Kitabı oku: «Geografías imaginarias y el oasis del desarrollo»

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Los autores agradecen el apoyo de los proyectos Conicyt-Fondecyt Nº 1170643 y Nº 1190855, que colaboraron en el proceso de investigación. A su vez, el aporte y contribución de

Gonzalo Frigerio, Fernanda Miranda, Federico Natho y Ayleen Martínez-Wong.

© LOM ediciones Primera edición, abril de 2020 Impreso en 2000 ejemplares ISBN impreso: 9789560012418 ISBN digital: 9789560013606 RPI: 2020-a-1065 Edición y maquetación LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 28606800 lom@lom.cl | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Impreso en Santiago de Chile

Índice

  Prólogo

  Introducción

  Puro Chile

  Majestuosa es la blanca montaña

  La copia feliz del Edén

  Un futuro esplendor

  Puras brisas

  Dulce Patria

  Epílogo ¡La Tierra no alcanza!

  Referencias bibliográficas

Todo país, de alguna forma, deja de existir alguna vez Roberto Bolaño.

El año 2010, para el bicentenario de nuestra independencia, tendremos un país desarrollado, socialmente justo y culturalmente maduro. Ricardo Lagos, 21 de mayo de 2001

Prólogo

Este libro se terminó de escribir semanas antes de iniciado el estallido social en Chile. Nunca imaginamos que nuestro relato –si bien ese fue el propósito inicial– apuntaría con tanta precisión a los cimientos del problema que justificó tal levantamiento ciudadano. ¿Cuál es ese problema? Desde nuestro punto de vista, como expresamos en este libro, se vincula a dos asuntos centrales.

Por una parte, un proceso de producción de un modelo social y económico que no nace hace unos años, sino que se arrastra desde varias décadas atrás. La inflexión, claro está, se da a partir de la dictadura pero continúa con todos los gobiernos posteriores que se afanaron en consolidar esa producción social, tal vez de modo más inconsciente que el contexto que lo gatilla, pero no con menos fuerza. Ese proyecto, en lo sustancial, se concentró en reconfigurar un Estado que generase las condiciones para darle al mercado una situación de base privilegiada. Desde esta perspectiva, el Estado, lejos de lo que se ha manifestado constantemente, si bien se volvió notoriamente más pequeño, se transformó en un actor esencial en el nuevo engranaje de la privatización de la vida. En otras palabras, el programa se articuló sobre la base de un Estado en apariencia menor pero con un rol muy fuerte y sólido en generar una plataforma que activase negocios de amplio alcance, incluidas la salud, la educación y la jubilación. Leer los mensajes presidenciales de los expresidentes Frei y Lagos, como lo hicimos, es una evidencia incuestionable de la agudización de un modelo que sustituyó funciones y responsabilidades del Estado trasladándola al mercado. A esto se le ha venido llamando “Modernización”, un concepto que junto al de “Desarrollo” se instaló majaderamente en el horizonte social de las y los habitantes de nuestra nación para justificar todos los cambios que el Estado y el mercado articulaban desde su estrecha relación.

Modernización y Desarrollo han sido dos plataformas que desde su discursividad han articulado y justificado numerosas acciones y operaciones, en general encaminadas, como dijimos, a privatizar la vida. Chile-Moderno y Chile-Desarrollado ha sido una proyección que posicionó a Chile, que era lo que se buscaba, como excepcionalidad, y desde allí todo el resto latinoamericano fue exótico, diferente, un otro extraño, subdesarrollado, atrasado, caótico. Así, modernizar fue sinónimo de privatizar y privatizar de modernización. En otras palabras, establecer en el proyecto Estado-nación una plataforma para la privatización de los horizontes sociales de la ciudadanía.

Desde esta perspectiva, “modernizar” ha sido, como diremos en el libro, un modo de afianzar ciertas identidades que se presentan y estructuran bajo valores jerarquizados: la monetarización de la vida, creer que el éxito es individual y los costos comunes, que la competencia es fortaleza y la solidaridad algo antiguo y pasado de moda (la prevalencia del “que importa lo que le pase al otro, lo relevante es lo que me pasa a mí”), en fin, la supremacía de una supuesta “libertad” que oculta o invisibiliza diversos procesos de control y disciplinamiento social (no hay nada menos libre que el mercado, porque el capital produce y satisface las necesidades al mismo tiempo). Tal modernización, como expresamos a continuación, fue también la colonización del tiempo por sobre el espacio, de un tiempo que se instala en el futuro esplendor: “Avanzamos hacia el desarrollo” fue y ha sido la consigna.

Por otra parte, tal vez el aspecto menos visible y uno de los elementos centrales del libro, tal proyecto de desarrollo y modernización no ha sido solo uno de tipo económico sino, en lo esencial, un programa eminentemente cultural. ¿Qué fue lo que marcó nuestro “orden moderno”? Desde nuestro punto de vista, fue la administración de la vida, la organización de las rutinas y del diario vivir, de fijar en el y los trabajos (de muchas horas) el eje central de la vida, lo que fue dominando el panorama, de modo que el consumo y la posibilidad de un nuevo crédito fuese la puerta que permitiría abrir la felicidad y satisfacer el deseo que fue produciendo ese consumo. Los ciudadanos se organizaron jerárquicamente en torno a la nueva felicidad y el nuevo deseo: el dinero como resultado del llamado “esfuerzo individual”. Pensar en el futuro se transformó en la ilusión, en un anhelo cotidiano, y el discurso del desarrollo justificó todas las políticas que fueron con los años homologando y cambiando al Estado por el mercado. Los derechos sociales, por tanto, desde esta plataforma discursiva del desarrollo, se deben ganar, se deben conseguir en el mercado y, por ende, no preexisten a los habitantes solo por el hecho de nacer en este país.

Por eso, hablar de oasis, como lo hizo el presidente Piñera, fue coherente con la colonización cultural que por años produjo el discurso de la modernidad y del desarrollo en la ciudadanía y que llevó a afianzar un imaginario de un Chile exitoso, en otras palabras, una excepción en el “desorden” latinoamericano. ¿Qué país estaría viendo el presidente Piñera cuando dijo lo de la excepcionalidad chilena a nivel latinoamericano?: “Chile está creciendo. Chile es un verdadero oasis… en una América Latina convulsionada”. Lo que transmitía era precisamente lo que refleja el discurso de la Modernidad: la privatización del Estado (y de la política). No era una frase tan extraña o rara, era lo que debía decir sin duda. Era, por lo demás, la frase que, de otro modo, dijeron todas las administraciones desde la década del 80 a la fecha. Ese fue un programa cultural: que cada ciudadano sintiera que efectivamente iba en camino a algo, al progreso, a un fin, y que si se esforzaba individualmente, con la “libertad” que le otorgaba el mercado, llegaría ser feliz, como lo alcanzaba el porcentaje más rico: buena salud, buena educación, buena jubilación.

Bajo aquella soberanía discursiva de un Chile próspero, como es hoy sabido, se invisibilizaba un Chile dormido por las rutinas, por la desigualdad y por las ganancias de unos pocos y los sacrificios de muchos. Las palabras solidaridad o comunidad han funcionado como nomenclaturas de grupos marginales, añejos o antisistémicos, tal vez de alienígenas, que no logran sintonizar con los discursos y promesas del crecimiento o de aquella espuria cientificidad del mercado. Tal supuesta cientificidad ha permitido justificar todos los “sacrificios” ciudadanos necesarios para crecer económicamente y para los “equilibrios macroeconómicos”.

La sociedad de control, para usar el concepto de Deleuze y Guattari, se desplegó como un espejo que permitió ver(nos) que todo el poseer, que todo consumo conducía a la felicidad, a un estrato superior en una escala jerarquizada de valores. ¡Qué importaba si en paralelo, la buena salud se privatizaba, si la buena educación se privatizaba, si la buena jubilación se privatizaba, si la política (aquel modo de discutir lo social) se privatizaba, si, en fin, el Estado se privatizaba! Todo ese movimiento era modernizar y, por tanto, modernizar la vida y, en consecuencia, “evolucionar” hacia el desarrollo.

La “libertad” de la sociedad de control neoliberal fue el lenguaje que involucró a todos los ciudadanos y ciudadanas, en el día a día, en la cotidianidad de este país excepción, de este país blanco, de este país “jaguar”, de este país “isla”. Por eso que privatizar el agua del modo como se ha hecho en Chile, tanto que es único en el mundo que transa sus aguas en el mercado de modo absoluto, tampoco resultó tan extraño. Y no lo fue, por lo ya expuesto y sobre lo que insistiremos constantemente en este libro: privatizar ha sido modernizar, es decir, avanzar en la ilusión de un futuro esplendor, de un desarrollo que llegará algún día.

De este modo, el proyecto neoliberal instalado en Chile desde la dictadura y agudizado en los siguientes años es antes que todo un programa discursivo y cultural antes que económico. Y lo es, por una tan simple como compleja razón: porque tiene que ver con el gobierno de la vida, con la administración de la felicidad y, por ende, con la gestión del miedo (miedo a la comunidad, miedo a perder el trabajo, miedo a no tener, miedo a la solidaridad, miedo al otro, miedo a la diferencia).

Por esto es por lo que, desde nuestro punto de vista, lo expuesto por el periodista Patricio Bañados adquiere tanto sentido: “Me gustaría puntualizar que en el plebiscito del 88 ganó el Sí. Hubo más gente que votó que No, pero ganó el Sí. No sospechábamos que había un acuerdo, aparentemente previo, del cual no teníamos conocimiento y que ni siquiera podemos certificar ahora. Un acuerdo para que nada cambiara, o sea, el “gatopardo”: que las cosas cambien para que todo pueda seguir igual”. En otras palabras, Chile se transformó en un país inventado o representado desde el lente cultural de sólidos intereses de capitales que requerían movilizarse a escala planetaria y Chile fue el lugar donde fue -y es- posible desplegar los jugosos intereses que comenzaron a arrojar sus ganancias. Y es que el gran problema del capital es la acumulación, por lo que la tarea fue instalar y otorgar las condiciones para atraer ese dinero y desplegar las “bondades” de la competencia y la individualidad. Esa ha sido nuestra historia en las últimas décadas y tenemos el temor y sospecha que lo seguirá siendo, porque el negocio de los recursos en Chile sigue siendo muy próspero, más allá del impacto que ello genera en el calentamiento global, pero fundamentalmente, porque la salud, la educación, pero fundamentalmente las pensiones, representan un mercado demasiado jugoso como para perderlo de vista.

Aunque le parezca menos evidente, este es un libro de Geografía. Hay allí, en el modo de comprensión de lo geográfico, otro patrón de colonización cultural. En efecto, también en la década del 70 y 80 la Geografía se transformó en una útil herramienta para modificar los territorios en áreas productivas donde el capital pudiese desplegar los procesos de mercantilización de una naturaleza que estaba allí para ser explotada. La Geografía debía alejarse de lo social y debía instalarse en ese, un tanto ingenuo ya, discurso de la neutralidad científica. Parte de nuestro trabajo es sacarla de allí y (de)volverla al marco social desde donde surge su sentido.

Usted podrá constatar que este es un libro de Geografía, pero fundamentalmente visualizará que es un libro sobre las imágenes. De allí que sea necesario desde ya preguntarles a las y los lectores: ¿Pensamos o somos pensados por las imágenes? Esperamos que este libro pueda colaborar a responder esa pregunta.

Introducción
El Chile que imaginamos pero que no siempre vemos

Nuestro país tiene por delante un futuro promisorio. Estamos avanzando… Antes que termine esta década podemos ser la primera nación de Latinoamérica en cruzar el umbral del desarrollo.

Sebastián Piñera, 21 de mayo de 2011

I

Este es un libro que se plantea como desafío reflexionar en torno a las imágenes que conlleva el discurso del desarrollo. Es, desde esta perspectiva, un ensayo y no busca instalarse en las lógicas de un trabajo científico. Sin embargo, no por ello es menos serio, ya que a su vez pretende interpelar a la sociedad que hemos construido, desde nuestro punto de vista, en base a un programa que se sustenta en una desigualdad social muy notoria, aunque invisibilizada desde aquellas imágenes que son promesas de un futuro esplendor. En consecuencia, es un texto que se interesa en resaltar lo que dejamos de observar y comprender cuando asumimos que ciertas imágenes son definitivas. En el fondo, es un libro sobre las imágenes. Por lo mismo, tiene que ver con el Chile inventado desde los discursos del éxito, del desarrollo y el progreso. Aunque esta es una historia que se remonta al siglo XIX, o antes incluso, nos referiremos acá a ese Chile producido en las últimas décadas, donde las imágenes han adquirido modos de dominio público que de extraña manera se tornan incuestionables. Esas imágenes, en cierto modo, nos ciegan, banalizan de tal modo la vida cotidiana, que en la práctica terminamos creyendo que Chile es un país que casi alcanza el desarrollo o que está muy cerca de arribar a ese puerto. Pero, ¿qué es el desarrollo? ¿Solo una cifra? ¿No necesita la imagen del desarrollo la producción o invención de otras múltiples imágenes para justificar la proyección de un país exitoso y próspero? ¿No es el desarrollo una imagen en sí mismo?

El tema nos parece de fondo: las imágenes, a diferencia de lo que comúnmente se estima y cree, no son un asunto etéreo, fugaz, liviano. Por el contrario, nada hay más sólido que las imágenes. Ellas son una puesta en escena, una escenografía fina y articulada, que colabora de modo sustancial a organizar el lenguaje, las palabras, el tiempo y el espacio; es decir, lo visible. Las imágenes nos definen, nos dan sentidos, nos encauzan, nos permiten seguir un camino. En consecuencia, será necesario preguntarse ¿no son esas imágenes modos de conquista o dominio de horizontes que más que realidades son sueños de una época, alquimias de poderes que juzgan lo que debemos ser y cómo debemos comportarnos?

¿Qué tipo de sacrificios u órdenes sociales requiere, por tanto, el camino al desarrollo? Y por lo mismo, ¿cómo debemos recoger y leer los desafíos que plantean hoy los diversos llamados a la acción climática?

En el año 2012, el ministro de Economía del gobierno de Sebastián Piñera comentó: «… el desarrollo llegará el año 2020». En forma instantánea, el propio presidente corrigió: «Lamento decir que el ministro está equivocado: el desarrollo llegará el año 2018». ¿De qué forma llegó el desarrollo, el ansiado y anhelado progreso? La imagen del desarrollo es compleja, porque en un estudio realizado este año (Fundación Sol 2019) se nos indica que un poco más del 50% de la población nacional gana menos que 350 mil pesos y que un 75% no supera los 500 mil pesos. También se nos dice que el 1% concentra casi el 30% de la riqueza del país, mientras que el 50% de los hogares de menores ingresos tiene poco más de un 2% de la riqueza neta del país.

Pero la imagen del desarrollo es esperanza y, tal como está consignada en el lenguaje cotidiano, nunca habría que «perder la esperanza». Esta imagen de esperanza da también buen sustento a la imagen del desarrollo. En cierto modo, la articula y la proyecta al futuro. Es allí donde queda el desarrollo: en el futuro, en la meta.

Pero lo cierto es que las imágenes van produciendo un mito, una utopía y un sueño que muchas veces adormece más que despierta. Así, el mito del desarrollo, el mito del progreso, en fin, el mito del éxito, y ellas, las imágenes, se movilizan produciendo olvido, agitando una memoria que más que mirar al pasado debe mirar al futuro, de modo que la trayectoria de la imagen quede precisamente silenciada en su propia condición de imagen: incuestionable, intransable, irrebatible.

¿Y si llevamos este panorama a las imágenes del territorio? Porque cabe preguntarse si esa promesa del desarrollo requiere también de imágenes geográficas para sustentarlo. En efecto, porque pareciera necesario e indispensable para consolidar la imagen y el proyecto del desarrollo contar con «zonas de sacrificio», áreas que deben servir para sostener y recibir los eventuales efectos negativos del proyecto. Siempre hay algo que debe sacrificarse. O, en otro ámbito, ¿no es el agua un elemento clave para aceitar las máquinas del desarrollo? ¿No requiere el desarrollo de nuevas carreteras hídricas «para que no se pierda el agua en el mar»? Lejos de ser comprendido como un recurso público, el agua requiere interpretarse como un bien que solo privatizado permitirá tener en movimiento a la minería, industria esencial en la arquitectura del progreso y el desarrollo. ¿Cómo poner en duda esa imagen tan sólida que nos dice que el norte chileno posee «vocación minera», como si el territorio tuviese una inspiración natural, divina, en cierto modo, una suerte de oficio innato? O siguiendo con aquellas arquitecturas que legitiman el perfil del desarrollo, no es necesario preguntarse ¿qué hay detrás de la imagen de naturaleza prístina con que se proyecta la Reserva de Vida de Aysén? ¿Qué opinarán los antiguos habitantes-colonos que hoy están siendo expulsados, paradójicamente en nombre de la naturaleza, por nuevos eco-colonos que comienzan a concentrar la propiedad en lo que podríamos denominar la (nueva) hacienda (verde) del siglo XXI? Y, sin embargo, cuando hablamos de Aysén o Patagonia, la imagen sólida de Reserva de Vida parece eclipsar otras interpretaciones, otros lenguajes u otras posibilidades. Allí el desarrollo es «verde». Pero no solo eso, también «salva al mundo».

En este contexto, nos interesa resaltar lo siguiente: que el saber geográfico imaginado para Chile se ha configurado desde una proyección instalada en ciertos marcos ideológico-culturales, o, lo que es similar, desde ciertas utopías y promesas, recuadros que son a su vez órdenes sociales, y que poco dialogan con «otros Chiles» que también existen, son reales y dan cuenta de otras formas de habitar que se desenvuelven más allá de la imagen que lo proyecta. En otras palabras, el espejo social que ha imaginado geográficamente a Chile ha olvidado lo que hay allí en la experiencia e historicidad del habitar, lo que hay allí de irrepetible e intransferible. En contrapartida, se ha fabricado un Chile imaginario, una Geografía imaginaria que ha ido de la mano de una promesa del desarrollo; en el fondo, una invitación que se traduce en un discurso que requiere ser fijo, estático, repetible, transferible y posible para el resto de los ciudadanos de la nación, de manera que la idea de Chile sea aquella que la nación proyecta en y a través de su territorio para el conjunto de la sociedad. Es por esto que, desde nuestro punto de vista, el Chile del desarrollo, del progreso o del éxito ha necesitado construir imágenes inamovibles en torno al agua, a las zonas de sacrificio, a reservas «verdes» o a la productividad minera como requisitos indispensable para caminar hacia un futuro seguro, ordenado y estable.

Tal vez por lo dicho con antelación es que las palabras de Roberto Bolaño adquieren tanto sentido: «todo país, de alguna forma, deja de existir alguna vez». En ella, estimamos, es posible reflejar un espíritu controversial a la idea que ronda en el imaginario común y que nos remite a una geografía inmóvil, inerte, objetiva o definitiva, donde tanto el territorio como el mapa actúan como verdad revelada, como puesta en escena que colabora en consolidar discursos que muchas veces, tal vez la mayoría de las veces, poco y nada se relacionan con el territorio mismo. El desarrollo parece estar en otros continentes, en otras latitudes. Desde esta perspectiva, es posible afirmar que el significado del espacio menos tiene que ver con el espacio mismo que con significados e imágenes que surgen de procesos sociales, de proyecciones ideológicas o cuyos soportes están anclados en relaciones de fuerza en el ámbito del poder.

Aquella condición de inexistencia subrayada por Bolaño, creemos que puede ser leída como la que entrega un carácter especial a lo que somos como país en la actualidad. Es decir, aquella ficción se asoma a través de una geografía inventada y que se transforma en una eternidad propia radicada al interior de unas fronteras dibujadas por la divina acción de alguna fuerza misteriosa que nos ha definido de esta forma: una larga y angosta faja de tierra. Pero Bolaño nos lanza esa pista maravillosa y que se ajusta a la idea de este libro: todo país, de alguna forma, deja de existir alguna vez, precisamente porque es el resultado de la acción con que observamos, sentimos y cómo damos contenido a dicha existencia. Hay lanzado allí, por tanto, un desafío: el sospechar de la imagen sólida y fuerte y ofrecer una nueva perspectiva de esas imágenes que se instalan como definitivas, incuestionables. Tal vez ya sea hora de dar existencia a este país y comenzar a soñar otra vez desde y en el territorio mismo, así como desde ordenes sociales distintos.

II

El conocimiento no es neutro. No es algo que usted tenga contenido desde siempre. El conocimiento se construye, se va produciendo en marcos, en contextos, en trayectorias.

El conocimiento, que podríamos llamar «saber», es también geopolítica, es decir, es necesario verlo desde la arqueología que lo fabrica. Desde tal perspectiva, la imagen se produce desde órdenes discursivos y culturales que apelan a dar autoridad a la visión, como planteó el geógrafo inglés Denis Cosgrove. De este modo, lo que usted ve como evidente precisamente busca ser articulado con la constancia de un orden, de un marco, de un patrón, de una simetría.

¿Es evidente lo que vemos?

Sí, por una parte, sí. Porque no somos conscientes de la mediación, de la interferencia que producen las imágenes en nosotros. Así, cuando vemos la cordillera de Los Andes desde Santiago, vemos también la imagen de una frontera nacional que nos permite delinear nuestro hogar, el yo nacional. Ese hogar existe, qué duda cabe. Y, sin embargo, no preexiste a su proceso de construcción de sentido. Hay allí, por tanto, un arraigado camino de colonización del saber que hace que al ver a Los Andes sepamos que es el límite de nuestro hogar nacional. La montaña, Los Andes, por tanto, es mediada, intervenida, por la imagen que la nación ha ido proyectando en ella: el espectador, como en un espejo, observa la imagen que se presenta, pero al mismo tiempo es observado por la representación, lo que hace que se sienta parte de la «comunidad nacional».

En 1895, por ejemplo, el influyente diplomático e ingeniero-geógrafo Eduardo de la Barra manifestaba que «la Naturaleza puso entre ambas naciones (Chile y Argentina) la gran cordillera nevada de Los Andes para dividir sus tierras y sus aguas, por la «raya» imborrable de la cumbre». En otras palabras, proyectaba en la cordillera un hito impuesto por la naturaleza para definir a las naciones. ¿Tenía –o contenía– «la naturaleza» el sentido de lo nacional? ¿Era la naturaleza chilena o argentina? Claro que no, dirá usted, ¡qué absurdo suena!, y sin embargo en la actualidad en Chile la cordillera de Los Andes conserva la imagen de una barrera, línea o raya cuya omnipresencia natural sirve para separar dos naciones, la chilena y la argentina. Esa imagen solo se esfuma, y en las últimas décadas lo hace seguido, cuando nos sentimos parte de otra comunidad: la global.

La escala de aquella representación, como puede verse, es de nivel nacional. ¡Pero esa imagen fue construida desde la capital, Santiago! La frontera es antes una frontera cultural o discursiva que una frontera material. Hay allí un tema de fondo en nuestro planteamiento. Tanto así que, en definitiva, la frontera no deja ver la montaña, quedando relegada a su función política.

En la práctica, sin embargo, Los Andes es muy porosa en el resto del territorio nacional. Antes y hoy Los Andes vive una serie de intercambios, conflictos, circulaciones o vínculos de un lado y otro, por lo que, en la práctica, proyecta en escalas menores o locales, más que una barrera, un área de soporte de relaciones sociales y culturales. Pero estas prácticas quedan sometidas a la imagen rígida de la frontera política, es decir, de Los Andes como barrera, línea, biombo o raya.

¿No surgen otras tantas imágenes desde Santiago? ¿No implican esas imágenes modos de comprensión, de colonización o disciplinamiento social que nos impide sospechar de su proceso de construcción?

Con la imagen del desarrollo se da un proceso similar. Esa sólida imagen está arraigada, podríamos decir, «hasta los huesos». Por lo tanto, se nos aparece como evidente e incuestionable. Y nos resulta así porque observamos síntomas, pruebas que hacen que la imagen se torne sólida. Es una imagen, en cierto modo, palpable y comprobable en el día a día. Hay innumerables artefactos que nos colocan en la trayectoria del desarrollo: aquí están las tiendas prestigiosas del mercado global (H&M y otras), aquí se paga con dinero plástico, aquí hay más de un smartphone por habitante, aquí hay muchos plasmas en frágiles casas, aquí hay facilidad para acceder al crédito («¡solo debe apretar un clic!»); aquí está la torre más alta de Latinoamérica, etc. Pero no solo eso, hay otras escalas donde esa imagen se materializa: aquí hay una evidente creación de riqueza, aquí están presentes numerosos grupos de inversores del mundo; en fin, aquí hay cifras macroeconómicas estables y marcos legales de protección a la inversión. Por lo mismo, aquí se crece en cifras, en números azules… un azul que se ve reflejado en los edificios corporativos de la modernidad y en una geografía de una economía que dialoga con el mundo y que se instala en rankings y grupos de siglas (OCDE, FMI, APEC) donde solo entran países que producen mayor riqueza… junto a ello, aquí existe una gran concentración de la riqueza, una desigualdad social muy grande e impactos socioambientales también elevados.

¿Quién se pregunta de dónde viene y hacia dónde va a parar esa riqueza? Qué importa, si las cifras son positivas, eso debe ser lo relevante. Y como en el fútbol, debemos exclamar y festejar cuando nos dicen: «este mes nos ubicamos en un porcentaje de mayor crecimiento… hemos subido una posición».


Santiago de Chile - Fotografía de Juan Melgarejo en Pixabay.

No en vano la imagen del desarrollo lleva varias décadas de diseño, de producción valórica. Es tan profunda que incluso el 75% de la población que no supera los $500 mil de ingreso mensual (unos USD$700,00 aproximadamente) y que presenta niveles precarios de acceso a la salud, la educación y la seguridad social, dirá que Chile, como lo hizo ya el ex presidente Ricardo Lagos años atrás, «avanza a tranco firme al desarrollo». Esa ciudadanía defenderá la idea de desarrollo por un asunto muy simple: es el lente cultural que nos ha ido moldeando, que nos representa, es decir, es la comprensión que, intervenida por el despliegue de sentidos, un «nosotros» desarrollado fabrica desde el relegado sitial de un «ellos» no desarrollado. Claro, porque ¡Bolivia no es como nosotros! Es un «otro» extraño subdesarrollado, ¡miren qué exótico!

Pero ¿no es esta una historia antigua? Desde nuestro punto de vista, la propia estructura oligárquica de nuestra sociedad lleva a que la imagen del desarrollo sea aún más robusta, ya que ella se instala, como diremos insistentemente en este libro, en el futuro. Es una imagen que promete redención y libertad. ¡Y la promete aquí en la tierra!

¿Qué otras imágenes se construyeron cuando el ferrocarril avanzaba hacia la segunda mitad del siglo XIX a toda prisa hacia el sur llevando la bandera del progreso? Muchas, muchas que fueron quedando atrás desde los eslabones de ese progreso: el “bosque irracional” de los mapuches para dar paso a la Suiza chilena desde las blancas y nevadas montañas del Llanquihue y los prístinos lagos del sur; el “salvajismo indígena” por una racional manera de organizarse y ordenar la propiedad privada, bandera que puso Cornelio Saavedra con la llamada Pacificación de la Araucanía; los ritmos de un tiempo que se hizo más corto, porque Santiago fue apareciendo en el horizonte de pueblos que solo se comunicaban en lo que hemos llamado el país de las cuencas… es decir, de manera oeste-este…¡encerrados en su pasado!, ¡lejos del futuro!; una valorización inusitada de la ciudad por sobre los «atrasados» campos (¿no era una fórmula para vaciar el territorio y controlar de manera más limpia los grandes latifundios?); en fin, también llevaba el ferrocarril el progreso cuando sacaba el trigo de tierras que antes tuvieron otros modos de vida y otros destinos… ese fue el progreso, el tren su excusa y las imágenes geográficas de este largo y angosto país el mecanismo para ejercer control social y territorial, porque ellas fueron fundamentalmente «modernas».

Las frases de Benjamín Vicuña Mackenna nos parecen muy actuales en el contexto del dominio y colonización de sentidos que conlleva el concepto del desarrollo, otrora llamado civilización y progreso. Siendo diputado por Valdivia en 1868, plantea en la Cámara de Diputados una justificación del avance del progreso a las tierras de la Araucanía del siguiente modo:

…Bruto indomable, enemigo de la civilización porque solo adora todos los vicios en que vive sumergido, la ociosidad, la embriaguez, la mentira, la traición, y todo ese conjunto de abominaciones que constituye la vida del salvaje. Se invoca la civilización a favor del indio, ¿qué le debe nuestro progreso la civilización misma? Nada, a no ser el contagio de barbarie con el que ha inficionado nuestras poblaciones fronterizas, por lo que la conquista del indio es esencialmente, como lo ha sido en Estados Unidos, la conquista de la civilización.

¿De quién es entonces esta patria desarrollada, civilizada? ¿Para quién es la patria que progresa y se moderniza? ¿Cuántas invisibilizaciones se dan hoy en nombre del desarrollo, como antaño cuando se invocaba la civilización y el progreso?

III

Deseamos dejar claro que siendo este libro un ensayo que reflexiona en las imágenes y su poder político, es especialmente un libro que busca indagar también, o tal vez por lo mismo, en lo que hay detrás de la imagen que proyecta la geografía nacional. Como diría Nietzsche, este libro busca desenmascarar la imagen del desarrollo y establecer una relación que extrañamente se hace menos evidente: el vínculo entre los discursos del desarrollo que han dibujado cierta geografía imaginaria de Chile y un discurso actual sobre la crisis climática que, de una u otra forma, parece operar bajo códigos similares que ya se han conocido, pero esta vez, al menos en principio, buscan movilizar otras acciones, otras decisiones. Pero ¿se moverán otras racionalidades? Desde aquella plataforma tal vez se dé cuenta de una relación más profunda: qué sociedad hemos construido y en qué nos hemos convertido.

Por estos días que se habla a diario sobre el cambio climático, la imagen del desarrollo se torna sostenible y todos y todas son imágenes biodegradables, verdes o están pasando «de las palabras a la acción», como planteaba una minera en una gigante inserción publicitaria. No hay por estos días una empresa forestal o una minera que no este contribuyendo «de modo concreto» a evitar el calentamiento global. En paralelo, a los ciudadanos se nos pide «una ducha de tres minutos» y acciones individuales para que juntos sumemos en el camino de la salvación del planeta. Es paradójico, porque desde este punto de vista el cambio climático estaría logrando algo que por años, largos años ya, no se visualizaba: que trabajemos bajo lógicas comunitarias. ¿Estamos ante un cambio de paradigma? Es incierto pero, desde nuestro planteamiento, es ésta otra imagen. La COP25, que finalmente terminó realizándose en Madrid y que originalmente se realizaría en Chile, es decir, la vigésimoquinta vez que el mundo se da cita para discutir sobre acciones globales para enfrentar el cambio climático, impacta de manera directa en los discursos y en lo que ellos proyectan. No olvidemos que durante décadas se ha resaltado que uno de los pilares de la supuesta «libertad» es precisamente el carácter individual de la ganancia y la competencia, y que desde aquella fundamental base se construye el progreso y el éxito. Desde allí se puede «emprender», como se le llama de modo insistente en nuestro país.

Al respecto, el laureado biólogo chileno Humberto Maturana, con una lucidez que asombra, planteaba hace poco, a propósito del cambio climático, dos asuntos que nos resultan claves y que volveremos a traer a colación acá más adelante. Por un lado, que cambio climático ha habido siempre y que sería extraño que el clima no cambiase. En ello los ciclos y los tiempos son otros. Pero, a su vez, manifestaba que el real problema estaba en la poca madurez de vida en comunidad que tenemos a nivel nacional y mundial. Es decir, en un sistema donde lo individual es «libertad» se pierden trayectorias comunitarias que implican pensar en conjunto.

Tal vez del mismo modo el cambio climático sea un problema de otra escala. En lo inmediato, el desarrollo requiere crecimiento económico e idealmente a porcentajes elevados. ¿No hay una directa relación entre ese crecimiento y el cambio climático o al menos en el calentamiento global?

En las últimas cinco décadas, el país ha sustentado su desarrollo en la extracción de las materias primas, es decir, en comprender a la naturaleza como un objeto y como «naturaleza muerta». Esa naturaleza acá en Chile sigue siendo «barata», ya que aún se sustenta en la idea de su infinitud. Es, por tanto, compatible con una explotación intensiva. ¡Todo apunta al crecimiento!

Es muy llamativo cómo el cambio climático se ha impregnado en la sociedad, llegando incluso a plasmarse en maratónicos programas televisivos, pero también en la opinión de cada ciudadano: «la culpa es del cambio climático». Hay en esto, como ha dicho el geógrafo belga Erik Swyngedouw, una suerte de «ecología del miedo». No es difícil observar el carácter apocalíptico que adquiere el tema del cambio climático. ¿No hay allí otra maquinaria que se desenvuelve para fabricar la asociación entre cambio climático y «fin de la tierra»?

Como reflexionaremos en el capítulo final de este libro (el de la ducha de los tres minutos), cambio climático ha habido siempre; de hecho, lo extraño sería que no cambiase el clima y, en efecto, por otra parte, es bastante obvio, ya que a los actuales niveles de extracción de materias primas y de producción industrial la Tierra se vea aún más impactada. ¿Desaparece la Tierra? ¡Por supuesto que no! Decir que la Tierra desaparece es no salir de la trampa que la Modernidad le puso a la cultura en su relación con la naturaleza. La desaparición de la Tierra depende en buena medida del sol, pero el impacto en muchas especies biológicas es inminente, así como la amenaza en la biodiversidad; y en este marco, parece preocupante que efectivamente la especie humana también se vea interpelada.

Estamos en una época de cambio, qué duda cabe. Como muy bien lo ha expuesto Foucault, lo humano ha muerto. Esta idea es ya antigua en los estudios filosóficos, ya que interpela al fin de un ser humano que se autocomprendió en tiempos de la Ilustración como un ser dotado de Razón y Libertad, lo que le otorgaba un «juicio propio». Esta obsoleta idea, en tanto estamos insertos en patrones de conducta, en sistemas de conocimiento (somos pre-juicio antes que juicio, como ha expresado H.G. Gadamer), sigue, sin embargo, alimentando de modo notable el discurso del desarrollo. Hoy nos empezamos a reconocer en lo Cyborg y en las múltiples imágenes que la revolución digital nos comienza a regalar, y aquello genera impactos en aquella antigua autocomprensión ¿Llegará el día en que nuevas generaciones se pregunten por qué los llamados seres humanos tenían la extraña práctica de comer vacas? O Se preguntarán, ¿por qué trataban a los animales, a los perros o caballos, como esclavos cuando son seres tan fieles, amistosos y capaces de estar horas mirando el horizonte, algo que para nosotros es casi imposible? ¿No es extraño hoy mirar cómo eran tratados los negros en los siglos XVII y XVIII, otrora animales también, en el negocio más rentable que ha tenido la modernidad y soporte de la conquista de América: la esclavitud?

Entonces, ¿por qué razón asociamos cambio climático a algo abstracto, a algo que pareciese tener oficina en París o Londres, es decir, lejos? ¿No es posible buscar respuestas en los rostros y despojos que ha dejado y va dejando el camino al desarrollo?

¿No hay en todo esto un exceso de imágenes que nos colonizan día a día?

IV

Hace ya muchos años, y de modo muy precoz, Guy Debord nos hablaba de la Sociedad del Espectáculo. Es una tesis fascinante sin duda, aunque desoladora a la vez, y nos parece que refleja o que nunca fuimos modernos (como ha dicho Bruno Latour y en cierto modo Jürgen Habermas) o que, por el contrario, estamos en el peak del discurso de la modernidad, si entendemos por modernidad la relación desigual y separada que se produce entre lo humano (la cultura) y lo no humano (la naturaleza), y donde ese humano monopoliza sin más el mundo a partir de su supuesta capacidad de «razonar» (también llamada inteligencia). Con todo, Debord, desde el espectáculo que supone la modernidad, nos plantea una tesis aguda: el momento histórico en el cual la mercancía completa su colonización de la vida social:

El espectáculo es la imagen invertida de la sociedad en la cual las relaciones entre mercancías han suplantado relaciones entre la gente, en quienes la identificación pasiva con el espectáculo suplanta la actividad genuina… El espectáculo no es una colección de imágenes, es una relación social entre la gente que es mediada por imágenes.

Así entonces, ¿por qué no hay en Chile una evidente asociación entre desarrollo y cambio climático o entre consumo y cambio climático? En una noticia publicada recientemente se leía que para hacer un jean se requieren 7.500 litros de agua. ¡Solo un jean! Y, sin embargo, gran parte del sentido de nuestras vidas pasa precisamente por ese consumo.

Pero hay allí otro asunto de fondo al que ya hicimos alusión en cierto modo: las ganancias son de pocos y los costos son de todos. En otras palabras, se instala la creencia de que el esfuerzo, siendo de todos, es de base individual y que el proyecto debe ser liderado por una minoría que se encargaría de empujar el programa del desarrollo. Como veremos en este libro, a modo de ilustración de esta idea central, en las zonas de sacrificio la ganancia de las empresas allí presentes es en porcentajes que superan toda media de cualquier manual de un buen negocio. La mayoría de ellas posee sus casas matrices en París, Roma o Nueva York y son, en la práctica, responsables de uno de los mayores impactos del calentamiento global a escala nacional por la altísima emisión de CO2 que producen. Ellas pagan un impuesto a los gobiernos chilenos, como es de suponerse. El punto es que el último «Plan de Prevención y Descontaminación Atmosférica para las comunas de Concón, Quintero y Puchuncaví», anunciado con bombos y platillos en el año 2018 y en funcionamiento a partir de este año 2019, equivale al 0,23% de lo recaudado por el Estado el año 2018 desde tres empresas allí presentes ¡solo en impuestos! Y aquello se hace «para compensar a las comunidades afectadas y sacrificadas por el desarrollo del país». Una cosa es la imagen y otra es el devenir cotidiano que, aunque se mueve desde el parámetro de esas imágenes, también parece desvanecerse en sus prácticas diarias, invisibles, silenciosas.

Entonces, el libro lo invita a caminar y reflexionar en torno a dos asuntos centrales. Por una parte, el discurso del desarrollo produce imágenes que terminan siendo imágenes culturales, arraigadas en nuestro modo de mirar y comprender el mundo. El desarrollo es promesa, y es allí adonde hay que mirar. Así, la cultura del consumo queda en el día a día y la esperanza en el futuro. Por otra parte, ante tal promesa, se asume que los costos son individuales y que siendo las ganancias de una comunidad pequeña esa riqueza es sinónimo de un destino a donde es posible llegar y no solo aportar al desarrollo global, sino también, tal vez lo más increíble, a desarrollarme. No se debe olvidar que el 1% de este país concentra casi el 30% de la riqueza, y que si esto lo llevamos a escala mundial, el mismo 1% concentra casi el 80% de la riqueza, de acuerdo con los datos de Oxfam 2018. Tampoco hay que olvidar que casi el 75% de la población nacional, como ya dijimos, no supera un sueldo de 500 mil pesos, y que, por último, el volumen de deuda adquirida por la población supera todos los niveles de la OCDE (38% con 11 millones de tarjetas de crédito para una población activa, desde el punto de vista laboral, de 8,6 millones, según un informe de la deuda morosa de 2017 realizado por una universidad chilena).

¿No es aquello un nuevo modo de pobreza? ¿No son importantes las palabras de Maturana cuando apunta a que el cambio climático tiene que ver con un aspecto cultural de fondo: comprender el mundo desde lo individual? ¿No sería esa «libertad» un modo muy paradojal de, precisamente, no tener libertad?

A nuestra generación poco le queda por hacer ya. Somos una generación que creció con la imagen del desarrollo, con la imagen del futuro redentor. Podemos visualizar un solo relato en esa memoria que comienza a fabricarse por allá en las décadas de los setenta y ochenta. La imagen del desarrollo es tan cultural que el primer gobierno socialista posdictadura, con Ricardo Lagos a la cabeza, vio el desarrollo en 2010 («El año 2010, para el bicentenario de nuestra Independencia, tendremos un país desarrollado, socialmente justo y culturalmente maduro»), y luego otros lo vieron en el año 2018 o 2025. Qué más da cuál sea el año, si lo relevante es que siempre se instale en el futuro, en la promesa. Tal vez solo nos queda escribir algunas líneas e intentar destapar algunas relaciones para que otros puedan observar el espectáculo que implica el crecimiento, el desarrollo, el éxito y el progreso.

Confiamos en que en las siguientes páginas usted pueda reflexionar sobre las imágenes, sobre el espectáculo del consumo y sobre lo que implica el discurso del desarrollo. En este trabajo queremos ofrecer la oportunidad de una mirada diferente a la geografía de Chile. Precisamente a esa geografía que se escapa de los mapas, de los Atlas y que, sin embargo, queda en otra retina: en la retina de las sensaciones, en la retina de las inquietudes, en la retina de lo que sabemos que molesta, pero no sabemos por qué. Tal como se ha dicho, busca hacer visible esa geografía imaginaria que muchas veces nos resulta ajena, precisamente por eso. Se busca dar cuenta de un territorio ausente en que quede a la vista la noción de un imaginario que nos ha impedido ver otras posibilidades que el mismo territorio nos ofrece.

Este país de geografías imaginarias viene a mostrar una posibilidad de comprensión de nuestro territorio como una suerte de desvelo y posibilidad, como oportunidad y reto, en el que la geografía se entienda como resultado, como producción y no como condición previa, no como preexistencia, no como contenedor ni mucho menos como mero escenario.

Puro Chile
Zonas de sacrificio: ¿el precio del progreso
y el desarrollo en Chile?

Ninguna inversión se detendrá por consideraciones ambientales.

Eduardo Frei, 1996

Zonas de sacrificio, extraño nombre. Observar tal definición nos hace pensar que hay territorios que deberían «ir al frente» o inmolarse por algo. Son zonas que requerirían asumir ciertos costos de algo que debería beneficiar a algunos. Si se observa desde este punto de vista, aparece una imagen incluso de base comunitaria: algunos territorios se sacrifican para que otros no realicen sacrificios y obtengan beneficios. Así, entonces, pareciera escucharse las voces de una modernidad que habla con la seguridad que amerita la ocasión: «háganlo por Chile» o «vamos, hazlo por el progreso» o, finalmente, «lo harán por el desarrollo» o «¡vamos, es un compromiso con el futuro!».

¿Dónde están esas zonas de sacrificio en Chile? ¿A qué responden? ¿Por qué allí?

Antes de responder a estas preguntas, les contaremos una breve historia que tal vez nos ayude a visualizar las imágenes que surgen detrás de esos desarrollos y esos progresos y sus contrapartes o costos: las zonas de sacrificio.

Alguna vez se habló de vocaciones territoriales… ¿son tal vez las zonas de sacrificio, como antes, otra manera de mencionar lo que incluye las promesas del desarrollo? Pues bien, lo concreto es que hubo una época en que el mapa de Chile se dividió, por allá en la década de 1950, en vocaciones territoriales, una suerte de preexistencia instalada en cada uno de esos territorios. Así surgieron espacios con vocación minera, forestal, agrícola, etc. ¿Quién lo podía poner en duda si el mapa así lo graficaba? Esa fue una de las principales tareas de la Corporación de Fomento de la Producción (CORFO) y quedó sellado en numerosos estudios que llevaron por nombre «Geografía Económica de Chile». Ricas en imágenes, cartografías y datos duros, los científicos y geógrafos se dieron a la tarea de definir en innumerables páginas esas vocaciones. Así, por ejemplo, la zona del Alto Biobío fue sellada como «zona de vocación forestal», y las innumerables araucarias que se desplegaban por esas enormes montañas comenzaron a ser «sacrificadas» en nombre del desarrollo. Entraron las máquinas, los aserraderos y esos milenarios árboles fueron alimentando el progreso de la nación. Aún están allí los aserraderos y los desechos de inmensos árboles que fueron explotados durante décadas.

¿No son también esos desechos las ruinas de una memoria que nos recuerda que durante tantos años nos alimentamos de imágenes que homologaban araucaria con progreso y vocación territorial? ¿Estaba en esas zonas el don, la disposición y la inspiración de un territorio que les decía a los humanos vamos, ven, acá está tu futuro?

Años después, ya en los 2000, para ir cerrando esta pequeña historia, esa inmensa zona luce en su entrada un letrero que dice «Reserva Nacional Alto Biobío» y nos ilustra que esas miles de hectáreas poseen una «vocación de conservación y de resguardo de esa naturaleza prístina y milenaria»… ¿Dónde quedó la imagen de un desarrollo forestal? ¿Quién se atrevería hoy a insinuar que allí hay una «vocación forestal»? Claro, solo un loco menos disciplinado, que sin duda sería colgado en la plaza pública por su falta de juicio, de razón. Y, sin embargo, en nombre de esa misma razón se extrajeron miles y miles de araucarias de esas montañas porque el progreso así lo requería.

Volvamos a las zonas de sacrificio, esos nuevos territorios que tienen la marca de un tiempo futuro: «sacrificarse hoy para obtener los beneficios del desarrollo». ¿Cuántas veces hemos escuchado esta frase? La modernización así lo requiere.

En 1997 (¿se acuerdan lo modernos que éramos?, los ingleses o jaguares de Latinoamérica nos llamaban) el entonces presidente Frei, en uno de sus mensajes presidenciales, expresó:

Zonas de sacrificio:

Es un concepto surgido en Estados Unidos y que originalmente tenía que ver áreas donde se apilaban desechos o se realizaban ensayos nucleares. En Chile son zonas donde se han instalado industrias altamente contaminantes y que, sin embargo, han sido representadas como necesarias para el progreso del país. Las zonas de

sacrificios son lugares con una población de bajos ingresos y donde la degradación del medio ambiente es particularmente elevada. Esta combinación se explica porque las zonas de sacrificio reflejan una máxima que es común a otras prácticas del llamado “desarrollo económico”: los beneficios, económicos en este caso, los reciben unos pocos, y los costos deben asumirlos grandes grupos de población.

Hoy estamos invirtiendo en la modernización de Ventanas y Paipote, con especial énfasis en proyectos que permitan reducir el impacto ambiental de estas operaciones. Pero sabemos que este esfuerzo no será suficiente. Tenemos que estudiar la forma de incorporar capitales de terceros a estas instalaciones como única forma de garantizar su competitividad a mediano y largo plazo».

La frase es rica en imágenes, porque precisamente articula las imágenes del sacrificio y el esfuerzo con las de la modernización (llamada por él «competitividad»). Y aunque mencionaba lo de la reducción del impacto ambiental, en tal juego de imágenes la balanza se inclinaba una vez más hacia el futuro. Pero presenta otra variante muy interesante: la responsabilidad de la contaminación sería del Estado, por su ineficacia o falta de capital, y de allí que la solución sea la incorporación de capital privado.

Pero ¿quiénes se sacrifican? ¿Por qué ellos, ellas? ¿Es un territorio deslocalizado, vacío en cierto modo?

Quizás una explicación de fondo proviene de ese tiempo de futuro cuando éramos «los ingleses de Latinoamérica», por allá en la segunda mitad de la década de 1990. Buena época para invisibilizar los sacrificios del progreso y la ganancia de todos. ¿Se acuerdan? Llegaban a Chile todas las tiendas de Europa y EE.UU., las latas de Coca-Cola, la ciudad se llenaba de imágenes que nos hablaban de un futuro que ya estaba en Chile, luminarias gigantes, dinámicas y sólidas… edificios más grandes que lo normal, una ciudad que crecía inundando de progreso los atrasados campos o zonas rurales… ¡nunca fuimos tan modernos! Los capitales de todo el mundo nos miraban y llegaban a este país-ejemplo, a este país-futuro. Mirar a nuestros vecinos nos llenaba de orgullo, todos tan «atrasados» en esta promesa de progreso continuo.

¿Pensamos o somos pensados por las imágenes?

En fin, lo concreto es que un año antes de ese llamado de Frei a esforzarse por la modernidad, era el propio presidente quién sellaba la doctrina a partir de la cual se desenvolverían los procesos de producción de la maquinaria del futuro. De hecho, fue conocida como «La Doctrina Frei»: «Ninguna inversión se detendrá por consideraciones ambientales» (Instructivo presidencial Nº 1161 del 28 de agosto de 1996).

Preguntamos una vez más: ¿quiénes se sacrifican? ¿Por qué ellos, ellas? Bien, responderemos a estas preguntas en las siguientes páginas y creemos que será posible visualizar cómo ciertas imágenes predominan, como las luminarias de la modernidad, y otras son desechadas, son casi asuntos molestos o, por último, son imágenes que responden a necesarios e indispensables sacrificios, porque, en definitiva, una vez que arribe la modernidad tal esfuerzo habrá terminado. Así, la modernidad es lo visible y ese sacrificio una necesidad idealmente invisible.

El concepto de zona de sacrificio no es una originalidad chilena, por supuesto que no. El ejército de los Estados Unidos utilizó por primera vez el término «zonas de sacrificio nacional» durante la Guerra Fría para describir áreas altamente contaminadas con mercurio, uranio y otros materiales tóxicos utilizados para fabricar armas nucleares (Lerner 2010). Había allí un alto contenido de sacrificio, principalmente en comunidades de bajos ingresos y minorías étnicas, y esos sacrificios invocaban a la seguridad nacional. En la actualidad, como veremos, se hacen en nombre de corporaciones privadas.

En Chile, en marzo del año 2011 los medios de prensa informaban de la intoxicación de treinta y un niños en la escuela La Greda, en la comuna de Puchuncaví. Ese mismo año, unos meses más tarde, la misma escuela fue clausurada al detectarse presencia de arsénico y plomo en la sangre de los niños. El tema de la instalación de numerosas industrias de alto impacto ambiental en determinadas zonas del país fue asociado a esa primigenia imagen de áreas de sacrificio, un nombre que, como hemos visto, hacía justicia a la necesidad de contar con territorios que expiaran las culpas de un bien superior: antes la seguridad nacional, luego el desarrollo nacional. Así, algunas comunidades pasaron a constituirse como zonas de sacrificio, una suerte de nueva «vocación territorial». Por cierto, una vocación bien particular. Y veremos el por qué de su peculiar «nueva profesión».

Ya no son las araucarias las que deben sacrificarse, ahora hay comunidades que deben sumarse a los caminos del desarrollo.

Lo concreto es que en estas comunidades con los años se instalaron numerosas empresas, una alta concentración de industrias que tenían una particularidad: contaminaban. En el año 2018 han sido reconocidas por el Congreso cinco zonas de sacrificio que comprenden seis comunas; estas son Mejillones, Tocopilla, Huasco, Quintero-Puchuncaví y Coronel. Y no estamos considerando otras como Tiltil o Calama, por ejemplo. ¿Qué hay allí para obtener tal «reconocimiento»?

En términos gruesos, en el norte, en Tocopilla (comuna de Antofagasta), la generación eléctrica (que suministra aproximadamente el 50% del consumo regional) y la actividad portuaria concentran sus operaciones económicas. Ambas actividades están directamente vinculadas a la industria minera. A su vez, en Mejillones, también ubicada en la Región de Antofagasta, se ha acentuado la actividad portuaria en torno a la ciudad, como el desarrollo de cierto tipo de industrias que necesitan de esta conectividad. La industrialización tuvo un auge a partir de la década de los noventa, como una alternativa a la crisis pesquera. Se instalaron allí termoeléctricas, fábrica de explosivos Enaex, Interacid, además de Cementos Polpaico, ácido sulfúrico, minería, concentrado de plomo, industria portuaria y transporte ferroviario, que constituyen el eje del desarrollo industrial de esta comuna. Por último, también en el norte, la comuna de Huasco, ubicada en la Región de Atacama, centra su economía en torno al puerto, especialmente como exportador de pequeña y mediana minería de hierro de la región. Huasco tiene instalaciones termoeléctricas, una planta de pellets de la Compañía Minera del Pacífico (CMP) y una intensa actividad portuaria que ha generado un foco de contaminación proveniente de estas actividades, con mucha evidencia en el aire, playas y casco urbano.


Tocopilla. Fotografía de Estell S.A:

En la zona central, la bahía de Quintero reúne a la comuna homónima y a la de Puchuncaví, ambas en la Región de Valparaíso y las dos agrupadas en el denominado «Parque Industrial Ventanas».

¿No es paradójica la imagen de Parque del complejo industrial?

Entre otras, el «parque» está conformado por industrias de generación termoeléctrica, de fundición y refinería de cobre, de refinería de petróleo o de almacenamiento de combustible y terminal marítimo.

Por último, en el sur está la comuna de Coronel. Tradicionalmente conocida por su industria extractivista de carbón, desde 1990, fecha en que las minas de carbón se cerraron casi en su totalidad, se inicia un proceso de incentivo para la instalación de nuevas industrias, tales como las pesqueras, la creación del puerto de Coronel, centrales termoeléctricas y habilitación de los Parques Industriales en el sector norte de la comuna (Cordón Industrial Escuadrón), que posibilitaron la concentración de industrias en prácticamente todo el frente de Playa Escuadrón y en la bahía de Coronel, especialmente pesqueras, fábricas de harina de pescado, aserraderos, industrias químicas, metalmecánicas y otras actividades productivas diversas.

Para dimensionar el asunto, diremos que de las 28 termoeléctricas a carbón que operan en el país, 27 se concentran en estas seis comunas: Tocopilla, que alberga 7 centrales: 5 de ENGIE y 2 de AES Gener; Mejillones, con 8 termoeléctricas: 4 de ENGIE y 4 de AES Gener; Huasco, con 5 centrales, todas de AES Gener; Quintero-Puchuncaví alberga 4 y también todas son de AES Gener; y Coronel, en que hay 3: 2 de ENEL y una de Colbún.

Todos estos «parques» no surgieron de un día para otro: responden a un proceso, a un camino por recorrer, tal como lo refrendó el ex presidente Ricardo Lagos el 21 de mayo de 2003: «Para que nuestro país avance a tranco firme hacia el desarrollo, necesitamos alentar más inversiones nacionales y extranjeras; reforzar más las diversas formas de asociación entre Estado y el sector privado…». De este modo, era esperable que el «tranco» fuese más sostenido, más sólido, como las imágenes que acompañan tales discursos del desarrollo.

Lo concreto es que «los sacrificios» en estos «parques» se tradujeron –y se siguen traduciendo– en altos niveles de contaminación. Una contaminación necesaria para activar el consumo y, por ende, el crecimiento. Entonces la contradictoria ecuación, siguiendo a Isabelle Stengers (2015), pareció ser esta: «…sigan consumiendo, el crecimiento económico depende de ello… pero tengan cuidado con su huella de carbono!».

Así, de acuerdo a un informe elaborado por Chile Sustentable (2018), las 28 termoeléctricas a carbón que operan actualmente en el país (recuerde: 27 en las zonas de sacrificio) son responsables a nivel país del 91% de las emisiones totales de dióxido de carbono (CO2), el 88% de la totalidad de material particulado (MP), del 97% de las emisiones totales de SO2 y del 91% de las emisiones totales de óxidos de nitrógeno (NOx).

¡Uff! ¡qué datos más complejos! El desarrollo no se merece tal confuso panorama, y eso es así porque el futuro es, siempre lo ha sido, redentor, liberador. De hecho, contiene la promesa del paraíso. Menos visibles son las sucesivas crisis que se han vivido durante los últimos meses y años en estas zonas de sacrificio, donde sus habitantes han sufrido intoxicaciones –síntomas como vómitos, mareos, dolores de cabeza, impactos neurológicos y más– debido a la contaminación ambiental que genera la gran industrialización de la zona.

En efecto, y podríamos respirar tranquilos, porque como buena imagen, la de la descontaminación también se instala en ese futuro. De hecho, tal como el desarrollo de Ricardo Lagos del bicentenario (2010) y el propio desarrollo de Sebastián Piñera de 2018, este año 2019 se anunció el plan «Energía cero Carbón», a partir del cual se deberían cerrar al menos ocho centrales termoeléctricas de carbón en los próximos cinco años y la descarbonización total en el país para el 2040. Desde este punto de vista, el sacrificio entonces ¡habrá valido la pena!


Y, nos preguntamos, ¿no estamos nuevamente ante imágenes que permiten sostener un cuerpo editorial, una política de figuras que den sentido al cuerpo social? Como hemos ya expresado, la sospecha, al menos, es válida. Judith Butler (2006) lo ha expuesto así:


«Las chimeneas del desarrollo». Mejillones. Fotografía de Estelí S. A.

Para que la representación comunique lo humano, no solo precisa que la representación fracase sino también que muestre su fracaso. Hay algo de irrepresentable que sin embargo intentamos representar, y esa paradoja debe ser preservada a través de la representación que ofrecemos.

Ahora bien, dejemos la sospecha a un lado por un momento, no vaya ser cosa que se nos acuse de incrédulos y escépticos. ¡Fe, señores, fe!

Los niveles de contaminación a que hicimos mención nos ilustran un aspecto bien profundo. En efecto, surge un primer asunto de fondo que creemos vale la pena subrayar. Como vimos en el capítulo introductorio, el 1% de la población, es decir, unos 170 mil ciudadanos, posee casi el 30% de la riqueza del país. A su vez, si consideramos todas las zonas de sacrificio y solo considerando la contaminación por generación termoeléctrica, nos da que tal contaminación es soportada por otro poco más de un 1% de la población del país (1,24%), ratificándose una de las características más llamativas de las zonas de sacrificio, esto es, una situación de injusticia ambiental evidente, por cuanto los beneficios que genera una industria se reparten difusamente entre la sociedad toda, aunque con claros niveles de concentración y desigualdad, mientras que los costos ambientales son soportados por pequeños grupos de personas en situación de vulneración social y económica.

En efecto, de acuerdo con Casen 2017, de la caracterización social de las 6 comunas «sacrificadas» se observa que todas ellas presentan niveles de pobreza altos, destacándose en esta línea las comunas de Coronel, Tocopilla y Huasco.

Hay allí otra imagen interesante: la de pobreza. Ya no es como antaño, ahora es una pobreza que tiene acceso a un crédito, a un smartphone (¡tiene que ser smart!), por cierto, a un plasma y algunos lujos del desarrollo, como comer comida nativa norteamericana una vez al mes en Mac Donalds o Kentucky Fried Chicken. Hay en esta pobreza otro sacrificio: trabajar todo el mes para pagar las tarjetas crediticias y así seguir hacia el futuro.

Junto a la pobreza instalada en esas comunas, hay otro aspecto que también llama la atención. De las 28 centrales termoléctricas, 15 son propiedad de AES-Gener (de capitales norteamericanos), 8 de Engie (francesa), 3 de Enel (italiana), una de Colbún, y una de la Compañía de Generación Industrial, estas dos últimas de propiedad nacional. Es decir, casi el 100% representa a capitales que se movilizan por el mundo en lo que se llama globalización. ¿Tendrá noción el accionista o el gerente de una de estas multinacionales instalada en París, por ejemplo, de la existencia de Huasco o Coronel? Surgen así otras imágenes muy interesantes. Por un lado, contra todo pronóstico, esos capitales globales, tal como lo expresó el ex presidente Ricardo Lagos, requieren una alianza estratégica con los Estados Nacionales, no funcionan sin ellos e invierten en países donde predomina la razón, el orden, las instituciones; en otras palabras, países que «vayan encaminados por la senda del desarrollo». Así, los Estados (privatizados) son claves y fundamentales para el capital global.

Aunque le parezca que poco se relaciona, Los Andes también juega un rol en todo esto. En efecto, esta cordillera funciona, como ya expresamos, más allá de su condición física, como sistema de conocimiento, y se acopla a la imagen de un país global cuando es necesario («bajando», como decía Peñita del Jappening con Ja) y lo hace a la inversa («subiendo») cuando se necesita reforzar el sentido nacional. En un caso, nos pondremos progresistas: «estamos conectados con el mundo», mas en el otro, tradicionalistas: «las fronteras no se transan y Bolivia debe tenerlo muy claro».

Pues bien, entonces, en la práctica, dado que esos Parques Industriales son casi todos extranjeros, parece necesario preguntarse ¿dónde va a parar el desarrollo? y ¿quiénes son los que contaminan?

Tenemos entonces en estos parques a AES Gener, que es la segunda empresa generadora más importante de Chile en términos de capacidad instalada, con 5.795 MW en operación a diciembre de 2016, incluyendo coligadas y filiales en el extranjero. Su principal accionista es AES Corporation (NYSE: AES), multinacional de EE.UU. que se dedica a la generación y distribución de energía eléctrica, una de las empresas mundiales líderes en energía, desarrollando generación y distribución de energía eléctrica en 15 países y empleando a 9.000 personas en todo el mundo. En 2010, los ingresos totales de AES fueron de 10,7 billones de dólares y sus utilidades netas de USD 1.203 millones.

A su vez, es la francesa ENGIE Energía Chile S.A. el cuarto generador de energía a nivel nacional, con más de 2.000 MW de capacidad instalada y más de 9.700 GWh en ventas de energía, además de ser el tercer operador en términos de transmisión. Sumado a eso, opera dos puertos en la zona norte del país y cuenta con una capacidad de 8 millones de m3 de transporte diario potencial de gas. ENGIE, antigua GDF Suez, es el accionista controlador de la filial chilena con el 52,76% del capital, y es una empresa francesa de energía que realiza actividades en los ámbitos de generación y distribución de electricidad, gas natural y energías renovables. Es la segunda empresa más grande de servicios públicos con más de 74 mil millones de euros en ingresos anuales. También posee una participación del 35 % en Suez Environnement y opera en 70 países.

Por su parte, ENEL, ENEL Chile S.A., es la empresa generadora número uno en Chile, con una capacidad instalada de 7.547 MW. Su negocio principal es explotar, desarrollar, operar, generar, distribuir, transformar y/o vender energía en cualquiera de sus formas o naturaleza, directamente o por intermedio de otras empresas, y sus ventas totales en Chile ascienden a USD 3.521 millones. ENEL Chile es controlada por ENEL S.p.A., empresa italiana dedicada a la producción, distribución y venta de energía eléctrica y gas. Opera en más de 30 países, cuenta con más de 96 GW de capacidad instalada neta y distribuye electricidad y gas a través de una red de cerca de 1,9 millones de kilómetros. ENEL, con 61 millones de consumidores finales, tiene la cartera de clientes más grande entre sus homólogos europeos.

Seguimos. Colbún S.A. es una empresa de origen chileno dedicada a la generación de energía eléctrica. Cuenta con 26 centrales de generación en Chile y Perú, a través de las cuales posee una capacidad instalada total de 3.893 MW distribuidos en distintos tipos de tecnologías de generación. La empresa cuenta además con 941 kilómetros de líneas de transmisión y en ella trabajan en total cerca de 1.000 personas y sus ventas anuales el año 2018 fueron de USD 1.571 millones.

Finalmente, otra empresa presente en estas zonas de sacrificio es CAP S.A., empresa controlada por Invercap dedicada a la extracción de hierro (CAP Minería), producción siderúrgica (Cap Acero) y procesamiento de acero (Novacero), cuya sede se encuentra en Santiago de Chile. En 2018 sus ventas alcanzaron a USD 1.917 millones. En su propiedad participa con un 19% M.C. Inversiones Ltda., de propiedad de la transnacional Mitsubishi.

Pues bien, solo este reducido conjunto de empresas que operan en las zonas de sacrificio, donde se han excluido empresas como ENAP, CODELCO Ventanas, COPEC, OXIQUIM, Cementos Polpaico, entre otras, tuvieron utilidades por sobre los USD 1.400 millones de dólares y ventas sobre los USD 10.000 millones de dólares, como se observa en el cuadro N° 1.

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