Kitabı oku: «Instrucciones para hacer de la ciencia un drama (¡o una comedia!)»



Instrucciones para hacer de la ciencia un drama (¡o una comedia!)
se terminó de editar en octubre de 2021 en en las oficinas de la Editorial Universidad de Guadalajara, José Bonifacio Andrada 2679, Lomas de Guevara, 44657. Guadalajara, Jalisco
Índice
Presentación
Claudia Aguirre y Juan Nepote
PRÓLOGO
La señora pintada: público, ciencia y humor
Eduardo Sáenz de Cabezón
La commedia è finita… pero la ciencia sigue. Diálogos entre escenarios, laboratorios y aulas
Diego Golombek
Todos los caminos conducen a... las ciencias
Belén Pasqualini
PÁRODO
El papel que juegan las colaboraciones entre arte y ciencia en la reflexión
Hannah Berg, Mireia Bes, Martha Crean, Ellie Cripps, Ellie Hart y Viv Kuh
Teatro-ciencia: una cuestión de valentía
David Ocampo, Hernán Darío Oquendo, Juan Camilo Ramírez
y Juan Guillermo Muriel
AGÓN
Un monumental fracaso teatral
Édouard Launet
Primeros pasos en el escenario científico
Paul Boniface
Cómo conceptualizar las audiencias del teatro científico
Emma Weitkamp
PARÁBASIS
B. B. y G. G., la ciencia en escena
Jean Marc Lévy-Leblond
Nada de lo humano ajeno
Gustavo Bendersky
Los dolores y las delicias de investigar el teatro en un museo de ciencias
Carla Almeida
ESCENAS CORTAS
El uso del drama y la comedia en la divulgación científica
David Price
¡Eferveciencias! Experiencias de cultura científica en el mundo
Richard-Emmanuel Eastes
El kamishibaï se une a la ciencia: ¿por qué creemos que es una aventura exitosa?
Yuiko Tsuno y Letizia Diamante
ÉXODO
¡Pero es que nada te parece! Confesiones de una trituradora de obras teatrales con tema científico
Ana María Sánchez Mora
De tangos, buses, artes y ciencias
Claudia Aguirre
El teatro-ciencia debe ser teatral y científico
Sergio de Régules
Autores
Presentación
Claudia Aguirre y Juan Nepote
Para construir este libro invitamos a una serie de amigos especialistas en algún elemento de las artes escénicas (teatro, improvisación, monólogos, danza, etc.) y que son, a su vez, actores, directores, escritores, bailarines, monologuistas y autores, para que entre todos escribiéramos una serie de Instrucciones para hacer de la ciencia un drama (¡o una comedia!). Hoy podemos decirlo: tenemos amigos muy cándidos (aceptaron esta invitación sin hacerse muchas preguntas), muy creativos (sobrepasaron nuestras expectativas) y muy pacientes (ha pasado tanto tiempo desde que los contactamos la primera vez que de seguro muchos de ellos ya ni se acuerdan de lo que escribieron). Desde el principio, nuestra intención era romper de manera más o menos radical con las condiciones de una publicación académica. No queríamos ninguna de las características que hacen un artículo “publicable” para una revista indexada, más bien lo contrario. Nuestras orientaciones fueron muy vagas: les pedimos evitar las citas académicas (y todo lo apa que viene con ello), los invitamos a escribir una historia inédita, que no hubieran podido contar en ningún otro medio, y les pedimos que no se censuraran; incluso los alentamos a escribir sobre experiencias “fracasadas”. En realidad, los dejamos bastante libres (o perdidos, cada cual puede interpretarlo a su manera). Lo más concreto que propusimos fue un número máximo de palabras, que para ser sinceros muy pocos respetaron (y a nosotros no nos importó mucho). Sólo en una indicación fuimos bastante insistentes: les rogamos que disfrutaran lo más que pudieran escribiendo su propio texto. Les recordamos lo que decía García Márquez al respecto: si uno no saca placer de la escritura, difícilmente el público lo podrá sacar de su lectura.
No teníamos muy clara la estructura final del libro. Decidimos que las propuestas que nos fueran llegando encontraran su propio lugar. Y así fue como 17 textos se juntaron, conversaron entre ellos y con nosotros, nos maravillaron y nos permitieron proponerles un lugar en esta obra colectiva que hoy tenemos el gusto de presentarles.
Como ustedes mismos verán, es muy difícil categorizar cada texto en uno de los géneros que propusimos para el título (¿un drama?, ¿una comedia?), porque, como en la vida misma, las dos corrientes se encuentran y se complementan en cada una de las historias que ustedes tendrán la dicha de leer. Cada capítulo contiene una pequeña semblanza escrita por nosotros a manera de presentación de amigo a amigo; sin embargo, al final del libro encontrarán una información más “oficial” de cada uno de los autores, acompañados por una foto que les permita ponerle cara a cada uno de esos textos.
Sabemos que esta es apenas una voz dentro de una conversación fundamental que tantos académicos, investigadores y gente del oficio vienen proponiendo hace rato: ¿cuál es la “mejor” manera en la que las artes escénicas (en realidad, todas las artes) y las ciencias pueden ponerse en relación para construir juntos una nueva forma de conocimiento que las enriquezca a las dos? ¿Cómo evitar la instrumentalización de uno de los campos del conocimiento por el otro? ¿De qué hablamos cuando hablamos de teatro-ciencia (u otra arte escénica)? ¿Con o sin guion?
No vamos a engañarlos: en este libro no encontrarán “la respuesta correcta”, pero sí muchas respuestas, sobre todo muchas exploraciones interesantes. Nuestros autores generosamente compartieron (con nosotros, pero especialmente con ustedes) sus experiencias para que cada uno las interprete, las transforme y las utilice a su manera. Nosotros, un poco jugando, proponemos un orden de lectura interpretado bajo el prisma del teatro griego: como las partes que componen una comedia clásica. Pero en realidad sería más juicioso plantear una lectura tipo Rayuela: saltos de atrás a adelante y viceversa, en función de una estructura propuesta por cada lector.
Decidimos nombrar los capítulos como las partes de una comedia1 —y no como una tragedia— de manera absolutamente arbitraria, porque todos los finales son felices; no vean en ello nada formal, aunque de alguna manera hayamos querido provocar la metáfora.
Algunos de nuestros autores no son hispanoparlantes (menos todavía hispanoescribientes), así que en este libro encontrarán las traducciones al español de textos originalmente escritos en portugués, inglés o francés.
¡Esperamos que gocen este libro al menos tanto como nosotros!
1 Se trata de “Prólogo”, que es con lo que abre la comedia y donde se explica la situación de partida; “Párodo”, la escena en donde entra el coro; “Agón”, el enfrentamiento entre una fuerza y otra para tener el primer desenlace; “Parábasis”, el momento de la obra en que los personajes se van y el coro avanza a contarle al público el punto de vista del autor a través de ellos; “Escenas cortas”, relacionadas con lo que se dice en la primera parte de la obra; y “Éxodo”, el término de la obra en la cual la historia termina con un final alegre y feliz, por lo general con cantos y danzas.
PRÓLOGO
La señora pintada: público, ciencia y humor
Eduardo Sáenz de Cabezón2
Ocurrió en Salas de los Infantes, un pueblo de menos de dos mil habitantes en las montañas de Burgos, pero pudo haber sido en cualquier otro lugar. Acababa de comenzar nuestro3 espectáculo de humor científico en el escenario del antiguo cine de la localidad. Unas cuatrocientas personas, de entre 6 y 90 años de edad y con poca, mucha o ninguna formación científica, se sentaban en las butacas de la sala en una gélida tarde bajo cero en la calle. Todo el mundo estaba expectante a ver qué era “aquello de los monólogos científicos” que venía al pueblo; un verdadero acontecimiento.
Mi monólogo inicial acababa de terminar, una especie de presentación del grupo sembrada de chistes y referencias de varios tipos que tiene la intención de captar la benevolencia del público, calibrar cuál es el estilo de humor que les hace gracia, qué referencias manejan, crear una especie de complicidad que va calentando el ambiente con unas amables risas iniciales, antes de dar paso a la sucesión de monologuistas que conforman el espectáculo. El primer monologuista ya estaba sobre el escenario y yo estaba detrás del telón, entre bambalinas, con el resto. Ana, una compañera, me preguntó entonces en voz baja “¿qué tal están hoy?”, y yo respondí “bien, hay mucha gente, se les ve atentos y con ganas de reírse, pero cuidado que en la primera fila hay una señora que yo creo que está pintada, chica, no se mueve, ni una sonrisa la tía, que no se te vaya la mirada hacia ella que te hundes”. Ana abrió entonces los ojos como platos y con cara de susto se puso una mano en la boca y estiró el dedo índice de la otra indicándome que ¡yo llevaba todavía puesto el micrófono!
Lo había estropeado todo, a la mierda la benevolencia del público, el efecto de las risas iniciales, el ambiente jocoso, la complicidad y la calibración del humor del público, el código compartido y todas esas vainas de manual de oratoria… Acababa de tirar por la borda el espectáculo ridiculizando a una señora mayor de la primera fila en frente de todo el pueblo. La sangre se me bajó a los pies y si existen los espíritus que nos asisten, en ese momento estaban todos en fuga junto con mi pulso y el color de mis mejillas. ¡Qué horror! ¡Qué error! Mis manos y pies estaban bajo cero.
Por suerte el micrófono estaba apagado, nadie me había escuchado (salvo Ana) y el espectáculo estaba a salvo. Por cierto, fue una noche estupenda y todo el mundo salió encantado. Pero a mí no se me olvida que durante diez o quince segundos yo había sido el causante de un desastre, de un desaire, de un fracaso y de una ofensa. Y sigo sin olvidarlo, lo recuerdo muchas veces y de la reflexión sobre esos quince segundos he aprendido más que de horas de espectáculos sin sobresaltos.
En esta pequeña historia, rigurosamente cierta, hay varios elementos que nos permiten pensar sobre nuestra relación con el público en un espectáculo de ciencia y humor. Permítanme que diseccione algunos de los elementos de la historia y, como el tiempo y el espacio son cortos, les dejo algunos para que se animen a continuar la disección por su propia cuenta (y riesgo).
Las cuatrocientas personas
¿Quién es el público de un espectáculo de ciencia y humor? Seguramente la pregunta más importante y difícil de quien se aventura a comunicar ciencia sea la pregunta por el público. Se han escrito ríos de tinta sobre el tema y cada uno de ellos merece la pena, aunque no se acabe nunca de resolver el asunto. Preguntarse por el público es lo primero; es el que marca el por qué y el para qué, y sobre todo marca el tono, el nivel, la profundidad y la selección del contenido. Uno nunca se hace idea de quién es el público, pero ¿saben qué? En un espectáculo en vivo, el público está ahí. Es concreto, tangible, es poco o mucho, se le ve. Tiene caras concretas, posturas concretas, una disposición en particular, ojos que le miran a uno, gestos que ocurren en frente de uno. Además, en un espectáculo de monólogos el público interactúa permanentemente con uno, y eso es preciso saberlo de antemano porque habrá que reaccionar a lo esperable y a lo inesperado. Es un continuo caminar en la cuerda floja, y eso es lo más maravilloso de este tipo de espectáculos.
La señora pintada
Siempre hay alguien así. O siempre debería haberlo (aunque ojalá no). Alguien que no conecta en absoluto, por la razón que sea; puede ser cansancio, que le hayan llevado por obligación, que tiene asuntos graves en la cabeza, que no tiene absolutamente nada en la cabeza, que venga con cierta prevención contra la ciencia o que necesite ser convencido de que eso no es un muermo para estudiositos. El caso es que es inmune a nuestros chistes más exitosos, a los giros que siempre funcionan, a los momentos de sorpresa o a las enseñanzas magistrales que llevamos puliendo durante cientos de representaciones. Y eso está muy bien por dos razones: humildad y respeto. La seguridad en el propio trabajo es clave, pero la infalibilidad es para el papa y no siempre. Ser consciente de eso es la clave para no acomodarse en lo que sabemos que funciona, ese es un tipo muy útil de humildad; y respeto, por cada persona que tenemos enfrente, por sus ritmos, por su motivación, porque puede que no sea su tarde y es mejor no forzar. Siempre es mejor no forzar. Quien ha actuado frente a niños sabe que puede ser un desastre forzar el entusiasmo por algo que quizá en otro momento cualquiera les entusiasmaría, pero hoy no, por la razón que sea. El público es el lado de la incógnita en el triángulo artista-texto-público. No forzar al público es quizá la mejor manera de respetarlo que tiene quien se sube a un escenario.
El monólogo inicial
Uno tiene apenas unos minutos para saber quién está ahí. Puede haber preguntado antes, claro, ¿cómo es la gente aquí? Algunas referencias locales siempre se agradecen en los espectáculos de humor, cosas a tener en cuenta, si hay alguna circunstancia especial seguro que alguien te la indica… El lugar te dice algo, por ejemplo, en cuanto a la relación con la ciencia que pueden tener los asistentes: si es una clase, un museo científico, un teatro en el que se paga entrada o un bar. Pero llegado el momento hay que saber cómo respiran esas quince, cincuenta, cuatrocientas o diez mil narices que tienes enfrente. Y cuanto mejor idea te hagas de su variedad y de las notas comunes, más podrás crear esa complicidad, que es el único caldo de cultivo del humor. Eso hay que prepararlo bien, seleccionar lo que va a ocurrir en los momentos iniciales, cuando uno tiene aún cierto control sobre lo que está pasando. Ese momento es breve y es preciso aprovecharlo. Y aquí lo mejor es intentar una variedad de estímulos y tener la capacidad de evaluación para saber cuáles llegan y cuáles no. A partir de ahí, generar los acentos es muchas veces cuestión de experiencia y de dejar que el momento los desarrolle.
La pregunta de Ana
Me encanta mirar al público mientras entra en la sala.4 Es el momento en el que todavía pueden identificarse las individualidades que permanecerán ocultas cuando ese conjunto de personas se convierta en un solo ser: “el público”. ¿Entran alegres? ¿Hay una pareja discutiendo? ¿La sala es nueva para ellos? ¿Están cansados? ¿Hay un grupito entusiasta que corre hacia las primeras filas libres? ¿Llevan camisetas de Einstein o de Star Wars? Todo es relevante y esta es la única oportunidad de apreciarlo. Después todo será invisible aunque permanezca ahí, dispuesto a facilitarnos o dificultarnos la comunicación si no tenemos cuidado. ¿Cómo están hoy? Saberlo es tan importante como saber cómo estoy yo hoy. La clave en un espectáculo en vivo, en particular en un espectáculo de humor, es la inmediatez, es un ecosistema que se alimenta en dos tiempos: dar y recibir. Para dar hemos de saber en qué circunstancias será recibido. Para recibir hemos de ser conscientes de desde dónde se nos da.
El código compartido
El humor es esencialmente un código compartido. Si no entendemos el chiste, no nos hace gracia, y siempre que no entendemos el chiste es porque no compartimos el código, no porque el chiste no sea bueno. La ciencia también es un código compartido. Nuestros espectáculos tratan de que ese código compartido sea más amplio y sea compartido por más gente, por eso es tan importante —¡y tan difícil! — evaluar el punto de partida de un público al que normalmente no conocemos de nada. El humor viene entonces en nuestra ayuda. La otra característica fundamental del humor es que es agente de resolución de conflictos, y en todo espectáculo de comunicación científica para “público general” hay conflicto. Siempre. Hay confrontación porque está el peligro de intimidar, de hacer sentir ignorante, de aburrir, de ser demasiado superficial o repetido. Venga el humor en nuestra ayuda; allá donde notemos conflicto (y eso lo podemos prever hasta cierto punto) vengan chistes suaves, amables, de esos que quitan hierro al asunto; venga la ironía que me hace soportar mejor una explicación que ya conozco, un término que no tengo ni idea qué demonios será… En fin, venga el humor que me hace formar parte de lo que ahí está sucediendo.
El micrófono (menos mal que no estaba) abierto
Todo puede pasar en cualquier momento, cualquier cosa: un micrófono abierto, una laguna de memoria, un error, un insulto de algún elemento exaltado del público, un error que alguien me hace notar, las luces que se apagan, el micrófono que ya no va… Sólo enumero cosas que me han pasado en espectáculos. La clave es mantener la dignidad,5 the show must go on, pero el show no soy yo ni mi persona. El show somos todos, soy yo, son el público y el contenido. Uno ha venido aquí a divertirse y a aprender, y así como el humor no ha de llevarse por delante al contenido ni la ciencia a la diversión, un error o un desastre no puede llevarme por delante a mí ni a mi público.
Aquella tarde en Salas de los Infantes salí con tres kilos menos y varios años más. Fueron sólo quince segundos. Cuando volví a salir al escenario a hacer mi monólogo lancé una mirada a la señora pintada. Seguía ahí, igual de pintada y en primera fila, no se movió en todo el espectáculo. Esa mujer me enseñó, sin saberlo, más que los aplausos de los otros trescientos noventa y nueve asistentes al espectáculo. Y desde luego nos regaló unas risas inesperadas en la cena que siguió, contando la anécdota de esos quince segundos de sudor frío.
2 Cuentero, matemático, teólogo, youtuber y estrella de la televisión española. Lo descubrimos inicialmente por su monólogo “Los teoremas son para siempre”, con el que ganó el FameLab de España en 2011 y donde conoció a otros científicos monologuistas con los que conformó Big Van Ciencia. Además de todo esto, es un amoroso esposo, padre de tres hijos, escritor y profesor universitario; hoy en día nos seguimos preguntando cómo lo hace (y subrepticiamente buscamos anuncios en internet para saber si está contratando dobles o escritores fantasma). Ha ganado muchísimas carreras de atletismo y, por buenas fuentes, sabemos que en ciertos círculos lo denominan “el keniano blanco”. Y además de guapo (opinión unánime de los autores), es un fiestero inveterado.
3 “Nuestro” significa “de Big Van”, el grupo de monologuistas científicos con quien llevo unos cuantos años haciendo espectáculos que mezclan ciencia y humor.
4 Sobre este tema les recomiendo Los trucos del actor de Yoshi Oida (editorial Alba, 2010). Que no se quede este artículo sin referencias bibliográficas, por favor.
5 “¡Dignidad!” es el grito de guerra de Héctor Urién, uno de los cuenteros y formadores de cuenteros de referencia, que ha concentrado sus estrategias en el precioso libro El arte de contar bien una historia (editorial Alienta, 2020).
La commedia è finita… pero la ciencia sigue. Diálogos entre escenarios, laboratorios y aulas
Diego Golombek6
De la unión de la pólvora y el libro
puede brotar la rosa más pura.
Raúl González Tuñón, La luna con gatillo
Adorable puente
se ha formado entre los dos.
Gustavo Cerati, Puente
De casamenteros, tablas y laboratorios
¿Pero es que de verdad pueden juntarse al teatro y a la ciencia en un mismo cuarto, cerrar la puerta con candado, tirar la llave al río más cercano y regresar al cabo de unos meses para encontrar la rosa más pura? ¿Se trata de una criatura compuesta por brazos, cabeza, sexo y órganos de procedencia diversa que, gracias a la fuerza del rayo, cobra una vida bífida, bicéfala, bígama? ¿O es sólo una ilusión forzada, una pizarra llena de ecuaciones ininteligibles, un interregno soso y abstracto en el que ya no podemos reconocer a una u otra parte?
Veamos: de un lado está la ciencia, el superpoder de conocer a la naturaleza e incidir sobre ella; del otro está el teatro, las declamaciones que simulan la vida para, quizá, comprenderla mejor; y en el medio estamos nosotros, los casamenteros, celestinos que buscamos lo mejor de ambos mundos, el denominador común que nos sacuda la existencia y nos cambie las percepciones y las miradas.
A primera vista, sí, funciona. Al menos allí están las decenas de piezas teatrales que toman a la ciencia (o a su mano de obra esclava, los científicos) como protagonista, con mayor o menor grado de éxito —posiblemente bastante menor que el alcanzado en la literatura o en el cine. Más allá de imponer ejemplos en la Grecia clásica, en el eterno bardo del Globe o en el mefistofélico Doctor Fausto, lo cierto es que el esplendor de este matrimonio debió esperar hasta el siglo veinte. Curiosa época, si consideramos el clásico paradigma de “las dos culturas”, que terminan de separarse justamente en esa centuria. Es razonable pensar que alguien medianamente educado en el siglo dieciocho o el diecinueve estaría más o menos al tanto de las novedades científicas que ocurrían en su mundo (pensemos en un Lavoisier o un Darwin, cuyos descubrimientos sacudieron a la sociedad que los rodeaba). Sin embargo, el cambio de era trajo consigo a la física moderna, más adelante a la biología molecular y, ya entrado el siglo, la inteligencia artificial y sus profecías: todos son ejemplos que dejan a la mayoría de los mortales afuera. ¿Será que el teatro es un intento por reconciliarnos, por sentirnos parte de lo que está sucediendo en laboratorios, cuadernos y pizarrones? Es cierto: algo sucede y nos estremece cuando nos enfrentamos como espectadores a esa pequeña vida de los escenarios, que nos acerca a sus historias, a sus personajes, a sus ideas. Y quizá sea que ese teatro nos permite sentirnos parte de la otra cultura. Pero vayamos por partes y relaciones, como en todo matrimonio.
El teatro de la ciencia
Sin repetir y sin soplar: nombremos autores y piezas que representen esta emulsión científico-teatral. No es difícil, y enseguida aparecen La vida de Galileo de Brecht, Los físicos de Dürrenmat u Oxígeno de Djerassi y Hoffmann. En algunos casos, hacia mediados de siglo, estos textos (y otros, como los de Oppenheimer) pueden haber ayudado a deglutir los horrores de la guerra recién pasada: qué hacemos con la ciencia y, sobre todo, con sus posibles consecuencias tecnológicas. Décadas más tarde, el archifamoso Copenhague de Michael Frayn patea el tablero, aunque vuelve sobre el mismo tema. Es fascinante cómo un texto cerrado, con detalles técnicos, nos interpela desde nuestra mismísima humanidad. De algo de este tecnicismo se burla Carl Djerassi cuando se pregunta qué diría un editor o un productor teatral si se encontrara por azar con este fragmento de texto:
Heisenberg: Max Born y Pascual Jordan en Göttingen.
Bohr: Sí, pero Schrödinger en Zürich, Fermi en Roma.
Heisenberg: Chadwick y Dirac en Inglaterra.
Bohr: Joliot y de Broglie en París.
Heisenberg: Gamow y Landau en Rusia.
Bohr: ¿Recordás cuando Goudsmit y Uhlenbeck postularon el espín?
Heisenberg: Tenemos esta última variable en el estado cuántico del átomo de la cual nadie puede hacer sentido. El último obstáculo.
Bohr: Pauli y Stern me están esperando en la estación para saber qué pienso sobre el espín.
Heisenberg: Y luego el tren llega hasta Leiden.
Bohr: Y me encuentro en la barrera con Einstein y Ehrenfest.7
Parece, sin ir más lejos, la declamación de la selección de fútbol europea del mundial de Suiza en 1954. Y, sin embargo, funciona: nos emocionamos con esos nombres extraños y desconocidos, los humanizamos por el solo hecho de espiar una conversación entre pares… entre aquellos que, de pronto, reconocemos como humanos. Quizá sea esa la fuerza de esta pareja: transmitir las emociones y razones que nos suelen estar vedadas, compartir no sólo la lógica del descubrimiento, sino sus entretelones, tragedias y razones. Y, en el camino, derribar las paredes ficticias de los laboratorios, sucumbir a la fascinación de saber qué está pasando allí adentro, integrarnos, aunque solamente sea desde las butacas de una sala que estará convenientemente a oscuras durante un par de horas.
Existe, asimismo, una taxonomía de teatro científico.8 Por un lado, las piezas que narran acontecimientos, presentan personajes o descubrimientos de la ciencia, con una cierta dosis de fantasía y la necesaria reducción para que sea trasladable al escenario. En general provienen del mundo de la dramaturgia en sí, y valen como ejemplos los que ya mencionamos, pero también La prueba de David Auburn o Arcadia de Tom Stoppard, entre muchas otras. Contar historias de la ciencia o, en realidad, contar historias que tienen algo de científico en su origen o su devenir.
Otra categoría es la que Djerassi ha denominado “ciencia en teatro” (parafraseando a su propia definición de “ciencia en ficción”),9 en la que el objetivo es contar la ciencia: ser la famosa mosca en la pared del laboratorio que observa cómo se desarrolla una investigación, cómo se relacionan los científicos (y no todo son rosas), cómo contar las ideas y naturalezas de la ciencia a través del viejo arte de la actuación. Aquí están las propias piezas de Djerassi, alguna Autodestrucción de Elizabeth Burns o el curioso experimento de La entrevista de Gustavo Schwartz y Lucia Etxenique, en el que se da la vuelta completa a la autorreferencia: un investigador regresa con su mentor, pero ya devenido en divulgador científico. Las vueltas de la vida: la ciencia que se mira a sí misma y se representa en las tablas teatrales.
Según Shepherd-Barr, habría una tercera vía en este matrimonio: aquellas asociaciones entre científicos y directores teatrales en busca de nuevas maneras de comunicar el arte, basados en novedades tecnológicas o enfoques experimentales. En todos los casos, el dúo C-T viene a llenar un vacío que advirtió el mismísimo C. P. Snow en su archicitado (y poco leído) Las dos culturas:
Resulta bizarro cuán poco de la ciencia del siglo 20 ha sido asimilado en el arte del siglo 20. Es común encontrar poetas utilizando expresiones científicas, de manera errónea […]. Por supuesto, esa no es la forma en que la ciencia puede ser útil al arte. Debe ser asimilada y ser parte de nuestra experiencia mental completa, y utilizada de manera natural.
¿Será el teatro quien ayude a trazar ese adorable puente entre las dos culturas? ¿Qué es lo que sucede en nuestros corazones-cerebros cuando nos deleitamos con esas historias que viven frente a nosotros en un escenario?
La ciencia del teatro
Como todo arte, el teatro requiere de un conocimiento profundo de lo humano, del funcionamiento y los límites del cuerpo, de las percepciones que se generan en el espectador. Así, bien cabe considerar al teatro como una de las bellas ciencias.
Un ejemplo clásico de esta mirada es de la antropología teatral, con el gran Eugenio Barba (creador del Odin Teatret en Dinamarca) como principal mentor, convencido de la naturaleza investigativa del teatro moderno. Dice Barba, por ejemplo:
Sería una actitud autodestructiva desconocer la importancia del pensamiento científico en el oficio teatral. El pensamiento científico —sus principios, sus alcances, sus hipótesis, sus experimentos y leyes— provee algo esencial a la práctica artística: el equivalente de una mitología.10
Esta mirada se basa sobre todo en la necesidad del entrenamiento teatral, de buscar en la ciencia humana (la antropología) la excusa para todo lo que luego se exprese en un espectáculo. Aun cuando quizá se extrapole algo de jerga de las ciencias exactas (¿exactas?) y naturales (¿naturales? ¿Las ciencias?) más allá del límite aconsejado, el resultado es válido: funciona en el escenario.
Sin embargo, si con algo juega el teatro es con nosotros… En otras palabras, con nuestro cerebro. Así, hay numerosos aspectos en los que la neurociencia se pone en juego al analizar esta relación pecaminosa. El teatro es, por excelencia, un transmisor de emociones: debemos fingir de manera que convenzamos al espectador que eso pasa de verdad, que conmueve, que realmente mueren y se enamoran y sufren y cantan los personajes. En términos más recientes, debemos activar su empatía a través de la estimulación de las neuronas espejo: hacer que sienta lo que le está sucediendo a otros —aun cuando, en el fondo, sabe que ni siquiera le está sucediendo de verdad. Tremendo desafío que, pese a todo, resulta en la mayoría de los casos.
Y también podemos ir más atrás, hacia esa famosa memoria emotiva que el actor busca en su pasado para relacionarse con tal o cual escena: ¿no es esa una forma de estimular su sistema límbico, aquel responsable de emocionarse en la vida real? Ni qué hablar de la creatividad que se pone en juego en la creación teatral, en la asociación libre que propone la improvisación, en las posibles mediciones al sistema nervioso autónomo del espectador (su frecuencia cardíaca, su sudoración, etc.) que denoten la corriente generada entre uno y otro bando de este experimento.11
La tercera en discordia: la escuela
Por si fuera poco, entra en escena un tercer factor en el que también puede emplazarse este puente entre dos mundos: la escuela. Es allí donde también pueden ofrecerse miradas sobre los aspectos sociales de la ciencia: las infancias, influencias, vericuetos y pleitos de los descubrimientos. Sólo así podremos formar sujetos racionales que puedan salir al mundo a comprenderlo, a pelearle cara a cara a los vendedores de promesas. Así aparecen actividades destinadas a fomentar un juicio crítico, el uso de argumentaciones o la teoría de la mente que nos permite meternos dentro de la cabeza de científicos y científicas que por primera vez pensaron algo diferente en su propio tiempo. En la clase de ciencias deben presentarse dilemas, problemáticas que admitan más de una mirada; no olvidemos que los datos son los datos, pero quienes los miran, analizan e interpretan son humanos con sus intereses, ganas y limitaciones a cuestas.12 Así, podemos proponer estrategias de debate, de juicios, de juegos de rol y, claro, de representaciones teatrales que logren una nueva dimensión del hecho científico. Esto no es nuevo, y hay diversas experiencias que dan cuenta de las posibilidades del teatro científico en el aula.13
Para ello no es necesario contar con un sofisticado dispositivo escénico, ni vestuarios ni efectos especiales. Basta la actitud lúdica de profesores y su contagio al estudiantado, eligiendo párrafos adecuados, desafíos, lecturas desde el banco o desde el frente, acompañando vergüenzas y desinhibiciones excesivas. Quiero ofrecer aquí un breve ejemplo que ha resultado enormemente útil para entender el concepto histórico de “electricidad animal”, necesario para comprender la fisiología de los sistemas nervioso y muscular. Repartan los papeles, pasen y vean.
Un juicio eléctrico
Bando: Por la presente, se invita a todos los ciudadanos de Bologna a asistir al juicio al carnicero local, signore Giuseppe Milaneso, acusado de hechos reñidos con la moral y las buenas costumbres, brujería y pactos con Satanás. La acusación es formulada por la liga de amas de casa “La Bolognesa”, comandada por la signora Petrona C. de Galvani.
Il signore juez: ¡Silencio, que comienza la sesión! Comparece ante este tribunal el carnicero Giuseppe Milaneso, acusado de brujería y todas esas cosas.
El carnicero: ¡Yo no fui, signore juez! ¡Yo no hice nada! Si usted mismo me compra carne todas las semanas.
Voces del pueblo: ¡A la hoguera! ¡Que lo quemen!
Il signore juez: Tiene la palabra la signora de Galvani.
La signora de Galvani: Mire, signore juez, yo creo que esto es un clásico caso de satanismo sin escrúpulos. Yo acuso a este hombre (señala al carnicero) de hechicería, yo misma lo vi cuando devolvía la vida a animales muertos, y quién sabe cuántas cosas más habrá hecho en su negocio.
Voces del pueblo: ¡Y yo que le compraba carne para el puchero!
Más voces del pueblo: ¡A la parrilla! ¡A las brasas!
El carnicero: Yo no sé de qué hablan, pero les juro que yo no tuve nada que ver.
Il signore juez: ¡Silencio! Continúe, signora.
La signora de Galvani: Bueno, resulta que yo estaba comprando el osobuco que le gusta a mi marido, como todos los viernes, porque a mi me sale tan bien, vio, lo hago mechado con perejil picadito, y a veces le pongo unas ciruelitas y...
Voces del pueblo: ¡O-so-bu-co! ¡O-so-bu-co! ¡Que traiga, que traiga!
Il signore juez: Por favor, signora, continúe con la acusación...
La signora de Galvani: Como le iba diciendo, fui a la carnicería el viernes pasado, pero resultó que este hijo de Satán (señala al carnicero, que está por decir que él no tiene nada que ver, pero es callado por los guardias) había vendido todo, y le quedaban solamente unas ranitas colgadas. Las ranas también me salen muy bien, vio, porque las hago a la provenzal, con ajo, perejil y pimienta negra, después se doran a fuego lento, de los dos lados...
Il signore juez: ¡Signora, acuse de una vez!
La signora de Galvani: Ya va, ya va, no me apure que me acuerdo y me dan escalofríos. El hecho es que como no había carne, le pedí que me diera una media docena de ranas para la cena. ¡Y el monstruo aquél agarró un palo, para bajarme a los animales que estaban colgados de unos ganchos, y en cuanto los tocó, se empezaron a mover como poseídos! ¡Movían las patas para todos lados, las pobres ranitas!
Voces del pueblo: ¡Que le busquen pezuñas y cola! ¡Que se fijen si tiene olor a azufre!
Más voces del pueblo: ¡O-so-bu-co! ¡O-so-bu-co!
Il signore juez: ¿Qué tenés para decir, Giuseppe? Esto suena bastante mal, ¿eh?
El carnicero: Mire, su signoría. Como se me había acabado la carne de vaca, lo mandé a mi pibe a cazar unas ranas, así las tenía bien fresquitas por si venía algún cliente de última hora. En cuanto me las trajo, las colgué de los ganchos de cobre que siempre uso en el negocio, y en cuanto las quise bajar con el palo, se empezaron a mover así, solitas, como dice la signora. Pero le juro que yo no tuve nada que ver. Deciles, Guiseppino, que es la pura verdad.
El hijo del carnicero: Sí, es verdad, yo fui a pescar unas ranas como siempre, al arroyito, y se las dejé a mi papá enseguida. Y después la signora esa (apuntando a la signora de Galvani, que está decidiendo si le corresponde el tercer desmayo del día, y es atendida por la plana mayor de “La Bolognesa”) se puso a gritar como loca, y vinieron los guardias a llevarse a papá.
Voces del pueblo: ¡Que lo quemen también!
Voces del pueblo: (Más pequeñas) ¡Que primero me dé las figuritas que me debe!
Il signore juez: Mmmhhh, el caso es difícil. O alguien está mintiendo, o se nos está escapando algo. Propongo llamar al juzgado al científico del pueblo, il dottore Galvani. Mientras tanto, signora, ¿cómo era eso de las ranas a la provenzal?
(Salen guardias a buscar a Galvani a su laboratorio, y lo traen al juzgado. En el camino le cuentan los pormenores del caso).
Il signore juez: Dottore Galvani, ¡qué bueno verlo! ¿Qué puede decirnos acerca de este caso de brujería?
Il dottore Galvani: ¡Minga de hechicería! Dejen ir a este buen hombre. Los movimientos convulsivos de la rana se deben a descargas eléctricas atmosféricas, que hacen que los músculos se contraigan. Dejen a Satán tranquilo por esta vez.
Voces del pueblo: ¡Viva el dottore!
El doctor Frankenstein: (Entre el público) Mmmmhhh, esto me da una grrran idea. ¡Ya no se burrrlarrán de mí en la Academia! Vámonos, Igorrr, tenemos mucho trabajo qué hacer. (Se va acompañado de su extraño ayudante).
Il dottore Volta: (Acercándose al tribunal, desde el público) Callen a ese charlatán de Galvani, por favor. A ver, a ver, ¿de qué era “el palo” con que se bajaban las ranas?
El carnicero: De hierro, claro. Pero yo no tuve nada que ver, ¿eh?
Il dottore Volta: Lo suponía, je. Lo que estaba sucediendo es muy sencillo: cada vez que se unen la rana, el cobre y el hierro se forma un circuito cerrado, y entonces la corriente eléctrica, generada en este circuito de metales heterogéneos, produce la contracción muscular que aterrorizó a la signora.
Il dottore Galvani: Cállenlo al pavo este (obvia alusión a las tareas académicas de Volta, quien por entonces se desempeñaba como profesor en la Universidad de Pavia). La electricidad está adentro de los animales, no en objetos inanimados como los metales. Les mostraré un experimento muy simple. Aquí mi ayudante, Juanito, ha traído desde el laboratorio un anca de rana al cual se le ha dejado el nervio colgando. (Juanito muestra los materiales). Aquí en esta fuente tengo el nervio pelado de otra anca de rana. Yo ya lo traje preparado desde el laboratorio, pero ustedes, señoras, lo pueden realizar muy fácilmente en sus casas. Fíjense lo que pasa cuando toco ambos nervios en dos sitios, o bien cuando toco al primer nervio con mi bisturí. (Juanito realiza el experimento y el anca de rana se contrae).
Voces del pueblo: ¡Viva il dottore!
Otras voces del pueblo: ¡Que lo quemen!
Il dottore Volta: Ya verán, volveré y seré voltímetros.
Il signore juez: Bueno, bueno, este tribunal dictamina que el carnicero es inocente. Y además dictamina que este signore juez se va a cenar a la casa de los Galvani, para seguir discutiendo sobre estos fascinantes experimentos a la provenzal.
(Fin del juicio. El juez y la señora Galvani se van charlando de recetas, Galvani y Volta se quedan discutiendo sobre el origen de la “electricidad animal”, el pueblo va a buscar alguien a quien quemar y el carnicero decide cambiar de ramo y poner una florería).
Adorable puente
Hemos pasado por toda una representación de este dúo tragicómico. En el primer acto, digno de comedia de enredos, presentamos a los protagonistas y quienes intentamos hacer de sinceros intermediarios.14
El acto segundo buceó por las representaciones de la ciencia sobre el escenario, aquellas que nos muestran historias, personajes y descubrimientos, y también las que pretenden adentrarse en el pensamiento científico, con sus lógicas y, por qué no, sus ilógicas. El acto tercero, imagen especular del anterior, se adueña de las bases científicas del hecho teatral, que requiere de un conocimiento profundo del funcionamiento del cuerpo, la generación de emociones y empatías, la creatividad cerebral al servicio de la escena.
El acto final sitúa la escena en una geografía y un tiempo particular: la escuela (tanto vale para el jardín de infantes o la universidad), en donde el teatro es un recurso infalible para desatar nudos y preguntas, curiosidades e intuiciones, los verdaderos ingredientes de una clase de ciencias.
Y he aquí el grand finale, el epílogo que todos esperaban. ¿Final feliz, trágico, abierto? ¿Se ha generado ese adorable puente entre los posibles contrincantes? Como en el bolero, lo tuyo es puro teatro. La ciencia, a veces, también.
6 La primera vez que vimos a Diego fue frente a un público de más de quinientas personas, dictando su conferencia de “Sexo, drogas, biología y un poco de rock and roll”. Su dominio del público es fascinante, y mientras uno lo ve ahí piensa “yo quiero ser amigo de este hombre, ha de ser el alma de las fiestas”. Pero cuando no está ante el público, Diego es un tipo más bien tímido, muy diferente del que es cuando está dando una conferencia o frente a una cámara. En todo caso, aquellos que tienen (tenemos) la suerte de conocerlo en persona, descubrimos detrás de esa timidez un ser absolutamente interesante, inteligente y de un humor fuera de lo común. Ha ganado numerosos premios (entre ellos el Kalinga, que es como el Nobel de la divulgación) por sus labores como divulgador científico, oficio que combina con los de investigador en neurociencias, profesor universitario y padre de familia. Fue uno de los principales gestores del centro de ciencias C3 en Buenos Aires y es el presentador oficial de TedEx del Río de la Plata, tal vez el más concurrido del mundo.
7 M. Frayn, Copenhague. Anchor Books, 2000 (traducción propia).
8 Muy bien detallada por Kirsten Shepherd-Barr en su exhaustivo libro Science on stage (Princeton University Press, 2006).
9 C. Djerassi, “Science and theatre”. Interdisciplinary Science Reviews 27: 193-201, 2002.
10 E. Barba, “El teatro y la ciencia”. Revista Conjunto 173, 2014.
11 Véase, por ejemplo, M. Fons Sastre, “Teatro y neurociencias: el proceso creativo del actor desde la neurofisiología de la acción”. Acotaciones (Revista de Investigación y creación teatral) 35, 2015; G. Sofía, Diálogos entre teatro y neurociencias. Artezblai, 2010.
12 G. Gellon, E. Rosenvasser Feher, M. Furman y D. Golombek, La ciencia en el aula. Siglo xxi, 2018.
13 Por ejemplo, A. Blanco Martínez y M. González Sanmamed, “Ciencia y teatro: una experiencia de teatro científico con alumnado de educación secundaria”. Revista Iberoamericana de Educación / Revista Ibero-americana de Educação 69: 81-92, 2015; M. Calvo, “Actividad de teatro científico como recurso en la formación de futuros profesores”. Revista Textos 69: 93-98, 2011.
14 Aunque ya lo dice en Enrique V de Shakespeare: “Que Dios, el mejor de todos los casamenteros, funda vuestros corazones en uno”.
Todos los caminos conducen a... las ciencias
Belén Pasqualini15
“¿Qué vas a estudiar?”, me preguntó.
“Teatro”, le respondí. A lo que, ansiosa, ella retrucó:
“Sí, sí, está bien, pero... ¿qué vas a estudiar?”, y yo:
“Voy a estudiar en el Conservatorio Nacional de Teatro
de Buenos Aires, abuela”.
Era domingo. En una de las cabeceras de la mesa, sentada, estaba ella, mi abuela, calzando sus 83 años. En el otro extremo de la larga comida estaba yo, con mis frescos 17. Era uno de esos tantos domingos que pasábamos almorzando en familia. Alrededor de 25 hijos, tíos, nietos y primos asomaban como testigos de este partido de tenis entre ella y yo. Y es que aquel domingo era diferente, era especial para mí. Era mi turno. Cual oficial inquisidor, cada vez que uno de sus nietos se aproximaba a la cornisa de sus estudios secundarios, mi abuela se acercaba al que estuviera de turno, para acecharlo con la —ya conocida— pregunta incómoda: ¿qué vas a estudiar?
A lo largo de todo mi último año de colegio estuve debatiéndome, entre desfiles, viajes de egresados y celebraciones de toda índole, por un lado; y, por el otro, la dura e injusta pregunta que nos toca a los jóvenes —por verdes e inmaduros que estamos a esa edad— alrededor de elegir una profesión, un estudio. No siendo ya niños, tampoco grandes... y aun así, ahí, la vida que no espera y crudamente nos instiga a elegir qué hacer de nuestros próximos días.
Vengo de una familia colmada de médicos, físicos, ingenieros, arquitectos, científicos, en fin: universitarios. De chica me había atraído la medicina genética, así como la cirugía. Pero a la vez, de tanto embriagarme con las mágicas sobremesas que mi mamá Claudia nos convidaba a mi hermano, a mi papá y a mí, después de cada cena, se me había impregnado el arte en las venas, como una especie de gen insistente que inevitablemente hace metástasis, y entonces la pulseada entre ambos senderos —la ciencia y el arte— se me hacía tremenda. Mientras mis compañeros faltaban a las clases o disfrutaban de la liberación que un último año de colegio propone a todo aquel alumno que está a punto de librarse definitivamente del uniforme... a mí me carcomía la congoja de no saber qué elegir. Todavía recuerdo el día en que lo decidí. Estaba haciendo pis en el baño de mi casa, con la puerta semientornada, mientras mi mamá estaba sentada en la mesa del comedor a unos metros de distancia. Y de pronto le dije: “Mamá, ya lo decidí: voy a hacer el Conservatorio de Teatro. Que para ser médica, tengo, después, toda la vida. Pero si quiero ser actriz, eso tiene que ser ahora”. Y así fue.
Me metí durante cuatro años en el Conservatorio de Teatro (para ese entonces, llamado Instituto Universitario Nacional del Arte [iuna]), tras pasar un exigente examen de ingreso, a la vez que estudié teatro por fuera del instituto, baile, canto lírico, guitarra y, más tarde, piano y lenguaje musical. Completé el conservatorio en el tiempo estipulado, cumpliendo con un total de 52 materias teóricas y prácticas. A mi manera, se podría decir, que hice la universidad. Hice de algo artístico un acontecimiento académico, universitario.
***
Hace ya casi quince años que me dedico a cuestiones artísticas, tanto en Argentina como en otros países, ya sea interpretando obras de teatro, ya sea cantando mi música, así como formando parte de otros proyectos que implican cuestiones artísticas. Vivo de lo que amo hacer. En 2013, cuando mi intérprete ya estaba más madura y transitada, emergió en mí el deseo de crear mi propio teatro, de contar mi propia voz, mi propia historia...
Mi abuela siempre fue una especie de heroína para mí. Su nombre completo es Christiane Dosne Pasqualini. Es ella una reconocida investigadora de leucemia a nivel internacional, nacida en Francia, criada en Canadá y Argentina, por adopción. Dueña de numerosos premios, uno de ellos es el Unifem-Noel por ser, junto a la Madre Teresa de Calcuta, una de las mujeres que más contribuyeron a lograr la paz mundial. Recuerdo tener tan solo 5 años y asistir a la ceremonia en la que nombraban a mi abuela primera mujer en ocupar un sitial de la Academia Nacional de Medicina de Buenos Aires. Me autoproclamo una fanática de mi abuela al cien por ciento. De todos sus 5 hijos, 17 nietos y ya 22 bisnietos, probablemente yo sea, a la fecha, la más devota, la más fanática de todos.
Siempre consideré que Christiane era una persona muy particular, digna de ser teatralizada, digna de volverse el personaje de una obra de teatro. Causalmente, ella editó su historia en el libro Quise lo que hice. Autobiografía de una investigadora científica (editorial Leviatán, 2007). En este libro ella cuenta sus “hazañas” como científica, esposa, madre... como mujer. Es la historia, a mi entender, de una malabarista, una equilibrista que supo lidiar con todas las “pelotas” en el aire, cuidando de no descuidar ninguna. Y por sobre todo, siempre amando lo que hacía.
En 2013, sentí fuerte el llamado a que este personaje cobrara vida... teatral. Quería hacerle un homenaje en vida a esta mujer que tanto me había marcado. Necesitaba que fuera en vida, y no esperar a que ella no estuviera más entre nosotros porque necesitaba compartírselo: especie de acto egoísta de querer tener esto en complicidad con ella, para que, al momento en que tuviera que irse de este mundo, pudiera tener la pieza teatral como forma de recurrir a ella, de reencontrarme. Además, el destino me había puesto enfrente de mis ojos un libro que me serviría de guía para contar esta historia.
Me puse “manos a la obra”. Hice un acopio de anécdotas que Christiane me había contado, conversé largas horas con ella, la entrevisté espontánea y disimuladamente. Fusioné todo eso con información del libro... y nació el monólogo con música (yo misma también al piano): Christiane. Un bio-musical científico, el cual estrené el 5 de febrero de 2017 en el Centro Cultural San Martín, mítico espacio de arte de Buenos Aires, Argentina.
Se trataba de la primera vez en la que, por fin, podría fundir mis dos pasiones: la ciencia y el arte; y, encima, todo esto con el fin de contar la historia de mi abuela, es decir, la historia de mis raíces, el de dónde vengo que me tornó en quien soy hoy.
Para ese entonces, mi abuela ya no salía de la casa, pues tenía un pequeño impedimento físico en las piernas, y no se sentía segura para caminar en las tramposas baldosas de las calles, optando por reclutarse puertas adentro. Sabiendo que ella no podría asistir al estreno de la obra, unos días antes de la primera función le entregué, como adelanto de su regalo de cumpleaños número 97, una copia del texto de la obra para que la leyera. Christiane, una fanática de los libros, sabía que no se resistiría a consumir la historia, sumado a que se trataba de su propia vida. Cuando terminó de leerlo, le pregunté: “Y abuela, ¿qué te parece la obra?”, “me parece que es una caricatura de lo que soy. Hay que hacerle muchos cambios a esto. ¿Qué va a pensar la gente de la Academia de esta versión de mi persona que diseñaste?”.
Yo estaba a tres míseros días del estreno. Entendí que su estrés venía por el lado del qué dirán sus colegas, su ambiente. Me ocupé de su preocupación. Al estrenar la obra, me encargué de invitar a todo su entorno científico para que presenciara la obra teatral. Y lo que sucedió fue que... la amaron. Me agradecieron mucho por la creación del espectáculo, confesando que la obra era como estar conversando una hora con “la Doc” o “la Pasqua”, como solían llamarla.
Recuerdo el día del estreno como si fuera hoy. Yo estaba tras bambalinas, lista, esperando a salir a escena, mientras el público se colocaba en sus butacas. Recuerdo estar sosteniendo el premio que le había entregado a mi abuela el Círculo Femenino de Mujeres en 1969. Dicho premio era parte de la escasa utilería con la que contaba la obra. Recuerdo decirme a mí misma, en la profunda oscuridad de esa espera: “Estás loca, Belén. ¿A quién le va a interesar esta historia? A la abuela, a papá, a mamá, a tu hermano, a los familiares... y a nadie más. ¿Qué estás haciendo, llevando tu historia a una obra de teatro?”. El público es el que completa el hecho teatral. Sin público, dicen los que saben, no hay obra. Una obra de teatro no está completa hasta que no recibe el primer espectador. De golpe, se apagaron las luces de la platea. Comenzó la función. Salí a escena. Empecé. Risas, un público conectado, fueron lo primero. Luego, todo se calló, y yo creí que la gente se había ido, o incluso peor, que se habían quedado dormidos. Me deprimí un instante, para luego escuchar, finalmente, un salvador suspiro hacia el final de los 55 minutos de obra, que me reveló que el público aún estaba ahí. Que estuvieron ahí todo el tiempo, atentos, conmovidos, transformados. El aplauso final me terminó de confirmar la aceptación por parte de los espectadores de esta historia. La gente a la salida de la función me dijo: “mándale un beso grande a tu abuela, qué ganas de conocerla”; fue lo que me hizo, esa noche, dormir en paz.
Con el tiempo, además, entendí que se trata de una historia universal, si bien parte de una historia personal, de lo propio, de la historia de mi abuela. Y es que esta obra, descubrí con el correr del tiempo, es mucho más que eso. Las críticas periodísticas también lo anunciaron de ese modo. Ya decía la periodista Ana Seoane, al escribir para Diario Perfil, sobre la obra: “Este homenaje se transforma en un símbolo a tantas mujeres que realizan tareas fuera de su casa y suman labores domésticas, ya sea como esposas o madres. Belén emprende esta labor de dignificar a tantas anónimas”.16
Con esta obra, quise hacerle yo un regalo a mi abuela, pero la vida terminó invirtiendo el sentido de dicho obsequio: es mi abuela la que me hizo un obsequio a mí. He presentado la obra más de 200 veces, en los 3 años que lleva en cartel, tanto en Argentina como en Brasil, Chile, Colombia, Panamá, México, Estados Unidos y España. La obra ha recogido numerosos premios, entre ellos, tres Premios Hugo 2017, máximo galardón al Teatro Musical en Argentina, y un Premio LATA 2019 (Nueva York, Estados Unidos). Christiane. Un bio-musical científico lejos de volverse hermético, y meramente consumido en ámbitos teatrales, ha traspasado las fronteras del arte, habiéndose presentado en ámbitos meramente médicos y relacionados con la investigación: el Congreso RedPop de periodistas científicos (Centro Cultural de la Ciencia, Buenos Aires, Argentina), la Fiesta del Libro (Parque Explora, Medellín, Colombia), el Congreso Anual de saic y sai (Mar del Plata, Argentina), la Semana de la Ciencia que organiza el Senacyt (Ciudad de Panamá, Panamá), la unam (Ciudad de México, México), así como en tantos otros espacios de índole científica.
Otra periodista hace poco me preguntó durante una entrevista: “¿Cuánto tiempo te llevó preparar el personaje de tu abuela?”, a lo que le respondí: “Creo que es el personaje que menos preparé en toda mi vida de actriz, aunque, paradójicamente, es el que se ha encarnado en mí”. Porque se trata de la misma sangre: actriz y personaje tenemos la misma genética; o quizás también se deba a que, indirectamente, vengo estudiando y observando a mi abuela desde el día en que nací.
Sumado a esto, me gusta pensar que, finalmente, terminé estudiando medicina, ya que durante la obra abordo varios conceptos totalmente técnicos en relación a la leucemia y, por ende, durante los ensayos tuve que construir cada una de esas imágenes técnicas. No fuera a ser que me olvidaba de alguna palabra en el medio de la representación y tenía que inventarme otra que hiciera sentido con la imágen que estaba contando...
***
“Sí abuela, me dediqué a la actuación y a la música, pero: ¿viste como también indirectamente terminé estudiando ciencia, gracias a la obra que creé alrededor de tu historia?”, le dije a mi abuela —de ya 100 años— días atrás, almorzando con ella en su casa de siempre.
Y es que, al final, pareciera que es verdad: que todos los caminos llegan a Roma. Si no, mírenme a mí: terminé estudiando ambas cosas: tanto teatro como ciencia. O al menos, en mi caso, quizás se deba a que mis dos pasiones, el arte y la ciencia, están más próximos y son más compatibles de lo que, a priori, imaginamos.
15 Si uno tuviera que definir a Belén en una palabra, la primera opción sería arrolladora. Y es que ella lo es en todo sentido: su presencia, su belleza, su pasión, su talento… La primera vez que la vimos, en un congreso de la RedPop en Buenos Aires, 5 minutos antes de comenzar su espectáculo, todo en ella sonreía “¿hablamos al final?” como si nada, como si lo que siguiera no fuera a exprimir su energía hasta la última gota; a pesar de que enfrentarse a un público de divulgadores científicos no debía ser lo más sencillo. La segunda vez, justamente en ese escenario, llenándolo por completo con su voz, su piano y su historia, nos hicieron caer, para siempre, rendidos a sus pies, como tantos jurados de los muchos premios que, con razón, Belén ha recibido.
16 Ana Seoane, “Un musical donde la historia familiar enaltece a las mujeres”. Diario Perfil, 5 de agosto de 2017.
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