Kitabı oku: «Violencias de género: entre la guerra y la paz»

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BIBLIOTECA DE DERECHO, JUSTICIA Y POLÍTICA

Justicia & Conflicto

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Violencias de género:

entre la guerra y la paz

Violencias de género:

entre la guerra y la paz

Cristina Sánchez Muñoz

Editora académica


Violencias de género : entre la guerra y la paz / Cristina Sánchez Muñoz, editora académica.

-- Bogota : Siglo del Hombre Editores ; Medellín : Editorial Universidad Eafit, 2021.

(Biblioteca de derecho, justicia y política) -- (Colección Justicia y conflicto / directores, Gloria María Gallego García, Juan Oberto Sotomayor Acosta)

Contiene datos curriculares del editor. -- Contiene bibliografía al final de cada capítulo.

978-958-665-669-6 -- 978-958-665-670-2 (pdf) -- 978-958-665-671-9 (e-pub)

1. Violencia de género 2. Violencia contra la mujer I. Sánchez Muñoz, Cristina, editora ed.


CDD: 364.374 ed. 23CO-BoBN– a1077088

© Cristina Sánchez Muñoz, Ángela Sierra González, Virginia Maquieira D’Angelo, Dora Elvira García-González, María Ángeles Espinosa Bayal, María Jesús Vitón de Antonio, Camila de Gamboa Tapias, Gloria María Gallego García, Marda Zuluaga Aristizábal, Nadine Faure Quiroga, María José López Merino y Paula Hunziker

La presente edición, 2021

© Siglo del Hombre Editores

Carrera 31A n.° 25B-50, Bogotá, D. C.

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http://libreriasiglo.com

© Universidad EAFIT

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Este libro es el resultado final del proyecto de investigación: “Violencias políticas y género. Imaginarios, escenarios y resistencias”, financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad (ahora Ministerio de Ciencia e Innovación) de España

Diseño de carátula

Alejandro Ospina

Armada electrónica

Precolombi, David Reyes

ISBN: 978-958-665-669-6

ISBN PDF: 978-958-665-670-2

ISBN ePub: 978-958-665-671-9

Conversión ePub: Lápiz Blanco S.A.S.

Hecho en Colombia

Made in Colombia

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ÍNDICE

Presentación

Cristina Sánchez Muñoz

PRIMERA PARTE

REFLEXIONES SOBRE LAS VIOLENCIAS

I. Lo personal es violento (y político). Aproximaciones teóricas a las violencias contra las mujeres

Cristina Sánchez Muñoz

A. Privado, privacidad y violencia

B. Algunos aspectos de las violencias

C. La política sexual revisitada

D. La política sexual en las guerras

E. Entre la paz y la guerra

Referencias bibliográficas

II. Guerras necropolíticas y conflictos de género (la violencia como continuum)

Ángela Sierra González

A. La guerra como orden y “el orden de la guerra”

B. Medios y fines

C. La guerra no declarada contra las mujeres

D. La necropolítica ¿El orden vicario?

E. Las “funciones” de la violencia sin límites

F. La pedagogía de la violencia

G. Los círculos concéntricos del control

H. De acuerdo con Carl von Clausewitz

I. El fin del orden westfaliano y la estrategia de la destrucción

J. La necropolítica, ¿estatalización o privatización de la violencia?

K. Conclusión: relatos de dominación

Referencias bibliográficas

III. La violencia contra las mujeres como violencia política: perspectivas antropológicas

Virginia Maquieira D’Angelo

A. Nombrar la violencia, el movimiento de mujeres en la escena internacional

B. Las nuevas guerras y la guerra contra las mujeres

C. Conceptualizar el feminicidio

Referencias bibliográficas

IV. Desnormalizar la violencia de género. Un puente clave para superar las violencias estructurales para construir una cultura de paz

Dora Elvira García-González

A. Comprender las violencias estructurales y culturales como constructos soterrados

B. El traslape de la pobreza y exclusión: otros derroteros para comprender la violencia de género

C. Un ejemplo patente de la conjunción de violencias, la trata con fines de explotación sexual

D. Exigencias y reclamos para una cultura de paz: algunos trazos en la búsqueda por desafiar las violencias estructurales y culturales

Referencias bibliográficas

SEGUNDA PARTE

ESCENARIOS DE LAS VIOLENCIAS

V. Violencias contra las niñas en América Latina: una violación de los Derechos Humanos

María de los Ángeles Espinosa Bayal

A. La experiencia de ser niña en América Latina

B. Violencias contra las niñas

1. Derechos relativos a la salud, la supervivencia y el desarrollo

2. El derecho a estar protegidas contra cualquier forma de maltrato, violencia o explotación

3. El derecho a la educación

4. Derechos de participación

C. Conclusiones

Referencias bibliográficas

VI. Relatos de vida y recreación de narrativas colectivas frente a la violencia. Un análisis de la experiencia educativa en Guatemala

María Jesús Vitón de Antonio

A. Contexto vital y compromiso político situado

B. El proceso pedagógico situado: fundamentación, planteamiento y desarrollo

1. Fundamentación y planteamiento

2. Desarrollo del proceso participativo emancipatorio

C. Resultados de un proceso abierto, vivo y dinámico

D. Conclusiones de un ciclo abierto a la dinámica de un proceso expresivo vivo

Anexo

Referencias bibliográficas

VII. ¿Ideología de género en el Acuerdo de la Habana?

Camila de Gamboa Tapias

A. La ideología de género

1. El antecedente cercano, en Colombia, de su uso

2. El origen del término “ideología de género”

B. Análisis conceptual de estas estrategias

C. La visión excluyente de ciudadanía y sus efectos negativos para alcanzar la paz

Referencias bibliográficas

VIII. Violaciones sexuales oportunistas contra las mujeres durante la guerra. Análisis basado en el testimonio de víctimas

Gloria María Gallego García

Marda Zuluaga Aristizábal

A. Violaciones sexuales oportunistas durante la guerra

B. “Esa niña tan linda es para mí”

C. “Que no vaya a quedar en embarazo”

D. Conclusiones

Referencias bibliográficas

IX. Memorias marginales: las mujeres en la recuperación de la democracia en Chile

Nadine Faure Quiroga

María José López Merino

A. Recordar después del trauma: memoria oficial y memorias marginales

B. Memorias marginales de la dictadura chilena

C. Las mujeres como activistas políticas en la recuperación de la democracia

1. Los movimientos poblacionales de mujeres: ollas comunes

2. La Morada

3. El movimiento Mujeres por la Vida

D. Conclusiones: la democracia de las mujeres o la redefinición de la democracia

Referencias bibliográficas

X. Política(s) de la acción impura: la voz, la resistencia y lo público en las Abuelas de Plaza de Mayo

Paula Hunziker

A. El eco de Antígona y sus desvíos: una hipótesis de lectura y una pregunta

B. “Hasta que nos vean”: los públicos y el espacio de aparición de la singularidad política

C. “Y seguí”: la constitución-aparición pública de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo

D. Las Abuelas de Antígona, conclusión

Referencias bibliográficas

Las autoras

PRESENTACIÓN

Cristina Sánchez Muñoz

Este libro es el resultado final del proyecto de investigación: “Violencias políticas y género. Imaginarios, escenarios y resistencias”, financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad (ahora Ministerio de Ciencia e Innovación) de España. Inició en el año 2016 y concluyó en el 20201. Se planteó como la continuación de un proyecto anterior, “Los residuos del mal en las sociedades contemporáneas”, el cual dio lugar a la publicación del libro colectivo Cartografías del mal. Los contextos violentos de nuestro tiempo2 en esta misma colección. En el transcurso de esta última investigación, percibimos un vacío importante y reiterado, tanto en el debate público como en la producción académica. Los análisis sobre las violencias masivas no solían incluir las violencias colectivas contra las mujeres, esto es, un tipo de violencia cometida contra los cuerpos de las mujeres y las niñas por parte de agentes estatales o no estatales. El déficit en su inclusión como violencias generizadas y políticas nos mostraba lo que, por otro lado, la teoría feminista contemporánea ya había señalado desde los años 90: la existencia de un androcentrismo del conocimiento teórico que ignora e invisibiliza las experiencias de otros grupos que no encajan en un falso universalismo —“universalismo sustitutorio” en términos de Seyla Benhabib— o, más recientemente, “injusticias epistémicas”, en palabras de Miranda Fricker. Así, las experiencias de los varones se reflejan como aquellas que troquelan el fenómeno de las violencias políticas y se muestran como la plantilla base de nuestra comprensión de las mismas.

De esta manera, poner en el centro del análisis de las violencias políticas a las mujeres, tal y como se hace en este libro, supone introducir un tipo de violencia sistémica consustancial al patriarcado como estructura de dominación. Las violencias contra las mujeres y las niñas no son exclusivamente interpersonales o intrafamiliares con toda la gravedad que implican. Las violencias políticas nos muestran mecanismos de sometimiento colectivos que consideran a las mujeres como objetivos políticos estratégicos. A través de esa violencia ejercida sobre el cuerpo de las mujeres, se envía un “mensaje” al resto de la comunidad o sociedad. Una gran parte de la literatura académica sobre el tema se ha centrado en la “violencia de género”, entendida —de acuerdo con los desarrollos legislativos— como una violencia interpersonal e intrafamiliar. Sin embargo, y de acuerdo con la Convención interamericana para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra la mujer (Convención de Belem do Pará), la violencia se define no solo de la manera apuntada, sino también como aquella violencia que:

[…] tenga lugar en la comunidad y sea perpetrada por cualquier persona y que comprende, entre otros, violación, abuso sexual, tortura, trata de personas, prostitución forzada, secuestro y acoso sexual en el lugar de trabajo, así como en instituciones educativas, establecimientos de salud o cualquier otro lugar, y que sea perpetrada o tolerada por el Estado o sus agentes, donde quiera que ocurra. (Convención de Belem do Pará, 1994, art. 2).

Así pues, este libro pretende centrar el foco de atención en esas violencias, entendiendo que nos encontramos frente a un fenómeno que presenta un continuum en relación con la denominada “violencia de género”.

En esa vía, la presente obra nació de la necesidad de pensar las violencias contra las mujeres más allá del contexto doméstico-privado, en aquellos espacios intersticiales entre las guerras y la consecución de la paz. Podemos hablar, en este sentido, de violencias “políticas”, cometidas de una manera masiva, tanto por agentes estatales como paraestatales o particulares. Situar estas violencias en el espacio “entre” nos permite preguntarnos si acaso hay paz para las mujeres como plantea en este libro, por ejemplo, el trabajo de Dora Elvira García-González. Sin embargo, al mismo tiempo, este análisis también nos muestra las posibilidades de las mujeres para constituirse como agentes políticos desde las resistencias a la violencia de la que son objeto, como analizan en estas páginas María Jesús Vitón de Antonio en el contexto guatemalteco, Paula Hunziker con respecto a las Abuelas argentinas de la Plaza de Mayo o María José López Merino y Nadine Faure Quiroga en el escenario del final de la dictadura chilena.

Habitualmente, las explicaciones al uso nos muestran las violencias contra las mujeres como un epifenómeno de otros fenómenos políticos y sociales de mayor alcance (conflictos bélicos, movimientos migratorios, etc.). Sin embargo, nuestro propósito aquí consiste en analizar estas violencias no desde los márgenes, sino desde el centro mismo del fenómeno político. Por ello, cuestionamos y replanteamos, por lo tanto, la tradicional distinción público-privado y señalamos la necesidad de analizar el papel que desempeñan las violencias contra las mujeres en contextos tanto de guerras y conflictos, como de democracia y paz, temas profundizados en los capítulos de Cristina Sánchez Muñoz, Ángela Sierra González y Virginia Maquieira D’Angelo. Sin duda, en este sentido, uno de los hilos rojos que recorren este libro, y que nos ha convocado a las autoras a escribir los trabajos en estas páginas, es la comprensión de las violencias de género como prácticas sociales y políticas ubicuas, que no se limitan a un espacio o a otro —público-privado—, sino que dichas violencias transitan y se retroalimentan en los espacios “entre” a través de violencias culturales, estereotipos de género y normas sociales, desdibujando las tradicionales fronteras conceptuales.

¿Hay una continuidad entre la violencia contra las mujeres en tiempos de paz y en tiempos bélicos? ¿Qué papel juega la violencia contra las mujeres en la destrucción del enemigo? ¿Qué relación guarda esa violencia con la construcción o destrucción de la nación? Estas y otras preguntas se plantean a lo largo del libro. Así, se compone un paisaje complejo que, a su vez, evoca nuevas cuestiones. Frecuentemente se contemplan las violencias masivas como un fenómeno vinculado a situaciones de conflicto bélico, tanto formal como informal. Este enfoque, no obstante, oscurece las violencias que ocurren en espacios no bélicos e incluso dentro de Estados formalmente democráticos. La dificultad surge del hecho de que “democracia” y “violencia política” son términos incompatibles en el vocabulario de la filosofía política y la teoría de la democracia. La democracia se define no solo como un sistema de representación política, sino como un sistema de igual reconocimiento de derechos en un escenario legal, político y cultural donde no cabe la violencia. De esta manera, la violencia presente en los sistemas democráticos sería una violencia residual y, en todo caso, reconducida a las relaciones interpersonales. Serían violencias ejercidas por individuos contra otros individuos. No obstante, estas interpretaciones chocan con la realidad de la violencia que sufren las mujeres, que nos muestran de nuevo la necesidad de preguntarnos por otros escenarios presentes en nuestras democracias y por la definición de la democracia y de lo político. Así, por ejemplo, los feminicidios, en buena parte del planeta, nos deben hacer reflexionar sobre la persistencia de las violencias políticas no solo en situaciones de inestabilidad, conflicto y guerra, sino también de democracia.

Si bien se ha avanzado considerablemente en la igualdad de género, en muchos escenarios la violencia contra las mujeres ha aumentado y ha adquirido nuevas formas. En los intentos por comprender el aumento exponencial de esas violencias, nos encontramos algunos paradigmas explicativos dentro de la teoría feminista contemporánea, que requieren ser incorporados. De este modo, tenemos aquellos análisis que dirigen la mirada a los procesos de remasculinización neoliberales de estructuras estatales nacionales y supranacionales. Los altos grados de precarización laboral, las vastas privatizaciones y la producción de zonas fronterizas o territorios de saqueo de recursos naturales han creado múltiples espacios de vulnerabilidad social los cuales afectan de forma específica a las poblaciones femeninas. Estamos frente a “poblaciones prescindibles”, en términos de Judith Butler, altamente feminizadas donde se hace presente el nexo existente con procesos de remasculinización cultural y política, que favorecen la expandida violencia contra las mujeres como un problema global. Constatar esta expansión nos hace plantear también que ya no podemos analizar la aparición de nuevas violencias o la persistencia de las “viejas” formas desde una perspectiva exclusivamente local, pues los flujos migratorios, muchos de ellos provocados por conflictos armados, o las nuevas vulnerabilidades son creadas por la globalización y demandan también respuestas transnacionales. El caso de la trata para la explotación sexual es un claro ejemplo de ello. Igualmente, ya no podemos analizar el fenómeno desde una única perspectiva teórica aislada (la perspectiva antropológica o la jurídica, llegado el caso), sino que, se impone la óptica multidisciplinar, el cruce de saberes en los enfoques, a fin de dar cumplida cuenta de la complejidad de un tema que presenta múltiples imaginarios y escenarios, tal y como proponemos en estas páginas.

El libro se articula en dos grandes bloques. El primero contempla Reflexiones sobre las violencias. En él, presentamos los principales lineamientos teóricos que han analizado las violencias de género masivas como violencias políticas. Nombres como Rita Laura Segato, Kate Millet, Catherine MacKinnon, John Galtung o Sayat Valencia recorren este apartado, el cual sostiene la conexión entre lo político y la violencia ejercida contra los cuerpos de las mujeres y niñas. El capítulo de Cristina Sánchez Muñoz, “Lo personal es violento (y político)”, dentro de este bloque, toma como marco de referencia la obra de Kate Millet, Política sexual, donde la autora afirma que el sexo es una categoría política. Desde este marco, Sánchez nos propone analizar la “política sexual de las guerras”. Expone en primer lugar, la configuración teórica clásica del espacio privado como lugar apartado de la justicia y las críticas desde la teoría feminista. A continuación, analiza cómo los imaginarios y los estereotipos de las violencias contra las mujeres han fundamentado y sustentado una concepción de lo político donde la domesticación violenta de las mujeres, cuando no la violencia sexual directa, ha representado un papel fundamental. Se defiende la existencia de una “Política sexual de las guerras” a la luz del papel que la sexualidad ocupa en ellas, y por último, se plantea el continuo de la violencia sexual entre la paz y la guerra.

Ángela Sierra González, en su capítulo “Guerras necropolíticas y conflictos de género (La violencia como continuum)”, analiza la violencia contra las mujeres —violencias multidimensionales— inserta dentro de los cambios que se han producido en las guerras actuales: desciudadanización, desinstitucionalización, desterritorialización y uso de la necropolítica como estrategia. En ese contexto, Sierra debate con autoras como Rita Laura Segato o Susan Faludi, mediante la introducción de la categoría de “necropolítica”, acuñada por Achille Mbembe, como una violencia sin límites sobre los cuerpos de las mujeres. La necropolítica no solo repite las formas de violencia del pasado empleadas durante el colonialismo contra las mujeres, edita otras nuevas, que son analizadas en ese capítulo. Finalmente, Sierra plantea si el continuum actual de la violencia relacional sistémica debe redefinirse como una estrategia necropolítica, que atraviesa de manera generalizada la condición genérica de las mujeres, o si se debe repensar como parte de una estructura de remodelación de la violencia misma.

Adicionalmente, el capítulo de Virginia Maquieira D’Angelo, “La violencia contra las mujeres como violencia política: perspectivas antropológicas”, nos proporciona una mirada a este tipo de violencia como un fenómeno global. En el capítulo, se analizan, en primer lugar, los logros del movimiento transnacional feminista, que posibilitó el reconocimiento de la violencia que sufren las mujeres como una cuestión de vulneración de derechos humanos (DD.HH.). En segundo lugar, igual que lo hacen los otros trabajos contenidos en este apartado, examina la propuesta de Rita Laura Segato, interlocutora crucial en estos temas. Por último, la autora, revisa desde la antropología el concepto de “feminicidio” y los debates a los que ha dado lugar.

Por último, Dora Elvira García-González, “Desnormalizar la violencia de género. Un puente clave para superar las violencias estructurales para construir una cultura de paz”, parte —siguiendo a John Galtung— de proponer un análisis de las violencias estructurales y culturales como violencias soterradas que sustentan las inequidades y violencias físicas. Exclusión social, pobreza y violencia cultural se ejemplifican en el fenómeno de la trata en México como exponentes de esa normalización de la violencia contra las mujeres. En último lugar, el capítulo, de acuerdo con los estudios de paz, plantea la posibilidad de construir paces, aunque sean imperfectas, para la transformación social y la desarticulación de las violencias.

El segundo apartado del libro lo dedicamos a los Escenarios de las violencias. En él, revisamos las violencias políticas en América Latina que sufren las mujeres y las niñas, atendiendo a diferentes contextos y escenarios, tanto geográficos (Colombia, Guatemala) como temporales (las dictaduras chilena y argentina). Igualmente, introdujimos en este apartado un aspecto relevante: las estrategias de resistencia —individuales y colectivas— que habilitan las mujeres que son víctimas de las violencias y que en ocasiones se convierten, como lo ponen de manifiesto los trabajos de María Jesús Vitón de Antonio o Paula Hunziker, en sujetos activos de transformación social y política. Los diferentes escenarios analizados nos muestran experiencias cotidianas donde se entrecruzan la guerra y la paz.

El primer capítulo de esta parte, “Violencia contra las niñas en América Latina: una violación de los derechos humanos”, de María de los Ángeles Espinosa Bayal, nos ofrece el panorama general de la situación de violencia que sufren las niñas en la región. Muestra como el fenómeno no constituye una situación derivada únicamente de los conflictos armados en los países donde estos se producen, sino que, en situaciones de paz, existen otros escenarios, que van más allá del contexto familiar y se configuran como espacios intersticiales donde se vulneran de manera masiva los derechos fundamentales de las niñas. La experiencia de ser niña en América Latina se analiza a través de los datos proporcionados por Organismos Internacionales como la CEPAL, UNICEF o UNFPA entre otros, y se muestran situaciones como la pobreza infantil, el matrimonio precoz, los embarazos adolescentes o la vulneración del derecho a la salud.

Por otra parte, María Jesús Vitón de Antonio nos sitúa en el escenario de las mujeres mayas guatemaltecas, concretamente en las prácticas educativas comunitarias colectivas como construcción de paz en “Relatos de vida y recreación de narrativas colectivas frente a la violencia. Un análisis de la experiencia educativa en Guatemala”. De esta manera, las mujeres se constituyen como agentes políticos mediante la expresión colectiva de sus narrativas. El trabajo analiza experiencias educativas locales, situadas en entornos de violencias múltiples, en donde el compromiso político de las mujeres se orienta al fortalecimiento de los espacios comunitarios y la revalorización de sus historias y vidas. El proceso desarrollado en el colectivo favorece aprendizajes transformadores y potencia resistencias contra los esquemas patriarcales y violentos hegemónicos.

En el escenario colombiano, el capítulo de Camila de Gamboa Tapias, “¿Ideología de género en el Acuerdo de la Habana?”, plantea dos cuestiones iniciales: ¿Cómo logró ser la “ideología de género” uno de los temas más discutidos para votar en contra del plebiscito contra el Acuerdo de Paz en Colombia? y, en segundo término, se pregunta si acaso estas visiones afectan la posibilidad de alcanzar una paz estable y duradera en el país. Para dar respuesta a estas cuestiones, Gamboa examina, en la primera parte, el antecedente reciente en el que el término “ideología de género” se usó en un contexto político diferente al Acuerdo, pero durante el tiempo en el que este se estaba discutiendo. A continuación, la autora analiza las estrategias en el uso del término, apoyándose para ello en el concepto de “pánico moral” de Gilbert Herdt y en la idea de “imperialismo cultural” de la mano de Iris Marion Young. Por último, expone la visión de ciudadanía excluyente que existe detrás de estas posturas y los efectos negativos que esta visión de ciudadanía implica para la consecución de la paz en Colombia.

Continuando en el escenario colombiano, Gloria María Gallego García y Marda Zuluaga Aristizábal nos plantean una de las cuestiones más discutidas dentro de la teoría feminista y los estudios sobre violencia a la hora de caracterizar la violencia sexual en los conflictos armados: la presencia de violencia sexual oportunista que no comporta un carácter estratégico como arma de guerra. En su trabajo, “Violaciones oportunistas contra las mujeres durante la guerra. Análisis basado en el testimonio de víctimas”, las autoras analizan esta cuestión a través del testimonio de víctimas de violaciones oportunistas en la región de Antioquia. Estas violaciones, de elevada ocurrencia en las guerras, nos muestran decisiones individuales de los combatientes, originadas en la cultura machista y que se llevan a cabo aprovechando la oportunidad que se presenta en los intersticios de la guerra y la superioridad que otorgan las armas. El acecho a las mujeres, a la espera de la oportunidad para violentarlas evidencia la extensión y diseminación de la violencia sexual contra las mujeres, esto es, lo que en otros de los trabajos de este libro, se ha denominado el “continuum de la violencia”.

Los últimos dos capítulos de este apartado nos hablan, no de escenarios actuales de las violencias, sino de escenarios pasados, pero con repercusiones para el presente y la manera de elaborar la memoria de las violencias contra las mujeres. Desde esta perspectiva, María José López Merino y Nadine Faure Quiroga tratan un tema poco habitual: “Memorias marginales: las mujeres en la recuperación de la democracia en Chile”. En su trabajo, revisan las memorias de lucha y resistencia de las mujeres, memorias marginales, subterráneas, no hegemónicas y no incorporadas a la memoria oficial de la represión en Chile. Examinan las memorias de la organización, movilización y articulación política de las mujeres desde los años 80, las cuales desempeñaron un importante rol en la recomposición del tejido social y en la recuperación de la democracia en Chile. Nos muestran las luchas de las mujeres por la instauración de la democracia, donde se planteaba una doble emancipación: de la dictadura y del orden patriarcal, de las violencias públicas y las violencias privadas.

Por su parte, Paula Hunziker presenta la memoria de las Abuelas de Plaza de Mayo argentinas, en su capítulo “Política(s) de la acción impura: la voz, la resistencia y lo público en las Abuelas de Plaza de Mayo”. A lo largo de sus páginas, examina sus actuaciones como acciones políticas “impuras”, entre lo público y lo privado, entre lo ciudadano y la familia. Sin embargo, esa “impureza” destaca por su importancia política. Hunziker plantea los ecos de Antígona, el personaje trágico clásico, en la actuación de lo que serían “las Abuelas de Antígona” en la conquista de una voz propia. De la mano de autoras como Judith Butler, Hannah Arendt o Nancy Fraser examina la construcción de un sujeto político que pone en la escena pública el lema feminista “lo personal es político”.

Con estos trabajos, las autoras de este libro —profesoras universitarias de España, México, Guatemala, Colombia, Chile y Argentina— pretenden contribuir a un debate que está lejos de quedar cerrado. Los escenarios cambiantes, los nuevos conflictos armados, pero también las nuevas resistencias de las mujeres a lo largo de todo el planeta nos hacen plantear la necesidad urgente de pensar y actuar contra las violencias de género. Esperamos que este libro, con sus reflexiones, contribuya a esa tarea.

REFERENCIA BIBLIOGRÁFICA

Convención interamericana para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra la mujer (Convención de Belem do Pará). (9 de junio de 1994). https://www.oas.org/juridico/spanish/tratados/a-61.html.

1 Proyecto FEM2016-76101-R.

2 Véase: De Gamboa Tapias, C. y Sánchez Muñoz, C. (Eds.). (2019). Cartografías del mal. Los contextos violentos de nuestro tiempo. Siglo del Hombre Editores, Universidad Eafit y Universidad del Rosario.

Primera parte

REFLEXIONES SOBRE LAS VIOLENCIAS

I

LO PERSONAL ES VIOLENTO (Y POLÍTICO). APROXIMACIONES TEÓRICAS A LAS VIOLENCIAS CONTRA LAS MUJERES

Cristina Sánchez Muñoz

“Sí, las chicas se están convirtiendo poco a poco en mercancía escasa. Todo el mundo conoce ya las horas y los momentos en que los hombres salen a la caza de mujeres. Se encierra a las chicas, se las hace subir a los altillos, se las protege reuniéndolas en los pisos que tienen cerraduras de seguridad”.

“Aquí se trata de una vivencia colectiva, que se sabía de antemano, que se temía de antemano… de algo que, de algún modo formaba parte de la función. Esta forma masiva y colectiva de violación también habrá que superarla colectivamente”.

—Anónima, [1945] 2005, pp. 75 y 110.

Una de las cuestiones que más trabajo le ha costado al activismo y a la teoría feminista contemporáneas, en el largo recorrido hacia la visibilización de las múltiples violencias contra las mujeres, es haber sustraído este tipo de violencias del ámbito de lo privado para pasar a darles una connotación pública y política. Mi marido me pega lo normal, título de un libro muy conocido en España a principios del 2000, denunciaba esta situación en donde la violencia de género se entendía como parte de lo que ocurría en la esfera privada y, por lo tanto, apartada del ámbito de lo reprochable jurídicamente y del escrutinio público. Tomemos otro ejemplo, en el 2001, el Tribunal Penal Internacional para la Ex Yugoslavia (TPIY) falló una sentencia condenatoria contra tres varones serbobosnios, acusados de violaciones masivas a mujeres y niñas musulmanas1. Cuando en el juicio los acusados se declararon no culpables

¿Pensaban que el fiscal no podía probar su culpabilidad, o estaban convencidos de que no tenían por qué sentirse culpables? Al fin y al cabo, aun cuando fueran algo rudos con las chicas, no las mataron, no ordenaron a otros que las mataran […] Con esas chicas, los tres hombres solo querían un poco de diversión. (Drakulic, 2004, p. 59).

¿Qué es lo que nos revelan estos dos ejemplos? ¿Qué podrían tener en común? Creo que podemos señalar lo siguiente al respecto. En primer lugar, nos relatan acciones que se entienden como privadas, esto es, situadas en una esfera relacionada con los sentimientos, no con la racionalidad, y que, por lo tanto, pertenecen al libre arbitrio de los individuos, a cómo establecen las relaciones dentro de la esfera privada. En segundo lugar, conectado con lo anterior, son acciones violentas, pero al situarse dentro de la esfera de lo privado (tanto en el matrimonio en el primer caso, como supuestamente, según los perpetradores, en el terreno del juego sexual en el segundo), no serían consideradas acciones violentas como tales y, por consiguiente, reprochables. Por último, destaca el sentido de impunidad de los agresores. No consideran delictivas las acciones, al estar dentro del terreno privado y, en consecuencia, pueden actuar sabiéndose impunes.

Mi propósito en este capítulo consiste en analizar estas violencias desde el centro del fenómeno político, no desde sus márgenes. Cuestiono y replanteo la tradicional distinción público-privado y señalo la necesidad de analizar el papel que desempeñan las violencias contra las mujeres en contextos, tanto de democracia y paz como de conflictos armados. Para ello, examino algunos de los debates relevantes en el seno de la teoría feminista contemporánea, los cuales nos permitirán poner de relieve aspectos importantes a la hora de hablar de las violencias contra las mujeres como violencias políticas.

A. PRIVADO, PRIVACIDAD Y VIOLENCIA

Lo personal es violento, como bien sabían los clásicos. Aristóteles, en este sentido, señaló cómo el ámbito del hogar, del oikos, a diferencia de lo que ocurría en la polis, estaba regido por la necesidad y, por lo tanto, por la violencia, el poder y la autoridad del paterfamilias (Aristóteles, 1988, 1253b, pp. 7-11). La distinción entre la esfera pública y la esfera privada establecía no solo demarcaciones entre espacios que reflejaban distintas actividades, sino también entre relaciones que “por naturaleza” eran violentas, situadas en el ámbito privado y relaciones regidas por la igualdad y el reconocimiento mutuo entre pares, propias del espacio público. Hannah Arendt nos recuerda en este sentido que:

Lo que dieron por sentado todos los filósofos griegos […] es que la libertad se localiza exclusivamente en la esfera política, y que la necesidad es de manera fundamental, un fenómeno prepolítico, característico de la organización doméstica privada, y que la fuerza y la violencia se justifican en esta esfera porque son los únicos medios para dominar la necesidad y llegar a ser libre. (Arendt, 1974, p. 50).

La esfera privada se definía pues como el escenario de la violencia, de la necesidad, de lo que permanece oculto al escrutinio de los demás. El peso de la tradición filosófica ha marcado con insistencia la separación público-privado, definiendo el ámbito privado como necesariamente alejado y opuesto a lo político, a la ciudadanía y a la justicia. Desde el liberalismo político, la esfera privada es el escenario de la autonomía del individuo y, en consecuencia, de la no interferencia estatal. La neutralidad del Estado en las cuestiones que atañen a la vida privada y a la vida buena aparece como uno de los fundamentos básicos del liberalismo clásico —y también del contemporáneo— siguiendo con ello a John Locke, John Stuart Mill o John Rawls.

De acuerdo con el contractualismo clásico a la Hobbes, la creación del Estado supone un traspaso de la violencia privada del estado de naturaleza a las manos del Leviatán, como institución que ostentará el monopolio del uso legítimo de la fuerza. Sin embargo, ¿quiere eso decir que, mediante el contrato social, se acaba con la violencia propia de la esfera privada, de las relaciones violentas que se producen en ese espacio? La respuesta solo puede ser negativa: el “lado oscuro y violento de la esfera privada” (Schneider, 1991, p. 974) permanece incuestionado toda vez que las mujeres habitan mayoritariamente en ese espacio prepolítico de la esfera doméstica. El traspaso de la violencia privada del estado de naturaleza a las manos del Estado o sociedad civil tiene un claro subtexto de género: es la violencia entre varones la que está en juego en el contrato social, no la ejercida contra las mujeres.

Las críticas feministas en este punto (Pateman, 1995 y Elshtain, 1981) han señalado reiteradamente cómo ese contrato social de la teoría clásica liberal deviene en un contrato sexual, en el cual las mujeres son pactadas como sujetos subordinados y, por lo tanto, también como objetos de la violencia patriarcal. Esto último es especialmente relevante porque, como veremos, en el imaginario cultural occidental, la violencia sexual contra las mujeres se encuentra en buena parte de los imaginarios culturales de la fundación de la comunidad política (véase, por ejemplo, el mito clásico del rapto de las Sabinas).

La no interferencia estatal en el ámbito de lo privado, en este sentido, se entiende en gran medida, como señala Mac-Kinnon, como la no interferencia en la (mala) conducta de los varones. No es la privacidad de las mujeres lo que se protege, sino la privacidad de los varones (2014, pp. 145-149). Incluso, hasta no hace mucho, abundaba la terminología ligada a la creencia en una situación referente a las relaciones afectivas y no al ámbito de lo político: “violencia doméstica”. Esta ha sido una denominación habitual, lo mismo que “crimen pasional” u otras similares. La violencia quedaba así sepultada bajo los muros del hogar, de los afectos y las pasiones, como un producto de “excesos” irracionales y fuera, por lo tanto, del ámbito de la racionalidad, de lo público y de la justicia. Tal y como señala Schneider:

La retórica de lo privado ha aislado al mundo femenino del orden legal y transmite un mensaje a toda la sociedad. Devalúa a las mujeres y sus funciones, y sostiene que ellas no son lo suficientemente importantes como para ameritar reglamentación. (2011, p. 45).

Desde la teoría feminista contemporánea, sin embargo, se ha diferenciado entre la esfera privada (private sphere) y la privacidad o intimidad (privacy)2. Según Seyla Benhabib, la “privacidad”, los “derechos de privacidad” y la “esfera privada” incluyen tres dimensiones diferentes. En primer lugar, la “privacidad” ha sido entendida en su origen histórico como la esfera de la conciencia moral y religiosa, infranqueable al poder estatal, por lo cual remarca la separación Iglesia-Estado. En segundo lugar, y conectado a lo anterior, los “derechos de privacidad” (derechos liberales clásicos) recogen las libertades económicas como el derecho a la propiedad. En este contexto de la Modernidad histórica, “Privacidad significa la no interferencia del Estado en las relaciones mercantiles y, en particular, la no intervención en el mercado de la fuerza de trabajo” (Benhabib, 1993, p. 91). Por último, la “privacidad” y los “derechos de privacidad” corresponden a la esfera de la intimidad (las necesidades diarias de la vida, la sexualidad, el cuidado de los demás, etc.). Las relaciones en esa esfera privada se caracterizan por no ser consensuales y sostenerse sobre presupuestos no igualitarios.

De ese modo, como podemos ver dentro del ámbito privado, nos encontramos con numerosas actividades y relaciones: desde la “economía doméstica”3 hasta las relaciones sexuales, desde los contratos de propiedad o testamentos hasta las regulaciones matrimoniales o las obligaciones paternofiliales. Muchas de ellas, en la actualidad, sí que son objeto de regulaciones jurídicas y no son indiferentes a la intervención estatal, como por ejemplo, el caso de la regulación —y extensión— del concepto de matrimonio de tal manera que incluye a las personas del mismo sexo. Entonces, ¿cuál sería ese ámbito de no interferencia, de “no intromisión” de la justicia y del derecho? Es aquí donde la teoría liberal, en el origen de la “privacidad”, ha defendido ese terreno libre de la regulación estatal, centrado en la autonomía del individuo y ligado a la libertad de pensamiento en su origen.

No obstante, de acuerdo con ese espacio privado de resguardo del yo y florecimiento de la autonomía, subyace una idea de individuo abstracto, descorporeizado, dueño absoluto de sus actuaciones. La teoría feminista, en este sentido, ha señalado la abstracción e idealización de este sujeto. Como apunta Celia Amorós (1992), nos encontramos frente a lo que ella denomina “hongos hobbesianos”, esto es, individuos que surgen en el mundo sin lazos, relaciones, desarraigados, aislados, como los hongos; y que, de repente, llegan a la madurez plena sin ningún tipo de contexto ni relaciones. Por el contrario, para destacadas autoras en su crítica al liberalismo político, los individuos están atravesados por tramas de narrativas que se superponen, entran en conflicto y revelan relaciones de poder, abuso y subordinación (Young, 1990 y Benhabib, 1990)4. Por consiguiente, las relaciones sociales tejidas en la esfera de la privacidad de los individuos, en realidad no están alejadas del poder y de lo político, se encuentran atravesadas por relaciones de poder, entendiendo aquí “poder” a la manera weberiana como “poder sobre alguien”. “Lo personal es político” cobra todo su sentido, igual que, como veremos más adelante, hablar de una “política sexual” en los términos de Kate Millet.

Por todo ello, dadas las aristas del tema, el debate dentro de la teoría feminista acerca del valor de la privacidad para las mujeres es complejo y no libre de tensiones. Autoras como Martha Nussbaum, por ejemplo, se preguntan ¿Is Privacy Bad for Women? y señalan cómo proteger libertades importantes bajo la rúbrica de la “privacidad” no representa ventajas para las mujeres. Contrario a esto, aduce que lo relevante para justificar la intervención estatal es si se ha producido un daño —siguiendo en ello a John Stuart Mill—, con independencia de si este ha tenido lugar en la esfera privada o en la pública. Coincide con Catherine MacKinnon, cuando señala que “recurrir a la privacidad es disfrazar un daño y pensar que es un obsequio” (Nussbaum, 2000). Elizabeth Schneider muestra igualmente cómo el concepto de privacidad permite, alienta y refuerza la violencia contra las mujeres (1991, p. 974). Sin embargo, como añade, es necesario encontrar un concepto de privacidad que abarque la libertad, la igualdad, la integridad corporal y la autodeterminación.

La cuestión, en consecuencia, para algunas autoras (Schneider, 1991; Gavison, 1992 y Álvarez, 2020), no sería desterrar la idea de privacidad, puesto que esta es importante también para las mujeres; sino desarrollar una teoría más matizada donde la privacidad desempeñe un papel que permita el empoderamiento de las mujeres (Schneider, 1991, p. 975). En este sentido, por ejemplo, también para Arendt, lo íntimo sería un “refugio” para determinadas relaciones, como las amorosas, ya que estas no pueden soportar la implacable y constante luz de la esfera pública, donde todas nuestras acciones son expuestas ante los ojos de los demás (1974, p. 76). La intimidad, en consecuencia, se nos muestra de una manera ambivalente: como un espacio tanto de florecimiento personal y autonomía como de violencia, subordinación y ocultamiento de esa violencia e impunidad. Como señala Schneider, en definitiva una idea de privacidad que no enmascare la violencia y que ejerza un rol más positivo en los derechos de las mujeres, tendría que basarse en la igualdad: “La privacidad que está fundamentada en la igualdad y es considerada como un aspecto de la autonomía, protegiendo la integridad corporal y no permitiendo los abusos, se basa en un genuino reconocimiento de la dignidad” (2002, p. 152). Por el contrario, los estereotipos que alimentan un entendimiento patriarcal de la privacidad, tan presentes en todas las culturas, nutren la violencia, la desigualdad y la subordinación.

B. ALGUNOS ASPECTOS DE LAS VIOLENCIAS

Cuando hablamos de violencia contra las mujeres, una de las tesis más conocidas es la del “continuum de la violencia”, enunciada por Liz Kelly en 1987. Según la autora,

Este concepto intenta poner de manifiesto el hecho de la existencia de la violencia sexual en la mayoría de las vidas de las mujeres, mientras que la forma que esta adopta, cómo las mujeres definen los acontecimientos violentos y su impacto en ellas, varía. (p. 48).

De acuerdo con Kelly, no se trata de una línea recta que conecta diferentes experiencias. Por el contrario, son múltiples las dimensiones que afectan el significado de la violencia sexual y su impacto sobre la vida de las mujeres y pueden diferenciarse, pero “todas las formas de violencia sexual son serias y tienen efectos” (1987, p. 59). La linealidad del continuum se refiere a la incidencia; hay formas de violencia sexual, experimentada por la gran mayoría de las mujeres como el acoso callejero o las bromas sexuales en el lugar de trabajo. El concepto del continuum centra su atención sobre las muy amplias y extensas formas de abuso que sufren las mujeres, no únicamente en las más extremas. Abarca el abuso constante presente en la vida cotidiana e inserto, en gran medida, en la cultura, los imaginarios populares y, por consiguiente, en la aceptación social de esas formas cotidianas de abuso. Podemos decir, en este sentido, que movimientos feministas actuales como el Me Too o Las Tesis, en Chile, han sacado a la luz ese constante y pertinaz continuum de la violencia, haciendo visibles esos abusos tan presentes masivamente en las experiencias cotidianas de las mujeres. En otro momento de este trabajo, veremos también cómo la tesis del continuum de la violencia se traslada a las situaciones de guerra y paz.

Otra de las tesis que nos muestran la complejidad y diseminación de la violencia es la del “triángulo de la violencia”, del sociólogo noruego Johan Galtung. Aunque inicialmente se pensó para explicar los conflictos sociales, ha demostrado una gran relevancia y poder explicativo al aplicarla a terrenos como la violencia de género (Confortini, 2006)5. La parte visible de la violencia corresponde, en la explicación de Galtung, con la violencia directa, física. Desde una perspectiva feminista, aquí entrarían el feminicidio, la violencia sexual y la violencia interpersonal; pero también, formas más recientemente “nombradas” tales como el ciber acoso, el acoso callejero o el acoso sexual y laboral. Especialmente interesantes resultan las otras dos violencias, que sustentan y alimentan la aparición de la violencia física: la violencia estructural y la violencia simbólica. En la violencia estructural incluimos las desigualdades económicas leídas en términos de género. Así, por ejemplo, tenemos lo que Saskia Sassen ha denominado “feminización de la supervivencia” o la situación de “brecha salarial” presente en todos los países. La violencia cultural, por otra parte, se refiere a

[…] aquellos aspectos de la cultura, la esfera simbólica de nuestra existencia —materializados en la religión y la ideología, en el lenguaje y el arte, en la ciencia empírica y la ciencia formal (la lógica, las matemáticas)— que pueden ser utilizados para justificar o legitimar la violencia directa o la violencia estructural. (Galtung, 2016, p. 149).

En esa línea, la violencia cultural sirve de justificación y legitimación, tanto para la violencia estructural como para la violencia directa. Al respecto podemos poner muchos ejemplos insertos en todas las culturas. Me centraré en dos que me parecen especialmente relevantes: los estereotipos de género y la “cultura de la violación” como imaginarios culturales que sustentan las violencias.

Los estereotipos de género corresponden a “Una visión generalizada o una preconcepción sobre atributos o características de los miembros de un grupo en particular o sobre los roles que tales miembros deben cumplir” (Cook y Cusack, 2009, p. 9). Así, “presumen que todas las personas miembros de un cierto grupo social poseen atributos o características particulares o tienen roles específicos” (Cook y Cusack, 2009, p. 9). Por consiguiente, los estereotipos de género y su aplicación, la estereotipación, re(crean) ideas acerca de cómo deben ser, estar y experimentar el mundo las personas construidas como hombres y como mujeres. Comportarse “como un hombre” o “como una mujer” se define en categorías excluyentes y antagónicas, atravesadas por una estricta norma-tividad de género —sobre todo en el caso de las mujeres— las cuales, en caso de incumplimiento, acarrean sanciones que pueden ir desde la humillación, el desprecio, la exclusión social, la violencia física o la muerte. Si el género, de acuerdo con Joan Scott (1986), indica posiciones asimétricas de poder, los estereotipos de género suponen la consolidación cultural de la normatividad de género, su reificación y radicalización en patrones de conducta exigibles.

Tal y como expresan Cook y Cusack, una característica particular de los estereotipos de género “es que son resilientes, son dominantes y son persistentes” (Cook y Cusack, 2009, p. 22). En la cuestión que nos atañe, esos estereotipos en sí mismos pueden constituir una expresión de la violencia simbólica, encorsetando a las mujeres dentro de un papel determinado que implica una vulneración de sus derechos. Así, por ejemplo, el estereotipo de la mujer como ama de casa, reproductora en el hogar, cuestiona y viola la igualdad de las mujeres en el mercado laboral. Sin embargo, hay un ejemplo particular de especial significación en esta interpretación, que estamos sosteniendo de la estereotipia como una forma sustancial de violencia simbólica: los denominados “mitos de la violación” (Schwendinger y Schwendinger, 1974). Aunque estos mitos presentan algunas variantes culturales, la gran mayoría se asientan sobre la afirmación del consentimiento de la víctima, que anula el carácter violento del hecho. Como señalábamos al principio de estas páginas, a propósito del caso Kunarac, Kovac, Vukovic en el TPIY, la actitud de los acusados resulta evidente al respecto, pues pensaban que, en el fondo, las chicas también se estaban divirtiendo (“realmente, ella lo deseaba”, “no opuso resistencia, luego no se oponía”). Se intenta reinscribir un hecho violento en la esfera de la privacidad, hurtándolo, por lo tanto, de una significación público-política, donde las relaciones de poder juegan un papel fundamental6.

Los estereotipos de género están tan asentados en las prácticas sociales que no escapan tampoco a las prácticas jurídicas y, muy especialmente, a las prácticas judiciales. En este sentido, el derecho internacional de los derechos humanos ha hecho hincapié en la necesidad de eliminar los estereotipos que vulneran los derechos de las mujeres en la práctica judicial, pues podrían revictimizarlas. Así, en el contexto internacional, la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (CEDAW, por sus siglas en inglés), en su artículo 5 recoge que:

Los Estados Partes tomarán todas las medidas apropiadas para:

a) Modificar los patrones socioculturales de conducta de hombres y mujeres, con miras a alcanzar la eliminación de los prejuicios y las prácticas consuetudinarias y de cualquier otra índole que estén basados en la idea de la inferioridad o superioridad de cualquiera de los sexos o en funciones estereotipadas de hombres y mujeres7.

En el terreno de las violencias masivas contra las mujeres, los estereotipos han ocupado un rol relevante como se puso de manifiesto, por ejemplo, en el caso del Campo Algodonero, en el 2009, donde la Corte Interamericana de Derechos Humanos condenó al Estado mexicano8.

En escenarios de conflicto armado, los estereotipos de género también representan un papel importante pues refuerzan los roles patriarcales. En este sentido, Zillah Eisenstein señala cómo en tiempos de guerra “la violación permite reactivar la continuidad de la definición de género de la mujer como víctima en lugar de agente” (2008, p. 65). Además, sobre todo, se produce una redefinición del territorio, del espacio político, en términos de remasculinización y desmasculinización o feminización. La nación enemiga se desmasculiniza, tras no haber protegido los varones a “sus” mujeres, esto es, por no haberse comportado como “propietarios” de sus cuerpos y, en su lugar, mediante la violación, otros pasan a ser sus dueños, “el cuerpo de la mujer se convierte en la representación universalizada de la conquista” (Eisenstein, 2008, p. 68). En la misma línea, los varones enemigos sometidos a violencia sexual son “feminizados”, despojados en su misma indefensión del estereotipo de masculinidad guerrera. Así pues, la violencia sexual actúa de forma definidora —y decisiva— en el escenario bélico, puesto que “contribuye a definir y crear enemigos, naciones y sus respectivas guerras” (Eisenstein, 2008, p. 68). El enemigo se desmasculiniza y la parte victoriosa se remasculiniza; algo que podemos observar, además, en la simbología asociada a algunos líderes políticos actuales9.

De acuerdo con este análisis, podríamos decir que la violencia sexual es una violencia performativa, es decir, es un tipo de violencia que “crea género”, produce y reproduce líneas de demarcación las cuales, además, en el caso de los conflictos armados, cumplen un papel estratégico fundamental (Sánchez, 2015). Cada vez que una mujer es violada, los roles y estereotipos de género —sumisión femenina y masculinidad violenta— se reproducen y se muestran. De esta manera, tanto en Yugoslavia como en Ruanda las violaciones masivas se utilizaron como arma de guerra con el propósito de exterminar al enemigo mediante el uso del cuerpo de las mujeres y niñas. No obstante, para que la violencia sexual sea realmente “efectiva” en su propósito de aniquilación debe entenderse como “una acción patriarcal cargada de significado dentro de una sociedad patriarcal” (Card, 1996, p. 11). Necesita un marco de interpretación previo —a la ideología patriarcal— en el que las acciones encuentran pleno sentido. Muchos de estos actos transforman los cuerpos de las mujeres en un medio de expresión de los hombres a través del cual un grupo le dice al otro lo que quiere (MacKinnon, 2006, p. 223).

Hablar de la “cultura de la violación” implica hablar de un conjunto de creencias que promueven y legitiman la violencia sexual contra las mujeres10. Poner el foco en la cultura supone encuadrar la violencia sexual como una cuestión estructural, por lo tanto, colectiva y no como un problema individual y privado. Al mismo tiempo, implica examinar cuáles son los imaginarios culturales que nutren esa legitimación cultural y social de la violencia. Nos referimos aquí a las representaciones culturales (textos escritos, imágenes en pinturas, teatro, etc.) que exponen y reproducen los valores sociales patriarcales y los legitiman al presentarlos como creaciones culturales. Resulta especialmente relevante observar cómo la violencia sexual aparece en significativas manifestaciones culturales con respecto a la fundación de la comunidad política, mostrándonos el significado plena y radicalmente político de dicha violencia (Lara, 2021, p. 99-102). Esto se evidencia, por ejemplo, en el mito grecolatino del rapto de las Sabinas. Rómulo y sus hombres, ante la escasez de mujeres en la recién fundada Roma, raptaron a las mujeres de los Sabinos para la reproducción de la ciudad11. La violación colectiva juega un papel político fundamental, condición sine qua non, de la misma fundación política. En otro contexto de fundación patriarcal, María Pía Lara señala —siguiendo a Octavio Paz— cómo la figura de La Malinche12 representa la conquista de México a través de la violación (2021, p. 115). En ambos casos, el dominio violento sobre las mujeres se muestra como parte del pacto entre varones para crear y mantener el poder político. En este sentido, Celia Amorós habla de los “pactos patriarcales juramentados” como un componente fundamental del patriarcado, donde se expresa la violencia. Las mujeres, como objeto transaccional de los pactos entre varones, cumplen aquí una función especial en los rituales de confraternización de los pares, al tiempo que se exacerba la misoginia patriarcal como violencia (1990, p. 12).

C. LA POLÍTICA SEXUAL REVISITADA

Como venimos apuntando, las violencias contra las mujeres se han entendido tradicionalmente como un asunto “privado”, no como una cuestión política. Incluso cuando esta violencia es una violencia masiva, como es el caso del feminicidio o de la violencia en las guerras, sigue pesando la interpretación de “violencia privada”, no como un fenómeno político. Tan solo desde hace unas pocas décadas la violencia sexual se ha considerado jurídicamente un crimen contra la humanidad, en los Tribunales Penales Internacionales de Ruanda y Yugoslavia (Sánchez, 2021). En consecuencia, es pertinente identificar cuáles son las posibles causas, de modo que nos permitan explicar las dificultades a la hora de hacer visibles las violencias políticas contra las mujeres. En primer lugar, la idea de la “privatización” de la violencia se ha extendido a todo tipo de violencia contra las mujeres, invisibilizando el carácter político de estas. El único uso aceptado de “violencia política” relacionado con el género, de una “violencia política contra las mujeres”, tiene lugar en el caso de mujeres que ostentan cargos políticos —diputadas, altos cargos, etc.— que son acosadas o violentadas en razón al cargo que ocupan. Dicho en otros términos, se trata de la violencia que sufren como representantes políticas (Bardall, Bjarnegård y Piscopo, 2019).

Sin embargo, nos podemos hacer la pregunta sobre si, entonces, las violencias masivas contra las mujeres que no entran dentro de ese supuesto no son políticas. Si reservamos el adjetivo “político” al espacio formal de la política (parlamentos, gobiernos, alcaldías, etc.), como hace la literatura académica, volvemos a “privatizar” las violencias contra las mujeres restándoles su significado de dominio violento. En la terminología académica sobre la violencia política (Braud, 2006), se califica como “política” aquella violencia ejercida por el Estado o los gobiernos, o bien aquella que tiene un motivo político. Los ejemplos al uso de violencia política son la revolución, el golpe de estado, la guerrilla, la tortura, el genocidio o la guerra. También se entiende en función de quién la ejerce: agentes estatales o paraestatales. En gran medida, se identifica con una violencia colectiva: “[…] según dicha definición, excluye la acción puramente individual, los daños no materiales, los accidentes y los efectos indirectos o a largo plazo de procesos dañinos como el vertido de desechos tóxicos, aunque incluye una amplia gama de interacciones sociales” (Tilly, 2003, p. 4). Sin embargo, entre esas interacciones sociales, las relaciones entre los sexos no suelen contemplarse. De este modo, debemos acudir a otros marcos explicativos para analizar el relevante componente de violencia (política), que se da en las relaciones entre hombres y mujeres, amparados en la impunidad de los imaginarios culturales aceptados.

En el debate feminista de los años 70 y 80, acerca del carácter de la violación, se insistió en el carácter político de la misma. De esa manera, para Susan Brownmiller, la violación es un fenómeno político, basado en una motivación política de dominación. Las funciones de la violación se insertan en el mantenimiento del sistema patriarcal, asegurar la necesidad de la protección de las mujeres por parte de los varones y ser piezas de un intercambio entre ellos. La violación es “un acto de degradación y posesión violento, deliberado y hostil, con el propósito de intimidar e inspirar miedo” (Brownmiller, 1975, p. 376). Con ello, se afianza la idea de la violencia como un factor determinante en el ejercicio del poder patriarcal.

Sin embargo, esa identificación de la violencia sexual con el poder estaba lejos de ser un terreno no disputado dentro de la teoría feminista. Si mantenemos que la violencia sexual es un acto —performativo— de poder patriarcal, entonces ¿qué papel ocupa el sexo en ello?, ¿por qué se produce una sexualización de la violencia masiva contra las mujeres en escenarios de conflicto armado? Merece la pena que nos detengamos en las distintas respuestas, por su significado relevante para el tema que nos ocupa, analizando distintas posturas dentro de un debate que sigue estando presente en la teoría feminista contemporánea.

Aunque autoras como Brownmiller y otras, mantienen esa identificación de la violencia sexual con lo político, Rita Segato es una de las autoras más relevantes en la actualidad que afirman el carácter político y no sexual de este tipo de violencia13. Podríamos resumir su postura diciendo “no es sexo, es política, es dominación”. Con ello, se marca un claro intento por sustraer la violencia del terreno de la privacidad, de la consideración del sexo como algo que pertenece a la esfera íntima y, por lo tanto, despojado de un sentido político o sistémico. “Mi explicación no es libidinal, es política”, afirma Segato (2018a, p. 76). No hay una motivación sexual en ello, en las “nuevas guerras” se persigue “la destrucción moral del enemigo mediante la profanación del cuerpo de las mujeres” (Segato, 2018b, p. 224). Como señala Joanna Bourke en su estudio sobre la violación, es comprensible la insistencia en esta tesis, toda vez que rechaza los argumentos individualistas y sicopatológicos que refuerzan los estereotipos de género que, precisamente, se pretendían desechar (Bourke, 2007). Adicionalmente, insistir en el carácter sexual comportaría poner la violación del lado de las emociones, de las pasiones y, por consiguiente, del “crimen pasional”, volviendo a situar la violencia sexual en el terreno de la privacidad del cual se había pretendido sacar.

No obstante, otras autoras como Catherine MacKinnon o Joanna Bourke resaltan precisamente el carácter sexual de la violación. MacKinnon, especialmente, defiende esta tesis y plantea varios aspectos. En primer lugar, no tener en cuenta la sexualidad en la violación —entendida como sexualidad violenta— desdibuja el mismo acto. Así, en oposición a Brownmiller, señala lo siguiente:

La violación en circunstancias normales, en la vida diaria, en las relaciones corrientes, cometidas por los hombres sólo como hombres, apenas se menciona. Las mujeres son violadas por las armas, la edad, la supremacía blanca, el Estado y sólo derivativamente, por el pene. (1995, p. 309).

En segundo lugar, cabe preguntarse: si la violación en conflictos armados tiene un propósito estratégico de destrucción del enemigo, ¿por qué no recurrir directamente a la masacre de este?, ¿por qué utilizar la violencia sexual? La respuesta aquí nos conduce ineludiblemente a la misma semántica de la violencia sexual: porque es un acto cargado de significado patriarcal, un mensaje de varón a varón (o de grupo de varones a otro grupo de varones), transmitido a través del cuerpo de las mujeres. Ese mensaje se expresa precisamente no con cualquier tipo de violencia, sino utilizando el sexo, pues condensa el sentido de propiedad de los varones hacia los cuerpos de las mujeres. Por medio del sexo forzado, se produce la muerte social de un grupo. Debido precisamente a su carácter sexual, señala Claudia Card, en una cultura patriarcal la violación tiene un potencial especial para crear una fisura entre la comunidad (2002, p. 129).

En tercer lugar, tras el análisis de MacKinnon y otras autoras de las violaciones masivas ocurridas en las Guerras Yugoslavas, se constató la importancia del sexo, del deseo sexual masculino, exhibido públicamente como una representación pornográfica. En Bosnia-Herzegovina, relata Mac-Kinnon, la pornografía se convirtió en un instrumento del genocidio mediante la filmación teatralizada de las violaciones en los “campos de violación” y la posterior distribución de ese material como propaganda de guerra (MacKinnon, 2006 y Salzman, 1998). Con un enfoque similar a la hora de poner el sexo en primer plano en la violencia contra las mujeres, Jean Franco examinó el genocidio en Guatemala y en Perú, poniendo el acento en la masculinidad extrema, en la que “el montaje grupal de una fantasía colectiva desempeña un papel importante” (2016, p. 34).

En cuarto lugar, incorporar el sexo en el análisis de la violencia en conflictos, nos permite también dotar de significado a las violaciones “oportunistas” frente a las “violaciones genocidas” o “estratégicas”. Un debate recurrente al analizar los patrones predominantes de la violación en las guerras, sobre todo en la década de los noventa a raíz de las resoluciones de los Tribunales Penales Internacionales de Yugoslavia (1993) y de Ruanda (1994), fue la asimilación de la violencia sexual con el genocidio, con una violencia estratégica guiada por un propósito genocida (Sánchez, 2021). Esta asimilación posibilitó, desde un punto de vista jurídico, considerar la violencia sexual como un crimen contra la humanidad.

Sin embargo, la exitosa estrategia de reconocimiento e inclusión de la violencia sexual en el Derecho Internacional supuso el silenciamiento de otras violencias sexuales “oportunistas” con una clara motivación sexual, es decir, aquellas no planificadas como arma de guerra genocida, pero que se aprovechan de la impunidad del marco bélico14. El resultado no deseado del énfasis en el genocidio y no en el carácter sexual de la violencia fue el establecimiento de una jerarquía de las violencias sexuales cometidas en escenarios de conflicto entre una violencia sexual (ordinaria, no genocida) y una violencia sexual genocida (extraordinaria), esta última digna de la atención del derecho internacional.

Por último, no podemos olvidar aquellas situaciones históricas en las que la violencia sexual masiva contra un determinado grupo de mujeres sí ha tenido una clara motivación de satisfacción sexual. Se trata de los casos de esclavitud sexual, donde las niñas y jóvenes son secuestradas por las fuerzas militares, paramilitares o guerrilleras para ejercer la prostitución forzada o actuar como “esposas”; aquellos otros casos masivos históricos, como el de las “comfort women” (esclavas sexuales —la mayoría de ellas coreanas y chinas— confinadas por el Ejército Japonés durante la Segunda Guerra Mundial) (Askin, 2001); o las violaciones de las mujeres berlinesas por parte del Ejército Ruso cuando este entró a la ciudad15.

Por consiguiente, parece que desechar el componente sexual de las violaciones en los escenarios armados elimina aspectos relevantes para el análisis. La tesis que aquí defiendo al respecto es que esta violencia debe interpretarse como una política sexual, acudiendo al término acuñado por Kate Millet en 1970. Si la interpretación de Segato, Brownmiller y otras podía resumirse diciendo “no es sexo, es política”, ahora de la mano de Millet, diremos “es política porque es sexo”.

En su obra, Política sexual, Millet indagaba sobre qué papel juega el sexo como instrumento de dominación y si el sexo es un exponente de las relaciones de poder. Su respuesta, acorde con las preocupaciones teóricas del feminismo radical de la Segunda Ola, era la siguiente: “Aun cuando hoy en día resulte imperceptible, el dominio sexual es tal vez la ideología más profundamente arraigada en nuestra cultura, por cristalizar en ella el concepto más elemental de poder” (1995, p. 70). De acuerdo con ello, “el sexo es una categoría social impregnada de política” (1995, p. 68). De esta manera, Millet desnaturaliza la sexualidad. Ya no es prepolítica, sino que:

Aunque se considere la tendencia sexual de los seres humanos un impulso, es preciso señalar que esa importantísima faceta de nuestras vidas que llamamos ‘conducta sexual’ es el fruto de un aprendizaje que comienza con la temprana socialización del individuo. (1995, p. 82).

La política sexual, como expresión del patriarcado, desarrolla estereotipos característicos de género —sumisión-pasividad— y decreta para cada sexo un código de conducta altamente elaborado16. Retomar la idea de una “política sexual” no pretende eliminar la idea de la violencia sexual como manifestación de poder y sumisión; contrario a esto, politiza la sexualidad y señala que el sexo contiene en sí un elemento de poder dada la socialización patriarcal. Kate Millet fue realmente pionera al señalar “lo personal es político”, queriendo decir con ello “lo sexual es político”. Trasladar esta afirmación al escenario de los conflictos armados nos permite ver cómo se ejerce el poder —en el sentido weberiano del término, como “poder sobre alguien”— por medio del sexo. Puesto que este es en sí mismo poder no se sitúa al margen de él, tal y como se evidencia en el uso del sexo en las guerras.

Otro elemento importante que introduce Millet en su análisis de la política sexual es la violencia. “La firmeza del patriarcado se asienta también sobre un tipo de violencia de carácter marcadamente sexual, que se materializa plenamente en la violación” (1995, p. 101). Esa violencia sexual se torna cierta y efectiva en escenarios de conflicto armado especialmente —aunque no de forma exclusiva— y, aunque no se produzca en realidad, funciona como una amenaza, en todos los contextos, como “un instrumento de intimidación constante” (Millet, 1995, p. 100) con consecuencias restrictivas en la vida cotidiana de las mujeres. Así, en nuestras sociedades democráticas, las mujeres tienen que planificar y variar sus desplazamientos, principalmente de noche, ante la amenaza de la violación. Las mismas autoridades policiales insisten en difundir mensajes que limitan su libertad de movimientos (“no salgas”, “quédate en casa”). Para las mujeres y niñas, en muy diversos contextos, existe un permanente “toque de queda” interiorizado por ellas mismas e implícito en las normas sociales.

D. LA POLÍTICA SEXUAL EN LAS GUERRAS

Una vez visto el marco teórico de la política sexual, profundicemos ahora en cómo se manifiesta en escenarios de conflictos armados, cómo la violencia sexual articula la estrategia geopolítica de las “nuevas guerras” mostrándonos su centralidad. Nos enfocaremos para ello en los informes anuales del Representante Especial para la Violencia Sexual en Conflicto del Secretario General de Naciones Unidas (SRSGSVC)17. El informe del 2018, en el apartado correspondiente a “Panorama general de tendencias actuales y nuevos motivos de preocupación”, señala el aumento o resurgimiento de conflictos, el extremismo violento y el desencadenamiento de patrones de violencia sexual. Entre estos últimos cabe resaltar los siguientes: el uso estratégico de la violencia sexual para forzar los desplazamientos de poblaciones y para impedir el retorno a los lugares de origen18.

Como veíamos, la amenaza de este tipo de violencia lanza un mensaje extremadamente eficaz a la comunidad en su totalidad. Persiste la violencia sexual contra minorías étnicas, en lo que podríamos denominar una política sexual “de depuración étnica”. Sin embargo, además, como señala el informe, esto repercute a su vez en el silenciamiento de la violencia sexual cometida al interior del grupo, ya que no se denuncia la violencia perpetrada por miembros de la misma comunidad debido a las presiones de lealtad al grupo (S/2018/250, p. 5). Otro patrón importante relaciona la violencia sexual con la economía, tanto a nivel micro como macro, en una economía política de la violencia sexual. Por medio de la violencia sexual, se redistribuyen recursos económicos en varios planos: las mujeres son utilizadas como “moneda fungible” entre grupos armados, mediante el secuestro y la trata, aumentando la riqueza de estos. Adicionalmente, las mujeres que tienen títulos de propiedad de tierras huyen de los territorios en disputa, dejando las propiedades abandonadas y listas paras ser ocupadas. De esta manera, mediante prácticas ilícitas, los combatientes complementan y aumentan sus propias micro-economías, “mientras que las mujeres sufren discriminación estructural a nivel macroeconómico” (S/2018/250, p. 6).

Si, tal y como señalaba Mary Kaldor (2013, p. 3), la lógica de las nuevas guerras había cambiado su forma de financiación19 de manera que la violencia política (el secuestro, el tráfico de personas, etc.) tenía un fundamento económico, la violencia sexual, como vemos, supone una forma importante de esas nuevas vías de financiación y muestra una expropiación del valor sexual del cuerpo de las mujeres.

Por último, la violencia sexual conlleva una securitización al interior de las comunidades que implica una merma de los derechos de las mujeres, en términos de movilidad, educación o empleo, bajo el argumento de su protección y salvaguarda frente a la violencia. Esto conduce al desarrollo de “mecanismos de supervivencia negativos y perjudiciales, como el matrimonio infantil” (S/2018/250, p. 6).

El informe del 2020, coincidente con la pandemia mundial sanitaria creada por la covid-19, señala importantes retrocesos, ya que ha supuesto un aumento de la violencia de género en todo el mundo:

La pandemia actual es una crisis que tiene género […]. El Consejo de seguridad de Naciones Unidas reconoció en su resolución 2532, del 2020, que el conflicto podía exacerbar los efectos de la pandemia, y pidió medidas concretas para reducir al mínimo el desproporcionado efecto negativo que la pandemia tenía en las mujeres y las niñas. (S/2021/312, p. 2).

Los confinamientos en los hogares, los toques de queda y el cierre de fronteras se han traducido en muchos contextos en un aumento de la militarización de las calles, en detenciones arbitrarias y en un mayor acoso y violencia contra las mujeres por parte de las fuerzas armadas, bajo un manto de impunidad provocado por la pandemia. Igualmente, los confinamientos han dificultado la posibilidad de denuncias, de transporte y de acceso a los servicios de salud sexual y reproductiva, así como de acompañamiento a las víctimas en general. La impunidad de las agresiones ha aumentado ante la ausencia de control por un lado y de priorización de la pandemia, por otro, produciéndose un retroceso en medidas que se habían logrado. De otro lado, por parte de las víctimas, ante la disminución de recursos y las dificultades económicas, se ha producido un aumento en la activación de mecanismos de supervivencia, los cuales las conducen a la prostitución y al matrimonio infantil.

E. ENTRE LA PAZ Y LA GUERRA

Como hemos expuesto, la violencia sexual se inscribe dentro de un marco político, dentro de una política sexual. Sin embargo, sería erróneo pensar que esa política sexual se produce únicamente en escenarios de conflicto. Del mismo modo que, como vimos, la tesis del continuum de la violencia es central en la explicación de la conexión entre sus distintas manifestaciones en la vida cotidiana y las experiencias de las mujeres; la teoría feminista ha puesto también de manifiesto el continuum entre la guerra y la paz en términos de violencia contra las mujeres. Así, la violencia contra estas no es algo que irrumpa o se muestre exclusivamente en el momento del conflicto. Se debe comprender como un proceso donde intervienen diversos factores como la progresiva militarización del territorio, las desigualdades económicas, sociales y de género, y la escasa participación de las mujeres en la vida política del país (Cockburn, 2004). En el complejo proceso que transcurre desde el preconflicto al conflicto y, finalmente, al posconflicto, nos encontramos con la aparición de violaciones oportunistas, violencia sexual como arma de guerra o violencia sexual cometida por fuerzas de paz, entre otras manifestaciones20. No se trata, por lo tanto, de una erupción inesperada de la violencia sexual en escenarios de conflicto, sino que esta, entendida como proceso, se ha ido fraguando en momentos anteriores. La idea de proceso también está muy presente en los estudios sobre genocidios cuando se señala que no surgen de la noche a la mañana, sino que se inscriben en imaginarios violentos previos los cuales pavimentan la senda de la violencia21. En consecuencia, podemos decir, teniendo en mente a Galtung, que la violencia masiva contra las mujeres implica previamente unos estereotipos y una “cultura de la violación”, los cuales allanan el camino hacia la violencia física.

La violencia contra las mujeres no termina con el fin declarado del conflicto, con la firma de los tratados de paz. Los marcos culturales que posibilitan esa violencia siguen vigentes y, al mismo tiempo, en el posconflicto, persiste la existencia de armas en las calles, de excombatientes, la militarización de la vida cotidiana, la supervivencia económica extrema y los altos niveles de letalidad (Cohn, 2013, p. 21). Todo ello, sin duda, no facilita la implantación de un régimen político y social de igualdad entre hombres y mujeres. Para autoras como Catherine MacKinnon, ese continuum nos habla de “la guerra diaria que sufren las mujeres” (2006, p. 144), donde en realidad no hay tal paz, sino, en el mejor de los casos, lo que podríamos denominar un permanente estado interbellum.

Cynthia Cockburn sostiene la necesidad de analizar el funcionamiento del género como una relación de poder que crea distintas dinámicas de poder y, en ese sentido, esas dinámicas están presentes tanto en la guerra como en la paz:

[…] el género vincula la violencia en diferentes puntos en una escala que va desde lo personal a lo internacional, desde el hogar y los callejones hasta las maniobras de la columna de tanques y la salida del bombardero furtivo: palizas y violación conyugal, confinamiento, asesinatos por honor y mutilación genital en tiempos de paz; violación militar, secuestro, prostitución y tortura sexualizada en la guerra. (2004, p. 43).

El género —entendido como relaciones de poder— constituye ese hilo conductor en el cual transcurre la violencia. Esta tesis, muy seguida en los análisis de la teoría feminista (MacKinnon, 2014 y 2006; Cockburn, 2004; y Davies y True, 2015), ofrece la ventaja de comprender la violencia como un proceso, y por lo tanto, permite establecer indicadores previos de “alerta temprana”, dada la continuidad de la violencia22.

Por otro lado, el continuum de la violencia también sustenta la idea de que en la guerra (igual que en la paz) la esfera pública y la privada no son vistas como mundos separados, sino como áreas de influencia entrecruzadas, donde, muy especialmente, lo personal se muestra como violento. En este último aspecto, es significativamente relevante el análisis de Rita Segato sobre la territorialización de los cuerpos en las nuevas guerras. Los cuerpos son ahora los nuevos territorios que conquistar mediante la violación, la tortura, el desplazamiento o la muerte. Bajo esta concepción se produce una especial significación territorial de la corporalidad femenina (Segato, 2018b).

El continuum entre la guerra y la paz efectivamente pone el acento en la causa sustentadora común de las violencias contra las mujeres: el dominio, en términos de una política sexual, como hemos visto. No obstante, tanto las manifestaciones de esa violencia —en toda su diversidad— como el propósito concreto presentan variaciones que no podemos dejar de atender. De esta manera, nos encontramos con violaciones genocidas con un propósito instrumental claro, pero también con violaciones oportunistas más próximas a la violencia sexual en tiempos de paz. Por otra parte, si bien se subraya que, en muchas ocasiones, la violencia sexual en las guerras se presenta como una violencia colectiva, perpetrada como gang rape; no es menos cierto que también, en escenarios de paz, hay un aumento de las violaciones colectivas, cometidas por “manadas”23. Podríamos incluso decir que hay una cierta “contaminación” de las características de la violencia sexual en guerras con “un aumento de la crueldad” (Segato, 2018a), en la violencia sexual cometida en escenarios pacíficos24. Es ese espacio “entre” la guerra y la paz, como espacio intersticial, donde podemos observar cómo confluyen dinámicas de género muy similares que conllevan el dominio violento del cuerpo de las mujeres.

Sin embargo, si bien la tesis del continuum de la violencia explica su sustrato común, también requiere matices, tal y como señalan algunas autoras. En este sentido, resulta imprescindible acudir a los testimonios de las víctimas y analizar qué supone para ellas la violencia, pues el impacto sobre la vida de las mujeres puede diferenciarse:

Lo que la teoría reconstruye conceptualmente como un continuo puede no corresponder a las impactantes y traumáticas experiencias de violencia de las víctimas en los conflictos y en situaciones de represión. Ésta es la experiencia contrastada de muchas víctimas de violaciones masivas, esclavitud sexual o mutilación sexual, incluso cuando las vidas ordinarias de estas mujeres incorporaban componentes significativos de duro control masculino, crueldad física, coerción, agresión sexual y silenciamiento. (Walker, 2009, p. 29).

En definitiva, se trata de atender la experiencia de las víctimas como una de “discontinuidad” catastrófica en sus vidas (Walker, 2009, p. 29). Esto es especialmente relevante a la hora de implementar un sistema de reparaciones. El continuo de la violencia, en este sentido y con estos matices, nos resulta muy útil a la hora de analizar las distintas violencias cruzadas (sexuales, económicas, culturales), tanto en la guerra como en la paz, y a la hora de pensar qué conexiones se producen en los procesos que van de la paz a la guerra y viceversa al posconflicto en términos de género. Con esto, se desecha la ecuación de la paz como sinónimo de no violencia contra las mujeres, por un lado, y de guerras o conflictos como los escenarios donde tienen lugar las violencias contra las mujeres, por otro.

Como examinamos en estas páginas, el género, las relaciones de género y su violencia incorporada para mantener el control sobre las mujeres, recorre tanto la esfera privada como la esfera pública, los escenarios de paz y los de guerra. Las desigualdades de género, en este sentido, atraviesan nuestras sociedades, mostrándonos continuidades en las distintas violencias que nos interpelan acerca de nuestras actitudes, valores y estereotipos que posibilitan y legitiman severos daños contra las mujeres. En definitiva, sacar a la luz estas violencias supone también cuestionar el alcance tanto de la paz, de las democracias, como de los conflictos o posconflictos en términos de repensar las estructuras políticas sobre las cuales se asientan nuestras sociedades.

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1 Caso Fiscal v. Kunarac, Kovac, Vukovic. Los hechos ocurrieron entre 1992 y 1993 en la región de Foca, al este de Bosnia. Los acusados, miembros de las fuerzas serbobosnias, fueron condenados por violaciones sistemáticas, torturas y esclavitud sistemática de mujeres y niñas musulmanas, llevadas a cabo en campos de violación como parte de una estrategia de guerra de aniquilación de los musulmanes bosnios. La sentencia se considera histórica pues reconoció por primera vez la violación como un crimen contra la humanidad y la Convención de Ginebra. Véase el caso en: https://www.icty.org/en/case/kunarac.

2 Así, por ejemplo, Ruth Gavison señala tres elementos que componen la privacidad y que no son extensivos a toda la esfera privada: el anonimato, la soledad y el secreto (Gavison, 1980).

3 No olvidemos, en este sentido, que del término griego oikos —hogar— deriva la palabra “economía”.

4 Una variante actual desde la reinterpretación de la teoría feminista contemporánea es la idea de “autonomía relacional”, defendida por autoras como Jennifer Nedelsky o Catriona Mackenzie.

5 Véase, en este sentido, el trabajo de Dora Elvira García-González en este libro, donde analiza la obra de Galtung desde esta perspectiva.

6 Como señala María Camila Correa Flórez, uno de los mitos más extendidos, que permea el derecho penal de un gran número de países, es el “mito de la violación real”, esto es, la definición de “violación” como un acto realizado por un agresor desconocido, armado, que ejerce violencia y la mujer resulta lesionada físicamente por la oposición de resistencia ante el ataque (Correa, 2021).

7 En el mismo sentido, véanse también: la Convención interamericana para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra la mujer (Convención Belém do Pará) 1994 y, en el contexto europeo, el Convenio de Estambul (2011).

8 Concretamente, uno de los puntos de la sentencia, se titulaba “Alegados estereotipos proyectados por los funcionarios hacia los familiares de las víctimas”.

9 Incluso, esta simbología de remasculinización del espacio público también opera en situaciones en las que no hay un conflicto armado declarado como, por ejemplo, puede observarse en las imágenes de Putin con el torso descubierto cazando osos o montando a caballo. Imágenes que se reproducen en souvenirs rusos para consumo interno (Ryabova y Ryabov, 2011).

10 El término surgió, en la década de los 70, en el seno del movimiento feminista y el activismo contra la violación. Recordemos en este punto que, en 1975, se publicó la primera gran obra dedicada exclusivamente a la violación como una cuestión política: Against our Will: Men, Women and Rape, de Susan Brownmiller.

11 A este “rapto”, se unen otros en la mitología grecolatina —el rapto de Proserpina, el rapto de las hijas de Leucipo— todos ellos reproducidos siglos después en la pintura clásica de pintores como Rubens, la cual ofrece una visión estetizante y normalizadora de la violación. Un relato de ello puede encontrase en https://elpais.com/elpais/2017/04/24/mujeres/1493048334_513144.html.

12 La Malinche era una mujer originaria de la región de Veracruz. Junto con otras veinte mujeres fue entregada como esclava a Hernán Cortés. Puesto que era una mujer educada, sirvió como intérprete a Cortés y representó un importante rol en la conquista.

13 Para un completo análisis de la posición teórica de Rita Segato cuando describe las “nuevas guerras”, véase el trabajo de Virginia Maquieira D’Angelo en este libro.

14 Véase, en este sentido, el capítulo de Gloria María Gallego García y de Marda Zuluaga Aristizábal en este libro sobre las violaciones oportunistas en el conflicto colombiano. Son violaciones que suelen estar presentes en todos los escenarios de conflictos y que pueden ser perpetradas individual o colectivamente.

15 Esto último se relata en el libro anónimo Una mujer en Berlín (2005).

16 “El coito no se realiza en el vacío; aunque parece constituir en sí una actividad biológica y física, se halla tan firmemente arraigado en la amplia esfera de las relaciones humanas que se convierte en un microcosmos representativo de las actitudes y valores aprobados por la cultura” (Millet, 1995, p. 67).

17 La Oficina de Violencia Sexual en Conflicto de las Naciones Unidas se creó en el año 2010 por mandato de la Resolución 1888 del 2009 de las Naciones Unidas. Desde 2017, la Representante especial es Pramila Patten. Véase: https://www.un.org/sexualviolenceinconflict/.

18 “En el contexto de la migración en masa, la violencia sexual siguió siendo un ‘factor de expulsión’ del desplazamiento forzado en Colombia, Iraq, la República Árabe Siria y el Cuerno de África” (S/2018/250, p. 6).

19 En las viejas guerras, la financiación se daba por la vía de los impuestos estatales.

20 Así, por ejemplo, Boesten distingue tres categorías de regímenes de violación en la guerra peruana: la violación como arma de guerra, la violación como consumo (como un acto sexual deseable y deseado por parte del perpetrador) y la violencia sexual invisible (una supuesta “aceptación” de la mujer de la relación sexual como estrategia de supervivencia) (2010, pp. 77-87).

21 Así, por ejemplo, MacKinnon utiliza una analogía entre el antisemitismo y la violencia de género para explicar esta última en los términos comentados: “las violaciones genocidas son a las violaciones diarias (en tiempos de paz), lo que para el Holocausto fue el antisemitismo diario” (2006, p. 161).

22 Véase: http://cu-csds.org/wp-content/uploads/2009/10/unwomen2012vdk.pdf.

23 Me refiero aquí a un famoso caso judicial de violación grupal en España que tuvo lugar en Pamplona en el 2016 durante las fiestas de San Fermín. Los agresores se autodenominaban “La manada”. El juicio movilizó en las calles las protestas de las mujeres por todo el país.

24 Como los medios de comunicación exponen, no dejan de cometerse crímenes sexuales extremadamente crueles que incluyen tortura, mutilaciones y otras atrocidades en distintos lugares del mundo: Argentina, Chile, India, México, entre otros.

II

GUERRAS NECROPOLÍTICAS Y CONFLICTOS DE GÉNERO (LA VIOLENCIA COMO CONTINUUM)

Ángela Sierra González

A. LA GUERRA COMO ORDEN Y “EL ORDEN DE LA GUERRA”

Ivan Poczynok se preguntaba, hace casi una década: “¿Qué sucede cuando economías enteras se edifican alrededor de la guerra? ¿Qué implica comprender la guerra ya no como un estado de excepción, sino como una regla del orden global?” (2011, p. 283). Esta pregunta es ciertamente pertinente después de décadas y décadas de guerras sucesivas, particularmente, sobrevenidas en las periferias neocoloniales; hecho que constituye una evidencia irrefutable de que no se trata tanto de preservar un orden, como de asegurar la constitución de otro mediante la estrategia de una “guerra sin fin”1. Así pues, se asiste a un cambio de paradigma de las guerras y de sus propósitos últimos. Esta circunstancia se refleja en las violencias multidimensionales, sobrevenidas en el seno de este nuevo orden, contra las mujeres.

El cambio de paradigma acaecido ha supuesto el protagonismo de ejércitos privados transcontinentales o interregionales al servicio de corporaciones interesadas en la guerra como proceso de expropiación del valor de cuerpos y territorios2. Los resultados de sus “intervenciones”, en las sociedades periféricas, se destacan por los procesos emergentes de “desciudadanización”3. La soberanía, como expresión de poder, la ejercen no sus desgarrados Estados; sino corporaciones y ejércitos privados que violan los derechos propios de sus ciudadanos, mediante la aplicación de mecanismos jurídicos de excepción, restrictivos de las libertades civiles, sobre el cuerpo social, bajo el convencimiento de que no hay nada que “construir”, sino todo que destruir para el nuevo “orden”. Ese es el marco práctico de la violencia-agresión y de la violencia-castigo que se proyecta contra las mujeres, particularmente, en zonas desinstitucionalizadas4.

La respuesta ante la “guerra sin fin”, como orden, es la necropolítica como estrategia; y se define por su condescendencia hacia la muerte violenta. La necropolítica constituye, pues, una universalización instrumental del uso de la violencia ilimitada, rasgo distintivo de los conflictos bélicos. Desde esa perspectiva, las acciones de la necropolítica son análogas a las estrategias de guerra, con la salvedad de que los conflictos en los que se aplica son hoy menos interestatales que internos. Esto se debe al desdibujamiento actual de fronteras y límites, causado por los conflictos bélicos y por la globalización. Por ello, en los límites, aparece un tipo de sociedad fronteriza con conciencia de la otredad, pero en la que el otro no es reconocido ni como subjetividad ni como alteridad, sino como causa de inestabilidad.

El desdibujamiento de las fronteras es un hecho que ha conducido a la relativización del Estado nacional o, dicho de otro modo, a una situación de vacío del Estado como mediador sobre los actores sociales con respecto a sus intereses cuando resultan antagónicos. Además, de esta circunstancia de pérdida de las atribuciones estatales se produce el “secuestro” de los contenidos distintivos de la identidad y la pertenencia nacional; las fronteras no son solo materiales y territoriales, sino también discursivas y simbólicas. De esta manera, la guerra deja de ser una violencia lejana, que les sucede a otros, para convertirse en una experiencia de cercanía, casi de intimidad.

En este contexto global de ascenso imparable de conflictos bélicos diversos, la necropolítica se presenta como un conjunto de acciones, que se adueñan de la totalidad de la existencia social humana, cuyo desarrollo afecta el estatus de ciudadanía. Es un ejercicio de necropoder desplegado sin mediaciones, por una virilidad depredadora5, que se glorifica en narraciones que encubren bajo máscaras heroicas la historia real del sufrimiento inferido contra ciudadanías vulnerables desterritorializadas y, particularmente, contra las mujeres pertenecientes a esos grupos “desciudadanizados”, convertidas en cuerpos humanos sin cualidades políticas, sin derechos; cuerpos, por así decirlo, “matables”.

B. MEDIOS Y FINES

La necropolítica esconde narrativas que la disfrazan como proceso de acción. Las narrativas lo admiten todo. Aunque disten de la realidad más de lo imaginable, lo que se pretende con ellas no es otra cosa más que transmitir a otros imágenes, no procesos de razonamiento. Frecuentemente, se emplean esas imágenes de dominación como herramientas, argumentos de persuasión política e incluso de destrucción moral del otro.

Los medios usados por la necropolítica forman parte de una geometría variable de la violencia ejercida sobre los cuerpos fragmentados y las minorías dispersas, a los que se suman expresiones de degradación moral, mutilación corporal y, finalmente, de la muerte como recurso punitivo razonado desde una cultura del “castigo”6. Para ello, se estructura un discurso al que le siguen operaciones semánticas, dirigidas a convertir al otro en algo menos que humano, recurriendo a las tecnologías del terror y a la desposesión de historias y vocabularios para representarse a sí mismos. En su libro, Winter in the Morning (1986), Janina Bauman considera que lo más cruel de la crueldad —así se expresa— es que deshumaniza a las víctimas antes de destruirlas. Como víctimas, para las mujeres, la necropolítica es un ejercicio doblemente letal y alienante, habida cuenta que, mediante esta, se le presenta su cotidianeidad vital como una situación de pérdida, desposesión o extravío de la que no pueden escapar en contextos de conflicto bélico, de límites fronterizos borrosos o en el caso de Estados ausentes donde la vida se desarrolla bajo el principio de su ‘desechabilidad’.

La protagonista de la necropolítica, como estrategia de acción, es una virilidad depredadora ficticiamente heroica. Sus acciones se basan en el abuso y se dirigen a la apropiación de territorios y de cuerpos a través de movimientos bélicos violentos “transfronterizos” y transversales, representativos de la expansión de los imperios pasados y de los neoimperios presentes. Se caracteriza por un ejercicio de la violencia como parte de una soberanía derivada de su fuerza intimidatoria privatizada. En sus acciones, hay un sesgo de violencia sexual ininterrumpida contra las mujeres, a quienes se trata, en algunos conflictos bélicos, como si fueran meros cuerpos violables o enajenables en todos los sentidos.

Por otra parte, las violencia sexuales no se reducen históricamente a la violación; también abarcan el secuestro, el abuso sexual en cautiverio, el embarazo forzado y la esclavitud sexual. Así, una mirada retrospectiva al pasado imperial confirma que no hubo límites a la dominación sexual masculina en los procesos expansivos de los imperios coloniales. De hecho, tuvo lugar una suerte de depredación sexual a escala mundial en los territorios colonizados por las potencias imperiales. Sin embargo, en la historia de los imperios —y hoy de los neoimperios— las violencias sexuales inferidas contra las mujeres aparecen como una cuestión básicamente periférica en los conflictos, aunque tengan un rol central en estos7. Sin embargo, se debe tener en cuenta que las violencia sexuales ejercidas contra las mujeres son polisémicas, puesto que sirven para varios propósitos: como táctica bélica; como botín de guerra y como mensaje simbólico enviado a los hombres, asediados a través de las mujeres “contaminadas” (Eriksson Baaz y Stern, 2009, p. 498).

C. LA GUERRA NO DECLARADA CONTRA LAS MUJERES

En torno a esta virilidad violenta —protagonista tanto en el presente como en el pasado de la destrucción— se formulan causas, discursos y acciones “heroicas” que quedan imbricados en la política. De esta manera, la violencia se desplaza hacia limbos jurídicos, hacia zonas borrosas generadas ficticiamente sin variar su esencia, pero cambiando su nombre; una épica fraudulenta que es programa y consigna de una violencia difusa y confusa. Así, dos nociones contradictorias como orden y guerra se conjugan en una interesada maraña conceptual, formulada con el propósito de otorgar a la guerra la causalidad de un orden sin dar cuenta de sus efectos.

Quizá para entender esta realidad de la guerra como norma pueda ser útil examinar el significado de orden y desorden en la tradición occidental. Como concepto, la noción de orden se encuentra sometida a una constante recreación teórica producto de las transformaciones del entorno y sus articulaciones culturales, políticas e institucionales. De hecho, aún sin considerar los diversos significados de este concepto cuando se refiere a la acción del sujeto lógico o epistemológico, sigue siendo ambiguo y confuso lo que pueda entenderse por orden8. El significado más común se traduce como la colocación de las cosas en su lugar correspondiente, en su sitio. Ese significado lleva implícito un deber, el encajamiento en un espacio que otorga significado al objeto colocado. Minorías desciudadanizadas y mujeres son situados en el lugar de los ‘desechables’ a los que no se provee de seguridad jurídica alguna. Ciertamente, desde los orígenes de los conflictos bélicos se ha producido la destrucción de los cuerpos de las mujeres como metáfora de dominación. Estos hechos siguen repitiéndose con el mismo significado. Así, en los conflictos bélicos sobrevenidos en los procesos de “guerra sin fin”, se incluyen actos tales como violaciones individuales y colectivas, torturas y mutilaciones sexuales, así como el reclutamiento forzoso de mujeres por los grupos armados privados y estatales para el cumplimiento de los roles tradicionales de género.

Este conjunto de circunstancias ha llevado a que un sector del feminismo haya incursionado en la polemología para dar cuenta de la guerra como clave interpretativa de la violencia contra las mujeres en los conflictos de género. Cabe preguntarse si este es un enfoque congruente. La polemología cubre desde el análisis de las guerras, de los conflictos armados y los estudios sobre el terrorismo hasta el campo de las relaciones internacionales. La hipótesis de una guerra no declarada contra las mujeres constituye un ámbito teórico del feminismo desde que Susan Faludi (1993) y Rita Laura Segato (2016) reflexionaron sobre esta cuestión, interconectando los feminicidios —Segato habla de femigenocidio—, el acoso y la violencia sexual con una estrategia de alcance sistémico normalizada. Esta va más allá de los crímenes de guerra integrados, tanto por violaciones masivas como por esclavitud sexual, y ocurre en los conflictos armados hasta convertirse en parte de la normalidad “civil”. Bajo la guerra como orden hay escenarios de violencia ilimitada contra las mujeres que obligan a reflexionar sobre esta cuestión, aunque el surgimiento de la violencia ilimitada es, actualmente, indisociable de la privatización de los conflictos bélicos y de la declinación de los Estados-nación, desgarrados por tensiones internas y externas, cuyo origen se encuentra en las depredaciones de la globalización neoliberal.

Esta última circunstancia ha sido tenida en cuenta por Segato en su artículo “Las nuevas formas de la guerra y el cuerpo de las mujeres” (2014), aunque Susan Faludi no atiende a ella. No obstante, cabe añadir que la violencia ilimitada de la guerra como orden, la cual afecta especialmente a las mujeres y las minorías desterritorializadas, debe relacionarse también con dos fenómenos extremos: la postración del Estado-nación y el declive, en paralelo, de la democracia.

D. LA NECROPOLÍTICA ¿EL ORDEN VICARIO?

Hay que mirar los fines de los conflictos bélicos o sociales para analizar la necropolítica como estrategia y su repercusión en las mujeres desciudadanizadas. Actualmente, los Estados-nación generan legislaciones internas que criminalizan y producen formas jurídicas desciudadanizantes. Estas se configuran por un discurso hegemónico neoliberal que inspira posicionamientos, decisiones, cursos de acción y comportamientos relacionados con la violencia. Los efectos de la violencia ilimitada emergen bajo una forma singular de necropolítica9, cuyo resultado, en la práctica, es una actuación de trascendencia cotidiana de la guerra, de episodios o ciclos temporales ilimitados de violencia en el marco de una cotidianeidad conflictiva emergente en la “guerra sin fin”.

El orden impone la guerra y al interior de la guerra está el orden. La infatuación de la épica de la guerra se ensombrece en la necropolítica. El brillo de la épica guerrera desaparece en los paisajes de acción de los “administradores” de la violencia, funcionarios o asalariados por cuenta ajena, como sucede con las corporaciones militares privadas. No podía ser de otra manera, pues según Achille Mbembe, la necropolítica colonial, modelo y referencia de la actual, es una lógica de acción de los Estados-nación imperiales, los cuales imponían la violencia y la muerte como instrumentos de dominación. No obstante, a su juicio, hoy cuenta con actores nuevos, con resultados análogos. Las matanzas metódicas, los ajusticiamientos públicos y las amputaciones ejemplarizantes fueron prácticas comunes durante la colonización, así como lo ha sido tratar los cuerpos de las mujeres como territorios arrasables10. Se trata de una práctica que no representa únicamente una dominación territorial, sino especialmente sumisión corporal. En ese contexto, los “territorios conquistados” eran, además de espacios geográficos, cuerpos y sexualidades. De hecho, las “hazañas” sexuales reafirmaban ayer —como hoy— la virilidad colonial. Una muestra temprana de eso nos la transmite un relato de Michele de Cuneo11, amigo y compañero de Colón, quien acerca de su Segunda Expedición relata:

Estando yo en la barca tomé una cambala bellísima que me regaló el señor almirante [Colón]. Cuando quise poner en ejecución mi deseo, ella se opuso y se defendió con las uñas […] Eché mano de una soga y le di una tunda que no os podéis imaginar los gritos que profería. Finalmente nos pusimos tan de acuerdo que solo os diré que parecía entrenada en una escuela de rameras12. (Marrón, 2018, párr. 4).

Cabe señalar que este tipo de discurso, a la vez despectivo y arrogante, se convierte en la regla de los relatos de colonización pasados y presentes. En estos, los territorios usurpados son representados en la iconografía tradicional como paraísos sexuales, donde los cuerpos sometidos de las mujeres eran un elemento simbólico de las relaciones de poder y la matriz de los estereotipos de virilidad. De este modo, el ejercicio de una sexualidad depredadora y violenta en el contexto colonial no se puede considerar como un asunto privado, individual o grupal, sino como un gran objetivo de la dominación tanto del pasado como del presente, del colonialismo y del neocolonialismo13. Igual consideración merece la tortura ejercida sobre los cuerpos de las mujeres. La violencia del relato citado y su banalidad hacen visible la pretensión de someter provocando dolor a partir de técnicas calculadas —y reglamentadas—, que apelaban al castigo para anular la capacidad de resistencia con el fin de alcanzar el arrasamiento absoluto del cuerpo de la mujer. Las capas sucesivas de esta violencia contra las mujeres constituyen un espacio universal de sufrimiento ininterrumpido sin treguas ni compromisos legales. En consecuencia, se convierte en un continuum que trasciende el orden de la figuración retórica para prolongarse indefinidamente a través del miedo.

En ese escenario de acción, la necropolítica no solo forma parte del orden, sino que es en sí misma un orden sobre los cuerpos. Las operaciones destinadas a atrapar, encerrar, amarrar e inmovilizar los cuerpos de los ‘desechables’ van siempre acompañadas de acciones destinadas a esconder, ocultar, tapar y negar sus cuerpos; en una palabra, hacerlos desaparecer. Los feminicidios sexuales sistemáticos y las desapariciones de mujeres14 testimonian como son incluidas en una política de muerte como ‘desechables’, sin derechos.

E. LAS “FUNCIONES” DE LA VIOLENCIA SIN LÍMITES

En ese contexto, ¿cómo opera contra las mujeres la necropolítica en cuánto lógica de acción? La necropolítica se habilita en el marco de una ascendente violencia “discursiva” contra lo que se ha denominado “ideología de género”15. Esta contribuye a la formación de un imaginario, de una estética y de una nueva moral formadoras de un sensus communis. No hay límites a la utilización de la violencia contra esta. La violencia sexual y el maltrato físico se unen en un mismo propósito. En la colonización, el concepto de violación no existía porque se consideraba que la masculinidad imperial depredadora tenía derecho a poseer el cuerpo de la mujer. Actualmente, se recupera esta moral bajo el “orden de la guerra” y en el giro autoritario de las democracias, mediante la culpabilización de la víctima. Es significativo, para entender esta situación, conocer el papel que juega la violencia política en las prácticas constitutivas identitarias (el recuerdo de los hechos pasados) y en las constituyentes (como parámetro de referencia de la construcción de una realidad social futura). En el presente, para las estrategias delineadas por la necropolítica, infringir la muerte se convierte en la principal opción operativa y se ejecuta por parte de expertos como si fuera un trabajo, con indiferencia casi mecánica. Para alcanzar esta impavidez, los “expertos” en violencia han sido entrenados por los gobiernos de los Estados y por organizaciones corporativas transnacionales insertándolos en la “cultura del castigo” opuesta la “civilización de las costumbres” (Garland, 2006).

Puesto que aquí se habla de la violencia como rutina de trabajo16, tal vez no sea ocioso recordar que la palabra “trabajo” proviene del latín tripalium, el cual designa un instrumento de tortura. Como nos recuerda François Vatin: “‘Trabajar’ al torturado evidentemente quiere decir hacer sufrir, pero también según una lógica, que en la época moderna ha perdido sentido, hacer hablar a su cuerpo” (2004, p. 9). Michele de Cuneo, no representa una excepción, es la regla. En consecuencia, las violencias sin límites ejercidas contra las mujeres son rutinarias en territorios de ascenso de los conflictos.

F. LA PEDAGOGÍA DE LA VIOLENCIA

Para aumentar la eficiencia de esta política se erige una pedagogía de desensibilización con respecto al sufrimiento ajeno, según señala Rita Laura Segato (2019, p. 27) de modo que “La repetición de la violencia produce un efecto de normalización de un paisaje de crueldad […]”. Sus métodos de control son la tortura y la desposesión de la dignidad por medio de una devaluación de la propia identidad individual o colectiva. Esto genera un contexto de violencia intimidatoria que se exhibe con una intención, inhibir la acción de resistencia o de oposición. Se trata de ahogar los intentos de rebeldía. Por supuesto, también, se busca sofocar la emancipación de las mujeres sometidas a pactos patriarcales cimentados en una cultura misógina en constante redefinición. Aún, en muchos sentidos, pervive una cultura hegemónica de la que emergen situaciones intolerables de avasallamiento, asociadas a una masculinidad cruelmente paradigmática. Como indica Rita Laura Segato (2019, p. 27):

La masculinidad está más disponible para la crueldad porque la socialización y entrenamiento para la vida del sujeto que deberá cargar el fardo de la masculinidad lo obliga a desarrollar una afinidad significativa —en una escala de tiempo de gran profundidad histórica— entre masculinidad y guerra, entre masculinidad y crueldad, entre masculinidad y distanciamiento, entre masculinidad y baja empatía.

Segato describe este modelo hegemónico de masculinidad, temeraria y violenta, pero funcional a la necropolítica, la cual fusiona en un mismo sujeto la agresividad e impasibilidad ante el sufrimiento del otro17. Por consiguiente, el poder sobre el otro, desnudo de sentimientos, es eficiente para los fines trazados, no solo peligroso. Esto conforma un sistema que, por otra parte, potencia la misoginia y la violencia sexual contra las mujeres, cuya expresión máxima es el asesinato de estas, con el cual, como último recurso individual o colectivo, se cumple “una estrategia de mantenimiento del control” (Ravelo, 2008, pp. 1-2).

G. LOS CÍRCULOS CONCÉNTRICOS DEL CONTROL

La muerte violenta, el acoso sexual, el maltrato y la violación están íntimamente relacionados con la dominación sexual y de género. Son círculos concéntricos de la dominación patriarcal. El núcleo central es la sexualidad en sus diversas manifestaciones. Desde esta perspectiva, resulta escalofriante leer la descripción de Jean Améry de la tortura y con qué la compara:

El primer golpe recibido quiebra la confianza en el mundo. El otro, contra quien yo estoy físicamente en el mundo y con quien yo puedo estar solamente mientras no transgreda la frontera que es la superficie de mi piel, me impone, golpeándome, su propia corporalidad. Levanta la mano contra mí y haciendo esto me aniquila. Es como una violación, un acto sexual cometido sin el consentimiento […]. (1958, p. 172).

La masculinidad que subyace bajo la impavidez ante el sufrimiento ignora con sus actos la autonomía del otro. La ausencia de la soberanía de las mujeres sobre sí mismas permite dilucidar los aspectos que contribuyen a edificar la vulnerabilidad de estas y la forma como el control social incide en la construcción del imaginario simbólico de la violencia sexual. Al respecto, es necesario señalar que la violencia sexual de la “guerra sin fin” se inscribe en un sistema, análogo al colonial, donde la violencia está universalizada, por así decirlo, de forma que sería imposible aislar el delito sexual de otras formas de violencia presentes en la vida cotidiana de las mujeres. Se trata de una violencia originaria y pactada, que deviene, como en el sistema colonial, en derecho para los perpetradores de la misma.

De hecho, hay una tendencia a prestar atención a la violencia individual —incluso biologizándola—, pero se orilla la violencia institucional. Sin embargo, entre la acción individual y las acciones estatales, supraestatales y subestatales hay una relación de continuidad. ¿Cómo interpretar esta relación de continuidad en los conflictos de género? El desarrollo de estos no puede disociarse del poder. Tanto en los discursos políticos y estudios psicosociales como en las prácticas de la vida cotidiana, la significación del poder coincide con la definida por el sociólogo Max Weber a comienzos del siglo XX. Para él, poder “significa la probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aun contra toda resistencia y cualquiera que sea el fundamento de esa probabilidad” (1979, p. 43).

De esa afirmación, se deduce que el poder controla los contextos. ¿Cómo se traduce ese control al ejercicio de la necropolítica? Se traduce en que controla no solo los modelos de contexto, sino lo que representan, es decir, lo que es subjetivamente relevante. Lo mismo ocurre para el rol, las metas y las acciones de los participantes en esos contextos. Las mujeres únicamente han tenido la sumisión como comportamiento posible ante la probabilidad de que se les imponga una voluntad ajena a sí mismas, venga de donde venga. En consecuencia, no es difícil concluir que la desposesión de la facultad de hablar por sí mismas y en favor de sí mismas ha sido una parte fundamental de la historia de la dominación sobre ellas.

H. DE ACUERDO CON CARL VON CLAUSEWITZ

Con base en lo anterior, se evidencia la importancia de la categoría de necropolítica para medir el impacto de la violencia del “orden de la guerra” sobre las mujeres. La categoría posibilita generar una crítica al modelo político recurrente de la excepción al Estado de derecho y muestra que la lógica de la política como administración y trabajo de muerte se ha normalizado, casi en todos los niveles en las relaciones transnacionales y nacionales, con lo cual engendra una violencia sin fin, acompasada a la “guerra sin fin”.

En ese contexto, la guerra como orden ha supuesto no solo la imposición de soberanías estatales y subestatales asentadas en la violencia; también, la aparición de soberanías corporativas apoyadas contra la ciudadanía de los Estados-nación desgarrados hasta el extremo por experimentar procesos de desciudadanización. Por lo tanto, ese orden tiene una doble cara: externa e interna, transfronteriza y transversal. Por ello, la necropolítica se ejecuta en las periferias neocoloniales y en las metrópolis imperiales. Nada en su despliegue es ajeno a la violencia. Nada escapa a su acción.

Precisamente, el ejercicio de la soberanía sobre territorios y cuerpos por parte de actores bélicos privados fuerza a reconsiderar las ideas de Susan Faludi y Segato sobre la guerra no declarada contra las mujeres. No obstante, hay una cuestión que, de alguna manera, han obviado ambas autoras sobre los procesos bélicos, a saber, que históricamente derivan de ejercicios político-militares de soberanía.

En otros períodos históricos, las soberanías en conflicto marcaban los procesos o serie de procesos bélicos que implicaban una transformación de la organización espacial de los Estados-nación y su autonomía, según von Clausewitz. A su juicio, la guerra constituía el espacio de la violencia ilimitada (1998) y no era un hecho aislado, sino un conjunto de ellos, que convergían en la determinación de los adversarios. En el despliegue de las violencias ilimitadas, las mujeres no alcanzan la categoría de adversario y se debe tener en cuenta ese extremo.

La guerra no consistía, para Clausewitz, en un solo estallido súbito. Era un proceso que terminaba en una paz que podía ser transitoria, pero que ponía fin a la violencia ilimitada. El carácter transitorio de los períodos bélicos y posbélicos era el dato más significativo de su análisis, dado que la ilimitación de la violencia era, a su vez, transitoria. Sobre el carácter cambiante de la violencia en las transiciones, comentando a Clausewitz, René Girard dice:

[…] la guerra no desemboca en una decisión absoluta, sino siempre en una salida relativa. El cálculo de probabilidad reemplaza entonces la imaginación apocalíptica. Se accionará en función de lo que se conoce del adversario: de su ‘carácter’, de sus ‘instituciones’, de la ‘situación’ y las condiciones en que está. (2010, pp. 30-31).

De esta manera, si se sigue a Girard, antes y durante el conflicto bélico hay una lógica política del cálculo, de la medida, de la racionalidad de los límites. La “guerra real” se movería dentro de esos límites, que frenarían la “intención hostil”. La acción estaría regulada y no desbordada por el “sentimiento de hostilidad”. De ahí, la afirmación de Clausewitz, según la cual la guerra vendría a ser la continuación de la política por otros medios, dado que la política es la esfera del cálculo con consecuencias, según Maquiavelo (2010). Con la guerra, se pretendía condicionar la voluntad del oponente18, pero no se convertía en un “orden” indefinido, como sucede hoy.

Sin embargo, este cálculo de probabilidades de Clausewitz y la limitación de la violencia no tiene sentido si no se busca la paz y si, por el contrario, se persigue una duración ilimitada de la violencia. Este es el caso de las relaciones y transacciones —en términos de la extensión, intensidad, velocidad e impacto— que generan los ejércitos privados transcontinentales o interregionales al servicio de corporaciones interesadas en la guerra misma como proceso de expropiación de valor de cuerpos y territorios. Dicho de otro modo, el cambio de la “nación en armas” de Clausewitz por las “corporaciones armadas” transforma el paisaje bélico.

Marx hizo referencia a que la función de la guerra en el capitalismo no se reducía únicamente a la conquista o a la usurpación de territorios extranjeros y de sus mercados, sus materias primas y su fuerza laboral; sino también a la destrucción sistémica, como señala Thomas Seibert (2009, p. 13). Se trata de un “orden de guerra” permanente y de violencia absoluta en escenarios de confrontación, cuya tendencia borra la frontera entre la guerra y la paz, entre combatientes y no combatientes. Este paradigma de “guerra sin fin” toma a las mujeres por rehenes, como lo demuestra la internacionalización de grupos delincuenciales de origen militar o cuasi militar, protagonistas de transacciones en la trata transnacional de mujeres, considerándolas un recurso disponible. Bajo esta perspectiva, se convierten en objetos negociables para grandes carteles delincuenciales. De hecho, una característica destacada de varios de los conflictos actuales en el mundo es que han asumido paulatinamente dimensiones criminales.

I. EL FIN DEL ORDEN WESTFALIANO Y LA ESTRATEGIA DE LA DESTRUCCIÓN

Otras consecuencias como las lógicas y procesos de la globalización y sus modelos de expansión expropiatoria de valor de territorios y cuerpos instauran y legitiman identidades violentas, como instrumentos de “contención” de los cambios. Encuadran sus actos bélicos en las prácticas de “guerra total”19, mediante el recurso a ejércitos privados o mercenarios20, insertos en una estrategia de “destrucción” de los países desestabilizados, como resultado de socavar sus instituciones. La destrucción es el objetivo político y la continuidad del proceso bélico un fin en sí mismo.

Así, suceden revoluciones/contrarrevoluciones, “bloqueos” del oeste y del este como expresiones constantes del avasallamiento de resistencias opuestas a la expropiación de valor. Estos hechos son escenarios de confrontación en los que la muerte no es el último, sino el primer recurso a emplear. Las resistencias territoriales e identitarias son puestas fuera de juego por mercenarios y ejércitos privados, ya que todas esas resistencias, de uno u otro signo, pretenden introducir cambios en el sistema del mercado mundial y, por lo tanto, imponer trabas al despliegue de la expropiación del valor por el capital neoimperialista. Las corporaciones privadas practican a través de la violencia un proceso de dislocación social creando zonas de caos21, donde la gente no podrá ni siquiera concebir la posibilidad de resistir, y menos que nadie las mujeres. Así, las empresas transnacionales podrán expropiar los recursos, sin obligaciones que respetar ni responsabilidades que asumir.

En este contexto de acción, el necropoder concreta una necropolítica que se instrumentaliza con carácter multidimensional. Aunque se articula de muchas maneras, es especialmente relevante cómo lo hace en las periferias neocoloniales, mediante la vinculación entre delincuencia organizada y política institucional. De hecho, la violencia —institucional o delincuencial— aparece como una tecnología más de control, sin sustanciales diferencias entre ambas, pues los grupos delincuenciales y los girones de las instituciones quebrantadas ejercen la misma soberanía sobre cuerpos y territorios. Pierre Rousset (2014) apunta a esa complicidad —o complementariedad— cuando analiza las consecuencias de la privatización de los ejércitos, lo cual ha llevado a la aparición de una pluralidad de firmas de mercenarios, convirtiendo de paso la guerra en un negocio (Uesseler, 2007). En este “orden de guerra”, las “relaciones internacionales” no asumen el sistema westfaliano del Estado-nación como su marco natural de referencia22. Al contrario, se sobrepasa el marco, según Cox (1992, p. 161), porque “ya no es enteramente adecuado ya que hay formas de poder distintas al poder estatal que intervienen activamente en las relaciones globales”. El sistema westfaliano se fundamentaba en la lealtad nacional y cultural, pero los mercenarios y las corporaciones privadas son ajenos a estas lealtades y de ahí su incompatibilidad.

J. LA NECROPOLÍTICA, ¿ESTATALIZACIÓN O PRIVATIZACIÓN DE LA VIOLENCIA?

Según Achille Mbembe, el vínculo entre la violencia y la política fue prevaleciente en el comportamiento de los Estados-imperiales en los países colonizados. No obstante, ¿ha habido cambios de escenario? o ¿la muerte, en cuánto instrumento de dominación territorial y de género, está subcontratada? Estos interrogantes conducen obligadamente a otro: ¿está estatalizada la necropolítica? Para empezar, estuvo en la colonización, pero no del todo. Grupos empresariales dominaban territorios y armaban mercenarios. Sin embargo, hoy la relación directa existente entre el capital y la muerte pasa por el papel creciente que juegan no solo las firmas de mercenarios; sino también, las bandas armadas “no oficiales” al servicio de intereses particulares (grandes empresas y grandes familias). De manera que, en muchos sentidos, la muerte como instrumento político de convicción se ha convertido en una de las características específicas del siglo XXI, que apela sin miramientos, en el ámbito geopolítico, a guerras permanentes cuya meta no es la paz, sino el negocio. Los cuerpos de las mujeres son parte de un negocio extraordinariamente lucrativo. Según Ariadna Estévez (2017), se trata de dos guerras necropolíticas convergentes, la guerra por la gubernamentalización necropolítica del Estado y la guerra por la desposesión de cuerpos femeninos.

¿Cuáles son los contornos y el carácter del orden geopolítico que rige hoy? ¿De qué elementos está constituido el nuevo orden de la guerra? No es fácil responder estos interrogantes, pero se constata una evidencia: los sucesivos moldes que adoptó el orden geopolítico desde la Primera Guerra Mundial hasta la pos-Guerra Fría han sido sustituidos por el orden de la “guerra sin fin”. Esto tuvo lugar cuando el capital privilegió la relación con la violencia. Desde la Primera Guerra Mundial hasta la Guerra Fría, se institucionalizaron ámbitos de diálogo internacionales, cuya finalidad era la desactivación de conflictos. Esto ha cambiado. Los ámbitos de diálogo son irrelevantes y no cuentan con medios para hacer cumplir sus resoluciones. A expensas de ello, se ha producido la instauración de un corpus militar que ya no administra la vida, sino que gobierna sobre la muerte23. Al respecto, Mbembe señala que la necropolítica, como lógica de acción, no solo se configura como un derecho a matar, también como un derecho a exponer a otras personas24 a la muerte. Una característica particular de esta lógica de acción es la abolición de la división entre lo militar y lo político. La guerra es un orden y todo es guerra. El resultado es que se introduce la indivisibilidad entre lo político y lo militar, entre la política y la guerra, interna y externamente en los Estados. De este modo, los Estados-nación imperiales se han convertido en Estados de guerra militarizados25 en el orden internacional y también en el orden interno, donde policías militarizados y compañías privadas de seguridad ejercen controles férreos sobre el conjunto de la ciudadanía. Se promueve, de este modo, voluntariamente una confusión entre la función militar y la policial; y se refuerza esta dinámica por el traslado de militares a los cuerpos policiales (Couselo, 1999), especialmente en funciones de mando.

En el escenario interno, el énfasis de la violencia policial contra las mujeres se manifiesta en las periferias urbanas por la exposición de sus cuerpos a todo tipo de violencia. Cuando se hallan bajo amenaza de violación se las trata más como sospechosas, que como víctimas. Las propias fuerzas de la seguridad del Estado también entran en el juego de la intimidación de las mujeres, si denuncian los abusos26 cometidos por estos cuerpos contra ellas. Las imputaciones penales o las acusaciones de resistencia a la autoridad son comunes y disuasorias. La multiplicidad de formas de hostilidad, humillación y maltrato cotidiano atraviesan las interacciones entre las mujeres y los agentes policiales. Esto no ocurre en todos los espacios, pero si, sistemáticamente en las periferias urbanas y en territorios de fronteras borrosas27. Este tipo de microviolencias —¿es adecuado llamarlo así?— no solo no ha disminuido, sino que incluso podría haber incrementado en los últimos años por la estigmatización territorial. Esa estigmatización recae sobre ciertos barrios y habilita o legitima determinadas prácticas policiales, consideradas inaceptables en otros ámbitos socioespaciales.

De ese modo, en las ciudades —en particular en las del mundo globalizado: las metrópolis, megalópolis, ciudades en redes; donde crecen las desigualdades, la criminalidad y las violencias— la vida no es igual para las mujeres que para los hombres. Las mujeres viven abrumadas de temores. Como indica Segato (2019, p. 27):

Las mujeres somos empujadas al papel de objeto, disponible y desechable, ya que la organización corporativa de la masculinidad conduce a los hombres a la obediencia incondicional hacia sus pares —y también opresores—, y encuentra en aquéllas las víctimas a mano para dar paso a la cadena ejemplarizante de mandos y expropiaciones.

Por otro lado, en el presente, el exceso de crueldad contra las mujeres, su depredación hasta el último vestigio de vida, su tortura hasta la muerte fuerza a considerar que, el sadismo con que los cuerpos de las mujeres son tratados, se relaciona con la privatización de la violencia o con la conversión de esta en un instrumento de lucro. Según Segato (2014, p. 342): “La rapiña que se desata sobre lo femenino se manifiesta tanto en formas de destrucción corporal sin precedentes como en las formas de trata y comercialización de lo que estos cuerpos puedan ofrecer, hasta el último límite”.

Así que, lejos de ser residual, minoritaria y marginal, la cuestión de género es el eje de gravedad del edificio de todos los poderes y sigue siéndolo también en el “orden de guerra”. La violencia necropolítica puede identificarse como un instrumento de contención y control de los procesos de emancipación de las mujeres en el siglo XXI. Dicho control puede ser coercitivo, control físico directo del cuerpo28, o mediante el poder discursivo. Sobre el primero, Sayak Valencia (2016, p. 33) habla de la violencia extrema aplicada a los cuerpos como “una herramienta de la economía global”. Por su parte, con respecto a esta, Segato (2016, p. 17) habla de “expropiación de valor” del cuerpo de las mujeres. Ambos enfoques dan cuenta del significado de la necropolítica bajo la globalización neoliberal. La globalización engendra las configuraciones sociales, disciplinadas, mediante las representaciones y dispositivos de intervención sobre las mujeres desde una ampliación de funciones de control, en las cuales se solapan la legalidad y la ilegalidad en un mismo fin. Esta dominación, colectiva o individual, puede suponer la muerte, como última frontera de la dominación, cuando otros instrumentos fallan. Hoy, los protagonistas de la violencia se han diversificado, pues incluyen narcotraficantes, guerrilleros, paramilitares, matones a sueldo, agentes estatales y delincuentes comunes, además de incorporar las violencias sobrevenidas en escenarios cotidianos.

K. CONCLUSIÓN: RELATOS DE DOMINACIÓN

¿Por qué asociar la necropolítica a los conflictos de género y a la violencia sobrevenida en estos? ¿Es pertinente esta asociación? La necropolítica, en cuánto método de la violencia, es una cuestión del poder. En los conflictos de género, la clave interpretativa está en la desigualdad del poder. De hecho, la interacción violenta emerge como probable de relaciones asimétricas; una interacción en la que la violencia podría ser definida como un ejercicio de violencia-castigo e, igualmente, como violencia-agresión.

¿Cómo se articula la violencia en las situaciones de conflicto? Según Reynaldo Perrone y Martine Nannini (1995), la violencia se organiza en una serie de secuencias circulares y de mensajes repetitivos intercambiados entre varios protagonistas, de modo que se conforma una especie de “escena” donde los actores y participantes siguen un determinado “guion”, en torno al cual se configura la relación violenta. Tales circunstancias se dan, habitualmente, en los conflictos de género, pero en estos emerge de manera sistemática la violencia-castigo.

La necropolítica es, pues, en relación con las mujeres, una estrategia de violencia ilimitada sobre sus cuerpos. En los conflictos de género, concurren la violencia ilimitada, la violencia-castigo y la violencia-agresión. Así, se encuentran cuerpos mutilados, cuerpos desfigurados en cuyos miembros fragmentados se escribe el poder del más fuerte; escritura que se inscribe tanto en el paisaje del terrorismo íntimo como en el institucionalizado. ¿Cómo distinguir en esos guiones la violencia-agresión de la violencia-castigo, si hay una relación de complementariedad entre ambas?

Por otro lado, con respecto a las mujeres, la necropolítica no repite únicamente las formas de violencia del pasado, sino que edita otras nuevas. Un claro ejemplo de la mutación introducida es el “orden de la guerra” a partir del cual mercenarios y corporaciones militares, de manera universal, se han convertido en protagonistas privilegiados con medios para ejercer soberanía sobre los cuerpos femeninos.

Una circunstancia para tener en cuenta es que la aparición de este concepto de necropolítica ha supuesto, de forma colateral, una revisión del concepto de dominación y de cómo se interpreta y se representa. Hay razones para asociar conflictos de género y necropolítica, habida cuenta que ambos constituyen relatos de dominación.

A título indicativo, se debe señalar que las maneras diversas de conceptuar la violencia en los conflictos de género en el nivel supra estatal, estatal y subestatal, por parte de distintos actores dentro de un mismo nivel, distorsionan el significado de la violencia y, colateralmente, de la violencia necropolítica. Esto se debe a que cuando se aplica al universo del ser de las mujeres, se explica como si fuera el resultado de meros conflictos coyunturales. En consecuencia, el principio de dominación, que regulariza la visión del mundo presente en estos conflictos, se oculta bajo una niebla global. La ocultación engendra un sesgo interpretativo de estos, el cual consiste en invisibilizar la progresión de la violencia ilimitada e invertir su significación, uno de ellos puede ser el paradigma de la guerra. Con ese propósito se soslaya la participación —y complicidad— del poder en la ampliación de los conflictos. El poder disimula su complicidad bajo la máscara de una neutralidad que atraviesa discursos legales, judiciales y militares. Dado que esas formas de discurso son de aplicación universal, se presentan como el registro de las diferencias y el espacio último de legitimación de la violencia-castigo y de la violencia-agresión.

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1 La “guerra sin fin” fue una estrategia militar de George W. Bush que produjo un viraje en el tratamiento de los conflictos bélicos. Estos dejaron de ser limitados en el tiempo para convertirse en conflictos de duración indefinida.

2 Gracias a su condición de actor privado estas empresas alcanzan un nivel de movilidad trasnacional, esto les permite trasladarse a cualquier lugar del mundo sin los tiempos de espera o las cargas administrativas del Estado, dotándolas de una capacidad de reacción bastante superior a la de cualquier tropa militar regular sujeta a convenciones nacionales e internacionales.

3 La “desciudadanización” consiste en la cancelación de los derechos de ciudadanía y de los derechos humanos a minorías sociales desterritorializadas por los conflictos bélicos.

4 En los procesos de “desinstitucionalización”, las instituciones democráticas dejan de ser funcionales por la acción de las élites dirigentes, las cuales sagazmente secuestran las voluntades colectivas.

5 Vigor, virilidad y virtud comparten la misma raíz con la palabra violencia. El término violencia deriva de vis, fuerza, y lentus, partícula temporal que remite a la idea de continuidad.

6 Autores como Foucault, Durkheim, Ruschey, Kirchheimer, Pavarini y Melossi han reflexionado sobre la evolución del “castigo” como institución social. Según estos autores hay que vincular el castigo a las circunstancias históricas en que se ha producido y desarrollado.

7 Las mujeres se convirtieron en cosas sometidas a intercambio para adquirir todo tipo de objetos. Hay textos publicados en 1542 por Cabeza de Vaca, gobernador de Río Plata, Paraguay, que prohíben, en la época de su gobierno, los dones y el trueque de mujeres por piezas u objetos de metal como anzuelos, cuñas, hachas bajo la amenaza de recibir penas económicas, destierros y trabajos forzados en barcos como bergantines. Tal era la habitualidad a la reducción de estas a cosas.

8 El término orden proviene del latín ordo u ordinis, que designaba inicialmente el “orden de los hilos en la trama”, de la misma familia que urdire ‘urdir’ y ornare ‘adornar’. A la misma familia etimológica latina, pertenecen coordinar, extraordinario, ordinal, ordinario y subordinar (Real Academia Española, 2019).

9 Achille Mbembe acuñó la expresión necropolítica en un libro que lleva ese título (Mbembe, 2006). Se puede resumir señalando que la necropolítica es la política basada en la idea según la cual para el poder unas vidas tienen valor y otras no.

10 La violencia colonial, se justificaba por el humanismo europeo como pedagogía que practicaba el sufrimiento, elevándolo a la consideración de un instrumento de aprendizaje, en nombre de la civilidad contra la presunta barbarie de los pueblos originarios preexistentes en los territorios sometidos. Ha sido tradicional su uso en las políticas desplegadas por el colonialismo conforme a las cuales se asoció la violencia con la política bajo máscaras civilizatorias.

11 Miguel de Cúneo (Savona, 1448-Savona, 1503) (Michele da Cuneo) o Miguel de Savona, como también era conocido, fue el cronista oficial del Segundo viaje de Colón. A petición de Jerónimo Annari, paisano suyo. Escribió en octubre del año de su regreso una extensa carta-crónica en la que relata los pormenores del viaje. En esa carta, se encuentra el primer testimonio documental de la violación de una indígena. Sin embargo, hay historiadores, españoles y latinoamericanos que han discutido la autenticidad de su relato (Gil y Varela, 1984 y Gonzáles Ochoa, 2003).

12 Comentario de Nuría Marrón titulado “La América violada: las violencias contra las mujeres en la conquista y la colonización”, al libro colectivo Sexe, race et colonies, publicado por la editorial La Découverte en 2018, París. El conjunto de investigaciones de ese libro fue dirigido por Pascal Blan-chard, Nicolas Bancel, Gilles Boëtsch, Christelle Taraud y Dominic Thomas. Las entrevistas de sus coordinadores han sido reunidas bajo el título genérico de Seis siglos de abusos sexuales.

13 Según Pascal Blanchard: “Todos los mercados actuales del turismo sexual están en los países del sur (Haití, Senegal, Kenia, Marruecos, Tailandia, Filipinas). Con alguna evolución, el mapa es el mismo que el de las antiguas colonias. Países que eran encrucijadas militares, Yibuti, por ejemplo, en el imperio otomano, o Kenia para los ingleses y Senegal para Francia. Marruecos era el inmenso burdel del imperio colonial francés, como Tailandia y Filipinas y Cuba, una etapa en el viaje de los marines norteamericanos” (Cantón, 2018, párr. 18, Entrevista de Eva Cantón a Pascal Blanchard).

14 Las desapariciones de mujeres de Ciudad Juárez, ciudad de frontera en México, son absolutamente paradigmáticas de esta lógica. Este lugar se ha convertido en un modelo de la permisividad gubernamental debido a su nulo interés por esclarecer y erradicar estos hechos; y se ha vuelto el lugar obligado para pensar la violencia contra las mujeres. La repetición del modus operandi por parte de los secuestradores y asesinos, además de las semejanzas entre las víctimas alertó a periodistas e investigadoras que, sobre todo a partir de 1995, cuestionaron los argumentos oficiales que se encaminaban a la minimización de los crímenes, la culpabilización de las víctimas y sus familias mediante un argumento estructurado que perseguía la normalización de la violencia contra las mujeres y, consecuentemente, la impunidad de estos casos.

15 La “ideología de género” es un término utilizado contra el feminismo por la extrema derecha y algunos grupos religiosos. Véase, en este sentido, el trabajo de Camila de Gamboa Tapias en este libro.

16 Los conocimientos sobre como inferir violencia se convierten en una mercancía regida por las lógicas mercantiles de la oferta y la demanda. Es una técnica más.

17 Estos son atributos obligados para participar en una política militarizada que concibe la violencia como un instrumento de derrumbe de la orientación normativa, representada por el derecho y la racionalidad individual resistente a la violencia.

18 Es interesante analizar la evolución de ese principio. Así la tradición prusiana, por ejemplo, la de Moltke, Schlieffen y Ludendorff, acabó por entender la relación entre guerra y política como la subordinación del Estado al ejército, una idea que ha cuajado en las dictaduras militares latinoamericanas.

19 Las guerras de los Estados sobre las que reflexionaba Clausewitz se movieron más en el campo de las “intenciones hostiles” y por eso pudieron ser acotadas por el derecho de la guerra. Someter actualmente las hostilidades bélicas al derecho resulta inalcanzable por las guerras de hoy.

20 Hay precedentes históricos, como la Compañía de las Indias Orientales, creada en Holanda en 1602. Esta se considera la primera corporación multinacional en el mundo y el primer antecedente de una megaempresa que publicaba sus ganancias.

21 Casi toda África, Centroamérica y Latinoamérica, exceptuando Brasil y Argentina, caen en la zona de los Estados condenados al caos. En esa zona, aparece todo el Medio Oriente con Turquía, el Golfo Pérsico, Irán y Pakistán, así como el centro de Asia, el sudeste asiático y los Balcanes, con excepción de Grecia.

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Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
392 s. 5 illüstrasyon
ISBN:
9789586656719
Yayıncı:
Siglo Editorial
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