Kitabı oku: «Julio Ramón Ribeyro»

Yazı tipi:



Julio Ramón Ribeyro, creador de dos mundos narrativos: Perú y Europa

Primera edición impresa: julio, 2020

Primera edición digital: agosto, 2020

© Antonio González Montes

© Universidad de Lima

Fondo Editorial

Av. Javier Prado Este 4600

Urb. Fundo Monterrico Chico, Lima 33

Apartado postal 852, Lima 100, Perú

Teléfono: 437-6767, anexo 30131

fondoeditorial@ulima.edu.pe

www.ulima.edu.pe

Diseño, edición y carátula: Fondo Editorial de la Universidad de Lima

Versión e-book 2020

Digitalizado y distribuido por Saxo.com Perú S. A. C.

https://yopublico.saxo.com/

Teléfono: 51-1-221-9998

Avenida Dos de Mayo 534, Of. 404, Miraflores

Lima - Perú

Se prohíbe la reproducción total o parcial de este libro, por cualquier medio, sin permiso expreso del Fondo Editorial.

ISBN: 978-9972-45-540-7

Índice

Prólogo

Presentación

Primera parte. El Perú en los cuentos de Ribeyro

“Los moribundos”

Tres historias sublevantes (1964)

“Al pie del acantilado”

“El chaco”

Ritmo: Escena. Resumen. Elipsis

“Fénix”

Seis rondas de narración

“Una medalla para Virginia”

“Un domingo cualquiera”

“Los predicadores”

“Sobre los modos de ganar la guerra”

“El ropero, los viejos y la muerte”

“Terra incognita”

Actores en la historia

“El polvo del saber”

“Alienación”

Estructura externa del texto

Estructura interna de “Alienación”

Cuento resumen

Incio in media res. El cronotopo.

El objeto de deseo

El objeto de deseo de Queca

“Desambarze” y “deslopizarse”: el objeto imposible de alcanzar

Espacios en que se desarrolla la historia

Personajes del relato

Acciones o actividades relevantes

“Silvio en El Rosedal”

El modelo actancial en “Silvio en El Rosedal”

Hacendado o investigador

Nuevo modelo actancial con el mensaje secreto del rosedal como objeto de valor

¿Quién es el destinador?

El objeto de valor del destinatario

El sujeto del deseo. Ayudantes y oponentes

Llegada de la prima y de la sobrina

Programas narrativos más relevantes

Programas narrativos de apropiación

Programas de atribución

Programas de renuncia

“Silvio en El Rosedal”, el relato más estudiado

“Atiguibas”

Segunda parte. Europa en los cuentos de Ribeyro

“Doblaje”

“El libro en blanco”

“Bárbara”

“Los cautivos”

“Ridder y los pisapapeles”

“La primera nevada”

“La estación del diablo amarrillo”

“Los españoles”

“Papeles pintados”

“Demetrio”

“La juventud en la otra ribera”

El modelo actancial

El sujeto del deseo (Plácido Huamán)

El destinador

Ayudantes y oponentes en la historia de Plácido Huamán

Solange: ¿ayudante u oponente de Plácido Huamán)

Solange y la red de oponentes de Plácido Huamán

El objeto de deseo o de valor

El cuadrado de veredicción: lo aparente y lo oculto

Vigencia del cuadrado de la veredicción

Programas narrativos en “La juventud en la otra ribera”

Programas narrativos de apropiación

Programas narrativos de atribución

Programas narrativos de renuncia

Programas narrativos de atribución y de renuncia (combinación factible)

Programas narrativos de desposesión

“El carrusel”

Los narradores y sus historias

Un joven llega a Francfort

Desde Génova

En la isla

En el departamento parisino

Monique y la historia de su hermano

El gasfitero y su pequeña historia

Madame Nguyen, la vietnamita en París

Los sucesos en el bar de Saygón

El propietario del bar

El capitán Dupuis, descendiente de Descartes

La amonestación del director y la requisitoria del general Ney

El probable sustractor del documento sobre la sustracción

El pibe argentino polemiza con el joven francés

El veredicto del médico

A modo de colofón ¿edificante?

Referencias

Bibliografía

Prólogo

Poco antes de morir, Julio Ramón Ribeyro (1929-1994) tuvo pruebas elocuentes (que —nos consta— recibió con tan honda satisfacción que, a pesar de su temple reservado y sabiamente estoico, salía a flote en su mayor predisposición al entusiasmo y a conceder entrevistas y apariciones públicas) de que, por fin, se lo situaba entre los mejores cuentistas de la lengua española: el premio Juan Rulfo (de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara) y la edición de sus cuentos completos en una colección que no hacía mucho había creado la Editorial Alfaguara con clásicos de la talla de Juan Carlos Onetti y Julio Cortázar. En ambos reconocimientos influyó mucho la “campaña” a favor suyo que venía efectuando, desde los años setenta, Alfredo Bryce Echenique, sin duda el creador consagrado internacionalmente que se dedicó con mayor tesón y generosidad, en vida de Ribeyro, a difundir sus obras.

Ya en los años sesenta, desde la publicación de Tres historias sublevantes (1964) y Las botellas y los hombres (1964), reinaba, en el Perú, el consenso de que Ribeyro era el cuentista más dotado de las letras nacionales. Valoración que animó al editor Carlos Milla Batres a reunir sus cuentos en dos volúmenes, bajo el título de La palabra del mudo (1973, con un notable prólogo de Wáshington Delgado), claramente presentándolo como una de las voces más admirables del cuento hispanoamericano. Sitial que poco a poco, pero con paso firme, fue imponiéndose hasta los importantes reconocimientos que comenzó a cosechar Ribeyro al final de su existencia.

Un cuarto de siglo después, Ribeyro goza de un interés creciente entre los lectores y críticos de todo el ámbito hispánico; y no solo por sus cuentos, sino también por sus aportes a géneros (poco transitados en las décadas del cincuenta hasta la de los ochenta) en boga: diario personal (La tentación del fracaso), aforismos (Dichos de Luder) y textos híbridos (Prosas apátridas). Abundan los libros y las tesis universitarias que lo estudian con rigor y penetración crítica. Destaquemos aquí las contribuciones críticas de James Higgins, Peter Elmore, Irene Cabrejos, Jorge Coaguila, Luis Fuentes Rojas, Eva Valero Juan y… qué duda cabe, Antonio González Montes, quien nos entrega ahora un nuevo libro de consulta imprescindible, esclarecedor y sustancioso.

Miembro de número de la Academia Peruana de la Lengua, profesor universitario de dilatada trayectoria, González Montes se ha dedicado, con esmero admirable, a estudiar voces de la narrativa peruana, tanto figuras del período colonial (ahí el Inca Garcilaso de la Vega) como de la literatura contemporánea (verbigracia, Carlos Eduardo Zavaleta y Mario Vargas Llosa). Dentro de ese conjunto de artículos y libros publicados, descuella la manera sistemática con que ha analizado a dos autores fundamentales: César Vallejo (todos sus cuentos y novelas) y, por supuesto, Ribeyro.

Estamos ante el tercer libro que consagra al autor de La palabra del mudo. Luego de Ribeyro El arte de narrar y el placer de leer (2010) y Ribeyro. El mundo de la literatura (2014), ha tejido una reveladora cartografía de los variadísimos ámbitos geográficos en que se localizan sus cuentos: Julio Ramón Ribeyro, creador de dos mundos narrativos; Perú y Europa. Ha escogido una temática digna de examinar en el universo literario de creadores con un mirador amplio de la diversidad nacional e internacional (ejemplos señeros de las letras peruanas: Ventura García Calderón, Ciro Alegría, Carlos Eduardo Zavaleta, Mario Vargas Llosa, Alfredo Bryce Echenique y Miguel Gutiérrez); pero que resulta especialmente idóneo en el caso de Ribeyro, dado que el artífice de Silvio en el Rosedal enfatizaba el entorno geográfico de sus narraciones (actúa en ello el legado de los grandes realistas europeos del siglo xix que Ribeyro veneraba: Balzac, Stendhal, Flaubert, Maupassant, etcétera), llegando a aportar la división en costa, sierra y selva, en sus Tres historias sublevantes; a resaltar como un microcosmos su barrio miraflorino de Santa Cruz, en Relatos santacrucinos. Y, en el marco internacional, a separar los cuentos localizados en el Perú de los ubicados en Europa, en los dos conjuntos nuevos que dio a conocer en el tomo II de La palabra del mudo: El próximo mes me nivelo y Los cautivos, respectivamente.

Aunque utiliza los conceptos teóricos y los aportes metodológicos de la narratología, opta por una exposición clara y didáctica, al alcance tanto del público interesado como del público en general, así como enormemente útil para los estudiantes universitarios.

En concordancia con el trasfondo sapiencial (búsqueda profunda y problematizadora de la verdad, en pos de la ansiada sabiduría, y no meramente de la información acumulada por la ideología reinante) de los escritos de Ribeyro, González Montes percibe un hilo conductor en sus libros:

una experiencia vital y artística que lo condujo a intentar comprender, más que narrativamente, su heterogénea sociedad de origen, a la vez que accedía a una visión más amplia del mundo, basada en su instalación progresiva en el mundo europeo, en especial en Francia, y dentro de este país, en París, una ciudad con la que se identificó, como lo hizo con Lima, y de modo particular, con el distrito de Miraflores. (p. 16)

En consecuencia, leer cabalmente a Ribeyro implica un “aprendizaje vital y artístico”, concluye en sus reflexiones finales. Un aprendizaje que el lector aprovechará como es debido, bajo la guía segura y penetrante de González Montes. Comulgará así, enriquecido por la lectura de Ribeyro, con la complejidad de la condición humana, liberándose de prejuicios, marginaciones y, en general, la carga alienante del “contrato social”.

Ricardo González Vigil

Presentación

El 2019, Julio Ramón Ribeyro habría cumplido noventa años de edad y veinticinco de su partida física (1929-1994), pero pese a la respectiva distancia temporal transcurrida, el escritor peruano está muy vivo en el recuerdo de los muchos lectores peruanos y extranjeros que ha ido ganando, a lo largo de las décadas, por lo menos desde mediados de la del cincuenta, pues su primer volumen de cuentos apareció e inició su camino en 1955.

Con motivo de estos importantes hitos temporales, nos hemos propuesto compartir en este libro, Julio Ramón Ribeyro, creador de dos mundos narrativos: Perú y Europa una visión global y, a la vez, selectiva, de la producción cuentística de un autor, cuya vigencia, casi al término de la segunda década del siglo xxi, está fuera de toda duda. Sus cuentos son lo más valioso de su obra literaria, pero el resto de su polifacética creación (novela, teatro, ensayo, crítica literaria, microrrelato, diario personal, epistolario) complementa y enriquece la importancia de Julio Ramón como un gran escritor, reconocido a nivel nacional e internacional.

Esta popularidad que entusiasma a sus lectores y los lleva a recorrer, una y otra vez, los memorables cuentos plasmados por la prosa transparente, fluida y polisémica de Ribeyro, también ha incentivado a los críticos peruanos y extranjeros, de varias generaciones y de diversas tendencias exegéticas, a profundizar en el conocimiento de las historias realistas y fantásticas que nos ha regalado desde sus primeros libros publicados en la década de los cincuenta (Los gallinazos sin plumas y Cuentos de circunstancias), hasta los que han aparecido en los siguientes decenios y se han reunido, finalmente, en la colección La palabra del mudo.

En este relevante proceso de producción narrativa, que ha ido desarrollándose en un contexto, a la vez, peruano y extranjero, Ribeyro, que desarrolló su vida en el Perú y fuera del país, ha creado, mediante el conjunto de sus cuentos, dos mundos narrativos, que hemos querido diferenciar para una mejor apreciación de la calidad artística, humana y social que distingue a la obra cuentística de este hombre de letras que ha enriquecido la literatura peruana contemporánea.

Sin duda, esta capacidad de dar existencia a más de un mundo narrativo no es una característica privativa de nuestro autor, pero él la ha realizado “a su manera”, paso a paso, como producto de una experiencia vital y artística que lo condujo a intentar comprender, más que narrativamente, su heterogénea sociedad de origen, a la vez que accedía a una visión más amplia del mundo, basada en su instalación progresiva en el mundo europeo, en especial en Francia, y dentro de este país, en París, una ciudad con la que se identificó, como lo hizo con Lima, y de modo particular, con el distrito de Miraflores.

Como hemos señalado, este exitoso proyecto narrativo de Ribeyro surgió paulatinamente y encontró una primera plasmación en Cuentos de circunstancias (1958), su segundo libro de relatos breves, en el cual, la primera palabra del título subraya la importancia que le concede a esa forma literaria, con el cual terminó identificándose plenamente. En este volumen, indicábamos, Ribeyro supo integrar los componentes peculiares de su poética narrativa de modo coherente y totalizador. En el conjunto de los textos, los lectores comprobamos que coexisten los cuentos realistas con los fantásticos, a la vez, que las historias se desarrollan, algunas, en ciudades del Perú o de Europa.

Este modelo, experimentado por primera vez en el citado volumen, se repitió, con variantes, en todos los libros que Ribeyro publicó de 1964 en adelante. Dicho año, por citar una versión del modelo aludido, dio a conocer dos libros dedicados a mostrar ficciones narrativas ambientadas en el Perú (Tres historias sublevantes y Las botellas y los hombres). Y en la década de los setenta, el autor miraflorino y peruano inaugura su serie La palabra del mudo II (1994), con dos colecciones, en las que vuelve a basarse en la duplicidad de los mundos en los que se mueve y comparte esa experiencia vital y estética con sus lectores: en Los cautivos (1972) reúne los cuentos cuyos respectivos escenarios son europeos y en El próximo mes me nivelo (1972) todas las historias se ambientan en diferentes lugares del Perú, aunque es cierto que Lima es la urbe preferida1.

En los siguientes libros, que integran los varios tomos de La palabra del mudo, Ribeyro consolida la plasmación de los dos mundos, construyendo historias que hacen posible que los lectores viajemos de la mano del respectivo narrador por el Perú o por algunos países europeos, con especial preferencia por Francia y su capital París. Por ello en las páginas de nuestro libro, presentamos una selección de análisis de los cuentos que pertenecen a uno y a otro de esos mundos.

Siguiendo este derrotero, comenzamos deteniéndonos en un total de catorce cuentos, cuyos personajes se desenvuelven en diversos escenarios peruanos. Ellos son “Los moribundos”, “Al pie del acantilado”, “El chaco”, “Fénix”, “Una medalla para Virginia”, “Un domingo cualquiera”, “Los predicadores”, “Sobre los modos de ganar la guerra”, “El ropero, los viejos y la muerte”, “Terra incognita”, “El polvo del saber”, “Alienación”, “Silvio en El Rosedal”, “Atiguibas”.

Por otro lado, hemos analizado doce relatos ambientados en el mundo europeo, de varios de los libros, comenzando, precisamente, con el célebre “Doblaje”, que apareció en el ya citado volumen Cuentos de circunstancias. Completan la mirada ribeyreana de Europa los textos “El libro en blanco”, “Bárbara”, “Los cautivos”, “Ridder y el pisapapeles”, “La primera nevada”, “La estación del diablo amarillo”, “Los españoles”, Papeles pintados”, “Demetrio”, “La juventud en la otra ribera”, “El carrusel”.

La razón de haber elegido examinar, mayoritariamente, cuentos de Julio Ramón publicados a partir de 1964, obedece a que en dos anteriores libros nuestros dedicados al estudio de los célebres cuentos de Ribeyro, hemos investigado los textos editados con anterioridad a dicho año. Así, en Ribeyro. El arte de narrar y el placer de leer (2010), ofrecemos el análisis principalmente narratológico de todos y de cada uno de los treinta cuentos de sus tres primeros libros, con excepción de Tres historias sublevantes (1964), cuyo trío de relatos sí han sido abordados en este volumen.

Del mismo modo, en nuestro segundo libro dedicado al examen de otros cuentos del autor limeño y de otros libros, Julio Ramón Ribeyro. El mundo de la literatura (2014), desde la perspectiva de lo metaliterario, hemos efectuado un asedio textual a cuentos que figuran en sus colecciones Solo para fumadores y Relatos santacrucinos, como también abordamos Los geniecillos dominicales, Prosas apátridas y Dichos de Luder.

En cuanto a la perspectiva desde la que se ha examinado cada uno de los inagotables y polisémicos textos de Ribeyro, hemos considerado siempre, como una premisa pertinente, lo que establece en su célebre decálogo. “No hay cuento sin historia. El cuento se ha hecho para que el lector a su vez pueda contarlo”. Por ello, nuestros enfoques parten habitualmente de esa licencia que recomienda el Maestro del cuento, con el propósito de compartir y de comprometer a nuestro lector con la mirada desde la que nos detenemos a contemplar el desarrollo del recorrido narrativo que efectúa la prosa del autor en cada relato.

Otra categoría importante que nos orienta en el trabajo de exégesis es la del narrador, ese ser hecho de lenguaje y que posee el don y el poder de insuflar vida a un mundo verbal en el que pululan seres diversos que, en el ámbito realista o en el fantástico, se ubican en una cierta coordenada espacio-temporal y allí dejan testimonio de sus acciones, ideas, pensamientos, deseos, sentimientos, palabras, actitudes, miedos, esperanzas y con todo ello y más configuran historias de diverso tipo que los lectores completan con su mente. Cada relato de Ribeyro está construido con tal coherencia artística que la ficción narrativa, cualquiera que sea el mundo representado elegido, constituye una unidad realzada por la prosa, la estructura, las técnicas y otros recursos que muestran el dominio que llegó a alcanzar en el cultivo del cuento este maestro insuperable que siempre se impone por un gratificante nock out a sus agradecidos lectores2.

En cuanto al enfoque metodológico, nos hemos servido de los conceptos que la narratología pone a disposición de quienes tienen la tarea de intentar construir un conocimiento válido pero abierto acerca de los textos literarios, en este caso, los insuperables cuentos de Julio Ramón Ribeyro. Igualmente, el método semiótico-greimasiano nos ha sido de utilidad cuando hemos dialogado con relatos ribeyreanos que se prestaban a un análisis de este tipo. Hemos empleado estos conceptos, pero al hacerlo nos ha preocupado explicarlos para que nuestros lectores sientan que dicho enfoque los ayuda a captar mejor el sentido del texto examinado, lo que no quita la posibilidad de evaluar el objeto de estudio desde otras ópticas3.

Y sobre el origen de estas páginas, ellas formaron parte de sendos proyectos de investigación, auspiciados por el Instituto de Investigaciones Humanísticas de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, durante los años de 2010 y 2015. Este apoyo hizo posible que pudiera continuar estudiando la producción cuentística de Julio Ramón Ribeyro, cuya tarea había iniciado, también como un proyecto, en el Instituto de Investigación Científica (IDIC) de la Universidad de Lima, el 2005.

Agradezco a mi esposa, Eliana Vásquez Colichón, mi compañera de vida y cómplice en mi trabajo literario. Así mismo, mi gratitud al Fondo Editorial de la Universidad de Lima, por honrarme con la publicación de este nuevo libro (el tercero en mi bibliografía personal sobre el autor) dedicado a homenajear la calidad humana y literaria de Julio Ramón, con motivo de los aniversarios ya citados. No es, pues, la primera vez que esta prestigiosa Universidad publica un texto de mi autoría. Lo hizo ya cuando dio a conocer mi obra Ribeyro. El arte de narrar y el placer de leer (2010) y la presentó en la Feria del Libro Ricardo Palma de aquel año. Este libro es un testimonio de agradecimiento a esta casa de estudios. Asimismo, expreso mi gratitud al doctor Ricardo González Vigil, por sus palabras prologales. No hay nadie que como él haga tanto cada día —y con tanta calidad, penetración crítica y equidad— por las letras de este Perú de todas las sangres. Sean estas palabras mi reconocimiento a su infatigable labor académica, de proyección nacional e internacional.

Antonio González Montes

Lima, verano del 2020

Primera parte

El Perú en los cuentos de Ribeyro

“Los moribundos”1

Desde el punto de vista de la técnica, este relato emplea la figura del narrador homodiegético en primera persona: un personaje testigo ofrece su versión acerca de una situación que se relaciona con él, con los suyos, pero solo en calidad de observador, mientras que los protagonistas son otros y conocemos a estos gracias a la versión que ofrece el testigo. En cuanto a la temática, “Los moribundos” es, también, un texto peculiar porque Ribeyro emplea como trasfondo de la anécdota, sucesos que son parte de la historia peruana del siglo xx: los conflictos bélicos que sostuvieron el Perú y Ecuador a lo largo de dicha centuria2. Esta circunstancia le otorga al relato una alta referencialidad, y hace que posea una significación política e ideológica innegable.

Y ello está reforzado porque el narrador evoca los sucesos del conflicto, dos días después de que “comenzó la guerra”. El inicio de los hechos que son parte de la fábula coincide con el arribo “a Paita (de) los primeros camiones con muertos”. La presencia de este cargamento fúnebre despierta la atención del narrador y de su hermano Javier y ambos van a ver la llegada de los cuerpos al hospital; allí constatan que la guerra produce muertos y moribundos y que cuando se descubría a uno de estos “lo ponían en una camilla, lo metían al hospital y el camión seguía rumbo al cementerio” (Ribeyro, 1994, I, p. 227).

La guerra con su secuela de muertes en grandes cantidades genera en el narrador una serie de sentimientos y de interrogantes que su hermano Javier trata de responder satisfactoriamente, sobre todo para explicar por qué traen a los difuntos hasta Paita. Además, Javier revela al narrador los sobrenombres de ecuatorianos (“monos”) y peruanos (“gallinas”); y puede detectarse en él un sentimiento de nacionalismo porque, aunque señala que “hemos perdido todas las guerras”, no duda en decir que “ésta sí que no la perdemos”.

El narrador testigo evoca, también, el modo en que la guerra afecta, directa o indirectamente, a su propia familia, en especial a su hermana Eulalia, cuyo novio, el teniente Marcos, está en la frontera. Pero lo más preocupante y que incide directamente en el curso que tome la historia es que “pronto los muertos no entraron ya en el cementerio ni los heridos en el hospital”. Ante esa emergencia, aun el padre del narrador, pese a sus resistencias iniciales, se vio en la obligación de colaborar en la ubicación de cuartos vacíos en las casas particulares para alojar a los heridos que no tenían donde permanecer. A su vez, el teniente Marcos regresa de la frontera y visita la casa de su novia y allí informa sobre el avance del conflicto y ante la pregunta de uno de los presentes afirma que esta guerra “ya está ganada”.

La labor de observadores del narrador y de su hermano Javier se hace más dramática a partir del momento en que dos heridos, cuyas nacionalidades no se conocen con precisión, son asignados a la casa de aquellos. Como es previsible, la presencia de los dos soldados causa revuelo entre los dos hermanos; uno de ellos, Javier, los va a ver a los pocos momentos de su llegada y ofrece su versión al otro, pero no puede distinguir la nacionalidad de cada uno, debido a que “no tienen botas (peruanos) ni polainas (ecuatorianos). Están descalzos”.

El personaje narrador espera el día siguiente para ir a ver a los heridos y su testimonio es impactante ya que presenta las condiciones deplorables en que se encuentran ambos, a la vez que trata de acertar con la nacionalidad de los soldados. Empero, la visita al lugar se torna aún más comprometedora pues uno de los heridos le pide agua y le muestra su herida, lo cual le provoca “una especie de vértigo” y lo obliga a ir hasta la cocina donde informa a su hermana acerca del pedido y de lo que ha visto; pero esta le dio una respuesta negativa debido a que asume que los heridos son ecuatorianos y por tanto “son los que disparan contra Marcos”. No se explica por qué los han traído y amenaza con tirarse al mar.

Como el centro de atención del relato son los heridos y el descubrimiento de sus nacionalidades, un asunto que todos quieren dilucidar, el narrador da cuenta de la nueva visita a aquellos en compañía de su padre; pese a los esfuerzos de este último no es posible que ni uno ni otro soldado conteste con claridad a las preguntas del dueño de casa; pero sí es revelador del drama de la guerra el que no puedan entender en qué lengua se expresa uno de los dos heridos; el narrador alcanza a señalar que “dijo una palabra que no entendimos”.

Ante esta dificultad, el padre indica que los enfermeros son los únicos que saben de dónde son uno y otro soldado. Esa misma tarde vinieron los enfermeros, pero ellos tampoco saben con certeza la nacionalidad de cada uno y admiten que “con este lío se han perdido los documentos de identidad” y prometen averiguar en el hospital.

El relato se abre a otras alternativas a partir de la noticia que registra el narrador de que la guerra ha terminado y “que los ecuatorianos habían capitulado”. En el plano oficial y público, la conclusión del conflicto trae consigo una onda de celebraciones en las que participa el propio padre del narrador, pero en el plano privado “los heridos, olvidados ya, se seguían muriendo en nuestra casa”. Es sobre todo en esta desatención a la suerte de quienes han participado en el conflicto, defendiendo los intereses de uno y otro país, que puede comprobarse lo absurdo e inhumano de guerras que exaltan el nacionalismo, pues los gestores de estas no se preocupan por la vida o la salud de los hombres concretos que son víctimas de la violencia bélica.

El observador concentra su interés en el último día de los sucesos que son parte de “Los moribundos”. De esas horas cruciales elige algunas escenas para ilustrar el contraste de situaciones y de sentimientos que trae consigo una guerra. La primera escena que registra se desarrolla en la mañana y es relevante porque el propio personaje encuentra de pie al soldado que había estado con una herida en la pierna. Este informa que su compañero “se está muriendo”, revela su nacionalidad ecuatoriana y anuncia su deseo de irse.

El menor de la familia recurre a su hermano Javier para resolver la situación planteada por el soldado, pero la respuesta de aquel, una vez enterado de la nacionalidad del herido, es considerarlo su prisionero y no atender su solicitud de salida; le ordena que vuelva al depósito y decide montar guardia, pues según él “de aquí nadie se escapa”.

El desenlace de los sucesos comienza a plantearse a partir del momento en que nuestro testigo se concentra en mostrar a través de la técnica de la escena lo que ocurre en la noche de aquel mismo día. El hecho central es la celebración de una comida de “fraternidad” en homenaje a Marcos, y a la que han sido invitados “el comandante de la zona y un ecuatoriano que era dueño del ‘Chimborazo’, el bar más grande de Paita” (Ribeyro, 1994, I, p. 234).

Empero, la atmósfera del relato se torna más compleja pues se produce un contraste entre el ambiente de fiesta y de agasajo y los gritos de los soldados desde el depósito que llegan hasta el lugar donde están los invitados. Esta incómoda situación obliga al dueño de casa a informar que aloja a unos heridos en casa, y dirigiéndose al dueño del “Chimborazo” le reveló que uno era un paisano suyo; el invitado se hizo el desentendido y siguió conversando con los demás.

El enunciador, una vez más, sigue a su padre con dirección al depósito para presenciar y dar testimonio de los últimos hechos protagonizados por los moribundos. Y es el herido peruano, quien, con sus gestos desesperados y sus deseos de comunicarse con el dueño de casa, tiñe la escena de un dramatismo conmovedor. En efecto, lo que presencian el padre y el hijo son los momentos finales de la vida del peruano herido, quien incluso llega a coger al dueño de casa de la corbata e intenta, vanamente, hacerse entender, como lo señala el narrador: “Sus ojos lo miraban con terror. Sus labios comenzaron a moverse y por ellos salían sus palabras tan amontonadas que parecían formar un canto sin fin” (Ribeyro, 1994, I, p. 234).

El padre es incapaz de comprender el mensaje porque su propio compatriota se expresa en una lengua, el quechua, en que se comunican los indígenas, pero no todos los mestizos, aunque ambos pertenezcan a un mismo país. La desesperación del dueño de casa es tal que abandona, por un momento, a su interlocutor y vuelve al comedor para averiguar si alguno sabe quechua; solo Marcos contesta algo y ello provoca la burla de todos los demás. Al papá no le queda otra alternativa que regresar al escenario donde están los heridos y su propio hijo, testigo de estos impactantes momentos.

Lo paradójico de la situación se hace más evidente cuando se constata que el único que entiende el idioma del indígena peruano es el herido ecuatoriano, probablemente también indígena, y quien se convierte en el nexo que permite transmitir los últimos deseos del moribundo. La riqueza y complejidad comunicativa de la escena se intensifica con la presencia de la escritura, pues el padre manda a su hijo a traer papel y lápiz para poder transcribir la traducción del quechua al español que realizará el herido ecuatoriano.

Empero, la comunicación no se desarrolla con la fluidez esperada, debido a que el mensaje del moribundo es ininteligible y alude a imágenes y recuerdos del campo de batalla, pues se menciona a caballos, soldados y a los propios sufrimientos del agonizante. La traducción y trascripción de este discurso balbuciente se mezcla con voces provenientes del comedor que lanzan “vivas a los patriotas”, pero el padre se mantiene firme en su deseo de seguir hasta el final del mensaje, y así ocurre porque a los pocos minutos se produce el deceso del moribundo.

El desenlace ha sido tan conmovedor que los testigos del hecho quedan en silencio, el cual es roto por el padre, que observa el papel que escribió, trata de entenderlo, manifiesta su deseo de enviarlo, pero reconoce que ignora quién es el destinatario y hasta duda de la utilidad de remitir un mensaje incomprensible. Ante esta constatación dobla el papel y se lo guarda en el bolsillo. Antes de volver al comedor, el dueño de casa escucha una pregunta incómoda (y que no responde) del herido que acaba de servir de intérprete: “—¿Cuándo me iré de aquí? —preguntó el ecuatoriano—. Este aire me mata, señor. Ya puedo caminar” (Ribeyro, 1994, I, p. 236).

El sorprendido testigo y su padre, después de haber vivido una experiencia límite (la agonía de un ser humano que dio su vida por la patria y que muere sin poder ser comprendido por los que le rodean), regresan al comedor y el primero de ellos registra algunos detalles que muestran el contraste entre dos situaciones que ocurren en una misma casa: de un lado la muerte de un indígena peruano, y del otro, el ambiente festivo que reina en el comedor con motivo de una celebración que para cualquier ser humano deviene en absurda y chocante.

Es indudable que “Los moribundos” es un relato de gran valor por razones literarias y extraliterarias. Con respecto a las primeras, habría que destacar la gran maestría en el despliegue de un narrador testigo que es capaz de seguir el desarrollo de una historia muy intensa y compleja, sin perder el equilibrio ni caer en el patetismo. El joven observador siempre está en el lugar preciso para observar y focalizar lo pertinente, pero también es hábil para seguir y mostrar las situaciones de contraste que se presentan en ambientes contiguos.

Y en cuanto a los méritos que trascienden a lo meramente estético, este relato plantea los nexos que existen entre lo individual y lo colectivo, la paz y la guerra y entre los sectores marginados y los dominantes en las sociedades latinoamericanas. Como en muchos otros relatos, Ribeyro aborda el tema de la muerte de seres humanos concretos, pero en este caso, ella tiene como causa la ocurrencia de una guerra entre dos países vecinos y unidos por muchos vínculos históricos y culturales. Es decir, los soldados son heridos o mueren como consecuencia de un conflicto decidido por los grupos que detentan el poder político y militar en los países que se enfrentan bélicamente.

Pero la guerra absurda revela que, aunque unos y otros seres humanos estén divididos por razón de su pertenencia a un Estado, pueden resultar unidos por lazos históricos y culturales, como es el caso de los dos heridos que son depositados en la casa del narrador. Es verdad que uno es ecuatoriano y el otro peruano, y los dos comparten el drama de ser víctimas de una conflagración que ellos no han decidido. Además, ambos son indígenas y se comunican en una misma lengua, el quechua, y ello los une más fuertemente que los lazos que derivan de la pertenencia a una mera nacionalidad formal.

De modo que en “Los moribundos” Ribeyro plantea la situación de los sectores indígenas en países andinos como Perú y Ecuador, pero lo hace a través de la historia dramática de personajes concretos que sufren las consecuencias de la marginación en sus respectivas patrias. El problema de la comunicación está desarrollado con todo detalle y permite ilustrar las diferencias entre el idioma español y el quechua. También se advierte las distancias entre la oralidad y la escritura y la imposibilidad de volcar la una en la otra, lo que origina que el mensaje del moribundo sea ininteligible.

TRES HISTORIAS SUBLEVANTES (1964)

En un mismo año (1964), Ribeyro publicó dos volúmenes de cuentos: Tres historias sublevantes y Las botellas y los hombres. Al margen de esta coincidencia cronológica, este último volumen, constituido por diez cuentos, se relaciona, por el número de textos, más con los dos primeros libros que se dieron a conocer en 1955 y en 1958. Sobre todo, con respecto al número de cuentos: Los gallinazos sin plumas (ocho textos); Cuentos de circunstancias (diez). En cambio, Tres historias sublevantes, como su nombre lo indica, es un volumen con un terceto de relatos. Por otro lado, en cuanto al significado de los títulos de los libros se produce una suerte de semejanza entre el libro de 1958 y el que apareció en abril de 1964. En los dos títulos se hace referencia a su carácter narrativo, es decir al hecho de que pertenecen a una reconocida especie narrativa breve: el libro de 1958 elige la palabra “cuentos”, y agrega el tipo al que pertenece. El volumen de 1964 alude a la palabra “historias”, que suele funcionar como sinónimo del nombre de la especie que hizo famoso a Ribeyro.

Pero también las palabras que completan los respectivos títulos agregan sentidos pertinentes, relacionados con la poética del autor, es decir, con la significación particular de dichas palabras. En el primer caso se apela a la expresión “de circunstancias”, que equivale a decir que cada texto recrea una situación, que es, en efecto, algo que caracteriza a la mayoría de los cuentos de Ribeyro. A su vez, el adjetivo “sublevantes” posee una connotación de fuerza, puesto que el verbo “sublevar” alude a “llevar a alguien a la sedición o al motín”, excitar indignación, promover un sentimiento de protesta” (Diccionario de la lengua española, 2014, II, p. 2047).

Al calificarlas como “sublevantes” se refiere a que dichas historias, por los sucesos que evocan, pueden generar un sentimiento de protesta entre los lectores. Y esa reacción es producto de la ironía o del contraste que se establece entre la afirmación de que “El Perú es un país muy grande y rico”3, y el hecho de que los tres relatos, ambientados en las “tres zonas Costa, Sierra y Montaña” muestran a los lectores el nivel extremo de pobreza, de explotación, de abuso, de existencias indignas de la condición humana, algunas de las cuales padecen muertes crueles, en el contexto del enfrentamiento que se percibe en cada uno de los textos, entre los sectores poderosos de la sociedad peruana y lo que Ribeyro llama “la gente del pueblo”, es decir los que carecen de vivienda, de trabajo, de derecho a la propiedad o realizan labores denigrantes a cambio de ínfimas sumas de dinero.

“Al pie del acantilado”1

“Al pie del acantilado2” es una historia intensa, detallada, dramática y bien construida. La conducta observada en los seres que participan de la acción, constituye un ejemplo de una actitud de resiliencia3, protagonizada por unos pocos personajes pobres que han sido expulsados de la ciudad y que, en la búsqueda de un espacio para poder sobrevivir y ejercer su derecho a la vida, encuentran lugares inhabitables, pero con el trabajo y el ingenio logran construir una casa bastante austera, con materiales deleznables y se establecen allí, durante un lapso significativo (siete años) hasta que una vez más, autoridades que vienen de la ciudad los obligan a salir de allí, los expulsan y estos expatriados reinician la búsqueda a fin de encontrar un pedazo de tierra, “al pie del acantilado”, donde subsiste una “higuerilla”, para comenzar la tarea de levantar una “nueva vivienda”. Y así al infinito.

Hemos ofrecido una síntesis de la historia que se construye con gran destreza y sabiduría por parte del narrador. Y antes de ingresar al análisis de algunos aspectos relevantes de esta experiencia límite ambientada en el “fondo del barranco, en los viejos baños de Magdalena”, dentro de lo que hoy se conoce como la Costa Verde (que es precisamente un gran acantilado que rodea a Lima), la ciudad capital del Perú, queremos destacar, desde el punto de vista del discurso y de la estructura, la presencia de algunos aciertos, de este cuento célebre de Ribeyro4.

El primero es el de haber elegido un convincente narrador autodiegético, en primera persona que cuenta una historia, a la vez, personal, familiar y vecinal, de gran contenido humano y muy verosímil, porque es representativa de la realidad social de Lima, incluso de esta capital que, oficial y formalmente, se dispone a celebrar el Bicentenario de la Independencia (1821-2021), y que no solo no ha sabido ni podido resolver los problemas de vivienda, de tránsito, de violencia, de corrupción, de caos permanente, sino que ha sido desbordada por todas estas y otras plagas y luce más caótica, inhumana, insegura, racista y peligrosa para todos sus habitantes, diseminados en un espacio incomunicado por un pésimo sistema de transporte, que subsiste hasta la actualidad.

En este contexto, el relato “Al pie del acantilado” conserva su vigencia, porque fue imaginado por un narrador que es, a la vez, protagonista de esta especie de gesta popular de sobrevivencia, y que se muestra como un hombre de acción y de reflexión. En sus más de diez bloques narrativos se exhibe como un persistente e indoblegable constructor de una frágil vivienda para él y sus dos hijos que lo acompañan (Pepe y Toribio) en la dura aventura de la sobrevivencia en un ámbito precario situado entre la costa y el mar. En las fases finales de la lucha para evitar el desalojo de él y de sus vecinos llega a ejercer un importante liderazgo que permita hacer respetar los derechos de estas familias.

Al lado de esa capacidad de trabajo y de resistencia a las adversidades que debe soportar en su difícil y austera existencia, debemos destacar sus dotes como narrador de su propia historia. En ese sentido, su prosa recurre con frecuencia al auxilio de imágenes poéticas para darle un sentido más figurado y connotativo a su narración5. Es sintomático que el primer párrafo completo sea una muestra lograda y sugestiva del buen manejo de las imágenes, que dotan al relato en su totalidad de un sentido metafórico. Apreciemos su mirada reflexiva y figurativa:

Nosotros somos como la higuerilla, como esa planta salvaje que brota y se multiplica en los lugares más amargos y escarpados. Véanla cómo crece en el arenal, sobre el canto rodado, en las acequias sin riego, en el desmonte, alrededor de los muladares. Ella no pide favores a nadie, pide tan solo un pedazo de espacio para sobrevivir. No le dan tregua el sol ni la sal de los vientos del mar, la pisan los hombres y los tractores, pero la higuerilla sigue creciendo, propagándose, alimentándose de piedras y de basura. Por eso digo que somos como la higuerilla, nosotros, la gente del pueblo. Allí donde el hombre de la costa encuentra una higuerilla, allí hace su casa porque sabe que allí podrá también él vivir. (Ribeyro, 1994, II, p. 17)

En este conocido párrafo, Leandro, el narrador, establece una comparación entre dos seres vivos: la higuerilla (que pertenece al reino vegetal) y la gente del pueblo (que pertenece al ámbito humano). Y lo que ambos tienen en común es el ser resistentes ante las dificultades del espacio en que crecen y hacen sus vidas. La higuerilla y la gente del pueblo tan solo piden “un pedazo de espacio para sobrevivir”. Y eso es lo que apreciamos en el relato, al inicio y al final. La primera vez, que es el punto de partida y de desarrollo de la historia, la higuerilla es encontrada “al fondo del barranco, en los viejos baños de Magdalena”. Y la razón por la que Leandro y sus hijos la buscan con apremio es porque están en condición de perseguidos por la ciudad, “como bandidos”. Descubierta esta señal de vida que es la higuerilla, ellos se quedan allí durante siete años, lapso en el cual la existencia es muy dura y sobrevienen algunas desgracias, aunque el grupo alcanza una precaria estabilidad. Al término de ese periodo, otra vez tienen que salir de allí e inician una nueva búsqueda hasta encontrar, una vez más, la “señal de vida” que les permita reiniciar el inestable ciclo vital a que están sometidos por ser marginales, pobres e ignorados por el Estado.

Cabe agregar que la ocupación del espacio indispensable para levantar una construcción que se asemeje, en lo esencial, a una casa común y corriente la realizaron primero Leandro y sus dos hijos. Con sumo sacrificio y en el lapso de un año, “ya teníamos nuestra casa en el fondo del barranco y ya no nos importaba que allá arriba la ciudad fuera creciendo y se llenara de palacios y de policías. Nosotros habíamos echado raíces sobre la sal” (Ribeyro, 1994, II, p. 18).

Poco tiempo después llegó Samuel, otro perseguido, y fue recibido por Leandro y sus hijos. Se incorporó y contribuyó con su trabajo a mejorar la vida de todos ellos y a cambio de su aporte no exigía nada, tan solo un poco de comida y “que lo dejaran en paz”. Con la llegada del verano aparecieron personas por los alrededores, pero no venían en búsqueda de un lugar para construir, sino a disfrutar de un baño de mar. En el ir y venir, esos bañistas, después de retirarse de la playa pasaban cerca de la casa de Leandro y al verlo reclamaban que “su playa” estaba sucia y pedían que la limpiara. A Leandro le incomodó el reclamo, pero en cambio le agradó que pensaran que era “su playa”. Y por ello Leandro y Samuel se esforzaron por limpiar y ofrecer algunas comodidades mínimas a los visitantes.

Y Leandro no cesaba en su propósito de enfrentar todos los obstáculos que descubría, entre ellos, por ejemplo, los fierros que impedían nadar más adentro a los bañistas. Pero el reto de luchar contra esos fierros hasta sacarlos totalmente, lo asumió Pepe, el hijo mayor del narrador, que se pasaba gran parte de su tiempo metido bajo el agua. Esta tenacidad para conseguir su propósito, sin considerar la inconmensurable fuerza del mar, lo llevó a morir ahogado. Y esta fue la tragedia más dolorosa que sufrió Leandro: perdió al hijo que más lo secundaba en el trabajo de cada día. Y tuvo que continuar, sin bajar la guardia.

Con posterioridad a estos luctuosos hechos, se hicieron presentes los últimos “perseguidos”, es decir, los hombres y mujeres del pueblo que también llegaron para construir sus casas “en la parte alta del barranco”. Leandro los observa y da cuenta del modo desesperado con que levantaron sus precarias viviendas, “con lo que tenían a la mano”. Una vez que estuvieron instalados se estableció una comunicación entre el narrador y algunas mujeres, que como parte de su rutina bajaban a lavar ropa. Por el diálogo que entablan nos enteramos de que han pasado tres años desde que se instaló el grupo familiar pionero, que ahora tiene un miembro menos, por la muerte de Pepe y su padre se lamenta de la soledad en que vive.

Leandro es, pues, el eje de la historia y del discurso. Es él quien encabeza la lucha por la sobrevivencia, el que lleva a la práctica su labor de constructor y de defensor de la casa y del entorno en el que sobrelleva su vida. Y, a la vez, en base a la experiencia que acumula cada día, a los golpes que le da la vida, adquiere una sabiduría, una capacidad de reflexión y un arte para construir imágenes y comparaciones que enriquecen la complejidad de ese mundo precario, donde actúan personajes que expresan diversos matices de la condición humana, vistos con los ojos observadores y certeros del narrador de “Al pie del acantilado”. Apreciemos, por ejemplo, el modo en que reflexiona luego de sufrir una de las pérdidas que más lo conmueven: su hijo Pepe, su más cercano colaborador, muere ahogado en el mar en plena lucha por tratar de retirar una barcaza que les impedía ganar un mayor espacio. Leandro recurre a las comparaciones que, a la vez, sugieren imágenes metafóricas: “Perder a un hijo que trabaja es como perder una pierna o como perder un ala para un pájaro. Yo quedé como lisiado durante varios días. Pero la vida me reclamaba, porque había muchísimo que hacer” (Ribeyro, 1994, II, p. 27).

Si tratamos de apreciar en su totalidad la historia desarrollada en “Al pie del acantilado” y recurrimos a algunos conceptos propios de la narratología y de la semiótica narrativa greimasiana6, podríamos señalar que este relato en cuanto al desarrollo de los sucesos supone un recorrido completo, que considera, en el marco del cuadrado semiótico7, los siguientes términos: disjunción-(1) ----- no disjunción-(2) ----- conjunción-(3) ------ no conjunción ----- disjunción-(4). La disjunción primera corresponde a la expulsión de los personajes encabezados por Leandro, que se encuentran en una situación de desalojados. La no disjunción, al momento en que el pequeño grupo familiar encuentra una higuerilla en un lugar al fondo del barranco y se establece allí, aunque de modo precario. La conjunción primera se alcanza cuando Leandro y sus hijos no solo logran construir su casa, sino que mejoran el entorno y esto les permite cobrar algún dinero a los bañistas que bajan hasta la playa que ha sido arreglada por los personajes del relato. La no conjunción retorna cuando llegan algunos de los hombres de la ciudad y visitan hasta en dos oportunidades el lugar donde viven Leandro y los de las casas vecinas, surgidas después de la instalación de los que Luchting (1971, p. 83) llama “los pioneros”.

Estas visitas crean una incertidumbre y concluyen con el arresto de Samuel y el anuncio de que los habitantes de esa barriada tienen que desalojar porque se han instalado en terrenos del Estado. La disjunción final se concreta en el momento en que los pobladores son expulsados con apoyo de la fuerza pública y el trabajo de una cuadrilla que destruye las casas levantadas por los precarios poseedores. El último en salir es, precisamente, Leandro, que se resistió hasta el final, porque los demás vecinos aceptaron la oferta de la Municipalidad de ser trasladados a una nueva zona (Pampa de Comas), donde podrían instalarse y construir viviendas con el respaldo de la ley. Leandro luchó para que los vecinos no acepten esta oferta, que él consideraba insegura, pero finalmente, las maquinarias llegaron hasta los límites de su casa y él tuvo que abandonar casi solo el lugar, porque su hijo Toribio no estaba con él en ese momento. Sin embargo, al emprender el éxodo, nuevamente, Leandro lo hizo sin alejarse del mar. De ese modo, un poco más adelante su hijo le dio el alcance y juntos recomenzaron el reto de levantar una nueva vivienda. Como se ve, los personajes han terminado como comenzaron, diseñando una circularidad desfavorable para ellos.


Si bien Leandro ha sido derrotado por la fuerza legal y policial de los que detentan el poder y ejercen la autoridad desde la distante comodidad de la ciudad, continúa en su lucha, no se da por vencido, usa un método ya conocido para descubrir el signo de vida que, con su presencia, le anuncia que ha llegado a la tierra prometida. Y es su hijo Toribio quien pronuncia las palabras esperadas, equivalentes a las que dijo Rodrigo de Triana cuando avistó “tierra” desde una de las carabelas comandadas por Colón. Leamos:

—¡Mira! ¡Una higuerilla!

Yo me acerqué corriendo: contra el acantilado, entre las conchas blancas, crecía una higuerilla. Estuve mirando largo rato sus hojas ásperas, su tallo tosco, sus pepas preñadas de púas que hieren la mano de quien intenta acariciarlas. Mis ojos estaban llenos de nubes.

—¡Aquí! —le dije a Toribio—. ¡Alcánzame la barreta!

Y escarbando entre las piedras, hundimos el primer cuartón de nuestra nueva vivienda. (Ribeyro, 1994, II, p. 41)

Pese a haber soportado una serie de adversidades durante los siete años que vivió en ese acantilado (la mayor de las cuales fue la muerte de su hijo Pepe, que se ahogó luchando contra el mar), Leandro mantiene intacta su capacidad de seguir viviendo, de comenzar, cual un Sísifo de la costa limeña, un nuevo ciclo, porque ha encontrado, una vez más, el símbolo que es su par, porque la higuerilla y Leandro son dos seres que resisten las derrotas y reinician el ciclo de la vida.

Durante décadas se ha discutido (y se seguirá haciendo) acerca del múltiple valor que se le ha asignado a este texto. Desde el punto de vista del mundo recreado por el autor, se ha señalado la verosimilitud que ha conseguido Ribeyro al plasmar, una vez más, el problema de la marginalidad que existió y que subsiste en Lima, los abismos de las diferencias sociales y económicas que dividen a “los de arriba”, “los del medio” y a “los de abajo”. Todo ello sigue vigente, pero a una escala mayor y en el marco de una globalización que ha agudizado las contradicciones de todo tipo que saltan a la vista en el contexto de una Lima, que ya no es la que Ribeyro evocó en los inicios de la década de los sesenta, cuando él estaba entre nosotros, e incluso, unos pocos años antes había vivido y trabajado en Ayacucho. W. Luchting (1971, p. 62) ha escrito mucho sobre eso y ha analizado exhaustivamente todos los aspectos ideológicos y artísticos de “Al pie del acantilado” y otros críticos han destacado el carácter de gesta popular que tiene “la fundación”, primero, de una casa (la de Leandro) y luego la de muchas viviendas hasta constituir un núcleo de marginales que resiste con todo (Huárag, 2004, p. 138). Pero la ley y las instituciones le “echan el ojo” a la zona y no se detienen sino cuando logran expulsar a estos moradores precarios.

Desde el punto de vista de la poética y de la construcción de esta “casa” hecha de palabras y con el acabado de la narración que es el cuento “Al pie del acantilado”, lo determinante es la estrategia que pone en marcha Ribeyro, y que ha empleado en otros célebres relatos. Nos referimos, por ejemplo, a “Doblaje”, conocido “cuento de circunstancia”, que también es examinado en estas páginas. ¿Dónde está la semejanza entre uno y otro texto (el realismo versus lo fantástico)? ¿Qué tienen en común el exquisito cultor del esoterismo y creyente de la teoría del doble, que vuela a Sidney y el marginal Leandro que es expulsado de Lima y viaja para buscar y encontrar entre las rocas del acantilado, la higuerilla que es su “otro yo”, su “doble”, que le dice que pueden coexistir juntos?

Para la puesta en escena de una y otra historia, y crear “el efecto de realidad” que atrape al lector y lo lleve a emprender su propio viaje por los respectivos mundos verbales de la ficción, Ribeyro elige emplear, con variantes y adaptaciones, una fórmula que no le falla cuando construye una nueva historia.

Dicha fórmula, de su bagaje, consiste en comenzar con un enunciado convincente y prometedor que “pesca” al lector y lo hace “morder” el anzuelo de la lectura. Trascribamos los dos “sebos” que arroja el narrador al océano de los que buscan buenas historias. Tomando en cuenta la antigüedad de los textos comenzamos con “Doblaje” y cerramos con “Al pie del acantilado”. Recordemos que, en el primer cuento, el narrador anuncia que su padre, (de un viaje a la India), ha regresado con una colección de libros de ocultismo. Y lanza el anzuelo:

En uno de esos libros leí una vez una frase que despertó mi curiosidad. No sé si sería un proverbio o un aforismo, pero de todos modos era una fórmula cerrada que no he podido olvidar: “Todos tenemos un doble que vive en las antípodas. Pero encontrarlo es muy difícil porque los dobles tienden siempre a efectuar el movimiento contrario”. (Ribeyro, 1994, I, p. 127)

Este comienzo no tiene pierde y el lector compra su boleto para irse a Sidney, acompaña al narrador en su búsqueda infructuosa del doble. El narrador, en su retorno a Londres, descubre que su doble ha dejado una prueba de su presencia en la casa: el retrato de Winnie, la mujer a la que ambos han amado. La estrategia empleada supone la concurrencia sucesiva de una fórmula inolvidable que “paraliza” al lector (la acabamos de presentar). Y sobre la marcha, se despliega la historia, que lo mantiene pegado al texto, a la vez que goza, palabra a palabra, de un viaje espacio-temporal, porque el cuento es un vehículo que sirve para volar en alas del ritmo de la prosa que nos hace ver y creer el mundo ficticio en acción, con todos sus atractivos y detalles y ello produce el “placer del texto” del que hablaba Roland Barthes (2015).

Ese mismo fenómeno narrativo ocurre en “Al pie del acantilado”. Nos parece que también podemos explicar cómo funciona la magia narrativa con la que Ribeyro persuade a sus lectores y los vuelve crédulos. Reproduzcamos solo la oración primera en la que está el núcleo de la fórmula. En los demás enunciados del párrafo se la detalla: “Nosotros somos como la higuerilla, como esa planta salvaje que brota y se multiplica en los lugares más amargos y escarpados” (Ribeyro, 1994, II, p. 17).

En este comienzo lo esencial es el planteamiento de la comparación, entre un “nosotros” (“la gente del pueblo”, según Leandro) y la higuerilla. Para convencer de la validez de lo que afirma nos hace ver cómo vive y resiste la planta, ofrece imágenes de su indesmayable lucha por conseguir “tan solo un pedazo de espacio para sobrevivir”. Y luego de haber abundado en ejemplos de la validez de la comparación concluye “que somos como la higuerilla… Allí donde el hombre de la costa encuentra una higuerilla, allí hace su casa porque sabe que allí podrá también él vivir” (Ribeyro, 1994, II, p. 17).

Y todo el extenso y fluido relato no es sino la construcción de la historia, con sus elementos fundamentales: el espacio fronterizo entre la tierra y el mar, el proceso de construcción de la casa con sus detalles, los sucesos en su trabajada conexión mediante la presencia de los personajes, entre los cuales destaca el propio Leandro, que asume una doble tarea: la de levantar la vivienda allí, “al pie del acantilado” y la de construir el relato guiándose por el plano de la comparación, que permite establecer un paralelo entre la vida y resistencia de uno y otro elemento comparado: la gente del pueblo y la higuerilla. Y en esa operación, la casa de Leandro asume un protagonismo porque ella es el producto del trabajo esforzado del hombre sobre el espacio escarpado que la higuerilla ha ayudado a encontrar a estos seres marginales que luchan contra un sistema que no les da tregua. Pero ellos tampoco la piden, solo requieren de la presencia de la planta sobre la cual podrán levantar la casa que los albergará durante esos siete simbólicos años. Esa es la extensión del tiempo efectivo que viven los personajes. Y Leandro crea el tiempo de la narración, producto de la selección, del encadenamiento de los sucesos, de principio a fin.

Siguiendo la clasificación propuesta por el propio autor, “Al pie del acantilado” es un cuento “resumen”, en tanto abarca una etapa amplia o significativa de la vida y peripecias de uno o más personajes. En este caso, el narrador en primera persona y por tanto protagonista de los sucesos que evoca, narra su propia existencia y las de otros personajes a lo largo de algunos años. Y la medición temporal la hace el narrador observando el transcurrir de las estaciones. Y como la historia se desarrolla principalmente muy cerca del mar, la de mayor significación y en la que acontecen los cambios más relevantes es el verano.

“El chaco”

RITMO: ESCENA. RESUMEN. ELIPSIS

En este intenso relato de final trágico, el narrador permanece innominado, solo se le llama con el apelativo de origen quechua, “Chiuchi”1, y es de la comunidad de Huaripampa, escenario de varios hechos relevantes. Usa la primera persona en condición de narrador testigo y como personaje se identifica emocionalmente con Sixto Molina, el comunero, que vuelve moribundo a su terruño y perece luchando. Este joven testigo de la gesta individual de Molina, también le dice “Chiuchi” a Antonio, un personaje menor de edad, como él, que trabaja en la hacienda, y le informa de lo que ocurre allí. En algún momento el narrador conjetura que Antonio y él se parecen mucho y pueden ser hermanos. Sus caras son del color de las piedras que los rodean. Este testigo de la gesta de Sixto es muy dinámico y está cerca de los hechos, transcribe los diálogos de las escenas. Usa, a veces, imágenes y descripciones de ciertos lugares agrestes del Ande. Así facilita la comprensión de los lectores que son ajenos a ese mundo rural, dominado por los cerros. El relato emplea la narración ulterior. Evoca sucesos ya ocurridos. Se luce con imágenes alusivas a Sixto Molina cuando este aparece hacia el final del día del chaco.

El espacio mayor en el que se desarrolla la lucha de un comunero en contra del hacendado y sus allegados es el de la zona central del Ande peruano, en el departamento de Junín. La comunidad de Huaripampa, uno de los centros de las acciones, se sitúa cerca de las provincias de Jauja y de Huancayo. A lo largo del cuento se citan varios lugares, que corresponden a zonas, parajes, terrenos, casas, establecimientos de venta. Algunos de ellos se repiten más de una vez.

La historia, ambientada en la región de la sierra, se inicia in media res, a partir del día en que retornaron a Huaripampa varios comuneros que trabajaban en las minas de La Oroya. Vuelven por la nostalgia de su comunidad, sus tierras, sus animales, pero están maltratados por la dureza del trabajo en los socavones. El narrador da cuenta de la presencia de estos personajes, a los que ve moribundos. Y así, poco a poco, se fueron muriendo y el único que sobrevivió hasta el final de la historia es Sixto Molina, aguantó los abusos, en especial, del hijo del hacendado, Niño José, pero respondió a ellos y murió luchando, en un chaco, organizado por su enemigo, Santiago, el hacendado.

La mayor parte del relato se desarrolla mediante la técnica de la escena, que consiste en mostrar lo que ocurre en la historia, en un tiempo casi equivalente al de los hechos. El narrador observa lo que ocurre y apela a la citada técnica, en la que se incluye lo que hacen y lo que dicen los personajes. A través de ello se infiere el tipo de relaciones (armónicas o de conflicto, de igualdad o de superioridad, de acatamiento o de rebeldía) que existe entre los personajes en el contexto espacio-temporal que comparten. Veamos un ejemplo. Una de las primeras escenas a las que asiste el narrador, en calidad de testigo, es la que muestra a dos personajes que son integrantes de los mundos en conflicto que “El chaco” hace conocer a los lectores. Trascribiremos algunos fragmentos, a partir del momento en que el narrador y Sixto Molina se encuentran “en la carretera que separa nuestra comunidad de la hacienda de don Santiago” (Ribeyro, 1994, II, p. 45).

Estábamos conversando cuando vimos acercarse al niño José, el hijo del patrón, que ya creció y dicen que es ingeniero. Venía al paso de su yegua “Mariposa”. Al pasar a nuestro lado se detuvo y nos saludó. Yo me quité el sombrero y le di los buenos días, pero Sixto no dijo nada y lo miró a los ojos. Así estuvieron mirándose largo rato, como buscándose querella.

—No te conozco —dijo el niño José—. Pero por la cara que tienes debes ser minero y huaripampino. ¿No sabes decir buenos días?

Sixto se rio como nunca lo había oído yo, dándose puñetes en el vientre y cogiéndose más abajo las partes de la vergüenza.

¿De dónde ha salido éste? —me preguntó el niño José—. —¿Más idiotas todavía en Huaripampa?

—Es Sixto Molina —le dije—. Ha venido de las minas hace unos meses. Pero Limayta dice que pronto tendremos que enterrarlo.

El hijo del patrón se fue hacia las minas sin decir nada, pero yo me enteré por el chiuchi Antonio, que vive en la hacienda, de que esa misma noche le contó todo a don Santiago. (Ribeyro, 1994, II, p. 46)

Esta escena, una de las primeras, es una de las claves de “El chaco” porque presenta el tipo de relaciones jerárquicas que existían en diversos lugares de la dura geografía de los Andes centrales en el Perú, en las décadas de los cincuenta y sesenta del siglo xx, aunque los antecedentes de esta relación conflictiva se remontan hasta el establecimiento del régimen colonial, en el siglo xvi, cuando el Imperio español irrumpió con violencia y sometió por la fuerza y el abuso a los que habían vivido en el gran espacio socio-cultural establecido por el Tahuantinsuyo (no exento de contradicciones y de rivalidades étnicas y territoriales, que los conquistadores aprovecharon para sus fines de dominación).

Volviendo a la escena que reúne al comunero Sixto Molina con el hijo del patrón, el niño José, cabe decir que es un desencuentro porque, de un lado, el heredero quiere que se reproduzca el comportamiento de siempre: que los comuneros lo saluden con respeto, como signo de reconocimiento de su jerarquía. Sixto rompe esta rutina y no lo saluda. Solo atina a reírse, como nunca lo había hecho, dice el narrador testigo. Ya sabemos que la risa es subversiva, cuestiona el poder, como lo sugiere Umberto Eco en El nombre de la rosa (1999). Bajtin también se ha referido al poder cuestionador de la risa (1990, p. 59).

El narrador sigue de cerca el desarrollo del conflicto que acaba de estallar y da a conocer que el niño José no aprueba la actitud desafiante del comunero. Exige que cada vez que se encuentren, este lo salude como lo hacen los demás, pero Molina insiste en no saludar y se limita a mirar de modo penetrante al hijo del hacendado. El niño José pierde los papeles y golpea con violencia al maleducado, según su punto de vista. La pugna sigue: Sixto no cede en su conducta, pese al maltrato recibido. Ante ello, el hijo de Santiago opta por cambiar de ruta para no encontrarse con su tenaz opositor. A su vez, este sigue esperando en el mismo lugar de la carretera para repetir su ritual de silencioso observador de su rival.

Además de su capacidad de resistencia ante los golpes de su rival, Molina se revela como un estratega que sabe devolver, en el momento y lugar menos esperados, una respuesta que desestabiliza al poderoso hacendado y a su familia. El narrador, valiéndose de lo que le informa el chiuchi Antonio, (quien trabaja para Santiago), hace saber al lector

que una piedra muy grande había rodado desde el cerro hasta la casa del patrón. La piedra fue dejando un surco en la ladera, abrió una brecha en los tunares, rompió la pirca del corral y se metió al galpón, matando a cuatro ovejas. (Ribeyro, 1994, I, p. 47)

Este golpe es la respuesta de Sixto ante los abusos del niño José. Y de hecho, establece la dinámica dicotómica del relato hasta el final: las acciones de Molina y de Santiago responden a un porqué, expresan el enfrentamiento permanente que mantienen a lo largo de la historia, la cual se cierra, literal y metafóricamente, con la realización del chaco; es decir, de la “caza” de Sixto en la explanada que está debajo del cerro Marcapampa, un espacio digno del sacrificio de un personaje emblemático de la comunidad, un hombre con una gran capacidad de resiliencia.

La magnitud del daño sorpresivo que sufre la propiedad determina la inmediata respuesta del hacendado, quien esa misma noche viene hasta la comunidad. Y para destacar la singularidad de esta inopinada llegada, el narrador recurre al empleo de una analepsis, es decir, a la evocación del pasado para verificar que el patrón solo visitaba Huaripampa en época de cosechas, cuando aparecía en búsqueda de braceros para que trabajen en sus chacras, y por ello venía de buen ánimo, “invitaba cigarros y aguardiente, contaba historias que hacían reír, bailaba con las cholas y hasta se emborrachaba con Celestino Pumari, el personero” (Ribeyro, 1994, II, p. 47).

Como hemos indicado, uno de los grandes aciertos narrativos del relato es que siga la acción mediante la técnica de la escena, que permite observar y percibir, con sus diversos matices y connotaciones, los enfrentamientos directos de Santiago y su hijo José, con Sixto Molina, el solitario comunero que desbarata las argucias de sus opositores. Ello es lo que se aprecia en la siguiente secuencia, una de las más candentes y reveladoras de la historia, que se inicia con la llegada de Santiago y su comitiva a Huaripampa, lo que dice y hace en ese lapso, y concluye con su partida luego de haber discutido con Sixto Molina, a quien se acusa de ser el autor de la acción que provocó la destrucción de parte de la casa y la muerte de algunos animales de los hacendados.

El propietario realiza el recorrido en compañía de su hijo José y del mayordomo Justo Arrayán. Los tres se dirigen a la casa del personero Celestino Pumayari, quien también es parte del grupo. Allí intervienen Santiago y su hijo José. El primero da cuenta de lo que ha ocurrido, quiere saber quién es el causante y amenaza con irse a Huancayo, la capital del departamento de Junín para pedir que el prefecto ubique al criminal. Su hijo asevera que Sixto ha sido el responsable y pone como testigos a gente de la hacienda que “lo ha visto varias veces rondando el cerro”.

Luego de este intercambio de pareceres acerca del suceso que los ha traído hasta la comunidad, se dirigen todos a la casa del acusado. Lo encuentran dedicado a quehaceres cotidianos y el primero en dirigirse a él fue Santiago, quien

le habló en castellano, pero Sixto se hizo el que no entendía. Justo Arrayán, el mayordomo, tuvo que hablarle en quechua y después dijo —Molina dice que es muy débil para empujar una piedra grande. —¿Cómo sabe que es una piedra grande? —preguntó el niño José. (Ribeyro, 1994, II, p. 48)

Y así continúa la comunicación, con Justo Arrayán que hace de traductor entre Sixto, que insiste en hablar en quechua, y el hijo del hacendado que lo hace en español. Santiago se incomoda con esta situación y utilizando el poder que detenta, da la siguiente orden y su cumplimiento nos permite apreciar que Sixto es un bilingüe coordinado, es decir, que maneja ambas lenguas y cuando decide hablar en español no solo lo hace con fluidez, sino que expresa sus ideas con fuerza y coherencia. Apreciemos este fragmento de gran significación socio-lingüística y de crucial valor ideológico. (Más le hubiera valido a Santiago no provocar a Sixto). Leamos:

Don Santiago gritó:

—¡Que hable en castellano! ¡Todos ustedes saben castellano! No creo que sea tan bestia que se haya olvidado. Dime tú, carajo, ¿Entiendes lo que te digo?

Entonces Sixto Molina habló en castellano y lo hizo mejor que los señores, como nunca habíamos oído nosotros hablar a un huaripampino.

—Usted no es mi padre —dijo— usted no es dios, usted no es mi patrón tampoco. ¿Por qué me viene a gritar? Yo no soy su aparcero ni su pongo ni su hijo, ni trabajo en su hacienda. No tengo nada que ver con usted. Cuando más, vecinos. Y carretera de por medio, y pirca de tunares.

Nosotros creíamos que allí no más don Santiago le iba a rajar la cara de un fuetazo, pero se quedó como atontado, pensando. Miró a su hijo, al mayordomo y a la veintena de comuneros que formaban círculo. (Ribeyro, 1994, II, p. 48)

En realidad, estas palabras dichas por Sixto son la mejor explicación sobre el sentido profundo y connotativo que posee el relato creado por Ribeyro. En “El chaco”, la historia plasma las contradicciones sociales, económicas que existen en ese espacio donde han compartido relaciones asimétricas los todopoderosos hacendados, herederos de los dueños de la tierra desde los tiempos coloniales, y los comuneros, que siempre han luchado para conservar sus terrenos, aunque no han podido librarse de la explotación de su fuerza de trabajo a que los someten personajes como Santiago. Y a ello sumemos, la presencia de las minas, que han propiciado el surgimiento de un proletariado minero, procedente de las comunidades y que no pierde sus vínculos con aquellas, como es el caso de Sixto y de otros trabajadores, que retornan a Huaripampa, pero lo hacen en condiciones de extrema debilidad. En la práctica vuelven como moribundos a su lugar de origen. Y el único que no perece de inmediato es Sixto, que da la batalla en contra de los hacendados explotadores y muere luchando heroicamente en contra de un enemigo poderoso.

Y lo que también es digno de resaltar es la claridad de este personaje respecto de su condición de comunero independiente, que no se somete a las órdenes del hacendado, quien considera la comunidad de Huaripampa y a sus habitantes como sus dependientes. Y esa lucidez la expresa Sixto en el idioma que los dominadores han impuesto como un instrumento más de sujeción. Además, el héroe de “El chaco” habla el quechua y también el castellano y en esta lengua, como dice el narrador, se expresa como ningún comunero había podido hacerlo; su contundencia verbal es tal que deja “atontado” al propio hacendado.

Una y otra vez, Sixto demuestra que es un hombre de acción y un estratega, que sabe atacar a su enemigo de clase en el momento preciso y en lo que más le afecta. Ello es lo que ocurre, una semana después, poco antes de que empiecen las cosechas, otra actividad de gran importancia para el gran propietario de las tierras. Una de esas mañanas llegó el pastor Específico Sánchez para informar a Santiago del incendio de la choza de Purumachay, una punta donde se conservaba el ganado más fino de la hacienda, unos merinos traídos desde el extranjero. Esta pérdida puso de vuelta y media al patrón, que salió a buscar a sus lanares, pero no logró recuperarlos. Solo le quedó culpar a Sixto y realizar una nueva visita a Huaripampa, como lo había hecho hace poco.

Llega una comitiva de doce personas y se dirige a la casa de Sixto, pero él no está allí. Pese a que se lo dicen, el hijo de Santiago patea la puerta, ingresa, va hasta el corral y mata a las dos únicas vaquillas del comunero. Este asimila la agresión de sus rivales con entereza y hasta debe soportar los reclamos de Pumari, que lo culpa de “meterlos en líos”, con Santiago. Este, a su vez, quizá arrepentido, como dice el narrador, volvió a la comunidad para hacer las paces y con ese fin vino solo y se llevó a Sixto y a otros comuneros a la chichería de Basilisa Pérez. Una vez más, Molina desbarató los argumentos de su rival, refutó sus alegatos sobre la paz que debe existir entre vecinos e ignoró el elogio póstumo que hizo de su padre, un sacrificado pastor, como casi todos. Resumió su respuesta con las siguientes palabras: “—Hablar bonito no es decir la verdad. No tengo nada que ver con usted —y no bebió la chicha ni comió el chuño que invitó don Santiago” (Ribeyro, 1994, II, p. 51).

Con estas declaraciones, se descartó toda posibilidad de tregua entre los rivales. Pese a ello, y como estaban en época de cosechas, el hacendado volvía cada día para utilizar la fuerza de trabajo de los comuneros. No siempre es fácil convencerlos porque ellos también tienen sus tierras, pero Santiago les da dinero y llegó a regalarles una máquina de escribir, que Pumari llevó a su casa, aunque este no sabe de escrituras. Como era de esperar, el único comunero que se resiste a trabajar para Santiago es Sixto y busca convencer a los demás, incluso con imágenes fuertes (“sangre de calandria”, pezuña del patrón”), que les haga tomar conciencia. A su vez, el hacendado hacía su propia labor y recurría a métodos violentos contra su rival. Por ejemplo, urdió una nueva paliza a cargo de tres misteriosos “aparecidos”, que dejaron al borde de la muerte al comunero. Limayta lo trajo de vuelta a Huaripampa, echado sobre el espinazo de un burro y luego le dijo unas palabras muy duras: “—¡Ah, Molina, haces mal en seguir viviendo! —decía Pedro Limayta—. Eso te pasa por no querer morirte de una vez, cuando has venido de la mina con el cuerpo podrido” (Ribeyro, 1994, II, p. 53).

Pese a haber quedado con el brazo quebrado, “como si fuera el ala de una gallina”, Sixto no bajó la guardia y siguió dando la batalla a su enemigo de clase. Su plan consistió, esta vez, en aprovisionarse de alimentos y subir hasta la cima del temido cerro Marcapampa, en compañía de dos aliados, los hermanos Pauca, quienes odiaban al hacendado porque sus mujeres, atraídas por el dinero del patrón, se fueron a Huancayo y abandonaron a sus esposos. Eso explica que se hayan unido a Sixto. Ellos también tienen ánimo de venganza. El recorrido hasta ese lugar es largo, pero el narrador se las ingenió para seguir al trío de rivales de Santiago. Los Pauca no querían que los siga, pero Sixto aceptó su compañía y ofreció darle una tarea, en el plan que tenía en mente, para cuando llegaran a la cima del cerro.

En esta ocasión, asesta un golpe mortal a Santiago: todos iniciaron la bajada del Marcapampa y se dirigieron a un lugar que, según dedujo el narrador, no podía ser otro que la casa del patrón. Llegaron de noche hasta allí y le tendieron una celada al “niño” José, el heredero de Santiago. Uno de los Pauca tocó la puerta, mientras Sixto y el otro Pauca se escondían. Con engaños hicieron que el hijo del patrón salga, farol en mano, y cuando estuvo fuera, lo atacaron y pese a que salieron otros a ayudarlo, finalmente el plan funcionó y sobre el piso quedó tendido José y otro más. Durante esta tensa escena, el narrador, subido en un muro hizo de vigía de los conjurados y cuando escuchó que venía más gente, recurrió al silbido para que el trío huya del lugar de los hechos. De ese modo, la venganza quedó consumada.

Ante tamaño golpe, la respuesta del hacendado también fue feroz. Huaripampa vive, otra vez, la angustia por la llegada de Santiago y de sus secuaces, que recorren amenazadores todo el pueblo. Y una de las primeras en sufrir la saña represiva es la hermana de los Pauca, cuya casa es destrozada. Después, todos se van a la chichería, con el hacendado a la cabeza y este anuncia que ha mandado traer a los Pauca. Mientras esperan que lleguen estos, se desata en aquel lugar una atmósfera de festejo: los comuneros y otros funcionarios que se han sumado a la causa del poderoso, beben, fuman, exhiben sus armas y se dan ánimos para lo que ocurrirá con los Pauca. En esa reunión también se hace pública la decisión de realizar un chaco2 para cazar a Sixto Molina. Santiago confirma que participarán los demás hacendados, habrá apoyo de los policías, que actuarán amparados por una orden.

Más tarde se produce un clímax mayor con la llegada de los Pauca, que vienen amarrados a las monturas de los caballos para que avancen a la carrera. Y en cuanto están presentes, los hermanos sufren los peores castigos físicos y luego se los llevan, pero hacen traer a la hermana y la someten a las peores vejaciones. Estas escenas provocan en el lector el mismo rechazo que se siente en escenas semejantes, perpetradas por personajes tan ruines como los que están presentes, en la novela El Tungsteno (1931), de César Vallejo. El desenfreno es tan intenso y prolongado que todos los que han abusado de la hermana de los Pauca terminan dormidos. El narrador que ha presenciado estos hechos abandona el lugar para tratar de ver y hablar con Sixto Molina y en ese recorrido observa que varios hacendados que se odiaban con Santiago también se han unido a su causa, porque un “cholo” pone en peligro los intereses de todos los dueños y puede arrastrar a otros cholos a cuestionar el poder de los hacendados. Y esto es intolerable para ellos, que se sienten propietarios de los comuneros.

El relato ingresa a su fase final. Por testimonio de Pedro Limayta se sabe que Sixto ha partido de su comunidad, con su fusil, anunciando que va a Huancayo, aunque su destino parece ser el cerro Marcapampa según le comenta Limayta al narrador. Este, se las ingenia para conseguir un caballo y seguir el rastro de Molina y tiene que sortear ciertos obstáculos que le impiden avanzar. Por su parte, Santiago y sus muchos aliados y colaboradores se dividen con el fin de que el perseguido no tenga por donde escapar. Poco a poco se va configurando el cerco, es decir, el chaco, alrededor de la zona por la que debe estar la “presa”. El narrador comenta que, hasta el cielo, con su limpidez, colabora para que la operación de cacería se concrete con éxito. Todos confluyen hacia el cerro Marcapampa, pero aún no ven a Sixto. En esas circunstancias, cuando los perseguidores se juntan cada vez más y están prestos a entrar en acción, el narrador registra la llegada de los comuneros de Huaripampa hasta allí. La súbita presencia de este grupo preocupa a Santiago y por ello envía a Pumari a preguntar por el motivo de su visita. Los interrogados respondieron que no querían nada especial, solo observar. Pero la tensión retorna porque un nuevo grupo de huaripampinos viene por otro costado del cerro y también se quedan. El narrador comenta que estos movimientos diseñan la figura de un chaco que envuelve al otro chaco. Estos sucesos sugieren que los comuneros alientan el deseo de apoyar a Sixto y de sitiar a Santiago y los suyos, pero este propósito, si lo hubo, se frustra y el plan sigue su curso, sobre todo porque el hacendado asume una actitud más firme ante los huaripampinos, y estos acatan la orden de que no avancen más.

El chaco siguió adelante, con el avance de los jinetes y cholos hacia la cima del cerro; uno de estos últimos cayó y casi se produce un desbande, pero el patrón siguió acicateando a sus secuaces, pese a que Sixto no aparecía por ninguna parte y esta constatación desalentó al propio Santiago, pues temía que todo el operativo resulte un fracaso. El narrador y Chiuchi merodean por el lugar, observando el movimiento de las nubes, y en esos momentos alguien, desde abajo, informa a gritos que ha visto salir a Sixto; y, en efecto, el comunero perseguido baja dando tumbos y más que caminar parece que volaba. De inmediato se desató el tiroteo y como era previsible, Sixto cayó abatido y quedó, dice el narrador, como “un borrego despeñado”. Los comuneros se acercaron para ver cómo había quedado y solo miraban “ese cuerpo ensangrentado, que la lluvia atravesaba como un colador”. Con esa imagen concluye la gesta individual de un comunero en contra del poder de los hacendados. Ribeyro narra estos hechos con dinamismo y eficacia y también expresa su simpatía por Sixto. Sin duda, un gran relato, que revela el conocimiento y preocupación que sentía por este mundo polarizado.

Como ya hemos señalado, el narrador ha realizado un gran trabajo de seguimiento de los sucesos más candentes, que se han realizado en los escenarios relevantes de la historia: la casa de Sixto, los alrededores de la casa hacienda de Santiago, el cerro Marcapampa. Como no es posible que esté en todas partes al mismo tiempo, su condición de huaripampino le permite interrogar a los personajes que le proporcionan la información que necesita para construir su relato. Y uno de sus colaboradores más cercanos es el “Chiuchi” Antonio, un joven como él, que trabaja, nada menos que en la casa hacienda. Pero se las ingenia para que sus amos no perciban que está colaborando, de algún modo, con Sixto. Quizá ello se explique porque en alguna parte de su relato, el narrador especule con la versión de que este “Chiuchi” sea su hermano.

“Fénix”1

“Fénix” es el tercer cuento del libro Tres historias sublevantes (1964), escrito en París en 1962. De principio a fin la historia está ambientada en Corral Quemado, un espacio de la ficción que tiene como referente a un puente muy próximo a Bagua, una provincia que pertenece al departamento de Amazonas, ubicado en el norte del Perú. Esta amplia zona corresponde a la Selva Alta2. En el conjunto de la narrativa de Ribeyro (cuentos, novelas) este texto es el único cuyos sucesos lucen como escenario un espacio que pertenece a la región selvática, y dentro de ella a la llamada selva alta.

El relato se caracteriza por su realismo y los protagonistas son, como en un significativo número de cuentos del autor limeño, seres marginales, pobres, de salud precaria y cuyas actividades son eventuales, carecen de prestigio y condenan a una existencia menesterosa y frustrante a dichos personajes. En ese sentido “Fénix” posee el mismo tipo de mundo representado que Ribeyro diseñó, de modo pleno, en Los gallinazos sin plumas (1955) y que mantuvo en la mayoría de sus libros. El otro aspecto que singulariza al relato que vamos a analizar, también se vincula con lo espacial, según un modelo recurrente en el autor (un mundo cerrado), aunque lo singular es que dicho lugar es un circo de ínfima categoría, que se ha detenido durante algún tiempo en Corral Quemado, con el fin de dar una función en la que actúan los artistas y animales que son parte del elenco de dicho circo.

Además de estas características temáticas propias de Ribeyro cuentista, “Fénix” posee una estructura narrativa peculiar que también la ha empleado en un texto posterior al que estamos analizando. Nos referimos a “Carrusel”, incluido en el libro Silvio en El Rosedal y agregaríamos que Julio Cortázar utiliza este recurso técnico en su cuento “La señorita Cora” (1980, p. 240). Lo innovador reside en que el narrador “deja de ser único y se convierte en una pluralidad de narradores, cada uno de ellos, en varios casos, corresponden a los diversos personajes que integran el universo de la ficción” (González, 1988, p. 48). Este modo de contar se sitúa en el contexto del llamado “perspectivismo narrativo” y establece una diversidad de narradores, que, en efecto, en “Fénix” son los varios personajes que participan de una historia común, en un escenario que comparten y por ello asumen el rol de ofrecer, de modo sucesivo, y siempre en primera persona, su versión sobre lo que están viviendo. De ahí la preferencia por la llamada “narración simultánea”, la cual produce el efecto de hacer creer que el lector está conociendo los hechos en el mismo momento en que estos se realizan. Lo que no excluye la posibilidad de que cualquiera de estos personajes narradores recurra a lo sucesivo y lo predictivo para dar curso a información temporal (analepsis y prolepsis).

Veamos cómo se operativiza este perspectivismo narrativo en “Fénix”. Precisamente, el personaje cuyo nombre es el del relato, es el primero en constituirse en narrador de una historia en la que él es uno de los protagonistas más relevantes. A través de un soliloquio transparente, cuya función es ofrecer las coordenadas espacio-temporales del lugar y del momento donde se encuentra, Fénix nos hace saber a los lectores que su trabajo consiste en dar y recibir golpes (luego se irá aclarando si es un boxeador o un “cachascanista”, como solemos denominar nosotros al cultor de la lucha libre). Y que está en un lugar (la selva), cuyo calor lo incomoda. En esta instancia Fénix recurre a una breve analepsis para hacer saber que él es de Paramonga, una zona costera del Perú, a orillas del mar, donde él ha vivido “respirando el aire seco”. Agrega que vive y trabaja en una carpa de circo, menciona el nombre del Marañón, uno de los grandes ríos selváticos, como una referencia conocida. Duerme en condiciones de extrema incomodidad y menciona a algunas personas, que son sus compañeros de trabajo y que también asumirán sus roles de narradores de una historia llena de carencias y de miserias. Entre ellos recuerda al enano Max, a Marcial Chacón, el patrón del circo, a Irma y a Kong, “el animal, la estrella” (es un oso).

El cuento de extensión similar a los otros dos del volumen que los reúne, nos hace conocer el devenir de los sucesos, con el concurso de seis narradores, que participan en dos y hasta tres rondas de soliloquios, que son otros tantos enfoques personales de la historia en la que todos cumplen alguna función. Una diferencia relevante entre estos seis narradores es que cuatro de ellos (Fénix, Marcial, Irma, el enano) trabajan en el circo, comparten un pasado laboral, mientras que los otros dos (Eusebio y el teniente Sordi) asisten a una de las funciones y son miembros de un grupo de soldados que permanecen en aquel lugar, aunque no son de ahí. En suma, aunque un propósito referencial del autor haya sido el de resaltar que los hechos del presente narrativo ocurren en un espacio selvático (se alude al calor, a la cercanía del río Amazonas), ninguno de los personajes es de la Selva. Todos ellos están allí por razones de trabajo (las funciones circenses y las labores de los soldados en el cuartel).

Por otro lado, cabe indicar que mediante este perspectivismo narrativo elegido por Ribeyro en “Fénix”, los personajes que asumen, una y otra vez, el rol de narradores cumple dos funciones: la primera consiste en ir relatando la marcha de los sucesos encaminados a la realización de la función del circo, que es esperada con expectativa. Cada uno de ellos proporciona su versión utilizando, de preferencia, la narración simultánea, y subraya su aporte e interés con respecto a la actuación de los artistas. La segunda función de estos narradores es esbozar su procedencia geográfica y hablar de su pasado personal y laboral hasta que llegan a coincidir en el marco del circo (como artistas o espectadores). La narración sucesiva es la preferida para estas elipsis, que son ilustrativas para el lector, que de ese modo conoce de qué parte del Perú es cada uno de ellos y cuál ha sido su trayectoria en el circo.

SEIS RONDAS DE NARRACIÓN

En cuanto al funcionamiento del citado perspectivismo, se observa la existencia de seis rondas en la que intervienen, básicamente, los mismos personajes, en un orden que señala una suerte de jerarquía o de importancia de ellos. En las seis rondas, cada una de las cuales funcionan como una especie de bloque narrativo o secuencia relevante, siempre es Fénix el que inicia su soliloquio. Después de él, siguen: Irma, Marcial Chacón, el enano, Eusebio y el teniente Sordi. En algunos de los bloques, se percibe una pequeña variación en el orden y en la última ronda solo figuran las voces de cuatro, cuando lo habitual era el sexteto de soliloquios. Ello se debe a que en el tiempo que corresponde al sexto bloque, Marcial Chacón ha muerto y desaparece Eusebio, el soldado. Existe un personaje no humano, un oso, que es la atracción principal del circo. Por razones obvias él está excluido de las rondas, pero su participación y ausencia sí son importantes en el plano de los sucesos, como veremos más adelante.

En cuanto a la jerarquía socio-económica de los seres que interactúan en este cronotopo creado por Ribeyro, como una de las “historias sublevantes”, se constata que el autor insiste en representar narrativamente el mundo de la marginalidad, con personajes en una etapa de deterioro de sus existencias o con algún tipo de deficiencia física y mental. Ese realismo suburbano o semirrural, como es el caso de “Fénix”, es una constante en el autor de Los gallinazos sin plumas (1955). En este sentido, Tres historias sublevantes (1964), publicado nueve años después que el primer libro, insiste en esta temática de permanente vigencia en la sociedad peruana contemporánea. La diferencia es que en este último volumen correlaciona la marginalidad con la clásica división del país en tres grandes regiones.

Volviendo a la presencia de la jerarquización, se aprecia que aun en estos submundos precarios e itinerantes (el circo y el cuartel) sí existen personajes con mayor poder económico, que oprimen, explotan o violentan a quienes dependen de aquellos. En el caso de “Fénix”, es Marcial Chacón, el dueño del circo, el que detenta el poder, aunque este sea mínimo por la ínfima categoría de este local dedicado a ofrecer diversión a los espectadores. Está convencido de que debe tratar con violencia a sus trabajadores y la que sufre más los efectos de este modo de pensar y de actuar es Irma, la única mujer en el circo, que es golpeada con crueldad por Chacón y este abusa sexualmente de ella en cualquier momento. Sin duda, la conducta de Marcial es expresión del “machismo” imperante en todos los niveles sociales y espacios de la realidad peruana.

La mayor preocupación del dueño del circo es poder brindar una función que deleite y deje contentos a los espectadores, porque él recuerda que algunas de las actuaciones han merecido las pifias de los asistentes y las instalaciones del desvencijado circo han sufrido la violencia de los descontentos. En la historia que evoca “Fénix” estamos ante la misma situación: hay una función que se está organizando y se realizará en “Corral Quemado”, un puente próximo a Bagua (departamento de Amazonas). Entre los posibles asistentes figuran los soldados de un cuartel próximo al lugar de la función; por ello es que el teniente Sordi y el soldado Eusebio participan en calidad de narradores y aportan datos y puntos de vista en su condición de miembros del Ejército, que migran de un cuartel a otro3. Ambos saben de la existencia de los artistas, en especial de Irma y de un oso que es la estrella de la función.

El objetivo de Chacón, dueño del circo, es resolver una dificultad: el oso Kong no está en buenas condiciones de salud para enfrentarse a Fénix, el ex boxeador, y el único rival capaz de ofrecer resistencia al oso. Y ese es el número fuerte de la función. Por ello, todos están preocupados y esperan que Kong pueda pelear, pero como el oso finalmente queda descartado, Chacón urde un extraño plan que garantice la realización de la lucha y satisfaga al público. Él mismo se encarga de explicar en qué consiste su idea, en la cuarta ronda de narradores, que es la última en la que escuchamos su monólogo: se dirige a los espectadores y les informa que Fénix no podrá pelear contra el oso Kong; por tanto, él, Chacón, ha decidido hacer frente a la fiera y reemplazar a Fénix. Pero, en realidad, el dueño del circo está mintiendo al público, porque el que no saldrá a luchar es Kong y será Fénix, disfrazado de oso, quien enfrentará a Chacón. Semióticamente, este personaje trama un operativo de acción, cuya estructura y mecanismo de funcionamiento son explicados por el denominado “cuadrado de la veridicción”, ideado por (Greimas y Courtés, 1990, p. 434) dentro de su método de análisis semio-narrativo4.

En esencia, este mecanismo, de nutrido uso en el mundo de la realidad y en el de la ficción, consiste en resolver un problema apelando a un secreto (el público del circo ignora que Fénix está disfrazado del oso Kong), que será revelado o no. En este caso, la verdad es conocida por los lectores, pero no por el público, que disfruta con los golpes que intercambian el supuesto oso con Marcial. Pero el desenlace es desfavorable para este último, porque en el curso de la pelea, la fiera (que en realidad es Fénix) es maltratado en exceso por el dueño del circo, lo que no impide que el “falso” oso se defienda y termine estrangulando al que maquinó este truco con el fin de beneficiarse. Su astucia resultó siendo un bumerán que lo eliminó a él. Considerando, entonces, que Chacón fue víctima de la violencia que desató para salvarse en lo económico, cabe comparar su trágico final con el del abuelo de los niños en el famoso cuento “Los gallinazos sin plumas”. El cerdo que alimentaba con el sacrificio y explotación de sus nietos concluyó devorando a su dueño.

Todas las demás historias que conocemos a través de las voces de los narradores de “Fénix”, giran alrededor de este suceso central, que provoca el clímax y el desenlace, adverso para el personaje que encarnaba el poder económico en este submundo de la marginalidad y de la precariedad itinerante, que discurre por distintos puntos de la accidentada y heterogénea geografía peruana, que Ribeyro ha representado mediante estas tres historias que, en efecto, sublevan al lector porque le muestran situaciones en las que se impone la dominación de los poderosos, mientras los explotados, marginados, migrantes pobres, comuneros de escasos recursos y artistas itinerantes luchan por sobrevivir en condiciones más que duras.

Pero en el relato “Fénix”, el personaje del mismo nombre, que es explotado por el dueño del circo, Marcial Chacón, se enfrenta a este en la pelea que es el número central de la función. Como ya hemos señalado, según el plan urdido por el propietario, el ex boxeador Fénix se ha disfrazado de oso y lo reemplaza porque el animal no está en condiciones reales de pelear. A su vez, Chacón ha informado que como Fénix está enfermo y no puede enfrentar al oso, él reemplazará al ex boxeador y peleará contra el oso, que no es sino Fénix disfrazado. La lucha, en efecto, se realiza, y en el curso de ella los dos rivales forcejean, pero es el “oso” el que tiene más fuerza que su rival y por ello termina liquidándolo. De este modo, en “Fénix”, el protagonista pobre, explotado y frustrado se venga de su empleador y hace que este pierda la vida. En el libro Tres historias sublevantes, el último relato, ambientado en la selva, es el único en el que el personaje marginal, explotado logra liquidar a su explotador. Aprovechó las condiciones que este mismo creó y haciendo uso de su mayor fuerza, el desarrollo de la pelea, el forcejeo inevitable y el estar disfrazado de “oso” propició la circunstancia perfecta para que se consolide la “venganza” del más débil económicamente, contra el más fuerte en lo dinerario, pero más débil en lo físico. En el conjunto de la narrativa de Ribeyro, quizá sea el único caso en que un “mudo”, es decir, un marginal, derrote a un poderoso.

Peter Elmore, en su exhaustivo examen de La obra de Julio Ramón Ribeyro, subtítulo de El perfil de la palabra, ofrece varias ideas que permiten valorar la plasmación de las tres celebres historias tanto desde el punto de vista artístico como desde la perspectiva de la contextualización histórica y política del periodo en que el autor de los relatos concibe y los da a conocer a los lectores, peruanos y extranjeros, que están interesados en comprender la naturaleza de los conflictos que atraviesan, de un confín a otro, la realidad peruana de la segunda mitad del siglo xx; los cuales, por cierto, no solo se mantienen sino que se han agudizado. Por ello, es pertinente citar los datos que proporciona en esta breve cita:

Vale la pena notar que los cuentos —de mayor extensión a la usual en la narrativa breve de Ribeyro— fueron escritos entre 1959 y 1962, durante el mismo lapso en el cual el autor redactó “La piel de un indio no cuesta caro” o “Los moribundos”, para mencionar solo dos textos que visiblemente impugnan la cultura y el orden dominantes en el país. (Elmore, 2002, p. 104)

“Una medalla para Virginia”1

Como en la mayoría de los nueve relatos de El próximo mes me nivelo de Ribeyro, en el que vamos a analizar, también descubrimos la presencia dominante de un narrador heterodiegético, en tercera persona, que conduce el desarrollo de la historia mediante los diferentes recursos de que dispone un enunciador de este tipo. En cuanto a su dimensión espacio-temporal, el texto se divide en dos grandes secuencias, cada una de las cuales posee su respectivo cronotopo (Reis y Lopes, 1995, p. 48): la primera, la más breve, ocurre en un espacio marítimo que abarca una playa, un muelle y el mar mismo de la zona de Paita, en el norte costero del Perú, según lo especifica el narrador. Los hechos protagonizados por solo tres personajes femeninos (Pamela, Virginia y Rosina) se desarrollan en un lapso temporal breve pero intenso porque en el transcurrir registrado por el narrador se produce un hecho central y que propicia el desarrollo de la historia: Rosina, esposa del alcalde (que está de viaje en Lima), ingresa al mar a nadar y se hubiera ahogado, si es que Virginia, una joven que merodeaba por el muelle, no hubiera entrado a las aguas y luchado contra las olas hasta lograr salvarla. Y fue Pamela, su hermana menor, quien la que alertó del peligro en que estaba Rosina, mar adentro.

La segunda secuencia, según dato del propio texto, ocurre dos días después de la hazaña de Virginia, en la ciudad de Paita, y más específicamente en dos casas: la de Virginia y la del alcalde. Los hechos se desenvuelven durante algunas horas y giran alrededor del homenaje a la joven heroína, como se le llama, y a quien el propio alcalde y esposo de la rescatada condecora con una medalla a la que atribuye un gran valor simbólico. Aunque la ceremonia convoca a una gran cantidad de gente, son pocos los personajes que alcanzan un rol relevante: Virginia, y el alcalde son los más importantes y en un segundo plano, cabe mencionar a las hijas de aquél, a la propia Rosina y a los padres de la homenajeada.

Como se puede colegir, el suceso central es muy específico y puntual, y desde el punto de vista valorativo es lícito tipificar como heroica o sobresaliente la acción de salvar a Rosina, que realiza con éxito la joven paiteña, pero el narrador utiliza el desarrollo de la trama para presentar, en primer término, la prueba glorificante cumplida por Virginia (la acción misma de rescatar a Rosina), y la sanción positiva, es decir, el reconocimiento público que esta recibe, con lo cual adquiere el rol temático de heroína2. Mas, en segundo término, el enunciador de esta historia se sirve de ella con el fin de establecer un contraste entre lo aparente y lo real, entre lo que se declara públicamente y lo que se siente en el fuero íntimo, que suele ser algo opuesto a lo primero. Así mismo, la perspectiva crítica del enunciador, en consonancia con su estética neorrealista, se trasluce en la contraposición de modos de vida, comportamientos y actitudes de personajes que pertenecen a sectores sociales distantes; de un lado, los pobres, y del otro, los acomodados o ricos, en el contexto de una ciudad de mediana extensión, como es Paita. Y lo relevante es que todo este complejo proceso de descubrimiento elige como ejemplos representativos a los dos seres protagónicos del relato: la adolescente Virginia y el ya maduro alcalde, con lo cual se agrega el criterio cronológico o de diferencia generacional que se observa entre los personajes centrales de la anécdota. Además, sin olvidar que son una mujer y un varón.

Si retomamos la distinción entre los dos cronotopos que constituyen el total de la historia, veremos que el primero, como ya se dijo, emplea como escenario, el mar, o en términos más generales, la naturaleza. En este ámbito, por lo menos así lo ilustra el relato, los seres humanos actúan de un modo más directo y simple, aun a riesgo de poner en peligro la propia vida, como ocurre con Rosina, la esposa del alcalde, y la propia Virginia: la primera no duda en ingresar al mar para disfrutar de una experiencia que suele ser gratificante física y espiritualmente, aunque no carece de peligro. Y Virginia tampoco vacila en su propósito de salvar a Rosina, pues en cuanto comprueba que ella está a punto de ahogarse, renuncia a lo que ha estado haciendo y asume la tarea titánica de luchar contra la bravura natural de las olas.

Mientras Rosina entró al mar llevada, quizá, por motivaciones hedonistas, es decir, para gozar con el acto de bañarse, y ya sabemos que para los seres humanos en general, el placer es vital y prioritario; en cambio, Virginia que también disfruta del nado, ingresó a las aguas marinas impelida por razones éticas o humanitarias: el apreciar el valor de la vida la llevó a arriesgar la suya propia, como en efecto, el narrador detalla los denodados esfuerzos que hizo Virginia para rescatar a quien estaba ya a punto de ahogarse. Y una prueba de ello es que la esposa del alcalde, depositada en la arena, fue ayudada por “un hombre (que) se había sentado a horcajadas sobre doña Rosina y, delante del grupo de testigos, trataba de hacerla vomitar” (Ribeyro, 1994, II, p. 214).

A su vez, la segunda gran secuencia se efectúa en la ciudad; primero en la casa de la heroína y luego en la del alcalde, y las acciones que realizan los personajes son más complejas y controversiales pues parecen estar regidas por normas, reglas, prejuicios, deseos que no siempre obedecen a lo más razonable o lógico. Como hemos dicho, la razón de ser de esta segunda secuencia es la de dar cumplimiento a la decisión de homenajear a Virginia por la acción heroica que ha cumplido dos días antes del de la ceremonia, y para la cual el alcalde ha regresado desde Lima adonde había viajado hace poco.

El bloque narrativo inicial de esta segunda secuencia tiene como escenario la modesta casa de Virginia, en la que todos los miembros de su familia se alistan para acudir a la vivienda del alcalde, donde primero habrá una premiación (se le impondrá la medalla a la joven salvadora) y luego una fiesta para todos los asistentes. El narrador que focaliza los austeros ambientes del hogar de Virginia, nos hace conocer, mediante la técnica del diálogo de los integrantes de dicho hogar, las actitudes diferentes que exhiben los seres de la ficción: aparece la joven protagonista, que se opone al homenaje: “—¡No quiero ir, Pamelita! ¿Por qué tienes que hacer tanto ajetreo? Te juro que no es nada del otro mundo sacar del agua a una persona” (Ribeyro, 1994, II, p. 214).

Virginia minimiza el valor de la hazaña que acaba de cumplir y por la cual, todo el pueblo quiere participar en el homenaje; pero las razones por las que ella se resiste a ir a la ceremonia no obedecen solo a su modestia. También influyen en su ánimo la percepción de las diferencias sociales que ella advierte entre la pobreza ostensible que exhibe su familia, más el comportamiento risible de su padre y la solvencia económica del alcalde y de su familia, a lo que debe agregarse la antipatía de Virginia por las hijas del burgomaestre, de las que dice que “son egoístas, son feas”.

En suma, el narrador y Virginia, a través de las focalizaciones y del diálogo, ofrecen al lector una imagen deplorable del padre y de la madre de la protagonista; en especial, el primero de la pareja, por sus propias declaraciones, proyecta la imagen de alguien a quien le place hacer el ridículo ante los demás, mediante la realización de ciertas piruetas, como pararse de cabeza, aunque siempre acabe cayéndose. La madre tampoco se libra de la mirada crítica de Virginia, quien la regaña por lo mal que luce el sombrero que se ha puesto para asistir a la reunión. La ama de casa no tiene mejor idea que la de culpar a su esposo por no haberle comprado otro3.

El bloque narrativo segundo y último de la segunda secuencia se desarrolla en algunos ambientes de la amplia casa del alcalde, en los cuales se escenifican la ceremonia de premiación de Virginia y la fiesta generalizada que sigue. Y entre estos actos existe, como se verá, el contraste entre lo aparente y lo real, entre lo que se dice públicamente y lo que se desea en privado. Lo más significativo de esta secuencia comienza con la llegada e ingreso de Virginia a la casa de la autoridad vecinal. El narrador da cuenta del recorrido de la protagonista mediante la mirada y los oídos de esta pues transcribe lo que la joven ve y oye. Veamos su percepción de las hijas del anfitrión:

Virginia avanzó rectamente hacia ellas y se detuvo a pocos pasos. Las dos muchachas se consultaron entre sí y le extendieron la mano.

—Te agradecemos lo que has hecho por mamá —dijo una.

—Eres la heroína de Paita —añadió la otra.

Virginia miraba sus vestidos, sus peinados. (Ribeyro, 1994, II, p. 216)

También observa a sus padres y después, en un salón contiguo, a un grupo de muchachos y muchachas, que apenas comenzó a tocar la orquesta se abalanzaron al baile y envolvieron en él hasta a Virginia que por ser el centro de atención danzó con varios y recibió solicitudes para narrar la hazaña que había realizado. Y es en ese jolgorio que la joven percibió que los ojos del alcalde no dejaban de mirarla y la seguían por todas partes. Apreciemos cómo la focalización se concentra en ellos:

Oscuros, soñadores, alineados entre las sienes canosas, un poco tristes, estos ojos parecían poseer el don de la ubicuidad. Virginia los veía entre la gente que bailaba, entre la que conversaba al lado del bar, entre la que fumaba en la terraza, hasta que, al fin, al terminar una pieza con una voltereta, los vio casi contra su rostro.

—¿Bailamos?

Virginia accedió y se dejó llevar casi en vilo por esos brazos vigorosos, que la atenazaban hasta hacerle daño y llevaban inflexiblemente el compás. Pronto sintió que aplaudían y se dio cuenta de que todos habían formado una ronda y los miraban, sonrientes. (Ribeyro, 1994, II, p. 217)

Esta breve escena es importante porque en ella se manifiesta el interés erótico del alcalde por la joven que salvó a su esposa; y este deseo continuará hasta el final de la historia y llega a constituir, sin duda, la figura del acoso sexual. Empero, de momento, los avances del anfitrión se suspenden porque él mismo deja de bailar e inicia un breve discurso de reconocimiento personal y general a Virginia por el acto heroico que realizó dos días antes en la playa. Lo más relevante del mensaje, en función de lo que ocurrirá después, es la afirmación de que, si la joven no salvaba a Rosina “ahora, en estos momentos estaría llorando mi viudez”.

Terminado el discurso, el alcalde procedió a imponer la medalla al mérito a Virginia. No transcurrió mucho tiempo para que se reinicie el baile, en forma mucho más desaforada y en cierto momento la homenajeada constató que se había quedado “sola en medio de esa fiesta dada en su honor”. Por ello, buscó un espacio donde refugiarse y lo ubicó “en una terraza interior, fresca, penumbrosa, separada por una baranda de lo que debía ser una huerta”. En ese lugar donde creía haber encontrado tranquilidad se hizo presente el alcalde para reiniciar el acoso. La joven intentó evitar la cercanía y huir, pero su interlocutor le pidió que no se vaya y a ella no le quedó otra que permanecer en aquel lugar.

En los momentos en que estuvieron juntos, fue el alcalde el que acaparó la palabra, mientras Virginia se limitó a intervenir pocas veces. La estrategia del burgomaestre consistió en ganarse, primero, la confianza de su joven interlocutora, para luego abordar el asunto de la acción heroica de aquella. Y mientras en su discurso público, el burgomaestre elogió sin reservas a Virginia, ahora en la reunión privada que sostienen se muestra irónico y llega a lamentar que la joven haya estado en el muelle. Apreciemos el momento más significativo del encuentro de los dos personajes:

—Sí, eso me decía y me pregunté: ¿por qué tenía que estar ayer en el muelle?, ¿por qué tenía que estar justo en ese lugar?

—Si no hubiera estado, su mujer se hubiera ahogado.

—Precisamente –dijo el alcalde-. Se hubiera ahogado, ¿y qué?

Virginia no supo qué responder.

—Se hubiera ido al fondo del mar, como una lancha picada y este señor, sí, este señor sería ahora un hombre feliz. Pero, ¿por qué me mira así? Claro, usted no sabe lo que es vivir veinte años al lado de una persona a la que no… Bueno, la quise al comienzo, es verdad, pero se marchitó tan rápido, se volvió fea, egoísta, vulgar. (Ribeyro, 1994, II, p. 221)

Las expresiones del frustrado viudo son tan claras que no merecen un mayor comentario. Solo cabe destacar que ellas, en su descarnada franqueza, contrastan con el elogio de Virginia que hizo en su perorata pública momentos antes. Como habíamos indicado, el narrador pone en evidencia el doble discurso del alcalde con respecto a su mujer y al matrimonio y lo descubre en sus propósitos de seducir a la joven, a quien no vacila en piropear y pedir que regrese a esa casa y “al huerto a recoger un poco de fruta”.

Virginia aprovecha la ocurrencia de un barullo en la sala para romper el cerco de seducción que le ha tendido el alcalde y sale de la terraza. Pero lo que observa en la sala tampoco es muy gratificante para ella porque descubre a su padre haciendo el ridículo ante la complacencia de “un corro de borrachos” y escucha a su madre censurando la conducta de su cónyuge y lamentando que: “¡Hace veinte años que haces lo mismo!”. Esta última frase posee para Virginia un sentido especial porque se asocia a lo que le ha dicho un poco antes el alcalde.

El relato concluye con un final abierto e inconcluso, que deja a la protagonista en una situación de desazón porque ha vivido en poco tiempo dos experiencias contrapuestas: la primera, la salvación de Rosina, probablemente le produjo una sensación gratificante. La segunda, lo que ha visto, oído y sentido en su casa y en la del alcalde le ha provocado un desánimo con respecto al significado de los afectos y comportamientos humanos, siempre tan complicados y contradictorios.

Para terminar, nos parece válido señalar que el título del relato deviene en un enunciado irónico y crítico con respecto a la historia recreada por el narrador. En efecto, la expresión “una medalla”, que exhibe usualmente una connotación positiva se transforma en una frase cruel en relación con la protagonista, porque la condecoración recibida, a la larga, la degrada en cuanto se ha visto sometida a una agresión descarada y ofensiva de parte de quien representa la autoridad.

El alcalde ha aprovechado su investidura para tratar de seducir a una joven que recién está aprendiendo a vivir. Y el nombre mismo de la protagonista, “Virginia”, y su afinidad con “virginidad” y “pureza” asume un sentido contrario: después de lo que ha visto y vivido cabe decir que queda “manchada” por las conductas degradantes de su padre y, sobre todo, del alcalde, que la hacen conocer a edad tan temprana las inclinaciones y actitudes deplorables del ser humano. En suma, Virginia pasó del estado de inocencia en que había vivido a una conciencia de existir en un entorno inauténtico y frustrante.

“Un domingo cualquiera”1

En este relato, un narrador heterodiegético, en tercera persona, recrea una historia lineal, protagonizada por dos mujeres jóvenes, que pasan juntas unas horas, de “un domingo cualquiera”, como señala el título. Por ello, cabe señalar que es un texto que emplea la técnica de in media res (enfoca a las dos jóvenes a partir de cierto momento) y se concentra en mostrar un tiempo breve compartido y que sirve para que Nelly y Gabriella se conozcan más y vivan algunas experiencias significativas que el narrador se encarga de evidenciar a través de una trama sencilla que incluye las interacciones entre estas dos muchachas.

Nos parece pertinente señalar que las acciones se realizan en un lugar que de modo general podemos reconocer como Lima, mas este nombre, a su vez, alude a espacios diferenciados desde puntos de vista geográficos y sociales. Lo geográfico se refiere a que los sucesos se inician en una zona urbana específica que luego identificaremos; y estos continúan en gran parte en una playa situada al sur de Lima, a la que las jóvenes llegan mediante un viaje que las hace recorrer algunos puntos reconocibles del entorno limeño. Asimismo, el relato concluye con el retorno un tanto accidentado, desde la playa hacia la ciudad de la que habían partido.

Desde el punto de vista social, que se combina con el geográfico, si bien Nelly y Gabriella son de la misma edad y comparten el gusto por la aventura, como lo prueba el viaje no planeado que realizan a la playa2, cada una pertenece a mundos diversos y hasta encontrados. Nelly, por ejemplo, vive en el barrio de Matute, ubicado en el populoso distrito limeño de La Victoria; allí habita gente de modestos recursos económicos, como la familia de Nelly que reside en un pequeño departamento. A su vez, Gabriella es vecina de Miraflores, un distrito mucho más moderno y poblado por gente de mejor situación económica. De hecho, en la década del sesenta, cuando se escribió el relato, Miraflores y San Isidro eran los distritos más exclusivos de Lima3.

El hecho de que las dos protagonistas pertenezcan a clases sociales y a distritos de diferente nivel socioeconómico explica que cada una de ellas muestre un comportamiento distinto. Gabriella, quien ella llega a Matute manejando el carro de su padre, aparece como un personaje más decidido y con más solvencia material y seguridad en su actuar; la joven miraflorina va hasta la casa de Nelly para invitarla “a dar una vuelta”. Habría que aclarar que entre ellas no hay amistad, pues recién se han conocido en una fiesta en días pasados. El narrador agrega otro detalle que refuerza la diferencia entre una y otra: Gabriella, además de conducir el “Chevrolet azul”, es “una muchacha rubia”4.

Una vez que Nelly acepta la invitación de la otra joven, a quien no hace subir a su departamento porque teme que le cause una mala impresión, ambas jóvenes inician un viaje aún sin rumbo conocido en el auto de Gabriella que es la que conduce con gran seguridad. Como casi no se conocen, dialogan para informarse la una de la otra, aunque es la conductora del vehículo la que tiene la iniciativa en cuanto a la conversación.

Es válido que el lector se pregunte el porqué del interés de Gabriella por ir a visitar e invitar a hacer un paseo a alguien que vive lejos de ella y que pertenece a otro mundo social, situación de la que ambas son conscientes. En otros términos, por qué la joven miraflorina abandona por unas horas la seguridad de su entorno y se arriesga a desplazarse hasta un barrio que para ella es lejano y peligroso. Y este aspecto lo perciben los peatones de Matute, a quienes llama la atención que una “muchacha rubia, esplendorosa” recorra con su “enorme Chevrolet” las calles de La Victoria.

La respuesta a esta interrogante la plantea la propia Gabriella cuando luego de hacer algunas averiguaciones acerca de la familia de Nelly, le dice a esta que “el jueves que te conocí en la fiesta me di cuenta de que eras distinta de las otras chicas. Pareces más seria, más mujer. ¿Me dijiste que tenías diecisiete años?” (Ribeyro, 1994, II, p. 226). Lo cual revela que la “muchacha rubia”, como la denomina el narrador, es una persona curiosa y deseosa de ampliar su experiencia de vida, y por ello se ha aproximado a alguien que pertenece a otro microcosmos, de los varios que integran la ya entonces heterogénea ciudad capital.

Animada por ese mismo espíritu de aventura y de desafío a las normas sociales “No tengo brevete, pero manejo desde los quince años. Nunca he chocado” (Ribeyro, 1994, II, p. 227), Gabriella le propone a su nueva amiga ir a la playa. Y en efecto llevan a la práctica el plan y en su realización, la joven miraflorina se luce como una gran conocedora de las rutas porque en el curso de las horas que el relato recrea, las amigas recorren dos circuitos: uno más próximo y otro más lejano y riesgoso. Y en cada uno de ellos, Gabriella se mueve con gran dominio de escena, sabe cómo actuar.

También cabe destacar que si bien trata con cortesía a Nelly y se convierte en su cicerone, en cierto momento subraya la diferencia social que hay entre ella y su compañera de viaje. Ello ocurre, por ejemplo, cuando niega con énfasis, aunque a ella no le conste, que el padre de Nelly —ya fallecido— haya tenido un “Cadillac verde”; con lo cual pone al descubierto la mentira que urdió su amiga de Matute. Y un poco después de este incidente, sin duda incómodo para Nelly, Gabriella elabora una suerte de explicación sobre las causas últimas que llevaron a su acompañante a mentir:

No sé cómo será ser pobre, pero creo que uno no debe avergonzarse. Yo soy hija única, he tenido siempre lo que he querido. Pero, ¿quieres que te lo diga? Mi vida es un poco vacía. Envidio a las chicas como tú que trabajan, que van a la universidad. Mi papá no quiso que yo fuera a la universidad porque dijo que estaba llena de cholos. (Ribeyro, 1994, II, p. 227)

En realidad, este párrafo es muy revelador respecto no solo de Gabriella sino de la visión del mundo de la clase social a la que pertenece, que es, sin duda, la dominante en la sociedad en la que viven los dos personajes y sus respectivas familias. La joven miraflorina ha internalizado en su mente aquellas creencias que regulan la actitud y la conducta de quienes pertenecen a los sectores hegemónicos que Ribeyro retrata en varios de sus relatos, como los de este libro. Y quizá el título del primero, Los cautivos —que se analiza en la segunda parte—, sea una metáfora del enclaustramiento mental en que habitan los individuos y grupos de los estratos sociales. Cada uno de ellos vive en una suerte de burbuja que los protege de los otros, a la vez que les permite visualizarlos y elaborar imágenes que refuerzan su ubicación en el todo social.

Y dentro de esta metáfora acuático-visual, Gabriella representaría al ser que abandona su burbuja y con ayuda de la tecnología —el auto de su padre, quien está enfermo y no puede manejar— cruza gran parte de la ciudad para encontrar y tratar de dialogar con quien representa para ella un modelo de mujer que su grupo no acepta: el de aquella que trabaja y asiste a la universidad y puede vincularse con gente de los diversos estratos de la heterogénea y estratificada sociedad peruana de la segunda mitad del siglo xx, que tal es el referente que está en la base de los microcosmos narrativos que creó Ribeyro en sus múltiples relatos (Tenorio y Coaguila, 2009, p. 119).

En los dos recorridos a las playas (a La Herradura y a una del sur), asistimos a escenas en las que se reafirma la seguridad y el aplomo en el actuar de Gabriella y, de otro lado, la inexperiencia de Nelly en estas situaciones. Asimismo, apreciamos que la primera está siempre en actitud de preguntar y de poner en aprietos a la segunda, respecto de temas un tanto comprometedores, como, por ejemplo, el de tener enamorado. Ante esta interrogante Nelly responde negativamente y agrega “que uno de los abogados donde trabajaba de secretaria le hacía la corte”. En este tópico, Gabriella también se presenta como la que tiene más experiencia y por ello no duda en ofrecer algunos consejos a su acompañante.

Después de haber agotado algunos temas de conversación a través de los cuales satisface su curiosidad y su deseo de ampliar su conocimiento sobre el mundo en que vive, Gabriella plantea un reto mayor, el de viajar más al sur para visitar playas conocidas y desconocidas. Incluso ella declara que le gustaría alejarse “a mil kilómetros de aquí, ¿por qué no? Pero es verdad que tú no puedes, tú tienes que trabajar mañana” (Ribeyro, 1994, II, p. 238)5.

Aunque ofreció alguna resistencia, finalmente Nelly aceptó secundar a su amiga en su propósito de “conquistar” nuevos espacios marítimos sureños; se mencionó Conchán como otro punto del recorrido, pero sin detenerse en él enrumbaron más al sur. Mientras se alejaban de los sitios conocidos y se acercaban a lugares ignotos, Gabriella no perdía oportunidad para conversar acerca de asuntos de su interés personal. Así, por ejemplo, tocó el tema de la lectura y le pidió a su amiga que le recomiende “algún libro, un libro que me vuelva sabia” porque en la reunión donde conoció a Nelly oyó que ella discutía “con una muchacha no sé de qué escritores. Tú has leído bastante. Yo soy una inculta, palabra” (Ribeyro, 1994, II, p. 228).

Además de reconocer los vacíos que tiene en su formación cultural, la joven miraflorina muestra un espíritu de aventura pues no se detiene sino en “una playa que conoce” y después de recordar que vino de paseo con unas amigas y llegaron “a un lugar lindo, una especie de caleta con una arenita blanca y al fondo una caverna”, invita a su acompañante para afrontar el reto de descubrir una playa desierta, como en efecto ocurrió. Apenas detenido el auto, Gabriella no demoró en ingresar hasta las aguas y se mojó en ellas, a la vez que animaba a Nelly a hacer lo mismo. Ambas experimentan un estado de exaltación por la belleza del lugar y, sobre todo, porque tienen la impresión de que son las primeras en llegar hasta allí. Por eso, Gabriella sentencia que “será nuestra playa” y Nelly, también entusiasmada, propone bautizarla y así ambas ensayan nombres; esta última propone “la playa de las delicias”, y su amiga, “la rubia”, después de observar la falda de Nelly y de advertir que era de baja calidad, sugirió en voz baja que el sitio recién descubierto se llame “la playa de la ropa en serie”.

El otro desafío que Gabriella realizó y que su amiga tuvo que imitar, empujada por el entusiasmo de la primera, fue del de bañarse desnudas. La razón para atreverse a tanto la dio, como era de esperarse, la joven miraflorina: “a esa playa nadie vendría”. Es de destacar que si bien Nelly apenas sabía nadar se atrevió a hacerlo animada por el entusiasmo de su amiga y ambas disfrutan del placer que les provoca el zambullirse y desafiar las olas del mar. Este pasaje recuerda la destreza con que la protagonista de “Una medalla para Virginia” se desplaza en el mar y logra salvar de ese modo a la esposa del alcalde que estaba en peligro de ahogarse6.

Otro tema abordado por Gabriella es el de las relaciones sexuales: después de un ir y venir de preguntas y respuestas ambas afirman no haberlas experimentado hasta el momento, pero como casi en todo es la joven miraflorina la que ha estado más cercana de realizarlas y le cuenta a su amiga las veces en que estuvo a punto de perder la virginidad. Este interés por lo erótico se manifiesta también en los comentarios que ambas jóvenes efectúan acerca del tamaño de sus senos, siempre por iniciativa de Gabriella.

Luego de abordar algunos otros asuntos menos trascendentes, el dúo de amigas emprende el retorno de esta experiencia de aprendizaje geográfico y psicológico. Podría decirse que, en general, el viaje de ida ha sido placentero y ha propiciado que las jóvenes se acerquen, aunque sin anular las distancias que establecen la pertenencia a clases sociales diferentes. En cambio, la vuelta a Lima está llena de dificultades, la principal de las cuales es que se extravían y el auto de Gabriella se atasca en el arenal. Estos tropiezos influyen en el trato de las jóvenes, en especial en el de la miraflorina con la victoriana. Y como regresan sin el auto y lo hacen en un colectivo en el que viajan incómodas y tensas, la naciente amistad se trunca y al final del relato, el narrador registra una certeza que ronda en la mente de la que vive en Matute, y que es una especie de conclusión sobre el significado de este paseo realizado “un domingo cualquiera”. He aquí la reflexión postrera de la joven: “Nelly supo entonces que nunca más volvería a ser invitada” (Ribeyro, 1994, II, p. 235).

Este juicio constituye una suerte de autoevaluación efectuada por quien ha vivido en unas pocas horas una experiencia de aproximación con una joven de su misma edad y de su misma ciudad, pero que pertenece a otra clase social y vive en un distrito, Miraflores, que es casi una antípoda del área urbana en que habita Nelly junto con su numerosa familia. Esta joven es consciente de que su compañera de paseo posee mucho más mundo que ella, aunque también exhibe algunos puntos a su favor: trabaja y estudia. En cambio, Gabriella es lo que coloquialmente se llama “una hijita de papá” y se percibe en ella un deseo de superar esa situación, y por eso ve en Nelly un modelo del que puede aprender algo, por ejemplo, a no ser “inculta”, como ella misma lo reconoce.

“Los predicadores”1

En el conjunto de relatos del libro al que pertenece, “Los predicadores” constituye, por algunos detalles, una digresión con respecto a los demás textos. Para comenzar, está ausente el narrador heterodiegético en tercera persona que predomina en la mayoría de aquellos; en cambio observamos bajo el título mencionado la presencia de tres discursos atribuibles a otros tantos enunciadores y que constituyen una unidad discursiva por dos razones: la primera es el lugar de enunciación, pues cada uno de los que habla lo hace desde la ciudad de Huamanga, nombre que tiene como referente la capital del departamento de Ayacucho, ubicado en la zona surandina del Perú, y donde el autor, Julio Ramón Ribeyro, vivió y trabajó durante algún tiempo, como él lo ha evocado en sus textos autobiográficos y en algunos de sus relatos ficticios2.

La segunda razón para considerar “Los predicadores” como una unidad superior a la suma de sus tres discursos es que, en cada uno de ellos, los enunciadores se refieren a los otros, de modo que se establecen nexos temáticos muy significativos. Por ello, al analizar el relato tomaremos en cuenta la intertextualidad existente en los bloques respectivos, a fin de establecer una interpretación global que considere el título mismo del relato, que equivale a una tipificación realizada por el narrador, que en este caso hace las veces de alguien que ha escuchado los tres discursos y los ha juntado en un solo espacio textual para que el lector perciba las relaciones que hay entre todos y cada uno de los “predicadores”.

Peter Elmore (2002), estudioso de la obra literaria de Ribeyro, elabora una sintética y acertada caracterización del trío de personajes marginales y excéntricos que hacen uso de la palabra en el citado texto. Dice el especialista:

Casi del todo desprovisto de argumento y libre de indicaciones escénicas, el cuento se define por las modulaciones de las voces sicóticas de una mujer —la Ucucha— y dos hombres —el Jojosho y un anónimo con ínfulas de letrado3—. Megalómanos, míseros y locuaces, los tres locos encarnan la situación límite de quienes han abolido el principio de realidad porque —sospecha el lector— encuentran intolerable la existencia. (p. 128)

La primera es una mujer que habla de sí misma y por tanto utiliza la primera persona para contar a alguien (¿al narrador?) las penurias que sufre en su vida actual y que no sabe a quién atribuirlas: “será mala suerte de perro o qué será, yo no lo sé, pero mi vida es pena sobre pena y cólera sobre cólera” (Ribeyro, 1994, II, p. 263). Además, hace un contraste entre su deplorable situación de hoy y la época de auge que según ella vivió:

Yo, la más bonita de Huamanga, la reina que he sido de la primavera, cuando vendía conservas en mi tiendecita, allí en el portal y venían todos los mozos…todos ellos que venían a decirme piropos, yo la reina ¿por qué ahora no tengo un día de fiesta y todos me escarnecen y me sacan la lengua? (Ribeyro, 1994, II, p. 263)

En general, el monólogo de Ucucha, recogido en su forma oral en el texto, es incoherente, fantasioso, pero revelador de la situación de seres marginales que pululan en las ciudades y que forman una suerte de “corte de los milagros”, es decir, de seres abandonados y con conflictos entre algunos de ellos. Eso es lo que ocurre, por ejemplo, entre Ucucha y el personaje del segundo monólogo, apodado Jojosho, a quien la primera considera su enemigo porque según la versión que ofrece le robó el dinero que le envió su tío, el presidente Prado4, y también sustrajo los votos con que Ucucha iba a ser elegida reina de la fiesta. Y la alucinada mujer rechaza también las pretensiones de Jojosho de considerarla su amante y afirma estar lista para matarlo5.

Sin más transición que el paso de un párrafo a otro, se inicia el monólogo de otro personaje igualmente desquiciado, conocido como Jojosho y del que Ucucha se ha expresado con dureza. En tanto enunciador, él usa la técnica que nosotros llamamos: en primera y segunda persona; esta denominación alude a que el enunciador se identifica como tal y se dirige a alguien, aunque este alguien no siempre es reconocible, como ocurre en “Los predicadores”: Jojosho le habla con afecto a su interlocutor y pide su “venia para hacerle un poco de conversación, que yo estoy aquí paseando, tomando un poco de sol en este clima tan bueno, bajo el cielo de Huamanga”.

Por las palabras del autor del monólogo nos enteramos de su mala relación con Ucucha, a quien acusa de difundir la versión de que él es su marido, afirmación que él rechaza con energía y aprovecha para puntualizar que él es el “capitán Fuentes, recibido y con galones”. Además del encono por Ucucha, Jojosho es tan megalómano como esta y llega a decir que fue “agregado cultural en Roma”. Añade que estuvo en varios países y que dominaba varios idiomas, entre ellos, el francés y se permite hacer una demostración risible de dicho dominio.

También presume de poseer muchas propiedades y de gozar de una gran cultura, razón por la cual ofrece ir a la universidad a dictar una conferencia “sobre cualquier cosa, salvo que ustedes prefieran algo especial”. Por esta última afirmación cabe deducir que el oyente del disparatado discurso de Jojosho es alguien que trabaja en la universidad, quizá como profesor. E igual que Ucucha, este personaje se queja de que le robaron los votos de una elección en la que se presentó como candidato a diputado y en la que logró “todos los votos de Huamanga y los pueblos colindantes”. Pese a hablar de grandezas y de hazañas, el monólogo del “capitán” Fuentes concluye con un pedido para que su interlocutor le preste “una libra6, por favor”.

El último monólogo presenta como emisor a un personaje llamado Licurgo que comparte las mismas características que los dos anteriores. Usa la técnica de la primera y segunda persona para dirigirse a alguien a quien llama doctor y le confiesa a este que ha hecho el plano de una famosa batalla “para demostrarle que es verdad que en todo el Perú no hay nadie que conozca mejor que yo la batalla de Ayacucho”7. Sostiene que ha recorrido el lugar de los hechos históricos y se ha documentado para informar a todo aquel que quiera saber cómo fue la batalla.

Él también conoce a Ucucha y a Jojosho y se expresa negativamente de ellos: “gente sin crédito insanos que son por la maldad del pueblo”. En cambio, Licurgo, según su propia versión, presta sus “servicios útiles al claustro con mis estudios de mineralogía” y señala que guarda en sus bolsillos las piedras que ha recogido en sus andanzas. Lo peculiar es que su perorata va acompañada por una interjección —“hip”— que connota ebriedad. Su discurso está lleno de incoherencias y de fantasías, aunque de los tres es el que posee el lenguaje más retórico y altisonante.

Nos enteramos de que es originario del Cusco, donde vive su madre y con la cual parece mantener una relación edípica. Hace alarde de sus conocimientos históricos y de sus contactos con el embajador de Inglaterra, pero al final de su discurso, al dirigirse a su interlocutor, revela cuál es su situación real. Veamos lo que dice:

Por lo tanto ahora que usted me promete su apoyo debemos ir un rato al Baccará para tomarnos un trago sólo uno que tengo que barrer las aulas y pasar en limpio mi bibliografía sobre la batalla hip de Ayacucho. (Ribeyro, 1994, II, pp. 266-267)

No es frecuente que Ribeyro deje hablar a sus personajes en su lengua coloquial, pero en este relato lo hace para que el lector “escuche” del modo más directo la voz de cada uno de estos seres marginales que sobreviven en la ciudad de Huamanga, entre la pobreza y la alucinación. La función del narrador en este texto consiste en dar “la palabra” a estos “mudos” y locos y dejar que ellos expresen todos sus sueños y sus frustraciones. El texto sacrifica su coherencia, su gramaticalidad en aras de recoger el pensamiento y la expresión de seres que confunden la realidad con la ficción, pero que no por ello deben ser censurados. Por el contrario, el narrador nos invita a escucharlos y a seguir la lógica peculiar de estos “predicadores” de fantasías e incoherencias, aunque para quienes las emiten estas “verdades” poseen un valor vital y humano8.

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

Yaş sınırı:
0+
Hacim:
343 s. 6 illüstrasyon
ISBN:
9789972455407
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

Benzer kitaplar