Kitabı oku: «Tierra vencida»

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ANN PANCAKE (1964), la mayor de seis hermanos, creció en los bosques de Virginia Occidental, jugando con las patas despedazadas de los ciervos que cazaban sus padres y sus tíos, acostumbrada a ver cómo la comida se mataba, se despellejaba y se descuartizaba. Detrás de su casa, a poco más de un kilómetro, aún resistían las trincheras de la Guerra de Secesión, plagadas de fantasmas y de historias que se contaban a la hora de la cena, de generación en generación, sobre todo historias de yanquis que salían de la espesura para saquear las granjas. Un territorio devastado por la violencia. Un territorio que, desde las Guerras Indias hasta las revueltas mineras del principios del siglo XX (que Ann inmortalizaría en su primera novela), no ha tenido tregua y que, durante la infancia de Ann, se vio cada vez más acosado por la desindustrialización, la pobreza rural, la destrucción medioambiental y el desprecio de la cultura dominante. Altas tasas de desempleo, adicción, sobredosis y suicidio. Caricatura y estereotipo mediático. «Hicks» y «hillbillies». Gente tonta y holgazana. No es de extrañar que todo lo que leyese Ann en esa época (tuvo la suerte de crecer en un hogar liberal de clase media, rodeada de libros) fuesen historias sobre irse. Así es que, como tantos otros que no lo conseguirían, desde muy pequeña, Ann soñó con escapar de Virginia Occidental, el estado más pobre y, según una reciente encuesta, el más triste de Estados Unidos. Para pagarse los estudios en la Universidad de Virginia, trabajó en cadenas de montaje, en restaurantes de comida rápida y en un supermercado. No hablaba mucho para que no le delatara el acento y la gente se pusiera a hacer suposiciones sobre su inteligencia, su clase, sus ideas políticas y su nivel de sofisticación. Estaba trabajando en un Wendy’s cuando se graduó y le salió un trabajo en Japón (enseñando inglés con acento de los Apalaches). Desde entonces, todo fue poner distancia: Albuquerque, Samoa, Tailandia…, pero lo único que consiguió fue fortalecer el vínculo emocional y cultural con su estado natal. Tierra vencida fue su primer libro. Su regreso a casa. Ganó el Katharine Bakeless Nason Fiction Award. Actualmente vive en Seattle, pero vuelve dos o tres veces al año a Virginia, porque las montañas de allí son otra cosa.

TIERRA VENCIDA

TIERRA VENCIDA

Ann Pancake

Traducción Javier Lucini


Título original:

Given Ground

Anchor Books, 1998

Primera edición Dirty Works: Abril 2019

© Ann Pancake, 2001

© 2019 de la traducción: Javier Lucini

© de esta edición: Dirty Works S.L.

Asturias, 33 - 08012 Barcelona

www.dirtyworkseditorial.com

Traducción: Javier Lucini (sin la ayuda de Tomás Gónzalez

Cobos y Ann Pancake, esto habría sido imposible)

Diseño de cubierta: Nacho Reig

Ilustración: © Antonio Jesús Moreno «El Ciento»

Maquetación y correcciones: Marga Suárez

ISBN: 978-84-19288-16-5

Producción del ePub: booqlab

«A por leña» y «Wappatomaka» aparecieron inicialmente en Antietam Review; «Cultivo comercial: 1897» en The Massachusetts Review; «Jolo» en Mid-American Review; «Hierba alta» en Shenandoah; «Sin Fantasmas» y «Renacimiento» en The Virginia Quarterly Review; «Hermana» en Wind; «Temporada de cuervos» en The Chattahoochee Review; «Chicos redneck» en Glimmer Train Stories; «Carnada» en Sundog; y «Tierra» en The Chariton Review.

La autora también quisiera dar las gracias por su apoyo al National Endowment for the Arts. Y la más profunda gratitud a Brad Comann y a Melissa Delbridge por su aguda crítica.

Para la gente del lugar donde me crié, que me enseñó qué es lo importante de una historia.

Y para Brad.

Índice

Sin fantasmas

Renacimiento

Jolo

Wappatomaka

Tierra

Hierba alta

Hermana

Carnada

A por leña

Chicos redneck

Temporada de cuervos

Cultivo comercial: 1897


Ensanché el hueco para entrar en el prado, una línea de alambre de espino que se soltó al primer giro. El frío me subía hasta el pecho, pero el viento había remitido, por fin, y podía sentir el calor del caballo a cierta distancia. Ese olor a cuero que desprendía, ese olor terroso que le acompañaba hasta en invierno. Hundí la cara en él, en el hueco detrás del hombro, antes del abultamiento de la panza. Un caballo viejo y paciente. Un caballo impasible. De veintisiete años, nacido en la granja de mi abuelo. Ya había sobrevivido a mi abuelo y a mi padre. Los perros se habían plantado al otro extremo del campo y estaban aullándole a nada, aullaban y punto. Giré la mejilla sobre su pellejo y miré hacia el arroyo, hacia los sicómoros, árboles fantasmales, resplandecientes como huesos bajo la luna exigua.

Mi padre dejó dicho que lo dejaran bajo un árbol grande.

Dentro, en nuestra mesa, había más comida de la que había visto en toda mi vida, y mujeres gordas de vestidos estampados posadas en el sofá con platillos haciendo equilibrio sobre sus rodillas, mientras sus maridos de aliento nocivo se escabullían de habitación en habitación. Di con la ardilla frita, bien enharinada, en su bandeja mellada. Seguía teniendo caballo en las manos, así que me las restregué en los pantalones del domingo, mientras el fuego de la leña me iluminaba la espalda.

–He oído que algunos andan por allí arriba, en Dayton. Familia de ella.

–Sí, son John Eddy y esa gente.

Me comí mi ardilla, callado, aquella rica carne negra, tan tierna que podías desprenderla del hueso con la lengua, con aquellas caderas tan delicadas.

–¿Os acordáis de John Eddy? El gordo del ojo estrábico.

–No, tú estás pensando en Connie.

Mi padre había cazado las ardillas hacía unos días, ardillas zorro. Yo le ayudé a despellejarlas junto al arroyo. Se acercó a mi cabeza blandiendo el cuchillo y me estremecí, pero lo único que hizo fue cortarme un mechón de pelo que luego dejó junto al pellejo de la ardilla. Mira, dijo. Eres del color de la ardilla.

–Mejor para el crío.

–Allí, en Dayton, tienen mejores escuelas.

Fuera los perros seguían ladrando, soltaban el hocico de manera regular y prudente, y yo sabía que se pasarían así toda la noche.

–Con una cadena de perro –volvió a decir uno de ellos. Le vi menear la cabeza. Mi padre me había parecido incómodo en su ataúd, con las piernas extendidas y rígidas y las manos tocándose el corazón.

–Calla. El niño está ahí mismo, junto a la chimenea.

***

Aquellos últimos años, antes de que abandonásemos la tierra, fueron años de sequía, los robles no daban más fruto que las escasas bellotas que caían en agosto y se echaban a perder en el suelo. Entonces los ciervos se quedaban sin sustento y, en primavera, desquiciados por el hambre, se aventuraban a vagar por las proximidades de la casa para pacer las primeras hierbas, donde los perros los derribaban y los más jóvenes se ponían a gemir como cabras. Los zopilotes, atareados todo marzo, todo abril. Constelaciones de buitres. Podías escucharlos desde muy lejos en el bosque, carroña de venado, mientras los perros se revolvían panza arriba sobre los restos devorados.

Aquellas montañas estaban plagadas de zanjas y la gente decía que eran vestigios de la Guerra Entre los Estados. No se lo vayas a contar a nadie, me dijo mi padre, de lo contrario vendrá un montón de gente de fuera del estado a recorrer estas crestas, y se llevarán cosas, que es lo que hacen. Una tarde, siendo yo muy pequeño, estábamos cazando conejos junto al tendido eléctrico y divisamos a un hombre en el camino. Mi padre le gritó, pero el hombre no se giró, así es que le seguimos. Avanzaba con paso pesado pero firme entre la maleza reseca, no hizo el menor esfuerzo por alejarse ni por esperarnos, le dimos alcance y volvimos a llamarle, y esta vez sí nos miró. Mi padre me agarró del hombro, me detuvo en seco y dejó que el otro siguiese su camino. Era gris, de un solo color, y los cables del tendido eléctrico crepitaban por encima de su gorra.

Esa noche mi padre entró en mi cuarto y se sentó al borde de la cama dándome la espalda; su camiseta interior manchaba de blanco un hueco en la oscuridad. Me contó que no había sido un hombre de verdad, sino un fantasma, un soldado confederado, y yo me puse rígido en mi cama de hierro. Me contó que esto estaba atestado de fantasmas y añadió que no tuviese miedo, pero lo tuve, aquel fue el primero que vi y puede que por entonces yo no tuviese más de cuatro años. Cuando se fue empecé a llorar y me eché la manta por encima de la cabeza, temiendo oír aquellas botas espectrales subiendo las escaleras. Esto estaba tan atestado de fantasmas como de ciervos, me contó mi padre, todos comprimidos desde el exterior. Piensa, me dijo. No tienen otro sitio donde ir.

***

Había días en que mi padre quería estar solo. Se llenaba los bolsillos del abrigo de tasajos de venado ensartados en un cordel grasiento y salía antes del amanecer dejando a los perros encerrados en casa, porque no quería que le siguieran y no soportaba verlos encadenados. Me desperté con un hocico frío en la cara, el otro perro andaba husmeando por los rincones y había un montón de charcos en el suelo. En la cocina, olor a aceite para armas y las muescas que había tallado mi padre en el borde de la mesa, nervioso, mientras se acababa el desayuno con la otra mano.

Mi madre me dijo que pasara un trapo por los charcos mientras se vestía a toda prisa y el café se iba haciendo, porque teníamos que salir ya mismo para el pueblo, se estaba desenrollando las medias con ambas manos y el cigarrillo oscilaba en sus labios. Mi madre atendía mesas en el Stonewall Jackson y no le gustaba nada ver a un chico ocioso, así es que me hacía amontonar los sobrecitos de azúcar en sus bandejas de alambre correspondientes y rellenar las jarritas de leche. Los lugareños llegaban temprano, Bud y el señor Haines y Twink y todos los demás. Se sentaban a mi lado en la barra, inclinados sobre sus tortitas, y me preguntaban sin mirarme a la cara: «¿Cómo anda tu padre?».

–El chico no habla mucho, ¿eh?

–Tímido –les decía mi madre.

El Stonewall era el único restaurante del pueblo y, pasadas las nueve, los fines de semana, los de fuera del estado paraban de camino a sus pistas de esquí o sus segundas viviendas. Al salir, echaban el seguro a las puertas de sus coches, recelosos con sus abrigos y pantalones de colores chillones y brillantes. «Seguro que con esa clase de ropa nadie les dispara por accidente», bromeaba Twink, pero no eran los accidentes lo que les preocupaba, decía el señor Haines. Bud ni siquiera necesitaba alzar la mirada, podía adivinar que se trataba de ellos por la premura con que abrían la puerta. «Aquí llegan los importados», decía. Se quejaban del humo de los cigarrillos y de la grasa del beicon. Se preocupaban por la salud. Mi madre devolvía el beicon a la cocina y absorbía la grasa con servilletas de papel. Yo me sentaba en mi taburete y me ponía a dibujar árboles y ciervos de doce puntas en la parte posterior de los salvamanteles usados. «¿Qué tal Héctor?», le preguntaba el señor Haines a mi madre.

Ella suspiraba: «Oh, muy bien».

Una vez, uno de los importados me hizo una fotografía, aunque no había nada que ver, solo yo sentado fuera, en el lateral del edificio, sobre una panera, porque no aguantaba seguir dentro. Forasteros. De-lejos-de-aquí. Hablaban como la gente de la tele, esa manera de hablar aséptica que tiene la gente de ninguna parte.

***

A mi padre le acosaban los fantasmas, los veía igual que otra gente detecta las últimas moras en el clamor de una zarza o una trucha en la sombra de una raíz sumergida. Para cuando se hizo mayor y yo vine al mundo, seguía tan arraigado en él que no pude evitar contagiarme. Al salir de caza o a por leña, nos llevábamos el almuerzo y comíamos en la casa en ruinas que había en lo alto de aquellos pequeños barrancos, descansábamos sobre las piedras desplomadas de la chimenea, lo único que quedaba de la gente de antaño, una mata persistente de junquillos y puede que una plancha doblada de una cocina de hierro. Ciervos escuálidos que se abrían camino y que, allí arriba, detentaban el mismo rango que las malas hierbas. Se quedaban petrificados y nos miraban desconcertados, luego nos iban rodeando con mucho sigilo y se alejaban arqueándose. Entonces mi padre divisaba un fantasma. Yo podía olerlo en él como si fuese el pellejo de un animal, y me ponía a mirar también, aunque no quisiera, y entonces surgía una forma. Igual que surge el cuerpo de una serpiente negra de una rama oscura, surgía una forma.

La primera vez, me contó, él no era más que un crío y estaba desbrozando el huerto grande que hay en Twelve Square con una guadaña acondicionada a su tamaño, hilera arriba, hilera abajo. Fue en la época en que mi abuelo era hacendado y los veranos contrataba a una docena de hombres; maíz dulce en las zonas bajas, manzanas en los altos riscos de piedra caliza. Una mañana, hallándose a buena distancia de los demás, mi padre se enganchó el tobillo con la cuchilla y, mientras sangraba sobre la hierba triguera, se materializó un hombre entre los hierbajos. Se materializó desde la misma hierba, quiero decir que fue como si todos los pedazos se estuviesen vertiendo de uno en uno a través de una especie de grieta y, por cómo fueron encajando entre sí, era como si sintiesen una conexión mutua ¿sabes? Se materializó un hombre grande y robusto, de piel terrosa como un ciervo, y al verle se quedó prendado de la pequeña guadaña. Se la arrebató, la sangre ya estaba seca, y se puso a contemplar su reflejo en la luna menguante de la hoja. Cuando los demás trabajadores hallaron a mi padre, el hombre ya se había evaporado por su grieta.

A veces me obligaba a sentarme durante horas. Sobre un tronco y sin moverme durante tanto tiempo que hasta me parecía sentir la deriva del mundo bajo mis pies mientras esperábamos a ver quién se presentaba. De pequeño era distinto, me susurraba mi padre entre dientes, había menos ciervos y eran más fuertes, con panzas como toneles de poderosos costillares. Los fantasmas también eran distintos y mucho menos frecuentes que ahora. De pequeño se sentaba a acechar y veía a la vieja guardia salir de una grieta o atajar por los flancos de las montañas con pavos salvajes colgados a la espalda, se deslizaban por aquellas sendas despejadas por los ciervos como si no les afectase la pendiente, como si hubiesen nacido para eso, decía mi padre. Y entonces, a veces, le quitaba el seguro al rifle y me obligaba a actuar igual que aquellos veteranos. Me echaba a correr con el arma cruzada al pecho, una mano en la culata y la otra bajo el cañón, y avanzaba bailoteando con los bordes de los pies sobre los surcos marcados por los ciervos en aquellas crestas tan pronunciadas. Hacía malabarismos con el rifle como si fuese una docena de huevos, el pecho agitado, viendo de reojo el espacio negro donde sabía que acabaría cayendo si tropezaba. Así se hace, gritaba mi padre a mis espaldas. Sin miedo.

Para cuando nací, ya era otra cosa. El pequeño terreno al que nos aferrábamos se quedaba sin arar, solo se cultivaba lo que subvencionaba el Tío Sam, en barbecho, entre desperdicios, arrancamoños, cardos y tabaco de conejo. Cultivos del Estado. Arriba, en las cumbres, los manantiales retrocedían hasta las entrañas de la tierra y solo había huellas diminutas de ciervos marcando el barro por el que pasaban. Los fantasmas que veíamos eran ancianos andrajosos, había muchos, trepaban por las quebradas, se les marcaban las costillas igual que a los ciervos, rostros como manzanas secas, trepando con las manos vacías por las riberas, y se desvanecían siempre entre las hojas muertas antes de alcanzar el bancal. Y luego estaban los confederados, una y otra vez, los confederados, sin apartar en ningún momento la mirada de la tierra que pisaban. Vimos a uno que no llevaba más que una gualdrapa y sus botas. Mucho más abajo, al pie de la montaña, el tráfico hacía sonido de viento.

Había días en que no subíamos y nos quedábamos sentados a orillas del río, sobre las rocas calientes, y él miraba los cerros jorobados que se alzaban más allá de los sicómoros y tenía una historia por cada repliegue, el ciervo que cazó en aquel punto, el lince que vio quince años atrás, el fantasma de la chica con el pie deforme. Métetelo bien metido en la cabeza, me decía, tú que tienes buena memoria. Me golpeaba con los nudillos por encima de la oreja, lo bastante fuerte para que doliera, y yo me lo metía bien metido en la cabeza. Podía cerrar los ojos y desplegar toda la cordillera en mi mente, cada rugosidad, cada elevación, el color de cada estación. Piensa, me decía, volviéndose a referir a los ciervos y a los fantasmas, no tienen otro sitio donde ir. ¿Y qué va a pasar?, decía. Al final tendrán que apretujarse todos en un mísero terreno de poco más de media hectárea, ¿y entonces qué? Con los dientes, arrancaba del cordel un trozo de tasajo y se ponía a amasar el pan blanco de la tienda hasta convertirlo en bolitas grises.

***

En la zona baja brotaban las segundas viviendas, más parecidas entre sí que las plantas del maíz. Entre ellas se hundía la casa en la que nació mi padre, por sí misma un fantasma en medio de todo aquel revestimiento de aluminio, engullida por las enredaderas y derrumbándose como si hubiese inspirado con fuerza una vez y jamás hubiese expulsado el aire. Estaba embargada, yo lo sabía porque lo había oído en el Stonewall, clausurada y en venta. Hasta leí el cartel de prohibido el paso, pero él me aseguró que no se refería a nosotros, y cuando me quedé paralizado ante aquel solar lleno de cardos, con miedo a los posibles fantasmas, me agarró del brazo y tiró de mí hasta el porche. El yeso se había desprendido de las paredes descubriendo los troncos que había debajo, el costillar de la casa, y la madreselva invadía la cocina a través de las ventanas. Dentro había golondrinas y avispas, de las normales y de las alfareras, y los muebles estaban recubiertos por una costra de mugre. Bajo el suelo anidaban serpientes y marmotas.

Entonces me dijo que subiera a la segunda planta, para asegurarnos. Me dijo que los peldaños no aguantarían su peso. Ve arriba, dijo, y echa un vistazo a ver qué hay. Yo negué con la cabeza. Sube, dijo. Me quedé callado sobre los restos de la barandilla desperdigados por el suelo. Ya me has oído. Ese día no llevaba su rifle, pero tenía el cuchillo de cazar ciervos. El que los abría en canal desde el esternón con un movimiento rápido, así de fácil. Lo desenfundó. ¿Quieres a tu padre?, preguntó.

Subí. Subí los peldaños con mucho cuidado porque estaban podridos y combados, y me paré en el rellano. Podía oír los resuellos de mi padre en el piso de abajo. Forcé el cuello para ver qué me esperaba allí arriba, en el pasillo, y la sangre empezó a latirme con fuerza en los oídos haciendo bum, bum, bum. Sigue, me susurró. El pasillo vacío ante mí, hedor a mierda de rata y haces de luz con motas de polvo, como en un sueño. Se me erizó la piel y el corazón me empezó a latir con tanta fuerza que ya no fui capaz de oír otra cosa, pero era muy consciente de que él seguía allí abajo, atento a mis pasos. Comencé a caminar. Las puertas estaban abiertas o habían desaparecido, y fui asomándome de soslayo a cada una de las habitaciones esperando encontrármelo. Estaban vacías, más vacías que las de abajo. Solo los dibujos de las manchas de humedad en el papel pintado y, al otro lado de los cristales de las ventanas, las enredaderas velando el perfil de las viviendas vacacionales.

Recorrí el pasillo hasta el final. La última puerta estaba cerrada. Supe que sería allí donde me estaría esperando.

Me acerqué y tanteé la puerta con la punta de la bota. Se abrió hacia dentro. En mitad del suelo había un montón de ropa color verde aceituna. Me obligué a entrar y la volteé con el pie manteniéndome lo más apartado posible, esperando que brotase un rostro agitado de entre los pliegues. Pero era ropa de trabajo vacía, cubierta de excrementos de rata.

Desanduve mis pasos por el pasillo, sin fantasmas. «Aquí arriba no hay nada, papá», le avisé desde lo alto. Le oí marcharse, echó el cerrojo a la puerta principal al salir. Cuando logré escurrirme por la ventana, él ya estaba en la otra punta del campo, a mitad de camino hacia la carretera, una espiga alargada y marrón impulsada a sacudidas por el viento a través de una tierra anegada de cardos.

***

Estaba en mi taburete del Stonewall Jackson dibujando ciervos con un boli, mi madre brumosa a mi lado durante su pausa para fumar, media mañana y ningún cliente salvo un par de tipos de fuera del estado que se susurraban confidencias en una mesa arrinconada. La puerta se abrió a nuestras espaldas y alguien exclamó: «¡Mona!», como si le sorprendiera encontrársela allí. «¿Cómo te va?». El taburete rechinó como una silla de montar cuando se sentó a horcajadas al otro lado de mi madre y pude ver que se trataba del sheriff.

–Ya ves tú, pues muy bien –dijo ella.

Él se puso a hablar del frío, de la sequía y del negocio. Le gritó a Minxie, que era el propietario del local y estaba sentado en la parte de atrás escuchando góspel mientras se comía su tostada con miel junto a la freidora, le gritó a Minxie que había oído que el McDonald’s ya estaba por fin en camino, ja, ja. Yo ya había acabado un ciervo bien grande y completé el dibujo con unas cuantas balas que volaban hacia su cabeza.

–Escucha –dijo finalmente el sheriff–. Se han estado quejando de Hector. Los de abajo.

Mi madre no dijo nada.

–Allanamiento, pero eso no es todo. También caza furtiva.

Ella machacó una colilla en el cenicero de la marca Kool.

–Solo quería que lo supieses –dijo el sheriff–. Antes de que me vea obligado a tomar cartas en el asunto. Ya sabes.

Ella siguió sin pronunciarse.

–No es que quiera tomar cartas en el asunto. Pero ya sabes cómo son estas cosas –dijo él.

–¿Quieres un poco de café? –dijo mi madre.

***

Empezó a pasarse todo el tiempo trasteando en la leñera, decía que estaba construyendo una cosa, pero no estaba construyendo nada. Me dijo que ni se me ocurriera entrar, lo que significaba que no tenía que ir a meter leña, así que por mí genial. Me planté frente al agujero del nudo, la leñera estaba reblandecida y del color de la lluvia a pesar de la sequía, y asomé el ojo a la oscuridad. Mi padre estaba sentado en un trozo de leña, manoseando la cadena del perro. Me giré para mirar a los perros apelotonados para combatir el frío bajo los arbustos de forsythia pelados que crecían junto a las paredes de la casa.

–¡Kit! –aulló mi madre desde la puerta trasera–. ¡Kit!

Me dijo que me pusiera a recoger los palos del jardín. La anoche anterior el viento había arreciado y no quería verme holgazanear. Temía que me acabase convirtiendo en un vago como mi padre. Vago y sin sesera, como el viejo en la leñera, saboreé la rima en la punta de la lengua. Arrojé los palos al prado donde estaba el viejo caballo con la grupa al aire y vi que giró un ojo turbio para mirarme. Viento seco de invierno, sin una pizca de humedad. Veía a mi madre asomada a la ventana de la cocina. Ella, aun siendo de aquí, odiaba este lugar.

Entré para calentarme. Estaba friendo hígado de ciervo y cebollas en una sartén de hierro.

–Ve a decirle a tu padre que venga a comer –me dijo.

–Me tiene prohibido entrar –dije yo.

–Te digo que vayas a buscar a tu padre –dijo ella.

–¡Papá! –le llamé desde fuera–. ¡Papá, que vengas a comer!

Teníamos unas cuantas pieles curándose en la pared de la leñera, y bajo los aleros colgaban las exiguas cornamentas de los ciervos que habíamos matado en los últimos años. Ratas almizcleras y mapaches despatarrados, sin ojos, sin hocico, mirándome desde los agujeros de sus caras, y, encima, los cráneos de los ciervos, vigilantes. Fuera de la leñera, huesos de animales, pensé, y, dentro, huesos de árboles. Huesos, huesos y más huesos. Vaya, ahora sí que corría el aire. Oí el chasquido de una rama grande montaña arriba.

Le dije a mi madre que papá no iba a salir. Ella arrojó el tenedor al fogón y salió dando un portazo, desabrigada.

El hígado y las cebollas se quemaron en la sartén.

***

Mi padre dejó dicho que no le metiesen en un hoyo. Dijo que le dejasen bajo un árbol grande, en lo alto de la montaña, pero al final le encajonaron en un cementerio con una cerca de estacas alrededor. Y con una línea de alambre de púas en la parte superior, para espantar al ganado. Desde entonces no he vuelto a ver fantasmas.

En la ciudad, os lo puedo asegurar, todo son rectas y ángulos, todo está lleno de aristas y esquinas, la vista se te rompe. La mirada no se escurre como lo hace en las montañas. No es que en casa haya espacios abiertos, eso es verdad, pero no hay asperezas, todo te entra fácil por los ojos. Y cuando te sitúas entre las crestas, el corazón te deja de latir en su sitio y comienza a resonarte por las costillas. No es como aquí, donde no hay nada que contenga el latido. Aquí, donde todas las superficies son planas y estrechas hasta el infinito.

A veces, en el umbral de la noche o durante la pausa para fumar en el trabajo, cierro los ojos y trato de desplegarlo todo tal y como él me dijo que podría hacer si lograba atesorarlo en mi cabeza. Pero ya no soy capaz de invocarlo.

Ahora lo único que puedo invocar es esto. El tacto de la tierra bajo mi espalda, mis rodillas. El olor del calor en una piedra.


Cuando oyen que la ambulancia pasa zumbando por el lecho del arroyo, su madre se traslada a la ventana que hay encima del fregadero y se apoya en la base de las manos con ese pánico que hierve en su interior, desde la punta de los dedos, pero que apenas se le nota, salvo por los ojos. Tiene los ojos evasivos, sobresaltados, como impacientes por abandonar su cabeza.

La mano con la que el anciano come, renuncia. También vacila, indistinguible bajo el ala del sombrero, pendiente del sonido del motor de ese vehículo –no hay sirenas– al que sigue refiriéndose como «coche de emergencias». Lindy aparta la vista de la cena de su padre. Espaguetis con sobras de ciervo, fideos pasados y una salsa de sabor fuerte, porque siempre aprovechan lo peor del venado para hacer carne picada. El anciano se aparta de la mesa con su pañuelo rojo aún encajado en la cintura del pantalón.

«No va a dejar que nos acerquemos a ella, ni hablar. No, ahora sí que no. No va a dejar que nos acerquemos ni un milímetro. No. Imposible». Es su madre, murmurando. La ambulancia retumba sobre el puente bajo de madera que hay al pie de la colina, cambia de marcha y emprende el ascenso hacia la casa.

Lindy sigue a sus padres hasta el jardín. No tiene abrigo de invierno porque ahora vive en un sitio cálido y a su madre se le olvida ponerse el suyo. Mientras esperan a que Eddie, el paramédico, salga de la ambulancia y les cuente lo sucedido, Lindy observa cómo a su madre le salen motas rosadas en los brazos a causa del frío.

«Lo siento de veras», dice Eddie. Sacude la cabeza mirando al suelo. «No he podido localizar el latido del bebé. Pero no quiere que la saquemos de allí. Es preciso que vaya a la clínica. No creo que queráis que lo tenga allí arriba».

Su madre continúa machacona, sin lágrimas. «No va a dejar que nos acerquemos a ella. No, eso está más claro que el agua, ni hablar. Ni un milímetro».

Eddie alza la vista. «¿Cuánto tiempo piensas quedarte por aquí, Lindy?».

Lindy lleva sin verle desde la graduación del instituto. Ahora se parece más a su padre que a sí mismo. «Solo las navidades», dice Lindy.

«Bueno, mandaremos a Lindy para que la haga entrar en razón», decide su padre.

Lindy le mira, incisiva. Ahí de pie, ridículo, con su bandana roja como si fuese un mandil bajo el chaquetón de camuflaje. Pero, dado que solo los visita una vez al año, no puede decir nada. En cualquier caso, lleva toda la mañana temiéndoselo.

Vuelve a entrar en la casa para cobijarse junto a la estufa de leña. Anoche, al llegar, estaba demasiado oscuro para distinguir algo. Ahora, la casa le impacta. Alta, angosta y de un blanco rugoso.

***

Todas las navidades, Lindy se sitúa frente a la cinta transportadora bajo los monitores electrónicos, junto a los demás pasajeros, bien vestidos y perfumados. A sus espaldas, en silencio y fuera de su ángulo de visión, el hedor a chaquetón de caza, a hombre poco aseado y a humo de leña que ha traído su padre desde la casa. Ella sabe que su padre tratará de incorporarse con su Chevrolet Citation roído por el óxido a la autovía del aeropuerto y que al final le obligarán a meterse en el arcén antes de que pueda adueñarse de su pequeña porción de carretera. Se quedarán sentados frente a frente en una mesa de plástico bajo luces fluorescentes en Leesburg, mientras él corta con su navaja un Big Mac en dos mitades, enjuaga la hoja afilada en un vaso de agua y la seca con su pañuelo.

Ella conoce la autopista de cuatro carriles que atraviesa el norte de Virginia, ni un bache en el asfalto, ni un desnivel abrupto, y el sol poniente, reacio y demacrado, detrás de las Blue Ridge. Atraviesan la última ciudad pequeña en la oscuridad. Abriendo túneles. A pocos kilómetros de la frontera estatal, la carretera se estrangula en dos carriles y el Citation castañetea en la pendiente y se arrastra hasta casi detenerse, antes de coronar la cresta y precipitarse como un rayo por el otro lado hasta acceder al lugar donde ella nació. Solo ciento sesenta kilómetros desde Washington D.C., una ciudad que no llegaría a ver hasta que cumplió los dieciocho.

Y entonces ya está de vuelta y nota de golpe todo el peso. Abriendo túneles. Cruzan pequeñas lagunas en las que las ramas de los robles casi forman una pérgola sobre sus cabezas, y los armazones de las casas sombrías, intermitentes, con sus exiguas enredaderas de luces navideñas. Irrumpen en breves claros, los graneros y los almiares se yerguen achacosos cada tanto, luego quedan atrás, sepultados en algún lugar a sus espaldas, la luz de los faros, apenas un destello en semejante oscuridad. Y a ambos lados del coche, la maleza muerta que le roza los codos. De un rubio sucio y alborotado a la escasa luz de las estrellas.

El anciano se pronuncia. «Dee-Dee tiene no sé qué problemas femeninos».

«¿A qué te refieres?», pregunta Lindy.

«Ni idea. Solo me han dicho que está teniendo no sé qué problemas con sus entrañas».

Lindy estudia su reflejo en la ventanilla. Contra la ladera de esquisto en retroceso, su rostro fijo, transparente.

«¿De cuánto está?».

«No lo sé. Seis. Siete meses».

***

Su madre le hace llevar dos bolsas de plástico de la tienda. Están repletas de judías verdes envasadas en casa, galletas dulces de Navidad y un pedazo de lomo envuelto en papel parafinado, la mejor parte del ciervo. Para volver hasta allí tiene que seguir el lecho de un arroyo que discurre seco casi todos los días del año, un trayecto demasiado accidentado para aventurarse con el Citation. Su madre y el viejo solo se refieren al padre del bebé como «el chico ese de los Shotzhouser». Sus padres y su hermana están otra vez sin hablarse, aunque vivan a poco más de un kilómetro y Dee-Dee y el chico hayan ocupado las tierras del viejo sin pagar alquiler. Se han atrincherado en algo que es más una autocaravana que un tráiler en medio de esas colinas desarboladas que en su día fueron pastizales, en los tiempos en que una persona podía ganarse la vida cultivando una tierra como esta. Y, aunque hace tiempo que vendieron el ganado, las vacas arruinaron el suelo para siempre. Hasta la última colina está descorchada con los surcos abiertos por sus pezuñas.

Lindy huele nieve, algo que nunca le pasa fuera de aquí. Se le pega fuerte a la parte posterior de la garganta, como deben de percibir ese tipo de olores los animales. Entonces ve el terreno baldío con la protuberancia del tráiler plantado encima, y se queda atónita ante la repentina violencia metálica de la castigada hierba invernal. Sube la pendiente segura de que el chico la va a echar en cuanto abra la puerta.

No hay mosquitera. Golpea en una puerta deforme hecha de ese material poroso con el que hacen las puertas de los tráilers. Al cabo de un rato, la puerta se abre apenas una rendija y lo primero que ve es que el chico de los Shotzhouser es aún más joven que Dee-Dee, y Dee-Dee solo tiene veinte. Se asoma con una camisa de franela a cuadros que le cuelga abierta mostrando el pecho desnudo de un hombre de aspecto flamante, con una especie de pureza. La imagen hace evocar algo en Lindy y, de repente, recuerda. Manos duras. Tierra amarilla. El sabor a sidra fermentada de sus bocas. Lindy empieza a comprender a Dee-Dee.

Se siente acomplejada con esa ropa de invierno que ha tenido que pedir prestada –el abrigo manchado de queroseno de su madre, botas de plástico de señora mayor–, sabiendo en el fondo que esto no es lo que tiene que sentir en un momento así. «Soy Lindy, la hermana de Dee-Dee», dice, y espera a que le digan que se largue.

El chico se muerde el labio inferior y su mirada se pierde en la distancia. Ella recuerda que puede que se llame Shane. «Creo haber oído un latido», dice el chico. Hace una pausa. Para que el labio recobre su forma, o eso piensa Lindy. «Entra y verás».

El tráiler está más sobrecalentado que un Cuatro de Julio. Suelta las bolsas en la penumbra, junto a la puerta principal, están todas las cortinas echadas y el único objeto perceptible es un acuario con agua iluminada del color de la orina. Desde la agobiante cocina llega un tenue hedor a platos de desayuno sin fregar. Yemas de huevo frito solidificándose en platos de plástico. Shane ya está desapareciendo por el estrecho pasillo, y Lindy le sigue con pasos inseguros hasta acceder a un diminuto dormitorio que apesta a sudor.

Lindy esperaba por parte de Dee-Dee su habitual hostilidad o engreimiento. Al final, ni lo uno ni lo otro. Ni siquiera un saludo. El rostro de Dee-Dee brota de la almohada como un nudo, drenado hasta el blanco y con un leve rastro violáceo. Sus ojos rojos destacan en su cara pálida como los de un conejo. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que la vio sin maquillar, y así, con la cara limpia, Dee-Dee recupera enseguida los diez años que les separan. Shane le ha descubierto la panza, hinchada y tensa, surcada de venas. Dee-Dee aguarda junto al chico.

«Ponle la oreja en la tripa, ya verás», susurra Shane. Tiene el pelo húmedo en las puntas, el pulso acelerado en la vena que se le abulta en la frente.

A Lindy se le ocurre que lleva sin tocar la tripa de su hermana desde que Dee-Dee tenía cinco o seis años. Al otro lado de la única ventana del dormitorio, se agazapa ese cielo bajo y espumante a causa de la nieve que se niega a caer. Lindy se pasa el pelo por detrás de la oreja, inhala y se inclina.

Puede sentir el calor que desprende la piel de Dee-Dee sin tocarla. Lindy se agacha en estúpida obediencia, despreciándose a sí misma. Pero no se sorprende. Ella se ha entregado a chicos parecidos, se ha visto en situaciones casi tan insensatas y mucho más peligrosas. Sabe que no va a captar ningún pálpito bajo la piel de su hermana. Ni siquiera presta atención. Se concentra en parecer que presta atención cuando ni siquiera roza el cuerpo de Dee-Dee. Tras lo que considera un tiempo más que suficiente, se vuelve a incorporar.

«Nada –dice–. Lo siento».

«No, no –insiste Shane. Hace una pausa y traga saliva–. Tienes que mover la cabeza por toda la tripa. Hay que escuchar en distintos puntos».

«Mira, ¿por qué no vuelvo a llamar a la ambulancia para que os lleven a la clínica? Allí tienen… instrumental más profesional».

Shane la atraviesa con una mirada llena de mordedura de serpiente. Cuando ella sale del dormitorio, él intenta cerrar dando un portazo a sus espaldas, pero al tratarse de una puerta tan endeble no logra producir más que un chasquido lamentable.

Ahora Lindy está sola en la pila de bloques de hormigón que les sirve de porche. El bloque en el que se sienta se tambalea. De debajo del tráiler sale disparado un gato blanco que se petrifica un momento al verla y luego desaparece como una bala por la parte de atrás. Está famélico, se le notan mucho los bultos de los hombros y de las caderas, y Lindy recuerda la primera vez que se marchó. En aquel entonces casi todos los perros y los gatos de fuera le parecían gordos. Ahora son los de dentro los que le parecen flacos. Esa es la diferencia. Mira la mugrienta tarrina de margarina que le sirve de comedero, los huesos de chuleta de cerdo esparcidos por todo el terreno, y no se le ocurre qué hacer. Todo ha vuelto a quedarse colapsado en el reducido terreno que aprisiona a este solitario terrón de vivienda angosta y campos exhaustos. Algo inmutable que nada en el mundo puede atravesar. Ni la televisión, ni las idas y venidas, ni los nacimientos, ni las muertes, ni los doce años que lleva viviendo fuera.

Su madre perdió a varios entre Lindy y Dee-Dee. «La familia de tu madre siempre ha tenido facilidad para preñarse y dificultades para parir», decía su padre. Las pérdidas explicaban, en parte, la distancia entre las hermanas, una distancia mucho mayor que la impuesta por la edad. A Dee-Dee la querían tres veces más, así es como se lo figura Lindy. En primer lugar, por la inevitable inclinación del amor hacia los más pequeños; en segundo, por cómo el amor de los padres parece fertilizarse con los más problemáticos; y en tercero, por todos esos bebés perdidos antes de que Dee-Dee finalmente lograra sobrevivir, haciendo de ella un tesoro que Lindy jamás tuvo oportunidad de ser. Pero Lindy aún conserva recuerdos de unos cuantos. Sangre que se arremolinaba en el agua del retrete, un acertijo en la taza manchada de óxido. Y para ella, con solo cinco añitos, sin saber si procedía de una persona o de las tuberías, era siempre igual de triste. En otra ocasión, su padre, al volver de la clínica, le dijo que el hermanito había muerto. «¿Y eso cómo?», preguntó Lindy. «Bueno –se le ocurrió a su padre–. Porque era del tamaño de mi pulgar». Entonces extendió el pulgar para mostrárselo y desde entonces Lindy lo vería siempre así. Un pequeño bebé pulgar, sin piernas ni brazos, con una carita infantil aplastada en vez de uña.

La puerta se abre tras ella. Se vuelve. La desesperación ha forzado a Shane a perdonarla.

«Te lo juro –dice Shane–. Lo oí. ¿Podrías volver a intentarlo?».

Esta vez Dee-Dee ha vuelto la cara hacia otro lado, tiene los ojos cerrados. Lindy se arrodilla, cierra también los suyos y se pregunta por qué no lo hizo así antes. Cerrar los ojos hace que sea mucho más fácil. Recluida en su cabeza, el hedor a sudor anónimo que le asaltó al entrar le resulta tan familiar como el olor a nieve de antes.

Es el sudor de la familia. El olor del sudor de su madre. De la propia Lindy.

De pronto, Lindy quiere creer. Quiere creerlo con todas sus fuerzas. Posa la oreja sobre la piel desnuda de Dee-Dee sin estremecerse. Se esfuerza en oír como lo haría si hubiese estado esperando ese segundo ruido en mitad de la noche. Fuerza el cuello, desliza la cabeza por toda la tripa, escucha en distintos puntos. Incluso vuelve la cara por si con el otro oído hay más suerte. Y se acuerda (lo había olvidado, pero ahora le vuelve, igual que le vuelve el acento en cuanto regresa a casa), se acuerda de lo muy equivocados que están cuando echan la culpa al descuido por todos esos embarazos. Cuando en realidad, recuerda Lindy, es justo lo contrario, es el extremo cuidado, una especie de atención plena (la ausencia de cosas mejores que hacer o que esperar, la falta absoluta de distracciones hasta la aparición de esa persona única, la expectativa de lo que está por llegar, la dilatación universal), una concentración que solo los más imaginativos y los desesperados pueden recuperar una vez cumplidos los veintidós.

Lindy espera. Su respiración se amolda a la de su hermana. Pero allí dentro solo se oye, distante, el leve ajetreo de las tripas de Dee-Dee.

Finalmente, se endereza con los ojos cerrados y niega con la cabeza en respuesta al chico. Acto seguido, los abre, y el corazón le percute con fuerza entre los pulmones. Se había olvidado de los espejos de cuerpo entero que cubren las puertas del armario justo enfrente de donde ahora se encuentra. Lindy, con sus botas embarradas, el abrigo rosa acolchado y embadurnado de salpicaduras de queroseno, su rostro duro, agrietado, exangüe salvo en la nariz. La nariz roja y como en carne viva. Por un momento es como si Lindy no se hubiese marchado nunca de allí.

En cuanto logra escapar al jardín, apoya la espalda en la pared del tráiler y se esfuerza por ver la lejanía. Le llama la atención el montículo arrasado por el ganado que se alza al otro lado del arroyo. El frío azota su aliento y lo hace visible, y ella se aprieta el pañuelo contra la boca y lo muerde, un hábito que se pierde en las brumas de su infancia. Lo rememora con el sabor de la lana húmeda. Un tiempo en que ella era muy pequeña, no más de siete u ocho años, puede fecharlo por el sabor de la lana, los cordones del gorro que le obligaban a llevar en aquel entonces. Ella y el anciano, no tan anciano en aquel entonces, sin la pérdida de expresividad del rostro en aquel entonces, y su tío Jerry, con su primo, el hijo de Jerry, al que llamaban Thumper. Los cuatro recorrían los límites de la finca por encima del viejo huerto de Hebert Still, marcando de nuevo con una hachuela los árboles cicatrizados que establecían sus lindes. Y al pasar junto a la vieja cisterna que quedaba del lado de Hebert, con una anchura del tamaño de dos bañeras juntas y el saliente de hormigón un poco por encima de la cabeza de Lindy, oyeron un chapoteo y un resuello en su interior. A saber cómo, una pequeña cierva se había quedado atrapada. Su padre la ayudó a subirse a una de esas gigantescas cajas de manzanas para que se asomara y, a continuación, los dos adultos y el primo Thumper se dispusieron a sacar a la cierva de allí dentro. Pero ni llegaron a tocarla. La pequeña cierva, una cervatilla de no más de un año, pataleaba frenéticamente, cercada y enloquecida a los ojos de Lindy. Los hombres comenzaron a azuzarla con unos tablones, y Thumper trepó hasta lo más alto y se aferró como una salamandra a la pared de la cisterna para descolgarse y lanzarle manotazos con el brazo extendido, haciendo todo lo posible por atraparla sin caerse, pero ni la rozaron. La cervatilla se apartaba nadando de uno a otro, del anciano a Jerry y de Jerry a Thumper, una y otra vez, dibujando una estrella. Hasta que se quedó exhausta y no le quedó más remedio que rendirse. Entonces la sacaron sirviéndose de los tablones y el tío Jerry la bajó en brazos y la depositó en el suelo, donde se quedó ligeramente contraída. Demasiado cansada para sacudirse o dar un coletazo, no digamos ya para escapar.

Lindy se percata de que lleva un buen rato filtrándose un murmullo amortiguado desde el interior del tráiler. Abandona lo que tenía en la cabeza y se pone a escuchar con más atención. Débil y constante, casi como un televisor oído a distancia, pero, de algún modo, mucho más inquietante.

El sonido la lleva a cruzar de nuevo el porche lleno de escombros y a entrar por la puerta combada. Procede del dormitorio. Avanza en silencio por la alfombra desgastada, detecta que la pata cruda de ciervo, que llevaba en una de las bolsas que soltó antes, empieza a cocerse o a pudrirse. Es difícil determinarlo. La puerta del dormitorio está ligeramente entornada. Sin apoyarse en ella, se asoma al interior.

Desde su ángulo solo puede ver a Dee-Dee desde los pechos para abajo. Shane se ha quitado la camisa de franela y le da la espalda, pero Lindy ve que aunque ya no está escuchando, tiene la cabeza tan inclinada que roza con el flequillo el ombligo de Dee-Dee. Lindy, en contra de su voluntad, avanza un poco hacia esa espalda desnuda. La perfección de ese torso. Lo poco que duran esas cosas por aquí.

En el sonsonete se percibe una especie de fervor. Lindy comprende que antes le fue imposible determinar de qué se trataba porque lo que recita Shane no son palabras. Aun así, los contornos del murmullo encienden un recuerdo en su cabeza. Una cadencia impresa en su sistema nervioso. Dieciocho años de mañanas de domingo y noches de miércoles acalambrada y reticente en un banco de iglesia. Lo que Shane salmodia es la cáscara de una oración. Un chico que conoce la forma de la oración, pero que nunca llegó a aprenderse la letra.

Lindy se desplaza para poder verle de frente en el espejo que hay al otro lado de la cama. De nuevo se siente casi abofeteada por su juventud. Su aliento planea sobre la piel de Dee-Dee. Ve cómo desliza la mano por su tripa, sobre el feto muerto, en círculos cada vez más estrechos. Cada cierto tiempo, en los intervalos de la cantinela, traza una crucecita con el dedo sobre la piel de Dee-Dee.

Ahora Lindy comprende de golpe lo que Shane está intentando hacer y retrocede bruscamente. La pared del pasillo le pilla desprevenida y choca de espaldas contra ella. Avanza a tientas por el salón, tropieza y se cae de rodillas antes de dar con la puerta. Se dirige a la parte posterior del tráiler, lejos de la casa, hacia el promontorio desarbolado. Está empezando a oscurecer, pero ella confía en llegar a tiempo a ese espacio abierto.


Jolo.

Dilo.

Di Jolo.

Jolo, el niño Jolo (en marcha).

En marcha a través de un aire tan pringoso como la sangre que le corre por dentro, el mismo calor que la sangre, la saliva en su boca, la saliva que le corre por dentro, de modo que ahí, en la oscuridad, ella se olvida de dónde acaba, se olvida de dónde acaba su piel, porque su piel no acaba, se extiende sin fin. En marcha con los olores de la espesura, los distintos olores verdes, por separado, y luego sinfónicos, por separado, y luego sinfónicos, el río bajo y embarrado, un olor fértil a putrefacción, olor a canícula de agosto. No es que huela mal, aunque se parezca bastante al olor a mierda, pero no deja de amar al río por eso, no, de hecho Connie lo ama aún más tiernamente por eso, por su podredumbre, por su indefensión, por culpa de la gente. En marcha con el zumbido de las ranas y los insectos, el chung, chung, chung, el crepitar de las criaturas diminutas, estratos de talones y gargantas y alas, una malla sollozante, también el sonido es una extensión de sí misma, el ruido del sexo que le hace fruncir la cáscara de la cabeza, el fruto del pecho, una vez más, y Connie no sabe dónde acaba su cuerpo, no lo sabe, otra vez, y dilo: Jolo. El nombre lleva incorporado una suerte de calor húmedo que se pega al fondo de la boca y debajo de la lengua, un calor de ya-sabes-a-qué-me-refiero. Sí que lo sabes. Lo llevan las propias sílabas incorporado. No, quiere decirle al policía, no se trata de eso, es lo que intenta decirle. Los incendios son calor seco, le dice, y el de Jolo es húmedo, basta con que diga su nombre: Jolo.

Pero Connie no se lo cuenta al policía. Cuando él le hace la pregunta que desencadena todo lo que significa estar con Jolo, ella ni siquiera lo piensa de manera racional, en palabras, así, pero igualmente lo piensa, de otra forma. Lo piensa todo de golpe, intuitiva, palpitante. Pero es igual. Arrinconada en el aparcamiento del supermercado, después del cierre, a donde la ha llevado en un Ford Fiesta una vecina que no encontraba a nadie más con quien dar una vuelta esta noche, y en este aparcamiento, cuando la vecina cruza como un rayo la calle para ponerse a cuchichear con los chavales que se apelotonan en otro coche, Connie intenta seguirla. Pero en el momento en que se deja ver a la luz de las farolas –una mole de culo gordo embutido en unos pantaloncitos de felpa–, el ayudante del sheriff grita su nombre desde donde está espiando, oculto en la sombra que proyecta la tienda. Le ordena a Connie que se acerque y cuando ella obedece le agarra las muñecas con sus dedos sudorosos sin molestarse ni siquiera en salir del coche. Le pellizca las muñecas desde el otro lado de la ventanilla, donde nadie puede verle en el aparcamiento, un policía engreído, recubierto con sus armas y su gordura, pero la primera vez que se lo pregunta, ella se queda mirando el chorreante helado con frutas y nueces que tiene a su lado en el asiento. Entonces él tira con brusquedad de sus brazos y la pulsera se le rompe, las cuentas ruedan por su regazo y Connie se encoge. Le vuelve a preguntar qué sabe de la implicación de Jolo en los incendios de este verano. Y, aun así, lo único que puede contestar ella, y ni siquiera en voz alta (no lo que cree, sino lo que sabe) es: Jolo. Di su nombre, y sabrás que no.

Sin embargo, Connie no lo sabe con certeza. En estos momentos no sabe más de la posible implicación de Jolo en los recientes incendios que del motivo por el que Jolo la ha escogido a ella, siendo esto último una fuente diaria de confusión. Aunque comprende, con una comprensión muy muy sofocante, el motivo por el que ella se siente atraída hacia él. El niño Jolo. Con su pecho estriado como la pana y su oreja fundida, la piel de la tripa y los brazos luminosos como destellos en el río. Al principio fue solo un cosquilleo, luego una atracción. Luego fue como esa necesidad irresistible de mirar cuando la enfermera te clava la aguja en el brazo. Luego, poco a poco, Connie fue aprendiendo y, sí, Jolo seguía siendo la piel, la oreja deforme como un capullo de rosa, un animal nuevo del que ocuparse, pero, por encima de todo, Connie fue aprendiendo.

Connie, por su parte, no es ni deforme ni deseable. Nació, ella lo sabe, con una cara ligeramente equivocada. Sus caderas y sus muslos crecieron, se hicieron enormes, tal y como les pasaría luego a las demás chicas, es cierto, al poco de acabar el instituto, pero eso, en lugar de inspirar simpatía por Connie, lo que hizo fue que la ignorasen aún más. Como si Connie fuese una premonición carnosa que nadie quería reconocer, prematuramente madura incluso para un lugar en el que la madurez puede atacar cuando ya se han cumplido los veinte. Así que, durante dieciséis años, Connie pasó desapercibida, en casa, en el colegio, un ruido de fondo, una figura entrevista por el rabillo del ojo, nunca lo bastante interesante para ser odiada y ni siquiera lo bastante fea para llamar la atención. Y, aun así, Jolo, ese verano, la eligió a ella.

Los veranos del lugar donde vivían. Una presión sorda que duraba tres largos meses, una estación invasiva, la propia tierra a punto de reventar, todo rebosante, hasta que uno mismo (especialmente a los catorce, a los quince, a los dieciséis) parecía que iba a reventar. Rebosante. Connie se crió más entre plantas que entre gente, como todos, y había que ver cómo se esforzaban, cómo se esforzaban para reventar y que brotase la baya, la nuez, el tegumento, la mazorca, como si fuesen seres por cuyas venas corriese savia en lugar de sangre. Y ese verano, casi cada dos noches, Jolo recorre quince kilómetros de montaña en una bicicleta de una sola marcha con asiento en forma de plátano, la mayor parte de bajada y en plena oscuridad, y luego de vuelta a oscuras cuesta arriba, Jolo en marcha. La bicicleta iluminada por un único reflector y Jolo demasiado corpulento para el cuadro de la bici, contraído por encima del metal, en marcha, una mantis religiosa sobre ruedas diminutas. Él está viviendo ese verano con sus abuelos, gente chapada a la antigua que no tiene teléfono, pero cuentan con una cabina no muy lejos de casa, en la carretera comarcal, y Jolo puede oírla desde la ventana de su cuarto. Connie deja que suene una y otra y otra vez, mientras Jolo trota hasta la cabina y descuelga el auricular. Y entonces no tienen nada que decirse.

Sí, durante los dos primeros meses, se comunicaron solo con las manos.

Connie espera junto al río sobre una manta de ganchillo deshilachada. Connie agazapada en ese hedor del río, el hedor a cosas muertas y a cosas a punto de nacer, y el gran órgano de los insectos, ascendente, cada vez más potente, hasta que oye la bicicleta de Jolo doblando los arbustos. Llega hasta ella y ya saben que no tienen nada que decirse, así que él simplemente se deja caer y se ponen en marcha juntos. Se han puesto en marcha. Los pescadores nocturnos sobre las aguas, ebrios y balbuceantes, que hay que evitar y el único tren nocturno, aullando su desolación, y el polen del maíz como una sensación verde al fondo de sus gargantas, no del todo un olor, no del todo un sabor. Se han puesto en marcha. La tripa de Jolo y su espalda resplandecen lustrosas incluso en la oscuridad, puede que sobre todo en la oscuridad, y le agarra la mano a Connie y le dice, «Aquí. Pon los dedos encima».

No, los dos primeros meses apenas hablaron. Junio, julio, así que, durante mucho tiempo, Connie solo supo la versión del condado sobre el incendio ocurrido once años atrás. Una parábola aterradora que los padres contaban a los niños que jugaban con cerillas. Así que la familia de Jolo ya serpenteaba por los sueños de Connie mucho antes de que recordase haberlos visto en persona, una galería de fragmentos llameantes, imágenes en parte imaginadas y en parte oídas. Ella ve las suelas pegajosas de las botas fundidas del padre de Jolo, despatarrado e inconsciente en el sofá. A la madre de Jolo cayendo en picado por una de las ventanas laterales de la casa, a Tía Ruby Nickelson embistiendo hacia dentro para rescatar a su hijo, Bony (ahora conocido por el nombre con el que se presenta en el púlpito: Dan, el Pequeño Pastor). Al hermanito abandonado de Jolo, un bebé, una cosa negra, encogido en una cama calcinada. Y, muy de vez en cuando, se imaginaba también al propio Jolo –desdibujado, como salido de una viñeta, siempre difícil de imaginar, hasta en el verano en que Jolo la escogió–, sí, al pequeño Jolo, de cuatro años, saliendo a trompicones del muro de fuego por sus propios medios. «El niño ese de los Vix que se quemó en el incendio de aquella casa que había en el Monte Webb», así es como llaman a Jolo en el condado, por lo que, en la época en que Connie tenía cinco o seis años, las palabras «Monte Webb» arrastraban aquella secuencia: padre desmayado, madre rota, primo salvado, bebé muerto, Jolo achicharrado.

Pero Jolo, cuando empieza a hablar, más tarde, en agosto, cuando, después de poner en marcha sus cuerpos, se queda un rato con ella, Jolo le cuenta a Connie que el incendio no fue la primera vez. Le cuenta que la primera vez él era más pequeño aún, un recién nacido en su parque para bebés, y se coló un gato callejero en la habitación. El gato se deslizó a hurtadillas bajo sus mantas y se puso a robarle el aliento por la boca, a punto estuvo de matarle por asfixia antes de que su padre los descubriese y moliese a palos al gato con un cubo de basura metálico. «¿Eso te lo contó tu madre?», pregunta Connie. «No. No, –dice Jolo–, de eso me acuerdo yo». Y solo unos años después del incendio, en Nueva Jersey, la vez en que unos cuantos miembros de la familia sufrieron un accidente que mató a un primo que salió proyectado del coche y arruinó los dientes a la madre de Jolo, Jolo le cuenta, asegurándole que de esa vez no se acuerda, que se golpeó muy fuerte en la cabeza. Y desde entonces ha habido unas cuantas veces más, dice Jolo. Pero esas no las cuenta.

Poco a poco, le dice que no es como si algo estuviese tratando de matarle, sino que no llegó a nacer del todo. Dice que una parte de él se quedó en algún otro lugar previo desde donde sigue intentando arrastrarle de vuelta. Dice que la iglesia no le sirve de nada porque es el pasado y no el futuro lo que tira de él. Y cada vez que se libra por los pelos de la muerte, se acerca a lo espiritual de otra forma. Y aunque el primo de Jolo, Bony, se ha convertido en un niño evangelizador, Jolo le dice que no. Que Dios no acude a los avivamientos. Dice que no. Dios no acude a ningún avivamiento.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
13 kasım 2024
Hacim:
188 s. 15 illüstrasyon
ISBN:
9788419288165
Yayıncı:
Tercüman:
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