Kitabı oku: «Una constelación de fenómenos vitales»

Yazı tipi:


ANTHONY MARRA

Una constelación

de fenómenos vitales

Traducción de Jacinto Pariente

www.armaeniaeditorial.com

Título original: A Constellation of Vital Phenomena

Edición original: Hogarth, New York, 2013

2.ª edición: junio 2020

1ª edición ebook: agosto 2021

Ilustración de cubierta: Adoon Kitimoon © CM Portrait Paintings (Thailand), 2016

Fotografía de solapa: © Smeeta Mahanti, 2013

Copyright © Anthony Marra, 2013

Copyright de la traducción © Jacinto Pariente, 2016

Copyright de la edición en español © Armaenia Editorial, S.L. 2016, 2020, 2021

Esta traducción está publicada bajo acuerdo con Hogarth, un sello de Crown Publishing Group, una división de Penguin Random House LLC y International Editors Co.

Armaenia Editorial, S.L.

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Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas por las leyes,

la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

ISBN: 978-84-18994-23-4


A mis padres y hermana

El cardo aplastado en medio del campo arado

me hizo recordar esta muerte.

L. Tolstoi

Hadji Murat

el primer y segundo día

1

La mañana después de que los federales quemaran su casa y se llevaran a su padre, Havaa se despertó de un sueño de anémonas marinas. Mientras la niña se vestía, Akhmed, que no había pegado ojo en toda la noche, daba vueltas frente a la puerta del dormitorio y veía cómo el cielo se iluminaba al otro lado del cristal de la ventana; nunca antes el amanecer le había hecho sentir que iba con retraso. Cuando salió de la habitación, con aspecto de tener más de los ocho años que en realidad tenía, Akhmed le cogió la maleta y ella salió detrás de él por la puerta de la casa. Condujo a la niña hasta la mitad de la calle antes de elevar la mirada hacia lo que había sido su hogar. –Havaa, tenemos que irnos–, dijo.

Pero ninguno de los dos dio un paso.

La nieve se fundía alrededor de sus botas mientras contemplaban el amplio trozo de tierra completamente carbonizado al otro lado de la calle. Aquí y allá algún rescoldo naranja siseaba aún entre charcos de nieve sucia, pero el resto eran cenizas. No habían pasado ni siquiera siete años desde que Akhmed ayudara a Dokka a ampliar la casa para construirle a la niña su propia habitación. Había dibujado los planos, había talado los árboles, había cortado los tablones y había levantado una habitación con ellos; y cuando Dokka le prometió hacer lo mismo por él si alguna vez tenía un hijo, le dio las gracias, se fue a su casa, y el nudo que se le había hecho en la garganta se deshizo en un sollozo cuando por fin cerró la puerta tras de sí. Cargar la madera los cuarenta metros que separaban la casa del bosque le había dejado los nudillos llenos de ampollas y las axilas empapadas, pero de pronto, en unas pocas horas, las llamas se habían llevado por delante meses de diseño, semanas de transporte, días de construcción; todo menos los clavos y los remaches, todo menos las bisagras y los cerrojos, todo se había convertido en humo. Así habían desaparecido también los pequeños tesoros que convertían la casa de Dokka en su hogar. Sobre una mesita redonda, el ajedrez tallado a mano; al moverlo, el achaparrado rey blanco, al que Dokka llamaba su majestad Boris Yeltsin, daba tumbos de lado a lado como un borracho que apenas pudiera mantenerse en pie. El jarrón de porcelana adornado con arabescos de estilo persa al lado de un radiocasete que descansaba sobre una guía telefónica y cuya antena, aunque llegaba al techo, no recogía más que interferencias. El Corán que el abuelo de Dokka había comprado en la Meca ochenta y cinco años atrás, con su sinuosa caligrafía en la cubierta de color morado. Todo eso había y todo eso lo devoraron las llamas, y dado que el fuego no distingue entre la palabra de Dios y la de la Compañía Soviética de Teléfonos, tanto el Corán como la guía telefónica habían retor­nado a Su boca en el mismo hálito de humo.

Los dedos de la niña rodeaban su muñeca como una pulsera. Hubiera querido echársela al hombro y salir corriendo hacia el norte hasta que el bosque se tragara al pueblo, y sin embargo, allí, de pie frente a las maderas ennegrecidas, era incapaz de reunir las fuerzas necesarias para que de sus labios saliera una palabra de consuelo, para sostener la mano de la niña en la suya propia, para dirigir sus pies en la dirección que quería tomar.

–Eso es mi casa–. La voz de la niña rompió el silencio y él la escuchó como si fuera el único sonido en un pasillo vacío.

–No pienses más en ella así–, dijo él.

–¿Así cómo?

–Como si aún fuera tuya.

Le envolvió el cuello con su pañuelo de color naranja brillante y frunció el ceño ante la huella tiznada de un dedo en su mejilla. La noche anterior él estaba despierto en la cama cuando llegaron los federales. Primero el murmullo de un motor diésel, un ruido sordo y débil que había aprendido a temer más que a los disparos, después voces que hablaban en ruso. Fue al salón y se asomó por detrás de las cortinas tanto como le permitió su osadía. A través del triángulo de cristal, los faros de un vehículo partían la noche. Cuatro soldados fornidos, bien alimentados, bajaron del furgón. Uno de ellos bebía vodka de una botella y maldecía la nieve dando trompicones. La mañana en que se presentó en el centro de reclutamiento de Vladivostok, su abuelo le había contado que de no ser por las dotes entumecedoras del vodka habría perecido en Stalingrado; el soldado, de mejillas erosionadas tras años de aplicarse pasta de dientes sobre el acné juvenil, opinaba que la guerra de Chechenia era peor que la de Stalingrado y se dosificaba el vodka proporcionalmente. Desde el salón de su casa Akhmed quería gritar, batir los tambores de alarma, encender una bengala. Pero al otro lado de la calle los soldados ya llegaban a la puerta de Dokka y él ni siquiera miró el teléfono, sin línea desde hacía diez años. Golpearon la puerta una vez, dos veces, y la echaron abajo a patadas. A través de la entrada Akhmed veía la luz de las linternas moviéndose por las paredes. Así pasaron los dos minutos más largos de su vida hasta que los soldados reaparecieron en el umbral con Dokka. La cinta americana que le tapaba la boca ahogaba sus gritos. Le pusieron una capucha negra en la cabeza. ¿Y Havaa?

La frente de Akhmed estaba perlada de sudor. Sentía las manos imposiblemente pesadas. Cuando los soldados agarraron a Dokka por los hombros y el cinturón y lo lanzaron a la parte trasera del furgón, la sensación de alivio que invadía a Akhmed se trocó en desprecio hacia sí mismo porque él estaba vivo y a salvo en el salón de su casa, mientras que al otro lado de la calle, a menos de veinte metros de distancia, dentro del furgón Dokka era ya hombre muerto. Sobre el parachoques del vehículo, la marca 02 pintada en blanco indicaba su pertenencia al Ministerio del Interior, lo cual significaba que no quedaría registro del arresto, lo cual significaba que Dokka nunca había sido oficialmente detenido, lo cual a su vez significaba que nunca se le volvería a ver. –¿Dónde está la niña?–, se preguntaban los soldados unos a otros. –Aquí no está. –¿No estará escondida bajo la tarima? –No. –Ocupaos de ello por si acaso. El soldado borracho destapó una lata de gasolina y entró dando tumbos en casa de Dokka. Mientras salía, lanzó una cerilla por encima del hombro y cerró la puerta. Las llamas treparon por las cortinas delanteras, los cristales del alfeizar se empañaron. ¿Y Havaa? Cuando el furgón partió finalmente las llamas ya se habían extendido por las paredes y el techo. Akhmed esperó hasta que las luces traseras del vehículo se habían convertido en cerezas de luz en la distancia antes de cruzar la calle. Rodeando las llamas penetró en el bosque que había detrás de la casa. Sus botas quebraban el matorral congelado y a la luz del fuego habría podido contar los anillos de los tocones de los árboles. Detrás de la casa, escondida entre los árboles, titilaba la cara de la niña.

De sus ojos salían líneas de piel blanca que atravesaban las manchas de ceniza que tenía en las mejillas. –Havaa–, la ­llamó. La niña estaba sentada sobre una maleta y no respondía a su nombre. La levantó en sus brazos como a un hato de leña fina, la llevó a su casa y le limpió la frente de ceniza con un paño húmedo. La metió en la cama junto a su mujer inválida y ya no supo qué más hacer. Podía haber salido a tirar bolas de nieve a la casa en llamas o quedarse en la cama para que la niña sintiera el calor de dos cuerpos adultos, o realizar las abluciones y ­rezar, pero hacía horas que había hecho la plegaria del isha’a y si cinco oraciones diarias no habían salvado a Dokka, una sexta no iba a apagar el incendio. Finalmente fue al salón, descorrió las cortinas y observó cómo la casa que había ayudado a construir desaparecía entre las llamas. Ahora, a la mañana siguiente, mientras le envolvía el cuello con su pañuelo naranja, descubrió la huella de un dedo en la mejilla de la niña, y como podía ser la huella de Dokka, allí la dejó.

–¿Dónde vamos?–, preguntó ella. Estaba de pie sobre los surcos congelados de las ruedas de la noche anterior.

La nieve se extendía a ambos lados. Akhmed no se había preparado para esto. No alcanzaba a imaginar qué podían querer de Dokka los federales, y mucho menos de la niña. Y allí la tenía, no más alta que su estómago, no más pesada que un cesto de leña, pero para él, una criatura inmensa y abrumadora a la que estaba destinado a fallar.

–Vamos al hospital–, dijo con el tono más decidido que pudo.

–¿Por qué?

–Porque es un lugar seguro. Es donde va la gente cuando necesita ayuda. Además allí conozco a alguien, a una ­doctora–, dijo a pesar de que todo lo que sabía de ella era su nombre. –Ella nos ayudará.

–¿Cómo?

–Le voy a preguntar si te puedes quedar con ella–. ¿Qué estaba diciendo? Al igual que la mayoría de sus planes, este también parecía muy sólido en teoría pero se desplomaría como un ave no voladora en cuanto lo soltara al aire. La niña frunció el ceño.

–No va a volver, ¿verdad?–, preguntó. Fijó la vista en la maleta de cuero azul que había entre ellos apoyada en el suelo de la calle. Ocho meses antes su padre le había dicho que preparara una maleta y la pusiera en el armario, y allí se había quedado hasta la noche anterior, cuando se la había puesto en la mano a toda prisa y la había sacado a empujones por la puerta trasera mientras los federales echaban abajo la principal.

–Me parece que no.

–Pero no lo sabes, ¿no?–. No era una acusación, pero a él le sonó como si lo fuera. ¿Era él un médico tan incompetente que la niña dudaba en confiarle la vida de su padre hasta para hacer conjeturas? –Seamos cautelosos–, dijo,

–es más seguro pensar que nunca volverá.

–Pero ¿y si vuelve?

El anhelo aparejado a aquella simple pregunta era más de lo que podía soportar. ¿Y si empezaba a llorar? De pronto el llanto de la niña se convirtió en una posibilidad aterradora. ¿Cómo lo detendría? Tenía que mantenerla calmada, tenía que mantenerse calmado. Sabía que el pánico podía extenderse entre dos personas más rápido que cualquier virus. Sus dedos jugueteaban con el pañuelo. De algún modo había sobrevivido al incendio tan naranja como el día que lo ­sacaron de la cuba de tinte. –¿Qué tal esto? Si vuelve yo le diré dónde estás. ¿Te parece buena idea?

–Mi padre es una buena idea.

–Sí que lo es.

Avanzaron lentamente por la carretera de servicio del bosque de Eldár, el acceso principal al pueblo. Sus huellas comenzaban donde terminaban los surcos de los neumáticos. A ambos lados de la calle Akhmed reconocía las casas por el apellido de sus dueños, no por el número. Un rostro se asomó por una ventana que no estaba claveteada con tablones y desapareció.

–Ponte bien el pañuelo–, le ordenó. A pesar de que los únicos años que había vivido fuera de Eldár eran los que había pasado en la Facultad de Medicina, ya no confiaba en el sistema tradicional de clanes o teips que habían sobrevivido a un siglo de gobierno zarista y a otro de gobierno soviético sólo para desaparecer en una guerra de independencia nacional. Después de una tregua demasiado anárquica como para calificarla de paz, la guerra se había recrudecido y el teip local se había fragmentado en unidades de lealtad cada vez menores hasta que al final el único vínculo inquebrantable era la fidelidad entre padres e hijos. La industria maderera, único sector estable del pueblo, se hundió en cuanto cayeron los primeros obuses y, a falta de perspectivas viables, los que no podían emigrar sobrevivían vendiendo armas a los rebeldes o se convertían en chivatos de los federales.

Mientras caminaban le pasó a Havaa el brazo por encima del hombro. Siempre había sido una niña dura y valiente pero en aquella resignación, en aquella pasividad, había algo diferente. Iba junto a él pisando la nieve con fuerza y dándole patadas a cada paso, así que para animarla le susurró un chiste sobre un imam ciego y una prostituta sorda. No era apropiado en absoluto para una niña de ocho años, pero era el único que recordaba. No sonrió siquiera, pero le escuchaba. Se abrochó el abrigo acolchado que llevaba encima de la sudadera que en Manchester, Reino Unido, había calentado los hombros de cinco hermanos antes de que el sexto, un fervoroso filántropo de seis años, la donara en la colecta de ropa de la Cruz Roja de su colegio de modo que su madre no tuviera más remedio que comprarle una nueva.

Al final del pueblo, donde el bosque se echaba encima de la carretera, pasaron por delante de un retrato de un metro de altura clavado al tronco de un árbol. Dos años atrás, después de la desaparición de cuarenta y un habitantes del pueblo en un solo día, Akhmed dibujó cuarenta y un retratos en cuarenta y una tablas de contrachapado, los impermeabilizó y los colgó por todo el pueblo. Este en particular era el de una mujer hermosa y ególatra a la que había asistido en el parto de su segunda hija. A pesar de haberla perseguido durante años, jamás le había pagado los honorarios por sus servicios. Cuando la secuestraron, Akhmed decidió pintar en su retrato un pelo rizado que le salía por el agujero izquierdo de la nariz. Después de aquella pequeña burla, había hecho las paces con el espectro de la vanidosa mujer. Parecía una giganta que mirara fijamente desde el tronco de un árbol.

Al poco tiempo no era más que un par de ojos, una nariz y una boca que se difuminaban entre los árboles.

A su alrededor se elevaba el alto bosque de sauces raquíticos con espirales de corteza grisácea colgando de los troncos. Caminaban por el arcén de la carretera, matorrales congelados se extendían por la grava. Por allí, lejos de las huellas de las rodaduras de los tanques, había menos posibilidades de pisar una mina. De todas maneras no le quitaba ojo a cualquier posible montículo sobre el hielo. Por si acaso, caminaba unos metros por delante de la niña. Se acordó de otro chiste, uno sobre un comisario político locamente enamorado, pero decidió no contárselo. Cuando comenzó a quedarse rezagada, la condujo durante cinco minutos hacia el interior del bosque y se sentaron en un tronco caído que no se veía desde la carretera. Ella le pidió su maleta azul. Se la dio y ella la abrió para llevar a cabo un inventario silencioso de su contenido.

–¿Qué llevas ahí?–, preguntó.

–Mis souvenirs– dijo ella, pero él no comprendió a qué se refería. Sacó un trozo de pan negro seco que llevaba envuelto en un pañuelo blanco, lo partió en dos trozos de distinto tamaño y le dio el más grande a la niña. Ella comía con rapidez. Él se tomaba su tiempo. El hambre llevaba tanto tiempo instalada en su estómago que ya la sentía como si fuera un órgano inflamado. Con la lengua convirtió la pulpa del pan masticado en un óvalo que se colocó contra la cara interna de la mejilla como si se tratara de una píldora.

Si el pan no le llenaba el estómago, que al menos le llenara la boca. Antes de que le diera un segundo mordisco al pan,

la niña ya se había terminado la mitad de su ración.

–No tengas tanta prisa. Las papilas gustativas no están en el estómago.

Ella se detuvo a considerar aquel razonamiento y le dio otro mordisco al pan.

–El hambre tampoco está en la lengua–, murmuró mientras masticaba. Una de sus manos era una bandeja con la que recogía las migas y las lanzaba a la boca.

–Yo antes odiaba el pan negro–, dijo él. Cuando era niño sólo comía pan negro si tenía encima una buena ­cucharada de miel. En el transcurso de un año su madre le quitó el hábito cortándole rebanadas cada vez más grandes hasta que el desayuno se convirtió en un diminuto y triste oasis de miel en un enorme desierto de pan.

–¿Entonces, me lo das?

–He dicho antes–, respondió mientras se imaginaba un bote miel lleno hasta el borde sobre una encimera y ninguna tabla de cortar pan a la vista.

La niña se puso de rodillas y empezó a curiosear bajo el tronco. –¿Estará bien Ula allí sola?

Su mujer no estaba bien sola, ni con él, ni con nadie.

En su opinión padecía, en términos médicos, de lupus asociado a alguna forma de demencia temprana, pero en la práctica sus nervios estaban tan destrozados que le dolían los codos al hablar y tenía más cerebro en los tobillos que en la cabeza. Aquella mañana antes de salir le había dicho que estaría fuera todo el día. Mientras lo miraba con ojos aturdidos y vacíos, Akhmed se sintió como una más de sus visiones. La tomó de la mano y le describió de memoria los apacibles campos, el jardín de hierbas aromáticas y la cabaña de un óleo de Zakharov, hasta que el sueño volvió a apoderarse de ella. Cuando despertara otra vez aquella mañana, ¿le seguiría viendo allí sentado en la cama a su lado? Quizá una parte de él estaba aún allí; quizá él mismo era algo que ella había fabricado en sueños.

–Ya es mayor–, respondió por fin sin pensar demasiado. –No te preocupes por los adultos.

Detrás del tronco, Havaa no dijo una palabra.

Siempre había intentado tratar a Havaa como a una niña y ella siempre lo había aceptado, como si la inocencia y la niñez fueran criaturas míticas desaparecidas hacía siglos y resucitadas tan sólo por medio de la fantasía de los juegos. Ella sólo había pisado una escuela las veces que habían ido a robar pupitres para hacer leña, pero a veces él se imaginaba que compartían la misma sabiduría y únicamente los años y la experiencia los separaban. Aquello, por supuesto, no era verdad, pero él necesitaba creer que la niña había vivido más años de los que tenía, que era capaz de enfrentarse a lo que nadie con ocho años es capaz de enfrentarse. Se volvió a subir al tronco sin mirarle.

–¿Qué es eso?–, le preguntó. Ella levantó con delicadeza algo de color amarillo en la palma de la mano.

–Un bicho congelado–, respondió metiéndoselo en el bolsillo del abrigo.

–Por si te da el hambre luego, ¿no?

Sonrió por primera vez en todo el día.

Siguieron avanzando por el arcén de la carretera y el paso más ligero de la niña compensaba el tiempo perdido en la pausa. Respirando profundamente, Akhmed buscaba hilos de humo de motor diésel o de goma de neumático quemada en el aire. La luz del día confería un cierto grado de seguridad. Nadie les confundiría con perros salvajes.

Oyeron a los soldados antes de ver el puesto de control. Akhmed levantó la mano. El viento rellenaba el espacio entre sus dedos. La carretera de servicio del bosque de Eldár, antiguamente utilizada para el transporte de madera, conectaba el pueblo con la ciudad de Volchansk. Los huecos entre los troncos de los árboles eran los únicos puntos de salida entre la ciudad y el pueblo. En los últimos tiempos los federales habían reducido su presencia a un solo puesto de control. Se encontraba medio kilómetro más adelante, al final de una curva muy pronunciada.

–Volvamos al bosque.

–¿Vamos a comer otra vez?

–No. Sólo a caminar. Y tenemos que estar callados.

La niña asintió y se llevó el índice a los labios. El bosque entero se había congelado y caído al suelo. Ramas torcidas surgían de debajo de la nieve y les arañaban las espinillas desde todos los ángulos mientras se alejaban lo más posible del puesto de control. Visto a través de los árboles, no era más que un estropeado trozo de lona del ejército, clavado al tronco de un álamo en un fracasado intento de darle un cierto aspecto oficial, con un puñado de soldados aquí y allá. Atravesar aquel espacio lleno de hojas congeladas en silencio era imposible, pero los soldados, ocho hombres que entre todos sumaban más enfermedades venéreas que palabras en checheno, no parecían estar más alerta que una panda de conejos enloquecidos, así que volvieron a la carretera unos trescientos metros más allá del puesto.

Entre las nubes blancas brillaba un sol de color amarillo huevo.

Era casi mediodía. Detrás quedaban los árboles, repitiéndose una y otra vez por todo el bosque. Ninguno tenía nada de especial comparado con el de al lado, pero cada uno era único en algún aspecto: el número de ramas, la anchura del tronco, el círculo de hojas caídas rodeando el pie. No eran más que detalles nimios, y sin embargo, gracias a los detalles nimios una cara, un par de ojos y una nariz se transformaban en un rostro.

Los árboles dejaron paso a un amplio prado cortado en dos por la carretera.

–Vamos a darnos prisa–, dijo; detrás de él, la niña aceleró el paso. Iban casi por la mitad cuando se encontraron con los cuartos traseros amputados de un lobo. Más adelante la sangre teñía la nieve de un marrón rojizo. El frío lo había conservado todo. La cabeza y las patas delanteras yacían en el suelo conectadas con la parte de atrás por medio de tres metros de vísceras reventadas. Lo que quedaba de la congelada cara del lobo conservaba la expresión con que lo sorprendió la muerte. La lengua sobresalía de las fauces.

–Qué animal tan imprudente–, dijo Akhmed. Trataba de mirar a otro lado, pero había trozos de lobo por todas partes. –No tuvo en cuenta las minas.

–Nosotros tenemos más cuidado.

–Sí. Seguiremos por la carretera. No caminaremos por los campos.

La niña estaba a su lado. Su hombro le rozaba el costado. Aquello era lo más lejos que había estado nunca de su casa.

–Esto no ha sido siempre así. Antes de que tú nacieras había lobos y pájaros y bichos y cabras y osos y ovejas y ciervos.

La nieve espesa se extendía cien metros hacia el bosque. Unos tallos muertos sobresalían del hielo marrón en el que el lobo yacería hasta la primavera. Sus alientos pesados moldeaban el aire. Ningún profeta había augurado aquel momento. Ni el sonido de las trompetas ni el batir de las alas de los ángeles habían anunciado jamás que algún día precisamente aquella niña sostendría su mano precisamente en aquel prado.

–Vivían aquí–, dijo él con la mirada fija.

–¿Adónde se los llevaron los federales?

–Deberíamos seguir andando.

Polillas blancas volando alrededor de una bombilla fundida.

Una mano firme sobre el hombro la sacó del sueño. Sonja estaba dormida en una cama de la sala de traumatología con la ropa de quirófano aún puesta. Antes siquiera de volver los ojos hacia la mano que la despertaba, antes siquiera de levantarse de la marca que su cuerpo había dejado sobre la débil gomaespuma del colchón, se llevó la mano al bolsillo, más por instinto que por necesidad, y agitó el bote de pastillas de color ámbar como si su contenido la hubiera seguido al mundo de los sueños y también necesitara despertarse. Las anfetaminas tintinearon en respuesta. Se sentó, ya consciente, parpadeando para sacar de su vista las polillas que aleteaban.

–Hay alguien que desea verla–, anunció la enfermera Deshi, y comenzó a retirar las sábanas sin darle tiempo a levantarse.

–¿Verme para qué?–, preguntó. Se agachó y se tocó los pies, aliviada de que aún siguieran allí.

–Ahora se piensa que también soy su secretaria–, dijo la vieja enfermera negando con la cabeza. –Dentro de nada también querrá pellizcarme el trasero como el oncólogo aquel que en un solo año acosó a cuatro enfermeras hasta que salieron corriendo. Qué vergüenza de profesión. Jamás he conocido a un oncólogo que no fuera un hedonista.

–Deshi, ¿quién quiere verme?

La vieja enfermera la miró con sorpresa. –Un hombre de Eldár.

–¿Es sobre Natasha?

Deshi tensó los labios. Podría haber dicho no o esta vez no o ya va siendo hora de que se dé por vencida, pero en vez de eso se limitó a negar con la cabeza de nuevo.

El hombre estaba apoyado en la pared del pasillo. En la parte de atrás de la cabeza llevaba un pes con borlas y cuentas demasiado pequeño y sobre los hombros una chaqueta que parecía estar colgando de una percha. A su lado una niña revisaba el contenido de una maleta azul.

–¿Sofia Andreyevna Rabina?–, preguntó.

Ella dudó un instante. No había oído ni pronunciado su propio nombre en ocho años y ya sólo respondía a su diminutivo. –Llámeme Sonja–, dijo por toda respuesta.

–Me llamo Akhmed–. Una barba negra y corta le cubría la cara. La espuma de afeitar era un lujo prohibitivo para muchos. No podía saber si aquel tipo era un insurgente wahabí o sencillamente un mendigo.

–¿Es usted un barbudo de esos?–, preguntó.

Se llevó la mano a la barba con incomodo. –No, no, en absoluto. Es que llevo algún tiempo sin afeitarme.

–¿Qué desea?

Señaló a la niña con la cabeza. Llevaba un pañuelo naranja, un abrigo rosa demasiado grande y una sudadera del Manchester United procedente, imaginaba Sonja, del aluvión de ropa del Manchester que había inundado los cargamentos de donaciones el año que Beckham fichó por el Madrid. Tenía la pálida piel cerúlea de una pera verde. Cuando Sonja se acercó, la niña había abierto la tapa de la maleta y sostenía en la mano algo que quedaba fuera de su vista.

–Necesita un sitio donde quedarse.

–Y yo un billete al Mar Negro.

–No tiene adonde ir.

–Ni yo he tomado el sol en diez años.

–Por favor.

–Esto es un hospital, no un orfanato.

–No quedan orfanatos.

Se volvió hacia la ventana por pura costumbre, ya que no se veía nada a través de los paneles fijados con cinta americana. La única luz procedía de los tubos fluorescentes del techo, bajo cuyo brillo azulado todos tenían aspecto de sufrir hipotermia. ¿Había una polilla revoloteando alrededor de uno de ellos? No, de nuevo eran sólo alucinaciones suyas.

–A su padre se lo llevaron anoche las fuerzas de seguridad. Al Vertedero, lo más seguro.

–Lo siento mucho.

–Era un buen hombre. Antes de las guerras se dedicaba a la arboricultura. No tenía dedos. Era muy bueno al ajedrez.

–Es muy bueno al ajedrez–, le interrumpió la niña fulminándole con la mirada. La gramática era el único ámbito en el que podía mantener vivo a su padre. Después de corregir la afirmación de Akhmed apoyó la espalda en la pared y con una serie de exhalaciones cortas y llenas de certeza dijo es, es, es. Su padre era la primera cara que veía al despertar y la última al acostarse, lo era todo, llenaba de tal manera el mundo de Havaa que era una presencia tan difícil de describir como el mismo aire.

Akhmed invocó la figura del arbolista por medio de pequeños detalles y Sonja le permitió continuar durante más tiempo del que normalmente le hubiera concedido porque ella también había intentado resucitar a alguien mediante la enumeración de recuerdos, también había intentado devolver a una persona a la vida dibujando su silueta sobre cenizas, y también esperaba que por medio de la confección de listas con las canciones favoritas, los platos preferidos y las irritantes costumbres de Natasha, su hermana se materializaría espontáneamente bajo la presión de sus particularidades.

–Lo siento–, repitió.

–Los federales no sólo buscaban a Dokka–, dijo él en voz baja dirigiendo su mirada a la niña.

–¿Qué querrían de ella?–, preguntó Sonja.

–¿Qué quieren de cualquiera?–. A la doctora aquella urgente prepotencia le resultaba familiar, la había contemplado en las caras de innumerables maridos, hermanos, padres e hijos, y se alegraba de poder verla en la cara de un extraño sin conmoverse.

–Por favor, deje que se quede–, repitió Akhmed.

–Imposible–. Era la decisión correcta, la decisión responsable. Ocuparse de los moribundos ya era una tarea que la superaba. No podían pedirle que se ocupase también de los vivos.

El hombre miró al suelo con una cara de decepción que inexplicablemente le trajo el recuerdo de b) sustitución electrofílica aromática, la única respuesta de su examen final de química orgánica que había fallado. –¿Cuántos doctores trabajan aquí?–, preguntó él, aparentemente decidido a intentar una estrategia distinta.

–Una.

–¿Se ocupa usted de todo el hospital?

Se encogió de hombros. ¿Qué esperaba? Los que podían permitirse el lujo de huir gracias a la titulación superior, los ahorros o los poderes de predicción ya lo habían hecho. –Deshi es la encargada. Yo sólo trabajo aquí.

–Soy médico de familia. No soy cirujano ni especialista, pero tengo el título–. Se llevó la mano a la barba. Una miga de pan salió disparada. –La niña se queda y yo trabajo aquí hasta que le encuentre un hogar.

–Nadie la acogerá.

–Entonces seguiré trabajando aquí. Me licencié en la Facultad de Medicina entre los diez primeros de mi clase.

A esas alturas la capacidad de aquel hombre de convertir un ruego en una orden la estaba poniendo nerviosa. Ya hacía ocho años que había vuelto de Inglaterra con su título de doctora y aún recibía aquel respeto que tanto le sorprendió el día que llegó a Londres para estudiar Medicina. Daba igual que fuera mujer, daba igual que fuera de etnia rusa; era el único cirujano de Volchansk y eso hacía que fuera respetada, honrada y apreciada en la guerra como nunca lo sería en la paz. ¿Y ahora aquel médico rural, aquel hombre tan flaco que podría tocarle la columna vertebral simplemente apretándole el estómago, esperaba su conformidad? No le molestaba tanto su tono de voz como lo preciso de la valoración que hacía de sí mismo. Como único miembro restante de una plantilla de quinientos empleados estaba completamente agobiada por la cantidad de trabajo. Se alimentaba de anfetaminas y leche condensada azucarada, sufría alucinaciones habitualmente, tenía dificultad para empatizar con los pacientes y había visto suficientes casos de trastorno por estrés traumático secundario como para contarse a sí misma entre ellos. Al final del pasillo, a través de la puerta entreabierta de la sala de espera, podía distinguir el dobladillo de un vestido negro, unos tenis negruzcos que un día fueron blancos y un hijab verde que en lugar de cubrir el frondoso pelo negro de su dueña servía de cabestrillo al brazo roto de una mujer que tenía huesos de pájaro y deficiencia de calcio, y que estaba segura de estar sufriendo su vigésimo segunda fractura cuando en realidad era solamente su vigésimo primera.

–¿Entre los diez primeros?–, preguntó Sonja con franco escepticismo.

Akhmed asintió enfático. –Nueve con seis de media para ser exactos.

–Entonces explíqueme qué haría con un paciente que no responde.

–Mmmmm, veamos–, titubeó Akhmed. –Lo primero sería hacerle rellenar un cuestionario para tener una idea de su historial médico y de cualquier enfermedad o dolencia de carácter hereditario.

–¿De verdad le daría un cuestionario a un paciente que no se encuentra consciente y no responde a estímulos?

–Claro que no, no sea tonta–, dijo él con tono dubita­tivo, –se lo daría a la mujer del paciente.

Sonja cerró los ojos con la esperanza de que cuando los volviera a abrir, tanto aquel médico idiota como su protegida hubieran desaparecido. No hubo suerte. –¿Le gustaría saber lo que haría yo?–, preguntó. –Yo comprobaría que las vías respiratorias no estuvieran obstruidas, después el ritmo respiratorio, después le tomaría el pulso, después estabilizaría la zona cervical. Nueve de cada diez veces me concentraría en la homeostasis. Cortaría las ropas para descartar la existencia de heridas abiertas en el cuerpo del paciente.

–Sí, claro–, dijo Akhmed. –Me ocuparía de todo eso mientras la mujer del paciente rellenaba el formulario.

–Probemos con algo más de su nivel. ¿Qué es esto?–, preguntó levantando el pulgar.

–En mi opinión se trata de un pulgar.

–No–, dijo ella. –Se trata del primer dedo de la mano, compuesto de primer metacarpiano, falange proximal y falange distal.

–Es otra manera de decirlo.

–¿Y esto?–, preguntó apuntando a su ojo izquierdo. –¿Qué puede decir de esto, aparte de resaltar el hecho de que se trata de un ojo, es de color marrón y se usa para ver?

Akhmed arrugó la frente pensando qué más podía añadir. –Dilatación de pupilas–, dijo finalmente.

–¿Se molestaron en enseñarles la sintomatología de la dilatación de pupilas a ustedes, los diez primeros de su clase?

–Contusión craneal, consumo de drogas o excitación sexual.

–O más probablemente, la pésima iluminación de este pasillo–. Se golpeó con el dedo una pequeña cicatriz en la sien que nadie sabía cómo se había hecho. –¿Y esto?

Akhmed sonrió. –De lo que pasa ahí dentro no tengo ni la menor idea.

Ella se mordió el labio y asintió. –De acuerdo–, dijo. –Necesitamos a alguien que lave las sábanas sucias, de todas formas. Ella puede quedarse si usted trabaja–. La niña estaba detrás de Akhmed. En la palma de su mano había un bicho amarillo en medio de un charco de hielo derretido. Sonja ya se estaba arrepintiendo de haber accedido. –¿Cómo te llamas?–, le preguntó en checheno.

–Havaa–, respondió Akhmed. La empujó suavemente hacia la doctora. La niña se apoyó contra su mano, temerosa de alejarse de su alcance.

Un año antes, cuando Natasha desapareció por segunda y última vez, las estancias de una o dos noches de Sonja en la sala de traumatología se fueron alargando hasta durar semanas. Cuando llegaron a pasar cinco semanas desde la última vez que había metido la llave en la cerradura de doble vuelta de su piso, abandonó completamente la idea de volver.

Era como si las doce manzanas que la separaban de su hogar fueran el desierto del Sahara. Esperar a su hermana en aquel silencio era mucho peor que cualquier sonido procedente de la mesa de operaciones. Años antes de aquello, su prometido la había fotografiado posando con la mano apoyada en el Big Ben en perspectiva, de forma que parecía que lo estaba sosteniendo. Eso había sucedido en el octavo día de los diecisiete que había durado su compromiso. La foto estaba pegada con cinta adhesiva encima de la mesa del dormitorio, pero ni siquiera la idea de recuperarla la animaba a volver a casa. Vivir en la sala de traumatología no era tan diferente, ya que de todas formas pasaba allí al menos diecisiete de sus dieciocho horas de vigilia. Conocía los cuerpos que abría, arreglaba y cerraba mucho más íntimamente que sus cónyuges o sus padres y aquella intimidad era tan parecida a la creación como el aliento de la primera palabra de Dios.

Así que cuando aceptó que la niña se quedara con ella, quería decir allí en el hospital, cosa que de todas formas la niña ya había comprendido mientras la seguía hasta su habitación.

–Nosotras dormiremos aquí, ¿vale?–, dijo mientras colocaba la maleta contra una pila de colchones. La niña todavía sostenía el bicho. –¿Qué tienes en la mano?–, ­preguntó Sonja con indecisión.

–Un bicho muerto–, dijo la niña.

Sonja suspiró, agradecida y aliviada de saber que por lo menos no eran imaginaciones suyas. –¿Por qué?

–Porque me lo he encontrado en el bosque y lo he traído.

–¿Y por qué has hecho eso?

–Porque tenemos que enterrarlo mirando a La Meca.

Cerró los ojos. No estaba dispuesta a entrar en eso. Cuando era niña ya odiaba a los niños, y seguía odiándolos. –Luego vuelvo–, dijo, y regresó al pasillo.

Por lo menos Akhmed se cambiaba deprisa. En el tiempo de llevar la niña a su habitación ya se había puesto una bata blanca. Lo encontró pavoneándose frente al espejo del vestíbulo.

–Esto es un hospital, no un salón de baile–, dijo.

–Es la primera vez que me pongo una bata–. Le dio la espalda, pero el espejo conservaba su sonrojo.

–¿Cómo pudo hacer la residencia sin usar una bata?

Él cerró los ojos y se sonrojó aún más. –Mis profesores no esperaban gran cosa de mí. Residencia, lo que se dice exactamente una residencia, nunca la hice.

–No es lo que esperaba oír después de contratarle.

–Para mí es un privilegio trabajar aquí–. Sus pálidos bíceps asomaban por las mangas. –Siempre pensé que esto quedaría más holgado.

–Son batas femeninas.

–¿No hay ninguna de hombre?

–Aquí no trabaja ningún hombre.

–Así que llevo puesta ropa de mujer.

–Y también tendrá que usar un hijab–. Se puso pálido. –Es una broma–, añadió, –con un pañuelo será suficiente.

Asintió poco convencido. Era evidente que había contratado un bufón, pero un bufón capaz de lavar sábanas, hacer camas y lidiar con los familiares de los pacientes era mejor que nada. –¿Ha estado aquí antes?–, preguntó ella, que no estaba dispuesta a darle más que un breve tour por el edificio.

–Sí.

–¿Cuándo?

–Nací aquí.

Lo llevó por las fantasmagóricas salas: cardiología, medicina interna, endocrinología. Sus pisadas quedaban registradas en una gruesa capa de polvo y ceniza. –¿Dónde está todo?–, preguntó él. Las habitaciones estaban vacías. Colchones, sábanas, jeringas, camisones desechables, esparadrapo, apósitos, termómetros y bolsas intravenosas, todo estaba en el piso de abajo. Lo que quedaba era de obra o estaba atornillado al suelo. También había cosas que no servían de nada: retratos de familia, premios profesionales y marcos con diplomas de las facultades de medicina de Siberia, Moscú y Kiev.

–Nos lo hemos llevado todo a las salas de traumatología y maternidad–, dijo ella. –Es todo lo que podemos mantener abierto.

–Traumatología y maternidad.

–Tiene gracia, ¿no? Los que follan y los que mueren.

–No, no tiene ninguna gracia–. Se acarició la barba y se metió los dedos en ella hasta el primer nudillo. En momentos de dificultad o indecisión siempre se hurgaba la barba, rastreando el espeso pelo negro con los dedos sin encontrar jamás ni una pizca de sabiduría. –Vienen y van y todo sucede aquí.

Subieron por una escalera bañada por la luz azul de emergencia. En el cuarto piso lo condujo por un pasillo hasta el ala oeste del edificio. Abrió la puerta de un almacén sin avisarle. Una maliciosa alegría la recorrió cuando lo vio retroceder asustado para no precipitarse al vacío. –¿Qué ha pasado aquí?–, preguntó. A un metro de la puerta el suelo había desaparecido, así como las ventanas y el techo.

La silueta de la ciudad conformaba un mural pintado en el aire del invierno.

–Hace unos años refugiamos a unos rebeldes. Los federales volaron la pared como represalia.

–¿Resultó alguien herido?

–Maali, la hermana de Deshi.

–¿Tan sólo una persona?

–Ventajas de la falta de personal.

Los días en que ambos bandos respetaban el alto el fuego, Sonja solía asomarse por aquella puerta para observar la ciudad y tratar de identificar los edificios por sus ruinas. Aquel que brillaba con diez mil relumbres de sol había sido un edificio de oficinas de vidrio laminado en el que trabajaban novecientas dieciocho personas. Bajo aquel minarete, un obeso imam dirigía las plegarias. Aquello era una escuela, aquello otro una biblioteca, más allá el club de los Jóvenes Pioneros, la cárcel, una tienda de alimentación. Allí estaba el lugar donde su madre le había aconsejado no fiarse jamás de un hombre que afirmara desear una esposa inteligente; donde su padre le enseñó a montar en bicicleta imitando el ruido de un autobús a toda velocidad que la atropellaría si no pedaleaba más rápido; donde resolvió su primer problema de álgebra con un profesor de primaria para quien los éxitos de Sonja servían de consuelo mientras se lamentaba por no haber seguido a su hermano a la mucho más lucrativa profesión de guardia de prisiones; donde había pedido ayuda al ver como un estudiante atacaba a otro con una lanza sólo para enterarse después de que estaban ensayando una tragedia de Esquilo. Parecía una ciudad hecha de cajas de zapatos que hubiera sido aplastada por un niño repelente. Podía pasarse toda la tarde reconstruyéndola y repoblándola hasta que la alucinación se convertía en la más verosímil de las realidades.

–Antes desde aquí no se veía el río–, dijo. –Ahora este es el edificio más alto de la ciudad.

Se habían construido altos edificios y se habían trazado planes para construir otros más altos aún. Tras la disolución de la URSS, las reservas petrolíferas prometían a Chechenia un futuro próspero en el seno de la inminente sociedad capitalista. Yeltsin había animado a las repúblicas a tomar toda la soberanía que pudieran asumir, así que, tras dos mil años de ocupación extranjera, parecía que la república alcanzaría por fin la independencia. Sus abuelos se habían trasladado a Volchansk en 1946, cuando Stalin decidió incluir a los conductores de camión y a las costureras en la lista de profesiones a purgar, pero ella se sentía tan jubilosamente patriótica como sus compañeros de clase chechenos, que podían remontarse hasta la semilla de sus árboles genealógicos. Aquel eléctrico optimismo se notaba incluso en los edificios encargados a arquitectos de Riad, Melbourne y Minsk. Las autoridades de la ciudad colgaron los planos en carteles por las calles y también los repartieron en forma de octavillas por el bazar para que todos los vieran. Sonja nunca había visto nada igual. Los bocetos sugerían que el sumun del diseño ya no consistía en embutir la mayor cantidad de hormigón armado posible en el rectángulo más espantoso que se pudiera. Un día puso al trasluz una octavilla y, mientras la luz roja del sol atravesaba el papel, las torres se convirtieron en parte de la silueta de la ciudad.

–¿De verdad que buscaban a la niña?–, preguntó volviendo a prestar atención a Akhmed. No es que le extrañara, simplemente lo preguntó. Las desapariciones caían aleatoriamente, como los rayos. Sólo los que eran verdaderamente culpables de apoyar a la insurgencia –una parte infinitesimal de los desaparecidos– disfrutaban del privilegio de comprender por qué morían.

–No tiene sentido–, dijo Akhmed. Sonja no sabía si se refería a la habitación sin suelo, a la ciudad destruida que había detrás o a la niña. En la distancia, una borrosa estela de balas trazadoras subió hacia el cielo y desapareció entre las nubes.

–Pronto será día de paga–, dijo Akhmed.

Ella asintió. A los federales sólo les pagaban si usaban un determinado porcentaje de sus municiones. Cuando los soldados se cansaban de disparar al aire, solían enterrar los proyectiles sobrantes para desenterrarlos unas horas después y reclamar la recompensa por el hallazgo de un arsenal rebelde oculto. –Vámonos–, dijo Sonja.

Pasaron por la sala de maternidad original, fuera de uso desde la muerte de Maali, y bajaron hasta la nueva. Deshi dejó a un lado las agujas de punto y le echó una ojeada llena de recelo a Akhmed mientras se acercaba a ellos. Después de setenta y tres años y doce historias de amor, cada cual con un comienzo más grandioso y un final más devastador que las demás, Deshi había aprendido a desconfiar de los hombres de toda edad y tamaño, ya fueran recién nacidos o tatarabuelos, ya que sabía que todos llevaban dentro el deseo de romper el corazón de las mujeres decentes. –¿Se va a unir a nosotros?–, preguntó.

–Provisionalmente–, dijo Sonja.

–¿Y la niña?

–Provisionalmente.

–Usted es la enfermera, ¿verdad?–, dijo Akhmed. –Nos hemos conocido hace un rato.

–Habla cuando no debe y sin que se dirijan a él–, ­observó Deshi.

–Sólo quería saludarla.

–Sigue hablando sin que nadie le hable y además tiene una nariz horrible.

–Oiga, que estoy aquí–, protestó Akhmed.

–Ahora nos dice que está delante, como si fuéramos ciegas e idiotas.

–¿Qué estoy haciendo mal?– le preguntó a Sonja.

–Lo único que hago es estar aquí.

–Parece creer que su presencia transformará de alguna forma la fealdad de su nariz cuando lo cierto es que la observación del tal apéndice justo delante proporciona pruebas irrefutables de lo contrario.

–¿Qué se supone que debo decir?, miraba desesperadamente a Sonja. Ella sonrió y se volvió hacia Deshi.

–¿Ve usted cómo me mira?–, preguntó Deshi con una voz que temblaba de indignación. –Está intentando seducirme.

–¡Por supuesto que no! ¡Pero si sólo estoy aquí de pie!

–La negación es el primer impulso del traidor.

–Eso es una cita de Stalin–, dijo Akhmed.

–¿Ve usted? Es una sanguijuela y un estalinista.

–No sea ridícula.

–Seguro que es oncólogo.

–Hay pocos campos de la medicina más importantes que la oncología.

Deshi se quedó atónita. –¡Lo que yo decía!–, gritó. –San­guijuela, estalinista y encima, oncólogo. Esto no puede ser.

Es demasiado.

–Con todos los respetos, tengo treinta y nueve años y usted podría ser mi madre. Lo único que deseo mantener con usted es una relación profesional.

–¿Lo único que desea? Primero miradas lascivas y ahora insultos. Burlarse de una mujer mayor como yo… ¿Es que no tiene vergüenza este hombre?

–Lo siento, ¿vale? Lo siento. Sólo intento llevarme bien con usted.

Los labios de Deshi se afilaron en una mueca de desprecio. –Sólo un hombre débil pide disculpas a una mujer.

Akhmed tenía los ojos llorosos cuando Sonja intervino para interrumpir la conversación. Parecía aún más espantado que cuando abrió la puerta del almacén del cuarto piso que daba al vacío. A pesar de su risa no podía evitar sentirse culpable de exponer al hombre a Deshi sin previo aviso. –Basta–, dijo. –Akhmed, ésta es Deshi. Deshi, Akhmed. A trabajar.

–Encantada–, dijo Deshi antes de volver a su mesa junto a la incubadora.

–¿Qué le pasa?–, preguntó Akhmed cuando la enfermera no podía oírle.

–Y ahora se cree que a Deshi le pasa algo–, dijo Sonja. Una mirada de horror apareció en su cara y tuvo que asegurarle que estaba bromeando.

–Una vez se enamoró de un oncólogo. No salió bien.

En la primera cama había una mujer con el pelo negro y grasiento y un bebé que mamaba de su pecho izquierdo. Le tapó la cabeza al niño con la sábana cuando los vio acercarse.

–No pasa nada–, dijo Sonja. –Él también es médico.

–Pero es un hombre–, replicó.

–Este hospital es una casa de locos–, dijo Akhmed alejándose. La mujer le echó una mirada fulminante, poco complacida por la insinuación de que su hijo recién nacido estaba loco, y después retiró la sábana para mostrar la arrugada cara del niño que se agarraba al pezón.

–El bebé tiene hambre–, dijo Sonja.

–Ya se acostumbrará–, respondió la mujer cerrando los ojos.

En la siguiente cama otra mujer dormía con media cara enterrada en la almohada. A su lado, una incubadora sobre un carrito de metal. Dentro, un bebé escuálido y sobrecalentado parecía más un pájaro aplastado que un ser humano.

–¿Deficiencia nutricional intrauterina?–, preguntó Akhmed.

–Ausencia nutricional intrauterina. Desde que empezó la segunda guerra sólo hemos tenido un puñado de madres lo suficientemente sanas para dar a luz a niños sanos.

–Y los padres no serán civiles, supongo.

–No es política del hospital realizar ese tipo de preguntas–. Salió por la puerta. En el pasillo paró ante una bombilla apagada. –¿Ve usted alguna polilla por aquí?

–¿Qué?

–Nada–, dijo ella. En cinco semanas se encontraría una polilla aleteando por el comedor y no la creería real hasta que sintiera el crujido de las alas bajo su palma. –La sala de traumatología está al final del pasillo.

2

Pocos días después de la propuesta de los Acuerdos de Paz de Khasavyurt, Sonja rompió con su prometido escocés, se despidió de su trabajo de residente en el University College Hospital y voló desde Londres a Vladikavkaz vía Varsovia y Moscú. A la parte trasera del taxi pirata que tomó a su llegada le habían quitado los asientos para hacer sitio a los equipajes, de modo que su única maleta se deslizaba de lado a lado con cada curva y golpeaba una y otra vez contra el respaldo de su asiento como si le recordara insistentemente que su vida, a pesar de las ilusiones que se había hecho mientras el pecho de Brendan subía y bajaba junto al suyo, era tan insignificante que cabía entera en una sola maleta. Pensaba, –¿pero qué cojones estoy haciendo yo aquí otra vez?

Oscuras columnas de humo salían de chimeneas lejanas, una cadena montañosa azotada por el viento, el sabor del aire postsoviético como un trapo sucio en su boca. Al llegar a la estación de autobuses esperó a que su maleta estuviera fuera del vehículo antes de pagar al conductor. Al pasar por delante de los baúles de la época imperial de los demás viajeros, la Samsonite, regalo de despedida de Brendan, era un cartel de neón que anunciaba que era extranjera. La compañía de autobuses nacionalizada ya no cubría la ruta a Chechenia, pero después de esperar durante una hora en una cola de tres personas, un empleado le señaló un quiosco en el que se vendía porno lésbico, tabaco ucraniano, casetes de Air Supply y billetes para un autobús privado que hacía un viaje semanal entre Osetia del Norte y Chechenia. La próxima salida no era hasta la mañana siguiente. Aunque estaba cansada del viaje, sabía que no conseguiría dormir. Pasó la noche sentada en un banco de madera con la Samsonite atada al cordón de uno de sus zapatos para evitar que los niños gitanos se la robaran.

–Los voy a llevar derechitos a la tumba–, anunció el conductor mientras recogía los billetes por el pasillo del autobús a las seis y cuarto de la mañana. Caminaba inclinado hacia atrás como intentando mantener un vaso de chupito invisible en equilibrio sobre la barriga. –A la menor ocasión, pienso venderlos al primer bandido, secuestrador o traficante de esclavos que aparezca. El que avisa no es traidor. Yo no tendría que conducir este autobús hasta ese país de no ser porque ustedes han sacado estos billetes, y solamente por eso, pienso coger todos los baches y socavones que vea para que tengan un viaje tan horrible como el mío. No, no habrá paradas para ir al baño y sí, esto se debe a que sé cuánto duele un bache cuando tiene uno la vejiga llena.

Dormitó durante una hora con la cabeza apoyada en la ventana. El cristal transmitía cada sacudida y su sien la registraba. El chirrido de los frenos y las instrucciones amplificadas por megáfono de un guardia de fronteras ruso la devolvieron bruscamente a la realidad. Los soldados eran todo miedo y pelusilla adolescente. Ordenaron a los pasajeros que se bajaran del autobús y abrieran su equipaje en un campo a veinte metros de la carretera mientras ellos se acuclillaban con los brazos alrededor de las piernas y apretaban los ojos como si saltaran a un lago. El pobre conductor se balanceaba de lado a lado. Había vivido en la ribera del Terek desde niño y siempre había soñado con ser propietario de un barco de turistas. Hacía seis años y nueve meses, justo una semana antes de la caída del Muro de Berlín, el conductor había hundido los ahorros de su vida en un barco de turistas que nunca se construyó, y en un contrato para transportar por el río Terek a miembros del Partido que nunca se cumplió. Ahora estaba sentado con la espalda apoyada contra la rueda del autobús, pero la tierra firme era un océano incierto y encrespado y él aún había de sentir el mareo durante muchos años.

El control de carreteras espabiló a Sonja, así que se dedicó a mirar por la ventana sobre la que había dormido mientras cruzaban la frontera entre Osetia del Norte, bajo control ruso, y Chechenia. El conductor demostró ser un hombre de palabra por la carretera plagada de cráteres. Pasaron por campos abandonados. Una granja en ruinas. Un arado abandonado al final de un surco cuatro meses después del fin de la siembra. Un pozo petrolífero en llamas. En el horizonte, las montañas llevaban bonetes de nieve. Tardaron diez horas en recorrer los doscientos kilómetros hasta Volchansk. En la carretera había más controles policiales que gasolineras clausuradas con tablones. En cada uno de ellos tuvo que transportar su maleta a veinte metros de distancia de la carretera y abrirla mientras los soldados se tapaban los oídos por si acaso.

Comenzó a hablar con la anciana que viajaba junto a ella. Cada palabra daba vueltas por su boca como un hueso de aceituna antes de ser escupido. La señora resultó ser una maravillosa oyente, atenta y silenciosa, así que abrió el pestillo y le contó cómo había sido su vida hasta hacía dos días. Incluso le hizo un catálogo de los defectos de Brendan –los padrastros de los dedos sin arreglar, su costumbre de cantar temas de Rodgers y Hammerstein cuando meaba, su reticencia a corregirla cuando cometía errores gramaticales–. Sin embargo, por más que intentara convencer a la anciana de que Brendan habría sido un marido terrible, echaba de menos su costumbre de escribirle las iniciales de su nombre en la yema del pulgar con la punta reseca de los padrastros; cómo el ruido de la cisterna acompañaba los compases de the hiiiiiilllls are aliiiiiiive with the sound of muuuuuuusiiiiiiiic; los errores gramaticales que cometía a propósito para ver si ella los descubría; cómo destrozaban a mazazos las reglas del inglés y volvían a pegar los trozos a su manera para fabricar una lengua que sólo ellos entendían. Era maravilloso desahogarse con un oído comprensivo. Pasó una hora entera antes de que la anciana sacara un cuadernillo de su bolso y le pasara una nota en la que había escrito: pensé que ya te habrías dado cuenta. Soy sorda.

La terminal de autobuses de cuatro pisos de Volchansk se había convertido en un montón de escombros de un piso. Mientras el pasaje bajaba del autobús, el conductor puso la gorra para recoger propinas. –Dado que van ustedes a morir en este infierno–, pronosticó animadamente, –¿no prefieren darme sus rublos a mí, un honesto y religioso conductor que se juega la vida cada semana para alimentar a una familia, que a sus impíos asesinos?

A sabiendas de que era una imprudencia, Sonja depositó en la gorra un billete de mil rublos enfermo de hiper­inflación y se apeó del autobús antes de que el conductor tuviera tiempo de echarle una maldición. En la manzana siguiente alcanzó a la anciana, que acababa de parar un Lada de color amarillo limón. La anciana había crecido en una plantación de limones y durante sus primeros diecisiete años no había probado una sola comida entre cuyos ingredientes no figurara el limón. Ensalada de pepino y limón, judías a la vinagreta de limón, pollo confitado al limón, trucha rellena de limón, kebab de cordero marinado con limón, arroz con eneldo y limón, muslos de pollo al horno con limón, salsa de yogur y limón, pudding de limón, tarta de albaricoque y limón, galletas con mermelada de limón y así sucesivamente. Aún le quedaban cuatro años y un mes para su septuagésimo sexto cumpleaños y el milagro de su primera lima.

La anciana le hizo señas de que cogiera el taxi y cuando Sonja lo rechazó, sacó de nuevo el cuadernillo y justo debajo de soy sorda escribió: queda poco para el toque de queda y tú eres más joven y más guapa que yo.

Lo que había sido una camioneta de reparto bloqueaba la calle a tres manzanas del piso. Sonja se bajó y el Lada amarillo limón desapareció a toda velocidad antes de que pudiera cerrar la puerta. A su izquierda, la fachada de un bloque de apartamentos había desaparecido. Observó las habitaciones como un ratón curioseando en una casa de muñecas. Giró en una calle en la que faltaban trozos de pavimento a intervalos regulares. Se suponía que en cincuenta kilómetros a la redonda el terreno era plano y no había valles ni colinas y sin embargo, allí estaba ella, trepando por la ladera de un cañón de asfalto y arcilla espesa y húmeda, trastabillando sobre piezas de mampostería rota que se habían desplomado desde seis pisos de altura hasta uno de profundidad, pisando canales de desagüe, maldiciendo y dándole patadas a la Samsonite al recordar que las instrucciones decían ­claramente que la maleta estaba diseñada para su uso sobre superficies lisas y ella se encontraba, por el contrario, en el fondo de un cráter. Fue entonces cuando la realidad la alcanzó de lleno: –¡Estoy en el fondo de un puto cráter!–, y el impacto la dobló por la mitad, seguido inmediatamente del puñetazo de una pregunta: –¿Qué estoy haciendo yo en el fondo de un puto cráter?–, cuya contestación tenía tan poca sustancia como la palabra en sus labios, como las tres sílabas que daban nombre a la razón de su retorno –Natasha–, su hermosa, arrogante y tremendamente sociable hermana, con la que había hablado por teléfono por última vez el día que estalló la primera guerra, hacía un año, nueve meses y tres semanas; a la que había visto por última vez el día que salió para Londres, hacía cuatro años, ocho meses y una semana; a la que había envidiado por última vez el día anterior al que recibió la noticia de la concesión de la beca para estudiar en Londres, hacía cinco años y dos meses, y a la que había querido por última vez en algún momento indeterminado del pasado, antes de que crecieran y se convirtieran en las personas que habían de ser. No se bajaría de la cama por su hermana pero había bajado al fondo de un cráter. No cruzaría una habitación por ella pero había cruzado un continente.

Su bloque de apartamentos estaba más allá de la panadería donde de niña le daban pastas de té a cambio de barrer la harina del suelo y reempaquetarla en bolsitas de papel marrón. Las ventanas habían estallado y una fila de agujeros de bala dejaba entrar la luz en el interior, pero el edificio aún se mantenía en pie. La puerta principal estaba tirada delante de la entrada como un felpudo. Subió a la tercera planta. Le faltaba el aliento.

La puerta de su piso estaba cerrada. Llamó a la puerta y esperó. No hubo respuesta de pasos acercándose, ni crujido de tablas. Después de que a la cuarta serie de cuatro llamadas le siguiera un cuarto silencio, sacó la llave de repuesto del neceser de viaje y abrió la puerta. No saludó en voz alta.

La idea de su propia voz resonando sin respuesta en el piso vacío se le antojaba increíblemente triste. Al otro lado de la habitación, trozos de ocaso se encuadraban en los marcos vacíos de las ventanas. Una vela medio consumida sujeta con cera derretida descansaba en un vaso de chupito sobre la mesa del salón. En los últimos dos días había dormido cinco horas en total y un doloroso cansancio reverberaba por su cuerpo dándole punzadas en la piel. Encendió la vela.

Un pequeño resplandor aleteó por las paredes de color blanco huevo. No había facturas ni cartas ni sobres, nada ligero que el viento pudiera haberse llevado por las ventanas rotas, nada sobre lo que se pudiera haber escrito una nota de despedida. El mobiliario seguía tal y como lo recordaba; el sofá junto a la pared derecha del salón, aún con las manchas de la vez que Natasha derramó una olla entera de borscht; la televisión Ekran en blanco y negro sobre un taburete para ordeñar; la mesa de la cocina calzada con tres cajas de cerillas. Aquello había sido su vida. Aquel había sido su sofá. Ahora volvía a él y enterraba la cara en los cojines y lloraba sobre la tela que, a pesar de los años, aún conservaba el olor a remolacha.

A la mañana siguiente llamó a las puertas de los pisos vecinos. No se acordaba de los nombres de sus propietarios pero, a juzgar por la falta de respuestas, habían huido de sus hogares tanto como de su memoria. Al cuarto día oyó pasos por el pasillo. Encontró a una anciana encorvada vestida con un impermeable verde a pesar de que brillaba el sol. La mujer llevaba una docena de bolsas de plástico unas dentro de otras atadas por las asas.

–¿Quién es usted?–, preguntó la mujer con tanta sospecha en la voz como para convertir la pregunta en una acusación. Laina iba ya por el final de la mediana edad cuando Sonja aceptó la beca de Londres. Trabajaba en el departamento de cosméticos de los Grandes Almacenes Principales de la ciudad y tenía una piel preciosa, una piel envidiada por las treintañeras, una piel que, según decía su supervisor con toda la razón, era la mejor publicidad del departamento, una piel cuidada con tantas hidratantes y emulsiones como había en el mostrador de cristal de los grandes almacenes, una piel que Sonja y su madre, e incluso Natasha, habían admirado y que ahora parecía la de un melocotón abandonado al sol durante muchos días.

–Soy Sonja–. Los dedos de Laina la escudriñaron sujetándole las muñecas y doblándole las orejas. –Ya veo–, dijo por fin convencida de la existencia física de Sonja. –Tú vivías aquí.

–La he oído caminar por el pasillo–, dijo Sonja unos minutos después mientras tomaban el té en el piso de Laina. –Pensé que era otra persona.

–No deberías abrir la puerta si oyes a desconocidos. No es buena idea.

–Esta vez sí lo ha sido.

–Esta vez ha sido una entre un millón.

–Entonces es que tengo mucha, mucha suerte.

–No. Es que eres muy, muy estúpida.

–¿Por qué lleva puesto un impermeable si no hay ni una nube en kilómetros a la redonda?

Laina se acercó a los marcos vacíos de las ventanas por las que se veía lo que quedaba de la ciudad. La vista se había ampliado dieciséis manzanas en dos años. –No me fío de Dios. A saber lo que andará tramando ahí arriba–.

El bazar se había ido repoblando gradualmente de vendedores ambulantes y quioscos de chapa y ancianas como Laina, para las que la guerra no representaba un obstáculo a la hora de hacerse con una buena ganga. Aquel mismo día acababa de cambiar un frasco de aceite de motor por unas sandalias que portaban las huellas ennegrecidas de cuarenta pies distintos. Tiempo atrás había estado casada con un hombre en el que podía confiar que nunca le sería infiel en un prostíbulo. Ahora estaba muerto. Tiempo atrás había tenido un hijo al que solía amenazar con casarle con Sonja si se portaba mal. Había desaparecido. El cosmonauta Yuri Gagarin sonreía desde el reloj colgado encima de la estufa. Sonja estudiaba su rostro mientras reunía fuerzas para soltar la pregunta que tenía atravesada en la garganta desde hacía un año y medio. Cuando la manecilla pequeña cayó sobre la palma de la mano extendida del cosmonauta, inspiró y preguntó: –¿Sabe usted dónde está Natasha?–. Laina se mordió el labio y sacudió la cabeza. –Yo ya no sé dónde está nadie.

Nadie sabía la respuesta. Los días se convirtieron en semanas. Sonja abordó al resto de los inquilinos mientras se iban al trabajo, al mercado, a la guerra o en busca de un refugio mejor sin recibir más que sacudidas de cabeza, encogimientos de hombros o disculpas. En la puerta no había señales de violencia y la cama de Natasha estaba hecha, lo cual indicaba una partida premeditada. En el último cajón de su armario encontró la rebeca color burdeos que le había regalado por su decimoctavo cumpleaños y que Natasha había detestado y calificado de ropa de babushka. No se la había puesto ni una sola vez, ni siquiera en un día de frío, ni siquiera para complacer a Sonja. Era el típico objeto que Natasha nunca se llevaría. Se pegó la rebeca al pecho y se envolvió el cuello con las mangas como en un abrazo.

El Hospital nº 6 la contrató sin exigirle ni una solicitud formal ni el currículo. Cuando dio una lista de referencias de Londres, Deshi hizo una bola con el papel, lo tiró bajo la mesa e informó a Sonja de que el Doctor Cubo de la Basura las comprobaría debidamente. Los antiguos profesores de Sonja habían huido a Occidente, al campo o a lugares donde podían salvar vidas sin poner las suyas en peligro. Sin el impedimento de la jerarquía burocrática y la memoria institucional, Sonja ascendió de residente a cirujana jefe en tan sólo dos meses. Las minas terrestres no respetaban los Acuerdos de Paz de Khasavyurt, así que en menos de un año había adquirido más experiencia en cirugía traumatológica que los profesores con los que había estudiado. Sentía gratitud por el dolor de sus pacientes. En sus gritos oía su propio nombre como si fuera ella la hermana desaparecida, traída de vuelta por medio de sus sonidos incoherentes a este lugar en el que amputaba miembros y cortaba hemorragias, en el que sus conocimientos eran tan valiosos y poco comunes que para los pacientes que la veían rondar por las camas ella era el último profeta del mundo al que suplicar, al que alabar, al que dirigir sus plegarias.

Fueron días apresurados, sin un momento para pensar en otra cosa que casos clínicos y lecciones de anatomía.

Por las noches se arrastraba hasta su casa. Si se acordaba, se lavaba los dientes con bicarbonato y rezaba las oraciones que su madre le había enseñado. Balbuceaba aquellas extrañas y antiguas palabras y, aunque nadie la escuchara, sentía un cierto grado de paz en el viejo idioma de la súplica. Se santiguaba, se tumbaba en el sofá y se aplicaba en las manos una buena cantidad, siempre demasiado abundante, de la crema que había traído de Londres. Se le ponían resbaladizas y brillaban a la luz de la vela mientras rezaba por otro par de manos con las que compartir la crema sobrante.

Las semanas se convirtieron en meses que caían del calendario de la Cruz Roja colgado detrás del mostrador de la sala de espera. Era un calendario de 1993 y seguiría en uso hasta 2006, así que durante trece años su cumpleaños siempre cayó en lunes. Ella marcaba los días, pero el tiempo no marchaba hacia adelante sino que el día se convertía en noche, el hospital en piso, la claustrofobia en soledad y vuelta a empezar, como una moneda cambiando de cara. La felicidad se presentaba en impredecibles momentos de gracia.

El hombre ciego que tocó el acordeón para ella mientras entablillaba la pata a su perro lazarillo. El niño que le contó sus sueños mientras se recuperaba de una meningitis.

De pronto, una noche golpearon la puerta cuando se metía en la cama. Mientras el tirador de la puerta se le resbalaba en la mano por el exceso de crema, consideró y descartó el consejo de Laina. Abrió la puerta y quiso gritar. Natasha estaba allí mismo, frente a ella, a un abrazo de distancia. Gritó y la abrazó. Más tarde, sentadas en el sofá, tomó las manos de Natasha y las frotó entre las suyas hasta que se le secaron.

3

A pesar de un primer día ciertamente mediocre, Akhmed salió del Hospital nº 6 con paso alegre y sintiéndose en la luna. Sonja era sin duda una mujer fría y dominante, con una mirada capaz de marchitar las flores y provocar abortos, y Deshi estaba claramente chiflada; pero aunque entre las dos no reunieran ni una pizca de compasión y lo único peor que estar bajo sus cuidados era tenerlas como colegas, había sido un buen día. Havaa estaba a salvo. Había puesto en práctica sus conocimientos médicos y por primera vez en meses Ula no era su única paciente.

Akhmed había sido la primera persona de Eldár en ingresar en la Facultad de Medicina, una institución tan lejana y exclusiva que su partida se celebró como si se tratara de un logro colectivo. Hubo fiestas en su honor y colectas para pagarle los libros. En 1986 era el mayor héroe en la historia de Eldár desde el barbero que había afeitado la barba del gran Imam Shamil ciento cuarenta y un años antes. Corrieron rumores de que se mudaría a Volchansk o incluso, aquí la voz de la gente se convertía en un susurro, a Grozni. Cualquier lugar más lejano era demasiado incluso para soñarlo. ¿Había cumplido las expectativas que el pueblo había puesto en él? La verdad es que no. Aunque a Sonja le dijo que había estado entre los diez mejores alumnos de su promoción, lo cierto era que se había licenciado entre los diez últimos, en el cuarto percentil para ser exactos; echaba la culpa de su incapacidad para encontrar un empleo a los prejuicios del Colegio de Médicos Soviéticos y no al hecho de haberse saltado un curso completo de patología para asistir a clases de arte. Al final el pueblo le había ofrecido una casa abandonada en las afueras, habitada, se decía, por el espectro de un pederasta. Abrió una clínica. Por más que la gente hubiera superado el miedo al fantasma, si bien muchos no dejaban entrar a sus hijos menores, y por más que sus vidas hubieran mejorado innegablemente gracias a la existencia de la clínica, Akhmed siempre sintió que los había decepcionado, o al menos se había decepcionado a sí mismo, volviendo al lugar que tanto había celebrado su huida. Sin embargo, después de haber solicitado veintitrés puestos de hospital diferentes sin conseguir una sola entrevista, aquel día había logrado por fin convertirse en médico del Hospital nº 6. Y no sólo eso, sino que además era el tercero al mando. Visto así, era el honor más alto que jamás había imaginado. Recorrió la carretera de servicio con mucha más seguridad de lo que lo había hecho aquella misma mañana imaginando qué dirían ahora los petulantes miembros de todos aquellos comités de selección. Lo más seguro es que no tuvieran nada que decir. Lo más seguro es que estuvieran todos muertos. En este sentido la guerra era un mecanismo igualador, la primera meritocracia real de la historia de Chechenia. Era un médico mediocre pero un hombre decente que compensaba sus limitaciones profesionales con su empatía con el enfermo, su comprensión del dolor. Al pasar por el prado donde los restos congelados del lobo yacían a la luz de la luna pensó en Marx. Quizás allí fuera donde la historia llegaba a su ciclo final. Una civilización sin clases, propiedad, estado o leyes. Quizás aquello fuera el fin.

Los últimos cincuenta metros a través del pueblo eran los más peligrosos de los once kilómetros de la caminata. Si el ruido de sus pasos llegaba a los oídos equivocados, eso podía resultar tan letal como una mina. Aflojó el paso al acercarse a la única casa sin cortinas opacas. Por las ventanas salía la luz de bombillas alimentadas por un generador. En el interior, Ramzan rebañaba un buen trozo de carne. No parecía un chivato ni un colaboracionista, no tenía un aspecto más amenazador que un hombre al borde de una tremenda indigestión. En la siguiente ventana se veía a Khassan, padre de Ramzan, leyendo en su escritorio. Khassan no le dirigía la palabra a su hijo desde que había comenzado a pasar información dos años antes, y aunque Akhmed no culpaba al padre de los crímenes del hijo, lo cierto era que las bombillas los bañaban a los dos en la misma luz.

El brillo de aquella casa se fue atenuando al acercarse a la suya. El marco estaba intacto. La puerta seguía en su sitio. Al abrir, se tensó. Esperaba unas manos que lo agarraran de los hombros violentamente, un culatazo de fusil en la cabeza. No pasó nada. Encendió una lámpara de queroseno y entró en el dormitorio. Ula estaba en la cama. Se dio la vuelta hacia la luz amarilla.

–¿Dónde estabas?–, preguntó. Incluso obviando el tono, se notaba la acusación en aquellas dos palabras y él esperó que, como de costumbre, su silencio acabara con la pregunta. –¿Dónde estabas?–, preguntó de nuevo. Su cabeza casi no dejaba huella en la almohada.

–He ido a ver a Dokka–, dijo. –Le he estado ayudando a esquilar las ovejas.

Ella esbozó una sonrisa lo suficientemente ancha como para enseñar las puntas de los dientes. Doce años antes aquellos incisivos habían hecho las delicias del dentista local, un joven al que asaltaban pensamientos lascivos frente a las bocas abiertas de mujeres jóvenes y que había muerto virgen cuando un proyectil descarriado de mortero aterrizó en su consulta y se lo llevó al paraíso en una nube de humo gris. –¡Qué impaciente es Dokka!– murmuró Ula. –El rebaño daría más lana dentro de un mes.

–Sí–, dijo él, –Dokka siempre ha sido muy impaciente–. Se sentó en la cama y colocó la lámpara junto al orinal y el cuenco de caldo. Estaban los dos medio llenos. Una línea de huellas húmedas como puntos suspensivos le seguía hasta la cama. Se desató los cordones de las botas llenas de hielo, se masajeó las puntas de los pies y se tumbó junto a Ula. Tiempo atrás Ula habría tenido que echarse a un lado para hacerle sitio en la cama, pero cada vez ocupaba menos espacio.

–¿Cómo está su familia?

–Todos bien–. Se puso de lado y deslizó la mano izquierda bajo su camisón para calentarse los dedos en su estómago.

–Deberían venir a comer uno de estos días.

–Traerán maíz y pepinos–, susurró él a los pelillos transparentes que Ula tenía en el lóbulo de la oreja. –Habrá carbón ardiendo en el mangal y haremos shashlyk y nos los comeremos por la tarde y el sol brillará. El cordero ya se está marinando con tomates, cebollas, limón y uksus en el cubo de plástico blanco de Dokka. Invitaremos también a los padres de Dokka y vendrán, y quizá él traiga su ajedrez, pero no ese de las piezas de madera tan bonitas, sino el de plástico que le regaló Havaa por su cumpleaños y que él dijo que le gustaba mucho, a pesar de que todo el mundo pensara que un ­consumado ajedrecista como él nunca jugaría en un tablero de plástico. Pero jugó, ¿te acuerdas? Enseñó a Havaa a jugar en él y cuando llegó su sexto cumpleaños la dejó ganar.

Uno de estos días les invitaremos a comer a todos.

–Tengo hambre–, dijo ella. –No quiero esperar tanto.

Besó la frente de su mujer y dejó los labios pegados en ella hasta que el beso se convirtió en una conversación entre sus pieles. ¿Cómo podía suceder que la enfermedad de su mujer le repugnara y le uniera a ella al mismo tiempo?

Su amor, su piedad y su asco la reclamaban, la inundaban y a la vez procedían de ella. Incluso ahora, mientras cerraba con los labios un cuadrado del tamaño de un sello de correos, temía que, cuando dentro de un momento se separase de ella, su repulsión desbordara la huella de sus labios.

–Tengo hambre–, repitió ella. Se incorporó con desgana. Dejó la lámpara junto a la cama y cruzó la oscuridad hasta la cocina. Después de una década sin electricidad las plantas de sus pies habían memorizado la ruta. Ocho pasos hasta el salón, un cuarto de giro, seis pasos hasta la puerta de la cocina, dos hasta el fogón. Colocó algo de leña sobre las cenizas de la noche anterior, mojó la madera blanca con una pistola de agua llena de petróleo y echó una cerilla. Preparó un cuenco de arroz y un poco de leche en polvo. El fuego le calentaba las piernas. Mientras se cocía el arroz acercó un taburete al fogón y se inclinó hacia la luz. Quería decirle a Dokka palabras de consuelo y esperaba que el fuego de la cocina las quemara y sus sentimientos salieran por la chimenea y llegaran hasta los oídos de Dokka transportados por el viento o las alas de los pájaros, pero incluso si Dokka hubiera podido oírle, él no habría sabido qué decir, así que no dijo nada.

Cuando el arroz estuvo listo lo vertió en un cuenco de cerámica y dejó la cuchara apoyada contra el borde mientras llevaba el cuenco y la taza de leche en polvo a oscuras, dos pasos, seis, un cuarto de giro. ¿Era así como se sentía un bebé en la barriga de su madre? Había traído al mundo a docenas de niños pero no podía imaginarse aquellos primeros momentos. El velo se rasgaba y de pronto todo eran colores, formas, frío, un mundo de alucinaciones.

La lámpara arrojaba un círculo de luz sobre el suelo. Entró en él con reticencia para llegar hasta Ula. Se sentó junto a ella y empezó a ponerle cucharaditas de arroz en la boca. Poco importaban allí el talento de Sonja y la experiencia de Deshi. Ninguna sabría cuidar de Ula como él. –¿Ha venido alguien a buscarme hoy?–, le preguntó. Ella negó con la cabeza. –¿Estás segura? ¿Nadie ha llamado a la puerta? ¿Nada?

–Creo que no. Estaba durmiendo.

–¿Pero te acordarías si Ramzan llamara desde la puerta, verdad?

–Ah, sí, Ramzan, qué hombre tan agradable. Siempre me pedía mi opinión–, dijo ella tomando un sorbo de leche de la taza azul. –Me parece que la leche está pasada.

Akhmed lavó los platos, se desvistió y se deslizó entre las sábanas. Los dedos de Ula buscaban los suyos bajo las mantas.

–Las cosas están empeorando, ¿verdad?

–No. Nada está empeorando.

–No me queda ya mucho tiempo, ¿verdad?

Aquellos momentos eran los peores, aquellos en que sus desorientadas series de preguntas conducían a la realidad y ya no se veía claro qué sabía y qué no. ¿De verdad creía que él había pasado el día esquilando unas ovejas vendidas, sacrificadas y consumidas hacía mucho? ¿Había olvidado ya a Havaa durmiendo a su lado, su delgado cuerpo como un destello de calor en medio de la habitación oscura? ¿O era la niña del material mismo de los sueños y la luz de la mañana lo derretiría? Un pensamiento igualmente perturbador: ¿Y si ella participaba conscientemente en aquellos engaños para tranquilizarle a él?

–A ninguno nos queda–, respondió apretándole la mano.

Cuando Ula se quedó dormida respirando profundamente, él retiró la mano de entre sus dedos y pensó en el nuevo día. ¿Cómo sería volver a tratar a un paciente? ¿Sabría hacerlo? Habían pasado seis meses desde los últimos pacientes de la clínica, pero aún recordaba sus reticencias al acompañarle a la consulta mientras se daban cuenta de que su cuerpo los había traicionado primero al enfermar y después al forzarles a confiar en un médico incompetente. A veces se preguntaba si el desprecio que sentía por sí mismo resultaría perjudicial para ellos, si una parte oscura de su corazón quería que pagaran por sus propios fracasos. Y ahora tenía que enfrentarse a Sonja, una cirujana cuya reputación había llegado incluso a Eldár. Ella le había preguntado qué hacer con un paciente que no responde, y él, en un momento de torpeza infinita, había creído que se refería a un paciente callado o que no quiere responder, pensando en el panadero mudo del pueblo que se comunicaba por medio de notas escritas.

El invierno anterior, el sistema había resultado problemático al sufrir el panadero un ataque de impotencia sobre el que la vergüenza le impedía escribir, ni siquiera a Akhmed, quien –astutamente, en su propia opinión– había solucionado el problema haciéndole rellenar un cuestionario con cien ­posibles síntomas, de entre los cuales el enfermo había señalado tan sólo uno; de esta forma había conseguido salvar los testículos del panadero así como su matrimonio y su honor. Pero Sonja no lo sabía y él, aturullado y abochornado, no había sido capaz de explicarse. Le había lanzado una mirada fulminante, sabiendo que un impostor como él no podía estar entre los diez mejores de su promoción. No le había preguntado cómo sabía su nombre, ni por qué había venido buscándola específicamente a ella. Él no tenía intención alguna de ocultarle la verdad, pero como no le había preguntado, no vio razón alguna para contarle la historia del pecho suturado con puntos de hilo dental.

Sonja se había hecho una habitación en la consulta del antiguo jefe del servicio de geriatría, al que nunca había visto pero cuyos gustos, gafas estilo años cincuenta, predominancia de tweed en el vestuario, rasgos finos, manos delicadas, le evocaban una imagen tan definida que hubiera podido identificar su cuerpo en una pila de cadáveres. El servicio de geriatría había cerrado durante la primera guerra debido a la escasez de recursos y al consenso general de que la prolongación de la vida de los ancianos era una ocupación para tiempos de paz. El director, un solterón que gastaba una buena parte de su salario en la decoración de su despacho, había sido el poseedor de la consulta más lujosamente amueblada del hospital, así que Sonja, por supuesto, no tardó en apropiársela. En el suelo había una alfombra roja de Tayikistán. Al final del escritorio, un jarrón antiguo ricamente adornado con motivos persas, bajo el cual Sonja había encontrado una foto sin fecha ni nombre de una joven con una curiosa sonrisa en los labios y el Mar Negro de fondo, un fantasma de la vida pasada del director que le había sobrevivido. Se había pasado media vida enamorado de una mujer a la que no había vuelto a ver desde los veintiún años, cuando su padre la había casado con un ucraniano por miedo al escándalo; la mujer era su medio hermana y su amor por ella le había causado tal confusión, que sólo había conseguido expresarlo mediante el amor por los ancianos, incoherentes y perdidos. El escritorio estaba arrinconado contra la pared y sobre él había una última nómina que aún esperaba la firma del director. La cama de Sonja consistía en seis colchones apilados en dos montones de tres sobre los que, después de que Akhmed se fuera a casa, ella encontró a la niña cubierta de arriba abajo de guantes de látex.

–¿Qué has hecho?–, le preguntó. Era algo digno de ver. Se había grapado guantes de látex de color crema por el jersey, por los pantalones, se los había puesto en los pies e incluso llevaba uno en la cabeza como si fuera una especie de cresta con cinco dedos. –Repito, ¿qué has hecho?

–¿Ves?–, preguntó la niña poniéndose de pie. ¿Ver? ¿Qué había que ver? No creía necesitar más razones para renunciar a tener niños, pero allí tenía otra: hablan con acertijos. –Lo que veo es un desperdicio innecesario de material médico que me encantaría no estar viendo.

–¿Ves lo que soy?–, preguntó la niña.

–¿Un incordio?

–No, una anémona marina.

La niña empezó a girar sobre sí misma. Al parecer esperaba que los guantes se inflaran y se extendieran como tentáculos, pero aquellos guantes ni siquiera se abrían cuando Sonja intentaba meter la mano en uno de ellos, de modo que le colgaban blandamente sobre el pecho, los brazos y las piernas. Era todo tan triste que Sonja no pudo mostrar el enfado que aquel derroche merecía.

–Las anémonas marinas no hablan. Cámbiate de ropa–. Sonja señaló con la cabeza a la maleta azul, de pie junto a los colchones donde la había dejado seis horas antes.

–No. Esa es mi maleta de por si acaso.

–¿Por si acaso qué?

–Por si acaso hay una emergencia. Así tendré todas las cosas importantes.

–Ya ha habido una emergencia–, dijo Sonja con un suspiro. Aquella cría era más espesa que un bloque de queso viejo. –Por eso estás aquí.

–A lo mejor hay otra.

–Vamos a hacer un trato–, dijo Sonja frotándose los ojos. –Tú te quitas ese disfraz ridículo y te cambias de ropa, y yo no te mando a dormir al aparcamiento.

La niña, que la noche anterior había sido testigo del secuestro de su padre, tenía miedo de muchas cosas, pero aquella doctora exhausta y malhumorada no era una de ellas. Bajó la vista hasta los guantes marchitos de su disfraz. A su padre le habría encantado la actuación, la habría cogido en brazos y le habría dicho que era su anémona marina favorita. Su aprobación despertaba una chispa de magia en el día más oscuro y le proporcionaba la confianza y la seguridad que en otras circunstancias le faltaba. Sin él y sin confianza ni seguridad, se sintió pequeña y desamparada, y de pronto la posibilidad de pasar la noche en el aparcamiento le sonó muy real. –Vale, me cambio–, le dijo a Sonja con un derrotado movimiento de hombros. –Pero sólo si no tengo que deshacer la maleta.

–Insisto en que no lo hagas–, replicó Sonja dándose la vuelta mientras la niña se quitaba la ropa. –Mi mayor deseo es que tú y tu maleta hayáis desaparecido de mi vista por la mañana. ¿Qué es eso tan importante que no quieres sacar de la maleta?

–Mi ropa y mis souvenirs.

–¿Souvenirs? ¿Dónde has estado tú?

–En ningún sitio–. Aquella era la primera noche que pasaba fuera del pueblo. –Son los souvenirs de la gente que se ha quedado a dormir en mi casa.

Cuando la niña terminó de cambiarse Sonja le dijo,

–tienes una huella sucia en la mejilla. En esa no, en la otra.

No, eso no es la mejilla, es la frente–. Se pasó la lengua por la yema del pulgar y borró la huella de carbón. –Tienes la cara sucísima. En un hospital hay que estar limpio.

–A mí no me parece muy limpio untarle a alguien saliva por toda la cara–, dijo Havaa con tono desafiante. Sonja sonrió. Quizá la niña no fuera tan espesa como había supuesto.

Cenaron en el comedor que había al final de la planta de trauma donde Sonja hizo ostentación de la tecnología más avanzada de todo el Hospital nº 6, una máquina de hielo industrial que consumía la mayor parte de la energía producida por el generador, pero a cambio proporcionaba agua filtrada. La niña estaba más interesada en la imagen invertida de su rostro en la parte de atrás de la cuchara. –Estamos en diciembre–, dijo –El mundo entero es una máquina de hielo.

–Te veo muy pragmática ahora.

La niña le hizo una mueca a la cuchara. –¿Los dedos pueden volver a crecer?–, preguntó poniendo la cuchara sobre la mesa.

–No. ¿Por qué lo preguntas?

La niña pensó en los dedos perdidos de su padre. –No sé.

–¿Cómo es que conoces el aspecto de una anémona marina? El mar más cercano está a varios países de aquí.

–Me lo ha dicho mi padre. Es arbolista. Lo sabe todo sobre los árboles. Yo todavía soy sólo minimalista.

–¿Sabes qué significa eso?

Havaa, que esperaba la pregunta, asintió. –Es una forma amable de decir que no tienes nada.

–¿Te lo ha dicho tu padre?

De nuevo asintió mirando la cuchara que reflejaba su imagen invertida. Su padre era tan listo como el diccionario que tenía encima de la mesa. Todas las palabras que conocía venían de él. Nadie podía quitarle lo que le había enseñado, lo cual hacía que las palabras que le había obligado a memorizar, recitar y definir tuvieran por primera vez una importancia enorme. –Me lo ha enseñado todo sobre minimalistas y arbolistas y biologistas y cientifistas y economistas y comunistas y obstruccionistas y terroristas y yihadistas.

Yo le enseñé cosas de los marino-anemonistas.

–Parece que sabes un montón de palabras importantes.

–Es muy importante saber palabras importantes–.

La niña repetía la máxima de su padre. –Una vez que te metes algo en la cabeza ya nadie puede quitártelo.

–Hablas como una auténtica solipsista.

–No quiero aprender palabras nuevas de ti.

Sonja metió los platos en una palangana de agua tibia. Detrás, la niña guardaba silencio. –Así que tu padre es arbolista–, dijo mientras frotaba las cucharas con un estropajo gris. No era una afirmación ni una pregunta sino más bien un puente en el silencio. La niña no respondió.

Cuando volvieron a la consulta de geriatría le regaló a la niña una Barbie rubia de la sección de objetos perdidos. Había pertenecido a la hija de un católico devoto de Varsovia que creía en la existencia de una conspiración de fabricantes de juguetes para convertir a su hija de diez años al paganismo, de modo que había acabado por empaquetar todos sus juguetes, excepto las figuritas del portal de Belén y, embargado por el espíritu de la caridad cristiana, los había enviado a un país de infieles donde no podrían corromper el alma de los niños porque ya estaban condenados de todas formas. La muñeca, vestida con un traje de noche y adornada con una tiara, parecía sorprendentemente dichosa a pesar de su demacrada figura. La niña inspeccionó la muñeca, desconfiada ante esa visión de la humanidad.

–¿Por qué sonríe?–, preguntó la niña.

–Seguramente ha encontrado esa tiara por el suelo y planea venderla para comprarse un billete a Londres.

–O a lo mejor es porque ha matado a un ruso.

Sonja se rió. –Claro, a lo mejor. Podría ser una shahidka.

–Sí, es una Viuda Negra–, dijo la niña complacida con la interpretación. –Se coló en un teatro en Moscú y cogió a todo el mundo de rehén. Por eso lleva un vestido y joyas.

–¿Y dónde están los rehenes? No los veo. ¿Por qué iba a estar sonriendo si no?

La niña fijó la mirada en los dientes antinaturalmente blancos de la muñeca. –A lo mejor se muere de hambre y se acaba de comer un pastelito.

–¿Qué tal una galleta?– se le ocurrió a Sonja de pronto.

–Probablemente sonreiría si se comiera una galleta.

–¿Y tú?

La sombra de la cabeza de la niña todavía se movía de arriba a abajo cuando Sonja sacó del cajón superior izquierdo de la mesa una barra energética con sabor a chocolate pensada para corredores de maratón. Eran la última moda en los envíos de ayuda humanitaria. La niña masticó la densa pasta e hizo una mueca. –¿Qué es esto?

–Una galleta.

Traicionada, negó con la cabeza con los ojos muy abiertos. –Esto no es una galleta.

–Es como una galleta. Tiene sabor a galleta.

–¿Cómo puede algo tener sabor a galleta pero no ser una galleta?

–Hay científicos y doctores que saben hacer que una comida sepa a otra.

–¿Tú sabes hacer eso?

Ojalá pudiera. –No soy de ese tipo de doctores.

La niña probó otro bocado y luego dobló el envoltorio alrededor del resto y lo metió debajo de la almohada.

–No está tan malo–, dijo Sonja molesta por el delicado paladar de la niña.

–Lo voy a guardar.

–¿Por qué?

–Por si acaso.

La niña se removía entre las sábanas pero aún así se quedó dormida antes. Sonja cerraba los ojos con fuerza y apretaba la cara contra la almohada pero no conseguía obligarse a dormir. Sólo sabía dormir sola; desde su regreso de Londres hacía ocho años sus amoríos esporádicos nunca habían sido lo suficientemente serios como para quedarse a dormir. Suspiró. Cuando Deshi la había despertado aquella mañana nunca habría imaginado que el día terminaría con ella intentando dormir al lado de aquella cosa extraña.

A pesar de todo, la ayuda de Akhmed le venía bien. Necesitaba otro par de manos, por muy temblorosas e inexpertas que fueran. No pensaba admitírselo a él. Tenía que endurecerlo, tenía que enseñarle que salvar una vida y cuidar una vida son procesos diferentes, y que para tener éxito en el primero uno debe deshacerse de la empatía necesaria para el segundo.

Las mantas transmitían la forma de la niña, la marca que dejaba en el colchón, el suave calor que emanaba de su piel. Sonja no la quería allí, no podía imaginarse qué había visto o qué no había visto, qué sabía o qué ignoraba, que la había puesto en el punto de mira de los federales. En algún lugar un coronel daba vueltas en la cama y quería encontrar a Havaa tanto como Sonja quería perderla de vista. Estaba dispuesta a cambiar tranquilamente a la niña por Natasha, o por sus padres, o por un billete a Londres, o por una noche de sueño decente. Havaa había perdido a su padre y ella a su hermana, y aunque la experiencia compartida podía conducirlas a sentir compasión la una por la otra, Sonja se sentía engañada. Aquella tarde había flotado hasta el pasillo con polillas revoloteando en el límite de su visión y la esperanza de que el desconocido trajera algún tipo de información. Natasha se había llevado su Samsonite al desaparecer el diciembre pasado. No había dejado una nota, una despedida, una explicación. Ni siquiera debajo del sofá, donde Sonja había buscado con el palo de una escoba con la vana esperanza de que el viento hubiera escondido allí el adiós de su hermana. Era como si hubiera abierto la puerta del almacén de la cuarta planta y se la hubiera tragado la tierra. Zas, y ya no estaba. No había informe de arresto, ni registro de salida en la frontera, ni cadáver y aquella falta de pruebas era ­suficiente como para que Sonja no perdiera la esperanza de que el próximo paciente que atravesara la sala de espera y entrara por las puertas batientes de la sala de trauma fuera Natasha. Pero tenía que haber algún tipo de cuota. Un límite de milagros que se le conceden a cada vida. ¿Cuántas veces puede reaparecer un ser querido?

La luz de la noche cubría a la niña de un tono verdoso. Sus mejillas suaves y limpiadas con saliva no daban pistas acerca de los sueños que poblaban su cabeza. Si llegaba a la edad adulta lo haría con doscientos seis huesos. Dos millones y medio de glándulas sudoríparas. Noventa y seis mil kilómetros de vasos sanguíneos. Cuarenta y seis cromosomas. Siete metros de intestino delgado. Seiscientos seis músculos diferentes. Cien mil millones de neuronas cerebrales. Dos riñones. Un hígado. Un corazón. Cien billones de células que morían y eran reemplazadas una y otra vez. Sin embargo, por mucho que desmembrara y cuantificara el cuerpo de la niña no podía saber cuántos años esperaría antes de casarse, si se casaba, o cuántos hijos tendría, si los tenía; entre la creación de su cuerpo y su final se extendía el misterio que la niña se pasaría la vida desentrañando. De momento, dormía.

4

Una silueta embutida en un familiar chaquetón azul marino se perfiló contra el horizonte blanco. Hasta hacía dos mañanas, Akhmed habría saludado a su amigo con la mano y se habría acercado a él para darle los buenos días. Habría caminado hasta que la sombra desapareciera del rostro de Khassan, y después un poco más para poder hablar en voz alta sin temores ni vacilaciones. Así habría sido hasta hacía dos mañanas. Estas eran sus reflexiones mientras corría hacia el bosque y se escondía detrás de un tronco gris la mitad de ancho que él. Se acuclilló detrás del árbol jadeando al aire del amanecer con la esperanza de que Khassan, que había sido francotirador en la Gran Guerra Patriótica, no le hubiera visto huir. Se sujetó la mandíbula entre las manos preguntándose si a partir de entonces su vida consistiría en escapar al bosque al más mínimo ruido.

Tres golpecitos sonaron en el tronco del abedul. –¿Hay alguien en casa?–, preguntó el anciano. Akhmed se puso de pie y miró a su alrededor avergonzado. Sus huellas conducían directamente al árbol. Khassan habría podido seguirle la pista hasta con unos prismáticos al revés.

–Hace frío para salir tan temprano–, dijo Akhmed. Mientras volvían a la carretera de servicio no se atrevía a mirar a Khassan a la cara. El cuerpo del anciano aún llenaba su chaquetón y en cada mano llevaba una pesa de dos kilos. A sus setenta y nueve años, veinte más que la esperanza de vida del ruso medio, según le gustaba señalar, Khassan todavía realizaba la rutina de ejercicios que empezó en el ejército medio siglo antes. Cincuenta sentadillas, abdominales y flexiones y una carrera de cinco kilómetros que con los años se había reducido a una caminata a paso tranquilo.

–He tenido las pelotas congeladas en Polonia, en la Alemania nazi y en Kazajistán. Se me han congelado en nueve husos horarios diferentes. Pero ahora…–. Suspiró y se miró la entrepierna con tristeza. –Ahora soy demasiado viejo y ya no las necesito, ¿qué me importa si se congelan?

Desde niño a Akhmed le fascinaban las historias de los dieciséis años de odisea de Khassan. Para alguien que ni siquiera había estado en Grozni, los viajes de Khassan eran pura leyenda. En 1941 el Ejército Rojo le dio cinco balas y la orden de coger un arma de entre los muertos. Arrancó un fusil de unos dedos congelados en Stalingrado y se abrió camino a tiros hasta Alemania a través de Ucrania y Polonia. Por el camino, tuvo que sacarse dos balas del muslo izquierdo, perdió tres amigos por hipotermia, mató a veintisiete alemanes a balazos, a cuatro a cuchillo y a tres con sus propias manos, luchó a las órdenes de cinco generales, liberó dos campos de concentración, oyó las voces de innumerables ángeles en la explosión de un proyectil de mortero y cagó en un retrete del Reichstag, momento conmemorativo de la victoria final. Después de sus años de servicio volvió a una Chechenia sin chechenos. Mientras luchaba, mataba y cagaba en nombre de la Unión Soviética, Stalin había acusado al pueblo checheno al completo de colaboración étnica con el enemigo fascista y lo había deportado a Kazajistán y Siberia. Su comandante, al que había salvado el pellejo en dos ocasiones, pasaría los siguientes treinta y ocho años de su vida trabajando de maletero en la estación de Liski, donde la imagen de las vías del tren perdiéndose en el horizonte clavadas en el sol le recordaría diariamente la desgraciada mañana en la que había tenido que embarcar a Khassan, el mejor soldado al que había tenido el honor de escupir órdenes, en dirección a Kazajistán en un tren cargado hasta los topes de médicos rusos, prisioneros de guerra alemanes, soldados del ejército polaco y judíos. Los padres de Khassan no habían sobrevivido al reasentamiento, así que cuando en 1956, tres años después de la muerte de Stalin, Kruschev autorizó la repatriación de los chechenos, Khassan desenterró sus restos, los metió en una maleta marrón y se los llevó a casa.

–Según te he oído contar–, dijo Akhmed, –no se te congelaron precisamente por falta de uso.

Khassan sonrió. –Gracias a Dios que las fronteras están cerradas. De lo contrario vete a saber cuántas frauleins me estarían buscando para que les pagase la dote.

Las nubes tenían venas de color violeta. Akhmed buscó algo que decir, una frase que los sacara del sumidero de la desaparición de Dokka. –¿Cómo va tu libro?

Khassan dio un respingo. No había sido la frase adecuada. –Lo voy a dejar–, dijo.

–¿No se escribe solo?

–La historia se escribe sola. No le hace falta mi ayuda.

–Pero es el trabajo de toda una vida.

–Como si te pasas la vida limpiando meados en un cuarto de baño. El trabajo no se vuelve trascendental porque te pases la vida haciéndolo.

Khassan llevaba cuatro décadas escribiendo y rescribiendo una investigación sobre la historia de las tierras de Chechenia en seis volúmenes, tres mil trescientas páginas en total. Akhmed era sólo un niño cuando vio las primeras páginas de la obra. Después de que el cáncer se llevara a su madre por delante, Akhmed y su padre solían cenar una vez por semana en la casa de tres habitaciones que el padre de Khassan había construido, en una época en la que se esperaba de un hombre que cultivara su propio maíz, criara sus propias ovejas y construyera su propia casa. Guardado en ocho cajas de cartón bajo el escritorio de Khassan, había un borrador parcial escrito a mano con la cuidada letra de una carta de pésame. Akhmed lo descubrió una tarde mientras su padre y Khassan estaban sentados fuera, cotilleando como viudas bajo el sol de junio. Cada tarde, mientras Khassan daba clases en la universidad de la ciudad, Akhmed se colaba en el estudio y robaba una página. La leía por la noche, después de hacer los deberes, y la cambiaba por otra al día siguiente. La historia de Khassan comenzaba en la época anterior al ser humano, cuando la flora y la fauna de Chechenia convivían en una sociedad igualitaria y sin clases. En una disertación de veinte páginas sobre la geología del Cáucaso, Khassan demostraba que las rocas y la tierra respetaban los patrones del materialismo dialéctico propuesto por Marx. Una explicación de siete páginas de la teoría de la selección natural comparaba a los kulaks con una especie que no había sido capaz de adaptarse a los cambios de su entorno. Akhmed leyó un total de setenta y tres páginas, y no había llegado más que al Neolítico cuando Khassan descubrió que faltaban algunas, para ser exactos, las tres que Akhmed había perdido, dos que había convertido en aviones de papel y una ­descripción del bosque de Eldár antes del advenimiento de la sierra mecánica, tan hermosa que se había visto obligado a quedársela. Khassan quemó la obra en la estufa de leña creyendo que el culpable había sido un chivato de la policía secreta.

–Tienes que terminarlo–, le rogó Akhmed, no muy seguro de que el anciano estuviera hablando en serio. El único Khassan que conocía era el Khassan obsesionado con escribir un libro de historia que, incluso si llegaba a publicarse, nadie leería. Un Khassan que renunciara al uso de sus piernas no le resultaría más ridículo.

–Tienes razón–, dijo Khassan. Los labios entreabiertos dejaban ver una dentadura de color aceite de cocina. El dentista de la ciudad estaba tan enamorado de los dientes de su joven clientela femenina que era incapaz de mirar dentro de la boca de un anciano más de unos segundos sin sentirse asqueado y traicionado. Jamás le había recetado hilo dental a Khassan. –Y lo siento, Akhmed. Lo de Dokka.

–¿Lo han llevado al Vertedero?

Khassan se encogió de hombros. Ambos sabían la respuesta, pero eso no lo hacía más fácil de aceptar. –No lo sé. Yo no sé nada.

–¿Puedes preguntarle a Ramzan…?– ¿Qué podía preguntarle? Ramzan no tenía respuestas; la oscuridad por la que transitaba era un tono más oscura que la de ellos dos. –¿Puedes pedirle que deje a la niña en paz? Ya no está.

–Ramzan no ha oído mi voz desde que empezó a pasar información, hace un año, once meses y tres días. Llevo la cuenta de los días de mi silencio. Es una idiotez, ya lo sé, pero el silencio es la única autoridad que me queda.

Miraron cada uno más allá del otro, hacia el bosque que se extendía a ambos lados de la carretera, avergonzados e incómodos. –Me he convertido en un apestado. Soy el padre de un chivato. Tú y mi hijo sois los únicos dispuestos a dirigirme la palabra en todo el pueblo, y con él no puedo hablar. Hace un año, once meses y tres días que las únicas conversaciones que tengo son contigo. Tú aún me hablas. ¿Por qué?

Akhmed fijó la vista en los árboles. Ignoraba la respuesta. Ignoraba que al regresar a casa aquella mañana, Khassan escribiría todo lo que recordaba de aquella conversación en un código que Ramzan no sabía descifrar, o que después lo leería sin decir una sola palabra en voz alta para que, incluso sobre el papel, su intercambio contribuyera a mantener en alto aquel telón de silencio. Sólo sabía que Khassan era su amigo, que era un hombre decente y que eso es tan raro como una nevada en mayo.

–No hace ni un momento has huido de mí–, dijo Khassan antes de que Akhmed pudiera responder. –Lo entiendo.

Mi hijo es débil y cruel. No pasa nada. Últimamente he estado pensando en la Fiesta de los Sacrificios. En los campos de reasentamiento la celebrábamos a escondidas y, a falta de un cordero, sacrificábamos un perro salvaje. Me pregunto si a Ibrahim le sudarían las palmas de las manos mientras conducía a su hijo hacia la cima del monte. ¿Le diría que iban de paseo? ¿Llevarían agua? Creo que tuvo que estar tanto tiempo contemplando el puñal, y con tal furia en la mirada, que al final su reflejo se hizo parte de la hoja. Creo que cuando desenvainó el cuchillo y reconoció en él su propia cara, una sensación de alivió debió reemplazar al horror que sentía. Estoy seguro de que supo que él mismo se había convertido en lo que tenía que hacer, tal era la importancia de la tarea, y por eso se ofreció a sí mismo, no sólo a su hijo, al filo del kinzhal.

Khassan se agachó y metió las manos desnudas en la nieve hasta los antebrazos. Las dejó allí en lo que un extraño habría interpretado como una muestra de resistencia, pero por el contrario era, como Akhmed sabía, un ritual íntimo de expiación. El prestigio de Khassan estaba destrozado más allá de lo que Akhmed podía ver, comprender, o menos aún arreglar. –Camina por los dos lados de la carretera para que nadie pueda seguir mis huellas–, le pidió Akhmed. –Estaré fuera todo el día. Asegúrate de que nadie sepa dónde voy. Hazme ese favor.

Khassan asintió con la cabeza. Sacó dos puñados de nieve y se los apretó contra los ojos. La nieve derretida le resbalaba por las muñecas. –Que Ibrahim estuviera dispuesto a sacrificar a su hijo no es difícil de entender. Su hijo era inocente. Es mucho más difícil cuando sabes lo que tu hijo te haría si sobreviviera. Cuando sabes qué pasaría si de pronto un ángel te arrebatara el cuchillo de la mano.

Falange distal, falange proximal, metatarsiano, primera cuña (medial), navicular, astrágalo, calcáneo. De camino al hospital, Akhmed recitó los huesos que forman el dedo gordo del pie y después siguió un rastro de términos latinos en dirección norte hacia el tobillo. Antes de salir esa mañana, había arrancado media docena de diagramas de su viejo manual de anatomía y los iba estudiando por la carretera, levantando la vista cada pocos segundos para comprobar que no hubiera minas. Tenía que estar listo para cualquier prueba que Sonja pudiera hacerle. El sol estaba alto en el cielo cuando llegó al hospital y el guarda, cuyo brazo izquierdo terminaba en el codo, lo detuvo.

–¿Aquí?–, preguntó irritado. –He andado casi hasta Turquía para evitar los controles.

El guarda tenía el puño de la chaqueta cosido al hombro. La fina barba que le colgaba desde el mentón parecía la cola de una ardilla que hibernara en su boca. –Sácate las esquirlas de cristal de la suela de las botas– le ordenó.

–No te preocupes–, dijo Akhmed. –Soy el médico.

–No, el médico es Sonja–, le corrigió el guarda. –Tú eres el idiota con esquirlas de cristal en las suelas de las botas. Ahora te sientas en ese banco y con aquellos alicates te las sacas todas si quieres entrar en el hospital.

No había manera de caminar por la ciudad sin llenarse las suelas de los zapatos de trozos de cristal, y el guarda, aunque había luchado con los rebeldes durante dieciocho arduos meses y había presenciado y tomado parte en todo tipo de atrocidades, tenía miedo de Sonja y de lo que haría si encontraba cristales por los pasillos del hospital. Observó cómo Akhmed se arrancaba un total de catorce fragmentos y los depositaba en un cenicero.

Akhmed suspiró abatido. Su primer día como médico de hospital no empezaba muy bien. –Dime una cosa–, le preguntó al guarda señalando con la cabeza al brazo ausente, –¿te pagan la mitad del sueldo?

El guarda no había recibido una nómina en sus treinta y un años de vida y, de haberlo hecho, no habría sabido qué hacer con ella. Dentro de tres años, cuando el hospital comenzara a emitir nóminas de nuevo, empezando por un enorme cheque por el valor de nueve años de sueldos atrasados, el guarda pondría el suyo en un marco y lo colgaría en la pared de su casa sin cobrarlo siquiera. Durante el resto de su vida no volvería a confiar en los números que la gente escribe en los papeles. –A mí deberían pagarme más que a ti–, dijo sonriendo, –hasta yo sé que lo primero que hay que hacer con un paciente que no responde no es precisamente pasarle un cuestionario.

A Akhmed no se le había quitado aún el rubor de la cara cuando cruzó las puertas del hospital. La cabeza de Havaa chocó contra su estómago como una bala de cañón.

–¡Has vuelto!–, exclamó sin aliento por la carrera a través de la sala. Él le pasó los dedos por el pelo. El cabello de la niña y el dorso de su mano eran del mismo color almendra. Había estado tan ocupado con la nomenclatura latina que se había olvidado de ella y su respiración se ralentizó mientras la niña apretaba el torniquete de sus brazos alrededor de la cintura. Ella no le había olvidado ni un momento.

–Claro que he vuelto. ¿Dónde iba a ir?

–¿Él ha…?–, la niña dejó la frase en el aire. Akhmed le apretó el hombro tratando de consolarla.

–Nos quedaremos un poco más de tiempo, ¿vale?

–Supongo–, respondió. Aflojó el abrazo y se apartó de él mientras el entusiasmo anterior se le esfumaba de la cara.

La maleta azul estaba al lado de la silla plegable en la que había estado sentada.

–¿Planeas ir a algún sitio?

–Por si nos íbamos a casa–. Akhmed le apretó el hombro de nuevo pero el gesto era inútil y superficial y más bien reafirmaba la impotencia que la niña parecía producirle.

–¿Qué tal la noche?–, le preguntó intentando alegrarla, –¿se convirtió Sonja en un murciélago al caer el sol?

Ella negó con la cabeza.

–¿Seguro?

–Sí–, dijo Havaa en un susurro. –Se puso en plan aburrido. No paraba de hablar de su máquina de hielo. Y además me llamó solipsista.

Akhmed la siguió por la sala de espera hasta una zona de sillas plegables con la pintura resquebrajada y se sentó a su lado. Ella levantó la maleta del suelo, se la colocó en el regazo y le pasó los brazos alrededor. –¿Quieres que te lleve eso a tu cuarto?– le preguntó. Ella rechazó el ofrecimiento con una sola, lenta y abatida sacudida de la cabeza, puso la maleta de lado y la abrazó. –¿Sabes lo que podrías hacer?–, le preguntó de pronto volviéndose hacia ella. –Podrías enseñar al guarda de la puerta a hacer malabares.

–Pero si sólo tiene un brazo.

–Pero tiene muchas ganas de aprender. Lo del brazo le da vergüenza, por eso al principio dirá que no. Tienes que insistir.

–Ser insistente se me da muy bien.

–Ah, ¿sí?

–Mi padre dice que ser insistente es una manera educada de ser irritante.

–En eso eres buena, ¿no?

La niña reconoció su considerable talento con una ligera sonrisa. Las puertas batientes de la sala de trauma se abrieron dando paso a Sonja, y la sonrisa en la que Akhmed llevaba un rato trabajando se marchitó completamente. A cada paso que daba crujía su inmaculada bata de quirófano. En sus ojos había una red de venitas de color rosa. –Llega tarde–, le espetó, sin darse cuenta de la importante labor que Akhmed estaba llevando a cabo con Havaa allí, en las sillas de la sala de espera.

Le hizo a Havaa un gesto con las cejas y siguió a Sonja por un pasillo revestido de un intenso olor a amoníaco. Entraron en el comedor de empleados, donde la famosa máquina de hielo ronroneaba en una esquina. Había sábanas y toallas puestas a secar en cuerdas e instrumentos plateados metidos en agua hirviendo. Las ventanas estaban cubiertas con cinta americana y la luz de emergencia arrojaba un deprimente halo azul sobre las paredes. Akhmed había creído que incluso en tiempos de guerra el Hospital nº 6 sería un lugar con algo más de glamour.

–¿Fue todo bien con Havaa anoche?

Sonja le respondió sin volverse mientras comprobaba si las sábanas estaban secas. –Digamos que no tiene mucha experiencia como huésped–, dijo. Le pasó unas cuantas batas del tendedero. Aún estaban húmedas.

–¿Y la bata que usé ayer?–, preguntó. –La dejé en un armario en el pasillo.

–No puede usarla hoy. Tiene que estar limpia. Y es igualmente importante que esté blanca.

–¿Por qué blanca?

Sonja se apoyó contra la pared y metió las manos en los cavernosos bolsillos de sus pantalones de quirófano. Él se concentró en su cara como si fuera a pintarle un retrato, toda la atención puesta en los ángulos, detalles y volúmenes de sus facciones. Lo que fuera con tal de no tener que enfrentarse a sus ojos.

–Nuestra apariencia es tan importante como cualquier otro aspecto de nuestro trabajo. Los pacientes tienen que creer que actuamos igual que en cualquier hospital de Omsk–,

respondió mientras sacaba un cigarro de las profundidades de sus bolsillos.

–¿Entonces la sensación de profesionalidad es más importante que la profesionalidad en sí misma?–. Por fin una idea que estaba dispuesto a respaldar.

Ella levantó la barbilla y lanzó una columna de humo hacia el techo. –Somos tres personas a cargo de un hospital que necesita una plantilla de quinientas. Necesitamos aparentar que somos unos consumados profesionales porque sólo así conseguiremos que alguien se trague que lo somos.

–Por lo tanto, ahora mismo, dado que usted está fumando y yo no, soy el más profesional de los dos, ¿no?

La risa de Sonja sonaba más agradable cuando no era a su costa. Observó con satisfacción cómo apagaba el cigarro en un charco de agua de los tendederos y arrojaba la colilla a la papelera. –Está usted caminando dos pasos por delante de su sombra.

–Respecto a eso, se me ha ocurrido que, ya que hoy es mi primer día, quizá fuera buena idea que no trabajara directamente con los pacientes aún.

–Seguramente es la mejor idea que ha tenido usted en toda su vida–, respondió ella pasándole el resto de las batas. Tardó en apartar la mirada mientras él se cambiaba.

Uno a uno, la fila de pacientes fue pasando por la sala de traumatología –un joven con una fuerte tos tuberculosa, una anciana cuyo cabello se había incendiado, dos adolescentes que se habían destrozado las caras a golpes como parte de las negociaciones sobre la propiedad de una pata de gallo de la suerte–. Akhmed daba gracias por no haber tenido que atender a ninguno. Seguro que era estupendo llevar de nuevo el estetoscopio al cuello, pero era mejor todavía andar por el comedor, donde lo peor que podía suceder era que Deshi le soltara algún improperio. Se pasó la mañana siguiéndola y asintiendo educadamente mientras ella culpaba a los rusos de varias calamidades mundanas y de algunas otras –los volcanes, el invierno, la artritis que sufría en las caderas– que caían más bien dentro de la jurisdicción divina.

–Si se pudiera, le echaríamos la culpa a los rusos hasta del estreñimiento–, dijo.

–La tienen. Ya casi no comemos fibra–. Cogió unos pantalones de color marrón de la montaña de ropa que había en el suelo y vació los bolsillos sobre el mostrador. Un papel plegado, calderilla, llaves, tarjetas de plástico, pelusas, todo acabó en la papelera menos el carnet de identidad y el dinero suelto.

–¿Había algo de valor?–, preguntó. Era el decimocuarto par de pantalones que Deshi vaciaba sobre el mostrador aquella mañana, el decimocuarto par que registraba en busca de tabaco, dinero, cualquier cosa que el dueño no hubiera usado antes de dejar este mundo. –¿Un billete de avión quizá?

–Un billete de avión–. Deshi hizo un gesto con la mano como para alejar el mismo aliento que transportaba una pregunta tan estúpida. –¿Adónde iba a ir este hombre de todas formas?

–No lo sé. A Grozni.

–¿A Grozni?–, lo miró boquiabierta. Cada sábado desde 1976 hasta finales de 1978 Deshi se había reunido con el séptimo de sus doce grandes amores, un geólogo petrolífero, en una suite del Hotel Intourist de Grozni, hasta la noche del sábado en que entró en la habitación para descubrir al geólogo ocupado con otra enfermera. Jamás perdonaría a la ciudad de Grozni por dar cobijo a semejante hombre. –¿Habla en serio este hombre?

–Nunca he ido a Grozni–, dijo Akhmed.

–Si este hombre pudiera ir a cualquier parte, ¿escogería ir a Grozni?

–Nunca he estado allí–, respondió en voz baja. En los quince años que habían pasado desde que abandonara la Facultad de Medicina, había olvidado lo grande que era el mundo más allá de su pueblo, lo pueblerina e insignificante que era su minúscula vida en comparación con prácticamente cualquier cosa. Deshi, que a juzgar por su tono de desaprobación no se conformaría con menos de una vuelta al mundo, se lo recordó inmediatamente.

–Es increíble–, dijo con un suspiro antes de darle la espalda. Inspeccionó el carnet de identidad por si pertenecía a alguien conocido y lo arrojó a una caja de zapatos en la que había varias docenas más. Era un gesto sencillo, poco más que un simple movimiento de dedos, realizado sin malicia, sin desprecio, pero con total desinterés, que sin embargo le atravesó el corazón a Akhmed como una aleta corta el agua. En aquella indiferencia veía la realidad de un mundo en el que se negaba a creer, un mundo en el que era posible descartar a un ser humano como a la pelusa del fondo de un bolsillo. Sin embargo, Deshi ya no le prestaba atención.

–Grozni–, masculló entre dientes. –Menudo médico idiota y estrecho de miras. Seguro que su remedio para la neumonía son las bayas de kalina. Y vaya gárgola que le cuelga de donde debería tener la nariz. Es tan enorme que seguro que ni se le mojan los pies en medio de un chaparrón.

Le dio la vuelta a los pantalones y los estiró sobre el mostrador. Había un bulto cosido con hilo negro que sobresalía de una de las perneras por debajo de la rodilla. Deshi cortó la costura con una hoja de afeitar y sacó unos cuantos billetes arrugados y un trozo de papel plegado. A Akhmed se le hizo un nudo en el estómago, cuando ella estiró la mano para arrojarlo a la papelera. –Espere–, dijo. Sabía lo que había escrito en aquel papel, así como sabía que el momento de cumplir cualquier última voluntad ya había pasado, pero preguntó de todas formas. –¿Qué dice esa nota?

Deshi frunció el entrecejo –Calle del 25 de Octubre ­número 901, Shali. Devuelvan mi cuerpo a mi familia. Demasiado tarde, amigo mío. Te tenías que haber cosido la nota por fuera de la ropa.

–¿Dónde está el cuerpo?

–Ya estará en las nubes. Es un sacrilegio, lo sé, pero incineran casi todos los cuerpos no reclamados. Hoy día es casi imposible encontrar una bolsa para cadáveres. Los federales las confiscan para fabricar banyas de campo cuando están de patrulla. Es la cosa más rara que he visto en mi vida. Trescientos soldados desnudos como el día en que vinieron al mundo, metidos en bolsas negras de plástico que atrapan el vapor de agua vertida sobre unas cuantas piedras puestas al fuego. Sólo a un ruso podría gustarle pasar el rato dentro de una bolsa para cadáveres.

Mientras la enfermera doblaba el papel y lo tiraba a la basura, Akhmed quería alargar la mano y atraparlo antes de que cayera y se confundiera con las últimas palabras de otras dos docenas de hombres que habían muerto lejos de sus pueblos, que habían sido arrojados a un horno por desconocidos, que habían recibido sepultura en un sudario de nube y no regresarían a casa hasta la próxima nevada. También Akhmed llevaba su dirección escrita en una tira de papel doblada y cosida a la pernera izquierda del pantalón, donde le rozaba la pierna a cada paso mientras esperaba al alma caritativa que devolviera su cuerpo si un día moría lejos de casa.

–¿Cómo se llama?–, preguntó. Aquel hombre tenía una hermana en Shali que habría entregado gustosamente su agencia de viajes, ya por entonces no más que un nombre que había gozado de prestigio tiempo atrás, a sus suegros y ­nueve décimas partes de su alma inmortal a cambio de aquella nota que ahora yacía en el fondo de la papelera, aunque sólo hubiera sido por cumplir el último deseo de aquel hermano por quien, a su pesar, tan poco había hecho en vida.

En la caja de zapatos había ocho filas de carnets de identidad. Deshi cogió uno al azar, lo sostuvo a la luz y lo devolvió con los otros. –Es uno de estos–, dijo.

Sonja pasó la tarde en el quirófano mientras Akhmed pasaba la suya en el comedor llenando cestos de mimbre con sábanas dobladas. Al principio había protestado un poco porque consideraba que aquel era un trabajo propio de una criada, pero Sonja le recordó que esa era una de las pocas tareas para las que estaba cualificado. Mientras trabajaba se imaginó a su mujer tumbada sobre una sábana grisácea, con la cabeza apoyada en su almohada favorita de las dos que tenían, la de gomaespuma rígida que a él le producía tortícolis siempre que se dormían compartiéndola. Si se sentía con fuerzas, a veces cogía uno de los libros de arte de una pila junto al cabecero de la cama. Aquellos libros de tapa dura encuadernados en tela contenían un mundo de estatuas de mármol, grabados, campos de lirios, ramos de flores, generales desaparecidos tiempo atrás y plácidos paisajes por los que se pavoneaban aristócratas con extraños sombreros. Por las noches le describía las escenas como si en realidad tuviera alguna idea de lo que estaba diciendo y se inventaba las biografías de los personajes de los retratos, un misterio para cada mirada de cada cuadro. Desde que comenzó a saltarse las clases del primer año de patología para asistir a las de pintura de naturaleza muerta siempre había sentido un creciente interés por el arte y, para un hombre que jamás había estado en Grozni, tenía una nada desdeñable colección de libros de arte. Cada mañana reordenaba los libros para que el primero que cogiera resultara nuevo para ella.

Dobló una sábana y la puso con las demás. ¿Cuándo le había cambiado las sábanas a Ula por última vez? Hacía diez días por lo menos. Ella casi nunca se apartaba de su lado de la cama, así que cuando la tumbaba en el sofá del salón y retiraba las sábanas del colchón siempre encontraba su amarillenta silueta grabada en sudor sobre la tela. Aquella huella oscura y almizcleña era tan concreta, tan irrevocablemente Ula, que a menudo se resistía a lavarla, pero al final, regañándose por su sentimentalismo, llenaba el fregadero con agua y jabón, metía dentro el contorno de su esposa y lo veía disolverse. La estaba perdiendo gradualmente. Unos cuantos pelos marrones que languidecían sobre la cama, algunas medias lunas de uñas mordidas arrojadas por detrás del cabecero, una silueta que desaparecía en agua jabonosa; igual que una red es poco más que agujeros cosidos entre sí, ellos estaban unidos por algo que ya no existía. Los platos que no preparaban ni consumían no eran más que cartulinas con recetas de cuatro o cinco ingredientes guardadas en la alacena de la cocina.

Los paseos que no daban, los bosques en verano, los matorrales por los que sus piernas no se abrían paso. Las discusiones no discutidas, nada que uno de los dos quisiera ganar o ceder. El amor no hecho, deseado, imaginado ni llorado. La enfermedad le había devuelto una inocencia que él no quería contaminar, y la calidez del cuerpo de Ula envolviendo el suyo era un fragmento de sus vidas arrancado de sus recuerdos.

Todo comenzó en la primavera de 2002, un año después de la zachistka que se había cobrado las vidas de cuarenta y un habitantes del pueblo, la mañana en que se quedó dormida y no se levantó a desayunar. –Me encuentro mal–, murmuró.

Él le hizo una taza de té y la puso sobre la mesilla de noche.

De haber sabido que aquella era la primera de los cientos de tazas que le llevaría a la cama, habría preparado un té más amargo. Le tomó la temperatura, el pulso y la presión sanguínea: todo era normal. Tenía los ojos claros y el tono de piel habitual.

No era capaz de describir sus dolores de forma coherente.

Era como si tuviera en su interior una canica que rodara del tobillo a la rodilla y de allí a la cadera y volviera a bajar. A veces todo el dolor se concentraba en los dedos de los pies. O en los de las manos. O en los riñones. O en los codos. Finalmente se asentó en algún lugar entre el pecho y el estómago aunque los lunes se pasaba a las piernas. El dolor no es causal sino sintomático, hasta él lo sabía, por lo que la única conclusión razonable era que la enfermedad estaba asentada en su mente. Sin embargo, aunque no creyera que su esposa estuviera físicamente enferma, no podía negar la realidad de su sufrimiento. El año anterior, la zachistka se había llevado por delante a un tercio del pueblo. Los ángeles descendieron. Los profetas hablaron. La verdad era sólo una de tantas alucinaciones.

Las primeras semanas se negó a recurrir al Hospital nº 6. Quizá se hubiera licenciado entre los diez últimos de su promoción pero aún así estaba cualificado para ejercer la medicina. Y además, aunque no siempre supiera lo que hacía, era un médico decente. ¿Qué diría la gente si se enteraba de que no era capaz ni de diagnosticar a su propia esposa?

Los pacientes ya rara vez le pagaban sus honorarios. Si se corría la voz de que era un inepto, se morirían de hambre. Durante un mes el estado de Ula ni se agravó ni hubo recuperación. Al final de aquella fase estática, aquel purgatorio sin evolución, se convenció finalmente de que aquella ­enfermedad excedía sus capacidades y se decidió a intentar llevar a su esposa al hospital. Tres veces intentó llegar a Volchansk en la camioneta roja de Ramzan, pero todas las carreteras que llegaban a la ciudad estaban cortadas por controles militares. Se imaginaba maneras de llegar al hospital y las dibujaba en su cuaderno. Literas, túneles, una cometa lo suficientemente grande para cargar la cama de la enferma. Tras el cuarto intento, cuando la carcasa de un proyectil reventó la rueda del vehículo de Ramzan a diez metros de la casa, abandonó la idea. ¿Qué podrían decir los médicos del hospital de todas formas? Con tantos heridos reales que atender lo más seguro era que mandaran a casa a Ula y a su enfermedad fantasma. Se le crispaban los puños sólo con pensar en ella obligada a defender la existencia de sus dolores.

Durante ocho meses y medio se ocupó de ella con devoción paternal. Sin embargo cada mañana, al colocar la taza de té sobre la mesita de noche, se preguntaba si la privación de alimentos tendría el efecto de revitalizar su mente dolorida, así que diez días antes de que Dokka perdiera los dedos, Akhmed le dejó la taza de té sobre la encimera de la cocina. A medida que pasaba el día ella lo llamaba con gritos cada vez más confusos y angustiados hasta que su nombre dejó de ser su nombre y se convirtió en una palabra que significaba la desesperación más absoluta. Incapaz de soportarlo, se quedó tres noches con la mujer y la hija de Dokka. Al cuarto día volvió a casa y se la encontró en el suelo del dormitorio.

Le estaban saliendo llagas rojas en los omoplatos. Fue entonces cuando comprendió que se pasaría el resto de su vida expiando aquellos tres días y que el resto de su vida no sería suficiente. La levantó del suelo y la metió en la cama. Le trajo un vaso de agua de la cocina y después cinco vasos más.

–Nunca más tendrás que levantarte–, le prometió. Apoyó la cabeza contra su pecho y sintió como su corazón le martilleaba la frente. –Akhmed–, repetía una y otra vez. –Akhmed–. Su nombre se había convertido en una nana.

No volvería a intentar sanar a su esposa a la fuerza.

Ella moriría. Todo moría antes o después. Sin embargo, cuando vaciaba el orinal en el jardín o le lavaba los dientes a pesar de sus protestas, aún sentía punzadas de resentimiento. Ella ya se había ido y sin embargo seguía allí, el fantasma de la esposa que la guerra le había amputado, así que, sin poder llorar su muerte o amarla en vida, la cuidaba y le guardaba rencor. Por eso el día anterior, cuando se había ofrecido a trabajar en el hospital hasta encontrarle alojamiento a Havaa, deseaba que Sonja aceptase su propuesta no sólo por la niña sino también por sí mismo. Aquella mañana, cuando dejó a Ula sola en casa con cuatro vasos de agua y un cuenco de arroz tibio sobre la mesita de noche, dio dos vueltas a la llave de la puerta y se enfrentó al frío del amanecer con la seguridad de que el futuro de Havaa era más importante que el de su esposa y anduvo los once kilómetros que le separaban del hospital con una promesa rota que tan sólo la vida de un niño podía justificar.

Cuando terminó de doblar la última sábana se agachó bajo los tendederos y abrió el armario. Sus pantalones estaban doblados en la repisa de abajo. En la costura interior de la pernera izquierda encontró un bulto familiar. Si moría lejos de casa ojalá le encontrara un alma más caritativa que Deshi.

–Mañana nos vamos a Grozni–, anunció Sonja mientras entraba a toda prisa por la puerta del comedor e inspeccionaba los bisturíes que Akhmed había hervido.

–¿Se lo ha dicho Deshi?– dijo él, incapaz de ­ocultar el pánico que surgía en su interior. –Estaba de broma.

Por supuesto que usaría el billete para ir a algún otro sitio. Tiflis. Puede que incluso Estambul.

–¿Los ha hervido durante diez minutos?

–Es una broma, ¿verdad?

Ella le apuntó con la hoja del bisturí de manera demasiado despreocupada para su gusto. –¿Lo de hervir los bisturíes durante diez minutos? En mi vida he hablado más en serio.

–No, lo de Grozni.

–¿Ha hervido o no ha hervido los bisturíes durante diez minutos?

–Sí, pero ¿vamos a ir a Grozni?

Sonja arrugó la frente. Parecía pensar que el que se estaba yendo por las ramas era él.

–Le prohíbo que haga más preguntas. Un signo de interrogación en su boca es un arma peligrosa.

–¿Entonces vamos a Grozni?

Sonja se dio por vencida y suspiró. –Sí.

–¿Por qué?

Sacó un encendedor del bolsillo. –¿Usted fuma?

–Soy un fumador excelente–. Hacía ya siete semanas de su último cigarro, y dos meses del anterior, y además, técnicamente habían sido papirosi, unos cigarros primitivos con una espiral de cartón por filtro y rellenos de un tabaco áspero que le dejaba con unas nauseas terribles para todo el día.

Quizá inspirada por su anterior despliegue de profesionalidad, Sonja esperó a que llegaran al aparcamiento antes de encender el suyo. Le pasó el paquete. Akhmed conocía el alfabeto latino pero hacía años que no lo usaba. –Duh…

–Dunhill–, dijo ella.

Seleccionó un cigarro de entre las dos rectas filas de la cajetilla y se inclinó hacia el encendedor de Sonja. La primera calada se deslizó por su garganta sin el aroma a decapante de pintura de los dos últimos cigarros que había fumado. Observó cómo la punta se consumía lentamente admirando la calidad del tabaco y de la brasa, agradablemente sorprendido de no sentirse enfermo. –¿Dónde los ha conseguido?–, preguntó.

–En Grozni.

–¿Vamos a Grozni a por tabaco?

Sonrió. –No me creo que si se encontrara un billete de avión lo usara para ir allí.

–Nunca he estado.

–Vamos por otro motivo.

–¿Qué motivo?

En la misma calle, un poco más adelante, el lateral de un edificio había aplastado todos los coches de un aparcamiento. Akhmed tenía treinta y nueve años y siempre había pensado que al llegar a esa edad tendría coche propio.

–Voy una vez al mes a por suministros–, dijo Sonja. –No se trata sólo de tabaco. Prácticamente todo lo que tenemos en el hospital viene de un hombre que conozco que tiene contactos en el exterior. También llamo por teléfono a un amigo que vive en Londres y me pone al día de lo que pasa en el mundo.

–¿Qué pasa por allí?–. Por entonces el mundo exterior no era para Akhmed más que un rumor, un espejismo que comenzaba en la frontera. Treinta y dos años antes, en el aire rancio de su colegio, construido en una manzana que lindaba con una depuradora de aguas fecales y un burdel de ­leñadores, su profesora de Geografía esperaba que se creyera que la tierra tiene la forma de una pelota de fútbol. Había sido el primero de la clase en aceptarlo, no porque tuviera el más mínimo conocimiento de la ley de la gravedad, sino porque el aire era particularmente hediondo aquella tarde y quería irse a casa. Durante el resto de su carrera, aquella profesora se enorgullecería de ser la primera persona en reconocer las aptitudes de Akhmed para la ciencia.

–El mes pasado me dijo que habían reelegido a George Bush.

–¿Quién es ese?

–El presidente norteamericano–, dijo Sonja mirando a otra parte.

–Yo creía que el presidente era Ronald McDonald.

–¿Lo dice en serio?– Allí estaba de nuevo aquella condescendencia, tan densa que se podía extender con el cuchillo de la mantequilla. Hasta conocer a Sonja, la única mujer que le había hablado así había sido su madre. Y sólo de pequeño. Y sólo cuando no se terminaba el pepino del plato.

–¿No fue Ronald McDonald el que le dijo a Gorbachov que derribara el muro?

–En realidad se refiere usted a Ronald Reagan.

–Los nombres ingleses suenan todos iguales.

–Eso fue hace quince años.

–¿Y qué? Brezhnev fue secretario general durante dieciocho.

–Allí las cosas no funcionan así–, explicó. –Cada pocos años tienen elecciones. Si el presidente no las gana, otra persona se convierte en presidente.

–Ridículo–. El viento se llevaba la ceniza del cigarro y la esparcía por el aparcamiento vacío.

–Y sólo puedes ser presidente durante diez años–, añadió.

–¿Y después qué pasa? ¿Se convierte uno en primer ministro y luego vuelve a presentarse para presidente?

–No. Creo que uno se retira y ya está.

–¿Me está diciendo que Ronald se retiró después de diez años y se acabó?–, preguntó. Tenía que estar tomándole el pelo.

–Se retiró y George Bush se convirtió en presidente.

–¿Y entonces George Bush mató a Ronald Reagan para impedir que se hiciera con el poder?

–Tampoco. Me parece que eran amigos.

–¿Amigos? Me pregunto cómo pudimos perder la Guerra Fría.

–Tiene toda la razón.

–Y entonces, ¿George Bush lleva de presidente desde que Ronald Reagan se fue?

–No. Hubo otro tipo en medio. Clinton.

–El mujeriego. A ese sí lo recuerdo–, dijo encantado. –¿Y después volvió George Bush?

–No. El George Bush que es presidente ahora es el hijo del primer George Bush.

–Ah claro, por eso no hacen matar al anterior, ¿no? Son todos parientes, como los Romanov.

–Algo así–, dijo ella distraídamente.

–Y entonces, ¿quién es Ronald McDonald?

–¿Sabe usted, Akhmed?–, dijo ella mirándole por primera vez en varios minutos, –está empezando a caerme bien.

–No soy idiota.

–Lo ha dicho usted, no yo.

Sonó una explosión por el este, una larga ola rompiendo a través del cielo.

–Una mina–, dijo ella como si no fuera más que una simple tos. –Más vale que nos vayamos.

Akhmed tiró el cigarrillo sin terminarlo. Era la primera vez que hacía algo así en seis años. Tuvo cuidado de no pisar las esquirlas de cristal mientras la seguía hacia la entrada del hospital.

–Cósase los bolsillos de los pantalones mañana antes de venir–, le aconsejó. –Pasaremos una docena de controles y con esa barba parece un fundamentalista. No quiero que los soldados le metan algo en los bolsillos.

Akhmed miró las nubes antes de entrar al pasillo. Si hubiera tenido el billete de avión habría dado igual. Hacía diez años y medio que no veía un avión comercial cruzando el cielo.

El hombre al que arrastraron a la sala de espera no era la primera víctima de una mina terrestre que Akhmed veía, ni el primero que veía llegar acompañado por una mujer incomprensible, ni siquiera el primero que veía llegar arrastrado sobre una lona que dejaba tras de sí un reguero sanguinolento; no era la primera persona a la que Akhmed veía retorcerse como un fideo solitario en un cazo de agua hirviendo, ni el primero que veía con la mitad de la pierna colgando de un trozo de tendón. Sin embargo, cuando lo vio fue como si viera al primer hombre por vez primera: no podía pensar, no podía moverse, sólo podía quedarse allí de pie en shock mientras el aire que ocupaba el espacio donde debía estar la pierna del hombre llenaba la habitación y el suelo y se le metía por la boca abierta. La mujer que tiraba de una esquina de la lona hablaba un idioma de gritos y jadeos y lo miraba como si pudiera entenderla. La voz le salía del pecho a un volumen altísimo. El color de su ropa no se distinguía debido a la sangre. Cuando por fin recordó cómo utilizar sus pies, pasó por delante de la mujer y del hombre, que seguía retorciéndose en la lona, fue hasta la silla de la esquina y le echó a Havaa una bata de laboratorio por encima de la cabeza.

Tomarle el pulso con los dedos al herido fue un empeño caótico. La mujer hacía una pregunta detrás de otra.

Su vestido dejaba ver las curvas de sus piernas. Le respiraba en la mejilla izquierda. Una arteria estaba seccionada. Tenía la cara de color amarillo pálido. Llegó Sonja. Le aplicó un torniquete por debajo de la rodilla. Lo subió a una camilla y salió disparada por la sala. La camilla entró en el quirófano y Deshi comenzó a tomarle la presión arterial. –Sesenta sobre cuarenta–, anunció. El tensiómetro estaba sujeto con velcro al brazo del hombre. La pera colgaba sobre la rueda de la camilla. La herida goteaba suero fisiológico.

Con movimientos rápidos y expertos Sonja le puso al herido una vía de glucosa y otra de Polyglukin en el brazo. Sacó de la vitrina una sierra quirúrgica y desinfectó la hoja mientras Deshi gritaba los niveles de presión arterial. Cuando estaba en setenta sobre cincuenta le puso una inyección de lidocaína por encima del torniquete. Deshi se adelantaba a sus órdenes, así que las grapas que él había desinfectado antes estaban a su alcance antes de que las pidiera. Operaba sin mirar a la cara del paciente ni prestar atención a sus gritos, como si el hombre se redujera a la peor de sus heridas. Aunque le llegaba la sangre a los codos, su bata seguía de un blanco inmaculado. El hombre, pues resultaba fácil olvidar que se trataba de un hombre al ver cómo le chorreaban las entrañas por la herida, se había licenciado en la Facultad de Arquitectura y al caer las primeras bombas de la guerra estaba buscando empleo. Cuando la mina le arrancó la pierna ya llevaba nueve años intentando conseguir su primer proyecto. Pasarían seis años y nueve meses más antes de que lo consiguiera, a la edad de treinta y ocho años. Con tan sólo el veinte por ciento de la ciudad aún en pie, nunca más le faltaría trabajo.

–Venga aquí–, dijo Sonja. Akhmed se miró por encima del hombro como si invocara a un fantasma más cualificado en la pared de color beige Brezhnev. –Akhmed, venga aquí–, repitió. Consiguió dar un paso al frente apretando los dedos de los pies dentro de las botas. Un paso y después el siguiente. Sentía una enorme gratitud por cada paso que daba. La piel había desaparecido hasta la rodilla. El músculo de la pantorrilla había volado. El hueso no era más ancho que la pata de una silla.

Le hizo un gesto con el bisturí. –En los casos de amputación por debajo de la rodilla debe tener en cuenta que las prótesis se ajustan con dificultad a los muñones que están cerca de la articulación. Los muñones alargados también se ajustan mal y además producen problemas de circulación.

Lo primero que tiene que hacer es una incisión en boca de pez por encima del punto de amputación. Es necesario dejar un pliegue posterior lo suficientemente largo como para cubrir el almohadillado del muñón y para asegurar que no haya tensión en el cierre cuando haga la sutura–. Le describió cómo aislar los compartimentos musculares anterior, lateral y posterior en disección. Le mostró cómo había ligado las venas tibiales, peroneas y safenas y le hizo notar cómo la presión arterial siempre se incrementa después de cerrar la arteria fibular. Para reducir el síndrome del ­miembro ­fantasma, realizó un corte transversal del nervio sural y lo dejó retraerse hacia el tejido blando. Con un bisturí limpio cortó el periostio. Daba instrucciones con el tono neutro y aburrido de un carpintero que enseñara a un niño a medir y cortar madera mientras Akhmed la oía sin escuchar. Todas aquellas palabras en latín y la jerga quirúrgica no mitigaban la impotencia que sentía al observar como terminaba el trabajo que la mina había comenzado.

–Las amputaciones de piernas son un asunto de rutina en este hospital–, dijo mientras le pasaba la sierra. Él la cogió y se preparó para devolvérsela en cualquier momento. Ella lo miró y le hizo un gesto en dirección a la pierna. No podía ser en serio. Era imposible que le estuviera ordenando hacer aquello cuando ni siquiera confiaba en que supiera doblar sábanas correctamente. –Debe usted familiarizarse con el procedimiento lo más rápidamente posible.

Miró la cuchilla y luego el hueso. Tenía un desconcertante color gris rojizo; hubiera esperado que fuera blanco.

A los seis años había descubierto que los palitos de los que sorbía la grasa estaban hechos en principio de la misma materia que los huesos que le permitían caminar, correr y ganar partidos de fútbol después del colegio. Después de semejante iluminación se había negado a comer carne durante dos años, tan grande e implacable era el temor de que algún carnívoro mayor que él le devorara el muslo en represalia. –No estoy cualificado para hacer esto–, dijo entre tartamudeos.

–Un trato es un trato–, dijo ella con tranquilidad.

Le cogió la mano con más compasión que en los dos días anteriores juntos, pero rápidamente la compasión desapareció dando paso a un frío pragmatismo. Los dedos de Sonja envolvieron los suyos alrededor del mango acolchado de la sierra. –A esto nos dedicamos. Esto es lo que significa trabajar aquí.

Le temblaban las manos, pero las de Sonja las afianzaban. La última cirugía que había practicado en una pierna había sido a un niño llamado Akim después de la zachistka. Había hecho todo lo que había podido, pero no era culpable de la falta de suministros y de experiencia, de la falta de sangre en el cuerpo del niño y la abundancia de la misma que empapaba el suelo, de la bala que no había disparado o de aquella guerra en la que no tenía arte ni parte. Si alguien se hubiera molestado en pedir su opinión, él habría respondido gustoso que en términos generales las guerras son malas y deben evitarse en todo lo posible; se habría manifestado en contra de ellas, porque además, de haber sabido que no sólo una guerra, sino dos se le venían encima, habría abandonado la Facultad de Medicina el primer año, se habría matriculado en la Escuela de Arte y habría mandado al infierno su reputación; de haber sabido que una dominante doctora rusa de corazón de hielo le ordenaría un día cortarle la pierna a un pobre hombre, habría sacrificado su breve fama en el pueblo y se habría dedicado al estudio del retrato de bodegones, del paisaje al óleo, la escultura y la cerámica; cualquier cosa que le alejara de la pierna de aquel tipo.

–Hoy tenemos sólo una amputación pero ¿qué pasará la próxima vez? Pueden ser cinco, pueden ser diez.

Suspiró. El sudor le pegaba la máscara quirúrgica a las mejillas. Sonja empujó su mano hacia delante. La hoja de la sierra rechinó contra el hueso. La vibración de cada serrada se transmitía de la hoja al mango y de allí a su mano y después a sus propios huesos. Aquel hueso recibía el nombre de tibia y estaba conectado al peroné y a la rótula. Había estudiado esos nombres aquella misma mañana pero sus conocimientos no servían de nada a la hora de utilizar la sierra.

–Apriete más fuerte–, le indicó mientras le sujetaba el hueso. –No se trata de una operación delicada.

Cuando iba por la mitad del hueso, la hoja se tiñó inesperadamente de rojo debido a la médula ósea. Él dejó de serrar.

–¿Qué sucede?–, preguntó Sonja.

Akhmed podía haber respondido a aquella pregunta de varias formas distintas, sin embargo se limitó a sacudir la cabeza y siguió serrando. –No sabía que la médula humana fuera roja. Pensaba que sería dorada, como el tuétano de vaca.

–La médula de un hueso vivo está llena de glóbulos rojos. Si salpimentáramos este hueso y lo pusiéramos a cocer se volvería dorado en unos quince minutos–, dijo ella.

Le dieron ganas de vomitar.

–Buen trabajo–, dijo ella cuando terminó con la tibia. –Un hueso más y se acabó.

Colocó la sierra sobre el peroné y sus golpes de sierra, rápidos y fuertes, levantaron un fino polvo de hueso que flotaba hacia su cara atraído por su aliento y finalmente se disolvía en la máscara quirúrgica empapada de sudor. Por el rabillo del ojo notaba la mirada maliciosa de los ojos oscuros de Sonja mientras serraba más rápido y con más fuerza para que ella viera en él algo más que desamparo y para rematar el trabajo antes de desmayarse. Una docena de serradas más tarde lo que quedaba del pie cayó sobre la mesa de operaciones. Lo cogió por el tobillo y, sin pensárselo dos veces, le dio la vuelta. Contó seis esquirlas de cristal brillando en lo que quedaba de suela del zapato mientras se le empapaban los dedos de sangre y médula.

–Deje eso por aquí–, dijo ella. –Lo envolveremos en un plástico y se lo entregaremos a la familia para que le den sepultura–. A continuación le enseñó a redondear la parte amputada y a hacer el almohadillado con músculo. Cubrió el muñón almohadillado con el pliegue posterior, cortó la piel sobrante y realizó la sutura con hilo quirúrgico negro.

Cuando terminaron, Akhmed se quitó los guantes de látex y se masajeó la palma de la mano enrojecida. El mango de la sierra le había hecho una rozadura entre el pulgar y el índice. Sonja sonrió al verla y cuando levantó su mano derecha, Akhmed deseó estar en la cama con Ula, donde podría cubrir sus cabezas con una manta y, en la humedad de sus rancios alientos, abrazar a la única persona en el mundo que le tenía por una persona fuerte, capaz y cualificada.

La palma de Sonja estaba llena de callos.

5

Khassan Geshilov terminó el primer borrador de su historia de Chechenia el único día de enero de 1963 que no nevó.

El manuscrito tenía 3 302 páginas. Cuando lo envió a la editorial municipal de Volchansk le indicaron que tenía que enviarlo a la editorial estatal de Grozni y cuando lo envió a la editorial estatal de Grozni le indicaron que tenía que enviarlo a la editorial nacional de Moscú; cuando lo envió allí le dijeron que tenía que entregar tres copias mecanografiadas. Miró sus pobres, maltrechos dedos y se le saltaron las lágrimas. Sin embargo adquirió el papel, los carretes de cinta mecanográfica, los sellos y los cigarrillos que una tarea tan monumentalmente monótona como aquella requería, y dieciocho meses después recibió una llamada de teléfono del editor jefe de la sección de Historia, Kirill Kaputzh.

–Vamos a lanzar una apasionante nueva colección llamada Prehistorias de las Repúblicas Soviéticas Autónomas y nos gustaría publicar su obra como título de cabecera–, dijo Kirill Ivanovich. A pesar de la sorpresa y el asombro, Khassan preguntó al editor qué entendía por prehistoria, ya que el libro que él había escrito terminaba en 1962. –La Prehistoria–, le aclaró Kirill Ivanovich, –es el período anterior a la presencia cultural y política del Estado ruso.

–En el caso de Chechenia estaríamos hablando de 1547.

–Ciertamente.

–Pero eso es sólo el primer capítulo de mi libro.

–Camarada Geshilov, sin duda le embarga la emoción. Eso es todo su libro.

–No, eso son sólo las primeras doscientas veintiocho páginas. Después vienen unas tres mil más–, insistió Khassan. Nunca habría pensado que el gozo de ser publicado y la deses­peración de ser mal publicado pudieran venir juntos como los dos cabos del cordón de un zapato.

–Sí, la alegría y la emoción le confunden, es seguro. Vaya a celebrar su gran logro, camarada Geshilov. Le felicito y le envío mis mejores deseos. No todo el mundo tiene la oportunidad de publicar un libro de doscientas veintiocho páginas.

Así, al año siguiente Los orígenes de la civilización chechena: de la Prehistoria a la caída del Imperio Mongol salió a la luz pública sin gran algarabía. El único artículo que se escribió sobre la obra, redactado por uno de sus alumnos y publicado en la revista de la universidad, decía que era “más interesante que el libro de referencia habitual”. A nadie le apetecía leer monografías sobre la era prerusa, razón por la cual Moscú estaba muy interesado en publicar tal tipo de obras. Para cuando Khassan consiguió convertir las tres mil páginas restantes en una especie de manual complementario gigante –quemando un borrador parcial al descubrir que faltaban ciertas páginas–, Kruschev había sido depuesto.

En respuesta a estos turbios vaivenes políticos, Kirill Ivanovich Kaputzh, retrocediendo a la seguridad del pasado, decidió limitarse a publicar investigaciones sobre la geología anterior a la aparición del hombre. Fueron días emocionantes para sus colegas geocientíficos.

Entonces Brezhnev se hizo con el timón y capitaneó la nave del país con el corazón de explorador de un conductor de autobuses urbanos. Cada año el editor se acercaba más y más a los inicios de la historia humana; permitió la publicación de algunas obras sobre los sumerios y de allí pasó al Antiguo Egipto, de modo que para 1972, año en que nació Ramzan, ya se publicaban volúmenes sobre el período helenístico. Viendo que la frontera de 1547 estaba a la vuelta de la década, Khassan llevó a cabo una revisión de su obra a la que tituló Cultura y civilización chechenas bajo el patronazgo ruso. Tomó una actitud contemporizadora que le permitía justificar unos hechos y encubrir otros, pero sin olvidar en ningún momento los cuatro siglos de expoliación rusa, creyendo de principio a fin que iba a ser capaz de colarles tres mil páginas de subtexto a censores tan sensibles a las insinuaciones que eran capaces de expurgar unos cuantos nubarrones del pronóstico meteorológico del Primero de Mayo. Bien arropado en su cuna y con un gorrito en la cabeza, Ramzan dormitaba mientras Khassan escribía. Nunca se sentiría más cerca de su hijo que aquellos días en que los sonidos del sueño de Ramzan acompañaban a los del lápiz sobre el papel y, con una mano en el texto y la otra en la cuna, Khassan era el hilo que conectaba las dos mitades de su legado. Mucho después, habría de recordar la época en que su hijo y él podían pasar un día entero en la misma habitación sin que su silencio tuviera connotación alguna.

En 1974 Kirill Ivanovich aceptó provisionalmente la publicación del libro, estipulando un recorte de dos mil páginas, antes de que lo despidieran y lo encarcelaran brevemente por ser excesivamente conservador en su línea editorial, excesivamente franco en sus opiniones y excesivamente polaco. Ocho meses después, a unos cuatro mil kilómetros al este de Polonia, durante su condena a trabajos forzados, Kirill Ivanovich hallaría los restos de un asentamiento antiguo mientras cavaba los cimientos de una letrina carcelaria y recordaría a su ayudante, el joven por el que sentía un doloroso amor que ni el tiempo ni la cautividad habían conseguido mitigar y al que había hecho leer en voz alta algunos pasajes de la historia de la civilización antigua de Khassan Geshilov que aún guardaba intactos en su memoria como si fueran recipientes que contuvieran y conservaran su hermosa voz. El sucesor de Kirill Ivanovich, un editor cuya nariz aguileña apuntaba en la dirección de los vientos políticos dominantes, decidió que el libro necesitaba una revisión más radical para ajustarse al tedio de la época. Así comenzó una década de reescritura que reflejaba el deterioro del imperio de Brezhnev. El nuevo editor señaló que la obra de Khassan no necesitaba mayor concisión –en todo caso mayor extensión, así los reseñistas obviarían sus deficiencias tomándolas como un exceso de ambición–, de modo que Khassan tuvo que volver a revestir los capítulos que había desnudado bajo el criterio de Kirill Ivanovich. Escribió fragmentos sobre las técnicas de trilla del siglo XIX y la historia de la meteorología en Chechenia. El nuevo editor respondía con sugerencias tan vagas e inconsecuentes que tardaba semanas en encontrarles una interpretación políticamente segura. Reescribir el capítulo doce como si el narrador no fuera un individuo sino un pueblo, decía una carta. Si escribe sobre la patria sus palabras deberán apuntar al cielo, rezaba otra.

Ya no escribía en compañía de su hijo. Ramzan había aprendido a hablar, aunque Khassan deseaba que no lo hubiera hecho. El niño usaba la voz como si de un mazo de goma se tratara; la única pregunta que salía de su boca era ¿puedo…?, nunca qué o cómo o por qué. Ramzan no era listo, amable ni imaginativo, ni siquiera demasiado obediente o cruel o aburrido, de modo que Khassan fue construyendo su aversión por él sobre el vacío de lo que su hijo no era.

En las crónicas de épocas pasadas se podían encontrar ejemplos de reyes y príncipes cuya repugnancia por su prole se materializaba en un sadismo mucho más intenso que la indiferencia de Khassan. Comparado con Iván el Terrible, él era el paradigma de la paternidad. Igual que no se puede elegir a los padres, es imposible elegir a los hijos, pero en cambio sí es posible elegir cómo tratarlos, y Khassan había escogido tratar al suyo como si no existiera. Eligió escribir cuando hubiera debido hablar; eligió hablar cuando hubiera debido escuchar. Eligió leer libros cuando hubiera debido vigilar a su hijo y vigilarlo cuando hubiera debido acercarse a él.

Un día, cuando tenía ocho años, Ramzan entró en el despacho de Khassan y le pidió que le enseñara a montar en bicicleta. –Te caerás–, apostilló sin siquiera levantar la vista de la página. Aquel momento habría de atormentarle años más tarde. ¿Qué habría pasado de haber levantado la mirada?

Brezhnev parecía estar en su lecho de muerte cuando aún quedaban diez años para su fallecimiento, sin embargo, en noviembre de 1982 el bienamado abuelo de la patria fumó su último cigarrillo Novost de filtro blanco. A Brezhnev lo enterraron con su uniforme de mariscal junto a las doscientas condecoraciones, desde la medalla de Héroe de la Unión Soviética al Premio Lenin de literatura, que había acumulado durante sus dieciocho años de mandato como Secretario General. Mientras veía el funeral en el televisor con su familia, todos atentos a Galina Brezhneva para ver si se le ocurría montar un escándalo incluso en el entierro de su padre, Khassan aceptó finalmente lo inútil de su empresa. Había viajado más lejos que Heródoto pero no había escrito una Historia; había batallado más que Tucídides pero no era el autor de una Historia de la guerra del Peloponeso. Con su hijo sentado a un lado y su esposa al otro veía el homenaje que se le brindaba a un hombre cuya tibia mediocridad sintetizaba una época. Durante años había relegado la historia al pasado, donde el tiempo la marchitaba y la convertía en una materia inofensiva, siempre en retroceso. En cambio, en aquel momento la historia estaba allí mismo, en la pantalla del televisor, donde desfilaban políticos calvescentes y con prominentes papadas que ofrecían sus respetos antes de retirarse a decidir el destino del imperio; donde la embalsamada cara del bienamado abuelo se volvía translúcida bajo los focos, y donde al final consiguieron ver una imagen de la hija del difunto ataviada con un escandaloso vestido rosa.

Yuri Andropov sustituyó a Brezhnev sólo para morir quince meses después y a su vez Konstantin Chernenko sustituyó a Andropov sólo para morir trece meses más tarde.

De nuevo Khassan vio los funerales en familia; los entierros de Estado eran ya las únicas veces que se reunían. Entonces no podía saber que aquel sería el último funeral de un Secretario General que vería por televisión, pero al recordar la triste procesión algún tiempo más tarde, imaginaría que lo que se enterraba en el ataúd de Chernenko era el Estado soviético al completo. Al menos Gorbachov parecía capaz de permanecer en el cargo más de un año. Poco después de su nombramiento como Secretario General, Khassan recibió la llamada de un editor reformista que había depuesto al anterior, había encontrado el manuscrito original de 1963 y lo consideraba una versión más legible y rigurosa que todas las versiones posteriores. –Lo único que hay que hacer es pulirla y ponerla al día–, le dijo. –Es el momento. Hace unos años habría usted dado con sus huesos en Siberia. Hoy en día todo serán elogios.

Sin embargo, el renovado fervor de sus revisiones no podía mantener el ritmo de la avalancha de información que las agencias del Estado desclasificaban cada día. Durante veinticinco años no había podido publicar su obra porque era demasiado rigurosa y de pronto no podía publicarla porque no lo era. No podía serlo; un borrador de tres mil páginas era una tarea de años. Resultaba imposible analizar e incorporar toda la nueva información que diariamente cambiaba la forma en que un historiador soviético tenía permitido interpretar los materiales. Aun así se las apañó para terminar un borrador del que se sentía mínimamente satisfecho a finales del verano de 1989. Cuando el Muro de Berlín cayó pocos meses después, ni siquiera una agencia de noticias de una falta de fiabilidad tan absolutamente probada como Pravda falló en el análisis de las consecuencias. El editor reformista estaba encantado con el nuevo borrador y quería publicarlo al año siguiente pero Khassan tenía cada vez más reparos. Los titulares de la mañana dejaban obsoleto el trabajo del día anterior. Publicar el libro entonces habría sido como construir nueve décimas partes de un tejado. La corteza de Estados-tapón disminuía a medida que surgían las nuevas repúblicas. Toda Europa Central se había sacudido el yugo del comunismo y de pronto los países bálticos, los del Mar Negro e incluso Moldavia se planteaban la secesión. Por primera vez en dos mil años Chechenia tenía la oportunidad de convertirse en un Estado soberano. Todo estaba cambiando. Había que incluirlo todo en el libro.

Todo cambió más deprisa de lo que sus dedos podían teclear. Todo lo que ni siquiera se había atrevido a imaginar salió de la dimensión de los sueños y se hizo real en la ­pantalla de su televisor. En aquel momento trascendental del 26 de diciembre de 1991 en que vio como era arriada por última vez la bandera roja de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, el imperio que abarcaba once husos horarios desde el Mar de Japón a la costa del Báltico y reunía más de cien grupos étnicos y doscientas lenguas; la colectividad cuya seguridad había exigido el sacrificio de millones y cuya estupidez eslava había sido la responsable de la deportación del país de Khassan al completo; el espejismo utópico pergeñado por aquellos jóvenes crueles que prestaban más atención a sus bigotes que a su moral; el horrible sistema que le dictaba lo que podía ser, hacer y pensar y decir y creer y amar y desear y odiar; el sistema liderado por Lenin y Zinoniev y Stalin y Malenkov y Beria y Molotov y Kruschev y Kosygin y Mikoyan y Podgorny y Brezhnev y Andropov y Chernenko y Gorbachov, a todos los cuales, con excepción de Gorbachov, había odiado con ese odio que jamás historiador alguno debería sentir por su materia de estudio y que llevaba genéticamente codificado en su propia sangre, la herencia de odio de sus ancestros de piel oscura y pelo negro; mientras veía aquella tarde cómo la bandera roja era arriada por última vez de su mástil del Kremlin y ni siquiera soplaba un viento que la hiciese ondear, como si hasta el clima quisiera infligir al comunismo aquel insulto final, envolvió con sus brazos a su mujer y a su hijo y los abrazó mientras el Estado que le había arrebatado su vida moría calladamente.

En los años que siguieron perdió a su editor, su trabajo en la universidad y finalmente a su esposa, que un martes por la mañana cualquiera murió con la misma ­mansedumbre con la que había vivido; Khassan no se dio cuenta hasta once horas después de su último aliento. Las sierras mecánicas se callaron y el bosque volvió a crecer, hubo una guerra y después otra y durante ese tiempo Khassan tenía a su hijo y tenía su libro, y las perspectivas de sentirse realizado en cualquiera de ellos eran tan escasas como las posibilidades de cualquiera de los dos de sobrevivir a la década. Pero Khassan aún los tenía y en aquellos años en los que las creencias se esfumaban, el hecho de poseer era más importante que lo que se poseyera. Las cosas de su vida que más tristeza le habían causado eran aquellas con las que había vivido más tiempo, y ahora que todo se derrumbaba se habían convertido en los pilares que lo sostenían. De haber tenido un dolor de muelas de treinta y dos años en lugar de un hijo de treinta y dos años, lo habría considerado un tesoro igualmente. Pero también aquello había de derrumbarse. Hacía un año, once meses y tres días, la tarde demasiado calurosa para la estación en que Dokka y su hijo retornaron del Vertedero, Dokka sin dedos en las manos y Ramzan sólo sin su pes, fue el último día en que Khassan le dirigió la palabra a su hijo.

Al principio Ramzan fingía indiferencia, después gritaba y después le suplicaba que le hablara. ¿Cómo iba a saber que algún día echaría de menos la monosilábica desaprobación de su padre? ¿Cómo iba a saber que su vida había sido una constante reacción a sus expectativas y que las necesitaba para saber en qué persona no había sido capaz de convertirse?

–Todo esto lo hago por ti tanto como por mí mismo–, decía Ramzan con la desesperada lógica de los que abrigan dudas. –Tenemos un generador, luz eléctrica, comida en la mesa. ¿Acaso conseguirte tu insulina es un crimen? ¿Es un crimen tener agua limpia para beber?

Sin embargo Khassan, apologista de carrera, conocía al dedillo la retórica de la autojustificación y además tenía amplia experiencia en ignorar a su hijo. Hacia el quinto mes la ira de su hijo acabó por consumirse y dejó paso a una profunda depresión. Los pasos de Ramzan resonaban en la noche. La casa se llenó de analgésicos y antidepresivos, que vinieron a sumarse a las jeringas hipodérmicas, el algodón, los frascos de alcohol y la insulina procedentes del economato militar. Las pastillas verdes ovaladas dejaban a Ramzan en estado comatoso durante dieciséis horas y, en esos momentos de tranquilidad durante los cuales la casa exhalaba y los tablones del suelo guardaban silencio, era cuando Khassan aprovechaba para penetrar en la habitación de su hijo.

En las primeras excursiones se había dedicado a explorar los cajones, el armario y las repisas. En el cajón superior izquierdo del escritorio encontró el kinzhal de hoja de treinta centímetros que le había regalado a Ramzan por su decimosexto cumpleaños, el cuchillo que había sido un regalo de su padre, que a su vez lo había recibido de su abuelo. Entre las páginas de un libro de álgebra había una lista con los nombres de los vecinos que Ramzan había ayudado a hacer desaparecer. Cuando la descubrió estaba oculta cuidadosamente doblada entre las páginas 146 y 147 del libro, mucho más allá de lo que Ramzan había llegado nunca en la escuela, y contenía tres nombres. La última vez que había mirado, algunas semanas antes de la desaparición de Dokka, la lista constaba ya de doce. Sin embargo, la mayoría de los días, como era el caso de aquella misma mañana, la segunda desde la desaparición de Dokka, Khassan no sentía el deseo ni la necesidad de encontrar más pruebas incriminatorias, por lo que se sentaba en la cama de su hijo, le cogía de la mano y le hablaba.

–Esta mañana me he cruzado con Akhmed y ha huido de mí–, le dijo. –Se ha metido en el bosque a la carrera y se ha escondido detrás de un árbol porque soy tu padre.

En esos momentos en los que su hijo yacía encerrado bajo la superficie de un letargo químicamente inducido, cuando sus palabras se apagaban como chispas arrojadas al vacío, Khassan hablaba con libertad. Le contaba historias de cuando era joven, pedía clemencia para este o aquel habitante del pueblo, e incluso una vez le sugirió que tomase té de menta para la tos. ¿Qué otra cosa podía hacer cuando el honor le obligaba a ignorar a su propio hijo, cuando el repudio era su último vestigio de autoridad paterna? Aquellos monólogos eran como cruzar un largo puente que no conducía a ninguna parte, pero Khassan era consciente de que no había otra forma de saltar el abismo que los separaba. Disfrutaba de los despojos de una colaboración que censuraba; rechazaba a su hijo por carecer de una compasión que nunca le había enseñando. –Deja a Akhmed en paz–, susurró. –Deja a la niña en paz. Olvida que existen. Ya no están.

El kinzhal estaba en el escritorio envuelto sin contemplaciones en una camiseta interior. A tres pasos de distancia la nuez de Ramzan subía y bajaba como un corcho flotando en el mar. Un corte, eso era todo. Había hablado de eso con Akhmed hacía apenas unas horas. Era cuestión de dar un paso, luego otro y luego el tercero. Sólo tenía que colocarse el mango sobre el pecho, dejarse caer sobre Ramzan y la gravedad sería su cómplice. Habría habido sangre, pero la habría soportado. Un checheno tiene más sangre que un ruso, era bien sabido, pero mucha menos que un alemán. Podía haberlo hecho, como tantas veces antes. En cambio, se sacó una manzana verde del bolsillo y la cortó en dos trozos. El ­corazón estaba dividido entre los dos bloques de carne blanca. Limpió la hoja del cuchillo con la camiseta deseando tener la fuerza necesaria para convertir el zumo en sangre. ¿Qué clase de padre fantasea con asesinar a su hijo? Los asesinos y los violadores, incluso los políticos, merecen padres que sepan distinguir el amor del repudio, pero él no sabía. Lo que sentía por Ramzan era turbio e inseparable como agua y tintura. Incómodo por los escasos tres pasos que separaban el kinzhal del cuello, se llevó la manzana al exterior de la casa, se sentó en los escalones de la parte de atrás y silbó tres veces.

Mientras esperaba que los perros saliesen del bosque contempló el jardín. Las lápidas y el murete de piedra que delimitaba el huerto de hierbas aromáticas no eran más que montículos y depresiones en la nieve. El huerto había sido idea de su mujer, una de las pocas que él había llevado a cabo en sus veintitrés años de matrimonio. Sharik, que por entonces era un cachorro, arrastraba el hocico por el suelo como si empujara una pelota invisible mientras él plantaba las semillas en los surcos marcados con perchas de alambre enderezadas. Pronto, los platos que su esposa llevaba años cocinando sabían a nuevo, como si otra mujer los preparara y Khassan se imaginó a esa otra mujer las cinco veces que le hizo el amor a su esposa aquella primavera. Ahora estaba enterrada al fondo del jardín al lado de la maleta marrón que contenía los huesos de sus padres, señalada por una pequeña depresión en la nieve y un excremento de perro congelado.

Asilvestrados y con el pelo apelmazado, esculpidos por el hambre, los perros corrieron hacia los escalones. Habían pertenecido a los vecinos que su hijo había hecho desaparecer. Incluso en este estado los conocía por sus nombres. Entraron por el agujero que les había abierto en la ­alambrada y se ­reunieron a su alrededor en un compacto semicírculo, empujándose y atrapando los trozos de manzana que caían de la hoja del kinzhal. Extendió las manos y los perros le lamieron de los dedos las últimas gotas de zumo. Como ellos, Khassan no era bienvenido en las casas de sus vecinos y a él también le evitaban por las calles. Era un paria como ellos. Pegó la nariz al hocico de una perra marrón y la acarició hasta las orejas. Antes de darse cuenta, estaba abrazando a la perra como hacía años que no abrazaba a un ser humano. La perra, que había sido el regalo del décimo aniversario de un marido a una esposa que esperaba algo más pequeño, inanimado y dentro de una caja, le lamía la grasa del pelo.

–Te crees que soy maravilloso, ¿verdad? Crees que soy el hombre más amable, más valiente y más generoso que ha caminado sobre la tierra, ¿no?–, dijo mientras la perra seguía lamiéndole el pelo en respuesta. –Eso es porque no eres más que una estúpida perra.

Fue a la cocina, regresó con la carne de dos pollos y una pata de cordero y los puso en la nieve. Tenía el pelo mojado de saliva. Era el rey y benefactor de las fauces de los perros. Nunca olvidaría la cara de su hijo cuando después de su quinto viaje al economato militar abrió la nevera para encontrar sólo botes de salsa iluminados por la bombilla de treinta vatios. Ramzan salió como un rayo al jardín para encontrarse a los perros durmiendo con las panzas hinchadas al sol incapaces de rodar, de andar y mucho menos de correr y a Khassan tumbado con ellos, el ombligo cara al cielo, aplastando la hierba seca con la peculiar ­despreocupación que sólo conocen los viejos que duermen con perros salvajes. Ramzan estalló en gritos, cogió enfurecido del suelo un hueso que los perros habían dejado completamente limpio y le arrancó de la boca la ­ternilla de una pata a un viejo perro lobo ciego. En ese momento Khassan volvió a sentir una especie de lejana felicidad, como una palabra que había olvidado pero cuyo significado podía definir. Desde aquel día, un año y medio antes, la callada desaprobación de Khassan se convirtió en sabotaje. Si Ramzan se escudaba en la comida para justificar las desapariciones, Khassan se ocuparía de que acabara en las fauces de los perros. El amor perruno y el enojo de su hijo se convirtieron en sus únicas fuentes de gozo. Ramzan comenzó a esconder comida por la casa en respuesta, pero pronto se dio cuenta de que incluso la carne procesada se estropeaba. Entonces compró un sofisticado candado para la nevera, un invento para occidentales obesos sin autocontrol. Cada mañana sacaba lo necesario para que Khassan comiera aquel día y echaba la llave, pero Khassan les daba sus tres comidas a los perros y se dedicaba a pasar hambre. Cuando comenzó a perder demasiado peso Ramzan abandonó la táctica. Lo siguiente que hizo fue traer a casa tan sólo productos a los que los perros son alérgicos como el chocolate, las pasas y las nueces pero empezaron a dolerle las muelas, cagaba del color del chocolate suizo caro y con una sola mirada al bote de insulina, Khassan le recordó que los diabéticos no pueden vivir de dulces. Fueron días maravillosos. Disfrutaba muchísimo exasperando a su hijo, el cual terminó por rendirse.

No podía burlar a su padre. Durante el último año tan sólo se habían comunicado por medio de miradas en una tregua llena de rencor. Khassan alimentaba a los perros como si fueran su única familia y siempre le dejaba a Ramzan lo suficiente, pero no más de lo que podía llevarse a la boca un habitante cualquiera del pueblo en aquellos tiempos difíciles.

Khassan se levantó y sonrió a los seis perros, con los hocicos en el suelo moviendo suavemente los rabos. Uno era calvo, otro ciego. A veces uno salía corriendo hasta la verja persiguiendo a un roedor imaginario. En la vaporosa demencia que había caído sobre todo el país hasta los perros tenían alucinaciones. Al fondo de la manada había un perro pastor blanco. Le lanzó el mejor trozo.

–Sharik–, lo llamó, pero el perro no reconocía su nombre. Tres años antes de que las traiciones de su hijo les proporcionaran comida en abundancia, había echado al perro de casa. Sus patas arañaban frenéticamente las tablas del suelo y tuvo que darle dos patadas para que saliera corriendo por la puerta.

El perro anduvo varios días por los alrededores de la verja con la cabeza gacha esperando a que lo llamara. Khassan no salió de la casa hasta que finalmente Sharik desapareció en el bosque. Cuando Ramzan comenzó a traer las primeras cajas de comida, Khassan intentó volver a atraer al perro, pero la confianza que hubiera entre ellos se había esfumado ya, así que la única manera que le quedaba de cuidar a su perro era ocuparse de la jauría entera. Aquel había sido el regalo de Sharik, y Khassan se lo agradecía cada mañana con los mejores trozos de comida.

Los perros le siguieron por el lateral de la casa, entre hierbas que el invierno no había podido matar, hasta las huellas de ruedas que se hundían en la carretera. Brincaban a su alrededor, confiaban en él como ninguna persona lo hacía; cuando abría el puño y movía los dedos sentía sus húmedos hocicos y el calor de sus lenguas.

–¿Te sabes la historia del zapatero y su hijo?– le preguntó a la perra marrón. –Claro que sí. Sharik la cuenta mejor que yo.

Caminó hasta el espacio vacío que había sido la casa de Dokka. Los perros no querían seguirle por el carbón congelado. Encontró el rincón donde solía estar la biblioteca de Dokka y se agachó para recoger un puñado de ceniza y metérsela en el bolsillo. El polvo negruzco se disolvía en su mano. –Menudo puñado de perrazos salvajes que sois–,

les dijo a los perros, que le esperaban fuera del montón de escombros calcinados. –Ahora resulta que os da miedo seguirme a…–. Seguirle ¿dónde? ¿Dónde se encontraba?

Al otro lado de la calle las ventanas con cortinas eran dos ojos morados en la cara de la casa de Akhmed. Akhmed había salido al amanecer y le había dicho que estaría fuera todo el día. ¿Quién cuidaba de Ula? Las revelaciones más dolorosas siempre eran las más silenciosas, esos momentos en que el mapa se abría justo por el sinuoso sendero que lo había conducido hasta allí. Había una mujer enferma que pasaría el día sola. Eso sí que no lo había previsto.

–Podría hacerle una pequeña visita y ver si está bien, si necesita algo–, dijo buscando la aprobación en los ojos de los perros. Todos eran ondas en el mismo estanque. –Si me ocupo de una jauría de perros también puedo ocuparme de ella. A mí no me habléis en ese tono. No voy a entrar pegándole una patada a la puerta. Aquí mismo tengo la llave–.

Les enseñó la llave que Akhmed le había dado con una sonrisa hacía nueve años, el día en que una bomba destruyó para siempre el banco que poseía cuatro quintas partes de su casa. Los perros giraron la cabeza poco convencidos. –De acuerdo, nadie me ha invitado, pero esa no es la cuestión. ¿Queréis hablar de modales? Porque si es así tengo unas cuantas cosas que decir acerca de olerse el culo como forma de saludo.

A dos pasos de la casa le invadió la preocupación.

¿Y si los perros pensaban que les estaba abandonando a cambio de un poco de compañía humana? Ese era realmente el caso, pero había que decírselo con delicadeza. Eran almas sensibles, a pesar de que de vez en cuando escarbaran las ­tumbas para comerse a los muertos recién enterrados. Puso una rodilla en el suelo y abrió los brazos. Todos los perros menos Sharik le lamieron la cara. En su aliento olían la avena del desayuno. Les dijo cuánto los quería y lo importantes que eran para él. Les prometió que nunca los abandonaría. El perro sin pelo le olfateó el trasero.

Su muy crítica audiencia canina le observaba mientras llamaba a la puerta. –¿Veis?–, les dijo. –No me queda más remedio que abrir con la llave.

Abrió la puerta y cruzó por el espeso aroma a cerrado hasta la habitación. Bajo las mantas se movieron un par de piernas tan flacas que parecían arrugas en las sábanas. La miró desde el umbral durante tres minutos. Una segunda parte de su día discurría mirando descansar a una segunda mente enferma. En ese momento ella se dio la vuelta. La miró a los ojos y ella, a su vez, le devolvió la mirada durante un buen rato.

–Has envejecido mucho, Akhmed–, dijo. No pudo esconder una sonrisa. Era como una niña.

–No soy Akhmed–, le respondió. Akhmed tenía ocho días de edad cuando se conocieron en la sala de estar de sus padres en 1965. Sostuvo al niño en sus brazos y sintió el alivio más profundo que sentiría en su vida. Los ojos de ocho días de edad de Akhmed tenían el reflejo de diez mil vidas posibles. Khassan no era una persona sentimental ni supersticiosa y aquella sensación nunca volvió a repetirse, pero en los ojos entrecerrados del bebé descubrió miles de caras anhelantes y no reconoció a ninguna.

–Lo siento–, dijo Ula. –Mi cabeza no anda muy bien.

Se sentó en la cama junto a la cadera de la enferma. –No tienes que disculparte. Yo me he pasado la mitad de la mañana hablando con perros.

–Si no eres Akhmed, ¿por qué estás aquí?

–Quería saber si necesitabas algo, si querías hablar con alguien. Akhmed no volverá en un rato.

–¿No volverá?–, sonaba a pregunta pero Khassan no estaba seguro. Sólo tenía dos tonos de voz, y en el hilo por el que se transmitía la conversación las preguntas y las respuestas sonaban igual.

–No hasta dentro de un rato–, dijo. Sobre la mesilla de noche había tres vasos de agua llenos y un cuenco de arroz que se había puesto duro.

Ella sintió su inseguridad y le preguntó: –¿Por qué estás aquí?

–Echo de menos hablar con alguien–, respondió. Cuando se oyó admitirlo en voz alta le dieron ganas de reír. Era así de sencillo. Estaba tan solo que había venido al lecho de una enferma a ofrecerle la ayuda que él necesitaba. –Echo de menos poder conversar. Durante casi dos años sólo he hablado con Akhmed.

–Acabas de decir que has estado toda la mañana hablando con unos perros.

Sonrió y asintió con la cabeza. –No pensé que te acordaras de eso. Él también debe ser la única persona con la que has hablado en todo ese tiempo.

–¿Quién?

–¿Sabes quién soy?–, le preguntó. Ella se esforzaba en reconocerle pero no podía. –No pasa nada–, le dijo. –No tiene la más mínima importancia.

–Cuéntame una historia–, le pidió ella.

–¿Una historia?

–Están las historias de los cuadros. Son todas de verdad.

Arrugó la frente. No se sabía ninguna historia de cuadros. –Tan sólo conozco una historia–, dijo. –Sé que sucedió pero no sé si es de verdad. ¿Llegaste a conocer a la madre de Akhmed?–. Tomó la mirada vacía de Ula como un no. –Está bien que no te acuerdes porque no habrías podido conocerla. Murió de cáncer cuando Akhmed tenía siete años. Se llamaba Mirza.

Ella asintió por inercia.

–¿Si te cuento su historia me prometes olvidarla?

–No puedo prometerte nada–, dijo ella desde la lejanía. Tomó a la enferma de la muñeca y sintió su pesado pulso. Una mente tan enferma incapaz de distinguir la hora del día aún puede ocuparse de enviar la sangre necesaria a los lugares necesarios, pensó. –Te voy a contar la historia de Mirza–. Nunca le había hablado a nadie de ella.

Khassan se enteró de la deportación en masa casi dos años después de que tuviera lugar, le contó a Ula, cuando él mismo fue deportado a Kazajistán. El 23 de febrero de 1944, Día del Ejército Rojo, un día en el que Khassan había estado matando nazis en la Polonia oriental, el NKVD soviético reunió a los chechenos en las plazas de sus pueblos y los obligó a subir a camiones Studebaker procedentes de la Ley de Préstamo y Arriendo. Los que se resistieron y los considerados no aptos para el transporte por el mismo NKVD fueron fusilados. Los padres y la hermana de Khassan, hacinados en un vagón de carbón, durmieron en sacos de fibra de maíz y comieron gachas de harina de fibra de maíz mientras los trenes los llevaban lentamente hacia el este. Los soldados locales les cortaron el pelo y los despiojaron al llegar a la estepa kazaja. Khassan nunca supo qué fue de su hermana, sólo que la vieron subir al vagón de carbón en Grozni y que no la vieron bajar. Sus padres dormían en el barracón subterráneo de un kolkhozniki en camas con colchones de paja seca y cuando tenían hambre hacían harina con la paja y freían unas tortitas polvorientas que les daban fiebre pero les llenaban el estómago. Cuando se les acabó la paja durmieron sobre el suelo de madera e hicieron sopa con cereales que encontraban en el estiércol de caballo. Para cuando Khassan llegó a Kazajistán en otoño de 1945 la situación había mejorado un poco pero sus padres habían sucumbido y Khassan reunió el relato de lo que les había sucedido durante su último año de vida a partir de lo que le contaron sus vecinos y amigos, y por Mirza.

Mirza era una cría cuando Khassan se fue a la guerra, así que cuando se la encontró colando agua a través de un paño en 1947 no reconoció a la niña que había sido juzgada a la edad de ocho años por el crimen de pintarse un bigote con carbón encima del labio y desfilar por el establo ordenando a los animales que contribuyeran con mayor energía a la construcción del comunismo. –Dame un poco de agua–, dijo él, sediento después del largo viaje. –Anda y que te follen–, le soltó ella por toda respuesta. Fue su primera conversación. Con el tiempo se convertiría en el amor de su vida, pero eso no podía saberlo aquel día cuando al darse la vuelta pisó una mierda tan grande que le llegó hasta los cordones. No podía saberlo mientras le arrancaba el cubo a Mirza de las manos y se limpiaba la bota con su agua limpia.

Un año después el maestro de la escuela murió y Khassan lo reemplazó. No tenía formación ni experiencia, pero después de la guerra las trifulcas de los niños eran lo más parecido a la paz y Khassan estaba contento. Entre sus alumnos estaba la hermana menor de Mirza, una niña de mente ágil, con las uñas tan mordidas que era incapaz de coger un kopek de un mostrador, y que una vez le puso un clavo en la silla al obeso hijo del comisario político para ver si explotaba. Aunque salvó al hijo del comisario del clavo, y con ello a la hermana de Mirza de una bala en la cabeza, no pudo dejar de reconocer la veta de temeridad que había en aquella familia y que era necesario atar en corto.

En el Primero de Mayo de 1950, Khassan organizó un desfile de niños. Los adultos se alinearon a lo largo de la carretera adoquinada para vitorear a los niños y evitar la pena de diez años de trabajos forzados por absentismo. Veintitrés de los noventa y seis niños que desfilaron aquel día no vivirían para ver su Chechenia natal. El hijo del comisario estaría entre ellos porque la sala para enfermos de cólera, sin respeto alguno para la clase política, era lo más parecido a una sociedad igualitaria que conocerían en sus vidas. La hermana pequeña de Mirza figuraba entre los cuatro portadores de un busto de escayola de Stalin. Mirza miraba desde el otro lado de la carretera, las manos colgando a lo largo del cuerpo, él único par de manos que no prorrumpió en aplausos. Su desprecio le atravesó como la luz atraviesa el vapor. A la tarde siguiente se enfrentó a él en la escuela y le clavó una mirada que habría cortado cuellos más débiles que el suyo. –Eres un cobarde–, le espetó, y con esa sola palabra escribió una denuncia, una biografía y una profecía al mismo tiempo. Fue su segunda conversación.

En 1956, tres años después de la muerte de Stalin, un lejano burócrata rehabilitó a la etnia chechena de un plumazo. La tarde en que llegaron los primeros trenes para llevarlos a casa, Khassan anduvo por la carretera de piedra clara hasta el cementerio de lápidas de piedra clara con una pala y la maleta marrón en la que sus padres habían empacado sus pertenencias doce años antes. La tierra estaba dura y seca y tardó varias horas en encontrarlos. El dedo índice de su madre le señalaba a través de la tierra. El sudario sustituía a sus pieles. Pesaban menos de lo que esperaba, los músculos se habían solidificado por efecto de la desecación. Les dobló los brazos y las piernas hasta que los tendones se quebraron. Fue tan respetuoso como pudo. Los metió con cariño en la maleta. No hubo abluciones y la tierra y el moho le cubrían las manos, pero Dios le perdonaría aquellas blasfemias menores. Sus padres le habían dado la mejor vida que habían podido. Él hubiera querido poder darles una mejor muerte. Allí fue donde decidió que escribiría la historia de sus padres, de su pueblo, de aquel trozo de humanidad que el mundo parecía decidido a olvidar. De pie sobre el montón de tierra, la pala parecía una lápida escuálida. No estaba solo. Varios cientos de personas habían venido para desenterrar y llevarse a sus muertos y el polvo enrojeció la noche.

Cuando llegó a su cabaña, una choza minúscula rodeada por un muro de piedra clara, quería lavarse las manos pero no lo hizo. En lugar de eso, dobló las camisas que les había ganado a las cartas a los soldados del Ejército Rojo, los calzoncillos largos que le había robado a un cadáver y el abrigo de piel de marmota que le había dado una viuda kazaja a cambio de que rezara por su difunto esposo todas las noches durante nueve años. La maleta marrón estaba junto a la puerta. No había heredado otra. Nada donde guardar toda aquella ropa tan bien doblada. Llevaba once años soñando con dejarle su ropa de regalo a la próxima etnia soviética que perdiera el favor del Kremlin e irse de allí sin nada excepto los restos de sus padres. Al día siguiente, cuando el silbato de un tren le despertara, se levantaría y haría realidad ese sueño.

Cuando llegó a las vías los vagones de ganado ya estaban completos. Los refugiados miraban con incertidumbre mientras los trenes circulaban entre la pálida hierba de la estepa, convirtiéndose en la única medida de las cosas. Se encontró a Mirza haciendo equilibrios sobre una traviesa bajo una columna de humo de escape que se erguía como una plaga de langostas que retornara a la boca de Dios. –De modo que sigues aquí–, dijo ella. –Así es–, respondió él. Ella levantó su maleta marrón. –Qué ligera–, dijo. –Son mis padres–, replicó. Fue su tercera conversación.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
13 kasım 2024
Hacim:
462 s. 4 illüstrasyon
ISBN:
9788418994234
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