Kitabı oku: «Solo otra noche - Enséñame a amar - Una propuesta tentadora»
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Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
N.º 453 - agosto 2020
© 2014 Fiona Gillibrand
Solo otra noche
Título original: Just One More Night
© 2003 Heather W. Macallister
Enséñame a amar
Título original: Male Call
© 2010 Anne Oliver
Una propuesta tentadora
Título original: Mistress: At What Price?
Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2014, 2004 y 2014
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-622-2
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Solo otra noche
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Capítulo Doce
Enséñame a amar
Prólogo
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Epílogo
Una propuesta tentadora
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Epílogo
Si te ha gustado este libro…

Capítulo Uno
El coro del instituto estaba ensayando It’s A Small World. De repente, Celia Patel se dio cuenta de que el mundo era un pañuelo. Esquivando a las enloquecidas integrantes femeninas, se abrió paso como pudo. Las chicas corrían, gritando con locura. Sus pasos reverberaban sobre el suelo del gimnasio. Era una masa en estampida que se movía como un bloque compacto. Lo único que querían era llegar a la parte de atrás del gimnasio, porque allí estaba él.
Malcolm Douglas.
Ganador de siete premios Grammy.
Y de innumerables discos de platino.
Estrella del rock melódico.
Pero también era el hombre que había roto el corazón de Celia cuando solo tenía dieciséis años de edad.
Celia dejó a un lado su atril antes de que salieran las últimas adolescentes. Era imposible detenerlas. Las gemelas, Valentina y Valeria, casi la habían tirado al suelo, empeñadas en llegar a la parte de atrás del edificio. Ya había dos docenas de alumnas a su alrededor, pero los guardaespaldas hacían bien su trabajo. Los gritos y las risas reverberaban en las vigas.
Malcolm levantó una mano y les hizo señas a los guardaespaldas, sin dejar de mirarla ni un momento. Esa sonrisa debía de valer un millón de dólares y aparecía en muchas portadas de discos y sesiones de fotos. Era alto, musculoso y su atractivo de pueblo seguía intacto. Pero parecía haber madurado. Estaba muy seguro de sí mismo y debía de pesar unos cuantos kilos más; kilos de puro músculo.
El éxito y la riqueza desmedida le habrían sentado muy bien. De eso no había duda.
Pero Celia quería que saliera del instituto cuanto antes. Era la única forma de conservar la salud mental. Sin embargo, no era capaz de apartar la vista…
Llevaba pantalones color caqui y mocasines de diseño, sin calcetines. Estaba claro que se sentía muy cómodo en su papel de estrella del rock. Llevaba la camisa remangada hasta los codos, dejando ver unos brazos fuertes y bronceados, y unas manos de músico…
Era mejor no pensar en esas manos talentosas y hábiles.
Su cabello color arena era tan copioso como lo recordaba. Todavía lo llevaba un poco largo y le caía sobre la frente, invitándola a echárselo hacia atrás, como siempre. Sus ojos azules… Recordaba lo mucho que se oscurecían justo antes de que la besara con el entusiasmo y el ardor de un adolescente efervescente lleno de hormonas.
Nadie podía negar que se había convertido en todo un hombre.
¿Pero qué estaba haciendo en el instituto? El juez, amigo de su padre, le había ofrecido dos alternativas, el centro de menores o la escuela. Y desde entonces no había vuelto a poner un pie en Azalea, Mississippi. De eso hacía casi dieciocho años… Y la había dejado atrás, asustada, embarazada y decidida a seguir con su vida.
Malcolm Douglas aparecía con frecuencia en la prensa, pero verle en persona después de tantos años era algo muy distinto. No era que hubiera buscado fotos, pero, dada su popularidad, no podía evitar encontrárselo de vez en cuando en los medios. Pero lo peor de todo era encontrarse el sonido de su voz en la radio cuando cambiaba de emisora.
Malcolm se puso un papel sobre la rodilla para firmarle un autógrafo a Valentina, o Valeria. Nadie era capaz de diferenciarlas. Ni siquiera sus madres podían. Al verle junto a la chica, Celia sintió que se le encogía el corazón y no pudo evitarse preguntarse cómo hubieran sido las cosas si se hubieran quedado con el bebé.
Pero ya no tenían dieciséis años. Y esos sueños temerarios habían quedado atrás el día en que había renunciado a su hija recién nacida para dársela a una pareja que iba a darle todo lo que ellos no podían ofrecerle.
Celia echó atrás los hombros, se puso erguida y avanzó hacia el grupo de gente que estaba al otro lado del gimnasio. Estaba decidida a sobrevivir a esa visita sorpresa con el orgullo intacto. Por lo menos los nueve chicos del coro estaban sentados sobre las gradas, jugando con los videojuegos que no estaban permitidos en clase. Celia lo dejó pasar y se concentró en el grupito que se había formado junto a un carro lleno de pelotas de baloncesto, justo debajo de la puerta de salida.
–Chicos, tenemos que darle un poco de espacio al señor Douglas –se acercó al grupo de chicas y resistió la tentación de alisarse el vestido amarillo que llevaba puesto.
Le dio un golpecito a Sarah Lynn Thompson en la muñeca.
–Y nada de arrancar pelo para venderlo en Internet, chicas.
Sarah Lynn bajó la mano. El rubor de la culpa asomaba en sus mejillas.
Malcolm entregó los últimos autógrafos y se guardó el bolígrafo en el bolsillo de la camisa.
–Estoy bien, Celia, pero gracias por asegurarte de que no me quede calvo prematuramente.
–¿Celia? ¿Celia? –preguntó Valeria.
¿O era Valentina?
–Señorita Patel, ¿le conoce? ¡Oh, Dios mío! ¿Cómo? ¿Por qué no nos lo ha dicho?
–Fuimos juntos al instituto.
Su nombre estaba grabado en un cartel que decía: Bienvenidos a Azalea, hogar de Malcolm Douglas.
Era como si nunca hubieran intentado mandarle a la cárcel por ella.
–Bueno, volvamos a las gradas. Estoy segura de que el señor Douglas contestará a vuestras preguntas, ya que ha interrumpido nuestro ensayo.
Le lanzó una mirada reprobadora y él esbozó una sonrisa irreverente.
Sarah Lynn no se despegaba de su lado.
–¿Salían juntos?
Afortunadamente, el timbre sonó en ese momento. No había tiempo para preguntas.
–Chicos, preparaos para vuestra última clase.
La directora y la secretaria estaban en la puerta, igual de asombradas que los estudiantes. ¿Cómo había entrado en el gimnasio sin que nadie se diera cuenta?
Celia condujo a los alumnos hacia las dobles puertas. Sus sandalias golpeaban el suelo con fuerza. Poco a poco se dio cuenta de que los dos guardaespaldas que estaban dentro solo constituían una pequeña parte de la seguridad de Malcolm. En el pasillo había cuatro hombres musculosos y una enorme limusina esperaba junto a la puerta principal. Pero también había otros coches con los cristales tintados. Malcolm les estrechó la mano a la directora y a la secretaria y charló un momento con ellas.
–Dejaré unas fotos firmadas para los alumnos.
Sarah Lynn corrió por el pasillo.
–¿Para todos?
–La señorita Patel me dirá cuántos sois.
Los últimos estudiantes salieron al pasillo. La directora y la secretaria se marcharon y la puerta se cerró tras ellas. Celia sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Estaba a menos de un metro de Malcolm. Los dos guardaespaldas estaban justo detrás de él.
–Entiendo que has venido a verme –le dijo, aunque no era capaz de imaginarse por qué querría ir a verla.
–Sí, he venido a verte. ¿Podemos hablar en algún sitio sin que nos interrumpan?
–Tu séquito de seguridad complica un poco las cosas, ¿no crees? –le preguntó, sonriéndoles a los guardaespaldas.
Los dos hombres le devolvieron la mirada sin expresión alguna en el rostro. Malcolm les hizo una seña y entonces salieron al pasillo sin decir ni una palabra.
–Se quedarán junto a la puerta, pero están aquí no solo para protegerme a mí, sino también a ti.
–¿A mí? –Celia dio un paso atrás. Necesitaba alejarse un poco de ese aroma que la envolvía–. No creo que tus fans empiecen a adorarme porque te conozca desde hace siglos.
–No me refiero a eso –se rascó la nuca como si tratara de escoger las palabras con cuidado–. He oído que has sido objeto de amenazas. No viene mal un poco más de seguridad, ¿no?
–Gracias, pero estoy bien así. Solo han sido algunas llamadas extrañas y unas notas. Esas cosas pasan a menudo cuando tu padre es un criminal conocido.
¿Cómo se había enterado Malcolm? Celia sintió una inquietud, algo que se agitaba en su interior y le causaba pánico. No quería que la presencia de Malcolm interrumpiera su vida apacible y rutinaria. No quería darle la oportunidad de acelerarle el pulso.
Habían pasado muchos años y ya era una mujer hecha y derecha. Sin embargo, aún tenía los nervios tan tensos como las cuerdas de un piano. Reprimiendo las ganas de arremeter contra él por haber sembrado el caos en su mundo tantos años antes, cruzó los brazos y esperó. Ya no era una niña consentida e impulsiva. Ya no era una adolescente aterrada y embarazada. Ya no era una joven destrozada, sumida en una depresión post–parto que había puesto su vida en peligro.
El camino de vuelta a la paz y a la tranquilidad había sido arduo y para alcanzar la meta había necesitado a los mejores psiquiatras que se podían conseguir con dinero. Ni Malcolm ni nadie pondrían en peligro el futuro que tanto le había costado labrarse.
Amar a Celia Patel le había cambiado la vida para siempre, y aún no sabía con certeza si había sido algo bueno o malo. Sus vidas, sin embargo, seguían unidas. Había logrado mantenerse lejos de ella durante dieciocho años, pero nunca había dominado el arte de mirar hacia otro lado, aunque estuvieran a dos continentes de distancia. Y era eso lo que le había llevado hasta allí. Sabía demasiado de su vida, demasiado acerca de las amenazas que habían despertado ese viejo instinto protector. Solo tenía que encontrar la forma de convencerla para que le dejara entrar en su vida de nuevo. Tenía que convencerla para que le dejara ayudarla y de esa forma podría recompensarla por todo lo que le había hecho en el pasado. A lo mejor era esa la única forma de olvidar a un amor de juventud que se había glorificado demasiado con los años y que seguramente no era real a esas alturas.
Su reacción física al verla, no obstante, sí era muy real. Una vez más, el deseo que sentía por Celia Patel parecía estar a punto de arrollarle como un tren de alta velocidad.
Nunca había sido capaz de olvidarla, ni siquiera mientras cantaba ante miles de personas en estadios repletos de gente. Y no podía apartar la vista de ella en ese momento, mientras caminaba unos pasos por delante. Su pelo, negro y rizado, le caía por la espalda y se movía con cada paso que daba. El vestido amarillo abrazaba esas curvas que un día habían acariciado sus manos.
La siguió por el gimnasio. Era el mismo edificio en el que habían estudiado de niños. Había actuado en ese escenario con el coro del instituto, solo para estar con ella. Un día un tonto de la clase dijo algo de mal gusto sobre ella y el puñetazo que le dio le costó una expulsión de tres días. Pero el precio había sido muy pequeño. Por aquel entonces hubiera hecho cualquier cosa por ella.
Y eso no había cambiado, al parecer. A través de un contacto había averiguado que su padre, juez de profesión, estaba llevando un caso de mucha repercusión mediática. Era algo relacionado con el tráfico de drogas y un rey del narcotráfico había dibujado una diana en el pecho de Celia.
Se lo había notificado a las autoridades locales, pero ni siquiera se habían molestado en examinar las pruebas que les había entregado, un rastro bancario que vinculaba a un sicario de la organización con el traficante detenido. A los policías no les gustaba tener que tratar con extraños y preferían resolver el caso ellos solos, pero alguien tenía que hacer algo y estaba claro que debía ser él. Nada le impediría proteger a Celia. Tenía que hacerlo para recompensarla por todo lo que la había defraudado tantos años antes.
Ella abrió la puerta lentamente y entró en el pequeño despacho. Había estanterías en todas las paredes y un pequeño escritorio en el centro. Las partituras y las cajas de instrumentos estaban por doquier. Había triángulos, xilófonos, bongós. Olía a papel, a tinta y a cuero.
Se giró hacia él, rozándole la muñeca con un mechón de pelo.
–Realmente es como un armario. Aquí guardo mi carrito, mis instrumentos y los papeles. Voy de clase en clase o nos vemos en el gimnasio.
Malcolm se ajustó el reloj para acabar con el hormigueo que había desencadenado ese pequeño contacto físico.
–Como en los viejos tiempos. Por aquí no ha cambiado casi nada.
–Algunas cosas sí que han cambiado, Malcolm. Yo he cambiado. Soy distinta ahora –le dijo ella en un tono gélido que no reconocía.
–¿No me vas a reñir por haber interrumpido tu clase?
–Eso sería una grosería –empezó a juguetear con el ukelele que tenía sobre la mesa. Las notas musicales llenaron la estancia–. Conocerte ha sido lo mejor que les ha pasado en su vida hasta ahora. Seguro.
–Pero está claro que no ha sido lo mejor que te ha pasado a ti.
Malcolm se inclinó hacia atrás y metió las manos en los bolsillos para reprimir el deseo de tocar las cuerdas con ella. Los recuerdos le invadían… Cuántas veces habían tocado la guitarra y el piano juntos… El amor que sentían por la música les había llevado a compartir sus cuerpos, a amarse con locura. ¿Había magnificado el recuerdo de esos momentos hasta convertirlos en otra cosa? Había pasado tanto tiempo desde la última vez que la había visto que ya no podía estar seguro.
–¿Por qué estás aquí?
La imagen de sus manos, moviéndose sobre las cuerdas, le hipnotizaba.
–No tienes ningún concierto por aquí.
–¿Te sabes las fechas de la gira? –abrió los ojos y la miró a la cara.
Ella dejó escapar una risotada.
–La ciudad entera sabe todo lo que haces, lo que comes, con quién sales… Tendría que estar ciega y sorda para no oír lo que la ciudad tiene que decir acerca de su hijo predilecto. Pero, personalmente… Ya no soy miembro del club de fans de Malcolm Douglas.
–Bueno, esa sí que es la Celia que recuerdo.
–Todavía no has contestado a mi pregunta. ¿Por qué estás aquí?
–Estoy aquí por ti.
–¿Por mí? Creo que no –le dijo con frialdad. Todavía seguía acariciando las cuerdas del ukelele con una sensualidad instintiva, como si saboreara tanto el tacto de cada nota como el sonido–. Tengo planes para esta noche. Deberías haberme llamado antes.
–Te veo mucho más centrada ahora que antes.
–Entonces era una adolescente. Ahora soy adulta y tengo responsabilidades de adulto, así que si podemos acelerar un poco la conversación… por favor.
–Puede que no estés al tanto de mis cosas, pero yo sí he estado al tanto de las tuyas.
Sabía lo de las llamadas amenazantes, lo de la rueda pinchada. Las amenazas se hacían cada vez más frecuentes. Y también sabía que solo le había contado la mitad de la historia a su padre.
–Sé que terminaste la carrera de música con honores en la universidad del sur de Mississippi. Has enseñado aquí desde que te graduaste.
–Muchas gracias. Estoy orgullosa de mi vida, mucho más de lo que se puede resumir en un par de oraciones. ¿Has venido a darme un regalo de graduación pendiente? Porque si no es así, puedes irte a firmar autógrafos.
–Vamos al grano entonces –Malcolm se apartó de la puerta y se paró frente a ella, tan solo para demostrarse a sí mismo que podía estar cerca de ella y resistir la tentación de abrazarla–. He venido a protegerte.
Celia tiró de una cuerda del ukelele y esquivó su mirada.
–Eh, ¿te importaría aclararme de qué estás hablando?
–Ya sabes de qué estoy hablando. Esas llamadas que mencionaste antes.
¿Por qué se lo estaba ocultando todo a su padre? Malcolm sintió el latigazo de la rabia en su interior, rabia hacia ella por ser tan temeraria, y hacia sí mismo por haber dado un paso hacia ella. Como si la habitación no fuera lo bastante pequeña…
–El caso que lleva tu padre. El rey de la droga. ¿Te suena?
–Mi padre es juez. Persigue a los malos y muchas veces estos se enfadan y le amenazan.
Volvió a mirarle a los ojos. Todo signo de incomodidad había desaparecido y había sido reemplazado por una mirada fría y distante que nada tenía que ver con aquella jovencita rebelde que había sido.
–No sé por qué te preocupa tanto.
Malcolm no podía negar que en eso tenía razón. No era su responsabilidad cuidarla, pero no podía evitar sentir ese instinto protector, de la misma forma que no podía evitar recordarla sin ese vestido amarillo, con el cabello alrededor de los hombros.
–Maldita sea, Celia, eres demasiado lista para esto.
Ella apretó los labios.
–Tienes que irte ya.
Malcolm contuvo el temperamento. Lo que sentía era inconfundible: un deseo frustrado. La atracción que sentía por ella era más poderosa de lo que esperaba.
–Me disculpo por haber sido tan poco diplomático. Me he enterado de lo de las amenazas y, si quieres llámame idiota y nostálgico, pero estoy preocupado por ti.
–¿Cómo te has enterado de los detalles? –le preguntó ella. Su rostro estaba lleno de sospecha y confusión–. Mi padre y yo lo hemos mantenido todo en secreto para que la prensa no se enterara.
–Tu padre es un juez poderoso, pero sus influencias no llegan a todos sitios.
–Eso no explica cómo lo has averiguado.
Malcolm no podía explicarle por qué lo sabía. Había cosas de él que no necesitaba saber. Era capaz de mantener un secreto mucho mejor que su padre.
–Pero tengo razón.
–Uno de los casos que está llevando mi padre se ha… complicado un poco. La policía lo está investigando.
–¿De verdad vas a depositar toda tu confianza en el feudo al que llaman departamento de policía? –no era capaz de ocultar el cinismo que teñía su voz–. La seguridad que tienes es envidiable. Voy a decirles a mis hombres que tomen nota.
–No tienes por qué ponerte sarcástico. Estoy tomando precauciones. No es la primera vez que alguien amenaza a nuestra familia por el trabajo de mi padre.
–Pero esta ha sido la amenaza más seria.
Si hablaba de las evidencias que tenía, tendría que explicarle cómo las había conseguido, pero eso era un último recurso. Si no era capaz de convencerla para que aceptara su ayuda de otra manera, le diría lo que pudiera acerca del trabajo que hacía fuera de la industria de la música.
–Parece que sabes muchas cosas sobre mi vida –le miró fijamente con esos ojos marrones que todavía tenían el poder de hacerle perder la razón.
–Ya te lo dije, Celia. Me preocupo lo bastante como para mantenerme informado. Quiero asegurarme de que te encuentras bien.
–Gracias. Eres muy… amable –Celia se relajó un poco–. Te agradezco la preocupación, aunque me resulte un poco desconcertante. Tendré cuidado. Bueno, y ahora que has cumplido con tu… sentido de la obligación o lo que sea, de verdad que tengo que recoger e irme a casa.
–Te acompaño hasta el coche –levantó una mano y esbozó su mejor sonrisa–. No te molestes en decir que no. Puedo llevarte los libros, como en los viejos tiempos.
–Bueno, ese estilo del servicio secreto no es como en los viejos tiempos.
–Estarás segura conmigo.
–Eso pensábamos hace dieciocho años –se detuvo y se llevó una mano a la frente–. Lo siento. Eso no ha sido justo por mi parte.
Malcolm se vio inundado por un aluvión de recuerdos adolescentes. Aquellas hormonas sin control los habían llevado a practicar el sexo más temerario, y mucho. Se aclaró la garganta. Era una pena que su mente aún siguiera anclada en el pasado.
–No hacen falta disculpas, pero te lo agradezco –sabía que la había decepcionado, y no quería cometer el mismo error de nuevo–. Déjame llevarte a cenar, y te cuento una idea que tengo para garantizar tu seguridad mientras se celebra el juicio.
–Gracias, pero no –Celia cerró el portátil que tenía sobre el escritorio y lo guardó en la funda–. Tengo que poner las notas de fin de curso.
–Tienes que comer.
–Y lo haré. Tengo media pizza en la nevera de casa, esperándome.
–Muy bien. Entonces no me dejas elección. Hablaré ahora. Esta amenaza contra tu vida es real. Muy real. Por mi trabajo… –ese trabajo que solo conocían unos pocos–. Tengo acceso a fuentes de inteligencia y seguridad que no puedes ni imaginar. Necesitas protección, mucha más de la que puede proporcionarte el departamento de policía y las influencias de tu padre.
–Creo que estás siendo un poco dramático.
–Son caciques de las drogas, Celia. Tienes mucho dinero y nada de escrúpulos.
En otra época había sido un chivo expiatorio para gente de esa calaña. Lo había hecho para proteger a su madre. Pero toda la culpa había sido suya, por haberse interpuesto en el camino de esos matones. Ponerse a trabajar en aquel club había sido el último intento que había hecho para ganar un poco de dinero y mantener a Celia y al bebé que estaba en camino.
–Te harán daño, mucho. Incluso pueden llegar a matarte para influenciar a tu padre.
–¿Crees que no lo sé ya? He hecho todo lo que he podido.
–No todo.
–Muy bien. Señor Sabelotodo –dijo Celia, suspirando–. ¿Qué más puedo hacer?
Malcolm la agarró de los brazos y se acercó. No quería sucumbir a la tentación de estrecharla entre sus brazos y besarla hasta hacerla cambiar de parecer, pero usaría la pasión para convencerla si era preciso.
–Deja que mis guardaespaldas te protejan. Vente conmigo en mi gira por Europa.
Capítulo Dos
¿Ir de gira? ¿Con Malcolm?
Celia se aferró al borde del escritorio para no perder el equilibrio. No podía estar hablando en serio, no después de dieciocho años en los que solo habían mantenido el contacto gracias a unas pocas cartas y alguna llamada de teléfono justo después de la ruptura. Habían roto, se habían alejado el uno del otro y finalmente habían interrumpido todo contacto una vez se había completado la adopción del bebé.
Al comienzo de la carrera musical de Malcolm, ella solo tenía unos veintitantos. Estaba en la universidad e iba al psicólogo religiosamente. Solía soñar con el momento en que Malcolm se presentara en su puerta. ¿Y si la tomaba en brazos y lo retomaban donde lo habían dejado? Solía soñar despierta por aquel entonces…
Pero esas fantasías nunca se hicieron realidad, sino que la hicieron poner los pies sobre la tierra. Poco a poco aprendió a hacer planes para el futuro, concretos y razonables. Aunque hubiera aparecido en su puerta, probablemente no se hubiera ido con él. Le había costado mucho recuperar la salud mental y hubiera sido arriesgado renunciar a la estabilidad por una vida en la carretera con una estrella del rock.
Celia se colgó el bolso del ordenador del hombro y miró hacia la puerta.
–La broma ha terminado, Malcolm. Por supuesto que no me voy a Europa contigo. Gracias por haberme hecho reír, no obstante. Me voy a casa ahora porque, por primera vez en mil años, no estoy en la lista para el servicio de autobús escolar. A lo mejor tú tienes tiempo para jugar a estos jueguecitos, pero yo tengo notas que poner.
Malcolm la agarró del brazo y la hizo detenerse.
–Hablo completamente en serio.
Celia sintió que el pelo se le ponía de punta y la carne de gallina.
–Tú nunca hablas en serio. Pregúntales a los reporteros de los tabloides. Escriben cientos de artículos cada día para hablar de tu encanto delante y detrás de las cámaras.
Malcolm se acercó más y la agarró con más fuerza.
–Cuando se trata de ti, siempre hablo cien por cien en serio.
En realidad eso no era ninguna novedad. Ella siempre había sido la rebelde aventurera, mientras que él trabajaba duro para labrarse un futuro. Pero un día había terminado esposado y entre rejas.
Celia contuvo la respiración durante unos segundos, pero finalmente recuperó el equilibrio.
–Entonces voy a ser yo la sensata y racional aquí. No me voy a ir a Europa contigo. Gracias por ofrecerme tu protección, pero no tienes por qué sentirte culpable.
Malcolm ladeó la cabeza. Estaba tan cerca que podía apartarle el mechón de pelo que le caía sobre la frente con un soplo de aire.
–Solías fantasear con la idea de hacer el amor en París, a la sombra de la Torre Eiffel –le dijo, utilizando esa voz misteriosa y seductora.
Esas cuerdas vocales que valían un millón de dólares la acariciaban tan bien como un glissando de sus dedos. Le hizo retirar la mano lentamente.
–Bueno, en serio, no voy a ir a ninguna parte contigo.
–Muy bien. Voy a cancelar mi gira de conciertos y me convertiré en tu sombra hasta que sepamos que estás segura –sonrió con picardía y se metió las manos en los bolsillos–. Pero mis fans se van a enfadar. A veces se ponen muy rabiosas y pueden llegar a ser peligrosas. Y mi meta es mantenerte segura por encima de todo lo demás.
Celia se preguntó si realmente le estaba hablando en serio.
–Esto es demasiado raro –apretó los puños–. ¿Cómo te enteraste de lo del caso Martin?
Malcolm vaciló un instante antes de contestar.
–Tengo mis contactos.
–El dinero puede comprarlo todo.
–Un poco más de dinero no nos hubiera venido nada mal hace dieciocho años.
Celia recordó la última discusión que habían tenido. Él había insistido en hacer aquel concierto, en un garito miserable, solo porque pagaban bien. Estaba decidido a casarse con ella y a tener una familia. Pero ella sabía que eran demasiado jóvenes para lograrlo. La policía había irrumpido en el local de repente por una operación anti–droga y le habían arrestado. A ella la habían internado en un colegio suizo para tener al bebé.
Aún podía ver arrepentimiento en su mirada, pero no podía recorrer ese camino de nuevo con él. Lágrimas de dolor, rabia y frustración se agolparon en sus ojos. No quería derrumbarse ante él.
–Las cosas hubieran salido mejor si hubieras tenido un margen más amplio de solvencia –le dijo, recordando aquella vez, cuando había perdido la beca para Juilliard–. Pero las decisiones que yo tomé no hubiera podido cambiarlas el dinero. Lo que compartimos forma parte del pasado –se aseguró el bolso del ordenador sobre el hombro y pasó por su lado, rumbo a la puerta–. Gracias por preocuparte por mí, pero hemos terminado. Adiós, Malcolm.
Siguió adelante. Sin querer le dio una patada a una caja llena de panderetas al salir del despacho. Malcolm podía quedarse o marcharse, pero eso ya no era responsabilidad suya. El conserje cerraría con llave cuando se fuera por fin. Tenía que alejarse de él antes de hacer el ridículo.
De nuevo.
Sus sandalias golpeaban el suelo con fuerza. Salió del edificio a toda prisa y se dirigió hacia el aparcamiento de los profesores. Los ojos le escocían por las lágrimas. De repente oyó el sonido de sus pasos detrás, pero siguió adelante.
El aparcamiento estaba desierto. A la jornada escolar todavía le quedaba una hora. A lo lejos se oían los gritos de los niños, provenientes del patio del recreo. Celia echó atrás la cabeza y parpadeó rápidamente. La luz del sol la cegaba y los ojos se le humedecían por momentos. Se enjugó las lágrimas como pudo y avanzó hacia su pequeño sedán verde. El asfalto desprendía mucho calor. Había una octavilla de publicidad sujeta al parabrisas.
Celia se detuvo en seco y se llevó la mano a la garganta. ¿Sería otra advertencia del último enemigo de su padre?
Llevaba una semana encontrándose esos papeles sujetos al parabrisas, y todos estaban relacionados con la muerte. Una funeraria, parterres en el cementerio, seguros de vida… La policía le había dicho que no era más que una coincidencia.
Sacó el papel…
Era un descuento para una floristería. Una ola de alivio la inundó por dentro. Se rio a carcajadas y arrugó el papel. Sacó las llaves del coche y apretó el botón de desbloqueo.
Abrió la puerta del acompañante para dejar el bolso del ordenador y entonces se detuvo en seco.
Había una rosa negra en el soporte para vasos.
Presa del pánico, recordó la octavilla de la floristería. Sacó el papel del bolso y lo estiró sobre el asiento. Retrocedió de espaldas, tropezó. Dio contra alguien. Era un pecho fuerte, masculino. Reprimió un grito y se giró lo más rápido que pudo. Era Malcolm.
Él la sujetó de la nuca.
–¿Qué sucede?
–Hay una rosa negra en mi coche. Es macabro. No sé cómo ha llegado ahí porque cerré el coche esta mañana. Sé que lo hice, porque tuve que desbloquearlo de nuevo para entrar con la llave automática.
–Llamaremos a la policía ahora mismo.
Celia sacudió la cabeza y le hizo apartar la mano.
–El jefe de policía tomará nota y me dirá que estoy paranoica, que ha sido una broma de los estudiantes.
El jefe de policía siempre hacía referencias veladas a su pasado inestable, a todo lo que su padre había tratado de esconder. Muy pocos lo sabían, pero el estigma no se borraba con el tiempo.
Malcolm la agarró de los hombros y la hizo caminar hacia los guardaespaldas. Pasó por su lado y se dirigió hacia el sedán. Miró la rosa y luego se agachó para inspeccionar los bajos del coche.
Celia tragó en seco. Dio un paso atrás.
–Malcolm, vamos a llamar a la policía. Por favor, aléjate del coche.
Él se volvió hacia ella, cubriéndola con su enorme sombra.
–En eso estamos de acuerdo –la agarró del brazo. Las durezas de las yemas de sus dedos le arañaban la piel–. Vamos.
–¿Has visto algo debajo del coche?
–No, pero no he mirado debajo del capó. Voy a sacarte de aquí y mis hombres examinaran bien el coche para asegurarnos de que todo está en orden antes de que salgan los niños del colegio.
Los rostros de alumnos y compañeros desfilaron ante los ojos de Celia de repente. ¿Estaba poniendo en peligro a todo el colegio?
Malcolm la hizo alejarse más del vehículo.
–¿Adónde vamos? –miró por encima del hombro hacia el edificio de ladrillo rojo–. Tengo que avisar.
–Mis guardaespaldas se ocuparán de todo. Vamos hacia la limusina. Tiene refuerzo en las ventanas y está blindada. Podemos hablar allí y ver qué hacemos.
Malcolm pudo respirar tranquilo una vez metió a Celia en la limusina blindada. Le dijo al chófer que se dirigiera a su casa.
Dos de sus guardaespaldas se habían quedado junto al coche, esperando a la policía. Miró los mensajes que tenía en el teléfono por si había alguna novedad. En cuanto pudiera garantizar la seguridad de Celia, movilizaría a unos cuantos contactos para encontrar pruebas y encarcelar a ese mafioso llamado Martin de una vez y por todas. Ya había sido el chivo expiatorio de un narcotraficante para proteger a su madre. Por aquel entonces no sabía a quién acudir.
Pero ya no era un adolescente sin dinero. Tenía los recursos y el poder necesarios para ayudar a Celia como nunca antes lo había hecho.
Mientras avanzaban por Main Street, flanqueada por hileras de azaleas, sentía el peso de su mirada furiosa. Se guardó el teléfono y la miró por fin.
–¿Qué pasa?
–Se me acaba de ocurrir algo. ¿Me has metido esa flor en el coche para asustarme y conseguir que me vaya contigo? –le miró con ojos de sospecha.
–No me puedo creer que pienses eso.
–Ahora mismo no sé qué creer. Llevo casi veinte años sin verte. Hoy apareces de repente, me ofreces protección y pasa esto. La idea de que estén por aquí, en el colegio, cerca de mis alumnos… –Celia trató de tomar el aliento, se agarró las rodillas y se echó hacia delante–. Creo que voy a vomitar.
Él le puso las manos entre los hombros, reprimiendo las ganas que tenía de atraerla hacia sí y tocarla de nuevo.
–Me conoces. Ya sabes lo mucho que he deseado poder cuidar de ti. Tú eres la persona que mejor sabe lo mucho que he querido cuidar de ti. Sabes lo mucho que me dolía saber que mi padre no estaba ahí para proteger a mi madre. Bueno, ahora pregúntame de nuevo si te he metido la rosa en el coche.
Celia se echó el pelo a un lado y le miró. Todavía no podía respirar bien.
–Muy bien. Te creo. Y lo siento. Aunque una parte de mí desearía que lo hubieras hecho porque así no tendría que preocuparme.
–Todo va a salir bien. Cualquier persona que venga a por ti tendrá que vérselas conmigo. La policía va a revisar tu coche y acordonarán el aparcamiento si hay algún problema.
–Hace diez minutos dijiste que la policía no puede protegerme.
Unos rizos castaños y suaves se deslizaron sobre su brazo, igual que en el pasado. Malcolm apartó la mano rápidamente. Ya no creía en el poder del amor, pero el poder del deseo se merecía todo su respeto.
–Tenemos que decírselo a la policía de todos modos. ¿Dónde está tu padre? ¿Está en los juzgados?
–Está en el médico, haciéndose su revisión anual. Ha tenido problemas de corazón. Dice que quiere retirarse después del caso Martin. No me puedo creer que esto esté pasando.
Malcolm abrió el mini–bar y sacó una botella de agua.
–Nadie podrá hacerte daño ahora. Este coche está blindado y tiene cristales anti–balas.
–Los paparazzi pueden llegar a ser muy persistentes –Celia tomó la botella con sumo cuidado. No quería rozarle los dedos–. ¿Merece la pena vivir en una burbuja?
–Estoy haciendo lo que quiero hacer.
–Entonces me alegro por ti –Celia bebió un sorbo de agua.
–El año escolar termina mañana. Estarás libre todo el verano. Vente conmigo a Europa. Hazlo por tus padres o por tus alumnos, pero no dejes que el orgullo te impida aceptar mi propuesta.
Celia giró la botella de agua en las manos. Le observaba por debajo de una tupida cortina de pestañas.
–¿No sería un tanto egoísta por mi parte si aceptara tu oferta? ¿Y si te pongo en peligro?
Malcolm resistió las ganas de reír. No había dicho que no. Estaba considerando la propuesta.
–La Celia a la que conocía no se hubiera preocupado por eso. Hubieras seguido adelante y hubiéramos resuelto el problema juntos.
Pasaron por encima de un bache y Celia terminó precipitándose hacia su lado. Malcolm la rodeó con el brazo de forma instintiva y sus sentidos se saturaron de inmediato. Su aroma, el roce de sus pechos, el tacto de la palma de su mano…
Mordiéndose el labio, ella se apartó. Se alejó todo lo que pudo hasta llegar al otro extremo del asiento.
–Ya somos adultos y hace falta tomar medidas más sensatas –dijo de repente, dejando la botella de agua en el soporte–. No puedo irme a Europa contigo. Es algo… impensable. Y en cuanto a mis alumnos, ya te habrás dado cuenta de que ha terminado el año escolar, y si la amenaza proviene del caso de mi padre, seguro que todo se resolverá antes de que empiece el próximo curso. ¿Lo ves? Todo es muy lógico. Gracias por la oferta, de todos modos.
–Deja de darme las gracias.
La limusina pasaba por todas esas calles de Azalea que tan familiares le resultaban. Pocas cosas habían cambiado. Algunos restaurantes de toda la vida se habían convertido en franquicias de grandes cadenas y había un pequeño centro comercial, pero todo lo demás seguía igual.
Bien podrían haber sido dos adolescentes en ese momento, dos adolescentes que buscaban un sitio oscuro donde aparcar… Ambos habían perdido la virginidad en el asiento de atrás del BMW que su padre le había regalado por su dieciséis cumpleaños. Los recuerdos… Eran abrumadores.
–¿Malcolm? ¿Por qué me has buscado ahora? No me creo que lleves dieciocho años siguiéndome la pista.
–Has estado en mi mente durante toda la semana. Es esta época del año.
Celia cerró los ojos un momento.
–Su cumpleaños.
Malcolm asintió.
–Lo siento –dijo ella.
Por primera vez veía dolor en su rostro.
–Yo también firmé los papeles –le dijo. Él también había renunciado a todo derecho sobre su hija. Sabía que no tenía elección y que no tenía nada que ofrecerles.
Había tenido suerte al no terminar en la cárcel, pero la escuela militar del norte de Carolina no había sido un paseo por las nubes precisamente.
–Pero tú no querías firmar –Celia le tocó en el brazo–. Lo entiendo.
Malcolm deseaba tanto besarla…
–Hubiera sido muy egoísta si hubiera seguido insistiendo cuando sabía que no tenía forma de darte un futuro, a ti y a la niña. ¿Piensas en ella?
–Todos los días.
–¿Y en nosotros? ¿Te arrepientes cuando miras atrás?
–Me arrepiento del daño que sufriste.
Él puso su mano sobre la de ella y se la apretó con fuerza.
–Ven conmigo a Europa, para que estés segura, para que tu padre no sienta el peso de una responsabilidad tan grande sobre los hombros, para dejar atrás el pasado. Ya es hora. Déjame ayudarte como no pude hacerlo antes.
Celia se mordió el labio inferior. La limusina acababa de detenerse delante de su casa. Parpadeó rápidamente y apartó la mano. Recogió el bolso del ordenador del suelo.
–Tengo que irme a casa, a pensar. Es demasiado. Todo está pasando demasiado rápido.
Malcolm bajó del vehículo y fue a abrirle la puerta. No esperaba que le invitara a pasar la noche, pero tenía que asegurarse de que estaba segura. La condujo hacia la pequeña casa cochera que estaba detrás de la mansión.
Ella miró por encima del hombro.
–¿Ya sabes dónde vivo?
–No es un secreto –le dijo, aunque no podía evitar sorprenderse un poco.
La mansión grande, de ladrillo, no era de su padre. Se la había comprado ella misma con sus ahorros.
De todos modos, la casa pequeña, de color blanco, era una pesadilla en cuanto a seguridad. Las escaleras exteriores, muy poco iluminadas, llevaban a la entrada principal, situada justo encima del garaje. Subió tras ella. No podía dejar de mirar el movimiento de sus caderas.
–Gracias por acompañarme a casa y por llamar a la policía. Te agradezco mucho la ayuda –dijo ella, deteniéndose junto al pequeño balcón que estaba al lado de la puerta. Se volvió hacia él.
Malcolm extendió la mano para que le diera las llaves.
–Voy a revisar la casa y me voy.
Ya no era el chico idealista de antes. Había pasado mucho tiempo en esa academia militar, pensando cómo iba a presentarse en la casa de su padre para demostrar que no había hecho nada malo. Era un hombre bueno al que le habían robado una familia, y se había aferrado a esa meta durante los años que había pasado en la universidad. Gracias a los conciertos en garitos de mala muerte había logrado pagarse lo que las becas no cubrían.
Pero jamás hubiera podido imaginar la vuelta de tuerca que iba a darle el destino. Un buen día el viejo director de la academia se había presentado en su camerino después de un concierto, con una oferta absurda… Nunca hubiera imaginado que llegaría a convertirse en una estrella del rock y que su rostro acabaría estampado en millones de posters.
Su estilo de vida, con viajes constantes y presencia mediática, le proporcionaba la tapadera perfecta para trabajar como agente en la Interpol.
–Las llaves, por favor.
Celia vaciló un momento, pero finalmente se las entregó. Malcolm la introdujo en la cerradura y abrió con facilidad. Al otro lado había un espacio diáfano, con adornos discretos. Un antiguo piano vertical dominaba la estancia. Entró y se aseguró de que no hubiera más rosas. Celia desactivó la alarma y avanzó por el estrecho pasillo, rumbo al área del salón. Golpeó con las uñas una zampoña que colgaba de la pared.
Malcolm sintió que su sexto sentido se ponía en alerta. Algo iba mal, pero el instinto se le entumecía cuando estaba junto a ella.
De repente se dio cuenta.
–¿Dejaste la luz del salón encendida?
Celia contuvo el aliento.
–No. Nunca lo hago.
Malcolm la hizo ponerse detrás y fue justo en ese momento cuando reparó en el hombre que estaba sentado en el sofá. Era su padre.
El juez George Patel se había hecho mayor. Los años habían dejado huella en él.
Capítulo Tres
Celia casi podía oír cómo reían las Parcas.
Miró a su padre y luego a Malcolm. Nunca se habían llevado bien. Sus padres la habían mimado mucho, pero también habían intentado sobreprotegerla. Su relación con Malcolm siempre les había parecido peligrosa, y de alguna manera tenían razón. Cuando se trataba de él, siempre perdía el control.
–Buenas noches, señor –dijo Malcolm.
–Douglas.
El juez Patel se puso en pie y le ofreció la mano.
–Bienvenido.
Se estrecharon la mano, algo que jamás hubiera sido posible dieciocho años antes. La última vez que se habían visto, el padre de Celia le había asestado un puñetazo en la mandíbula al enterarse del embarazo de su hija.
Nerviosa, Celia se volvió hacia Malcolm y le agarró del brazo.
–Estoy bien. Puedes irte, pero gracias de nuevo. De verdad.
–Hablamos mañana. Pero no digas que no porque soy yo quien te lo ofrece –agarró el picaporte y se despidió de George Patel con un gesto–. Buenas noches, señor.
Celia se quedó inmóvil unos segundos, sorprendida de ver lo bien que había ido el encuentro.
–¿Por qué estás aquí, papá? Pensaba que tenías cita con el médico.
–Las noticias llegan rápido –el juez Patel parecía cansado–. Cuando me enteré de la visita sorpresa de Malcolm, le dije al médico que tenía que agilizar las cosas.
Su pelo, cada vez más canoso, no dejaba de sorprenderla. La muerte de su madre había hecho mella en él y cada día se parecía más a su abuelo. Sus padres la habían tenido siendo ya mayores. Había nacido poco después de la muerte de su hermana.
¿Qué raro era tener una hermana a la que nunca había conocido? ¿La hubieran tenido si su hermana no hubiera muerto? Nunca había dudado del cariño de sus padres, pero la pérdida de un hijo les había hecho sobre–protectores y la habían consentido demasiado. Mirando atrás, Celia era consciente de que había sido una niña malcriada. Había hecho daño a mucha gente y a Malcolm también.
Miró el reloj.
–Se presentó en el colegio hace menos de una hora. Debes de haber venido directamente.
–Como ya te he dicho, este pueblo es muy pequeño.
Celia se tragó el nudo que tenía en la garganta y se sentó en el brazo del sofá.
–¿Qué te ha dicho el médico de la falta de aire?
–Estoy aquí, ¿no? La doctora Graham no me hubiera dejado ir si no pensara que estoy bien, así que todo está en orden.
Se recolocó las gafas. Tenía manchas de tinta en las manos, de tomar notas.
–Estoy más preocupado por ti.
–¿Qué tal va el caso Martin?
–Ya sabes que no puedo hablar de ello.
–Pero es un caso importante.
–El sueño de todo juez es tener un caso como ese, sobre todo justo antes de retirarse –le dio un golpecito en la mano–. Bueno, deja de distraerme. ¿Por qué ha venido Malcolm Douglas?
–Se enteró de lo del caso Martin, y de alguna forma supo lo de las amenazas que he denunciado a la policía, pero me parece muy raro porque nadie por aquí se las toma en serio.
–¿Y Malcolm Douglas, estrella de rock, se presenta aquí después de dieciocho años?
–Parece una locura. Lo sé. Sinceramente creo que más bien tiene que ver con el momento del año en el que estamos.
–¿Qué momento?
–Papá, es su diecisiete cumpleaños.
–¿Todavía piensas en ella?
–Claro.
–Pero no hablas de ella.
–¿Qué sentido tiene? Escucha, papá. Estoy bien. En serio. Tengo muchas notas que poner.
–Deberías venirte a casa.
–Esta es mi casa ahora. Te permití que me pusieras un sistema de alarma mejor. Es la misma que tienes en tu casa, como bien sabes, ya que tú escogiste el código. Por favor, vete a casa y descansa… Papá, estoy pensando en tomarme unas vacaciones. Quiero escaparme un tiempo cuando termine el colegio.
–Si vienes a casa, todo el mundo te tendrá entre algodones.
Celia guardó silencio un momento.
–Tengo algo que decirte. Y no quiero que lo malinterpretes o que te enfades.
–Bueno, será mejor que lo sueltes, porque la tensión acaba de subirme bastante.
–Malcolm quiere que me vaya con él de gira a Europa.
George Patel levantó las cejas. Se quitó las gafas y las limpió con un pañuelo.
–¿Te lo ha ofrecido por lo de las amenazas?
Celia decidió decirle lo de la rosa. Si no lo hacía, tampoco iba a tardar mucho en enterarse.
–He recibido otra amenaza hoy.
George dejó de limpiar las gafas de golpe.
–¿Qué ha pasado?
–Dejaron una rosa negra en mi coche. A lo mejor pronto me dejan un caballo muerto en algún sitio, como en El Padrino.
–No tiene gracia. Tienes que venirte a casa conmigo.
–Malcolm me ha ofrecido la protección de su gente. Supongo que las fans acosadoras y enajenadas pueden llegar a hacerles la competencia a los sicarios más curtidos.
–Eso tampoco tiene gracia.
–Lo sé. Me preocupa que tenga razón. Mi presencia te hace vulnerable y pongo a mis alumnos en peligro. Si me voy con él, nos ahorraremos muchos problemas.
–¿Ese es el único motivo por el que has tomado esta decisión?
–¿Me estás preguntando si aún siento algo por él?
–¿Lo sientes?
–Llevo años sin hablar con él. ¿No me vas a volver a decir que me vaya a casa contigo?
–En realidad, no. Vete a Europa –la miró con sus ojos de juez–. Cierra ese capítulo de tu vida para que dejes de vivir en el limbo de una vez. Me gustaría verte sentar la cabeza antes de morir.
–Ya la he sentado. Y estoy muy feliz.
Su padre se puso en pie y suspiró. Le dio un beso en la cabeza.
–Tomarás la decisión adecuada.
–Papá…
–Buenas noches, Celia –le dio una palmadita en el brazo y agarró su chaqueta–. Pon la alarma antes de que me vaya.
Celia fue tras él, asombrada. ¿Le había entendido bien? ¿Quería que se fuera con Malcolm a Europa?
Tras despedirse de él, cerró la puerta y tecleó el código de seguridad.
De repente oyó un ruido proveniente del pasillo. El estómago le dio un vuelco. Se giró rápidamente y agarró una guitarra que estaba apoyada contra una silla. La levantó como si fuera un bate de béisbol. Estiró el brazo y alcanzó la alarma en el momento en que una sombra emergía de su dormitorio.
Un hombre.
Malcolm.
–Tu sistema de seguridad no vale para nada –le dijo, sonriendo.
Malcolm la vio ruborizarse.
–Me has dado un susto de muerte –dijo ella, quitando la mano del teclado de la alarma y dejando la guitarra sobre un butacón.
–Lo siento –Malcolm entró del todo en el salón.
El sitio estaba decorado con instrumentos musicales antiguos que se moría por tocar.
–Pensé que te había dejado claro que me preocupa que estés aquí sola.
–¿Así que entraste en mi casa?
–Solo para demostrarte lo mala que es tu alarma.
Había escalado un árbol y se había colado por una ventana en menos de diez minutos.
–Piénsalo. Si alguien como yo, un simple músico, puede entrar en tu casa, ¿qué me dices de alguien que quiera encontrarte a propósito?
–Bueno, ya me lo has dejado bien claro –señaló la puerta–. Ahora vete, por favor.
–Pero sigues aquí, sola en un apartamento. Mi código de honor no me deja irme sin más –deambuló sin rumbo por el salón.
Miró el lienzo que estaba sobre el hogar. Era un dibujo de los instrumentos de una banda. Encima de la repisa había un flautín antiguo sobre un soporte.
–A juzgar por tu conversación con tu padre, no quieres volverte a casa.
–¿Has escuchado la conversación?
–Sí –levantó el flautín y sopló.
No sonaba mal para ser un instrumento que parecía tener dos cientos años.
–No tienes vergüenza –Celia le arrebató el instrumento de las manos y volvió a ponerlo en la pared.
–Me da igual, y estoy preocupado –echó a un lado un atril lleno de partituras escritas a mano. Debían de ser para los alumnos. Tenían notas y comentarios al principio.
Se sentó en el banco del piano.
–Como estamos siendo sinceros, sí. Lo he oído todo. E incluso tu padre te ha dado su consentimiento para que vengas conmigo.
–No necesito el consentimiento de mi padre.
–Tienes toda la razón.
Celia le observó con ojos desconfiados y se sentó en una mecedora que estaba junto al piano.
–Tratas de manipularme.
–Solo trato de asegurarme de que estás bien. Y sí… –le tomó la mano–. A lo mejor de esta manera logramos dejar atrás unas cuantas cosas.
–Esto es demasiado.
Malcolm estaba de acuerdo.
–Entonces no lo decidas esta noche.
–Hablamos por la mañana, ¿de acuerdo?
–Durante el desayuno –le apretó la mano una vez más antes de soltarla–. ¿Dónde están las sábanas para el sofá?
Celia se le quedó mirando con la boca abierta. Se alisó las arrugas de la falda.
–¿Te estás auto–invitando a pasar la noche?
Malcolm no lo tenía planeado, pero de alguna manera las palabras se le habían escapado de la boca. Sentir el roce de su mano había sido demasiado.
–¿Quieres que duerma en el porche?
En realidad había pensado dormir en la limusina.
–Te ofrecería la posibilidad de buscar un par de habitaciones en un hotel, pero tendríamos que conducir durante horas. Podría vernos gente. A mi mánager le encanta verme en la prensa. Pero yo… No me gusta ser el centro de tanta atención.
–Que me vean en un hotel contigo sería una complicación añadida.
–Sí –Malcolm se arrodilló delante de ella.
No quería tocarla, pero su corazón clamaba por besarla. Quería estrecharla entre sus brazos y llevarla a la habitación. Quería hacerle el amor hasta saciarla, hasta hacerla olvidar el pasado.
–Déjame quedarme a cenar. Me quedaré en tu sofá. No hablaremos de Europa esta noche a menos que saques el tema.
–¿Pero qué piensa tu novia de que estés aquí?
–Esos malditos tabloides de nuevo. No tengo novia. Mi mánager se inventó esa historia para que parezca que estoy sentando la cabeza.
Las mujeres con las que salía eran artistas, y los eventos mediáticos en los que se dejaba ver con ellas eran preparados por los representantes. Y en cuanto al sexo, siempre había mujeres que no querían complicaciones y que valoraban el anonimato tanto como él. Eran mujeres que estaban cansadas de la falacia del amor.
–¿Es ese el verdadero motivo por el que estás aquí?
Celia no dejaba de juguetear con el dobladillo de la falda y no hacía más que levantársela, revelando cada vez más centímetros de piel.
–¿Estás sin chica?
–¿Por qué te cuesta tanto creer que estoy preocupado por ti?
–Es que me gusta conservar mi espacio. Disfruto de la paz que tengo viviendo sola.
–¿Entonces no hay nadie en tu vida? –le preguntó Malcolm.
¿De dónde había salido esa pregunta?
Ella titubeó un momento antes de responder.
–¿Quién?… He salido un par de veces con el director del colegio.
Malcolm se preguntó por qué los informes de inteligencia no incluían ese pequeño detalle.
–¿Es algo serio?
–No.
–¿Lo va a ser? –Malcolm levantó una mano–. Te lo pregunto como amigo, un viejo amigo.
Volvió a mirarle las piernas y la curva de las rodillas. No podía evitarlo.
–Bueno, entonces mejor me lo preguntas sin ese tono celoso en la voz.
–Claro… –le guiñó un ojo–. ¿Y bien?
Ella se encogió de hombros y volvió a alisarse el vestido.
–No lo sé.
Malcolm soltó el aliento con fuerza y dio media vuelta.
–He trabajado duro para obtener esa respuesta y… ¿Eso es todo lo que obtengo?
–Sí –Celia apoyó las manos en los brazos de la silla y se puso en pie–. Muy bien. Tú ganas.
–¿Qué gano?
–Puedes quedarte esta noche. En el sofá.
–Me alegro de que hayamos alcanzado un acuerdo.
–No te alegrarás tanto cuando oigas lo que hay de menú. Solo tengo ese pedazo de pizza y apenas es suficiente para mí. Tenía pensado hacer la compra en cuanto acabara el colegio.
–La cena está de camino.
Malcolm se acordaba de lo que le había dicho cuando estaban en el despacho y le había pedido a su chófer que les buscara algo de cenar antes de subir al árbol. La idea de una cena romántica con Celia era tentadora. ¿Cuántos nuevos secretos sobre ella podría descubrir?
–Mi chófer nos la va a traer.
–¿Y ya diste por hecho que yo iba a estar de acuerdo? Eres más arrogante de lo que recordaba.
–Gracias.
–No era un cumplido.
–Muy bien. Es mejor que no nos dediquemos muchos halagos y piropos.
Celia se quitó lo que le quedaba del brillo de labios con la punta de la lengua.
–¿Y por qué no?
–Porque, si te soy sincero, tengo tantas ganas de besarte que no puedo hacer otra cosa para tener las manos quietas.
Capítulo Cuatro
Cada una de las palabras que salía de la boca de Malcolm reverberaba en su cuerpo. No era solo su voz, sino también su rostro hermoso, su cuerpo masculino y musculoso… Ya no era aquel jovencito que había conocido dieciocho años antes.
–Ya usaste esa frase hace dieciocho años. Pensaba que tu estrategia había mejorado un poco. ¿O es que ser una estrella del rock te ha hecho perezoso en lo que a la conquista amorosa se refiere?
Malcolm hecho la cabeza hacia atrás y se rio a carcajadas.
–Si no recuerdo mal, mi estrategia funcionó muy bien por aquel entonces.
–Bueno, digamos que he subido el listón. Mis expectativas han cambiado.
–Quieres que me esfuerce un poco más.
–No es eso lo que quería decir.
–¿Qué querías decir entonces?
Las manos de Malcolm acariciaron las teclas del piano sin producir ni una nota musical.
Ella se estremeció. Recordaba muy bien todas esas notas que había tocado sobre su piel tantos años antes.
–Tenía dieciséis años –tocó una melodía rápida al otro lado del teclado–. ¿Crees que me hago la dura?… En absoluto.
–Mi pobre ego –Malcolm tocó una escala.
–Siento haberte hecho daño –dijo Celia, tocando las mismas notas.
¿Cuántas veces habían hecho eso?
–No. Lo digo en serio. Eres buena –dijo sin nada de sarcasmo–. Me gusta tener a alguien que es sincero a mi alrededor, alguien en quien puedo confiar.
–¿Se supone que tengo que llorar por una pobre estrella del rock?
–En absoluto –Malcolm volvió a sentarse en el banco del piano –la escala que estaba tocando se convirtió en una melodía.
Incapaz de resistirse más, Celia se sentó a su lado y siguió tocando sus notas en sincronía con las de él. Era tan fácil como respirar.
–Ya sabes… Una de las cosas que me hizo sentirme atraída por ti es que nunca te dejaste impresionar por el dinero de mi padre o por sus influencias.
–Respeto a tu padre, aunque me haya hecho alejarme de ti. Bueno, si yo tuviera una hija y… Ah, maldita sea. Muy bien. Déjame reformular esa afirmación.
–Sé lo que querías decir –Celia bajó las manos y las apoyó sobre su regazo.
La melodía cesó.
–Ningún padre estaría contento sabiendo que su hija de dieciséis años se acuesta con chicos, y que lo hace de forma temeraria.
El rostro de Malcolm se llenó de culpa de repente.
–Debería haberte protegido mejor –le dijo, tocándole la mejilla.
–Los dos deberíamos haber sido más responsables –Celia puso su mano sobre la de él sin pensar en lo que hacía.
Él aún tenía la mano sobre su mejilla. Los callos que tenía en las yemas de los dedos le recordaban todas las horas que había pasado tocando la guitarra. La música la atravesaba por dentro. El sonido de ambos ocupaba el mismo espacio.
Celia entreabrió los labios.
El timbre de la puerta sonó en ese momento y la hizo retroceder rápidamente. Otro timbre sonaba también.
Malcolm se puso en pie. Retiró la mano de su rostro y entonces volvió a acariciarla un instante.
–Es la comida. Y mi teléfono.
Se sacó el móvil del bolsillo.
–¿La cena? –le preguntó ella, sorprendida de poder hablar.
Recordaba haberle oído decir que había mandado a su chófer a por comida. Tenía a un equipo de personas a su disposición las veinticuatro horas del día. Sus vidas eran tan distintas…
–Mi chófer lo preparará todo mientras atiendo esta llamada –le dijo él por encima del hombro, yendo hacia la puerta–. Solo necesito una manta y una almohada para el sofá.
Antes de que Celia pudiera decirle nada, abrió la puerta, le hizo señas al chófer para que entrara y salió con el teléfono en la mano.
Era evidente que no quería dejarla oír la conversación. ¿Quién le llamaba? ¿Y qué tenía que decir?
¿Cómo había podido besarla?
Malcolm asió con fuerza el pasa–manos de madera del pequeño balcón de Celia. Los guardaespaldas estaban apostados en el patio y también junto al muro exterior de ladrillo.
El teléfono seguía sonando, y sabía que tenía que contestar, pero devolvería la llamada en cuanto se le calmara un poco el corazón.
Apretó el botón de llamada tras buscar el número y esperó a que el coronel John Salvatore contestara. Era el antiguo director de su colegio y su superior en la Interpol. El hombre había cambiado el uniforme por un armario lleno de trajes grises que llevaba con corbata roja.
–Salvatore al habla.
Su mentor contestó en un tono seco y cortante. Llevaba muchos años dando órdenes militares a diestro y siniestro.
–Le devuelvo la llamada, señor. ¿Se sabe algo del vehículo de Celia Patel?
–He mirado el informe del departamento. Han sacado huellas, pero como hay tantos alumnos en el colegio, hay docenas de impresiones distintas.
–¿Y las cámaras de seguridad?
–No hay nada concreto, pero sí que hemos acotado la hora en que dejaron la octavilla en el coche. No hemos podido ver quién lo hizo, no obstante. Los chicos estaban en el recreo y un grupo grande pasó por delante de la cámara. Cuando pasaron de largo, la octavilla ya estaba ahí.
Malcolm miró hacia la calle, más allá del muro de seguridad. Examinó el tráfico, escaso a esas horas, y buscó signos de alarma.
–Entonces quien la haya puesto en el coche parece estar al tanto de cuál es el sistema de seguridad del colegio.
–Al parecer, sí. Tengo a uno de mis agentes desocupados ahora mismo y se ha ofrecido a investigar el tema.
–Gracias, señor.
Salvatore supervisaba a un grupo de agentes de incógnito que trabajaban de forma autónoma para los servicios de inteligencia, compaginándolo con trabajos prominentes que les permitían moverse en los círculos más selectos e influyentes.
–Tengo un favor que pedirle.
–Dime.
–Necesito un coche que no se pueda rastrear y un documento de identidad. ¿Podrían traérmelos esta noche?
Si su corazonada era cierta, tendrían los medios necesarios para escapar al día siguiente.
–No es que te ponga objeciones, pero sí que siento curiosidad. ¿Por qué no se ocupa tu equipo de seguridad del tema? Tienes lo mejor de lo mejor.
–Esto es demasiado importante. Si solo se tratara de mí, no habría problema, pero alguien ha dibujado una diana en la espalda de Celia.
Golpeó el pasa–manos con el puño.
–Muy bien. Lo que necesites, lo tienes.
–Gracia. Le debo una, señor.
En realidad le debía muchas. El coronel John Salvatore había sido como un padre para él, el único que había conocido. Su padre biológico les había abandonado en mitad de la noche para irse a tocar a un sitio de mala muerte. Una vez le había enviado una tarjeta para felicitarle por su cumpleaños y no había vuelto a saber nada de él desde entonces.
–Malcolm –dijo Salvatore–. Puedo protegerla aquí en los Estados Unidos para que puedas irte de gira tranquilo.
–Está más segura conmigo.
Salvatore se rio.
–No quieres confiársela a nadie, ¿no? ¿Seguro que puedes confiar en ti mismo?
–Con el debido respeto, señor, no hace falta jugar con las palabras. Haría lo que fuera para protegerla. Cualquier cosa.
–¿Y si te necesito en otro sitio?
–No me obligue a elegir.
–Ya veo que has tomado una decisión.
–Sí. Señor, ¿por qué estaban incompletos los informes sobre Celia?
–No sé a qué te refieres.
–A mí me parece que sí, señor –Malcolm contuvo el temperamento–. Creo que solo quiere que le diga lo que he averiguado por mi cuenta por si acaso no me he enterado de todo.
–Podemos seguir jugando a este juego para siempre, Malcolm.
–¿Está a mi favor o en mi contra? Yo pensaba que estábamos en el mismo bando.
–Hay más gente en tu bando de la que crees.
Malcolm guardó silencio.
–El padre de Celia… –dijo Salvatore–. Te hizo un favor al mandarte a mi colegio. Si él no hubiera intervenido, hubieras terminado en un correccional de menores.
Malcolm calló durante unos segundos. Siempre había creído que el juez Patel había hecho todo lo posible por alejarle de su hija.
–¿Y qué pasa con ese tipo con el que ha salido Celia? El director del colegio.
–No parecía ser nada serio, así que no lo incluimos en el informe. Al parecer, a ti sí que te importa mucho, y eso debería decirte algo.
–La información puede ser importante de muchas formas distintas. ¿Y si es un tipo celoso? ¿Y si hay alguna otra persona que siente celos de esa relación? Los detalles son importantes. ¿Pensó que iría a por él? Señor, a estas alturas ya debería saber que he dejado de ser ese adolescente idiota.
–Nunca fuiste un idiota. Solo eras un poco joven.
Salvatore suspiró.
–Te pido disculpas por no haber incluido al director en mi informe. Si averiguo alguna otra cosa, te lo haré saber. Mientras tanto, si necesitas cualquier cosa para tu protección, házmelo saber.
–Gracias, señor.
–Muy bien. Que pases buena noche y ten cuidado.
Malcolm se guardó el teléfono, pero no entró todavía. La verdad le miraba a los ojos. No podía escapar de ella.
Apoyó las manos sobre la barandilla y dejó caer la cabeza. Contempló esa pequeña gruta que había en el jardín. Quería llevarla allí y cenar con ella. El aroma de esas flores rosadas y moradas impregnaba el aire y la música del agua de la fuente ahogaba el silencio.
La cena que habían compartido había sido sorprendente. Celia metió los últimos platos en el lavavajillas mientras Malcolm miraba por la ventana por enésima vez. Había pedido unos sándwiches de carne deliciosos servidos con patatas fritas y té dulce, y el postre había sido una exquisita tarta de pacana.
Cerró el lavavajillas y apretó el botón de inicio. Ya no tenía nada más que hacer, así que no tuvo más remedio que hacerle frente a Malcolm. Se ruborizaba con los recuerdos que le venían a la memoria.
–Gracias por pedir la cena. Estuvo mucho mejor que mi comida recalentada.
Él se apartó de la ventana. Esos ojos azules e intensos seguían cada uno de sus movimientos.
–Espero que no te haya importado que me diera un pequeño capricho. Viajo tanto que echo de menos los sabores de casa. La próxima vez, eliges tú. Puedes pedir lo que quieras, que yo lo conseguiré.
–Qué locura. Pedir cualquier cosa que uno quiera… –Celia se acurrucó en una mullida silla para no sentarse junto a él en el sofá, o en el banco del piano, de nuevo–. ¿Eres una de esas estrellas quisquillosas y excéntricas? ¿De esos que piden que les quiten todos los M&M’s de color verde de la bolsa?
–Dios. Creo que no –Malcolm volvió a sentarse en el banco del piano–. Me gusta pensar que sigo siendo yo, pero con un montón de dinero más. Me gusta pensar que ahora sí llevo la voz cantante en mi vida. A lo mejor debería llevarme a un chef sureño conmigo cuando voy de gira.
Celia se abrazó a un cojín.
–Siempre te gustó la tarta de pacana.
–Y el pastel de arándano. Dios, lo echo tanto de menos. Y las galletas de mantequilla.
–Seguro que ahora tienes otros platos favoritos, después de haber viajado tanto. Debes de haber cambiado mucho. Dieciocho son muchos años.
–Soy distinto en muchos sentidos. Claro. Todos cambiamos. Tú ya no eres la misma.
–¿Cómo?
–Pues lo que acabas de decir ahora mismo, y cómo lo has dicho, por ejemplo. Ahora eres más cuidadosa, cauta.
–¿Y por qué es malo ser más cauto?
–No está mal. Es distinto. Eso es todo. Además, ya no sonríes tanto, y echo de menos oírte reír. Suenas mejor que la mejor de las músicas. He tratado de capturarlo en mis canciones, pero… –sacudió la cabeza.
–Eso es… triste.
Malcolm esbozó una sonrisa amarga.
–O sensiblero. Pero me gano la vida escribiendo y cantando canciones de amor.
–A base de hacer que las mujeres se enamoren de ti –Celia puso los ojos en blanco, recordando todas esas portadas en las que aparecía acompañado de mujeres despampanantes.
–Las mujeres no se enamoran de mí. Es una imagen creada por mi representante. Todo el mundo sabe que es pura promoción. Nada es real.
–Solías decir que la música es parte de ti –señaló el piano–. Vivías la música con tanta pasión cuando tocabas y cantabas tus canciones.
–Era un adolescente idealista. Pero con el tiempo me volví más realista –agarró un montón de partituras que estaban en el atril situado junto al piano–. Dejé esta ciudad decidido a ganar dinero suficiente para doblar la fortuna de tu padre, y la música… –agitó los papeles–. Era la única habilidad que tenía.
–Alcanzaste la meta que te propusiste alcanzar. Y me alegro mucho por ti. Enhorabuena. Le demostraste a mi padre todo lo que tenías que demostrar.
–Mucho más en realidad –los ojos de Malcolm brillaban.
–Entonces ahora no solo le doblas la fortuna, ¿no? ¿Tienes tres veces más? ¿Cinco veces más?
Él se encogió de hombros.
–¿Ocho?
Él soltó las partituras. Eran papeles que había escrito para los estudiantes.
–¿Diez?
–Te has acercado.
–Vaya. Las canciones de amor se venden bien.
Mucho mejor que esas pequeñas composiciones que hacía para sus alumnos con la esperanza de poner ponerlas en un libro de texto alguna vez…
–La gente quiere creer en un mensaje –dijo Malcolm con acritud.
–Eso suena un tanto cínico. ¿Por qué cantas sobre algo que no aceptas como verdadero? Es evidente que ya no necesitas el dinero.
–A ti te gustaba cuando te cantaba –se volvió en el banco y puso sus manos sobre las teclas del piano.
Empezó a tocar una balada que le resultaba muy familiar.
–Yo fui una de esas chicas ñoñas que se enamoró de ti.
Malcolm continuó tocando otros dos compases más de la melodía de unas de las canciones que le había compuesto cuando salían juntos. Le había dicho que sus canciones eran lo único que podía ofrecerle. Esa en particular se llama Playing for Keeps, y siempre había sido su favorita.
Sus dedos tomaron velocidad, complicando la línea melódica que había creado en un principio. Cuando terminó, la última nota retumbó en la pequeña casa–cochera.
Y también en el corazón de Celia.
Contuvo el aliento. Tenía lágrimas en los ojos.
–¿Era verdadero? ¿Lo que sentíamos entonces?
Él guardó silencio. Se apartó de ella. Parecía que no iba a contestar…
–Fue tan verdadero que sufrimos mucho por ello. Fue lo bastante verdadero como para que este reencuentro no sea una reunión distendida.
–Malcolm, ¿cómo va a ser lo de Europa si ya nos resulta difícil estar sentados aquí el uno frente al otro?
–¿Has decidido venir conmigo? ¿Ya no hay más titubeos?
Celia se puso en pie y fue hacia él.
–Creo que tengo que ir.
–¿Por el acosador?
Celia le sujetó las mejillas con ambas manos.
–Porque ya es hora de dejar atrás el pasado.
Rápidamente, para no arrepentirse, Celia apretó sus labios contra los de él.
Capítulo Cinco
Malcolm no había planeado besar a Celia, pero en cuanto sus labios rozaron los de ella, ya no pudo apartarse. Sabía a tarta de pacana, a sirope y a azúcar. Era mucho más de lo que recordaba, familiar y extraño al mismo tiempo.
El roce de la punta de su lengua había desencadenado un relámpago de deseo que le recorría de arriba abajo. Se había excitado tanto de repente que solo podía pensar en hacerle el amor allí mismo… Pero el beso terminó en un abrir y cerrar de ojos.
Celia se tocó los labios con una mano temblorosa. Tenía las uñas rotas, mordidas. Era evidente que había estado sometida a mucha tensión.
–No es lo más sensato que he hecho. Se supone que últimamente me he vuelto una persona más cabal.
–No siempre queremos lo que más nos conviene.
–Cierto. Me dejé llevar por los recuerdos que suscitó la música. El hecho de que recordaras la canción… Bueno, no tendría corazón si no me conmoviera. Pero la razón se impone. Si hubiera seguido adelante con ese beso, lo de Europa sería una experiencia muy rara y…
–Celia, no tiene importancia. No tienes que darme explicaciones ni decir nada –deslizó el pulgar a lo largo de su boca–. No me voy a volver loco porque no me hayas invitado a tu cama después de un beso.
Ella le miró con unos ojos llenos de indecisión. ¿Realmente estaba considerando la posibilidad? Malcolm sintió que se le aceleraba el corazón.
De repente ella sacudió la cabeza y se apartó.
–No puedo hacer esto –dijo, retrocediendo y huyendo de él.
Sacó sábanas y una almohada del armario del pasillo. Quitó una manta del respaldo del sofá.
–Buenas noches, Malcolm.
Le puso la ropa de cama contra el pecho y dio media vuelta sin darle tiempo a decir nada.
Malcolm aguantó las ganas de ir tras ella. La puerta de su dormitorio se cerró y solo quedó el silencio.
Celia mantuvo los ojos cerrados aunque llevara diez minutos despierta. Había pasado una larga noche de insomnio y estaba agotada. Se escondió bajo las mantas. Solo había sido un beso, pero ya había perdido el control. ¿Por qué no la había presionado para que le invitara a su cama? Eso era lo que más la preocupaba… Pero él jamás lo había hecho, ni siquiera cuando eran adolescentes. Siempre había sido ella la que tomaba la iniciativa, la que le perseguía. Le conocía desde hacía muchos años. Habían tenido la misma profesora de música e incluso habían actuado juntos en algunos festivales del colegio. Pero algo había cambiado aquel verano, justo antes del segundo curso en el instituto.
Malcolm Douglas había vuelto convertido en un joven irresistible. Se había hecho mayor de repente.
Todas las chicas se habían dado cuenta, pero ella estaba decidida. Sabía que era suyo. Nadie le había negado nada jamás y se había propuesto metérselo en el bolsillo. Su propio egoísmo la había hecho perseguirle sin tregua. Pero él insistía en decirle que no tenía ni tiempo ni dinero para salir con ella. Le había dicho que no podían ser nada más que amigos. Y ella le había dicho que no necesitaba un cuento de hadas, que solo le quería a él…
Cuando llevaban cinco meses saliendo juntos, empezó a pensar que le perdía. Su madre había solicitado varias becas para que asistiera a un instituto especializado en Bellas Artes. Celia entendía que Terri Ann Douglas quisiera lo mejor para su hijo, pero parecía que más que darle una educación mejor, lo que realmente quería era alejarle de ella.
Entre las clases y su trabajo, apenas le veía, pero siempre sacaban tiempo para estar juntos, para soñar, para hablar.
Todavía recordaba con todo detalle aquel día, el día en que había perdido su virginidad. Recordaba lo que llevaba puesto, unos vaqueros de color rosa y la camiseta de un grupo de rock. Recordaba lo que había comido, cereales, una manzana y poco más, porque quería seguir cabiendo en esos vaqueros… Pero sobre todo recordaba cómo había sido tumbarse en el asiento de atrás del coche con Malcolm. Estaban aparcados junto al río, por la noche. Ya se había quitado la camiseta y el sujetador, y también le había quitado la camiseta a él. No había nada como rozarse contra su pecho. Con las manos metidas por dentro de sus pantalones, había comenzado a desabrocharle la cremallera. Él hacía lo mismo con sus vaqueros rosa. Habían aprendido a darse placer sin llegar hasta el final.
Pero esa noche Celia estaba más egoísta que nunca. Tenía tanto miedo de perderle… Habían cometido una estupidez. Lo habían hecho sin condón.
Y después había necesitado que la llevara al orgasmo con la mano. La primera vez no había sido tan explosiva como esperaba. Pero tampoco se había quedado embarazada ese día, y eso les había vuelto más temerarios durante las semanas siguientes. Malcolm estaba decidido a darle ese placer arrebatador mientras estaba dentro de ella…
Celia se escondió mejor entre las sábanas, refugiándose en los recuerdos, los buenos, y después en los malos. Había pasado años diciéndose a sí misma que él no la había querido tanto como ella a él, que habían llegado a ser una pareja solo porque ella le había perseguido hasta la saciedad. ¿Qué adolescente decía que no al sexo?
Pero la noche anterior, al oírle tocar esa canción, se había dado cuenta de que no estaba en lo cierto. Auto–convencerse de algo que no era verdad solo había sido una estrategia para aligerar la culpa que sentía por los estragos que había hecho en su vida.
Echó a un lado la manta. De repente oyó un ruido proveniente del exterior. Fue hacia la ventana y abrió las persianas de madera.
<<Oh, Dios mío>>, pensó, conteniendo el aliento. Se apartó rápidamente.
El jardín estaba atestado. Coches, furgonetas de los medios, decenas de personas que llegaban hasta la acera… Cerró las persianas del todo y pasó el pestillo de las ventanas. Su casa estaba invadida y estaba claro que no tenía nada que ver con el acosador.
Recogió el albornoz del pie de la cama y fue hacia la puerta, poniéndoselo por el camino. Se dirigió hacia el salón.
Nada más entrar se detuvo en seco. Malcolm estaba tumbado en el sofá. Solo llevaba unos vaqueros y tenía la manta enroscada alrededor de la cintura. Celia contuvo el aliento. Los músculos que había intuido por debajo de la camisa estaban al descubierto. ¿Por qué no le había salido barriga ni se había quedado calvo? Por lo menos podría haberse convertido en un idiota vanidoso.
Se arrodilló junto al sofá. Le puso la mano en el hombro. El calor de su piel la invadía por dentro. Quitó la mano de inmediato.
–¿Malcolm? Malcolm, tienes que despertarte.
Él se incorporó de un salto, empuñando un arma. Tenía una pistola en la mano. Apuntó al techo.
–¿Malcolm? –Celia gritó–. ¿De dónde ha salido eso?
–Es mía y está registrada. La tengo por protección, y creo que no viene nada mal, dado que te están amenazando. Seguro que cualquier posible intruso se asusta más con ella que si les doy en la cabeza con una partitura enrollada –puso el arma sobre una mesita con una sonrisa en los labios–. Será mejor que no me des sorpresas cuando estoy dormido.
–¿Las fans acosadoras te despiertan a menudo? –Celia se frotó los brazos. De repente sentía mucho frío.
–Cuando entré en las listas de éxitos por primera vez, una fan logró pasar los controles de seguridad y entró en mi casa. Pero desde entonces no. Sin embargo, eso no quiere decir que vaya a bajar la guardia. Mi equipo de seguridad es una pared impenetrable.
–¿Entonces por qué duermes con la pistola?
–Porque tu vida es demasiado valiosa como para confiar en alguna otra persona. Tengo que estar seguro.
Celia sintió que el corazón se le encogía. Se aclaró la garganta y señaló la ventana del salón, que estaba tapada por una simple persiana blanca, sin cortinas.
–Mira ahí fuera.
Malcolm arrugó los párpados. Cruzó la habitación y abrió un poco las persianas.
–Vaya –se echó a un lado para que no le vieran–. Me gustaría decir que me sorprende, pero me temía que esto podría pasar. Debería haber insistido en que nos fuéramos anoche, antes de que tuvieran tiempo de apostarse aquí.
–En cuanto a lo de Europa… Yo…
–Sí. Estoy de acuerdo –dijo él, tomando su camisa del respaldo de una silla. Se puso los zapatos–. Tenemos que irnos directamente.
Celia jugueteó un momento con el cinturón del albornoz.
–No sé…
Él levantó la vista un momento. Se estaba abrochando la camisa.
–No tenemos elección, gracias a toda esa gente con cámaras.
–Entonces sospechabas que esto podría pasar, ¿no?
–No estaba seguro –guardó el ordenador en su funda de cuero–. Pero he tenido que tener en cuenta todas las opciones y hacer planes en consecuencia.
–¿Qué clase de planes?
–Una forma de escapar antes de que las cosas empeoren más –guardó el arma en la cartuchera y la metió en el maletín del ordenador–. En cuanto te vistas…
–¿Las cosas pueden empeorar más? Ya no hay sitio en la entrada.
–Siempre hay. Vístete y yo haré café. Tendremos que comer durante el camino.
–¿Y si decido quedarme?
Él se detuvo. Guardó silencio.
–Muy bien –Celia suspiró–. Me voy contigo. ¿Pero por qué tan rápido? ¿Y no hacemos las maletas?
–Todo eso está arreglado ya.
–Claro. Por supuesto… Dios, esto se está complicando –Celia se frotó el cabello–. Tengo un concierto de fin de curso esta noche y muchas notas que poner.
Malcolm levantó el teléfono que tenía en la mano.
–Dime qué necesitas y yo lo hago. Puedo rodear todo el edificio del colegio con guardias de seguridad si es preciso.
–Eso suena peligroso y asusta. Llamaré a una profesora del instituto. Ella puede dirigir el concierto y ya entregaré las notas por correo. Teniendo en cuenta el circo que han montado ahí fuera, imagino que el colegio entenderá mi decisión de tomarme el día libre.
Malcolm le tendió una mano.
–Celia, siento tanto…
–Uh, en serio, no pasa nada. Solo tratabas de ayudar.
Celia dio media vuelta y corrió hacia su habitación. Sacó un vestido de verano y unas sandalias del armario y se quitó el pijama. Se cambió de ropa. Llegaban aromas provenientes de la cocina. Olía a avellanas. Regresó al salón y agarró su bolso estampado. Dentro tenía el monedero y el ordenador.
–Creo que es hora de que tus guardaespaldas nos ayuden a llegar a la limusina.
Malcolm le dio una taza de café.
–No vamos en la limusina. Vamos a bajar al garaje por las escaleras interiores.
–Mi coche sigue en el colegio. Creo que debería llamar a mi padre. Y… maldita sea, Malcolm, que me vaya contigo no significa que vayamos a acostarnos juntos. Tienes que entender…
–Celia, para. Está bien. Te he oído. Y ahora escúchame tú. Hice que me trajeran un vehículo anoche por si necesitábamos salir corriendo. La limusina no cabía en el garaje. Puedes llamar a tu padre y a la profesora una vez estemos en camino –la agarró de la mano–. Confía en mí. No voy a dejar que nadie te haga daño, ni siquiera yo mismo.
La condujo por la estrecha escalera que llevaba al garaje.
Dentro había un flamante deportivo rojo.
Celia contempló el coche con la boca abierta.
–Oh. Eh, es un… un coche muy bonito.
–Y muy rápido –le abrió la puerta y se puso al volante. Sacó una gorra azul de la guantera y se la puso antes de arrancar–. ¿Estás lista?
–No –Celia apretó los puños–. Pero supongo que no tiene importancia.
–Lo siento –activó la puerta del garaje y arrancó el coche.
El motor rugía con impaciencia. La puerta se abrió rápidamente. Fuera se agolpaba la multitud.
De alguna manera, Celia buscó su brazo y le agarró con fuerza.
En cuanto asomaron el morro, la gente se precipitó sobre el coche. Los flashes de las cámaras se activaban una y otra vez. Celia se sentía como Alicia en el país de las maravillas, cayendo por un agujero que la llevaría a un mundo desconocido.
Una hora más tarde, Malcolm piso a fondo el acelerador del deportivo. Iban por una carretera desierta. Estaban en mitad del campo. Miró a Celia de reojo. La vista se le iba hacia las suaves curvas de sus piernas.
Tomó una acusada curva en la carretera.
–Siento que hayas tenido que perderte el concierto.
–Sé que solo tratabas de ayudar.
–De todos modos, es una pena tener que dejar de hacer algo para lo que has trabajado tanto. –Malcolm sintió el peso de su mirada y la miró fugazmente.
Tenía el ceño fruncido.
–¿Qué?
–Gracias por entender lo importante que es esto para mí. Gracias por no restarle importancia. Sé que no llenamos estadios ni teatros.
–La música no se mide por el número de gente que hay en el público, o por el dinero que tienen.
Ella sonrió por primera vez desde que habían salido de la casa.
–La música es para tocar el corazón, el alma.
Malcolm asió con fuerza el volante. En otra época ella le había dicho exactamente lo mismo. Una noche se había llevado su guitarra para darle una serenata bajo la luz de las estrellas. Había comprado comida rápida y se había llevado una manta. Por aquel entonces soñaba con darle algo mejor. Se había prometido a sí mismo que algún día lo conseguiría. Quería darle más, pero ella le había dicho que el dinero no le importaba, sino la música y el corazón.
Debería haberla escuchado entonces. No quería esa clase de vida entonces y tampoco la quería en ese momento.
Malcolm aceleró más y el coche se deslizó como una bala por la recta carretera.
–Ha sido una escapada impresionante. De verdad creí que atropellarías a alguien o que por lo menos le pisarías los dedos de los pies. Pero lograste salir de la marabunta de gente sin que nadie se hiciera daño. ¿Dónde aprendiste a conducir así?
–Es parte del entrenamiento.
Ella se rio.
–Debí de perderme la clase de conducción cuando estudié música.
–Tengo un amigo que es conductor profesional –eso también era verdad–. Me dio clases.
–¿Pero qué amigo es ese? –Celia se volvió hacia él, levantando la rodilla para estar más cómoda.
Durante una fracción de segundo, la mirada de Malcolm se desvió hacia el dobladillo de su falda.
–Elliot Starc. Fuimos juntos al colegio.
Celia arqueó las cejas.
–¿Fuiste al colegio con Elliot Starc, el corredor famoso?
–¿Conoces a Starc? La mayoría de las mujeres a las que conozco no siguen las carreras.
–Cielo, estamos en el sur. La gente vive la pasión de NASCAR como si corrieran ellos mismos –se rio–. Starc es de Fórmula Uno, pero algunos de los amigos de mi padre siguen las carreras.
–Muy bien. Entonces conoces a Eric.
–Debió de darte muchas clases para que manejes el coche con tanta destreza, a tanta velocidad –Celia sacudió la cabeza. La melena se le movió sobre los hombros–. Todavía estoy un poco mareada.
–¿Te encuentras bien? No quería asustarte.
–No lo has hecho. Estoy bien –Celia se rio suavemente–. Dios sabe que ya me pusieron bastantes multas cuando era adolescente. Ahora son una conductora mucho más cauta. Ya no espero que mi padre me arregle lo de las multas de tráfico.
–Ha pasado mucho tiempo.
–Y sin embargo estás aquí. Estamos aquí.
La confusión que había en su voz no pasaba inadvertida para Malcolm.
–No quiero que te hagan daño por intentar protegerme.
–Estaré bien. Ya te lo dije. Lo tengo todo bajo control.
–Oh, muy bien. Tienes un plan. ¿Adónde vamos?
–A la casa de mi madre.
Capítulo Seis
¿A la casa de su madre?
Celia seguía sin dar crédito. La prensa había dicho que él ayudaba mucho a su madre, pero nunca daban detalles acerca del paradero de Terri Ann Douglas. No se había vuelto a saber nada concreto de ella después de su marcha de Azalea, catorce años antes, y Celia tampoco estaba interesada en mantener el contacto por aquel entonces. Terri Ann no aprobaba la relación con su hijo. Para ella Celia era todo lo que no quería para su él; una chiquilla consentida, egoísta y superficial.
La sola idea de volver a ver a Terri Ann hizo que se le agarrotara el estómago. Se detuvieron ante un portón enorme, cubierto de vides. Las cámaras se seguridad se movieron casi de forma imperceptible. Estaban casi escondidas bajo el follaje. Malcolm se detuvo junto al cajetín de seguridad y tecleó un código. Las puertas se abrieron. Al otro lado había un camino que se abría entre los árboles.
No se veía casa alguna, ni gente.
–Malcolm, ¿te importaría ponerme al tanto de todo?
El coche se adentró en el tupido bosque, lleno de robles y pinos. La grava crujía bajo los neumáticos.
–Tengo que recuperar algo de control en lo que a seguridad se refiere. Ahora estamos fuera de los radares, y eso nos da algo de margen.
De repente giró el volante y tomó un desvío asfaltado. Las enormes ramas de los árboles se separaron un poco, dejando ver lo que había al final. Era una enorme mansión rodeada de todas las comodidades posibles; una pista de tenis, una piscina, un estanque, una glorieta para celebraciones al aire libre junto a la orilla…
La casa era el escondite perfecto, pero en ese momento parecía más bien una prisión.
–¿Quiere que me quede aquí?
Malcolm la miró un instante.
–No. Nos vamos a Europa. Ya te dije que mi equipo de seguridad te cuidaría, y lo decía en serio. Vamos a salir de aquí en vez de salir de un aeropuerto.
–No sé muy bien cómo vamos a salir rumbo a Europa desde aquí. No veo ninguna pista.
Malcolm señaló a lo lejos. Un helicóptero se acercaba por encima de los árboles.
–¿La prensa nos ha encontrado?
–No. Nos vamos en ese helicóptero –aparcó el deportivo junto a una enorme pista de cemento, lo bastante grande como para que aterrizara el pájaro.
Celia no podía dejar de mirar el helicóptero. Cada vez estaba más cerca. El motor rugía sobre sus cabezas. Se posó en el suelo a unos pocos metros de distancia, removiendo el polvo a su alrededor.
–Tiene que ser una broma.
–No. Nos vamos en el helicóptero a otro sitio, y allí subiremos a un jet privado para salir del país. Así evitaremos el acoso de la prensa.
–Pensaba que íbamos a ver a tu madre.
–Dije que íbamos a su casa. Ella no está –sacó su maletín de detrás del asiento–. Está de vacaciones en su piso de Londres.
¿Un piso en Londres?
–Eres un buen hijo. Esta casa es increíble. Un piso en Londres…
–Lo que le doy no es nada comparado con todo lo que ella hizo por mí. La casa, el apartamento… No es nada para mí. Ella tenía dos trabajos para que tuviera un plato de comida sobre la mesa todos los días. Incluso le limpiaba la casa a mi profesora de piano a cambio de las clases. Mi madre se merece descansar. Bueno, ¿estás lista?
A Celia se le acababa el tiempo para decir aquello que la tenía inquieta desde la noche anterior.
–No quiero que pienses que ese beso ha significado algo más de lo que significó.
–¿Y qué significó?
–Significó que todavía me siento atraída por ti, que compartimos un pasado. Pero eso no quiere decir que tengamos futuro o que debiéramos hacer algo respecto a esa atracción que sentimos… Más bien fue un beso de despedida del pasado, para darle la bienvenida a una nueva amistad. ¿No escribiste una canción una vez sobre los besos de despedida?
–Fue otra persona quien la escribió –Malcolm sonrió con cinismo–. Mi representante pensó que haría derretirse a muchos corazones.
–Bueno, creo que derritió tantos corazones como para llegar a lo más alto de las listas.
Muchas veces se la había encontrado en la radio, y le había arrancado alguna lagrimita en más de una ocasión.
–Será que me estoy haciendo viejo –agarró con fuerza el volante. Los nudillos se le pusieron blancos–. A veces me da la sensación de que les estoy vendiendo algo vacío a mis fans.
–Bueno, hay amor ahí fuera. Eso no se puede negar –Celia se volvió hacia él de nuevo y cerró los puños–. Nosotros lo sentimos. Sé que lo sentimos. Esa canción de anoche lo demuestra. Aunque haya terminado, lo que hubo entre nosotros fue de verdad.
–Fue un amor de adolescentes.
Celia se volvió hacia él con brusquedad. Sus palabras habían sido un jarro de agua fría.
–¿Lo haces a propósito?
–Es que solo intento que aguantes las ganas de besarme de nuevo –estiró el brazo por encima de ella y abrió la puerta–. Nuestro helicóptero nos espera.
Nada más abrieron la puerta, el viento les golpeó en la cara. Celia agarró su bolso y salió de un salto. Las aspas del helicóptero seguían girando, cortando el aire una y otra vez.
¿Quién viajaba en helicóptero aparte de los presidentes y los militares? Al parecer, las estrellas de la música también.
Malcolm le abrió la puerta.
–Siéntate delante.
No sin reticencia, Celia subió al vehículo aéreo. Olía a cuero y a gasolina. Miró hacia el asiento del copiloto. Estaba vacío. Toda esa bravuconería de juventud la había abandonado por completo. La idea de viajar en helicóptero, de ir a Europa… Era demasiado para ella. Se obligó a respirar profundamente y se tragó el pánico que la atenazaba.
Abrochándose el cinturón, miró a su alrededor, hacia los mandos del aparato, hacia la ventanilla… Se volvió hacia el piloto para preguntarle si podía sentarse detrás, pero el hombre abandonó el helicóptero en ese momento. Le entregó sus cascos a Malcolm, se puso la gorra que este le daba y se dirigió hacia el deportivo.
Malcolm tomó el sitio del piloto. Se puso los cascos y le entregó los suyos a Celia.
–Si quieres hablar en privado, aprieta este botón –le dijo.
Comprobó los mandos para asegurarse de que todo estaba en orden y entonces pidió permiso a la torre de control para despegar.
–Eh, Malcolm… ¿Vas a pilotar tú esta cosa?
El helicóptero se elevó.
Celia reprimió un grito y se agarró del asiento. Las casas se hacían cada vez más pequeñas.
–Bueno, ya veo que lo estás haciendo. Supongo que tendrás una licencia.
–Sí, señora.
–No me digas que Elliot Starc también te enseñó a pilotar esto.
–No fue Elliot –la miró un instante y le guiñó un ojo–. Fue un instructor privado.
Celia se relajó un poco.
–Claro. ¿Cómo no?
Malcolm apretó el botón del micrófono.
–No te preocupes, Celia –le dijo mientras pilotaba el helicóptero, surcando el cielo como un ave.
Ella estaba más pálida que nunca. Era evidente que había dejado atrás a aquella adolescente temeraria y rebelde.
–Te lo juro. Nos vamos a encontrar con un antiguo amigo mío del colegio en su casa de Florida. Él nos ayudará a salir del país sin armar revuelo y sin necesidad de pasar por el aeropuerto.
–¿Un amigo del colegio?
–Sí. Mantengo el contacto con algunos de ellos.
Eran los chicos de Salvatore, La Hermandad Alfa.
–¿Amigos íntimos?
–Sí. Claro. Había dos clases de gente en ese internado, lo que querían ser militares y los que necesitaban un régimen militar.
–Bueno, tú ya estabas muy motivado y eras disciplinado por aquella época. No te hacía falta eso.
–Al parecer, sí que me hacía falta. Ir de un bar a otro sin ser mayor de edad, dejar embarazada a mi novia… Yo no diría que era muy disciplinado.
–Yo también tuve parte en eso.
–Tuve mucha suerte de terminar allí. Me metieron en cintura.
–¿Era muy malo el colegio al que te enviaron? –Celia entrelazó las manos sobre su regazo y empezó a retorcerlas–. Me preocupé mucho por ti.
–No fue tan malo como hubiera sido haber ido a la cárcel. Sé que tuve mucha suerte. Como te he dicho, conseguí la mejor educación, clases de música y mucha disciplina. Y lo mejor de todo… Mi madre ya no tuvo que volver a hacer dobles turnos.
–Ah. Entonces realmente te quedaste en ese colegio por ella.
–Siempre has sido capaz de leerme la mente –volvió a revisar los mandos–. Estaba tan enfadado entonces que quería decirle al juez que se fuera al demonio con su “acuerdo”. Yo era inocente y nadie me iba a llamar drogadicto. Pero cuando miré a mi madre supe que tenía que aceptar.
–Y te fuiste del pueblo.
–Sí.
La había abandonado. Esa había sido la parte más dura; abandonarla, sabiendo que llevaba a su hijo en el vientre.
–Tenía pocas posibilidades de salir de un juicio así con el expediente limpio.
Ella ya le había dicho que iba a dar al bebé en adopción y no tenía nada que ofrecerle para hacerla cambiar de idea. Se había ido sin más. Nada le ataba a Azalea.
–Háblame de esos amigos que nos van a ayudar.
–Troy Donovan nos va a recoger cuando lleguemos.
–El Robin Hood Racker. Vaya.
Troy se había metido en el ordenador del Departamento de Defensa cuando era adolescente para destapar un caso de corrupción y había cumplido condena en la escuela militar.
–Conrad Hughes se reunirá con nosotros después.
–¿Un magnate de los casinos con contactos de dudosa reputación? ¿Y Elliot Starc, piloto de Fórmula Uno y playboy? –Celia se rio–. No sé si volveré a sentirme tan segura.
Malcolm le explicó lo que pudo.
–Sí. Todos acabamos en esa escuela por un motivo y salimos convertidos en hombres mejores. Si te hace sentir mejor, nuestra Hermandad Alfa incluye al doctor Rowan Boothe.
–¿El médico filántropo que aparece entre los cien hombres más sexy, según la revista People? Se supone que creó una técnica quirúrgica revolucionaria controlada por ordenador…
–Lo hizo con nuestro colega informático, Troy. ¿Ahora sí te fías de mis amigos? –la miró de reojo y vio un brillo especial en su mirada.
De repente Malcolm se dio cuenta de que había mordido el anzuelo. Había terminado dándole más información de la que debía compartir.
¿Por qué era todo tan misterioso e irresistible?
Celia se pasó casi todo el viaje intentando encontrar algún fallo en la rutilante vida de Malcolm Douglas. Cuanto más le contaba acerca de su vida tras haberse marchado de Azalea, más motivos encontraba para admirarle.
Apartó la vista de ese perfil perfecto al tiempo que el helicóptero comenzaba a descender. Estaban en la costa de Florida y se aproximaban a la casa de Troy Donovan.
El aparato aterrizó suavemente, justo delante de la casa. Las aspas continuaban girando y las ráfagas doblaban la hierba del césped a su alrededor. Un guarda uniformado le abrió la puerta y le ofreció una mano. Celia agarró el bolso y bajó del helicóptero.
Antes de que pudiera pestañear, Malcolm estaba a su lado. La agarró de la cintura y la condujo hacia una pequeña pista de despegue en la que esperaba un avión pequeño. La mansión de estuco, situada junto a la playa, quedaba a sus espaldas.
Celia volvía a sentirse como Alicia, descendiendo cada vez más por ese agujero. Su padre viajaba en primera clase y a veces alquilaba un Cessna, pero ella jamás había conocido ese nivel de recursos.
Unos segundos después, Malcolm la ayudó a entrar en el avión. Otra pareja les esperaba en la cabina.
Una mujer pelirroja con pecas en la cara se puso en pie al verla entrar. Le ofreció la mano.
–Tú debes de ser Celia. Soy Hillary, la esposa de Troy.
La esposa de Robin Hood Hacker…
Por suerte no parecía sacada de otro mundo. Llevaba unos vaqueros y una camiseta, de diseño, pero sencillos. Malcolm le estrechó la mano al hombre que conocía de las fotos de los periódicos, Troy Donovan, magnate de la informática.
–Siento llegar tarde –dijo Malcolm–. El viaje nos ha llevado más tiempo del que esperaba.
–No te preocupes, hermano –Troy le condujo hacia una fila de pantallas de ordenador situadas en un rincón de la cabina–. Te pondré al día rápidamente. Mi esposa atenderá a tu encantadora invitada mientras tanto.
Celia se quedó admirando la formidable espalda de Malcolm. De repente, Hillary la tocó en el brazo y señaló un asiento.
–Pareces exhausta. Supongo que no se tomó mucho tiempo para explicarte. Pero había que actuar deprisa para cubrir vuestro rastro ante la prensa, las fans y cualquiera que os estuviera molestando.
Celia se sentó en el sofá de cuero y buscó el cinturón de seguridad. ¿Se marchaban? ¿Sin pasaporte y sin maletas? ¿Sin decirle nada a los amigos? ¿A qué había accedido? Volvió a mirar a Malcolm. ¿Quién era el hombre con quien iba a salir del país en realidad?
Hillary se sentó a su lado.
–Hemos oído muchas cosas de ti a través de Malcolm.
Celia levantó la vista.
–¿Qué dijo?
–Dijo que sois viejos amigos y que hay alguien que te está acosando, así que te está echando una mano.
–Sí. Tengo suerte.
Los motores del avión se pusieron en marcha y la voz del capitán sonó por el intercomunicador para darles la bienvenida.
Capítulo Siete
El viaje a Francia pasó volando. El jet se detuvo en la terminal del aeropuerto Charles de Gaulle de París, la primera parada de la gira europea de Malcolm. Se había hecho de noche con el cambio de hora. Celia deslizó los dedos por el cristal de la ventanilla. Había legiones de fans esperándoles. Tenían pancartas en las manos con todo tipo de mensajes.
Yo corazón Malcolm.
Cásate conmigo.
Je t’aime.
La policía y los agentes de seguridad del aeropuerto formaban una pared humana entre las fans y la alfombra que llegaba hasta la escalera del avión. Las chicas gritaban sin parar, le tiraban flores…
El zumbido del avión cesó del todo y todo el mundo se desabrochó el cinturón de seguridad. La azafata abrió la puerta. El ruido alcanzó un nivel de decibelios inaguantable.
Riendo sin parar, Troy agarró un sombrero de fieltro y se lo puso.
–Chico, creo que hay una mujer ahí fuera que quiere que le escribas un autógrafo en los pechos.
Malcolm hizo una mueca. Se puso una chaqueta azul.
–Tendremos que decirle que olvidé el rotulador.
Hillary levantó su maletín de cuero.
–Estoy segura de que tengo alguno por aquí –dijo con una mirada pícara.
–No tiene gracia –dijo Malcolm.
Celia no podía estar más de acuerdo.
Troy le dio una palmadita en la espalda.
–¿Dónde está tu sentido del humor, hombre? Siempre eres rápido con el sarcasmo cuando son los demás los que se estresan.
–Estaré muy estresado cuando lleguemos al hotel, así que pongámonos en marcha –agarró el bolso de Celia para dárselo.
Troy casi se atragantó de tos.
–¿Qué pasa ahora, Donovan? –le preguntó Malcolm.
–Nunca pensé que vería el día en que le llevarías el bolso a una mujer.
Celia se lo arrebató de las manos.
–No es un bolso. Es una bolsa para meter el ordenador y el monedero. Y es mi favorita, de hecho… –se detuvo–. No te estoy ayudando mucho, ¿no, Malcolm?
–No te preocupes –le aseguró él, poniéndole la mano en la espalda–. Me siento lo bastante seguro de mi masculinidad como para atravesar esa multitud con el bolso de flores en la mano.
–Una foto, por favor –le preguntó Troy–. Te pagaré bien.
Celia les observó con atención. Bromeaban y reían sin parar de camino a la puerta. De repente se dio cuenta de que nunca le había visto con amigos, ni siquiera dieciocho años antes. Por aquel entonces no tenía tiempo para salir y divertirse. Entre el colegio, el trabajo y las clases de música, no había tenido más remedio que sacrificar la vida social de adolescente para recompensar a su madre todo lo que había hecho por él. Se detuvieron junto a la escotilla abierta. Un frenesí de gritos y alaridos sacudió a la multitud que esperaba fuera. Todo eso era para él, y sin embargo no tenía problema en llevar un bolso femenino. Malcolm saludó a las chicas, generando una nueva ola de ovaciones.
La agarró de la espalda y le rodeó la cintura con el brazo.
–¿Malcolm? –Celia se detuvo ante la escotilla y le miró con ojos de confusión–. ¿Qué estás haciendo?
–Esto –le dijo y entonces le dio un beso arrebatador.
Antes de saber muy bien lo que hacía, Celia le puso una mano sobre el pecho. Le agarró de la chaqueta.
La multitud gritó.
Malcolm le acarició el rostro, el cabello. Por suerte seguía sujetándola de la cintura. Las rodillas empezaban a fallarle. La sangre se agolpaba en sus oídos, retumbando sin parar.
–¿A qué ha venido eso? –le preguntó, tratando de no mirar a sus amigos.
Troy y su esposa estaban justo detrás, riéndose.
Malcolm puso su mano sobre la de ella. Sus ojos azules la atravesaban.
–Solo me estaba asegurando de que el mundo sepa que eres mía. Cualquiera que quiera hacerte daño tendrá que vérselas conmigo.
Comenzó a bajar los peldaños de la escalera, llevándola consigo. Celia se aferraba a él. Las piernas todavía le temblaban un poco después de ese beso que le había dado delante de la gente y las cámaras.
Una limusina blanca les esperaba a unos metros de distancia.
–Pensaba que íbamos a ser amigos que viajan juntos, compañeros de viaje. ¿Por qué te preocupaste tanto porque la prensa pudiera vernos en un hotel?
–No quería reconocerte hasta que estuvieras segura.
–¿No fuiste tú el que se burló del amor adolescente cuando íbamos en la limusina?
Los ojos azul cerúleo de Malcolm la recorrieron de arriba abajo.
–Cariño, esto no tiene nada que ver con el amor adolescente, pero sí tiene mucho que ver con la pasión adulta. Con las cámaras delante las veinticuatro horas, sería imposible mantener una mentira. Esos fotógrafos se quedaran con el hecho de que te deseo tanto que me duelen los dientes.
Celia sintió que se le atragantaba el aliento.
–No sé qué decir.
Malcolm se detuvo junto a la limusina. Saludó a la gente de nuevo y entonces volvió a mirarla con ojos de adoración. Todo era una farsa.
La ayudó a entrar en el vehículo y subió tras ella.
–Celia… –se apresuró a decir antes de que subieran Troy y Hillary–. Antes que mentir al respecto y levantar las sospechas de la prensa, es mejor ser sinceros sobre la atracción que sentimos. Tengo que decirte que… te besaré y te tocaré en público muy a menudo a partir de ahora.
Celia sintió un hormigueo que le recorría el vientre.
–Pero ya te lo he dicho. No podemos hacer esto. No podemos volver atrás. No voy a meterme en tu cama de nuevo.
–No importa –Malcolm le dio un beso en la punta de la nariz–. Tus ojos hablan por sí solos –le dijo en un susurro–. Las cámaras captarán la verdad.
Celia apenas podía tomar el aliento. La piel le ardía allí donde él la había tocado, donde la había besado.
–Dímelo, Malcolm. ¿Qué verdad es esa?
–Cariño, me deseas tanto como te deseo yo a ti –extendió un brazo por encima del respaldo del asiento y guardó silencio.
Troy y Hillary acababan de subir al coche.
Hillary sonrió de oreja a oreja.
–Bienvenidos a París, la ciudad del amor.
Malcolm estaba solo en el balcón del hotel. La Torre Eiffel estaba justo delante. Celia y los Donovan ya se habían ido a dormir a sus respectivas habitaciones. Pero Malcolm no era capaz de encontrar el sueño. Solía soñar con llevar a Celia a París. Imaginaba que la llevaba a un concierto y le proponía matrimonio en un sitio con unas vistas como esas.
De repente sintió el peso de unos ojos en la espalda. Se dio la vuelta bruscamente.
El coronel John Salvatore estaba en la puerta, con su traje gris de siempre y su corbata roja. El coronel trabajaba en la sede de la Interpol, en Lyon.
–Buenas noches, señor. Podría haber llamado, ¿sabe? ¿Alguna novedad?
–Nada –el antiguo director del colegio se paró a su lado–. He venido a tu concierto. Quería saludarte, Mozart.
Solían llamarle así en el colegio por todas las horas que pasaba tocando música clásica.
–Le agradezco el refuerzo en la seguridad, Salvatore. Lo digo de verdad. Descansaré mucho más sabiendo que Celia está segura hasta que las autoridades arreglen el problema en casa.
El coronel se aflojó la corbata, se la quitó y se la guardó en el bolsillo.
–¿Seguro que sabes lo que haces?
Malcolm sacudió la cabeza. Sus ojos seguían fijos en la Torre Eiffel.
–No. Pero no puedo echarme atrás ahora.
–¿Tienes algún tipo de venganza personal en contra de ella?
–¿Qué? Pensaba que me conocía bien.
–Sé lo mal que estabas cuando apareciste en el colegio.
–Todos estábamos mal.
–Intentaste huir tres veces.
–No quería que me encerraran.
–Al intentar huir te arriesgaste a terminar en la cárcel –Salvatore apoyó los codos en la barandilla.
El suelo estaba siete pisos por debajo. El tráfico, escaso a esa hora, pasaba a toda velocidad. Muchachos que andaban de fiesta por las calles de París entraban por la puerta del hotel en ese momento.
–Pero usted nunca informó de mis intentos de huida.
–Porque sabía que eras uno de los pocos chicos que llegaban a esa escuela siendo inocentes.
Malcolm se puso erguido. Aquello era toda una sorpresa. Él nunca se había declarado inocente de nada y todo el mundo había dado por supuesta su culpabilidad, todos excepto Celia, pero incluso ella le había dado la espalda en el último momento. No la culpaba por ello, no obstante.
–¿Cómo puede estar tan seguro?
–He visto entrar por la puerta del colegio a muchos drogadictos y traficantes. Tú no tenías problemas de droga –dijo con contundencia–. Además, si hubieras tenido un problema de drogas, esta vida te hubiera matado hace mucho.
Una risotada ebria les llegó desde la calle en ese momento.
–Entonces cree en mí por las pruebas que tiene.
–Los hechos no hicieron nada más que reforzar la corazonada que tenía. También sé que un hombre haría cualquier cosa por un hijo. Imagino que aceptaste ese trabajo en el bar con la esperanza de ganar suficiente dinero para mantener a Celia y a la niña. No querías que la diera en adopción, e imagino que querías quedarte con el bebé porque tu padre te había abandonado.
–Maldita sea, coronel –Malcolm retrocedió y buscó una escapatoria que le permitiera huir de la verdad–. Pensaba que se había doctorado en historia, no en psicología.
–No hace falta ser psicólogo para saber que proteges a tu madre todo lo que puedes. Entiendo que tienes motivos para guardarle resentimiento a tu padre biológico. ¿No? ¿Tienes algún tipo de venganza que llevar a cabo entonces? ¿Buscas la revancha teniendo cerca a Celia?
–No. Dios, no. Celia y yo somos adultos ahora. Y en cuanto a nuestro bebé, ya casi es una mujer hecha y derecha, así que no hay vuelta atrás. La sola idea de una venganza es absurda.
–Nada lo es. Recuérdalo.
–¿Por qué no hablamos de su hijo entonces? ¿No tiene que asistir a un partido o algo así?
–Muy bien –Salvatore levantó las manos–. Te lo voy a decir muy clarito. Está bien que quieras proteger a Celia. Pero tienes que aceptar que tus sentimientos por ella no son absurdos. Eso es lo único que puedes hacer si quieres seguir adelante con tu vida –dijo Salvatore.
Un segundo después ya no estaba allí. Había desaparecido tan silenciosamente como había llegado. Malcolm se quedó solo en el balcón. Tenía que entrar y dormir, cargar las pilas para la actuación, cuidarse la voz, protegerse del frío. Sin embargo, no era capaz de dejar de mirar la Torre Eiffel. Teniendo en cuenta lo que Salvatore le había dicho, no tenía muchas posibilidades de dejar atrás el pasado. Por mucho que intentara seguir, seguía sintiendo mucha culpa por todo lo que había pasado. Y aún tenía sentimientos por Celia, sentimientos que no iban a desaparecer por mucho que los ignorara. ¿Por qué se negaba lo que más deseaba en ese momento? Nada le impedía intentar convencer a Celia para meterse en su cama de nuevo.
Y el concierto, que tendría lugar al día siguiente, era la ocasión perfecta para empezar.
Jugueteando con su collar de perlas de cultivo, Celia se quedó en el backstage con Hillary. Micrófono en mano, Malcolm recorría el escenario de un lado a otro, dándoles lo mejor de su voz a las hordas de féminas enloquecidas. Sus gritos rivalizaban con el sonido de la banda.
Por lo menos Hillary y Jayne Hughes, otra amiga en común, le hacían un poco de compañía. Jayne estaba casada con otro compañero de Malcolm del colegio. Todas habían ido a verle con sus maridos, pero también estaban allí para cuidarla.
Si bien Hillary resultaba de lo más cercana con sus vaqueros y la cara lavada, Jayne estaba tan increíblemente elegante con ese vestido que llevaba, que Celia tuvo que resistir el impulso de retocarse el maquillaje. Se alisó el vestido de seda que había escogido. Malcolm le había mandado un enorme perchero lleno de ropa para que tomara lo que quisiera.
Había pasado el día fuera, probando el sonido.
–Es un tanto abrumador –le dijo la rubia y refinada Jayne.
Hillary se puso de puntillas para ver mejor.
–Y es increíble.
–Abrumador.
De repente Celia se dio cuenta de que Jayne Hughes realmente se preocupaba por ella.
–Adelante. Ve y pregunta.
–¿El qué? –preguntó Jayne.
–Por qué estoy aquí. Por qué estoy con Malcolm –miró hacia el escenario.
Malcolm se estaba sentando frente a un piano. En el pasado solía sentarse a su lado y tocaba con él, o le acompañaba a la guitarra.
–O a lo mejor ya conoces la historia.
–Solo sé que Malcolm y tú crecisteis en la misma ciudad, y habéis venido aquí para huir de un acosador –Jayne se alisó su impecable cabello. Le llegaba hasta los hombros y llevaba un corte perfecto.
Era la esposa perfecta para el magnate de un casino.
Celia volvió a mirar hacia el escenario. La dulce voz de barítono de Malcolm la envolvía.
–Nos conocemos desde que éramos niños. Salíamos juntos cuando estábamos en el instituto.
Jayne echó la cabeza a un lado.
–Eres distinta a las otras mujeres con las que se le ha visto.
Celia se preguntó si se refería a las mujeres con las que realmente salía, o a las que aparecían en las fotos.
–¿De qué manera soy distinta?
–Eres lista.
–Seria –añadió Hillary.
–Y no te pegas a él como una lapa.
–Culta –dijo Hillary.
Según la descripción, era la persona más aburrida del mundo.
–Gracias por el… eh…
–Cumplido –dijo Hillary–. Desde luego. Malcolm no es tan superficial como quiere aparentar ser.
Jayne empezó a mover un pie al ritmo de la música. Era una de las canciones más animadas de Malcolm.
–Conocí a Malcolm hace siete años. En todo ese tiempo, nunca le he visto con amigos que no fueran sus colegas del colegio. Incluso su representante fue a la escuela militar con él.
Hillary levantó un dedo.
–Y está muy apegado a su madre. Claro.
Celia sonrió tensamente.
–Debes de haber sido muy importante para él –dijo Jayne. Los ojos se le habían iluminado.
–Tenemos una historia.
–Y somos unas curiosas –añadió Hillary–. No nos hagas caso, Celia. Vamos a disfrutar del concierto.
Celia se volvió hacia el escenario. Un solitario foco apuntaba hacia una silla vacía con una guitarra apoyada contra ella. Malcolm se sentó y apoyó la guitarra en la rodilla.
–Tengo una nueva canción que me gustaría compartir con todos vosotros esta noche. Es una canción muy sencilla, que viene directa del corazón.
Celia aguantó las ganas de poner los ojos en blanco, recordando cómo le había dicho que no creía en las canciones de amor de cantaba.
Pero con el primer roce de sus dedos contra las cuerdas, tuvo que contener la respiración. El estómago se le agarrotó.
Cada acorde rasgado y tocado confirmaba sus peores temores. Le tocaba el alma y la hacía estremecerse de pies a cabeza. Aquello era un golpe bajo, injusto, con el objetivo de hacerla derrumbarse. No sabía si llorar o gritar mientras él cantaba las primeras notas de aquella canción que había hecho para ella tantos años antes.
Cantó Playing for Keeps.
Capítulo Ocho
La melodía de Playing for Keeps seguía retumbando en su cabeza incluso después de haber terminado el primer bis, recordándole aquella época en la que sí creía en ello. El público confiaba en aquel mensaje simple y sensiblero.
Malcolm salió del escenario por el lado derecho. A lo mejor no había sido una buena idea usar esa canción para llegar al corazón de Celia. No era capaz de ver la expresión de su rostro en la oscuridad y eso le ponía cada vez más inquieto. Por suerte sus colegas de la Hermandad Alfa estaban ahí con ella.
El largo camino del recuerdo era un arma de doble filo, pero tenía que tener presente su objetivo en todo momento. Tanto Celia como él tenían que llegar hasta el final. Era hora de enterrar el pasado y de mirar hacia el futuro. Los aplausos y ovaciones que oía a sus espaldas no significaban nada si no era capaz de arreglar las cosas con Celia de una vez y por todas.
Estaba hermosa con ese vestido de seda color zafiro. No podía apartar la vista de su escote. Sus curvas femeninas siempre le habían vuelto loco y le robaban la habilidad de pensar.
Quería tenerla desnuda entre sus brazos una vez más. Lo necesitaba más que respirar, más que hacer otro concierto o resolver otro caso de inteligencia. Tenerla en su cama se había convertido en una prioridad. Jamás desearía a una mujer tanto como a ella.
Al acercarse, no obstante, se dio cuenta de que había cometido un gran error con la canción. Ella tenía los labios contraídos y los ojos le brillaban de pura rabia.
Dolor.
Malcolm se sintió como si acabaran de darle un puñetazo. No quería hacerle daño. Adentrándose en las sombras del backstage, le tendió una mano.
–Celia…
Ella levantó ambos brazos, manteniendo la distancia.
–Un gran concierto. A las fans les encantó esa nueva canción tuya. Enhorabuena. Bueno, ahora, si me disculpas, tengo que irme a dormir. Parece que tengo muchos guardaespaldas, así que estoy más que protegida –sonrió un instante y entonces dio media vuelta.
Hillary Donovan miró a Malcolm un momento. Le dio un codazo a Jayne y echó a correr tras Celia. Los guardaespaldas se dispersaron y rodearon a las mujeres con discreción.
Malcolm se apoyó contra un palé de amplificadores de repuesto.
De repente sintió una mano sobre el hombro. Troy Donovan estaba a su izquierda, y Conrad Hughes a la derecha. El magnate de los casinos estaba de mejor humor desde que se había reconciliado con su mujer.
Troy le dio un golpecito entre los hombros.
–¿Mujeres?
–Siempre.
–¿Un consejo? Dale espacio.
–Pero no mucho, no vaya a pensar que la estás evitando –dijo Conrad, interrumpiéndoles.
–Dale tiempo suficiente para que se calmen los ánimos, sea lo que sea lo que hayas hecho.
–No puedo permitirme el lujo de darle tiempo, no con…
–Un acosador –Troy terminó la frase–. Muy bien. Tiene guardaespaldas. Estaremos en la habitación de al lado, jugando a las cartas. Mientras tanto, tú les sonríes a los periodistas un rato y volvemos al ático cuanto antes.
La propuesta era difícil de rechazar.
El paseo en limusina por las calles de París fue una extraña experiencia a esas horas de la noche. El Arco del Triunfo brillaba en la distancia. Celia hacía todo lo posible por rehuirle la mirada y los demás trataban de conversar para llenar el incómodo silencio.
Cuando por fin llegaron las mujeres pasaron a toda prisa por delante de los reporteros y entraron en el hotel. Malcolm apenas tuvo tiempo de reaccionar. En cuestión de minutos terminó frente a la puerta cerrada de Celia, en la suite del ático.
Se volvió hacia el espacioso salón que conectaba todas las habitaciones.
–Señores –dijo, frotándose la barbilla. Una fina barba de medio día le arañaba las yemas de los dedos–. No tenéis que quedaros aquí conmigo. Id a jugar a las cartas y pedid lo que queráis. Yo invito. Me voy a dormir.
–Ni hablar –dijo Troy. No te vamos a dejar solo. Tú tampoco lo harías. El resto del grupo llega en…
La campanita del ascensor privado de la suite sonó en ese momento.
¿El resto?
Las puertas se abrieron. Dentro había tres hombres. Todos eran antiguos alumnos de aquel estricto colegio del norte de Carolina, compañeros de la Hermandad Alfa y reclutas de Salvatore en la Interpol.
El primero en salir del ascensor fue Elliot Starc, conductor de Fórmula Uno al que su novia acababa de dejar por ser tan temerario al volante. Detrás estaba el doctor Rowan Boothe, reconocido médico que intentaba salvar la vida de miles de huérfanos en África. El último era el representante de Malcolm, Adam Logan, también conocido como El Tiburón. Hacía cualquier cosa por mantener a sus clientes en las noticias.
Apartándose de la ventana, Malcolm se quitó la chaqueta.
–Vamos a necesitar una mesa más grande.
El mánager sonrió.
–La comida y la bebida están de camino –se sentó en la silla más alejada–. Va a haber un montón de fans con el corazón roto ahí fuera en cuanto se den cuenta de que lo de Celia no es una simple aventurilla.
No había forma de engañar a sus compañeros. Era mejor enfrentarse a sus preguntas directamente… y mentir.
–Logan, no sé de qué me estás hablando.
Conrad empezó a barajar las cartas.
–En serio, hermano, ¿vas a ir por ahí?
Rowan se sentó en una silla.
–Pensaba que ya lo habías superado –dijo.
–Es evidente que no –dijo Malcolm en un tono tenso.
Todo lo que veía a su alrededor le recordaba a ella. Y solo era una habitación de hotel…
Elliot se sirvió una copa.
–¿Entonces por qué te mantuviste lejos de ella durante dieciocho años? A mí Gianna me ha dado con la puerta en las narices y por eso no tengo más remedio que mantenerme lejos de ella.
–Era lo que quería Celia por aquel entonces. Ahora nuestras vidas han cambiado mucho. Hemos seguido adelante.
Adam se dio un golpecito en la sien.
–Dos músicos que se sienten atraídos el uno por el otro. Hmm… Todavía no entiendo cuál es el problema. ¿Por qué se supone que no estáis hechos el uno para el otro?
–Romper fue lo mejor para ella –dijo Malcolm. Cada vez estaba más incómodo–. Le destrocé la vida una vez. Y se lo debo. Lo mejor que puedo hacer es mantenerme lejos.
Logan siguió insistiendo.
–Aunque la dejes ir, has hecho millones para darle en la cara a su padre.
–O a lo mejor es que me gustan las cosas caras.
Troy se echó hacia atrás en la silla. Se arregló la corbata.
–Bueno, es evidente que no te lo estás gastando en ropa.
–¿Pero quién te ha nombrado estilista? –Malcolm se desabrochó los puños y se remangó la camisa–. Empezad. Vuelvo enseguida.
Fue hacia la ventana para tener más señal y sacó el móvil para ver si tenía algún mensaje de Salvatore. Había visto a su antiguo mentor en un palco privado durante la actuación. Iba acompañado de una glamurosa mujer.
El buzón de entrada de Malcolm se llenó de información acerca del director con el que había salido Celia. El tipo había ganado premios y tenía un historial impecable. Todo apuntaba a que era un buen hombre.
¿Pero por qué no tenía la custodia compartida de sus hijos? Era algo extraño, sobre todo para un hombre que era director de un colegio. Malcolm tecleó una respuesta para Salvatore y cerró el teléfono.
Se volvió. Rowan estaba en el umbral, observándole.
–Maldito seas, Rowan. Podrías haber dicho algo para saber que estabas ahí.
–Pareces un poco ronco, colega. ¿La gira ya le está pasando factura a tus cuerdas vocales? Puedo hacerte un chequeo si quieres.
–Estoy bien. Gracias… ¿Algo más?
–En realidad, sí. ¿Por qué te estás haciendo daño volviendo a estar con ella?
–Tú eres el bueno. Pensaba que lo ibas a entender. La decepcioné del todo en el pasado.
Malcolm echó a andar hacia la puerta de su dormitorio.
–Tengo que recompensarla por ello. Tengo que terminar con esto.
–¿Y vas a alejarte de ella sin más cuando sepas quien la acosa?
El sarcasmo de Rowan era evidente. No se creía ni una palabra de lo que le había dicho.
–Ella no quiere la clase de vida que yo llevo. Y yo no encajo en la suya.
Lo último que quería era volver a Azalea, Mississippi.
–Me prometí a mí mismo que no me implicaría. Lo que teníamos solo fue un amor de adolescencia.
–¿Y qué pasa si alguien entra en su casa dentro de un mes? ¿Y si un estudiante le pincha las ruedas del coche? ¿Vas a venir corriendo para ayudarla?
La lógica de Rowan era aplastante.
–¿Por qué no dejas de hablar como un imbécil ya?
Pasó por su lado a toda velocidad y volvió a entrar en el salón.
Adam se echó hacia atrás en su silla y le llamó.
–Deja de titubear. O vas a por ella o no, pero ya es hora de tomar un camino.
–Maldita sea, Adam –Malcolm se detuvo frente a la mesa redonda–. ¿Crees que podrías hablar un poco más bajo? No creo que te hayan oído en Rusia.
Miró hacia la habitación de Celia un instante y entonces se sentó por fin.
–¿Ir a por ella? –repitió el magnate de los casinos–. Mi mujer se partiría de risa si oyera eso. Hermano, son ellas las que van a por nosotros. En cuerpo y alma.
Elliot hizo una mueca.
–Ya empiezas a sonar como una de esas canciones cursi de Malcolm… ¿Playing for Keeps? En serio, hombre. Dinos la verdad. Esa la escribiste para llevarte lo tuyo –dijo, riéndose.
Malcolm tuvo ganas de darle un puñetazo, pero se contuvo.
–Espero que seas muy feliz cuando te hagas viejo y te veas solo con tus coches de carreras y un gato –recogió sus cartas–. Bueno, ¿vamos a jugar al póker o qué?
Aunque quisiera restarle importancia a todo lo que le habían dicho sus amigos, no podía negar que sus palabras habían hecho mella. Esa noche la dejaría en paz, pero por la mañana encontraría la forma de volver a meterse en su cama. Seducirla no era lo mismo que enamorarse de ella. Él era capaz de establecer una diferencia, y ella también.
Ya era hora de dejar de glorificar lo que había ocurrido en el pasado.
Celia se volvió hacia el sol de la mañana. El barco se mecía suavemente bajo sus pies sobre las aguas del Sena. Hillary Donovan le había dicho que darían una vuelta por la ciudad antes de salir hacia el próximo destino de la gira. Eran un grupo tan grande de gente… El colegio al que habían asistido les unía, pero aún así, Celia no lograba entender por qué Malcolm se rodeaba de estrellas tan rutilantes como él. Normalmente los artistas se hacían con un séquito de adoradores, no de otras estrellas… Malcolm Douglas parecía tener un ego muy pequeño.
Una ráfaga de viento azotó el barco, agitándole la blusa. Necesitaba respirar ese aire fresco antes de volver a ver a Malcolm. No había ido con ellos en la limusina esa mañana. Seguramente se habría quedado a dormir la mañana. Debía de estar agotado después del concierto.
La imagen de la Torre Eiffel dominaba el paisaje urbano de esa ciudad de ensueño. Necesitaba esa oportunidad para airear la mente antes de volver a ese jet claustrofóbico.
Había pasado la noche en vela, recordando cómo había cantado la canción ante miles de personas. Malcolm había usado ese pedacito de su historia para jugar con sus emociones. Él siempre había estado muy motivado. Nada se había interpuesto en su camino jamás, pero nunca le había creído cruel… hasta ese momento. La brisa le agitó el cabello. Se agarró del pasa–manos de metal del barco.
–¿Por qué me ignoras? –dijo una voz masculina a sus espaldas.
Era él.
Celia se volvió lentamente y le hizo frente. El pasado y el presente se fundieron en un instante; vaqueros desgastados, zapatos de firma y una chaqueta. Llevaba también gafas de sol y una gorra de béisbol. Seguramente querría esconder su identidad, pero ella le hubiera reconocido en cualquier sitio.
Todos los demás estaban al otro lado del bote. La habían dejado sola. Sola, con Malcolm.
Celia parpadeó rápidamente. La luz del sol incidía sobre su espalda, recortando su imponente silueta.
–Creía que seguías en el hotel, durmiendo.
–Subí al barco antes que todos vosotros. No quería que la prensa me encontrara –capturó un mechón de pelo que flotaba en el aire y se lo sujetó detrás de la oreja–. Volviendo a mi pregunta… ¿Por qué me evitaste anoche, después del concierto?
–¿Evitarte? –Celia se apartó un poco–. ¿Por qué iba a hacer eso? No estamos en el instituto.
–No has vuelto a hablar conmigo desde anoche, después del concierto –Malcolm frunció el ceño y metió las manos en los bolsillos de los vaqueros–. ¿Estás enfadada porque te besé en el avión?
–¿Debería enfadarme porque me has besado sin pedirme permiso? ¿O debería enfadarme por todas esas fotos que han salido en los tabloides y en las revistas? Oh, y no olvidemos los programas de cotilleos de la tele. Estamos… Y cito textualmente… “De moda en París”.
–Entonces es por eso que no quieres hablar conmigo –se tocó la sien, justo por debajo de la gorra de béisbol.
–En realidad, eso ya lo tengo superado. Pero la forma en que te burlaste de mí… tocando una canción que escribiste para nosotros cuando estábamos en el instituto –Celia sintió que la rabia bullía en su interior–. ¿No dijiste que no era más que una canción de amor adolescente? Bueno, lo cierto es que no me sentó nada bien.
–Maldita sea, Celia –le metió un dedo por uno de los ojales del cinturón y tiró de ella–. No era mi intención.
–Bueno, ¿cuál era tu intención entonces? –le preguntó Celia. No era capaz de leer su rostro con esas gafas de sol que llevaba.
Apoyó las palmas de las manos sobre su pecho para no aterrizar contra él, cuerpo contra cuerpo.
–Maldita sea, solo quería rendirle homenaje a aquello que compartimos cuando éramos adolescentes. No era mi intención glorificarlo, pero tampoco pretendía burlarme –le dijo con sinceridad–. Sí que compartimos algo especial. Y creo que podemos volver a compartirlo de nuevo.
Celia sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Le resultaba casi imposible hablar. El sonido del agua alrededor del barco competía con el de la sangre que corría por sus venas. Los dedos se le calentaban sobre su chaqueta.
–Me parece que no trasmitiste muy bien el mensaje sobre el escenario, Malcolm.
–Bueno, déjame recompensarte por ello –Malcolm apoyó la frente contra la de ella.
El poder de su mirada, azul e intensa, le abrumaba.
–No tienes que hacer nada. Me estás protegiendo de un acosador. En todo caso, soy yo quien te debe algo –Celia le cerró más la chaqueta–. Pero eso es todo lo que te debo.
Malcolm la rodeó con el brazo.
–No quiero que te sientas en deuda conmigo.
Estaban tan cerca. Podía besarla en cualquier momento. Estaban tan cerca de la felicidad. Celia sentía un extraño cosquilleo en los labios y cada vez le costaba más recordar por qué era mala idea lo que estaba ocurriendo. El rugido del agua se hacía cada vez más estridente. Ya no sabía si lo que oía era agua, o sangre que corría por sus venas.
–Maldita sea, la prensa –le dijo Malcolm.
Se echó a un lado y se puso las gafas de sol.
Los paparazzi corrían por la orilla, cámara en mano.
–…Douglas…
–Bésala…
Celia corrió junto a él, rumbo a la cabina del capitán.
–Pensaba que querías que nos besáramos delante de la cámara.
–He cambiado de idea –dijo él, abriendo la puerta–. Hacerte feliz se ha convertido en una prioridad de repente.
La hizo entrar en la cabina. El capitán les miró un instante, sorprendido. Malcolm le hizo señas para que siguiera adelante. Elliot Starc tampoco le había instruido en el arte de hacer navegar un barco…
Celia sintió ganas de reír. Los nervios le estaban jugando una mala pasada.
–¿Qué hacemos ahora?
Malcolm miró el bolso que llevaba colgado del brazo.
–Podrías contestar a la llamada.
Celia bajó la vista. El móvil le sonaba.
–No lo había oído.
Logró pescar el terminal a duras penas. Lo sacó y vio que era el número de su padre.
–Hola, papá. ¿Qué necesitas?
–Solo quería saber cómo estaba mi niña. Solo quería asegurarme de que estabas bien. Yo, eh… He visto los periódicos esta mañana.
Celia hizo una mueca. Esquivó la mirada de Malcolm.
–Estoy bien. Las fotos fueron… preparadas… Solo queremos que todo el mundo sepa que estoy bien protegida aquí, con la gente de Malcolm.
–¿Preparadas? –repitió su padre con escepticismo–. Nunca pensé que te gustara tanto el teatro. Vaya. Lo hicisteis muy bien los dos.
Celia sintió que se le encogía el corazón con cada palabra que articulaba su padre.
–No sé qué más decirte.
–Bueno, llevo todo el día evitando llamadas.
–¿De la prensa?
–Mi número no está en la guía. Lo sabes. Las llamadas son de tus amigos del colegio, incluso de ese director del colegio con el que saliste un par de veces.
–No salí con él –miró a Malcolm un instante.
Las consecuencias de lo que había hecho cayeron sobre ella como un jarro de agua fría. Estar con Malcolm le había cambiado la vida por completo de una forma que jamás podría cambiar. Su existencia ordenada y metódica se estaba rompiendo en mil pedazos. Estaba perdiendo el control, pero por una vez, no parecía tan malo.
–Nos sentábamos juntos en los eventos a los que asistíamos por trabajo.
–¿Quién conducía?
–Déjalo ya, papá –dijo Celia, pero se arrepintió enseguida. Empezó a caminar con impaciencia por la cabina–. Te quiero y te agradezco la preocupación, pero soy adulta ya.
–¿Malcolm está ahí contigo?
–¿Qué importancia tiene eso?
Su padre suspiró.
–Cuida de ti misma, Celia. Siempre serás mi niña pequeña.
Su tono de voz suscitó un sentimiento de culpa muy grande. Su padre ya había sufrido bastante con la muerte de su hermana mayor. Celia se llevó la mano a la cabeza. De repente se sentía mareada al no haber desayunado, y no podía evitar pensar en su propio bebé… Pero por lo menos sabía que su hija estaba viva en algún sitio, y que la querían.
–Papá, te prometo que estoy teniendo mucho cuidado –dijo con sumo cuidado, escogiendo muy bien las palabras–. ¿Y tú? ¿Te encuentras bien? ¿Has recibido algún mensaje amenazador?
–Estoy bien. Mi tensión arterial está estable, y no he recibido ninguna amenaza.
–Qué bueno. De verdad que te agradezco que me hayas llamado. Te quiero, papá.
El corazón se le aceleró. Nuevas preocupaciones se agolpaban en su pecho, formando un nudo. Reconocía los viejos síntomas, y sabía qué pasaría después si no le ponía remedio.
Colgó el teléfono y volvió a meterlo en el bolso con manos temblorosas.
–Bueno, tu plan está funcionando. Todo el mundo, incluso mi padre, cree que estamos teniendo una aventura –Celia trató de respirar. El pánico más atroz se apoderaba de ella por momentos–. ¿Crees que podríamos volver al hotel?
–¿Te encuentras bien? –le preguntó Malcolm.
De repente Celia sintió que el barco empezaba a escorarse hacia un lado.
Agarró la mano de Malcolm y un segundo después todo se volvió negro.
Capítulo Nueve
Desorientada, Celia se abrió camino a través de la niebla para recuperar la conciencia. Sentía una enorme confusión. ¿Era por la mañana? ¿Estaba en casa?
No. Estaba en un coche.
Cada vez que tomaba el aliento, respiraba el aroma de Malcolm. Sabía que iba a su lado.
El pasado se mezcló con el presente, convocando recuerdos de otro momento en el que se había desmayado. Cuando tenía dieciséis años, se había escapado de su habitación a medianoche para encontrarse con Malcolm cuando terminara su turno en la hamburguesería en la que trabajaba después del colegio. Había tenido que saltarse varias comidas por las náuseas y le había costado un mundo mantenerse despierta para reunirse con él. Pero era tan importante hablar con él… Necesitaba decírselo antes de que sus padres se dieran cuenta, antes de que se le empezara a notar.
Pero se había desmayado antes de terminar de contárselo. Malcolm la había llevado a urgencias y el médico había llamado a sus padres.
Celia cerró los ojos para no recordar la cara de sus padres en aquella sala de urgencias. Habían montado en cólera. Malcolm había insistido en casarse con ella. Su padre se había lanzado a por él. Su madre lloraba sin parar.
Y ella quería morirse.
Por lo menos en ese momento sí sabía con certeza que no estaba embarazada. Se había desmayado por otro motivo.
Lentamente, palpó el cuero del asiento de la limusina. Seguramente la habían llevado en brazos y la habían dejado en el asiento. El sonido de voces a su alrededor se estabilizó. Abrió los ojos de golpe. Estaba dentro de la limusina con Malcolm y con el resto.
Él se inclinó hacia ella y le acarició el cabello. Su colega, el doctor Rowan Boothe, la sujetaba de la muñeca para tomarle el pulso. El resto de amigos miraba desde detrás. Su mundo en ese momento se reducía a esa parte de la limusina con ventanas tintadas y un montón de caras preocupadas.
Todo era increíblemente embarazoso.
Se apoyó en el codo.
–¿Qué hora es? ¿Cuánto tiempo he estado…?
–Ey, ey… Espera un momento –Malcolm la tocó en el hombro y miró a Rowan–. ¿Doctor?
–Su pulso es normal –Rowan le soltó la mano y volvió a sentarse bien–. No veo motivos para ir a urgencias. Puedo hacerle un buen reconocimiento en cuanto subamos al avión rumbo a Alemania.
Malcolm se acercó de nuevo. No parecía muy convencido.
–¿Seguro que está bien? ¿Qué fue lo que te pasó?
–Estoy bien –Celia se incorporó y parpadeó rápidamente, tratando de recuperar el equilibrio–. Seguro que tenía el azúcar baja por no haber desayunado.
La mentira sabía mal, pero no podía admitir la verdad. No podía decirle lo de los ataques de pánico. No estaba preparada para compartirlo con él.
Malcolm pareció aceptar la explicación. Relajó un poco los hombros y abrió el mini–bar. Le dio un botellín de zumo de naranja y una barrita proteica.
–No te ofendas, preciosa, pero no tienes buen aspecto.
Celia abrió el botellín y bebió un poco, solo para complacerle y hacer más creíble la historia. Lo que realmente necesitaba era hacer ejercicios de respiración, o tomarse las medicinas para las emergencias.
Miró por la ventanilla. Iban por la orilla del Sena.
Malcolm la miró durante unos segundos.
–Solíamos entendernos muy bien, desde aquel día en el patio del recreo, cuando le tiraste arena a ese chico por haberse reído de mi ataque de asma. Bueno, ahora solo quiero que me des la oportunidad de hacer algo por ti.
Sin decir ni una palabra más, le dio el espacio que había pedido y se sentó en el otro extremo de la limusina, muy lejos de ella. El resto de amigos se interponía entre ellos, y fingía que el silencio incómodo era inexistente.
Una vez despegaron rumbo a Berlín, Celia sacó la funda que contenía su libro electrónico y se dispuso a pasar el tiempo leyendo para calmarse un poco. Tenía que sosegarse antes del siguiente concierto. Sacó el aparato. Sus dedos torpes se peleaban con la cremallera.
El doctor Boothe se arrodilló delante de ella y le quitó la funda de las manos. La abrió, sacó el aparato y lo dejó a su lado.
–¿Quieres decirme qué pasa?
Celia miró a su alrededor. Todo el mundo parecía ocupado. Hillary, que organizaba eventos, estaba enfrascada en una conversación con Jayne acerca de una celebración benéfica que iban a preparar para la clínica del doctor Boothe. Al parecer, Jayne trabajaba allí. Incluso el azafato estaba ocupado preparando la comida.
Celia se volvió hacia el médico de pelo rubio.
–Ya se lo dije a Malcolm. Olvidé desayunar, pero ahora ya me siento mejor.
El médico no se movió.
–Voy a leer un rato hasta la hora de comer. Gracias.
Rowan le agarró la muñeca de nuevo.
–Todavía tienes el pulso un tanto acelerado y apenas eres capaz de respirar con normalidad.
–Cuando estábamos en la limusina dijiste que tenía bien el pulso –Celia apartó la mano bruscamente.
–No es asunto de Malcolm a menos que quieras decírselo.
–Gracias –Celia agarró el libro electrónico–. Ya te lo haré saber si tengo un ataque al corazón. Te lo prometo.
Rowan se sentó a su lado.
–Me parece que no es eso lo que pasa, y lo digo como médico.
Celia no quería contarle que se había dejado las medicinas en casa. No las necesitaba todo el tiempo y ya hacía tanto tiempo desde la última vez que había tenido que tomarlas…
Rowan estiró las piernas, como si estuviera en mitad de una conversación trivial.
–Esto es entre paciente y médico. No le voy a decir nada a nadie. Es confidencial.
Celia le miró un momento. Sopesó todas las opciones y decidió que era mejor confiar en él.
–Tengo ataques de pánico. Salí de casa tan rápido que no tuve tiempo de buscar mis… medicinas. Ya no tengo que tomar pastillas con regularidad, pero sí me han recetado medicación para la ansiedad. Tengo el frasco en el armario del cuarto de baño.
Rowan asintió lentamente.
–Eso es un problema. Pero se puede resolver. Tu médico te puede enviar una receta.
Celia ya había pensado en eso.
–Malcolm está tan preocupado por el acosador que no puedo hacer nada sin que se entere. No es que me dé vergüenza ni nada parecido, pero no estoy lista para decírselo todavía.
–Entendido.
Al otro lado de la ventanilla París se hacía cada vez más pequeña.
–Se le das permiso a tu médico para que hable conmigo, yo me ocuparé de la receta.
–Gracias –Celia sintió que la presión que sentía en el pecho empezaba a disiparse.
–Si no te importa que te pregunte, ¿cuándo empezaste a sufrir los ataques?
–Después de romper con Malcolm. Tuve problemas de depresión y ansiedad. No es algo constante, pero cuando me encuentro en situaciones de mucho estrés…
Soltó el aliento lentamente y trató de controlar sus desbocadas pulsaciones.
–Bueno, creo que esto cuenta como situación de estrés, con las amenazas y la vida loca que lleva Malcolm.
El motor del avión rugía de forma constante. Celia pensó en todos esos pacientes a los que trataba en África y se sintió más pequeña que nunca.
–Tratas a gente con muchos problemas. Seguramente te parece que me quejo mucho, ¿no? Pobre niña rica que no es capaz de manejar sus propias emociones.
–Espera un momento –Rowan levantó una mano–. Esto no es una competición. Y estoy seguro de que tu médico te ha dicho que la depresión y los desórdenes de ansiedad son un problema de salud. Ya sea la serotonina o la insulina, son sustancias que tu cuerpo necesita. Y haces bien en cuidar de tu salud.
–Pero tus pacientes… –Celia se detuvo al ver que Malcolm se levantaba del escritorio.
Agarró su libro electrónico.
–Gracias, Rowan, por atenderme. Te agradezco la ayuda.
Encendió el libro y fingió leer lo último que había descargado de Internet. Ojalá hubiera podido gestionar de la misma forma el resto de sus problemas… Pero cuando se trataba de Malcolm, le resultaba imposible esconder los sentimientos, sentimientos que se intensificaban por momentos.
Temía lo que podía pasar, pero no era capaz de decir adiós de una vez.
La suite del centro de Berlín era prácticamente igual que la del hotel de París, pero un poco más moderna. Las giras siempre eran una vorágine de habitaciones de hotel y salas de concierto. Su intento de llevarla a pasear por París no había salido bien, así que no le quedaba más remedio que pensar en otra estrategia para ganársela.
Afortunadamente sus amigos regresaban a casa una vez abandonaran Alemania. Estando con ellos no había podido pasar ni un minuto a solas con Celia.
El concierto de Berlín había salido bien, sobre todo porque había decidido no cantar Playing for Keeps. Miró hacia el salón. Todos estaban allí en ese momento. Se fijó en Celia. Estaba acurrucada en una butaca con la cabeza apoyada en el brazo, escuchando a Troy mientras relataba una vieja anécdota del colegio en la que Elliot Starc era el protagonista. El piloto ya se había marchado un rato antes.
No le faltaba mucho para tenerla toda para él. Por fin se quedarían solos. Logan seguiría ocupándose de la representación artística y les dejaría en paz un tiempo. De repente sintió una punzada de culpa por desear que todos se fueran en ese momento…
A lo mejor estaba tan impaciente por lo bien que empezaban a llevarse Rowan y Celia. A lo largo del día se habían sentado a hablar en un rincón varias veces, como si tuvieran algún secreto. El buen doctor incluso le había llevado un paquete de pastas para asegurarse de que comiera algo.
Estaba celoso. No podía negarlo. Todos los planes le habían salido mal; lo de besarse delante de la prensa, la canción…
Resignado, Malcolm hizo lo que mejor se le daba y se abandonó a la música. Apoyó la guitarra en la rodilla y empezó a tocar unos arpegios mientras Troy contaba su historia.
–En el último año… –Troy hacía girar su sombrero de fieltro con un dedo mientras hablaba–. Elliot era nuevo en el colegio y quería impresionarnos, así que le hizo un puente a uno de los camiones de la colada y nos sacó a dar un paseo por la noche. Nos colamos en un club de striptease.
Hillary le quitó la gorra de las manos.
–¿En serio? ¿Y esta es la historia que has escogido para contarnos?
Jayne se rio suavemente y se acurrucó contra el brazo de su marido.
–Me parece que alguien va a dormir solo esta noche.
Troy abrió las palmas de las manos.
–Dejadme terminar. Pronto nos dimos cuenta de que el club no tenía nada que ver con las películas. Las mujeres daban… miedo. Un par de chicos querían quedarse, pero la mayoría nos fuimos, a una pastelería que estaba abierta toda la noche.
Malcolm recordaba muy bien aquella noche. Él había optado por quedarse en el camión. Estaba de muy mal humor porque era el cumpleaños de Celia y se odiaba a sí mismo por recordarlo tan bien. La echaba tanto de menos… Nada había cambiado.
Hillary se puso el sombrero de fieltro de su marido.
–No sé si te creo.
Troy besó a su mujer en la cabeza.
–Jamás te mentiría, cariño.
Hillary puso los ojos en blanco.
–Estoy dando por sentado que Elliot se fue con ellos a la pastelería porque si no es así, ¿cómo arrancasteis el camión?
Conrad levantó la mano.
–Yo también sabía conducir. No me quedé en el club, para que quede claro. Me tomé unas tortitas con sirope de mora y extra de beicon. Las camareras iban bien vestidas.
Jayne le dio un codazo en el estómago.
–Ya basta.
Malcolm observó a la pareja con cierta envidia. El afecto que se demostraban el uno al otro le recordaba lo que una vez había tenido con Celia; aquello que había perdido.
Celia se abrazó a un cojín.
–¿Por qué terminó Elliot en el colegio? –miró a Malcolm–. ¿Se puede preguntar?
–Está en su biografía oficial, así que no es ningún secreto.
Malcolm se sentó en una silla a su lado antes de que Rowan le quitara el sitio y continuó tocando riffs improvisados.
–Wikipedia dice que le mandaron a ese colegio por robar coches. En realidad, le robó el coche a su padrastro para dar una vuelta y terminó empotrándolo contra un quitamiedos.
–Parece un castigo muy duro para una simple trastada de chiquillo –dijo Celia. La calma había desaparecido de su rostro.
Malcolm ralentizó la melodía que estaba tocando. Tenía que encontrar la manera de desviar la conversación hacia otro tema que la hiciera sonreír de nuevo.
–Bueno, en realidad fueron muchas trastadas –dijo Troy–. Y tuvo un montón de accidentes. Su padrastro le pegaba sin parar. El chico quería morirse o que le pillaran. En cualquier caso, terminó fuera de su casa.
Celia se inclinó hacia adelante.
–¿Cómo es que su padrastro no fue detenido y acusado?
–Conexiones familiares. Tenía a un familiar en la policía. Hubo muchas advertencias, pero no pasó nada al final.
Celia apretó los labios y sacudió la cabeza.
–Su madre debió protegerle.
–Ya lo creo. Pero creo que me estoy yendo del tema. Volvamos a cosas más divertidas de nuestros años de reformatorio, como el día en que nos quedamos atrapados en el colegio durante las vacaciones de Navidad. Entramos en el despacho de Salvatore, le ensuciamos el suelo y echamos semilla de hierba. Cuando volvió le había crecido un jardín en el despacho. Él sabía que habíamos sido nosotros, pero la cara que puso no tenía precio.
Malcolm empezó a tocar todas las cuerdas, rasgueando, poniéndole banda sonora a las historias de Troy. Aún seguía pensando en el comentario de Celia.
<<Su madre debió protegerle…>>, había dicho.
La reacción había sido tan rápida e instintiva que no había podido ahuyentar la imagen que se le había presentado en la mente.
Celia, la madre de su hijo, haciendo todo lo que podía para proteger a su bebé… Había pasado tanto tiempo lleno de resentimiento y rabia que no había sido capaz de ver el daño que había sufrido ella. De repente no sabía qué hacer. No sabía cómo acercarse a ella.
A la noche siguiente, después del concierto en Holanda, Celia decidió comer algo en la suite. Abrió la mini–nevera y encontró botellines de zumo, agua y refrescos, junto con cuatro tipos de queso. Agarró el Gouda y el queso frisio y los acompañó de galletas y uvas.
Una extraña expectación la había invadido cuando los amigos de Malcolm se habían marchado. Por fin estaba sola con él…
Al principio se había sentido incómoda rodeada de tanta gente, pero en ese momento les echaba de menos. Los amigos de Malcolm habían sido un escudo que la protegía… de él. El mánager se había quedado con ella tras el escenario la noche anterior, durante el concierto de Amsterdam, pero finalmente la había dejado sola.
Malcolm apenas se había comunicado con ella desde su llegada al elegante hotel. De hecho, parecía haber reculado desde el ataque de pánico que había sufrido en el Sena.
Compartían una suite de dos habitaciones con un salón en común y en ese momento se estaba duchando. Esa noche había sudado mucho durante la actuación. Las luces eran muy fuertes.
Mientras oía el sonido de la ducha en la habitación contigua, preparó una bandejita con comida para mantener las manos y la mente ocupadas. No quería pensar en él, desnudo bajo el chorro de agua. Se alisó el minivestido negro que llevaba puesto. Era de encaje y terminaba justo por encima de la rodilla. ¿Debía cambiarse y ponerse otra cosa?
La vanidad la abandonó en cuanto se quitó los tacones y se aflojó el moño. Agarró la bandejita y se dirigió hacia el salón.
La habitación tenía más luz que los otros lugares en los que se habían quedado. La decoración, algo más discreta, era más acorde a su estado de ánimo y gusto personal. Puso la bandeja sobre una mesita y se acurrucó en el sofá con la taza de té que se había preparado. Había preparado una tetera con limón y miel para Malcolm.
La puerta de la habitación de él se abrió. Estaba descalzo. Llevaba unos vaqueros y una camiseta que se le pegaba a la piel húmeda. Tenía el pelo mojado.
–He preparado algo de comer, y también he hecho té con limón y miel para tu garganta.
–Gracias, pero no tienes por qué servirme –le dijo él. Su voz sonaba más circunspecta que nunca.
Entró en el salón.
–Son órdenes directas de tu representante –le dijo Celia–. Tienes que comer y beber algo. Debes cuidarte por la gira.
–¿Y qué me dices de ti? ¿Has tenido algún otro mareo hoy? –Malcolm cortó un pedazo de queso–. Toma… Come queso.
Celia le rozó la muñeca con los dedos. Solo era una prueba para saber cómo reaccionaba.
–Estoy bien. Te lo prometo. Tu amigo, el doctor, me ha dado el alta.
Malcolm arrugó el entrecejo un instante antes de llevarse el queso a la boca. Echó a caminar por la estancia. Pasó por delante del piano. Había una guitarra apoyada contra él.
–Parece que habéis hecho muy buenas migas.
Preguntándose qué quería decir, Celia le sirvió una taza de té humeante.
–¿Qué fue lo que inventó exactamente?
Malcolm se sentó al otro lado del sofá y tomó el té con reticencia.
–Creó un modelo de diagnóstico por ordenador con la ayuda de Troy. Lo patentaron y han ganado mucho dinero. Rowan podría retirarse ahora si quisiera.
–Pero él prefiere trabajar en esa clínica en África. Es muy altruista.
–Puedes unirte al club de fans de Rowan Boothe. Es muy grande ya.
Celia arqueó una ceja, sorprendida.
–¿No te cae bien?
–Claro que sí. Es uno de mis mejores amigos. Haría cualquier cosa por él. Me estoy comportando como un idiota celoso porque parece que congeniasteis muy bien –bebió un sorbo de té y masculló un juramento. Estaba hirviendo. Dejó la taza rápidamente y fue al frigorífico a por una botella de agua.
Celia dejó su taza sobre la mesa con cuidado.
–Tus donaciones han aparecido en todos los medios. Cada vez que te veía en un orfanato o en un hospital de niños, sentía una profunda admiración por el éxito que has tenido, Malcolm. Y, sí. Yo también te he seguido la pista.
Malcolm se bebió la botella de agua antes de volverse hacia ella.
–Rowan es un tipo estable, da el perfil que dices buscar. Pero, maldita sea, yo todavía te quiero para mí, así que si tú le quieres a él o a alguien como él, será mejor que lo digas ahora, porque estoy a punto de besarte hasta quitarte el sentido.
–Eres tonto. Muy tonto.
Se puso en pie y fue hacia él.
–No tienes por qué ponerte celoso. Solo quería su ayuda como médico.
–¿Qué le dijiste? ¿Estás enferma? Dios, te he arrastrado de un país a otro.
–Malcolm, para. Escúchame. Tengo algo que contarte –Celia respiró hondo y trató de calmarse antes de hablar–. Tuve un ataque de pánico, de los de siempre.
Malcolm parpadeó, sorprendido, y entonces la agarró de los hombros.
–Maldita sea, Celia, ¿por qué no me lo dijiste en vez de…?
Celia se apoyó contra el piano.
–Porque hubieras reaccionado así. Te hubieras asustado y hubieras hecho una montaña de un grano de arena. Y créeme. Eso es lo último que necesitaba ayer.
–Rowan te ayudó. Como médico –se mesó el cabello con los dedos–. Dios, soy un idiota.
–No eres un idiota. Solo eres un hombre –Celia suspiró–. Me dejé mis medicinas en casa. Él me ayudó a ponerme en contacto con mi médico para que me hicieran una receta.
–¿Los has tenido antes?
–No tanto como antes, pero, sí. De vez en cuando los tengo.
Malcolm se frotó la frente.
–La gira no fue una buena idea. ¿En qué estaba pensando?
–No lo sabías, porque yo no te dije nada –Celia le acarició la frente. Solo fue un simple roce, pero un extraño cosquilleo se propagó por su brazo–. Tampoco era buena idea quedarme en casa con un criminal que me deja rosas negras en el coche. Creo que me hubiera puesto más ansiosa en casa. Tú has hecho todo lo que has podido para ayudarme.
–¿Te encuentras bien ahora? –Malcolm quiso abrazarla, pero se detuvo en el último momento.
–Por favor, no te pongas sobre–protector –Celia volvió a sentarse en el banco del piano–. Me sentí mucho mejor después de descansar un poco. La medicina no tengo que tomarla todos los días ya. La receta es para las emergencias. Y aunque ayer necesité ayuda, hoy ha sido un buen día.
Malcolm se sentó a su lado.
–¿Cuándo empezaron los ataques? ¿Puedo preguntártelo?
–Tuve una depresión post–parto. El médico me dijo que era algo hormonal, y si bien el estrés no me ayudó mucho, tampoco fue la única causa… –le señaló con el dedo–. No empieces a culparte.
Malcolm le agarró el dedo y después toda la mano.
–Es fácil decirlo.
–Te perdono –Celia se la apretó con cuidado.
El corazón se le ablandaba sin remedio.
–Y lo digo de verdad.
–Después de lo que pasó ayer, no sé si creérmelo –le dijo él. La culpa estaba grabada en su rostro.
–Pues tienes que hacerlo.
Celia le sujetó las mejillas con ambas manos. Su barba de unas horas le arañaba las palmas.
–Porque quiero hacer el amor contigo desesperadamente, y eso no va a pasar si te sientes culpable o si sientes pena por mí.
Capítulo Diez
Malcolm se preguntó qué acababa de pasar. Llevaba mucho tiempo intentando idear un plan para meter a Celia en su cama, pero se había dejado llevar por los celos hacia Rowan y por la preocupación que sentía por su salud.
¿Y de repente era ella quien se le insinuaba? Celia Patel seguía siendo todo un misterio para él. Pero nunca había sido capaz de rechazarla.
–¿Estás segura de que esto es lo que quieres? Han sido dos días muy estresantes, y quiero que estés segura.
–Puede que haya tenido un ataque de pánico ayer, pero ahora estoy bien y estoy segura de esto –le agarró del cuello.
Su tacto era fresco, firme, seductor.
–Tú y yo tenemos que dejar de resistirnos ante algo que es inevitable. Estoy segura de que tú sentiste lo mismo.
–Sí –le dijo Malcolm. Tenía la voz ronca, pero no era por todas las horas que había pasado cantando.
Sin pensárselo dos veces, la agarró y la estrechó contra su cuerpo. Por fin la tenía en sus brazos de nuevo.
Besarla era tan natural como respirar. Ella suspiraba de placer y entreabría los labios para él. Su lengua sabía a limón y a miel. Malcolm sintió que su propio cuerpo se endurecía. El deseo que sentía por ella estaba más vivo que nunca después de haber pasado tanto tiempo sin ella. No importaba cuántos años hubieran pasado. Jamás había sido capaz de olvidarla y no podía dejar de pensar en lo perfecta que era.
La estrechó contra su cuerpo y se puso en pie. Ella enredó los dedos en su cabello y tiró suavemente, solo para intensificar el placer. Le besaba con el mismo fervor que él a ella, poseyéndola por completo, reclamando todo aquello de lo que había sido privado.
La presión de su cuerpo, el meneo de sus caderas y el tacto suave de sus pechos le aceleraba el corazón. Su calor le llegaba a través de la ropa, tentándole y recordándole cómo sería sentirla piel contra piel.
Deslizó las manos por su espalda, las enredó en su pelo. Tenía la melena más suave que había tocado jamás. Sus rizos se le enredaban entre los dedos como si le sujetara con todo su cuerpo para acariciarle. Le echó el pelo por encima del hombro y buscó la cremallera. Tiró de ella y le abrió el vestido por la espalda, deslizando las yemas de los dedos sobre su columna a medida que revelaba cada centímetro de su piel. El aroma de su jabón y su perfume le embriagaban y jugaban con él. Respiró hondo para aspirarlo todo. Estaba hambriento de ella.
Le metió las manos por dentro del vestido y le palpó el trasero. Le tiró de las caderas y Celia comenzó a mecerse contra él. Sus cuerpos encajaban a la perfección. El sonido de su respiración entrecortada le subía la temperatura por momentos.
Comenzó a besarla por la barbilla, por el lóbulo de la oreja… Ella susurraba cosas. Le decía que quería más, más rápido, y Malcolm ya casi no podía aguantar más.
Más tarde, una vez hubieran calmado esa sed que los consumía, iría más despacio, mucho más despacio. Se tomaría su tiempo para redescubrirla con sus manos y con sus labios.
Volvió a acariciarle la espalda. La piel se le ponía de gallina a medida que deslizaba las yemas de los dedos sobre ella. Agarrándola de los hombros, le bajó las mangas del vestido, desnudándola y dejando al descubierto los tirantes de satén de su sujetador. Era más guapa de lo que recordaba, con esas curvas de chica pinup que le hacían perder la razón.
Le quitó el vestido del cuerpo, descubriendo cada centímetro de su glorioso cuerpo. Esas curvas amenazaban con ponerle de rodillas. Empezó a besarla a lo largo de la línea del sujetador y agarró el cierre frontal con los dientes un instante. De momento no quería abrirlo. Siguió bajándole el vestido. La tela se le amontonaba sobre las caderas. Apretó el rostro contra su vientre y aspiró su aroma floral.
–Celia Marie… –susurró su nombre una y otra vez.
Celia enredó los dedos en su pelo. Una ola de deseo la sacudía, corría por su piel, animándole a seguir.
Malcolm le bajó el vestido hasta los pies. Llevaba medias negras hasta los muslos; toda una invitación… Malcolm tomó el fino tejido del vestido entre las manos y lo echó a un lado. Retrocedió y la observó un segundo. Estaba hermosa con esos pantis negros y el sujetador. Cuántas veces había soñado con ella…
–¿Malcolm? ¿Te vas a quedar ahí toda la noche? Tengo planes urgentes para ti.
–¿Planes? –él se rio suavemente–. Dime.
–Planes… en el sofá, en la ducha y, finalmente, en la cama. Pero cuanto más hable, más tiempo desperdicio. Ven aquí de una vez y te lo demostraré.
Tiró de él y le atrajo hacia sí para besarle.
Su lengua se encontró con la de él. Era ese viejo baile que tan familiar les resultaba. Le tiró de la camiseta y se la quitó por la cabeza. Malcolm sintió el frío de la noche sobre la piel, pero ella comenzó a tocarle enseguida. Sentía sus manos sobre el vientre, sobre la cremallera del pantalón. Nunca se le había dado bien controlarse cuando estaba con ella.
Ese pensamiento fue como un jarro de agua fría de la conciencia.
Tenía que ser listo. Tenía que protegerla como no lo había hecho antes.
–Un momento. Espera –dio un paso atrás. Su respiración era cada vez más accidentada.
–¿Estás de broma? –Celia se recostó contra el piano.
Al verla en esa pose, Malcolm tuvo muchas ideas.
–Protección –le dijo, yendo hacia su habitación un momento–. Quédate dónde estás, como estás. No te muevas –sonrió–. Por favor.
Echó a correr y regresó con un preservativo en la mano. De repente se paró en seco. Celia era preciosa y sexy de adolescente, pero se había convertido en la mujer más sensual que había visto jamás.
Estaba inclinada contra el piano, tal y como le había pedido. La ropa interior de satén hacía un gran contraste con su piel de marfil. El cabello le caía en cascada por un hombro, acariciándole la piel tal y como él quería hacerlo.
Se quitó los vaqueros y los calzoncillos. Celia esbozó una sonrisa sensual. La mirada se le iba hacia la erección que se apretaba contra su vientre. Estiró el brazo e impidió que se apretara contra ella directamente.
Sosteniéndole la mirada, abrió el cierre frontal de su sujetador y lo dejó caer al suelo. Se quitó las braguitas y las echó a un lado con el pie.
–Celia –dijo Malcolm–. Me estás matando.
La sonrisa de Celia parpadeó un instante.
–Te aseguro que el sentimiento es mutuo. Siempre lo ha sido.
Malcolm sintió que se le secaba la boca. Deslizó el dorso de las manos sobre la curva de sus pechos. Su cuerpo vibraba con solo sentir el roce de su piel desnuda. Ella apoyó las palmas de las manos sobre su pecho, arañándole con las uñas ligeramente. Le agarró de los hombros y le empujó hacia delante hasta tenerle cuerpo contra cuerpo. Sentía la dureza de su miembro erecto contra el abdomen. Malcolm sintió que estaba a punto de estallar. Tenía que recuperar el control, lo más rápido posible. La fantasía que había imaginado cuando la había visto apoyada contra el piano le asaltó de nuevo.
Se apartó de ella un instante, pero sin dejar de besarla. Celia se aferraba a él y le tentaba sin cesar.
Pero él tenía una misión que cumplir. Deslizando una mano sobre su abdomen caminó hasta el lado del piano, quitó el apoyo y cerró la reluciente tapa de ébano.
–¿Qué haces?
Malcolm la agarró de la cintura y la levantó hasta ponerla sobre el piano.
–Voy a hacer esto. ¿Alguna objeción?
–Ninguna.
Se acercó a ella y se puso entre sus piernas. Ella enroscó los tobillos alrededor de su cintura y le atrajo hacia sí presionando con los talones. Le rodeó el cuello con los brazos y le besó con adoración, con una madurez y una pasión que ponía punto y final a aquel amor adolescente. Ese momento que estaban compartiendo, la pasión que los consumía por dentro, quemaba los fantasmas del pasado.
Era suya de nuevo.
El impacto de esa realidad corrió por las venas de Malcolm como un chorro de adrenalina. La besó a lo largo de la mandíbula, por la curva del cuello y se tomó su tiempo para besarle los pechos, aunque quisiera estar dentro de ella lo antes posible.
Tomó uno de sus pezones entre los labios y la tentó con la lengua y los dientes hasta hacerla menear las caderas de placer.
Estaba al borde del precipicio, pero tenía que aguantar un poco más. Una vez se hundiera en ella, ya no podría volver atrás.
Deslizó las manos sobre su espalda y la hizo echarse hacia atrás hasta tenerla reclinada sobre el piano. Su cuerpo hermoso sobre la superficie brillante del piano era una visión que quitaba el aliento. El cabello le caía alrededor del rostro, como un aura. Jamás olvidaría ese momento. La imagen se quedaría grabada con fuego en su memoria, en su alma.
Siguió tocándola hasta llegar a su entrepierna. Su sexo era húmedo y cálido. Le separó las piernas y empezó a tocarla, probó su sabor y jugó con ella hasta hacerla moverse adelante y atrás. Sus gemidos de placer llenaban el aire con una música que le había seducido en el pasado y también en ese momento.
Sus suspiros iban en crescendo. Su espalda se arqueaba con el poder de su liberación. Malcolm le dio un beso en los labios, en el abdomen y entonces se puso en pie. Tomó un condón del extremo del piano y se protegió. Agarrándola de las rodillas, se inclinó sobre ella y empujó con fuerza hasta el fondo. Estaba exactamente donde quería estar. Su cuerpo caliente y pulsante le asía con fuerza, acabando con él casi antes de empezar. Cuánto deseaba moverse en su interior, una y otra vez…
Celia estiró los brazos y se agarró de los lados del piano para anclarse mejor y sujetarle con más firmeza por la cintura. Ella le guiaba. Le agarraba con fuerza. Y con él llegó al clímax de nuevo. Sus gritos de placer se entremezclaron.
Jadeante, Malcolm se inclinó sobre ella. La cubrió con su cuerpo. Escondió el rostro en su pelo. Sus cuerpos estaban mojados, cubiertos de sudor. Cada vez que aspiraba su aroma dulce y floral, estaba más seguro.
Aunque esas amenazas se esfumaran por la mañana, no podía dejarla ir.
Celia se sentó sobre las sábanas de seda. Sentía la piel al rojo vivo y las extremidades le pesaban. Lo habían hecho sobre el piano, contra la pared, en la cama, en la ducha.
Y estaban de nuevo en la cama. Malcolm había ido al salón a buscar la bandeja de queso y frutas.
Se habían quedado despiertos casi toda la noche, y no solo habían hecho el amor. Él había ido a buscar su guitarra en mitad de la noche y le había cantado canciones inventadas y tontas. Ella se había reído y entonces le había quitado la guitarra para componer las suyas propias.
Se marchaban de Londres por la mañana. Ya dormiría en el avión. Por el momento quería pasar el resto de la noche con Malcolm, porque el futuro era demasiado incierto, y no quería volver a tener otro ataque de pánico.
Echándose a un lado, agarró el mástil de la guitarra y la tomó de la silla que estaba junto a la cama. La colocó sobre sus piernas, tomó una púa de la mesita de noche y comenzó a tocar un riff inventado. No era tan complicado como el de él, pero era música, lo que más amaba en el mundo. Y era precisamente eso lo que compartían.
La noche que habían pasado juntos había sido demasiado perfecta, demasiado especial. No quería pensar en las amenazas que la esperaban en casa, o en lo que estaba por venir.
Malcolm entró en ese momento, gloriosamente desnudo y masculino. Los músculos le llenaban los brazos y una fina capa de vello cubría su piel bronceada. Dejó una enorme bandeja plateada en el medio de la cama, junto con tres botellas de agua con gas.
–¿Qué estás tocando? ¿Oda a mi habilidosa… púa?
Celia se rio a carcajadas.
–Ya veo que no solo eres estrella del rock, sino también de la comedia. Jamás lo hubiera creído fue a poner la guitarra a un lado.
Malcolm la detuvo agarrándola de la muñeca.
–No pares. Estoy disfrutando de la música y de la vista.
–Podemos “tocar” más luego –dejó la guitarra y agarró un pequeño racimo de uvas–. Ahora mismo, me muero de hambre.
Malcolm se sentó a su lado.
–Siento que no hayas podido ver más de Amsterdam. Cuando lleguemos a Londres mañana, tendremos toda una tarde para nosotros, un descanso de un día antes de dos noches de concierto, y después nos vamos a Madrid –abrió una de las botellas de agua y sirvió dos vasos–. Siento que no hayas podido ver nada ni descansar. Hemos estado en algunas de las ciudades más bonitas del mundo. Mañana hacemos lo que tú quieras.
–Quiero que hagamos más de lo que hemos estado haciendo ahora mismo –le puso una uva contra los labios.
–Me parece perfecto –Malcolm mordió la fruta y le mordisqueó los dedos accidentalmente.
Celia se inclinó hacia delante y le besó rápidamente. El sabor dulce de la fruta aún permanecía en sus labios.
–Nos encerraremos en el hotel…
–En realidad, tengo casa en Londres –jugueteó con un mechón de su pelo. Todavía estaba húmedo de la ducha.
–Oh, claro. Tu madre tiene un piso allí –Celia se echó hacia atrás y tomó el vaso de agua, evitando su mirada.
¿La aceptaría Terri Ann en la vida de su hijo esa vez? La madre de Malcolm jamás había aprobado su relación con él.
–Tengo una casa en Londres también. La compré para pasar tiempo con ella cuando estuviera en la ciudad. Así no estaremos apretados en el piso –sonrió–. No te preocupes. No te voy a llevar a la casa de mi madre para tener que colarme en tu habitación en mitad de la noche.
Era mejor enfrentar las cosas de frente. Ella ya no estaba jugando a ningún juego. Ya no era una adolescente inmadura y consentida.
–A tu madre nunca le he caído bien, y lo entiendo. Quería protegerte. Y, sinceramente, admiro lo mucho que trabajó para darte la mejor vida posible.
Todo el pueblo de Azalea sabía que su padre, músico de una banda, les había abandonado para irse a tocar por todo el país.
–El pasado y el presente se mezclan. Es inevitable.
–¿Recuerdas que en cuarto de primaria teníamos clase de música juntos? A ti se te daba genial el piano. Eras tan feliz cuando tocabas. Hacías que la música cobrara vida –le acarició el brazo y entrelazó la mano con la de ella.
Celia se rio. Le apretó la mano.
–Tocabas conmigo, más rápido, tratando de ganarme. Ese día lo recuerdo muy bien.
–No. Quería que te fijaras en mí, así que pensé en llamar un poco la atención. Ya tenía controlada la parte técnica, pero me quedaba corto en lo que se refiere a entender la música como tú la entendías –Malcolm se inclinó contra el cabecero y apoyó el vaso sobre la rodilla.
–Jamás me lo hubiera imaginado –Celia parpadeó, sorprendida–. Pensaba que necesitabas a un compañero para el concurso de talentos.
–Tú conseguiste todo lo que esos profesores de música se esforzaban por enseñarnos. Yo le agradezco mucho a mi madre todos los sacrificios que hizo por mí, pero todo esto, los conciertos, nada hubiera pasado si no hubiera sido por ti.
De no haber sido por ella y su implacable persecución, no hubiera acabado en el reformatorio. Celia no era capaz de pensar en otra cosa. Había trabajado duro para cambiar, pero eso no cambiaba el pasado. Él se había enfadado tanto al enterarse de que quería dar al bebé en adopción… ¿Había desaparecido toda esa rabia, o todavía la guardaba en algún rincón de su corazón?
Dibujó un círculo sobre su pecho musculoso.
–Hubieras llegado ahí tú solo. Yo solo estaba en el sitio adecuado cuando estabas a punto de entender la música.
Recordaba muy bien aquellos días, cuando Malcolm había dejado de ser un simple músico habilidoso para convertirse en un talento prometedor. Casi podía ver cómo le salía la música del corazón cuando se sentaba frente al piano.
–Puedes auto–convencerte de lo que quieras –Malcolm dejó a un lado su vaso de agua y también el de ella. La estrechó en sus brazos.
–¿Por qué no contactaste conmigo cuando saliste? –le preguntó Celia–. No era difícil encontrarme en Azalea.
Él apoyó la barbilla sobre su cabeza.
–Ya te había destrozado la vida una vez.
Celia sentía cómo le rugía la voz en el pecho.
–No quería repetirlo –añadió él.
–Pero ahora estás conmigo porque mi vida corre peligro –en vez de huir de las preguntas difíciles, Celia se dio cuenta de que necesitaba respuestas–. ¿Te hubieras alejado para siempre?
–¿Y tú?
–Eres un cantante internacionalmente famoso. No hubiera pasado de la primera línea de guardaespaldas. Esa seguridad que tienes es el motivo por el que estoy aquí ahora, ¿recuerdas?
–Yo no te hubiera dado la espalda –dijo, abrazándola con más fuerza.
–Ni siquiera podemos culpar a nuestros malvados padres por habernos separado. Esto nos lo hicimos nosotros solos. He pasado mucho tiempo castigándome, pagando el precio por todas las tonterías de niña mimada que hice.
–¿Pero de dónde sacas todo eso?
–Era una tonta.
Malcolm la agarró de la barbilla y la miró con unos ojos intensos.
–Eras rebelde, divertida, mimada y absolutamente magnífica. Y lo sigues siendo.
–¿Mimada?
–Magnífica –selló sus palabras con un beso. Le mordisqueó el labio inferior y entonces le rozó la oreja–. No quiero que esto termine cuando termine la gira o cuando encierren a todos los enemigos de tu padre.
Sorprendida, Celia se echó hacia atrás y le miró a los ojos.
–Lo dices en serio –dijo, y no era una pregunta.
Apenas había empezado a imaginar cómo sería pasar el día siguiente a su lado, y él ya estaba hablando de continuar juntos.
–Sí. Hablo en serio. Pasemos el verano juntos. Así podremos ver adónde nos lleva esto, lo que sentimos.
¿Pero qué pasaría cuando terminara la gira de conciertos cuatro semanas más tarde? ¿Dónde pasarían el resto del verano? Él llevaba dieciocho años sin dejarse ver por Azalea, pero ella tenía una vida allí. Azalea era parte de ella, su hogar, el sitio donde encontraba paz. Ella podía disfrutar de esa parte de su vida de súper–estrella, pero a lo mejor él no sería capaz de hacer lo mismo.
–¿Y si te digo que quiero pasar el resto del verano en Azalea, cuando termine la gira? –le preguntó Celia. No sabía por qué insistía tanto. La posible respuesta a esa pregunta le encogía el corazón.
–Si es ahí donde quieres estar –Malcolm hizo una pausa–. Puedo soportarlo, durante unas semanas…
–¿Y el otoño?
Celia se dio cuenta de que solo estaban retrasando el desastre, retrasando el choque de las cosas que les habían hecho separarse durante tantos años; la culpa, la rabia… Ella necesitaba la estabilidad de Azalea. Él prefería el lujo y los viajes.
No podía negarlo. Se sentía traicionada porque él había elegido esa vida por encima de ella.
Malcolm movió la bandeja y la agarró de las manos.
–Esto no está saliendo como esperaba. ¿Necesitas algún tipo de implicación por mi parte? ¿Necesitas alguna prueba de que eres más que una simple aventura para mí? Puedo dártela.
Celia sintió que su corazón revoloteaba. No era pánico, sino miedo. ¿Podía dejar atrás el pasado y estar con él sin más? ¿Podía vivir con la incertidumbre y el derroche de su estilo de vida después de haber trabajado tan duro para tener una vida sencilla y estable? ¿Y si él estaba dispuesto a vivir esa vida aburrida y tranquila con ella cuando no estaba de gira?
¿Era posible algo así, teniendo en cuenta su condición de estrella?
–Celia, no solo soy músico.
–Lo sé. También eres un compositor muy talentoso.
Pensó en todas las canciones que le había escrito cuando eran jóvenes y también en todos esos éxitos que había colocado en las listas a lo largo de tantos años.
–No era eso lo que quería decir.
–Oh… ¿Qué era entonces? –le preguntó ella, repentinamente decepcionada y confundida.
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