Kitabı oku: «Mejores decisiones, menos lamentos», sayfa 2

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La pregunta de la integridad

¿Realmente estoy siendo sincero conmigo?

La persona más fácil de engañar es la persona que ves en el espejo.

No debería ser así, pero lo es.

Hablaremos del porqué en uno o dos párrafos, pero por el momento, reflexionemos. De hecho, permíteme recordarlo. Te has autoconvencido de… te has autoengañado de… cada mala decisión que has tomado. Peor aún, eras el genio detrás de la mayoría de tus lamentables decisiones: financieras, de relación, profesionales y académicas. Estuviste presente y participaste voluntariamente en todas ellas.

Has tomado más acciones para socavar tu propio éxito y progreso que ninguno en el planeta. De acuerdo, había presiones externas: otras voces; gente que te prometía cosas; tal vez incluso que te amenazaban con cosas, pero al final, tú decidiste. Sin embargo, en muchos casos, no decidiste evaluar cuidadosamente todas las opciones ni buscar consejos sabios. Hiciste lo opuesto.

En muchas ocasiones, tal vez incluso en la mayor parte, lo sabías. O deberías haberlo sabido. Sin embargo, como mencionamos antes, ignoraste ser sensato y empezaste a autoconvencerte de lo que querías en ese momento.

Es vergonzoso. Les enseñamos a los niños a no participar en este tipo de tonterías. Y no estoy acusando a nadie. Yo también participé en todas mis malas decisiones. Y sí, en muchas ocasiones, lo sabía bien.

Entonces, ¿qué pasa?

Lo que pasa es que, cuando se trata de una buena toma de decisiones, enfrentamos nuestro mayor desafío cada mañana cuando nos vemos en el espejo. El autoliderazgo es el mayor desafío de liderazgo que todos enfrentamos, pero el autoliderazgo es un componente crítico de nuestro éxito en cada escenario de la vida. Nunca serás un líder digno de seguir si no te autolideras bien. Y aunque eso es evidente si tienes un papel de liderazgo organizacional, debería ser igualmente evidente si eres un padre o madre de familia.

Si tienes hijos, los resultados de tus decisiones son los resultados con los que se verá obligada a vivir la persona que amas. Tu autoliderazgo impactará en gran medida a otros seres.

Considera esto. Si quieres ser como tus padres o no, depende de cómo se autolideren ellos, no de lo que te exigieron ni de lo que te enseñaron; y si tus hijos querrán ser como tú o no…

Lo mismo.

Esta es la razón.

El autoliderazgo excepcional, no la autoridad, es la clave para una influencia constante. Casi nunca nos abrimos a la influencia de las personas que no respetamos, incluso si ellas tienen autoridad sobre nosotros. Así que, ya sea que estemos hablando de tu vida profesional o tu vida personal, el autoliderazgo excepcional es importante. Tu influencia no durará si primero tú no te autolideras bien. Los grandes líderes duran porque primero se autolideran ellos.

Sin embargo, este es el desafío.

No puedes autoliderarte si te mientes a ti mismo.

¿Alguna vez intentaste liderar a un mentiroso? Es casi imposible liderar a un mentiroso. En entornos profesionales, despides a un mentiroso. Más adelante te desafiaré a hacer justamente eso: despedir a la versión deshonesta de ti y contratar a un nuevo tú: un tú honesto, un tú que siempre te dice la verdad, aunque te haga sentir mal contigo mismo. Además, la deshonestidad se fuga. Miéntete y mentirás a otros. Para tu información, si te cuesta decirles la verdad a otras personas cuando la verdad te hace quedar mal, probablemente tampoco estás siendo honesto contigo mismo. Funciona en ambos sentidos.

Sabes por experiencia que la deshonestidad deteriora la credibilidad y socava la autoridad moral. De la misma manera, cuando somos deshonestos con nosotros mismos, se deteriora la credibilidad con nosotros mismos. Suena extraño, lo sé. Pero cuando mentimos en voz alta, ¿qué hacemos inmediatamente en nuestro interior? ¿En nuestras mentes?

Justificar la mentira.

¿A quién?

A nosotros mismos.

Es nuestro deber. De otra forma, estamos en desacuerdo con nosotros mismos, un estado que las personas en su sano juicio no pueden mantener durante mucho tiempo. Aun así, nuestras justificaciones internas y privadas son, pues, en el mejor de los casos, medias verdades. ¡Las medias verdades que creemos! Los mentirosos mienten. No eres un mentiroso, ¿verdad? Entonces, ¿por qué mentiste? Y listo, creas una historia que rescata tu autoestima tambaleante. Y luego… ¡Luego decides creerlo! ¡Eres tan fanático de ti mismo! Puedes autoconvencerte de todo.

Yo también. No practicaba ningún deporte en la secundaria ni en la preparatoria; al menos nada oficial. Sin embargo, cuando estaba lejos de casa y alguien me preguntaba si hacía algún deporte, sobre todo las chicas guapas y los chicos atléticos, de inmediato respondía: «Practiqué atletismo y jugué fútbol». Técnicamente es cierto. Corrí alrededor de la pista en educación física y jugué fútbol informal, pero eso no es lo que ellos estaban preguntando y lo sabía. Mentí. ¿Por qué? Pues puedes adivinar. Pero tardó un tiempo para que llegara allí. Al mirar el pasado, quiero echarle la culpa al desarrollo del lóbulo frontal, pero la verdad es…

La verdad es…

…más difícil de reconocer que querer admitir. Pero debemos admitirlo.

La verdad es que, en mi preparatoria, si no eras un atleta, simplemente no lo eras. No eras nada. Por supuesto, eso tampoco era verdad, pero así parecía. Así que creaba una historia prácticamente falsa y la presentaba en el momento en que mi tambaleante autoestima se sentía amenazada.

La autora y profesora Erin Brown define una historia falsa como una «verdad plástica». Escribe:

Lo que hemos dicho tantas veces en nuestra mente se convierte en nuestra verdad plástica. Con el tiempo, esas partes falsas de la historia, los pedazos que hemos inventado, en realidad se cimientan en los vacíos en medio de la verdad.

Las historias falsas se convierten en una muleta. Nos contamos a nosotros mismos historias internas para evitar ver errores. […] Es mucho más fácil crear una historia en donde se culpe a otro que enfrentar las cosas difíciles de la vida.1

¿Tienes historias falsas que llevas a todas partes, por si acaso? Llévalas a todo lado durante mucho tiempo y lo falso se puede transformar prácticamente en verdadero. Cuando eso pasa, estás a pocos pasos de definirte como una verdad plástica.

Mis amigos de Alcohólicos Anónimos, Narcóticos Anónimos y la Asociación de Consumidores me han recordado repetidamente que la honestidad rigurosa es la primera regla para la recuperación. Decían que la deshonestidad impulsa las adicciones de todo tipo. Cada adicción está al final de una serie de decision}es, decisiones que a menudo son impulsadas y protegidas por una historia falsa, una historia que empieza sobre todo como si fuera verdadera y a partir de allí se deteriora. Nada cambia hasta que somos completamente honestos con la persona que vemos en el espejo.

Así que, ¿por qué esperar hasta que se necesite un cambio?

Sé sincero contigo mismo incluso si te hace sentir mal contigo mismo.

Y ¿qué tiene que ver la «verdad plástica» y las historias falsas con la toma de decisiones?

Una falsa premisa dará lugar a una decisión incorrecta.

No puedes tomar la mejor decisión para ti hasta que seas honesto contigo mismo.

Además, si no eres honesto con respecto a por qué eliges lo que eliges, tendrás dificultades para asumir la responsabilidad por el resultado de tu elección. Tenemos un adjetivo para las personas que se niegan a asumir la responsabilidad de sus decisiones:

Irresponsable.

Una falta de sinceridad en el proceso de la toma de decisiones suele dar lugar a una incapacidad de participar en los resultados. Esto crea una espiral viciosa y descendente que deja a las personas quebradas y confundidas. ¿Quieres estar quebrado y confundido? Claro que no. Entonces, erradica tus historias falsas, plásticas y sobre todo las verdaderas autocreadas, y dales un beso de despedida.

Bueno, no les des un beso.

Te parecerá más difícil de lo que pensaste al principio. De hecho, ¡el primer paso que debes dar es ser honesto contigo mismo respecto a que no siempre eres honesto contigo mismo! Cada recorrido empieza con un paso.

Así que, para decidir nuestro camino a un futuro mejor, debemos desarrollar el incómodo hábito de decirnos la verdad incómoda en cuanto al porqué elegimos lo que elegimos hacer. Esto nos lleva al menos a la primera de las cinco preguntas que todos debemos hacernos siempre:

Pregunta #1: La pregunta de la integridad

¿Realmente estoy siendo sincero conmigo?

Puede que no tengas esa obligación para con todas las personas, pero tienes esa obligación para contigo mismo, para ser honesto sobre por qué eliges lo que eliges y por qué decides lo que decides. No ganas nada al venderte a ti mismo. No ganas nada al justificar opciones.

Solo sé sincero.

Eso te ayudará a hacerte esta pregunta dos veces, pero en la segunda ronda, te ayudará a añadir una palabra.

• ¿Estoy siendo sincero conmigo mismo, realmente?

• ¿Por qué hago esto, realmente?

• ¿Por qué lo estoy evitando, realmente?

• ¿Por qué lo pospongo, realmente?

• ¿Por qué sigo poniendo excusas, realmente?

• ¿Por qué estoy yendo, realmente?

• ¿Por qué dije que sí, realmente?

• ¿Por qué decidí ponerme esto, realmente?

• ¿Por qué decidí comprarlo, alquilarlo, realmente?

• ¿Por qué lo conduzco, realmente?

• ¿Por qué lo pedí, realmente?

• ¿Por qué me mudé, realmente?

• ¿Por qué me voy, realmente?

Como se mencionó antes, cuando se trata de autoconvencerse de algo malo o malas decisiones, somos los mejores. Cuando se trata de convencernos de hacer lo incorrecto, somos expertos. Cuando se trata de armar y argumentar un caso de por qué debemos hacer algo que sabemos que no debemos hacer, somos necios refutables y litigantes. Todos merecemos títulos honoris causa en derecho.

Así que dejemos todo eso.

Solo sé sincero contigo mismo, sin filtros.

No te hará daño. Bueno, dañará tu ego. Puedes dañar tus propios sentimientos. Puedes avergonzarte, a ti mismo. Pero al final, eso puede ayudarte. Apropiarse del verdadero porqué detrás de tu qué puede hacer que se prendan las luces. Las luces pueden ser espantosas. Las cucarachas y las ratas lo creen, sin duda alguna, pero la luz puede ser un desinfectante. La verdad también puede serlo. Ambas van de la mano. Así que trae a la luz tus historias, tus justificaciones y tus excusas. Podrías aprender algo.

Empecemos con algo sencillo: el postre.

Recuerda tu último postre. ¿Recuerdas lo que te dijiste a ti mismo? «Ya que no comí postre en el almuerzo, un poco de postre ahora no me hará daño».

¿Qué?

¿Qué tipo de argumento es ese para comer postre con la cena? No tiene sentido. La mayoría de nuestras justificaciones privadas no lo tienen, pero no nos impiden aprovecharlas. Una gran parte de nuestra conversación interna no tiene sentido. ¿No me crees? La próxima vez, dilo en voz alta. Cuando escuchas las palabras en lugar de solamente pensar las palabras, adquieren un nuevo significado. En realidad, menos significado. No tienen sentido.

O ¿qué tal esto?

«He estado trabajando mucho. Me merezco algo dulce».

¿Qué tiene que ver el trabajar mucho con meter algo a tu cuerpo cuando sabes que tu cuerpo estaría mejor sin eso? O esto: «Planeo hacer ejercicios mañana». En realidad, esa es una razón para no comer postres.

Tú entiendes lo que quiero decir.

Venimos al mundo con una propensión a autoconvencernos de lo que queremos hacer en vez de lo que deberíamos hacer. Soy fanático de mí mismo. Eres un fanático de ti mismo. En cuanto vemos algo que queremos, empezamos a vender.

Sin embargo, todo eso simplemente es una forma amable de decir que nos mentimos a nosotros mismos y creemos nuestras propias mentiras.

De acuerdo, un postre más de vez en cuando no es el fin del mundo, solo es el fin de la dieta; pero hay decisiones en las que todo tu futuro podría depender. Te convences de algunas cosas y pagas. En algunos casos, pagas por el resto de tu vida.

¿Tuviste una condena por conducir bajo la influencia del alcohol o una sentencia por un delito grave que levanta su fea cabeza en los momentos más inoportunos? ¿Un ex o una ex que sigue volviendo por más dinero? ¿Recibes llamadas de un cobrador de deudas? ¿No desearías volver y autoconvencerte de no tomar, en vez de tomar, la decisión que te llevó a esos resultados? De seguro que sí.

Como bien afirmó Steven Covey:

¡No puedes salir con palabras de una situación que has provocado con tu comportamiento!

Eso es absolutamente cierto. De igual manera es cierto que nos autoconvencimos del comportamiento que creó el problema que estamos intentando solucionar. Nuestros problemas generalmente empiezan cuando tomamos nuestra propia mala decisión. Y todos somos culpables. Todos nos convencemos de cosas que no podemos solucionar.

LAS TRES «D»

Gracias a mi trabajo habitual, conozco con seguridad las categorías de las decisiones que crean la mayor parte de los lamentos:

• Compras

• Relaciones

• Hábitos

Muchas veces, los tres están relacionados. Un hábito caro puede arruinar una relación. Una relación abusiva puede llevar a una persona a un hábito costoso. La causa número uno de las tensiones en el matrimonio es el problema económico relacionado con los malos hábitos financieros de alguien.

Lo más probable es que todos tus mayores lamentos se encuentran en uno de esos tres baldes. Es importante tener en cuenta que hay compras responsables, relaciones maduras y hábitos saludables. Así que el problema no es la categoría. El problema surge del adjetivo que nuestra defectuosa toma de decisiones nos hace asociar con cada categoría. Nos referiremos a estas, en todo el libro, como «las tres D».

• Compras descabelladas

• Relaciones destinadas al fracaso

• Hábitos destructivos

Empezaré con el primero.

Compras descabelladas

Soy un fanático de «También te puede interesar». «Los clientes que compraron esto, también compraron». ¿Cómo lo sabían? ¿Cómo puedo decir que no? Muy a menudo, no lo digo. No obstante, no me preocupo mucho si compro un libro que posiblemente nunca lea, un aparato que muy pocas veces use o una camisa que me pondré una vez y se la pasaré a uno de mis hijos. Todos hemos hecho compras descabelladas de las que nos hemos reído después. Sin embargo, antes de meterme de lleno en el asunto de tus compras personales tan lamentables, quiero que pienses en el diálogo interno que está asociado con las compras incluso inofensivas, asequibles e improvisadas. ¿Qué te dijiste a ti mismo?

No fue como cuando estabas parado en un concesionario de autos donde el vendedor estaba presionándote, ¿verdad? Lo más probable es que estabas solo mirando los pixeles de la pantalla de una computadora. Te presionaste a ti mismo. Te vendiste. Te autoconveciste. ¿Qué te pareció? ¿Cuál fue tu argumento? Esto es importante. No es importante por lo que hayas comprado, sino para que reconozcas, sin ofender, la lógica infantil que usaste para justificar tu compra. Es importante porque los procesos de pensamiento poco razonables que usamos para justificar las compras inofensivas son las mismas que usamos para justificar las que no son tan inofensivas.

Estoy empezando irrisoriamente y con bajo riesgo porque sé que admitirás con mayor facilidad las justificaciones cuestionables que usaste para la blusa que no era exactamente lo que estabas buscando o ese disco duro que no necesitabas tanto como necesitarás ese arrendamiento de auto del que te gustaría deshacerte.

Si un vendedor real usara el mismo argumento contigo que tú usaste contigo mismo, ¿qué tan convincente habría sido eso?

No tanto. Te ofenderías.

«Si llegas a casa y decides que no te gusta, dónalo».

«Solo cómpralo; puedes permitírtelo».

«Ya tienes uno de estos que hace todo lo que este hace, pero este es más reciente».

Te gustaría empacar todo lo que has comprado y pedir una gran devolución. Te vendiste. Lo mismo ocurre con los artículos de costo elevado.

El vendedor de autos te brindó la información para respaldar la decisión que ya querías tomar. No puedo culparlo. Toda esa deuda que tienes, nadie te hizo hacer pasar esa tarjeta. ¿Quién te convenció de hacer ese pago mínimo mes tras mes tras mes? Tú te autoconvenciste. Tú te vendiste a ti mismo.

Pero ¿cuál era tu argumento?

¿Cómo lo hiciste?

¿Cómo lo haces?

Deberías saberlo. Porque muy pronto, lo harás de nuevo.

¿Eres estrictamente honesto contigo mismo cuando se trata de cómo gastar tu dinero? No me incumbe lo que compres. Es tu asunto. Me importa lo que te digas a ti antes de la transacción.

Escucha cuidadosamente la próxima vez.

Segunda D.

Aceleraré esto.

Relaciones destinadas al fracaso

Tal vez tienes una, ahora mismo. Espero que no.

Probablemente sabías que él no era bueno para ti después de dos citas, si puedes llamarlas citas. Una parte de tu cerebro intentaba convencer a la otra parte de tu cerebro de que él no era el que estabas esperando toda tu vida, pero luego la otra parte de tu cerebro comenzó a vender. ¿Recuerdas el argumento? Algo parecido a esto:

«Es verdad, él no tiene empleo ni lo ha tenido durante un tiempo. Pero es un gran hombre. Solo está esperando una oportunidad perfecta. El que viva todavía con sus padres… es un hombre de familia. Sí, eso es. Él valora a la familia. Además, no solo me prometió pagarme, dijo que me pagaría con intereses. Y qué tal si mi mamá no está de acuerdo. Ella no está saliendo con él. ¡Yo sí!».

Imagina si un amigo usara la misma incongruencia para tratar de convencerte de salir con su hermano.

«Él es perfecto para ti. No, no tiene trabajo ni lo ha tenido durante un tiempo…».

Te perdonaré.

Casi todo en la lista serían argumentos negativos que vienen de la boca de otra persona, pero cuando se origina en nuestras mentes, de alguna manera es diferente, y eso lo hace peligroso.

En el caso de los hombres…

«Cierto, ella puede ser manipuladora y admitió que no es buena con el dinero. Constantemente le envía mensajes de texto a su exnovio; dice que ella le debe dinero. Pero es graciosa. Y la has visto, ¿verdad? Tiene un gusto refinado con los restaurantes, gustos caros, pero creo que es porque ella aprecia la calidad».

Por otro lado, si alguien diferente a ti usara ese argumento contigo…

Mirando el pasado, nos preguntamos cómo es que no vimos las señales. ¿Cómo pudimos haber sido tan despistados? Sin embargo, el problema no es que somos despistados. El problema es, como todo buen vendedor, nos ayudamos a ver lo que queremos ver, mientras ignoramos todas las luces de advertencia que se encienden justo frente a nosotros.

Más detalles del porqué más adelante.

Hábitos destructivos

Luego, claro, hay hábitos destructivos.

Si tú no los tienes ni conoces a alguien que los tenga, puedes saltarte esta parte.

Recuerdas la primera vez que… lo que sea que hagas que no puedes parar. ¿Recuerdas lo que el vendedor dentro de ti susurró? Sí, y ni siquiera estaba ahí: «Puedes hacerlo». Seguido de una versión de «No te preocupes, siempre serás el que domina, nunca serás dominado». Y te creíste a ti mismo, pero lo que empezó como un grato pasatiempo, resultó ser un camino, un camino que llevaba a un hábito. Tal vez una adicción. Una adicción que podría evitarse… como esa relación destinada al fracaso y esas decisiones de compras imprudentes. Si hubieras pausado y te hubieras preguntado: ¿Estoy siendo sincero conmigo mismo, en realidad? ¿Realmente por qué estoy haciendo esto?

La oración que le sigue a esta es tan importante que la he añadido para asegurarme de que no la hayas leído tan rápido.

Casi nunca tienes que autoconvencerte de algo bueno.

Casi nunca tienes que autoconvencerte de lo correcto que se debe hacer, lo sano que se debe hacer, lo responsable que se debe hacer. Lo sabes. Las cosas buenas rara vez necesitan alguna justificación. Cuando empiezas a convencerte, debes presionar el botón de pausa y preguntarte: «¿Realmente estoy siendo sincero conmigo mismo? Si es así, ¿por qué me autoconvenzo tanto?». Lo prudente que se debe hacer suele ser tan persuasivo que no necesita venderse.

Así es como funciona:

Nuestros corazones se envuelven alrededor de algo o alguien y experimentamos el deseo. El deseo. Entonces, el corazón le envía un mensaje al cerebro: «Hola, cerebro, deseo esto. Encuentra una manera de justificarlo y consíguemelo». Ahora, nuestros cerebros son inteligentes. Por eso, los llamamos cerebros. Y nuestros cerebros saben que, aunque es difícil de justificar un deseo, no es tan difícil justificar una necesidad. Así que lo primero que hace el cerebro es actualizar el mensaje a algo mucho más sofisticado que el deseo. El cerebro dice: «NECESITAS esto».

Una vez que nos convencen de que NECESITAMOS algo, es fácil autoconvencernos de eso. Dentro de poco, ya tenemos una lista de justificaciones para comprarlo, beberlo, quedarnos, irnos, acostarnos, invitarlo a salir o invitarlo a entrar; pero las razones que usamos para autoconvencernos, en realidad, no son razones; son justificaciones. Justificaciones de lo que deseamos hacer. Así que aquí está la segunda versión de la misma idea que he señalado en los párrafos anteriores.

Casi nunca tienes que justificar algo bueno.

Justificar es similar a falsificar. Te falsi-ficas a ti mismo, y en muchas ocasiones lo sabes. Sin embargo, escuchamos nuestro razonamiento complicado y confundido hasta que de verdad lo creemos. Y una vez que empieza eso, es muy difícil ser honestos con nosotros mismos, ¿no es cierto? Siempre hay un conflicto interno entre las opciones que conocemos intuitivamente que debemos elegir y las opciones que estamos tentados a elegir, entre las opciones que son las mejores para nosotros y aquellas de las que nos autoconvencemos.

Por otra parte, cuando se trata de autoconvencernos de algo malo, somos sorprendentes, lo que es muy extraño, porque al mismo tiempo, todos estamos comprometidos cien por ciento con lo que es mejor para nosotros. Al menos, en nuestras mentes, pero no siempre en nuestras decisiones. ¿Desearías tener buena salud? Claro que lo desearías. Todos desearíamos eso, pero todos decidimos lo contrario siempre que nos sentamos a comer. ¿Quieres tener buena situación financiera y una relación sana? Claro que quieres. De nuevo, todos queremos eso. Entonces, ¿por qué somos tan propensos a decidir lo contrario?

¿Por qué es tan difícil tener el autocontrol cuando nosotros juraríamos que queremos lo que es mejor para nosotros?

Es extraño, ¿no?

Todos nos hemos mirado en el espejo y nos hemos preguntado: «¿Por qué hice eso? ¡Otra vez!». Otra forma de hacerse la misma pregunta es: «¿Por qué decidí hacer eso de nuevo?», lo que nos lleva a una pregunta que quiero que abordemos mientras vamos concluyendo este capítulo.

¿Por qué somos tan propensos a la autodecepción?

¿Por qué nos mentimos a nosotros mismos?

¿Por qué nos mentimos a nosotros mismos acerca de nosotros mismos?

¿Por qué nos autoconvencemos de cosas que después nos arrepentimos? Sobre todo, ¿cómo nos detenemos?

Primero por qué, luego cómo.

FILTROS

Cuando se trata de por qué nos cuesta tanto ser sinceros con nosotros mismos, los psicólogos sugieren que en realidad no es del todo nuestra culpa.

Tendría que amar a los psicólogos.

Aparentemente, todos somos víctimas de un sesgo cognitivo denominado sesgo de confirmación. El sesgo de confirmación es la tendencia que todos tenemos para buscar información o argumentos que defiendan lo que ya creemos y las razones que respalden lo que ya tendemos a hacer. El sesgo de confirmación nos capacita para ver lo que queremos ver y oír lo que queremos oír y para desconectarnos de todo lo que argumenta lo contrario. Buscar información para confirmar nuestras suposiciones es algo natural. Buscar proactivamente o incluso ser abierto a información que argumenta lo contrario es extraordinario. No natural. Si deseamos que algo sea cierto con todas nuestras fuerzas, las estrellas se alinean mágicamente. En nuestras mentes, al menos. Y se elimina la información que argumenta lo contrario. No solo no analizamos de forma objetiva, sino que también quemamos calorías para no analizar objetivamente. Esposamos nuestras suposiciones y prejuicios.

Los Estados Unidos en la actualidad están divididos respecto a tres cuestiones sobre las que probablemente tienes una opinión: aborto, control de armas de fuego y cambio climático. Temas que en lo emocional no son neutrales para la mayoría de las personas. Hasta donde sé, no existe información secreta sobre estos tres temas. Las estrellas, la historia y la ciencia están allí para todos los que estén interesados en descubrirlos. Si eres sincero, que es el punto de este capítulo, probablemente nunca has buscado, de manera proactiva, información contraria a tu opinión sobre estas tres cuestiones candentes, ¿verdad? Sin embargo, cuando te encuentras con algo que respalde tu punto de vista, ¡eso te encanta!

Lo pasas a un amigo. Publicas el enlace.

La moraleja de la historia es que (y me vas a aborrecer por esto) la mayoría de nosotros queremos tener la razón antes de querer saber lo que es verdadero. No estamos en búsqueda de la verdad. Estamos en búsqueda de la confirmación.

El sesgo de confirmación explica en parte por qué las mamás y sus hijas llegan a conclusiones opuestas sobre el mismo muchacho. Los teístas miran la naturaleza y llegan a la conclusión de que hay un diseño y un diseñador, mientras que los no teístas no ven ninguno de los dos. Para los demócratas, el Presidente Obama no podría cometer ningún delito. Para los republicanos, todo lo que él hizo estaba mal.

Por supuesto, ninguno era correcto.

Eso probablemente desencadenó tu sesgo de confirmación.

Engañoso.

Para que sepas, incluso el Presidente Obama admitió haber cometido errores. Para que conste, cada presidente comete errores. Sin embargo, durante el tiempo que un presidente está en el poder, nuestro sesgo de confirmación es más fuerte que cualquier realidad política y cultural. Y eso no cambiará. Y probablemente eso no te hará daño.

Sin embargo, a nivel personal, el querer tener la razón antes que querer saber lo que es verdad socavará tu habilidad de tomar decisiones. Peor aún, garantiza las malas decisiones más que nada. Una búsqueda de confirmación es una búsqueda peligrosa. No te dejará ver lo que puede hacerte daño. Te tiende una trampa para elegir libremente, con alegría y con confianza, la opción equivocada.

Todos somos víctimas potenciales del sesgo de confirmación. Las personas que logran escaparse de sus garras son personas excepcionales que reconocen lo que pasa y van a buscar información que no se alinea con sus sesgos. Ese es un individuo excepcional. Se necesita una seguridad extraordinaria y una medida especial de curiosidad.

NADA NUEVO

El término «sesgo de confirmación» fue introducido por el psicólogo inglés Peter Watson en los años sesenta, pero se ha observado esta característica por mucho más tiempo. Francis Bacon, otro inglés, hizo la siguiente observación en el siglo XVII:

El entendimiento humano, una vez que ha adoptado una opinión […] dibuja todo lo demás para apoyar y mostrar conformidad con ella. Y pese a haber un gran número de ejemplos, y de peso, que demuestran lo contrario, los ignora o los desprecia, prescinde de ellos o los rechaza.2

El historiador griego Tucídides, allá por el siglo IV a.C., observó:

… porque los seres humanos tienen la costumbre de confiar con una esperanza despreocupada lo que ellos anhelan y rechazar con razonamientos arbitrarios lo que no es de su agrado.3

Sin embargo, cientos de años antes de Tucídides, en el siglo VII a.C., un consejero áulico, que se volvió profeta, hizo una observación similar. El contexto de su observación es fascínate e instructiva.

SALUD CARDIACA

Jeremías sirvió como consejero para una serie de reyes que gobernaron el antiguo reino de Judá, cuyos reinados hubieran sido más tranquilos y las vidas de los reyes se hubieran prolongado si hubieran escuchado el consejo de Jeremías. ¡Pero claro, la ventaja, tal vez el propósito, de ser rey es que no tienes que escuchar el consejo de nadie!

La difícil trayectoria de Jeremías empezó cuando fue consejero para el joven rey Joacim. Israel recientemente se había convertido en un estado títere, al pagar un tributo económico anual a Babilonia, el cual, a cambio, le proporcionaba asistencia militar, aunque permitía que Israel maneje sus propios asuntos. Después de tres años, el rey Joacim decidió que ya había sido suficiente y decidió retener su tributo y declaró su lealtad al archienemigo de Babilonia: Egipto. Cuando Jerusalén escuchó por ahí sobre los planes de Joacim, advirtió al rey de las consecuencias de rebelarse contra el poderoso Nabucodonosor, quien recientemente había sido derrotado por el ejército egipcio y ya estaba de muy mal humor militar. No obstante, Joacim no hacía caso.

Para hacernos una idea, esto sería como la ciudad más pequeña de tu estado que le declara la guerra a los Estados Unidos.

Inútil y peligroso.

Jeremías le aseguró al rey que no solo era una mala idea, sino que era una directa oposición a la voluntad de Dios para la nación en ese tiempo. A Joacim no le preocupaba eso tampoco. Hacía tiempo que había abandonado los caminos del judaísmo. Los escritos rabínicos describen al rey Joacim como un tirano sin piedad cuyos apetitos sexuales lo llevaron mucho más allá de las prohibiciones morales descritas en la ley judía. Además, para cuando Jeremías llegó hasta él, ya había tomado una decisión.

Hizo exactamente lo que había planeado hacer.

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