Kitabı oku: «El ejército y las partidas carlistas en Valencia y Aragón (1833-1840)»

Yazı tipi:

EL EJÉRCITO Y LAS PARTIDAS

CARLISTAS EN VALENCIA Y ARAGÓN

(1833-1840)

EL EJÉRCITO Y LAS PARTIDAS

CARLISTAS EN VALENCIA Y ARAGÓN

(1833-1840)

Antonio Caridad Salvador

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.

© Antonio Caridad Salvador, 2013

© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2013

Publicacions de la Universitat de València

http://puv.uv.es publicacions@uv.es

Diseño de la maqueta: Inmaculada Mesa

Ilustración de la cubierta: Augusto Ferrer-Dalmau, El general Cabrera en Morella, colección particular Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-370-9327-7

Edición digital

ÍNDICE

PRÓLOGO

INTRODUCCIÓN

1.FORMACIÓN Y CONSOLIDACIÓN DE LAS PARTIDAS

2.ESTRUCTURA Y FUNCIONAMIENTO DEL EJÉRCITO

3.CRISIS Y DISOLUCIÓN DE LAS FUERZAS CARLISTAS

4.LA ALIMENTACIÓN

5.ARMAS Y MUNICIONES

6.FINANCIACIÓN

7.CABALLERÍAS Y CARRUAJES

8.VESTUARIO Y CALZADO

9.OTROS SUMINISTROS

10.TÁCTICAS

11.FORTIFICACIONES

12.ALOJAMIENTO

13.INFORMACIÓN

14.BARCOS

15.ALMACENES

16.HOSPITALES

17.PRISIONEROS

18.ADMINISTRACIÓN

FUENTES UTILIZADAS

PRÓLOGO

La historia y las guerras contemporáneas mantienen una relación difícil. En España las asignaturas del bachillerato y los planes de estudios del grado en historia las tienen en cuenta, y hasta las usan para compartimentar temarios, pero a la hora de la verdad se les dedica muy poca o ninguna atención. La inmensa mayoría de los titulados superiores en historia contemporánea de nuestro país acabarán su carrera habiendo oído citar a menudo y como referencias insoslayables las revolucionarias y napoleónicas, las de independencia americanas, las dos mundiales o las civiles españolas, desde la de 1822-1823 a la de 1936-1939, pero rara vez habrán asistido a clases en que se analicen con detalle esos u otros conflictos armados. Cuesta discernir cuánto hay en esto de descuido o inercia y cuánto de rechazo consciente, genérico o frente a algunos enfrentamientos concretos. No obstante, hasta quienes sienten escrúpulos antibélicos saben que la guerra es un fenómeno histórico total, un torbellino del que no se escapa ni siquiera emprendiendo el camino de un exilio que, guste o no, también altera la relación de fuerzas en pugna.

Por otra parte, es notorio que la historiografía más destacada en nuestros días, la británica, alienta el estudio de la guerra, al tiempo que la historia militar, un género autónomo y diferenciado, cosecha un gran éxito en los países de habla inglesa. Ojalá que a este libro de Antonio Caridad le suceda lo mismo y le sonría la suerte editorial como merece. Sea como fuere, la historia contemporánea de España, que de un tiempo a esta parte parece moverse solo al compás de las conmemoraciones, se halla tan necesitada de historia bélica en sentido amplio como de buena historia militar de formato clásico, y Caridad nos suministra ambas cosas.

La guerra civil de 1833-1840 de que tratan las páginas siguientes, la conocida desde hace unas cuantas décadas como primera guerra carlista, proporciona un excelente ejemplo de esa costumbre a la que me refería de indicar los conflictos armados y después obviarlos. Se ha llegado a poner tanto énfasis en el adjetivo accidental de carlista –en realidad, absolutista español– que casi se borra el sustantivo, guerra. Sin embargo, de eso se trató, de una guerra, y no de una revuelta ni de un motín. Tampoco de una jacquerie campesina, como se ha dicho en ocasiones. Cierto, hubo un levantamiento rural en los reinos de la antigua Corona de Aragón y Murcia durante el verano de 1835, pero en él los campesinos, voluntarios y milicianos isabelinos prendieron fuego a las moradas de unos frailes a los que acusaban, con fundamento, de apoyar a las partidas carlistas.

Historiadores en principio tan distantes como Jesús Millán, José Ramón Urquijo y Ramón del Río han coincidido en que ese primer carlismo en armas estuvo subordinado a los designios de una élite social, económica y hasta cultural. Los dirigentes absolutistas españoles no podían reconquistar el poder que había comenzado a escapárseles el otoño de 1832 mediante el juego político, ya que lo rechazaban por principio, de modo que recurrieron a la guerra. En vez de la continuación de la política, aquella se convirtió en su recambio. Era, por lo demás, un recurso muy socorrido en un país donde las armas llevaban hablando casi sin cesar desde hacía un cuarto de siglo y en el que, como escribiría Pío Baroja el siglo siguiente, “para un hombre joven y lleno de entusiasmo se comprende el encanto de esta vida salvaje del guerrillero, que es la misma que la del salteador de caminos”.

Tiene poco sentido estudiar el primer carlismo sin tomar en consideración peripecias vitales como la que evocaba el escritor vasco y de la que tantos detalles se dan en este libro. En cambio, habrá que tenerlas en cuenta si se desea emplear una herramienta histórica tan potente –y peligrosa– como la empatía con las gentes del pasado. Sobre todo, la guerra y sus reglas se han de tener muy presentes si se quiere explicar la génesis de lo que primero fue la contrarrevolución carlista y solo muchas décadas después se convertiría en la comunión tradicionalista. Investigar en historia y escribirla pasa en primer lugar por situar las acciones humanas en el momento y el contexto que les corresponden, sin parar el reloj ni mover sus agujas en sentido inverso. Esas operaciones se vuelven aún más necesarias al hablar del carlismo, cuya longevidad ha hecho olvidar que el futuro nunca explica el pasado, que quienes vivían en 1833 ignoraban lo que sucedería en 1872 o 1936.

Por elemental que suene, también tiene que recordarse aquí que en toda guerra se enfrentan dos bandos y que por lo tanto ambos deben ser considerados para rendir cuentas de su lucha. Si, como sabemos, el ideario absolutista se reformuló contra el liberal, la contrarrevolución se movilizó porque la revolución se puso en marcha y los carlistas declararon la guerra a los isabelinos o cristinos. Al hacerlo, perseguían objetivos mucho más importantes para ellos que sentar en el trono al hermano de Fernando VII, el infante don Carlos, en lugar de a su hija, la reina Isabel. Todo el mundo sabía en Europa que estos pleitos de familia quedaban en último plano y que en aquel largo y muy destructivo conflicto se dirimía nada menos que el final del Antiguo Régimen y la monarquía absoluta y su recambio por el orden social y económico burgués y el régimen representativo. Adóptense otros términos si estos se juzgan esquemáticos o caducos, pero no se dude que estamos ante un episodio de máxima densidad histórica.

Una vez que se declara una guerra, y más si es civil, la lógica propia del enfrentamiento armado se impone a la de las querellas que lo han hecho estallar. Aunque la situación política de las retaguardias continúe como un asunto de primer orden, pronto se le equiparan otros factores estratégicos. Las armas, las provisiones, el vestido y el dinero con que comprar lo que se conocía como munición de boca y guerra; la recluta de tropas, su adiestramiento y su organización; el desplazamiento de las unidades, grandes o pequeñas, sus movimientos de combate y la reparación de sus daños... todas estas cosas se convierten en las preocupaciones principales de comandantes militares y dirigentes civiles. Antonio Caridad ha interiorizado las que a buen seguro acuciaron a los jefes de partida carlistas del teatro bélico del Centro durante la guerra civil de los siete años, y al hacerlo nos ha brindado una historia militar del primer carlismo en lo que ya entonces se llamó, no muy correctamente, el área del Maestrazgo.

En contraste con su enorme trascendencia para la historia contemporánea española, y aun continental, no puede decirse que la guerra civil de 1833-1840 fuera un conflicto brillante desde el punto de vista militar. Apenas hubo un puñado de batallas dignas de ese nombre, casi todas en el teatro del Norte, y no se produjo más innovación técnica reseñable que algunos diseños de estrategia contra las guerrillas. Estas proporcionaron su primera forma de encuadramiento al carlismo armado, y aunque fueran dando paso –en una evolución que Caridad pauta con esmero– a algo parecido a ejércitos en los distintos teatros, dejaron una impronta indeleble en las tácticas y la organización de las huestes absolutistas. Al fin y al cabo, y como Baroja apostilló al final del fragmento antes citado, “ser guerrillero y pelear y matar está bien; ser militar para andar probando ranchos y acompañando procesiones es cosa ridícula”.

En tanto que contienda sobre todo de guerrillas, la guerra de Cabrera en Levante se resumió en una larga serie de sorpresas y celadas, marchas, contramarchas y persecuciones, ninguna de ellas decisiva. Fue una guerra de alpargata, como la de Cataluña –tan parecida– en los mismos años y la del teatro del Norte en su primera fase. Tan solo en La Mancha se libró una guerra con caballería, como algunas americanas. A pie o a caballo, cuando se adopta el estilo de combate guerrillero, en que el éxito se cifra más en permanecer y desgastar al enemigo que en derrotarlo en el campo de batalla, la intendencia pasa a primerísimo lugar. El principal cuidado de los guerrilleros consiste en asegurarse la subsistencia, para la que dependen de la población de la zona donde actúan. Hace entonces su aparición la guerra total, de efectos indiscriminados y particular crueldad.

Entre la población civil y las partidas se establece un lazo necesario que ya detectaron los primeros estudiosos de la guerra no académica. Sin embargo, no nos apresuremos a calificar esa relación de simbiosis para mutuo beneficio: en vez de simbiontes de los campesinos, los guerrilleros fueron a menudo sus parásitos. Desde luego, todas las estrategias antiguerrilleras exitosas de los últimos dos siglos han puesto en duda que la población civil colaborase por gusto con las guerrillas y han intentado ganársela alternando la severidad y la clemencia. Así, el progresivo confinamiento social y territorial de las guerrillas las llevará a intensificar la exacción en las áreas que dominen, cuyo apoyo acabarán por enajenarse.

Uno de los mayores méritos de esta obra de Antonio Caridad reside en que aporta una gran cantidad de elementos de juicio sobre esa guerra irregular, en un debate que, por supuesto, no se zanjará de una sola vez ni con idéntico dictamen para todos los casos. Para resolverlo, habrá que superar el nivel táctico y moverse también en el estratégico, así como insertar a los guerrilleros decimonónicos de estas páginas y a otros posteriores en redes amplias, nacionales y ante todo internacionales. Nuestro autor desliza algunas observaciones en este sentido, por lo que uno desearía leer pronto nuevos ensayos suyos que las desarrollen, pero cada cual diseña su agenda de trabajo. De momento, aprovechemos el abundante caudal de información que aquí se nos ofrece y que procede de años de esmero y pasión por la historia.

MANUEL SANTIRSO

Bellaterra, 23 de marzo de 2012

INTRODUCCIÓN

Este libro trata sobre las fuerzas rebeldes que combatieron en Valencia y Aragón durante la primera guerra carlista. Dicha contienda comenzó en octubre de 1833, a la muerte de Fernando VII, un rey que había pasado gran parte de su reinado defendiendo la monarquía absoluta y combatiendo el liberalismo. Cuando el monarca falleció estalló un conflicto que, aunque en teoría era meramente sucesorio, en la práctica se convirtió en una guerra entre dos concepciones muy diferentes de la sociedad. Por una parte se encontraba la reina viuda, María Cristina de Borbón, que para defender los derechos de su hija Isabel tuvo que orientarse hacia el liberalismo, convirtiendo así a España en una monarquía parlamentaria. En su contra se situaba Carlos María Isidro, que como hermano del rey difunto reclamaba su derecho al trono, por delante de las mujeres y en defensa del orden tradicional. El conflicto, que terminó en julio de 1840, constituye la guerra civil más larga que ha padecido nuestro país. Pero además supuso el triunfo de la revolución liberal y del nuevo régimen burgués, frente a aquellos grupos que deseaban mantener la monarquía absoluta, con el orden social que llevaba aparejado.1

Pese a su gran importancia, la primera contienda carlista no ha recibido la atención que se merece, ya que fue promovida por un movimiento político que acabó fracasando y que ha influido más bien poco en nuestra forma de gobierno actual. Pero no podemos caer en el error de estudiar el pasado solamente en función del presente, ya que si hiciéramos eso acabaríamos llegando a la conclusión de que las cosas sólo pudieron suceder como lo hicieron. Al mismo tiempo, el carlismo nos puede mostrar una faceta del pasado menos conocida y más difícil de entender por nuestra forma de pensar actual, que ha sido mucho más influida por otras ideologías.

Una forma de acercarnos a este movimiento es analizando su aspecto militar, pues el recurso a las armas fue uno de los rasgos más característicos del carlismo decimonónico. Y si bien hubo varios conflictos carlistas, el más importante fue el primero, en parte por su larga duración, que superó con creces a los otros. Pero también porque fue la mayor demostración militar del tradicionalismo y porque fue el que tuvo mayor repercusión internacional.

Durante la primera guerra carlista hubo tres grandes focos rebeldes (el vasco-navarro, el catalán y el valenciano-aragonés), de los que este último ha sido el menos estudiado. Por ello se hace necesaria una obra como esta, que analice el funcionamiento de las fuerzas absolutistas en Valencia y Aragón, a fin de comprender mejor cómo pudieron mantenerse activas durante tanto tiempo. Esto es especialmente llamativo si tenemos en cuenta que los carlistas empezaron la guerra aislados de los otros focos rebeldes, sin ningún apoyo del ejército y en un territorio pobre y poco poblado. Frente a ellos tenían a un estado que controlaba la mayor parte del territorio nacional, con un ejército que le era totalmente fiel, con un importante apoyo de potencias extranjeras y con la posibilidad de mover fuerzas de unos frentes a otros, algo que los carlistas tenían muchas dificultades para hacer. Y si bien es cierto que los aspectos militares constituyen sólo una parte de la explicación, requieren también un estudio especializado, a fin de poder desarrollarlos con la extensión que se merecen. Además, el estudio del ejército y de las partidas rebeldes nos permitirá hacernos una idea aproximada de lo que supuso la guerra para las personas que la vivieron, tanto militares como civiles. Así pues, a partir de numerosos ejemplos podremos revivir los pequeños acontecimientos que marcaron de forma importante a muchas personas de la época.

A) LA PRIMERA GUERRA CARLISTA EN VALENCIA Y ARAGÓN

La guerra en esta parte de España comenzó en la parte oriental de la provincia de Teruel, que es donde se crearon las primeras partidas. Sus dirigentes fueron Manuel Carnicer y Joaquín Quílez, que tomaron las armas en octubre de 1833, al fracasar las conspiraciones realistas en Zaragoza y Alcañiz. Poco después se produjeron levantamientos carlistas en algunos municipios del País Valenciano, de los que el más importante fue el que se produjo en Morella el 13 de noviembre. Al tratarse de una población fortificada, acudieron hacia allí la mayoría de los insurrectos valencianos y aragoneses, que se pusieron bajo las órdenes del barón de Hervés, recién llegado de Valencia. Casi todos los rebeldes eran antiguos voluntarios realistas,2 que habían perdido su empleo con el nuevo régimen, dirigidos por oficiales con licencia ilimitada, apartados del ejército por sus ideas absolutistas.3

Pero la rebelión no empezó con buen pie, debido al escaso apoyo que encontraron sus promotores y a la falta de disciplina de las fuerzas carlistas, que no pudieron resistir el avance de las tropas de la reina. De esta manera, a principios de diciembre los carlistas abandonaron Morella sin apenas combatir, siendo destrozados poco después en la acción de Calanda (Teruel). Este revés llevó a la mayoría de los rebeldes a regresar a sus casas o a dispersarse en una serie de pequeños grupos, vivamente perseguidos por las fuerzas gubernamentales. Poco después fue capturado y fusilado el barón de Hervés, lo que dejó a los carlistas sin un claro liderazgo.4

Durante 1834 actuaron numerosas partidas rebeldes, aunque la mayoría de ellas eran muy pequeñas y se limitaban a recorrer los pueblos para exigir raciones y dinero. Pero había algunos grupos más grandes, formados por varios cientos de hombres, que ya podían permitirse emprender acciones ofensivas. El más importante era el de Carnicer, que operaba sobre todo por el este de la provincia de Teruel, aunque a veces se unía a otros cabecillas para hacer incursiones fuera de su territorio habitual. De esta manera pasó en marzo a Daroca (Zaragoza) y a Molina de Aragón (Guadalajara), derrotando a las tropas de la reina y regresando con gran cantidad de suministros. Un mes después pasó a Cataluña para intentar fomentar la rebelión en el principado, pero sufrió una severa derrota en Maials (Lleida) y tuvo que regresar apresuradamente a Aragón. Durante los meses siguientes experimentó nuevos reveses y, aunque fue nombrado por don Carlos comandante carlista de Aragón, acabó el año con unas pocas decenas de hombres, duramente perseguido por las tropas liberales.5

Parecida era la situación por el norte de la provincia de Castellón, donde operaban muchas pequeñas partidas, sin un liderazgo claro. La más grande era la de José Miralles (a) el Serrador, que a veces se unía a Carnicer para emprender acciones de mayor envergadura. Pero normalmente operaba en solitario por el Maestrazgo castellonense, emboscando a pequeños grupos enemigos y entrando en poblaciones poco protegidas, donde sus hombres se entregaban al pillaje. No obstante, su fuerza estaba tan indisciplinada y mal equipada que se veía a obligado a retirarse en cuanto acudía hacia él una columna liberal.6

A principios de 1835 las partidas carlistas habían quedado muy mermadas, debido a la incesante persecución a las que los sometían Nogueras, Buil y Pezuela. Por esas fechas las partidas de Quílez y de Carnicer habían quedado reducidas a menos de 30 hombres, lo que llevó al lugarteniente de este último, Ramón Cabrera, a marchar al País Vasco para exponer al pretendiente la dramática situación del carlismo aragonés. A su vuelta Carnicer emprendió también el viaje, pero fue apresado en Miranda del Ebro (Burgos) y fusilado poco después. Esto permitió a Cabrera, un antiguo seminarista de Tortosa, convertirse en jefe de las fuerzas carlistas en Aragón.7

Durante la primavera el nuevo caudillo intentó unificar a las partidas rebeldes que operaban por la zona, pero a esto se resistió el Serrador, que había sido nombrado comandante de los reinos de Valencia y Murcia. Pese a ello, sí que logró incorporar a sus fuerzas a las gavillas de Quílez, Forcadell y Torner, con las que recorrió los pueblos para reclutar combatientes y conseguir suministros. Al aumentar sus fuerzas consiguió resistir los ataques de Nogueras en Alloza (Teruel) y apoderarse posteriormente de Caspe, donde obtuvo un importante botín.8

Pero fue en verano cuando la situación experimentó un cambio radical. Las autoridades liberales, creyendo que la rebelión estaba controlada, habían sacado tropas de la zona para enviarlas al País Vasco y Navarra, donde la situación era preocupante para las fuerzas gubernamentales. Además, en esa época se produjeron motines progresistas en las principales ciudades, que fueron acompañados por ataques contra la iglesia y que ayudaron a reforzar el carlismo, que hasta entonces contaba con pocos apoyos en la zona. A esto contribuyó mucho la dureza de los liberales con los que habían apoyado la monarquía absoluta, muchos de los cuales fueron acosados, multados, confinados o encarcelados. De esta manera, numerosas personas que no se planteaban tomar las armas o que hubieran aceptado un liberalismo conservador acabaron abandonando sus hogares para unirse a las fuerzas del pretendiente.9

Esto permitió a los carlistas obtener grandes victorias a partir de julio, en parte facilitadas por la inactividad del general Sociats, jefe liberal en Valencia, que, debido a una enfermedad que padecía, apenas hacía la guerra a los rebeldes.10 De esta manera Cabrera aplastó a una columna enemiga en La Yesa (Valencia), para entrar después en Segorbe y vencer en La Jana (Castellón) a las fuerzas de Decref. Más tarde se dirigió a Rubielos de Mora (Teruel), donde exterminó a la milicia del pueblo, lo que le permitió hacerse con el control de la comarca. Por esas fechas Quílez se unió al Serrador, que también había incrementado sus fuerzas de forma considerable. Con unos 1.650 hombres los dos jefes rebeldes entraron en Villarreal, derrotaron a una columna liberal y rindieron los destacamentos de once pueblos, casi todos ellos en la provincia de Castellón. Todos estos éxitos pusieron en manos de los rebeldes más de mil fusiles, con los que pudieron armar a muchos de los voluntarios que acudían a sus filas.11 La mayoría de ellos eran campesinos y artesanos empobrecidos por veinte años de crisis económica, que veían en la guerra una forma de ganarse la vida y que perdieron el miedo a sumarse a la revuelta, al empezar a ver como posible una victoria carlista.12

Mientras tanto Cabrera empezó a organizar a sus hombres en batallones y en divisiones, de modo que se asemejasen lo máximo posible a un ejército regular. Además, se crearon en los puertos de Beceite (Teruel) las primeras fortificaciones carlistas, donde se instaló un hospital, así como fábricas de uniformes y municiones. En octubre el jefe rebelde logró en Alcanar (Tarragona) una importante victoria, frente a una columna de milicianos de Vinaròs. Después de esto reunió a todas las partidas para atacar Alcañiz, aunque no consiguió conquistarla, debido a la tenaz defensa que hicieron de ella los liberales. El tortosino emprendió entonces una marcha hacia Teruel, pero al no poder tomarla se dirigió hacia Castilla la Nueva a fin de conseguir suministros, con una gran partida de 4.400 hombres. Sin embargo, el gobierno mandó contra él un numeroso ejército, al mando del general Palarea, que le infligió, el 15 de diciembre, una severa derrota en Molina de Aragón (Guadalajara). A la gran cantidad de bajas que sufrieron los carlistas hubo que añadir las numerosas deserciones y la pérdida de gran parte del armamento, que dejó a las fuerzas rebeldes en una situación muy delicada.13

Por suerte para los carlistas, el gobierno liberal cometió de nuevo el error de retirar fuerzas del frente valenciano-aragonés, para reforzar a sus tropas en Navarra y Cataluña. Esto permitió a los partidarios de don Carlos pasar de nuevo a la ofensiva, sorprendiendo a una columna enemiga en el puente de Alcance, a poca distancia de Tortosa. Por esas fechas Cabrera hizo fusilar a los alcaldes de Torrecilla y Valdealgorfa (Teruel) por colaborar con el enemigo. A esto respondió el brigadier Nogueras, comandante liberal en el Bajo Aragón, organizando el fusilamiento de la madre del jefe rebelde, que hacía meses que estaba prisionera en Tortosa. Este asesinato tuvo lugar el 16 de febrero de 1836 y llevó a su hijo a tomar represalias, haciendo fusilar a varias mujeres que tenía presas y que eran esposas o hijas de militares liberales.14

Poco después Cabrera emprendió una rápida marcha hacia el Sur, que le permitió tomar Llíria por sorpresa. Su intención era continuar después hacia la Huerta de Valencia, pero la llegada de Palarea se lo impidió. El caudillo carlista se retiró entonces a Chiva, donde fue derrotado por su contrincante el 2 de abril. Por suerte para los rebeldes, las disputas internas de los liberales les salvaron de la persecución enemiga, permitiéndoles regresar a Aragón sin demasiados problemas.15

Una vez allí el tortosino ordenó fortificar Cantavieja, pequeña población aragonesa que estaba situada en una excelente posición defensiva. En poco tiempo las obras estuvieron terminadas y esto permitió a los carlistas contar con una base permanente donde depositar prisioneros, almacenar víveres, cuidar a los heridos y fabricar el equipamiento militar.16 Mientras tanto el Serrador continuaba con sus operaciones por la provincia de Castellón, aumentando poco a poco su campo de acción. En un principio fue derrotado por las columnas de Buil y de Cánovas, pero en junio consiguió tomar los fuertes de Alcalà de Xivert y Torreblanca, lo que le permitió aumentar su partida con nuevos reclutas. Además, expulsó a las guarniciones liberales del Alto Maestrazgo, estableciendo en Benasal su base de operaciones.17 En cuanto a Quílez, se encontraba a las órdenes de Cabrera, como comandante de la división carlista de Aragón. Pero gozaba de una amplia autonomía, por lo que normalmente operaba por su cuenta. Esto le permitió lograr en mayo una gran victoria en Bañón (Teruel), así como emprender una importante expedición, que le permitió entrar, dos meses más tarde, en Xàtiva y Ontinyent.18 A quien no le iba tan bien era a Torner, quien tras varias derrotas en el corregimiento de Tortosa se vio obligado a cruzar el Ebro, lo que llevó a sus hombres a unirse a las fuerzas de Cabrera.19


Retrato de Ramón Cabrera

Tras derrotar a los liberales en Ulldecona, Cabrera atacó Gandesa (Tarragona) en julio, con los primeros cañones de que dispusieron sus hombres. Mientras tanto la guerra se extendía al noroeste de la provincia de Valencia, donde se había creado la división carlista del Turia, que operaba desde Chelva. Esta unidad, que empezó a formarse en abril con tan sólo 66 hombres, creció rápidamente gracias al apoyo de la población de la comarca, así como a la organización que impuso Luis Llagostera, uno de sus primeros jefes. Gracias a ello los carlistas lograron una importante victoria en Alcublas (Valencia), contra las fuerzas de Buil, a las que hicieron más de 400 bajas. Como recompensa por sus éxitos Llagostera fue ascendido a comandante de la división de Tortosa, compuesta en su mayor parte por jóvenes del Bajo Ebro.20

Todos estos éxitos se vieron facilitados por los motines urbanos y de algunas unidades militares a favor de la Constitución de 1812, que obligaron al general Montes, comandante del ejército liberal del centro, a suspender sus planes contra los carlistas. Y así llegamos a septiembre, cuando Cabrera, que aún seguía en Cataluña, recibió un mensaje del general Gómez, que se encontraba en Utiel y que le animaba a unirse a su expedición, que había salido meses atrás del País Vasco. El caudillo catalán acudió al encuentro y permaneció fuera de su teatro de guerra durante varios meses, dejando a José María Arévalo al frente del carlismo aragonés. También se incorporaron a la expedición Quílez y el Serrador, que se llevaron sus tropas consigo.21

Esta salida de fuerzas rebeldes vino muy bien a las armas liberales, que pudieron obtener importantes victorias frente a un enemigo debilitado. El jefe de la división carlista valenciana, Domingo Forcadell, fue sometido a una dura persecución y acabó siendo derrotado por Borso en La Sènia (Tarragona). Poco después el general San Miguel pudo conquistar Cantavieja, el 31 de octubre, capturando los suministros que almacenaban allí los rebeldes y liberando a varios cientos de prisioneros. Y a esto siguió el abandono de los fuertes de Beceite, destruidos por los carlistas ante el avance liberal, ya que eran incapaces de defenderlos.22

Pero las cosas no tardaron en cambiar de sentido, debido al regreso de los principales jefes rebeldes. En diciembre lo hizo el Serrador, que aunque volvió enfermo y con tan sólo cien jinetes, reorganizó enseguida su partida e incluso creó una junta de gobierno.23 Algo parecido le sucedió a Cabrera, quien, tras permanecer herido y oculto durante un mes, volvió a Aragón el 8 de enero de 1837. Su regreso subió enormemente la moral de la tropa, desmoralizada por las continuas derrotas y por los rumores de que había sido capturado o fusilado.24

Tras ordenar el arresto de Arévalo, Cabrera tomó de nuevo el mando, emprendiendo expediciones a la Huerta de Valencia y a la Plana de Castellón, a fin de conseguir suministros para su ejército. En el transcurso de esta última fue herido en combate en Torreblanca, lo que ocasionó la retirada de sus fuerzas y que permaneciera inactivo durante unas semanas. Mientras tanto Forcadell hizo otra expedición a la provincia de Valencia, aplastando en Buñol a la columna de Crehuet. En cuanto a Cabrera, una vez recuperado, llevó a cabo otra incursión por la zona, aniquilando en Pla del Pou (San Antonio de Benagéber) a una fuerza enemiga, fusilando a los oficiales capturados y entrando después en Burjassot, donde celebró una fiesta.25 Todo esto fue posible por la escasez de fuerzas liberales, que sólo contaban con 5.000 hombres en fuerzas móviles, para proteger de los rebeldes el antiguo reino de Valencia. A esto se añadía el retraso en las pagas, que ocasionó un motín en el batallón de cazadores de Oporto. Y la falta de coordinación entre los generales de la reina, que carecían de un comandante en jefe. Para paliar este problema el gobierno puso al mando del ejército del centro al general Marcelino Oraa, que había destacado en el frente vasco-navarro, y que asumió el mando de todas las fuerzas de Valencia y Aragón.26

Poco después Forcadell emprendió una expedición a Orihuela, ciudad alicantina muy afín a la causa carlista, pero que se encontraba alejada del teatro de operaciones. Tras atravesar las provincias de Cuenca, Albacete y Murcia, Forcadell entró en dicha población el 29 de marzo, siendo recibido con gran alegría y reclutando en la zona varios cientos de voluntarios. Además, consiguió 3.000 reales y una importante cantidad de fusiles, así como telas para confeccionar uniformes. Con todo esto emprendió el regreso y, aunque fue alcanzado en Chulilla (Valencia) por la columna de Nogueras, consiguió unirse a Cabrera con la mayor parte del botín.27

Durante los meses anteriores los carlistas habían vuelto a crear la división aragonesa, que había desaparecido al marcharse Quílez con la expedición real. Esto fue obra de Juan Cabañero, un hacendado sin experiencia militar, que había creado una pequeña partida a principios de 1836. Al cabo de un año sus fuerzas habían crecido considerablemente y esto le permitió entrar por sorpresa en Cantavieja, capturando a la guarnición liberal el 25 de abril de 1837. Este éxito puso en manos de los carlistas una base fortificada, además de proporcionarles varias piezas de artillería, gracias a las cuales Cabrera pudo tomar Sant Mateu (Castellón) poco después. Ante todo esto poco pudo hacer Oraa, ya que tenía que defender muchos puntos a la vez, con unas fuerzas muy reducidas.28

Esta escasez de fuerzas liberales también facilitó las operaciones del Serrador, que, tras capturar en Mirambel a más de cien militares enemigos, se apoderó de Burriana, que había sido evacuada por las tropas de la reina. Allí capturó un cañón con el que intentó conquistar Benicarló, aunque sin éxito. Poco después se dirigió hacia el Sur, ignorando las órdenes de Cabrera (que no era su jefe) para que atacara a Oraa. En vez de eso, Miralles apareció por sorpresa en la Huerta de Valencia, donde obtuvo un importante botín, gracias a la ausencia de militares enemigos. Mientras tanto iba creciendo la rivalidad entre ambos jefes rebeldes, ya que el tortosino quería hacerse con el control de las fuerzas del caudillo valenciano, que se empeñaba en mantener su autonomía.29

Pero volvamos con Cabrera, que el 23 de mayo emprendió un nuevo asedio de Gandesa, aunque a los pocos días fue derrotado por Nogueras y tuvo que levantar el sitio. Poco después tuvo que abandonar sus planes de marchar a Castilla, a fin de preparar la llegada de la Expedición Real, que, encabezada por don Carlos, acababa de entrar en Cataluña, procedente de Navarra. De esta manera se dispuso a recoger víveres para alimentar a dicho ejército cuando llegara, además de requisar barcas para facilitarles el paso del Ebro. Pero para ello tuvo que hacer frente a las columnas de Borso y de Nogueras, que trataron de impedirlo el 29 de junio. Ese día, Cabrera derrotó al primero en Xerta (Tarragona) e inmovilizó al segundo en el desfiladero de Armas de Rey, lo que permitió a la expedición carlista pasar el río e iniciar su paseo por el Maestrazgo. Este éxito dio al caudillo catalán una gran reputación y le fue recompensado con el nombramiento de comandante general de Aragón, Valencia y Murcia. Además de esto, logró que don Carlos ordenase el arresto del Serrador, su principal rival en el mando, que fue despojado de sus fuerzas y enviado preso a Cantavieja.30

Después de esto la Expedición Real amagó un ataque sobre Castellón, que al ser rechazado le llevó a dirigirse a los alrededores de Valencia, donde permaneció varios días. Pero la llegada de fuerzas enemigas le hizo retirarse a Chiva, donde fue derrotada por Oraa, en lo que fue la mayor batalla de la guerra en territorio valenciano. Entonces los carlistas se retiraron a Cantavieja, donde descansaron y se abastecieron, mientras se creaba una junta de gobierno y se decidía lo que había que hacer. Mientras tanto los liberales los vigilaban con las fuerzas de Oraa, Borso y Buerens, a fin de evitar cualquier movimiento inesperado.31

En agosto la Expedición Real se puso de nuevo en marcha, aniquilando en Villar de los Navarros (Zaragoza) a la columna de Buerens, haciéndole varios miles de prisioneros y capturándole gran cantidad de armas. Después emprendió la marcha hacia Madrid, uniéndose por el camino con Cabrera, que se había separado del ejército para hacer algunas incursiones. Y aunque juntos llegaron a las puertas de la capital, los carlistas se retiraron al poco tiempo y, tras sufrir varias derrotas, regresaron muy mermados a sus bases.32

Poco después Oraa se lanzó a la ofensiva, consiguiendo llevar un convoy a Morella, importante plaza fuerte cristina, que se encontraba bloqueada por los rebeldes. Acto seguido se dispuso a atacar Cantavieja, pero tuvo que abandonar el plan, ante la resistencia carlista y la falta de los suministros necesarios. Entonces Cabrera emprendió un rápido movimiento e invadió de nuevo la Huerta de Valencia, pillando por sorpresa a los liberales, que lo suponían mucho más lejos. Mientras tanto Tallada, que mandaba la división del Turia, realizó una rápida marcha que le permitió entrar en Xàtiva por sorpresa. Después de esto pasó por Ontinyent y, tras unas escaramuzas en Almansa, regresó a Chelva con un gran botín.33

Más tarde Cabrera inició un bloqueo de Lucena del Cid (Castellón), pero Oraa consiguió romper el cerco y entrar un convoy en la población. Entonces el jefe rebelde pasó a la ribera del Jalón (Zaragoza), consiguiendo así gran cantidad de suministros, con los que repuso sus almacenes, exhaustos tras el paso de la Expedición Real. Además, en diciembre los carlistas se vieron reforzados con la llegada de tres batallones castellanos, que habían acompañado a Zaratiegui en su invasión de Castilla.34

Y así llegamos a enero de 1838, cuando se produjeron dos importantes acontecimientos. El primero de ellos fue la toma de Benicarló, que puso en manos de los rebeldes gran cantidad de fusiles, cañones y prisioneros. El segundo fue la conquista de Morella, gracias a un audaz golpe de mano nocturno, que obligó a retirarse a la guarnición, al apoderarse los carlistas del castillo. Desde entonces esta población, que estaba completamente amurallada, se convirtió en la capital del carlismo valenciano-aragonés, trasladándose allí muchas de las instalaciones que los rebeldes tenían en Cantavieja.35 Pero no todo eran éxitos, ya que la expedición de Tallada, que había marchado a Andalucía para conseguir caballos, acabó de forma desastrosa. El jefe rebelde fue fusilado y se perdió la mayor parte de la división del Turia, que sólo a duras penas pudo regresar a sus bases.36

Durante los meses siguientes Cabrera se empeñó en conquistar más plazas fuertes, valiéndose de una artillería cada vez más numerosa. De esta manera atacó de nuevo Gandesa, que ya había sufrido varios ataques carlistas anteriormente. También esta vez los rebeldes tuvieron que retirarse, pero el general San Miguel hizo evacuar la población, que se encontraba en un estado ruinoso. Poco después Cabañero lanzó un ataque por sorpresa contra Zaragoza, entrando en la ciudad en la noche del 4 al 5 de marzo, tras forzar varias puertas. Durante la madrugada la división carlista de Aragón se hizo con el control de la ciudad, pero en cuanto amaneció los zaragozanos se movilizaron y consiguieron hacer huir a los rebeldes, a los que infligieron una severa derrota.37

En cuanto a Cabrera, su siguiente objetivo fue Lucena, otra localidad rabiosamente liberal, que había resistido hasta la fecha todos los ataques carlistas. En esta ocasión estableció un bloqueo de la población, que fue levantado en abril por las fuerzas de Oraa, que acudieron a socorrer a los defensores. Entonces el jefe carlista dirigió sus miradas hacia Calanda (Teruel) que pudo tomar tras dos días de bombardeos, consiguiendo allí un importante botín. Animado por este éxito intentó lo mismo con Alcañiz, que era la principal base liberal en el Bajo Aragón. Pero tampoco esta vez pudo tomarla, al resistir la población y llegar en su auxilio fuerzas liberales. No obstante, este fracaso se vio compensado al llegar a Aragón nuevas fuerzas carlistas, encabezadas por Negri, Basilio y Merino.38


Campaña de Oraa contra Morella (1838)

Quien también había recibido refuerzos era Oraa, pues tras exponer al ministro de la guerra la dramática situación de sus fuerzas, había conseguido que se le enviaran diez batallones y grandes cantidades de suministros. Entre los recién llegados estaba la división de Pardiñas, que gozaba de un gran prestigio por haber sido el principal artífice de la derrota de Tallada. Con estas fuerzas el jefe liberal planeó una campaña contra Morella, que debía ir combinada con ataques simultáneos sobre las otras capitales carlistas (Estella en Navarra y Berga en Cataluña) a fin de asestar un golpe definitivo a la causa del pretendiente. Para ello se reunió una importante cantidad de suministros, se preparó un buen tren artillero y se inició la campaña desde tres puntos a la vez. De esta manera, mientras Oraa y Pardiñas avanzaban desde Teruel, Borso lo hacía desde Castellón y San Miguel desde Alcañiz.39

Todo este plan se puso en marcha en julio, logrando reunirse las tres columnas en los alrededores de Morella, pese a los intentos carlistas por impedirlo. A continuación bombardearon las murallas e intentaron dos asaltos por una brecha, pero estos ataques fracasaron y Oraa tuvo que retirarse poco después, al no llegarle los suministros necesarios. Mientras tanto, una vez puesta a salvo su capital, Cabrera emprendió una rápida expedición a las riberas del Turia y del Júcar. Llegó allí en pocos días pillando por sorpresa a sus enemigos, que lo situaban aún en los alrededores de Morella. De esta manera, y sin fuerzas liberales que se lo impidiesen, el caudillo rebelde pudo llevarse de la zona grandes cantidades de caballos y de dinero, así como varios cientos de reclutas, que le sirvieron para incrementar sus fuerzas. Todo esto aumentó enormemente el prestigio de Cabrera, que fue recompensado por don Carlos con el ascenso a teniente general y el nombramiento de conde de Morella.40

Poco después regresaron a Navarra las fuerzas de Negri y Merino, pero esto fue compensado por la nueva quinta que ordenó Cabrera por esas fechas. Además, las fuerzas rebeldes estaban cada vez mejor equipadas y disciplinadas, lo que permitió al jefe rebelde alcanzar su mayor éxito a principios de octubre. Éste se produjo en Maella (Zaragoza), donde fue aniquilada la división de Pardiñas, que murió en combate y que perdió, además, más de 4.000 hombres, entre muertos y prisioneros. Estos cautivos sufrieron crueles penalidades y algunos de ellos fueron fusilados. A esto se sumó la ejecución de los prisioneros cristinos capturados en Castillo de Villamalefa (Castellón), lo que llevó, durante el otoño, a una serie de represalias por parte de los liberales. Hasta entonces lo normal era ejecutar sólo a los oficiales y jefes enemigos, pero no había ningún convenio sobre el trato a los prisioneros, que estaban sujetos a cualquier arbitrariedad por parte de sus captores.41

Durante ese otoño se emprendieron pocas operaciones militares, ya que los liberales aún no se habían repuesto de sus derrotas, mientras que Cabrera se dedicaba a labores de abastecimiento y fortificación. Para conseguir suministros envió a Forcadell y a Llagostera a las riberas del Júcar y del Turia, de donde sacaron un gran botín. Y aunque fueron derrotados por Pezuela en Cheste, lograron regresar al Maestrazgo con la mayor parte del convoy. Mientras tanto Cabrera se dedicaba a organizar la fortificación del territorio rebelde, que había puesto en marcha tras la toma de Morella. De esta manera, durante los dos últimos años de guerra se construyeron más de 30 fortificaciones, que sirvieron como base de operaciones del ejército carlista, cada vez más organizado. De hecho, conseguir más plazas fuertes se convirtió en una obsesión para el caudillo catalán, ya fuera construyéndolas con sus hombres o arrebatándoselas al enemigo. Otra de sus grandes preocupaciones fue obtener armas para equipar a sus huestes, que aumentaban día tras día. Con esta finalidad envió varios comisionados a Inglaterra, logrando así que en enero de 1839 llegara a las costas tarraconenses un barco con 10.000 fusiles. Por desgracia para él, este cargamento fue capturado por los liberales, lo que impidió un importante fortalecimiento de las fuerzas rebeldes, que contaban con muchos hombres desarmados.42

Tres meses después Cabrera llegó a un acuerdo con el general Van Halen, sucesor de Oraa en el mando, sobre el trato que se había de dar a los cautivos. Este convenio, aunque no siempre se cumplió, puso fin a las represalias, regularizó los canjes y redujo mucho el número de ejecuciones. Además, el jefe rebelde fue reconocido por las autoridades como comandante de un ejército enemigo y dejó de ser tratado como el cabecilla de un grupo de criminales, como había sucedido hasta entonces.43

Durante el mes de abril Cabrera se dedicó a fortificar Segura, localidad aragonesa que le serviría como cuña para impedir las comunicaciones entre Teruel y Zaragoza, además de servirle para profundizar en sus incursiones por el territorio enemigo, debido a su avanzada posición. Para impedirlo Van Halen acudió a la zona con su ejército, pero no se atrevió a atacar el castillo, que ya estaba bastante fortificado, y se retiró al poco tiempo. Esto dejó la zona en manos de los carlistas y precipitó el cese del jefe liberal, que fue sustituido por Nogueras, que pudo hacer poco, por encontrarse gravemente enfermo. Por otra parte, la situación del ejército de la reina era similar a la de su general, con una importante escasez de recursos y gran cantidad de deserciones.44

Durante los meses siguientes los rebeldes continuaron fortificando pueblos, atacando poblaciones enemigas y realizando incursiones para conseguir suministros, ante la pasividad del ejército constitucional, con pocos medios para impedir sus operaciones. Esto les permitió realizar dos incursiones a la provincia de Guadalajara, de donde sacaron un importante botín. Más tarde Cabrera puso sitio a Montalbán (Teruel), que en junio fue evacuada por los liberales, debido al ruinoso estado en que se encontraba. Posteriormente el jefe rebelde logró encerrar en Lucena a la división de Aznar, que pasó serios apuros hasta que fue liberada por O’Donnell, el nuevo jefe cristino en la zona. Menos suerte tuvo la columna de Ortiz, que fue atacada y destrozada en Chulilla por la división carlista del Turia, al mando de Arévalo. La única acción ofensiva que emprendieron los liberales les permitió la toma del fuerte de Tales (Castellón), pequeña fortificación rebelde desde donde se hostilizaba a Onda.45

A finales de agosto Cabrera emprendió una expedición a Castilla, rodeando en Carboneras (Cuenca) a una columna enemiga, a la que hizo 2.000 prisioneros. Acto seguido marchó a la provincia de Guadalajara, pero allí se enteró de la firma del convenio de Vergara, que supuso el fin de la guerra en el Norte. Ciego de ira, el caudillo catalán ordenó la retirada y se dispuso a resistir en el Maestrazgo durante todo el tiempo que fuera necesario. Por suerte para él, la moral de sus fuerzas era alta y ninguno de sus mandos quiso acogerse a dicho convenio.46

Pero esto no podía ocultar el giro que estaba tomando la guerra, sobre todo al llegar a Aragón el ejército de Espartero, compuesto por más de 40.000 hombres, que acababa de pacificar el País Vasco y Navarra. Esta superioridad numérica permitió a los liberales pasar a la ofensiva en el Alto Turia, donde la columna de Azpíroz operaba contra las fuerzas de Arévalo. De esta manera, antes de terminar el año las tropas de la reina entraron en Chelva, rindieron la torre de Castro (en Calles) y se apoderaron del fuerte de Chulilla, sin que los rebeldes pudieran hacer nada para impedirlo. A esto se añadieron varios intentos de asesinar a Cabrera, la expulsión de los familiares de carlistas al territorio rebelde y una fracasada tentativa de entregar Cantavieja al enemigo. Además, el caudillo catalán tuvo que apresar a varios miembros de la junta, que estaban negociando la paz con el enemigo, al tiempo que separaba de sus puestos a los militares que le inspiraban sospechas.47

A estas preocupaciones se sumó una marcha bajo una intensa lluvia, que acabó afectando la salud de Cabrera. El líder rebelde enfermó de tifus y estuvo varios meses apartado del mando, llegando a estar al borde de la muerte, mientras delegaba su autoridad en Forcadell. Mientras tanto los carlistas se mantuvieron a la defensiva, con la única excepción de Arnau, que emprendió una importante expedición por las provincias de Cuenca y Albacete, durante el mes de enero de 1840. En cuanto a los liberales, también estaban inactivos, pues Espartero y O’Donnell estaban haciendo acopio de suministros (y esperando que subieran las temperaturas) para emprender su ofensiva final.48

El ejército liberal se puso en marcha en febrero, al atacar la fortaleza de Segura, donde se había amotinado parte de la guarnición. El fuerte cayó al cabo de cuatro días y un mes después Espartero se apoderó de Castellote (Teruel), donde los rebeldes resistieron obstinadamente. Pero esto no impidió su caída, ni tampoco la de Aliaga (Teruel), que fue ocupada en abril por las tropas de O’Donnell. Después de esto la línea carlista se desmoronó, al rendirse los fuertes de Alpuente (Valencia), Alcalá de la Selva (Teruel) y Bejís (Castellón), mientras eran abandonadas muchas otras fortificaciones. Entre ellas destacaba la de Cantavieja, que fue evacuada e incendiada por las fuerzas rebeldes, dado su mal estado de defensa. La moral de las tropas carlistas estaba por los suelos y su ejército se desintegraba debido a la gran cantidad de deserciones.49

Por esas fechas había mejorado la salud de Cabrera, que se puso de nuevo al frente de sus fuerzas. Pero el ejército liberal era mucho más numeroso que el suyo, por lo que no pudo impedir ser derrotado en La Sènia (Tarragona). A esto siguió la toma de Morella por los cristinos, tras siete días de asedio, que dejó en manos de Espartero más de 2.000 prisioneros. Tras este desastre el caudillo carlista dio la guerra por perdida y decidió pasar el Ebro con su ejército, lo que hizo en la noche del 1 al 2 de junio. Al conocer esta noticia, las fuerzas absolutistas que operaban por el Alto Turia y la serranía de Cuenca emprendieron la retirada hacia Francia, mientras se iban abandonando las últimas fortificaciones rebeldes. La última que cayó fue la de Collado de Alpuente (Valencia), que fue ocupada por las tropas de la reina el 6 de agosto de 1840.50

B) EL EJÉRCITO Y LAS MILICIAS LIBERALES

Ahora que ya sabemos lo que ocurrió durante la guerra corresponde hablar de los dos contendientes. Empezaremos por los liberales, que disponían de dos tipos de fuerzas: el ejército y las milicias. El ejército se componía, en su inmensa mayoría, de combatientes forzosos, que se reclutaban de la siguiente manera. Cuando el gobierno necesitaba soldados convocaba una quinta (si se trataba de crear nuevas unidades) o un reemplazo (para cubrir bajas de unidades ya existentes). Una vez establecido el número de combatientes necesarios se repartía la cuota entre las provincias y se enviaba a las diputaciones para que organizaran el reparto por pueblos. En función de la población se asignaba un número de reclutas a cada localidad y el ayuntamiento procedía después al sorteo, normalmente entre los solteros entre 18 y 40 años. Los infelices a los que tocaba ser soldados se veían obligados a servir durante 7 u 8 años en el ejército (según si les tocaba caballería o infantería), normalmente bastante lejos de sus hogares, para dificultar la deserción. Una forma de librarse era pagando 4.000 reales, pero esta era una suma considerable, que sólo estaba al alcance de los más acomodados. Por eso al final el ejército liberal estaba compuesto por soldados de origen humilde, que no habían podido eludir el servicio militar.51

Como ser reclutado suponía una tragedia para muchas familias, algunos quintos se cortaban dedos o arrancaban dientes para ser declarados inútiles. Mucho más frecuente debió ser la huida del pueblo, que practicaban muchos jóvenes en cuanto salían elegidos. Otros, en cambio, se incorporaban a su unidad pero desertaban a la primera oportunidad, algo que fue muy frecuente entre 1837 y 1839, cuando la moral de las tropas de las reina alcanzó su nivel más bajo, debido a las constantes victorias carlistas. Para evitar esto las autoridades publicaban listas de desertores, encargando a los ayuntamientos que los localizaran para devolverlos a sus unidades. Además, el general Oraa hizo público un indulto para los prófugos que se incorporaran a filas, amenazando con fusilar a los que no lo hicieran. Esto no debió funcionar mucho, ya que en junio de 1839 el brigadier Facundo Infante, lugarteniente del capitán general y gobernador militar de Valencia, impuso penas de prisión a los familiares de desertores y ofreció recompensas a los que ayudasen a su captura.52

Pero no todos en el ejército estaban allí contra su voluntad. En primer lugar porque muchos jefes y oficiales eran voluntarios, que habían estudiado en academias militares y que pertenecían a la pequeña nobleza o a la burguesía. Además, también hubo mercenarios entre las fuerzas isabelinas, como el regimiento de Oporto, que estaba formado por alemanes, británicos y portugueses, y que participó en numerosas acciones de guerra en el País Valenciano. Se llamaba así por haber servido en Portugal durante la guerra civil que poco antes había asolado dicho país. Estas fuerzas eran muy indisciplinadas, ya que a menudo recurrían al saqueo y se amotinaban cuando no se les pagaba la soldada. Por último hay que mencionar a los carabineros de costas y fronteras, un cuerpo policial encargado de la represión del contrabando, y que también se dedicó a combatir a los carlistas.53

Además del ejército los liberales contaban con milicias, que numéricamente eran mucho más importantes. La principal era la milicia urbana, creada en 1834 y que, tras cambiar su nombre por el de guardia nacional, acabó llamándose milicia nacional. El gobierno quería que esta nueva fuerza estuviera formada sólo por personas “respetables”, con un cierto nivel económico que les acercara a las ideas liberales. Por ello se exigió a los milicianos una renta mínima y que se pagaran su uniforme. No obstante, con estos solo no fue suficiente, por lo que se acabó reclutando a muchos que no cumplían estas condiciones. Además, tampoco bastó con los voluntarios, lo que llevó al reclutamiento forzoso, que fue el que proporcionó la mayor parte de los milicianos. Por otra parte, el predominio progresista en esta fuerza armada se convirtió en un problema para los gobiernos moderados, ya que llevó a la milicia a protagonizar numerosos motines en las ciudades, exigiendo cambios de gobierno o represalias contra los prisioneros rebeldes.54

Otro tipo de milicias fueron los cuerpos francos, también llamados “peseteros” porque cobraban una peseta al día. Su existencia fue regulada en 1834 y funcionaban como guerrillas liberales, que actuaban en grupos reducidos, atacando a pequeños grupos enemigos. Eran todos voluntarios, atraídos por la paga, y que, al contrario que la milicia nacional, solían ser de origen humilde, especialmente jornaleros. Eran financiados por los ayuntamientos, normalmente con vecinos de la zona, por lo que sólo se formaban en las comarcas donde operaban grupos carlistas de los que hubiera que protegerse.55

Todas estas fuerzas se organizaban en compañías y batallones, al igual que el ejército regular, donde había además regimientos. Estos últimos se dividían en varios batallones y podían ser provinciales o de línea. Los primeros eran más numerosos y se formaron durante la guerra, con oficiales que venían de la vida civil, salvo el jefe de la unidad, que era el único profesional. En cambio los segundos ya existían en tiempo de paz y contaban con una oficialidad que había pasado por las escuelas militares.56 Estos dos tipos de regimientos se encuadraron en divisiones, con las que en 1836 se creó el ejército del centro, para unificar las fuerzas que operaban en Valencia y Aragón. Normalmente el ejército liberal funcionaba dividido en columnas de entre 500 y 2.000 hombres, que se dedicaban a perseguir a los carlistas o a acudir en ayuda de las localidades atacadas por el enemigo. Pero también dejaban destacamentos más pequeños en poblaciones estratégicas o en pueblos amenazados a menudo por los rebeldes. Sin embargo, en 1835 muchos de estos destacamentos sucumbieron ante las fuerzas carlistas, lo que llevó a las autoridades a concentrarlos en menos localidades, para que pudieran defenderse mejor.57


El ejército liberal en campaña

Muy diferente era la función de las milicias, que tenían una movilidad mucho más reducida. La más numerosa era la milicia nacional, que existía en la mayoría de las poblaciones, aunque estuvieran lejos del territorio donde operaban los rebeldes. Sus miembros realizaban patrullas de vigilancia por turnos, lo que permitía a la mayoría dedicarse a sus oficios, movilizándose sólo en caso de peligro. Cuando se acercaban fuerzas rebeldes podían realizar batidas, si se trataba de fuerzas pequeña, o refugiarse en la iglesia en espera de ayuda del ejército, si eran atacados por un grupo numeroso. No obstante, lo más habitual era que los milicianos no hicieran nada de esto, pues muchos de ellos lo eran a la fuerza y no tenían interés en arriesgar su vida por algo que les importaba bien poco. Otras veces eran adictos a la causa de la reina pero eran muy pocos o no tenían apenas armas para enfrentarse a sus enemigos. Por eso sólo ofrecían resistencia en localidades grandes o fuertemente liberales, donde el riesgo de combatir a los rebeldes era menor. Esto permitía a los carlistas entrar sin problemas en la mayoría de los pueblos, sin encontrar oposición por parte de la milicia.58

Los cuerpos francos eran más móviles y solían operar en grupos denominados “partidas volantes”, normalmente dentro de la misma comarca. No se dedicaban a defender pueblos, sino a realizar labores de exploración y a atacar a pequeñas partidas o convoyes enemigos, a veces en combinación con la milicia nacional. No obstante, a menudo no eran más que grupos armados que, con la excusa de hacer la guerra a los carlistas, recorrían los pueblos cometiendo robos y otros excesos.59

Pero volvamos con el ejército liberal, a fin de ver cómo era su abastecimiento y equipamiento. Lo más habitual era que se abastecieran exigiendo raciones a los pueblos, dando después los recibos oportunos para que los municipios recibieran después el dinero. No obstante, esto no siempre se hacía y, aunque así fuera, las probabilidades de cobrar el dinero a un estado en guerra y escaso de recursos eran bastante limitadas. Por eso a menudo los soldados no encontraban raciones y recurrían al saqueo y a la violencia para conseguir alimentos. Al mismo tiempo, la pobreza del erario público obligaba a muchos municipios fortificados a mantener a su costa a las guarniciones del ejército, lo que suponía una carga insoportable para una población empobrecida por la guerra. Además, para transportar los suministros los liberales utilizaban mulas confiscadas en los pueblos, obligando a sus dueños a acompañarles durante la marcha. Esto se denominaba “servicio de bagages” y suscitaba muchas quejas de los ayuntamientos, ya que a menudo no se pagaba ni se daba alimento a los bagajeros, como estaba estipulado.60

Otras veces, sobre todo cuando se necesitaban grandes cantidades de suministros, se pedían las raciones a la diputación más cercana o se recurría a un contratista privado que proporcionaba los alimentos a cambio de un pago por parte del gobierno. Pero esto tampoco funcionaba muy bien y en alguna ocasión se tuvo que suspender una campaña por no haber llegado los suministros contratados. De todas maneras, el dominio del mar y de las principales ciudades por parte del gobierno hacía que el hambre no fuera un problema tan grave como entre las carlistas.61

En cuanto a las armas, no parece que el ejército liberal tuviera problemas de equipamiento, debido al abundante armamento que le suministró Gran Bretaña. Los que sí tenían escasez eran los milicianos nacionales, que muchas veces no disponían de suficientes fusiles (o munición) para defender los pueblos. Por otra parte, el ejército tuvo muchos problemas con el vestuario, ya que a menudo las tropas andaban descalzas o con uniformes en mal estado. Esto se debía a las agotadoras marchas que realizaban en persecución de los carlistas, a menudo por zonas de montaña, que destrozaban rápidamente las alpargatas y los pantalones de los soldados liberales. El estado de su ropa era tan lamentable que a veces se organizaban colectas, en las que los ciudadanos aportaban dinero de forma voluntaria, a fin de mejorar el equipamiento de estas fuerzas.62

Otro problema para las tropas de la reina era la escasez de noticias sobre los movimientos del enemigo. Los ayuntamientos estaban obligados a informar al ejército en caso de movimientos rebeldes, pero esto muchas veces no se cumplió, por miedo a las represalias carlistas. De hecho, no era raro que un paisano fuera apaleado por llevar un pliego de un alcalde para un comandante cristino o que un alcalde fuera fusilado por informar a las tropas de la reina. Esto hizo que, a partir de 1836 los liberales empezaran a ir escasos de informes de los pueblos, lo que les exponía a sorpresas por parte de sus enemigos, de los que a menudo ignoraban su paradero.63

De todas maneras, el control de las principales ciudades fue una gran ventaja para las fuerzas gubernamentales, ya que allí podían descansar sus tropas sin ningún peligro, al tiempo que tenían allí su administración y sus almacenes, así como sus hospitales y depósitos de prisioneros. El trato dado a estos últimos era muy malo, ya que pasaban hambre a menudo, se encontraban hacinados y a veces podían morir fusilados si se producían ejecuciones de cautivos liberales. Además, muchos de ellos fueron deportados a Cuba o Puerto Rico, algo que resultaba especialmente odioso para los carlistas.64

C) EL EJÉRCITO Y LAS PARTIDAS CARLISTAS

Antes de empezar a profundizar en el tema, se hace necesario aclarar algunos términos, especialmente los que aparecen en el título de este libro. ¿Qué es exactamente un ejército? ¿En qué se diferencia de una partida? ¿Se puede considerar un ejército a las fuerzas de Cabrera? La historiografía no ha entrado mucho en las dos primeras cuestiones, pero sí que hay un consenso en que llegó a haber un ejército carlista en Valencia y Aragón. Esto ya lo defendieron los primeros que escribieron libros sobre la guerra carlista, en la década de 1840, independientemente de su ideología política. De esta manera, los autores de Panorama español sostenían que las antiguas “hordas” de Aragón y Valencia se habían convertido, en 1836, en las divisiones del “ejército” de Cabrera.65 En el mismo sentido, aunque situando después este proceso, se posicionaba Wilhelm von Rahden, quien afirmaba que, tras la toma de Morella (en enero de 1838), Cabrera pasó de ser un caudillo guerrillero a convertirse en el jefe de un ejército.66 Lo mismo decía Dámaso Calbo y Rochina, cuando escribía que en enero de 1838 el “ejército” de Cabrera constaba de 19 batallones y 9 escuadrones.67 Posteriormente otros autores, como Boix, Pirala, Flavio y Romano, ratificaron este punto de vista.68

Más sistemático fue Melchor Ferrer, quien afirmaba que llegó a haber tres ejércitos carlistas en España: el del Norte, el de Cataluña y el de Valencia y Aragón.69 En el mismo sentido se pronunció, a principios de los años 90, Alfonso Bullón de Mendoza.70 Y últimamente esa ha seguido siendo la interpretación que ha dado la historiografía. Antonio Manuel Moral y Carlos Canales, por ejemplo, continúan defendiendo la existencia de los mismos tres ejércitos que mencionaba Ferrer.71 También Pedro Rújula clasifica así a las tropas de Cabrera, al afirmar que sus medidas organizativas le dieron la estructura y la apariencia de un ejército.72 Y lo mismo sostienen Núria Sauch y Javier Urcelay, procedentes de campos muy diferentes, pero que han escrito sus obras hace relativamente poco tiempo.73 Además, no parece que esto sea un tema de discusión, puesto que no he encontrado a ningún autor que defienda la postura opuesta.

¿Pero qué es realmente un ejército? ¿Cuándo se deja de ser un grupo guerrillero para convertirse en una fuerza regular? Bajo mi punto de vista habría cuatro requisitos que se deberían cumplir para poder catalogar como “ejército” a un grupo armado. El primero de ellos sería el disponer de una organización militar, a base de divisiones, batallones y compañías, que a su vez deberían estar dirigidas por una serie de jefes organizados jerárquicamente (brigadieres, coroneles, comandantes...). El segundo sería disponer de un número significativo de tropas uniformadas, a fin de dar una apariencia externa de que se está ante un ejército organizado. El tercero contar con armamento pesado (es decir, artillería), lo que permitiría conquistar las plazas fuertes del adversario. Y por último disponer de puntos fortificados, a salvo de ataques enemigos, y en los que podría desarrollarse una cierta infraestructura de retaguardia. Así pues, si se dan las cuatro condiciones estaríamos ante un ejército. Si no se cumple ninguna (o sólo una) nos encontraríamos con un grupo guerrillero. Y si se dan dos o tres estaríamos ante una fuerza de transición, en vías de convertirse en un ejército regular.

Ahora lo que cabe preguntarse es si las fuerzas carlistas de Valencia y Aragón cumplían estas condiciones. Pues bien, cuando empezó la guerra en el Maestrazgo se intentó crear algo parecido a un ejército organizado, utilizando para ello la plaza fuerte de Morella y la organización militar de los voluntarios realistas. No obstante, al poco tiempo se perdió la única fortaleza de que disponían, a lo que siguió el desastre de Calanda y el fusilamiento del barón de Hervés, con lo que el carlismo valenciano-aragonés quedó reducido, durante mucho tiempo, a unos cuantos grupos de guerrilleros. Así siguieron las cosas hasta que en marzo de 1835 Cabrera sustituyó a Carnicer al mando de la comandancia general de Aragón. Entonces el nuevo caudillo hizo valer su fuerte personalidad para unificar las principales partidas y diseñar una incipiente organización. Tres meses más tarde creó las primeras divisiones, que se dividieron en batallones y compañías, empezando así a dar un aspecto más militar a su fuerza.

Al año siguiente continuó este proceso, al fortificarse Cantavieja, que durante varios meses se convirtió en la única plaza fuerte del carlismo valenciano-aragonés. No obstante, los rebeldes sufrieron un importante revés en octubre, cuando el general San Miguel la reconquistó, privando a los carlistas de su principal base de operaciones. Y aunque había algunos reductos rebeldes en los puertos de Beceite, estos también fueron destruidos por las tropas de la reina, aprovechando la ausencia de Cabrera, que se había incorporado a la expedición de Gómez.

Pero en cuanto volvió el caudillo catalán, las cosas empezaron a mejorar para los carlistas valenciano-aragoneses. En 1837 se generalizó el uso de la boina y se empezó a uniformar a algunas unidades. Además, en abril se recuperó Cantavieja, lo que permitió a los rebeldes empezar a contar con una importante cantidad de piezas de artillería, que habían sido capturadas allí. Al mismo tiempo, la nueva plaza fuerte volvió a ser un punto seguro para las fuerzas de Cabrera, siendo utilizada para acoger una fábrica de cañones, un depósito de prisioneros, un hospital militar, la redacción de un periódico y otras muchas instalaciones. Algo parecido se hizo en Mirambel (Teruel), donde se situaron las oficinas de la junta carlista. Todo esto se vio reforzado durante 1838, con la toma de la Morella y la construcción de gran cantidad de fortificaciones, que estaban guarnecidas por varios miles de soldados rebeldes.

Por otra parte, en julio de 1837 el caudillo catalán prosiguió su tarea centralizadora, eliminando al Serrador, único dirigente importante que no le obedecía, y haciéndose así con el control del carlismo valenciano. Lo mismo hizo con la administración rebelde, imponiendo su autoridad sobre la junta nombrada por el pretendiente, que acabó convirtiéndose en una corporación totalmente controlada por él. Toda esta centralización, que no tuvieron, por ejemplo, los carlistas catalanes, permitió a Cabrera crear un pequeño estado en las montañas del este de España, hasta que el convenio de Vergara marcó el inicio de su fin, en agosto de 1839. Por todo ello, considero que los carlistas de Valencia y Aragón sí que llegaron a crear un auténtico ejército, aunque no desde el principio de la guerra. De esta manera, se pasaría de unas fuerzas de transición (1833), a unas partidas guerrilleras (1833-1836), para volver después a unas fuerzas de transición (1836-1838), que acabarían convirtiéndose en un ejército regular (1838-1840).

Pero la existencia de un ejército organizado no hizo desaparecer a muchas partidas carlistas, que siguieron actuando por su cuenta durante toda la contienda. No obstante, una vez el caudillo catalán se hizo con el control de la situación, los grupos más importantes se integraron en su ejército y sólo permanecieron independientes las pequeñas gavillas, formadas por menos de cien combatientes. Estos grupos no tenían ya ninguna influencia en el desenlace de la guerra, pero afectaban mucho a la vida cotidiana de la población, ya que se dedicaban al pillaje y a las venganzas personales, combatiendo a las tropas de la reina sólo cuando no les quedaba más remedio. Por eso el carlismo real de estas pequeñas fuerzas es bastante discutible, ya que no podían hacer gran cosa contra el ejército isabelino y sí, en cambio, que sus integrantes pudiesen sacar algún provecho de la guerra.

Una vez dicho esto, corresponde pasar al análisis pormenorizado del ejército y las partidas carlistas, que empezaré con la organización militar, para pasar después a los aspectos logísticos y terminar con el funcionamiento de la retaguardia rebelde. Todo este recorrido nos permitirá entender por qué los carlistas llegaron a ser un enemigo tan importante para el gobierno liberal, máxime cuando partían de una posición tan poco favorable.

1 Sobre las reformas liberales véase Artola, M., Antiguo régimen y revolución liberal, Barcelona, Ariel, 1978, Aróstegui, J., “El carlismo y la guerra civil” y Tomás y Valiente, F., “La obra legislativa y el desmantelamiento del antiguo régimen” en J. M. Jover (dir), Historia de España. La era isabelina y el Sexenio Democrático (1834-1874), Madrid, Espasa Calpe, 1996. Sobre las diversas interpretaciones del carlismo véase Solé, J. M. (dir.), El carlisme com a conflicte, Barcelona, Columna edicions, 1993 y Canal, J., El carlismo. Dos siglos de contrarrevolución en España, Madrid, Alianza Editorial, 2000.

2 Milicia absolutista creada en 1823 por Fernando VII para combatir el liberalismo. Fue disuelta en 1833 al decantarse cada vez más hacia el carlismo.

3 Anónimo, Fastos españoles o efemérides de la guerra civil, Madrid, Imprenta de don Ignacio Boix, 1839-1840, v. 1, pp. 266, 770 y 790 y v. 2, pp. 23, 26, 79, 83, 111, 128, 151-153 y 358. Segura, J., Morella y sus aldeas, Villarreal, Ayuntamiento de Morella, 1991, v. 4, pp. 24-36.

4 Anónimo, Fastos españoles... v. 2, pp. 272-400. Segura, J., Morella... v. 4, pp. 42-47.

5 Córdoba, B., Vida militar y política de Cabrera, Madrid, Imprenta de Eusebio Aguado, 1844-1846, v. 1, pp. 47-95. Boletín Oficial de la Provincia de Castellón de la Plana, 1 de diciembre de 1834.

6 El Turia, 26 de octubre, 3 y 24 de diciembre de 1834. Segura, J., Morella... v. 4, pp. 69 y 70. Córdoba, B., Vida militar... v. 1, pp. 77, 92 y 94.

7 Córdoba, B., Vida militar... v. 1, pp. 99-127 y 138-140.

8 Córdoba, B., Vida militar... v. 1, pp. 130-164. Un emigrado del Maestrazgo, Vida y hechos de los principales cabecillas facciosos de las provincias de Aragón y Valencia desde el pronunciamiento de Morella en 1833 hasta el presente, Valencia, Oficina de López, 1840, p. 111.

9 Pirala, A., Historia de la guerra civil y de los partidos liberal y carlista, Madrid, Turner / Historia 16, 1984, v, 2, p. 58. Una reunión de amigos colaboradores, Panorama español. Crónica contemporánea, Madrid, Imprenta de panorama español, 1842-1845, v. 3, pp. 48 y 49. Calbo y Rochina, D., Historia de Cabrera y guerra civil en Aragón, Valencia y Murcia, 1845, pp. 83 y 84. Segura, J., Morella... v. 4, pp. 86-92.

10 Fernández de San Román, E., marqués de San Román, Guerra civil de 1833 a 1840 en Aragón y Valencia. Campañas del general Oraa (1837-1838), Madrid, Imprenta y fundición de M. Tello, 1884, v. 1, p. 20.

11 Córdoba, B., Vida militar... v. 1, pp. 180-203. Calbo y Rochina, D., Historia de Cabrera... p. 195. Un emigrado del Maestrazgo, Vida y hechos de los principales... pp. 19 y 20. Segura, J., Morella... v. 4, pp. 103 y 104.

12 San Miguel, E., De la guerra civil de España, manuscrito conservado en la Biblioteca Nacional, 1836, pp. 61, 68 y 69. Calbo y Rochina, D., Historia de Cabrera... pp. 2 y 3. Fontana, J., La crisis del antiguo régimen. 1808-1833, Barcelona, Crítica, 1988, pp. 280-282. Caridad, A., El carlismo en el País Valenciano y Teruel (1833-1840), Valencia, Universidad de Valencia, 2010, p. 828.

13 Córdoba, B., Vida militar... v. 1, pp. 176, 214-221, 227-246 y 257. Diario de Zaragoza, 25 de noviembre y 15 de diciembre de 1835. Diario Constitucional de Zaragoza, 14 de enero de 1837.

14 Córdoba, B., Vida militar... v. 1, pp. 256-261 y 270-333.

15 Córdoba, B., Vida militar... v. 2, pp. 15-26. Fernández de San Román, E., marqués de San Román, Guerra civil... v. 1, p. 22.

16 Córdoba, B., Vida militar... v. 2, pp. 28-31.

17 Córdoba, B., Vida militar... v. 2, pp. 45-50. Calbo y Rochina, D., Historia de Cabrera... pp. 146-148. Segura, J., Morella... v. 4, pp. 123 y 124. Diario Mercantil de Valencia, 30 de junio de 1836. Monfort, A., Historia de la real villa de Villafranca del Cid, Valencia, Ayuntamiento de Villafranca del Cid, 1999, pp. 567, 568 y 581.

18 Córdoba, B., Vida militar... v. 2, pp. 39-41. Calbo y Rochina, D., Historia de Cabrera... pp. 192 y 193. Un emigrado del Maestrazgo, Vida y hechos de los principales... pp. 201 y 202.

19 Pirala, A., Historia de la guerra... v. 3, pp. 70-74. Córdoba, B., Vida militar... v. 2, pp. 31-33.

20 Córdoba, B., Vida militar... v. 2, pp. 27, 44, 53-57, 67, 68 y 84-89. Diario Mercantil de Valencia, 24 de julio de 1836. Diario de Avisos de la Ciudad de Valencia, 20 de septiembre de 1836.

21 Córdoba, B., Vida militar... v. 2, pp. 89-139. Pirala, A., Historia de la guerra... v. 3, p. 147.

22 Córdoba, B., Vida militar... v. 2, pp. 142-145, 149 y 153.

23 Boletín Oficial de la Provincia de Castellón de la Plana, 13 de diciembre de 1836. Un emigrado del Maestrazgo, Vida y hechos de los principales... p. 21. Segura, J., Morella... v. 4, pp. 146 y 147.

24 Córdoba, B., Vida militar... v. 2, pp. 156-159. Calbo y Rochina. D, Historia de Cabrera... p. 247.

25 Córdoba, B., Vida militar... v. 2, pp. 169-189, 192 y 194-203.

26 Pirala, A., Historia de la guerra... v. 4, pp. 379 y 390-394. Diario Mercantil de Valencia, 14 de marzo de 1837.

27 Archivo Histórico de Orihuela, legajo D 1144. Calbo y Rochina, D., Historia de Cabrera... pp. 270-277.

28 Córdoba, B., Vida militar... v. 2, pp. 211-213, 217-220, 222 y 321-323. Archivo General Militar de Segovia, primera sección, legajo C-91.

29 Córdoba, B., Vida militar... v. 2, pp. 191, 192, 206, 207 y 222. Un emigrado del Maestrazgo, Vida y hechos de los principales... pp. 16-18, 21 y 22. Diario Mercantil de Valencia, 18 de mayo de 1837.

30 Córdoba, B., Vida militar... v. 2, pp. 231-237, 247-257 y 260-277. Fernández de San Román, E., marqués de San Román, Guerra civil... v. 1, pp. 136-142 y Diario Mercantil de Valencia, 12 de julio de 1837.

31 Córdoba, B., Vida militar... v. 3, pp. 3-33.

32 Córdoba, B., Vida militar... v. 3, pp. 33-59.

33 Córdoba, B., Vida militar... v. 3, pp. 72-80 y 83-84. Fernández de San Román, E., marqués de San Román, Guerra civil... v. 1, pp. 264 y 298-309.

34 Córdoba, B., Vida militar... v. 3, pp. 89-90, 94 y 99-100. Archivo de la Diputación Provincial de Zaragoza, vigilancia, caja XV-1026, legajos 140 y sin catalogar.

35 Córdoba, B., Vida militar... v. 3, pp. 118-129, 138-154, 236, 272, 273 y 546. Pirala, A., Historia de la guerra... v. 5, pp. 92 y 287. Diario Mercantil de Valencia, 22 de junio de 1838.

36 Un emigrado del Maestrazgo, Vida y hechos de los principales... pp. 161-170. Córdoba, B., Vida militar... v 3, pp. 106-112.

37 Córdoba, B., Vida militar... v. 3, pp. 158-172 y 176-179.

38 Córdoba, B., Vida militar... v. 3, pp. 189-197, 225-227 y 229-231. Diario Mercantil de Valencia, 3 de junio de 1838.

39 Fernández de San Román, E., marqués de San Román, Guerra civil... v. 2, pp. 109-119. Córdoba, B., Vida militar... v. 3, pp. 252, 261, 269 y 292-293. Un emigrado del Maestrazgo, Vida y hechos de los principales... p. 166.

40 Córdoba, B., Vida militar... v. 3, pp. 270-373.

41 Córdoba, B., Vida militar... v. 2, pp. 41 y 197 y v. 3, pp. 382, 389-394, 417, 426, 428-438, 450-463, 466-478 y 483-506. Cabello, F., Santa Cruz, F. y Temprado, R. M., Historia de la guerra última en Aragón y Valencia, Zaragoza, Institución Fernando el Católico y Diputación de Zaragoza, 2006, pp. 220 y 232. Pirala, A., Historia de la guerra... v. 5, p. 142. Diario Mercantil de Valencia, 16 de abril de 1839.

42 Córdoba, B., Vida militar... v. 3, pp. 478-481 y v. 4, pp. 3-7, 25, 26 y 491. Von Rahden, W., Cabrera. Erinnerungen aus dem spanischen Bürgerkriege, Frankfurt, Wilmans., 1840, pp. 304-307.

43 Diario Mercantil de Valencia, 17 de abril de 1839. Pirala, A., Historia de la guerra... v. 5, p. 300.

44 Von Rahden, W., Cabrera. Erinnerungen... pp. 326, 327 y 405. Pirala, A., Historia de la guerra... v. 5, pp. 308 y 309.

45 Córdoba, B., Vida militar... v. 4, pp. 72-82, 85-93, 106-114, 118-122 y 478-481. Von Rahden, W., Cabrera. Erinnerungen... pp. 429-455, 465, 466, 480-482 y 489. Von Goeben, A., Cuatro años en España. Los carlistas, su levantamiento, su lucha y su ocaso. Esbozos y recuerdos de la guerra civil, Pamplona, Institución Príncipe de Viana y Diputación Foral de Navarra, 1966, pp. 310-312. Diario Mercantil de Valencia, 1 de junio de 1839.

46 Von Rahden, W., Cabrera. Erinnerungen... pp. 497-501. Córdoba, B., Vida militar... v. 4, pp. 137-139.

47 Córdoba, B., Vida militar... v. 4, pp. 82, 119, 147-149, 167 y 183. Von Rahden, W., Cabrera. Erinnerungen... p. 511. Cabello, F., Santa Cruz, F. y Temprado, R. M., Historia de la guerra... p. 255. Archivo del Reino de Valencia, propiedades antiguas, legajos 196, 229, 250, 407, 471, 572, 592, 615, 659 y 728. Diario Mercantil de Valencia, 30 de octubre de 1839.

48 Córdoba, B., Vida militar... v. 4, pp. 187-207, 215-217, 221, 222, 228-230 y 320-322. Pirala, A., Historia de la guerra... v. 5, p. 566.

49 Córdoba, B., Vida militar... v. 4, pp. 240, 241, 271, 272, 287, 300, 317, 327 y 340. Diario Mercantil de Valencia, 23 de marzo, 22 de abril, 23 de mayo y 10 de junio de 1840.

50 Córdoba, B., Vida militar... v. 4, pp. 323-325, 335-339, 343-359, 366-367 y 370-378. Calbo y Rochina, D., Historia de Cabrera... pp. 526-543 y 572.

51 Archivo de la Diputación Provincial de Castellón de la Plana, colección de actas de 1838, folios 39 y 149. Diario de Valencia, 22 de febrero de 1834. Boletín Oficial de Valencia, 14 de marzo de 1834, 20 de enero, 27 de octubre, 3 de noviembre de 1835, 5 de diciembre de 1837 y 12 de enero de 1838. Diario Mercantil de Valencia, 14 de noviembre de 1835. Boletín Oficial de la Provincia de Castellón de la Plana, 27 de noviembre y 1 de diciembre de 1835.

52 Boletín Oficial de Valencia, del 25 de abril de 1837 al 26 de abril de 1840. Diario Mercantil de Valencia, 31 de marzo de 1838 y 19 de junio de 1839. Bullón de Mendoza, A., La primera guerra carlista, Madrid, Universidad Complutense, 1992, p. 167.

53 Archivo de la Diputación Provincial de Castellón de la Plana, colección de actas de 1836-1837, p. 377. Pirala, A., Historia de la guerra... v. 4, p. 379. Bullón de Mendoza, A., La primera guerra... p. 149.

54 El Turia, 26 de enero, 12 y 22 de febrero de 1834. Diario Mercantil de Valencia, 27 de agosto de 1835. Boletín Oficial de Valencia, 25 de diciembre de 1835, 19 de mayo y 5 de diciembre de 1837. Duncan, F., The english in Spain, Londres, John Murray, 1877, pp. 333-336. Chust, M., Ciudadanos en armas. La milicia nacional en el País Valenciano (1834-1840), Valencia, Institución Alfonso el Magnánimo, 1987, pp. 28, 34, 53, 59, 60, 66, 72 y 87-89.

55 Boletín Oficial de Valencia, 15 de septiembre de 1835 y 7 de mayo de 1839. Diario Mercantil de Valencia, 5 de septiembre de 1835, 31 de diciembre de 1838, 25 de noviembre de 1839 y 16 de enero de 1840. Archivo de la Diputación Provincial de Castellón de la Plana, colección de actas de 1839, folios 64 y 238. Bullón de Mendoza, A., La primera guerra... p. 189.

56 Córdoba, B., Vida militar... v. 3, p. 261. Bullón de Mendoza, A., La primera guerra... pp. 178, 179, 189 y 198. Canales, C., La primera guerra carlista 1833-1840. Uniformes, armas y banderas, Madrid, Ristre, 2006, pp. 33 y 39.

57 Córdoba, B., Vida militar... v. 1, pp. 186, 189 y 190 y v. 2, p. 61. Cabello, F., Santa Cruz, F. y Temprado, R. M., Historia de la guerra... pp. 120 y 205. Pirala, A., Historia de la guerra... v. 3, p. 140.

58 Archivo de la Diputación Provincial de Valencia, B-4, quintas, milicias provinciales, cajas 5, 6, 7, 8, 9, 10 y 11. Boletín Oficial de la Provincia de Castellón de la Plana, 15 y 17 de enero de 1836. Diario Mercantil de Valencia, 3-8 de noviembre de 1837, 25, 26 y 30 de agosto de 1838. Córdoba, B., Vida militar... v. 3, pp. 478-480. Cabello, F., Santa Cruz, F. y Temprado, R. M., Historia de la guerra...pp. 136 y 205. Boletín Oficial de Valencia, 19 de mayo de 1837. Chust, M., Ciudadanos en armas...pp. 37, 38, 43-45, 74-76 y 103.

59 Archivo Municipal de Culla, caja 134, legajo 2. Archivo Municipal de Castellfort, caja 93. Archivo de la Diputación Provincial de Castellón de la Plana, colección de actas de 1836-1837, pp. 698 y 88 bis. Diario Mercantil de Valencia, 11 y 16 de marzo de 1838, 20 de enero de 1839. Diario Constitucional de Zaragoza, 4 de enero y 13 de febrero de 1840. Pirala, A., Historia de la guerra... v. 4, p. 407 y v. 5, pp. 46 y 47.

60 Archivo de la Diputación Provincial de Castellón de la Plana, colección de actas de 1836-1837, pp. 237, 238, 309, 375, 377, 388, 445, 507, 508 y 251 bis. Diario Mercantil de Valencia, 21 de febrero, 11 y 15 de marzo de 1838. Cabello, F., Santa Cruz, F. y Temprado, R. M., Historia de la guerra... p. 118. Fernández de San Román, E., marqués de San Román, Guerra civil... v. 1, pp. 186, 191-194 y 358-366.

61 Archivo de la Diputación Provincial de Castellón de la Plana, colección de actas de 1836-1837, p. 91 bis y colección de actas de 1839, folio 74. Córdoba, B., Vida militar... v. 3, pp. 375-377. Diario Mercantil de Valencia, 2, 13, 15, 16 y 19 de febrero de 1839.

62 Archivo de la Diputación Provincial de Valencia, B-4, quintas, milicias provinciales, cajas 5, 6, 7, 8, 9, 10 y 11. Archivo de la Diputación Provincial de Castellón de la Plana, colección de actas de 1839, folio 13. Diario Mercantil de Valencia, del 4 de abril al 11 de julio de 1836. Pirala, A., Historia de la guerra... v. 3, p. 131 y v. 5, p. 309. Chust, M., Ciudadanos en armas... pp. 43, 44 y 52. Bullón de Mendoza, A., La primera guerra... pp. 186 y 187.

63 Diario Mercantil de Valencia, 18 de agosto de 1839. Córdoba, B., Vida militar... v. 1, p. 262. Cabello, F., Santa Cruz, F. y Temprado, R. M., Historia de la guerra... pp. 142 y 143.

64 Archivo de la Diputación Provincial de Valencia, A. Central 8, cárceles y correcciones públicas 1, expedientes generales, cajas 5 y 7. Córdoba, B., Vida militar... v. 3, pp. 429, 478, 484-486 y 496. Segura, J., Morella... v. 4, p. 87.

65 Una reunión de amigos colaboradores, Panorama español... v. 2, pp. 86 y 91.

66 Von Rahden, W., Cabrera. Erinnerungen aus dem spanischen Bürgerkriege, Frankfurt, Wilmans, 1840, p. 364.

67 Calbo y Rochina, D., Historia de Cabrera... p. 345.

68 Boix, V., Historia de la ciudad y reino de Valencia, Valencia, Imprenta de Benito Monfort, 1847, v. 3, p. 429. Pirala, A., Historia de la guerra... v. 5, p. 287. Flavio, E., conde de X***, Historia de Don Ramón Cabrera, Madrid, Establecimiento Tipográfico-Editorial de G. Estrada, 1870, v. 1, p. 469. Romano, J., Cabrera. El Tigre del Maestrazgo, Madrid, Imprenta de Juan Pueyo, 1936, p. 195.

69 Ferrer, M., Acedo, J. y Tejera, D., Historia del tradicionalismo... v. 18, p. 188.

70 Bullón de Mendoza, A., La primera guerra... p. 300.

71 Canales, C. y Carrasco, J. C., La primera guerra carlista 1833-1840. Uniformes, armas y banderas, Madrid, Medusa ediciones, 2000, p. 41. Moral, A. M., Las guerras carlistas, Madrid, Sílex, 2006, p. 53.

72 Rújula, P., Ramón Cabrera. La senda del Tigre, Zaragoza, Ibercaja, 1996, p. 57.

73 Urcelay, J., El Maestrazgo carlista, Vinaròs, Ediciones Antinea, 2002, p. 281. Sauch, N., Guerrillers i bàndols civils entre l’Ebre i el Maestrat: la formació d’un país carlista (1808-1844), Barcelona, Publicacions de l’abadia de Montserrat, 2004, p. 137.

1. FORMACIÓN Y CONSOLIDACIÓN DE LAS PARTIDAS

A) FORMACIÓN DE LAS PARTIDAS

Poco después de morir Fernando VII empezaron a formarse grupos de guerrilleros absolutistas en Aragón y Valencia. La mayoría de ellos estaban dirigidos por oficiales del ejército con licencia ilimitada (apartados del servicio por sus ideas carlistas) e integrados por antiguos voluntarios realistas (milicia absolutista creada en tiempos de Fernando VII).1 La primera partida fue la de Manuel Carnicer, quien huyó al monte al ser descubierta una conspiración realista para apoderarse de Alcañiz. En poco tiempo formó un grupo de ocho antiguos combatientes absolutistas que el 12 de octubre de 1833 entró en La Codoñera (Teruel), abriendo la cárcel del pueblo en nombre de Carlos V e iniciando así sus actividades.2 Poco después entró en escena Joaquín Quílez, que con 15 hombres se alzó en armas en Samper de Calanda (Teruel) el día 28 de octubre.3 Tres semanas más tarde se rebeló Enrique Montañés, esta vez en la villa de Mazaleón (Teruel), donde residía en calidad de subteniente ilimitado y segundo comandante de uno de los batallones realistas del partido de Alcañiz. Hay que señalar, además, que el cuerpo principal de las partidas de Carnicer y Montañés (y probablemente era el caso de los demás grupos carlistas) lo formaban antiguos combatientes en las filas realistas durante el periodo de 1822 a 1823.4 Otras partidas que surgieron a las pocas semanas de comenzar la contienda fueron las de Agustín Tena (en Aragón) y Esteban Ruiz (en Valencia).5 Muchos de los primeros rebeldes no tenían intención de unirse al carlismo, pero tuvieron que hacerlo cuando fueron expulsados de sus lugares de residencia debido a sus ideas absolutistas.6

Al mismo tiempo, los partidarios de don Carlos recurrieron a pronunciamientos apoyados por los voluntarios realistas, en los que no intervinieron oficiales con licencia ilimitada.7 El primero de ellos fue el de Magraner, que se alzó en armas en Montesa (Valencia) el 3 de noviembre de 1833.8 Pero a los cuatro días sus hombres se acogieron al indulto en el pueblo de L’Olleria, finalizando así la primera rebelión carlista en tierras valencianas9. Más tarde se produjo la sublevación del gobernador de Morella, Carlos Victoria, con el apoyo de los voluntarios realistas de la plaza, tras hacer salir a la mayor parte de la guarnición. Poco después de haberse disparado los primeros tiros, el 13 de noviembre, se presentó a caballo en la plaza mayor y proclamó como rey a don Carlos María Isidro, ordenando acto seguido que se cerraran las puertas de la muralla.10

Una vez rebelada Morella, el alzamiento fue secundado por voluntarios realistas de diferentes localidades, que marcharon allí, dirigidos por sus propios jefes.11 De esta manera, el 15 de noviembre se rebeló el comandante de la milicia absolutista de Villarreal con 130 de sus hombres, todos armados y equipados. Lo mismo hizo el jefe de los realistas de Vall de Almonacid (Castellón), quien distribuyó las armas que había recogidas y marchó a Morella con su gente.12 También se unieron a la rebelión voluntarios realistas de Llíria, Peñíscola, Alcalà de Xivert, Vinaròs y Torreblanca.13

Pero esta segunda vía insurreccional no dio resultados, por el escaso apoyo que tenían los carlistas en las capitales de provincia y entre el ejército. Así pues, las fuerzas del barón de Hervés (a quien Victoria había cedido el mando) fueron derrotadas ante Morella el 6 de diciembre de 1833 y poco después los rebeldes abandonaron la población. Acto seguido las tropas de la reina iniciaron una persecución que obligó a este “ejército” a disgregarse en pequeños grupos.14 Ya sólo quedaban las partidas guerrilleras, que serían, durante varios años, la única forma de continuar la guerra por parte de los carlistas.15

Las gavillas rebeldes solían crearse por iniciativa de algún personaje de prestigio (habitualmente un oficial realista de la guerra del Trienio), que convocaba a sus amigos para tomar las armas. Era frecuente que sus seguidores fueran voluntarios realistas o antiguos combatientes de la guerra anterior, lo que hacía fácil que consiguieran armas para empezar la rebelión. Una vez ideado el plan, se hacía necesario reunir a los posibles insurrectos para organizar el alzamiento, buscar nuevos apoyos y coordinar sus planes, lo que constituía la etapa más peligrosa, ya que era entonces cuando las autoridades podían abortar más fácilmente la intentona. Esto es lo que sucedió en noviembre de 1834, cuando Tomás Flores, párroco de Molins, empezó a reunir a un grupo de gente en un paraje próximo a Orihuela, para preparar una rebelión. Como esperaban que se les uniese más gente del partido de Beniel, la creación de la partida se pospuso, mientras se celebraban nuevas asambleas para ultimar los preparativos. Esta tardanza dio tiempo a que fuera informado el gobernador de Orihuela, que acudió allí con una pequeña fuerza, haciendo huir a los reunidos y capturando a tres de ellos. Poco después averiguó que el cura de Molins estaba detrás de la conjura, por lo que lo hizo prender y fusilar varios días después, cortando así de raíz este intento de rebelión.16


Partida carlista al principio de la Guerra

Pero aunque la partida consiguiera formarse, si en la zona no había bastante apoyo a la causa de don Carlos, era fácil que fuera aplastada a los pocos días. Como ejemplo podemos citar el caso de Albarracín, donde en septiembre de 1834 se creó una gavilla, que fue derrotada inmediatamente después de hacer su aparición.17 Más éxito tuvo Manuel Martínez “Pelechana”, joven de familia acomodada y muy popular en Vilafamés. En la primavera de 1835 reunió a un grupo de amigos y asaltó con ellos las casas de los milicianos nacionales, apoderándose de sus armas y creando una pequeña partida, con la que acabó uniéndose a las fuerzas del Serrador.18 Después de esta fecha apenas tenemos noticias de creación de nuevas facciones de forma autónoma, siendo una de las pocas la que surgió en Gátova (Valencia) en octubre de 1838 y que empezó sus actividades con 15 ó 20 hombres.19

Una vez empezada la guerra lo más frecuente (y menos arriesgado) era que las nuevas partidas fueran escisiones de un grupo más grande. De esta manera, el ejército del barón de Hervés se dividió en múltiples gavillas tras la batalla de Calanda, apareciendo así las fuerzas de Mestre, Forcadell, Marcoval y el Serrador, al tiempo que renacían las antiguas (Covarsí, Quílez, Carnicer, Montañés), que se habían incorporado anteriormente a las fuerzas del barón.20 Otras veces las pequeñas partidas eran destacamentos de un grupo más grande, del que de vez en cuando se separaban para huir del enemigo o emprender alguna acción por separado. Es el caso de la gavilla del Serrador, de la que a veces se separaban pequeñas fuerzas, a las órdenes de La Cova, Pelechana, Mars o Llorens.21

Por otra parte, los jefes rebeldes intentaron también fomentar la rebelión en otras comarcas, para lo cual sacaban a algunos hombres de sus fuerzas, a fin de crear nuevos focos de lucha guerrillera. De esta manera, el 3 de abril de 1836, cuando se encontraba en Sot de Chera (Valencia), Cabrera sacó de sus filas a los naturales del Alto Turia para formar una partida que promoviese la insurrección en la zona. Nombró jefe de la gavilla a Miguel Sancho, “el fraile de Esperanza”, a cuyas órdenes puso a algunos oficiales, así como a 60 infantes y a 6 jinetes.22 Un año después el caudillo carlista envió al subteniente Manuel Gutiérrez para organizar una partida en el distrito de Requena, donde la facción contaba con escasos apoyos.23 Otro ejemplo lo encontramos el 26 julio de 1837, cuando fue capturado cerca de Enguera el cabecilla José Morán, que iba acompañado de nueve hombres. Se les capturaron entonces varios documentos que demostraban que habían sido enviados por la facción manchega para levantar una partida en la zona. El mencionado Morán conocía la comarca, en la que tenía gran prestigio, teniendo además contactos con los absolutistas locales, por haber servido en los voluntarios realistas durante el reinado de Fernando VII.24

B) EVOLUCIÓN DE LAS PARTIDAS

Una vez empezada la guerra, la mayoría de las nuevas gavillas se crearon por las rivalidades entre los diferentes jefes carlistas, que no se ponían de acuerdo en cuanto al liderazgo, el reparto del botín o el plan a seguir. Entonces se producía la dispersión de partidas de mediano tamaño en varias más pequeñas.25 Por ello, a medida que aumentaba el número de tropas iba creciendo el de grupos rebeldes, alcanzando su máximo en 1838. Después de esta fecha, el número de partidas empezó a decrecer, al pasar gran parte de los rebeldes a custodiar puntos fortificados, pero también por la concentración en fuerzas más grandes.

Como podemos observar en el cuadro 1 (así como en los dos siguientes), el número de hombres en las filas carlistas aumentó de forma incesante hasta 1839. Si al principio de la guerra las partidas carlistas eran escasas y con pocos hombres cada una, poco a poco fueron aumentando su número y su cantidad de integrantes. En 1835 empieza a haber grupos carlistas permanentes de más de 1.000 hombres, que ya podían tomar algunas poblaciones y enfrentarse abiertamente a las unidades liberales. Es entonces cuando cobra importancia un frente que parecía poco relevante y que hasta ese momento apenas había llamado la atención del gobierno de Madrid. Fueron estas partidas de gran tamaño las que llevaron a cabo las operaciones militares más destacadas, causando cada vez más problemas a los jefes cristinos de la zona. No obstante, la mayoría de los grupos rebeldes seguían siendo medianos y pequeños, limitándose a acciones en un ámbito reducido (la misma comarca o provincia), del que salían pocas veces. Lo más habitual era que sólo las grandes partidas realizaran expediciones a otras provincias.

CUADRO 1

PARTIDAS CARLISTAS QUE APARECEN MENCIONADAS EN NOTICIAS SOBRE LA GUERRA EN EL PAÍS VALENCIANO Y TERUEL26


Año Jefes de partida Número de partidas
183327 Candel, Carnicer (343), Coleta (189), Covarsí (300), Esparza, Gatel, Llorens, Magraner (248), Marcoval (140), Mestre (100), Monferrer (30), Montañés (30), Quílez (35), Roger, Royo, el Serrador (148), Agustín Tena, Vallés-Chulvi (200) y Vives (3) 18
1834 Agut (4), M. Alegre (30), P. Alegre-Martínez (16), Ballarín (4), Barrachina, Bayod (72), Bosque, Cabrera (124), Canut (16), Carnicer (469), Castro (23), el Catalanet, Cebrián, Celma (20), Ciprés (40), Covarsí (325), Conesa (109), Consortes, Chambonet, Darás, Escrig-Palanquet (35), Félez (12), Fibla, Figa (20), Forcadell (250), García, Gracia, Granell, Grau, Jimeno, Josepón, José Jover, Ignacio Jover (115), Llorach, Macipe (50), el Manco de Alcoy, Marcoval, el Mayorazgo de Sarrión (24), Mestre, el Molinero, Montañés (165), Muchacho, Muniesa, Oliete (30), Ortí, Pataques (17), Perejil (23), Pericón (26), Quílez (277), el Royo de Nogueruelas, Pureta, Cristobal Salvo (6), Joaquín Salvo (24), el Serrador (192), Silvestre, Torner (90), Umbría, Vallés (42) y Vespín (16) 58
1835 Bardaviu (38), Barrachina (50), Bayona, Beltrán (183), Bonet (78), Bosque (100), Cabrera-Forcadell (978)28, Carnicer (107), el Capellá29, el Catalanet (200), Coleta (275), Conesa (2), el Cortante de Monroyo (12), Costa, La Cova (50), el Cura de la Puebla, Chulvi-Papaceit, Garzón, Joaquín (25), Josepón, Llorach (300)30, Monreal (50), Montañés (44), Monterde (100), Monteverde (125), Morret (90), el Organista (320), Plou, Quílez (433), Rebollo, el Royo de Nogueruelas, Cristóbal Salvo (27), Sanz, el Serrador (1.772), Serena, el Tierno, Torner (101), Trompeta, Vallés (19), Vespín (9), Viñas y Vivanco (4) 42
1836 El Alcalde de Miravete (8), el Arcipreste de Moya (201), Badía (450), Cabañero-Juan Tena (184), Cabrera-Arévalo (1.792)31, Carot (30), el Catalanet, Cayetano, el Cedacero (26), fraile Esperanza-Carné-Llagostera (779)32, el Fi (50), Forcadell (2.690)33, José García (12), Isidoro Gil, Jalvegado, Josepón, Julve, López, Llorens, Lluc (16), Luna, Morret (120), Motilla (150), Negrete, el Organista (290), Peinado (135), Pelechana (113), Pellicer (300), Pusoled (45), Quílez (1.750)34, el Royo de Nogueruelas, Cristóbal Salvo (70), el Serrador (1.405)35 y el Tuerto de Liria (30) 34
1837 Arnau, Bonet, Cabañero (933), Cabrera (2.948)36, el Cedacero, La Cova (1.216), Chambonet (300), Fi (40), Forcadell (1.880), fraile Esperanza, Francisco Gómez, el Hachero de Toga (40), Jalvegado (13), Jimeno, Julve (2), Pepe Lama (180), Cayetano López, Joaquín López (216), Llagostera (800), Mestre (550), Morán (9), Moreno (340), Morret (30), Navarro, Pareja (25), Peinado (763), Pellicer (450), el Cura de Peracenses (23), Perciva (100), Petroinla (70), Quílez (800), el Royo de Nogueruelas (1.000), Rufet de Benlloch (140), Rufo (723), el Rullo, el Serrador (1.799), Solanich, Antonio Tallada (2.107), Juan Tena, Trompeta y Viscarro (525) 41
1838 Alberto (92), Lucas Alonso (20), Arnau (693), Barba (25), Basilio, Batalla, Beltrán (200), Besos (15), Bosque (206), Botija (52), Cabañero-L‘Espinace (2.675), Cabrera (2.929), Calzones (20), Colachán, La Cova-Gasque (353), Chaleco (17), Chambonet (500), Charelo (40), Chiner, La Diosa, Escribano, Feliu, la Fiera (5), Forcadell (1.366), el hermano de Forcadell (300), el Frare, Garafulla, Gra (200), Gracia, Jimeno, Pepe Lama (121), Llagostera (3.533)37, Malvari (280), Marco, Mars (856), Martínez (80), Merino (2.056), Miranda, Monreal (30), Montoro (550), Morena de Belloch (8), Oregita (100), Peinado, Peris, Perol (30), el Puli (80), Rufo (160), Sanarau (100), Serreta (30), Antonio Tallada (2.426)38, José Tallada (125), Juan Tena (37), Trespando (112), el Tronco39, Truquet (27), Umbría (550), Vidal (60) y Viscarro (627) 58
1839 Alberto (180), Alegre (100), Arnau-Arévalo (1.115)40, Arriembanda (465), Balmaseda (120), Bayod (145), Bastos, Beltrán, el Blau (3), Bosque (620), Corbalán, Cabrera (5.033)41, Pepe Carmela (80), La Cova (673), Chambonet (600), Charelo, Forcadell (1.157), Garafulla, Gracia (445), Gimeno, Hernández, Iturralde (112), Pepe Lama (42), José López, Llagostera (3.400), Malena, Marconell (150), Rafael Martínez (230), Mozo de la Vega, Olivares, Palencia, Palillos (2.240)42, Peliciego, Pimentero (20), Polo (900), Porres (10), Rafelet, Rufet de Benlloch, Solá, Torá, Trespando, el Trueno (22) y Viscarro-Montardid (450) 43
1840 Alegre (42), Arévalo-Palacios (2.000)43, Arnaled (1.000), Arnau (3.295), Balmaseda (600), Beltrán (159), Bores, Bosque (200), Botas, La Cova (900), Crisantos, Forá (11), Forcadell (524), González (40), Gracia (1.100), el Groc del Forcall, Llagostera-Polo (3.955)44, don Martín, Matías, el Menut (14), Mestre, el Mozo de la Vega (5), Palillos45, Pariri, Pi mentero (6), Potaje, Rafelet, Solanich y Torá. 29

Fuente: Archivos Departamentales de los Pirineos Orientales, Archivo de la Diputación Provincial de Valencia, Archivo de la Diputación Provincial de Zaragoza, Archivo Histórico Municipal de Alcañiz, Diario de Valencia, El Turia, Diario Mercantil de Valencia, Boletín Oficial de Valencia, Boletín Oficial de la Provincia de Castellón de la Plana, Diario de Avisos de la Ciudad de Valencia, El Satanás, Diario de Zaragoza, Diario Constitucional de Zaragoza. Anónimo, Fastos españoles...; Un emigrado del Maestrazgo, Vida y hechos de los principales...; Una reunión de amigos colaboradores, Panorama español...; Calbo y Rochina, D., Historia de Cabrera y guerra civil en Aragón, Valencia y Murcia, Madrid, Establecimiento tipográfico de Vicente Castelló, 1845; Pirala, A., Historia de la guerra civil...; Segura, J., Morella...; Fernández de San Román, E., marqués de San Román, Guerra civil de 1833 a 1840 en Aragón y Valencia. Campañas del general Oraa (1837-1838), Madrid, Imprenta y fundición de M. Tello, 1884; Ferrer, M., Acedo, J. y Tejera, D., Historia del tradicionalismo español, Sevilla, Ediciones Trajano y Editorial Católica Española, 1941-1960; Ortí, F., Historia de Morella, Benimodo, Ediciones RTI, 1958; Bernabeu, R., Historia de Requena, Requena, Diputación Provincial de Valencia y Ayuntamiento de Requena, 1983; AA.VV., Historia de la provincia de Alicante, Murcia, Ediciones Mediterráneo, 1985; Millán, J., “Els militants carlins del Pais Valencià Central. Una aproximació a la sociología del carlisme durant la revolució burgesa” en Recerques, nº 21, Barcelona, 1988; Faus, J., Segorbe en el siglo XIX. 1808-1902, Segorbe, Caja de ahorros y monte de piedad de Segorbe, 1988; Meseguer, V., “Carlistas de Vinaròs (y III)” en Centro de Estudios del Maestrazgo, nº 35, Benicarló, 1991; Bullón de Mendoza, A., La primera guerra carlista, Madrid, Universidad Complutense, 1992; Llora, A., Ontinyent y su historia, Ontinyent, Tip. Minerva, 1992; Rújula, P., Rebeldía campesina...; Vidiella, S., Recitaciones de la historia política y eclesiástica de Calaceite, Calaceite, Ayuntamiento de Calaceite, 1996; Bordás, J., Memorias de un voluntario carlista forcallano. A. 1833-1874. La guerra del Groc, Sant Carles de la Ràpita, Ayuntamiento del Forcall, 1997; Rújula, P., Alcorisa. El mundo contemporáneo en el Aragón rural, Alcorisa, Ayuntamiento de Alcorisa, 1998; Ballesteros, M., Historia de Utiel, Utiel, Imprenta de Luis Alarcón, 1999; Monfort, A., Historia de la real villa de Villafranca del Cid, Valencia, Ayuntamiento de Villafranca, 1999; Lerma, J., Alloza en los siglos XIX y XX, Alloza, Ayuntamiento de Alloza, 2001; Pina, J. M., Las ilusiones y tragedias. Historia de Albalate del Arzobispo, Zaragoza, Ayuntamiento de Albalate del Arzobispo, 2001; Roda, G., “Mito o realidad: la guerra carlista en la ciudad de Castelló (1833-1840)” en Estudis Castellonencs nº 9, Castellón, Diputación de Castellón, 2000-2002; Urcelay, J., Cabrera. El Tigre del Maestrazgo, Barcelona, Ariel, 2006 (elaboración propia).

El auge carlista empezó al sacarse fuerzas liberales del Maestrazgo para enviarse al País Vasco y Navarra, en la primavera de 1835. Esto se hizo por considerarse agonizante el carlismo valenciano-aragonés, mientras que los batallones de Zumalacárregui estaban obteniendo grandes victorias en el Norte.46 Además, las disputas internas entre los liberales hicieron que muchas tropas se quedaran en las ciudades en vez de marchar a combatir a los rebeldes.47 Todo esto cambió la situación existente hasta entonces, en la que las fuerzas carlistas habían estado continuamente hostigadas por las columnas gubernamentales, que apenas les habían dejado crecer ni consolidarse. Al verse libres de esta persecución, Cabrera pudo empezar a engrosar sus filas,48 a capturar poblaciones poco defendidas (Mora de Rubielos, Segorbe) y a derrotar a columnas enemigas (victorias de La Yesa y Alcanar).49 También Quílez y el Serrador aumentaron sus fuerzas,50 derrotando a una columna liberal y rindiendo después gran cantidad de pequeñas guarniciones enemigas en la provincia de Castellón.51 De esta manera, los carlistas de la zona empezaron a armarse con los fusiles de sus enemigos52 y a crecer de forma exponencial. Cabrera pasó de tener 270 hombres (marzo de 1835) a 3.634 (diciembre de 1835),53 en los dos casos unido con todas las otras fuerzas rebeldes, salvo la del Serrador. Este cabecilla, que dirigía la otra gran partida carlista de esta época, pasó de tener 150-200 hombres (diciembre de 1834) a más de 2.000 (noviembre de 1835).54

Las columnas liberales no daban abasto para acudir a todos los puntos amenazados y el desaliento empezó a ser general entre los partidarios de la reina.55 La prensa valenciana recoge estos acontecimientos en octubre de 1835, cuando publica: “¿Cómo podemos mirar con indiferencia el aumento de las facciones, en lo cual, por más que se diga, no podemos hacernos ilusión?; la muerte de tantos valientes, la consternación de los pueblos, la completa paralización del tráfico y giro en ambas provincias y los perjuicios consiguientes en todos los ramos de la industria”.56 La causa de este aumento la achaca el periódico a “la indigna tolerancia y escandalosa connivencia de nuestros pasados gobernantes”, refiriéndose a los gobiernos moderados de Martínez de la Rosa y del conde de Toreno, que habían rechazado ordenar una leva en masa, como pedían los progresistas.57

Confiado por sus continuas victorias, Cabrera reunió a casi todas las partidas importantes para una expedición a Guadalajara, lo que provocó una reacción desde el gobierno liberal, preocupado por el cariz que tomaban los acontecimientos. Se envió contra él al general Palarea, con un gran ejército de 12.000 soldados, que lo aplastó en la batalla de Molina de Aragón. Ese día, el 14 de diciembre de 1835, el ejército carlista sufrió tal varapalo que quedó totalmente destrozado. De 4.400 hombres de que constaban las diversas partidas reunidas, se perdieron entre 1.900 y 4.100 combatientes, contando muertos, heridos y dispersos (desertores).58 Este revés obligó a los rebeldes a volver a dispersarse en pequeños grupos y a evitar, durante un tiempo, todo combate con las fuerzas liberales. Esto podía haber supuesto el regreso a la situación anterior, pero el gobierno de Madrid volvió a cometer el mismo error que antes: aprovechar el declive del carlismo valenciano-aragonés para sacar tropas con destino a Navarra y a Cataluña, donde la guerra se intensificaba cada día.59 De esta manera, con menos enemigos a los que hacer frente, Cabrera y los suyos pudieron reagruparse y empezar a crecer de nuevo, esta vez de forma ininterrumpida, hasta 1839.

CUADRO 2

TIPOS DE PARTIDAS60


Fuente: cuadro 1.

CUADRO 3

TOTAL DE FUERZAS CARLISTAS EN VALENCIA Y ARAGÓN


Fuente: Córdoba, B., Vida militar...v. 1, p. 257; v. 2, p. 308 bis; v 3, pp. 528 y 571 bis; v. 4, pp. 412 y 496. Las de las otras fuentes están indicadas en las notas a pie de página. Las cifras de Córdoba se refieren al mes de diciembre.

De hecho en ese año se alcanzó el máximo de efectivos del ejército carlista en la región, con unos 25.000 hombres aproximadamente. Si a estos hombres añadimos 9.500 prisioneros,76 unos 6.600 desertores77 y unos cuantos miles de muertos, podríamos estimar en cerca de 50.000 el total de personas que en un momento u otro llegaron a combatir bajo las banderas del pretendiente en esta parte de España. De los carlistas cuyo origen conocemos un 43, 5 % eran valencianos y un 20, 7 % nacieron en la provincia de Teruel,78 por lo que en números totales estaríamos hablando de unos 21.000 valencianos (el 2, 2 % de la población) y de alrededor de 10.000 turolenses (el 4, 6 % de la población).79 Son cifras importantes, máxime teniendo en cuenta que sólo una cuarta parte de los habitantes (los hombres jóvenes) podía tomar las armas. Y si a esto añadimos que otro número considerable de varones se encontraba combatiendo en el bando liberal, podemos apreciar la importancia que tuvo el carlismo en el País Valenciano y Teruel, que llevó a tomar las armas, en un bando u otro, a una parte considerable de sus habitantes.

CUADRO 4

COMPARACIÓN ENTRE DIVERSAS FUERZAS CARLISTAS


Fuentes: Diario Mercantil de Valencia, 23 de mayo de 1835, 6 de agosto de 1837 y 18 de febrero de 1838. Una reunión de amigos colaboradores, Panorama español... v. 1, p. 117 y v. 3, p. 279. Pirala, A., Historia de la guerra civil... v. 1, pp. 259, 286, 310 y 410, v. 2, p. 682, v. 4, p. 30 y v. 5, p. 176. Bullón de Mendoza, A., La primera guerra... p. 240 (País Vasco y Navarra); cuadro 3 (Valencia y Aragón); Diario Mercantil de Valencia, 23 de mayo de 1835 y 6 de agosto de 1837, Una reunión de amigos colaboradores, Panorama español... v. 4, p. 151. Pirala, A., Historia de la guerra civil... v. 2, p. 283, v. 3, p. 33 y v. 4, p. 339, Mundet, J. M., La primera guerra... pp. 83, 138, 158, 182 y 216. Bullón de Mendoza, A., La primera guerra... pp. 280 y 281. Santirso, M., “El primer carlisme a Catalunya: del regne a l’exili” en L’Avenç n° 203, 1996, pp. 23 y 24 (Cataluña) (elaboración propia).

Por otra parte, también resulta interesante la comparación con otros territorios en los que este movimiento tuvo una especial relevancia. De esta manera sabemos que el foco rebelde del Maestrazgo fue el segundo más importante de España en 1833-183580 y en 1837-1840, con un paréntesis de dos años durante el cual fue superado por el catalán. Y aunque el carlismo vasco-navarro fue siempre el principal, su diferencia con el del este peninsular se fue recortando con el paso del tiempo. De hecho, si en 1835 la proporción era de 100 a 16, en 1837 era de 100 a 50 y en 1839 de 100 a 67. Así pues, a partir de 1835 el realismo valenciano-aragonés fue el que experimentó un mayor incremento, mientras que los demás quedaban estancados o sometidos a fuertes vaivenes.

C) RECLUTAMIENTO

En los años posteriores a 1835 el número de soldados carlistas siguió aumentando, en parte por las victorias de Cabrera (que le permitieron capturar más armas, alistar más voluntarios y controlar más localidades) y en parte por las acciones liberales, que fueron creando un odio hacia el gobierno por parte de muchos habitantes de la zona, como luego veremos. Si a esto añadimos que hasta 1838 el gobierno tuvo completamente desatendido el frente del Maestrazgo, al que apenas enviaba refuerzos por la prioridad que se daba a la guerra en el Norte, podemos entender por qué las partidas carlistas empezaron a alcanzar una importancia cada vez mayor.

CUADRO 5

NOTICIAS SOBRE LA FORMA DE RECLUTAR SOLDADOS POR PARTE DE LOS CARLISTAS


Fuentes: Diario Mercantil de Valencia, Diario de Valencia (DV), Córdoba, B., Vida militar..., Pirala, A., Historia de la guerra civil..., Calbo y Rochina, D., Historia de Cabrera... (elaboración propia)

¿Pero cómo conseguían los soldados los jefes rebeldes? En el cuadro 5 se observa una mayoría de tropas reclutadas a la fuerza bajo las banderas de don Carlos. Pero estas cifras hay que cogerlas con pinzas, ya que gran parte del resultado está provocado por las noticias de los periódicos isabelinos, que no querían reconocer que el carlismo contaba con un amplio apoyo entre ciertos sectores sociales. Por tanto, las noticias que aparecen en prensa nos pintan un panorama en el que los rebeldes son unos pocos bandidos sin escrúpulos, que se dedican a reclutar a gente a la fuerza para sostener así la guerra. Leyendo los periódicos uno pensaría que casi nadie apoya a los carlistas en Valencia y Aragón, lo que queda desmentido por las noticias que tenemos sobre las simpatías de muchos pueblos por la causa tradicionalista y que reconoce la misma prensa liberal. Entre estas localidades podemos citar a Morella, Villarreal, Onda, Sant Mateu, La Vall d’Uixò (en Castellón), Utiel, Alpuente, Chelva (en Valencia), Alloza, Calanda, Castellote (en Teruel), La Sènia, Tortosa y Ulldecona81 (en Tarragona). A esto hay que añadir autores como Córdoba, que dan mucha más importancia al alistamiento de voluntarios que al reclutamiento forzoso.

Otra forma de aproximarnos a la realidad consiste en estudiar los casos de soldados carlistas procedentes de poblaciones en las que nunca habían estado las tropas rebeldes. El mejor ejemplo es Tortosa, que, aunque jamás fue tomada por los carlistas, les proporcionó 647 militares, todos ellos voluntarios.82 Otras localidades no ocupadas por los rebeldes y que les dieron importantes contingentes de soldados fueron Vinaròs (252 voluntarios),83 Alcañiz (al menos 150 voluntarios),84 Valencia (al menos 119 voluntarios),85 Sagunto (50 voluntarios)86 y Castellón de la Plana (27 voluntarios).87 Aunque algunos de ellos pudieran ser soldados liberales prisioneros, obligados a cambiar de bando, esto afectaría sólo a una pequeña minoría, puesto que los ejércitos cristinos no solían emplear a soldados nacidos cerca del teatro de operaciones, para reducir el riesgo de deserciones. Además, es casi imposible que sean quintos o mozos sacados a la fuerza, lo que nos da bastantes probabilidades de que fueran voluntarios.

Por otra parte, las noticias que nos dan cifras sobre la forma de reclutamiento de los soldados rebeldes nos muestran también un panorama muy diferente al que refleja la prensa de la época. Tenemos, por ejemplo, una lista de 138 militares carlistas capturados en la batalla de Utiel, el 6 de marzo de 1839, de los que sabemos que el 80, 4% eran voluntarios, el 7, 9 % forzados y el 11, 5 % antiguos combatientes del bando liberal.88 Además, de los 162 prisioneros que se hicieron en el fuerte de Collado de Alpuente, sólo 59 se salvaron del fusilamiento al justificar que habían sido reclutados contra su voluntad.89 Algo parecido apreciamos en Orihuela, donde 275 hombres de dicha localidad se alistaron en las filas de Forcadell, en abril de 1837, sin que ninguno de ellos lo hiciera coaccionado.90 Por otra parte, Córdoba sostiene que más de 2.800 hombres salieron de Tortosa y de su huerta durante toda la guerra para unirse voluntariamente a las fuerzas de Cabrera.91 Así pues, se hace difícil sostener que la gran mayoría de los carlistas luchasen obligados, como afirma el Diario Mercantil de Valencia.

Una vez apuntados los dos grandes grupos de soldados rebeldes, voy a hablar ahora de los voluntarios, que debían constituir la mayor parte de los efectivos. La forma más habitual de incorporarse a las fuerzas tradicionalistas debió ser aprovechando el paso de éstas por el municipio de residencia de los interesados. Un ejemplo lo tenemos en lo que ocurrió en Orihuela, durante la estancia de Forcadell, cuando se alistaron en sus filas entre 500 y 800 nuevos soldados originarios de la comarca, creándose con ellos un batallón entero.92 Algo parecido, pero en una escala menor, ocurrió en Ontinyent, donde 23 de los 31 carlistas del pueblo se alistaron en las dos ocasiones en las que hubo tropas rebeldes en la localidad. Sólo cuatro abandonaron el municipio para unirse a los carlistas, mientras que los otros cuatro eran desertores del ejército liberal.93 Del mismo modo, al llegar Quílez a Utiel se incorporaron a sus filas un crecido número de habitantes.94

Para facilitar el reclutamiento en las ciudades liberales (en las que los rebeldes no solían entrar) existían comités secretos, que facilitaban a los voluntarios los medios para llegar hasta las fuerzas tradicionalistas.95 Tal vez esta sería la misión de Dionisio Monreal, que se escondía por las noches en el convento de las monjas de la Puridad (en Valencia) y al que se encontraron varias proclamas y papeles subversivos, en enero de 1837.96 Por otra parte, el alistamiento se veía favorecido por la presencia de familiares, amigos y conocidos en las partidas carlistas, sobre todo si tenían algún grado militar.97 Otras veces dos hermanos se alistaban a la vez,98 reforzándose mutuamente su voluntad de tomar las armas. De esta manera, el 15 % de los carlistas de Vinaròs tenían parientes cercanos en la facción,99 con porcentajes similares en Benaguasil (15 %),100 Sagunto (14 %),101 Valencia (13 %),102 Llíria (12 %)103 y Ontinyent (12 %).104 Además, una vez alistados ingresaban en las mismas unidades en las que estaban sus amigos y familiares, a los que acompañaban durante toda la guerra. Como muestra de esto tenemos las listas de prisioneros, en las que muchos carlistas del mismo pueblo dan sus datos de forma ininterrumpida, lo que nos indica que estaban juntos en ese momento. Al rendirse Morella, por ejemplo, 21 soldados de Castellote (Teruel) dieron sus nombres uno después de otro. También encontramos a tres prisioneros de Valencia capital, llamados Pascual San Juan, José San Juan y Joaquín San Juan, que se registraron juntos como cadetes de artillería. Y de los cuatro prisioneros de Montanejos (Castellón), tres acudieron a dar sus datos a la vez, lo que es muy improbable que se debiera a la casualidad, teniendo en cuenta que en Morella fueron capturados más de 2.500 carlistas.105

¿Pero qué causas les llevaban a unirse a las filas tradicionalistas? Al principio de la guerra muchos de ellos eran antiguos voluntarios realistas, descontentos por el decreto de disolución del cuerpo que había promulgado la regente.106 Al mismo tiempo, buena parte de ellos se sumaron al alzamiento convencidos de que estaban en peligro la religión y el trono, creyendo también (por las falsas noticias difundidas por los rebeldes) que el gobierno carlista estaba reconocido en todo el reino.107 En cuanto a sus dirigentes, eran en su mayoría jefes de voluntarios realistas o militares con licencia ilimitada, que deseaban la llegada de un nuevo régimen para reintegrarse en el ejército.108 De hecho, un viajero francés que conversó con oficiales carlistas en 1838, afirmó que sus convicciones políticas eran poco firmes, que hablaban con ligereza de don Carlos y que envidiaban la carrera de sus conocidos en el ejército liberal, como si la guerra se debiera más a unos ascensos que a la estabilidad de determinadas instituciones.109

Probablemente por ello la rebelión no contó inicialmente con mucho apoyo entre la población aragonesa y valenciana. Además, cuando se vio que el gobierno no pensaba acabar con la iglesia ni con la monarquía, muchos de los rebeldes regresaron a sus casas, sobre todo después de producirse las primeras derrotas de los partidarios de don Carlos.110 Por todo ello, esta fue la etapa más crítica del carlismo en la zona, ya que a finales de 1833 las gavillas rebeldes quedaron reducidas a grupos muy pequeños. La cosa empezó a mejorar a principios del año siguiente, cuando los carlistas decidieron ofrecer una soldada a los jóvenes que se les unieran. De esta manera, algunos habitantes pobres del Maestrazgo y de Aragón se animaron a seguir a Cabrera, ya que les prometía el pago de una peseta diaria.111 Algo parecido hizo Quílez, que en julio de 1836 entró en Ontinyent y prometió 8 reales diarios a los vecinos que se uniesen a su partida.112 Varios meses después Llagostera consiguió aumentar las fuerzas de la división del Turia mediante un incremento de las pagas.113

La mayoría de estos voluntarios eran jornaleros,114 que se alistaban a finales del invierno, cuando terminaba la recogida de la aceituna y comenzaba un periodo de paro de varios meses, antes de que se produjera la siega del trigo, en verano.115 Como ejemplo podemos citar el caso de Vinaròs, donde el mes de marzo era el que producía un mayor alistamiento de carlistas.116 Además, algo parecido defendían Stendhal, Marliani y el marqués de Miraflores, al sostener que la mayoría de la población carecía de ideología y que los que se alistaban en las partidas lo hacían huyendo del hambre.117 Esto no es de extrañar, si tenemos en cuenta que gran parte de los rebeldes pertenecía a la clase más miserable de la población.118 En el mismo sentido se pronunció Calbo y Rochina, quien afirmaba que las partidas estaban formadas por personas sin demasiadas convicciones, fundamentalmente voluntarios realistas y por la juventud desocupada, que intentaba ganarse la vida.119 Todo esto fue confirmado por el general liberal Evaristo San Miguel, cuando escribió que buena parte de los carlistas eran políticamente indiferentes y que tomaron las armas por el primero que les pagó.120 No obstante, también tenía importancia el prestigio del jefe rebelde, que podía hacer que se alistase más o menos gente a sus órdenes, en función de las expectativas de triunfo o de botín que generase entre sus soldados.121

Otros se unieron a los carlistas huyendo de la quinta decretada por Mendizábal y creyendo las promesas de don Carlos y de sus jefes, de que pronto acabaría la guerra.122 En 1835, por ejemplo, el 3, 9 % de los fugados a la facción en el corregimiento de Alcañiz eran quintos que intentaban eludir el reclutamiento.123 Algo parecido sucedió en la provincia de Valencia, donde el 5, 1 % de los militares rebeldes eran nuevos reclutas que no deseaban servir en el ejército de la reina.124 Un ejemplo de esto lo tenemos en Francisco Franch, quinto de Betxí, que no se incorporó a las fuerzas gubernamentales y que acabó siendo capturado en agosto de 1839, cuando los liberales conquistaron el fuerte carlista de Tales (Castellón).125

Por otra parte, la quinta de 1836 hizo aumentar la facción en tres o cuatro batallones, con mozos que preferían luchar en el bando rebelde.126 La situación llegó a tal extremo que la Diputación de Castellón ordenó suspender el reclutamiento, en enero de 1837, para evitar el crecimiento de las facciones.127 Hay que tener en cuenta que si a uno le tocaba marchar al ejército debía permanecer allí durante siete u ocho años,128 combatiendo lejos de casa durante todo ese tiempo, bajo una estricta disciplina y en unas condiciones de vida muy malas. Por el contrario, resultaba mucho más atractivo unirse a la partida de los alrededores del pueblo, donde podría encontrarse a algún conocido, dispondría de mucha más libertad y podría operar en su comarca, lo que le permitiría volver con frecuencia a casa. Además, la paga del ejército, de dos reales diarios, era inferior a la que se ganaba en el bando carlista, donde además existía la posibilidad del pillaje.129

No obstante, hay que decir que la mayoría de estos nuevos carlistas resultaban ser de poca duración, puesto que muchos regresaban a sus casas cuando se les dejaba de pagar o comenzaba la recolección del trigo o de la aceituna.130 Por ello las partidas rebeldes siguieron siendo pequeñas durante el primer año de guerra. Si durante unos meses se lograba reunir unos cientos de voluntarios, al poco tiempo podían quedar reducidos a menos de un centenar. Un ejemplo lo tenemos en la partida de Carnicer, el más importante cabecilla al principio de la contienda. Aunque en abril de 1834 contaba con 1.500 hombres, en agosto ya sólo le quedaban 240. Sin embargo, al terminar la recolección del trigo muchos desempleados regresaron a sus filas y sus fuerzas crecieron de nuevo, esta vez hasta los 600 combatientes.131

Este alistamiento estacional se redujo a medida que avanzaba la guerra y aumentaba la disciplina entre las fuerzas carlistas. Pero realmente nunca desapareció del todo, ya que todavía en 1837 desertaban muchos más carlistas cuando había trabajo en el campo. De hecho, en el País Valenciano se presentaron al indulto 187 militares rebeldes en julio y 109 en agosto de ese año, frente a 25 en septiembre, 33 en octubre, 18 en noviembre y 21 en diciembre.132 Esta abultada diferencia no se debió a la falta de comida, ya que tenemos más noticias de escasez de alimentos en otoño de ese año (ver cuadro 16). Ni tampoco a la desmoralización de la tropa, puesto que fue en verano cuando llegó a la zona la Expedición Real, lo que podía dar a los carlistas esperanzas de ganar la guerra. La principal razón que llevaba a estas deserciones era el deseo de volver al campo, una vez llegaba la época de recoger el trigo y ya no se necesitaba la guerra para sobrevivir. Todo esto nos ayuda a entender las verdaderas causas que movían a muchos campesinos a alistarse en las fuerzas de don Carlos, más por motivos económicos que ideológicos.

A partir de 1835 el alistamiento en la facción aumentó de forma espectacular, lo que se debió a varias causas. En primer lugar a que las victorias carlistas (en gran parte motivadas por la retirada de tropas liberales), hacían menos arriesgado unirse a los rebeldes, lo que incrementó el número de campesinos pobres que se unían a ellos buscando un medio de ganarse la vida. De este modo, los frecuentes triunfos de Cabrera hicieron que muchos jóvenes se alistaran en su ejército,133 llegando incluso desde la Huerta y de Valencia capital.134 Un ejemplo lo tenemos en lo ocurrido tras la acción de La Yesa (Valencia), que sirvió al caudillo tortosino para reclutar en el Alto Turia gran cantidad de voluntarios, en julio de 1835.135 Lo mismo sucedió un año después, cuando 400 mozos del Bajo Ebro se unieron a las fuerzas de Cabrera después de su aplastante victoria en el combate de Ulldecona.136

Otra razón de peso eran las represalias liberales contra los familiares de los guerrilleros carlistas, a los que se hacía responsables de los actos de sus parientes. Estas medidas afectaban también a simpatizantes del carlismo e incluían multas, confiscaciones, ataques de masas enfurecidas e incluso fusilamientos. Además, no eran raras las concentraciones de liberales ante las casas de los absolutistas gritando mueras a los serviles y profiriendo palabras amenazantes. Todo esto empujó a muchos de ellos a unirse a las partidas rebeldes a fin de salvaguardar su seguridad personal.137 Como ejemplo podemos citar el caso de Francisco Gil, vecino de Benifaió, que sufrió insultos, atropellos y amenazas por haber sido voluntario realista, lo que le llevó a huir a la facción.138 O el de Marco de Bello, que se unió a los carlistas con 40 ó 50 jóvenes de su pueblo, después de que las fuerzas del gobierno cometieran varios excesos en su casa.139 También sabemos que en el otoño de 1838 numerosos absolutistas abandonaron Valencia, por miedo a la Junta de Represalias, que ya había ejecutado a varios prisioneros carlistas.140 Por otra parte, muchos se unieron a las partidas rebeldes ante el destierro o el peligro de prisión que sufrían, debido a sus simpatías por la causa tradicionalista.141

En tercer lugar encontramos a aquellos que tomaron las armas movidos por el resentimiento o el deseo de venganza ante el maltrato o la muerte de algún familiar a manos de los liberales.142 Como ejemplo podemos citar lo que ocurrió en El Forcall el 24 de octubre de 1836, cuando las fuerzas de Borso apalearon a 103 paisanos y cometieron desmanes y atropellos con las mujeres. El padre de José Bordás, que luego sería un combatiente carlista, fue colgado de unas rejas durante más de dos horas y fue uno de los que más apalearon, mientras que su madre fue abofeteada por Borso, con tal fuerza que la hizo rodar por el suelo.143 Cuatro meses después los milicianos cristinos de Chelva cometieron en dicha población toda clase de atrocidades, matando, apaleando y saqueando a vecinos indefensos, todo ello movido por venganzas personales.144 Hechos como estos debían ser frecuentes, ya que sabemos que los carlistas asesinaron a cuatro liberales de Zorita del Maestrazgo (que habían tomado las armas y habían sido capturados) por resentimientos y revanchas particulares.145 Del mismo modo, la dureza del gobernador liberal de Morella hizo aumentar extraordinariamente el carlismo en la zona, ya que llevó a cabo fusilamientos hasta por vitorear a Carlos V.146 Además, hizo ejecutar a varios civiles de Morella, probablemente simpatizantes de don Carlos, acusándoles de estar implicados en una conspiración para entregar la plaza a los rebeldes, en octubre de 1836.147 Esto acabó siendo contraproducente, ya que cada muerte que efectuaba provocaba una ola de indignación a favor de los carlistas,148 especialmente por parte de los amigos y familiares de las víctimas. Así pues, no es de extrañar que el número de morellanos en la facción fuera en aumento a medida que avanzaba la guerra.149 En este sentido podemos citar el caso de Manuel Mestre, vecino de Morella que se unió a las fuerzas tradicionalistas en agosto de 1834, un día después de la ejecución de su padre, por haber sido vocal en una junta rebelde.150

También parece que las acciones anticlericales de los liberales aumentaron el número de sus enemigos. En este sentido, las matanzas de frailes de 1834 y 1835 indignaron a muchas personas e incluso llevaron a algunos a unirse a la facción,151 ya que empezaron a considerar como revolucionario a un gobierno que hasta entonces había sido bastante moderado. Además, la muerte de religiosos por parte de exaltados hacía temer a muchos absolutistas que ellos pudieran sufrir la misma suerte si permanecían en sus lugares de residencia. De hecho, de los 29 habitantes de Vinaròs que se unieron a las fuerzas carlistas en 1834, 15 lo hicieron en agosto, poco después de que tuviera lugar la quema de los conventos de Madrid.152 Por otra parte, hay que señalar que las pensiones prometidas por el gobierno a los monjes exclaustrados no llegaban o eran totalmente insuficientes para la subsistencia, lo que empujó a algunos de ellos a unirse a las partidas carlistas, que les prometían restaurar la situación anterior.153

Otra versión es la predominante en la prensa liberal, que establece una causa diferente de este alistamiento voluntario. Según estas fuentes, dos tercios de los rebeldes se habían unido a sus filas con la esperanza del pillaje.154 Es decir, que muchos individuos preferirían irse con los carlistas, que les permitían el robo y la licencia, antes que combatir en las fuerzas isabelinas.155 Esto tiene probablemente una parte de verdad, pues hay muy pocas noticias sobre bandolerismo durante la guerra, seguramente porque los antiguos salteadores preferían seguir actuando respaldados por todo un ejército. Como ejemplo podemos citar a Juan González, natural de Orihuela, que estaba encausado de asesinato y que huyó a las filas de la facción, sin que nunca más se le volviera a ver por su ciudad natal.156 O el caso de unos “facinerosos” alistados en la partida de Carnicer y que, al desmembrarse ésta, acudieron a la cartuja de Segorbe (probablemente se refieren a la de Altura), donde asesinaron a varios individuos con los que tenían cierta enemistad.157

A favor de la identificación carlista-bandolero está el hecho de que los antiguos salteadores, en caso de haber ganado la guerra, se hubieran convertido en héroes, habrían obtenido el perdón de sus delitos y hubieran podido conseguir un buen destino en el ejército o en la administración. Por ello sí que es razonable pensar que en los grupos pequeños, que operaban por su cuenta, hubiera una alta proporción de simples bandidos, sin ningún tipo de ideología. De hecho, sabemos que Cabrera tuvo que ganarse la obediencia de las partidas sueltas, que, según Pirala, “más que verdaderos carlistas lo eran de bandoleros”.158 Pero de ahí a decir que la mayoría de los rebeldes eran personas que se alistaban para poder robar mejor, hay un abismo. Como prueba de esto tenemos el hecho de que las zonas con mayor importancia del bandolerismo no coinciden con las comarcas en las que el absolutismo armado tuvo más fuerza. Por el contrario, el número de ejecuciones de bandidos en las décadas anteriores a la guerra es muy alto en la provincia de Alicante (donde el carlismo tuvo poca importancia) y muy bajo en la de Castellón (donde las partidas rebeldes eran muy numerosas).159 Algo parecido sucede en el resto de España, ya que las zonas con mayores índices de delincuencia eran Andalucía y Extremadura, donde el carlismo fue muy débil. Por otra parte, el País Vasco, que fue un importantísimo foco tradicionalista, destaca durante todo el siglo XIX por su bajo nivel de comisión de delitos.160 Además, en los documentos oficiales en los que se indica el origen social de los carlistas, el porcentaje de delincuentes no llega al 10 %.161

Por todo ello, hay que descartar el deseo de delinquir como una de las principales causas de apoyo al carlismo. Las razones reales eran que en algunas zonas de Teruel y de Castellón había muchos motivos de descontento contra el gobierno y sus partidarios, por lo que la población civil de muchas localidades estaba claramente a favor de los carlistas. Como nos indica la prensa, el Maestrazgo, salvo algunas excepciones, se hallaba comprometido con la causa del pretendiente y los pueblos cometían atrocidades con los prisioneros liberales sin que hubieran recibido órdenes de Cabrera o de otro jefe.162 Según estas mismas fuentes, los habitantes del Alto Maestrazgo eran “infames y facciosos” y cuando salía del pueblo una columna cristina, enseguida ponían las campanas a repicar.163 También en el este de la provincia de Teruel debió haber un importante apoyo a la rebelión, como sabemos por la cifra de fugados a la facción, que ascendió a 392 en 1835. Y eso contando sólo a 13 poblaciones, entre las que no se encontraba Alcañiz, que era la más grande de esas comarcas.164

Sin embargo, uno puede preguntarse cómo era posible que los campesinos se alistaran en unas partidas que saqueaban los pueblos y destruían su riqueza. En primer lugar porque los excesos de los carlistas pocas veces afectaban a las poblaciones afines, realizándose habitualmente fuera de su territorio habitual.165 Por el contrario, eran los liberales los que saqueaban y cometían abusos con más frecuencia en las poblaciones del Maestrazgo y Bajo Aragón, lo que llevaba a muchos de sus habitantes, movidos por la miseria y el odio, a unirse a las partidas rebeldes.166 De hecho, en febrero de 1837 el ayuntamiento de Vilafamés comunicó a la diputación que abandonarían el pueblo y se irían a sus casas de campo si volvía a presentarse allí la brigada de Borso, temiendo que se produjera un nuevo saqueo.167 Dos años después, el coronel Ortiz, jefe de la brigada de la Ribera, se dedicaba a dar palizas en las localidades que simpatizaban con los carlistas, llegando incluso a azotar a alcaldes sobre un tambor.168 Varios meses más tarde, en octubre de 1839, se condenó al capitán Falcón a cuatro años de presidio, por graves excesos en acto de servicio.169 También sabemos que Cabrera ejecutó a los miembros de una partida franca liberal, que se dedicaba exclusivamente al pillaje, sin haberse enfrentado nunca a las fuerzas rebeldes.170

Pero había más formas de conseguir nuevos soldados, como es el caso de los militares liberales que se pasaban al enemigo y cuyo número era considerable. De hecho, de los 143 carlistas de Villar del Arzobispo, 20 (el 13, 9 %) eran desertores del ejército liberal.171 Y de los 1.078 combatientes rebeldes capturados en 1840 en Castellote, Segura, Pitarque y Ares del Maestre, 116 (el 10, 7 %) habían pertenecido antes a las fuerzas isabelinas.172 Casi todos ellos procedían de provincias alejadas del teatro de operaciones, ya que la mayor parte de los soldados liberales eran traídos de lejos, para dificultar así la deserción. Por ello sólo el 3, 9 % de los carlistas turolenses y el 4, 1 % de los castellonenses procedían del ejército de la reina, cifra que se elevaba al 14, 5 % en el caso de los valencianos y al 19, 1 % en el de los alicantinos.173

Ya en 1834 Carnicer engrosó sus filas con los prisioneros del fuerte de Mas de Barberans.174 Al año siguiente, también Cabrera aumentó sus fuerzas con algunos soldados que se le pasaron,175 al tiempo que publicaba bandos destinados a los combatientes enemigos, para que se le unieran.176 Por otra parte, de los 900 prisioneros liberales hechos por Quílez en Bañón, casi todos aceptaron unirse a las huestes de don Carlos, recuperando así sus armas.177 Y la partida del Trueno, que en abril de 1839 bloqueaba Alcañiz, se componía toda ella de pasados del provincial de Burgos.178 Para estimular la deserción enemiga, los rebeldes llegaron a pagar 2 pesetas a cada liberal que se les uniera, formando así una compañía de más de 60 miembros.179

Normalmente los pasados eran soldados recién capturados, a los que se daba a elegir entre cambiar de bando o convertirse en prisioneros de guerra, con todas las penalidades que ello suponía. Por eso muchos de ellos no eran realmente voluntarios, sino jóvenes forzados a elegir el menor de dos males y que desertaban a la primera oportunidad.180 De esta manera, el 4 de julio de 1837 se entregaron en Peñíscola un sargento y ocho soldados carlistas, procedentes de la legión argelina (enviada por Francia), que habían sido capturados en Navarra y que ahora marchaban con la Expedición Real. Cuando se presentaron afirmaron que sus compañeros sólo esperaban una ocasión propicia para hacer lo mismo.181 Al año siguiente se pasaron a los liberales, en Sagunto, seis músicos de las fuerzas de Cabrera que, procedentes del provincial de León, habían sido hechos prisioneros al rendirse Benicarló.182 Por último indicar que en septiembre de 1839 se presentaron a las fuerzas de la reina ocho rebeldes, de los que cuatro habían sido soldados liberales hechos prisioneros por la facción.183

También había quien desertaba del bando cristino para unirse al carlista, ya fuera por convicción, por dinero o buscando una disciplina menos estricta.184 En 1837, por ejemplo, Cabrera aumentó su fuerza con algunos prisioneros y con muchos presentados.185 Dos años después algunos soldados liberales procedentes de la división que vino de La Mancha desertaron y se unieron a los rebeldes, lo cual no es de extrañar si tenemos en cuenta que eran antiguos guerrilleros carlistas que se habían acogido al indulto.186 Por esas fechas las continuas derrotas habían bajado mucho la moral de las tropas gubernamentales, por lo que muchos de ellos se pasaban al bando absolutista.187 En estos casos más les valía no ser capturados por sus antiguos compañeros de armas, ya que entonces serían juzgados y fusilados.188

Un aliciente para cambiar de bando era la posibilidad de un rápido ascenso, como podemos observar en varios casos que aparecen en la prensa de la época. El 18 de enero de 1839, por ejemplo, los sargentos Gimeno y Esteve fusilaron en Maella a un antiguo sargento liberal, que se había pasado al enemigo, promocionando al grado de teniente.189 Más notorio fue el caso de Miguel Vidal, un cabo del regimiento de Almansa, que huyó a las filas rebeldes, en las que consiguió ascender hasta capitán.190 O el de un pasado de Buil a la facción de Esperanza, que acabó convirtiéndose en jefe de una partida.191

A veces también desertaban oficiales liberales, que se unían al enemigo huyendo de algún castigo, esperando mantener el rango y recibir además una recompensa económica por los hombres o la información que aportaban. En julio de 1837, por ejemplo, Miguel Balladares, capitán de cuerpos francos, se pasó a la facción, llevando consigo (probablemente) papel timbrado de la primera división y las claves a usar en la correspondencia.192 Al año siguiente el liberal Luna se pasó a los carlistas con varios soldados de la compañía de fusileros de Valencia,193 mientras que Borso capturó a un antiguo capitán del regimiento de Soria, ahora en las filas rebeldes.194 Poco después un asistente de dicho general le robó dinero y una prenda muy estimada por él, uniéndose enseguida a Cabrera, quien lo acogió como hombre de confianza.195

Por último hay que hablar del reclutamiento obligatorio, que también existió y que alcanzó proporciones considerables. Los reclutas forzosos podían ser, a su vez, de dos tipos: quintos o mozos sacados a la fuerza de sus localidades.

Los quintos eran aquellos que habían sido reclutados mediante un procedimiento que intentaba asemejarse a algo legal.196 Para ello había que establecer qué mozos iban a ser llamados a filas, lo cual requería la colaboración de los ayuntamientos, que aportarían la información necesaria. Esto era bastante laborioso, pero daba al reclutamiento una apariencia de legalidad, que era lo que los carlistas pretendían. De todas maneras, al principio de la guerra lo que hacían era convocar a los quintos designados por las autoridades liberales para que se unieran a ellos y no al ejército regular. Así pues, el 14 de marzo de 1834 Carnicer y Quílez distribuyeron una proclama, en la que mandaban a todos los mozos a los que les tocara ir a quintas que se les presentaran, amenazando con diez años de presidio al que no lo hiciera.197 De esta manera se llevaron a 150 jóvenes de Caspe, después de lo cual recogieron quintos por los alrededores.198 A finales de 1835 el Serrador hizo algo parecido, al ordenar a los reclutas que se unieran a él y no al ejército de la reina.199

El problema de este sistema es que hacía a los rebeldes dependientes de los reclutamientos que llevasen a cabo las autoridades liberales, lo que no siempre coincidía con sus necesidades de nuevos soldados. Por ello en marzo de 1836 los carlistas decretaron su primera quinta, que se efectuó en el Maestrazgo y en el Bajo Ebro. Con 20 ó 25 onzas de plata (de 591 a 739 gramos) se podía lograr la exención, estableciéndose una junta de agravios en Sant Mateu para oír alegaciones y recoger el dinero. Llegaron incluso a reclutar a chicos de 14 años200 y cuando no tenían bastante con los solteros se llevaban también a los casados y viudos sin hijos.201


Tropas carlistas sorprendiendo el sorteo de la quinta

En agosto de 1837 la junta carlista envió una circular a los pueblos para que el alcalde, el cura párroco y el primer contribuyente de cada localidad procedieran, con todo sigilo, al alistamiento de todos los mozos y vecinos sin hijos que tuvieran entre 16 y 40 años. Se les amenazó con fuertes multas si revelaban el secreto y se ordenó que remitiesen las listas de reclutas a un comisionado que tenían en La Cañada de Fortanete (Teruel). No obstante, también se les dijo que los mozos debían permanecer en sus casas hasta nueva orden, por lo que de momento no llegó a efectuarse ningún reclutamiento. Probablemente no tenían armas para equiparlos y sólo querían saber con cuánta gente podían contar para realizar una quinta en el futuro.202

Tras unos meses de espera la junta rebelde hizo pública la orden de quinta, que comenzó a llevarse a cabo a principios de 1838.203 Comprendía a los solteros y viudos sin hijos, de 16 a 40 años, que podían reclamar ante la junta, así como eximirse pagando 4.000 reales (3.000 si se pertenecía al estado llano), aportando 13 juegos de vestuario o un número similar de armamentos.204 Para llevar a efecto esta orden se enviaron comisionados a los pueblos que, con los libros parroquiales en la mano, prendieron a todos los mozos que no respondieron al pregón.205 Como ejemplo podemos decir que Viscarro acudió al Alto Palancia en febrero, haciendo la quinta de los nuevos reclutas y llevándose a 40 sólo en Altura.206 Dos meses después se unió con Forcadell en Chiva, donde hizo público un bando para que se presentaran los mozos de dicha quinta, so pena de muerte.207 Aunque los jóvenes de dicha población huyeron, en otras localidades sí que se reclutó a bastante gente. De este modo, durante la primavera se concentraron 800 quintos en Sant Mateu,208 300 o 400 en Villahermosa del Río (Castellón)209 y unos 500 en Cantavieja.210

En septiembre de 1838 Cabrera decretó otra quinta, que abarcaba a los mismos hombres que la anterior.211 De esta manera, se crearon nuevos batallones en Aragón,212 pero sólo en algunos distritos se realizó el reclutamiento de acuerdo con las indicaciones de don Carlos. El pretendiente había ordenado que se encargara de ello la junta de Mirambel, pero en la mayoría de los casos lo realizó la autoridad militar.213 Normalmente el jefe de cada fuerza rebelde enviaba un comunicado a varios pueblos cercanos para que presentaran una lista de los mozos de los pueblos, indicando su edad y sus circunstancias personales. Esto es lo que hizo, en noviembre de 1838, el jefe de la partida de Gátova con Serra, Náquera y Moncada, amenazando con bajar una noche y quemar dichas localidades si no se cumplía la orden e imponiendo 200 reales de multa por cada hora de retraso.214

Unos meses después Cabrera ordenó una nueva quinta de mozos solteros y viudos sin hijos, esta vez entre 16 a 36 años e incluyendo también a los casados después del 1 de julio de 1838. Se debían presentar en Chelva con dos individuos de justicia, ya que allí sería donde se celebraría el juicio de exenciones, la medición y demás formalidades. Para ello se nombró una junta de jefes y oficiales que debía oír las reclamaciones. El caudillo carlista hizo a los ayuntamientos responsables del cumplimiento de esta disposición, bajo multa de 500 ducados, amenazando con proceder contra ellos o contra sus padres, en caso de ocultarse o de fugarse alguno.215 Poco después, Arnau creó otra junta (en Alpuente) para oír las alegaciones de los mozos de aquellos pueblos.216

Aparte de los quintos, había también soldados que habían sido arrancados de sus pueblos sin ningún tipo de formalidad ni apariencia de legalidad. Esta práctica la emplearon los rebeldes desde el principio de la guerra. Ya en 1833 el barón de Hervés ofició a todos los pueblos del partido de Morella para que le presentaran a todos los voluntarios realistas y mozos útiles, entre 16 y 40 años.217 Y según un informe del gobernador de Alcañiz, la mayoría de los que se unieron a la facción en ese año lo hicieron violentados.218 Poco después, en marzo de 1834, Carnicer se llevó a todos los solteros de Molina de Aragón219 y un mes después hizo lo mismo en Tordesilos (Zaragoza).220 Además, Quílez recorrió los pueblos del Bajo Aragón llamando a filas a todos los que habían sido indultados y reuniendo en pocos días más de 70 hombres.221 Algo parecido hizo Montañés durante el mes de octubre, cuando fue por la cuenca del Matarraña y del Martín reintegrando a los indultados y captando a nuevos seguidores.222

La práctica de secuestrar a los jóvenes fue la más habitual durante la guerra, ya que era mucho más cómodo y rápido que llevar a cabo todas las formalidades necesarias para una quinta. Y como no era necesario realizar sorteo alguno, podían llevarse así a muchos más reclutas. Entre los muchos ejemplos podríamos citar el caso de Alcudia de Veo (Castellón), donde en mayo de 1836 entró una pequeña partida, llevándose a todos los mozos que encontró.223 Un año después, en Atzeneta del Maestrat, Useras, L’Alcora e inmediaciones, los carlistas ordenaron que se les presentaran todos los solteros, so pena de vida.224 Posteriormente, en marzo de 1838, una partida rebelde entró en Borriol y echó un bando, haciendo presentarse a los mozos y a los viudos para llevárselos.225 Y así podríamos seguir con numerosos ejemplos más, hasta el 23 de marzo de 1840, que es cuando realizaron la última recluta de la guerra (o al menos la última que ha dejado constancia). En esta ocasión 50 facciosos de Gracia se llevaron de Alfondeguilla (Castellón) a todos los solteros, tras haber recogido a 200 en los demás pueblos de la sierra de Espadán.226

Pero tanto las quintas como las reclutas forzosas se encontraban con algunos obstáculos. El primero eran las autoridades liberales, que a veces recogían a todos los quintos de los pueblos y los concentraban en puntos fortificados, para impedir que cayeran en manos del enemigo. Los mozos del partido de Teruel, por ejemplo, recibieron en varias ocasiones la orden de concentrarse en la capital de la provincia, para evitar ser llevados a Cantavieja, en virtud de la quinta que estaban realizando los carlistas.227 Asimismo, el comandante del ejército del centro, Antonio van Halen, se llevó a Segorbe a todos los jóvenes solteros de la comarca para impedir que hiciera lo propio Cabrera.228 No obstante, las autoridades liberales no debieron recoger a muchos mozos, ya que no disponían de suficientes recursos para alimentarlos fuera de sus lugares de origen.229

Por ello el principal problema para los rebeldes no fue éste, sino la huída de los muchachos, en cuanto se enteraban de que una partida carlista estaba llevándose a los mozos de los pueblos cercanos. La primera noticia que tenemos de ello data de agosto de 1835, cuando 24 jóvenes indultados se marcharon de La Codoñera (Teruel) para evitar ser reclutados de nuevo por las fuerzas de Quílez.230 Cuatro meses más tarde los quintos de Aliaga (Teruel) huyeron con el justicia a Teruel para no caer en manos de los rebeldes. Cuando éstos llegaron al pueblo mandaron a un paisano en su búsqueda, con un oficio en el que se les amenazaba con fusilarlos a ellos, a sus padres y a sus parientes más inmediatos si no se presentaban. Pero esto no les sirvió de nada y los jóvenes se negaron a regresar.231

Y esta no fue la única vez que sucedió algo así. Dos años después, al rumorearse que los rebeldes estaban quintando a gente por los pueblos del Maestrazgo, algunos se marcharon a Vinaròs para eludir el reclutamiento.232 Más acentuado fue lo que hicieron los quintos de Chiva, que huyeron en masa poco antes de que llegaran las tropas de don Carlos.233 Unos se refugiaron en las montañas, mientras que otros se trasladaron al punto fortificado más cercano, hasta que pasó el peligro.234

Para contrarrestar estas huidas los jefes de la facción empezaron a tomar represalias con los familiares de los fugados. En marzo de 1838 se llevaron de Tales, Artesa y Sueras (Castellón) a los padres de los mozos que no quisieron presentarse al ser quintados.235 Unos meses después el coronel Doménech intentó reclutar soldados en Chóvar (Castellón), pero se encontró con que los jóvenes habían huido. Entonces apaleó a los concejales, llevándose acto seguido al alcalde y a los padres y madres de los mozos ausentes, hasta que éstos se presentaran.236 Además, en la última quinta carlista se conminó a todos los solteros del Maestrazgo, aunque se hallaran en puntos dominados por las tropas constitucionales, a que se alistaran en el ejército rebelde, so pena de ejecutar a sus padres y parientes más cercanos, lo que obligó a muchos a regresar.237 Pero algunos ya habían previsto esto y para evitar estas represalias huyeron acompañados de sus padres.238

Otro problema consistía en que a menudo los carlistas no tenían medios para equipar o alimentar a la gente que reclutaban. De hecho, se sacaba a los jóvenes de los pueblos antes de que se pudiera disponer de armas o uniformes para ellos, lo que daba a sus huestes un aspecto de bandas irregulares y facilitaba la deserción, al no ir identificados sus miembros como militares. Muchos de ellos iban armados con palos,239 lo que les convertía en un ejército poco eficaz, y al que además tenían que alimentar. Por ello, a veces se veían obligados a despedir a los nuevos reclutas, por falta de comida para todos.240

A modo de conclusión, podemos señalar que al principio de la guerra sólo se sublevaron unos pocos hombres, directamente interesados en el triunfo de don Carlos, para mantener su empleo (en los voluntarios realistas) o para conseguir un puesto en el ejército, si carecían de él. La gran mayoría de la población, incluso en las zonas que luego serían carlistas, no encontró suficientes motivos como para apoyarles, lo que llevó a un rápido fracaso de los primeros alzamientos. Así pues, en un principio el alistamiento en las partidas estaba movido casi únicamente por intereses laborales. Y aunque había mucha gente humilde, que podía ver la guerra como una forma de ganarse el sustento, sólo unos pocos se decidieron a unirse a las partidas, por miedo a ser fusilados si caían en manos de las tropas de la reina.

A partir de 1835 el movimiento rebelde creció considerablemente, debido a las victorias carlistas, que atrajeron a sus filas a muchos campesinos pobres, que ya no veían tan peligroso unirse a las fuerzas tradicionalistas. Al mismo tiempo, estos triunfos permitían incorporar a la facción a muchos soldados de la reina prisioneros, lo que reforzaba todavía más el movimiento. Y a ellos se sumaron, a partir de entonces, numerosos absolutistas, que hasta ese momento habían permanecido al margen de la contienda. Lo que les motivó a rebelarse fue, sobre todo, el miedo a excesos liberales o el deseo de vengar algún atropello cometido con ellos o con sus familiares. De esta forma, los errores y abusos de los isabelinos llevaron a muchos simpatizantes carlistas a tomar las armas, algo que en un principio no tenían previsto, por los peligros que ello implicaba. Además, gran número de personas pobres que se habían unido a los rebeldes por intereses económicos, acabaron odiando a los liberales por las represalias cometidas hacia sus amigos y familiares, lo que les llevó a identificarse con la causa tradicionalista, que no siempre comprendían, pero con la que empezaron a compartir un enemigo. Y a esto hay que añadir que los excesos y errores de los cristinos aumentaron los apoyos al carlismo en las comarcas donde se llevaba a cabo la guerra, que acabaron pasándose en masa al bando rebelde. De esta manera, la ideología tradicionalista se reforzó considerablemente durante la guerra con la difusión del odio hacia los liberales, ya que en realidad no había otra cosa que uniera a los partidarios de don Carlos. Por ello, lo que en un principio era una rebeldía por intereses económicos particulares, acabó convirtiéndose en un movimiento más duradero, que resistió a la guerra y al exilio, transmitiéndose durante varias generaciones de padres a hijos.241 Y aunque también hubo reclutas forzados en las filas carlistas, éstos fueron siempre una minoría, que no empezó a tener importancia hasta 1838.

D) ORGANIZACIÓN Y ADIESTRAMIENTO

Una vez se había incorporado a nuevos soldados, se hacía necesario proporcionarles el equipo (si se disponía de él) y organizarlos en compañías y batallones, así como nombrar a los cabos, suboficiales y oficiales de las nuevas unidades. A éstos los elegía personalmente Cabrera, mientras que los cabos y sargentos se conseguían ascendiendo a soldados veteranos de otras unidades.242 Estas operaciones había que hacerlas cuanto antes, por lo que se realizaban en cualquier población en la que se detuviesen. Pero, como requerían un cierto tiempo, a menudo había que esperar a que se produjera una pausa en las operaciones militares. Al principio de la guerra, por ejemplo, el barón de Hervés se dedicó a organizar a los reclutas en Morella.243 También tenemos noticia de que en octubre de 1838 Forcadell se refugió en Montán (Castellón) para organizar a su gente.244

Después había que adiestrarlos en las reglas básicas del combate. Para ello los rebeldes los conducían a sus bases en la retaguardia, donde les daban un mínimo entrenamiento. Ya en noviembre de 1833 se enseñaba a los voluntarios los primeros rudimentos de la táctica militar y del manejo de las armas, pese a lo cual su adiestramiento dejaba mucho que desear.245 Año y medio después Arévalo y Cabrera daban alguna instrucción a los reclutas en los puertos de Beceite.246 Pero a partir de 1837 el principal centro de adiestramiento pasó a ser Cantavieja, donde a veces se encontraron hasta 500 quintos ejercitándose simultáneamente, aunque no hubiera armas para ellos.247 Esta actividad tomó tanta importancia que, a principios de 1839, Cabrera ordenó al coronel Feliu y al teniente coronel Pons que se dedicaran exclusivamente al entrenamiento de los nuevos reclutas.248 Otros puntos importantes fueron Morella249 y Chelva, localidad en la que se construyeron depósitos de quintos para instruirlos y organizarlos. De hecho, durante los periodos de descanso entre campañas, Arnau se dedicó a completar allí la formación de los bisoños.250 También tenemos noticias de que se instruía a nuevos soldados en Cañete (Cuenca), Ayódar (Castellón), Alloza (Teruel), Collado de Alpuente (Valencia), Benasal (Castellón) y en varias localidades del Maestrazgo.251

Pero a menudo el adiestramiento se realizaba en lugares no preparados para ello. En noviembre de 1835, por ejemplo, Cabrera se retiró a la serranía de Cuenca para ejercitar a sus hombres.252 Poco después ordenó que, durante las marchas, cuando no hubiera novedad, se empleasen tres o cuatro horas en maniobras y evoluciones, dedicando los días de descanso a exámenes y ejercicios.253 Además, la instrucción que se les daba era bastante deficiente y no podía compararse con la del ejército de la reina, mucho más disciplinado y mejor entrenado.254 A esto contribuía el hecho de que a menudo no hubiera fusiles para todos, por lo que era habitual que se entrenaran con sólo cinco armas de fuego por compañía. El resto utilizaban para ello palos de madera de roble, a los que añadían trozos de hierro a modo de bayonetas.255

Por otra parte, no siempre había tiempo para entrenar a los reclutas, por lo que era frecuente que los nuevos soldados fueran mezclados con los veteranos y combatieran con ellos desde el primer día.256 De hecho, la falta de adiestramiento de los soldados (muchos de los cuales sólo llevaban en filas dos o tres semanas) fue una de las causas de la derrota de Carnicer en Maials (Lleida), en abril de 1834.257 Otro ejemplo es el del soldado Cayetano Blanch, voluntario de Tortosa, que se alistó el 20 de octubre de 1835 y entró en combate seis días después, por lo que difícilmente pudo haber recibido entrenamiento militar.258

También los oficiales necesitaban un adiestramiento, puesto que casi ninguno de los mandos carlistas había pasado por una academia militar, como sí ocurría con la mayoría de los liberales.259 El propio Cabrera era un antiguo seminarista, sin ninguna experiencia con las armas antes de unirse a las fuerzas de don Carlos. Por ello empezó a instruirse en las tácticas militares una vez empezada la guerra, recibiendo clases de Joaquín Mezquita, un antiguo oficial.260

Así pues, consciente de la necesidad de dar una formación teórica a sus mandos, en 1835 creó la primera academia de oficiales de su ejército, bajo el mando del coronel José María Arévalo, uno de los pocos militares de carrera de que disponía.261 Pero esta institución tuvo una vida efímera, dada la falta de una base estable y las continuas marchas de las huestes carlistas.262 Tres años más tarde se creó la Academia del Ejército Real de Aragón, Valencia y Murcia, destinada a instruir a cadetes de infantería y artillería. Estaba dirigida por el capitán-profesor Antonio Manuel Gutiérrez y fue inaugurada en diciembre de 1838. Al mismo tiempo se creó una escuela de artillería e ingenieros,263 con sede en Morella. Su primer curso empezó en enero de 1839 y terminó siete meses después. Allí los cadetes tenían que estudiar aritmética, álgebra, dibujo topográfico, geometría, secciones cónicas y tratados sobre fortificación, pólvora y munición. También entraban en su currículum las ordenanzas militares y normas sobre la formación de causas, de las que luego tenían que examinarse.264 Esta formación la completaban con la participación ocasional en asedios a ciudades fortificadas enemigas, como sucedió en el ataque a Vilafamés, en abril de 1839.265 Allí los cadetes, que tenían tan sólo 14 ó 15 años, dispararon con tal precisión que Cabrera ascendió al profesor a capitán y a los tres alumnos mayores a oficiales.266

1 Diario de Valencia, 7, 10, 28 de noviembre y 24 de diciembre de 1833, 15, 18, 21, 25, 29, 31 de enero, 4 de febrero, 9, 10, 12 de marzo, 1, 21, 29 de abril, 6, 11, 20 de mayo y 2 de julio de 1834. El Turia, 11, 18 de enero, 13 de marzo y 7 de abril de 1834. Boletín Oficial de las Provincias de Valencia y Castellón de la Plana, 22 de abril, 6, 20 de mayo y 1 de julio de 1834. Anónimo, Fastos españoles o efemérides de la guerra civil, Madrid, Imprenta de don Ignacio Boix, 1839-1840, v. 1, p. 790 y v. 2, pp. 26, 83, 151, 152, 180, 243, 317 y 377. Un emigrado del Maestrazgo, Vida y hechos de los principales cabecillas facciosos de las provincias de Aragón y Valencia desde el pronunciamiento carlista de Morella en 1833 hasta el presente, Valencia, oficina de López, 1840, p. 32.

2 Cabello, F., Santa Cruz, F. y Temprado, R. M., Historia de la guerra última en Aragón y Valencia, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2006, pp. 14, 15 y 29. Rújula, P., Rebeldía campesina y primer carlismo: los orígenes de la guerra civil en Aragón (1833-1835), Zaragoza, Diputación General de Aragón, 1995, p. 143.

3 Abadía, A., El siglo XIX en Samper de Calanda, Zaragoza, Ayuntamiento de Samper de Calanda, 1985, p. 49.

4 Rújula, P., Rebeldía campesina... p. 153. Anónimo, Fastos españoles... v. 2, p. 134.

5 Diario de Valencia, 28 de noviembre de 1833. Boletín Oficial de las Provincias de Valencia, Alicante y Castellón de la Plana, 25 de marzo de 1834. Córdoba, B., Vida militar y política de Cabrera, Madrid, Imprenta de Eusebio Aguado, 1844-1846, v. 1, p. 28. Rújula, P., Rebeldía campesina... p. 164.

6 Un emigrado del Maestrazgo, Vida y hechos de los cabecillas... pp. 197, 198, 214, 215 y 222.

7 El Turia, 11 de enero de 1834.

8 Archivo Municipal de Xàtiva. Libro capitular de 1833, folio 394. Rújula, P., Rebeldía campesina... p. 149.

9 Diario de Valencia, 7 de noviembre de 1833. El Turia, 11 de enero de 1834. Anónimo, Fastos españoles... v. 2, p. 79.

10 Anónimo, Fastos españoles... v. 2, pp. 111 y 129. Segura, J., Morella y sus aldeas, Villarreal, Ayuntamiento de Morella, 1991, v. 4, pp. 34 y 35. Rújula sostiene que el levantamiento se produjo el día 12, a las 12 del mediodía. Rújula, P., Rebeldía campesina... p. 148.

11 Un emigrado del Maestrazgo, Vida y hechos de Ramón Cabrera, Valencia, oficina de López, 1839, p. 14.

12 Anónimo, Fastos españoles... v. 2, pp. 151 y 152. Boletín Oficial de la Provincia de Castellón de la Plana, 8 de mayo de 1835. Según Melchor Ferrer el alzamiento se produjo el día 16, fecha que Vicent Gil adelanta al día 8. Por otra parte, Roldán afirma que Llorens servía en el batallón de voluntarios realistas de La Vall d’Uixò, en el que había también gente de Villarreal y Onda. Vicent Gil sostiene en cambio que Llorens abandonó Villarreal con los batallones realistas de Villarreal, Onda, Vall d’Uixó y L’Alcora. Ferrer, M., Tejera, D. y Acedo, J., Historia del tradicionalismo... v. 3, p. 271 y v. 7, p. 175. Roldán, E., Estado mayor general carlista en las tres guerras del siglo XIX, Madrid, Editorial Actas, 1998, p. 66. Gil Vicent, V., Joaquín Llorens y Bayer (1807-1862). Un militar olvidado por la historia, Villarreal, Ayuntamiento de Villarreal, 2006, p. 56.

13 Anónimo, Fastos españoles... v. 2, pp. 128 y 152. Segura, J., Morella... v. 4, p. 42.

14 Diario de Valencia, 10 y 13 de diciembre de 1833. Córdoba, B., Vida militar... v. 1, pp. 34-36. Calbo y Rochina. D, Historia de Cabrera y guerra civil en Aragón, Valencia y Murcia, Madrid, Establecimiento tipográfico de Vicente Castelló, 1845, p. 8.

15 Rújula, P., Rebeldía campesina... p. 179.

16 Calbo y Rochina, D., Historia de Cabrera... p. 64. Vilar, J. B., Aproximación a la Orihuela contemporánea, Murcia, Patronato Angel María Rogel, 1982, tomo 5, v. 1, pp. 326 y 327.

17 Rújula, P., Rebeldía campesina... p. 276.

18 Segura, J., Morella... v. 4, pp. 94 y 95.

19 Diario Mercantil de Valencia, 7 de octubre de 1838.

20 Diario de Valencia, 16, 22 y 25 de diciembre de 1833. Un emigrado del Maestrazgo, Vida y hechos de los principales... pp. 12, 13 y 36. Córdoba, B., Vida militar... v. 1, pp. 34, 36-39, 45 y 64.

21 Diario Mercantil de Valencia, 24 y 31 de enero, 4 y 10 de febrero y 4 de junio de 1836; 6 de enero y 14 de febrero de 1837.

22 Córdoba, B., Vida militar... v. 2, p. 27.

23 Diario Mercantil de Valencia, 8 de marzo de 1838.

24 Diario Mercantil de Valencia, 29 de julio de 1837.

25 Pirala, A., Historia de la guerra civil... v. 1, pp. 251 y 332.

26 Entre paréntesis aparece la media de soldados que tenían en cada año (si es que se sabe). No se han incluido cuatro partidas grandes que sólo aparecen mencionadas una vez, ya que eran probablemente un destacamento temporal de un grupo mayor. Por otra parte, algunas de estas fuerzas, especialmente a partir de 1836, no eran más que batallones, brigadas o divisiones del ejército de Cabrera, que solían actuar por separado. Por ello, cuando me refiero a este jefe rebelde sólo hago referencia a las tropas que le acompañaban habitualmente, no a todas las que tenía a sus órdenes.

27 No se incluyen las fuerzas del barón de Hervés, ya que estaban formadas por la suma de numerosas partidas ya mencionadas en esta lista.

28 Hasta marzo Cabrera tenía una media de 68 hombres y Forcadell 500. Desde ese mes fueron unidos y Cabrera asumió el mando.

29 Era una pequeña partida, aunque no conocemos su número de integrantes.

30 Sus fuerzas acabaron integrándose en la partida de Cabrera, por lo que no han sumado dos veces para elaborar el cuadro 3.

31 En septiembre Cabrera cedió el mando a Arévalo.

32 Se trata de la misma fuerza, que primero fue mandada por el fraile Esperanza luego por Carné y después por Llagostera.

33 Incluye las tropas de Añón, con las que casi siempre estaba unido.

34 No se incluyen las veces en las que iba acompañado de Forcadell, ya que entonces llegaba a duplicar sus tropas.

35 En septiembre el Serrador se fue a la expedición de Gómez con casi toda su fuerza, dejando a unos 200 hombres en la provincia de Castellón, al mando de Mestre y Sorolla.

36 Incluye las tropas de Llagostera, con las que estuvo unido la mayor parte del año. No incluye a las fuerzas de Forcadell, con las que iba sólo de vez en cuando.

37 Estas fuerzas pertenecían a la facción de Cabrera, de la que se separaban ocasionalmente, cuando Cabrera delegaba en Llagostera el mando de las tropas. La fuerza media de Cabrera es inferior porque a menudo se quedaba con unos pocos hombres, mientras dejaba a Llagostera el mando del grueso de las tropas. Para calcular el total de tropas carlistas (cuadro 3) se ha tenido en cuenta sólo la fuerza de Llagostera.

38 Incluye los restos de su facción después de su muerte.

39 Partida pequeña.

40 Arnau mandó la división del Turia hasta que fue sustituido por Arévalo.

41 Incluye las tropas de Llagostera, con las que estuvo unido la mayor parte del año.

42 Cabecilla manchego. Está incluido porque ese año realizó operaciones por Valencia.

43 Arévalo mandó la división del Turia, hasta que fue sustituido por Palacios.

44 Llagostera mandó la división de Aragón hasta que fue sustituido por Polo.

45 Cabecilla manchego. Está incluido porque ese año realizó operaciones por Valencia.

46 Pirala, A., Historia de la guerra civil... v. 2, p. 58. Santirso afirma que Cabrera y Carnicer pudieron desarrollar un importante foco carlista por la falta de coordinación de las fuerzas liberales, divididas entre tres capitanías generales. Pero esto no se sostiene, ya que las guerrillas carlistas del Maestrazgo estuvieron a punto de desaparecer dos veces (en los inviernos de 1833-1834 y 1834-1835) cuando aún no existía el ejército del centro, ni se permitía a los generales de la reina abandonar sus distritos. Una vez se tomaron medidas para solucionar esto, el carlismo en la zona no empezó a disminuir, sino todo lo contrario. Fue entonces cuando Cabrera obtuvo sus mayores victorias y creó una red de puntos fortificados, pese a existir ya un ejército del centro, que unificaba el mando liberal en la zona. Todo ello muestra que la clave no fue la falta de coordinación, sino la escasez de tropas (y de medios) de los generales de la reina. Santirso, M., Revolució liberal i guerra civil a Catalunya (1833-1840), Lleida, Pagès editors, 1999, p. 85.

47 Fernández de San Román, E., marqués de San Román, Guerra civil... v. 1, p. 21.

48 Pirala, A., Historia de la guerra civil... v. 2, p. 70.

49 Córdoba, B., Vida militar... v. 1, pp. 184-186, 193, 203-204, 218 y 219.

50 Pirala, A., Historia de la guerra civil... v. 2, p. 306.

51 Córdoba, B., Vida militar... v. 1, pp. 187-190. Segura, J., Morella... v. 4, pp. 103 y 104.

52 Córdoba, B., Vida militar... v. 1, p. 190.

53 En la página 167 Córdoba asegura que Cabrera sólo tenía 29 hombres en marzo, pero aquí no incluye a las fuerzas de otros cabecillas, que sí que añade en el recuento de diciembre. Córdoba, B., Vida militar... v. 1, pp. 130 y 167.

54 El Turia, 24 de diciembre de 1834 y 8 de noviembre de 1835.

55 Pirala, A., Historia de la guerra civil... v. 2, p. 318.

56 Diario Mercantil de Valencia, 26 de octubre de 1835.

57 Diario Mercantil de Valencia, 30 de octubre de 1835.

58 Córdoba, B., Vida militar... v. 1, pp. 243-245. Pirala, A., Historia de la guerra civil... v. 2, pp. 337 y 339. Urcelay, J., Cabrera... pp. 82 y 83. El boletín de Castellón asegura que el ejército carlista pasó de 7.000 a 800 hombres tras la batalla de Molina, pero estas cifras parecen bastante exageradas. Boletín Oficial de la Provincia de Castellón de la Plana, 20 de diciembre de 1835.

59 Córdoba, B., Vida militar... v. 1, p. 256 y v. 2, p. 14. Cabello, F., Santa Cruz, F. y Temprado, R. M., Historia de la guerra última... p. 70.

60 Hay que tener en cuenta que estas cifras están basadas en medias anuales de partidas aisladas. No incluyen las grandes partidas que se podrían formar esporádicamente, mediante la unión de otras más pequeñas. Y tampoco la situación en meses puntuales, en los que podía variar esta situación.

61 Probablemente casi todas las partidas de las que desconocemos su tamaño serían pequeños grupos de menos de 100 hombres. Por eso se han unido al apartado de gavillas pequeñas, aunque para calcular la media de tropas por partida sólo se han tenido en cuenta aquellas cuyos efectivos conocemos con certeza.

62 Córdoba sólo contabiliza a los que se hallaban bajo las órdenes directas de Cabrera (Forcadell, Quílez, Llagostera). No incluye a las fuerzas del Serrador ni a muchas pequeñas partidas que hacían la guerra por su cuenta, por lo que el total no es completo y abarca menos soldados que el de la columna de “otras fuentes”.

63 Anónimo, Fastos españoles... v. 2, p. 240. Aunque sólo incluye a las fuerzas carlistas que estaban en Morella y sus inmediaciones (el 30 de noviembre), es muy probable que éstas sean casi todas las fuerzas rebeldes de Valencia y el sur de Aragón, ya que por esas fechas hay pocas noticias de partidas en otras comarcas.

64 Cifras dadas por José Segura (para el mes de marzo, la primera) y por Alfonso Bullón de Mendoza (para el mes de noviembre, la segunda). Hay que tener en cuenta que el máximo carlista se dio durante la primavera, mientras que a principios y finales de año las partidas rebeldes estuvieron a punto de desaparecer, debido a la intensa persecución liberal. Por eso la media anual es considerablemente superior a las cifras que aportan estos dos autores. Segura, J., Morella... v. 4, p. 60. Bullón de Mendoza, A., La primera guerra... p. 268.

65 Calbo y Rochina, D., Historia de Cabrera... p. 120.

66 Cálculos del cónsul francés en Valencia, citados en Millán, J., “Els militants carlins...” p. 110.

67 Fernández de San Román, E., marqués de San Román, Guerra civil... p. 40.

68 Diario Mercantil de Valencia, 6 de agosto de 1837.

69 Parte de la diferencia entre los datos de Córdoba y los otros se debe a que la partida de Merino está contabilizada en la segunda columna, pero no en la primera, ya que eran tropas castellanas, que regresaron a la meseta en septiembre. Por tanto, no estaban en la zona en diciembre, que es cuando Córdoba nos informa de las fuerzas carlistas en Levante.

70 Cálculos del cónsul francés en Valencia, citados en Millán, J., “Els militants carlins... p. 110.

71 Polo de Lara, L., Biography of don Ramon Cabrera, first conde de Morella, first marquis del Ter, Londres, Edición privada, 1887, p. 106. Las cifras son de finales de año y corresponden sólo a las fuerzas bajo las órdenes de Cabrera.

72 En las cifras de este año se han añadido 8.000 hombres que estarían en guarniciones (ver cuadro 39). Además, aparecen contabilizados los 2.240 hombres de Palillos que regresaron a La Mancha a principios de año y que Córdoba no incluye, porque recoge un informe del mes de diciembre.

73 Una reunión de amigos colaboradores, Panorama español... v. 2, p. 94.

74 Cifra que aparece publicada en el Boletín del Ejército Real de Aragón, Valencia y Murcia de 13 de marzo de 1839. Se trata de 15.000 hombres del ejército regular y 10.000 “somatenes” (probablemente voluntarios realistas y unidades de inválidos).

75 Esta cifra incluye también 8.000 hombres de guarniciones (ver cuadro 39), por lo que se trata de los efectivos del ejército carlista a principios de año.

76 Estos son los cautivos carlistas que decía tener Van Halen en noviembre de 1838. Una reunión de amigos colaboradores, Panorama español... v. 4, p. 129.

77 Son los desertores carlistas conocidos antes de 1840. Ver cuadro 11.

78 Véase mi tesis doctoral. Caridad, A., El carlismo en el País Valenciano y Teruel (1833-1840), Valencia, Universidad de Valencia, 2010, p. 1006.

79 Madoz, P., Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de ultramar, Madrid, Almendralejo, Biblioteca Santa Ana, 1989-1993. El total valenciano y turolense se ha obtenido sumando las cifras de población de los partidos judiciales.

80 Mundet, J. M., La primera guerra carlina a Catalunya. Història militar i política, Barcelona, Publicacions de l’abadia de Montserrat, 1990, pp. 16 y 44.

81 Diario Mercantil de Valencia, 2 de mayo de 1835, 28 de mayo de 1836, 23 de marzo y 3 de mayo de 1837, 1 de marzo, 19, 23 de agosto, 3, 9, 10, 14, 28 de septiembre, 18 de octubre y 2 de noviembre de 1838, 2 de febrero, 24 de abril, 20 de julio, 2 de octubre y 20 de noviembre de 1839 y 19 y 27 de abril de 1840. Pirala, A., Historia de la guerra civil... v. 3, p. 641, v. 4, p. 154 y v. 6, p. 32. Rújula, P., Rebeldía campesina... p. 266.

82 Vinaixa, J. R., Tortosa en la guerra dels set anys (1833-1840), Valls, Cossetània Edicions, 2006, p. 276.

83 Sauch, N., “La guerra dels set anys a Ulldecona (1833-1840)” en Raïls n° 21, 2005, p. 148. Meseguer reduce a 206 los carlistas de Vinaròs. Meseguer, V., “Carlistas de Vinaròs (1833-1841) (III)” en Centro de estudios del Maestrazgo, n° 35, julio-septiembre 1991, p. 25.

84 Bullón de Mendoza, A., La primera guerra... p. 681.

85 Archivo Histórico Municipal de Valencia, actas del ayuntamiento constitucional de 1839, folios 1399, 1401, 1405 y 1408. Archivo del Reino de Valencia, propiedades antiguas, legajos 471 y 472. Archivos Departamentales de los Pirineos Orientales, legajos 4 M 594 y 641. Archivo de la Diputación Provincial de Valencia, C1, gobierno civil, expedientes generales, caja 54. Boletín Oficial de la Provincia de Zaragoza, 27, 30 de junio, 4, 7, 14, 18 y 25 de julio de 1840. Diario Mercantil de Valencia, 14 de mayo y 22 de agosto de 1840.

86 Archivo del Reino de Valencia, propiedades antiguas, legajo 471.

87 Archivo Histórico Municipal de Castellón, actas del ayuntamiento de 1839, folios 204 y 205.

88 Boletín Oficial de Valencia, 29 de marzo de 1839.

89 Diario Mercantil de Valencia, 22 de agosto de 1840.

90 Archivo Histórico de Orihuela, legajo D 1144 y acuerdos del ayuntamiento de 1836 y 1837, folio 335.

91 Córdoba, B., Vida militar... v. 2, p. 57.

92 800 según Córdoba y 500 según Pirala, Córdoba, B., Vida militar... v. 2, p. 204. Pirala, A., Historia de la guerra civil... v. 4, p. 386.

93 Archivo Municipal de Ontinyent. Cabildos años 1838 y 1839, folios 254-256.

94 Ballesteros, M., Historia de Utiel, Utiel, Imprenta de Alarcón, 1999, p. 623.

95 Calbo y Rochina, D., Historia de Cabrera... pp. 83 y 197.

96 El Satanás, 18 de enero de 1837.

97 Sauch, N., Guerrillers i bàndols civils entre l’Ebre i el Maestrat: la formació d’un país carlista (1808-1844), Barcelona, Publicacions de l’abadia de Montserrat, 2004, pp. 425, 426, 504 y 506.

98 Archivo de la Diputación Provincial de Valencia, B4, milicias provinciales 1, expedientes generales, caja 2. Archivo Municipal de Ontinyent, cabildos años 1838 y 1839, folios 254-256. Archivo Histórico Municipal de Alcañiz, negociado 6, concejo-correspondencia, caja 77, legajo G-20.

99 Sauch, N., Guerrillers i bàndols... p. 452.

100 Archivo de la Diputación Provincial de Valencia, B4, milicias provinciales 1, expedientes generales, caja 2.

101 Archivo del Reino de Valencia, propiedades antiguas, legajo 471.

102 Archivo Histórico Municipal de Valencia. Actas de 1839, folios 1399, 1401, 1405 y 1408.

103 Archivo del Reino de Valencia, propiedades antiguas, legajo 472.

104 Archivo Municipal de Ontinyent, cabildos años 1838 y 1839, folios 254-256.

105 Boletín Oficial de la Provincia de Zaragoza, 30 de junio, 18, 21 y 28 de julio de 1840.

106 Diario de Valencia, 7, 10, 28 de noviembre y 24 de diciembre de 1833, 15, 18, 21, 25, 29, 31 de enero, 4 de febrero, 9, 10, 12 de marzo, 1, 21, 29 de abril, 6, 11, 20 de mayo y 2 de julio de 1834. El Turia, 11, 18 de enero, 13 de marzo y 7 de abril de 1834.

107 Rújula, P., Rebeldía campesina... p. 158.

108 Un emigrado del Maestrazgo, Vida y hechos de los principales... pp. 9, 11, 28, 29, 78, 79, 196-198. Córdoba, B., Vida militar... v. 2, p. 183. Segura, J., Morella... v. 4, p. 73.

109 D’Alaux, G., Aragón visto por un francés durante la Primera guerra carlista, Zaragoza, Diputación General de Aragón, 1985, p. 71.

110 Córdoba, B., Vida militar... v. 1, p. 51.

111 Un emigrado del Maestrazgo, Vida y hechos de Ramón... p. 21. Córdoba, B., Vida militar... v. 1, p. 48. Calbo y Rochina, D., Historia de Cabrera... p. 18.

112 Archivo Municipal de Ontinyent, cabildos de 1836 y 1837, folio 152.

113 Córdoba, B., Vida militar... v. 2, p. 85.

114 Meseguer, V., “Carlistas de Vinaròs (1833-1841) (I)” en Centro de estudios del Maestrazgo, n° 32, octubre-diciembre de 1990, pp. 39-42. Archivo Histórico Municipal de Alcañiz, negociado 6, concejo-correspondencia, caja 77, legajo G-20.

115 Rújula, P., Rebeldía campesina... pp. 399-402.

116 Meseguer, V., “Carlistas de Vinaròs (1833-1841) (I)”... pp. 39-42.

117 El marqués de Miraflores y Stendhal afirmaban lo primero, mientras que Marliani sostenía lo segundo. Anguera, P., Déu, rei i fam. El primer carlisme a Catalunya, Barcelona, Publicacions de l’abadia de Montserrat, 1995, pp. 213 y 215.

118 Archivo de la Diputación Provincial de Castellón, colección de actas 1836-1837, sesión del 26 de abril de 1837, pp. 565 y 566.

119 Calbo y Rochina, D., Historia de Cabrera... pp. 2 y 3.

120 San Miguel, E., De la guerra civil de España, manuscrito conservado en la Biblioteca Nacional, 1836, folios 61, 68 y 69.

121 Rújula, P., “Cabecillas carlistas” en Micolau, J. I. y Thomson, T., Comarca del Bajo Aragón, Zaragoza, Diputación General de Aragón, 2005, pp. 104 y 105.

122 Pirala, A., Historia de la guerra civil... v. 1, pp. 337 y 338. Urcelay, J., Cabrera... p. 78.

123 Rújula, P., Contrarrevolución. Realismo y carlismo en Aragón y el Maestrazgo, 1820-1840, Zaragoza, Prensas universitarias de Zaragoza, 1998, p. 387.

124 Archivo de la Diputación Provincial de Valencia, B4, milicias provinciales 1, expedientes generales, caja 2.

125 Archivo de la Diputación Provincial de Castellón, colección de actas de 1839, folio 244.

126 Cabello, F., Santa Cruz, F. y Temprado, R. M., Historia de la guerra... p. 66.

127 Archivo de la Diputación Provincial de Castellón, colección de actas de 1836-1837, sesión del 9 de enero de 1837, pp. 212 y 213.

128 Diario de Valencia, 22 de febrero de 1834.

129 Cabello, F., Santa Cruz, F. y Temprado, R. M., Historia de la guerra... p. 66. Fernández Benítez, V., Carlismo y rebeldía campesina. Un estudio sobre la conflictividad social en Cantabria durante la crisis final del Antiguo Régimen, Madrid, siglo XXI, 1988, pp. 111-115. Rújula, P., Rebeldía campesina... p. 407. Rújula afirma que en las filas liberales no se cobraba soldada, pero esto no es cierto, ya que tenemos noticias de quejas y motines de la tropa exigiendo las pagas. Pirala, A., Historia de la guerra civil... v. 2, p. 516 y v. 4, p. 258. Fernández de San Román, E., marqués de San Román, Guerra civil... v. 1, p. 27.

130 Rújula, P., Rebeldía campesina... pp. 399, 401 y 402.

131 El Turia, 21 de abril y 26 de agosto de 1834. Diario Mercantil de Valencia, 6 de diciembre de 1834.

132 Boletín Oficial de Valencia, 16 y 30 de enero de 1838.

133 Córdoba, B., Vida militar... v. 1, p. 166.

134 Urcelay, J., Cabrera... p. 74.

135 Córdoba, B., Vida militar... v. 1, p. 186.

136 Córdoba, B., Vida militar... v. 2, pp. 56 y 57. Sauch sostiene, en cambio, que se alistaron a consecuencia de una orden de Forcadell a los justicias locales para que presentasen sus mozos a los rebeldes. Lo más probable es que se produjera un poco de las dos cosas: unos se alistarían voluntariamente y otros forzados. Sauch, N., “La guerra... p. 138.

137 Anónimo, Fastos españoles... v. 2, p. 209. Una reunión de amigos colaboradores, Panorama español... v. 4, p. 4. Córdoba, B., Vida militar... v. 1, pp. 166, 191 y 192. Calbo y Rochina, D., Historia de Cabrera... p. 2. Pirala, A., Historia de la guerra civil... v. 4, p. 321. Segura, J., Morella... v. 4, pp. 19, 73, 98, 102 y 128. Sauch, N., “La guerra... p. 136.

138 Archivo del Reino de Valencia, propiedades antiguas, legajos 471 y 472.

139 Pirala, A., Historia contemporánea. Segunda parte de la guerra civil. Anales desde 1843 hasta el fallecimiento de don Alfonso XII, Madrid, Felipe González Rojas editor, 1892-1906, v. 2, p. 576.

140 Dembowski, C., Dos años en España durante la guerra civil 1838-1840, Barcelona, Crítica, 2008, p. 408.

141 Córdoba, B., Vida militar... v. 3, pp. 473-489. Segura, J., Morella... v. 4, pp. 87 y 91.

142 Anguera, P., “Sobre les limitacions historiogràfiques del primer carlisme”, en Canal, J. y otros, El carlisme. Sis estudis fonamentals, Barcelona, L’Avenç y SCEH, 1993, p. 182.

143 Bordás, J., Memorias de un voluntario carlista forcallano. 1833-1874. La guerra del Groc, Sant Carles de la Ràpita, Ayuntamiento del Forcall, 1997, p. 37.

144 Córdoba, B., Vida militar... v. 2, p. 168.

145 Segura, J., Morella... v. 4, p. 104.

146 Segura, J., Morella... v. 4, p. 60.

147 Diario Constitucional de Zaragoza, 30 de octubre de 1836. Segura, J., Morella... v. 4, p. 139. Segura afirma que estos personajes no estaban implicados en ninguna conspiración y que el gobernador ordenó su ejecución simplemente para hacer un escarmiento entre una población que no le era favorable.

148 Ortí, F., Historia de Morella, Benimodo, Ediciones RTI, 1958, p. 830.

149 Segura, J., Morella... v. 4, pp. 59 y 60.

150 Segura, J., Morella... v. 4, p. 72.

151 Pando, M., marqués de Miraflores, Memorias para escribir la historia contemporánea de los siete primeros años del reinado de Isabel II, Madrid, Imprenta de la viuda de Calero, 1844, v. 1, p. 368.

Calbo y Rochina, D., Historia de Cabrera... p. 47. Segura, J., Morella... v. 4, pp. 66-67 y 103.

152 Meseguer, V., “Carlistas de Vinaròs... (I)”, pp. 39-42.

153 Diario Mercantil de Valencia, 11 de julio de 1839. Von Goeben, A., Cuatro años en España. Los carlistas, su levantamiento, su lucha y su ocaso. Esbozos y recuerdos de la guerra civil, Pamplona, Institución Príncipe de Viana y Diputación Foral de Navarra, 1966, p. 80.

154 Diario Mercantil de Valencia, 19 de julio de 1838.

155 Diario Mercantil de Valencia, 4 de febrero de 1839. San Miguel, E., De la guerra civil... folio 68. Un emigrado del Maestrazgo, Vida y hechos de los principales... pp. 15, 32 y 36.

156 Millán, J., Transición y reacción en el sur del País Valenciano. La formación del capitalismo agrario y los orígenes del carlismo: Orihuela, 1680-1840, Valencia, Universidad de Valencia, 1982, p. 805.

157 Diario de Valencia, 29 de enero de 1834.

158 Pirala, A., Historia de la guerra civil... v. 1, p. 336.

159 Ardit, M., “Bandolerisme i delinqüència a les acaballes de l’Antic Règim (País Valencia, 1759-1843)” en Recerques n° 3, 1973, pp. 146 y 147.

160 Fernández García, A. y Rueda, J. C., “La sociedad (I): los grupos sociales” en Jover, J. M. (dir.), Los fundamentos de la España liberal (1834-1900). La sociedad, la economía y las formas de vida, Madrid, Espasa Calpe, 1997, pp. 182 y 183.

161 De los 106 carlistas de los que se indica la profesión en el Archivo de la Diputación de Valencia, sólo 10 (el 9, 4 %) estaban perseguidos por la justicia. Por otra parte, en el Archivo del Reino aparece una lista de 47 carlistas de Sagunto, de los que sólo 3 (el 6, 3 %) tenían causas pendientes. Archivo de la Diputación Provincial de Valencia, B4, milicias provinciales 1, expedientes generales, caja 2. Archivo del Reino de Valencia, propiedades antiguas, legajo 471.

162 Diario Mercantil de Valencia, 17 de noviembre de 1838.

163 Diario Mercantil de Valencia, 30 de mayo de 1840.

164 Rújula, P., Rebeldía campesina... pp. 383 y 384.

165 Una reunión de amigos colaboradores, Panorama español... v. 2, p. 91. Díaz, N. P., “Biografía de don Ramón Cabrera” en Obras de Nicomedes-Pastor Díaz, Madrid, Imprenta de Manuel Tello, 1866, v. 5, p. 315.

166 Diario Mercantil de Valencia, 24 de febrero de 1837, 11 de marzo de 1838, 4 de mayo y 6 de octubre de 1839. Cabello, F., Santa Cruz, F. y Temprado, R. M., Historia de la guerra... p. 118. Von Goeben, A., Cuatro años en España... p. 247.

167 Archivo de la Diputación Provincial de Castellón, colección de actas 1836-1837, sesión del 23 de febrero de 1837, p. 377.

168 Diario Mercantil de Valencia, 10 y 17 de mayo, 8 de agosto de 1839.

169 Diario Mercantil de Valencia, 6 de octubre de 1839.

170 Bullón de Mendoza, A., La primera guerra... p. 670.

171 Archivo de la Diputación Provincial de Valencia, B4, milicias provinciales 1, expedientes generales, caja 2.

172 Boletín Oficial de la Provincia de Zaragoza, 14 y 17 de marzo, 11 y 21 de abril, 23 y 26 de mayo de 1840.

173 El porcentaje se refiere únicamente a los capturados en Aragón. Rújula, P., Contrarrevolución... pp. 377 y 378.

174 Córdoba, B., Vida militar... v. 1, p. 89.

175 Pirala, A., Historia de la guerra civil... v. 2, p. 70.

176 Pirala, A., Historia de la guerra civil... v. 2, p. 647, v. 3, p. 134 y v. 5, p. 294. Diario Mercantil de Valencia, 2 de febrero de 1840.

177 Córdoba, B., Vida militar... v. 2, p. 41.

178 Diario Mercantil de Valencia, 1 de mayo de 1839.

179 Diario Mercantil de Valencia, 29 de agosto de 1839.

180 Archivo Histórico de Orihuela. Acuerdos del ayuntamiento de 1836 y 1837, folio 327. Calbo y Rochina. D, Historia de Cabrera... pp. 268, 290 y 291.

181 Diario Mercantil de Valencia, 8 de julio de 1837.

182 Diario Mercantil de Valencia, 24 de mayo de 1838.

183 Diario Mercantil de Valencia, 21 de septiembre de 1839.

184 Diario Mercantil de Valencia, 17 de junio de 1839.

185 Pirala, A., Historia de la guerra civil... v. 4, p. 384.

186 Diario Mercantil de Valencia, 24 de enero de 1839.

187 Von Goeben, A., Cuatro años en España... p. 292. Pirala, A., Historia de la guerra civil... v. 5, p. 321.

188 Diario Mercantil de Valencia, 9 y 18 de enero de 1838, 24 de febrero y 4 de abril de 1839.

189 Diario Mercantil de Valencia, 3 de febrero de 1839.

190 Diario Mercantil de Valencia, 15 de abril de 1839.

191 Diario Mercantil de Valencia, 17 de junio de 1837.

192 Diario Mercantil de Valencia, 20 de julio de 1837.

193 Diario Mercantil de Valencia, 12 de julio de 1838.

194 Diario Mercantil de Valencia, 7 de mayo de 1838.

195 Diario Mercantil de Valencia, 31 de mayo de 1838.

196 Para conocer el procedimiento de las quintas durante el Antiguo Régimen véase Baldó, M., “Quintos y voluntarios. Los estudiantes de la universidad de Valencia en la época de Carlos IV” en Chust, M. (editor), De la cuestión señorial a la cuestión social, Valencia, Universidad de Valencia, 2002.

197 Rújula, P., Rebeldía campesina... pp. 432 y 433.

198 Rújula, P., , Rebeldía campesina... p. 226.

199 Sauch, N., Guerrillers i bàndols... p. 488.

200 Sauch, N., Guerrillers i bàndols... p. 489.

201 Diario de Avisos de la Ciudad de Valencia, 20 de septiembre de 1836. Pirala, A., Historia de la guerra civil... v. 3, p. 75.

202 Archivo de la Diputación Provincial de Zaragoza, vigilancia, caja XV-1026, legajos 67 y 194.

203 Córdoba, B., Vida militar... v. 3, p. 100. Archivo Municipal de Castellfort, caja 93.

204 Pirala, A., Historia de la guerra civil... v. 4, p. 406. Archivo de la Diputación Provincial de Castellón, colección de actas de 1839, folio 304. Archivo Municipal de Castellfort, caja 93.

205 Fernández de San Román, E., marqués de San Román, Guerra civil... v. 1, p. 346.

206 Diario Mercantil de Valencia, 10 de febrero de 1838.

207 Diario Mercantil de Valencia, 13 de abril de 1838.

208 Diario Mercantil de Valencia, 18 de abril de 1838.

209 Diario Mercantil de Valencia, 15 de mayo de 1838.

210 Diario Mercantil de Valencia, 3 de junio de 1838.

211 Córdoba, B., Vida militar... v. 3, pp. 381 y 407. Pirala, A., Historia de la guerra civil... v. 5, pp. 98 y 118.

212 Pirala, A., Historia de la guerra civil... v. 5, p. 110.

213 Pirala, A., Historia de la guerra civil... v. 5, p. 126.

214 Diario Mercantil de Valencia, 19 de noviembre de 1838.

215 Diario Mercantil de Valencia, 16 de enero de 1839.

216 Diario Mercantil de Valencia, 8 de febrero de 1839.

217 Anónimo, Fastos españoles... v. 2, p. 135.

218 Rújula, P., Rebeldía campesina... p. 183.

219 Rújula, P., Rebeldía campesina... p. 225.

220 El Turia, 6 de abril de 1834.

221 Rújula, P., Rebeldía campesina... p. 239.

222 Rújula, P., Rebeldía campesina... p. 282.

223 Diario Mercantil de Valencia, 6 de mayo de 1836.

224 Diario Mercantil de Valencia, 12 de octubre de 1837.

225 Diario Mercantil de Valencia, 13 de marzo de 1838.

226 Diario Mercantil de Valencia, 27 de marzo de 1840.

227 Diario Mercantil de Valencia, 11 de junio de 1837, 6 de mayo y 23 de diciembre de 1838.

228 Diario Mercantil de Valencia, 15 de diciembre de 1838.

229 Archivo de la Diputación Provincial de Castellón, colección de actas de 1838, folios 53 y 63.

230 Archivo Histórico Municipal de Alcañiz, negociado 6, concejo-correspondencia, caja 77, legajo G-20.

231 Diario de Zaragoza, 12 de diciembre de 1835. Boletín Oficial de la Provincia de Castellón de la Plana, 20 de diciembre de 1835.

232 Diario Mercantil de Valencia, 11 de diciembre de 1837.

233 Diario Mercantil de Valencia, 13 de abril de 1838.

234 Diario Mercantil de Valencia, 19 de enero de 1839.

235 Diario Mercantil de Valencia, 8 de marzo de 1838.

236 Diario Mercantil de Valencia, 21 de octubre de 1838.

237 Diario Mercantil de Valencia, 13 de julio de 1840.

238 Diario Mercantil de Valencia, 2 de febrero de 1840.

239 Diario Mercantil de Valencia, 27 de enero de 1839.

240 Diario Mercantil de Valencia, 20 de diciembre de 1837 y 7 de enero de 1839.

241 Podemos citar varios ejemplos de la transmisión “hereditaria” del carlismo. Francisco Tallada, hijo de Antonio, fue jefe carlista en guerras posteriores, mientras que el hijo de Pascual Gamundi combatió junto a su padre en la última guerra carlista. Además, en los archivos franceses consta que varios dirigentes rebeldes marcharon al exilio acompañados de sus vástagos, que también eran jefes u oficiales. Otro ejemplo es el nieto del barón de Hervés, que llegó a ser concejal jaimista en Zaragoza. Por último, podemos mencionar el caso del historiador carlista Flavio, cuyo padre era uno de los jefes legitimistas en su provincia. Archivos Departamentales de los Pirineos Orientales, legajo 4 M 593. Flavio, E., conde de X***, Historia de don Ramón Cabrera, Madrid, Establecimiento tipográfico-editorial de G. Estrada, 1870, v. 1, pp. 112-114. Juste, V., Historia de Maella, Zaragoza, Diputación de Zaragoza y Ayuntamiento de Maella, 1995, p. 226. Sánchez i Agustí, F., Carlistes amb armes en temps de pau. Altres efemérides d’interés (1840-1842), Lleida, Pagès editors, 1996, p. 144. Sauch, N., “La guerra...” p. 140.

242 Von Rahden, W., Cabrera. Erinnerungen aus dem spanischen Bürgerkriege, Frankfurt, Wilmans, 1840, p. 303.

243 Pirala, A., Historia de la guerra civil... v. 1, p. 249.

244 Diario Mercantil de Valencia, 6 y 7 de octubre de 1838.

245 Urcelay, J., Cabrera... pp. 32, 34 y 35.

246 Córdoba, B., Vida militar... v. 1, pp. 180-181. Pirala, A., Historia de la guerra civil... v. 2, p. 307.

247 Diario Mercantil de Valencia, 3 de junio de 1838. Asín, F., El carlismo aragonés 1833-1840, Zaragoza, Librería general, 1983, p. 77.

248 Córdoba, B., Vida militar... v. 4, p. 13. Córdoba sostiene que Pons era coronel, pero en esa época aún no había recibido esa graduación, según su hoja de servicios. Archivo General Militar de Segovia, primera sección, legajo P-2469.

249 Asín, F., El carlismo aragonés... p. 77.

250 Diario Mercantil de Valencia, 12 de enero y 2 de febrero de 1839.

251 Diario Mercantil de Valencia, 16 de marzo, 8 y 9 de septiembre de 1838 y 20 de enero de 1839. Córdoba, B., Vida militar... v. 3, p. 233 y v. 4, p. 29. Un emigrado del Maestrazgo, Vida y hechos de los principales... p. 23.

252 Pirala, A., Historia de la guerra civil... v. 2, p. 336.

253 Córdoba, B., Vida militar... v. 1, p. 265.

254 Pirala, A., Historia de la guerra civil... v. 4, p. 140 y v. 5, p. 34.

255 Von Rahden, W., Cabrera. Erinnerungen... p. 304.

256 Córdoba, B., Vida militar... v. 1, pp. 168 y 169.

257 Oyarzun, R., Vida de Ramón Cabrera y las guerras carlistas, Barcelona, Aedos, 1961, p. 22.

258 Sánchez Cervelló, J., El carlisme al territori de l’antiga diòcesi de Tortosa, Tarragona, Arola editors, 2004, v. 1, pp. 103-104.

259 Pirala, A., Historia de la guerra civil... v. 5, p. 292.

260 Córdoba, B., Vida militar... v. 1, p. 52. Urcelay, J., Cabrera... p. 45.

261 Córdoba, B., Vida militar... v. 1, p. 180. Urcelay, J., Cabrera... p. 78.

262 Flavio, E., conde de X***, Historia de don Ramón... v. 1, p. 205.

263 Von Rahden, W., Cabrera. Erinnerungen... pp. 368, 423 y 533.

264 Asín, F., El carlismo aragonés... pp. 77 y 108.

265 Von Rahden, W., Cabrera. Erinnerungen... pp. 423 y 424.

266 Von Rahden, W., Cabrera. Erinnerungen... p. 438.

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.