Kitabı oku: «La persona del terapeuta»

EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE
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LA PERSONA DEL TERAPEUTA Ana María Daskal Minuchin
© Inscripción Nº 2021-A-7184
Derechos reservados
Agosto 2021
ISBN Nº 978-956-14-2862-1
ISBN digital Nº 978-956-14-2863-8
Diseño: Francisca Galilea R.
CIP-Pontificia Universidad Católica de Chile.
Daskal, Ana María, autor.
La persona del terapeuta / Ana María Daskal Minuchin.
Incluye bibliografía.
1. Psicoterapeutas.
2. Relaciones psicoterapeuta-paciente.
I. t.
2021 616.8914 + DDC23 RDA
Diagramación digital: ebooks Patagonia
info@ebookspatagonia.com www.ebookspatagonia.com
LA
PERSONA
DEL
TERAPEUTA
Ana María Daskal Minuchin

A mi padre, Natalio Daskal, de quien aprendí muy tempranamente la importancia del compromiso con los pacientes y de la ética profesional.
A mi madre, Julieta Edith Minuchin, quien estimuló siempre mi desarrollo intelectual, prioritario para ella, en la vida de todo ser humano.
AGRADECIMIENTOS
A mis maestros, mis supervisores y mis terapeutas.
A mis pacientes y ex pacientes.
A mis alumnos y supervisados.
A mis colegas, compañeros de derroteros.
A mis amigos de la vida.
…porque aprendí y aprendo de y con todos ellos.
Un particular agradecimiento a Carmen Gloria Hidalgo, por su estímulo constante en mi trabajo docente; a Rosita Aguirre Morey, incondicional de mis expresiones creativas y gran ayuda en la lectura de este libro; a la Pontificia Universidad Católica de Chile por el espacio que me brindó para transmitir mucho de lo acá dicho; a Héctor Fernández Álvarez, generoso compañero en este proceso de hacerse terapeuta, y especialmente por su prólogo para este libro.
A las instituciones de las que formé y formo parte, en Argentina y en Chile, porque en ellas fui creando mi propio estilo de trabajo, en contextos de aprendizaje, respeto, colaboración y creatividad.
A mis hijos Silvana y Ramiro Lauzán, porque me enternecieron cuando intentaron, siendo chicos, escuchar detrás de la puerta del consultorio para entender qué hacía la mamá ahí y por sus inteligentes y, a veces, ácidas críticas.
A mis nietos Román Fernández Lauzán, Gerónimo, Justina, Francisco y Margarita Lauzán Giecco, porque con sus preguntas me vi en la difícil tarea de explicarles en qué consiste mi trabajo.
Y al arte y sus maestros porque al alentarme a desarrollar otra profesión, contribuyeron a volverme cada vez más una terapeuta artista.
Quiero aclarar que para facilitar la lectura eliminando el “os/as” a lo largo del libro uso el sustantivo o adjetivo masculino como forma genérica de referirme a las personas en general. Sin embargo, no comparto la aún extendida masculinización del lenguaje.
Además, corresponderán a énfasis agregados por mí todas aquellas frases en cursiva tanto en mi texto personal como en citas bibliográficas, siempre y cuando no se indique lo contrario en casos específicos.
ÍNDICE
AGRADECIMIENTOS
PRESENTACIÓN DE LA TERCERA EDICIÓN
PRÓLOGO
1. INTRODUCCIÓN
2. DE PERSONAS Y PERSONAJES
2.1 Lo personal vs. lo profesional
2.2 Un poco de historia
2.3 Evolución del tema
2.4 Compartiendo reflexiones
2.5 Dificultades adicionales de los tiempos presentes
3. ETAPAS EN LA VIDA DE LOS TERAPEUTAS
3.1 Iniciación
3.2 Etapa de formación avanzada
3.3 Etapa con experiencia
3.4 Etapa del retiro
3.5 Formación y desarrollo de carrera
4. POR QUÉ ELEGÍ SER TERAPEUTA
4.1 Motivaciones
4.2 Mandatos y mandamientos
4.3 Sugerencias en la formación
5. ESTILOS TERAPÉUTICOS
5.1 La construcción de un estilo
5.2 La autenticidad, cualidad esencial del estilo terapéutico
5.3 El papel de la autorrevelación. Ejemplos
6. LA TERAPIA PERSONAL
6.1 Necesidad y características
6.2 Terapia de terapeutas en distintas orientaciones teóricas
6.3 Cuando los terapeutas son los pacientes
7. LAS SUPERVISIONES
7.1 Supervisión y etapas del desarrollo profesional
7.2 Supervisión y poder
7.3 Confusión del rol de supervisor con docencia y con terapia; límites del rol.
7.4 Escenas temidas por supervisores
7.5 La persona del supervisor
7.6 Alianza terapéutica y supervisión
7.7 ¿Cuál es el problema y quiénes lo definen?
7.8 Responsabilidades de los supervisores
7.9 El setting de la supervisión
7.10 Capacitación de supervisores
8. ASPECTOS ÉTICOS DEL EJERCICIO PSICOTERAPÉUTICO
8.1 Algunos ejemplos de reglas institucionalizadas
8.2 Nadie sabe lo que pasa ahí…
8.3 Necesidad de un encuadre
8.4 Otros abusos
8.5 Algunas complicidades en nombre de las técnicas
9. BURNOUT DE LOS PSICOTERAPEUTAS
9.1 Síntomas de burnout
9.2 Algunas investigaciones sobre el tema
10. IMPORTANCIA DE LOS PACIENTES EN LA VIDA DE LOS PSICOTERAPEUTAS
Una intervención no convencional para la Sra. A.
Los hoyos de B. y mi costurero
¿Por dónde empiezo con C.?
Conteniendo la rabia de D.
El diálogo con la fe de E.
El descubrimiento de F. a través del arte
La máscara de G.
H. y la mesa
La frustración con I.
La inesperada ausencia de J.
El café que no tomé con K.
La carta-cuento de L.
Pacientes y familia
11. CARTAS A FUTUROS COLEGAS
Carta 1: “Disfruta y arriésgate”
Carta 2: “El toque personal”
Carta 3: “Ten una visión crítica”
Carta 4: “En la práctica clínica es donde más aprenderás”
Carta 5: “Y al final cree en ti”
Carta 6: “Cuando necesites ayuda, pídela”
Carta 7: “La importancia del autocuidado”
Carta 8: “Conociendo el propio ser”
Carta 9: “No te asustes, que todo es un proceso…”
12. PINCELADAS DE VIDA DE ALGUNOS TERAPEUTAS
12.1 La búsqueda de información
12.2 Las pinceladas
Irvin Yalom (1931)
Michael Mahoney (1946-2006)
Milton H. Erickson (1901-1980)
Jacques-Marie Émile Lacan (1901-1981)
Carl Rogers (1902-1987)
Anna Freud (1895-1982)
Enrique Pichon Rivière (1907-1977)
Carl Gustav Jung (1875-1961)
Sándor Ferenczi (1873-1933)
Friedrich Salomon Perls (1893-1970)
Donald Woods Winnicott (1896-1971)
Sigmund Freud (1856-1939)
Melanie Klein (1882-1960)
12.3 Personas y contextos
12.4 Reflexiones
13. LA FORMACIÓN Y SUS HERRAMIENTAS
Encuesta Nº1: Ir siendo terapeuta
Encuesta Nº2: Ir siendo terapeuta 2
Encuesta Nº3: Ir siendo terapeuta 3
Encuesta Nº4: Descubriendo estilos
Encuesta Nº5: Autoexploración
Encuesta Nº6: Explorando valores
Encuesta Nº7: Escenas temidas para psicoterapeutas
Encuesta Nº8: El espacio de trabajo
Encuesta Nº9:Terapeutas con experiencia
Encuesta Nº10: La terapia personal
Encuesta Nº11: Autenticidad
Encuesta Nº12: Estimulando la autorreflexión
Cuestionario de elección de carrera
Frases incompletas
Collage
La mochila
Creencias
Genograma
Cualidades de los psicoterapeutas
Ejercicios sobre valores
Ejercicio de autorrevelación
Técnica de registro de situaciones, emociones, pensamientos y comportamientos
Trabajos con películas
Cuestionario sobre la vida personal del terapeuta
Recomendaciones para el autocuidado del terapeuta
Recomendaciones para una práctica constructiva
Inventario de burnout de psicólogos
14. EPÍLOGO
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
PRESENTACIÓN DE LA TERCERA EDICIÓN
Con mucha alegría, asistimos hoy a la publicación de la tercera edición de La persona del terapeuta en Ediciones UC. Han sido muchas las personas, estudiantes y profesionales, que me han hecho llegar sus comentarios y agradecimientos por lo que el libro les ha aportado. Para mí, como autora, es un orgullo saber que mi larga experiencia como terapeuta ha servido y sigue sirviendo a todos y todas quienes están iniciando sus caminos o desarrollándolos con una mirada puesta sobre ellos y ellas mismas, que nunca antes habían tenido.
La toma de conciencia de que sus personas son la herramienta fundamental para el trabajo con sus consultantes, para tener buenos logros en su trabajo terapéutico y, al mismo tiempo, conocerse, cuidarse, saber cuáles son sus habilidades y debilidades, es parte del objetivo de este libro. Saber que el libro ha llegado hasta lugares lejanos de Chile, donde los y las estudiantes hacen un gran esfuerzo para estudiar y perfeccionarse, me da también mucha satisfacción.
Agradezco particularmente al equipo de Ediciones UC de la Pontificia Universidad Católica de Chile por haber acogido las peticiones de muchas personas de reeditar nuevamente este libro, ya que, sin su apoyo, esto no hubiera sido posible.
Ana María Daskal Minuchin
Santiago de Chile
Julio 2021
PRÓLOGO
Desde el comienzo, este libro me sumergió en el recuerdo de una época en que fuimos condiscípulos con Ana María en la etapa fundacional de la carrera de psicología en Buenos Aires. Compartimos un clima de trabajo académico efervescente y tuvimos clases con profesores y terapeutas que nos siguen inspirando mucho respeto, quienes nos dieron el atrevimiento para convertirnos en exploradores de una “nueva” disciplina. Ese conocimiento de tantos años me habilita a escribir este prólogo con el corazón, pero no por ello sin recurrir al examen crítico que merece el análisis de un nuevo libro.
Tras una larga carrera de trabajo ayudando a mejorar la calidad de vida,Ana María nos entrega una obra exquisita que recoge su trayectoria (como terapeuta y como docente), en la que ha puesto el foco en la persona de los terapeutas: un tema que convoca un interés creciente en la psicoterapia, tanto en los ámbitos profesionales como en el campo de la investigación, como lo prueban los enjundiosos estudios de Gelso y sus colegas.
El libro comienza con un paneo histórico que sirve para mostrar que el énfasis estará puesto en la intersección dialéctica donde convergen los roles del terapeuta como persona y el terapeuta como profesional. El universo de lectores que busca es amplio y sin reservas, pero prioriza una audiencia: aquellos que se encuentran en un proceso de formación. Partidarios como somos de la formación continua, la obra interpela también a los psicólogos y otros profesionales desde sus estudios de grado hasta aquellos que se encuentran en etapas más avanzadas de su carrera profesional.
A medida que avanzamos en la lectura, se abren varias ventanas para reflexionar. La primera ayuda a pensar cómo se modula el ejercicio de esta profesión (¿imposible o posible?) en cada uno de los momentos de su evolución. Otra ventana, próxima a la anterior, nos permite asomarnos para observar los vectores que jalonan el desarrollo de un terapeuta, contando con los valiosos aportes de referencias teóricas y de programas de investigación cuidadosamente diseñados. Un pequeño paréntesis a este respecto: a medida que avanzamos constatamos que estamos frente a un texto en el que la autora tuvo la sagacidad de encontrar, en una obra de tinte muy personal, el espacio justo para intercalar los datos de la producción científica que le brindan un soporte conceptual sólido. Esta amalgama, que se expresa en otros aspectos de la vida y la actividad de Ana María constituyen una de las características más ricas de su quehacer.
Progresamos en los capítulos y, de manera natural, el foco se va convirtiendo en un espejo en el que nos vamos reflejando. Recibimos una invitación para preguntarnos por qué elegimos esta labor, qué motivos sensibles y profundos son el aguijón que nos llevó a elegir una tarea muy gratificante pero que también nos enfrenta con situaciones dolorosas y dramáticas. Ejercer la psicoterapia es algo que puede ayudarnos a sentirnos realizados pero es, también, un trabajo que presenta una elevada toxicidad. Con frecuencia los terapeutas (especialmente los más jóvenes) están expuestos a un significativo burnout.Y la autora acentúa la necesidad de estar atentos a este hecho, de ser sensibles al registro de las situaciones que lo pueden provocar y actuar en consecuencia para obtener la ayuda adecuada.
El texto nos enseña que ese cuidado que debemos tener en nuestras prácticas estará favorecido si a lo largo de la carrera los aspirantes (y luego los profesionales) se ocupan de atender a su propia condición personal, y si cuentan con el apoyo de colegas y supervisores que les brinden orientación. Debiese ser un apoyo que sirva no solamente para recibir información e indicaciones sobre cómo actuar en cada caso, sino para impulsar su crecimiento personal. La terapia personal, la supervisión y los aspectos éticos están situados en el centro del libro y creo que eso no es una mera casualidad.
Esta etapa central del libro culmina con un sincero agradecimiento a los pacientes que ayudaron a la autora a sentirse realizada en su labor, pero que también estuvo acompañada de situaciones que le dejaron un sabor amargo. Leyendo las historias de pacientes del capítulo 10 no pude dejar de recordar el epígrafe de Winnicott en Realidad y Juego. La honestidad de Ana María para compartir con todos nosotros tanto los éxitos como las frustraciones es una prueba de coraje y una muestra de la sinceridad que inspiró la creación de este texto.
Pero allí no termina. Queda un final, con tres capítulos fundamentales, en los que tenemos acceso a un material muy valioso para la formación de los jóvenes. El ejercicio de las cartas a los futuros colegas es una creativa manera de ayudar a los nuevos terapeutas a proyectarse en el futuro para facilitar el contacto con sus ansiedades y sus sueños. Las biografías de algunas grandes figuras de la psicoterapia que leemos a continuación son un complemento estupendo, pues acercar a los jóvenes la vida de estos ídolos les permite humanizar las teorías y los modelos. Un guiño adicional que testimonia la agudeza de la autora: los terapeutas están presentados siguiendo un orden aleatorio: no es alfabético, ni tampoco cronológico.
El último capítulo presenta una extensa y detallada cantidad de herramientas que pueden servir a quienes entrenan terapeutas como un medio para ayudar a que sus entrenados puedan tallar su estilo personal, cumpliendo así con su rol del modo más íntegro posible.Todo el libro resalta, sin duda, la importancia de que cada terapeuta debe tratar de ser, ante todo, lo más fiel posible a sí mismo; debe procurar cumplir su labor del modo más auténtico posible, y ello implica conocer y adecuar su estilo personal para poder cuidar de los demás y de sí mismo.
Cuando llegamos a esta parte final nos damos cuenta que el libro ha recorrido una parábola perfecta. Se abrió con los primeros momentos en la carrera de la autora y culmina brindando instrumentos que pueden ser útiles para los nuevos candidatos, quienes hoy encontrarán desafíos y exigencias muy distintas que las que encontramos nosotros varias décadas atrás, pero que tendrán frente a sí la obligación de ser lo más genuinos posibles en su trayectoria.
La entrega de Ana María a lo largo del libro ha sido muy generosa. La vimos exponerse en muchos momentos y eso nos permitió tomar contacto con ella no solo como terapeuta, sino también como madre, como hija, como artista plástica. Y esta transparencia, que refleja la que comunica a sus pacientes es, seguramente, la fuente principal de que cerremos el libro con la sensación de haber recorrido un camino inspirador.
Héctor Fernández Álvarez
Buenos Aires
agosto 2016
1. INTRODUCCIÓN
1968. Fin de etapa.Acabo de rendir mi último examen de la carrera de Psicología, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Una especie de mareo de sensaciones me acompaña: ¿y ahora qué? Mi mamá vino a acompañarme; mi papá médico no, porque todavía no me perdona el haber abandonado la carrera de Física en la Facultad de Ciencias Exactas para cambiarme a una carrera ‘poco seria’. Mis compañeros y amigos, confundidos como yo.
Comenzar un libro así implica correr el riesgo de que los lectores no se interesen por seguirlo leyendo. ¡Uff! ¡Más de 40 años han pasado desde ese momento! Pero como no hay riesgo sin desafío, ni desafío sin riesgo, me parece que puede ser un aporte a las actuales generaciones de psicoterapeutas en práctica (o en vías de serlo) conocer cómo nos fuimos construyendo los psicoterapeutas de los años 60 y 70 del siglo pasado, junto con nuestras personas. Soy de las que cree en la importancia del pasado como moldeador, en su actualización permanente en el presente y en los modelos que nos dejan las personas y los profesionales.
Me formé en la Universidad Nacional de Buenos Aires con los que fueron los primeros grandes psicoanalistas de la Asociación Psicoanalítica Argentina: Arminda Aberastury, David Bleger, David Liberman, Fernando Ulloa, Marie Langer y Horacio Etchegoyen, entre otros; y algunos que además eran grandes personas: cultas y sabias, profundas y comprometidas con el movimiento que implicaba estudiar la mente humana, como José Itzigsohn, uno de los creadores de la carrera de Psicología. En un homenaje que se le rindió en el año 2005, al referirse a la creación de la carrera de Psicología por los años 60, dijo:
Tuvimos también grandes errores, y uno de los primeros y más graves fue encerrarnos de manera dogmática, como quien tiene en sus manos la totalidad de la verdad y de esa manera no tiene la apertura suficiente para aprender del otro.Y tal vez esa es una de las lecciones principales que quiero retransmitirles hoy: no encerrarse, porque nadie tiene la verdad agarrada de la cola.
Ya en el final el rector Jaime Etcheverry, recordando un diálogo con Itzigsohn en el que este resaltó el clima “bullente de creatividad” de la Universidad de entonces, le dijo:
Sus enseñanzas persisten en el tiempo y estos, sus discípulos que hoy están aquí, son sus herederos, llevan algo suyo dentro, así que me parece que independientemente de los avatares vividos por usted, por nuestro país y por nuestra universidad, su tarea se ha concretado y hoy tiene usted esa satisfacción.Y quiero agregar que hay algo profundo que subsiste pese al pasar de los años y eso profundo lo estamos personalizando en el profesor Itzigsohn: la convicción de que lo que hacemos hoy será recordado en el futuro, y esa me parece que es la lección más trascendente.
Efectivamente de allí vengo. Él no solo fue el Director de la carrera de Psicología cuando empecé a estudiarla, sino el Profesor de Introducción a la Psicología y ¡mi primer terapeuta! Y hasta el día de hoy recuerdo su sonrisa, su voz, y algunas frases que le escuché. Lo considero un privilegio, especialmente cuando me encuentro hoy con psicólogos que no recuerdan ni a un solo autor que los haya influenciado en su quehacer profesional.
Formo parte de una generación de psicoterapeutas que recorrió caminos que parecían seguros, estables, ineludibles e incuestionables; una generación que además tuvo que desaprender lo aprendido, cuestionar lo incuestionable, volver a aprender, incorporar otros lenguajes y conocer otros Maestros.
Cuando descubrí que en un rincón de mi consulta tenía cajas guardadas con clases mimeografiadas de Enrique Pichon Rivière del año 1963, no pude menos que sonreír con piedad de mí misma. Pero esta pequeña anécdota ilustra no solamente cómo el mimeógrafo era un aparato de nuestros tiempos para reproducir clases desgrabadas, sino que el amor, el respeto y la veneración a quien yo consideré un Maestro llegó hasta el punto de guardar más de 40 años esos papeles amarillentos.
No solo admirábamos a estas figuras: mi generación también aprendió de libros de papel, y tenerlos en una biblioteca personal, subrayados, ajados y gastados, era parte de un tesoro que hacía que, cuando se perdía uno, entráramos en crisis.
Era una etapa de entusiasmo, en un contexto histórico y social lleno de revoluciones, desafíos y proezas. No usábamos computadores, porque los que habían comenzado a aparecer los tenían en grandes salas de las universidades, y tampoco imaginábamos siquiera que el mundo iba a estar interconectado en una red, ni que se iba a poder leer un artículo casi en simultáneo con su publicación a diez mil kilómetros de distancia.
Estas no son simples anécdotas: constituyen cambios paradigmáticos revolucionarios a los que nuestra generación se adaptó. ¿Cómo, entonces, no se iban a producir cambios gigantescos en las formas de hacer psicoterapia? ¿Cómo no se iban a poner en cuestionamiento afirmaciones que surgían de la existencia de un mundo que, en ciertos aspectos, se estaba acabando? ¿Y cómo, entonces, no vamos a tener que repensar la figura de los terapeutas en contextos tan distintos a 1890 o 1968?
¿Cómo la noción de encuadre, por ejemplo, uno de los bastiones de la psicoterapia, no va a ser distinta hoy, cuando existen las terapias por e-mail, los chats, las entrevistas telefónicas, las videoconferencias?
No deja de admirarme que hayamos podido hacer tantos tránsitos.Tampoco dudo de que otros seguirán en aquel camino, y que dejarán a los actuales formatos psicoterapéuticos nuevamente en la antigüedad. Sin embargo, hasta aquí, todos los cambios ocurridos en los espacios psicoterapéuticos no han dejado de tener lugar sino en y entre personas, seres humanos vivos, cada uno poseedor de una subjetividad.Y prefiero seguir imaginándolo así hacia adelante.
Mientras tanto, dejar testimonios de procesos que atravesaron a tantas personas me parece una tarea tan importante como la de las abuelas cuando cuentan cuentos a sus nietos, aun cuando los puedan leer en la web.
Muchas de las prescripciones que acá relato acerca del ser terapeutas siguen vigentes dentro de ciertos contextos, y por supuesto que muchas han cambiado, afortunadamente, como cambió y cambia todo el tiempo nuestro universo.
Sin embargo, y habiendo corrido tanta agua bajo el puente, todavía dentro de las universidades se sigue moldeando a los estudiantes tanto de Psicología como de Medicina, dentro del paradigma antiguo de la primera cibernética: neutralidad, distancia, ausencia de emocionalidad, el foco en los pacientes, y unidireccionalidad en el vínculo, como parámetros fundamentales del ejercicio profesional.
Fui una de las tantas víctimas de esta mirada, cuando parecía que era la única.Y fruto de eso disfruté poco de mi profesión en todos los primeros años de ejercerla. Eran tantos “deberes seres” que me exigían básicamente no ser yo misma, que el malestar en los cursos, en las supervisiones y en mi propio análisis, me acompañó prácticamente una década.
Como en todo sistema normativo, cualquier idea, sugerencia o vivencia fuera de libreto me hacían sentir culpable, rara, no sabiendo bien cómo hacerlo; no fue hasta que empecé a descubrir que no era la única que sentía esa incomodidad que esos sentimientos se fueron disipando. Las teorías y prácticas en las que me formé en ese entonces no incluían la visión del terapeuta como una persona que, en tanto tal, tenía una vida, emociones, valores, experiencias y sentires en relación a su quehacer.
Si bien se veía la psicoterapia como una relación entre dos, todo lo que tuviera que ver con la persona del terapeuta era conceptualizado como un dato que debía ser reservado al espacio de la supervisión, del propio análisis, pero nunca como una herramienta que pudiera ser incorporada y que enriqueciera el vínculo terapéutico.
Obviamente no todo fueron dogmas en la formación, y algunos de aquellos que los sostenían también alentaban y estimulaban el crecimiento y la creatividad de sus alumnos; así como mi propio padre médico me “perdonó” el cambio de carrera y me ayudó a buscar dónde insertarme en un hospital unos meses después de egresada.
El hoy me encuentra en la “abuelitud” del ser psicoterapeuta, con una perspectiva acerca del camino recorrido que considero útil transmitir a quienes están partiendo en su desarrollo profesional. Me siento frente a mis alumnos y/o supervisados como me siento frente a mis nietos cuando les cuento historias personales o históricas, y veo en ellos caras de asombro, de diversión y de incredulidad.
Y me identifico con Carl Whitaker cuando, refiriéndose a la etapa de su retiro académico, menciona a la vejez como “un período tan maravilloso que es una lástima haberla tenido que esperar tanto tiempo” (1992: 62).
Me decidí a escribir este libro con la convicción de contribuir a que otros puedan nutrirse de la experiencia pasada por generaciones de psicoterapeutas y puedan avanzar en el disfrutar de esta maravillosa profesión cuidándose al mismo tiempo a sí mismos, sintiéndose integrados, no disociados; y también como un testimonio de agradecimiento a quienes fueron aquellos Maestros que, dentro de su propia perspectiva y orientación, dieron permiso para la discrepancia, la creatividad y el propio crecimiento.
Ojalá también sirva para inspirar nuevos formatos académicos en la formación y capacitación de los psicólogos clínicos.
El libro intenta sintetizar (obviamente nunca abarcar completamente) un recorrido propio y ajeno, tanto teórico como práctico. Un trayecto que ilustre los procesos de cambio en el ejercicio de las psicoterapias de acuerdo a diferentes contextos histórico-sociales, con sus distintas visiones, y enfatizando en aquellos terapeutas que fueron las figuras centrales de estas escuelas de pensamiento.
También incorporé temas relevantes del ejercicio profesional, como por ejemplo: ¿Qué espacio ocupan nuestros pacientes en nuestras vidas? o ¿por qué elegimos ser psicólogos clínicos?, pasando por otros temas que no son frecuentemente abordados en las formaciones clínicas, como el abuso sexual entre terapeutas y pacientes. Finalmente, he adjuntado un set de propuestas para trabajar la persona del terapeuta, ya sea individual o grupalmente.
Los invito a acompañarme en este recorrido.
2. DE PERSONAS Y PERSONAJES
Reflexionar sobre la persona del terapeuta nos enfrenta a ciertos sobreentendidos: ¿Acaso los terapeutas no son personas? ¿Cómo y hasta qué punto se puede trazar una línea divisoria nítida entre la persona del profesional y el ejercicio de su profesión, al tratarse de profesiones que tratan a personas en su salud mental? ¿Es posible que la salud mental del terapeuta no intervenga en su quehacer?
Los antiguos debates psicosociológicos sobre las personas y el rol parecen presentes en esta manera de nombrar. ¿Acaso se podrá buscar otra manera?
En Psicología se usó el término “persona” para referirse a un individuo humano, tanto en sus aspectos psíquicos como físicos, que lo hacen un ser único y singular. Siguiendo esta definición, el desempeño de las funciones terapéuticas ¿no formaría parte de los aspectos psíquicos y físicos del ser humano que eligió esta profesión? ¿No lo hace acaso de una manera singular y única? Si así fuera, sería redundante hablar de la “persona” del terapeuta, porque una tendría implicada a la otra.
Pero el tema se torna más interesante si buscamos las raíces latinas de la palabra y nos encontramos con que su etimología se refiere a “personaje o máscara”. Efectivamente pareciera que cuando se habla de la “persona del terapeuta” nos estamos refiriendo a alguien que está “detrás de” una máscara o más allá de un personaje.
Cuando vamos en búsqueda de qué es un personaje, por otro lado, más que encontrarnos con representaciones de seres humanos, nos vemos enfrentados a construcciones mentales en las que intervienen las imágenes y el lenguaje. Cualquier cuento tradicional infantil, por ejemplo, nos deja en claro la variedad de personajes que han sido creados, a lo largo de los siglos, con ciertas características generalmente estáticas, y que cumplen funciones dentro de una determinada trama. Para ilustrar: “la bella durmiente del bosque” es un personaje que simboliza la pasividad femenina, mientras que su dependencia a un hombre (quien es el único que la puede sacar de su letargo) es la idealización del amor.
Considerando esta definición de personaje me atrevería a afirmar que, en nuestro espacio de trabajo, a los psicoterapeutas se nos enseñó y se nos enseña a ser más personajes que personas.
Desde hace más de 130 años hasta nuestros días, distintos profesionales de la salud mental –así como instituciones docentes y entidades creadas para la investigación y el tratamiento de las enfermedades mentales– fueron escribiendo nuestros libretos: nos fueron otorgando funciones, nos fueron dirigiendo para que sepamos qué decir, qué hacer, cómo y dentro de qué escenario tiempo-espacial podemos hacerlo.También, según las épocas, nos fueron dictando cómo debíamos presentarnos vestidos, qué reglas y normas debíamos cumplir, y a quiénes debíamos admirar, reverenciar y/o desestimar.
Dentro de estos dictados siempre hubo personajes “ganadores” y “perdedores”, y también aquellos que participan de los bailes en palacio y los que no tienen derecho a entrar. Hubo y hay “Cenicientas” a las que se les otorga un derecho de participación por un ratito, pero que saben que se les acaba rápido la pertenencia.
En los libretos aparecen también los personajes que hacen las tareas difíciles, tediosas, las que a nadie le gusta hacer; los que están entre bambalinas, subiendo y bajando telones, poniendo las luces, corriendo muebles, pasando frío en los inhóspitos pasillos o salas mal equipadas; los que, finalmente, tras mucho esfuerzo diario personal, logran que la escena luzca bonita y salga una buena crítica de los actores en el periódico.
Hay personajes complejos, difíciles de encasillar, intensos y con mucha personalidad, así como hay otros a quienes llamamos “anodinos”, porque sujetan la escena con su simpleza pero difícilmente van a ser recordados.
En esta dualidad entre personas y personajes hay quienes ven en la persona lo que se esconde más allá del personaje.
Tal vez quienes primero hablaron de la “persona del terapeuta” se apoyaron en esta última idea: lo que está más allá del personaje del terapeuta.
¿Qué características se le fueron prescribiendo a este personaje dentro del libreto para su desempeño en las consultas psicológicas?
Es alguien…
•Imparcial
•Autocontrolado
•Paciente
•Empático 24 horas al día
•Respetuoso
•Contenedor
•Responsable
•Sensato
•Desinteresado económicamente
•Sincero
•Genuino
•Que sabe de la vida
•A quien no le pasan las cosas que le ocurren a sus consultantes
•Que tiene respuesta a todas las preguntas
•Éticamente irreprochable
•…casi inmortal.
Observando que en los currículos de las Escuelas de Psicología tanto actuales como del pasado hay una ausencia de trabajo sobre la persona de los terapeutas, se hace evidente que el entrenamiento se dirige a capacitar personajes que encarnen gran parte de dichas características. Aunque es obvio, a simple vista, que es una tarea imposible e insalubre.
El problema radica en que los actores de cine o teatro siguen un entrenamiento específico para saber cómo adoptar un rol, cómo salir de él, cómo contactarse con las emociones que le producen su rol, cómo manejar su expresividad y cómo encarnar a alguien distinto a sí mismo. Pero en las universidades para psicoterapeutas, así como en la mayoría de las instituciones de postgrado, se enseña a mirar al público: si se lo ve cansado, triste, contento, satisfecho, dispuesto a volver a ver la función, si entró o no en contacto, si se retira antes de que termine la obra. Pero, mientras tanto, lo que les ocurre a los actores no es parte de la formación.
2.1 LO PERSONAL VS. LO PROFESIONAL
Se suele presentar el mismo tema bajo otra nomenclatura: es la que disocia entre lo “personal” y lo “profesional”. Esta división/disociación, proveniente predominantemente del modelo de formación médico, considera lo profesional como el rol y lo personal como “lo que está más allá”.Y desde esta mirada, se presentó como dicotómico lo subjetivo y lo objetivo. Citando a Cavagnis (2000: s/n):
El patriarcado, la cultura occidental y la modernidad han privilegiado la objetividad y la confrontaron con la subjetividad, constituyéndolas como pares antitéticos. El objetivismo fue el amo en el dominio de la ciencia, la racionalidad, la verdad y la imparcialidad y el subjetivismo dominó el ámbito de las emociones, la intuición y la imaginación.
¿Cómo se estimula esta disociación en el caso de los futuros psicoterapeutas? En general (y de manera abarcadora) enseñando a no incluir los propios sentimientos, las autopercepciones y las intuiciones dentro del espacio terapéutico: o sea, estimulando el estar pendiente del público-paciente, desconectándose de las propias vivencias de los actores.
Incluso la expresión “es alguien muy profesional” es usada muchas veces para referirse a alguien que actúa “como se debe”: que pone distancia afectiva, que solo se remite a la enfermedad y sus posibles abordajes, que no deja ver nada de sí mismo y que ejerce un prudente autocontrol.
Entre quienes se han dedicado a la formación de psicoterapeutas, ya Carl Rogers mostraba su preocupación por estos temas. Él veía a la psicoterapia como un espacio donde las personas, más allá de los temas que manifestasen traer a la consulta, estaban interesados en saber cómo son realmente, cómo pueden contactarse consigo mismos o cómo pueden convertirse en sí mismos:
Cuando una persona llega a mí, es sumamente útil crear una relación en la que se sienta segura y libre. Mi propósito es comprender cómo se siente en su propio mundo interno, aceptarlo tal como es y crear una atmósfera de libertad que le permita expresar sin traba alguna sus pensamientos, sus sentimientos y su manera de ser […]. En mi experiencia he observado que el cliente utiliza esta libertad para acercarse a sí mismo. Comienza a abandonar las falsas fachadas, máscaras o roles con que ha encarado la vida hasta ese momento. (1961: 104)
Y siguiendo esta propuesta de Rogers, podemos preguntarnos: ¿Y los terapeutas no necesitan sentirse libres para poder ayudar a otros a serlo? Los terapeutas ¿no necesitan convertirse en sí mismos, sin falsas fachadas ni roles que los alejan de su genuinidad? Los terapeutas ¿no usan mecanismos defensivos que los protegen de sentimientos temidos? Acaso en muchas ocasiones ¿la soledad del consultorio no sirve de trinchera-escondite para mirar solo lo que le ocurre a quien está con él/ella?
Considero que esta contradicción que muchas veces tenemos respecto a nuestra profesión (el ayudar a que otros se sientan cada vez más genuinos, cuando para hacerlo pareciera que nosotros necesitamos usar máscaras) es una de las razones que explica no solo muchos fracasos terapéuticos, sino también, muchas enfermedades de los terapeutas.
Creerse siempre al servicio de los demás; empoderarse falsamente con el mito de que por ser terapeutas no nos vamos a enfermar ni de depresión ni de cáncer ni nos vamos a querer suicidar; asumir que no nos vamos a divorciar; creer que no tendremos dificultades con nuestros hijos, conduce a que la sobreadaptación al rol crezca todos los días un poquito, hasta llegar finalmente a muchas ocasiones en que nos sintamos perdidos o sin saber quiénes somos.
2.2 UN POCO DE HISTORIA
Siempre, desde que fui estudiante, me interesaron mis profesores, tutores, supervisores y mis propios terapeutas tanto como muchos de los libros que estudiaba. Desde ese voyerismo tan descrito, siempre estaba pendiente de los datos que ellos emitían como personas, e incluso de detalles casi inconscientes, como los zapatos que llevaban puestos. Buscaba entender cómo se habían convertido en quienes eran, por qué tenían el poder que evidenciaban, cómo lo usaban y, también, cuál era la coherencia o incoherencia entre lo que enseñaban y lo que eran ellos en sus vidas personales.
Pero siempre me entretuvo ir en busca de las incoherencias.Y así fue como ellas me llevaron a admitir dolores profundos, como todos los provenientes de las desilusiones: muertes tempranas de psicoanalistas famosos, alcoholismo de un genio, cáncer o infarto en quienes tenían libros escritos sobre enfermedad psicosomática y suicidios de terapeutas que hablaban de la importancia del autocuidado fueron los primeros detonantes de preguntas que fui almacenando.
¿No era que nosotros éramos los sanos? ¿No era que por psicoanalizarnos tanto tiempo estábamos inmunizados contra enfermedades graves? Este cuento de hadas infantil, más allá de las variables personales que nos hacían creerlas, formaba parte de un metadiscurso que se emitió (y tal vez aún se emita) desde las cátedras de las universidades, los grupos de estudio, las supervisiones y las terapias personales del Buenos Aires de los años 60, 70, y 80.Aún hoy, y no solo en Buenos Aires, estas estructuras de poder se replican.
Los efectos sobre los estudiantes de Psicología y/o terapeutas jóvenes del “deber ser” (inoculado directa o indirectamente por la cultura predominantemente psicoanalítica de esos tiempos y considerada un sinónimo de psicoterapia) no fueron estudiados ni cuestionados. En nombre de las teorías y técnicas se deformaba a las personas que pretendíamos ser terapeutas. Muchas racionalizaciones y disociaciones se fueron instalando en nuestras personas bajo el convencimiento de que “esa” era la manera de ser buenos terapeutas. Siempre la mirada enseñada fue sobre “los otros”: su enfermedad, sus mecanismos de defensa, sus biografías, sus series complementarias, o sus lazos familiares.
Por esto es que los suicidios, las enfermedades, los divorcios, los abusos sexuales, o las orientaciones sexuales de los terapeutas quedaban como incongruencias inexplicables para quienes estábamos en formación. Formaban, además, parte del más estricto secreto, característico de aquellas instituciones sociales y políticas que detentan un poder dogmático.
Así fueron mis comienzos: como los de tantos y tantos psicoterapeutas que aprendimos a idealizar, a disociarnos, y a venerar figuras de autoridad; algunas de las cuales, lógicamente, abusaron de dicho poder durante mucho tiempo.
El siguiente trozo de un texto clásico de esos tiempos, de José Bleger (1971: 19), es un ejemplo claro de conceptualización de estos temas:
El entrevistador debe operar disociado: en parte actuando con una identificación proyectiva con el entrevistado y en parte permaneciendo fuera de esta identificación, observando y controlando lo que ocurre, de manera de graduar así el impacto emocional y la desorganización ansiosa1[…]. Esta disociación con la que tiene que operar el entrevistador es, a su vez, funcional o dinámica, en el sentido que tiene que actuar permanentemente la proyección e introyección y tiene que ser lo suficientemente plástica o porosa para que pueda permanecer en los límites de una actitud profesional.
Quiero remarcar aquí lo difícil que es para alguien que está empezando su carrera como psicoterapeuta entender esta definición de disociación y, más aún, aplicarla. “Observar” y “controlar” aluden a un lenguaje policial más que psicoterapéutico, y el tema aplicado al impacto emocional parece contradecir los objetivos de la psicoterapia. Cabe mencionar, además, que Bleger era médico psiquiatra y, como tal, fue moldeado en el modelo de la asepsia del campo de investigación y tratamiento característicos de esa formación.
Desde esta concepción teórica y técnica, los sucesos personales del terapeuta (desde su biografía hasta aquellos hechos que podían atravesarlo en simultáneo con el tratamiento de un paciente, pero absolutamente independientes de este último) solo pueden tener un espacio dentro del propio análisis personal.
Se instala así la noción de “neutralidad” como cualidad necesaria en todos los terapeutas. Con ella, llega la concepción de que el espacio terapéutico es del paciente y, por tanto, todo lo que pase allí debe ser entendido como producto de su neurosis. La metáfora del terapeuta como una tabla rasa sobre la que los pacientes proyectan su mundo psíquico se vuelve paradigma del rol.
Es entonces que, a partir de las sugerencias freudianas y de su interpretación, la neutralidad del analista-terapeuta se convirtió en una prescripción que se fue arraigando en la “cultura psi”: todo lo que tuviera que ver con la persona del analista/terapeuta debía quedar reservado para su intimidad; su análisis, a lo sumo, a la supervisión.
La prescripción de la “neutralidad terapéutica” atravesó durante casi 100 años a la teoría y la práctica de la psicoterapia con algunas consecuencias imaginables. Nos enfrentamos a terapeutas amarrados, limitados, poco creativos o autoperseguidos, con la necesidad de ser una página en blanco, confinados a no tener un espacio donde esconderse de sus propios fantasmas. Por otro lado, encontramos pacientes que se vieron ubicados en este mundo carente de emocionalidad, y trataron de entenderse de una manera simplemente racional, sin considerar su interioridad y su cuerpo. En casos con esta antipersonalidad, y a pesar de poder haberse tratado por años, no es poco común que ni paciente ni analista recuerden el nombre del otro.
El poder de las instituciones no fue menor en este control riguroso que se ejerció sobre los psicoanalistas-psicoterapeutas. Daba la impresión de que solo muy pocos habían visitado los museo-consultorios de Freud (en Viena y Londres), viendo allí los distintos objetos personales que se exhibían; que eran escasos también quienes hubiesen leído la biografía o casos clínicos de este, al interesarse más en sus postulados teóricos que en su persona; o que no hubiese muchos que supieran de la Clínica Tavistock de Londres, donde famosos maestros atendían a sus pacientes vestidos a la manera de los hippies y no con traje y corbata.
En el Buenos Aires de aquel entonces, de las décadas del sesenta y setenta, el poder de la institución psicoanalítica también se expresó en el hecho de que solo los médicos podían ingresar a ella a formarse. Los psicólogos, si bien no podían tomar clases en psicoanálisis, sí podían ser pacientes cuatro veces por semana, supervisados por tales psicoanalistas o alumnos en los así llamados “grupos de estudio” (coordinados por quienes enseñaban privadamente, con honorarios mucho más altos), y aplicando los conocimientos que ellos mismos enseñaban en la Asociación Psicoanalítica Argentina.
La reciente carrera de Psicología además estaba formada por una mayoría de alumnas mujeres, con lo cual se reprodujo el circuito de poder socialmente circulante: menos derechos, costos más altos, mayor esfuerzo en el área laboral y sumisión a modelos masculinos de ejercicio profesional.
Afortunadamente, los debates y crisis propios de esos años llegaron también a estas instituciones, generándose divisiones y subdivisiones que representaban diferentes posiciones más o menos democráticas.Y por supuesto que, dentro de estas entidades y de sus representantes, también existían quienes “daban permiso” para ser quien uno quisiera ser; para poder crear, cuestionar, preguntarse, e incorporar otras miradas.
Pero el debate raramente llegó a cuestionar la noción de neutralidad de los terapeutas, pues nunca se cuestionó que el hecho de que cada terapeuta elija cierta teoría y técnica para trabajar ya lo convierte en alguien que no es una tabla rasa. Que es un ser pensante, con valores, opiniones y experiencia en la tarea de ayudar a otro, y que ese ser está presente con todo su bagaje, se lo proponga o no en la escena terapéutica; de la misma manera que los padres influyen en sus hijos sin proponérselo.
La literatura de los años setenta da cuenta de una preocupación por el vínculo terapéutico y de contradicciones para encajar dentro de un modelo que ya muchos psicoanalistas percibían como imposible. La lógica desde la cual se miraba el vínculo no admitía preguntarse “¿qué pasa con el terapeuta?”.
Un ejemplo de las contradicciones se encuentra en los siguientes textos de José Bleger (1971: 2-10):
Debemos ya subrayar que la libertad del entrevistador, en el caso de la entrevista abierta, reside en una flexibilidad suficiente como para permitir en todo lo posible que el entrevistado configure el campo de la entrevista según su estructura psicológica particular, o dicho de otra manera, que el campo de la entrevista se configure al máximo posible por las variables que dependen de la personalidad del entrevistado. […] De otra manera se podría decir que el entrevistador controla la entrevista, pero que quien la dirige es el entrevistado. La relación entre ambos delimita y determina el campo de la entrevista y todo lo que en ella acontece, pero el entrevistador debe permitir que el campo de la relación interpersonal sea predominantemente establecido y configurado por el entrevistado. […] Me interesa en cambio, observar que en la entrevista el entrevistador forma parte del campo, es decir, que en cierta medida condiciona los fenómenos que él mismo va a registrar. Se plantea entonces el interrogante de la validez que pueden tener datos recogidos en esas condiciones.
Y continúa: “La máxima objetividad que podemos lograr, solo se alcanza cuando se incorpora al sujeto observador como una de las variables del campo”.
Observemos que expresiones como “al máximo posible”, “predominantemente” y “en cierta medida” dejan un espacio de ambigüedad característico de una falta de claridad respecto de lo que se está afirmando.Y que, si bien en el autor está presente la idea de que el terapeuta participa y crea un campo junto con el paciente, todavía está confuso y contradictorio cómo piensa ese lugar y esa interacción.
“Monitorear” y “dirigir” fueron términos que acompañaron el quehacer de las instituciones formativas y de las prácticas psicoanalíticas. Una de las herramientas para poder ejercer este tipo de poder fue la noción de encuadre, explicado por Bleger en la misma obra:
Debemos contar con un encuadre fijo, que consiste en una transformación de cierto conjunto de variables en constantes. Esto incluye no solo la actitud técnica y el rol del entrevistador, sino también los objetivos, el lugar y el tiempo de la entrevista. (7)
La disociación instrumental 2 fue utilizada para referirse a una actitud clínica que los psicoterapeutas tenían que tener permanentemente: por un lado identificándose con el paciente, y al mismo tiempo manteniendo una distancia que le permitiera no implicarse personalmente.
Aún en el hoy, reconozco los resabios que para muchos tuvo esa carrera de Psicología del Buenos Aires de los 70: sometimiento, uniformidad, mucho dinero gastado en tres a cuatro sesiones semanales durante años, miedos a pensar de otra manera, a tener otras miradas, y baja autoestima si se elegía un camino distinto al psicoanalítico.
2.3 EVOLUCIÓN DEL TEMA
Concomitante a la evolución de las teorías sobre terapia se va produciendo una transformación de la mirada sobre los terapeutas hasta el hoy; y en el trayecto nos encontramos con una gran mezcla y confusión de conceptos que, en un sentido amplio, significan las expresiones emocionales, corporales, estéticas, personales y valóricas de los terapeutas: contratransferencia, confesiones contratransferenciales y autorrevelación.
Con el afán de contribuir a diferenciar tales conceptos, quisiera ahora hacer una breve síntesis de la historia de su aparición, pues considero que este tema es central para entender desde qué concepción epistemológica cada enfoque está ubicando al terapeuta.Y dentro de esta historia, poner la lupa en que las personas de los terapeutas corresponden a un período evolutivo de esta profesión.
Ya Freud (cf. 1910, 1912), al introducir el concepto de contratransferencia, estaba advirtiendo sobre la importancia de la figura del terapeuta y su propia “neurosis” en el proceso del psicoanálisis. Se debe tener en cuenta, eso sí, que él lo conceptualizó como un factor perturbador dentro de este proceso, y consideró la necesidad del propio análisis del terapeuta como una manera de contrarrestar posibles actings psicoterapéuticos que fuesen producto de la reacción contratransferencial a la transferencia del paciente.
Numerosas interpretaciones del concepto freudiano (a veces motivadas por la ignorancia de los textos y en otras por la vulgarización del término) condujeron a que muchos psicoterapeutas consideraran a la contratransferencia como un fantasma temido, como un defecto que a veces ocurre dentro del espacio clínico.Y si bien el concepto dentro de la teoría psicoanalítica fue cambiando y fue siendo enriquecido por diversos autores (cf. Ferenczi, 1981; Heimann, 1950; y Racker, 1986), el foco en el paciente se mantuvo.
No hay que olvidar que Freud, como señala Jürgen Kriz (2001: 25), desarrolla su teoría en el contexto de una época “que se situaba en el extremo de una oscilación intelectual: de una fe (eclesiástica), ya superada, a una imagen del mundo en extremo determinista, mecanicista, materialista y somatogenética”. Freud (cf. 1914) consideró a la contratransferencia como el conjunto de reacciones inconscientes del analista respecto de su analizado y, más específicamente, a la transferencia de este, y no es sino en algunos pasajes de su obra que se refiere a ella.
Después de él hubo muchos debates y puntos de vista sobre la noción de contratransferencia: algunos la entienden como toda manifestación de la personalidad del analista (que puede servir a la cura), mientras que otros continúan viéndola como la serie de procesos inconscientes que la transferencia de los analizados induce en su analista.
Laplanche y Pontalis (1968) distinguen tres orientaciones. La primera sostiene una necesidad de reducir lo mayor posible la manifestación de la contratransferencia a través del análisis personal del terapeuta, lo que permitiría que “la situación analítica quede estructurada como una pantalla proyectiva de la transferencia del paciente” (103). Una segunda orientación busca “utilizar, controlándolas, las manifestaciones contratransferenciales” (103), siguiendo la indicación de Freud sobre la atención flotante. La última, por su parte, plantea la interpretación de las emociones producidas en base a las reacciones contratransferenciales: “Esta actitud postula que la resonancia de inconsciente a inconsciente constituye la única comunicación psicoanalítica auténtica” (104).
Tanto en la visión de Freud como en la de algunos de sus continuadores, no se planteaba cómo podía afectar al quehacer del analista alguna circunstancia vital intensa enteramente suya, que dificultara su lugar de neutralidad y abstinencia. Pero fundamentalmente, la mirada de Freud sobre el tema no incluye una perspectiva en la que vea al analista como alguien que tiene su propia organización psíquica, su historia biográfica, sus valores, su adhesión a marcos conceptuales y sus creencias, y que todos esos cimientos le llevan a organizar los datos clínicos de una manera particular.
De ahí que las interpretaciones (como muchos críticos de la epistemología psicoanalítica sostienen) debieran ser vistas, en realidad, como sugestiones.
Orange, Stolorow y Atwood (cf. 1997) reseñaron cuatro concepciones de la neutralidad: la de Freud, como abstinencia del analista, en el sentido de no ofrecer al paciente ninguna satisfacción instintiva; sin embargo, desde la perspectiva del paciente, tal conjunto de conductas está lejos de ser vivida como “neutral”. Desde ahí que los autores sostienen que “la abstinencia consistente de parte del analista decididamente sesga el diálogo terapéutico provocando hostilidad y conflictos tempestuosos que son más un artefacto de la postura del analista que una genuina manifestación de la psicopatología primaria del paciente” (35).Y concluyen: “una actitud de abstinencia no solo puede fallar en facilitar el proceso analítico; puede ser un enemigo de ello”.
La segunda concepción, también recomendación de Freud (1912: 330), postula que el analista debe permanecer como un espejo para el paciente, devolviéndole solo lo que le es mostrado a él; significa desconocer la naturaleza interactiva del proceso analítico. Desde una mirada crítica de esta concepción:
Todo lo que el analista hace o dice –incluyendo especialmente las interpretaciones que ofrece– es producto de su organización psicológica y revela al paciente aspectos centrales de la personalidad del analista. […] La creencia errónea de que pueden mantener sus propias personalidades fuera del diálogo analítico, por sí misma produce artefactos transferenciales que pueden ser contraterapéuticos. (Orange, Stolorow y Atwood, 1997: 36)
Una tercera concepción de la neutralidad (vinculada a postulados de Anna Freud) establece que el analista se ubica en un punto equidistante del ello, del yo y del superyó, lo cual le permitiría una clara objetividad y una ausencia de sesgo. Los autores mencionados (cf. Orange et al., 1997) sostienen que este concepto de la neutralidad, así como el principio de abstinencia, se originan en un sistema de creencias teóricamente cargado de valor (el modelo tripartito de la mente) y, por tanto, no está a salvo del sesgo ni es neutral. Por el contrario: proponen que estimula a los pacientes a adoptar las creencias del analista acerca del funcionamiento mental y, por lo tanto, deben ser consideradas sugerencias.
Por último, la concepción de la Psicología del Yo, pese a proponer otra mirada sobre la neutralidad freudiana, define la neutralidad como lo hace Kohut (Orange et al., 1997: 36): “como la responsabilidad que se espera, en promedio, de personas que han dedicado sus vidas a ayudar a otros, con la ayuda de insights obtenidos a través de la inmersión empática en su propio mundo interno”. El mismo Kohut, sin embargo, plantea que tal persona, seguramente, no es percibida por el paciente como teniendo una postura neutral.
Orange y su equipo plantean su propia visión al decir que:
Esperar que un analista sea neutral u objetivo en relación a la subjetividad del paciente, y por lo tanto entender y mirar la experiencia del paciente con ojos puros e inocentes, es equivalente a requerir al analista que proscriba su propia organización psicológica del sistema analítico. (1997: 36)
Lo cierto es que, al decir de Kottler “hay pocas profesiones en las que los límites entre el trabajo y el juego, entre la vida profesional y la personal, sean tan permeables” (Orange et al., 1997: 36).
Los supuestos epistemológicos que dan origen a estas creencias son variados. Por un lado, la cultura occidental de los siglos XIX y XX privilegió la racionalidad y la objetividad por sobre la subjetividad, viéndolas no solo como pares antitéticos, sino que otorgándoles la implícita cualidad valorativa de mejor-peor. La objetividad, racionalidad e imparcialidad dominan el desarrollo de la ciencia y eso es “mejor”, y la subjetividad que domina el campo de las emociones, la intuición y los sentimientos, es “peor”. Aún hoy, asistimos a esta manera de oponer, por ejemplo, las intervenciones alopáticas a otras concepciones de la salud como son la homeopatía o la antroposofía.
Hay además una concepción objetivista, la cual concibe a la mente como aislada, separada de la “realidad externa”. Externo-interno son conceptos que se usan para dar sustento a concepciones de psicoterapeutas supuestamente “objetivos”, cuya organización psicológica propia no se implica en lo que observan y buscan tratar.Tal concepción del conocimiento como “objetivo” requiere dar por sentado que entre el observador y lo observado hay una separación radical. De esta manera, solo si el observador se desconecta de sus emociones, sensaciones, impresiones, o de cualquier otro estado subjetivo, puede alcanzar la “pureza” de lo observado. No es posible desde esta concepción considerar que el observador y lo observado son indivisibles.
Al concebir al psicoanalista como “neutral”, se da por supuesto que la transferencia tiene que ver solamente con lo que el paciente deposita en el analista, de su historia biográfica y de su neurosis. Por lo tanto, lo que ocurre entre ambos no es co-determinado por paciente y analista, sino solo por el paciente y su subjetividad.
Un contemporáneo y colaborador estrecho de Freud, Sándor Ferenczi (2008: 41), fue uno de los primeros en discrepar con esta visión del Maestro al sostener que:
Un saludo con maneras, una exhortación formal a “decirlo todo”, una atención que se dice bien temperada pero que en definitiva no es tal […] hacen que 1) el paciente se lastime por la falta o insuficiencia de interés; 2) como no quiere pensar nada malo ni deprecatorio de nosotros busque la causa de la no-reacción en sí mismo […] y 3) al fin, dude de la realidad del contenido que su sensibilidad tocó momentos antes. […] La reacción a esta inculpación (que el paciente nunca produce de manera espontánea y el médico tiene que adivinar) solo puede consistir en mirar críticamente nuestro propio comportamiento y nuestra postura afectiva; en admitir la posibilidad y aún la realidad de nuestra fatiga, monotonía y aún aburrimiento.
Fue Ferenczi uno de los primeros en impulsar la idea de que la contratransferencia es una herramienta importante en la relación analista-paciente, y dio lugar a nuevos desarrollos cuestionadores de la supuesta neutralidad terapéutica.
La teoría intersubjetiva, que recupera y enriquece esta mirada inicial de Ferenczi, plantea la consideración por parte del Psicoanálisis de un campo psicológico específico constituido por la intersección de dos subjetividades: la del paciente y la del analista.
El proceso psicoanalítico entonces se propone, a través de un diálogo entre dos personas, comprender las vivencias emocionales de una de ellas, dentro del marco de una experiencia que se configura intersubjetivamente.Ya en esta concepción se consideran dos subjetividades que se interrelacionan, y la biografía del analista es participante del proceso tanto para conocer sus capacidades como sus limitaciones para empatizar, acompañar, sostener, no juzgar, etc.
Así, y si bien el psicoanálisis intersubjetivo considera que no solo es la neurosis del paciente la presente en la relación transferencial, se sigue considerando la relación analítica como asimétrica y el foco de la mirada es el paciente.
Es después de la Segunda Guerra Mundial que comienza a consolidarse un pensamiento más totalizador y menos fragmentado en distintos campos científicos. La teoría de los juegos, la de los conjuntos, la de la gestalt, la de los sistemas, la de la comunicación, la cibernética, y junto con los desarrollos científicos de Albert Einstein, Max Planck, Niels Bohr e Ilya Prigogine junto a Gregory Bateson y Ludwig von Bertalanffy van generando la pregunta que da lugar a una nueva epistemología: cómo se conoce lo que se conoce, en lugar del énfasis depositado en las propiedades del objeto de conocimiento.
La afirmación del científico polaco Alfred Korzybski (1958: 58) de que “un mapa no es el territorio que representa, pero, de ser correcto, tiene una estructura similar al territorio, lo que explica su utilidad” ilumina la idea de que los intentos que se han hecho por explicar la realidad son construcciones o representaciones, dado que surgen de observaciones condicionadas por nuestra propia estructura: es a partir de tomar conciencia de una observación que hicimos que generamos ideas, palabras y acciones. Entonces, lo percibido es una construcción humana, un mapa de la realidad: no la realidad misma.
Bertalanffy (1976: 32-35) define a los sistemas como “complejos de elementos en interacción”. Introduce la noción de sistemas abiertos y cerrados, incorpora la noción de homeostasis, de entropía, de retroalimentación y sus mecanismos de control.Y postula que “los sistemas vivientes, en tanto abiertos, no pueden ser explicados en términos de causalidad”. Para él, “la relación entre lenguaje y visión del mundo no es unidireccional sino recíproca”.
Bateson (1985), antropólogo y marido de Margaret Mead (llamado por algunos como “el profeta de una ciencia posmoderna”), propone como un concepto fundamental el de la pauta que conecta a todas las criaturas vivientes. Es quien introduce la noción de contexto al considerar que todo fenómeno humano tiene sentido y significado dentro del contexto en el que se produce: noción fundamental también en el terreno de la antropología. Dice:
En algún lugar entre una objetividad pasiva […] y una subjetividad creativa […] hay una región donde uno es en parte llevado por los vientos de la realidad y en parte un artista creando un compuesto de los acontecimientos internos y externos. (429-431)
La teoría de la comunicación viene a sumarse a estas nuevas propuestas. El foco en el “quién le dice qué a quién y con qué efecto” surge y se instala en matemáticos, ingenieros electrónicos, físicos, sociólogos y psicólogos interesados en los modos y procesos de la comunicación.
En 1950, Bateson se propone introducir la cibernética en las ciencias sociales. A él se unen Don Jackson, Paul Watslawick, John Weakland, Jay Haley,Virginia Satir, Jules Riskin y William Fry, interesados en la integración de conceptos como homestasis, familia y comunicación. Su visión se basa en que los seres vivos no pueden ser explicados desde la física newtoniana, desde una causalidad lineal que implica fuerzas que actúan unidireccionalmente. Hacía falta la creación de otro lenguaje que permitiera describir la recursividad de los elementos que se mueven conjuntamente en un proceso.
Se organiza el grupo de Palo Alto, formado por Weakland, Haley, Satir, Riskin, Fry,Watzlawick y Jackson, quienes fundan el Mental Research Institute en 1959, convirtiéndose este en un referente fundamental de la formación, investigación y asistencia en el campo de la terapia familiar. En artículos que siguen siendo clásicos en la terapia sistémica, los autores (cf. Watzlawick et al., 1971) plantean que la comunicación es un comportamiento o conducta que afecta a todas las personas en su interacción.Algunos conceptos fundamentales y fundantes de su postura son:
a) Es imposible no comunicarse.
b) Información e instrucción son conceptos diferentes.
c) Hay dos niveles componentes de la comunicación: el contenido del mensaje y la definición de la relación.
d) La organización de los hechos se hace de acuerdo a la secuencia que organiza cada participante.
e) Existe una diferenciación entre comunicación digital y analógica, verbal y no verbal.
f) La relación debe ser simétrica y complementaria entre los participantes.
g) Hay distintas lecturas de una situación de acuerdo a las distinciones que traza cada participante.
h) La comunicación es un ballet bailado según papeles complementarios o paralelos en función de una partitura invisible.
Estos conceptos, en la bullente creatividad de este grupo, les permiten desarrollar la noción de comunicación patológica que incluye también la lectura de la corporalidad dentro de la comunicación.
Los desarrollos teóricos en este período se intensifican. Es la etapa de la cibernética de primer orden. En 1932, el biólogo Bernard desarrolla la idea de que es imposible pensar un organismo vivo con partes separadas unas de las otras, ya que todas son interdependientes en una dinámica que no es causa-efecto. Se suma a esta idea la noción de homeostasis (introducido por Walter Cannon), descrita como “una red de interacciones recíprocas en las que los distintos componentes del medio interior están en equilibrio dinámico” (Jutoran, 1994: 10).
Durante el período de la primera cibernética, el concepto de neutralidad fue privilegiado. Y tal neutralidad traía implícita, para los psicoterapeutas, una cierta noción de la distancia que debía existir entre terapeuta y paciente. Los estudios sobre la proxemia existían solo entre animales, pero poco a poco fueron incorporados por la antropología y otras disciplinas como una manera de entender las formas de delimitación y de uso de un espacio propio.Así, resulta claro que no es lo mismo nacer, por ejemplo, en Japón que en un país latino, ya que en cada región las prácticas interaccionales en términos de tocar, sostener, abrazar o besar son muy distintas. ¿Cómo podríamos entonces generalizar una distancia “adecuada” entre pacientes y terapeutas?
¿No habría que pensar más bien que, en función de los contextos, de las subjetividades involucradas y de las emocionalidades presentes, se establecen distancias que facilitan la interacción?
Wiener utiliza el concepto de retroalimentación o feedback para referirse al mecanismo que reintroduce en el sistema los resultados de su desempeño: “la información sobre los efectos retroactúa sobre las causas convirtiendo el proceso de lineal en circular” (Jutoran, 1994: 10). Y la homeostasis fue vista como un proceso autocorrectivo que impedía el caos, la desorganización y destrucción del sistema.
Más adelante, los aportes de la física cuántica, de Prigogine, de Foerster, Maturana y Varela, entre otros, sientan las bases de la cibernética de segundo orden. Mientras que la epistemología que reinaba hasta ese entonces consideraba a la realidad independiente de quien la observa y que las propiedades del observador no deben estar incluidas en la descripción de lo observado, Foerster plantea que “la reintroducción del observador, la pérdida de la neutralidad y de la objetividad, son requisitos fundamentales para una epistemología de los sistemas vivientes” (Jutoran, 1994: 11).
La cibernética de segundo orden postula la observación del observador: el objeto de estudio pasa a constituirse en el observador observando su propia observación: “la reintroducción del observador, la pérdida de la neutralidad y de la objetividad, son requisitos fundamentales para una epistemología de los sistemas vivientes” (Jutoran, 1994: 12).
Hay un continuo proceso circular y repetitivo en el que la epistemología determina lo que vemos; esto establece lo que hacemos; a la vez nuestras acciones organizan lo que sucede en nuestro mundo, que luego determina nuestra epistemología. […] La cibernética de segundo orden abre un espacio para la reflexión sobre el propio comportamiento y entra directamente en el territorio de la responsabilidad y la ética. Dado que se fundamenta en la premisa de que no somos descubridores de un mundo exterior a nosotros, sino inventores o constructores de la propia realidad, todos y cada uno de nosotros, somos fundamentalmente responsables de nuestras propias invenciones. (Jutoran, 1994: 12-13)
Fue este nuevo paradigma el que abrió un espacio inmenso de cuestionamiento, reflexión y producción de nuevas conceptualizaciones, y gracias a eso los terapeutas pudieron empezar a sentirse menos presionados a ser distantes y neutrales sabelotodos para transformarse en seres que van descubriendo junto a sus pacientes en qué consiste su malestar y cómo poder abordarlo.
En 1993, se realizó en Buenos Aires un encuentro que se llamó “Nuevos Paradigmas en Cultura y Subjetividad” durante dos días. Organizado por la Fundación Interfaz, nucleó a invitados sobresalientes: Ilya Prigogine, Edgar Morin, Ernst von Glasersfeld, Evelyn Fox Keller, Mario Castagnino, Felix Guattari y otros. Era increíble verlos a todos juntos. No solamente hicieron exposiciones individuales de sus posturas personales, sino que además cada uno tuvo un interlocutor con el cual después dialogó. El libro que reproduce estos intercambios (cf. Fried Schnitman, 1994) es una síntesis imperdible del pensamiento de grandes creadores de esos tiempos, en una etapa en la que nadie se proponía ser categórico.
Recuerdo el impacto que sentí al escuchar a Evelyn Fox Keller, científica “dura”, pedir perdón en nombre de la ciencia por la cantidad de errores cometidos al excluir una visión “femenina” en lo científico, por haber creído durante tanto tiempo que solo la racionalidad aportaba conocimiento.
Este momento de cambios conceptuales tan potente sentó las bases de lo que vendría después. El terapeuta y el paciente comenzaron a ser vistos como protagonistas de un proceso que co-construyen. Al decir de Duncan y Miller (Norcross, Levant y Beutler, 2005: 14), muchos años después:
La psicoterapia no es un terreno deshabitado de procedimientos técnicos. No es el esterilizado proceso gradual de la cirugía, ni la trayectoria previsible de diagnóstico, prescripción y cura. No se puede describir sin el cliente y el terapeuta, compañeros aventureros en un viaje a través de un territorio en gran parte desconocido. El paisaje de la psicoterapia es intensamente interpersonal y en última instancia, ideográfico.
La terapia humanista también marcó un rumbo distinto al del psicoanálisis en lo que a la relación terapeuta-paciente se refiere.Ya a principios de los 60, Rogers (1961: 40) plantea que había “descubierto que cuanto más auténtico puedo ser en la relación, tanto más útil resultará esta última”. Concibe la terapia como un espacio para ser lo que uno es, libre de máscaras, y formula que el logro del cambio personal del paciente se ve facilitado cuando el terapeuta es lo que es: “solo mostrándome tal cual soy, puedo lograr que la otra persona busque exitosamente su propia autenticidad” (42).
Rogers llama a esto congruencia, lo cual significa que los sentimientos que el terapeuta experimenta son accesibles a él, que los puede asumir, integrar y comunicar. En otras palabras, cuando el terapeuta logra SER sin temores, transmite una coherencia que generalmente lleva a lograr una psicoterapia exitosa.
Ningún enfoque basado en el conocimiento, el entrenamiento o la aceptación incondicional de algo que se enseña tiene utilidad alguna [ ya que] el cambio solo puede surgir de la experiencia adquirida en una relación […]. Esto significa que debo tener en cuenta mis propios sentimientos y no ofrecer una fachada externa. […]. Si puedo crear un cierto tipo de relación, la otra persona descubrirá en sí mismo su capacidad de utilizarla para su propia maduración y de esa manera se producirán el cambio y el desarrollo individual. (40-42)
En los 90, el terapeuta belga Elkaïm (cf. 1998) introdujo el concepto de resonancia como una serie de voces internas, vivencias y sentimientos del terapeuta detonados isomórficamente en relación con su historia. Y estas implicaciones, consideró, debían ser corregidas en los espacios de supervisión y de terapia personal.
El feminismo de los años 70 y su impulso para revisar cómo la variable género está incluida y sesga mucha de la teoría y de la práctica psicológica, significó un aporte ineludible a la revisión de una mirada que, lejos de ser neutral, representaba mucho de la mirada masculina sobre la salud, la enfermedad, los vínculos y la sexualidad. Puso luz al hecho de comprender que los opuestos racionalidademocionalidad reproducía la dicotomía masculino-femenino: la concepción de ciencia circulante desde una mirada que pretendió ignorar la importancia del observador en lo observado fue coherente con el papel invisibilizado de las mujeres y su trascendente importancia en la vida cotidiana de las personas. Concebir lo racional “por sobre” lo emocional no solo significó años de una dicotomía falsa, sino que además dio fruto a una complicidad teórica y técnica con el prejuicio que sostiene que las mujeres son emocionales y, por lo tanto, menos creíbles, y los hombres son los racionales y confiables:
La variable género no es un detalle más a ser tenido en cuenta por los terapeutas, sino que su inclusión o exclusión va a producir efectos diferentes en los procesos terapéuticos. […] Desde esta perspectiva no hay terapia que no incluya la variable género: la diferencia radica en el grado de conciencia que como terapeutas tengamos acerca de cómo ella está interviniendo en la problemática por la que nos consultan y en la relación que se crea entre terapeuta y paciente. (Daskal, 1993: 18)
Las investigaciones que pusieron el foco en este tema (cf. Broverman et al., 1972; Hamerman y Josefowitz., 1985; Bernstein, A. y Marmar, G., 1984; Rieker y Carmen, 1984; Reale y Sardelli., 1986;Walters et al., 1991) pudieron encontrar entre los terapeutas hombres y las terapeutas mujeres diferencias de interacción entre cada uno de ellos con sus pacientes hombres y sus pacientes mujeres.Además, estos estudios revelaron:
•diferentes formas de manejo de la hostilidad por parte de terapeutas varones o mujeres;
•diferentes formas de preguntar a las mujeres y a los varones por su trabajo;
•diferentes maneras de manejar las emociones con pacientes mujeres u hombres;
•diferentes concepciones de salud y enfermedad presentes en los terapeutas, según los pacientes fueran varones o mujeres;
•el entender que la propia historia genérica del terapeuta va a estar presente en su manera de entender la problemática de sus pacientes;
•el descubrimiento de sintomatologías más características de las mujeres o de los varones y su interrelación con la socialización de género;
•que los psiquiatras medican más a las mujeres que a los varones;
•mayor proporción de abuso sexual por parte de terapeutas varones que de terapeutas mujeres;
•evidencia de que las terapeutas mujeres tienen más dificultades de cobranza que los terapeutas hombres…
…y muchos otros temas que invitaron a la reflexión sobre viejos paradigmas en salud mental, teorías y abordajes.
Jean Baker Miller y un grupo de terapeutas del Stone Center (cf. 2000) enfatizaron la importancia de la autenticidad terapéutica en el ejercicio de la psicoterapia, entendiéndola como una calidad de la presencia emocional de los terapeutas. Esto permite que el paciente cuente con una fuente de información acerca de quién es su terapeuta, además de ser relevante para el progreso y los logros de la psicoterapia. Desarrollan en profundidad una concepción de la autenticidad vinculada al respeto, la sensibilidad, el establecimiento (no imposición) de límites, la conexión en lugar de la desconexión como manera de fortalecer la propia identidad y también la idea de los terapeutas como personas que se puedan expresar plenos en sus relaciones. Otros temas abordados proponen que los terapeutas deberían sentirse cómodos (no a la defensiva) y que tampoco debiesen sentir que lo tienen que entregar todo, o que la profesión es un constante sacrificio.
Y dentro de los terapeutas familiares, algunas terapeutas mujeres empezaron a incluir la mirada sobre las emociones de los terapeutas, produciendo aportes muy significativos a las terapias de pareja y de familia (cf. Walters et al., 1991 y Goodrich et al., 1989).
Si bien este es un terreno en el que todavía resta mucho por hacer, la presencia de terapeutas mujeres cuestionando el paradigma racional de la terapia en Congresos, Seminarios, cursos, supervisiones, etc., y dándole valor a la emocionalidad del terapeuta como forma de trabajar también la emocionalidad de los pacientes, constituye un hito en el camino hacia el logro de un espacio terapéutico, en el que pacientes y terapeutas se sientan verdaderos compañeros de viaje, al decir de Yalom (cf. 2002).
Algunos terapeutas sistémicos, imbuidos de la segunda cibernética, comenzaron a instalar el concepto de la persona del terapeuta. Entre ellos está Harry Aponte (1985: 9), quien acentúa además la importancia del sistema de valores del terapeuta en sus intervenciones, el cual define como:
El complejo internalizado de normas que derivan de las estructuras culturales, raciales, étnicas, políticas, filosóficas, religiosas, etc., de la sociedad. Esta estructura internalizada determina los patrones que definen bueno-malo, útil o inútil, deseable o indeseable, hermoso o feo y las otras perspectivas de valor a través de las cuales nosotros visualizamos y juzgamos a nosotros mismos y a los demás.
Dado que este sistema valórico es constituyente de nuestras personas, es necesario que los terapeutas sean conscientes de estos aspectos de sí mismos y no traten de evitarlos, ocultarlos o controlarlos, sino de incluirlos como parte de la relativización de su mirada y del rechazo a la idea de una única concepción del problema: “mucho de lo que el terapeuta llega a conocer debe ser deducido de aquello que experimenta a medida que interactúa con sus pacientes” (Aponte, 1985: 8).
Esta manera de plantear el tema se deriva, sin duda, de la mirada de Rogers, de las terapeutas feministas, de Yalom, y de los constructivistas, pues son todos sostenedores de la importancia de que los terapeutas sean congruentes, auténticos y coherentes consigo mismos en su accionar.
Los cambios que introdujo la segunda cibernética permitieron que, al decir de Cavagnis (2000: s/n): “El terapeuta se [preguntara] sobre su quehacer, [abandonara] el lugar de experto, [dejara] de pensarse neutral, [empezara] a tomar en cuenta sus resonancias, apareciendo los modelos conversacionales, las terapias narrativas, las colaborativas y otras”.
Sin embargo, las exigencias, prescripciones y demás deberes seres para los terapeutas (en términos del silenciamiento de su emocionalidad en el contexto de las psicoterapias) perduran. Sigue existiendo el pensar las emociones como algo del mundo privado de cada persona y no como sucediendo dentro del espacio de la relación., y que aquellas que sientan los terapeutas son obstáculos que deben ser trabajados en los espacios de supervisión, terapia personal, y en el equipo.
De esta forma, y pese a estar usando otro paradigma, se continuó proponiendo la disociación afectiva y emocional como la única forma de interacción deseable por parte de los terapeutas con sus pacientes:
La posición que asuma el terapeuta en el campo determina qué acciones están permitidas o prohibidas, cuál es el ámbito de conversaciones posibles, cómo se estructuran las relaciones de poder en las que se darán esos intercambios; en suma, generan distintas configuraciones del emocionar que caracterizan modos de convivencialidad diferentes. (Cavagnis, 2000: s/n)
Los cambios en teorías y técnicas en los últimos 50 años son muchos. Los referidos al cambio de lugar del terapeuta, especialmente, han sufrido los movimientos de una montaña rusa: son oscilaciones a veces bruscas, que a veces nos permiten tener una visión de conjunto más amplia, y otras nos hacen sentir que descendemos sin retorno… Pero es uno de los temas de discusión actuales y creo que lo seguirá siendo, mientras los contextos sigan cambiando de la manera en que lo hacen.
2.4 COMPARTIENDO REFLEXIONES
En las páginas anteriores he intentado hacer algo imposible: resumir la evolución que, a mi juicio, ha ido teniendo la figura del terapeuta desde finales del siglo XIX hasta la actualidad, enfatizando el hecho de que cada enfoque psicoterapéutico propone una visión –no siempre explícita– en relación a la persona de los terapeutas, sintónica con sus concepciones de cambio, de salud y enfermedad, y a los objetivos y métodos psicoterapéuticos que derivan a su vez en formaciones, capacitaciones y currículos académicos completamente diferentes unos de los otros.
En la mayoría de las universidades actuales, la formación académica de los psicoterapeutas se centra en el conocimiento de teorías y técnicas que explican etiologías de las enfermedades mentales y sus posibles abordajes para ayudar a las personas a curarlas, y/o al menos, sentirse mejor. A ello se agrega, en algunos casos, la formación en técnicas de investigación cualitativa y cuantitativa para la capacitación de los estudiantes en la investigación empírica, tan requerida en nuestros días.
Llama la atención, sin embargo, la ausencia total en el currículo de programas que proporcionen a los estudiantes con fuentes de información acerca de la importancia de sus personas en el quehacer terapéutico, a pesar de la existencia de distintas investigaciones y propuestas que apuntan a este tema.
Uno de los primeros en rescatar la importancia de la persona del terapeuta fue Freud (cf. 1910), quien ya decía que ninguno de sus colegas se atrevía a ir más allá de sus propias limitaciones, complejos y resistencias internas.Así, consideraba de suma importancia que al inicio de sus actividades como terapeutas se analizasen, y profundizasen en su propia terapia personal mientras observaban a sus pacientes.
También Lambert y otros colegas (cf. Lambert et al., 2001) han planteado la importancia del terapeuta en los procesos y resultados de la terapia, y sostienen que aún en las investigaciones donde se había puesto especial atención en homogeneizar la muestra lo máximo posible (en términos de elegir terapeutas entrenados para hacer mínimas sus diferencias), el terapeuta siguió encontrándose como un factor central en los resultados terapéuticos.
Las investigaciones de Beutler et al. (cf. 1997), por su parte, fueron capaces de determinar que la magnitud del beneficio en psicoterapia está asociada más estrechamente con la identidad del terapeuta que con el tipo de psicoterapia que este emplea.Así, en todos los enfoques, algunos terapeutas producen más efectos positivos que otros, mientras que algunos de ellos producen consistentemente efectos negativos.
Minuchin, y Fishman (cf. 1984), por su parte, plantearon (en el caso de los terapeutas de familias) que no es posible que los analistas observen “desde afuera”, ya que parte de su trabajo es el integrarse en un sistema de personas interdependientes.
A estos postulados se les deben agregar todos los aportes de la segunda cibernética, del construccionismo y de los nuevos paradigmas en las ciencias, donde se fue pasando de una mirada unidireccional, determinista y biologicista a una mirada circular, puesta en los vínculos entre personas y en los contextos en los que se encuentran.
Sin embargo, y a pesar de todo ello, la formación de los psicoterapeutas continúa sin prestar atención o incluir espacios centrados en las personas de los terapeutas. Ignora las necesidades individuales, las posibilidades económicas de los estudiantes, los momentos de urgencia que tengan y los espacios de supervisión y/o terapia personal: es decir, omite el enfrentar los temas que complican el quehacer psicoterapéutico.
Aún quienes le hacen un espacio al tema de la persona del terapeuta, como las escuelas de formación en terapia sistémica, siguen haciéndolo desde un sesgo invisibilizado, al poner el foco en la familia y los patterns de interacción asociados a la historia del terapeuta más que a la figura de este como persona. Si bien rescatables en su trabajo, estos intentos dejan sin trabajar muchísimos temas que van a participar del vínculo con los pacientes.
En cierto sentido, las prescripciones acerca de la distancia, la abstinencia y la neutralidad (usuales de las teorías psicodinámicas) se deslizan invisiblemente en la formación de terapeutas que no tienen esas características.
Ahora bien: ¿por qué es importante tener en cuenta a la persona en el caso de los terapeutas y no, por ejemplo, en el caso de contadores, ingenieros comerciales, arquitectos, odontólogos, abogados o economistas? ¿No está también en ellos presente la persona? ¿Qué es lo que diferencia el quehacer en la psicoterapia?
Mi opinión es que en todas las profesiones se haría necesaria una capacitación que incluyera la intervención de las emociones y la importancia del vínculo con los clientes, ya que son factores intervinientes fundamentales se trate del área que se trate.
Pero en el caso de los psicoterapeutas, su trabajo implica un contacto permanente con las emociones de sus pacientes; es parte de los objetivos psicoterapéuticos, desde distintos enfoques, contribuir a que las personas se conecten con lo que sienten, sepan cómo nombrarlo, aprendan a expresarlo, no transformen sus emociones en síntomas, y aprendan a significar sus emociones, a ubicarlas donde realmente están.Y ¿cómo se puede ayudar a alguien a hacer eso, si uno mismo no lo hace? ¿Cómo psicólogos recién egresados van a poder sostener un trabajo en una organización donde tienen que atender varias horas seguidas a pacientes drogadictos, casos de violencia intrafamiliar, abusos sexuales, o intentos de suicidio, si no es desarrollando exitosas maniobras sobreadaptativas? ¿Y cuáles son los efectos de dichos procesos sobre sus personas y sus pacientes?
No deja de sorprenderme cada vez que, en grupos de supervisión o en cursos de formación, frente a role playings en torno a casos clínicos, los terapeutas no saben contestar a la pregunta “¿qué sientes cuando…?”. Recibo excelentes hipótesis acerca del diagnóstico de los pacientes y muy buenas estrategias terapéuticas, pero cuando se trata de identificar en ellos mismos qué les pasa con esa situación familiar, con ese paciente asustado o rabioso, con alguien que les está manifestando su falta de deseo de vivir, no pueden contestar salvo con un “no sé”.
Este es uno de los efectos del entrenamiento en la disociación mal entendida: desempeñan roles sin que la persona esté incluida en estos. Y con eso se pierde un recurso insustituible, porque lo que sienten los terapeutas en su trabajo no es algo desconectado de lo que está sucediendo en esa relación, en ese momento.
Recuerdo, por ejemplo, haber visto en una supervisión clínica a un terapeuta que en una sesión con un paciente le comenzó un fuerte dolor de cabeza y que eso hizo que estuviera un poco “ausente”, esperando el momento en que terminase la sesión para tomarse una aspirina. Luego, relatando el material del paciente, se pone en evidencia lo que hace esta persona con sus dolores; cuán contenida y autocontrolada está; cómo queda dominado por el portarse adecuadamente y cómo esa conducta lo hace sentir “distante”, ausente de sus relaciones. Para el terapeuta se hizo evidente que él estaba en una postura parecida a la de su paciente y que eso había tenido que ver con el dolor de cabeza que le apareció.
Pudimos trabajar, entonces, cómo hubiera sido incluir su dolor de cabeza en la sesión sin hacer el esfuerzo por que llegue el final para tomarse una aspirina. Fue interesante comprobar qué emociones contenidas se expresaban a través del dolor de cabeza y enriquecer de esta manera el abanico de recursos del terapeuta para que pudiese trabajar no disociadamente.
Desde la óptica que me acompaña hoy, la persona del terapeuta es un recipiente donde confluyen:
•la propia biografía;
•las similitudes con las vicisitudes de la vida de sus pacientes;
•los sentimientos y vivencias en el trabajo;
•los valores, ideas, y creencias que pueden colisionar con las de sus pacientes;
•los mandatos recibidos en su formación;
•las contradicciones entre su capacitación específica y las posibilidades de aplicación del conocimiento;
•las características de su personalidad y de su estilo de trabajo;
•los conocimientos teórico-técnicos;
•la ética personal;
•las presiones de las instituciones a las que pertenece;
•sus necesidades versus las de sus pacientes;
•el ritmo de trabajo y/o la carga laboral;
•la espiritualidad.
Tomando en cuenta estas y otras variables, considero de suma importancia el formar a las nuevas generaciones de terapeutas dejándoles en claro, y en palabras de Michael Mahoney (2005: 285), que:
La psicoterapia es un reto difícil y complejo tanto para el terapeuta como para el cliente. El terapeuta cambia, al menos en la misma medida que el cliente, durante el proceso psicoterapéutico.
Muchos terapeutas soportan el peso de unas expectativas que dicen que deben/debemos ser extraordinariamente felices, iluminados o sabios para ser profesionales legítimos.
El cuidado propio, la compasión por uno mismo, [son esenciales] para el bienestar personal y para las responsabilidades profesionales de los psicoterapeutas. La terapia personal y la práctica espiritual pueden ser recursos inestimables para nuestra evolución.
A lo que yo agregaría: que los psicólogos probablemente van a tener que enfrentar la directa o indirecta desvalorización de su profesión, por considerársela por debajo de la Medicina, no solamente en las instituciones, sino en el imaginario social circulante que afecta su autoestima. Que van a tener que pasar por exclusiones o discriminaciones en instituciones o pagos de derechos de piso mayores que las de los profesionales médicos. Que, con frecuencia, van a tener que aprender a aclarar que su trabajo se diferencia de “conversaciones de amigos”. Que en reuniones sociales van a tener que aprender a decir con humor “solo trabajo en mi consultorio” frente a pedidos de consejos inadecuados. Que sus personas son la herramienta por excelencia de su trabajo y que, por lo tanto, escucharse, saber interpretar señales que sienten durante las sesiones y poder incluir datos de su propia experiencia de vida o del momento de la sesión, lejos de ser una peligrosa “confesión contratransferencial”, son recursos altamente útiles para el proceso psicoterapéutico, cuando se aprende a usarlos. Que pueden aprender con qué tipo de pacientes van a estar más cómodos, o más expuestos, o más asustados, y con qué manera o estilo de intervención se sienten más a gusto, menos disfrazados. Que ojalá puedan tener una organización horaria que respete los momentos del día en que se sienten más lúcidos o más cansados, o que sepan distribuir de una manera equilibrada en su horario a aquellos pacientes más demandantes con otros que lo sean menos.Y, finalmente, que el lugar en el que trabajen (en la medida en que puedan elegirlo) se acerque lo más posible a lo que cada uno considere de su gusto y confort, ya que pasarán allí muchas horas de su vida.
Prepararse teniendo en cuenta estas proposiciones los va a encontrar mejor capacitados para la zambullida en este mundo fascinante, estimulante, creativo, misterioso y al mismo tiempo amenazante, frustrante y exigente como lo es la relación entre seres humanos en funciones distintas, circunstancialmente hablando.
2.5 DIFICULTADES ADICIONALES DE LOS TIEMPOS PRESENTES
La misma óptica que hace prevalecer la racionalidad y la palabra por sobre la emocionalidad y los afectos es la que comenzó a enfatizar la importancia de las técnicas en psicoterapia. Manuales y más manuales, escritos y difundidos durante la formación de muchísimos terapeutas jóvenes, fueron presentando a la psicoterapia como si fuese un servicio de “reparaciones de vehículos”: chapa y pintura.
El contexto en que se empezó a desarrollar la atención médica y psicológica, a través de las instituciones de salud previsional, significa un golpe de timón fundamental para el retroceso tanto en la atención de las personas como para el autocuidado de los profesionales. La humanidad presente en toda relación terapéutica se fue invisibilizando y dejó de ser priorizada en medio de atenciones de 25 minutos para “resolver” problemas específicos y breves, que hicieran rentable, además, el negocio de las instituciones de salud.Así, los resultados actuales sobre los factores intervinientes en los buenos resultados de una psicoterapia, paradójicamente, son ignorados por aquellos que subvencionan muchas de estas investigaciones.
El micro contexto del terapeuta, como plantea Whitaker (cf. 1992), se caracterizó y se caracteriza por:
•el aislamiento durante gran parte de su jornada laboral,
•no ser el destinatario principal del afecto de sus pacientes,
•un trabajo en que su participación afectiva y emocional exigen un alto grado de control,
•acompañar a sus pacientes en situaciones extremas como orfandad, intentos de suicidio, desesperación, divorcios, pérdidas significativas, dolores intensos, enfermedades graves, muerte…
A esto podemos agregar que el nuevo siglo encuentra a muchos terapeutas de América Latina con un macro contexto caracterizado por Galfré y Frascino (cf. 2007) de la siguiente manera:
•consultantes que se presentan con problemáticas cada vez más graves, con posibilidades de pago decrecientes;
•lugares de trabajo institucional que atienden patologías graves y pagan honorarios bajos o inexistentes;
•falta de medios personales e institucionales para obtener contención, supervisión y entrenamiento;
•competencia/competitividad con distintas terapias alternativas;
•un Estado que no satisface plenamente la provisión de medios y políticas para el desarrollo de la salud mental y la atención psicológica, tanto en el aspecto de las prestaciones como en el académico y de investigación;
•sus propias problemáticas personales, familiares y sociales;
•los problemas de sus instituciones de pertenencia que, a menudo, no aciertan a adaptar sus paradigmas y sus prácticas a un mundo cambiante e impiadoso.
Así, podemos comprender lo difícil que se hace hoy en día la tarea del terapeuta.
Temáticas complejas como el divorcio, la infidelidad, las adicciones, el aborto, los abusos sexuales en distintos ámbitos, la violencia doméstica, la adopción de hijos por parte de parejas homosexuales, las familias ensambladas, la inseminación artificial o in vitro, la donación de óvulos y/o esperma, matrimonios interraciales o interreligiosos, etc., requieren de terapeutas con conciencia de sus concepciones valóricas, con capacidades para saber cómo incluirlas en su quehacer y no abusar así del poder que la sociedad les otorga como “conocedores” acerca del bien y el mal.
Dentro de esta nueva diversidad, los terapeutas están desafiados a pensar y concientizar qué sienten acerca de estos temas, qué creen que es mejor o peor y por qué, qué puede funcionar más saludablemente que qué y qué es apropiado y qué no desde su propia cosmovisión, ojalá sin escudarse en una supuesta neutralidad que solo pone en evidencia el tamaño de su coraza defensiva. Solo así los vínculos terapéuticos serán genuinos, aportando no solo al crecimiento y salud de los consultantes sino también al de los terapeutas.
La formación y capacitación de los psicoterapeutas debe necesariamente incluir estos desafíos para contribuir a que los futuros (y actuales) profesionales cuenten con las herramientas necesarias para trabajar en estos contextos, proveyéndoles además de la información necesaria en herramientas de autocuidado como la supervisión, la terapia personal, los trabajos corporales o la meditación.
En esta época de cambios paradigmáticos que nos atraviesan no es sencillo ir encontrando la coherencia entre aquello que pensamos y lo que hacemos. Sobre todo, lo que tiene que cambiar en relación a la ética y la emocionalidad del terapeuta requiere de un trabajo con la propia persona que no todos los terapeutas están dispuestos a hacer y/o tienen los recursos para hacerlo. Implica aceptar pérdidas, ilusiones, cambiar marcos referenciales, ceder espacios de poder, reparar heridas narcisistas…
Pero creo que quien elige el camino de la práctica clínica no puede soslayar este trabajo si pretende que sus pacientes lo hagan.
1 ¿De quién? (Nota de la autora).
2 Término acuñado por Bleger en los años 60 (cf. Bleger, 1967).
3. ETAPAS EN LA VIDA DE LOS TERAPEUTAS
…el terapeuta novato primero aprende cosas sobre la psicoterapia, después cómo hacer psicoterapia, y, a continuación, si todo va bien, da el paso de convertirse en psicoterapeuta. Carl Whitaker (1992)
Parto de la base que nos vamos haciendo terapeutas poco a poco, atravesando ríos, pantanos, llanuras, quebradas, mesetas, cordilleras; es un proceso que quienes elegimos esta especialidad vamos recorriendo solos y acompañados, con entusiasmo y decepción, con esperanzas y frustraciones.
No he conocido a nadie que sea psicólogo clínico que no haya experimentado la mezcla de miedo a equivocarse, desorientación, confusión, culpa e inseguridad, al iniciarse en esta profesión. Y muchas veces, en grupos de supervisión nos hemos preguntado si hubiera sido posible que no nos sucediera eso… Algunos creemos que sí, que hay maneras diferentes de formar que permitirían llegar a los comienzos del ejercicio profesional “mejor plantados”, más seguros.
Esta diferenciación por etapas de desarrollo profesional no es rígida: dado que siempre existen nuevas propuestas, técnicas diferentes y aportes de las investigaciones, tenemos que imaginar un continuum donde siempre vamos a poder estar aprendiendo algo nuevo, y, en ese sentido, respecto a ciertos aspectos seremos siempre principiantes. Como lo dice Haley (1996: 70), “el novicio más fácil de formar es el terapeuta experimentado que admite su inexperiencia en el enfoque terapéutico”.
A la etapa de iniciación, que suele abarcar aproximadamente los primeros cinco años de ejercicio, le sigue una etapa de formación avanzada, que según los contextos puede desarrollarse en los siguientes cinco años. A los diez años del egreso, podríamos hablar de terapeutas con experiencia, etapa donde se desarrolla la mayor parte de nuestra vida profesional, hasta llegar a la etapa del retiro, que también puede abarcar varios años.
3.1 INICIACIÓN
Esta etapa puede comenzar (según los contextos y universidades) dentro del pre-grado o una vez finalizado este. En algunos países, los alumnos de Psicología Clínica son guiados por supervisores para tratar a uno o dos pacientes, muchas veces usando la cámara de Gesell; mientras que en otros lugares esto no está permitido salvo cuando llegan a los postítulos. En este caso, se trata de psicólogos clínicos que solo han leído sobre psicoterapia y que conocen las teorías y técnicas, pero que nunca han pasado por la experiencia de hacer una. Parafraseando a Haley (cf. 1996), es como si un violinista hubiera estudiado solo textos sobre cómo es tocar el violín, pero nunca hubiera tenido uno en sus manos.
En esta etapa, los terapeutas se caracterizan por estar muy asustados, inseguros, sin mucha claridad respecto a cuál enfoque le sintoniza más con su persona. Muchas veces (dependiendo de la universidad a la que asistieron) han tenido capacitación solo en un enfoque psicoterapéutico y, por lo tanto, es a él al que se ajustan para comenzar, aunque no necesariamente sea el mejor para la persona a la que van a tratar ni para sí mismos. Así, en esta primera etapa del viaje que los llevará a convertirse en terapeutas es muy importante que puedan ampliar la información con la que cuentan a través de cursos, seminarios, asistencia a congresos, postgrados y supervisiones.
Pero en esa búsqueda, y para no malgastar recursos, los terapeutas principiantes ojalá tuvieran un grado de autoconocimiento que, aunque fragmentario e incompleto, les permitiera tener una visión acerca de qué manera les resultaría más cómodo y atractivo trabajar, cuáles son sus habilidades, cuáles son sus maneras más habituales de relacionarse con personas y cuáles son sus carencias o déficits.
Me inclino a pensar que en esta etapa (y desde la formación de pregrado), más que espacios individuales prolongados, pueden ser muy útiles los grupos de pares que capaciten a los futuros profesionales en el registro de su propia emocionalidad y en el cómo incluirla en el trabajo terapéutico.
Al decir de Aponte (1985: 10):
El entrenamiento de un terapeuta debe capacitarlo para volverse sensible a la percepción de sus propias señales emocionales y conductuales, que lo alertan acerca de si está manejando o no satisfactoriamente los aspectos personales de su relación con una familia. […] Él puede aprender a utilizar sus reacciones al servicio de sus objetivos terapéuticos.
Por ejemplo: hay personas que son muy concretas, a quienes les gusta resolver los problemas en un corto período de tiempo y que se instalan rápidamente en encontrar soluciones a los problemas. Si esas personas inician una formación en psicoanálisis probablemente no van a sentir satisfacción en su quehacer, van a perder tiempo y dinero, y van a sentirse “a contramano” de sí mismos; mientras que si se formasen en técnicas de terapia breve en sus diversas versiones o en terapia cognitivo-conductual, probablemente se llegasen a sentir coherentes y satisfechos.
Cada teoría y técnica requiere de habilidades y herramientas diferentes por parte del terapeuta, y más allá de que la experiencia les permita desarrollarlas y profundizarlas, lo ideal es partir con motivación y placer, porque si no se topará innecesariamente con sus dificultades o malestares en el aprendizaje desde el inicio.
En esta etapa, las personas en formación necesitan de supervisores muy claros que les puedan enseñar habilidades de una manera bien estructurada y circunscrita. Pero también hace falta que sean supervisores humildes, que empaticen con el que se está iniciando, que no necesiten ser “estrellas” o seguidos al pie de la letra o admirados, porque lo que se fomenta así es la idealización y dependencia extrema de la supervisión, lo cual no ayuda al crecimiento.
Otra característica de esta etapa es el manejo rígido de los diagnósticos y de las teorías. Frente a la angustia que produce el encuentro con personas a quienes se escucha contar sus dificultades y problemas, los terapeutas principiantes suelen aferrarse al psicodiagnóstico como verdad absoluta, y es frecuente que traten que la persona se ajuste a él para sentirse seguros en su quehacer.
Están totalmente pendientes de los pacientes durante la entrevista y, por lo tanto, funcionan muy desconectados de sí mismos y de sus vivencias en la sesión. Están pensando todo el tiempo, por lo que el contacto con los pacientes es muy racional, poco libre y sin inclusión de la propia emocionalidad.
Asimismo, tratan de aplicar tal cual las pautas de una entrevista y se desorientan si los pacientes les empiezan a hablar de otra cosa. Por eso la flexibilidad es una habilidad importantísima a desarrollar, aunque los haga sentir más inseguros no estar con un libreto muy estricto. En esta etapa los supervisores también pueden ayudarlos a que no generalicen, sino que puedan ver que cada persona es distinta aunque padezca de algo similar.
La empatía pueden tenerla en términos generales, pero en este período se imponen las propias experiencias personales y, por lo tanto, los terapeutas recién iniciados se suelen comparar todo el tiempo con sus pacientes: “Esto es lo que me pasa a mí cuando…” o “Eso a mí no me pasó nunca…”.Y a veces suelen no reconocer un problema grave.
En el caso de terapeutas muy jóvenes, les resulta difícil sentirse con autoridad frente a pacientes mayores que ellos: es importante aprender a incluir el tema de forma tal que no sea un obstáculo en la relación. Por ejemplo, se puede decir: “Yo sé que usted tiene mucha más experiencia de vida que yo, pero recibí formación para ser alguien que escucha y que tiene herramientas para ayudarlo”; o bien: “¿Le parece que podrá confiar en que yo lo ayude pese a que soy más joven que usted?”.
Intervenciones de este tipo ayudan a que los terapeutas no tengan que estar evitando el tema de la diferencia de edad (lo cual es obviamente imposible de hacer), sino que lo aborden de entrada para que deje de ser un fantasma en la comunicación: muchos pacientes no se atreven a expresar sus dudas y simplemente no asisten a la segunda entrevista.
Otra característica de esta etapa es la dificultad para visualizar un proceso terapéutico más allá de una sesión en particular. Los terapeutas se suelen quedar muy adheridos a lo que pasó en la sesión anterior o a los resultados de una sesión específica, pero la posibilidad de incluir la perspectiva no está todavía dada.
El grado de sufrimiento que tienen con los padecimientos de los pacientes es muy alto y generalmente los terapeutas en formación “se los llevan a la casa”, se disocian mucho y no sienten nada, o tratan de compensar su inseguridad con arrogancia. No están acostumbrados ni entrenados a registrar sus propias emociones en la interacción y aún menos a verlas como recursos enriquecedores para entender lo que ocurre.
Todas estas características reiteradas en terapeutas noveles tienen que ser muy tenidas en cuenta por sus supervisores; de ahí que, así como no cualquier maestra o profesor son los adecuados para el primer grado de la escuela primaria, no cualquier terapeuta experimentado puede ser supervisor adecuado para esta etapa.
Los “novatos” suelen estar muy interesados en aprender: es una etapa en la que funcionan como esponjas, llenos de preguntas y de dudas, y como no están aún sesgados por un modelo en particular, pueden cambiar más rápido de perspectivas y enfoques.
3.2 ETAPA DE FORMACIÓN AVANZADA
En esta etapa los terapeutas ya cuentan con varios años de ejercicio profesional. Esto los hace tener mayor seguridad, ser más independientes de los “deberes seres” teóricos o técnicos, con mayor desarrollo de sus propios recursos y más flexibles respecto de categorías diagnósticas.
Pueden haber experimentado con más de una técnica o haber hecho postítulos y/o cursos que enriquecieron su formación inicial. Esto muchas veces les permite perfilar con mayor claridad un estilo propio de hacer terapia, junto al hecho de ir eligiendo orientaciones más afines a sí mismos.
Durante este momento del proceso todavía hay mucho foco puesto en los pacientes, y les resulta difícil el registro de su propia emocionalidad por miedo a confundirse. En las supervisiones es importante ayudarlos a ir conectando y diferenciando con la propia historia personal.
Es todavía una etapa de estereotipias y rigideces, donde hay preocupación por conectar siempre lo teórico con la implementación técnica. Resulta difícil aceptar la frustración del no cambio de los pacientes. También les puede resultar difícil fijar objetivos para la psicoterapia como una manera de conducir el proceso, y pueden simplemente “dejarse llevar” por el oleaje que presenta el paciente.
También suele ser un momento vital indicado para comenzar a desarrollar una carrera docente y de supervisión.
Los grupos de supervisión entre pares suelen ser de mucha utilidad en esta etapa.
3.3 ETAPA CON EXPERIENCIA
Es un período donde ya hay una larga historia de procesos terapéuticos realizados: concluidos, fracasados, interrumpidos, en curso. Por lo tanto, los terapeutas ya se relacionan bien con la noción de procesos de adaptación a cada paciente y de flexibilidad.
Se vuelven más creativos en sus interacciones, menos exigidos y menos omnipotentes. Pueden seguir incorporando conocimientos de nuevas técnicas y abandonar sin temor viejas miradas. En general hay muchas menos estereotipias, más definición personal de un estilo, y una adherencia a posiciones teóricas, aceptando que no son las únicas posibles sino las que le hacen sentido a ellos.
Han desarrollado una ética personal que les da seguridad. Tienen claro con qué tipo de pacientes o de problemáticas no pueden trabajar y, por lo tanto, la mayoría de las derivaciones que hacen resultan exitosas. Saben de la importancia del autocuidado, de la terapia personal (suelen haber hecho ya varias experiencias), así como de las supervisiones.
Tienen noción de sus propios límites y del de los pacientes y suelen ser más escépticos respecto de las posibilidades de cambio. Muchas veces en esta etapa se hace evidente el burnout. Para aquellos que les gusta la docencia, puede ser una muy buena manera de disminuir la carga clínica y comenzar a entregar conocimiento y experiencia.
3.4 ETAPA DEL RETIRO
Como las anteriores, depende mucho de los contextos en los que se hayan ubicado los terapeutas.
Un tipo de retiro es el que proviene de una jubilación/retiro programado dentro de las instituciones: hay normas que establecen hasta cuándo se le permite a un profesional desempeñar su profesión. Dentro de esta normativa hay organizaciones más estrictas que otras y, considerando la extensión del promedio de vida, esto permite que se habiliten instancias en las que psicólogos que ya llegaron a su edad jubilatoria continúen aportando como supervisores, docentes, o jefes de equipos, aprovechando su experiencia.
El otro tipo de retiro es el que involucra a los profesionales que trabajan en forma independiente. En este caso son ellos los que tienen en sus manos la decisión de cómo y cuándo quieren dejar de atender pacientes. Es un momento vital complejo, ya que en los obliga a aceptar profundamente la finitud, los límites y la propia muerte. Muchas emociones no son agradables y es por eso que hay quienes retardan una decisión consciente hasta que el vacío progresivo de la consulta o los síntomas de declinación se les hacen evidentes. Por el otro lado, y para la gran mayoría, implica el enfrentar nuevas circunstancias económicas. Algunos pueden haber previsto este momento y contar con ahorros o bienes personales que les den tranquilidad, pero para quienes no están en esta situación dejar de atender pacientes o de supervisar representa una amenaza de empobrecimiento y de dependencia de otros.Y, muchas veces, esta realidad los lleva a extender por más tiempo del que quisieran su actividad profesional.
La etapa del retiro, en la gran mayoría de los casos, comienza a anunciarse con sentimientos de agotamiento en la consulta, de hastío, de aburrimiento. Estos son síntomas muy característicos del burnout, pero que en esta etapa tienen más que ver con una pérdida del entusiasmo inicial por la profesión, de la curiosidad y de la esperanza de ayudar a otros. A veces empiezan a aparecer olvidos significativos (como el nombre de pacientes, confusiones de horarios u olvidos de datos importantes de la historia de los pacientes) y comienza a generarse el terror a estar afectado por una enfermedad neurológica.
Los pares confiables se convierten en esta etapa en apoyos indudables, ya que el poder compartir las vivencias da claridad y quita el peso de la culpa y de la sensación de soledad.
Si el retiro es vivido como algo que “llegó”, sin que uno lo haya previsto ni organizado, es más probable que desencadene depresiones o enfermedades psicosomáticas. No olvidemos que la tarea clínica permite sentirse importante, útil y trascendente para otros, y si eso deja de estar, la crisis de sentido existencial llega de una forma parecida a cuando los hijos ya crecieron y partieron a recorrer sus caminos propios.
Por todo esto considero que hay que prepararse para esta etapa:
•anticipando el momento de su llegada;
•tomando decisiones que disminuyan temores;
•programando actividades, deseos postergados e intereses por fuera de la órbita profesional;
•contando con grupos de pares y/o amigos con los cuales compartir las vivencias;
•desarrollando actividades físicas;
•cultivando la espiritualidad, los intereses artísticos, musicales, etc.;
•enfrentando los miedos al tiempo libre;
•pudiendo diferenciar el dejar de trabajar profesionalmente del dejar de existir como persona.
3.5 FORMACIÓN Y DESARROLLO DE CARRERA
Un tema difícil y poco debatido en estas latitudes es el que vincula el comienzo del ejercicio terapéutico con la edad. Hay quienes consideran que difícilmente una persona menor a 30 años pueda ejercer una profesión como esta, y el argumento principal para tal afirmación es la poca experiencia de vida del psicoterapeuta.
Pero si en vez de focalizar en los pacientes lo hacemos en los terapeutas y nos preguntamos “¿qué puede ser lo mejor para alguien que recién egresó de la carrera de Psicología?” posiblemente lleguemos a respuestas parecidas pero sostenidas desde otro lugar. Postergar el zambullirse en ser psicoterapeuta puede tener como ventajas el darse más tiempo para conocerse y conocer otras opciones de ejercicio profesional para ese momento de la vida o destinar más tiempo a seguir aprendiendo.
Por ejemplo, los trabajos en prevención, en colegios, con padres, o en centros comunitarios suelen exigir otro tipo de habilidades que las terapéuticas y, por lo tanto, pueden hacer sentir a los novicios menos exigidos y presionados.
No se trata de que lo vayan a hacer mal con los pacientes, sino que se pueden hacer mal a sí mismos al lanzarse a un ruedo complicado sin estar preparados.
A modo de ejemplo, y en el contexto norteamericano, Orlinsky y Rønnestad (2005: 103) definieron niveles de carrera teniendo en cuenta promedios de años en práctica y edades promedio:
| Estudio de cohortes de carrera | ||
| Años de práctica | Edad del terapeuta | |
| Novicio | 0,7 | 32,9 |
| Aprendiz | 2,4 | 34,7 |
| Graduado | 5 | 37,2 |
| Establecido | 10,4 | 42,6 |
| Maduro | 18,7 | 49,1 |
| Senior | 31,3 | 60,8 |
No deja de sorprender el observar la diferencia de edades en el ejercicio profesional. En esta tabla, que recoge una muestra en EE.UU., el promedio de edad de inicio de la práctica como terapeuta es a los 32 años. Este dato nos refleja las diferencias de períodos de formación, las exigencias que deben atravesarse para tener autorización para el ejercicio psicoterapéutico y también la etapa de la vida personal en que se considera deben estar los terapeutas para ejercitar exitosamente sus funciones.
Se puede estar o no de acuerdo, pero indudablemente nos invita a pensar en las razones que llevan a semejante contraste con nuestro países latinos, ya que nos encontramos con psicólogos trabajando en clínica a los 22 años.Y 10 años en la vida hacen mucha diferencia.
Dichos autores, dentro de la investigación empírica actual, estudiaron en diversas publicaciones cómo es el proceso de desarrollo de los terapeutas. Eso implicó desde definir qué quiere decir para cada psicoterapeuta el término “desarrollo”, pasando por el qué medir y cómo, definir categorías, etc.
Haciendo una brevísima síntesis de lo que ellos describen (cf. Orlinsky y Rønnestad, 2005), hay cuatro metodologías que han intentado estudiar el desarrollo de carrera en psicoterapeutas, cada una con sus pros y contras. El approach más generalizado es el de un análisis longitudinal, el cual consiste en que los terapeutas reflexionen sobre cómo, cuánto y en qué direcciones han desarrollado sus carreras desde el comienzo hasta la actualidad. Esto implica medir secuencialmente a una persona o grupo de personas; pero al necesitar los datos de una carrera de tres o cuatro décadas, este enfoque no es apropiado para cuando se tiene un propósito de abarcar el lapso completo de una carrera terapéutica.
Otra forma de aproximación usada en la investigación es la comparación entrecruzada de grupos de individuos que están en diferentes etapas de sus vidas o carreras. Los autores consideran que si bien este método soluciona el problema de tomar medidas sobre una extensión grande de tiempo, hace además difícil de distinguir entre diferencias que reflejen un verdadero cambio en el desarrollo de una persona o grupo, o que sean un reflejo de cambios históricos/sociales dentro de estos mismos, ya que la psicoterapia es una disciplina en permanente transformación.
Cualquiera de estos dos enfoques enfrenta la pregunta sobre qué es lo que se mide.
Los otros dos enfoques, que implican una aproximación fenomenológica, van preguntando a los terapeutas sobre los temas o tópicos de sus propias experiencias de desarrollo, lo que demuestra ser de gran utilidad cuando lo que se quiere estudiar no está claramente teorizado o conocido.
Estas aproximaciones enfatizan o bien en el desarrollo acumulativo de carrera o bien la experiencia de cambio comúnmente experimentada por los terapeutas. Los autores consideran que la mayor limitación de estos enfoques fenomenológicos es el sesgo de la subjetividad. Por ejemplo: puede ser que un terapeuta tenga la sensación de que él fue cambiando a lo largo de su carrera, pero que no sienta que lo hizo en algún momento en particular, o bien que sienta que cambió continuamente, como una manera de no creerse estancado o inerte.
Dentro de estos enfoques e investigaciones se fueron definiendo algunas categorías que pueden ser útiles de observar para entender todo lo que se puede tener en cuenta al respecto (Orlinsky et al., 2005: 114)3.
Dimensiones de desarrollo acumulativo de carrera
I.Desarrollo retrospectivo de la carrera Cambios globales como progreso/adelanto. Cambio global como terapeuta. Vencer las limitaciones pasadas como terapeuta.
II.Sentir destrezas terapéuticas Uso constructivo de las reacciones personales hacia los pacientes. Detectar y lidiar con las reacciones de los pacientes hacia uno. Comprender el proceso momento a momento. Destreza de técnicas y estrategias. Precisión, sutileza y tacto en el trabajo terapéutico.
III.Cambio de herramientas Usar las propias reacciones hacia los pacientes constructivamente. Detectar/lidiar con las reacciones de los pacientes hacia uno. Confianza en el rol como terapeuta. Entender el proceso momento por momento. Llevar a los pacientes a jugar su rol en la terapia. Tomar la esencia de los problemas de los pacientes. Efectividad en comunicar preocupación a los pacientes. Sentirse natural/auténtico con los pacientes. Destrezas en técnicas terapéuticas. Involucrar a los pacientes en la alianza terapéutica.
En el caso del foco puesto en las vivencias de cambio en la carrera, fueron estas las categorizaciones que se concluyeron (Orlinsky y Rønnestad, 2005: 110)4:
Dimensiones del desarrollo habitualmente experimentado
I.Crecimiento comúnmente experimentado Volverse más hábil. Entender profundamente la psicoterapia. Sobreponerse a las limitaciones como terapeuta. Cambios comunes como progresos/adelantos. Experimentar sentido del entusiasmo.
II.Agotamiento experimentado comúnmente El ejercicio profesional se vuelve rutinario. Se pierde capacidad de responder empáticamente. Desilusión de la terapia. Sensación de declinación/deterioro.
Como podemos ver, estos ejemplos de categorización sirven para poner en evidencia el interés actual en hacer visible lo que habitualmente es considerado casi un producto de las circunstancias que nos llevan a ciertas elecciones.
Tanto para quienes se inician en esta carrera profesional como para quienes vienen desarrollándola en el tiempo es muy útil detenerse a visualizar nuestros proyectos y recorridos en términos profesionales. Lo importante son los conceptos implicados en ello: proceso, cambios (evolución o involución), autoconciencia, experticia, adquisición de habilidades, sensaciones de evolución o de declinación, deseos, etapas, etc.
Es un muy buen recurso para planear y autoevaluar el propio camino y cambiar rumbos si así uno lo desea: es un ejercicio similar a cuando uno empieza a imaginar la casa que uno querría hacerse, si pudiera; o si la tiene a medio construir, qué cambios es necesario introducirle.Todo esto exige un plan organizado en base a necesidades, deseos y etapa de la vida.Y es muy diferente a dejarse llevar por lo que las oportunidades nos van proponiendo.
3 En inglés en el original, traducción realizada por la autora. Se omiten los resultados.
4 Ídem anterior.
4. POR QUÉ ELEGÍ SER TERAPEUTA
Había una vez….
…una joven desorientada y confundida, disociada entre su mundo intelectual brillante y su pobre afectividad y su falta de inteligencia emocional;
…un joven hijo mayor de un médico exitoso, que no sabía cómo hacer para diferenciarse de su papá;
…una hija de madre soltera que vivió siempre sola con ella y con la cual construyó una relación de sostén y compañía mutua;
…una señora que fue siempre muy eficiente en ayudar a los demás, en asistir a amigos y familiares en momentos difíciles, con palabras acertadas y afectividad;
…un joven interesado en el sufrimiento de ciertos grupos humanos, carenciados y afectados emocionalmente por tales faltas;
…un grupo de gente curiosa que se reunía a debatir sobre filosofía, el sentido de la vida y el sujeto;
…gente que quería investigar qué había en el cerebro;
…otros que querían encontrar explicaciones a las conductas humanas;
…algunos que querían ayudar a otros a dejar de sufrir;
…personas que quisieron contribuir al cambio individual, de las parejas, de las familias, de las instituciones, de las comunidades;
…gente que se sintió Superman o Superwoman;
…personas que se sintieron artistas o artesanos del alma humana;
…quienes tuvieron pérdidas tempranas;
…y otros que tuvieron padre o madre terapeutas.
4.1 MOTIVACIONES
Un mosaico de respuestas de este tipo surge cuando se empieza a indagar sobre las motivaciones que cada uno tuvo para elegir estudiar Psicología y después especializarse en clínica.
Trabajar sobre este aspecto de la biografía personal no es frecuente; sin embargo no solo resulta muy entretenido, sino que también conduce inevitablemente a concientizar aspectos de la propia historia que no surgen de otra forma. Este es, al menos, el feedback que fui teniendo a lo largo de muchos años de trabajo con generaciones de jóvenes psicólogos clínicos5, que encontraron que nunca antes se habían detenido a reflexionar sobre el tema pese a ser tan significativo en su vida actual.
¿Cómo y cuándo surge por primera vez la aspiración a estudiar Psicología en la vida de cada terapeuta? ¿Cuántos psicólogos se autodefinen así desde que eran muy chicos, en función de su rol familiar, de su capacidad para escuchar y contener? ¿Qué depositaciones sociales (no solo familiares) en este rol hacen eco en cada uno para tal elección? ¿Puede ser, por ejemplo, el ser intuitivos, equilibrados, serenos, saludables, involucrados, al mismo tiempo que con grados de sensibilidad y de desinterés económico?
Ya en los años setenta, y sobre todo en EE.UU., surgieron investigaciones que comenzaron a buscar elementos comunes a la elección de carrera independientes de su enfoque teórico, su etnia, género, religión, y medio cultural, así como otras pusieron el foco en los factores específicos de la elección, teniendo como hipótesis que la elección de tal carrera estaba muy vinculada al género, a estilos de personalidad y a experiencias familiares tempranas, así como a la cultura de cada época.
En la primera de las investigaciones mencionadas, realizada en las tres más grandes ciudades de EE.UU., Henry, Sims y Spray (cf. Farber et al., 2005) encontraron como datos comunes relevantes de la población estudiada el hecho de que una alta proporción de clínicos eran de origen judío, inmigrantes de Europa Oriental. Correlacionaron este hallazgo con el conocido valor que los judíos le dan a la comprensión intelectual, al intelecto y a la responsabilidad personal. También encontraron una alta proporción de terapeutas nacidos en el extranjero o con uno o ambos padres extranjeros, y donde el ejercicio profesional había sido una vía de ascenso social.
Sin duda que estos datos están muy correlacionados con la época, ya que muy probablemente los terapeutas de la muestra eran hijos de inmigrantes escapados de la guerra o de las persecuciones políticas y religiosas. De ahí que también se encontrara que los terapeutas habían hecho un proceso importante de diferenciación en materia religiosa y política de sus propios padres.
Henry y colaboradores sugirieron que otro elemento en común era la vivencia de exclusión o de marginalidad que había llevado a que las personas estudiadas fueran más orientadas a su mundo interno y a la necesidad de sanarse a sí mismos o a otros.
Más adelante, Roe y Lunneborg, en 1990 (cf. Farber et al., 2005) postularon una relación entre la elección de la carrera y las cualidades de las relaciones parentales tempranas. Así, dividieron en dos grupos a sus investigados: aquellos con orientación hacia las personas y aquellos sin orientación hacia las personas, y definieron tres tipos de cualidades de las relaciones parentales tempranas:
•Sobreprotectoras, demandantes.
•Amorosas, libres.
•Negligentes, rechazantes.
Si bien no estudiaron en particular a los terapeutas, afirmaron que las carreras de servicio, centradas en el cuidado y atención de otros, se relacionaban con experiencias amorosas y, a veces, de sobreprotección temprana.
Sin embargo son muchos los terapeutas que encuentran en sus propias carencias infantiles las motivaciones para la elección de la carrera:
Muchos de quienes elegimos ser terapeutas, lo hacemos con la expectativa esperanzada de que podremos experimentar y ser un agente predominante en relaciones de intimidad sin algunos de los riesgos de dolor y decepción que hemos experimentado… particularmente con nuestras propias familias. (Goldberg, 1986: 785)
También Alice Miller hipotetizó que los terapeutas crecen generalmente en familias disfuncionales en las que sus necesidades emocionales no han sido satisfechas. Esta idea es sostenida también por otros autores, en la que se considera que los terapeutas buscan llenar con esta profesión su propio vacío emocional:
Esta intención consciente unida con una necesidad algo menos consciente de ayudarnos y comprendernos a nosotros mismos, a través de los apuros y sufrimientos de otros, puede crear una tenaz gravitación hacia las profesiones de curación, en formas de las que podemos tener poca comprensión cuando ingresamos en el campo. (Goldberg, 1986: 785)
Maeder (cf. Farber et al., 2005) también sostuvo que las personas que eligen ser psicoterapeutas buscan muchas veces autovalidarse personalmente, ya que su concepto de validación positiva va ligado al de ayudar a los demás. Así, encuentran una ilusión de satisfacción de sus propias necesidades de intimidad, de prestigio, de admiración y agradecimiento, tanto como de ayudarse vicariamente a sí mismos a través de ayudar a los demás.
Sussman (cf. Farber et al., 2005) enfocó en su trabajo las motivaciones inconscientes de la elección de esta carrera a través de material proyectivo, encontrando diversas necesidades psicológicas tales como sentirse afirmados por otros, el sexo, la agresividad, la necesidad de conexión emocional con otros, necesidades de dependencia y necesidades narcisistas (como la de sentirse elevado a una posición idealizada, todopoderosa). El ambiente sostenedor, como lo define Winnicott (cf. Farber et al., 2005) para los pacientes, también pasa a serlo para los terapeutas a través de esa regularidad estructurada, contenedora e íntima del espacio terapéutico. Él consideró también que personas que hubieran atravesado experiencias de dolor emocional significativo estaban en mejores condiciones de empatizar con el sufrimiento de los demás.
Por otro lado, el interés voyerista, aspectos sádicos que se canalizan a través de hacer sentir a los pacientes débiles o discapacitados, y una autoimagen omnipotente de sanador altruista son ejemplos de aspectos inconscientes que se pueden manifestar en la práctica profesional y coexistir con los aspectos saludables, generosos y confiables de los terapeutas.
En la literatura clínica (como en la investigación de Orlinsky y Rønnestad (cf. 2005)) son muchos los trabajos que convergen en la dirección de que una gran mayoría de las personas que eligen ser terapeutas han tenido alto sufrimiento emocional en su infancia, que han crecido en medio de familias disfuncionales, donde se han sentido solos, heridos, descuidados y tristes, teniendo que ejercer roles parentales o mediar en conflictos conyugales, con ausencias parentales significativas, o con alguna enfermedad mental presente en la familia (alcoholismo, violencia, depresión).
Aunque la razón más frecuente y consciente para llegar a ser psicoterapeutas sea el deseo de ayudar a otros, la decisión es bastante más compleja y multideterminada. Los motivos múltiples y entrelazados son en parte inconscientes, impactados a veces por encuentros fortuitos y probablemente no son bien entendidos en el contexto de la carrera de uno. (Norcross y Farber, 2005: 939)
Se podría considerar que, a través del ser psicoterapeuta, las propias experiencias traumáticas, de dolor y de sanación pueden ser útiles para ayudar a otros con problemas similares, como lo demuestran los abordajes dirigidos a personas con adicciones en manos de ex adictos. La noción de “sanador herido” acerca la figura de los terapeutas a la de los chamanes, cuya capacidad de sanar está precisamente vinculada a la conciencia desarrollada en su sufrimiento personal.
Los hallazgos de la investigación mencionada sugieren que el sufrimiento temprano de los terapeutas se puede graficar en un continuo que va desde aquellos con experiencias verdaderamente traumáticas hasta los que, sin tenerlas, tuvieron infancias difíciles.
Sin embargo, no son los únicos factores que explican la elección de esta profesión.
Michael Hoyt (2005: 983-985), por ejemplo, cuestiona miradas que pueden resultar reduccionistas. Él considera que llegó a ser terapeuta porque “le parece fascinante y divertido”: siempre le pareció que los autos o la electricidad no le interesaban y sí el cómo y por qué la gente hace lo que hace. Para él la terapia “es una especie de práctica espiritual, relacionada esencialmente con el amor”:
Estoy interesado en ser un expansor, no un contractor. Mi meta es causar algunas consecuencias positivas en la vida de los clientes a través de ayudarlos a construir y a vivir mejores historias, unas que les den más de lo que ellos prefieran. (985)
En los relatos de otros terapeutas (cf. Mc Cullough, 2005), el sistema de valores familiar daba una importancia central al ayudar a quienes lo necesitan. Dentro de esa mirada estaba implícito el “hacer algo”, no simplemente observar o saber racionalmente hablando.Y el placer unido a hacer el bien y el poder sentirse fuerte y capaz son emociones positivas que la profesión le permitió desarrollar. En palabras de Ellis (2005: 948):
En realidad llegué a ser psicoterapeuta principalmente porque era muy ansioso en varios aspectos y deseaba resolver mis propios problemas. […] Y antes de usar los métodos con otras personas, los probé en mí mismo activa, directiva, filosófica y emocionalmente. ¡Funcionaron!Y han seguido funcionando con muchos de mis clientes, lectores y asistentes a talleres.A medida que pasan los años, continúo estos experimentos personales y con pautas que descubro en ellos para ayudar a otros. Pero principalmente me ayudo a mí mismo y trato de beneficiar a otros. ¡¡Ambas (y) no una u otra!!
La curiosidad intelectual, un interés temprano por las humanidades (muchas veces estimulado por las madres), la atracción curiosa por las conductas humanas, personas que fueron modelos muy importantes, el preguntarse a menudo “por qué” hace o pasa esto también se encuentran entre las motivaciones reconocidas por quienes son terapeutas: “La inclinación a lo psicológico tiene en su centro la disposición a reflexionar sobre el significado y motivación de la conducta, los pensamientos y sentimientos en uno mismo y en otros” (Farber et al., 2005: 1029).
Pienso que la mayoría de mis clientes dirán que soy práctico y personal, que hablo desde el corazón y al corazón. Estoy interesado en los pensamientos, los sentimientos y la conducta; intento prestar atención a lo intrapsíquico tanto como a los aspectos interpersonales. Algunas veces enseño habilidades, como comunicación y relajación; ocasionalmente soy confrontacional e incluso totalmente directivo. Nada funciona todo el tiempo. (Hoyt, 2005: 989)
El tener una profesión que, al menos idealmente, permite ser libre en los horarios, ajustarlos a las necesidades familiares y poder cambiar de orientación o de especialidad son otras motivaciones que están presentes, sobre todo para las mujeres (cf. Daskal, 1993).
Múltiples motivaciones (conscientes algunas, inconscientes otras) se entrecruzan con el momento del ciclo vital de cada terapeuta: lo que en cierto momento nos motiva, en otro nos desalienta o nos aburre.Y también la variable experiencia profesional y de vida hace que cada terapeuta vaya transitando distintos enfoques y prácticas y, con ello, también las motivaciones iniciales se vayan transformando. La paciencia, por ejemplo, es de las habilidades terapéuticas que más se modifican a lo largo de la vida y, por lo tanto, “el deseo de ayudar” inicial va a cambiar con la transformación de la paciencia.
Rara vez oigo a mis colegas quejarse de que sus vidas carecen de sentido. […] Gozamos no solo con el crecimiento de nuestros pacientes sino con su efecto de onda: la influencia saludable que tienen ellos sobre aquellos con quienes están en contacto. Hay un privilegio extraordinario en esto. […] Nos volvemos exploradores… mano a mano con los pacientes, saboreamos el placer de los grandes descubrimientos: la experiencia del “¡ajá!” cuando fragmentos mentales dispares de repente se juntan y cobran coherencia. En otros momentos somos las parteras que asistimos al nacimiento de algo nuevo, liberador y edificante. Es una alegría ver a los otros abrir las llaves de las propias fuentes de sabiduría. (Yalom, 2002: 272-274)
Para quienes elegimos el quehacer clínico (y no el laboral, educacional, forense, etc.), el complejo abanico de experiencias que ofrece el ser terapeuta puede ayudar a reparar culpas, vergüenzas, dolores, inseguridades, temores y pérdidas igual que a nuestros pacientes; pero desde nuestra función, nos permite también crear y co-crear salidas y soluciones, reír, conocer diferentes experiencias de vida, formas de pensar y de actuar, escuchar sueños, comprender razones de ciertos padecimientos,
adentrarse en los misterios de los seres humanos, desconcertarse, no entender, saber cómo empezar una relación de cercanía y cómo darla por finalizada, tratar con diferentes edades, distintas etapas de la vida, conocer los delirios y sus verdades, acercarse a distintos lenguajes, de a ratos hacer de taxista, a ratos de detective, a ratos de despertador, por momentos de bombero o de obstetra.
Como lo manifestamos quienes recorrimos muchos kilómetros de este camino (y como lo intuyen quienes hace poco ingresaron a él), ser terapeuta es una actividad fascinante, ardua, exigente, gratificante y frustrante al mismo tiempo; llena de desafíos y riesgos, pero que sin duda nos amplía nuestro propio mundo interno al obligarnos a ponernos en el lugar de quienes son muy distintos a nosotros, o vivieron experiencias que nosotros no vivimos, o hablan lenguajes que no entendemos, o se expresan con símbolos que no captamos, o sufren por razones que desconocemos.
Si, además, nos sanamos de heridas abiertas haciendo lo que hacemos, ¿qué más se le puede pedir a una profesión que uno eligió?
4.2 MANDATOS Y MANDAMIENTOS
Me interesa también señalar que no solamente elegimos una profesión sino también una manera de ejercerla.Y en ello, la propia biografía y nuestra estructura de personalidad influyen mucho.
Una encuesta aplicada entre alumnos y ex alumnos del Magister en Psicología Clínica6 que llamé “La mochila” resulta una herramienta muy aportadora en el contexto actual7. Los profesionales se ven estimulados a ubicarse muchos años atrás (a veces en su adolescencia) a rastrear las fantasías de aquel momento con la profesión, a explorar quiénes eran en ese momento, cuáles eran sus necesidades y sus conflictos personales, para finalmente poder comparar cuánto de todo aquello está o no en el hoy, qué expectativas se realizaron y cuáles no, qué cambió en ellos y en qué contexto se insertan. Recuperan de esta manera expectativas que se convirtieron a veces en una pesada mochila, y, continuando con la metáfora, explorar qué cómo ha cambiado desde la elección de la carrera hasta ese momento es una muy interesante manera de mirar el proceso que recorrieron hasta aquí. Algunas de las observaciones y reflexiones que he recopilado a lo largo de mi trabajo con estos alumnos siguen estas líneas:
•es flexible, va cambiando,
•se va adaptando a mi cuerpo,
•no me deja sentir libre,
•tiene divisiones útiles,
•me ayuda a ordenarme,
•la necesito para poner mis herramientas,
•es algo desordenado y en movimiento,
•de repente crece, de repente se achica,
•es algo que incomoda,
•siempre estuvo conmigo,
•es grande pero no pesa.
Cuando se observan las características comunes entre quienes elegimos esta carrera surgen datos relevantes vinculados a la mochila: hasta qué punto la elección de la carrera es funcional a nuestra neurosis personal es parte de un descubrimiento que muchos terapeutas hacemos o hicimos.
Pareciera que el peso mayor en la mochila reside en la cantidad de mandatos o mandamientos acerca del rol. Dichos mandatos se convierten en un superyó inhabilitante, cuestionador permanente de lo que los profesionales hacen, sintiéndose muy frecuentemente juzgados, sin saber muchas veces por qué. Deviene en un quehacer rígido, obediente a reglas y protocolos y es poco creativo.
Sin embargo, muchos de dichos deberes son implícitos, pocas veces desarrollados. La transmisión es indirecta, sutil y a veces simplemente hecha a través del moldeamiento de docentes y supervisores o del propio terapeuta. Pesan mucho y se naturalizan, es decir, no se debaten ni cuestionan, sino que se considera que “así se debe hacer”, o “así se debe ser”. Entre los mandatos explícitos e implícitos, a veces se produce una brecha contradictoria y confusa para quienes ejercen esta profesión.
Con la intención de explorar cuáles de dichos mensajes acerca del rol del psicoterapeuta circulan entre los estudiantes de Magister en Clínica en Chile, realizamos una pequeña encuesta/entrevista abierta, preguntándoles cuáles creían ellos que eran los mandamientos o mandatos principales que habían recibido en su formación, de una manera explícita o implícita. La participación fue voluntaria, entre alumnos, amigos y conocidos. Se recogieron 100 encuestas.8
Los resultados fueron luego organizados y codificados de la forma que se presenta a continuación. Si bien fueron agrupados y sintetizados por temas, la lista confeccionada refleja el tipo de mandatos que la mayoría de los terapeutas tiene:
Categorización de los mandamientos
1) Del encuadre (relación)
a) Límites
b) Distancia óptima
c) Económico
2)Del setting (del espacio)
a) Puntualidad
b) Espacio definido
c) Otros
3)Del terapeuta
a) Características (de la relación con pacientes)
i. Creatividad
ii. Empatía
iii. Tolerancia
iv. Habilidad social
v. Uso de lenguaje acorde al paciente
vi. Manejo emocional
b) Formación y herramientas
i. Manejo teórico
ii. Vivencia de su propia terapia
iii. Supervisión
iv. Formación continua
v. Autocrítica
vi. Colegas/redes
vii. Estilo terapéutico
viii.Planificar sesión
ix. Desarrollo personal
c) Límites
i. Autocuidado
ii. Entrega de información personal (privacidad)
iii. Derivación
d) Ética
i. Confidencialidad
ii. Respeto
iii. Honestidad
iv. Número de pacientes
v. Denuncias
En lo referente al encuadre, las respuestas mayoritariamente recalcaron:
•La necesidad de establecer y mantener límites claros en la relación paciente-terapeuta.
•El nunca recibir regalos de los pacientes.
•El no involucrarse emocionalmente y tener siempre presente la prohibición de tener relaciones afectivas/amorosas con ellos.
•El no mezclar lo personal con lo profesional.
•En las entrevistas de pareja, no comenzarlas hasta que lleguen ambos.
•El mantener siempre una distancia óptima al definir el setting terapéutico (horarios, tiempos, cobros, derechos y deberes).
•El no fiar sesiones.
•El no atender gratuitamente.
•El no delegar el cobro de la consulta a otra persona.
Fue notable la reiteración de los mandatos de “no involucramiento emocional o afectivo” en el trabajo con pacientes. Al no ser el objetivo de la encuesta, no preguntamos acerca de qué significaba para ellos “involucrarse” o cómo pensaban que se podía trabajar las emociones de otros sin tener en cuenta las propias.
También resultaron evidentes las diferentes formaciones y prácticas en sus afirmaciones: por ejemplo “el no atender gratuitamente” no fue un mandato compartido, pero aún aquellos que trabajaban en centros asistenciales ad honorem se sentían faltando a una norma. Lo mismo ocurría para quienes compartían consulta con otros colegas y tenían una secretaria en común que cobraba, en vez de cada uno solicitar por el pago de la consulta.
En general, los que recién comenzaban su camino como terapeutas no se planteaban la necesidad de tener una consulta neutral, ya que generalmente no tenían consulta propia.
Respecto del setting, las respuestas pusieron el foco en:
•La necesidad de ser puntual.
•El no hacer esperar a los pacientes.
•Nunca llegar tarde a una hora, y menos aún no llegar.
•El no interrumpir una sesión antes del horario previsto.
•El no atender pacientes a domicilio.
•El no hacer atención telefónica.
•El usar ropa adecuada, que no llame la atención.
•La necesidad de estar preparado para todo: como tener pañuelos, lápices o videocámaras en la consulta.
En este aspecto es donde más evidentes se hicieron algunos deberes seres que incluyeron hasta la ropa de los terapeutas: si tenían que ir más formales que sus pacientes, cuánto crédito les podían dar sus pacientes mayores si ellos se vestían con jeans y zapatillas, temores a usar barba o pelo largo en los varones o minifalda y escote en las terapeutas mujeres.
Respecto del tema de la asistencia domiciliaria o telefónica, sin duda las diferencias surgían entre aquellos que tenían una mirada psicodinámica, desde la cual la sesión debía ser en una consulta, presencial, a veces en el diván, con el menor número de interferencias externas posibles, y aquellos que ejercían en hospitales o centros de salud, acostumbrados a hacer sesiones en diferentes contextos y de diversas maneras.
En relación a los terapeutas, los mandatos abarcaron un amplio espectro:
•Tener el máximo de tolerancia hacia las creencias y valores del paciente.
•Rescatar sus recursos personales.
•No discriminar atención por género, raza, edad, nivel socio-económico y nivel cultural, entre otros factores.
•Ser humilde.
•Ser honesto: conocer las propias fortalezas y debilidades, no aparentar ser lo que uno no es.
•Ser empático.
•Evitar los juicios.
•Tener habilidades sociales.
•Ser neutral.
•Tener en cuenta el contexto.
•Ser asertivo.
•No ser muy maternal y sobreprotector.
•Tener siempre un plan B.
•No hablar como “robot” o como “de libro” de psicología.
•No mirar el reloj constantemente.
•Siempre recibir amablemente al paciente, con una sonrisa.
•Saber soltar a los pacientes, no intentar retenerlos.
•Escuchar, desculpabilizar, normalizar y reforzar positivamente al paciente.
•Asistir a terapia personal para trabajar sus propios conflictos.
•En los casos que lo requieran, trabajar con un equipo multidisciplinario.
•Siempre supervisarse y pedir ayuda.
•Tener una buena formación y continua actualización teórica.
•Considerar otras perspectivas (sea desde el trabajo interdisciplinario o en la solución específica de un problema).
•Leer publicaciones científicas para estar al día en los últimos avances.
•Tener un partner: algún colega con quién compartir las experiencias.
•No confrontar al paciente a menos que tenga un objetivo terapéutico.
•Intentar poco a poco dejar de lado todos los mandatos.
•Ser lúdico, disfrutar de lo que se hace.
•Seguir estructuradamente cada paso de una terapia.
•Anotar inmediatamente en la ficha lo que pasó en la sesión o mantener un cuaderno con un resumen de cada sesión.
•Tratar de no quedarse pegado a una sesión.
•Establecer siempre objetivos a trabajar en conjunto con el paciente o con los padres, sin desviarse en el camino.
•Planificar las sesiones.
•Crecer como persona global.
•Tener autocrítica constante para poder mejorar.
•No hablar de la propia vida personal con los pacientes.
•No alargar la terapia más allá de lo necesario.
•Evitar dar de alta a un paciente por adelantado.
•No generar con los pacientes una cercanía que pueda malinterpretarse.
•No atender a amigos ni parientes ni amigos de amigos.
•No atender a familiares de pacientes.
•No continuar un proceso estancado.
•No tomar un caso para el cual uno no se siente capacitado.
•No dar la dirección propia.
•No dar información sobre la familia propia.
•Solo revelar información que sea de utilidad para el paciente.
•La consulta en sí misma también debe ser neutral, que no revele aspectos de la vida personal del terapeuta.
•Jamás dar el celular, y si se lo hace, no contestarlo a horas inadecuadas, a menos que se trate de pacientes limítrofes con intentos de suicidio.
•Saber reconocer límites y derivar cuando la situación exceda los recursos.
•Nunca romper la confidencialidad salvo en los casos en que haya riesgo serio, como intentos suicidas.
•No hablar de pacientes fuera de un contexto clínico (supervisiones).
•No quebrar el secreto profesional.
•No tomar decisiones por tus pacientes; no decirle qué “debe” hacer.
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