Kitabı oku: «En sueños te susurraré»
En sueños
te susurraré
Un viaje de regreso al hogar
Antonio T. Cortés

Título original: En sueños te susurraré
Primera edición: Mayo 2018
© 2018 Editorial Kolima, Madrid
www.editorialkolima.com
Autor: Antonio Tomás Cortés Rodríguez
Dirección editorial: Marta Prieto Asirón
Maquetación de cubierta: Sergio Santos Palmero
Maquetación: Carolina Hernández Alarcón
Colaboradora: Alba Marina Brezo Herrero
ISBN: 978-84-16994-87-8
No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares de propiedad intelectual.
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A Angélica Sánchez Arias y a Divina Carrasco Ávila, por haber viajado con mi novela «Después de leerla, rómpela» a los confines del planeta Tierra. Su entusiasmo espontáneo e incondicional les ha reservado un puesto de honor en este nuevo viaje literario, y en mi corazón les garantiza un permanente salvoconducto estampillado con el sello de la infinita gratitud.
ADVERTENCIA A QUIEN ESTO LEYERE
Cuando llegues al final, descubrirás que no había final. Es bueno que lo sepas ya desde el principio: así podrás aplicar todas tus energías a disfrutar de este viaje de regreso al Ser del que nunca partiste.
Si la verdad quisiera ser contada pongo este poema a su disposición.
Benjamín Prado, «Tablón de anuncios», Ya no es tarde
LA OLA Y EL OCÉANO
«¿Quién soy yo?»,
se preguntó la ola…
Y los últimos ecos de la pregunta
quedaron esparcidos
como un rocío de sal
derramada
dentro de la inabarcable unidad del Océano.
Si la verdad quisiera ser contada,
pongo esta novela a su disposición.
Yo, normalmente, no escribo porque sepa hacerlo, sino con el fin de aprender, elevando el conocimiento subconsciente al campo de la visión del consciente.
Hermann Keyserling
El mensajero no escribe el mensaje que transmite.
Un curso de milagros, L-pI.154.5:1
Prólogo
Conocí a Antonio en Mérida, en una conferencia en la que yo presentaba mi libro En tránsito. Cuando vino a pedirme que se lo dedicara, me dijo que había tenido la corazonada de que yo le prologaría su segunda novela. Le pregunté cómo se titularía y me gustó lo que oí. Entonces me comprometí a realizar el prólogo que ahora tienes entre tus manos: En sueños te susurraré.
Susurrar es una palabra poco usada en títulos literarios pero esconde una bella imagen de sutileza respecto a la forma y de enjundia respecto al contenido. Y eso es lo que el autor logra aquí. Nos muestra hermosamente un mundo que ya de por sí es hermoso.
Conozco a Antonio lo suficiente como para saber que busca aunar la estética con la ética. Sabe que el lenguaje, como cualquier otro producto humano, puede utilizarse solo con ánimo de entretener o añadiendo un ánimo de transformar. Y ahí es donde él se encuentra cómodo. Le gusta aplicar su pasión creativa a aquellos aspectos de la realidad que pueden favorecer en los lectores una mejora personal, o lo que yo llamo una elevación de su estado consciencial.
En esto encuentro una conexión con las labores como escritor y divulgador que yo mismo estoy desempeñando en los últimos años. Por eso me pareció lógico ayudarlo. Porque en el fondo así también ayudo a que esa elevación de consciencia tenga lugar. Cualquier medio puede ser válido para ello y por supuesto lo es una novela escrita con gusto e intención como esta. El océano no puede despreciar ninguna de sus gotas.
El viaje que nos propone el autor tiene que ver con la experiencia de Anselmo Paredes, un minero de Aldea Moret, un barrio industrial de la capital cacereña. De la mano de Anselmo viviremos cómo es ese tránsito al plano no físico en el que los seres álmicos siguen evolucionando a partir del mismo nivel consciencial logrado durante su última encarnación. Y no perderemos de vista las complejas relaciones que se mantienen más o menos invisibles entre los dos planos de la existencia, pues la muerte no produce una separación definitiva entre las almas sino que abre vías de comunicación y de ayuda insospechadas para quienes no creen que ello sea posible. Sin duda para estas personas sería más que recomendable la lectura de este libro.
Nada en esta producción literaria parece haberse dejado al azar. Artísticamente obedece a su normal lógica interna, pero hay algo más que le aporta una nota característica. Recoge también conexiones con la historia contada en Después de leerla, rómpela. Ahora se dotan de aún mayor riqueza algunos de los contenidos de aquella primera novela, también ambientada en Cáceres, la ciudad natal del autor.
Este libro está repleto de una imaginativa fabulación y de un peculiar mundo del «Más Acá» (así lo denominan los seres que en aquel plano se encuentran) que sirve para ambientar algunas de las enseñanzas más significativas de quienes han accedido a ese otro ámbito de la realidad. Uno de los logros del libro es que esa información está hábilmente novelada para hacerla más apetitosa. El autor actúa como un chef que no se limita a utilizar materias primas jugosas y de calidad y a cocinarlas con gusto y a fuego lento, sino que también emplata con delicadeza para hacer el guiso aún más apetecible.
Y esto es lo que hace el libro. Abre el apetito, mantiene la intriga narrativa, produce placer al ser digerido y deja en la boca un gran sabor de paz y de esperanza. Por eso yo ahora hago lo que haría un comensal satisfecho con el plato probado. Parafraseando el subtitulo, recomiendo que muchas otras personas hambrientas se acerquen a compartir este «viaje de regreso hacia la comprensión de la naturaleza humana».
No quiero desvelar nada más del contenido de la obra. Prefiero que sea Anselmo Paredes quien vaya guiando a los lectores por este inolvidable viaje. Y que, lo mismo que le sucede al protagonista de la novela, quienes la lean también puedan ir aumentando su nivel de consciencia hasta desembocar en el verdadero Ser.
Emilio Carrillo
1. La llegada
Cuando el hombre menos se cata, viene la muerte y lo arrebata.
Refrán español
«Desde que ha muerto, no hace más que darle vueltas a la cabeza», apuntó con voz rutinaria Calisté, la esbelta acompañante que había acudido a informar al comité. Ya había dejado al recién llegado al otro lado del espejo de dos caras, en una pequeña sala de interrogatorios bañada por una intensa luz azulada que confería a la atmósfera un aspecto gelatinoso. Debido a la composición reflectante del espejo semiplateado, el sujeto no podía ver a ninguno de los cinco comisarios que lo observaban con atención, pero desde el auditorio semicircular escasamente iluminado donde estos aguardaban sí se podía distinguir con total nitidez la figura de aquel individuo, Anselmo Paredes, que movía con impaciencia los brazos y andaba y desandaba sus pasos mientras fruncía el ceño, airado. No quería estar encerrado allí.
–¿No ha sido convenientemente informado? –preguntó el comisario que estaba sentado en el centro de la mesa; todos ellos vestían túnicas talares de color blanco que resaltaban el brillo de sus calvas.
–Claro que sí –Calisté emitía un enérgico brillo desde sus grandes ojos almendrados–. ¡Pero parece que él aún no lo ha aceptado…! ¡Otro inadaptado!
–Muy bien –replicó el mismo comisario–. Entonces tendremos que comunicarnos con él. Hazlo pasar, por favor.
La mujer se llevó la mano derecha al centro del pecho mientras se inclinaba, en una sutil reverencia, antes de retirarse. Enseguida se la vio aparecer detrás del cristal y hablar con el hombre, que a regañadientes aceptó ser conducido hacia el lugar donde lo esperaban. Antes de entrar en él, observó con desconcierto y temor las siglas y el nombre completo que figuraban en una placa cromada sobre la puerta metálica, ligeramente por encima de la altura de sus ojos: «CSD. Comité de Selección de Descensos». Sintió que le flaqueaban las rodillas y que una punzada de dolor le retorcía el estómago, como cuando bajaba en la jaula a la galería de fosfato más profunda del pozo La Abundancia con el temor de no volver a salir a respirar a la superficie de Aldea Moret.
Nada más cruzar el umbral, una repentina luz cenital iluminó una butaca giratoria ubicada en el centro del recinto, equidistante de cada uno de los comisarios. Sin necesidad de recibir instrucciones, supo que debía sentarse allí. Cuando lo hizo, le pareció sentir que una vibración hacía oscilar ligeramente la butaca sin que él pudiera hacer nada por evitarlo. Para su extrañeza, el suelo que estaba mirando se distanciaba cada vez más de él. Oyó que alguien empezaba a hablarle.
–¿Sabes quién eres, hermano?
Él levantó la vista intentando identificar quién lo interrogaba, pero en ese momento nadie pronunciaba palabra alguna. Se preguntaba a cuál de aquellos seres de aspecto andrógino le cuadraría mejor la voz masculina grave, pero al mismo tiempo aterciopelada, que acababa de escuchar. Sendas columnas de luz cálida descendieron con suavidad sobre los cinco comisarios situados enfrente. Su desconcertante apariencia, simultáneamente masculina y femenina, absorbía la atención de Anselmo provocando una súbita desaparición de la resistencia con la que había entrado en la sala, como si le hubieran acertado de pleno con un dardo tranquilizante. Enseguida se aprestó a contestar con amabilidad.
–Sí. Anselmo Paredes. –Y aprovechó para pedir explicaciones–. Pero no sé qué hago aquí, no sé por qué me han traído…
Los miembros del tribunal no parecían mostrar extrañeza alguna. El que lo interrogaba prosiguió.
–Muy bien, Anselmo, te damos la bienvenida.
Pero Anselmo estaba estupefacto: había oído con total nitidez la voz de aquel ser embutido en su túnica blanca, mientras lo miraba fijamente ¡y sin embargo no había visto que moviera sus labios ni un ápice! El interrogador no tardó en sacar de dudas al interrogado. Parecía estar leyéndole el pensamiento.
–Sí, te estoy hablando yo. No te extrañe que no mueva los labios. Ya no lo necesitamos... Estamos manteniendo una conversación telepática.
–¿Una qué…? –el asombro de Anselmo iba en aumento según se estaba percatando de que, aunque él mismo no estaba abriendo la boca, también se podía escuchar su propia voz–. ¿Una conversación…?
–Ya veo que te estás empezando a dar cuenta de que tú también te comunicas a través de la mente. Muchos regresados seguís moviendo los labios por costumbre, como tú ahora, pero en realidad ya no lo necesitáis.
–¿«Regresados»? ¿Pero regresados a dónde? –Anselmo estaba empezando a impacientarse.
–Al Cielo, por supuesto.
–¿Cómo que al Cielo? ¡Eh, un momento! –Anselmo se miró las manos y vio la alianza que Brígida le había colocado el día de la boda y reconoció el mono de color caqui, desgastado por tantas horas de trabajo a los mandos de la grúa del almacén de superfosfatos, y se vio las botas polvorientas con las que había salido de su casa por la mañana–. Esto es una broma, ¿verdad?
–Me temo que no... Estás en el Cielo, Anselmo.
–¡Qué tontería! ¿Cómo voy a estar en el Cielo? ¡Para estar en el Cielo tendría que estar muerto! –Anselmo creía en la irrefutabilidad de su argumento y por eso sonreía ufano, mostrando un rictus jalonado por una cierta dosis de cinismo.
–Exacto. Tú lo has dicho –concedió el comisario–: estás muerto.
–¡Pero no puede ser! –la sonrisa desapareció bruscamente del semblante del hombre, que empezó a palparse el cuerpo con angustia–. Me encuentro bien y estoy respirando, y no me noto nada raro… Es verdad que no me acuerdo muy bien de las últimas horas pero supongo que esto es algo momentáneo y que ya se me pasará…
–De nuevo tienes razón, hermano: pasará –el comisario había apostillado esa frase con ánimo de que Anselmo rebajara su tensión mental; por eso se ofreció a sacarlo de su amnesia con una propuesta–. ¿Quieres que te ayudemos a recordar tus horas previas, las últimas horas que viviste siendo realmente quien aún crees ser?
El mohín de extrañeza dibujado en el rostro de Anselmo fue seguido por unos apesadumbrados hombros que elevaban su duda hasta hacerla visible; decidió que no tenía nada que perder. Sí, aceptaría esa ayuda, aunque no sospechaba en modo alguno su alcance. Inmediatamente, las luces de la sala disminuyeron en intensidad y surgieron otras nuevas desde los laterales hasta generar una neblina muy tenue con textura esponjosa en el centro de la sala, que rodeaba el lugar en el que estaba sentado Anselmo. En un radio de un metro de distancia de él se fue generando un fanal de materia translúcida que ascendió desde el suelo hasta encerrar por completo a su asombrado espectador. Sobre el interior de las paredes de la campana se empezaron a proyectar acontecimientos de su vida. Al reconocerse en ellos alargó el brazo tratando de tocar su imagen casi impalpable. Un tacto viscoso de tela de araña perlada de gotas de rocío lo detuvo; la escena tembló y perdió nitidez. Retiró súbitamente la mano y las imágenes volvieron a estabilizarse de inmediato. Siguió observando, atónito.
Se vio a sí mismo con treinta y ocho años de edad, una mañana de marzo de 1962, despidiéndose de Brígida y saliendo de su casa de la Barriada Nueva de Aldea Moret; y se vio entrando en el almacén de superfosfatos y saludando a algunos compañeros; y luego se vio subiendo a la cabina de la grúa, que quedaba suspendida de un raíl aéreo que cruzaba por completo el almacén; y se vio activando los mandos mientras uno de sus engranajes accidentalmente entraba en contacto con el cable conductor de electricidad; y luego se vio desplomado sobre el suelo metálico de la cabina, ya sin latidos, con su cuerpo cimbreante y enroscado, saturado por un olor a carne carbonizada y dulce que no le disgustó; y a continuación vio la luz clara del día que ya para siempre quedaría al otro lado de las ventanas del almacén y eso le confirmó lo caprichosa que era la vida, que se le escapaba por momentos; y a continuación vio el rostro de Brígida el día en el que fueron a dar su primer paseo juntos, tras una fiesta en honor de Santa Bárbara, y recordó que su talle le había parecido más explosivo que los cartuchos de dinamita colocados sobre las andas que portaban la imagen de la santa; y finalmente vio un abismo luminoso… detrás del cual ya no se veía nada más.
Su estupefacción no consiguió retener la lágrima de espanto que se le escapó del borde de los párpados. Tragó saliva. Sintió que necesitaba ayuda para sostenerse. Entonces recuperó la sensación de estar sometido a un interrogatorio en una sala en la que cinco desconocidos lo observaban, y una mezcla de indignación mal disimulada y de manso quebranto se apoderó de sus manos, que se crisparon como preparándose para abrirse paso a puñetazos a través de la pesadilla que estaba soñando. Pero la voz del comisario detuvo su comezón.
–Es doloroso salir de la amnesia, ¿verdad, hermano? Lo comprendemos perfectamente. Solo queremos ayudarte.
–¿Ayudarme? ¿Ayudarme a qué…? Según decís, si de verdad tenéis razón, que yo esto todavía no lo tengo claro, ¡eh, que conste…!, entonces ¿cómo demonios me vais a ayudar? –Anselmo se mostró aún más confuso cuando comprobó que al retomar el diálogo se paralizaba la proyección de imágenes, pero que esta se reanudaba si volvía a fijarse en el fanal en el que se desplegaban.
–Querido Anselmo, estás pasando por un periodo de turbación bastante habitual. Nuestra ayuda te permitirá superarlo antes.
–¿Turbación? ¿Pero qué…? ¿En qué quedamos? ¿Estoy muerto o estoy turbado? ¡No lo entiendo!
–No lo entiendes porque estás muerto y aún estás turbado… Has muerto de un modo inesperado –empezó a desgranar con paciencia y calidez el comisario– y te está costando hacerte a la idea de que ya no estás en lo que hasta ahora considerabas tu vida… Aunque, como ya tendrás ocasión de comprobar, también en el Cielo estamos vivos. Bueno, ya mismo lo estás viendo.
–¡Eh, a ver! ¿Quieres decir que la culpa es mía porque ya he muerto pero no me he enterado aún?
–Digamos que, eliminando el componente de culpabilidad que has mencionado, sí, lo demás es más o menos lo que queremos expresar.
–¡Ah, muy bonito! ¿Y se supone que estoy muerto porque estoy frente a un ser extraño, calvo y bastante más alto de lo normal, que me habla sin mover la boca? ¡Esto también podría ser un sueño! –advirtió con agrado Anselmo–. ¡Sí, eso es, esto puede ser una pesadilla y en cualquier momento puedo despertarme de ella!
–Lo cierto es que también aquí acabarás despertando, aunque esto no sea una pesadilla –puntualizó el comisario.
–¡Ya, claro, porque lo digas tú! Mira, mi amigo Curro a veces tiene pesadillas. Sueña que ha bajado al pozo y que se le derrumba encima una galería y se queda atrapado y herido y sabe que va a morir porque no lo pueden rescatar. Al principio lo pasaba fatal hasta que se dio cuenta de que era solo una pesadilla. ¿Y sabéis cómo se dio cuenta? Un tipo muy listo este Curro, tiene un magín privilegiado… Se le ocurrió pellizcarse fuerte en el brazo y entonces se dio cuenta de que no le dolía… ¡Zas! Si hubiera estado vivo le habría dolido el pellizco y por eso supo que estaba dormido y que era solo una pesadilla.
Los cinco comisarios observaban con paciencia e interés a aquel hombre desesperado cuyas palabras se le atropellaban como intentando encontrar cuanto antes la vía de escape que lo sacara de la ensoñación; y se compadecieron de él cuando lo vieron remangarse el mono y la manga izquierda de la camisa para pellizcarse con todas sus fuerzas en el antebrazo mientras dejaba estallar en salvas pirotécnicas de carcajadas nerviosas su vana alegría de creerse únicamente dormido en lugar de muerto.
–¿Lo veis? ¡Ja, ja, ja…! ¡No me duele nada! ¡Esto es una pesadilla! ¡Ja, ja, ja…! ¡Voy a despertar y todo esto habrá sido un mal sueño y vosotros desapareceréis también!
Cuando el hombre se hubo calmado, ardida ya la pólvora de fogueo de su esperanza vacua, un silencio rebosante de candor colmó la sala. Una luz ligeramente pulsante de color rosáceo, proveniente de todas direcciones, empezó a concitarse sobre el pecho de Anselmo. Él la percibió y cerró los ojos para intensificar la sensación de arrobamiento que estaba sintiendo crecer en él. Permaneció con los ojos entornados mientras escuchaba la sosegada puntualización del comisario.
–¡Hermano, hermano...! El hecho de que te pellizques y no sientas dolor no prueba que estés en una pesadilla sino que estás en el Cielo: aquí es imposible causar ningún mal, ni a uno mismo ni a los demás. Ni tan siquiera desearlo.
Anselmo lentamente levantó los párpados. Su mirada ya no mostraba alegría. Tampoco nerviosismo, ni siquiera inquietud. Empezaba a reflejar serenidad.
Inmediatamente se reanudaron las imágenes sobre el fanal. Se vio a sí mismo con dieciséis años, aquella ingrata madrugada de 1940, persiguiendo por las calles y las eras de Coria, navaja en mano y abrasado por la ira, al forastero que unas horas antes había arrastrado hacia la oscuridad de la noche a su hermana Romualda. Sobre la tierra polvorienta, con engaños, bofetadas y golpes, entre ultrajes y sollozos, la había despojado para siempre de la virtud de la inocencia, manchando irremisiblemente sus muslos de catorce años con un aguacero de dolor y sangre que puso fin a su niñez.
Y, por primera vez en toda su vida, ya no sintió ganas de matar al violador. Era cierto: estando en el Cielo era imposible desearle ningún mal a nadie. Por fin Anselmo estaba empezando a comprender que había muerto.
2. Calisté
Siempre creemos lo que estamos deseando que ocurra.
Eugenio Fuentes, Mistralia
Después de conducir al recién llegado a la sede del Comité de Selección de Descensos, Calisté hizo de nuevo un gesto de despedida colocando su mano derecha sobre el centro de su pecho y se retiró. A continuación dirigió sus pasos a la sala de control, donde debía aguardar instrucciones.
Antes de que alcanzara el perímetro del recinto, su presencia fue detectada por los sensores encargados de franquear el paso. La puerta transparente se desmaterializó y volvió a materializarse cuando la mujer la salvó.
El inmenso recinto circular estaba integrado por distintos módulos redondos dispuestos estratégicamente para crear una estructura imbricada que asemejaba una inmensa célula pulsante. Ocupando el lugar que le correspondería al núcleo celular, presidía el espacio una gran esfera de superficie tornasolada desde cuyo interior la superestructura del Coordenador General velaba por el funcionamiento adecuado del Cielo.
Calisté giró a la izquierda hacia el sector de las salas de espera donde otros como ella aguardaban a recibir instrucciones sobre los recién llegados. Tanto las mujeres como los hombres del colectivo de los acompañantes usaban el mismo uniforme: un mono enterizo de color azul claro, ceñido al cuerpo, y ribeteado por franjas plateadas en tobillos y muñecas, sobre los hombros y alrededor del cuello. A la altura del corazón el traje llevaba bordada una cartela con un código, que también aparecía en mayor tamaño a la espalda. Todos eran de gran estatura; lucían cabellos argénteos dispuestos en media melena, rostros tersos y agradables donde destacaban grandes ojos ovales y unas atractivas proporciones corporales que invitaban a la contemplación ilimitada de su dulce belleza.
Como las dos primeras salas estaban completas, Calisté siguió avanzando. En la tercera encontró varias cabinas libres. Entró en una de ellas, cerró la puerta y se acomodó en el sillón envolvente de color granate que estaba suspendido en el centro de la pequeña estancia. Al instante se produjo un aislamiento completo del exterior. La pantalla frente a la que estaba situada se iluminó y en ella apareció la imagen de lo que en ese momento estaba sucediendo en el Comité de Selección de Descensos.
Calisté vio la cara de serenidad de Anselmo Paredes cuando finalmente, al darse cuenta de que había muerto, empezaba a aceptar su nueva situación. Se dispuso a escuchar con atención la conversación.
–Pues entonces va a ser verdad –reconoció Anselmo con tibieza, pero sin congoja–. Teníais razón. Y estoy muerto. Nunca me habría imaginado que fuera así esto…
–Nos alegramos de que por fin empieces a comprender –se felicitó el comisario situado en el centro del tribunal.
–Pero… Hay algo que aún no entiendo.
–Te escuchamos.
–Si estoy muerto, ¿cómo es que sigo vestido como cuando estaba vivo? ¿No debería estar desnudo? O, mejor, ¿no debería no tener cuerpo? ¿No se ha quedado el cuerpo ahí abajo en el almacén, retorcido y achicharrado después de que me diera la descarga?
–Buena apreciación, hermano –exclamó el comisario–. Verás, tú ya no estás vestido con esas ropas.
La sorpresa de Anselmo lo llevó a palparse de nuevo la ropa, a arrugarla y olerla, en busca de una explicación que se le antojaba imposible. Miró atónito a los cinco comisarios, se giró para ver si había alguien más en aquella sala semicircular y luego volvió a su extrañeza.
–¡Eh, parad el carro! ¡Si la ropa que llevo puesta hasta me huele a superfostatos…!
–Que crees que llevas puesta –puntualizó rápido el comisario–. Escucha con atención sin interrumpir mi razonamiento hasta que concluya. Es importante que escuches lo que te vamos a decir…
Aunque era solo uno el comisario que parecía dialogar con el recién llegado, usaba la primera persona del plural para destacar que lo que él emitía también procedía simultáneamente de los otros cuatro comisarios que junto con él estaban sentados a la mesa integrando el órgano colegiado. Ciertamente todos ellos mantenían la misma actitud de escucha y conversación con Anselmo, y por tanto de alguna manera eran los cinco los que al unísono hablaban a través de quien estaba sentado en la posición central.
–Has vivido siendo Anselmo Paredes durante los últimos treinta y ocho años; en realidad un poco más si contamos también tu gestación. Naciste en el año 1924, según vuestro cómputo, en un punto de una pequeña localidad llamada Coria, ubicada en un rincón del continente europeo del planeta Tierra, en uno de los sistemas solares de la galaxia que llamáis Vía Láctea. Para cumplir tu experiencia de ser Anselmo, encarnaste en un cuerpo bastante robusto y preparado para la acción, tanto que, gracias a él, te apodaron el Tierrón. Pero después de vivir todo lo que tenías que vivir llegaste al momento en el que la experiencia de ser Anselmo finalizó. Y tuviste que dejar en la Tierra lo que a la Tierra le pertenecía pues estabas hecho con sus materias primas: el cuerpo mortal que te permitieron usar mientras fuiste Anselmo, precisamente para que pudieras experimentarte como tal. Llegaste allí abajo sin él, te lo prestaron ahí, y por ese motivo lo tuviste que devolver antes de regresar aquí arriba. ¿Lo estás entendiendo, hermano? –La pregunta era retórica, de modo que el comisario prosiguió su exposición sin perder de vista la mirada de lenta comprensión que reflejaban las pupilas del hombre al que observaba–. Muy bien. Como has devuelto el último cuerpo con el que has estado encarnado, ahora estás desencarnado. No tienes cuerpo físico, hermano. Tampoco ropa. Crees que aún tienes el cuerpo de Anselmo y su ropa, y hasta te conviene que te sigamos llamando Anselmo porque sigues muy vinculado con la experiencia de tu última encarnación. Parece que hasta el momento sigues muy apegado a tu reciente experiencia terrícola. ¿Hay algo especial de allí a lo que sigas muy apegado… o alguien?
Anselmo se miró de nuevo la ropa, extendió sus manos ante sí y buscó el anillo. Su gesto sirvió de respuesta: seguía apegado a Brígida, aquella moza de talle explosivo que lo encandiló un cuatro de diciembre en el baile de celebración en honor a Santa Bárbara; aquella mujer con la que un año y medio después habría de casarse para aplacar la llama constante que le devoraba las entrañas; la trabajadora hacendosa en casas ajenas y madre amorosa en la propia; la prestidigitadora que practicaba la magia financiera con las ciento cincuenta pesetas de sueldo semanal que el marido arrancaba en la mina; la mujer sorprendente a la que apodaron la Fantasiosa porque decían que veía lo que nadie veía y escuchaba voces que nadie más oía…
El comisario comprendía el estado en el que se encontraba la mente de aquel hombre que estaba sintiendo que acababa de enviudar de modo inesperado, a pesar de que sería ella la que legítimamente podría lamentar haberlo perdido a él. Después de dejarle unos instantes para procesar sus sensaciones, prosiguió su exposición.
–Hermano, no te aflijas. Es normal que te sientas así, al menos durante una temporada. Cuando la experiencia vital ha sido muy intensa o han sido muy estrechos los lazos con alguien o con algo, después de desencarnar a veces cuesta mucho acostumbrarse a la nueva situación.
–¿Quieres decir que cuando me acostumbre a estar muerto ya no me veré con las ropas que ahora llevo puestas –enseguida reformuló la pregunta para anticiparse a otra probable amonestación–, o que creo que llevo puestas?
–Es probable. Eso es lo normal, en efecto… Aunque pudiera ser que a pesar de haberte acostumbrado prefirieras seguir viéndote así. También hay gente que decide hacer esto, a modo de juego de diferenciación.
–¡Pero bueno! ¡Que es probable que sí pero puede que no…! ¿Es que no hay normas fijas en este lugar? Yo creía que esto del Cielo iba a ser más serio, que aquí había reglas para todos, sin excepciones… Pero veo que no.
Antes de zanjar la cuestión, la mirada del comisario dejó traslucir un gesto que a Anselmo se le antojó lo más parecido a una sonrisa que podía esperar de un miembro de su tribunal enjuiciador.
–La obsesión por las reglas fijas y las normas inamovibles es algo que se queda también en la Tierra pudriéndose sobre los cuerpos deshabitados. Aquí ni las reglas ni los cuerpos son necesarios.
El silencio que a continuación brotó en la sala desconcertó aún más a Anselmo, que seguía afanosamente entregado a la insatisfactoria tarea de palparse la ropa que ya no vestía y el cuerpo físico que ya no habitaba.
3. El dictamen
(…) tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que, tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo.
Jorge Luis Borges, «Funes el memorioso», Ficciones
Los bordes de la pantalla empezaron a emitir destellos intermitentes de una pulsante luz verde mientras a pocos centímetros de la pantalla se formaban los caracteres nítidos de su código personal: «A-60X47H». También destellaba, además de zumbar, el brazal que Calisté llevaba ajustado en su antebrazo izquierdo. Con un ligero roce de su dedo índice sobre el intercomunicador cesaron todas las señales luminosas y acústicas. Sabía que debía volver porque estaba a punto de pronunciarse el dictamen.
En vez de irrumpir en la sede del Comité de Selección de Descensos, entró en la contigua sala de interrogatorios. Pulsó un botón que le permitió convertir en transparente la ventana acristalada y a través de ella continuó prestando atención a la comparecencia del recién llegado.
–Hermano Anselmo –prosiguió el comisario–, ¿cómo te encuentras? ¿Comprendes ya la situación?
–¿Comprender? ¡Pues no! ¿Cómo voy a comprender? –El interpelado intentaba aplacar su ansiedad haciendo girar la alianza matrimonial que le ardía sobre el dedo anular–. A mí me vais a perdonar… pero no quiero estar aquí, en el Cielo o dondequiera que esté… ¡Yo quiero volver con mi Brígida! ¡Quiero seguir palpándome la carne y secándome el sudor húmedo y el olor a fosfato! ¡Quiero volver a Aldea Moret! ¡Por favor, sacadme de este sueño…!
Al borde del sollozo, se llevó al rostro las rudas palmas de sus curtidas manos de obrero con la esperanza de que al retirarlas se hubiera desvanecido la pesadilla. Sintió el impulso de hincarse de rodillas para implorar la clemencia del tribunal pero un arrebato de orgullo lo mantuvo aferrado a la verticalidad, mientras recordaba, no sabía por qué, a aquel Anselmo de diecisiete años que una mañana de primavera, después de despedirse de sus padres y de sus hermanos como si los fuera a ver al final del día, había tomado su hatillo y, sin volver la vista atrás, había abandonado para siempre su pueblo natal.
–Hermano, hermano… Me temo que no puede ser. Tu obra allí está finalizada. Has cumplido todas las tareas que Anselmo tenía previsto realizar. Igual que él fue capaz de recuperarse tras verse obligado a abandonar el pueblo en el que había nacido, tú serás capaz ahora de recuperarte tras haber abandonado tu última encarnación. Lo superarás.
Anselmo separó las manos y descubrió su rostro asombrado: su interlocutor había captado perfectamente su pensamiento previo, la escena de su partida de Coria, aunque consideró que también sería posible que en realidad hubiera sido aquel hombre de la túnica el que, con su poderosa fuerza mental, hubiese inducido la imagen de la emigración, sugiriendo así un paralelismo que lo calmara en la situación actual en que se veía obligado a abandonar su planeta natal. Sintió de nuevo, brotando de las paredes del recinto, unos efluvios sedantes que apaciguaron su ánimo y fortalecieron su serenidad. El comisario prosiguió.
–Entendemos tu sentimiento. Sin embargo, en esto no podemos hacer concesiones. No puedes volver a la vida de Anselmo.
–Pero, ¡un momento! –Anselmo reaccionó, sorprendiéndose por su propia sagacidad, exponencialmente aumentada desde que había aceptado que estaba muerto–. Antes me habéis dicho que aquí no se necesitan… ¿cómo habéis dicho?... sí, ni reglas fijas ni normas inamovibles. Entonces, ¿podéis hacer conmigo una excepción y mandarme de vuelta a la Tierra? Solo depende de vosotros, ¿no es así?
Los comisarios mostraron cierta perplejidad pero también la satisfacción de comprobar cómo había aumentado la calidad intelectual del interrogatorio. Una leve sonrisa se dibujó en sus rictus. Y se aprestaron a desbaratar el alegato como si libraran un combate desigual de esgrima.
–Hermano, hermano, ¡cuán en exceso nos valoras! Te agradeceríamos el gesto si no fuera vanidad… No podemos hacer contigo una excepción y mandarte de nuevo a la Tierra para que sigas viviendo como Anselmo porque eso es algo que en verdad no depende de nosotros.
–¿Pero cómo que no? ¡No puede ser! He leído bien clarito antes de entrar aquí que esto es el Comité de Selección de Descensos. ¡Lo pone en la puerta! –Se volvió para señalarla–. ¿Y de qué descensos estamos hablando? ¡No será de los descensos en barca por el río Alagón!, ¿no? ¿No me podéis dejar descender?
–Buena apreciación la tuya. Pero hemos de decirte algo. Verás, has ingresado directamente aquí, en este Comité de Selección de Descensos, porque en tu proceso de desencarnación ya se observó que estabas muy aferrado a lo que has dejado atrás y nos derivaron tu caso para que valorásemos si era posible cumplir tus deseos. Pero después de estudiar atentamente tu historial y de consultar tus archivos akhásicos tenemos la plena seguridad de que en este momento no te conviene volver a reencarnar.
–¿Lo veis? Sois vosotros los que decidís que no vuelva… ¡No yo!
–No, no lo interpretes mal: nosotros no decidimos que tú no vuelvas. Es realmente tu alma la que ha decidido que en este momento no necesita reencarnarse. Nosotros simplemente te hacemos patente esa decisión tuya. Y te ayudamos a que el proceso discurra adecuadamente.
–¿Cómo que decisión mía…? ¿Y ni como otra persona distinta podría reencarnar?
–Eso habrá que valorarlo más adelante. No hay más que ver el estado mental en el que aún te encuentras para comprender que necesitas pasar por un proceso de reposo.
–¿Cómo que reposo? –preguntó con cierta inquietud Anselmo, pero no consiguió interrumpir el relato del comisario.
–Tu acompañante Calisté te conducirá ahora al Hogar del Espíritu en el que estarás una temporada. Allí te darán más explicaciones, pero para que vayas tranquilo te diremos que te vas a dedicar a explorar tus potencialidades como ser humano desencarnado en tu condición de alma inmortal. Y cuando estés listo y desees volver a encarnar comparecerás de nuevo ante nosotros; entonces decidiremos si te seleccionamos para descender de nuevo. Hasta entonces, si te apetece, te puedes seguir llamando Anselmo. Aunque ya no lo seas.
Sin saber cómo ni cuándo había sido llamada a su presencia, Anselmo observó que Calisté había entrado en el recinto y se había situado ante los cinco comisarios. Les hizo el habitual saludo reverencial llevándose la mano al pecho y después se dirigió junto al hombre apaciguado al que iba a acompañar. «Dictaminado», escuchó que le susurraba aquella bella mujer, sin mover los labios, mientras lo invitaba a caminar a su lado. Reparó por primera vez en el rectángulo bordado en su traje con una inscripción que no entendía: «A-60X47H». Hechizado de nuevo por su hermosura, la siguió de inmediato y abandonó el Comité de Selección de Descensos sin acordarse de despedirse de los comisarios; le habría gustado hacerlo para no dar pie a ser tachado de maleducado cuando volviera a comparecer. Pero todo lo que acertó a hacer fue irse tras Calisté mascullando cómo era posible que mientras estuvo vivo le hubiera sido tan difícil que le concedieran un ascenso y que, sin embargo, después de morir, en el Cielo le pusieran tantas trabas para otorgarle un descenso.
4. El hogar del espíritu
(…) hay una voz interior, si estamos dispuestos a escucharla, que nos dice con toda certeza cuándo adentrarnos en lo desconocido.
Elisabeth Kübler-Ross, La rueda de la vida
Tan embelesado estaba siguiéndola, que Anselmo tuvo que detenerse bruscamente para no chocar contra la espalda de Calisté. Ella lo notó y se volvió despacio; su dulce sonrisa parecía querer decir que no había prisa, que ningún motivo le debía hacer apresurarse. Con un amplio gesto de los brazos, pidió al invitado que mirara a su alrededor desde el altozano en el que se encontraban.
Una inmensa pradera de un pulcro verdor se extendía hasta el horizonte. Sus ligeras oscilaciones añadían matices y sombras al color que tapizaba el paisaje. Diseminados por lugares alejados que parecían equidistantes, Anselmo observó construcciones singulares que reclamaban su atención pero que por su lejanía no podía observar con detalle. Le sorprendió que el cielo, límpido de nubes, fuera de color malva y tuviera en algunas áreas tornasoles que le añadían un punto de extravagancia. La visión inicialmente le causó vértigo, pues le hacía confundir qué estaba arriba y qué debajo en aquel singular escenario.
Una vez superada esa impresión y recolocado su orientación vertical, empezó a advertir que el color verde no era uniforme. Le pareció que aquel suelo no era sólido, sino líquido, a juzgar por su movimiento oscilante, aunque en otros momentos llegaba a parecer gaseoso. Se fijó más y comprobó que desde diversas partes del exterior del paisaje iban llegando olas pausadas y sostenidas que, observadas en conjunto, generaban la impresión de que todo soporte allí era una vibración constante que, a pesar de su aparente inestabilidad, era capaz de sostener sin vaivenes las edificaciones esparcidas ante sus atónitos ojos.
Se fijó aún más y entonces fue cuando vio que había seres que se movían por doquier. Vio elementos, que aún no podía juzgar como seres humanos, que se iban desplazando en hileras por sendas trazadas, y le pareció que aquello era un inmenso hormiguero. Pero también vio elementos dispersos que se mantenían aislados, lejos de los regueros formados; le recordó a las romerías que celebraban los mineros diseminándose por el prado cercano a Aldea Moret y un velo de añoranza le nubló la visión.
Anselmo sintió ganas de bajar. Dio un paso al frente pero notó una presión en el abdomen. Con su brazo, Calisté lo había detenido antes de que se tropezara con un bello bajorrelieve esculpido en una losa de mármol de Carrara que apareció frente a ellos.
–¿Qué es esto? –exclamó el hombre a punto de pisarlo.
–Léelo.
–Dice: «Recuperad toda esperanza abandonada los que aquí entréis». ¿Qué significa?
–¿No lo reconoces? –preguntó Calisté.
–Pues no…
–Claro, es que aún llevas poco tiempo en el Cielo y en la Tierra no has debido de leer La Divina Comedia. –Ante la tácita confirmación manifestada por el silencio de Anselmo, Calisté prosiguió–. El autor de este libro, Dante Alighieri, escribió que al entrar en el Infierno, en compañía del poeta Virgilio, vio unas palabras oscuras escritas en un dintel que decían: «Abandonad toda esperanza, los que entréis». Cuando a Dante le llegó su hora, pero en su vida, no en la ficción literaria, o sea, cuando realizó su tránsito, al llegar al Cielo se quedó extrañado de no haber tenido que cruzar el río Aqueronte ni peregrinar por el Infierno y por el Purgatorio antes de ascender a la gloria del Paraíso. No entraba en sus ideas.
–Bueno, pues me alegro por el tal Dante. ¿Pero eso qué tiene que ver ahora? ¿Qué pasa con este relieve de piedra?
–Dante estaba tan pagado de sí mismo por creer haber compuesto una de las obras más excelsas de la Literatura, que le costó muchos siglos decidirse a abandonar su personalidad última. Pero cuando se le fue desinflando el ego, ya solo tenía sitio en sí mismo para elogiar los portentos que aquí en el Cielo contemplaba, inimaginables hasta entonces para su mente madurada en la Edad Media…
–Ya, pero ¿y el relieve? –interrumpió agitadamente Anselmo.
–Ahí vamos, Anselmo, sin impaciencia... Al mismo tiempo que se fue disolviendo su ego, Dante sintió una sincera contrición, un arrepentimiento profundo, por haber urgido a tantos lectores a abandonar las esperanzas al principio de su libro capital, y como gesto de desagravio se le ocurrió poner otro mensaje que neutralizara ese efecto nocivo. Imaginó un relieve lo más puro y blanco posible a la entrada del Paraíso. En una de sus prospecciones habituales, el Coordenador General detectó ese pensamiento y autorizó la instalación de esto –y señaló hacia la inscripción, que releyó–: «Recuperad toda esperanza abandonada los que aquí entréis». Tiene su lógica: La Divina Comedia pedía que todos los que fueran a penetrar en el Infierno abandonaran toda esperanza y Dante, una vez comprobada la inexactitud de su prolija construcción poética, invita a recuperar esas esperanzas abandonadas. Ha sido su forma de cerrar el círculo y redimirse, perdonándose y reparando el daño causado.
–¿Pero entonces Dante sigue vivo? Quiero decir, ¿sigue siendo Dante? Y otra cosa, ¿entonces esto es el Paraíso?
–Por partes, hermano. –Era la primera vez que Calisté llamaba hermano a Anselmo, y eso lo conturbó inicialmente; veía que no era un tratamiento exclusivo de los miembros del Comité de Selección de Descensos–. A la cuestión de si sigue existiendo Dante, no puedo darte una sola respuesta…
–¿Cómo? –La extrañeza de Anselmo se debía a que aún no se había familiarizado con la multiplicidad de soluciones diversas que simultáneamente puede ofrecer la vida debido a su dimensión cuántica.
–Creo que podrás entenderme –añadió ella mientras miraba en rededor intentando localizar algo–. Hubo un momento en que el alma de Dante decidió dejar de aparecer como Dante y su imagen empezó a diluirse. Pero eso coincidió con el inicio de su creciente popularidad en la Tierra, y al ser tomado como una de las cumbres de la literatura europea fueron más y más los pensamientos sobre Dante que reforzaron su existencia, su pervivencia, su continuidad. Muchos pensamientos simultáneos o yuxtapuestos, aunque sean débiles, si están enfocados en una misma imagen, alcanzan un enorme poder creador. Para que lo entiendas, esta imagen de Dante que pervive en las mentes terrícolas ha sido una poderosa fuerza que se ha opuesto a que el alma de quien fue Dante abandonara del todo esa personalidad fallecida siglos atrás.
Anselmo había escuchado boquiabierto la explicación de su acompañante. Cada vez le resultaba más extraño lo que le estaba sucediendo. Volvió a pensar que estaba soñando. Se palpó de nuevo las ropas y se pellizcó el brazo. Tampoco esta vez sitió dolor. Calisté percibió esos gestos pero los dejó pasar sin hacer ningún comentario pues seguía prestando atención a su entorno buscando algo que parecía invisible.
–¡Aquí está! –dijo finalmente mientras apresaba entre sus dos manos una parte del espacio que los rodeaba. Anselmo se preguntó qué utilidad tendría confinar el aire que respiraban, y entonces es cuando se dio cuenta de que en realidad no había aire que respirar sino una sutil sustancia viscosa que rodeaba por completo su ser y que no solo entraba en sus pulmones, sino en todos sus poros. Anselmo pensó que no tenía sentido pensar lo que estaba pensando…
Calisté se llevó a la frente las dos manos ahuecadas, que parecían conformar en su interior una bola. Cerró los ojos y las mantuvo brevemente en la misma posición. Luego las desplazó hasta situarlas frente al rostro de Anselmo.
–Si quieres ver a Dante, mira aquí –dijo mientras abría las manos y dejaba ver una esfera plateada de textura metálica en la que aparecía la imagen de una persona. Incrédulo, Anselmo fijó la mirada en ese ser que caminaba ignorante de que era observado. Vestía una saya blanca y encima de ella una túnica roja que le llegaba a un palmo del suelo. Arrastraba los escarpines de cuero con aire de pesadumbre mientras clavaba la vista a la distancia de un paso por delante del que iba a dar. Le cubría la cabeza un camauro rojo asentado sobre un pañuelo blanco de fino lino y el conjunto era ceñido por una corona de laurel. El tocado le daba un aire aún más grave a su rostro aguileño, que parecía consumido por las huellas de las arrugas. Pero al instante la imagen pareció sometida a un temblor ligero que hizo que progresivamente fuera perdiendo nitidez, mientras que aquel hombre empezaba a erguirse, desprovisto del peso del turbante. Mientras proseguía esa transformación, aquel ser recibió el choque de una onda cuya procedencia no pudo detectar Anselmo, pero que era uno de esos pensamientos sobre Dante mencionados por Calisté. Automáticamente la sobrecarga de la corona de laurel volvió a encorvar la espalda y a envejecer la cara del lastimoso individuo.
–¿Este es Dante? –Y, sin esperar contestación, prosiguió–. Es como si fuera él y empezara a dejar de serlo, y luego volviera a serlo.
–Así es. Es lo que te he contado. Ahora lo comprendes mejor… Respecto a lo otro que me has preguntado –a Anselmo ya se le había olvidado–, no puedo afirmar que esto sea el Paraíso. Pero, si tú lo quieres llamar así, en realidad puedes hacerlo. Hay quien lo hace… Nosotros preferimos llamarlo el Hogar del Espíritu.
–¡El Hogar del Espíritu! Me gusta cómo suena.
–Y más te va a gustar cuando nos adentremos en él, ya verás.
–¿Y a qué estamos esperando? –Nuevamente era la impaciencia la que preguntaba por boca de Anselmo.
–A que venga nuestro transporte. Todo aquí está demasiado distante. Para recorrer los pabellones vamos a necesitar la ayuda de un orbe.
Antes de que pudiera preguntar qué era un orbe, Anselmo oyó un ligero zumbido que se transformó en pitido agudo, sintió un escalofrío recorriéndole la columna y vio una esfera mayor que ellos, de aspecto iridiscente como una pompa de jabón, que los engulló. Después cerró los ojos y solo percibió silencio, mientras en su mente brotaban vigorosamente recuerdos de su funeral.
5. El funeral de Anselmo Paredes
Aprende a observarte a ti mismo con la tranquilidad de un extraño.
Roberto Assagioli, Psicosíntesis: ser transpersonal
Anselmo Paredes había visto muchas veces los ataúdes de pino casi sin desbastar que solían acompañar hasta la tumba a los mineros fallecidos en Aldea Moret. Había porteado a hombros algunos de ellos, y de esos momentos trágicos conservaba el persistente recuerdo olfativo a resina moribunda y, en sus manos, el tacto áspero entre los nudos de la madera y el temor de que alguna imperceptible astilla, ocultamente, se le clavara bajo las uñas. Pero nunca tuvo una imagen tan nítida de esas cajas alargadas y estrechas hasta que vio la suya, con su propio cadáver dentro.
Al llegar a la casa, los subalternos, obreros y aprendices se quedaban en la calle. Salvo los amigos íntimos, los únicos hombres que se atrevían a traspasar el dintel del dolor para arder en la contemplación del cuerpo insepulto eran el director, los técnicos y algunos administrativos, obligados por razón de su cargo a aparentar que aquella desgracia se debía únicamente a los inescrutables designios de la Providencia; porfiaban en que la Unión Española de Explosivos no podía en modo alguno haberlo evitado, como a su juicio probaba el incuestionable hecho de que ni el mismo Dios hubiese podido impedir que el trabajador muriera electrocutado.
Al principio del velatorio, que duró toda la noche, a Anselmo le habían entrado ganas de gritarles a tantos visitantes que salieran de su casa, que respetaran su paz. Las plañideras y las mujeres de los obreros se turnaban para acompañar a Brígida en una habitación que se convirtió en aún más diminuta por la nutrida concurrencia de personas sentadas alrededor del féretro. El espeso humo de las velas y la congoja flotante en el ambiente a veces dejaban algún resquicio menos denso a través del cual se vislumbraban los rostros de Francisco y Juan José, los dos hijos mayores de Anselmo. Francisco, el primogénito, fijaba su mirada de espanto en algún lugar del vacío mental donde no estaba sucediendo nada de aquello; Juan José, sin embargo, parecía haberse desplazado ya a ese lugar en el que nada existía. A la madre, carbonizada por la desdicha, no le quedaban fuerzas para consolar a ninguno de sus hijos.
Ella había dado orden de que sus dos hijas, Brígida y Montaña, que no superaban los diez años, fueran separadas del dolor de la escena familiar para que en otras casas intentaran dormir, si eran capaces de conciliar el sueño en el ambiente mortal que, como una lluvia de pavesas y lágrimas, encenagaba la Barriada Nueva colándose irremisiblemente por puertas, ventanas y chimeneas.
Durante aquella noche, el alma de Anselmo permaneció absorta en la contemplación de su cuerpo inerte, que se había convertido en el barreno detonante que había resquebrajado desde dentro a su familia. Y, durante las largas horas que eran arrastradas por las estrellas hacia el amanecer, tuvo tiempo de recordar los retazos de su vida que se le desprendían a jirones…
Anselmo se recordó a sí mismo abandonando Coria sin volver la vista atrás y luego el día en el que imprimió las huellas de sus dedos pulgar, índice y medio de la mano derecha sobre el espacio destinado al dactilograma en la ficha de personal de la Unión Española de Explosivos… Y se vio recogiendo al principio de cada jornada, y devolviéndola al finalizar, su chapa de control, fabricada en latón, con el número 62 grabado en el centro… Y volvió a sentir que al final del turno salía aterido del pozo, deseoso de despojarse de la ropa vieja y mojada junto a la misma boca de la mina, en la sala de bombas... Y vio desfilar ante él los rostros de tantos enfermos de silicosis que habían sido enviados por la empresa al hospital de tuberculosos de Valdelatas con la esperanza de que el benefactor aire de la sierra madrileña les hiciera recuperar la salud, o al menos restara estertores a la prolongación de la agonía…
Anselmo revivió su afición por el fútbol, así como el entretenimiento que le procuraban la recolección de espárragos y la caza de conejos entre matorrales y vivares cercanos... Y esa visión del campo colindante con Aldea Moret lo llevó a rememorar las ermitas próximas y vio a las mujeres que portaban las andas el día del festejo anual de Santa Bárbara… Y volvió a deslumbrarse con Brígida, aquella joven de dieciocho años que lo encandiló nada más conocerla, el cuatro de diciembre de 1945, y anduvo de nuevo con ella repitiendo su primer paseo juntos, después de la romería, y luego se vio merodeando en mañanas de domingo junto a la iglesia de Santiago para poder verla entrar a misa…
Volvió a escuchar las músicas simplonas y pegadizas que animaban los concurridos bailes que se celebraban los domingos, el único día de asueto de los mineros, bailes que constituían el ambiente primordial para que los jóvenes trabaran conocimiento entre ellos. Y observó de nuevo que en los extremos del salón se mantenían separados el público femenino y el masculino, y se fijó, ya sin ningún interés, en que cuando una chica era solicitada para bailar, antes de acceder, tenía que pedirle permiso a su vigilante madre, que solo lo concedía si la reputación del aspirante y de su familia no podía arrojar ninguna tacha de inmoralidad…
Y Anselmo oyó de nuevo a su esposa hablar de lo que había dejado a deber en el comercio de Chanclón o de algún artículo recientemente recibido en el economato de los mineros, donde se podía comprar más barato, lo cual originaba largas colas de las mujeres, quienes, para respetarse su turno, dejaban una piedra en el suelo y se marchaban a sus quehaceres domésticos...
Y Anselmo se intentó sacudir otra vez del paladar y del interior de los ojos el polvo que había provocado el derrumbe del edificio del Embarcadero que aquel aciago martes 17 de abril de 1957 había dejado un muerto y veinticuatro heridos graves, y sintió también sus manos agarrotadas de escombros y prisa, y luego tragó un nudo de rabia y frustración cuando tras horas de búsqueda desenterraron el cadáver de un carpintero de treinta y ocho años que nunca más podría volver a abrazar a su viuda y a su hijo huérfano…
Y recordó aquellos días de cobro del salario en la oficina que hacía esquina con la calle Real y cómo inmediatamente, como muchos otros mineros, continuaba por la calle hasta llegar a la iglesia de San Eugenio, y allí le entregaba una parte del dinero ganado con el sudor de su frente al Cura Obrero, el cual acogía y cuidaba de los niños huérfanos de trabajadores muertos en las minas… Y recordó que ese sacerdote había conseguido que a esos seres desvalidos les alcanzaran los alimentos del auxilio social e incluso leche en polvo y queso procedentes de la ayuda norteamericana del Plan Marshall… Y se acordó de que en la escuela los niños se sentaban a la derecha y las niñas a la izquierda y del entusiasmo con el que se entregaban al juego de las tabas…
Y Anselmo recuperó la intranquilidad acuciante de aquel vigoroso vendaval que en 1941 descuajó parte del muelle de carga… Y este pensamiento lo llevó a la lastimosa constatación de que ninguna hierba podía volver a crecer bajo las cenizas de pirita esparcidas en el terreno...
Después de eso, ya nada más se le vino a la memoria. Simplemente se sentía como esas cenizas de un hombre ardido, que impedían que bajo su manto de muerte la vida pudiera abrirse paso otra vez.
6. Los servidores del cielo
Pero aquello que produce efectos dentro de otra realidad también debe ser llamado realidad. Por ello, no siento que tengamos ninguna excusa filosófica para llamar «irreal» al mundo místico o invisible.
William James, Las diversidades de la experiencia religiosa
Un leve zumbido hizo que Anselmo abriera los ojos. El orbe había echado a rodar vertiginosamente por encima de la pradera semilíquida, pero Calisté y el recién llegado permanecían suspendidos y aparentemente inmóviles en el centro de la esfera rodante. Se encaminaban hacia el centro del paisaje que acababan de contemplar desde el lugar elevado que daba acceso al Hogar del Espíritu. Cuando Calisté se dio cuenta de que el regresado había abierto los ojos, con un rápido ademán de los brazos hizo que el orbe redujera gradualmente su velocidad de rotación. El desplazamiento se convirtió en prácticamente insonoro. Entonces ella retomó sus explicaciones.
–Ahora vamos a situarnos en un punto desde el que podamos divisar todo lo que quiero contarte y después nos iremos dirigiendo a los distintos lugares por los que debes pasar.
–¿Por los que debo pasar? –advirtió Anselmo.
–No olvides, hermano, que estás aquí para explorar las potencialidades de tu alma, ahora que estás desencarnado del plano físico. Eso te dijeron en el Comité de Selección de Descensos, ¿recuerdas? Y cuando hayas pasado por todos los lugares que forman parte de este circuito, si sigues queriendo regresar a la Tierra comparecerás de nuevo ante los comisarios, que reevaluarán tu caso.
Las iridiscencias que proyectaba sobre el rostro de Calisté la luz malva que atravesaba la superficie casi transparente del orbe le conferían a su semblante una increíble belleza, más allá de todo lo que Anselmo había podido imaginar estando encarnado. Situado tan cerca de ella, se dio cuenta de que lo sobrepasaba con rotundidad en altura. Todo en su acompañante estaba tan grácilmente proporcionado que contemplarla le causaba casi arrobamiento; por eso le costaba tanto prestar atención a lo que ella decía cuando hablaba. Calisté conocía bien el efecto hipnótico que su apariencia física podía causar en algunas mentes desbordadas por tanta belleza y por eso estaba dispuesta a ser aún más paciente.
–¿Cómo dices…? Perdona, no te he entendido bien…
–No te preocupes, hermano. Iré contándote lo mismo varias veces hasta que lo asimiles –y le guiñó un ojo a su invitado, con complicidad; Anselmo sintió de nuevo que le flaqueaban las rodillas y que se le transmitía un espasmo a los brazos, que tuvo que amarrar, apretando la mandíbula, para no lanzarlos alrededor de la cintura femenina–. Antes de nada, quiero que sepas que me llamo Calisté y que me puedes llamar así porque vamos a estar una temporada juntos. Voy a ser tu acompañante.
–Encantado, Calisté –balbució torpemente Anselmo mientras se acercaba a ella sin saber qué hacer–. Yo soy Anselmo… o no, no sé.
Ella dejó escapar una carcajada que hizo que la pared del orbe se expandiera y que destapó la presión en el pecho de Anselmo, el cual también empezó a reír. Entonces Calisté, sin dejar de mirar bondadosamente a aquel hombre inseguro, se tocó el centro de su pecho y luego alargó el brazo hasta posar su mano derecha con suavidad a la altura del corazón de Anselmo. Él también colocó su mano derecha a la altura del corazón de ella, guiado por la mano libre de su acompañante, que esta dejó reposando sobre la de Anselmo. Inmediatamente a él le rodaron unas dulces lágrimas, fruto de esa inesperada experiencia de hospitalidad y afecto que durante unos segundos le hizo perder la noción de lo que lo rodeaba. Tardó en volver a hablar.
–¿Y dices que vas a ser mi acompañante, Calisté?
–Sí, si te parece bien.
–P0r supuesto, por supuesto –asintió él con la cabeza varias veces, en señal no ya de aprobación, sino de indisimulable entusiasmo. Al retirar la mano volvió a ver la extraña inscripción y la pregunta le brotó sin censura–. ¿Y qué es esto que tienes aquí? ¿Significa algo?
–Por supuesto –aseguró ella, con una media sonrisa, mientras con el dedo índice de su mano derecha perfilaba el recuadro del bordado–. Es mi código y es algo personal que me identifica en este lugar. Verás, hermano, cada vez que llega alguien nuevo al Cielo se le asigna una persona que, por decir algo, es más veterana aquí. Aquí nos llamamos como te he dicho, acompañantes, porque este es el título que nos dan después de formarnos. ¿Ves la letra a? –La señaló con el mismo dedo–. Eso significa que soy acompañante. Nuestra misión es enseñaros a los recién llegados cómo está organizado el Cielo y cómo podéis explorar las potencialidades de vuestra alma. Pero espera, vamos a salir del orbe.
Calisté pareció concentrarse y cerró lentamente los ojos. A medida que sus párpados se juntaban, el orbe iba desapareciendo paulatinamente. En su rostro se dibujó una sonrisa que el viajero interpretó como una muestra de agradecimiento por el transporte. A continuación abrió los ojos y, sin perder la lozanía de su sonrisa, continuó la conversación.
–Mira, desde aquí podemos ver bien todo lo que ahora quiero mostrarte, aunque sea de lejos. ¿Ves aquel edificio de la derecha –y alargó el brazo por encima del hombro derecho de Anselmo, que se giró– que tiene hileras blancas y negras? Es el Pabellón de los Acompañantes. Allí me formé yo.
–¡Ah! –exclamó Anselmo con admiración por la inusual arquitectura del pabellón y por ser la sede en la que se había formado su cicerone.
Así prosiguió Calisté, señalando con su brazo, empezando por la izquierda del paisaje, hacia distintos lugares en los que se ubicaban los restantes pabellones, que fue nombrando: de los Sembradores, de los Tejedores, de los Sustentadores, de los Visionarios, de los Emisarios y de los Carmenadores. Anselmo los observaba con interés intentando captar alguna singularidad de cada uno, a pesar de la distancia. Ninguna construcción se parecía a las demás.
–Vas a pasar por todos ellos –añadió Calisté–. Solo así podrás conocer las potencialidades de tu alma en este momento, y, solo cuando conozcas de lo que eres capaz sin necesidad de retornar a la Tierra, podrás decidir si quieres volver a reencarnar o no. ¿Lo comprendes?
–Creo que sí, Calisté –respondió él, sin mucha convicción–. ¿Pero tú me acompañarás?
–Claro. ¿No te he dicho que soy tu acompañante mientras estés aquí? Y yo, como todos mis compañeros del Cielo, soy una servidora.
A Anselmo se le difuminó de repente todo su contumaz interés por reencarnar. Tal vez ofrecía mejor futuro una larga temporada dejándose acompañar por aquella beldad. No se daba cuenta de que de forma natural Calisté captaba telepáticamente sus pensamientos.
–Hermano, cuando termine nuestro periplo por los siete pabellones dejaré de acompañarte y tendrás que decidir qué quieres hacer. Y a mí me asignarán otra alma que acabe de ingresar aquí. Entonces nos despediremos.
Anselmo, sonrojado, sintió que de nuevo se le cargaban las espaldas, ya no con el peso de la obsesión por reencarnar, sino con el peso y la amargura de una extraña cuenta atrás. No sabía cuál sería su decisión última después de visitar todos los pabellones, pero sí había decidido que mientras durara ese viaje disfrutaría al máximo de la gozosa presencia de Calisté.
7. El pabellón de los sembradores
De buena simiente, fruto excelente.
Refrán español
Habían recurrido de nuevo al orbe para desplazarse al primero de los pabellones. Después de que se difuminara la pared translúcida del vehículo, Anselmo observó un extenso bosque con distintos matices de verde que por momentos parecía camuflarse en el color que tapizaba todo.
–Son pinos de distintas clases, e incluso algún cedro del Himalaya –puntualizó Calisté, tras captar el pensamiento de Anselmo. Él se quedó absorto contemplando las bandadas de aves que sobrevolaban la formación boscosa.
Según se iban acercando, ante sus ojos se fueron perfilando nuevos detalles: las extensiones de terrenos arados junto al pinar, dispuestos como antemurallas vegetales; las hortalizas espontáneas que manchaban de colores inusuales la tierra en la que crecían; las parras que ofrecían a los insectos y pajarillos sus frutos redondos, revestidos de colores entre verde y grana… Pero lo que más sorprendió a Anselmo fue descubrir un león salvaje en uno de los extremos del perímetro del bosque. Calisté lo calmó:
–Hay cuatro leones en total, uno por cada esquina. No te asustes. Solo están para proteger el lugar, no atacan.
Un intenso olor a resina saturó pronto el olfato del visitante, sorprendido de que al internarse en la espesura del bosque se hubiera adueñado de su oído el constante intercambio sonoro de trinos y rugidos de animales salvajes. Calisté lo miró y sonrió para infundirle tranquilidad. Lo consiguió a medias porque Anselmo siguió recorriendo con inquietud el sendero bordeado de helechos que conducía a un calvero. Dedujo que habían llegado al objetivo.
Una inmensa construcción de tablones ondulados apareció ante sus ojos. Aunque mostraba dos plantas, su altura total no resultaba excesiva. Un porche y un voladizo anclado en columnas espirales de madera asentadas en robustos basamentos de granito ampliaban el aspecto de la primera planta. Había gente sentada alrededor de algunas mesas redondas colocadas en el exterior; mostraban aspecto de campesinos. Calisté y Anselmo empezaron a rodear el edificio recorriéndolo hacia la derecha hasta que dieron con la entrada principal. Sus dos peldaños estaban flanqueados por jardineras rebosantes de vistosos pétalos, multicolores atracciones para la infinidad de insectos que se entregaban a recoger sin descanso la ofenda alimenticia de las flores.
Cuando iban a ascender la breve escalinata, ante ellos surgió repentinamente la figura de una mujer avejentada cuyas arrugas desvelaban las largas horas que su piel habría pasado horneándose al sol. Tras una breve inclinación de cabeza se quitó el gorro de paja que le sombreaba los ojos y se dirigió sin titubeos al visitante.
–Sin duda esperabas otra cosa, a juzgar por tu cara –Anselmo mostró extrañeza, y se detuvo–. ¿Acaso te parecen poca cosa estas flores?
–¿Las flores? –Anselmo las miró con más atención, aunque sin ocultar la contrariedad que le había causado la aspereza del recibimiento–. No, no me parecen poca cosa, aunque…
–¿Aunque qué…? –replicó la guardiana.
–Aunque no me parecen nada del otro mundo.
–¡Del otro mundo, dice el muchacho! ¡Qué gracia! –Calisté y la anciana no pudieron evitar sonreír, lo cual desconcertó aún más a Anselmo–. Bienvenida de nuevo, A60X47H.
Anselmo se giró hacia su acompañante, y volvió a ver la inscripción bordada en su traje que mostraba ese código, mientras se extrañaba del modo tan impersonal con el que se saludaban en el Cielo.
–Recuerda que puedes llamarme Calisté, por favor –replicó ella al punto, como si hubiera advertido el pensamiento de él–. Y ya que estamos, te presento a mi acompañado: se llama Anselmo y viene de la Tierra.
Él sintió el impulso de descubrirse respetuosamente la cabeza, pero nada la cubría; luego sintió el impulso de avanzar al encuentro de la interpelada, pero sus piernas no se movieron ni un solo paso; finalmente, sintió el impulso de hablar para corresponder a su acompañante, pero su boca no logró articular ningún sonido. Lo único que consiguió fue que la joven y la anciana percibieran sus azarosos pensamientos, erráticos como el vuelo de los insectos que sin descanso zumbaban alrededor.
–Pues, ya que estamos de presentaciones, me presento yo también. Mi nombre es Cibeles y soy la guardiana de este pabellón –le dijo la mujer al visitante y luego volteó la cara hacia el dintel de la puerta principal señalando con su mano encallecida el rótulo pirograbado: SE–, el Pabellón de los Sembradores.
A Anselmo le sorprendió más la denominación de la inmensa nave que el nombre de la mujer; no recordaba conocer nada de mitología ni de panteones divinos. Observó el letrero y durante unos segundos permaneció impasible admirando la suave curvatura de las letras, que no contenían ningún trazo recto, tal vez por guardar similitud con la inusual y sinuosa construcción a la que identificaban.
–¿Y cómo has dejado la Tierra? ¿Está bien? –quiso saber Cibeles.
–Sí. Supongo. –Y, al responder, Anselmo por primera vez fue consciente de que nunca hasta entonces había reparado en que había estado habitando un planeta que no era solo una superficie inanimada, sino que también podía ser un ser vivo necesitado de cuidados y de afectos; la reflexión lo turbó, porque una ráfaga de culpabilidad le silbó como un cortante puñal helado junto al sobrecogido corazón. Había pasado años pisándola, sin desprecio pero sin darse cuenta del sustento que le procuraba; años desentrañándole vetas de fosforita sin entusiasmo, sin darse cuenta del valor de la ganga que desechaba en el vertedero; años rindiendo culto a las tumbas excavadas en ella sin veneración, sin darse cuenta de que el auténtico santuario quedaba aún más profundo que los despojos orgánicos de sus ancestros.
–Soy una apasionada de la Tierra, lo confieso –el tono de voz de Cibeles resultaba creíble y veraz–. Es mi debilidad. A veces me escapo y bajo a ver cómo van las cosas por allá. Aunque tengo a los elementales de la naturaleza haciendo una buena labor, me gusta volver para ver cómo sigue lo que yo contribuí a poner en marcha. No es por soberbia pero quiero que sepáis que me esforcé sin límite en domesticar a esas fuerzas naturales que eran tan necesarias para crear un soporte a la vida humana. El entorno inicial era demasiado hostil, y aunque el tiempo fue limando las asperezas de lo inhóspito, tuvimos que aplicar inteligencia superior para acelerar el proceso de habitabilidad del planeta. Si en su momento no hubiéramos sido encomendadas a esa tarea, la evolución del globo terráqueo habría sido demasiado lenta y quién sabe si del todo adecuada para el plan concebido de albergar vida humana inteligente.
–¿Cómo que el «plan concebido»? ¿A qué te refieres? –exclamó extrañado Anselmo, que ante el silencio de Cibeles clavó sus ojos en Calisté.
–Anselmo –dijo la acompañante–, creo que tal vez resulta temprana tu pregunta y puede que a Cibeles le apetezca mostrarte el interior del pabellón.
La guardiana asintió en silencio y empezó a alejarse seguida por Calisté. El visitante aceptó la falta de respuesta a su pregunta y se conformó con escoltar a la silente interpelada y a su acompañante. Se detuvieron ante una larga jardinera, también repleta de flores, colocada en paralelo frente a la puerta principal del pabellón. Allí los insectos habían hallado otra fértil base de operaciones.
–No me has aclarado lo de las flores –dijo Cibeles tras detenerse en seco y volverse impacientemente hacia Anselmo–. ¿Entonces de verdad no te parecen poca cosa?
–No, claro que no –respondió él, sintiéndose un punto violentado por la aparente irritación de la guardiana–. Pero no sé qué más decir…
Cibeles se dio cuenta de que estaba incomodando en exceso a su invitado y le pidió disculpas, alegando que su pasión por la Naturaleza la había convertido en un ser demasiado impulsivo que no se paraba a calibrar cómo encajarían los demás sus actos y opiniones. Ella era la diosa que gobernaba los cambios en la Naturaleza, pero no siempre estaba a la altura de las relaciones humanas.
–Disculpa, Anselmo, me pongo un poco intransigente a veces cuando me domina la pasión… En realidad no estoy muy acostumbrada a tratar con humanos. Más bien me paso la vida relacionándome con seres vivos de eso que en la Tierra consideráis escalones menos evolucionados dentro de la pirámide de las especies. Me sigue haciendo mucha gracia que habléis de reino mineral, reino vegetal y reino animal, supongo que para colocaros encima de todos ellos a vosotros como superespecie y así sentiros más importantes para regir tres reinos distintos. Estáis equivocados, sin duda, porque regir, lo que se dice regir, no regís nada: la Naturaleza es la que os rige a vosotros. Aunque, claro, es verdad que a veces se os olvida y vivís en el espejismo de que podéis controlarla y dominarla… No digo que no la podáis transformar, como de hecho estáis haciendo y aún más lo vais a hacer en los próximos años, no… Lo que quiero decir es que si tenéis esa falsa ilusión de que domináis a la Naturaleza no es porque la Naturaleza se deje dominar, sino más bien porque ella os permite ensayar los supuestos que queréis experimentar, porque, en su humildad, os deja que os engañéis.
La cara de Anselmo mostraba cierta incomprensión, no solo por el contenido de lo que Cibeles le estaba espetando, sino por la motivación que la llevaba a hablarle así. Ella se dio cuenta y prefirió modificar su discurso.
–Ya veo que tampoco tú me entiendes… Estoy acostumbrada. A veces pienso que los únicos que realmente me comprenden son los elementales, ¡y eso que tanto ellos como yo nos desvivimos por satisfacer vuestras necesidades básicas! Pero creo que va a ser mejor que me calle y os deje en manos de alguien más preparado para conversar con humanos… Acompañadme, por favor.
Los tres traspasaron al mismo tiempo el umbral del pabellón. El portón corredero estaba escamoteado dentro de uno de los muros, de modo que el vano de unos diez metros de anchura quedaba abierto de par en par. La repentina penumbra del interior de la sala sorprendió a Anselmo. Una vez se hubieron dilatado lo suficiente, deseosas de captar detalles antes imperceptibles, sus pupilas empezaron a distinguir las diversas figuras que se movían dentro de aquel recinto. El espacio interior rectangular aparecía dividido en cuatro sectores panelados con mamparas grises de material indefinido. De repente oyeron a sus espaldas una recia voz masculina.
–Bienvenidos al pabellón. Soy Empédocles y me ofrezco a guiaros.
Calisté dirigió su mano derecha hacia el pecho de aquel hombre, que estaba ataviado con una larga túnica dorada recogida parcialmente sobre su antebrazo derecho.
–Gracias por tu atención –le dijo ella, y después retiró la mano hasta hacerla descansar junto a su costado. Anselmo permaneció callado y expectante.
–Seguidme si os place –indicó Empédocles, que con una extraordinaria vitalidad impropia de la edad que delataba su semblante nonagenario iba sorteando con rapidez pilas de troncos, cajas entreabiertas, montones de minerales, recipientes rebosantes de líquidos y otros materiales de difícil identificación–. Permitidme que os explique brevemente qué hacemos en este pabellón. –Se detuvo bruscamente; se giró y esperó unos segundos hasta que se pudieron colocar de nuevo junto a él Calisté y Anselmo, que iba jadeante e inquieto. Entonces prosiguió su presentación–. Cibeles me ha pedido que os lo cuente yo… En fin, es lógico, yo estoy más acostumbrado a hablar en público. ¿Cómo no había de estarlo si llevo veinticinco siglos practicando desde aquellos remotos tiempos de mi natal Agrigento…? Pero no nos desviemos con historias que sé que no te interesan, Anselmo, y vayamos a la raíz del problema... ¡La raíz! ¡Eso es! ¿Pero por qué a la raíz? Porque la raíz es el principio de todo. ¿No es acaso el principio del más portentoso árbol que hayáis podido ver jamás en vuestra vida?
Empédocles ahuecó la voz y ralentizó su dicción mientras alzaba los brazos y miraba de hito en hito mostrándose así como el gran amante del teatro griego que era. Sabiendo capturada la atención de sus oyentes, prosiguió:
–Mi mano, que veis aquí –la elevó sobre su cabeza mientras lo decía–, el agua de la lluvia, una flor que veis allá, la mariposa que aletea sobre ella…, todo en la vida está formado por cuatro posibles raíces, o por cuatro elementos, como le gusta denominarlos a ese jovencito llamado Aristóteles... ¿Sabéis cuáles son esas cuatro únicas raíces de todo lo que existe? –Y sin aguardar ninguna contestación prosiguió–. Tú no contestes, Calisté, que ya te lo sabes de sobra: ¡la tierra, el agua, el fuego y el aire! No hay más. Dependiendo de la proporción en la que se mezclen entre sí, se genera un ser u otro. ¿Alguna pregunta?
Anselmo se miró las manos y por un instante volvió a creerse vivo. Pero, al recordar cómo los comisarios le habían demostrado que ya había muerto, se dio cuenta de que la explicación que estaba oyendo de Empédocles no satisfacía plenamente sus dudas. Por eso se atrevió a preguntar:
–Pero no entiendo bien. ¿Cómo no va a haber más que esas cuatro cosas? Yo veo más. ¿Y qué pasa cuando un cuerpo muere? ¿Qué pasa cuando un barreno revienta una veta en la mina? ¿Qué pasa cuando se muele un mineral y se convierte en polvo? ¿Y qué pasa con el agua que sacamos del pozo minero y que fuera, en la piscina, se evapora?
–Muy bien –el filósofo pareció satisfecho por haber sembrado la curiosidad en el visitante–, todo eso se explica porque, además de esas cuatro raíces que conforman todo, hay dos poderosísimas fuerzas que permiten la combinación entre sí de tales raíces. Esas fuerzas son el amor y el odio. El amor une mientras que el odio separa. Según actúen esas dos fuerzas y la proporción de los elementos que entren en juego, una sustancia se va transformando en otra. Aunque en realidad lo único que cambia es su apariencia exterior, ya que esas raíces interiores que la conforman permanecen inalteradas. Así se resuelve la paradoja de que todo cambie para nuestros sentidos, mientras que en realidad nada cambia, pues sus raíces permanecen siendo siempre las mismas, sin modificación.
Cibeles pasó junto al grupo y no disimuló su cara de disgusto. Le dirigió una recriminación a Empédocles:
–¿Otra vez contando batallitas? Basta con que les muestres el pabellón. No hace falta que les expongas toda tu filosofía…
–Claro, claro, ¡qué fácil es decir eso porque no eres filósofa sino únicamente diosa! Pretender pedirle a un filósofo que no aproveche cada aliento para compartir sus dudas y hallazgos con los demás es como esperar que una abeja melífera se abstenga de libar el néctar de una flor sobre la que está posada –replicó Empédocles mientras Cibeles se alejaba de ellos. Cuando estaba tan lejos como para no escucharlo prosiguió, dirigiéndose a Anselmo y Calisté–. Hablando de flores, ¿os ha hablado Cibeles de las flores de la entrada?
–Algo ha dicho –reconoció Anselmo.
–No me extraña –continuó el filósofo–, es su tema preferido. Lo hace con todas las visitas. Pero no nos desviemos con historias que no te importan, Anselmo, y vayamos a la raíz del problema… Mira, en muchas cosas coincido plenamente con Cibeles. Pero sigamos andando mientras hablamos. –El grupo empezó a moverse lentamente, en la dirección y con las pausas que iba marcando Empédocles–. Para que salga una sola flor en un parterre a lo mejor han tenido que caer en ese terreno cientos de semillas, y lo habrán regado miles de gotas de agua, y quién sabe cuántos millones de rayos de sol han tenido que bañarlo... La Naturaleza produce su magia a base de perseverancia y paciencia. Puede que en el momento en el que se produce un resultado este parezca instantáneo, pero ten por seguro que obedece a un lento proceso en el que el ojo humano no suele reparar. Para que pueda aparecer un único ejemplar de una especie en la Tierra o en cualquier otro planeta antes hay que haber creado las condiciones ideales. Una tarea ardua… Es como si hubiera que asegurar la fertilidad de un medio antes de implantar en él lo que se quiere que arraigue y crezca.
–¿Y todo eso se hace en este lugar? –preguntó Anselmo.
–En parte sí, pero solo en parte –contestó Empédocles–, porque en realidad en este pabellón nos dedicamos a formar a quienes luego sembrarán. «Pabellón de los Sembradores», ¿recuerdas?
–¿Los que plantan las semillas de las flores? –pidió aclaración el visitante.
–¡No solo eso, hombre! –respondió el filósofo en medio de una carcajada contenida–. Los sembradores que aquí se forman son los encargados de crear las condiciones necesarias para que arraiguen los procesos vitales de la Naturaleza. La acidez de un determinado manantial de agua puede ser modificada de modo que sus filtraciones entre las rocas generen un lago subterráneo que permita la instalación de una determinada colonia de bacterias extremófilas. O pueden provocar unas erupciones magmáticas que modifiquen la orografía del lecho marino y encaucen de un determinado modo un flujo de agua más cálida que bañe las costas de un continente alejado para aumentar su biodiversidad. O permitir el crecimiento de pantallas vegetales que moderen el rigor de los vientos costeros. O estimular fallas tectónicas que permitan liberar controladamente la presión interna del planeta para no afectar a las poblaciones de la superficie. O favorecer la proliferación de determinadas plantaciones silvestres que puedan asegurar la supervivencia de alguna especie herbívora dependiente de aquellas plantas. El catálogo de posibles actuaciones es inagotable…
–¿En serio? ¿Todo eso hacéis? –la cara de Anselmo no podía ocultar su asombro.
–Bueno, al menos está en nuestra carta de servicios –aseguró el filósofo con un intencionado guiño–. Pero nada de eso se hace aquí, sino luego en los lugares de operaciones, sobre el terreno. Aquí solo se forma al personal que tendrá que actuar, a los sembradores.
–¡Pues vaya un papel importante! –exclamó Anselmo.
–Cierto que lo es, pero no lo exageres. No creas que todo sale siempre bien a la primera. Ya digo que para un sembrador son fundamentales la paciencia y la perseverancia pero también la confianza en que los procesos acabarán dando su fruto. Como suele decirse, no siempre el sembrador ve su cosecha. Puede que se pase toda una vida intentando implantar unas determinadas condiciones favorables para que suceda algo y eso no termine sucediendo, o incluso puede que suceda pero tan tarde ya que no lo llegue a conocer. ¿Ha sido entonces inútil su siembra? ¿Qué opinas, Anselmo?
Anselmo sintió crecer su admiración por los sembradores, esos seres que podían dedicar toda una vida a desear que sucediera algo concreto, a hacer todo lo posible para que sucediera aun sin acabar viéndolo. Se imaginó a sí mismo bajando con el carburo a la mina, con su ardiente esperanza de encontrar la más importante veta de fosforita jamás explotada en Aldea Moret, picando y picando, profundizando y profundizando en la galería, pero sin acabar de hacer aflorar el ansiado mineral. Y así un día tras otro con la misma esperanza. Y con la misma paciente perseverancia. No, no era fácil ser un buen sembrador. Dejó escapar su considerado respeto:
–¡Menuda tareíta la de los sembradores! ¡Y más si no llegan a ver los resultados de su trabajo! ¡Me quito el sombrero! ¿Y todos ellos hacen lo mismo o se especializan en algo concreto?
Empédocles miró a Calisté para saber si aquel era el primer pabellón que visitaba Anselmo. Comprendiendo la respuesta, sacó al regresado de sus dudas:
–Como no has ido antes a ningún pabellón, todavía no te han informado. Bien, lo hago yo ahora porque esto sirve para los siete pabellones. La instrucción que aquí se recibe no es siempre la misma. No podría serlo porque el proceso con el que alguien aprende también enriquece las capacidades y hasta el contenido de quien enseña. Digamos que el enseñante aprende a impartir una enseñanza en la medida en que hay alguien que aprende a recibirla. Y esto es un proceso dinámico que no tiene final sino que crece y se perfecciona. Sin fin. Como además aquí la enseñanza es individualizada, atendiendo a las necesidades e inquietudes del educando, podrás comprender que no salen igual de formadas dos almas. Con mayor motivo, nunca una promoción podrá ser igual a otra. Pero además ni siquiera se puede afirmar que haya «promociones» de modo ordinario. Eso sí, cada uno de los sembradores que sale de aquí se va con la seguridad de que ha tenido la mejor formación posible y que es la mejor porque es la que ha merecido recibir.
Mientras Anselmo escuchaba la disquisición del filósofo, se dejó llevar por el recuerdo de aquellas cartillas de palotes que había conocido en la escuela de Coria, siempre las mismas para todos los pupilos, que volvían a utilizarse al año siguiente, y también al posterior, y le dio cierto reparo sentir lo anticuado que estaba el sistema educativo en el que había aprendido los rudimentos de la escritura.
–Además, los sembradores se van formando atendiendo también a los objetivos globales que se pretenden obtener. Por ejemplo, al acabar la fase de «vida desnuda» de los astros… Perdón, para que puedas entender mi discurso antes tendré que explicarte ese término. Verás, la finalidad de todo astro es contribuir a albergar vida consciente, aunque también la podrías llamar vida inteligente o superior. Da igual. Eso se puede lograr bien permitiendo que la vida inteligente se asiente en ese astro, bien creando relaciones y equilibrios macrocósmicos para que en otro astro vinculado se produzca esa implantación. Esto último, por ejemplo, es el papel que cumple vuestra Luna… Pero no me quiero desviar del tema, que además no es mi especialidad. Volvamos a la raíz del problema… Aquí llamamos fase desnuda a ese primer periodo temporal en el que en un astro se están creando las condiciones físicas pertinentes para que pueda llegar a albergar vida consciente en su superficie o en su interior. A partir de ese momento, a la nueva fase la llamamos «vida hospitalaria».
–¡Qué sugerente!
–Pues bien, como te iba diciendo, al acabar la fase desnuda de los astros y empezar la hospitalaria es muy importante redoblar esfuerzos de todo tipo para que se mantenga esa hospitalidad, para que los procesos de la Naturaleza se decanten a favor de la opción que mejor garantice que arraigue esa consciencia o inteligencia de la que te hablaba. Y siempre pasa igual. También era así antes de que llegara yo aquí. Pues bien, en esos momentos de transición tan delicados para un astro surgen de este pabellón sembradores especiales, servidores muy singulares que se caracterizan porque se han adiestrado con la idea específica de realizar determinadas tareas que en ese momento requiere el astro. En el caso de la Tierra, así surgió la necesidad de formar una promoción de Elementales de la Naturaleza, que es ese cuerpo del que está tan orgullosa Cibeles. Son seres inasequibles al desaliento. No pueden desanimarse, no está en su configuración. Dedican toda su energía, sin descanso, a apoyar los procesos de conquista del ser humano sobre el planeta y actúan a modo de mecanismo intercomunicador entre las Potencias Supremas y la materia más densa del astro traduciendo a impulsos materiales los afanes espirituales. No sé si me entiendes…
Anselmo se sintió desbordado por tanta información. Y aún más por la conmoción que le provocaba. Ya se encontraba sin fuerzas para lanzar nuevas preguntas, de modo que optó por silenciar sus dudas, conservando así la energía no consumida en expresarlas. Siguió recorriendo el pabellón. Primero cabizbajo y después alzando poco a poco la mirada.
Súbitamente se le vino a la mente el recuerdo de un día en el que pudo haber muerto, enterrado en la galería. En ese momento estaba solo, agotado por las horas que llevaba picando la roca. Su extenuación le hizo espaciar cada vez más las comprobaciones de la jaula del jilguero. Todos los picadores bajaban a la mina con algún pajarillo enjaulado, porque si dejaba de cantar o de moverse era un anuncio de una fuga de grisú o de algún otro gas que podía resultar letal para los obreros. Ese día Anselmo no se dio cuenta de que el jilguero se había desplomado. Pero sintió un súbito soplo de viento que le hizo girar la cara y entonces se percató de la situación. Corrió hasta el final de la galería a tiempo de evitar el hundimiento de la entibación del tramo en el que había estado trabajando, causado por una deflagración de gas. «¡Por los pelos…!», había dicho siempre cuando se refería al percance, dando gracias por la suerte que tuvo para librar el accidente. Pero ahora se daba cuenta de que la intensa corriente de aire que aquel día notó en la cara había sido propiciada por Elementales de la Naturaleza que intentaban advertirlo del peligro. El minero empezó a tambalearse asustado. Necesitaba una tregua.
–Lo siento, tengo que salir a tomar el aire –dijo atropelladamente mientras se llevaba una mano a la boca y buscaba con premura la salida del pabellón. Pero lo que no pudo evitar fue convertir el hermoso parterre donde antes zumbaban las diligentes abejas en un silencioso terreno arruinado por su vómito.
8. Quien siembre vientos…
Todo el mundo aprende y acepta exactamente lo que tiene que comprender, y exactamente cuando toca.
Gary R. Renard, La desaparición del universo
¿Estás bien? –preguntó Calisté cuando llegó a la altura de Anselmo, que estaba aún abatido, agarrándose con fuerza las rodillas en un intento de hacer cesar su temblor–. ¡Pobre, cómo te han afectado los elementos!
Esforzándose en recuperarse de la súbita debilidad que había desmoronado su cuerpo, el hombre consiguió erguir de nuevo el tronco y miró a su acompañante, aunque no llegó a verla nítidamente hasta que las lágrimas afloradas a sus ojos dejaron de agriarle la visión. Articuló dos escuetas palabras que le intensificaron en la boca el sabor acre del vómito.
–Sí…, creo.
–¡Oh, te ruego que me disculpes, no he estado atenta…! ¡Ay, cuando se entere la supervisora…! Menos mal que parece que ya te está volviendo el color a la cara. Pero ven, vamos a sentarnos en aquel banco.
Con gran delicadeza, Calisté tomó de los brazos a Anselmo y lo condujo suavemente hacia un banco de madera que no distaba de ellos más de veinte pasos. El fuste del árbol había sido aserrado longitudinalmente para formar tanto el asiento como el respaldo. Pero como en ambas superficies imperaban las curvas, al igual que sucedía en el propio Pabellón de los Sembradores, tuvieron que decidir en qué parte del banco era más cómodo sentarse. Finalmente se acomodaron en el extremo que quedaba bajo la sombra de una espesa enredadera que delimitaba el recinto.
–Ya se me ha pasado –la voz de Anselmo sonaba cada vez más vigorosa–, en serio. No sé qué me ha ocurrido. Casi ni he notado que me fuera a poner así…
–Sucede a veces –le aclaró Calisté–. En el interior del pabellón se mueven fuerzas muy, muy potentes. Más de lo que parece. Tú no te has dado cuenta de ello y yo he descuidado la precaución que debía haber tenido contigo, como con cualquier recién llegado. ¡Ya verás la supervisora…!
–¿Supervisora? –preguntó con extrañeza el hombre mientras miraba alrededor sintiendo que eran observados–. ¿Quién es? Ya te he oído nombrarla antes.
Ella torció el gesto en un mohín de contrariedad y mirando a la tierra arenosa, en la que agitadamente su pie derecho estaba dibujando rayas sin sentido, aceptó que debía explicarse.
–Verás, Anselmo, aunque yo soy tu acompañante, la cosa no acaba aquí. Digamos que a mí también me acompañan. No, no sigas buscando alrededor, que no vas a ver a nadie por aquí. Quiero decir que hay quien se dedica a comprobar que hago bien mi trabajo. Me supervisan. Es lo normal aquí.
Anselmo pensó que no era tan raro aceptar lo que estaba escuchando: también en las minas el oficial supervisaba a los peones, el ayudante de dirección supervisaba a los oficiales, y finalmente el director de la explotación era el responsable de que el ayudante de dirección funcionase correctamente. Por eso quiso quitar hierro a la aparente preocupación de Calisté.
–¡Ah, vamos, no te preocupes! Es normal que alguien quiera asegurarse de que haces bien tu trabajo. ¿Pero tan grave es lo que has hecho? A mí no me lo parece. ¡Si no ha pasado nada! No creo que haya ningún motivo para que te despidan.
–¿Despedirme? –A juzgar por su franca sonrisa, a Calisté le pareció muy graciosa la ocurrencia–. ¡Pero si aquí no hay despidos!
–¿Ah, no? Pues entonces, ¡miel sobre hojuelas! No sé de qué te preocupas…
–Aquí, cuando las supervisoras detectan que algo no va bien en un acompañamiento, lo que hacen es asignar una controladora para que vaya registrando y luego valorando todo lo que sucede entre el acompañante y la persona acompañada.
–¿Pero no se ven? –Anselmo insistió en escudriñar los alrededores.
–No, no te canses, que no las vas a ver.
–¿Y entonces cómo sabes que alguien te controla?
–Pues porque luego me llaman a una evaluación.
–¿Y te han llamado alguna vez? –quiso saber él.
–No, afortunadamente no… Aún –precisó, cabizbaja.
–Ya… Será por eso por lo que tienes tanto miedo. ¿Pero no dices que aquí no te pueden echar del trabajo?
–Así es, Anselmo. En el Cielo no se despide a nadie. Es uno mismo el que llegado el caso se despide. Lo que pasa cuando te llaman a una evaluación es que vuelves a vivir el hecho sucedido, no como si estuvieras viendo una película, sino de nuevo dentro de la situación…
–Sí, eso me resulta conocido –interrumpió Anselmo, recordando cómo había visto desfilar ante sus ojos toda su vida durante la comparecencia ante el Comité de Selección de Descensos o cómo acababa de verse huyendo de la muerte por una oscura galería minera–. Perdona, que te he cortado. Sigue.
–No pasa nada… Y al vivirlo de nuevo ves dónde podrías haberlo hecho mejor o en qué te has equivocado. Entonces, con ayuda de la controladora ensayas una nueva forma de hacerlo. Todo esto lo estará observando la supervisora, que valorará si es suficiente con lo que ahí hayas aprendido o necesitas pasar por otro periodo de formación o reciclaje en tu pabellón.
–Pero entonces no te despiden…
–¡Hay que ver qué pesados volvéis de la Tierra, lo que os cuesta comprender! –dijo Calisté en un tono divertido que dibujó una sonrisa en el hombre–. No, solo si un acompañante cree que ya no puede desempeñar bien su tarea decide abandonarla y dedicarse a otra cosa. Pero no porque se lo diga o imponga nadie.
–¿Y eso de la evaluación –Anselmo estaba muy interesado en conocer más detalles– es exclusivo de los acompañantes o también se da, por ejemplo, en los sembradores?
–Pues claro que se da. Esto no es exclusivo de mi pabellón. Toda la gente que trabaja en el Cielo tiene que rendir cuentas de lo que hace y si es necesario demostrar que intenta hacerlo lo mejor posible. Ten en cuenta que aquí el sistema se basa en que todos los eslabones de la cadena funcionen correctamente. Cuando uno flaquea no lo machacamos y debilitamos, sino que hacemos lo que podemos por fortalecerlo.
–¡Justo, justo lo contrario de lo que hacemos en la Tierra! –apostilló con un velo de pesar Anselmo.
–Que hacías, Anselmo, que hacías… –puntualizó Calisté compasiva–. Ahora estás en el Cielo, aunque parece que aún no te has acostumbrado.
–Eso parece. ¿Será por eso por lo que he vomitado?
Ella rio con fuerza haciendo bascular el cuerpo adelante y atrás mientras intentaba refrenarse para no dar la impresión de burlarse de quien había formulado la pregunta. Tardó en poder hablar de nuevo.
–¡No, hombre, no! ¡Qué cosas tienes, qué gracioso eres…! Perdona que me ría así, es que me ha hecho mucha gracia tu ocurrencia. No, verás, no has vomitado porque no estés acostumbrado al Cielo sino porque te han afectado demasiado las fuerzas de los elementos. Ya viste que el interior del Pabellón de los Sembradores está dividido por paneles en cuatro sectores. Dentro de cada uno de ellos se manejan los cuatro elementos o raíces de los que te ha hablado Empédocles: la tierra, el agua, el aire y el fuego. Él se mueve con total naturalidad por allí pues está acostumbrado, pero no a todo el mundo le sienta bien estar tan cerca de fuerzas tan poderosas. Se ve que tú estás entre las personas sensibles…
–¿Y por eso he vomitado?
–Pues sí. Pero no es raro. Les pasa a muchos recién llegados. Otros a veces sienten mareos sin llegar a vomitar. A veces simplemente se les nubla la visión. El otro día a una jovencita le dio un golpe de calor. Pero a otra que entró luego le dio un ataque de escalofríos…
–Calisté, ¿puedo hacerte una pregunta? –dijo él después de unos instantes de aparentar estar ausente de la conversación.
–Claro, Anselmo, pregunta.
–¿Cómo es eso de un plan concebido que ha comentado Cibeles? ¿A qué se refiere? Creo que ha querido ocultarme algo.
–No creas, ella no lo ha hecho para ocultarte nada sino porque ha pensado que aún no estabas preparado para conocerlo.
–Bueno, bueno, por lo que sea… Pero, ¿entonces qué es ese plan? –insistió Anselmo.
–¿Pretendes que yo, que soy una simple acompañante, cuestione a toda una diosa?
Calisté miró fijamente a los ojos del interpelante, que dejó de sostener la mirada cuando se dio cuenta de que ella había decidido mantener el mismo silencio sobre la cuestión que Cibeles.
–Está bien, está bien… Otra cosa, ¿qué son esas Potencias Supremas a las que se refirió el filósofo?
–Vaya, Empédocles es único despertando la curiosidad –dijo Calisté con una sonrisa divertida mientras se levantaba del banco y se alejaba invitando a Anselmo a seguirla con un gesto de la mano.
–Empédocles será único despertando la curiosidad pero desde luego tú, perdóname que te lo diga, eres única manteniéndome en ascuas.
9. El pabellón de los tejedores
Si abrimos el corazón y confiamos en su energía, su luz se verá desde los confines del universo y la ayuda llegará por los caminos más insospechados.
María Pinar Merino, El camino del corazón
¡Espérame! –gritó Anselmo cuando vio que Calisté había hecho aparecer de nuevo un orbe.
–No te preocupes, no pensaba irme sin ti –replicó ella y añadió, en tono entre burlón y desafiante–: ¿Cómo se te ocurre pensar que iba a dejarte solo? ¿No te he dicho que no quiero que mi supervisora tenga ningún motivo de queja sobre mí?
El hombre, desconcertado, volvió a escrutar los alrededores. No parecía que hubiese nadie vigilando. A regañadientes y con el ceño fruncido se introdujo en el orbe en el mismo momento en el que ella daba la orden mental de desplazarse. No se miraron ni intercambiaron palabras hasta que el vehículo se detuvo y se desmaterializó dejándolos suavemente posados sobre el terreno. Una inmensa construcción discoidal apareció ante ellos.
–El Pabellón de los Tejedores –dijo ella, con gran formalidad–. Acerquémonos para que puedas verlo bien.
Al aproximarse, Anselmo observó que el edificio no mostraba en realidad una delimitación inalterable, puesto que sus paredes experimentaban una dinámica por la que continuamente parecían hundirse por unos lados y sobresalir por otros, describiendo movimientos que no cesaban nunca. No encontró en su memoria ninguna referencia similar a lo que estaba viendo. Pero recordó alguna mañana de domingo en que había ido a pescar al río Salor y se vio a sí mismo sacando de un morral un pañuelo moquero con las cuatro esquinas atadas; al abrirlo había descubierto una masa amorfa de lombrices entrelazadas que intentaban ocultarse para huir de su destino como cebo. En su memoria aquello había sido lo más parecido a la construcción que ahora surgía frente a él.
Siguiendo las indicaciones de su acompañante, Anselmo continuó acercándose y pronto pudo darse cuenta de un matiz que antes le había pasado desapercibido: en realidad no eran gusanos los que se entrelazaban para formar el aspecto exterior del pabellón, sino ramas de diversos tamaños y colores, extrañamente flexibles e irrompibles. Miró de soslayo a Calisté como reclamando una explicación, pero ella prefirió observar en silencio el asombro dibujado en el rostro masculino. Cuando finalmente habló, no contribuyó a despejar ninguna duda.
–Pues sí, si es el Pabellón de los Tejedores es normal que el edificio esté tejido, ¿no?
–¡Fascinante! –Esto fue todo lo que acertó a balbucear él, detenido para observar con más admiración el danzante entrecruzamiento de ramitas, tallos y sarmientos dispuestos de tal forma que construían un inmenso nido en el que parecía que en cualquier momento iba a posarse una descomunal cigüeña.
–Te has quedado embobado.
–¿Se nota mucho? –dijo él, sin separar la mirada del soberbio entrelazamiento vegetal–. Quiero que me cuentes más sobre este pabellón. ¿Qué hacen aquí?
–A su debido tiempo… Aunque pienso que mejor será que te lo cuente Gea, su guardiana. De quien te puedo hablar un poco es de ella si quieres. ¿La conoces?
–¿A Gea? ¿Por qué? ¿Es que es de Aldea Moret?
Calisté estalló en una carcajada que fue rápidamente secundada por Anselmo, el cual desde que estaba en el Cielo había perdido todo miedo a sentirse ridículo, de modo que era el primero en reírse de sus propias ocurrencias. Se fueron acercando aún más a la construcción mientras ella le ponía al corriente de las andanzas de Gea.
–Gea es una diosa muy querida aquí. Los griegos la adoraban porque era la Madre Tierra de cuyo panteón habían surgido todas las razas divinas. ¡Te podría contar tantas historias suyas y todas fabulosas…! –Y chasqueó la lengua para ponderar cuánto le costaba acabar mordiéndosela–. Pero me conformo con que conozcas uno solo de sus episodios: estuvo cuidando al dios Zeus después de que la madre de este consiguiera evitar que lo devorara el padre de la criatura, Cronos, que ya se había comido antes a cinco hijos suyos. Como entonces, en muchas otras ocasiones Gea había adoptado un papel protector de la vida para asegurar su continuidad frente al egoísmo de algunas figuras masculinas que ejercían su dominación y muchas veces su violencia. Sí, ya sé que estás pensando que ha sido muy valiente. Es cierto. Seguramente su valentía ha sido consecuencia de su inmenso amor maternal. No olvides que es la Madre Tierra.
–¡Qué ganas tengo de conocerla! –exclamó alborozadamente Anselmo mientras experimentaba un escalofrío de expectación que le impacientó.
El hombre apresuró el paso adelantándose a Calisté, pero se paró en seco cuando vio el foso. Una trinchera rodeaba todo el nido. Su anchura y profundidad convertían en inaccesible al edificio. Buscó con una mirada de consternación a su acompañante, pero hasta que ella no llegó a su altura no obtuvo respuesta.
–¿Para qué correr tanto si luego te paras y tienes que esperar? –lo recriminó dulcemente con voz maternal.
–¿Y ahora qué? ¿No podemos pasar?
–¿Realmente quieres pasar? Si es así, no habrá obstáculo que te lo impida.
–¿Te estás burlando de mí? –dijo Anselmo con tono herido mientras se acercaba al borde del precipicio y observaba que era aún más profundo de lo que había supuesto–. ¿Pero has visto lo hondo que es? ¿Cómo vamos a poder pasar esto por alto?
–¡Pasar por alto! Precisamente creo que estás pasando por alto lo más importante: estás en el Cielo y aquí no rigen las limitaciones de la Tierra. Estás a punto de descubrir cómo cruzar, en cuanto abandones ese pensamiento terrícola limitante.
Desconcertado, Anselmo volvió a mirar el nido al que quería llegar, luego bajó la mirada hacia la oscuridad en la que se perdía la descomunal zanja, suspiró, mantuvo cerrados los ojos durante unos instantes y después volvió a fijarse en las ramas entrelazadas que soportaban el edificio. «Voy a cruzar, pero ¿cómo voy a hacerlo?», pensó. Entonces sucedió. Desde distintas alturas empezaron a sobresalir cuatro ramas que en lugar de trenzarse con las contiguas se lanzaban hacia el exterior, hacia el lugar en el que él se encontraba; dos quedaban casi a ras del suelo y las otras dos apuntaban hacia las caderas del desconcertado visitante. Según avanzaban, las ramas iban engrosándose y disponiéndose en paralelo entre sí. Mientras, otras pequeñas ramas brotaban también del nido y se iban colocando perpendicularmente entre las dos ramas paralelas del suelo a modo de travesaños de una improvisada pasarela de madera. Algunas lianas surgieron de la plataforma y fueron recorriendo la armazón y sus ensambladuras para asegurarlas. En pocos segundos un robusto puente apareció ante los atónitos ojos de Anselmo. Con la boca aún abierta se giró hacia Calisté, que se divertía con la escena. Ella empezó a aproximarse mientras bromeaba.
–Si es el Pabellón de los Tejedores es normal que también sepan tejer un puente, ¿no?
Cuando la acompañante estuvo a su altura, posó la mano izquierda sobre la espalda de Anselmo, invitándolo a avanzar con ella. Colocaron un pie sobre la pasarela. Era sólida y resistente. El hombre se afianzó agarrándose al pasamanos antes de adelantar el otro pie sobre el siguiente madero. Luego ya no hizo falta dar más pasos porque toda la estructura del puente empezó a moverse regresando hacia el nido. Antes de alcanzarlo, las cuatro robustas vigas y los travesaños que las unían iban reduciendo su volumen y flexibilizándose hasta convertirse en minúsculos látigos que desaparecían entremezclados en la espesura vegetal. Anselmo y Calisté quedaron suavemente depositados sobre el terreno próximo al nido. Él se dio la vuelta para volver a mirar el foso, ya desde el otro lado. Seguía sobrecogido por el inesperado modo que les había permitido cruzar. Ella observaba con mucha atención la impronta emocional que había dejado la experiencia en su semblante.
–Anselmo, estás impresionado, ¿eh? –Sin esperar respuesta del enmudecido visitante, prosiguió–. Claro, en realidad sobrecoge. Supongo que te habrás dado cuenta de que para que esto haya sucedido han tenido que concurrir dos factores, uno externo y otro interno. El externo es la asombrosa capacidad que tiene esta materia vegetal de modificarse hasta dar forma a lo que haga falta. En este caso, ha sido un puente, pero podría haber sido cualquier otra cosa necesaria. Y el factor interno es tu inexplorada capacidad de generar deseos sinceros…
–¡Deseos que siempre se cumplen si coinciden con los propósitos que tiene la Inteligencia Suprema para ti! –exclamó una dulce voz femenina que sonaba lozana y dotada de la ternura del terciopelo.
Inmediatamente Anselmo se giró a la derecha, hacia el lugar del que procedía la voz, y vio a Gea. Su cuerpo era el de una hermosa joven de piel tersa como el marfil, aún más alta que Calisté. Su blusa verde de fino tul quedaba abotonada con un gran broche metálico circular y cubría solo sus exuberantes senos, dejando al descubierto un abultado vientre gestante en cuyo interior se percibía un perpetuo movimiento. Sus ojos, de un intenso azul claro, resaltaban en el centro de una maraña vegetal que surgía de su cabeza: porque, en lugar de largos cabellos que caían sobre los hombros, de la cabeza de Gea también brotaba un sinfín de ramitas que aumentaban y disminuían de tamaño, lo cual modificaba continuamente su aspecto. Sobre ellas a veces se posaban las mariposas multicolores que revoloteaban alrededor.
–Salud, Gea –exclamó Calisté dirigiendo su mano derecha hacia la diosa y haciendo una ligera inclinación reverencial–. Te presento a Anselmo. Ha llegado de la Tierra hace poco.
–Salud, A-60X47H –dijo Gea mirando hacia Calisté y luego dirigiéndose hacia el visitante–. Y bienvenido, Anselmo.
–Recuerda que puedes llamarme Calisté, por favor –añadió ella.
–Ven aquí conmigo, hijo –dijo Gea mientras con sus brazos abiertos atraía a Anselmo. Él se aproximó y se dejó estrechar en un suave abrazo contra el tierno y palpitante vientre, en el que escuchó, amplificado por las corrientes amnióticas, el sonido de un único latido. Sintió ganas de llorar y no lo evitó.
Un dedo de Gea acarició la lágrima derramada sobre el rostro de aquel hombre que parecía haber vuelto a su infancia y después de enjugarla le mesó los cabellos, como lo haría una madre con su hijo para calmarlo o expresarle su tierno afecto. A él se le erizó el vello de puro placer. Se rebulló entre sus brazos para sentirse aún más estrechado, sintiendo que le estaba arrebatando esos momentos a la eternidad. Después ambos empezaron a separarse, lentamente, hasta quedar a una distancia suficiente como para mirarse a los ojos. Simplemente para mirarse porque no era necesario decir nada. Calisté aguardó a que dejaran de abrazarse para intervenir.
–Siempre me conmueve ver tu abrazo, Gea. Yo también llego a sentirlo… Ahora, si te parece, te agradecería que te hicieras cargo de mi acompañado.
–De mil amores –dijo la guardiana, sin dejar de mirar dulcemente a Anselmo–. Acompañadme.
Se encaminaron los tres hacia la pared enmarañada de ramas y hojas. Ninguna puerta quedaba a la vista. Por encima de la estructura únicamente sobresalía una gran te mayúscula, el emblema del pabellón; la letra estaba formada por ramas. Anselmo se preguntaba por dónde entrarían en el edificio. Suponía que tal vez se descruzarían las ramas para permitirlo. Así sucedió. En la pared del nido se abrió un hueco suficiente como para que lo traspasaran holgadamente los tres e inmediatamente después volvió a trenzarse el tejido para recuperar la estructura previa.
La planta del edificio tenía una forma anular que a Anselmo le hizo recordar las roscas que su madre freía cuando él era un niño. Una agradable luz cenital que atravesaba la gran claraboya central inundaba el espacio. Otros pequeños rayos adicionales se iban filtrando desde la sección del techo que cubría el anillo, pero su ubicación iba cambiando según se iban aflojando o tupiendo los nudos vegetales que coronaban la inmensa estancia. Un delicado aroma a musgo y frutos silvestres contribuía a dotar al ambiente de un carácter realmente acogedor. Mientras caminaban, Gea empezó a explicarle al visitante la función del pabellón.
–Anselmo, aquí ayudamos a que cada ser humano pueda cumplir su propósito esencial, su programa de vida. ¿Sabes de qué te hablo?
–Agradecería más detalles, si no te importa –reconoció él con cierta pesadumbre por su ignorancia.
–De mil amores, hijo. No te menosprecies que no es nada malo pedir explicaciones cuando hacen falta. Verás, cada ser humano que baja a la Tierra lo hace con un propósito, digamos que con un plan o programa. Eso es lo que quiere experimentar en su vida y para ello elige unas determinadas condiciones de tiempo y lugar. –Gea se detuvo unos instantes pensativa y luego miró a Calisté–. ¿No habéis estado aún en el Pabellón de los Visionarios?
–Pues no, prefiero seguir el orden dextrógiro –justificó la acompañante.
–Muy bien –retomó Gea–. Lo preguntaba, Anselmo, porque seguro que allí te contarán mucho mejor esto, pero yo ahora te daré un avance para que puedas entenderme bien. ¿Has ido alguna vez a algún desfile o procesión?
–¿Procesión? ¡Pues claro! ¡Buenas procesiones celebramos en Aldea Moret cada cuatro de diciembre en honor de Santa Bárbara!
–Pues imagínate que un tres de diciembre estás tranquilamente en tu casa y piensas que tienes ganas de salir de allí y hacer algo distinto. Entonces te surge la idea de ir al día siguiente a esa procesión de Santa Bárbara…
–Me lo imagino, sí. ¡Vaya que si me lo imagino!
–Perfecto. Entonces ir a la procesión se convierte en tu propósito fundamental para ese día. A lo largo de él pueden suceder otras cosas pero muy pocas son importantes, en el sentido de que muy pocas de ellas podrán afectar al éxito o fracaso de tu propósito.
–No sé si entiendo bien –Anselmo reclamaba más esclarecimiento.
–Sí, a ver si consigo que me entiendas –Gea aceptó la necesidad de explayarse–. Imagina que has quedado con un amigo a las nueve de la mañana de un cuatro de diciembre para ir a ver esa procesión. Digamos, por poner una hora y un lugar, que empieza a las once en un lugar a tres kilómetros de tu casa. ¿Lo tienes?
–Sí, claro. Puedes proseguir.
–Bien. Pongamos ahora un acontecimiento imprevisto. Por ejemplo, tu amigo se queda dormido y no acude, pero era él el que llevaba el vehículo en el que os ibais a desplazar. Si te quedas esperando a que él llegue, te pueden dar las once y te acabas perdiendo la procesión. En definitiva, no cumplirías el propósito fundamental de tu día por una causa ajena a ti. ¡Qué pena perder así el día! ¿No te parece que sería una pena?
–Ya lo creo. ¡No sabes lo guapas y simpáticas que van las mozas de Aldea Moret ese día de festejo…!
–Muy bien –sonreía Gea mientras lo decía–, ya veo que estás hecho un conquistador. A lo mejor tu amigo se ha quedado dormido porque ha pasado una mala noche por culpa de una riña o un tumulto que ha habido de madrugada en su calle, pongamos por caso. Ya te he dicho que los tejedores tienen la misión de ayudar a que los seres humanos cumplan sus propósitos esenciales. Un tejedor haría todo lo posible para que llegaras a ver la procesión.
–¿Y cómo? –preguntó interesado él.
–Pues eso ya depende del arte de tejer… A veces puede ser que baste con influir en las circunstancias que se han originado en la calle alterándolas para que así no se produzca ningún tumulto que pueda mantener en vela a tu amigo por la noche e impida que se despierte a la hora prevista y te recoja según los planes convenidos. Pero también podría ser que lo más adecuado sea no tratar de modificar esas circunstancias ajenas sino las tuyas. Por ejemplo, podría ser conveniente que olvidaras que habías quedado con ese amigo que llegará tarde y en su lugar te fueras con otra persona que pasase por el lugar. A veces incluso no hay una sola actuación posible sino varias. Hay circunstancias complejas en las que se tejen distintas posibles soluciones, aunque al final solo una de ellas prospere. Es un tema complejo pero muy estimulante. Además, para cumplir bien nuestro cometido dependemos estrechamente de nuestra colaboración con los visionarios. Pero de ellos no te voy a hablar yo…
–Ya lo he entendido. Me da la impresión de que vuestro papel es muy importante. Incluso sospecho que lo que vosotros hacéis de algún modo obliga a la persona, como si tuviera que amoldarse a lo que planeáis.
–No, Anselmo, eso no es así: nunca podemos obligar a ningún ser humano a ajustarse a los planes tejidos por nosotros porque eso atentaría contra el libre albedrío, contra esa capacidad de elegir que es consustancial a la consciencia humana. Verás, lo que sucede es que nosotros contribuimos a crear las condiciones más favorables para que cada uno cumpla su propósito de vida, para que pueda cumplir lo que tiene planeado o programado. Pero no es más que eso, un ofrecimiento. Y todos los ofrecimientos se pueden aceptar o rechazar; si no fuera así, serían una imposición y eso no haría evolucionar a nadie: ni a quien impone ni a quien se somete a la imposición.
Por las muecas de impaciencia dibujadas en el rostro del visitante, Gea se dio cuenta de que Anselmo estaba teniendo dificultades para comprender de un modo concreto a qué se estaba refiriendo ella. Por eso tomó una determinación.
–Como veo que entender esto último te está costando te invito a que me sigas allí.
Se encaminaron hacia un lateral del anillo hasta llegar a un pequeño recinto con forma ovoide en cuyo centro cuatro tejedores urdían su trama. Vestían ropas similares a las de Gea, aunque más ceñidas, y exhibían su código personal, que empezaba por la letra te mayúscula. Dos de ellos tenían rasgos femeninos; los otros dos, masculinos. Todos estaban formando un círculo y mirando al espacio creado entre ellos. Cuando la diosa y el visitante llegaron a su lado, les sonrieron y se separaron lo suficiente para permitir que se viera lo que estaban realizando.
Del extremo de un pedestal surgía una burbuja semiesférica y en su interior se veían imágenes humanas, algunas de ellas enlazadas por hilos de diverso color y grosor que eran generados por las yemas de los dedos de los tejedores. Estéticamente la visión era muy bella. El espacio sobre el que trabajaban se iba llenando cada vez de más de colores trenzados. Parecía un mandala dinámico en constante regeneración. Gea explicó por qué estaban contemplando aquello.
–Te he traído aquí porque estos tejedores están interviniendo en un asunto muy parecido al tuyo. También se trata de un chico que quiere salir de su pueblecito. No es Coria, pero podría serlo. El programa de este joven no tiene que ver con las minas sino con el cinematógrafo: desea convertirse en un gran actor. Los motivos por los que desea esto no hace falta que te los explique pues son harina de otro costal. Bien, fíjate en los hilos. Los hay más finos y otros más gruesos como cordones. Y de diversos colores en función de la energía que incorporen. A este adolescente, que se llama Manuel, lo hemos ayudado a activar su propósito haciendo que llegara a un pueblo vecino una compañía de cómicos de la lengua que ha representado una obra de teatro, concretamente Don Juan Tenorio. La actriz que interpretaba a doña Inés inflamó el pecho de Manuel hasta tal punto que se quedó prendado de ella y no pensaba en otra cosa más que en marcharse en el carromato de la compañía.
Anselmo se asomó sobre la imagen de la burbuja y comprobó que, efectivamente, en el centro aparecía una pequeña figura de un joven que podría corresponderse con Manuel y que de él partían multitud de hilos y cordones que lo conectaban con otras efigies que no pudo reconocer, pero también con objetos que mostraban extrañas formas geométricas. Gea prosiguió su exposición:
–Para que Manuel esté ahora en Madrid trabajando en un estudio cinematográfico los tejedores han tenido que esforzarse urdiendo varias tramas con las que crear todo tipo de circunstancias de respaldo: el abuelo del muchacho tuvo que cortarse con una hoz en la mano para que así el nieto tuviera que ir con él a ayudarlo en las labores del terruño el mismo día en el que por el camino transitaba el carromato de los cómicos, que precisamente pasó ese día por ahí porque le habían anulado las tres funciones que iba a dar en otra localidad por una discusión política entre el director de la compañía y el cacique del pueblo; y hubo que hacer que la actriz que encarna a doña Inés sintiera mucho calor para que en ese preciso instante tuviera que salir de debajo de la lona del carromato y se asomara al pescante con la blusa desabotonada y exhibiendo su inocente y provocadora lozanía; y hubo que dejar que horas después Manuel se pudiera colar en la representación de esa noche; y muchas cosas más…
–¡Increíble! –exclamó Anselmo–. ¿Todo esto hacen los tejedores? ¡Un trabajo increíble…!
–Increíble pero cierto, querido hijo.
Gea abrió los brazos y le dedicó a Anselmo una mirada en la que estaba condensada toda la dulzura maternal del Universo. Él supo que aquel gesto implicaba que había finalizado su visita al pabellón y que procedía ya una despedida. Apenado por ello, avanzó hacia la diosa y se dejó estrechar por ella, tan intensamente que se le desdibujaron las fronteras. Sintió que se había fundido auténticamente en ese abrazo con ella, hasta el punto de integrarse en su interior y sentirse desaparecer absorbido por su hospitalario regazo.
10. El jersey gris
Nunca te pongas como límite el que otros te crean ni como meta el convencerlos.
Raquel Cachafeiro, Inteligencia sensorial
Aún conturbado por la absorbente experiencia de aquella cariñosa despedida de Gea, al recuperar la consciencia de sí mismo Anselmo se vio caminando junto a Calisté por encima de un puente que salvaba el foso del Pabellón de los Tejedores. Miró a los lados y se sorprendió al ver que ya eran muchos los puentes tendidos. Tras unos instantes de vacilación se decidió a romper su silencio.
–Calisté, ¿cómo es que antes no había ningún puente más que el nuestro y que ahora el foso esté repleto de ellos?
–¿Cómo que no había ninguno? –La acompañante dejó escapar unas tímidas carcajadas–. ¡Siempre os pasa lo mismo! Te lo explicaré. Sí que había. Yo los vi. Pero como tú aún no habías cruzado ninguno, no podías reconocer que había más puentes. Pero ahora que has recorrido el tuyo tienes la capacidad de percibir los de los demás.
–¿En serio?
–Sí, así es. ¿Qué te parece?
–Pues otra más de las cosas increíbles que pasan aquí… –Anselmo mostraba su admiración moviendo la cabeza de un lado al otro mientras agitaba en el aire su mano derecha.
–Si lo piensas, un puente ajeno no es lo único que podemos reconocer cuando ya hemos transitado por el propio. Esto nos sucede en muchas otras cosas de nuestra vida. ¿No te ha ocurrido nunca que no has entendido la situación de alguien o su sufrimiento hasta que tú mismo has tenido una vivencia similar y entonces lo has experimentado en carne propia? ¿A que a partir de ese momento tu percepción ha variado y ya has sido capaz de reconocer alrededor otras situaciones que sintonizaban con lo vivido y conocido por ti?
Anselmo detuvo el paso para no distraerse en sus cavilaciones. Calisté tenía razón. A él le había sucedido eso: no había conocido, ni mucho menos compadecido, el sufrimiento físico y mental de los mineros hasta que bajó por primera vez al pozo de Aldea Moret. Sintió que en su pecho palpitaba un cálido reconocimiento hacia su acompañante que tan sabiamente lo estaba guiando en su periplo por el Cielo. «¿Otros recién llegados tendrán la suerte que yo he tenido?», se preguntó mientras sentía el impulso de abrazar a su cicerone. Ella, que había escuchado el pensamiento, sintió también agradecimiento hacia aquel minero acostumbrado a pasar su vida oscuramente bajo tierra, que tantos esfuerzos conscientes estaba haciendo para comprender cómo de luminosa era su auténtica vida vista desde el Cielo. Al unísono se acercaron y se abrazaron hasta sentir que se habían olvidado las preguntas y las respuestas: lo único importante era compartir los latidos del corazón.
–¡Bravo, Anselmo! –dijo ella cuando cesó el abrazo y se separaron–. Has salido realmente transformado del Pabellón de los Tejedores. Es que es muy poderosa la energía amorosa que desprende, ¿verdad?
–Pues sí. ¡Ya lo creo! ¡Estoy realmente… no sé cómo estoy!
–Conmovido –dijo ella mientras sonreía y hacía ademán de pellizcarle el brazo–. Pero va siendo hora de proseguir el recorrido.
–Desde luego… ¡Pero me han quedado tantas cosas por hablar con Gea!
–¿Seguro que lo que querías hacer con ella era hablar? –preguntó pícaramente Calisté mientras observaba un asomo de arrobamiento en aquel rostro masculino cuya mirada extraviada parecía seguir anclada en otro lugar.
–¡Qué boba! –replicó automáticamente Anselmo, y al hacerlo se dio cuenta de que era imperdonable faltar al respeto a su encantadora acompañante, por lo que se sintió urgido a pedirle perdón mientras agachaba la cabeza–. ¡Oh, Calisté, perdona, perdona, por favor, no he querido decir eso…!
–No te perdono –dijo ella con tono neutro.
–¿Cómo? –Él levantó la cabeza con gesto de incomprensión y se atrevió a mirarla implorando clemencia.
–Que no te perdono, Anselmo. No te puedo perdonar porque no hay nada que perdonar. ¿Cómo vas a sacar un clavo de una tabla si no lo has llegado a clavar? Tu ofensa ha sido imaginaria para ti, pero para mí no es ni real ni imaginaria. De modo que si tienes que pedir perdón a alguien es únicamente a ti mismo por haberte causado el sufrimiento de creerte responsable de un sufrimiento que imaginabas que me estabas causando al llamarme boba. ¡Boba me parece una palabra preciosa!
Anselmo se quedó boquiabierto y no supo responder. En lo más profundo de su ser sentía una contradicción entre dos mundos y le parecía estar siendo arrastrado simultáneamente hacia esos dos polos opuestos. Y reconocía que la fuerza que le estaba permitiendo no acabar despedazado estaba delante: se llamaba Calisté y por eso él le estaba inmensamente agradecido. En silencio prosiguieron su marcha alejándose del pabellón, hasta que Anselmo quiso retomar la conversación.
–Siento ahora que me he quedado con ganas de preguntarle más cosas a Gea. Me da un poco de rabia.
–Suele pasar –puntualizó Calisté entre risitas–. Lo de dejar algo en el tintero, quiero decir; no lo de la rabia, claro. ¡Y ahora llámame boba!
–¡Qué boba eres! –añadió Anselmo pero al hacerlo sintió que esa palabra estaba ya únicamente teñida de inocencia, de sorpresa y de ganas de jugar, y se sintió pletórico al haber conseguido distinguir tan nítidamente esos otros matices de la intención positiva que acompaña a los actos humanos; le guiñó un ojo a su acompañante–. Y ahora, en serio: me habría gustado saber algo más sobre los propósitos o programas de vida.
–Pues Gea ya no está a tu alcance pero si te sirvo yo… –Para potenciar su ofrecimiento, Calisté movió lentamente sus manos de abajo a arriba, acariciando su excitante silueta, y el gesto cándido aumentó la turbación de Anselmo; por eso ella quiso aliviarlo con humor–. ¡Uf, qué boba soy!
Los dos rieron con ganas, retorciéndose, hasta hacer saltar alguna alegre lágrima. Se dieron palmaditas en los brazos hasta que consiguieron calmarse y proseguir el diálogo.
–En serio, Anselmo. Yo no tengo todas las respuestas, pero a lo mejor puedo ayudarte un poco con tus dudas; ¡tal vez te las aumente! –dijo sonriendo y realmente relajada, disfrutando del acompañamiento.
–En ese caso, no quiero perder la ocasión de aumentar mis dudas –el hombre sonrió con sinceridad y franqueza–. Ahí dentro me han hablado del descomunal trabajo de los tejedores para que se den las circunstancias propicias que favorezcan el propósito de vida que cada cual se haya programado. Vale. Pero una cosa me plantea dudas. Por mucho que se esfuercen en tejer lo mejor posible, y ya que funciona ese libre albedrío del que hablaba Gea, habrá veces en las que no sirva de nada todo lo tejido y la persona en cuestión no consiga cumplir su propósito de vida. Pero entonces, ¿de qué sirve su existencia? ¿Y qué pasa si precisamente por ese libre albedrío la persona decide que ya no quiere hacer eso? ¿Puede decidir que prefiere otra cosa distinta y entonces los tejedores se ponen a destejer y luego a tejer los hilos adecuados para ese nuevo propósito? No sé qué pensar…
–Muy interesantes cuestiones las que planteas, hermano. Se ve que no pierdes ocasión de reflexionar acerca de lo que te están enseñando aquí. Esto es muy bueno para ti, sin duda, porque mejora tu formación y por tanto también el acierto de tu elección futura. A ver, yo te voy a contar cómo lo veo yo, no solo por mi opinión, sino por lo que he aprendido en otras visitas previas al Pabellón de los Tejedores y por lo que le he escuchado a Gea en otras ocasiones. –Calisté miró a su alrededor intentando localizar algo–. Pero sentémonos aquí.
–¿Sentarnos? ¿Dónde? ¡Si aquí no hay nada!
–¡Ay, Anselmo! ¿Otra vez estamos como con los puentes, que no los veías hasta que cruzaste el tuyo?
La acompañante activó un botón del brazal que cubría su antebrazo izquierdo mientras dirigía la mano hacia el suelo. Inmediatamente surgió la imagen de un banco de primorosa cerámica portuguesa blanca y azul cuyo asiento estaba recubierto de mullidos cojines de color celeste en los que se acomodaron ante la admiración de Anselmo.
–¡Ay, el Cielo nunca dejará de sorprenderme! –exclamó.
–Eso espero… Y ahora, yendo al grano, te expongo mi reflexión y con datos que te puedan resultar familiares, para aumentar tu comprensión. Bien. Digamos que a un joven nacido en Coria le entran ganas de ir a conocer Cáceres, la capital de su provincia. Como tiene ese interés, aprovecha para hablar con las personas que le pueden dar información de la ciudad porque ya han estado allí. De este modo él se va haciendo una idea del objetivo de su viaje y decide que quiere conocer la Concatedral de Santa María, la Iglesia de Santiago, el Palacio de los Golfines de Abajo y el Palacio de Carvajal. A su juicio, lo esencial de su viaje es conocer esos edificios preciosos. Muy bien, pensemos ahora que consigue llegar a Cáceres y ver todo eso que se había propuesto. ¿Dirías entonces que ha cubierto el propósito fundamental de su viaje?
–Claro que sí –asintió Anselmo, atento.
–Efectivamente, lo ha cubierto. Se podría pensar que entonces ha cubierto el propósito fundamental de su existencia si hacemos equivaler el viaje a Cáceres con los proyectos que acuerdan las almas aquí arriba antes de encarnar en la Tierra. Pero, ¿y si de camino a Cáceres ese joven cauriense se encuentra con alguien que le habla de las maravillas naturales que hay en Malpartida de Cáceres y le entran ganas de visitar también Los Barruecos, y entonces se desvía a ver sus bolos graníticos y paseando entre piedras y charcas se le olvida que había emprendido el viaje para ver cuatro monumentos emblemáticos de Cáceres?
–Pues entonces no se puede decir que esté cumpliendo el propósito de su viaje.
–Así es –confirmó Calisté–, aunque también le apetezca ver Los Barruecos. Puesto que el motivo que le ha hecho salir de Coria ha sido llegar a Cáceres, si se queda a medio camino no se puede decir que haya cumplido el propósito del viaje. Otra cosa es que, tras un periodo de descanso o disfrute en Malpartida de Cáceres, de repente se acuerde de su verdadero objetivo y entonces reemprenda la marcha y acabe llegando a la capital y vea por fin lo que quería conocer.
–Entonces sí acabará cumpliendo el propósito de su viaje.
–Cierto. Añadamos ahora algún elemento más para debatir –Calisté hizo una breve pausa durante la cual el hombre la miró con redoblado interés–. ¿Cuándo crees que acabará ese viaje?
–¿Que cuándo acabará? Pues cuando llegue a Cáceres y vea esas cuatro cosas, claro.
–Sí, claro, entonces acabará el viaje. ¿Por qué?
–¿Por qué? Pues porque el chico ya habrá conseguido ver lo que quería ver.
–Así es. Aunque el viajero, ya que se encuentra en Cáceres, prefiera luego demorarse conociendo otras de sus maravillas, bien podemos decir que la finalidad de su viaje se ha visto cumplida y que por tanto ha acabado su viaje de modo que puede regresar a Coria. ¿Pero es este el único caso en el que podemos decir que el viaje acaba irremediablemente?
–Pues… sí, supongo –dijo dubitativamente Anselmo sin una convicción plena.
–Pues no. Hay otro caso posible. Imagina que el chico quiere ir a Cáceres a ver eso que hemos dicho, pero lo que quiere es estar allí un determinado día en el que va a tener lugar una específica ceremonia. Como has estado hablando antes de procesiones, pongamos el caso de la procesión del Cristo Negro que sale de la Concatedral de Santa María en el primer minuto del Jueves Santo. Y sigamos con el mismo ejemplo: tenemos al joven cauriense que salió de viaje con tiempo para llegar a ese acontecimiento pero que se entretuvo en Malpartida de Cáceres y se olvidó del verdadero propósito de su viaje. Se le fue el santo al cielo, como diríais en la Tierra. Me hace gracia esa expresión, muy acertada, porque de algún modo se asemeja a una realidad sutil; el hecho de que durante su experiencia terrestre cada humano está asistido por una especie de conexión con el Cielo que le suministra información espiritual.
–No estoy seguro de entenderte.
–Eso es que no me estás entendiendo. ¡Qué forma más educada de decirlo, Anselmo…! Probaré con un ejemplo que te pueda resultar más comprensible teniendo en cuenta tu última encarnación. Piensa en un aprendiz de minero que está en una galería a la que baja siempre con su hermano mayor, que se llama Santo, que le enseña todo lo importante: cómo evitar accidentes, cómo agotarse menos, cómo pisar entre los escombros…, todo en fin. Piensa que el aprendiz se siente seguro teniendo a su hermano con él, aunque no siempre lo tenga a la vista. Imagina ahora que un día se asusta por algo nuevo que le sucede y que no comprende, y mira atrás buscando el consejo del hermano mayor pero no lo ve porque ha subido en la jaula hasta la superficie. El hermano pequeño sabe que en ese instante le vendría muy bien contar con la sabiduría de Santo, pero no puede contar con ella porque ha desaparecido de su lado, ha subido a la superficie, que es tanto como si se hubiera ido al Cielo.
–¡Ah, se le fue el santo al cielo! –dijo Anselmo carcajeándose en señal definitiva de comprensión–. Ahora sí que entiendo lo que querías decir. ¡Qué gracioso!
–Me alegro. Pero prosigamos, que tenemos aguardando al joven en Malpartida de Cáceres y resulta que llega el primer minuto del Jueves Santo.
–Pues ya no le va a dar tiempo de ver la procesión del Cristo Negro.
–Efectivamente. Entonces, ¿dirías que tiene sentido proseguir el viaje hacia Cáceres?
–Pues no.
–Muy bien, Anselmo, así es. Cuando ya de ninguna manera pueda cumplir el propósito de su viaje, no tendrá sentido ninguno proseguir este. La prolongación solo supondría una ineficaz obstinación que no daría frutos positivos. Luego aquí tienes el segundo caso en el que puede darse por acabado un viaje: cuando ya es imposible cumplir el programa.
–Entonces, Calisté, si te he entendido bien, creo que estás queriendo decirme que un viaje a la Tierra, o sea, una encarnación, puede acabar cuando ya se ha cumplido el propósito vital de ese ser encarnado pero también cuando ya va a ser imposible que lo pueda cumplir.
–¡Ajá, muy perspicaz en tu resumen! –la acompañante aplaudió con ganas la recapitulación.
–¡Un momento! Estoy pensando ahora si esto no tendrá que ver con las incomprensibles muertes de esos chiquillos de poca edad, e incluso con los que no llegan ni a nacer porque no salen vivos del vientre de sus madres. ¿Podría ser que supongan que ya no van a poder cumplir el programa de sus vidas y que por eso prefieren regresar al Cielo para luego poder volver a encarnar cuanto antes e intentar lograr ese propósito no conseguido?
–¡Magnífico, Anselmo, estás avanzando grandemente en tu comprensión! Pues es cierto que en algunos casos podría ser como tú sugieres, aunque no hay reglas categóricas, de modo que la respuesta a tu pregunta siempre quedará abierta. No hay normas fijas que siempre se cumplan ciegamente. Todo depende de las necesidades concretas de cada ser… Aunque quizás en el Pabellón de los Visionarios puedas saciar tu duda porque es un tema en el que están especializados.
–Muy bien, esperaremos entonces.
–Si te parece, nosotros continuamos hacia la siguiente etapa.
Anselmo asintió con la cabeza. Calisté se levantó y él hizo lo mismo. Casi inmediatamente el banco de cerámica se desvaneció y dejó el terreno sin huella alguna de su presencia. Ella sonrió y él se encogió de hombros. Continuaron andando durante un tramo mientras Anselmo iba rumiando una última inquietud que le había quedado. Cuando la acompañante lo detectó, se detuvo, miró al hombre y lo invitó a expresarlo.
–A ver, Anselmo, échalo ya, que tenemos que continuar el viaje ligeros de equipaje.
–Si es una tontería. Simplemente estaba pensando en esa sensación que he sentido todo el tiempo que he estado hablando con Gea. Es esa conexión con la maternidad.
–Ninguna tontería, desde luego… Gea es la gran madre por antonomasia, la que siempre ha hecho todo lo posible para que salgan adelante sus hijos, a veces a pesar de difíciles circunstancias relacionadas con el egoísmo masculino. Aunque sé que en tu última encarnación no lo has percibido así, doy por sentado que aquí en el Cielo ya te darás cuenta de que cuando hablo de femenino o masculino lo hago desde el punto de vista de la polaridad energética implicada en los procesos, y no desde el punto de vista puramente sexual, pues esto es exclusivo de los cuerpos físicos y estos, en realidad, aunque os importan mucho en la Tierra, aquí arriba carecen por completo de relevancia… ¡Por carecer, carecen hasta de existencia! Ni que decir tiene que todos los seres humanos albergan ambas polaridades y manifiestan una u otra en función de multitud de parámetros.
–Así lo estaba percibiendo, sí. Pero gracias por la aclaración.
–Correcto. Como te decía, Gea es la personificación del afán protector y de la generosidad femeninas frente al egoísmo masculino. Y eso encarna en la mayor parte de las madres de la Tierra, y en ocasiones en algunos padres, como te digo, aunque para simplificar aquí nos referimos solo a las madres. ¡Y fíjate si esto tiene que ver con tejer las condiciones más favorables para que se desarrolle con éxito un programa de vida! ¡Las madres hacen encaje de bolillos para conseguir que sus hijos puedan hacer frente a adversidades o complicaciones! Por eso las madres tienen tanta relación con los tejedores, que son los que trenzan las causas y azares necesarios para mantener las situaciones enderezadas y favorables para cada alma.
Anselmo movió ligeramente la cabeza en señal de aprobación. Luego ambos reemprendieron la marcha, de camino al siguiente pabellón. Pero en el recuerdo de él irrumpió una imagen del último invierno que había pasado en Coria: su madre tejiéndole el jersey gris de lana que se habría de convertir en el más preciado de sus tesoros, el objeto más valioso y querido de entre todas las exiguas pertenencias que lo acompañaron en su partida a Aldea Moret en busca del propósito de su vida.
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