Kitabı oku: «Adriano»

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Título original: Hadrian

© Anthony R. Birley, 1997.

© de la traducción: José Luis Gil Aristo, 2003.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2019.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: GEBO524

ISBN: 9788424938888

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

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Índice

PRÓLOGO

INTRODUCCIÓN: EL EMPERADOR ADRIANO

1. INFANCIA EN LA ROMA DE LOS FLAVIOS

2. EL ANTIGUO DOMINIO

3. TRIBUNO MILITAR

4. «PRINCIPATUS ET LIBERTAS»

5. EL JOVEN GENERAL

6. ARCONTE EN ATENAS

7. LA GUERRA CONTRA PARTIA

8. EL NUEVO SOBERANO

9. REGRESO A ROMA

10. A LA FRONTERA GERMÁNICA

11. EL MURO DE ADRIANO

12. UN NUEVO AUGUSTO

13. REGRESO AL ESTE

14. UN VERANO EN ASIA

15. UN AÑO EN GRECIA

16. «PATER PATRIAE»

17. ÁFRICA

18. «HADRIANUS OLYMPIUS»

19. MUERTE EN EL NILO

20. ATENAS Y JERUSALÉN

21. EL AMARGO FINAL

EPÍLOGO: ANIMULA VAGULA BLANDULA

ÁRBOL GENEALÓGICO

ABREVIATURAS

NOTAS

BIBLIOGRAFÍA

PRÓLOGO

Hace tiempo que Adriano necesitaba una nueva biografía. El último intento serio de escribirla fue el de B. W. Henderson, en 1923. Aquella obra, con su comparación entre Adriano y lord Kitchener, sus afirmaciones pacatas («hasta donde sabemos, la relación entre Adriano, que no tuvo hijos, y Antínoo fue de una amistad muy pura») y su declarada hostilidad hacia la erudición «teutónica», tiene ahora un aire rancio (la de su predecesor Gregorovius aparece injustamente tachada de «compilación intolerable [...] una auténtica pesadilla de libro»). En realidad, Henderson estaba desfasado incluso en el momento de la aparición de su trabajo—inexplicablemente, había ignorado el estudio publicado en 1907 por W. Weber, que fue fundamental, y tal vez todavía sigue siéndolo, aunque resulte en gran parte ilegible—. De cualquier modo, el considerable aumento de la información disponible—sobre todo inscripciones y papiros—desde el momento en que escribieron Weber y Henderson exigía desde hace tiempo una nueva síntesis cuyos cimientos han sido echados por una auténtica profusión de temas adriánicos: las acuñaciones de moneda del emperador, su muro, sus proyectos constructivos en Roma y Atenas, su favorito Antínoo, la guerra o rebelión judía de Bar Kojba y el «renacimiento griego», además de una intensa labor dedicada a la Historia Augusta. Sin embargo, Adriano ha llegado a ser conocido sobre todo por una novela de Marguerite Yourcenar (1951). Sin restar méritos a su gran intuición y su genio literario, el Adriano cuyas Memorias compuso Yourcenar es una persona distinta del emperador histórico. Aun así, a pesar de la necesidad de un estudio actual y objetivo, es posible que no me hubiera decidido a realizarlo de no haber sido por la insistencia de Peter Kemmis Betty.

Se supone que, al menos, me hallaba en una buena posición para emprender la tarea. Da la casualidad de que nací y me crié cerca del Muro de Adriano, esa «afamada obra de la Antigüedad» (como la llamó Walter Scott). Es una tierra donde resulta imposible que el nombre de Adriano pase inadvertido. Hace ya tiempo, una de las principales empresas locales era Hadrian Paints [‘Pinturas Adriano’], en Haltwhistle; «Adriano» ha sido luego en el valle del Tyne un nombre de marca registrada para cualquier tipo de productos, desde chapas para carrocería de coches hasta agua mineral. Más aún: nuestra casa, Chesterholm, fue construida en gran parte con piedras del fuerte romano de Vindolanda, al otro lado del arroyo, y mi padre fue un arqueólogo muy dedicado al estudio del Muro de Adriano. Cuando fui a la universidad, descubrí con sorpresa (o con consternación) que, en Oxford, la «historia antigua» acababa con la muerte de Trajano, el 8 de agosto del 117 d. C., y la «historia moderna» no empezaba hasta la llegada de Diocleciano al poder, el 20 de noviembre de 284. Los años intermedios, de Adriano a los hijos de Caro, eran una especie de agujero negro. No se trataba de algo casual; en las humanidades, las Literae Humaniores, la historia antigua estaba imbricada con la literatura clásica, y tras el reinado de Trajano no se escribió nada en latín «clásico»—fuera de algunas Sátiras de Juvenal y, en mi opinión (no compartida por muchos), los Anales de Tácito—. Otra posible razón es que la fuente principal para los años del 117 al 284 era la Historia Augusta, considerada impropia para estudiantes universitarios. Sin embargo, al graduarme comencé a investigar sobre los Antoninos y los Severos y «me engolfé en el océano de la Historia Augusta», aunque no con «indiferencia», como lo había hecho Gibbon. Por suerte, mi supervisor fue Ronald Syme. Aquel trabajo de fin de carrera me llevó, como estaba previsto, a escribir una tesis doctoral (no publicada), y las biografías de Marco Aurelio (1966) y Septimio Severo (1971), a las que la editorial Batsford otorgó una existencia nueva en forma revisada (1987 y 1988).

Adriano constituye todo un reto. Ya había sido un personaje extraño y desconcertante para sus contemporáneos. ¿Podemos esperar meternos en su piel? Las diecinueve palabras de su poema Animula, su «adiós a la vida», han generado una copiosa bibliografía. No disponemos de mucho más para saber qué sucedía tras aquella elegante fachada, cómo era el auténtico Adriano—los fragmentos de su autobiografía solo dan a conocer una versión para el consumo público, y lo mismo ocurre con los retratos, las monedas y las inscripciones con su nombre descubiertas de Nortumberlandia al Mar Negro y de Transilvania a los límites del Sahara—. En el interior de Adriano había varias personalidades contrapuestas. El emperador encarnó diversos papeles. Para nosotros, al menos, Adriano ha de ser lo que hizo. Pero ni siquiera los «hechos», la cronología y el curso de los acontecimientos, son siempre fáciles de establecer. Por no hablar (por ejemplo) de por qué construyó el Muro en Britania, creó el Panhelenio en Atenas o adoptó a Ceyonio Cómodo como hijo y sucesor. En particular, sus prolongadas giras por las provincias—la característica más notoria de su reinado—son difíciles de datar con precisión. Por eso, en estas páginas, habremos de recurrir (quizá con demasiada frecuencia) a giros como «probablemente», «es bastante posible», «podemos conjeturar». He intentado ofrecer un relato coherente e indicar en las notas las fuentes y obras modernas consultadas por mí. (La bibliografía podría haber sido mucho más voluminosa. En el libro, por ejemplo, he citado solo una selección de temas analizados en mi artículo sobre su poema de «adiós». La mayoría de las notas se limitan a citar las fuentes y una selección de estudios modernos. Y, de vez en cuando, he añadido algún análisis sobre cuestiones de cierta dificultad.) Había proyectado incluir una sección más, con capítulos sobre la «Política de Adriano»—medidas financieras, militares, religiosas, legales, «administrativas»—. Pero, de haber sido capaz de concluirlo, el producto final habría resultado demasiado largo. El presente libro es en esencia una Vida, y no una Vida y época. En los primeros capítulos, basados en la bibliografía correspondiente al período de Flavio y Trajano, sobre todo las Cartas de Plinio, he intentado dar cuerpo al esbozo de Adriano ofrecido por la Historia Augusta antes de su acceso al poder. El retrato resultante del emperador está dominado principalmente por su filohelenismo. Adriano—producto, en gran medida, de su tiempo—volvió a dar vida al pasado en un sentido muy cierto. Al principio se consideró un nuevo Augusto; luego, sin embargo, se vio a sí mismo como un nuevo Pericles o, incluso, como un segundo Antíoco Epífanes. Su deseo obsesivo de hacerse griego y resucitar la cultura helénica habría de tener consecuencias trágicas para el propio Adriano en la muerte de su amado Antínoo; y para el pueblo judío, al que intentó helenizar por la fuerza.

En los más de cuatro años transcurridos desde que comencé a trabajar he contraído muchas deudas de gratitud. Debo un especial agradecimiento a Géza Alföldy, Antonio Caballos Rufino, Werner Eck, Dietmar Kienast, Margaret Roxan, Antony Spawforth, Michael P. Speidel, Susan Walker, Peter Weiss y Ruprecht Ziegler, sobre todo por haberme proporcionado originales de sus propios trabajos. Werner Eck tuvo la gran bondad de comentar un último borrador, lo cual me ayudó a eliminar algunos errores. Los que quedan son responsabilidad mía. El resultado de la invitación de Thomas Pekáry a colaborar en un «Oberseminar» en Münster fue un análisis más exhaustivo del «adiós a la vida» de Adriano. El privilegio de pasar el trimestre de otoño de 1994 en el Institute for Advanced Study de Princeton me resultó muy provechoso, en especial por las conversaciones mantenidas con Glen Bowersock, Ted Champlin, David Frankfurter, Christian Habicht y Gabriel Herman, y porque me permitió utilizar, además de la biblioteca del Instituto, las del Speer Theological Seminary y la Universidad de Princeton. Fue allí, en Princeton, donde escribí mi artículo sobre el poema animula y esbocé los capítulos 18- 20. Los doctores Roger Bland (Museo Británico) y Helmut Jung (Instituto Arqueológico Alemán de Roma) accedieron sin problemas a proporcionarme fotografías. Los mapas fueron dibujados por mi alumno Peter Nadig. La señora Rita Kröll, secretaria del Departamento de Historia Antigua de Düsseldorf, volvió a mecanografiar una gran parte de mi primer borrador y me ha prestado otros tipos de ayuda práctica en los dos últimos años, lo mismo que su predecesora, la Sra. Herta vom Bovert, de 1990 a 1994. El cambio de editorial, de Batsford a Routledge (que no ha afectado únicamente a este libro), supuso un retraso de algunos meses en el camino a la imprenta, pero permitió revisar algunos pasajes. Una grata invitación para pronunciar en noviembre de 1996 la conferencia «Ronald Syme» en el Wolfson College de Oxford trajo consigo nuevas reflexiones sobre «Adriano y los senadores griegos», tema al que me refiero en las notas del presente libro. Este es el momento adecuado para expresar una vez más mi agradecimiento a Peter Kemmis Betty, antiguo empleado de Batsford, por el apoyo recibido de él durante los últimos treinta y cuatro años.

Los dos maestros a quienes más debo no se hallan ya entre nosotros —y ninguno de los dos, lo sé muy bien, habría estado de acuerdo con todo lo que digo en este libro—. Ronald Syme (1903-1989) publicó varias docenas de artículos sobre asuntos adriánicos, y escribió también mucho sobre la Historia Augusta. De esos escritos, de su gran Tacitus y de décadas de amistad he aprendido más de lo que se puede declarar en unas pocas palabras. Syme era, sin duda, contrario al género de las biografías imperiales. Pero consideraba a Adriano una figura fascinante. También lo era mi padre, Eric Birley (1906-1995), amigo íntimo de Syme durante sesenta años, quien leyó y comentó todo lo escrito por mí desde que comencé a seguir sus pasos. Al menos, pudo echar una ojeada a una gran parte del original mecanografiado. Confío en que habría disfrutado del producto final. También estoy agradecido a otros miembros de mi familia. Mi esposa Heide me animó a emprender la tarea. Nunca podría haberla llevado a buen puerto sin su apoyo constante. Las excavaciones realizadas por mi hermano Robin en Vindolanda—que, entre otros hallazgos sorprendentes, han sacado a la luz testimonios de la estancia de Adriano en aquel lugar—han sido una fuente continua de inspiración. Dedico esta biografía a mi madre, mi primera maestra, que me enseñó a leer y amar los libros.

ANTHONY BIRLEY

marzo-noviembre de 1996

High Birkshaw House, Bardon Mill;

Friedberg, Hesse

NOTA

En estas páginas aparece un buen número de términos «técnicos» griegos y romanos del mundo antiguo (arconte, censor, civitas, cónsul, etc.); y también, sobre todo en las notas, muchas fuentes antiguas, de la Anth. Pal. a Jenofonte, Anab. En vez de hinchar el texto y las notas con explicaciones y citas de ediciones reconocidas (que muchos considerarían superfluas), me parece más sencillo, para aquellas que hayan quedado sin explicar, remitir a los lectores al Oxford Classical Dictionary, del que acaba de aparecer la 3.ª edición, preparada por Simon Hornblower y Antony J. S. Spawforth (1996) (OCD3). Su lista de «Abreviaturas utilizadas en la presente obra. B. Autores y libros» (pp. XXIX-LIV) y, en muchos casos, los artículos de ese gran volumen de 1. 640 páginas resolverán todas las dudas de ese tipo.(Para una fuente que cito muy a menudo: la Historia Augusta, he preferido una abreviatura diferente y me refiero a ella como HA, en vez de SHA, según la fórmula del OCD3.)


INTRODUCCIÓN
EL EMPERADOR ADRIANO

«El más notable de todos los emperadores romanos»; así describía a Adriano hace casi un siglo un historiador de la Roma imperial. Lo que ha impresionado sobre todo tanto a los antiguos escritores como a los estudiosos modernos es la energía incesante de aquel hombre «que marchaba al frente de sus legiones por sus dominios del mundo», y su «insaciable curiosidad». Adriano pasó nada menos que la mitad de su reinado de veintiún años lejos de Roma e Italia, viajando por casi todas las provincias de su extendido imperio. Su presencia se puede documentar en más de treinta. Sería más sencillo enumerar aquellas en las que no podemos probar su estancia: Aquitania, Lusitania, Creta, Chipre, la Cirenaica, Cerdeña-Córcega—aunque probablemente visitó todas, excepto la última—. Lo cierto es que, en el momento de acceder al poder a la edad de cuarenta y un años, ya había pasado fuera de Roma más de la mitad de su vida adulta.1

Este interés fundamental por las provincias, que halla una vívida expresión en la serie de monedas conmemorativas acuñadas en sus últimos años, se centró en parte en los ejércitos y las fronteras. Adriano rompió de forma clara e inequívoca con la política de su predecesor, Trajano, al abandonar inmediatamente después de su acceso al poder los territorios recién adquiridos más allá del Éufrates y evacuar a continuación algunas comarcas situadas al otro lado del curso bajo del Danubio. A aquellas medidas les siguió la construcción de varias líneas fronterizas artificiales, la más compleja de las cuales fue su Muro de Britania. Se puede discutir si esas líneas, en latín limites, significaron un auténtico cambio en la realidad militar, pero difícilmente se les podrá dar más valor del que tienen, pues fueron una señal clara para los tradicionalistas romanos, que seguían ansiando una ampliación continua de las fronteras, un imperium sine fine. La expansión debía concluir, aunque el emperador estaba decidido a mantener el ejército en un estado de máxima preparación.

El abandono de las conquistas de Trajano provocó una reacción hostil; se sospechaba, además, que su adopción de Adriano en el lecho de muerte había sido una impostura orquestada por Plotina, viuda de Trajano, en interés de su favorito. Aquellos resentimientos y sospechas fueron el trasfondo de la «conspiración»—según el término con que fue conocida—organizada por cuatro importantes senadores, ejecutados sumariamente durante los primeros meses del reinado de Adriano. Aunque afirmó no haberlas ordenado, Adriano fue acusado de aquellas ejecuciones y se ganó en consecuencia la desconfianza de la elite. El «asunto de los cuatro consulares» arroja una sombra sobre la primera parte de su reinado. Adriano reaccionó con un derroche de generosidad mostrándose pródigo con la plebe, concediendo reducciones fiscales y llevando a cabo un gran programa de construcciones en la capital. Uno de los elementos del proyecto fue la edificación de un nuevo templo dedicado a Roma y Venus; la ceremonia de colocación de la primera piedra tuvo lugar el 21 de abril del año 121, fecha de la fundación de la ciudad, en vísperas de la primera gran gira del emperador—como para demostrar que, a pesar de los favores otorgados a las provincias, Roma seguía desempeñando una función central—. Pocos años después, Adriano comenzó a retratarse ostentosamente como un segundo Augusto.

Tras aquella larga primera gira—cuya fase occidental, interrumpida bruscamente el 123 al surgir una emergencia que reclamó su presencia en Oriente, se completó con su visita a África el 128—, la atención de Adriano estuvo dedicada exclusivamente al Este. Después de algunos intentos provisionales de hacer del santuario de Apolo en Delfos un nuevo centro, puso en marcha en la mitad del Imperio donde se hablaba griego un programa complejo para convertir a Atenas en una especie de segunda capital imperial, sede de una nueva liga de todos los helenos, el Panhelenio. Al parecer, Adriano se veía a sí mismo como un nuevo Pericles que daría remate a las ideas que, supuestamente, había intentado hacer realidad el Decreto del Congreso de aquel estadista griego. Como sede del Panhelenio eligió el gran templo de Zeus Olímpico, inaugurado el siglo VI a. C. por el týrannos ateniense Pisístrato. El templo no había llegado a terminarse, a pesar de que el rey seléucida Antíoco Epífanes financió generosamente su construcción en el siglo II a. C. Los griegos respondieron encantados al programa panhelénico de Adriano. Según muestra la literatura de la época, estaban absolutamente ansiosos por revivir su glorioso pasado y le otorgaron el nombre de Olympios,‘Olímpico’, dado en otros tiempos medio en broma a Pericles, y que era también el epíteto del principal dios de los helenos.2

Si Adriano emuló y superó al rey sirio no lo hizo solo dando remate al Olimpieo; al igual que Antíoco tres siglos antes de él, intentó también helenizar a los judíos. Es la única explicación posible a su orden de prohibir la circuncisión y convertir la arruinada ciudad de Jerusalén en una colonia denominada Elia Capitolina, con un templo de Júpiter o Zeus que se levantaría sobre el sancta sanctórum. Aquella medida fue un error de cálculo atroz. La sublevación provocada por ella acabó en una gran guerra. Simón ben Kosiba, o Bar-Kojba, un líder carismático, liberó una parte importante de Judea y mantuvo en vilo durante tres años a las fuerzas romanas en un conflicto sangriento.

Entretanto Adriano había sufrido un trauma personal. Se había casado a los veinticuatro años con Sabina, una pariente lejana sobrina nieta de Trajano. El matrimonio no tuvo hijos y fue una relación sin amor—al menos después de dos décadas—. Adriano, en cualquier caso, se interesaba más por los varones. En algún momento de sus viajes por el Este conoció a un hermoso muchacho bitinio llamado Antínoo, lo introdujo en su séquito y se enamoró de él intensamente. No sabemos cuánto tiempo estuvieron juntos. Se puede deducir legítimamente que, tanto en este como en otros aspectos, el propio Adriano creía comportarse de acuerdo con la tradición de la Grecia clásica según la cual el hombre de más edad era el eraste-s, ‘el amante’; y el joven bello, el erómenos, ‘el amado’. Aquel tipo de relaciones habían gozado siempre de aceptación y habían sido, incluso, apreciadas entre los griegos. En Roma las actitudes eran diferentes, aunque la creciente helenización de las clases más altas había tenido también sus efectos; además, Adriano había sido un devoto de lo helénico desde que era un muchacho, lo que le valió el apodo de Graeculus (‘El grieguito’). Hemos de suponer que Antínoo acompañó constantemente a Adriano, en especial cuando este se entregaba a su pasión por la caza, al menos en su último gran viaje, iniciado al final del verano del año 128. Sin embargo, Antínoo murió ahogado en el Nilo en octubre de 130. Tanto si su fin se debió a un suicidio o, incluso, a algún tipo de sacrificio inducido por el consejo de un sacerdote o «mago» egipcio como si se trató, simplemente, de una muerte accidental, el dolor de Adriano no tuvo límites. El joven muerto fue declarado dios, y los griegos, al menos, respondieron al nuevo culto con entusiasmo.

Aunque logró presidir la culminación del proyecto panhelénico, la inauguración del Olimpieo en Atenas en la primavera del 132, inmediatamente antes del estallido de la guerra judía, Adriano fue en sus últimos años lo más parecido a un hombre deshecho. A su vuelta a Roma, a finales del 134, su salud era precaria. El 136 se decidió, por fin, a nombrar un sucesor y adoptó como hijo y heredero a un joven senador llamado Ceyonio Cómodo, a quien dio el nombre de Lucio Elio César. La elección pareció desconcertante y no fue bien recibida entre la elite. Las cábalas sobre los motivos de Adriano cundieron ya en su época, y los estudiosos modernos han ido aún más lejos. Su pariente masculino más próximo, su sobrino nieto Pedanio Fusco, tuvo una reacción airada; el 137—tarde, evidentemente—dio algún paso, y fue ajusticiado; su abuelo, Julio Serviano, cuñado de Adriano, un hombre de noventa años, fue obligado a suicidarse. El nuevo César falleció poco después del asunto de Fusco, y Adriano se vio obligado a encontrar un nuevo sucesor. Esta vez su elección fue más segura y recayó sobre un hombre sólido de edad madura,Aurelio Antonino, quien a su vez recibió órdenes de adoptar a Lucio, hijo de corta edad de Elio César, y a su propio sobrino político, Marco, garantizando así la sucesión con tiempo suficiente. Parece probable que la persona elegida realmente por Adriano desde el primer momento fue Marco, que contaba entonces dieciséis años, y que se pensó en Elio César y, luego, en Antonino para mantener el trono ocupado hasta que aquél fuera lo bastante adulto para sucederles. Marco había sido prometido en matrimonio «por deseo de Adriano» a la hija de Elio César antes de la adopción de este. Su familia tenía algún parentesco con la de Adriano; Annio Vero, abuelo de Marco, había recibido de Adriano honores señalados; y Marco había sido uno de los favoritos del emperador, impresionado por sus magníficas cualidades de carácter desde la niñez. La crisis sucesoria concluyó así de manera feliz. Pero, debido a las muertes de Fusco y Serviano, además de las de otros, que, obviamente, se habían enemistado con el emperador, incluidos algunos amigos íntimos, y que se atribuyeron a Adriano, la impopularidad de este había alcanzado niveles muy altos en el momento de su fallecimiento. De hecho, en un primer momento, sus restos fueron depositados apresuradamente en Putéolos (Puzzuoli), lugar próximo al de su muerte, pues era «odiado por todos». Antonino tuvo que pelear con el Senado para conseguir su apoteosis. Es probable que no fueran muchos los que lloraron su pérdida.

Durante los últimos meses de su vida, Adriano escribió una autobiografía de la que se ha conservado solo un fragmento, aparte de algunas citas breves en dos autores de principios del siglo III, senadores ambos, cuyas obras constituyen directa o indirectamente la principal fuente de información sobre él. A comienzos del siglo III, uno de esos autores, Mario Máximo, biógrafo imperial, escribió una segunda colección de vidas que continuaba la de los Doce Césares de Suetonio. Máximo trató a Adriano con cierto detalle e hizo de él un retrato general ambivalente, con cierto hincapié en sus facetas oscuras. Sin embargo, las Vitae Caesarum de Máximo se han perdido y las conocemos casi exclusivamente por la utilización que hizo de ellas la enigmática Historia Augusta (HA), escrita a finales del siglo IV. La vida de Adriano, con que comienza la HA, es una compilación precipitada que nos ofrece no solo una drástica condensación sino, también, a veces, curiosas repeticiones. La vita de Adriano de la HA tiene como anexo una biografía fundamentalmente ficticia de Elio César; y las vitae de Antonino, M. Aurelio y L. Vero nos proporcionan mucha más información. Casio Dión, contemporáneo de Máximo, escribió una Historia de Roma desde la fundación de la ciudad hasta su propia época. Es posible que se sirviera de la biografía de Adriano escrita por Máximo—muchos apartados coinciden con gran exactitud con la HA—. Pero el libro 69 de la obra de Dión, que cubría su reinado, solo se conserva en extractos y en un resumen bizantino.3

El estado fragmentario de las dos fuentes principales supone dificultades obvias para el historiador. Hay, no obstante, otras obras que completan el cuadro. Aunque no mencione a Adriano, la literatura dedicada a los períodos de Flaviano y Trajano se puede explotar para reconstruir la sociedad en la que aquel pasó las cuatro primeras décadas de su vida. Los poetas Marcial y Estacio además de Quintiliano, el profesor de oratoria, dan, por ejemplo, información sobre la época de Domiciano. Las Cartas y el Panegírico de Plinio arrojan mucha luz sobre la sociedad y las actitudes de los senadores en tiempos de Trajano—un buen número de amigos y parientes de Adriano son destinatarios de la correspondencia de Plinio o se mencionan en su obra—. En el lado griego abunda el material útil en los ensayos de Plutarco (los Moralia), los discursos de Dión de Prusa (Crisóstomo) y el relato de Arriano sobre las enseñanzas de Epicteto, admirado por Adriano y a quien probablemente visitó por las mismas fechas en que lo hizo aquel. Arriano trabó amistad con Adriano, y algunas de sus obras—la Circunnavegación (Periplus) del Mar Negro y los Tactica, así como el fragmento de una tercera obra del mismo período, cuando Arriano era gobernador de Capadocia: el «Orden de batalla (Éktaxis) contra los alanos»—estuvieron dedicadas al emperador.

Arriano no es el único autor contemporáneo cuyas obras se han conservado. Existen fragmentos de la voluminosa producción de Flegonte de Tralles, liberto de Adriano, algunos de los cuales resultan útiles para reconstruir los desplazamientos del emperador. Un manual sobre asedios (Poliorcetica) atribuido al arquitecto Apolodoro de Damasco puede arrojar luz sobre la guerra contra los judíos. El poeta alejandrino Dionisio «el Periegeta [‘el Guía’]» fue autor de un largo poema que describe el mundo conocido y posee un valor indirecto para Adriano. Una pieza curiosa es la obra sobre fisiognomía del extravagante sofista Antonio Polemón de Esmirna. Solo se ha conservado en traducción árabe, pero un pasaje nos instruye sobre los viajes de Adriano en la década de 120. Contamos también con obras de otro sofista contemporáneo, Favorino de Arlés (una de ellas, escrita sobre papiro, no fue descubierta hasta la década de 1930). Toda esta documentación contribuye a dibujar un cuadro de la vida intelectual de la época que respalda lo que podemos hallar en una obra recopilada algunas décadas después, las Noches áticas de Aulo Gelio—donde se cita al propio Adriano en varias ocasiones—y, sobre todo, en las Vidas de los sofistas de Filóstrato, escritas un siglo después de la muerte del emperador. Algunas personalidades intelectuales punteras de la época de Adriano, en particular Favorino, Polemón y Herodes Ático, figuran de manera destacada en las obras de Gelio y Filóstrato.4

Hubo, desde luego, otros autores que escribieron en la época de Adriano. El poeta Floro, por ejemplo, cuyo intercambio de versos con él aparece citado en la HA, compuso una breve historia, basada en Livio, sobre las guerras de Roma hasta el tiempo de Augusto que nos ofrece un atisbo de las actitudes del período en que fue escrita. Otro poeta, Juvenal, escribió también en tiempos de Adriano. Su obra contiene una indicación cronológica clara—un cónsul sufecto (sustituto) del año 127—, y se pueden extraer otras de sus Sátiras para obtener información acerca del reinado. El biógrafo Suetonio ocupó bajo Adriano un cargo importante, el puesto de primer secretario, o ab epistulis. El año 122 fue despedido sin contemplaciones junto con su valedor, el prefecto de la Guardia Septicio Claro, a quien había dedicado ya, al menos, las dos primeras biografías, Julius y Augustus, de su obra Vidas de los Césares. Las diez restantes, de Tiberio a Domiciano, fueron compuestas probablemente después de que Suetonio fuera destituido de su cargo. La criba de los Césares en busca de indicios sobre las actitudes de Suetonio respecto a Adriano constituye un procedimiento legítimo. Lo mismo se puede decir, por supuesto, de los Anales de Tácito, cuyas monografías tempranas, Agricola y Germania, son, sin duda, indirectamente significativas para los primeros años de Adriano, momento en que fueron escritas. Sin embargo, la fecha de composición de los Anales es una cuestión debatida. Tácito nació a finales de la década del 50 y tenía, por tanto, unos sesenta años cuando Adriano accedió al trono. Se pueden decir muchas cosas a favor de la opinión según la cual acababa de comenzar la redacción de los Anales en ese preciso momento. En cualquier caso, tanto si lo hizo de forma casual como deliberada, varios pasajes de los Anales proporcionan comentarios instructivos acerca del emperador.5

A pesar de su pérdida, la autobiografía de Adriano sobrevive de alguna manera en varios de sus otros escritos, tanto en prosa como en verso. Ya hemos mencionado el intercambio de poemas con Floro. Se conservan también otras dos composiciones latinas de Adriano, un epitafio a su caballo favorito y—algo mucho más enigmático—su postrera alocución a su alma, su «adiós a la vida». Algunos de sus discursos y cartas oficiales, la mayoría fragmentarios, conservados en piedra o papiro, y algunas de sus respuestas a cuestiones legales, citadas en particular en el Digesto, constituyen en conjunto un considerable cuerpo de material documental. Se conserva también la curiosa colección de Sententiae Hadriani, sus respuestas evidentemente improvisadas dirigidas, sobre todo, a demandantes, conservadas como ejercicio escolar para ser traducidas al griego.6

Los oradores Frontón y Elio Aristides, del período inmediatamente posterior a la muerte de Adriano, nos ofrecen comentarios implícitos y explícitos acerca de él. Las cartas de Aristides, similares en muchos aspectos a las escritas por Plinio una generación antes, arrojan así mismo cierta luz sobre el círculo de Adriano. Pausanias, contemporáneo de ambos, enumera en su Guía, escrita a comienzos de la década del 170, varios favores realizados por el emperador en Grecia, sobre todo en Atenas. A finales del mismo siglo se recogieron algunas anécdotas en el voluminoso corpus del médico Galeno y en los Deipnosofistas de Ateneo.

El resumen que acabamos de dar no agota, ni mucho menos, las fuentes «literarias» de Adriano y su reinado: hay también escritos judíos y cristianos centrados, por supuesto, en asuntos religiosos y en la guerra judía—además de algunos comentarios hostiles sobre Antínoo—. El escritor Hefestión de Tebas, del siglo IV, citó así mismo horóscopos de Adriano y de su sobrino nieto Fusco recopilados a finales del siglo II. Finalmente, podemos espigar unos pocos datos más de los cronistas del siglo IV Aurelio Víctor, Eutropio, Festo y el autor desconocido del Epitome de Caesaribus, deudores en parte, sobre todo el último, de la obra perdida de Mario Máximo.7

Pero, además de ello, el historiador puede dirigir su atención a una gran masa de material primario: monedas, inscripciones, papiros y restos arqueológicos. Entre los testimonios numismáticos se cuentan no solo las emisiones de la ceca imperial, sino también las acuñaciones locales del este griego, donde las monedas de Alejandría de Egipto proporcionan el máximo de información. Al menos están fechadas, mientras que, a partir del 119, año del tercer consulado de Adriano, la datación precisa desaparece de las demás emisiones—se omite la tribunicia potestas, renovada anualmente—. La única guía segura es el título de pater patriae, asumido el 128, y, en el este, el de Olýmpios (‘Olímpico’) a partir del 129. Pero, al menos, se ha fijado el marco cronológico amplio—y algunas de las acuñaciones, en particular las series de las «provincias» y el «ejército», que recuerdan las giras provinciales de Adriano hacia el final de su reinado, son sumamente instructivas—. Además, las monedas acuñadas por los rebeldes en Judea nos suministran indicaciones preciosas sobre la naturaleza del régimen de Bar Kojba.

También abundan las inscripciones. Una especialmente importante es la del pedestal de la estatua de Atenas, donde se expone la carrera de Adriano hasta su primer consulado (108). Inscripciones comparables grabadas en piedra en las que se detalla la carrera de docenas de funcionarios senatoriales y ecuestres nos permiten identificar a los principales ayudantes de Adriano. También podemos mencionar los diplomas expedidos a los veteranos, de un valor incalculable para reconstruir la historia militar. Los poemas compuestos por Julia Balbila, amiga de la emperatriz, grabados sobre el coloso de Memnón, en Tebas, con motivo de la visita imperial a Egipto son solo un ejemplo llamativo de los testimonios epigráficos de la época, demasiado copiosos y heterogéneos como para poderlos compendiar. Los papiros, procedentes en su mayoría de Egipto, arrojan su principal luz sobre esta provincia, como es natural. Aparte de unas pocas piezas que ayudan a documentar la estancia de Adriano en el país, se han hallado fragmentos de dos obras literarias en alabanza de Antínoo, así como el comienzo de una carta de Adriano a su sucesor Antonino, que, según una posible identificación, podría estar tomada de su biografía. Una fuente papirológica completamente nueva descubierta en el desierto de Judea contiene documentos y cartas en griego y arameo procedentes de refugiados judíos ocultos en la época final de la revuelta. De momento solo se han publicado completos los papiros griegos, pero tanto estos como—sobre todo—los textos arameos, no disponibles en su totalidad, nos ofrecen una visión singular del funcionamiento del Estado rebelde.

Las inscripciones y las monedas sirven conjuntamente para datar muchos de los restos conservados del reinado, y muy en especial el Muro de Adriano. Pero a lo largo y ancho del imperio y, en particular en Roma y Atenas, se conservan todavía, en ruinas o incólumes, como en el caso del Panteón y su Mausoleo romano o en el de la puerta de Adriano en Atenas, importantes edificios debidos al emperador o asociados a él. La gran Villa Tiburtina es aún objeto de investigación. Relieves históricos, como por ejemplo los llamados tondos de un monumento adriánico con motivos de caza conservado en Roma y el obelisco con inscripciones jeroglíficas, actualmente en esa ciudad pero procedente en origen de Antinoópolis, son motivo de debates académicos. Se han estudiado intensamente docenas de retratos esculpidos de Adriano, muchos de Sabina y un buen centenar de Antínoo.

En total, abundan, pues, los testimonios sobre Adriano. Sin embargo no es, ni mucho menos, fácil agruparlos. El primer estudio serio fue el realizado en 1842 por el clérigo francés J. G. H. Greppo, quien se centró en los viajes del emperador, prestando especial atención a las acuñaciones de moneda. Sin embargo, tras un análisis introductorio, Greppo confesó no sentirse capaz de establecer un «classement chronologique de ces voyages», debido a la dificultad de las pruebas.8 Pocos años después, en 1851, apareció una Historia del emperador romano Adriano y su tiempo escrita por un joven académico alemán, F. Gregorovius. Es evidente que fue muy leída y, al cabo de más de treinta años, su autor, que entretanto se había dedicado a la historia de la Roma medieval, publicó una segunda edición titulada El emperador Adriano. Escenas del mundo romano y helénico de sus tiempos (1884). Gregorovius era inmensamente erudito y escribía de forma muy atrayente. No es de extrañar que en 1898 apareciera una traducción al inglés. Pero, para entonces, los estudiosos alemanes habían comenzado a tener en cuenta con mayor seriedad las inscripciones (que, por supuesto, no habían sido descuidadas por Gregorovius). En 1881,J. Dürr publicó una tesis doctoral sobre los viajes de Adriano. En 1890, apareció otra monografía de J. Plew que prestaba especial atención a las fuentes del reinado—Plew había escrito ya una tesis sobre Mario Máximo—. El año anterior, H. Dessau había publicado su estudio sobre la Historia Augusta que marcaría un hito y demostraría que no se debía a seis autores sino a uno solo que escribía a finales del siglo IV y no bajo Diocleciano y Constantino.9 Comenzó a aparecer entonces una avalancha de obras académicas dedicadas a aquel escrito. En 1904, O. T. Schultz abordó la figura de Adriano a la luz de las nuevas ideas acerca de la HA, seguido un año después por E. Kornemann. Ninguna de las dos obras carece de méritos, pero ambas ofrecían propuestas completamente fantasiosas sobre las fuentes de la HA, obsesionadas como estaban por la idea de la existencia de dos fuentes principales, un autor «objetivo» (calificado por Kornemann como el «último gran historiador de Roma») y un autor biográfico nada serio y suministrador de chismorreos cortesanos.

Una obra de calidad muy diferente escrita por Wilhelm Weber y aparecida en 1907 dejó rápidamente obsoletos a Schulz y Kornemann. Weber reunió por primera vez una masa realmente sustanciosa de pruebas epigráficas, numismáticas y papirológicas para datar los principales sucesos del reinado de Adriano hasta la guerra judía, centrándose en realidad en los viajes. Aunque necesita ser corregida en algunos lugares, es improbable que esta monografía se vea desbancada como recopilación de testimonios. No obstante, hay que decir que, a pesar de algunos pasajes brillantes, no es una obra de lectura sino de consulta. Al año siguiente de aparecer la tesis doctoral de Weber, A. v. Premerstein publicó una monografía breve sobre la «conspiración de los cuatro consulares», en la que intentó utilizar un pasaje de la obra De physiognomia de Polemón para fechar y explicar aquel episodio.

Dieciséis años después del libro de Weber apareció The Life and Principate of the Emperor Hadrian del profesor oxoniense B. W. Henderson. Curiosamente, aunque el autor menciona en su prólogo que había sido instado a escribir el libro quince años antes por H. F. Pelham, profesor entonces de Historia Antigua en la Cátedra Camden de Oxford, debido seguramente a la aparición del de Weber, Henderson no menciona a este en ningún lugar. Y no porque desconociera los trabajos académicos alemanes—o teutónicos—, de los que se burla a menudo de forma desagradable y agresiva. Henderson logró, sin duda, una exposición más legible que la de su predecesor y todavía se le cita con frecuencia—pues, según iba a resultar, su libro sería la última biografía erudita de Adriano durante más de sesenta años—. A pesar de su título, el libro de B. D’Orgeval (1950) no pasa de ser, en realidad, un intento de analizar la aportación de Adriano al desarrollo del derecho romano. Es cierto que hay algunas biografías más recientes, pero ninguna puede calificarse de obra académica. Debemos señalar también dos estudios sobre la vida de Adriano antes de su acceso al poder, uno de W. D. Gray (1919) y otro de L. Perret (1935)—este último escribió también una breve monografía sobre la concesión del título de emperador a Adriano.10

A pesar de la ausencia de una nueva biografía desde la escrita por Henderson, se ha publicado un notable conjunto de monografías dedicadas a aspectos de Adriano y su reinado. Las monedas fueron tratadas minuciosamente en fechas tempranas. El extenso volumen de P. L. Strack aparecido en 1933, seguido un año después por el de J. M. C. Toynbee sobre las acuñaciones adriánicas en las provincias y, en 1936, por la tercera entrega de Coins of the Roman Empire, de H. Mattingly, para las monedas del Museo Británico (a la que nos referimos como BMC III en la notas del presente volumen); dicha entrega cubría la época de Nerva a Adriano y en su introducción y catálogo se dedican unas trescientas páginas a este último. Más recientemente, W. E. Mettcalf ha escrito monografías dedicadas a los cistophori acuñados bajo Adriano en la provincia de Asia, y L. Mildenburg a las monedas de los rebeldes judíos. El Muro de Adriano en Britania ha sido objeto de múltiples estudios. Podemos destacar el intento de interpretar las fases de su construcción llevado a cabo por C. E. Stevens, el libro de E. Birley sobre la historia de la investigación y la obra actualmente clásica de D. J. Breeze y B. Dobson. Los proyectos constructivos de Adriano en Roma y Atenas han sido analizados últimamente de manera detallada en monografías escritas por M. T. Boatwright y D. Willers, respectivamente. Atenas bajo Adriano había sido ya el tema de un libro todavía útil publicado por P. Graindor (1934). La Villa de Tívoli ha sido objeto de una atención reiterada.11

La guerra judía se ha tratado en varias monografías, por ejemplo en las de S. Applebaum y P. Schäfer. Los retratos de Adriano—junto con las mujeres imperiales asociadas a él—fueron el tema de un volumen escrito por M. Wegner, publicado en 1956. El dedicado a Sabina por A. Carandini (1969) se centra principalmente en la iconografía. Antínoo ha sido también objeto de una considerable atención. La obra Beloved and God de R. Lambert (1984) es un notable ensayo biográfico dedicado al favorito imperial y cuyo valor no debería subestimarse. Los dos últimos volúmenes de H. Meyer tratan respectivamente de la iconografía y el obelisco.

Aparte de estas monografías «adriánicas», hay varias más que arrojan una valiosa luz sobre la época. Debemos señalar, ante todo, el estudio de H. Halfmann dedicado a los viajes imperiales (1986); quienquiera que trate asuntos relativos al reinado de Adriano deberá consultar constantemente la sección detallada dedicada a sus viajes. Adriano y su tiempo ocupan unas buenas ciento cincuenta páginas del libro de J. Beaujeu sobre la religión romana en el período de los Antoninos (1955). Además, diez colaboraciones de A. García Bellido y otros en el volumen Les empereurs romaines d’Espagne (1965) están dedicadas a Adriano en todo o en parte. Entre ellas, la escrita por R. Syme sobre «Adriano, el intelectual» fue una de las primeras de un conjunto final de más de veinte artículos dedicados a Adriano por este autor. La enorme biografía de Tácito escrita por Syme (1958), en la que señala reiteradamente los ecos de Adriano en los Anales, fue, por supuesto, un anticipo temprano de sus numerosos estudios dedicados al emperador.12 Entre sus papeles se ha conservado un esbozo de «El reinado de Adriano tal como lo habría concebido Tácito». Syme observaba que varios historiadores romanos vivieron hasta una edad avanzada—y que, de haber sobrevivido, Tácito habría acabado de cumplir los ochenta en el momento de la muerte de Adriano—. (El propio Syme tenía ochenta y tres cuando redactó esas notas.) La «monografía de Tácito» sobre Adriano estaba concebida en cinco libros: el I habría ido del año 117 al 121; el II, del 121 al 123 o 125; el III, del 123 o 125 al 128—fecha señalada como una encrucijada en su reinado—; el IV del 128 al 134;y elV, del 134 al 138. Se indicaban temas apropiados para digresiones, por ejemplo Dacia y los sármatas, prefectos de Roma, Britania, la cuestión partia, la disciplina militar, el filohelenismo, Egipto y sus monumentos, los compañeros de viaje de Adriano, los judíos y los alanos.

La vita Hadriani de la HA ha sido objeto de dos comentarios, uno en inglés, de H. W. Benario (1980), y el segundo en francés, de J. P. Callu y otros (1992). La publicación por E. M. Smallwood (1966) de una colección de fuentes principalmente epigráficas para los reinados de Nerva, Trajano y Adriano ha hecho posible entretanto acceder con facilidad a una gran parte de las pruebas primarias; y la colección de constituciones griegas de los emperadores romanos, publicada póstumamente por J. H. Oliver (1989), ha permitido entender mejor un gran número de importantes textos adriánicos. Finalmente, debemos mencionar una obra de naturaleza muy distinta: la novela de Marguerite Yourcenar Memorias de Adriano, publicada en 1951. Este libro ha sido recibido con enorme aplauso y sus méritos literarios son incuestionables. Sin embargo, aunque la personalidad retratada en él parece haber sido aceptada por un número nada escaso de estudiosos como un retrato auténtico del «verdadero Adriano», otra cosa es que el Adriano de Yourcenar se parezca, en realidad, tanto al hombre que realmente fue.13

Las fuentes antiguas nos dan, al menos, una idea de la apariencia de Adriano: una figura alta e imponente y, además, de una magnífica forma física, pues montaba a caballo y caminaba mucho, se ejercitaba con las armas, lanzaba la jabalina y cazaba a menudo. Era también un hombre elegante, «se rizaba el pelo con un peine» y llevaba barba, que mantenía bien arreglada. Sus ojos eran, al parecer, brillantes y penetrantes. Podía ser de «trato agradable y poseía cierto encanto»; además, se mezclaba fácilmente con sus súbditos más humildes, que debieron de verlo en más ocasiones que a cualquier otro emperador. Pero su «insaciable ambición», su ardiente deseo de sobresalir y ganar puntos a expensas de los especialistas en cualquier terreno, hizo de él, evidentemente, una persona incómoda para sus conocidos.14

1
INFANCIA EN LA ROMA DE LOS FLAVIOS

El día noveno antes de las calendas de febrero, en el séptimo consulado de Vespasiano y el quinto de Tito César, Domicia Paulina, esposa del joven senador Elio Adriano Afro, dio a luz un hijo en Roma. Así recoge la Historia Augusta (HA) el nacimiento del futuro emperador Adriano ocurrido el 24 de febrero del 76—en Roma y no en Itálica, ciudad del sur de Hispania y lugar de procedencia de su padre—. Los senadores tenían como domicilio oficial Roma, y la mayoría de ellos, sobre todo quienes desempeñaban o aspiraban a una de las magistraturas tradicionales, residían de hecho en la urbe. Casio Dión registra el nombre del padre como Adriano Afro y dice de él que era senador y antiguo pretor. Esto podría significar, simplemente, que su carrera le había llevado hasta la pretura. No obstante, es probable que alcanzara ese cargo un año o dos antes del nacimiento de Adriano. La casualidad ha hecho que se conserve en papiro una parte de una carta escrita a Antonino por Adriano poco antes de su muerte; en ella menciona que su padre sólo vivió hasta los cuarenta años. Según informa la HA, Afro murió cuando Adriano tenía diez; en el momento de nacer su hijo era, por tanto, un hombre de veintinueve o treinta años, precisamente la edad media para la pretura. Pero también pudo haber ocupado antes aquel cargo. La legislación de Augusto concedía a los senadores un año de adelanto por cada hijo sobre la edad mínima de acceso a las magistraturas y Afro tenía además una hija que llevaba el nombre de su madre y era, probablemente, mayor que Adriano.1

Ni la HA ni ninguna otra fuente nos ofrece más detalles acerca de los nueve primeros años de Adriano—si exceptuamos una única inscripción que recoge el nombre de la nodriza del futuro emperador, Germana, sin duda una esclava—. Al igual que otras mujeres de alto rango, Paulina no dio el pecho a su hijo. A juzgar por su nombre, Germana debió de haber sido una mujer del norte, de origen bárbaro. Más tarde se le concedió la libertad y sobrevivió a Adriano. La vita nos ofrece un detalle único y revelador sobre la madre de Adriano y mucha información acerca de la familia de su padre. Domicia Paulina «procedía de Gades [Cádiz]»; era la ciudad más antigua de Hispania y, según la tradición, el primer asentamiento fenicio en Occidente, fundado a finales del segundo milenio a. C. Después de varios siglos de independencia y hasta de dominio sobre el sur de Hispania, Gades había caído en poder de los cartagineses a más tardar en la época de Amílcar Barca, padre de Aníbal. Al cabo de unas décadas, Gades cambió de bando durante la Segunda Guerra Púnica, y el 206 a. C. fue recibida por Roma como aliada. Varios de sus hijos adquirieron la ciudadanía romana.

El más destacado fue L. Cornelio Balbo, quien tuvo una enorme influencia como agente de César y, tras la muerte del dictador, fue nombrado, de hecho, miembro del Senado romano y cónsul el 40 a. C., siendo así el primer no nacido en Italia en ocupar esa magistratura. César había otorgado entretanto la ciudadanía a toda la comunidad. La riqueza de Gades era proverbial. El propio Balbo había sido extraordinariamente rico. En la época de Augusto había quinientos gaditanos cuyas propiedades les daban derecho a pertenecer al orden ecuestre. Varios hombres de esas familias debieron de haber seguido a Balbo en el Senado. Podemos suponer sin problemas que el padre de Domicia Paulina había alcanzado ese rango, si es que no lo poseían otras generaciones anteriores de la familia. En última instancia, su ascedencia era púnica: el nombre de la familia, Domicia, indica que descendía de una persona cuyo derecho de ciudadanía se había conseguido gracias a los buenos oficios de un Domicio miembro de la nobleza republicana.2

La línea paterna era muy diferente. Los Elios se habían asentado en Itálica, a unos ocho kilómetros aguas arriba de Híspalis (Sevilla), desde «la época de los Escipiones». En otras palabras, uno de sus antepasados había sido alguno de los «soldados enfermos o heridos» del ejército de C. Cornelio Escipión en Hispania que, en el momento en que este se disponía a regresar a Roma, el 206 a. C.—el mismo año en que Gades había recibido su condición de ciudad con tratado—, habían sido alojados en una nueva colonia, «en una ciudad que llamó Itálica, por Italia». El lugar no tenía condición de colonia, aunque más tarde se convertiría en municipium, y los soldados eran, sin duda, italianos aliados, pero no ciudadanos romanos. El primer Elio de Itálica procedía de Hadria, en la costa este de Italia, según se cuidaría de observar Adriano en su autobiografía. Unos doscientos años antes, un miembro de la familia, Marulino, atavus de Adriano—abuelo de su bisabuelo—, había entrado a formar parte del Senado romano. Por tanto, aunque en las generaciones intermedias no hubo ningún senador, los Elios eran, sin duda, una de las principales familias de Itálica y, en realidad, de toda la provincia de la Bética. Podemos identificar otras dos familias de Itálica con las que compartían esa posición: los Ulios y los Trahios o Trayos, antepasados de Trajano. Una de las dos o ambas procedían de Túder (Todi), en Umbria, y, al igual que los Elios, su asentamiento en Itálica se remontaba, probablemente, a la fundación de la ciudad el 206 a. C.3


La HA hace hincapié en el vínculo de Adriano con Trajano, y al padre de aquel, Adriano Afro, se le denomina «sobrino carnal ( consobrinus) del emperador Trajano». Según se suele suponer, el abuelo de Adriano se había casado con una tía de Trajano o, por decirlo de otra manera, con una hermana de Trajano el Viejo, M. Ulpio Trajano. Aquel hombre, tío abuelo, por tanto, de Adriano, era una de las personas más poderosas e influyentes de su tiempo. En el momento de nacer Adriano se encontraba en el este, ocupando el puesto de gobernador de Siria, y su hijo, el primo del padre de Adriano, estaba con él como tribuno militar. Trajano debía, sin duda, en parte esa distinción a sus capacidades militares, pero también a un golpe de suerte: había estado al mando de la X Fretensis como uno de los tres legados de la legión en la fuerza expedicionaria de Judea capitaneada por Vespasiano desde el año 66. Era, por tanto, uno de los hombres que se encontraban con él cuando su comandante en jefe fue proclamado emperador en julio del 69. Otros dos legados legionarios de Judea en aquella expedición habían sido un hombre de la localidad natal de Vespasiano, Reate (Rieti), Sex. Vettuleno Cerial, y Tito, el hijo de Vespasiano. Al parecer, se permitió a Vespasiano elegir directamente a aquellos dos legados—hecho sumamente excepcional—. Es posible que Vespasiano escogiera también a Trajano. Hay indicios de que su mujer, Marcia, tenía propiedades en la confluencia del Tíber y el Nar, equidistante de Tuder y Reate; y Marcia era, quizá, hermana de la primera esposa de Tito, Marcia Furnila. Sea como fuere, en su condición de antiguo compañero de armas del emperador y de su hijo mayor, Tito César, Trajano gozó en la década del 70 de una situación claramente excepcional. Además, siendo gobernador de Siria, dio muestras de su valentía al impedir a los partos hacer realidad una amenaza de invasión.4

Los Elios y los Ulpios eran, sin duda, gente adinerada. Al fin y al cabo, para ser miembro del Senado se requería ser dueño de importantes propiedades. Los Elios—como no es de extrañar—poseían productivos olivares aguas arriba de Itálica. Durante las guerras civiles de los años 49-45 a. C., algunos hombres de Itálica habían desempeñado un importante cometido en las campañas hispánicas—aunque, sobre todo, en el bando de los pompeyanos—. Se puede conjeturar que Marulino, el antepasado de Adriano, habría apoyado a César, lo que le habría valido como recompensa el rango senatorial. El auge de la elite colonial—en particular la de la Galia Narbonense y la Bética—continuó bajo la dinastía julio-claudiana, acentuado por la influencia de Afranio Burro de Vasión (Vaison-la-Romaine), prefecto de la guardia, y de Anneo Séneca de Córduba (Córdoba), principales consejeros de Nerón en la primera parte de su reinado. El hecho de que Galba, sucesor inmediato de Nerón, hubiera sido durante muchos años gobernador de la Hispania Tarraconense proporcionó un impulso adicional a la buena suerte de los hispanorromanos. Y Vespasiano supuso en los años 73-74 un nuevo paso adelante al otorgar la condición latina a todas las comunidades hispanas que todavía no eran romanas o latinas.5

Así, en el momento de nacer Adriano, varios magnates «coloniales» habían ocupado en Roma los cargos más altos. Valerio Asiático de Vienna (Vienne) había sido cónsul ordinarius (por segunda vez) el año 46. Pedanio Secundo de Barcino (Barcelona) había sido, incluso, prefecto de Roma bajo Nerón. A mediados de la década del año 70 había en las filas del Senado varias docenas de familias procedentes de las provincias occidentales—a las que se unía un puñado del Este de habla griega que se había subido al carro flaviano en el 69—. En su cargo de censores, Vespasiano y Tito habían llegado, incluso, a conceder a algunos provinciales la condición de patricios, miembros de la aristocracia primigenia de Roma. Entre los favorecidos se hallaban los Ulpios, los Trajanos, los Annio Vero de la colonia bética de Ucubi (Espejo), Cn. Julio Agrícola de Forum Iulii (Fréjus), en la Narbonense, que sería pronto cónsul (quizá en el 76, pocos meses después del nacimiento de Adriano) y luego gobernador de Britania, y los hermanos Domicios, Lucano y Tulo, procedentes de la localidad gala de Nemauso (Nîmes).6

La familia de Adriano pasaba, probablemente, los inviernos en Roma y los meses calurosos del verano en algún retiro suburbano más fresco. Lo más probable es que ya tuvieran, o compraran pronto, una villa en Tibur (Tívoli), donde, en el período flaviano, tenían casas de campo un grupo de notables hispanos. Es bastante dudoso que los padres de Adriano lo llevaran en su primera niñez al antiguo hogar de la familia. El contacto con Itálica y la supervisión de las fincas familiares de la Bética pudo haberse gestionado en gran parte por medio de administradores. Se esperaba que los senadores vivieran en Roma, su lugar de residencia oficial, excepto cuando se hallaban en alguna otra parte al servicio del Gobierno. Además, es de suponer que, al haber accedido recientemente al cargo de pretor, Adriano Afro habría ocupado varios puestos en el servicio público en los años inmediatamente siguientes al nacimiento de su hijo. Una posibilidad muy probable era el mando de una legión—la mitad de los pretores solían ser llamados a ese servicio cada año, sobre todo desde que Vespasiano hizo de la pretura, según consta, un requisito previo para el cargo (hasta entonces habían sido legados de la legión hombres más jóvenes, como Tito, legado de la XV Apollinaris a la edad de veintisiete años, cuando todavía no había ascendido en el escalafón más allá de la cuestura)—. A este destino podía seguirle el cargo de gobernador de una de las provincias «imperiales», como legatus Augusti en calidad de propretor—tal fue el caso de Julio Agrícola, pretor en el 68, legado de una legión en Britania y, luego, gobernador de Aquitania durante algo menos de tres años.7

También existían puestos menos exigentes, por ejemplo, para solo doce meses, como legado de uno de los diez procónsules, seguidos de otros doce como procónsul de una de las ocho provincias proconsulares reservadas a antiguos pretores—no antes de cinco años tras el nombramiento de pretor, según las normas establecidas—. La mayoría de los proconsulados se hallaba en provincias de la mitad del Imperio de habla griega. Una de las pocas provincias proconsulares occidentales era la Bética, que Trajano había gobernado en tiempos de Nerón. Además, el legado o procónsul se llevaría, sin duda, consigo, a su mujer y sus hijos. Existe por tanto una clara posibilidad de que Adriano pasase un año o dos en el Este griego durante su niñez. Es solo una conjetura. Podemos señalar, no obstante, que Trajano fue procónsul de Asia en el 79-80. Los procónsules de Asia y África se elegían entre los antiguos cónsules, y el primero de ellos podía nombrar tres legati. Conocemos a uno de los legados de Trajano, T. Pomponio Baso, quizá hispano, como él. Otro fue, probablemente, uno de los nuevos senadores griegos, A. Julio Cuadrato, de Pérgamo. El tercero—se trata de una mera conjetura—pudo haber sido muy bien Adriano Afro, sobrino del procónsul.8

Merece la pena dedicar al menos un momento de reflexión al hecho de que el niño Adriano pudiese haber acompañado a sus padres a Éfeso, Esmirna y otras ciudades antiguas y opulentas de la provincia de Asia. Las impresiones de la niñez son importantes, y los recuerdos más antiguos de la mayoría se remontan, más o menos, a la edad de tres o cuatro años. Aún resulta más atrayente la idea de que Afro pudo muy bien haber sido procónsul de Acaya a comienzos de la década del 80, cuando Adriano era un niño de cuatro o cinco años. Sin embargo, no hay necesidad de acudir a este tipo de especulaciones para explicar cómo alguien nacido en la Roma de los Flavios podía sentirse tan atraído por todo lo helénico. Por aquellas fechas, Roma era en cierto sentido —y lo había sido, de hecho, durante más de un siglo—la mayor ciudad griega del mundo. Esto significa que, de la misma manera que en cierto momento Glasgow fue la mayor ciudad irlandesa, o Nueva York la que contaba con la población judía más numerosa, los habitantes de Roma que hablaban griego habían sobrepasado probablemente con mucho a los de cualquier pólis griega del Este. La cultura griega de la capital había recibido un nuevo impulso por el entusiasta filohelenismo de Nerón y no se había debilitado con la caída de este. No hay duda de que esa cultura tenía, en parte, manifestaciones muy superficiales, como la moda de disponer de esclavos adiestrados en la recitación de diálogos platónicos para entretenimiento de las cenas festivas. Pero el entusiasmo por la literatura, la filosofía y el arte griegos era auténtico. Intelectuales griegos, como Plutarco, eran bien recibidos en la Roma flaviana. En cuanto a la literatura latina de la época, los propios títulos de la Tebaida y la Aquileida de Estacio, o los Argonáutica de Valerio Flaco, son suficientemente elocuentes. Merece la pena recordar que Quintiliano, el maestro más destacado de su tiempo, recomendaba enseñar griego a los niños—evidentemente, estaba pensando en la clase alta—antes que latín (que, de todos modos, iban a aprender), aunque no hasta el punto de «hablar y aprender solo griego durante mucho tiempo, como ocurre en casos muy numerosos», pues ello habría influido desfavorablemente en el dominio del latín por parte de los chicos. Aquella práctica común, considerada excesiva por Quintiliano, pudo muy bien haberse aplicado a Adriano en su niñez.9

Si en el verano del 70, fecha de la muerte de Vespasiano y del acceso al poder de su hijo mayor, Tito, Adriano—entonces de tres años—se hallaba en Roma, y no en Éfeso o en algún otro lugar con su padre, éste habría sido el primer acontecimiento público que quedaría grabado en su memoria. En el momento de fallecer—por unas fiebres, y no a causa de la gota, según informa Casio Dión—, Vespasiano se encontraba en Aquae Cutiliae, un balneario de la Sabina. A pesar de ello, «hubo algunos», según Dión, «que hicieron correr la versión de que Tito había envenenado a su padre en un banquete». Uno de esos correveidiles, añade, fue nada menos que el emperador Adriano. No se ha confirmado cuándo lanzó Adriano aquella acusación, y tampoco está claro dónde tuvo Dión noticias de ella. Podemos suponer que Mario Máximo citó a Adriano en este sentido. Adriano pudo haber encontrado una oportunidad para aludir a aquella historia en su autobiografía. Sin embargo, semejante afirmación de Adriano podría haber circulado durante años en medios senatoriales. Es difícil que Adriano hubiera oído la acusación en el 79, pues era todavía un niño, pero existe la posibilidad de que la denuncia aflorara bajo Domiciano, a quien se atribuyen otras difamaciones contra su hermano. El hecho de que Adriano la creyera y repitiera más tarde es, quizá, un indicio indirecto de su actitud con Domiciano.10

Varios incidentes llamativos ocurridos en Roma e Italia a partir del 79 debieron de haber causado cierta impresión en un niño romano. Basta con su simple enumeración. La erupción del Vesubio y la desaparición de Pompeya y Herculano en agosto del 79 fue, obviamente, un suceso bastante sensacional. El incendio ocurrido al año siguiente en la propia Roma, menos desastroso y espectacular que el gran fuego del 64, en tiempos de Nerón, pero suficientemente grave como para consumir el templo reconstruido de Júpiter Capitolino, que había quedado arruinado por otra conflagración a finales del 69, debió de haberle resultado algo más próximo. También debió de haber sido muy llamativa—incluso para un niño demasiado joven como para formar parte del público asistente—la inauguración del nuevo e inmenso anfiteatro flaviano (el «Coliseo») celebrada por Tito en el verano del 80 con cien días de espectáculos. La muerte de Tito el siguiente septiembre y el acceso al trono de su hermano Domiciano, mucho más joven que él, constituyó un nuevo hito. Al cabo de poco más de dos años, Domiciano regresaría de su breve participación en una guerra librada en el norte con el título de Germánico. Adriano, entonces de ocho años, contempló, probablemente, el triunfo a principios del 84. Podemos conjeturar con bastante menos seguridad que también oyó comentar una famosa victoria romana ganada en el lejano norte por Julio Agrícola contra los caledonios en la Batalla del monte Graupio en septiembre del 83. El gran general regresó calladamente a Roma al año siguiente y se retiró de la vida pública. De todos modos, Agrícola obtuvo los honores del triunfo, siendo así el único hombre que recibió tal homenaje en el reinado de Domiciano.11

En el curso del año 85 o, a más tardar, en enero del 86, se produjo la muerte del padre de Adriano. Como el muchacho no había vestido aún la toga viril, se le designaron tutores: su tío segundo, Trajano, entonces en los primeros años de la treintena, y otro hombre de Itálica, P. Acilio Attiano, caballero romano, de cuarenta y cinco años. Su principal cometido consistía en cuidar de las propiedades heredadas, pero es posible que Trajano representara el papel de padre sustitutorio. Por aquellas fechas estaba, probablemente, casado y su esposa era Pompeya Plotina, también de origen «colonial», nacida en Nemauso (Nîmes), en la Narbonense. Plotina era solo unos años mayor que Adriano y su relación con él fue muy cálida en años posteriores. Adriano se encariñaría también mucho de su prima segunda Matidia, que tampoco le llevaba muchos años. Matidia era hija de Marciana, hermana de Trajano, y se había casado probablemente a comienzos de la década del año 80, a la edad de catorce o quince años, con un hombre llamado Mindio. Dio a luz una hija a la que pusieron su nombre y—tras haber perdido a su marido por divorcio o muerte— se volvió a casar con un senador llamado Vibio Sabino y, hacia el año 86, tuvo una segunda hija, Sabina.12

Para entonces, Adriano habría tenido durante algunos años maestros de enseñanza elemental. El 87 o el 88 era ya lo bastante mayor como para pasar a la enseñanza secundaria con un grammaticus, bien en una escuela (cosa que Quintiliano consideraba preferible) o bien con un profesor particular. Da la casualidad de que la HA menciona en una vita posterior que el afamado Q. Terencio Escauro fue « grammaticus de Adriano», expresión que se suele considerar una simplificación de otra original, como « grammaticus en tiempos de Adriano», pues Escauro alcanzó, en realidad, la cúspide de su fama cuando Adriano era emperador. Sin embargo, hay algo que avala la idea de que pudo haber enseñado al propio Adriano. Los nombres de Escauro dan a entender que, quizá, era originario de Nemauso, de la misma familia que D. Terencio Escauriano, contemporáneo de Adriano, quien ascendería a puestos elevados bajo Trajano. Pero aún podríamos llevar más lejos el argumento; Pompeya Plotina, nacida también en Nemauso, habría podido intervenir para que Escauro fuera maestro del joven pupilo de su marido. Escauro acabaría siendo conocido como autor de una tediosa obra titulada Ars grammatica además de otros escritos, entre ellos uno sobre la manera correcta de escribir, De orthographia, y un comentario a Horacio, que no fue uno de los autores favoritos de Adriano, quien prefería, en cambio, escritores del siglo II a. C.: Ennio entre los poetas, y Catón el Viejo y el historiador Celio Antípatro entre los prosistas. Quintiliano insistía en que no se debía dejar a los niños abordar demasiado pronto los «autores antiguos», como Catón, pues su estilo rudo y vigoroso ejercería una mala influencia. El ideal era Cicerón, pero el Adriano maduro iba a preferir al viejo Catón.13

Sin embargo, fueran cuales fuesen sus lecturas de aquellos años tempranos, Adriano fue más partidario de la literatura griega que de la latina. La HA y el Epitome de Caesaribus, claramente dependientes de Mario Máximo tanto una como otro, afirman que se estaba ya empapando de Graecis litteris o Graecis studiis con «bastante aplicación» ( impensius, que podría significar, incluso,‘con demasiada aplicación’). «Su inclinación en este sentido era tal», añaden ambas fuentes, «que mucha gente solía llamarle El grieguito». El mote Graeculus era, sin duda, una forma de burla leve que no transmitía la malevolencia con que Juvenal emplearía el término unos años más tarde. Sea como fuere, podemos suponer que Adriano, entonces de diez años, se habría sentido impresionado e inspirado por el mecenazgo imperial de cultura griega. Según Suetonio, Domiciano instituyó en su villa albana la celebración frecuente y casi anual de festivales en los que destacaban las justas literarias para oradores y poetas. El 86, el emperador inauguró algo mucho más espléndido: un certamen triple en honor de Júpiter Capitolino que se celebraría en Roma cada cuatro años. Para ello se construyó un nuevo estadio con capacidad para quince mil espectadores. Poetas y músicos, atletas tanto masculinos como femeninos y jinetes competían ante el emperador, que presidía los juegos ataviado con ropas griegas. Se trataba, de hecho, de un ágon helénico en el que Domiciano actuaba de agonothéte-s. Otro signo del filohelenismo imperial fue el consentimiento de Domiciano a ejercer— in absentia—el cargo de arconte de Atenas.14

El nuevo estadio de Domiciano era solo una pequeña parte del grandioso plan constructivo acometido por él a lo largo de su reinado, continuación, en realidad, de lo que Nerón había puesto en marcha desde que inició la reconstrucción de la urbe tras el fuego del 64. Vespasiano y Tito habían llevado mucho más lejos el proyecto neroniano con el nuevo y extenso Foro de la Paz, los nuevos baños y templos y, por supuesto, el Coliseo. Tras el incendio del 80 había mucho que restaurar. Además de otros proyectos, Domiciano amplió y mejoró notablemente la residencia imperial del Palatino. El auge constructivo, que en el momento de la muerte de Domiciano tenía ya más de treinta años de existencia, recibió un nuevo impulso bajo Trajano; y el emperador Adriano continuaría edificando a gran escala en Roma y en otras partes. Algunas de las familias con fincas cercanas a la ciudad en las que se manufacturaban ladrillos y baldosas, entre ellas la de los hermanos Domicio, hicieron verdaderas fortunas. La pasión por la arquitectura que iba a mostrar Adriano en su juventud se remonta, sin duda, a su niñez, al igual que sus habilidades como intérprete de cithara ( psallendi) y cantante. Quintiliano era partidario del canto a la antigua—el elogio de hombres famosos—y de que se tuvieran conocimientos de los principios de la música. El salterio era, en su opinión, «inadecuado incluso para las jóvenes de buena disposición», por no hablar de los muchachos.15

La guerra se prolongó durante la década del 80. Tras una victoria clara sobre los catos y la celebración del triunfo, se había producido un grave descalabro. Opio Sabino, gobernador de Mesia, había sido derrotado y muerto por los dacios. Domiciano inició de nuevo una campaña, rechazó a los invasores y celebró otro triunfo, probablemente el año 86. Dos senadores hispanos, Funisulano Vettoniano, de Cesaraugusta (Zaragoza), y Cornelio Nigrino, de Liria, obtuvieron honores en sus puestos de alto mando. A continuación se encomendó a Cornelio Fusco, prefecto de la Guardia, realizar una ofensiva al otro lado del Danubio. La campaña acabó en desastre, Fusco halló la muerte y Domiciano hubo de regresar al frente. Se necesitaron refuerzos en aquel punto, incluida la II Adiutrix, una de las cuatro legiones estacionadas en Britania, donde, en consecuencia, se abandonaron la mayoría de las conquistas de Agrícola. Las cosas mejoraron en el 88, cuando el general Tettio Juliano infligió una derrota a los dacios. Entretanto se habían celebrado en Roma nuevos festivales, los Juegos Seculares. La elección del año 88 parece a primera vista sorprendente. Aquellos juegos tradicionales se celebraban a intervalos de ciento diez años, los de Claudio en el 48 fueron de otro tipo y conmemoraron el octavo centenario de la fundación de Roma. Los de Augusto habían tenido lugar el 17 a. C., por lo que, aparentemente, Domiciano debería haber esperado hasta el 94. Es posible que los quindecimviri, los sacerdotes responsables de esos asuntos (uno de los cuales era Cornelio Tácito, pretor también el año 88), informaran de que la celebración de Augusto debería haber tenido lugar el 23 a. C., lo cual daba como resultado el intervalo correcto de ciento diez años antes del 88.16

A comienzos del año 89 se produjo un suceso dramático. Según noticias llegadas a Roma, Antonio Saturnino, comandante del Ejército de Germania Superior en Mogunciaco (Maguncia), había dado un golpe de Estado apoyado por algunas de sus cuatro o cinco legiones, aunque, quizá, no por todas. Cabe la posibilidad de que Domiciano hubiera recibido de antemano un soplo sobre los planes de Saturnino y que, por tanto, al iniciarse el año 89, se abstuviera de ocupar el cargo de cónsul por primera vez desde su nombramiento como emperador. En cualquier caso, es de suponer que partió para Germania muy poco después de haber oído las noticias, acompañado, sin duda, de la Guardia Pretoriana. Había posibilidades de que estallase una guerra civil, una réplica casi exacta de la proclamación de Vitelio en el Rin veinte años atrás. Pero, a diferencia de Vitelio, Saturnino no encontró apoyo en los demás comandantes del ejército. Su homólogo en Renania del norte, Lapio Máximo, avanzó contra él con el Ejército de la Germania Inferior, y lo mismo hizo Norbano, miembro del orden ecuestre y gobernador de Recia, la provincia situada al este, con su fuerza de auxiliares. Se convocó también a otros ejércitos. Trajano, que mandaba en ese momento la legión VII Gemina en el nordeste de Hispania, llevó a sus hombres a marchas forzadas desde Asturias al Rin, nada menos que 835 kilómetros. Pero Lapio y Norbano habían sofocado la sublevación antes, incluso, de la llegada de Domiciano, por no hablar de la de Trajano. El 12 de enero, un colegio senatorial de sacerdotes, los Hermanos Arvales, elevó oraciones en el Capitolio por la seguridad, la victoria y el regreso de Domiciano. Al cabo de diez días estaban festejando ya el cumplimiento parcial de sus deseos; el 25 del mismo mes celebraron un sacrificio como signo del «júbilo público», y el 29 por la seguridad y el regreso de Domiciano, la victoria era ya un hecho cierto.17

Saturnino había esperado apoyo de los catos, que, por supuesto, destruyeron algunos de los fuertes recién reconstruidos al este del Rin. A continuación se emprendió una breve campaña contra ellos y Domiciano se trasladó, luego, aguas abajo del Danubio para una nueva expedición contra los suevos y los dacios. No era la primera vez que se había conspirado contra Domiciano, al menos, los Hermanos Arvales habían realizado sacrificios en septiembre del 87 «para el esclarecimiento de actos criminales realizados por gente sacrílega». Hubo, sin duda, represalias por el golpe fallido del 89; y algunos sectores del Senado debieron de haberse sentido, cuando menos, incómodos. En el Este apareció un pretendiente respaldado por los partos que afirmaba ser Nerón. Fue eliminado pronto, pero el episodio resultó inquietante. Vettuleno Cívica Cerial, procónsul de Asia por aquellas fechas, incluido específicamente por Suetonio entre los senadores importantes ajusticiados por Domiciano, más que estar vinculado de algún modo con el golpe fallido de Saturnino tuvo, probablemente, algo que ver con la conspiración del 87 o se vio comprometido de algún modo por el asunto del falso Nerón.18

Domiciano se hallaba de vuelta en Roma en noviembre del 89 y celebró de nuevo un triunfo, esta vez doble, sobre los catos y sobre los dacios. En señal de la glorificación del soberano, los meses de septiembre y octubre fueron rebautizados respectivamente con los nombres de «Germánico»—término con el que prefería ser conocido desde su primera victoria en el norte—y «Domiciano», el primero para conmemorar el mes de su acceso al poder, y el segundo por el de su nacimiento. Domiciano comenzó el año 90 como cónsul. Era la decimoquinta ocasión en que ocupaba el cargo, había sido cónsul seis veces bajo Vespasiano, aunque solo una como ordinarius, y en el 80 había compartida las fasces con Tito. El único año en que el emperador no había sido cónsul desde el 82 fue el 89. Su colega en el 90 fue M. Cocceyo Nerva, quien ya había sido cónsul con Vespasiano casi veinte años antes: aquella distinción resultó sorprendente, pues Vespasiano y Tito habían monopolizado prácticamente el consulado ordinario durante la década del 70. Nerva debió de haber sido una persona valiosa para Vespasiano, como lo había sido para Nerón, es evidente que en el período siguiente a la conspiración del 65 había dado a este consejos provechosos, consiguiendo así los correspondientes galardones. Su papel de eminencia gris bajo los Flavios solo puede deducirse de los honores obtenidos. Es probable que su asesoramiento volviera a ser especialmente útil en el 89. En el 90 hubo un número insólitamente alto de cónsules sufectos. Algunos de ellos fueron, quizá, hombres que acababan de mostrar una lealtad patente. Uno de los sufectos fue Ser. Julio Serviano; y su colega, un cordobés: L. Antistio Rústico. Otro de los sufectos fue un segundo senador de la Bética, L. Cornelio Pusión. Se supone que todos ellos habrían servido lealmente a Domiciano. Existe la posibilidad de que Serviano fuera ya cuñado de Adriano, al haberse casado con su hermana Paulina. La hija de este matrimonio, Julia Paulina, sobrina de Adriano, contraería a su vez matrimonio el 106 y no pudo haber nacido mucho después del 91 o el 92. El origen de Serviano no aparece testimoniado directamente en ninguna parte, pero es seguro que, más que ser oriundo de Italia, pertenecía a la elite colonial. Diversos factores hacen más probable que su patria fuera el sur de las Galias y no Hispania.19

Algún tiempo después de su siguiente cumpleaños, el 24 de enero del 90, Adriano «regresó a Itálica». El lenguaje empleado por la HA ha llevado a pensar que, después de todo, su lugar de nacimiento habría sido aquel, y no Roma. O, también, que le habrían llevado a Itálica anteriormente, siendo un niño— lo cual es, desde luego, perfectamente posible—, bien en visita privada con sus padres o, quizá, porque su padre había sido procónsul de la provincia de Bética o legado del procónsul de la misma. Pero es probable que el término rediit exprese, simplemente, el sentido de un ‘retorno a la antigua colonia’. Casio Dión registra, casualmente, un asunto curioso ocurrido aquel año en Roma: un supuesto brote de envenenamiento debido a que «algunas personas untaban agujas con veneno y pinchaban con ellas a la gente», lo que provocó muchas muertes, y el castigo de los supuestos culpables. El suceso tuvo lugar no solo en Roma sino «en casi todo el mundo». En realidad, es probable que se tratara de una epidemia virulenta. Hubo varios fallecimientos en puestos elevados, por ejemplo el del joven Aurelio Fulvo, cónsul ordinarius en el 89, que no pasaba, probablemente, de los treinta y tres años, el de la mujer y los hijos aún jóvenes del profesor de Retórica Quintiliano, y el del marido de la joven y bella Violentila. Marcial felicitó a su amigo Licinio Sura poco después de su restablecimiento de una enfermedad casi fatal. De hecho, podríamos proponer que Serviano se casó con Domicia Paulina precisamente por haber enviudado, al fin y al cabo, había cumplido ya los cuarenta y, seguramente, no se habría mantenido soltero hasta entonces.20

Adriano pudo haber sido enviado a Itálica para escapar de la epidemia. Una razón más probable es que tomara la toga viril y se viera, por tanto, obligado de alguna manera a realizar una inspección de las propiedades familiares en aquella ciudad y otros lugares de la Bética. La ceremonia se solía celebrar un año o dos después de que el joven hubiera cumplido los catorce. Pero Nerón tomó la toga virilis a esa edad, y el joven Marco Aurelio haría otro tanto. El acto tenía lugar, normalmente, el día de la fiesta de los Liberalia, el 17 de marzo. Podemos suponer que Adriano cumplió con ese rito de paso aquel mes de marzo del año 90. A partir de aquel momento ya no era un puer sino un iuvenis.21

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EL ANTIGUO DOMINIO

La Tarraconense y la Bética no eran, en absoluto, las posesiones coloniales más antiguas de Roma. La prioridad correspondía a Sicilia y Cerdeña-Córcega, anexionadas tras la Primera Guerra Púnica. Pero Roma había puesto pie por primera vez en la península, en Tarraco (Tarragona), el 218 a. C., al comienzo mismo de la guerra contra Aníbal. Doce años después, ampliando la obra de su padre y su tío, P. Escipión, conocido más tarde como el Africano, había conquistado el imperio de Cartago en Hispania y realizado muchas otras empresas. Llevar la soberanía romana hasta el lejano Atlántico iba a suponer una dura pelea. Los cántabros y los astures del noroeste no sucumbirían hasta el 19 a. C., y Augusto mantuvo durante varias décadas una fuerza de tres legiones en la Tarraconense, la mayor de las tres provincias en que se dividió entonces el país. En tiempos de Nerón, la guarnición se redujo a una sola legión, y así siguieron las cosas después de él. La VII Gemina, formada a partir de la nueva legión reclutada por Galba en Hispania el año 68, había tomado en aquel momento en Asturias la fortaleza que recibiría el nombre de Legio (Legión/León). Las otras dos provincias, Lusitania y Bética, no disponían de legiones y apenas tenían guarniciones; sus gobernadores eran, además, de rango inferior al del legado consular que regía la Hispania Citerior desde Tarraco. Lusitania, la parte occidental de la antigua Hispania Ulterior, era, como la Tarraconense, una provincia imperial gobernada por un legado imperial, aunque su rango fuera solo de pretor, situándose así en el mismo nivel que las tres provincias de la Galia: Aquitania, Bélgica y Lugdunense. La Bética, llamada así por el río Betis (el nombre moderno de Guadalquivir significa, precisamente, ‘río grande’, según la denominación de los conquistadores árabes en el siglo VIII), era una provincia «senatorial» o proconsular.1

Las provincias proconsulares eran las de carácter «pacífico y fáciles de gobernar sin recurrir a las armas», de acuerdo con la descripción dada por el geógrafo Estrabón en tiempos de Augusto. Podríamos añadir, además, que las provincias proconsulares estaban muy urbanizadas. Esa característica era aplicable, sin duda, a la Bética, donde a las viejas ciudades fenicias y cartaginesas como Gades (Cádiz) y Málaca (Málaga) se habían sumado un cúmulo de fundaciones romanas. Itálica fue la primera de una serie larga. Carteya, otro asentamiento de veteranos, había recibido carta de privilegio del Senado el 171 a. C. Entretanto, las riquezas del país habían atraído a un buen número de colonos y contratistas. A aquellas fundaciones de ciudades les siguieron otras nuevas y más famosas, sobre todo Córduba (Córdoba) e Híspalis (Sevilla). César y Augusto concedieron cartas de privilegio a las ciudades existentes—incluida Itálica—y fundaron nuevas coloniae en la Bética. La concesión de la condición latina a toda la península significó que cualquier comunidad carente hasta entonces de carta de privilegio podía convertirse en municipium desde ese momento.2

En la descripción de la Geografía de Estrabón, escrita en tiempos de Augusto, se hace hincapié en la riqueza de Hispania, y en especial en la del valle del Betis. «Turdetania», según llama a la región, había sido «espléndidamente bendecida por la naturaleza: no solo produce de todo, sino que esas bendiciones se redoblan por la facilidad para exportar sus productos por vía naval». Estrabón enumera entre ellos el «cereal, el vino y el aceite de oliva—no solo en grandes cantidades, sino también de la mejor calidad—, la cera, la miel y la pez», además de tintes, todo tipo de ganado, caza y mariscos en abundancia. Estrabón insiste, sobre todo, en la riqueza minera de Turdetania, donde había oro, plata, cobre y hierro en una cantidad y de una calidad no superadas en ninguna otra parte del mundo. Su información de que los cartagineses se habían encontrado con que la gente del país utilizaba abrevaderos y pesebres de plata para los animales y bebía también vino en jarras del mismo metal podría ser tan solo una pequeña exageración.3

No es de extrañar que, durante el último siglo y medio de la República, aquella tierra tan favorecida atrajera importantes contingentes de inmigrantes, comerciantes y contratistas civiles y hasta exiliados políticos, que se sumarían al componente italiano representado por los veteranos. La nomenclatura de la Hispania romana indica que muchos de los inmigrantes procedían del interior de Italia, de Etruria, Umbría, Piceno y Samnio. La cifra total de colonos solo puede ser objeto de conjetura; en cualquier caso, unos diez mil hombres de familias de inmigrantes o veteranos sirvieron en las fuerzas pompeyanas durante la Guerra Civil. Las relaciones con los iberos naturales del país fueron casi siempre pacíficas y eran comunes los matrimonios mixtos. Es cierto que, al describir la campaña de César contra Pompeyo el Joven el 45 a. C., el autor del Bellum Hispaniense, aunque observa que «toda la Hispania Ulterior es fértil y está bien regada», añade que, «debido a las frecuentes incursiones de los nativos, todos los lugares alejados de las ciudades están protegidos por torres y fortificaciones, con puestos de observación». La implantación de colonos por César y Augusto y el establecimiento de la paz en todo el Imperio puso fin a aquella inseguridad residual. Además, el nuevo asentamiento se llevó a cabo, al menos en la Bética y en el este de la Tarraconense, en un país que era ya, en gran parte, latino por su lengua y su cultura. «Los turdetanos», escribía Estrabón, «han adoptado totalmente el modo de vida romano y ni siquiera recuerdan ya su propia lengua». La concesión masiva del derecho latino y la admisión de nativos en las fundaciones coloniales bajo César y Augusto contribuyeron a consolidar el proceso.4

Hispania meridional comenzó pronto a hacer su propia aportación a la literatura latina. El 62 a. C., Cicerón hizo un comentario sarcástico sobre unos innominados poetas cordobeses, con su «pronunciación fuerte y ligeramente extranjera». A pesar de ello, Córdoba produjo en tiempo de Augusto otro escritor, Sextilio Ena, cuyos versos fueron elogiados por el mismo Cicerón. Más conocido es Anneo Séneca, el famoso rhetor y autor de obras en prosa. Su hijo, llamado como él, llegaría a ser aún más célebre como poeta y filósofo, y como tutor y minister de Nerón; y el nieto del rhetor fue el poeta épico Lucano. Otros litterati béticos son Porcio Latrón, amigo de Séneca el Viejo, y probablemente Junio Galión, que adoptaría al hijo mayor de Séneca. Ambos adquirieron fama en Roma como declamadores. Algunos de los oradores hispanos de la época, por ejemplo Gavio Silón y Clodio Turrino, se quedaron en la provincia. Varios escritores más de la época augústea, como el historiador Fenestela, el compilador de exempla morales Valerio Máximo, y Grattio, que compuso un poema sobre la caza—Cynegetica—, pudieron ser también originarios de Hispania. El atractivo que ejercía Roma sobre los talentos provinciales era demasiado fuerte, y muchos se rindieron a él. Sabemos con claridad que los tres últimos mencionados se mudaron a Roma, al igual que los Séneca, Galión y Latrón. En la Roma de los Flavios residieron dos hispanos destacados—ambos de origen ibero romanizado, según se deduce de sus nombres, y, además, de la Tarraconense: Quintiliano, el profesor de Retórica (M. Fabius Quintilianus), de Calagurris (Calahorra), y el poeta Marcial (M. Valerius Martialis), de Bílbilis (cerca de Calatayud).5

La HA dedica solo una frase a la breve estancia de Adriano en Itálica. La frase comienza diciendo: «Enseguida ingresó en el servicio militar». Es posible que, para un muchacho de catorce años, la expresión militia no significara alistamiento en el ejército. Adriano debió de haberse enrolado en la organización local, collegium, para jóvenes de buena familia, los iuvenes. Varias inscripciones atestiguan la existencia de tales collegia en las ciudades de Italia y las provincias occidentales. No sabemos gran cosa sobre sus verdaderas actividades. El año 88, los iuvenes de Mactaris (Maktar), en África, dedicaron en su ciudad natal una basílica y algunos almacenes. La basílica era, sin duda, un recinto de entrenamiento. Los jóvenes cumplían, probablemente, alguna función en el culto imperial y realizaban ejercicios físicos, quizá de carácter militar. En caso de emergencia extrema podían ser llamados a filas para formar una milicia. Pero las pocas menciones que aparecen en las fuentes literarias dan a entender que, en algunos casos, la juventud municipal dorada se desmandaba. En la novela de Apuleyo El asno de oro, la bella Fotis advierte a su amante Lucio: «Una pandilla de locos, iuvenes de las mejores familias, perturban la tranquilidad pública; podrás ver, al pasar, gente degollada en plena calle». Calístrato, el jurista del siglo III, muestra claramente que aquella conducta revoltosa de los iuvenes no era una mera ficción: «Algunos de los que suelen llamarse iuvenes tienen por costumbre unirse en cuadrillas de alborotadores y gritar en público. Si no han causado ningún otro problema y no han sido amonestados por el gobernador, se les puede castigar con unos azotes y prohibir la asistencia a los espectáculos». Otros delitos deberían ser objeto de un trato más severo, el exilio o, incluso, la muerte.6

Otras cosas que Adriano pudo haber hecho en su breve estancia en el viejo país son, en gran parte, objeto de conjetura. Es posible que tuviera allí parientes, por ejemplo un tío abuelo llamado también Elio Adriano. Según la HA, aquel anciano, un astrólogo experto, dijo en cierta ocasión al joven Adriano que llegaría a ser emperador. Aunque Adriano se significó más tarde por su adicción a la ciencia de los astros, la historia podría ser una invención de la HA. Si, como parece probable, su madre se hallaba con él, pudieron haber visitado Gades, la ciudad de donde era originaria Domicia Paulina. También entra dentro de lo posible que, para un joven de familia senatorial, se considerase apropiada una visita al procónsul. No sabemos quién ejercía el cargo de gobernador el año 90—podría haber sido un tal Bebio Masa, cuya conducta le valdría un proceso tres años más tarde—. Pero Masa ocupó su cargo, probablemente, en el 91-92 o el 92-93. Fuera como fuese, el joven señor debió de haber inspeccionado, al menos, las propiedades familiares situadas unos pocos kilómetros aguas arriba de Itálica, de camino a Ilipa, para darse a conocer a los trabajadores. Las ánforas para el aceite de oliva de esa localidad, fabricadas por la Alfarería Virginense (Figlina Virginensia), llevaban grabada la inscripción «port. P. A. H.», que se ha de interpretar como ‘almacén [ port( us)], de Publio Elio Adriano’. Una de las fincas era, pues, probablemente, el fundus Virginiensis, documentado por una inscripción pintada descubierta en el Monte Testaccio, el gran montículo formado por restos de ánforas en Roma. En algunas de esas ánforas aparecen los nombres de cinco obreros esclavos: Augustal, Calisto, Hermes, Milón y Rómulo. Lo que no sabemos es si esos hombres estaban trabajando ya en la finca cuando Adriano la visitó. La datación habitual de las ánforas suele proponer una fecha algo más tardía.7

La impresión que causó Itálica en Adriano solo puede ser objeto de suposiciones—el hecho de que procurara evitar regresar allí cuando estuvo en Hispania siendo emperador podría sugerir un veredicto un tanto desfavorable—. Esta hipótesis no se halla necesariamente en conflicto con su espléndida generosidad con la localidad, transformada completamente durante su reinado. La vida y la sociedad de la pequeña ciudad pudieron haberle parecido aburridas e insignificantes. Cuando Marcial regresó a su hogar hispano diez años más tarde, admitió a su amigo Prisco que estaba viviendo en un «desierto provincial»: resultaba difícil mantener la moral alta cada día en una localidad pequeña, sin teatros, bibliotecas ni cenas, y sometido a la envidia o la malignidad de los demás habitantes del municipium. Es posible que la atención de Adriano se sintiera atraída en Itálica por un objeto «cultural»: una obra de arte griega que debía de ser uno de los tesoros de Itálica. Una pequeña placa de mármol registraba que había sido donada «al vicus Italicensis por Lucio Mummio, hijo de Lucio, imp[ erator]», tras la «toma de Corinto». El cónsul que destruyó Corinto el 146 a. C. y tomó el nombre de Achaicus (‘Aqueo’) había desempeñado anteriormente el cargo de gobernador de Hispania Ulterior. La pequeña Itálica había sido escogida, pues, para recibir una parte de los despojos, el enorme saqueo de estatuas y pinturas llevado a cabo por Mummio fue notorio. Al carecer de cualquier interés personal por el arte, Mummio los había donado con una esplendidez asombrosa. Adriano pudo haber hecho amigos en Itálica. Un posible conciudadano y, probablemente, coetáneo exacto suyo, documentado posteriormente como uno de sus más íntimos amigos, fue A. Platorio Nepote. Pero Adriano y Nepote pudieron haberse conocido en Roma o en Tibur, Emilio Papo, conocido también como Mesio Rústico, otro de los amigos íntimos de Adriano, cuya familia procedía de Siaro, en el valle del Betis, tenía, sin duda, una propiedad en Tibur.8

El resto de la información de la HA sobre la estancia de Adriano en Itálica inmediatamente después de su ingreso en la militia se entiende mucho más fácilmente: «Era tan aficionado a la caza que se ganó algún reproche». Se trataba, sin duda, de una de las actividades favoritas de los iuvenes de Itálica. Hispania era un país ideal para practicarlas; en la península abundaban los venados, los jabalíes y las cabras monteses, así como las «liebres cavadoras» (los conejos), que por entonces solo se encontraban en aquella parte de Europa. No es casual que el libro de epigramas escrito por Marcial en Bílbilis comience diciendo que podía componer poemas «una vez retiradas las redes de caza y cuando el bosque se sume en el silencio», no había nada más que hacer. Podemos deducir que Adriano se hallaba todavía en Itálica en otoño, al comenzar la estación de la caza. Es posible que adquiriera también allí otro hábito. Mario Máximo informaba de que el plato favorito de Adriano era un pastel de caza que tenía como ingredientes ubres de cerda, faisán y jamón horneados en una torta. Adriano—que tuvo siempre buen apetito—lo llamaba su tetrafarmacum, su ‘medicina cuádruple’. El nombre era probablemente una broma que hacía referencia al empleo de ese término de origen médico por los filósofos epicúreos para describir la esencia de las doctrinas de su maestro. Es bastante probable que Adriano adquiriera el gusto por aquel plato en su juventud y lo comiera por primera vez tras sus jornadas de caza en Itálica. El deporte, sin embargo, no era aún una ocupación aceptable o elegante para los romanos de clase alta, como lo había sido siempre para los griegos. Polibio menciona concretamente lo excepcional que resultaba el joven Escipión por su afición a la caza—adquirida en Macedonia después de que su padre Paulo conquistara aquel reino—y a otras artes y ciencias helénicas. Escipión Emiliano siguió siendo una excepción: la elite romana dejaba la caza para los esclavos y los libertos, o la consideraba un espectáculo para entretenimiento de la plebe en forma de venationes escenificadas en el circo.9

La situación cambiaría pronto con la llegada de Trajano al poder. Diez años después, Plinio se desharía en declaraciones embelesadas ante las saludables y honrosas formas de esparcimiento del nuevo soberano: la caza y la navegación a vela. Siempre que encontraba tiempo, su «único descanso consiste en vagar por los bosques y sacar a los animales salvajes de sus guaridas». Senadores como Plinio y Tácito siguieron los pasos del emperador; con cierta desgana en el caso de Plinio, que llevaba consigo sus cuadernos de notas mientras «permanecía sentado junto a las redes de caza, con materiales de escritorio en vez de jabalinas para cazar», práctica que recomendaba a Tácito. En Hispania la situación habría sido, sin duda, diferente. Según Plutarco, el rebelde general Sertorio, que en los últimos años de la República dominó gran parte de la península más o menos durante una década, «cazaba siempre que tenía tiempo libre». El rhetor hispano Porcio Latrón, a pesar de su famosa palidez por sus horas de estudio encerrado en casa, había practicado en otros tiempos con tanta pasión la caza en bosques y montañas con los campesinos que apenas era capaz de dejarla. Séneca el Joven, que solo en raras ocasiones llega a aludir a su origen hispano, parece haber practicado también la caza, pues habla del «esfuerzo y el peligro» que corremos «cuando cazamos». Algunos poemas de Marcial muestran también a varios de sus amigos hispanos disfrutando de la caza. Pero Trajano, aunque compartía el gusto hispano, no era todavía emperador en el año 90. Su reacción al oír comentar el excesivo entusiasmo de Adriano fue la de «apartarlo» de Itálica.10

El propio Trajano hubo de volver a Roma en el otoño del año 90, a más tardar, para ocupar el cargo de cónsul ordinarius al año siguiente. Podemos suponer que viajó de Legio (León) a Itálica y arrancó de allí personalmente—la palabra empleada, abductus, es, sin duda, bastante fuerte—a su joven pupilo. Es, incluso, posible que le llamase al campamento legionario. Sea como fuere, y tanto si Adriano tuvo la oportunidad de ver otras partes de Hispania en su viaje de regreso como si no, podemos suponer que antes de concluir el año 90 se hallaba de vuelta en Roma, donde fue tratado por Trajano «como un hijo» («pro filio»). Trajano había alcanzado para entonces la cima de los honores. Por su cargo de cónsul ordinarius, en el que tuvo como colega a M. Acilio Glabrión, un miembro de cuya familia había ocupado aquella dignidad casi trescientos años antes (el 191 a. C.), su rango social no se hallaba por debajo del de ningún otro, fuera del emperador, sobre todo porque, bajo los Flavios, fueron muy pocas las personas no pertenecientes a la familia imperial a quienes se permitió ocupar el consulado ordinario.11

Es probable que Adriano tuviera, por lo menos, un tutor particular en su hogar de Itálica. De vuelta a Roma se hallaba preparado para asistir a clases de Retórica. Tal vez no pudo ya ser alumno de Quintiliano, el profesor más destacado del momento, retirado por aquellas fechas tras veinte años de ejercer la docencia en Roma como «profesor imperial»—fue el primero en ocupar la cátedra de Retórica creada por Vespasiano—y dedicado a escribir una pesada monografía Sobre la educación de un orador.12

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TRIBUNO MILITAR

Si Adriano no pudo asistir a las clases de Quintiliano, no hay duda de que se encontraría otro profesor para él. En cualquier caso, dada su condición de hijo de senador y, por tanto, de futuro senador, se esperaba que tomase como maestros a oradores destacados. No quedaba disponible ninguna estrella pujante: Cornelio Tácito se hallaba fuera de Roma en los años 90-93, posiblemente en el desempeño de algún cargo provincial. Es bastante probable que Trajano animara a Adriano a sentarse a los pies de Licinio Sura, otro hispano de una de las coloniae de la Tarraconense. Sura había recibido elogios como abogado al comienzo de la década del 80, cuando Marcial escribió su primer libro de epigramas. El 92, Marcial lo llamaría el «más famoso de los eruditos, cuya oratoria de estilo antiguo recuerda la de nuestros graves antepasados». Sura tenía una casa en el Aventino, cerca del templo de Diana con vistas al Circo Máximo, según revela Marcial en otro poema, y aparece citado en tercer lugar en una lista breve de elocuentes admiradores de sus escritos, tras Silio Itálico, el poeta consular, y Aquilio Régulo, un resuelto orador.1

A comienzos de mayo del año 92, Domiciano dejó Roma para emprender otra nueva campaña en el norte contra los suevos de Germania y los sármatas, y permaneció fuera durante ocho meses. Es posible que Trajano marchara con él y se quedara en la zona del Danubio, llegando a ser, incluso, gobernador de Panonia. En cualquier caso, pocos años después, Plinio afirmó que, tras haberse ganado la aprobación de Domiciano por su rápida marcha de Hispania al Rin el año 89, Trajano «fue considerado digno» por el emperador «de llevar a cabo varias expediciones»: resulta difícil ver en qué otro lugar pudo haber servido. La campaña del emperador estuvo lejos de ser un éxito total, sobre todo porque una legión, la XXI Rapax, había sido aniquilada por el enemigo. Al regresar en enero del 93, Domiciano se limitó a señalar el final de la guerra con un triunfo menor, una ovatio. Estacio atribuyó la contención del emperador a su «clemencia» y a que no deseaba «dignificar» a los marcomanos y los «nómadas» sármatas celebrando un triunfo cabal sobre ellos. En diciembre del año 92, adelantándose al regreso inminente de Domiciano, Marcial había dedicado su octavo libro de Epigramas al emperador dándole el título de Dácico (que Domiciano nunca adoptó). Una docena de los ochenta y dos poemas tienen como asunto el elogio directo o indirecto de Domiciano: «El mes de Jano, la ciudad es testigo de un feliz regreso»; «Roma nunca amó tanto a un caudillo ( ducem)», «Si el pueblo te quiere, César, no es por tus dones; quiere a tus dones por ti».2

El noveno libro de Marcial, escrito un año o dos más tarde, siguió aclamando igualmente las victorias de Domiciano. A los elogios se añadió un tema nuevo: el emperador había prohibido la castración, por lo que Marcial le felicita efusivamente en dos poemas. El poeta consiguió, no obstante, incluir en el mismo libro seis composiciones efusivas sobre Earino, el eunuco favorito de Domiciano, que acababa de hacer entrega de algunos rizos de su pelo en una caja de oro para que fueran depositados en el santuario de Esculapio de su ciudad natal de Pérgamo. Estacio, entretanto, compuso más de cien versos sobre el bello Earino y los mechones que el dios iba a recibir del Caesareus puer, elogiando al mismo tiempo con astucia la prohibición imperial de la castración. El Ganimedes imperial no era una excepción en la Roma de los Flavios. Aunque la mayoría no fueran eunucos, los bellos muchachos formaban parte de varias familias conocidas por la literatura de la época. Estacio escribió dos poemas para consolar a amigos por las muertes de sus delicati. En otros tiempos, los romanos habían mirado con censura el «amor griego», y el profesor Quintiliano, de ideas tradicionales, lo seguía desaprobando. Los escritos de Marcial y Estacio muestran que en aquel momento era algo común.3

El año 93 llegaron de la Bética noticias que iban a provocar revuelo y que interesarían, sin duda, de manera especial a los senadores de la provincia. El procónsul Bebio Masa fue acusado de extorsión o corrupción por «los provinciales», probablemente a través del consejo provincial. Masa fue juzgado ante sus iguales, en el Senado, y sus acusadores fueron Herennio Seneción, senador de la propia Bética, y Plinio. Masa fue condenado y sus bienes quedaron inmovilizados mientras se evaluaba la restitución. Entretanto, el anterior procónsul contraatacó. Tenía experiencia como delator (informador o denunciante especializado en acusaciones de maiestas, ‘alta traición’) desde tiempos de Nerón. Junto con Mettio Caro, otro delator, acusó de alta traición a Herennio Seneción. Aquello iba a provocar una avalancha de denuncias. Seneción era seguidor de la filosofía estoica y estaba estrechamente vinculado a un grupo senatorial denominado habitualmente «oposición estoica». A continuación se celebraron en el Senado una serie de juicios por alta traición cuyo resultado fue la condena a muerte no solo de Seneción sino también de dos antiguos cónsules, Helvidio Prisco y Aruleno Rústico, y el destierro de otras cuatro personas de rango senatorial, Máurico, hermano de Rústico, junto con su esposa, y dos mujeres de la familia de Helvidio. Las acusaciones fueron diversas, pero, en esencia, incluían claramente críticas directas o indirectas al emperador por parte de un grupo que se había opuesto a la autocracia durante medio siglo—el padre de Helvidio había sido condenado a muerte por Vespasiano; Trásea, suegro de su padre, por Nerón; y Cecina Peto, suegro de Trásea, por Claudio—.4

Los juicios se celebraron tras la muerte de Julio Agrícola, fallecido el 23 de agosto de 93, cuando se hallaba en marcha la causa contra Bebio Masa. Tácito escribió unos años después que Agrícola tuvo la suerte de morir sin llegar a ver «la casa del Senado sometida a sitio, y a los senadores retenidos en su interior por hombres armados». El joven Adriano debió de haber presenciado aquellos juicios—y, por supuesto, el de Bebio Masa—con un interés considerable. Probablemente se requirió a los cónsules para que presidieran el caso; uno de los hombres que ocupaban el cargo el año 93 era, por cierto, un pariente hispano de la familia de Adriano, L. Dasumio Adriano, de Córdoba. En cuanto a Tácito, había vuelto a Roma poco después de la muerte de Agrícola—había permanecido fuera cuatro años—y, junto con sus colegas del Senado, fue obligado a votar la sentencia de muerte contra Helvidio, Rústico y Seneción. Los sentimientos de Tácito eran ambivalentes. Uno de los cargos presentados contra Seneción fue que, tras ingresar en el Senado con la magistratura más baja, la cuestura, se había negado a presentarse a otras candidaturas. ¿Qué se lograba con aquella oposición pasiva? Agrícola había reaccionado de manera distinta: siguió sirviendo a su país incluso bajo Domiciano—y, de haberlo permitido Domiciano, se habría prestado con absoluta disposición a ejercer otros cargos en Siria o en el Danubio o como procónsul de Asia—. Tácito concluía pocos años después que «los admiradores de la ilegalidad deberían saber que puede haber grandes hombres incluso bajo emperadores malos, que la obediencia y la contención, unidas a la diligencia y el vigor, son más loables que la búsqueda de la fama por sendas abruptas que llevan a una ostentosa actitud de martirio que no beneficia a la república».5

La senda tomada por Agrícola—la obediencia y la moderación—era, al fin y al cabo, la que estaba siguiendo Trajano. Según se contaba, Trajano hizo más tarde la siguiente observación: «Domiciano fue un mal emperador, pero tenía buenos amici». No puede haber muchas dudas de que Adriano se habría adherido satisfecho a aquella opinión y habría pensado, incluso, probablemente, que las medidas de Domiciano contra el grupo estoico estaban justificadas. Es muy posible que se hallara presente como observador en la casa del Senado cuando se celebraban los juicios: Augusto había permitido a los hijos de los senadores asistir a las reuniones senatoriales tras vestir la toga virilis, «para que se habituaran a la vida pública». En cualquier caso, es posible que los juicios por alta traición no hubieran concluido aún cuando Adriano dio los primeros pasos en su carrera oficial. El año 94 fue, probablemente, la fecha en que ocupó uno de los cargos del vigintivirato, impuestos obligatoriamente por Augusto a los futuros senadores. Había cuatro directorios distintos de diverso prestigio. El patricio o plebeyo que contara con unos padrinos fuertes podía llegar a ser uno de los tres funcionarios responsables de la acuñación de moneda, los tresviri monetales. Había así mismo cuatro asignados a la supervisión de las calles de la capital, los quattuorviri viarum curandarum. Los menos favorecidos eran los miembros del cuerpo de tres personas entre cuyos deberes se contaban ciertas formas de mantenimiento del orden, los tresviri capitales, que en aquel preciso momento habían sido convocados para supervisar la cremación pública de libros escritos por los senadores condenados. Platorio Nepote, amigo de Adriano, que hubo de contentarse con ser uno de los capitales y debió de haber ejercido el cargo por esas fechas, pudo haber recibido la misión de ocuparse de aquella ingrata tarea.6

El puesto ocupado por Adriano fue uno de los diez vigintiviri restantes, los decemviri stlitibus iudicandis (‘junta para la adjudicación de los procesos’), a los que el pretor responsable asignaba la presidencia de una de las cuatro listas de jurados de la corte centunviral. Este tribunal trataba los casos civiles y se reunía en la basílica Julia. El público podía asistir a ellos y, en realidad, lo hacía. Sin embargo, lo que atraía su atención eran los discursos de los abogados y no la actuación del decemvir, que casi nunca se menciona: es evidente que sus deberes eran mínimos. Plinio, que a los dieciocho años había aparecido personalmente como abogado ante los centumviri y había sido decemvir poco después, siguió participando con regularidad en casos vistos ante aquel tribunal. Casualmente, informa sobre uno celebrado por las fechas en que el joven Adriano pudo haber ocupado la presidencia. Un tal Ausidio Curiano había sido desheredado por su madre, que nombró nuevos herederos a Plinio y otro senador, Sertorio Severo, junto algunos caballeros más. Algunos se inquietaron al pensar que su amistad con el recién ejecutado Aruleno Rústico podría poner en peligro su posición. Plinio hizo un ofrecimiento a Curiano inmediatamente antes de la fecha señalada para el caso, y el acuerdo se cerró sin llegar a los tribunales.7

Podemos suponer que el puesto de decemvir no suponía grandes exigencias, pero significaba una iniciación a la vida pública, una magistratura del Pueblo Romano, aunque de menor relevancia. Adriano dispondría de un séquito ( viatores) y escribanos asignados a él. Aquel mismo año traería consigo dos nuevas oportunidades de desempeño de una función pública. Por una casualidad afortunada se ha conservado el pedestal de una estatua levantada en su honor en Atenas el año 112. En ella se enumera su cursus honorum, que confirma y complementa la información dada en la HA. Tras el decemvirato se anotan dos puestos no mencionados en la vita:el de praefectus feriarum Latinarum y el de sevir turmae equitum Romanorum. Las feriae Latinae eran una antigua festividad de la vieja Liga Latina celebrada todavía anualmente en primavera o a principios del verano en el monte Albano (el moderno monte Cavi, en la colina de Alba), a 35 kilómetros al sur de Roma. Todos los magistrados del Pueblo Romano estaban obligados a asistir, y, durante la ausencia de los cónsules, estos debían nombrar un prefecto que se ocupara de sus deberes en la ciudad. El nombramiento solía recaer normalmente, al parecer, en un joven senador o futuro senador que hubiera llamado la atención de uno de los cónsules. Es probable que Adriano fuera escogido por los cónsules sufectos que ocuparon el cargo del 1 de mayo a finales de agosto del 94, ambos con una auténtica sarta de nombres: M. Lolio Paulino D. Valerio Asiático Saturnino y C. Antio A. Julio Cuadrato. El primero era descendiente del senador galo Valerio Asiático de Vienna (Vienne), que había sido cónsul por segunda vez en el 46 y pronto sería asesinado por Claudio. Cuadrato procedía de Pérgamo y era uno del puñado de griegos nombrados senadores por Vespasiano. Había sido, con toda probabilidad, legado del padre de Trajano durante su proconsulado en Asia, quince años antes, y era sin duda amigo del propio Trajano. Parece muy verosímil que fuera Cuadrato quien eligió al joven pariente de su amigo para el honor de sustituir a los cónsules.8

Un mes o dos más tarde se celebró otra ceremonia: la revista anual de los caballeros romanos ( transvectio equitum) del 15 de julio. Para pasarla, los caballeros se distribuían en seis escuadrones ( turmae), cada uno de los cuales estaba encabezado por un joven senador o futuro senador con el título de sevir que, como mínimo, debía ser un buen jinete. El sevirato de Adriano para el pase de la revista no aparece, por supuesto, fechado en la inscripción de Atenas, pero, al igual que la prefectura honoraria de Roma, debió de haber tenido también lugar, probablemente, el año 94. Aquel joven de dieciocho años había recibido para entonces un decidido impulso en su carrera. Desconocemos si atrajo la atención del emperador y si fue favorecido con una invitación al palacio. Estacio conmemoró su asistencia por primera vez a un banquete imperial masivo para senadores y caballeros dado aquel mismo año o a comienzos del 95—los «jefes de Rómulo» (senadores) y los «portadores de la trabea» (caballeros) comieron reclinados ante mil mesas—, por lo que no es imposible que Adriano se encontrara allí. Estacio se declara sobrecogido ante los amplios salones de mármol y por la suerte de «fijar su mirada en Él, con su semblante plácido y su serenidad majestuosa».9

No es nada extraño que Suetonio, que escribía treinta años después, haga hincapié en algo distinto. Tras las ejecuciones de los senadores, Domiciano «se convirtió en una persona aterradora para todos y odiada»; se sentía cada vez más inquieto e hizo instalar en el pórtico del palacio, donde realizaba sus ejercicios, tabiques reflectantes para poder ver a cualquiera que se le acercase desde atrás. En cuanto a sus banquetes, Casio Dión habla de un entretenimiento macabro ofrecido a senadores y caballeros en una habitación pintada totalmente de negro profundo con triclinios desnudos del mismo color sobre un suelo también desnudo. Los huéspedes fueron invitados de noche y a su lado se colocó una losa a modo de lápida sepulcral; muchachos pintados de negro bailaron a su alrededor antes de servirse la comida, de color también negro. Ninguno habló, excepto el anfitrión, «que conversó únicamente sobre muerte y asesinatos». Los invitados se quedaron de piedra.10

El año 95 estuvo marcado por más ejecuciones por conspiración. Algunas víctimas destacadas fueron Acilio Glabrión, un aristócrata colega de Trajano en el consulado, y un pariente próximo del propio Domiciano, Flavio Clemente, hijo de su primo. Clemente estaba, además, casado con Domitila, sobrina nieta de Domiciano; dos de sus hijos habían sido adoptados por el emperador, y Clemente fue cónsul aquel mismo año. Es posible que hubiera motivos para la acción de Domiciano. ¿Quién puede saberlo? Según cuenta Suetonio, él mismo se lamentó del destino desdichado de los principes: nadie creía en conspiraciones contra los emperadores, hasta que eran realmente asesinados. Es probable que Adriano se sintiera contento de marcharse de Roma aquel año.11

El servicio militar como tribuno no era ya, ciertamente, obligatorio para los futuros senadores, en cualquier caso, sabemos que algunos lo eludieron. Pero, de las veintiocho legiones existentes entonces, solo las dos de Egipto, donde no podían entrar las personas de rango senatorial, no requerían un tribunus laticlavius, «con la banda ancha» que denotaba pertenencia al orden senatorial. Algunos servían solo durante unos pocos meses o un año, pero, como solo había veinte vigintiviri anualmente, muchos de ellos debieron de haberse incorporado a una legión nada más concluir su año como magistrados de rango menor. En el caso de Adriano no podía haber dudas: el primo de su padre, también sin hijos, que lo trataba entonces «como a un hijo propio», había pasado varios años como tribuno militar al menos en dos legiones distintas, en Siria y en el Rin. Seguramente habría insistido en que Adriano siguiera su ejemplo; además, se hallaba en condiciones de ofrecerle un cargo en su propio ejército. Aunque no disponemos todavía de testimonios fehacientes, podemos conjeturar razonablemente que Trajano ejerció, quizá, el gobierno de Panonia durante esos años. En cualquier caso, Adriano se convirtió en ese momento en tribuno de la II Adiutrix, estacionada en Aquinco (Budapest), a orillas del Danubio. Era una de las cuatro legiones, por lo menos, presentes en Panonia e iba a desempeñar una función clave en la protección del Imperio contra los sármatas del otro lado del río.12

La II Adiutrix era una legión relativamente nueva, formada con marinos de la flota de Ravena durante las Guerras Civiles. Poco después de su creación fue enviada a Britania, donde había pasado quince años de campañas ininterrumpidas hasta ser transferida en el 86 al Danubio, inicialmente a la región de Mesia. Tres años después, finalizada la primera campaña de Domiciano en Panonia, se trasladó a Aquinco y levantó para su propio uso el primer fuerte legionario construido allí, hecho de madera. No hay duda de que, no mucho antes de que Adriano ocupara su cargo, acababa de participar en la segunda campaña panónica de Domiciano, la del año 92. Como tribunus laticlavius, Adriano era, en función de su rango, el segundo del comandante de la legión, el legado (cuya identidad desconocemos). Debió de alojarse en el interior del fuerte con un considerable aparato, en realidad con casa propia provista de numerosas habitaciones, y habría llevado consigo esclavos y libertos de su propio hogar romano.13

No es fácil decir cuáles eran sus obligaciones. Aunque fuese, en teoría, un segundo comandante, en la práctica se esperaría de él que aprendiera de los oficiales profesionales, los centuriones, en su mayoría hombres salidos de las filas, y de sus cinco compañeros de tribunado, todos ellos caballeros romanos. Los centuriones y los hombres de la legión habrían tenido mucho que decirle sobre las campañas contra los sármatas y sobre su etapa en Britania durante el largo mando de Agrícola. Algunos de ellos habrían participado en la gran Batalla del monte Graupio en el 83 y podrían haberle expuesto sus opiniones sobre los caledonios. Nos gustaría suponer que Adriano no fue uno de aquellos que «dedicaban su servicio a la búsqueda del placer, disfrutando del mayor número posible de permisos, para regresar con el título de tribuno pero sin haber aprendido nada». Más bien, a imitación de lo que había hecho el joven Agrícola treinta y cinco años antes, se habría propuesto «conocer la provincia, darse a conocer en el ejército y aprender de las personas experimentadas, seguir a los mejores, no aspirar a nada por ostentación, no negarse a nada por miedo y ser al mismo tiempo precavido y vigilante». Al igual que Agrícola, es probable que pasara algún tiempo con el gobernador, cuyo cuartel general se hallaba en Carnunto, sobre todo si quien ocupaba el cargo era su pariente Trajano.14

Adriano sería conocido más tarde por su capacidad para mezclarse sin problemas con gente de toda condición y por su afición a hablar con los plebeyos, por su asombrosa capacidad para recordar nombres, en especial de soldados y veteranos, y por su disposición a compartir la sencilla dieta de los soldados. Estas cualidades le resultaron, probablemente, muy útiles en su primer destino militar. Más tarde, siendo emperador, tuvo fama de ser «sumamente diestro con las armas y extraordinariamente experto en ciencia militar». Es probable que sentara las bases de su gran competencia en Aquinco durante los años 95 y 96. Al menos un contacto, hecho seguramente en el 95, iba a serle de gran importancia. Una inscripción procedente de allí recoge el nombre de un centurión de la II Adiutrix llamado M. Turbón. El nombre de Turbón es tan poco corriente que difícilmente puede tratarse de otro que Q. Marcio Turbón (Marcius se habría abreviado, por analogía, en el praenomen Marcus). Este hombre de la colonia dálmata de Epidauro (cerca de Dubrovnik) iba a servir a Adriano como prefecto de la Guardia durante más de quince años.15

El período de servicio concluyó el verano del 96 al cabo de no mucho más de un año con la II Adiutrix, quizá por haberse presentado un nuevo tribunus laticlavius para ocupar su puesto, lo que significaba a su vez la llegada de un nuevo gobernador que traía con él a su propio protegido en funciones de tribuno. Sea como fuere, Adriano no se apartó del ejército sino que obtuvo un nuevo nombramiento en una de las legiones de Mesia Inferior, la V Macedonica, instalada en Esco, en la confluencia entre el río del mismo nombre y el Danubio. No es posible identificar con total certeza al gobernador al que debió el nombramiento, pero es muy probable que se tratara de L. Julio Marino. Seguramente es el Julius Mar[ ] documentado como legado de Mesia Inferior el siguiente enero. Marino tenía una finca en la localidad sabina de Cures, pero muy bien podría ser originario del Este—se ha propuesto como lugar de procedencia la colonia de Berito (Beirut), en Siria—. En cualquier caso, conocía probablemente al joven Adriano, o bien se lo habían recomendado vivamente: un segundo tribunado militar era algo excepcional para un laticlavius.16

El 18 de septiembre del 96, no mucho después de la llegada de Adriano a Esco, ocurrió en Roma un suceso dramático. Es probable que las noticias no tardaran más de una semana en llegar al Danubio Inferior: el emperador había sido asesinado. Su sucesor—que no fue el primer candidato de los conspiradores—se había instalado ya y había sido reconocido por el Senado e, incluso, aclamado con entusiasmo por esa corporación. Se trataba de Marco Cocceyo Nerva. La memoria de Domiciano fue objeto de condena, sus estatuas de plata y oro se fundieron, su nombre fue borrado de los monumentos públicos. En Roma, la plebe reaccionó con indiferencia, pero los soldados no se sintieron, ni mucho menos, satisfechos. Algunos intentaron deificar a Domiciano, según informa Suetonio. Ciertos elementos del Ejército danubiano, probablemente de la provincia de Adriano, se amotinaron. El filósofo itinerante Dión de Prusa (Bursa) los devolvió a la sensatez, según un relato un tanto inverosímil recogido por Filóstrato. Cuando llegaron las noticias, Adriano llevaba probablemente solo unas pocas semanas con la V Macedonica—la HA fecha su nombramiento «al final mismo del reinado de Domiciano» («extremis iam Domitiani temporibus»).17

Domiciano había sido víctima de una conspiración palaciega fraguada en el seno de su propia familia, incluido su chambelán y otros libertos del palacio, además de la emperatriz; no se trató de una conjura senatorial, y mucho menos de los comandantes del ejército, aunque sí estuvieron implicados los prefectos de la Guardia. No obstante, sus relaciones con el Senado se habían ido deteriorando desde el 89, si no antes, y los juicios y ejecuciones de finales del 93 habían empeorado las cosas. En ese momento se proclamó la libertas, los desterrados regresaron y hubo un revuelo de ajustes de cuentas contra quienes habían servido al «tirano» como delatores. Sin embargo, la posición del nuevo emperador estaba lejos de ser segura. Nerva no era, ni mucho menos, un militar, y los soldados se sentían furiosos. Además, las finanzas del Estado se encontraron pronto en una situación calamitosa. Nerva se vio obligado a vender propiedades imperiales para recaudar fondos, y creó una comisión económica. Según era de esperar, ocuparía personalmente el consulado en el 97. Sin embargo, el nombre de su colega debió de haber causado sorpresa. Se trataba de L. Verginio Rufo, que había desempeñado un cometido importante en las Guerras Civiles del 68-69, retirándose luego prudentemente de la vida pública. Rufo tenía entonces ochenta y tres años. Podemos adivinar el motivo de aquella elección. Casi treinta años antes, los soldados habían ofrecido el trono a Rufo en más de una ocasión; la primera, tras la Batalla de Vesonción (Besançon), en junio del año 98, después de que su Ejército de Germania Superior hubiera descalabrado a los galos rebeldes de Julio Víndex. El ofrecimiento se repitió poco después al conocerse la muerte de Nerón, y una vez más tras la de Otón, en abril de 69. Rufo había rehusado siempre. Es posible que Nerva quisiera enviar una señal a los comandantes del ejército: debían seguir aquel ejemplo tan sano.18

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PRINCIPATUS ET LIBERTAS

El año 97 comenzó con malos auspicios. Mientras ensayaba su discurso de agradecimiento a Nerva por la concesión del consulado, el anciano Verginio Rufo se cayó y se rompió la cadera al inclinarse para recoger un libro pesado. Al accidente le siguió una larga enfermedad. Entretanto, Nerva apeló a otros hombres de edad avanzada. Su amigo Arrio Antonino, que en vez de felicitarle por su acceso al trono le había expresado su condolencia, obtuvo un segundo consulado. El primero lo había ejercido el año de los cuatro emperadores, el 69 d. C. Julio Frontino, anterior gobernador de Britania bajo Vespasiano, reapareció como encargado de los acueductos de Roma. Corelio Rufo, de casi ochenta años, viejo e impedido por una dolorosa afección de gota durante más de cuarenta años, fue nombrado encargado de la compra y parcelación de fincas públicas. Frontino, Corelio y Verginio eran amigos y patronos de Plinio, que había sido a su vez uno de los prefectos del erario militar en los últimos años de Domiciano. Plinio no ocupaba ningún cargo en ese momento y, según sus reflexiones, «una vez asesinado Domiciano, se presentó una estupenda oportunidad para atacar a los culpables, vengar a las víctimas y promover mis propios planes». A comienzos del 97, tras consultar a Corelio, lanzó un ataque contra Publicio Certo, uno de los encargados de la otra hacienda pública, el Aerarium Saturni. Certo había tenido un papel importante en la caída de Helvidio.1

El ataque de Plinio contra Certo provocó una protesta general. En el Senado eran demasiados quienes se habían comprometido bajo Domiciano. Plinio fue llevado aparte y se le advirtió de que Certo tenía un amigo poderoso, «al mando entonces de un gran ejército en el Este, sobre el que circulaban serios rumores, aunque sin confirmar». Pero el importante discurso de Plinio triunfó en la Cámara. Cuando el anciano Fabricio Veyentón, uno de los consejeros que habían servido a Domiciano durante largo tiempo, intentó replicarle, no se le permitió explicarse. Certo no fue encausado, pero se le destituyó de su cargo en el tesoro público y se le negó el consulado que esperaba obtener.

La referencia de Plinio a la actitud amenazadora del innominado comandante del ejército del Este refleja la tensa situación en que se hallaba el propio Nerva. El emperador necesitaba desesperadamente el apoyo de los ejércitos. El peligro del Este debía de referirse al ejército de Siria, y su comandante había hecho, sin duda, que el pueblo se preguntara si intentaría dar un golpe de Estado. Dicho comandante puede ser identificado como M. Cornelio Nigrino, de Liria, en la Tarraconense oriental, muy condecorado por Domiciano por sus servicios en el Danubio. Nerva actuó con rapidez y Nigrino fue destituido. Larcio Prisco, un senador joven que ocupaba el cargo de cuestor en Asia, fue nombrado de forma anómala comandante de la legión IV Scythica de Siria y gobernador en funciones de la provincia; también se sustituyó apresuradamente al legado de una de las restantes legiones siriacas, la XVI Flavia. Es evidente que Nigrino no causó problemas, pues se retiró a su hogar en Hispania. Los ejércitos germanos requerían también el nombramiento de comandantes leales. M. Ulpio Trajano, gobernador de la provincia de Germania Superior, con su cuartel general en Mogunciaco (Maguncia), había sido nombrado, probablemente, poco después de la llegada de Nerva al poder. Plinio adornaría pronto las circunstancias de su nombramiento al recordar un buen augurio. Cuando Trajano subía al Capitolio para ofrecer un sacrificio, según era costumbre al partir para ocupar el cargo, «algunos ciudadanos reunidos allí por otros motivos» exclamaron de pronto: «¡Emperador!», según diría Plinio unos cuatro años después. «En aquel momento se pensó que aclamaban a Júpiter».2

Verginio Rufo falleció, finalmente, durante el verano. El funeral público fue un acontecimiento grandioso, «un orgullo para el emperador y nuestros tiempos, para el foro y sus oradores», según informaba Plinio en una carta a un amigo de provincias. El discurso laudatorio se encargó a uno de los cónsules sufectos en ejercicio, Cornelio Tácito, «un orador sumamente elocuente cuyo homenaje fue el remate que coronó la buena fortuna de Verginio». Rufo había preparado un breve epitafio en verso para su propia tumba: «Aquí yace Rufo, que una vez derrotó a Víndex y reivindicó el poder imperial, no para sí sino para su país». En los años 68 y 69, Tácito se habría explayado, sin duda, mucho más sobre el papel de Rufo. El hecho de que las circunstancias del año 97 fueran asombrosamente similares a las del 68, tras la muerte de Nerón, con un soberano sin hijos y de edad avanzada, era, sin duda, algo evidente para todos. El encargo de pronunciar el elogio de Verginio Rufo inspiró, seguramente, al propio Tácito, al menos en parte, para escribir algo distinto: la biografía de Agrícola, una especie de compensación por el discurso necrológico que su ausencia había hecho imposible en el 93. Además, en el 93 no habría podido hablar con libertad. El silencio se había impuesto durante quince años, una parte importante de la vida de un hombre. En ese momento amanecía una nueva era: el César Nerva reconcilió algo que en otros tiempos parecía una combinación imposible: principado y libertad.3

En el momento de la publicación de la Vida de Agrícola se habían producido más sucesos espectaculares. En octubre del año 97, la Guardia Pretoriana se amotinó y sitió el palacio. Pedían venganza por el asesinato de Domiciano. Nerva fue presa del pánico y vomitó de miedo, pero todavía intentó resistir e invitó a los hombres a que le mataran a él. No fue una buena decisión. Se le obligó a entregar a los asesinos de Domiciano, que fueron linchados por la tropa, y el príncipe fue forzado por el prefecto de la Guardia, Casperio Eliano, a celebrar una solemne acción de gracias. La posición del emperador se estaba volviendo desesperada. A continuación se realizaron, seguramente, consultas secretas y urgentes. Entretanto llegaron noticias mejores del Danubio. El gobernador de Panonia había obtenido una victoria de menor importancia sobre las tribus germanas orientales. Nerva asumió el título de Germánico y marchó al templo de Júpiter Capitolino a depositar los laureles de la victoria. Luego—por inspiración divina, según diría Plinio—, pronunció una proclama: «Que la Buena Fortuna asista al Senado y al pueblo romano y a mí mismo: adopto a Marco Ulpio Trajano».4

Trajano, afirma Plinio, se mostró reticente y tuvo que ser persuadido para aceptar la adopción, que comportaba el título de César y la sucesión. Añadió el nombre de Nerva al suyo, junto con el título recién asumido de Germánico, y, poco después, se le concedió el imperium y la tribunicia potestas, pero continuó en el Rin. Una fuente tardía, el Epitome de Caesaribus, que utiliza las biografías perdidas de Nerva y Trajano escritas por Mario Máximo, recoge una observación breve pero llamativa sobre el acceso de Trajano al poder: se había apoderado de él ( imperium arripuerat) con la ayuda de Licinio Sura. El propio Plinio insinúa algo muy distinto de una promoción inesperada. Según él, si Nerva hubiese actuado de otro modo, se habría mostrado arbitrario y tiránico; era evidente que Trajano habría acabado siendo emperador aunque Nerva no lo hubiese adoptado. El papel de Sura en todo esto no está claro; ni siquiera sabemos con certeza si se hallaba en Roma o, tal vez, gobernando una provincia cercana a la Germania Superior. En cualquier caso, Trajano disponía de otros apoyos, sobre todo el de dos importantes senadores en Roma, Julio Frontino y Julio Urso. Su «solicitud y vigilancia» en favor de los intereses de Trajano serían recompensadas por este con elevados honores. No obstante, para la mayoría de la gente debió de constituir una sorpresa. A pesar de su categoría y de la eminencia de su padre, Trajano era de cepa provincial. Tácito, que se hallaba en esos momentos concluyendo la biografía de su suegro, afirma, ciertamente, que Agrícola acostumbraba a vaticinar el acceso de Trajano al poder y rezaba por él—«lo escuché con mis propios oídos»—, lo cual habría sucedido, por lo menos, siete años antes del nombramiento. Podemos dudar de ello.5

La promoción del pariente de Adriano produjo una reacción comprensible en la provincia donde se hallaba estacionado. Adriano fue elegido para llevar las felicitaciones del Ejército de Mesia Inferior al nuevo César, que se encontraba en la comarca del Rin, no hay duda de que acudiría allí como uno más de la gran multitud de emisarios similares procedente de todo el Imperio. Antes de partir, debió de haber consultado a un astrólogo. En cualquier caso, lo único que añade la Historia Augusta (HA) sobre la estancia de Adriano en Mesia Inferior es que «cierto mathematicus confirmó lo que ya había predicho su tío abuelo Elio Adriano: que acabaría siendo emperador».6

Al llegar Adriano a Germania, fue retenido para ejercer otro tribunado más, esta vez en la legión XXII Primigenia de Mogunciaco. Trajano dejó el mando de Germania Superior y se trasladó a la residencia del gobernador de Germania Inferior, la Colonia Agripinense (Colonia), asumiendo personalmente, por supuesto, la función de legado. Su sustituto en Mogunciaco fue Julio Serviano, cuñado de Adriano, cercano también a Trajano, y al influyente Julio Urso, pariente probablemente de Serviano. El tercer tribunado militar de Adriano no tiene paralelos, solo está atestiguado otro caso, unos veinticinco años después. Pero las circunstancias del año 97 eran muy especiales: Adriano, al fin y al cabo, era en ese momento el pariente masculino más próximo al heredero al trono. Sus relaciones con su nuevo jefe directo no fueron muy afortunadas. Al menos, la HA afirma que Serviano dio informes desfavorables a Trajano: Adriano despilfarraba el dinero y acumulaba deudas—es indudable que abundaba la gente deseosa de prestar a un joven tan bien situado como él—. Uno se pregunta cuáles eran las oportunidades de gastar dinero a orillas del Rin. Aguas arriba de Mogunciaco había un pequeño balneario, Aquae Mattiacae (Wiesbaden), que podía ofrecer algunas modestas posibilidades de darse a la buena vida. Sea como fuere, quince años más tarde, con motivo de una visita a los ejércitos del Rin siendo ya emperador, Adriano intentó decididamente erradicar el «lujo» de las bases militares. Quizá se había dedicado a comprar caballos y perros caros cediendo a su pasión por la caza, pues era la estación propicia del año. Además de disfrutar, habría tenido la oportunidad de ver por sí mismo el nuevo sistema fronterizo de fuertes y torres de vigilancia instalados por Domiciano en los territorios al otro lado del río, la fértil llanura bordeada por colinas boscosas en el norte y el este, y por el río Moenus (Meno) en el sur. Junio Avito, un compañero de tribunado de rango senatorial elogiado por Plinio (quien, probablemente, le había recomendado) por «su respeto hacia los elevados principios de Serviano», fue sin duda más grato a este que su joven cuñado, tan pagado de sí mismo.7

Noticias llegadas de Roma a comienzos de febrero dieron a Adriano la oportunidad de salir de allí: Nerva había muerto el 27 de enero y Trajano fue nombrado emperador al día siguiente. En el plazo de una semana llegó, probablemente, un correo a Mogunciaco. Adriano estaba decidido a informar personalmente a Trajano en Colonia. Serviano, por su parte, envió a su propio mensajero y, en otra señal de sus malas relaciones con Adriano, dejó fuera de servicio el carro utilizado por este, según informa la HA. Adriano no se dejó amedrentar, sigue diciendo el relato, y marchó a pie, recorriendo los 180 kilómetros, aproximadamente, antes que el hombre de Serviano. No es imposible que su carro se hubiese averiado, y también es bastante probable que se viese obligado a caminar parte del trayecto. Otra cosa es que Serviano hiciera que alguien manipulase el vehículo; y podemos sospechar que Adriano pudo haber encargado caballos para cubrir una buen trecho. La versión dada en la HA está tomada, seguramente, de la autobiografía de Adriano escrita cuarenta años después, cuando tenía motivos para mancillar la memoria de Serviano y, al mismo tiempo, exagerar su buena forma física de hombre joven.8

Adriano se quedó con Trajano—que decidió permanecer todavía en el Rin—y, en ese momento, gozó de «su favor». La primera medida de Trajano fue, sin duda, ordenar la apoteosis de Nerva y el sepelio de sus restos en el mausoleo de Augusto. Prometió al Senado por carta que «no condenaría a muerte ni desterraría a ningún hombre bueno». Consiguió colocar en puestos de influencia a personas de confianza que le apoyaban. Frontino y Urso fueron recompensados con un segundo consulado a comienzos del año. Dos amigos íntimos, Cornelio Palma y Sosio Seneción—este último, yerno de Frontino, se hallaba cerca de él por su puesto de gobernador de Bélgica—, fueron designados para el cargo de consules ordinarii para el año 99.9

El prefecto de la Guardia, Casperio Eliano, apareció, como correspondía, para ocupar su puesto al lado del nuevo soberano. Pero su papel en el motín del anterior mes de octubre no podía pasar inadvertido. Fue condenado a muerte, y se nombró como sucesor suyo a Attio Suburano, hombre que ya se encontraba a mano. Había estado sirviendo como procurador de Bélgica y, por tanto, como pagador de los ejércitos del Rin. Cuando Trajano le entregó su espada oficial, la desenvainó, la alzó y dijo a Suburano: «Si gobierno bien, úsala en mi favor; y si lo hago mal, empléala contra mí». Trajano había creado ya sus propias tropas de elite como contrapeso de los pretorianos, convirtiendo a los guardias montados del legado de la Baja Germania en la Guardia Imperial Montada, los equites singulares Augusti. Aquello equivalía a resucitar los guardaespaldas germanos de los emperadores de la dinastía julio-claudiana, los corpore custodes. Aquellos hombres eran en su mayoría bátavos (originarios de la moderna Holanda), como también lo eran los nuevos Guardias Montados de Trajano. También debió de haber llegado a Colonia el ab epistulis, el primer secretario imperial, Titinio Capitón, con un gran grupo de otros altos funcionarios. Capitón fue el primer hombre de rango ecuestre que ocupó aquel cargo, cubierto anteriormente por libertos imperiales. Había sido nombrado por Domiciano al final de su reinado y mantenido en el puesto por Nerva. El hecho de que también Trajano lo conservara fue una importante señal de continuidad entre el «despotismo» de Domiciano y la nueva aurora de libertad.10


Fig. 1. Retrato de Trajano en una moneda del período del 104 al 114

(BMC III Trajano, n.º 853). Museo Británico.

Capitón tendría, probablemente, muchas cartas que redactar. Trajano debió de haberse visto anegado por la correspondencia. Por casualidad, se ha conservado la carta de Plinio al nuevo emperador: «Tu lealtad filial, sacratísimo emperador, te ha hecho desear suceder a tu padre lo más tarde posible, pero los dioses inmortales se han apresurado a poner en tus manos el gobierno de la República». No se conserva la respuesta, quizá fuera demasiado breve como para ser publicada. Plinio utilizó su amistad con Serviano para algo más concreto, la obtención de un privilegio personal, el ius trium liberorum (los derechos honoríficos de un padre de tres hijos), útil para su carrera: la paternidad, que Plinio no había logrado a pesar de dos matrimonios, permitía progresar con mayor rapidez. Trajano fue debidamente agradecido «por otorgarla según el deseo de Julio Serviano, un hombre excelente y sumamente favorecido por ti».11

El hecho de que Trajano permaneciera en la frontera septentrional debió de haber sido motivo para conjeturar que pretendía lanzar una campaña en Germania. Uno de quienes pudieron esperar o suponer tal resultado fue Cornelio Tácito. Su biografía de Agrícola estaba concluida, y el autor había saldado su deuda de pietas para con su suegro. Al mismo tiempo, aquella obra breve constituía una vigorosa declaración política en justificación de quienes, como su suegro y él mismo, y también, por supuesto, Trajano, habían proseguido sus carreras bajo el «despotismo» de Domiciano. Tácito se había mofado además de la «pretendida» victoria germana de Domiciano, en contraste con la auténtica gloria de las conquistas de Agrícola en Britania. Ahora, Tácito iniciaba una monografía sobre los germanos. Estaba bien preparado para la tarea, pues su propio padre había servido como procurador en Bélgica y las Germanias, y él mismo había comandado, muy probablemente, una legión en el Rin. Sea como fuere, utilizó, como es obvio, la bibliografía existente sobre Germania, por ejemplo un libro de Plinio el Viejo, como base para su propio tratado. La elección del tema pudo haberse debido, sencillamente, a que se trataba de un tópico, pues todas las miradas se centraban en el nuevo emperador. Tácito resume las relaciones de Roma con los germanos desde las invasiones de cimbros y teutones a finales del siglo II a. C. hasta el 98 d. C. describiéndolas como «210 años de (supuestos) éxitos romanos» contra aquel pueblo, sobre el cual (en una expresión de descrédito de las guerras de Domiciano) «se habían celebrado» en los últimos tiempos «más triunfos que victorias ganadas».12

Si Tácito esperaba una nueva expedición en Germania, se habría sentido decepcionado. En vez de ello, Trajano marchó del Rin al otro lado del Danubio llevándose consigo a Julio Serviano, nombrado gobernador de Panonia, que tomó a su vez consigo a Junio Avito, protegido de Plinio, como tribunus laticlaviu s. Trajano, por su parte, invernó en Mesia a fin de hacerse una idea de los pueblos de la otra orilla del Danubio—sármatas y dacios—que en la década precedente y en años anteriores habían causado repetidos problemas a Roma. Plinio se explaya, como es debido, sobre el respeto mostrado a Trajano por los enemigos de Roma y la admiración de sus propios hombres por su participación activa en las maniobras. Trajano no marchó en definitiva a Italia hasta finales del año 99. Plinio diría: «Los ruegos de tu pueblo te están llamando de vuelta a casa». El adventus imperial fue, apropiadamente, modesto y sin pretensiones. Trajano desmontó del caballo para entrar en la ciudad a pie y avanzar entre las filas de los senadores, caballeros y plebe reunidos en medio del gozo general. Tras haber ofrecido un sacrificio en el Capitolio, el grupo del emperador marchó al palacio, y Trajano «caminó con la misma actitud de quien entra en una casa particular». Plotina contribuyó a la buena impresión causada volviendo sobre sus pasos para dirigirse al pueblo y decir: «Al entrar en este edificio soy la misma mujer que espero ser cuando lo deje».13


Fig. 2. Plotina, emperatriz de Trajano (busto procedente de Roma,

Museo Vaticano). Instituto Arqueológico Alemán, Roma.

Adriano, que probablemente había regresado a Roma en el séquito imperial, gozaba todavía del favor de Trajano. Pronto surgiría un problema del que la HA nos informa debidamente, pero en un pasaje cuyo texto es defectuoso. Adriano tuvo problemas con «los paedagogi [‘guardas o tutores’] de los efebos muy amados de Trajano». La frase se refiere claramente a los pajes de la casa imperial. La afición de Trajano por los muchachos—y por el vino—está atestiguada por Casio Dión. Trajano tenía, pues, sus Ganímedes, lo mismo que Domiciano, pero ello, añade Dión, no hacía ningún daño a nadie y, además, era capaz de aguantar la bebida. Resulta difícil evitar la conclusión de que Adriano había invadido las prerrogativas del emperador y se había excedido con los pajes. Su evidente pasión por un hermoso joven treinta años más tarde haría que su propia homosexualidad fuera universalmente conocida. Alguien llamado Galo intervino con seguridad en ayuda de Adriano, quien, sin embargo, seguía preocupado por la actitud del emperador hacia él, sigue diciendo la HA. A continuación se nos cuenta que Adriano recurrió a la consulta de las «suertes virgilianas» abriendo la Eneida al azar para obtener una profecía sobre su futuro; la respuesta fue, según se dice, un pasaje del libro VI que describe al rey Numa. Este suceso fue, quizá, una invención del autor de la HA, como también pudo haberlo sido el párrafo que va a continuación. En él se explica que el oráculo virgiliano pudo provenir, «según otros, de los versos sibilinos». De todos modos, aunque la historia fuese inventada, existe la posibilidad de que el responsable de su difusión fuera el propio Adriano. Hay signos claros de que, al llegar a emperador, fomentó deliberadamente las comparaciones entre él y Numa. La HA afirma además que, por aquellas fechas, supo también que llegaría a ser emperador por una respuesta oracular recibida en el templo de Júpiter (Zeus) Niceforio (en Antioquía). La HA cita como fuente de esta última historia la obra de un «platónico sirio» llamado Apolonio, personaje desconocido por lo demás. Si hay en todo ello algo más que la fantasía de la HA, el dato pertenecería también a fechas posteriores, al momento de la estancia del propio Adriano en Siria.14

Es más verosímil la siguiente información de la HA, donde se dice que Adriano recuperó una relación de amistad plena con Trajano por los buenos oficios de Licinio Sura. No hay duda de que Sura era uno de los amigos íntimos y consejeros más cercanos de Trajano, más próximo a él, quizá, que ningún otro. Es cierto que Julio Frontino fue, como es obvio, su asesor más importante, pues compartió con él el consulado ordinario el año 100. Pero Frontino era un anciano, falleció pocos años después. Dión destaca a Sura por la «amistad y confianza» mutuas entre él y el emperador. El historiador añade que hubo algunas críticas celosas y hostiles que Trajano se esforzó por acallar presentándose a cenar en la mansión de Sura incluso sin ser invitado, prescindiendo de sus guardas y permitiendo ser afeitado por el barbero de su amigo. Al día siguiente dijo a sus otros amigos que habían menospreciado a aquél: «Si Sura hubiera querido realmente matarme, lo habría hecho ayer». Entre sus demás cargos, Sura actuó como redactor de discursos para el emperador. Adriano disfrutó también del apoyo de la emperatriz, y la asignación de la sobrina nieta de Trajano para esposa de Adriano se llevó a cabo a instancias suyas. Según Mario Máximo (así lo recoge la HA), el entusiasmo de Trajano por aquel casamiento no fue demasiado incondicional. Para Adriano se trataba, en realidad, de un significativo paso adelante. En aquel momento tenía veinticuatro años, y su prometida era unos diez años más joven, según se cree. La unión no fue, ni mucho menos, un matrimonio por amor, a pesar de que Adriano sentía un gran afecto por Matidia, su suegra, entonces viuda, a la que Trajano trataba como a una hija.15


Fig. 3. Matidia, suegra de Adriano (busto procedente de Roma, Museo del Palazzo

dei Conservatori). Instituto Arqueológico Alemán, Roma.


Fig. 4. Sabina con los atributos de la diosa Ceres (estatua del Museo de Ostia). Instituto Arqueológico Alemán, Roma.

La boda debió de haberse celebrado el año 100 d. C., poco antes de que Adriano ingresara en el Senado como cuestor a comienzos de diciembre del mismo año. Dado que al asumir esa primera magistratura senatorial se hallaba próximo a su veinticinco cumpleaños (el 24 de enero de 101), se encontraba en la edad normal para el desempeño del cargo. En otras palabras, su parentesco con Trajano no le había servido para progresar de manera acelerada; pero era, al menos, uno de los cuestores del emperador. Es posible, no obstante, que para entonces formara parte de uno de los dos colegios sacerdotales reservados a los senadores, los VIIviri epulonum y los sodales Augustales. La inscripción ateniense con el cursus honorum de Adriano, que incluye esos sacerdocios, los sitúa fuera del orden cronológico. Es razonable conjeturar que habría recibido esa distinción al convertirse en senador. Los VIIviri—cuyo número se elevaba a diez por aquellas fechas—eran el colegio de menor rango de los cuatro sacerdotales, menos prestigioso que el de los pontifices, los augures o los XVviri. A pesar de todo, estaba considerado como uno de los «cuatro grandes colegios», a los que solo podía esperar acceder una minoría de senadores; además, los sacerdotes del deificado Augusto no se hallaban muy por detrás en la estima pública.16

La admisión a los colegios sacerdotales, como la mayoría de otras distinciones, estaba controlada por el emperador. Cuando se creaba una vacante, los miembros en funciones podían presentar candidaturas, así, cuando Plinio llegó por fin a ser augur, explicó a un amigo que había sido nominado reiteradamente por Frontino, y acabó ingresando como su sustituto al morir este. Dio la casualidad de que, precisamente el año 100, se creó una vacante en el colegio de los VIIviri, y no por fallecimiento, como solía ocurrir. Uno de sus miembros, Mario Prisco, nombrado recientemente procónsul de África, había sido expulsado de la corporación. Se le había juzgado en el Senado por extorsión, y los fiscales fueron Tácito y Plinio. En cualquier caso, otro VIIvir—L. Vibio Sabino, supuesto padre de la esposa de Adriano—había muerto el año anterior. Plinio se había dirigido personalmente a Trajano en beneficio propio: «El mayor tributo que se puede pagar a mi reputación es alguna señal de favor de un princeps tan excelente. Te ruego, por tanto, que aumentes los honores a los que he sido promovido por tu generosidad concediéndome un sacerdocio en el augurato o en el septemvirato, pues hay sendas vacantes en ambos órdenes». Plinio tuvo que esperar. El augurato fue a parar a algún otro, y el VIIvir elegido pudo haber sido Adriano.17

Podemos conjeturar con posibilidades de acierto que, entre los miembros supervivientes del colegio, Adriano tuvo el apoyo de Julio Cuadrato, el influyente hombre de Pérgamo que, según propusimos más arriba, pudo haber nominado a Adriano para el cargo de prefecto durante las fiestas latinas del año 94. La pertenencia a este colegio habría puesto a Adriano en contacto con sus compañeros VIIviri, por ejemplo, en los banquetes ( epulae) que, según indica su título, debían celebrar en honor de Júpiter y los demás dioses (apenas sabemos algo más acerca de sus obligaciones). Aquellos hombres formaban un grupo impresionante que incluía, además de Cuadrato, a Atilio Agrícola, de Augusta Taurinorum (Turín), uno de los senadores con un gran futuro, que gozaba del favor de Trajano y era también, al igual que Adriano, un sodalis Augustalis, a Cilnio Próculo, de Arrecio (Arezzo), en Etruria, a Neracio Prisco, de Sepino, en el país samnita, cónsul el 97 y, luego, legado de Germania Inferior durante un período breve, y a Domicio Tulo, ya anciano para entonces, aquel narbonense inmensamente rico e influyente.18

Adriano, que no era todavía senador el año 100, no tuvo que asistir sentado al prolijo discurso de agradecimiento pronunciado por uno de los cónsules de aquel verano, el Panegírico de Plinio, aunque, como hijo de senador, tenía derecho a hacerlo. Si Trajano se vio obligado a oírlo personalmente, es posible que sus cálidos sentimientos hacia el efusivo orador sufrieran un leve menoscabo. En su forma escrita, el discurso habría requerido seis horas, y hasta la propia versión original pudo haber puesto a prueba la paciencia del emperador. Tanto si se hallaba presente cuando el cónsul Plinio pronunció la versión original ante el Senado como si no, Adriano debió de haber tenido la oportunidad de oír un Panegírico revisado y ampliado leído por entregas en tres días consecutivos ante invitados y publicado posteriormente. El propósito de Plinio no se limitaba a rendir homenaje al emperador, sino que pretendía además mostrar a sus sucesores el camino que debían seguir. Una alocución del intelectual griego de Bitinia Dión de Prusa Sobre el reinado, pronunciada por aquellas fechas ante Trajano, debió de haber sido más del gusto de Adriano.19

Como cuestor del emperador, Adriano tenía la función de leer los discursos de Trajano en su ausencia. Llama un tanto la atención saber por la HA que «se rieron de él por su “acento” más bien rústico». Adriano reaccionó «prestando atención al estudio del latín hasta adquirir una competencia y una fluidez completas». Resulta difícil creer que en su breve estancia en Itálica, una década antes, hubiera adquirido acento «hispano». Es más probable que su dicción se viera afectada por el período desacostumbradamente largo pasado en el ejército y su relación con centuriones y soldados rasos. En cualquier caso, no hay duda de que había seguido dedicándose al griego más que al latín. Se sabe que asistió en algún momento a clases dadas por el sofista greco-siriaco Iseo, presente en Roma en torno al año 100. Plinio se sintió entusiasmado por aquel sofista de sesenta años que hablaba a la perfección el griego ático y encantaba a sus oyentes con unas improvisaciones brillantes. «Si no sientes impaciencia por conocerlo», decía a su corresponsal epistolar, «es que tienes realmente una voluntad de hierro y un corazón de piedra».20

Adriano ocupó también otro cargo mencionado por la HA pero que no se enumera en la inscripción de Atenas: «conservador de las actas del Senado», en otras palabras, responsable de los informes oficiales de las reuniones de la Cámara. Aquel archivo era una valiosa fuente para los historiadores; Tácito, por ejemplo, sacó un buen partido de las Acta Senatus. No podemos saber si en el 101 rebuscaba ya en los archivos senatoriales para escribir sus Historias de los años 69 al 96. Por de pronto, es posible que por esas fechas estuviera gobernando una provincia.21

Las primeras obligaciones senatoriales de Adriano en Roma no habrían de durar más de unos pocos meses. El 25 de marzo del año 101, Trajano marchó a hacer la guerra al rey Decébalo de Dacia y se llevó consigo a Adriano, que seguía siendo su cuestor pero era también entonces miembro de su equipo, comes Augusti, según evidencia la inscripción de Atenas. En su función de comes sirvió al lado de Sura, Serviano y otros personajes destacados. Trajano había estado preparándose para la guerra durante más de dos años; ese fue, sin duda, el motivo principal de su visita a Mesia en el 98-99. Los dacios habían sido considerados una amenaza desde la época de Julio César, y la expansión del reino durante Decébalo había causado considerables problemas a Domiciano. El desprestigio sufrido por Roma en sus guerras no había sido reparado. En aquel momento se hallaba preparada en el Danubio una fuerza de diez legiones junto con sesenta mil hombres de los regimientos de auxilia y otros destacamentos adicionales de los ejércitos de Britania y el Este. Trajano llevó a los pretorianos con un nuevo prefecto de la Guardia, Claudio Liviano, y a los Guardias Montados. La guerra iba durar dos campañas y concluiría con la rendición de los dacios.22

La HA recoge de manera breve y trivial, como es propio en ella, la participación de Adriano: «Siguió a Trajano a la Guerra de Dacia y mantuvo con él un trato de bastante intimidad; de hecho, [Adriano] afirma que, por aquellas fechas, se dio también a beber vino para no desentonar de los hábitos de Trajano, por lo que este le recompensó espléndidamente». Es, por tanto, evidente que Adriano escribió algo en su autobiografía sobre este servicio. Pero, por lo que se dice a continuación, solo estuvo en el frente el primer año. Podemos deducir que acompañó a Trajano en condición de cuestor, según las viejas costumbres republicanas, y que, al finalizar su mandato, regresó a Roma para proseguir su carrera.23

La HA explica a continuación que fue nombrado tribuno de la plebe y da como fecha los cónsules del año 105. Pero unas líneas después, el siguiente cargo de Adriano, la pretura, aparece datado en el consulado de «Suburano y Serviano», ambos cónsules por segunda vez. Debe de tratarse de una confusión entre Suburano y Sura. Este último desempeñó su segundo consulado como colega de Serviano el 102. Suburano, que había sido prefecto de la Guardia desde el 98, dejó este cargo y fue senador y cónsul sufecto el 101, y ocupó por segunda vez el consulado, como ordinarius, el 104. Pero también es posible que la HA o bien su fuente, Mario Máximo, se hicieran un lío con nombres y fechas. La solución más verosímil es que Adriano regresara a Roma a finales del otoño del año 101 para ocupar el cargo de tribuno de la plebe en el 102, iniciando el ejercicio de su cargo el 10 de diciembre del 101, según la antigua práctica relativa a los tribunos. De ser así, se había eludido el requisito normal de un intervalo de un año entre cargos impuesto por el cursus honorum:entre el final de la cuestura, el 4 de diciembre, y el comienzo del tribunado, el 10 del mismo mes, debió de haber transcurrido menos de una semana. Una exención de este tipo pudo haber sido, en tal caso, una modesta señal de favor por parte de Trajano, que permitió a su pariente ser tribuno un poco antes de cumplir los veintiséis años.24

Si los acontecimientos hubieran seguido su curso normal, Serviano y Sura cónsules ordinarii el año 102, deberían haberse hallado en Roma; pero debido a la guerra ejercieron, quizá, su cargo in absentia. Hay que señalar que Serviano se había cambiado entretanto de nombre y se hacía llamar «L. Julius Ursus Servianus» en vez de «Ser. Julius Servianus». Es evidente que había heredado sus nuevos nombres del poderoso aliado de Trajano L. Julio Urso. Sura tuvo, al menos, un cometido personal en Dacia durante el 102 al haber sido enviado junto con Claudio Liviano, prefecto de la Guardia, a negociar con el rey de Dacia. Al final, Decébalo «tuvo miedo y no quiso reunirse con ellos». En cuanto a Serviano, formó también parte del equipo de Trajano, al menos en el año 101. Una carta dirigida a él por su amigo Plinio, ansioso por tener noticias, da a entender que se hallaba en el frente. En la primera campaña se había obtenido ya una victoria importante. El 102 se consiguieron más triunfos. El jefe tribal moro Lusio Quieto, que mandaba una fuerza compuesta por compatriotas suyos, y Laberio Máximo, gobernador de Mesia Inferior, aparecen destacados por sus éxitos en los escasos documentos históricos. Decébalo fue obligado a pedir la paz. Rindió «sus armas, máquinas e ingenieros, demolió fuertes, entregó a los desertores, se retiró del territorio capturado y se convirtió en aliado del pueblo romano. Trajano dejó guarniciones por toda Dacia, regresó a Roma para celebrar un triunfo y tomó el título de Dácico». Roma se anexionó grandes extensiones de tierra al norte del bajo Danubio, la Dacia suroccidental se incorporó a Mesia Superior y una franja de territorio mucho mayor en su flanco oriental se sumó a una provincia de Mesia Inferior muy ampliada.25

En el curso de su servicio en el ejército, Adriano debió de haber tenido ocasión de establecer lazos con miembros del alto mando. Sosio Seneción, que desempeñó un cometido destacado, se menciona explícitamente diez años más tarde como amigo personal suyo, al igual que Claudio Liviano, prefecto de la Guardia, un licio de Sídima. Q. Pompeyo Falcón, que sería más tarde yerno de Seneción, mandó en aquella guerra la legión V Macedonica y habría de ocupar puestos importantes bajo el mandato de Adriano. Podemos suponer que se conocieron el 101, si no antes. Adriano debió de haber conocido así mismo a otro legado de la legión, Julio Cuadrato Baso, de Pérgamo, comandante de la XI Claudia. Otros dos personajes importantes, Atilio Agrícola, gobernador de Panonia, y Cilnio Próculo, legado de Mesia Superior, fueron colegas suyos como VIIviri. Otra persona con quien debió de encontrarse fue Apolodoro de Damasco, arquitecto de Trajano, encargado de construir el puente que cruzaba el Danubio en Drobeta (Turnu Severin), al finalizar la primera campaña.26

Se supone que Adriano tuvo algo que decir en su autobiografía sobre su tribunado de la plebe. «Afirma que durante esa magistratura se le pronunció un presagio según el cual recibiría el poder tribunicio perpetuo [prerrogativa del emperador], pues perdió las paenulae, unos mantos que solían llevar los tribunos de la plebe en caso de lluvia, pero que los emperadores no llevaban nunca». Eso dice la HA. Pero, tal como lo narra, es difícil que ese breve relato sea auténtico. La paenula era la capa para la lluvia habitual en Roma, vestida por todos los romanos, incluido el emperador. En el mejor de los casos, la HA entendió mal o tergiversó algo que aparecía en su fuente. Es dudoso que Adriano tuviera alguna obligación seria que cumplir o que realizara algún esfuerzo por mostrarse activo en el Senado como tribuno de la plebe. Plinio menciona una intervención de un tribuno en el debate del año 97, cuando atacó a Publicio Certo. También describe con cierta prolijidad una sesión del Senado el año 105, cuando otro tribuno, Avidio Nigrino, tomó la iniciativa personal de denunciar el cobro de honorarios por algunos abogados. Adriano se sentiría probablemente contento de no destacar, aunque los tiempos fueran entonces diferentes de lo que lo habían sido cuarenta años antes, cuando Agrícola, en su condición de tribuno, pasó su año en una «inactividad callada», sabedor de que la inertia era la manera inteligente de comportarse. Merece la pena que nos detengamos en el hecho mismo de que Adriano fuese tribuno de la plebe. Significa que, a pesar de su parentesco con Trajano, no había sido elevado al patriciado. En realidad, la inscripción de Atenas no menciona que fuera candidato del emperador para ese puesto o para la pretura. Al parecer, Trajano deseaba que, de momento, su antiguo pupilo fuera tratado en cierto modo como un senador normal. No obstante, según se ha sostenido, se le permitió ser tribuno un año antes de lo establecido por las reglas.27

La ausencia de Adriano de Roma durante la mayor parte del año 101 supuso, probablemente, la imposibilidad de asistir al proceso por extorsión emprendido por Plinio contra Cecilio Clásico, procónsul de la Bética. Seguramente se habría informado a través de corresponsales epistolares sobre un caso que afectaba a su provincia «patria». El 102-103, Plinio se vio involucrado en otro juicio similar contra un procónsul del Ponto-Bitinia, Julio Basso, esta vez por parte de la defensa. Es posible que esa clase de asuntos pudieran parecer dignos del Senado, pero Adriano no se habría llevado una impresión muy favorable de otras sesiones senatoriales. Plinio cuenta con cierta indignación cómo se descubrió que, en un escrutinio secreto, se habían garabateado bromas y obscenidades en las tablillas de votación.28

A pesar de esas omisiones, el 104 Adriano se aseguró, como era de esperar, su elección como pretor para el año siguiente. Era un poco más joven que la edad prescrita de treinta años cumplidos «o por cumplir aquel año», pues el 24 de enero de 105 tendría veintinueve. Al parecer, se hizo algún intento de endurecer las normas. Uno de sus colegas en la pretura, Licinio Nepote, se comportó con una severidad a la antigua y llegó incluso a multar a un senador por no haber asistido a un juicio como jurado. En su calidad de presidente del tribunal centumviral, Nepote advirtió más tarde a la acusación y a la defensa que aplicaría estrictamente las normas sobre aceptación de honorarios, la misma cuestión suscitada por el tribuno Nigrino el 105. Nepote intervino también al año siguiente en relación con otro juicio por extorsión celebrado nuevamente contra Vareno Rufo, procónsul de Bitinia. Uno de los pretores del año 106,Juvencio Celso, que sería más tarde un jurista famoso, atacó a Nepote «con violencia y prolijidad tachándolo de aspirante a reformador del Senado». No aparece documentado que Adriano desarrollara ninguna actividad de este tipo; el único dato atestiguado es que recibió de Trajano una importante suma de dinero para pagar los juegos que debía organizar como pretor, juegos que, finalmente, hubo de celebrar in absentia. En cualquier caso, los años en que Adriano desempeñó las antiguas magistraturas republicanas debieron de haberle dado cierta ocasión de familiarizarse con el derecho romano. Quizá llegó a presidir algún tribunal como pretor. De haber sido así, solo lo hizo, como mucho, durante cinco meses.29

Adriano no vería acabar su año de servicio en Roma. Durante algún tiempo se había comprobado claramente que Decébalo incumplía las condiciones que se le habían impuesto el año 102—al menos, esa era la versión oficial romana—. Trajano se había estado preparando para una nueva campaña y sus medidas incluían el reclutamiento de dos nuevas legiones, la II Traiana y la XXX Ulpia Victrix. En mayo del año 105 se declaró la guerra contra Dacia. Trajano partió para el Danubio el 4 de junio y volvió a llevarse consigo a Adriano; esta vez le dio el mando de la legión I Minervia.30

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EL JOVEN GENERAL

Adriano conocía ya, probablemente, la legión I Minervia, cuyo mando asumió el verano del año 105. Había estado estacionada en Bonna (Bonn), a orillas del Rin, cerca de Colonia Agripinense (Colonia), donde había pasado la primera parte del año 98. También podría haberla conocido en la primera Guerra de Dacia, para la que había sido desplazada al Danubio. Concluida la guerra, la legión se había quedado allí para ser una de las catorce, más o menos, concentradas para la nueva campaña en Panonia y Mesia. La I Minervia era de creación relativamente reciente: había sido formada por Domiciano y recibió su nombre en honor de la divinidad favorita del soberano.1

La ofensiva romana, cuidadosamente preparada—con la ventaja del enorme puente de piedra sobre el Danubio construido por Apolodoro—, no había comenzado aún cuando Decébalo lanzó un ataque preventivo. Consta que atacó a las fuerzas romanas en el sudoeste de Dacia, ocupada desde el 102 y anexionada a Mesia Superior. Al ser rechazado el ataque, Decébalo intentó que unos desertores romanos asesinaran a Trajano, pero también sin éxito. Entonces, el rey de Dacia se ofreció a parlamentar con el comandante romano de la zona norte del río, Pompeyo Longino, y lo tomó prisionero a traición. Decébalo pretendió negociar con aquel rehén de alta graduación para obligar a los romanos a evacuar el territorio recientemente conquistado. Trajano le dio una respuesta ambigua y Longino resolvió su dilema suicidándose. El hecho de que Trajano hubiera sido objeto de un intento de asesinato dio lugar a conjeturas sobre la sucesión. El emperador no tenía hijos y no había dado señales de estar dispuesto a adoptar uno, ya fuera su joven pariente Adriano o algún otro. Cinco años antes, Plinio había rogado a Júpiter en su Panegírico que otorgara «a Trajano un sucesor engendrado por él [...] pero si el destino se lo niega, aconséjale cuando elija y muéstrale a alguien digno de ser adoptado en tu templo del Capitolio». Las posibilidades de que le naciera un hijo eran para entonces remotas. Trajano apuntó, seguramente, en otra dirección tras el plan de Decébalo de asesinarlo. La HA nos informa de que «en cierta ocasión dijo a Neracio Prisco: “Si me ocurriera algo, te encomiendo las provincias”». En ese momento, Neracio Prisco era, al parecer, gobernador de Panonia. En otras palabras, era uno de los hombres que participaban en la acción, aunque el principal centro del esfuerzo de guerra romano se hallara más lejos, aguas abajo del Danubio.2

Neracio Prisco llegaría a ser más famoso como jurista y—junto con Juvencio Celso, pretor al año siguiente—como jefe de la «escuela Proculiana», una de las dos principales tradiciones de interpretación del derecho romano surgidas en los primeros tiempos del principado. A pesar de su fama en el mundo de las leyes, la actuación de Prisco como gobernador de dos importantes provincias militares demuestra que jugaba bien en todas las posiciones. Además, su hermano Marcelo había gobernado Britania poco antes. Neracio Prisco podría haber sido un emperador ideal. Lo que no sabemos es si Trajano hablaba completamente en serio y si la verdadera intención de la «encomienda de las provincias» a Prisco «si le ocurría algo a él» era la de nombrar un sucesor. Otro relato conservado en un extracto de Casio Dión para el que no es posible conjeturar fecha alguna nos presenta a Trajano en un banquete pidiendo a sus amigos que le nombren a «diez personas capaces de ser emperadores»— capax imperii, tal como lo habría dicho Tácito—. «Tras un momento de pausa, añadió: “Solo necesito nueve nombres, pues ya tengo uno: Serviano”». El cuñado de Adriano gozaba, sin duda, de la alta estima de Trajano tal como lo había demostrado su segundo consulado con Sura el 102. Pero tampoco esta anécdota puede tomarse fácilmente como un indicio de las auténticas intenciones de Trajano. El emperador se encontraba fuerte y activo, no había cumplido aún cincuenta años y no necesitaba ni deseaba nombrar un sucesor.3

Las tortuosas transacciones en las que se jugó el destino de un oficial romano de alta graduación debieron de haber ocupado el resto de la estación de campaña del año 105. En cualquier caso, la ofensiva romana definitiva se lanzó en la primavera de 106. Las fuerzas dacias fueron rechazadas al interior tras una serie de batallas. Su capital, Sarmizegetusa, fue tomada y Decébalo se suicidó para evitar ser capturado. Un caballero romano llamado Claudio Máximo que llegó, por poco, demasiado tarde para apresar vivo al rey, le cortó la cabeza y se la llevó a Trajano en un lugar llamado Ranistoro. La cabeza fue enviada a Roma para ser arrojada por la escalinata Gemonia (‘de los suspiros’), destino tradicional de los enemigos del pueblo romano. Su reino fue anexionado: a partir de ese momento Dacia sería una nueva provincia romana, la primera adquisición de ese tipo después de más de medio siglo. Para aumentar la sensación de una gloria y una expansión renovadas, aquel mismo año (106) se añadió al Imperio un nuevo territorio en el Este: el gobernador de Siria, Cornelio Palma, tomó pacíficamente el reino nabateo, al este del río Jordán, en el Neguev, creando así la provincia de Arabia. No hay duda de que, tras la muerte de Decébalo, se habrían llevado a cabo en Dacia operaciones de limpieza, pero a finales del 106, una vez alcanzado el triunfo, unidades romanas se afanaban en levantar nuevos fuertes junto a las fronteras.4

La nueva provincia de Dacia, con una guarnición de al menos dos legiones, fue asignada a Julio Sabino. En Dacia había mucho que hacer. Si se trata del Sabino que recibió una carta de Plinio—en respuesta a la petición del propio Sabino de mantener correspondencia larga y frecuente—, su «vida en armas, los campamentos, los clarines y las trompetas, el sudor y el polvo y el calor del sol» difícilmente habrían podido ponerle en un estado de ánimo propicio para leer sobre las actividades triviales de Plinio, según comentaba este con modestia. La organización de la provincia recién conquistada era una empresa considerable. Según Eutropio, cronista del siglo IV, «fueron llevados allí incontables colonos de todo el mundo romano para cultivar los campos y habitar las ciudades [incluida una colonia Ulpia Sarmizegethusa, de nueva creación, que sustituiría en un lugar distinto a la antigua capital real], pues Dacia había quedado despojada de recursos humanos durante la larga guerra». Aparte de la pérdida de vidas, se habían capturado decenas de miles de prisioneros de guerra dacios para ser vendidos como esclavos o morir como gladiadores en los espectáculos celebrados el 107 para festejar la victoria.5

La HA se limita a ofrecer una breve descripción del papel personal representado por Adriano en la guerra: «En aquel tiempo, sus numerosas y excepcionales hazañas se hicieron, sin duda, famosas». La inscripción de Atenas añade que recibió de Trajano condecoraciones militares ( dona militaria) por las dos guerras dacias. Solo podemos conjeturar qué fue lo que hizo realmente para ganarse aquellas condecoraciones en esta segunda ocasión. La parte principal corrió a cargo de Sura y Seneción, como en la primera guerra. Su recompensa fue otro consulado para ambos el año 107, el tercero en el caso de Sura, y el segundo en el de Seneción. Adriano, al parecer, obtuvo, no obstante, algo distinto: «Al habérsele dado como presente un diamante recibido de Nerva por Trajano, se sintió alentado a esperar la sucesión imperial». El «aliento» pudo haber sido una reacción subjetiva de Adriano. No hay garantías de que Trajano mencionara la sucesión al entregarle el obsequio.6

Una vez concluida la guerra, Adriano se quedó en el norte. La provincia de Panonia se dividió en ese momento en dos, la Superior y la Inferior, y Adriano fue nombrado gobernador de esta última, la menos extensa. Panonia Inferior conservó solo una legión, la II Adiutrix, y el gobernador fue, por tanto, al mismo tiempo su legado. El modelo de este planteamiento era Numidia, donde el legado de la III Augusta era también el gobernador provincial, en este caso, solo de facto. Desde el 71, Judea había sido también un segundo ejemplo de provincia con una legión, y ahora se le sumaba la provincia de Arabia recién formada. Así, diez años después de su primer servicio en Aquinco, Adriano regresaba como jefe y es posible que ocupara el cargo justamente el 11 de junio del año 106 que, según conjeturas verosímiles, fue probablemente el día en que se dividió Panonia. En cualquier caso, se trata de un buen motivo para que el 11 de junio fuera considerado posteriormente durante varios siglos una importante fecha de aniversario en ambas Panonias. Adriano había sido promocionado tras haber ejercido apenas doce meses el cargo de legado de la I Minervia. Por tanto, cuando la Guerra de Dacia llegó a su fase decisiva, entre junio y los primeros días de agosto, no tenía ya una función en la primera línea del frente. De todos modos, es posible que se le asignara una tarea nueva e importante: la guarda del flanco occidental romano.7

Panonia Inferior tenía enfrente a los yáziges sármatas de la llanura húngara, un pueblo revoltoso que había luchado en varias ocasiones contra Roma. Aunque posiblemente apoyaron a los romanos contra los dacios, tuvieron que ser «reprimidos», al parecer, por Adriano. Quizá se tratara de una acción preventiva para asegurarse de que los sármatas se comportaban debidamente mientras se hallaba en pleno desarrollo la acometida final contra los dacios. La HA no nos brinda más detalles. No hay duda de que los problemas con los sármatas continuaron una vez concluida la Guerra de Dacia; según informa Casio Dión, Trajano se negó a devolverles territorios que habían perdido a manos de Decébalo. Tal vez intentaran hacerse con ellos en el verano del año 106 y fueron «reprimidos» por Adriano.8

Como primer gobernador de una provincia «nueva», estaba justificado que Adriano construyera un alojamiento apropiado para él y para un considerable grupo doméstico. Es posible que en ese momento se le uniera su esposa, Sabina, pero no hay duda de que dispuso de sirvientes personales de acuerdo con su rango. El palacio del gobernador, situado en una isla del Danubio, que sería más tarde el edificio más imponente de Aquinco, pudo haber sido encargado por Adriano. En realidad, dada su posterior reputación de arquitecto frustrado, es probable que lo diseñara él mismo. Su situación dominante frente a los sármatas, potencialmente hostiles, constituía de por sí una declaración de seguridad por parte de Roma.9

La HA nos ofrece otras dos observaciones lacónicas sobre el servicio de Adriano en Panonia Inferior: «Preservó la disciplina militar y acabó con los abusos de los procuradores». La tendencia a restablecer la disciplina en el ejército sería una de las claves de su línea de actuación en sus primeros años de reinado. En cuanto a su firmeza con los procuradores, contrasta de manera instructiva con el comportamiento mostrado treinta años antes por Agrícola en un gobierno comparable. Según había escrito Tácito hacía unos pocos años, su suegro se había abstenido de «enredarse en disputas ( contentione) con los procuradores» siendo legado de Aquitania. No está claro a quién alude el término «procuradores» en el caso de Adriano; quizá se tratara de algunos libertos y del caballero romano de alto rango responsable de la recaudación de impuestos y del pago al ejército. El prudente gobernador se abstuvo de involucrarse en asuntos fiscales, responsabilidad del procurador, miembro del orden ecuestre. Si el procurador del emperador o sus ayudantes libertos se comportaron de forma opresiva o infringieron las prerrogativas del legado, Adriano pudo haber actuado confiando en el apoyo de Trajano. Como emperador, tomó personalmente medidas drásticas con mano férrea contra procuradores y gobernadores por igual.10

El gobierno de provincias con una guarnición se prestaba de manera especial al patronazgo. En ellas había comisiones para seis tribunos, un miembro del orden senatorial en la legión y, al menos, otros tantos para oficiales del orden ecuestre al mando de regimientos auxiliares. Los comandantes del ejército podían nombrar a sus amigos y protegidos, y recibirían de sus colegas del Senado cartas de recomendación para personas idóneas. Pompeyo Falcón, gobernador entonces de Judea, otra provincia con una legión, fue abordado por Plinio: «No te sentirás tan sorprendido por lo mucho que insisto en esta recomendación para un tribunado militar cuando conozcas quién es el hombre y cómo es». Cornelio Miniciano era «un ornato de mi distrito local». La petición de Plinio debió de haber sido rechazada por Falcón. Pocos años antes había tenido más éxito ante Neracio Marcelo, de quien había conseguido un tribunado en el Ejército de Britania para su joven y erudito amigo Suetonio Tranquilo (que luego se echó atrás). Plinio se carteaba con varias personas cercanas a Adriano, entre ellas Serviano y Sura, pero el propio Adriano no aparece en los nueve libros de correspondencia privada. En cualquier caso, un hombre de la «tierra de Plinio», P. Clodio Sura, de Brixia (Brescia), que sería nombrado por Adriano curator de Como cuando ya era emperador, había servido antes como tribuno ecuestre de la II Adiutrix. Podemos preguntarnos, al menos, si no fue, quizá, recomendado a Adriano por Plinio, pero se trata, por supuesto, de una pura conjetura. Otro hombre que sirvió bajo Adriano como tribuno ecuestre de la legión pudo haber sido M. Vettio Latrón, condecorado anteriormente por sus servicios en la primera Guerra Dacia como prefecto de la unidad de Panonia. Latrón ascendió a tribuno de la II Adiutrix y obtuvo luego el mando de un regimiento de caballería en Dacia. A continuación ocuparía algunas procuraturas de menor categoría. Al cabo de más de veinte años, Adriano daría un considerable impulso a la carrera de este hombre originario de la africana Tuburbón Mayor.11

El nombramiento y la promoción de centuriones formaba también parte de las obligaciones del gobernador. No podemos estar seguros, por supuesto, de si Marcio Turbón—de quien se sabe que había pasado a ser amigo de confianza de Adriano—era ya centurión en la II Adiutrix. Quizá no sea casual que por las fechas en que Adriano regresó a Panonia Inferior, Turbón ascendiese un importante peldaño en el escalafón al convertirse en praefectus vehiculorum, encargado del servicio imperial de correos, el cursus publicus. Es de suponer que para entonces había sido ya centurión jefe de una legión, aunque no necesariamente, por supuesto, de la II Adiutrix. Pero, al menos, Turbón habría tenido el apoyo de Adriano.12

Una provincia imperial llevaba aparejada la expectativa del consulado. Adriano pudo haber esperado el prestigio de llegar a ser ordinarius, el cónsul que abría el año y le daba su nombre. Pero, una vez más, como le había ocurrido cuando no se le concedió el patriciado, hubo de contentarse con un premio menor. Los consules ordinarii del año 108, Ap. Annio Galo y M. Atilio Bradua, eran hombres de linaje consular, condición que faltaba a Adriano, y Bradua, al menos, era también patricio. Adriano obtuvo solo un consulado sufecto junto con M. Trebacio Prisco. Pero le llegó al cabo de solo dos años o menos de haber iniciado su servicio de gobernador, probablemente en mayo del 108, y no tenía más de treinta y dos. De ese modo había llegado casi diez años antes que la mayoría de los plebeyos al cargo al que seguían aspirando todos los senadores. La edad mínima republicana de cuarenta y dos años o más estaba todavía en vigor. Pero Augusto había permitido a los patricios y miembros de familias consulares obtener las fasces a la edad de treinta y uno. La HA atribuye el consulado de Adriano a su acertada actuación como gobernador. La verdad es que, a no ser que se cumpliese con el deber de forma completamente chapucera, el cargo se concedía casi automáticamente.13

Es posible que Adriano ejerciera su consulado in absentia y siguiera gobernando su provincia hasta entrado el 109. Su supuesto sucesor, Julio Máximo Manliano, aparece atestiguado por primera vez en Panonia en julio del 110, y fue cónsul el año 112. En cualquier caso, mientras Adriano ocupaba el consulado, «supo por Sura que iba a ser adoptado por Trajano, así que ya no fue menospreciado e ignorado por los amigos del emperador». Esta información se remonta probablemente a la autobiografía de Adriano y debe tratarse con cierta cautela. Sura murió poco después y fue honrado por Trajano con un funeral público y una estatua. Adriano estrechó nuevos lazos con Trajano, tanto si estaba ya en Roma para su consulado a comienzos de verano del año 108 como si no apareció por allí hasta unos meses después, quizá inmediatamente antes de morir Sura (a menos que este le comunicara las intenciones de Trajano por carta). En ese momento, además, otros protegidos de Sura, como Minicio Natal de Barcino (Barcelona) debieron de considerar a Adriano como su patrón. Sura había escrito discursos para Trajano, función de la que entonces se encargó Adriano según informa la HA, sin mencionar a Sura como anterior redactor de los discursos imperiales. Sura y Adriano pudieron haber ayudado también al emperador a redactar su propia historia de las guerras dacias.14

Sura no fue la única persona distinguida que falleció por aquellas fechas. Domicio Tulo, uno de los hombres más ricos de Roma, murió a finales del 108 o principios del 109. Su testamento fue motivo de rumores: «No hablamos de otra cosa en la ciudad», escribía Plinio a un amigo. El anciano, «con todos sus miembros lisiados y deformados, incapaz de volverse en la cama o de limpiarse los dientes sin ayuda», había sido objeto de las atenciones de numerosos cazadores de herencias. Al final nombró principal heredera a su sobrina e hija adoptiva Domicia Lucila, y dejó legados para sus nietos y una nieta. «En realidad, todo el testamento es una prueba importante de su afecto por la familia y, por tanto, muy inesperado». Su viuda, que había sido duramente criticada por haberse casado con el anciano, heredó algunas hermosas villas y una cuantiosa suma de dinero.15

Algunos pasajes del testamento de Tulo se han conservado, al parecer, en piedra, en un gran monumento funerario de la Vía Apia. El testador fue identificado en época moderna con un tal Dasumio, de la familia cordobesa de Adriano. Un fragmento descubierto recientemente ha descartado este nombre. La inscripción, cuyo texto fue redactado entre mayo y agosto del 108, durante el consulado de Adriano, se puede atribuir, en cambio, a Domicio Tulo. Según se puso por escrito, el funeral debía ser supervisado por Julio Severino, amigo del testador, cuya hija Julia Paulina, sobrina de Adriano, era una de las beneficiarias. También lo fueron, entre muchos otros, aunque nombrados en un codicilo especial añadido al final, el emperador y Sosio Seneción. P. Calvisio Ruso, yerno de Tulo y marido de Lucila (no en primeras nupcias de esta, que ya tenía una nieta de un matrimonio anterior), adoptaría el nombre del testador. Aparece como cónsul para el año 109 bajo la esperable denominación de «P. Calvisius Tullus». Da la casualidad de que la viuda de Tulo se llamaba Dasumia Pola y era originaria de una familia cordobesa vinculada con la de Adriano. Según muestra la inscripción, el testador, originario a su vez del sur de las Galias, tenía lazos estrechos con la Bética. Su red familiar es un compendio de la alta sociedad romana de los primeros años del siglo II, en la que el emperador bético y su emperatriz narbonense no eran más que el vértice de la elite colonial entonces dominante. Tras su matrimonio con un joven de otra familia de la Bética, la hija de Tulo Ruso y Lucila, en ese momento un bebé, que sería madre de Marco Aurelio. Dos años antes de la muerte de Domicio Tulo se había forjado otro vínculo en esta red aristocrática colonial. Julia Paulina, la sobrina de Adriano, se había casado con Pedanio Fusco Salinátor, vástago de una familia de Barcino (Barcelona) que había estado durante tres generaciones en lo más alto de la sociedad romana. El joven Fusco era discípulo y admirador de Plinio, quien felicitó a Serviano por elegir un yerno «que demostrará ser mejor de lo que podrían desear tus esperanzas más gratas; lo único que ha de hacer ahora es darte cuanto antes nietos como él». Es posible que Julia Paulina tuviera hijos poco después de casarse. Pero solo sobrevivió el nacido en abril del año 113, sobrino nieto de Adriano.16

Podemos preguntarnos hasta qué punto era consciente la sociedad romana de los orígenes provinciales de estas personas de alta condición. Para senadores como Plinio, procedente a su vez de un remotísimo rincón de Italia, era más importante el hecho de que el emperador fuera «uno de nosotros». Es cierto que le habían llovido adulaciones y que se le había animado constantemente a asumir el título de Optimus, el mejor de los emperadores; además, había concedido el rango de Augusta no solo a su esposa sino también a su hermana. No obstante, Trajano fue capaz de mantener su imagen de civilis princeps, un príncipe ciudadano. Sin duda, el hecho de que tuviese como sello propio una figura de Marsias, tomada posiblemente de la familia de su madre, los Marcios, no era una mera casualidad: para los romanos se trataba de un vigoroso símbolo de libertad. Aparte de eso, Trajano cultivaba gustoso la imagen de militar campechano, uno de aquellos romanos que «parecían estúpidos y eran considerados gente honrada». Mientras recorría en su carro triunfal las calles de Roma tenía a su lado, según cuenta Filóstrato, al sabio griego Dión de Prusa. «No tengo ni idea de qué estás hablando», dijo el emperador al sabio, «pero te quiero como a mí mismo». En cuanto a sus orígenes provinciales, había dado pasos para solucionar cualquier resto de resentimiento por parte de los senadores italianos rematando algo iniciado por Nerva, un plan público de beneficencia ( alimenta) para niños pobres limitado a Italia y que obligaba a los senadores de las provincias a invertir al menos un tercio de su capital en tierra italiana.17

Además de todo esto, su popularidad estaba garantizada por las enormes riquezas conquistadas en Dacia, que permitieron llevar a cabo un programa de construcciones públicas a una escala no vista desde la época de Augusto, a pesar de las obras masivas emprendidas en Roma por la dinastía flaviana. La propia Roma comenzó en ese momento a disponer por primera vez de un auténtico centro urbano, el Forum Ulpium, que dejaba pequeños a los foros ya existentes. Trajano construyó así mismo un nuevo puerto para la capital en sustitución del de Ostia. Adriano se interesó activamente por esta iniciativa. Pero en cierta ocasión, al interrumpir, según informa Dión, un debate entre Trajano y Apolodoro, su principal arquitecto, este le aconsejó cortésmente que se limitara a dibujar bodegones. Adriano nunca olvidó aquel desaire.18

Es de suponer que, tras un año o dos en Roma—no hay más pruebas de cuáles fueron sus ocupaciones en aquel período—, Adriano se sentiría inquieto. Quizá esperaba de Trajano un nombramiento consular, pero no se le ofreció ninguno, por no hablar de la adopción y las funciones de césar. La ciudad debió de comenzar a parecerle carente de atractivos. No hay duda de que tenía a su disposición diversas maneras de entretenerse. Pero, tal vez, las cenas con mimos, payasos y jovencitos homosexuales puestos para divertir a los invitados aburrían a Adriano, si es que no le asqueaban, como le ocurría a Julio Genitor, el adusto amigo de Plinio. Estaban también los acontecimientos de carácter intelectual. Es posible que Tácito celebrara lecturas públicas de sus Historias sobre la época flaviana. Plinio reaccionó entusiasmado cuando se le invitó a leer partes de la obra y vaticinó que sería un libro inmortal. No sabemos con certeza si el autor innominado a quien se refiere Plinio en otra carta era Tácito; en ella dice que nunca había sido «más consciente de los poderes de la historia, de su dignidad, su majestad y su inspiración divina» que en una reciente lectura pública. El autor había dejado una parte para leerla otro día y, a continuación, le suplicaron que no siguiera. «Tal es la vergüenza que siente la gente al oír hablar de su conducta. El autor accedió», pero «el libro perdura y perdurará, y siempre será leído». La declaración se ajusta bien al relato del período flaviano ofrecido por Tácito. Otra cosa es que Adriano encontrara algo de gran interés en tal obra o en otras novedades literarias, como el poema de Caninio Rufo sobre las guerras de Dacia o las lecturas de Ticinio Capitón «sobre las muertes de hombres famosos» o los discursos públicos editados por Plinio. Probablemente pasaba el tiempo cazando, quizá con Trajano, una vez que el emperador había hecho de la caza una actividad aceptable para las elites. También pudo haberse dedicado a la construcción en su propia finca campestre, en Tibur (Tívoli), según podemos suponer. Sin embargo era evidente que deseaba algo distinto.19

Amigos suyos, sobre todo Sosio Seneción, y contemporáneos como Minicio Fundano, colega entonces de Adriano en el septemvirato, mantenían fuertes vínculos con Grecia. Él, sin embargo, no había estado nunca allí (hasta donde sabemos). Por las fechas en que Adriano ejerció el consulado, Plinio encontró una excusa para escribir a su joven amigo Valerio Máximo, que había sido nombrado para llevar a cabo una misión en la provincia de Acaya como « corrector de las ciudades libres». Plinio le dijo que recordara que había sido

enviado [...] a la Grecia pura y genuina, donde según se cree tuvieron su origen la civilización y la literatura, y también la agricultura; y has sido enviado para poner en orden la constitución de las ciudades libres [...] para liberar a hombres que son hombres y libres en el sentido más pleno [...]. Respeta a los dioses que los fundaron [...] muéstrate considerado con su antigüedad, con sus hazañas heroicas y con las leyendas del pasado [...] ten siempre en cuenta que el lugar al que vas es Atenas; y el que gobiernas, Esparta.20

Adriano no habría necesitado el estímulo de Plinio, de quien no se sabe que llegara a estar nunca en Grecia, mientras que el destinatario de su sentencioso consejo, Quinctilio Valerio Máximo, procedía de la colonia de Alejandría Tróade y, por tanto, estaba sin duda familiarizado con el mundo griego. Grecia era un imán para todos los romanos instruidos, y para un helenófilo como Adriano, el no tener un cargo le proporcionaba una oportunidad ideal para marchar por fin allí. Su presencia en Atenas no está atestiguada con seguridad hasta el año 112, pero es verosímil suponer que pidió permiso a Trajano algún tiempo antes para dejar Roma a fin de realizar una visita a Grecia. Quizá fue invitado, por ejemplo, a Atenas por uno de los cónsules sufectos del año 109, C. Julio Antíoco Epífanes Filópapo, el rey Filópapo. Aquel hombre residía en Atenas desde hacía largo tiempo pero debió de haber estado en Roma para ejercer su consulado. En cualquier caso, a partir del 109, el propio Trajano comenzó a volver la vista al Este. Para empezar, el Imperio parto se hallaba en plena agitación con dos y hasta, quizá, tres pretendientes rivales al trono. El nombramiento de Máximo para el cargo de corrector por parte de Trajano es solo un pequeño indicio de ello. Había planes para una nueva misión encargada a Plinio y que este asumiría el año 110: la de legado imperial con poderes consulares en sustitución del procónsul normal elegido anualmente para la provincia del Ponto-Bitinia. Su misión concreta consistiría en recomponer las finanzas de las ciudades. Las razones de Trajano para sentirse preocupado por la situación de aquella provincia tenían, quizá, repercusiones de mayor alcance. Sus pensamientos giraban ya en torno a la parte oriental del Imperio, y el hecho de que su pariente se instalara en la capital cultural del este helénico debió de haber sido una decisión muy conveniente para sus propósitos.21

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ARCONTE EN ATENAS

La ruta a Atenas suponía viajar hacia el sur siguiendo la vía Apia, cruzar, luego, hasta Benevento y continuar a Brundisio (Brindisi). Desde el 109 o el 110 se estaban realizando importantes trabajos camineros para la construcción de una vía Nova Trajana hacia el gran puerto del sudeste. El hombre encargado del proyecto era Pompeyo Falcón, casado entonces con Sosia Pola, hija de Seneción, amigo de Adriano (y que no era, probablemente, la primera mujer de Falcón). Es de suponer que Adriano visitaría a Falcón durante el viaje. Solo podemos conjeturar si dispuso o no de mucha compañía para el trayecto. Probablemente se llevó consigo a Sabina y a un buen número de miembros de su servicio doméstico. Quizá se le unieran algunos amigos de su misma mentalidad. Pero de entre los amigos conocidos, Platorio Nepote y Emilio Papo, sus contemporáneos pertenecientes al orden senatorial, estaban ocupados probablemente en desarrollar su carrera y se hallaban un peldaño o dos por detrás de Adriano en el cursus honorum. Sus dos amigos del orden ecuestre estaban ejerciendo igualmente algún cargo: Claudio Liviano como prefecto de la Guardia—podemos suponer que su colega en ese momento era el antiguo tutor de Adriano, Acilio Attiano—, y Marcio Turbón como tribuno en la guarnición de Roma y, luego, como procurador de la principal escuela de entrenamiento de gladiadores. Adriano habría dispuesto, sin duda, por adelantado dónde iba a alojarse en sus etapas a lo largo del camino y durante su estancia en Atenas. Sosio Seneción se hallaba bien situado para aconsejarle y presentarle a otras personas; y, en la propia Atenas, Adriano contaba probablemente con un anfitrión que le había invitado.1

Un destino normal después de Brundisio era Dirraquio (Dürres), en el Epiro, desde donde el viajero que fuera hacia el este podía tomar la via Egnatia. Quienquiera que se dirigiese a Atenas se haría a la vela rumbo a un puerto más meridional, como Butroto, y luego bajaría costeando hacia el Golfo de Corinto. Hay buenas razones para suponer que Adriano marchó a Nicópolis, en la península que se encontraba frente a Accio, a la entrada del Golfo de Ambracia—la ciudad había sido fundada por Augusto en conmemoración de la victoria del año 31 a. C.—, donde se habría quedado algún tiempo. Nicópolis se había hecho famosa en tiempos de Trajano como hogar del filósofo Epicteto. Aquel frigio cojo había sido en otros tiempos esclavo en Roma, propiedad de Epafrodito, un liberto imperial. Era discípulo del estoico romano Musonio Rufo y fue desterrado, junto con otros filósofos, por un edicto de Domiciano, probablemente a consecuencia de los juicios y ejecuciones de senadores estoicos a finales del 93. Epicteto se instaló en Nicópolis, donde decidió quedarse a pesar de haber muerto Domiciano.


La ciudad se había convertido en un lugar de peregrinaje para quienes buscaban la verdad, que acudían a sentarse a los pies de Epicteto. La HA recoge el nombre de este como uno de los dos únicos filósofos con quienes Adriano mantuvo una relación de especial intimidad. Resulta difícil evitar la conclusión de que la amistad con Epicteto se formó en el primer viaje de Adriano a Atenas, en torno al año 110 o 111.2

Epicteto no escribió nada, pero uno de sus admiradores residente en Nicópolis aquellos años tomó abundantes notas de los discursos del maestro o de sus diálogos con diversos discípulos y visitantes, algunos de ellos personas eminentes; los apuntes no se publicaron hasta mucho más tarde. El autor o recopilador era un joven de la ciudad de Nicomedia de Bitinia (Izmit), L. Flavio Arriano, ciudadano romano del orden ecuestre. Adriano pudo haber estado, incluso, presente en algunas de las conversaciones de Nicópolis transcritas por él. Además, una alusión de paso hecha por Epicteto podría darnos una pista de dónde se alojó en Nicópolis—«en casa de Cuadrato», donde Epicteto pernoctaba, sin duda, de cuando en cuando. El nombre no es especialmente raro y quizá había algún notable local llamado así. Pero también podría haberse tratado de Julio Cuadrato, el cónsul del año 94 que, según dijimos, propuso tal vez a Adriano para ser su prefecto durante el Festival Latino y, quizá también, para su ingreso en el grupo de los VIIviri epulonum en torno al año 100. Cuadrato era muy apreciado por Trajano. Había sido gobernador de Siria durante unos años y cónsul por segunda vez en condición de ordinarius el año 105, y en ese momento estaba finalizando un año como procónsul de Asia. Es incluso posible que estuviera pasando una temporada en Nicópolis en su viaje de vuelta de Asia a Roma. Epicteto comenta que «si un hombre que ha sido cónsul en dos ocasiones oye esto [la idea de que ninguna persona mala puede ser verdaderamente libre], estará de acuerdo si añades: “Pero eso no va contigo, pues tú eres un hombre sabio”». Es verdad que en los años de madurez de Trajano seguían vivas, al menos, siete personas que habían sido cónsules en dos ocasiones; Serviano, Laberio Máximo, Suburano, Cuadrato y su colega Julio Cándido, Seneción y Cornelio Palma.3

Epicteto era estoico, aunque hablaba con simpatía de los cínicos y, al igual que ellos, no concedía ninguna importancia al linaje o al rango. Aparte de las observaciones sarcásticas dirigidas a un hombre que había sido cónsul en dos ocasiones (tanto si se hallaba presente como si no), hizo abundantes comentarios cortantes sobre otras personas eminentes. Un hombre destinado a recibir un alto cargo ecuestre—el de prefecto de la annona—fue tratado por Epicteto con un escepticismo justificable cuando afirmó carecer de ambiciones. El corrector Máximo, un epicúreo, fue acribillado a preguntas cuando «se hizo a la vela en invierno rumbo a Casíope [localidad de la isla de Corfú]» para visitar a Epicteto. La declaración de Máximo: «Ocupo el puesto de juez de los helenos», no impresionó a Epicteto. El gobernador-procurador del Epiro, la pequeña provincia a la que pertenecía Nicópolis, un hombre llamado probablemente Cn. Cornelio Pulcro, natural de Epidauro, en el Peloponeso, no despertó en él ninguna simpatía al quejarse de los insultos del pueblo por haber apoyado ostentosamente a un actor cómico. Se cita en repetidas ocasiones que Epicteto se explayaba sobre la futilidad de buscar la promoción del emperador. Es muy posible que aquellas actitudes le resultaran atrayentes a Adriano. Dos pasajes de la obra de Arriano titulada Discursos de Epicteto dan la impresión de haber estado dirigidos al propio Adriano. Epicteto decía que lo que importaba era ser hijo de Dios o ciudadano del universo. «¿Será suficiente el parentesco con césar o con cualquier otra persona poderosa de Roma para que un hombre viva con seguridad, inmune al desprecio y sin temor a nada?». ¿Quién, sino Adriano, podía afirmar en aquel momento ser pariente del emperador? Pero hay otra observación más cercana aún a Adriano. Nadie puede pensar mal de sí, si se considera engendrado por Dios. «Pero si César te adopta, nadie será capaz de soportar tu engreimiento». Al margen de la anécdota contada por la HA sobre el conocimiento que habría tenido Adriano durante su consulado del año 108 de que iba a ser adoptado por Trajano—y que, aunque no se hubiera hecho pública, podía ser ampliamente conocida—, muchos debieron de haberlo visto como presunto heredero.4

Es posible que Epicteto y sus alumnos acabaran aburridos de quienes se ponían pesados con la Guerra de Dacia. Alguien se había quejado, sin duda, de que su anfitrión «hablaba todos los días de cómo luchó en Mesia [...] cómo trepó a la cresta de la colina, cómo comenzó a verse asediado una vez más». Epicteto desestima la guerra por considerar que estalló debido a la ignorancia, lo mismo que las guerras persas o las del Peloponeso, o que la Guerra de Troya. Todo estaba muy bien gracias a «la sólida paz que en estos tiempos parece proporcionarnos césar; ya no hay guerras ni batallas ni bandolerismo rampante; podemos viajar por tierra a cualquier hora, podemos navegar de la salida a la puesta del sol». Sin embargo, el César no podía proporcionar «la paz ante la fiebre, el naufragio, el fuego, el terremoto, el rayo [...] o el amor, la pena o la envidia». La verdadera paz solo viene de Dios.5

En su discurso sobre la providencia y los dones de la naturaleza, Epicteto tuvo ocasión de mencionar el pelo que crece en la cara. A primera vista, «¿puede haber algo más inútil que el pelo en un mentón?». Sin embargo, la barba es la manera natural de distinguir a los hombres de las mujeres: «Tendríamos que preservar los signos que nos ha dado Dios; no deberíamos eliminarlos y confundir los sexos». En la sociedad romana el afeitado había sido la norma desde hacía varios siglos, pero los griegos de mentalidad tradicionalista siguieron aferrados a sus barbas, tras un breve período en que Alejandro impuso la moda del afeitado. Dión de Prusa hace constar con satisfacción haber visto en Olbia, un remoto puesto de avanzada del helenismo a orillas del río Borístenes (Dniéper), en el Mar Negro, solo un hombre sin pelos en la barba. Lo hacía para congraciarse con los romanos, y sus conciudadanos lo miraban por encima del hombro. En sus tiempos de emperador, Adriano aparece comúnmente barbado, no con la barba flotante del filósofo, pero sí con la tradicional bien cuidada de los griegos. Es posible, por supuesto, que dejara de afeitarse algunos años antes. Pero podemos conjeturar de forma verosímil que su visita a Grecia a mitad de la treintena fue decisiva y le hizo desear tener el aspecto de un griego, al margen de si los comentarios de Epicteto influyeron o no directamente en él. La HA ofrece otra explicación para la barba de Adriano: se la dejó crecer «para ocultar manchas faciales».6

En sus tiempos de discípulo de Epicteto en Nicópolis, Arriano aprovechó, sin duda, la oportunidad de visitar las regiones circundantes. En sus otros escritos revela estar familiarizado con Ambracia y Anfiloquia y ofrece detalles sobre cómo navegar entre Acarnania, al sur de Nicópolis, y la isla de Léucade. Dada su pasión por la caza, es probable que Arriano dedicara también algún tiempo a esta actividad. Resulta por lo menos verosímil imaginar a Adriano acompañándole. Arriano estuvo también en Delfos. Es probable que, para cuando fue allí, hubiera terminado ya sus estudios con Epicteto. Una inscripción nos lo muestra como miembro del consejo asesor de un alto funcionario romano para la resolución de disputas sobre límites entre Delfos y sus vecinos. El funcionario era Avidio Nigrino, llegado, probablemente, a Grecia como legado imperial en misión especial poco después de su consulado en la primera mitad del año 110. Se ha sugerido que Nigrino habría sido nombrado después de que el corrector Máximo concluyera su período de servicio—el hecho de que Trajano considerase necesario enviar a una segunda persona en comisión especial se ha de entender como un signo de preocupación por la situación de Grecia—; es posible, incluso, que hubiera sustituido al procónsul anual normal, tal como acababa de hacer Plinio en el Ponto-Bitinia. Nigrino estaba especialmente bien preparado para la tarea. Su padre, de su mismo nombre, y su tío Avidio Quieto, seguían teniendo fuertes vínculos con Grecia y habían sido amigos de Plutarco.7

Sosio Seneción, amigo de Adriano y mayor que él, estaba también estrechamente relacionado con Plutarco. Lo había conocido probablemente muchos años antes, mientras desempeñaba el servicio de cuestor en Acaya. La amistad perduró y se consolidó en Roma. Plutarco dedicó a Seneción una de sus obras más fundamentales, los nueve libros de sus Charlas de sobremesa, en los que recuerda sus conversaciones en Grecia, en Atenas y Patras y en Queronea—la ciudad natal de Plutarco, en Beocia, donde Seneción había asistido a la boda del hijo de este—, así como en Roma. También dedicó a Seneción varios pares, al menos, de las Vidas paralelas de grandes griegos y romanos, otra obra importante en la que se hallaba trabajando todavía por aquellas fechas, al igual que su ensayo Sobre el progreso en la virtud. Otro amigo romano de Plutarco, a quien Adriano debió de conocer bien, fue Minicio Fundano de Ticino (Pavía), íntimo de Plinio y colega de Adriano en el septemvirato. Una gran parte de la vida de Plutarco tuvo como centro a Delfos, donde ocupó un cargo importante entre los sacerdotes de Apolo. Es bastante verosímil suponer que Adriano visitara Delfos camino de Atenas, pero es seguro que conoció a Plutarco durante esta estancia en Grecia, tanto si fue allí como en otro lugar.8

En Atenas, Adriano habría tenido, sin duda, numerosas oportunidades de asistir a cenas en las que se mantuvieron conversaciones literarias o filosóficas chispeantes como las que tanto encantaban a Seneción. Uno, al menos, de los invitados a una fiesta ateniense inmortalizado en las Charlas de sobremesa, el rey Filópapo, como lo llamaba Plutarco, se hallaba aún en Atenas. Su nombre completo era C. Julio Antíoco Epífanes Filópapo. Era nieto del último rey de la Comagene,Antíoco IV, depuesto por Vespasiano el año 72. Los hijos y este nieto de Antíoco (cuyo último nombre significa ‘amante de su abuelo’) seguían conservando el título real. Filópapo había fijado su residencia en Atenas, donde, tras obtener la ciudadanía, había desempeñado el cargo de arconte y se había convertido en un espléndido benefactor. Más aún, Filópapo había llegado a ser senador romano y hasta cónsul sufecto el año 109. La concesión de las fasces a aquel hombre en ese preciso momento había sido un bello gesto: era casi la fecha del tercer centenario de la Batalla de las Termópilas en la que su antepasado Antíoco el Grande había sido derrotado por el cónsul M. Acilio Glabrión. El cónsul Antíoco Epífanes representó una unión simbólica entre las elites occidentales y orientales. Es fácil que, según se ha propuesto, Adriano hubiera conocido a Filópapo en Roma el verano del año 109 y se le invitara a residir en su casa de Atenas. Sea como fuere, habría sido difícil que un caballero romano de alto rango en visita a Atenas durante aquellos años no estableciera contacto con el rey. Su hermana Balbila aparece muchos años después como amiga íntima de Sabina, esposa de Adriano. Es casi seguro que, si no en el 109, su amistad comenzó, a más tardar, en torno al año 111, cuando Adriano fue por primera vez a Atenas acompañado, seguramente, de su mujer.9

Entre otras personas destacadas que recibieron probablemente a Adriano o lo conocieron se encuentra C. Julio Euricles Herculano, joven notable de Esparta, primo de Filópapo y Balbila. Plutarco dedicó a Herculano el ensayo titulado Sobre el arte de elogiarse sin incurrir en desaprobación. La mayor parte del escrito está dedicado a ejemplos tomados de la historia griega, pero hacia el final aparecen algunos consejos prácticos. Se debe evitar presumir del propio éxito, de cualesquiera «actos o palabras acogidos favorablemente por el gobernador». Tras asistir a banquetes dados por el gobernador, la gente debería abstenerse de repetir las «observaciones corteses dirigidas a uno por personas ilustres o de estirpe real». Podemos imaginarnos fácilmente a Herculano cenando con el legado imperial Nigrino—que también se hallaba ejerciendo sus funciones en Atenas—, y a Adriano entre otros invitados.10

Herculano, «descendiente de los Dióscuros en la trigésimo sexta generación» y miembro de una familia, los Euricleidas, que había dominado Esparta desde la época de Augusto, estaba emparentado no solo con el rey Filópapo sino también con la principal familia de Atenas, la de Ti. Claudio Ático Herodes. Ático afirmaba ser descendiente de Milcíades y Cimón, y hasta del legendario héroe Eaco. Su familia era inmensamente rica, pues Hiparco, padre de Ático, había logrado ocultar una gran parte de su fortuna cuando fue llevado a juicio por los Flavios. Ático «descubrió» el tesoro tras la subida de Nerva al trono y se le concedió quedarse con él, lo cual le permitió desempeñar el papel de benefactor a gran escala. Al parecer, había alcanzado el rango senatorial bajo Trajano. Pero ni Ático ni Herculano habían llegado a ser senadores romanos, a pesar de que sus familias disfrutaban de la ciudadanía romana desde el período de la dinastía julio-claudiana, como tampoco lo había sido ningún otro griego de la «antigua Grecia» (la provincia de Acaya y las «ciudades libres», como Atenas, que, al menos en teoría, eran enclaves dentro de la provincia). El cónsul «rey» Filópapo era solo ateniense honorario. Cierto número de griegos de Asia Menor había ingresado en el Senado y unos pocos habían ascendido, incluso, al consulado bajo los Flavios; Trajano, por su parte, había concedido algún alto mando a hombres como Cuadrato de Pérgamo y Cuadrato Baso. Es de suponer que atenienses y espartanos seguían manteniendo cierta reserva y rehusaban buscar el rango senatorial. Además, es probable que su latín no fuera suficientemente bueno. Si Ático dispuso que su hijo, de once o doce años por aquel entonces, permaneciera en Roma en casa de Calvisio Tulo Ruso, yerno del viejo Domicio Tulo, fue, sin duda, para proporcionar al joven una buena base en este sentido.11

Atenas le gustó a Adriano; de eso no cabe ninguna duda. Sus reiteradas visitas a la ciudad siendo emperador lo dejaron muy claro. Ver la Acrópolis y el Partenón, además de otros monumentos famosos, era de por sí una aspiración compartida por la mayoría de las personas cultas de la época. Adriano debió de sentirse especialmente impresionado por el inmenso templo de Zeus Olímpico, inaugurado por Pisístrato hacía más de seiscientos años pero no concluido nunca. Antíoco Epífanes, el rey seléucida cuyos nombres llevaba Filópapo, había gastado grandes sumas para impulsar la obra, pero todavía no se había rematado. Atenas, a su vez, sintió afecto por Adriano. Fue invitado a hacerse ciudadano ateniense y, cuando aceptó el ofrecimiento, se le nombró miembro del demo de Besa. El rey Filópapo estaba inscrito en el mismo demo, y es de suponer que intervino en la decisión. Adriano fue elegido luego archon eponymus, en otras palabras, ocuparía la antigua magistratura principal y el año ateniense llevaría su nombre. Su liberto, Flegonte de Tralles, que probablemente se hallaba ya con él, escribió más tarde una crónica en la que el arcontado de su patrón se sitúa en el año 112. Como el año ateniense terminaba y empezaba en verano, no sabemos con seguridad si su mandato comenzó el 111 o el 112. Sea como fuere, se trató de un gesto impresionante. «La boulé del Areópago, la boulé de los Seiscientos y del démos de los atenienses» honraban a «su árcho-n Hadrianos» con una estatua en el teatro de Dionisos. Los atenienses se preocuparon por prologar esta sencilla inscripción de tres líneas grabada en el pedestal con siete líneas en latín que exponían la carrera de su arconte como senador romano. Algunos otros romanos de su rango habían aceptado aquel honor, pero solo habían sido unos pocos. Uno de ellos era un hombre llamado Trebelio Rufo de Tolosa (Toulouse), que al parecer se había instalado en Atenas abandonando la carrera senatorial. El gran Vibio Crispo, cónsul en tres ocasiones, había aceptado en tiempos de Domiciano la afiliación en el demos de Maratón y el arcontado, si bien in absentia. Y el propio Domiciano, cuya diosa madrina era la versión romana de Atenea, había accedido igualmente a ser arconte, aunque sin ir a Atenas.12

Un eminente senador que marchaba para ejercer su cargo de procónsul de Asia pudo haber pasado por Atenas en la primavera del año 112 o un año después, en su viaje de vuelta, y ser testigo de cómo cumplía con sus deberes el arconte romano. Aquel senador era Cornelio Tácito. Una vez acabadas sus Historias, Tácito podría haber iniciado sus investigaciones para una nueva obra, no la segunda parte que había prometido, los reinados de Nerva y Trajano, sino los Anales de los emperadores de la dinastía julio-claudiana, de Tiberio a Nerón. Atenas se menciona solo brevemente en los libros conservados. Tácito relató la visita realizada el 18 d. C. por Germánico César, llegado de Nicópolis a la antigua ciudad aliada, donde los «griegos le recibieron con escogidísimos honores explayándose en su propia historia y literatura para que su adulación pareciera más digna». (También se describe la visita realizada poco después por Pisón, enemigo de César, que criticó duramente a los atenienses.) Adriano no era aún César, como Germánico, y es posible que los atenienses, encantados no obstante con un arconte tan eminente, no le adularan con tanto rebuscamiento. En cualquier caso, la posición de Sabina, esposa de Adriano, cuya distinción social era ya poco común, se hizo todavía más especial en el verano del año 112. Su abuela Marciana Augusta, hermana de Trajano, murió a finales de agosto y fue divinizada sin tardanza; aquel mismo día, su hija Matidia, madre de Sabina, fue nombrada Augusta. Sabina era así hija de una Augusta y nieta de una diosa.13

El año 112 había estado señalado ya en Roma por la inauguración solemne, el 1 de enero, de las colosales construcciones del nuevo Foro y la Basílica, además del mercado adyacente, realizadas por Trajano. Para mostrar la amplitud de la excavación requerida se erigiría una imponente columna, concluida y dedicada en mayo del año siguiente. La sencilla inscripción declaraba que la obra había sido pagada ex manubiis,‘del botín’. No hay manera de saber si la columna se hallaba ya decorada con relieves que conmemoraban visualmente las dos guerras dacias que habían hecho posible aquella construcción.14

Durante el año 113, los acontecimientos del Este tomaron un rumbo que dio a Trajano la oportunidad que, evidentemente, había estado esperando. Partia, el único rival serio de Roma, se había visto gravemente desgarrada durante algunos años entre tres reyes rivales, Pácoro, Vologeses y Cosroes. Aquello bastó para brindar una ocasión excelente de saldar antiguas cuentas. Había habido, incluso, una provocación más reciente. Poco tiempo antes, Plinio había informado a Trajano de la aparición en Nicomedia de un hombre llamado Calídromo; al parecer, era esclavo de Laberio Máximo y había sido capturado por Decébalo—probablemente el 101 o el 102—y enviado como regalo al rey Pácoro. Si lo que contaba Calídromo era cierto—Plinio, a su vez, envió a aquel hombre al emperador—, significaba que Decébalo había intentado conseguir el apoyo de los partos. Pácoro había sido rey durante largo tiempo, más de treinta años, pero en comparación con sus rivales,Vologeses y Cosroes, era una fuerza agotada. Cosroes, entonces el aspirante más poderoso al trono, dio en ese momento un paso que podía interpretarse como un quebrantamiento del acuerdo alcanzado cincuenta años antes, por el que se había establecido que el rey de Armenia debía ser nombrado por Roma, aunque tendría que ser miembro de la casa real partia. Cosroes se limitó a deponer al titular, Axidares, hijo de Pácoro, y colocó a un sucesor, Partamasiris, hijo también de Pácoro, sin consultarlo con Trajano. Es posible que Axidares se resistiera y apelara a Roma. Se enviaron mensajes amenazadores y Trajano inició preparativos bélicos. De joven, mientras servía en Siria a las órdenes de su padre, cuarenta años antes, había tenido la oportunidad de combatir contra los partos; pero entonces se salvaguardó la paz. Ahora podía esperar alcanzar nueva gloria siguiendo los pasos de Alejandro Magno, con quien había sido comparado por sus aduladores. Se movilizaron tropas de refuerzo que se pusieron en marcha a escala masiva hacia las provincias fronterizas orientales bajando por el Danubio, atravesaron el Ponto-Bitinia y Galacia, y siguieron hacia el Éufrates. El propio emperador partió de Roma a finales de octubre junto con su corte, incluidas Plotina y Matidia, las dos augustas. El día de su profectio, escogido sin duda por su carácter propicio, fue el décimo sexto aniversario de su adopción por Nerva. Trajano marchó por la vía Apia y por su nueva carretera, la vía Trajana, concluida el año anterior, hasta Brundisio y, seguidamente, emprendió viaje a Atenas. La flota del Miseno a las órdenes de su nuevo prefecto, Marcio Turbón, y, sin duda, una gran flotilla de comerciantes transportarían al emperador, su equipo, su familia y su séquito.15

7
LA GUERRA CONTRA PARTIA

La estancia de Trajano en Atenas fue, sin duda, relativamente breve, lo justo para permitir al sexagenario emperador recuperarse tras el viaje por mar, tomar nuevas medidas y realizar más nombramientos. Le estaban esperando embajadores enviados por el rey Cosroes, que le «pidieron la paz y le ofrecieron presentes», informa Dión, «pues, al oír hablar de la partida de Trajano, el rey se sintió aterrado, ya que este tenía por costumbre cumplir sus amenazas. Así pues, se tragó su orgullo y le suplicó que no le hiciera la guerra. Le pidió, además, que se concediera Armenia a Partamisiris. Le escribía que había depuesto a Axidares porque no había resultado satisfactorio ni para los romanos ni para los partos». Trajano no dio ninguna respuesta oficial, ni por escrito ni de viva voz, a excepción de un ominoso comentario: «Las relaciones amistosas se deciden con hechos y no con palabras. Cuando llegue a Siria, emprenderé las acciones apropiadas».1

Ya se habían tomado disposiciones sobre los principales mandos en el Este. Cuadrato Baso, que había gobernado Capadocia-Galacia durante varios años tras haber prestado un excelente servicio en las dos guerras dacias y en el gobierno de Judea, fue transferido en ese momento a Siria. Su sucesor en Capadocia fue M. Junio Homulo. No sabemos mucho sobre Homulo, excepto que había sido cónsul el 102, siendo ya, por tanto, bastante mayor por aquellas fechas, y había tomado la palabra en el Senado en los juicios de los dos procónsules de Ponto-Bitinia defendidos por Plinio, haciéndolo con «sutileza, agudeza y elegancia» en el segundo caso. Una anécdota recogida en la HA da a entender que el elocuente Homulo estaba en buena relación con el emperador: «Dijo a Trajano que Domiciano era, desde luego, una mala persona, pero que tenía buenos amigos, mientras que el soberano que confía la república a hombres de mala conducta es tanto más odiado, porque es mejor soportar a un hombre malo que a muchos». En cuanto al Ponto-Bitinia, Plinio, enviado especial de Trajano, había muerto para entonces—probablemente el año anterior, el 112, después de pasar menos de dos en el cargo—y había sido sustituido por otro legado consular, Cornuto Tertulo. La provincia era demasiado importante para los movimientos de tropas llegadas del Danubio al frente del Este como para encomendarla a un procónsul anual.2

La nueva provincia de Arabia continuó en manos de su primer gobernador, C. Claudio Severo, a pesar de hallarse en el cargo desde que Cornelio Palma había anexionado el reino nabateo el año 106 y haber sido elegido cónsul mientras ocupaba su puesto. Egipto tuvo un nuevo prefecto el 112 o el 113,M. Rutilio Lupo, que sucedió a Ser. Sulpicio Símil. En otras zonas más remotas hubo también gobernadores nuevos. Minicio Natal fue nombrado legado de Panonia Superior. Una de sus legiones, la I Adiutrix, partió para el Este, donde quedó al mando de Platorio Nepote, amigo y coetáneo de Adriano. Pompeyo Falcón, otro de sus amigos, fue enviado, posiblemente, a gobernar Mesia Inferior. No está claro quién era el gobernador de Mesia Superior y Dacia, la reciente adquisición. Tampoco se sabe con certeza si Claudio Liviano seguía siendo prefecto de la Guardia y estaba, por tanto, con el emperador. Se le menciona junto con Seneción, Emilio Papo, Platorio Nepote, Acilio Attiano y Turbón como uno de los amigos particulares de Adriano en el momento de la expedición contra los partos. Al ser griego, de Licia, Liviano habría sido un candidato apropiado para servir en el Este, pero no ocupaba ya ningún cargo al finalizar la guerra, momento en que Attiano servía como prefecto de la Guardia al lado de Trajano. Es probable que Liviano fuera sustituido pronto por Sulpicio Símil, quien ocupó supuestamente el lugar de Attiano en Roma cuando este marchó para unirse a Trajano en el Este.3

Una imponente constelación de hombres importantes acompañó, sin duda, al emperador en calidad de comites. Entre ellos iban, quizá, Cornelio Palma y Publilio Celso, los dos hombres honrados hacía muy poco con un segundo consulado, el primero el 109, y el segundo aquel mismo año. Dión menciona que ambos habían sido distinguidos, además de Seneción, con estatuas públicas, «pues los apreciaba muy por encima de los demás». Los servicios de Seneción en las guerras de Dacia y el éxito de Palma en la anexión de Arabia están bien documentados. El motivo de la distinción otorgada a Celso no se conoce aún con claridad. El biógrafo de la HA nombra a los tres en relación con Adriano en aquel momento; a Seneción, como uno de sus amigos íntimos; a Palma y Celso, como enemigos suyos. De los otros hombres a quienes Trajano otorgó un segundo consulado, uno, Laberio Máximo, había caído en desgracia; tras haber desempeñado una función importante en la primera Guerra de Dacia, había resultado sospechoso de alta traición y se le había desterrado a una isla. No obstante, su yerno Brutio Presente recibió un destino con mando como legado de una de las legiones de Siria, la VI Ferrata, tras varios años de actividad pública, de la que se había retirado entre reproches afectuosos de Plinio. Laberio fue uno de los dos únicos senadores que, según se sabe, sufrieron destierro bajo Trajano; el otro fue el aristócrata de sangre azul Calpurnio Craso, sospechoso ya de haber planeado un golpe contra Nerva y que, supuestamente, lo había vuelto a intentar bajo Trajano. También él fue confinado a una isla.4

Otros que recibirían mandos importantes fueron dos cónsules recientes, Julio Máximo Manliano, sucesor de Adriano como legado de Panonia Inferior, y Catilio Severo, amigo de Plinio y elegido recientemente colega de Adriano en el colegio de los VIIviri epulonum. Catilio, un «colonial», aunque no del oeste —era originario de la colonia Apamea, en Bitinia—, se acababa de casar, según parece, con Dasumia Pola, la adinerada viuda de Domicio Tulo, un enlace ventajoso para él. Los Dasumios de Córdoba estaban emparentados con Adriano. De los demás comandantes, Lusio Quieto, el formidable jefe de clan norteafricano que había prestado insignes servicios contra los dacios, volvía a hallarse con Trajano al mando de sus auxiliares moros. En cuanto a Adriano, la influencia de Plotina le aseguró, según afirma la HA, un nombramiento en el equipo de Trajano como legatus «en el momento de la expedición a Partia», probablemente como legatus Augusti pro praetore y comes del emperador.5

El grupo del emperador debió de haber partido de Atenas bastante antes de finalizar el año. La ruta de Trajano, recogida sumariamente por Dión, le llevó a través de las provincias de Asia y Licia. De allí se embarcó rumbo al principal puerto de Siria, Seleucia de Pieria, cerca de la desembocadura del río Orontes, a donde llegó en diciembre según el cronista bizantino Juan Malalas. El mismo Malalas, cuya historia está centrada en Antioquía, señala la presencia de Adriano: Trajano «partió con una gran fuerza de soldados y senadores y puso vela al este. Entre los senadores se encontraba Adriano, pariente político suyo por su hermana». Trajano llegó de allí a Antioquía el 7 de enero del 114, pasando por el delicioso parque de la colonia de Dafne, también según Malalas. La información es bastante verosímil, si exceptuamos el detallado relato que le precede sobre una supuesta toma de Antioquía por los «persas», liberada por sus propios habitantes siguiendo indicaciones dadas por Trajano. Aunque el relato de Malalas contiene algunos detalles bastante convincentes, la presencia en él de fantasías de ese tipo hace peligroso preferirlo a otras fuentes. Pero la narración alternativa, y de calidad superior escrita por Arriano—la última parte de su Historia de los partos—solo se ha conservado en fragmentos; y tampoco se conserva completo Casio Dión, que utilizó la obra de Arriano. El resumen de Dión escrito por Xifilino, complementado con algunos extractos del texto completo de Dión, solo ofrece un esbozo. Así pues, la cronología de la guerra de Trajano es incierta en varios aspectos importantes.6

Durante la primera parte del año, mientras se reunían las fuerzas romanas, o, quizá, poco después de su desembarco en Siria, Trajano hizo una dedicación a Zeus Casio, el dios de la montaña próxima a la desembocadura del Orontes, con una parte de los despojos de Dacia. La ofrenda iba acompañada de una inscripción en verso compuesta para él por Adriano—según Arriano, que la cita en parte, y de la Antología Palatina, en la que se ha conservado el texto completo—: «Trajano, descendiente de Eneas, hace una ofrenda a Zeus Casio—el soberano de la Tierra—del botín tomado a los getas». Si Zeus concedía otra victoria, se le prometían más despojos de los soberanos arsácidas de Partia. Se supone también que Trajano consultó al oráculo de Júpiter de Heliópolis (Baalbek) para preguntarle si regresaría a Roma una vez concluida la guerra; la respuesta, dada en un complicado batiburrillo, fue negativa.7

Trajano tenía que enfrentarse a Armenia. Antioquía no era el lugar más prometedor para lanzar una expedición hacia allí. Es probable que el emperador decidiera evitar cruzar Anatolia en invierno, pero, en cualquier caso, en Antioquía se hallaba mejor situado para evaluar la situación e informarse sobre la posición del Imperio parto, en general, y de Mesopotamia, en particular. El pequeño reino de Osroene, situado al otro lado mismo del Éufrates, volvía a hallarse en manos de un soberano natural del país, Abgaro, que al parecer lo había comprado a Pácoro unos años antes, información que constituye la última huella del viejo rey en fuentes escritas, aunque en los años 115-116 se siguieron acuñando monedas suyas. «Al llegar Trajano a Antioquía, Abgaro le envió dones y un mensaje de amistad», informaba Dión, «pero no apareció en persona. Temía tanto a Trajano como a los partos e intentaba mantenerse neutral. Por ese motivo no acudiría a consultar con el emperador».8

El objetivo de Trajano el 114 era la ciudad de Satala, en el norte, aguas arriba del Éufrates, en Armenia Menor, que había formado parte del Imperio durante más de cincuenta años. Allí se reunieron los refuerzos llegados de las provincias danubianas. Se trataba de una larga marcha desde cualquier punto de vista—unos setecientos sesenta kilómetros a través de un territorio difícil—, y debió de haber costado siete semanas, por lo menos. De camino a Satala, Trajano obtuvo un éxito temprano: una fuerza romana dirigida por el propio emperador o por uno de sus principales comandantes cruzó el Éufrates más allá de Mitilene, se introdujo en territorio «enemigo» y capturó Arsamósata, a orillas del río Arsanias (Murat su), un afluente del Éufrates por el este. Arsamósata era una de las principales ciudades del reino de Armenia. Trajano estableció su corte en Satala, donde recibió dignatarios como un rajá indio: «Los sátrapas y príncipes acudieron a visitarle llevándole presentes, uno de los cuales fue un caballo que había sido adiestrado para obedecer; se arrodillaba sobre los bracillos y colocaba la cabeza bajo los pies de quien estuviera a su lado», informa el relato de Dión. Eutropio y Festo, dos cronistas del siglo IV, mencionan algunos de los reyes que le homenajearon: los soberanos de los iberos del Cáucaso, de los colcos, de los bosforanos y de los saurómatas. Amazaspo, pariente del rey de los iberos, prestó servicio en las fuerzas romanas. Trajano nombró un nuevo soberano para los albanos, vecinos orientales de los iberos. También sabemos que Anquíalo, rey de los heniocos y los maquelones, y Juliano, rey de los apsilas, fueron confirmados por Trajano en sus pequeños reinos. La ceremonia de la «asignación de reinos»— regna adsignata—se conmemoró, como era preceptivo, en las monedas imperiales. En ellas aparecen tres hombres con túnicas cortas y pantalones de pie ante Trajano, que lleva su coraza y se sienta en un tribunal con el prefecto de la Guardia y un lictor a su lado. El emperador extiende la mano hacia el bárbaro, situado en segundo plano, que alza ambos brazos en señal de saludo.9

Sin embargo, Partamasiris, el nuevo parto nombrado para ocupar el trono de Armenia Mayor y cuya investidura había promovido Trajano mediante el casus belli, no hizo acto de presencia pero «escribió a Trajano atribuyéndose el título de rey». Al negarse el emperador a responder, volvió a escribirle sin utilizar el título real y pidiendo que se le enviara a Homulo, gobernador de Capadocia. Trajano envió en su lugar al hijo de Homulo, que servía a las órdenes de su padre como tribuno laticlavo. Luego, el emperador se desplazó desde Satala hacia el este, a Elegía, a donde llegó Partamasiris, que sería recibido por Trajano ante el tribunal imperial. El rey «saludó a Trajano, se quitó la corona y la puso a sus pies, esperando que le fuera devuelta. Pero las tropas reunidas en ese momento aclamaron a voces a Trajano como imperator», signo tradicional de victoria. Partamasiris, aterrado, lo consideró un insulto y una señal de la fatalidad que le amenazaba. Dio media vuelta como para huir, pero le rodearon; suplicó una audiencia privada con el emperador, pero fue rechazado. Furioso, abandonó el campamento, pero se le ordenó regresar al lado de Trajano, quien, delante del ejército, dijo al rey que expresara sus deseos de forma que todos pudieran oírlo. Partamasiris «declaró que no había acudido por haber sido derrotado sino por voluntad propia. Creía que no debía ser tratado injustamente, sino que debía recuperar su reino, como Tiridates lo había recibido de Nerón». Trajano replicó que «no entregaría Armenia a nadie, pues pertenecía a los romanos y tendría un gobernador romano. Los cortesanos armenios de Partamasiris fueron obligados a quedarse, pues desde ese momento eran súbditos de Roma. A él se le permitió regresar con sus compañeros partos y una escolta de la caballería romana. La humillación del rey parto de Armenia se representó en varias emisiones de monedas que llevan la leyenda rex Parthus: el parto aparece acercándose a Trajano de rodillas y con las manos extendidas. Sin embargo, lo que ocurrió después fue una especie de borrón sobre la reputación de Trajano: durante su viaje—probablemente mientras regresaba a Partia—, el depuesto monarca fue asesinado en circunstancias desconocidas.10

Quedaban algunos combates por librar. Brutio Presente, legado de la legión VI Ferrata, se encontró con una nevada de medio metro en las montañas al este del lago Van. Unos guías nativos proporcionaron a sus hombres raquetas para la nieve. Aquella experiencia debió de haberle resultado a Presente demasiado penosa, al menos, el siguiente puesto registrado en la inscripción que reseña su cursus honorum es el de curator de la vía Latina, posiblemente una especie de permiso retribuido. No obstante, antes de finalizar la guerra se hallaba ya de vuelta en el Este. La hazaña de las raquetas para la nieve aparece recogida en un fragmento de las Parthica de Arriano, obra que trataba con cierta extensión de la guerra de Trajano. Es posible que Arriano hubiera obtenido un destino como oficial de caballería y formara parte del Ejército de Armenia el año 114. A su vez, Lusio Quieto hizo así mismo campaña contra los mardos, al este del lago Van, según afirma una fuente reconocidamente tardía. También fueron «vencidos» varios reyes más; algunos de ellos se sometieron por decisión propia, lo que significaba que fueron tratados por Trajano como «amigos», y otros se entregaron sin librar batalla. Armenia Mayor fue organizada como provincia romana—o, más bien, pudo haber sido anexionada a Capadocia, de la que Galacia se separó en ese momento. Catilio Severo habría sido nombrado ya, posiblemente, legado de Capadocia-Armenia Mayor antes de concluir el año 114. Las fuentes hablan también de un procurador de Armenia Mayor llamado T. Haterio Nepote. La nueva conquista animó al senado a hacer realidad una antigua propuesta: Trajano recibiría oficialmente el título de Optimus, ‘el mejor’. El emperador había hecho honores a su fama al marchar a pie con sus hombres durante toda la campaña, vadeando ríos con ellos y enviando, a veces deliberadamente, informes falsos sobre ataques inminentes del enemigo para que los soldados se mantuvieran en buenas condiciones.11

Sin embargo, la guerra estaba lejos de concluir. La anexión de Armenia significaba que la siguiente sería Mesopotamia. Trajano y los ejércitos se desplazaron hacia el sur, y Nísibis y Batnas fueron tomadas rápidamente, lo que indujo al Senado a concederle por votación el título de Pártico. Trajano, sin embargo, no lo aceptó. Sabía demasiado bien que le esperaban muchos más combates. «Tras dejar guarniciones en lugares oportunos, marchó a Edesa, donde vio a Abgaro por primera vez». Abgaro no podía seguir manteniendo la neutralidad:

En parte por miedo a Trajano, y, en parte también, convencido por su hijo Arbandes, un hermoso joven que obtuvo el favor de aquel, acudió a encontrarse con el emperador en el camino, le presentó excusas y obtuvo su perdón, pues tenía un poderoso intercesor en el muchacho. Así pues, trabó amistad con Trajano y lo agasajó en un banquete, durante el cual hizo que su hijo bailara una danza de los bárbaros.

Trajano se quedó prendado del efebo, que llevaba pendientes de oro: «Te culpo por no haber acudido a mi presencia y no haberte unido a mi expedición y compartido la dureza del trabajo; me encantaría arrancarte por eso uno de tus pendientes», dijo a Arbandes. Otros vasallos partos no fueron tan complacientes, sobre todo un tal Manno, y Mebarsapes, soberano de Ardiabene.12

Trajano regresó a Antioquía para pasar el invierno. Al comenzar el nuevo año se produjo un desastre: Antioquía sufrió un violento terremoto que causó la muerte a un gran número de habitantes; la víctima más destacada fue uno de los consules ordinarii del año 115, M. Pedón Vergiliano, que, al parecer, ejercía su cargo in absentia. El propio Trajano salió por una ventana con solo heridas leves, «guiado por cierto ser de estatura sobrehumana», según Dión. Como las réplicas del terremoto continuaron durante varios días, el emperador se instaló a la intemperie, en el hipódromo de la ciudad. Carecemos de cualquier información sobre cómo se las apañaron Plotina u otros miembros de la casa imperial, fuera de la mención específica de Malalas, quien dice que «Adriano, antes de iniciar su reinado, se hallaba con el emperador Trajano por estar emparentado con él por matrimonio cuando la gran ciudad de Antioquía sufrió la cólera de Dios—por aquellas fechas era senador—». Al hablar del terremoto, Malalas informa también sobre el martirio de Ignacio, obispo de Antioquía, que «había incurrido en la ira del emperador por haberle insultado». Según una tradición firmemente establecida en la Iglesia, Ignacio fue enviado a Roma para ser ejecutado. Ahora bien, mientras el resumen de Dión escrito por Xifilino nos ofrece un largo relato del desastre, Malalas, paradójicamente, es menos detallado sobre este dramático acontecimiento ocurrido en su ciudad natal, aunque nos proporciona una fecha precisa: el sábado 13 de diciembre, dos años después de la llegada de Trajano al Este. Sin embargo, el 13 de diciembre del 115 no fue sábado. Además, Pedón, el consul ordinarius del año 115 muerto en el terremoto, fue sustituido por un cónsul sufecto a principios de año, aunque su colega siguió en el cargo durante algún tiempo. Se han realizado alambicados intentos para defender la fecha dada por Malalas, pero generan dificultades innecesarias. Resulta más verosímil aceptar que Pedón seguía siendo cónsul cuando se produjo el terremoto, probablemente en enero del 115. Es bastante verosímil que Malalas inventara o supusiera la fecha del 13 de diciembre en la idea de que el terremoto tuvo lugar en torno a una semana antes del martirio de Ignacio, de quien sabía que había muerto en tiempos del emperador Trajano, conjeturando que había sido condenado en Antioquía durante su estancia allí. La fiesta del santo se conmemoraba en Antioquía el 20 de diciembre.13

La guerra debía continuar; tras una larga descripción del terremoto, DiónXifilino prosigue afirmando que, «al comenzar la primavera, Trajano se apresuró a penetrar en territorio enemigo». El año 115 fue, al parecer, testigo de toda una serie de batallas. El emperador fue objeto de otras cuatro aclamaciones imperiales, por lo menos. El carácter escueto de las fuentes hace difícil saber con seguridad dónde combatieron las fuerzas romanas y en qué orden lo hicieron. Su primer objetivo fue Adiabene, el reino situado al otro lado del Tigris, «un distrito de Asiria frente a Nino [Nínive]». Durante el invierno se habían talado árboles en los bosques de los alrededores de Nísibis y se habían construido botes desmontables que fueron transportados en carros para construir un puente de pontones sobre el Tigris. Después de cruzar el río con la oposición del enemigo, los romanos conquistaron toda Adiabene, continúa Dión, quien añade que «las plazas de Arbela y Gaugamela, junto a las que Alejandro había derrotado a Darío, se hallan en este país». Es posible que Trajano hubiera pensado en ese contexto histórico. Sin embargo, todavía no se había producido el enfrentamiento con el rey de los partos, el equivalente al Darío persa. En otro extracto, perteneciente evidentemente al relato de esa acción, Dión atribuye a Lusio Quieto la toma de Síngara, en Mesopotamia, en la vertiente meridional de la cordillera que corre más allá del río Caboras. El dominio de Mebarsapes, soberano de Adiabene, se extendía, quizá, al oeste del Tigris hasta aquel punto avanzado.14

Es probable que tras haber dejado fuerzas importantes a orillas del Tigris con órdenes de avanzar hacia el sur, el propio Trajano regresara al oeste para dirigir un ejército aguas abajo del Éufrates con intención de atacar Ctesifonte, capital de los partos. En Dura Europos, antigua fundación macedónica, se erigió un arco triunfal en su honor. Doscientos años más tarde, el «tribunal de Trajano» se podía ver todavía en Osogardana, un punto inferior del curso del Éufrates. Durante la campaña, Trajano tenía que seguir atendiendo a los asuntos del Imperio. A finales del verano debió de haber requerido su atención un asunto del que, casualmente, hay documentación: ciertos tumultos producidos en la metrópoli egipcia de Alejandría. Habían vuelto a estallar disturbios entre la comunidad griega y la numerosa minoría judía. La animosidad entre las dos comunidades era muy antigua, y ambos bandos enviaban a menudo delegaciones a Roma para conseguir el respaldo imperial. Poco antes de su marcha de Italia, se había apelado en este sentido a Trajano, quien, según una versión griega de Alejandría conservada en papiro, había favorecido a los judíos. Los disturbios habían obligado al prefecto Rutilio Lupo a intervenir contra estos. En un edicto del 13 de octubre del 115, Lupo aludía a una «batalla entre romanos y judíos». El prefecto pedía contención a los griegos y anunciaba que el emperador había enviado un «juez» para examinar el caso.15

Trajano había proyectado unir el Éufrates al Tigris mediante un canal para trasladar sus barcos al otro lado de la estrecha franja de tierra entre ambos ríos, pero se le aconsejó que no lo hiciera y optara, en cambio, por remolcarlos. «Luego cruzó el Tigris y entró en Ctesifonte, al parecer, sin encontrar resistencia. Cosroes había huido, pero Trajano se apoderó de una de sus hijas y del trono real. Era el momento de saborear el triunfo. Los partos habían derrotado a Craso y al triunviro Antonio, que habían sido vengados solo en parte por la victoria de Ventidio, el único romano en celebrar hasta entonces un triunfo de Parthis. Augusto había restablecido el prestigio de Roma y recuperado los estandartes perdidos, si bien por medio de la diplomacia y no de la guerra. Partia y Armenia, la manzana de la discordia, habían seguido causando problemas a Roma, y hasta entonces ningún ejército romano había llegado a la capital parta.16

«Tras haberse apoderado de Ctesifonte, fue aclamado imperator y se le confirmó el título de Pártico», informa Dión. Los Fasti Ostienses del año 116 proporcionan una fecha: el 20 o 21 de febrero «el emperador Trajano envió al Senado despachos con laureles, razón por la que se le dio el nombre de Pártico». Es muy defendible la hipótesis de que Trajano eligió deliberadamente el aniversario de su acceso al trono, el 28 de enero, para entrar en la capital enemiga, suponiendo que hubiera tiempo para enviar aquel mismo día partes que pudiesen llegar al Senado al cabo de tres semanas y media. El Senado votó nuevos honores a Trajano. Entretanto se celebraron durante tres días juegos circenses. La ceca imperial no reparó en gastos al proclamar «la conquista de Partia» (Parthia capta) y la sumisión de «Armenia y Mesopotamia al poder del Pueblo Romano». Iba a crearse una nueva provincia; Mesopotamia meridional, llamada Asorestán por sus soberanos iraníes; sería la provincia romana de Asiria. Trajano bajó por el Tigris y por el curso común de los dos ríos en una inmensa gabarra imperial adornada de oro y celebró «conferencias» a bordo, según recoge un fragmento de las Parthica de Arriano.17

Tras vencer a Atambelo, soberano del pequeño reino de Mesene, en la isla del Tigris (en la actual comarca de Basora), el emperador logró llegar al inicio del Golfo Pérsico. Al ver un barco que se hacía a la vela rumbo a la India, lamentó ser demasiado viejo para seguir las huellas de Alejandro hasta ese país. No obstante, escribió al Senado, quizá en los despachos mencionados en los Fasti Ostienses con fecha del 6 de mayo, diciendo que había llegado más lejos que Alejandro. Aquella pretensión podía sostenerse, desde luego, con el argumento sofístico de que el punto de partida del emperador español había sido el río Betis. Trajano, sin embargo, se refería probablemente a su campaña en Armenia, y podía haber incluido en el mismo cálculo su conquista de Dacia. El Senado respondió que «debía tener el honor de celebrar triunfos sobre todos los pueblos que quisiera, pues, debido al gran número de los mencionados en sus frecuentes partes, los senadores no eran siempre capaces de entender ni tan siquiera pronunciar correctamente sus nombres». El interés de Trajano por Alejandro—que casi podría considerarse una obsesión—se puso aún más de manifiesto al ofrecer en Babilonia un sacrificio a la sombra del rey. Pero, a diferencia de Alejandro, Trajano no había logrado derrotar al Gran Rey en el campo de batalla.18

Estando en Babilonia, se informó al emperador de que durante su viaje de ida y vuelta al Golfo había estallado una rebelión en «todos los territorios antes conquistados». Más aún, a finales de la primavera o principios del verano, había comenzado un levantamiento masivo de los judíos en tres provincias romanas, la Cirenaica, Egipto y Chipre. En Armenia, Catilio Severo hubo de hacer frente a un parto llamado Vologeses, quien consiguió un armisticio antes de iniciarse la batalla. Trajano le ofreció una parte de Armenia a cambio de paz. Entretanto envió a dos generales, Máximo y Quieto, contra los insurrectos de Mesopotamia. Máximo, de rango consular y, quizá, gobernador de Mesopotamia, fue derrotado y muerto. Quieto, con su caballería mora, tuvo más éxito, y recuperó Nísibis, así como la ciudad de Edesa, que fue reducida a cenizas. La gran ciudad griega de Seleucia del Tigris, próxima a Ctesifonte, fue también saqueada por los comandantes legionarios Erucio Claro y Julio Alejandro. Trajano se dio perfecta cuenta de la imposibilidad de hacer realidad su sueño de igualar las conquistas de Alejandro. En Ctesifonte se celebró una gran ceremonia, y Partamaspates, príncipe parto, hijo renegado de Cosroes, fue coronado rey por la gracia de Roma. El acontecimiento fue debidamente celebrado en acuñaciones imperiales, con monedas en las que el emperador coloca una diadema sobre la cabeza del vasallo arrodillado, con la leyenda «Rex Parthis datus»,‘Rey dado a los partos’.19

La rebelión de la diáspora judía estaba alcanzando en ese momento proporciones alarmantes. En la Cirenaica, donde había habido durante varios siglos una numerosa población judía, los rebeldes, encabezados por un hombre llamado Andreas—identificable, quizá, con el Lukuas que, según Eusebio, había sido proclamado rey por los rebeldes judíos—, «estaban desbaratando», según Dión, «a romanos y griegos». Dión habla de horribles atrocidades cometidas supuestamente por los insurgentes y calcula en doscientos veinte mil la cifra de muertos. En la propia Cirene fueron arrasados varios templos y otros edificios públicos, y hasta las carreteras que llevaban a la ciudad fueron «levantadas y destrozadas». Desde la Cirenaica, las huestes judías pasaron a Egipto, donde sus correligionarios se alzaron en su ayuda. En Chipre, a cuyo dirigente judío da Dión el nombre de Artemio, los insurgentes causaron aún más muertes que en la Cirenaica (la cifra aportada por Dión es de doscientos cuarenta mil). Salamina, su principal ciudad, fue saqueada. En el valle del Nilo, la cronología de la sublevación se puede calcular por los recibos de los impuestos recaudados de los judíos—aplicados por Vespasiano tras la destrucción del templo, el año 70—; ninguno lleva fecha posterior al 18 de mayo del 116. El prefecto Lupo no pudo hacer frente a la crisis; los judíos derrotaron a una legión, según atestigua un vívido informe contenido en una carta escrita sobre papiro. Hubo que movilizar a la población egipcia nativa, que luchó con un entusiasmo feroz, atenuado por el temor a los «impuros judíos», y obtuvieron una victoria a las afueras de Menfis. Trajano envió nuevas tropas mandadas por Marcio Turbón, prefecto de la flota del Miseno, que había acudido a Siria para la guerra. Turbón participó personalmente en la campaña de Egipto y la Cirenaica, en la que se dio muerte a «muchas decenas de miles de judíos». Una inscripción de Berito (Beirut) conmemora a uno de los oficiales del cuerpo expedicionario de Turbón, un ciudadano de la colonia, «enviado en la expedición a Chipre con un destacamento» como tribuno de la legión VII Claudia de Mesia Superior y condecorado por Trajano.20

En Mesopotamia había también una numerosa comunidad judía que se remontaba a la época del exilio babilónico. Según Eusebio, «Trajano sospechaba que los judíos de aquel lugar atacarían igualmente [...] y ordenó a Lusio Quieto limpiar de ellos la provincia. Quieto reunió sus tropas y masacró a una gran multitud de judíos». Las fuentes no permiten conocer con claridad hasta qué punto los levantamientos de Cirenaica, Egipto y Chipre estuvieron coordinados con el estallido de la resistencia en Mesopotamia. Es posible que el rey de los partos incitara a los judíos cirenaicos—que, al parecer, tomaron la iniciativa—para crear un «segundo frente». El terremoto de Antioquía pudo haber tenido también algún efecto al ser interpretado por los judíos como una señal de inminente condena del poder imperial. Además, el hecho de que los judíos tuvieran un rey significa, seguramente, que abrigaban expectativas mesiánicas. En cualquier caso, la rebelión de la diáspora contribuyó notablemente a obligar a Trajano a abortar el plan de ampliación de sus conquistas.21

De vuelta al norte, Trajano se encargó personalmente del sitio de la ciudad de Hatra, construida en el desierto, que también se había liberado del yugo romano. Sus fuerzas consiguieron zapar una parte de la muralla, pero la ulterior carga de la caballería fue repelida. El propio emperador estuvo a punto de ser herido cuando cabalgaba por delante de ella. A pesar de haberse «despojado del uniforme imperial para evitar ser reconocido», el enemigo lanzó sus flechas contra su figura majestuosa y mató a uno de sus equites singulares». El calor, las moscas y la fuerte incomodidad resultaron excesivos. «Así pues, Trajano se marchó y, poco después, su salud comenzó a deteriorarse».22

Trajano seguía decidido a restablecer la situación y emprender otra expedición al interior de Mesopotamia. Pero hubo más noticias malas: en Dacia había estallado la guerra. El hombre elegido para ocuparse de la situación allí era Julio Cuadrato Baso, gobernador de Siria desde el comienzo de la expedición contra los partos. Trajano nombró como sucesor de Baso en Siria a Adriano, quien volvió a tener, por fin, un mando consular y verdaderas responsabilidades, aunque no hay muchas pruebas directas de lo que hizo como legado en Siria. Flegonte, su liberto literario, debía de hallarse con él, pues en uno de sus libros, Sobre las maravillas, recoge el caso de una mujer que cambió de sexo el año 116. El suceso ocurrió en la ciudad siria de Laodicea Marítima, y el propio Flegonte vio a la persona en cuestión. Amiano Marcelino menciona de paso otra historia según la cual Adriano recibió un vaticinio de las «fuentes parlantes de Castalia», en Dafne, a las afueras de Antioquía. Aunque el suceso se sitúa en el contexto de su anterior carrera, la noticia de la HA acerca de una respuesta similar en el santuario de Zeus Niceforio es de esta época pasada en Siria, si es que no se trata de una invención. Abundando en el tema, la HA informa de otros dos asuntos relativos a la situación de Adriano a finales del año 116 o principios del 117. Sus «enemigos» Palma y Celso despertaron sospechas de haber tramado un golpe, lo cual supuso «una garantía» de la futura adopción de Adriano, quien fue designado, además, para un segundo consulado por influencia de Plotina, el año 118, en calidad de ordinarius. Este hecho tuvo lugar, probablemente, en enero del 117, y «sirvió para hacer de su adopción un resultado previsto». Pero todavía fue mucho más sorprendente otra nominación para el consulado. Lusio Quieto, el moro, fue nombrado repentinamente senador, se le concedió un consulado sufecto—en algún momento del año 117—y se le nombró gobernador de Judea, probablemente con una legión adicional, dado su rango consular. Era evidente que Trajano deseaba estar seguro de que los judíos no seguirían en su país el ejemplo de la diáspora.23

La idea de que Adriano se convirtiera en sucesor de Trajano encontró, sin duda, una amplia oposición que fue, probablemente, el origen de los «extendidos rumores» recogidos por la HA. Según aquellos rumores «había sobornado a los libertos de Trajano, había cultivado su amistad y había mantenido frecuentes relaciones sexuales con ellos cuando formaba parte del círculo íntimo de la corte». Pero Trajano seguía sin dar ningún paso más.

Muchos dicen [informa la HA] que pretendía morir sin sucesor, siguiendo el ejemplo de Alejandro de Macedonia. También dicen que su intención era aconsejar al Senado por carta de que, si le ocurría algo, los senadores deberían dar un princeps a la República romana, y añadía algunos nombres entre los que elegir al mejor hombre.

La enfermedad del emperador se agravaba. Trajano estaba convencido de haber sido envenenado. En realidad, según informa Dión—que recoge la noticia del supuesto envenenamiento—, había sufrido un ataque, se hallaba parcialmente paralizado y padecía hidropesía. A finales de julio o primeros de agosto del año 117, convencido probablemente por Plotina y su amada sobrina Matidia, emprendió el viaje de vuelta a Roma acompañado por las augustas y Arriano, prefecto de la Guardia. El séquito imperial tuvo que detenerse en Selinunte de Cilicia. Trajano estaba demasiado enfermo para continuar. Adriano se había quedado en Siria ocupando su lugar y a la espera de noticias.24

8
EL NUEVO SOBERANO

Adriano recibió la «carta de adopción» el 9 de agosto del 117 en Siria. Desde ese momento era César. No se ha conservado información sobre si la noticia se hizo pública en Antioquía o en algún otro lugar ni sobre lo ocurrido aquel día o el siguiente. La noche del 10 al 11 de agosto, informa Dión, Adriano tuvo un sueño en el que «caía del cielo un fuego claro y brillante que le golpeaba en la garganta, primero en el lado izquierdo y luego en el derecho, pero que ni le asustó ni le causó daño alguno». Al día siguiente llegó otro parte que anunciaba la muerte de Trajano. Adriano consideraría el 11 de agosto como su dies imperii. La noticia fue comunicada enseguida a las tropas, que le aclamaron emperador según lo previsto. Se concedió un doble donativo, entregado, sin duda, a todas las legiones y a la Guardia, y no solo al Ejército sirio.1

No era la primera vez que las legiones orientales habían alzado a un general al trono; hacía casi cincuenta años, Vespasiano debió el poder a los ejércitos de Siria, Judea y Egipto. Pero aquello había sido un golpe de Estado; además, tendrían que transcurrir seis meses hasta que las tropas del Danubio, que habían abrazado su causa, pudieron apoderarse de Roma. En el 97, antes de que se anunciara la adopción de Nerva, el gobernador de Siria se sintió, probablemente, tentado a apostar por la sucesión por la fuerza; pero los hombres de Trajano reprimieron rápidamente aquella amenaza. En agosto del 117, la situación no era, desde luego, tan desesperada como en el 69, pero sí mucho más peligrosa que en el 97. Trajano había muerto, y Adriano era desde hacía tiempo el heredero obvio. Pero, en el mejor de los casos, la adopción había sido realizada por un moribundo y orquestada por la emperatriz. Adriano podía recurrir, evidentemente, no solo a los ejércitos orientales sino también a los numerosos contingentes del Rin y el Danubio que todavía se hallaban en el Este. Pero las tropas se encontraban desmoralizadas y la muerte de Trajano fue como una señal para los enemigos de Roma de todos los rincones. El Imperio se hallaba en una situación de confusión que no se había visto desde el año de los Cuatro Emperadores y que podría haber derivado fácilmente en catástrofe.2

Además, Adriano tenía enemigos en Roma y otras partes. Una carta de Attiano le instó a actuar con rapidez y de forma implacable. En ella se daban los nombres de tres personas. Si el prefecto de la urbe, Bebio Mácer, parecía oponerse a la confirmación del nombramiento de Adriano, debía ser asesinado; lo mismo ocurría con dos desterrados eminentes que languidecían en las islas donde habían sido exiliados, el antiguo mariscal descontento Laberio Máximo, que supuestamente había aspirado al trono, y Craso Frugi, conspirador contra Nerva y Trajano. No está ni mucho menos claro qué pudo haber hecho Mácer, pero la HA afirma que «existía la convicción generalizada de que Trajano había pretendido hacer sucesor suyo a Neracio Prisco y no a Adriano —cosa con la que estaban de acuerdo muchos de sus amigos—y le había dicho, de hecho: “si me ocurriera algo, te confío las provincias”». Circulaban así mismo otros rumores, como que «Trajano deseaba morir sin nombrar sucesor, como Alejandro, o que proyectaba escribir al Senado invitándole a elegir un príncipe para la República, en caso de morir, y añadía algunos nombres entre los que elegir al mejor hombre». Es posible que Attiano pensara que Mácer había recibido realmente una carta de ese tenor y podía avanzar en aquella dirección. La observación acerca de Neracio se remontaba, probablemente, a fechas muy anteriores. Neracio acabaría siendo conocido como jurista, pero había sido gobernador de Panonia en la época de las guerras de Dacia, fecha en la que era verosímil que Trajano hubiera realizado aquella declaración. En cierto momento, según Dión, Trajano dio incluso la impresión de haber pensado en Serviano, cuñado de Adriano, como potencial sucesor. «En un banquete invitó a sus amigos que le nombraran a diez personas capaces de tener el mando exclusivo [la expresión latina fue, seguramente, capax imperii], y luego, tras un momento de pausa, añadió:“Solo necesito nueve nombres, pues ya tengo uno: Serviano”».3

Sea como fuere, Adriano se negó a actuar contra los tres citados por Attiano. Para empezar, Brutio Presente, yerno de Laberio, ocupaba entonces el cargo de gobernador de Cilicia, y era el hombre de Adriano. Pero cuando Craso, descendiente de más de un gran linaje republicano, decidió marcharse de su isla sin autorización (al menos, eso se decía), fue muerto por un procurador. En cuanto a Bebio Mácer, a quien Plinio había honrado con pequeñas piezas de la producción literaria de su enciclopédico tío, no sabemos nada más de él. Es evidente que fue sustituido en cuanto Attiano llegó a Roma. El propio Mácer era historiador y escribió un relato sobre Augusto. Quizá volvió a dedicarse a la historiografía, como lo estaba haciendo por aquellas mismas fechas otro senador de su generación: Cornelio Tácito, dedicado a trabajar en sus Anales y que aludía sutilmente a situaciones paralelas de su época.4

A los pocos días, quizá a las pocas horas, de su aclamación, Adriano dio la orden de evacuar totalmente Mesopotamia, Asiria y Armenia Mayor. Lo cierto es que una gran parte del territorio recién conquistado había sido entregado por el propio Trajano. Pero, tal como narra los hechos la HA, Adriano «abandonó» todas las comarcas situadas más allá del Éufrates y el Tigris. Ello significaba la retirada inmediata de las tres nuevas provincias. Además, al comenzar el año siguiente había dispuesto ya la destitución de Partamaspates, el rey marioneta de los partos coronado por Trajano en Ctesifonte, y lo había colocado como soberano de Osroene. El resto podía dejarse para que Cosroes y su rival, Vologeses, lucharan por él. Adriano seguía así, según afirmaría, el ejemplo de Catón, quien declaró que «los macedonios debían obtener la libertad, pues no había posibilidad de protegerlos». La devoción de Adriano a la literatura latina antigua era bien conocida: «Prefería Catón a Cicerón, Ennio a Virgilio y Celio [Antípatro] a Salustio», observa más adelante la HA. Adriano debió de haber citado el discurso De Macedonia liberanda, del viejo censor, conservado aún en la Antigüedad tardía. De todos modos, no se trataba de un precedente convincente.5

El segundo paso, desesperadamente necesario, se decidió también enseguida. Lusio Quieto fue retirado de su nuevo cargo en Judea. Se sospechaba que «tenía designios respecto al trono», dice la HA. Aquellas aspiraciones parecían ridículas para el caudillo tribal moro, a pesar de la asombrosa promoción con que había sido favorecido por Trajano: el rango senatorial, un consulado y el mandato para proseguir, como gobernador de Judea, con su salvaje represión de la disidencia o la rebelión del pueblo judío. Quieto seguía siendo considerado un bárbaro; además, por aquellas fechas, debía de ser un anciano. Pero Adriano y él eran enemigos. El temor a que Quieto diera, quizá, su apoyo a un rival pudo haber parecido suficientemente grave en el verano del 117.6

Es de suponer que la carta de destitución fue llevada por el sucesor de Quieto, probablemente uno de los hombres que se hallaban con Adriano en Siria. No obstante, debió de haber un gobernador en funciones. Por aquellas fechas, más o menos, el procurador Claudio Paterno Clemenciano, natural de Recia, sustituyó a un legado innominado de Judea. Podía tratarse de Quieto, y la sustitución haber tenido lugar el 117. El gobernador caído en desgracia fue despojado de su «ejército particular», los moros de su tribu capitaneados por él en las guerras de Roma durante unos veinticinco años, que fueron devueltos a su lugar de origen. Este trato y la indignación causada por él entre sus paisanos provocó en Mauritania una sublevación abierta en cuestión de semanas. En Judea, la reacción fue, comprensiblemente, la contraria: la caída del carnicero de la judería de Babilonia conduciría al menos a un judío a saludar a Adriano como liberador. Algo debió de haber dado pie a la creencia errónea de que se permitiría a los judíos reconstruir su Templo.7

Es difícil confirmar quién se encontraba físicamente en aquel momento con Adriano. Desconocemos, por ejemplo, la identidad de los oficiales del Ejército de Siria. Podemos conjeturar que uno de los tribuni laticlavii era el joven Haterio Nepote, cuyo padre había sido dos años antes procurador de Armenia Mayor. Haterio el Joven se hallaba, evidentemente, con Adriano cuando este regresó a Roma el verano siguiente. Otro que volvería a la ciudad con Adriano era M. Hosidio Geta, legado, quizá, de una de las legiones orientales el año 117. El único compañero en Antioquía registrado por su nombre en agosto del 117 es el agudo intelectual griego Valerio Eudemon: la HA lo califica como conscius imperii, un ‘cómplice para la consecución del trono’. Al parecer, Eudemon fue enviado casi de inmediato a Egipto con el nombramiento de «procurador para la administración de Alejandría» ( ad dioecesin Alexandriae), un puesto relativamente secundario pero que le podía permitir vigilar lo que ocurría allí. Aún es más importante el que Eudemon llegara, probablemente, con una carta de destitución para el prefecto Rutilio Lupo. El nuevo prefecto fue Q. Rammio Marcial, antiguo comandante de los vigiles de Roma. Debía de hallarse, seguramente, en el Este con Adriano, pues antes de finalizar agosto ya se encontraba ocupando su cargo en Egipto. Podemos conjeturar que Eudemon animó a Adriano a publicar un edicto que confirmaba los privilegios de filósofos, oradores, grammatici y doctores concedidos por Vespasiano y Tito. En cualquier caso, una carta de Antonino Pío conservada en el Digesto dice del edicto de Adriano que fue publicado «inmediatamente después de su acceso al poder».8

Tras haber tomado aquellas medidas urgentes,Adriano salió de Antioquía «para ver los restos de Trajano, llevados por Attiano, Plotina y Matidia», quienes probablemente viajaron a su encuentro desde Selinunte. «Tras juntarse con ellos, los embarcó para que fueran traslados a Roma». Con las cenizas de Trajano, transportadas por la emperatriz viuda, acompañada de Matidia y Attiano—Sabina se quedó, probablemente, con su marido—, llegó la carta de Adriano dirigida al Senado, un documento «de una redacción muy cuidada». Adriano requería honores divinos para Trajano (cualquier otra cosa habría sido impensable) y pedía el perdón del Senado por no haber sometido a su consideración el asunto de su acceso al trono: la salutación llevada a cabo por los soldados había sido, sin duda, precipitada, pero no se podía dejar a la República sin emperador.9

Se ha descubierto un curioso efecto secundario de la muerte de Trajano. La ciudad de Selinunte no solo fue rebautizada con el nombre de Trajanópolis, sino que recibió además el ius Italicum, a pesar de no haber sido declarada colonia. Trajano fue el primer emperador muerto fuera de Italia. ¿Se consideró, tal vez, conveniente crear la ficción de que el lugar donde había expirado formaba, de hecho, parte de Italia, o fue, en realidad, el propio Trajano quien supuestamente declaró que Selinunte poseía esa condición? En otras palabras, ¿se consideró importante que su último acto, la adopción de un sucesor, se llevara a cabo en suelo «italiano»?10

Los restos de otra persona que acababa de fallecer fueron dejados también en Selinunte. El 12 de agosto, pocos días después de la muerte de su señor, murió el mayordomo de Trajano, el liberto Fédimo. Solo tenía veintiocho años. Dadas las aficiones de Trajano, el sirviente encargado de los vinos del emperador debía de hallarse en estrecho contacto con su señor. Y como Trajano—según Dión—estaba convencido de haber sido envenenado, habría habido personas deseosas de interrogar a Fédimo. Quizá se suicidó presa del pánico o, simplemente, movido por la pena. No obstante, si hubiese hablado demasiado, Attiano lo habría eliminado. Los restos de Fédimo no serían enterrados en Roma hasta doce años después.11

Por las fechas en que el barco navegaba hacia Italia, Adriano debía de ser consciente de las dimensiones de la crisis. Es posible que, al cabo de un siglo, Mario Máximo se elevara a la altura de un Tácito al resumir el estallido simultáneo de la sublevación y la invasión producida en todas las fronteras. El biógrafo de la HA se permitió, quizá, una cita directa de las ominosas frases de Máximo en un pasaje que se hace eco de los párrafos iniciales de las Historias de Tácito. «Las naciones conquistadas por Trajano se habían sublevado; los moros se dedicaban al saqueo; no era posible mantener a los britanos sometidos a Roma; Egipto estaba asolado por los levantamientos; finalmente, Libia y Palestina daban muestras de un espíritu levantisco». Las tres últimas regiones, Egipto, Cirenaica y Judea, eran parte del mismo problema: la rebelión judía, sumamente grave en la diáspora, pero que, según indicaba el nombramiento de Quieto, iba a estallar, o se esperaba que lo hiciera, también en su país de origen. Para entonces, Marcio Turbón había aplastado prácticamente a los rebeldes en Egipto y la Cirenaica, aunque continuaban algunos combates. En cualquier caso, Turbón, instalado en Egipto o en sus proximidades, con sus fuerzas navales y terrestres combinadas, pudo ser enviado en ese momento a ocuparse de un estallido de conflictos muy distinto más al oeste, en Mauritania.12

Pero Adriano no podía regresar a Roma todavía. Al otro lado del Danubio había surgido otra amenaza superior en gravedad a todas las demás. Cuadrato Baso, enviado allí por Trajano desde Siria para defender los nuevos territorios, la joya de la corona imperial, «murió en campaña en Dacia». Su pérdida, ocurrida en acción contra el enemigo—formado, según podemos suponer, por dacios libres y por los sármatas orientales y occidentales de la Dacia de Trajano—o, simplemente, por causas naturales, fue un duro golpe. Las guarniciones de Dacia y las provincias danubianas se hallaban escasas de personal: se había retirado a varias legiones y numerosos regimientos auxiliares para enviarlos a la expedición contra los partos. Así pues, «se enviaron por delante los ejércitos» del este «al Ilírico». Adriano les seguiría en cuanto pudiera dejar con seguridad Siria, donde todavía quedaban asuntos que resolver, uno de los cuales, y no el menor, era encontrar un sucesor para Cuadrato Baso. La elección de Adriano recayó en Avidio Nigrino, al menos eso es lo que podemos conjeturar. Nigrino se encontraba en Acaya como legado imperial en el momento de la estancia de Adriano en Grecia antes de la guerra, según parece probable, y era considerado, también probablemente, como amigo.13

A finales de septiembre, el nuevo emperador debió de haber conocido la respuesta del Senado a su carta; era efusiva y conciliatoria. Los honores votados para Trajano fueron más allá de su propia propuesta; y él mismo debía celebrar un triunfo y recibir la denominación de Pater Patriae. Adriano rechazó los honores destinados a su persona. En aquel momento se acuñaron en Roma diversas monedas una de las cuales mostraba a Trajano como emperador en el anverso y a Adriano con el nombre de «Hadrianus Traianus Caesar» en el reverso; la otra presentaba a Adriano como emperador,«Traianus Hadrianus», con los títulos de Trajano: «Optimus Germanicus Dacicus», y, en el reverso, la leyenda «Adoptio», con Trajano y Adriano dándose la mano y la denominación de este como Pater Patriae, además de otros títulos, y como hijo del deificado Parthicus Traianus. Es manifiesta la necesidad de proclamar la legitimidad de la sucesión.14

Para la mayoría de los habitantes del Imperio que no habían visto aún a Adriano, aquellas primeras acuñaciones habrían transmitido, en cualquier caso, una sorprendente novedad: el nuevo soberano llevaba barba. Después de muchos siglos, era el primer romano de alto rango que no se afeitaba. No es necesario suponer que Adriano se deshizo de pronto de sus navajas de afeitar en el momento de ser aclamado emperador. Quizá había dejado de afeitarse siendo joven, lo que constituiría uno de aquellos rasgos de conducta que le valieron el apodo de Graeculus. O, tal vez, su barba griega de tipo tradicional era resultado de su hipotética visita a Epicteto unos años antes. En cualquier caso, la población masculina adulta del Imperio siguió su ejemplo al cabo de poco tiempo: las barbas se convirtieron en norma durante casi un siglo.15


Fig. 5. Adriano como César: moneda de oro, pieza única de finales del verano del 117 (BMC III p. 124). Museo Británico.


Fig. 6. «Adopción» de Adriano conmemorada por las acuñaciones imperiales (BMC III Adriano, n.º 8). Museo Británico.

La ceremonia oficial de apoteosis debería aguardar hasta que Adriano se hallara en Roma. Entretanto, Trajano podía ser llamado ya Divus Traianus de acuerdo con la votación del Senado. En el Este griego, se trataba, de todos modos, de un mero tecnicismo: los emperadores solían ser tratados como seres divinos ya en vida. Es indudable que los panegiristas se habrían puesto manos a la obra para aclamar la subida del nuevo soberano al trono en festejos celebrados por todo el Imperio. Se ha conservado casualmente una muestra sobre papiro, un extracto de un discurso pronunciado, al parecer, en una de las capitales nominales de Egipto. El orador imagina un mensaje divino:

He subido al cielo con Trajano en un carro tirado por un caballo blanco y vuelvo a tu lado, pueblo mío, yo, el dios Febo, a quien no desconoces, y proclamo ante a ti al nuevo rey Adriano. Que todas las cosas se sometan felizmente a él, tanto en razón de su virtud como por la bienaventurada fortuna de su divino padre. Ahora nos toca a nosotros ofrecer sacrificios de víctimas quemadas, beber de las fuentes, divertirnos con aceite del gimnasio; todas esas cosas que os proporciona el gobernador y que nacen de su lealtad hacia el emperador y de su amor por vosotros.

El autor pudo haber sido un tal Orión, cuyo Panegírico de Adriano se conservaba todavía en época bizantina. En cualquier caso, no hay duda de que el prefecto Rammio Marcial consideró deseable hacer algún uso de los fondos públicos en aquella provincia asolada.16

Marcial o sus asesores debieron de haber tenido una idea mejor. Las provincias orientales se habrían sentido, sin duda, especialmente impresionadas por el simbolismo del fénix, representado en las primeras monedas de Adriano. Es verdad que, según se suponía, aquella ave legendaria aparecía solo una vez cada quinientos años y, según informaciones, había sido vista en Egipto en el reinado de Tiberio, menos de un siglo antes. Tácito ofrece en sus Anales una digresión erudita acerca del tema, sobre cómo el fénix renacido trasladaba diligentemente las cenizas de su padre al templo del sol. El autor expresa sus dudas sobre la autenticidad de la manifestación en tiempos de Tiberio, pero añade solemnemente que «es indiscutible que el ave en cuestión se ve en Egipto de vez en cuando». Casualmente, Claudio había presentado un fénix solo algunos años antes para simbolizar y autentificar su nuevo saeculum. Nadie creyó en él. Es posible que Tácito se estuviera burlando discretamente de una afirmación reciente según la cual el fénix había sido avistado poco después del acceso de Adriano al trono. Sea como fuere, el ave real que moría en el fuego para renacer de sus cenizas era un símbolo poderoso que Adriano no habría desdeñado.17

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30 ocak 2026
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777 s. 46 illüstrasyon
ISBN:
9788424938888
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