Kitabı oku: «Alegorías de Homero. Metamorfosis.»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 125

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., las traducción de este volumen ha sido revisadas por MARGARITA RODRÍGUEZ DE SEPÚLVEDA .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 81, Madrid. España, 1984.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO236

ISBN 9788424931650.

HERÁCLITO

ALEGORÍAS DE HOMERO

INTRODUCCIÓN

EL AUTOR

La tradición adjudica una obra que lleva por título Alegorías de Homero a un tal Heráclito, del que nada sabemos y a quien algunos filólogos prefieren llamar Pseudo-Heráclito, para no confundirlo con el filósofo de Éfeso. F. Buffière lo distingue como Heráclito el rétor 1 . En realidad, el nombre de Heráclito nos lo ha transmitido el códice Mediolanensis Ambrosianus B-99 sup. (M), del siglo XIII, que es el manuscrito más antiguo y más autorizado de cuantos contienen las Alegorías ; pero, como muy bien apostilla otro códice, el Londinensis Bibliothecae regiae (G) 2 , no se trata de «Heráclito el oscuro», esto es, el de Éfeso, sino de otro distinto. Así, la edición aldina 3 lo llama «Heraclides Ponticus», al igual que una adición debida a una mano posterior al códice Vaticanus gr. 951 (B), del siglo XIV, bajo cuyo nombre deformado por los avatares de la transmisión no cabe sino entender Heráclito, a quien se confunde con Heraclides del Ponto, discípulo de Aristóteles 4 .

Con el nombre de Heráclito también se nos ha conservado una obra de carácter mitográfico intitulada Perí apíston 5 , de índole semejante a la del mismo título de Paléfato. Éste es el Heráclito que conoce Eustacio 6 , que no parece distinguir entre el autor de las Alegorías y el de los Ápista; confusión explicada con no pocas dificultades por F. Oelmann en los Prolegomena a su edición 7 . Ahora bien, como ya ha puesto de relieve Buffière 8 , el nombre de Heráclito era lo suficientemente común como para no tener que suponer una identidad de personas entre los autores de los dos opúsculos; razón a la que se añade el aspecto notablemente diverso de ambas obras. No hay, por tanto, motivos suficientes, para unir el destino de los dos Heráclitos.

En cuanto a la cronología, sólo podemos establecer con seguridad el terminus post quem: el autor más tardío citado por él es Alejandro de Éfeso, que, con el sobrenombre de Licno, compuso poemas didácticos sobre astronomía y geografía y al cual ubican en el siglo I a. C., entre otros 9 , A. Meineke 10 , C. Reinhardt 11 y A. Lesky 12 ; le siguen Apolodoro de Atenas (cap. 7, 1), Crates de Malos (cap. 27, 2), ambos del siglo II a. C., y un discípulo de éste, Heródico de Babilonia (cap. 11, 2), a quien conocemos sobre todo por Ateneo 13 y a quien se supone la fuente de Heráclito para sus ataques contra Platón. A partir de estos datos es tradicional situarlo en el siglo I de nuestra era, en tiempos de Augusto o de Nerón 14 . Por su parte, F. Oelmann lo estima contemporáneo de Diodoro, Onasandro, que escribió en el reinado de Claudio, Hierocles el estoico y el autor de Sobre lo Sublime 15 . Retrasar un siglo la existencia de Heráclito introduciría una seria dificultad, y es la aparición de la exégesis mística presente a partir de Plutarco. Es evidente que Heráclito, de haberla conocido, la hubiese utilizado, como medio eficaz para defender a Homero, junto a los otros tipos de exégesis. Además, según P. Wendland 16 , hay una estrecha conexión con la enseñanza gramatical de Alejandría y Pérgamo, de donde quizá procede la polémica antiplatónica, lo cual también nos remite al siglo I d. C.; la discusión sobre Platón y Homero también estuvo de moda en la época de Adriano.

LA OBRA

a) El título

Alegorías de Homero no es, sin duda, el título original de la obra, tal y como H. Schrader lo había supuesto 17 y como demostró F. Oelmann a través del estudio de los manuscritos de la tradición heraclitea 18 . El título está muy condicionado por la edición aldina. En 1542 y 1544 el erudito suizo Conrad Gesner publicó la obra bajo el título de Allegoriae in Homeri fabulas de diis 19 . Dicho título, según el post scriptum del códice M que, como ha quedado visto, es el más antiguo, es: Problemas homéricos de Heráclito que en torno a los dioses explicó alegóricamente Homero. Otros manuscritos dan títulos más largos e imaginativos, y, sin duda, recientes: así, por ejemplo, el códice G o el B. El mismo Oelmann ha señalado 20 que las expresiones homerikà problḗmata o homeriká dsetḗmata eran frecuentes, en la antigüedad, para designar a las obras relativas a la crítica de los poemas homéricos. Podemos añadir que, antes del siglo XI, no se descubrieron huellas de esta obra; las primeras, en los escolios de Homero del códice Venetus B, y después, en Eustacio y Tzetzes.

b) El planteamiento

El objetivo principal del autor es el de defender a Homero de sus detractores, y ve en la interpretación alegórica la mejor estrategia defensiva, que ya había tenido sus precursores en el siglo vi a. C. con Teágenes de Regio y Metrodoro de Lámpsaco. Frente a los ataques de quienes ven en Homero al autor de una serie de mitos sacrílegos e impíos, se impone como defensa el considerarlos alegorías, y, en consecuencia, no cabe sino aplicar una interpretación alegórica. Ésta es, en síntesis, la base del método alegórico. Heráclito es el heredero de una tradición exegética de cinco siglos, y el eslabón de la cadena más próximo es el de los estoicos 21 .

Heráclito considera válido este método para conciliar el fervor a Homero con el buen sentido 22 . Con Heráclito la explicación alegórica de origen estoico alcanza su esplendor; a partir de él, sólo hay dos autores de cierta relevancia que hayan continuado por esta senda abierta, como hemos dicho, siglos antes: Pseudo-Plutarco, con su obra Sobre la vida y la poesía de Homero 23 , y Porfirio, con sus Cuestiones homéricas y La gruta de las ninfas 24 . Paralelo, cronológicamente hablando, a la obra de Heráclito debió de ser el Resumen de teología griega de Cornuto. Este autor, de influencia estoica, vivió en el siglo I d. C., fue maestro de Persio y conoció el exilio por mandato de Nerón en el 66 o 68, según el testimonio de Dión Casio (62, 29). En su obra pasa revista al panteón griego para explicar el simbolismo físico o moral de cada una de sus divinidades 25 .

Se sabe que, hacia finales del siglo VI a. C., se produjo una reacción contra la teología homérica, bajo la acusación de que mostraba inmoralmente a los dioses. Así, Diógenes Laercio 26 da cuenta de una narración de Jerónimo de Rodas 27 , según la cual Pitágoras, en el curso de una visita a los infiernos, fue testigo de las duras penas infligidas a Homero y Hesíodo por el trato injurioso que ambos habían dado a los dioses en sus respectivas obras. Testimonios similares tenemos en Jenófanes 28 y en el otro Heráclito, el de Éfeso 29 , cuando afirmaba que «Homero es digno de ser expulsado de las competiciones y azotado».

Sin entrar ahora en detalles de su desarrollo, esta reacción antihomérica dispuso la vía para una contestación a través de la interpretación alegórica, con figuras como Teágenes de Regio, Estesímbroto de Tasos, Antímaco de Colofón, etc. Habitualmente se veía en Homero a un filósofo; no chocará, por tanto, que se haga una interpretación alegórica de su obra. Toda la literatura griega está plagada de filias y de fobias en lo tocante a la figura de Homero. En Platón, por ejemplo, hay ataques enconadísimos contra los poemas homéricos; es el caso del libro X de la República, en donde afirma que Homero fue un ignorante y un mero imitador de imágenes «sin tener nunca acceso a la verdad» 30 . Con posterioridad, fue la crítica epicúrea la que denostó las obras de Homero, especialmente con su desprecio hacia la poesía. La oposición de Epicuro hacia la exégesis estoica 31 , que había surgido como defensa de los valores morales de Homero frente a los ataques platónicos, queda reflejada en las tres Cartas que conservamos 32 , así como en un opúsculo, Sobre la piedad, de un discípulo suyo, Filodemo 33 , que fue descubierto a finales del siglo XIX en uno de los riquísimos papiros de Herculano; pero, sobre todo, en la síntesis que de estas ideas ofrece Cicerón en el libro I de su tratado De natura deorum. En este ambiente hay que encuadrar las Alegorías de Homero con que Heráclito pretende justificar la utilidad y piedad de la poesía homérica; sin la interpretación alegórica, los poemas de Homero no serían otra cosa que impiedad 34 .

c) La alegoría

La palabra allegoría es relativamente reciente en la lengua griega 35 y viene a traducir una idea ya antigua que, en un principio, se expresaba con el término hypónoia. Hay un pasaje de Plutarco en su obrita Cómo debe el joven escuchar la poesía que conviene leer atentamente:

En Homero tal clase de enseñanza se silencia, pero tiene una consideración útil a propósito de los mitos especialmente desacreditados, a los que algunos fuerzan y retuercen con los llamados antes significados profundos y ahora alegorías, diciendo, por ejemplo, que el Sol denuncia el adulterio de Afrodita con Ares 36 , porque el astro de Ares al unirse con el de Afrodita lleva a término nacimientos adulterinos, que no pasan desapercibidos cuando el Sol retorna y los sorprende 37 .

En él se puede observar la transición de hypónoia a allegoría. Pero todavía hay más: Plutarco, en su tratado Sobre Isis y Osiris 38 , dice que «los griegos ven en Crono una designación alegórica (allegoroûsi) del tiempo». De hecho, el término allegoría es de uso corriente durante toda la época helenística; así Filón lo usa repetidamente, aunque conserva todavía hypónoia 39 , y también otros autores como Filóstrato, Sinesio, Proclo, etc.

Hay cierta unanimidad entre los autores a la hora de definir esta figura retórica como «decir una cosa para hacer comprender otra» 40 . H. Lausberg la define como «la metáfora continuada como tropo de pensamiento y consiste en la sustitución del pensamiento indicado por otro que está en relación de semejanza con aquél» 41 ; «allegorían facit continua metaphorá», dirá Quintiliano 42 . Pero es el mismo Heráclito quien cree necesario definir la alegoría como «la figura (trópos) que dice una cosa, pero significa otra distinta de la que menciona 43 . En el vocabulario de la retórica, el término «alegoría» se encuentra en Filodemo de Gádara 44 .

Sobre su relación con otra figura, la metáfora, procedente de la retórica, ya hemos visto lo dicho por Quintiliano 45 ; ahora bien, con un matiz: cuando la alegoría comporta una cierta oscuridad se convierte en aínigma (aenigma ) 46 . «Aenigma est obscura allegoria», matizará san Agustín 47 , que la considera casi sinónima de la parábola 48 . Dicho de otra manera: todo enigma es alegoría, pero no toda alegoría es enigma 49 .

d) El contenido

El trabajo de Heráclito consiste en la recopilación de un extenso corpus de alegorías, de gran importancia para la historia de exégesis homérica. Dedica más espacio a la Ilíada, unos cincuenta capítulos, mientras que a la Odisea tan sólo quince; si bien hay que tener en cuenta que, para la Odisea, los manuscritos han transmitido una importante laguna, difícil de valorar, que nos priva del comentario al contenido de los cantos que van del XI al XIX 50 . Justo antes de la laguna hay una explicación alegórica (cap. 74) plena de poesía: los ríos infernales no son sino las doloridas lágrimas de aquellos que lloran a los muertos; simbolismo magníficamente recogido por Macrobio en su Comentario al Sueño de Escipión 51 .

El contenido comprende, por una parte, un comentario alegórico de la Ilíada y de la Odisea y, por otra, una defensa del autor de ambos poemas frente a Platón y Epicuro, fundamentalmente; para Heráclito, Homero es un theôn hierophántes (cap. 76, 1). Después de la introducción (caps. 1-4), define técnicamente la alegoría (cap. 5), pareciendo remitir a algún manual sobre los tropos y conservando fragmentos de Arquíloco, Alceo y Anacreonte. A continuación comienza a interpretar, según el método estoico, los mitos de los dioses alegóricamente, persiguiendo su sabiduría en el orden de rapsodias en que se nos ha conservado la obra homérica. Las interpretaciones de Heráclito se basan, repetimos, en las estoicas y en las procedentes de la escuela de Pérgamo, interpretaciones muy difundidas a lo largo y ancho de la literatura y que presentan escasas variaciones; su última refundición estuvo a cargo de una enigmática mujer-filósofo llamada Demo 52 .

El orden rapsódico del trabajo conlleva una no sistematización de los distintos tipos de exégesis: física, moral e histórica. Este planteamiento origina una serie de repeticiones necesarias para poder entender las argumentaciones que expone en determinados lugares y que serían ininteligibles, si se esperase a su explicación dentro del orden natural de las rapsodias 53 , así como a excursus como los cuatro capítulos (8-11) que dedica a demostrar que la acción de la Ilíada transcurre en verano. En cualquier caso, aunque siga el orden tradicional de los poemas, su comentario rebosa un logicismo más que riguroso.

La exégesis física evidencia que, para Homero, los dioses representan elementos o fuerzas de la naturaleza, frente a la exégesis moral que los propone como conceptos abstractos de vicios o virtudes 54 . Esta diferenciación ya fue reseñada por Teágenes de Regio al explicar la Teomaquia, como se puede comprobar en un escolio de Porfirio a Ilíada XX 67 recogiendo los ataques de los filósofos, en especial Platón 55 , al combate de los dioses en la citada rapsodia.

Por lo tanto, la exégesis física nos permite identificar elementos: Apolo es el sol (caps. 6-16), Zeus el éter (cap. 36), Posidón el mar (cap. 38), etc.; o, incluso, mitos cosmogónicos: la fabricación del escudo de Aquiles (caps. 43-51), la historia de Proteo e Idotea (caps. 64-67), la concordia y la discordia (Ares y Afrodita) (cap. 69), etc., en donde Heráclito refleja ideas de orden estoico. La eclosión de la primavera es, para nuestro autor, la consecuencia de los amores de Zeus y de Hera en el monte Ida (cap. 39), puesto que son el éter y el aire. Contra este tipo de exégesis reaccionó Plutarco, que prefiere una interpretación de tipo moral 56 .

Por otra parte, la exégesis moral brinda a los dioses como paradigmas de vicios o virtudes; así, es sabido que Atenea es la personificación de la sabiduría. Por notable, hay que resaltar el hecho de que Heráclito recoge el pensamiento platónico en cuanto a la división del alma, identificando las partes con divinidades: Atenea es noûs, Ares es thymós y Afrodita, en buena parte, epithymía. Hay otras alegorías de carácter moral menos importantes como, por ejemplo, Iris, la palabra (cap. 28), Hebe, la juventud (cap. 29), Hades, los misterios del más allá (cap. 34), etc. Una importante alegoría moral es la referente a Ulises, a quien cínicos y estoicos admiraban por su espíritu sagaz, y que es aprovechada para combatir a Epicuro, llamado irónicamente «feacio» 57 e «ignorante» (cap. 79). Incluso A. Grilli 58 ha querido ver en el naufragio de Ulises, narrado en el cap. 79, 5, una alusión maliciosa al naufragio que sufrió Epicuro en cierta ocasión. La partenaire del rey de Ítaca, Circe, es presentada como la imagen del placer (cap. 72). Esta interpretación alegórico-moral fue utilizada, incluso, por autores cristianos; en este sentido, H. Rahner 59 y V. Buchheit 60 han estudiado un pasaje de Metodio en el que pone en parangón la situación de Ulises asediado por el canto de las Sirenas 61 , con la del hombre tentado por las vanidades del mundo; imagen que también se encuentra en San Jerónimo 62 .

Hay un tercer tipo de exégesis: la de tipo histórico; llamada así a partir de Eustacio y consistente en buscar una explicación racional de los mitos, es decir, supone que en el origen del mito subyace un hecho real. Paléfato, discípulo de Aristóteles, consagró una obra a este tipo de explicaciones, Perì apíston, y fue, junto a Diodoro de Sicilia, el gran continuador de la interpretación realista e histórica iniciada por Evémero 63 , que, a su vez, partía de ciertos postulados de la teología estoica. Posteriormente también entre los historiadores se dio esa inclinación, como es el caso de Polibio o de Estrabón, para quienes obras como la Odisea han distorsionado la realidad histórica y geográfica 64 . De hecho, ya en Platón 65 hay una interpretación racional del míto de Bóreas y Oritía. En el caso que nos ocupa hay ejemplos en la historia de Dioniso perseguido por Licurgo: la vendimia (cap. 35); en la de Jasión amado por Deméter: el agricultor beneficiado por la tierra (cap. 68); en la relativa a la visión de Teoclimeno: un eclipse de sol (cap. 75), etc.; hechos naturales mal observados o mal interpretados y expuestos a través de un mito.

F. Buffière ha puesto de relieve 66 el hecho de que en Heráclito no existe una exégesis mística, tal y como anunciamos antes, cuyo objetivo fundamental era explicar la suerte que corrían las almas en el más allá. La razón es que este tipo de exégesis no aparece en la literatura hasta finales del siglo I a. C. y no alcanza su floruit hasta los siglos II y III con Numenio, sobre todo, y con Porfirio. Así, la Odisea pasa a ser interpretada como el poema de la nostalgia 67 , y Ulises busca entre afanes y sufrimientos su Ítaca, como el alma en su peregrinaje hacia una patria eterna.

e) Las fuentes

Ya hemos visto que Heráclito se enmarca dentro de una línea interpretativa alegórica que hunde sus raíces en el siglo VI a. C. 68 . Así pues, tenemos como probables fuentes a Glaucón de Regio, o de Teos, autor de Sobre los antiguos poetas y músicos, alegorista citado por Platón 69 y por Aristóteles 70 ; a Estesímbroto de Tasos, citado también por Platón 71 y que, con anterioridad a Crates, había tratado el tema de la división del mundo 72 , y a Teágenes de Regio, contemporáneo de Cambises, del que sabemos que llevó a cabo una exégesis física y moral de la «Teomaquia», según un escolio de Porfirio a Ilíada XX 67 73 . En esta línea se inserta la labor realizada por los estoicos posteriormente 74 .

El relevo lo toma Crates de Malos, citado por Heráclito (cap. 27, 2), que debió de influir decisivamente en nuestro autor 75 en lo relativo a los conocimientos científicos que la escuela de Pérgamo le atribuía a Homero. Se detecta un afán por explicar la concepción homérica del mundo desde la forma esférica del cosmos estoico 76 . Para Heráclito, Homero ha conocido la armonía de las esferas (cap. 12) 77 , la fecha de los eclipses (cap. 75) 78 la clasificación de los seísmos (cap. 38) 79 , etc. También los escolios del Cod. Parisinus 2679 y 268I a Ilítada X 394 atribuyen a Crates el conocimiento de la exégesis conocida como de la «noche puntiaguda» 80 , según la cual las sombras de la tierra tenían forma cónica. En esta línea figura como fuente, tal y como ya hemos dicho, Heródico de Babilonia, discípulo de Crates, a quien Heráclito cita una sola vez (cap. 11, 2), aunque, probablemente, lo utilizó para bastantes más pasajes 81 .

Otra fuente es Apolodoro de Atenas 82 , discípulo del estoico Diógenes de Seleucia y de los gramáticos de Pérgamo, autor de un tratado perdido Sobre los dioses 83 , al que, según R. Münzel 84 , se remontan varios pasajes de los alegoristas Heráclito y Cornuto y de los neoplatónicos Macrobio y Porfirio. Trabajó en la biblioteca de Alejandría y allí debió de coincidir con Aristarco y su escuela de exégesis fundamentalmente homérica; hecho que forzosamente ocurrió antes del 146 a. C., fecha en la que, según Ateneo 85 , Aristarco se tuvo que exiliar a Chipre; con posterioridad reaparece en Pérgamo en el 144 a. C. 86 . El cap. 7 de Heráclito es una buena muestra del tipo de etimologías que realizaba Apolodoro, a propósito de los diversos nombres con que se conocía a Apolo 87 .

f) El estilo

Para F. Buffière, Heráclito no es un estoico stricto sensu, sino, más bien, «un rétor de buena voluntad preocupado por el triunfo de Homero sobre todas las escuelas» 88 , de ahí que utilice los recursos que le ofrece la retórica; es decir, pone la retórica al servicio de Homero. Heráclito se convierte de esta manera en un apologista de la poesía homérica como fuente indefectible de todas las dóxai, aunque para ello tenga que caer en algunas contradicciones. Presenta un estilo ampuloso y grandilocuente en el que abundan las metáforas y las reminiscencias poéticas, poniendo gran interés en evitar el hiato 89 . Lógicamente, su vocabulario se halla más cerca de Plutarco que de Platón 90 , utilizando frecuentemente términos como theología, philosophía, physiología, etc., y giros un tanto rebuscados para obtener un lenguaje cuidado y pulido.

Tal vez por todo esto su obra ha corrido mejor suerte que otras del mismo género, ganándose las preferencias de los eruditos bizantinos y convirtiéndose en el punto de encuentro en el que confluyen las diversas y centenarias corrientes de las exégesis homérica.

g) La transmisión del texto

De dos diferentes maneras se nos ha transmitido la obra de Heráclito: por una parte, a través de los códices que forman la tradición manuscrita de las Alegorías como tales, y, por otra, en los fragmentos que aparecen en los escolios a la Ilíada y a la Odisea, en la tradición propia de estas obras 91 .

Ya hemos dicho que el códice más antiguo es el Mediolanensis Ambrosianus B-99-sup. (M) del siglo XIII y que, curiosamente, sólo transmite el final de la obra (cap. 79, 9-final), ya que la parte que contenía el resto de las

Alegorías fue arrancada. Esta lamentable pérdida se puede subsanar, en parte, por el testimonio de los códices Vaticanus gr. 871 (A) y Vaticanus gr. 951 (B), así como el manuscrito que sirvió de modelo al Londinensis Bibliothecae regiae 16 C (G) y a la edición aldina (a), hoy desaparecido. Estos testigos de la tradición (A, B, G y modelo de a) han sido copias de M, y gracias a ellos se puede fijar el texto que contenían los folios arrancados.

El códice A, del siglo xv, termina justo donde empieza M: cap. 79, 8, y fue editado por Matranga en sus Anecdota graeca 92 . Por su parte, el códice B, del siglo XIV, tan sólo transmite la primera parte de la obra: hasta el cap. 15, 7. Ya nos hemos referido, al comienzo de esta Introducción 93 , al códice G, que está incompleto (hasta el cap. 71, 11) y sobre el cual fue copiado el Florentinus Riccardianus 41, del siglo XVI. En cuanto a la edición aldina, ya hemos dicho que el manuscrito que sirvió de base se ha perdido. Llega hasta el cap. 71, 11 y se corta en la misma palabra que G, lo cual es un indicio que nos remonta a un patrón común. De la edición aldina depende, a su vez, un manuscrito hispano: el Escorialensis Σ-I-20.

Aparte de estos manuscritos, ligados por la tradición, existen otros dos que no dependen de M. Son el Vaticanus gr. 305 (D), de principios del siglo XIV, que transmite desde el cap. 41, 5 hasta el final y parece próximo a M, y el Oxoniensis bib. Collegii Novi, 298 (O), también de comienzos del siglo XIV y que, al contrario que el anterior, contiene desde el inicio hasta el cap. 28, 6 94 .


1 F. B UFFIÈRE, Les mythes d’Homère et la pensée grecque, París, 1956, págs. 67 y sig.

2 Se trata del manuscrito inglés de la edición de T HOMAS G ALE, conservado en el British Museum (siglo xv), según la collatio llevada a cabo por F. O ELMANN para su Heracliti Quaestiones homericae (Leipzig, 1910). La edición de G ALE se publicó en 1688 en Amsterdam, en los Opuscula mythologica physica et ethica (págs. 405-495), en su segunda edición (en la de 1671 no aparecen las Quaestiones homericae).

3 Publicada en Venecia, en 1505, en un volumen en el que le preceden las Fábulas de Esopo y de Babrio, el tratado Sobre los dioses de Cornuto y los Ápista de Paléfato. Consta como título: De allegoriis apud Homerum.

4 D IÓGENES L AERCIO, V 87.

5 Recogida en los Scriptores poeticae Historiae graeci de A. W ESTERMANN (Brunswick, 1843). Sobre el autor y la obra, puede verse F. B UFFIÈRE, Les mythes..., pág. 231.

6 1504, 55. Eustacio, arzobispo de Tesalónica († ca. 1198), es una fuente fundamental para la exégesis alegórica.

7 Heracliti..., pág. XLV; un resumen crítico en F. B UFFIÈRE, Héraclite. Allégories d’Homère, París, 1962, pág. IX.

8 Ibidem.

9 B UFFIÈRE, en su edición, prefiere situarlo en el siglo III a. C. (pág. 16 n. 1).

10 Analecta alexandrina, Berlín, 1843, pág. 371.

11 P AULY-W ISSOWA, R. E., art. Herakleitos, col. 508.

12 Geschichte der griechischen Literatur. (= Historia de la literatura griega [trad. J OSÉ M .a D ÍAZ R EGAÑÓN y B EATRIZ R OMERO]), Madrid, 1976, pág. 783, n. 289.

13 V 215b, 219c; VI 234d; VIII 340e; XIII 586a. Cf. I. D ÜRING, Herodicus, Estocolmo, 1941.

14 R EINHARDT, art. Herakleitos, col. 508.

15 Heracliti..., pág. XXXV.

16 Kultur des Hellenismus, pág. 66 (cit. en R EINHARDT, art. Herakleitos, col. 508).

17 Blätter für das bayr. Gymnasialwesen, 1886, págs. 546 y sigs.

18 Heracliti ..., pág. XXXVI.

19 P. F ORD, «Conrad Gesner et le fabuleux manteau», Bibl. d’Hum. et Ren., XL VII (1985), 305-320.

20 Heracliti ..., pág. XXXVII.

21 Una sucinta pero diáfana historia del problema puede verse en el apartado dedicado a la alegoría por M. F ERNÁNDEZ-G ALIANO en el vol. col. Introducción a Homero, Madrid, 1963, págs. 99-101.

22 Cf. J. P ÉPIN, Mythe et Allégorie. Les origines grecques et les contestations judéo-chrétiennes, París, 1976, pág. 160.

23 Cf. A. L UDWICH, «Plutarch über Homer», Rhein. Mus. LXVII (1917-1918), 537-593, y B UFFIÈRE, Les mythes..., págs. 72-77.

24 Cf. B UFFIÈRE, ibid., págs. 419-459 y 521-540; una Introducción general, en M. P ERIAGO, Porfirio. Sobre la abstinencia, Madrid, 1984, en esta misma colección. Para el tema que nos ocupa: J. P ÉPIN, «Porphyre, exégète d’Homère», en Entretiens sur l’Antiquité Classique, vol. XII, Ginebra, 1965, págs. 231-272.

25 Cf. P ÉPIN, Mythe et Allégorie..., págs. 93 y sig.

26 Vidas de los filósofos VIII 1, 21.

27 Peripatético del siglo III a. C.

28 Fr. 11 D IELS-K RANZ.

29 Fr. 42 D IELS-K RANZ; también frs. 40 y 57.

30 660e.

31 Cf. C ICERÓN, De natura deorum 11.

32 Puede verse el estudio de C. G ARCÍA G UAL, Epicuro, Madrid, 1981.

33 Ibid., el capítulo final: «La posteridad y el epicureísmo». págs. 240 y sigs.

34 Cf. Sobre lo Sublime IX 7, 2.

35 Una historia del término puede verse en P. D ECHARME, La critique des traditions religieuses chez les Grecs dès origines au temps de Plutarque, París, 1904, págs. 270 y sigs.

36 Od. VIII 267 ss.

37 4, 19E. Traducción de C. M ORALES y J. G ARCÍA L ÓPEZ, Plutarco. Obras morales y de costumbres, I, Madrid, 1985 (en esta misma colección).

38 32, 363D.

39 Cf. F. C UMONT, Recherches sur le symbolisme funéraire des Romains, París, 1942, pág. 5 n. 4, y É . B RÉHIER, Les idées philosophiques et religieuses de Philon d’Alexandrie, París, 1950.

40 P ÉPIN, Mythe et Allégorie..., pág. 88.

41 Elemente der Literarischen Rhetorik. (= Elementos de retórica literaria [trad. M. M ARÍN C ASERO], Madrid, 1983, pág. 212). Es interesante el estudio de R. H OLLANDER, Allegory in Dante’s Commedia, Princeton, 1969.

42 IX 2, 46. Es importante el trabajo de J. P ERRET, «Allégorie, hyponoiai, inspiration. Sur les exégèses anciennes d’Homère», en Mélanges Gareau, Cah. Étud. Anc. XIV (Ottawa, 1982), 65-73.

43 5, 1-2.

44 Ver P HILOD., Volumina rhetor., I (ed. S UDHAUS, Teubner, 1892), pág. 164, 22; 181, 25 s.; 174, 24.

45 Cf. A RISTÓTELES, Retórica III 4, 1, y C ICERÓN, Orator XXVII 92 y 94.

46 Q UINTILIANO, Instit. or. VIII 6, 52.

47 De Trinitate XV 9, 15.

48 Cf. P ÉPIN, Mythe Allégorie..., pág. 90.

49 Para todas estas definiciones conviene leer a C ICERÓN, Orat. III 41, 166. Cf. P ÉPIN, op. cit., pág. 90 y B UFFIÈRE, Les mythes ..., págs. 48 y sigs. En la Antología Palatina (libro XIV) hay una colección de enigmas.

50 Cf. O ELMANN, Heracliti..., pág. XLI.

51 I 10, 11.

52 Cf. C. R EINHARDT, De Graecorum Theologia, Berlin, 1910, págs. 36 y sigs. Una completa visión de todo el problema da la reciente monografía de R . L AMBERTON, Homer the Theologian: Neoplatonist Allegorical Reading and the Growth of the Epic Tradition, Berkeley, 1986.

53 Así, Atenea-phronḗsis en los caps. 19, 28, 30, 54, 61 ss., 75.

54 B UFFIÈRE, Heraclite..., pág. XXI y sigs.

55 Rep. 378-e.

56 Cómo debe el joven escuchar la poesía 4, 19E-20B.

57 Es llamado así porque había adoptado las costumbres voluptuosas de los feacios.

58 «II naufragio di Epicuro», Riv. Crit. Stor. Filos. XXXIII (1978), 116-118.

59 Griechische Mythen in christlicher Deutung, Zurich, 1945, págs. 355-492.

60 «Homer bei Methodios von Olympos», Rhein. Mus. XCIX (1956), 17-36.

61 Od. XII 178-200.

62 Cf. P. A NTIN, «Les Sirènes et Ulysse dans l’oeuvre de Saint Jérôme», Rev. Étud. Lat. XXXIX (1961), 232-241.

63 Autor siciliano del siglo a. C. Cf. J. W. S CHIPPERS, De Ontwikkeling der Euhemeristische Godencritiek in de Christelijke Latijnse Literatuur, tes. doct., Utrecht, Groninga, 1952.

64 Cf. B UFFIÈRE, Les mythes..., págs. 228 y sigs.

65 Fedro 229c-e. Cf. H ERÓDOTO, VII 189. Aunque antiguo, sigue siendo fundamental el artículo de J. T ATE, «Plato and Allegorical Interpretation», Class. Quart. XXIII (1929), 142-154.

66 B UFFIÈRE, Les mythes..., págs. 587 y sigs. y Héraclite..., págs. XXVI y sig.

67 P. G UILLON, «La nostalgie d’Homère», Cahiers du Sud. 325 (1954), 331 y sigs.

68 C. L. T HOMPSON, Stoic allegory of Homer. A critical analysis of Heraclitus’ Homeric allegories, tes. doct., Yale Univ. New Haven, 1973. Cf. J. T ATE, «On the History of Allegorism», Class. Quart. XXVIII (1934), 105-114.

69 Ión 530d.

70 Retórica 1403b26, y Poética 1461b1.

71 Ión 530d.

72 Cf. B UFFIÈRE, Les mythes..., pág. 134.

73 Cf. F. W EHRLI, Zur Geschichte der allegorischen Deutung Homers im Altertum, tes. doct., Basilea, Borna-Leipzig, 1928, págs. 89-91.

74 B UFFIÈRE, Les mythes..., págs. 137 y sigs.

75 E. M AASS, Aratea, Berlín, 1892, págs. 172-189.

76 Cf. ibid., págs. 173 y sigs.

77 Cf. A RISTÓTELES, Sobre el cielo 290b12.

78 P LUTARCO, Sobre la cara de la luna 931DF.

79 Cf. D IÓG. L AERC., VII 154.

80 Cf. C. W ACHSMUTH, De Cratete Mallota, Leipzig, 1860, fr. 4.

81 Cf. B UFFIÈRE, Heraclite..., págs. XXXV y sig.

82 Nacido en el 180 a. C. Cf. C. R EINHARDT, De Graecorum..., págs. 107-121.

83 W. S CHMIDT-O. S TÄHLIN, Geschichte der griechischen Literatur, II 1, Munich, 1934, págs. 394 y sigs.

84 De Apollodori ‘Perì theôn’ libris, tes. doct., Bonn, 1883.

85 184c.

86 Cf. R. M ÜNZEL, Quaestiones mythographae, Berlin, 1883, pág. 1.

87 Cf. M ÜNZEL, De Apollodori..., pág. 7. Tesis confirmada por J. P ANZER, De mythographo homerico restituendo, tes. doct., Greifswald, 1892, pág. 62.

88 Les mythes..., pág. 70. Véase R. H AHN, Die Allegorie in der antiken Rhetorik, Tubinga, 1967.

89 O ELMANN, Heracliti..., pág. XXXIX.

90 Cf. B UFFIÈRE, Héraclite ..., pág. XLI.

91 Una descripción detallada de los manuscritos se encuentra en O ELMANN, Heracliti..., págs. X-XXVIII. Cf. B UFFIÈRE, Heraclite..., págs. XLV-LIX.

92 Roma, 1850, I, págs. 296-361.

93 Véase n. 2.

94 Una valoración, en B UFFIÈRE, Héraclite..., págs. LV y sigs.


BIBLIOGRAFÍA

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F. WEHRLI , Zur Geschichte der allegorischen Deutung Homers im Altertum, Leipzig, 1928.

ESTEBAN CALDERÓN DORDA


* Son interesantes, en diversos aspectos, las reseñas a esta edición de: C ATAUDELLA (Sic. Gymm. XVII [1964], 268-269), E RBSE (Gymnasio LXXII [1965], 552-555), L ÉVÊQUE (Rev. Étud. Anc. LXV [1963], 430432), R ANK (Mnemosyne XXI [1968], 310-312) y W EHRLI (Gnomon XXXVI [1964], 149-152).

NOTA A LA PRESENTE TRADUCCIÓN

En nuestra traducción hemos seguido el texto establecido por F. Buffière («Les Belles Lettres», París, 1962). En los escasos pasajes en que diferimos del texto citado, dejamos constancia del hecho en notas a pie de página. A la hora de referirnos a estas divergencias, utilizamos las siglas conforme al aparato crítico de esta edición. Al obedecer las indicaciones críticas del editor, en consecuencia, hacemos entrar en la traducción o salir de ella las partes incluidas, respectivamente, entre corchetes angulares y corchetes normales, sin poner dichos signos en la traducción.

Heráclito utiliza repetidamente un procedimiento de exégesis que es familiar a los comentaristas y a los filósofos: la etimología. Pero estos ejercicios etimológicos, a los que son tan aficionados los estoicos, nos parecen, las más de las veces, carentes de rigor científico. El deseo de hacer concordar el nombre con la idea que se expresa, lleva con frecuencia a nuestro autor a hacer unos juegos de palabras sumamente extravagantes, de difícil justificación y escasa credibilidad. Como estamos en desacuerdo en repetidas ocasiones con muchas de esas etimologías populares, que se dirían tomadas al oído, remitimos al lector a los diccionarios etimológicos al uso (Chantraine, por ejemplo).

Finalmente, hay en el texto frecuentes trasliteraciones. No traducimos a veces esas palabras para no entrar en contradicción, al poner en castellano las citas de Homero, con la teoría que Heráclito expone a continuación sobre dichos términos.

M.a ANTONIA OZAETA


1

Se acusa despiadadamente a Homero por su falta de respeto para con la divinidad 1 : todos sus relatos resultarían impíos, a menos de interpretarlos como alegorías. Historias sacrílegas, repletas de una locura blasfema 2 , rezuman [2] furor a lo largo de los dos poemas. Presumir que [3] toda visión filosófica está ausente, que estas obras no esconden ningún sentido alegórico que haga pensar que están exentas de poesía, supondría hacer de Homero un Salmoneo 3 o un Tántalo 4 ,

el cual tenía una lengua desenfrenada, enfermedad esta la más vergonzosa 5 .

[4] Yo me pregunto con enorme extrañeza cómo es posible que personas temerosas de la divinidad, que asisten regularmente a los templos y santuarios y se preocupan durante todo el año de las fiestas de los dioses, demuestren tanto cariño por las obras impías de Homero y canten [5] de memoria esos relatos malditos. Ya desde su más temprana edad, los niños que hacen sus primeros estudios son alimentados con las enseñanzas de Homero, y amamantados con sus palabras, como si absorbiéramos la [6] leche de sus versos. En los albores de nuestra vida, y también durante los años en que nos vamos haciendo hombres, Homero nos acompaña; en la edad madura está presente con todo su vigor, y nunca hasta la vejez nos produce el menor hastío; antes al contrario: apenas hemos abandonado su lectura, sentimos de nuevo sed de él. [7] Casi puede afirmarse que el trato con Homero no termina hasta que la vida toca a su fin.

2

Por lo cual, creo que es claro y evidente para todos, que ningún relato inmoral puebla ni contamina los versos de Homero; al contrario: ambas obras, la Ilíada primero y la Odisea después, dejan escuchar unánimemente una voz que habla de piedad, una voz limpia de cualquier impureza:

No sería yo quien luchara contra los dioses celestiales 6 .

¡Necios, que ansiamos con vehemencia equipararnos a Zeus ! 7 .

¡Con qué solemnidad está descrito en los versos del [2] poeta Zeus en el cielo, dios que, con un imperceptible movimiento de cabeza, todo lo conmociona! Igualmente Posidón, quien, cuando se lanza, súbitamente

tiemblan los altos montes y las selvas 8 .

Lo mismo podría decirse a propósito de Hera: [3]

Se agitó en su trono, haciendo estremecer el vasto Olimpo 9 .

De igual modo, cuando aparece Atenea [4]

Se quedó estupefacto Aquiles; se volvió, y al punto reconoció a Palas Atenea; sus ojos brillaban de un modo terrible 10 .

Como Ártemis, la flechadora, va por el monte, el elevado Taigeto o el Erimanto, deleitándose con los jabalíes y con las ligeras ciervas ... 11 .

[5] Estas imágenes acerca de la divinidad, descritas en los términos respetuosos que corresponde al tratar los asuntos divinos, son válidas para todos los dioses por igual. ¿Para qué aducir más ejemplos?

bienaventurados y eternos dioses 12

y

que gozan de pensamientos imperecederos 13

o, ¡por Zeus!

que nos dispensan los bienes 14

y

que llevan una existencia feliz 15 ;

no comen pan, no beben vino de color de fuego; por ello, carecen de sangre y son llamados inmortales 16 .

3

¿Quién, ante estos testimonios, se atreve a llamar impío a Homero?

¡Zeus gloriosísimo, el más excelso, que cubres el cielo de negras nubes, y habitas el éter ! 17 .

Y tú, Sol, que todo lo ves y todo lo escuchas,

¡Ríos, Tierra! Y vosotros, muertos de las regiones subterráneas,

que castigáis a los humanos que han cometido perjurio, sed vosotros testigos ... 18 .

Testigos de la voluntad piadosa de Homero, en el sentido de que trata con un cuidado religioso, con un afecto extraordinario, a todo lo que se refiere a la divinidad, puesto que también él es un ser divino.

Si hay hombres que, faltos de inteligencia, no comprenden [2] el lenguaje alegórico de Homero y no descienden a las profundidades de su sabiduría; que rechazan la verdad sin ser capaces de discernirla; que no entienden tampoco el carácter filosófico que impregna sus relatos, y se aferran a lo que parece tener una conformación legendaria 19 , que estos hombres desaparezcan de nuestra vista. Y [3] nosotros, que hemos sido purificados, tras haber hecho las sagradas abluciones, sigamos las huellas de la augusta verdad bajo las directrices de los dos poemas.

4

Sea objeto de desprecio Platón, adulador y detractor a la vez de Homero, Platón, que expulsa de su República a este desterrado insigne, luego de haberle coronado con blancas cintas de lana y ungido su cabeza de costosos [2] perfumes. Tampoco Epicuro nos preocupa lo más mínimo, el cual es jardinero del placer indecoroso en sus propios jardines 20 , y quiere purificarse de todo contacto con la [3] poesía, como si se tratara de un cebo pernicioso 21 . Ante estos autores, con razón podría yo decir entre profundos suspiros:

¡Ah! ¡De qué modo inculpan los mortales a los dioses! 22 .

[4] Y, lo más amargo, es que ambos han tomado a Homero como fuente de sus doctrinas 23 : de él han extraído provechosamente la mayor parte de su ciencia; pero, con respecto a su persona, se muestran desagradecidos e impíos. [5] Aunque de Epicuro y Platón ya habrá ocasión de hablar de nuevo.

5

Ahora quizá sea necesario disertar breve y concisamente sobre el arte de la alegoría: su mismo nombre, elegido con enorme precisión, expresa casi lo que es la esencia de esta palabra. Se llama alegoría a una figura que consiste [2] en hablar de una cosa, pero que en realidad se refiere a otra distinta de la que menciona 24 .

Arquíloco, por ejemplo, que tomó parte en la terrible [3] y amenazadora lucha contra los tracios, compara la guerra con el bramido de las olas, diciendo más o menos así:

Mira, Glauco, ya las olas remueven el profundo mar, [4] y en torno a las cumbres de los montes Giras se eleva, erguida, una nube, indicio de tormenta; y, de manera inesperada, nos sorprende el miedo 25 .

Encontramos también alegorías muy logradas en el [5] poeta de Mitilene: compara igualmente las turbulencias de la tiranía con el estado que presenta el mar cuando está sacudido por la tempestad:

[6] No entiendo la rebelión de los vientos; vienen rodando las olas, tanto de este lado como del otro, mientras que nosotros, en medio, somos arrastrados con la negra nave, padeciendo intensamente a causa de la gran tempestad: pues el agua cubre el pie del mástil; las velas todas están ya desgarradas, y de ellas cuelgan grandes jirones; las anclas 26 están encolerizadas 27 .

[7] Cualquiera inferiría de esta imagen del mar que se nos ha presentado, que se trata de una alusión al miedo que sienten los marineros ante la tempestad. Pero no es así. Es Mírsilo 28 a quien verdaderamente el poeta se refiere, y a la sedición por él provocada para implantar la tiranía [8] entre los habitantes de Mitilene. Del mismo modo, afirma en otro pasaje, aludiendo veladamente a los actos llevados a cabo por Mírsilo:

Como la ola, más alta que las precedentes, avanza, y nos va a deparar un enorme quehacer para achicar el agua, cuando inunde la nave 29 .

El poeta, que era isleño, abunda en alegorías marítimas, [9] y, las más de las veces, compara las catástrofes que originan los tiranos con las tempestades de la mar.

Por su parte, Anacreonte de Teos, para ridiculizar la [10] altanería y arrogancia de una altiva cortesana, utiliza, con pinceladas llenas de humor, la alegoría de una yegua, cuando se expresa en los siguientes términos:

Yegua de Tracia, ¿por qué me miras con mirada torva, [11]

y me rehúyes sin piedad alguna?, ¿me consideras, acaso, carente de todo ingenio?

sabe que podría colocarte con firmeza el freno,

y, con las riendas en mi mano, dirigirte en la carrera hasta la meta.

Ahora, en cambio, paces en el prado, y jugueteas, brincando ligera,

porque careces de un jinete diestro que cabalgue sobreti 30 .

Sería prolijo enumerar con detalle cada una de las alegorías [12] que se encuentran en los poetas y en los prosistas. Son suficientes unos pocos ejemplos para dar testimonio de un conjunto mucho más amplio. No encontramos tampoco [13] en el mismo Homero el uso de alegorías sólo de modo ocasional, alegorías que se presten a ambigüedades, y que requieran ser cuestionadas aún hoy. Nos ofrece un [14] claro ejemplo de este modo de expresarse en los versos en que Odiseo afirma, describiendo los desastres que acarrea la guerra y las batallas:

[15] Como consecuencia del combate, el bronce hace caer a tierra muchas espigas,

pero muy poco grano, cuando Zeus inclina la balanza del otro lado 31 .

[16] Aquí, de lo que se habla es de agricultura, pero en lo que realmente se piensa es en la batalla. En una palabra, se expresa lo que se quiere dar a entender mediante representaciones de objetos totalmente diferentes.

6

Puesto que la alegoría es un modo de expresión habitual en los demás escritores, y tampoco es ignorada por Homero, ¿por qué no se ha esgrimido este argumento para justificar esas ocasiones en las que ha dado un tratamiento vulgar a lo referente a la divinidad? 32 .

[2] El orden de mi exposición será el mismo orden de los poemas homéricos: a través de un sutil y científico recorrido por cada canto, quedarán patentes las alegorías sobre los dioses 33 .

[3] La malevolencia, siempre infame y denigrante, no ha sido escatimada ni siquiera al principio del primer canto. Muchos términos se repiten una y otra vez, a propósito de la cólera de Apolo, en el sentido de que los dardos, arrojados con total arbitrariedad, sacrificaban inútilmente a los griegos que en nada eran culpables; y, hasta tal [4] punto es injusta la cólera de Apolo, que Agamenón, tras inferir un ultraje a Crises, no es objeto de sanción especial alguna, él, que merecía ser castigado, puesto que había incurrido en falta. En cambio, los que habían gritado a grandes voces

que se tratara con respeto al sacerdote, y se aceptaran los magníficos dones de rescate 34 ,

se convierten en víctimas de la obstinación de un ser que se empecina en no dejarse persuadir.

En cuanto a mí, después de examinar atenta y minuciosamente [5] la verdad que se esconde en estos versos, pienso que a lo que aquí se alude no es a la cólera de Apolo, sino a una epidemia de peste, calamidad no enviada precisamente por la divinidad, sino surgida de modo espontáneo, y que brotó entonces —como en tantas otras ocasiones— para llevarse vidas humanas, del mismo modo que ocurre también hoy en día.

Que el mismo Apolo sea identificado con el sol, y que [6] sea honrado como un solo dios con dos nombres diferentes, resulta evidente para nosotros por las revelaciones secretas que, sobre los dioses, se hacen en la celebración de los misterios 35 , revelaciones que no pueden ser desveladas; y está claro también por el dicho popular repetido hasta la saciedad: «El sol es Apolo, y Apolo es el sol» 36 .

7

Estos hechos han sido demostrados minuciosamente por Apolodoro, una autoridad en materia de historia 37 .

[2] No me alargaré demasiado en la exposición de este tema: un desarrollo de mayor longitud resultaría fuera de [3] lugar. Pero no omitiré aquello que considero necesario explicar en apoyo de nuestra hipótesis, y es demostrar a las claras que, también para Homero, Apolo y el sol son [4] la misma cosa. Esta apreciación podría deducirla cualquiera que tuviera intención de examinar el asunto a fondo, por todos los epítetos que utiliza Homero.

[5] Es así que el poeta llama a Apolo continuamente «Febo», y, por Zeus, que este nombre no viene de Febe, de [6] la que dicen que fue la madre de Leto. Pues, así como es habitual en Homero el empleo de adjetivos patronímicos, no se encuentran nunca en él calificativos derivados [7] del nombre de la madre 38 . Homero llama a Apolo «Febo», por el resplandor de sus rayos: siendo este atributo sólo propio del sol, el poeta se lo asigna igualmente a Apolo 39 .

En cuanto a «Hecaergo», no es verosímil que este nombre [8] provenga de Hecaerge, la que, desde el país de los Hiperbóreos, llevó primicias a Delos 40 ; no, es el dios verdaderamente el hecaergo, es decir, el que actúa a distancia 41 . O sea, que el sol, que se halla situado lejos de [9] nuestra tierra, se encuentra en lo alto, presidiendo, como un agricultor, las estaciones de los hombres en el momento oportuno, equilibrando los calores sofocantes y el frío, y convirtiéndose para los humanos en artífice de la labranza y de las semillas, de la cosecha y de los trabajos que tienen que ver con el cultivo de la tierra.

También le llama Homero «Licegeneta», y no por haber [10] nacido en Licia 42 —pues éste es un mito moderno, que no conoce Homero—. En mi opinión, de la misma manera que llama «Erigenia» a la que hace surgir la mañana 43 , o sea, a la aurora, del mismo modo llama al sol «Licegeneta», porque a él se debe esa luz que adopta el [11] crepúsculo en días despejados 44 . También puede ser porque es el artífice del licabante 45 , es decir, del año, ya que es el sol el que, después de recorrer uno a uno los doce signos del zodíaco, marca el fin de la duración del año.

[12] Le llama, asimismo, «Crisaor» 46 , no por llevar ceñida una espada de oro —las armas son impropias de Apolo, [13] ya que este dios es arquero—, sino porque, como su resplandor, al salir, se asemeja muchísimo al oro cuando se le mira 47 , se ha encontrado que «Crisaor» era un epíteto apropiado para el sol, por hacer alusión a sus rayos 48 .

[14] Ahí está el origen, pienso, de que en el Combate de los dioses «Posidón esté apostado» frente a Apolo como su contendiente. Pues siempre ha existido una increíble rivalidad entre el agua y el fuego, habiéndoles tocado en suerte a estos dos elementos una naturaleza que se opone entre sí. Por ello, Posidón, elemento húmedo, cuyo [15] nombre proviene de pósis 49 , lucha como rival contra los rayos ardientes del sol. Si no, ¿qué otro motivo de enemistad podría tener para con Apolo?

8

Se han dado una serie de explicaciones, según las cuales espero haber dejado claro que Apolo se identifica con el sol. Pero, ¿qué es lo que trataba de demostrar? Que, en las epidemias de peste, el sol es la causa principal de las muertes. Pues, cuando el verano suave, benigno, que [2] el astro rey nos concede, deja sentir, por medio de sus rayos, un calor moderado, tibio, una luz de salvación sonríe a los hombres. En cambio, cuando el verano es seco y [3] abrasador, arranca de la tierra emanaciones insalubres, y los cuerpos agotados, que se resienten por el cambio inusual operado en la atmósfera circundante, se consumen bajo el azote de la peste. De estas aceradas epidemias Homero [4] hace responsable a Apolo, pintando claramente a este dios con los trazos del artífice de las muertes repentinas 50 . Dice, en efecto:

Viene Apolo, el del arco de plata, con Ártemis, y les da muerte con sus suaves flechas 51 .

[5] Luego, puesto que, para Homero, el sol y Apolo son una misma cosa, y esta clase de plagas se deben a la acción del sol, Homero ve en Apolo, en su influencia física, la causa de la peste 52 .

[6] El que fuera el verano la estación en la que sobrevino a los griegos la enfermedad de la peste, es lo que voy a intentar precisar bien, porque de esta circunstancia se deduce que lo ocurrido no fue debido a la cólera de Apolo, sino al hecho de que el aire estuviera viciado.

[7] Por ejemplo: la duración de los días, que alcanza su máxima extensión, demuestra que se trataba del punto álgido del verano:

cuando los días son más largos. 53

[8] Pues un solo día transcurre desde la supremacía de Agamenón hasta la salida de Aquiles sin armas, y, aunque ello invierte la mayor parte del día, sin embargo no es una jornada completa:

La venerable Hera, la de ojos de vaca, obligó al Sol infatigable a sumergirse, mal de su grado, en las corrientes del Océano 54 .

Escamoteando Hera, pienso, una parte no pequeña de las horas que quedaban.

9

Los hechos que tienen lugar en el ínterin están distribuidos en ocho cantos. El primero es el combate en la llanura, y contiene numerosas hazañas de uno y otro bando; después viene la contienda en la muralla griega. Y [2] en tercer lugar, la batalla junto a las naves hasta la retirada del cadáver de Patroclo, y, como consecuencia, la salida de Aquiles. De no ser en verano, hubiera sido inverosímil el que ocurrieran tantos hechos.

Las noches no son en absoluto noches de invierno. [3] Pues, ¿cómo Héctor, con un frío helador, se hubiera atrevido a pernoctar junto a las naves aqueas? Tampoco se [4] hubiera oído resonar jubilosamente

el sonido de las flautas y siringas 55

en el ejército bárbaro. Para los que combaten en invierno, [5] se dispone un lecho caliente, campamentos; no tienen que librar batallas a la intemperie. De suerte que Héctor [6] no hubiera abandonado la ciudad, donde podía permanecer completamente seguro, para asentar sus tropas al borde del mar, al descubierto.

Y ¿cómo los que acudieron en calidad de aliados iban [7] a ser tan temerarios como para apostarse, en aquella época del año, frente a los enemigos, sobre todo estando a los pies del monte Ida, montaña de clima extremadamente [8] crudo que hace brotar ríos infranqueables? Pues de sus entrañas fluyen, uno tras otro

el Reso, el Heptáporo, el Careso, el Rodio, el Gránico, el Esepo, el divino Escamandro y el Simois 56 ,

Estos ríos, sin ayuda de las lluvias caídas del cielo, eran capaces de convertir la llanura en una laguna.

[9] Veamos: los bárbaros, por ignorancia, sí hubieran podido decidir hacer algo que resultara perjudicial. Pero, ¿cómo se explica que los griegos, que los sobrepasan en inteligencia en todos los aspectos, fueran a elegir a los mejores 57 para enviarlos, de noche, a realizar un trabajo [10] de inspección? ¿Tan grande hubiera sido el beneficio obtenido —de haber prosperado la empresa— como para contrarrestar el perjuicio resultante, caso de haber fracasado? Pues una simple nevada y un temporal de lluvia invernal hubieran podido fácilmente anegar a ambos vigías.

[11] Yo pienso que el hecho de que los troyanos salieran fuera de su ciudad para luchar es indicio de que se trata del verano, y no de otra estación. Pues, en invierno, toda guerra cesa, y las dos partes en contienda hacen una tregua, ya que no pueden ni transportar las armas, ni soportar [12] las vicisitudes de la guerra. ¿Cómo podría resultar tarea fácil perseguir al enemigo o huir? ¿Cómo las manos, agarrotadas por el frío, podrían disparar con tino y dar en el blanco? En cambio, es justo en medio del verano [13] cuando las huestes se dirigen al combate. Y que esto es así, se puede comprobar no por simples conjeturas, sino por pruebas evidentes.

10

Después de las maniobras de Agamenón para poner a prueba al ejército, todos los griegos se levantan y corren hacia las naves,

y quitan de las naves los soportes que las mantenían sujetas a la tierra 58 ,

sin tener de frente vientos contrarios ni un mar amenazante. Pues, ¿quién se hubiera prestado a ser piloto de [2] unas personas que corrían al encuentro de un peligro tan evidente, y que se disponían, además, a hacer una travesía de envergadura? No zarpaban rumbo a Ténedos, ni [3] disponían el aparejo de las naves para partir a Lesbos y a Quíos; por el contrario, Grecia quedaba lejos, y el mar aquel era difícil de surcar: incluso en verano los navegantes van a veces a la deriva. Aún más: al volver de la [4] asamblea, se levanta bajo sus pies una densa polvareda:

Con gran griterío corren hacia las naves, y de sus pies se levanta una nube de polvo 59

¿Cómo podría esto producirse, si el suelo estuviera mojado? [5] En los combates que siguen a continuación, Homero suele repetir constantemente:

Los aqueos se vuelven blancos por la polvareda que levantan hasta el broncíneo cielo los pies de los corceles al golpear contra el suelo 60 .

[6] ¿Y cuando Sarpedón está herido? El impulso del Bóreas, ¿no

reanima con su soplo a su alma terriblemente extenuada 61 ,

cuando su cuerpo solicita un poco de frescor, en medio de ese aire abrasador? Y de nuevo, en otro pasaje, están por la sed

devorados y cubiertos de polvo 62 ,

y

enjugando su sudor, y bebiendo para calmar la sed 63 .

En invierno era imposible que se dieran estas situaciones; en verano, en cambio, suponía un alivio para los hombres que combatían.

[7] ¿Para qué extendernos más? Bastaría casi con un solo ejemplo de los que hemos aducido para constatar de qué estación del año se trata:

Ardieron los olmos, los sauces y los tamariscos, ardió el loto, el junco y la juncia 64 .

11

Si se está de acuerdo en que la época referida es el verano; que es en dicha estación cuando las enfermedades se contraen, y que las epidemias de peste son de la competencia de Apolo, ¿qué queda sino pensar que el suceso no es expresión de la cólera divina, sino que fue originado por un fenómeno coyuntural de las capas de aire? Muy convincentemente Heródico 65 demuestra que los griegos [2] no permanecieron en Ilión durante diez años completos, sino que llegaron al cumplirse el período de tiempo fijado por el destino para la toma de la ciudad. Sería absurdo [3] que, conociendo —por habérselo predicho Calcante— que

al décimo año tomarían la ciudad 66 ,

permanecieran inactivos tantos años, sin que ello les reportara la menor utilidad; es más verosímil que los griegos, en el intervalo, navegaran a lo largo de las costas de Asia, ejercitándose en las prácticas de la guerra y haciendo acopio de botín en sus campamentos, y que, al llegar [4] el décimo año, en el cual estaba determinado por el destino la toma de Ilion, se agruparan y se dirigieran hacia el lugar. Se establecieron en una hondonada, que era un [5] lugar pantanoso, y, en consecuencia, con la llegada del verano, brotó la epidemia de la peste.

12

Examinemos ahora por partes lo expuesto acerca de la enfermedad: casi todo va a concordar con nuestras afirmadones. [2] En primer lugar: ese sonido que surge de las flechas esconde un fenómeno físico; pero, ¡por Zeus!, no se trata de un relato fabuloso de flechas que hablan, sino que el verso contiene una especulación filosófica:

Resonaron las flechas sobre los hombros del irritado dios al moverse éste 67 .

[3] Hay en el cielo, en efecto, algunos sonidos melodiosos y armónicos que son las vibraciones producidas por el movimiento continuo de las esferas 68 , sobre todo cuando [4] el curso del sol es más rápido. Y si alguien, rasgando el aire al azar con una vara ligera, o arrojando una piedra con honda, produce un chasquido y un silbido de una resonancia tan fuerte, ¿cómo es posible que tan grandes volúmenes, que se desplazan desde la salida del sol hasta su ocaso, puedan conducir su carro silenciosamente y recorrer así el gigantesco trayecto que les ha sido encomendado? [5] Nosotros no percibimos estos sonidos que resuenan sin interrupción, bien porque nos son familiares desde nuestra tierna infancia, o bien porque la inconmensurable distancia que media entre nosotros y ellos hace que se disuelva [6] el sonido en el espacio que nos separa 69 . Que esto es así, Platón lo corrobora, quien destierra a Homero de su República, cuando dice:

Y en lo alto de cada uno de los círculos iba una Si rena [7] que daba también vueltas, y emitía una voz que tenía siempre el mismo tono; y de todas las voces, que eran ocho, se formaba un acorde armonioso 70 .

De igual modo Alejandro de Éfeso, al explicar cómo [8] los astros errantes marchan rigiéndose por un orden, añade, con respecto a los sonidos que emiten:

Todos forman un concierto armónico, cuyos sonidos [9] se asemejan a los de la lira de siete cuerdas; cada uno sube su tonalidad un intervalo con respecto al anterior 71 .

De donde se deduce que el cosmos no es ni silencioso ni mudo.

13

La fuente de esta creencia es Homero, cuando, alegóricamente, llama flechas a los rayos del sol, y añade que estos rayos, al cruzar los aires, producen un peculiar sonido divino.

[2] Después de hacer estas especulaciones de tipo general sobre los sonidos, pasa Homero de inmediato a otras consideraciones particulares sobre el tema y, añade:

Y él caminaba semejante a la noche 72 .

[3] No describe la luz del sol como absolutamente pura, sino mezclada con una neblina negra; ha cubierto, pues, al sol con el velo de la noche, casi la misma noche que suele encubrir la luz del día en las epidemias de peste.

[4] Por otra parte, ¿cómo es que Apolo, dispuesto ya a disparar el arco,

se sentó seguidamente lejos de las naves, y disparó una flecha; un sonido terrible provino del arco de plata 73 .

[5] Pues, si hubiera lanzado sus flechas llevado de la cólera, necesariamente se tenía que haber colocado, al disparar, cerca de las personas objeto de su blanco. Pero, como Homero se expresa en términos alegóricos, supone, con toda verosimilitud, que es el sol el que lanza desde lejos sus pestíferos rayos.

14

Aduce, además, un testimonio muy evidente cuando dice:

En primer lugar, disparó contra los mulos y los ágiles perros 74 .

Pues el gesto de la cólera de Apolo no hubiera sido tan [2] indiscriminado e inútil, como para disparar contra animales carentes de razón; ni se hubiera desatado tan salvajemente su furia contra unos mulos y unos perros, como afirma, levantando un infundio contra Homero, el miserable esclavo tracio: me refiero a Zoilo de Anfípolis 75 , quien esparce por doquier semejantes tonterías.

Homero, muy atento a los fenómenos de la Naturaleza, [3] narra lo que ocurre en las epidemias de peste: las experiencias 76 extraídas de la medicina y de la filosofía han reconocido, por medio de un examen cuidadoso y pormenorizado, que, en las epidemias de peste, la enfermedad comienza por atacar a los cuadrúpedos. Hay dos razones [4] verosímiles para explicar que estos animales son más propensos a contraer este mal. En primer lugar: cuando son cazados, se alteran sus hábitos alimenticios que guardan una cierta regularidad; por ello, se llenan desordenadamente de comida y de bebida, sin que la razón pueda frenar su ansia creciente. El segundo motivo, más verdadero [5] todavía, es que los hombres, por el hecho de respirar en una capa más alta de la atmósfera, aspiran un aire mucho más puro, y son atrapados por la enfermedad más tardíamente; las bestias, en cambio, como se desplazan a ras de tierra, absorben con mayor facilidad los vapores insalubres que despide el suelo.

Muy certeramente el poeta nos revela que la epidemia [6] cesa cuando ha transcurrido un número impar de días, no par:

Durante nueve días volaban a lo largo del ejército las fle chas del dios 77 .

Es harto sabido, por haberlo comprobado en diversas enfermedades, que el día crítico es un día impar.

15

Es Aquiles quien pone fin a la epidemia. Fue Quirón su maestro,

el más justo de los Centauros 78 ,

el cual destacaba en todo tipo de saber, pero especialmente sobresalía en la ciencia médica, porque dicen que había [2] conocido a Asclepio. Pero, en la curación de la enfermedad, a la intervención de Aquiles agrega Homero el concurso de la diosa Hera, alegoría que designa a una fuerza de la Naturaleza:

A él se lo inspiró en su corazón la diosa Hera la de blancos brazos 19 .

[3] Dos son, según los físicos, los elementos relacionados con el aire: el éter y el aire; nosotros al primero lo llamamos Zeus, que es la sustancia ígnea, y al segundo, Hera, que es el aire, elemento más delicado y, por ello, femenino. Pero sobre esto hablaremos con mayor minuciosidad [4] más adelante. Por ahora, baste con decir que, [5] cuando se dispersó el aire, antes turbio, la epidemia desapareció de repente. No sin razón llama el poeta a Hera [6] «la de los blancos brazos», sino de acuerdo con lo sucedido, porque fue el aire blanco el que prestó su luz e hizo más pura a la oscuridad «semejante a la noche». Una [7] vez liberado de la enfermedad, el ejército griego retornó al camino habitual que se sigue cuando uno queda libre de cualquier mal, me refiero a los denominados sacrificios para alejar la desgracia y a las purificaciones:

Ellos se purificaron, y arrojaron al mar sus impurezas 80 .

16

Me parece que Odiseo, por su parte, no propicia a ninguna otra divinidad sino al sol, por medio del sacrificio que le ofrece:

Durante todo el día aplacaron al dios con el canto... Cuando el sol se puso, y sobrevino la noche, se tendieron junto a las amarras de la nave 81 .

La puesta del sol representa el fin de las manifestaciones [2] de piedad 82 : honraban al dios mientras éste podía ver y oír 83 . Pero, cuando a la divinidad ya no le es posible estar presente en los restantes ritos sagrados, cesa la celebración [3] solemne. Al rayar el alba, cuando se hacen a la mar, dice el poeta:

Apolo, el que opera a distancia 84 , les envía un viento favorable y húmedo 85 ,

poniendo mucho empeño en mostrar la singular participación del sol.

[4] Antes de que el sol, desprovisto aún de llamas y de fuego, haya iniciado su carrera hacia el mediodía, los húmedos vapores del rocío, impregnando el ambiente, dejan escapar al alba vientos difuminados y suaves. Por ello, fue el sol el que dirigió sus navíos en línea recta, enviando un viento adecuado, el que sopla como consecuencia de la humedad.

[5] En una primera alegoría hemos mostrado que la cólera del irritado Apolo no es arbitraria, sino que es expresión filosófica de un fenómeno físico.

17

A continuación debemos examinar el pasaje que se refiere a la aparición de Atenea a Aquiles:

Sacó de la vaina la gran espada; del cielo vino Atenea,

pues la había enviado la diosa Hera, la de blancos brazos,

que por igual amaba a ambos en su corazón, y se preocupaba por ellos.

Se puso detrás de Aquiles, y cogió al Pelida de la rubia cabellera

apareciéndosele a él sólo; de los demás, ninguno la veía.

Se quedó estupefacto Aquiles; se volvió seguidamente, y al punto

reconoció a Palas Atenea: sus ojos brillaban de un modo terrible 86 .

Lo primero que puede decirse, a raíz de lo expuesto, [2] es que la diosa, con una rapidez extrema, abandona su agradable estancia en el cielo y se presenta en el momento en que Aquiles desenvaina la espada, para impedir un asesinato, asiendo por detrás, fuertemente, a Aquiles de la cabellera, con un gesto muy gráfico. Un saber brillante [3] y eminentemente filosófico, expresado en forma alegórica, subyace en estas reflexiones. Incluso Platón, tan [4] ingrato para con Homero en la República 87 , tiene que reconocer, a partir de estos versos, que se ha apropiado de la teoría homérica sobre el alma 88 .

Platón divide la totalidad del alma en dos partes: la [5] parte que razona y la parte a la que él llama irracional. [6] Y distingue aún, en la parte no racional, dos elementos específicos: a uno lo denomina concupiscible, y al otro, [7] irascible. Y asigna a cada uno de ellos como una especie de morada: les ha adjudicado en el cuerpo un espacio [8] donde residir. Al elemento racional del alma, según él, le corresponde, como una acrópolis, la parte más alta de la cabeza, y los sentidos, en círculo, le sirven de escolta. De la parte irracional, la cólera reside en torno al corazón, y los apetitos, en el hígado 89 .

[9] Platón, haciendo una alegoría en el Fedro, compara estas tres partes del alma con unos caballos y un cochero, expresándolo con estas palabras precisas 90 :

[10] De los caballos, el que ocupa la posición más ventajosa, tiene el porte erguido, los miembros bien proporcionados, la cerviz alta, la nariz corva; es blanco de aspecto, y de ojos negros; deseoso de gloria con moderación y pudor, compañero de la buena fama, se le gobierna sin recurrir a los golpes: simplemente dándole una orden o mediante una palabra 91 .

[11] Esto en cuanto a la primera de las partes del alma. Respecto a la otra, afirma:

[12] El otro, por el contrario, es contrahecho, de gran tamaño, conformado de cualquier manera: de cuello grueso y fuerte, semblante romo, de piel negra, ojos grises y complexión sanguínea; compañero de la insolencia y de la vanagloria, con densas crines que circundan sus orejas, y un poco sordo, obedece trabajosamente al látigo y a los aguijones 92 .

En cuanto a la parte racional del alma, cuya sede él fijaba [13] en la cabeza, Platón la convierte en el auriga que lleva las riendas, y habla en estos términos:

Respecto a la especie de alma que en nosotros ocupa [14] la primacía, hay que hacer la siguiente observación: el dios nos la ha donado a cada uno de nosotros, como si se tratara de un genio divino. Es el principio del que hemos afirmado que habita en la parte más elevada de nuestro cuerpo. Pues bien: esta alma nos eleva por encima de la tierra, a causa de su afinidad con el cielo, ya que somos una planta celeste, en absoluto terrena 93 .

18

Platón ha extraído estas teorías de la fuente de los poemas homéricos, y ha desviado sus aguas hacia sus propios diálogos.

En primer lugar, examinemos lo referente a las partes no racionales del alma. Que el thymós reside en la región [2] del corazón 94 , Odiseo lo pone de manifiesto cuando, llevado de la cólera contra los pretendientes, se golpea el corazón, como si allí se encontrara la sede del odio que se concibe contra los malvados:

[3] Y, dándose golpes en el pecho, reprendía a su corazón con estas palabras:

«Aguanta, corazón, que en otras ocasiones ya soportaste cosas más perras » 95 .

[4] El órgano de donde manan los flujos de la cólera: ahí [5] es donde el discurso quiere ir a parar 96 . Ticio, enamorado de la esposa de Zeus, está sometido a un castigo en la parte de su cuerpo en donde él había empezado a concebir el abominable plan:

[6] Dos buitres, colocados uno a cada lado, le roían el hígado 97 .

¿Por qué, Homero?

Porque intentó forzar a Leto, la ilustre esposa de Zeus 98 .

De la misma manera que los legisladores hacen cortar [7] la mano a los que golpean a su padre, amputando precisamente el miembro que ha cometido la acción sacrílega, así Homero hace castigar en su hígado 99 al que, con su hígado, ha perpetrado un hecho impío.

Sobre las partes no racionales del alma, estas son las [8] consideraciones filosóficas que ha hecho Homero.

19

Queda por determinar en qué lugar reside el elemento racional. Sin duda es la cabeza, según Homero, la que [2] ocupa en el cuerpo el lugar preeminente. De ahí que acostumbre [3] a llamar a los hombres designándolos precisamente con esta parte, la más excelsa, que comprende todas las demás:

A causa de esas armas 100 guarda en sus entrañas la tierra semejante cabeza 101 ,

es decir, a Áyax. Y, al referirse al caballo de Néstor, [4] muestra Homero, de manera aún más clara, que esa es la parte más vital del cuerpo,

en el lugar de la cabeza donde las crines de los corceles empiezan a crecer, y las heridas son mortales 102 .

Esta idea que nos transmite Homero, la confirma sirviéndose [5] de una alegoría a propósito de Atenea: cuando [6] Aquiles, henchido de cólera, se precipita sobre la espada, nublada su facultad de razonar por el furor que anidaba en su pecho, es precisamente la mente la que, al poco tiempo, le arranca de la embriaguez de la ira y le restituye [7] a un estado mejor. Este cambio operado en él gracias a la razón es lo que en los poemas homéricos, con toda justicia, se identifica con Atenea.

[8] Casi puede decirse que la diosa no es sino una denominación de la inteligencia 103 , alguien que, esparciendo su mirada, todo lo escudriña con los ojos penetrantes del [9] pensamiento 104 . Por ello, también, se la ha mantenido virgen —la inteligencia, en efecto, es siempre pura, y no puede ser contaminada con mancha alguna—. De ahí también la conjetura de que ha nacido de la cabeza de Zeus: pues ya mostramos que esta parte del cuerpo es propiamente la madre de los pensamientos.

20

¿Para qué extendernos más? Definitivamente, Atenea [2] no es sino la inteligencia misma. Tras las llamaradas de cólera de Aquiles, aparece la diosa como un remedio para apagar el mal,

tomó al Pelida de la rubia cabellera 105 .

Durante el tiempo en el que Aquiles es presa de la [3] cólera, el thymós está alojado en su pecho: mientras desenvainaba [4] la espada,

dentro de su velludo pecho, su corazón se debatía entre dos alternativas 106 .

Pero, cuando el furor se apacigua, y la facultad de [5] razonar va poco a poco apoderándose de él, que estaba ya en trance de arrepentirse, la cordura comienza a tomar posesión de su cabeza.

Se quedó estupefacto Aquiles 107 , [6]

su calma e impasibilidad ante cualquier peligro se trocan en temor, cuando ve el arrepentimiento a que ha dado origen la reflexión. Descubriendo hasta qué extremos de desgracia [7] ha estado a punto de precipitarse, retrocede ante la presencia de la razón, como ante un auriga. Luego no ha quedado completamente libre de su cólera. Añade a [8] continuación:

Injúriale de palabra como te parezca 108 .

Una diosa hubiera prestado su ayuda de manera total, [9] y hubiera procurado a Aquiles una paz completa para [10] la agitación de que era objeto. Pero, como se trata de la razón de un hombre, ésta hace sólo el gesto de contener su espada e impedir así la audacia de consumar el 11 hecho, mas quedan aún restos de cólera; pues los arrebatos que son producto de un estado de ánimo muy airado no desaparecen enteramente, ni se disipan en un instante.

[12] Por consiguiente, lo que se refiere a Atenea, a quien Homero presenta como mediadora para apaciguar la cólera de Aquiles contra Agamenón, debe considerarse como exponente de la más genuina alegoría.

21

Un reproche muy grave puede hacérsele a Homero, y digno de toda condena, si sus relatos son como el pasaje que encontramos a continuación, cuando habla del soberano de todos los hombres:

[2] otros dioses olímpicos querían encadenarlo,

Hera, Posidón y Palas Atenea.

Pero tú, diosa, acudiste, y le liberaste de las ataduras, convocando de inmediato al vasto Olimpo a uno de los Hecatonquires 109 ,

a quien los dioses llaman Briáreo, y todos los hombres Egeón, el cual supera en fuerza a su mismo padre 110 .

Por estos versos, no sólo merece Homero ser expulsado [3] de la República de Platón, sino también ser desterrado más allá de las remotas columnas llamadas de Heracles y del infranqueable mar Océano.

Zeus, en efecto, casi ha probado las cadenas, y quienes [4] han maquinado contra él no son los Titanes, ni los audaces Gigantes de Palene, sino Hera, doblemente unida [5] a él por lazos de parentesco y por matrimonio; su hermano Posidón, quien obtuvo en la distribución del mundo un reparto totalmente equitativo 111 , y no tiene motivos para irritarse contra la codicia de Zeus, ni para sentirse él mismo decepcionado en la parte de honor que consideraba justo obtener; y, en tercer lugar, Atenea, cuya maquinación es doblemente impía, ya que atenta contra su padre y contra su madre. Sin embargo, considero el procedimiento [6] para salvar a Zeus aún más indecoroso que la conjura urdida contra él. Fueron, en efecto, Tetis y Briáreo quienes le liberaron de las cadenas: es indigno concebir unas esperanzas sustentadas en la necesidad de semejantes aliados para salvarse.

22

El único eximente de esta impiedad es demostrar que la historia es una alegoría. En efecto, es la sustancia primigenia, que dio origen a todas las cosas, la que está presentada en estos versos como divinidad 112 .

[2] Homero es realmente el primer autor que aporta ideas sobre la naturaleza de los elementos; es el maestro de todos los que le siguieron en los descubrimientos de los que ellos parecieron ser los autores.

[3] Se está de acuerdo en que Tales de Mileto fue el primero que definió el agua como elemento primitivo, a partir del cual se originó el cosmos: la sustancia líquida, en efecto, que se adapta fácilmente a todo, suele adoptar las [4] formas más diversas. La parte del agua que se evapora se transforma en aire, y la capa más diáfana de aire, purificada, se convierte en éter; el agua, comprimiéndose y haciéndose [5] barro, forma la tierra. Por ello, Tales afirmó que el agua era el más activo de los cuatro elementos; por así decirlo: la causa primera 113 .

[6] ¿Quién concibió esta teoría? ¿No es Homero, cuando afirma:

Océano, el cual es el origen de todas las cosas 114 ;

[7] designando al elemento líquido con el nombre justo: Océano, cuya denominación proviene de «fluir rápidamente» 115 , definiéndolo como principio y génesis de todos los seres?

Anaxágoras de Clazómenas, que es discípulo y sucesor [8] de Tales 116 , añade al agua, como segundo elemento, la tierra, de modo que lo húmedo y lo seco, mezclados, formen un todo compacto y homogéneo, fruto de la unión de dos materias contrapuestas.

Fue Homero el primero que desbrozó el terreno para [9] posteriores hallazgos, cediendo graciosamente a Anaxágoras los fundamentos de su teoría en aquel pasaje en el que dice:

¡Ojalá todos volvierais a ser agua y tierra! 117 .

Todo lo creado, cuando se destruye, se disuelve en los [10] mismos elementos a partir de los cuales cobró vida, como si la Naturaleza se resarciera de la deuda que con ella contrajeron en un principio, y se llevara al fin lo que con anterioridad prestó.

Eurípides, siguiendo las teorías del filósofo de Clazómenas [11] dice:

Todo vuelve a su punto de partida,

lo que nació de la tierra, a la tierra retorna,

y lo que germinó del éter, vuelve al éter 118 .

Homero lanza una imprecación contra los griegos, para [12] lo cual ha encontrado la única maldición auténticamente filosófica: que ojalá se vuelvan a convertir en agua y tierra, disolviéndose en los mismos elementos de los que fueron formados al ser creados.

[13] Finalmente, los más reputados filósofos han completado el número de los elementos hasta llegar a la cifra inmejorable [14] de cuatro: dos de ellos, afirman, son materiales, el agua y la tierra, y los otros dos, incorpóreos, el éter y el aire; y, aun siendo estas sustancias contrarias por naturaleza, cuando se mezclan entre sí, se acoplan perfectamente todas ellas.

23

Pero, si se quiere llegar realmente al fondo de la cuestión, ¿acaso no se encuentran ya en Homero estos elementos [2] con carácter filosófico? Respecto al encadenamiento de Hera, que representa una alegoría del orden de sucesión de los cuatro elementos, ya hablaremos de nuevo [3] en un momento más oportuno. Por ahora, nos bastan los juramentos del canto tercero para consolidar nuestras afirmaciones:

[4] ¡Zeus gloriosísimo, el más excelso, que cubres el cielo de negras nubes, y habitas en el éter 119 ,

y tú, Sol, que todo lo ves y todo lo escuchas,

¡Ríos, Tierra, y vosotros que, en lo más profundo, castigáis

a los muertos que cometieron perjurio!... 120 .

Invoca, en primer término, al éter finísimo, que ocupa [5] el lugar más alto: porque al fuego, por su naturaleza pura y porque, en mi opinión, es la sustancia más liviana, le corresponde la zona más elevada 121 . Este fuego, creo, [6] debe su nombre a Zeus, bien porque da la vida 122 a los hombres, bien por su naturaleza ardiente y en ebullición 123 .

Sin duda alguna, Eurípides menciona este éter que se [7] extiende en todas direcciones:

¿ Ves allá arriba este éter sin límites,

que abraza a la tierra con sus tiernos brazos?

Considérale Zeus, tenle por un dios 124 .

El éter es el que está invocado en primer lugar como [8] árbitro de los juramentos. Los ríos y la tierra, los elementos materiales, siguen a continuación de la sustancia primera, que es el éter. Al aire, el poeta lo llama alegóricamente [9] «el Hades que está por debajo»; en efecto, este [10] elemento es negro, en mi opinión, porque le ha tocado en suerte la parte más densa y húmeda 125 . Así, sin ninguna posibilidad de emitir luz, carece de toda clase de resplandor, por lo cual el poeta lo llamó con razón el «Invisible» 126 .

[12] Y, ¿por qué el sol, en quinto lugar? Homero lo ha invocado para, de alguna manera, agradar a los filósofos peripatéticos. Éstos mantienen que la sustancia del fuego es diferente de lo que ellos denominan «sustancia del movimiento circular», y coinciden en que ésta constituye el [13] quinto elemento. El éter, en efecto, debido a su ligereza, se propaga hacia las regiones más altas, mientras que el sol, la luna y cada uno de los astros que siguen el mismo curso, giran ininterrumpidamente describiendo un círculo, y poseen distintas propiedades que la sustancia del fuego 127 .

[14] Por medio de todas estas sustancias, Homero nos ha mostrado los elementos de la Naturaleza que, después de un primer momento, se fusionaron.

24

Y, a propósito de esto, que nadie diga: «¿Por qué llama Zeus al éter, por qué denomina Hades al aire, restando así claridad, con estos nombres simbólicos, a sus [2] especulaciones filosóficas?» No es nada extraño que, siendo un poeta, utilice alegorías, puesto que los filósofos usan especialmente de esta figura.

Así, el tenebroso Heráclito, de manera poco clara, hace [3] teología de los hechos físicos, siendo sólo posible representárnoslos por medio de símbolos, cuando dice:

Dioses mortales; hombres inmortales, viviendo la muer- [4] te de aquéllos, muriendo la vida de éstos 128 .

Y, en otro lugar: [5]

En los mismos ríos nos metemos y no nos metemos, estamos y no estamos 129 .

Todo lo referente a la Naturaleza lo presenta en forma de alegorías enigmáticas.

[6] Y, ¿qué decir de Empédocles de Agrigento? ¿No reproduce la alegoría de Homero cuando quiere mostrarnos que hay cuatro elementos?

Zeus resplandeciente, Hera la que da vida, Edoneo

y Nestis, quien con sus lágrimas empapa la fuente mortal 130 .

[7] Al éter lo llama Zeus; a la tierra, Hera; al aire, Edoneo, y al agua, la «fuente mortal empapada de lágrimas» 131 . [8] No es, pues, extraño que, si los que confiesan abiertamente dedicarse a la filosofía emplean nombres alegóricos, un autor que profesa realmente el arte poético utilice la alegoría, al modo de los filósofos.

25

Examinemos ahora si la «Conjura contra Zeus» no es una recopilación de estos elementos, y si el poeta no está haciendo, en realidad, una especulación física.

Pues bien, dicen los más reputados filósofos a propósito [2] de la duración del universo: mientras que la armonía, [3] sin la menor intención de disputar, mantiene bajo su dominio a los cuatro elementos, no prevaleciendo ninguno de ellos sobre los otros de manera destacada, sino ocupando cada uno ordenadamente el puesto que le ha sido asignado, todo permanece en calma. Pero si algún elemento [4] domina a los demás, se conduce como un tirano y se extiende más allá de su propia órbita, los restantes elementos, confundidos, tienen que retroceder necesariamente ante la violencia del más poderoso. Si el fuego entra [5] súbitamente en ebullición, se producirá un incendio general del universo. Y, si es el agua la que, brotando a raudales, se desborda, se extinguirá el mundo por inundación 132 .

Por medio de estos versos, Homero quiere representar [6] una rebelión que va a producirse en el universo: Zeus, la [7] sustancia más poderosa, es objeto de conspiración por parte de los otros elementos: de Hera, el aire; de Posidón, la sustancia líquida; de Atenea, la tierra —puesto que ella es, efectivamente, el demiurgo de todas las cosas, y la diosa artesana— 133 .

[8] Estos elementos, en un principio, están unidos como por lazos de parentesco 134 , debido a la mezcla que se da [9] entre unos y otros; seguidamente, a punto de producirse la confusión entre ellos, aparece la providencia para dis [10] pensar su ayuda. Homero, con buen criterio, la denomina Tetis 135 : pues es ella quien ha tomado a su cargo la oportuna custodia del universo, situando a los elementos [11] dentro de sus propias leyes. Aliado suyo ha sido su poder, de vigorosos e innumerables brazos 136 : pues, ¿de qué otro modo, sino con una enorme fuerza se podrían restablecer situaciones afectadas por desórdenes de tan gran magnitud?

Este encadenamiento impío de Zeus, inevitablemente [12] censurado, ofrece una visión alegórica de los fenómenos de la Naturaleza 137 .

26

Hacen reproches también a Homero por la expulsión de Hefesto del cielo 138 ; en primer lugar, porque el poeta nos lo presenta cojo, cercenando así la naturaleza divina, y, en segundo lugar, porque casi le pone en peligro de muerte.

Durante todo el día, dice, estuve rodando, y, al ponerse el sol,

caí en Lemnos; me quedaba aún un poco de vida 139 .

En estos versos homéricos se esconde un sentido filosófico. [3] En efecto, el poeta no nos presenta a un Hefesto [4] cojo para deleitar sin más a su auditorio 140 con imágenes poéticas; aquí no se trata del hijo nacido, según el mito, de Hera y Zeus: pues afirmar eso de los dioses sería realmente [5] indecoroso. Lo que ocurre es que el fuego tiene [6] una doble esencia: la del éter, como hemos dicho anteriormente, que ocupa la zona más elevada del espacio, y que no carece de ningún elemento para ser perfecto, y la del fuego que se encuentra a nuestra altura, a ras de tierra; es perecedera, y su llama, replegándose sobre sí misma, [7] necesita ser reavivada a cada momento 141 . Por ello, Homero denomina siempre a la llama más activa Sol o Zeus, y llama Hefesto al fuego de la Tierra, siempre propenso [8] a encenderse y apagarse. De modo que, comparando nuestro fuego con el otro de arriba, que es absolutamente perfecto, se ha considerado con razón que era [9] cojo. Por otra parte, toda persona a quien le falta una pierna necesita de un bastón para reafirmar sus pasos: [10] de la misma manera, el fuego de la tierra no podría mantenerse por mucho tiempo sin echarle leña, por lo que, [11] simbólicamente, se le ha llamado «cojo». Aunque en otros pasajes Homero declara expresamente, y no de modo alegórico, que el fuego es Hefesto:

Y ensartando las entrañas en los pinchos de asar, las pusieron al fuego 142 ,

viniendo a decir, metafóricamente, que las vísceras son asadas por Hefesto.

[12] Además, nos presenta a Hefesto arrojado de lo alto [13] del cielo. Se trata de un fenómeno natural: en un principio, cuando no era aún habitual el uso del fuego, unos hombres lograron extraer, de acuerdo con la época, destellos que provenían de las regiones celestes, con ayuda de instrumentos apropiados para tal fin, colocando dichos instrumentos [14] frente al sol en el momento del mediodía. A mi entender, de ahí se origina la creencia de que Prometeo robó el fuego del cielo, ya que fueron la previsión 143 y la habilidad de los hombres las que idearon el propagar a la tierra el fuego de allá arriba.

No sin razón Homero denominó Lemnos al lugar que [15] primero recibió el fuego arrojado del cielo. En efecto, allí surgen espontáneamente las llamas de un fuego, como si éste saliera de la tierra. Y, en el pasaje que añade a [16] continuación, muestra claramente Homero que se trata del fuego visible:

me quedaba aún un poco de vida 144 .

En efecto, se apaga y se marchita enseguida, si no tiene a alguien que se ocupe de mantenerlo.

27

Así se debe interpretar filosóficamente el mito de Hefesto:

Por el momento, dejo la teoría filosófica de Crates 145 [2] por inverosímil. Ésta es la siguiente: Zeus acometió la empresa de medir el universo con la ayuda de dos antorchas, dotadas ambas de la misma velocidad: Hefesto y Helio. Queriendo determinar así las dimensiones del mundo, lanzó al primero desde lo alto, desde el lugar llamado el «umbral del Olimpo», y a Helio le dejó caer para que recorriera el espacio desde el Levante hasta el Poniente. [3] Uno y otro emplearon el mismo tiempo en este cometido ya que

al mismo tiempo en que se ponía el sol, cayó Hefesto en Lemnos 146 .

[4] Sea lo que fuere, ya se trate de la medición del universo por Zeus, o, lo que es más veraz, de un relato alegórico sobre la entrega del fuego a los hombres, nada impío se dice en Homero a propósito de Hefesto.

28

En el segundo canto, cuando los griegos vuelven a reanudar la marcha, no se presenta ante Odiseo, que estaba sin saber qué partido tomar, ningún otro atributo sino la divina sabiduría, a quien Homero llama Atenea.

[2] En cuanto a Iris, la mensajera y enviada de Zeus, simboliza el lenguaje «que habla», de la misma manera que [3] Hermes es el lenguaje «que interpreta» 147 . Los dos son emisarios de los dioses, y sus nombres no designan sino la facultad de expresar el pensamiento por medio de la palabra.

[4] Afrodita, en cambio, arroja a Helena en los libertinos [5] brazos de Alejandro de manera indigna. Quienes así piensan, ignoran que Homero designa con este vocablo el desvarío de los arrebatos amorosos 148 , el cual actúa de intermediario y esclavo de los deseos de la juventud. Este [6] desvarío ha encontrado el lugar que le corresponde: se instalará en el pescante del carro de Helena y, desde allí, provocará el deseo de ambos amantes con diversos encantamientos, en un momento en que todavía Alejandro está enamorado, pero Helena ya comienza a arrepentirse 149 . En efecto, Helena, que se oponía en un principio, cede [7] al fin, impulsada por dos sentimientos contradictorios: el amor por Alejandro y la vergüenza que siente ante el recuerdo de Menelao.

29

En cuanto a Hebe, quien, al principio 150 , sirve a los comensales en los banquetes, ¿qué podría representar sino la juventud que se da permanentemente en la alegría? 151 . Pues en el cielo no existe vejez alguna; la naturaleza divina [2] no participa de esta enfermedad, la peor de la vida. El requisito imprescindible, por decirlo así, para toda alegría [3] verdadera, es que todos los que están reunidos para participar del goce, se hallen en la plenitud de la vida.

Respecto a Éride, Homero ha alegorizado sin usar un [4] lenguaje críptico que requiera finas interpretaciones; por el contrario, en lo referente a esta diosa, se explica con toda claridad:

la cual, pequeña en un principio, se yergue después, y toca el cielo con su cabeza, mientras que, con sus pies, marcha sobre la tierra 152 .

[5] En estos versos, Éride no está descrita bajo la forma de una diosa absolutamente portentosa, que sufre en el tamaño de su cuerpo inverosímiles transformaciones: que unas veces, echada en tierra, es muy pequeña y otras, en cambio, desplegada por completo, alcanza el tamaño ilimitado [6] del éter; sino que ha querido representar, mediante esta alegoría, el fenómeno que tiene lugar siempre entre [7] los que disputan: el altercado 153 se origina a partir de un motivo insignificante, pero, una vez nacido, crece hasta convertirse en un mal de gran tamaño.

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