Kitabı oku: «Al-Andalus»

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Al-Andalus

Ángel Luis Vera Aranda


ISBN: 978-84-15930-44-0

© Ángel Luis Vera Aranda, 2014

© Punto de Vista Editores, 2014

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Índice

EL AUTOR

CAPÍTULO I AL-ANDALUS, DE TARIK A BOABDIL

El territorio de al-Andalus

La decadencia del reino visigodo

La expansión del islam

CAPÍTULO II EL EMIRATO DEPENDIENTE Y LA LLEGADA DE LA DINASTÍA OMEYA

La conquista del reino visigodo

El final del expansionismo islámico

El final del waliato. La llegada del príncipe Omeya Abd-al-Rahman

La consolidación del emirato independiente: los sucesores de Abd al-Rahman I

CAPÍTULO III EL EMIRATO INDEPENDIENTE

El gobierno de al-Hakam I. Los problemas sociales en al-Andalus: el motín del arrabal

El reinado de Abd al-Rahman II (822-852)

Una sociedad compleja y convulsa. Los conflictos sociales y religiosos a partir del reinado del emir Muhammad I (852-886)

Al-Mundir (886-888) y Abd Allah (888-912)

CAPÍTULO IV EL APOGEO DE AL-ANDALUS DURANTE EL CALIFATO DE CÓRDOBA

El reinado de Abd al-Rahman III (912-961). El apogeo económico de al-Andalus

La proclamación del califato de Córdoba

El apogeo cultural y artístico durante la época de al-Hakam II (961-976)

CAPÍTULO V LA CRISIS DEL CALIFATO: ALMANZOR Y LA FITNA

La dictadura de Almanzor (978-1002)

La ciudad más grande del mundo

La fitna

CAPÍTULO VI LA DISOLUCIÓN DEL CALIFATO: LOS REINOS DE TAIFAS (1031-1086)

Las primeras taifas

La cultura andalusí durante las primeras taifas

CAPÍTULO VII LOS HOMBRES DEL DESIERTO. EL IMPERIO ALMORÁVIDE (1086-1147)

Tashfin

Ben Yusuf

La cultura bajo los almorávides

La aljamía, la lengua de los mozárabes

Las segundas taifas

CAPÍTULO VIII LOS ALMOHADES Y EL FINAL DE AL-ANDALUS

Los hombres de las montañas. El imperio almohade (1147-1212)

El final de al-Andalus (1212-1287)

CAPÍTULO IX EL REINO NAZARÍ DE GRANADA

Los dos primeros soberanos Nazaríes

El apogeo Nazarí. La construcción de la Alhambra

El final del reino musulmán de Granada

EPÍLOGO EL FINAL DE MUDÉJARES Y MORISCOS. VALORACIÓN HISTÓRICA DE AL-ANDALUS

BIBLIOGRAFÍA

EL AUTOR

Ángel Luis Vera Aranda (Córdoba, 1959) es catedrático de Geografía e Historia en enseñanza secundaria desde 1984. Licenciado dos años antes en la Universidad de Sevilla, amplió sus estudios con el doctorado en Geografía, en esa misma Universidad, en 1989.

Se ha especializado en temas como la demografía histórica y la evolución urbana de las ciudades, ámbitos en los que ha investigado sobre diferentes localidades andaluzas, españolas, europeas y americanas.

Entre sus publicaciones destacan varios libros de texto, tanto para Educación Secundaria Obligatoria como Bachillerato, así como numerosos artículos sobre la historia de Andalucía y la de otros territorios. En particular, hay que mencionar los tres libros de la colección Breve Historia publicados en la editorial Nowtilus sobre historia de las ciudades del mundo antiguo, clásico y medieval.

Es autor de la serie Geografía de Andalucía, emitida por la televisión andaluza Canal Sur, de la que también se publicó un material didáctico en formato de vídeo y de cuadernillos para su utilización en los centros de enseñanza.

Ha recibido el premio Ayuntamiento de Sevilla al mejor proyecto didáctico, el Joaquín Guichot otorgado por la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía, así como el premio al mejor recurso educativo en software libre por su libro y página web Geohistoria.net, también otorgado por el mismo organismo.

Es miembro de diferentes colectivos dedicados a la investigación tanto científica como pedagógica. Forma parte del consejo de redacción de varias revistas y colabora frecuentemente con la Consejería de Educación andaluza, el Ministerio de Educación y los organismos educativos de la Unión Europea.

El autor quiere expresar su agradecimiento a Alejandro Pérez Ordóñez por sus puntualizaciones y aclaraciones sobre la escritura de las palabras árabes.

CAPÍTULO I

AL-ANDALUS, DE TARIK A BOABDIL

El territorio de al-Andalus

En una época en la que la mayoría de Europa y de América prácticamente vivía en la barbarie, en la zona meridional de la península Ibérica se estaba desarrollando una civilización refinada, culta y avanzada, que se encargó de transmitir al resto del continente una parte importante del legado clásico grecorromano. Es muy probable que, de no haber existido al-Andalus, buena parte de la herencia cultural que poseemos hubiera acabado perdiéndose definitivamente.

La península Ibérica ocupa un lugar marginal en el conjunto de la mayor masa continental que existe en el planeta, el continente euroasiático, pues se ubica en el extremo sudoccidental del mismo. Pero, fue en este lugar periférico, y relativamente alejado de las zonas en las que se desarrollaron las mayores culturas del mundo antiguo y medieval donde, hace unos mil años, floreció una de las civilizaciones más brillantes que han tenido lugar a lo largo de los tiempos, la de al-Andalus.

En la actualidad, este espacio peninsular con cerca de 600.000 kilómetros cuadrados está ocupado casi por entero por dos países, España y Portugal. Para comprender adecuadamente la historia que vamos a narrar en las páginas siguientes, es preciso conocer algunas de las características esenciales que posee este territorio.

Su ubicación como península al suroeste de Europa, lo sitúa a caballo entre dos grandes masas de agua, el Mediterráneo al este y el Atlántico al oeste, que resultarán decisivas a lo largo del tiempo para explicar determinados acontecimientos históricos que tuvieron lugar a orillas de uno y otro mar.

A su vez, la Península, que es parte del continente europeo, por su proximidad al norte de África ha servido como puente de paso de muchos pueblos y civilizaciones a lo largo de la historia. Ese es un hecho que comprobaremos constantemente a lo largo de las páginas siguientes.

La facilidad con la que los pueblos atraviesan por este espacio no se debe solo a esa situación excepcional y estratégica. Hay otro hecho fundamental. El Mediterráneo, el Atlántico, Eurasia y África, poseen un punto de contacto común, el estrecho de Gibraltar. Este pequeño brazo de agua, de poco más de catorce kilómetros de anchura, actúa como nexo de unión entre ambas masas de agua, y como punto de separación entre dos enormes superficies continentales. Buena parte de la historia que describiremos girará en muchas ocasiones sobre este punto privilegiado, no solo en un ámbito concreto como el que nos referimos, sino en un contexto a nivel mundial.

La Península es, en su mayor parte, un territorio con un clima templado y por lo general, bastante suave. Sus veranos suelen ser muy calurosos y extremadamente secos, salvo en la zona norte de la montaña Cantábrica y en los Pirineos, lo cual, como veremos, tendrá también importantes connotaciones históricas.

La mayor parte de los valles de los ríos que riegan el ámbito peninsular son de una gran fertilidad, por lo que el manejo del agua de los mismos implica la posibilidad de sacar mucho más rendimiento a los cultivos con las adecuadas obras que permitan manejar las infraestructuras hidráulicas.

Salvo el Ebro y alguno más, casi todos los ríos más importantes (Miño, Duero, Tajo, Guadiana y Guadalquivir) tienen, además, una disposición que va desde el este hasta su desembocadura en el oeste. Y este hecho, aunque aparentemente anecdótico, tendrá una importante repercusión sobre la historia del territorio peninsular.

Esta disposición de los cursos fluviales, unida a la misma situación de los intersticios montañosos (cordillera Cantábrica, Pirineos, Sistema Central, Sierra Morena o cadenas Béticas), resultará fundamental para comprender el devenir peninsular a lo largo de los ocho siglos por los que va a discurrir lo que aquí se narra. Serán estas montañas las que, en muchas ocasiones, facilitarán la defensa a los reinos que surjan, y servirán como tierra de frontera durante la mayor parte de todo ese tiempo.

Solo el Sistema Ibérico tiene una disposición diferente. Se desarrolla en un sentido noroeste-sudeste. Así pues, servirá como frontera que define los límites entre la Corona de Castilla y la de Aragón y, en consecuencia, de todos los territorios musulmanes que anteriormente existieron a uno u otro lado de las cadenas de montañas.

Esta abrupta topografía explica en muchas ocasiones la existencia de unas fronteras naturales claramente definidas, así como las diferentes etapas en las que se divide cronológicamente el proceso genérico que se conoce con el nombre de Reconquista, al cual volveremos más adelante.

En este territorio, y por espacio de casi ochocientos años, floreció una civilización que destacó enormemente sobre la mayor parte de las que existieron en el mundo de su tiempo, y a la que sus propios habitantes denominaron al-Andalus.

Pero, ¿qué significado tiene este apelativo? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Durante mucho tiempo, un gran número de historiadores y de filólogos han investigado para averiguar cuál es la procedencia de este topónimo. Pero hasta ahora, ninguno de ellos ha sido capaz de desentrañar con total seguridad el misterio de este nombre.

Actualmente se barajan tres posibles hipótesis que expliquen su origen.

Por una parte hay quien opina que el nombre procede de Vandalusía, que equivale a decir ‘Tierra de vándalos’. En efecto, los vándalos fueron uno de los pueblos bárbaros que se asentaron en la Bética (denominación que en época romana recibía lo que aproximadamente es el territorio de Andalucía en la actualidad) entre los años 409 y 429. Pero es muy extraño que ese sea el origen del nombre. Por esta región pasaron antes y después otros muchos pueblos que dejaron una huella mucho más importante que los vándalos. De ahí que muchos autores critiquen la procedencia del mismo. Es más, la palabra Andalucía no aparece hasta el siglo XIII cuando los cristianos reconquistaron al-Andalus. No tendría pues sentido que el nombre actual de esta comunidad española procediera del mencionado Vandalusía, pues eso supondría que se le “cayó” la V inicial posteriormente.

La teoría en cuestión, que han defendido numerosos historiadores durante bastantes siglos, se basa en que el origen de la palabra es el vocablo de la lengua bereber al uandalus, que significa, ‘los vándalos’. Para los bereberes, los vándalos que llegaron a África procedían del territorio que se encontraba al norte del estrecho de Gibraltar, y parece ser que ese es el motivo por el que le dieron ese nombre a la tierra que hoy forma parte del sur de España.

Una segunda teoría es la que apunta a un origen godo del término. Se basa en que, cuando llegaron a la Península los visigodos, sustituyeron a los antiguos terratenientes romanos y se sortearon las tierras de estos entre la nobleza goda. En esta lengua existe una frase que es la de Landahlauts, que equivale a algo parecido a ‘tierras de sorteo’. Aunque es una teoría que no tiene demasiada aceptación, en la actualidad se da cierta viabilidad a la misma.

La tercera opción es la más sorprendente de todas y la más reciente. Es la que hace derivar el origen de la palabra de la griega Atlántida, o Atlantidus. Para los griegos, el jardín de las Hespérides se encontraba en el promontorio de Calpe, es decir, en lo que actualmente llamamos peñón de Gibraltar. Desde la época de Platón, se consideró que el mítico reino de la Atlántida se encontraba cerca del mismo, de ahí que se pudiera identificar un lugar con el otro.

Atlantidus se transcribe en árabe aproximadamente como al-lanlidus, al convertirse la T en L en la pronunciación. Los árabes al traducir las obras de los antiguos griegos utilizaron esa palabra para denominar el territorio al que llegaron a comienzos del siglo VIII. En cualquier caso, es una teoría bastante reciente que no tiene de momento demasiada aceptación, aunque abre una nueva posibilidad a la explicación de por qué los árabes llamaron de esta forma a un territorio que hasta ese momento era conocido como la Bética en todo el mundo antiguo.

Y aún dando por sentado que desconocemos cuál el significado exacto de ese nombre, existe un problema mucho mayor y de una índole mucho más práctica y de difícil solución, y es ¿cómo transcribir las palabras escritas en lengua árabe?

Las dificultades que esto presenta son importantes por dos motivos principales. En primer lugar porque el árabe y nuestra escritura de origen latino son dos tipos de grafías completamente distintas, lo que hace que no sea posible transcribir literalmente una a otra, esto es, pasar de una lengua a otra, palabra por palabra o letra por letra.

Pero obviando esa dificultad, aparece otra que es todavía mayor, la pronunciación. Determinadas letras tienen distintas formas de pronunciarse en árabe y en el castellano actual. Así, por ejemplo, existen diferentes formas de pronunciación para la letra A, y eso conlleva que a la hora de escribir las palabras en nuestro alfabeto los autores opten por distintos tipos de posibilidades, y que no haya un modelo uniforme.

Además debe añadirse que las transcripciones también varían según en qué lengua se realicen. De este modo, un inglés o un francés transcribirán un determinada palabra de forma distinta a alguien que hable español, para adaptarla a la forma específica de pronunciación que exista para esa lengua.

Y no solo eso, sino que en un mismo idioma pueden existir distintos criterios de transcripción, ya que en ocasiones estos pueden ir evolucionando a lo largo del tiempo, como ha sucedido en el español. Hasta hace no muchas décadas, los filólogos empleaban formas de transcripción distintas a las actuales. Es lo que sucede por ejemplo en el caso del nombre de al-Hakem, que actualmente se escribe como al-Hakam, que es mucho más parecido a su pronunciación en lengua árabe.

Todo esto representa un evidente problema a la hora de elegir qué sistema emplear. Probablemente, lo más correcto sea quizás el sistema más reciente. Pero esto también presenta muchas dificultades.

Habitualmente estamos acostumbrados a leer, por ejemplo, Abderramán y no Abd-al-Rahman, y no digamos ya en el caso de aquellas palabras de empleo más tradicional y que se encuentran totalmente arraigadas en el uso de la lengua actual. Nadie pronuncia o escribe Qurtuba o Isbilia o Isbiliya, que son sus nombres árabes, sino que empleamos Córdoba o Sevilla. Tampoco nadie utiliza la palabra Muhammad para referirse al profeta, sino que todas las personas se refieren a él como Mahoma.

Ante esta situación, cabe preguntarse por tanto, qué hacer. La respuesta no es sencilla, por consiguiente hay que adoptar una decisión salomónica y un tanto subjetiva. Utilizaremos en consecuencia aquellas palabras que a nuestro modo de ver, resulten más frecuentes en la grafía habitual. Ello supone que no seguiremos siempre el mismo sistema de transcripción fonética, sino el que más conocido y habitual nos resulte.

Hay otros problemas previos que abordar, y entre ellos se encuentran los referidos al planteamiento de determinados conceptos que presentan dificultades en cuanto a su debate historiográfico, e incluso en lo referido al empleo erróneo en su utilización.

Es el caso, por ejemplo, del concepto que conocemos como Reconquista, entendido tradicionalmente como aquel proceso histórico durante el cual, a lo largo de casi ocho siglos, los reinos cristianos del norte peninsular recuperaron el territorio que se había perdido a manos de los musulmanes a partir del 711, cuando estos derrotaron a los visigodos.

En nuestra opinión, no es ese el término más adecuado precisamente, pero es tal su aceptación tradicional a lo largo de la historia, que a él tendremos que hacer referencia cuando tengamos la ocasión de hacerlo.

No será la misma situación que la de otras expresiones que son claramente erróneas y que están fuera de lugar, como son las de mahometanos y moros.

La primera es incorrecta desde un punto de vista religioso. Mientras que el término cristiano sí es empleado con propiedad, ya que hace referencia a aquellas personas que creen en la divinidad de Jesús de Nazaret, el de mahometano no puede serlo, ya que no existe esa misma creencia divina en la religión islámica con respecto a Mahoma. Este solo se consideró a sí mismo como el profeta que predicó la nueva religión revelada por Alá, o Allah, palabra que en lengua árabe significa igualmente ‘Dios’. De este modo emplearemos el término adecuado, que es el de musulmanes o islámicos, para las personas que profesan esta religión.

De igual forma no se empleará el término de moros, salvo cuando su uso sea moneda corriente en determinadas expresiones como “el moro Rasis”, “Santiago Matamoros”, etc. La palabra moro deriva de Mauri, que era el nombre que los romanos daban genéricamente a los habitantes del Magreb que vivían en el norte de África y que ya en aquella lejana época, hacia los siglos II y III de nuestra era, invadieron varias veces la península Ibérica.

Pero este no resulta un término adecuado. Es más, frecuentemente suele ser utilizado con un carácter despectivo y peyorativo para referirse a las personas procedentes de Marruecos, Argelia y Túnez, independientemente de su nacionalidad actual, pues se aplica indistintamente a la población que vive en el norte del África mediterránea.

Es también preciso aclarar la utilización del concepto árabe, que debe ser empleado fundamentalmente en dos tipos de acepciones. Por un lado, para denominar de esa forma a las personas procedentes de la península Arábiga, es decir, a los habitantes del territorio en el que Mahoma predicó en el siglo VII la nueva religión del islam.

En segundo lugar ha de utilizarse esa palabra para referirse al idioma predominante entre los invasores de la Península, aunque como ya veremos, el árabe no fue la única lengua que hablaban los pueblos que llegaron a Hispania, y ni siquiera fue la más hablada en ella durante el período de al-Andalus, aunque sí fue la más importante.

Independientemente de lo que desde un punto de vista etimológico signifique la palabra al-Andalus, para nosotros debe quedar claro que con ese nombre se designa a todo el territorio de la península Ibérica que durante la Edad Media estuvo controlado por los musulmanes, como mínimo hasta el siglo XIII, aunque también puede hacerse extensible al posterior reino nazarí de Granada.

A lo largo de esta obra desarrollaremos la historia de una de las civilizaciones más importantes que hubo en el mundo medieval, y ¿por qué no decirlo también? una de las más interesantes que ha habido a lo largo de la historia.

Desgraciadamente para al-Andalus, la evolución histórica posterior no ha jugado a favor del mantenimiento de su memoria como debería haberlo hecho. La historiografía española, y con mucho mayor motivo la europea, la juzgó a partir del siglo XVI como una especie de paréntesis histórico, como si hubiera sido la llegada a España y Portugal de un pueblo extranjero, incómodo, al que había que expulsar cuanto antes de un territorio que no le correspondía, ya que no se le consideraba como algo propio de la historia de esos países.

Mal que les pese, no han sido los pueblos y naciones musulmanas las que han escrito la historia posterior que todos conocemos hoy día. Esa historia procede básicamente de historiadores de religión cristiana que vivían en los países de Europa occidental, y estos, aún reconociendo la originalidad de la cultura andalusí, han tratado a esta casi siempre desde una perspectiva secundaria e incluso en ocasiones hasta con un manifiesto menosprecio.

En este caso, con al-Andalus ha sucedido algo parecido a lo que ocurrió en el otro extremo del mundo Mediterráneo con el Imperio bizantino y con su capital Constantinopla, “el imperio olvidado”, como lo han bautizado algunos historiadores con una perspectiva más amplia que la mayoría de sus colegas.

En efecto, tanto la España cristiana, como el mundo musulmán, han valorado poco adecuadamente hasta hace muy pocas décadas la importancia histórica que tuvo al-Andalus en el mundo de su tiempo. Sí, otro ejemplo similar tenemos con Bizancio. Ni los actuales turcos se consideran herederos directos de aquella refinada civilización, ni los griegos de hoy día, que han recibido tanto su lengua como su cultura, han sabido valorar y conservar en su justa medida la importancia que tuvo aquel período histórico, hoy escasamente recordado incluso en los libros de texto.

Y este olvido resulta mucho más grave en el caso de al-Andalus, cuando se trató de una cultura que a lo largo de casi ochocientos años dejó un legado imperecedero que prácticamente resulta único en la Europa actual. Así, todavía podemos extasiarnos contemplando los suntuosos palacios en que vivían sus gobernantes, los espléndidos jardines por los que paseaban, las grandiosas mezquitas en las que rezaban, los elevados alminares desde los que llamaban a la oración, los alcázares inexpugnables en los que se defendían, los resistentes puentes que favorecían el tráfico y los intercambios comerciales, la útil red de canales y acequias que construyeron para regar las fértiles huertas…

Pero aunque todo esto no permaneciera en pie, se mantendría vivo (aunque siguiéramos desconociendo el origen de nuestra cultura) el legado cultural que transmitió a la Europa de su tiempo y, por extensión, a la mayor parte del mundo actual. Y es que, en una época en la que buena parte del mundo occidental vivía en la oscuridad y el retraso cultural, en la mayor parte de España y de Portugal existía una civilización mucho más avanzada que recogió el legado del mundo clásico y lo conservó y perfeccionó de una manera fundamental para su conservación posterior.

Pero no solo se limitó su labor a transmitir información, sino que también los sabios andalusíes aportaron originales innovaciones al conocimiento de muchos aspectos de la cultura y del saber. Así brillaron particularmente en campos tan dispares como la astronomía, la geografía, la medicina, la historia, la química, la creación artística y literaria, la farmacología, la jurisprudencia, las matemáticas o la filosofía.

Y no solo podemos admirar a aquella civilización por su cultura, sino que también debemos hacerlo porque en determinados momentos de su recorrido aportó al mundo un modelo de convivencia muy poco frecuente en aquellos tiempos en los que la intolerancia era lo habitual en los territorios poblados de Europa y Asia. Una convivencia que, pese a las inevitables dificultades por las que atravesó en numerosas ocasiones, representó durante varios siglos un ejemplo para el mundo de su tiempo, e incluso para nuestro mundo actual.

En al-Andalus convivieron una multitud de pueblos con muy distintos orígenes, que iban desde los eslavos procedentes del este de Europa, los árabes del Próximo Oriente, los bereberes del norte de África, negros procedentes del Sudán, judíos que llegaron desde Palestina y, por supuesto, el sustrato étnico principal, la población descendiente de los hispanogodos que habitaba en este territorio a la llegada del islam.

Estos pueblos profesaban hasta tres religiones distintas (islamismo, cristianismo y judaísmo), hablaban dos o más lenguas mayoritarias (árabe y mozárabe o lengua romance), pero convivían en un solo Estado al que conocemos con el nombre de al-Andalus.

Para conocer cómo se desarrolló esta avanzada civilización, es necesario comenzar haciendo una introducción a los dos pueblos que, a comienzos del siglo VIII, chocaron para mantener bajo su poder el territorio de la península Ibérica. Por una parte los visigodos, que acabaron por perder definitivamente Hispania, por otra los musulmanes, que los sustituyeron en el gobierno y que acabaron incorporando a sus dominios lo que a partir de entonces se conocería como al-Andalus.

La decadencia del reino visigodo

En el año 378 tuvo lugar una de las batallas más importantes de la historia. Un numeroso grupo de visigodos (uno de los pueblos germanos que llevaba ya varios siglos presionando sobre las fronteras del Imperio romano), que había atravesado tres años antes el limes o frontera del río Danubio, se enfrentó con las legiones romanas comandadas por su propio emperador en una zona próxima a la ciudad de Adrianópolis, en la actual Turquía europea. La victoria de los visigodos fue total, hasta el punto de que el emperador romano Valente pereció en la batalla.

Desde ese momento, los visigodos se sintieron libres para saquear a su antojo todas las ricas ciudades que pertenecían al Imperio romano. Los desesperados generales romanos, incapaces de contenerlos, llamaron su auxilio a la mayor parte de las tropas que permanecían acantonadas en la frontera superior junto al limes que constituía el río Rin en Germania.

Como consecuencia de esta decisión, debilitaron enormemente esta línea defensiva, y así, en el año 406, se produjo la segunda catástrofe. Varias decenas de miles de suevos, vándalos y alanos atravesaron el río favorecidos por el desguarnecimiento de las defensas romanas y se lanzaron hacia el interior del Imperio.

En solo tres años y después de causar grandes daños con sus saqueos y destrucciones en el territorio de la Galia (la actual Francia), avanzaron hacia el sur hasta atravesar los Pirineos y penetrar en la península Ibérica. En aquella época, esta recibía el nombre de Hispania, del cual se deriva el actual de España.

Para colmo de males, en el 410, los visigodos sometieron a un terrible saqueo a Roma, la capital del Imperio. Los emperadores que la habían abandonado un poco antes para instalarse en la ciudad mucho más segura de Rávena, no sabían ya qué hacer para acabar con aquella pesadilla.

Entonces se les ocurrió una “brillante” idea a los consejeros imperiales. Ya que no se podía derrotar a los visigodos, ¿por qué no se llegaba a un acuerdo con ellos que favoreciera a ambas partes? Estos, dado su reducido número, no tenían capacidad para controlar al enorme imperio aunque este atravesara una terrible decadencia. Su fortaleza militar les permitía dirigirse con rapidez de un sitio a otro, arrasando a su paso todos los lugares por los que marchaban, apoderándose de sus riquezas. Pero no tenían capacidad para hacer mucho más.

A los romanos se les ocurrió que podían intentar alcanzar una alianza con los visigodos. De esta forma, se aprovecharían de ellos para su mutuo beneficio. La idea era utilizar su poderío militar, para que de esta forma expulsasen de los territorios invadidos al resto de los pueblos bárbaros. Es necesario aclarar que esta palabra no tenía en aquella época el matiz peyorativo que hoy le damos. Un bárbaro para un romano era sencillamente un extranjero que desconocía la lengua y la cultura romana, no alguien que destruía a su paso todo lo que se encontraba, aunque con el paso del tiempo fue este significado el que se impuso.

A cambio de esa ayuda, los visigodos recibirían tierras en las que asentarse con el beneplácito del propio emperador romano. Alarico, el rey visigodo, aceptó esta propuesta y se dispuso a cumplir su parte del trato con eficacia y rapidez. En solo tres años habían limpiado la Galia e Hispania de buena parte de sus anteriores invasores.

Pero los visigodos no deseaban actuar solamente como meros servidores de los intereses romanos, pues aspiraban a más. De este modo, en el 418, un caudillo visigodo llamado Teodorico se proclamó rey independiente del Imperio romano, aunque nominalmente continuara rindiendo vasallaje al emperador. Estableció su capital en Tolosa (la actual Toulouse, en el sur de Francia), dominando la mayor parte del sur de la Galia y la mitad norte de Hispania, aunque no todas sus partes periféricas.

Y aunque en estas su autoridad no era absoluta, su potencia militar les permitía actuar sobre aquellos pueblos que se mostraban renuentes a aceptar sus órdenes. De esta forma, los vándalos que llevaban veinte años saqueando indiscriminadamente la Península y en especial la Bética, debieron abandonar este territorio en el año 429 y marchar al norte de África. Como dijimos antes, esos escasos veinte años sirvieron, según algunos autores, para que dieran posteriormente su nombre a al-Andalus y a Andalucía.

Sin embargo, el dominio visigodo siguió siendo muy laxo. En total se calcula que eran como mucho unas 200.000 personas, mientras que el resto de la población hispanorromana podía calcularse en cinco o quizás hasta seis millones de personas. Es decir, los visigodos eran una minoría ante la abrumadora mayoría de personas que ya vivían en Hispania cuando ellos llegaron.

Pero los visigodos se habían hecho con los resortes del poder, en particular con la propiedad de la tierra. Muchos de ellos se habían convertido en terratenientes cuando arrebataron a los antiguos propietarios latifundistas de origen romano las tierras que estos poseían. Dominaban la tierra, dominaban militarmente a la población y les cobraban impuestos. En ese sistema se basaba principalmente su control sobre el territorio y sus habitantes.

Pero había algo muy importante que les diferenciaba del resto de la población. Y no era su lengua, su cultura, su ejército, sus propiedades o su Derecho. Era algo que para la mentalidad de la época tenía una importancia casi tan grande o incluso superior a todo lo anterior. Era la religión.

Desde el siglo IV, el mundo romano se había ido convirtiendo paulatinamente a una nueva religión, el cristianismo, y de esa forma se habían abandonado los cultos paganos. Los visigodos también abrazaron el cristianismo aún antes de penetrar en el Imperio romano. Un evangelizador llamado Ulfilas difundió entre el conjunto de los pueblos godos la doctrina de Jesús de Nazaret. Pero lo hizo predicando una variante del mismo a la que se conoce como arrianismo. Arrio era un presbítero que aseguraba que Jesús no era Dios, sino solo un profeta, el más perfecto de todos los hombres, pero sin la cualidad divina que el catolicismo le atribuye.

La Iglesia durante el siglo IV se debatía entre un mar de herejías. Muchas comunidades hacían una interpretación particular del Evangelio, por lo que el emperador Constantino decidió unificar a todas ellas. En el Concilio de Nicea se llegó a un acuerdo de compromiso. La doctrina de Nicea se basaba en que en Dios existían tres naturalezas en una misma persona. Esa doctrina trinitaria es la que en la actualidad siguen cientos de millones de personas que profesan el cristianismo.

Mas los visigodos nunca aceptaron el catolicismo, y eso les creó una insalvable diferencia con sus súbditos que eran católicos. Algunos reyes como Eurico, ratificaron incluso esta separación dictando códigos de leyes diferentes para unos y otros.

A finales del siglo V y principios del VI, la mayor parte de los pueblos bárbaros fueron abandonando el arrianismo y se fueron convirtiendo al catolicismo. Los francos de Clodoveo en la Galia fueron los primeros en hacerlo, y eso les supuso una gran ventaja, pues el pueblo católico y su poderosa Iglesia comenzaban a sentirse identificados con quienes los gobernaban.

Los visigodos, sin embargo, seguían aferrados a su arrianismo, en especial la casta nobiliaria que era la que mandaba, y eso los separaba claramente del resto de la población.

En el año 507 tuvo lugar una importante batalla entre visigodos y francos en Vouillé. En ese lugar, las tropas de Clodoveo aniquilaron a los visigodos e incluso mataron a su rey en el enfrentamiento. Los visigodos se vieron forzados a abandonar la Galia y se refugiaron exclusivamente en la península Ibérica. Su territorio se vio considerablemente reducido, pero continuaron impertérritos practicando su credo arriano.

No solo se trataba de problemas religiosos, también los había, y de carácter muy importante, de tipo político. Los reyes visigodos nunca fueron capaces de establecer un sistema eficaz que regulase la herencia de la corona. Había ocasiones en que los reyes intentaban que sus hijos les sucedieran en el trono. Pero había otras en que, por los motivos que fueran, nobles descontentos intentaban hacerse con el poder, y de esa manera estallaba inevitablemente la guerra civil entre ellos.

En el transcurso de una de esas guerras a mediados del siglo VI, llegaron a la Península las tropas bizantinas del emperador Justiniano. Uno de los dos candidatos enfrentados al verse perdedor decidió solicitar la ayuda del personaje más poderoso de todo el mundo mediterráneo, y este se la otorgó.

Los bizantinos desembarcaron en el sur de la península Ibérica como aliados, pero una vez que observaron la situación decidieron que les resultaba mucho más rentable asentarse definitivamente en el territorio de la Bética, que no desgastarse en inútiles querellas entre los dos candidatos visigodos al trono.

De esa forma, a partir del año 554, los bizantinos permanecieron tres cuartos de siglo ocupando el sur de la Península, en particular la antigua región de la Bética, que seguía siendo con diferencia la más rica del conjunto de tierras peninsulares.

La debilidad de los visigodos era tal que los esfuerzos de sus reyes por expulsar a los bizantinos chocaban contra la obstinación de estos últimos por permanecer en estas tierras. Incluso desde la cercana Toledo, ciudad que habían elegido como capital tras su expulsión de Tolosa, eran incapaces de derrotar a las tropas bizantinas que se habían asentado en particular sobre las ciudades del litoral.

Y esto no solo puede achacarse a la ausencia de reyes fuertes, sino a causas más profundas. Así, entre los años 568 y 586 reinó el que quizás fue el más capacitado de todos los reyes visigodos, Leovigildo. En cuanto subió al trono se propuso reunificar todos los territorios de la Península bajo su poder, y a punto estuvo de conseguirlo.

Se lanzó contra los suevos, reducidos a la zona noroeste de la península en Galicia y el norte de Portugal, a los que sometió prácticamente por completo. Atacó a los vascones (de quienes descienden los vascos actuales) y a los pueblos de la zona Cantábrica, que tras las turbulencias que tuvieron lugar con la descomposición del Imperio romano habían vuelto a proclamarse prácticamente independientes. Finalmente se lanzó contra los bizantinos, y aunque no pudo someterlos totalmente, los dejó prácticamente reducidos a zonas marginales del sur de lo que hoy es el Algarve portugués y alguna ciudad portuaria más.

Pero Leovigildo, a pesar de sus impresionantes esfuerzos militares, volvió a topar en la misma piedra con la que se llevaban tropezando sus antepasados, la religión. Él era un arriano convencido en un mundo en el que el arrianismo iba cada vez más en decadencia. De hecho, ya no quedaba ningún pueblo salvo el de los visigodos que siguiera manteniendo esa creencia. La Iglesia católica se mostraba cada vez más remisa a colaborar con un soberano arriano y lo presionaba constantemente para que adoptara el credo católico.

Los obispos de la época no tuvieron demasiada suerte con la firmeza de Leovigildo, pero por el contrario sí que hallaron un éxito notable con su hijo Hermenegildo. Padre e hijo llegaron incluso a entrar en guerra uno contra el otro, y triunfó, cómo no, Leovigildo.

Pero fue un triunfo efímero. Leovigildo murió poco después, y su sucesor Recaredo no quiso continuar manteniendo una situación que cada vez era más insostenible. Y optó por lo inevitable. En el año 589 Recaredo convocó un concilio en Toledo y allí decidió aceptar públicamente la fe católica. La poderosa Iglesia conseguía su propósito, y la nobleza visigoda, aunque reacia en un principio, tuvo que acabar aceptando la realidad y se acabó convirtiendo al catolicismo.

Ahora la Iglesia se hallaba en una posición totalmente ventajosa ante los reyes. Habían conseguido por fin su conversión, y en adelante, cada vez que un monarca quisiera tomar una decisión importante tendría que contar con la aquiescencia de la Iglesia.

La jerarquía eclesiástica decidió aprovecharse de su poder para intentar poner orden en una cuestión fundamental como era la de la sucesión al trono. Hasta entonces, la herencia de la corona no había tenido una regla fija. En ocasiones los padres se la transmitían a los hijos, pero había veces en que estos no eran lo suficientemente enérgicos o simplemente no eran aceptados como candidatos por la nobleza visigoda. En ese caso, los nobles se reunían y proponían que la corona recayese sobre uno de ellos, supuestamente sobre el más capacitado.

Pero tampoco era una decisión muy eficaz. Muchos nobles poderosos y descontentos por no haber sido los elegidos podían sublevarse contra el soberano electo. De esta forma dieron comienzo muchas guerras civiles entre los propios visigodos y, como veremos, una de ellas fue la causa definitiva de su perdición.

La Iglesia decidió tomar cartas en el asunto, y dirigida por un obispo muy notable, Isidoro de Sevilla, decidió imponer unas reglas que evitasen en el futuro nuevos conflictos. Se decidió la creación de un Aula Regia. Esto es, una especie de comisión en la que estarían representadas las más altas jerarquías eclesiásticas y de la nobleza para que, en caso de fallecimiento del monarca, eligieran ellos uno nuevo que debería ser aceptado por todo el mundo.

Realmente el sistema nunca funcionó del todo bien. Siempre había nobles descontentos dispuestos a buscar aliados que les apoyasen en su intento de tomar el trono, pero al menos, se trató de una forma de racionalizar una cuestión que había creado, y seguiría creando, numerosos problemas.

San Isidoro no solo fue importante por esa aportación a la política visigoda. En un mundo en el que la cultura clásica languidecía hasta prácticamente su desaparición, él fue la única figura que dio cierta luz al saber y al conocimiento.

Hombre culto se propuso reunir el escaso saber que todavía se conservaba disperso por aquí y por allá, y lo resumió en una obra voluminosa a la que denominó las Etimologías. Se trataba de una compilación de las obras de autores clásicos pero eso sí, bajo el prisma del cristianismo que se había impuesto. Aunque plagadas de errores, las Etimologías sirvieron para preservar el saber y transmitirlo así a las generaciones siguientes, aunque en ellas se incluyesen numerosas equivocaciones y confusiones.

Y no solo era la cultura. La población, la economía, el comercio, las comunicaciones, las ciudades…. Casi todo estaba en decadencia. Los pueblos bárbaros en general, y los visigodos en particular, no tenían capacidad ni conocimientos para mantener la brillante civilización clásica así como los muchos y grandes logros que la acompañaron.

El panorama de estos tiempos, denominados por los historiadores la Alta Edad Media, no puede ser más desolador. Hasta qué punto fue así, que muchos historiadores los denominan los siglos oscuros, porque en ellos no brilló la luz del saber y por el contrario apenas si conservamos información que recuerde exactamente qué pasó en muchos de los acontecimientos que tuvieron lugar en aquel tiempo.

No obstante, durante el siglo VII, los visigodos vivieron su momento de apogeo en Hispania. Ellos no le cambiaron el nombre al territorio, ni realmente llevaron a cabo grandes transformaciones en relación a la administración y la organización que habían heredado de los romanos. Pero no supieron innovar apenas, y la civilización siguió decayendo progresivamente, mientras que las epidemias, las plagas y las querellas internas iban desgastando cada vez más la riqueza que antaño había tenido el país.

Y además, esta situación se vio todavía empeorada por el surgimiento de un nuevo tipo de actitud que hasta entonces, no había sido particularmente llamativa en Hispania, la intolerancia religiosa.

No está muy claro a qué fue debido esto, pero poco después de su conversión oficial al catolicismo, parece que a los monarcas visigodos les entró la obsesión de convertirse en los más católicos entre todos los católicos. Probablemente se trató de una especie de complejo de culpabilidad que había que purgar. Ellos habían sido los últimos en convertirse a la fe católica, pero ahora, por ese motivo, debían demostrar fehacientemente que eran los soberanos más católicos de toda la Cristiandad.

Y eso les llevó a intentar dar buenas pruebas de ello ante la Iglesia. Para conseguirlo, se encontraron con una minoría religiosa a la que era muy fácil atacar para demostrar que su conversión había sido sincera. Eran los judíos.

Los judíos llegaron a la Península en el siglo II después de que el emperador romano Adriano decretara su exilio de Judea (o Palestina) bajo pena de muerte tras una sangrienta sublevación. Emigraron por todo el Mediterráneo en la denominada Diáspora y muchos de ellos acabaron asentándose en Hispania. Era una minoría culta y por regla general con un elevado nivel de vida, ya que se dedicaban a actividades relacionadas con el comercio, la artesanía o las finanzas, pues conseguían ganar grandes cantidades de dinero a base de préstamos por los que cobraban un alto interés.

Los judíos eran además una minoría a la que todos los cristianos miraban de forma hostil. Ellos habían sido los que habían dado muerte a Jesucristo y se negaban a aceptar la figura de Jesús de Nazaret como la del Mesías. La Iglesia intentó en ocasiones su conversión al cristianismo por métodos pacíficos, pero estos por lo general fracasaron.

De ahí que los reyes visigodos tomaran la decisión de obligar a los judíos a la conversión o, de no hacerlo, estar sometidos a duras penas y a severas restricciones en su vida profesional y social. Fueron pocos los convertidos, y sí muchos los que sufrieron el celo perseguidor de los monarcas visigodos. Su situación empeoró considerablemente, e inevitablemente fue creciendo en ellos un sentimiento de animadversión contra los visigodos, que tuvo una gran importancia cuando décadas después aparecieron en la Península los musulmanes.

Hubo reyes como Wamba que, a finales del siglo VII, reunieron nuevos concilios en Toledo y dieron leyes severísimas con el objetivo de perseguirlos duramente, Pero ni aún así consiguieron su propósito, y los judíos continuaron practicando su religión a pesar de las fuertes trabas e impedimentos que se le oponían.

La persecución de una minoría religiosa no sirvió para solucionar los graves problemas que aquejaban al Estado visigodo, y a comienzos del siglo VIII este empezaba a notar claros síntomas de decadencia y de desunión.

La expansión del islam

Poco después de la muerte del emperador Justiniano en Constantinopla, y por la época en la que el rey visigodo Leovigildo estaba iniciando sus primeras campañas en la península Ibérica, nació un niño en la península Arábiga. Se le impuso el nombre de Muhammad (o Mahoma, para nosotros) y estaba destinado a llevar a cabo una de las más importantes transformaciones en la historia de la humanidad.

La península de Arabia es la mayor península que existe en el mundo. Es incluso mayor que todo el conjunto de Europa occidental. Pero es una península muy árida, por lo que en ella predominan los desiertos. Solo en sus partes periféricas existen zonas más húmedas en las que se han desarrollado diversas civilizaciones.

Mahoma nació en La Meca, una ciudad del interior que debía su existencia y su riqueza a ser un centro del comercio de caravanas y a la presencia en ella de numerosos ídolos a los que adoraban las diferentes tribus que en ella hacían escala en sus rutas comerciales.

Huérfano desde muy pequeño, Mahoma vivía con su tío, dueño de algunas de las grandes compañías de caravanas que realizaban el transporte de mercancías entre Oriente y Occidente. Mahoma se dedicó a trabajar como comerciante de estas caravanas, lo que le permitió entrar en contacto con otras culturas y civilizaciones más avanzadas que la árabe, de la que él procedía, y también conseguir una estabilidad económica con dicho comercio.

Su matrimonio con la viuda de un rico comerciante le permitió dedicarse a una vida más contemplativa y comenzó, anualmente, una serie de retiros a diversas cuevas que existían en los alrededores de La Meca.

Hacia el año 610, en uno de estos retiros, tuvo una visión según la cual el arcángel San Gabriel le transmitió que él sería el único profeta del único Dios, Allah (Alá), y que su mensaje (un único Dios, Muhammad su único profeta, todos los hombres son iguales ante Dios…) debería unir a todas las tribus politeístas de Arabia y, luego, de todo el mundo conocido. La nueva religión se llamó islam o lo que es lo mismo, ‘sumisión a Dios’ (‘sumisión a Alá’). Esta religión tomaba importantes cuestiones del judaísmo y el cristianismo, a los que Mahoma hizo originales aportaciones y adaptaciones al lugar y a la idiosincrasia de las gentes que poblaban Arabia.

Al principio le costó mucho encontrar adeptos, es decir, musulmanes, palabra que quiere decir ‘los que se someten a la voluntad de Dios’. Incluso encontró adversarios entre los miembros de su propia tribu, temerosos de perder el control de la ciudad. La situación se hizo tan difícil que en el año 622 Mahoma decidió emigrar a la ciudad próxima de Medina. Este hecho es muy importante, porque los musulmanes empezaron a datar su cronología a partir de este acontecimiento, al que se denomina la Hégira, que significa ‘la huida’.

Durante los diez años siguientes, Mahoma se dedicó a extender la nueva religión por las tribus de la península Arábiga. Finalmente consiguió su propósito y regresó a La Meca, donde mandó destruir todos los ídolos existentes salvo la Piedra Negra que se conserva en el santuario de la Kaaba.

Mientras expandía su religión, Mahoma y sus seguidores se dedicaron a compilarla en un libro, el Corán, que significa en árabe precisamente eso mismo, ‘El libro’. De esa manera quedaba fijada la doctrina oficial para todos aquellos que se convirtieran al islam.

En el año 632, y en plena expansión de la doctrina islámica, Mahoma murió. No dejó hijos varones, y por lo tanto no designó a ningún sucesor directo que dirigiera el expansionismo del nuevo credo. Por eso hubo que buscar un sucesor entre otros miembros de su familia. De esta forma fue elegido su suegro Abu Bakr como califa. En español, la palabra árabe califa equivale a ‘sucesor’.

Durante tres décadas, cuatro califas sucedieron a Mahoma. El más importante de todos fue el segundo de ellos, Omar, que dirigió a la Umma (‘la comunidad islámica’) durante diez años a partir del 634.

Lo que ocurrió en ese breve espacio de tiempo es uno de los acontecimientos más impactantes de la todos los tiempos. Los árabes siempre habían formado tribus belicosas pero desorganizadas. Nunca habían sido capaces de crear un reino unido, y mucho menos habían podido expandirse fuera del ámbito natural de la península Arábiga. Pero esto iba a cambiar bajo el férreo control de Omar.

Cuando murió Mahoma, existían dos grandes imperios que rodeaban por el norte y por el oeste a Arabia: el persa y el bizantino. Ambos eran algo así como las superpotencias de aquella época, y ambos se disputaban el control del Próximo Oriente. En el curso de esa disputa mantuvieron una guerra feroz durante más de dos décadas. Hay noticias de que Mahoma ordenó escribir una carta a cada uno de los emperadores en conflicto pidiéndoles que se sometiesen voluntariamente a la voluntad de Alá, al islam. Probablemente ninguno hizo el menor caso a los escritos procedentes de un comerciante de caravanas de la remota Arabia. Pero el tiempo demostró que ambos soberanos no valoraron adecuadamente aquellos mensajes.

En el 628 bizantinos y persas acordaron la paz. La guerra había supuesto un triunfo de los primeros, pero estaban tan agotados después de los extraordinarios esfuerzos desplegados en el combate que durante unos años quedaron postrados a la espera de poder recuperarse de los desastres de la guerra.

Y fue justo en aquel momento cuando apareció Mahoma proclamando su nueva fe. Es muy posible que si el islam hubiera aparecido unos años antes, cuando todavía bizantinos y persas eran poderosos, o si lo hubiera hecho unos años después, cuando a ambos les hubiera dado tiempo para recuperarse de las destrucciones y las pérdidas de la guerra, las tribus árabes no hubieran tenido nada que hacer ante el poder de los dos ejércitos más potentes de su tiempo. Pero apareció justo en el momento oportuno y en el lugar apropiado.

Entre los numerosos preceptos y obligaciones que Mahoma había transmitido a los musulmanes se encontraba el de la Yihad o ‘Guerra Santa’. Básicamente la idea consistía en la necesidad que tiene todo musulmán de expandir su religión y, además, en la creencia de que todos aquellos hombres que murieran luchando contra los infieles que se negaban a permitir la expansión de la doctrina islámica irían directamente al paraíso.

Sin duda esta idea ayudó enormemente al fanatismo y al sacrificio de los combatientes entre los ejércitos árabes y los dotó de una fuerza casi sobrehumana como hasta entonces no se había conocido. Hoy día algunas organizaciones terroristas han adoptado este mismo nombre, pero es conveniente recalcar que Mahoma no predicaba la guerra contra todo aquel que fuera infiel, sino solo contra aquellos que se negaban a permitir, mediante la violencia, la libre difusión del islam.

Montados en veloces y ligeros caballos, así como en camellos y dromedarios, los pueblos árabes aparecieron como un rayo en las regiones que conocemos como el Próximo Oriente y aniquilaron en una serie de batallas a todos los ejércitos que bizantinos y persas lanzaron contra ellos para detenerlos.

En solo una década los musulmanes habían ocupado Mesopotamia, Egipto, Siria, Palestina y habían penetrado incluso en el corazón del Imperio persa. La mayor parte de los enfrentamientos y de las batallas les habían resultado favorables y los desesperados persas y bizantinos veían cómo sus provincias orientales, o incluso la parte principal de sus imperios, caían rapidísimamente en manos de aquellas tribus a las que en un principio habían menospreciado tanto.

El sorprendente triunfo del islam no solo se debió al fanatismo de los árabes, a la debilidad de sus principales enemigos o simplemente a la suerte. Los musulmanes llevaban consigo una idea de la religión mucho más tolerante de la que hasta entonces existía. No obligaban a los pueblos sometidos a cambiar a la nueva fe. Los vencidos podían seguir practicando libremente la religión que quisieran siempre que pagaran un tributo a los nuevos gobernantes.

De esta forma, el islam podía expandirse sin grandes enfrentamientos con las poblaciones sometidas. En realidad, estas no apreciaban grandes cambios en la situación que vivían. Solo que ahora los gobernantes o los propietarios de las tierras eran distintos a los que antes había, pero en general se mostraban tolerantes e incluso más eficaces en lo que era el control y el gobierno de las mismas.

Solo así puede entenderse cómo fue posible que en un siglo el islam creara un imperio gigantesco que se extendía desde los confines de la India y China en Asia, al sector noroccidental del continente africano. Los musulmanes controlaron un gigantesco territorio que de extremo a extremo tenía una distancia de unos ocho mil kilómetros, lo cual supone la creación de uno de los mayores imperios que han existido en todos los tiempos.

Pero este imperio, a pesar de su aparente fortaleza, no dejaba de experimentar graves problemas internos. Tras la muerte en el año 661 de Alí, el último de los califas ortodoxos o perfectos, como se llamaron a los cuatro gobernantes que siguieron a Mahoma, estalló la crisis entre dos facciones de la élite gobernante. Los motivos fueron aparentemente de índole religiosa, pero en el fondo, lo que latía era el interés de las diferentes familias árabes que protagonizaron la expansión islámica durante estas primeras décadas para controlar el inmenso territorio bajo sus órdenes.

En el año 661 la familia de los Omeyas se hizo con el poder y, durante casi un siglo, todos los califas iban a pertenecer a la misma. Para diferenciarse de los califas anteriores tomaron la decisión de abandonar La Meca y Medina como capitales del mundo musulmán y decidieron instalarse en la ciudad siria de Damasco.

Desde allí siguieron dirigiendo la política expansiva de un imperio que se estaba haciendo demasiado extenso para la capacidad que poseían los califas de controlar adecuadamente las riendas del poder en las provincias y regiones más externas. Los medios de comunicación en aquella época eran muy inseguros y lentísimos, y las órdenes y noticias podían tardar varios meses en llegar desde Damasco hasta las zonas terminales del imperio.

Este ya no solo podía ser un imperio basado en el control exclusivo de los árabes. En el transcurso de su avance, los gobernantes habían ido asimilando a las élites de los territorios conquistados y aunque la dirección principal siempre correspondía a los invasores, muchos de los invadidos acabaron tomando también parte en el gobierno de sus propios territorios, lo cual hacia que se convirtieran con mayor rapidez al islam.

Por otra parte, la propia población dominada, una vez convertida a la nueva fe, se sumaba a la misma y llegaba a formar parte de los ejércitos que por todas partes se desparramaban buscando nuevas tierras y nuevos creyentes que convertir. De esta forma, la comunidad musulmana se fue haciendo cada vez más internacional y el elemento árabe, aun siendo dominante, pasó a tener una importancia cada vez más relativa en el conjunto del mundo islámico.

Los califas tuvieron que organizar una administración eficaz para el gobierno de los territorios más lejanos, en los que apenas sí se dejaba sentir su control directo. Aparecieron así los emiratos, es decir, territorios que quedaban bajo el mando de un emir o gobernador directamente nombrado por el califa de Damasco y al cual había de rendir cuentas de su gestión, además lógicamente de seguir sus órdenes en cuanto a las indicaciones que desde la capital del califato le llegaran.

Es en este contexto de expansión y de crecimiento cuando a comienzos del siglo VIII, los musulmanes acabaron por ocupar todos los territorios del Magreb en el noroeste de África y llegaron prácticamente hasta las puertas del estrecho, que muy poco después se conocería con el nombre de Gibraltar.

En esa época, hacia el año 710, el islam se encontraba en su momento culminante. Sus ejércitos triunfaban en todos aquellos lugares en los que se enfrentaban contra enemigos. Pero esa misma grandeza, esa misma extensión, estaba minando la fuerza y el ímpetu que en un principio los caracterizó.

Las nuevas provincias cada vez estaban más lejanas del poder central del califa de Damasco y, en consecuencia, el control que estos podían ejercer a miles de kilómetros de distancia no era ya el que hubiera sido deseable para una gestión adecuada del mundo musulmán.

Según parece, durante la época del rey visigodo Wamba los musulmanes ya habían llegado con una pequeña expedición a las islas Baleares e incluso a la península Ibérica, pero si fue así, tal experiencia no tuvo mayor trascendencia. Sin embargo, tres décadas después, en el año 710, un caudillo llamado Tarif desembarcó cerca de lo que hoy es la ciudad que lleva su nombre, Tarifa, y allí con unos cuatrocientos hombres se dedicó a analizar la situación y a preparar la llegada de lo que un año después se convertiría en una verdadera expedición de conquista. A partir del año 711, la historia de la península Ibérica entró en una nueva etapa cuando los musulmanes decidieron, no ya realizar meras expediciones de reconocimiento de ese territorio, sino una ocupación sistemática del mismo.

CAPÍTULO II

EL EMIRATO DEPENDIENTE Y LA LLEGADA DE LA DINASTÍA OMEYA

La conquista del reino visigodo

Dos mundos tan distintos y antagónicos, y en un principio tan lejanos, como eran el visigodo y el islámico, habían llegado a unirse prácticamente con una frontera común. A principios del siglo VIII, solo los catorce kilómetros de agua que configuran al que habría de darse en llamar estrecho de Gibraltar separaban a uno del otro.

Esa distancia no podía ser obstáculo suficiente para que un mundo en expansión, como era el islámico, pudiera evitar la tentación de dar ese pequeño salto para ocupar un Estado en decadencia, como era el visigodo. Solo hacía falta que la oportunidad se presentase para atravesar ese pequeño espacio y penetrar en el continente europeo desde el norte de África.

Lo que dejó sorprendidos a propios y extraños no es que los musulmanes decidieran penetrar en la península Ibérica, sino la facilidad con la que lo hicieron y sobre todo la rapidez con la que ocuparon ese extenso territorio.

Para explicar esto, las crónicas cristianas posteriores recurrieron a crear curiosas leyendas que explicaban por qué la monarquía visigoda se rindió a las primeras de cambio sin prácticamente oponer resistencia a los invasores.

Según algunos, los visigodos fueron sorprendidos por los musulmanes pues, absortos en sus luchas internas, casi desconocían el peligro que procedía del sur. Esto es casi con toda probabilidad falso. Es cierto, no obstante, que en esta época perteneciente a la denominada Alta Edad Media, las comunicaciones se habían deteriorado hasta tal punto desde época romana que cada parte del mundo Mediterráneo se había convertido casi en una especie de isla, cuyo aislamiento hacía que las noticias procedentes de otros lugares apenas sí tuvieran eco en otros territorios.

No es imposible que esto sucediera dada la postración en la que se encontraba el mundo de aquel tiempo. Pero aun así, no es creíble que hechos como la caída de Jerusalén o la del patriarcado de Alejandría en manos de los musulmanes no llegasen al menos al conocimiento de las altas jerarquías eclesiásticas hispanas. El factor sorpresa, por tanto, no es suficiente para explicar la rápida desaparición del reino visigodo.

Hay otra curiosa leyenda que, unos cuarenta años después de la caída de la monarquía visigoda, intentó explicar el porqué de la rapidez de la invasión. Según esta fue el conde de Ceuta, don Julián, el que llamó a los musulmanes para vengar una afrenta personal. Esta se basaba en que la hija del conde, Florinda, apodaba la Cava (qahba, ‘prostituta’ en árabe), había sido violada en la corte de Toledo por don Rodrigo, que al parecer se había prendado de ella cuando la vio bañándose desnuda en el río Tajo, mientras que por el contrario, la hija del conde no se avenía a los requisitos amatorios del monarca.

El indignado Julián, cuando se enteró de que su honor había sido mancillado por el rey, tramó dura venganza y se prestó a apoyar a las tropas musulmanas con el objeto de que invadieran la Península, para lo cual él cedería el puerto de su ciudad y también su escasa flota para poder transportarlos.

Esta leyenda, aunque ha cautivado la imaginación de muchas generaciones, no tiene el más mínimo viso de realidad, pese a que, como toda leyenda, algo de verdad sí que esconde.

Como vimos en el capítulo anterior, la península Ibérica a comienzos del siglo VIII era prácticamente un Estado que vivía en la anarquía. Las conspiraciones y las luchas intestinas entre los aspirantes a la corona habían minado la vitalidad del reino y lo habían debilitado enormemente.

Es más, cuando se produjo el hecho de la invasión musulmana, una nueva guerra había estallado en la Hispania visigoda. Fueron los witizianos, es decir, los partidarios del bando perdedor en esa guerra civil, los que sin duda llamaron a los musulmanes para que les ayudasen en la lucha contra el usurpador Rodrigo.

Musa ibn Nusayr, que por aquel entonces era el emir o gobernador musulmán de la provincia de Yfriqiya, lo que hoy conocemos como el norte de África y más propiamente como el Magreb, prestó oídos a la petición y decidió intervenir en la lucha. Para ello ordenó a su lugarteniente Tariq ibn Ziyad que llevase con él a unos siete mil bereberes, es decir, hombres pertenecientes al pueblo que habitaba y aún habita en la zona del Magreb, y que con ellos desembarcase en la Península para ayudar al bando que lo había llamado.

Con la ayuda del conde de Ceuta, Tariq desembarcó en abril del 711, en un lugar que los geógrafos de la Antigüedad denominaban el promontorio de Calpe. Pero los musulmanes le cambiarían el nombre, y a partir de esta época el lugar se conoce como el ‘Monte de Tariq’, en árabe Yabal Tariq, y esa misma denominación por deformación ha llegado hasta nosotros como Gibraltar.

Cuando llegaron los musulmanes, el rey visigodo se hallaba de campaña por el norte, según unos para sofocar una rebelión de los vascones, según otros combatiendo contra Agila II, que era el candidato de los witizianos que todavía luchaba contra él al sur de los Pirineos. Sea como sea, con las comunicaciones existentes en aquella época, la noticia debió tardar al menos dos o tres semanas en llegar a conocimiento del rey Rodrigo y su ejército.

El monarca pidió a las escasas tropas que había en el sur peninsular que se enfrentaran con las de Tariq y las detuvieran, pero este las derrotó con facilidad en una breve escaramuza que debió tener lugar entre mayo y junio del año 711 cerca de la zona de al-Yazira, en árabe ‘la isla’, conocida hoy por nosotros como Algeciras, muy cerca de Gibraltar.

Conocedor de estas noticias tan desastrosas, Rodrigo hizo un llamamiento a la nobleza visigoda para que se reuniera con él en Toledo y Córdoba y se aprestara a enfrentarse contra el enemigo musulmán. Con renuencia, muchos nobles acudieron a la batalla, pero entre ellos se hallaban también partidarios de Agila que no se habían atrevido a oponerse a las órdenes del rey, si bien resultaban ser tropas escasamente de fiar como se demostró poco después.

Tariq tampoco perdió el tiempo. Visto la facilidad con la que había desembarcado, y las escasas dificultades que había encontrado en los meses posteriores, solicitó más ayuda a su superior Musa ibn Nusayr y le pidió permiso para enfrentarse directamente al grueso del ejército visigótico.

Musa le envío unos cinco o seis mil hombres más, y con ese pequeño ejército, Tariq se decidió a penetrar más hacia el interior en busca del ejército visigodo que se dirigía contra ellos.

El choque tuvo lugar a finales de julio del 711. El lugar no está nada claro. Debió ser entre la laguna de la Janda (que ya no existe como tal laguna, pues fue desecada hace aproximadamente medio siglo para que la superficie que ocupaba fuera puesta en cultivo) y el río Guadalete, que atraviesa aproximadamente la parte central de la actual provincia de Cádiz. Se trata de un lugar bastante impreciso, pues entre un hito y otro hay una distancia de unos sesenta o setenta kilómetros, pero las crónicas de la época no dan más precisión al respecto.

La batalla del Guadalete fue un desastre absoluto para los visigodos y un gran triunfo para los musulmanes. Rodrigo se situó en el centro de su ejército, mientras que en las alas del mismo puso a las tropas que les resultaban menos fiables, lo que en el transcurso de la misma se reveló como un terrible error. Es muy difícil precisar el número de visigodos que lucharon bajo sus órdenes, pero se calcula que debieron ser algo más de treinta mil, es decir, probablemente el doble o quizás el triple que las fuerzas de Tariq que se le enfrentaban.

La lucha pareció ir más o menos igualada hasta que en un momento de la batalla, una parte del ejército de Rodrigo al mando del obispo don Oppas lo traicionó y se pasó al enemigo. Ante esta pérdida, los visigodos no pudieron reaccionar, y fueron las tropas musulmanas las que se lanzaron al ataque definitivo y masacraron a buena parte de los visigodos. Se calcula las bajas de estos en más de diez mil hombres, mientras que las de los musulmanes quizás no llegaron a tres mil.

El cuerpo del rey jamás se halló, aunque sí el de su caballo, que fue encontrado junto al río totalmente destrozado por una gran cantidad de saetas que le habían clavado los arqueros musulmanes. Don Rodrigo probablemente cayó al río y allí se ahogó, si es que no estaba muerto anteriormente a que esto sucediera. De todas formas, luego aparecieron nuevas leyendas que narraban que el rey se había salvado y había huido, pero jamás se volvió a saber nada de él, y con su muerte se inició también la del reino visigodo.

Tariq se encontraba ahora libre para avanzar y no desaprovechó el tiempo en absoluto. Inició una rápida carrera que le llevó hasta la corte de Toledo. Según algunos autores, el motivo de tan veloz marcha era capturar el tesoro de los reyes visigodos que se había ido acumulando allí durante tres siglos. Otra explicación más razonable es pensar que era allí donde se tomaban las decisiones del reino visigodo y que por tanto el control de la ciudad era una necesidad estratégica de primer orden.

Durante el resto del año 711 y los comienzos de 712, Tariq avanzó con sus hombres con una escasa oposición por parte de los vencidos. Es más, lo que se encontró en muchas ocasiones fue el sentimiento contrario, porque las minorías perseguidas por los visigodos, como los judíos, se prestaron a ayudarle cada vez que pudieron, como sucedió cuando las tropas musulmanas llegaron a la actual ciudad de Écija. De ahí se dirigieron a Córdoba, sede de la facción que apoyaba a Rodrigo, y de ahí a Toledo, que se rindió como las anteriores prácticamente sin combatir.

Una vez tomada la capital del reino, las tropas de Tariq siguieron avanzando sin un objetivo claramente definido. Parecía como si los invasores no tuvieran muy claras las ideas desde un punto de vista geográfico y avanzaban por aquí y por allá sin llevar un orden determinado que les permitiera ocupar sistemáticamente un territorio que desconocían. Así, a lo largo de ese año, el 712, fueron ocupando diferentes localidades del norte como Guadalajara, Soria, León o Astorga.

Por otra parte, Musa seguía atentamente la evolución de los acontecimientos. Se sorprendió por el rápido triunfo de su general, y cuando le llegaron noticias sobre la facilidad con la que se estaba derrumbando el reino visigodo, consideró que había llegado su momento y tomó también cartas en el asunto. A mediados de ese año 712 desembarcó a 18.000 hombres al otro lado del Estrecho y se dispuso a completar la conquista que Tariq había iniciado un año antes. En este caso, sus tropas ya no solo eran de la etnia bereber, sino que en ellas tomaban parte también árabes y gentes procedentes de otros territorios de Oriente, en particular sirios, así como algunos bereberes más del norte de África.

Entre el 712 y el 713, las tropas de Musa se dieron casi otro paseo militar por la Península sin apenas resistencia. Las ciudades y los notables que dominaban el territorio se iban rindiendo prácticamente sin oponerse a los invasores. Sus tropas llegaron a Sevilla, de allí a Mérida, donde tuvo lugar el único caso en el que se planteara una verdadera resistencia por parte de los antiguos visigodos, pero después de varios meses de asedio, la ciudad acabó también capitulando. Luego continuaron hacia Palencia, Oviedo, Logroño y Zaragoza.

La facilidad de esta victoria solo puede ser comprendida desde la óptica de la disgregación del mundo visigodo y de sus constantes luchas internas que lo habían llevado a un estado de casi anarquía. Los nobles godos que habían sido partidarios de Witiza preferían estar dominados por los musulmanes que por el usurpador Rodrigo. Daba igual que estos hubieran llegado para prestar ayuda a su bando, los preferían incluso después de esta traición a caer bajo la férula del monarca que ostentaba la corona. También los judíos se pusieron rápidamente de parte de los musulmanes. Durante las últimas décadas habían sido duramente perseguidos por los reyes visigodos, y su situación era bastante lamentable. Eran gentes con riqueza y con instrucción, y fueron una apreciable ayuda que les brindó un gran apoyo a los invasores en su avance.

Estaba también la población hispanogoda que, mayoritariamente, residía en las zonas rurales. Pero a estos les daba realmente igual quien mandara. Los visigodos no eran precisamente unos terratenientes amables y condescendientes, más bien todo lo contrario. Los esquilmaban a base de elevados impuestos y siempre estaban enzarzados en querellas internas en las que los grandes perdedores eran siempre los más pobres y los que nada tenían que ver con las guerras de sus señores. En consecuencia, optaron por mantenerse al margen de los acontecimientos y esperar que el gobierno de los recién llegados fuese más eficaz que el de los antiguos nobles, y en efecto, así fue con el paso del tiempo.

Y por si esto fuera poco, los musulmanes optaron también por la táctica más sensata. Procuraron no tener que enfrentarse directamente con toda la nobleza visigoda y con todo el campesinado cristiano. A este le respetaron íntegramente su religión, al igual que hicieron con los judíos. Con los nobles visigodos hicieron todo lo posible por llegar a acuerdos. Quizás el más conocido de todos estos acuerdos o capitulaciones es el que se llevó a cabo con Teodomiro, o Tudmir según las fuentes árabes, que era el señor de la región de Murcia.

Teodomiro llegó a un pacto con los invasores en el año 713, del cual todavía se conservan las capitulaciones del mismo. En este acuerdo aceptaba el dominio de los recién llegados y, a cambio, estos le concedían autoridad sobre el territorio siempre y cuando les pagase unos impuestos que se fijaron de manera justa y equitativa entre el propio Teodomiro y los representantes de Musa. Esos mismos acuerdos se llevaron a cabo en otros lugares de la Península, y es con ellos como se explica en gran medida por qué la conquista fue tan fácil y por qué visigodos e hispanos apenas si se opusieron a los conquistadores.

Musa completó la ocupación del territorio que Tariq no había puesto todavía bajo su control. Otras tropas se dirigieron hacia Galicia y fue su hijo Abd al-Aziz el que ocupó la región murciana después del pacto con el ya mencionado Teodomiro.

Abd al-Aziz se separó del grueso del ejército de su padre, y entre el 713 y el 715 ocupó Andalucía oriental y la mayor parte del Portugal actual, además de la ya citada región de Murcia. En un intento por legitimar su situación como gobernante en la Península, decidió casarse con la viuda del rey visigodo Rodrigo, y de esta forma contrajo matrimonio con Egilona. La vida de esta mujer fue curiosa, pues no solo estuvo unida a dos de los principales caudillos de su época, sino también con otro que poco después daría mucho que hablar, Pelayo, con quien al parecer mantuvo una excelente relación en la corte toledana antes de contraer matrimonio con el rey Rodrigo.

A finales del año 714, la mayor parte del territorio peninsular estaba en manos de los musulmanes. En solo tres años se había completado de manera sorprendente la ocupación de un considerable espacio, y ello se había hecho con escaso derramamiento de sangre y con una casi inexistente oposición por parte de los nativos. Solo algunas zonas al norte de las montañas cantábricas y al sur de los Pirineos permanecían prácticamente sin ocupar, pero esto era más por el desinterés que mostraban los invasores con respecto a esos territorios fríos y húmedos, que porque realmente hubiera existido entre sus habitantes una oposición organizada contra los mismos.

No obstante, en algunos lugares sí que se gestó una desesperada oposición. Por ejemplo, los partidarios de Agila se refugiaron en el norte de la actual Cataluña, y allí, durante algunos años mantuvieron un pequeño e intrascendente reino que incluso llegó a emitir algunas monedas propias. Pero pronto fueron también absorbidos en cuanto el impulso musulmán se puso de nuevo en marcha.

El final del expansionismo islámico

De la rapidez de la conquista podría deducirse que esta fue una especie de paseo militar exento de problemas para los invasores. Pero eso no fue del todo así. Los dos caudillos implicados en la misma tuvieron fuertes desavenencias, y estas llegaron a oídos del califa de Damasco Suleimán I.

Así, en el 714, el califa ordenó que tanto Musa como Tariq se presentaran ante él para rendir cuentas de su actuación. Tariq aprovechó la ocasión para denunciar a su superior por haber malversado los fondos destinados a la conquista y por haberse apropiado de ellos. Suleimán I condenó a Musa a muerte, pero finalmente lo indultó a cambio de que el antiguo emir pagara una multa considerable como compensación a todo lo que había robado. No obstante, pocos años después, Musa resultó asesinado como consecuencia de una conspiración contra él.

Pero Musa había dejado en la Península a su hijo Abd al-Aziz como encargado del gobierno y de la expansión por nuevos territorios. El nuevo califa decidió también destituirlo y en el 716 nombró como walí a al-Hurr. El título de walí tenía un significado parecido al de emir, pero este último se aplicaba a gobernadores de territorios más extensos, mientras que el walí gobernaba sobre territorios más reducidos.

El waliato de al-Hurr fue importante por tres motivos. En primer lugar porque su reconocimiento supone la primera división administrativa del nuevo territorio conquistado. En segundo lugar porque por primera vez aparece el nombre de al-Andalus, escrito en una moneda de un dinar que se acuñó en el año 716.

En tercer lugar porque al-Hurr decidió cambiar la capital que hasta entonces se había fijado en Sevilla y trasladarla a Córdoba. No están muy claros los motivos de esta decisión de gran trascendencia, pero quizás en ello influyó el hecho de que la ciudad cordobesa había sido la base del gobierno de Rodrigo en la Bética, mientras que Sevilla, que había permanecido más favorable a la invasión árabe, mantuvo en cierta medida en el poder a las familias nobiliarias visigodas que apoyaron a los invasores. Tampoco hay que olvidar que Córdoba poseía el puente sobre el Guadalquivir más cercano a su desembocadura (puente de piedra construido en época del emperador romano Augusto y que todavía hoy se conserva en perfecto estado), además de tener una posición más central en el valle del gran río.

Durante el gobierno de al-Hurr se incorporaron a al-Andalus los territorios de lo que hoy día es el País Vasco, Navarra y el alto Aragón, aunque como veremos su permanencia en manos musulmanas fue efímera.

En 719 fue nombrado walí al-Sahm, quien en los escasos dos años que se mantuvo en el poder tomó la decisión de continuar la expansión hacia el norte. Por primera vez los musulmanes se atrevieron a pasar los Pirineos y penetraron en lo que en la actualidad es el sur de Francia.

Ya entre el 719 y el 721 las tropas del walí tomaron Lérida, Urgel y Narbona, y cuando se dirigían a capturar la ciudad de Tolosa, el duque de Aquitania, Eudes, se enfrentó contra sus tropas y en la batalla que tuvo lugar el 10 de junio del año 721 falleció el emir.

Su sucesor fue otro walí llamado Ambasa, que continuó con la política de expansión por el sur de la Galia.

Para ello, Ambasa capturó en primer lugar Barcelona y Gerona, y luego pasó los Pirineos, conquistando Carcasona y Nimes. En el año 725, sus avanzadillas llegaron incluso a un lugar tan septentrional como Autun, tras remontar el rio Ródano, pero en este caso sus intereses no eran tanto la ampliación territorial de los dominios musulmanes como el saqueo de las ricas abadías y de los monasterios que existían en el territorio franco.

Y es que los árabes no sentían una especial atracción por las tierras del norte, casi siempre frías y húmedas, cubiertas por extensos bosques. Estas les eran ajenas a sus lugares de origen, cálidos y secos, de ahí que no mostraran interés en ellas más allá de la mera exploración y rapiña de las riquezas que atesoraban.

Eso explica, en parte, el porqué del poco caso que hicieron a los territorios de las montañas cantábricas. El clima lluvioso y fresco era muy distinto al del resto de la Península y al del mundo mediterráneo o del Próximo Oriente, que les resultaba más familiar. Además, entre aquellos escarpados riscos se refugiaban los últimos supervivientes de los nobles visigodos.

Los pueblos astures, cántabros y vascones ya opusieron una feroz resistencia a las legiones romanas, y lo mismo ocurriría con los jinetes árabes, siete siglos y medio después.

El 28 de mayo del año 722 (aunque las crónicas no son nada precisas pues también hay quien sitúa el acontecimiento hasta cuatro años antes), una expedición musulmana, que según los historiadores cristianos estaba compuesta por la improbable y exagerada cifra de 10.000 soldados, penetró en la zona asturiana de Covadonga, y allí, en lo alto de las peñas, los estaban esperando agazapados unos 300 montañeses bajo las órdenes del noble visigodo Pelayo, que había combatido en la batalla de Guadalete, consiguiendo escapar con vida de aquel desastre.

Para los cronistas cristianos, la escaramuza de Covadonga se convirtió en una gran batalla en la que las escasas tropas cristianas derrotaron por completo al potente ejército musulmán, causándole más de mil bajas. En la realidad, probablemente, nada de eso sucedió, pero los vapuleados cristianovisigodos necesitaban narrar un hecho favorable de armas, por pequeño e intranscendente que fuera. Covadonga les dio la excusa perfecta para convertirla en un símbolo de propaganda antimusulmana y el punto de inflexión, según el cual, se iniciaría la decadencia del poder musulmán en la Península.

Para muchos autores, Covadonga significa el comienzo de un largo proceso al que se denomina Reconquista y que consiste en la “recuperación”, lentísima, por parte de los cristianos de los territorios que tan rápidamente habían perdido a manos de los musulmanes en el 711.

Covadonga también supone un hito, porque conlleva la creación del nuevo reino de Asturias, del que partirá la mayor parte del esfuerzo militar y político que se desplegó en siglos posteriores. Pelayo será el primer rey de ese territorio cristiano y de este modo fue considerado tradicionalmente por muchos historiadores posteriores como el primer rey de una nueva Hispania, o España, como se denominará a este territorio desde la Edad Media.

El hecho de que desde este lugar partiera el fenómeno de la Reconquista hizo que posteriormente, a partir del siglo XIV, los monarcas atribuyeran el título de “príncipe de Asturias” a todos los herederos que deberían de ser proclamados reyes a la muerte del soberano reinante. Felipe de Borbón, el actual príncipe de Asturias, no sería sino el último eslabón de esa larga cadena que comenzó hace más de seis siglos.

Durante un siglo, desde que en el 622 Mahoma protagonizara la Hégira, el imperio musulmán no había hecho otra cosa que avanzar en su expansión por los tres continentes conocidos hasta entonces. En el 712 había llegado a la India, en el 751 hasta los confines occidentales del mundo chino, y entre el 717 y el 739 había intentado conquistar Constantinopla, la capital del Imperio bizantino, tanto por tierra como por mar, fracasando estrepitosamente.

Durante la primera mitad del siglo VIII, el mundo islámico había alcanzado su máxima expansión. Se había creado un imperio inmenso, solo superado posteriormente en la Historia en cuanto a su superficie por el mongol y el español.

Pero su impulso se estaba agotando. La rapidez de las conquistas había llevado a los árabes a miles de kilómetros de distancia de su núcleo central, y cuanto más se alejaban, más difícil se hacía el control de las regiones periféricas y la adquisición de nuevos dominios de los ámbitos exteriores que todavía estaban sin controlar.

En este contexto es donde hay que ubicar la siguiente y última campaña de importancia que tuvo lugar al norte de los Pirineos. En el 730, un nuevo walí llamado al-Gafiqi, decidió vengar la muerte de su antecesor ante Eudes, duque de Aquitania, y se dispuso a darle un escarmiento.

Para ello sus tropas partieron de Pamplona, atravesaron de nuevo los Pirineos, esta vez por su sector occidental y se dirigieron hacia el norte, justo hacia el corazón del reino franco. Los hombres de al-Gafiqi tomaron las ciudades de Burdeos, Angulema y Poitiers (los nombres de las ciudades no son los que tenían en aquella época, pero para su más fácil comprensión, los hemos actualizado en todos los casos). El duque, aterrorizado ante el imparable ejército musulmán, solicitó ayuda al rey franco en el poder, Teodorico IV, un pelele que no pintaba nada en realidad, pues la dinastía merovingia que fundara Clodoveo había decaído de tal forma en dos siglos que a los soberanos que por aquel entonces reinaban se les denominaba despectivamente “los reyes holgazanes”. Pero estos reyes tenían la enorme suerte de contar a su lado con alguien en quien delegar de forma eficaz los asuntos importantes, y estos eran los mayordomos de palacio.

Desde hacía más de un siglo, una familia procedente del norte de la actual Francia era quien verdaderamente llevaba las riendas del reino. Cuando en el año 732 Eudes solicitó ayuda a uno de ellos, se encontraba al mando de los asuntos del gobierno Carlos Martel, el más poderoso de todos los vástagos que hasta aquel momento habían existido en dicha familia.

Carlos Martel se dio cuenta inmediatamente del peligro que se cernía sobre el territorio franco y comenzó a reclutar rápidamente a todos los hombres que le resultó posible. Se calcula que en octubre del 732 entre 15.000 y 30.000 guerreros (algunos autores hablan exageradamente de hasta 75.000), se reunieron bajo el mando del mayordomo en la ciudad de Tours, hacia donde se dirigían las tropas musulmanas en busca de ricas abadías e iglesias de las que apoderarse de sus tesoros.

Las tropas de al-Gafiqi que debían de contar con entre cuarenta y sesenta mil hombres, aunque quizás su número fue posteriormente exagerado por los historiadores cristianos, abandonaron Poitiers siguiendo la antigua calzada romana que conectaba a esta ciudad con la de Tours.

En algún lugar de esta calzada situado entre las dos ciudades se encontraron ambos ejércitos y allí, el día 10 de ese mes de octubre del año 732, tuvo lugar una de las batallas más conocidas de la Historia, pero hay que reconocer que también a su vez se trata de una de la más sobrevaloradas.

Nuestro conocimiento histórico actual deriva en buena medida de los historiadores de Europa occidental de los últimos siglos. Para esos mismos historiadores franceses esta “decisiva” batalla supuso una trascendental derrota de los musulmanes y un cambio radical en la historia del mundo a partir de aquel momento.

Nada más alejado de la realidad. Aquel enfrentamiento en una zona marginal y periférica del imperio musulmán tuvo una escasa repercusión real en el mundo de su tiempo.

Muy probablemente se trató de una batalla más de las muchas que por estas fechas los musulmanes empezaron a perder, pero no fue en modo alguno un hecho decisivo que acabara con el expansionismo islámico y que cambiara de forma definitiva el curso de la historia.

Si acaso hubiera que encontrar esa batalla decisiva habría que buscar al otro extremo del mundo mediterráneo. Allí, entre el 717 y el 718, tuvo lugar un gigantesco asedio contra Constantinopla, la capital del Imperio bizantino, en el que, durante casi dos años, cientos de miles de hombres bizantinos y musulmanes decidieron en buena medida cuál sería el futuro de la humanidad en los siguientes siglos.

Pero fuera como fuese, el empuje islámico estaba llegando a su fin. NI en la Galia, ni en Constantinopla, ni en casi ningún lugar, las tropas musulmanas eran capaces de seguir avanzando. Su vigor inicial parecía haberse detenido por todas partes en el breve espacio de treinta o cuarenta años, y este hecho iba a acabar pasándole una dura factura a los últimos califas de la dinastía Omeya.

Todavía entre el 735 y el 737, el gobernador musulmán de la Septimania (nombre de origen latino que los árabes habían mantenido para el territorio que se encuentra al norte de Cataluña, en la región septentrional de los Pirineos), hizo un último intento por avanzar. Se dirigió con sus tropas hacia la desembocadura del Ródano, ocupando Arlés y Aviñón y penetrando en la Provenza, pero esa acción representaría el canto del cisne del empuje islámico.

Al año siguiente Carlos Martel, cuyo apodo se deriva de “martillo”, pues era así como machacaba a los árabes, irrumpió con su ejército en este territorio y expulsó de él a los invasores, que a partir de entonces comenzaron definitivamente a retroceder.

A mediados de ese siglo VIII, Pipino el Breve, hijo de Carlos Martel, fue recuperando paulatinamente el territorio de manos musulmanas. En el 759 conquistó Narbona, la capital de Septimania. Los musulmanes nunca, salvo en alguna esporádica ocasión, volverían a traspasar la barrera de los Pirineos y desde ese momento quedarían constreñidos a los límites físicos de la península Ibérica.

Como tantas veces se demuestra a lo largo de la historia, es mucho más fácil conquistar un territorio que mantenerlo y administrarlo posteriormente.

En el caso de al-Andalus esto fue lo que ocurrió. A lo largo de casi 800 años, el territorio andalusí no paró de sufrir una crisis tras otra. En algunos momentos se trató de insurrecciones o motines esporádicos, sin menor transcendencia. En otros, por el contrario, los acontecimientos alcanzaron tal gravedad que llegaron incluso a tomar el cariz de verdaderas guerras civiles que se prolongaron durante muchos años.

¿Cuáles fueron las causas de esta situación tan inestable? Para explicarlo se pueden citar factores muy variados que más adelante analizaremos con mayor profundidad. Por un lado, hay que tener en cuenta la presencia de, al menos, tres religiones (musulmana, cristiana y judía), diferentes grupos étnicos (árabes, sirios, yemeníes, bereberes, eslavos, negros africanos, hispanogodos, etc.) y, por otra parte, un complejo componente social (mozárabes, muladíes, esclavos, judíos…).

Es preciso tener en consideración estas circunstancias para comprender los difíciles avatares históricos en los que se vería envuelto al-Andalus. Como en todas las sociedades complejas interétnicas, existieron unas grandes diferencias en cuanto a riqueza y poder.

Estaba en primer lugar el grupo de los árabes, que formaba la élite social y que procedían, como su nombre indica, de la península Arábiga. En este grupo también se podría incluir a yemeníes y sirios. Sin embargo, entre los musulmanes también se encontraban los llamados bereberes, procedentes del norte de África y punta de lanza del ejército que conquistó la Península. Este grupo étnico apenas si había conseguido privilegios y sólo recibieron los territorios más alejados y montañosos en el reparto del botín de conquista.

Los bereberes no sólo no consiguieron prebendas sino que estaban obligados a pagar elevados impuestos. Por ese motivo, cuando el gobernador de Tánger amenazó con incrementar la presión fiscal, e intentó impedir que la población emigrara desde el norte de África a al-Andalus, estalló una feroz revuelta en aquella región del imperio.

En el 740, la insurrección se había extendido a al-Andalus, y la casta árabe dominante no sabía cómo detener a los amotinados. Ante el cariz que tomaban los acontecimientos, el walí decidió solicitar directamente la ayuda del califa de Damasco, y este se vio obligado a enviar a 12.000 hombres del yund o distrito militar sirio.

Estos sirios, acompañados de algunos egipcios y yemeníes, se enfrentaron a los bereberes norteafricanos derrotándolos. A continuación, pasaron a la Península y se dirigieron a la ciudad de Toledo, foco de la rebelión en al-Andalus, donde, tras una batalla en las proximidades del Tajo, derrotaron a los insurrectos.

Pero ahora surgió un nuevo e inesperado problema. Los sirios habían acabado con las revueltas y no desean volver a su país. Prefirieron quedarse en esta nueva tierra que les agradaba más. Mas los árabes andalusíes no estaban dispuestos a aceptar la pérdida de su destacado papel socioeconómico y político. De nuevo, vientos de guerra soplaron en la península Ibérica.

Los califas de Damasco, entretanto, cada vez tenían más problemas en Oriente y, en consecuencia, no deseaban perder más tiempo ni más hombres a 4.000 kilómetros de distancia.

Durante tres años, árabes y sirios mantuvieron sus posturas enfrentadas, pero finalmente se llegó a un acuerdo. Los primeros mantendrían el poder, aunque cederían parte del mismo a los sirios. La solución de compromiso funcionó porque no había más remedio.

Es preciso tener en cuenta que el número total de musulmanes que llegó a la Península fue muy escaso. Las distintas fuentes dan cifras muy dispares que van desde un mínimo de 40.000 a un máximo de 200.000, y es necesario comparar esta cantidad con la de 3 o 4 millones de hispanogodos que formaban el resto de la población y que, de momento, parecían solo limitarse a contemplar las querellas internas entre los recién llegados.

No sólo fueron disputas por la propiedad de las tierras conquistadas o por prerrogativas y privilegios, los únicos que afectaron a esta etapa final del waliato. La naturaleza, como sucede en tantas ocasiones, también quiso imponer su ley, y cuando ella lo hace, las consecuencias suelen ser mucho más terribles que las derivadas de los propios seres humanos.

Entre el año 751 y el 755, se abatieron sobre la Meseta septentrional una serie de años extraordinariamente secos. En una época en la que la productividad de la tierra era muy escasa, al igual que las técnicas para la conservación de alimentos, la única alternativa que quedaba a un lustro de malas cosechas era el hambre.

De esta manera se generó un círculo vicioso, al que los historiadores de la demografía denominan “el ciclo de la muerte”. El hambre traía la muerte por inanición, pero, antes de que eso ocurriera, se debilitaban tanto las defensas naturales de las personas que éstas se convertían en seres totalmente proclives a contraer cualquier tipo de enfermedad. Era entonces cuando llegaba la peste.

La peste es una enfermedad contagiosa producida por las pulgas que viven entre los pelos de determinados roedores, en particular de las ratas. En condiciones normales, la cepa del bacilo que provoca la epidemia no suele ser excesivamente virulenta. Pero cuando sucede una época de debilitamiento generalizado de las poblaciones humanas, unido al contagio, los resultados son catastróficos.

No obstante, hay que resaltar que, comparada con las epidemias que hubo entre el siglo II y el VI, esta peste no fue particularmente mortífera. Y aún lo serían menos las que aparecieron hasta mediados del siglo XIV, cuando el fenómeno se reactivó dramáticamente.

Sequía, hambre y pestes tuvieron consecuencias muy importantes. Buena parte de la población que vivía entre el río Duero y las montañas cantábricas huyó de aquel territorio ante las dificultades que tenían para sobrevivir. De hecho, miles de bereberes que se habían establecido en la zona, decidieron regresar a sus territorios de origen, si hacemos caso a los cronistas del momento.

Para aprovechar la coyuntura, el rey de Asturias, Alfonso I, decidió realizar una serie de violentos ataques contra las poblaciones y fortalezas que habían creado allí los musulmanes. El objetivo era muy claro, expulsarlos de aquel territorio para crear un vacío, una especie de “tierra de nadie”, como se llamó en su época, para garantizarse la seguridad de su frontera meridional y evitar en el futuro nuevos ataques de los musulmanes, dado que éstos se tuvieron que retirar inevitablemente hasta bases más lejanas.

Así, a mediados del siglo VIII, se consolidó una frontera permanente entre cristianos y musulmanes. Aquellos quedaron confinados en sus inaccesibles montañas. Los habitantes de al-Andalus se quedaron con la mayor parte de la Península, que también era la más fértil, en su conjunto.

Esta delimitación cambiaría, como veremos, a lo largo del tiempo, pero durante los tres primeros siglos de la existencia de al-Andalus, la línea fronteriza se mantuvo casi igual, con ligeros retoques de escasa importancia.

El final del waliato. La llegada del príncipe Omeya Abd-al-Rahman

Durante los últimos 27 años del waliato, llegó a haber nada menos que 23 gobernadores, es decir, casi uno por año. La cifra es sin duda muy elevada, pero cobra aún mayor importancia si se tiene en cuenta que, con el sistema de comunicaciones existente en la época, en el trayecto entre Damasco y Córdoba se podía tardar hasta cuatro meses. El dato habla por sí sólo de la inestabilidad que se vivió durante estas primeras décadas de la historia de al-Andalus como provincia del imperio islámico. También de la dificultad de los califas de gobernar sobre un territorio tan lejano.

Para que al-Andalus dejara de ser territorio del imperio, y las relaciones político-administrativas se interrumpieran definitivamente, fue preciso un hecho transcendental en la historia del islam. Para entenderlo mejor, será preciso retroceder hasta el año 750 y ver lo que ocurría en Damasco y, en general, en Mesopotamia.

Durante casi un siglo, la dinastía Omeya había llevado el califato a su máxima extensión. El imperio islámico se había convertido en una gigantesca extensión de tierras que englobaba a pueblos y antiguos reinos de los tres continentes. Parecía como si la doctrina de Mahoma fuese invencible, y los designios de Alá acabarían imponiéndose en todo el mundo.

Pero no ha existido, hasta ahora en la historia, un imperio que, por poderoso que fuere, haya sido capaz de imponer su autoridad al resto del planeta, y el islam no iba a ser una excepción, aunque sí ha sido uno de los que más cerca han estado de conseguirlo.

Poco después de la batalla de Guadalete, los invencibles jinetes árabes, montados en sus ágiles corceles, en camellos y en dromedarios, empezaron a ser vencidos en todas partes. Hasta entonces, habían mantenido varios frentes abiertos a la vez, con una táctica que, contemplada retrospectivamente, parece ser suicida. Pero habían triunfado hasta ese momento; sin embargo, todo tiene sus límites.

Durante la primera mitad del siglo VIII, los ejércitos musulmanes comenzaron a experimentar derrotas en todas partes, y su expansión se detuvo. Las consecuencias pronto se dejaron sentir, y comenzaron las críticas hacia el califato y con ellas la división interna del mismo.

Una familia cuyos miembros son conocidos como los Abbásidas o Abbasíes empezó a reunir partidarios para expulsar del poder a los Omeyas. En el año 750 tuvo lugar el enfrentamiento decisivo. A orillas del río Gran Zab, un afluente del Tigris, al norte de Mesopotamia (en el actual Irak) las fuerzas abbasíes derrotaron completamente a los Omeyas.

Los Abbasíes eran conscientes de que para poder imponer su poderío sobre la totalidad del mundo islámico era imprescindible que ningún miembro varón de los Omeyas quedara vivo. De esta forma, procedieron implacablemente a exterminar uno por uno a todos los Omeyas que habían sobrevivido al desastroso enfrentamiento del Gran Zab.

Sin embargo, hubo un príncipe Omeya, de nombre Abd al-Rahman (731-788) que logró sobrevivir milagrosamente a todas las persecuciones. El joven príncipe contaba solo con 19 años, pero era inteligente, valiente y decidido. Comenzó una larga huida buscando a antiguos partidarios que quisieran apoyar su causa perdida. Pero no los encontró. Durante más de cinco años viajó por todo el Próximo Oriente y por el norte de África, escondiéndose, disfrazándose y viviendo una serie de dramáticas aventuras en lo que constituye una de las peripecias más asombrosas de la historia.

Desesperado en su huida, el príncipe fugitivo marchó a los confines del territorio musulmán, allá donde él creía que el control de los Abbasíes no sería tan férreo.

A mediados del año 755, Abd al-Rahman se encontraba en el norte de África. Allí recibió noticias de que en al-Andalus habían estallado de nuevo los enfrentamientos tribales entre árabes, sirios y bereberes. Esta era la oportunidad que estaba buscando. ¿Por qué no aprovecharse de la anarquía reinante allí para ponerse al frente de uno de los grupos y derrotar al otro?

El último de los Omeyas tomó una arriesgada decisión. Atravesó el mar de Alborán con un grupo reducido de partidarios, y en septiembre de ese mismo año desembarcó en la localidad granadina de Almuñécar. Consiguió reunir un grupo de adeptos y marchó hacia Córdoba, la capital de al-Andalus.

En marzo del 756, se produjo el enfrentamiento en la al-Musara, en las afueras de Córdoba. Las tropas de Abd al-Rahman atacaron con brío a las de Yusuf al-Fihri, gobernador y cabeza de la causa abbasí. En un determinado momento del fragor de la batalla, el príncipe Omeya necesitó guiar a sus hombres en una dirección determinada contra el enemigo, y al no poseer en ese momento pendón o bandera que los guiase, se quitó el turbante, que era de color verde, lo ató a una lanza y lo tremoló como estandarte, guiando a sus hombres a la victoria definitiva.

El triunfo tras el turbante verde dio lugar a que este color se convirtiese en el símbolo de la dinastía Omeya. Todavía, hoy día, las banderas oficiales de las comunidades autónomas de Andalucía y Extremadura mantienen en ellas el color verde como símbolo de aquella época histórica.

En recuerdo de su procedencia extranjera, Abd al-Rahman fue apodado por sus contemporáneos al-Dajil, que significa ‘el Inmigrado’.

Una vez asentado en el poder, Abd al-Rahman proclamó a al-Andalus como territorio independiente del califa de Damasco, y él mismo asumió el gobierno como emir, es decir, como representante máximo de la administración del nuevo Estado y como cabeza de su ejército. Así pues, al período que comienza a partir del año 756 y hasta la proclamación de Abd al-Rahman III como califa en el 929, se le conoce como el emirato de Córdoba, independiente de Bagdad.

Y es que seis años después del comienzo del emirato, los Abbasíes decidieron abandonar Damasco, a la que se la recordaba como capital Omeya, para trasladarla a una ciudad nueva que construyeron en Mesopotamia, Bagdad, y que hoy día sigue siendo capital de ese mismo territorio al que conocemos como Irak. No obstante, los califas de Bagdad no aceptaron, como era de esperar, la pérdida de una de sus provincias, por muy lejana que estuviera. De esta forma, fomentaron constantes rebeliones contra el que ellos calificaban como príncipe usurpador, cuando no incluso llegaron a enviar sus propios ejércitos para destronarlo.

Así, entre el 761 y el 768 estallaron hasta cuatro levantamientos pro abbasíes en al-Andalus. Abd al-Rahman, al que numeramos como primero por dar comienzo a una larga dinastía en la que abundaron sucesores con su mismo nombre, no se amedrantó ante las continuas insurrecciones si no que, por el contrario, se enfrentó a ellas con mano dura y firme.

La voluntad del nuevo emir para mantenerse independiente quedó bien demostrada cuando, tras capturar a los cabecillas, no se le ocurrió una venganza mayor que cortar las cabezas a los líderes insurrectos, guardarlas en tinajas, conservándolas en alcanfor y sal, y enviársela al califa de Bagdad para que viera cómo se pensaba tratar a todos aquellos que, a 4.500 kilómetros de distancia, se rebelaban contra el príncipe Omeya.

Aún así, el califa intentó mantener la discordia en al-Andalus y, entre el 768 y el 776, tuvieron lugar nuevas rebeliones organizadas por elementos bereberes en Zaragoza que, como veremos, propiciaron la intervención del rey franco Carlomagno. Al año siguiente, en el 777, desembarcaron en la zona de Valencia tropas enviadas por el califa y allí se mantuvieron durante dos años, intentando que la población se levantara contra el emir. No lo consiguieron y, en el 779, las tropas del emir de al-Andalus aniquilaron a las del califa. Éste no lo volvió a intentar más y, de esta forma, al-Andalus se consolidó definitivamente como un territorio independiente de Bagdad.

Para consolidarse en el poder, Abd al-Rahman se rodeó de una guardia personal en su palacio a la que se conocía como la guardia muda. Tan extraño apelativo se debe a la desconfianza que el emir tenía hacia árabes y sirios, de quienes no se fiaba porque pensaba que podrían asesinarlo. Por ese motivo, eligió a lo que hoy llamaríamos sus escoltas entre eslavos y bereberes, gentes que en general no hablaban el árabe y que, difícilmente, se podrían poner de acuerdo con posibles traidores que quisieran asesinar al emir, de ahí el apelativo de mudos. Esta estrategia ha sido llevada a cabo muchas veces a lo largo de la historia, ya que este tipo de hombres no hacen causa común con las posibles rebeliones populares que puedan estallar, sino que establecen una relación de fidelidad con el soberano, basada en que él es quien los paga directamente y, por tanto, su sustento depende de las órdenes de, en este caso, el emir.

Abd al-Rahman no sólo se rodeó de hombres fieles que le protegieran, sino que también sintió la necesidad de poseer un poderoso ejército que causara temor entre sus enemigos e impidiera las veleidades de los gobernadores de las provincias más alejadas de rebelarse contra su emir.

De esta forma, Abd al-Rahman llevó a cabo una profunda reforma del ejército a cuya cabeza se puso él mismo. Organizó uno de hasta 40.000 hombres con carácter mercenario, pues sus miembros recibían mensualmente una paga por combatir. Eligió sus tropas, principalmente, entre cristianos, bereberes y eslavos, y a su mando puso oficiales sirios que le fueran fieles. Esto le permitió enfrentarse de tú a tú al más poderoso soberano de la Europa cristiana: el rey de los francos, Carlomagno, que por aquella época estaba extendiendo sus dominios constantemente.

El motivo para la intervención de Carlomagno en la Península se lo daría una de las insurrecciones que tuvieron lugar en Zaragoza contra el Omeya en el 776. Los sublevados pidieron la ayuda del rey franco para resistir a las tropas del emir, y aquel se la prometió. Así que se puso al mando de su ejército y atravesó los Pirineos. Pero cuando llegó a la ciudad del Ebro, la facción que había solicitado su ayuda había sido ya expulsada del gobierno de la villa, y el nuevo gobernador nombrado por Abd al-Rahman no estaba dispuesto a rendirse ante el soberano franco.

Carlomagno puso sitio a Zaragoza con la intención de conquistarla, pero cuando comprobó la firme determinación de sus defensores por resistir, y se enteró de que las tropas del emir marchaban en ayuda de los sublevados, se lo pensó mejor y decidió levantar el cerco y regresar, de nuevo, tras la protección de los Pirineos, luego de asolar Pamplona como muestra de su venganza.

Con lo que no contaba Carlomagno era con que los indómitos vascones lo estaban esperando, apostados en las alturas del desfiladero de Roncesvalles. Cuando pasó el grueso del ejército carolingio no se atrevieron a atacarlo, dada la diferencia de fuerzas, pero cuando apareció la retaguardia, los vascones cayeron sobre ella aniquilándola.

Este hecho daría lugar a uno de los cantares de gesta más importantes de todos los tiempos, La canción de Rolando o Cantar de Roldán (Chanson de Roland), que sería la primera obra escrita en francés, pues Roland (Rolando, o Roldán, en castellano) era el nombre del jefe de la retaguardia carolingia que acabaría muriendo en la batalla.

Carlomagno había aprendido la lección y, mientras vivió Abd al-Rahman no se atrevió a volver a enfrentarse con él, a pesar de las continuas escaramuzas y provocaciones en la frontera.

Abd al-Rahman no sólo creó un poderoso ejército al que respetaban hasta sus más poderosos enemigos, también se preocupó por aumentar el nivel cultural y económico de sus territorios, emprendiendo obras muy notables con el objeto de embellecer la capital del emirato de Córdoba, que acabarían por convertirla, dos siglos más tarde, en la ciudad más grande y hermosa del mundo.

Hacia el 785, se iniciaron las obras de la que, con el paso del tiempo, se convertiría en uno de los templos más famosos de todos los tiempos, la Gran Mezquita Aljama de Córdoba. Para ello, el emir llegó a un acuerdo con la, por entonces, comunidad cristiana de la ciudad. Le propuso la compra de la basílica de San Vicente, y aunque al principio se decidió compartir el lugar de culto, finalmente se llegó a un acuerdo y la basílica fue derribada para convertirla en una de las mezquitas más bellas del islam. Estas primeras naves permitieron que en su interior pudieran tener cabida unos cinco mil fieles orando. Se sabe que el monto de las obras ascendió a unos 80.000 dinares, que equivalen a unos 340 kilos de oro, lo que al precio actual supone aproximadamente unos catorce millones de euros.

Abd al-Rahman también inició las obras de lo que se convertiría con el tiempo en el alcázar o palacio de los posteriores emires y califas cordobeses.

Para reclutar un ejército con las proporciones antes descritas y para iniciar las costosas obras artísticas y de remodelación urbana de Córdoba, Abd al-Rahman tuvo que contar con un elevado nivel de ingresos que le permitiera acometer estos gastos. Para ello, el emir llevó a cabo una profunda y eficaz reorganización de los impuestos y la Hacienda.

Existían cinco tipos principales de impuestos. El zakat o diezmo, que se pagaba, según el Corán, para dar limosna a los pobres; el hasd, destinado a subvencionar los gastos militares; la gabala (de donde se derivaría posteriormente la palabra castellana alcabala o ‘impuesto’), que se aplicaba a todo tipo de compraventa de productos y mercancías; la yizya o chizya, un impuesto personal o por cabeza; y el jaray o jarach, que era una tasa de tipo territorial.

En una primera etapa, la chizya y el jarach solo se aplicaban a aquellos contribuyentes que no habían abrazado la religión musulmana, y a los que para permitirles libremente cualquier otro tipo de credo o de religión se les obligaba al pago del mismo. Sin embargo, y por circunstancias que veremos posteriormente, estos impuestos se acabaron extendiendo a toda la población independientemente de cuál fuera su credo.

No solo se reestructuró todo el sistema fiscal, sino que incluso la administración de Abd al-Rahman se permitió el lujo de reducir el porcentaje de contribución que hasta época visigoda se había pagado. Se ha calculado que, en aquel momento, los grandes señores visigodos cobraban al campesinado bajo su control entre un cincuenta y un ochenta por ciento de lo que producían. Abd al-Rahman redujo este porcentaje a solo el veinte o el cincuenta por ciento según los casos.

Esto tampoco quiere decir que la Hacienda cordobesa fuera particularmente generosa con los contribuyentes, en absoluto, estos seguían siendo exprimidos onerosamente por el fisco, pero en menor medida que lo que hasta entonces habían sido.

Pero a cambio, la productividad de la tierra se incrementó gracias a una serie de innovaciones técnicas relacionadas con el regadío, mientras que probablemente la población comenzaba a crecer, con lo que también aumentaba el número de contribuyentes.

A modo de ejemplo, se ha calculado que solo la campiña existente en los alrededores de la ciudad de Córdoba, producía por término medio anualmente unas 16.000 toneladas de trigo y unas 22.000 de cebada. Eso permitió incrementar los ingresos derivados de los tributos hasta los 600.000 dinares anuales en oro, es decir, unos 2.550 kilos de oro, lo que equivale actualmente a más de cien millones de euros.

Para hacer más eficaz este sistema contributivo, se fijó la emisión de tres tipos de monedas. Los dinares de oro, con algo más de cuatro gramos de peso (es decir equivalentes a unos 170 euros actuales por su peso en oro), los dirhems de plata, con una pureza de metal del 99%, y los feluses de bronce, que eran la moneda de uso corriente entre las clases populares.

El sistema financiero ideado por el emir fue tan eficaz que cuando el propio Carlomagno quiso también reorganizar sus finanzas, se basó en la estructura tributaria que poco antes se había llevado a cabo en al-Andalus.

La infatigable labor reformadora del primer Omeya no solo se limitó a las grandes finanzas o a espectaculares realizaciones artísticas, sino que también se plasmó en otros pequeños detalles, menos importantes sin duda, pero no por ello menos significativos.

Así, en un mundo donde las redes de transporte y las comunicaciones eran cada vez más deficientes desde la desaparición del Imperio romano, al-Andalus contó con un excelente (para aquellos tiempos) sistema de correos, mediante la utilización de palomas mensajeras. La colombicultura fue una gran aportación para mejorar la comunicabilidad en el territorio andalusí.

En otro orden de cosas, fue en esta época cuando se introdujo la palmera en la Península. Según una tradición, la primera palmera de la que supuestamente descienden todas las que ahora existen en el suroeste de Europa, la mandó traer Abd al-Rahman de Arabia y la plantó en el jardín de su palacio, para que le recordara la tierra de donde procedía. Muchos otros productos llegarían a continuación, incrementando el número de alimentos para una población en crecimiento.

Pero donde sin duda más destacó la labor reformadora del primer Omeya cordobés fue en el campo de la organización del Estado. Abd al-Rahman, descendiente de una antigua familia de gobernantes, conocía a la perfección, a pesar de su juventud, las claves para una correcta administración del territorio que controlaba. Para ello lo dotó de una serie de cargos y de instituciones que le permitieron a él y a sus sucesores administrarlo de una manera muy eficaz como no se había visto desde la época romana.

No toda esta estructura fue debida a la labor del primer emir, pero sí fue él quien estableció las bases fundamentales que posteriormente serían perfeccionadas por sus sucesores en determinados aspectos.

Desde un punto de vista territorial, la organización del Estado andalusí se estructuraba en cuatro grandes divisiones administrativas: el emirato en sí como unidad estatal; las regiones o nahiyas, que en las zonas fronterizas sometidas a los continuos enfrentamientos bélicos dieron lugar a las marcas o thugur (en singular, thagr), que a lo largo del tiempo demostraron ser territorios díscolos y conflictivos.

Los gobernadores de las mismas tenían bajo su responsabilidad amplios territorios que proteger. Estos se gestionaban desde una gran ciudad: Badajoz en la marca occidental, Toledo la central y Zaragoza la oriental. Pero la lejanía de la capital cordobesa, unidas a la fuerte presencia de tropas acantonadas en ellas, le daba un gran poder a sus gobernantes, quienes, en numerosas ocasiones, hicieron uso de él para rebelarse contra los emires y califas cordobeses.

Existían otras dos divisiones territoriales a menor escala. Las coras o kuras, que equivalen aproximadamente a lo que hoy día conocemos como provincias. Su número fluctuó a lo largo del tiempo, pero por lo general llegó a haber entre veinte y treinta. Finalmente se crearon los aqalim (en singular, iqlim) o distritos, cuyo equivalente actual podría ser lo que conocemos como comarcas.

La administración política del Estado giraba en torno a la figura del emir o, posteriormente, del califa. En la historia de al-Andalus hubo ocho emires, aunque el último de ellos, Abd al-Rahman III, fue el primero en convertirse en califa. Este último título uniría a las funciones política y militar que poseía el gobierno del emir la de jefe de la comunidad religiosa musulmana, la denominada umma. Dicho de otra forma, y comparándolo con el momento actual, el emir, como posteriormente el califa, era el Jefe del Estado, pero con unos poderes muy amplios. En torno a su figura se centralizaban todas las decisiones importantes que se tomaban en el Estado.

El segundo en la escala era el hachib o hayib, al que también se le denomina en ocasiones el gran visir. Era el equivalente actual a un primer ministro o un jefe de gobierno y además el jefe supremo de todos los visires o ministros. Estos últimos eran los consejeros o asesores del emir o califa. Podemos considerar a los visires como una especie de ministros o secretarios de Estado que se encargaban de administrar el palacio, las finanzas, el comercio, la justicia, la diplomacia y la guerra.

Todos estos cargos superiores se apoyaban en el denominado diwan. Con este nombre se hacía referencia al conjunto de oficinas de la administración central encargadas principalmente de la responsabilidad de los asuntos económicos, en particular de la emisión de moneda en las cecas o casas donde se acuñaban las monedas, y de la organización y recaudación de los impuestos.

Los valíes o walíes constituían el siguiente nivel de la administración. Aunque en un principio este nombre se había aplicado a los gobernadores militares enviados a la Península desde Damasco, con el tiempo pasó a designar a todos los gobernadores de las provincias del emirato.

La administración estatal se completaba con los cadíes o qadíes, que eran los funcionarios encargados de administrar justicia en nombre del emir, por tanto, eran una especie de jueces municipales. Sus funciones no se limitaban solo a litigios entre particulares, sino que eran mucho más amplias, englobando competencias sobre los impuestos, los mercados, las monedas, el comercio o las propiedades.

La consolidación del emirato independiente: los sucesores de Abd al-Rahman I

La vida del primer emir de al-Andalus fue, como diríamos hoy en día, una vida “de película”. Sin duda, el príncipe Omeya fue un hombre de un gran magnetismo personal sobre quienes le rodeaban. También sobresalió por su inteligencia. Esto lo demostró cuando en una sociedad tan compleja como la andalusí fue capaz de aunar a todas las facciones practicando la tolerancia religiosa y reconciliando a unos bandos con otros.

Cuando en el 788 le llegó la muerte a los 57 años de edad, al-Andalus era ya un territorio independiente consolidado. Con él, también lo hizo el principio dinástico basado en el carácter hereditario de la autoridad que, por espacio de más de dos siglos y medio, recayó en descendientes directos suyos. Todos los emires y la mayor parte de los califas que lo sucedieron pertenecieron a la dinastía Omeya andalusí que él había fundado.

Pero el sentido de la herencia del poder político entre los Omeyas no estaba establecido, por desgracia, en principios claramente determinados. En realidad este problema era común a casi todos los estados del mundo antiguo y medieval, hasta que posteriormente se estableció de forma generalizada el principio de que el heredero de la soberanía debería ser siempre el primogénito varón, y en caso de fallecimiento de este sin que tuviera hijos, el resto de sus hermanos por orden de edad.

Esto que luego llegó a ser aceptado comúnmente y que todavía lo es en las monarquías actuales, no era lo habitual hasta entonces. Imperios como el romano o el bizantino habían adoptado diferentes sistemas a lo largo de la historia para asegurar la sucesión pacífica de unos gobernantes a otros, aunque no siempre habían conseguido que esta fuera tan pacífica como era de desear.

Otros, como el reino franco, recurrieron al concepto patrimonial del Estado. Es decir, actuaban como si este fuese una propiedad exclusiva del rey que, poco antes de morir, lo repartía en partes más o menos iguales entre todos sus hijos varones (y a veces incluso entre las hembras también). Existía la idea de que estos hermanos gobernarían entre sí apoyándose fraternalmente, pero la realidad demostró también que esa forma de actuar se convertía casi siempre en papel mojado y que lo más habitual sería que tras fallecer el rey estallasen guerras civiles entre sus hijos.

Los visigodos habían optado en Hispania por otra alternativa. Aunque en ocasiones defendieron la herencia directa de padres a hijos, a partir del siglo VII se impuso la idea de la monarquía electiva. Es decir, un grupo de personas pertenecientes a las altas jerarquías nobiliarias y eclesiásticas (reunidos en el Aula Regia), elegía entre la alta nobleza al candidato que supuestamente era el más idóneo. Esto es lo mismo que sucedió en el Imperio romano cuando se impuso durante el siglo II la elección de “el mejor”.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
361 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9788415930440
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Bookwire
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