Kitabı oku: «Montañas y paisajes sagrados»
Contenido
AGRADECIMIENTOS
INTRODUCCIÓN
Paisajes sensibles y disrupciones climáticas. Crisis ecológica, lo sagrado y la cosmopolítica en los Andes peruanos y el Himalaya indio Robert Albro, American University
PRIMERA PARTE
CASOS DE LOS ANDES DEL PERÚ
La política subversiva de los lugares sensibles. Cambio climático, ética colectiva y justicia ambiental en el norte del Perú Ana Mariella Bacigalupo, State University of New York-Buffalo
Cambio climático, meteorología moral y medidas locales en la peregrinación de Qoyllurit’i Guillermo Salas Carreño, Pontificia Universidad Católica del Perú
El apu llora. Cómo el cambio climático y el derretimiento glacial transforman la ofrenda andina Karsten Paerregaard, University of Gothenburg
SEGUNDA PARTE
CASOS DEL HIMALAYA INDIO
“La naturaleza puede sanarse a sí misma”. Encuentro con lo divino, experiencia e interpretaciones personalizadas del cambio climático Georgina Drew, University of Adelaide
La desaparición del Glaciar Padre Blanco. Resurgimiento ritual y temporalidades del cambio climático en el Himalaya Karine Gagné, University of Guelph
Pérdida y recuperación. Ansiedades por el cambio climático y el caso del cardamomo negro en Sikkim del Norte Mabel Gergan, Florida State University
SOBRE LOS AUTORES
CRÉDITOS

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Agradecimientos
Este volumen es el resultado de un proyecto de tres años de duración, “La Religión y el Cambio Climático: una perspectiva interregional” (2016-2018), llevado a cabo por el Centro de Estudios Latinoamericanos y Latinos de American University (CLALS). Esta iniciativa ha sido liderada por mi colega de American University, Evan Berry, quien contribuyó substancialmente al marco conceptual de este libro. Quiero agradecer a cada uno de los escritores de los capítulos por su entusiasmo y, asimismo, reconocer el liderazgo durante todo este proyecto del director del CLALS, Eric Hershberg, ya que este trabajo no habría sido posible sin su apoyo. Otros colegas de American University a quienes debo agradecer por sus importantes contribuciones a este esfuerzo son Ken Conca y Bill Gentile. Del mismo modo, estoy agradecido con el personal tan capaz del Centro, particularmente con Estibaliz Jiménez-Kenoyer y Aída Romero, cuyo apoyo fue indispensable para realizar este libro.
Comenzamos a pensar en la posibilidad de escribir esta compilación al conversar con algunos colegas durante un taller en Lima, Perú, realizado el 2 y 3 de mayo de 2017. El taller, llamado “Montañas e Implicancias del Retiro Glacial en los Himalayas y los Andes”, lo organizamos en conjunto con investigadores de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, quienes fueron los anfitriones. Deseo agradecer a los coorganizadores del evento —Jorge Elgegren y Birgit Weiler— y reconocer las contribuciones de las conversaciones formativas que tuvimos con los asistentes, incluyendo a Teófilo Altamirano, Javier Arellano-Yanguas, Sébastien Boillat, David Buckley, Susan Crate, Karine Gagné, Mabel Gergan, David Haberman, Jorge Recharte, Fausto Sarmiento, Neeraj Vedwan y Emily Yeh.
El marco conceptual del libro, y los casos e ideas que presenta, han sido enriquecidos por una serie de talleres adicionales organizados por el CLALS durante el transcurso de este proyecto en Washington D.C., Delhi (India) y Trinidad y Tobago. Entre los asistentes a estos talleres participaron Kelly Alley, Marlene Attzs, Amanda Bertana, Brent Crosson, Roger-Mark De Souza, Maarit Forde, David Hales, Willis Jenkins, Karim-Aly Kassam, Nanditha Krishna, Paul Manuel, Lizzie McLeod, Sonali Mittra, Raul Pacheco-Vega, Cecilie Rubow, Kiran Shinde, Marjo de Theije, Matt Samson y Erin Wilson.
Todos estos capítulos comenzaron a existir como documentos escritos en inglés. Por lo tanto, estoy sumamente agradecido por la cuidadosa y excelente traducción de la mayoría del texto de inglés a español realizado por Selma Cohen, e igualmente por el trabajo realizado por Felipe Troncoso.
Finalmente, quedo en deuda con mis colegas del Fondo Editorial de la Universidad Antonio Ruiz de la Montoya, particularmente por los grandes esfuerzos de su director, Joel Anicama. Y estoy profundamente agradecido con Toby Volkman y la iniciativa de Religión en Asuntos Internacionales de la Fundación Henry R. Luce por su apoyo para este proyecto y el trabajo del CLALS sobre este tema.
Centro de Estudios Latinoamericanos y Latinos de American University
Dirección de Investigación de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya
Introducción
Paisajes sensibles y disrupciones climáticas
Crisis ecológica, lo sagrado y la cosmopolítica en los Andes peruanos y el Himalaya indio
Robert Albro
American University
Ante la evidencia generalizada y creciente de un clima cambiante, los individuos y las comunidades de todos los rincones del planeta están elaborando respuestas significativas a las crisis ecológicas y terrestres emergentes en términos culturales, cosmológicos y religiosos. A medida que las personas reconsideran sus relaciones, a menudo locales e íntimas, aunque transformadoras, con el medioambiente, las topografías y las biotas, sus esfuerzos de creación de sentido ocurren mientras escuchamos decir que hemos entrado a una nueva era geológica, el Antropoceno (Kress y Stine 2017), en la cual se reconoce a la actividad humana como el principal agente del cambio medioambiental. Los efectos de esta transformación están reconfigurando las ideas y prácticas culturales y religiosas que las comunidades se esfuerzan por implementar al verse enfrentadas a desafíos ambientales cada vez mayores.
Abordando este contexto, el presente libro es el producto de un proyecto de investigación de tres años, “La Religión y Cambio Climático: una perspectiva interregional”, que lleva a cabo el Centro para los Estudios Latinoamericanos y Latinos de American University1 y que cuenta con el generoso apoyo de la Iniciativa sobre Religión en Asuntos Internacionales de la Fundación Henry Luce. Basándose directamente en un proyecto anterior, enfocado en las formas de interacción cultural y religiosa con las luchas medioambientales en la América Latina contemporánea, este proyecto va más allá de Latinoamérica y profundiza en el conocimiento de la relación entre religión y cambio climático en múltiples regiones del mundo. Como tal, representa un esfuerzo por trascender las limitaciones, a veces arbitrarias, de los campos de estudios académicos aislados y geográficamente determinados, los cuales pueden conducir a la reificación de regiones culturales específicas (Hershberg 1998). Muchos de los problemas más urgentes en el mundo, como el cambio climático, son transfronterizos o de alcance global. Por ello, cualquier acercamiento a las fuentes de la crisis ecológica o del cambio ambiental en Latinoamérica requiere, hoy día, una atención a los impulsores y desarrollos extra y transregionales.
Los capítulos que componen esta publicación representan a un grupo de investigadores y los resultados de proyectos relacionados con el agua, y las consecuencias del derretimiento de los glaciares en los Andes peruanos y el Himalaya indio (Orlove et al. 2008)2. Aunque las historias socioculturales, políticas y religiosas, y los contextos de Sudamérica y del sur de Asia son muy diferentes, convocar a estas dos redes de geógrafos culturales y antropólogos que trabajan en la relación de la cultura con el clima en sus respectivas regiones, promete ampliar nuestra visión sobre las similitudes y diferencias de las respuestas de las poblaciones de alta montaña frente al aumento de las señales de imprevisibilidad ambiental. Las comunidades, tanto del Himalaya como de los Andes, enfrentan una serie de desafíos comparables, entre los que se cuentan el retroceso de los glaciares, el colapso agrícola, la reestructuración económica, los efectos de la alteración del paisaje provocados por las industrias extractivas y el desarrollo hidroeléctrico, así como la posibilidad de desplazamiento de personas. Observar el rango variado de respuestas de las comunidades a estas condiciones cambiantes y a los nuevos peligros nos permite, por lo tanto, distinguir mejor las formas múltiples que puede tomar la adaptación y resiliencia frente al cambio climático en estas regiones montañosas.
Climas y lugares
La “ciencia climática” nacional e internacional, los debates, los esfuerzos de construcción de consensos y los foros de políticas públicas u otros discursos globales acerca del cambio climático rara vez prestan atención al contexto cultural y al razonamiento moral de las comunidades que son afectadas por este fenómeno, así como al modo en que ese conocimiento fundamenta las diversas respuestas de ellas. Aunque hay desviaciones notables, como la encíclica papal Laudato Si’, las deliberaciones normativas sobre el clima favorecen habitualmente los acercamientos técnicos, tecnocráticos y utilitarios que buscan hacer avanzar, pragmáticamente, la investigación científica basada en Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas (CTIM) en un contexto de realidades políticas desfavorables. Mientras estas deliberaciones emplean rutinariamente el vocabulario de mitigación, adaptación y resiliencia (Leal Filho y De Freitas 2018), tales términos suelen carecer de referentes específicos y son incapaces de apreciar lo que el cambio climático inducido significa en el terreno, a lo largo de diferentes ecosistemas, regiones y grupos humanos.
Este libro nos ayuda a apreciar, cuando consideramos la adaptación y resiliencia dentro de una comunidad, que es insuficiente comprender los impactos del cambio ambiental, sus causas y efectos mediante términos estrictamente científicos, ambientales y económicos. Aunque de modos diferentes, cada capítulo afirma que la relevancia del cambio climático es fundamental también en sus dimensiones sociales, culturales y, también, religiosas. La percepción que los pueblos tienen del cambio de sus mundos no es solamente ecológica, sino también de un orden cosmológico. Nada de esto contradice la ciencia del clima, sino que enfoca la atención sobre los tipos de problemas y ansiedades que expresan las comunidades afectadas por los climas cambiantes. Los siguientes textos se ocupan de cómo la cultura, la cosmología y la religión ayudan a moldear concepciones específicas sobre el medioambiente y la posición de los seres humanos dentro de él, e incluyen los términos a través de los cuales las diferentes sociedades se enfrentan al cambio climático (Veldman, Szasz y Haluza-DeLay 2016). Muestran también cómo las sociedades comprenden y responden a las condiciones ambientales cambiantes, de acuerdo a un contingente histórico y a una serie de ideas, prácticas, valores y posiciones morales acerca de la naturaleza (Berry 2015).
En este marco de análisis, sobresale el hecho de que las personas y las comunidades que aparecen en estos capítulos tienden a comprender el “cambio climático” no tanto como una crisis global, sino como un fenómeno primario e intensamente local. Además, cada aproximación ilustra lo desafiante que es para las comunidades, a menudo muy comprometidas con su medioambiente inmediato y, en lo económico, profundamente dependiente de él, aislar las señales del clima de otras dimensiones del cambio a veces interrelacionadas. Sin embargo, tanto en los Andes como en el Himalaya, los pueblos afectados se ven a sí mismos, por lo regular, como los agentes directos que causan los cambios ambientales y los desequilibrios ecológicos que observan, sin entender necesariamente que viven en el Antropoceno o que están sujetos al marco de tiempo geológico de la ciencia del clima. Las señales del cambio ambiental son percibidas, por el contrario, en términos más inmediatos como eventos climáticos desastrosos, fracasos de los cultivos, plagas, polución humana o contaminación y “pecado”. En ambas zonas montañosas las vidas de las personas están moldeadas por relaciones sociales íntimas y lazos culturales con espacios definidos. Tales lugares, plasmados muchas veces en características específicas y sagradas del paisaje local, son además generadores significativos de conocimiento cultural e incluso constitutivos de identidades comunitarias e individuales (Basso 1996), y por ello la alteración de los paisajes o la amenaza del desplazamiento pueden equivaler a transformaciones destructivas o a borraduras de identidad.
Las investigaciones, tanto del Himalaya como de los Andes, abordan no solo cómo el cambio climático está modificando las relaciones sociales entre las comunidades y su entorno, las culturas y los paisajes sagrados, sino también los modos mediante los cuales las geografías simbólicas y las ontologías plurales son movilizadas en un esfuerzo por responder a los efectos del cambio climático. En particular, este libro pone de relieve la importancia social de lo sagrado como un punto de referencia clave de las respuestas individuales y comunitarias en ambas regiones. Quienes participan en esta publicación exploran cómo las respuestas a los cambios ambientales percibidos en los Andes y el Himalaya implican una preocupación expresada por el estado de sus relaciones con los paisajes sagrados, sensibles y volitivos, que son registrados no solo en términos ecológicos sino también cosmológicos y morales.
Ontologías plurales y lo ético-moral
Si esperamos encontrar un mejor equilibrio entre la creciente huella ambiental humana y un futuro ecológico planetario más sustentable, tendremos que expandir los términos morales y éticos de nuestros compromisos con la naturaleza, más allá de aquellos que gobiernan nuestras justificaciones actuales para el consumo y el uso de energía. Un acercamiento promisorio es incluir en nuestro clima político una mayor diversidad de las posibilidades ontológicas, en palabras de Kohn (2014:322), una valoración mayor de “la pluralidad de los modos de ser”. Esto para ofrecer una alternativa moral y marcos políticos que nos ayuden a cuestionar constructivamente y a movernos más allá de las presunciones globalmente dominantes, pero contraproductivas, acerca de la “naturaleza” como un terreno existencial, a la vez universal y unitario, separado de lo “humano” y como fuente no renovable para el consumo o la conservación.
Los etnógrafos sudamericanos han sido hasta ahora una fuente de inspiración privilegiada para el así llamado “giro ontológico”, especialmente en Antropología, donde figuras tales como Claude Levi-Strauss, Eduardo Vivieros de Castro, Philippe Descola, Pierre Clastres y, recientemente, Eduardo Kohn (2013) y Marisol de la Cadena (2015) han contribuido a un significativo corpus etnográfico, arraigado en las particularidades de la América del Sur indígena, y han descrito las identidades sociales de lo no-humano, o lo que De la Cadena denomina “seres de la tierra”. Sin embargo, es momento de ir más allá de los indígenas de América del Sur para explorar si y cómo esas alternativas ontológicas se configuran en otras partes del mundo. El Himalaya, similar en muchos aspectos a los Andes, representa un excelente punto de partida, y los autores destacan sugerentes puntos en común entre estas dos regiones. Los textos reunidos aquí subrayan las dimensiones culturales, cosmológicas y religiosas de lo que a menudo se describe como “naturaleza” y que las comunidades, tanto en el Himalaya como en los Andes, no entienden como geografías inanimadas, ecosistemas y biota externos y separados de los seres humanos. Por el contrario, el paisaje es entendido como poseedor de personalidad y las comunidades e individuos mantienen una relación continua y recíproca con él.
El capítulo de Georgina Drew, ubicado en la región del Garhwal, en el Himalaya noroccidental de la India, aborda directamente el tema de las ontologías plurales. A través de una lectura minuciosa de la relación de una persona identificada como hindú con un devta (o “dios de la colina”), Drew ofrece una mirada desde dentro del modo en que las relaciones entre los individuos y las divinidades locales pueden moldear las miradas de la gente sobre el cambio medioambiental, en este caso, a pesar del claro conocimiento de la ciencia del clima. Drew destaca la convicción del devoto de que la decadencia moral, la percepción de un aumento de la contaminación, la corrupción, la degeneración y la pérdida de los elementos rituales y de los impulsos por la fe en la vida diaria tienen alcances cósmicos. Ella considera seriamente la aseveración de que el deterioro moral es un factor que contribuye con las recientes degradaciones ecológicas, así como con las devastadoras inundaciones de 2012. Sin embargo, Drew muestra que la conclusión del devoto no es que la gente debería ser más responsable medioambientalmente, sino más bien que necesita vivir en una comunión más íntima y responsable con los dioses. Una vez que esto se lleve a cabo, las divinidades restablecerán el equilibrio en la naturaleza. En la descripción de Drew, el cambio climático es tanto moral como ecológico y demuestra que, incluso para aquellos con conocimiento sobre el cambio climático, sus creencias sobre la relación entre las personas, lo divino y el mundo natural los conduciría hacia la convicción de que “la naturaleza puede curarse a sí misma” y terminar en una inacción climática inspirada en la rectitud y la religiosidad.
En el capítulo de Mariella Bacigalupo se ofrece un provocativo contraste al de Drew. Aquí se explora cómo los mestizos pobres de los valles de Moche y Chicama de La Libertad, en el norte peruano, han cuestionado la visión generalizada de la naturaleza como un recurso que puede ser explotado para la ganancia capitalista. Bacigalupo revela que este pueblo juzga las lluvias torrenciales y las cada vez más frecuentes inundaciones y aluviones —causados por los efectos de la corriente de El Niño, a su vez inducida por el cambio climático— como castigos de las wak’as, antiguos monumentos típicos de piedra y que generalmente son sitios arqueológicos. Se explica que estas wak’as han sido contaminadas, saqueadas, mal administradas o desatendidas por intrusos, ladrones y funcionarios públicos corruptos, así como por gente local, que no los ha alimentado con las ofrendas adecuadas. Para estos mestizos pobres, las wak’as son tanto espacios físicos como seres sociales. Si las personas no las alimentan o no reconocen su humanidad, si les faltan el respeto o las sobreexplotan, las wak’as pueden irritarse, causar enfermedades a los humanos e incluso provocar daños ambientales.
Similar al relato de Drew, los especialistas en los rituales de mestizos pobres —que no son ni indígenas ni blancos— alimentan a las wak’as, apropiándose e introduciendo estas fuerzas indígenas fundamentales dentro de sus espacios físicos, con el que buscan recrear un mundo de valor alternativo. Pero en contraste con la descripción de Drew sobre la potencial inacción climática, las wak’as poseen un propósito político como agentes esenciales de movimientos ambientales de base, que promueven una “cosmopolítica” alternativa asentada en el lugar. Los activistas mestizos reconocen y conservan las wak’as como un patrimonio natural y cultural, además de movilizar este activo paisaje sagrado en sus conflictos con saqueadores, fábricas de caña de azúcar y compañías mineras, oponiéndose a lo que ven como una codicia corrupta que lleva hacia la destrucción ambiental. Bacigalupo revela que los humanos corruptos e inmorales, junto a las molestas aunque rectas wak’as, son vistos como los responsables de las marcas del cambio climático. Alimentando y manteniendo relaciones respetuosas con estos lugares sensibles se establece el modo mediante el cual los mestizos pobres de estos valles alimentan la salud comunitaria, la ética colectiva y un activismo político para combatir la degradación ambiental.
Drew y Bacigalupo nos muestran que los pueblos en el Himalaya y los Andes llegan a conclusiones morales de sus interacciones con los ecosistemas cambiantes y el comportamiento crecientemente caprichoso del agua, incluso si esto los lleva a decisiones divergentes sobre si deben actuar, y cómo, para restaurar estos paisajes sagrados y sensibles tan obstinados. Ambas investigaciones exploran los desastres climáticos como respuestas de deidades locales alienadas. Y consideran que la mala gestión o la interrupción de las relaciones apropiadas entre lo humano y lo no-humano son la fuente del desequilibrio ecológico y el peligro. Los habitantes de estas regiones tienden a ver esta alienación como la separación enfermiza entre naturaleza y cultura, y contraponen este estado de cosas a lo que el ecólogo Ricardo Rozzi (2015) llama una “ética biocultural”, que es una forma alternativa de custodia de la tierra, que exhibe una sensibilidad ético-moral diferente a la que prevalece habitualmente en los foros de clima global. Parafraseando a Jarrett Zigon (2014:21), estas son experiencias morales en sintonía con la articulación, la reparación y la restauración de las tensas relaciones entre lo humano y lo no-humano.
Un clima de incertidumbre
Orientados por la ciencia del clima, los estudios y las políticas de adaptación, se han enfocado en las dimensiones materiales del cambio climático, entre las que se cuentan la infraestructura, la tecnología, la energía, las emisiones de carbono, los cálculos del riesgo para la vida de las personas, sus medios de subsistencia, la propiedad y otros impactos económicos, y avanzan hacia una descarbonización de la economía y la atmósfera. Las propuestas para dar más consideración a la cultura en la adaptación al cambio climático son normalmente secundarias y con frecuencia se dan por sentadas. Esto subraya la necesidad de atender mejor a “los procesos y recursos no-materiales” (Adger et al. 2013:112), en un esfuerzo por entender los lugares y las culturas afectadas por el clima, y para mejorar las políticas de adaptación. Una formulación de este tipo distingue entre “entornos” materiales y “culturas” no-materiales, para después demandar mayor complementariedad en acercamientos subsiguientes a la adaptación, que expliquen mejor los marcos culturales de las “narrativas del cambio climático” locales (2013:113). Las investigaciones compiladas aquí están, de hecho, atentas a los contextos culturales, pero sin separarlos de los ecológicos. De este modo, son capaces de reconocer un rango de experiencias a menudo fragmentadas de disrupción y desmontaje de lugares aculturados, en contextos de cambio climático inducido y caracterizados de forma más precisa por la incertidumbre que por relatos coherentes, símbolos y significados. Aunque rara vez en el radar de quienes toman decisiones sobre el clima, la pregunta sobre cómo vivir en un contexto de incertidumbre aparece como uno de los desafíos de adaptación urgentes en estas zonas montañosas.
Desde la perspectiva del estado de Sikkim, en el Himalaya indio, Mabel Gergan nos ofrece un relato matizado sobre la incertidumbre dominante, mostrando cómo la pérdida ecológica puede vincularse con la pérdida cosmológica y espiritual. Gergan se enfoca en la incertidumbre local sobre la relación causal entre el cambio climático y la devastadora peste del cardamomo, que tiene ya una década. Esta inseguridad, sugiere ella, también se registra en una incertidumbre cosmológica que se expresa por medio de narrativas culturales y religiosas de precariedad y pérdida. Como dice Gergan, los indígenas lepchas del norte del Sikkim se sienten ansiosos y vulnerables, desligados de su entorno y de las rutinas agrícolas antes familiares, las cuales eran dictadas por patrones y ciclos estacionales predecibles. Los problemas contemporáneos de los lepchas se han enlazado con historias antiguas de pérdida cultural. Las prácticas religiosas tradicionales, integradas con el entorno circundante y compuestas por redes de responsabilidad guiadas ritualmente y en relación con los mundos y deidades no-humanas y extrahumanas, están ahora en peligro. Como respuesta a las preocupaciones locales sobre la capacidad del desarrollo hidroeléctrico de transformar aún más el ecosistema y la biodiversidad del Sikkim, un movimiento anti-represa de la región ha servido para guiar la atención local sobre las dimensiones ecológicas de la pérdida. Los activistas del movimiento conectan el miedo de la pérdida ecológica con relatos disponibles sobre el “proceso de desaparición” de la cultura Lepcha y hacen un llamado para su preservación y revitalización.
Sin embargo, indica Gergan, las respuestas religiosas de los lepchas a la incertidumbre ecológica actual están encapsuladas y reproducen las jerarquías étnicas racializadas dominantes y los marcos de subyugación y “mejoramiento” religioso y étnico. Esta agudizada conciencia sobre la presencia de lenguaje y rituales “extranjeros”, traídos por trabajadores nepalíes inmigrantes, contribuye a la falta de comunicación con las deidades lepchas. Una percibida incapacidad para comunicarse con lo sagrado es entendida a la vez como resultado y causa de la incertidumbre de lo que constituye un comportamiento moral o pecaminoso, dadas las cosmologías “chamánicas” y “budistas” en competencia. Gergan busca comprender cómo las amenazas que trae el cambio climático afectan las relaciones que ya se encuentran bajo el apremio de las incertidumbres sociopolíticas y cosmológicas. En el contexto de la plaga, Gergan interpreta las preocupaciones de los lepchas sobre los claros errores en las ofrendas rituales a la deidad del cardamomo como una señal de ansiedades cosmológicas, las cuales incluyen la disminución del número de practicantes de rituales y la incapacidad de comunicarse con las divinidades lepchas. De este modo, ella sugiere que la incertidumbre local acerca del rol del cambio climático en la ecología cambiante del Sikkim y la pérdida de cardamomo refleja y contribuye con otras incertidumbres de problemas de comunicación ritual y con la posible desaparición de la religión y cultura Lepcha tradicional.
Estos capítulos demuestran de forma persuasiva que cualquier comprensión de la adaptación a nivel comunitario ha de reconocer las experiencias de pérdida e incertidumbre, donde el cambio climático es difícil de separar de las alteraciones simultáneas en los mundos locales, sea la emigración como resultado de una reestructuración económica, el desarrollo a gran escala o una percepción de decadencia moral. Esto representa un desafío para que la política climática reconozca mejor el alcance de las experiencias locales de cambio, incluido el religioso. Las percepciones de la pluralidad de los cambios, en y hacia lugares particulares, atraen nuestra atención sobre temporalidades en conflicto. Se configuran, así, conexiones entre el tiempo geológico del cambio climático, el pasado colonial, el tiempo agrario y capitalista, o las luchas ambientales actuales, como protestas contra las represas o la lucha contra las fábricas de caña de azúcar, lo que aumenta incluso más la incertidumbre. Este estado de cosas recuerda un debate anterior sobre el movimiento dentro de los mismos lugares en América Latina mientras “entramos y salimos de la modernidad”, una experiencia atribuida a una globalización según la cual la modernidad aún no ha llegado en su totalidad y la tradición aún no ha desaparecido por completo (García Canclini 1995). Esto nos recuerda que el cambio climático es también un resultado semejante. Cuando las comunidades en los Andes, el Himalaya y otros lugares mezclan o equiparan el clima con el cambio económico, social o religioso, se establece un comentario sobre las incertidumbres del Antropoceno.
Disrupciones sociales y rituales
Los acercamientos ontológicamente plurales de la relación de la cultura con el cambio climático replantean las preguntas interpretativas acerca de cómo las comunidades dan sentido a sus entornos en evolución mediante formas cimentadas en el mundo material (Coole y Frost 2010). Este libro se interesa en la “vida social de las cosas”, usando las ideas de Arjun Appadurai (1986) y Mary Douglas (1966), pero en un momento de preocupación por el clima y con una conciencia generalizada de que “las cosas están fuera de lugar”, como resultado de los procesos de cambio en las bio y ecoesferas. A lo largo del texto, lo exploran de dos maneras interconectadas, a través de los siguientes puntos: 1. Las dimensiones sociales y culturales de los rasgos geográficos y topográficos de los paisajes locales y sagrados, además de sus repercusiones en el bienestar material y económico; 2. La pragmática de la acción ritual específica, vista como una modalidad privilegiada de gestión, reconocimiento y comunicación con la intervención social de estos paisajes sagrados, los que, enfatiza Kohn (2014:314), son “comunicativos pero no simbólicos o lingüísticos”. El regreso del “ritual” como foco de atención etnográfica se destaca en estos capítulos.
El capítulo de Karine Gagné explora cómo los aldeanos en Tingmosgang, en la región de Ladakh, en el Himalaya indio, han tratado de afrontar la disminución del suministro de agua, las consecuencias del retroceso de los glaciares y las lluvias cada vez menos fiables. Ella cuenta la historia del intento y el fracaso de revivir un ritual destinado a propiciar la “caprichosa” protección divina del principal glaciar de la aldea. El ritual es parte de una visión del mundo tradicional donde el éxito de la agricultura depende de la cooperación de las deidades locales asociadas con características geográficas específicas, como los glaciares, donde la reciprocidad entre lo humano y lo no-humano ayuda a instaurar una geografía sagrada. Las relaciones de parentesco entre el pueblo y el glaciar organizan, en gran parte, el orden moral y cosmológico tradicional del Tingmosgang, pero sus habitantes entienden que el glaciar ha retrocedido, lo que lleva al desequilibrio cosmológico y la imprevisibilidad ecológica.
Los defensores entendieron el ritual como un medio para renovar la filiación con el glaciar, dominar su obstinación y evitar su retroceso, para así restituir la decreciente fuente de agua de la aldea. Sin embargo, los esfuerzos de los habitantes para revivir el ritual fueron finalmente abandonados, esto como resultado del desgaste percibido de los valores morales y de los acuerdos religiosos asociados con el trabajo agrícola. Los motivos fueron variados: los detalles del ritual se habían vuelto insuficientes; la eficacia del ritual dependía de la participación de toda la comunidad, pero la emigración en busca de trabajo lo hizo difícil. Además, prevaleció la incertidumbre en torno a regímenes de tiempo agrario y capitalista contradictorios. Gagné muestra cómo, al menos en la región de Ladakh, los efectos del cambio climático y la reestructuración económica se han combinado para debilitar la relación filial y moral de lo humano con lo no-humano y han alterado las percepciones del tiempo mismo.
Por su parte, Guillermo Salas entrega una sugerente comparación con Perú. Al igual que muchos glaciares tropicales, el Qulqipunku, en el extremo norte de la cordillera de Vilcanota, al sur de Perú, está retrocediendo. Un factor que destaca este caso particular es que el Qulqipunku es también el lugar de peregrinación y festival del Qoyllurit’i, que anualmente convoca a más de cien mil personas al borde del glaciar. Qoyllurit’i es un santuario católico que posee una imagen de piedra de Cristo y una estatua de la Virgen, los que también se asocian con diversas formas indígenas andinas de experimentar el paisaje. Como lo describe Salas, la cima que es el escenario del peregrinaje anual es también un apu, una montaña con nombre y considerado como un ser poderoso y sensible de la Tierra, similar a las wak’as del capítulo de Bacigalupo. Como apu, el Qulqipunku posee una voluntad intencional y es una fuente de fertilidad. Los seres humanos mantienen relaciones sociales con los apus a través de la comida y la convivencia. Los apus proporcionan a los humanos un lugar para vivir, pastar a sus animales y tener cosechas exitosas, mientras que los humanos los aplacan y alimentan ritualmente para mantener buenas relaciones con estos poderosos agentes no-humanos. Los favores potenciales de este apu es lo que atrae a los peregrinos anualmente a Qoyllurit’i.
Salas muestra, no obstante, que desde la década de 1990, al tiempo que la fiesta anual crece y el glaciar retrocede, los peregrinos han expresado una creciente preocupación por el bienestar de este apu. Muchos peregrinos, como cuidadores del glaciar y deidad local, creen que son directamente responsables de su retroceso y que quizás el Señor de Qoyllurit’i ha abandonado el santuario en respuesta a los “pecados” de los peregrinos. En 2004, se suspendió la práctica de llevarse trozos de hielo glacial. En 2016, los organizadores de Qoyllurit’i empezaron a hacer cumplir la prohibición a los peregrinos escalar el glaciar, aunque algunos todavía lo hacen. En formas que recuerdan a otras investigaciones de este volumen, los peregrinos consideran que el retroceso del glaciar está vinculado local y causalmente con el comportamiento humano, en este caso, el mantenimiento de obligaciones morales como intercambio recíproco con apus sensibles no-humanos. Como enfatiza Salas, las acciones inmorales tienen consecuencias para el clima. Y a medida que cambia el clima en el Qulqipunku, los rituales y las observancias religiosas de la peregrinación anual también han cambiado, como resultado de los esfuerzos continuos para conservar la correcta y recíproca relación moral con el glaciar.
Este volumen pone de relieve algunos efectos del cambio climático que ayudan a comprender las transformaciones de la vida cultural y religiosa contemporánea en las zonas montañosas mencionadas. Al menos en estos casos, el cambio religioso es menos una reevaluación de las posiciones teológicas y más una conciencia explícita de las transformaciones de la práctica religiosa. Frecuentemente, la atención colectiva se enfoca en los fracasos rituales y los problemas de comunicación, en los que se establece una relación directa con las preocupaciones ecológicas explícitas. Estamos invitados a apreciar las formas de respuesta cultural y religiosa de las comunidades a los ambientes estacionales cambiantes, o al hecho de si están asentados en sus relaciones rituales y materiales con esos mismos ambientes. La atención comunitaria al ritual, como una serie de acciones prescritas que se llevan a cabo en y con estos paisajes sensibles y sagrados, subraya la religiosidad “biocultural” mientras establece conexiones localizadas inmediatas entre el cambio ritual y el cambio climático. En palabras de Blaser (2015:550), los paisajes componen un “conjunto semiótico-material cambiante y situado”. Como se explora en gran parte del libro, las rupturas percibidas entre naturaleza y cultura, junto con los desequilibrios cósmicos resultantes y los fracasos rituales, también expresan experiencias locales de ansiedad y pérdida entre quienes las viven, tomando muchas veces la forma de una comparación entre el malogrado presente y el pasado fértil.
La cosmopolítica y el futuro
La investigación de Karsten Paerregaard complementa la de Salas sobre el Qoyllurit’i al documentar una peregrinación anual más nueva pero creciente al glaciar Huaytapallana, cerca de la ciudad de Huancayo, en Perú. Ambos estudios consideran el modo en que las percepciones que tienen los peregrinos del clima cambiante afectan su compromiso ritual con estos lugares sagrados. Enfocándose en la creciente preocupación entre peregrinos, activistas indígenas y autoridades locales sobre el impacto físico de su presencia en la montaña, así como en el surgimiento de una sensibilidad ambiental y una adhesión al patrimonio indígena de los participantes principalmente urbanos y mestizos, Paerregaard destaca las dimensiones materiales de las ceremonias de ofrenda. Explica que los rituales de aplacamiento anuales se han vuelto cada vez más controvertidos, en un contexto de reconocimiento del cambio ambiental y marcado por los efectos antropogénicos ocasionados por la presencia de peregrinos en la montaña. Esto es más evidente en sus actos de consumo en el camino, en las ofrendas que preparan para el glaciar y los favores que esperan recibir de él, y en la forma de basura no biodegradable que van dejando a su paso.
El gobierno regional se ha esforzado por regular y limitar el impacto ambiental de la peregrinación anual, prohibiendo algunos materiales y, en el proceso, alterando el evento de peregrinación en sí mismo. También hay una percepción creciente entre los peregrinos de que la basura y la contaminación que generan con sus ofrendas es la verdadera causa del retroceso del glaciar. La creciente huella material de los peregrinos en la montaña se entiende como una fuente de disrupción del equilibrio en la relación entre los humanos y la naturaleza, necesaria para evitar el derretimiento de los glaciares, que motiva sus intercambios rituales con el Huaytapallana. Como establece Paerregaard, el cambio ambiental desafía las creencias de los peregrinos y cambia el significado mismo de lo sagrado dentro de la peregrinación, al tiempo que fomenta nuevas formas de prácticas religiosas preocupadas por el medioambiente en este rincón del Perú.
Aunque podemos insistir en que la amenaza climática es global, estos casos desalientan un acercamiento universal y unificado para enfrentarlo. En su lugar, promueven uno ontológicamente plural que amplía el campo de las posibilidades ético-morales, pues considera nuestras relaciones y obligaciones con el mundo natural. A lo largo de este libro, el enfoque compartido en lo sagrado dirige la atención hacia al estado de las relaciones entre lo humano y lo no-humano, de manera que nos ayuda a apreciar mejor el rango variado de adaptación a lugares particulares en estas dos zonas de montaña. Si, como se documenta en muchas de estas investigaciones, la adaptación comprende articulaciones ecológicas, culturales, cosmológicas y religiosas de disrupción, pérdida, deterioro e incertidumbre, al presentar la acción de “ensamblajes heterogéneos entre lo humano y lo no-humano” (Blaser 2015:547), todos los textos apuntan, además, al potencial de nuevas formas de política, movimientos sociales y revitalización cultural en medio del indudable cambio ambiental.
En otras palabras, por medio de la exploración de diversas “aperturas ontológicas” (De la Cadena 2015; Gudynas 2018), estos autores sugieren climas alternativos futuros, distintos a los que ahora respaldan nuestro frágil proceso de creación de consenso multilateral en torno al cambio climático. Toda la sección de los Andes apunta a la conciencia local sobre la potencial crisis ecológica y al surgimiento de una renovación indígena junto a una forma de activismo ambiental basado en el lugar, en contraste con las campañas en torno a especies o ecosistemas con los que podemos estar más familiarizados. Arraigado en concepciones de lo sagrado (wak’as y apus), este activismo es tan cultural como lo es ambiental. Así como el análisis de Gergan se centra en las preocupaciones de los lepchas sobre pérdida potencial y revitalización, el apartado del Himalaya apunta a activismos similares.
Estos movimientos sociales son respuestas a las mismas condiciones y experiencias de disrupción y pérdida descritas a lo largo de este volumen; es decir, son una expresión autoreflexiva y un esfuerzo por reparar la percibida alienación entre cultura y naturaleza, y entre pasado y presente. Como respuesta a la disrupción y al cambio, los activismos emergentes descritos aquí adquieren su urgencia al ocupar el espacio que perciben entre la forma en que eran las cosas y las incertidumbres del presente, el antes y el ahora, así como el antes y el después de la posibilidad de pérdida. A su manera, los activistas reconocen esta conciencia histórica asentada en la ecología a través de sus interacciones con los paisajes sagrados y sensibles que aparecen a lo largo de estas páginas, y que, en muchos casos, han adquirido la condición oficial de sitios “patrimoniales” o de “patrimonio” local y nacional. El hecho de que las aperturas ontológicas de estas nuevas cosmopolíticas basadas en un lugar se hayan vuelto legibles en el lenguaje de la política cultural nacional e internacional sugiere que, a pesar del evidente escepticismo (Bessire y Bond 2014), también pueden traducirse en los términos de justicia impulsada por el clima y luchas por los derechos. En los últimos años, al menos en América Latina, podemos observar el papel que han jugado las contribuciones religiosas para alinear los reclamos de derechos colectivos con la defensa del medioambiente (Albro y Berry 2018:10), y también para ampliar las posibilidades de quiénes pueden ser sujetos de derechos humanos en contextos de justicia internacional, para incluir a lo no-humano.
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1 Mayores detalles de este proyecto están disponibles en el siguiente enlace: https://www.american.edu/centers/latin-american-latino-studies/religion-and-climate-change.cfm.
2 La idea de este libro surgió del taller “Las montañas y las consecuencias del derretimiento de los glaciares en el Himalaya y los Andes”, que organizamos en Lima los días 2 y 3 de mayo de 2017, y fue co-patrocinado por la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.

La política subversiva
de los lugares sensibles
Cambio climático, ética colectiva y justicia ambiental en el Norte del Perú
Ana Mariella Bacigalupo
State University of New York-Buffalo
El 10 de junio de 2018, Percy Valladares Huamanchumo, un mestizo de cincuenta y cinco años, con ascendencia española y chimú, roció la roca de sacrificio en la base del cerro Campana con Maltín Power, un refresco hecho con malta1. Campana es el cerro sensible2 más antiguo y poderoso de los valles costeros de Moche y Chicama, en la provincia de La Libertad. En el pasado, los gobernantes Moche (200-900 d.C.) y Chimú (900-1470 d.C.) alimentaron a Campana con sacrificios humanos y otras ofrendas en un intento de controlar los recursos hídricos, prevenir las inundaciones causadas por El Niño y promover la estabilidad ambiental y la salud comunitaria. Percy llenó los orificios en la roca con agua que había extraído de un pozo para apaciguar la sed de Campana en el ambiente seco del desierto. Yo coloqué una manzana roja y un trozo de pan dulce de sésamo en las grietas de la roca sacrificial donde los visitantes anteriores habían dejado ofrendas de cuentas de vidrio, fragmentos de cerámica Moche pintada, semillas, conchas, piedras poderosas y mandarinas. “El agua, los líquidos y la sangre son las ofrendas más preciosas en el desierto porque son vida”, explicó Percy. “Mira cómo la roca está absorbiendo, bebiendo el Maltín. Es porque Campana es un apu, un viejo ancestro poderoso y líder de todos los que vivimos en los valles de Moche y Chicama”.
Percy explicó que el bienestar que ofrece el apu es fundamental para todas las relaciones sociales y espirituales de los humanos. “Nací en [el pueblo de pescadores] de Huanchaco, al lado de Campana, y vengo aquí desde que era un niño. Campana nos enseña que el bienestar requiere relaciones respetuosas entre apus, humanos, el medioambiente y todas las formas de vida. Alimentamos al apu con ofrendas y él nos da salud, agua subterránea para llenar nuestros pozos y lluvia que llena los ríos que bajan de los Andes y nos permite irrigar nuestros campos. Pero cuando las personas se corrompen y destruyen el medioambiente, los apus nos mandan inundaciones y aludes de barro para castigarnos”. Percy señaló el lugar donde la inundación de 2017 había carcomido el sitio ritual y se llevó una de las piedras rituales y lamentó: “Esta última inundación fue inmensa porque la corrupción humana es inmensa”.
Dos años antes, dos curanderos mestizos locales me hablaron sobre cómo la conciencia superior de apus y wa’kas (paisajes y monumentos sensibles construidos por seres humanos) es fundamental para forjar la ética colectiva y la justicia ambiental entre los humanos. Argumentaron que los paisajes sensibles son por lo tanto, fundamentales para las acciones políticas de dos organizaciones ambientales que crearon con Percy en 2014, luego de una inundación devastadora. Leoncio Carrión, un curandero de Ascope, en el valle de Chicama, con ascendencia Moche y española, argumentó: “Necesitamos desarrollar una conciencia superior que esté en sintonía con la de las wak’as. La gente tiene que aprender a desprenderse de su egoísmo, ser consciente y pensar más colectivamente con sus comunidades, la tierra y los apus” (4 de agosto de 2016). Omar Ñique, un curandero mestizo de Buenos Aires, en el valle de Moche, elaboró:
Somos tan arrogantes que hemos perdido la capacidad de entender que los apus y las wa’kas tienen una conciencia superior y son los protectores de los recursos de la Pachamama [madre tierra]. Los científicos explican el fenómeno de El Niño y el cambio climático en la televisión desde una perspectiva científica. Pero ellos no entienden que estos son causados por la ira [reacción] de los apus y las wa’kas debido a la corrupción humana. Pero nosotros sabemos esto y es por eso que estamos trabajando junto con nuestros apus y wa’kas para contrarrestar esta destrucción y corrupción a través de rituales y acciones políticas colectivas, a través de nuestras organizaciones ambientales, la Asociación de Rescate y Defensa del Apu Campana y el Colectivo Comunidad Consciente (26 de agosto de 2016).
El humanismo y la idea de paisajes sensibles que interactúan con los seres humanos se han teorizado de maneras distintas, aunque rara vez con una mirada hacia la justicia ambiental y la ética colectiva. Estudiosos latinoamericanos han escrito sobre las dimensiones ontológicas de las alteridades radicales de los seres sensibles (De la Cadena 2015; Kohn 2013) y sobre la existencia de ontologías múltiples o alternativas (Blaser 2013). Otros académicos han criticado las formas de gobierno implementadas por regímenes de liberalismo colonial tardío —el geontopoder— que operan regulando la distinción entre vida y no-vida, permiten el extractivismo y desacreditan las prácticas animistas indígenas que disuelven la no-vida en la vida (Povinelli 2016). Sin embargo, ninguno de estos enfoques aborda las formas en que los lugareños cuestionan el geontopoder vinculándose con los paisajes sensibles como participantes de movimientos en pos de la justicia ambiental y la ética colectiva, en vez de como seres que no pueden compararse con el mundo moderno de la política.
En mi trabajo con mestizos pobres peruanos de los valles desérticos costeros de Moche, Chicama y la zona Huamachuco, en la sierra de La Libertad, analizo cómo y por qué ellos responden al cambio climático y a la contaminación ambiental recurriendo a espacios sensibles indígenas, como apus y wa’kas, con fines rituales, políticos y ambientales, y también para crear una ética colectiva. Estos mestizos ven a las wa’kas como paisajes y monumentos poderosos que fueron construidos por los ancestros indígenas, distintos de los apus, líderes ancestrales que toman la forma de poderosas y montañas, lagos y el mar que están conectados con las aguas subterráneas del mundo de los muertos. Como otros pueblos andinos, estos mestizos ven los apus y wak’as conectando a los mestizos con el mundo de sus ancestros indígenas, quienes controlan el acceso al agua (Glowacki y Malpass 2003), la vida, la salud, y la fertilidad, así como también las inundaciones, los aludes de barro, las enfermedades y la muerte.
Tanto en 2014 como en 2017, los valles desérticos costeros de Moche y Chicama, en el norte de Perú, fueron diezmados por inundaciones y aludes de barro causados por lluvias torrenciales vinculadas con El Niño, pero exacerbadas por el cambio climático. Los gobernantes peruanos de hoy creen que la inversión en la reconstrucción de hogares, puentes y caminos resolverá el problema. Sin embargo, el manejo que hacen de la economía, el medioambiente y la salud humana como ámbitos políticos inconexos ha tenido consecuencias desastrosas. La minería apoyada por el Estado y las empresas azucareras producen y reproducen jerarquías no democráticas, violencia estructural y destrucción ambiental; su explotación de la naturaleza refleja su explotación de los trabajadores pobres.
Huamachuco, en la sierra, es uno de los distritos más pobres de la región de La Libertad y ha sido devastado por las empresas mineras auríferas que han forzado a los lugareños a vender sus tierras y fuentes de agua, a medida que se disparaba el precio del oro. Estas mineras internacionales y la minería informal ilegal han contaminado la zona, pero el Ministerio de Energía y Minas y el gobierno regional no han hecho nada para resolver el problema. En los valles desérticos de Moche y Chicama ha aumentado la pobreza debido a que los aludes de barro y las inundaciones han destruido los canales de irrigación, y las crisis de la industria azucarera han causado la pérdida de puestos de trabajo para trabajadores mestizos y una baja en los salarios para los que aún siguen empleados (Kus 1989; Klaren 2005). La supervivencia de los mestizos marginados depende, con frecuencia, de su habilidad para trabajar en la industria pesquera, agrícola o extractiva, pero la contaminación del aire y el agua de su entorno provoca una serie de problemas de salud —enfermedades respiratorias, cáncer, depresión, alienación, envidia— y destruye las plantas medicinales utilizadas por los curanderos mestizos (chamanes) para ayudar a curarlos.
A diferencia de los presidentes peruanos, los curanderos mestizos y sus comunidades en estas zonas atribuyen una importancia ontológica más amplia a los desastres ambientales y entienden que las políticas neoliberales entran en conflicto con el bien común. A pesar de que los miembros de la comunidad trabajan en las minas y en otras industrias, apoyan el bien común fortaleciendo sus relaciones con otras comunidades: personas, apus, wak’as, plantas y animales. Las mesas rituales de los curanderos son un microcosmos de la relación de los humanos con los paisajes sensibles. Las piedras, cerámicas, conchas, plantas y agua que los curanderos ponen en sus mesas provienen de distintos apus o wa’kas y contienen sus poderes. Estos objetos sensibles permiten que los curanderos puedan usar los poderes de los apus y las wa’kas en sus ceremonias (Gálvez 2014). Los curanderos también toman un brebaje alucinógeno hecho del cactus San Pedro que está asociado con el agua para hacer “florecer” a la naturaleza y a las personas, y para reestablecer el flujo de energía entre mundos distintos (Glass-Coffin 2010:64). Los curanderos se conectan con los ancestrales apus y wa’kas para sanar y florecer a sus pacientes, de la misma manera que intentan controlar el acceso al agua para mejorar la fertilidad agrícola en los valles desérticos del Norte del Perú (Sharon 2000; Glass-Coffin 2010). El nombre espiritual del curandero Leoncio Carrión es “Omballec”, que significa “Guardián del Agua” e indica la interrelación de sus funciones: controlar las aguas subterráneas de los apus ancestrales, ríos y lluvias para lograr la fertilidad agrícola y el florecimiento, bienestar y riqueza de las personas.
Desde las intensas inundaciones de 2014, los mestizos pobres del norte de Perú han cuestionado cada vez más las percepciones hegemónicas de la “naturaleza” como recurso por ser explotado para un beneficio capitalista. Atribuyen las inundaciones y los aludes de barro a apus y wak’as furiosos —montañas y mares contaminados, monumentos saqueados— que castigan a los invasores, saqueadores y funcionarios corruptos que están destruyendo su mundo. Y, al igual que los pueblos indígenas del Sur de Perú (Mannheim y Salas 2015), creen que las inundaciones castigan a los locales por no alimentarlos con ofrendas. Los mestizos pobres proponen recrear un mundo de valores: incorporan fuerzas indígenas fundamentales a sus espacios físicos alimentando apus y wak’as con ofrendas, utilizándolos con fines políticos e invocándolos como los actores principales en los movimientos ambientalistas de base.
Mientras estas y otras crisis morales y ambientales hacen estragos en todo el mundo, los estudiosos, activistas e incluso los gobiernos nacionales reconocen cada vez más la sensibilidad, la capacidad de accionar y la condición de persona jurídica de la naturaleza. En algunos países, las comunidades locales y los activistas ambientales han logrado que ciertos ríos y la tierra misma sean reconocidos como personas jurídicas por el gobierno nacional, lo que permite el procesamiento de quienes contaminan de acuerdo con las leyes de daños contra la persona. Si bien el gobierno peruano aún no reconoce a la “naturaleza” como una persona jurídica, muchos peruanos pobres reconocen lugares específicos, como apus y wak’as, como personas simbólicas y con capacidad de accionar, que practican una especie de política emplazada o “cosmopolítica” que cuestiona las percepciones occidentales del ser humano. La cosmopolítica de estos lugares sensibles objeta la distinción entre lo metafísico y lo físico, lo espiritual y lo material, la naturaleza y lo humano (Descola 2013; Viveiros de Castro 1998; Vilaça 2005; Ingold 2000; Kohn 2013).
Mi enfoque de la cosmopolítica de lugares sensibles se centra en el contexto de la política moderna, el cambio climático, los movimientos ambientalistas de base y los reclamos legales para recuperar tierras y alcanzar la condición de persona jurídica de los apus. En cambio, los estudiosos que utilizan un enfoque ontológico de la cosmopolítica ven la exploración de otras formas de ser en el mundo como múltiple, divergente e inconmensurable (Stengers 2005:995), y como que “excede la política moderna” (De la Cadena 2015:275). Estos estudiosos plantean que la capacidad de accionar de lugares sensibles está vinculada al mundo de los pueblos indígenas y radicalmente alienada de la vida de los mestizos. Los lugares sensibles participan de rituales en torno de acontecimientos políticos y confrontan a los ricos terratenientes mestizos (De la Cadena 2015:96-97, 134), pero parecen aislados de las cuestiones políticas modernas: de las protestas sociales étnicas en contra de las corporaciones mineras, de las negociaciones con el Estado para recuperar lugares comunitarios y de la participación en movimientos ambientalistas locales (De la Cadena 2015:33, 275; Viveiros de Castro 1998; Kohn 2013; Taussig 1987). Este aislamiento los aparta del dilema político de la vida indígena en el mundo moderno (Ramos 2012) e ignora las percepciones y prácticas de los mestizos pobres como habitantes de un mundo que no es ni indígena ni de élite.
Los estudiosos que usan un enfoque de ecología política argumentan que los estudiosos de la ontología no demuestran cómo cuestionar el poder ni tampoco proponen una estrategia eficiente para alcanzar justicia ambiental (Hornborg 2017:2). Algunos alegan que la condición de persona de los paisajes sensibles es un concepto “idealizado e ingenuo” porque objeta las ideas progresistas de la realidad (Fabricant 2017). Otros argumentan que los lugares sensibles no son “reales” (Cepek 2016) porque los pueblos indígenas dudan de su existencia o porque no aparecen en las narrativas “tradicionales” (Cepek 2016). Estos puntos de vista ignoran las contradicciones típicas entre discursos y prácticas, el rol de la broma y el contexto y la forma como las personas reinventan constantemente lo “tradicional”. Algunos estudiosos han planteado análisis sofisticados respecto de las relaciones políticas entre los mitos indígenas, los rituales y los estados modernos (Hill 1988; Santos Granero 1998), pero no han logrado considerar los lugares sensibles como personas que participan de estas negociaciones interétnicas.
Ni un enfoque ontológico radical ni uno político-ecológico resultan útiles para comprender cómo los mestizos pobres se relacionan con las wak’as y los apus con fines políticos y ambientalistas. Ambos enfoques oscurecen el papel desempeñado por los lugares sensibles en el activismo ambientalista y en la política moderna, aunque por diferentes motivos. Más aún, los conflictos académicos entre estudiosos que apoyan estas diversas teorías tienen poco peso en las prácticas reales de los mestizos pobres. Cualquier intento de negociar un “término medio” (Conklin y Graham 1995; High et al. 20017) entre estas posiciones teóricas, con sus puntos de vista radicalmente diferentes respecto de la realidad, no parece tener probabilidades de éxito. Lo que se necesita, en cambio, es una nueva comprensión de la cosmopolítica arrancando desde las experiencias propias de las personas. Los mestizos pobres de La Libertad nos brindan justamente ese tipo de perspectiva pragmática y desde la experiencia.
La cosmopolítica pragmática de los mestizos pobres
La cosmopolítica de los mestizos pobres de La Libertad combina nociones indígenas de lugares sensibles con política moderna no indígena. En la costa, los mestizos recurren a la cosmopolítica y ética de apus y wak’as sensibles. Trabajan a través de dos organizaciones ambientalistas de base creadas en 2014 —la Asociación de Rescate y Defensa del Apu Campana y el Colectivo Comunidad Consciente—, con el fin de obtener la condición de persona jurídica para los lugares sensibles y confeccionar documentos legales que protejan y recuperen tierras de invasores, agronegocios y minería. Estos mestizos pobres también trabajan con curanderos para vincular la destrucción ambiental asociada al cambio climático con la violencia estructural y la salud humana. Durante sus visiones apocalípticas, que son tanto reveladoras como escatológicas, los curanderos combinan la capacidad de accionar y la moral de apus y wak’as con discursos científicos y con sus propias observaciones pragmáticas sobre los efectos del cambio climático. Los curanderos muestran a sus comunidades la ira de apus y wak’as contra quienes destruyen la salud de las personas y el mundo, y también la forma como los miembros de la comunidad pueden trabajar conjuntamente para construir un futuro mejor.
En esta sección analizo cómo los lugares sensibles, a través de su novedosa cosmopolítica, mitigan los efectos del cambio climático y la devastación ambiental mundial sobre la salud social y humana. Indago sobre cómo los mestizos y los lugares sensibles con los que conviven intentan abordar la crisis de un mundo neoliberal, y sobre qué tipos de ética, política y sociedades habilitan o excluyen en el proceso. Considero nuevas formas de pensar el Antropoceno —la idea de que la destrucción del medioambiente por parte de los seres humanos ha alcanzado una fuerza planetaria en la época actual—, y estudio el modo en que la gente usa su comprensión resiliente de los espacios sensibles con capacidad de accionar, para responder pragmáticamente a los efectos del cambio climático y emprender transformaciones sociales, políticas y económicas radicales. También me interesa examinar cómo los locales identifican los lugares sensibles y cómo estos sirven como una importante fuente de conocimiento e identidad comunitarias para las personas que intentan comprender las rápidas modificaciones ambientales, la violencia estructural y otras crisis contemporáneas del mundo neoliberal.
Sostengo que los mestizos pobres crean nuevos modelos de movilización política basados, no en políticas de identidad divisorias de pueblos indígenas y no-indígenas, sino en el sentido de un mundo interétnico compartido. La apropiación de los poderes de paisajes indígenas sensibles nos permite ir más allá de las distinciones académicas entre lo indígena y lo no-indígena, lo humano y lo no-humano, la naturaleza y la cultura, la ontología y el activismo político. Los mestizos pobres están creando un nuevo modelo de ética colectiva y justicia ambiental y, dado que no les preocupa la dicotomía occidental entre espíritu y realidad, consideran a los apus y wak’as simultáneamente como personas y metáforas de los movimientos de justicia ambiental, como el fundamento del activismo local contra las empresas azucareras, las mineras y aquellos que ocupan y saquean las wak’as. La vulnerabilidad producida por el cambio climático ha favorecido un replanteo de valores e impulsado movimientos de cambio que reconcilian la cosmopolítica de los lugares sensibles con el discurso científico y el activismo político. A través de la participación en actividades rituales y políticas con las wak’as, los mestizos cimentan una ética colectiva y luchan contra la sobreexplotación de recursos, el cambio climático y la codicia como un único problema. De esta manera, la moral y la capacidad de accionar de apus y wak’as y las acciones de los curanderos y comunidades conforman el bienestar de las personas y el planeta.
Este análisis se basa en cuatro veranos (2015-2018) de investigación etnográfica colaborativa con chamanes mestizos, pescadores y sus comunidades en los valles costeros de Moche y Chicama, y en la zona andina de Huamachuco, en La Libertad, Perú. Al acompañar a los mestizos pobres en sus visitas al mar, las montañas y sitios precolombinos y al participar en sus rituales, llegué a entender cómo internalizan y expresan su comprensión de las wak’as. Participé en actividades de pesca, en la confección y venta de artesanías y en la visita a vendedores de plantas medicinales. Realicé exhaustivas entrevistas semiestructuradas y no estructuradas y conversé con una variedad de mestizos pobres —chamanes, pescadores, artesanos, pacientes, mineros y activistas—, mientras reunía relatos sobre sus sueños apocalípticos, visiones de wak’as y opiniones sobre los efectos del cambio climático. Observé el rol de las wak’as en la curación y la adivinación, el cual se ve reforzado por el turismo espiritual, el uso que los mestizos hacen de los mercados y huertas de plantas medicinales para crear una nueva relación entre las plantas y wak’as, las reglas morales que practican y sus interpretaciones de los discursos científicos sobre el cambio climático. Y los observé al participar en el Colectivo Comunidad Consciente y en la Asociación de Rescate y Defensa del Apu Campana, y a los curanderos enseñar a sus comunidades sobre la relación entre el cambio climático, la falta de moral, las inundaciones y aludes de barro y las acciones de las wak’as.
Así, a quienes me he referido reproducen y desafían las construcciones peruanas de raza relacionadas con la cultura, la geografía y las wak’as. Se enfrentan a contradicciones en su relación con el deterioro ambiental, las industrias extractivas y las wak’as, mientras intentan dar sentido a los accidentes, enfermedades y muertes en su vida precaria. Al mismo tiempo, están creando un modelo para el cambio social a través de una ética colectiva que vincula la capacidad moral de accionar con las wak’as, a fin de lograr una transformación social y ambiental.
Desafíos de los mestizos pobres a las divisiones hegemónicas de clase en la vinculación con apus y wak’as
La mayoría de las personas de esta zona se consideran mestizos por el cruce de razas y culturas que ha habido… Hay una mezcla entre lo indígena y lo no-indígena y muchos apellidos mestizos… Pero hay un grupo de nosotros que nos consideramos Chimú y no solo como descendientes de una cultura Chimú pasada… Sentimos que nuestra cultura Chimú sigue viva. Mi apellido Huamanchumo por ejemplo está ligado a la realeza Chimú… Gente de la sierra, de la selva y de otros lugares que vienen a vivir acá se empiezan a involucrar y se empiezan a sentir identificados con las culturas del norte y a sentirse parte de esta comunidad. En Huanchaco la sabiduría en la cual se basa el poder local también han ido absorbiendo las culturas de personas que llegan de distintas zonas. Y por eso todavía existe.
Percy Valladares Huamanchumo, 9 Septiembre de 2018.
Las personas pobres de La Libertad se identifican a sí mismas como “mestizos”, un término que es una combinación fluida, ambigua y políticamente controvertida de “blanco” e “indio”. Viven entre cosmovisiones de blancos e indígenas y pragmáticamente recurren a ambas, haciendo hincapié en una u otra, según el contexto. Esto cuestiona la forma en que los peruanos conciben cómo las divisiones raciales determinan quién se vincula y quién no con apus y wak’as. El movimiento de los mestizos hacia el interior y el exterior de estos mundos indígenas y no-indígenas es significativo para las relaciones culturalmente representadas con los lugares.
Dado que en Perú el mestizaje no es ni una política de estado ni una ideología hegemónica, la raza se concibe en términos culturales, más que biológicos, y está ligada a la discriminación de clase, educación y etnia entre grupos de blancos, mestizos e indígenas (De la Cadena 2000). Todos se sienten víctimas de la discriminación, pero todos también se sienten justificados para discriminar a otras personas y otros grupos. Las ideologías racistas consideran a los serranos (indígenas andinos) como campesinos pobres, ignorantes e irracionales, que se relacionan con las wak’as y se interponen en el camino de los mestizos urbanos educados, racionales y de clase media de la costa (Méndez 2011). La élite serrana de los Andes, a su vez, estigmatiza la indianidad. Se identifican como mestizos, celebran la cultura indígena y discriminan a los campesinos pobres serranos, aunque en la práctica, los serranos rurales también participan en la creación y celebración de la cultura indígena (Mendoza 2006). En contraposición, la élite educada de clase alta de Lima se considera como “gente blanca decente”, no como mestiza, y discrimina a todos los serranos a quienes agrupa como indígenas (De la Cadena 2000). En menor medida, los limeños discriminan a los mestizos pobres de la costa.
Aunque los mestizos costeños son como la élite serrana, ya que a veces discriminan a los campesinos serranos al tiempo que celebran la cultura indígena, también son, como los serranos pobres, víctimas de las industrias extractivas que los consideran obstáculos para el progreso. A diferencia de la élite serrana, los mestizos de la costa admiten la diferencia al incorporar a los inmigrantes pobres de la sierra a sus propias comunidades, practicando así una especie de cosmopolítica basada en el lugar y rompiendo con las divisiones de la política de identidad sierra/costa. Pero también hay algunas diferencias entre la cosmopolítica de indígenas serranos y mestizos costeños. El movimiento milenario de los quechuas, el Taki Ongoy, de 1560, donde apus y wak’as se levantaron contra la era de los españoles y el cristianismo (Millones 2007), es bastante diferente de las invocaciones mestizas contemporáneas de apus y wak’as de los moches contra la devastación ambiental y la corrupción política. Mientras los quechuas andinos entienden las wak’as como atributos, eventos y cosas sensibles y con poder de accionar cuyas cualidades como persona son reproducidas a través de la practica social (Mannheim y Salas 2015), los mestizos costeños se preocupan más de la materialidad de las wak’as. Como el agua es escasa en los valles desérticos de Moche y Chicama, los mestizos de esta zona ven a las wak’as como paisajes indígenas sensibles que controlan el agua y requieren de ofrendas y rituales de los seres humanos para mantener su cualidad de persona como dadores de vida, fertilidad y salud. Al mismo tiempo, estos hacen uso de conceptos no-indígenas hegemónicos como “espiritualidad”, “lugares sagrados”, “naturaleza”, “medioambiente” y “patrimonio natural y cultural”, que distinguen entre naturaleza, cultura y lo metafísico, para que su cosmopolítica sea comprensible en otros contextos.
Históricamente, las poblaciones indígenas de los valles costeños de Chicama y Moche se relacionaban con las comunidades de la sierra en Huamacucho a través del matrimonio y del intercambio económico, social y ritual. A pesar de que hoy en día ambas poblaciones se identifican como mestizas, más que como indígenas, el patrón de intercambio sigue siendo fuerte (Schaeffer 2006). Las frutas, verduras, pescados y otros productos comerciales de la costa se intercambian por plantas medicinales, carne y papas provenientes de la sierra. Las relaciones sociales y rituales también son sólidas. En los valles de Moche y Chicama, cada uno de los mestizos pobres que conocí tenía parientes en la sierra de La Libertad. El matrimonio entre las poblaciones de la costa y la sierra sigue siendo algo común y la gente viaja de un lado a otro para asistir a rituales y acontecimientos sociales. Los adultos de la sierra van a la costa para encontrar trabajo y las mujeres embarazadas, las madres jóvenes y los ancianos a menudo regresan a la sierra en busca de una vida más apacible. A los curanderos de la costa los inician sus maestros de la sierra, quienes, se cree, tienen poderes superiores.
La apropiación por parte de los mestizos de los apus y wak’as costeros no es una “explotación política de la neoindianidad” instrumental (Galiner y Molinié 2013, 189). En cambio, los mestizos costeros pobres desafían la dicotomía serrano-mestizo costero incorporando a sus comunidades serranos de La Libertad con quienes trabajan en minería, agronegocios y fábricas de caña de azúcar, celebrando sus raíces indígenas costeras de Moche y Chimú, y relacionándose con los apus costeros y las wak’as en sus propios términos. Los mestizos costeros se ven a sí mismos como parte de un universo moral en el que los paisajes sensibles son seres sociales que poseen poderes indígenas y participan en el activismo político. Y debido a que los apus y las wak’as dependen de los amplios intereses ambientales, sociales y políticos de los mestizos pobres costeros y de las tierras altas en lugar de las políticas étnicas divisivas, trascienden las dicotomías académicas para abrir un nuevo tipo de debate político basado en el valor de un mundo interétnico compartido.
Relaciones mestizas con los desastres ambientales y el extractivismo
Los problemas de salud producidos por la degradación ambiental afectan a los pobres de manera desproporcionada. La supervivencia de los mestizos a menudo depende de su capacidad para trabajar en las industrias agrícolas y extractivas (minería y caña de azúcar) que luego contaminan el ambiente en el que viven. Su marginación y la contaminación de su aire y agua producen enfermedades contagiosas, trastornos respiratorios, cáncer, depresión, alienación y envidia, y destruyen las plantas medicinales que los curanderos usan para sanarlos. Una infraestructura débil y la discriminación también obstaculizan la capacidad de accionar de los mestizos pobres y dificultan que se los diagnostique y trate (Bussmann y Sharon 2007). La crisis se profundiza aún más por el hecho de que algunos funcionarios corruptos embolsan los recursos destinados a ayudar a las comunidades pobres para acceder a servicios de salud y reconstruir su hábitat luego de las inundaciones y los aludes de barro.
En la última década, el gobierno peruano ha intensificado la extracción de recursos para impulsar el crecimiento económico, lo que ha resultado en un calentamiento por el efecto invernadero, la deforestación del Amazonas, la reducción de glaciares andinos y la contaminación del agua, aire y suelo. Esto ha hecho de Perú el tercer país más vulnerable al cambio climático (Perú, pionero en Latinoamérica, 17 de abril de 2018). Aunque el gobierno habla de nacionalismo de recursos y desarrollo estatal, está claro que el control lo tiene el capital extranjero. El gobierno trabaja con mineras canadienses y estadounidenses y con azucareras italianas y alemanas y cosecha los beneficios que estas empresas obtienen ignorando, tanto los costos sociales y ambientales como la resistencia que esto genera en la gente, que se ve negativamente afectada. El extractivismo exacerba la pobreza en las comunidades mestizas mediante un proceso de despojo que fomenta la acumulación de riqueza en otra parte. Si bien el neoliberalismo no ha logrado mejorar el crecimiento económico y, de hecho, ha incrementado la pobreza, los presidentes peruanos contemporáneos de derecha y de izquierda utilizan la extracción de recursos como principal estrategia de desarrollo. Ninguna de las partes ha podido cumplir con las promesas de mayor inclusión social y justicia económica. Estos fracasos han desatado intranquilidad política en las comunidades campesinas indígenas y mestizas, donde el perjuicio generado por el actual orden de acumulación y consumo se siente con mayor intensidad y donde las contradicciones del desarrollo se hacen más visibles (Hickel 2017).
En La Libertad los mestizos pobres utilizan diversas estrategias —entrando y saliendo de modos políticos modernos de resistencia ofrecidos por los lugares sensibles— para enfrentar los efectos de las políticas neoliberales. Tal como se observa en estudios sobre “el ambientalismo de los pobres” (Martínez Alier 2002), hay quienes refutan la distribución desigual de costos y beneficios ecológicos. Al igual que los investigadores anti-desarrollo (Escobar 1995), los mestizos pobres cuestionan las ideologías occidentales que establecen las reglas sobre cómo deben vivir los pobres, en lugar de permitir que las comunidades locales resuelvan sus propios problemas. Al mismo tiempo, los mestizos reconocen que tienen menos poder y menos recursos para el desarrollo de sus comunidades debido a los efectos estratificadores del capitalismo, y critican las estrategias políticas y económicas utilizadas por el Estado, las industrias extractivas y las agencias de desarrollo para limitar la posibilidad de desarrollarse. Algunos de ellos intentan resolver esta desigualdad vinculándose con las mineras y azucareras con la esperanza de obtener suficiente riqueza y una movilidad social que les permita mejorar sus vidas. Otros son dolorosamente conscientes de que no tienen movilidad en este sistema y que las industrias extractivas solo socavarán su salud, su medioambiente y su bienestar.
Cosmopolítica transaccional de wak’as en La Libertad
En los Andes se cree que tanto la tierra como las wak’as emplazadas tienen un lado fértil que da vida y proporciona recursos (llamado “Pachamama” en algunas zonas), así como un lado destructivo que quita la vida (conocido como “Supay” o “El Tío” en algunas zonas; Nash 1979; Taussig 1980). Los seres humanos se involucran en una lógica transaccional de intercambio para recrear la condición de persona de las wak’as alimentándolas con pagos a la tierra (también conocidos como “despachos” en ciertas áreas), que incluyen artículos tales como hojas de coca, maíz, chicha, pan dulce, grasa de llama y frutas. A su vez, las wak’as otorgan a los seres humanos permiso para visitarlas y también sustento, obsequios y otros recursos (Mannhein y Salas 2015). Percy Valladares Huamanchumo, vecino del pueblo costero de Huanchaco, relató las consecuencias de su ofrenda al apu Campana:
Hice una ofrenda de coca a la wak’a y entonces mi mente quedó en blanco y reaparecí desorientado unos ciento cincuenta metros más abajo de la ladera. Me senté en una piedra y miré hacia abajo y vi un triángulo de plata, parte de un pectoral, y miré alrededor y había fragmentos de cerámica. Vi un hueso humano; y cuando me disponía a enterrarlo encontré ofrendas de conchas, cuentas, cuarzo. Entonces me hice un corte profundo en la mano y finalmente logré detener la sangre con una venda, y al bajar había una cerámica preciosa que antes no estaba ahí, esperándome. La wak’a recibió mi ofrenda [de sangre] y luego me llevó a ese lugar para darme obsequios (11 de marzo de 2018).
Si los seres humanos no alimentan a las wak’as, desconocen su condición de persona y las tratan sin respeto, o si se las sobreexplota, entonces ellas se enojan y se cree que provocan lluvias torrenciales, inundaciones, aludes de barro y terremotos, que ocasionan enfermedades, accidentes, mala suerte y muerte a los seres humanos. Un montañista narró las consecuencias de haber olvidado hacer una ofrenda a un apu al que estaba escalando: “Un viento helado descendió como una ola e hizo volar la carpa. El viento botó a un compañero y se dañó la pierna. Luego hice la ofrenda [y] todo se calmó y el viento desapareció” (12 de agosto de 2017).
Al igual que los pueblos indígenas en toda Latinoamérica, los mestizos pobres consideran a los lugares sensibles como personajes egocéntricos cuyo sistema de valores se basa únicamente en lo que es bueno o malo para sus componentes vitales y crecimiento (Kohn 2013), su poder y reconocimiento. Las interacciones con estos seres implican pagos a la tierra, pedidos y ruegos (Gose 1994; Nash 1993; Taussig 1987; Ulmer 2017). Los curanderos tienen relaciones con wak’as específicas a las que invocan y alimentan para obtener recursos, conseguir curación y bienestar para sus pacientes, o para provocar enfermedades, infertilidad y muerte a sus enemigos. La energía de la wak’a cambia según cómo se la utiliza. Un curandero de la costa, Omar Ñique, sostiene:
Las energías que emanan de las wak’as pueden ser positivas o negativas, dependiendo de quién las use y con qué propósito. Si las personas conciben a la wak’a como un lugar que emana el amor del ser humano y la gente respeta a la wak’a y le hace ofrendas, será un lugar de sanación, tendrá buena energía. Si las personas conciben a la wak’a como un lugar donde se incrementa el odio que genera el ser humano y la gente maltrata y explota a la wa’ka, será un lugar de brujería, tendrá mala energía. La wak’a Cortada, en el complejo arqueológico de El Brujo, tiene rastros de mala energía porque la gente la usa para la brujería. Yo estaba haciendo una ceremonia allí y escuché el sonido de cadenas que se arrastraban en el suelo, gente gimiendo, espadas entrechocándose y un caballo galopando y relinchando de miedo. Estas son las energías negativas que quedan allí (1 de agosto de 2017).
Esta interacción entre los seres humanos y la wak’a dadora de vida a veces se imagina como un intercambio recíproco que implica respeto por la naturaleza y un uso controlado de sus recursos que potencia el poder de la wak’a y el bienestar de la comunidad. El “pago a la tierra”, que tiene el propósito de dar vida, es similar a las ofrendas que los campesinos hacen a las tierras agrícolas con el fin de mejorar la fertilidad y el rendimiento de la cosecha (De la Cadena 2015). Lucila, una curandera de la comunidad serrana de Yamobamba, Huamachucho, explica cómo su comunidad alimenta a la wak’a Siempre Viva y cómo esta le otorga a cambio recursos, salud y bienestar: “El primero de mayo subimos a la montaña y la celebramos. Le damos chuño [papas deshidratadas], alcohol, pan dulce, porque pasamos allí toda la noche. Le damos puerco. Lo enterramos. Luego hacemos ceremonias para curar y hacer prosperar a la gente, para permitirles que les vaya bien en su camino. La montaña nos da abundancia, salud y felicidad” (18 de agosto de 2016).
Pero hoy en día, los intercambios entre los mestizos pobres y las wak’as en La Libertad a menudo se vinculan menos con el ideal de una reciprocidad equilibrada y más con el deseo humano de beneficio personal, evitando el castigo por no hacer ofrendas a las wak’as, por contaminarlas o sobreexplotarlas. Junto con la lógica wak’a, los mestizos han internalizado las creencias católicas o cristianas que establecen la superioridad de los seres humanos sobre la naturaleza. Según el catolicismo, los intercambios humanos con las wak’as son una forma de paganismo eco-céntrico que menoscaba “el valor de la persona por encima de todos los demás seres vivos” (Ciudad del Vaticano 2009). Cuando las wak’as castigan a los mestizos por su falta de reciprocidad, se ganan la reputación de que son peligrosas para los seres humanos. Los curas y santos católicos a menudo intervienen para convertirse en los protectores de los mestizos pobres contra las wak’as “diabólicas” que tienen exigencias, matan seres humanos o provocan enfermedades. Un buen ejemplo es el caso de la reacción de los mestizos al castigo de la wak’a del lago Sausachocha que ahogaba y hacía desaparecer seres humanos. Un fotógrafo de familia del lago Sausachocha explica:
Sausachocha ha matado a mucha gente irrespetuosa. Unos turistas vinieron y cagaron en sus orillas y la lluvia llevó los desperdicios al agua. Pescaron muchas truchas y Sausacocha los abofeteó con olas y los ahogó… Como ella es un encanto, se tragó a varias personas y sus animales en la orilla. Y como la gente se quejaba, los franciscanos vinieron y bautizaron a Sausacocha y la hicieron católica para tratar de aplacarla… Sin embargo, ella todavía ahoga a la gente irrespetuosa. Unos músicos borrachos vinieron al muelle y decidieron nadar. No hicieron ninguna ofrenda a Sausacocha. Les dije que no se metieran porque Sausacocha se los tragaría y les daría hipotermia, pero me dijeron que me callara y uno de ellos comenzó a hundirse y se ahogó (17 de agosto de 2016).
Estas cosmopolíticas locales se complican aún más cuando los mestizos responden a las implicancias políticas y económicas del extractivismo. El extractivismo participa tanto de una lógica neoliberal como de una lógica andina vinculada a la dimensión destructora o que priva de vida de la tierra (Nash 1979), que Michael Taussig (1980:147) llama el “demonio” y relaciona con el fetichismo de la mercancía. Según la lógica neoliberal, los seres humanos explotan los recursos naturales no renovables para obtener beneficios financieros sin considerar las consecuencias para las wak’as, el medioambiente o el bien colectivo de las comunidades de la zona. La minería, por ejemplo, altera la lógica de intercambio recíproco porque el proceso de extracción del oro contamina y destruye a la wak’a parcial o totalmente.
Algunos mestizos están dispuestos a destruir parte de una wak’a mediante la explotación minera porque creen que ellos y sus familias obtendrán riqueza y movilidad social, aunque esto rara vez sucede. Las grandes empresas mineras tienen la tecnología para transformar los recursos ambientales en dinero, mientras que los mestizos pobres no. Los trabajadores reciben salarios bajos y carecen de los recursos para realizar una explotación informal. A menudo hacen pagos a la tierra a una mina para que esta les dé oro y los proteja de cualquier daño, pero esto casi nunca funciona. Su salud sufre las consecuencias de la minería, las wak’as los castigan por contaminarlas y no logran enriquecerse. Muchos mineros mestizos sostienen que las wak’as los castigan por robar el oro de las montañas empobreciéndolos, enfermándolos, volviéndolos impotentes y provocando accidentes.
El caso de Luis, un mestizo pobre de la sierra de Huamachuco, ejemplifica esta dinámica. Aunque Luis curó a su familia con plantas medicinales y se declaró “protector de la naturaleza y las wak’as”, trabajó en la mina de El Toro y ejerció la minería informal e ilegal hasta que la enfermedad y la pobreza lo obligaron a alquilar sus maquinarias y refugiarse en el catolicismo para protegerse de la venganza de la wak’a que había explotado. Luis me contó:
Primero trabajé para la mina de El Toro, que es la mina más antigua aquí. Más tarde llegaron las empresas mineras canadienses con una enorme capacidad de inversión y se hicieron cargo. En aquellos tiempos, los trabajadores extraíamos el oro con picos. Un día, cuando estaba dándole a la montaña con el pico, ella me gritó. Salí corriendo de la mina. Me enfermé gravemente. Después, encontré oro en mi propia tierra. Mientras pensaba en las posibilidades de buscar oro en mi propia tierra masticaba hojas de coca. Las hojas de coca estaban amargas; una mala señal. Pero decidí iniciar la explotación de todas maneras, porque era pobre. Tuve que contratar gente para hacerlo. Pero tenía que pagar cincuenta soles por día a cada hombre y eran ocho, así que era demasiado gasto. No podía competir con los canadienses. Luego el agua de mi casa se contaminó y todo empezó a ir mal. Tuve mala suerte. La montaña estaba enojada conmigo y me enfermó y empobreció. Dejé de trabajar y comencé a alquilar mis máquinas para extraer minerales a las empresas mineras por ciento cincuenta soles diarios. Así es como vivo. Me puse más enfermo y no me quedaba energía para trabajar. Tenía problemas para respirar. Por la noche limpiaba las máquinas con agua florida y agua bendita para que el catolicismo me protegiera y la montaña no me matara (20 de julio de 2015).
Los mestizos pobres también trabajan bajo la supervisión de arqueólogos que excavan wak’as que se encuentran en sitios precolombinos con valor científico. Las excavaciones destruyen parte de estas y los locales sostienen que disminuyen sus poderes aunque no en la misma medida en que lo hacen la minería y los saqueos. Los arqueólogos descubren estructuras y extraen artefactos precolombinos y huesos humanos para estudiarlos y colocarlos en museos, mientras que los saqueadores extraen los objetos para venderlos en el mercado negro y hacer dinero. Pero debido a que los artefactos no vuelven a la comunidad, algunos mestizos pobres ven a los arqueólogos como wak’eros profesionales (o saqueadores profesionales) y tratan de detenerlos por medio de la brujería.
Algunas empresas mineras y arqueólogos adoptan la lógica wak’a y contratan curanderos para hacer pagos a la tierra que tranquilicen a las wak’as y a los apus, con el fin de que estos den oro o revelen sus tesoros precolombinos sin matar o enfermar a nadie. Los curanderos del valle costero de Chicama, Agustín Fernández y Leoncio Carrión, conocido como “Omballec” o “Guardián del Agua”, fueron contratados para realizar pagos a la tierra antes de excavar la wak’a El Brujo. Por otro lado, una minera de Huamachuco contrató a Omballec para hacer rituales y preparar pagos a la tierra. Omballec lo hizo para que la mina produjera oro y protegiera a los mineros pobres. “Le di pagos a la wak’a y le rogué que diera oro para que el dueño se hiciera más rico. Yo estaba triste porque la wak’a sería destruida. Le pedí que no castigara a los pobres trabajadores, porque el responsable era el dueño de la mina” (10 de agosto de 2016).
Pero a pesar de ello, la muerte súbita y los accidentes continúan siendo eventos en las minas y las excavaciones arqueológicas en La Libertad y entre los wak’eros. Hubo tiroteos en Chan-Chan, múltiples accidentes fatales en la carretera Panamericana al pie del Cerro Campana y una enorme cantidad de accidentes y enfermedades entre trabajadores y arqueólogos en las excavaciones de wak’a La Luna y wak’a El Brujo. El arqueólogo Enrique Zavaleta lo explica del siguiente modo: “Hemos tenido muchos accidentes extraños en wak’a La Luna… No todos hacen pagos a la tierra. Algunos trabajadores aquí en la wa’ka se sienten enfermos o tienen enfermedades respiratorias. Un joven tuvo “aire de wa’ka” y un curandero lo trató con colonias y le puso algodón en los orificios nasales y hojas de ruda en sus oídos. Otros se enferman por el “aire de muerto” que viene de las esporas de hongos o del antimonio que queda atrapado en las tumbas donde ha habido metales” (11 de marzo de 2018).
Omballec sostiene que la extracción de la riqueza de las wak’as y de artefactos precolombinos es un robo a la fuerza vital de la wak’a; es decir, un acto maléfico. Este robo desencadena una respuesta del lado de la wak’a que priva de vida, que siente hambre y debe ser alimentada con sangre para compensar la fuerza vital que le ha sido arrebatada. Omballec lo explica así: “Si quieres hacer daño o robar agua y riquezas de la wak’a y de los apus, tienes que rociar sangre en el suelo y así los espíritus con los que te has estado comunicando vendrán a comer para recuperar su fuerza vital. Nuestros ancestros Moche y Chimú alimentaban a las wa’kas y a los apus con sacrificios humanos […] Pero si no ofrecemos sacrificios o rociamos sangre, entonces, el espíritu comenzará a tomar vidas humanas causando accidentes, muertes, inundaciones y aludes de barro” (9 de agosto de 2016).
Dado que los curanderos, arqueólogos y empresas mineras contemporáneos no pueden satisfacer la demanda de vidas humanas de las wak’as, ahora las wak’as toman las vidas de quienes trabajan en estos sitios. Un guardia de wak’a El Brujo relata:
Las wak’as del Complejo El Brujo han pedido vidas humanas a cambio de la excavación y ahora unas ocho personas que trabajaron allí han muerto de manera repentina. El arqueólogo Máximo Salinas murió en 1993 de un ataque cardíaco mientras excavaba en la wak’a. Un guardia llamado Máximo Cerván murió de cáncer unos años más tarde. Y Guillermo Wiese, que fundó y financió las excavaciones en el Complejo El Brujo, murió repentinamente en 1999. Pero luego siguieron otras muertes: Antonio, Jesús, Alipio, dos guardias, Chito, y, en 2012, el arqueólogo Duccio Bonavia murió de un ataque cardíaco cuando terminaba la excavación en wak’a Prieta, la wak’a más antigua de este sitio (4 de agosto de 2016).
Algunos también leen la muerte de Santiago Uceda, en enero de 2018, como causada por la wak’a, ya que había excavado tumbas y huesos de numerosas víctimas sacrificadas en wak’a La Luna y Chan-Chan. Sus colegas organizaron un ritual y pagos a la tierra realizados por Omballec para apaciguar a wak’a La Luna, pero Uceda murió antes. Omballec me dijo: “La wak’a estaba enojada porque Santiago estaba excavando las tumbas sin hacer suficientes pagos a la tierra. Trabajó durante muchos años respirando el aire de muerto de las tumbas y entonces la wak’a le dio cáncer en el riñón y el pulmón. La wak’a tomó su vida como pago” (22 de enero de 2018). El arqueólogo Enrique Zavaleta, que trabajó en wak’a La Luna, no estaba de acuerdo: “Los wak’eros dicen que si quieres encontrar una tumba valiosa, tienes que entregarle a la wa’ka una persona… Pero no hemos encontrado una tumba valiosa. Y Santiago no murió de repente, así que su muerte no puede atribuirse a la wak’a. Pero durante los tres días que siguieron a la muerte de Santiago los trabajadores escucharon su voz en la wak’a” (11 de marzo de 2018). Las minas también cobran vidas humanas, especialmente en la extracción de oro aluvial a cielo abierto en la Amazonía peruana, donde la vida humana es descartable. Los mineros afirman que algunos de ellos morirán para alimentar la tierra: “La tierra tiene hambre porque quiere una ofrenda antes de entregar el oro” (Ulmer 2017:2).
Las relaciones multifacéticas transaccionales de los mestizos pobres con las wak’as y sus fuerzas que otorgan y quitan vida, le permite a los mestizos dar sentido a la violencia estructural —pobreza, enfermedad y muerte— que gobierna sus precarias vidas y establecer una matriz de responsabilidades humanas y no-humanas en torno a la minería y las excavaciones arqueológicas. Pero los mestizos pobres también afirman que el lado destructivo de las wak’as surge cuando son sobreexplotadas y, por lo tanto, tratan de destruir el mundo con los síntomas del cambio climático: la repentina aparición de aguas oceánicas extremadamente cálidas frente a las costas de Perú y lluvias torrenciales que producen inundaciones y aludes de barro. Estas fuerzas destructivas han adquirido ahora implicancias morales: castigo para quienes abusan del medioambiente, de los mestizos pobres y de la comunidad.
La cosmopolítica moral de las wak’as, la crítica profética y el cambio climático
Cuando ocurre El Niño (como en 1982-83 y 1997-98), los rayos caen sobre la montaña Cuculicote porque es tan alta que las nubes quedan retenidas allí, en su ladera orientada en dirección al mar. Igualmente resplandecen los relámpagos. Es muy posible asumir cómo en la época prehispánica la gente local imaginaba que estos fenómenos —la lluvia, los rayos y los relámpagos— estaban asociados con la montaña y los aluviones que también descendían por todas las quebradas que nacían de la montaña. Es lógico que haya un culto a las montañas como las que controlan el clima.
Arqueólogo César Gálvez, 14 de agosto de 2016.
En marzo de 2017, las nubes y los relámpagos se acumulaban en la montaña y el agua caía en oleadas. Los apus arrojaban la lluvia para limpiarse. Cuculicote aniquiló a todos los ocupantes ilegales con aludes de barro, que también se abrieron paso por nuestras calles. Mucha gente perdió su casa… El agua caía con tanta furia como para enseñarnos a respetar la naturaleza, apu wak’a. La gente vino a pedirme que calmara a la montaña Cuculicote y le dijera que se detuviera. Pero esto no es algo que deberíamos intentar parar. Ni el apu ni la naturaleza pueden dominarse. Son la naturaleza y los poderes superiores quienes les dicen a los seres humanos que cambien su comportamiento y que tienen que desarollar una conciencia superior, pensarse colectivamente. Nosotros los seres humanos tenemos que trabajar colectivamente con nuestras comunidades y con nuestros líderes antiguos, nuestros apus y wa’kas.
Omballec, 11 de agosto de 2016.
Luego de la devastación de las comunidades por los aludes de barro y las inundaciones de 2014, los mestizos pobres de la región costera de los valles de Moche y Chicama habían ampliado el alcance de su trabajo con wak’as y apus para incluir la moral, la conservación, la ética colectiva y la justicia ambiental. Comenzaron a hablar de las wak’as, no como entidades egocéntricas sino como personas morales superiores críticas de la corrupción y ambición humanas, y a incluirlas como actores intencionales en la lucha por contrarrestar la devastación ambiental causada por el neoliberalismo y el cambio climático. Los mestizos recurren a las wak’as indígenas, no solo porque estas desempeñan un papel central en su identidad y su vida, sino porque ellas ofrecen la única estrategia viable para contrarrestar la devastación ambiental a largo plazo. Ahora los mestizos pobres ven a las wak’as y a los apus como quienes castigan a los seres humanos con los efectos del cambio climático —inundaciones, aludes de barro, calentamiento de las aguas— para forzarlos a alcanzar una conciencia superior que se centre en el bien colectivo y el medioambiente.
Luego de la devastación de las comunidades a causa de los aludes de barro y las inundaciones de 2014, los mestizos pobres se reunieron en el pueblo pesquero de Huanchaco para crear dos movimientos ambientalistas de base: la Asociación de Rescate y Defensa del Apu Campana y el Colectivo Comunidad Consciente. La Asociación de Rescate y Defensa del Apu Campana define a Campana —la montaña más alta cerca de Trujillo— como un apu, una persona que tiene un impacto significativo en la región. El documento de la asociación dice así: “Apu Campana es la máxima autoridad espiritual y gnóstica de nuestro pasado indígena que alimenta nuestros valores ecológicos y colectivos”, la cual es “central para nuestra salud colectiva dado que nuestros curanderos la invocan y usan sus plantas medicinales para curar” y es un “patrimonio natural y cultural fundamental de la región” (Escritura Pública de Constitución de Asociación Civil Denominada Asociación de Rescate y Defensa del Apu Campana, Santuario Ecológico y Arqueológico de la Libertad, 4056-2012). En julio de 2018, la asociación peticionó la personería jurídica de Apu Campana y denunció su destrucción. Pero también propone recrear un mundo de valor reinsertando fuerzas indígenas fundamentales en los espacios físicos de los mestizos pobres y usarlas para fines políticos. Juntos los mestizos pobres, los apus y las wak’as practican una nueva forma de cosmopolítica que promueve una ética colectiva de mayor alcance orientada hacia la salud y la justicia ambiental.
Un guía turístico mestizo empezó a llevar jóvenes a Campana para que pudieran experimentar su condición de persona y aprender a ser considerados con los demás: “El apu me habla a través de animales, plantas y luces. La única manera de que los jóvenes comprendan el valor del apu es experimentar por sí mismos la humanidad y el poder que éste tiene […] Una vez llevé monedas como pago al apu y empezaron a verse unas luces centellantes, como un OVNI, demostrando su poder, y los jóvenes se quedaron sentados ahí asombrados” (21 de junio de 2018).
El Colectivo Comunidad Consciente es un colectivo de base socialmente responsable enfocado en temas ambientales e incluye la participación de apus y wak’as como agentes intencionales. El movimiento está liderado por el curandero Omar Ñique y el administrador Percy Valladares Huamanchumo, quienes rechazan el neoliberalismo en tanto que está intrínsecamente en conflicto con la salud del clima, el medioambiente y la comunidad. Sostienen que los marcos capitalistas imaginan que la naturaleza es inagotable y está separada de la vida humana, transformando la realidad misma en una mercancía y a los individuos, las corporaciones y los Estados en agentes corruptos del mercado que explotan el medioambiente, que no es una mercancía y que sin embargo es indispensable para la supervivencia de todos. Según escribe, tanto Klein (2014) como Castillo y Egginton (2016), el resultado final de este enfoque neoliberal es la devastación ambiental, el cambio climático global y un mundo que ya no respeta ni a la gente ni sus valores.
El colectivo busca contrarrestar las consecuencias desastrosas del cambio climático y del neoliberalismo, combatir la corrupción mediante la toma colectiva de decisiones y ayudar en la recuperación de desastres ecológicos incorporando wak’as y apus indígenas que se desempeñen como personas jurídicas y como símbolos del comportamiento moral, la ética colectiva y la justicia ambiental. Valladares explica:
Las wak’as y los apus son nuestros ancestros sagrados, imbuidos de poder, que dictan los principios que organizan la vida de todas las personas humanas y no humanas y enfatizan las relaciones morales y respetuosas entre ellos mismos, los seres humanos, el medioambiente y el bienestar. El objetivo del colectivo es utilizar estos principios para crear una plataforma para la toma colectiva de decisiones sobre temas que tienen que ver con las agendas ambientales regionales, el patrimonio natural y cultural y las campañas contra la corrupción en el manejo de desastres. Valoramos el bien colectivo, la transparencia y el cogobierno democrático, y estamos contra la corrupción, la explotación y el abuso de las industrias extractivas y el gobierno. Buscamos mejorar las leyes ambientales para proteger los espacios verdes y trabajar con las organizaciones ambientalistas, las personas que defienden el patrimonio natural y cultural, las personas naturales, las wak’as y apus, y las autoridades que están comprometidas con los objetivos del colectivo para crear un mundo mejor (21 de febrero de 2018).
A través de wak’as y apus los lugareños negocian la protección espiritual de los funcionarios gubernamentales, las mineras y otros. Al incorporar aspectos espirituales y morales en los planes de crecimiento y desarrollo, los mestizos pobres tratan de manejar el capital natural, social y espiritual para el bienestar de las generaciones futuras. Valladares me dijo: “El colectivo ha estado involucrado en la protección, el respeto y la conservación de espacios sagrados como el Cerro Campana, la Quebrada de Santo Domingo, el Cerro Cuculicote, el Cerro la Virgen, Chan-Chan y wak’a El Brujo. El colectivo no solo defiende estos lugares como estructuras sino también como entidades con poder y energía que fluye de cada wak’a y apu hacia los habitantes” (21 de febrero de 2018). A su vez, curanderos como Omar u Omballec interactúan con las wak’as con fines curativos rituales y como actores políticos en el colectivo. Usan este colectivo para educar a sus comunidades sobre la relación entre el cambio climático, la moral, las inundaciones y los aludes de barro, así como sobre las acciones de las wak’as. Ñique explica: “Le digo, pero también le muestro a la gente, que los desastres que están sufriendo los causan las wak’as que controlan el cambio climático. Y que [si] se comportan responsablemente con todo el medioambiente y se convierten en ciudadanos éticos que luchan para conservar las wak’as y los apus como patrimonio natural y cultural y se oponen a la codicia y la corrupción, salvarán su propia vida y al mundo” (25 de julio de 2017). El colectivo recurre a la ayuda de curanderos, abogados, periodistas y activistas de la zona para convertirse en la voz de los movimientos de base locales; se trata de una plataforma real y virtual que tiene un periódico en línea enfocado en la responsabilidad social.
Los mestizos pobres no están solos en sus esfuerzos por reconocer los aspectos de la naturaleza como personas para los fines del activismo ambiental. Investigadores y gobiernos nacionales en diversas partes del mundo reconocen cada vez más la condición de persona de la naturaleza, lo que es un extraordinario avance en términos conceptuales y jurídicos que permite el procesamiento de quienes contaminan de acuerdo con las leyes de daño a la persona. India, Australia y Nueva Zelanda han reconocido la personería jurídica de ríos; Bolivia y Ecuador reconocen la condición de persona de la Pachamama (“Madre Tierra”); en tanto que Colombia reconoce la personería jurídica de la selva amazónica. Las leyes han establecido el derecho a la vida de la naturaleza, a continuar con sus ciclos y procesos vitales libres de la perturbación humana, de tener agua pura y aire limpio y a no ser contaminada ni modificada genéticamente. El objetivo de estas leyes incluye una nueva y radical conservación y medidas sociales para reducir la contaminación y aumentar la reglamentación de la minería y otras industrias. Si bien el gobierno peruano no ha reconocido la personería jurídica de la naturaleza, el 2 de abril de 2018 el presidente Martín Vizcarra, presionado por miembros del Acuerdo de París, aprobó la Ley de Cambio Climático (El Peruano, Ley 30754, 2018). Esta ley fortalecerá las políticas climáticas a fin de preparar a la gente para fenómenos naturales extremos, generar proyectos de desarrollo sostenible y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Pero, a pesar de los esfuerzos del colectivo, la implementación y aplicación de dichas leyes ya está resultando difícil porque entran en conflicto con objetivos de crecimiento económico nacional y los intereses de las industrias extractivas.
Aunque existen dificultades políticas y legales, la cosmopolítica diaria de los mestizos pobres cuestiona las distinciones académicas entre lo real y lo metafórico de maneras significativas. Algunos sostienen que los lugares sensibles no son “reales” porque los indígenas dudan de su existencia (Cepek 2016). Sin embargo, he observado que los mestizos pobres pueden negar la existencia de apus y wak’as cuando interactúan con los funcionarios estatales que asumen un punto de vista progresista y secular, pero todavía se relacionan profundamente con apus y wak’as para dar sentido a su vida diaria y a la devastación ambiental. Los lugareños a menudo se mueven de un modo pragmático entre estos mundos, de acuerdo con sus experiencias, necesidades y públicos, y algunos hacen de los paisajes sagrados y sitios sensibles objeto de bromas e ironías (Willerslev y Pedersen 2010). Pablo, un taxista de Trujillo, ejemplifica este proceso:
Nunca antes hemos tenido fenómenos de El Niño como este […] Hubo siete huaicos [aludes de barro]. Uno podría decirle al gobierno que es porque la ciudad fue construida en el camino del agua. Pero la culpa la tiene la corrupción humana. Nos reímos de la naturaleza. Yo no creía en los apus, de modo que no podían castigarme y yo podía hacerme rico trabajando en las minas […] Los destruimos. Pero los apus se vengaron de nosotros de todas maneras. Ahora los apus nos están castigando con el cambio climático. Mi casa se destruyó en la inundación. Estamos siendo castigados por la falta de moral, ya que todos hacen las cosas para sí mismos sin pensar en la comunidad. Ahora que perdimos nuestras casas, estamos aprendiendo a respetar a los apus otra vez y a unirnos al colectivo, porque esto también tiene que ver con nuestra supervivencia y nuestro futuro (24 de julio de 2017).
Los mestizos hablan de wak’as y apus como agentes y además los usan como tropos de moral o justicia ambiental, reviviendo así las nociones indígenas sobre la condición de persona de la naturaleza como una estrategia con la cual obtener apoyo para movimientos políticos que promueven el bien colectivo y la justicia ambiental. Los mestizos pobres se sitúan simultáneamente en lugares sensibles y en la política moderna. Como afirma Claudia Briones (2014), el conocimiento de los lugareños siempre es contextual: a veces se refiere a un mundo diferente y otras está inmerso en los discursos modernos. Pero para los mestizos pobres peruanos, la condición de persona de las wak’as —inherente o atribuida— nunca se pone en duda.
Predicciones de El Niño a través de visiones y observaciones
En el pasado, los peruanos a menudo se burlaban de las predicciones de los curanderos sobre los fenómenos de El Niño, basadas en una ciencia local que no alcanzaban a entender. Omballec explica:
En 1983 tuvimos una sequía y un periodista vino a pedir mis predicciones sobre El Niño. Publicó un artículo en el periódico burlándose de mí por decir que llovería en febrero y marzo. Pero luego comenzó a diluviar y todas las quebradas que visitamos se convirtieron en un enorme río. [Hubo] enormes aludes de barro. La gente perdió sus casas […] Y otros empezaron a usar el agua y el barro [para] sus cultivos. A partir de 1998, el cambio climático y la destrucción de wak’as y apus hizo que El Niño empeorara y la gente quería predicciones desesperadamente. Los arqueólogos se enteraron de que yo tengo mi propia ciencia y vienen a preguntarme cuándo va a llover para proteger sus sitios. También vino a consultarme un científico y, como mi predicción coincidió con la suya, la publicó (27 de julio de 2017).
Hoy en día los curanderos predicen inundaciones, aludes de barro y tsunamis y utilizan diferentes discursos de autoridad para legitimar sus predicciones y hacerlas accesibles para un amplio público interétnico. Combinan sus sueños y visiones sobre la capacidad de accionar de wak’as y apus que se conectan con el mundo de los muertos a través de las aguas subterráneas que ellos pueden hacer emerger en la superficie, con discursos científicos sobre el cambio climático y sus propias observaciones acerca del aumento de las temperaturas, los cambios en los movimientos de corrientes, vientos y animales y los patrones de floración de las plantas. A medida que los mestizos pobres comenzaron a ver las conexiones entre las acciones de las wak’as, las lecturas biométricas de los curanderos y la ciencia ambiental, también empezaron a ver las consecuencias de la sobreexplotación, simultáneamente, en términos morales, ambientales y sociales. Omballec además me dijo:
El cambio climático ha modificado la temporada de lluvias. Antes llovía en octubre o noviembre, pero ahora eso ha cambiado a enero y febrero. Y los últimos El Niño han sido en marzo y abril (9 de agosto de 2016).
Yo sabía que El Niño estaba llegando en 1983, en 1988 y en 2017, y en otros momentos porque los apus me lo mostraron en visiones y los animales y las plantas me lo mostraban en sus acciones. Las termitas comenzaban a salir de los troncos y las libélulas se alimentaban de ellas, por lo que había muchas libélulas de todos colores. Las arañas, insectos y serpientes bajaban de la montaña a las calles y casas buscando refugio para no ahogarse. Había una cantidad enorme de garzas… Y las aves y los animales estaban inquietos. Prendí una vela y chisporroteó, una señal de que había mucha maldad humana e inmoralidad y de que el apu lo castigaría con agua. Los árboles de pacay y guaba florecieron temprano, perdieron sus flores y luego les salieron otras nuevas. El árbol de zapote, que es pequeño y crece en las quebradas, comenzó a crecer muy alto y a tener muchas hojas verdes en la parte superior porque había mucha agua subterránea acumulada. Estaba recibiendo mucha agua subterránea (20 de julio de 2017).
El biólogo Carlos Quiroz comentó: “Omballec tiene razón. Cuando la lluvia comienza en las sierras, lo primero que se llena es la capa de agua freática subterránea y una vez que esta se satura, el río se desborda. También pueden surgir muchas vertientes pequeñas y germinan las semillas que estaban bajo tierra… Y entonces todo el desierto se pone verde con arroyos, ranas, insectos, venados, de modo que es evidente que se avecina una gran lluvia” (5 de julio de 2018). Muchos curanderos, mestizos pobres e incluso científicos mestizos hablan sobre el cambio climático como mensajes enviados por apus en sueños y visiones y también como predicciones científicas. Quiroz combina las mediciones científicas con sus propias experiencias con los apus:
La gente sueña y tiene visiones con apus que se enojan por la devastación ambiental y con apus que causan terremotos y explotan con agua para destruir el mundo. Estas experiencias tienen un sustento científico. A medida que se eleva la temperatura por un evento El Niño, desciende dramáticamente la presión atmosférica sobre las montañas y el viento se traslada de áreas de alta presión a zonas de baja presión para compensar. Las montañas de la serranía costera bajo el efecto de la lluvia tropicalizada se infiltra saturando los acuíferos existentes bajo la superficie rocosa. Las áreas de baja presión generadas por la elevada temperatura ambiental hace que asciendan los niveles de la napa, haciendo que el agua freática alcance la superficie de las montañas e incremente el caudal hídrico que desciende al lecho de las quebradas aunado a la precipitación pluvial. Los movimientos sísmicos exacerban este efecto, de modo que a menudo suceden juntos, presuntamente por la presión hídrica del agua de lluvia infiltrada bajo los estratos de la corteza. Los apus también muestran cosas que la ciencia no logra mostrar. Tomamos el brebaje del cactus San Pedro con un curandero llamado Julio, y vio el apu Campana como una montaña de cristal. Al día siguiente, en el Campana, encontramos antiguas minas conteniendo cristal que los artesanos moches habrían sabido hábilmente convertir en maravillosas cuentas de collar (5 de julio de 2018).
Un hombre mestizo de la zona predice una enorme destrucción en la región para los próximos cinco años, como resultado de la emergencia masiva de aguas subterráneas de los apus en las montañas y el desbordamiento del mar. Formula esta predicción combinando discursos científicos con narrativas locales sobre apus ancestrales:
Hay dos montañas que destruirán esta zona en los próximos cinco años: San Idelfonso vaciará sus aguas en Trujillo y Chan-Chan, y las quebradas de Campana se inundarán y destruirán Huanchaco. San Idefonso es la madre: es receptiva a todas las montañas y no tiene tensiones con ninguna de ellas. Cuculicote es la montaña sanadora. San Idelfonso, la madre, ama a sus hijos, pero también los educa y los castiga. Campana es el bisabuelo y el guerrero, y tiene conflictos con todas las montañas. La montaña se está poniendo muy verde porque se está llenando de agua… Antes, los vientos corrían de norte a sur en Campana, ahora van de sur a norte… El aire caliente y el frío chocarán y provocarán ciclones. Campana se vuelve más seca mientras otras montañas están verdes, llenas de agua… El choque de la corriente fría de Humboldt con las aguas cálidas de El Niño causará ciclones en el Pacífico y tsunamis de más de treinta metros provenientes del mar inundarán toda el área hasta Chocope y Ascope (28 de julio de 2017).
O, como dijo Omballec, casi un año antes: “Los seres humanos comerán desastres y angustia hoy y mañana” (28 de agosto de 2016).
Conclusiones
Los mestizos pobres en el norte de Perú proporcionan nuevos modelos para pensar sobre el Antropoceno que trascienden las limitaciones, tanto de la cosmopolítica ontológica como de los que utilizan un enfoque de ecología política. Los mestizos pobres construyen un mundo en el cual los seres humanos corruptos e inmorales, y wak’as y apus iracundos pero morales, son conjuntamente responsables del cambio climático, que los lugareños describen al mismo tiempo en términos científicos, a través de observaciones locales y de sueños y visiones. Por lo general, las wak’as y los apus amorales han permitido pasivamente que los mestizos den sentido a la violencia estructural, la degradación ambiental, la pobreza, la enfermedad y la muerte en sus vidas. Pero la amenaza de la destrucción del mundo ha obligado a wak’as y apus a volverse activos. Se han convertido en seres morales iracundos que castigan a quienes destruyen el mundo mediante la codicia y la corrupción.
Los estudiosos de la ética han escrito profusamente sobre los valores (Robbins 2007; Keane 2015) y el “yo” moral (Laidlaw 2002; Lambek 2010; Fassin 2012), pero se han preocupado menos por una ética colectiva que promueva el cambio político. Los académicos que estudian la cosmopolítica, en general, no han abordado el activismo político contemporáneo que involucra a sitios sensibles y no han podido comprender cómo los seres humanos y la naturaleza se influyen mutuamente. Tampoco han conseguido desafiar un modelo capitalista occidental en el cual los individuos, las comunidades, las naciones y el planeta son entidades separadas. En contraste, los mestizos pobres definen la “comunidad” y el “bienestar” como seres-humanos-en-relación-con-espacios-como-personas y así resignifican a la “naturaleza” como un ancla de valores humanos y no-humanos. Redefinen la ética ambiental para imaginar un futuro mejor en el que crearán el bien colectivo, tanto para las personas como para el planeta.
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