Kitabı oku: «Si te sientes identificada, huye»

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Si te sientes identificada, huye

Anna Abril Paltré

ISBN: 978-84-19042-88-0

1ª edición, julio de 2021.

Editorial Autografía

Calle de las Camèlies 109, 08024 Barcelona

www.autografia.es

Reservados todos los derechos.

Está prohibida la reproducción de este libro con fines comerciales sin el permiso de los autores y de la Editorial Autografía.

Sumário

CAPÍTULO 1. PRIMERA CITA

CAPÍTULO 1. BIENVENIDA AL INFIERNO

CAPÍTULO 2. PRIMERA MENTIRA

CAPÍTULO 2. PRIMEROS CELOS

CAPÍTULO 3. ADIÓS VIRGINIDAD

CAPÍTULO 3. PRIMERA VIOLACIÓN

CAPÍTULO 4. ES UN CHICO TÍMIDO

CAPÍTULO 4. PRIMER AISLAMIENTO SOCIAL

CAPÍTULO 5. PRIMER DESLIZ

CAPÍTULO 5. PRIMERAS INFIDELIDADES

CAPÍTULO 6. VALOR Y VALORES

CAPÍTULO 6. VALENTÍA Y COBARDÍA

CAPÍTULO 7. INDEPENDIZADOS

CAPÍTULO 7. DEPENDIZADA

CAPÍTULO 8. CONVIVENCIA

CAPÍTULO 8. SUPERVIVENCIA

CAPÍTULO 9. DE VUELTA A LA CIUDAD

CAPÍTULO 9. PRESA EN LA CIUDAD

CAPÍTULO 10. SOLO HA SIDO UNA VEZ

CAPÍTULO 10. AGRESIÓN FÍSICA

CAPÍTULO 11. AIRE FRESCO

CAPÍTULO 11. EL AMOR NO ESTÁ SOBREVALORADO

CAPÍTULO 12. TOQUE DE QUEDA

CAPÍTULO 12. ENCERRADA FUERA

CAPÍTULO 13. LA ACEITERA

CAPÍTULO 13. BIMBA ES DE QUIEN ESTÁ CON ELLA

CAPÍTULO 14. ¿QUIÉN ESTA AHÍ?

CAPÍTULO 14. DEFINITIVAMENTE, BIMBA NO ES TUYA

CAPÍTULO 15. EL DÍA QUE DEJÉ DE QUERERTE

CAPÍTULO 15. NUNCA ME QUISO

CAPÍTULO 16. SANGRANDO

CAPÍTULO 16. DESANGRÁNDOME

CAPÍTULO 17. COMO SALÍ

CAPÍTULO 17. DE VUELTA AL MUNDO

CAPÍTULO 18. VIDA NUEVA.

CAPÍTULO 19. NOVIEMBRE, ENCAJANDO LAS PIEZAS DEL PUZZLE

CAPÍTULO 20. ARMARIO NUEVO

CAPÍTULO 21. HIRVIENDO POR DENTRO

CAPÍTULO 22. DENTRO DEL CAPARAZÓN

CARTA A MI MISMA:

CARTA AL LECTOR

AGRADECIMIENTOS

A ti, iaia. Ojalá tus ideas se hagan siempre realidad, como ha pasado con mi libro.

A mi madre, por haberme dado la vida y haber permanecido en ella de forma tan incondicional.

Al amor de mi vida, por haber sabido captar mi esencia cuando ni siquiera yo era capaz de encontrarla.

A mí misma, por ser la mujer más fuerte que conozco.

Y a todas las mujeres del mundo: juntas somos poder.

Cualquier coincidencia con la realidad no es coincidencia.

Si estás leyendo esto, quiero contarte algo: yo no salí de una relación para meterme en otra, no. Yo salí de un INFIERNO para poder tener una relación sana e igualada. Me explico, empezaré desde el principio:

Yo veraneaba en un pueblo costero precioso, a dos horas y media en coche de Barcelona. Íbamos hasta allí con mis padres, mi hermano y mis abuelos en un vehículo de siete plazas, cantando y jugando a las adivinanzas. Mi abuelo iba sentado en la parte de atrás, junto a todas las maletas, pues así aprovechaba para dormir.

Adoraba pasar las vacaciones de verano allí: significaba estar a tiempo completo con toda mi familia (padres, hermano, abuelos, tíos, primos…), me sentía muy cómoda, me encantaba la sensación de sentirme querida. Además, mi familia siempre ha sido la típica de celebrar todo lo celebrable e invitar a muchos amigos y amigas, así que ya me veis: durmiendo en el suelo del comedor con mi hermano como si estuviéramos de camping para ceder nuestra habitación a los invitados. Y yo feliz de poder vivir estos momentos de acampada con él, pues siempre ha sido mi confidente, y estas noches significaban poder hablar hasta las tantas sin más preocupación que la de que nos pillaran nuestros padres.

Todas las mañanas íbamos a la playa. No encontraréis un agua tan fría como la de Port de la Selva (sí, así se llama mi querido pueblo), pero tampoco tan cristalina. Me pasaba horas y horas tostándome al sol para después tirarme directa al antártico. No, esto último es broma, de directa nada, soy la típica que primero mojo un pie, salgo corriendo, vuelvo a entrar para mojarme los dos, sumerjo las muñecas y me paso un poco de agua por la nuca para que no me dé un corte de digestión (del desayuno que he tomado hace tres horas y media), me mojo la barriga y, finalmente, entro chillando para que toda la playa y el pueblo de al lado se entere de que, por fin, me he tirado al agua. Todo esto ante la expectación de mi familia y amigos que, entre risas y para nada extrañados, están animándome pero a punto de volver a salir, arrugados, del tiempo que hace que me esperan.

Por las tardes, dormíamos la siesta y luego salíamos a pasear por el pueblo mientras comíamos un helado. Luego, subíamos a la azotea y hacíamos una barbacoa de carne o sardinas. Solíamos ser más de veinte personas, así que mientras unos ponían la mesa, mi abuela preparaba el pollo o las sardinas aliñándolos y mi abuelo y mi tío encendían el fuego. Aún tengo la imagen de los dos sin camisa, secador de pelo en mano, dando viento a la barbacoa para que el fuego prendiera más deprisa.

Yo, presumida de serie, me arreglaba para la ocasión: sombra de ojos, pintalabios y hasta purpurina en el pelo. Estaba todo el día pensando en el modelo de ropa que me pondría para la cena y subía toda digna a escuchar los elogios de los mayores.

Después de cenar, salía con el grupito de amigas que había formado allí: Dúnia, Alba, Sonia y Maria. Solíamos ir a tomar algo al chiringuito del paseo marítimo para luego estar a las 00 h en casa, aunque mis padres nunca me pusieron hora para regresar, siempre me han permitido autorregularme sola y yo nunca me pasé de la raya. No hubo día en el que llegué más tarde de lo que dicta el sentido común, y no porque no me lo estuviera pasando bien, sino porque no quería hacer sufrir a mis padres, sobre todo a mi madre, que es sufridora de nacimiento y si estaba mucho tiempo sin saber de mí se asustaba. La entiendo, a mí también me pasaría.

Y así pasábamos el verano: entre familia, amigos, barbacoas, playas y helados. Pero llegaba el más temido, pero a la vez amado mes del año: septiembre. Y es que la rutina volvía a empezar, y eso era necesario, pero significaba que terminaba verano y, en consecuencia, estar rodeada de tanta gente querida. Aun así, a mí me gustaba volver, reencontrar mi piso de Barcelona y todos mis juguetes, el olor de mi hogar, mis rincones de nuestra casa favoritos y esa oportunidad de volver a empezar, intentar sacar mejores notas que el curso anterior, estar más atenta en clase, hacer los deberes el primer día… Y enfadarme menos, porque siempre he dicho que tengo un chihuahua interior que de vez en cuando, sobre todo cuando tengo hambre, sale a morder al primero que se atreva a poner a prueba mi paciencia.

Este bendito carácter se lo debo a mi abuelo, una de mis personas favoritas en el mundo. Con él puedo hablarlo absolutamente de todo, incluso de temas de sexo. A día de hoy, tiene 96 años y es más abierto de mente que muchos jóvenes. Llevamos hablando cada día por teléfono desde que tengo uso de razón. No hay día que no hable con él, a veces sobre temas más banales y otras sobre temas más profundos, pero la cuestión es escucharle la voz y decirle “te quiero”. Siempre que he tenido una preocupación ha sido la primera persona que se me ha pasado por la cabeza para contársela y escuchar atenta su opinión al respecto. Además, es una persona equilibrada: tiene mucha paciencia y sabe escuchar, pero no le toques demasiado la moral porque tiene tanto genio como bondad. Así somos y así seremos, porque si él en 96 años no ha conseguido más que apaciguarse un poquito, ¿qué tengo que esperar? Todo el mundo dice que somos calcados, y orgullosa que estoy.

Prosigo. Empezaba septiembre y con él las compras de libros de texto y su rutina de forrarlos y luchar con las burbujas de aire que quedaban entre la cubierta y el plástico. Mis padres tenían ya un máster: utilizaban los biberones de mi hermano pequeño a modo de rodillo para que ninguna de esas endemoniadas se atreviera a permanecer allí, dejándome sin diversión para hacerlas explotar durante las horas de clase.

Aquel año iba a cursar segundo de la ESO y, con él, aunque en aquel momento no lo supiera, empezaba mi historia de terror camuflada de romanticismo.

El curso ya iba viento en popa, íbamos a terminar el segundo trimestre y faltaba muy poco para las vacaciones de Semana Santa. Estaba muy estresada porque iba a suspender matemáticas y sociales, asignaturas innecesarias a mi parecer, con las que nunca me llevé bien. ¿A quién le importa que sepa el valor del número E o hacer a mano la raíz cuadrada de 1709 con las tecnologías que hay hoy en día? Y ¿qué más da aprenderme todos los ríos y afluentes de la península si hay carteles que indican sus nombres en cada puente por el que pasamos? Pues eso, que las suspendía. Pero estaba feliz porque volvíamos a mi querido y añorado pueblo. Otra vez sentiría esa paz mental, podría leer en la orilla del mar, ir a mi rincón favorito del mundo donde tantas horas habíamos pasado mi abuelo y yo conversando y arreglando la sociedad, otra vez rodeada de familia y amigos…

Cuando de repente me conecté al Messenger (plataforma online para mandar mensajes instantáneos) y me abrió conversación un chico, EL chico:

—¡Hola! ¿Qué tal?

—Hombre, ¡hola! ¡Cuánto tiempo! ¿Qué haces por aquí?

—Pues mira, que estaba haciendo limpieza de contactos y, como te has conectado, he pensado abrirte. ¿Qué me cuentas?

—Pues mira, un poco triste porque el chico que me gustaba me dejó de hablar hace un mes, ya que le gusta mi mejor amiga del pueblo, estresada porque voy a suspender mates y sociales, pero feliz porque subiremos a Port y podré desconectar de la rutina.

—Ostras, siento lo de tu novio… Si quieres puedes salir conmigo…

—¿Contigo? Si no nos conocemos ja, ja, ja. Seguro que es una broma. Hazme una perdida a ver si eres tú (689576435).

—Voy.

(Llamada perdida)

—De acuerdo, me ha llegado la llamada. ¿En serio quieres salir conmigo?

—Sí.

—Pues no, porque no nos conocemos. Primero tenemos que pasar por la fase “amigos” y luego novios. Pero de conocidos a novios ni hablar.

—Ja, ja, ¡hecho! ¿Quieres ser mi amiga?

—Muy gracioso. Tengo que irme a cenar, si quieres mándame un sms luego.

Y el mensaje llegó, pero a la mañana siguiente.

¡Hola! ¿Quieres salir conmigo? Espero que tengas un buen día.

Me sentía emocionada y extraña al mismo tiempo. Yo tenía trece años, y él 16. Sentía cosquillas en la barriga al imaginarme saliendo con un chico tan mayor. Sería la primera de la clase en tener novio. Madre mía, ¡novio! ¿Y mis padres? ¡Por Dios, si todavía no le había dicho que sí! Pero no le conocía en persona. ¿Y si era un pervertido? No creo, mi amiga le conocía y me había contado que era un chico normal. ¿Y si no estaba preparada? Además, vivía en Gerona, muy lejos de Barcelona… ¿Cómo lo haríamos para quedar? Pero era mayor… y me había pedido salir dos veces, si le decía que no igual me dejaba de hablar… ¿qué tenía que perder? Y le contesté.

Hola! Pues… la verdad es que quiero salir contigo, pero no estoy segura porque no nos conocemos en persona y vivimos lejos. ¿Tú estarías dispuesto a venir a Barcelona? Mis padres no me dejan salir ni del barrio…

La respuesta llegó al cabo de pocos minutos.

Tranquila, puedo bajar en tren. ¿Te va bien el 19 de marzo? Es el primer día de Semana Santa.

Estaba dispuesto a desplazarse, eso es un punto. Y había decidido esperar a que fueran vacaciones. Pero nos vamos a Port… Tenía que hablar con mis padres antes y negociar el día de partida.

¡Genial! Luego hablo con mis padres y te confirmo la hora.

Cuando llegué a mi casa me encerré en mi habitación y llamé a mi amiga Elena para contarle todo con pelos y señales, pues en el colegio no habíamos podido hablar, había demasiada gente cotilla y ya aprendí la lección cuando se lanzó el rumor de que estaba saliendo con Ramón, un chico de mi clase. ¡Que hasta se enteraron los profes! Lo dicho. Que llamé a Elena. Le conté lo del mensaje, que me había pedido salir y que tenía que conseguir el permiso de mis padres para irnos un día más tarde al pueblo.

—Tía ¡Qué fuerte! ¿Y qué piensas hacer? —me preguntó intrigada.

—Pues… esta noche hablaré con ellos, espero convencerles, la verdad, porque me ha pedido salir dos veces y encima me ha dicho que podía bajar… Si le digo que no, igual no vuelve a hablarme, ¡que me confesó que me quería borrar de sus contactos!

—¿Cómo que te quería borrar? —gritó sorprendida, y me la imaginé abriendo esos ojos suyos oscuros tan redondos y arrugando su nariz.

—Pues como lo oyes, me dijo que estaba haciendo limpieza de contactos y que un poco más y me borra. Porque me conecté y decidió hablar conmigo a ver qué tal, pero si no… ¡me habría borrado!

—Ostras, ¡pues es muy fuerte! Si no te hubieras conectado ya no habríais empezado a salir…

—¡No estamos saliendo! —le remarqué—. Solamente me lo ha pedido, pero aún tengo que decirle que sí.

—Bueno —se rió mi amiga—. ¡Pero ya se da por supuesto que saldréis!

—En fin, tengo que colgar. Ha llegado mi madre y quiero hablar con ella cuanto antes.

Colgué el teléfono apretando fuerte el botón, no funcionaba bien y a veces quedaba mal colgado. Acto seguido fui al comedor y llamé a mis padres, nerviosa. Me temblaba el cuerpo entero.

—¡Mamá! ¡Papá! ¿Podéis venir un momento? Tengo que contaros algo…

—Uy, ¿y a qué se debe tanta intriga? —me preguntó mi madre.

—Pues… es que… ¡tengo novio! —les dije con algo de miedo inexplicable en el cuerpo. Me entró la risa floja de los nervios, pero me intenté calmar, al fin y al cabo, eran mis padres, podía confiar en ellos, no entendía por qué estaba tan nerviosa.

—¿Ah sí…? —me preguntó mi madre algo extraña—. Y, ¿de dónde es este chico?

—Pues… —dudé— es de Gerona… —dije más susurrando que en voz audible.

—¿De Gerona? Un poco lejos, ¿no? —se sorprendieron los dos.

—Pues sí… Pero está dispuesto a venir en tren hasta aquí, ¡no tendría ni que moverme del barrio! —solté las palabras una tras otra, sin dejar tiempo al espaciado.

Se hizo el silencio, pues ninguno de los dos estaba muy convencido. Y, después de intercambiar miradas, dijo mi padre:

—Y… supongo que querrás quedar con él, ¿no?

—Pues sí… Eso iba a comentaros… —dije con los ojos entrecerrados, como si alguien me estuviera regañando, como cuando cae un relámpago y esperas el ruido del trueno.

—A ver, suéltalo ya —me cortó mi madre impaciente.

—Pues… resulta que he quedado con él el primer sábado de Semana Santa… Por la mañana. Ya sé que nos vamos a Port y…

—Hombre, Mía, ni hablar del peluquín. Nos vamos el viernes, no puede ser. Queda con él otro día, pero el sábado no —empezó mi madre.

—¡Por favor! ¡Si solamente quedaremos un rato, y luego ya podemos irnos! ¡Las vacaciones son muy largas y estaremos muchos días allí, no viene de uno! —supliqué.

—Bueno, ya hablaremos del tema mañana —zanjó mi madre.

—Pero ¡es injusto! —me quejé—, no me drogo, no bebo, no fumo, saco alguna buena nota, no armo follones en clase, colaboro en casa… ¿Qué más queréis? ¡Si soy una hija ejemplar!

—¡Ja, ja, ja! ¡Es tu obligación! Vaya con la niña. ¡Y nosotros te mantenemos! – contestó mi madre.

—¡Pues no haberme tenido! —grité enfadada. Y me levanté para irme, ruborizada de la rabia, a mi habitación.

—Ay, Mía, todo termina siempre con una bronca contigo. No hay día que no te enfades por algo.

Me encerré en mi cuarto y empecé a llorar. ¿Qué pasaría si le decía que no? No querrá volverme a hablar, me borrará de sus contactos y no sabré nada más de él. Adiós a tener novio, adiós a estar con un chico mayor que yo. Y encima parece majo. ¿Dónde encontraré a alguien capaz de viajar de una ciudad a otra por mí?

Lloré desconsoladamente de la impotencia, de la rabia que me daba no sentirme comprendida. ¿Qué les costaba a mis padres ir un día más tarde al pueblo? ¡Nada! Pero no les daba la gana, y eso me crispaba por dentro. El hecho de que otra persona tuviera el poder de decidir sobre mí me ponía histérica. Aunque esa persona fuera mi padre o mi madre, me daba igual. Nunca me ha gustado eso y, en aquel entonces, aunque tuviera 13 años, seguía sin hacerme gracia. Era dejar parte de mi felicidad en manos ajenas, y por ahí no pasaba. Así que tomé una decisión: ayudaría a mi hermano con los deberes a cambio de que me ayudara a convencer a mis padres.

Al día siguiente me despertó mi madre, como todas las mañanas, para ir al colegio. Tardé menos de lo habitual, pues quería demostrarles a mis padres que merecía que atrasaran un día el viaje al pueblo. De camino a la escuela, mi madre aprovechó el trayecto que hacíamos las dos en moto para soltarme la típica charla de Mía, no puedes ser así. Eres muy pequeña para tener tanto carácter. Es que te pierde la boca. Ese carácter no te llevará a ninguna parte, porque la gente se va a alejar de ti cuando vea que les contestas mal. A nadie le gusta que le peguen un bufido, y menos a nosotros, que somos tus padres. Merecemos un respeto. Charla a la que asentí como una oveja, agaché las orejas y le di la razón. Hecho que a ella le pareció muy sospechoso y me dijo:

—Uy, qué mártir te has vuelto. A ver, ¿qué quieres? Quedar con ese chico, ¿verdad?

—Mamá, ¡está dispuesto a venir hasta Barcelona! ¿Qué más quieres? Es atento, se preocupa por mí y tiene en cuenta que no me dejáis ni siquiera salir del barrio.

—Tienes 13 años.

—Sí, pero eso no le quita mérito. Mamá, por favor, ¿qué más os da? Si solamente se atrasa un día la partida hacia Port, UN DÍA.

—Bueno, está bien. PERO tendrás que ayudar a Dani con los deberes. Y quedar con este famoso chico por la mañana TEMPRANO. Nada de quedar por la tarde que yo quiero comer allí.

—¡Gracias, mamá! ¿Te he dicho ya que eres la mejor madre del mundo?

—Anda, anda, no me hagas la rosca que se te ve el plumero.

Al bajar de la moto tenía una sonrisa de oreja a oreja. Por fin podría confirmarle a Ricardo —sí, así se llamaba EL chico— que íbamos a vernos. Durante la hora del patio me escondí en uno de los lavabos de abajo y le mandé un sms:

¡Hola! He hablado con mis padres y me han dicho que puedo quedar contigo el sábado que habíamos hablado por la mañana. Luego nos iremos al pueblo.

Las clases se me hicieron eternas, estaba impaciente por ver si me habría contestado o no, así que no estuve muy atenta a lo que explicaba el profesor de catalán, el cual, por cierto, tenía una cara de chiste que no podía con ella. A veces, me pillaba aguantándome la risa y me preguntaba que qué era lo que me hacía tanta gracia, que él también quería reírse. Yo, por dentro, pensaba que si supiera realmente el motivo no le haría tanta gracia.

Y así pasé el día, entre clases, nervios y amigas. Iba a segundo de la ESO, ¿qué más podía pedirme el mundo?

Cuando salí del colegio no tenía ningún mensaje. ¿Se habría olvidado de mí? Cogí el autobús para irme a casa. Me gustaba el trayecto, mirar por la ventana e imaginarme historias. Tengo mucha imaginación.

Justo al llegar a casa sonó mi móvil:

Hola guapa, ¡qué bien que te dejen quedar! Pues ¿te parece bien que venga sobre las 10 h?

¡Por fin! Se me había hecho eterna la espera. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Esperar? ¿Contestarle ya? Esperaría un tiempo prudencial por no parecer desesperada y luego le contestaría amable.

Fui a dejar la mochila en la habitación y, al pasar por delante de la cocina, mi madre soltó:

—Uy, parece que aún te dura la sonrisa de esta mañana. Así me gusta, que estés de buen humor.

Al entrar, cerré la puerta y escribí:

¡Genial! Tengo ganas de verte en persona.

CAPÍTULO 1. PRIMERA CITA

CAPÍTULO 1. BIENVENIDA AL INFIERNO

Llegó, al fin, el famoso sábado. El día en que conocería al chico que, desde luego, cambiaría mi vida por completo.

Estaba nerviosa, no, nerviosísima. Me cambié de ropa un millón de veces antes de decidirme. Y, cuando estaba vestida del todo, me vi reflejada en el espejo de la habitación de mi madre mientras hablaba con ella y fui directa a cambiarme otra vez. ¿Cómo había podido elegir este pantalón? ¡Me quedaba fatal!

Estaba cambiándome cuando, de repente, sonó el interfono. Imposible que fuera él, habíamos quedado 45 minutos más tarde. Escuché a mi madre al otro lado del pasillo: sí, ¡sube!

¡¿SUBE?!

—¡Mamá! ¿Qué significa sube? —grité desde mi habitación mientras intentaba andar y meter la pierna en el camal del pantalón a la vez.

—Hombre, Mía, pues que yo quiero verle la cara. ¿Y si es un violador? ¿O un secuestrador? Yo tengo que verle la cara para luego describirlo en comisaría.

—¡Pero mamá! ¿Cómo voy a presentártelo el primer día? ¡Por favor, qué vergüenza! —supliqué, intentando quitarle la idea de la cabeza, aunque sabía perfectamente que habría sido más fácil enseñarle a hacer el suricata a un perro que hacerla cambiar de opinión.

—Mía, salgo, le veo la cara y me vuelvo a meter dentro de casa, pero yo quiero verle la cara, y no se habla más del tema. Punto final —sentenció mi madre.

Aterrorizada anticipando la catástrofe abrí la puerta y, ahí estaba él, sonriendo tímido porque, por supuesto, había escuchado toda la conversación desde el otro lado de la puerta.

—Hola… —saludó.

—¡Hola, guapo! Soy la madre de Mía —se autopresentó mi madre.

—Vale, mamá, ya le has visto la cara, ahora métete para dentro y deja de molestar —le dije a mi madre con una mirada de por favor, por una vez en tu vida, HAZME CASO.

—Bueno, chicos, pasadlo bien. Mía, sé puntual. Aquí a las 11.30 h COMO MUY TARDE —se despidió.

—Sí, mamá. Adiós.

En cuanto mi madre cerró la puerta, me giré y le besé. Me salió instantáneo, no sé exactamente por qué, como un acto reflejo. Se suponía que era mi novio, ¿no? Pues teníamos que saludarnos así.

Él me devolvió el beso, aunque sorprendido, pero no me abrazó ni me pasó el brazo por la cintura. Igual era por respeto, porque le pareció que sería abusar.

—Bueno, ¿a dónde quieres ir? Tenemos una hora y media… —advertí.

—Pues… no me conozco la ciudad así que tú mandas —contestó todavía tímido.

—Vale. Conozco un sitio que te gustará. Vamos.

Le cogí la mano y me dirigí a la Avenida Gaudí, un paseo que había justo al lado de mi casa. Allí había bancos y podíamos estar tranquilos.

Esa hora y media me pasó volando. No hablamos mucho, pero estuvimos mirando cómo los perros se parecen a sus amos y fue muy divertido. Me contó que había venido con un amigo suyo que le había acompañado, que no tenía hora de vuelta a casa, que pasarían el día en la ciudad y luego volverían otra vez en tren.

Cuando nos despedimos eran las 11.30 h justas. Al entrar en casa mi madre me recibió con una sonrisa porque llegaba puntual.

—¿Cómo ha ido? —preguntó.

—Ay, mamá, pues ha ido muy bien —contesté embobada, aún recordando la que había sido mi primera cita, y fui directa a mi habitación.

Me gustaba estar sola, valoraba mucho tener mi propia habitación para poder estar tranquila. Era mi sitio en casa, mi rincón, mi pequeño refugio que podía decorar a mi manera, donde podía estar conmigo misma y reflexionar sin que nadie interfiriera. Aunque, tengo que decir que tan íntima no era, ya que mi armario era el más grande de la casa y allí guardaban el stock de detergente, la plancha, la caja de hilos y agujas para coser y las sábanas. Así que era mi guarida, pero a la vez servía de almacén, lo que significaba que la mayor parte del tiempo que pasaba en mi alcoba podía estar sola, pero en cualquier momento podía entrar alguien a buscar cualquier cosa del armario. Aun así, yo valoraba mucho tener mi propia habitación y no tener que compartirla con mi hermano, como le pasaba a una de mis mejores amigas, que tenía una hermana y no podía estar casi nunca sola, siempre que la llamaba por teléfono estaba ella a su lado. Así que apreciaba el hecho de poder ir a la habitación a encerrarme y, así, aislarme del mundo exterior que a veces me parecía injusto y cruel, y eso me hacía enfadar. Sí, siempre he sido muy justiciera. Me da toc el hecho de que un tema no quede cerrado de forma equitativa para ambas partes, me desequilibra y no soy capaz de tener paz mental sabiendo que hay una injusticia. Cuando eso pasa, manifiesto mi opinión y, como tengo carácter, la mayoría de veces me pierden las formas y lo digo mal, lo cual enfada a la otra persona y al final acabo discutiendo con media sociedad, encerrándome en mi habitación (y en mí misma) para desahogarme llorando.

CAPÍTULO 2. PRIMERA MENTIRA

CAPÍTULO 2. PRIMEROS CELOS

Los meses fueron pasando y, al fin, el curso escolar terminó. Aprobé sociales por pena, porque el profesor vio mi esfuerzo y mi voluntad a la hora de estudiar, pero se dio cuenta de que mi memoria no daba para más y que, evidentemente, era incapaz de aprenderme todos los ríos de Europa. Con las mates no tuve tanta suerte, suspendí y tuve que ir a la prueba extraordinaria, pero, finalmente, conseguí aprobar con un 5 raspado.

Como era de esperar, me pusieron deberes para las vacaciones de verano, pero me los repartí de tal forma que hice un esfuerzo al principio para luego estar libre el resto de días.

Con Ricardo nos habíamos ido viendo cada fin de semana: él venía el sábado por la mañana y estábamos juntos paseando por mi barrio hasta la hora de la comida, que me acompañaba a casa y se iba a coger el tren para volver a la suya. Entre semana le echaba mucho de menos, pero nos llamábamos por teléfono todos los días y hablábamos un rato.

El día de mi cumpleaños vinieron mis amigas a casa, estuvimos en mi habitación llamando por teléfono a números al azar para hablar con ellos. En una de esas llamadas, coincidimos con un chico, Nil, con el que hablamos casi toda la tarde. Congeniamos tanto que nos guardamos los números de teléfono respectivos para seguir hablando más días. Así que, cada día, después de hablar con Ricardo, nos llamábamos con Nil para charlar un rato y contarnos qué tal había ido nuestro día. Me reía mucho con él. Hasta que Ricardo tuvo miedo de perderme y empezaron a entrarle inseguridades. Fue entonces cuando me pidió que dejara de hablarme con él, y yo obedecí, pero solo unos días. Al cabo de una semana me di cuenta de que no quería perder a un amigo de verdad, Nil me aportaba mucho y no quería perderle, así que seguí hablando con él a escondidas de Ricardo.

Un día, la que se suponía que era mi mejor amiga del pueblo, Dúnia, le mandó un mensaje que ponía: dile a Mía que le mande recuerdos a Nil de mi parte, como habla tanto con él…

Fue un mensaje claro, directo y mandado con mala leche. Automáticamente Ricardo me llamó:

—Oye Mía, ¿es cierto que te hablas todavía con Nil?

—¿Cómo sabes tú eso? —pregunté asustada.

—He recibido un mensaje de Dúnia —contestó seco.

—No quería que te preocuparas… Solo me apetecía hablar con él, no quería perderle… —empecé a justificarme.

—¿PERDERLE? ¿ES QUE A CASO ESTÁS ENAMORADA DE ÉL? —gritó desde el otro lado del teléfono.

—¿Enamorada de él? ¡No! ¡Yo estoy enamorada de ti! —lloré.

Pero no obtuve respuesta. Me colgó. En seguida marqué el número para llamarle de vuelta, pero no me lo cogió. Me fui a llorar a mi habitación.

Por la tarde, lo volví a intentar, pero no obtuve respuesta. Lo seguí intentando a lo largo de las horas, a la vez que aumentaba mi angustia y la sensación de opresión en el pecho. Era como si me hubieran arrancado una parte de mí. Jamás volvería a hablar con él, le prometí algo y no lo cumplí, le había fallado y eso no me lo perdonaría nunca. En un gesto de desesperación volví a coger el teléfono para marcar su número, ya me los sabía de memoria, y, finalmente, escuché su voz:

—¿Qué quieres? —contestó.

—Hablar contigo… —dije temerosa.

—Dímelo rápido porque no tengo tiempo —dijo en un tono de voz totalmente neutro, sin ningún tipo de sentimiento. Eso me asustó y me bloqueó, no me salían las palabras ni el discurso lleno de argumentos que me había repetido mentalmente millones de veces aquella tarde.

—Pues… quiero pedirte perdón, sé que te he fallado y no quiero que esto suponga nuestra ruptura. Sé que no me lo merezco, pero me gustaría que me perdonaras. Por favor…

—No lo sé, Mía, me has hecho mucho daño. Te pedí que no volvieras a hablar con él y te ha dado igual. No puedo confiar en ti.

—Por favor… Me gustaría vernos y hablarlo en persona… — supliqué empezando a llorar de nuevo.

—No lo sé… Bueno, si quieres ven tú. Mis padres se van mañana por la tarde, ven a mi casa mañana por la noche y lo hablamos. —Al oír estas palabras se me iluminó un brillo de esperanza. Significaba eso que me iba a perdonar… O a eso me cogí como a un clavo ardiendo.

—Sí! ¡Claro que sí! No sé si mis padres me van a dejar, pero me las apañaré —contesté al momento.

—De acuerdo, hasta mañana —se despidió.

—Hasta mañana, te quiero… —esperé respuesta por su parte, pero lo único que escuché fue el ruido de su teléfono al colgar.

Bueno, se había despedido seco, pero por lo menos había accedido a vernos… Ahora me tocaba negociar con mis padres, otra vez.

Me dirigí dudosa hacia el comedor, donde se encontraba mi familia jugando a cartas y me senté junto a ellos:

—Mamá… —empecé.

—¡Sí…? —preguntó mirándome de reojo.

—Ricardo me ha invitado a su casa… mañana por la tarde —comenté.

—Muy bien, mientras no vuelvas tarde puedes ir. Tu padre te recogerá en la estación de tren a las 21 h —determinó ella.

—Es que… no puede quedar hasta las 19 h, y una hora es muy poco… ¿puedo dormir allí? Estarán sus padres y dormiríamos en habitaciones separadas —dije apresurada, con miedo a que me cortara, pero deseando que lo hiciera porque no tenía más argumentos.

—No —me cortó rápida.

—Pero ¿por qué? —pregunté indignada.

—Porque no, Mía, y no me hagas hablar —empezó a enfadarse.

—¡Pero mamá! ¿Tú sabes que hay más probabilidades de tener sexo pasando un día entero en su casa que yendo solamente a dormir? ¡Por la noche la gente duerme, mamá! ¡LA GENTE DUERME!

—Mía, no empieces. Te he dicho que no.

Me fui a mi habitación llorando por el camino. Era mi oportunidad de arreglar las cosas con Ricardo y no pensaba perderla, así que, me dejaran o no, yo me quedaría a dormir.

Mis padres me han dicho que sí. Ya te contaré. Te espero mañana a las 19 h en la estación de tren. Te quiero…

Al momento me llegó su respuesta:

Genial, allí estaré. Te quiero…

¡Bien! Leer eso fue una bocanada de aire, pude respirar al darme tregua la presión que hasta entonces se había instalado en mi pecho. Seguía queriéndome. Ahora tenía que preparar la maleta sin que se enteraran mis padres, porque había cosas imprescindibles: cepillo de dientes, compresas (porque, qué raro, tenía que venirme la regla) y recambio de ropa interior. Así que me dispuse a reunirlo todo y meterlo apretujado dentro del bolso que me llevaría. Cuando lo tuve todo, escondí el bolso dentro del armario hasta el día siguiente, no fuera que a mi madre le diera por hurgar en él y descubriera todo el pastel. Así que me fui a dormir sin cenar, no quise ni salir, pues estaba muy enfadada con el mundo.

Al día siguiente, me desperté con sentimientos encontrados: por un lado estaba enfadada con mi familia por no dejarme ir, pero por el otro estaba feliz de saber que dormiría con él. Me levanté muerta de hambre y me decidí a salir a ver el panorama. Estaban todos desayunando y me uní a ellos en la mesa de la forma más discreta que pude. En silencio y sin decir nada cogí una tostada y empecé a untármela con mantequilla. Mi madre me puso una mano en la pierna a modo de buenos días, pero yo no cedí y seguí con lo mío. Cuando terminé, cogí mis cosas y me fui a la playa sola, pues un baño de agua fría no me iría mal y quizás me servía para aplacar un poco el genio que me caracterizaba y que, en aquel momento, tenía bastante a flor de piel. Al volver, ya habían comido y estaban todos durmiendo la siesta. Mejor, no tenía ganas de entablar ningún tipo de conversación. Cada vez me sentía más incomprendida en aquella familia.

Al caer la tarde llegó mi hora. Cogí el bolso con todo el material secreto y fui directa a la puerta, pues mi autobús para ir hasta el pueblo de al lado para coger luego el tren estaba a punto de salir. Me dirigí a la plaza y tuve que correr porque ya estaba en la parada esperando a los últimos pasajeros. Compré el billete y me senté en el primer asiento de todos, me encantaba ver las vistas desde allí arriba, la carretera era de curvas y bastante estrecha y se podía ver perfectamente el mar en su azul más bonito.

Cuando bajé, comprobé que todo estuviera en su sitio y seguí andando hasta la estación de tren. Tenía que darme prisa, pues había un buen trozo andando, ya que tenía que cruzar todo el pueblo hasta llegar casi a las afueras y solo tenía quince minutos. Al llegar, estaba sudando y miré si tenía suelto para comprarme un agua, ya que no había cogido ninguna botella de casa al no caberme nada más en el bolso. Tenía dos minutos para comprar el billete y la botellita. No me dio tiempo ni a sentarme en uno de los bancos que había allí porque escuché las campanas del tren. Siempre que escuchaba ese ruido algo en mi interior se alteraba, sentía los nervios recorrerme desde los pies hasta situarse en mi estómago y no moverse de allí hasta que no bajaba. Me gustaban los trayectos, iba tranquila escuchando música y pensando en mis historias, pero ese era distinto. No sabía si Ricardo iba a perdonarme y me arriesgaba a quedarme tirada en aquella ciudad desconocida, pues el último tren salía a las 21 h y si discutíamos mucho rato no tendría tiempo de cogerlo para irme.

Mientras miraba por la ventana, situada en mi asiento, noté que algo pasaba: la regla. ¡Menos mal que llevaba compresas en el bolso! Me levanté y busqué con la vista el cartel de aseos. Sabía que había lavabos, pero no estaban en todos los vagones, solamente en algunos. Así que empecé la excursión en busca de un cubículo en el que poderme meter para ponerme una compresa y no mancharme los pantalones cortos, porque solo tenía esos para pasar hasta mañana. Fui andando de vagón en vagón hasta que vi el ansiado cartel. Abrí la puerta donde estaba colgado y me metí dentro. Ahí, haciendo equilibrios como pude, conseguí ponerme la compresa.

También era mala suerte que justo el día que iba a dormir con Ricardo me viniera la regla. Pero bueno, igualmente no habríamos hecho nada porque yo no estaba preparada para tener relaciones, ¡tenía 13 años! Así que me consolé con eso y volví a relajarme en mi asiento hasta que llegó el momento de bajar.

CAPÍTULO 3. ADIÓS VIRGINIDAD

CAPÍTULO 3. PRIMERA VIOLACIÓN

Al bajar, sentí como los nervios del estómago me apretaban tanto hasta el punto de hacerme daño. Me invadió un sudor frío en la nuca y empecé a marearme. Se me secó la boca y me vi incapaz de articular palabra. Mientras intentaba aparentar normalidad, quise encontrar con la mirada la moto azul de 49cc con la que tenía que venir a buscarme. Y lo vi. Ahí estaba, esperando mi llegada. Al acercarme, me dedicó una mirada fija e intensa, pero no me besó. Permanecimos en silencio durante todo el camino hasta casa y, al entrar por la puerta me dijo:

—Puedes dejar tus cosas en esta silla, si quieres.

En silencio, retiré la silla del comedor donde me había indicado e, intentando no llevarle la contraria ni en lo más mínimo, dejé mi bolso ahí y la botellita de agua que había comprado en la estación encima de la mesa.

—Ricardo, yo… —quise empezar.

Pero no me dio tiempo de terminar la frase porque me cortó con un beso y, cogiéndome por la cintura, me llevó hasta el pasillo. Me cogió de la mano y me dijo:

—Hoy dormiremos aquí —y se me abalanzó, cogiéndome con fuerza para tumbarme en la cama de matrimonio de sus padres mientras me besaba sin separarse de mí. Apenas podía respirar, pero lo pasé por alto. ¿Significaba eso que Ricardo me había perdonado? Por su actitud deduje que sí, así que hice lo mismo que él y le besé tumbada hacia arriba mientras intentaba no morir ahogada.

Estuvimos así mucho rato, seguramente menos de lo que a mí me pareció, y, cuando quise darme cuenta, sacó un condón y se lo puso.

—¿Qué haces…? —pregunté algo asustada. Nunca antes lo había hecho con nadie, tenía 13 años… Además, ¡tenía la regla!

—Venga… demuéstrame que me quieres… —me susurró al oído.

—No… Es que yo… no sé si estoy preparada… —dudé nerviosa.

—Venga… que después de la discusión viene la reconciliación… —insistió.

—No lo sé… Es que no sé si es el momento… Y tengo la regla… —seguí.

—Venga, Mía… Si tienes la regla no me importa, igualmente vas a sangrar. Yo te he perdonado, pero me tienes que demostrar que me quieres… Ahora te toca a ti. – sentenció.

—Sí, yo te quiero mucho… —empecé de nuevo.

—Pues demuéstramelo —me cortó él.

—Vale… pero poquito a poco, por favor… —accedí.

Notaba como si el corazón se me fuera a salir del pecho, mi respiración estaba agitada y eso jugó en mi contra, pues él creyó que jadeaba de excitación. Me dolió. Aunque le pedí que fuera poco a poco respetando, por lo menos, mi tiempo (y lo hizo), me dolió. No estaba excitada porque tenía miedo y, por lo tanto, no estaba lubricada. Al ser el primer día de mi ciclo tampoco no manchaba mucho y eso no ayudaba a que hubiera algo de lubricación. Sentía miedo por si me saldría mucha sangre, porque nunca lo había hecho con nadie y no sabía ni como se hacía, por si me juzgarían en el colegio… ¿A quién se lo podría contar que me comprendiera? Mis amigas todavía jugaban a las Barbies, y dudo que ninguna de ellas tuviera la menor idea de cómo va el tema del sexo hetero. Por lo tanto, pensé que no podía saberlo nadie. Estaba asustada, pero no podía decirle que no, al fin y al cabo yo le había fallado, tenía que compensárselo para que pudiera volver a confiar en mí. Intenté concentrarme y dominar mis temores para poderme relajar, ya que supuse que así no me dolería tanto. Y así fue: intenté aceptar el dolor en vez de negarlo a la vez que relajaba los músculos de forma consciente. De esa manera conseguí que, por lo menos, no me doliera tanto. Pero me dolió. Y me salió sangre, mucha.

Me levanté para ir al comedor a por mi móvil. Las 21 h, genial. Le mandé un mensaje a mi madre diciéndole que había perdido el último tren, que había ido corriendo a la estación pero que salió cinco minutos antes y no llegué a tiempo. Al momento me llamó:

—¿SE PUEDE SABER POR QUÉ NO ESTABAS EN LA ESTACIÓN 15 MINUTOS ANTES DE QUE SALIERA EL MALDITO TREN? —escuché apartándome el teléfono de la oreja.

—Lo siento… No he llegado a tiempo… —me disculpé con la esperanza de conseguir su comprensión.

—No has llegado a tiempo porque no has salido con antelación, ¡eres una irresponsable, Mía! —me riñó.

—Si hombre, mamá! Que he perdido un tren, no la vida entera. Que lo apruebo todo, siempre llego a casa temprano, nunca salgo sin decirte nada, intento no preocuparos… Y que me llames irresponsable por perder un tren no es justo —me enfadé.

—Bueno, Mía, ¿y cuando piensas volver? —aflojó.

—Pues… mañana por la mañana —dije cerrando los ojos esperando la reprimenda. – como he perdido el último tren…

—Uff… Mía, no quiero que te quedes a dormir, no me hace gracia —dijo apurada.

—Mamá, no pasa nada, volveré temprano por la mañana, aquí estaré bien.

—Está bien, pero antes de comer te quiero aquí —decidió finalmente.

—Allí estaré, como un clavo —sonreí.

Aquella noche no dormí pensando en lo ocurrido. Ya no era virgen, había hecho el amor por primera vez en mi vida, había perdido mi virginidad. Era la primera de mi clase, y hasta de mi curso. Definitivamente, no se lo contaría a nadie porque seguro que me juzgarían y no me apetecía, una vez más, ser la comidilla del colegio.

A la mañana siguiente, nos levantamos temprano, ya que yo no podía llegar muy tarde a casa. Me dolía mucho la vagina y toda la zona, y el movimiento que hacía al andar me escocía, sentía como me rozaba y era muy incómodo. ¿Tendría que ir al ginecólogo? Al pensarlo se me encogió el estómago e intenté desviar los pensamientos hacia algo más agradable. Cogí mi bolso y salimos de casa para ir andando hasta la estación de tren. Eran unos 20 minutos que se me hicieron una eternidad porque al andar me molestaba mucho.

Durante el camino, yo creía que nos daría tiempo a hablar sobre lo ocurrido el día anterior, quería saber si me había perdonado y si podría volver a confiar en mí. Pero no hablamos nada. No hubo charla. Él cogió su móvil y le hizo tres llamadas perdidas seguidas a Miguel, su mejor amigo. Me contó que eso era una señal, que una vez se prometieron que el día que perdieran la virginidad se harían tres llamadas perdidas para que el otro lo supiera al momento. Y así lo hizo. Al instante lo llamó su amigo y estuvieron hablando todo el camino hasta la estación. Al llegar, mi tren estaba a punto de salir. Él colgó el teléfono y solo me dio tiempo a comprar mi billete y subir hasta donde estaba mi andén. Allí nos despedimos con un beso y un hablamos luego. Subí al tren y entré en el vagón en busca del sitio perfecto para sentarme y poder pensar con calma. Acto seguido, llamé a mi madre para avisarla de que ya estaba en camino y que no tardaría en llegar. El viaje se me hizo corto, visualicé cada momento de la noche, ajena a cómo ese día influiría en mi vida.

Al bajar, tuve que correr. Una vez más se me solapaban los horarios y no llegaba a tiempo de coger el bus que me llevaría a mi pueblo. Podría haber llamado a mi padre para que me recogiera, pero siempre he sido más partidaria de hacerlo todo por mi cuenta y conseguir sola mis objetivos. Así que preferí correr y llegar asfixiada. Subí al autobús casi haciéndole una reverencia al conductor por haberme esperado. Me senté en mi asiento favorito, me enchufé la música y volví a pensar. Estaba contenta pero tampoco emocionada, me podía el miedo al qué dirán, miedo a ser juzgada y a que corriera la voz y, una vez más, formar parte de las habladurías de mis compañeros de clase.

También me daba miedo mi madre, la conocía bien y sabía perfectamente que me obligaría a ir al ginecólogo para que me revisaran y ver que todo estaba bien, cosa que no me hacía ni pizca de gracia porque tenía 13 años y para mí el ginecólogo era algo de señoras, no de niñas de mi edad. Pero, por otra parte, pensé que tendría que asumir las consecuencias, si hacía actos de mayores tendría que asumir responsabilidades de mayores, así que pensé que, si mi madre me obligaba a ir al médico, no opondría resistencia.

Al llegar a casa, no había nadie, y casi que me alegré. Seguramente estarían en la playa como todas las mañanas. Sí que es verdad que me habría gustado sentir el calor de los abrazos de mi madre, pero en aquel momento no me importó estar sola. Aproveché que nadie me escuchaba y llamé a mi amiga Elena para contarle lo ocurrido. No le di muchos detalles porque sabía que no lo iba a entender, pero le conté que había perdido mi virginidad. Ella no contestó demasiado emocionada, estoy segura de que pensaba que era demasiado pronto y que me estaba saltando etapas vitales. Pero, aun así, me apoyó y me preguntó. Estuvimos hablando largo y tendido y en aquel momento me arrepentí un poco de haberlo hecho, sentí como si ya no tuviera tanto en común con las niñas de mi edad, había pasado a otra etapa y eso me inquietaba un poco.

Me sentí rara todo el día, me costó recomponerme. Estaba contenta pero no sabía exactamente lo que me había pasado. Quería hacerlo, pero quizás no había sido el momento. Tenía la esperanza de que así Ricardo volvería a confiar en mí y que, por lo menos, hubiera servido de algo. Pero no las tenía todas conmigo porque Ricardo solamente estuvo cariñoso en el momento de hacerlo, pero luego no me habló demasiado y parecía que seguía molesto conmigo. Así que me sentí frustrada. ¿Y si no había servido de nada? Él me dijo que me tocaba demostrarle que le quería, pero yo creía que se lo demostraba todos los días… Me entró una sensación de desorientación y vacío que tardó un tiempo en desaparecer.

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