo conocí, no me lo contaron, como diría Bernal Díaz, sino que conocí a muchachos a los que se hizo obligatoria, en nuestras Preparatorias, la asistencia a los cursos de Politécnica; cuántos muchachos vimos que cargaban las escaleras, y no lo tenían a deshonra, para ir a hacer una conexión eléctrica; cuántos conocí yo en el taller de imprenta; trabajando cuántos en el taller de encuadernación, cuántos en tantas cosas, en tantas actividades, que les servían de mucho para ayudar a sus familiares y para sostenerse en sus estudios trabajando, y cumplidores con el lema universitario: trabajar, trabajar. Desgraciadamente esto se ha desvirtuado un tanto, y no es por demás señalar que lo que ahora, en la Reforma Educativa, se actualiza como “salidas” para llevar a trabajos a los estudiantes, por si alguno “destripa”, se estableció, con años de anterioridad, en nuestra inicial Universidad.

Importan, así mismo, la fundación de la Facultad de Filosofía y Letras, que va a la integración humanística del hombre, porque ante todo la misión universitaria es formar hombres, y los más recientes establecimientos de la Escuela de Agricultura y la de Veterinaria, todas ellas indispensables en Universidad, porque, señores, Universidad es eso: Universitas.

Perdonen la largura de un aficionado a la historia, que tiene la manía de historiar.

Ahora, si alguno quiere preguntar, suelten el toro.


Asistentes a los festejos de la inauguración de la Universidad de Guadalajara el 12 de octubre de 1925, ubicados en la Plaza Universidad.

José Montes de Oca y Silva

Antecedentes históricos
de la Universidad
de Guadalajara
Enero de 1948

El maestro emérito José Montes de Oca y Silva (1910–1974) presentó una síntesis del devenir histórico universitario de 1700 a 1947, a partir de los Documentos referentes a la fundación, extinción y restablecimiento de la Universidad de Guadalajara, de José Cornejo Franco.

José Montes de Oca y Silva, “Antecedentes históricos de la Universidad de Guadalajara”, Cuadernos Universitarios, enero–marzo de 1948, año I, volumen I, tomo I, pp. 31–33.

El primero que concibió la idea de la fundación de la Universidad de Guadalajara fue Fray Felipe Chávez y Pineda, O. P., XXI Obispo de Guadalajara, quien se dirigió al rey Carlos II, solicitándolo. El rey de España, por cédula de fecha 21 de agosto de 1700, pidió dictamen a la Audiencia de la Nueva Galicia. El asunto durmió hasta el año 1750 en que el Ayuntamiento de Guadalajara, insistió en la fundación de la Universidad. La solicitud de la fundación quedó pendiente ocho años, pero en 1758 el Ayuntamiento de la ciudad comisionó a su síndico don Tomás Ortíz de Landázuri para que directamente y en Madrid repitiera las gestiones. Se dio largas al asunto, mas el Ayuntamiento de Guadalajara, tenaz en su gestiones, continuó insistiendo ante la Corte para que se estableciera la Universidad.

El rey pidió su parecer al Gobernador de la Nueva Galicia, a la Real Audiencia de la misma, a la Real y Pontificia Universidad de México y a Fray Antonio Alcalde O. P., XXX Obispo de Guadalajara, quien rindió dictamen amplísimo exponiendo las razones que había para establecerla sin demora, las cuales demostraban no sólo la utilidad de la fundación sino “la suma necesidad que hay de ella”. El prelado no se limitó a influir para que se fundara la Universidad, sino que también dotó sus cátedras.

Por fin dieron resultado las gestiones hechas en pro de la fundación de la Universidad. Carlos IV, por cédula expedida en San Lorenzo, el 18 de noviembre de 1791, concedió la fundación de la Universidad de Guadalajara. La Real Cédula llegó a la capital de la Nueva Galicia en el mes de marzo de l792, se reparó el ex–colegio de Santo Tomás (en donde actualmente está ubicado el Edificio Lutecia) y en él se instaló la Universidad. La inauguración tuvo lugar el día 3 de noviembre de 1792, siendo su primer rector el doctor don José María Gómez y Villaseñor.

Subsistió la Universidad hasta el 18 de enero de 1826, en que don Prisciliano Sánchez, primer Gobernador Constitucional de Jalisco, la extinguió, creando en su lugar el Instituto del Estado. Funcionó el Instituto hasta el día 1 de septiembre de 1834, en que el Gobernador interino del Estado, don José Antonio Romero, lo suprimió reinstalando la Universidad. Esta subsistió durante 25 años; el 25 de septiembre de 1847 fue suprimida por la Legislatura local, supresión momentánea, porque don Joaquín Angulo, Gobernador interino del Estado, nulificó el Decreto del Congreso, disponiendo que subsistiera la Universidad, juntamente con el Instituto. Coexistieron las dos instituciones hasta 1853 en que el General José María Yañez, por decreto de 28 de febrero, dispuso que el Instituto quedara refundido en la Universidad. Siguió subsistiendo ésta hasta el día 15 de septiembre de 1855 en que don J. Santos Degollado, Gobernador y Comandante General del Departamento de Jalisco, decretó nuevamente su clausura y restableció el Instituto.

El 4 de marzo de 1860 se suprimió el Instituto y se restableció la Universidad y el 2 de diciembre del mismo año, el licenciado Pedro Ogazón, Gobernador Constitucional de Jalisco, decretó definitivamente la clausura de la Universidad.

Desde entonces, los escolares hacían sus estudios preparatorios en el Seminario Conciliar de Guadalajara o en el Liceo de Varones. Los estudios profesionales se seguían en las Escuelas de Medicina y de Jurisprudencia. La educación superior se confió directamente al Poder Ejecutivo, quien la controlaba por medio de un Departamento especial que cambiaba de nombres: Junta Directiva de Estudios, Dirección de Educación y Departamento de Educación Secundaria y Profesional.

El 25 de septiembre de 1925, don José G. Zuno, Gobernador Constitucional de Jalisco, en uso de las facultades que previamente le había conferido el Congreso del Estado, decretó nuevamente la creación de la Universidad de Guadalajara, siendo su primer Rector don Enrique Díaz de León. La Universidad se inauguró el 12 de octubre del mismo año, levantándose la siguiente acta de fundación: “Hoy, 12 de octubre de MCMXXV se declara solemnemente la inauguración de la Universidad de Guadalajara, con residencia en la ciudad del mismo nombre, Capital de Jalisco, Estados Unidos Mexicanos. Esta Institución fue fundada por iniciativa del actual Gobernador Constitucional de Jalisco, C. José G. Zuno y es su primer Rector el C. Enrique Díaz de León”. El nuevo sentido de la Universidad, se sintetizó en su lema: PIENSA y TRABAJA.1

De 1925 a esta fecha ha subsistido la Universidad, salvo el interregno habido durante la primera parte del período constitucional de don Everardo Topete, en que la Universidad de Guadalajara fue sustituida por la Dirección General de Estudios Superiores.

A partir de su reinstalación, la Universidad ha ido adquiriendo mayor prestigio y personalidad. Se ha convertido en la Universidad del Occidente de la República, a donde acuden presurosos a estudiar la casi totalidad de los jóvenes de la Baja California, Sonora, Sinaloa, Nayarit, Colima y Jalisco, amén de muchos de Zacatecas, Aguascalientes, Guanajuato y Michoacán. Y la nueva Ley Orgánica promulgada el día 21 de agosto de 1947 y aprobada por el Congreso Local, a iniciativa del licenciado don J. Jesús González Gallo, Gobernador Constitucional de Jalisco, así lo reconoce al establecer en su artículo 1o., que: “La Universidad de Guadalajara es una Corporación Pública dotada de capacidad jurídica, destinada a cumplir en el campo de la Cultura Superior la misión que en este orden le corresponde al Estado”.

Notas

1 Los datos históricos hasta aquí indicados los he extractado de José Cornejo Franco, Documentos referentes a la fundación, extinción y restablecimiento de la Universidad de Guadalajara.


Patio del Claustro de Santo Tomás con los asistentes a los festejos posteriores a la

ceremonia protocolaria de inauguración de la Universidad de Guadalajara,

el 12 de octubre de 1925.


Fotografía del 12 de octubre de 1925 donde aparecen, de izquierda a derecha: Luis Murillo, Roberto Montenegro, José María Cuéllar, Amado de la Cueva, Raymundo Hernández, Constancio Hernández Alvirde, Antonio Valadez Ramírez, José Guadalupe Zuno Hernández, Arnulfo Villaseñor, Jesús Sauza González, Adolfo Cienfuegos y Camus, Ramón Córdova, Alfonso Emparan, Rodrigo Camacho, Adolfo Contreras y Romualdo Parra.

José Guadalupe Zuno

XXXII Aniversario
de la fundación de la
Universidad
de Guadalajara
12 de octubre de 1957

José Guadalupe Zuno (1891–1980) compartió con la comunidad universitaria sus razones para restaurar la denominación universidad —identificada con el pensamiento conservador— en lugar de instituto —insignia del liberalismo decimonónico—. Además explicó el porqué del 12 de octubre para inaugurar la Universidad y dedicó un sentido elogio a las personalidades de los acontecimientos de 1925: Enrique Díaz de León, Agustín Basave y José Cornejo Franco.

José Guadalupe Zuno Hernández, “Discurso pronunciado en el XXXII Aniversario de la fundación de la Universidad de Guadalajara, 12 de octubre de 1957”, Reminiscencias de una vida, tomo III, Guadalajara: edición del autor, 1971, pp. 123–129.

El día 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón, tras de incierto navegar, creyó encontrar las Indias Orientales, El Catay, Cipango, La Tierra del Gran Can, o que andaba en las cercanías del Paraíso Terrenal, aunque la intención de su aventura, era la de buscar nuevas rutas para el tránsito mejor y más seguro de los productos riquísimos de las Islas de las especierías. Mal podía haber descubierto a América, si ni aún se tenía la idea de que un nuevo y vastísimo continente estuviera estorbándole su paso hacia las Indias. Más bien, diría yo, quienes lo descubrieron a él fueron aquellos lujosos magnates de la zona maya, que navegando de recreo con sus mujeres, lo encontraron cuando medio perdido vagaba en alta mar por el Caribe, con su tripulación en sorda rebelión, ya sin confianza en el navegante. Y tan lo descubrieron, que mirando medrosos desde su gran canoa, entoldada ricamente con telas brillantes de henequén, vistosamente bordadas y enriquecidas con todos los colores tropicales, advirtiendo la superioridad de la gran nave enhiesta de los intrusos hombres barbudos, armados con el rayo y el trueno, enviáronles frutas y comidas, papagallos y guajolotes, iguanas y mantas finas, para agradarlos. Dándose cuenta, además, de que Colón no tenía rumbo fijo, ofreciéronle humildes y serviciales como en su auxilio, guías de la tierra, que les fueron aceptados y que, obedientes a la consigna patriótica de sus temerosos caciques, en lugar de llevarlos a las próximas costas suyas los alejaron de ellas hasta que, seguros de que no caerían rapaces en sus bellas ciudades, los orientaron hacia Guanahaní. Todo esto con una real conciencia de lo que estaban descubriendo y no con falta de ella, que no la tenía Colón, quien mal podía andar en el descubrimiento de lo que ni él ni nadie conocía. Tampoco, si en esta fecha no se festeja ya el pseudo–descubrimiento, tampoco es correcto dedicarla a un propósito como el que animó a sus creadores; que viendo cómo lo del descubrimiento llevaba detrás la prueba de la fobia del adueñamiento por parte de los hombres blancos, de aquello que por razón natural era de los nativos; y que su rapiña era lo único que andaba quedando eso sí verdaderamente al descubierto, cambiaron el objeto de sus fiestas y quisieron que su raza, la que vanamente aseguran que es la superior, esa que tan torpemente se enorgullece con lo que dicen ser “el destino manifiesto”, divino, de guiar a la humanidad, llámanle ahora a este día el DÍA DE LA RAZA.

Aún tenemos muy cercanos los terribles años en que la más espantosa guerra que la humanidad sufrió, la desatada por el nazi–fascismo, asesinó a millones de hombres por el delito de tener la piel, el cabello y los ojos, distintos de los de aquellos que llamándose arios, querían exterminar o reducir a la servidumbre a todos los demás, por no serlo. Ciertamente que es increíble que, países que en los campos científicos y artísticos han enriquecido tanto a la cultura, hayan podido arrastrar a sus soldados tras de una empresa tan bárbara, tan loca y tan falta de fundamentos científicos y morales. Ya entonces, la Biología, la Etnografía y la Antropología, estaban acordes en principios perfectamente demostrados, sobre la inexistencia de razas puras; de razas superiores, somática o mentalmente hablando; que el mestizaje lo hay desde los días más remotos de la existencia de la especie humana; que ésta tiene fines comunes de perfeccionamiento y un ideal elevado al que todos los hombres aspiran. Todos los grupos, chicos o grandes han pasado por etapas de lucimiento y de decadencia, por razones históricas y políticas, en panoramas diferentes con características económicas y geográficas que han determinado, unidas a causas incontrolables por el hombre, especificaciones que aparentemente los distinguen. No es pues de extrañar que un plan de gobierno del mundo con la bandera de la raza superior, fracasara de modo tan rotundo como ha de fracasar cuanto sobre esos patrones se intente. No solamente en los ámbitos mundiales, sino en los más reducidos de sus poblaciones, como acontece ya en la gran nación vecina del norte, donde unos exaltados arios, de tipo nazi–fascista, han causado más daño al prestigio de su patria que una invasión militar y a pesar de la elevada y digna actitud de su Presidente y de su Suprema Corte de Justicia. Y digo aquí que, si esta Universidad fue puesta en marcha en un doce de octubre, no fue ni para recordar la aventura casual de aquel gran navegante, quien sin intención maliciosa abrió el nuevo mundo a las insaciables y depredadoras bandas que tras él llegaron del viejo; ni para ofrecer nuestro esfuerzo ante los altares infatuados de la raza aria. Fue, de modo lógico, en quienes luchábamos por principios democráticos, igualitarios, progresistas, entender la fiesta y el acto, como abarcando la igualdad de los hombres de todas las latitudes, sin distinción ninguna de origen ni de lo llamado raza; y así está instituido en los mandatos constitucionales desde que México es libre y desde cuando intentó serlo; pues fue aquí, en Guadalajara, donde el gran Miguel Hidalgo dictó su decreto de abolición de la esclavitud. Ni en los hechos mismos de la vida social, pudo ser de otro modo, cuando en nuestras ciudades y en los campos, conviven hombres de todas las razas, sin que se tome a bochorno tan encomiable tradición y sin que se atreva nadie ni en pensamiento a menospreciar a un indígena ni a un negro, ni a inclinarse y doblar la rodilla ante un blanco o un rubio no más porque sus ojos son azules o verdes... Más bien encontramos nuestros conflictos sociales en los círculos de las actividades económicas, en los cuales hay ricos indígenas, criollos y mestizos y obreros blancos, prietos, morenos y negros. Quede pues claro, que no somos seguidores de ninguna tendencia hueca racista, sino defensores de una integración racial democrática y cristiana, en la que nos hemos desarrollado desde que somos independientes. Por todo ello le llamamos a esta casa, UNIVERSIDAD; porque ella es congruente con la intención de universalidad, abandonando el nombre de INSTITUTO, que restringe con el solo enunciado, su campo de gestión en el acrecentamiento de la cultura. No nos detuvo el hecho histórico de que en nuestras luchas pasadas, los liberales tomaran por bandera al INSTITUTO y los conservadores a la UNIVERSIDAD. Aquello quedó liquidado en el campo político y no lo llevamos más allá, porque sabíamos muy bien que, entre lo más valioso del botín quitado al enemigo, estaba eso precisamente: LA UNIVERSIDAD. En ella caben todos los INSTITUTOS; en ella, todas las ramas del conocimiento humano y de la investigación tienen su lugar natural e inclusive los intereses culturales de los vencidos, los legítimos que con el estudio alcanzaron, aquí están reconocidos y garantizados, mejor que en sus establecimientos; porque allá se les tendrá siempre como parciales, ya que de suyo y voluntariamente son intolerantes y llaman libertad de cátedra a la imposición de un solo credo religioso, político y social. Nosotros somos más ambiciosos, porque aquí tenemos todo, todo respetamos y todos aquí hablamos y decimos nuestra verdad, alumnos y maestros. Los laboratorios funcionan sin limitaciones. Las investigaciones, se hacen sin atender ningún dogma, sino técnica y científicamente; es decir, somos los depositarios y promotores de una verdadera cultura general, objeto real de toda universidad. En la historia de esta Casa de Estudios, hubo ya conspiraciones para bajarla al radio de un Instituto, primero; luego, se llegó a enfrentarle otro dentro de sus límites, creado deliberadamente para, a su debido tiempo, postergarla, lo que por fortuna no llegó a suceder. Ahora, brotan por ahí nuevos intentos de otros Institutos y de otra Casa... que se dice de la Cultura. Repito que un Instituto no puede abarcar todo el círculo de nuestras actividades, porque de suyo se reduce a parte de ellas; pero respecto de la Casa otra, hemos de estar advertidos, porque puede ocultar un plan, que tal vez podría tener alguna aparente lozanía, insuflado por el elemento oficial y por ciertas actividades mostrencas que ahí creen encontrar la revalidación de sus artificios. El tiempo nos irá diciendo si se oculta en esa casa una obscura intención, que ya queremos encontrar en la sola circunstancia de que, si el deseo fuera sano y noble, si se tratara de dar impulso a la verdadera cultura con sentido de universalidad, entonces no sería necesario duplicar las funciones de lo que ya existe, sino aumentar a los esfuerzos que se hacen aquí, los que parecen llevar torcidos fines. Maestros y alumnos sabremos afrontar el problema. Por otra parte, ¿cómo sería posible que las edificaciones que se hagan para el servicio de la obra de culturación se dediquen a ello fuera de nuestra órbita, cuando ya ahora, otros edificios se nos tienen secuestrados para servicios públicos como el correo y el telégrafo…? ¿Cómo se quiere desorganizar nuestra cultura de esa manera, ahora que es obvio el triunfo de la Ciencia, cuando por esa vía ocupa el hombre los espacios siderales y dispone a su arbitrio de la fuente inagotable de la energía atómica? Cuando todo tiende a buscar normas de dirección general para toda la humanidad, ¿cómo habíamos de permitir que aquí, donde conforme a la Ley, vamos cumpliendo nuestro deber con valentía, se nos venga a insertar una gangrena mortal? Y si es la Ciencia la que al entregarnos los más profundos secretos de la Naturaleza nos compromete a usarlos en aplicaciones pacíficas y útiles, favorables al desarrollo evolutivo de las sociedades humanas y no en la destrucción de la vida ni en fines aviesos, ¿cómo hemos de tolerar que la cizaña prenda en nuestro campo y nos haga retroceder? Estamos históricamente obligados a impedirlo. Así nos aproximaremos al ideal que allá en 1915, un estudiante juvenil, Enrique Díaz de León, que después fuera nuestro Primer Rector, dejó enunciado en el discurso que aquí, en estos mismos sitios pronunció, por encargo del entonces Gobernador del Estado General Manuel M. Diéguez. Oíd parte de él:

“Así, señores, el Gobierno Constitucionalista viene ahora a ofrecer en este lugar, como la mejor ofrenda votiva a los Padres de la Patria, la construcción de dos templos del saber en donde se enseñe a las generaciones futuras a venerar a los nombres esclarecidos de los héroes, a imitar las fuertes virtudes que exornaron sus vidas propincuas y en donde, como en el hondo pensar del inmenso Emilio Zolá, se lleva a la conciencia humana, no el enervante “BIENAVENTURADOS LOS POBRES DE ESPÍRITU PORQUE DE ELLOS ES EL REINO DE LOS CIELOS”; pues mientras haya pobres de espíritu, habrá rebaños serviles de parias dispuestos a doblegar la cerviz al yugo de todos los despotismos; sino esta máxima lapidaria: “BIENAVENTURADOS LOS HOMBRES SANOS DE CUERPO Y ALMA. FUERTES DE CORAZÓN Y DE INTELIGENCIA. PORQUE DE ELLOS ES EL REINO DE LA TIERRA”. Este acto está pleno de un bello simbolismo: es una halagüeña promesa de un óptimo florecimiento futuro: es la cimiente que habrá de dar la fortaleza y la lozanía: es el mismo brazo poderoso de la Revolución que detuvo el avance de un fanatismo que nos asfixiaba ya, el que viene a colocar aquí, no la primera piedra material de un edificio; sino la piedra angular que será el sólido plinto de nuestra futura organización social”.

Y ya que recordé a Enrique Díaz de León, a quien tenemos aquí siempre presente, voy con ese fraternal signo, bajo la advocación de su nombre de intelectual y bohemio, a decir algunas palabras a los dos próceres ante quienes volcaremos el afecto de nuestros corazones y que están aquí honrándose con su presencia, acompañándonos en este glorioso aniversario: José Cornejo Franco y Agustín Basave. Universitarios los dos, de méritos inigualables, a quienes muchas generaciones guardan acendrado cariño, hondo respeto y admiración, unido todo a una gratitud sin límites; porque durante toda su vida, la dedicación magisterial ha sido su único apostolado. La Universidad tiene entre sus destacados fundadores, al señor arquitecto don Agustín Basave, Director en aquellos años de la Benemérita Escuela Preparatoria de Jalisco. El señor Profesor Basave fue activo y entusiasta participante de los continuos y arduos trabajos técnicos que se llevaron a cabo en numerosas juntas históricas, en unión de otros distinguidos intelectuales y educadores jaliscienses, desde en 1924, para llegar afortunadamente a coronar nuestros deseos con la fundación de nuestra Universidad en un día como éste, el año siguiente de 1925. José Cornejo Franco, participante a su vez, en los campos estudiantiles, intelectuales, literarios y artísticos desde entonces, ha puesto todo su interés y su valioso esfuerzo, para dar primero ser y luego prestigio y rico y humano contenido a nuestras aulas; pues continuó la obra del profesor Basave cuando éste fue a radicar a otros lugares y sigue siendo en nuestros días, decidido sostenedor de los ideales que habrán de llevarnos al cumplimiento íntegro de nuestro destino cultural, con su ejemplo de hidalguía, desinterés y valor civil para todos nosotros, maestros y alumnos. Muy lejos de nuestros deseos el de querer con estas palabras y con nuestro homenaje, cubrir la larga deuda, tan enorme e imposible de pagar; pero al menos, con nuestras palabras tan alejadas de la adulación, con esa naturalidad llana y franca, que es regla de conducta en nuestros círculos universitarios, que vean ellos dos, cuán espontáneo y sincero es este afecto que nos mueve a darles una mínima demostración de nuestro grande reconocimiento por su mucho más grande auxilio espiritual y cultural; demostración que les rendimos en el sagrado recinto de este Templo levantado a las Ciencias y a las Artes.


Enrique Díaz de León pronunciando el discurso inaugural de la Universidad de

Guadalajara en el Teatro Degollado el 12 de octubre de 1925.

Enrique Díaz de León

Discurso inaugural
de la Universidad
de Guadalajara
12 de octubre de 1925

Este discurso es la gran pieza oratoria de Enrique Díaz de León (1890–1937), cuyos conceptos cimbraron los muros del Teatro Degollado. Abordó los orígenes históricos de las universidades, la agitada historia política de la universidad tapatía y la apertura ese día de una nueva universidad, conceptualizada en la redención de las clases populares a través de la educación y la cultura.

Enrique Díaz de León, “Discurso pronunciado en el acto inaugural de la Universidad de Guadalajara (Guadalajara, 12 de octubre de 1925)”, Enrique Díaz de León: revolución, universidad y cultura, Guadalajara: Sindicato de Trabajadores Académicos de la Universidad de Guadalajara, 2013, pp. 40–51.

Curiosa e interesante por demás es la historia de la Universidad Real de Guadalajara. En el proyecto de su fundación no es ajena una migaja de rebeldía a los sistemas educativos en ese tiempo imperantes. Su gestación es algo verdaderamente desesperante: más de noventa años de ocursos, de solicitudes, de informes, de dictámenes, de consejos, de toda esa inútil tramoya administrativa, a la que tan dados eran algunos monarcas españoles. Su realización fue con mucho tardía no sólo por lo que se refiere al tiempo mismo, sino a sus naturales consecuencias. En vísperas de los primeros asomos libertarios, nacida esa universidad casi al claror de la aurora de la independencia, era natural que fuese vista después con desagrado por los primeros gobiernos republicanos y más si se toma en consideración que el cuerpo director de tal centro era, en tiempo de los virreyes, un grupo de selección que tenía que repugnar y repugnó con las nuevas ideas.

Toda nuestra inquieta historia política está relacionada con la Universidad de Guadalajara. Su clausura o su reapertura era señal de que estaba en el poder uno u otro de los dos bandos contendientes. Dos tendencias se disputaban la pauta educativa: la universidad reteniendo en su claustro de caracol el rumor de las disputas escolásticas y el Instituto del Estado, cuya fundación antagónica se debió a los hombres del gobierno liberal, organización más abierta al mundo y al clamor imperativo de la hora.

Como dos líneas que parten de un mismo punto y que después se separan hasta el infinito, hay dos tendencias: la que conspira a ejercitar las disciplinas escolares desentendiéndose de las realidades latentes de la vida y la que se preocupa sobre todo por hacer del hombre un factor de la contienda esencialmente práctica. Importa a la primera, sea cual fuere su fin, hacer de la inteligencia humana un instrumento para alcanzar su verdad teológica, o metafísica, o científica o artística, sin oír las necias disputas de los hombres. Su medio tiene que ser esencialmente de aristocracia intelectual y su centro, para decirlo con la palabra consagrada, la torre de marfil; y a la segunda, lo que persigue un fin únicamente práctico y utilitario.

Pero entre esas dos tendencias, como en el aurea mediocritas del poeta, estará quizás la verdad: en el medio está la virtud. Ya José Enrique Rodó, desde la tribuna apostólica de Ariel, resolvió con su pensamiento profundo y firme de maestro, ese problema que es de nosotros los latinoamericanos, más que de nadie, puesto que racialmente nos debatimos entre tan encontradas virtudes espirituales, que a las veces se exacerban en misticismos alucinantes y en groseros apetitos primitivos.

Es cierto que, como lo expresó Hamilton, “En el mundo sólo es grande el hombre, en el hombre sólo el espíritu”; pero ello no quiere decir que el alma sea únicamente una llama que implore trémula al cielo, sino el fuego sagrado, el calor que todo lo vivifica. Justo Sierra, ese gigante, reverso del gigante egoísta del cuento de Oscar Wilde, y que, como éste después de su iluminación de Damasco, siempre tuvo abiertas las entradas de sus huertos para que la juventud cogiera los frutos de oro de la sabiduría, dijo: “Toda contemplación debe ser el preámbulo de la acción”; que no es lícito al universitario pensar exclusivamente para sí mismo y que, si se pueden olvidar a las puertas del laboratorio el espíritu y la materia, como Claudio Bernard decía, “no podemos moralmente olvidarnos nunca ni de la humanidad ni de la patria”.

Sí, en efecto, por encima de todo, tenemos que contestar a los problemas cuya resolución vaya a llevar alivio al enfermo, pan al hambriento, actividad al brazo anquilosado, trabajo a la mano ociosa, justicia al desvalido. La Patria, que no es una entidad retórica, sino algo viviente, con dolorosa vida, pide que todos, pero sobre todo, los más aptos, vayan a contestar afirmativamente a la interrogación que pregunta si México llegará a ser un gran pueblo, grande con todas las grandezas: con la material, cimentada en el desarrollo de sus propias riquezas; con la moral, en el reinado de la justicia social; con la espiritualidad, en el encausamiento de ese venero copioso que de vez en vez brota en el esfuerzo abnegado de nuestros hombres de ciencia; en la lira de nuestros mejores poetas, que lo son también del idioma; en el sentimiento popular manifestado aquí y allá, en el canto que ennoblece el alma; en el soplo que anima la arcilla.

Quise, señoras y señores, principiar estas palabras desaliñadas, viendo hacia la génesis desde donde arrancan aquí en Jalisco las instituciones universitarias, para procurar, en la medida de nuestras fuerzas, ver el error y corregirlo, ahora que se desea encauzar las actividades superiores de nuestra juventud.

Va la universidad a formar hombres. “El grano que tú siembras son almas”, decía el moralista; pero para ello precisas que se desatienda lo mismo del brillo oropelesco de las vanidades que no conducen a nada, como de las risas que quieren ser punzantes de los que necesitan reír para que los cobije la frase de Rabelais. Precisa arrancar el vicio que por serlo tienen profundas y dolorosas raíces; no tener la obsesión del pasado, sino la mano atenta a las pulsaciones del momento, la vista a los mirajes del mañana.

“El verdadero hombre no aprende por reglas de colegio”, dijo el filósofo norteamericano, y es una verdad evidente si se atiende a dos cosas: al completo sentido de la palabra y a la organización de la enseñanza. Ahora mismo, con motivo de la fundación de esta universidad, se tuvo que tomar en cuenta todo esto.

La educación pública se resentía de un grave defecto, de un mal grave, por mejor decir. Oficialmente no había en Jalisco más que unas cuantas carreras liberales que seguir; y hay una propensión muy natural, muy humana, de los padres de familia: la de pretender elevar el plano de sus hijos. ¿Cómo?, como se pueda. No existen más de dos caminos; pues por cualquiera de esos dos. No importa que para lograrlo se tengan que arrojar sobre el campo de la vida los dados del destino, a trueque de que muestren la cara siniestra de los fracasos irreparables. Ya es un lugar común hablar del proletariado intelectual, del médico gana pan y merolico; del abogado rábula que perdió el ovillo en el laberinto e hizo una madeja inextricable de la justicia, del que arrastró la toga por el fango. La universidad tiende a corregir esa lacra de organización.

Pero ¿es esto una universidad? ¡Esto no es una universidad de modelo clásico! ¿Qué tiene que ver con las universidades tipo esa enseñanza de artes serviles?

No vamos a discutir, como en los tiempos de Abelardo por los nombres; pero aun cuando fuéremos al palenque de una inútil y verbosa dialéctica, nosotros sabemos que si en el siglo XII se llamó a la de París y de Bolonia universidades porque resumían la universalidad de conocimientos de esos tiempos, ahora estamos obligados a resumir los de los nuestros. Ya hace muchos siglos que Protágoras aseguraba que el hombre es la medida de todas las cosas que existen y de la no existencia de las que no existen.

Desentrañar, pues, todas las facultades, hacer surgir la fuente en la que abreven todas las ansias de conocimiento, debe ser el ideal de la educación. Abrir de par en par las puertas a toda vocación, vocación en el sentido prístino de la palabra, vocare: llamar. Sí, llamar… Debe ser una voz que llame a los hombres para que puedan descifrar su enigma…

Emerson, a quien siempre que se trate de estas cosas, hay que citar, afirmaba que todo hombre es la enciclopedia entera de los hechos. “La creación de mil bosques está contenida en una bellota” y luego:

cada cual sabe tanto como el sabio. Las superficies internas de los espíritus más rudos están todas llenas de garrapatos concernientes a hechos y pensamientos. Algún día cogerán esos espíritus una linterna y leerán las inscripciones.

Tenemos la tendencia, en la humildad de nuestro esfuerzo, de poner en las manos de nuestra juventud esa linterna, y se ha querido que esa luz vaya precisamente a los que más la necesitan. Si os habéis fijado en el Plan de esta Institución, habréis visto la importancia de la Escuela Politécnica.

La Politécnica enseñará la técnica del fotograbado de los trabajos de madera, de metales, de fundición, del plomo, del yeso, del color y de la piedra, de dibujantes, de arquitectura, de albañilería y carreras prácticas de electricidad, de mecánica, de ensayadores de metales y de la juguetería. Prestará especial atención a las industrias agrícolas y químicas sobre la base de las condiciones vernáculas, de los productos naturales de Jalisco: tal la jabonería, el aprovechamiento de nuestros aceites, la cerámica y la industria de las lacas, que por ser tan de cierta manera nuestras, son tan interesantes. Se completará después la escuela con la creación de otras carreras similares. Los estudios de todas ellas tendrán una base científica, aprovechando, desde luego, el sólido instrumento de las matemáticas y el conocimiento de aquellas ciencias y materias de estudio más indispensables al perfeccionamiento de esas carreras, claro está, en la dosis aplicable al caso. La universidad pone con esto, pues, más el establecimiento de la Facultad de Ingeniería y la carrera odontológica y la reorganización de las facultades de Jurisprudencia, de Comercio y de Farmacia, de la de Medicina y sus carreras anexas, de las preparatorias y de la Normal, pone, decía, a los jóvenes que están dentro de ella, o por mejor decir a la juventud del estado y de una importante región del occidente de la república, en condiciones de desenvolver sus vocaciones, abriendo nuevos caminos para que cada quien siga la senda de su propio destino.

Quiero hacer particular hincapié en lo que se refiere a la obligación que se les impone en la Ley Orgánica relativa a los estudiantes de la preparatoria de concurrir a los talleres de la Politécnica, pues ello resuelve algunos problemas muy importantes de lo que ha sido la tesis central de este discurso. Desde luego, coloca al educando en el caso de escoger las disciplinas que más se acomoden a sus inclinaciones y a sus facultades, bien sean las austeras de la ciencia o las que se refieren al ingenio o a la imaginación. Por otra parte, todos sabemos que muchas veces exigencias imperiosas hacen que el estudiante no pueda seguir carreras largas. Ya cuenta, pues, con un modus vivendi, ya sea productor y no parásito. Pero aparte de todo esto y quizás sobre todo, se va a establecer una comunicación más íntima entre el obrero y el joven que mañana será hombre de ciencia. Ellos, en comunión estrecha, verán en los años, si no mejores, sí más trascendentales en la vida, la visión común de sus destinos, la similitud de su función social. Ellos sabrán que son, por ser el pensamiento creador y el trabajo fecundo, la sal de la tierra, en el sentido alto y noble que daba Jesús a esas palabras.

Señoras y señores: en el nombre del gobierno del estado de Jalisco y en representación de la Universidad de Guadalajara, os manifiesto nuestro profundo reconocimiento por haber asistido a esta ceremonia, porque vuestra presencia es indicio de que participáis con nosotros de un deseo de vida próspera para esta Institución.

En el mismo nombre, manifiesto nuestra más efusiva gratitud a las universidades madrinas de la Universidad de Guadalajara, A la de París, alma mater de la civilización latina, no, de la civilización universal; a la de Salamanca, carne de nuestra carne, espíritu de nuestro espíritu, cuyo nombre está patinado del oro de los siglos mejores y cuya evocación nos habla lo mismo de los vuelos líricos de fray Luis que de las travesuras de la Celestina y del Lazarillo, de la gracia de los estudiantes de Lope y, para que más nos llegue a nuestro pasado literario, del donaire de aquel don García, en cuyos labios era la verdad sospechosa del clásico entre los clásicos, nuestro don Juan Ruiz de Alarcón; a la de California que siempre ha sido muy buena amiga de México y cuya digna representación tiene la distinguida señorita Purnell a quien tanto debe el prestigio de nuestra ciudad, y a la Universidad de México, hermana mayor de la nuestra, cuya fuerza vital será nuestro ejemplo, a quien debemos agradecerle la representación máxima de su propio rector, no sólo por el cargo que desempeña, que cargos solos nos dan honores, sino por sus relevantes cualidades de hombre de ciencia.

Señor secretario de Educación: el gobierno supremo de la República preside en voz esta ceremonia que es un símbolo de la obra de reconstrucción nacional que alienta a la administración pública, lo mismo a la federal que a la del estado. Nos sentimos satisfechos con vuestra representación a la que saludamos respetuosos y agradecidos con cariño cordial por ser vos quien la desempeña, pues ya sabemos que os animan los mismos móviles que los que impulsaron a esta Institución y que, por lo demás, vuestra presencia en la Secretaría de Educación es una garantía para las nuevas ideas.

Señor gobernador: esta universidad es principalmente obra vuestra en idea y en acción. Yo no puedo hacer la loa de vuestro empeño porque tengo los labios sellados con el doble sello de vuestro carácter público y de la amistad que desde la infancia nos liga. Que vengan otros, que ya vendrán, pese a las impotencias que se retuercen en su inutilidad, a decir lo que esto significa para nuestro estado, para nuestra Nación.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
257 s. 46 illüstrasyon
ISBN:
9786077422686
Telif hakkı:
Bookwire
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