Kitabı oku: «La consulta espiritual y física del pueblo kággaba»

Catalogación en la publicación – Biblioteca Nacional de Colombia
Prado Mejía, Anghie
La consulta espiritual y física del pueblo kággaba / Anghie Prado Mejía. -- 1a. ed. -- Santa Marta : Universidad del Magdalena, 2021.
(Colección Ciencias Sociales. Antropología y Sociología)
Incluye lista de siglas y acrónimos. -- Contiene referencias bibliográficas.
ISBN 978-958-746-365-1 -- 978-958-746-366-8 (pdf) -- 978-958-746-367-5 (e-pub)
1. Koguis - Aspectos sociales – Colombia 2. Koguis - Relaciones con los gobiernos 3. Víctimas del conflicto armado – Colombia 4. Justicia transicional - Colombia I. Título II. Serie
CDD: 305.8986116 ed. 23
CO-BoBN– a1068475
Primera edición, diciembre de 2020
2020 © Universidad del Magdalena. Derechos Reservados.
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Colección Ciencias Sociales, serie: Antropología y Sociología
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Diseño Editorial: Luis Felipe Márquez Lora
Diagramación: Jeynner Kevin Páez Vélez
Diseño de portada: Andrés Felipe Moreno Toro
Corrección de estilo: Juan Mikan
Santa Marta, Colombia, 2020
ISBN: 978-958-746-365-1 (impreso)
ISBN: 978-958-746-366-8 (pdf)
ISBN: 978-958-746-367-5 (epub)
DOI: 10.21676/9789587463651
Hecho en Colombia - Made in Colombia
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Contenido
Introducción
Capítulo 1
Génesis del estudio de caso: planteamiento y descripción del problema
Estado del arte: lecciones aprendidas y desafíos para el caso colombiano
Caja de herramientas: políticas públicas, reparación e identidad cultural
Políticas públicas
Apuntes sobre la reparación étnica
Identidad cultural
Tejer una metodología en la urdimbre de otra metodología
Capítulo II
“Los llamados años del tropel”: aproximaciones al conflicto armado interno colombiano
Un punto de apertura: movimientos sociales en la región
La sociedad civil: una herramienta para el estudio de los movimientos insurgentes en Colombia
Capítulo III
“La hierba salvaje y la planta sagrada”: la bonanza marimbera y el negocio de la coca en la Sierra
Una arista más: sobre la geografía o cartografía de la guerra en la Sierra
Turismo y rebrotes de violencia en la Sierra
Capítulo IV
Caracterización sociocultural y política de los kággaba
Ubicación geográfica y población kággaba
Ley de Origen: principios espirituales y materiales del territorio
¿Qué son los espacios sagrados o ezwamas?
Apuntes sobre la ontología kággaba
Organización social y gobierno kággaba
Los kággaba, los filósofos del corazón del mundo
Capítulo V
“Nosotros hablamos de un conflicto histórico, no armado”: afectaciones físicas y espirituales al territorio
La política en el papel, la política en el terreno
La orden del auto
Alcances del auto
Impacto diferencial en los kággaba
La consulta física y espiritual entre los kággaba
El auto en marcha: una mirada etnográfica del proceso de implementación del Plan Salvaguarda Kággaba
“Tenemos que decirle al Estado cómo se escribe, no podemos esperar que él lo haga por nosotros”
Consideraciones finales
Referencias bibliográficas
Lista de siglas y acrónimos
AUC: Autodefensas Unidas de Colombia.
CNMH: Centro Nacional de Memoria Histórica.
CIDH: Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
CIT: Confederación Indígena Tayrona.
DANE: Departamento Administrativo Nacional de Estadística.
DAIRM: Dirección de Asuntos Étnicos, Rom y Minorías.
DD. HH.: Derechos Humanos.
DIH: Derecho Internacional Humanitario.
ELN: Ejército de Liberación Nacional.
EPL: Ejército Popular de Liberación.
FGN: Fiscalía General de la Nación.
FLACSO: Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales
FARC-EP: Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo.
FARC: Fueza Alternativa Revolucionaria del Común – Partido Político.
Incora: Instituto Colombiano para la Reforma Agraria.
MI: Ministerio del Interior.
OGT: Organización Gonawindúa Tayrona.
ONIC: Organización Nacional Indígena de Colombia.
OPIAC: Organización Nacional de los Pueblos Indígenas de la Amazonía Colombiana.
PGN: Procuraduría General de la Nación.
RUV: Registro Único de Víctimas.
SNARIV: Sistema Nacional de Atención y Reparación Integral a las Víctimas.
SNSM: Sierra Nevada de Santa Marta.
Introducción
La reparación de las víctimas del conflicto armado constituye un derrotero inexorable hacia la construcción de una “paz estable y duradera”. Como lo ha sugerido Walter Mignolo (2009), el proceso histórico en América Latina supone encarar la “herida colonial”. Se trata de reconocer que, en la conformación de la sociedad colonial y republicana, se dieron procesos de violencia estructural que parecen no cesar. Así,
el Estado colombiano debe reconocer su acción y omisión frente a esta descarnada guerra, que ha ubicado a Colombia en la lista de países con mayor número de desplazados internos (UNHCR-ACNUR-Estadísticas, 2017). […] se considera que el derecho a la reparación, además de garantizar el restablecimiento de derechos de las víctimas, permitirá acercarnos a una sociedad más democrática, justa e igualitaria (Prado, 2018, p. 98).
Las sociedades donde se dan marcos legislativos basados en la reparación, algunas veces, corresponden a escenarios donde se han dado o se dan procesos de colonización. Podemos recordar, al respecto, los procesos de reparación en Centroamérica asociados a las guerras que tuvieron participación de los Estados Unidos. De hecho, en el caso de Guatemala la búsqueda de la paz fue paralela a un proceso de construcción de democracia (Jonas, 2000). Igual sucedió en el Congo, país con un largo y complicado pasado colonial que generó espacios de disputa local que requirieron marcos transicionales para su resolución (Mangu, 2003).
En cierto sentido, los marcos transicionales donde hay reparación, búsqueda de la verdad y garantía de no repetición son adyacentes a sociedades donde hay fuerte presión de poderes globales por determinar los modos de existencia de las sociedades locales. Entonces, la respuesta a esta situación es una presión social que exhorta a la configuración de instrumentos para generar justicia social. Está claro que, en el caso de Colombia, la justicia de este tipo que se ha reclamado de parte de movimientos sociales ha tenido diversos rasgos, pues algunos movimientos se conformaron desde la diferencia étnica; otros, desde la defensa del territorio, en algunos caso por ambas situaciones (Escobar, 2002).
En este orden de ideas, se puede afirmar que la reparación como política pública es uno de los resultados de la movilización de dispositivos estatales que funcionan de oficio, y también una consecuencia de luchas que se dan en diversos escenarios de poder y que tienen como actores principales los movimientos sociales. Hoy día se sabe que estos últimos incluso están conformados por actores humanos y no humanos, y que los Estados en raras ocasiones reconocen el carácter de interactores que conforman algunos de esos movimientos. Esto lo describió muy bien la antropóloga peruana Marisol de la Cadena para el caso andino, donde la ontología animista es la que predomina y los indígenas deben sentarse a negociar dentro de los rígidos marcos del naturalismo que no reconoce a la naturaleza como un sujeto (De la Cadena, 2009).
Como se señala en Prado (2018), al hablar de reparación se deben resolver cuestionamientos en torno a “¿Reparar qué? ¿A quiénes? ¿Cómo reparar? y ¿Qué tanto conocemos del daño o afectación que han experimentado las víctimas?” (p. 98), toda vez que mediante estas preguntas es posible entender cuál será el grado de reparación o qué se busca reparar (Delgado, 2007), atendiendo a las complejidades ontológicas de las sociedades sujeto de reparación. No obstante, el tema se torna más complejo cuando las víctimas son pueblos indígenas con unas características cosmogónicas particulares y para las cuales incluso la lengua que define y regula la reparación es extraña, o es la propia lengua de la sociedad hegemónica. En este punto, el Estado entra a desempeñar un papel crucial pues está obligado a asistir y atender a estas poblaciones, con la finalidad no solo de garantizar la restitución de sus derechos, sino de proteger y salvaguardar la integridad cultural de la nación, tal como lo reza el artículo 7 de la Constitución Política de Colombia de 1991. Por lo referido, el presente texto tiene como objetivo documentar el proceso de implementación de la política pública de formulación y construcción del plan de salvaguardas dentro de la etnia kággaba, conocida popularmente como los koguis1.
Aunque se describirá más adelante quiénes son los kággaba, en este punto se puede adelantar que es una de las etnias de la Sierra Nevada de Santa Marta (SNSM), de habla macrochibcha. Usualmente, los kággaba han habitado los flancos al noreste de la SNSM, en especial los valles que se forman en las cuencas hidrográficas de los ríos que desembocan en el mar Caribe.
Los interrogantes que gestaron el presente texto se formulan a partir de las críticas al ciclo de la política pública (policy cycle) señalado por Muller y Surel (1998), quienes invitan a pensar la implementación de las políticas públicas no como una máquina que aplica procesos sistematizados, sino más bien como un proceso donde quienes la implementan actúan de acuerdo con un entramado histórico y sociocultural y, por ende, no sea raro que dichos ejecutores realicen una labor continua de significado y resignificación de un texto con base en su propia escala de creencias e intereses; es decir, las políticas públicas no se aplican en un vacío exento de tensiones, sino por el contrario en una arena de disputa. En este punto coincide Alejandro Agudo (2014), quien describe la diversa gama de relaciones que se tejen entre los ciudadanos y el Estado en México. Para el autor, el Estado es, antes que nada, una arena de negociación donde prima un lenguaje de traducción, espacios en los que brota lo público, y marcos donde se construyen interacciones. En consecuencia, hay toda una constelación de normas, leyes, decretos y un aparato burocrático que encarna esa narrativa.
Así pues, los investigadores deberían preocuparse por indagar cómo los ejecutores y los beneficiarios otorgan múltiples significados a la norma, y así reflexionar sobre la ejecución en función de dicha interpretación. Incluso, los investigadores de estos escenarios de implementación de procesos de reparación deben estar alertas sobre las ontologías implicadas en la negociación, reconociendo que el Estado parte de la premisa ontológica que separa la naturaleza de la sociedad.
En todo caso, se trata de desmantelar la premisa de las políticas públicas como la solución del problema, tal como lo afirmó el reconocido líder indígena serrano Cayetano Torres en el marco del congreso “Diálogo Intercultural en Abya Ayala”, desarrollado en la Universidad del Magdalena en el 2018: “la resolución o el decreto no es una varita mágica; es apenas el inicio para un largo camino donde nosotros los indígenas y el Gobierno vamos a sentarnos a dialogar par a par” (Prado, 2018, p. 98). En ese sentido, “estos instrumentos no resuelven los problemas de plano, sino que dan otras coordenadas para comprender contextos sociales problemáticos” (p. 98).
A pesar de las inconsistencias que puedan conllevar las políticas públicas en términos ontológicos y de sus asimetrías pues son construidas en la mayoría de las ocasiones desde arriba hacia abajo, estas medidas se convierten en instrumentos que permiten agenciar transformaciones en las relaciones tradicionales entre las comunidades y el Estado, o entre las comunidades y la sociedad mayoritaria. Así pues, las políticas públicas son constructoras de un marco que otorga sentido, en el que los actores reconstruyen sus problemas y proponen acuerdos. Por lo tanto, diseñar políticas públicas no consiste únicamente en solucionar problemas, sino más bien en hacer una reinterpretación de estos para sentar las condiciones de una intervención del Estado (Roth, 2003). Habría que agregar que, en contextos interculturales, esta mediación no puede configurarse desde las ontologías estatales, que parten de la distinción entre naturaleza y cultura; por el contrario, debe reconocer, como ocurre en el caso kággaba, que las sociedades objeto de reparación son una con su territorio, de tal suerte que las vejaciones por reparar no solo son a personas, sino también al territorio.
Ahora bien, aunque Colombia posee 102 pueblos indígenas, con procesos similares a los de kággaba, es necesario explicar el motivo de la elección de este caso. La razón principal es que algunos etnógrafos perciben a estos indígenas como “puros” y “auténticos”, hecho capitalizado por esa etnia para proyectarse al exterior como los conservadores naturales del medio ambiente, lo que implica que las intervenciones oficiales dirigidas a ellos sean pensadas con enfoques diferenciales (Sarrazin, 2016).
En efecto, este fenómeno fue estudiado por la antropóloga colombiana Astrid Ulloa. Para esta autora, los kággaba movilizaron la imagen de un “nativo ecológico” a partir de sus demandas culturales como una estrategia política para el reconocimiento y la reafirmación de sus derechos. En su investigación, Ulloa asegura que esas idealizaciones románticas de esta etnia fueron sedimentadas, en parte, por los relatos idílicos de la prensa nacional, que posicionaron a los indígenas como guardianes de la naturaleza. Esto ha hecho que la población colombiana, incluso el Estado, tenga una visión prístina de ellos (Ulloa, 2004).
Incluso, como lo ha mostrado el antropólogo Wilhelm Londoño, los kággaba sirvieron en la década de 1970 para recrear y materializar lo que sería la sociedad tairona, considerada como una expresión de una gran civilización que vivía en armonía con la naturaleza (Londoño, 2019). Esta idea ya había sido sugerida por Margarita Serje (2008), quien describió hace más de una década cómo la SNSM se construyó como escenario de culturas ecológicas y apolíticas. De esta suerte, los kággaba eran aceptados por el Estado si sus reclamos podían traducirse como demandas por conservación medioambiental, mientras que, en cambio, eran rechazados si sus exigencias implicaban tierras o participación política.
Por su parte, Silvana Pellegrino (2017) sostiene que los indígenas de la SNSM no son presentados de la misma forma que los indígenas nasas y guambianos, reconocidos por su lucha territorial. De ahí que ciertos sectores oficiales los tilden de oportunistas y de querer parecer indígenas. Claramente, los indígenas del Cauca no son percibidos como ancestrales, como sí ocurre con los kággaba. Prueba de tal consideración es que estos últimos aparecen en un videoclip que acompaña el himno nacional y que se transmite por televisión a las 6 a. m. y a las 6 p. m. Sorprende de esa grabación la imagen armónica entre la Policía y los kággaba, quienes comparten abrazos que se cruzan con la bandera nacional en el telón de fondo de la SNSM. Esta es la imagen en pleno del “nativo ecológico” aceptado por la institucionalidad.
Es evidente que estos performances buscan promocionar y sedimentar símbolos patrios en el imaginario de los colombianos y que “el Estado busca proyectar una imagen elocuente de reconocimiento y respeto frente a los indígenas y para ello utiliza la figura del indígena con mayor legitimidad [en el país]” (Prado, 2018, p. 105). Acá cabe la advertencia del académico Cristóbal Gnecco (1999), quien explica que, en la historia de las ciencias sociales en Colombia, el indígena del pasado siempre fue reconocido por la institucionalidad como el bueno, a diferencia del indígena del presente, que por sus reclamos territoriales y de participación política era representado como pendenciero. Este es el alocronismo del que habla Johannes Fabian (2019): un proceso por medio del cual la sociedad hegemónica acepta lazos con los indígenas del pasado y niega las relaciones en el presente con los indígenas actuales.
Igualmente, Alhena Caicedo, citada en Prado (2018), advierte sobre la incidencia de las políticas de reconocimiento en la construcción de la figura del indio patrimonial: “Según este concepto, es posible apreciar cómo en la literatura antropológica ciertos colectivos se comprenden como ecológicos, cercanos a la naturaleza, pero además como portadores de tradiciones y saberes ancestrales” (p. 105). Lo novedoso, según esta autora, es la capacidad de instrumentalización del Estado colombiano frente a estas imágenes para
robustecer esos imaginarios de democracia e inclusión social […] [si bien] sigue asumiendo una postura etnocentrista y paternalista, al considerar a estas poblaciones merecedoras de políticas de conservación y rescate [de sus esferas estéticas], por lo cual deben ser mostrados y protegidos por la nación (p. 105-106).
Lo anterior no ocurre con los indígenas que lideran importantes causas sociales, quienes son invisibilizados y reprimidos y son exhibidos como obstáculos al desarrollo. Por lo tanto,
no es casualidad que Juan Manuel Santos […], al momento de su posesión presidencial, haya decidido llevar a cabo un acto de carácter simbólico al lado de las máximas autoridades espirituales y cabildos indígenas de la SNSM, en uno de los principales sitios sagrados o ezwama, en la comunidad seyzhua, ubicada en el municipio de Dibulla, departamento de La Guajira, Colombia. Así pues, llama la atención cómo en una de las imágenes de dicho rito es el cabildo gobernador de los kággaba, José de los Santos Sauna, y no otra figura de autoridad de los demás pueblos serranos, el encargado de entregarle a Juan Manuel Santos uno de los símbolos más importantes para los kággaba: el bastón de mando en representación del ejercicio del buen gobierno.
Es evidente entonces que los kággaba son considerados como “[…] el otro nativo por su autenticidad y pureza, tanto para el Estado como para la sociedad colombiana. Por lo que son imaginados como el indígena ‘de verdad’, el que no se ha contaminado” (Sarrazin, 2016, p. 5) (Prado, 2018, p. 106).
De esta suerte, el presidencial es una especie de rito por contagio: al recibir del “indio patrimonial” –del “nativo ecológico”– el bastón de mando hay una resignificación de la adopción de la jefatura del Estado, la cual se representa como un acto puro carente de antecedentes. Esa representación de los indios auténticos fue instrumentalizada a tal forma que, en la última emisión de uno de los billetes de mayor denominación colombiana –el de cincuenta mil pesos–, se encuentra la imagen del “indígena auténtico, puro o patrimonial”, y del otro lado sale Gabriel García Márquez. Los kággaba aparecen en una cara del papel moneda con la ornamentación tradicional: mochila cruzada, namanto y traje blanco. Con esa escenificación están personificando la construcción académica, publicitaria y política que se ha elaborado del “nicho del salvaje serrano” (Londoño, 2019). Asimismo, estos indígenas ideales son retratados al lado de los sitios arqueológicos más emblemáticos: Ciudad Perdida, Teyuna. Para completar el maridaje perfecto, esta representación se acompaña de un fragmento de “La Soledad de América Latina”, del escritor cataqueño.
En otras palabras, todo el performance patrimonial material e inmaterial en un grabado, de lado y lado del billete, hace pensar en la pureza del poder representado en un colectivo étnico reificado. Un dato curioso es que los indígenas aparecen con sandalias rabinas, lo cual puede constituirse en un craso error debido a que los kággaba suelen caminar descalzos. Al otro lado del billete aparece el escritor colombiano luciendo un liqui liqui con las mariposas de Mauricio Babilonia. García Márquez jamás hubiese imaginado eso, pues en su autobiografía manifiesta que de joven no disponía de efectivo para comprar un café, tomar un boleto de bus o adquirir el periódico (García, 2002). Hoy, después de las afugias del escritor, su imagen es litografiada en un billete de gran denominación y circulación; aparece sonriente junto con los indígenas más sustentables del mundo. De manera que tanto los kággaba como el escritor son reconocidos en el papel como dispositivos simbólicos que movilizan imágenes reificadas del Caribe colombiano: los primeros, como sabedores ancestrales, excluidos en el presente político, y el segundo con un reconocimiento internacional por su obra, pero con un profundo olvido sobre su infancia y juventud llena de precariedades en una zona de colonización de las empresas de banano de los Estados Unidos. En el caso de los kággaba, que es el foco de este documento, se da el alocronismo explicado por Johannes Fabian (2019), es decir, la negación de la coexistencia con el otro en el presente, y la ubicación del otro en otra dimensión temporal, en este caso el pasado.
El episodio narrado en los párrafos anteriores refleja lo que Michael Taussig (2015) investigó sobre la legitimidad del Estado a través del uso de cierta iconografía basada en figuras de gran renombre, e incluso deidades. Su estudio etnográfico, realizado en Yaracuy, Venezuela, describe con maestría diversos rituales celebrados allí. En su texto “La magia del Estado”, que se acerca más al género literario que cualquier otra cosa, el escritor ambienta los cultos en torno a María Lionza, el Negro Felipe, el Indio Guaicaipuro y el Libertador Simón Bolívar, entre otros personajes. El argumento central de Taussig es que la noción moderna de Estado esgrime el uso de la fuerza para garantizar el orden; sin embargo, el Estado necesita algo más para gobernar, y por eso emplea símbolos con gran sustrato cultural y patrimonial, con el objetivo de construir un relato de nación, y generar genealogías que expliquen el presente y sitúen a los individuos dentro de entramados simbólicos.
En el caso venezolano, hay una infinidad de monumentos, billetes y estatuas con la imagen del político y de la diosa; es decir que el sistema de creencias está fortalecido por la cultura material que da forma al Estado. No en vano la figura de Bolívar es citada tanto en discursos presidenciales como por médiums para invocar fuerzas sobrenaturales que ayuden a generar efectos en el presente (Taussig, 2015).
En el caso colombiano el análisis planteado por Taussig no es ajeno. Esto queda claro en el hecho de que son los “nativos ecológicos”, las figuras con mayor credibilidad política, quienes aparecen grabados en el billete de más alta denominación. Efectivamente, lo que se busca es erigir una narrativa de nación donde el poder político y económico se nivele al poder de los nativos ancestrales. Hay que recordar que, hacia finales de la década de 1990, los kággaba recibieron el reconocimiento como el grupo social más ecológico del mundo por la Organización Internacional de Biopolítica: Bio (Ulloa, 2004).
De esta forma, sobre los kággaba se ha generado una representación de pureza que determina su accionar político, pues en la medida en que esta sociedad hace innovaciones políticas o tecnológicas es inmediatamente sancionada socialmente. De hecho, se ha dado una división entre kággabas correctos, que serían los de las cuencas al norte, y kággabas incorrectos, que serían los de las cuencas del sur, dado que en algunas comunidades de estas hace rato adoptaron el pentecostalismo (Sarrazin y Redondo, 2018). Esta afirmación fue corroborada por el docente Francisco Gil, indígena y director del proyecto educativo Jukulduwe de Palmor, Ciénaga, quien pudo constatar la presencia de una comunidad crisitana kággaba en la vereda Trompito Alto, en Uldezhaxa. Igualmente, se refirió al proceso de lucha por el reconocimiento que lideraron los kággaba asentados en el Magdalena, pues el Ministerio del Interior emitió la Resolución 016 de febrero de 2020, en la cual reconoce la Asociación de Autoridades Tradicionales Kogui del Magdalena Muñkuawinmaku (Francisco Gil, comunicación personal, 2020). Esto invita a cuestionar la unidad de los kággaba en el actual panorama político, donde existen dos organizaciones que lideran la interlocución con el Estado.
Lo expuesto arriba permite comprender que los kággaba, además de sufrir las vejaciones del régimen colonial y republicano, tienen que sentarse a la mesa de negociación con una carga representacional de la que no son responsables. En este sentido, el diálogo político o la capacidad de reparación de las políticas públicas se ven restringidos porque los indígenas se ven limitados a presentar sus peticiones dentro del marco de representación que se les asigna.
En resumidas cuentas, tal como lo señala Torres (2008), Colombia es
[…] Una nación que se da el lujo frente a otros estados de ostentar la más avanzada filosofía del derecho a la diversidad consagrada desde la Constitución de 1991, pero que al mismo tiempo atenta contra la dignidad y la integridad de los pueblos indígenas […]. Además de señalarlos y estigmatizarlos de terroristas, latifundistas, infiltrados e incluso terratenientes por el solo hecho de exigir el territorio ancestral (p. 12).
Así pues, a los grupos étnicos se les niega la posibilidad del manejo del territorio desde sus propias plataformas ontológicas. Incluso, esto sucede con los indígenas considerados “más puros” como los kággaba. En este sentido, el Estado y la sociedad colombiana se jactan de ser un país multicultural, pero a la vez arremeten contra los derechos de esos colectivos étnicos.
Esta paradoja entre la realidad y la representación alarmó a la Corte Constitucional, pues las poblaciones indígenas han sido las mayores víctimas de la guerra (Auto 004/09, 2009). Ni hablar de la indiferencia generalizada que experimentaron ante el horror del conflicto. Como lo menciona el señalado instrumento, en el 2004 la Corte Constitucional declaró situación inconstitucional el desplazamiento forzado de varios grupos indígenas del territorio nacional. Entonces, el instrumento del alto tribunal pretendía dar herramientas al Estado para la generación de mecanismos de salvaguarda, no repetición y dignificación.
En el caso de la Sierra, se sabe que entre “1974 y 2004 los pueblos serranos padecieron 1.145 actos de violencia” (Rincón, 2014, párr. 5). Así, “actores armados ilegales como los frentes 19 y 37 de las FARC, bloques del ELN y grupos paramilitares, desplegaron todo tipo de acciones bélicas en la SNSM en aras de establecer la hegemonía territorial” (Prado, 2018, p. 107). Esto es entendible en la medida en que el macizo, con sus grandes valles internos cerca del mar, es un escenario apreciado para la producción de cultivos ilegales. En este sentido, diversos actores han apostado por el control del área. Por esta razón se gestó una ola de violencia sistemática que afectó la vida de las poblaciones asentadas allí. Por los relatos obtenidos, en el momento en que se daba la disputa entre los paramilitares y la guerrilla por la SNSM, se prohibió que los indígenas transitaran entre sus poblados porque se pensaba que eran colaboradores de uno u otro bando. Cuando la sospecha se transformó en amenaza, los grupos al margen de la ley asesinaron a indígenas kággaba y de las demás etnias, generando una estela de terror de la que aún no se sobreponen estas poblaciones.
En consecuencia,
los pueblos serranos, incluyendo los kággaba, fueron identificados por la Corte Constitucional colombiana mediante el Auto 004 de 2009, en alto riesgo de desaparición física y cultural a causa de las confrontaciones armadas. En dicho pronunciamiento se obligó al Estado a tomar medidas cautelares para salvaguardar y proteger a estas comunidades. Para ello, distintos ministerios y otras entidades tuvieron que coordinar y trabajar de manera conjunta para la formulación e implementación de Planes Salvaguardas étnicos [a partir de la fecha de emisión del pronunciamiento] (Prado, 2018, p. 107).
Con base en los planteamientos señalados, el presente texto documenta cómo el conflicto armado impactó en la SNSM, en particular en los kággaba. Dado este escenario, se reflexiona sobre el proceso de implementación de la política pública de los planes de salvaguarda aplicada al caso de los kággaba. Ahora, además de ser percibidos como los “menos afectados por el conflicto armado” (Auto 004/09, 2009) entre los cuatro pueblos serranos, hay que precisar que, aunque la medida fue declarada durante la guerra y han pasado más de nueve años desde la orden de la Corte Constitucional, los resultados no son alentadores.
Actualmente, el país está abriendo los caminos del postconflicto y, en esa medida, el proceso de elaboración del plan kággaba continúa tejiéndose. Sin embargo, tal vez el desafío más grande que afronta este esfuerzo es, por una parte, que la reparación se pueda dar en el marco de un entendimiento de la ontología kággaba. Por otra parte, se debe propender a que la reparación no se vea como un equilibrio que se reestablece por la violencia ejercida en las últimas décadas, sino que sea reconocida como una situación estructural, pues para los kággaba la reparación es una arista más dentro del cúmulo de afectaciones que han experimentado desde la época de la colonización y, por lo tanto, la definición de conflicto armado no es acorde a la realidad que han experimentado, ya que ellos prefieren usar el término “conflicto histórico”, no armado (en otro apartado se explicará este punto detenidamente).
En cuanto a la estructura del libro, el texto contiene cinco capítulos. El primero presenta al lector o lectora la descripción del problema de interés y contextualiza cuáles fueron las causas que condujeron a la elección de este. También se delimita el estado del arte tomando diversas fuentes, para posibilitar un acercamiento a la literatura especializada. Seguidamente, se examinan las categorías conceptuales en el análisis de la implementación del Plan de Salvaguarda Kággaba y el componente metodológico de la pesquisa. El segundo capítulo clarifica las condiciones sociales, económicas y políticas que sentaron las bases para la confrontación armada colombiana y la incidencia de la sociedad civil en el surgimiento de los movimientos sociales en la región. El tercer capítulo narra el conflicto armado dentro de la SNSM y expone las distintas crestas de violencias acaecidas en la montaña (bonanza marimbera, bonanza de la coca, cartografía de guerra y participación de los actores armados legales e ilegales en la Sierra). El cuarto capítulo es una caracterización sociocultural de los kággaba (ubicación geográfica, Ley de Origen y demás principios ancestrales), con el fin de clarificar el impacto diferencial de la guerra en la vida de este pueblo. El quinto capítulo ilustra la estructura y los alcances de la política pública en cuestión, y se registra a su vez el trabajo de campo durante la formulación, el diseño y la construcción del plan kággaba. Finalmente, se presentan las consideraciones para futuras investigaciones que pretendan realizar etnografía del Estado y políticas públicas aplicadas a poblaciones étnicas.
1. Se aclara que la idea del libro surgió a partir de la experiencia profesional de la autora en la formulación de planes de salvaguardas en el país y se consolidó en el marco de la maestría en políticas públicas para el desarrollo, cursada en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), Argentina, además de la experiencia de la investigadora en calidad de docente catedrática en la Universidad del Magdalena. Entre sus temas de interés están el conflicto armado, los grupos étnicos, las políticas públicas y la violencia en género.
Capítulo 1
Génesis del estudio de caso: planteamiento y descripción del problema
La guerra, como se afirma en Prado (2018),
ha sido una desgracia para gran parte del pueblo colombiano. De acuerdo con Esther Sánchez (1999), el mayor peso de la guerra lo han vivido las poblaciones más vulnerables, quienes en situaciones de pobreza y miseria suelen residir en áreas rurales, alejados de las cabeceras municipales y asentados, por lo general, en zonas fronterizas [ubicadas en áreas geoestratégicas]. Sumado a esta situación de abandono estatal, las comunidades han visto cómo el conflicto armado y la expansión minero-energética se extienden cada vez más por sus territorios con ambición depredadora y bajo técnicas de despojo propias de una política de muerte (p. 108).
Esta situación de violencia es estructural, dada la configuración de Colombia y en general de los países otrora conocidos como del tercer mundo, o en vías de desarrollo, como enclaves en la producción de mercancías ilícitas y commodities (Curry-Machado, 2013).
Así mismo, es conocido que las principales violaciones de Derechos Humanos han sido realizadas por los grupos armados ilegales, como son las guerrillas de las FARC y el ELN, al igual que grupos paramilitares de extrema derecha. Además, existe evidencia sobre infracciones cometidas por la fuerza pública quienes, con ocasión de su participación en esta guerra, también han desplazado, masacrado, asesinado, señalado y reclutado a diferentes miembros de estas comunidades. Ante esta lamentable situación, la Corte Constitucional se pronunció a través de la sentencia T-025 de 2004, ordenando al Estado colombiano a tomar medidas cautelares para la atención y protección de la población civil víctima del conflicto, con el fin de brindar atención y reparación a la población afectada (Prado, 2018, p. 108).
La génesis de este modo de operar del Estado está relacionada con la formación de unidades entrenadas por mercenarios ingleses e israelitas, que apoyaron la lucha contra el narcotráfico que se dio en la presidencia de Virgilio Barco (1986-1990). Como lo relata Gabriel García Márquez en “Noticia de un secuestro”, una de las justificaciones de la crueldad de Pablo Escobar radicaba en la venganza por la brutalidad con la cual escuadrones de la fuerza pública torturaban y asesinaban a jóvenes de las comunas de Medellín para conocer los movimientos de dicho narcotraficante (García, 2011). En este orden de ideas, es claro que Colombia ha servido como modelo para la instauración de un orden donde el Estado pasa a ser un apéndice de corporaciones que están enfocadas en la producción de capital; de ahí la imposibilidad de que movimientos alternos y democráticos hayan prosperado en el país en las últimas décadas (Gómez, 2014).
En el 2005 el Estado colombiano, bajo el mandato de Álvaro Uribe, promovió una iniciativa en materia de justicia transicional que, entre otras cosas, sería la primera del siglo XXI de este tipo en el país:
Se trata de la Ley 975 de 2005, más conocida como la Ley de Justicia y Paz, la cual buscaba facilitar el proceso de desmovilización de grupos paramilitares en el país.
De acuerdo con Maestre (2007), uno de sus defensores más acérrimos fue Álvaro Uribe, quien pretendió mostrar el proceso de “negociación” con los grupos paramilitares como ejemplo de garantía de los derechos de las víctimas (Prado, 2018, p. 108).
A pesar de eso, el Gobierno de Uribe se caracterizó por negar rotundamente la existencia de un conflicto armado interno. Esta paradoja de implementar una política en materia transicional pero a la vez negar la existencia de un conflicto armado es un interrogante para futuras investigaciones, pues no es el objetivo de este libro profundizar en esa contradicción. Lo cierto del caso es que en el mandato de Uribe la política de la seguridad democrática tomó fuerza, lo que agudizó la crisis en materia de violación de derechos humanos y, como resultado, se incrementó el escándalo de los falsos positivos.
Esta negación e invisibilización de un fenómeno latente y aterrador como lo fue el conflicto colombiano es análoga con lo que Oszlak y O´Donnell (1995) explicitan frente al “surgimiento de una cuestión”, en el marco de los debates sobre identificación de problemas y maneras de resolverlos a través de la política pública. Estos investigadores consideran que una clase política, organizaciones, incluso un grupo de individuos, o un individuo estratégicamente situado, como el expresidente Uribe, pueden poner de manifiesto la problematicidad de una cuestión o la negación de esta dentro de la agenda de gobierno. En este sentido, la aceptación de lo que “sucede” se teje en un juego de fuerzas desiguales con actores ubicados en diversas posiciones, incluso ontológicas, como el caso que acá se narra. En todas las situaciones, es claro el ejercicio de poder, por lo cual los actores pueden definir qué es un falso o un verdadero problema, y reprimir o alentar a quienes intentan plantearlo o repelerlo. De este modo, se comprende que la definición de un problema desde la esfera de lo público no es el reconocimiento de una situación fenoménica, sino el resultado de un juego de poderes donde una hegemonía se enfrenta a disidencias.
Retomando la Ley de Justicia y Paz, esa legislación
recibió un mar de críticas. Entre ellas, se destaca, por ejemplo, que en su aplicación se permitieron condenas generosas (entre cinco a ochos años a los desmovilizados), mientras que los paramilitares no estaban obligados a la confesión total de sus crímenes, sino que prevalecía la figura de versión libre. Sin duda, ello sería un obstáculo para el esclarecimiento de los hechos y, por consiguiente, sería, en estas condiciones, una utopía alcanzar la verdad histórica (Prado, 2018, p. 109).
Este no es el escenario para evaluar esa política, pero hay indicios claros de que fue una estrategia que favoreció intereses de implicados en crímenes de lesa humanidad.
Siguiendo con lo afirmado en Prado (2018),
la Ley citada nunca definió concretamente cómo se repararía a las víctimas [a lo que cabría sumar: cómo se garantizarían la no repetición y el esclarecimiento de los hechos]. Entre otras cosas, porque el proceso de Justicia y Paz se caracterizó por la ambigüedad y la ambición en cuanto a lo que significa el término reparación. Término que fue asociado con frecuencia a una indemnización económica (p. 109).
Posterior a dicha ley, según el académico Pablo Jaramillo (2014), el Legislativo emitió el Decreto 1290 de 2008, una norma que canalizó la reparación en términos financieros, descuidando la revisión de los factores estructurales que generan la marginación social. Es claro que un efecto complejo de la monetización de la reparación fue la proliferación de organizaciones de víctimas que vieron una oportunidad instrumental, y en esta coyuntura los indígenas aparecieron como las víctimas ideales, dado su lugar tangencial dentro de la vorágine de reclamaciones económicas. Por ello, la reparación por vía administrativa se vio como una forma de pago a la deuda histórica, dándose con ello una definición desde arriba del problema histórico y de la manera de resolverlo. A partir de eso se instaló el vínculo entre indígenas y Estado, de tal suerte que los primeros interpretaron la reparación como un medio para que el segundo empezara a resarcir esa deuda. Por eso, “la reparación fue vista como una política social para requilibrar su condición asimétrica, de abandono, exclusión y marginación. Así las cosas, podrían acceder a salud, educación, vivienda, asistencia y atención a población indígena desplazada” (Prado, 2018, p. 109).
A pesar de lo anterior, la masiva vulneración de derechos a pueblos indígenas continuó a tal grado que el alto tribunal se vio en la tarea de pronunciar el Auto 004 de 2009, mediante el cual ordena al Estado formular 34 planes de salvaguardas a grupos étnicos en alta probabilidad de peligro. En esa lista aparecen los pueblos serranos: wiwas, arhuacos, kankuamos y kággaba.
Al revisar el contexto citado arriba, quedaba claro que el Estado, por medio de la rama judicial, respondía a las condiciones estructurales que atentaban contra las comunidades de la SNSM. Ahora bien, a pesar de ello, el brazo armado del Estado parecía desarticulado de las consideraciones que se emitían desde el poder judicial y que exhortaban al Ejecutivo a actuar.
En el 2011, el Gobierno de Juan Manuel Santos formuló la Ley de Víctimas 1448 de 2011, de la cual se deriva la Ley de Víctimas para Pueblos Indígenas. El instrumento generado en este proceso fue el Decreto 4633 de 2011. A causa de esto, y en el caso de las poblaciones indígenas, la falta de claridad sobre los procesos de reparación hizo que el espíritu de la norma no acogiera los problemas estructurales que han manifestado dichas comunidades, esto es, no más intromisión en sus territorios, recuperación de estos y autonomía en todas las esferas, como salud, educación y derecho propio. En consecuencia, la indeterminación de la reparación en estos términos generó un instrumento con poca capacidad de reparación y poca recepción local (Jaramillo, 2014). Si se analiza este proceso, se aprecia que la reparación se pensó, desde el Estado, como un instrumento casi simbólico de reconocimiento de las vejaciones, pero sin un rechazo de las condiciones estructurales que las permitieron.
A pesar de todos los instrumentos emitidos para salvaguarda de los pueblos de la SNSM,
solo hasta finales del 2017, el pueblo kággaba fue inscrito en el Registro Único de Víctimas como sujeto de reparación colectiva; es decir, siete años después de haberse emitido dicho Decreto-Ley de Víctimas antes mencionado..
[…]
Pese a esto, los indígenas kággaba se han reconocido como víctimas del conflicto armado previo a esta notificación, pues para ellos la reparación es una asignatura pendiente por parte del Estado. Un claro ejemplo es que, en el marco del proceso de elaboración del diagnóstico del Plan de Salvaguarda, la reparación se constituyó como un foco de discusión permanente dentro de sus espacios de concertación interna. De manera que los indígenas esperan que esto sea más que un trámite burocrático y, por ende, se generen las condiciones para que por fin empiece la reparación [integral y estructural] (Prado, 2018, p. 109).
La descrita es, entonces, una reparación basada en la ontología local y el manejo particular del territorio. Dicho esto, queda claro que el presente documento responde al proceso de elaboración y diseño del Plan de Salvaguarda Kággaba.
Estado del arte: lecciones aprendidas y desafíos para el caso colombiano
Se dice que el hombre es siempre un problema para sí mismo y que reniega de sí cuando pretende no serlo. Según esto, parece que debe ser posible describir una primera dimensión de todos los problemas humanos. Más concretamente: todos los problemas que se plantee el hombre respecto del hombre pueden referirse a esta pregunta: “Con mis actos y mis abstenciones, ¿No he contribuido a una desvalorización de la realidad humana?” (Fanon, 1963, p. 11).
El conflicto colombiano ha obligado a la reflexión desde distintos campos del conocimiento. Por esta razón, existe un estado del arte extenso sobre las múltiples aristas de ese flagelo. Por ejemplo, se encuentran los análisis relacionados con desplazamiento forzado y reparación a población no étnica y étnica. También hay investigaciones con base en los diferentes pronunciamientos de la Corte Constitucional (Sentencia T-025 de 2004, Auto 218 de 2004, Auto 004 de 2009, Auto 382 de 2010, Auto 174 de 2011, Auto 173 de 2012, Auto 009 de 2012, Auto 051 de 2013). En este documento se referencian los estudios más relevantes en los planos internacional, nacional y local y que brindan elementos para la comprensión de las políticas públicas dirigidas a indígenas en contextos de guerra.
Según lo anterior, conviene aclarar que el término “conflicto interno” hace alusión a aquellos provocados por tensiones y desigualdades políticas, económicas y sociales, generando revoluciones, guerras civiles, surgimiento de guerrillas y diferentes formas de concebir el gobierno de la ciudadanía. Por su parte, los “conflictos de carácter externo” son las guerras entre naciones, originados, entre otras causas, por las cuestiones de límites que provienen desde tiempos de la independencia y la época de la Colonia (De Arce y Temes, 1984).
En ese contexto, el estudio de Burbano y García (2016) es pertinente, pues las autoras elaboran un recuento de diferentes países con conflictos internos. Su trabajo describe las causas y los mecanismos que los Estados desarrollaron para la resolución y construcción de la paz y, en una primera parte del texto, narran las atrocidades durante las dictaduras chilena y argentina. Luego realizan una caracterización sobre el caso de Liberia y Sierra Leona: en el primer país estos enfrentamientos estaban liderados por disputas por el poder del Estado, mientras que en Sierra Leona la guerra se originó por la explotación y comercialización de diamantes. En ambos casos, un número considerable de mujeres, niños y niñas fueron víctimas de violencia sexual, secuestros, torturas, reclutamiento, entre otros excesos. Lo llamativo de la investigación es que Burbano y García documentan los procesos adelantados por la Comisión de Verdad y Reconciliación en cada país y dejan en claro que, en el marco de conflictos internacionales, los impactos internos suponen procesos de jurisdicciones transicionales. Igualmente, destacan el rol desempeñado por los sobrevivientes en los procesos de reparación y reconciliación, pues sin la dignificación de las víctimas dichos esfuerzos hubiesen sido espurios. Por último, describen las falencias y los desafíos de esos procesos, como la falta de equilibrio entre las partes de negociación, y la tendencia a la definición del problema desde un solo ángulo (Burbano y García, 2016).
En esta misma vía, Dominguez y Rosero (2017) documentan a grandes rasgos el conflicto en Ruanda. Las autoras explican los alcances de los Tribunales de Gacaca y las enseñanzas del caso ruandés para el contexto colombiano. Dicen que los Gacaca se basaron en una justicia de tipo restaurativo y no punitiva, ya que la finalidad no era identificar culpables, sino dar a conocer qué sucedió en Ruanda y, por supuesto, trabajar en el perdón. Al igual que en la investigación anterior, en esta se muestra el curso de la implementación de los Gacaca y las críticas que estos recibieron. En términos muy específicos, Gacaca fue el nombre que recibió el sistema comunitario de justicia basado en el derecho consuetudinario.
Siguiendo esa línea de estudios, sobresalen dos trabajos del conflicto guatemalteco y su afectación diferencial a la población indígena maya (Parra, 2008; Viaene, 2013). La pesquisa de Parra se interesa en documentar la masacre de 1982, en la aldea Plan Sánchez.
Allí fueron violadas y maltratadas mujeres del pueblo Maya-Achi. Asimismo, aparecieron más de doscientos miembros de la comunidad asesinados por funcionarios de la fuerza pública. Frente a esos hechos, la Corte Interamericana ha enfrentado diversos dilemas al momento de ordenar las reparaciones adecuadas. […] ¿Cuáles son las reparaciones adecuadas frente a este tipo de genocidios que han sufrido pueblos indígenas? ¿Cuáles son los elementos que deben incluir las reparaciones en pro de garantizar la diversidad cultural? (Prado, 2018, p. 101).
Finalmente, Parra (2008) ahonda en la discusión sobre la responsabilidad del Estado y las garantías de no repetición. Como se aprecia en el trabajo de este autor, se da una paradoja porque los procesos de reparación, en el marco de acuerdos estatales, suponen involucrar al Estado como una parte del proceso en calidad de victimario. Además de que el Estado ha participado en prácticas estructurales, se ve limitado, para el caso latinoamericano, a respaldar poderosos procesos de reparación.
En cuanto a la reflexión de Viaene (2013), su trabajo reconstruye los episodios de violencia en la comunidad maya q’eqchi’ en Guatemala. Esta comunidad, a diferencia del pueblo maya-achi citado arriba, “no exigió una reparación económica y tampoco el encarcelamiento para sus victimarios, puesto que el concepto de impunidad, como lo define el Derecho Internacional, no hace sentido a la cosmovisión y la ontología de ese pueblo” (Prado, 2018, p. 101). La investigadora concluye que es esencial integrar al debate de la justicia transicional el enfoque de la diversidad cultural y el estudio de la antropología jurídica (Viaene, 2013).
Una conclusión que se puede sacar de los estudios citados arriba es que, en el marco de procesos de paz y de reparación, la posibilidad de que se defina el problema desde abajo y no desde arriba es crucial. Así mismo, la sociedad debe ser comprensiva y reconocer la necesidad de marcos de transición que operen conociendo las lógicas locales. Es decir, la reparación y la búsqueda de la paz no se dan en sociedades carentes de particularidades históricas, sino que son esas particularidades las que deben definir la organización de las agendas.
Según lo anterior, los documentos relacionados a los procesos de reparación a la población maya en Guatemala son fundamentales para elucidar el caso kággaba, por cuanto plantean la relevancia de la perspectiva indígena en la resolución de los conflictos, así como la incorporación de las ontologías locales en los diálogos para la ejecución de políticas dirigidas a comunidades étnicas. Además, apuntalan a la necesidad de construir un diálogo intercultural entre los diversos actores, que incluya la conceptualización de esas poblaciones sobre las categorías de justicia, conflicto, salvaguarda, reparación y reconciliación.
En el plano nacional aparece el estudio de Catalina Díaz (2009), que da cuenta de las tareas pendientes en materia de decisiones políticas hacia las víctimas, al igual que de las obligaciones en inversión y gasto en aras de garantizar los derechos de estas. La investigación de Díaz describe los procesos de elaboración de diagnósticos donde participaron comunidades indígenas y afrocolombianas afectadas por la guerra. Ante todo, la autora se interesa por conocer cómo las poblaciones imaginan las medidas de reparación colectivas por implementarse. El caso mencionado se asemeja a lo que acá se propone examinar, que, en resumidas cuentas, es etnografiar el proceso de construcción del Plan de Salvaguarda Kággaba.
Si se hace un paréntesis y se recapitula lo dicho hasta acá, es evidente que, una vez el Estado colombiano reconoció a los kággaba como sujetos colectivos víctimas del conflicto interno, la tarea que se desprendió de allí fue una evaluación o diagnóstico que debería permitir la generación de una ruta crítica. A esta ruta se le conoce como plan salvaguarda y, a la fecha, es el paso que el Estado ha dado siguiendo la directriz de la rama judicial de garantizar la existencia de los pueblos étnicos del país.
Como se puede apreciar, ha existido en la academia un interés por comprender los obstáculos a los procesos de reparación. De esta suerte, el libro Reparar en Colombia: los dilemas en contextos de conflicto y exclusión, de Díaz, Sánchez y Uprimny (2009) es interesante por varias razones. La primera de ellas es la conclusión que supone el éxito de la reparación en una efectiva garantía de desarrollo de las condiciones de vida de los ciudadanos. Es decir, no basta con reestablecer un equilibrio si las víctimas estaban en condiciones de pobreza extrema en el momento de sufrir las afectaciones. La segunda razón es que Colombia es el único país del mundo donde se ha venido implementado una política de atención, asistencia y reparación antepuesta a la culminación de la guerra, lo cual supone grandes retos. Por último, estos autores son enfáticos en señalar que la participación de las víctimas de comunidades afrodescendientes e indígenas es necesaria en las discusiones académicas, dado que su percepción nutre el estudio de las políticas que directamente los van a beneficiar (Díaz et al., 2009).
En este orden de ideas, los tres rasgos distintivos mencionados (generación de condiciones de democracia plena, implantación de un marco de reparación en medio del conflicto, y generación colectiva de herramientas de análisis) constituyen derroteros de un efectivo proceso de implementación de políticas públicas construidas desde abajo. Sin embargo, una evaluación preliminar señala las dificultades con relación a estos tres tópicos. Hoy día, las condiciones de saneamiento básico siguen siendo problemáticas, y el acceso y la calidad de la educación en todos sus niveles es crítica, a pesar de los esfuerzos hechos en las últimas décadas. Con relación a esto, la capacidad de garantizar derechos básicos se reduce, y se genera una avalancha de normativas progresistas que se dan dentro de un Estado con poco poder de movilización. Finalmente, la capacidad de organizar herramientas de análisis interculturales se ve minimizada por el centralismo del Estado y su negativa a permitir, por ejemplo, el libre desarrollo de las jurisdicciones especiales, en específico la jurisdicción especial indígena (Santamaría, 2008).
Continuando con esta línea, Carlos Lozano (2009) examina las diferentes intervenciones estatales realizadas en Bojayá, Chocó, posteriores a la masacre de 2002. Este es uno de los casos más importantes del país, no solo por la gravedad de los hechos, sino por el alto monto de recursos destinados en la reconstrucción del municipio. La investigación es crucial para la reflexión de este estudio debido a que allí se narran las representaciones de las víctimas afrodescendientes en el proceso de reparación y el resultado de reasentamiento de la población. Este análisis nos señala que el éxito en cualquier política pública de reparación supone la participación de la población local, sin que sea configurada como objeto de asistencialismo, sino como sujeto reflexivo.
En el plano regional, el Observatorio de Políticas Públicas y Derechos Étnicos (2008) difunde la propuesta presentada ante la Comisión de Reconciliación y Reparación por diversas voces indígenas en representación de sus pueblos locales. Lo sustancial del texto es que detalla las alternativas que líderes serranos y wayúu construyeron en materia de reparaciones colectivas ante el Gobierno nacional. Un elemento claro de esta mesa de construcción desde abajo es, precisamente, que invita a los actores estatales a ver el conflicto no como un suceso coyuntural, sino como una condición estructural. Efectivamente, las comunidades tienen fuertes argumentos para esta visión, dado que el Estado en muchos casos ha sido un actor generador de violencia.
Finalmente, sobresalen dos investigaciones de corte etnográfico que fueron de gran ayuda para la maduración de la presente investigación. Se trata de las disertaciones doctorales de Pablo Jaramillo y Silvana Pellegrino: ambos antropólogos brindan un aporte irremplazable para la reflexión que acá interesa. La segunda autora elabora una descripción del proceso de implementación del Auto 004 de 2009 con dos pueblos de la sierra (kankuamo y wiwa). Este trabajo se distingue por la forma magistral en que Pellegrino documentó el proceso del Plan Salvaguarda Wiwa, y ni hablar del acompañamiento que realizó en la concertación y socialización del Plan Salvaguarda Kankuamo. Es más, la investigadora demuestra que el Estado “cumple incumpliendo”, es decir, cumple en la medida en que hace efectivo el desembolso de recursos para un estudio de este tipo, pero incumple porque, en el momento de negociar con los líderes kankuamos, los representantes de las diferentes instituciones manifiestan déficit presupuestal para ejecutar las soluciones.
Dice Pellegrino que los funcionarios públicos no tienen mayor capacidad de decisión en el manejo de la negociación, y la solución más fácil es posponer un asunto para una próxima reunión, o sea que se vuelve natural dilatar la cuestión cuantas veces sea necesario para evitar materializar las propuestas. Paralelamente, la autora narra su paso por las oficinas de la Dirección de Etnias y Asuntos Indígenas en Bogotá y la dinámica de quienes tienen a su cargo la puesta en marcha de los planes de salvaguardas en el país. El trabajo de observación es tan microscópico que, finalmente, su texto puede considerarse una etnografía burocrática, ya que retrata en minucia los procedimientos internos, trámites y diversos papeleos de quienes ejecutan la política citada y su interacción con diversos líderes indígenas (Pellegrino, 2017).
A diferencia de Pellegrino, Pablo Jaramillo (2014) enfoca su trabajo de campo en diferentes lugares de La Guajira. Su etnografía rastrea, durante dos años, un colectivo femenino wayúu que trabaja por la defensa de los derechos humanos y derechos colectivos. En el libro, el autor indaga cómo la victimización ha desempeñado un rol importante en la identificación étnica. De tal modo, Jaramillo abre el debate entre etnicidad y la categoría de victimización, o sea, por qué esta última ha influido de forma preponderante en el curso de imaginar la indigenidad.
De esta suerte, los dos casos citados permiten inferir que los actores estatales, ante el poco margen de actuación dada la cooptación del Estado por parte de corporaciones, encauzan sus acciones en la generación de instrumentos, normativas y directrices que no se traducen en inversiones, brindar oportunidades y garantía de autonomía política. Así, el Estado es uno en el papel y otro en la práctica. Este hecho hace que ciertos colectivos, al reconocer estas limitaciones, traten de aprovechar al máximo los recursos existentes y terminen cediendo a la práctica de permitir que se les incumpla cumpliendo. El lado fenoménico de esta práctica son infinidad de talleres, reuniones y encuentros donde, por lo general, una élite local termina aprendiendo un lenguaje estatal.
Para terminar, en el plano local está el libro Shikwakala, el crujido de la madre tierra: desde el pensamiento del pueblo kággaba, un llamado a cuidar los hilos invisibles que en el territorio ancestral tejen la delicada trama de la vida (Mestre y Rawitscher, 2018). La obra es una contribución de suma importancia dado que fueron los mismos kággaba quienes decidieron aunar esfuerzos y tejer un documento que permitiera desmantelar las representaciones construidas por los académicos sobre la etnia. Esta publicación contiene la historia de la etnia kággaba tejida por ellos mismos, por supuesto, desde sus marcos ontológicos. Lo atractivo de este texto es que en él se retratan los procesos de resistencia de la población para proteger el territorio, al igual que los perjuicios causados por los “hermanos menores”: daños, destrucciones a espacios sagrados, e infracciones a la vida. A lo largo del libro se puede apreciar la molestia que tenían los mamos kággaba por las afrentas a su territorio, entre ellas la expropiación de tierras y, lo más grave aún, el saqueo de sitios sagrados de parte de guaqueros y arqueólogos. Frente a este punto, una investigación reciente señaló que los primeros estudios arqueológicos hechos en territorio kággaba destruyeron sitios y dieron lugar al robo de objetos ancestrales (Londoño, 2020).
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