Kitabı oku: «El poder»

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EL PODER


ANA ROCÍO RAMÍREZ

EL PODER

EXLIBRIC

ANTEQUERA 2019

EL PODER

© Ana Rocío Ramírez

Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric


Iª edición


© ExLibric, 2019.

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ISBN: 978-84-17845-36-0

Nota de la editorial: ExLibric pertenece a Innovación y Cualificación S. L.

ANA ROCÍO RAMÍREZ

EL PODER

Índice de contenido

Portada

Título

Copyright

Índice

Dedicatoria

1. UNA CHICA SIN MÁS

2. PRIMERA PRUEBA

3. ¿UN SEÑOR PREOCUPADO?

4. UNA HISTORIA DE AMOR

5. SIEMPRE JUZGADOS

6. SEGUNDA PRUEBA

7. ENTRE LÁGRIMAS HABÍA FORTALEZA

8. UN CURSO PECULIAR

9. SACAR LO MEJOR DE ELLA

10. LAS CARTAS SOBRE LA MESA

11. LA FALSA CALMA

12. LAS CASUALIDADES NO EXISTEN

13. UNA MANO AMIGA

14. LA IMPACIENCIA

15. 19 DE AGOSTO

16. EL DÍA DESPUÉS

17. NADA QUE HABLAR

18. CON LA CABEZA EN LAS NUBES

19. NO ES UN JUEGO

20. TODO FIRMADO

21. EL ABRECARTAS

22. NIVEL DE INFORMACIÓN

23. UN PERVERTIDO DETALLISTA

24. ASIMILAR LA PALABRA

25. SIEMPRE CERCA

26. EL ENCAJE NEGRO

27. NO HAY ÉTICA

28. SUENAN CON FUERZA LOS PAJARITOS MENTALES

29. UN CASO MUY MUY DIFÍCIL

30. SUBESTIMADA Y MANIPULADA

31. TRAICIÓN

32. HABLAR DE MÁS

33. SUMANDO AÑOS

34. 28 DÍAS

35. UN ALMA DESGARRADA

36. LA FALSA FORTALEZA COMO ARMA

37. CAMBIAR PARA SOBREVIVIR

38. PRIMER PESTILLO Y BOMBA DE RELOJERÍA

39. EL PODER Y SU SENTENCIA

40. FINAL

A quienes completan mi vida

1. UNA CHICA SIN MÁS

Llevaba año y medio aquella chica pasando desapercibida entre el resto de los mortales, curso y medio de asistencia a clase de manera disimulada, sutil. Sus ausencias y su presencia carecían de importancia, tímida y retraída, para los ojos de sus compañeros y profesores.

Su interés académico era el justo y necesario para recordarle por qué eligió aquella carrera abocada al fracaso, su motivo para estudiar Historia. Su decisión sobre los estudios no solo le había llevado a un futuro incierto, sino a un cúmulo de problemas en casa, pues unos padres humildes, trabajadores y de pueblo no comprendían cómo se había pasado de una carrera más próspera como Veterinaria a Historia de un día para otro. No entendían ni compartían la decisión de aquella chica, quien era ni más ni menos que su propia hija.

Cada fin de semana bajaba a aquella pequeña ciudad costera para verlos, para hacerles ver que, a pesar de sus escasos apoyos, nunca olvidaría que la mitad de aquel sueño que estaba cumpliendo lo estaba consiguiendo gracias a ellos. Nunca oyó un «te quiero» o «estamos orgullosos», nunca escuchó de sus propios padres unas palabras que no fueran reproches. Por todo lo sufrido en lo tan poco vivido era como era, como le gustaba al Señor, sin ni siquiera ella saberlo.

Pese a todo, estaba ya a mediados de su segundo año. Su expediente no brillaba por sus notas; eran lo suficientemente vulgares para seguir avanzando sin arrastrar asignaturas y poder seguir manteniéndose con la mísera beca que le otorgaban, junto con los trabajos esporádicos.

Los exámenes finales de febrero se acercaban, provocando unas clases menos concurridas, sobre todo las impartidas por el Señor, un profesor famoso por su dureza, soberbia, chulería y por su elevado número de suspensos y repetidores. En esta rutina, cada clase que impartía era una lección de prepotencia y arrogancia en estado puro, donde los alumnos agachaban la cabeza en los momentos de debate, pues un solo cruce de mirada con él suponía competir verbalmente con una de las mayores mentes de la facultad, con plena conciencia su dueño de aquel potencial.

Pero esos momentos eran inevitables. El transcurso académico y sus variedades históricas siempre conducían a una diversidad de opiniones, donde la paz y la cordialidad pasaban a un segundo plano, dejando como protagonista a la terquedad de la razón, acompañada de un tono de voz chirriante para las personas como aquella chica, que pasaban ya no solo de pronunciarse, sino incluso de pensar en el tema de debate.

Hasta aquel día de principios de febrero, cuando el subconsciente la traicionó y habló en voz alta, pronunciando un breve pero irónico comentario, el cual fue tomado por sus compañeros como chiste, provocando risas y dejando al Señor en segundo plano. Mientras todas las mediocres miradas de sus compañeros se fijaban en ella, se acercó, pronunciando su nombre por primera vez, haciéndola dudar sobre su invisibilidad en la asignatura. Con un tono grave y castigador le pidió que se pusiera en pie y explicara aquel comentario.

Las piernas le temblaban mientras lo hacía. Los nervios le impedían hasta oír sus propias palabras. Solo sabía que su boca no paraba de hablar y que ello iba a conducir a un círculo vicioso donde todo era expresado mediante una leve pero notoria tartamudez, producida por el respeto y miedo que el Señor infundía. Efectivamente, entró en bucle, pero se había expresado competentemente bien para optar a una frase concisa y clara del Señor: «Una buena perspectiva de la realidad, pero ni una más». Se sentó y respiró con normalidad de nuevo. Acababa de pasar una prueba de fuego.

Sin ser conscientes de ello, ese episodio marcó un antes y un después en la vida de ambos. El Señor acababa de descubrir que esa chica callada y despistada no era quien aparentaba ser entre aquellas cuatro paredes, siendo su verdadero carácter no precisamente el de una niña; y que la timidez, junto al sonrojo de aquel momento, no eran parte de sus cualidades habituales.

La clase finalizó y al Señor se le encendió una llama pequeña, nacida de la curiosidad. Acababa de descubrir con aquella coletilla que había prejuzgado y fallado en su apreciación inicial, algo que su ego no podía permitirse. Debía investigar para averiguar más sobre la misteriosa chica, en la cual él mismo creía no haberse fijado nunca aunque, sin saber por qué, supiera su nombre.

2. PRIMERA PRUEBA

Ocho horas al día durante trece días seguidos para un examen de tan solo ochenta folios de apuntes, cuando a asignaturas de densidad triplicada dedicaba la mitad de tiempo. La chica sabía que sería difícil, pero nadie le dijo que fuese imposible.

Los días previos al examen, tres días antes exactamente, se encontraron la chica y el Señor casualmente en un bar de mucha influencia académica, donde él no solía acudir. La curiosidad le estaba haciendo relacionarse, involucrarse con aquel ambiente que siempre odió, pues su llama necesitaba saber más sobre la chica y era el sitio perfecto para encontrarla.

Ella ni siquiera había notado su presencia; sin embargo, él tomaba sorbo tras sorbo de su café sin poder retirar su mirada de la mesa de aquella chica. Se dejó llevar por su impulso —algo que siempre había podido controlar— y se sentó junto a ella:

—¿Estos apuntes son sobre mi asignatura? —Curioseaba los folios de la mesa.

—Sí, Señor. Estoy rehaciéndolos por segunda vez a mano para repasar mejor. — Evitó mirarle directamente; no le daba buena espina.

—Es inútil. Lo sabes, ¿verdad? Ni tú ni la gran mayoría de tus compañeros aprobaréis. —Sonreía tras aquella mitad broma y mitad verdad.

—Si no lo intento dejaría de ser yo, Señor. No puedo tirar la toalla así, sin más, en la asignatura. Quien no arriesga, no gana. —Quería mostrarle su interés sobre la misma.

—Positiva y valiente. Me sorprende de una chica tan retraída como usted. Sin embargo, me acaba de dar una idea muy buena. Gracias.

—¿Qué idea, Señor? —La chica no lo comprendió.

—Un consejo: deje de estudiar y descanse; está mejor sin ojeras. Nos vemos el lunes.

Se alejó lentamente de ella para que no lo olvidara fácilmente. La chica, sin embargo, agachó rápidamente la cabeza. Sentía miedo y mucho respeto por el Señor, pero su carácter la traicionaba en cuanto veía una situación injusta frente a ella, aunque siempre desde el respeto y la educación.

Antes de cruzar la puerta, él se giró. Esperaba una mirada cómplice con ella, pero no obtuvo nada más que una frustración, no solo por no encontrar la respuesta esperada, sino con él mismo. No entendía por qué aquella obsesión de repente. Su mente se sentía desconcentrada desde aquel debate en clase.

Llegó aquel lunes. Los nervios de ella eran propios de una chica joven enfrentándose a un examen, pero los del Señor no eran por la evaluación, pues él mismo era quien la desarrollaba y lo llevaba haciendo desde hacía tres décadas. Estaba nervioso por verla ante su primera prueba.

Repartió los folios en primer lugar, dejando la bancada de la chica a la orden de su súbdito. No se acercó; no la miró todo lo que hubiese deseado. Sentía que en él estaba naciendo un descontrol impropio de su persona. La falta de información sobre aquella chica estaba desquiciándolo. Tras repartir a todos el papel, con tono firme y seguro dijo:

—Desarrollen cada uno de ustedes el tema que mejor se sepan.

Los alumnos se miraron entre ellos totalmente sorprendidos e incrédulos. No entendían cómo el Señor estaba concediendo ese privilegio. Nunca lo había hecho y mucho menos había sido tan benevolente. Ni él mismo sabía por qué había hecho eso. Se fue al baño a refrescarse y, cuando levantó la cabeza, contempló su reflejo y supo que algo dentro de él no estaba igual. La intriga le estaba haciendo dudar; no pensaba con claridad. Simplemente quería ponerla al límite y poder así observar de qué materia estaba hecha la chica.

Abandonó el examen dejando a sus súbditos con las labores de plebeyo y vigilancia. Se dirigió a su despacho con idea de comenzar a trabajar cuando miró el reloj y decidió irse a casa a desfogar con su esposa todos aquellos nuevos sentimientos que su cuerpo estaba experimentando, a regalarle el oído a la mujer que lo mantenía pero no lo hacía feliz. La chica, mientras tanto, ajena a los pensamientos retorcidos del Señor, tenía su mente concentrada en aquel examen, quizás de los más fáciles de su vida, sin poder imaginarse lo que todo aquello le depararía en su futuro.

Acabó el examen antes del tiempo límite, recogió sus cosas y dio las gracias al becario educadamente. Con su mochila colgada de un solo hombro, como siempre solía hacer, se marchó de la clase con su mejor sonrisa. Fuera de esta se encontró con sus compañeros, quienes también estaban asombrados por la generosidad y benevolencia del Señor en el examen. Juntos se fueron al bar a celebrarlo. Esperaban que para la semana siguiente estuvieran los resultados. Ninguno esperaba suspender esa evaluación tan asequible.

Efectivamente, las notas fueron excelentes y favorables para todos, salvo para ella. Ilógicamente, había suspendido con una nota un tanto llamativa: 4,9. Por tan solo una décima sus posibilidades de aprobar la asignatura se prorrogaban. Debía seguir intentando superarla o pasando pruebas, como luego descubriría. No lloró en aquel momento. No sintió que verdaderamente fuese injusto, a pesar de las buenas sensaciones tras acabar el examen, dudó incluso de si había fallado en algo grave, pues todos cometemos errores. Lo que no pensaba es que el suyo hubiera sido ser ella misma en todo momento.

Se citaron en tutoría dos semanas después. Algo tarde, pero el Señor, como en el futuro sería muy propio, quería forzar a la chica, situarla al límite de sus nervios para comprobar de primera mano cómo actuaba en cada una de las situaciones que la vida le brindara. Quería que el nerviosismo de por qué estaba suspensa y de si tenía opción a rascar esa décima que le faltaba le mostrara a la chica real, a la chica que se encontraba tras la fachada educada, tímida y simple que mostraba siempre en clase al profesorado.

La hora fijada para la tutoría era justo en medio de una clase, con lo cual tuvo que levantarse en mitad de ella e interrumpir con su salida a la profesora, quien la observaba mientras seguía explicando con gestos de curiosidad. No solo molestó para poder salir de clase. Levantó incluso a tres de sus compañeros para salir de la bancada, haciéndose notar sin querer.

Ahí estaba, un día cualquiera de marzo, esperando a que el Señor se desocupara para poder entrar en el despacho. Sus piernas volvían a temblar. No paraba de dar vueltas por el hall mientras oía las voces del Señor, siempre déspota, con uno de aquellos súbditos que rondaban por la torre. Este salió, con cara blanca y descompuesto por toda la humillación que allí acababa de sufrir; miró a la chica fijamente e incluso llegó a pararse frente a ella, pero sin pronunciarse, una mirada cómplice que la chica no entendía de ninguna manera, pero que en un futuro sería lo más humano que sentiría por aquellos pasillos.

Se acercó muy silenciosamente a la puerta; sin embargo, tocó de forma firme y segura para que el Señor supiese que estaba allí, esperando la orden de entrada. Para alargarle más la espera, contestó desde su cómoda silla:

—Un minuto.

De esta manera la hacía temblar un poco más mientras él disfrutaba de un cigarrillo cargado de imaginación sobre lo que podría pasar, sobre qué cara mostraría. Lo irónico fue que pasó lo único que no había pensado.

Tras su entrada al despacho, se quedó observándola de arriba abajo mientras ella permanecía en silencio, de pie, pues no pensó en ningún momento sentarse sin que el Señor se lo ofreciera.

—Siéntese, señorita. —Le señaló la silla—. Cuénteme en qué puedo ayudarla.

—Vengo para la revisión de mi examen. Teníamos la cita de tutoría fijada desde hace semanas.

—Disculpe, ni recordaba ese tema. Le busco el examen mientras me comenta qué percepción tuvo al hacerlo, si fue buena o mala, y por qué cree que está suspensa.

—Sinceramente, a esa última pregunta esperaba que usted me pudiera dar respuesta diciéndome en qué he fallado, qué debo mejorar y cómo puedo superar su asignatura. Yo salí del examen pensando que tenía un ocho como mínimo y aquí me hallo… —Aquella frase sonaba más humilde en su cabeza.

—No se preocupe. Su cara me suena de que es de las habituales en clase. Seguro que tiene solución el problema. Si no ahora, en septiembre. Aquí tengo su examen. Léaselo y pregúnteme lo que quiera sobre él.

Mientras la chica revisaba lo escrito semanas atrás, el Señor se encendió un cigarro contemplando su manera de sentarse, la forma en que pasaba las hojas. Pero sobre todo miraba sus ojos. Quería leer en ellos qué estaba sintiendo, qué ocultaba y qué pensaba. Tenía la necesidad de saber. Estaba tan absorto en ella y en sus interrogantes que no se dio cuenta de que la chica había acabado de leer y le hablaba. Se conectó a la conversación tarde, pero fue suficiente para no perder el hilo.

—No sé en qué he fallado. Me gustaría saberlo, porque no entiendo la letra de las anotaciones en rojo. Dígame, por favor, cómo puedo mejorar. Y no solo aprobar en septiembre, sino sacar nota.

—Mire, señorita, usted seguramente tendrá muy buenas notas en el resto de las asignaturas, pero en este departamento no somos de regalarlas. Si usted cree que su examen está aprobado, le hago una fotocopia ahora mismo y se lo lleva al decanato para reclamar una revisión distinta. Hágalo si tan segura está de su potencial. —Le devolvió la prepotencia anterior—. Ahora, le advierto que en esa revisión su nota se puede ver perjudicada, pues estará la profesora Úrsula, seguramente, y después dudo entre la asistencia de Facundo o Saúl, todos becarios y leales a mi persona.

—Estoy segura de que he aprobado, pero sé que tengo las de perder si reclamo; me marcaría para el resto de la carrera. Es de estas ocasiones en las que si volvieras atrás lo volverías a hacer exactamente igual. Pues así me siento, pero frente a su poder no puedo hacer nada, y más cuando usted mismo me dice que será inútil. —No pudo callar.

—Le repito que yo en su lugar iría a reclamar. Recuerdo el día que me dijo: «Quien no arriesga, no gana». Sin embargo, a las primeras de cambio saca la bandera blanca. Señorita, déjeme aconsejarle que estudie mucho en verano y se tranquilice; se está poniendo muy nerviosa. —Se encendió un cigarrillo y le ofreció.

—Me está diciendo claramente que estoy aprobada, pero que ni reclamando obtendré esa nota. Como comprenderá, no solo me pongo nerviosa, sino que me enfado por la injusticia que estoy padeciendo.

—No me malinterprete. ¿Le he dicho en algún momento que está aprobada? La he guiado hacia una oportunidad poco probable, pero la he ayudado. Señorita, no se victimice. Está suspensa. Asúmalo y póngase a estudiar, que es lo que debe hacer para aprobar. Viniendo aquí a intentar agradarme no lo conseguirá. No soy simple, no soy normal, no soy como el resto. Ya tendrá oportunidad de comprobarlo.

—No me victimizo, y mucho menos por un suspenso, pero voy a cruzar esa puerta más segura de mi aprobado que cuando entré, al igual que la cruzaré sabiendo que no ha sabido explicarme el motivo de mi suspenso. No tenemos nada más que hablar. Muchas gracias por su atención —dijo tan tajante y contundente que ella misma se asombró.

Y se fue, malhumorada y dejando con la palabra en la boca al Señor, quien no se la había imaginado nunca como una chica brusca, con temperamento y segura de sí misma. Si bien es cierto que había intuido ciertas aptitudes, las cuales le hacían pensar que la chica tenía carácter, era algo impulsiva e incluso bastante sincera, no sabía los niveles de cada uno de estos rasgos. Tampoco intuía qué más escondía tras cada uno de sus interrogantes. Una chica con un escudo de hierro, con el que intentaba aparentar que era fuerte, y él con una mente capaz de aflojar aquellos tornillos lentamente, pues el objetivo que se acababa de fijar era encontrar sus debilidades, saber por qué tenía aquella fachada cuando sus ojos no siempre mostraban felicidad, pues le enseñaban en cada segundo un sentimiento o pensamiento distinto. Tenía que descubrirlo para poder seguir pensando que era el mejor en lo suyo, analizando a las personas y poniéndolas a prueba.

La chica volvió a clase. Sin darse cuenta volvió a destacar con su entrada, su cara de enfadada y su portazo al entrar hicieron que todos centraran sus miradas en ella, incluso la profesora, Elena, la cual preguntó con un tono amable y empático:

—¿Todo bien, nena?

La chica, sorprendida por el interés de aquella profesora y con ganas de gritar que el Señor era un cabrón injusto, mintió y sonrió mientras decía:

—Todo bien, como siempre. Disculpe la interrupción de nuevo.

Volvió a su sitio, tras levantar a varios de sus compañeros, para sentarse junto a su fiel compañera desde el primer día, su amiga Laura, quien nada más verla sabía que todo había ido mal y venía con todo tipo de novedades, salvo con un aprobado. La chica aprovechaba cada minidebate que la profesora creaba en clase para contarle todo lo ocurrido y Laura se indignaba por la soberbia del Señor con cada palabra que su amiga refería sobre aquella tutoría.

La clase finalizó. Ambas seguían hablando, notándosele a la chica que tenía algún problema por la alteración con la que hablaba. Elena recogía lentamente. Intuía que lo estaba pasando mal y quería hacerle ver que estaba ahí para oírla si ella quería. Cuando pasaron frente a ella, con tono de orden les pidió que se quedaran las últimas. Ambas esperaron a que todos sus compañeros salieran para hablar más cómodamente.

Lo hicieron. Tanto Laura como la chica sabían que las palabras de Elena podrían servir de mucha ayuda en aquellos momentos. Una vez que todos estuvieron fuera, la profesora fue directa y clara:

—¿Qué te pasa? ¿Está todo bien? ¿Te puedo ayudar en algo?

La chica le contó todo lo que no hacía ni una hora acababa de suceder en el despacho del Señor, como si una amiga más fuese. Era la primera vez que hablaba con ella de algo que no fueran dudas o relacionado con la asignatura que impartía. Sería la primera de las muchas veces que hablarían juntas sobre el Señor.

Elena, como la propia chica, no se imaginaba las verdaderas intenciones del Señor, por lo que los consejos de la profesora hacia su alumna fueron típicos:

—Es así. Estudia y demuestra en septiembre que puedes con la asignatura. Si necesitas ayuda con cualquier cosa, ya sabes dónde tengo el despacho. Suerte y ánimo.

Unas pocas palabras que no pasaban de ser un mero y cordial consejo, el primero de muchos que Elena daría a la chica. El primero de muchos que la chica escuchó y no siguió.

Elena se marchó de clase, dejando a Laura y la chica juntas, las cuales decidieron no hablar más de aquel tema hasta que llegara septiembre, para lo que faltaban siete largos meses aún. Irónicamente, la chica tuvo la desgracia de hablarlo de nuevo con el propio Señor en los primeros encuentros casuales que se comenzarían a dar las semanas siguientes y que llegarían a hacerse habituales.

La chica volvió a casa con su típica sonrisa nerviosa. Allí estaría Cristina, impaciente, esperando noticias sobre la tutoría. Su mejor amiga era totalmente opuesta a ella: callada, noble, cariñosa, tranquila, entre muchos otros rasgos, ninguno de ellos compartidos, aunque juntas eran la combinación y el contraste perfectos. Sin duda alguna, Cristina era quien más la conocía. Seis años de amistad, entre los cuales cuatro eran de convivencia, habían dado pie a una confianza y un vínculo extremo de la una con la otra. Más que amigas, eran y son hermanas. La chica se sentía totalmente afortunada por poder contar con ella en su vida.

Desde este conocimiento, Cristina veía que la situación se estaba poniendo difícil, pues la preocupación en el semblante de su amiga era notoria. A la chica le rondaban muchas cosas por la cabeza. Tantas que ninguna le cuadraba.

3. ¿UN SEÑOR PREOCUPADO?

Al día siguiente, como solía ser costumbre en la chica, se levantó con el tiempo justo para ir a clase y sin nada más en la cabeza que sus ganas de seguir a lo suyo y con su carrera. Laura ya había llegado. La esperaba impaciente y preocupada para preguntarle:

—¿Todo bien?

—Sí, no te preocupes. No pienso comerme la cabeza por una asignatura. —La chica tomó asiento.

—No merece la pena. Además, seguro que te la sacas en septiembre.

—Es lo mínimo. Me pondré a estudiar de lunes a jueves para después poder echar horas extras en el trabajo tranquilamente.

—Hoy también trabajas, ¿no? —Laura siempre estaba al tanto del trabajo de la chica para ayudarla en el día a día con los apuntes.

—Sí, ahora estoy de viernes a lunes. Suelo echar unas ocho horas en la cafetería y el resto de días entre semana solo las cenas por la noche.

Llegó el profesor. Casualmente, era uno de los becarios y súbditos del Señor. Ernesto, en clase, era incluso peor que su propio jefe, pues se le notaba que quería demostrar su valía para el trabajo. El problema era cuando su exceso de ego le hacía quedar peor. Los alumnos no lo criticaban por su escasa simpatía, dado que ya estaban acostumbrados a que todo por aquella torre fuera así, sino por la falta de flexibilidad a la hora de impartir sus clases. Un hombre esquemático que seguramente sabría más allá de lo apuntado en su folio, pero al que los nervios y el querer imponer su pensamiento sobre los alumnos le hacían quedar como un inútil más de los que daban clase por aquel campus.

Acabadas las clases, tanto Laura como la chica se despidieron en la cafetería de Alfonso, quien siempre lo hacía diciendo antes de cada fin de semana lo larguísimo que se le haría por no poder ver a sus niñas. Alfonso era un hombre peculiar donde los hubiera, de más de cincuenta años y estudiando de nuevo para matar el tiempo libre que la jubilación anticipada le había regalado. Si bien es cierto que en primero de carrera había congeniado mucho más con Laura, pues ambos eran los más brillantes de clase y, a pesar de sus evidentes diferencias políticas, se sentía como otro padre de ella; a lo largo del segundo curso la chica y él fueron teniendo mayor relación, sin querer fue asimilando su amistad con Alfonso como un sustituto anhelado de la escasa relación con su padre.

La chica estaba convirtiéndolo en su padre putativo, aunque a ojos de los demás no fuera más que un viejo de cincuenta años arrimándose a una joven. Quedaban al menos un día a la semana para tomar un café. Él estaba en uno de sus peores momentos: tenía tanto problemas de salud como personales en casa. Ella se estaba convirtiendo en su paño de lágrimas y él en un padre de verdad para la chica, de los que escuchan y apoyan.

Inmersos en la rutina, cada uno por su lado pero bajo un mismo techo académico donde el cruzarse se daba a menudo, y más si se intentaba a propósito, el Señor no tardó en ver a la chica tras la revisión. Solo dos semanas más tarde se encontraron en el centro de fotocopias y él se acercó a ella:

—Buenos días, señorita —dijo mientras se esforzaba en sacar una sonrisa de simpático.

—Buenos días, profesor.

—¿Ha seguido mis consejos de la asignatura?

—En este cuatrimestre me voy a centrar en el resto. Cuando llegue el verano me pondré en exclusividad con ello. —Los nervios de la chica eran esbozados en su sonrisa.

—Pero en verano no hay tutorías. Le recomiendo que se pase la semana siguiente por mi despacho para decirle el punto de unión entre el temario y las lecturas. La clave para comprender mi exigencia.

—Se lo agradezco, pero no es necesaria tanta molestia.

—No es molestia. Me supo mal suspenderla, pero sé que he hecho bien porque me lo dará todo en el siguiente examen. Y si no, pues en el siguiente. Quiero ver por qué eligió esta profesión. —Poco común ver frases de ánimo en él.

Y se fue sin dejar ni siquiera una oportunidad de contestación, pues sin duda le encantaba ser el último en hablar, que fueran sus palabras las últimas que hicieran eco en el lugar. La chica siguió con sus fotocopias, aunque más pensativa —unas palabras de ese estilo por parte del Señor eran todo un halago, sin duda—, al mismo tiempo que aliviada porque sus suposiciones malpensadas acababan de llegar a su fin. Pensó en la posibilidad de que su chulería y ceguera le impidieran apreciar sus propios errores. Realmente, dudaba si se había merecido aprobar pasándose con sus suspicacias en la revisión. Fue así, de esta manera tan fácil y sutil, como la chica bajó la guardia.

Finales de abril. Un mes después de aquella revisión y de nuevo en una clase con Elena, el Señor envió un correo a Laura y otro compañero, donde los citaba en quince días para un debate sobre un libro concreto, en el cual decidiría quién de los dos se merecía la matrícula de honor. Automáticamente, la chica comenzó a buscarle el libro a Laura por internet, dándose cuenta de que la biblioteca de la facultad solo contaba con un ejemplar. Sin dudarlo, se levantó de su sitio, dispuesta a ir a la biblioteca a por él. De nuevo en mitad de una clase de Elena, pensaba la chica mientras se sonrojaba y seguía su proceso de salida, pero no podía permitir que el libro acabara en otras manos que no fueran las de su amiga.

La chica quería a Laura, tanto que en numerosas ocasiones saltaba en su defensa cuando algunos de sus compañeros, y cada vez eran más, hacían referencia a la forma en que conseguía las cosas: mediante la práctica del «peloteo» a los profesores o del victimismo. No hacía oídos a los rumores, pues levantaba en la chica su instinto más protector y siempre había sido muy buena con ella, dándole igual el resto.

Cuando entró de nuevo en clase, Elena no pudo resistirse a preguntar delante de todos cuál era el motivo de su salida. La chica mintió, diciendo que había ido al baño, y se disculpó por molestar. Al sentarse le dio a su amiga dos besos y el libro, bajo la atenta mirada de la profesora, a la cual se le notaba el desconcierto. Al acabar la clase, ambas reían al ver correr hacia la biblioteca a su compañero, quien ilusamente creía, con su habitual estilo de superioridad y de suponerse más inteligente, que iba un paso por delante.

Esa misma tarde se vieron Alfonso y la chica en la cafetería de siempre, un sitio tranquilo, lo suficientemente cercano a la facultad, pero alejado del ruido y ajetreo universitario, perfecto para poder charlar tanto de cómo arreglar el mundo como de por qué el gatito de Alfonso estaba cojeando de nuevo. Llegando al lugar, mientras hablaban de la proximidad de los exámenes finales del curso, se encontraron con Elena sentada allí, leyendo lo que de lejos parecía un trabajo de un alumno. Al verlos se levantó a saludarlos, en especial a Alfonso, pues eran amigos fuera del ámbito académico, como estaba justo comprobando la chica, la cual se quedó un paso atrás, dispuesta a sentarse en una mesa aparte y alejada de su profesora. Sin embargo, Alfonso, con su habitual costumbre de pelotear, insistió en sentarse todos juntos y convertir aquello en algo cordial y ameno fuera de la facultad.

La chica, muy observadora como siempre, estaba notando que estaban acostumbrados a quedar. Ambos se apoyaban en sus problemas personales. Se notaba que no había nada más que un gabinete psicológico improvisado en la terraza de un bar. Aquella tarde se le hizo larguísima a la chica. No sabía qué decir ni hacer, cómo sentarse o expresarse. No estaba nada cómoda sentada frente a la profesora que a la mañana siguiente, a las nueve en punto, estaría dándole el temario en clase e incluso dos meses después tendría que examinarla. Hablaron de todo menos de la facultad. Elena parecía interesada en saber sobre la vida de la chica, de su procedencia y por qué había decidido elegir aquella carrera. Las respuestas que se encontraba eran de lo más trivial y secas. La chica estaba cortada y no daba pie a mucha conversación.

Dispuestos a alargar la tarde y quedarse a cenar, Alfonso y Elena llamaron al camarero para pedir. La chica aprovechó para excusarse con que había quedado para cenar y se le había hecho tarde. Tras levantarse, se despidió con un toque en el hombro, mientras que a Alfonso le dio dos besos y dinero para pagar su parte, cosa que rechazó, obligando a la chica a guardarlo. Mientras conducía camino al piso, no dejaba de pensar en la extraña situación de estar sentada en una cafetería fuera de la facultad junto a su profesora. Al llegar al piso se lo comentó a Cristina, que ante la cara de preocupación de su amiga no paraba de reírse.

—Yo no le encuentro la gracia, Cristina. Dime. —La chica se puso seria.

—Con lo poco que te gusta la gente que pelotea a los profesores y coges y te vas de cervezas con una. —Cristina no podía parar de burlarse.

—Pero yo no he peloteado en absoluto. Si no sabía ni qué decir. —Se sentía avergonzada sin tener claro el motivo.

—Si lo sé. Te conozco de sobra para saber que eres incapaz de pelotear incluso si necesitas aprobar, más que nada porque eres una borde de naturaleza.

—Gracias, cariño. Yo también te quiero.

—Te digo la verdad. Además, no te preocupa lo que repercuta en tu nota porque bien que me has dicho que la ves objetiva y, separando ambas cosas, porque ni siquiera habías notado que era amiga de Alfonso en clase.

—Ya sé lo que me vas a decir. Me preocupa que piensen que estoy peloteando cuando no es así. —Odiaba las versiones inventadas sobre su vida.

—Pero no puedes evitar que te sienten mal las injusticias y eso sería una. Sin embargo, te sientes mal porque ni tú misma lo ves bien. ¿O me equivoco?

—¿Hoy te has leído un libro de psicología o cómo va el tema? Cómo odio lo que me conoces.

—Te jodes. Venga, vamos a cenar, que encima vienes muerta de hambre.

Cristina se dirigió a la cocina riéndose sin parar; incluso ya dentro de ella se la seguía escuchando. Sabía que era una tontería lo que su amiga estaba pensando, pero que esta se preocuparía. Aun así, no estaba en la chica aceptar de buen grado las críticas falsas y sabía que si alguien los veía tomando café le caerían muchas. En aquel momento no sabía que sería el primero de muchos cafés y el comienzo de su madurez respecto al «qué dirán».

La chica se fue directa a la cama tras cenar, ya que al día siguiente le esperaba un buen madrugón y cuatro horas de clases seguidas con Elena. Ya en la cama, escuchó el timbre de la puerta. Extrañada, se levantó para que Cristina no abriera sola, pero era demasiado tarde: cuando salió al salón, Raúl ya estaba allí dentro, pidiendo hablar con ella. No pudo evitar agradecer en un leve susurro su presencia, pues esa noche no dormiría sola, sino abrazada a él.

4. UNA HISTORIA DE AMOR

Cinco años de relación de amor y odio. Ni podían estar juntos ni podían estar el uno sin el otro. Raúl, un chico bien acomodado, acostumbrado a no recibir ningún «no» por respuesta, se había planteado como reto acostarse con la chica cinco años atrás como uno más de sus juegos. Sin embargo, este acabaría marcando la vida de ambos.

Con diecisiete años ella y veintidós él se conocieron, irónicamente, en un hospital, en las sesiones de rehabilitación. Él había sufrido un accidente de moto y había sido operado de la rodilla, mientras que la chica tenía una hernia de disco y estaba en tratamiento físico preventivo para no empeorar su situación. El día que ella llegó por primera vez a la clínica, se quedó mirándolo imprudentemente. Raúl era atractivo y con una picardía que encandilaba a cualquiera, chulo y con un toque de arrogancia propia de un chaval de su edad que, hasta ese día, lo había conseguido todo con tan solo pestañear.

Ella era normal, del montón alejado del que él se solía fijar, pero no podía evitar la curiosidad al descubrir la sinceridad tan directa de la chica, quien estaba fijándose en su herida en vez de en él, llevándole a gastar una de sus insolentes bromas:

—La sonrisa y los ojos los tengo más bonitos, rubia —le dedicó con tono picarón.

A lo que ella respondió de una manera muy fría y distante, mirándole a los ojos:

—Es común, del montón. Pero la herida es original, al igual que tu falta de humildad y tu defecto visual, pues soy morena.

La cara de Raúl fue un auténtico cuadro. No supo ni qué responder ante semejante bordería de la chica. Sin embargo, eso mismo fue lo que le llamó la atención y, finalmente, lo que le enamoró.

Pasaron los tres meses correspondientes a la rehabilitación. Los pacientes que habían pasado todos juntos esa fase realizaron una cena de finalización, donde los flirteos entre la chica y Raúl eran cada vez más evidentes, pero él cometió el error de que siempre hablaba de más e incluso mantenía el mismo flirteo con otras. Por esta misma razón, cuando Raúl se ofreció a llevarla a casa paró en un parque cercano a la casa de la chica, donde poder hablar tranquilamente a solas.

—¿Por qué te caigo mal? —Sonreía mientras la miraba a los ojos.

—No me caes mal, Raúl. Si no, no estaría sentada aquí contigo.

Automáticamente, la besó de una manera un tanto fría y con las intenciones claras de querer algo más y, aprovechando el banco junto al parque y que era una zona totalmente oscura y poco transitada, acercó a la chica hacia él. En ningún momento habían dejado de besarse; la tensión sexual era muy evidente. Ella se sentó sobre él, dejando caer sus piernas por la parte de atrás del banco y acariciando la nuca de Raúl de una manera muy sensual. Se le notaba el erizamiento de los vellos cada vez más. Él aprovechó para coger con cada vez más fuerza la cintura de la chica. Era muy evidente el deseo carnal con cada gesto. Estaban a punto de entregarse, pues la chica estaba igual de desinhibida que él y con las mismas ganas de quitarle la ropa, pero de repente, a pesar de que en aquel momento fuera lo que más le apetecía, mordió el labio de Raúl y se levantó.

—Hoy no va a ser el día. Hoy no me apetece ser un número más.

—Estás de broma, ¿no? ¿De verdad me vas a dejar así? Pero si tú también quieres.

—Pero mi orgullo no me lo permite. Hasta pronto, rubio. —Se dio la vuelta sonriéndole y se fue.

—Hasta nunca, que eres una niñata chula y estúpida —le gritó enfadado y con cara de incrédulo.

Cada uno tiró hacia un lado. La chica se había preocupado con la última frase de él, pues realmente le apetecía, y mucho, estar con Raúl; pero no podía dejarse llevar. No era más que un niñato que solo quería un polvo, mientras que ella se acabaría pillando. Sabía que a pesar de estar culpándose por quedarse con las ganas, había hecho lo correcto para no sufrir.

Mientras tanto, Raúl no paraba de maldecirla por haberlo dejado tirado con el calentón. Su ego no se estaba creyendo lo que le acababa de pasar. Sin embargo, cuando llegó a su casa y encontró a su compañero de piso y amigo no paraba de reírse. Los nervios le hacían soltar una carcajada tras otra.

—Raúl, ¿qué te pasa? ¿Qué has fumado? —le preguntó Germán.

—Esa niña es una auténtica cabrona —le decía una y otra vez entre risas.

—No te has podido acostar con ella, ¿verdad? Pues me alegro. A ver si así se te bajan los humos. —Una frase que le dedicó mientras le golpeaba la rodilla.

—Llevo todo el camino pensando quién se cree. No está tan buena para que se lo tenga tan subido, pero ahora no puedo parar de reírme porque la hija de su madre sabe que no me voy a dar por vencido y la voy a llamar.

—Pues sin el número lo tienes difícil. —Ahora era Germán quien reía.

—Va a hacer que me lo curre. No será una noche de sexo sin más.

Y así fue. A los pocos días Raúl volvió a la clínica para sonsacarle el número de teléfono a la fisioterapeuta que los había tratado a los dos.

—Dolores, no seas así. No se lo voy a decir a nadie, pero necesito su número, por favor.

—Raúl, te conozco lo suficiente para saber que no te tomas nada en serio, empezando por tu propia salud. ¿Has seguido haciendo los ejercicios?

—No me cambies de tema. Después me regañas, pero dame el número.

—¿Por qué esa insistencia? Si ella no te soportaba. ¿No te has dado cuenta en estos tres meses? Siempre ha dicho que eras un niño de papá, un pijo repelente, prepotente y creído.

—Eso me está doliendo, así que merezco una recompensa por tus hirientes palabras —le dijo en tono irónico y con intento de poner cara de pena.

—Está bien, pero esta conversación nunca ha existido. Aquí lo tienes. Fotografía la tarjeta de paciente y vete.

—Dolores, eres la mejor. Sin duda, Dios te lo va a compensar con muchos hijos.

—Vete y no digas tonterías. Pero una cosa te digo, como mujer y como madre tuya que podría ser: no es de las tuyas, no es tu tipo.

—¿Y cuáles son de mi tipo? —Le dedicó la mejor sonrisa picarona.

—Sabes a lo que me refiero. Esta chica no te va a ser nada fácil. No es para nada hueca y es de las que te cortan el rollo rápido.

—Me gustan los retos —exclamó mientras le daba un beso en la frente y se fue de la consulta.

No esperó ni siquiera a salir por la puerta principal del hospital cuando ya estaba llamando; sin embargo, no tuvo fortuna y la chica no se lo cogió hasta el día siguiente por la noche. Tardó todo un día, para desesperación de Raúl, quien no pudo evitar que se le notara cuando por fin le cogió el teléfono:

—Sí, dígame.

—Rubia, ¿tú que pasa? ¿Que no sueles devolver las llamadas perdidas?

—¿Raúl? —La chica se mostró totalmente sorprendida.

—Así me llamo. ¿Qué tienes que hacer esta noche?

—Pues acostarme, mañana tengo clase. Te recuerdo que estoy en bachillerato y tengo selectividad en un mes.

—Es verdad, que eres toda una baby —bromeaba por la diferencia de cinco años.

—¿Me has llamado para decirme tonterías? ¿Qué quieres? ¿Y cómo tienes mi número?

—¿Te apetece ir a cenar este sábado?

—Prefiero comer. Por la noche he quedado para salir. ¿A qué hora?

—Te recojo a la una en el parque de la otra vez.

—Vale. —Colgó sin dar oportunidad de decirle nada más.

Durante mes y medio estuvieron quedando los sábados para comer y besarse a ratos. Se mandaban mensajes casi todos los días, cuyo contenido no era más que burlas del uno hacia el otro, junto con las trivialidades que les pasaban a lo largo del día, provocando el mismo efecto en ambos: una sonrisa pura, sincera, y la sensación de que algo más se estaba gestando.

El sábado siguiente de la Noche de San Juan quedaron a cenar y posteriormente decidieron irse a un mirador en la montaña donde poder hablar, hacer y deshacer sin dar explicaciones. Allí, nada más salir del coche, la chica se apoyó en el capó. Raúl, muy peliculero, comenzó diciendo lo bonitos que estaban el cielo y las estrellas hasta que, de repente, se giró hacia la chica y se colocó frente a ella, rozando nariz con nariz:

—¿Sabes una cosa? Eres como el vino: de las que mejoran cuando se las conoce y de las que van a madurar muy bien.

Acto seguido la besó, cogiendo con su mano derecha su cuello y mejilla mientras con la izquierda acercaba su cuerpo al suyo. Ella, totalmente receptiva, rodeó con sus piernas la cintura de él mientras le metía la mano en el bolsillo trasero para acercarlo aún más. Tras varios minutos en los que las chispas no paraban de saltar entre ambos, besándose en la boca y el cuello, de nuevo y de repente ella le mordió el labio; inmediatamente, él abrió los ojos y, con sus manos aún en su cuello y cintura, le dijo:

—Ni se te ocurra, rubia.

La chica, entre risas, le volvió a morder, pero esta vez más lentamente, y en un susurro le dijo:

—Era broma, rubio.

Cuando acabaron, Raúl se tumbó y rodeó con su brazo a la chica, besándola de nuevo en los labios y la frente; sin embargo, ella se levantó y comenzó a vestirse.

—¿Dónde vas? —preguntó con cara de preocupación.

—Ha valido la pena la espera, ¿no? Pero ya tienes lo que querías, ¿no? Pues entonces me voy.

—Yo no he dicho eso en ningún momento. —Se quedó totalmente incrédulo.

—Raúl, en todos estos meses te he escuchado decir mil barbaridades sobre todas aquellas chicas con las que te acuestas y cómo ninguna significaba nada. Sé que soy una más; soy consciente de ello desde la noche del parque. Pero no te preocupes. Cada uno lleva la vida que quiere.

—Pero… Pero… Rubia. —No podía decir una frase completa. Los nervios no le dejaban vocalizar bien; estaba totalmente sorprendido.

—No te preocupes, que hay una parada aquí. Aquí tienes una amiga para lo que necesites, ya lo sabes.

Le dio un beso y se fue.

Esa noche, al llegar a casa, la conversación entre los dos amigos fue totalmente distinta a la del comienzo:

—Me gusta la niñata, Germán. Y no sé qué hacer.

—Normalmente, y es algo que ya sabes porque no llevas soltero toda tu vida, cuando te gusta alguien intentas salir con esa persona. Seguramente se te habrá olvidado, pero yo te lo recuerdo. —Su tono irónico crispó a Raúl.

—Muy gracioso, pero ella no está receptiva a tener nada conmigo.

—No, Raúl. No está receptiva a ser una más. Simplemente te está diciendo que no es fácil; no es una chica de una noche. Tú eres quien debe decidir si lo es o no.

—Cuatro años estudiando Psicología para al final decidir yo, Germán. Así no se puede ir por la vida siendo psicólogo —le dedicó a su amigo en tono de broma.

La siguiente llamada para quedar de nuevo fue por parte de Raúl. Necesitaba verla, contarle sus cosas y que la chica formara parte de su vida. Se estaban enamorando el uno del otro entre flirteos y borderías, entre cenas y noches de pasión. Llevaron durante más de nueve meses vida de pareja sin llegar a serlo. No quedaban con otras personas, no se eran infieles, pero al mismo tiempo no paraban de justificarse el uno al otro que no eran nada. Hasta que llegó el día donde los sentimientos no pudieron ocultarse más, siendo Raúl de nuevo quien dio el paso. Tras otra noche juntos, donde ella ya no se vestía y se iba, sino que se quedaban hablando horas hasta dormirse, fue cuando, mirándola a los ojos, él le dedicó un «te quiero» sincero y puro, brillándole los ojos, encontrándose con una respuesta que lo dejó totalmente frío: «Gracias».

La chica se hizo la dormida de inmediato, al igual que él. Ambos estaban nerviosos y no paraban de moverse. Él no comprendía qué acababa de pasar. Sentía ser el mayor calzonazos del mundo por abrirse y por cómo ella estaba jugando con él, y eso no podía permitírselo. La chica no comprendía por qué le acababa de decir «gracias» cuando realmente quería gritarle que lo quería y amaba cada segundo que pasaban juntos. Sabía que había generado una fractura en aquella relación o intento de iniciarla.

Cuando a la mañana siguiente se fue para casa, notó la mirada vacía de Raúl, quien se despidió muy fríamente y sin casi mirarla a los ojos. Estuvieron toda aquella semana sin hablarse, cinco días exactamente, en los que él se negó a llamarla mientras que ella no paraba de pensar y planear algo perfecto para poder recuperar la confianza y confesarle su verdadero sentimiento. Ese mismo viernes, el vuelo de Madrid a Málaga aterrizaba a las 14:10, como era habitual. Raúl tardaría en llegar a casa una hora aproximadamente, por lo que el plan de la chica tenía que estar listo a las 15:00. Y así fue: la chica confió en que, como de costumbre, Raúl bajaría a Marbella el fin de semana y, cuando este abrió la puerta, tenía su comida favorita preparada en la mesa, todas las persianas bajadas y el salón alumbrado con un par de velas.

Ella se había vestido como miles de veces él le había dicho que le encantaba: con una camisa suya y solo unas bragas de encaje fino de color negro y el pelo totalmente suelto. Estaba de pie, en mitad del salón, esperándolo y mirándolo a los ojos desde que entró por la puerta.

—Rubia, ¿qué es todo esto? —No podía dejar de mirar a su alrededor y sonreír, pues estaba cuidado cada mínimo detalle, hasta el colchón en mitad del salón.

—La semana pasada metí la pata. No esperaba que lo que yo sentía tú también lo hicieras. Me dio miedo oírlo de tu boca. Solo estaba acostumbrada a escucharlo en mi mente cuando te miro, te beso o simplemente te abrazo. Raúl, te quiero, y no te lo he dicho antes porque me dio miedo; no pensaba que la felicidad fuese tan real y sentida a tal extremo hasta que te conocí. —Acababa de entregarle todo, su corazón en bandeja. Por eso mismo agachó la mirada.

—Pero ¿miedo por qué, mi rubia? —le dijo mientras le levantaba la cara para mirarla a los ojos—. Hemos empezado algo sin comenzar, estamos sin estar, nos queremos sin decírnoslo, nos buscamos el uno al otro en cada momento, ambos sabemos de la necesidad del otro por estar juntos. Por esto mismo debemos…

—Ya sé. Dejarnos llevar y sobre todo llevarlo a nuestra manera. Pero me sentí mal cuando no te respondí, cuando sentí que esto se acababa y era por mi culpa.

—Aquí estamos. Quedémonos con esto y comencemos por el postre.

Tres segundos después estaban de pie, apoyados en la pared, dejando salir toda la tensión acumulada. De nuevo les sobraba ropa y les faltaban besos por darse.

Comenzaron así cuatro años de idas y venidas, de un año de estabilidad y seis meses sin dirigirse palabra. Se querían y se amaban, pero las circunstancias y las familias los separaron aún más. Principalmente la de él: se oponía por las diferencias sociales, mientras que la de la chica tardó años en saberlo, pues ya de por sí la relación no era buena y ella siempre sentía que no debía dar en casa explicación alguna de su vida privada.

Cabezones, orgullosos, celosos, directos y sinceros, sin duda alguna estaban hechos el uno para el otro, pero en otra etapa de sus vidas, como ellos mismos decían. Más adelante, cuando ninguna de sus vidas dependiera del control paternal, cuando pudieran ser ellos mismos en público como lo eran en la intimidad. De cinco años, estuvieron uno y medio siendo egoístas y pensando solo en la relación. El resto del tiempo se dejaron influenciar por las malas lenguas, los celos, los familiares y amigos entrometidos. Aun así, se veían una vez a la semana como mínimo para que el mundo se parara alrededor de ellos, para poder entregarse el uno al otro al desnudo y sin tapujos, para poder seguir amándose en silencio y siempre a escondidas.

5. SIEMPRE JUZGADOS

Y ahí seguían, años después, buscándose cuando los problemas les agobiaban, no podían dormir por las pesadillas o simplemente querían verse. Raúl pasó a la habitación de la chica. Cuando alzó la cabeza, se dio cuenta de que ella ya estaba en pijama y dormía con una de sus camisetas olvidadas de veces anteriores, algo que no pudo disimular que le había encantado comprobar.

—¿Qué te pasa, rubio? —le preguntó con un gesto de preocupación mientras le acariciaba la nuca, el cuello y los abdominales para relajarlo. Estaba totalmente tenso.

—La empresa se va a pique y creo que es por mi culpa. No estoy dando la talla como debiera. Siento que estoy descentrado.

—¿Por qué? ¿Has vuelto a discutir con tu padre?

—¿Cuándo no discuto con él? —lo repitió dos veces de manera irónica—. No para de decirme que soy el peor hijo que ha podido tener. Según él, no valgo ni para elegir una mujer de bien.

—Tu padre ya me mete hasta en vuestras discusiones. No tiene suficiente con que no estemos juntos por él.

—Tampoco estamos separados. —Aprovechó para guiñarle y robarle un beso.

—Descansa, cariño. Te noto agotado y mañana tienes reunión a primera hora.

Apagaron la luz y se fueron a dormir, ella apoyada en el pectoral de él y con las piernas entrelazadas mientras Raúl la abrazaba. Una postura muy romántica en la que duraban segundos. Ambos eran igual de nerviosos hasta durmiendo y siempre acababan de cualquier forma, dispersos sobre la cama y robándose las sábanas en época de frío. A la mañana siguiente, Cristina ya se había ido a clase cuando la chica se levantó a preparar el desayuno y llevarlo a la cama. Quedaron en verse para cenar y ponerse al día.

Tras despedirse con un par de achuchones, cada uno emprendió su camino hacia la rutina. La chica no se había dado cuenta de la hora, pero acababa de perderse la primera clase de Elena. Tendría que esperarse los veinte minutos del final y entrar de manera discreta, por si había suerte y no se había dado cuenta de su ausencia antes, como efectivamente ocurrió.

Las tardes en el café se repetían cada vez con más frecuencia. Es más, Elena hasta se atrevió un día a decirle a la chica, tras las clases y aprovechando que estaba sola:

—¿Te veo esta tarde? —le preguntó dándole un golpe en la cintura y dedicándole una sonrisa—. Le he dicho a Alfonso que os paséis sobre las ocho. Así puedo veros.

La chica se quedó muy cortada y se limitó a afirmar con la cabeza. A pesar de llevar semanas tomando café fuera de la facultad, en ningún momento el trato había sido diferente. Al contrario, la chica trataba a Elena de usted a pesar de que la propia profesora había mencionado en clase que se la tuteara sin problemas. Pero ella quería marcar distancia y dejar clara su postura de no aprovecharse de su buena relación fuera.

Camino al coche para volver a casa, pasaba la chica por el parking de motos cuando se encontró al Señor y este la paró con gesto preocupado:

—¿Cómo estás? ¿Cómo te va este cuatrimestre?

—Por ahora bien. Espero escapar mejor que el cuatrimestre anterior. Gracias por la preocupación. —Intentó proseguir.

—Espera —le dijo agarrándola por el brazo—. Tienes que tener cuidado. Te veo buena niña y por eso mismo quiero avisarte.

—¿Avisarme? ¿De qué? —Aprovechó para soltarse, pero ciertamente acababa de preocuparse al completo por aquella situación.

—De Elena. Es muy abierta con los alumnos. Esto acarrea muchas envidias y competencias entre los propios alumnos. Van a pensar mal por tu buena relación con ella.

—Pero mi relación con ella es cordial. Es más, nunca hemos hablado ni siquiera de sus clases.

—No seas inocente. Sabes de primera mano que pensarán mal. Solo te aconsejo que te alejes: no te va a venir bien. Únicamente puedo decirte eso hasta ahora. Es una compañera de trabajo y no puedo hablar más aunque quiera protegerte.

Se alejó de la chica mientras se ponía las gafas de sol, dejándola preocupada y pensativa al respecto. No cayó en reflexionar sobre cómo conocía esa relación ajena a la facultad. Tras unos minutos paralizada en mitad del parking, la chica siguió caminando hacia el coche y volvió a casa. Aquella tarde decidió no ir a tomar café. Tardaría cerca de semana y media en volver, por lo que Alfonso y Elena le preguntaron los motivos de su ausencia:

—Entre los estudios y que Raúl ha estado por aquí esta semana, pues no he tenido tiempo de quedar. —Justo al decir el nombre de Raúl se dio cuenta de que acababa de abrir la caja de Pandora y comenzó a intentar que lo olvidaran—. Pero contadme, ¿estáis los dos mejor con vuestros problemas? Ponedme al día.

—¿Tienes novio? —preguntó de inmediato Alfonso con cara de preocupación.

Ante el silencio de la chica por no saber qué responder a la pregunta —no eran novios, pero tampoco amigos «normales»—, Elena saltó a su rescate:

—Deja que la niña tenga lo que quiera —soltó de manera sarcástica.

—Pero nos tendrá que presentar a ese tal Raúl para nosotros darle el visto bueno. ¿Estudia o trabaja? ¿Qué edad tiene? ¿De dónde es? ¿Cuándo lo vas a traer una tarde? —Alfonso comenzó un tercer grado.

—Nunca —respondió de manera tajante y rotunda.

—¿Qué tiempo lleváis?

—No voy a responder nada, Alfonso. Son mis cosas.

—¿Tus cosas? Llevas dos meses escuchando las nuestras. Creo que nos merecemos que la confianza sea mutua porque sabes mucho de los dos.

—En eso lleva razón —apuntilló Elena en voz baja mientras asentía con la cabeza.

Un poco forzada, contó una historia muy ligera, de la cual cada uno de ellos sacó conclusiones totalmente distintas, siendo la de Alfonso la que más le molestó a la chica:

—Entonces llevas varios años siendo simplemente el juguete sexual de Raúl. Pues qué suerte tienen algunos —dijo mientras se acababa el cigarro, con un tono molesto.

—Yo no lo conozco a él —Elena intentó calmar la tensión creada con un tono suave y cariñoso—, pero como mujer y sin intención de ofenderte, te digo que tú sientes mucho más de lo contado por ese chico. Pero ojo, no te juzgo. Cada uno lleva su vida como quiere.

Salvada por la campana. Llegaba el camarero para traer una nueva ronda. Al volver a quedarse solos, Alfonso intentó sacar el tema de nuevo, ya que estaba realmente molesto con las últimas noticias de la chica. No entendía cómo podía estar involucrada en una relación así. Desde entonces ese nombre se convirtió en algo que le molestaba y agriaba su cara en todo momento. El odio hacia Raúl fue inmediato por su parte. Elena, muy rápida y ágil de pensamientos, captó la situación de inmediato, convirtiéndose en la mediadora cada vez que salía el tema de ahí en adelante.

La chica se fue de nuevo antes de cenar. Esta vez sí tenía planes y no era una excusa. Había quedado precisamente con Raúl, algo que remarcó al irse. Se despidió, esta vez con dos besos a Elena y con un toque en el hombro a Alfonso. Estaba disgustada y quería dejarlo claro.

Al llegar a la cena, la chica no pudo guardarse la pregunta que le rondaba en la cabeza sobre el tema y se la hizo a Raúl:

—¿Soy tu juguete sexual?

—¿O yo soy el tuyo? —preguntó Raúl entre risas, pensando que la chica estaba bromeando.

—Te lo estoy preguntando seriamente —dijo, esta vez de manera más rotunda.

—Ahora piensa: ¿le contarías tú a tu juguete sexual tus problemas? ¿Le mandarías cada noche un mensaje de buenas noches? ¿Tendrías a tu juguetito en la mente más que al propio trabajo?

—Lo siento. La conversación de esta tarde con Alfonso ha sido rara…

—¿Quién es Alfonso? —El nombre le sonaba, pero no caía en él.

La chica comenzó a refrescarle quién era Alfonso. Le había hablado de él en algunas ocasiones. Posteriormente le comentó la conversación que había tenido sobre la relación de ambos, ante lo que Raúl se mostró muy tajante:

—No pienso calentarme la cabeza por ese viejo, pero te digo que tengas cuidado. Tú lo ves como un padre y la reacción que te ha mostrado hoy es de celos. Ten cuidado, cariño.

Y sin conocerlo, lo caló al completo.

Tras la cena se fueron al hotel de Raúl. Querían pasar la noche juntos y despedirse, pues comenzaba la época de exámenes y no se verían en unos veinte días. No durmieron. Cuando se dieron cuenta de la hora, ya tocaba ducharse —juntos, por supuesto— e ir a sus respectivas rutinas. Raúl la dejó en la puerta del aulario. Al despedirse con un beso, vieron pasar a Elena, que se dirigía a la clase. Automáticamente, la chica se sonrojó y se metió corriendo en el aula. Primero tenían clase con Elena y después con Ernesto para poner fin al curso, y a su segundo año de carrera.

Fue uno de estos últimos días de clase cuando la chica le habló a Claudia, una compañera de clase con un carácter similar al de ella, pero con la que por distintas circunstancias nunca había cruzado palabra.

—También te han avisado de que estaba pasando lista de asistencia, ¿no? —comentó la chica en un tono amable para acercarse a conocerla.

—La verdad es que sí —dijo entre risas—. Me han tenido que traer desde casa para que a segunda hora no me volviera a poner falta.

Claudia era una chica muy sociable, leal, capaz de sacar uñas y dientes para defender a los suyos en cada momento, muy coqueta y con una muy débil coraza que le permitía aparentar una personalidad arrolladora de primeras. A pesar de su faceta arisca, en el fondo estaba cargada de inseguridades. Era lista e intuitiva y nunca llegaría a mostrarse al completo frente a la chica por sus reservas, aunque sí se entregaría a la causa para apoyarla. Sin duda, el comienzo de una amistad acababa de gestarse entre Claudia y la chica. Se iniciaba una unión que duraría el tiempo que la vida y el destino tenían previsto y marcado.

Comenzaron los días intensivos de biblioteca. En ellos no había cabida para las nuevas amistades de las carreras. En esas jornadas de estudio estaban los amigos de siempre de la chica, que se conocían desde primaria. Más de diez años de amistad, por lo que entre ellos había de todo, salvo sutileza y tacto, pues, como bien decía siempre Mar, la confianza da asco.

Se reunían desde la nueve de la mañana hasta la madrugada. Solo paraban para comer y para los respectivos cigarritos, aunque siempre hacían intermedios de risas, charlas y cotilleos en mitad de la biblioteca, entre susurros y miradas compenetradas. En aquellos días se reunían de manera fija la chica, Cristina y Mar, estudiante de Psicología, bipolar pero directa y expresiva como la que más. Para ella no existía la sutileza. Teniendo confianza, diría lo que pensaba sobre ti o cualquier persona. Todo un personaje peculiar, pero de las pocas que confiaron en la chica cuando, con dieciséis años, quiso cambiar su mal genio y carácter. Sin duda, llevaba su vocación de psicóloga y de querer ayudar a los demás desde siempre en su interior.

La chica contaba con un grupo de amigos sólido desde los once años. Las mismas amigas y amigos que, aunque habían tomado destinos y carreras distintas, los fines de semana se veían en Marbella, en los bares de siempre, a pesar de las distancias y la falta de contacto diario. Estaban ahí como siempre habían estado. Un claro ejemplo de ello era Adelaida. Estudiaba Ingeniería en Algeciras y ningún día le faltó un «buenos días» o un «¿qué tal estás?». Amiga de sus amigas, se preocupaba por cada una del grupo de manera individual y colectiva. Semana tras semana insistía en una cena de las amigas de siempre. Sin duda alguna, era el pegamento del grupo; la que hacía que, a pesar de llevar vidas distintas y en diferentes lugares, se volviera a la tierra cada fin de semana. Una paciencia de santa tenía con todas ellas.

Adelaida no dejaba de ser otra loca más de ese grupo, fiestera pero con los pies en la tierra, capaz de sacar una sonrisa a cualquiera con sus alocados planes donde no faltaba el pasarlo bien en ningún momento. Una amiga de los pies a la cabeza. La chica agradecía al mundo haberla puesto en su camino hacía ya muchos años, pues era una rompedora de rutina, un botón de desconexión que ayudaba sin parar, día tras día, a sacar sonrisas, cuando muchas veces ni ella misma tenía fuerzas para ello.

La chica se sentía afortunada por todas y cada una de sus amistades. Por eso no le importaba todo el mal rollo que se había creado en clase, la cual estaba dividida como en dos bandos: los amigos de Laura contra el resto. Estaba acostumbrada al concepto piña como grupo; por eso nunca se cansó de dar la cara por esta una y otra vez, de responder a cada comentario de los compañeros que intentaban molestar. No llegó a comprender tanto odio hasta que llegó el final del curso y ella se mezcló en esta historia, pues se sentía en deuda con Laura por su ayuda con los estudios en los primeros años de carrera.

La chica suspendió la asignatura de Ernesto, el súbdito del Señor, al igual que el resto de la clase, salvo Alfonso y Laura, por lo que ni se molestó en ir a revisión. Las notas con Elena no estuvieron mal: un sobresaliente y un notable bajo. Estuvo a punto de preguntarle si el sobresaliente había sido merecido o por las tardes de café, pero lo dejó pasar, pues seguramente la pregunta la ofendería por poner en duda su profesionalidad.

Ese mismo día, el último en la facultad antes del verano, se volvió a encontrar al Señor en un sitio que se convertiría en el punto de encuentro «casual» en el curso siguiente: el aparcamiento de motos. Esta vez no se paró. Iba acompañado de Úrsula, una de sus empleadas. Sin embargo, sí le dedicó una frase:

—Nos vemos en septiembre. Estudia.

Comenzaba el verano, una rutina distinta formada por trabajo, más trabajo y estudio por la noche. No es que de camarera fuera a ganarse la vida, pero estos dos trabajos hacían que pudiera seguir manteniendo sus estudios en Málaga y, de vez en cuando, darse una escapadita. Raúl, por su parte, harto de verla esforzarse, le ofrecía ayuda económica para que no tuviera que estar tan asfixiada, pero el orgullo de la chica no podía permitírselo.

Era la época en la que más se veían. Prácticamente vivían juntos durante los tres meses. Una vida de casados independientes, pues salían a trabajar, con sus amigos y por la noche volvían a la casa para pasar la noche juntos o, simplemente, para amanecer juntos. Seguían con su relación, incomprendida por el mundo pero elegida y cómoda para ellos.

Los meses se les pasaron a ambos volando. Cuando la chica se dio cuenta, era septiembre y tenía que enfrentarse a dos exámenes, ambos del mismo departamento del Señor. Aun así, estaba convencida de que aprobaría. Había estudiado y preparado las asignaturas como ninguna otra hasta ahora. Raúl la acompañó. Estaba igual de nervioso que ella, sobre todo cuando, estando fuera, reconoció al Señor y vio que no solo merodeaba por su examen, sino también por el de su empleado en los días siguientes. Estaba buscándola.

6. SEGUNDA PRUEBA

Raúl no le quitaba ojo a aquel hombre mayor. Este no paraba de dar vueltas por la entrada del aula donde la chica estaba realizando el examen con su súbdito. Esperaba algo y se comenzaba a inquietar; no disimulaba los nervios, pensando que no estaba siendo visto. De repente, se abrió la puerta de la clase donde se estaba realizando la prueba. Era Ernesto. Sacó un par de folios para dárselos en mano a su jefe, al Señor.

—Acaba de entregármelo. Ni ha salido aún del aula.

—Perfecto, Ernesto. Muchas gracias y ya te informaré.

Ante esta situación, Raúl enmudeció y pasaron meses hasta que se lo contara a la chica, pues no quería inquietarla con dudas sobre si aquellos folios eran las hojas de su examen.

Justo cuando el Señor salía del hall sin dedicarle una mísera mirada a Raúl, indiferente a su presencia, salió la chica del examen con una sonrisa esplendorosa y dispuesta a comerse a besos a Raúl para agradecerle su espera allí.

—¿Qué tal, rubia? —Besó su frente.

—Muy bien. Tanto el del Señor como este los debo de tener aprobados. —Inocente seguridad sobre cómo su esfuerzo obtendría recompensa.

—Entonces, ¿a dónde vamos a celebrarlo?

—Para comenzar, a un buen sitio para comer.

—Perfecto. Sé un restaurante que te va a encantar.

—¿Te pasa algo? Te noto raro, cariño… —La chica lo percibía pensativo de más.

—Es mero aburrimiento. No me gusta tu campus universitario ni la gente de él. Es todo muy aburrido —le dijo fingiendo una sonrisa picarona para no preocupar a la chica.

—Sácame de aquí. Necesito desconectar —dijo con un tono casi de súplica.

—Yo me encargo ahora —le dijo tras darle otro beso e intentar que se sintiera protegida y segura.

Camino al coche, y como siempre en el parking de la salida, se encontraron con el Señor.

—¿Cómo te ha salido el examen? —preguntó con tono amistoso a la chica.

—Bien, aunque la última palabra la tiene usted, como siempre.

El Señor sonrió tras unos segundos de silencio incómodo. No pudo evitar que los ojos se le fueran hacia a la chica, pero de una manera sensual, contemplándola de arriba abajo. En su visión global no estaba Raúl, que desde fuera contemplaba toda la situación y no pudo evitar intervenir.

—Hola. Yo soy Raúl, su novio —le dijo mientras le estrechaba la mano.

—¿Es usted alumno mío? —le dijo con tono de burla, pues sabía perfectamente la respuesta.

—No. —La sequedad con la que respondió era impropia de la caballerosidad de Raúl. Estaba incómodo. El Señor lo estaba notando y disfrutando.

—Suerte con las notas —le dijo a la chica, mirándola solo a ella.

Tras irse, Raúl no pudo evitar preguntar para confirmar de nuevo que era el mismo hombre que la había suspendido.

—Sí, el mismo —le afirmó la chica—. Pero dime, tontorrón, esa necesidad de marcar territorio.

—No he hecho eso. Simplemente me ha nacido presentarme —le dijo con una sonrisilla de compasión tras crear una situación incómoda.

—¿Como mi novio? —De repente, antes de subirse al coche, la chica se frenó en seco frente a él—. ¿Somos novios? —le preguntó de manera sarcástica, pero con miedo de la respuesta.

—No. Bueno, sí… No sé lo que somos —le contestó con voz temblorosa por no saber la respuesta—. Pero sí sé algo: para él lo somos.

—Entonces, aunque suspenda, por lo menos sacaré algo en claro de todo esto —le dijo mientras se dirigía, esta vez sí, a la puerta del copiloto.

—Rubia —le dijo mientras la seguía y le intentaba coger la mano—, disfrutemos de lo que somos y de lo que no. Una vez estemos los dos estables e independientes al completo, pensaremos en los demás. —Mirándola a los ojos, con las manos en sus mejillas y con esos ojos azules diciéndole más que esas palabras que salían de su boca, la chica no pudo evitar sonreírle y dejarlo pasar de nuevo.

Lejos de aquel restaurante al que se fueron a comer y sentado en su despacho estaba el Señor frente a los dos exámenes de la chica, decidiendo su nota. Ella nunca llegaría a saber la real, pero aquel mismo día sus exámenes estaban puntuados con un 4,8 y un 4,9. De nuevo le tocaría ir a revisión.

Las calificaciones se publicarían dos semanas más tarde. A la chica le cogió la noticia en su piso, con Cristina, con un plan de película, palomitas y pijamas. Todo se torcía al completo.

La chica rompió a llorar sin parar. Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra el sofá. Acababa de perder la beca, dado que solo se podía suspender una para solicitar la ayuda económica, y con ello posiblemente la oportunidad de poder comenzar el tercer curso de la carrera. Utilizaron la coherencia y pidió hora para las distintas revisiones. Ernesto le respondió de inmediato, citándola para dentro de dos días. Sin embargo, el Señor tardaría más de una semana en responder y citarla.

Al día siguiente la chica se vio con Alfonso y Elena para tomar café y contarles lo ocurrido, los suspensos. Elena no quiso comentar en un primer momento. Este hecho hizo dudar a la chica sobre si estaba metiendo la pata por contar el tema frente a ella de aquella manera, pues el estado de nervios e histeria le hacía medir poco sus palabras ante una compañera de profesión. Sin embargo, Alfonso le mostró su apoyo y ayuda de inmediato:

—No te preocupes. Hablaré con él —dijo con un tono de control de la situación y superioridad.

—No hagas nada. Lo que me faltaba ahora es ir de arrastrada.

—Todo el mundo necesita que le ayuden alguna vez, aunque sea un poquito. Déjame hacerlo. Te lo mereces —insistió Alfonso.

—¿Qué vas a hacer? —La chica odiaba deber nada a personas como Alfonso.

—Pedirle simplemente que te dé otra oportunidad, no que te apruebe sin más.

—Qué injusto. Como se entere alguien, se me cae la cara de vergüenza. —La chica se sentía avergonzada.

—Tranquila, no sale de aquí. Tú ve mañana a la revisión normal y le preguntas los motivos del suspenso. Que te vea lo más noble y afectada posible. —A Alfonso se le inflaba el pecho por ser el héroe.

La conversación quedó interrumpida, pues el teléfono de la chica no paraba de sonar con mensajes del foro de estudiantes de su clase. Sus compañeros escribían sobre una posible reclamación contra Ernesto por el examen de junio, dado que preguntó un tema fuera de la programación. Estaban recogiendo firmas de todos los afectados, que eran muchos, a espaldas de todos los docentes del campus para que tuviera una mayor consecuencia si pillaba por sorpresa, y más cuando contaban con la ayuda del sindicato de estudiantes. Los compañeros preguntaron a la chica sobre su postura y les dijo que no haría nada hasta ir a revisión.

Tras colgar el teléfono, Alfonso y Elena habían ido oyendo las respuestas de la chica e intuían por dónde iba el tema. La chica no esperó más y dejó de lado su prudencia:

—Elena, ¿y tú qué opinas?

—Que no debes firmar y debes hacerle caso a él —dijo mirando a Alfonso.

—Y sobre el examen, ¿piensas que estoy suspensa? —preguntó con un tono por primera vez seco y directo.

—No lo sé. No he leído tu examen, pero sí he leído los que me has hecho a mí. No te considero ni mucho menos tonta, pero un mal día puede tenerlo cualquiera. Ve a revisión y después nos cuentas.

No terminaba de captar a Elena. La intuición y lo que la chica veía en su mirada no se estaban correspondiendo con la actitud defensiva hacia su compañero y sus becarios. Sin embargo, sus ojos reflejaban una nobleza que le hacía confiar en su justicia y, sabiendo de sus problemas personales, achacó la falta de unión entre el dicho, el hecho y lo visto en su mirada a eso mismo.

Llevaba todo el día intentando hablar con Raúl, pero no supo nada de él en todo el día. Quería pedirle que la acompañara a la revisión. No a la de Ernesto, sino a la del Señor, pues tenía mucho miedo y no sabía ni por qué. La figura de aquel hombre le imponía un respeto enorme, a pesar de que siempre intentaba disimularlo. Sin embargo, no pudieron hablar hasta que pasaron las revisiones. Raúl tenía sus propios problemas en casa y no podía ayudarla en esta ocasión.

La cita con Ernesto era a las once. Llegó extremadamente puntual, aunque no le sirvió para entrar a su hora, la cola de compañeros suspensos era enorme. Este hecho la consoló, pues la hacía sentir más tranquila y pensar que quizás estaba siendo un tanto paranoica con toda la situación. Las voces de Ernesto y del alumno que estaba dentro del despacho se escuchaban desde fuera como si las puertas estuvieran abiertas. Este salió pegando un portazo y diciendo en voz alta, para que todos lo oyeran, lo cabrón que era ese profesor. Estaba advirtiendo al resto, de una manera muy peculiar, sobre las nulas posibilidades de raspar el aprobado.

El siguiente turno era el de la chica. Con cabeza baja y simpática, entró a comprobar los motivos del suspenso. Nada más entrar, Ernesto le preguntó su nombre, algo que a la chica le extrañó, pues le constaba que Alfonso ya le había avisado y puesto al día sobre su situación con la beca. Primeramente la buscó en la lista de clase y posteriormente le dio su examen para que lo ojeara. La nota de la asignatura estaba dividida en dos partes de manera proporcional: una evaluación continua y el examen final. La chica acaba de descubrir que tenía 4,6 de cinco puntos por lo trabajado durante el curso; sin embargo, a pesar de haberse pasado todo un verano estudiando y escribir durante las dos horas de examen, este contaba con una nota irrisoria: 0,2 de cinco puntos. La chica estaba alucinando. Ocho hojas de examen y dos preguntas, puntuadas con 0,1 cada una. No entendía nada de lo que estaba viendo.

Ernesto se disponía a explicarle la mísera puntuación cuando esta se percató de algo fuera de lo común en el listado de clase. En un arrebato de impulsividad, lo cogió sin pedir permiso:

—¿Por qué tiene mi nombre un asterisco? —Comenzó rápidamente a revisar toda la lista para ver si era la única, y efectivamente lo era, lo que hizo que se cabreara aún más—. ¿Y por qué soy la única con esta marca?

—Esos datos son confidenciales, señorita. Devuélvame la lista —dijo intentando alargar la mano para arrebatársela a la chica.

—¿Confidencial? Necesito una explicación. —La soltó sobre la mesa.

—Usted no está en condiciones de exigir nada —replicó con tono soberbio. Se notaba que era aprendiz de su jefe.

—¿Quién me corrige el examen? ¿Usted o el caballero del despacho de enfrente? —preguntó refiriéndose al Señor.

—Por supuesto que yo. —Le había picado en su ego académico—. El Señor simplemente me ha indicado que usted es una alumna un tanto polémica y propensa a perder las formas. De ahí el asterisco.

—Dígame ahora: ¿soy tan «polémica» como dicen por aquí? ¿Se ha sentido agredido por mi persona?

—En absoluto. Ha sido usted muy educada aun cuando ha visto su asterisco. Otra persona hubiese montado un espectáculo mayor.

—Gracias, pero me temo que de poco me va a servir. —Comenzó entonces a levantarse, dirigiéndose a la puerta—. Se me ha juzgado antes de entrar. No quiero ni perder mi tiempo ni hacerle perder más el suyo, pues ambos sabemos que no me va a aprobar.

Y cerró la puerta suavemente a pesar de las ganas de echarla abajo.

Con una sonrisa se dirigió al ascensor. No quería que nadie le notara nada y mucho menos el Señor, quien, obviamente, andaba por allí. Cuando subió, pulsó el botón y cerró la puerta, pero el gesto de la chica fue detenido por una mano femenina: Úrsula.

—¿Qué te pasa? Estás muy seria con lo risueña que sueles ser. —Aprovechó para acariciarle cerca del hombro. Quería transmitirle con un gesto su cercanía.

—Nada. Exámenes y revisiones —levantó la cabeza para contemplar qué le quedaba al ascensor para llegar— acaban agotando también al alumno.

—No te preocupes. —Esbozó una media sonrisa, algo insólito en una profesora tan fría como ella—. Seguro que al final todo sale mejor de lo esperado.

La chica le agradeció las palabras con un tono algo entrecortado, pues estaba nerviosa y no entendía cómo aquella profesora, distante y fría incluso con sus propios compañeros, la estaba compadeciendo y dando ánimos. Esto le sirvió para cambiar el gesto e intentar disimular de mejor manera su ánimo. Si alguien como Úrsula acababa de notar su mal día, e incluso la había compadecido, era un claro síntoma de que llevaba realmente mala cara.

Salió de aquella torre asqueada y más reflexiva de lo normal, como estaba siendo costumbre cada vez que pisaba aquel lugar. No quería darle más importancia, pues no era una alumna brillante para realmente estar segura de tener aquel examen aprobado según el criterio de ese departamento, aunque bien es cierto que el asterisco le había molestado y desconcertado. La chica emprendió su camino, de nuevo con la cabeza agachada. No podía dejar de pensar en todo lo ocurrido y relacionarlo con aquellos despachos y sus ocupantes.

Con pocas ganas, la chica se dirigió de nuevo a tomar café con Elena y Alfonso. Ambos habían mostrado su preocupación sobre la revisión con Ernesto. Les puso al tanto y, de nuevo, Alfonso se adelantó:

—No te preocupes. Llamo ahora mismo a Ernesto para que me diga el día para que puedas repetir el examen o si te ofrece otra alternativa. —Le cogió la mano como gesto protector paternal—. No se te está regalando nada; solo es que tengas otra oportunidad.

—Gracias —respondió con tono de resignación.

Alfonso se levantó de la mesa y se dirigió fuera del bar para poder hablar tranquilamente por teléfono.

—No le des más vueltas —le dijo Elena mirándola fijamente a los ojos—. No seamos malpensadas. Él es así. Le gusta poner a prueba a su gente.

—Pero yo no soy su gente. —La ilusa chica no comprendía la situación.

—Pero quizás sí quiere que lo seas. Probablemente, el Señor lo único que quiere es ver tus capacidades —le dijo con certeza y seguridad en sí misma y en sus palabras.

—Hay compañeros con mucha más media o que incluso han sacado matrícula con él… No tiene sentido lo que me dices —respondió con un gesto un tanto cabreado.

—No es de esos. —Elena comprendió los gestos insinuadores de la chica—. Tiene una trayectoria muy larga y brillante. Nunca se le ha conocido ningún caso ni siquiera relacionado… Confía y piensa en que simplemente te quiere poner a prueba.

Por suerte para la chica, Alfonso acababa de colgar y estaba sentándose con buenas noticias: había logrado un examen oral para ella con Ernesto. Si lo pasaba, tendría un cinco. La fecha del examen era el mismo día de la revisión con el Señor, aunque por suerte era dos horas antes.

Tenía ocho días por delante para repasar lo que ya había estudiado. Incluso no tenía que trabajar; podía dedicarse por completo a ello. Sin embargo, el cuerpo le pedía primero descansar y dormir, reponer fuerzas, comenzar de cero para no atorarse mentalmente. Necesitaba llamar a Raúl, pero no sabía con qué excusa hacerlo.

Mientras, marcaba por quinta vez su número de teléfono, el cual no tenía anotado, pues su memoria no podía olvidarlo sin más.

—Hola, mi rubia. Me tienes abandonado. ¿Qué tal estás?

—¿Abandonado? Pero… —Ni le dejó acabar la frase.

—Exacto, abandonado. Me dijiste que tenías las revisiones y que nos veríamos después de mi vuelta, y llevo dos días aquí ya, esperando una señal de «no estoy agobiada, vamos a salir» o «estoy agobiada, hagámoslo». —Pronunció ambas frases imitando la voz de la chica, con tono de burla amistosa.

—Eres tonto —le dijo riéndose y con una voz de coqueteo—. Quiero verte. ¿Dónde estás?

—¿Nos vemos en media hora en tu piso?

—Mejor en tu hotel. Cristina está a punto de llegar y no la vamos a molestar, que tiene que estudiar.

—Joder con la rubia natural. Le voy a quitar las llaves. —De nuevo intentaba hacerla reír; notaba por teléfono su agobio.

—Ya, claro. Díselo cuando la veas, a ver si eres capaz. Fíjate, creo que pagar el alquiler le da unos cuantos derechos sobre el piso.

—Ya negociaré con ella los días que me toca tu custodia. Te veo en media hora en la suite, ¿vale?

—Vale, pijo mío —contestó con tono de broma cariñoso.

Esbozó una sonrisa pletórica. Necesitaba de la energía de Raúl para ponerse a estudiar en serio; precisaba de una de sus regañinas y centrarse al completo. No sabía si saldrían a cenar o pedirían algo de comida, por lo que se acicaló un poco y se cambió de ropa. Hacía tiempo que no se veían y quería estar medio decente.

Se pusieron al día de sus vidas y de mimos. La cita acabó en cena y copa en la terraza del hotel. Pasaron horas hablando, coqueteando y mostrándole al mundo que estaban juntos, pero sin querer ser conscientes de ello. Era más fácil para la familia de Raúl aceptar que era un ligue sin más; y para ellos estar a su manera y sin dar explicaciones de su amor, utilizando la estrategia de no publicarlo, pero disfrutarlo.

Al día siguiente, como de costumbre, cada uno volvió a su rutina y, mientras él subía a la capital para trabajar, ella se preparaba el examen oral de Ernesto, un temario totalmente machacado por todas las horas invertidas en verano.

7. ENTRE LÁGRIMAS HABÍA FORTALEZA

Puntual como un reloj, se presentó en la puerta de Ernesto quince minutos antes de la hora acordada. Su intención era rebajar la tensión y mostrar sus buenas intenciones. Él, sin embargo, se retrasó diez y, cuando llegó, la hizo esperar fuera unos minutillos más mientras recogía el despacho para el examen.

Antes de comenzar le recordó que era un favor extraoficial concedido a Alfonso por su ayuda laboral y su mano en los juzgados y que no debía salir de aquellas cuatro paredes la segunda oportunidad otorgada. Tras media hora de preguntas sobre el tema, Ernesto accedió a subirle esa décima que le faltaba para el aprobado raspado. Eso sí, antes de marcharse la chica, el profesor tenía que dejarle clara su benevolencia:

—Me ha comentado Alfonso tu situación económica y que solo necesitabas aprobar una de las dos asignaturas para la beca, ¿verdad?

—Sí, es cierto —reconoció con voz baja, avergonzada más bien de que lo supiera.

—He querido aportar mi granito de arena para que puedas seguir estudiando. La nota no te la voy a subir. Espero que con la media del resto de asignaturas llegue a lo exigido por el Estado para que te la concedan.

—Sí llego, no se preocupe. Y, de nuevo, muchas gracias.

Cerró la puerta del despacho y se alejó con un sabor agridulce, pues aunque había conseguido el aprobado y seguir con la beca, no le gustaba la mirada de Ernesto. A pesar de su generosidad al repetirle el examen, escondía algo bastante sucio y oscuro. Todo el ambiente y lo relacionado con sus exámenes le espinaban en ese departamento.

Se fue a hacer tiempo a la cafetería, pues su próxima revisión era cercana a la hora de la comida, por lo que aún le quedaban un par de horas libres para ir a la biblioteca y sacar unos libros y, tras esto, unos cafés. Cuando la hora se aproximó, Cristina acompañó a la chica a la revisión. La esperaría fuera para hacerla sentir que no estaba sola y, poniéndose en lo peor, poder intervenir rápidamente si pasaba algo.

Ahí estaba el Señor, bajo una nube de humo de tabaco, leyendo la pantalla de su ordenador sin ni siquiera mirarla a la cara. Hizo un gesto a la chica para que tomara asiento.

—Antes de que me diga su nombre, le advierto que está usted, señorita, en todo su derecho de ponerme una queja en decanato para pedir una revisión de examen; pero déjeme decirle que en ella estarán empleados de mi área de total confianza, cuyo puesto de trabajo depende de mi responsabilidad, pues…

—No es necesario que siga. Ese discurso fue el mismo en febrero. —La chica iba al grano.

—Si lo recuerda, ¿entonces para qué ha venido? —Aquí se le escapó el nombre de la chica. Inmediatamente, él se dio cuenta de su metedura de pata y se encendió un cigarro—. ¿Le molesta que fume?

—No me importa. ¿Puedo ver mi examen?

—Por supuesto. Aquí lo tiene. Le recuerdo que yo corrijo cada uno de los exámenes con los nombres tapados, pues no quiero verme influenciado en las correcciones. Por ejemplo, yo la miro y pienso que es una chica que ha venido a clase casi a diario y que seguramente sacaría sobresaliente. —De nuevo, una pausa para dar varias caladas al cigarro—. Solo destapo el nombre a la hora de poner la calificación. De ahí su nota.

—¿Por qué hay un nueve rodeado y después un cuatro fuera y rodeando ambos números? Se me hace muy extraño de nuevo sacar un 4,9 y que esté así puesto. No veo ni una sola corrección en rojo.

Mientras el Señor se levantó a abrir las ventanas, la chica acababa de darse cuenta de que, efectivamente, corregía tapando el nombre, pero cuando iba a calificar lo leía y fue entonces cuando, al identificar el suyo, le volvió a poner la misma nota que en febrero, pues la calificación inicial era de sobresaliente, tal y como había marcado él mismo.

—Ya le he dicho que puede pedir una revisión ante decanato. Allí seguramente le den más explicaciones sobre su calificación, aunque le aconsejo recordar…

—No me vuelva a repetir el mismo discurso —dijo con tono de voz elevado mientras le arrojaba el examen en la mesa—. Quiero que me dé una explicación usted, pues es quien corrige.

—Me encanta ver cómo pierde los nervios —afirmó con una sonrisa y unos ojos brillantes, pues le fascinaba ver cómo la había forzado a perder las formas—. Su frustración ante la jerarquía de poder establecida es tan enriquecedora. ¿Quiere un cigarrillo? —Le tendió la mano para ofrecerle uno en tono de sorna y dejando patente su superioridad.

—No, gracias. No necesito el tabaco para que me ayude a pensar.

—Señorita —se lo repetía mientras reía, pero al mismo tiempo sintiéndose totalmente sorprendido por la apreciación de la chica sobre su necesidad de fumar—, acaba de hacer algo insólito. No voy a fumar para que pueda comprobar que mi mente no necesita de complementos.

—¿A su edad necesita demostrarlo? Era un comentario sin más. No pretendía ofender su inteligencia ni causarle la intención de tener que demostrarme nada. Le recuerdo que simplemente estoy aquí para una explicación de mi calificación.

Ante esta contestación, el Señor se enfureció y se vino arriba como la espuma. Prendió otro cigarro y comenzó a gritarle, de pie e inclinado frente a la cara de la chica:

—¿Usted tiene idea de con quién está hablando? Puedo hundirle su carrera cuando ni siquiera haya salido de mi despacho. Este grado no ofrece muchas alternativas laborales al acabarlo y, sin embargo, usted ha venido a la puerta donde le pueden dar, casi regalar, el camino a trabajar de lo estudiado. Está jugando a hundir al rey en el ajedrez, a verse sin absolutamente nada, sin trabajo ni carrera. Y eso que se cree muy inteligente solo porque es avispada y las capta al vuelo, pero ahora mismo le está costando. ¿De verdad necesita una explicación de su suspenso? Quizás me he equivocado. La he visto más interesante e inteligente de lo que pensaba. —Fue aquí cuando el tono agresivo cambió al persuasivo, alejándose de la chica para hablar e incorporándose para fumar y hablar de pie—. Vamos, guapa, piense un poco. Su oportunidad en estos momentos para seguir estudiando el año que viene depende de lo que hablemos en este despacho. Tengo, como tendré en más de una ocasión, su futuro en mis manos.

Ante la sonrisa de superioridad, el ego y la sensación de victoria aplastante del Señor se encontraba la chica, sorprendida y con la impresión de estar luchando sin saberlo, descubriendo la cara oculta del mundo docente universitario, basada en el abuso de poder.

—¿Está muda ahora? —preguntó riéndose con tono cada vez más burlesco—. Levántese y váyase. Y cuando sepa por qué la he suspendido, entonces hablamos sobre cómo aprobar. —Apagó su cigarrillo.

La chica se levantó con intención de marcharse, pero no pudo evitar comenzar a llorar por la impotencia de la situación, por no poder decirle todo lo que quería y no comprenderlo. Abrió la puerta del despacho para salir. Entonces, el Señor se acercó a ella.

—Quédese llorando aquí tranquila. No soy tan malo como cree y muchos dicen; me duele verla llorar. Cuando esté más relajada, vuelvo a entrar y hablamos sobre cómo remontar esto —añadió dándole una caricia de supuesta empatía a la chica para que se encontrara mejor.

Tras aquello, el Señor salió del despacho, sonriente, dirigiéndose al de un lacayo. Esto fue aprovechado por Cristina, que estaba fuera y había presenciado la última escena y podido escuchar las voces anteriores, para acercarse a hablar con su amiga. El Señor se percató, dirigiéndose de nuevo al despacho a negociar con la chica en privado y evitar cualquier influencia.

Antes de cerrar la puerta, dirigió una mirada desafiante a Cristina, la cual no entendía nada, pero estaba tremendamente preocupada por su amiga. El Señor sonreía una y otra vez. Sentía el juego completamente en su mano. Con la chica a su merced, le tocaba ahora cerrar un trato beneficioso. No era problema suyo si la hundía o no. Su ego necesitaba sentirse reconfortado a cualquier precio.

Cerró la puerta. Al volverse, se encontró a la chica de pie frente a él, pues pretendía salir con la poca dignidad que le quedaba. Odiaba verse débil frente a otros, pues tenía esa errónea percepción sobre llorar en público.

—Siéntese y no se vaya —le indicó el Señor con una media sonrisa.

—No, no es necesario —respondió mientras intentaba salir y él se lo impedía—. Me ha quedado muy claro todo. Entiendo que protestar es inútil porque soy una mera estudiante y no tengo ni voz ni voto. Usted siempre tendrá la última palabra.

—Créame, no sabe nada. Siéntese; le va a interesar. —Le indicó un asiento junto a su mesa.

—Le repito mi negativa. Bastante ridículo he hecho ya llorando frente a usted y en su despacho. —La chica no era capaz ni de mirarle a los ojos. Se sentía humillada.

—Siéntese le he dicho. Ni es la primera ni será la última vez que esté llorando aquí por diversas razones. —Paralelamente sonreía por sentirse con la potestad absoluta—. Además, ha tardado en romperse meses. Muchos caen antes. —De nuevo se carcajeaba.

La chica obedeció. Nerviosa y sin poder dejar de mover las piernas, observaba al Señor esperando a que comenzara a hablar. Este no paraba de dar vueltas por el despacho y de dar caladas, una tras otra. Parecía estar meditando sobre ese trato, presuntamente atado, al mismo tiempo que se regocijaba con la inquietud de la chica.

Al apagar el cigarro, comenzó a hablar para acabar con la tortura de ella:

—Pues bien, a pesar de que todo el mundo piense la persona tan horrible y cínica que soy, lo mejor será ponerle un cinco condicional y citarla durante estos meses a tutorías para ver su progreso en la asignatura. Posteriormente, en el mes de diciembre, realizará un examen oral. ¿Qué le parece?

—Vale —respondió con voz tartamuda, impactada por lo que estaba sucediendo—. Pero ¿en qué consiste?

—Debe elegir una unidad de la asignatura que corresponda a una época, un acontecimiento importante y cogerse unos manuales. Cada quince días, a partir del comienzo del curso, se pasará por aquí para resolver las dudas y en diciembre le realizaré un examen oral al respecto. ¿Preguntas?

—En cuanto al tema, ¿lo elijo?

—El tema podría ser… —Aprovechó para levantarse y comenzó a ojear los diferentes libros de su estantería. De repente, tomó uno y se lo entregó—. Este.

—¿Este sería el tema y el libro que leer? —La chica quería dejarlo todo atado.

—Solo el tema sobre el que investigar. En cuanto a los manuales que leer, curiosearé en la red bibliotecaria y le mandaré un correo electrónico en estos días.

—De acuerdo —dijo con voz entrecortada de nuevo—. Gracias.

—No las dé. Póngase las pilas y no haga que me arrepienta. —Se dirigió hacia la puerta para hacer gala de su actitud caballerosa y abrírsela—. Además, así comprobará que no soy tan malo como dicen.

La chica repitió su agradecimiento mientras salía del despacho. En cuanto lo hizo, el Señor cerró rápidamente la puerta para poder fumar de nuevo.

La chica explicó a su amiga Cristina que no entendía muy bien el trato que acababa de aceptar. No existían los cinco condicionales en la universidad, al menos eso tenía entendido, y de repente la oportunidad para seguir estudiando becada venía a través de esa coyuntura tan extraña.

8. UN CURSO PECULIAR

Comenzaba un nuevo curso, tercero de carrera, distinto al anterior ya de entrada porque la chica había conseguido cambiarse oficialmente al turno de mañana y seguir con su horario de camarera de tarde-noche como acostumbraba, de 19:30 hasta el cierre, un turno que siempre solía alargarse hasta la madrugada.

No tenía una vida que pudiéramos definir como fácil. Trabajaba desde antes de su mayoría de edad para poder seguir adelante y sacarse sus estudios, a lo que se unía un sinfín de problemas familiares. Ella, como su hermana mayor, Valentina, había crecido en un seno familiar cargado de alcoholismo, broncas, falta de empatía y migajas de cariño. Una familia no acostumbrada a los «te quiero» ni a los besos si no eran para pedir algo a cambio y, sobre todo, sin la confianza para poder hablar sin ser juzgada o con la mera oportunidad de ser comprendida.

Sin embargo, las hermanas eran distintas, tanto con respecto a sus progenitores como entre ellas mismas. Valentina era más tímida y muy sensible. Asentada con su pareja desde tan jovencita que este podría ser considerado casi también como un hermano de la chica, siempre se había considerado más como una madre por su manera de protegerla. Habían estado muy unidas hasta que la competitividad por los estudios y la atención de sus padres había abierto una brecha entre ellas con el paso de los años y las había distanciado. Cada una con una vida más independiente y adulta, pero siempre ahí para cuando la otra la necesitase, pues el sentimiento seguía vivo y se querían como siempre.

La comunicación entre las hermanas estaba más rota que nunca, quizás por la posición de cada una de ellas respecto a sus padres. Mientras Valentina defendía a capa y espada la actitud de su madre, la chica era del «equipo de papá», como entre ellas mismas se decían. Una relación dañada por el seno familiar, la envidia y los celos, aunque en reiteradas veces volvían a ser aquellas hermanas de uña y carne de tiempos atrás. Había algunas ocasiones donde todo parecía normal en aquella casa, donde el sufrimiento y el rencor se olvidaban por momentos.

De cara al público las cosas eran muy contrarias. Parecían ser una familia unida, capaz de salir de los problemas económicos gracias a que todos remaban juntos; sin embargo, la verdad era que cada uno salía adelante independientemente, aunque bajo el mismo techo. En el último año, Valentina había decidido salir de aquel ambiente e irse a vivir con su pareja. Sin duda alguna, había apostado por su felicidad.

La chica era totalmente distinta a su casa: abierta, sociable, risueña y siempre le gustaba hacer sonreír a su alrededor; y a la que más, a pesar de ser del equipo contrario, a su madre para paliar la tristeza de sus ojos. La distancia física del resto de su familia, que permanecía en el pueblo de origen, la había hecho considerar a sus amigas como la familia elegida. Agradecía cada día que estuvieran ahí, pues inconscientemente le daban fuerzas cada vez que tocaba volver a casa. Ellas estarían allí. Lo estaban durante el curso, tras este y lo estarían por siempre.

La chica había conseguido forjarse una coraza muy sólida. No lloraba nunca, no mostraba sus debilidades y, sobre todo, se volcaba al completo en los demás y sus problemas, de tal forma que conseguía olvidar los propios. No tenía un punto intermedio: era todo o nada. Pero su principal debilidad eran su propia mente y sus impulsos. La primera le traicionaba cada noche con reflexiones y autocríticas demasiado duras; y los segundos, derivados de su espontaneidad y naturalidad, le hacían actuar en muchas ocasiones sin pensar, causándole problemas con quienes no soportaban su sinceridad o consideraban sus actos como pedantería o sobredosis de seguridad personal sobre el resto.

Una personalidad muy peculiar, que Raúl siempre solía definir como original: una chica «perfectamente imperfecta». Él era una de las mejores cosas que le habían pasado a la chica. Le aportaba serenidad y le mostraba qué era un cariño verdadero, sincero y puro; sacaba su lado más pasional y cariñoso. Sin duda, estaba convirtiéndola en mejor persona.

Esta circunstancia era mutua. Ella le había ayudado a madurar y conseguir poner los pies en la tierra, que dejara de ser un hijo de papá y mamá para tomar conciencia de las cosas mundanas que le podían hacer feliz. Su manera de entregarse a la relación había conseguido distraerlo de los problemas familiares causados por la muerte de su hermano. Juntos acallaban los pensamientos propios y disfrutaban de los sentimientos, pues eran una pareja «perfectamente imperfecta».

En esta nueva etapa había pensado trabajar algunas horas menos de noche aunque viviera más apretada. Debía hacerlo para poder estudiar más y mejor. Siempre se preparaba los exámenes horas antes y, con lo poco que podía asistir a clase, en ocasiones se sentía muy perdida. Para poder seguir el ritmo, contaba con la inmensa ayuda aportada por Cristina y los compañeros de clase: una en el piso y los otros en el aula conseguían apoyarla para seguir al pie del cañón en sus objetivos.

En los días de presentación de las primeras clases siempre se acababa en la cafetería para ponerse todos al día, y fue allí cuando todos se encontraron de nuevo con Elena, que ya no era profesora de ninguno.

—¿Cómo estáis? ¿Qué tal el verano? —preguntó Elena de manera general.

Finalmente, tras tanta conversación trivial, se fueron despidiendo y quedando solamente Laura, Alfonso, Elena y la chica, siendo este un momento clave para hacer las preguntas más importantes con mayor confianza, pero sin la frialdad del despacho:

—¿Te puedo hacer una pregunta, Elena? —le indicó Laura.

—Sí, por supuesto. Dime.

—Mi sueño es ser profesora de universidad y me estoy currando mi expediente para ello, pero no sé por qué rama tirar. Me gusta absolutamente todo —comentó esto último entre risas.

—Laura, piénsatelo bien porque este camino no es tan fácil como parece —le dijo Elena con tono de preocupación.

—Lo sé y me lo imagino. Yo no me veo ni en sueños como profesora de un instituto —comentó con tono aterrado por si eso pudiera darse—. ¿Con quién tengo que hablar o qué tengo que hacer para abrirme hueco o conseguirlo?

—Pues… —Dedicó una leve mirada a la chica—. Siento decirte que las posibilidades pasan por el Señor. Es quien más poder tiene para hacerte subir o bajar a su antojo, y más si tienes un buen expediente como el tuyo.

—Con él he sacado matrícula de honor, pero después de cómo está tratándola a ella se me quitan todas las ganas —afirmó con tono de cabreo y resentimiento.

—Pero tú conmigo no tienes que ver nada. A ti siempre te ha tratado «bien» y no quiero que porque él sea gilipollas conmigo tú te veas limitada —argumentó la chica, que no quería que su situación la perjudicara.

—Lo sé, pero no quiero mezclarme con gente así.

—Tú no tienes nada que ver con ella —terció Alfonso—. Sabemos que es un prepotente y un arrogante; eso no es nuevo. Además, tú no te preocupes. Yo me estoy trabajando a Félix para esto.

—Él puede ser una buena baza, Laura. Seguramente, también puede ser una puerta abierta —comentó Elena.

Mientras Laura asentía, la chica se calló, sintiéndose mal porque, debido a sus circunstancias, su amiga se replanteaba su futuro con el Señor. Afortunadamente, se le abría una puerta, gracias a Alfonso, con otro catedrático como Félix, aunque este les daba clase ahora, en este primer cuatrimestre, y no lo conocían de antes. A la chica no le gustaba mucho. Veía su mirada muy sucia y de alguien de quien no fiarse. Aunque no fueran a ser amigos, ni mucho menos, estaba preocupada porque era una persona que le inspiraba desconfianza y resquemor. Sin duda alguna, era ese tipo de persona a la que no se acercaba porque hacía caso a su intuición y a lo que veía en su mirada, pero apoyaría y ayudaría a su amiga en lo que hiciese falta para cumplir su sueño aunque no le gustara su elección.

9. SACAR LO MEJOR DE ELLA

El tercer curso trajo consigo una prueba semanal: recibía un correo electrónico del Señor recordándole plazos y con alguna que otra pista sobre el examen oral de diciembre. La chica meramente respondía «gracias» y repetía su negativa. No tenía dudas aún sobre el tema en cuestión. Pero el tono de amabilidad de los mensajes se torció a principios de noviembre:

Buenas tardes, señorita.

He reflexionado respecto a la oportunidad que le he otorgado y creo pertinente para su preparación del examen una lectura de los tres tomos, de solo mil páginas cada uno, del manual que le mandé.

Me he asegurado y se encuentran en la biblioteca, para que de esta manera no tenga problema alguno.

Para cualquier duda, puede pasarse por mi despacho o escribirme por aquí. Estoy a su completa disposición.

Ánimo y la espero a mediados de diciembre.

La chica leyó el mensaje en pleno almuerzo, en el piso, por lo que no se cortó en expresarse tal y como se sentía al leerlo:

—¿Sólo mil páginas? —repetía una y otra vez con tono de sorpresa y elevando el tono de voz.

—¿El qué? —preguntó Cristina, totalmente desubicada con lo que acababa de ocurrir.

—Este tío es gilipollas. Si él no tiene vida, no es mi culpa —exclamó mientras le pasaba el móvil con el correo electrónico abierto para que su amiga lo leyera.

—Un mes para esto… No creo que te dé tiempo.

—Es imposible. Entre las cinco asignaturas de este cuatrimestre, el trabajo y ahora dos mil páginas más las mil que ya me estaba preparando. —Comenzó a levantarse, nerviosa, y a dar vueltas por la habitación. Su agobio aumentaba.

—Relájate —casi le suplicó Cristina, mirándola sentada desde el sofá—. ¿No te da tiempo a leértelo en el almacén, en los descansos del trabajo? ¿O cuando no hay mucha gente en el bar, como haces ahora? Te pones el libro donde los vasos, como siempre. Tú lees muy rápido.

—Si a leérmelo puede que me dé tiempo, pero a preparármelo a modo de examen cabrón donde se me va a preguntar lo más extraño… —Negaba con la cabeza, como si solo pensar lo contrario fuese una completa locura.

—¿Entonces? ¿Te puede quitar el cinco condicional?

De repente, sonrió. Comenzó a reírse, tanto de nervios como de satisfacción, por tener la solución:

—Me ha subido la nota al acta. No puede ir meses después a decir a secretaría que me la cambien y me suspendan. Tengo el pantallazo del aprobado. —De nuevo sonreía, algo más aliviada.

—Entonces ni te presentes —dijo con un tono irónico y ya también más relajada.

—Eso no. Me voy a presentar y bien, pero con las normas acordadas. Solamente será el examen sobre el primer manual, tal y como se dijo.

—¿Qué le vas a contestar? —Cristina veía el brillo en los ojos de su amiga.

—Me voy a hacer la tonta y responderé en un par de días, agradeciéndole su ayuda y recordándole el libro elegido.

No sabía si iba a ser eficaz, pero sentía haber encontrado una solución rápida donde no faltaba a su palabra y tampoco quedaba mal por negarse tajantemente. Una elegante salida, pero que le acarrearía consecuencias.

Al día siguiente lo comentó con su círculo más íntimo, donde cada vez era más cotidiano que estuviera Elena. La chica quería saber su opinión, pues Cristina, al fin y al cabo, estaba más ajena y no lo conocía tanto como sus compañeros, a quienes también les había dado clase:

—¿Qué os parece? —La chica miraba a cada compañero.

—Yo veo bien que lo hagas —argumentó Claudia—. Ten cuidado, porque todo esto no me está empezando a dar muy buena espina.

—Yo lo veo genial. Para chulo él… —matizaron entre risas e intentando quitarle hierro Laura y Marta.

—Sé suave. No seas tan tajante como lo has explicado porque si se cabrea va a ser peor para ti. Te quedan dos años de clases y son muchos los que trabajan para él. —En este caso Elena, junto con Claudia, intentaba poner un punto de cordura y preocupación al asunto.

—Es un soberbio y un gilipollas. Todo cuidado que tengas es poco —comentó Alfonso entre caladas—. Tu expediente es medio, tirando a bajo, y te puede machacar por donde quiera.

—Ten cuidado, cariño, por favor. Nunca se sabe de la calaña que está hecha la gente —puso Pío fin a la conversación con estas palabras llenas de dulzura y bondad, propias de él.

A pesar de la charla, la chica se dispuso a escribir el correo electrónico tal y como lo había estructurado en su cabeza la primera vez, y fue así mismo como lo envió:

Buenas tardes, Señor.

Gracias de nuevo por su atención y preocupación.

Tal y como habíamos acordado, sigo preparándome el primer tomo del manual para el examen oral del día 16 de diciembre.

Sí tengo una duda respecto al examen: ¿podré llevar esquemas preparados?

De nuevo gracias.

Disculpe las molestias.

Un cordial saludo.

Desviaba elegantemente el tema de los tres tomos y le brindaba al Señor una duda, como tanto repetía en sus correos y parecía ansiar. No habían pasado ni diez minutos cuando recibió una escueta respuesta:

Puede traer lo que quiera.

Y de acuerdo.

El objetivo parecía estar conseguido y ahora solo quedaba seguir preparándose el examen y superarlo, cosa nada fácil, pero no imposible, dada la gran cantidad de horas dedicadas.

Paralelamente, Úrsula, una de las súbditas, que parecía ser su mano izquierda, estaba dando clase tanto a la chica como a sus compañeros en una asignatura obligatoria. Irónicamente, les estaba gustando mucho. Conseguía interesarles a pesar de su frialdad, exigencia y distancia. La profesora Úrsula sabía transmitir e imponerse al alumnado generando respeto, al contrario que su jefe, quien tan solo sabía generar miedo.

Fue con ella con quien siguió su impulsividad para demostrarle al Señor que no tenía miedo y se presentó como delegada de curso. Con este puesto debía asistir a las reuniones de departamento, donde el Señor era el jefe, y su voto contaría para nuevas propuestas.

—A continuación, antes de comenzar la clase de hoy, vamos a elegir nuevo delegado. ¿Algún candidato?

—Yo. —Se levantó la chica—. Candidata, si no le importa —dijo entre risas.

—Le anoto el nombre.

Asombrosamente, no se lo tuvo que preguntar y lo anotó en la pizarra.

—¿Algún otro u otra?

Levantó la mano otro compañero, con el que la chica y su grupo no tenían buena relación. Tanto era el mal rollo en clase que estaban divididos por bancadas y pasillos, debido a la competitividad contra Laura, que se llevaba de manera radical. Nadie les hablaba ni a ella ni a Alfonso, y al resto de sus amigos de vez en cuando, siendo la única clara excepción la chica por su carácter sociable.

Se preocupó al ver que se había presentado otro candidato, pues si perdía le iban a joder el plan completo. Y tenía todas las papeletas, dado que era amiga de Laura y ese hecho no le beneficiaba en absoluto.

Úrsula prefirió hacer la votación a mano alzada. Eso le llevaría menos tiempo de clase. Sorprendentemente, la chica arrasó con 47 votos a favor y consiguió ser delegada. Muchos compañeros se acercaron a decirle que era una prueba de que con ella no tenían problema alguno. Estaban en contra de los métodos de obtener las notas de su amiga —según ellos, mediante el «sistema peloteo»—, pero a ella se la veía una chica franca, con carácter y sincera, a la que estaban utilizando como escudo para defenderse del resto.

La chica no escuchó esas palabras, agradeció el consejo y pasó de los comentarios respecto a Laura. Un hecho para lamentar, como le demostraría el paso del tiempo.

Al final de la clase, Úrsula se acercó para cogerle los datos a la nueva delegada y aprovechó el estar a solas con la chica para acercar posturas, mostrando su lado más empático o estratega:

—¿Aceptas un consejo? —preguntó Úrsula con un tono amable y una media sonrisa, extraño en una profesora siempre distante.

—Sí, por supuesto. Y más si viene de usted. —A la chica le caía bien; incluso la admiraba.

—Ten mucho cuidado. Sé que eres fuerte e ilusamente puedes llegar a creerte que puedes. Debes tener precaución con lo que haces y dices y, sobre todo, a quién se lo dices.

La chica paró automáticamente de rellenar la hoja de «nueva delegada». No entendía en absoluto el consejo de su profesora y acababa de preocuparla bastante.

—No la entiendo. ¿Puede explicarme un poco más, por favor? —dijo con un tono casi de súplica y agobio por la extraña conversación.

—Piensa un poco. —Aprovechó para tocarle el hombro de forma amistosa—. Mírame a mí. Sé por la presión que puedes estar pasando ahora mismo, pero solamente es una prueba que superar. Cada vez serán más duras y difíciles; quiere saber lo que vales.

—¿Qué prueba? —Estaba atónita.

—Ya reflexionarás sobre ello. Termina de rellenarme el formulario, por favor.

La chica siguió completándolo. En esta ocasión tuvo que utilizar en varias ocasiones el corrector debido a su estado de nervios, que no le dejaba responder con claridad algo tan sencillo y simple como su dirección o número de teléfono.

—Estate tranquila. Es un formulario, no un examen. —Intentó relajarla.

Su mente no paraba de atar cabos. ¿Hablará del Señor? Y si es él, ¿para qué me está poniendo a prueba? No entendía nada. Úrsula trabajaba para él, incluso lo admiraba como a nadie. Se notaba que el Señor era todo su ejemplo a seguir y que todo lo que hacía era por y para él. Quería convertirse en la siguiente Señora.

10. LAS CARTAS SOBRE LA MESA

Nerviosa, temblando y sin parar de dar vueltas por el salón se preparaba para el examen oral, para el que estaba citada a las diez y media de esa misma mañana. Eran las cinco y aún no podía dormir. Había redactado toda una serie de posibles preguntas y sus respuestas, releído tres veces esas mil páginas del primer manual subrayado, con infinitas anotaciones y, sobre todo, con el esquema permitido preparado.

Se quedó dormida en el sofá. Cinco minutos antes de sonar el despertador, Cristina la despertó, preocupada porque era bastante perjudicial para la chica dado su historial médico, con problemas de espalda que en ocasiones la habían dejado incluso sin poder caminar debido a su pinzamiento en la columna, empeorados debido a su trabajo de camarera.

—¿Qué hora es? —preguntó sobresaltada la chica, levantándose rápidamente, pensando que se había quedado dormida.

—Son las nueve. Tranquila, te queda una hora y media aún.

No sabía exactamente las horas que había dormido, pero el cansancio quedaba en segundo plano debido a los nervios acumulados. Nunca había sido de esas personas a las que un examen les parece una vida; siempre había sido una chica con aplomo que se metía en su mundo, haciendo oídos sordos al entorno antes de cada prueba o acontecimiento importante, pero en esta ocasión le era imposible.

—Estate tranquila. Te lo sabes mejor que tu propio DNI —bromeó Cristina para relajarla.

La chica reía. Junto con Raúl, Cristina era experta en calmarla y quien más la entendía. Se dispuso a salir. Esta vez tocaba afrontarlo sola, debido a que su amiga también tenía clase y no podía acompañarla, y el resto de compañeros ya le hacían el favor de cogerle los apuntes mientras ella acudía a su cita del examen oral.

Los minutos pasaban lentos, pero ya eran las once de la mañana y por allí no aparecían ni el Señor ni ninguno de sus súbditos para poder preguntarle al respecto. Llegaba media hora tarde a un examen. Con cualquier otro profesor se podría decir o hacer algo, pero con él te jodías y aguantabas el tirón. La chica se puso como margen esperarlo una hora, aunque ella misma sabía que seguramente esperaría hasta ser vista por alguien para dejar constancia de que había estado allí.

Mientras daba vueltas por aquella planta, releyendo todos los carteles, escuchó su voz ronca proveniente de la planta inferior. Parecía disponerse a llegar a su cita con la alumna al fin.

En mitad del descansillo de la escalera, se paró en seco al ver a la chica sentada en el butacón, provocando incluso un choque con los súbditos que lo acompañaban.

—Pero ¿tú y yo habíamos quedado hoy? —preguntó muy asombrado de tenerla allí.

—Sí, para el examen oral. Le mandé un correo.

—Y lo vi, pero no recuerdo haberte dicho exactamente hoy. No pasa nada. Entra y lo hacemos rápido. —Se dispuso entonces a abrir la puerta del despacho.

—Pero Señor, teníamos cosas pendientes que revisar —replicó Tomás.

—Cuando acabe aquí, entonces lo vemos todo. —Mientras tanto, indicaba con sus gestos y típica galantería que la chica pasara primero.

Una vez dentro, el Señor se dispuso a ordenar un poco el despacho y hacerle hueco. A simple vista no parecía un tipo muy desordenado, pero sí con mil cosas en mente que le llevaban a serlo, algo seguramente provocado por su avaricia de poder, de querer dirigir todos los proyectos de su ámbito, por los que era incluso internacionalmente conocido.

—Tome asiento, señorita. Aunque reconozco que me gusta la gente educada como usted, que espera la orden para hacerlo. —Le estaba dedicando una media sonrisa a la chica, quien supuso que sus palabras eran para tranquilizarla y romper el hielo—. Ahora cuénteme. ¿Qué le ha parecido? ¿Le ha gustado el libro?

—Sí, la verdad. La asignatura me gusta y este —señaló el libro— no está nada alejado de lo visto en ella.

—Anda, pero si ha hecho los deberes. ¿Puedo cogerlos? —Una pregunta retórica, pues los esquemas y resúmenes de la chica ya estaban en su mano cuando la hizo.

—Por supuesto. Es lo comentado por correo electrónico, lo que le pregunté si podía traer.

—¡Guau! —exclamaba una y otra vez mientras leía el trabajo realizado—. Se lo ha tomado usted muy en serio. Me alegro. Se nota que ha trabajado. Por lo tanto, no le voy a hacer examen. Me quedo con estos resúmenes y esquemas. Usted ya tiene su merecidísimo cinco.

—¿No voy a hacer el examen? —La chica no creía lo que estaba escuchando.

—Nunca tuve intención de hacérselo. Simplemente quería verla trabajar sin conformarse. Pero no se marche aún. Tenemos algo muy importante de que hablar.

Se levantó de su mesa y salió del despacho, dirigiéndose a otro cercano. Al parecer, no llevaba encima el tabaco y necesitaba de él para esa conversación. Al volver cerró la puerta y cogió un par de folios de la impresora.

—¿Quiere uno? —dijo ofreciéndole un cigarrillo.

—No, gracias. No fumo.

—Ya debe estar tranquila. No va a tener examen. Venga, anímese. Sé que fuma de vez en cuando —afirmó volviéndole a insistir.

En ese momento aceptó tanto el cigarro como el ofrecimiento a encendérselo. No pensó en la coletilla de saber su picoteo con el tabaco. Parecía que el ambiente era más relajado, pero la chica seguía en tensión, sin saber exactamente el porqué de su simpatía. Ambos estaban debatiendo tranquilamente sobre diversos temas de la asignatura y la carrera. La cosa se torció: el Señor empezó a descubrir sus cartas, atreviéndose incluso a plasmarlas en un folio.

—Yo a su edad regalaba los apuntes a las chicas guapas como usted. —Se lo decía mirándola a los ojos—. No creo que tenga problema en conseguirlos. Sé cuánto trabaja y las escasas horas que tiene para dedicarle a esto.

—Pero me gusta lo que estudio; por eso sigo.

—Y aquí está. —Se echó hacia atrás fuertemente, agitando la silla del impulso tomado—. Frente a alguien que le puede hacer la vida mucho más fácil.

—¿Por? —La chica acababa de perderse. Al mismo tiempo, sus nervios volvían.

—He cogido los folios para explicárselo mejor y hacerle un esquema. Ya veo que le gustan y los comprende mejor. —Con su risa irónica parecía estar muy seguro de sus palabras, pero sus actos y la forma de fumar revelaban que también estaba nervioso.

—No entiendo qué quiere decirme, lo siento. —Se hizo la tonta.

—Su expediente es mediocre, tirando a bajo, pero me gusta y le veo potencial. —Al mismo tiempo, anotaba la nota media de la chica en el papel—. Pero mi área y mi trabajo tienen matrícula de honor. —De nuevo anotaba, en esta ocasión dos dieces—. Gracias a esto puedo conseguirle lo que quiera. ¿Prefiere trabajar en esta universidad o en otra?

—Nunca me he planteado nada de esto. —La chica estaba desorientada.

—Pero ¿le gusta la idea? Con mi apoyo, mi ayuda… —No pudo evitarlo y se encendió otro cigarrillo, pero esta vez sí se le notaban los nervios. Estaba temblando—. En fin, ¿por dónde iba? Ah, sí. Yo nunca ofrezco esto, señorita. Son las masas las que tocan a mi puerta para pedírmelo.

—No entiendo por qué me lo ofrece a mí. Usted mismo ha visto y dicho que mi expediente es normal.

—Porque me gusta su seguridad, su aplomo, la forma de expresarse… —El Señor lo veía con claridad—. Pienso que es una inversión muy fructífera. ¿Qué me dice?

La chica estaba totalmente en silencio. No sabía qué hacer o decir de nuevo; solo le salía observarlo a él y al folio donde escribía números.

—No diga nada. Entonces, mejor siga escuchando ahora mismo. Me gusta porque es diferente y original. Estoy cansado de los cerebritos que tocan a mi puerta pidiendo un puesto. Serán muy brillantes y sacarán notazas, pero no soportan la presión del trabajo diario. Pero usted —en esta ocasión la miraba fijamente a los ojos e incluso la señalaba con el dedo índice de la mano derecha— es diferente y me gusta. Veo que es capaz de comerse el mundo. Veo en usted un diamante en bruto muy parecido a mí.

—Muchas gracias. —La chica no pudo evitar sonrojarse—. No es algo que me haya planteado, ni mucho menos. Quienes llegan aquí no sé cómo serán de personalidad, pero sí sé que es gente con muy buenos expedientes.

—Imagínese si usted tuviera eso también. —Comenzó a reírse—. Se come la universidad entera. Incluso me destronaría. Pero no quiero que se equivoque: todas las cosas de este mundo tienen un precio y algo de este calibre no iba a salirle gratis.

—¿Cuál es el precio? Mucho sacrificio y competitividad, he de suponer —apuntó, ingenua.

—Eso ya cuando esté dentro, cuando abra el regalito. Pero para abrirlo, antes ya sabe qué tiene que hacer. —La risa irónica y perversa podía vérsele a kilómetros en ese momento.

—La verdad es que no. Me lo puede decir claramente y con todas las letras. —El tono ya no era preocupado; ni siquiera se sentía halagada. La chica comenzaba a estar a la defensiva.

—Es lista. Sabe que no lo haré. —De nuevo se prendió otro cigarrillo.

—Dígame exactamente, por favor. —La chica no podía evitar desafiarle con la mirada, mantenérsela como nunca.

—Repito: es lista y sabe lo que quiero. Desde febrero estoy interesado en usted. Le mando correos electrónicos, le ofrezco todo mi tiempo y ayuda, estoy a su disposición. Mucha preocupación para ser yo, ¿no cree?

—Demasiada. ¿Entonces ese sería el precio? —Lo había captado por completo.

Mientras esperaba la respuesta, comenzó a recoger sus cosas. La ira de la chica no paraba de aumentar. Quería contenerse y guardar las formas, pero cada vez le estaba costando más.

—Sí, y es algo que usted ya sabía desde que entró por la puerta. No niego sus aptitudes. No lo haría si no creyera en usted. —Quería demostrarle también su interés mental.

—No lo quiero. Puede retirar su oferta y met… —Estaba ofendida.

—No acabe la frase. Estábamos hablando muy cordialmente. Solo quiero recordarle que yo no llamo a puertas. No es consciente aún de que es alguien muy especial para mí y por ello he hecho una excepción. Llévese el folio con el esquema y recapacite. Aún tiene mucha carrera por delante. A finales de tercero es cuando comienzan a pasar por aquí para hacer el trabajo de fin de carrera conmigo y poder quedarse. —Se levantó para darle la mano a la chica. Quería mantener su imagen de caballero incluso después de aquella conversación—. Para entonces, la oferta seguirá vigente si lo pide. Y recuerde: es porque sé su valor. Cuídese.

La chica salió sin despedirse. Estaba ofendida y al mismo tiempo halagada. Respecto al precio, todo parecía indicar que se trataba de acostarse con él. No iba a venderse, y menos por un puesto, pero una parte de ella se sentía halagada: un profesor con ese poder y caché había valorado su esfuerzo de trabajar y estudiar. Era la primera vez que alguien lo hacía.

Siempre había vivido procurando no decepcionar a sus padres, pues aunque la elección de carrera había supuesto dramas y broncas en su casa por las escasas salidas profesionales, ella había prometido que sería la excepción y su objetivo era cumplirlo, pero no a ese precio, por muy golosa que fuese la oferta. El mero hecho del reconocimiento y la confianza a medias depositada supuso un empuje y un cambio de ahí en adelante para la chica.

En cuanto salió de aquella torre de despachos intentó localizar a Cristina, pero esta no le cogió el teléfono. Seguía en clase y le fue imposible hablar en aquel momento. Aquella noticia era demasiado gorda para aguantarse y sus compañeros aún estaban en el aula. Entonces recordó a Elena y las tantas veces que le había repetido el interés académico y las ganas de potenciarla del Señor. Fue directa a su despacho.

—¿Se puede? —La chica golpeó la puerta y esperó indicaciones de Elena para pasar.

—Por supuesto. Pasa.

Al entrar, la chica cerró la puerta, algo que llamó la atención de Elena.

—¿Por qué cierras? Yo tengo la costumbre de atender con la puerta abierta.

—¿De verdad? —La chica no comprendía el motivo.

—Claro. Así evitas muchas más cosas de las que crees.

—¿Puedo dejarla cerrada? Es algo personal y bastante confidencial.

—Vienes del examen, ¿no? Cuéntame. —Elena dejó de hacer sus tareas para dedicarle plena atención.

Esta le contó todo cronológicamente, desde el principio, con los temas debatidos incluidos y la parte final tan espinosa.

—Es normal que estés por una parte halagada. Incluso podrías estar eufórica, porque él nunca hace esas ofertas a nadie. Lleva razón en lo dicho. —Elena se quedó a cuadros.

—También me siento aliviada por no ser una inútil suspendiendo una y otra vez. —La chica no podía parar de sonreír.

—Eso ya te lo dije en su momento. Estaba poniéndote a prueba y llevándote a tu límite para ver hasta dónde eres capaz de llegar y si explotabas de manera académica.

—Pero olvidas la segunda parte…

—No la olvido. Me sorprende incluso. —Su tono era sosegado para no alarmarla—. Es tan caballeroso. Nunca se le ha oído nada con ninguna alumna y son muchos años los que lleva por aquí. Has dicho no; eso también le habrá gustado y le habrá hecho ver que no eres fácil. No creo que vaya a más. No es de esos…

Golpearon la puerta.

—Sí, adelante.

Eran Laura y Alfonso. Estaban preocupados por la chica y a esta, con la tertulia, se le había olvidado responder a los mensajes. De nuevo, la chica repitió la historia para ellos. La cara de Laura cambiaba cada vez más conforme se acercaba el final de la misma y, sobre todo, al ver el folio con las anotaciones, donde se indicaba claramente la opción a un puesto.

—Estoy hasta temblando. Mira. —Enseñó su mano para que todos vieran su estado de nervios.

—Qué asco de tío —argumentó Laura.

—Ha sido elegante dentro de lo que cabe. Él ha hecho una proposición y ella la ha rechazado. Ambos son adultos y seguirán su camino. —Elena quería seguir confiando aún en la profesionalidad de su compañero.

—¿Y qué más te ha dicho sobre el puesto? —Alfonso se sentía indignado.

—Que podría ser en la universidad que quisiera. —La chica no podía evitar su sonrisa al decir esto.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Vas a hacer el trabajo de fin de carrera con él? —preguntó Laura con mucha preocupación e incertidumbre.

—No, ni loca. Había pensado hacerlo con Elena si ella me aceptaba. —La miró de reojo—. En cuanto a trabajar en la universidad, era algo que nunca me había planteado, la verdad… pero es una puerta abierta. Aun así, no será de esa manera —exclamó de manera tajante y, de nuevo, dando vueltas por la habitación.

—Yo creo que te lo volverá a ofrecer. Y, sin segundas intenciones, pégale un empuje a tu expediente y súbelo —le aconsejó Elena.

—Yo tengo que irme. Además, Alfonso tiene que llevarme y se nos va a hacer tarde —comentó Laura, quien se sentía muy incómoda y quería marcharse.

—¿Nos vemos mañana? Y siento no haberos respondido antes; se me ha ido de la cabeza. —La chica mostró su despiste.

Al final todos salieron del despacho camino a sus respectivos coches, incluso la propia Elena. Alfonso y Laura iban más adelantados, lo que fue aprovechado por Elena para aconsejarle a la chica:

—Debes tener cuidado en la manera de decir las cosas ahora mismo. Ha sido un subidón para ti porque te valoran, pero acabas de contarle a tu amiga que se le ha cerrado una posibilidad de quedarse y que lo tiene más difícil…

—Es verdad. —La chica se echó las manos a la cabeza y se paró en seco—. No me he dado cuenta en absoluto.

—Lo sé. —Elena le pidió bajar el tono de voz con sus gestos—. Por eso te lo estoy diciendo yo. Sé que no has tenido ninguna mala intención. Se ha notado tu franqueza e ingenuidad. Has contado las cosas sin más vueltas, pero eso ha podido hacerle daño. —Elena se preocupaba por la amistad entre las chicas.

—Ella se merecería ese y cualquier puesto antes que yo. Le dedica muchísimo a todo esto. —Acababa de darse cuenta de que quizás había metido la pata con Laura.

Tras despedirse todos, la chica se montó en su coche y, revisando si llevaba todo, se dio cuenta de que le faltaba el esquema, el folio dado por el Señor. Salió del asiento del piloto para buscarlo mejor entre sus cosas. No paraba de preguntarse una y otra vez dónde lo había dejado. Paró en seco, aliviada y percatándose de que era Laura quien lo tenía. Se relajó ilusamente; ya se lo pediría al día siguiente. No se imaginó que nunca más volvería a ver aquella propuesta, aquella prueba.

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