Kitabı oku: «Cuando la luna era nuestra»

Yazı tipi:

Cuando la luna era nuestra


Anna-Marie McLemore

Cuando la luna era nuestra

Traducido por

Aitana Vega Casiano


WHEN THE MOON WAS OURS copyright © 2016 by Anna-Marie

McLemore

Translation rights arranged by Taryn Fagerness Agency, Full Circle

Literary LLC, and Sandra Bruna Agencia Literaria, SL

All rights reserved

© de la traducción: Aitana Vega Casiano, 2022

© de esta edición: Duermevela Ediciones, 2022

Calle Alarcón, 52, 33204, Gijón

www.duermevelaediciones.es

Primera edición: marzo de 2022

Ilustración de la cubierta: © Maria Matos

Diseño e ilustraciones interiores: Almudena Martínez

ISBN: 978-84-124375-7-7

Producción del ePub: booqlab

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo las excepciones previstas por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Para los chicos a los que llaman chicas,

para las chicas a las que llaman chicos

y para quienes viven fuera de estas palabras.

Para quienes reciben insultos

y quienes buscan un nombre propio.

Para quienes viven en los márgenes

y en los espacios intermedios.

Os deseo toda la luz del cielo.

A lo mejor te necesito como la luna

necesita al mar abierto.

A lo mejor no sabía ni que existía

Hasta que te vi.1

Andrea Gibson

1 Traducción del poema Mayby I Need You proporcionada por la traductora de este libro.

Índice


Mar de las Nubes

Lago del Otoño

Mar Nuevo

Bahía de la Armonía

Lago del Odio

Mar de las Islas

Bahía del Medio

Mar de los Vapores

Bahía de la Verdad

Lago de la Muerte

Mar Austral

Lago del Miedo

Lago de la Soledad

Mar de la Serenidad

Lago del Olvido

Pantano del Sueño

Mar de la Serpiente

Mar de las Olas

Bahía de la Aspereza

Lago del Invierno

Bahía del Honor

Océano de las Tormentas

Bahía de las Nubes

Lago del Dolor

Mar Marginal

Mar de la Tranquilidad

Lago del Verano

Mar Desconocido

Lago de la Blandura

Lago de los Sueños

Lago de la Felicidad

Mar Pequeño

Lago de la Bondad

Mar que se ha vuelto conocido

Bahía del Rocío

Pantano de las Nieblas

Lago de la Primavera

Mar de la Lluvia

Lago del Tiempo

Mar del Frío

Lago de la Perseverancia

Mar Oriental

Bahía del Arcoíris

Bahía del Amor

Mar del Néctar

Lago de la Esperanza

Nota de le autore

Agradecimientos

Posfacio por Almudena Martínez

Mar de las Nubes


Por lo que sabía, Miel había venido del agua. Aunque ni siquiera de eso estaba seguro.

No importaba cuántas noches se hubieran encontrado en el terreno sin cultivar entre sus casas, la granja de al lado no rotaba los cultivos y dejaba que la tierra se vaciase hasta que no crecían más que hierbajos silvestres. No importaba cuántas historias se hubieran contado cuando el sueño se les escapaba, cuando Sam le transmitía las fábulas de su madre sobre osos lunares que ayudaban a los viajeros perdidos y Miel se inventaba cuentos sobre lámparas de luna que se enamoraban de las estrellas. Él no sabía más que el resto sobre de dónde había venido antes de encontrarla entre la maleza. Al principio, parecía hecha de agua y, al instante siguiente, se convirtió en una niña.

Algún día, no serían más que un cuento de hadas. Cuando desaparecieran del pueblo, nadie recordaría el tono de marrón exacto de los ojos de Miel, ni la forma en que condimentaba el recado rojo con clavo, ni siquiera que Sam y su madre eran pakistaníes. En el mejor de los casos, recordarían a una chica de ojos oscuros y a un chico cuya familia había venido de lejos. Solo recordarían que los llamaban Miel y Luna, una chica y un chico entretejidos en el folclore del lugar.

Esta es la historia que las madres contarían a sus hijos.

Había una vez una torre de agua muy antigua. El óxido había cubierto el metal de un color naranja tan intenso que todo el depósito parecía una calabaza, una copia enorme de la fruta que crecía en los campos sobre los que proyectaba su sombra. Nadie cuidaba ya de la torre, no desde que unos cuantos rayos, en un verano en el que hubo muchas tormentas eléctricas, la dejaron inclinada hacia un lado como si estuviera cansada y encorvada. Hacía años, la habían llenado desde el río, pero ya el óxido y los minerales ahogaban las tuberías. Cuando abrieron la válvula en la base de la torre, solo salieron unas pocas gotas. El débil aspecto de los pernos y las planchas daba la impresión de que un vendaval otoñal haría que todo se viniera abajo.

Así que el pueblo decidió construir una nueva torre de agua y derrumbar la vieja. Sin embargo, la única forma de vaciarla era volcarla como una taza. Tendrían que prepararse para que toda la torre se estrellara contra el suelo, para todo el metal oxidado y los miles de litros de agua sucia que se derramarían en la tierra.

Eligieron para la caída el lado de la torre que daba a un campo de maleza tan seco que una sola chispa haría que todo ardiera en llamas. Pensaron que, a lo mejor, el agua conseguiría traer un poco de verde. En ese campo, desenterraron flores silvestres, achicoria y consuelda, y las replantaron junto a la carretera, para que no se ahogaran ni se aplastaran. Temían que, si no trataban bien a las cosas hermosas que crecían de forma salvaje, sus propias granjas se marchitarían y morirían.

Los niños corrieron entre los matorrales para ahuyentar a las ardillas y a los cervatillos y así evitar que, cuando se derrumbara la torre de agua, quedaran aplastados. Entre ellos había un chico al que llamaban Luna porque siempre pintaba mares y sombras lunares en cristales, papeles y en cualquier superficie que pudiera hacer brillar. Luna sabía que debía caminar y hablar con delicadeza para no asustar a los conejos, sino alentarlos a volver a sus madrigueras.

Cuando los animales y las aves silvestres desaparecieron del campo, los hombres del pueblo golpearon con hachas, martillos y mazos la base de la torre de agua hasta que cayó como un árbol. Se arqueó hacia el suelo en una caída lenta, como si se inclinara para tocar su propia sombra. Cuando chocó con la tierra, la parte superior oxidada se rompió y toda el agua se precipitó al exterior.

Durante un minuto, el agua, marrón como una taza de té olvidada, ocultó la maleza que recordaba a un pálido rastrojo de trigo. No obstante, cuando se deslizó y se extendió por el campo, aplastando a su paso los frágiles tallos y empapando la tierra seca, todos los que observaban distinguieron la forma de un cuerpo pequeño.

Había una niña acurrucada en la maleza húmeda, con el pelo pegado a la cara y los ojos abiertos y redondos como canicas de color ámbar. Llevaba un camisón fino, que debió de ser blanco en algún momento, pero el agua lo había teñido de crema. Se cubría con los brazos, encogida como si estuviera desnuda, y miraba a todo el mundo como si le enseñaran los dientes.

Al principio, algunas de las madres gritaron mientras se preguntaban de quién era la niña que había quedado en el camino de la torre de agua. Después se dieron cuenta de que no la conocían. No era su hija, ni de ninguna de las madres del pueblo.

Nadie se le acercó. El círculo de los que habían venido a ver cómo se derribaba la torre se fue ensanchando un poco más a medida que la observaban. Cada minuto, se alejaban un nuevo paso, más temerosos de una niñita que del agua derramada y el metal oxidado. Mientras tanto, ella los miraba con mucha atención y daba la sensación de devolver todas las miradas a la vez, con unos ojillos al mismo tiempo agresivos y asustados.

El niño llamado Luna se acercó y se arrodilló frente a ella. Se quitó la chaqueta y se la puso a la niña. Le habló en voz bastante baja para que nadie más lo oyera.

Todo el mundo retrocedió, a la espera de que lo mordiera o le clavara las uñas en la cara, pero ella lo miró y lo escuchó, y sus palabras hicieron desaparecer aquella mirada feroz.

Después de ese día, todos los que no habían estado en la torre de agua pensaban que era igual que cualquier otra niña, apenas diferente del chico con el que siempre estaba. Sin embargo, si se fijaran bien, verían que siempre tenía el dobladillo de la falda un poco húmedo, que nunca se secaba del todo por mucho que el sol lo calentara.

Esa sería la historia, una simplificación ordenada de lo que había sucedido. Se eliminarían todos los detalles que no encajasen. No se mencionaría cómo Miel, empapada y oliendo a óxido, había gritado con la cara enterrada en las manos mientras todo el mundo la miraba. Porque todo el mundo la miraba y ella solo quería desparramarse en el suelo como el agua derramada y desaparecer. Cómo Sam se agachó a decirle que todo iría bien, con palabras lentas y medidas para que entendiera lo que quería decir. «Puedes dejar de gritar. Te escucho. Te entiendo». Cómo ella le creyó, creyó que la escuchaba y la entendía, así que dejó de gritar.

Omitirían la parte de las hermanas Bonner. Desde Chloe, de ocho años, hasta Peyton, de tres, las cuatro habían estado presentes para ver cómo se derrumbaba la torre de agua, alineadas de modo que su pelo parecía componer un bosque de árboles otoñales. Peyton sostenía una calabacita gris que, bajo aquella luz, se veía casi azul. La llevaba acunada en un brazo y con la otra mano la acariciaba como si fuera un pájaro. Cuando dio un paso hacia Miel, aferrada a la calabaza, los gritos de la niña se volvieron salvajes y quebradizos, por lo que Peyton se sobresaltó y volvió con sus hermanas.

Cuando Sam descubrió el miedo de Miel a las calabazas, lo comprendió; cuando vio a Peyton tratar la fruta como si estuviera viva, Miel le tuvo miedo no solo a ella, sino a todos. Esa parte nunca llegaría a la historia.

Esa versión también eliminaría la parte en la que Sam intentó llevarse a Miel a casa como si fuera un gato perdido. La serena convicción de su madre, mientras cortaba patatas, de que encontrarían un lugar para la niña. Tenía razón, por supuesto. En menos tiempo del que tardó en cocinarse el saag aloo, Aracely, la mujer que Sam consideraba tanto una tía como una vecina, apareció en su puerta y les dijo que tal vez tuviera sitio en su casa alquilada para la niña hecha de agua.

No se mencionaría que el pelo de Miel apenas se había secado cuando la primera hoja verde de un tallo de rosa atravesó la piel de su delicada muñeca. Esa era una historia diferente, extraña y sangrienta, que brillaba como la plata de las hojas de unas tijeras. Una historia para niños mayores, que no temieran sus propias pesadillas.

Esa versión de la historia revolvería el orden de los acontecimientos. Nadie más que Sam había oído lo que Miel se gritaba entre las manos. «He perdido la luna», había dicho mientras sollozaba sobre los dedos. «He perdido la luna».

Nunca le preguntó a qué se refería. Incluso entonces, sabía que no debía. La sensación de la niña de que la luna se le había escapado parecía encerrada en un rincón tan profundo dentro de ella que para encontrarlo había que abrirla en canal. Sin embargo, esa era la razón por la que Sam pintaba sombras y mares lunares en papel, metal y cristal, la razón por la que copiaba las sombras del Mare Imbrium y el Oceanus Orocellarum, para devolverle la luna. Había pintado cielos oscuros y lunas brillantes en papel desde que tenía edad suficiente para sostener un pincel y para ojear los atlas de astronomía de la biblioteca, pero no sería hasta que la niña saliera de la torre de agua, llorando por su luna perdida, cuando Sam empezó a pintar infinidad de copias de la luz más brillante del cielo nocturno.

No dejaría que volviera a sentir que la había perdido.

Por ella, en el pueblo habían empezado a llamarlo con el nombre de Luna. Por ella, el pueblo lo había bautizado. Sin ella, no tenía nombre. No era Samir ni Sam. No era nadie. No sabían su nombre, del mismo modo que no sabían quién había sido esa niña antes de ser agua.

Lago del Otoño


Se habían tocado todos los días desde que eran pequeños. Miel le ponía la mano en la frente cuando creía que tenía fiebre. Sam le colocaba pegatinas de estrellas doradas en los días de verano y se las quitaba por las noches para que dejasen pálidas constelaciones en su piel oscurecida por el sol.

Miel había visto el marrón de las manos de ambos cuando eran niños y coger la del otro solo significaba que le gustaba la calidez de su palma en el aire nocturno o que Sam quería arrastrarla a ver algo que se había perdido. Una lluvia de meteoritos o una enredadera de campanillas dobles, tan azules que parecían teñidas.

Todas esas cosas le recordaban las lunas de él, y las lunas le recordaban a todas esas cosas. Sam había colgado una cadena de ellas entre sus casas, algunas tan pequeñas como las palmas de las manos y otras tan grandes como para llenarle los brazos. Iluminaban la tierra y la hierba silvestre. Estaban arropadas por los árboles y cada una emitía un anillo de luz lo bastante amplio como para tocarse con el de la siguiente, para que nunca caminara en la oscuridad. Una dejaba un rastro del mismo color dorado que las pegatinas de estrellas. Otra era del azul de las campanillas que Sam encontraba incluso en la oscuridad. Otra era del blanco puro y suave de las flores de escarcha que le mostraba en las mañanas de invierno, rizos de hielo que parecían tulipanes y peonías.

Por la que pasaba en ese momento era del color de una rosa que había crecido en la muñeca de Miel cuando estaban en noveno curso. Lo recordaba porque, en el pasillo del colegio, la manga se le había deslizado hacia atrás y la rosa había rozado por accidente el codo de una chica que se había apartado con un grito:

—¡Mira por dónde vas!

Esa misma tarde, cuando el novio de la chica rompió con ella, le echó la culpa a Miel y al roce de los pétalos. La acorraló en el baño y parecía a punto de darle una bofetada cuando Sam se le acercó por detrás y le dijo:

—Yo en tu lugar no lo haría.

Lo había dicho con la voz calmada; casi había sonado más como un consejo que como una amenaza, por lo que la chica se había dado la vuelta.

—¿Sabes que la última persona que hizo eso se convirtió en una planta de interior? —dijo, con un tono de advertencia y seguridad tal que la chica lo creyó. La asaltaron todos los rumores sobre Miel y Aracely y se echó atrás.

Si Miel no había sabido que Sam era su amigo antes, lo supo entonces. Aquella fue la primera y última vez que entró en el baño de las chicas por decisión propia.

Podía trazar su historia en las lunas que iluminaban el camino entre la casa violeta donde vivía con Aracely y el techo de tejas brillantes de casa de Sam.

Cuanto más cerca estaba de él, más lo sentía en las rosas, igual que la luna tira del mar. Desde que era pequeña, las rosas le habían crecido en la piel, abriéndose paso en la herida de su muñeca que nunca cicatrizaba. Crecía una, ella la destruía y crecía otra, que de nuevo arrancaba.

Sin embargo, ahora dudaba antes de cortarlas o de sumergirlas en el agua para que la corriente del río se las llevara. Porque, durante los últimos meses, respondían a Sam. Cuanto más tiempo pasaba cerca de él, más le pesaba y le dolía la muñeca. Un día la sorprendió sujetándose el antebrazo en clase y robó unas bolsas de hielo crujiente del laboratorio de química para que se las pusiera en la manga.

Si pensaba demasiado en él, las rosas crecían de colores más intensos y vivos; la que tenía en la muñeca entonces era del mismo rosa oscuro que su barra de labios favorita.

Esa noche, Sam la esperaba detrás de su casa, con las manos en los bolsillos. La postura no mostraba ni impaciencia ni aburrimiento. Siempre se preguntaba si la veía desde la ventana o si simplemente salía temprano y no le importaba esperar.

—Hoy he robado una cosa del trabajo —dijo. Las lunas proyectaban luz suficiente para ver cómo presionaba la lengua en el paladar, orgulloso de su propia culpa.

—¿Que has hecho qué? —preguntó Miel.

—No te preocupes. Lo devolveré. Solo quería que lo vieras. Vamos.

Dentro, le enseñó el cepillo que utilizaba para polinizar a mano las flores de calabaza.

«Solo florecen durante un día», le había dicho cuando empezó a trabajar en la granja de los Bonner. Una explicación para el lento y delicado trabajo de extraer el polen de cada antera y rociarlo en el estigma de cada flor. Ese pequeño acto hacía que una flor se convirtiera en una calabaza. Los Bonner le habían encargado la tarea porque pensaron que su habilidad con los pinceles empapados de pintura se trasladaría a los pinceles empapados de polen.

Miel nunca había visto uno de esos cepillos. Sam le pasó las cerdas de color avena primero por el antebrazo y luego por la rosa. Durante unos segundos, las diminutas marcas de nacimiento de su brazo se convirtieron en granos de polen y la rosa en la corola de una flor de calabaza.

Las cerdas la hicieron estremecerse, como si los pétalos que le crecían en la muñeca tuvieran la misma sensibilidad que sus dedos. No la tenían. Sí, tirar del tallo la lastimaría y si la cabeza de la flor chocaba con la mesa de la cocina le dolía en la herida de la que brotaban las rosas, pero los pétalos eran como pelo; formaban parte de ella, pero no estaban vivos como la piel.

Sin embargo, en ese momento, al ver las cerdas rozar la rosa de color carmín, tuvo la sensación de que los pétalos sentían igual que sus labios o sus dedos.

Lo miró a los ojos.

Estaban un poco más abiertos de lo normal y eran de un marrón más claro.

El cepillo y los dedos se detuvieron en su piel.

No era lo que pretendía. Miel lo sabía. Lo entendió por su mirada de sorpresa.

No era lo mismo que cuando le recorría la piel y los hombros con los dedos para buscar estrellas. No era lo mismo que cuando ella le tocaba la frente en busca de fiebre para llevárselo a casa en plena jornada escolar. Fue algo que acercó sus labios. Fue el cepillo de polinización, que Sam se olvidó de apartar y todavía sostenía al abrazarla; las cerdas le rozaban el cuello. Fue la ruptura del extraño nerviosismo que había crecido entre ellos en los últimos meses, una vacilación antes de tocarse que desaparecía un día y reaparecía al siguiente.

Miel sintió la forma de las flores de calabaza que le aparecían en la piel, a la espera de los dedos de Sam.

Comprendió que era él y no el cepillo con el mango de madera quien poseía la magia de convertir un campo de vides en mil calabazas.

El cuerpo de Miel se había convertido en suaves pétalos de papel. Le devolvió el beso y lo empujó hacia las escaleras; Sam las subió a trompicones sin darse la vuelta. Incluso con los ojos cerrados, mientras subía los peldaños de memoria, tuvo cuidado de no aplastar la rosa. Miel llevó la mano al cinturón y al botón de sus vaqueros y él la dejó. Sam deslizó la mano por debajo de su camisa y ella lo dejó.

Se dejaron hacer hasta que estuvieron en su cama. El olor a pintura volvía el aire de la habitación amargo y ácido. Una lona cubría el suelo. Pinceles, pinturas y restos de lunas a medio terminar estaban esparcidos de una forma que a ella le parecía desordenada, pero que para él tenía sentido.

La luz de las lunas derramaba una capa violeta pálido sobre el suelo. El azul verdoso de las paredes de la habitación los envolvió, junto con el olor a especias de la cocina de la madre de Sam, que se le pegaba al pelo e impregnaba las sábanas. Flor de naranja. Cardamomo verde. Melaza de granada. El olor era tan agudo y vívido en él que la empujó a morderle la nuca. Él se sobresaltó, luego se acomodó a la suave presión de sus dientes y la apretó con más fuerza.

No se quitó la camisa y ella no intentó quitársela. Nunca se quitaba la camisa por la misma razón por la que trabajaba en la granja de los Bonner. El instituto le permitía convalidar el trabajo de desbrozar los campos y podar las vides por la asignatura de educación física que había pospuesto desde noveno curso. Le era imposible hacerlo de otra manera, no si tenía que cambiarse para clase o para un entrenamiento en un vestuario.

La piel de Sam olía a agua tibia, sin estar impregnada del aroma del jabón. Miel acarició las débiles cicatrices que le ensombrecían la línea de la mandíbula, producto del acné que le había salido y dejado de salir a temprana edad.

Le rozó el cuello con los pétalos de la rosa, a propósito, y luego el interior del muslo, sin querer. Él se estremeció, pero no se apartó. Incluso cuando el contacto provocó que los pétalos le tocaran el cuerpo, procuró que la muñeca guardara una pequeña distancia para que las espinas no lo arañaran.

Cuando le recorrió la piel, Miel recordó todo lo que le había contado sobre la luna, sobre los mares y las bahías lunares. Mare Nubium y Mare Undarum, el Mar de las Nubes y el Mar de las Olas. Lacus Autumni y Sinus Iridum, el Lago del Otoño y el Pantano del Arcoíris. Los rasgos que pintaba con pinceles y con los dedos desnudos.

Movía las manos con seguridad y la presión de sus dedos era gradual y firme; Miel no pudo evitar pensar en su familia, años atrás. En sus campos de azafranes. En el rápido y delicado trabajo de recoger los hilos de azafrán del corazón de las flores púrpuras. Se preguntó si sería algo que llevaban en la sangre y en los dedos. Un arte que comenzó como un hallazgo de briznas rojas entre pétalos violetas y que, a lo largo de los años y las generaciones, se convirtió en la habilidad de encontrar, con facilidad y sin vacilación, todo lo que buscaba.

Lo único que lo estropeó todo, lo que hizo que no fuera perfecto, fueron las hermanas Bonner. Las gringas bonitas1. Chicas pálidas, guapas y perfectas. En un solo pensamiento, los hilos de azafrán se convirtieron en el rojo de sus trenzas y rizos. Un único e indeseado pensamiento y el degradado de sus cabellos se arremolinó alrededor de Miel como las hojas del otoño.

Las Bonner no habían desaparecido desde la primera vez que las vio en la torre de agua. Dejó que Sam creyera que el miedo solo se lo había provocado ver a Peyton sostener aquella calabaza como una mascota. Pero había más. El agua apenas se le había despejado de los ojos cuando vio cómo la luna, entre cuarto creciente y llena, desaparecía detrás de sus cabezas. Incluso en la todavía tenue luz del cielo, les iluminó los cabellos en rojo, dorado y naranja. Desde donde estaba, con los ojos nuevos y todo borroso a su alrededor, Miel sintió que la luna se desvanecía en ellas, como si la hubieran absorbido. Se habían llevado su luz. Así que gritó y quiso advertir al chico que tenía delante de que la luna se podía perder.

Ahora las hermanas Bonner habían crecido y eran preciosas, con miradas fieras e intrépidas. Juntas, resultaban imponentes como un bosque sin cartografiar. Había quien las llamaba brujas, por la cantidad de corazones que habían roto. Había quien decía que tenían un ataúd de cristal escondido en el bosque que les servía de crisálida y al dormir en él las volvía tan hermosas como todas las Bonner anteriores. Sin embargo, desde que Chloe se había ido del pueblo, ya no eran las hermanas Bonner. Solo eran Lian, Ivy y Peyton, que vagaban a la deriva por los campos de su padre. A veces, Miel veía a Lian en la tienda, comprando manzanas amarillas, o a Peyton montar en bici a las afueras del pueblo.

Nunca había entendido por qué Sam iba a elegirla a ella, cuando tenía a las cuatro cerca. Miel era un puñado de estrellas de papel de aluminio, ellas eran el fuego que daba vida a las constelaciones. Su pelo era la tierra oscura y húmeda bajo la granja de los Bonner, mientras que el de las hermanas eran enredaderas rizadas y calabazas.

A pesar de todo, no eran ellas las que se habían encontrado con Sam mil veces en el descampado entre sus casas. No le habían enseñado las tenues diferencias en los azules y marrones de los huevos de las gallinas Araucana y Wyandotte. Tal vez esas cosas habían hecho que la viera diferente. Quizás la vez que la ayudó a cortar unos vaqueros con las rodillas desgastadas para convertirlos en pantalones cortos le había hecho pasar por alto el hecho de que los vaqueros no le quedaban en los muslos igual que a las Bonner. O tal vez los colores profundos y brillantes de las rosas de Miel lo distraían de que casi nunca llevaba las uñas pintadas.

Quizás el día que lo había ayudado a pintar su habitación del color del océano, junto al que había nacido el padre de Sam, aquella tarde en la que se había manchado toda la parte delantera de azul verdoso, había hecho que Sam se olvidara de que no estiraba la camiseta como las hermanas Bonner. Salvo Peyton, la más joven, las hermanas llenaban los sujetadores como la masa vertida en un molde pastelero.

Si esas cosas habían hecho que Sam la viera diferente, si por eso ahora estaba debajo de ella, no le importaba. Porque ella también lo veía diferente a los demás. Lo había visto desnudo. Casi desnudo. Y había comprendido que sin ropa era igual que con ella puesta.

1 Las palabras en cursiva aparecen en español en el original (N. del T.)

Mar Nuevo


Un día, no serían más que un cuento de hadas. Dos niños a los que llamaban Miel y Luna, enredados en las historias que se susurraban en el pueblo.

Sin embargo, esa noche no eran niños. Eran Sam y Miel. Esa noche él la colocó encima y después debajo de su cuerpo. La forma en que la chica se movía le hizo sentir la aguda presencia de todo lo que tenía entre las piernas y, por un segundo, olvidar todo lo que no tenía.

Creía conocer el cuerpo de Miel. Estaba seguro de que podría haberlo dibujado y cartografiado con la misma facilidad que los mares lunares que pintaba sin falta de un mapa. Sin embargo, bajo sus manos y pegada a su propio cuerpo, le resultaba a la vez conocida y extraña. Era un mundo desconocido. Un lugar cuya oscuridad no entrañaba miedo, sino la promesa de las estrellas.

Incluso pegada a él, Miel era un mundo cerrado y sellado. Incluso mientras dejaba que le pusiera la mano en cualquier lugar que Sam deseara y ella misma se la colocaba donde él era demasiado tímido para ir, tenía muchos secretos. Sam se los había entregado todos, desde por qué nunca se quitaba la camisa, hasta la verdad de lo mucho que su madre había deseado serlo y el frío trato que había hecho para conseguirlo.

Miel aún tenía miles de secretos, pequeños y relucientes. Los protegía con fuerza entre las manos mientras que a él no le quedaba nada a lo que no hubiera renunciado.

Bahía de la Armonía


El día después de que Miel se acostase con Sam, fue el día que volvió Chloe Bonner.

Esa mañana, Miel bajó las escaleras y encontró a Aracely en la cocina preparando café y bostezando en un día tan nuevo que aún era de plata.

Dejó en el fregadero tres tazas que había recogido de su habitación. Últimamente, Aracely estaba harta de que se dejara las tazas de té olvidadas en encimeras y mesas. Encontraba una y le decía: «¿Quieres hacer el favor de dejar eso en el fregadero? Me siento como si viviera en una cafetería».

Incluso en camisón y sin maquillaje, Aracely era una nota de color frente a la ventana. Tenía el pelo brillante como el fruto de una nectarina. El marrón de su piel recordaba al oro en bruto que se desprendía del cuarzo. Además, era lo bastante alta como para dar la sensación de que podría mirar al cielo a los ojos.

Las historias contaban que la mujer había aparecido un verano junto con cien mil mariposas. Las mariposas habían cubierto el pueblo como escamas de oro brillante, alas empolvadas que temblaban con la brisa. Cuando todas se marcharon a principios del otoño, allí estaba Aracely, una joven alta y extraña, con la piel como aquellas alas iridiscentes.

Por supuesto, eso había pasado años antes de que Miel se cayera de la torre de agua, antes de que el agua la devolviera. Así que nunca vio la nube de alas.

Aracely le entregó una cucharada de miel, espesa y profunda como el ámbar.

—Hierba de fuego —dijo mientras se recogía el pelo en un moño suelto. Sus uñas, pintadas del color de las semillas de achiote, resaltaban en el dorado pálido—. La conseguí en ese sitio a las afueras del pueblo.

Sabía cuánto le gustaba a Miel la miel, cómo se la comía directamente del tarro, daba igual el tipo que trajera a casa. La mujer, que actuaba al mismo tiempo como una especie de hermana y como madre, conocía a la perfección qué alimentos y especias le gustaban y cuales no. Sabía que las tormentas de viento le provocaban pesadillas y que la luz de las lunas de Sam la ayudaba a dormir.

Sin embargo, Miel no sabía cómo hablarle de lo que había pasado con él. De que había salido a escondidas de casa antes de que su madre volviera. Del dolor en el cuerpo que sentía como algo a lo que aferrarse y no algo que deseaba que se le pasara.

Por supuesto, había algunas cosas que Aracely no sabía. A veces, parecía a punto de preguntarle algo. Tal vez quién había sido antes de salir de la torre de agua, o si había pertenecido a alguien más antes que a ella. Sin embargo, siempre abría la boca, hacía una pausa, la cerraba de nuevo y se volvía hacia el fregadero o el horno. Sabía, sin que nadie se lo dijera, las cosas de las que Miel no quería hablar.

En ese momento, ni siquiera se atrevía a mirar a la mujer a los ojos. Su trabajo consistía en curar el mal de amores. Tenía el don de saber cuándo un corazón estaba desbordado por desear a alguien. En lo referente a Aracely, el pueblo se debatía entre la gratitud y la culpa. Por la noche, acudían a ella y le pedían ayuda para sus desgastados corazones. Durante el día, susurraban que era una bruja, la culpaban del tizón que blanqueaba la cosecha de un huerto o la responsabilizaban de la tormenta que había arruinado el encendido de los faroles de calabaza de ese año.

Le dedicaban la misma inconsistencia que a un amante, adoración por la noche y repudio por la mañana. Todo lo que le debían se traducía en desprecio o en respeto, según la hora del día y la cantidad de gente que observara.

Miel había aprendido a vivir con la incómoda sensación de que Aracely sentía el peso de su corazón. Esa mañana, estaba segura de que, si dejaba que la mirara durante demasiado tiempo, lo sabría. El hecho de que a Aracely le gustara el chico lo empeoraba. Se imaginó que los veía más como hermano y hermana, y que sentiría asco ante la idea de que clavara los dedos en la espalda de Sam.

Aracely sirvió el café en unas tazas pesadas; Miel se sonrojó y agachó la vista. Nunca se había dado cuenta de que el color de las tazas, un azul verdoso con el del eucalipto, se parecía mucho al de las paredes de la habitación de Sam.

—Ha vuelto —dijo Aracely. Medio cantó las palabras y alargó cada sílaba hasta ser casi un trino.

Miel lamió la miel de la cuchara. Sabía un poco a té, a los tallos de las flores rosas que salpicaban la tierra marcada después de un incendio.

—¿Quién? —preguntó.

—La última bruja.

Soltó una carcajada. Era una de las mil razones por las que la quería. A Aracely la llamaban bruja constantemente y aun así no se inmutaba por llamárselo a otra persona.

La sonrisa se desvaneció en cuanto se dio cuenta de a quién se refería.

La mujer había intentado que sonase a broma mientras sorbía el café, como si se tratara del típico chisme matutino. Una fachada de encanto y seguridad. Por eso era tan buena en curar el mal de amores. Las curanderas menos hábiles dejaban a sus pacientes afectados por el susto, un miedo profundo que los llevaba a vagar por el bosque temerosos y ciegos. Aracely nunca dejaba a un hombre ni a una mujer enfermos de amor sollozando sobre la mesa de madera. Les ponía las manos en los hombros y les susurraba para que apenas notaran cómo el mal de amores abandonaba sus cuerpos.

Miel conocía la voz de Aracely mejor que esos hombres y mujeres. Había escuchado cada cadencia y cada elevación. No era que les tuviera miedo a las Bonner. Aracely no le temía a nada; se compadecía del miedo de Miel al agua, pero tenía poca paciencia con su miedo a las calabazas. Cada otoño, en la noche en que medio pueblo salía a colocar calabazas talladas y brillantes en el río, Miel se escondía en su habitación y la mujer le decía, desde el otro lado de la puerta:

—Por el amor de Dios, son frutas, no avispones. Sal de ahí.

Sin embargo, incluso Aracely desconfiaba de las chicas del pelo de fuego. Siempre había creído que sus inquietos padres las habían sacado del instituto no por lo que había pasado con Chloe, sino porque, si las educaban en casa, sería menos evidente que no tenían más amigos que ellas mismas. Que nunca invitaban a nadie a casa. Que coqueteaban con chicos en las calles concurridas, pero ni siquiera esos chicos eran sus amigos y no les durarían hasta la siguiente helada o hasta el florecimiento que marcaba una nueva estación.

Miel dejó la cuchara en la encimera y subió al piso de arriba.

—No lo hagas —gritó Aracely.

La chica notó la sonrisa en su voz, pero también una advertencia.

—Lo digo en serio. No lo hagas. Solo vas a torturarte.

Le hizo caso.

Le hizo caso hasta cerca de las cuatro de la tarde, cuando llegó al límite de la granja de los Bonner mientras intentaba espantar el eco de las palabras de Aracely.

Si el señor o la señora Bonner la veían, les diría que había venido a ver a Sam. Les contaría que iba a enseñarle cómo usaba los cepillos de polinización.

No. Mejor otra cosa. No quería usar los cepillos.

Se mantuvo alejada de las vides. A pesar de las explicaciones de Aracely de que solo eran frutas, seguía temiendo a las calabazas como otras niñas temían a las arañas o las culebras.

Entonces, distinguió la cortina de pelo de Chloe, teñida del color del melocotón a la tenue luz.

La herida de la rosa de Miel creció con una punzada y se calentó.

Chloe se había graduado el año pasado a los diecinueve y había cumplido los veinte mientras estaba fuera, un número que Miel siempre había considerado que, de alguna manera, convertía a una persona en adulta. Paseaba por el patio lateral de la granja familiar con unos vaqueros pitillo que habrían parecido anticuados en cualquier otra persona y un jersey muy fino que revelaba el tono rosado de su piel. Le había crecido el pelo. Cuando se marchó el invierno pasado, le llegaba hasta los hombros en rizos desiguales. Entonces, le caía hasta la cadera y el peso lo estiraba, tan claro que era casi rubio.

Debía de llevar unos vaqueros tan ajustados para enseñar la barriga y mostrar que lo que todo el mundo sabía no había sucedido.

Cuando Chloe se marchó, las hermanas Bonner perdieron la cantidad justa de poder para dejar respirar a todas las demás chicas del pueblo. Sus padres, tan temerosos de sus propias hijas como preocupados por ellas, sacaron a Lian, Ivy y Peyton del instituto, convencidos de que acabarían igual que Chloe. Así que las chicas se quedaban en casa, se sentaban en la mesa de la cocina con los planes de estudios de su madre y se asomaban a las ventanas de bordes blancos que resaltaban en la pintura azul marino de la fachada. Paseaban por los campos de su padre, descalzas o con zapatillas finas y desgastadas que su madre les prestaba porque eran demasiado vanidosas para tener las suyas propias.

Chloe no llevaba zapatos. Sus pies y sus tobillos, desnudos bajo el dobladillo de los vaqueros, eran pálidos como las calabazas Lumina.

Miel apartó la mirada de la esquina de la granja donde estaba, segura de que, si la miraba demasiado tiempo, lo sabría y la pillaría. Recorrió de un vistazo los campos y encontró a Sam. Primero, su pelo, como una cinta negra rizada con tijeras. La temporada de cosecha le había oscurecido más la piel y tenía los antebrazos del marrón de un huevo de gallina Welsummer. Lucía ese color con el orgullo de saber que lo había heredado de su abuela, una mujer a la que Miel solo conocía por los pocos detalles que él recordaba con suficiente claridad como para contárselos.

El metal de las tijeras de podar destelló en sus manos. Buscaba vides que empezaran a marchitarse —«a irse», decía que lo llamaban— y cáscaras que empezaran a endurecerse.

En ese momento, podría haber sido cualquier chico. Podría haber sido Roman Brantley, que en algún momento tuvo una mirada tan temeraria que los profesores no se atrevían a enfrentarse a ella. Sin embargo, había perdido esa mirada en favor de Lian Bonner, de su pelo de un rojo tan oscuro que casi era castaño y de las pecas que se abrían como un abanico en sus sienes como si fueran alas. Todavía tenía la chaqueta de caza de su abuelo, que Lian juró que le devolvería si se la pedía. Por supuesto, no era capaz de mirarla a los ojos el tiempo suficiente para hacerlo.

Podría haber sido Wynn Yarrow, que rompió con la que era su novia desde hacía dos años por Peyton, la más bajita y la más joven de las hermanas Bonner, con el pelo de color calabaza que su madre le rizaba todas las mañanas. Todo el mundo, excepto él, sabía que nunca iba a estar interesada. Wynn perdió no solo a su novia, sino a todos los amigos que se pusieron de parte de ella.

Miel se alejó del borde del campo de calabazas e intentó desaparecer en las sombras antes de que Sam la viera. Las Bonner, como todo el mundo en el pueblo, la habían visto con Sam tantas veces que no les sorprendía más que verla sola. Sin embargo, si se le acercaba entonces, era muy posible que se pusiera nerviosa y se sonrojase de una manera que trazaría una cinta de aire frío en el calor polvoriento. Cuando lo hiciera, la sonrisa de Miel reluciría como una moneda.

Las Bonner lo verían y las atraería.

Verían que Sam a veces se subía a los árboles para colocar las lunas donde las ramas se encontraban y se entrelazaban, con la misma frecuencia con la que lanzaba una fina cuerda y alzaba la luna desde abajo. Se fijarían en cómo, cuando tenía que subirse a los árboles para poner velas nuevas o volver a encender las que se habían apagado, lo hacía sin prisa. Cómo, si una luna era frágil, llevaba una escalera de madera del cobertizo de su madre y la apoyaba en el tronco, para no arrugarla al subir.

Se darían cuenta de lo hermoso que era el extraño muchacho, de cómo las lunas que colgaba en los árboles por la noche brillaban como un cuenco de estrellas. Verían cómo los mares lunares que pintaba desprendían diferentes matices de luz.

Ningún chico les interesaba hasta que otra persona se interesaba por él.

Chloe se dio la vuelta. La trenza le recorría la longitud de la columna vertebral y la goma elástica le rebotaba en la parte baja de la espalda mientras recorría el camino de ladrillos. Subió las escaleras hasta el porche y las plantas de los pies, cubiertas de polvo, le brillaron un poco más oscuras que los tobillos. No obstante, ni siquiera el desafío del gesto con el que agitó la trenza en el aire sirvió para ocultar que se movía un poco diferente. Tenía el estómago plano, pero se le habían ensanchado las caderas. Se cruzó de brazos, aún más delgada que cuando se marchó, como si tuviera frío. Parecía tan intrépida y joven como cualquiera de las demás Bonner, pero la postura de sus hombros le daba el aspecto orgulloso y cauteloso a la vez que se consigue al ser la madre de alguien.

Tal vez fuera solo porque Miel lo sabía. Todo el mundo lo sabía. Lo que Chloe había tratado de mantener en secreto había cobrado vida propia y había crecido tanto que se negaba a pasar desapercibido.

Daba igual lo ajustados que fueran los vaqueros que se ponía, la gente le miraría la barriga y se preguntaría si se le volvía a notar. Tal vez fuera una figura de porcelana, reparada por las manos más hábiles, pero seguía agrietada y rota. Cuando alguien la ponía a contraluz, se distinguían los hilos lechosos donde la habían recompuesto.

No volvería a liderar a las Bonner. El reinado había pasado a Ivy. No a Lian, aunque era la segunda en edad. Si alguien llamara a Lian débil, las hermanas lo arañarían hasta hacerle sangrar con sus uñas brillantes y esmaltadas, pero eso no significaba que no estuvieran de acuerdo.

Ahora que las Bonner volvían a estar juntas, eran una fuerza tan potente como el viento que arranca las hojas de los arces y los sicomoros. Representaban todos los tonos de naranja y oro de un bosque en octubre. La vida volvía a ellas y todas las chicas enamoradas de algún chico del pueblo tardarían un poco más en conciliar el sueño esa noche.

Si las hermanas Bonner supieran que Miel quería a Sam, que no era solo una chica rara amiga de un chico raro, comprenderían de pronto lo divertido que sería llevárselo. Esa era la razón por la que nunca habían tenido más amigas en el instituto que ellas mismas. Siempre que una chica se interesaba por un chico, lo querían para ellas. En el momento en que percibieran que a Miel le importaba, decidirían que Sam sería el próximo al que le romperían el corazón. No es que pretendieran romper nada. Nunca buscaban hacer daño a nadie. Eran niñas que acariciaban a un gato con demasiada fuerza solo porque les gustaba el tacto de su pelaje.

Juntas, eran lo bastante parecidas como para deslumbrar a la mitad de los chicos del pueblo y lo bastante diferentes para intrigar a Sam. Si alguna vez confiaba en ellas tanto como en Miel, lo destruirían. Se lo arrebatarían todo sin proponérselo.

Le picó la muñeca y se miró la rosa. El color rosado de su pintalabios favorito se escurría de los pétalos y daba paso al rojo y luego al naranja, hasta convertirlos en cobre, ámbar u óxido.

Las gringas bonitas, las cuatro chicas que habían hecho desaparecer la luna, habían vuelto.


Lago del Odio


Tenía que matarla. Ya había esperado demasiado por no querer podar la rosa que había llevado en el cuerpo la noche que se acostó con Sam. Si la seguía llevando, las Bonner lo sabrían. Verían los colores de su pelo. El cobrizo de Ivy en el centro, el naranja suave de Peyton, el rubio fresa de Chloe y el casi marrón de Lian en los bordes.

Si eran brujas, como decían los rumores, lo sabrían. Incluso si no lo eran, se preguntarían por qué la rosa de Miel era de los colores de sus cabellos; entonces la mirarían a ella y luego a Sam.

Se detuvo cuando encontró una forma inesperada en las siluetas familiares a lo largo del río.

Dos figuras se alzaban en la oscuridad, lo bastante cerca de Miel como para que se escondiera en la sombra de un árbol para que no la vieran. Sus ojos se adaptaron a la penumbra y le permitieron distinguir un rasgo cada vez. Una chica. Un chico. Ninguno lo bastante iluminado para reconocerlo.

Sí que diferenció sus posturas. La de la chica, inclinada hacia delante. Ansiosa y coqueta, agitaba las manos en el espacio que los separaba como si fueran pajarillos. Desde donde estaba, una rama le ocultaba el rostro, pero la luna le iluminaba el pelo lo suficiente como para mostrar el color. Un velo de un rojo intenso que solo podía pertenecer a una Bonner.

La postura del chico no coincidía con la de ella. No se inclinaba hacia delante. No intentaba tocarla. No daba la sensación de que hiciera ningún intento de persuadirla para que lo dejara besarla, para que sus hermanas salieran a escondidas con él y sus amigos, para nada.

Parecía aburrido, como si le siguiera la corriente en lugar de estar fascinado. La forma en que cuadraba los hombros y apartaba ligeramente la mirada daba a entender que se marcharía en cuanto se le ocurriera una forma de hacerlo sin resultar grosero.

Miel ya conocía la escena. La había presenciado cuando otras chicas habían intentado coquetear con Sam, que se había mostrado tan ajeno como indiferente. Había participado en ella, con otros chicos, para vengarse de Sam solo porque otra se hubiera interesado por él y, cuando más tarde lo comprendió, se sonrojó por ello.

Sin embargo, jamás había visto que le ocurriera a una Bonner. Las hermanas habían robado novios, engatusado a hijos de reverendos y atraído a chicos que antes nunca habían hecho nada sin que sus madres se lo dijeran.

Si una Bonner no era capaz de interesar a un chico que le gustaba, si no conseguía todo lo que quería, ¿cómo iba a conservar su propio apellido? Miel se alejó un poco más por el río e interpuso la protección de los árboles entre las dos figuras y ella. Se arrodilló en la orilla y bajó la mirada al agua oscura. Intentó distinguir alguna forma, cualquier señal de que había algo allí abajo. Peces. El brillo de las hojas de las algas. Las sirenas de río de las que Sam le contaba historias para que no tuviera miedo de bañarse.

No estaba preparada. Nunca lo estaba; incluso cuando esperaba impaciente que desapareciera el peso de la rosa, se encogía antes de deslizar las cuchillas por el tallo.

Los rumores sobre las rosas formaban parte de la red de cotilleos del pueblo. Algunos decían que tenían la capacidad de transformar los corazones de quienes carecían de deseo. Otros insistían en que su perfume o el suave roce de sus pétalos eran suficientes para encantar a los reticentes, a los temerosos, a los precavidos.

Alguien había dicho que Miel le había regalado una rosa de color rosa pálido, apenas florecida, a una de las amigas de Aracely. Un chico le había hecho algo tan malo que no soportaba ni pensar en separar los labios para que la besaran, ni siquiera años después, cuando otro chico con las manos suaves como las hojas de un tulipero quiso amarla. Otra persona había dicho que el año anterior le había regalado una rosa a un campesino que se había enamorado de la hija de un cultivador de manzanas, pero era incapaz de ver más allá de que sus ojos eran del mismo verde que los de su familia, una familia que nunca le había permitido olvidar que los suyos eran marrones.

Sin embargo, había sido Aracely quien los había curado, no las rosas de Miel. La mujer había convencido a la chica para amar al chico con las manos como hojas de tulipero. El campesino había venido a verla, igual que la hija del cultivador de manzanas, para pedirle que librase a su corazón del amor por un chico demasiado tímido para corresponderla. Los dos querían una cura para el mal de amores y Aracely los citó a la misma hora. Cuando se encontraron en el salón de color índigo y se dieron cuenta de que tenían el corazón tan roto como para desear que les arrancasen el amor del pecho, se tocaron con las manos y los labios y se olvidaron del deseo de curarse.

Aracely era pura magia y habilidad. Miel no era más que un cuerpecito inquieto de cuya piel brotaban pétalos. Aracely representaba la belleza y la bondad en la casa violeta. Miel era una niña manchada de agua sucia y de la sangre de dos personas cuyos nombres no se atrevía a pronunciar.

Las tijeras plateadas, el regalo más extraño y más útil que la mujer le había hecho, chirriaron cuando separó las hojas. Las colocó hacia abajo, cerca de la piel, y cerró las cuchillas con un chasquido. El dolor le recorrió las venas. Le llegó al corazón, al estómago y a todo lo que tenía vivo dentro.

La sangre brotó en la abertura. El dolor provocó que sintiera los dedos pesados y la hizo caer al suelo. Le dolía como si la hoja de un cuchillo le presionara la muñeca con tanta fuerza que la notaba en las costillas.

Dejó que la rosa se deslizara en el agua, una ofrenda a la madre que ahora vivía en el viento, pero que había muerto en esa agua. Cuando llegaban las tormentas, Miel oía el murmullo de su voz oculta en el chillido de los vientos, como si tratara de susurrarle para que volviera a dormirse. Era el único regalo que podría ofrecerle a su madre, la obediencia de destruir las rosas que había temido. Quisiera darle más, su valentía frente al agua. Sin embargo, dentro de Miel todavía resonaba la pequeña voz de la niña que Sam había encontrado, una niña que le susurraba que no debía confiar en el agua de la que no veía el fondo.

No recordaba a su padre tan bien como a su madre. Sabía que era un curandero, de los que curan las heridas, con un talento para recolocar huesos que le consiguió trabajo como huesero. Recordaba sus manos, la suavidad con la que le cortaba las rosas y luego le cubría la herida con una venda. A veces, intentaba instalarse en ese recuerdo, pero era tan efímero que no le pertenecía de verdad.

Los pétalos se desvanecieron bajo la superficie y el agua se onduló como el dobladillo de un vestido. La luna se refractó en una docena de hoces.

A pesar de los pocos recuerdos que tenía, se acordaba de los susurros sobre que los niños a los que les crecían rosas de la piel envenenaban a sus hermanos y robaban los anillos y rosarios de las tumbas de sus familias. Daba igual si las rosas les crecían en las muñecas, como las de Miel, en los tobillos o en la espalda. Decían que todos los hijos o hijas de su familia cuyo cuerpo creaba rosas se volvían amargados e ingratos.

Antes, su familia hacía pasteles con agua de rosas y cardamomo, pero eso había sido antes de que las rosas se vieran manchadas por el miedo de las nuevas madres. Las mujeres jóvenes se preocupaban por sus hijos e hijas y buscaban los primeros signos de verde en su piel.

El río retomó su lenta corriente y el suave correr del agua le trajo el sonido de unos sollozos amortiguados que se rompieron en un llanto quedo.

Miel se sobresaltó, miró hacia el cielo y escuchó el viento. Cuando llegó, buscó la voz de su madre y deseó que no la oyera llorar. Lo único que deseaba más que a Sam era que su madre supiera que la había perdonado. Que entendía por qué había hecho lo que había hecho. Que sabía que la quería.

Sin embargo, el sonido no venía del viento. Ni de debajo del agua. Atrajo la mirada de Miel hacia la orilla.

La oscura silueta de una joven con los brazos cruzados y el pelo ondeando al viento.

Una hermana Bonner, aunque no sabía cuál.

Miel se levantó y sintió una punzada de dolor en el brazo.

—¿Estás bien? —preguntó e intentó imitar la voz calmada de Aracely, clara y limpia como un reguero de agua sobre las piedras.

Aun así, la chica se sobresaltó. La miró de sopetón y la luna igualó el color de su rostro al de su propia superficie.

Ivy Bonner. Los lazos de luz que se desprendían del río mostraron sus rasgos. Tenía las mejillas mojadas y unas pinceladas cobrizas le calentaban los bordes del pelo incluso en la oscuridad. Tenía la nariz a medio camino entre la de Chloe, que era larga, recta y altiva como la de su padre, y la de Peyton, más bien chata y respingona como la de su madre.

Ivy asintió y se secó las mejillas con los dedos. Miel no era lo bastante importante como para que fingiera que no había llorado.

El asentimiento hizo que se sintiera una intrusa, como si la hubiesen convocado y expulsado inmediatamente después. Se aferró a las tijeras plateadas y le dio la espalda al río.

Sin embargo, Ivy dio unos pasos en su dirección. No con prisa, pero sí lo bastante rápidos para que Miel se detuviera.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, al mismo tiempo que bajaba la vista hacia la muñeca desnuda de la chica y las tijeras que tenía en la mano—. Ah.

Volvió a mirarla a los ojos. A esa distancia, la sal y el agua que le perlaban las mejillas parecían una finísima capa de escarcha.

—¿Duele? —preguntó.

—¿El qué? —respondió Miel y se encogió avergonzada por la falta de seguridad en su voz.

—Cortarlas —dijo.

Decir que no sería como lanzar un desafío que jamás se atrevería a cumplir ni con Ivy ni con sus hermanas. Decir que sí sería reconocer demasiado de sí misma.

Se limitó a asentir.

No había estado tan cerca de Ivy desde que las Bonner habían dejado el instituto. En ese momento, a una distancia en la que llegaba a percibir el acuoso aroma a camelia de su jabón, lo único en lo que pensaba era en Clark Anderson, otro de los chicos que habían perdido el norte por culpa de las hermanas. Clark se había convencido de que una chica como Ivy, con un pelo que poseía el color y el brillo de los centavos nuevos, lo curaría de querer besar a John Sweden bajo la nueva torre de agua. Se acostó con ella en su habitación a plena luz del día, mientras Sam y los demás trabajadores de la granja pasaban bajo la ventana. Menos de doce horas después, volvía a besar a John, esa vez en la escalera de la torre de agua a medianoche, donde la gente solo distinguiría sus siluetas recortadas por la luz de las estrellas.

Desapareció del pueblo la semana siguiente. Sin embargo, al contrario que en el caso de Chloe y el chico que era el padre de su bebé, nadie sabía a dónde había ido.

La manera en que Ivy parpadeaba para aliviar el picor que le causaba la sal de sus propias lágrimas provocó en Miel una oleada de lástima que tuvo que expresar con palabras.

—No importa —dijo.

Ivy retrocedió.

—¿Qué?

Miel sabía que debería callarse, pero quería suavizar lo que había dicho, como quien alisa la capa de crema de un pastel de tres leches.

—Solo es un chico —dijo—. ¿A quién le importa?

La mirada de Ivy se endureció y entrecerró los ojos.

Cuando las pestañas se rozaron, Miel supo que había cometido un error. Ivy sabría que la había visto. Le guardaría rencor por haber sido testigo de una señal de que las Bonner empezaban a perder su poder con los chicos del pueblo.

La chica ladeó la cabeza y observó la muñeca de Miel.

—¿Por qué las matas? —preguntó, sin mostrarse horrorizada ni preocupada. Era pura curiosidad. Como si pensara que ahogar los pétalos era un desperdicio.

Miel sintió una oleada de alivio por el cambio de tema, hasta que comprendió que le apetecía todavía menos hablar de eso. Sabía cómo la miraba todo el mundo, a ella y a sus rosas. El rumor que corría de que, si una chica deslizaba una bajo la almohada de un chico y él respiraba el aroma mientras dormía, se enamoraría de ella. O, para lograr un efecto aún mayor, los pétalos podían azucararse y usarse para hornear un pastel de vainilla o alfajores de lavanda, pero solo con las recetas secretas que poseían las mujeres de la casa violeta.

En ese segundo, el nerviosismo que sentía cerca de Ivy y la sensación de ser una criada a la espera de que le diera permiso para irse se suavizó. Era muy posible que la viese tan extraña como ella veía a las hermanas Bonner. Vivía en una casa violeta como la crema de arándanos. De su muñeca crecían rosas y Aracely, la mujer con la que vivía, invitaba a hombres y mujeres enfermos de amor a tumbarse en su mesa de madera para curarles los corazones rotos.

Si Aracely hubiera estado allí, le habría dicho que se fuera, que dejase de esperar a que la bruja le diera instrucciones.

Inclinó la cabeza, un saludo y una despedida a la vez.

Entonces se le encogió el corazón. Las Bonner rara vez hablaban con nadie más que entre ellas y los chicos a los que amaban y destrozaban. Lian se había mostrado callada pero bastante simpática cuando Sam y ella tuvieron que hacer una presentación en grupo sobre el efecto orográfico; Sam escribió el informe mientras Lian dibujaba y coloreaba los dibujos. Cuando a Miel se le adelantó la menstruación una semana, Chloe, sin hacer ningún comentario, le había deslizado un tampón bajo la puerta del baño. No eran ni maleducadas ni agradables, simplemente preferían la compañía de sus propias hermanas por encima de la de cualquier otra persona.

En ese momento, quizás Ivy se sintiera lo bastante sola como para hablar con cualquiera. Chloe había estado fuera meses. Se había perdido cómo Lian cumplía los dieciocho y Peyton los quince; el cumpleaños de Ivy, que tenía dieciséis, no llegaría hasta diciembre. Desde que había vuelto, Miel se imaginaba cómo todo el mundo actuaba con pies de plomo a su alrededor y la avasallaban de atenciones hasta asfixiarla, mientras el resto de las hermanas se sentían al mismo tiempo celosas y agradecidas de no ser ella. Lian, Ivy y Peyton se habrían apiñado para no echarla de menos y para que fuera menos evidente su ausencia. Ahora tendrían que separarse un poco para hacerle sitio.

A Chloe la habían mandado lejos la misma semana en que empezó a notársele el embarazo. Su bebé se había quedado con la tía con la que había vivido los últimos seis meses y, del mismo modo, al chico con el que salía lo habían enviado a vivir con unos parientes en una ciudad tan lejana que Miel nunca había oído hablar de ella.

Sus hermanas debían echarla de menos y, a la vez, considerarla una extraña. Una joven alta que de pronto era madre, con los brazos y la nariz afilados, pero las caderas y los pechos suaves.

—Ivy —llamó.

Se dio la vuelta.

Miel era una de las cien chicas que dormiría mejor si las Bonner perdieran su peculiar poder, pero le era imposible no sentir un poco de pena por Ivy.

—Si alguna vez necesitas a alguien con quien hablar…

La chica se detuvo un segundo y luego asintió, lo que le ahorró a Miel tener que terminar la frase y a ella misma tener que oírla.

Mar de las Islas


Su madre lo sabía.

Se había quedado la noche anterior en casa de los Hodge. El señor y la señora Hodge iban a pasar la noche en la ciudad, así que le habían pedido que cuidara a sus hijos. Imaginaba que les habría contado cuentos para dormir sobre un hermano y una hermana que cruzaban un bosque guiados solo por las estrellas, uno sobre una niña que aprendía el lenguaje de los ciervos de Cachemira y almizcleros u otro que Sam había escuchado contar a su abuela, la historia de una niña llamada Laila y un niño llamado Majnun.

Su madre se asomó por la puerta. En cuanto lo miró, captó la ligera elevación de su barbilla, a medio camino de un asentimiento, que le indicó que lo sabía.

Parecía cansada, pero no agotada, con el kohl de la mañana pintado sobre el eco borroso del delineador de la noche anterior, de modo que un gris suave anillaba sus pestañas. El kohl y cómo se lo aplicaba era una de las pocas tradiciones familiares que mantenía, esta venía por parte de su madre. Su padre, el abuelo de Sam, le había dado unos ojos de un azul apagado que se veían aún más pálidos por la forma en que los delineaba.

No mostró sorpresa ni decepción. Solo suspiró, para estabilizarse. Por mucho que Sam deseara que todo pasara sin hacer comentarios, sabía que no era posible.

Al final, su madre dijo:

—Espero que os hayáis protegido. —Dejó en el suelo la bolsa de retales rojos y azules que se había llevado a casa de los Hodge—. No me gustaría que dejaras embarazada a esa chica. Aracely me asesinaría.

Se suponía que debía reírse. Sabía que debía hacerlo, pero fue incapaz de forzar el sonido.

Deseó ser diferente. Quiso reírse de sus palabras y responderle lo graciosa que era. Salvo que se produjera uno de los milagros que Aracely le enseñaba a Miel en su Biblia, Sam no iba a embarazar a nadie.

—Has confiado en ella —dijo su madre, más como una afirmación que como una pregunta.

Por supuesto que confiaba en Miel. Conocía todas las formas que existían de destruirlo, pero actuaba como si no.

Cuando tenía ocho años y lo pilló cambiándose, no gritó ni echó a correr por el pasillo. Se limitó a cerrar la puerta y salir; cuando Sam se puso los vaqueros y la camisa y fue a buscarla, la encontró sentada en la escalera de atrás, con una expresión de asombro y reconocimiento, como si lo entendiera, pero no del todo, así que se sentó a su lado y le contó más de lo que había planeado. Más tarde, Miel empezó a pasarle tampones en el instituto a escondidas porque él no podía arriesgarse a llevarlos en la mochila. Lo programaban para cruzarse cuando ella salía del baño de chicas y él entraba en el de chicos y se daban la mano el tiempo justo para hacer el traspaso.

En cuanto perfeccionaron el sistema, no volvieron a mencionarlo y Miel nunca sacó el tema. Sam nunca le preguntó cómo sabía siempre cuándo hacerlo. No hacía falta. Habían pasado suficiente tiempo juntos para que sus cuerpos se atrajeran el uno al otro y sangraran al mismo tiempo, cuando la luna era una fina curva de luz. Si Miel hubiera sido cualquier otra persona, ese conocimiento que poseía cada mes habría sido humillante.

Sam se preparó sin saber bien para qué. No sería un sermón sobre moralidad. Su madre nunca lo había prevenido de esperar hasta el matrimonio. Era una mujer agnóstica que se mostraba indiferente a las creencias de las familias de su padre y de su madre; apenas había tolerado que Sam fuera con Miel y Aracely a la iglesia y a la escuela dominical. Solo lo había permitido porque pensaba que le haría la vida más fácil que la gente creyera que era «un buen chico cristiano», una descripción que nunca pronunciaba sin dotarla de un tonillo de desdén. Había dejado claro que ningún Dios en el que ella creyera estaría encerrado entre paredes, y menos dentro de las tablas de madera encaladas de la iglesia local.

Aun así, se suponía que nunca se acostaría con una chica. Vivir de esa manera, con los pechos aplastados y el pelo lo más corto que su madre le permitía, debía ser algo temporal. Para que cuidara de su madre y hubiera un hombre de la casa aunque no hubiera tenido hijos.

—¿Estás enfadada? —preguntó e intentó no hace una mueca ni agachar la cabeza. Su madre odiaba que lo hiciera, lo que lo empujaba a hacerlo más a menudo.

—No te has hecho daño ni a ti ni a nadie más, así que no me corresponde enfadarme —dijo.

A veces decía cosas así y casi distinguía la palidez de la escarcha que impregnaba las palabras. «No me corresponde a mí decepcionarme», le había dicho cuando suspendió matemáticas tres años antes. «Es tu futuro, no el mío». Hacía que se sintiera aún peor.

No obstante, esa vez no era lo mismo. No tenía la misma postura erguida y rígida y su expresión era tranquila. Su rostro parecía más bien ablandado por la preocupación. Peor aún, por la lástima.

—¿Estás molesta? —preguntó.

Su madre se llevó los dedos a la sien, cerró los ojos y dejó escapar un largo suspiro.

—Sam —dijo y la palabra fue como una ráfaga de viento, como una canción suave y triste.

Siempre que pronunciaba su nombre así significaba lo mismo. No importaba que ella o ninguna otra persona se enfadara o no. Suspender matemáticas o perder la virginidad, fuera lo que fuera, era su vida y, en su opinión, no se comportaba como tal cuando lo primero que preguntaba era si estaba enfadada.

—¿Estás bien? —preguntó su madre.

—Eso creo.

—¿Y ella?

—Eso creo.

Quería decirle que se le pasaría con el tiempo. Del mismo modo que se le había pasado considerar que su color favorito era el transparente («¿por qué?, le había preguntado Miel. «Porque lo transparente es mágico e invisible», le había respondido). Del mismo modo que Miel había dejado de decir que su color favorito era el arcoíris («¿por qué?, le había preguntado él. «Porque son más bonitos juntos —le había respondido—. Porque no quiero elegir»).

Esperaría a que se le pasara.

Su abuela le había contado cómo se llamaban las chicas así. Lo había traído de Pakistán y de las historias que había escuchado del otro lado de la frontera, en Afganistán. Bacha posh. Vestida como un chico. Niñas cuyos padres habían decidido que, hasta que crecieran, serían hijos. Sam y su madre habían perdido a su abuela cuando era muy pequeño, por lo que apenas recordaba las arrugas de su cara o si el marrón de sus ojos era más grisáceo o dorado. Sin embargo, sí recordaba su voz. La recordaba contándole que la granja de azafrán de su familia en Cachemira había sido pequeña, pero, para su tamaño, la más productiva en cientos de kilómetros. Que hacían falta cien mil de las florecillas púrpuras para producir menos de un kilo de azafrán. Cuando su abuela le contaba eso, siempre se escondía una corriente de tristeza bajo el orgullo.

Su familia había tenido que irse de Cachemira para vivir con unos parientes lejanos en Peshawar y abandonar los brillantes campos. A medida que las cosas empeoraban —así lo llamaba ella siempre, «cuando las cosas empeoraban»—, se volvió imposible vender las especias que cultivaban. Cuando llegaba a esa parte de la historia, la que le dejaba el corazón amargo, recurría a historias que no pellizcaban ni mordían, como las de aquellas chicas. Hijas que vivían como hijos en familias que no los tenían propios. Eran chicas que hablaban con los niños y los hombres en la calle. Acompañaban a sus hermanas cuando salían. Cuando Sam escuchó las historias, sintió una envidia tan fuerte como si las conociera por su nombre.

Tenía cuatro años y su abuela había muerto hacía apenas unos meses cuando decidió que podría ser, y sería, una de esas chicas. Sería un bacha posh. Sería el mismo tipo de chico que aquellas chicas que vivían como hijos.

Sin embargo, cuando esas niñas crecían, se convertían en mujeres. Tal vez sus vidas como esposas y madres les resultaran asfixiantes al principio, después de recorrer los amplios y despejados caminos de ser chicos, pero la libertad que anhelaban no nacía de que quisieran volver a ser niños. Lo que querían era ser mujeres y no tener obstáculos.

Ese era su problema. Estaba seguro. No podía ser una chica. Aunque tal vez, si esperaba algunos años con ropa de chico y pelo corto, crecería lo suficiente como para querer ser una mujer. Se despertaría y esa parte de él habría desaparecido, como la lluvia y el viento al erosionar una ladera.

—Sabes, nunca quise tener un hijo o una hija —dijo su madre.

—Mamá —intentó cortarla.

—No lo pensé así —siguió—. Me daba igual.

Sam asintió. Ya había oído la historia. De cómo su padre procedía de una familia de pescadores de Campania, todos famosos por pescar una especie de calamar de manto rojo que solo se acercaba a la superficie durante la luna nueva. Cómo la falta de talento de su padre para atrapar al calamar fue la primera de las muchas cosas que condujeron al nacimiento de Sam.

Su madre no siguió con la historia.

—¿Quieres hablar? —preguntó.

Sam recogió la bolsa de la alfombra para llevársela al piso de arriba.

—No.

Bahía del Medio


Miel respondió la llamada creyendo que era Sam. Cuando terminaba su turno en la granja de los Bonner, la llamaba y nunca empezaba la conversación con un saludo. La oía responder y se lanzaba a contarle algo como que había visto a una mujer pasar corriendo por delante de la ferretería con dos periquitos, uno en cada hombro. O le preguntaba si se había fijado en que el rey de corazones era el único que no tenía bigote.

Era una de las pocas personas con las que Sam hablaba por teléfono, por miedo a que la línea le agudizara la voz que siempre se esforzaba por mantener grave.

Pero no era Sam. Era Ivy, y le pedía que fuera a su casa.

No se lo pidió. Solo lo dijo.

—Ven.

Miel se preguntó si la estaría llamando con el teléfono de marfil de princesa que había pertenecido a su abuela. Un teléfono tan antiguo que tenía un dial giratorio y una base plateada y que, según Sam, era algo que los compradores siempre querían ver cuando venían a negociar los precios de las calabazas. Carlie Zietlow, la chica con la que Miel compartía mesa en matemáticas, le había dicho que las Bonner se hacían fotos con él cada vez que se arreglaban; antes, cuando iban a bailes, y ahora, antes del encendido de las calabazas en el mes de octubre.

Había pasado una semana desde que se habían visto en el río. Se había acomodado en el alivio de que Ivy hubiese ignorado su oferta y se hubiera olvidado de ella.

La chica colgó con tanta delicadeza que apenas se escuchó un escueto chasquido.

La voz de Ivy se le quedó grabada en el oído como el susurro del mar atrapado en una concha. Las palabras habían sonado directas y sin tapujos, una niña que le pide a otra que salga a jugar. Sin embargo, también escondían el filo de algo seductor, como el azúcar de piloncillo que Aracely derretía en el chocolate caliente. Miel se encogió al pensar en las veces que Sam escuchaba esa voz mientras se agachaba entre las enredaderas de los campos de los Bonner. También en esa palabra, creyó captar un poco de la misma tristeza. La voz de Ivy coincidía con la misma mirada vacía y húmeda que había tenido junto al río. Así que hizo lo que le dijo.

Si a nadie en el pueblo le hubiera importado lo que le ocurriera a Miel, todavía seguiría con los ojos desorbitados, escondida en la maleza donde había caído la vieja torre de agua, o en casa de Sam, con su madre preguntándose qué hacer con ella. Ir era lo mínimo que podía hacer, aunque las Bonner y la casa misma en la que vivían la asustaran. Las hermanas hablaban con tan poca gente fuera de esa casa que la petición de Ivy parecía un honor, y peligrosa de rechazar.

En comparación con la casa violeta en la que vivía con Aracely, con las tazas verdeazuladas y la mesa de cocina amarilla como un limón, la granja de los Bonner era de lo más pulcra y sosa. La pintura azul marino hacía relucir los adornos blancos. Los postigos estaban cerrados. Las cortinas de encaje de las ventanas tenían un aspecto envejecido, pero la señora Bonner las blanqueaba tan a menudo que nunca amarilleaban.

La puerta estaba abierta, solo la mosquitera cerrada. Parecía una invitación a entrar sin llamar al timbre.

Lo más extraño de la casa era la nevera de color verde menta de su madre, una antigüedad que, según Aracely, le había costado más dinero repararla que cambiarla por una nueva. El resto era mucho más apagado, incluso ordinario, comparado con las chicas y la propia granja. Las encimeras de la cocina eran de azulejos blancos. Los paños de cocina, arrugados y doblados, estaban apilados junto al fregadero. No había ningún naranja como el del pelo de las hermanas ni el de las calabazas de Cenicienta, puras y estriadas. Tampoco verde intenso, ni dorado, ni azul grisáceo, como los escasos puntos de color que salpicaban los campos.

La mirada de Miel avanzó por la planta baja hasta posarse en cuatro tonos de pelo rojo.

Las gringas bonitas. Las cuatro. Las Bonner se agrupaban alrededor de una mesa de comedor de madera. Redonda, no más grande de lo necesario para que cupieran los seis miembros de la familia o, como mucho, un par de invitados. Como si el señor y la señora Bonner supusieran que sus hijas nunca los abandonarían, o se irían y nunca volverían, que nunca traerían a sus maridos e hijos por Acción de Gracias o Navidad.

Chloe volvía a llevar los vaqueros pitillo, pero con un jersey de cuello alto que le cubría la clavícula llena de pecas. Lian se había recogido el pelo, mucho más oscuro que el del resto, pero todavía rojo, en un moño que empezaba a deshacerse. Tenía los codos apoyados en la mesa y una mano sobre la otra. Peyton trazaba con el dedo el cerco de una mancha de agua, con el pelo en una trenza muy parecida a la de Chloe, tanto que debía de habérsela hecho ella.

Ivy estaba junto a un aparador, con la cadera apoyada en un cajón. Todas miraban a Miel.

Todas la habían estado esperando.

—Ya no vas a matar las rosas —dijo Ivy.

Hasta ese momento, no se había fijado en el jarrón que había en el centro de la mesa. Se preguntó cómo era posible que no lo hubiera visto; era de un azul tan oscuro como la casa.

La manga del jersey le cubría la rosa más reciente, de un amarillo pálido como la llama de una vela. Aun así, Lian y Chloe le miraban la muñeca como si pudieran ver a través de la tela.

Apartó los ojos del jarrón y miró a las hermanas a la cara.

Se centró en Ivy.

—No hacen lo que creéis que hacen —dijo. Sus rosas, colocadas bajo una almohada, no harían que los chicos se enamoraran de las Bonner. No les devolverían lo que habían tenido antes de que el cuerpo de Chloe albergara otra vida.

—Ya no vas a matarlas —repitió Ivy y abrió un cajón del aparador. Pronunció todas las palabras con la misma calma y seguridad—. Cuando una crezca, nos la traerás.

Desprendía una calma que las envolvía como una sábana. Las Bonner estaban perdiendo su extraño poder, pero Ivy pensaba que las rosas las harían recuperarlo. Harían que los chicos que les interesaban se enamorasen de ellas. El pueblo entendería que las hermanas podían tener lo que quisieran, y esa certeza resonaría más alta que ningún rumor sobre Chloe.

Miel miró alrededor y se preguntó dónde estarían el señor y la señora Bonner. O no estaban en casa, o estaban arriba, o a las hermanas no les importaba. Si creían que sus hijas habían invitado a alguien a casa por una vez, a lo mejor habían querido mantenerse a distancia para no perturbar el extraño e incognoscible acto mediante el que nace la amistad femenina.

—No —dijo—. Son mías.

Las palabras sonaron mezquinas, pero eran ciertas. Las rosas le pertenecían. Cortarlas y ahogarlas era su ofrenda a la madre que las había temido.

Chloe ladeó la cabeza. La trenza le rozó un lado del cuello y trazó la curva exterior de su pecho. Miel se preguntó si sus pechos estarían llenos y pesados y, de ser así, cuánto tardaría su cuerpo en darse cuenta de que no había ningún bebé, nadie que necesitara la leche.

Al final, Lian habló antes que Chloe.

—Seguro que te pone triste —dijo, de una forma que no fue ni lo bastante cálida para sonar amable ni lo bastante afilada para sonar cruel—. Lo que le pasó a tu madre.

A Miel se le empapó el cuello de sudor, como la noche en que había visto un lince en el bosque con Sam. Su pálido pelaje brillaba en la oscuridad y tenía el cuello marcado por bandas negras. Tenía los ojos del color de las venas amarillas oscuras del jaspe de los cañones. Dos mechones de pelo oscuro se curvaban en las puntas de sus orejas.

«No corras —le había dicho Sam—. Si lo haces, le enseñarás que eres menos que ella».

«Lo soy», había respondido Miel. El pelaje del lince, de color gris teñido de rojo y dorado, parecía una cortina de luz.

—No sabes nada de mi madre —dijo.

—Me han contado una historia de una mujer que vivía unos pueblos río arriba —dijo Chloe—. Una de las amigas de mi tía. Una anciana hablaba de una mujer que intentó matar a sus hijos y luego se suicidó.

—Eso no fue lo que pasó —replicó Miel. No fue así para nada.

—Dudo que la gente se lo crea si se enterase —dijo Chloe.

«Baja la cabeza —le había dicho Sam la noche que vieron al lince—. Y la mirada».

Miel lo había hecho; inclinó la barbilla hacia abajo, sin dejar de observar el rostro del lince. Todavía recordaba la sensación del sudor al humedecerle la parte baja de la espalda.

«Ahora retrocede —había dicho—. Despacio. No quieres que parezca que huyes».

«Estoy huyendo», había dicho ella.

Miel se encontró con la mirada de Chloe, se encogió de hombros y negó con la cabeza. «No sé de qué estás hablando», quería expresar. La mujer de la historia de la anciana podría haber sido cualquiera, la madre de cualquiera.

—Te pareces a ella —dijo Lian, sin malicia, sin provocación. Miel estuvo a punto de preguntar de dónde habían sacado una foto de su madre, si la tenían o si estaba pegada en el álbum de fotos de aquella anciana.

No preguntó. No obstante, detenerse les confirmó que tenían razón.

Una vacilación y ya era suya.

Miel no solo tenía los pétalos que creían que las haría volver a ser las hermanas Bonner. Había cometido el crimen de presenciar el fracaso de una de ellas cuando vio a Ivy con aquel chico aburrido y educado.

Peyton seguía trazando la marca de agua. No la miraba a los ojos. Claro que no se atrevía, después de todo lo que Sam había hecho por ella.

Miel trató de mover los pies, pero sentía los zapatos pesados como el cristal. La noche en que vieron al lince, Sam le había puesto la mano en el omóplato y la había guiado lejos de la línea de visión del animal. El calor de la palma de su mano le había atravesado la camisa y había creído que el dibujo de las flores rosadas se volvería oscuro como los arándanos mojados.

Sin embargo, ella no era tranquila, firme y lógica como Sam.

—¿No merece la pena? —preguntó Chloe—. ¿Para que nadie descubra las cosas terribles que hizo?

Pues claro que valía la pena. Si la gente contaba esas historias sobre su madre, su espíritu lo sentiría. Quedaría atormentado, lastrado por las mentiras. Su alma nunca encontraría descanso. Ya le pesaba tener una hija que había nacido con rosas en el cuerpo, una maldición que impulsaba a los niños con pétalos a volverse contra sus madres.

Por culpa de Miel y de las rosas que querían las Bonner, su madre sería culpada y calumniada. ¿Cuánto más daño iba a causarle a su alma?

Sin quererlo, se había convertido en todo lo que se temía que fuera una hija maldita por las rosas, una desgracia y una carga para su propia sangre.

Una brisa entró por la puerta con mosquitera y le agitó la falda. El dobladillo húmedo le rozó la parte posterior de las rodillas. Unas ráfagas de aire frío le subieron por las mangas y le refrescaron la herida de la que crecían las rosas; las sintió sólidas como cintas que la ataron en el sitio en la casa de los Bonner.

El cajón del aparador se cerró y la madera chirrió por un riel desgastado. No vio las tijeras hasta que Ivy se apartó la manga del jersey. El latón de las hojas tenía el barniz deslustrado y el mango brillaba por la grasa de las manos de las Bonner.

No tenía sentido.

Pensaban que Miel les devolvería lo que habían perdido. No entendían que la única manera habría sido que Chloe nunca se hubiera ido. Chloe era un árbol arrancado y plantado de nuevo en un huerto; sus raíces y las raíces de todos los árboles cercanos se habían visto conmocionados por el vuelco de la tierra.

Aun así, no podía moverse. Se lo permitiría, porque eran las Bonner y todas la miraban. Los ojos de Ivy, de un gris que confería a su pelo rojo el aspecto de una eterna brasa caliente. Los de Lian, de un verde tan profundo como el rojo oscuro de su pelo. Los de Chloe y Peyton, ambos de un marrón que bajo ciertas luces parecía gris oscuro.

Porque juntos poseían una gravedad compartida que atraía a la casa azul marino todo lo que querían. Porque eran cuatro linces rojos brillantes y no podía escapar.

Ivy cortó el tallo.

El corte la atravesó, como si las espinas esperaran bajo su piel. Gritó durante un segundo antes de reprimir el sonido.

Recuperó las sensaciones. El dolor arrancó los lazos de aire frío que la ataban al suelo. Corrió mientras se sujetaba la muñeca contra el pecho. El tallo cortado le goteaba sangre en la manga del jersey, como una rama rota de jazmín estrella que suelta leche.

Abrió la mosquitera y dejó que se cerrara de golpe.

Entre las motas anaranjadas y blancas de las calabazas, había unos destellos de luz, como si el campo fuera de terciopelo oscuro salpicado de ópalo blanco.

Cuando sus ojos se ajustaron a la claridad, las vides y los puntitos de luz se agudizaron.

Cristal. Las calabazas se estaban convirtiendo en cristal. Todo lo que se arremolinaba alrededor de las Bonner se había escapado fuera de la casa. No se había acurrucado dentro de las habitaciones de las hermanas. No se había encerrado en sus armarios ni escondido en las baldas bajo sus jerséis.

Se había deslizado hasta allí y se había arrastrado por los campos de su familia, la tierra que heredarían. Se filtraba en las calabazas, de modo que cada una contenía una pequeña tormenta que la convertía en cristal. Las volvía frágiles, duras e inflexibles como el vínculo entre las cuatro chicas. Miel casi sentía cómo le rozaba el cuello como unos dedos hechos de aire frío. Si se quedaba quieta, se abriría paso dentro de ella. La volvería quebradiza.

La convertiría en cristal.

Corrió por el camino hacia la carretera y procuró mantenerse tan lejos de las calabazas como se lo permitía la extensión del terreno. El jersey se le pegaba a la piel y el escote festoneado de la camisa que llevaba debajo se le clavaba como si fueran dientes.

El dolor de la muñeca le recorrió el cuerpo, pero corrió, lo bastante rápido como para fingir que no veía las calabazas en los márgenes de los campos mientras se endurecían y se aclaraban, mientras brillaban con el tenue destello dorado del vidrio caliente.


Mar de los Vapores


Sam y su madre acababan de recoger la mesa después de cenar cuando llamó Aracely.

—¿Puedes venir a ayudarme? —dijo cuando Sam respondió.

Su madre estaba en la cocina con la sartén de hierro colado en el fuego para secarla y que no se oxidara.

Sam se apoyó el teléfono en el hombro y la miró con una pregunta silenciosa. «¿Te importa?». Tenían el acuerdo tácito de que, siempre que pidiera permiso para salir cuando su madre estuviera despierta, no haría comentarios de las veces que se escabullía para ver a Miel cuando estaba dormida.

«¿Has terminado los deberes de mates?», articuló.

Sam asintió.

Su madre apagó el fuego y asintió también.

—Claro —dijo Sam a Aracely.

—Bien. Porque estoy a tres segundos de estrangular a tu novia.

Colgó y lo dejó con la tarea de desentrañar lo poco que había dicho. Se le formó un nudo en la garganta al preguntarse si Aracely lo sabría. Suspiró aliviado cuando se dio cuenta de que, de hacerlo, no parecía querer matarlo. Luego se preguntó qué sería lo que la había puesto de tan mal humor como para querer cargarse a Miel.

Su madre le tiró una chaqueta. Se la puso de la que salía y siguió el camino de lunas que había puesto para Miel, un camino de luz entre sus casas.

Miel no curaba los corazones rotos. No tenía lo que ella llamaba el don, como Aracely. Sin embargo, a menudo ayudaba a la mujer, le pasaba cerillas y tarros de cristal con el tipo correcto de huevo. Salía a recoger limones en los árboles de fuera, con las cáscaras doradas salpicadas por la lluvia. Aracely no podía dejar preparadas esas cosas de antemano porque nunca sabía lo que le haría falta hasta que conocía el mal de amores que vivía dentro de un corazón roto.

Sam subió los escalones de la entrada y, como siempre, el color del exterior le recordó a una pintura que había usado una vez. «Glicinia», se llamaba el tubo. Le había sonado a nombre de lugar, un sitio que sería a la vez hermoso y demasiado pequeño para salir en los mapas. Pero, cuando se lo preguntó a su madre, le dijo que era una flor, una enredadera que goteaba flores como carámbanos.

Aracely lo recibió en la puerta.

—Vigílala —dijo e inclinó la cabeza hacia el interior.

Miel estaba de pie con la espalda apoyada en la pared y los hombros encorvados. Sam se habría preguntado si Aracely le había gritado, pero nunca lo hacía frente a quienes venían a curarse el mal de amores.

Los tacones de la mujer repiquetearon en el suelo y Sam y Miel los siguieron.

—¿Qué ha pasado? —preguntó sin levantar la voz.

Miel negó con la cabeza. «Ahora no».

Esa noche, Aracely atendía a un hombre. A veces, llamaba a Sam para que le pasara huevos, hierbas y el tipo de limón adecuado. Tener a un chico cerca hacía que los hombres se sintieran más cómodos. Ya les daba miedo tener las manos de Aracely en el pecho. Cuando además era una chica la que le pasaba huevos azules a Aracely, se ponían nerviosos, como si al ser dos fuera más probable que fueran brujas.

El hombre parecía un poco mayor que la mujer, quizá veintiocho o treinta años. Todo en él estaba pálido al contraste con las paredes oscuras de la habitación, del color de un níscalo azul. Llevaba cortadas las ondas del pelo rubio oscuro como el maíz seco. Vestía unos pantalones planchados, lo bastante bonitos para llevarlos a la iglesia, y un jersey gris de punto demasiado grueso para el tiempo que hacía, como si quisiera protegerse el corazón de lo que había pagado para que le hicieran.

Aracely pidió un huevo de Faverolles y Miel, sin apartar la vista de un trozo de pared añil, le pasó un huevo de Copper Maran. Sam se lo quitó de la mano y lo sustituyó por el huevo color crema que quería la curandera. Luego pidió una naranja sanguina y Miel cogió un limón lumia. Sam la detuvo.

Ese era el problema. La chica no prestaba atención.

—Lo siento —susurró.

—¿Qué te pasa? —preguntó Sam. Había sido ella quien le había enseñado a distinguir los tipos de huevos. En circunstancias normales, era capaz de ayudar a Aracely medio dormida. El único talento del chico era tranquilizar a los hombres.

Aracely rompió el huevo en una jarra de agua. Observaba cómo se extendía la yema, en forma de agujas como estelas de cometa o de una luz plena y espesa como el cordón del amanecer que perfilaba las colinas, para saber cómo se aferraba al hombre el mal de amores.

Frotó con hierbas y un huevo nuevo el cuerpo del hombre y le puso las manos en los hombros. Le presionó la parte superior de la caja torácica para palparle la piel. Con las manos, extrajo el mal de amores.

Aracely le había dicho que el mal de amores siempre se resistía a salir. Siempre que Sam la observaba, se fijaba en la tensión de su rostro cuando lo arrancaba, como si sacara un cubo lleno y pesado de un pozo.

No obstante, el hombre no fue distinto de cualquier otro visitante a la mesa de Aracely. Tenía el corazón hinchado y dolorido de amor no deseado. Se le agitaba en la caja torácica como un aleteo. Cuando Aracely lo sacara, tal vez volase por la habitación, correría hacia un armario o molestaría a los albaricoques del frutero. Entonces Miel abriría la ventana y las dos lo echarían fuera como a un pájaro que se hubiera colado en casa.

Solo que esa noche Aracely abrió las manos y Miel se olvidó de abrir la ventana. Se quedó de pie apoyada en la pared mientras miraba el suelo.

Sam saltó y levantó la hoja del alféizar. Se tensó y solo se relajó cuando dejó de oír los amores invisibles que rozaban las paredes y golpeaban los tarros de cristal.

Aracely llamó su atención y luego asintió en dirección a Miel y la puerta, para pedirle en silencio que la sacara de allí.

Miel captó el intercambió de miradas y se volvió hacia la puerta antes que él.

Salió de la habitación índigo y luego de la casa; se detuvo en los escalones de la entrada.

Sam la alcanzó.

—No lo sé —dijo Miel antes de darle tiempo a preguntar—. Tengo un mal día.

Cerró los ojos y volvió a negar con la cabeza.

Quería tocarla. Debería ser fácil. Sin embargo, desde aquella noche en su cama, dudaba antes de acercarle las manos, como si sus dedos y su piel estuvieran cargados con la estática de los días más secos. Antes habían sido como el cristal, y las pequeñas chispas cuando el antebrazo de Sam le rozaba el pecho o la mano de Miel se encontraba por accidente con el muslo de sus vaqueros, pasaban sin pena ni gloria. Sin embargo, tocarse esa noche los había convertido en cobre y desde entonces sus cuerpos conducían calor hasta en los momentos más insignificantes. Cuando el brazo de él le tocaba la espalda. Cuando al preparar sohan en la cocina de la madre de Sam, se daban cuenta al mismo tiempo de que la llama bajo el azúcar y la miel estaba demasiado alta y ambos estiraban la mano para bajarla.

Ahora Miel se alejaba y las preguntas se le pegaban a la piel como los hilos de seda de una tela de araña. ¿Qué versión de él quería? ¿Sam, Samir, o un chico llamado Luna que el pueblo se había inventado?

¿Lo quería porque no se le había pasado al crecer o porque suponía que se le pasaría? ¿Cuánto tiempo podía quererla mientras fuera Sam, antes de crecer y convertirse en otra persona?

—Miel —llamó—. ¿Qué pasa?

—Estoy bien —dijo—. Estoy bien.

Lo besó, pero fue un beso rígido e incómodo que le recordó a la primera vez que se besaron de niños y ella posó los labios en los de él durante un tiempo no superior a un parpadeo.

Saboreó el trébol y el azúcar en sus labios, como la miel de salvia. Se la imaginó lamiendo un cuchillo cuando Aracely no miraba.

Miel entró y Sam escuchó el crujido amortiguado de las escaleras; luego vio que se encendía la lámpara de su habitación. La luz llenó la ventana y la sintió tan lejana e inalcanzable como la luna.

Bahía de la Verdad


Aracely había intentado inmunizar a Miel. A menudo, traía a casa calabazas Jarrahdale de corteza azul y Rouge Vif d’Etampes de naranja intenso, y la chica se escondía en el armario del pasillo. Después, Aracely le narraba lo que hacía desde la cocina. «La he abierto. Ahora voy a vaciarla. La he puesto en la olla». Aun así, Miel se quedaba en el armario, preocupada ante la posibilidad de que brotaran nuevas enredaderas del tallo cortado de la calabaza.

Era otra cosa por la que Aracely casi le había preguntado una decena de veces; abría la boca y luego dudaba. Por qué para Miel una calabaza no era solo una calabaza. Una pregunta que la mujer sabía que no debía pronunciar en voz alta. Esa vacilación siempre le indicaba a la chica que las palabras que iba a pronunciar eran más profundas que si les quedaban huevos azules o si había visto su jersey amarillo. Miel se preguntaba si algo que había cruzado su rostro le había mostrado a Aracely el hilo de miedo que llevaba dentro. «Por favor. Por favor, no hagas preguntas. Por favor, no lo arruines, no destruyas la vida que tengo contigo al obligarme a decírtelo».

Ahora, en el límite de la granja de los Bonner, se rodeaba con los brazos y se clavaba los dedos. La luz de la casa se derramaba sobre los campos y calentaba el suave gris de las calabazas Lumina. La visión de las cortezas envolvió a Miel en la sensación de que iban a aplastarla, de que les crecerían lianas con las que la atravesarían. Le robarían la vida para hacerse más grandes, mientras ella se volvería lo bastante pequeña para tragársela.

Había sido una estupidez ir allí y lo sabía. Era más de medianoche, una hora demasiado tardía para fingir que había ido a buscar a Sam, e incluso para mentir y pretender que quería ver a Lian o a Peyton.

Sin embargo, necesitaba ver las calabazas.

No había sido un delirio causado porque Ivy le cortase la rosa. Más calabazas se habían convertido en cristal. Constelaciones de ellas destellaban, pesadas y brillantes. La carne viva de unas pocas se había convertido, como flores congeladas en hielo.

La pequeña tormenta que se había desatado entre las hermanas Bonner se había desbordado al exterior de la casa de su familia. Querían desplazarse para tratar de devolverle a Chloe el espacio que había ocupado, pero no eran capaces de asentarse en el lugar en el que habían estado antes de que se fuera. Todavía mantenían el poder compartido de ser las Bonner. Todavía era fuerte. Sin embargo, empezaba a convertirse en algo titubeante y dentado, y los campos lo reflejaban.

El aire de la noche la acarició. El frío la atravesó y en la voz hueca del viento escuchó el triste murmullo de su madre. Para los demás, sonaría como el aviso de una tormenta. Sin embargo, cuando Miel escuchaba, cuando cerraba los ojos y encontraba ese zumbido en el viento, oía a su madre, atrapada entre esa vida y marcharse.

Nunca oía a su padre. Ni siquiera recordaba si había muerto o si los había abandonado. Aunque ¿cómo iba a haberlos abandonado? Se aferró al pensamiento de cómo le envolvía la muñeca con una venda. Le decía que le dolía cuando se la apretaba demasiado y la voz tranquila de él le explicaba que tenía que estar apretada para que se curase. La leve consternación que mostraba cuando le miraba la herida y descubría que volvían a salirle hojas nuevas. «No te preocupes, mija, lo conseguiremos la próxima vez», le decía con seguridad, como si fuera posible hacer desaparecer las rosas.

Esos recuerdos representaban para Miel la certeza de que su padre no los había dejado, a pesar de estar mezclados con la sensación de no ser reales y pertenecer a alguna otra persona.

Eso la llevaba a la horrible posibilidad de que lo hubieran perdido. Dejaba a Miel con la tarea de adivinar cómo, de preguntarse si había sido culpa suya.

Con cada guiño de cristal que encontraba la luna, el canto de su madre sonaba un poco más agudo y más parecido a un débil sollozo.

El señor y la señora Bonner se darían cuenta. Si les preguntaban, sus hijas culparían a Miel. Chloe e Ivy les dirían a su madre y a su padre que no era solo una chica que había estado hecha de agua, sino que su madre había intentado matarla. Las hermanas que la mitad del pueblo tachaba de brujas la acusarían de lo mismo a ella, una chica malvada que el río había conservado y después soltado, que ahora había convertido sus campos en cristal.

Las mentiras en manos de las Bonner cortaban como mil pares de tijeras, de latón y oxidadas. Si difundían la historia, el alma de su madre nunca se libraría de ese peso. La perseguiría, se le clavaría y la arrastraría. Su madre ya estaba demasiado cerca; la vigilaba y buscaba al hermano que Miel nunca volvería a ver.

Tenía que hacer lo que Ivy le había dicho. Tenía que esperar a que la próxima rosa creciera y floreciera, para luego dejar que las Bonner se la llevaran.

La pregunta de por qué las querían la atormentaba. Dudaba que fuera tan simple como hacer que los chicos se enamoraran de ellas. Ya sabían cómo hacer eso. Ni siquiera Chloe, con los meses transcurridos y los rumores que se le prendían al pelo como cintas, había perdido el resplandor en la piel.

No saber era lo peor. Si querían las rosas por un chico en particular o por todos. Si significaba que Ivy estaba empeñada en el chico que no había mostrado interés en el río o si una de sus hermanas se había decidido por uno de otro pueblo que nunca había oído hablar de las Bonner y no estaría preparado para su fuerza.

O Sam. Esa posibilidad también le susurraba. Trabajaba en la granja familiar. Ningún otro chico se había acercado tanto a ellas sin desearlas.

Miel se llevó la palma de la mano a la muñeca; el músculo todavía le dolía. Las palabras que no había encontrado cuando Ivy abrió aquellas tijeras le llenaron la boca.

—No —susurró a los campos—. No te llevarás esa parte de mí.

Si intentaban llevarse a Sam, haría todo lo posible para detenerlas, pero esa elección era de él. Esta era suya.

—No soy vuestro jardín —dijo, las palabras no más fuertes que el hilo de la voz de su madre que transportaba el viento—. No soy una de las vides de calabaza de vuestro padre. No sois dueñas de lo que cultivo.

El viento y el crepitar de las hojas y las vides le respondieron.

Los destellos del cristal se veían más apagados. En lugar de brillo, distinguió el gris crema de las calabazas Estrella y el verde azulado profundo de las Alas de otoño.

El viento y el hilo de voz de su madre se calmaron.

Era la primera vez que la visión de las calabazas, frescas y vivas, la reconfortaba. Se irguió frente a los campos en lugar de encogerse. Era una señal tan importante como la que le había dado su madre. Entre ellas, las calabazas eran un lenguaje tan claro como desconocido para el resto. Escuchar el lejano rumor de la voz de su madre era como recibir su bendición.

No lo haría. La próxima vez que tuviera una rosa completa en la muñeca, se mantendría lejos de las Bonner.

Una sensación de cansancio la invadió, agotamiento y alivio a partes iguales. Quería sumergirse en ella y desplomarse en la cama con la ropa puesta. No importaba que las hermanas pensaran amenazarla, no cedería. La decisión la había dejado agotada y lista para deslizarse bajo el brillo de las lunas de Sam.

Regresó a la casa violeta y encontró la luz encendida en la cocina.

Aracely estaba frente al calendario de pared, con el cinturón de la bata atado en un nudo medio desecho.

La miró y se fijó en su jersey y sus vaqueros, en que no llevaba camisón.

—¿Qué hacías fuera?

—¿Qué haces tú levantada? —preguntó Miel.

—Trato de recordar la última vez que vino Emma. —Estudió el calendario—. Creo que ya le toca.

Emma Owens, la mujer rubia y menuda que dirigía la secretaría de la escuela, se las arreglaba para que le rompieran el corazón al menos una vez cada dos meses. Se enamoraba de hombres que no llamaban, o de hombres que llamaban y ella espantaba con su gratitud y sus prisas. Con treinta y pocos años y empeñada en casarse antes de los treinta y cinco, acababa sollozando en la mesa de Aracely al menos una vez por estación.

Cada vez que le ponía las manos en la caja torácica, Aracely le decía a la señora Owens que tenía que ir con más calma, que el corazón adecuado encontraría el suyo, pero solo cuando ambos estuvieran preparados. Sin embargo, después de curarla y liberarla del amor no correspondido hacia algún comerciante de productos regionales o un contable, al poco de levantarse de la mesa ya tenía otra cita con otro hombre que oscilaba entre el interés y la indiferencia. Incluso con sus remilgadas chaquetas de punto abotonadas con perlas, era lo bastante guapa y lo bastante rubia como para pasar muy pocos viernes por la noche sola.

Miel se colocó al lado de Aracely.

—¿No te preocupa la frecuencia con la que viene?

—La primera regla de un negocio es no cuestionar nunca a un cliente habitual. Además, sé lo que hago.

—Un día le vas a arrancar todo el corazón.

—Me encantaría tener que explicar eso.

Miel extendió una mano como si resaltase un titular.

—«Curandera mata por accidente a una mujer local».

—Quita lo de «por accidente» —dijo Aracely—. Jamás se lo creerían.

—Una corrección de la portada del lunes. «La bruja lo hizo a propósito».

La mujer chasqueó la lengua y negó con la cabeza, como las señoras que chismorrean en el mercado.

—«Le arrancó el corazón del cuerpo a esa pobre mujer».

Miel la miró.

—Sabes que mis antepasados sabían hacerlo en menos de quince segundos, ¿verdad?

Aracely le enseñó las manos.

—No con esta manicura.

Miel sintió que el aire se asentaba entre las dos y la mujer se liberó de la irritación por tener que llamar a Sam.

—Lo siento —dijo—. Lo de antes. No volverá a ocurrir.

Aracely asintió, tanto por el calendario como por Miel.

—Lo sé.

Lago de la Muerte


Aracely lavaba un frasco de vidrio azul, cuyo interior se había quedado lechoso de usarlo para una cura del mal de amores. La mezcla de agua y huevo siempre se resistía a salir.

Miel estaba en la mesa amarilla de la cocina y hacía una pila de libros que necesitaba y otra de libros que no.

Sintió que la mujer la observaba incluso mientras fregaba el cristal.

—¿Vas a estudiar? —preguntó, con una voz que pretendía sonar a broma, pero que hizo que Miel se sonrojara en vez de reírse.

Aracely se había dado cuenta de lo que hacía cuando se metía los libros en la bolsa cada tarde, las tareas de clase que leía mientras esperaba a Sam.

—Asegúrate de darle tiempo a que termine de trabajar —dijo—. Tiene las manos llenas buscando alguna calabaza que cortar.

—¿De qué hablas? —preguntó Miel.

—El cristal. —Dejó el tarro en la rejilla de secado—. Se está extendiendo. Ahora, cuando corta la fruta de la parra, tiene que asegurarse de no romper nada.

Miel se lo imaginó atravesando los campos palpando en busca de tallos vivos y ásperos en lugar de cristales. Como un gato que camina por una estantería abarrotada sin tirar nada.

Sin embargo, pensar en los destellos de los campos todavía le provocaba un escalofrío en las costillas. Por supuesto que el señor Bonner haría que sus peones siguieran como si nada hubiera cambiado. Por supuesto que ignoraría los cristales y fingiría que no estaban allí. Mostraba la misma actitud ante la fuerza en la que se habían convertido sus hijas, como si todavía fueran niñas que se ponían lacitos en el pelo.

—¿Qué pasa? —preguntó Aracely y le estudió el rostro—. ¿Sabes algo al respecto?

—No —dijo, un poco demasiado rápido. Fuera lo que fuera lo que ocurría entre las hermanas Bonner y fuera cual fuera la razón por la que sus tierras lo sentían y lo reflejaban, no era asunto de Miel cuestionarlo ni su responsabilidad explicarlo.

Sam era lo único que la haría acercarse a la granja. No obstante, no dejó que las hermanas la vieran. Menos aún entonces, una semana después, cuando había ahogado la rosa blanca con pétalos de puntas verdes que le había crecido. La noche anterior, los pétalos se habían extendido mucho y mostrado un soplo de amarillo del centro, así que había cortado el tallo y dejado que el río se llevara la flor.

En los momentos en que se mentía a sí misma, se decía que lo hacía solo por Sam, porque quería verlo y tocar los lugares donde el sudor de la nuca le habría dejado el pelo un poco mojado. Porque quería besarlo cuando su boca siguiera fresca después de beber agua.

Todo eso era cierto. Sin embargo, en los momentos en que permitía que el resto de la verdad se le metiera dentro, sabía que quería que las hermanas Bonner la vieran. Quería que la vieran llevarse a Sam hacia el bosque y besarlo incluso antes de alcanzar las sombras de los árboles. Quería que le vieran la muñeca desnuda y que supieran que solo porque fueran las Bonner y porque hubieran conseguido a Hunter Cross, a Jerome Carter y a todos los demás chicos que habían querido, eso no significaba que fuera a entregarles aquello que su cuerpo cultivaba.

Si creían que necesitaban sus rosas, algo habían perdido. Eso le quitaba un poco del miedo de que descubrieran que quería a Sam y la empujaba a desear que supieran que no les pertenecía. Se pertenecía a sí mismo, a su madre y tal vez incluso a Miel, pero no a ellas. No era suyo, como tampoco lo eran las rosas de Miel.

Ese día lo encontró en el borde de los campos de calabazas y lo empujó debajo de un sicomoro lo bastante grande como para esconderlos a los dos. Durante unos minutos, antes de que Sam volviera al trabajo y Miel se marchase a terminar de leer o a recoger huevos de la granja de los Carlson, ese dosel de hojas, de color naranja y dorado en los bordes, pero todavía verde en el corazón, fue todo su mundo.

Lo arrinconó contra la corteza y lo besó con tanta fuerza que le escocía. Le rozó el pecho con la mano y, sin ser consciente, la extendió y abrió los dedos para apoyarlos en su camisa.

Solo se dio cuenta cuando el chico se estremeció y tensó los hombros más cerca del árbol.

—Lo siento —dijo, con la boca aún cerca de la de él—. Lo siento.

Ambos se quedaron quietos mientras respiraban largas bocanadas del aire húmedo y terroso del otoño, que arrastraba el olor intenso del humo de las hojas que quemaban los agricultores.

Miel se obligó a apartar la mano. Trató de enviar la orden a sus dedos para que se movieran. Conocía muchas partes de su cuerpo, pero ese era un lugar que no había tocado. Su pecho se había aplastado contra ella cuando estaban en la cama, pero no lo había cartografiado con las manos.

Incluso con la camiseta interior que lo oprimía y, debajo de la camisa, lo volvía tan plano como cualquier otro chico, Miel nunca había puesto las manos ahí. Ni siquiera le había rozado con un dedo por debajo de la clavícula cuando hacían el tonto o coqueteaban. Era una parte de su cuerpo que no le gustaba que le recordaran y comprendió que sus manos eran el peor tipo de recordatorio.

Miró el reloj por él; siempre lo hacía, porque sabía que a Sam no le gustaba decirle que tenía que volver al trabajo.

—Llegas tarde —dijo.

La besó de nuevo, con fuerza, y sintió como si le hubiera dicho que lo olvidarían. Que la perdonaría. Ni siquiera eso. Lo dejaría pasar, como el accidente que había sido. Como cuando la abrazó y le clavó el borde de la hebilla del cinturón, o cuando ella, sin quererlo, le puso la mano en el cuello y lo arañó.

Cuando Sam se fue, Miel se recostó en el árbol, con las manos apoyadas en la corteza tras la espalda, y lo miró. Para ella siempre había sido Sam, el chico que le hacía lunas y cuya silueta había encontrado cientos de veces en una escalera de madera, con luz en las manos. No cambió cuando lo vio a través de la puerta del dormitorio que creía haber cerrado, pero cuyo pestillo a veces se escurría, cambiándose de ropa o vistiéndose después de la ducha. Fue la primera vez que vio esa parte de él que reprimía con la camiseta interior, o sus caderas, un poco más anchas y con una forma que no se distinguía a través de los vaqueros, pero que reconoció al llevar puestos solo los bóxers.

Nada había sido una sorpresa. Sabía lo que era, la tensión que suponía que, para cualquiera que no lo entendiera, había una contradicción entre cómo vivía y lo que tenía debajo de la ropa. Por qué tenía que llevar pantalones holgados para que nadie notara lo que tenía o no tenía.

Tenía el rostro más suave que los demás alumnos de clase, pero con el trabajo en la granja de los Bonner había desarrollado bastante musculatura en la espalda y los hombros como para parecer un poco más ancho que antes. Los demás casi habían dejado de llamarlo chica, algo que decían con otra intención, algo que decían sin saber lo que decían.

Por lo poco que sabía Miel y lo poco que su madre había estado dispuesta a decirle, era algo que Sam pensaba que se le pasaría.

No parecía darse cuenta de que cada vez se afianzaba más.

Recorrió el camino mientras las puntas de las hojas húmedas y caídas le rozaban los tobillos.

Una franja de cobre salió del bosque, como una rama cubierta de hojas que se desprenden.

Ivy Bonner se detuvo delante de ella a observarla.

—Quiero enseñarte algo —dijo. Sin saludar, sin rodeos. Ni siquiera una mirada a la muñeca desnuda de Miel.

Podría haber seguido su camino, pero ignorarla le habría parecido una provocación. Quedarse callada y no decirle que no le había costado la rosa amarilla como una vela.

—¿El qué? —preguntó.

—Si pudiera contártelo, no necesitaría enseñártelo —dijo, como si fuera un secreto que compartes con una niña, en lugar de con la seducción y la inclinación del cuello que a las Bonner les gustaba usar tanto con los chicos como con otras chicas.

Miel miró hacia la carretera por encima del hombro. Echar a correr sería tanto una admisión de que tenía miedo como una forma de empeorar la situación.

—¿Quieres relajarte? —dijo Ivy—. No estoy enfadada.

—¿No lo estás? —preguntó, y odió la deferencia en su propia voz.

—Nunca me enfado —explicó—. Nadie debería hacerlo. ¿De qué sirve?

Sonaba igual que la madre de Sam y se preguntó si lo habría aprendido de ella. Incluso las Bonner tenían que saber apreciar la elegancia de las camisas blancas planchadas de Yasmin, su grueso delineador de ojos y sus grandes joyas de cuarzo y jaspe. Les había dado clases particulares algunas veces, no todas las semanas como con los hijos de otras familias, sino cuando la señora Bonner estaba muy resfriada y se retrasaban con el plan de estudios.

—Tú sí lo estás —dijo Ivy.

—No, no lo estoy.

—Claro que sí. Sientes que te he quitado algo sin darte nada a cambio.

El recuerdo de las tijeras sin brillo en las manos de la chica hizo que se agarrara el antebrazo.

No se trataba de que no le hubiera dado nada. No se trataba de que sus hermanas y ella no dejaran de mirarla y atacarla con el hechizo adormecedor de sus cuatro pares de ojos, para que no se diera cuenta de lo que iban a llevarse hasta escuchar el chasquido de las hojas de latón.

—Por eso quiero mostrarte algo que nadie más ha visto —dijo Ivy—. Algo que no le he mostrado a nadie.

Un pálpito en la caja torácica le gritó que corriera. Sin embargo, otra corriente en su interior la empujó a seguir a Ivy. Tanto porque sentía un poco de curiosidad, como porque cuando una Bonner te ofrecía un secreto, sería tonto y antagónico rechazarlo. Una vez, Lian Bonner celebró una fiesta de cumpleaños, una de las pocas a las que habían invitado a alguien que no fuera de la familia. Lian oyó a Elise Shanholt llamarlas espeluznantes y decir que no se acercaría a menos de un kilómetro de su casa, que no iría a la fiesta ni aunque el guapísimo hermano mayor de Nate Stuart le pidiera que fuera su acompañante.

Así que Ivy y Peyton le robaron el gato, un precioso atigrado naranja tan grande como un mapache. Lo acariciaban, le daban nata que ellas mismas preparaban y se reían cuando una dosis de hierba gatera lo hacía perseguirse la cola. Elise no tardó en descubrir quién se lo había llevado, pero cuando fue a buscarlo, el animal protestó, la arañó y no quiso acompañarla. Se alejó de ella, se restregó en las piernas de Ivy y saltó al regazo de Lian. Los padres de Elise dijeron que le conseguirían otro gato, que las Bonner lo habían cuidado bien y que no era culpa suya que se hubiera encariñado con ellas.

Miel recordaba cómo Elise había llorado por los pasillos durante una semana entera. Incluso sus padres habían defendido a las Bonner. El gato vagó por la granja hasta que murió la primavera pasada; siempre corría para saludar a las chicas que lo habían robado.

Si Miel rechazara el regalo de Ivy y le diera la espalda, sería una declaración de guerra. La chica de la casa violeta contra las hermanas de la azul marino.

Así que fue con Ivy.

Cuanto más se adentraban en los bosques dorados y anaranjados, más oscilaba entre el miedo y la excitación. Supuso que esa era la emoción que provocaban las hermanas en los chicos que las amaban. Nunca sabían en qué momentos sentirse eufóricos y en cuáles aterrados. El tiempo durante el que una Bonner los quería podía ser corto y repentino como la explosión de unos fuegos artificiales, o largo y descontrolado; nunca sabían qué esperar. La decepción podía ser suave o brutal y nunca sabían cuál.

Solo unas pocas columnas de luz se colaban entre los árboles. Sin embargo, en esa época del año, los árboles eran su propia luz, ámbar, coral y color mantequilla. Ivy se detuvo en una arboleda que era casi toda amarilla, el dorado puro de los álamos, los abedules y los tuliperos.

Había una gran caja en el suelo, larga y ancha como el estuche de un florista o un ataúd, con los lados, la tapa e incluso el suelo hechos de vidrieras de colores. La habían depositado sobre la base en la que descansaría un cuerpo, como si en cualquier momento la caja entera fuera a hundirse en el suelo y convertirse en una tumba. Espirales de color rojo intenso y violeta cruzaban los paneles. Regueros de estrellas lechosas brillaban sobre un campo azul oscuro y verde. Ni siquiera las largas grietas que atravesaban los planetas y las constelaciones le restaban belleza.

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
23 ekim 2025
Hacim:
290 s. 17 illüstrasyon
ISBN:
9788412437577
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

Benzer kitaplar