Kitabı oku: «Cómo hicimos el 17 de octubre»

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CÓMO HICIMOS EL 17 DE OCTUBRE

Ángel Perelman

CÓMO HICIMOS EL 17 DE OCTUBRE

CABECITA NEGRA

Perelman, Ángel

Cómo hicimos el 17 de octubre / Ángel Perelman. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Punto de Encuentro, 2021.

Libro digital, EPUB - (Cabecita negra)

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-4465-76-4

1. Política Argentina. 2. Historia Política Argentina. 3. Peronismo. I. Título.

CDD 320.0982

© Punto de Encuentro, 2021

Av. de Mayo 1110, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina

(54-11) 4382-1630

www.puntoed.com.ar

Director de la colección: Carlos Zeta

Cuidado de esta edición: Teodoro Boot

Diagramación: Cutral ediciones ¦ M. Victoria Ramírez

Queda hecho el depósito que establece la ley 11.723.

Libro de edición argentina.

No se permite la reproducción total o parcial, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro en cualquier forma o por cualquier métodos, sin el permiso previo y escrito de la editorial.

ÍNDICE

Portada

Portadilla

Legales

El 17 de octubre como mito fundante del peronismo

El subsuelo de la patria sublevado

Los fabulosos Perelman

Imperialismo y peronismo

Un peso por día, sin horario

El regreso de los oligarcas

Los traidores al socialismo

Industrias y sindicatos 1930-1943

Los cipayos soviéticos

Los comunistas traicionan la huelga metalúrgica

Belicistas y neutrales

El Ejército y la burguesía nacional

El primer contacto con Perón

El carácter histórico de los movimientos nacionales

Estados Unidos bloquea a la Argentina

La aparición de Braden

Perón habla al Ejército sobre la Revolución Rusa

Estalla el complot oligárquico contra Perón

El pícnic de la Plaza San Martín

El gran día

EL 17 DE OCTUBRE COMO MITO FUNDANTE DEL PERONISMO

“Peronistas de alma son (…) esos que siempre se sienten

capaces de volver a hacer un 17 de octubre”

Eva Perón

No es frecuente poder relatar en primera persona, comprendiendo la trascendencia histórica, un hito de la memoria popular de un país. Ver el 17 de Octubre observado, relatado y explicado desde los ojos de un trabajador organizado es sin dudas un testimonio de gran valor, una fuente de primera mano a la hora de construir el relato de la irrupción de la clase trabajadora en la historia política de nuestra Argentina. ¿Quién puede dudar que, de elegirse la perspectiva principal para comprender el significado de la fecha, esta es el punto de vista más sustancial y jugoso a la hora de reconstruir esa particular circunstancia determinante de nuestra historia patria?

Tampoco es frecuente sintetizar un acontecimiento histórico sin traicionarlo un ápice en pleno momento de una resistencia que, para entonces (1962, año en que fue por primera vez publicado este libro), parecía sin fin. Perelman lo hacía siendo consciente de que, con un relato, desde un protagonismo no individual sino de clase, estaba contribuyendo al despliegue de un mito movilizante de las fuerzas de un movimiento que jamás se dio por vencido. Y lo hacía en un momento en que ese movimiento era duramente golpeado por las fuerzas de la reacción oligárquica.

Este texto fue escrito por Ángel Perelman cuando todavía no había pasado una década del nefasto golpe de Estado que derrocó al general Perón. Aquella autodenominada “Revolución Libertadora”, popularmente rebautizada “Revolución Fusiladora”, fue sucedida por gobiernos conducidos por civiles y militares que siguieron proscribiendo, persiguiendo y reprimiendo al peronismo. Las acciones de la restauración oligárquica expresada en los distintos gobiernos de turno estaban encaminadas a que nuestro pueblo no repitiera esa experiencia liberadora con la intención de enterrar para siempre el hecho maldito del país burgués. El intento reaccionario sería inútil, ya que, al decir del poeta Leopoldo Marechal, “el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria”.

Sin duda que este escrito de Perelman fue uno de esos mensajes de naufragio…

Presentados los hechos del libro, también en vivo y en directo nada menos que por la exquisita pluma de poeta de Raúl Scalabrini Ortiz, y hecha la contextualización de la vida y obra de ángel Perelman por Teodoro Boot, no me queda más espacio que hacer algunas reflexiones sobre la significación del mito del 17 de Octubre que este texto de Perelman contribuyó a cimentar.

Fundar una concepción política es mucho más que un mero hecho político y los caminos que se abren ante él. Fundar una expresión política que no sea una mera re-presentación —una versión nueva de una vieja receta— es abrir el surco con una serie de categorías políticas originales, con un lenguaje novedoso que da cuenta de la realidad, con una mitología propia que ordena el mundo simbólico donde se actúa. Una nueva tradición política trasciende incluso la idea de acontecimiento (como hecho determinante que bifurca caminos) en tanto implica producir, además, las herramientas para interpretarlo.

El mito en el pensamiento popular americano, como desentrañó Rodolfo Kusch, no es meramente un relato épico con consecuencias en el plano simbólico; el mito se vive mediante ciertos ritos, es una vivencia que estructura al mundo. El filósofo argentino encuentra en el mito la palabra grande que tiene la fuerza de lo poético, al mismo tiempo que se arraiga, echa raíces en la tierra. Se diferencia de la palabra pequeña, no solo de las que se pierden en el viento, sino también de las que encuentran su alojamiento en la ciencia, que desguaza las cosas para explicarlas. Esta palabra pequeña es la que habla del ser, del patio de los objetos. El mito, en cambio, se adentra en la trama de los fundamentos de la realidad que el vano intento de explicarla desde la racionalidad instrumental no llega a percibir, se le escapa, porque se queda en ese mundo de las cosas. Es preciso entender el peronismo como expresión de una geocultura, un suelo de pensamiento, un estar ahí, de la realidad profunda argentina y americana, aunque en el plano estrictamente político. Todo ello, le hace más fácil habitar los silencios que las palabras. Eso, a veces, lo acerca a lo incomprensible.

El mito da fundamento al estar en América del que habla Kusch, también a ese estar político que es el peronismo. La cultura, en última instancia, no es más que investir de símbolos, de sentido, al domicilio existencial, la tierra en la que se habita. Ni la ciencia, ni los relatos objetivos construyen el específico horizonte simbólico del mito. Por eso es que el peronismo ha sabido nutrirse de sus propios mitos.

El peronismo sabe navegar por este mar que le es, por lo menos, esquivo a la política tradicional y restringida de los partidos demoliberales. Estamos hablando del plano de lo mítico. No nos referimos en aquel plano simbólico que habitan las marcas, las consignas, las efemérides y las estatuas. Por el contrario, se trata de un mar subterráneo que fundamenta lo inexplicable y sobre ese flujo profundo constituye sentidos. Los significantes del fenómeno peronismo están ahí, sobre la mesa, con una fuerza inusitada de explicación no necesariamente racionalista de la realidad. Y están al alcance de todos —porque tiene planos distintos de interpretación—, lo que constituye su mayor virtud y su contundente fuerza simbólica.

Todo en el peronismo remite y se explica en su mitología. No estamos hablando de un mito como relato desprovisto de marcas concretas. Nos referimos a lo mítico como sustancia política y de sentido de justicia (por eso justicialismo) en la piel, en el cuerpo. Ese mito se hace sustancia de valores que inunda el espacio de nuestra historia.

Uno de los mitos constituyentes del peronismo es, sin duda, el 17 de Octubre. De hecho, se trata de su mito fundacional. Sin comprenderlo, es muy difícil ya no encarnar sino también comprender el peronismo. Es el mito fundante de la lealtad y se complementa con otros, como el del 17 de noviembre que es mito del retorno triunfal.

Es a través de este tipo de significaciones que el peronismo construye en el plano mítico su propia épica, que le es consustancial. Sin épica no hay peronismo. Por eso es que su partida de nacimiento no podía ser un golpe de Estado o una revolución militar (según cómo se interprete) (1) como el 4 de junio, (2) ni tampoco unos comicios impecablemente democráticos como los del 24 de febrero. (3) El mito fundacional del peronismo se ubica en el 17 de Octubre, una movilización de masas sin precedentes en Argentina, una irrupción de la clase trabajadora en la historia, una invasión de la periferia al centro, un protagonismo popular que cambia el rumbo histórico, un acontecimiento que, al construir un nuevo escenario, requiere también de una explicación propia en el plano simbólico.

Sostiene Carlos Astrada en El mito gaucho, que “para un pueblo siempre existe el momento para un gran comienzo. Un impulso inicial, una tensión”. Sin ese “gran comienzo” es imposible fundar una épica. Se trata de una acción heroica, que el fundante realiza para darle sentido a la historia. De ahí su importancia en la constitución del relato de su propia identidad. En tanto heroico y fundante, el mito del gran comienzo nunca puede carecer de una poética (4) propia, que le da transmisibilidad, que embellece los actos concretos y los significa como acontecimiento. Así el 17 de Octubre como título poético es, como lo puso en palabras Scalabrini Ortiz: “el subsuelo de la patria sublevado”.

El mito fundante del 17 de Octubre es bautismal. Por eso interviene el agua. Primero para cruzar las aguas impuras de un Jordán criollo que es el Riachuelo. No importa que muchos de los manifestantes vinieran como dice Scalabrini “de los talleres de Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas de San Martín y Vicente López”. La impronta del mito la ponen los que vienen del sur y tienen que cruzar el Riachuelo. Un río sucio y contaminado, pero que purifica a los que asumen el tránsito heroico por sus aguas. Pero el Riachuelo es al mismo tiempo como el Rubicón de Julio César: una vez cruzado no hay vuelta atrás en la historia. En tanto el río siempre es un límite, cruzarlo siempre implica una transgresión. Mucho más si esa frontera es demarcatoria de la diferencia entre la ciudad blanca y pulcra, y los talleres industriales, con sus manchas de grasa, su hedor a curtiembre, y sus tonos opacos. Atravesando esas aguas oscuras del Riachuelo se produjo la irrupción de los trabajadores en el centro del poder de la historia argentina. Se trata de una sustancia del subsuelo que fluye, que no se queda quieto en su recipiente, en su contención, en su destino prefigurado. Y que inunda todo, dejando su mancha indeleble.

Aunque les levanten los puentes para impedir su llegada, la multitud atraviesa las aguas putrefactas del río que divide, plenas de los desechos de una incipiente Argentina industrial que fue pariendo a esos “invasores” que permanecían en el cono de sombra de la argentinidad europea, prolija, la que gozaba de los beneficios de las vacas y los trigales. (5) Ese río que tienen que cruzar se encuentra contaminado por la producción industrial del otro país, el que disputa su proyecto, por eso es el que marca el límite entre la ciudad blanca, pulcra y eurocéntrica, y el territorio de los hijos de la tierra, aun de los asimilados inmigrantes en permanente mestizaje. Se trata acaso del límite establecido, impuesto y custodiado entre la civilización y la barbarie. Porque se lo piensa entre los que tienen derecho a mandar y los que supuestamente nacieron para ser mandados, sin salir jamás de su cono de sombra y sumisión.

Mirada desde la ciudad blanca, la París de Sudamérica, esa movilización es percibida, sin dudas, como una invasión. En contraposición, desde los trabajadores de la periferia es apreciada como una marcha hacia la tierra prometida, en el complejo posesionarse en su carácter de protagonistas de la historia. Se trata de un territorio que les era ajeno, en la medida que estaba reservado para los hombres de traje y corbata, para las señoras de misa dominical y, en todo caso y como excepción, para el tránsito eventual y vigilado de los que realizaban tareas para ellos. Con la invasión, la ciudad europea y sus pretensiones de pulcritud definitivamente se quiebran con la fragilidad de un cristal, estalla en mil pedazos, se transforma, deviene en un territorio que también es disputado. Aparece un nuevo actor, hasta entonces olvidado, negado, vilipendiado, despreciado. Un actor que no estaba en los papeles de la política atildada de la época que lo trata de “aluvión zoológico” (6) o “lumpenproletariat agitado por la policía”. (7) Con el cruce del Riachuelo ese país profundo ya jamás podrá ser ignorado. Está ahí, en el cuadrilátero, en el centro del “ring” y ya no hay banquillo. Es parte de la pelea, aunque esta siga siendo desigual y amañada.

No obstante, el verdadero ejercicio de bautismo sagrado en el 17 de Octubre se da en las aguas de la fuente de la Plaza. Y no es sumergiendo la cabeza como en el antiguo rito cristiano, sino “las patas”. Sumergir los pies en la fuente es lo que provoca en el pueblo su conversión al peronismo. Así como el Jesús de los milagros se develó a partir de su bautismo en las aguas purificadoras del Jordán, esos cabecitas negras se muestran como un pueblo organizado con voluntad propia a partir de su incursión en las aguas de la fuente. Por eso es que el ícono consagrado de esa jornada, no son las fotos de los tranvías llenos de gente yendo hacia la Plaza, ni las impresionantes multitudes con antorchas encendidas en la noche. La estampita del 17 son los hombres y mujeres que meten sus pies en la fuente.

Así como para (Carlos) Astrada el mito fundante de la argentinidad es el Martín Fierro y en su análisis político existencial Hernández le otorga significaciones trascendentes para la construcción de un suelo simbólico de nuestra tierra; será el mito del 17 de Octubre el fundador del hombre/mujer del peronismo (porque los protagonistas de aquella fecha no fueron los hombres, a pesar del machismo de la época, sino hombres y mujeres indistintamente como da cuenta de ello la icónica foto de la fuente donde encontramos unos y otras). Se trata de una iluminación mítica de la “peronidad”, da a luz al peronismo, donde se capta lo esencial de lo argentino de mediados del siglo XX. Así como la premisa de Astrada en el mito gaucho es la figura de la infinita llanura que ensancha los horizontes, el peronismo tiene su figura fundante en el protagonismo popular para cambiar el sentido de la historia y nada menos que en la Plaza del poder. Allí desde donde se manejaron y manejan los destinos de la patria. Y todo esto, como en todo mito fundacional, resulta determinante histórica y proyectivamente. A diferencia del mito gaucho, ya no se trata del hombre que se había hecho infinitamente libre en la extensión interminable de la llanura, sino del trabajador y la trabajadora urbanos que, en su irrupción en la historia, meten sus patas en la fuente. Es decir, el laburante de a pie, el curtidor y la obrera de la textil, que se hacen impensadamente presentes en el núcleo del poder argentino simbolizado en la Plaza de Mayo. Ya no será el marginal, chúcaro y perseguido por el Estado, que relata José Hernández, sino el trabajador con sus manos y su “overol” manchado de aceite que se hace cargo del Estado, y le impone su impronta y su proyecto. También es un mestizo, como esa mezcla híbrida entre “indios” y “moros andaluces” (que, según la particular interpretación de Astrada, vinieron con Garay), dándole entidad al gaucho. Este mestizaje es múltiple como describe en su magistral relato del 17 de Octubre, Raúl Scalabrini Ortiz:

No era esa muchedumbre un poco envarada que los domingos invade los parques de diversiones con hábitos de burgués barato. Frente a mis ojos desfilaban rostros atezados, brazos membrudos, torsos fornidos, con las greñas al aire y las vestiduras escasas cubiertas de pringues, de restos de brea y de aceites. Llegaban cantando y vociferando unidos en una sola fe. Era la muchedumbre más heteróclita que la imaginación puede concebir. Los rostros de sus orígenes se traslucían en sus fisonomías. Descendientes de meridionales europeos iban junto al rubio de trazos nórdicos y al trigueño de pelo duro en que la sangre de un indio lejano sobrevivía aún.

John William Cooke también hará su contribución a la comprensión de la dimensión histórica del 17 de Octubre:

La montonera derrotada por el plomo de los civilizadores, el hijo del gringo proletarizado por el régimen, la multitud que había asistido al entierro de Yrigoyen como ciudadanía impotente, ocupaba la ciudad puerto de la oligarquía rapaz y parasitaria. Ya no eran ciudadanos de la democracia liberal, sino seres de carne y hueso, con su hambre, con su necesidad, con sus sueños, con sus cantos y sus bombos.

En la memoria histórica, el 17 de Octubre ha quedado como una verdadera invasión del conurbano. Una apropiación, para algunos indebida, para otros legítima, de “la Capital”. Los relatos de la época, como el de Scalabrini, mencionan que también los manifestantes venían de La Paternal, y Perelman habla de Barracas, pero la simbología del cruce del Riachuelo como límite, de la irrupción en la ciudadela sagrada, se constituyó como la parte más fuerte de este relato épico.

Los contemporáneos gorilas la ven claramente como una invasión, es el pánico de que los negros les ocupen barrio norte, como en el relato de Martínez Estrada. Este escritor, que había recibido dos veces el premio nacional de literatura, dejó plasmado el temor del “invadido”: “esos demonios salieron a pedir cuentas de su cautiverio, a exigir un lugar al sol, y aparecieron con sus cuchillos de matarifes en la cintura, amenazando con una San Bartolomé del barrio norte”. Como subraya en su lectura Horacio González (Perón, reflejos de una vida), no le preocupa de dónde vienen, como detalla Scalabrini, sino su objetivo: el barrio norte (el único lugar que nombra), su lugar en el mundo. Allí parecen pasearse irreverentes e impunes esos bárbaros, los “demonios de la llanura” de los que hablaba Sarmiento en el Facundo.

Esos nadies provienen del interior profundo en algunos casos, como lo acusan sus rostros, pero insoslayablemente el inicio de su marcha es ese gran Buenos Aires, hábitat natural del “cabecita negra”. Allí se radicaron las grandes masas de la migración interna, lo que siguió ocurriendo con el tiempo. El conurbano es siempre, y a pesar de la clase media que vive allí, la zona de transición entre la civilización y la barbarie. Allí brota lo profundo de la argentinidad, y de la patria grande, engarzado con costumbres urbanas, aunque siempre en modos ásperos y formalmente incorrectos. Es el sitio de lo irresuelto, lo que la historia sigue aun demandando para hacer real la justicia. Es el cono de sombra, donde no se quiere ver que la frazada no alcanzó para todos. Esa es la fuerza simbólica del 17 de Octubre, cuando ese gran Buenos Aires repleto de cabecitas entró de modo contundente, digno, altanero, voraz, irredento, en la ciudad que mira eternamente a Europa. Y esa irrupción fue para disputarle quién manda: si las luminosas minorías de privilegio o las mayorías oscuras.

Sin embargo, hay que decir que esta incursión no fue un saqueo de respuesta al prolongado despojo, como perfectamente podría haber sido. Tampoco es una invasión anárquica, de zombies deambulantes, como los imaginan los vecinos de los barrios opulentos. Y aunque se hayan paseado por las aristocráticas calles de Barrio Note, tiene finalmente un horizonte concreto: la Plaza. Hacia allí se dirigen las masas incontrolables pero dotadas de sentido. Los grasas, los cabecitas, los descamisados, con sus patas en la fuente del privilegio de la oligarquía vendepatria, a su vez se convierten, se empoderan, se hacen dueños de la Plaza, es decir, del centro del poder.

La Plaza, como hemos dicho, es el núcleo simbólico del poder en nuestra tierra. Allí se libraron combates por la reconquista frente a la invasión inglesa. Su espacio fue el escenario en el cual los chisperos de French y Beruti amedrentaron a los partidarios del virrey en mayo de 1810, para hacer factible la revolución. Fue allí también donde los caudillos cansados de la prepotencia porteña ataron sus monturas en abierto desafío. Fue el escenario de los primeros bombos utilizados por la chusma yrigoyenista. Todo transcurrió frente a su escenografía dominada, por un lado, por el Cabildo, que con cada modificación arquitectónica era menos fiel a sí mismo. Y, por el otro, por la Casa Rosada. El gran símbolo del poder de la Argentina oligárquica constructora del Estado moderno. Según el relato de la historia oficial, el color rosado se debe a Sarmiento, en su deseo de representar simbólicamente la fusión de los partidos que protagonizaron las cruentas guerras civiles de principios del siglo XIX. Se trataría entonces de una mezcla entre el rojo de los federales y el blanco, supuestamente usado por los unitarios. Pero, pequeño detalle, el color propio de los unitarios no fue el blanco sino el celeste. Con lo cual se cae todo ese relato construido ad hoc. El color rosado, en realidad, proviene de la mezcla entre la pintura a la cal y la sangre de vaca. Hay aquí todo un símbolo de la oligarquía terrateniente y la base bovina de sustentación de su riqueza. Es un color fundado en este modelo agropecuario exportador, es el color de la sangre del poder real.

En cierta medida, podemos decir que el mito del 17 de Octubre constituye y complementa al relato mítico de los hijos de Fierro, que se dispersaron a los cuatro puntos cardinales, llevando a cuestas el sentido de libertad, nacionalidad y dignidad, y que vuelven a confluir en la Plaza, en tanto centro del poder nacional. Los hijos de Fierro finalmente dejan de huir para hacerse cargo de la situación. Su antagonista sigue siendo la oligarquía que se apropió del Estado e impulsó desde allí la matanza de los gauchos y los pueblos originarios para apoderarse de la tierra como fuente de riqueza relacionada con la producción para el extranjero. Con la irrupción obrera en la Plaza se rompe la cajita de cristal de la ciudad blanca construida por esa oligarquía que le dio forma, a imagen y semejanza de Europa, y cruzada por sus propios intereses.

Hay también, en este mito fundante, la contradicción y el juego entre el hedor y la pulcritud como categorías propias de Rodolfo Kusch. El peronismo, en este plano, es —sin duda— la encarnación de lo Otro, la corporización concreta del hedor americano. Pero hay algo de este bañarse en las aguas cristalinas de la fuente, de la ciudad blanca, de la pureza, que es una concesión a la pulcritud. El peronismo no se restringe a esa encarnación del hedor, sino también de esa necesidad de lavarse las patas en la fuente. Por cierto, nunca lo hace desde los buenos modales. Estos parecen ser siempre ajenos al peronismo. Aun cuando muchas veces los practica, parecen impostados, forzados. Así pasa cuando se apega a un estricto institucionalismo. Sin embargo, el peronismo siempre está tratando de dar la prueba de la pulcritud. Aunque sus manchas de grasa sean indelebles, y no puedan ser borradas con nada.

Meterse en las fuentes de la Plaza de Mayo fue solo el principio de la apropiación de las aguas. Esto se reproduce, como marca Daniel Santoro, en las aguas de Mar del Plata (hasta entonces ciudad elitista, negada a los sectores populares) y después en las grandes piletas populares, donde una enorme cantidad de cabecitas negras contaminados de la huella del conurbano pueden disfrutar del agua, que antes estaba únicamente reservada para solaz de los ricos. Que los pobres tengan acceso al agua como disfrute genera odios. La imagen que prefieren, aun los progresistas, es el pobre dando lastima yendo a buscar con un raído y sucio balde una miserable cantidad de agua a una goteante canilla única en el barrio.

El peronismo trae, una y otra vez, la imagen insoportable de las mayorías haciendo uso del goce de la felicidad. Y el agua es parte de ella, en las fuentes, en los inmensos piletones o en las aguas y arenas de la playa Bristol en Mar del Plata. Hay todo un símbolo en la reconversión de la ciudad de veraneo oligárquico, a través de la instalación de cientos de hoteles sindicales, en el punto de contacto de las mayorías con el mar. Es por eso que las clases medias y altas, terminaron huyendo de ahí y “acaban construyendo la ciudad de Punta del Este, por fuera de la amenaza peronista. Lo hacen para evitar encontrarse con los negros gozando del agua al lado suyo”, insiste Santoro.

Otra cuestión interesante que plantea el mito del 17 de Octubre es que muestra al peronismo como una irrupción. Esto es una impronta particular que eligió expresamente como partida de nacimiento. En este sentido el peronismo es una anomalía, en la forma que usa esa palabra Ricardo Forster para el kirchnerismo, (8) no una continuidad evolutiva. La llegada del peronismo es un escándalo o una epifanía, según el lado en que se lo mire. O bien una epifanía escandalosa, que generó desconcierto entre los sectores oligárquicos que manejaban el poder a mediados de los cuarenta de la misma forma en que manejaban sus estancias.

El 17 de Octubre en la liturgia peronista es el día de la lealtad. Alguien dijo alguna vez con sarcasmo que únicamente un movimiento tan cruzado por la traición puede establecer un día de la lealtad. El peronismo es un movimiento en el que sobreabundan las deslealtades. Quizá porque tildar de traidor a otro, lo pone fuera de los valores peronistas y, además, es gratis. Sin embargo, esta liviandad de acusaciones se borra con la misma facilidad con que se pronuncia. En otras fuerzas políticas de la acusación de traidor prácticamente es imposible volver. Pero también la sobreabundancia de acusaciones de traición hace el clima del peronismo insoportable.

El filósofo Darío Sztajnszrajber planteó en una entrevista radial que la lealtad es aneconómica, es decir, que no se rige por las lógicas del intercambio, del mercado, de los beneficios que se sacan individualmente de esa lealtad. No obstante, el propio Perón parece contradecirlo cuando establece que hay distintos tipos de lealtad: “Hay dos clases de lealtades: la que nace del corazón, que es la que más vale y la de los que son leales cuando no les conviene ser desleales”.

Teodoro Boot hace una aguda observación en relación a la lealtad y el 17 de Octubre:

Este 17 el pueblo volvió a mostrar dos cosas. Una, que no es una suma de personas sino un sujeto único y viviente, lo que no significa que uniforme (¿o acaso ninguno se ha sentido en desacuerdo o disconforme con uno mismo en algún momento de su vida?). Y dos, que, en esas circunstancias, vuelve a estar por delante de todos los que pretenden ser sus dirigentes. (…) no sé quién ni por qué inventó lo del Día de la Lealtad. En mi opinión lo que merece conmemorarse no es la lealtad del pueblo a Perón (¿a quién se le puede ocurrir celebrar algo tan usual como que el pueblo nunca abandone a quienes pelean por él?) sino el insólito caso de que un dirigente se haya mantenido leal a los intereses y necesidades del pueblo. Y ese sí fue un acontecimiento extraordinario.

Marcelo Koenig

1. Como aporte a la interpretación dejamos aquí las palabras del entonces embajador norteamericano Spruille Braden haciendo su propia calificación: “El gobierno es débil, inescrupuloso y fundamentalmente antinorteamericano (…) El peligro nazi fascista estará presente mientras persista la actual situación. Sus venenos se desparramarán a otros países y tendremos que confrontarnos, en un futuro no demasiado distante con una amenaza mayor hacia toda la estructura de la seguridad internacional de la posguerra (…) El derrocamiento del gobierno argentino es posible y deseable a cualquier costo”.

2. El 4 de junio de 1943 fue la revolución militar que puso fin al régimen de la llamada Década Infame, iniciada por el golpe militar del 6 de septiembre de 1930. La revolución encabezada sucesivamente por los generales Rawson, Ramírez y Farrell fue llevada a cabo por militares nacionalistas e industrialistas (en esto confrontaban con el poder de la oligarquía terrateniente) y Perón fue parte de ellos, llegando a tener durante su transcurso cuatro cargos de importancia: vicepresidente de la Nación, secretario de Trabajo y Previsión, ministro de Guerra y presidente del Consejo Nacional de Posguerra. En el régimen militar juniano ya se encontraban como contradicción muchos de los elementos del peronismo, pero el peronismo no era más que una parte de esa contradicción entre un nacionalismo popular e incluyente y un nacionalismo elitista y conservador. Estas contradicciones terminaron con Juan Perón preso, primero en Martín García y luego en el Hospital Militar desde donde fue rescatado por las masas.

3. El 24 de febrero de 1946 se produjeron en Argentina las primeras elecciones libres desde 1928, dado que después del derrocamiento de Hipólito Yrigoyen en 1930, todo fue fraude y manipulación electoral, cuando no irrupciones militares. En esas elecciones libres, concertadas después del 17 de octubre y garantizadas en su limpieza por el propio Ejército, se impuso el peronismo (a través, fundamentalmente, del Partido Laborista) ante una enorme coalición de partidos (que incluía a casi todos los tradicionales) denominada Unión Democrática.

4. Acaso el que expresa esa poética con las palabras justas es Raúl Scalabrini Ortiz. Recomendamos la lectura de su crónica del 17 de Octubre que acompaña el presente libro porque le pone palabras al mito.

5. Jauretche en su Manual de zonceras pintaba el falso cuadro de la colonización: “En la medida que las zonceras tienden a crearnos complejos de inferioridad para que no nos apartemos de la producción de materias primas alimenticias, estas zonceras son las destinadas a pintarnos con los más selectos colores de la paleta del destino que nos corresponde como coloniales. Bajo el signo de los ganados y las mieses, decorados con dioses helénicos y latinos, cestos y cornucopias, pámpanos, racimos, espigas, bifes, la pedagogía colonialista atiende a que no intentemos salir del sistema”.

6. Como lo hacen los políticos radicales como el diputado Ernesto Sanmartino.

7. Expresión que utiliza el dirigente socialista Américo Ghioldi.

8. “El kirchnerismo perturba, desacomoda, incomoda; desemprolija una historia que prolijamente iba cegando cualquier posibilidad de cambio. Bajo otra lógica, recobra aquella idea cookeana de lo maldito; rompe ese bloque bien ordenado del poder. El kirchnerismo introduce una febrilidad a la realidad, le sube la temperatura. Me interesa el kirchnerismo en la medida que perturba la buena conciencia argentina”, dice en una entrevista en Página/12.

EL SUBSUELO DE LA PATRIA SUBLEVADO

Corría el mes de octubre de 1945. El sol caía a plomo sobre la Plaza de Mayo, cuando inesperadamente enormes columnas de obreros comenzaron a llegar. Venían con su traje de fajina, porque acudían directamente desde sus fábricas y talleres. No era esa muchedumbre un poco envarada que los domingos invade los parques de diversiones con hábitos de burgués barato. Frente a mis ojos desfilaban rostros atezados, brazos membrudos, torsos fornidos, con las greñas al aire y las vestiduras escasas cubiertas de pringues, de restos de brea y de aceites. Llegaban cantando y vociferando unidos en una sola fe. Era la muchedumbre más heteróclita que la imaginación puede concebir. Los rostros de sus orígenes se traslucían en sus fisonomías. Descendientes de meridionales europeos iban junto al rubio de trazos nórdicos y al trigueño de pelo duro en que la sangre de un indio lejano sobrevivía aún.

El río cuando crece bajo el empuje del sudeste disgrega su masa de agua en finos hilos fluidos que van cubriendo los bajíos con meandros improvisados sobre la arena, en una acción tan minúscula que es ridícula y desdeñable para el no avezado que ignora que ese río es el anticipo de la inundación. Así avanzaba aquella muchedumbre en hilos de entusiasmo, que arribaban por la Avenida de Mayo, por Balcarce, por la Diagonal…

Un pujante palpitar sacudía la entraña de la ciudad. Un hábito áspero en densas vaharadas, mientras las multitudes continuaban llegando. Venían de las usinas de Puerto Nuevo, de los talleres de Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas de San Martín y Vicente López, de las fundiciones y averías del Riachuelo, de las hilanderías de Barracas. Brotaban de los pantanos de Gerli y Avellaneda o descendían de las Lomas de Zamora.

Hermanados en el mismo grito y en la misma fe, iban el peón de campo de Cañuelas y el tornero de precisión, el fundidor, el mecánico de automóviles, el tejedor, la hilandera y el empleado de comercio. Era el subsuelo de la patria sublevado. Era el cimiento básico de la nación que asomaba, como asoman las épocas pretéritas de la tierra en la conmoción del terremoto. Era el sustrato de nuestra idiosincrasia y de nuestras posibilidades colectivas allí presente en su primordialidad sin reatos y sin disimulo. Era el de nadie y el sin nada, en una multiplicidad casi infinita de gamas y matices humanos, aglutinados por el mismo estremecimiento y el mismo impulso, sostenidos por la misma verdad que una sola palabra traducía.

En las cosas humanas el número tiene una grandeza particular por sí mismo. En ese fenómeno majestuoso a que asistía, el hombre aislado es nadie, apenas algo más que un aterido grano de sombra que a sí mismo se sostiene y que el impalpable viento de las horas desparrama. Pero la multitud tiene un cuerpo y un ademán de siglos. Éramos briznas de multitud y el alma de todos nos redimía. Presentía que la historia estaba pasando junto a nosotros y nos acariciaba suavemente como la brisa fresca del río.

Lo que yo había soñado e intuido durante muchos años, estaba allí presente, corpóreo, tenso, multifacetado, pero único en el espíritu conjunto. Eran los hombres que están solos y esperan que iniciaban sus tareas de reivindicación. El espíritu de la tierra estaba presente como nunca creí verlo.

Por inusitado ensalmo, junto a mí, yo mismo dentro, encarnado en una muchedumbre clamorosa de varios cientos de miles de almas, conglomeradas en un solo ser unívoco, aislado en sí mismo, rodeado por la animadversión de los soberbios de la fortuna, del poder, y del saber, enriquecido por las delegaciones impalpables del trabajo de las selvas, de los cañaverales, de las praderas, amalgamando designios adversarios, traduciendo en la firme línea de su voz conjunta su voluntad de grandeza, entrelazando en una sola aspiración simplificada la multivariedad de aspiraciones individuales, o consumiendo en la misma llama los cansancios y los desalientos personales, el espíritu de la tierra se erguía vibrando sobre la plaza de nuestras libertades, pleno en la confirmación de su existencia.

La sustancia del pueblo argentino, su quintaesencia de rudimentarismo estaba allí presente, afirmando su derecho a implantar por sí mismo la visión del mundo que le dicta su espíritu desnudo de tradiciones, de orgullos sanguíneos, de vanidades sociales, familiares o intelectuales. Estaba allí desnudo y solo, como la chispa de un suspiro: hijo transitorio de la tierra capaz de luminosa eternidad.

Raúl Scalabrini Ortiz

LOS FABULOSOS PERELMAN

Si bien el prologuista no necesita presentación, conviene recordar que tres años antes del suceso que comenta deslumbrado, sin empleo, desengañado de las posibilidades políticas nacionales, previendo el inminente retorno a la presidencia de Agustín P. Justo, (9) la reedición de lo peor de la Década Infame y la incorporación argentina a una nueva guerra entre los países imperialistas, Scalabrini se había trasladado a la región chaqueña contratado para realizar unas mensuras. (10)

Fue entonces que un día, al terminar una jornada de labor, se dirigió a un almacén de ramos generales, en el que encontró dos indios tobas.

—¿Cómo estando?— preguntó Scalabrini.

—Estando bien —respondieron—. Estando coronel Perón. Indio trabajando, patrón pagando.

Fue entonces que decidió regresar, seguro de que algo había empezado a cambiar en el país.

Pero si el prologuista no necesita presentación, sí le hace falta al prologado, un militante sindical y político olvidado, en ocasiones, hasta en el sindicato que fundó, y al que siguió perteneciendo a lo largo de toda su vida.

¿Quién era este integrante del subsuelo de la patria sublevado, autor de este libro?

Nacido en Odesa, el inmigrante judío Iahn Perelman, hombre de acción y tenaz militante comunista que casi no hablaba castellano, se desempeñaba como obrero en la gigantesca Tamet, la metalúrgica más importante de Sudamérica. Le habían tocado en suerte dos hijos muy rebeldes, el activo y encarador Ángel y el serio y reflexivo Adolfo, el intelectual de la familia, a quien en algún momento había echado de su casa debido a sus ideas.

Metalúrgico uno, textil el otro, ambos hermanos habían sido influidos por Liborio Justo, hijo del presidente Agustín P. Justo, que no estaba muy bien de la cabeza y con el alias de Quebracho apostrofaba al imperialismo norteamericano en las recepciones oficiales a Franklin Delano Roosevelt y se oponía públicamente al estalinismo, sumándose a las huestes del derrotado León Trotsky. Mientras, con el pseudónimo de Lobodón Garra, Liborio daba forma a textos costumbristas y conservacionistas, los hermanos Perelman también renegaban del Partido Comunista y colaboraban con el periódico Frente Obrero.

Frente Obrero, cuyo director era el casi adolescente Jorge Abelardo Ramos, hijo y nieto de anarquistas, meloneado en las ideas trotskistas por Adolfo Perelman, fungía de órgano del Partido Obrero Revolucionario Socialista (PORS), pequeño grupo de jóvenes activistas aglutinado en torno a Aurelio Narvaja.

Con el tiempo, atraído por la revolución boliviana, Adolfo viajará a La Paz, donde tendrá enorme influencia en el surgimiento de una izquierda nacional, hasta el punto de que el malogrado Sergio Almaraz, (11) que con justicia podría ser considerado el Scalabrini Ortiz de Bolivia, le dedicará su libro El poder y la caída, y será el inspirador de la primera fundición de estaño boliviana y redactor de la ley de nacionalización de la Gulf Oil Company en 1969. Dos de los discípulos de Adolfo serán Marcelo Quiroga Santa Cruz, (12) asesinado en 1980 por un grupo de militares argentinos durante el sangriento golpe de los narcotraficantes Luis García Meza (13) y Luis Arce Gómez, (14) y Andrés Solís Rada, (15) ministro de Hidrocarburos de Evo Morales.

Pero estamos en 1942, en el transcurso de una huelga metalúrgica declarada por una asamblea el 26 de junio, que a inicios de julio la dirección del SOIM (Sindicato de Obreros de la Industria Metalúrgica) en manos del Partido Comunista, decide levantar con el argumento de que los obreros le estarían “haciendo el juego a los nazis”. Ese es el momento en que el joven Ángel Perelman adquiere notoriedad, al volcar a favor de continuar la medida de fuerza a la asamblea de trabajadores de la Compañía Argentina de Talleres Industriales del Transporte y Afines (CATITA), una enorme metalúrgica de más de 3000 obreros. Para los trabajadores metalúrgicos —argumentará Perelman, de ahí en más delegado general de la planta— los nazis contra los que debían pelear no estaban en Berlín, sino en la Unión Industrial.

Ya desde el año anterior Perelman venía denunciando en Frente Obrero la complicidad de los dirigentes de su sindicato con Torcuato Di Tella (16) y el gobierno conservador a fin de reducir la conflictividad laboral y oponerse a los aumentos salariales reclamados por los trabajadores.

No se había equivocado. El 13 de julio de 1942, el SOIM consigue levantar la medida de fuerza, en medio de serios incidentes entre los trabajadores y los dirigentes del sindicato, el aparato del Partido y las fuerzas policiales. La defección del SOIM y la complicidad del Partido Comunista con la patronal quedan en evidencia.

Pocos meses después, un grupo de mecánicos de la fábrica Fontanares va a ver a Perelman, quien en su libro Cómo hicimos el 17 de octubre recordará:

Eran como yo, en esa época afiliados al Partido Socialista, disconformes con la orientación del partido y con la dirección comunista de nuestro gremio. Me propusieron la formación de un nuevo sindicato metalúrgico que organizase realmente a los trabajadores de nuestra industria rompiendo así, definitivamente, con los comunistas.

Fue en base a esos trabajadores de Fontanares, delegados de Tamet como Fernando Carpio, (17) Ángel Perelman y Víctor Gossis (del PORS) y Nicolás Giuliani (18) y el grupo de delegados socialistas, tras sucesivas reuniones en la pieza de un conventillo de la calle México, el 20 de abril de 1943, en la sede de la Unión Ferroviaria, de Independencia 2880, unos sesenta delegados de varias fábricas deciden fundar la Unión Obrera Metalúrgica.

Por unanimidad, Ángel fue elegido secretario General, Carlos Etkin y Hugo Sylvester, asesores jurídicos, Adolfo Perelman, administrativo, Víctor Gossis y Nicolás Giuliani parte de la comisión directiva de quince trabajadores de diversas corrientes ideológicas, mayoritariamente socialistas. Iahn Perelman, comunista convencido, no perdonó la defección del SOIM y se sumó como asesor al nuevo sindicato, con el secreto propósito de controlar a sus dos descarriados hijos.

El nuevo sindicato comenzará a funcionar en una pequeña oficinita de la sede de la Unión Ferroviaria, dirigida por José Domenech (19) (líder de una de las dos facciones en que se había dividido la CGT) y cuya eminencia gris era el abogado socialista Juan Atilio Bramuglia, (20) quedando así de hecho incorporada a la CGT 1.

Un mes y medio más tarde, el 4 de junio de 1943, se producía un golpe de Estado y el nuevo gobierno, en sus inicios “orientado en sentido reaccionario”, recordará Perelman, interviene varios sindicatos.

Cuando poco después el general Edelmiro J. Farrell es designado ministro de Guerra, un insólito coronel Perón lo acompaña como secretario de la cartera, secundado por el teniente Coronel Mercante. (21) El coronel tenía una idea muy precisa de la importancia que adquirirían los trabajadores y así lo sostuvo en una conferencia dictada en la Escuela de Guerra, en la que ha de haber infartado a más de cuatro al afirmar que si la Revolución Francesa había terminado con el gobierno de las aristocracias, la Revolución Rusa terminaría con el gobierno de las burguesías. “Empieza —aseguró— el gobierno de las masas populares”.

Pero no le resultaría sencillo establecer alguna clase de vínculo con los dirigentes sindicales que, con buenas razones, desconfiaban de los militares, sus intenciones y su ideología.

El hielo se empieza a derretir por medio del teniente Coronel Mercante, hijo de un muy respetado dirigente de La Fraternidad, que insiste en la necesidad de que ambos gremios ferroviarios se entrevisten con los dos jóvenes oficiales. Será Hugo Mercante, hermano del teniente coronel y obrero ferroviario, quien lleve a Bramuglia y a Domenech a la Secretaría de Guerra.

Fue el primer paso. En los próximos meses, con la Secretaría de Guerra convertida en un Departamento del Trabajo paralelo, Perón sostendrá infinidad de reuniones con los dirigentes ferroviarios y delegados y militantes de base de diversos gremios.

La Comisión Directiva de la flamante Unión Obrera Metalúrgica rechaza la propuesta de Perelman de reunirse con Perón, y “Angelito” se siente obligado a renunciar. El 20 de septiembre otra asamblea general elige una nueva Comisión Directiva, designando secretario General a Nicolás Giuliani, apoyado por los socialistas. Perelman queda en minoría, aunque continúa integrando la Comisión Directiva. Lo recordará así: “Mi posición encontró gran resistencia entre los otros miembros de la Comisión. De los quince asistentes, votaron en contra trece, y solo dos a favor”.

No obstante, la Comisión autorizará a Perelman y a Ernesto Cleve —más tarde diputado nacional por el Partido Laborista— a reunirse con Perón, como metalúrgicos, pero a título personal.

En esos momentos, con gran aspamento, Perón y Mercante ocupaban el edificio del clausurado Consejo Deliberante porteño y Perón asumía la presidencia del Departamento Nacional del Trabajo, inmediatamente convertido en Secretaría. La única representación sindical presente en el acto fue la de la Unión Ferroviaria.

Perelman y Cleve concurren a entrevistarse con el secretario de Trabajo y salen muy entusiasmados de la reunión: el coronel se había comprometido a apoyar todas las demandas del gremio metalúrgico.

Paralelamente, Bramuglia es designado director General de Asistencia Social de la Secretaría, y Mercante desplaza al capitán de Fragata Raúl Puyol de la intervención a la Unión Ferroviaria y La Fraternidad, asumiendo la administración del gremio rodeado de sus dirigentes. De inmediato, unifica todas las entidades mutuales ferroviarias, organiza el sistema integral de asistencia y previsión, al que suma el Hospital Ferroviario y las colonias de vacaciones e imponiendo un 12% de aporte provisional a las empresas, sanea el sistema jubilatorio y reglamenta el alcance de las pensiones e indemnizaciones por fallecimiento.

Ángel Perelman, cuya oficina de la UOM en la Unión Ferroviaria es contigua a la de Domingo Mercante, observa cómo, en apenas dos meses, los ferroviarios concretaban viejos reclamos que ni en sueños habían pensado en satisfacer. Vuelve a la carga y finalmente consigue persuadir a la Comisión Directiva de entrevistarse con Perón.

Para asombro de la mayoría, en esa reunión se formaliza el acuerdo con las reivindicaciones del gremio metalúrgico y se resuelve organizar un acto público con el propio Perón, el miércoles 6 de septiembre de 1944 en el salón del edificio de Perú y Diagonal Sur para hacer públicos el convenio y los acuerdos.

“Fijada la fecha —dice Perelman— calculamos que podríamos llenar con mil metalúrgicos el Salón de Sesiones del Consejo Deliberante”. Sorprendidos, los dirigentes observarán que, tras colmar el salón de actos, en la Diagonal Roca se había concentrado una enorme multitud de cerca de 20.000 metalúrgicos.

A partir de ese momento, la UOM no cesará de crecer. Perelman y un pequeño grupo de trabajadores trotskistas que pronto formarán la izquierda nacional, habían creado la que con el tiempo y la acelerada industrialización llevada adelante por el gobierno de Juan Perón, sería la organización más poderosa del movimiento obrero y auténtico emblema del sindicalismo peronista.

Luego de su activo papel en las jornadas del 17 de Octubre, como especialista en convenios colectivos, Ángel Perelman conservará enorme influencia en la UOM, tanto durante el periodo peronista como luego de su retorno del exilio tras la amnistía dictada por Arturo Frondizi. En la asamblea que consigue normalizar el sindicato, cuando el viejo dirigente Paulino Niembro, que había sido uno de los sesenta delegados iniciales, rechaza el cargo de secretario General para el que había sido proclamado, proponiendo en su lugar al joven Augusto T. Vandor, Ángel Perelman estaba a su lado.

En 1968, en el documental La hora de los hornos, junto a un grupo de delegados obreros Perelman sostendrá:

El sindicalismo argentino no lucha únicamente por un salario más, sino que, verdaderamente, nosotros soñamos y creemos en la posibilidad de una gran revolución social y nacional para reivindicaciones ya no únicamente de la clase trabajadora sino para todo el país.

Tal como sostuvieron Solanas y Getino, a lo largo de la larga noche que cayó sobre Argentina en 1955, Ángel Perelman será un auténtico ejemplo de que “los delegados, comisiones internas y dirigentes sindicales fueron la única vanguardia intelectual y efectiva que se autoproporcionó el movimiento nacional”.

A los 25 años de edad, ese obrero trotskista, prototipo de una nueva camada de activistas sindicales, había sido el fundador y primer secretario General de la Unión Obrera Metalúrgica y nada menos que el gestor de un acercamiento al coronel Perón que resultará clave y providencial.

Luego de una intensa trayectoria en la Unión Obrera Metalúrgica, Ángel Perelman morirá en 1973, a los 56 años de edad. Aquí, las versiones difieren. Para algunos fue enterrado en la Chacarita y para otros está sepultado en el cementerio judío de La Tablada que, si dispone de un sector especial para putas y cafishios, seguramente dispondrá de otro para nipo-nazi-falanjo-peronistas.

Teodoro Boot

9. Ex ministro de Guerra de Marcelo T. de Alvear y gestor en las sombras del golpe de 1930 que derrocó a Hipólito Yrigoyen, proscrito el radicalismo yrigoyenista y habiendo optado Alvear por una extravagante abstención revolucionara en París, el 8 de noviembre de 1931 Agustín P. Justo se impuso como candidato a presidente contra la fórmula de Lisandro de la Torre y Nicolás Repetto.

Con sus principales enemigos proscriptos, el apoyo de la autodenominada Concordancia (coalición integrada por los partidos Demócrata Nacional, Socialista Independiente y Unión Cívica Radical antipersonalista) era suficiente para imponerse, lo que de ninguna manera impidió que se privara de hacer un monumental fraude.

Autor ideológico del Pacto Roca-Runciman, mediante el que la oligarquía bonaerense entregó el país al Imperio Británico a cambio de la sobrevivencia de sí misma, no descansó un segundo en el engaño, la manipulación y la corrupción moral e intelectual de los argentinos.

Durante su periodo presidencial tuvieron lugar notables estafas al Estado, como la de la corrupción de los niños cantores de la Lotería Nacional, los sobreprecios pagados por los terrenos para uso militar de Palomar, el turbio negocio de la exportación de carnes, que desembocó en la interpelación de los ministros Duhau y Pinedo, en cuyo transcurso se produjo el asesinato del senador Enzo Bordabehere, y del llamado “escándalo de la CADE”. Caudillo indiscutido de un Ejército que él mismo se había ocupado de depurar de elementos radicales, se disponía a volver a la presidencia, lo que luego de la muerte de Marcelo T. de Alvear ya nadie se encontraba en condiciones de impedirle. El fraude patriótico, la Concordancia, la corrupción, el escepticismo, la neutralización del Ejército y el desgano general lo garantizaban, pero el 11 de enero de 1943 Agustín Pedro Justo partió rumbo al más allá, un año antes de que pudiera volver a convertirse en presidente, precipitando los acontecimientos.

Su personalidad mordaz, cínica, amoral y descreída marcó toda una época. La nombró el periodista José Luis Torres, pero a la Década Infame la inventó él.

10. El notable investigador y escritor, cuando no podía malvivir como periodista, lo hacía ejerciendo su profesión: la agrimensura.

11. Historiador, periodista y político, el sociólogo Sergio Almaraz Paz, fue un activo estudioso y denunciador de las estructuras del poder mediante las que ejercía la dominación extranjera, particularmente de la “rosca” minera dirigida por el multimillonario Simón Patiño, lo que lo acercó al movimiento nacionalista, al que de todos modos se negó a integrarse. Autor de El petróleo en Bolivia, El poder y la caída, Réquiem para una república y Para abrir el diálogo. Falleció el 11 de mayo de 1968, a los 39 años de edad (N. del E.).

12. Escritor, periodista, político y docente universitario, fue diputado nacional en 1966 por la alianza integrada por la democracia Cristiana y Falanje Socialista Boliviana y desaforado y preso tiempo después debido a sus críticas al general René Barrientos. Nombrado ministro de Minas y Petróleo en 1969 por el gobierno del general Alfredo Ovando Candía y, posteriormente, de Energía e Hidrocarburos, fue autor de la nacionalización de la Bolivian Gulf Oil Company, de los decretos que establecieron el monopolio del comercio exterior de minerales y la obligación de entregar al Banco Central la totalidad de las divisas generadas por las exportaciones. Alejado del gobierno debido a lo que consideró un giro a la derecha de Ovando Candia, funda el Partido Socialista. El 17 de julio de 1980, al producirse el sangriento golpe financiado por la dictadura argentina, fue herido y secuestrado durante el asalto a la Central Obrera Boliviana (COB). Aún permanece desaparecido (N. del E.).

13. Luego del triunfo electoral del nacionalista Hernán Siles Zuazo, el comandante en jefe del ejército el general García Meza impidió la asunción del presidente electo derrocando a la presidenta constitucional Lidia Guéiler. Procesado por sus vinculaciones con el narcotráfico, fue más tarde condenado por crímenes de lesa humanidad debido, entre otros, el secuestro y desaparición de Marcelo Quiroga Santa Cruz (N. del E.).

14. Luis Arce Gómez fue uno de los autores del golpe de Estado que encumbró en la presidencia a García Meza, ministro de Interior de ese gobierno y autor de una lista negra de 115 dirigentes políticos, sindicalistas, militares, periodistas y sacerdotes que debían ser eliminados. Implicado en serios casos de narcotráfico, estuvo involucrado en narcotráfico y fue extraditado a los Estados Unidos, donde estuvo preso hasta 2009, cuando fue expulsado hacia Bolivia. Condenado por los delitos de alzamiento armado y organización e integración de grupos irregulares, delitos contra la libertad de prensa, y homicidio de varios integrantes del MIR, fue acusado de la desaparición de unos 28 dirigentes políticos y sindicales. Falleció en prisión en marzo de 2020 (N. del E.).

15. Docente, político, periodista y dirigente sindical, Andrés Soliz Rada fue un destacado defensor de los recursos naturales de Bolivia. Propulsor de la nacionalización de los hidrocarburos, vinculado a Jorge Abelardo Ramos, fue autor, entre otros libros, de La caracterización de Bolivia y la contradicción fundamental, El gas en el destino nacional, La conciencia enclaustrada y Jorge Abelardo Ramos y la Unión Sudamericana. Falleció el 2 de septiembre de 2016 (N. del E.).

16. Fundador de la metalúrgica SIAM (Sociedad Industrial de Amasadoras Mecánicas), el italiano Torcuato Di Tella, llegado a los 13 años a la Argentina, combatió en la Primera Guerra Mundial y fue un destacado activista antifascista, lo que lo vinculó al dirigente comunista Vittorio Codovilla. Miembro del directorio de la Unión Industrial Argentina, representó al país en la Conferencia de la Organización Internacional del Trabajo (N. del E.).

17. Manuel Fernando Carpio fue delegado gremial en cuanta fábrica trabajó (Tamet, CATITA, Alba y RCA Victor) será el primer secretario general del Partido Socialista de la Izquierda Nacional y cofundador del FIP (Frente de Izquierda Popular). Tenaz activista sindical y político y protagonista tanto del 17 de Octubre como de las luchas posteriores al derrocamiento de Perón, falleció el 15 de abril de 1980 (N. del E.).

18. Integrante del Partido Socialista, tenido erróneamente, aun por el propio sindicato, como el primer secretario general de la Unión Obrera Metalúrgica (N. del E.).

19. Si bien de tendencia socialista, José Domenech, secretario General de la Unión Ferroviaria, fue designado al frente de la CGT Número 1, que pretendía mantener la mayor autonomía de los partidos políticos. En la asamblea de obreros ferroviarios del 9 de diciembre de 1943 fue el primero en definir a Perón como “primer trabajador argentino”. Si bien durante el periodo peronista se mantendría alejado del poder, regresando a su lugar de trabajo, luego del golpe de Estado de 1955, tras el saqueo de su humilde casa de Banfield, sería encarcelado y salvajemente torturado. Radicado con su familia en Corrientes, cuando Pedro Eugenio Aramburu asumió el poder, buscará refugio en Paraguay (N. del E.).

20. Hijo de un obrero ferroviario y obrero él mismo, no bien se recibió de abogado Juan Atilio Bramuglia pasó a asesorar a la Unión Ferroviaria. Vinculado muy pronto a la dupla Perón-Mercante, no bien Perón ocupó la secretaría de Trabajo, fue designado al frente de la Dirección de Previsión Social. Interventor federal de la provincia de Buenos Aires en enero de 1945, sería destituido no bien Perón fue detenido y enviado a Martín García. Luego de 1946, si bien aspiraba a la Secretaría de Trabajo fue designado ministro de Relaciones Exteriores, cartera en la que realizó una labor muy destacada y valorada internacionalmente, si bien no consiguió sobrevivir al sabotaje y boicot de la burocracia de la Cancillería. Tras el golpe de Estado de 1955 fundaría la Unión Popular, diferenciándose del discurso beligerante de Juan Perón, de quien se distanciaría, hasta que en 1962 La Unión Popular llevaría como candidato a la gobernación al dirigente sindical Andrés Framini y a Marcos Anglada. Si bien la Unión Popular se impondría cómodamente con el eslogan “Framini, Anglada Perón en la Rosada”, las elecciones serían anuladas, la provincia intervenida y finalmente el presidente Frondizi derrocado por un nuevo golpe de Estado. Falleció en septiembre de 1962, a los 59 años de edad (N. del E.).

21. Domingo Mercante, “El corazón de Perón”, será interventor de la Unión Ferroviaria, activo nexo entre Perón y los sindicatos, cumpliendo un papel destacado en los sucesos de octubre de 1945, más tarde electo gobernador de la provincia de Buenos Aires y en 1949 presidente de la Convención Constituyente. Firme candidato a ocupar la vicepresidencia cuando se produjera la reelección de Perón, cargo al que también aspiraba Eva Perón, por lo que el presidente optó por cortar por lo sano y fiel a su consigna de no cambiar de caballo en mitad del río, volvió a llevar como vice al ya muy anciano Hortensio Quijano, quien fallecería poco después. Raleado del círculo gobernante, la notable obra de gobierno de Mercante, probablemente el mejor gobernador de la provincia de Buenos Aires desde 1853 en adelante, será sistemáticamente ocultada e ignorada por el propio peronismo, que solo comenzó a reivindicarlo en tiempos recientes (N. del E.).

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
12 aralık 2023
Hacim:
140 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9789874465764
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