Kitabı oku: «La mujer helada»

Yazı tipi:


LA MUJER HELADA


PRIMERA EDICIÓN octubre 2015

TÍTULO ORIGINAL La femme gelée

Publicado por

EDITORIAL CABARET VOLTAIRE S.L.

info@cabaretvoltaire.es www.cabaretvoltaire.es

©1981 Éditions Gallimard

©de la traducción, 2015 Lydia Vázquez Jiménez

©de esta edición, 2015 Editorial Cabaret Voltaire SL

IBIC: FA

ISBN-13: 978-84-190470-0-7

DEPÓSITO LEGAL: B-22089-2015

Producción del ePub: booqlab

Dirección y Diseño de la Colección MIGUEL LÁZARO GARCÍA JOSÉ MIGUEL POMARES VALDIVIA

Esta obra se benefició del P.A.P. GARCÍA LORCA,

programa de publicación del Institut français

y del Ministerio francés de Asuntos Exteriores y Europeos.

Fotografías Cubierta: Betty, 1977 ©Gerhard Richter Guarda: Annie Ernaux. Fotografía de Jacques Sassier ©Éditions Gallimard

Bajo las sanciones establecidas por las leyes, quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro -incluyendo las fotocopias y la difusión a través de Internet- y la distribución de ejemplares de esta edición mediante alquiler o préstamo públicos.

LA MUJER HELADA

A Philippe

Mujeres frágiles y vaporosas, hadas de manos suaves, pequeñas auras de sus casas a cuyo paso quedo surgen el orden y la belleza, mujeres sin voz, sumisas, por mucho que busque, no veo tantas así en el paisaje de mi infancia. Ni siquiera el modelo inferior, menos distinguido, más ordinario, las frotadoras de fregaderos limpios como la patena, las cocineras de retales, las que llegan a buscar al niño a la escuela un cuarto de hora antes del timbre, con todas las tareas de la casa ya finiquitadas; las bien organizadas hasta la muerte. Mis mujeres, las mías, vociferaban todas, tenían el cuerpo descuidado, demasiado pesado o demasiado plano, dedos rasposos, caras sin pintar o, al contrario, maquilladas como puertas, con gruesas manchas rojas en mejillas y labios. Su ciencia culinaria se reducía al conejo a la cazadora y el arroz con leche, más bien pegajoso, por cierto; no sospechaban que hubiera que limpiar el polvo a diario, habían trabajado, o seguían haciéndolo, en el campo, en la fábrica, en las tiendas abiertas de la mañana a la noche. Estaban las viejas, a las que íbamos a ver el domingo por la tarde, con los bizcochos de soletilla y la botella de aguardiente para el chorrito en el café. Mujeres negras y roídas por dentro, con las faldas que les huelen a mantequilla olvidada en la despensa, nada que ver con esas viejecitas empalagosas de los libros de lectura, de níveo moño, que agasajan a sus nietos contándoles cuentos de hadas, abuelitas, se les llama. Las mías, mis tías abuelas, mi yaya, no eran mujeres fáciles, no les gustaba que nos precipitáramos en su regazo, habían perdido la costumbre, justo un beso al llegar y otro de despedida; después del invariable «has medrado ¿no?» o «¿ya me aprendes algo en la escuela?», no tenían mucho más que decir; con mis padres hablaban en el dialecto de la región, a propósito de la carestía de la vida, de los alquileres, de los metros cuadrados útiles, de los vecinos y, de vez en cuando, me miraban entre risas. Está la tía Caroline, la de los domingos de estío, vamos a su casa en bici por caminos llenos de baches y cubiertos de barro al menor chaparrón; el quinto pino, con dos o tres granjas a ras del herbaje, en el llano. Corremos el pestillo sin convicción, nunca está en casa, la Caroline, habrá que ir a ver a la vecina, a preguntar. Por fin la encontrábamos colgando las cebollas en manojos o echando una mano en el parto de una vaca. Entraba en la casa, removía las ascuas de la cocina, partía unos palos para la lumbre, nos hacía la cena, huevos escalfados, pan y mantequilla, licor de angélica. La contemplábamos con admiración, «¡estás como un roble, Caroline! ¿No te aburres?». Ella se reía, replicaba, «¿qué quieres? ¡Si una le echa ganas, siempre hay tarea!». Miedo, a veces, así, de estar sola… Entonces se sorprendía, cerraba los ojos a medias, «¿qué coño me van a hacer, a mis años?». Escuchaba poco, me iba a la charca, recorría el muro ciego de la casa ribeteado por ortigas más altas que yo, daba la vuelta a los trozos de platos rotos, a las latas de conserva que la tía tiraba ahí, oxidadas, llenas de agua y bichos. La Caroline nos acompañaba un tramo, a pie junto a nuestras bicis, un kilómetro y pico, cuando hacía bueno. Luego la veíamos, minúscula, en medio de la colza. Sabía que esa mujer de ochenta años, envuelta en fajas y faldones hasta en plena canícula, no necesitaba de nuestra compasión ni nuestra protección. Y tampoco se parecía a las otras la tía Élise, tambaleante de tanta grasa pero viva; un poco sucia, la verdad, y yo que salía de debajo de la cama cubierta de pelusas pegadas al vestido como un encaje, o le daba vueltas y más vueltas a una cuchara toda pegajosa antes de decidirme a hundirla en la piel arrugada de la pera en almíbar. Y ella, mirándome sin entender, me decía «¿qué coño te pasa que no comes?», y en medio de una tremenda carcajada, apostillaba «¡lo que no mata, engorda!». Ni mi abuela, que vivía en una casucha entre la línea del ferrocarril y la maderera, en el barrio de la Gaieté. Cuando íbamos a verla estaba remendando, o cogiendo comida para los conejos, o lavando a mano; mi madre se ponía nerviosa «¡podrías descansar un poco, a tu edad!». Esos reproches horripilaban a mi abuela. Unos años antes, escalaba hasta las vías del tren agarrándose a las hierbas, para vender manzanas y sidra a los soldados americanos del desembarco. Rezongaba, luego traía el cazo del café hervido espumeante, y al final echaba el chorrito de aguardiente en la taza vacía, sobre el fondo de azúcar que se había quedado pegado. Todo el mundo lavaba la taza con el aguardiente, removiendo suavemente. Hablan. Una vez más, historias de vecinos, del casero que no quiere hacer obra, me aburro, ningún descubrimiento en ciernes en esta casa pequeña y sin terreno, sin nada que comer, o casi; la abuela sorbe con fruición el fondo de la taza. Me quedo mirando su cara de pómulos protuberantes, y veo la misma luz amarilla en su rostro que en el huevo de remendar los calcetines. A veces mea de pie, esparrancada bajo los faldones negros, al final de la huerta, cuando cree que está sola. Sin embargo, fue la primera mujer de la comarca que se sacó el bachillerato y habría podido hacerse maestra pero la bisabuela dijo ni hablar, es la mayor, la necesito en casa para que me ayude a criar a los otros cinco. Historia veinte veces contada, explicación de un destino no precisamente color de rosa. Corría como yo, sin pensar en nada, iba a la escuela, y de repente la desgracia se abatió sobre ella, cinco chavales a su cargo; se acabó. Lo que no conseguía entender yo es cómo había hecho ella otros seis, y sin ayudas sociales, no señora. No hacía falta que te lo explicaran dos veces para saber que los chavales, los criajos como decía todo el mundo a mi alrededor, eran una miseria, una catástrofe. Pero estaba esa maldita inercia, ese dejarse llevar por una especie de sentimiento de culpa, de conciencia de falta de inteligencia, cosas de pobres, vaya. Las familias numerosas en mi entorno se traducían en cohortes de niños con los mocos colgando, de mujeres con cochecitos de bebé y bolsas repletas de comida que las descoyuntaban totalmente, y en quejas continuas a fin de mes. La abuela había caído en esa trampa, pero tampoco había que tirarle la primera piedra, antes eso era lo normal, seis, diez hijos; es verdad que ahora las cosas habían evolucionado. Y mis tíos y mis tías habían sufrido tanto de la familia numerosa que ahora me veía rodeada de primos únicos. Yo también lo soy, única, y conversa, como llaman a una especie particular de hijos nacidos de un viejo deseo, de un cambio de opinión de padres que decidieron no tener descendencia. La primera y la última, eso era incuestionable. Así que estaba convencida de tener mucha suerte.

La excepción era la tía Solange, esa pobre Solange y su chiquillería, como dice mi madre. También vivía en el barrio de la Gaieté, adonde íbamos a menudo el domingo. Como un gran recreo sin prohibiciones ni territorio limitado. En verano, con los siete primos y primas y los amigos del barrio, berreábamos en los columpios fabricados con maderos abandonados junto a la fábrica; en invierno, jugábamos a tula en el único gran dormitorio abarrotado de camas. Un calor y una agitación donde me sumía con frenesí; casi me habría gustado vivir allí. Pero la tía Solange me daba miedo, con pinta de vieja, agitándose en la cocina sin parar como una peonza, con la boca retorcida de tantos tics. Durante meses nos hablará desde su cama porque, dice, la matriz le nada en la tripa. Y en esas ocasiones en que tiene los ojos fijos, abre la ventana, la cierra, cambia las sillas de sitio y estalla, grita que se irá con sus hijos, que siempre ha sido desgraciada, y mi tío, sentado tranquilamente a la mesa con el vaso en la mano, no contesta o replica, entre risas, «no tendrías adónde ir, burra». Y ella se va al patio, corriendo, «me voy a meter en la cisterna». Sus hijos la agarraban antes, o los vecinos. Nosotros nos largábamos, discretamente, a las primeras voces. Cuando me daba la vuelta, veía a la más pequeña llorando con la boca abierta y la cara pegada al cristal.

No sé si las demás tías eran felices, pero no tenían ese aire apagado ni se dejaban dar de hostias, como Solange. Violentas, con las mejillas y los labios enrojecidos, continuamente aceleradas, creo haberlas visto siempre trisando, deteniéndose apenas en la acera, con la bolsa de la compra pegada al cuerpo, y dándome un beso a la par que soltaban un sonoro, ¿cómo vas, moza? Sin aspavientos ni enternecimiento, nada de morritos culo de gallina ni de ojitos de cordero degollado para dirigirse a los niños. Mujeres tiesas, brutales, de enojos con estallidos de tacos, que en las sobremesas de las comidas familiares o en las comuniones lloran de risa con la servilleta en la cara. Mi tía Madeleine acababa incluso enseñando el borde plisado de sus bragas rosas. No recuerdo a una sola haciendo punto o complicándose la vida con las salsas; sacaban del aparador la fuente de fiambre y la pirámide de papel manila manchado de nata. El polvo, el orden, les daba exactamente igual, pedían disculpas, eso sí, para quedar bien, «no os fijéis en cómo está la casa, ¿eh?», decían. No eran mujeres de interior sino de exterior, acostumbradas a trabajar desde los doce años, como los hombres, y nada de fábricas de tejido bien doblado y limpio, sino cordajes y botes de conserva. Me gustaba escucharlas, les hacía preguntas, la sirena, la bata obligatoria, la contramaestre y reír todas juntas en la misma sala, estaba convencida de que también ellas iban a la escuela, pero sin los deberes ni los castigos. Al principio, antes de admirar a las profesoras, superiores y terribles, antes de saber que no es un oficio hermoso envasar pepinillos, me parecía bien hacer como ellas.

Más que mi abuela, que mis tías, imágenes episódicas, está la que les saca cien cabezas, la mujer blanca cuya voz resuena en mí, que me envuelve, mi madre. ¿Cómo, viviendo junto a ella, no iba a pensar yo que es glorioso ser mujer, e incluso que las mujeres son superiores a los hombres? Ella es la fuerza y la tempestad, pero también la belleza, la curiosidad de las cosas, figura de proa que me abre las puertas del futuro y me afirma que no hay que tener nunca miedo de nada ni nadie. Una luchadora contra todo, los proveedores y los malos pagadores de su tienda, la alcantarilla atascada de la calle y los peces gordos que querrían aplastarnos siempre. Arrastra en su estela a un hombre dulce y soñador, de tono tranquilo, a quien la menor contrariedad ensombrece durante días pero que sabe cantidad de historias, chistes y adivinanzas, oro parece plata no es, canciones que me enseña mientras trabaja en la huerta y yo recojo gusanos para echárselos a las gallinas: mi padre. No los separo en mi cabeza, sencillamente soy la muñequita blanca de ella, el renacuajo de él, la pequeñaja para ambos, y debo parecerme a ella, puesto que soy chica, y tendré pechos como ella, la permanente y unas medias.

Por la mañana, papá-se-va-a-trabajar, mamá-se-queda-en-casa, hace-las-tareas-domésticas, prepara-una-suculenta-comida, yo balbuceo, repito con los demás sin hacer preguntas. Todavía no siento vergüenza por no ser hija de gente normal.

Mi padre no se va por la mañana, ni por la tarde, nunca. Se queda en casa. Sirve en el bar y en la tienda, friega los platos, limpia la cocina, tira las mondas. Él y mi madre viven juntos en el mismo movimiento, esas idas y venidas de hombres por un lado, de mujeres y niños por el otro, que constituyen para mí el mundo. Los mismos conocimientos, las mismas preocupaciones, esa caja de caudales que vacía él cada noche mientras ella le mira cómo cuenta, diciendo, él o ella, «no hay gran cosa» u otras veces «no está mal». Mañana, uno de los dos irá a llevar el dinero a correos. No exactamente las mismas tareas, sí, hay un código, pero este no debía a la tradición más que el lavado de ropa y el planchado para mi madre, la huerta para mi padre. En cuanto al resto, parecía haberse establecido según los gustos y las capacidades de cada uno. Mi madre se ocupaba más bien de la tienda de ultramarinos y mi padre del bar. Por un lado los atropellos de mediodía, el tiempo medido al minuto, a las clientas no les gusta esperar, son gentes de no sentarse, de voluntades múltiples, una botella de cerveza, un paquete de horquillas, desconfiadas, a las que hay que tranquilizar constantemente, ya verá, esta marca es mucho mejor. Teatro, labia. Mi madre salía machacada pero resplandeciente, de su tienda. Por el otro lado, los tragos relajados, la tranquilidad de la silla, el tiempo sin reloj, de los hombres instalados ahí para pasarse horas. Inútil precipitarse, ni tratar de vender el producto, ni siquiera dar conversación, los clientes hablan por dos. Que ni pintado para mi padre, que es un lunático, o eso dice mi madre. Y además las personas del bar le dejan tiempo para un montón de tareas más. Música de platos y cazuelas mezclada con las canciones de la radio y los descubrimientos de la espabilada niña Nanette-Vitamine, ofrecidos por la marca de cacao Banania, voy a acabar de despertarme, bajar a la cocina y me encontraré con él, fregando los platos de la víspera. Me prepara el almuerzo. Me llevará a la escuela. Hará la comida. Por la tarde se dedicará a la carpintería o irá a ocuparse de la huerta, con la azada al hombro. Para mí no hay diferencia, es siempre el mismo hombre, lento, soñador, ya sea tallando bonitas cintas de monda de patata que forman volutas entre sus dedos, ya sea dándole la vuelta en el fuego a las salchichas ahumadas, que nos pican a los ojos, ya sea enseñándome a silbar mientras planta unos bulbos de puerro. Una presencia segura y serena a cualquier hora del día. Comparándolo con los obreros del entorno, los viajantes fuera de su casa todo el día, me parecía que mi padre estaba siempre de vacaciones, y a mí me venía al dedillo. Cuando se enfadaban mis amigas, o cuando el jueves hacía demasiado frío para jugar a la rayuela en el patio, echábamos juntos unas partidas de dominó o parchís en el bar. En primavera, le acompaño a la huerta, su pasión. Me enseña los nombres graciosos de las hortalizas, la cebolla amarilla Paja Virtudes y la lechuga rubia gorda y perezosa, estiro con él el cordel por encima de la tierra removida. Juntos picamos con ahínco fiambre, rábanos negros y le damos la vuelta al plato para degustar una manzana asada. El sábado le miro cuando acogota el conejo y después cómo le hace mear apretándole en la tripa aún blanda y lo despelleja con ese ruido de vieja tela que se rasga. Papá-pupa desazonado que se precipita sobre mi rodilla ensangrentada, que va a buscar las medicinas y se instalará durante horas a la cabecera de mi cama con la varicela, el sarampión, la tosferina para leerme Las cuatro hijas del doctor March o para jugar al ahorcado. Papá-niño, «eres más tonto que ella», dice ella. Siempre dispuesto a llevarme a las ferias, a ver películas de Fernandel, a fabricarme un par de zancos y a iniciarme en la jerga de la preguerra, pepinoderistal y otros palabros pastosos por el estilo que me encantan. Papá indispensable para llevarme a la escuela y esperarme a mediodía y por la tarde, con la bici en la mano, apartado del tropel de madres, con las perneras del pantalón recogidas por unas pinzas de hierro. Agobiado al menor retraso. Después, cuando sea lo bastante mayor como para ir sola por la calle, estará siempre acechando mi vuelta a casa. Un padre ya mayor maravillado de tener una hija. Luz amarilla fija de los recuerdos, cruza el patio, con la cabeza gacha por el sol, y una cesta en el brazo. Tengo cuatro años, me enseña a ponerme el abrigo agarrando las mangas del jersey con los puños para que no se apelotonen en la parte superior del brazo. Únicamente imágenes de dulzura y atenciones. Cabezas de familia sin tacha, grandes oradores domésticos, héroes de la guerra o del trabajo, os ignoro, yo he sido la hija de ese hombre.

Edipo me la suda. A ella también la adoraba.

Ella, esa voz profunda que oía yo nacer de su garganta. Las noches de fiesta cuando me quedaba dormida en sus rodillas, esa corriente de aire, esos portazos, todo vibra junto a ella, estalla incluso, día magnífico e impresionante en que un cenicero vuela por la ventana y queda pulverizado en la acera ante el repartidor boquiabierto que ha cometido el error de olvidarse de no sé qué artículo. Efecto de uno de esos sencillos enojos suyos, de los que estimulan, proclamando que ese oficio la tiene hasta la coronilla y más arriba, la paz que viene luego, el frasco de caramelos de amapola que dejan la lengua escarlata, la gran caja de galletas a granel en la que metíamos las dos la mano para consolarnos de su carácter. Sé, sabemos que grita por salud, por placer y que en realidad nunca se hartará de ser dueña, aunque sea de una tienda, pero dueña. En esos momentos en que se deja llevar, dice que a fin de cuentas ha jugado bien sus cartas. La tienda le ocupa las tres cuartas partes de su tiempo. Ella es quien recibe a los representantes, verifica las facturas y calcula los impuestos. Jornadas de sombríos murmullos, se instala ante los papeles, desgrana las sumas a media voz y le da la vuelta a las facturas mojándose el dedo, sobre todo que no la moleste nadie. Día excepcional de silencio ya que los otros, el ruido y la vida burbujean a su alrededor. Choques de botellas, repiqueteo de los platillos de la balanza, historias de enfermedades y muertos, único momento tranquilo, el de la cuenta garabateada en el lomo del camembert o del kilo de azúcar, de nuevo historias de chicas que festejan, de empleo y de climaterio. El primer eco del mundo me llegó por mi madre. Nunca he conocido esos interiores silenciosos con justo el tacatac de la máquina de coser, los ruidos discretos de las madres que hacen que el orden y el vacío nazcan de sus manos. Con unas chavalas de la clase, íbamos a llamar a las casas bien, Rue de la République o Avenue Clemenceau, con las pegatinas de los tuberculosos en la mano. Espera larga, no oíamos nada, se acababa abriendo la puerta, justo una rendija, mujeres asustadizas que permanecían agazapadas en el vestíbulo con olores a rancho tras ellas, mujeres de sombras, opresivas, que volvían a encerrarse a toda prisa, descontentas porque las habían molestado. Mi madre, ella, es el centro de una red ilimitada de mujeres que cuentan sus existencias, pero solo por la tarde, al pasar a recoger la compra, de niños que vienen tres veces a la hora por dos ratones de chocolate y un malabar, de viejos muy lentos en recuperar los cambios o recoger la bolsa que se les ha caído al suelo mientras se apoyan en el mostrador. No me imaginaba que ella pudiera servir para otra cosa.

Mamá limpia la casa a conciencia. Quita el polvo, m delante de p en limpiar, con un plumero. Qué limpieza, qué plumero, en mi casa el sábado se produce un auténtico cataclismo con olor a lejía, hasta las sillas del bar subidas a las mesas. Mi madre, con el pelo tapándole los ojos y los pies anegados, me grita que no dé un paso más. Y a eso de Semana Santa llega la insulsa fragancia calcárea a paredes enérgicamente enjabonadas, a mantas apiladas en un rincón, a muebles corridos, amontonados en inestables pirámides, y ella a gatas, frotando el parqué con un estropajo metálico, le veía yo las ligas rosas, y después, durante días, las sillas se pegaban al culo. Todo ese zafarrancho parece matarla tanto como a nosotros, a mi padre y a mí, espantados por ese derroche de agua y encausto. Me consuelo introduciéndome en el túnel de los colchones enrollados. Y sobre todo con que se acabó hasta dentro de un año. El resto del tiempo, limpieza de a poquitos, una sábana que planchar, llaman, una clienta, ni siquiera es seguro que al final del día la sábana, y lo demás, no siga estorbando en la mesa de la cocina. A las cinco de la tarde exclamará «¡me quedan cinco minutos, voy a poner la colcha!». La cama sin hacer, única obsesión que le conozco, junto con la lavadora de los martes, día flojo en el comercio. Horrible ceremonia preparada desde la víspera con el agua cargada desde la bomba exterior hasta los cubos donde los colores quedan a remojo toda la noche. Al día siguiente, desaseada, fea de sudor, deambula en medio del vapor de la lavandería, diabólica, y nadie tiene derecho a ir a verla. Reaparece a mediodía, aureolada por un olor dulzón a ropa lavada, muda, el odio personificado a vaya usted a saber qué. Pero el polvo para ella no existía, o por lo menos era algo natural, nada molesto. Para mí también, un velo seco que cubre el sofá, que hace encaje cuando levanto los libros, que baila en los rayos de sol y se quita de un jarrón o un cuaderno con la manga de la bata. Entre doce y catorce años, voy a descubrir con estupefacción que ese polvo que antes ni siquiera veía es sucio y feo. Esa serpiente de Brigitte, señalando la parte inferior de la pared: «¡Oye!, ¿hace tiempo que nadie ha pasado por aquí, no?», me ha enseñado el minúsculo reborde del zócalo, todo gris en efecto, pero bueno, ahora resulta que hay que limpiar eso también, yo que siempre había creído que era la suciedad normal, como el rastro de los dedos en las puertas o el amarillo de encima de la cocina. Vagamente humillada al constatar que mi madre faltaba a uno de sus deberes, ya que, según parecía, sí era un deber suyo. Más adelante aún, atónita al enterarme de que también había que limpiar los quemadores de gas, la parte inferior de los lavabos y la trasera de los frigoríficos y las cocinas que nunca se ven, supe de la existencia de un montón de trucos en Femme pratique, Bonnes soirées, para que todo esté más brillante, más blanco, para que todo el interior de una casa acabe siendo una trampa de cómo conservar las cosas. Además, te empujan a creer que lo harás muy deprisa, en un abrir y cerrar de ojos. El abrir y cerrar de ojos lo he conocido con mi madre, pasando de la sopa a la carne en el mismo plato para ahorrar vajilla, diciendo que a ese jersey le va bien la suciedad y no hay por qué cambiarlo, para ella consistía en dejar todas las cosas en paz, con su polvo y su desgaste.

No perdía el tiempo, según decía, en tejer prendas de punto interminables. A veces, los domingos de invierno, como un remordimiento, intenta ponerse, y contamos las dos los puntos de malla de una bufanda que nunca superará los veinte centímetros. Cocinar es cosa de él, excepto el sempiterno entremés franco-ruso de los jueves y las crepes o los buñuelos de los domingos. Huele a fiesta de arriba abajo, y a menudo al principio de la primavera, puesto que coincide con el martes de carnaval o con el jueves de la tercera semana de Cuaresma. Las crepes saltan una tras otra la tarde entera, y ella las va ofreciendo a los clientes más fieles del bar, yo tengo las manos perladas de azúcar y el estómago revuelto, esa noche no cenaremos. O el plum-cake de sobre para mujeres con prisas, «aparta los cuadernos de la mesa, no vayamos a ensuciarlos» y en un santiamén esos acantilados de harina derrumbándose sobre la mar amarilla de los huevos, y el permiso de mojar el dedo en la mezcla. Me deja la mitad de las pasas, y ambas nos relamemos apurando el fondo cremoso de la ensaladera. Durante quince días no cascará un huevo. En cocina y en limpieza, para ella solo contaba lo excepcional, lo de cuando me apetezca, las ganas de suelos que encerar o de paredes que baldear, de tartas para agradar.

Así que tenía tiempo, a pesar de las facturas, las señoras a las que atender, los artículos que desembalar, de levantarse a las cinco de la mañana los primeros días de buen tiempo para escardar los rosales y las «campanas de coral» y frotarme las mejillas cuando me despertaba con la escarcha de mayo, «te sube la color». A menudo, en cualquier sitio, a cualquier hora, sumirse en la lectura. Por eso la considero superior a él que solo hojea el periódico después de cenar con la finalidad concreta de enterarse de las noticias regionales. Le envidio ese rostro extraño, cerrado, tan lejos de mí, de nosotros, ese silencio en el que ella se sume, su cuerpo repentinamente pesado debido a una inmovilidad absoluta. Por la tarde, por la noche, los domingos, saca un diario, un libro de la biblioteca municipal, un libro comprado, a veces. Mi padre grita «¡te estoy hablando, no te cansas de tanta novela!», ella se defiende «¡déjame acabar la historia!». Estoy deseando aprender a leer, deseando entender esas largas historias sin imágenes que le apasionan. Llega un día en que las palabras de sus libros pierden la pesadez balbuceante. Y se produce el milagro, ya no leo palabras, estoy en América, tengo dieciocho años, criados negros y me llamo Scarlett, las frases se echan a correr hacia un final que me gustaría retrasar. Se llama Lo que el viento se llevó. Ella exclamaba a las clientas «¿se dan cuenta de que solo tiene nueve años y medio?», y a mí me decía «¿está bien, a que sí?». Yo contestaba «sí». Nada más. Nunca supo explicarse muy bien. Pero nos entendíamos. A partir de aquel momento hubo entre nosotras esas existencias imaginarias que mi padre ignora o desprecia según los días «perder el tiempo con esas mentiras, hay que fastidiarse». Ella le replicaba que era pura envidia. Le presto mi «Bibliothèque verte», Jane Eyre y Poquita cosa, ella me pasa la revista La Veillée des chaumières y le robo del armario los libros que me prohíbe, Una vida o Los dioses tienen sed. Contemplábamos juntas el escaparate de la librería de la Place des Belges, de vez en cuando me proponía «¿quieres que te compre uno?». Igual que en la pastelería, delante de los merengues y el nougat, el mismo apetito, la misma impresión de que no era muy razonable. «Di, ¿te gustaría?» Forzosamente el librero nos aconsejaba, escogía, la única diferencia con los pasteles, aparte de Delly y Daphne du Maurier, era que la pobre no conocía nada. Olía a seco, un polvo fino, agradable. «Déselo a mi hija», decía ella antes de pagar. Me prometía para más adelante un libro bellísimo, Las uvas de la ira y no sabía o no quería contarme lo que había dentro, «cuando seas mayor». Era magnífico tener una bella historia que me esperaba, hacia los quince años, como la regla, como el amor. Entre todas las razones que tenía para querer crecer estaba la de tener derecho a leer todos los libros. Bovaries de barrio, señoras cegadas por sueños estúpidos, todas las mujeres tienen el cerebro novelesco, está más que probado, pero qué les pasa a todos ellos, esa saña, hasta mi padre, y él, cuando me vea por la noche sentada sin hacer nada, «¿qué haces, pensando en las musarañas?». Los exámenes por corregir, el niño por acostar, apenas cinco minutos para leer antes de irme a la cama. Cómo seguir soñando. Es verdad que me daba vergüenza, creía que era dejadez porque no estaba «activa». No, mi madre no confundía su tienda y las costas de California, el novelón escondido bajo la ropa de la plancha no le impedía calcular porcentajes. Sé que dentro de un rato habrá que acechar a esas jovencitas dulces y educadas de La vida en flor, las Brigitte en veinte volúmenes, continuará, todas esclavas o reinas cuya historia empieza a los dieciocho años y acaba con el matrimonio a los veinte, incluso en el caso de mi indefendible Scarlett con su batería de vestidos y enamorados. Y, en el otro extremo, esos pesados testimonios, vividos, en gruesos caracteres, de Confidencias, mujeres casadas desdichadas, muchachas seducidas y abandonadas, la extensa cadena de un desastre femenino, fatal, que me fascina tremendamente a eso de los diez años. Lecturas para mujeres, quizá a causa de ellas, de esa idea rara de vida exitosa o acabada a los veinte años, yo no me note nada cómoda en la terraza del Montaigne y similares. No. Creo en la forma que tiene la gente de mirarte, más fuerte que todos los libros, y la odio, esa injuria masculina «te haces una novela de todo, tienes demasiada imaginación hija mía», pretexto para esconder todas las malas pasadas, las citas fallidas, «qué va, tú estás loca, es que tienes demasiada imaginación». No puedo desearme una madre que no pusiera esa cara de placer con los periódicos y los libros, a la que no le hubiera dado esa pequeña chifladura semanal encerrándose lejos de las conservas y las clientas a crédito, de toda esa comida empaquetada, fría, y hubiera pensado que leer era perder el tiempo. Me decía, con los ojos brillantes, «está bien tener imaginación», prefería verme leer, hablar sola mientras jugaba, escribir historias en mis cuadernos de clase, antes que ordenar mi cuarto o bordar interminablemente un tapete. Y recuerdo esas lecturas que ella favoreció como una apertura al mundo.

Demasiado pequeña para identificarme con heroínas de dieciocho años, me invento con ellas un parentesco, una vecindad, para deslizarme tras sus pasos por los castillos, las campiñas remotas, los países amarillos de calor y sigo siendo yo, personaje del que me siento muy satisfecha. Los libros, viaje e iniciación al juego. El secreto de Kou-Kou-Noor de Delly y el dormitorio de mis padres se convierte en tocador chino gracias a las mantas y la colcha plegadas sobre las sillas y la ventana, a las almohadas desparramadas por el linóleo, convertidas en «voluptuosos» cojines. Hay mar gruesa, mi corbeta va a naufragar, la silla en equilibrio sobre la cama se inclina peligrosamente, soy Pedro el pequeño emigrante. Mi madre entra, mira la cama devastada, su vestido de los domingos me arrastra por los talones, se ríe «¿estás jugando? muy bien, sigue, juega, anda».

Leer, jugar, soñar, pero también, cada domingo, a veces los jueves, salir a descubrir las calles y los paisajes alrededor de la ciudad. Sin olvidar a la gente, como si no viéramos desfilar la suficiente por nuestra casa, toda suerte de desgraciados, fracasados, viejos, enfermos que no curarán nunca, los que se han pillado una pierna en una máquina, los que se habían resbalado con la bicicleta un día de cogorza. Que la infancia deba estar protegida, mantenida dentro de una burbuja, ojo con los microbios en suspensión, y cuidado con su almita sensible, eso es algo que ella desconocía. Me llevaba a todas partes, a casa de la tía Alice que no se siente las piernas envueltas en una manta y eso que un curandero le ha predicho que va a mejorar, me pregunto si cuando hace pis lo nota. A casa del tío Merle, de una única habitación, con una cama de sábanas terrosas y gatos alrededor de un plato lleno de bazofia. A ver a las paridas del barrio, que esconden misteriosos estragos. Estaba bien ir a esas casas desconocidas, siempre había cosas curiosas que ver, grabados de Lourdes ovalados, estrafalarios, en madera pintada, un cucú, unas muñecas ganadas en la feria, colecciones de animales que salen en los paquetes de café. Muchos olores también. No he tenido necesidad de aprender en un dictado que «cada casa tiene su olor», las otras chicas se alborotaban, cómo, qué, entonces atufan, no entendían nada. Nos quedábamos mucho tiempo, demasiado para lo inquieta que era yo, caía la noche y me preguntaba por qué no encendían la luz, las cabezas brillaban. Fuera, mi madre me estrechaba la mano, «¡está más oscuro que el culo de un negro!», yo me echaba a reír, no nos veíamos la punta de los pies por esos caminos sin farolas. El hospicio también estaba muy bien, con la capilla y la gran escalinata como en un castillo. Lo mejor será una roulotte sola, lejos, al final de la ciudad, cerca de un puente donde no pasaba nada, ni carretera ni ferrocarril. Mi madre tiende la mano a una vieja, mucho tiempo, y luego juegan a las cartas. Todo se explica en el trayecto de vuelta, se llama la buenaventura, qué sueño.

Viene rara vez con nosotras, él, el-que-no-sale, que arrastra los pies sin mirar a su alrededor porque le horroriza andar para nada. Y es que a menudo salíamos para nada, justo a ver, respirar, decir cosas, según me venían a la cabeza, con siete años, cogidas del brazo. Al bosque, por lirios. A las calles, calles sin nombre, calles-enigma de la Escuela sin escuela, del Infierno, calles de barrios periféricos llenas de niños que dejan de jugar para mirarnos, calles de ciudades encantadas con seres invisibles detrás de visillos de encaje. Siempre al acecho de lo extraño y lo nuevo, demoliciones con habitaciones a cielo abierto, anuncios pintados en los muros, ojos de buey de las casas de los ricos. Calles de escaparates de navidad, con hambre profunda, hace frío, hambre paseada por delante de belenes y abetos, saciada al fin por ese pastel en forma de monja con sus volutas y su delicada bóveda. Había días excepcionales, de descubrimiento absoluto: el viaje a Rouen. Entrábamos por la mañana en los palacios perfumados, Printemps y Monoprix, por la tarde en las iglesias negras por dentro y verdes por fuera. Cerca de la catedral, nos paramos delante de una librería que vende libros sobre el diablo y las mesas giratorias, ando por el adoquinado pringoso con la primera sensación de no ser yo. Ella dice «levanta la cabeza», una gárgola estira el cuello. Y de repente estamos delante de la escalera de la torre de Juana de Arco, en un sótano del museo Beauvoisine, únicas visitantes de momias anodinas, en criptas que contemplar, pasmadas de puro respeto pero estimuladas por las ganas de reír, filas enteras de tumbas de gente de la que nunca hemos oído hablar. Y ahí estamos en un restaurante forzadas a elegir platos desconocidos, mi primera vieira, la espera ansiosa, y si no me gustara y si tuviera que dejarla, luego la isla vacilante que explorar con la cuchara y la lengua, el miedo después, tendremos bastante dinero para pagar todo esto, pero ella saca los billetes tranquilamente, no te preocupes, hoy somos ricas. Mi padre cabecea sin decir nada cuando le cuento las hazañas en la gran ciudad. ¿Qué la empuja fuera, a asomar la nariz, a ver exposiciones, barrios medievales, por qué no juega a las asistentas sociales benévolas, visitadora de dislocados y marginados, acaso no debe quedarse una mujer tranquila junto a su marido y sus hijos?, como si pudiera yo plantearme esas cuestiones, estaba convencida de que ella era perfecta. Gracias a ella sabía yo que el mundo estaba hecho para sumergirse en él y disfrutar, que nada podía impedírnoslo.

Grandville Road, Kenver Avenue, mejoro mi nivel de inglés, mal, pero recorro millas, por las afueras de Londres, Highgate, Golders Green, bebo sola Bovril en los milk bars, tengo veinte años, paseante deslumbrada por el extrañamiento, y más, via Tullio, jardines de la Villa Borghese, pero enseguida esos que se te acercan groseros y hay que apartar, rompedores de sueños, obstaculizadores de paso con sus Fräulein, Mademoiselle, ah Mademoiselle oh! la la! french, franchesa, pero las rutas siguen abriéndose libremente. Como las de después de los exámenes, ríos sin rostros donde hago derroche de un delicioso sentimiento de absurdidad. Y luego vinieron esos parques ordenados de los suburbios, por donde deambulo para evitar la primera disputa entre nosotros dos, ya no busco descubrir nada, solo huyo. La huida irrisoria de unas horas, un aparentar que me voy lejos que acabará devolviéndome al establo. Más adelante no voy a tener siquiera la posibilidad de tomar el aire inesperadamente, con el niño en la cuna, qué vergüenza, y aún más adelante, me veré privada de la idea misma de huir, total no sirve para nada, y lloraré entre cazuelas. Un potro domado.

No, mis años de niña no han sido solo una conquista, recordar los cachetes de ella por el vestido roto, mis mentiras, que se muera, me ahogaba la rabia, el aburrimiento cuando se cansa la imaginación, si tuviera una hermana, la desolación de las tardes en las que el cliente, esa especie cambiante y retorcida que hay que vigilar con frecuencia, no se ha asomado mucho por la puerta. Todos los miedos a morir. Pero busco mi recorrido de niña y de mujer y sé que al menos una sombra no ha planeado sobre mi infancia, la idea de que las niñas son seres dulces y débiles, inferiores a los niños. Que hay diferencias en los roles. Durante mucho tiempo no conozco más orden mundial que ese en el que mi padre cocina y me canta Une poule sur son mur, «Una gallina en un muro que picotea pan duro. Picotí, picotá…», ese en el que mi madre me lleva al restaurante y hace la contabilidad. Ni virilidad, ni feminidad, conoceré esas palabras más tarde, solo las palabras, aún no sé muy bien lo que representan, aunque hayan intentado persuadirme de que tener algo en los pantalones o no, importante matiz, me río, pero no, ahora en serio, sí lo he pasado mal sobre todo por haber sido educada de manera tan anormal, sin respeto a las diferencias.

Confesarlo, más bien contenta de ser chica. A causa de mi madre, por supuesto. Y luego, a mi alrededor, en el bar, desfila el universo de los hombres. Las cuatro quintas partes beben demasiado, parlotean, revientan en trabajos sucios y duros, en la obra. Gesticuladores, chillones, mudos en ayunas, asesinos de todo, demoledores de patronos solo cuando están borrachos, su conversación es pura locura. Los malos zurran a sus mujeres, los buenos les entregan la paga y ellas, agradecidas, les dejan el domingo libre para que vayan a dárselas de jóvenes al bar o al fútbol. Las mujeres son para mí algo mucho más serio, lo compruebo en la tienda, se ocupan de la comida, del hilo de zurcir, del lápiz y el metro para la vuelta a clase, nada de excentricidades, una lata de cangrejo, se lo piensan muy mucho. «¡Si te escudriñan cada estante!», suelta mi madre, «¡tranquilas!». Ellas son las que controlan el gasto, un paquete de galletas de los grandes, que se saca más provecho. Responsables. Al menos las que llevan las riendas de la casa. Oída mil veces esa frase que quería decir tantas cosas, no tirar el dinero por la ventana, mandar a la tienda a los niños bien aseados por lo menos el domingo pero también gobernar a su hombre, impedir que se beba la paga, que cambie de vida por un quítame allá esas pajas. Oscuramente siento también que casi todas las desgracias de las mujeres vienen por los hombres. No me lo pienso, mi modelo de mujer es mi madre y desde luego ella no es víctima para nada.

Ser una niña significaba ante todo ser yo, siempre tan alta para su edad, fuertota menos mal a pesar de esa carita pálida, tripita, sin cintura hasta los doce años. La falda no le aguantará sin tirantes, asegura la modista, o un cinturón bien apretado. «Tirantes, que vaya cómoda.» Solo ropa para ir cómoda, que incluso tiene la ventaja de que dura más. La coquetería, las marrullerías, las sonrisas picaronas, las lágrimas para enternecer, cosas que desconozco por completo. Mi madre juzga con dureza a las «liantas», llama cuento chino al llanto, «así mearás menos esta noche».

Una niña que busca el máximo placer y la máxima dicha sin preocuparse por el efecto que produce en los demás. Quedarse hasta tarde en la cama jueves y domingos hasta sentir un vago mareo a fuerza de hundirse en las sábanas, mirarse pasar desnuda delante del espejo, leer comiendo tostadas con compota de manzana caliente al volver de clase a mediodía sin esperar a la comida, montar en bici sin parar por el patio entre los arriates de ásteres y las cajas vacías. Mi bici, maravilloso instrumento de ensueño. Aérea en el sillín, mecida por las suaves sacudidas entre la tierra movediza y el cielo inmóvil, devano mis historias exóticas al ritmo de mis piernas. Jugar en verano con las primas o las vecinas del barrio a esos juegos iniciados febrilmente en medio de gritos de alegría, interrumpidos por la pitanza almorzada a horcajadas, en el bastidor del columpio, que degeneran en enfados, peleas o lo que en confesión habrá que denominar prudentemente feas conversaciones esperando que la voz tras la rejilla no pida detalles. Jugar al bautizo, a la boda, donde los preparativos exigen que empleemos todas nuestras energías, qué pretendíamos hacer, se acabó el interés, a la calle en busca de nuevas aventuras. La más excitante era la de robar melocotones y peras, tropezarnos con chicos a los que tratar con desenfado pero siempre de lejos, gordinflones, cegatos y tontos de remate, vistos lo justo y a la menor persecución gritar: «¡Mamá, nos están molestando!». «¡No haber empezado!», replica ella. Ritual de la cuerda lisa, que se enrolla alrededor de la pierna derecha con el pie izquierdo por encima del derecho, el vestido se remanga todo, el cuerpo se tensa, me agarro a la anilla del bastidor, antes de soltarme y salir rodando, la cuerda como un latigazo de fuego por todas partes, de los tobillos a los muslos. Me escupo en las manos antes de volver a subirme para tirarme otra vez. Juegos tranquilos, relajados, de esos nunca. En compañía, hablo a gritos y desaforada, como para compensar mi murmullo solitario de hija única. De la reserva natural de las niñas, de su comportamiento modesto y sus supuestos aspavientos, no veo ni rastro en mí ni en mis compañeras de juegos. A las monas, que juegan a cocinitas y cogen florecitas, las llamamos las chulitas y las remilgadas. Placer de la exuberancia que la escuela, con su silencio en las filas, sus diversiones decentes, no amortigua mucho. Chillar, esconderse en sitios donde nadie nos encontrará, y qué más da el vestido, atreverse, la gran palabra, a que no te atreves, a llamar a casa de la tía Lefebvre, a decir eso delante de todos, a alzar la voz, a robar melocotones. No sabía que en otro lenguaje esa alegría de vivir se llamaba brutalidad, mala educación. Que la buena, para las niñas, consiste en no hablar a voces como una verdulera, decir jolín o miércoles, no vagabundear por la calle. El bar de clientela obrera, las generaciones de campesinas antes que yo, no es buen germen para producir niñitas moldeadas a lo condesa de Ségur.

Nada fácil mi recorrido. Mi madre me regalaba un montón de muñecas, sí. Con algo de conmiseración, como una concesión a la debilidad de mi edad, pero sin protestar porque las reclamo yo. Pero eso sí, prohibido salir a la calle con el carrito y el pepón dentro, atributos ridículos. Las «druinas», muñecas en nuestro dialecto, no salen de casa. Recuerdo vago de pelo siempre rizado, ojos fijos y labios nunca lo bastante abiertos como para hacerles tragar un cacho de merienda, se suceden unas tras otras, perdidas, rotas y obstinadamente renovadas. Por el orgullo de enseñárselas a las amigas, el lindo vestidito, las pañoletas de punto, ¡y llora! Una vez agotada la admiración, la acuesto de nuevo en la cuna, y nos pondremos a jugar a la comba. Estaba convencida de que un día se produciría el milagro, y que a esa, la querría, le tejería la ropita, no la abandonaría en el patio. Exultación, dudas en la búsqueda de un nombre, preparación minuciosa del bautismo. Después ya no puede hacerse mucho más con ella. Qué quiere decir exactamente querer a la pepona, coserle vestidos y gorritos, pero no soy una experta, y mi madre me manda a freír espárragos cada vez que le pido que me eche una mano. Esa figura fría toda tapadita en su carrito alsaciano me pone melancólica. Inerte, y yo tan viva, con una brisa suave y casi primaveral en los brazos desnudos por primera vez desde el invierno, y el gusto a crepes de mediados de cuaresma en los dedos, la miro, no sé imaginarme nada con ella. Niña solitaria ante una muñeca. Espero de ella el amor recíproco, el sueño. Su cuerpo es duro, su sonrisa roja. Beso idiota. El único medio de darle un poco de vida es atormentarla, hacerle sufrir esas metamorfosis que acaban mal. Siempre empiezan por el pelo, trenzas, rulos, lavado. Corte. Espiral fatídica. A causa de esa cabeza en desgracia, pobre niñita pelona, me creo todo permitido, posturas ridículas, faldas remangadas. La hago girar cogida de un brazo retorciendo la goma que le cruza el busto por dentro. Manca en un abrir y cerrar de ojos. Entonces puedo cometer el último sacrilegio, extirparle de la tripa esa especie de salero que sigue berreando mamá cada vez que le doy la vuelta. Con los muñecos bañistas, era distinto. Se parecen demasiado a un bebé, las torturas se volvían claramente criminales. Pero ellos también desviados de su función, atreverse a decir a qué simulacro sirvió una tarde de verano, qué compañero de talla reducida había representado, ese pepón que yo había llamado Michel.

No tenía juegos preferidos, me gustaba la comba, la rayuela; el frontón y la sortija de oro deslizada de manos juntas a manos juntas, decepción de no ser la preferida o dulzura por serlo y sentir el anillo escurrirse entre mis palmas como prueba secreta de amistad. La bici con los pies en el manillar. El balón prisionero. Hacer castillos con las fichas de dominó. Subirse a los árboles. El domingo a veces, en el barrio de la Gaieté, me confundo con los primos y los chavales de la calle y no entiendo: los chicos nos dejan de lado, a las chicas. Se pegan entre ellos, se tiran a los montones de virutas en el patio de la fábrica y nosotras a mirarlos. Entonces les ataco, les hago cosquillas, les muerdo, pero nunca se deciden a jugar de verdad. Qué grité ese día, puede que uno de esos tacos suyos que les devuelvo por provocación. En la imaginería de la memoria, dos muchachos de catorce años, de los mayores, se vuelven hacia mí. Uno de ellos le suelta al otro CÓMO VA A ACABAR ESTA. Con entonación de desprecio. De amenaza. Imagino qué quiere decir, lo sé por andar siempre escuchando las conversaciones de los hombres. Ahora qué contestar. Qué relación hasta entonces insospechable entre amar y pegarse, decir tacos como ellos, y convertirse en una puta. Me estoy viendo, herida, y lo peor era no entender, ni siquiera tenía ganas de abalanzarme sobre él y zurrarle.

¿Cómo acabaría? Siendo alguien. A la fuerza. Mi madre me lo dice. Y eso empieza por sacar buenas notas. El sábado me cuenta los cincos en el cuaderno de dictados y en el de cálculo, pero no dice nada ante el inevitable dos en costura y el aprobado pelado en conducta. Cejijunta a la menor variante a la baja, y que no me encuentre mi padre excusas a su hija, acaso no tengo todo el tiempo necesario para aprenderme las tablas y hacer los ejercicios de conjugación. Nunca me molestan cuando hago los deberes, tampoco cuando juego, para pedirme que ponga la mesa o friegue los platos. «Solo tienes que pensar en tu personita», dicen. Oh la grandeza del don, la belleza de las hermanas mayores sacrificadas, el encanto de las niñitas serviciales que ofrecen las galletitas saladas durante el aperitivo. Eso en casa no vale, se desprecia incluso. Y la fascinación de la niña por creerse útil, a la que le basta ordenar su cuarto y recoger la mesa para sentirse querida, es algo que también desconozco. Responsable únicamente de mí y de mi futuro. Confusamente terrible, en raras ocasiones: sería tan fácil agradar pelando la verdura, siendo cariñosa con todo el mundo, aplicándome en la escuela. En muy raras ocasiones. El cielo gris pesado de septiembre, las voces masculinas tumultuosas a lo lejos, en el bar, los ásteres zumbando de tantas abejas, enseguida la vuelta a clase. El futuro. Tengo entre siete y diez años, sé que estoy en este mundo para hacer algo. Ningún hermano me obstruye el horizonte con su destino prioritario.

Ahora sé que la actitud de mi madre era también un cálculo. No porque no perteneciera a la burguesía hay que perdonarle todo. Quería una hija que no emprendiera como ella el camino a la fábrica, que dijera mierda a todo el mundo, que tuviera vía libre, y la instrucción era para ella esa mierda y esa libertad. Entonces no exigir nada de mí que pudiera impedirme triunfar, nada de esos pequeños servicios domésticos donde se agota la energía. Lo que cuenta es que ese éxito no se me haya vetado por ser chica. Acabar siendo alguien no tenía sexo para mis padres.

Tampoco pasaba por el velo de novia. Paciente y regularmente, enseguida, se me convence de que el matrimonio no es sino una peripecia en función de los estudios y el oficio, como para los chicos. En nuestros paseos, mi madre me contaba un montón de ejemplos a no seguir, la pequeña Fulanita de Tal, y eso que era muy inteligente, no acabó el bachillerato porque se echó novio, a otra se le había llenado la cabeza de pajaritos con su boda, y se había quedado con las ganas. La ciudad, según ella, rebosa de pardillas que se han equivocado en la vida, así que tendré que andar con cuidado. Sobre todo que en el barrio no abundan los buenos ejemplos. La señorita Dubuc, imagen de una joven encorvada por el peso de una enorme cartera al bajar del tren de Rouen, estudia medicina. La señorita Jay, profesora interina de inglés, que compra a diario la leche y algún artículo más en nuestra tienda. No son tantas, la verdad, pero son «señoritas», no las Menganas o la pequeña Fulanita de Tal. «Ante todo, armarse bien para la vida.» Ingenuidad de mi madre, creía que el saber y un buen oficio me protegerían de y contra todo, incluido el poder de los hombres.

Hay que decir que ha habido una laguna en su manual de instrucciones de la vida. Niña educada sin trabas, con una idea gloriosa de sí misma, pues no exactamente. Me las arreglo sola con esa cosa, más caliente y más viva que las piernas o el vientre, lo que ella denomina la calderilla y que yo imaginaba como una caldera pequeña, ahí abajo, maculada. Sucia, de esconder. «¡Has acabado de pasearte en pelotas, que se te ve todo!» Venga, a lavarte, con rostro severo. Avanzar sola en la oscuridad entre el miedo y más adelante la vergüenza y la necesidad de ir hacia lo que me produce placer. Saber también, saber, estar al acecho de todas las frases curiosas de los mayores. Pienso aún con repugnancia en mi cuerpo de niña, en mis sueños y mis conversaciones con otros niños. Saltarme por completo esa época desde la adolescencia. Quince años, la idea tenaz de ofrecer a un chico la completa inocencia, corazón, alma, piel, y él, como un dios, entrará en mí como en una casa vacía. Olvidar las tientas, los juegos infantiles y creer que el placer empieza con él. En realidad, la primera vez fue en un sueño, antes de los cinco años. La iglesia a la que a veces me llevan cuando hay bonitas procesiones es sombría, inmensa, y estoy sola. Tengo ganas de hacer pis bien, que me haga cosquillas, suavemente. Me agacho cerca del gran púlpito encerado, con tantas ganas que siento cómo me quema sin que salga nada. Entonces veo al cura que me está mirando, con sus dos vestidos, el negro y el blanco, todo de encaje. Tengo unas ganas terribles. Cae la noche. Quiero barrer la vergüenza, hablar en términos de victoria de descubrimiento, admirar mis prodigios de disimulo frente a los adultos, mi tenacidad a la hora de resistir al ideal de la niñita angelical, a la inquisición del abate, no el del púlpito, el del aliento fétido en su cabaña. Porque era toda una aventura buscar instintivamente el secreto de esas misteriosas ganas explorando la casita roja cerrada por dos contraventanas blancas, inquietante de puro lisa y frágil, como en carne viva. Cuadro oculto. Mi turbación más adelante ante esos trípticos entreabiertos en el museo de El Prado. Rojo, blanco. La reina se pinchó y la sangre cayó sobre la nieve. Abrir las contraventanas. Visitas cautelosas en las que jugar a comiditas tienen a veces su función, cuando las veo los días siguientes parecen acordarse. En la agitación de la clase de primero de Primaria, Chantal iba y venía ante Geneviève la babosa, la «así», dedo en la sien, se levantó las faldas, separó rápidamente su secreto, apartando a un lado las bragas, y se volvió a bajar las faldas, «venga, Geneviève, ahora tú». Geneviève cabecea, la que-no-tiene-todo se niega a jugar, «no, que me va a sangrar». Tiene casi razón, a mí también me parece que es un corte en carne viva ahí en medio del cuerpo pero que no sangra ni hace daño. No imagino nada tras esa imagen sin profundidad, hasta eso de los nueve años. El «mío», decimos entre las amigas y las primas, no es igual que el «tuyo». Estaban las que lo enseñaban y las que miraban, las que se dejaban tocar y las que tocaban. Campo incierto para mí, más bien el segundo, porque soy a menudo la más pequeña de esas sesiones y no tengo novedades que ofrecer. Intensas y lentas lecciones de anatomía de Brigitte, con ojos de tizón bajo unos rizos de inglesa, siempre moviéndose, con su barbilla de zoqueta, a ella le encantaba, enseñar, explicar, el rojo de verdad que llegaría un día, el negro que ya empezaba a asomar. No muchos nombres, no sospechábamos que pudiera haberlos, serios, en el diccionario, para esas cosas. Estaba el «eso» o el «así» para todo. Pronto estaremos «así», formadas dicen los mayores, más tarde podremos «hacer eso». Qué miedo a ser descubiertas en plena sesión instructiva por los padres, te imaginas nos mandarían al reformatorio, y nos reíamos, envalentonadas. Imposible resistir a la curiosidad de nuestro cuerpo. Dónde está aquí el «nada» que, yo aún no lo sabía, nos atribuían los chicos. Todo, al contrario. Baluarte de una historia maravillosa que me llega en trocitos fáciles de pegar, pero no sé si lo intentaba de verdad, lo fantástico no me molestaba, todo aquello no podía ser nada sencillo, si no los mayores no se habrían montado semejante historia. Avanzo a golpe de conversación con la mano en la boca, ojos furtivos y miradas escrutadoras de parejas enlazadas en los parques. El despertar de mi cuerpo va unido a ese saber descosido. Mis encantadoras amigas bien educadas de más tarde me contarán cómo se lo explicaron de golpe, con calma, la florecita, la semilla, sentadas en las rodillas de sus madres que les hacían un bonito dibujo donde todo era armonioso y también geométrico, bien engarzado, descripción de las piezas y programa detallado progresivo de las operaciones. Sin envidia, a ellas tampoco les daban el manual de instrucciones personal, el único que cuenta. El recuerdo más lejano, cuatro años, un vecinito de mi edad riega el muro a mi lado, me apartan de la aparición. Revelación de una diferencia atormentadora, que me fascina luego a eso de los ocho años cuando podemos percibirla de manera benigna, de lejos, en el afamado sátiro del barrio de la Gaieté o más de cerca en los hermanos de las amigas con más desfachatez «Fran, nos la enseñas, la pilila». Sin hacerse de rogar, cuantas veces quisiéramos, hasta que nos cansáramos del juego. Pero siempre muchas risas delante del aparato de los chicos, mientras que la visión del nuestro nos ponía más serias que en la catequesis. Nada más nombrarla, era lo curioso, la cosa, la raja, la hucha, o «una», para abreviar. Curioso también mezclar la palabra con réplicas anodinas, por provocación: «Qué te juegas a que lo digo. A que no. Aquí nadie se raja». En el columpio, gritando: ¡Me río, jajá, se te / me ve la raja, rajá, rajá, jajá! Avidez, parte del juego, por otro lado ridículo. Mi madre lo llama las vergüenzas: «Vamos, tío Milon, tápese las vergüenzas, que hay niños». Para mí, durante mucho tiempo, algo completamente inútil, pura diferencia. Porque los hombres hacen los niños con el dedo. Primera fase de la historia que hay que imitar. Problema de la duración, un minuto, una hora. No resuelto, incluso cuando llegue a la segunda fase de la historia, cuando me entere de para qué sirven las vergüenzas. Y todas esas dudas maravillosas. Me intriga un cartel inmenso en la carretera que lleva a la escuela. Hay una mujer tumbada, con la cabeza de un hombre apoyada en el hueco de su vestido, «Confidences, el semanal de toda la familia». Mi madre ha dicho en la tienda que anuncios así son un escándalo. ¿Significa eso que también puede hacerse con la cabeza? Y esa rodilla que aparece una y otra vez en las chanzas de los adultos, hacer rodilla por debajo de la mesa, aunque esa superficie lisa no me inspira nada particular, nunca se sabe. Durante mucho tiempo para mí es todo superficial, ni media sospecha de penetración más profunda que ese pequeño pasillo de contraventanas cerradas. Hasta las reglas me las imagino como pequeñas estrías rojas y finas que me enrejarán un día la piel. Las lecciones de Brigitte no debían de ser muy claras. La fase siguiente de la historia me espanta, ¿lo adiviné, me lo murmuraron?, las fuentes de información están confusas, es el agujero de hacer pipí el que sirve para eso, no la casita colorada. Se acabaron las ganas de imitar a los mayores, la experiencia será inútil y dolorosa. Desorientada una buena temporada por la constatación de que la parte importante de mi cosa sea un subterráneo donde no he sentido nunca el menor picor, un hueco mudo e invisible. Ahora se explica la diferencia, lógica, desconcertante. Controlar la sorpresa, como de costumbre. Por muy lejos que me retrotraiga en mis recuerdos, nunca nada, durante la infancia, me ha echado para atrás, me ha dado asco. Tuve que aceptar esa novedad, neutralizar la inquietud de tener una parte inconfesable en mí para pensar solo en la promesa de placer. «Hacer eso» no podía ser otra cosa, lo más importante del mundo, un acto que, naturalmente, inconscientemente, separo de las horribles consecuencias que vienen inevitablemente unidas a él, la llegada de un niño. Cantinela recurrente en el curso escolar de la primera comunión: En Marsella pruebas, bella / En París de la iglesia salís / En Tolón se te hincha el balón / En Macón, está dicho, tienes el bicho. Con todo, el placer, lo primero, el resto, borrado de mis imaginaciones subsiguientes. El parto, lo único que me fascina a fuer de pavoroso porque me enteré de cómo era en Lo que el viento se llevó, sogas, agua caliente, agarrarse a los barrotes de la cama y gritar. Tortura y terror. Obscuros comadreos de alumbramientos difíciles con hierros, sin duda como las pinzas que usa mi padre para extraer las llantas pinchadas de la bici. Siempre me he resistido a ese episodio de mi historia, prefiriendo centrarme en peripecias más gozosas, la aparición del pecho, de los pelos y la sangre, fenómenos al acecho de los que me mantenía curiosa, el tiempo se hace largo, sobre todo hasta que llega el final de la metamorfosis, ese milagro que aparece sin anunciarse, no sabéis ni el día ni la hora, el acontecimiento en estado puro, y como en el caso de todos los eventos que deben producirse en mi cuerpo, no me imagino el después. Un día seré una pollita con regla, me pasearé en una nube roja, me dormiré con mi nueva persona, la vida alcanzará la perfección. Salvo el parto, que se asemejaba a un castigo, todas mis metamorfosis me parecían fiestas. No creía en las muecas de dolor de ciertas chicas una vez al mes, mi madre no se quejaba nunca y no podía asociar la dicha de ser por fin «así» a unos cólicos. Estaba segura de no sufrir. Y también de que me gustaría «hacer eso». La historia que me esperaba no iba a ser fácil, no sabía gran cosa de los chicos, pero la sentía alegre. La bicicleta traquetea por la tierra oscura del patio donde la hierba no crece, serpenteo entre los botelleros, con la India y Argentina en la cabeza pero también ese cuerpo glorioso del día de mañana al que todo le estará permitido. Viajar y hacer el amor, creo que nada me parecía más hermoso a los diez años.

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

₺638,37

Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
10 kasım 2025
Hacim:
181 s. 3 illüstrasyon
ISBN:
9788419047007
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

Benzer kitaplar