Kitabı oku: «Con balas de plata VII»
CON BALAS DE PLATA VII.
FUENTERRABÍA 1638
Antonio Gómez
Primera edición: Abril de 2021
© Grupo Editorial Insólitas
© Antonio Gómez Cayuelas
ISBN: 978-84-122773-7-1
Difundia Ediciones
Hilarión Eslava,30
28015 Madrid
info@difundiaediciones.com
www.difundiaediciones.com
IMPRESO EN ESPAÑA - UNIÓN EUROPEA
Contenido
Introducción. 9
Prólogo del traductor.
Libro Primero.
Capítulo 1.
Capítulo 2.
Capítulo 3.
Capítulo 4.
Capítulo 5.
Capítulo 6.
Capítulo 7.
Capítulo 8.
Capítulo 9.
Libro segundo.
Capítulo 1.
Capítulo 2.
Capítulo 3.
Capítulo 4.
Capítulo 5.
Capítulo 6.
Capítulo 7.
Libro tercero.
Capítulo 1.
Capítulo 2.
Capítulo 3.
Capítulo 4.
Capítulo 5.
Capítulo 6.
Capítulo 7.
Capítulo 8.
Capítulo 9 y último.
Índice
Introducción................................................................................15
Tabla de combates Documento 1 (D1)................................19
D1. Mss/17509. Defensa y socorro de Fuenterrabía. 1638. Por Joseph Moretto...................................................................................23
Prólogo del traductor.................................................................25
Libro Primero.
Capítulo 1. Averíguase las causas más remotas y próximas de este rompimiento: dase relación de un pronóstico que hubo de esta guerra............................................................29
Capítulo 2. Rompen los franceses por Flandes y los españoles por Nabarra: retíranse luego muy menoscabados por la peste.........................................................................................31
Capítulo 3. Determínase en Francia la guerra contra España: nómbrase general al Príncipe de Condé por tierra, y por mar al arzobispo de Burdeus: previénese Nabarra para la defensa: industria de Redin para fingir que tenía más gente. .............................35
Capítulo 4. Apunta el francés a Roncesvalles y pasa a Fuenterrabía, toma algunos lugares sin contradicción hasta ponerse sobre ella: Descripción de su sitio y fortaleza, antigua y moderna, y del tiempo que estuvo en poder del francés: reparten los del presidio los puestos y avisan al Rey de la invasión.......................................................................................41
Capítulo 5. Causa gran susto en España esta invasión, prevenciones para la defensa por mar y tierra: nombrase general al almirante, y a Miguel Pérez, gobernador de Fuenterrabía: averíguase la causa de la tardanza de España en todo..........................53
Capítulo 6. Valor de las mujeres de Fuenterrabía: descripción de la circunvalación de la plaza. Entra en ella un socorro furtivo: cogen 2 espías que enviaba el de Condé: hacen 2 surtidas los del presidio........................................................................................59
Capítulo 7. Levanta baterías el enemigo contra la plaza, entra en ella el gobernador con un furtivo socorro: experiméntase el horrible estrago de las bombas, y dase relación de su arquitectura: acometen los españoles al Pasage y los franceses a Vera.................................................................................67
Capítulo 8. Hacen los de la plaza 2 surtidas muy bravosas y a la tercera les sucede una desgracia que la impidió: levanta más baterías el enemigo: defiéndense valerosamente los cercados: sospechas mal fundadas de traición contra Eguía........................77
Capítulo 9. Desbarata el gobernador repetidas veces con una máquina artificial las labores del enemigo, que levanta más baterías: caso portentoso de una bala de artillería: pondérase la constancia de los franceses: nuevos temores del gobernador: llegan cartas del Rey a la plaza....................................................85
Libro segundo.
Capítulo 1. Intenta el almirante 2 veces meter socorro en la plaza por mar que no se pudo ejecutar: peligro de los cercados por habérseles caído la fortificación de hacia el mar, que se mejoró haciendo un erizo: determina el almirante un socorro furtivo por tierra que llegó muy diminuto a la plaza...............93
Capítulo 2. Determina el gobernador hacer nuevas surtidas, aunque con repugnancia de algunos. Platica que sobre ello les hizo, y por último la hicieron, aunque les salió muy cara. Matan al gobernador de un balazo. Dase relación de lo que sucedió después de su muerte........................................103
Capítulo 3. Consultase en Madrid socorro por mar para Fuenterrabía, varios pareceres sobre el punto. Síguese el del Conde Duque. Manda el Rey que solo vaya un navío de la armada que estaba en Lisboa. Prosiguen los franceses sus labores. Defensivos que por la parte de adentro hacen los cercados...........................113
Capítulo 4. Mueve el almirante de Ernani con sus tropas a recibir al de los Vélez, que se le junta con la gente y mucha nobleza de Navarra: desampararon los franceses el Pasage y ocúpanle los nuestros. Pónense algunas banderas nuestras a vista de Fuenterrabía: vuela la primera mina el enemigo............121
Capítulo 5. Viene armada de La Coruña a dar socorro a Fuenterrabía, que en el puerto de Guetaria es miserablemente abrasada. Dase relación por extenso de la desgracia y de muchos que perecieron. Líbrase un navío solo con extraordinario valor del incendio y enemigos..................................129
Capítulo 6. Anima el Rey y el almirante con cartas a los cercados: Error de éstos sobre la victoria naval de las armadas. Hacen llamada los sitiadores induciendo a la rendición de la plaza con la verdadera noticia de la victoria naval: respuesta valerosa de los cercados: anímanse los españoles con la victoria de una escaramuza de la caballería francesa................141
Capítulo 7. Ponen fuego los franceses a una mina que no tuvo efecto: caso raro de un soldado: astucia de los franceses para inducir con engaños a la rendición que viendo que no aprovecha, aprietan el cerco: dase aviso al almirante y cogen al portador los franceses, envían una carta a los cercados, que responden a ella: engruésase con nuevas tropas nuestro ejército y disponen nuestros generales dar la batalla..........149
Libro tercero.
Capítulo 1. Consultan nuestros generales el modo de dar la batalla: diversos pareceres sobre el darla: prevalece el de Torrecusa y empieza a moverse el ejército...........................161
Capítulo 2. Ponen los franceses fuego a una mina que hizo notable estrago. Dan un furioso avance: defiendense con extraordinario valor los del presidio: al querer dar la batalla nuestro ejército sobreviene una horrible tempestad que le descompuso y obligó a retirarse.........................................171
Capítulo 3. Vuelve el de Condé a tentar con llamada los cercados: duda del presidio, a que opone Butrón ofreciendo su plata para balas: respuesta al recado y a otro particular que envió a Butrón: renuevan los franceses la opugnación: dan un furioso avance que repiten 4 veces con muerte de muchos de ambas partes, resístense los del presidio. Valor de los muchachos y mujeres de Fuenterrabía. Dase aviso a nuestros generales...................................................................................179
Capítulo 4. Renuévanse las labores de una parte y otra. Acérrimo avance de los franceses que rechazan con inaudito valor los cercados: valiente temeridad de 4 guipuzcoanos. Pierden el ánimo los agresores al paso que le cobran los defensores. Matan al capitán Beaumonte.................................187
Capítulo 5. Determinan los franceses dar un asalto general: extremo peligro en que se hallaban los cercados: efecto singular de 2 cañonazos de la plaza: recogen los generales el ejército de España: dudan algunos dar la batalla, determínanse el darla. Diferencia sobre el tiempo en quese había de dar. Orden con que marchó nuestro ejército..............................193
Capítulo 6. Marcha nuestro ejército en orden de batalla: duda de los cercados en creerlo: dase la batalla muy reñida de ambas partes. Valor de los navarros: ganan los españoles la fortificación de Guadalupe con los 2 castillos y huyen los franceses....................................................................................201
Capítulo 7. Peligro de la victoria por la codicia de los soldados españoles: precipitada fuga de todo el ejército francés, a quien sigue el Príncipe de Condé muy pesaroso: ahóganse muchos queriendo escapar en los bateles: temeridad de un cuartel francés: despojo que se halló en los reales: número de los muertos y heridos de ambas partes............................211
Capítulo 8. Hablilla que corrió de haberse ganado con soborno la victoria: verdad del caso con ayuda del cielo y disposición humana: entran el almirante y el de los Vélez con especie de triunfo en Fuenterrabía: traición infame de los franceses en Irún que no surtió efecto.................................219
Tablas D8-D19………………………………………………………231
D8. Mss/2369. P7. Agosto 1638: Guetaria (por D. Lope de Hoces)..................................................................................233
D9. Mss/2369. P13. Guetaria...........................................234
D10. R/12212. Foll. 5. Agosto 1638. Retirada francesa hacia Fuenterrabía........................................................................234
D11. Fernández Duro. Historia de la armada. Tomo 4. En Fuenterrabía..........................................................................236
D12. Mss/2369. P21. Socorro de Fuente Rabía, sobre las tropas.........................................................................................237
D13. Mss/2369. P147. 7 Septiembre 1638. Socorro de Fuente Rabía (D. Alonso Martínez de Aguilera, del escuadrón volante)............................................................................238
D14. Mss/2369. Sobre el socorro de Fuente Rabía...........242
D15. Mss/2369. Sobre el socorro de Fuenterrabía 2.........242
D16. Mss/2369? Septiembre 1638: socorro de Fuente Rabía (otra versión)......................................................................243
D17. R/12212. Foll. 6. 9 septiembre 1638. Carta de D. Francisco de Aragón, teniente de maese de campo, al señor Chanciller D. Francisco de Eril, sobre Fuenterrabía..........245
D18. R/12212. Foll. 7. Nota Fuenterrabía.....................246
D19. R/12212. Foll. 8. Carta del Padre Francisco de Tarazona sobre Fuenterrabía........................................................247
D20. R/12212. Foll. 11. Nota de Fuenterrabía 2..........250
D21. R/12212. Foll. 30. Fuenterrabía. Sombra de Mos de la Forsa se aparece a Gustavo Horn en Viena....................251
Introducción.
Esta es una recopilación de varias fuentes primarias de la Biblioteca Nacional de España sobre el asedio que pusieron los franceses a Fuenterrabía en 1638, y el socorro de las armas españolas. En poquito más de 2 meses los franceses perdieron unos 11.000 hombres sobre el cerco y en el socorro, muertos, heridos, presos, y unos cuantos fugados. La principal fuente es la obra del P. Joseph Moretto de la Compañía de Jesús, y que en su día tradujo en nuestro idioma castellano el P. Fr. Manuel de San Juan, lector de theología moral de Santa María la Real de Nájera, entre otros cargos. Después de esta detallada narración traemos varias fuentes más sobre el socorro. Con balas de plata, cuando se acabó el plomo para las balas el alcalde Butrón tenía plata para hacer balas para el último asalto que venía de los franceses, el que iba a ser asalto general por varias partes, y muy posiblemente las tenía ya hechas, balas de plata, pero el mismo día que iban a dar el gran asalto sobrevino el socorro de la plaza.

Muralla.

Puerta de Santa María.
Tabla de combates Documento 1 (D1):
| Comb. | Fecha y Lugar | Victoria o Derr. | Más info. |
| C1 | 1638 Ronces-valles | - | Los fr. se juntan en S. Juan de Pie de Puerto, hacen amago de entrar por Roncesvalles, les tiran y se retiran. Se redirigen hacia Fuenterrabía. |
| C2 | 1os Julio 1638 Vados de Andaya | D. | Vadean 5 tropas de caballos, los nuestros se retiran a bosques. Cogieron aquel día Irún, al siguiente Oyarso, Leza y Rentería, y al tercero al Pasaje, donde hallaron muchas armas y piezas para los navíos, y 4 navíos medianos, 3 sacó del puerto Alonso Idiáquez. Los ntros. cruzan el Urumea y se hacen fuertes en Hernani. |
| C3 | 1os Julio 1638 Vados río Urumea | V. | La caball. enemiga empezaba a pasar el vado pero 500 arcabuceros escondidos les tiran, se retiran hacia San Sebastián dejando algunos mtos. |
| C4 | 1os Julio 1638 Castillo Yguero | D. | Lo desampararon al ver al enemigo, se echaron al mar y a nado fueron a Fuenterrabía. |
| C5 | Día 6º Fuenter. | V. | Miguel de Ubilia con barcos menores por la boca del río, con la marea favorable entró en la plaza con 160 vecinos de Tolosa y Aspeitia. |
| C6 | Día 9º Fuenter. | D. | Apresaron los fr. un navío de Dunquerque que que llegó a Yguero. |
| C7 | Día 10º Fuenter. | V. | Salida con 40 h., 20 mtos. fr. incluido el ingeniero mayor de los ataques. |
| C8 | Día 11º Fuenter. | V. | Salida con 150. Muchos fr. mtos., 1 mtos. propio. Causando más espanto que el día anterior. |
| C9 | Día 12º Fuenter. | V. | Entró en la plaza por la noche con remos Pérez Egea, gobernador, con 150 irlandeses y algunos españoles. |
| C10 | Día 12º o +-15 julio Pasage | D. | Con 1000 h. esp. acometen el Pasaje, se defienden los fr., llegan otros 1000 esp. por otro barrio y los creen franceses y se retiran y son rechazados los españoles. Mtos. y her. 50 propios. |
| C11 | 16 Julio 1638 Fuenter. | D. | Por Nabarra atacan los fr. tomaron Vera vacía y la destruyeron. |
| C12 | 16 Julio 1638 Cerca Vera | V. | Rechazados los fr. en el puente, tentan por vados y tampoco. Después de 4 horas se retiran a Francia. |
| C13 | 14 Julio 1638 Fuenter. | V. | Salida de 250, se detuvieron casi media hora deshaciendo los ataques hasta que se retiraron. 12 mtos. y 14 her. propios. |
| C14 | Día 24º Fuenter. | - | Salida del almirante Roa con un escuadrón, con el tiempo muy lluvioso, atravesó la estacada y acometió. Se retiran. |
| C15 | Día 36º Fuenter. | V. | Intenta un socorro de 300 meterse en Fuenterrabía, se le dispara un mosquete a un irlandés y vuelven a la carrera 220 y 80 entran a nado en Fuenterrabía. |
| C16 | Dia 38º o 39º Fuenter. | - | Salida al amanecer con 258, llegaron al interior de los cuarteles. Muertos o heridos graves ciento de los ntros. |
| C17 | Día 50º Fuenter. | - | Baluarte Magdalena, descubren mina ene., los fr. tiran a los defensivos de atrás del baluarte, mataron a muchos de la cía. de Beaumonte. |
| C18 | Día 51º Fuenter. | V. | Vuelan la mina de la Magdalena, el baluarte se mantiene pero asaltan los fr., son rechazados con pérdida de muchos y se vuelven. |
| C19 | Dia 53º Guetaria | D. | Con barcos de fuego queman, y los propios pegan fuego a sus barcos, 11 navíos quemados y 300 mtos. según capitanes. 2000 salen a nado. |
| C20 | Día 55º Camino Irún | V. | Escaramuza de 150 soldados y caball.propios con 3 batallones de caba. ene., apresan a los 2 capitanes ene. y los fr. se retiran. |
| C21 | 31 Ag.-2 sept. 38 Fuenter. | V. | Ponen fuego a una mina bajo baluarte de la Reina. Avanzan, se porfió algunas horas, murieron muchos fr. y nos costó mucha sangre. Rechazados. |
| C22 | 2-3 sept. 38 Monte Jasquibel | - | Se juntan los esp. en monte Jasquibel para dar el socorro, hay tormenta y en la noche se fugan 7000 h., se vuelven atrás a repararse. |
| C23 | 4 sept. 38 Fuenter. | V. | Vuelan hornillos y abren brecha para 15 h. en el baluarte de la Reina. Acometen 3 veces que son rechazados, les tiran tinajas. 4 horas de combate, 50 mtos. o her. propios, 300 mtos. fr. más los heridos. |
| C24 | 6 sept. 38 Fuenter. | V. | Nuevo asalto fr. (baluarte Reina ¿), lo intentan 4 veces, llegan a pasar la muralla pero son rechazados y perseguidos hasta sus fortificaciones. Casi 400 mtos. fr., 40 mtos. y her. propios. |
| C25 | 7 sept. 38 Fuenter. | V. | Socorro por varias partes, en especial collado de Guadalupe, se ponen en fuga los cuarteles fr., 1500 mtos. en combate, 2000 ahogados, 2000 presos, todo el dinero de las pagas y más. Habiendo el de Condé hecho reseña en San Juan de luz halló que faltaban 8000 h., fuera de 3000 escogidos que por voz común y relaciones de prisioneros se cree que perdió en todo el tiempo que duró el cerco. |
D1. Mss/17509. Defensa y socorro de Fuenterrabía. 1638. Por Joseph Moretto.
Relación histórica del memorable cerco que el año de 1638 puso sobre la insigne villa (que por él se llama ciudad) de Fuenterrabía, el Príncipe de Condé, general de las armas de Francia, y de la derrota que en batalla campal tuvo con todo su ejército, gobernando las armas de España los excel. señores Juan Alonso Enríquez de Cabrera, almirante de Castilla, y Pedro Faxardo, Marqués de los Vélez, alcanzando del ejército de Francia una insigne victoria en que se ponen con toda distinción todas las circunstancias individuales y sucesos más memorables que hubo en dicho cerco y batalla.
Que sacó a luz en lengua latina el P. Joseph Moretto de la compañía de Jesús, y ahora nuevamente ha traducido en nuestro idioma castellano el P. Fr. Manuel de San Juan, Passantte de Arttus y maestro de estudiantes de theología, que fue de la universidad de Hirache, prior y maestro de estudiantes del colegio de Espinareda y Prior y lector de theología moral de Santa María la Real, de Nájera, e hijo profeso de ellas.
Prólogo del traductor.
El riguroso y apretado asedio que el año pasado de 1638 puso sobre la invicta ciudad de Viena, metrópoli de la Austria, el Gran Visir del Tirano del Oriente, con todo el poder otomano, la valerosa constancia de los defensores y la reñida batalla que dieron para descercarla los serenísimos generales Rey de Polonia y Duque de Lorena, alcanzando de las armas otomanas una insigne victoria, han hecho, y con muy justa razón, celebérrima aquella ciudad sobre lo que antes era, para los siglos venideros.
Y a mi parecer la misma razón tiene la nobilísima, fidelísima y fortísima ciudad de Fuenterabía (que todos estos títulos tiene bien merecidos y adjudicados por privilegios reales en premio de su valor) para hacerse no menos célebre en las historias y lenguas de las gentes, por el inaudito valor y heroícos hechos de fortaleza y constancia que mostró en el memorable cerco que el año de 1638 le puso el Príncipe de Condé, general de las armas francesas, echando todo el resto de su poder para rendirla y sujetarla a la corona de Francia, valiéndose de cuantas estratagemas y ferocidad en los asaltos pudieron caber, en la sagacidad y valor de esta belicosa nación, y por la peligrosa batalla y gloriosísima victoria que consiguieron las armas españolas debajo la conducta de los exc. señores y magnánimos héroes, almirante de Castilla y Marqués de los Vélez, éste general de la gente de Nabarra y aquel de la de Castilla.
Pues parece que el cerco, batalla y victoria de Fuenterrabía fue idea y ejemplar de lo que 45 años después sucedió sobre Viena, batalla que se dio para descercarla y victoria que se consiguió con tanta gloria de la cristiandad. Y menos en el número de agresores y defensores (que aún en esto exceden los de Fuenterrabía, cotejando el corto número de 700 presidiarios contra 22.000 opugnadores, con el de 30.000 en Viena aun respecto de 312.000 combatientes), en todo lo demás son muy parecidas, así en el tiempo en que se puso el asedio, pues fue a principios de julio, pocos días más o menos uno que otro, y en que se quitó con batalla campal, uno a 7 y otro a 12 de septiembre. Uno y otro con especial ayuda del Cielo y disposición humana, por intercesión de Ntra. Señora la Gloriosísima Vírgen María, uno víspera de su Natividad y otro el quinto día de su Infraoctaba.
Pues en las labores subterráneas de fuera y de dentro, en las bombas que arrojaron, cañonazos con que azotaron la ciudad y murallas, minas que se volaron, peligrosos asaltos que se dieron, y corajudo valor con que los defensores se resistieron, son tan parecidos uno y otro cerco que hallará muy poca o ninguna diferencia quien con atención los combinare. Si Viena era el antemural de la cristiandad, Fuenterrabía lo es de España por aquella parte, si a aquella cerca el caudaloso río Danubio, por una de cuyas isletas le podía entrar algún socorro, que impidieron los turcos con fuertes estacadas, a ésta cerca también el río Vidaso, aumentado ya con las crecientes del mar a ser brazo suyo y ocupada su boca con una armada victoriosa para no dejar entrar algún socorro.
Si allí la suma diligencia y cuidado del Conde de Estaremberg, gobernador de la plaza, fue la parte principal de la resistencia, aquí también el valor y constancia del gobernador Eguía y alcalde Butrón fue el todo de su perserverancia. Si allí consiguieron la victoria los 2 héroes de la cristiandad y generales de Alemania y Polonia, aquí también la alcanzaron los 2 generales de Castilla y Nabarra, iguales en el mando. Y ponderadas bien las circunstancias aún excedió el valor de los fontirrabienses al de los vienenses, pues la resistencia de éstos estribaría siempre en la esperanza de socorros del ejército cristiano que tenían cerca, y en el horror de verse reducidos con la rendición al último y fatal excidio universal, o por lo menos a una miserable esclavitud y mudanza de religión, y no vieron pérdida ni derrota alguna en sus compañeros (que quizás a haberla visto hubieran blandeado sus ánimos), sino antes cada día vían mejorarse sus cosas por la buena dicha y diligencia del Duque de Lorena, mas los de Fuenterrabía aún viendo la pérdida total de la armada y disipación del ejército español con la tempestad, nunca cayeron de ánimo por más que se vían imposibilitados de socorro, y aunque dado caso se rindiesen, no por eso perderían ni sus privilegios ni haciendas, ni tenían que temer las vidas, ni mudanza de religión, y solo por la fidelidad hicieron lo que los vienenses por la fidelidad, vida, libertad y religión.
Y aún fue algo más insigne la victoria de los españoles por las circunstancias sobre Fuenterrabía que la de los cristianos sobre Viena, pues en esta salieron los turcos de sus líneas a recibir al ejército cristiano, y en campaña rasa, cuerpo a cuerpo se dio la batalla y consiguió la victoria, mas en Fuenterrabía dentro de sus mismos alojamientos fueron acometidos los franceses, y vencidos en sus mismos cuarteles y dentro de sus fortificaciones. Y si allí se debió la victoria, junto con el valor de las armas cristianas, a las súplicas y oraciones de la cristiandad con que imploraron el auxilio del Cielo, al paso que le habían irritado las blasfemias que en público manifiesto había vomitado la bárbara arrogancia del Sultán contra el Dios de los cristianos, aquí también se debió mucha parte, sino el todo del buen suceso, concurriendo el valor de los españoles a la fervorosa devoción con Ntra. Señora, votos humildes y ayuno del lugar y del ejército con que solicitaron su amparo, al paso que le habían desmerecido los enemigos por la violación de la hermita de Ntra. Señora de Guadalupe y blasfemias que en ella había dicho contra Dios y sus Santos el ministro calvinista, con aplauso de los jefes herejes que asistieron a tan sacrílego sermón.
Y finalmente si allí reconocidos al favor del Cielo los generales cristianos y entrando con especie de triunfo en Viena, fueron a la iglesia catedral a dar las gracias al Dios de los ejércitos de tan insigne victoria con el himno Te Deum, aquí también los generales españoles con la misma pompa fueron a la iglesia del lugar a dar las gracias a Dios y a su Santísima Madre con el mismo cántico de tan singular beneficio.
La afición, pues, que siempre he tenido a la historia, en especial donde se trata de guerras y trances de armas, y el considerar que habiendo sido la nación española, espanto y terror de todas las del mundo, hasta llevar sus estandartes al nuevo Orbe, edificando colonias en la América y sujetando aquellos 2 grandes imperios de Méjico y el Perú a la monarquía de España, y aún hasta lo último de la Assia en las Philipinas, (dejando aparte la belicosa gente lusitana, que no menos ha dilatado su fama y valor conquistando y sujetando 12 reyes o repúblicas en Africa, y 24 en la Assia, como es autor nuestro monje San Román en la Historia de la Yndia Oriental, y también mucha parte de la América, en lo que llaman Brasil), y en nuestra Europa todo el reino de Nápoles contra todo el poder de Francia y potentados de Ytalia, ganándole 2 veces el Gran Capitán, una para el mismo Rey de Nápoles y otra para el católico de Castilla, y poco después la mayor parte de Ytalia hasta ollar con sus pies la cabeza del mundo que fue la misma Roma, en tiempo del máximo Emperador Carlos Quinto, y en el de su hijo Philipo Segundo casi a todos los Países Bajos que llaman Flandes, y parte de Alemania la alta, contra todo el orgullo de Francia y protestantes de Alemania, debajo la conducta del grande Alejandro Farnesio, y otras muchas conquistas que no cuento por escusar prolijidad.
Ha llegado nuestra nación a ser tan vilipendiada y ultrajada de la francesa en estos últimos años que con no muy poderoso ejército nos ha ganado las mejores plazas de Cataluña, quedando tan consternada de ánimo la cabeza del Principado, Barcelona, que se pudo temer que con solo ponerse a su vista el ejército de Francia se le hubiera entregado sin costarle gota de sangre el conquistarla. Y para que se avergonzasen los españoles que hoy viven, de ver lo que han degenerado del valor de sus padres y abuelos en solos 56 años de intermedio, fuera conveniente que leyesen a ratos perdidos las heroícas hazañas que hicieron los generosos guipuzcoanos en este memorable asedio de Fuenterrabía, y los navarros y castellanos en la batalla que se dio para quitarle.
Esta afición y consideración y el entretener algunos ratos de alivio que nos da la religión, después de la continua tarea de los actos conventuales, para huir la ociosidad enemiga del alma, me han movido a hacer esta traducción, porque aunque salieron a luz algunas relaciones en prosa y en verso sobre esta materia cuando estaba reciente, fueron muy sucintas y diminutas, omitiendo muchas circunstancias y hechos heroícos de personas particulares, que fue lástima se perdiesen sus nombres, así para esplendor de los descendientes de dichas familias, como para que con su memoria no se degeneren del valor y constancia de sus antepasados.
Confieso la dificultad del empeño, y más habiendo escrito el autor con tan encumbrada elegancia en lengua latina, en la cual por faltar términos ciceronianos para los nombres y vocablos modernos le es forzoso valerse de rodeos y metáphoras, como son casi todos los grados de milicia, y más para tratar de la diábolica invención de la pólvora, tiros, bombas, mosquetes, escopetas y demás invenciones fundadas o adyacentes a esta peste infernal del género humano. Con todo eso procuraré ajustarme lo más que pudiere a la intención del autor en un rodado lenguaje castellano. Y porque éste solo divide la obra en 3 libros, sin hacer Capítulo en alguno de ellos, con todo eso me ha parecido más conforme al estilo moderno dividir cada libro en algunos Capítulos para no dar fastidio a los lectores, y asi los pondré donde me pareciere conveniente.
Libro Primero.
Capítulo 1.
Averíguase las causas más remotas y próximas de este rompimiento: dase relación de un pronóstico que hubo de esta guerra.
Muchas causas hubo para emprender la guerra contra Francia, y otras particulares movieron a los franceses a esta expedición y cerco de Fuenterrabía, que porque depende de aquellas primas y tienen entre si mucha conexión, me es forzoso tomar el agua de algo más arriba, sin deterneme mucho en averiguarlas, pues es ocioso, por no decir necedad, cansarse en inquerir los motivos ocultos de guerra entre príncipes poderosos y confinantes, cuando la ambición y deseo de mandar y extender los dominios son tan claros, pues si uno levanta la cabeza luego le empiezan muchos a codiciar, y si por la buena fortuna tiene esperanza de más, luego nace la envidia y pesar de la prosperidad ajena, y por lo menos temor en los vecinos de si se contentará el enemigo con la presente felicidad sin buscar más.
Estas, creo yo, son las mayores y más principales causas de las guerras, aunque otras se mezclen y se manifiesten por especie de honestidad. Porque a la verdad, mientras los españoles y franceses estaban contentos con lo que cada uno tenía dentro de su casa y reino, hubo una paz muy segura, un amor recíproco y muchas señales de benevolencia entre ambas partes. Pero en expeliendo de si España a los moros y Francia a los bretones, cuyo pesado yugo una y otra habían tenido sobre si, libres ya de temor en sus casas, empezaron a aspirar a señoríos extraños, y a querer extender los límites de su imperio, y así sobre el Principado de Ytalia se fomentaron las guerras y convirtió en odio el recíproco amor que se tenía.
Ni otra cosa se ha sacado de haber intentado la paz con mutuos matrimonios, que constarnos por experiencia cuan débil vínculo es la sangre entre los reyes, pues el rencor y odio que parecía estar apagado entre las cenizas, por la causa más leve suele recibir y encenderse. Pero habiéndose movido en nuestros tiempos las armas en Italia, las diferencias sobre mantener o quitar el Ducado de Mantua al de Hibernia, con grandes movimientos de la Europa, turbaron los pacíficos principios de los potentísimos reyes Philipo Cuarto en España y Luis XIII en Francia, y sino fueron el orígen y principio, fueron por lo menos indicio de más sangrienta guerra, como de 20 años a esta parte, alternando de una parte y otra las victorias y derrotas, lo dice la experiencia. Pues de tal suerte estaban compuestas las diferencias, que solo era aparente la paz, temiéndose los vecinos que no había de durar mucho, estando los ánimos tan exarcerbados, y reconcentrados los odios, que más parecía haber reservado las armas para otro tiempo, que dejádolas del todo para hacer la experiencia después cada uno de sus fuerzas con la mayor acrimonia que pudiere.
Añadiéronse a este temor algunos pronósticos que fueron tenidos por prodigios, de cuya verdad diré lo más averiguado. Al principio de esta guerra se vieron en el campo de Lumbier, distante casi 20 millas de la ciudad de Pamplona, reñir 2 águilas 3 días contínuos con tanta extraordinaria porfía, que empezando la riña al amanecer, sola la noche las podía espartir, y luego al día siguiente, como a lugar señalado para el duelo, volvían al mismo tiempo, y puesto a proseguir la riña comenzada. Hízose también la conjetura, por las partes de donde salían y a dónde volvían, porque saliendo la una de Occidente y de la parte interior de España, la otra por el contrario salía del Oriente y de aquella parte de Francia que cae detrás de los Pirineos, y guardando siempre este orden, volvían a la noche hacia la misma parte de donde habían salido. Finalmente habiendo concurrido del día tercero de esta riña gran multitud de gente a ver el espectáculo riñeron las 2 aves con más coraje que los 2 días primeros, hasta que muertas y casi sin plumas, picos y uñas ensangrentadas, abrazadas una contra otra cayeron en tierra, y cogiéndolas luego al punto, las llevaron a Pamplona, y yo, siendo mucho, las vi desde casa de mi padre, en la de Carlos Lizaraza, las cuales transportadas a Madrid con testimonio de lo sucedido, dieron harto que discurrir a los observadores de semejantes pronósticos.
Capítulo 2.
Rompen los franceses por Flandes y los españoels por Nabarra: retíranse luego muy menoscabados por la peste.
Los primeros que sacaron la espada fueron los franceses, que como más prontos a la guerra y que tienen todo su valor en la presteza, levantando un grueso ejército a fuego y sangre entraron por Flandes, y tomando por caudillos a Satilonio y Brezeo, capitanes muy conocidos, aumentado su ejército con las tropas de los flamencos rebeldes, con tan poderoso ejército, en que se contaban más de 30.000 combatientes, acometen a Tirlemon, plaza de Brabante, muy desigual para defenderse de tanto peso como le echaban a cuestas, y mientras el gobernador del presidio, estaba tratando con los capitanes de Francia de las condiciones para entregarse, con nueva perfidia acometen por la puerta contraria, y usando con los miserables ciudadanos cuantas crueldades y violencias suele hacer el primer ímpetu de la guerra en los lugares que coge por fuerza de armas, y permite la licencia de capitanes herejes en un ejército nuevo, en particular contra gente de diferente religión, con tan infaustos principios afligieron a los tristes prisioneros.
A este rompimiento por Flandes que fue el año de 1635 atribuyeron los españoles la causa y los franceses el principo de la guerra. Luego descargó sobre Italia todo el nublado de la guerra y solicitando los franceses los ánimos de los príncipes italianos, y habiendo atraído a su partido a los Duques de Parma y Saboya, a expensas comunes, pusieorn cerco a Valencia del Poo, sita en los confines de los Insubros, que ahora llaman Lombardia, aunque no pudieron tomarla.
Viendo en la Corte de España estos arrojos, para que no se fuesen alabando los franceses de tantos rompimientos de guerra se determinó hacerla contra Francia mandándole al Infante Ferdinando de Austria, que engrosado su ejército con las tropas auxiliares de Alemania, la comenzase por Flandes. Gobernaba a la sazón el reino de Navarra, con nombre de Virrey, Francisco Irarazabal, a quien pocos años antes había hecho el Rey merced de darle el título de Marqués de Valparaíso. Este, muy deseoso de gobernar las armas solicitó con repetidas cartas al Rey, a su gran privado Guzmán, que le hacía merced a mover guerra contra Francia por los confines de Nabarra, con pretexto de que por esta vía se podían distraer las fuerzas de Francia, para no poder resistir el Príncipe Ferdinando que la empezaba por Flandes y que con muy poca costa del erario real se podía hacer esta diversión, con sola la gente del reino, obligándola con mandatos y solicitándola con esperanzas de premios.
Aunque quien fuese el autor de este consejo, si el de Valparaíso o el mismo Guzmán, ambicioso de gloria militar, pues de lo que pasaba por Italia y Flandes muy poca le podría resultar, por gobernarla de tan lejos, y mucha de la que estaba tan cerca, anda en opiniones. Y verdaderamente, el de Valparaíso viendo que los pareceres de la gente principal del reino, contradecían este rompimiento alegando ser toda la milicia bisoña, que entraba ya el otoño y que los sagrados límites del Pirineo los había puesto la naturaleza como para paz de entrambos reinos, los cuales el que traspasase, de siglos muy atrás constaba por experiencia, volvía siempre con las manos en la cabeza.
Respondió algunas veces que la corte y mandato real les obligaba a tomar las armas, aunque hay sus opiniones, si lo hacia por echar a otro la culpa de este rompimiento. Consta por lo menos claramente que Guzmán con demasiada codicia tomó este concsejo que le dieron, porque solía llamar muy de ordinario, suya, a esta guerra, y la fomentó con todas sus fuerzas, mandando hacer granes levas de soldados por toda Castilla, luego que rompieron los navarros, y que todos los caballeros fuesen a la guerra con armas y caballo, quitando a todos los que tenían coche, un caballo, obligándoles a que lo pagasen, y aumentó después la fama de tan grande ejército con la autoridad del general que le dio, enviando al almirante de Castilla para que le gobernase.
Porque al principio, de tal suerte le dieron el mando del ejército al Marqués de Valparaíso, que le mandaron no saliese de los fines del reino, sino que deteniéndose en el lugar más cercano con el nervio principal del ejército, gobernase desde allí las armas, mandando que metiese las tropas dentro del país enemigo, a Juan de Occo, caballero del hábito de Santiago y gobernador del castillo de Pamplona, que habiendo cursado mucho tiempo en la milicia de Italia estaba bien curtido y con grande opinión en el arte militar, a quien mandaron que obedeciese en todo al de Valparaíso hasta que llegase el almirante, pero muriendo de enfermedad al principo de esta guerra el dicho Occo, recogió sobre el de Valparaíso el cuidado también de meter las tropas en el país enemigo.
El de Valparaíso, pues, asegurando primero los pasos estrechos de los Pirineos, con buena guarnición para que desnuda Nabarra de presidios, no quedase expuesta a la invasiones de Francia, repartiendo 10.000 nabarros en 8 legiones o tercios, y recogiendo alguna caballería del reino, llegó a los términos de él, y aumentando allí el ejército con 1500 guipuzcoanos y 800 vizcaínos, y algunas tropas auxiliares de aragoneses, a fines del otoño y en lugares tan lluviosos y tempestuosos como cercanos al mar y al Pirineo, sin tener hecha bastante provisión de forrajes, ni aún de pólvora, como en jornada tan repentina, habiendo hecho una grande peroración al ejército, acomete a tierra de la Purdia, y enviando a llamar al mismo tiempo a los vizcondes de Solina y del valle de Erro, a quienes con 2000 valientes soldados navarros, había puesto en Roncesvalles, como puerta principal de Pirineo, les mandó incorporar con el ejército, ya fuese por haber mudado de parecer, ya por encubrir su intención, y amenazando por otra parte tener suspenso y distraído al enemigo, hasta dar sobre él de repente.
Cogiéronse en esta entrada en tierra de la Purdia, Orunia, Andaia, Ciburo y el lugar de San Juan de Luz, y luego después Zocoa, unos de miedo y otros por fuerza, aunque bien poca, estando todos desapercibidos, sin temor de guerra, en un tiempo tan tempestuso, y con un ejército levantado tan de repente. Bayona ciudad muy rica, ni siquiera fue tentada por más que clamaban los maestres de campo y los principales capitanes, diciendo que o no se había de haber rompido la guerra o comenzada no se había de dejar sin hacer alguna cosa digna de fama de un ejército de España tan poderoso.
Y a la verdad que había bastantes esperanzas de que solo con arrimarse el ejército se entregaría la ciduad, no teniendo presidio alguno, y estando los ciudadanos temblando, pues todos los mercaderes con la fama del rompimiento, cada instante se salían huyendo, llevando su hacienda y mercaderías a lo más interior de la provincia, en que daban bien a entender que no había que temer en su rendición. Pero no queriendo admitir este consejo o por tener por muy dudoso el fin, o por parecerles que con haber hecho aquella ostentación de armas, y la fama de nuevo ejército bastaba para dar en qué entender a los ejércitos de Flandes, se redujo toda la guerra a sola la toma de algunos lugares flacos y abiertos.
Permitiose el saco a los soldados sin matar alguno, aunque ellos se tomaron más licencia de la que fuera razón con vecinos tan cercanos, y con quienes hasta entonces contrataban. Por la falta que dijimos de víveres se siguió hambre en los reales que estaban en Ciburo, y después de ellas, como es ordinario, peste, de que murieron más de 7000 hombres, y los que desamparaban el ejército luego lo publicaban por las provincias comarcanas de España, aumentando la mortandad. Finalmente después de 7 meses de campaña los que no murieron de peste fueron enviados a sus casas y hubiera sido muy fácil derrotarlos del todo en la retirada, si los franceses hubieran tenido ánimo para acometerlos.
Ni en todo este tiempo sucedió cosa digna de memoria en el ejército, sino algunas ligeras escaramuzas con la caballería francesa, en que el valor de Tiburcio de Redin, maestre de campo insigne, y de otros cabos viejos, se dieron a conocer bastantemente, siendo dignos de mayores encuentros. Sucedieron estas cosas al fin del año de 1636 y a los principios del siguiente, en cuyo estío con no menor fortuna tentaron los españoles a la villa de Leocadia, último lugar de la Francia narbonense. 5000 españoles, y en ellos el tercio de Guzmán, llamado así por haberse alistado en él el Conde Duque Gaspar de Guzmán, acometieron a cercarla y con esperanza de mayores socorros hicieron mayores los cuarteles de lo que con tan poco número podía defender.
Los franceses juntado un grueso ejército y repartídole en 3 trozos, los acometieron de noche, peleose mucho tiempo con dudosa victoria, hasta que últimamente viéndose tan maltratados se retiraron los franceses, poniendo sus reales muy cerca de los nuestros. Los españoles aunque fueron muchos menos sus muertos (pues solo murieron 300) temiendo que habían de volver a dar sobre ellos enemigos, y que era tan grande la circunvalación de sus cuarteles, que siendo tan pocos, no podían defenderlos, los desampararon, retirándose y casi huyendo, pues dejaron en ellos todo el bagaje y municiones de boca y guerra.
Arrepintiéronse luego de aquella comenzada fuga, y el dolor de haber desamparado sus cuarteles, los hizo detener a tiempo bastante que pudieran haberlos recobrado, pero los batidores que enviaron o engañados con la oscuridad de la noche, o engañando con el miedo que traían, volvieron con la noticia de que ya estaban en poder del enemigo. Los franceses quietos en sus alojamientos se maravillaban de ver tanta soledad en los cuarteles españoles, hasta que fueron avisados de los atalayadores de la fuga de los nuestros, y cogiendo los cuarteles, hallaron en ellos todo el despojo y 12 piezas gruesas de campaña.
Estos 2 rompimientos de España contra Francia fueron la causa de la expedición contra Fuenterrabía de que ahora trataremos, premeditando los franceses el pagarnos en la misma moneda, y teniendo por afrenta que probados 2 veces con guerra descubierta (aunque con tan adversa fortuna) por los españoles, pusiesen en duda el acometer a España y levar sus banderas vencedoras por todas sus provincias más remotas.
Capítulo 3.
Determínase en Francia la guerra contra España: nómbrase general al Príncipe de Condé por tierra, y por mar al arzobispo de Burdeus: previénese Nabarra para la defensa: industria de Redin para fingir que tenía más gente.
Empezaba ya el año de 1638 en que fue cercada Fueterrabía. Viendo el de Richeleu que con tan poderosos ejércitos como había enviado a Flandes y a Italia los años pasados, ni con tan excesivo gasto, no se había hecho cosa de importancia, hallando siempre en los capitanes veteranos y tercios viejos de españoles igual contradicción, por no dejar como dicen, piedra por mover, tenía ya intento de romper por España, y con grandes esperanzas que allá en su ánimo fomentaba, porque le aseguraban las espías, de quienes se valía de ordinario, comprándolas a precio de dinero en las cortes de los príncipes, para saber con toda cautela sus secretos, que en España no había quedado ningún soldado viejo, y con todo secreto le avisaban exagerándoselo más de lo que era verdad, que aquella antigua España formidable a todas las naciones en los siglos pasados, y celebrada en armas y en varones ilusres, estaba ya perdida y corrompida, afeminados los ánimos con las riquezas y delicias de la América, y con las diversas costumbres de tantas provincias, de quienes al paso que es tan fácil pegarse los vicios que tienen, al mismo tiempo se tiene por caso de menor valer tomar lo bueno.
Que se hallaban las ciudades sin gente, con tantas levas como se hacían cada año para Flandes y para los presidos de Italia, y con tantas colonias de españoles fundadas de nuevo en la América, y en Africa, de que se seguía por buenas consecuencias estar los campos por todas partes hechos montes, por falta de labranza, que las murallas de las ciudades estaban por el suelo de puro viejas, a las cuales consume más la larga paz que la guerra más sangrienta, que dentro de España no había disposición para la guerra, por no estar ya en uso las armas. Y aún el mismo Richeleu solía decir muy de ordinario que a España con el aumento de tantas provincias igualmente se le habían recrecido los gastos y las riquezas, y que los grandes imperios a si mismo se oprimen con el grande peso, porque tiene como los demás cuerpos, cierta y determinada medida, de la cual exceder, más es vicio que fortaleza, que el vulgo es carga pesada y el número ha de ser igual en las cosas. Ni sabía ocultar el Conde Duque las necesidades del reino, poco cuerdo en confesar tan claramente y por edictos públicos, la carencia de las rentas reales, para suavizar con eso el rigor de las levas y tributos.
Considerando todo esto el de Richelieu, es fama ppca., que le impelió mucho el nuncio app.co que había entonces en la corte, aconsejándole en carta muy secreta que traspasase a España la guerra, lo cual si fue mentira o verdad, no lo tengo del todo averiguado, sábese empero de cierto, que en España le achacaron este crimen.
Revolviendo en su ánimo estas cosas el de Richelieu le vino muy a propósito el motín que se levantó a principio de este año en Portugal, en la ciudad de Ebora, y luego se divulgó en otras ciudades, en que parece quiso hacer el reino de Portugal preludio a la universal conjuración que 3 años después desde el río Miño hasta el Guadiana, en espacio de solos 15 días cundió por todo el reino con ejemplo nunca visto ni oído en memoria de los annales, de que una provincia tan grande abandonando la obediencia y fidelidad debida a su príncipe, sin desenvainar una espada, sin yerro y sangre, mudase señor tan fácilmente.
Viendo pues el de Richelieu esta ocasión le pareció convenía el darse prisa para fomentar la rebelión, llamadas a otra parte las fuerzas, o si se detuviesen en allanarla, fuese más urgente la guerra cogiéndoles desapercibidos, y así mandó que todo el aparato de la guerra se apercibiese en la ciudad de Burdeus, nombrando por capitán general de ella al Príncipe de Condé, poderoso en riquezas y vasallos en toda Francia, y muy cercano en sangre del mismo Rey, cuyo título se le dio con amplísima potestad de general de las armas a 16 de marzo de este año 1638, dándole para oficiales de su gobierno al Duque Spernon, gobernador de Aquitania Guiena, a su hijo el Duque de Valentin, al Conde de Scomberg, gobernador de la provincia narbonense, al Conde Acrimonte, gobernador de Nabarra la baja y estado de Bearne, y a todos los demás gobernadores de paz y guerra que tenían oficio en todas estas provincias.
A más de esto se mandó aparejar una grande armada en los puertos de Guiena, nombrando por general de ella a Sourdisio, arzobispo de Burdeus. Y no solo este año sino muchos después vimos en nuestra edad a este Príncipe sagrado de la Iglesia infestar las costas de España, capitaneando las armadas de Francia. Mandose también acudir a Burdeus todas las compañías de soldados viejos, sin haber en el ínterin en la ciudad de Bayona y demás lugares fronteros de España, más que los presidios ordinarios para quitar cualquier sospecha de rompimiento.
Pero como no es fácil ocultarse por mucho tiempo el aparato que trae consigo la guerra, luego se empezó a rezumar al entrar la primavera por todas las ciudades de Nabarra y por los lugares confinantes de Guipuzcoa, al principio con alguna duda y variamente con autores dudosos, y después con toda seguridad y firmeza, por los claros indicios que daban de ella los mercaderes y espías, con que fue forzoso dar cuenta a Madrid con propios, que oyéndolo el Conde Duque dio una carcajada de risa, pareciéndole que era el miedo fantástico, pues teniendo Francia a la sazón 3 poderosos ejércitos en Flandes, y otro muy bastante en Italia, como podía tener fuerzas para levantar más gente que pusiese miedo a Nabarra y a las demás tierras de España confinantes con Francia, y estaba tan terco en creer, sino solo lo que él hubiese previsto, que avisándole Pedro Fajardo, Marqués de los Vélez, que poco antes había pasado muy de prisa de Aragón a gobernar a Nabarra, del parto tan grande que tenía Francia para este rompimiento, dando por autor de esta noticia a Martín de Redin, maestro de campo general que se hallaba en los confines del reino, atendiendo con suma vigilancia a todos los movimientos del enemigo, respondió que quisiera preguntar a Redin, ¿en dónde había visto nacer tan de repente ejércitos franceses? Y se celebró mucho la respuesta de Redin, diciendo que si su Exc. no estuviera tan lejos él se los mostraría con el dedo, ni hubo remedio con cuantos propios le hicieron de inclinarse a creerlo hasta que los enemigos habían ya rompido.
Y como Redin, moviéndose ya el enemigo, recibiese 18 cartas de diversas espías, que todas convenían en una misma cosa, y se las enviase al de los Vélez, éste haciendo un pliego grande de todas ellas, se las envió por la posta al Conde Duque, a que respondió que se maravillaba mucho del vano miedo que mostraban tener. Y ya había 3 días que estaba cercada Fuenterrabía, cuando volvieron las postas a Pamplona desde Madrid con la respuesta al de los Vélez y a Redin, admirándose y con razón de la demasiada presunción de un hombre que todo lo confiaba de su juicio y nada del ajeno.
Pero a fines de mayo Fermín de Andueza que con corto presidio estaba en los lugares más cercanos a tierra de la Purdia (llaman las 5 villas) haciendo propio al de los Vélez, le da aviso de que el francés claramente intenta la guerra y que en breve estará sobre ellos. Que el Príncipe de Condé estaba ya en Burdeus y que había señalado para plaza de armas a la ciudad de Da…, que 12.000 infantes y 500 caballos estaban ya alistados: que la provincia de Aquitania había ofrecido al Rey para gastos de la guerra 150.000 ducados, que toda la nobleza de la provincia se ofrecía militar 3 meses a su costa, que a la demás plebe la obligaban a tomar las armas y … que se decía había de llegar el ejército a 26.000 infantes y 2000 caballos.
Alterados el de los Vélez y toda la ciudad de Pamplona con este aviso, sobre vino otro que envió Balthasar de Rada, gobernador del castillo de Maia en los confines del reino, avisando que en 21 de junio había entrado el Conde de Acrimonte en el lugar de San Juan del Puerto, sito a la raíz del Pirineo, y que le seguía su hijo, maestro de campo con 20 compañias de infantería, otras 20 enderezaban hacia Andaia con el maestre de campo, hijo del de Condé: que el mismo Príncipe de Condé había entrado en Bayona la antevíspera de San Juan: que habían transportado por mar a Bayona 25 piezas gruesas de campaña que estaban expuestas en el puerto: que era muy grande el aparato que se hacía para esta guerra. Que de toda la caballería habían ya llegado 400 y que los restantes se esperaban de día en día.
Esta nueva causó grande alboroto y miedo en Pamplona y en todo el reino, solas 3 compañías de soldados viejos había a la sazón en la ciudad, y una en el castillo. Solo el castillo de Burqueto, sito en el Pirineo en Roncesvalles, era el que podía detener algo el enemigo, pero estaba tan falto de presidio, sin artillería ni municiones, como quien vivía en suma seguridad de paz, que creían todos, no solo los bisoños y cobardes, con el sobresalto, sino aún los más experimentados en la guerra que de golpe se le podía llevar el enemigo. Y no fuera tanta la pena en perder este castillo como gastarse el enemigo algunos días en combatirle, y se diese lugar a que se juntasen los tercios del reino, y se asegurase con buenos presidios la ciudad de Pamplona.
Mandó pues el de los Vélez que todos los vecinos de la ciudad que tuviesen edad para ello, de cualquier estado y condición que fuesen, tomasen al punto las armas, y alistados debajo sus banderas estuviesen repartidos por diferentes puestos. Que cesase la Audiencia, que se cerrasen las tabernas, que hubiese vacación en los estudios, y que para reparar las murallas acudiesen todos los hombres y mujeres de cualquier edad, y a la verdad que necesitaba mucho de reparo aquella parte de los muros, que por ambos lados tocan al castillo, no siendo entonces de piedra sino de tierra.
Despachó también el de los Vélez personas que trajesen a la ciudad cuanta cantidad de trigo pudiesen hallar, y ordenó a los nobles y caballeros que fuesen corriendo a las merindades del reino, y con toda prisa, como en el sumo peligro, viniesen con los tercios obligados. Martín de Redin, gran prior de la orden de San Juan en el reino de Navarra, y maestre de campo general en él, varón esclarecido en la ciencia del arte militar, a mata caballo, como suelen decir, pasó a Roncesvalles por donde se creía había de acometer el enemigo a fortificar el castillo de Buzqueto con 2 compañías de infantería, y 2 piezas de campaña, y entrando en el castillo avisa por la posta al de los Vélez, que allí no hay fuerza alguna con que poder hacer detener al enemigo, y que vuelve a remitir a Pamplona las 2 piezas, porque no vengan a poder del enemigo, que la guerra ha de ser en Pamplona, sobre cuyas murallas estará el enemigo dentro de 3 días de jornada.
Pero por no faltar a cosa de su oficio, obligando a tomar las armas a los habitadores de aquel valle, y a los de los circunvecinos (porque casi toda Navarra está repartida en valles), con unos reparó el castillo lo mejor que el tiempo permitía, y con otros puso impracticables los caminos, porque hay en todo aquel contorno muy espesos bosques de abetos muy grandes, en particular en el valle que llaman de Carlos, por haber derrotado allí los nabarros a Carlo Magno, y degollado la nobleza de Francia.
Este camino no estaba antiguamente acomodado para poder pasar ejército por él, pero los años pasados el Marqués de Valparaíso lo había hecho allanar, abriendo a pico los peñascos para poder pasar las piezas de campaña, escogiendo esta puerta del Pirineo para hacer la entrada que hemos apuntado, por parecerle que estaba a caballero del lugar que llaman San Juan de Pie de Puerto.
Mandó pues Redin cortar árboles en grande cantidad y ponerlos cruzados en los estrechos más costaneros del camino, echando sobre ellos grandísimos peñascos, y haciendo muchos hoyos y cortaduras en los caminos, y porque no tenía gente para defenderlos, armaba los bosques y la naturaleza fuerte del terrerno contra los enemigos. Puso en emboscada en los bosques que caían sobre los caminos a los habitadores de estos valles diciéndoles que siempre habían sido buen agüero para la gente de Nabarra semejantes emboscadas, y trayéndoles muy de continuo a la memoria las grandes derrotas que habían dado a los franceses en aquellos mismos puestos, que aquella guerra era por libertar sus casas, hijos y mujeres, a quienes el repentino sobresalto no daba lugar ni aún para huir, que iban ya grandes socorros a Pamplona, y que no era justo que ellos desamparasen sus montes y la tierra donde nacieron y se habían criado, cuando otros los buscaban solo por la fama y salud común de su patria.
Y como era tan ingenioso usó de una astucia para aumentar entre los enemigos la opinión y pocas fuerzas con que se hallaba, porque al llegar a Pamplona una compañía de soldados viejos, haciendo que 6 soldados remudasen las insignias de capitanes y volviendo a entrar muchas veces por diferentes caminos de los bosques, a vista de los mercaderes franceses que se pasaban a Francia, y a quienes de propósito entretuvo parlando con ellos, de tal suerte introdujo en el castillo aquella compañía, que tuvieron todos por cierto que eran 6 compañías de soldados viejos, y saliendo acompañando a los mercaderes franceses muy largo trecho, y llevandolos por los caminos mas ásperos en donde había añadido diversos reparos y fortalezas les amonestaba que notasen bien lo que iban viendo, haciendo alarde de que estaba muy contento y de que el provocaba al enemigo, no teniendo en la realidad fuerzas algunas y disimulando la grande tristeza que tenía en su interior.
Mientras pasaba esto en Roncesvalles, se iba juntando gran número de soldados en Pamplona, tanto que fuera de los vecinos de la ciudad y de los que habían acudido de las tierras vecinas a cerrar los pasos de los Pirineos, dentro de 8 días del primer aviso, estaban ya 8000 soldados con armas, y en el palacio y plaza del castillo viejo hacían sus cuerpos de guardia debajo sus banderas.
La gente que guardaba los pasos del Pirineo era ésta. Juan Rada, caballero de la orden de Santiago, guardaba las 5 villas más cercanas a la tierra de la Purdia con 1500 hombres. Balthasar Rada defendía el castillo de Maya con 3 banderas de soldados, 800 debajo la conducta del mismo guardaban a Erraso, Arisco y otros lugares en el valle de Bastán: 500 naturales de los valles de Bastán y Vetisarán hacían las centinelas entre los soldados, siéndoles de grande ayuda, así por saber bien los sitios y lugares de aquel país, como por el valor natural que tienen todos los montañeses del Pirineo. El castillo de Burgueto estaba encomendado a Andrés Marín con 1100 soldados de guarnición. Francisco Ibero, caballero del orden de San Juan, tenía puestos en banderas todos los naturales de los valles de Roncar, Salazar y Ezcoa.
Capítulo 4.
Apunta el francés a Roncesvalles y pasa a Fuenterrabía, toma algunos lugares sin contradicción hasta ponerse sobre ella: Descripción de su sitio y fortaleza, antigua y moderna, y del tiempo que estuvo en poder del francés: reparten los del presidio los puestos y avisan al Rey de la invasión.
Junto ya casi todo el ejército de Francia junto al lugar de San Juan de Pie de Puerto, enviando delante batidores y con ellos un gran trozo de arcabuceros, intentaron la entrada del Pirineo por Roncesvalles, pero recibidos de la gente que había dejado Redin emboscada en los montes, con una gentil rociada de mosquetería, muertos algunos de ellos se volvieron a donde estaba lo restante del ejército (C1), que dejado aquel camino traspasó de repente las banderas al país de la Purdia, hacia tierra de Guipúzcoa.
Y de que no fuese el ánimo de los franceses acometer a Nabarra, es para mi, vehementísima sospecha, y que no mudaron de parecer sino que lo fingieron, de que es bien claro argumento las grandes prevenciones de armada que estaban hechas, no teniendo Nabarra en todo su distrito lugar alguno marítimo ni ocurrió cosa nueva, de momento, que las obligase a mudar de parecer, aunque se haya dicho en el vulgo de la gente que cayendo una espesísima niebla, el tentar el paso del Pirineo, y amedrentados de la ceguera que les causaba desistieron del intento comenzado.
Yo para mi tengo que solo fue añagaza para ostentar las armas hacia una parte y llevarlas a otra, y coger más fácilmente a Fuenterrabía, como menos apercibida con el cuidado de otras partes. Ni es nuevo en los franceses usar de estas zalagardas o ardides, si se pueden llamar, de guerras, haciendo el aparato y echando la voz para una parte y cayendo luego sobre otra, pues al año siguiente de que ahora tratamos arrimaron todo su ejército a Nabarra y a Guipúzcoa y para dar a entender que hacía ellas había de ser la campaña, acometieron el castillo de Maya con 8000 infantes y 500 caballos, pero resistidos con el valor de 200 soldados veteranos, y 400 vecinos del valle de Bastán que con el capitán Balthasar de Rada, le defendían, y fueron tan animosos que contra el dictamen de su capitán, haciendo una salida en que mataron muchos franceses, y en ellos al Tribuno o maese de de campo del tercio, les obligaron a volver las espaldas, retirándose o huyendo.
En cuyo rompimiento, llamadas todas las fuerzas de España a Nabarra y Guipúzcoa, transportaron los franceses toda la guerra a Rosellón en Cataluña, rodeando por lo más interior de Francia, para que el camino por las vertientes de los Pirineos no descubriese su intento, desmintiendo a más de esto a los tránsfugas o tornilleros y espías, echando voz de que por nuevo mandato de su Rey se mudaba la expedición de aquel año contra Italia, y con este ardid cogieron en pocos días al fortísimo castillo de Salsas y otros muchos lugares de Rosellón, que estaban bien descuidados y poco apercibidos.
A primero, pues, de julio se empezaron a descubrir desde las murallas de Fuenterrabía grandes trozos de caballería e infantería en los montes de Andaya, por aquella parte por donde feneciendo el Pirineo en el océano va bajando lentamente con menos collados y derrumbaderos, de donde bajaron al río Vidaso, que por aquella parte dividie a Francia de España, con banderas desplegadas, y con todo el ruido de atabales y trompetas. Estaban en la otra ribera hacia la parte de España Diego Ysaz Sarmiento, maestre de campo de aquella tierra, y Joan Cracon, corregidor en lo civil, con 2000 soldados guipuzcoanos que en algunos puestos habían hecho sus trincheras, para defender la ribera, teniendo a las espaldas un bosque para poder retirarse en perdiéndolas.
No era el puesto muy acomodado para repeler al enemigo, y más con tan poca gente, pero bastante para hacerle detener. Era también desacomodado para los mismos defensores, por estar muy bajo y casi igual con el mar cuando llena, y cuando baja queda el terreno cenagoso de suerte que no se puede andar por el a pie, ni tampoco a caballo tan fácilmente, siendo por el contrario la ribera de la parte de Francia, más montuosa y levantada, en la cual poniendo algunas piezas de batir quedaban los españoles defensores descubiertos y expuestos a los tiros del enemigo. Ni se habían descuidado los franceses de esta oportunidad que les ofrecía el tirano, disparando contra los nuestros con 2 piezas de campaña que habían puesto en un collado cercano.
Los vados del río no están juntos, antes distan unos de otros largo trecho, pero para guardarlos todos era menester un ejército mediano. Lo cual mucho antes había adivinado que había de suceder aquel insigne ingeniero Vespasiano Gonzaga, enviado desde Nabarra, donde era Virrey, por la Majestad de Phelipe Segundo a registrar toda esta tierra, y y guardan hoy día en Fuenterrabía el parecer que dio sobre esto por escrito.
Los guipuzcoanos cuando vieron a la caballería francesa entrar a vadear el río, quisieron estorbárselo y pelearon un poco, pero luego desampararon el puerto y se derramaron medrosos por los bosques. Los franceses dividiendo en 5 tropas su caballería por vados que habían ya antes espiado, por 5 diferentes partes apretaron alegres sus caballos y como era entonces la baja del mar, pasaron con menos peligro y hallando la ribera sin defensor alguno contra lo que habían imaginado, se alargaron a seguir el alcance de nuestros desertores.
Cogieron aquel dia a Irún, lugar sito en la ribera del río, al siguiente a Oyarso, Leza y Renteria, y al tercero al Pasaje, célebre puerto en todo aquel contorno, en donde hallaron grandísima abundancia de todo género de armas, y muchas piezas de batir que tenían los nuestros en la ribera para llevarlas luego a los navíos. Cogieron también en el puerto 4 navíos medianos, otros 4 había sacado del puerto poco antes Alonso Idiáquez, yéndose a fondo el mayor de ellos por impericia de los marineros, que con el sobresalto salían del puerto con menos cuidado del que debieran.
Viéndose echado el maese de campo del puesto que hechos dicho, con los pocos soldados que pudo recoger en semejante coyuntura, hizo alto en un collado sobre el camino por dónde había de parecer el enemigo, y por donde forzosamente habían de llevar las piezas de campaña, pero echado también de este puesto por la multitud de enemigos que le iban cargando, siendo tan pocos los defensores, se pasó de esta otra parte del río Urumea, donde con la prisa que pudo fortificó el lugar de Hernani para esperar desde allí socorro de las provincias vecinas, y hacer las facciones que le diese lugar el tiempo.
Ni aquí tampoco estaba muy seguro andando la caballería enemiga por todas partes destruyéndolo todo, y discurriendo libremente hasta el mismo río Urumea, y ya empezaban a pasar el vado con ánimo de acometer a la gente que estaba en Hernani, cuando cargados de improviso de 500 arcabuceros que había dejado escondidos el Tribuno Diego Yeraz en un bosque contiguo con los vados (C3), se retiraron dejando algunos muertos, tomando el camino de San Sebastián (a quien los naturales llaman Donostia), lugar rico y opulento con la frecuencia de los mercaderes que hay en el.
Y quemando los lugares y caserías que hay en su contorno, y poniéndose a vista de la villa en escuadrones formados, dilantándose cuanto podían por una campiña dilatada que tiene a la parte del Oriente, causaron tanto terror y miedo en los vecinos que las mujeres y demás vulgo incapaz de tomar las armas, desamparando la villa y por diferentes caminos cada instante iban saliendo huyendo, mientras los soldados del presidio y vecinos capaces de las armas temiendo que al instante acometerían los enemgios, juntándose con toda presteza ocuparon las murallas y baluartes hasta que el corregidor Cracon, que de la fuga que hemos contado se había recogido a la villa, mandó cortar los puentes.
Viéndose el Príncipe de Condé, señor de todo el territorio que está entre los 2 ríos Vidaso y Urumea, sin haberle costado gota de sangre el conquistarlo, habiendo transportado a todo su vagar toda la artillería, y demás aparato del ejército, habiendo registrado bien todo el terreno, pareciéndole el puerto del Pasaje muy a propósito para la armada que esperaba, le puso muy valiente presidio, y poniendo toda la mira y conato contra Fuenterrabía, cabeza de esta expedición, por no dejar cosa que le impidiese el cerco, acomete al castillo de Yguero, sito en lo último de la marina, no lejos de Fuenterrabía, con 3000 infantes y toda la caballería.
Guardábalo un capitán con solos 10 soldados y 2 piezas de artillería para alejar de allí las naves del enemigo. Los cuales apenas descubieron al enemigo cuando desamparando el presidio y dejando las armas se echan a la mar y nadando se escaparon a Fuenterrabía (C4), haciendo mayor hazaña de miedo y cobardía que pudieran haber hecho de valientes. Con todo eso la turbación y alboroto repentino fue causa de que no se les castigase tal delito porque aunque no necesitaban de gente tan cobarde, la falta de defensores y la esperanza de que a vista del valor de los demás soldados, habían de recobrar ánimo y osadía, y que la flaqueza pasada les había de estimular a la nota que habían contraído en la primera ocasión que se ofreciese con el enemigo, les perdonó las vidas.
Tomado el castillo de Yguero todo el peso de la guerra cargó sobre las murallas de Fuenterrabía, de cuyo lugar por haberle hecho célebre las continuas invasiones de Francia, aún entre las naciones extranjeras, me ha parecido decir primero algo de su forma y sitio, con lo cual se dará también más luz para las cosas más morales que sucedieron en este cerco.
Yace el lugar de Fuenterrabía en la costa del mar Cantábrico y es el último de la parte de España que llamaron Tarraconense, no en los pueblos várdulos, como poco hace pensó alguno, sino dentro de los términos de los vascones, no lejos del promontorio que llamaron Olearso, que también tocaba a los vascones. Tiene al Oriente a Andaya, el primero lugar de la provincia de Aquitania, que ahora llaman Guienna, distante como 2 millas. Al septentrión al estar de Cantabria, y al promontorio y castillo de Yguero, que ambos tienen un mismo nombre por la mucha abundancia y mejoría de higueras que hay en aquel sitio, borrado el nombre antiguo de Olearso.
Al Occidente tiene un montecillo que a tiro de mosquete se va levantando poco a poco y después creciendo en grande altura corre por espacio de 9 millas, que vienen a ser 3 leguas, la espalda sobre el mar, hasta que se corta por la charca del Passage. A la parte del mediodía tiene una llanura expuesta a las crecientes que causa la luna, y otra causa más oculta, y a las mareas que causa el océano cuando sube, pero cuando baja estancándose el agua a cada paso en los lugares más bajos se hace impracticable con el profundo cieno y juncos marinos que tiene.
Por la parte del Oriente la baña el río Vidaso a quien llama Pomponio Mela Magrada, que naciendo de los montes de Nabarra en el valle de Bastán y después bajando por el valle de San Esteban, aumentado allí de aguas y tocando las murallas de Fuenterabía, desagua en el mar océano, puédese vadear por la mayor parte y así no puede sufrir grandes embarcaciones, sino cuando se aumenta con las crecientes del mar. Y corriendo sobre la ribera llega hasta los muros del lugar, cuando vuelve a la madre y deja toda la plaza seca descubre por mucho espacio gran pedazo de arena, que junta la marea, y por eso en la lengua nativa de los vascones le llaman al lugar Ondarribia, que quiere decir fundado sobre arena. O como quiere Arnaldo Oiberrarto, diligente escritor de las antiguallas de los vascones, sobre el último río, porque uno y otro sentido tiene la palabra Ondarribia, ni le falta razón, pues el último río de España es el Vidaso, y por esta parte es el término de España.
De que sea Fuenterrabía reliquias de la antigua ciudad, a quien pone Tholomeo cercana y del mismo nombre del promontorio de Oiarso, (aunque Plinio le llama Olarso) hay muchos fundamentos que lo prueban, porque el sitio y cercanía del promontorio conviene, y a 6 millas de distancia está un lugar con el nombre antiguo de Oiarso, y más cercano a la misma Fuenterrabía hay un grande bosque que corre hasta el promontorio, y ahora se llama Arsu, y no habiendo en todo aquel contorno otra alguna ciudad de quien se haga mención en las memorias de los romanos, se ven hoy en Fuenterrabía, en las casas de los casabantes, muchas piedras escritas al uso y caracteres de los romanos.
Pero la más antigua memoria que se halla en las tablas de Fuenterrabía (porque las primeras la misma antigüedad y descuido del rudo siglo las ha borrado), es un privilegio del Rey D. Alonso de Castilla, Noveno de este nombre, su data en Palencia a 18 de abril, 435 años antes del que ahora vamos tratando, en que habiéndose separado nuevamente de los Reyes de Nabarra la provincia de Guipúzcoa, se les da a los de Fuenterrabía mucho distrito de jurisdicción, y aún hoy le conservan, pues Irún y Lezo y el barrio del Passage, que está al Oriente, pasada la marea están sujetos a los gobernadores de Fuenterrabía.
Y cuantas ventajas haga el valor a las riquezas lo muestra bien este lugar, pues no teniendo más de 400 vecinos, ni campo fértil, ni puesto bastante, ha merecido esclarecida fama en las historias, quedando sepultadas en silencio a cada paso ciudades muy ricas y opulentas. El valor de sus vecinos le han aumentado 2 cosas muy grandes, cuales son el ejercicio y la emulación, por haber tenido casi siempre guerra con sus confinantes los franceses, y como tan hechos a las descomodidades que trae consigo la guerra, no han experimentado los males que trae consigo la paz, que son la ociosidad y flojedad, que no solamente a los cuerpos y a las armas sino también a los ánimos con el poco uso y descuido se les engendra su género de orín y torpeza.
Ni dejarse de decir en alabanza suya que teniendo a uso de España, corrida de toros para el día primero de julio, que es muy solemne en este lugar, con tener tan tristes y temerosas nuevas cada día y estar ya el enemigo casi batiendo sus murallas, no por eso los dejaron de correr, mirando desde el mismo coso sin temor alguno las banderas resplandecientes de los franceses, y como si fuera cosa de juego las armas, todo era silvar a los enemigos.
Al principio del reinado de los católicos reyes Fernando e Isabel, dividida Castilla en guerras civiles y favoreciendo muchos la parte de la Reina Isabel, hermana del difunto Rey Enrique, por no poderse persuadir a que la Infanta D. Juana fuese hija del Rey Enrique, sino de Beltrand de la Cueba, que tenía más entrada de lo que fuera razón en palacio, acometieron los franceses a Fuenterrabía, inducidos de los portugueses, que con las armas en la mano pedían a Castilla como dote del matrimonio de D. Juana, y habían hecho liga y confederación con los franceses, siendo cabeza de esta expedición Amano, señor de Lebrit, el cual con 40.000 combatientes (así lo cuentan) la puso cordón, pero resistidos del valor de Balthasar Gago, gobernador, y de los vecinos de la villa, fueron 2 veces rechazados de las murallas con grande estrago del campo francés, que no pudiendo tomarla se hubo de volver a su tierra, gastado en valde tanto aparato de ejército.
En tiempo de Carlos Quinto enredada también Castilla en guerras civiles, tentaron los franceses a Fuenterrabía con mejor suceso, envió Francisco, Rey de Francia, emulo de la fortuna de Carlos, a Guillermo Boniveto, general o almirante de Francia a hacer esta expedición, capitán bien conocido cuanto aborrecido por la memoria de la reciente batalla y derrota que tuvo en la aldea de Noain, junto a Pamplona, acompañado de los tercios de la gente y banderas del Andrés de Sparroso.
Gobernaba en esta sazón a Guipúzcoa con título de capitán general de la costa, Diego de Vera, capitán veterano en muchas jornadas militares, que viendo el peligro, se había metido dentro las murallas para defenderlas, el cual a los 13 días que había puesto cerco el enemigo, no tanto fue autor de entregar la plaza, como obligado por fuerza a firmar la entrega porque levantándose un motin entre los defensores y prevaleciendo la multitud de los forasteros, que se daban prisa a rendirla, amenazando que ellos habían de tomar consejo a parte, le obligaron los discordes, que ya perdida la obediencia y respeto le amenzabaan a admitir las condiciones de la entrega.
Ni se ha de dar crédito a algunos escritores que sin averiguar bien el caso le achacan a ver apresurada la rendición de la plaza, y quisieran que hubiera mostrado en este lance el valor antiguo que en otros. Yo tengo bien averiguado que hizo todo lo que debía el más constante gobernador, y que no fue falta de valor sino de fortuna. Porque luego en el mismo .. que se entregó Fuenterabia a los franceses se hizo cabeza de proceso sobre ello en la villa de San Sebastián, por su gobernador, Juan de acuña, y depusieron muchos y muy graves testigos, y de diversas naciones que se hallaron en la entrega, y todos uniformemente concordaron en que el gobernador Vera contradijo siempre acérrimamente a los discordes, con ser muchos más en número, y unas veces con blandas palabras y otras con acres y terribles, aunque siempre en vano les procuraba traer a su sentir, añadiendo que de necesidad le debían seguir, pues él tenía larga experiencia del tiempo que había militado en Italia, que los franceses quebrantando la fe de los pactos los habían de pasar a todos a cuchillo.
Y finalmente viendo que se cansaba en valde, que quería antes morir honradamente con los vecinos y algunos caballeros ilustres, que constantísimamente eran de su parecer, que entregar la plaza al enemigo. Y hay aún hoy en Fuenterrabía 2 registros de este proceso, signados de Juan Ibáñez Plaza y Juan Sánchez Venesa, por cuyo testimonio se hizo la averiguación. A más de los vecinos del lugar merecieron en este cerco grande fama de constancia y fortaleza algunos nobles y primeros caballeros de Guipúzcoa, como fueron Martín García Oñez, señor de Loyola, Juan Ortíz Gamboa, señor de Zarauzi, y Juan Pérez Lizaur, señor asímismo de Lizava, y Juan Pérez Ugarte, capitana de la compañía de los de Vergara, fieles compañeros del gobernador, y aparejados para todo trance, que hicieron prodigios por defender la villa.
Pero el gobernador espantado de ver los pocos que le querían obedecer, viéndose tan desigual al enemigo, que sabía muy bien la discordia de los defensores y por eso con más prisa se aparejaba para dar un asalto general, porque no pereciesen todos en la desgracia se hubo de rendir con pactos para excusar el estrago. Y a la verdad que Martín García, señor de Loyola, había probado su constancia con muy reciente ejemplo de su casa y familia, pues en el mismo año pocos meses antes San Ignacio de Loyola, institutor y padre después de la compañía de Jesús, hermano menor de este Martín, había defendido valerosamente el castillo de Pamplona, poco apercibido contra la presurada fuerza de tanta gente francesa como traía Andrés Sparroso, deteniendo a los defensores, que ya se inclinaban a rendirle, en su punto y obligación, hasta que le vieron postrado del golpe de una bala de artillería. Y así ambos hermanos, el uno en Pamplona y el otro en Fuenterrabía dieron claro testimonio de la fidelidad que tenían al Emperador Carlos Quinto.
Perdóneseme esta digresión que ni la piedad paternal me ha permitido olvidarme de una constancia tan hermana en la sangre como en el hecho, ni la fama de un tan insigne varón como Vera puesta en opiniones por la ignorancia de los escritores, ha dejado de hacer cosquillas para haber hecho rigorosa pesquisa del caso sucedido.
Con más firme constancia conservaron los franceses a Fuenterrabía, pues para recuperarse costó 3 años en que se derramó harta sangre de ambas partes, firmes todo este tiempo en tan adversa fortuna los ánimos de sus vecinos, y con una perpetua fidelidad a su Rey Carlos, como lo mostraron bien, en rehusar públicamente la banda blanca, insignia de la milicia francesa, por más que les apretaron con amenazas a mudar la banda colorada de España, por lo cual teniéndolos por sospechosos, 22 de ellos, los más principales del lugar fueron llevados a Baiona y a los lugares circunvecinos, donde fueron detenidos 3 años contra los pactos expresos de la rendición.
Como viese, pues, Iñigo de Velasco, gran Condestable de Castilla, que por violencia no podía recuperar a Fuenterrabía, habiéndola tentado en vano tantas veces, determinó valerse de maña, solicitando con promesas para que se pasase al servicio del Emperador Carlos, a Philipo de Nabarra, Príncipe de la facción acrimontana entre los navarros, que desterrado de su patria y fugitivo, despojado de todos sus bienes, servía en la guerra al Rey de Francia y se hallaba dentro de Fuenterrabía con una valiente escuadra de 700 secuaces suyos.
El cual habiendo estado mucho tiempo tenaz, por más promesas que le hacía el Condestable, imitando a Pedro, su padre, que habiendo acompañado en su contraria fortuna a los reyes de Nabarra Juan y Catalina, a quienes pocos años antes despojó del reino a fuerza de armas, Fernando, Rey de Castilla y de Aragón, obligándoles a pasarse a Navarra la Baja, que antiguamente fue la sexta merindad de Nabarra, por su desgracia, siendo hecho prisionero cuando intentaba rehacerse y llevado a Xatiba y a Simancas, estuvo 14 años preso y mancilló la tolerancia de su mucha desgracia, y la constancia invicta a tan grandes promesas con una muerte más del tiempo de Caton que de cristianos, atravesándose un cuchillo por la garganta, y despidiendo su alma entre cadenas.
Viéndose su hijo Philipe sin esperanza alguna y lo poco que le aprovechaba la fidelidad guardada a Francia tantos años, se hubo de rendir a la fortuna y pasarse al bando del Emperador saliendo de Fuenterrabía con toda su gente. Es fama de que se valió el condestable para este lance del consejo de Antonio de Guevara, varón elocuentísimo de este tiempo, y anda entre las epístolas familiares de Guebara, una escrita al condestable sobre esto.
Destituida Fuenterrabía de tan valeroso presidio fácilmente la obligó a rendirse el Condestable, admitiendo el gobernador francés llamado Foretto (aunque otros por yerro le llaman Frangetto) los partidos muy honrosos que le dieron, pero con tan grande sentimiento de Francisco, Rey de Francia, que indignado contra Foretto le quitó las insignias militares en la plaza ppca. de León, de Francia, y mandando le borrasen el escudo de armas de su linaje y que no se pusiese más en su presencia, le echó entre la gente plebeya.
Quedó Fuenterrabía con este cerco de 3 años casi derribadas sus murallas, las cuales mandó luego reparar el Emperador Carlos, haciendo en muchas partes el muro de 14 pies de ancho y añadiendo a la parte del medio día y occidente 3 fortísimos baluartes, que llaman de la Reina, de Leiria y de la Magdalena: aumentó también su hijo Philipo la fortaleza añadiéndole el baluarte que dedicó a su Patrón, San Phelipe. Por la parte que mira el lugar a Francia, 40 años antes de éste que vamos tratando, se había empezado una muralla de menor defensa, y no estando ésta muy en perfección, por haberse dejado la obra al mejor tiempo y por estar medio caída con las crecientes del mar que suben hasta ella por el río, la habían fortificado los vecinos con algunos bastiones y trincheras.
Y esta era la forma de las murallas cuando entraron los franceses en España debajo la conducta del Príncipe de Conde. Había muy poca prevención en la villa para sufrir un cerco tan pesado. Muy poco trigo y esto de lo que había sobrado, que se dejó en Fuenterrabía más a caso que de propósito, como en lugar más cercano, cuando se volvieron las reliquias del ejército que había invadido a la tierra de la Purdia. De pólvora, plomo y cuerdas pocos días antes habían sacado los procuradores de la armada mucha cantidad con cédulas reales para aparejar los navíos en los puertos vecinos, por más que lo contradijo el gobernador de la plaza avisando cuán cercano estaba el enemigo.
Los soldados del presidio del sueldo real como siempre aún no llegaban a 500. Otros 500 pedía el Conde Duque a la provincia de Guipúzcoa, siempre que amenazasen guerra los franceses. Rehusaban los guipuzcoanos esta carga, pareciéndoles que duraría siempre aún en tiempo de paz, y temían que el ejemplo de ahora pasaría a costumbre, y la costumbre a ley, fuera de que querían más defender sus tierras y casas abiertas que estar cerrados dentro las murallas.
Despues que rompió el enemigo, aunque les pesaba de tal determinación el miedo que tenían a la caballería francesa que por todas partes discurría, les había cortado el socorro, sin acertar a mandar con el alboroto. Estaba también ausente el maese de campo Christóbal Mexía, gobernador diputado de la plaza, y por su ausencia hacía el oficio Domingo de Eguía, del lugar de Destua en Vizcaya, hombre valeroso por sus manos, y aunque no muy pronto para hallar consejo se reducía al que le daban, y no por ser suyo, era porfiado, y éste no había tenido poco en que entender con los de la villa sobre la potestad del ofico, pero luego que el enemigo se puso a la vista dejaron todas sus disensiones por el bien común y salud de la patria, trayendo la guerra fuera, como suele suceder, paz para dentro de casa.
Solos 700 entre vecinos y soldados se contaron dentro del lugar, que pudiesen tomar las armas, y con todo eso es cosa maravillosa para decirse, con cuánto valor y ánimo un tan pequeño escuadrón, despreciando la muerte acometió una hazaña tan grande y tan llena de peligros como atreverse a sufrir un cerco tan apretado a vista de tan grande y poderoso ejército enemigo, atreviéndose también las mujeres y muchachos más de lo que pedía su sexo y edad.
Una era la voz de todos, diciendo que si la fortuna les negase la victoria, no se había de oír de la rendición, pues era mejor morir honradamente que quedar con vida a merced del enemigo. Que esta era la primera vez que se habían atrevido los franceses a entrar de guerra en España, y que así el crédito del nombre español estaba puesto sobre sus hombros: que el crédito consistía en la primera experiencia y que habían de insistir más agriamente de allí adelante los franceses, sino les hacían volver atrás bien descalabrados de una vez.
Con estas y otras semejantes amonestaciones, que todos a cada paso, aunque con más acrimonia los valientes iban diciendo, juntándose y prometiendo mutuamente socorrerse en todo trance, se encendieron bravamente y aunque aparejaban las armas el primer cuidado que tuvieron fue el de la religión, trayendo con toda prisa al lugar (por estar muy cerca el enemigo) una imagen de Nuestra Señora de una hermita que está en cerro muy cercano y llaman Guadalupe.
Y estando junto el pueblo delante de la imagen, prometieron e hicieron voto los regidores y jurados, de si Dios les daba victoria, de guardar como fiesta aquel día y consagrarle a Nuestra Señora perpetuamente, y ayunar su víspera, y volver con solemnísima procesión y grande pompa la Imagen a su antiguo lugar, en dando lugar los enemigos. Ni se engañaron el haber implorado el socorro del cielo y cuán hermanas sean la victoria y la devoción de los santos, lo mostró bien claro la grande derrota que llevó el enemigo la víspera de la Natividad de Nuestra Señora.
Al punto luego repartió el gobernador Eguía los lugares y puestos de las murallas con los capitanes y oficiales. El bastión que mira a la parte de Francia tomó para si Diego Butrón, alcalde de la villa y capitán en tiempo de guerra, con una valiente escuadra de vecinos. Diose esta preeminencia por privilegio antiguo a los del lugar, en que en la parte más flaca de la muralla, como era entonces aquella, se disputase a su antiguo esfuerzo y valor: el defensivo contiguo a este bastión que cercaba la muralla bien flaca, tan cercano en el peligro como en el lugar al dicho bastion, le pidió para si Juan de Essain, capitán de esforzados bríos, y le llenó con la gente de su compañía.
La puerta y baluarte de Santa María le ocupó Juan Garcés. El baluarte que llaman de la Reina y la parte de muralla adyacente se encomendó a Juan de Beaum.te. García de Albarado tomó a su cargo la parte de muralla que corría desde el puesto de Essain hasta el balaurte de la Magdalena, y por hallarse él indispuesto mandaba su compañía el alférez Esteban de Lesaca. El baluarte de San Phelipe defendían 50 hombres de Tolosa y 22 de Aspeita que habían entrado de refresco en la plaza con los capitanes Hieraldo y Ondarra. Otra compañía, de quien era especial capitán el mismo gobernaor Eguía, y los restantes soldados del lugar, dejó en ínterin para dar pronto socorro a donde quiera que llamase el enemgio, y les mandó hacer poner su cuartel en el palacio.
El cuidado de la artillería se dio a Juan de Urbina, hombre experimentado en esta arte. Diego de Isasi, de la compañía de Jesús, muy versado en las artes matemáticas, cuidaba de la forma de los defensivos y reparos. Todo el trigo y demás bastimentos que se hallaron en las casas particulares se llevó a las tablas pp.cas. para que fuese común a todos, sin contradecirlo sus dueños. Escribió luego el gobernador al Rey dándole cuenta de la invasión de los franceses, de que ya con repetidos propios había avisado cuando querían romper, y ahora que habían entrado y cogido todos los lugares del contorno, daba nuevo aviso.
Que todos los vecinos y soldados conforme al crédito de valientes guerreros, estaban dispuestos a no entregar la plaza con condición alguna y a morir en su defensa, pero que aunque tenían tan valientes ánimos, se hallaban con pocas fuerzas, por lo cual si pronta y oportunamente no les entraba socorro, poco les serviría su valor, si no es teniendo por precio una honrada muerte, que quisieran más recibir quedando por su Rey los castillos y fortalezas. Que no había duda que si los capitanes hubieran metido dentro la plaza 1000 soldados, pudieran haber hecho grande estrago en los franceses, por ser el terreno montuoso y desigual, lleno de arboledas y muy acomodado para celadas, pero que con tan poca gente apenas podrían defender las murallas, cuanto más hacer surtidas contra los enemigos, a quienes el descuido de los nuestros había hecho más dichosos que valientes, teniendo hoy concluida gran parte del cordón por haber cogido sin costarles gota de sangre los puestos más acomodados para asegurar sus cuarteles, arrimadas ya las banderas muy cerca de los fosos.
Capítulo 5.
Causa gran susto en España esta invasión, prevenciones para la defensa por mar y tierra: nombrase general al almirante, y a Miguel Pérez, gobernador de Fuenterrabía: averíguase la causa de la tardanza de España en todo.
Mas cuando por las ciudades de España se divulgó la nueva de la improvisa entrada de los franceses, se puso tal semblante como del que despierta de un profundo sueño al ruido de un horrible trueno. La paz de tantos años había enajenado de la guerra de tal suerte los ánimos de todos, que tenían como por cosa de milagro ver en casa la guerra. Desde el Emperador Carlos ningún mediano ejército enemigo se había visto dentro de España, contábanse muchas guerras desde lejos allá en Italia y Flandes, pero sin peligro, las batallas más parecía que eran por la gloria de la nación, que por la vida o hacienda.
Verdad era que Phelipe Segundo había entrado con ejército en Portugal, defendiendo su derecho con las armas, pero muerto el Rey se batían en la infelicísima jornada de Africa, y junto con él la nata de su ejército, y dividida en facciones la nobleza restante del reino, y por la mayor parte no arrostrando al Príncipe Antonio por ser bastardo, más esperanzas que peligro habían causado la guerra a los ánimos de los españoles. La armadada inglesa en tiempo del mismo Phelipe aunque se había arrimado 2 veces a las costas de España y cogido a Cádiz por torpe descuido de nuestra gente, con todo eso dio más cuidado que temor, pues la gente de la armada era muy desigual a los batallones de tierra firme, y los socorros de Inglaterra eran muy tardos y dudosos, estando Inglaterra tan adesamano con tan grandes mar océano en medio. La rebelión de las reliquias de los moros en las Alpujarras, que sucedió también en tiempo del mismo Rey, y la alteración del Reino de Aragón, con la fuga de Antonio Pérez, más había sido tumulto que guerra verdadera. En tiempo de Phelipe Tercero hubo una continuada paz en España. Los pacíficos principios de Phelipe Quarto algún tanto turbó la venida de la armada inglesa infestando otra vez a Cádiz, pero más fue para vengar la repulsa de su príncipe, que había venido personalmente a pretender el casamiento de la infanta Margarita, y para ostentar su poder, que con esperanza de hacer alguna cosa de importancia. Después todo fue paz hasta el principio de la guerra de Francia. Habiendo rompido el francés, aunque entraron algunas compañías por tierra de la Purdia e intentaron poner cerco a Leocada, fue guerra fuera de España. Pero invadiendo ahora el de Condé, mudaban todas las cosas de semblante, el ejército poderoso, las fuerzas, de improviso, el enemigo en casa, confinando Francia por el Pirineo muy acomodada para enviar suplementos y socorros por el sitio, y por las riquezas que goza. El mismo general muy querido del Rey y lo que más hacía al caso del de Richeleu, ni se podía presumir que había de salir sino para jornada de grandísima importancia y con muy poderoso ejército, para aumentar con las armas el reino y dominio de Francia, que había de tener en algún tiempo, estando ya cercano a la suprema fortuna, por no tener el Rey sucesión alguna, y lo que más hace al caso entre franceses, no tener el hermano del Rey sucesión varonil.
Todo era en fin, ruido y más ruido, con el alboroto unos temor y otros con diferente aunque igual flojedad, despreciar las fuerzas del enemigo, ganar antes de tiempo la victoria, hablar mucho de guerra y no hacer nada, guardar pocos el medio en que consiste la virtud sin temor ni menosprecio con ánimo varonil, aumentar más todas las cosas. La gente plebeya tan temerosa como deseosa de novedades, andar en corrros por encrucijadas y cantones, las cartas, dárseles y negárseles crédito, no por causas verosímiles y por experiencia sino según el afecto de los ánimos.
Y con todo eso creerse por la mayor parte las peores nuevas, mayor ejército que era en la realidad, había la fama divulgado diciendo que pasaban de 30.000 infantes y 6000 caballos, que venía detrás una poderosísima armada, que le habían mandado al de Condé nuevos suplemenos, y que tenía orden de su Rey para entrar a lo más interior de España. Y aumentaban todas las cosas los franceses, alegre gente para la guerra y que no sabe contenerse en los principios, y de propósito querían espantar los pueblos que no están acostumbrados a ver guerras, echando voz de la multitud de tropas que traían y grandes conquistas que pensaban hacer.
En la corte de España con la novedad del caso y grandeza del peligro que amenazaba había igual cuidado, pero con menos ruido, mayor providencia. Consultado el Rey mandó juntar el consejo pleno de guerra y el que llaman de estado, y se tuvo en el cuarto del Conde Duque. Todos convinieron en un mismo parecer, ya fuese por la autoridad el Conde Duque, o ya obligados por la necesidad de las cosas. La seguridad que suele ser en las consultas de las facciones, o fomenta o sufre los pareceres diversos, pero el temor y peligro los une y aconseja lo mejor.
Salió pues un edicto con decreto urgentísimo del Rey por toda España, que todos los que gozaban gages de su Majestad se partiesen luego al punto a la provincia de Guipúzcoa, añadiendo pena de la vida como a traidores sino obedeciesen al instante. Diose también en Madrid el sueldo de 2 meses a todos los soldados viejos que volviesen a tomar las armas. Para tasar el sueldo según cada cual lo hubiese merecido o hubiese tenido oficio asistieron García de Haro, Conde de Castrillo, oidor de Cámara y del consejo de Estado, el Marqués de Castro Fuerte, presidente del de Indias, y el de Valparaíso, ambos del consejo de guerra.
De esta manera asentaron plaza y se despacharon a toda prisa casi 500 soldados viejos, los más de ellos capitanes de armadas, tenientes de maese de campo, capitanes y oficiales de otros diversos órdenes, gente que asiste siempre en la corte a pretensiones por la avaricia de los porteros, y tantos circumloquios de ministros, a que está siempre sujeto el peso de un grande imperio. El primero que asentó plaza fue el mismo Conde Duque echando un memorial muy humilde y pidiendo licencia para partirse a Fuenterrabía, no sin calumnia de los que interpretaban que pedía lo que sabía de cierto que le habían de negar, a que respondió el Rey con benignidad, teniendo primero consejo privado sobre el caso, que mas quería su consejo en la corte que su obrar en Fuenterrabía. Juan Alonso Enríquez de Cabrera, supremo gobernador del mar en el reino de Castilla (llámanle almirante y es título de honor, no de oficio, dado a este linaje por merced de los príncipes de tiempos muy atrás, sin interpolación, por los grandes servicios que hicieron a los reyes antiguos), había sido nombrado capitán general de Castilla la Vieja los años pasados, y así le tocaba Guipúzcoa, que solía obedecer a los virreyes de Nabarra mientras no había general de Castilla.
Mandósele, pues, que a toda prisa caminase a Guipúzcoa para ordenar el ejército que se había de juntar de tropas de diversas provincias, y que a los señores y caballeros voluntarios, de quienes se aparejaban grandes compañías, les hiciesen asentar plaza por escuadrones y banderas señaladas, para que suelta la milicia de tantos voluntarios no sirviese más de estorbo que de provecho. Y el almirante, habiendo tomado las órdenes del Rey e instruido en el modo que había de guardar en hacer la guerra, se partió a 30 de junio acompañado de gran comitiva de próceres, entre los cuales fue también el Duque de Alburquerque para aprender los rudimentos de la milicia, a los pechos de su abuelo, el general.
A Miguel Pérez Egea, maese de campo que había ganado gran fama en al arte militar, en particular en hacer defensivos en las islas de San Honorato y Santa Margarita, cerca de la costa de Francia, haciendo cuanto era imaginable en el cerco de los franceses, se le encargó la defensa de Fuenterrabía, en caso que Christóbal Mexía, a quien se había dado antes, no estuviese ya en el puesto. A Lope de Ocio se le mandó que con la armada de 12 navíos grandes que tenía en la costa de Galicia, junto al puerto de La Coruña, se arrimase a Guipúzcoa y trajese un tercio de irlandeses que había allí, y que por mar metiese socorro de gente y bastimentos a los cercados.
Al Conde Gerónimo de Roo, que se hallaba maese de campo general en Cataluña, que llevase a Guipúzcoa lo más presto que pudiese el tercio de Guzmán y el del Conde de Aguilar, y más 300 italinos del tercio del maese de campo Moleso, y 4 compañías de caballos. Al Conde de Santa Coloma, que estaba por Virrey en Cataluña, que hiciese nuevas levas en los distritos del Principado y los juntase con la gente que quedaba, porque no acometiese el enemigo la provincia viéndola vacía de presidios.
A Antonio de Oquendo que con poderosa armada guardaba a Puerto Mahón en la isla de Menorca, que dejando los navíos que había alquilado y otros 5 de la escuadra de Nápoles para presidio de las costas de Italia, con lo restante de la armada pasase el Estrecho de Gibraltar y con toda presteza navegase hacia la costa de Cantabria, y de paso trajese consigo 300 soldados de Cartagena, y las piezas de artillería, y de Cádiz toda la gente que hubiese quedado del tercio de Gaspar de Carbajal.
A Diego de Isaz, maese de campo de los guipuzcoanos, se le escribió que había parecido importante el haber hecho alto en Ernani, que prosiguiese en fortificar el puesto, que tuviese buen ánimo, pues se iba disponiendo un grande ejército, y que en el ínterin con las tropas que tenía inquietase cuanto pudiese al enemigo, que a los que salían sin orden a forrajear los fuese matando, espiándolos por los bosques, y que hiciese la guerra como si fuera ladrón a hurtadillas, que luego que llegasen bastantes tropas para el intento procurase recuperar el puerto del Pasage por ser tan a propósito para la armada enemiga por el muelle y puesto tan acomodado. Que a los soldados viejos que se enviasen de Madrid, los fuese repartiendo por sus compañías entre los guipuzcoanos para que a ejemplo suyo aprendiesen y se asegurasen los bisoños.
A Alonso Idiáquez, que con los navíos que tuviese de conserva y con los que se pudiesen disponer, en los vecinos puertos fatigase a los enemigos y con las embarcaciones menores metiese socorro y víveres a los cercados, hasta que Ocio viniese con más fuerzas de mar. A Sebastián Granero que gobernaba la artillería con nombre de teniente y se hallaba en Pamplona, se le mandó que partiese a Ernani y ayudase con su consejo a Isaz. Al Marqués de las Nabas se le dio el mando de la caballería con título de general, porque este cargo tocaba al Conde Duque, como a gobernador supremo de toda la caballería de España. Mandose comprar grandísima cantidad de trigo y cebada.
A Fermín de Marichalar, oidor del consejo de Nabarra, se le dio el cargo de proveedor general del ejército por haber dado tan buena cuenta de este cargo el año pasado. Diosele a entender al supremo consejo de Aragón que convenía en el presente estado de cosas pasar grandes cantidades de trigo por los distritos del reino. Concedioseles a todas las ciudades de España que hiciesen levas particulares de soldados, las oficinas de armas que hubiesen Guipúzcoa, por ser tierra tan abundante de yerro y acero, mandaron se guardasen con todo cuidado, añadiéndoles soldados de guarnición, en particular las villas de Tolosa y Plasencia, insignes en la fábrica de todas armas.
Pareció también conveniente traer de Flandes los navíos ligeros de Dunquerque, que llaman los naturales fragatas o caprés, por ser por su ligereza más a propósito para entrar socorros, a más de que con seguridad se pueden arrimar a cualquiera orilla y como tienen poco peso, no han menester mucha profundidad para navegar, y la boca del río Vidaso, por donde más se estrecha, apenas tiene de ondura 7 varas, y eso es cuando crece la marea, que cuando baja no tiene más de vara y media. El puerto de Santander se mandó fortificar con buen presidio de gente y defensivos de labores.
Al de los Vélez se le escribió también que hiciese por todo el reino de Nabarra grandes levas y que todas las compañías las condujese a Guipúzcoa. Y a la verdad que de ninguna parte se podían esperar socorros más al caso ni más prontos que de Nabarra. Y esto mucho antes lo habían prevenido los franceses y por este motivo habían arrimado a Nabarra otros trozos, y no despreciables de infantería y caballería, desde que entró rompiendo el de Condé por el río Vidaso, y habían hecho asiento junto a los confines del reino o para hacer al de Condé fácil la invasión, esparcidas las fuerzas de Nabarra con el miedo de sus casas, o si con todo eso fuesen a dar socorro, para entrar con ímpetu a fuego y sangre en el reino, viéndole destituido de los presidos de la tierra. Y era consejo peligroso dejar abiertos los suyos al enemigo por ir a defender lo ajeno: para guardarse de estos 2 peligros no había fuerzas bastantes, especialmente en tan breve tiempo. Por lo cual se fue muy despacio el de los Vélez en cumplir este orden escribiendo a su Majestad.
Con brava prisa y deseo de abreviar se mandaron estas cosas por España, pero no se ejecutaron con tanta, porque embargados una vez los ánimos del miedo la misma prisa sirve de estorbo, fuera de la acostumbrada tardanza de más cosas, la cual no atribuyo yo, como otros quieren, a vicio de la nación, pues de poco tiempo acá tenemos esta fama, y que sea nuestra España muy pronta para reparar las guerras, en el cual tiempo importa más la presteza y todo el esfuerzo consiste en la prisa, lo han dejado así dicho muchos historiadores antiguos, ni les falta ahora a nuestros españoles ardor en los ánimos, ni vigor en los consejos, ni agilidad en los cuerpos.
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