Kitabı oku: «Frankie»

Yazı tipi:


Para Juan, Javier, Quique y Roger.Por el tiempo de las películasde Boris Karloff y las casas de espantos.

Y para Mary, antes de Shelley.

Una cosa alentadora que la Guía tiene que decir con respecto a los universos paralelos es que no hay ni la más remota posibilidad de comprenderlos. En consecuencia, puede decirse “¿Qué?” y “¿Eh?”, incluso quedarse bizco y ponerse a hablar por los codos sin temor a quedar en ridículo.

Douglas Adams,

Informe sobre la Tierra: Fundamentalmente inofensiva

Carta I

A la señora Saville, Inglaterra

San Petersburgo, 11 de diciembre de 17**

No sé si te alegrará saber que NO ha ocurrido ningún percance al inicio de una aventura que siempre consideraste cargada de malos presagios. Pero es así. Todavía no ocurre nada horrible, para tu posible desencanto.

En este momento estoy ya en San Petersburgo, Rusia, y NADIE HA MUERTO.

(Sé perfectamente con qué funesta palabra debes haber completado esa frase de allá arriba: “AÚN”. Pero permíteme dibujar una sonrisa sardónica. Y hasta emitir un ligerísimo Ja. Seguido por otro Ja. No tengo intenciones de hacer el caldo gordo a tu pesimismo, Margaret. Principalmente porque el mío ya está bastante a reventar, así que NO necesito más ayuda.)

Oh, sí, es verdad, querida hermana. Todos los días, desde que me propuse esta expedición, me despierto pensando: ¿Qué demonios hago, empujando esta necedad, pudiendo estar disfrutando de mis ahorros de otra manera?

No lo sé. Es como si no pudiera evitarlo.

¿Te has sentido alguna vez así, Margaret? ¿O todo contigo es hacer comentarios puntillosos y soltar risitas explosivas? ¿Te has sentido alguna vez en tu vida como si tuvieras un deber al que no pudieras sustraerte? ¿Como si debieras tu vida a una misión, un mandato… y negarte a obedecerlo fuera como negar tu esencia?

No, supongo que no.

Te imagino ahora mismo llevándote un polvoroncito a la boca mientras lees esto. Y acariciando al gato. Y torciendo la boca en tu propia sonrisa sardónica.

Bueno. Igual eres la única a quien puedo escribirle, así que no te librarás tan fácilmente de mis noticias y mis reflexiones.

Te decía que estoy en San Petersburgo y, aunque tú sabes que lo mío no es el frío, no tengo miedo a continuar con mi cruzada. El “inútil” de tu hermano Robert está a punto de fletar un barco para conquistar el Polo Norte. ¿Te parece suficientemente buena esa misión de vida? Seguramente para estas mismas fechas, el año próximo ya habré descubierto el misterio de la atracción magnética que ejerce el Polo y mi nombre estará en la primera plana de todos los diarios científicos y las revistas de expedicionarios. MI nombre y NUESTRO apellido (aunque ahora, claro, seas la señora Saville y vivas en East End y reniegues de aquel tiempo en que ambos ordeñábamos codo a codo las vacas del establo; por cierto, salúdame a Jeremiah, dile a ese esposo tuyo que no he olvidado que hizo trampa en el cricket la última vez).

Con todo, a decir verdad… me espanta un poco el imaginar esas tierras heladas a las que pronto llegaré. Heladas y eternamente iluminadas. ¿Sabías que el sol NUNCA se pone allá? ¡NUNCA! (Dicen que una vez por año pero, para el efecto, no cuenta.)

Por suerte traje mi antifaz para dormir. El mismo con el que hago menos tediosos los viajes a Kent en diligencia.

Pero la verdad es que he tenido que trabajar mentalmente la idea. ¡Una tierra COMPLETAMENTE blanca y CIENTO POR CIENTO iluminada! He intentado quedarme viendo una pared de yeso con las cortinas corridas durante el día y sin apagar las lámparas durante la noche para hacerme a la idea. Es aterrador, créeme. Sobre todo cuando te das cuenta de que ya quieres largarte a la taberna más cercana y apenas han pasado quince minutos.

Tampoco hay tabernas en el Polo Norte, por si te lo preguntabas.

Y quita esa sonrisa de la cara.

Seguramente será una experiencia completamente novedosa. Nada que haya vivido antes se le parecerá, de eso no tengo duda. Ni siquiera la vez que me encerraste en el sótano durante aquella nevada será remotamente cercano. (Por cierto, nunca te lo agradecí, pero aprecio que hayas llamado a nuestros padres cuando mis dedos de los pies empezaron a ponerse como berenjenas.) Ni siquiera esa hermosa experiencia será parecida a lo que me espera. Tampoco esa fría tarde en que me enterraste en la arena de Black Pool hasta el cuello. (No te lo dije pero igualmente agradezco que hayas llamado a la tía Gertrude cuando empecé a ponerme, todo yo, como berenjena.)

Por cierto, estoy siendo sarcástico, hermanita (aunque espero, de corazón, que tú y el gato estén pasando un buen rato a mis costillas).

Es verdad que podría decirse que me he estado preparando para algo así durante toda mi vida. Leyendo, jugando y fumando en vez de ir a la escuela. ¿En qué esperaban mis padres que terminaría? ¿Académico en Oxford? Si antes de que me saliera el bigote ya estaba haciéndome a la mar con balleneros que podían dormir de pie sin soltar el timón y sin soltar la botella por semanas enteras.

¡Y todo por mi mala poesía!

¡Quién iba a decir que sólo embarcándome hacia el mar del Norte iba a poder silenciar en mis oídos las risas de aquellos que asistieron a mi único recital poético! (Aunque, si somos completamente honestos, en realidad dejaron de sonar cuando por fin eché por la borda a Tommy Chapman, quien se empeñó en seguirme, pero por favor no se lo cuentes a sus padres.)

Podría decirse que me sometí al hambre, al frío, la sed, la falta de sueño y los avances románticos de sujetos de doscientos cincuenta libras que no han visto a una mujer desde que sus madres los echaron de sus casas. ¡Y por voluntad propia!

Pero bueno… al final, todo valió la pena.

Aún recuerdo cuando aquel ballenero groenlandés me ofreció ser el segundo de a bordo. ¡Cuán orgulloso me sentí! (Ni se te ocurra mencionar que sólo éramos tres en el barco (después de todo era una decisión difícil para él (el tercero era su cuñado (¡por supuesto que también te lo conté!))))

Lo cierto es que ahora tendré mi propio barco y mi propia tripulación. Sólo lamento no poder contar con un amigo, un verdadero amigo, aunque sea para quitarle lo aburrido al ajedrez, que ya me cansé de jugar frente al espejo.

He de decirte también, querida hermana, que aquí al menos no hace tanto frío como esperaba. A los buenos habitantes de San Petersburgo no les importa echarse un oso encima (muerto y despellejado, se entiende) y eso ayuda bastante a combatir las temperaturas de punto de congelación. No hay frío que pueda contra un buen abrigo de oso de quinientos kopeks, liquidado en cómodos pagos mensuales (que, aquí entre nos, tal vez nunca termine de pagar por completo, pues… ¿qué terco abogado ruso seguiría a un científico inglés moroso hasta el Polo Norte?) Así que ya lo sabes. Planeo partir hacia el puerto de Arcángel en unas semanas, cuando el invierno ya vaya de salida, para encargarme del barco y de los valerosos marineros cuyos nombres han de ser ligados al mío cuando al fin sea citado en los libros de historia de las aulas inglesas.

No te estás burlando, Margaret…

¿O sí?

Eso me pareció.

Bueno. Ya te escribiré.

Con cariño,

Robert Walton

P. D. Di a Jeremiah que tampoco he olvidado aquella apuesta que se negó a pagar. Dile que si no honra su palabra, tal vez lo mencione en los libros de historia.

Carta II

A la señora Saville, Inglaterra

Arcángel, 28 de marzo de 17**

Bien, pues no hay fecha que no se cumpla ni plazo que no se venza, como dicen por ahí. Y he de decirte, querida hermanita, que la frase me ha venido a la mente justo ahora porque, no bien llegó el día de cierta fecha de pago, llamó a la puerta de esta maloliente hostería en la que me estoy quedando, uno de esos cobradores rusos carentes de escrúpulos. Honestamente, estuve a punto de devolver la piel de oso. Pero también es cierto que cuanto más avanzo hacia el norte, más se hace necesaria una frivolidad como ésta, así que…

Como sea.

Vayamos a lo que es digno de celebrar. Y es esto:

He alquilado un barco y he contratado tripulación.

Lo diré de otra manera por si no te ha quedado claro.

SOY EL CAPITÁN DE UN BARCO.

No el primer oficial. No el contramaestre. No el grumete que pela las papas y lava los bacines. No.

EL CAPITÁN.

Estoy seguro de que en este preciso instante estás sintiendo cómo el remordimiento te hinca los dientes hasta horadar tu piel. “Oh, nunca debí decirle a Bobby que era un inútil cuando éramos niños. ¡Me siento tan mal por ello que tal vez acabe con mi vida!”

Bueno. Tampoco es para tanto. Pero me parece bien que te corroa la culpa. Sobre todo por aquella vez que dejé escapar las vacas y tú te reíste durante semanas. O por aquella que puse a la abuela a tomar el sol sobre un hormiguero y tú te reíste por días. O esa otra en que incendié las cortinas. Y la habitación. Y media casa. Y tú…

Oh… ya veo tu juego. Me haces decir estas cosas para volver a tus burlas. No lo lograrás, Margaret. ¡No les daré el gusto a ti y a ese gato luciferino!

¡Y deja de desviar la atención hacia cosas sin importancia!

Te decía que alquilé un barco y contraté un buen puñado de hombres. Todos ellos, lobos de mar. Gente decente y trabajadora. Para empezar, puedo contarte con gran satisfacción que el lugarteniente es un excelente sujeto inglés de largas patillas y recta espalda. Y lo conseguí por menos de la mitad de lo que cobraría cualquier otro hombre. Por otro lado, el primer oficial es un sujeto sin tacha. Sólo para que te des una idea, este muchacho estuvo hace tiempo enamorado de una chica rusa y, aunque tenía la aprobación del padre de ella, antes de la boda tuvo a bien preguntarle si en verdad lo amaba, a lo que ella, hecha un mar de lágrimas, repuso que no, que amaba a otro. La nobleza del que ahora es mi primer oficial lo llevó a buscar a aquél, cederle su escasa fortuna y hasta apadrinar la boda subsecuente. ¿No es el acto de mayor nobleza que hayas escuchado en toda tu vida? Naturalmente, para olvidar, este buen muchacho ha decidido acabar sus días sobre la cubierta de un barco. Mi barco. El Piggyback. (Sí, ya sé, pero el S.S. Rule Britannia costaba una fortuna.)

Bien. Historias como ésta son comunes entre mis valerosos hombres.

Y antes de que empieces a pensar que en estas cartas hay demasiado parloteo y muy poca acción, he de decirte que sólo estoy esperando a que mejore el clima para levar anclas. De pronto, la lluvia, la nieve, la ventisca y el latigazo del frío se han vuelto constantes aquí en Arcángel. Aunque todo el mundo dice que es la forma que tiene el invierno ruso de despedirse. Ojalá así sea.

En todo caso, no te escribiría tantas y tan sentidas letras si no fuese porque la vida de un capitán es, creo habértelo dicho ya, resignadamente solitaria. Ni un amigo tengo. (Ahora juego al póker de prendas frente al espejo, lo cual resulta un poco penoso. Sobre todo si el ama del maloliente hostal en el que te hospedas abre la puerta de tu habitación sin llamar primero.)

No. Ni un amigo tengo. Y no creo poder tener uno solo en los días por venir porque tampoco puedo dar demasiada confianza a mis subordinados. Eso puede redundar en una camaradería que me reste autoridad. Tiemblo de imaginar que alguno de ellos me pida licencia para ausentarse a media expedición, guiñándome un ojo, sólo porque hicimos migas durante el almuerzo.

O quizá sólo sea que detesto que me llamen Bobby.

En fin.

Tal vez ésta sea mi última carta y también la última noticia que tengas de mí. ¿Te hace sentir mal eso? Lo siento mucho pero no puedo evitarlo. Tal vez no haya modo de hacerte saber cómo va la aventura en cuanto abandonemos el puerto, porque nos adentraremos en lo más ignoto de las inexpugnables murallas del hielo septentrional. (Espero que aprecies esa última frase porque la estuve pensando durante un par de horas (el aburrimiento es mortal cuando, para pasar las largas jornadas, no te tienes más que a ti mismo y una cabeza de alce disecada).)

Pero no se diga más.

¡A sotavento, que nadie mira atrás! ¡Desplieguen las velas! ¡La gloria nos espera!

Ummh…

¿Te estás burlando?

Bien. Eso me pareció.

¡Por Dios, hermana! Sólo el creador sabe lo que me espera en esta locura que, a cada minuto, siento más como su mandato que como una decisión propia. ¡Es toda una insensatez! ¡Pero es mi misión en la vida! Acaso muera de la más terrible manera. Acaso no halle más que frío y desolación. Acaso…

Acaso…

Acaso todo esto te importa un bledo, ¿no es así?

Me parece que no has dejado de abanicarte con el sobre de esta carta mientras la lees, sin quitar esa sonrisita tan irritante y sin dejar de tomar el té ni acariciar a ese fofo y diabólico felino al tiempo que…

Oh. En realidad no importa.

Como dije, eres la única persona a la que puedo escribir. Y así lo seguiré haciendo mientras haya oficina postal o algo parecido.

Con cariño,

Robert Walton

Carta III

A la señora Saville, Inglaterra

7 de julio de 17**

Mi estimada hermana:

Si te llega esta carta, que espero sea así, será porque Johnny Bloomberg ha pedido licencia para ausentarse indefinidamente. Por si te lo preguntas, Johnny es un sujeto con el que hice migas durante el almuerzo el primer día de viaje.

Sé lo que estás pensando, pero no es así. Es un buen tipo.

Y seguramente me reintegrará las quince libras que le presté.

En todo caso, se ha mostrado como todo un caballero al ofrecerse a volver a Arcángel y echar la carta en el correo, aprovechando el paso de un barco mercante con el que nos hemos topado.

Como verás, son éstas unas breves líneas apresuradas que te escribo sólo para apaciguar tu inquietud por saber de la suerte de tu pequeño hermano.

O tal vez no.

De cualquier modo, en este momento los muchachos celebran una fiesta de despedida a Johnny Bloomberg y yo he aprovechado para contarte, rápidamente, cómo van las cosas.

Ahora al menos vamos en la dirección correcta, pues el contramaestre apuntó la proa por equivocación hacia el sur. (Sí, de acuerdo, ahora veo por qué aceptó cobrar un sueldo menor, pero es un buen cristiano, después de todo, jamás dice una palabrota y da forma a sus patillas diariamente.)

Y ahora que estamos platicando, el primer oficial ya no está con nosotros. A las dos horas que zarpamos nos dio alcance un buque de la policía rusa para invitarlo cordialmente (en realidad, lo sometieron entre cuatro) a contestar algunas preguntas. Resulta que el muchacho era un estafador de poca monta y era perseguido desde hacía varios años por enamorar muchachas inocentes y huir con sus ahorros. Así que ahora debe estar picando piedra en Siberia.

Lo cual no es, en absoluto, una tragedia. Los ocho que seguimos a bordo estamos convencidos de nuestra misión y actuamos como un solo equipo. Eso queda claro, principalmente, a la hora de abrir una botella de vodka (aunque no tanto al momento en que se agota).

Estoy convencido de que el espíritu de los muchachos es inquebrantable.

Ahora es cosa de todos los días ver pasar a nuestro lado enormes témpanos y ninguno de los muchachos se ha amedrentado por ello. Ya se nos rompió un mástil y también fuimos atacados por dos horribles temporales. Y los muchachos han respondido valerosamente a todo. Aunque es verdad que se la pasan haciendo chanzas en ruso que no alcanzo a comprender y que todo el tiempo están pidiendo que aumente la ración de licor, son buenos muchachos en general. (Sí, un par de ellos ya tuvieron avances románticos hacia mi persona pero los he puesto en su lugar fácilmente; basta ponerles el abrecartas que me obsequiaste al cuello para que vuelvan a sus labores sin chistar.)

El frío arrecia. Y el sol ya sólo se pierde en el horizonte por breves minutos.

La sensación de que algo terrible nos espera es muy poderosa.

En más de una ocasión he pensado que debería abandonarlo todo, volver a Londres y dejar que se me vaya la vida asistiendo al teatro y a las casas de juego. Pero la necesidad de ir en pos de mi destino me lo impide por completo. De hecho, para serte muy sincero, ahora estoy completamente convencido de que es el creador quien comanda mis actos. ¿Que cómo puedo asegurarlo con tanta contundencia? Pues bien, la prueba está en que, siempre que anoto la fecha de mi carta, me es imposible fijar la fecha exacta. ¡¿POR QUÉ TENGO QUE PLASMAR ESOS MALDITOS ASTERISCOS?! ¿POR QUÉ, SI TANTO TÚ COMO YO SABEMOS QUE ÉSTE ES EL AÑO DE 17**?

¿Lo ves? Volvió a ocurrir.

Misterio.

En fin. No me arredro, al igual que mis hombres. Llegaremos a donde tengamos que llegar.

Da mis saludos a todos allá en Inglaterra. Y dile a Jeremiah que por fin conocí a alguien con una tripa más prominente que la de él. El sujeto se llama Dimitri y seguro tiene más años que Jeremiah de no poder mirarse los pies.

Me voy porque hasta acá se escucha cómo la fiesta de despedida se transforma en trifulca de borrachos; nada que no haya ocurrido antes; de hecho, ayer mismo. Así que pierde cuidado, hermana. No pasa de que algunos terminen siendo arrojados al agua, lo cual es en cierto modo benéfico pues pone a todos sobrios en dos segundos.

Me despido.

Espero que no por última vez, querida Margaret. Pero si así fuera, ¡entérate de que aquella vez que mis padres te descubrieron besándote en el granero con Waldo Stevenson, sí fui yo quien te delató!

(No podía con eso en mi conciencia.)

(O tal vez sí.)

Con cariño,

Robert Walton

Carta IV

A la señora Saville, Inglaterra

5 de agosto de 17**

Mi estimada hermana, nos ha ocurrido un suceso tan extraño que es imposible no plasmarlo aquí, aunque es muy probable que cuando te llegue esta carta, yo ya haya vuelto a casa y hasta nos hayamos visto las caras en la fiesta que alguna asociación de científicos o expedicionarios o científicos expedicionarios haya celebrado en mi honor.

¿Te estás burlando?

Bien. Eso me pareció.

El caso es que, no sé si tú lo sabes pero el Polo Norte no es sino hielo y más hielo. Si alguien te quiere hacer creer que por acá es posible encontrar tierra firme de algún tipo te está queriendo tomar el pelo. Y te lo digo porque el otro día escuché a tus hijos hablar de un supuesto rumor en torno a un sujeto que vive en estas latitudes y que se está preparando para, en pocos años, llevar regalos en Navidad a millones de niños en un trineo volador. Bien, pues déjame decirte que es más fácil creer lo del trineo volador que lo de levantar una casa en este barrio, con sótano, calefacción y agua en la letrina.

Hielo y más hielo. ¿Estás escuchando?

(Leyendo, pues.)

¡Hielo y más hielo! Oh… para volverte loco. Miras en una dirección y ¿con qué te encuentras? Hielo. Y miras en otra dirección para encontrarte… ¿con qué, exactamente? Hielo, exacto. ¡Sólo hielo! Y el sol, caminando por la línea del horizonte como vigilándonos por todos los flancos. Hielo, hielo, hielo. Y el sol dando vueltas en círculo frente a nuestras caras. Hielo. Sol. Sol. Hielo.

¡Para volverse loco!

Llevábamos casi una semana completamente varados en el mismo lugar porque el hielo nos había cercado por completo. El barco no podía moverse ni una pulgada en dirección alguna. Hielo a babor. Hielo a estribor. Hielo en la proa y (supongo que ya lo adivinaste) hielo en la popa.

Además de inmovilizados, estuvimos todos esos días cegados por una niebla ultradensa que lo pintaba todo de blanco. TODO. DE. BLANCO. ¡Como flotar en la nada! Estando en cubierta sentías la necesidad de palpar tu propio cuerpo y así asegurarte de no haberte convertido en humo.

¡Para volverse loco, Margaret!

No creo exagerar si te digo que hubo un momento en que el pánico cundió por toda la embarcación. Tal vez fue a partir del instante en que grité: “¡Oh, Dios de los mares, toma todas las vidas que quieras, pero déjame volver con bien a casa!”, grito que, vale la pena aclarar, no fue tomado de una forma muy positiva por la tripulación. Empezaron a hacer planes para amotinarse frente a mis narices. O tal vez sólo fuese que la niebla no les permitía saber que me tenían a dos palmos de distancia. Justo frente a sus narices.

Afortunadamente ayer por la tarde levantó la neblina. Y no es que fuera muy reconfortante volver a nuestra vista de sol y hielo y azul blanquecino y más sol y más hielo y más azul blanquecino y más hielo. No. Porque, de hecho, en cuanto pudimos volver a vernos las caras, la tripulación ya estaba desenredando una soga para atarme con ella. En realidad la fortuna vino por el sur de la línea del horizonte. Y justo es decir que nos impidió enfrentarnos unos con otros, pues yo ya tenía en las manos un pedazo del mástil roto, listo para probar su resistencia en la cabeza de los seis marinos amotinados (el séptimo, mi segundo de a bordo, por cierto, no es que sea un dechado de lealtad, en realidad había decidido que, mientras no avanzara el barco, él no tenía por qué cumplir con obligación alguna, pues tal eventualidad no estaba estipulada en su contrato de trabajo y se la pasaba durmiendo).

Decía que estábamos midiéndonos con las miradas cuando vimos aparecer un trineo tirado por perros. Del cual descendió un hombre. Que subió como si nada al barco. Y me cobró la mensualidad correspondiente del abrigo de oso. Luego, con una eficiencia que sólo es posible ver en usureros y agiotistas, se fue en cuanto me extendió el recibo.

Pero no es ése el suceso verdaderamente extraño del que te hablaba al principio de la misiva. Sino lo que ocurrió inmediatamente después.

Por la línea de popa volvió a aparecer otro trineo. Pero esta vez sí que tenías que dejar por completo lo que estuvieras haciendo para poner atención. Yo dejé caer el pedazo de mástil. Y mis hombres la cuerda y las ganas de someterme para tomar el control de la nave.

También tirado por perros, este trineo era una especie de convoy de trineos, pues al carro principal seguían otros dos. Y todos ellos, con gente de lo más singular encima. Al mando del primer vehículo, iba el hombre más grande y más feo que te puedas imaginar. No, no exagero. Y creo poder adivinar tus pensamientos, querida hermana, así que puedo refutarlos enseguida: más feo que Jeremiah, aunque no lo creas.

Oh, no te pongas así. Una pequeña broma para distender el momento.

Volviendo al relato… te decía que iba un hombre enorme y muy feo guiando el trineo. Un verdadero fenómeno. A su lado, una hermosa mujer con un peculiar traje negro brillante, pegado al cuerpo, botas altas de montar y una capa atada a su cuello que revoloteaba al viento. También iba un niño con ellos. Un niño que fumaba puro, por cierto. Tal vez un duende malévolo, ahora que lo pienso. O un enano. Y en los otros carros, una bruja, una mujer con una tupida barba, un viejo calvo y ciego que rasgueaba una guitarra, un jorobado… y el espectro de alguien. Sí. Leíste bien. Un individuo transparente flotaba a la misma velocidad que ellos y parecía seguirlos con una socarronería particular en la mirada. De hecho, fue el único que reparó en nuestro barco, pues hizo una venia con su sombrero abombado, a modo de saludo, y continuó detrás de tan extravagante comitiva.

Tal vez no esté de más contar que el ciego entonaba una canción festiva. La única descripción que a mi parecer les hace justicia es ésta: eran una especie de horrendo y estrambótico carnaval ambulante que siguió su camino por encima del hielo hasta perderse de nuestra vista.

Después de algo así, todos aquellos aún con sangre en las venas convinieron en que lo que hacía falta era echarse una buena dosis de vodka en el gañote. Y yo estuve completamente de acuerdo.

Olvidamos nuestras rencillas y compartimos varias botellas en la bodega del barco hasta que mi contramaestre se apersonó a media tertulia para avisarme que había mar de fondo, que el hielo se había desquebrajado y que podíamos continuar nuestra expedición. De cualquier modo, nadie ahí se sentía con ganas de volver a cubierta a desplegar las velas o levar el ancla, así que obligué al hombre de las patillas perfectas a unirse a la fiesta.

Es justo decir que el nuevo día me sorprendió tumbado entre dos costales de papas a los que, en mi sueño, había conferido cualidades de bailarinas de vodevil.

“Capitán, tiene que venir a ver esto”, fue el grito de uno de los marinos que me hizo, al fin, levantar a trompicones y salir de la bodega para confrontar el hielo y el sol y el hielo.

Cuando llegué a cubierta, con un dolor de cabeza colosal, me encontré con los siete hombres encarando a otro que, de pie sobre la helada superficie pegada a estribor, los increpaba. Se trataba de un tipo como de mi edad y, a todas luces, europeo, aunque claramente desesperado, tiritando de frío y con los ojos inyectados en sangre. A su lado se encontraba un trineo tirado por un solo perro desfallecido, echado de costado y con la lengua de fuera.

“Déjenme subir, malvivientes. ¡Reclamo este barco para ir en pos de un monstruo que merece morir! ¡Sólo así salvaremos a la raza humana de la extinción!”

Ése fue el pequeño discurso que alcancé a oír al momento de llegar al lado de mi fiel tripulación.

Cualquiera diría que un sujeto como ése, en mitad de la nada, tendría que haber pedido asilo en nuestra nave con mejores maneras… pero no fue así. De hecho fui informado que ya había intentado subir tres veces a la fuerza, mismas que había sido arrojado fuera, al agua o al hielo, dependiendo de la puntería de los marinos.

“Yo soy el capitán. Dígame qué se le ofrece”, lo conminé, intentando un posible diálogo.

“Capitán, es de vida o muerte. ¿Qué dirección llevan?”

“El Polo Norte. No descansaremos hasta llegar ahí.”

A esta aseveración se levantó un claro rumor de descontento. En la fiesta les había prometido a mis hombres que volveríamos a Arcángel cuanto antes a buscar un buen garito con juego de naipes y vodevil. Pero con un ademán los acallé, haciéndoles ver que cualquiera promete el mundo cuando tiene cinco vodkas en la sangre.

“¡Bien!”, rugió el hombre. “Necesito confiscar el barco para ir en pos de un demonio horrendo y su espantosa banda de secuaces. Seguro saben de lo que hablo. ¡Deben haber pasado por aquí!”

“Se equivoca. No hemos visto pasar ni un pingüino”, gruñó un marino.

“No seas imbécil. No hay pingüinos en el Polo Norte”, lo corrigió otro.

“Tal vez por eso no hemos visto pingüinos”, rio un tercero.

“O tigres de Bengala”, soltó un cuarto.

“¡A callar!”, tronó el egregio capitán del Piggyback. “Lo siento, señor, pero aunque los hayamos visto pasar, no tenemos nada que ver con ese asunto, así que le suplicamos siga su camino y nosotros el nuestro. Que tenga buen día.”

El demencial hombre, quien ya se veía intentando subir por la fuerza al barco y siendo nuevamente arrojado al blanco y más blanco hielo de la llanura polar, dejó escapar una clara exhalación de rendimiento. Fue justo al momento en el que movió con la punta del pie al perro tendido a su lado para constatar que estaba muerto y más que muerto de cansancio. Creo que dijo, entre dientes, algo así como: “Al demonio la gloria y la fama universal; primero está la venganza”.

Admito que me simpatizó en ese momento.

“¿Dijo algo respecto a la gloria y fama universal?”, pensé. “¿Qué no es eso lo que nosotros también estamos persiguiendo?”

¿Qué no es eso lo que todo hombre persigue en la vida?

“¡Les prometo riqueza como jamás pensaron tener si me ayudan a atrapar a esa punta de traidores que probablemente vieron pasar!”, gritó a voz en cuello.

Recuerdo entonces que pensé: “Bueno, también está la fortuna. Eso es cierto”.

Al instante todos mis hombres, incluyendo al contramaestre, gritaron al unísono: “¡Se fueron por allá!”.

Y le arrojaron una cuerda.

13 de agosto de 17**

El nuevo hombre a bordo se llama Víctor Frankenstein. Y aunque al principio se comportó como un maldito demente, después de una semana de estar con nosotros creo que ya puedo afirmar con toda certeza que se trata de un maldito demente.

Hay días en que ríe a solas. Y hay días que llora a solas. Y luego combina ambas cosas. Es un poco espeluznante, la verdad, y la tripulación ha empezado a murmurar. Muchos creen que no hay fortuna que valga la pena si por ella hay que compartir suerte con un tipo al que se le va tanto la olla. Sin embargo, considerando que yo agoté mis ahorros en esta locura y que no puedo prometerles siquiera un bono por buen desempeño al terminar la misión, todos se lo piensan dos veces.

Y aquí estamos. Con la proa apuntando hacia el Polo.

Con todo, Víctor es lo más parecido a un amigo que tengo en este momento. El segundo día lo invité a mi camarote y sugerí jugar póker de prendas para romper el hielo (de hecho, así lo expresé, esperando ser gracioso, cosa que no funcionó), él se negó rotundamente y trató de hacerme entender que no valía la pena entusiasmarse de ninguna manera con él porque era un hombre muerto con antelación.

Naturalmente, Margaret, intenté hacerle ver que había sido una broma, que yo en realidad esperaba que fuéramos buenos amigos (y recalqué la palabra “amigos” varias veces), pero él seguía en sus trece perorando que su destino estaba marcado por el implacable sello de la fatalidad.

Luego lloró y rio y, en fin, no fue un buen comienzo.

Pero a lo largo de los días, he podido confirmar que no piensa incendiar la nave o ahorcarme durante el sueño. Sólo una cosa tiene en mente: dar con el demonio al que perseguimos.

Y, para serte sincero, cuanto más avanzamos y cuanto más otea el horizonte con la esperanza de dar con aquel trineo que vimos pasar hace más de una semana, yo también me pregunto si no será que todos estábamos destinados a esto únicamente, a ir en pos de un monstruo (a mí no me veas, es Frankenstein quien se expresa de esta manera del sujeto) porque incluso la labor original ya me parece absolutamente insulsa.

Seamos honestos, Margaret, ¿por qué alguien en sus cabales querría fletar un barco en dirección al Polo Norte?

¿En qué DEMONIOS estaba pensando cuando se me ocurrió?

O acaso todo sea un capricho de nuestro creador. Y nosotros seamos sólo sus títeres.

¿Captas el punto?

(¡Esos malditos asteriscos de allá arriba no dejan de quitarme el sueño!)

En fin…

Vale la pena decir que Víctor y yo ahora compartimos el pan y la cebolla. Y el vodka, de vez en cuando. De hecho, he detectado que un poquito de alcohol en las venas le permite serenarse y dejar a un lado el discurso de que es un hombre a quien la muerte le ha echado el ojo y por eso no vale la pena hacerse muchas ilusiones respecto a una amistad con él. O lo que sea. (Y cuando dice “lo que sea” suele recorrerse un poco en el asiento, distanciándose lo más posible de mí, lo cual no deja de parecerme, ummh, simpático.)

Nuestras charlas, por otro lado, han evolucionado bastante desde el primer día. Antes, a mis comentarios del tipo “¿Lloverá hoy?” respondía siempre con un “¡Morirás, maldita criatura del infierno, así sea lo último que haga!”.

Ahora, responde con un “Ojalá llueva fuego y el planeta estalle en mil pedazos”. Lo cual es un avance.

Creo.

En fin. Ya te informaré cómo nos va en esta nueva expedición.

19 de agosto de 17**

Querida hermana:

Creo que te dará gusto saber que al fin se rompió ese hielo metafórico del que hablaba en la carta anterior. Y es que, después de un día muy difícil, en el que el barco se volvió a atorar entre dos témpanos, y los marinos, para matar el tiempo, organizaron un extraño juego al que llamaron “tiro de contramaestre por la borda”, Frankenstein y yo nos retiramos a la bodega a conversar. Desde luego, mi intención era charlar pues en casi dos semanas, a mis inquisiciones respecto a su extraña persecución, yo sólo obtenía respuestas del tipo: “Morirás, bestia del demonio” y “Como que me llamo Víctor Frankenstein que te haré pagar, hijo de Satanás”, que honestamente no me tomaba muy a título personal porque siempre parecía estar mirando en lontananza cuando soltaba tan enternecedoras frases, así estuviésemos encerrados en el camarote.

En cuanto bajamos a la bodega, le serví la usual copita de vodka con la que conseguía serenarlo un poco y esto nos llevó a una borrachera espectacular sobre la que prefiero no abundar en detalles. Sólo diré que, al despuntar el alba, cuando despertamos ambos sobre una pequeña isla de hielo a la que tuvieron que ir a recogernos varios marinos, Víctor ya era otro. Al parecer le estaba haciendo falta un desahogo de ese tipo porque fue capaz de hablar sin levantar la voz y sin dirigirse a un ente imaginario al que evidentemente quería estrangular y apuñalar y hervir en aceite, por decir lo menos.

En cuanto recuperamos la sensibilidad en nuestras extremidades y el azul de nuestras mejillas fue poco a poco mermando en favor de un rosáceo púrpura término medio (gracias a que el cocinero nos puso prácticamente encima del fogón y nos compartió algo de sopa) Frankenstein mismo comenzó a hablar. Por cuenta propia y sin que hubiera presión sobre él de ningún tipo.

“Mi estimado capitán… creo que mi descortesía ha rebasado todos los límites, y creo que es menester compensarle.”

“No se preocupe, Frankenstein. Entiendo que algún espantoso rencor le nubla la razón. Sólo dígame un par de cosas.”

“Con gusto.”

“¿Es verdad lo de la enorme fortuna? Porque mire que los hombres de esta expedición no toman muy bien las bromas de ese tipo.”

“Es tan cierto como que el sol sale todos los días.”

Al instante se dio cuenta de que en esas latitudes su refrán no cobraba mucho sentido. Y se rectificó al instante:

“Bueno, usted me entiende, Walton.”

“Y la segunda… ¿sería mucho pedir que me contara —resumidamente, claro— qué es lo que lo tiene en tal estado de obsesión con ése al que llama monstruo?”

Por un momento pensé que lo perdíamos nuevamente tan sólo por haber mencionado a su némesis. Pero, afortunadamente, se contuvo. Aunque le empezó a salir humo por las orejas, fue sólo un instante y hasta le convino el arrebato pues su piel empezó a parecer piel de nueva cuenta.

“Me parece que se lo debo, capitán.”

“Muchas gracias. Algo breve, nada más. Sólo para matar el tiempo mientras terminamos la sopa.”

“Delo por hecho.”

Y esto, querida Margaret, una vez que extrajo un maltrecho papel doblado de la bolsa de su pantalón, fue exactamente lo que me contó:

¡Cuánto desearía, en verdad, poder hablar de mi vida en otros términos! ¡Cuánto desearía, lo juro por todo cuanto es sagrado, poder decir que tuve un nacimiento, una infancia, una vida escolar y adulta como todo el mundo! ¡Cuánto quisiera poder decir que me casé, tuve hijos, pagué una hipoteca… me enemisté con mis vecinos por hacer fiestas ruidosas… odié a mi jefe en secreto… en fin, todo lo que compete a una persona común y corriente, con una vida común y corriente y cuyo único anhelo es ser feliz y poder retirarse algún día con una pensión digna! Pero eso me es imposible por el simple hecho de que NO soy una persona común y corriente. De hecho, ni siquiera estoy seguro de ser una persona. No me mire así, Walton, porque tengo razones muy poderosas para pensar de este modo. De hecho, es muy probable que usted tampoco sea una persona. Oh… no, no estoy desvariando. Se lo juro. Todo obedece al simple hecho de que yo, a diferencia suya, adquirí hace tiempo una supraconciencia en torno a mi condición real que está, por decir lo menos, de VERDADERO ESPANTO. Una especie de maldición, de anatema, de enfermedad… que me permite verme como EN REALIDAD soy. Y eso es de lo que trata todo este asunto.

¿A qué me refiero exactamente, Walton? Le parecerá una locura, pero le juro que es cierto. Y todo tiene que ver con estas lastimeras hojas de papel que me acompañan a todos lados.

Con toda franqueza… y para acabar pronto, no soy más que un monstruo. Al igual que usted. Y el lugarteniente. Y el cocinero. Y los otros marinos. Y… Oh, no me vea así, Walton, que sé de lo que hablo. Y usted, amigo cocinero, baje el cuchillo, no se lo tome personal. He aquí la explicación.

Ni usted ni yo ni los otros somos personas de carne y hueso.

No es necesario que se palpe el cuerpo. La explicación sigue otro camino.

En realidad, a lo que me refiero, es que no somos más que las creaciones de una mente que nos gobierna. No somos más que ideas. Destellos de ocurrencia. Criaturas de artificio, producto de la inspiración humana, hijos de un ser imperfecto y falaz y no de un ente divino. En resumen…

Somos personajes.

Oh. Distingo en sus ojos esa chispa de descubrimiento que también nació en mí. ¿Ha sentido, en algún momento de su vida, que debe conducir sus actos en cierta dirección, muy a su pesar? ¿Ha sentido, en una o varias circunstancias, que no es su voluntad la que lo guía sino alguna inexplicable necesidad por cumplir con un mandato? Pues bien… si así ha sido, créame… eso se debe a la simplísima razón de que, en efecto, está usted siendo manipulado, impersonado, obligado… a llevar a cabo algo que cumple un fin último: contar una historia.

Eso. Contar una historia.

Un cuento. Un relato en el que estamos usted y yo involucrados… hasta las últimas consecuencias.

Como lo escucha.

No obstante… hay una diferencia de enorme importancia entre usted y yo, como personajes. Y esa diferencia, mi estimado capitán Walton, es la que nos hace completamente disímiles.

La diferencia son estas hojas de papel a punto de desin­tegrarse.

¿Por qué?

Bien… pues porque en ellas está el trazo de mi destino.

Me place que no le cause ningún tipo de divertimento esta aseveración tan trágica. Debo admitir que lo pensé mucho para titularla de ese modo. ¿Lo ve? ¿Aquí arriba, en el primer folio? Tal cual. “El trazo del… umh… bueno… desAtino”. No se fije en la alteración que ha sufrido la palabra destino. Ya le explicaré.

Trágico, ¿no?

Pero cierto. Déjeme contarle cómo fue que adquirí esta supraconciencia, metaconciencia o, para no embrollarnos tanto con los sufijos, conciencia de que no soy más que una marioneta, un juguete, un actor citando parlamentos.

Quisiera poder decir que fue a raíz de una desenfrenada noche de láudano y enervantes. O después de haberme caído de cabeza en la escalera. O quizás, al cabo de haber sido alcanzado por un rayo. Pero la verdad es que no fue así. Sólo sé que un día, repentinamente, me vi viajando en una diligencia con dirección a Ingolstadt y tuve esta noción precisa de quién era yo y para qué exactamente había sido llamado a este mundo. Supe, más que recordé, lo que tenía que hacer con mi existencia. ¡Fue como si alguien hubiese implantado en mi memoria todo el plan de vida que estaba obligado a ejecutar!

¡Trágico!

¡Y espeluznante!

Pero también…

¡Formidable!

¡Impresionante!

Del mismo modo que un buen músico conoce de memoria la partitura de la obra que ha de tocar, así tuve yo, repentinamente dentro de mí, la noción imperiosa de la ruta que debía seguir para concretar mi proyecto de realización humana. ¡Y fue estupendo! ¡Maravilloso!

¡Formidable!

¡Estaba llamado a conseguir la fama y la gloria de un solo nombre!

¡MI nombre!

¡Y eso me hizo sentir, acaso por vez primera, verdaderamente vivo!

Oh. Veo que esto también le hace destellar la mirada. Tal vez también haya usted sentido que no hay otra cosa que mueva con mayor fuerza las fibras internas de nosotros los seres humanos: conseguir un sitio en los anales de la historia universal, hacerse de la posibilidad de ser nombrado entre los grandes benefactores del planeta.

No sé cómo ocurrió, pero estaba tan claro para mí que tenía que conducir mi vida siguiendo ese nuevo derrotero, que lo escribí todo en estas hojas. El trazo de mi destino. Mi misión de vida. ¡Mi propósito real de existir!

¿Y quiere que le diga cuál es el motivo que enciende mi llama interior?

Tal vez no sea el más altruista. NI el más filantrópico. Pero es un buen motivo, créame.

¿Está usted listo?

Aquí no vendrían mal unos cuantos rayos y truenos, de esos que hacen sacudir las ventanas en una buena noche de tormenta, amigo mío.

¿Por qué?

Bien. Pues porque la iluminación que tuve fue ésta:

Mi nombre, Frankenstein, está destinado a ser el emblema, el signo, la divisa… de todo lo que es terrorífico, espeluznante y tenebroso en el mundo.

¡Sí! ¡Rayos y truenos y tal vez un grito aterrador aquí, si son tan amables!

Ummh…

Ahora le causa a usted un poco de sorna esta afirmación, puedo notarlo. Pero le juro que es verdad.

Vendrán tiempos en que la gente diga “Frankenstein” y será como si dijeran “vampiro”, “bruja”, “esqueleto”.

Ummh…

Creo que esto es justo lo que suelen llamar “un silencio incómodo”, ¿no es así?

Como sea.

Esa misma visión que me acometió en el viaje a Ingolstadt me mostró un feliz tiempo futuro en el que los hombres de todo el mundo dedicarán una noche al año a lo oscuro y sobrenatural. Y no será mal visto, créame, que durante esa noche las personas se regocijen en las brujas, los diablos, los espectros y los hombres lobo. Escuche bien, Walton, esa revelación me mostró que, junto con la pléyade de criaturas siniestras, alguien dirá “Frankenstein” y el solo nombre reptará hasta la cumbre de tan singular catálogo. ¡Y será igual para todos en todo el mundo! Frankenstein, sinónimo de lo terrible y lo monstruoso y lo gozoso… (Sí, escuchó usted bien, lo gozoso; tal vez no esté de más contar que en esa misma noche del futuro veo a niños pidiendo golosinas de puerta en puerta, pero es una parte del desvarío que no alcanzo a comprender mucho, a decir verdad.)

Ya, ya sé que no parece un logro como para ponerse al lado de Newton y Lavoisier.

¿Ser relacionado con lo tétrico y lo siniestro? Comprendo que pueda parecer contraproducente, pero bueno, si se lo piensa uno con frialdad, no deja de ser una gran aportación al patrimonio intangible de la humanidad. ¿Qué posibilidades tendría el día si no existiera la noche? ¿Qué de virtuoso habría en los ángeles si no existiesen los demonios?

Sin el contrapeso en la balanza que ofrece la maldad, ¿la bondad brillaría con luz propia?

No me lo tome a mal, Walton, pero es algo que estoy seguro que usted también desearía para sí mismo. Imaginemos que en algún lugar de ese mismo futuro existiese una bola de cristal que buscara por el mundo los referentes a una sola palabra. (Y no sé por qué, tal vez gracias a mi metaconciencia, me imagino una letra “G” y varias letras “o” de colores sobre un fondo blanco formando una palabra que rima con Schnauzer; no, espere, con Terrier; no, con Poodle.) En fin. Si yo susurrase la palabra “Frankenstein” a dicha bola de cristal, aparecería la imagen de un ente maligno perfectamente arraigado en la imaginería popular (y tal vez algún niño con la cara verde, de acuerdo). En cambio, si susurrara la palabra “Walton” al mismo artificio, aparecería, con suerte, la fachada de un mercado de legumbres.

¿Qué le parece, pues, mejor?

¿El niño o las legumbres?

De acuerdo. Estoy perdiendo el punto.

Lo cierto es que, fuera o no un buen derrotero a seguir, era MI derrotero. MI camino. MI destino. Y comprendí, sin posibilidad de renuncia, que lo que tenía que hacer era ceñirme a él para poder dar sentido a mi existencia.

(Y conquistar —ejem— la fama y la gloria, ya que estamos.)

Comprendí entonces que, aunque la sola aparición de una cucaracha me hace subir con todo y zapatos a la mesa, no tenía alternativa. ¿Cuántos personajes tienen la indecible y maravillosa oportunidad de saber con antelación aquello para lo que fueron creados? ¿Cuántos de los hijos del creador, sea éste humano o divino, cuentan con un mapa de su vida para no errar en la consecución de su fin último? Ninguno. Sólo yo. Y por eso decidí, desde ese momento en la diligencia a Ingolstadt, cuando lo escribí todo, que no cejaría hasta llegar al último capítulo de mi vida. Que no me rendiría así me costara el postrer latido de mi corazón. De ahí que me tatuara aquí, debajo del brazo izquierdo, esta leyenda:

FATUM FATIS EGO PEREA

“Hágase el destino, aunque yo perezca”

Bonito, ¿no? Y sólo me costó dos táleros. Me lo hice el mismo día que llegué a Ingolstadt, ebrio de entusiasmo por mi recién descubierta empresa.

Así que ésa es la justificación de todo lo que me ha traído hasta aquí, querido amigo.

Eche un ojo a lo que llamé “El trazo del destino”, que no es otra cosa que la sinopsis de la novela de mi vida (que, en un desplante de arrogancia, imaginé que podría llamarse “Frankenstein”, tal vez con un título adicional con alusión a los griegos, algo así como: “El Sísifo de Ginebra” o acaso “El Apolo incidental”). También deberá disculpar que hable de mí en tercera persona, pero sentí que así es como lo había implantado en mi mente el creador, el autor, el gran titiritero.

He ahí el plan que (Dios es mi testigo (o quien quiera que lo esté suplantando)), intenté con todas mis fuerzas llevar a cabo.

Capítulo 1

Víctor Frankenstein narra su infancia como ginebrino y su rutina familiar, en extremo apacible. Con él viven sus padres, sus hermanos William y Ernest, más chicos que él, y su prima Eliz…

“¡Hey! ¡No tan de prisa, Frankenstein! ¿En verdad espera que crea todo ese desvarío? ¿Personajes? ¿El trazo del destino? ¿Productos de la mente de algún ser falible?”

“Crea lo que quiera, Walton, yo sólo justifico lo que está usted a punto de escuchar de mi boca. Y lo que me ha traído hasta este punto.”

“No digo que antes yo mismo no me haya sentido como si fuese otro el que dirigiese mis pasos… pero de eso a no existir…”

“Nunca dije que no existiéramos. Sólo que de distinta ma… ¡Ouch! ¿Por qué hizo eso?”

“¿Qué tan real sintió ese mamporro?”

“Acaso tan real como éste.”

“¡Ooouch! ¡No tenía que hacer eso! Yo estaba intentando demostrar un punto.”

“Da igual. Últimamente me he vuelto muy vengativo.”

“Déjeme ver esas hojas de las que tanto habla.”

“Aquí tiene.”

“‘…el horror que siente al ver a la criatura actuar por sí misma…’ ‘…recibe una carta terrible…’ ‘…se sume en la depresión pues se siente culpable…’ Dígame una cosa, Frankenstein. ¿Qué necesidad tenía, en verdad, de intentar seguir este guion? ¿Por qué no quedarse en su casa tomando el té y leyendo novelas? ¿Qué necesidad de enfrentarse al horror y al sufrimiento pudiendo ser feliz de la manera más común y más corriente?”

“¿Qué necesidad tenía usted de embarcarse hacia el Polo Norte, Walton?”

“No estamos hablando de mí.”

“Para el caso es lo mismo. No se trata sólo de fama o fortuna. ¿Cree que no le di miles de vueltas en mi cabeza? Es como una especie de deuda con el género humano. Porque el mundo no sería el mismo sin un Frankenstein, igual que no sería el mismo sin un Mozart.”

“Ehhh… no quiero parecer pesado pero me parece excesiva su comparación.”

“¿Qué habría pasado si el pequeño Wolfgang, en vez de practicar todos los días el piano, se hubiese dedicado a corretear por los jardines? Seguramente habría sido un niño feliz. Y luego un adulto feliz. Y un abuelo lleno de nietos. Acaso habría muerto a los ochenta años y no a los treinta y cinco. Pero ni hablar de que el mundo contase con La flauta mágica o la sinfonía Júpiter. Si Mozart hubiese preferido el té y las novelas y la plácida contemplación de la existencia, el mundo escucharía ‘Mozart’ y no pensaría en el mayor genio musical de todos los tiempos sino, acaso, en algún zapatero austriaco. Si yo no hubiese intentado seguir el trazo de mi destino, la gente escucharía ‘Frankenstein’ y pensaría, tal vez, en algún despacho de abogados suizos, y no en una de las piezas más significativas del terror fantástico.”

“Entiendo su punto pero… ¿por qué cree que tuvo, repentinamente, esta extraña revelación, este asombroso despertar de la conciencia?”

“No tengo la menor idea.”

“Pero alguna hipótesis habrá usted trabajado durante todo este tiempo, dado que, según indica, estas hojas no son el producto de una noche desenfrenada de láudano y narguilé.”

“Creo, ya que lo pregunta, que todos los personajes estamos predestinados a existir. Así el Quijote y Gulliver. Así usted y yo. Y que vamos adquiriendo forma en la mente de nuestros creadores poco a poco, con rasgos físicos y trama y conflicto y aventura y romance… incluso sin que ellos se den cuenta.”

“O sin que ellas se den cuenta.”

“¿Perdón?”

“Ellas. También podríamos ser el producto de una mente femenina. A mí me gustaría eso. Siempre he creído que si mi hermana Margaret escribiera un relato de terror, pondría verdaderamente los pelos de punta.”

“Me da gusto que lo mencione así porque, ahora que me escuche, verá que yo creo conocer el nombre de quien me ha soñado, pensado, dado forma. Y es una ella.”

“¿Usted cree, Frankenstein, que en el futuro si alguien dice Walton piense en el mejor de los expedicionarios ingleses y no en el fundador de una tienda de nabos y alcachofas?”

“Todo puede ser, Walton. Todo puede ser. Bueno. Como le decía…”

Capítulo 1

(Ahora sí)

Víctor Frankenstein narra su infancia como ginebrino y su rutina familiar, en extremo apacible. Con él viven sus padres, sus hermanos William y Ernest, más chicos que él, y su prima Elizabeth, a quien acogieron en la casa cuando la madre de ella, quien era hermana del señor Alphonse Frankenstein, murió. Habla Víctor también de su buen amigo Henry Clerval, quien estuvo presente en su vida desde pequeño y siempre fue muy leal.


Antes pongamos una cosa en claro. Es éste un relato de horror. En él ocurren cosas espantosas. La gente muere, hay venganza y más venganza. Se transgreden las leyes de la naturaleza. Y, por supuesto, no tiene un final feliz, así que vale la pena la advertencia por si algún día todo esto que digo es escrito en papel y alguien lo lee en una noche de tormenta.

Dicho esto…

Mi nombre es Víctor Frankenstein y soy ginebrino de nacimiento. Mi padre, por cierto, siempre ha ocupado cargos públicos, lo cual no sé si se pueda contar como algo bueno. Aun antes de que yo naciera, ya se había hecho magistrado. Y según palabras de mi madre es gracias a ello que los Frankenstein pudieron levantar cabeza, pues antes de eso, no había modo de que el no tan achispado Alphonse diera pie con bola. De hecho, las palabras exactas de mi madre fueron: “De tinterillo a juez, ¡quién lo diría! ¡Sólo espero que no arruines esto como lo arruinas todo!”.

Aparentemente el amigo del amigo de algún conocido de mi padre tenía un cargo importante y se requirió un magistrado de último minuto (un asunto de copas o algo así donde se vio involucrado un juez que no pudo llegar a los tribunales por estar roncando en el piso de alguna taberna). Mi padre pasaba por ahí y tengo entendido que le sentó muy bien la peluca rizada. En menos de tres horas ya había despachado más de diez casos, lo cual es una clase de récord. Según mi madre, el no tan achispado Alphonse Frankenstein se dio cuenta bastante pronto de lo fácil que era distinguir hacia dónde convenía inclinar la balanza de la justicia, pues de acuerdo al fallo era la recompensa que obtenía posteriormente en un sobre cerrado bajo la superficie de la mesa de alguna taberna (donde más de una vez chocó un vaso de cerveza alemana con el agradecido demandante (o demandado, dependiendo del caso)) y donde acaso también lo sorprendió el sueño, como aquel legendario juez al que suplió originalmente.

Cuando vine al mundo, Alphonse Frankenstein ya tenía su buen prestigio, así que puedo decir con gran satisfacción que no me hizo falta nada y que inicié mi vida con una primera infancia en forma bastante tranquila y acomodada. Aunque mi madre no era demasiado aficionada a la maternidad, y eso lo supe desde aquel día que me olvidó en las carreras de caballos, puedo decir que me quería y que no es cierto que volvió a las taquillas del hipódromo a reclamar el bulto que lloraba por su leche sólo porque también hubiese olvidado el paraguas a un lado… y el bolso con los treinta francos que ganó apostando ese día… y el boleto de la diligencia, por cierto.

También vale la pena contar que fui un niño que no necesitaba de grandes cuidados. Mi padre volvía de los juzgados sin reparar mucho en mí (de hecho, por una buena cantidad de años se refirió a mí como “el niño”). Y mi madre confiaba ciegamente en la nana que me cambiaba el pañal y me daba el biberón (siempre que no estuviese enfrascada en alguna novelita rosa de despechos y traiciones). Así que me acostumbré a no ser el centro de atención desde muy temprana edad. Incluso creo que es justo decir que comprendí bastante pronto que, en días en los que todos los adultos estaban en sus propios asuntos, lo único que me podía salvar de la inanición era la osadía: es decir, ingeniármelas para gatear y escalar hasta el frasco de miel y las galletas.

Fue cuando yo tenía seis años, aproximadamente, cuando llegó el primero de mis hermanos a la casa. Ernest también se habituó bastante pronto a la ausencia de atenciones. Cuando mi padre al fin se aprendió mi nombre, se percató de la llegada de un segundo y tuvo que llamarlo “el otro niño”. Mi madre seguía con su compulsión por el juego y, aunque a mí nunca me perdió a las cartas, a Ernest sí, un par de veces. En su descargo diré que siempre lo recuperó con alguna buena tercia de reyes. La nana, por su parte, no dejaba que Ernest se marinara tanto en sus propios jugos como hizo conmigo (acaso porque yo no tenía un hermano mayor que fuera a decirle, tirando un poco de la novelita que estuviese leyendo en ese momento, “¡Nana, tal vez el bebé ya murió porque huele peor que un muerto!”). También conviene contar que Ernest aprendió a hablar de un solo golpe. Tenía cuatro años. Todos creíamos que era idiota porque en verdad que no decía ni papa. La vida se le pasaba contemplándolo todo sin abrir la boca, lo cual resultaba un poco siniestro si he de ser completamente honesto. Pero a la edad de cuatro años, un cochero le agarró los dedos con la portezuela del carruaje; jamás escuché decir a nadie tantas groserías juntas en mi vida. A partir de entonces empezó a hablar con fluidez. O al menos contestaba con monosílabos y no con movimientos de cabeza, que ya era bastante.

Finalmente, llegó el pequeño William, y justo al momento en que mi padre empezó a llamar a Ernest por su nombre. Lo curioso es que a este tercer retoño sí lo reconoció enseguida como hijo suyo; tanto, que lo presumió en el club de abogados desde el primer día. Acaso tuviera algo que ver que William era como un querubín sacado a la fuerza de un cuadro renacentista. Rubio y de mejillas sonrosadas, era un niño Jesús de estampa navideña… con la sutil excepción del carácter con el que había nacido. A diferencia de sus dos hermanos, que aprendieron que en la casa Frankenstein había que buscar el sustento por los propios medios so pena de morir de hambre, William decidió que con él vendría la emancipación. Era llorón como el mismísimo Satanás (palabras de mi madre). Y demandante. Y exigente. Y caprichoso. Y berrinchudo. Y displicente. Y la mismísima piel de Judas (palabras de la nana).

Para cuando William ya gateaba, aunque no al anaquel de la miel y las galletas sino al arcón de las joyas de mi madre, yo ya tenía mis buenos doce años. Y fue justo a los pocos días de mi cumpleaños cuando ocurrió lo que yo creí que sería el verdadero motor de mi existencia, mi única razón para existir.

De hecho, hay momentos en que aún lo creo. O no estaría aquí contándoles esto.

Recuerdo que era jueves porque los jueves siempre me iba a ver mi querido amigo Henry Clerval. Por la puerta de entrada a la casa cruzó la criatura más hermosa que jamás pisó la faz de la Tierra. Una chica de mi edad con los ojos color violeta más bellos que yo hubiese visto en mi corta vida, unos cabellos tremendamente negros y un vestido largo de raso con holanes en los puños y en el cuello que la hacía parecer una especie de princesa de la noche. Detrás de ella venían mi padre y un par de sujetos que, después de depositar un enorme baúl al centro de la estancia, cobraron una propina y se marcharon. Dicho baúl sintetizaba la felicidad más grande pues implicaba que esa hermosa chica que acababa de entrar se quedaría a vivir con nosotros. ¿Que cómo lo sabía? Pues porque mi papá lo había anticipado ese mismo día, antes de ir por ella. Había sentenciado, en la mesa del desayuno, algo así como: “¡Maldita monserga, mujer! ¡Mi hermana murió y ahora tengo que encargarme de sus cosas! ¡Lo cual no tendría nada de malo si no fuese porque sólo dejó deudas!”, y luego de dar una larga fumada a su pipa, añadió: “Ah, y una niña que muy probablemente comerá como el demonio de la gula y me llevará a la ruina”.

Bien, pues esa niña acababa de traspasar la puerta, dejándome completamente idiotizado. En cuanto estuvo dentro, se desató el sombrero que llevaba y lo arrojó sobre un sofá con furia.

—¡Esto no puede quedarse así! ¡Mi padre las pagará! —refunfuñó. Y corrió hacia las habitaciones del piso superior.

En ese momento, Henry Clerval y yo nos enteramos: esa chica que ahora llegaba había sido echada a la calle por su padre en cuanto su madre murió. No es que literalmente la hubiese puesto a pedir limosna en la banqueta, pero poco le faltó. En cuanto mi tía falleció, el cuñado de mi padre se puso en contacto con él para decirle que tenía pensado volver a casarse… y una niña de doce años en el panorama no encajaba muy bien en sus futuros planes de conquista. Entre esa noticia y la amenaza velada de hablar con la prensa para contarles que el famoso juez Frankenstein no quería velar por su propia sobrina, mi padre terminó cediendo a las presiones del viudo y se quedó con la niña.

Esta noticia llegó, por cierto, de boca de la pequeña Justine Moritz, quien en ese momento compartía la estancia conmigo y con mi gran amigo Henry Clerval.

Justine Moritz era una niña, ella sí literalmente recogida de la calle, que vivía con nosotros y que hacía labores de criada. Probablemente se hubiese encendido cierta luz en sus ojos al contar la historia de Elizabeth, la chica que acababa de llegar, porque apreció alguna similitud con su propia historia. En su caso, ocurrió que cuando murió su propio padre, su madre, que era bastante pobre, la echó a la calle porque le tenía tremenda ojeriza (y seguramente para ahorrarse unos centavos pues ya tenía otras tres bocas que alimentar). Un día se le pegó a mi madre como un perrito faldero y, no sé si por caridad o por distracción, Justine terminó quedándose con nosotros. Fue como al cuarto o quinto día que alguien reparó en ella, creo que fue la nana. Justine cocinó y sirvió el desayuno y lavó la vajilla y la ropa y tendió las camas sin que nadie se lo pidiera. A todo el mundo le pareció bien, aunque desde luego más a la nana, quien de pronto se vio con muy pocas cosas que hacer y muchos libros que leer. Y Justine se quedó. Era una chica escuálida de ojos grandes y cabello escurrido, tremendamente servicial, que no me quitaba la vista de encima casi nunca, lo cual era un poco siniestro, si he de ser completamente honesto.

Yo y mi gran amigo Henry Clerval estábamos dibujando sobre la alfombra cuando Elizabeth ya había subido como un torbellino y Justine nos había dado el reporte entero.

—Me da un poco de pena, la señorita Elizabeth. ¡Despreciada por su padre de esa manera! ¡Espantosa tragedia! ¡Mundo terrible este en el que vivimos! —dijo Justine, mordiéndose la punta del dedo pulgar, una manía muy suya.

Luego se soltó diciendo no sé qué tantas cosas de lo triste que era algo como eso cuando, para mí, el tiempo se había detenido alrededor del sonido que formaba la palabra Elizabeth. Henry Clerval, mi gran amigo, seguía dibujando espectros y castillos, su pasatiempo favorito. Mis hermanos estaban en algún lugar del mundo, seguramente juntos, pues se habían vuelto inseparables (o cómplices en el crimen, sería una forma más precisa de describir su relación). Mi padre pagaba a regañadientes la diligencia que los había llevado a él y a Elizabeth. Mi madre jugaba baraja en casa de alguna amiga o ruleta en algún casino. La nana dormía o leía. Pero yo, con los ojos de Justine puestos en mí y su voz rondándome la cabeza, subí al piso superior flotando entre nubes, como hipnotizado, decidido a no dejar ir lo que yo creí que sería el verdadero motor de mi existencia, mi única razón para existir.

De hecho, hay momentos en los que… bueno, creo que ya lo mencioné.


Elizabeth se encontraba en mi habitación, echada sobre mi cama, de cara hacia mi almohada. Golpeaba con ambos puños mi colchón, haciendo una especie de rabieta.

Mi corazón se disparó en cientos de miles de latidos por minuto.

—Eh… hola —dije—. Bienve…

Al instante ella volteó. Se puso de pie y se plantó frente a mí.

—¿Cómo te llamas?

—Víctor.

—Víctor… peleemos.

—¿Qué dices?

—Si no golpeo a alguien, moriré.

Se puso en guardia, con ambos puños frente a mí. Y yo no supe qué otra cosa hacer. Es justo decir que fue la primera pelea de mi vida. Ojalá hubiera podido devolver un solo golpe. Elizabeth me sometió casi enseguida. Cuando mi gran amigo Henry Clerval subió para preguntarme qué hacía, me encontró bocabajo, con mi prima sobre mí, tirando de mis cabellos, preguntándome si me rendía. En ese momento nadie sabía aún que yo ya me había rendido a ella desde el primer segundo que la vi entrar en nuestra casa y hasta el momento exacto en que ocurre este relato.

Capítulo 2

Aun a corta edad, impresionan a Víctor algunas lecturas a las que llega en un viaje y que sugieren la posibilidad de la piedra filosofal, el elíxir de la vida y la invocación de fantasmas y demonios, así que hace intentos infructuosos por conseguir reproducir estos fenómenos. A los catorce años descubre la electricidad y se fascina con ella, así que abandona su afición por la alquimia, cambiándola por la ciencia. Henry Clerval comparte su repentino interés por instruirse.


Con la llegada de Elizabeth todo empezó a adquirir matices definitivos de locura en nuestra casa. Aun antes de que ella atravesara aquella puerta, mis hermanos ya estaban todo el tiempo fraguando travesuras que, vistas fríamente, pasaban por delitos en forma. Ernest solamente obedecía a William, la mayoría de las veces sin decir una sola palabra; y William no dejaba de aguzar el ingenio para poner en marcha planes en verdad diabólicos. En una ocasión llegaron a la casa con una piara de veinte cerdos que robaron Dios sabe de dónde; en otra, fueron remitidos a casa desde Salzburgo en un paquete postal de la policía con la advertencia de “Manéjese con cuidado”; en una más, los fue a buscar un hombre armado lleno de tatuajes para darles un ultimátum de pago. Con todo, puesto que ninguno de los adultos parecía perder el sueño por esto, yo tampoco lo hice nunca, aunque William todavía usara pañal y Ernest aún necesitara ayuda para atarse las agujetas. Finalmente, papá estaba haciendo “negocios” todo el tiempo (juro que así llamaba a todas las causas que le correspondía sentenciar), mamá siempre estaba ganando dinero o perdiendo dinero en algún juego de azar y Elizabeth dando cauce a su ira de las maneras más extravagantes posibles: ejercitando sus músculos, peleando conmigo, corriendo por toda Ginebra, peleando conmigo, nadando en el lago o el río y… ¿ya lo dije?… peleando conmigo.

No obstante, cuando estábamos todos juntos, sí que parecíamos una verdadera familia. Por ejemplo, pongamos ese paseo que hicimos todos, incluido mi querido amigo Henry Clerval, a los baños de Thonon y que marcó un hito en mi infancia.

—Tú sabes que lo mío no es asolearme con el torso desnudo frente a un montón de extraños —dijo Henry en cuanto lo invité.

En ese entonces mi gran amigo Henry Clerval ya había sofisticado su gusto por lo sobrenatural suscribiéndose a una revista inglesa llamada Phenomenon que publicaba casos extraordinarios de todo tipo de sucesos que atentaban contra la realidad (y la cordura). Fantasmas, brujas, objetos voladores en el cielo en forma de salseras… Recuerdo que estaba leyendo sobre una lluvia de sapos que había caído en Francia a principios del siglo dieciocho y debido a la cual tuvieron que cancelar una ejecución pública (por mal clima, se entiende).

Apenas si me escuchó cuando volví a invitarlo. Lo cierto es que mi querido amigo ya había empezado a obsesionarse con la “Real Sociedad Universal del Estudio de Fenómenos Extraordinarios” con sede en Londres, a partir de la compra de esos fascículos llenos de curiosidades increíbles.

Pero era mi gran amigo y siempre me acompañaba adonde yo se lo pidiera.

—Te pagaré si me acompañas, Henry.

—¿Cuánto?

—Necesito revisar mis ahorros.

—Insisto en que eso de los balnearios no es lo mío. Podría contarte una vez que casi muero ahogado. Considéralo al hacer tu oferta.

—Tal vez puedas darme crédito, como siempre. Siento que es mi gran oportunidad para estar a solas con Elizabeth. Y tú podrías montar guardia.

Mi gran amigo leía sobre la combustión espontánea de un burócrata en Roma mientras demandaba un aumento de sueldo. La nota decía “Acalorado discurso termina con su orador”. Apenas levantó la mirada.

—¿Estás loco, Frankenstein? ¡Vives con ella! ¿No tienes oportunidad aquí mismo, en tu casa, de estar a solas con ella?

—El ambiente no es propicio, Henry. En cambio allá… tú sabes…

Terminó por aceptar. Aunque, al igual que otras tantas veces, anotó el monto en su libretita bajo el título “Favores a V. F.”

Y hablando de deudas…

Después me enteré que el paseo al balneario fue propiciado por mi padre debido a una deuda que adquirió mi madre en el casino del hotel de ese centro vacacional: una noche enloqueció y apostó todo al trece negro, con funestas consecuencias. Mi padre, al fin magistrado, iba a negociar el préstamo y tal vez condonar algunas querellas legales a los prestamistas con tal de no pagar intereses moratorios.

Salimos en una sola diligencia. Cuando íbamos hacia allá, justo al momento de abordar el coche, cualquiera hubiera podido creer que éramos una familia de tantas. Pero hubieran bastado unos cuantos minutos al interior con nosotros para desengañarse.

—¿Se puede saber qué demonios haces, William? —mi madre.

—¿Poiqué? —William.

—¿No es acaso tu mano la que está hurgando dentro de mi bolso? —mi madre.

—¿Poiqué no mías poi la ventana como cualquiei peisona noimal, mujei? —William.

—¿”Poiqué no simplemente te dueimes como cualquiei niño noimal, bebé”? —mi madre.

—¿No hace un calor horrendo aquí? —Elizabeth.

—Tal vez podría intentar abrir la ventana —yo.

—… … … —Ernest.

—Tal vez podría abanicarte con algo —yo, después de fracasar al intentar abrir la ventana.

—¡Devuélveme mi revista, Frankenstein! —Henry.

—Apuesto a que podría quebrarte un dedo si me lo propusiera —Elizabeth.

—Je… apuesto que sí pero… no veo la necesidad de… —yo.

—¿Por qué no simplemente le dices que no te fastidie? ¿Eres un hombre o un bufón? —mi padre.

—Está jugando, papá… ella sólo… ¡Ooouch! —yo, al sentir cómo un cartílago cede a una presión tremenda.

—… … … —Ernest.

—William, te lo digo por última vez… —mi madre.

—¿Sabían que en el Himalaya hay gente peluda de cinco metros de estatura? —Henry.

—Estoy bien. En serio. Estoy bien —yo, preguntándome si recuperaré la movilidad en el índice izquierdo.

—Mía paia afueia, mujei… —William.

—Oh, si apenas te apreté… —Elizabeth.

—¡Cinco metros de estatura! —Henry.

—Espero que no nos toque un clima de los mil demonios. Ya bastante caro me está saliendo el paseíto —mi padre.

—Justine, deja de mirarme, por Dios —yo.

—Lo siento, Frankie —Justine.

—Y no me digas Frankie —yo.

—¿Podrían bajar la voz? No puede una leer simplemente sin ser interrumpida cada cinco segundos? —la nana.

—… … … —Ernest.

—¡En verdad, qué horrendo calor hace aquí! —Elizabeth.

Para abreviar, diré que el balneario nos recibió con un clima de los mil demonios, así que no pudimos salir de la habitación. Mis intenciones de estar a solas con Elizabeth se vieron totalmente arruinadas por largas sesiones de juegos de naipes en los que mi madre no dejaba de hacer mofa de nosotros cuando ganaba y de amenazar con vendernos a los gitanos cuando perdía. Yo aproveché un interludio para echar ojo a algunos libros que había en la habitación.

A decir verdad, fue en ese momento cuando comencé a sentir que podía encenderse en mi pecho una llama que, aunque distinta, podía ser de la misma naturaleza y magnitud que la que se había encendido cuando conocí a Elizabeth. Fue un primer atisbo de aquello a lo que dedicaría, en realidad, mi vida.

Entre los libros estaba el De occulta philosophia de Cornelio Agripa y otros libros sobre ocultismo que seguramente habría olvidado algún huésped. Quedé inmediatamente encantado. Recuerdo que, pese a mis tres dedos inmovilizados (Elizabeth se aburría mucho en la diligencia), pude leer el libro de lomo a lomo casi sin respiro y sin pedir que me echaran la mano para pasar las páginas. Recuerdo que mi mejor compañía durante aquella noche fue ese libro de Agripa y una vela mortecina. Y acaso la mirada de Justine Moritz, que más de una vez me hizo saltar de mi sitio.

—¡Maldita sea, Justine! ¿Cuánto llevas ahí de pie?

—Lo siento, Frankie.

Me fascinaron las posibilidades de adivinación y transformación de la materia que venían descritas en los libros. Lo suficiente, al menos, como para hurtar dichos volúmenes y llevarlos conmigo a casa cuando dejamos el hotel al día siguiente (lo cual no me causó culpa alguna si consideramos que mis padres cargaron con las toallas, los jabones y un tapete que hasta hubo que enrollar y arrojar por la ventana; William y Ernest, por su parte, un candil entero).

El regreso a Ginebra fue mucho más sencillo (a pesar de tener que compartir espacio con un tapete y un candil), seguramente porque me embebí en la lectura de los libros. Elizabeth se entretuvo jugando a las vencidas con todos, incluso el cochero, y el resto mirando por la ventana (con la excepción de mi madre, quien temía por el dinero que llevaba en la bolsa). Mi gran amigo Henry Clerval y yo al fin comenzamos a compartir un punto de contacto, los dos sumergidos de lleno en nuestras lecturas.

—¿Quieres decir que se puede predecir el futuro de una persona leyendo las líneas de su frente, Frankenstein? ¡No me hagas reír! —Henry.

—Se llama metopomancia, Henry. Y estoy dispuesto a aprenderla y ponerla en práctica —yo.

—¡En mi vida había oído mayores estupideces! —mi padre.

—¿Podrían guardar silencio por tan sólo dos segundos? —la nana.

—… … … —Ernest.

No puedo negar que me aficioné a Agripa, Paracelso y Alberto Magno como un imbécil. A partir de dicho viaje empecé a creer que, si había un camino hacia el corazón de Elizabeth, era el de la magia, la alquimia y el ocultismo. No porque fuera yo a hechizar a mi prima o cosa parecida, sino porque estaba seguro de que la adquisición de tales conocimientos me permitiría demostrarle que no era sólo un chico enclenque que servía como saco de golpear… sino también alguien capaz de dominar los más profundos secretos del Universo. (Aunque todavía fuese incapaz de abrir un tarro de conservas muy apretado.)

Fueron largos esos años, he de admitir. Porque me inicié y ejercité en la nigromancia, la litomancia, la geomancia, la alectomancia, la aeromancia, la quiromancia… y un puñado de mancias más (algunas de mi propia invención, como la aqumbramancia, o la adivinación del futuro por la forma en que pega la sombra del interesado sobre el agua estancada en la calle). Y ninguna de estas disciplinas me permitió predecir nada a nadie. Naturalmente, mi favorita era la quiromancia, pues me permitía sostener la mano de Elizabeth por largos periodos de tiempo.

—No te muevas, Elizabeth… ahora sí lo tengo.

—Eso dijiste la última vez, minino. Y la vez anterior. Y la anterior a ésa.

(Un pequeño paréntesis para comentar que mi prima ya me llamaba más por tal apodo que por mi nombre. En realidad fue culpa mía. Una vez, mientras yo leía y ella hacía flexiones en la estancia para tonificar su vientre, llamó al gato que teníamos en casa chasqueando la boca y tronando los labios. El gato se encontraba detrás de mí y por alguna tonta razón que preferiría no explicar demasiado, creí que me estaba llamando a mí. Esa misma tonta razón me hizo suponer que era la oportunidad de mi vida así que me puse en cuatro patas y comencé a ronronear mientras acortaba la distancia entre nosotros. Después de reír hasta las lágrimas, Elizabeth decidió que sería una tonta si no comenzaba a llamarme minino, gatito, micifuz y otras por el estilo.)

—Eso fue la última vez, Elizabeth. Ésta será distinta. He estado practicando.

—Como quieras, mirringo.

En aquellos días ella ya había decidido que lo suyo era el culto al cuerpo. En específico, su propio cuerpo. Se obligaba a entrar en una especie de pijama entallado con tirantes rematado en una faja de cuero a la cintura y se sometía a todo tipo de ejercicios agotadores. Cuando no estaba en una taberna retando a todo el mundo a las vencidas, estaba en casa levantando el sofá o la tina. A mí, honestamente, verla someterse a este tipo de disciplinas me ponía en un estado de incómoda afectación lúbrica. Y apenas teníamos catorce años.

—Veo en las líneas de tu mano que mañana… o tal vez pasado mañana… si caminas frente a la iglesia a eso de las cuatro de la tarde… encontrarás al hombre de tus sueños portando un pañuelo verde metido en las solapas del abrigo.

—¿Y qué demonios haría yo paseando frente a la iglesia?

—No lo sé. Es la palma de tu mano, no la mía.

—A mí me parece que el fulano, quien quiera que sea, tendrá que conseguirse otra.

—¿No te da ni tantita curiosidad? —pregunté mientras soltaba por un momento su mano y palpaba, al interior de mi chaqueta, un pañuelo verde que recién había conseguido el día anterior.

—La verdad… no, minino.

—¡Aaagh! ¿Por qué hiciste eso? —pregunté mientras daba con mi cara en la alfombra y ella doblaba mi brazo por detrás de mi espalda.

—No lo sé. ¿Porque puedo?

Justo es decir que, en principio, toda esa energía acumulada era un atisbo de furia que conservaba en contra de su padre. En los primeros meses, cuando aún estaba reciente su llegada, no dejaba de decir que quería dar con él y golpearlo en la cara frente a todos sus amigos del club de caballeros, y eso sólo como aperitivo de un banquete mucho mayor. Pero luego que se enteró que había dejado el continente y que lo más probable es que anduviera en algún lugar de América, no pudo detener sus prácticas de romper ramas gruesas de abedul, levantar su propio cuerpo colgándose de los quicios de las puertas o correr escaleras arriba y escaleras abajo hasta terminar exhausta. Para cuando tenía catorce, las consecuencias lógicas fueron el pijama entallado, el cabello recogido, la faja y la constante bravuconería.

No los cansaré con más detalles respecto a mis fallidas incursiones en las artes de la adivinación. Tampoco les contaré de los vapores que casi me dejan ciego intentando tornar un costal de herraduras en oro puro. Simplemente diré que, para mi fortuna y la de los de la casa Frankenstein, bien pronto me di por vencido (sólo me llevó tres años) y fue gracias a un golpe de suerte, literalmente.

Mi gran amigo Henry Clerval me acompañó aquella tarde al campo para conseguir un poco de mandrágora y romero, sustancias que necesitaba para mis prácticas de hierbofloropastomancia. Él no dejaba de llevar a todos lados sus horrendos tebeos de asuntos sobrenaturales, pero al menos seguía siendo leal a nuestra amistad.

—Te dije que estaba ocupado, Frankenstein.

—Sólo serán un par de horas, Henry. Entre los dos daremos antes con lo que necesito.

Nos internamos en el bosque y, aunque yo llevaba muy buen ánimo, la verdad es que nada por ahí se parecía al dibujo garrapateado de las hierbas que hallé dentro de un libro de botánica.

—No sé por qué pierdes el tiempo con esas tonterías —gruñó Henry después de un rato de infructuosa búsqueda.

—No decías eso cuando recién me aficioné.

—Entonces no sabía que eran puras tonterías. Magia y superchería.

—¿Y me vas a decir que lo que encuentras en tus tebeos no se le parece mucho?

Subíamos por una ladera y él, que iba delante de mí, se detuvo como si lo hubiera fulminado un rayo.

—¿Eso es lo que crees, Frankenstein? —me objetó, bastante ofendido—. ¡Todo lo que hay en estas páginas son casos insólitos de asuntos que perfectamente podrán ser explicados por la ciencia… algún día!

—¿Tus hombres lobo y tus vampiros y tus…?

No pude concluir la frase porque así, sin mediar tormenta ni nada, una descarga de luz golpeó con todo su poder al árbol que teníamos enfrente. Literalmente lo hizo pedazos. Henry y yo nos quedamos atónitos, sordos, ciegos y espantados. Si hubiéramos seguido el ritmo de la marcha, muy probablemente nos habría golpeado el meteoro.

El árbol comenzó a incendiarse y, apenas unos segundos después, fue apagado por la tenue lluvia que siguió al rayo. Lo verdaderamente sorprendente fue que, a pocos metros del árbol, se encontraba un azadón sin mango, que empezó a arrojar chispas, alcanzado, aunque de forma indirecta, por el rayo. Entonces, una ardilla que “a todas luces” (y no exagero con esta aseveración) estaba muerta… empezó a moverse. Era evidente que el roedor llevaba algunos días ya en el cielo de las ardillas, pero su cuerpo, que era tocado por la maraña luminiscente de ramificaciones eléctricas que despedía el azadón… empezó a moverse. Absolutamente impactante. El cadáver del animalito se sacudió en nada tímidos temblores hasta que al fin la fuerza del rayo lo abandonó y quedó ahí, inerte, como debe quedar, siempre, un buen fiambre que se respete.

A los pocos minutos, cuando íbamos de regreso a casa y ya habíamos recuperado la audición, Henry, que iba delante de mí, se detuvo de pronto. No como fulminado por un rayo pero sí como si reparara en algo. Yo estaba seguro de que quería comentar conmigo el fenómeno que recién habíamos presenciado pero, en vez de ello, sólo dijo…

—La próxima vez, Frankenstein, si te digo que estoy ocupado… ¡es porque estoy ocupado!


Capítulo 3

Víctor, completamente decidido a seguir el camino de la ciencia, se pone a estudiar matemáticas e idiomas. Durante ese tiempo, toma a sus hermanos como alumnos y sigue estrechando los lazos de amistad con Henry Clerval. Justo a sus diecisiete años sus padres deciden que vaya a la Universidad de Ingolstadt, dadas sus inclinaciones por saber más. Lamentablemente, su madre enferma retrasa su salida; en el lecho de muerte, ella suplica a Víctor y a Elizabeth que se casen, a lo que ambos acceden.


Henry prefirió volver a la ciudad por su cuenta, lo cual no me importó demasiado. Yo estaba impactado por la fuerza de la naturaleza que acababa de presenciar. De pronto me pareció que el camino de mi vocación apuntaba ya hacia otro lado. Tal vez era cierto que había dedicado demasiado tiempo a algo que tenía más que ver con lo improbable que con lo comprobable. Porque tanto mi gran amigo Henry y yo habíamos presenciado a un ente muerto moverse como si tuviera vida… y todo había sido producto de un fenómeno natural perfectamente explicable. Recuerdo que fue como si cayera una venda de mis ojos. Decidí que en la ciencia estaba mi verdadero camino.

Al volver a casa, aún veía lucecitas flotando frente a mis ojos y todavía tenía serios problemas para escuchar, pero eso no impidió que le preguntara a Elizabeth mientras cenábamos:

—Querida prima… ¿qué crees que sea más seductor, un charlatán sin escrúpulos entregado al estudio de patrañas sin fundamento… o… ejem… un hombre de ciencia?

—Pienso… —respondió sin dejar de atender su corte de carne, tardando un poco más mientras masticaba, dándose pequeños golpes en la nariz con la punta del cuchillo— …pienso querido micifuz… que me importa un pepino.

La opinión de Elizabeth, de cualquier manera, me tenía sin cuidado porque de pronto comprendí que ése era mi verdadero llamado de vida. No me cupo duda de que ahí es donde estaba mi futuro, la gloria a conquistar. Y que Elizabeth, con el tiempo, vería en mí a ese hombre que valía la pena admirar y, consecuentemente, amar.

Me enfrasqué a partir de ese día en el estudio de la sustancia que había dado momentánea vida a aquella ardilla muerta: la electricidad. Eso, junto con ciertos estudios de química, matemáticas, idiomas y filosofía natural, me llevó a ocupar las tardes en cuestiones mucho más provechosas. Mi gran amigo Henry Clerval se interesó al fin en mis materias de estudio y era muy común verlo en nuestra casa.

—Está bien… ¿qué es lo que quieres ahora, Frankenstein?

—Nada en especial, Henry.

—¿Entonces por qué enviaste por mí?

—Bueno, somos amigos, y creí que te gustaría estar con nosotros. Hoy voy a enseñar a los chicos un poco de matemáticas. Me parece bien que hayas traído tus revistas.

Cuando ambos teníamos ya dieciséis años, Henry comenzó a escribir a la “Real Sociedad Universal del Estudio de Fenómenos Extraordinarios” emplazada en Londres, con gran regularidad y muy poca suerte. Dado que yo ya estaba labrando mi camino en la vida, él también decidió hacer lo mismo. Se empeñó en ser admitido en la tal Sociedad como uno de sus más distinguidos miembros. No obstante, en todas sus cartas le respondían lo mismo, que para entrar había que descubrir algún fenómeno paranormal, documentarlo y presentarlo ante la Sociedad, cosa que Henry no sólo no había hecho sino que seguramente jamás haría. Desde la primera respuesta, comenzó a buscar por todos lados algo que careciera de explicación para poder documentarlo y acaso presentarlo ante tan solemnes y rigurosos científicos, pero seguía sin tener suerte.

—A menos que tengas algún gnomo cautivo o un unicornio en el armario, no sé realmente a qué vine, Frankenstein.

—No te arrepentirás, Henry.

Pero siempre terminaba arrepintiéndose. Yo daba clases a mis hermanos porque no había escuela que los admitiera y mi padre tampoco quería que crecieran sin saber leer o hacer cuentas. En más de una ocasión ellos asaltaron a Henry o le hicieron alguna broma pesada, pero éramos buenos amigos y él continuaba visitándome. Y no todas las veces le pagué por ello. Elizabeth, por cierto, nunca quiso tomar clases conmigo porque ya había empezado, según ella, a labrar su propio camino en la vida. O al menos no le iba nada mal apostando en la taberna a que podía ganarle a las vencidas al palurdo más pintado.

Así, llegó el tiempo de nuestros diecisiete años. Y fue en esa época que coincidieron varios asuntos que detonaron la real aventura de mi vida, aquella que me trajo hasta este momento, en el absoluto clímax de mi existencia.

Primero, mis padres decidieron que, dado el interés que tenía por la ciencia, debía estudiar en la Universidad de Ingolstadt.

—Víctor, necesitamos rentar tu habitación.

—¿QUÉEE?

—Lo siento, hijo —me anunció mi madre—. Tu padre detectó que podríamos hacer muy buen dinero si hospedamos a todos los jueces y abogados que, saliendo de la taberna, son incapaces de mantenerse en pie. Y pensamos que tu cuarto es el más idóneo para alojarlos. Puedes dormir con el perro. O podrías ir por el mundo en busca de tu destino. Es tu decisión.

—¡No me parece justo!

—También podrías seguir durmiendo ahí pero tal vez no te guste demasiado convivir con borrachos seniles, por mucho que sepan de leyes.

—¡Pues tal vez sí me guste! ¡Ustedes no pueden simplemente echarme de mi cuarto!

—Es tu decisión.

Cierto es que lo intenté, pero a la cuarta noche de no dormir (una en que los magistrados no dejaron de cantar y tirarse pedos hasta que amaneció) preferí replantear el asunto.

—También podría ir a la Universidad de Ingolstadt.

—No se nos había ocurrido —contestó esta vez mi padre mientras atendía la resaca de un colega y William (quien ya podía pronunciar la erre, entre otras monadas) hacía su propio negocio vaciando los bolsillos del hombre cuya jaqueca le impedía abrir los ojos y los oídos sin sentir que le martillaban la cabeza.

—Puedo estudiar química y filosofía natural. ¡Y tal vez haga cosas importantes!

—¿Podrías no gritar, inconsciente? Hay gente que no pasó muy buena noche, para tu información —gruñó el juez, refiriéndose al otro juez.

—¡Y probablemente no vuelva nunca jamás en mi vida a esta casa!

—Es tu decisión.

Coincidió ese tiempo con el hecho de que Elizabeth tuvo también su propia epifanía. Aunque es verdad que lo suyo nunca fue el estudio o las labores del hogar, no se puede negar que no tuviese la inquietud de lo que habría de hacer de su vida una vez que la decisión fuera inminente; probablemente porque en la taberna ya nadie quería apostar con ella dado que siempre terminaban perdiendo.

Desde luego, yo intenté influir en sus planes varias veces.

—Me parece que tendrías que casarte, tener hijos, formar una familia…

—¿Alguien habló? Me pareció oír una voz, pero eso es imposible, pues aquí sólo estamos el minino y yo.

—En serio, prima, considéralo. ¿Qué necesidad tienes tú, como mujer, de pensar en tu futuro si alguien puede proveerte de todo lo que te haga falta?

—Sigo escuchando voces. Tal vez me esté volviendo loca.

—Un reconocido hombre de ciencia podría, por ejemplo, ser un excelente partido…

—Estoy perdiendo por completo el seso. Tal vez si arrojo un cubo de agua al gato dejaré de imaginar que habla.

Obligada por las circunstancias, Elizabeth estaba vestida como para ir a la iglesia porque, cosa rara, iríamos a la iglesia. Ese domingo nos vimos obligados a acudir a misa porque mi madre perdió una apuesta con el ministro; al parecer ella había puesto sobre la mesa de juego las almas de todos los integrantes de su familia… y las perdió. Al final el regateo llevó a que, como pago, bastaría con que acudiéramos al menos a un servicio religioso. Uno. El reverendo se daría por bien pagado si mi madre conseguía llevarnos aunque fuese a una sola misa. Así que nos vestimos, todos, como si fuésemos a un funeral porque en cierto modo así era: el momentáneo entierro de nuestro buen ánimo.

El ministro terminó por disculparnos a medio servicio, pues mis hermanos comenzaron a hacer de las suyas con el dinero de las limosnas, el juez se durmió y la esposa del juez no dejaba de conversar con todo el mundo.

Lo importante vino después, ya en la calle.

Íbamos de vuelta a casa cuando un carruaje lleno de baúles perdió una rueda y cayó de costado sobre una menesterosa, atrapándola entre el fango y el enorme peso del vehículo. Los gritos de la pordiosera eran de genuino dolor, y sólo aminoraron un poco cuando al fin desengancharon a los caballos y el coche dejó de moverse sobre ella. Aunque varios hombres apuntalaron una estaca para intentar mover el coche, por varios minutos no consiguieron hacerlo.

Entonces mi prima Elizabeth, con vestido de domingo, es decir, manga larga, vestido ampón, gorro anudado y guantes (de hecho, un atuendo muy similar a aquél con el que llegó a vivir con nosotros), se allegó al coche y, haciendo a un lado a todos los hombres que pasaban las de Caín para liberar a la señora, ni siquiera se arremangó el vestido y… levantó el coche.

Pero no sólo eso. La indigente salió y se puso a salvo aunque Elizabeth, ante el asombro de todo el mundo, aprovechó para poner el carruaje de nueva cuenta en la posición justa para que le introdujera la rueda el atribulado cochero responsable. Durante todo ese tiempo mi prima no dejó de sostener el armatoste. Durante todo ese tiempo, sin necesitar de ayuda.

En cuanto terminó el espectáculo, los convocados aplaudieron como si hubiesen sido testigos del mayor de los prodigios. Y Elizabeth comprendió que una hazaña como ésa tenía posibilidades. Económicas, se entiende. Acaso porque vio a Ernest y a William hacerse de algunas carteras mientras la gente, impresionada, observaba. O acaso simplemente por el rostro de admiración que mantenían todos a su alrededor cuando al fin se limpió las manos llenas de lodo en el vestido.

En menos de tres días ya tenía el cartel diseñado. Se veía en éste a una dama en forma (ella misma) sosteniendo un mundo por encima de su cabeza, en una postura que recordaba al Atlas griego. “Elizabeth Lavenza, la mujer más fuerte del mundo. Próxima Función: ______ Entrada: 2.5 táleros. Niños gratis. Martes 2x1.”

Recuerdo que mi prima daba los últimos toques al cartel en la sala del comedor, orgullosa de su cada vez más claro futuro y yo estaba a punto de opinar al respecto cuando ocurrió el último acontecimiento de aquel año tan vertiginoso. El único suceso, pongámoslo así, que verdaderamente me permitió conservar la esperanza de algún día unir mi vida con la de mi prima Elizabeth.

—¡Maldita sea tu endemoniada imprudencia, Elizabeth!

Fue el grito que soltó mi madre desde el fondo de su habitación. Corrí a su lado porque era evidente que algo no marchaba. Y porque también era evidente que nadie más acudiría a su llamado. Elizabeth, a pesar de ser la única interpelada, prefería —y por mucho— seguir dando forma a su sueño, retocando el afiche.

—¿Qué es lo que ocurre, madre? —me aproximé a su cama, desde donde había tronado tan iracundo grito.

—¡Se lo dije! ¡Que se encerrara en su cuarto hasta que se aliviara por completo! ¡Pero es incapaz de pensar en nadie más que no sea en sí misma!

Como todos en esta casa, pensé al momento de arrodillarme y tomar su mano. Pero preferí no hablar. Justo recordé que mi prima había estado enferma de escarlatina unas semanas atrás y, aunque mi madre quiso ponerla en cuarentena, Elizabeth no lo permitió. Y anduvo por la casa y por la calle como si nada que temer. Ella, al final, se alivió como siempre se aliviaba de sus enfermedades: haciendo como si no existieran; mi madre, en cambio, ahora tenía unas fiebres espantosas.

—¡Lo más seguro es que moriré! ¡Y sin haber hecho nada de provecho con mi vida!

—Creo que exageras, madre.

—¡Es una maldita desgracia! ¡No conocí el amor! ¡No pude criar un hijo del que me sintiera orgullosa! ¡No pude estudiar o levantar mi propia empresa! ¿Y todo por qué? ¡Porque ustedes no me lo permitieron! ¡Me demandaban tanto que nunca tuve tiempo para mí!

Me di perfecta cuenta de que, en ese momento, lo que quería era estar a solas. Así que solté su mano y me puse de pie. En cuanto me di vuelta, pegué tal salto que creí que moriría de un infarto.

—¡Maldición, Justine! ¿Por qué no te anuncias al entrar a un cuarto?

—Lo siento, Frankie.

—Y no me digas Frankie.

Quisiera decir que me retiré a mi habitación apesadumbrado, pero estaba convencido de que mi madre exageraba y era imposible que muriera. No estaba en realidad pensando en aquello de “hierba mala nunca muere” sino, acaso, en las infinitas deudas de juego que dejaría si pasara a mejor vida. Ni mi padre ni sus deudores se lo permitirían. Así que simplemente lo dejé pasar. Como todos en casa.

Pero un par de semanas después, a mitad de la noche, la nana llamó a mi habitación.

—Víctor, es urgente. Tienes que venir.

Pensé que Elizabeth demandaba mi presencia en sus aposentos (quizá porque había anhelado esa posibilidad desde que mi prima llegó a casa). Me incorporé al instante.

—¿Qué pasa, nana? ¿Es Elizabeth, acaso? ¡Vamos! ¡Pronto!

—¿De qué demonios hablas? ¡Tu madre! ¡Creo que desfallece!

Sentí un ligero impulso de volver a la cama, decepcionado por la noticia, a pesar de estarla compartiendo, en ese momento, con un leguleyo de setenta años que dormía la mona. La nana me golpeó en la cabeza.

—¡Despabílate, muchacho! ¡Tu madre, dije! ¡Quiere verte!

Me dejé conducir hacia el cuarto de mi progenitora, que se había convertido, literalmente, en su lecho de muerte. No sé por qué, pero tuve una especie de visión terrorífica del futuro, como si lo que estaba yo presenciando viniese de siglos posteriores, una especie de escena teatral muy, pero muy distante. Mi madre, en camisón, echaba vapores por la boca con la mirada cristalina puesta en el cielo raso. Justine Moritz había sido bañada en vómito verde, pero no se movía de su sitio. Y la voz de mi madre era significativamente más gruesa, casi la de un barítono con carraspera.

Después de soltar muchísimas maldiciones, hablar en lenguas muertas y volver a vomitar un poco, se echó a llorar.

—¡Víctor! ¡Siempre fuiste mi predilecto! ¿Lo sabes, no?

Me sentí un poco mal por no haber querido acudir al instante.

—La verdad… no, madre. Siempre creí que era William.

—¿De qué hablas? ¡Siempre fuiste tú!

—Pues me toma por sorpresa, madre, a decir verdad.

Justine se paró frente a mi madre con un aspersor eclesiástico de agua bendita, mismo que comenzó a sacudir frente a ella mientras susurraba “Vade retro”. Mi madre rugió contra ella:

—¡Por las barbas de Lucifer, Justine! ¿No puede una simplemente morirse en paz?

—¡Vade!

Mi madre le contestó, esta vez en latín. O tal vez en arameo. Finalmente, volvió conmigo y, tomándome de la mano, me atrajo hacia ella.

—Víctor… debes saber un par de cosas antes de que abandone este mundo.

—No hables así, madre. ¿Por qué habrías de morir? Eres muy joven y…

—¡A otro perro con ese hueso! ¡Seguro que todos están esperando con ansias el minuto en que estire la pata!

—Bueno… en realidad todos están dormidos. Excepto nosotros tres.

—Tengo un par de cosas que confiarte. Una vez que lo haga, podré morir en paz. Escucha con atención.

En ese momento, Justine sacudió el hisopo con fuerza después de haberlo mojado en aquel calderillo de plata que sostenía y me golpeó en la cara.

—¿Podrías alejarte un poco, Justine?

—Lo siento, Frankie.

Preferí no reñirla. Mi madre seguía sosteniendo mi mano.

—La primera es ésta. Hay una aldea en el valle del Matter­horn que se llama…

—Zermatt, sí, la conozco.

—No. Ésa no. “Cola Espinosa de Cabra.” Es una aldea de pastores muy próxima a Zermatt. No figura en ningún mapa.

—Oh. Bien.

—Pues a tres leguas hacia el noroeste de Cola de Cabra hay una pequeña casita. Ahí vive tu primo Otto, quien ahora debe tener unos veinticuatro años. Su madre, mi hermana, me lo encargó. Yo le prometí que iría a verlo cada primavera.

—De… acuerdo.

—¿Sabes cuántas veces lo fui a ver desde que me lo encargó su madre al fallecer, hace quince años?

—Eh… no sé… ¿Unas diez? ¿Nueve? ¿Ninguna?

—¡Cómo te atreves a pensar eso de tu madre!

—Oh… lo siento, es que…

—¡Bah! Tienes razón. ¡Nunca fui a verlo!

Apretó mi mano con fuerza.

—¡Tienes que ir a ver si está bien! Yo iría… pero no creo llegar a la siguiente primavera. De hecho, no creo llegar al lunes próximo. Es más… no sé si valga la pena que me consideren para el desayuno.

—Pero… —objeté—. ¿Por qué no simplemente trajiste a mi primo a vivir con nosotros como hicieron con Elizabeth?

—No se podía.

—¿Por qué?

—Bueno… lo comprenderás ahora que lo conozcas. Si es que aún vive. ¡Prométeme que irás a cerciorarte de que no se lo han comido los lobos! ¡Necesito que me lo prometas para poder morir en paz!

—Eh… está bien, lo prometo.

Tomó mi mano y la besó, lo cual fue un poco desagradable pues todavía tenía en los labios un poco de esa baba verde que había expulsado minutos antes.

—Ahora, ¡lo segundo! —repuso enseguida.

Fue justo ese el momento en que comprendí que tenía una oportunidad de oro. Y no podía dejarla escapar como si nada.

—Espera, madre. ¡Necesito antes que tú me hagas un favor!

—¿Un favor? ¿No ves que la que muere aquí soy yo?

—Es un favor muy pequeño, madre.

—¡Pero aún tengo algo que decir respecto a mi testamento! ¡Respecto al dinero que…!

—¡Es sólo un favorcito! Ya que estás muriendo, creo que puedes hacer algo por mí. ¿No decías hace un momento que soy tu predilecto? No querrás poner en riesgo la promesa que acabo de hacerte.

—¿Me estás chantajeando? ¡Es increíble!

—No lo veas así, sólo digo que… bueno, sí.

Aproveché para limpiar la baba de mi mano con un pañuelo que me extendió Justine.

—Está bien —capituló ella, concesiva—. No me extraña de ninguno de los miembros de esta familia. Justo por eso… bueno, en fin, dime qué quieres.

—¡GRACIAS! —dije en un arrebato de alegría.

Lo siguiente fue tan veloz que casi no lo recuerdo con claridad, pues mi mente volaba y mi corazón saltaba de alborozo. Me aproximé a ella y le susurré en el oído mis planes. Luego corrí fuera de la habitación, desperté a Elizabeth y volví al lado de mi madre con mi prima apenas tratando de cobrar consciencia, despeinada, legañosa y hasta en bata de dormir.

—¿SE PUEDE SABER QUÉ %⁄*(%&!@ ESTÁ PASANDO? —soltó Elizabeth en cuanto entramos a la habitación de mi madre y la hice arrodillarse frente a la cama.

—¡Te lo acabo de decir, Elizabeth! ¡Mi madre está muriendo y ha pedido vernos de emergencia!


Hasta ese momento advertí que Ernest también se encontraba ahí dentro. De hecho sostenía una pequeña biblia y una estola alrededor de su cuello. Por lo visto, también había participado en el pequeño juego de Justine.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí, Ernest? —gruñí.

—… …. …

—No importa. Serás nuestro testigo.

Y así, mi madre tomó las manos de ambos, Elizabeth y yo, arrodillados frente a ella. Debo admitir que se esmeró bastante en su papel de moribunda.

—Queridos hijos míos… cof… cof… estoy a nada de partir… pero antes quiero pedirles… cof… cof… demandarles… por caridad cristiana… que me prometan que una vez que me haya ido… unirán sus vidas en santo matrimonio…

Elizabeth soltó la mano de mi madre como si la quemara.

—¡Uo uo uo uo uo! ¡No tan de prisa! ¿De qué habla, señora? —he de decir que ella nunca dio trato de tía a mi mamá ni de tío a mi papá. Mi madre me castigó con una sutil mirada que claramente significaba: “¿En serio no esperabas que reaccionara así? ¿Y ahora qué se supone que yo haga?”. Pero me mantuve en mis trece. Así que mi madre retomó su papel.

—En serio… hija… cof… cof… tienes que darme este último regalo… cof… cof… es por el bien de ambos… tú eres una buena muchacha… y Víctor, el mejor de los hombres… cof… cof…

Traté de hacer entender a mi madre que no debía exagerar o podría caerse el teatrito, pero no lo conseguí. Aunque, a fin de cuentas, puede que haya funcionado mejor así.

—… es lo único que quiero pedirles… cof… cof… mi última voluntad es que unan sus vidas… háganlo por darme una postrera felicidad… cof… cof… una…

Elizabeth se mostró claramente impresionada. Y a decir verdad, a mí también me estremeció la enorme actuación de mi madre, pues comenzó a ponerse de un color que era más la combinación de varios colores, principalmente el gris, el verde y el púrpura. Y su dificultad para respirar era notoria.

Elizabeth se acercó a ella y apretó con fuerza su mano.

—¡Hey, señora! ¡No haga esto! ¡Tiene que vivir! ¡Llamaremos a un médico! ¡A un sacerdote! ¡Algo!

—…. prométanlo… cof… pro…

—¡Está bien! ¡Lo prometo! ¡Lo prometo pero suelte el aire! —gritó Elizabeth, preocupada.

—¡Y YO! —me apresuré a exclamar, tratando de no mostrarme demasiado jubiloso.

Mi madre resopló y pareció componerse como por arte de magia. El color rosa pálido volvió a sus mejillas e hizo un esfuerzo por incorporarse.

—Por cierto… ¿sabían que mi gran sueño en la vida siempre fue conocer las playas del Mediterráneo?

—¿QUÉ?

—Como sea —soltó—. Ahora la segunda cosa que necesito que escuches, Víctor. Es algo referente a mi testamento y el lugar en el que…

Hizo una pausa que se nos hizo eterna. Miró hacia la pared, totalmente inmóvil, como si en ella pudiera encontrar algo que había olvidado muy a su pesar. Pareció estar haciendo un arduo trabajo mental por traer a su memoria algún añejo y necesario recuerdo.

—¿El lugar en el que…? —dije yo, instándola a continuar.

Ella seguía concentradísima en el tapiz de flores de lis de su cuarto.

Lo notamos Elizabeth y yo al mismo tiempo. La temperatura corporal de mi madre, o al menos de sus manos, se fue a pique. Se puso como de hielo. Creo que todos advertimos al instante qué es lo que en realidad había pasado, aunque fue Ernest el que se animó a corroborarlo. Se acercó a ella y, con el dedo índice, la empujó del hombro. Mi madre se dejó ir hacia atrás totalmente paralizada.

Había muerto a mitad de una frase.

Justine Moritz le cerró los párpados y apagó las velas. Elizabeth, como si aún se encontrara a mitad de un sueño, salió del cuarto lentamente, sin decir palabra. En cambio Ernest, que casi nunca hablaba, se atrevió ahora a opinar.

—Reclamo el derecho de quedarme con el cuarto que acaba de quedar vacante.

Capítulo 4

Víctor parte a la universidad, no sin cierto pesar, después de despedirse de su padre, sus hermanos, Elizabeth y su gran amigo Henry Clerval. En la universidad conoce al señor Krempe, profesor de Filosofía Natural, quien es un tanto petulante; lo descalifica y trata mal. Por otro lado, también conoce al profesor Waldman, de Química, quien, al contrario de Krempe, es un tipo simpático y bonachón. Le da la bienvenida, lo hace sentir cómodo y lo toma como alumno.


—No estén tristes. Verán que el tiempo pasa volando. Y en menos de lo que creemos, ya estaremos reunidos otra vez.

Ésas fueron mis palabras.

Ojalá las hubiera escuchado alguien más que el chofer de la diligencia a la que había de subir en un par de minutos. Un perro de orejas gachas me miró con interés y, convencido de que no le arrojaría alimento alguno, prefirió irse.

Creo que puedo asegurar que ése fue el primer atisbo que tuve de que algo no marchaba en mi vida como debería. Ahí, solo, en la estación de diligencias de la ciudad, sin que miembro alguno de mi casa me hubiera ido a despedir, sentí como si todo eso que estaba viviendo estuviera completamente equivocado. Mientras el mozo echaba mi enorme baúl a la carga del coche y lo ataba con firmeza y me veía con un poco de menos interés que el perro, pensé que las cosas no debían seguir ese derrotero. No sabía por qué pero todo aquello se me hacía parte de una espantosa comedia en la que los actores han olvidado los parlamentos y comienzan a improvisar de la peor manera. Ni siquiera mi gran amigo Henry Clerval se había presentado a despedirme. Y no, no estaba bien.

De pie frente a la calle vacía, recuerdo que pensé en mí como parte de esa comedia. Y que una de las acotaciones en el libreto decía, a la letra:

“Víctor parte a la universidad, no sin cierto pesar…”

Suspiré y entré al coche que, al igual que la calle, estaba vacío.

Resignado a hacer el viaje a Ingolstadt yo solo, me apoltroné y continué en mi mente: “Víctor parte a la universidad, no sin cierto pesar, después de despedirse de su padre, sus hermanos, Elizabeth y su gran amigo Henry Clerval”.

Aún no azuzaba el cochero a los caballos cuando sentí que esas palabras justas detonaban una extraña magia. Porque, repentinamente, en mi mente se empezó a revelar el curso completo de mi vida. A esas palabras siguieron otras que se me antojaron premonitorias: “En la universidad conoce al señor Krempe, profesor de filosofía natural, quien es un tanto petulante; lo descalifica y trata mal”.

¿Señor Krempe?, pensé. ¿Cómo es posible que sepa yo que he de conocer a un profesor de nombre tan específico? ¿Qué clase de brujería es ésta?

Pero ensamblaba perfectamente con las líneas anteriores en mi mente. De pronto fue como si recordara haber vivido ya esta vida… y sólo fuera cuestión de esmerarme un poco para plasmar los detalles. Fue como continuar con un discurso aprendido desde mi niñez, algo así como recitar un poema o la letra de alguna pieza musical. Sin ningún esfuerzo las palabras se empezaron a suceder una a una.

“Por otro lado, también conoce al profesor Waldman, de química, quien, al contrario de Krempe, es un tipo simpático y bonachón. Le da la bienvenida, lo hace sentir cómodo y lo toma como alumno.”

El resto de los pasajeros subió a la diligencia, un matrimonio de gordos muy emperifollados que ocupaban por completo el asiento frente a mí y su no menos robusto vástago, quien, al sentarse de mi lado, me obligó a replegarme hacia la ventana. Pero para mí fue como si siguiera solo al interior del vehículo, pues no podía soltar el hilo de esa madeja que se me revelaba súbitamente. ¿Krempe? ¿Waldman? ¿De dónde habían salido tales nombres? Decidí que no podía menospreciar esa desconcertante y repentina inspiración a pesar de que la diligencia ya había partido hacia nuestro destino. Puesto que el hombre obeso abrazaba un maletín pequeño, me atreví a solicitarle un poco de papel y tinta.

—Va usted a hacer un horrendo batidillo —dijo con desagrado ante la posibilidad de verme escribiendo por los irregulares caminos que nos llevarían a Ingolstadt.

—Es de vida o muerte —mentí. O tal vez no.

—Quizá Rudy quiera prestarle sus lápices —sugirió, no con menos desagrado.

Rudy, el niño que probablemente tendría sólo cinco años pero parecía de doce, me miró como miraría a un insecto.

—Te pago.

—¿Cuánto?

—Veinte centavos.

—Diez.

—Quince.

—Hecho.

En menos de lo que cuento esto, ya tenía estas mismas hojas de papel en la mano, proporcionadas por el padre de Rudy, quien cobró su propia comisión, y los tres lápices del muchacho. No sé de dónde vino esa claridad mental, pero juro que me bastó con imaginar el inicio para seguir tirando de la misma línea. Era un borbotón de vida, un manantial que creí que nunca se agotaría, una suerte de liberación jubilosa. Recuerdo perfectamente que lo primero que plasmé fue mi nombre. “Víctor Frankenstein…” a sabiendas de que tenía que verme con cierta distancia, de idéntica forma que cuando dije, casi involuntariamente, “Víctor parte a la universidad…”.

Lo que siguió a ese primer “Víctor Frankenstein” fue tan natural como si una voz me dictara la historia completa: “narra su infancia como ginebrino y su rutina familiar, en extremo apacible. Con él viven sus padres, sus hermanos William y Ernest, más chicos que él, y su prima Elizabeth…”

Recuerdo que no dejé que se detuviera mi mano hasta que llegué al último párrafo. Éste que ven ustedes aquí y que reproduce fielmente esta estadía en los lindes del círculo polar ártico: “Así, inicia una persecución que lo lleva hasta los confines del mundo, donde ocurrirá el terrible desenlace”.

Durante todo el viaje estuve como embriagado, víctima de un sueño o arrebatado en una especie de viaje astral que me revelaba toda mi vida. Terrible y fascinante. Maravilloso y sobrecogedor. Relaté brevemente mi paso por el mundo hasta llegar a este momento, en este buque, con usted, Walton, y ustedes, amigos marineros, donde deberá ocurrir, como bien vaticina mi escrito, el terrible desenlace de mi historia.

Oh… no se preocupen. Y por favor, señor cocinero, baje ese cuchillo… estoy seguro de que el desenlace de mi historia, aunque terrible, no afectará a esta tripulación.

Lo cierto es que fue hasta que concluyó el dictado de esa voz ultraterrena que plasmé en la parte superior lo que aquí aparece: “El trazo del desAtino”. Esa letra A metida a la fuerza en la palabra destino ya tendré modo de explicarla. Por lo pronto, quédense con esto: cuando al fin llegamos a Ingolstadt, el cochero tuvo que despertarme de mi éxtasis. Los tres que compartieron el viaje conmigo ya habían partido espantados, no sin antes haberme acusado de consumir algún tipo de droga, pues en más de una ocasión me habían interpelado y yo, según palabras del chofer, como muerto en vida. Nada que un par de buenas bofetadas no pudiesen arreglar.

En cuanto tuve ambos pies en el suelo de Ingolstadt, tuve que reconocer que el sentimiento, aunque atemorizante, me llenaba de felicidad, de euforia. Se me habían revelado tantas cosas, que en suma me llevarían a conquistar no sólo la fama sino también el corazón de Elizabeth, que podría decirse que me sentía listo para rendirme a lo que quisiera el destino hacer de mi persona.

Y sí. Lo primero que hice, después de llevar mis cosas a la residencia de estudiantes donde pensaba permanecer durante mi estancia en la ciudad y recalcar las palabras de estas hojas con tinta, fue tatuarme esta consigna.

FATUM FATIS EGO PEREA. “Hágase el destino, aunque yo perezca.”

¿Pueden ustedes imaginarse, por un minuto, en mis zapatos?

Aún no sé si ese terrible desenlace, en efecto, tiene que ver con mi muerte. Acaso así será, pero no importa si es eso lo que el destino tiene reservado para mí.

Con todo, esa primera noche en Ingolstadt, dormí como un bendito. No tenía nada que perder. Quizás en la Universidad no hubiese un profesor de nombre Krempe. Ni uno de nombre Waldman. Y todo hubiese sido como un simple viaje de ajenjo como los que emprendían aquellos abogados con los que en más de una ocasión compartí la habitación.

He de ser completamente honesto.

En cuanto desperté comprendí que, en el fondo, hubiese preferido que todo se debiera a una locura pasajera y terminara ahí mismo. Tengan ustedes en cuenta que lo que se me había revelado era una historia de horror espeluznante donde yo era el principal protagonista. Un relato en el que sería el perpetrador de mi propia desgracia y que, aunque esto me valiera la fama universal, también me pondría en un estado constante de nerviosismo que no estaba seguro de poder manejar correctamente. Acaso terminaría loco o colgado de una viga.

Pero tampoco es que tuviera mucha opción.

Y siempre estaba el asunto de mi prima Elizabeth. Pese a todos los aspectos terribles de mi vida que yo sabía de antemano, me quedaba claro que ella me amaría en algún momento, nos casaríamos… y eso, en mi opinión, lo compensaba todo.

Así que esa primera mañana intenté ser lo más optimista posible, aunque mentiría si no confesara que, al pedir referencias de la oficina del profesor Krempe, crucé los dedos por detrás de mi espalda.

—¿El profesor Krempe? —observó aquel maestro de barba hirsuta que me atendió en uno de los pasillos del campus—. Claro, es en el piso siguiente, al final del corredor.

Tuve sentimientos encontrados.

Si la respuesta hubiese sido algo así como “¿El profesor Krempe? No sé de qué me habla. En esta universidad nadie con ese nombre ha dado clases jamás”, hasta ahí hubiese llegado la aventura y el único resabio habría sido un tatuaje que ya me encargaría de utilizar como broma para abrir conversación en las fiestas.

Pero no fue así. Y mi destino, en efecto, estaba sellado.

Acudí al despacho del profesor no sin cierto nerviosismo. De acuerdo a mi plan trazado, se trataba de un maestro petulante que habría de descalificarme. Pero ahí comenzaría también a darme cuenta de que, en la comedia de la vida, una cosa es contar con un libreto digno de las más grandes loas y otra muy distinta que los actores sepan al menos qué personaje están representando, ya ni hablar de que puedan memorizar sus parlamentos.

—Profesor Krempe… —dije con timidez al abrir la puerta, una vez que éste me invitó a entrar.

El despacho del profesor era un sueño de pulcritud, los diplomas bien enmarcados, los libros perfectamente alineados, sobre el escritorio tenía un oso tallado en madera que hacía juego con el color de sus carpetas, hojas e instrumentos para fumar. Se trataba de un hombre erguido, de anteojos redondos, melena abundante y patillas profusas. Me recibió con una gran sonrisa.

—Usted debe ser el nuevo estudiante…

—Víctor Frankenstein, para servirle, profesor.

Estrechó mi mano y la sacudió con enorme placer.

—Un verdadero gusto, Víctor. Por favor, siéntese.

De nuevo mentiría si no dijera que me sentí un poco engañado por mi propia premonición. Muy bien, había un profesor Krempe, en efecto… pero no veía lo petulante por ningún lado.

—¿Así que tiene interés en estudiar Filosofía Natural?

—Sí, profesor —dije, extendiendo mis cartas de presentación.

Éste apenas las miró.

—Dígame qué conocimientos trae consigo, Víctor, por favor.

Le hablé, desde luego, de Alberto Magno, Paracelso y otros filósofos que habían entretenido mis lecturas, como ya he contado. Y claro que, mientras hablaba, creía “recordar” (deberán disculparme, no se me ocurre otra forma de evocar mi desvarío) que debido a la mención de tales nombres es que yo era descalificado. Nada más lejos de la realidad.

—¡Alberto Magno! ¡Paracelso! —exclamó con efusividad aquel hombre que, dicho sea de paso, también me parecía disímil físicamente a aquel que se encontraba en mi “memoria”. Uno era pequeño y gordo, en cambio éste, alto y saludable, parecía capaz de correr la legua sin cansarse.

—¡Estupendo! —continuó—. ¡Me encanta que haya elegido a esos hombres para sus estudios!

—Ummh… en verdad creí que me reprendería. Todo el mundo sabe que perseguían quimeras.

—Oh… sí, es verdad —concedió el señor Krempe—. ¿Pero en realidad… qué es la filosofía natural sino ajustarse a lo que la naturaleza ofrece? Pongamos como ejemplo el querer transformar el plomo en oro y no conseguirlo. ¿No es eso en verdad fascinante?

—Eh… Bueno… en mi opinión… no —me atreví a responder después de un larguísimo instante—. No lo creo.

—A decir verdad, yo tampoco. Pero es lo que ofrece la naturaleza —tomó un libro sobre su escritorio y lo arrojó al suelo—. Que las cosas caigan hacia abajo y no hacia arriba. Que la lluvia moje y el sol seque. Y que, además, salga todos los días. Y que cada día tenga veinticuatro horas. Y que el número veinticuatro sea divisible entre ocho y entre tres. ¿No es eso en verdad fascinante y hasta un poco poético?

—Eehhh…

—De acuerdo, no lo es. Pero es lo que nos toca descubrir, ¿no es cierto?

—Eh… ¿Qué, exactamente, profesor?

—Aquello que es fascinante y aquello que no lo es porque así lo dicta la naturaleza. ¿No lo cree?

—Eh… No estoy seguro.

—Por cierto… ¿a usted le gusta la poesía? —dijo, haciendo el amago de sacar algo de un cajón a su izquierda.

—No particularmente.

Dudó entonces y cerró el cajón.

—Como sea —se puso de pie y volvió a estrecharme la mano—. Bienvenido a mi clase. Preséntese puntual, por favor. Soy muy estricto con aquellos que llegan tarde.

—¿Ah, sí?

—Oh… en verdad no lo soy, pero tampoco es algo que uno confiese en el primer día, ¿verdad?

—Eh…

—Lo veo mañana.

Se puso de pie y abrió la puerta y me mostró el camino hacia fuera de su despacho, no sin antes agregar:

—Debe saber que los días que no me presente frente al grupo, lo hará el profesor Waldman, pero él no es alguien con quien usted desee tomar clase. De hecho, nunca falto a mis clases sólo por evitar a los alumnos el mal trago de tener que tomar química con un tipo como ése. Buenos días.

Dicho lo cual cerró la puerta totalmente sonrojado, como si se hubiese salvado por los pelos de alguna especie de catástrofe.

Pensé, de pie en el pasillo, si no habría sido víctima de una novatada y en realidad ése fuera el conserje de la escuela. Esperé un momento fuera de aquel despacho a que algunos alumnos de los grados más avanzados aparecieran y se rieran de mí en mi cara. No ocurrió. Pero algo había ganado: la certeza de que había un Waldman en la universidad. Y, de acuerdo a lo que mi sueño me había dictado, ése sería el hombre con quien tendría que estudiar para llevar a cabo mi proeza científica.

Así que hice lo que cualquiera en mi lugar habría hecho: buscar el despacho de Waldman y presentarme. Me llevó todo el día. El profesor Waldman no tenía en realidad un despacho sino apenas una silla y una mesa junto a la caldera en el sótano. Después de preguntar hasta en los sanitarios, fui finalmente conducido a ese rincón donde el profesor atendía al alumnado.

Al arribar al sitio en el que, flanqueado por pilas de libros, estaba su oficina, noté que se encontraba ausente, así que, descorazonado, solté un previsible:

—¡Voto al diablo! ¡Todo el día buscando al sujeto y resulta que el cretino no está!

Detrás del escritorio surgió una pequeña carraspera. Una de esas tosecitas que utiliza la gente para hacerse notar.

Advertí que, debido a su gran joroba y reducido tamaño, aquel único habitante del sótano no era visible desde la puerta del lugar.

—Buenas tardes… busco al profesor Waldman.

Se arrimó a un lado del escritorio. Era un hombre contrahecho, calvo, de nariz aguileña y un solo ojo útil que sostenía varios libros en ese momento.

—Está perdido, eso es evidente. Así que debe ser nuevo. Le haré una sola recomendación antes de que sea demasiado tarde: huya mientras pueda de esta pocilga que, a falta de mejor nombre, algunos llaman universidad.

Acomodó los libros y, mientras hablaba, noté que le faltaban prácticamente todos los dientes. En el escritorio había una calavera con una vela encendida. Un cuervo disecado. Y un montón de matraces, pipetas y morteros sucios. Por alguna razón pensé que era el atrezzo perfecto para presentar a alguien como él en una novela.

—¿Sabe a qué hora llega el profesor? Quisiera apuntarme a su clase.

Casi en seguida lo advertí.

—Oh. Cuánto lo siento. Usted es el profesor.

Detuvo lo que estaba haciendo y me miró con suspicacia.

—¿Es otra de esas bromas suyas, malditos bribones? —gruñó esgrimiendo un palo y buscando sombras en la noche de su madriguera—. Esta vez no me detendrá mi conciencia. ¡Sé cómo desaparecer un cuerpo de la faz de la Tierra sin dejar evidencia!

—No sé de qué habla, profesor. Es verdad que soy nuevo, pero no estoy perdido. El profesor Krempe…

No me dejó continuar.

—¿Qué quiere ese maldito vago conmigo? Seguro sabe usted que nunca fue a la escuela. ¡Ni siquiera a la de parvulitos! Está aquí porque el titular de Filosofía Natural se emborrachaba un día sí y el otro también. Un día el rector puso a su sobrino a dar clases y tuvo tanto éxito con el estudiantado que se quedó para siempre. Lo único que hace en su clase es leer poesía, ¡mala poesía, además!, y aprobar a todo el mundo únicamente por caer simpático.

No pude evitar recordar la historia de mi propio padre. De hecho no pude evitar recordar la historia de mi propia familia. Y, ya que estamos, la de mi propia persona.

Ya me comenzaba a parecer que hacer encajar los caprichos de mi paso por el mundo en aquel supuesto trazo del destino sería más difícil que enseñar a un mico a recitar a Goethe. Mis hermanos eran unos delincuentes consumados; Elizabeth no era en lo absoluto la novia candorosa de aquel sueño, sino la protagonista de un espectáculo de feria donde doblaba vigas de metal con sus propias manos; mi madre había muerto sin sacramento y con varias blasfemias atoradas en el pescuezo; mi padre no tenía empacho en usar su investidura como un negocio boyante; mi gran amigo Henry Clerval no se había presentado a despedirme, ni siquiera porque apedreé su ventana varias veces antes de partir; y el profesor Krempe era un advenedizo que no enseñaba filosofía natural sino poesía barata.

Me senté, apesadumbrado, en la única silla frente al escritorio del profesor Waldman.

—Por alguna razón, sospecho que no se puede tomar clase con usted tampoco.

Lo solté así, sin más, pensando que tal vez lo mejor sería regresar a casa y quizás enrolarme en la banda de asaltantes de mis hermanos para poder forjarme un porvenir. Tomé un vaso que se encontraba frente a mí y que tenía apariencia de contener whisky. Me lo arrojé a la garganta como haría cualquier ser humano que necesita pasar un mal trago.

—¡Vaya que si es fuerte esta cosa!

Waldman se sentó en su silla, a la que añadía algunas enciclopedias para poder rebasar la línea del escritorio.

—En realidad, la pregunta es… ¿por qué querría alguien tomar clase conmigo?

Pensé en aducir el supuesto trazo del destino que me acompañaba en la bolsa trasera de mi pantalón, pero preferí no parecer un lunático en la primera entrevista.

—No lo sé. Me pareció interesante.

Waldman se rascó la barbilla y me miró con aquel ojo acucioso que no se iba de paseo como el otro que, a todas luces, era de vidrio.

—Pongamos algunas cosas en claro. Número uno. Yo no apruebo a mis estudiantes sólo por aplaudir mis poemas. Número dos. Tampoco me conformo con proyectos mediocres; es necesario sugerir algo en verdad revolucionario para aprobar mi materia. Y número tres, padezco de flatulencias. Si aun sabiendo todo eso, sigue empeñado en tomar clases conmigo, no me parece mal. Seguro está usted chiflado, pero no me parece mal.

—Mi proyecto es dotar de vida a un ser inerte, creado con mis propias manos.

También lo solté así, sin más. Y sin tener a la mano un trago de esa bebida fortísima que recién me había echado en la garganta.

Waldman me miró convencido de que estaba loco. Luego, soltó un gas que puso en evidencia que no mentía. Estudió mi reacción y, después de rascarse la espalda con el pico de su cuervo disecado, se atrevió a hablar de nueva cuenta.

—Las cosas están así. Número uno. Su proyecto es una completa insensatez, una total chifladura, un desvarío detestable. ¡Me gusta! Número dos, tendrá que moderar sus arranques, no crea que no noté que me llamó cretino al llegar. Número tres, soy vengativo, así que ya se lo haré pagar. Número cuatro. Insisto en que tendrá que moderar sus arranques, pues el líquido que se acaba de tomar era orín de rata que tardé tres semanas en juntar para un experimento. Ya me lo repondrá. Y número cinco. Me gusta enumerar. Y me importa un bledo si le molesta.

Dicho esto, me extendió la mano, con un gesto cordial.

—Bienvenido a la clase de Química y Experimentos Inu­suales del profesor Waldman.

Capítulo 5

Víctor estudia filosofía natural y química. Descubrir el origen y causa de la vida es lo que se vuelve su materia de estudio y obsesión. Es tal su empeño que se aparta de todo y de todos con el único fin de conseguir infundir vida en materia muerta, lo cual, después de dos años de trabajo, finalmente logra. Así, se decide a la creación de un ser humano. Principalmente visita cementerios para hacerse de partes de cadáveres y alquila un desván para ahí realizar sus experimentos.


No se me escapó, desde luego, que en mi trazo destinal describí a Waldman como un tipo bonachón y simpático, lo cual no podía estar más lejos de la realidad. Por ello no dejé de mirar mis hojas cuando estuve de vuelta en la residencia de estudiantes donde conseguí alojamiento. Tampoco pude evitar notar que me esperaban cuando menos dos años de trabajos al lado de tales sujetos. Recuerdo que estaba ahí, solo, tiritando de frío, preguntándome si no sería mejor echar a correr en dirección contraria y salvar el pellejo… Pero por alguna razón no lo hice. Y ahora heme aquí en las gélidas tierras polares tratando de dar fin a todo este enredo. Seguramente mi decisión tuvo que ver con que no me veía regresando a casa con el fracaso a cuestas. Anhelaba que Elizabeth me viera triunfante, no de esta manera. Eso sin contar que lo más probable es que mi habitación en Ginebra ya estuviese siendo ocupada por siete escribanos.

Decidí, pues, poner al mal tiempo buena cara. Y me presenté a la primera clase con el señor Krempe al día siguiente. Por lo menos otros quince condiscípulos compartieron el aula conmigo. Y todos fingieron interés en los peores poemas jamás escritos durante algo así como ochenta o noventa minutos. Cuando salí, en el pasillo ya me esperaba nada menos que Waldman. En realidad yo fui el único que lo notó; era bastante fácil confundirlo con una maceta.

—Frankenstein… qué casualidad —dijo, interceptándome—. ¿Qué anda haciendo por aquí?

—Eh… aquí estudio, profesor. Creí que había quedado claro.

—Oh… llámame Igor. Es mi nombre de pila. Rompamos el hielo.

—Como quiera. Como quieras.

—Así me gusta. ¿Y qué planes tienes para el almuerzo?

—Eh…

Los otros alumnos, con los que había quedado para tomar un bocadillo, ya se habían adelantado.

—Está bien, no te mentiré, Frankenstein. Eres mi última esperanza.

—¿De qué habla, profesor?

—Igor.

—Claro, Igor. Disculpe. Disculpa.

Se sentó en la orilla de una verdadera maceta que se encontraba a la salida del aula. Vale la pena contar que se cubrió la cara con una de las hojas de la planta cuando salió Krempe, tal vez queriendo hacerse pasar por un gnomo de jardín.

—¿Qué le pareció la clase, Frankenstein? —preguntó éste.

—Muy interesante, profesor… aunque, la verdad, no sé qué tenga que ver un poema intitulado “Querida Rose­mary, cómo pudiste cambiarme por un reloj de bolsillo” con la filosofía na…

—Nos veremos pronto. Tengo otra clase —me interrumpió y siguió su camino.

Hasta entonces Waldman, es decir, Igor, se descubrió el rostro.

—No podría odiarlo más —gruñó—. O bueno, sí que podría, pero no vale la pena hablar de eso antes del almuerzo. Como te decía, Víctor…

—Me gusta más Frankenstein, si no te importa.

—Oh, claro. No me importa.

—Gracias.

—Bien, como te decía, Frankie…

—Frankenstein.

—Eh, sí, perdona. Como te decía… eres mi última esperanza.

—¿Por qué?

Sacó de entre sus ropas un pañuelo que parecía haber sido utilizado por cinco generaciones en su familia y se limpió el sudor con fruición.

—Número uno, mi puesto en la universidad está en juego. Número dos, estoy a punto de ser expulsado de la sociedad de científicos del campus. Número tres, tengo una reputación que cuidar. Y número cuatro, ya que estamos platicando… también tengo una hipoteca que saldar. Una grande.

—¿Y qué tengo que ver yo en todo eso, Igor, si no es muy atrevido preguntar?

—Frankenstein, eres el único que se inscribió en mi clase este curso. De hecho, eres el único que se ha inscrito a mi clase en los últimos tres periodos. No te contaría esto si no fuese porque hasta ayer ya me había resignado a mi suerte. El comité académico de la universidad me lanzó un ultimátum hace tres meses: o conseguía cuando menos un alumno, y un proyecto de investigación, o ya podía dar con mis huesos en la calle.

A decir verdad… no me entusiasmaba mucho la idea de ser la tabla de salvación de alguien como Igor Waldman. Pero tampoco es que tuviera muchas opciones, si en verdad iba a ceñirme a mi proyecto de vida.

—El caso es que ayer… cuando estaba buscando entre mis libros un recibo que pensaba falsificar para presentar en el banco, llegaste tú. Y con ello puedo decir que me ha vuelto el alma al cuerpo, si he de ser completamente sincero contigo.

Me rasqué la nuca, un tanto nervioso.

—No sé, Igor, tal vez hubiera agradecido un poco de hipocresía.

—Tonterías. Si hemos de ser amigos, no hay que ocultarnos nada.

Dejó salir una flatulencia que parecía coronar su frase de una manera impecable.

—Pues, entonces… ¡Muchas gracias! ¡Te debo la vida!

Mientras estrechaba con excesiva alegría mi mano, lo miré, aturdido. En mis sueños juveniles siempre imaginé a una belleza como mi prima Elizabeth sintiéndose salvada por mí y diciéndome justo esas palabras, arrojándose en mis brazos y cediendo al impulso irrefrenable de besarme en público. En contraparte, la vida me ofrecía a un jorobado tuerto y chimuelo que por alguna razón, al decir tales frases, temí que se arrojara a mis brazos. Retiré la mano y sonreí un poco forzado.

—Eh… bien… —solté—. Pues, entonces… ¿qué sigue?

Justo es decir que, lo que siguió, fue absolutamente vertiginoso.

Igor no era en verdad el primer sujeto a quien te hubieras dirigido en un coctel o en el foyer de un teatro para entablar amistad, pero tampoco era necesariamente un mal tipo. En cuanto terminamos esa conversación me llevó adonde él creía que convendría realizar mis experimentos: un viejo y pequeño castillo que había pertenecido a su familia desde tiempos en los que no era mal visto resolver las diferencias con tus vecinos empalándolos o decapitándolos. Se trataba de un lúgubre y deteriorado edificio con torre almenada y portón de doble hoja, que justo había hipotecado para seguir viviendo. El castillo, aunque emplazado en una colina, no estaba lejos de la universidad y no le fue difícil convencerme de que me mudara allá para dejar de pagar alojamiento en aquella residencia de estudiantes donde, de cualquier manera, tenía que compartir el retrete con otros quince condiscípulos que siempre olvidaban levantar el asiento al orinar.

En el castillo había un laboratorio entero, donde Igor llevaba años realizando experimentos infructuosos. De hecho, tenía una lista de todo lo que había intentado sin éxito en los últimos meses, evidenciando el resultado final: número uno, tónico para hacer crecer la barba de la noche a la mañana; resultado: quemaduras en el rostro del prototipo; número dos, tónico para hacer desaparecer quemaduras de la noche a la mañana; resultado: quemaduras en el rostro del prototipo; número tres, ungüento de amor; resultado: vómito, demanda legal y quemaduras en el rostro del prototipo.

Y así sucesivamente.

—Todo tuyo, Frankenstein —dijo en cuanto me mudé con él al castillo. Para entonces ya había adquirido una actitud un tanto servil, que no dejaba de parecerme molesta.

—No exageres, Igor.

—No exagero. Puedes prenderle fuego si quieres.

—Tal vez lo haga.

—Hazlo.

—No bromeo.

—Yo tampoco. Es ciento por ciento tuyo todo lo que ves.

En mi paseo por el laboratorio tiré sin querer un matraz al suelo. Juro que fue involuntario pero el recipiente de vidrio se rompió al instante.

—¡Oh, perdón…! ¡Vaya torpeza!

—No te disculpes. Puedes romperlo todo también, si gustas —y dicho esto, él mismo tiró un tubo de ensayo que estalló en mil pedazos.

—¡No hagas eso, Igor! ¡Lo mío fue un accidente!

—Te dije que no bromeaba. Lo romperemos todo, si es tu deseo —y arrojó otro tubo al suelo.

—¡Basta!

—¡Qué más da! —caída de frasco y estrépito.

—¡BASTA, DIJE!

Es verdad que me ofusqué y grité tal vez demasiado alto pero no era para que Igor se cubriera la cara, temeroso de ser golpeado. Me pareció que eso podía tornarse aún más molesto si yo no tomaba medidas; tuve la ominosa visión de Igor Waldman arrodillado y diciendo: “es ciento por ciento tuyo todo lo que ves, Frankenstein”; o empezando a llamarme “amo” y diciendo cosas como “sus deseos son órdenes, amo”.

Padecí un escalofrío.

—Pongamos algo en claro —dije—. No voy a dejar tu clase en dos años, por lo menos, Igor. Así que puedes descansar. No tienes que adularme todo el tiempo.

Me miró largamente. Luego, dejó escapar una nueva flatulencia y se sentó en un banco de estiradas patas. Abanicó con una mano para alejar el hedor y soltó:

—Honestamente… es un alivio, Frankenstein. ¿Puedo fumar?

—Adelante.

Encendió una pipa, a la que dio una larga chupada mientras se recargaba en una de las mesas. Luego, dejó escapar el humo como si en verdad se liberara de un gran peso. Se cruzó de brazos y contempló el amplio laboratorio, que contaba con todo tipo de instrumental. En cierto modo, todo lo que se encontraba en esa sección del castillo representaba un mundo entero de posibilidades para ambos y me sentí repentinamente optimista.

—Y bien… ¿qué tienes en mente? —exclamó.

¿Que qué tenía en mente? La verdad, tenía en mente a Elizabeth deslumbrada por los alcances de mi gloria suprema, absolutamente encandilada por el triunfo de su primo Víctor, el más grande científico de toda Europa. La verdad, tenía en mente a Elizabeth dejando para siempre su show de feria y casándose conmigo. La verdad, tenía en mente a Elizabeth todo el maldito tiempo. En ese momento ninguno de los acontecimientos del trazo del destino ocupaba un lugar en mi cabeza, nada de lo terrorífico que asomaba en el futuro. Nada. En ese momento sólo estaban Elizabeth y su mano en mi mano y la promesa de un porvenir juntos.

—¡Háganse a un lado, científicos del mundo! —dije, tal vez un poco afectado—. ¡Tengo un laboratorio conmigo! ¡Y no dudaré en usarlo!

Lo cual hizo sentir un poco incómodo a Igor.

Y a mí también, honestamente.

Pero era un inicio.

No había vuelta atrás.

A partir de entonces, comenzamos a trabajar juntos. Al principio coqueteamos con algunas ideas que pretendían introducirme en el fascinante mundo de la Química y la Filosofía Natural, el cual desconocía en su fase más experimental. Por ejemplo, ayudé a Igor con su tónico para hacer crecer la barba e incluso fui yo quien tuvo la idea de experimentar antes en gatos callejeros. Al final terminamos por bautizarlo como “el milagroso tónico que hace a los felinos mudar de pelo”. También me sumé a cierto proyecto añejo que tenía Igor para conseguir que al pan no le salieran hongos después de una semana a la intemperie. Terminamos por bautizarlo como “la milagrosa sustancia que vuelve al pan más duro que la piedra”.

En esos primeros meses, en lo único en lo que verdaderamente tuvimos éxito fue desarrollando una receta de panqueques que le había heredado su madre y que tenía incompleta.

—¡Soberbio, Frankenstein! —dijo Igor después del décimo cuarto proceso de amasado y cocinado por el que transitamos—. ¡No sólo están exquisitos, saben mejor que los de mi madre!

Eso fue un verdadero aliciente pues, siempre que fracasábamos en algún experimento, aparecía la propuesta:

—¿Panqueques? —decía alguno, con los cabellos chamuscados o un lado de la cara pringado de baba púrpura. A lo que el otro respondía:

—Me leíste la mente, colega.

Lo que llevaba a una bacanal de panqueques con miel que hacía los honores al pecado de la gula y no terminaba hasta el día siguiente.

Fueron pocos los meses en los que Igor me entrenó en el oficio de la mezcla de ingredientes, la apertura precisa de válvulas, la calibración de pipetas y el correcto uso de una flama para conseguir que dos sustancias reaccionaran sin volar el edificio en mil pedazos. Una vez que me sentí listo para emprender la misión de mi vida, Igor me explicó que necesitaríamos, principalmente, dos elementos clave: número uno, electricidad; número dos, algo muerto que dotar de vida con esa electricidad. No pude estar más de acuerdo. El verdadero problema fue que él empezó a alardear de dicho proyecto con todo el mundo en la universidad.

—Ahora estoy vacunado contra sus desdenes —decía a catedráticos, científicos, estudiantes y hasta personal de limpieza—. ¡En cuanto Frankenstein y yo terminemos el proyecto que tenemos en mente, revolucionaremos la ciencia, mentecatos! ¡Y tendrán suerte si siquiera nos dignamos a mirarlos después!

En principio todo el mundo lo tildaba de loco. Pero no hay que olvidar que yo era nuevo en la ciudad y, como tal, un misterio. ¿Acaso era yo una especie de sabio desconocido? ¿O de estudiante prodigio con un talento natural para la innovación y el descubrimiento? En cuanto empezamos a hacer cambios en el castillo para atraer los rayos de las no tan inusuales tormentas eléctricas de la región, la gente comenzó a hablar. Siete pararrayos instalados en un mismo edificio pueden hacer eso y más. Aunque tal vez lo que más haya ayudado a producir verdadera expectación fue que Krempe se dio a la tarea de correr el rumor de que yo era de los más adelantados de su clase (en realidad no tenía ningún empacho en aplaudir sus espantosas redondillas). Ahora estoy seguro de que Krempe lo hizo para anotarse algunos puntos con la comunidad universitaria. Y vaya que lo logró, pues a partir de entonces tanto estudiantes como profesores decidieron que valía la pena mantenernos observados.

—¿Qué diantres pasa aquí? —fue lo que dije aquella tarde en que salimos del castillo a robar nuestro primer cadáver.

—Oh… creo que son algo así como admiradores nuestros.

En torno al castillo se encontraban varias tiendas apostadas, en las que habían acampado algunos miembros de la comunidad científica de Ingolstadt. Se apreciaba un aire de bullicio, como si fuese a celebrarse una feria culinaria o fueran a ahorcar a alguien del árbol más próximo.

—¿Admiradores?

—Saben que estamos a punto de lograr una gran hazaña científica. Quieren estar cerca para no perder detalle y, de paso, formar parte de tan importante acontecimiento histórico.

El sol estaba poniéndose. Y yo no me sentía cómodo. En cuanto dejamos atrás la puerta del castillo, cargados de palas, picos y costales, completamente vestidos de negro e incluso con las caras cubiertas de hollín, todos nos miraron con interés. Al menos unas cuarenta personas aguardaban tomando el té, jugando naipes, leyendo el diario, todos a la espera de la revolución científica que Waldman les había prometido.

—No lo sé, Igor… —dije en un murmullo—. Se supone que vamos a profanar tumbas. Hubiera sido mejor hacerlo, ummh, sin tanta gente.

—Un poco de fama no le viene mal a nadie.

No bien dimos unos cuantos pasos cuando varios de ellos comenzaron a aplaudir y a vitorearnos. Supongo que es inútil aclarar que tampoco esto se ajustaba a lo que había previsto en mi trazo destinal, pero preferí no amargarme el momento. Ambos hicimos una pequeña reverencia y caminamos en dirección a la colina.

—No lo sé, Igor… —dije, mirando de reojo a varios colegas que, con gran entusiasmo, iban en pos de nosotros—. Tal vez hubiese sido mejor robar cuerpos sin gente pegada a nuestras espaldas.

—Oh… detalles.

Llegamos al cementerio que habíamos elegido en medio de una noche sin luna y con una buena partida de estudiantes tras de nosotros que, a falta de mejores cosas que hacer, a ratos cantaba, a ratos bebía vino, a ratos contaba chistes colorados. Un par de jóvenes nos sostuvo la escalera mientras franqueábamos la pared e incluso nos esperaron fumando sentados sobre la barda.

Hubo un momento en que la tarea se nos hizo tan ardua que me sentí tentado a pedirles que nos ayudaran, pero Igor me lo impidió.

—Tiene que ser nuestro logro, Frankie, tuyo y mío y de nadie más.

—Frankenstein.

—Bueno, eso.

Mover la pesada lápida fue una cosa, pero aflojar la tierra, cavar y levantar la tapa del ataúd otras muy distintas y agotadoras. Y eso que se trataba de una tumba fresca. A lo lejos se escuchaban las risas y los cantos de nuestros admiradores, quienes ya iban en la segunda bota de vino.

—¿Es una broma? —dije en cuanto apareció ante nuestros ojos el rostro cadavérico de la señora Braun, muerta apenas tres días atrás.

Se trataba de una señora como de ochenta años y el doble de kilos. Me pregunté cómo habían hecho los sepultureros para hacerla entrar en el catafalco.

—¿Es una broma? —insistí.

—Los obituarios no suelen mencionar el volumen del difunto.

Para no cansarlos con narraciones innecesarias, sólo diré que tuvimos que echar mano de nuestra partida de “admiradores”. Entre los siete pudimos, con trabajos (muchos trabajos, de hecho) arrojar a la señora Braun por encima de la pared del cementerio y rodarla hasta que nos venció el cansancio. Luego, alguien tuvo la idea de arrastrarla sobre los sacos y así lo hicimos… al menos por los ocho metros que conseguimos moverla. Al final Igor tuvo que alquilar dos mulas que nos permitieron volver al castillo victoriosos y con la señora Braun casi intacta (sólo perdió la oreja izquierda, que una de las mulas decidió servirse como aperitivo). Rayando el alba nos recibió la comunidad científica con más aplausos y vítores que si hubiésemos terminado el experimento.

Cuando al fin traspasamos la puerta del castillo me sentí bajo el peor de los escrutinios. Quizá porque, antes de cerrar el enorme portón, Igor se atrevió a anunciar, a voz en cuello:

—¡Esa señora que acaba de entrar arrastrada al laboratorio, saldrá pronto por su propio pie!

Fue el pandemónium.

Gritos, silbidos, aplausos, hurras y vivas. Dos estudiantes que llevaban acordeón y guitarra se pusieron a tocar una polka que hizo bailar a más de tres.

Pero nosotros, ya del otro lado del portón, no pudimos evitar mirar a la enorme señora Braun, rígida y gris y con el gesto más adusto del mundo (al fin muerta), tendida de espaldas en medio de la estancia, aguardando y como si fuera a levantarse en cualquier momento para cantarnos “¿Y ahora qué, par de genios?”.

—Y ahora… rezamos por una buena tormenta eléctrica —dijo Igor, como leyendo el pensamiento de la dama. Y el mío también.

No obstante…

En tres días tuvimos cielo despejado. Y un cadáver sobre la mesa del laboratorio (que casi nos produce una hernia subir) esperando a que ocurriera algo interesante, mientras siete pinzas metálicas se aferraban a su cada vez más maltrecha piel. La batalla que librábamos contra las moscas era, en verdad, épica. Recuerdo que estábamos tratando de impedir que un moscardón de tamaño prehistórico extrajera uno de los globos oculares de la dama cuando llamaron a la puerta. Igor fue a atender mientras yo intentaba, rociando químicos que me hacían temer por mis propios globos oculares, que la nube de insectos al menos se dispersara un poco.

—Tenemos problemas —dijo Igor al volver.

Muy amablemente esperó a que yo dejara de toser para comunicarme las buenas malas nuevas.

—Están ahí afuera enviados de por lo menos siete periódicos, listos para cubrir la nota. Acabo de prometer una entrevista.

—Ajá… ¿Y?

—Una entrevista con la señora Braun… para el martes.

No pude evitar mirar a la señora, a quien ya le colgaba la mandíbula en un grito mudo, como anticipándose al momento, no muy lejano seguramente, en que no sería más que un esqueleto. Y tampoco pude evitar pensar que era viernes.

Con todo, ya dije que tuvimos tres días de cielo despejado. Pero al cuarto…

¡Rayos y truenos y la más tétrica de las noches!

Un chubasco monumental. ¡Un diluvión de miedo! ¡Una tormenta apocalíptica!

Pero ni así se marcharon nuestros “admiradores” de los lindes del castillo. Y eso incluía a la prensa. Y a algunos parientes de la señora Braun que ya nos habían escrito agradeciendo que la fuésemos a devolver a la vida porque nunca reveló el lugar exacto donde había enterrado una vajilla de plata que se había robado de un café en el que trabajaba.

Noche trágica. Noche funesta. Igor y yo nos aseguramos de que las conexiones hacia el cuerpo y los siete pararrayos estuvieran perfectamente donde debían. Y cruzamos los dedos.

A decir verdad, mientras esperábamos que uno de los tantos rayos cayera en el edificio y condujera su electricidad a través del cuerpo de la señora Braun, nos preguntábamos si en verdad queríamos verla volver a la vida en el estado en el que se hallaba. Carecía de ojos y de nariz, el cabello era un abrojo, la piel se le había vuelto acartonada y apestaba peor que si estuviese rellena de excremento.

Con todo… íbamos a revolucionar la ciencia. Y de acuerdo a mis notas de “el trazo del destino”, yo, ejem, con el tiempo… daría vida a una criatura. Y acaso fuese ella, la señora Braun. No importaba que aún no transcurrieran los dos años previstos… ni importaba que en mis pronósticos se hablara de un varón… Si así lo tenía decidido la suerte, bien por ella. ¡Y bien por la gloria y la fama que nos vendrían con el resultado!

Y así, aguardamos. Y aguardamos.

Y aguardamos…

Y ningún rayo parecía querer venir a descargar su furia en nuestro experimento. Comenzamos a comernos las uñas. Yo, las de mi mano derecha; Igor, las de su mano izquierda; y una rata que se había aficionado a la señora Braun, las de los dedos de sus pies. Con todo y dedos.

¡Oh, noche trágica e infausta! ¡Cuántas veces creímos desfallecer! Recuerdo que Igor hacía una alusión a nosotros como modernos Prometeos, disertación que me pareció harto interesante, cuando, justo al momento en que la lluvia ya era espantosamente tenue, al castillo entero lo acometió un golpe como surgido de lo más profundo del infierno. Por un momento fue como si viéramos a Lucifer a los ojos y lo escucháramos gritar con toda su fuerza para, inmediatamente después, salir despedidos por los aires, lejos de la mesa en la que teníamos a la señora Braun de espaldas.

Aturdidos, tardamos aproximadamente unos tres minutos en recuperarnos de la impresión. Y en acostumbrarnos a la oscuridad, pues todas las lámparas habían sido apagadas por la ira del rayo. Cuando al fin pudimos encender una vela, ninguno de nosotros tuvo dudas de que la señora Braun no tenía intención alguna de sentarse por sí misma, estirar los músculos, ordenar una taza de té y disponerse a conceder entrevistas. Ahora se parecía más a un gran trozo de carbón que a un ser humano. Y la rata que antes roía de ella, compartía la misma apariencia, detalle enternecedor si consideramos que últimamente habían sido muy unidas.


Contemplamos por unos instantes el resultado de nuestro experimento cuando empezaron a llamar a la puerta con insistencia.

Durante varios minutos ni Waldman ni yo supimos qué hacer.

—¿Panqueques? —soltó con un admirable y casi podríamos decir que heroico tono de resignación en cuanto se disipó el humo.

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