Kitabı oku: «Ser hoy persona humana y creyente»

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Nicolás Castellanos Franco

Ser hoy persona humana y creyente


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En memoria y gratitud a Carmela Mediavilla, «mujer nueva», excelente profesional, amiga de los pobres del Plan 3000.

Santa Cruz de la Sierra, Bolivia

Prólogo

No estoy seguro de si este libro aporta algo significativo, si puede ayudar a alguien o si puede llegar a ser una pequeñísima lucecita en el camino. No lo sé. No quisiera hacer perder el tiempo a nadie.

Pero desde mi sentido de la amistad, con el que he recorrido la peripecia humana, por si te sirve, quería compartir contigo estos trozos de vida, de utopía, de experiencia martirial, pascual, liberadora. Y, si no te sirven, te pido disculpas y seguimos como amigos en la búsqueda del sentido, que siempre termina en el totalmente Otro y en una humanidad más integrada, coherente, sencilla, compartida, dignificada, abierta, humanizada y provocadora, que empuja la historia hacia delante.

La conciencia colectiva postula, con apremio, dos cosas: en primer lugar la recuperación de la persona humana en toda su identidad y cuadro de valores. Parece que se nos ha olvidado que lo primero de todo es empezar por ser persona, que ejerce la libertad, practica la bondad y busca el bien común. Desde ahí se levanta un humanismo personalista, solidario, comprometido, que se mueve en un entorno social integral e integrado, sano, justo y ecológico, donde cuenta la dignidad y respeto a la persona; en definitiva, cristiano. Esto no se consigue, si no se desarrollan en cada persona actitudes alocéntricas, maduras, adultas, y donde el restringido mundo del ego captativo, egocéntrico, posesivo, individualista y violento y sea superado o reducido a la mínima expresión. Y aquí se llega mediante procesos graduales de educación y aprendizaje del arte del bien vivir que exigen esfuerzo, entrega y lucha hasta conseguir la liberación interior de todas las esclavitudes y sometimientos irracionales. El camino es razón, bondad y religión.

En segundo lugar, la otra gran preocupación es el nuevo paradigma de Iglesia, que tiene por objetivo, hacer presente en el mundo de hoy, la Buena Nueva del Reino. Entonces el anuncio del Evangelio, evangelizar es llevar la Buena Nueva al que no la tiene. Eso es lo esencial; entonces, si lo esencial de la Iglesia es evangelizar, llevar la Buena Nueva, al que no la tiene, un tema de fondo es la renovación radical en los contenidos y modos de evangelizar.

Ser persona en plenitud y llevar la Buena Nueva al que no la tiene culminan con las bienaventuranzas. El seguidor de Jesús tiene que ser dichoso (makários), que en la literatura griega significa la «felicidad plena de los dioses». Los autores griegos Platón, Plutarco... afirmaban que Dios es la dicha.

Los valores más significativos que aporta Jesús a la humanidad son las bienaventuranzas. Estas ponen la vida al revés.

La felicidad plena que todos anhelamos alcanzar, no se consigue mediante la riqueza, el poder o el éxito. Se logra cuando nos unimos a los demás para conseguir la dignidad humana para todas las personas, para asegurar la paz que nace de la justicia, para ejercer la bondad sin medida que nunca se cansa de hacer el bien y está atenta a lo que la otra o el otro necesitan.

No olvidemos que la bondad, que es lo que define el carácter y naturaleza de las bienaventuranzas, termina con la bienaventuranza de la persecución. Así lo muestran esas situaciones frecuentes de perseguidos, censurados, odiados, mal interpretados y hasta calumniados. Y concluye ese profeta real de nuestro tiempo, José María Castillo, entonces puedes ir por la vida con la seguridad de que tu presencia contagia la bondad de Jesús. Siempre actuaba así con todos, incluso con aquellos a quienes censuraba a pesar de no contagiar felicidad, sino mentira.

En todo caso se trata de que las diferencias no se conviertan en desigualdades, pues todos somos diferentes pero todos tenemos los mismos derechos: «Cuando esta igualdad se convierta en seguridad, entonces perdemos todos los miedos».

Por ahí quiere discurrir el discurso, el pensamiento y la praxis de nuestro libro Ser hoy persona humana y creyente. Nos interesa poner sobre la mesa los dos temas esenciales: la persona humana y la renovación evangelizadora.

Creo que eso es lo esencial y la clave del nuevo paradigma de Iglesia en el siglo XXI. Y ese es el itinerario que nos está trazando el obispo de Roma, el sucesor de Pedro, Francisco. De esto tengo experiencia en mis 13 años de pastor y obispo de Palencia. No hablo de memoria, sino desde la praxis pastoral.

Los contenidos que te presento reflejan caminos recorridos, jirones de vida desgarrados, noches oscuras y noches rutilantes, emprendimientos y fracasos, esperanzas levantadas y desilusiones caídas. En el camino de los pobres sobran gratificaciones y abundan las decepciones, tardes grises de Viernes Santo y levantes pascuales: el misterio de la Cruz y de Pascua, del Señor crucificado, resucitado y entronizado. Pero todo es gracia y todo es don, y lo nuestro es seguir al Maestro, tras sus huellas martiriales.

Te ofrezco motivos profundos para vivir con sentido plenamente humano, abierto a la trascendencia. Creo que hoy necesitamos personas libres, responsables, solidarias, abiertas, que contagien ganas de vivir, con alegría, pero desde razones ontológicas, teológicas, humanas y existenciales.

Urge poner sobre la mesa la sensibilidad ecológica, resolver la deuda ecológica, orgullecernos de ser persona, de la naturaleza, de la vida, fuente de amor y placer. Sentirnos agradecidos por ese torrente de vida y amor con que nos envuelve Dios.

Una fe personal y personalizada, como adhesión agradecida y ofertada, que abre horizontes de vida compartida, se traduce en la «jovialidad de la fe de un obispo».

La Iglesia mirando al Sur recuperó el rostro genuino del Resucitado en Aparecida, y bajo el aliento del obispo de Roma y sucesor de Pedro, Francisco, del que esperamos además de sus fecundos gestos y palabras, hechos proféticos, rupturas y consolidación evangélica de la Iglesia hacia el Reino, tal como lo trazó Jesús de Nazaret, pero en nuestro tiempo. Por imperativo y por experiencia gozosa ese modo de ser persona, humana, creyente, convencida, en otra Iglesia, con otro rostro sensible al mundo de hoy, sin renunciar a sus identidades marcadas por Jesús, tiene que afrontar el compromiso de las voluntarias y voluntarios que levantan esperanzas entre los pobres, excluidos, «lo sobrante», en definitiva, en todas las personas más vulnerables.

Creo que nos podemos hacer visibles y significativos para construir el Reino en pequeños gestos de ternura, cercanía, cariño, abriendo caminos samaritanos de alivio, esperanza y amor.

Solo la bondad y la belleza nos humanizan, trascienden y dan sentido pleno a nuestra vida. Compartir estos valores fundamentales contigo en este momento histórico es sumarnos en esa complicidad de ir haciendo pequeños relatos liberadores que siembren alegría, paz y ganas de vivir.

Creo que este es el latir de los nuevos signos de los tiempos, de las exigencias humanas de la persona, de los postulados renovados de la teología y de la pastoral, que se inspiran en el Evangelio de Jesús de Nazaret, en las coordenadas del concilio Vaticano II y en los profetas de nuestro tiempo.

Nos preocupa que el Evangelio, sea ahora y aquí, lo que siempre fue, «la Buena Noticia, que levante esperanzas en nuestro mundo, por una parte apasionante, de tecnologías punta, de avances espectaculares, pero, al mismo tiempo, desgastado, triste, paralizado, por la cultura del miedo, con un Norte, inmerso en la cultura de la insolidaridad, en crisis profunda económica y de valores, y con un Sur convulso, que se desangra entre pobrezas, drogas, corrupciones, extorsiones, injusticas, desigualdades y contrabando». ¿Cuánto se habrá llevado la corrupción en España? No se sabe. Se dice que un 1%, unos 40.000 millones de euros, según el presidente de Transparencia Internacional en España (2014).

Tendríamos que explicitar, buscar entre todos, para que nuestro mundo encuentre el rumbo, vivir a gusto en la casa común, sentirnos bien en la «aldea global», en un mundo integrado, interdependiente, intercultural, interreligioso, con una visión nueva y plural de la vida, en el marco institucional de las libertades, los derechos humanos y la liberación humana e integral.

Pongamos más empeño en diseñar esta otra realidad, convirtámoslo en objetivo común de todos los humanos, sin empecinarse en los derroteros de la maldad, del odio, de la violencia o del ídolo dinero, por quien sacrificamos todo. Pongamos en escena todos los valores humanos y aportaciones del Evangelio de Jesús. Con todo, aparecen nuevos levantes aurorales en las palabras, los gestos, los signos y los hechos del obispo de Roma, Francisco.

¿Por qué no intentamos responder juntos a tantas preguntas que nos asaltan? ¿Cómo ser creyente en esta sociedad marcada por la pluralidad social, política, moral, cultural, religiosa, de género...?

¿Cómo ser creyente en esta Iglesia nuestra, según dice la gente conspicua, anquilosada en el pasado, carente de un discurso atractivo para la sociedad moderna, con una crisis demoledora, escasamente valorada entre las demás instituciones, al menos en España, sin contactar con la nueva cultura del diálogo democrático y del pluralismo?

Nos hace falta una mayor creatividad y una mayor confianza en el Espíritu Santo. Hay que dejarse de complejos y lanzarse a la vida, a la aventura del hombre que también es aventura del Espíritu. El futuro nos pertenece, lo construimos juntos, a pesar de nuestras debilidades, de nuestro barro, insignificancia e incoherencia. Todo muere para renacer en el altar del mundo; al final solo quedan Dios y la persona humana.

No llegar, no es pecado; no partir, sí lo es.

Todo es posible. Lo hemos verificado en este barrio marginal y marginado, denominado Plan 3000, en Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia. El proyecto Hombres Nuevos trabaja por devolver el protagonismo a los empobrecidos, mediante la educación y la capacitación, para luchar contra el fatalismo, la resignación, la pasividad y la desigualdad, para que tomen conciencia de su dignidad y de su papel en su propio desarrollo e historia.

Creo que el enemigo de la vida y la expresión más antiética de la misma es la pobreza; y de los pobres, que son las víctimas, debe partir toda renovación eclesial y evangelizadora.

Cada vez que miramos a María volvemos a creer en la revolución de la ternura y el cariño (cf EG 288).

1. Persona y relaciones humanas

El contenido y alcance fundamental de la persona y las relaciones humanas no se puede dar por supuesto, ni es posible omitirlo. La persona se caracteriza por las relaciones humanas libres, que tienen un fuerte contenido y constituyen en sí mismas un objetivo, una meta que ha de llegar a ser y vivirse como una experiencia elemental fuerte.

La experiencia de las relaciones humanas precede a la actividad familiar, educativa, docente, profesional, pastoral o vocacional. Verificamos, con frecuencia que no se consiguen ciertos objetivos en el campo laboral, profesional, educativo o social porque fallamos en la experiencia relacional. En mi larga experiencia he comprobado, a veces, este fenómeno.

No se puede renunciar a un aspecto esencial de la evangelización como es la promoción integral de todas las mujeres y hombres. Y muchas veces se falla porque las relaciones humanas han fallado primero o ni siquiera existen, o afloran ciertas actitudes inmaduras e infantiles.

Una persona adulta, madura, no se mueve por resentimientos o por heridas emocionales (a no ser que esté sumido en lo profundo de la espiral del ego), sino por actitudes alocéntricas, oblativas, propias de personas maduras. Y, por supuesto, mucho más si somos creyentes donde solo cuenta el amor, la gratuidad, el compartir y el servir a los pobres. Hay que empezar a tomar conciencia de que somos personas que iniciamos procesos de humanización, de personalización, de comunicación, de relación y de socialización.

Y las relaciones humanas son autónomas y, al mismo tiempo, heterónomas; nos relacionan con los demás y desde la fe pueden llegar hasta las relaciones con el absolutamente Otro para enriquecerse y completarse, no para entrar en competencia o conflictividad, en un contexto sano de humanidad.

El punto de partida de las relaciones humanas depende de la visión de la persona. Nos detendremos en estos contenidos: el perfil de la concepción de la persona, los condicionantes actuales y la dinámica de las relaciones humanas maduras.

Perfil breve de la concepción de la persona

Partimos de la antropología actual que nos ofrece algunos rasgos del ser-persona:

 Es un ser abierto, como un abanico de posibilidades. No es algo estático, sino dinámico; pues no es, se está haciendo, se siente y se ve incompleto, por lo que se va haciendo día tras día a través de una historia, de una experiencia vivida conscientemente e impulsado por su necesidad básica de felicidad.

 Aparece como un ser libre, optativo, con capacidad creadora, que necesita proyectarse para lograr su propia realización. A pesar de estar condicionado, no está determinado, es libre, tiene capacidad de elección y de autodecisión, en determinados momentos y situaciones siente la necesidad de optar. También se siente creador dentro de un mundo sobre el que puede influir, transformarlo o cambiarlo. La vida le ofrece elementos transformables, puede contribuir a hacer más habitable la tierra para todos.

 Se trata de un ser dialéctico, es decir, una persona que dialoga, argumenta y discute con el método de razonamiento desarrollado a partir de principios. En la tradición platónica, a través de un proceso intelectual mediante el significado de las palabras puede llegar a las realidades trascendentes o ideas del mundo inteligible. Y en la tradición hegeliana dos opuestos, tesis y antítesis, se resuelven en una forma superior o síntesis. El raciocinio y sus modos de expresión se sienten asediados por las contradicciones, los principios opuestos de la vida diaria. Y son muchas las opciones que hay que tomar y a veces sacrificarse para ir por el camino del bien. El hombre por ser dialéctico se mueve entre los polos: lo concreto y lo abstracto, lo objetivo y lo subjetivo, lo racional y lo instintivo, el ser y el no ser, lo vivencial y lo teórico, lo absoluto y lo relativo, el bien y el mal, lo bello y lo feo, etc. El ser humano por ser dialéctico y dinámico corre el peligro de no llegar a ser lo que debe ser. Pero también tiene todo un mundo de posibilidades. Puede llegar a una visión integrada, integradora, de largo alcance y que alumbre una síntesis lograda, que procede del dominio y señorío de su propia historia. Puede entrar en procesos de experiencias y vivencias que le lleven a asumir un cuadro de valores; y al final de la escalera está Dios, como valor absoluto que necesitamos filosófica y teológicamente en todas las áreas de la existencia. La ciencia y la filosofía llegan hasta un límite y luego solo la trascendencia puede darnos respuestas razonablemente humanas y satisfactorias.

 Es un ser en relación, la persona humana ontológicamente necesita relacionarse, comunicarse, realizarse. Esto es así, pertenece a la estructura ontológica y existencial de la persona. Constituye la base, el fundamento de esos deseos innatos y radicales de ser, de hacer y de gozar.

Hay que priorizar esos elementos de la experiencia humana y cristiana: ejercer con gratuidad y generosidad esa capacidad personal y comunitaria de humanización, sanación, curación, personalización, socialización. Nada humano resulta extraño al cristianismo. La gloria de Dios es que el hombre y la mujer vivan; en la especie humana de la vida siempre está presente el potencial de la libertad, con su capacidad de aprendizaje, de evolución y de cambio permanente. Nada es perfecto, todo tiene derecho a ser, a crecer, a vivir feliz, en tensión, en medio de dudas y armonía. «No se puede suprimir la autonomía de la creación ni su creación más excelsa, la libertad», afirma Jon Haught. Todo evoluciona en círculos concéntricos, en esperanza, hacia adelante, en devenir permanente, en un camino procesual, en donde nada está acabado.

Ante el desconcierto de tantas preguntas sin respuesta, de requerimientos sumidos en la oscuridad, me siento impotente, pequeño, incapaz, desvalido, a veces sin norte, incómodo en la «aldea global». Pero, si pruebas un truco psicológico o teológico, todo puede cambiar. El truco psicológico consiste en salir del hondón de la espiral del egocentrismo, donde el ego impone su imperio y bloquea y cierra todas las salidas hacia adelante.

Ensayas tu búsqueda sincera, abierta, desde tu propio ser y el ser de la comunidad, sin salirte de tu entorno, de la historia humana y cósmica, espiritual y utópica, siempre en evolución, entre sombras y oscuridades, flaquezas y debilidades, y también entre motivaciones y autoconfianza, que nace de actitudes oblativas, maduras, de autoestima, seguridad. Es posible superar ciertas evasiones de vida fácil, de consumo. Y la generosidad ayuda a relativizar barreras y dificultades. Sin miedo, ni tabúes, con rigor científico la persona se expresa y realiza en plenitud, como ser sexual, sexuado, erótico, abierto a la trascendencia. Hay incluso un truco teológico. La fe no suprime nada, añade, enriquece; es un plus, una luz y visión nuevas. Dios ni prescinde ni sustituye a nadie y menos al hombre o a la mujer. Dios siempre añade, multiplica, fortalece, pone gracia, se hace don, nos hace agraciados, mujeres y hombres nuevos.

Pero la fe, como la vida, es dialéctica, puedo vacilar en el camino; tan pronto estoy resuelto a seguir, como a abandonar; creo que no valgo, pero me asalta la confianza en ti. Me asaltan las dudas, pero me seduce tu camino, esa fuerza invisible de la comunión entrañable contigo y los hermanos. Llama a la puerta esa «determinada determinación».

Señor, eres mi fuerza para romper y romper, con alegría. Toda conversión exige ruptura, cambio y todo cambio se procesa en ser algo mejor, en algo hacia adelante.

El truco teológico está en poner los ojos no en ti mismo, sino en el Señor de lo posible en lo imposible. Confiar enloquecida y tercamente en el Señor de la vida y de la historia, compañero de camino. Ahí se afirma la persona, se multiplica, se dinamiza y motiva en el sentido de la vida, se intuyen horizontes posibles de felicidad, en tensión hacia la plenitud, nunca conseguida por muy proactiva que sea. La vida se define así en actitudes dinámicas, positivas, que abren horizontes a la existencia.

El largo y laborioso proceso de maduración humana se abre e integra en lo fundamental cristiano: ser para Dios, desde el ser para los hermanos, especialmente para los pobres y excluidos, «lo sobrante» en el mercado neoliberal.

En el paradigma de la identidad humana, social, cósmica, creyente y eclesial en la coyuntura actual no puede faltar una fuerza de renovación, de cohesión, de comunión, de futuro para todos, que forma parte de la entraña de ser persona humana y del discípulo de Jesús. El discernimiento, la búsqueda y el cultivo de los signos del reino de Dios, vengan de donde vengan. Ese es el desafío de una nueva catolicidad, una oportunidad de diálogo y de sueño común, que venza la tentación del totalitarismo. Esta nueva catolicidad entendida como totalidad abierta, que con la libertad y confianza de los hijos de Dios y a través del diálogo persistente y perseverante, busca la verdad y su propia identidad. Parafraseando a san Agustín diríamos que el que busca encuentra y el que encuentra busca todavía y aún encuentra más. Hace falta encontrar el punto de encuentro entre la institución, la comunidad, la comunión, la mística y la catolicidad.

Los tiempos son propicios para la comunión[1].

Condicionante actual

Existen muchos condicionantes y uno de los más significativos, en esta sociedad digitalizada, con tecnologías punta, es la incomunicación.

Vivimos en la sociedad más comunicada y nunca la persona ha estado más sola. Vivimos aislados en medio de la sociedad, incomunicados, faltos de relación, de amor. La persona, por naturaleza abierta y relacional, está sumida en el egoísmo, el egocentrismo, en la incomunicación, el aislamiento, el individualismo, el hedonismo y el consumismo. Y, en consecuencia, busca toda clase de evasiones, sucedáneos, fugas y escapismos de la realidad.

Y en ese contexto inhumano, aislado, de soledad y de incomunicación, se acentúa el vacío existencial; y las necesidades básicas de comunicación, de relación, de amistad quedan sin saciarse.

Se nos impone la necesidad de romper con el aislamiento, fruto de la incomunicación. Y disponemos de algunos recursos, hay que interiorizar y asimilar que la comunicación es uno de los valores básicos para la realización personal. Esto se logra desarrollando actitudes de comunicación con relaciones personales, personalizadas e interpersonales. Debemos provocar experiencias de comunicación que nos permitan descubrir al otro, cómo es, qué piensa, que tiene valores y merece respeto y aceptación, para que de este modo arrojemos las máscaras que impiden el auténtico encuentro personal y grupal. Que la alegría de la comunicación nos lleve a desterrar la angustia de la incomunicación.

Dinámica y contenido de las relaciones humanas

Todo grupo humano debe crecer siempre en una línea ascendente, no desde la posesión o el dominio, sino desde el ser. Ahora describiré el proceso relacional en sus pasos más significativos, pues el grupo crece en la línea de la personalización (ser), en la de la comunicación (ser-con), desde la situación histórica (ser-en-situación) y en la línea de la misión, del servicio, de la función (ser-para).

a) El grupo crece en la línea de la personalización: Ser

El grupo comienza por tomar conciencia de su ser como persona y como grupo. Primero es. Antes de comunicarse, de tomar conciencia e influir sobre la realidad exterior, antes de hacer, es. Se personaliza y personaliza a los otros, es decir, los toma en cuenta; como consecuencia, se entablan las relaciones humanas con una carga fuerte personalizadora, porque se entabla la relación de una persona a otra, desde el respeto de uno y desde el respeto de los otros; entonces las relaciones son verdaderamente humanas porque son personales, clavan su raíz en la misma persona, libre y optativa.

Desde ese contexto de ser y de ser persona, se personaliza toda actividad, todo trabajo, todo quehacer. Tiene otra dimensión la tarea educativa y pastoral, pues el contacto con los otros aparece como una llamarada que ilumina las cosas, las personas, los hechos, produce acogida, calor, aceptación, vigor...; el grupo crece, se desarrolla en medio de cierto clima y sintonía, cada persona es, quiere que los otros sean, se goza de que existan.

El primer paso hacia la personalización consiste en la manifestación de la persona al grupo. Se presenta a los demás y, cuanto más en profundidad se presente y se manifieste, más fácilmente conectará y entablará las relaciones interpersonales. Esto constituye un paso vacilante, incipiente.

El segundo paso hacia la personalización consiste en exponer al grupo sus primeras reacciones. Adelanta sus primeras impresiones. Puede ayudar la técnica empleada de temores y esperanzas o expectativas y temores.

El tercer paso hacia la personalización llega a niveles más profundos, ya que se consigue cuando se manifiesta el ser de la persona, bien sea por medio de hechos personales de vida, bien describiendo sus sentimientos, reacciones, modos de ver la vida, de actuar, de ser, su sentido del amor, de la libertad, su capacidad de reacción ante los otros, los hechos, etc.

El cuarto paso hacia la personalización supone un paso de la manifestación al conocimiento personal porque se trata de llegar a conocer a través del catálogo de problemas y el test de personalidad.

Y ya el quinto y último paso hacia la personalización requiere un intento de llegar al ser profundo de la persona, por medio de métodos proyectivos.

En conclusión estamos en el capítulo más importante de las relaciones interpersonales, que se establecen de persona a persona y no del personaje a personaje o se quedan en meras relaciones laborales o profesionales. Aquí lo que cuenta son las personas, Pedro que se comunica con la persona Juan. Suele ser una razón por la que vivir. La vida sin personas significativas, amigas carece de aliciente, parece que no tiene valor, nos desgastamos y nos falta la chispa de la vida, que solo nace del amor y de la amistad, y no de la coca cola.

b) El grupo crece en la línea de la comunicación: Ser-con

La comunicación está íntimamente ligada a la personalización, pero hay una diferencia, pues en la personalización se da la comunicación a través de la manifestación y conocimiento de las personas del grupo, mientras que la comunicación mira directamente a las relaciones interpersonales y a la dinámica del grupo. Sin embargo la comunicación siempre personaliza y hace crecer al grupo, en tanto que en la comunicación se empieza a poner en común lo más fácil, como las experiencias que se traen al grupo o los motivos por los que uno viene al grupo.

En un segundo momento, a través de los mensajes dados y recibidos, se fortalece la dinámica del grupo y se multiplican las posibilidades de comunicación interpersonal.

En un tercer momento se consiguen niveles mucho más profundos, debido a que se pretende que el grupo se interrelacione, buscando el compromiso de unos con otros. No existe comunión, sin comunicación, diálogo y escucha.

Se consigue por diversos caminos: estableciendo una interrelación de dar y recibir ayuda, con la comunicación de la vida a través de hechos de vida o revisión de vida, con el estudio de los problemas grupales (aquí pueden ser de mucha ayuda los sociodramas) y es importante profundizar en el papel de los líderes, roles, autoridad en el grupo, pues tiene una incidencia grande en el proceso de la comunicación.

c) El grupo crece desde su situación histórica y social: Ser-en-situación

«Yo soy yo y mi circunstancia». El medio ambiente nos condiciona, por eso es imprescindible conocer el contexto psicosocial donde vivimos. Se impone el conocimiento de esta sociedad en cambio, con sus valores y sus crisis de valores. Las personas son siempre actores y protagonistas de su propio destino.

d) El grupo crece en la línea del servicio misión: Ser-para

No basta con conocer la realidad, hay que pasar de la toma de conciencia a la acción, a implicarse, al compromiso, a meter las manos en la harina de la historia. No queda otra que actuar sobre esa responsabilidad y no de una manera esporádica sino de modo coordinado, con objetivos precisos y calendario de evaluación.

La concienciación es doble, por un lado temática, pues en el área personal se estudian temas fundamentales como el amor, el trabajo, la felicidad, la libertad, la responsabilidad; mientras que en el área social se estudian los temas de la realidad social. Y, por otro lado, está el compromiso de acción, ya que después de los pasos anteriores llegamos a formular una hipótesis de acción sobre la realidad que se concretiza en proyectos de trabajo.

En definitiva se busca hacer un mundo más fraterno, habitable para todos, pero por medio de acciones concretas, que aquí y ahora, donde estamos, emprendemos decididamente. Esta dinámica es lo que da hondura, solvencia y peso específico a las relaciones humanas, como objetivo y como medio para conseguir otras realidades, sean de tipo educativo, pastoral, social, familiar...[2].

2. Educar en valores y valores para vivir

Ciertamente el tema apremia, tiene carácter de urgencia y se ha convertido en auténtico clamor social. Urge promocionar los valores en las sociedades democráticas, que están sufriendo las consecuencias graves de ese vacío ético. La conciencia colectiva se está convenciendo cada vez más de que las cosas no pueden seguir así, deben ser de otra manera si se quiere salvar a la persona humana y conseguir un orden social más justo y más humano. Hay que reclamar una ética que nos permita ser libres y solidarios. Nos asusta el antagonismo brutal entre los valores heredados de la tradición y los que ofrece la sociedad actual.

La complejidad de la vida nos asusta. Hoy se cruzan caminos alternativos y contradictorios. Al grito de los pobres se añade ahora el grito de la tierra, explotada, malherida, mercantilizada, con todos los cambios climáticos y desastres ecológicos, que conocemos. Padecemos una crisis de valores personales, estructurales y sistémicos. Estamos inmersos en un sistema de valores, mejor de antivalores, que nos impone una ideología centrada en la ganancia a toda costa, donde manda el capital, el dinero, algo que trae como consecuencia el individualismo absoluto, el consumo sin medida, la mercantilización y el lucro por encima de todo.

Y esto se encubre bajo la bandera de la modernidad, el progreso, la ilustración, el bienestar, la tecnología y el futuro. Con la caída del socialismo, el capitalismo se hace más fuerte y es mayor el contraste entre los valores de la cultura tradicional y los del mundo en que vivimos. Pongamos algunos ejemplos:

 Frente al sentido comunitario, solidario, del compartir y de la reciprocidad, el capitalismo ha introducido el individualismo feroz y el egoísmo a ultranza.

 Frente a una vida sencilla, frugal, contenta con lo elemental, se ha puesto de moda el consumo en unas cotas inviables.

 Frente al sentido de armonía cósmica con la naturaleza, la madre tierra, la Pachamama andina, el capitalismo ha introducido el valor mercantilista de la tierra, abusando de los recursos naturales, con un antropocentrismo egoísta y salvaje.

 Frente a un sentido sencillo y pudoroso de la sexualidad y una visión humana del sexo, del matrimonio y de la familia, el capitalismo nos ha invadido con una ideología del sexo como juego, del placer por el placer, de la pornografía y del abuso de la mujer, con una concepción egoísta y muy poco seria de la familia y el matrimonio.

 Frente a un sentido de la gratuidad y de la fiesta como celebración comunitaria y sueño utópico de la sociedad del futuro, el capitalismo ha pervertido la celebración, ha absolutizado lo útil, el ahorro y el trabajo como lo único valioso, dentro del cual la fiesta sería una interrupción desagradable pero necesaria para poder luego trabajar más y ganar más.

 Frente a un sentido integral de la persona y de la vida, que valora lo afectivo, lo simbólico y lo gratuito, el capitalismo defiende un racionalismo frío y calculador, la razón instrumental frente a la razón simbólica.

 Frente al valor de la honestidad, la autenticidad y la transparencia, el capitalismo defiende bajo la capa del progreso la doble moral, la hipocresía, el silencio bancario, los paraísos fiscales y el blanqueo de dinero.

 Frente a un sentido pacifista de los pueblos, el capitalismo, tremendamente machista, defiende el armamentismo, vende armas a los países pobres y se aprovecha de sus luchas y rencillas tribales para ganar dinero a costa de vidas humanas, fabrica minas antipersona y luego ofrece la tecnología antiminas para eliminarlas, sin que le importen las víctimas inocentes, muchas veces niños y niñas, que se quedan sin piernas o sin brazos.

En una palabra, frente al «vivir bien» que las culturas tradicionales defienden, es decir, una vida humana, sencilla, igualitaria y compartida, el sistema capitalista defiende el que algunos vivan mejor a costa de que otros vivan inhumanamente[3].

No podemos sustraernos de la conmoción histórica, de los cambios profundos en el amanecer de una nueva época de la historia. En la nueva morada vital del hombre y de la mujer aparece una diversificada variedad de propuestas a la hora de educar en valores.

Resulta complicado llegar a consensos en este tema porque nos movemos en zonas ambiguas, dudosas, complejas, de crisis de valores. En el fondo una crisis del sistema educativo, familiar, escolar y social. Pero no queda otra que buscar salidas, humanamente satisfactorias, aplicar creatividad, inteligencia y compromiso de cara a nuevos emprendimientos educativos y humanos.

Desde estas premisas, distribuyo mi reflexión en tres bloques. El proceso empieza por una educación transformadora en la familia, escuela, parroquia y sociedad civil; el segundo paso del proceso se centra en los valores y, en tercer lugar, me ocuparé de los «valores para vivir».

Ante este cuadro de valores que nos presenta el capitalismo neoliberal, hondamente arraigado en nuestras sociedades, hemos de señalar nuestra responsabilidad de buscar un profundo cambio de valores, especialmente en las sociedades ricas. Lamentablemente esos valores están enriqueciendo el mismo sistema económico. Frente a este sólido y perjudicial marco de valores tenemos que resituarnos, plantear las tareas educativas, la labor catequética y pastoral en su conjunto, que desempeñan numerosas personas y organizaciones, tanto educativas, como eclesiales.

Constataré el profundo arraigo de los valores capitalistas en todos los niveles de nuestras sociedades, pues no es posible pensar en una transformación de este injusto sistema económico sin afrontar el necesario cambio de valores que lo pueda hacer posible. Los colegios e instituciones eclesiales que desarrollan proyectos educativos deben necesariamente afrontar este cambio.

No suele oírse la voz de los pastores para poner de manifiesto las profundas injusticias que promueve el capitalismo neoliberal[4].

Y antes de hablar de formación en valores tenemos que conocer bien la realidad psicológica y el momento evolutivo de la persona, así como el contexto psicosocial, que no es otro que el egocentrismo. Este hace que el ego, el yo haya quedado fijado en la adolescencia y no se inicie en el proceso gradual hacia la madurez humana. De ahí la necesidad de una educación en valores, que cuide la dimensión personal, comunitaria y social.

Educación transformadora

«La verdadera educación desarrolla lo mejor de cada uno que está, como en germen, en nosotros» (Gandhi).

Hoy fallamos en lo esencial, en educar, en ofrecer una educación transformadora. Y por ahí empiezo. La educación para ser transformadora tiene que responder a tres postulados: los humanos y psicológicos, el concepto dinámico de educación y la educación integral.

a) Postulados humanos y psicológicos

Una educación transformadora toma buena cuenta de la dimensión psicológica de la persona. El crecimiento de la persona, el «constructo personal» que llaman los psicólogos, es algo dinámico, una tarea de todos los días. Nacemos egocéntricos y estamos inmersos en lo profundo del la espiral del ego, replegados sobre nosotros mismos. Debemos luchar toda la vida, sin interrupción, para romper la línea egocéntrica, narcisista, saliendo de nuestro enclaustramiento, de nuestras actitudes egoístas, posesivas, descubriendo y abriéndonos a los otros para desarrollar la capacidad de amor y de amistad. Muchas personas se han quedado clavadas en la edad infantil. Los cambios en la persona generalmente vienen a través de los intercambios relacionales.

En el desarrollo integral de la persona es decisiva la imagen que se forme de sí misma. Si tiene un concepto elevado y realista, dará respuestas en consonancia con ella misma. Igual acontece con la idea que tengan los otros de uno. Si sabemos que el resto nos valora, en la vida ofreceremos respuestas positivas. Estos dos conceptos psicológicos se deben manejar adecuadamente en el itinerario hacia la madurez. Pero un pecado de nuestro tiempo es la trivialidad funcional, que concibe que todo es igual, nadie hace nada por nadie; nos movemos en un torbellino de relaciones y acontecimientos, pero casi todo es vulgar, trivial, no vale la pena. Nuestro mundo tiene mucho de neurótico. Y lo neurótico es la fijación en las cosas, es el suspiro y el ansia desmesurada por tener. Cuánta razón tenía el Principito de Antoine de Saint-Exupéry cuando decía que los hombres de hoy compran productos ya elaborados a los mercaderes, pero como no existen mercaderes amigos, con sentido de fiesta, los hombres ya no tienen amigos ni viven la fiesta, ni experimentan lo gratuito.

Los expertos alertan que la persona solo aprovecha el 30% de sus posibilidades y virtualidades. De modo que hay que aceptar las exigencias psicológicas del alumno, hay que aceptarle como es. Ciertamente no es una persona en miniatura, sino un adolescente, niño o joven en desarrollo, con un sentido alegre y despreocupado de la vida, con ganas de vivir y ser feliz, de ser útil, de servir para algo y, sobre todo, de divertirse y pasarlo bien.

En base, el educador debe tener una concepción dinámica de la persona. Hay que ver al alumno como un haz de fuerzas, de posibilidades, que tienen que desdoblarse, que necesita ayuda para realizarse, saberse en presencia de un proceso evolutivo, dinámico, vital, que hay que ayudar a desarrollar y evitar que el ambiente o una mala educación lo impida. Se impone conocer los periodos evolutivos, del mismo modo que se comienza a levantar pesas de 5 kg, si desde el principio se le exige levantar una de 50 kg, una de dos, se siente fracasado o se enfrenta al entrenador.

El quehacer educativo reclama un esfuerzo grande, comprensión y amistad, pues debemos ponderar las cualidades positivas y educables, respetar su persona, su libertad y, en todo momento, dejar abierta la posibilidad de diálogo, la comunicación y la adaptación.

b) Concepto dinámico de educación

La idea es aplicar un concepto dinámico de educación, de signo positivo, que tenga en cuenta la realidad psicológica del alumno. La función del educador preventivo tiende más a estimular, a motivar y a ayudar que a reprimir, a imponer o castigar.

No debemos sustituir al adolescente, sino orientarle, dialogar con él, escucharle, apoyarle y animarle; en resumen, ayudarle a desarrollar los dinamismos propios, demostrándole que tiene fuerza para realizarse. Hay que hacerle ver que estará educado cuando llegue a la posesión y recto uso de su libertad. No se trata tanto de aceptar las normas, sino de aceptarlas a través de un acto libre, consciente. Por eso, ayudado por el educador, las acepta no por imposición, sino como camino hacia una meta, apoyado siempre por la motivación.

El proceso educativo le llevará gradualmente a una adhesión a los valores presentados, que acepta libre y responsablemente, porque educar no es cumplir la disciplina o el horario, sino ayudar al alumno en su camino hacia una conducta consciente, responsable en el estudio, en las relaciones, en las diversiones, en el deporte, en los hobbies, en el tiempo libre, en la religiosidad...

Entonces la educación tiene que ser la fuerza y la guía del desarrollo dinámico del alumno.

c) No se puede haber una educación transformadora sin una educación integral

La educación integral transforma porque se empeña en promocionar a la persona, como unidad y totalidad físico-psíquica y social-espiritual. La persona es una, orgánica y unitaria, pero con multiplicidad de funciones, las cuales a través de la educación dan como resultado una personalidad humana compleja y múltiple y, al mismo tiempo, singular y original. Todos los aspectos tienen que ser promovidos, desarrollados y llevados hacia la madurez, pues el desarrollo de todas sus capacidades apunta hacia la madurez, que se expresa en hábitos operativos, intelectuales y morales, en la capacidad de obrar libremente con rectitud ética.

Dicho de otra forma, la educación ante todo debe buscar y conseguir hacer al hombre, es decir, dar al individuo los valores de la especie, antes que los valores de la cultura, de la técnica o de la sociedad, porque la persona antes de ser profesor, ingeniero, político, sacerdote, agricultor... es hombre. De ahí que la trasmisión educativa del formador al alumno consista ante todo y esencialmente en comunicarle una «forma» que le haga hombre, antes que nada, que le haga consciente de su significado humano. Y precisamente lo específicamente humano es la libertad, de ahí que digamos y definamos la educación del hombre como la capacidad de obrar rectamente con libertad.

En definitiva, el hombre educado es el que ha conseguido su status virtutis o sea el que ha conseguido la capacidad habitual de obrar libremente, es decir, con la más perfecta rectitud ética posible, objetiva y referida al fin último. Es aquel que ha sabido integrar todas sus energías vitales y adaptarse al propio ambiente, con un sentido crítico, constructivo y positivo.

Por eso el primer paso en el proceso educativo se tiene que centrar en llevar al alumno a la posesión de su libertad y, como paso lógico y consiguiente, a tomar una postura personal libre, responsabilizada ante sí mismo, ante los demás, ante el mundo y ante Dios y lo religioso.

Mientras no se hayan formado jóvenes capaces de elegir, de revisar, de criticar constructivamente, de aceptar o rechazar, éticamente libres y responsables, no hemos educado realmente.

La capacidad de hacer actos libres, esto es, la educación poseída, debe traducirse en la capacidad del sujeto de determinarse, de elegir, de autodecidirse. Una educación, entendida así, resulta transformadora y provoca un cambio de valores en las personas y en la sociedad.

Qué son los valores. Identidad y proyección

La educación transformadora lleva a la persona a descubrir, asimilar e identificarse con el cuadro de valores significativo de la persona humana y, sobre todo, a adquirir el valor esencial, la capacidad de sentir, pensar, actuar y decidir con libertad. El sujeto educado presta su adhesión libre, responsable y alegre al valor descubierto.

¿Pero qué es un valor? Más que definirlo es mejor describirlo.

Según por donde se mire, resaltamos diferentes aspectos del valor. Algunos lo ven, como una creencia básica, a través de la cual interpretamos el mundo, damos significado a los acontecimientos, a la propia vida, y sentido a la existencia. El valor puede ser el precio de un objeto, que no tiene nada que ver con los principios inspiradores de la conducta humana ética, sabia, libre y solidaria.

Damos un paso más. Los valores se encuentran como desdoblados en un valor positivo y en su correspondiente valor negativo, antivalor o desvalor. Así al valor de la justicia se opone el contravalor de la injusticia y al valor de la virtud se opone el antivalor del vicio... En el mundo de los valores la persona no se mide ni por lo que dice ni por lo que posee. Vale por lo que es y por lo que hace.

Los valores desarrollan una conciencia crítica y creativa, que permite tomar postura y crear una opción personal y coherente ante los desafíos del mundo[5]. Y no se queda en las meras actitudes, sino que actúa con comportamientos libres, serios, responsables y solidarios en el ámbito de una sociedad pluralista, donde las propias valoraciones, creencias, visiones y opciones han de saber convivir, en respeto y tolerancia, con los valores y visiones de los demás.

El valor es la convicción firme y razonable de lo que es bueno o malo y de lo que te conviene o no. Y eso produce en nosotros una escala de preferencias, la escala de valores.

Los valores éticos requieren para serlo ser fruto del ejercicio de la libertad, son cualidades de la persona humana y son universalizables, es decir, toda persona los pone en práctica para ser y por ser plenamente humanos.

Si miramos a la historia, nos damos cuenta que consideramos patrimonio común los valores de igualdad, libertad, solidaridad, respeto y promoción de la justicia y de la paz, debido a que son valores que asociamos a los derechos humanos y son el resultado de procesos históricos conseguidos[6].

En todos estos valores es decisiva la acción de la familia, de la escuela, de la parroquia, las instituciones... en definitiva, la sociedad en la que vivimos[7]. Hemos de reconocer que en medio de las estructuras de poder del sistema actual de valores y contravalores, viven personas muy honradas y de buena voluntad, pero que se sienten impotentes ante ellas.

En definitiva, alguien que encarna valores, sabe valorar a la persona, su dignidad, el sentido de la vida, lo afectivo, lo simbólico, lo gratuito, una vida sencilla, humana, compartida, mientras que la sociedad de hoy ofrece lucro, desigualdad, consumo en exceso, discriminación.

Adela Cortina nos ofrece otra dimensión. Los valores no son, ni cuentan, ni se verifican, solo se degustan. Quien tiene capacidad de estimar, los puede apreciar. Y esta capacidad la tenemos todos entreverada entre la razón y el sentimiento. Por eso somos capaces de valorar a las personas y las cosas. Las cosas tienen precio y las personas dignidad. La dignidad es el fundamento en que se basan los derechos humanos, los valores y las virtudes. Y los derechos humanos no se conceden, se reconocen.

El valor es la utilidad o aptitud de las cosas para satisfacer las necesidades o proporcionar bienestar o deleite. El valor se refiere a la cualidad de las cosas y para poseerlas se da dinero o algo equivalente. El precio se puede fijar pero el valor no. «Todo necio confunde valor y precio», decía Antonio Machado. Los valores son cualidades reales de las personas, las cosas, las instituciones o los sistemas. Y precisamente porque lo son las estimamos:

El valor no es un objeto, no es una cosa, no es una persona, sino que es una cualidad que descubrimos en la cosa (un hermoso paisaje), en la persona (una persona solidaria), en una sociedad (una sociedad respetuosa), en un sistema (un sistema económico justo), en las acciones (una acción buena)[8].

Tenemos la capacidad de estimar, de valorar, y es inconcebible un mundo sin valores, sin generosidad, armonía, lealtad... Aquí lo que cuenta no es tanto una jerarquización aceptable, como el desarrollo armónico de todos los valores, de una forma complementaria y armónica.

Creo que la mejor fórmula de educar en valores es aplicar la pedagogía del encuentro, con todos los que creemos que la vida tiene un sentido y un porqué, por extraño que nos parezca, y que reconocemos y respetamos la dignidad de todos.

Valores para vivir

El ser humano necesita una visión integral e integradora de toda la realidad personal, social, cósmica y trascendente. La palabra alemana Weltanschaung lo expresa de maravilla, pues esta «visión del mundo» se va forjando a través de ese proceso gradual de asimilación e interiorización de una escala y jerarquía de valores, que permiten una correcta interpretación de uno mismo, de los demás y de la sociedad en general. Dicha jerarquía de valores fluye entre las constituciones democráticas de cada país, desde la Declaración universal de los derechos humanos que recoge el sentir común de la humanidad y los valores que dignifican la existencia humana; y para los creyentes los valores del reino de Dios, que anunció Jesús:

 Apertura al otro, sin discriminación o exclusión.

 Preferencia por los empobrecidos y marginados.

 La persona ante todo y sobre todo.

 Condena del ídolo dinero.

 Prioridad de las relaciones humanas, personales, interpersonales y personalizadas.

 Conformarse con lo suficiente para conseguir una mejor distribución de los bienes, que son de todos y no de unos pocos.

 Vivir la sexualidad como un espacio igualitario.

 Hacerse el último a la hora de servir, compartir y en no tiranizar ni oprimir[9].

El mundo de los valores es muy variado, no se identifican, pero se relacionan entre sí. Así, por ejemplo, Max Scheler, el creador de la escuela de la ética de los valores, ordena los valores según una jerarquía en la que unos son superiores a otros y los superiores reclaman una mayor urgencia que los inferiores. Mientras que nuestro filósofo José Ortega y Gasset presenta otra clasificación, no jerárquica, si bien señala un lugar específico a los valores morales. La vida humana exige encarnar unos valores de forma equilibrada:

 Sensibles: placer/dolor, alegría/pena.

 Útiles: capacidad/incapacidad, eficacia/ineficacia.

 Vitales: Salud/enfermedad, fortaleza/debilidad.

 Estéticos: bello/feo, elegante/inelegante.

 Intelectuales: verdad/falsedad, conocimiento/error.

 Morales: justicia/injusticia, libertad/esclavitud, igualdad/desigualdad, honestidad/deshonestidad, solidaridad/insolidaridad.

 Religiosos: sagrado/profano.

En la página siguiente se muestra otro modelo de escala de valores muy completo.

Ante este cuadro de valores, ¿cuál tiene que ser nuestra postura, actitud, compromiso serio? Tres cosas podemos hacer y debemos hacer:

 Apoyar, respetar y dar continuidad a aquellos valores, que ya existen.

 Defenderlos allí donde son precarios o muy vulnerables.

 Tratar de encarnarlos, donde no existen o suprimir los valores negativos.

Por supuesto no vamos a describir cada valor.

Pero quiero llamar la atención y brevemente digo una palabra sobre algunos que tienen mucho que ver con la existencia del siglo XXI: la austeridad solidaria, la profundidad, la cultura de la no violencia, la justicia y la libertad.

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ISBN:
9788428564069
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