Kitabı oku: «La rebelión de lo cotidiano»
LA REBELIÓN DE LO COTIDIANO
Este es un libro militante. Las reflexiones y los destinos de las mujeres que aquí se presentan no evocan ni la pasividad ni el conformismo con una sociedad que las pone en un segundo plano. Todo lo contrario.
Este libro retrata las historias de veintitrés mujeres de América Latina que interpelan el mundo e incitan a los miembros de sus comunidades a la acción a favor del bien común. Y al liderar ese proceso, ríen, lloran y se emocionan al compartir sus esfuerzos en una lucha que de antemano saben que será eterna.
Ellas son caciques wichis, maestras de escuelas, promotoras de la soberanía alimentaria, abogadas especialistas en género, defensoras ambientales, madres que buscan a sus hijas desaparecidas, defensoras de las mujeres encarceladas, creadoras de bibliotecas, educadoras en oficios, empresarias sociales, activistas feministas.
Todas representan una decisión de vida marcada por el deseo de transformar el mundo y de sobreponerse a los obstáculos que encuentran. Ellas no se resignan; ellas están dispuestas a tomar el control de sus propias vidas y hacer avanzar a sus comunidades. Sin embargo, ellas, como tantas otras cientos de miles, son invisibles para las mayorías. Por eso este libro cuenta sus historias de lucha. El compromiso con sus comunidades ilumina.
Florencia Roitstein Directora de ELLAS-Mujeres y Filantropía. Profesora de la Universidad de San Andrés, Argentina. Consultora de organismos internacionales y de empresas nacionales y multinacionales con foco –desde una perspectiva de género– en la interfase entre sustentabilidad ambiental, equidad social y desarrollo económico. Publica regularmente notas de opinión en medios nacionales e internacionales.
Andrés Thompson Coordinador de ELLAS-Mujeres y Filantropía. Fue director de programas para América Latina y el Caribe en la Fundación W.K. Kellogg de Batlle Creek, Estados Unidos (1994-2010), de streetfootballworld Brasil, coordinador de la Red de Filantropía para la Justicia Social de Brasil y director de Relaciones Institucionales de Fondo Región Colonia de Uruguay. Consultor sobre temas de filantropía y responsabilidad social.
FLORENCIA ROITSTEIN • ANDRÉS THOMPSON
LA REBELIÓN DE LO COTIDIANO
Mujeres generosas que cambian América Latina

Índice
Cubierta
Acerca de La rebelión de lo cotidiano
Portada
Dedicatoria
Agradecemos…
Presentación. La rebelión de lo cotidiano Un libro militante
Las mujeres generosas
Lucinda Mamani Choque (Bolivia): la maestra indígena que revoluciona las aulas rurales La escuela Su lugar en el mundo Su meta La escuela, el lugar elegido para aprender a vivir mejor Cambia la escuela, la radio, el medio ambiente: la mentalidad Sus raíces Trayectoria profesional
Sonnia Estela España Quiñonez (Ecuador): la huella digital, nunca más Mujer y referente social África Mía, continente de saberes y valores femeninos Mujeres Progresistas Sin educación, no hay progreso Emprendimiento exitoso Dejarse conocer
Rosa Vilches Valencia (Chile): hinchada como un globo La ayuda a mujeres que necesitan volar La construcción, también cosa de mujeres UFO, una agrupación de mujeres Dar el salto La cadena imparable El poder de Rosa La ídola
Ana Gallinal (Uruguay): Ana y los libros Los libros, compañeros de vida Haciendo camino Su labor, destacada La biblioteca comunitaria Fomentando Sueños La placita, también
Rosa Murillo Naranjo (Ecuador): no se pudo hacer la revolución Venir de la tierra La lucha Derechos ganados El buen vivir, una realidad tangible Hacer pie en Kurikancha Un año después Kurikancha, la primera experiencia de autonomía total Círculos virtuosos El buen vivir
Araceli Salcedo Jiménez (México): raíces del dolor Su Rubí La búsqueda en fosas comunes “Todos podemos ser próximas víctimas” Concientización y solidaridad de la mano
Georgina Orellano (Argentina): cambiando paradigmas El día a día Sindicalizada y consciente de derechos y libertades Contradicciones (ajenas) En busca de reivindicación Logros Ser puta Ser generosa
Joseline Velásquez Morales (Guatemala): una mujer con rabia y ternura Cuando lo utópico deja de serlo El movimiento urgente El peligro de la naturalización de embarazos y maternidades tempranas Latinoamericanas, universitarias y feministas liderando la justicia social Formación de líder Alcance internacional En busca de soluciones integrales Acciones directas con niñas y estudiantes Lo que pasa en el recreo, queda en el recreo El reto es continuo Lo que importa
Belén Itahi Bautista Quiroz (México): ideas que florecen como hongos Con los pies en la tierra Su mensaje, claro Hongos, divino tesoro Su pasión vuelta proyecto De San Esteban Atatlahuaca al mundo Trabajo en equipo El camino individual El don de Belén A futuro
Felicita Valoes Lainez (Nicaragua): ni un paso atrás Feminista, nicaragüense y líder Paso a paso Romper con la violencia a través del conocimiento de derechos Fundecom Alerta rápida Atender señales De vida o muerte
Hilda Nayeli Cortez (México): dulce empresa Haciendo empresa ShuegaDeli, un espacio para mujeres Crear conciencia El valor de las mujeres El valor, también económico La construcción, paso a paso Una manera de estar y ser en comunidad
María de Lourdes Torres Puentes (México): para el bien propio, y ajeno Lourdes, una mujer necesaria Vivir sin luz ni agua, y rodeados de basura La naturaleza, también La comunidad organizada El bien propio y el ajeno
Saskia Niño de Rivera (México): círculo vicioso entre víctimas y victimarios La lucha por delitos que a pocos importa Población invisible El sistema penitenciario, eje central de la seguridad del país Reinserta, un proyecto posible La cárcel, universidad del crimen Círculos virtuosos La generosidad tiene que ver con qué
Teresita del Pilar Cabrera Salazar (Ecuador): puliendo la calidad de vida Alas para Teresita Sororidad, presente Detectar la violencia El espacio: Maki Fair Trade La historia de generaciones en cada producto Contribuciones al proyecto Mucho más que artesanías bien logradas Pensarse como líderes
Ana Luisa Arocena (Uruguay): empresaria y militante La empresaria militante Una empresa de economía solidaria Buena por naturaleza Sueño cumplido
Kendra Avilés (Guatemala): nunca con las manos vacías El activismo reactivo frente a la violencia Maestros y estudiantes, noticia de primera plana Incide Joven Llegar a los poderosos Planificación de estrategias Un buen final
Esperanza Arias Velázquez (México): la violencia no es natural La violencia naturalizada La Red Desser La logística Obtención de recursos Femicidios, lo urgente Cómo es Esperanza
Miriam Priotti (Argentina): ver lo bueno donde se ve lo malo La fotografía, una herramienta de expresión La propuesta nacida a puro deseo Aprender a contar a través de la fotografía Más allá de la fotografía Miradas críticas Recursos necesarios Visibilidad impensada
Oriana López Uribe (México): existe otra manera de vivir Balance Cuatro programas abarcativos de construcción feminista Poner el cuerpo, a pesar del riesgo Herramientas necesarias Recursos locales La dimensión real de la soledad de las mujeres Porque existe otra manera de vivir
Patricia Montes (Honduras-Estados Unidos): enfrentando a Trump Desafíos de una lucha desigual Recursos Contra el presidente Donald Trump Hacer pública una realidad dolorosa Inmigrantes empoderados
Stefanie Michelle Campos Barahona (El Salvador): de eso no se habla Semillas de Libertad A pesar de los peligros Puras injusticias Enseñanzas para las niñas Incidencia, un concepto que Stefanie atesora Lo bonito de los sueños
Ana Georgina Várguez Pérez (México): el teatro es un alerta El teatro como herramienta de comunicación Gestora, facilitadora y artista Su aporte a la comunidad teatral Una manera de hacer inspirada Estimulados a crear El teatro, un espejo donde mirarnos
Mirta Meriles (Argentina): mendigos de una sociedad que les da la espalda La tarea de una cacica Parias de su propia tierra Ser cacica Logros en salud Logros en nutrición Otras urgencias El trueque, símbolo de generosidad
Epílogo. Un llamado a la acción
Créditos
Este libro está dedicado a las mujeres por venir.
Para que no olviden que forman parte de una larga
y poderosa tradición que es la rebelión de las mujeres latinoamericanas.
Agradecemos…
A Jenny Hodgson y Wendy Richardson, del Fondo Global de Fundaciones Comunitarias, sin cuyo entusiasta apoyo no podríamos haber plasmado esta idea.
A CEDES (Centro de Estudios de Estado y Sociedad) por ser el hogar de ELLAS-Mujeres y Filantropía.
A Fundación FUDE de Argentina por haber albergado generosamente este proyecto.
A los más de ochenta nominadoras y nominadores que con dedicación nos describieron por qué estas mujeres debían estar en este libro.
A Emilienne de León de Prospera, Paula Narváez de ONU Mujeres y Marcia Rivera por ser parte del comité evaluador, dedicando su tiempo a analizar los perfiles de estas mujeres y darnos sus opiniones.
A Jacqueline Butcher, Jorge Villalobos y a ISTR (International Society for Third Sector Research) por haber facilitado la ceremonia de entrega del premio Generosas en la conferencia de Medellín, Colombia, en julio de 2019.
A Mariana Perel, por su fino trabajo de edición de los textos.
A Pablo Marsal, por su apoyo en la investigación, la logística y las finanzas.
A Olga Lucía Toro, Luis Abregú y Cesar Buedo, por su aliento y sus generosas opiniones sobre los textos, las fotos y la dimensión del trabajo.
A Kamila Anais Rozenberg, por su sabiduría alegre y cotidiana.
A todas quienes componen este libro que con su paciencia y emociones nos contaron sus historias.
PRESENTACIÓN
La rebelión de lo cotidiano
Florencia Roitstein y Andrés Thompson
Las prácticas, las reflexiones y los caminos transitados por las mujeres que presentamos en este texto no evocan en nada la pasividad ni el conformismo con una sociedad que las pone en un segundo plano. Todo lo contrario. Este libro retrata las mujeres que interpelan el mundo e incitan a los miembros de sus comunidades a la rebelión cotidiana.
En nuestra región, las mujeres han figurado en un segundo plano, como objetos y no como sujetos de deseos, de pasiones y de acciones de transformación social. Sin embargo, en la actualidad se expresan en voz alta: cantan juntas en las calles y en las escuelas y se movilizan en cientos de miles y hasta con los pechos desnudos en las plazas públicas. El escenario ha cambiado gracias al liderazgo, a la obstinación y al compromiso de cientos de miles de mujeres. Son justamente ellas las que están transformando América Latina.
Veintitrés mujeres han sido seleccionadas para este libro por haberse animado a cambiar las reglas de sus comunidades. Más allá de su diversidad cultural –representan países, y pertenencias sociales y generaciones muy diferentes–, la convergencia entre ellas es poderosa. Sobre todo cuando a través de sus acciones ilustran que el problema político mayor de nuestra época es la inequidad de género, es decir, la falta de oportunidades que tienen las mujeres de desarrollarse en libertad y con independencia.
Los derechos son conquistas frágiles y la lucha sigue más viva que nunca: acceso gratuito a la salud sexual y reproductiva para todas, igualdad de acceso a créditos para el desarrollo económico, igualdad de salarios con la misma responsabilidad, acceso a los puestos de responsabilidad en el sector privado y público, cuotas para exigir la participación activa de las mujeres en los partidos políticos y en los consejos de administración y mucho más.
Cientos de miles de heroínas hacen avanzar cada día a sus comunidades a pesar de los riesgos y a veces el oprobio. Sin embargo, ellas parecen invisibles para las grandes mayorías. Podemos contar con los dedos de una mano a quienes reciben apoyos y recursos de fundaciones donantes y empresas para darles alcance y sustentabilidad a las iniciativas. Ellas están fuera del círculo. Por eso quisimos mostrarlas a través del premio Generosas. Y, cuando conversamos con cada una de ellas, las reconocimos enseguida: su compromiso con sus comunidades ilumina.
Por eso también este libro colectivo en el cual cada una de estas mujeres tomó la palabra y compartió sus saberes y su experiencia transformadora desde el territorio. Creemos que este trabajo es una experiencia de participación democrática nueva y única.
Un libro militante
Durante varias semanas entrevistamos –en persona, por WhatsApp, por Skype y por teléfono– a un conjunto de destacadas mujeres líderes de América Latina y latinas de Estados Unidos. Teníamos –tenemos– la hipótesis y la convicción de que son ellas quienes están a la cabeza de los más importantes cambios en las comunidades de la región. Y que lo hacen de las más variadas formas, estilos, estrategias o, más simplemente, creencias. Porque, sin duda, creen en lo que hacen.
Este trabajo es el resultado de una investigación que realizamos durante 2019 –con el apoyo del Global Fund for Community Foundations– con el propósito de mostrar y dar visibilidad al papel que cumplen las mujeres en el desarrollo de las comunidades de la región y cómo la filantropía local tiene una función relevante en el cambio social. Creemos que el “dar” fortalece a la sociedad civil y a la democracia. Para ello ideamos el premio Generosas como una herramienta para identificar, apoyar y visibilizar a las mujeres que luchan por una sociedad con otros códigos de cooperación, acción, consumo y producción. Así, buscamos modelos de acciones comunitarias lideradas por mujeres y focalizadas en el protagonismo de las mujeres y niñas en el acceso a las tecnologías, la protección del medio ambiente, la lucha por la vigencia de los derechos humanos y la prevención de la violencia contra ellas. Aún más, buscamos que estas acciones se apoyaran en la movilización de recursos locales, en la filantropía comunitaria.
Recibimos 87 nominaciones (hechas por terceras personas), de 13 países y de todas las generaciones. Se seleccionaron y entrevistaron a 23 finalistas con la colaboración de un comité de evaluación con la participación de Paula Narváez (ONU Mujeres), Emilienne de León (Prospera) y Marcia Rivera (ex-Clacso). Los premios finalistas fueron para Lucinda Choque Mamani de Bolivia (1000 dólares), Sonnia Estela España Quiñonez de Ecuador (500 dólares) y Rosa Vilches Valencia de Chile (250 dólares).
Las 23 finalistas componen este libro con sus historias y nos muestran sus actividades, sus sentidos, sus roles y sus esperanzas.
Ellas ríen. Ríen de felicidad cuando les contamos que han sido seleccionadas para un libro, cuando no ocultan que quieren ganar el premio Generosas, cuando se sienten reconocidas, cuando recuerdan anécdotas. En casi todas, la alegría las envuelve. Las más jóvenes ríen cuando sienten que hay empatía en la comunicación, cuando cuentan que se “pusieron bonitas” para la entrevista, cuando hablan de sus compañeras. Las más adultas ríen hasta cuando hablan de sus debilidades o cuando nos muestran sus manos marcadas por el trabajo.
Ellas lloran. Lloran cuando describen lo que tuvieron que recorrer para llegar a ser líderes en sus comunidades, cuando cuentan la pérdida de seres queridos, cuando registran algo que las impactó en su vida y decidieron cambiar de rumbo. Lloran cuando recuerdan los abusos sexuales y de otro tipo, cuando se emocionan contando sus logros y se preguntan a sí mismas cómo fue que llegaron hasta allí. Lloran porque les hace bien llorar, y porque lloran acompañadas. Nosotros, desde este lado, hemos llorado también en su compañía.
Ellas cuentan sus historias. Hablan de amor y de rabia. Hablan de lo difícil que es trabajar en sus comunidades donde a veces no hay agua ni electricidad. De sus enfrentamientos con los señores dirigentes, con los políticos, con los funcionarios, con los tratantes de personas, con los narcos, con los que no escuchan, con los que las hacen esperar tiempos exagerados. Cuentan cómo se protegen a sí mismas, cómo se esfuerzan por mejorar, por estudiar y capacitarse. Nos hablan del buen vivir, de su escuela, de su barrio, de sus maridos e hijos, del aborto, de los femicidios, de las autoridades, de lo que creyeron y ya no creen, de sus convicciones. Nos dicen que no se trata de ellas, sino del conjunto. Ellas sueñan con sus sueños y los de las próximas generaciones. Ellas hablan de soledades y de colectivos. Ellas hablan de los hombres que no están. Ellas hablan de no tirar la toalla. Ellas hablan de paradojas y de perplejidades. Dicen también que se ven en sus ancestralidades africanas o indígenas, en la tierra que nos da vida, y nos da hongos y frutos silvestres que nos ayudan a vivir mejores vidas.
Ellas diversas. Tan diversas como la naturaleza humana, como nuestros ecosistemas, como la vida misma. Despliegan sus talentos, sus militancias, sus creencias y convicciones en los más variados campos. Sus luchas recorren un amplio espinel: esclarecer las desapariciones forzadas de personas en manos de narcos y tratantes, generar fuentes de ingreso y autoestima a mujeres afrodescendientes y de poblaciones indígenas, crear nuevas miradas y prácticas sobre la ecología y la soberanía alimentaria, usar el arte del teatro para mostrar las inequidades de género, obtener servicios básicos para el desarrollo comunitario, rescatar identidades barriales mediante la fotografía, incidir políticamente para el avance de los derechos sexuales y reproductivos, alfabetizar mediante el fomento a la lectura, generar una nueva conciencia sobre las sexualidades en los movimientos juveniles, defender el derecho al cuerpo, a la tierra y al territorio, abrir nuevas vías para la inserción de las mujeres en la fuerza de trabajo, mejorar la situación legal de los inmigrantes latinos en Estados Unidos, proteger el medio ambiente y los recursos naturales, conservar el patrimonio biocultural de los pueblos originarios, avanzar en los derechos de trabajadoras y trabajadores sexuales, gestionar éticamente los residuos industriales, crear empresas comunitarias de mujeres, reintegrar a las exreclusas a una nueva vida, promover el comercio justo, la economía solidaria y el consumo responsable, denunciar y enfrentar la violencia de género y los femicidios.
Ellas hacen. Ellas despliegan sus alas y vuelan en muchas direcciones. Crean nuevas organizaciones donde no las hay, o donde las que están no cumplen su función, marchan y protestan en las calles, recorren los territorios generando conciencia, prestan servicios, orientan y asisten, visitan cárceles, ministerios y juzgados, suben a las montañas y cerros en busca de hongos, de frutos silvestres o de familiares desaparecidos, viajan largas distancias para estar presentes, tender una mano y escuchar, escuchan siempre y también dicen sus verdades, golpean puertas de gobiernos, organizan ferias y exposiciones para mostrar el fruto de su trabajo, crean nuevos negocios, usan la palabra, las manos, la mente y la gracia, organizan reuniones, capacitan, enseñan, escriben, crean.
Ellas son las cuidadoras primarias de los niños y los ancianos, las que acompañan a las jóvenes a decidir sobre sus embarazos y abortos, las que cuidan sus hogares y organizan la economía familiar cuando sus compañeros (cuando los hay) trabajan “allá afuera” para traer un recurso al hogar, las que pacientemente conversan con los jóvenes que han infringido la ley. Son las emprendedoras cuando se trata de imaginar nuevas formas de hacer las viejas cosas; cuando organizan una red de autocuidados contra la violencia doméstica mediante el uso de los teléfonos celulares, las que crean empresas con su mirada puesta más en el bien social que en el monetario, las que usan el arte en sus distintas formas como instrumento de inclusión social. Son las educadoras cuando enseñan cómo elaborar un dulce casero, cómo detectar la violencia machista, cómo identificar las propiedades de los frutos de la tierra y preservarlos para épocas de escasez. También son educadoras cuando arman bibliotecas en su propia casa y reclutan a los niños del barrio para leer, cuando hacen cartillas sobre salud sexual y reproductiva, cuando se ocupan de que sus hijos recorran enormes distancias para asistir a la escuela, cuando transmiten sus saberes ancestrales a las nuevas generaciones, cuando construyen y refuerzan identidades comunitarias. Ellas son trabajadoras rurales, obreras de la construcción, sociólogas, periodistas, activistas, militantes, maestras, empresarias.
Ellas generosas. Nos dicen que la generosidad es recíproca, que es lo mismo que la solidaridad, que les da timidez pensarse así. Nos hablan de la falta de recursos para hacer lo que hacen, pero que igual tarde o temprano lo consiguen porque alguien en la comunidad se suma. Piensan que sin la generosidad de mucha gente no podrían hacer lo que hacen. Hablan de dar, de entregar, de escuchar, de transmitir conocimientos, de estar atentas. Nos muestran cómo ceden sus casas para que funcione una biblioteca, o un centro comunitario, o un centro de acogida para mujeres golpeadas. Ellas saben cómo movilizar recursos en, desde y hacia la comunidad: todo vale, el tiempo, el esfuerzo, las ideas, los dineros que juntan entre todas, las horas voluntarias, los aportes de especialistas de afuera, las comidas que preparan para las reuniones, las lágrimas que guardan a escondidas en sus almohadas. No saben muy bien lo que es la filantropía comunitaria, pero la ejercen cotidianamente y a toda hora. Son generosas porque entre tantas batallas se detienen a conversar y a reflexionar con nosotros, dos perfectos desconocidos.
A todas ellas, seleccionadas y no seleccionadas, un millón de gracias. Esperamos que todas se vean reflejadas en estas páginas.
Diciembre de 2019
LAS MUJERES GENEROSAS
Lucinda Mamani Choque
La maestra indígena que revoluciona las aulas rurales
Unidad Educativa de Calería (Calería, Bolivia)

Los chicos me esperan en el colegio
para que les cambie la vida.
Lucinda Mamani tiene treinta y cinco años, ojos almendrados y mirada presente. Es maestra de ochenta alumnos de la escuela secundaria de Calería a la que concurren, todos los días, ciento veinte niños. Cada mañana, desde hace siete años, ella alista sus libros, se abriga para combatir el frío del altiplano y sale de su casa en la ciudad de El Alto, lindante a La Paz, rumbo a Calería. Para hacer el trayecto de casi dos horas –por donde no pasa ningún medio de transporte público– hace dedo a los camioneros que llevan toneladas de piedra caliza hasta la ciudad y retornan al campo. “Ya me conocen todos los camioneros”, dice confiada, y sonríe.
La escuela
La escuela de Calería está en la comunidad indígena aymara a 70 kilómetros de la sede del gobierno nacional en la ciudad de La Paz. Los libros se cuentan con los dedos de una mano, la pizarra es analógica y los pupitres de madera se agolpan en aulas estrechas. Más de 120 estudiantes caminan diariamente, durante horas, con el único objetivo de aprender; poco importan los días fríos y nevadas. Lucinda recuerda un día en especial, nevaba muchísimo: “La escuela abre a las 8.30; eran las 10 y no había llegado nadie. Estábamos por suspender las clases cuando vimos que los chicos comenzaron a llegar, uno a uno. Fue emocionante; ellos sabían que los estaba esperando”. Ese día se dieron el gusto de dejar el aula para hacer bolas de nieve; para jugar, entre todos, como niños.
Su lugar en el mundo
“Vivo a las orillas del lago Titicaca, en Wiñaymarka”, dice, orgullosa, Lucinda, “un lugar maravilloso donde todavía existen grandes potencialidades productivas, recursos arqueológicos, infinidad de saberes ancestrales, costumbres, tradiciones, piezas nativas, peces, aves, batracios, totorales, algas alimenticias y la biodiversidad que es útil para mejorar el hábitat de miles de personas de los veintitrés municipios rurales de este lago, para nosotros, sagrado. Proteger estas potencialidades históricas, culturales, económicas, y patrimonio natural y oral de las comunidades aymaras, es una prioridad para mí, ya que la contaminación ambiental también afecta estos recursos. Frente a esta situación, emprendimos acciones educativas comunicacionales urgentes con el propósito de sensibilizar sobre la importancia ancestral, cultural, ambiental, turística y productiva del lago Titicaca, el lago que tiene derecho a vivir sano y limpio, lo mismo que el resto de las comunidades de la región”.
En la comunidad viven alrededor de 150 familias dedicadas a la producción de leche, papa y quinoa. Tienen electricidad –recientemente instalaron la antena que los conectó a internet– y agua potable, pero sus habitantes todavía no conocen, de primera mano, un retrete.
Su meta
“Mi meta es ser maestra en la zona rural para que los pueblos originarios, y las futuras generaciones, vivan mejor”, anuncia para que quede bien claro dónde está parada y hacia dónde va. “La formación integral de los jóvenes y sus familias es muy importante para la sobrevivencia y para transformar los problemas sociales que sufrimos: contaminación, falta de cumplimiento de los derechos humanos de las mujeres y tantas otras cosas. En el altiplano existen muchos estereotipos acerca de la mujer, no nos dejan participar en ningún espacio”.
La escuela, el lugar elegido para aprender a vivir mejor
La maestra cuenta una anécdota que la sorprendió particularmente: “En 2013 fui testigo de un hecho que cambió mi forma de entender las relaciones. En el acto de elección de representantes de alumnos de la escuela noté que las mujeres no participaban, solo se ofrecían para las secretarías de deporte y danza. Hablé con ellas, me explicaron que temían ofrecerse porque no se sentían capaces de dirigir”. Entonces, Lucinda tuvo más claro que nunca que la escuela era el mejor lugar para cambiar algunas reglas instaladas. Creó un programa que promovía la igualdad de género en la escuela que incluía estudiantes, madres y padres; luego lo extendieron a treinta colegios del Municipio de Pucarani y a otras escuelas de la región. La maestra gestionó clases de teatro donde los alumnos se ponían en la piel de sus compañeras, sentían los efectos del rechazo y la discriminación: “Creí que sería una buena manera de experimentar la discriminación”. Después, junto con otros docentes, sumaron talleres de información sobre los derechos de las mujeres; detallaron las dieciséis formas de violencia que pueden denunciarse gracias a la ley que garantiza una vida libre de violencia. Finalmente, incluyeron, de manera transversal en todas las asignaturas, la temática de mujeres, violencia y equidad de género: “Hemos logrado modificar la visión que los chicos tienen de las posibilidades de las mujeres y viceversa. Ahora las chicas se sienten seguras y se animan a tomar decisiones. Fue un largo proceso, trabajoso y de gran claridad respecto de nuestro horizonte; creamos materiales didácticos: juegos, videos, textos, concursos”.
El programa se institucionalizó en la escuela a través del Currículum Regionalizado, una parte de la currícula que cada región puede adaptar para responder a las necesidades reales de los miembros de la comunidad. La propuesta tomó fuerza; en la actualidad, atraviesa la totalidad de las materias escolares: “Por ejemplo”, se entusiasma la maestra, “en Historia analizamos cómo han sido vulnerados los derechos de las mujeres; en Matemáticas utilizamos estadísticas que demuestran que el 52% de la población femenina del país sufre violencia”. La mitad de las mujeres, en Bolivia, asegura haber sido víctima de violencia psicológica, sexual o física en algún momento de su vida, cifra muy por encima de la media en la región.
Cambia la escuela, la radio, el medio ambiente: la mentalidad
Hoy la escuela ocupa un espacio en la radio Tawantinsuyo con el objetivo de promover la participación de los ciudadanos. Reflexionan sobre la relación entre hombres y mujeres, la contaminación ambiental, la soberanía alimentaria y, también, sobre la importancia de cuidar el lago Titicaca: “Desde hace años, las radios ribereñas participan de campañas de limpieza para mitigar el problema de contaminación ambiental; pero, lamentablemente, el problema es cultural. A pesar de las limpiezas eventuales, la contaminación interna y la externa siguen avanzando como una enfermedad; es muy peligroso para la salud humana y para la agricultura. Al tratar temas relevantes, recibimos el apoyo de jóvenes profesionales que nos acompañan, así logramos que los programas de radio sean entretenidos e informativos. Hace poco invitamos a María Inés Salazar, la directora del proyecto Comunidad Sexual de Canal 13 TVU, un lujo”.
Lucinda Mamani recibió apoyo local para realizar talleres de encuentro y participación social para impulsar a que las madres de familia pudieran completar los estudios secundarios. “Fue un sueño mío que, gracias al apoyo del Municipio, pudimos hacer realidad. Ellos financiaron a las mujeres que hoy se sienten orgullosas, con la autoestima bien alta y proyección a futuro”. También contaron con el apoyo del Programa de Apoyo a la Democracia Municipal (PADEM) para implementar el desayuno escolar (conducta alimentaria) basado en productos nativos que produce el medio ambiente de la comunidad: “Fue importante que los niños y sus familias aprendan el valor nutritivo de lo que producimos y dejen de pagar por productos alimenticios nocivos para la salud. De esta manera mejoran su salud, reconocen el valor de la producción local y se genera un círculo virtuoso de venta y compra de productos hechos por los miembros de la comunidad”.
“Es maravilloso ver cómo se van sumando los profesionales de la universidad, los maestros de las escuelas de la región, el Municipio, la radio local. Logramos avanzar gracias a la unión y el esfuerzo de toda la comunidad”, concluye satisfecha. “Estoy convencida: la escuela y la educación pueden cambiar el mundo”.
Sus raíces
Hubo un tiempo en que Lucinda y su familia tuvieron que abandonar su comunidad de origen a orillas del lago Titicaca para desplazarse a El Alto en busca de un futuro. Ella, la mayor de tres hermanos, se recuerda de niña llevando baldes de agua del río hasta su casa; también recuerda las horas que pasaba en la biblioteca del colegio.
“Mi padre y mi hermano son maestros. Somos una familia de maestros. Revolucionar la sociedad a través de la educación nos corre en la sangre. «Si regresás a tu pueblo, tenés que ser maestra», había dicho mi padre, «pero bien formada; te esperan centenares de niños para que les cambies la vida». Eso hago a través de mi trabajo, quiero ayudar a crear una nueva generación de jóvenes indígenas orgullosos de sus raíces, su cultura; respetuosos de las mujeres y del medio ambiente”, concluye Lucinda; se emociona, también.
Trayectoria profesional
Lucinda Mamani ejerce en la Unidad Educativa Calería, Municipio de Pucarani. Se desempeña como maestra de las asignaturas Comunicación y Lenguajes. Trabaja, también, con jóvenes y mujeres comunitarias y fundó el Centro Juvenil de Mujeres Aymaras como base de encuentro entre las mujeres jóvenes, adultas y maestras para ejercer sus derechos con autoestima fortalecida. Organiza y facilita cursos de capacitación, eventos culturales, orientación radial, e incursiona en las acciones prácticas de prevención, mitigación y resiliencia ambiental. Desde esta posición, impulsa la formación de liderazgo juvenil y el empoderamiento de mujeres jóvenes incidiendo en la construcción de saberes y conocimientos a través de la radio, las ferias educativas, los foros ciudadanos, la publicación de calendarios y los boletines para sensibilizar sobre el Plan de Gestión Ambiental del lago Titicaca.
Por sus méritos locales, nacionales e internacionales, ha sido distinguida como una de las cincuenta mejores docentes del mundo (Premio Nobel de la Educación 2016), el Premio a la Excelencia Educativa en Quito, Ecuador, y en 2017 fue Personaje del Año y Boliviana de Oro. El Ministerio de Educación de Bolivia la postuló al premio de la Educación para las Mujeres y Niñas Unesco 2017 y la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI) la distinguió con el premio por la Enseñanza de los Derechos Humanos de la Mujer.
• • •
SER NIÑA
A pesar de que Bolivia ha dado grandes pasos en el reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas, todavía persisten altos índices de discriminación y violencia hacia mujeres y niñas que se agravan en el ámbito rural. Según Unicef, ser niña, pobre, indígena y campesina es una de las mayores exclusiones sociales que perduran en el país. Un niño no indígena de una zona urbana perteneciente a una familia de ingresos altos completa en promedio 14,4 años de su escolarización, mientras que una niña indígena de una zona rural perteneciente a una familia de ingresos bajos completa solo dos años.
ESTEREOTIPOS
Lucinda ha vivido en carne propia la discriminación y conoce la doble discriminación que sufren las niñas, adolescentes y mujeres jóvenes, debido a que en el campo existen estereotipos, machismo y micromachismo que generan violencia. Las mujeres están excluidas para acceder a oportunidades, servicios, cargos comunales y beneficios, en especial al derecho a la educación. Algunos adultos siguen pensando que “las mujeres no juegan fútbol y los hombres no cocinan”.
Sonnia Estela España Quiñonez
La huella digital, nunca más
Agrupación afroecuatoriana Mujeres Progresistas (Guayaquil, Ecuador)

Tenemos que interpelarnos a nosotros como sociedad.
A pesar de haber tenido, recientemente, un ataque cardiovascular, Sonnia España desborda alegría y satisfacción: “Las mujeres avanzamos aunque tengamos un stroke. Esa es nuestra naturaleza. No nos pararán nunca”.
Mujer y referente social
Sonnia cuenta, con voz musical y sonrisa amplia, que, desde hace más de dieciocho años, diseña vestimenta tradicional para mujeres afro de la isla Trinitaria, en Ecuador. Lo hace por necesidad y militancia. Como si fuera una galería de arte, expone los atuendos típicos creados para que puedan vestir las mujeres a diario, en eventos especiales o en fiestas de la cultura del pueblo afro. Sonnia se ha transformado en una referente y líder social para la comunidad afro de la región.
África Mía, continente de saberes y valores femeninos
Sonnia revela que, a partir de las mujeres que conoció en su taller, no pudo quedar ajena a la realidad que viven. Por eso creó hace diecinueve años, con otras 86 mujeres, África Mía, una empresa social que hoy cuenta con la participación activa de 286 jefas de hogar. África Mía ofrece servicios que ponen en valor saberes culturales: restaurantes de cocina tradicional, salones de belleza afro, talleres de costura y turismo comunitario; cuenta también con una caja de ahorro y crédito creada a raíz de la dificultad de las mujeres para acceder a créditos que apoyen y expandan sus emprendimientos: “Empezamos aportando, cada una, 25 centavos quincenales; ahorrábamos de nuestra dieta cotidiana, nos obligábamos a tomar más sopa, a comer más frijoles para aportar dinero. En 2009 pudimos dar nuestro primer crédito: 2 dólares a una vecina para que comprara un tanque de gas. Fue una experiencia única, conmovedora hasta las lágrimas: nosotras estábamos dando créditos con los propios ahorros para financiar proyectos de mujeres de nuestra comunidad. Lo que nadie había hecho lo hicimos nosotras por y con todas las mujeres de la isla que quisieran sumarse”.
Mujeres Progresistas
Sonnia España es la coordinadora de Mujeres Progresistas, un emprendimiento exitoso que surgió con un objetivo claro y preciso: “Combatir la violencia que provoca la dependencia económica que sufrimos las mujeres con nuestras parejas. Cuando me di cuenta de que ese era el centro del problema de la violencia doméstica, se me ocurrió cómo solucionarlo, conversé con unas y otras. Primero armamos un pequeño hotel para salir de nuestros hogares y tener un lugar donde refugiarnos de la violencia conyugal. En el hotel teníamos tiempo y libertad para conversar, intercambiar ideas, con la necesidad de salir adelante a través de nuestros propios medios. O salíamos juntas o nos hundíamos todas, y salimos todas”, enfatiza Sonnia con un entusiasmo expansivo.
Sin educación, no hay progreso
Sonnia insiste: “Sin educación no hay progreso”. A media voz confiesa que cuando empezaron la mayoría de las mujeres no sabían leer ni escribir, firmaban los documentos con la huella digital. “Nosotras pedimos, como requisito obligatorio, que la mujer que recibe apoyo económico tenía que ir a la escuela. Fuimos a la Universidad para que nos capacitaran a nosotras y a nuestras familias, nos alfabetizamos. Tuvimos bastante resistencia por parte de las mujeres: «Tengo cincuenta años, no voy a empezar ahora». «Si no te educas, no hay préstamo», decíamos nosotras. La educación es básica para que nos vaya bien, para manejar un negocio, para defenderse de la violencia. Mientras trabajábamos con las mujeres, entendimos que debíamos ampliar la educación a sus familias. Así es que firmamos un convenio con el Estado para que los niños de nuestras mujeres puedan recibir, en nuestras instalaciones, clases de cómputo a bajo costo”.
“Eso ya es historia, logramos nuestro objetivo y mucho más”, dice subiendo la voz y con brillo en los ojos color avellana. Dos años después, a cuatro cuadras de África Mía, inauguraron, con el apoyo de la Fundación Interamericana, el Centro Empresarial Mujeres Emprendedoras. La estructura que inicialmente fue de caña con piso de lodo cambió por una edificación de cemento de dos pisos que hoy cuenta con un área administrativa, un centro de cómputo y una sala en la cual se atiende a las socias de la caja del ahorro y de crédito. “Estamos en proceso de ampliar la caja de ahorro y crédito con 24.000 dólares para así beneficiar nuevos emprendimientos de 250 mujeres. Es un círculo virtuoso: cuantas más mujeres, más proyectos, productos y mejores servicios para los miembros de la comunidad. ¿Conté que tenemos una flota de taxis de mujeres?”.
Emprendimiento exitoso
“Las mujeres pueden recibir préstamos desde 100 hasta 500 dólares para ejecutar proyectos microempresariales: peluquerías, restaurantes, lo que quieran. Tenemos por regla que se apoya económicamente la iniciativa soñada. Claro que, previamente, hacemos un mapeo de las necesidades de la comunidad para definir iniciativas comerciales. La primera mujer vino con la idea de vender [plátano] maduro con queso, presentó las cuentas y mostró que era posible. Después vinieron otros emprendimientos: venta de leche, dulces, quesos y otros productos elaborados. La idea era que no compitieran entre ellas, sino que generen buenos productos de consumo. En este sentido, la cuarta regla indica que se puede repetir la misma oferta, pero a más de cuatro cuadras de distancia. Diez años después, aseguro que logramos nuestros objetivos; con esfuerzo, pero lo logramos”.
Dejarse conocer
“Pensamos en el turismo comunitario para cambiar la imagen de la comunidad, totalmente estigmatizada. Somos negros, pobres y, por lo tanto, nadie quiere venir. Piensan que acá hay pura violencia. No es verdad. Creamos el hotel África Mía para mostrar que la gente puede estar unos días en la comunidad, disfrutar de nuestra identidad, cultura, comida, hospitalidad, y no va a pasarles nada malo. Es una manera de hacer que se piense diferente de nosotros a través de la experiencia vivida; que disfruten de lo que tenemos para dar, de quiénes somos, de cómo somos, de nuestra cultura ancestral y, después, se lo cuenten al mundo entero. ¿Conté que llegamos hasta Obama?”.
Sonnia cree que se trata de entender, en profundidad, cuáles son los problemas reales. “Corresponde hacerse cargo desde la empatía y desde el trabajo en colaboración con los pares”. Vuelve al comienzo: “Sentí que algo teníamos que hacer, no estaba bien resignarse a la idea de que, porque una mujer nació en la isla y es negra, tuviera que vivir en una situación de marginalidad social y violencia doméstica. Hasta hace algunos años, en la isla no teníamos ni agua ni luz. Tenemos que interpelarnos a nosotros mismos como sociedad, ver qué podemos hacer, entre todos, para vivir mejor, tranquilos y felices”.
Al mirar atrás, Sonnia advierte cuánto han avanzado: “Nunca más una mujer de nuestra comunidad pondrá la huella para firmar su documento de identidad. Ahora tenemos nombre y apellido. Nos educamos. Existimos”.
Rosa Vilches Valencia
Hinchada como un globo
Unión Femenina Organizada (Arica, Chile)

Se puede cambiar la situación de la mujer
siempre y cuando sea un esfuerzo colectivo.
Rosa Vilches está emocionada, le cuesta hablar, pide disculpas mientras se seca las gruesas lágrimas; confiesa lo importante que le resulta ser reconocida y valorada por su trabajo a favor de las mujeres en Arica, una ciudad de doscientos mil habitantes, bien al norte de Chile.
Se crió en un pequeño pueblo, se mudó a Arica hace dieciocho años para que su hija mayor pudiera ir a la escuela. Hoy vive con sus cuatro hijos y su nieta.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.