Kitabı oku: «Insta-brain»
ANDERS HANSEN
INSTA-BRAIN
Cómo nos afecta la dependencia digital
en la salud y en la felicidad
Traducción de Elda García-Posada

Título original sueco: Skärmhjärnan.
Autor: Anders Hansen.
© Anders Hansen, 2019.
Publicado por primera vez
por Bonnier Fakta, Estocolmo, Suecia.
Publicado en castellano por acuerdo con
Bonnier Rights, Estocolmo, Suecia;
y Casanovas & Lynch Literary Agency.
© de la traducción: Elda García-Posada Gómez, 2021.
© de esta edición: RBA Libros, S. A., 2021.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona
rbalibros.com
Primera edición: marzo de 2021.
REF.: ODBO834
ISBN: 978-84-9187-788-2
COMPOSICIÓN DIGITAL • GRAFIME, S.L.
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La reliquia más importante que conservamos de los primeros seres humanos es la mente moderna.
STEVEN PINKER
CONTENIDO
1 Prólogo a la edición española
2 Prólogo
3 1. El mundo que nos moldeó
4 2. Estrés, ansiedad y depresión: ¿vencedores evolutivos?
5 3. El móvil: nuestra nueva droga
6 4. La concentración: el bien más escaso de nuestro tiempo
7 5. ¿Cómo afectan las pantallas a nuestro sueño y nuestra salud mental?
8 6. Las redes sociales: nuestro 'influencer' más poderoso
9 7. ¿Qué efectos tienen las pantallas en niños y jóvenes?
10 8. El ejercicio: un antídoto eficaz
11 9. El cerebro del futuro: ¿se adaptará?
12 10. Conclusiones
13 Buenos consejos para la era digital
14 Agradecimientos
15 Referencias bibliográficas
PRÓLOGO A LA EDICIÓN ESPAÑOLA
Tienes en tus manos un libro sobre la inadaptación de nuestro cerebro a la realidad digital en la que vivimos. Acaso te preguntes: ¿tiene mucha importancia el tema durante la crisis del coronavirus, un momento en el que los móviles y otros dispositivos se han convertido en la tabla de salvamento que nos pone en contacto con el mundo exterior?
Yo creo que sí. Más que nunca. Pero empecemos desde el principio.
En la actualidad, los adultos dedican al móvil unas cuatro horas al día. Los jóvenes, entre cuatro y cinco. Nuestros hábitos se han transformado en los últimos diez años a una velocidad sin parangón en la historia de la humanidad. ¿De qué manera nos ha afectado este cambio tan drástico? Examinar a fondo esa cuestión fue lo que me impulsó a escribir este libro. Decidí que mi punto de partida sería averiguar qué opinaba la ciencia al respecto. ¿Qué dice la investigación sobre nuestro nuevo mundo digital? ¿Cómo influye este en nuestro estado de ánimo, nuestro sueño y nuestra capacidad de concentración? ¿En qué medida se ven perjudicados los niños y los adolescentes? ¿Condiciona su rendimiento escolar? ¿Qué es lo que de verdad sabemos de todo esto, más allá de la especulación y la subjetividad?
Enseguida me di cuenta de que el problema no se reducía meramente a cuánto usamos el móvil. En mi trabajo como psiquiatra, desde hace tiempo me ha llamado la atención que cada vez es mayor el número de gente que busca ayuda para paliar su malestar psíquico. En Suecia, por ejemplo, uno de cada ocho adultos toma medicación antidepresiva; una cifra similar a la de muchos otros países. Dicho aumento se ha producido desde 1980 de forma paralela al incremento de nuestro PIB y nuestra capacidad adquisitiva. ¿Cómo es posible que nos sintamos cada vez peor si materialmente vivimos mejor?
INSTA-BRAIN. Cómo nos afecta la dependencia digital en la salud y en la felicidad surgió como una manera de comprender esta paradoja. ¿Por qué tantas personas sufren ansiedad a pesar de contar con tantas comodidades? ¿Por qué va en aumento la gente que se siente sola si estamos más conectados que nunca con lo que nos rodea? Al ir tratando de contestar a estas preguntas, fui siendo consciente, poco a poco, de que la verdadera respuesta tiene que ver con el hecho de que el mundo en el que vivimos hoy es algo extremadamente extraño para nosotros. Un «desajuste» que afecta a nuestra vida emocional.
Los automóviles, la electricidad y los smartphones son cosas que, tanto tú como yo, percibimos como naturales (no en vano, los dos primeros siempre han estado con nosotros). Sin embargo, lo cierto es que la realidad moderna, tal y como la concebimos en la actualidad, no es más que un abrir y cerrar de ojos en el marco de la historia. Durante el 99,9 % de nuestro tiempo en la Tierra, los humanos hemos vivido como cazadores y recolectores. Y nuestro cerebro aún no se ha adaptado al nuevo estilo de vida digital; es el mismo que hace diez mil años. ¡Desde un punto de vista biológico, cree que todavía sigues en la sabana!
«¿Y qué más da? No voy a irme al monte a vivir de cazar corzos», podrías pensar. Por supuesto, pero ser conscientes de que no hemos cambiado mucho desde los tiempos prehistóricos ayuda a comprender por qué tenemos necesidades tan arraigadas dentro de nosotros. Necesidad, por ejemplo, de dormir. De practicar deporte. De relacionarnos unos con otros.
Si las ignoramos, dejamos de sentirnos bien. Y, por desgracia, al parecer es algo que hacemos cada vez más. Con cada año que pasa, dormimos menos. En la mayoría de los países occidentales, el número de jóvenes con problemas de sueño se ha disparado en la última década. En Suecia, por ejemplo, la proporción de adolescentes que se ven obligados a buscar ayuda en este sentido ha incrementado un 800 % desde el cambio de milenio.
Asimismo, cada vez hacemos menos ejercicio —nuestro estado de forma ha empeorado con los años— y no socializamos de la misma manera que solíamos hacerlo. El número de gente que experimenta sentimientos de soledad crece; sobre todo, entre los jóvenes. ¡Esto es algo que comenzó a ocurrir mucho antes de que nos pusiéramos en cuarentena!
Las investigaciones en torno a la materia muestran con claridad que el sueño, la actividad física y el contacto cercano con los demás son factores que nos protegen del riesgo de que nuestra salud mental se deteriore. El hecho de que hayamos reducido el tiempo que le dedicamos a estas tres cosas explica que, a pesar de haber mejorado en otros aspectos de nuestra vida, nos sintamos peor de lo que deberíamos. Hemos perdido dicha protección.
Pero este «desajuste» entre la sociedad moderna y nuestra historia evolutiva no solo proporciona importantes claves para entender nuestra vida emocional, sino también otras realidades. Fijémonos en la crisis del coronavirus. ¿Por qué hemos reaccionado de forma tan drástica, hasta el punto de que el planeta entero se paralizó en la primavera de 2020?
Si eres una de esas personas que, a veces, se desvelan por la posibilidad de sufrir una enfermedad, supongo que, además de la COVID-19, te preocupa el cáncer o que te dé un infarto, pues, a fin de cuentas, estas son las causas de mortalidad más comunes en el mundo occidental. Sin embargo, históricamente, la mayoría de la gente no ha fallecido ni por una ni por otra enfermedad. Durante el 99,9 % del tiempo que el ser humano lleva en la Tierra, las razones más habituales por las que nuestros ancestros pasaban a mejor vida eran el hambre, el homicidio, la deshidratación y las infecciones.
Esto significa que nuestro cuerpo y nuestro cerebro no han llegado a evolucionar hasta el punto de desarrollar algún tipo de mecanismo de defensa biológico contra el cáncer o contra un ataque cardíaco. En cambio, para lo que sí están preparados es para protegernos del hambre, la deshidratación y las epidemias. Y lo más probable es que a tu cerebro y al mío se le dé bien esa tarea, ya que somos descendientes de aquellos que sobrevivieron a tales calamidades.
Que la muerte por inanición representara una amenaza gigantesca para nuestra supervivencia hizo que desarrolláramos una fuerte ansia de calorías, la cual impulsó a nuestros antepasados a engullir con fruición las pocas frutas altas en energía que tuvieran la suerte de encontrar. Sin embargo, ese deseo irrefrenable acarrea consecuencias negativas en este mundo moderno en el que el acceso a la comida es casi ilimitado. No es de extrañar, en este sentido, que la diabetes tipo 2 y la obesidad se estén extendiendo como una plaga por todo el planeta.
Vale, ¿y qué tiene eso que ver con el coronavirus? Bueno, como te señalaba, un factor que también ha contribuido a moldearnos biológicamente es que muchos de nuestros antepasados murieran de enfermedades infecciosas. Por un lado, desarrollamos un fantástico sistema inmunológico; por otro, una determinada clase de conductas y rasgos orientados a la prevención. Tan importante es lidiar con la presencia de virus y bacterias en nuestro cuerpo como evitar su entrada en nuestro organismo.
Un ejemplo de estos rasgos es el de ser capaces de detectar si alguien a nuestro alrededor está enfermo con solo mirarlo. Además de ello, poseemos un fuerte instinto para obtener información sobre otras personas infectadas, algo que siempre ha sido vital a la hora de saber de quién es prudente mantenerse alejado.
Esa es la razón por la que nos cuesta tanto dejar de ver las últimas noticias en torno al coronavirus con las que estamos siendo bombardeados noche y día desde la televisión, los ordenadores y los móviles. Es como si hubiéramos sido absorbidos por un huracán mediático que, de manera constante, nos actualiza el número de infectados y muertos en todos los rincones del mundo. Como consecuencia de ello, mucha gente experimenta un tremendo estrés en este momento.
Por supuesto, nuestras herramientas digitales son importantísimas en la gestión de la crisis. Podemos trabajar a distancia desde casa y mantenernos en contacto con nuestros seres queridos sin necesidad de verlos. Para mí, de hecho, durante la cuarentena, el móvil se ha convertido en mi salvación a la hora de relacionarme con el mundo más allá de las ventanas de mi apartamento, donde las paredes se me caen cada vez más encima, conforme pasan los días.
De este modo, nuestros dispositivos digitales son una especie de puente con el exterior. Aunque también pueden causarnos problemas. Hoy en día, los rumores y las teorías conspiranoicas se extienden más rápido que el propio virus a través de las redes sociales. Es cierto que la difusión de rumores es parte natural de una crisis; sin embargo, antes, estos se daban solo entre algunas personas. En la actualidad, llegan a millones en un par de horas. La propagación de información falsa o errónea ha sido tal que la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) cree que sufrimos una «infodemia» derivada de la pandemia.
¿Por qué somos tan vulnerables a la desinformación? ¿Y qué podemos hacer al respecto? También estas son preguntas que intento responder en las páginas que siguen.
¡Por supuesto, un libro titulado INSTA-BRAIN. Cómo nos afecta la dependencia digital en la salud y en la felicidad también trata acerca de las pantallas que nos rodean! Existe una razón personal por la que me decidí a escribirlo. Hace un año, me di cuenta de que dedicaba tres horas diarias al móvil. El descubrimiento me dejó pasmado. ¡Tres horas!
A pesar de saber que era una pérdida de tiempo, no podía alejarme del teléfono. Podía estar sentado en el sofá viendo las noticias cuando notaba cómo mi mano se dirigía hacia el aparato ¡de forma casi automática y contra mi voluntad! Siempre me había gustado leer; sin embargo, de repente, me costaba concentrarme. Si llegaba a un capítulo que requería de una gran atención por mi parte, solía dejar el libro a un lado. Sé que no soy el único al que le pasa algo así.
Después de investigar, me di cuenta de que, igual que uno se puede introducir en un sistema informático ajeno aprovechando una programación deficiente, también nuestro cerebro es susceptible de ser «hackeado». Eso es lo que han logrado hacer algunos astutos empresarios. Han sacado al mercado productos que juegan con nuestra atención y consiguen arrebatárnosla. Si crees que eres tú quien toma la decisión cada vez que sacas el teléfono del bolsillo, estás muy equivocado. Tanto Facebook como Snapchat o Instagram han logrado con mucho éxito infiltrarse en los sistemas de recompensa de nuestro cerebro, hasta el punto de acabar por apoderarse de todo el espectro publicitario mundial en diez años. En las páginas que siguen, veremos los trucos de los que se han valido.
Hay quien piensa que tenemos que adaptarnos a las nuevas tecnologías. Desde mi punto de vista, eso es una equivocación. No somos nosotros los que debemos adecuarnos a ellas, sino al revés. Las redes sociales podrían haber sido creadas para que la gente se juntara en la vida real, para no perturbar nuestro sueño y para motivarnos a hacer ejercicio físico. Podrían haber servido para prevenir la difusión de información falsa. La razón por la que no ha sido así es, lisa y llanamente, de tipo monetario. Cada minuto que pasas dentro de Facebook, Instagram, Twitter y Snapchat vale su peso en oro, ya que implica nuevas oportunidades publicitarias. El objetivo de estas empresas es robarnos la mayor cantidad de tiempo posible. Algo que saben hacer muy bien a través de una suerte de carrera armamentista digital en la guerra por captar tu interés y el mío. Es decir, cada vez le prestamos más atención a las redes sociales y menos a otras cosas.
Por supuesto, es innegable que la tecnología nos ayuda de muchas maneras en nuestras vidas y que ha llegado a ellas para quedarse. No obstante, hemos de ser conscientes de su lado bueno y de su lado malo. Solo entonces podremos demandar al mercado —y obtener de él— productos orientados a un mejor funcionamiento de nuestras facultades mentales y nuestras emociones; productos que, en lugar de explotarla, estén en consonancia con nuestra naturaleza humana.
En otras palabras, debemos entender bien cuáles son nuestros condicionamientos biológico-evolutivos y cómo estos pueden jugar contra nosotros en esta nueva realidad digital en la que vivimos. Espero que el libro que tienes en las manos contribuya a una comprensión más profunda de todos estos aspectos.
ANDERS HANSEN
17 de abril de 2020
PRÓLOGO
En mayo de 2018, asistí a la reunión anual organizada por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría (APA) y celebrada en Nueva York. En ella se congregan en un mismo lugar diez mil profesionales procedentes de todo el mundo —en ninguna otra parte escucharás la palabra «bipolar» con tanta frecuencia— para oír hablar, acerca de sus últimos hallazgos, a los investigadores del cerebro más importantes del planeta.
Sin embargo, cuando uno visita congresos como el de la APA, comprueba que no siempre lo que se dice en las conferencias es lo más interesante. Casi vale más la pena dirigir la atención hacia los temas que de verdad inquietan y preocupan a la mayoría de los psiquiatras y científicos. Esa misma primavera, escuché a muchos colegas preguntarse entre sí una y otra vez: «¿A qué nos estamos exponiendo realmente con todo esto de la digitalización? ¿Formamos parte, junto con nuestros hijos, de un gigantesco experimento a escala global?».
Nadie supo dar una respuesta concluyente, pero todos estuvieron de acuerdo en que el cambio apreciado en el comportamiento humano a lo largo de los diez últimos años —en lo referente a la manera en que nos comunicamos y nos comparamos entre nosotros— no solo es extremadamente acusado, sino que incluso puede que nos afecte aún de modo más profundo de lo que nos pensamos. Muchos sospechan que el enorme aumento de personas, sobre todo jóvenes, que buscan ayuda psiquiátrica para combatir diversos tipos de enfermedades mentales se debe en parte al hecho de que nuestra sociedad se haya visto obligada a adoptar con tal rapidez el estilo de vida digital.
Aunque mis compañeros de profesión parecieran tener más preguntas que respuestas, no estamos desorientados por completo al respecto. Es cierto que la investigación sobre los efectos que tienen en el cerebro las nuevas tecnologías se encuentra aún en una fase muy embrionaria; no obstante, nuestro conocimiento de la materia crece con cada día que transcurre.
De lo que me di cuenta después del congreso es de que nunca en toda la historia de la humanidad nuestra conducta ha cambiado tan rápido como en las últimas décadas. Pero no son solo nuestros hábitos los que han sufrido una profunda transformación. También hemos pasado a experimentar un nuevo tipo de estrés desconocido hasta la fecha. Dormimos menos y somos más sedentarios. Hoy en día, nuestro cerebro habita en un mundo ignoto y extraño para él. Este libro trata sobre las consecuencias que dicha realidad tiene para nosotros.
ANDERS HANSEN
1 EL MUNDO QUE NOS MOLDEÓ


Las páginas que acabas de hojear contienen diez mil puntos. Imagina a continuación que cada uno de ellos corresponde a una generación humana desde que nuestra especie se originó en África oriental hace doscientos mil años. La secuencia completa representaría la historia de la humanidad. ¿Cuántas de estas generaciones han vivido en una realidad como la que tú y yo conocemos, con coches, electricidad, agua corriente y televisores?
........ (8 puntos)
¿Cuántas han vivido en un mundo con ordenadores, teléfonos móviles y viajes en avión?
... (3)
¿Cuántas de ellas no han conocido nunca otra época que no sea la de los smartphones, Facebook e Internet?
. (1)
Este libro trata acerca de la estructura más avanzada del universo, el lugar sobre el que se asienta todo lo que experimentamos en la vida (nuestras emociones, nuestros recuerdos y nuestra conciencia): el cerebro. Un órgano que, por alguna extraña razón, sentimos como algo ajeno y un poco amenazante; pero que, al mismo tiempo, define quiénes somos. Su evolución se produjo a lo largo de millones de años hasta adaptarse al mundo en que habitaba; uno muy distinto al que tú y yo, que somos los últimos puntos, estamos acostumbrados.
LA EVOLUCIÓN: LA BASE DE LA VIDA EN LA TIERRA
Tú y yo somos el resultado de un proceso natural carente de sentido y finalidad: la evolución. Esta no es mala ni buena; tampoco se propone informarnos sobre el mal ni el bien. Solo es una condición previa básica para la vida en la Tierra y lo que impulsa nuestra adaptación al entorno. Pero ¿qué pasa realmente cuando la evolución permite la adecuación de todas las especies al medio ambiente en el que se encuentran? Tomemos como ejemplo a un grupo de osos de América del Norte que fueron ampliando cada vez más su hábitat hasta acabar llegando a Alaska, por donde empezaron a deambular bajo el frío ártico. Se trata de unos animales de pelaje marrón con obvias dificultades para camuflarse en la nieve; razón por la cual las focas, sus únicas presas disponibles en aquellos parajes, solían advertir su presencia rápidamente. Es decir, el hambre amenazaba su existencia.
Entonces, en uno de los óvulos de las hembras, se produce un cambio aleatorio en un gen —lo que se conoce como mutación—, el cual da lugar a que su pelo se vuelva blanco. La cría nacida con la nueva pigmentación lo tendrá más fácil que las demás a la hora de atacar por sorpresa a las focas, se le dará mejor obtener alimento y sus posibilidades de supervivencia y, por tanto, de reproducción aumentarán. Sus pequeños también tendrán el pelaje de igual color, por lo que, asimismo, les resultará más fácil sobrevivir y tener hijos. Y así de manera sucesiva. Durante un determinado periodo, competirán con los osos pardos, pero, al cabo de unos diez o cientos de miles de años, todos los úrsidos de Alaska tendrán el pelaje tan blanco como la nieve, de modo que pasaremos a llamarlos osos polares.
Un rasgo heredado que incrementa las opciones de supervivencia y de reproducción, y que va haciéndose cada vez más común, progresivamente. Así es como todas las plantas y los animales, incluidos los seres humanos, se adaptan a su entorno. La evolución es un proceso lento y penoso, que va cincelando poco a poco características como, por ejemplo, el color blanco de un oso polar. Tiene que pasar muchísimo tiempo para que se produzcan cambios significativos en las diferentes especies.
Pensemos, en lugar de en el anterior animal, en un ser humano que vive en la sabana hace, digamos, cien mil años. Se llama Karin, y la encontramos abalanzándose sobre un árbol lleno de sabrosas frutas, dulces y ricas en calorías. Tras comerse una, se queda satisfecha. A la mañana siguiente, vuelve a tener hambre, de modo que decide volver a por más; sin embargo, el suculento manjar ha desaparecido. Alguien se le ha adelantado y se lo ha llevado todo. En ese mundo en el que vive Karin, que las ramas se hayan quedado vacías puede convertirse en una cuestión de vida o muerte, ya que entre el 15 y el 20 % de sus congéneres muere de hambre.
Imaginemos ahora a otra mujer, María, también de la sabana. Uno de sus genes ha sufrido una mutación que influye en su percepción del sabor del azúcar. Cuando se come una fruta dulce, se libera en su cerebro una gran cantidad de una sustancia llamada dopamina, la cual desempeña un papel importante en nuestras sensaciones de bienestar y en la motivación que nos lleva a hacer una serie de cosas (encontrarás más información sobre ella en la página 62).
La consecuencia de dicho cambio es que María pasa a experimentar un fuerte deseo de zamparse todo el contenido del árbol. Así pues, no se contenta con comerse unas cuantas frutas, sino que engulle tantas como puede. No tardará en sentirse a punto de estallar y en alejarse de allí tambaleándose tras el atracón. A la mañana siguiente, se despierta y vuelve a apetecerle un desayuno rico; no obstante, cuando regresa, se da cuenta de que alguien se ha llevado las pocas frutas que sobraron del festín del día anterior. Por supuesto, son malas noticias; sin embargo, como comió mucho el día anterior, aún tiene reservas energéticas para ir a otro sitio en busca de alimento. Que María es una mujer con más posibilidades de sobrevivir que las demás no es complicado de concluir. Las calorías que ha almacenado en su cuerpo en forma de grasa abdominal la protegen contra la inanición si encuentra dificultades para encontrar comida. También tiene más probabilidades de transmitir sus genes y tener hijos. Estos últimos, teniendo en cuenta que los antojos calóricos de su madre dependen de un gen, heredarán ese rasgo y verán aumentadas, al mismo tiempo, sus opciones de supervivencia y reproducción. Además, pueden entrar en juego factores medioambientales. De ese modo, irán naciendo, poco a poco, cada vez más y más niños con una fuerte necesidad de calorías y una mayor probabilidad de sobrevivir. Este imperioso anhelo energético se desarrollará con lentitud a lo largo de miles de años, pero, a buen seguro, se convertirá en una característica cada vez más común entre la población.
Ahora, transportemos a Karin y María al mundo de hoy, lleno de restaurantes de comida rápida. La primera ve un McDonald’s, entra, se come una hamburguesa y se va, satisfecha y razonablemente llena. Entonces, aparece la segunda, pide dos menús con patatas fritas, Coca-Cola y helado, y se marcha bien atiborrada del local. A la mañana siguiente, tiene hambre de nuevo y, al dirigirse al restaurante, comprueba con deleite que este se encuentra tan lleno de alimentos como el día anterior, de modo que pide que le pongan lo mismo que ayer.
Al cabo de un par de meses, su cuerpo presenta ya las consecuencias de su glotonería. No solo ha engordado varios kilos de más, sino que también ha comenzado a desarrollar diabetes tipo 2. A su organismo le resulta difícil manejar los altísimos niveles de azúcar en la sangre. Es decir, los roles se han invertido. El ansia de calorías que había hecho sobrevivir a María en la sabana es incompatible con el mundo actual. El mecanismo biológico que nos ayudó a subsistir durante el 99,9 % de nuestro tiempo en la Tierra pasa, de repente, a ser más perjudicial que beneficioso.
No se trata de un razonamiento hipotético. Es exactamente lo que ha ocurrido. Hemos trasladado a la realidad moderna el ansia calorífica que la evolución desarrolló en nosotros hace millones de años. En la actualidad, las calorías son casi gratis. Y dicha transición se ha producido en solo un par de generaciones; en tan poco tiempo que aún no hemos podido reaccionar al respecto. Es decir, desde un punto de vista puramente biológico, nuestro cerebro sigue respondiendo ante la presencia de cada caloría al grito de: «¡Vamos, métete eso entre pecho y espalda, mañana puede que no haya más!».
El resultado de esta tendencia es evidente: los problemas de obesidad y de diabetes tipo 2 están extendiéndose por todo el planeta. Hemos de admitir que no sabemos con exactitud lo que pesaban nuestros antepasados, pero podemos hacernos una idea echando un vistazo a las tribus africanas que continúan viviendo en sociedades preindustriales y presentan un índice de masa corporal (IMC) medio de alrededor de 20 (el rango más bajo dentro de lo que se considera un peso normal). Hoy en día, en Estados Unidos, dicho promedio se sitúa en 29 (lo cual está al límite de la obesidad), y en Suecia en 25 (sobrepeso).
Estos problemas son particularmente graves en países que, en pocas décadas, han experimentado un rápido salto de la pobreza a un nivel medio de vida; en otras palabras, en apenas unas generaciones se ha pasado de la siempre amenazante hambruna a la cultura de la comida rápida propia de las sociedades occidentales.
Pero no son solo nuestras características físicas las que pueden encontrarse mal sincronizadas con el mundo moderno que nos rodea; lo mismo ocurre con las mentales. Pongamos que María se hallaba preocupada de manera constante por los múltiples peligros que la acechaban en su día a día, y que siempre estaba planeando cuidadosamente la forma de evitarlos. Es muy probable que su destreza a la hora de sobrevivir se agudizara al ver cómo tantas y tantas otras mujeres de su época morían por accidente, a manos de otra persona o devoradas por un animal. Sin embargo, al echar a andar por un mundo mucho más seguro como es el nuestro, su activo sistema de alerta cae en desuso, lo que hace que se sienta mal y sufra de ansiedad y diversos tipos de fobias.
Ser hiperactivos, estar al acecho de forma constante y tener una gran capacidad de distracción —esto es, de desviar rápidamente la atención de un estímulo a otro—, nos permitía evitar el peligro y aprovechar las oportunidades que nos iban surgiendo por el camino. Quizás eso que susurraba de repente entre los arbustos podía ser algo comestible; así que, ¡a rebuscar en ellos! En la actualidad, idéntico comportamiento impulsivo y la misma sensibilidad ante las impresiones circundantes provoca que los niños no se concentren en el colegio, hace que les sea complicado estarse quietos en clase y, por lo tanto, sean susceptibles de ser diagnosticados de TDAH.
NO ESTAMOS HECHOS PARA EL MUNDO DE HOY
Ya que los humanos, como el resto de los animales, hemos evolucionado para adaptarnos al medio, creo que lo mejor para entendernos a nosotros mismos es echar la vista atrás y mirar el mundo que talló nuestras características. Una abrumadora mayoría de las generaciones anteriores a la nuestra (9.500 de los 10.000 puntos) vivió de la caza y la recolección. Su realidad difería enormemente de esta a la que tú y yo estamos acostumbrados. No obstante, nos resulta complicado describir con exactitud cómo era la suya. Solo conocemos su forma de vida a grandes rasgos, pues no existen registros escritos de aquella era prehistórica. Además, no se puede generalizar demasiado, ya que las condiciones en que vivían los múltiples y variados grupos de cazadores y recolectores probablemente divergieran, como poco, tanto como lo hacen hoy en día entre las poblaciones de los diversos lugares del planeta. Sin embargo, a pesar de ese conocimiento limitado y esa dificultad a la hora de concretar, sí que podemos resumir una serie de diferencias generales entre su mundo y el nuestro.
En la prehistoria, la gente vivía en grupos de entre cincuenta y ciento cincuenta personas. Hoy en día, la mayoría de la población mundial vive en grandes ciudades.
En la prehistoria, la gente se mudaba constantemente de un sencillo asentamiento a otro. Hoy en día, nos quedamos en un mismo lugar durante varios años o décadas.
En la prehistoria, la gente veía a lo largo de su vida a solo unos pocos cientos de individuos —un millar como máximo—, los cuales se parecían mucho a ellos mismos. Hoy en día, vemos a millones de personas de todo el mundo a lo largo de nuestra vida.
En la prehistoria, la mitad de la gente moría antes de cumplir los diez años. Hoy en día, solo un pequeño porcentaje muere antes de esa edad.
En la prehistoria, la esperanza de vida era de apenas treinta años. Hoy en día, la esperanza global de vida es de setenta y cinco años para las mujeres y setenta para los hombres.
En la prehistoria, las causas más comunes de muerte eran el hambre, la deshidratación, las infecciones, las hemorragias y el homicidio. Hoy en día, las causas más comunes de muerte son las enfermedades cardiovasculares y el cáncer.
En la prehistoria, del 10 al 15 % de la población moría a manos de otro individuo. Hoy en día, menos del 1 % de las muertes se deben al crimen o la guerra, es decir, son resultado de la acción de otra persona.
En la prehistoria, para sobrevivir se necesitaba una gran capacidad de distracción y estar en un constante estado de alerta ante el peligro. Hoy en día, consideramos la capacidad de no distraernos como una de las cualidades más importantes del ser humano. Ya no existen los mismos peligros que antaño.
En la prehistoria, el que no se movía para intentar encontrar algo comestible casi a diario se arriesgaba a morir de hambre. Hoy en día, no tenemos que dar un solo paso para conseguir comida: se puede pedir con toda facilidad que te la traigan directamente a la puerta de casa.
Así que, en una larga lista de puntos, los cambios que se han producido en nuestro entorno han sido enormes. ¡Y en solo unos cuantos miles o cientos de años! «Unos cuantos miles de años» quizá nos parece, desde nuestra perspectiva, una eternidad; no obstante, en términos evolutivos no es más que un abrir y cerrar de ojos. La consecuencia es que nuestro desarrollo no está sincronizado con el tiempo en que vivimos. Para comprender más a fondo las implicaciones que esto conlleva, debemos comenzar echando un vistazo más de cerca al órgano en el que surgen y se almacenan nuestros pensamientos, sentimientos y experiencias: el cerebro humano.
LAS EMOCIONES SON ESTRATEGIAS DE SUPERVIVENCIA
Desde tu primer llanto al nacer hasta que exhalas tu último aliento, tu cerebro intenta siempre responder a una sola pregunta: «¿Qué debo hacer ahora?». No le importa lo más mínimo lo que pasó ayer. Lo único que cuenta para él es el presente y el futuro. Y para poder evaluar de manera adecuada cada una de las situaciones en las que te vas viendo inmerso y guiarte en la dirección correcta, se sirve de la ayuda, primero, de los recuerdos y, luego, de las emociones. Sin embargo, su forma de operar no se halla necesariamente orientada hacia lo que te hace sentirte bien (como, por ejemplo, ascender en tu carrera profesional o llevar una vida de hábitos saludables). Lo que busca es lo que era bueno para tus antepasados a la hora de sobrevivir y transmitir sus genes.
Los sentimientos no son reacciones a la realidad que nos rodea, sino algo que el cerebro pone en marcha como una respuesta combinada tanto a lo que ocurre a nuestro alrededor como a lo que sucede en el interior de nuestro cuerpo. Lo hace para encauzarnos hacia diferentes comportamientos. ¿Te suena raro? Entonces empecemos desde el principio. Es lógico que queramos entender y controlar nuestras emociones; sobre todo, cuando nos sentimos mal. No obstante, para ello, necesitamos saber qué es lo que son y por qué se producen dentro de nosotros. Y es que su función biológica es bastante más esencial que la de meramente reportarnos a ti y a mí una vida interior más rica y mejor.
Al igual que en el resto de los seres vivos, la evolución ha moldeado el cuerpo y el cerebro humanos a partir de un solo principio básico: sobrevivir y transmitir los genes. Para ello, ha echado mano de varias estrategias diferentes en cada especie. Una, por ejemplo, es hacer que algunos animales sean capaces de desplazarse tan deprisa que puedan huir de sus enemigos, o de camuflarse para que no los detecten. Otra es dotar a una determinada especie de cualidades que le permitan alcanzar fuentes de alimento a las que otras no tienen acceso; como la jirafa, que puede comer hojas de las ramas altas de los árboles. Pero aún más sofisticada es la estrategia desarrollada en el ser humano, la cual recae sobre la conducta y nos lleva a comportarnos de la manera que nos confiera más posibilidades de sobrevivir. Las emociones son básicamente eso, tácticas de supervivencia; igual que el cuello largo de la jirafa o el pelaje del oso polar. No son un atributo físico o de la personalidad, sino algo que nos ayuda a actuar con flexibilidad, rapidez y fuerza.
LAS EMOCIONES NOS CONDUCEN HACIA DISTINTAS DECISIONES
Toda actividad humana —desde rascarse la barbilla hasta detonar una bomba atómica— es el resultado de una cosa: la voluntad de cambiar un determinado estado mental. Ese es el punto de partida. Y también la razón de que las emociones nos controlen. Cuando nos sentimos amenazados, o bien nos asustamos y salimos corriendo, o bien nos enfadamos y pasamos al ataque. Si nos falta energía en el cuerpo, experimentamos hambre y vamos en busca de comida.
Si viviéramos en un mundo perfecto, tendríamos acceso a toda la información necesaria antes de tomar alguna de las múltiples decisiones a las que nos enfrentamos en nuestro día a día. Cualquiera que estuviera pensando en comerse un sándwich sabría con exactitud qué nutrientes contiene, a qué sabe y si el pan está recién horneado. Eso le llevaría a dilucidar con precisión si el bocado elegido es el idóneo para reponer sus reservas energéticas. La elección sería del todo racional, pues habría sopesado de antemano todos los datos a su disposición. Si alguno de nuestros ancestros se hubiera encontrado también en ese «mundo perfecto» y se hubiera hallado frente a una colmena de abejas llena de miel, habría tenido acceso a toda la información sobre los riesgos y las oportunidades asociadas a dicho manjar: cuánta cantidad de miel contiene el panal, cuántas calorías tiene esa miel, cómo de vacías están sus propias reservas energéticas, qué probabilidades hay de que las abejas puedan picarle si opta por dar un paso adelante, qué otras amenazas aparte de estos insectos podría haber alrededor. Nuestro remoto amigo dispondría con facilidad de toda la información necesaria para salir airoso de la situación y tomar una decisión racional en cuanto a si llevarse o no la miel de la colmena. El único problema es que ni su mundo ni el nuestro eran ni son así.
Aquí es donde las emociones entran en escena, poniendo en marcha en nosotros diferentes tipos de comportamientos para que actuemos con decisión e inmediatez. Cuando tu yo consciente no dispone de suficiente información o tarda demasiado en contestar, el cerebro entrega su respuesta en forma de sentimiento: tienes un hambre canina, así que te comes el bocadillo. De igual modo, nuestro antepasado se decidía a ir a por la miel si el riesgo de que le picasen las abejas era pequeño o experimentaba una necesidad desesperada de alimentarse. Si la amenaza de picadura, en cambio, era demasiado grande, el miedo le hacía abstenerse de intentarlo.
En mi caso, por ejemplo, cuando estoy frente a la sección de golosinas del supermercado, el algoritmo evolutivo desarrollado en los humanos para evitar la inanición se manifiesta al instante en forma de un intenso deseo de llevarme un montón de ellas a la boca y empezar a mascarlas con avidez. Porque el cerebro no ha tenido tiempo de adaptarse. Es como si hubiera un mecanismo interior dentro de nosotros por el cual no acabamos de creernos que, en la actualidad, disponemos de una sobreabundancia de alimento, de manera que muchos de nosotros nos vemos incapaces de tomar una decisión racional al pasar junto al estante de las chucherías. La probabilidad de que seamos descendientes de la glotona María, en vez de serlo de Karin (quien, al no experimentar tal ansia de calorías, se arriesgaba a morir de hambre), es considerablemente mayor.
LAS EMOCIONES NEGATIVAS TIENEN PRIORIDAD
Las emociones nos encauzan, para bien o para mal, hacia distintas decisiones. Pero no vienen solas. Con ellas, se producen una serie de reacciones en el cuerpo y el cerebro que afectan a nuestro funcionamiento y también a nuestros procesos mentales y a nuestra manera de percibir el mundo.
Cuando nos asustamos, el cerebro responde a la velocidad del rayo liberando cortisol y adrenalina para que el corazón lata más rápido y más fuerte, y bombee mayor cantidad de sangre a los músculos del cuerpo de forma eficaz; de ese modo, podremos tanto salir por piernas como pasar al ataque. Si vemos comida y tenemos hambre, se encargará de ello: sentiremos un gran deseo de comer, de liberar dopamina. También lo hará durante la excitación sexual. Sucede igual con la oxitocina, la cual, al crear una sensación de vínculo entre las personas, nos permite concentrarnos en quien está a nuestro lado y no en lo que están echando por televisión.
Las emociones negativas siempre han prevalecido sobre las positivas, dado que, históricamente, a menudo han estado relacionadas con amenazas frente a las que hay que actuar inmediatamente. Podemos dejar para más tarde cosas como comer, beber, dormir o aparearnos, pero no podemos posponer actuar ante un peligro. Esa es la razón por la que las personas bajo un fuerte nivel de estrés o de ansiedad tienen problemas a la hora de pensar en algo que no sea en su propia situación anímica. Es probable que, en su entorno, nuestros ancestros experimentaran bastantes más amenazas que oportunidades. También es posible que el hecho de que las emociones negativas fueran mucho más comunes explique por qué en casi todos los idiomas hay más palabras para describir estas que para describir las positivas. Por otro lado, no deja de ser cierto que son sentimientos que la mayoría de la gente encuentra más interesantes. ¿Quién quiere ver una película o leer un libro sin conflicto ni drama alguno?
Una de las fuentes más importantes de emociones negativas es el estrés. Así pues, vamos a dedicar el próximo capítulo a examinar más de cerca en qué consiste el estrés.
2 ESTRÉS, ANSIEDAD Y DEPRESIÓN: ¿VENCEDORES EVOLUTIVOS?
Durante el 99 % del tiempo que las bestias han habitado este planeta, el estrés ha consistido en tres minutos de terror después de los cuales, o bien acababas con tu oponente, o bien él acababa contigo. ¿Qué es lo que hacemos hoy en día? Activar el mismo mecanismo de respuesta al estrés ante nuestras hipotecas a treinta años.
ROBERT SAPOLSKY, catedrático de Neuroendocrinología y Biología Evolutiva en la Universidad de Stanford
Para ti y para mí, el estrés significa no poder llegar a encajar todas las piezas del rompecabezas diario; no tener tiempo para estudiar lo bastante de cara a un examen o no llegar a la fecha límite de entrega de un trabajo. Sin embargo, desde una perspectiva histórica, esas no son razones para sobrecargar el sistema del cerebro de respuesta al estrés.
Observemos más de cerca dicho mecanismo, que, en lenguaje médico, se llama eje HPA. Este es el resultado de millones de años de evolución, y se encuentra no solo en el hombre, sino también en la práctica totalidad de especies vertebradas, como los pájaros, los lagartos, los perros, los gatos o los monos. Se pone en marcha en una parte del cerebro denominada hipotálamo («H»), la cual envía una señal a la glándula pituitaria («P»), situada más abajo, que, a su vez, la manda a las glándulas adrenales («A»), ubicadas en la zona superior de los riñones y encargadas a continuación de liberar una sustancia conocida con el nombre de cortisol, la hormona del estrés más importante del cuerpo.
Es muy probable que el eje HPA se desarrollara, tanto en los seres humanos como en los animales, para ayudarlos a enfrentarse a amenazas, en su mayoría, extremas. Si, de repente, uno de nuestros antepasados veía un león, se activaba la alarma que le advertía del peligro para su integridad física. Esta reacción comienza, como te decía, en el hipotálamo. Luego, pasa a la glándula pituitaria, que solicita a las glándulas adrenales que liberen cortisol. Acto seguido, dicha hormona se encarga de movilizar la energía y hacer que el corazón empiece a latirnos más rápido y más fuerte. Todos hemos sentido en alguna ocasión cómo nos aumenta la frecuencia cardíaca ante una situación de estrés. Pero ¿por qué ocurre esto? Bueno, es evidente que, al toparse con el león, nuestro ancestro debía actuar rápido, ya fuera para atacar, ya fuera para salir corriendo (es decir, entraba en el «modo lucha o huye», fight or flight). Para poder hacer cualquiera de las dos cosas con la mayor presteza posible, los músculos del cuerpo necesitan de un incremento del bombeo de sangre, motivo por el cual el corazón pasa a latir con más intensidad. Hoy en día, sigue ocurriendo lo mismo dentro de nosotros; por eso nuestra frecuencia cardíaca aumenta cuando nos estresamos.
ASÍ SE FORMÓ EL SISTEMA DE RESPUESTA AL ESTRÉS
El sistema de respuesta al estrés —el eje HPA— está ahí por idéntica razón que nuestras emociones: para ayudarnos a sobrevivir. Su desarrollo en el cerebro y en el resto del cuerpo de nuestros antepasados tuvo lugar con el objetivo de incrementar sus opciones de supervivencia en un mundo mucho más peligroso que el actual. Las amenazas a las que se veían expuestos no solo eran, a buen seguro, más frecuentes que las que hemos de afrontar en la actualidad, sino que también exigían de una acción inmediata. Quien se demoraba demasiado preguntándose qué hacer, si atacar o huir del león, es muy posible que fuera eliminado con rapidez del acervo genético.
Hoy en día, por suerte, la mayoría de las personas rara vez se ven envueltas en situaciones potencialmente mortales. Sin embargo, a pesar de ello, el mismo sistema del cerebro se activa en nosotros al estresarnos por causas psicosociales, como la fecha límite de entrega de un trabajo, la subida de los intereses de un préstamo hipotecario o el hecho de que nuestras publicaciones en redes no obtengan suficientes «me gusta». Como es lógico, en la actualidad, la respuesta al estrés que se pone en marcha en nosotros no es tan intensa como cuando uno se enfrenta a un león; no obstante, suele durar más tiempo, a veces varios meses o años. Y resulta muy probable que el eje HPA no esté concebido para mantenerse activo de forma tan prolongada. El torrente excesivo de hormonas del estrés puede conducir a que el cerebro deje de funcionar bien, y a que este pase a estar de manera constante en «modo lucha o huye»; es decir, relegando a un segundo plano toda actividad que no tenga que ver con atacar o salir por piernas. Esta vendría a ser su lógica:
¿Dormir? Puedo dejarlo para más tarde.
¿Digerir la comida? Puedo dejarlo para más tarde.
¿Reproducirme? Puedo dejarlo para más tarde.
¿Te resultan familiares tales razonamientos? ¿Te suena tal vez haberlos tenido en algún periodo estresante de tu vida? ¿Has sufrido entonces de malestar estomacal, náuseas, insomnio y disminución del deseo sexual? Por desgracia, son muchos los que responden de manera afirmativa. Estos síntomas, derivados de un estrés de larga duración, no son nada de extrañar si uno se fija en la forma en que el cerebro prioriza la resolución inmediata de problemas e ignora todo lo que no se halle implicado en ella. Sin embargo, las consecuencias de un estado de angustia y ansiedad prolongado no acaban ahí, sino que pueden, por desgracia, afectar también a nuestra salud mental. Estar bajo un nivel razonable de estrés agudiza nuestros sentidos; no obstante, si la presión que soportamos se vuelve demasiado fuerte, pasamos a dejar de pensar con claridad.
Si esto sucede, dejamos de usar la zona más avanzada y más exclusivamente humana de nuestro cerebro y recurrimos de nuevo a otras más antiguas y primitivas desde el punto de vista evolutivo. Es entonces cuando tendemos a actuar con fuerza y rapidez, pero sin la ayuda de la parte «pensante». Esto puede ser fuente de problemas.
En caso de experimentar un estrés intenso, debemos atacar o poner pies en polvorosa; es decir, no caben las medias tintas. El cerebro te dice que has de tomar una decisión rápida y entrar en «modo resolución de problemas». Se trata de una prioridad incuestionable, no hay tiempo de pararse a pensar en las formas. Cualquier fallo detectado en el entorno da lugar a una reacción fuerte. Es lo que sucede cuando nos irritamos por cosas pequeñas. «¿Por qué narices están los calcetines por el suelo?».
No tenemos tiempo de ser amables con los que nos rodean cuando estamos bajo un nivel de tensión agudo; por eso, a muchos nos sale el mal genio. Por el contrario, las sensaciones de bienestar nos llevan a bajar la guardia, y eso es lo último que quiere un cerebro que se siente amenazado: por eso, solemos sentirnos mal durante épocas de fuerte estrés. Otra de las funciones a las que el cerebro deja de dar preferencia es el almacenamiento de recuerdos a largo plazo. Para que estos se generen se deben crear conexiones entre las distintas áreas cerebrales, tarea que recae en el hipocampo, el centro de memoria de dicho órgano. La fortaleza de tales vínculos (y de la propia memoria) depende de que el hipocampo envíe una señal a través de los recién nacidos circuitos neuronales; algo que no le da tiempo a hacer durante una situación de estrés intenso. Por eso mucha gente recuerda peor las cosas a lo largo de estos periodos complicados.
LA AMÍGDALA: EL DETECTOR DE HUMOS DEL CEREBRO
Un día de verano de 2018, iba paseando por un verde y empinado prado de los Alpes italianos cuando, de repente, me quedé petrificado sin saber por qué. Menos aún entendí la razón por la que, de pronto, el corazón empezó a latirme deprisa y con fuerza. Un amigo, que venía conmigo y caminaba unos metros detrás de mí, me preguntó sorprendido si me encontraba bien. Entonces comprendí lo que acababa de suceder. Frente a mí, extendida sobre la hierba, había una manguera de plástico gris de un par de metros de largo que se podía confundir fácilmente con una serpiente. Sin ser yo consciente de ello, mi cerebro había examinado el entorno; al detectar un posible peligro, había hecho sonar la alarma y había hecho que me detuviera al instante.
En la actualidad, sabemos cuál es la anatomía de dicha reacción. El protagonista del drama es la amígdala, una parte del cerebro que debe el nombre a su parecido con una almendra (α′μυγδαλη′, amygdalē, en griego).
Se descubrió y se la bautizó en la década de 1980. Poco más tarde, se tuvo constancia de que esa parte anatómica, en realidad, abarcaba más regiones cerebrales que la pequeña estructura en forma de almendra apreciada en las primeras observaciones. No obstante, a esas alturas, su nombre ya estaba tan establecido dentro de la comunidad científica que se decidió no reemplazarlo.
La amígdala posee varias funciones de gran relevancia. Desempeña un papel esencial, por ejemplo, en relación con los recuerdos y las emociones; sobre todo, a la hora de interpretar los sentimientos de los demás. Pero quizá su tarea más importante sea la de buscar amenazas en nuestro entorno y hacer sonar la alarma en cuanto detecta el más mínimo indicio de peligro. Para ella, disparar la alarma significa poner en marcha el sistema de respuesta al estrés; es decir, el eje HPA. La forma en que opera suele denominarse «principio del detector de humos»: al igual que un detector de humos, prefiere pasarse y advertir de un posible «incendio» (a pesar de que luego resulte ser una falsa alarma) que quedarse corta. Es una señal preventiva rápida, aunque no muy precisa. Mi amígdala notó algo que podría ser una serpiente y, de inmediato, pulsó el botón, así que me detuve. Más vale prevenir que curar.
LA JUSTA MEDIDA DE ESTRÉS
Para nosotros, la palabra «estrés» tiene siempre connotaciones negativas. Sin embargo, en su justa medida, es algo que necesitamos para funcionar adecuadamente. A corto plazo, es un mecanismo de defensa que nos permite concentrarnos mejor y que agudiza nuestras capacidades mentales. Es decir, no pasa nada por tener un día o una semana difícil en el trabajo.
El sistema de respuesta al estrés del cuerpo humano es fundamental para que podamos movernos con normalidad en nuestra rutina diaria. Es algo que puede constatarse si vemos lo que les ocurre en los laboratorios de investigación a los conejillos de Indias a los que se les ha eliminado el eje HPA. Los animales se comportan de forma apática, sin reaccionar a nada, algunos de ellos ni siquiera a la comida. Un patrón de conducta similar al que, de vez en cuando, puede verse en personas con síndrome de fatiga crónica —una enfermedad en la que el paciente experimenta tal cansancio que, en ocasiones, apenas es capaz de levantarse de la cama—, las cuales tienen problemas a la hora de activar con normalidad el eje HPA. En estos casos, es probable que el factor determinante que da lugar a dicha disfunción sea precisamente una sobrecarga prolongada e intensa del sistema de respuesta al estrés, que haya dejado hecho polvo a dicho eje.
Como leíste al principio del libro, casi todas las generaciones que han vivido en este planeta se han visto rodeadas de amenazas para la vida; de hecho, la mitad de sus integrantes no llegaban a su décimo cumpleaños. Desde una perspectiva histórica, el principio del detector de humos ha tenido una importancia capital. El que huye de todo aquello que se parece a un león tiene más posibilidades de sobrevivir que el que, ante la duda, se queda a comprobar si, en efecto, lo es o no. Mejor pasarse un poco que quedarse corto si esto último puede acarrear consecuencias fatales. Así pues, la descuidada sobreactuación de la amígdala tiene su razón de ser.
CONSTANTEMENTE ACTIVA
Tu amígdala está constantemente activa. Pero no solo cuando te sientes amenazado, sino también ahora, mientras lees o escuchas este texto. Sin que tú seas consciente, está examinando el entorno que te rodea en busca de potenciales peligros. Vale, ¿y eso no es bueno? Por supuesto que sí. Lo que pasa es que hasta la mayor nimiedad puede hacer saltar la alarma: un ruido fuerte procedente de la calle, llegar tarde a una reunión, no estar listo para una presentación o que no te pongan enseguida un corazoncito en la última foto que has colgado en Instagram. ¡La amígdala es capaz de reaccionar a la mínima! Cuantos más estímulos tengamos a nuestro alrededor, más posibilidades habrá de que se active.
Ciertas cosas disparan la alarma del cerebro en casi todos nosotros: las serpientes, las arañas, las grandes alturas o los espacios reducidos. Es algo curioso, porque es muy extraño que alguien muera por mordeduras de serpientes o de arañas, mientras que, en Suecia, cada año fallecen doscientas cincuenta personas en accidentes de tráfico y más de diez mil por enfermedades relacionadas con el tabaco. En realidad, la amígdala debería reaccionar a la visión de un paquete de cigarrillos o de un cinturón de seguridad sin abrochar, pero no lo hace; en cambio, da la señal de alerta ante las serpientes, las arañas o las grandes alturas. ¿Por qué pasa esto? Pues porque estas últimas han causado la muerte de nuestros ancestros durante miles de generaciones. Digamos que, desde una perspectiva evolutiva, la amígdala no ha tenido tiempo de adaptarse a las amenazas modernas, como el tabaco o los automóviles. Esto explicaría de manera completamente lógica que los habitantes de las ciudades busquen más a menudo ayuda psicológica para su fobia a las serpientes y a las arañas que para su fobia a los coches; una buena muestra del claro desajuste entre el mundo en el que evolucionamos y el mundo en el que vivimos.
LA ANSIEDAD SURGE ANTE UNA POSIBLE AMENAZA
Ansiedad. La mera palabra hace que nos sintamos incómodos. Pero ¿qué es, en realidad? Bueno, básicamente, por muy difícil que le resulte de entender esto a una persona que la padece con intensidad, es también un mecanismo de supervivencia. Consiste en un fuerte malestar que se deriva de experimentar algo como una amenaza, lo que, a continuación, desencadena el sistema de respuesta al estrés en el cuerpo.
Pongamos que te estás esforzando para entrar en la universidad y que hace un par de semanas hiciste el examen de ingreso. Las notas se acaban de publicar en el sitio web de la facultad.
PÁNICO ESCÉNICO
¿Qué es lo que te estresa más que cualquier otra cosa? Quizás hablar en público. Para muchas personas, es un factor estresante tan grande que incluso se le ha dado nombre a la angustia que produce: glosofobia. La explicación de por qué resulta tan desagradable tener los ojos de la gente clavados en uno mismo tiene que ver, a buen seguro, con lo importante que ha sido siempre para nosotros, desde un punto de vista evolutivo, no ser excluidos de la comunidad. En situaciones como esa, para prepararnos ante lo que pudiera suceder si salimos mal parados y somos humillados públicamente —y, por consiguiente, repudiados a continuación por el grupo—, nuestro cerebro activa el sistema de respuesta al estrés y el corazón comienza a latirnos a toda velocidad.
Que seamos tan sensibles que nuestro entorno nos evalúe no es más que otro ejemplo de hasta qué punto nuestro cerebro no está adaptado a la realidad moderna. Es cierto que, aunque hagamos una mala presentación en la oficina, es poco probable que perdamos el empleo por ello; y aún más difícil es que corramos el riesgo de morirnos de hambre. Sin embargo, en el mundo para el que fuimos modelados, ser expulsados de la comunidad podía convertirse en un asunto de vida o muerte. La integración social no solo ha sido siempre una cuestión de seguridad, sino también de supervivencia. El que iba por su cuenta tenía los días contados.
Inicias sesión con tu clave y contraseña, comienzas a buscar con nerviosismo tu nombre y, por fin, resulta que… has suspendido. ¡No! ¡No! ¡No! Tanto el corazón como la mente se te aceleran: «¡Si ya había hecho planes e incluso había encontrado un apartamento en la ciudad! ¿Qué van a decir todos?». Entonces, un gran estrés se apodera de ti. Tu frecuencia cardíaca aumenta, igual que la cantidad de sangre que llega a tus músculos, los cuales han de poder rendir al máximo cuando sobreviene un peligro. Aunque, por supuesto, el resultado del examen no va a variar por mucho que se produzca este bombeo, tu cuerpo se está preparando para la batalla o la huida.
Ahora, retrocedamos unas semanas hasta unos días antes de hacer la prueba. Vienes durmiendo mal, no tienes apetito y, en general, te sientes inquieto. No puedes dejar de pensar en qué pasará si suspendes. Eso es ansiedad. ¿Qué sistema es el que se activa en tu cuerpo? ¡El eje HPA! El mismo mecanismo de combate o escape se pone en marcha tanto con la ansiedad como con el estrés, si bien por distintas razones. La diferencia reside en que este último es una reacción a un peligro presente, mientras que la primera lo es a uno futuro e incierto.
El estrés nos ayuda a afrontar determinados trances, ya lo sabemos, pero ¿por qué tenemos ansiedad? ¿No sería mejor, para un óptimo resultado en el examen, que no la sufriéramos? No es tan simple. La ansiedad nos permite planificarnos y concentrarnos en lo importante ante una previsible amenaza. El que piensa que «todo se andará» y se pone a ver Netflix en lugar de estudiar no está aumentando, precisamente, sus probabilidades de aprobar.
INCLUSO LA ANSIEDAD ILÓGICA TIENE SU LÓGICA
Es fácil entender que alguien se sienta nervioso ante la perspectiva de suspender un examen importante. Sin embargo, también nos pueden causar ansiedad determinadas cosas cuya posibilidad de que sucedan es muy remota; como, por ejemplo, que el avión en el que volamos se estrelle. Los que soportan altos niveles de ansiedad suelen imaginarse que una larga cadena de desastres —generalmente bastante poco probables— les aguarda a la vuelta de la esquina. Se trata de una clase de intranquilidad difusa no conectada con una razón externa, algo inconcreto que está ahí y que nos roe por dentro sin descanso. La gente que la padece sabe que su sufrimiento es injustificado, pero no puede librarse de él.
Que algunas personas parezcan estar siempre buscando activamente motivos de preocupación responde a que, desde una óptica evolutiva, ha merecido la pena poner en marcha el sistema de respuesta al estrés ante la menor sospecha de peligro. De nuevo, el principio del detector de humos. No obstante, hoy en día, este entra en acción de manera innecesaria por razones completamente diferentes. Si el chico o chica que nos interesa no contesta lo bastante rápido a un mensaje que le hemos enviado, nos decimos: «No le gusto. No valgo para nada y nunca llegaré a estar con nadie»; y el eje HPA se prepara para afrontar los peligros resultantes de la amenaza de exclusión.
En esencia, es el mismo mecanismo interno que se activa cuando escuchamos un susurro entre los matorrales y concluimos que puede ser una serpiente. Uno podría razonar que lo más probable es que se trate solo del viento y que no hay de qué preocuparse; sin embargo, el eje HPA se pone en marcha en el acto y nos impulsa a salir corriendo del lugar. A pesar de que optar por la vía segura antes que asumir ningún riesgo era, en gran medida, útil en el mundo de nuestros antepasados, en el nuestro no ocurre lo mismo.
DEPRESIÓN: ¿UNA PROTECCIÓN NATURAL?
969.516. Nada más ver dicha cifra, creí haber leído mal. Pero no. Según datos del Ministerio de Sanidad de Suecia, cerca de un millón de suecos mayores de dieciséis años (a fecha de diciembre de 2018) toman antidepresivos bajo prescripción médica. Es decir, más de una novena parte de la población adulta del país. Pese a que vivimos más, que estamos más sanos y que tenemos a nuestra disposición toda clase de entretenimientos con pulsar un botón, parece que nuestro ánimo está más bajo que nunca. ¿Cómo es posible que nos haya pasado esto?:
La primavera pasada, mi trabajo como consultor tecnológico fue muy estresante. Al mismo tiempo, nuestro hijo tuvo problemas psicológicos y dejó de ir a la escuela. Por otro lado, acabábamos de comprar una casa sin haber vendido aún nuestro anterior piso, de modo que teníamos aprietos económicos. Dormía fatal y no me sentía nada bien, pero seguía en marcha. Luego, a mitad del verano, las cosas volvieron por fin a su cauce. Vendimos el piso, nuestro hijo pasó a recibir la ayuda adecuada y el volumen de trabajo disminuyó.
Estábamos deseando coger vacaciones, así que nos fuimos toda la familia a España un par de semanas. De inmediato, me di cuenta de que algo no iba bien. Apenas era capaz de levantarme de la cama y tenía en la cabeza una insoportable sensación de espesor. Nada me parecía divertido. Lo veía todo negro. Lo único que me apetecía era dormir, de modo que eso fue lo que hice. Durante catorce o quince horas al día. Y, aun así, seguía sin sentirme bien descansado. Cuando regresé a casa, me puse en contacto con mi centro de salud y, tras un electrocardiograma y un análisis de sangre, me dieron el diagnóstico: depresión por agotamiento. No entendía nada. ¡Pero si ya había pasado el periodo de estrés! ¿Por qué me deprimía ahora, cuando las cosas estaban por fin tranquilas?
Una depresión como la que afectó a mi paciente puede parecer ilógica, incluso desde una perspectiva evolutiva. Es fácil comprender que la ansiedad sea una herramienta que nos ha ayudado a sobrevivir; sin embargo, el que está deprimido tiende a querer dejarlo todo, a retraerse, a comer peor, a aislarse de los demás y a desinteresarse del sexo. Todo esto se traduce en una reducción de las posibilidades de supervivencia y de transmitir los genes. ¿Y por qué suele sobrevenir la depresión después de un periodo de estrés?
LA ANSIEDAD ES ESTRICTAMENTE HUMANA
El eje HPA desempeña un papel crucial en la forma en que los perros, gatos, roedores y otros animales reaccionan a las amenazas. Sin embargo, en ellos no funciona igual que en los humanos. Por mucho que se intente, nunca podrá persuadirse a una rata de que active su sistema de respuesta al estrés debido a la posibilidad de que haya más gatos en la zona el próximo verano. Ningún gran tiburón blanco liberará la más mínima cantidad de cortisol ante la expectativa de que la población de focas disminuya debido al calentamiento global. No obstante, esos hipotéticos escenarios sí que ponen en marcha el eje HPA en nosotros. «¿Y si no apruebo el examen?». «¿Y si no hago bien la presentación?». «¿Y si me deja mi mujer?».
La capacidad del hombre para prever el futuro es, quizá, nuestro rasgo definitorio más importante; pero ello lleva aparejado que nos imaginemos por anticipado aquello que queremos evitar. Que el sistema de respuesta al estrés pueda activarse en nosotros ante la perspectiva de que nos despidan, de que nos deje nuestra pareja o de que no podamos pagar la hipoteca es, digamos, el precio que pagamos por nuestra inteligencia. Y es que el cerebro tiene dificultades a la hora de distinguir las amenazas reales de las imaginadas.
Lo que hace la ansiedad es poner en marcha el sistema de respuesta al estrés por adelantado; así que no es de extrañar que el cuerpo haga las cosas de forma proactiva. Si uno está tirado en el sofá y quiere levantarse, necesita que su tensión arterial suba antes de ponerse en pie, ya que, de lo contrario, puede marearse. Lo mismo pasa con la ansiedad. Su misión es hacer entrar en acción el eje HPA de antemano.
Así pues, en el caso de las personas que tienen altos niveles de ansiedad en su día a día, el sistema de respuesta al estrés está siempre encendido, si no por completo, sí a fuego lento, listo para afrontar los peligros que se le puedan presentar. Esta circunstancia da lugar a que el cuerpo experimente una voluntad constante de movimiento y quiera alejarse en todo momento de donde está. Los síntomas son variados. Por ejemplo:
Inquietud mental. La sensación indefinida —no motivada por el aburrimiento o la curiosidad— de querer siempre pasar a otra cosa; de no desear quedarse en el sitio en el que se está, sea cual sea este. Deseas terminar la reunión para poder irte rápidamente de la sala. Comer rápido para poder levantarte cuanto antes de la mesa. Finalizar la llamada telefónica cuando apenas acaba de comenzar. Y así sucesivamente, siempre adelante, adelante, adelante.
Inquietud física. Los músculos del cuerpo se hallan en «modo lucha o huye» sin que haya nada contra lo que luchar o de lo que huir. Ese deseo muscular impulsivo hace que te resulte difícil estar quieto, así que te pones a toquetear cosas, a retorcerte el cabello, a tamborilear con el pie en el suelo. Tensas el cuello y la espalda hasta que se te forma una dolorosa contractura. Pasas la noche apretando la mandíbula y rechinando los dientes.
Fatiga. Ir por la vida en un constante estado de alarma consume energía. Y mucha. La consecuencia es que te agotas y te sientes hecho polvo al llegar a casa después del colegio o del trabajo.
Molestias estomacales. Si el cuerpo tiene que luchar o huir, no le importará lo más mínimo hacer la digestión, sino que priorizará otras funciones. No tiene sentido preocuparse por digerir la comida si tú mismo estás a punto de servir de almuerzo a otra criatura.
Náuseas. ¿Has intentado correr a toda pastilla nada más terminar de comer? Muy raro sería que se te diera bien con el estómago lleno. Pues bien, cuando tienes náuseas derivadas de la ansiedad o del hecho de estar sometido a un estrés intenso, lo que está queriendo hacer tu cuerpo con ellas es deshacerse de lo que has comido para poder luchar o huir con mayor eficacia. Esa es la razón por la que muchos actores y artistas tienen ganas de vomitar antes de un estreno o de un concierto, de lo nerviosos que se ponen.
Sequedad de boca. Cuando nos preparamos para entrar en acción, el corazón bombea sangre a los músculos para que estos obtengan más oxígeno y sean capaces de rendir al máximo. Las tres glándulas salivales que tenemos en la boca, las cuales segregan saliva extrayendo agua del flujo sanguíneo, cuentan con menos sangre para ello. El resultado es que se nos queda la boca más seca que un zapato.
Sudores. Un cuerpo que va a luchar o huir acabará recalentándose. Ante esa perspectiva, empieza a sudar para bajar la temperatura, ya que el sudor enfría nuestro organismo. En otras palabras, para rendir al máximo activa el sistema de refrigeración.
EL PRECIO DEL ESTRÉS PROLONGADO
La causa más común de depresión es el estrés prolongado. Para ti y para mí, se deriva de no poder encajar todas las piezas de nuestro día a día, de no llegar a todo lo que querríamos llegar; sin embargo, para nuestros antepasados, lo que desencadenaba su sistema de respuesta al estrés no era que tuvieran la bandeja del correo electrónico a reventar de mensajes o que la reforma del cuarto de baño resultara en un caos, sino los depredadores, el hambre, las enfermedades u otros seres humanos con ganas de matarlos. La exposición a un estrés de larga duración tenía relación con que su mundo estuviera lleno de inseguridad. Aunque hoy en día las amenazas ya no sean las mismas, la respuesta sigue viva en nosotros.
El cerebro interpreta que un fuerte estrés indica la existencia de peligros por doquier, así que no deja de tener su lógica que te apremie a retraerte y a taparte la cabeza con la almohada. ¿Y qué herramientas posee para empujarnos a eso? ¡Las emociones, por supuesto! Para distanciarnos de lo que traduce como una realidad llena de amenazas nos induce a un estado de depresión que nos lleva a aislarnos.
Si, hoy en día, el cerebro estuviera adaptado a la perfección a lo que le rodea, el estrés prolongado debería llevarnos a rendir aún más. Los problemas que angustiaban a mi paciente no se resolvían tapándose la cabeza con la almohada. Lo que ocurre es que el cerebro no se hace eco de tal razonamiento, pues no ha evolucionado en sincronía con el mundo presente. En cambio, la solución que adopta es alejarse de todo, ya que interpreta el estrés como una señal de que el entorno a nuestro alrededor está lleno de amenazas; cosa que, en efecto, fue así durante la práctica totalidad de nuestra existencia en la Tierra.
Si todo esto te parecen puras especulaciones, llevas parte de razón. Hay que tener cuidado con atribuir rotundas explicaciones evolutivas a nuestras emociones y comportamientos. Sin embargo, existen indicios que refuerzan la tesis de que una depresión podría ser la estrategia del cerebro para protegernos de un mundo peligroso. Dichas pistas las encontramos en un lugar inesperado: nuestro sistema inmunológico.
DEPRESIÓN: ¿UNA PROTECCIÓN CONTRA LAS INFECCIONES?
Tu material genético condiciona tus posibilidades de sufrir depresión. Aun así, no existe un «gen de la depresión» como tal, sino cientos de ellos diferentes, cada uno de los cuales, digamos, lleva a cabo su pequeña contribución en este sentido. En otras palabras, tu ADN no determina que algún día, antes o después, vayas a padecer dicha enfermedad, pero sí puede hacerte más o menos vulnerable a ella. Al investigar qué genes pueden estar relacionados, se ha hecho un curioso descubrimiento. Varios de los que aumentan el riesgo de depresión también activan el sistema inmunológico del cuerpo. Este inesperado puente genético ha llevado a la comunidad científica a comenzar a plantearse si dicha dolencia es una forma que tiene el cerebro de protegernos.
Puede parecer exagerado desde tu perspectiva y la mía, ya que, al fin y al cabo, si uno sufre una infección bacteriana para eso están los antibióticos. Sin embargo, estos son algo nuevo. La penicilina no se descubrió hasta 1928; razón por la cual, antes de esa fecha, a principios del siglo XX, uno de cada tres niños en Estados Unidos moría sin haber cumplido los cinco años. El cambio de siglo trajo consigo una extensa lista de fallecidos por neumonía, gripe, tuberculosis y diarrea. Todas ellas enfermedades infecciosas. No obstante, se cree que la mortalidad por dichos males en los días de nuestros ancestros prehistóricos fue aún mayor. Es seguro que muchos de los hombres que resultaban heridos durante una cacería no solo sufrían fuertes hemorragias, sino que también morían si la herida se infectaba.
Así pues, resulta lógico deducir que la evolución haya implementado en nosotros una variedad de mecanismos para protegernos contra las enfermedades infecciosas. Uno de ellos es un sistema inmunitario eficaz. Otro consiste en que sintamos un fuerte rechazo por la comida en mal estado; es decir, un «sistema inmunológico conductual». Luego está el que nos lleva a alejarnos de situaciones en las que existe un riesgo potencial de afecciones bacterianas y lesiones. Este último podría ser el puente entre las depresiones y las infecciones. Varios de los genes que aumentan las posibilidades de sufrir depresión parecen tener dos tareas: por un lado, la de garantizar la puesta en marcha del sistema inmune; y, por otro, la de distanciarnos de los peligros físicos o microbianos, lo cual consiguen induciéndonos a un estado depresivo. Sin embargo, estos genes no solo se activan al lesionarnos, sino también cuando corremos el riesgo de hacerlo. ¿Y dónde pasa eso? ¡Pues en un mundo lleno de amenazas! ¿Y qué es lo que nos advierte de la presencia de estas a nuestro alrededor? ¡Un fuerte estrés, por supuesto!
ES IMPORTANTE PODER EXPRESAR CON PALABRAS LO QUE SIENTES
Mi paciente, que sufrió depresión durante las vacaciones, podría, en otras palabras, estar bajo la influencia de un cerebro que trata de protegerlo de peligros, infecciones y de una muerte violenta. Cuando, acostado en la habitación del hotel, contempla la vida con desesperanza, su sistema de respuesta al estrés se halla, en realidad, resolviendo una serie de problemas evolutivos semejantes a los que afrontaron nuestros antepasados. Comprendo que para él, igual que para el resto de la gente que sufre una afección parecida, esto no suponga un gran consuelo, pero es probable que la depresión sea algo que, desde la óptica del desarrollo biológico, nos sucede para ayudarnos.
De hecho, yo, como psiquiatra, he constatado lo útil que puede resultarles a mis pacientes comprender con la mayor precisión posible el papel que desempeñan sus emociones. Cuando se dan cuenta de que la ansiedad nos ha salvado de muchos peligros y de que la depresión quizá sea una protección contra las infecciones y los conflictos, algunos llegan a razonar: «No es culpa mía si estoy deprimido. Lo único que pasa es que mi cerebro está desarrollado para vivir en un mundo muy diferente al actual».
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