Kitabı oku: «Tiempo para el amor»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 1998 Anne Weale

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Tiempo para el amor, n.º 1081 - septiembre 2020

Título original: Sleepless Nights

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-686-4

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

SI CONOCES a un tipo realmente atractivo por ahí y él trata de ligar contigo, no retrocedas.

Naomi siguió hablándole a Sarah en los mismos términos.

–La vida no es como ir a comprarse un vestido. Tú tienes ahora esta fantástica oportunidad para escapar de la jaula. Hazlo lo mejor que puedas. Por aquí no hay muchos hombres por los que morirse… más bien, no hay ninguno. En Nepal hay más… O, por lo menos los había el año en que yo estuve allí. A los hombres de verdad les gustan los sitios incómodos, los mares, las selvas y las montañas. ¿Cuándo has visto a alguno que merezca la pena en un centro comercial? Nunca… o casi. Son como las demás especies raras. Si te quieres acercar a ellos, tienes que ir a sus hábitats… Y no es ahí donde nosotras dos nos pasamos la vida, eso es seguro.

Cuarenta y ocho horas más tarde, mientras el avión sobrevolaba montañas y desiertos por la noche, Sarah no dejaba de pensar en lo que le había dicho Naomi acerca de que la mayor parte de la gente se pasa la vida enjaulada por causas y circunstancias más allá de su control. A veces sus condiciones eran miserables y eran muy infelices. Otras veces las jaulas eran cómodas e, incluso, lujosas, pero seguían siendo jaulas y no llenaban sus necesidades reales.

Las jaulas de Naomi y Sarah estaban más o menos en medio. Sus vidas no eran como les hubiera gustado que fueran. Eran incapaces de cambiarlas, así que las disfrutaban lo mejor que podían. Hasta que, de repente e inesperadamente, la puerta de la jaula de Sarah se había abierto.

Y allí estaba ella, volando libre en un entorno desconocido que se haría más exótico según fuera progresando la aventura.

Durante dos semanas sería libre, libre de responsabilidades y para ser ella misma, fuera cual fuese.

La mujer del asiento de al lado estaba dormida. Por lo que había hablado con ella sabía que era una azafata fuera de servicio para la que andar de un lado a otro por el mundo era su rutina habitual.

Sin embargo, ella estaba demasiado excitada para cerrar los ojos ni siquiera por un momento. Se pasó la noche hasta el amanecer leyendo una guía. Poco después del desayuno, aterrizaron en Doha, un lugar del que no había oído hablar hasta muy recientemente.

La azafata que estaba sentada a su lado, que trabajaba para unas líneas aéreas árabes y vivía en Doha, estaba esperando con ansia llegar a su casa y relajarse con un buen baño caliente. A Sarah le quedaban otras cinco horas de vuelo antes de llegar a su destino. Mientras tanto, pasaría el siguiente cuarto de hora en la sala de espera del aeropuerto.

Se despidió de la tripulación y salió al brillante sol de la mañana en el Oriente Medio.

El día anterior, en Gran Bretaña, hacía frío y llovía, un adelanto del invierno que se aproximaba. Allí, en Quatar, un estado rico por el petróleo en el Golfo Pérsico e, incluso a esa hora temprana, hacía tanto calor como en medio de una ola de calor veraniega en Europa.

Sólo llevaba como equipaje una pequeña mochila. Una vez la hubo pasado por los rayos X, se la colgó del hombro y fue a buscar el tocador de señoras para refrescarse un poco.

La imagen que vio en el espejo era sorprendentemente diferente de la que estaba acostumbrada. Naomi prácticamente la había obligado a cambiarse el color del cabello además de forma de vestir y, todavía no se había acostumbrado a su nueva imagen. Ni a la sensación de las botas de montaña.

Se las había estado poniendo durante todo el mes anterior, pero todavía le parecían pesadas y rígidas. ¿Y qué podría tener un aspecto más incongruente que unas botas de montaña bajo el borde del volante de una falda estampada de flores?

Naomi le había asegurado que, a donde iba ella, ésa era la forma normal de vestir. Nadie se sorprendería.

Las faldas inarrugables y fácilmente lavables habían sustituido las espesas de tweed preferidas por las intrépidas damas viajeras victorianas de hacía un siglo.

Por arriba llevaba una camisa de manga larga de algodón. Bajo ella, llevaba una camiseta de Naomi con un dibujo en el pecho de una ruta de montaña que había recorrido con un novio durante el año sabático que se dio entre el colegio y la universidad.

Se las quitó las dos. Si alguna señora árabe entraba, esperaba que no se ofendiera por verla en el cómodo sujetador deportivo. Ya llevaba doce horas de viaje y un buen lavado la refrescaría durante el resto del mismo.

Un cuarto de hora más tarde, llevando sólo la gastada camiseta y sintiéndose sorprendentemente despierta después de una noche sin dormir, volvió a la sala de espera. Allí había varios árabes con aspecto de importantes, vestidos con sus chilabas inmaculadamente blancas y sus tradicionales Keffieh a cuadros rojos y blancos en la cabeza, pero la mayoría de la gente iba vestida al estilo occidental.

Encontró la puerta de salida de su vuelo y se sentó cerca de ella. Cuando lo hizo, fue muy consciente de que sus compañeros de viaje la observaron con el interés de la gente que sabe que va a pasar los próximos días en compañía de desconocidos.

Sólo una persona no la miró. El hombre que estaba sentado justo delante de ella, que estaba enfrascado en la lectura de un libro.

Con el interés habitual de una lectora reconocida en lo que leen los demás, Sarah trató de ver el título. El que ese hombre estuviera leyendo en vez de hacer otra cosa hizo que subiera en su escala de estimación.

Entonces se dio cuenta de otras cosas que, además del libro, lo hacían atractivo. Alto, de hombros anchos y largas piernas, llevaba una camisa caqui y unos pantalones con rodillas reforzadas y un montón de bolsillos. Como no llevaba más equipaje que la bolsa de plástico de la tienda libre de impuestos del aeropuerto de Heathrow, ella pensó que llevaba sus pertenencias personales más necesarias encima y el resto en el avión.

Ese cuerpo musculoso sugería que bien podía ser un montañero que se dirigiera al Himalaya. Las dos razones principales por las que los extranjeros iban al Nepal y su capital, Kathmandú eran para escalar y hacer trekking por las montañas.

Sarah ya se había dado cuenta de que la mayoría de los viajeros masculinos necesitaban un afeitado. Pero no el hombre del libro. Tan profundamente bronceado como un árabe, sus mejillas y barbilla estaban perfectamente afeitadas. Todo en él era limpio e inmaculado.

Le pareció como si, incluso, oliera bien. No a colonia cara, sino de la manera en que los niños recién lavados y la colada tendida al sol olía bien.

Mientras estaba pensando eso y seguía observándolo, el hombre levantó la mirada y se cruzó con la de ella.

El instinto de Sarah fue apartarla, pero no pudo hacerlo. Había algo en esos ojos grises que se lo impidió. Estuvieron así durante algunos segundos. Luego él sonrió levemente y se dedicó a observarla tan detenidamente como ella lo había observado a él.

«Si conoces por ahí a un hombre realmente atractivo…». Las palabras de Naomi resonaron en su cerebro.

Fue el humor de su amiga más que la situación lo que la hizo sonreír.

Le dedicó esa sonrisa a todos los demás viajeros y eso sirvió para romper el hielo. La mujer que estaba sentada a su lado le preguntó en qué grupo estaba y luego todo el mundo empezó a charlar entre sí. Todos excepto el hombre del libro, que siguió leyendo.

Cuando llamaron a los pasajeros del vuelo a Kathmandú, Neal Kennedy siguió leyendo. Su larga experiencia en viajes por avión le había enseñado que no tenía que unirse nunca a la primera oleada hacia la puerta de embarque. Incluso aunque los autobuses que llevaban a los aviones en los aeropuertos árabes eran excepcionalmente espaciosos, los primeros dos o tres seguro que estaban abarrotados y el último semi vacío. Y ese corto trayecto hasta el avión le daría la oportunidad de charlar con la atractiva mujer que tenía delante.

Pero cuando cerró el libro y levantó la mirada, se sorprendió al ver que ella ya se había ido. Por la ropa que llevaba, la había tomado por alguien con tanta experiencia como él. Viajar con botas era una de las señales de un viajero experimentado. Cualquier otro equipo que se perdiera por el camino era reemplazable. Pero un buen par de botas ya domadas, no.

Se había dado cuenta de su presencia cuando salieron del avión de Londres. Ella había pasado por delante de él en la cola de los rayos X. La había observado mientras se dirigía a los lavabos y le gustó lo que vio por detrás. Pero, tal vez vista por delante…

Luego se olvidó de ella hasta que poco después levantó la mirada y la pilló observándolo. La vista por delante le había confirmado la primera impresión. Tenía de todo lo que le gustaba en el cuerpo de una mujer. Delgada, pero no demasiado, bien proporcionada y con gracia.

No era una belleza o, ni siquiera muy bonita. Pero tenía unos ojos castaños inteligentes y una sonrisa irresistible y cálida. Su padre siempre le había dicho que las chicas con cerebro y naturaleza generosa eran las que tenía que buscar.

Con diecisiete años, no le había prestado demasiada atención. ¿Qué saben los padres de la vida? Eso era lo que él pensaba entonces, como todos los demás adolescentes.

Pero en los siguientes veinte años, había aprendido que sus padres eran dos de las personas más cuerdas y sabias que conocía. Él, su hermano y sus hermanas habían crecido con la cada vez menos habitual ventaja de tener unos padres que los amaban y que tenían la clase de matrimonio que duraría toda la vida.

Entre la generación de sus padres y la suya, la sociedad occidental había sufrido un terremoto cultural. Los valores humanos y las formas de vida habían cambiado. Mucha gente, incluyéndose él mismo, pensaba que el matrimonio era una institución a extinguir. En la actualidad, el desastroso matrimonio de su hermano Chris parecía algo más típico que el de sus padres. Teniendo en cuenta la experiencia de su hermano y sus resultados, Neal había decidido que no seguiría ese camino.

Tenía cinco sobrinos, así que no necesitaba hijos propios. Ni una esposa en el sentido habitual de un ama de llaves, cocinera y acompañante en actos sociales.

Se las arreglaba muy bien con los aspectos cotidianos de la vida en su casa. Su madre los había educado a todos de forma que todos supieran limpiar, cocinar y hacerse la colada.

En el único sitio donde él necesitaba a una mujer era en la cama. Sabía desde los veinte años que prefería las relaciones que duraran un cierto tiempo y que incluían alguna relación intelectual, además de lo puramente físico. Si, cuando llegaran a Kathmandú alguna mujer atractiva le dejaba claro que estaba disponible, ¿qué hombre de sangre caliente preferiría dormir solo estando de vacaciones?

Para la segunda etapa del viaje, Sarah había pedido un asiento de ventanilla en el lado de babor del avión. Naomi le había dicho que así tendría una magnífica vista del Himalaya al acercarse a su destino.

Cuando llegó a su asiento, se encontró con que ya estaba ocupado por una mujer pequeña y regordeta con el traje tradicional nepalí. Si hubiera sido una europea, le habría dicho que ése era su sitio. Pero con lo poco que sabía de nepalí, decidió que era mejor no decirle nada, así que dejó su mochila en la estantería para equipaje de mano y se sentó en el asiento central.

Poco tiempo después, entre los últimos, entró el hombre del libro. Se sentó en el asiento vacío a su lado y le dijo:

–Hola.

–Hola.

De repente Sarah se alegró de que le hubieran quitado el sitio.

El hombre se inclinó, juntó las manos y le dijo algo a la mujer nepalí. La mujer sonrió y le respondió:

–¿Eso era nepalí? –le preguntó Sarah al hombre.

–Sí, pero no lo hablo bien. Lo suficiente como para ser educado.

Luego se puso el cinturón de seguridad y añadió:

–Como vamos a estar juntos unas horas, ¿qué tal si nos presentamos? Yo me llamo Neal Kennedy.

–Sarah Anderson.

–¿Vas a hacer trekking?

Ella asintió.

–¿Y tú?

–No esta vez.

Él miró lo que ponía su camiseta.

–Como tú, yo llevo viniendo desde hace tiempo al Nepal, pero no siempre para hacer lo mismo. Esta vez vengo por el Maratón del Everest.

Sarah supo que tenía que decirle que la camiseta no era suya, pero no quiso hacerlo… todavía. Por lo que había leído sobre los trekkings, sabía que la gente que hacía las rutas más difíciles, cargados con pesadas mochilas y en compañía de otros viajeros experimentados solían despreciar un poco a los grupos de turistas que recorrían los caminos fáciles mientras el peso lo llevaban los porteadores.

Neal Kennedy parecía realmente duro. Ella no quería que se apartara nada más conocerse, así que, en vez de admitir que era la primera vez que iba por allí, le dijo:

–¿Tú corres? Yo creía que los corredores eran normalmente más bajos y delgados.

–Los hay de todas las tallas. Pero no, no soy corredor. Voy a cubrir el maratón, ya que soy periodista. ¿Qué haces tú?

–Trabajo con ordenadores.

Como ella había decidido olvidarse por completo de su vida cotidiana en la Gran Bretaña, añadió:

–¿Trabajas por tu cuenta o para alguna revista?

La sonrisa calentó sus muy duros ojos.

–Evidentemente, tú no lees The Journal. Yo soy uno de sus columnistas. Y también hago algo de televisión y radio.

Las únicas publicaciones que Sarah leía regularmente era la prensa del corazón y amarilla. Se mantenía informada por los servicios informativos de Internet, pero sabía que The Journal era uno de los periódicos más independientes y respetados del país. Así que Neal debía de ser uno de los mejores en su profesión, aunque no encajara en la idea que tenía ella de lo que era un periodista estrella.

–Ya leeré tu columna cuando vuelva a casa –dijo ella devolviéndole la sonrisa.

Tan cerca, esa sonrisa y la visión fugaz de sus dientes perfectos afectó un poco a Neal y lo hizo preguntarse cuántos hombre habrían besado esa boca pasional y si alguno la habría besado para despedirse en Heathrow. El hecho de que ella viajara sola no quería decir nada. Incluso sus padres se iban de viaje separados a veces.

Ya se había dado cuenta de que, entre los anillos de Sarah, no había ninguna alianza. La mayoría de las mujeres que conocía que vivían con alguien, llevaban un anillo en el anular para indicar que tenían una relación. Aunque eso de tener una relación no les impedía necesariamente que, de vez en cuando, no tuvieran un desliz si les apetecía.

Él prefería mantenerse apartado de las chicas de otros hombres. Hacía unos siete u ocho años, una esposa aburrida e insatisfecha se había metido en su vida amorosa, pero su marido ya llevaba años engañándola, así que no podía quejarse. Neal no había repetido la experiencia. Había más que suficientes mujeres sin compromiso por el mundo como para andar quitándoselas a los demás.

Sabía que su decisión de no tener relaciones serias preocupaba a sus padres, que querían verlo sentar la cabeza con una esposa y una familia. Pero hasta entonces se las había arreglado para no enamorarse y ahora estaba fuera de la zona de peligro.

Ahora, sólo con estar sentado al lado de Sarah Anderson empezó a sentir el principio de la excitación. Ella no llevaba uno de esos perfumes que las mujeres pensaban que son seductores, pero que, en los espacios cerrados eran demasiado pesados. Ella sólo olía a limpio. Esos ojos castaños sugerían que no era rubia natural, sino morena. Pero estaba muy bien teñida y el color pegaba con su piel cremosa. Él las solía preferir con el cabello largo y el de ella era bastante corto, posiblemente se lo hubiera cortado para andar.

El avión empezó a correr por la pista. Cuando ella se volvió para mirar por la ventanilla, él se preguntó cómo reaccionaría si le acariciaba el cuello con los labios.

Pero no tenía ninguna intención de hacerlo… todavía. Pero le divertía especular en cómo se lo tomaría.

–¿Cuándo vas a empezar el recorrido? –le preguntó él.

–No hasta el martes. Después de un largo vuelo me parece que un par de días de relax es una buena idea, ¿no te parece? ¿Cuándo empieza el Maratón?

–Dentro de dos semanas, pero algunos llegarán antes de tiempo. Kathmandú es un sitio donde siempre me gusta pasar algo de tiempo… Aunque ha cambiado mucho desde que tú y yo vinimos por primera vez.

Esa idea de él de que ella estaba familiarizada con la ciudad le hizo gracia. Deseó que fuera cierto. Hubo un tiempo en que lo pudo ser. Con Samarkanda y Darjeeling, Kathmandú había sido un nombre mágico para ella de adolescente. También había habido más y ahora los habría visto todos si no fuera por…

Su mente se apartó de esos pensamientos.

El avión estaba despegando. Era más pequeño que el anterior y no iba tan lleno. Cuando apareció la azafata, Sarah le pidió un gin tónic y la chica le dijo que aquél era un vuelo sin alcohol.

–Entonces sólo la tónica, por favor.

Neal pidió lo mismo, pero pidió dos vasos más. Cosa que quedó clara poco después, cuando les dieron las tónicas y se puso en las rodillas la bolsa de plástico.

–Aquí van mi ordenador portátil y mi reserva de alcohol –dijo sacando media botella de ginebra.

–¿No temes que se te rompa el ordenador con tan poca protección?

–Es menos probable eso que me lo roben. Esos bonitos maletines acolchados que llevan los hombres de negocios como si fueran bolsos de mujer son muy atractivos para los ladrones. En el aeropuerto vi que llevabas una bolsa pequeña además de la mochila. Espero que no lleves nada vital en ella.

–No, no lo llevo.

Naomi le había dado una bolsa de algodón con cremallera que se ponía en el cinturón, la bolsa se colaba por dentro de la falda. Allí llevaba la mayor parte del dinero, las tarjetas de crédito y una copia de su pasaporte.

Neal echó una buena cantidad de ginebra en los dos vasos y terminó de rellenarlos de tónica. Le dejó el de ella en su bandeja y levantó el suyo diciendo:

–Om Mani Padme Hum.

Ella no tuvo que preguntarle lo que significaba eso. Era un mantra budista que significaba Oh La Joya de la Flor del Loto. Estaba interesada en el budismo, ya que tenía razones personales para esperar que la muerte no fuera el final, sino como creen los budistas, la antesala de otra vida en un largo viaje de purificación.

A Neal no le pasó desapercibida su expresión. Se preguntó si ella desaprobaría el que hubiera utilizado ese mantra como brindis. O si sus palabras le habrían recordado algo que no quería recordar.

Durante el almuerzo trató de que hablaran del trabajo de ella, pero Sarah prefirió hacerlo de libros.

En particular, coincidieron en uno que habían releído recientemente ambos, el de James Hilton, Horizontes Perdidos. Fue un Best Seller en los años treinta y la novela que puso de moda la palabra Shangri –La.

–Mi abuelo me lo regaló cuando cumplí doce años –dijo Neal–. ¿Cuándo lo leíste tú por primera vez?

–En las navidades cuando iba a cumplir los quince años. Solía gastarme todo el dinero en una librería de segunda mano. El señor King, el anciano que la llevaba, me lo regaló porque yo era la más joven de sus clientes habituales.

La expresión de su rostro se hizo seria cuando añadió:

–Murió de bronquitis ese invierno y la tienda nunca volvió a abrir. Lo eché mucho de menos. Cuando hablaba del libro con él, el señor King me dijo que podía haber realmente un lugar como Shangri –La, un valle secreto en las montañas, donde la gente viviera mucho tiempo alegres y felices. Yo lo creí por un tiempo. Pero si existiera semejante sitio, ahora sería visible por los satélites. Aún así, es una idea encantadora.

–Mi abuelo dice que existe. Pero no como dice el libro… Un lugar misterioso e inaccesible en alguna parte de la gran meseta del centro de Asia. Según él, está en la mente. Es posible encontrarla para todo el mundo, pero no lo hacen muchos.

–¿Qué edad tiene tu abuelo?

–Cumplirá noventa el año que viene, pero sigue sorprendentemente activo y al día. Se pasa mucho tiempo navegando por la red y charlando con ella con otros ancianos cuyas mentes siguen en buena forma.

Ella se rió.

Pero no le dio ninguna información sobre su familia. Normalmente, la mayoría de la gente solía hablar de sí mismos, pero ella no lo hacía, así que tenía que haber alguna razón para esa reserva tan poco natural.

Después de almorzar, la mujer nepalesa que estaba sentada a su lado, se inclinó sobre Sarah y le murmuró:

–Penny.

A ella no le resultó difícil imaginarse lo que quería y le dijo a Neal:

–Mi vecina quiere ir al cuarto de baño.

Él se levantó y salió al pasillo, seguido por Sarah. Mientras la nepalesa se dirigía al baño, ellos siguieron de pie. Así él parecía más alto y fuerte. Pensó que era poco habitual encontrarse a alguien tan fuerte tanto física como intelectualmente.

Poco después de que los tres se sentaran de nuevo, un niño pequeño, de unos tres años y un sexo indeterminado, empezó a correr arriba y abajo por el pasillo. Un momento después, se cayó al suelo y empezó a llorar llamando a su padre.

Tal vez el padre estuviera durmiendo profundamente, ya que no apareció y parecía que el personal de vuelo se estuviera dando un descanso.

Cuando Sarah oyó aproximarse los lloros, estuvo a punto de levantarse, pero Neal se le adelantó. Tomó en brazos al pequeño y empezó a caminar por el pasillo consolándolo en voz baja.

Sarah se giró para verlo mejor. Era tan atractivo por detrás como por delante.

Luego él le devolvió el niño a los padres y volvió a su asiento. Ella estaba sorprendida de que hubiera sido precisamente él quien hubiera actuado. Entonces se le ocurrió por primera vez que él podía estar casado y tener hijos.

–Lo has hecho como un experto –le dijo.

–Tengo una sobrina de esa edad –respondió él–. Yo prefiero a los niños que les puedes devolver a sus padres cuando ya te has hartado de ellos. El periodismo y las cosas domésticas no van muy bien.

–Supongo que no –respondió ella preguntándose si eso sería una advertencia.

Luego pusieron una película y después les dieron un té con pastas.

Se dio cuenta de que debían estar llegando porque la mujer que iba a su lado se puso a mirar por la ventanilla, lo que le bloqueó por completo la visión a ella, cosa que le fastidió al no poder ver el Himalaya. Pero se dijo a sí misma que, al fin y al cabo, era al país de esa mujer al que se estaban acercando y ¿quién tenía más derecho a ver esas famosas montañas que una nepalesa de vuelta a su hogar?

Tal vez Neal se diera cuenta de su frustración, ya que tocó el brazo de la mujer y habló con ella de una manera que Sarah le pareció mucho más fluida de lo que le había dicho que lo hacía. Después la mujer se echó atrás y ella pudo ver el Himalaya brillando al sol de la tarde.

Cuando la vista distante de los picos gigantes cambió y vio más de cerca las verdes colinas que rodeaban el valle de Kathmandú, Sarah supo que la excitación que debía haber sentido al estar a punto de conocer a sus compañeros de marcha se veía aminorada por su falta de ganas de despedirse de su actual compañero de viaje.

Neal, sabiendo que ella no había dormido en el trayecto entre Londres y Doha, le dijo de repente:

–Esta noche estarás cansada antes incluso de que hayas terminado de cenar, ¿pero qué te parece si nos vemos mañana por la noche?

–Me gustaría, pero puede ser un poco difícil. ¿Te puedo llamar por la mañana?

–Claro… Te daré mi número de teléfono.

Él se sacó un paquete de Post–it de uno de los innumerables bolsillos y un bolígrafo de otro. Lo escribió y le dijo:

–Que sea antes de las nueve, ¿quieres? Mañana tengo mucho que hacer.

–Espero poder hacerlo. Me gustaría cenar contigo.

–A mí también… mucho. Me ha gustado hablar contigo.

El fondo de esas palabras estaba muy claro y a ella se le revolvieron las entrañas. ¿Pero no se estaba precipitando un poco? Había estado muy bien que Naomi le hablara de no retroceder, pero todos los instintos de Sarah le decían que, en ese caso, el consejo de su amiga podía ser peligroso.

Él la tocó por primera vez cuando estaban en el aeropuerto, donde se despidieron.

–Hasta mañana por la noche –le dijo él dando por hecho que nada iba a impedir su cita.

Esa seguridad la molestó un poco, pero no hizo caso.

–Adiós, Neal.

Cuando se volvió, se dijo a sí misma que, si tenía algo de sentido común, lo llamaría por la mañana para decirle que no podían cenar juntos.

Ella necesitaba a un hombre en su vida. Lo llevaba necesitando desde hacía tiempo. Pero no a un hombre como Neal Kennedy.

Por lo que ya sabía de él, por no mencionar todo lo que él aún no sabía de ella, no encajaban de ninguna de las maneras.

Capítulo 2

EN EL minibús y con un collar de flores de bienvenida alrededor del cuello, Sarah miró a la guía que había ido a recoger a los trece miembros del grupo.

La guía se había presentado a sí misma como Sandy, un nombre bastante andrógino para alguien que tenía unas pocas características femeninas, pero cuya apariencia general y forma de comportarse era más masculina que femenina. Sarah, a la que generalmente la gente no le caía mal nada más verla, sintió una aversión instintiva por ella mientras la veía dándoles órdenes con un micrófono en la mano.

Porque lo que estaba haciendo era darles órdenes. ¿De verdad que se imaginaba esa mujer que se iban a quedar con todo aquello mientras dormían? Habría sido más normal que les hubieran dado una hoja impresa, además de las que ya llevaban. Pero tal vez a Sandy le gustara el sonido de su propia voz y creía que así dejaba claro que ella era la jefa y que sería mejor que lo recordaran.

Miró a sus compañeros y se le cayó el alma a los pies. Se había esperado un grupo vivaz de gente de todas las edades y sexos. Pero aún pensando que acababan de salir de un vuelo de trece horas y que no estaban en la mejor forma posible, sin excepciones, ese grupo era mayor, más fuera de forma y, para ser sinceros, mucho más aburrido de lo que se había imaginado.

Cuando salieron del minibús, Sandy volvió a repasar quien era cada uno de ellos y les dijo quien era su compañero. La compañera de Sarah se llamaba Beatrice, una mujer delgada de unos sesenta años, de expresión amargada.

La vista desde la ventana de su habitación la hizo sentirse más alegre. Más allá de los tejados de las casas se veía parte del anillo de montañas que rodeaba el valle de Kathmandú y, en segundo término, las montañas más altas.

–No me puedo creer que, por fin, esté aquí –dijo soñadoramente.

Como Beatrice no le respondió, miró por encima del hombro. Su compañera de habitación había empezado a deshacer el equipaje. La miró por un momento y le dijo:

–Espero que sea usted una persona ordenada, señorita Anderson…

¡Empezaban bien!

–Prefiero que me llamen Sarah. Voy a bajar un momento a ver si me tomo algo y la dejaré que se organice a su gusto. Como parece que sólo tenemos una llave, tal vez cuando termine quiera bajar a tomarse algo conmigo. La veré luego.

A pesar de que la luz del día estaba ya desapareciendo, se tomó su bebida en la terraza del hotel. Aunque era de cinco estrellas, el hotel era un poco decepcionante, ya que su estilo era más bien internacional, en vez de nepalí. Se había esperado algo con más carácter.

Se preguntó dónde se estaría quedando Neal y recordó la nota que él le había dado y que había pegado en la cubierta interior del cuaderno que iba a usar como diario de viaje.

Le había escrito su nombre, el de su hotel y el número de teléfono.

Hacía menos de una hora que ella había estado decidida a no verse más con él. Pero ahora había cambiado de opinión. Sí, como parecía, se iba a tener que ver las caras todos los días con Sandy y esa pandilla, una velada con Neal podría ser, por lo menos, interesante. Apenas pudo esperar al día siguiente para llamarlo.

Poco después de las ocho, mientras Beatrice estaba abajo desayunando, lo llamó desde su habitación.

–Soy Sarah, buenos días –le dijo cuando él respondió.

–Buenos días. ¿Has pasado una buena noche?

–No ha estado mal –mintió ella–. ¿Y tú?

–Me desperté a las cuatro y me puse a leer. Mi cuerpo necesita un par de días para acostumbrarse al cambio de horario. ¿Podemos cenar esta noche?

–Eso estaría muy bien.

–Te recogeré a las seis y media. Antes iremos a tomar algo al Yak and Yeti.

Sarah sabía por las guías que ése era el hotel más grande y mejor de Kathmandú, así que dijo dudosa:

–No he traído nada apropiado.

–No hay problema. Los ricos de la zona se visten formalmente, pero los escaladores y marchadores no lo hacen. Estarás magnífica con lo que sea.

–Muy bien, si tú lo dices… Hasta luego.

Cuando colgó, Sarah sintió de nuevo la excitación que había esperado sentir todos los días, en cada momento. Pero la conversación de la cena del día anterior, la del desayuno, y una noche con Beatrice, habían destruido sus esperanzas.

Estaba en la recepción del hotel cuando Neal entró.

Llevaba los mismos pantalones del día anterior, pero otra camisa. Llevaba al brazo un forro polar azul oscuro. Naomi también le había dejado a ella uno amarillo.

Él tenía un aspecto completamente diferente de la gente de su grupo. Lo rodeaba un aura casi tangible de vitalidad y virilidad que sintió fuertemente cuando se acercó a ella.

Cuando llegó a donde estaba, ella se puso en pie.

–Lista y esperando –dijo él aprobándolo–. No me gusta nada esperar. ¿Nos vamos?

Salieron por la puerta y Neal le dijo:

–Nuestro transporte nos espera fuera del jardín. A la gente de estos hoteles de lujo no les gusta que los rickshaws anden dando vueltas por aquí. ¿Qué opinas de este sitio?

–Yo no lo habría elegido. Una casa de huéspedes es más de mi estilo.

Esa mañana, durante la visita por la ciudad guiada por Sandy, Sarah había visto muchos de esos rickshaws a pedales por el caótico tráfico. El conductor del que los estaba esperando era un hombre pequeño y delgado con el cabello gris que no parecía tener las fuerzas suficientes como para pedalear arrastrando a dos grandes europeos. Ella le sonrió y dijo:

–Namaste.

–Namaste, señora.

Se montaron en ese artefacto y el conductor empezó a pedalear por entre el tráfico. Aquello era terrorífico y parecía que se fuera a desmontar en cualquier momento.

De repente Neal le rodeó los hombros con un brazo y la hizo apretarse contra él.

–Da miedo, ¿verdad? El tráfico está peor cada año.

Así ella se sintió mucho más segura. No exactamente relajada, pero no insegura.

Poco después se detuvieron delante de la imponente fachada del Yak and Yeti.

Era mucho más grande que el hotel donde se hospedaba ella e imitaba un palacio.

Se dirigieron al bar del brazo y se sentaron en una mesa que daba a la piscina iluminada.

–¿Qué quieres tomar? –le preguntó él pasándole la carta de bebidas.

–Un Campari con soda –le pidió ella al camarero.

Neal prefirió una cerveza.

–¿Qué has hecho en este tu primer día aquí?

–Por la mañana hicimos un recorrido por la ciudad con nuestra guía, y esta tarde la hemos tenido libre. Creo que la mayoría del grupo se ha echado la siesta. La edad media debe de ser sesenta… tal vez sesenta y cinco años.

–¿Y están en buena forma para su edad?

Ella agitó la cabeza.

–Me sorprende que hayan elegido esta clase de vacaciones. Son clientes de pago, yo soy la única que ha venido gratis. Cuando Sandy anunció anoche durante la cena que este viaje lo he ganado como premio de un concurso me miraron con cara rara, sobre todo teniendo en cuenta que el premio era ofrecido por una famosa revista de la prensa amarilla, especializada en escándalos.

–¿Cómo fue eso? –le preguntó Neal levantando una ceja.

–Alguien a quien le gustan esas cosas y que pensó que el premio me podría gustar, rellenó el formulario en mi nombre. El ganador del concurso podía elegir entre tres tipos de vacaciones. Podría haberme ido a bucear a las Islas Caimán o a esquiar a Aspen, en Colorado.

–¿Y ahora te gustaría haber elegido algo de eso?

–Yo no esquío y no soy muy buena en el agua. Quería hacer este viaje. Puede que el grupo sea más divertido según los vaya conociendo mejor.

–Yo no me apostaría nada –dijo Neal–. Siempre me he fiado mucho de mis primeras impresiones. Sandy, ¿es hombre o mujer?

–Una mujer hombruna.

Él frunció el ceño.

–¿Te ha puesto en su tienda?

–No. Voy a compartir habitación y tienda con una tal Beatrice, quien parece sospechar que soy una feminista radical y que ronca como un tren de mercancías. Aunque no creo que eso me despierte después de una buena y larga marcha, pero sí que lo hizo anoche.

–¿Pero no se va a propasar contigo?

–¡Definitivamente no! Ni creo que tampoco lo haga Sandy. Me acusaría de insubordinación si lo hiciera –dijo Sarah sonriendo.

Entonces una voz de mujer dijo:

–¡Neal! No sabía que estuvieras por aquí.

Él se puso en pie.

–Hola, Julia. ¿Cómo estás?

–Bien, ¿y tú? –dijo ella ofreciéndole la mejilla.

Era casi tan alta como él, delgada como una modelo, y con un cabello pelirrojo que enmarcaba su rostro anguloso. Sus brillantes ojos verdes eran lo único realmente hermoso de su rostro, pero emanaba personalidad por todas partes.

–Hola –dijo Julia ofreciéndole la mano a ella.

Una mano inesperadamente fuerte.

–¿Quieres sentarte con nosotros? –le preguntó Neal.

–Gracias, pero no puedo. Acabo de volver de Lukla y sigo trabajando. Esta noche es la fiesta del final de la marcha. Mi grupo bajará dentro de un momento. Ya veo a alguno. ¿Hasta cuándo estarás por aquí?

–Hasta el principio del Maratón del Everest.

–Ah, perfecto. Nos podremos ver más tarde. Hasta luego.

Su sonrisa incluyó a Sarah.

Cuando se alejó, Sarah vio que llevaba unos vaqueros y botas, pero encima llevaba un jersey de mohair que destacaba una figura tan sorprendente como su apretón de mano.

Esas curvas voluptuosas que tenía por encima de la cintura no pegaban con las fuertes y largas piernas.

–Julia es monitora de actividades de aire libre y guía de trekking –le dijo Neal–. Una chica muy dura. Nos conocimos en un curso hará unos cinco o seis años.

–¿Qué clase de curso?

–Uno de conducción todo terreno. Ella era la única mujer y la mejor conductora con mucho. Eso no les gustó a algunos de los chicos.

–¿Y a ti?

–Yo tengo manías, como todo el mundo, pero ésta no es una de ellas. Si una mujer conduce mejor que yo, no le hace daño a mi ego. Cuando mis padres viajan juntos, siempre es mi madre la que conduce. A ella le gusta y a mi padre no. Las líneas tradicionales de demarcación siempre han sido muy flexibles en mi familia.

Sarah le preguntó si ese curso fue para preparar alguna expedición.

–En el caso de Julia, sí. No en el mío. Sólo me pareció algo que me podría resultar útil en algún momento.

Una hora más tarde, cuando dejaron el bar, pasaron junto a Julia y su grupo. Parecía mucho más divertido que el suyo. A pesar de que estaba hablando cuando pasaron cerca, Julia pareció notar la presencia de Neal y, sin dejar de hablar, se volvió y se despidió con la mano.

Ese gesto dejó a Sarah pensando que, aunque ya no fuera así, la relación entre ellos dos había sido cercana, muy cercana.

–¿Vamos andando al restaurante? No está lejos si tomamos algunos atajos –dijo él.

Parecía conocer la ciudad como la palma de la mano y pronto llegaron al restaurante, que estaba en una de las calles más llenas de gente. La entrada era muy discreta. El interior estaba inmaculadamente limpio, con las mesas decoradas con flores frescas y los camareros iban vestidos informalmente con polos y largos delantales blancos.

Les dio la bienvenida el propietario, un nepalés que hablaba un inglés perfecto y que los acompañó a su mesa.

El restaurante era pequeño, pero con estilo y la gente, aunque extranjeros, no parecían ser turistas, sino residentes en la ciudad.

El menú estaba escrito en una pizarra. Sarah pidió unas verduras y Neal cerdo a la española.

–¿Desde hace cuánto que eres vegetariana? –le preguntó él.

–No lo soy. Sólo me apetecían las verduras.

–También las tomaste en el avión.

–Eres muy observador para darte cuenta de eso. Pero supongo que eso es importante para un periodista. Pedí las verduras porque alguien me dijo que, habitualmente, son más interesantes que la comida habitual que dan en los aviones.

–Alguna gente cree que la comida kosher es la mejor –dijo él–. Un colega mío hizo un reportaje acerca de la preparación de las comidas en Heathrow. Es tremendo. Sólo British Airways necesita alrededor de veinticinco mil comidas para sus vuelos de larga distancia.

Siguieron charlando animadamente y, al final de la cena, mientras se tomaban el postre, Neal le dijo:

–En vez de pasarte otra noche escuchando los ronquidos de Beatrice, ¿por qué no te vienes conmigo? Yo no ronco y la habitación tiene una enorme cama doble y su propia terraza, que es donde he desayunado esta mañana.

Esa sugerencia le quitó la respiración a Sarah. Ya le habían hecho proposiciones anteriormente, pero nunca tan abiertamente. Los otros habían probado el terreno antes de ir al grano, y ninguno de ellos, con dos excepciones, habían logrado nada porque ella les había dejado claro que no estaba interesada.

Esta vez sí que estaba interesada. Pero era demasiado pronto. Algunas mujeres podían meterse en la cama con un hombre a las treinta y seis horas de conocerlo. Otras, incluso antes. Pero para ella, el sexo nunca podía ser algo trivial.

–Lo siento, no –dijo–. No habría venido si hubiera sospechado que era esto lo que esperabas.

Para su vergüenza, se sintió ruborizar.

–No lo esperaba. Sólo me pareció una buena idea. Si no quieres, de acuerdo. No estaba seguro de que fueras a aceptar. Normalmente, las chicas necesitáis más tiempo para decidiros a estas cosas. Tal vez incluso ya estás saliendo con alguien.

–Si así fuera, no estaría aquí, cenando contigo. Si esto te suena muy chapado a la antigua, es que yo vengo de un pueblo y ya sabes que allí la vida está a varios años luz por detrás de la de Londres.

–Un poco por detrás, no tanto. En las grandes ciudades no hay tanto cotilleo. La gente de los pueblos y ciudades pequeñas suelen ser más discretos, pero siguen siendo seres humanos. El refrán favorito de mi abuelo es: el amor, la lujuria y el dolor de corazón son parte de la condición humana. Siempre lo han sido y siempre lo serán.

–Pero ahora no es como cuando él era joven –dijo Sarah recordando las actitudes de su padre. Y eso que era mucho más joven que el abuelo de Neal.

–A mi abuelo le gusta la vida tal como es ahora. Hay menos hipocresía. Todo es menos rígido.

Ella se sintió tentada a decir que su padre pensaba que ya no había moral y que todos eran unos degenerados, pero no lo hizo.

En vez de café, ella se tomó un té de jazmín y Neal chocolate caliente.

Cuando le llevaron el té sonrió al camarero y le dio las gracias.

Neal le dijo:

–Me gusta la forma con que tratas a la gente, no como si fueran robots.

Antes de que ella pudiera responder, le preguntó:

–¿Qué vas a hacer mañana?

–Vamos a ir a ver un par de templos.

–¿Estás libre por la tarde? Podríamos cenar otra vez, pero en otro restaurante.

–He de quedarme con el grupo. Hay una reunión final antes de salir.

–Te divertirías más en Rumdoodles.

–¿Qué es eso?

Él levantó una ceja.

–¿No has estado allí? Es un bar con restaurante a donde los escaladores van a celebrar sus éxitos, el hogar del Club de los Conquistadores. El techo y las paredes están cubiertos de huellas de yeti de cartón firmadas por escaladores famosos. Entre ellos, Sir Edmund Hillary y Tenzing Norgay.

–¿Tú lo has hecho? Me refiero a escalar el Everest.

De repente él se puso muy serio y, por un momento, pareció como si se fuera a enfadar.

–Yo no soy montañero. Hay demasiada gente por ahí pagando sumas enormes y poniendo en riesgo a otros para ir luego diciendo que fueron ellos los que subieron. La montaña está siendo degradada.

Ella fue muy consciente de que esa pregunta inocente había pinchado en hueso.

¿O es que le había molestado el que se negara a acostarse con él y ahora se viera sin la posibilidad de intentarlo de nuevo?

Neil le hizo una seña al camarero y le pidió la cuenta.

–Por favor, deja que pague mi parte –dijo Sarah antes de que el camarero llegara.

–De eso nada. Tú eres mi invitada –dijo él firmemente, pero sonriendo de nuevo.

Una vez fuera del restaurante, un esperanzado conductor de rickshaw estaba ansioso por ser contratado, pero Neal lo rechazó.

–Volveremos andando, si te parece bien –le dijo a Sarah.

–Me parece bien. Un poco de ejercicio me vendrá bien después de esta deliciosa cena.

Caminaron en silencio hasta cerca del hotel de ella, donde Neal le dijo:

–Ya estamos cerca de tu hotel. Te acompañaré a la puerta, pero nos despediremos aquí.

Y antes de que ella se diera cuenta de lo que quería decir, la besó.

Había pasado mucho tiempo desde su último beso y no se había parecido en nada a ése. El hombre en cuestión había sido sólo un poco más alto que ella y se había pasado la mayor parte de su vida sentado en una mesa de despacho o en un coche. Ella no se había sentido tan superada como se sentía ahora.

Ni la boca de ese otro hombre se había apoderado de la suya con tanta confianza. No había estado tan seguro de sí mismo como Neal. Molesta por su falta de confianza, ella se lo había quitado de encima.

Neal no le dio la opción de aceptar o rechazar ese beso. La sujetó firmemente, dejándole muy claro que quería hacer el amor con ella… Y sabiendo que ella también lo quería, pero que no estaba dispuesta a admitirlo.

Y era cierto, el deseo la recorría. Hacía tanto que eso no le pasaba que había pensando que ya no iba a sentir de nuevo esas ansias que había sentido una vez con resultados tan desastrosos. Pero ahora, dormidas, pero no muertas, esas ansias volvían a la vida.

–¿Estás segura de que no vas a cambiar de opinión? –susurró él.

–Déjame, Neal. Por favor…

Trató de empujarlo y, sorprendentemente, lo logró.

Él hizo lo que le pedía, retrocedió y bajó los brazos.

–Si insistes… Aunque no sé por qué lo haces. Esto no es lo que realmente quieres. Y, ciertamente, no es lo que quiero yo.

–No nos conocemos… Acabamos de conocernos. Puede que a ti eso no te importe, pero a mí sí. La atracción no es suficiente para mí. Necesito conocer a la gente, confiar en ella… antes de…

–La confianza es instintiva, como la atracción. Todas las reacciones importantes son instintivas. Pero si quieres posponer el placer, es cosa tuya.

–Los hombres pueden tomarse el placer tranquilamente. Las mujeres no –dijo ella recordando una relación que no había funcionado.

–No te lo puedo discutir. Pero creo que tú sabes instintivamente que no sería así para nosotros.

–Mis instintos no siempre son fiables.

–¿Has tenido muchos amantes?

Como anteriormente su proposición deshonesta, esa pregunta la sorprendió. En su mundo la gente no hablaba de esas cosas. Reprimían la curiosidad… y muchas otras cosas.

–No muchos, comparándome contigo, me imagino.

Él la tomó de la mano.

–¿Qué te hace pensar que yo soy un devorador de mujeres?

–Tu forma de actuar.

–El tiempo no está de nuestro lado, Sarah. Una aproximación lenta no es práctica bajo estas circunstancias. Tú te vas de aquí pasado mañana. Para cuando vuelvas, a mí no me quedará mucho tiempo. Entre ahora y cuando nos separemos, puede suceder cualquier cosa. Mi lema es vivir día a día.

–El mío es cuidado con tropezar. Sobre todo si tropiezas y te caes en la cama con alguien.

–¿Eres cauta por naturaleza o es que la vida te ha hecho así?

–La mayoría de la gente se hace más cauta cuando se hace mayor.

Entonces ella se preguntó qué edad pensaría él que tenía. Sabía que parecía más joven de lo que era, ya que mucha gente se sorprendía al saber su edad.

–¿Es que alguna vez no has sido cauta?

–Oh, sí. Con diecisiete años era todo lo loca que se podía ser. Estaba loca por ser libre. Locamente enamorada… Pero eso fue hace mucho tiempo.

Ya habían llegado a la puerta del jardín del hotel y, aún de la mano, entraron.

–Si mañana decides saltarte el programa oficial, ya sabes dónde encontrarme.

Delante del portero, Neal le levantó la mano y le dio un leve beso en los nudillos antes de añadir:

–Buenas noches, Sarah. Espero que nos volvamos a ver.

Luego se despidió en nepalí del portero, se volvió y se marchó, dejándola a ella mirándolo mientras se alejaba, sintiendo la tentación de llamarlo.

Pero no lo hizo y, momentos más tardes, Neal desapareció sin mirar atrás.

Sarah se pasó la mañana que tenía libre antes de que el grupo se marchara a Lukla paseando por la ciudad, luchando con el pensamiento de que realmente no quería ir. Quería ver a Neal de nuevo más de lo que quería ir a esa excursión. Tal vez hubiera pensado otra cosa si los demás del grupo hubieran sido más amigables, pero no lo eran y ya sabía que la situación no iba a mejorar.

Se sentó en una terraza y pidió un té de jazmín. Otra mujer sola se sentó no muy lejos de ella y se puso a escribir unas postales.

Un rato más tarde, la mujer se levantó y fue apresuradamente al lavabo, dejándose la mochila sobre la mesa. O era bastante descuidada con sus pertenencias o tenía una verdadera urgencia.

Sarah estuvo vigilando la mochila mientras la mujer no estuvo. De repente apareció, cubierta de sangre y andando de forma insegura. Se dejó caer en su silla como si se fuera a desmayar en cualquier momento.

En ese momento llegó el camarero, vio la sangre y dijo preocupado:

–¿Hay algún problema?

–Sí –respondió Sarah–. Esta mujer necesita atención médica. Por favor, llame urgentemente a un taxi.

Se acercó a la mujer tratando de ver si estaba seriamente herida y le preguntó:

–¿Qué ha pasado? ¿Me lo puede decir?

–Me he mareado… Me caí y me di con la cabeza contra algo…

–No se preocupe. Yo la cuidaré.

Por suerte tenía la dirección de una clínica que le habían recomendado.

–¿Cómo se llama? –le preguntó.

–Rose Jones –dijo la mujer echándose a llorar.

La sala de espera de la clínica estaba llena de gente cuando llegaron las dos, pero viendo el estado de Rose, la enfermera las hizo pasar inmediatamente a una habitación.

Les dijeron que el médico no tardaría y las dejaron allí, esperando.

Sarah sabía que esa clínica la llevaban médicos extranjeros y era famosa por sus investigaciones sobre las causas y el tratamiento de la enfermedad llamada humorísticamente Carreras de Kathmandú.

Momentos más tarde, se abrió la puerta y entró Neal.

–¿Qué haces tú aquí? –le preguntó a Sarah, sorprendido.

–¿Y tú? –preguntó ella más sorprendida todavía.

Pero él ya le estaba dedicando toda su atención a Rose.

–Hola… Soy el doctor Kennedy. Túmbese en la camilla y le echaré un vistazo mientras me cuenta qué le ha pasado.

Mientras él ayudaba a esa mujer a tumbarse en la camilla, Sarah lo miró anonadada. Le había dicho que era periodista y que trabajaba para el The Journal. No le había dicho nada de que fuera médico. ¿Lo habría hecho deliberadamente? Y si era así, ¿por qué?

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