Kitabı oku: «Apuntes de Historia de la Iglesia 6»

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Apuntes de

Historia de la Iglesia

6

ANTONIO PÉREZ-MOSSO NENNINGER, hnssc

APUNTES DE

HISTORIA DE LA IGLESIA

6

Edad contemporánea

Siglo XX


Primera edición: abril 2021

Segunda edición: noviembre 2021

© Antonio Pérez-Mosso Nenninger, hnssc

© 2020 EDICIONES COR IESU, hhnssc

Plaza San Andrés, 5

45002 - Toledo

www.edicionescoriesu.es

info@edicionescoriesu.es

ISBN papel: 978-84-18467-55-4

ISBN ebook: 978-84-18467-29-5

Depósito legal: TO 308-2021

Imprime: Ulzama Digital. Huarte (Navarra).

Printed in Spain

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación, total o parcial, de esta obra sin contar con autorización escrita de los titulares del Copyright. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (art. 270 y ss. del Código Penal).

“La Iglesia, al prestar ayuda al mundo, sólo pretende una cosa: el advenimiento del reino de Dios y la salvación de toda la humanidad. Todo el bien que el Pueblo de Dios puede dar a la familia humana, deriva del hecho de que la Iglesia manifiesta y al mismo tiempo realiza el misterio del amor de Dios al hombre”.

“El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que, hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas. El Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones. Él es aquel a quien el Padre resucitó constituyéndolo juez de vivos y de muertos. Caminamos como peregrinos hacia la consumación de la historia humana, la cual coincide plenamente con su amoroso designio: restaurar en Cristo todo lo que hay en el cielo y en la tierra (Ef 1, 10)”.

Cristo, Alfa y Omega de la historia

(Vaticano II, Gaudium et spes, 45)

Contenido

Siglas

Prólogo

1. Contexto general al final del XIX y principio del XX

Factores que abonaban la gran confianza en una paz duradera

Actitud y respuestas de la Iglesia ante estos antecedentes

El legado del papa León XIII (1878-1903) al mundo del siglo XX

2. Inglaterra. Notas sobre su historia anterior a 1914

Las dos revoluciones del XVII

Expansión naval de Inglaterra y su lucha con Francia por la hegemonía

La Guerra de Sucesión de España (1701-14)

Pugna con Francia en el XVIII y hasta la caída de Napoleón en 1815

La creación del Imperio Británico

Impacto de la expansión colonial de Inglaterra en la vida de la Iglesia

Comportamiento de Inglaterra con la católica Irlanda

3. Francia. Notas sobre su historia anterior a 1914

El gran peso ideológico de Francia en el contexto internacional

El Estado Docente y el partido radical

La gran expansión colonial francesa

El agravamiento de la cuestión social

Nota sobre viejos agravios entre Francia y Alemania

4. Alemania. Notas sobre su historia anterior a 1914

El fin del Sacro Imperio Romano Germánico (1806)

La Guerra Franco-Prusiana (1870-71), medio para la unidad

Repercusiones en la Iglesia de la recién lograda unidad alemana

Proyección internacional de la Alemania reunificada

5. Austria-Hungría. Notas sobre su historia anterior a 1914

El Imperio, católico en su cabeza, integrado por una multitud de pueblos

La revolución de 1848

Concordato de 1855 con la Santa Sede

Apoyo de Napoleón III a la causa de la unidad italiana

Unidad y diversidad del Imperio Austro-Húngaro

El atentado de Sarajevo (junio de 1914)

6. Rusia. Notas de historia anterior a Pedro el Grande (antes de 1689)

La formación de la nación rusa

Evangelización de los eslavos de Oriente

La relación con Roma

La invasión mogol (época de la Horda de Oro: 1237-1480)

El monacato en la Edad Media rusa

La gran devoción a la Virgen y los iconos

La unidad nacional iniciada con el zar Iván III (1462-1505)

Moscú, “Tercera Roma”

Iván IV (1547-84). Consolidación de la unidad nacional y sometimiento de la Iglesia

El agravamiento de la situación del campesinado a partir del fin del siglo XV

“La época de las perturbaciones” (1605-13) y la reconstrucción del país

Agravamiento de la servidumbre de la gleba

Nota sobre la diferente historia política de Rusia

7. Rusia. Notas: de Pedro el Grande (1689-1725) a 1890

El Cisma de “los viejos creyentes”

La decisiva obra de Pedro el Grande (1689-1725)

Época de Catalina II (1762-96)

El impacto inmediato de la Revolución francesa

La invasión napoleónica

La Santa Alianza ideada por Alejandro I (1801-25)

Los decembristas de 1825

La complejidad de la época de Nicolás I (1825-55)

La penetración de las ideologías de Occidente en Rusia en el XIX

La política exterior rusa en la época de Nicolás I (1825-55)

Escritores de la época

La abolición de la servidumbre de la gleba por Alejandro II (1855-81)

La inteligentsia, que en los años 60 vira del idealismo al positivismo

Los inicios del terrorismo

8. Rusia. Notas sobre su historia de 1890 a 1914

El gran desarrollo industrial del fin del XIX

Persistencia del problema agrario

El naciente proletariado industrial ruso

Los inicios del marxismo en Rusia

El declive de la autocracia

Organización de la oposición política al régimen

La Revolución de 1905-1907. La Duma

Disolución de la Duma en 1907

Los partidos marxistas se recomponen en el exilio

9. La Iglesia en España (1898-1902) (la Restauración)

Problemas que hereda la Regencia

El “desastre del 98”

El impacto moral del “desastre del 98” en la nación

El significativo y breve gobierno de Silvela (de marzo del 99 a octubre de 1900)

El gobierno de Sagasta (1901-1902)

Inicios del nacionalismo catalanista

Inicios del nacionalismo vasco

El problema social. Socialismo y anarquismo

10. Pío X y su época (1903-1914)

Juventud y sacerdocio

Obispo de Mantua (1884-94)

Patriarca de Venecia (1894-1903)

Sumo Pontífice (1903-14)

“El Papa de la Eucaristía”

El Catecismo

Reformas en la Iglesia:

Las relaciones con Francia

La “acción popular cristiana” en Italia

La “Cuestión Romana”

11. El modernismo

El antecedente del protestantismo liberal

Precedentes filosóficos dentro del mundo católico

Otros precedentes próximos del modernismo

Protagonistas del modernismo

El pronunciamiento magisterial de la Pascendi dominici gregis

Gran acogida, en su momento, de la encíclica Pascendi dominici gregis

Rechazos a la Pascendi, en el momento y posteriores

La cuestión bíblica

La pervivencia del modernismo

El modernismo del tiempo de san Pío X: “un ligero resfriado” (Maritain)

12. Benedicto XV y su época (1914-1922)

Ministerios anteriores a su elección

El estallido de la Primera Guerra Mundial (agosto 1914)

Primeros pasos del nuevo pontífice

Primera fase de la Guerra Mundial (1914-17)

La Virgen en Fátima (1917). El anuncio sobre Rusia

Prosigue y concluye la Primera Guerra Mundial (1917-19)

Preocupaciones del Papa por la guerra y sus mediaciones para la paz

Consecuencias inmediatas de la guerra

La Paz de Versalles (junio 1919)

Las relaciones de la Santa Sede con Francia

La Cuestión Romana

Las misiones. Encíclica Maximum illud

La atención a los católicos de rito oriental

Israel y la cuestión Palestina

Nota sobre la vocación de Israel

La difícil situación de Europa tras la Guerra Mundial

El reino de Cristo, la gran urgencia para el mundo

13. Rusia. Revolución y guerra civil (1914-24)

La Rusia zarista entra en la Primera Guerra Mundial

Revolución de Febrero 1917

El viaje de Lenin a Rusia facilitado por el gobierno alemán

Revolución de Octubre 1917

La paz por separado con Alemania (1918)

La Guerra Civil (1917-1922)

La Nueva Política Económica (NEP)

La extensión del comunismo fuera de Rusia

Presencia de la Iglesia católica en Rusia al advenir la Revolución

Primeras persecuciones de los católicos tras la Revolución de Octubre

Nota sobre el mesianismo marxista

Nota sobre el marxismo de Gramsci (1891-1937)

14. Rusia. Régimen de Stalin, 1ª fase (1924-1939)

La división en la cúpula comunista a la muerte de Lenin en 1924

Medios para hacer de Rusia una gran potencia

La purga de comunistas de los años 37 y 38

Persecución religiosa e imposición del ateísmo bajo Stalin (1924-39)

El archipiélago Gulag de Solzhenitsyn

15. Pío XI y su época (1922-1939)

Súbita elevación de Aquiles Ratti al pontificado

Primeras decisiones

Congreso Eucarístico de 1922, Año Santo y numerosas canonizaciones

Encíclica Ubi arcano (dic 1922)

Enc. Quas primas (nov 1925) y fiesta de Cristo Rey

Nota sobre una común objeción a la realeza de Cristo

Enc. Miserentissimus Redemptor (1928): culto y devoción al Corazón de Jesús

Enc. Mens nostra (1929): Ejercicios Espirituales de san Ignacio

Enc. Casti connubii (1930)

Enc. Quadragesimo anno (1931)

La Acción Católica y Pío XI

La gran obra de las misiones

Intentos de retorno a la unidad con Roma

La cuestión de la Action Française

El difícil intento de Pío XI de relación con la URSS hasta 1926

El proyecto de una misión clandestina en Rusia

Los numerosos concordatos del pontificado de Pío XI

La persecución en Méjico y los cristeros

16. La Iglesia en Italia entre guerras (1919-1939)

El acceso de Mussolini al gobierno de Italia (octubre 1922)

Nota sobre lo uno y lo múltiple en la vida social

La gobernación de Mussolini (1922-45)

La Santa Sede y el Partido Popular Italiano

Los Pactos de Letrán (1929)

Frente a Mussolini en defensa de la educación cristiana de la juventud

Enc. Divini Redemptoris (marzo 1937)

Pío XI ante la persecución de los judíos en Italia

17. La Iglesia en Alemania entre guerras (1919-1939)

La República de Weimar (1919-1933)

Orígenes del nazismo en Alemania

El ascenso al poder de Hitler al poder (1933-45)

El Concordato con Alemania (julio de 1933)

El mito del siglo XX de Rosenberg

Las protestas de la Santa Sede por la ideología y atropellos del nazismo

La encíclica Mit brennender sorge (1937)

La peligrosa política exterior de Hitler

18. La Iglesia en España (1902-1931) (la Restauración)

Comienzo del reinado de Alfonso XIII

Breve auge del nacionalismo catalán y su declive al acceder Maura al gobierno en 1907

La Semana Trágica (julio 1909)

La política antieclesiástica de Canalejas (1909-12)

Las crisis de 1917

Gobierno de Maura de “concentración nacional” (1918-19)

La Consagración de España al Corazón de Jesús por Alfonso XIII (1919)

La agravación de los conflictos sociales

Primo de Rivera y el fin de la monarquía (1923-31)

La caída de la monarquía (1930-31)

Luces y sombras en la vida religiosa durante la Restauración

Nota sobre “la cuestión social” en España

19. La Iglesia en España (1931-39) (II República y Guerra Civil)

El advenimiento de la II República (14 abril del 31)

La actitud de la Iglesia ante el advenimiento de la República

El sesgo antirreligioso de la II República, pronto manifiesto

La quema impune de iglesias y conventos el 11 de mayo del 31

Constitución de 1931. Azaña: “España ha dejado de ser católica” (13.0ct)

Primeras medidas antieclesiásticas

El gobierno de Azaña, desbordado por el desorden público

Nacionalismos catalán y vasco. Actitud desigual ante el nuevo régimen

Triunfo electoral de la Ceda en nov. del 33. La Revolución de Octubre (1934)

El Frente Popular y las elecciones de febrero del 36

La conspiración para el “Alzamiento”

Estallido y desarrollo de la guerra

La persecución religiosa durante la guerra

Pío XI ante la persecución religiosa

Pastoral colectiva del episcopado español en sept. de 1937

Nota sobre el espíritu de cruzada en la guerra del 36

20. Pío XII y su época (1939-58)

Anterior servicio en la Secretaría de Estado

Inicio del pontificado

Inicio de la Segunda Guerra Mundial

Resistencia de Inglaterra y entrada de Rusia en la guerra

Consagración del mundo al Inmaculado Corazón (oct 1942)

Entrada de Estados Unidos en la guerra

Las persecuciones contra el pueblo judío

Radiomensaje de Navidad de 1944

La oración del pueblo italiano durante la guerra

El fin de la guerra

La Italia de la postguerra

La continuidad de los Pactos de Letrán

Las elecciones italianas de 1948

La condena del comunismo de julio del 49

La Iglesia del silencio y sus mártires

Pío XII en favor de una Europa unida

El fallecimiento de Pío XII

21. Magisterio de Pío XII (1939-58)

Encíclica Mystici Corporis Christi (jun del 43)

Enc. Divino afflante Spiritu (sept del 43)

Enc. Mediator Dei (nov del 47)

Respuesta del Santo Oficio sobre el Génesis (enero del 48)

Enc. Humani generis (agosto del 50)

Nota sobre el existencialismo

Sobre falsas interpretaciones de las Escrituras, expresa Pío XII:

Nota sobre acusaciones a la filosofía de santo Tomás de racionalismo

Sobre las teorías evolucionistas precisa el Papa:

Proclamación del dogma de la Asunción de María (nov 1950)

Enc. Haurietis aquas (mayo 1956)

Nota sobre desarrollo homogéneo del dogma y la espiritualidad.

Enc. Fidei donum (abril del 57)

22. La Iglesia en España (1939-75) (durante el régimen de Franco)

Inmensa tarea de la Iglesia en España al término de la guerra civil

Las grandes carestías en los años siguientes a la guerra

La no intervención de España en la Segunda Guerra Mundial

Dificultades para el reconocimiento del régimen de Franco por la Santa Sede

Acuerdo de 1941 con la Santa Sede

Filonazismo de un importante sector de la Falange

El esfuerzo reevangelizador

La adversa situación de España al término de la 2ª Guerra Mundial

Concordato de 1953

Actitud de la jerarquía ante la evolución del Régimen en los años 50

El intento de crear una democracia orgánica

La crisis del Régimen de los años 1955-1956.

Nota sobre la evolución del régimen de Franco y de España

La oposición comunista al Régimen

Nota sobre la crisis en la Iglesia en España en los años 60 y 70

Nota sobre los nacionalismos catalán y vasco

Vitalidad de movimientos apostólicos seglares

23. Juan XXIII (1958-63) y el Concilio Vaticano II (1962-63)

Vida anterior

Iniciativas de su pontificado

Enc. Mater et magistra

Su devoción a la “Preciosísima Sangre”

Apertura y primer período del Concilio (11.oct.61 – 8.dic.62)

Enc. Pacem in terris (abril del 63)

Testamento espiritual de Juan XXIII

24. Pablo VI (1963-78) y el Concilio Vaticano II (1963-65)

Vida anterior

Comienzo del pontificado de Pablo VI

2º período del Concilio (29 sept a 4 dic del 63)

Viaje apostólico a Tierra Santa (4 a 6 enero del 64)

Tercer período del Concilio (14 sept a 21 nov del 64)

Proclamación de María “Madre de la Iglesia”

Viaje apostólico a la India (2 al 5 dic del 64)

Graves preocupaciones del Papa

Enc. Investigabiles divitias sobre el Sagrado Corazón (febrero del 65)

Carta a las congregaciones “que toman nombre del Sagrado Corazón” (agosto del 65)

4º período y fin del Concilio (14 sept a 8 dic del 65)

La “crisis de la Iglesia”

Advertencias de Pablo VI sobre la actualidad del modernismo

Enc. Populorum progressio (marzo del 67)

Viaje de Pablo VI a Fátima (13 mayo 1967)

Viaje a Turquía (julio de 1967)

Mayo del 68

Nota sobre la riqueza y viabilidad de la psicología de santo Tomás

El Credo del Pueblo de Dios (29 junio 1968)

Enc. Humanae vitae (julio del 68)

Prosigue la crisis en la Iglesia

La Renovación carismática

El Año Santo de 1975

Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (diciembre del 75)

25. Juan Pablo II y su época (1978-2005)

Vida anterior a su sacerdocio

Sacerdote y obispo

Comienzo del pontificado de Juan Pablo II

La Asamblea de Puebla y la visita a la nación mejicana

Enc. Redemptor hominis (marzo del 79)

Primer viaje de Juan Pablo II a Polonia (2 al 10 de junio 1979)

Catechesi tradende (octubre de 1979)

Dominicae coenae (febrero de 1980)

Enc. Dives in misericordia (noviembre de 1980)

Viajes apostólicos de Juan Pablo II por todo el mundo

El atentado del 13 de mayo de 1981

Enc. Laborem exercens (septiembre de 1981)

Familiaris consortio (noviembre de 1981)

Viaje a Fátima y Consagración al Inmaculado Corazón de María (13 mayo de 1982)

Nota sobre la Consagración del mundo y de Rusia en 1984 al Inmaculado Corazón

Enc. Dominum et vivificantem (mayo 86)

Juan Pablo II en Paray-le-Monial (5 octubre 1986)

Enc. Redemptoris Mater (marzo 1987)

Enc. Sollicitudo rei socialis (diciembre 87)

Numerosos mártires elevados a los altares (1987-)

Christi fideles laici (diciembre 1988)

Centesimus annus (mayo 1991)

Pastores dabo vobis (marzo 1992)

El Catecismo de la Iglesia Católica (octubre 1992)

Enc. Veritatis splendor (agosto 1993)

En defensa de la vida y de la familia: Evangelium vitae (1995)

Enc. Fides et ratio (septiembre 1998)

Revelación del tercer secreto de Fátima (junio 2000)

Institución de la fiesta de la Divina Misericordia (abril 2002)

Limitado por la enfermedad no cesa en su empeño apostólico

Indice de nombres, lugares y conceptos

Siglas

AC: ACCIÓN CATÓLICA ESPAÑOLA, Colección de encíclicas y cartas pontificias, I, Md 1962

AL4: ALBERIGO, Giuseppe (dir), Historia del Concilio Vaticano II. 3er período y 3ª intersesión, Ed. Salamanca 2007

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AN2: ANDRÉS-GALLEGO, José, La Iglesia en la España contemporánea, II (1936-1999), Encuentro Eds., Md 1999

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Aps2: Apuntes de Historia de la Iglesia, 2 (Edad Media. Del siglo V a 1417), Ulzama, Pamp 2018

Aps3: Apuntes de Historia de la Iglesia, 3 (Edad Moderna I. De 1417 a 1648), Ulzama, Pamp 2018

Aps4: Apuntes de Historia de la Iglesia, 4 (Edad Moderna II. De 1648 a 1800), Ulzama, Pamp 2018

Aps5: Apuntes de Historia de la Iglesia, 5 (Edad Moderna III. Siglo XIX), Ulzama, Pamp 2018

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Prólogo

El presente volúmen de Apuntes 6 aporta una breve síntesis de la historia de la Iglesia del siglo XX centrada en sus más significativas manifestaciones externas –historiables– de su vida: su Liturgia, Magisterio, evangelizaciones, jurisdicciones, prácticas religiosas, prácticas de la caridad, relaciones con el mundo, contrariedades internas, persecuciones... Y a la vez procuran enmarcar estos signos externos de la vida de la Iglesia en el contexto histórico de la época.

Hilo conductor de la síntesis es ante todo la historia de los Papas del siglo XX y la del Concilio Vaticano II. Una mención especial se hace a la historia de la Iglesia en España, a la que se dedican varios temas. Así mismo, se dedica espacio a las dos guerras mundiales, que marcan la historia del siglo XX, y por ello se desarrollan también varios temas sobre la previa historia de las cinco principales naciones enfrentadas en aquellas dos tremendas contiendas: Inglaterra, Francia, Alemania, Austria –que habían sido el corazón de la gran unidad espiritual de la Cristiandad medieval– y Rusia, de la que se trata con mayor extensión por la breve referencia a su historia en los anteriores Apuntes, y requerirlo la importante cuestión del ecumenismo con la Iglesia ortodoxa, extendida sobre todo en Rusia; y también, por el universal influjo del comunismo a partir del triunfo de la Revolución de Octubre en 1917.

El común problema de fondo de la época, advertido sin cesar por el Magisterio de los romanos pontífices del siglo XX y sus inmediatos predecesores del XIX, es el de la extendida prescindencia de Dios y de la salvación por Cristo, presentadas como lo obvio, como la gran conquista de la modernidad, tanto por la vía más especulativa de las ideologías ateas como de un modo práctico por la relajación de las costumbres. En qué grado, y por qué, han afectado en unos u otros momentos y lugares tales realidades adversas, la historia puede dar algunas respuestas; sobre todo, si es iluminada por la fe y las consiguientes rectas teología y filosofía.

La Iglesia, por la misión de Cristo recibida de anunciar la salvación a todos los pueblos, a la vez que proclama la Verdad, advierte de las desgracias que se derivan para los individuos y las sociedades de no acoger el don de Dios. La historia, por su parte, constata con creces el fracaso de los humanos para estructurar sociedades en paz y justicia si falta el reconocimiento de la soberanía de Dios sobre el mundo; soberanía, que ha tratado de ser sustituida por otras, a lo que han concurrido decisivamente todo un conjunto de ideologías inmanentistas, elaboradas en ambientes muy minoritarios pero de inmensa trascendencia, difundidas por plurales y poderosos cauces: vía enseñanza, mass media, teorías políticas del Estado y de los partidos...

A estas ideologías hemos hecho especial referencia en Apuntes 4 y 5, y cuyas raíces tienen que ver, en realidad, con errores muy antiguos, deformadores de la fe apostólica, y denunciados por el Magisterio de la Iglesia para bien de sus fieles y del mundo entero ya desde sus primeros siglos. No puede, por ejemplo, hablarse con propiedad del marxismo sin hacer referencia al error judaico denunciado por el apóstol Pablo de una pretendida salvación antropocéntrica1; ni del idealismo hegeliano, sin referencia a las gnosis del siglo II racionalizadoras de los misterios de la fe2. La reflexión paulina de que “el griego busca ciencia y el judío resultados”, mientras él en cambio anuncia “a un Cristo muerto y resucitado”, luz tenida por “necia”, y fuerza despreciada por “ineficaz” e “impotente”, es de permanente validez en la historia.

La atenuación en la práctica de los efectos o consecuencias de estas ideologías en las distintas naciones, al no dar sus dirigentes unas u otras leyes adversas a la Iglesia, o dejar de aplicarlas con rigor, guarda relación con múltiples factores: en especial, con la fe y la vigencia de la tradición religiosa de cada país, con el espontáneo respeto de las gentes a la ley natural y, muy decisivo, con la actitud de la Santa Sede y de los episcopados de cada nación en sus relaciones y acuerdos con los Estados para la defensa y bien de los fieles en las materias de fe y moral que trascienden a la vida pública de un país (sobre matrimonio, enseñanza, moralidad pública, defensa de la familia y la vida, calendario de festividades religiosas, presencia de la Iglesia en las escuelas públicas, en los hospitales, en las cárceles, en la asistencia religiosa al ejército...).

La Iglesia, en unión con Cristo hasta el fin de los tiempos y animada por el Espíritu Santo, sigue cumpliendo su misión de que el orbe entero tenga a Dios por Padre. Las dificultades y contrariedades de la Iglesia, obviamente, son: unas, comunes o universales; y otras, más particulares, según personas y circunstancias de cada lugar.

Para el caso que más a la inmediata nos afecta, el de nuestra España contemporánea, cabe decir que han concurrido sobre ella factores históricos de gran bien, y otros enormemente desquiciadores, y que pese a éstos no puede incurrirse en olvidar o menospreciar los tan numerosos signos de persistencia en la fe que se dan por toda nuestra geografía. Quizá hoy uno de los mayores, después de la específica vida litúrgica y sacramental del pueblo fiel, es la arraigada piedad popular, que celebra públicamente –no sólo en el templo– los misterios de Cristo (nacimiento, pasión, muerte, resurrección, presencia real en la Eucaristía...), así como las solemnidades de la Virgen y de los santos patronos en las fiestas anuales de cada pueblo o ciudad.

A la vez que estos Apuntes relatan hechos históricos de reconocida trascendencia, se pone especial empeño en relacionarlos, exponer antecedentes y consecuencias. Se invita al lector a reflexionar sobre cómo la historia corrobora la verdad conocida por la fe: las palabras de Cristo “sin mi nada podéis hacer”.

Sobrepasa el objeto de los Apuntes –pues compete a la Teología de la historia– el tratar acerca del sentido de la historia a la luz de la Revelación como en su día hace san Agustín ante la caída de Roma y acerca del futuro de la Iglesia. Pero no deja de ser un misterioso signo de los tiempos el curso histórico de nuestro mundo de Occidente.

Decimos “signo misterioso” por la obvia razón de que la gran extensión del ateísmo contemporáneo no ha provenido de naciones paganas o aún por evangelizar, sino del mundo más cristiano, al que la fe dio extraordinario vigor para edificar una civilización, la más próspera del orbe, y que en la medida en que Occidente olvida la raíz de tal civilización –la fe en Cristo– ha sido y es el gran difusor por el universo entero de una “cultura” sin Dios, de unas ideologías inmanentistas y de grandes relajaciones morales3.

A este misterioso proceso aluden en especial los anteriores Apuntes, y con el acento puesto en que es la Iglesia –pese a miserias y faltas en su mismo seno– la roca de Pedro, la que permanece firme anunciando a Cristo –Camino, Verdad y Vida– por todo el mundo, con frutos y vitalidad humanamente inexplicables, y a la vez con enormes pruebas, aún aumentadas en el siglo XX, al que no sin razón suele llamarse “el siglo de los mártires”.

Signo especial de nuestro tiempo, en que crece el ateísmo, pero que lo diferencia del anterior de la modernidad, marcada por las ideologías incubadas en Occidente desde el XVII y luego difundidas por el orbe entero, es el del derrumbamiento de las utopías generadas por tales ideologías prescindentes de Dios o declaradamente contrarias. La tremenda realidad de los hechos (dos guerras mundiales, y otros grandes desastres actuales) han conducido a las desesperanzas de la llamada postmodernidad, aunque no a la conversión. Sigue faltando el amor a la Verdad. Tal declive de las utopías ha contribuido a la caída de los comunismos. No obstante, en ambientes más intelectuales, sigue teniendo enorme influjo la ideología marxista, en síntesis con el liberalismo burgués, para desarraigar –“desalienar”– de toda creencia, tradición religiosa y principios de ley natural sobre la familia, la protección de la vida desde la concepción hasta su término, la distinción de sexos, el derecho de los padres a la educación de sus hijos anterior al del Estado...

Es la Verdad de Cristo la que el mundo necesita. Pertenece a los designios de la Providencia, como lo han enseñado un Papa tras otro desde hace más de 200 años, que el culto y devoción al Corazón de Jesús han de contribuir decisivamente a preparar la gran conversión anunciada en las Escrituras. La Iglesia no ha dejado de proclamar al mundo su esperanza en tal conversión; en realidad, doble, y conexa una con otra. Por una parte, la conversión universal, la de todos los pueblos (“el mar”, “las naciones”) que reconocerán un día a Cristo como a su Rey, a quien son debidos toda obediencia y amor.

Por otra parte, también está anunciada la conversión del pueblo de Israel (cuando se le descorra el velo que le impide reconocer en Jesús al Mesías aguardado: cf. 2Co, 3, 12-16), la cual será de inmenso bien para todas las naciones, todas las gentes. San Pablo expresa en el capítulo once de la Carta a los Romanos: “porque si su reprobación [–la de Israel–] ha sido la reconciliación del mundo [–ocasión de anunciar el Evangelio a las naciones–] ¿qué será su readmisión sino como una resurrección de entre los muertos?”. El Concilio Vaticano II, en la declaración Nostra aetate, expresa en estos términos la esperanza de la Iglesia en la conversión universal:

“La Iglesia tiene siempre ante sus ojos las palabras del apóstol Pablo sobre sus hermanos de sangre, a quienes pertenecen la adopción y la gloria, la alabanza, la ley, el culto y las promesas; y también los patriarcas, y de quienes procede Cristo según la carne (Rm 9, 4s), hijo de la Virgen María. Recuerda también que los apóstoles, fundamentos y columnas de la Iglesia, nacieron del pueblo judío... Como afirma la Sagrada Escritura, Jerusalén no conoció el tiempo de su visita (cf. Lc 19, 42). Gran parte de los judíos no aceptaron el Evangelio (cf. Rm 11, 28) ... No obstante, según el Apóstol, son todavía muy amados de Dios a causa de sus padres porque Dios no se arrepiente de sus dones y de su vocación. La Iglesia, juntamente con los profetas y el mismo Apóstol (cf. Rm 11, 11-32), espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor y servirán como un solo hombre” (Sof 3, 9)4.

La vocación del pueblo de Israel, del que toma carne el Verbo, llamado a ser “luz de las naciones” –vocación, nunca cancelada– ha sido siempre confesada por la Iglesia por fidelidad a la palabra de Dios revelada, y pese a que ha pervivido cierto extendido antisemitismo en ambientes católicos. Ha sido pueblo sometido en la historia a grandes padecimientos, y no siempre sin culpa, pero al que Dios sigue manteniendo sus promesas. El Concilio Vaticano II ha querido poner más de relieve esta verdad.

Sólo Dios sabe cuándo será la anunciada conversión de Israel y suceda que “los reinos de la tierra se conviertan en reinos de nuestro Dios” (cf. Ap 11, 15). La Revelación enseña, y la historia refrenda, que el olvido o pérdida de vigor de estas verdades5 (y consiguientemente, la del gozo definitivo del amor de Dios en la vida eterna) repercute en daño de la humanidad, y afecta en especial a la vida del cristiano al tentarlo de naturalismo, de proceder en la práctica, en su obrar, con olvido de Dios.

El p. Orlandis, inspirador de Schola Cordis Iesu, decía que aun no siendo los males más graves este naturalismo práctico y el liberalismo ambiental, sí son muy insidiosos para muchos cristiano. Ante esto, entendió que la vocación de su vida era dar a conocer el tesoro de la devoción al Corazón de Jesús como el providencial remedio al naturalismo y su aneja frialdad religiosa, y el dar a conocer, ante el liberalismo, la verdad de la realeza de Cristo sobre la humanidad entera; y viviendo ambas verdades según el providencial camino de infancia espiritual trazado por santa Teresa de Lisieux.

Signo muy especial de los tiempos, que ha marcado al siglo XX y preanuncio de futuros inmensos bienes son los mensajes que, de una manera del todo asombrosa humanamente hablando, ha dado la Virgen María en Fátima en 1917. Tras su llamada a consagrar Rusia y el mundo a su Inmaculado Corazón se han dado hechos de trascendencia universal (2ª guerra mundial, expansión del marxismo por el orbe, caída del comunismo en Rusia y satélites... ). Estos mensajes son luz extraordinaria sobre la realidad de nuestro universo contemporáneo, y a la vez gozoso motivo de esperanza en la intervención de la Madre de Dios en bien de sus hijos: la humanidad entera por Cristo redimida y del todo necesitada de conversión.

Para la elaboración de estos Apuntes han servido fundamentalmente los manuales y colecciones de historia eclesiástica e historia general de uso más común y valor reconocido, y de los que en cada caso se da la conveniente cita.

A un conjunto de personas que ha contribuido muy directamente en la redacción de estas síntesis deseo expresar mi más reconocido agradecimiento; en especial, a mis profesores de Historia eclesiástica en la Gregoriana, los padres jesuitas Vincenzo Monachino, Hans Grotz y Mario Fois; y de modo muy entrañable, a don Francisco Canals Vidal. A sus pacientes enseñanzas orales durante años, y al gran número de sus escritos, deben sobre todo su existencia estos Apuntes. Movido por el santo anhelo de que el Corazón de Cristo reine en el mundo, se prodigó en Schola Cordis Iesu, y en tantas otras partes adonde le llamaban, para prolongar el magisterio del padre Ramón Orlandis Despuig, S.J., providencial gran transmisor de la conciencia que la Iglesia posee de ser el Pueblo de Dios en medio de la historia.

1 Cf. Aps5, 327 (El mesianismo o milenarismo marxista). Ya en los años 1930 notables autores católicos (cf. CN1, 24), y de manera muy significada el ortodoxo ruso Nicolás Berdiaeff, en sus obras La religión del marxismo. La idea del mesianismo proletario (cf. Revista Cristiandad, 1 jul 1945, p. 299-301) y El sentido de la historia (cf. Ibid. p. 339s), ponían de manifiesto las raíces religiosas del comunismo, su inversión de la salvación de Cristo por una del todo antropocéntrica ligada a una lectura de la Biblia en clave interpretativa marxista sobre el sentido de la historia. Muy expresiva al respecto es la calificación del comunismo como una “herejía del cristianismo” –no una teoría económica más– hecha por Philippe Chenaux, profesor de historia en la Universidad vaticana de Letrán, en su reciente obra L´Église catholique et le communisme en Europe (1917-1989).

2 Cf. UR4, 294-299; Aps1, 124s (Nota sobre la pervivencia de gnosticismos y dualismos maniqueos), El ideal gnóstico de la salvación por la ciencia, pretendido introducir en las primitivas comunidades cristianas (cf. Aps1, 137-139), revive en gran manera en la filosofía de Hegel.

3 Conocida es la importante obra de Henry de Lubac El drama del humanismo ateo, que hoy sigue publicando Encuentro Ediciones. Motivo siempre de reflexión es el hecho de que estas ideologías inmanentistas, que han alcanzado extensión universal y sin las que no se explican un sinnúmero de realidades contemporáneas de primera magnitud, han provenido casi sólo de pensadores germanos, franceses e ingleses. El hecho del llamado “ateísmo práctico”, el que prescinde y ni se cuestiona la existencia de Dios, extendido en la actualidad, no puede ser atribuido sin más al consumismo o al puro hedonismo actuales, pues desde mucho antes ha operado en las conciencias un conjunto de ideologías que en mayor o menor grado han afectado a la fe y a la moral.

4 Cf. VATICANO II, Declaración Nostra aetate, nº 4

5 El olvido o debilitamiento de la verdad de que Cristo es el Alfa y Omega de la humanidad –“el Príncipe de los reyes de la tierra” (Ap 1, 4)– ha contribuido a reforzar las dos antiguas y persistentes tentaciones contrarias: la de acomodarse a la Babilonia de las grandes corrupciones morales (a lo establecido: “es lo que hay”) sin mayor esperanza o perspectiva de futuro, o la de servir a la Bestia que, recrecida por los grandes resentimientos que provocan las corrupciones de la Babilonia, se enfrenta a ella con mitos e ideologías seductores, alzados en lugar de Cristo, presentados como redentores de la humanidad. Muy notables estudios sobre ello son el de Francisco Canals Vidal, Mundo histórico y Reino de Dios, Ed. Scire, Bna 2005, y el de Xavier Prevosti, La Teología de la historia según Francisco Canals Vidal, Ed. Balmes, Bna 2015.

1. Contexto general al final del XIX y principio del XX

Concluida en 1871 la Guerra Franco-Prusiana, transcurren más de 40 años sin conflicto armado alguno entre las naciones europeas. Los litigios que surgen se resuelven por vía diplomática. Distintas conferencias internacionales se reúnen con la convicción de que el diálogo –“diálogo entre caballeros”– ha de mantener invariablemente la paz, y que ya no ha de haber entre los grandes países civilizados y cultos conflicto alguno general: “el peor negocio es la guerra”; ésta es una especie de “insensatez de tiempos pasados y pueblos incultos”.

Los conflictos armados entre naciones en aquellos 40 años fueron muy breves, y siempre en combates fuera de Europa, salvo los de su extremo más sudoriental (“el avispero balcánico”, de 1911 a 1913). La guerra ruso-turca concluirá el mismo año en que principia (1878); igualmente, la chino-japonesa en 1894; la de España con Estados Unidos en 1898; la del pueblo boer con Inglaterra en Sudáfrica se prolonga algo más (1899-1902); y la rusojaponesa concluye al año de iniciada, en 1905.

No obstante, pese a la confianza tan extendida en una paz indefinida, algunos dirigentes políticos europeos y sus estados mayores militares no dejan de tomar precauciones ante una posible guerra, que finalmente estallará. A la tremenda Primera Guerra Mundial (1914-1919), de magnitud antes nunca conocida, y de tan graves consecuencias para la Iglesia y el mundo, no se llegará de manera necesaria o inevitable, pero el hecho del atentado de Sarajevo en 1914 contra el heredero del imperio austro-húngaro la precipitó. Otros importantes factores antiguos también la propiciaron6.

Factores que abonaban la gran confianza en una paz duradera

A alimentar esta confianza entre las élites gobernantes de las principales naciones europeas (de sus altas burguesías y aristocracias a ellas asociadas) contribuyen varios importantes factores:

− el hecho mismo de la inalterada y prolongada situación de paz, que marca a la belle époque y tiene su hito más representativo en el París de 1900.

− los enormes progresos científicos de la época y sus aplicaciones a la industria, a las comunicaciones, a la medicina, a la sanidad e higiene públicas, a las nuevas construcciones urbanas...7

− la gran expansión colonial, ante todo de Inglaterra y de Francia, volcadas sobre inmensos territorios, las vuelve menos interesadas en debatir sobre litigios intraeuropeos8. Algo semejante sucede a la nueva gran potencia emergida al fin de la guerra franco-prusiana, la Alemania reunificada. Su canciller Bismarck (1862-90), con mano férrea, trata a continuación de apartar a Alemania de todo conflicto armado, de no provocar a sus vecinas Francia y Rusia, ni a Inglaterra en el gran reparto colonial9.

− el general gran auge económico de la época enriquece a las más altas clases sociales y les da la euforia de que nada grave ha de suceder; auge, que beneficia también a los más necesitados, pero con frecuencia muy lentamente. Muchos emigran a las ciudades (o a América) al ser desposeídos de sus tierras o anulados los tradicionales contratos de arrendamiento por largos plazos y módicas rentas10. Luego, estas poblaciones, en sus nuevos lugares de trabajo, sometidas a duras condiciones, se proletarizan sin que intervenga el Estado hasta casi el final del XIX (en Inglaterra, algo antes) frente las amoralidades provocadas por el liberalismo económico de la época11.

− en las distintas naciones de vieja raíz cristiana crece una alta sociedad desapegada de la fe, sobre todo entre los varones, cuyos intelectuales se imbuyen en las filosofías de la época y tantas veces acuden a París a beber “en las fuentes”, incluso desde la América hispana12. A la vez que son hostiles a la Iglesia, están convencidos de que marchan por el buen camino, de que la pura razón del hombre, y no otros principios (la salvación por Cristo), han de traer el bien y progreso a la humanidad. En Francia (y en las naciones de Iberoamérica), la filosofía ad hoc, de confianza del hombre en el hombre, fue entones ante todo el positivismo de Augusto Comte (1798-1857)13; en España, más lo fue, en la época y hasta los años 1930, el importado kantismo del alemán Friedrich Krause (1781-1831)14.

− en Alemania, en el XIX-XX, prosigue el profundo influjo de Kant (1724-1804) en sus universidades, y con alcance universal llegará hasta el presente –piénsese en la ONU– con su mensaje de regeneración de la humanidad por su desvinculación de toda religión revelada y el consiguiente imperio de “la religión de la pura razón” –la única digna para el hombre, por “no heterónoma”– ; regeneración moral, que ha de conducir a “la paz perpetua”, título de una conocida obra suya, y cuyo significativo subtítulo es “el milenio”. Daba así Kant extensión universal al pensamiento de Rousseau, del que fue admirador, y al del pseudomesianismo de los ilustrados del XVIII15.

− también en Alemania, y ante el fallido intento de Kant (que no logra, como reconoce, su “propósito capital de restaurar la Metafísica” para una válida fundamentación de la Ética), Hegel (1770-1831) construye su total sistema filosófico de la Metafísica idealista. Influirá enseguida en el mundo de Occidente, en sus universidades y en los programas políticos liberales, por su comprensión de la historia en clave dialéctica como puro proceso en el que no existe principio alguno fijo sino permanente movimiento de los principios (al modo de Heráclito) por el despliegue de la Idea o Espíritu Absoluto, hacedor y deshacedor de religiones, culturas, instituciones políticas y jurídicas... De la llamada “izquierda hegeliana” provendrán a continuación Feuerbach (1804-72) y Marx (1818-83)16.

− la nueva concepción del mundo al margen de la fe en Cristo que se impone con más o menos radicalidad en la alta política europea y en gran parte de su intelectualidad ha contado durante el XIX-XX con conocidos y principales difusores en las universidades de Occidente, en los distintos medios de comunicación, y en especial en el llamado Estado Docente, director de la enseñanza pública –y en gran parte también de la privada– por la que han pasado generaciones y generaciones de alumnos que reciben una cosmovisión, en mayor o menor grado, adversa a la Iglesia, presentada como rémora del progreso y de la que logra la modernidad liberarse de su influjo en la sociedad, paso a paso, a partir del Renacimiento y, sobre todo, por medio de una pléyade de filósofos que del XVII en adelante han pensado cómo el mundo ha de caminar por sí mismo hacia el progreso, la justicia y la paz17.

Actitud y respuestas de la Iglesia ante estos antecedentes

La Iglesia, anunciadora al mundo de la total necesidad de ser salvado por Cristo, no niega el orden natural (“los valores naturales”), pero afirma que la ley natural por sí sola es insuficiente, se corrompe (“no prosigue largo tiempo y con vigor”). Esta advertencia, singularmente proclamada por san Agustín ante el naturalismo de Pelagio, pierde fuerza, es bastante desoída, durante las mundanidades del Renacimiento.

El Magisterio de los papas del XIX-XX, ante el avance del naturalismo en Occidente, no ha dejado de señalar cómo aquellas mundanidades, que entonces no llevaron a la pérdida de la fe, no obstante, han concurrido notablemente a que se sigan muy graves consecuencias. Ante el naturalista proceso de implantación del liberalismo en Occidente, el Magisterio de los papas ha sido constante y unánime. Consúltese una u otra de las colecciones de encíclicas publicadas; ya enteras, o en extractos en el Denzinger18.

A partir de Gregorio XVI (1830-46) no han dejado de pronunciarse los romanos pontífices en sus encíclicas y decretos (dirigidos al episcopado universal) sobre la pretensión de fundar una sociedad al margen de Dios. Al mismo tiempo, han proclamado cómo el verdadero camino es el de la fe en Cristo; proclamado siempre como el Salvador, tanto en la paz como en las situaciones más adversas de persecuciones contra la Iglesia.

Aquellos romanos pontífices impulsan, en medio de las graves dificultades y contradicciones de la época, a las que se suma la aparición del llamado “catolicismo liberal”, un extraordinario crecimiento de la piedad del pueblo católico (en el que prende con extraordinario vigor el culto y devoción al Corazón de Jesús, y recrece el amor a la Virgen) que superará las frialdades del XVIII, y responderá generosamente con toda suerte de iniciativas apostólicas de clérigos y laicos, y con un extraordinario aflujo de vocaciones sacerdotales y religiosas dedicadas a la cura de almas, la enseñanza, la beneficencia, las misiones extranjeras...

La adhesión al sucesor de Pedro, ferviente en el católico pueblo llano, crece durante el XIX también entre las jerarquías eclesiásticas que dejan de lado el galicanismo y otros regalismos, y también entre notable parte de laicos de la alta sociedad que pasan a sincera adhesión al Papa y a laborar apostólicamente con gran entrega: en la extensión de las catequesis, la buena prensa, la promoción entre el pueblo fiel de la Liturgia y la lectura y meditación de las Sagradas Escrituras, el apoyo a las misiones extranjeras, la acción social y benéfica, la promoción de obras y patronatos parroquiales... Aquellos seglares son el origen del asociacionismo apostólico moderno de los laicos –de los llamados “movimientos apostólicos”– que confluirá sobre todo en la Acción Católica, promovida por Pío XI (1922-39).

El legado del papa León XIII (1878-1903) al mundo del siglo XX

León XIII, en su pontificado de más de 25 años, transmite a la Iglesia y al mundo un extraordinario legado. Prosigue el gran impulso de su antecesor, el beato Pío IX, a la vida sobrenatural en la Iglesia. Promueve y fortalece la piedad y el culto del pueblo católico¸ muy en especial a la Virgen María (a la que dedica no menos de quince encíclicas o amplios escritos para exhortar al rezo del Rosario), y de manera muy significada al Corazón de Jesús, al que en 1899 consagra el universo entero (“el acto más grandioso de nuestro pontificado”). Presenta la devoción al Corazón de Jesús (encíclica Annum sacrum) en su doble vertiente, íntima y social, vinculada tanto al trato íntimo con Cristo (en especial, en la Eucaristía), como a construir el reino de Cristo en el mundo.

León XIII había aportado también un extraordinario magisterio doctrinal (teológico, filosófico, histórico y de doctrina social de la Iglesia), muy directamente inspirado en la filosofía y teología de santo Tomás de Aquino, que el Papa urge vivamente que retornen a los estudios en la Iglesia, para bien de ella y de la humanidad entera; para servir a la fe, y también para contribuir a que la razón humana, por medio de un verdadero diálogo con el mundo moderno, pueda acoger con humildad y gozo el don de la Revelación divina, y sean ordenadas las realidades de este mundo conforme al designio redentor y salvador de Cristo Jesús.

Muy marcada en el ánimo de León XIII aparece su honda conciencia histórica, su convicción de que los males más graves que aquejan a la sociedad del XIX tienen su raíz decisiva en el alejamiento de Dios de las élites rectoras de las naciones de Occidente –alejamiento, no por igual en todas partes, ni sin grandes excepciones– una vez acabada la plenitud de la Cristiandad medieval. Tales males –expresa el Papa– se hallan particularmente manifiestos ya en el XVI al surgir el llamado derecho nuevo19, prescindente de Dios en la ordenación de la sociedad

En sus relaciones con los Estados, tuvo León XIII que afrontar muy difíciles situaciones pese a su deseo de alcanzar acuerdos con ellos para bien de la Iglesia. Con el Estado italiano, unificado en 1870 a costa del fin de los históricos Estados Pontificios, entiende que no puede transigir. Y con el poderoso canciller Bismarck, promotor del Kulturkampf, consigue que desista en su mal trato a la Iglesia en Alemania. Con los zares rusos no logra impedir los abusos y persecuciones contra los católicos (polacos, lituanos, uniatas varios...). Mantuvo con los Estados de la época múltiples relaciones. Seguramente, las más difíciles fueron con los gobernantes de la III República francesa por su decidida voluntad a partir de 1879 de secularizar radicalmente la vida de la nación20.

En los anteriores Apuntes 521 se ha expuesto con cierta amplitud cómo León XIII trató de enmendar aquellas actitudes de los gobiernos galos pese a que aún seguía en vigor el Concordato de 1801 con Napoleón, firmado entonces con muchas dudas por el papa Pío VII, pero que con el transcurso de los años fue reconocido en sustancia por los sucesivos papas del XIX como beneficioso y permaneció inalterado pese a los numerosos cambios políticos del país.

En aquella situación, León XIII promueve en los años 1890 el ralliement, la adhesión de los católicos franceses a la III República con la esperanza de que ésta cese en sus persecuciones contra la Iglesia, a lo que responden los gobernantes que de ningún modo pueden renunciar a su laicismo, constitutivo del ser republicano francés. Conviene tener presente que se trataba de una cuestión de orden prudencial, en las que no siempre se logra el acierto. En sus últimos años repetía el Papa a sus íntimos: “¡me han engañado, me han engañado!”, como refiere el reconocido historiador de la Iglesia Ferdinand Mourret, que cita como principal fuente la biografía de León XIII escrita por su secretario privado, el canónigo belga T´Serclaes, bajo la dirección del mismo Papa, para ser publicada cuando fallezca22.

Para su gran proyecto, concebido en cuanto inicia el pontificado, de unidad de los pueblos bajo la soberanía de Cristo, con frecuencia citaba en especial a Inocencio III, el Papa de la plenitud medieval23.

6 Cf. CO1, 196s

7 Cf. CO1, 157-161

8 Cf. CO1, 152-161, 186-212

9 Cf. VC2, 477-479; FZ, 303-307

10 En España, la gran emigración a sus mayores ciudades y a América se dio a partir de las desamortizaciones (cf. CO3, 146-156, 196s; Aps5, 194-202, 273-275)

11 Cf. VC2, 408-411; FZ, 225s; Aps5, 307-317

12 Cf. VIAL, Gonzalo, Historia de Chile (1891-1973), I, Santiago 1981, 44-47

13 De manera muy gráfica describe el gran conocedor de la historia de Chile, Gonzalo Vial, cómo los intelectuales de la generación nacida entre 1822 y 1827, todos ellos de la alta sociedad, pierden en su mayoría la fe, y se entusiasman con el movimiento liberal-revolucionario francés de 1848, y toman para sí “con fervor delirante” los nombres de los héroes de la Revolución francesa glorificados por el poeta Lamartine –presidente de la efímera 2ª República francesa (1848)– en su obra Los Girondinos: Marat, Brissot, Vergniaud, Robert de Lisle... Varios futuros jefes de Estado de Chile proceden de aquella generación, así como notables líderes del partido radical, del socialismo, y hasta del comunismo local (cf. VIAL, Gonzalo, Chile, cinco siglos de historia, Zig-Zag, Santiago, 2010, 637s). La filosofía que prende entre ellos fue sobre todo el positivismo de Comte, de gran trascendencia en la enseñanza pública del país, y que tuvo en Diego Barros Arana (1830-1907) el autor y difusor de una historia de Chile en 16 volúmenes en clave positivista, denigradora de la obra de España en América (cf. Ibid., 718s, 908-912).

14 Cf. UR4, 496-540; GIL CREMADES, Juan José, Krausistas y liberales, Seminarios y Ediciones, Md 1975, 54-56; FRAILE, Guillermo, Historia de la Filosofía española desde la Ilustración, Bac, Md 1972, 122-187; Aps5, 279-282, 422, 432.

15 Cf. Aps4, 208-210

16 Cf. Aps5, 113-126

17 Para una síntesis de la evolución del pensamiento filosófico moderno: Aps3, 511-528; Aps4, 87-132, 147-210; Aps5, 113-135, 207-212, 319-332

18 Bac Maior ofrece la gran obra El Magisterio pontificio contemporáneo (desde León XIII a Juan Pablo II) en dos volúmenes, que citamos como MP1 y MP2. Para el Magisterio anterior, de Gregorio XVI y Pío IX, pueden consultarse el Denzinger y los volúmenes de la Bac de Doctrina pontificia, II (Documentos políticos) y Doctrina pontificia, III (Documentos sociales), que citamos como DP2 y DP3

19 Así lo señala explícitamente el papa LEÓN XIII en su encíclica Immortale Dei, nº 10 (cf. MP2, 855s)

20 Cf. Aps5, 343-397

21 Cf. Aps5, 409-413

22 Cf. MOURRET, Fernando, Historia general de la Iglesia, tomo IX, vol II, edición española, Md 1927, 536; Ap5, 413s.

23 Cf. JD8, 35-66; Aps5, 347-350

2. Inglaterra. Notas sobre su historia anterior a 1914

La revolución religiosa inglesa del siglo XVI ha sido decisiva para el siguiente curso de su historia. La nación británica, por la política de su corona y el influjo de las corrientes protestantes venidas de Alemania, se separa de Roma durante el reinado de Enrique VIII (1509-47). Y contribuye pronto, política y militarme al triunfo de la Reforma protestante en media Europa frente a la resistencia católica –en especial de España– a la desintegración de la Cristiandad medieval. Una clase social enriquecida, en gran parte al hacerse con los bienes de la Iglesia en tiempo de Enrique VIII, ha regido desde entonces los destinos de la nación.

La religión católica es oficialmente perseguida, denunciada como alta traición al país por no reconocer la supremacía religiosa de la corona. Durante más de dos siglos, numerosos fueron los mártires salvo en los breves reinados de María Tudor (1553-58) y de Jacobo II (1685-88), y hasta que advenga la Revolución francesa, que suscitará en Inglaterra un nuevo ambiente menos hostil a los católicos –a “los papistas”– , ya reducidos a una minoría.

La oligarquía, de gran poder económico, formada por grandes terratenientes (futuros torys en su mayoría) y por un alto empresariado urbano, promotor de la gran expansión comercial y colonial británica (futuros whigs), tiene en el Parlamento la principal sede de su poder también político. La corona inglesa durante tiempo se resiste a ceder de su autoridad y poder a ningún parlamento. Pero, mientras en casi toda Europa las monarquías evolucionan hacia el absolutismo, en Inglaterra se producen dos revoluciones que llevan al definitivo triunfo del parlamentarismo24.

Las dos revoluciones del XVII

La revolución de 1649 acaba con la vida de Carlos I Estuardo (1625-49), hecho ejecutar por Oliver Cromwell (1649-58), jefe del fuerte “ejército de los santos” –calvinistas escoceses– , llamado por los parlamentarios de Londres para que les apoye a combatir al ejército leal al rey. Cromwell, tras la victoria, no realiza la esperada restauración parlamentaria, sino que implanta su personal dictadura. Pero, al morir, el país vuelve a la anarquía, y Monck, antiguo general de Cromwell, en 1660 hace restaurar la monarquía Estuardo con Carlos II Estuardo (1660-85), hijo del rey decapitado. Era católico en secreto, no lo afirmaba. Por su corrupción moral hizo muy grave daño a la causa católica pese a las advertencias del papa beato Inocencio XI.

La revolución de 1688. A la muerte de Carlos II, le sucede su hermano Jacobo II Estuardo (1685-89), que no oculta su fe y desea restaurar el catolicismo, hasta la fecha tan perseguido. Pero, en el momento en que tiene un descendiente varón, el futuro Jacobo III (hijo de la gran apóstol del Corazón de Jesús, María de Módena), ante el peligro de una próxima restauración católica, los torys, que le apoyaban, se pasan y unen a la oposición wigh, cuyos jefes exilados en Holanda (entre ellos, el filósofo Jhon Locke) conspiran con Guillermo de Orange, el calvinista y absolutista estatúder de los Países Bajos, yerno de Jacobo II.

Guillermo, durante 30 años había sido el tenaz adversario militar de Luis XIV, deseoso de apoderarse de Holanda y luego asaltar Inglaterra, y al que Guillermo impide invadir los Países Bajos una y otra vez, incluso con la extrema decisión de abrir las esclusas e inundar los Países Bajos con el agua del mar. Fue el candidato elegido para derrocar a Jacobo II. Con su ejército cruza el Canal de la Mancha y en poco tiempo derrota a Jacobo II.

La revolución de 1688 fue victoria decisiva para el parlamentarismo británico. El dirigente holandés, coronado como Guillermo III Orange (1689-1702), suscribe cuantas restricciones al poder real le fijan los parlamentarios. Su fuerte calvinismo era la garantía para torys y whigs de que Inglaterra no había de retornar al catolicismo. Pronto, el triunfo del parlamentarismo se consumará al instaurarse en Inglaterra la nueva dinastía, alemana y protestante, de los Hannover, de escasa relevancia en el gobierno efectivo del país. Aquel parlamentarismo no evolucionará nunca, hasta hoy, hacia la elaboración de una constitución, característico signo del pragmatismo inglés, no afecto al típico constitucionalismo liberal –racionalista– del continente europeo25.

La persecución cesa con la Revolución francesa. Al triunfar la revolución de 1688, pese a que el gobierno de Guillermo de Orange había proclamado la libertad religiosa, prosigue la persecución contra los católicos (por “intolerantes” en la terminología de Locke, pues siguen sin reconocer la soberanía del rey de Inglaterra también en religión). Sólo un siglo después, por los acontecimientos de la Revolución francesa, cambia la situación. Un nuevo clima de simpatía hacia “los papistas” surge en Inglaterra al enfrentarse en guerra a la Francia de la Revolución. Numerosos franceses, en especial sacerdotes, buscan refugio en la isla. La misma actitud del papa Pío VII (1800-23), que se ha negado a secundar el bloqueo económico dictado por Napoleón en 1807, contribuye a esta buena acogida, y a que comience a pensarse en Roma en el restablecimiento de la jerarquía católica en Inglaterra26.

Expansión naval de Inglaterra y su lucha con Francia por la hegemonía

En la primera mitad del XVII comienzan las expansiones de Inglaterra por los mares, algo a la zaga de las holandesas y sin éxitos semejantes27. Los continuados incidentes entre ambas expansiones llevan a la guerra, y la gran escuadra holandesa es finalmente vencida en 1653 por la inglesa, recién reforzada por Cromwell. En los siguientes próximos años, Inglaterra expulsa a los holandeses de “Nueva Amsterdam”, transformada en “Nueva York” (1664), y progresa su dominio en las aguas del Caribe –con y sin cooperación francesa según los casos– pese a las resistencias españolas28.

La pugna entre Francia e Inglaterra por la hegemonía mundial política y económica venía de largo tiempo atrás; sobre todo, desde el fin de la Guerra de Treinta Años (1618-48). A la nación francesa, hegemónica en Europa tras la victoria de 1648, se le enfrentará Inglaterra que trata de contrabalancear el poderío galo oponiéndole el de una u otra nación del continente. Durante tiempo no lo logra, tanto por la decidida oposición de Luis XIV (1643-1715)29 como por la larga crisis de las dos revoluciones inglesas del XVII30.

Tras el triunfo de la revolución inglesa de 1688, el poderío británico se rehace rápidamente. Provisto de gran escuadra naval y sólido ejército hará frente a los sucesivos planes de expansión de la Francia de Luis XIV. La gran victoria naval en 1692 de La Hougue (frente a la costa de Normandía) sobre la escuadra francesa consolida el poder de Inglaterra en los mares. Son guerras que no dilucidan quién en definitiva tiene la primacía, pues Luis XIV no desiste de sus planes y provoca una guerra tras otra31.

La Guerra de Sucesión de España (1701-14)

La contienda definitiva para Luis XIV, en la que ya no vence o deja de conseguir condiciones muy favorables de paz, fue la de la Sucesión de España. El último Austria español, Carlos II Habsburgo (1665-1700), ante su conocida imposibilidad de descendencia y los consiguientes pactos entre las potencias europeas, primero secretos y pronto harto conocidos, para repartirse el Imperio hispano en cuanto fallezca, finalmente testa (después de años de dudas y asistido por su consejo) en favor del pretendiente francés (el futuro Felipe V, nieto de Luis XIV). Pero, con la condición de que los tronos de España y de Francia nunca recaigan en una misma persona, en un mismo Borbón.

En un primer momento, la sucesión así dispuesta en favor de Felipe V (1700-46) es reconocida en España y en Europa sin mayores problemas. Pero cuando Luis XIV reclama –pretexta– que ya no está obligado a cumplir tal condición y que a la corona francesa le asiste el derecho en un futuro no lejano de que pase España y su aún inmenso imperio a dominio francés, estalla la guerra internacional. La gran coalición antifrancesa, liderada por Inglaterra, vence tras larga y extenuante contienda. “La hegemonía de Francia en Occidente –concluye Vicens Vives– había hallado su fin”32.

Pugna con Francia en el XVIII y hasta la caída de Napoleón en 1815

Durante el XVIII, la fuerte unidad ideológica –la del común pensamiento ilustrado– que impera en las cancillerías y cuadros de gobierno de las naciones europeas no es óbice para que se sucedan las guerras entre ellas. Cada una tiene su propia razón de Estado, y la defenderá con las armas en no pocas ocasiones. Desaparecida la unidad de la Cristiandad medieval –pérdida oficialmente confirmada por la diplomacia internacional en los tratados de Westfalia (1648), y no por los papas– prevalecen los secularizados intereses de cada Estado. Se forman así a lo largo del XVIII diversas coaliciones armadas según los intereses y circunstancias de cada Estado, aunque nunca militando en un mismo bando Francia e Inglaterra, contrarias por su litigio por la hegemonía mundial; ni Prusia y Austria, por su común aspiración al futuro liderazgo del mundo germánico unido33.

La política gala, pese a la derrota en la Guerra de Sucesión española, se resiste a ceder la primacía al vencedor británico, y de nuevo vuelve a perder en luchas extendidas ya a tres continentes; sobre todo, en la Guerra de Siete Años (1756-63) por la que el Canadá y la India pasan de Francia a Inglaterra34; y finalmente, en el fracasado empeño de Napoleón Bonaparte (1799-1815) por hacerse el árbitro del globo35.

La creación del Imperio Británico

Durante el siglo XIX, entre el Congreso de Viena (1815) y el Congreso de Berlín (1878), Europa, y sobre todo Francia e Inglaterra, se hacen presentes como nunca en el orbe entero. A las exploraciones de los lugares más recónditos e inhóspitos por misioneros, sabios geógrafos y arriesgados aventureros, les suceden pronto distintas emigraciones, tanto de colonos en busca de trabajo como de comerciantes que aportan técnica y capitales, apoyados por sus respectivos gobiernos con toda suerte de recursos, incluidos los de las armas.

A un tiempo se conjugan objetivos económicos y políticos; algunos, del todo amorales (como el entonces recrecido tráfico de esclavos). No obstante, pese a las graves lacras de aquellas colonizaciones, las naciones de vieja raíz cristiana del Occidente europeo realizan entonces por el orbe entero, sobre todo a partir de los años 1870, una extraordinaria obra evangelizadora36 y civilizadora37. Aunque, pese a la heroica labor de los misioneros, la llegada entonces a África y a Asia de las naciones de Occidente ya no es en un contexto de vigor de fe como el aportado en el siglo del XVI por España y Portugal que llevó a la pronta y plena asimilación de los pueblos de Iberoamérica y de Filipinas (salvo en parte de Mindanao, adonde había llegado antes el Islam).

Por su potencial económico y político, la nación inglesa obtiene los mayores réditos. Sus dominios crecen sin cesar en África y Asia bajo la dirección de los grandes magnates que habían hecho la revolución de 1688, que tienen su poderoso asiento en el Parlamento, y por jefe político más relevante a Palmerston (1851-65), hasta que le suceda una nueva generación de gobernantes menos favorables al “espléndido aislamiento” de Gran Bretaña y más comprometidos en los asuntos políticos europeos. Su máximo representante será Benjamín Disraeli (1866-80), jefe tory, hebreo, de extraordinario talento y simpatía, impulsor como ninguno del gran Imperio Británico presidido por la reina Victoria Battenberg (1837-1901).

Las comunicaciones con los grandes dominios británicos del Canadá y la India se fueron asegurando con un conjunto de bases navales esparcidas por todos los mares (Gibraltar, El Cabo, Santa Elena, las islas Mauricio, Adén, Singapur, Las Malvinas, Ceilán...). La apertura del Canal de Suez en 1869 potenció sobremanera las comunicaciones con la India, el Este de Asia y la lejana Oceanía. Tras la derrota de Francia frente a Prusia en 1871, Inglaterra queda como indiscutible primera potencia del orbe hasta ser desplazada por los Estados Unidos al término de la Primera Guerra Mundial (1914-19)38.


El imperio británico al comienzo del siglo XX

Impacto de la expansión colonial de Inglaterra en la vida de la Iglesia

En cuanto Inglaterra y Holanda comienzan a expandirse por los mares desde la primera mitad del XVII, numerosas antiguas misiones católicas en África y Asia, sobre todo portuguesas, van desapareciendo. La hostilidad contra los católicos en Inglaterra y sus dominios se mantendrá casi inalterada hasta muy avanzado el XVIII en que ya el número de éstos en la isla ha descendido en gran manera39.

Pero a partir de la mitad del XIX, con el gran resurgir de las misiones en África, Asia y Oceanía, ante la magnitud desbordante de la labor que han de realizar los misioneros, su indiscutible obra civilizadora y el prestigio que dan a Europa de la que provienen, sucede que incluso las naciones protestantes (que envían también sus pastores misioneros, en particular Inglaterra a su Imperio) rara vez ponen entonces trabas a las evangelizaciones católicas; y tampoco las puso la misma III República francesa, salvo entre musulmanes, pese a su duro laicismo en la metrópoli a partir de 187940.

Comportamiento de Inglaterra con la católica Irlanda

La población de Irlanda, duramente probada por la política anticatólica de los gobiernos ingleses, permanecerá en su inmensa mayoría fiel a la Iglesia católica. En 1649, por alzarse los irlandeses en favor de Carlos I Estuardo (del que, aunque anglicano, esperaban que hiciese cesar las persecuciones contra los católicos), emprende Cromwell (1649-58) una tremenda campaña de sanguinarios actos de terror. La isla quedará medio despoblada, el culto católico prohibido y expropiadas las tierras (“plantaciones”) de los sublevados para afincar en ellas a los soldados veteranos de Cromwell, sobre todo en el norte (el Ulster). Tales sucesos –comenta Vicens Vives– rompieron la unidad espiritual y racial de Irlanda, y explican muchos hechos de la historia posterior de Inglaterra e Irlanda41.

Pese a todas las persecuciones y medidas legales anticatólicas, los irlandeses logran mantener su jerarquía episcopal. En 1800, para que se integren al Reino Unido se les concede cierta tolerancia religiosa. Tras la caída de Napoleón (1815) surge un gran líder: Daniel O´Connell (1786-1847), que mueve y entusiasma al católico pueblo irlandés en pro de las libertades religiosas y políticas tan coartadas, y sin recurrir a la violencia. El gobierno tory de Londres se resiste a ceder, pero ante el riesgo de guerra civil da finalmente el bill test de 1829 que reconoce la igualdad del ciudadano católico ante la ley. Esto benefició no sólo a los católicos de Irlanda; también, a los de Inglaterra, Escocia, el Canadá y las demás colonias británicas42.

Por otra parte, la tremenda hambre y mortandad de 1845-47 en Irlanda lleva a casi la mitad de su población a emigrar a los Estados Unidos o a Inglaterra. Muchos se afincan en Inglaterra para trabajar en los puertos, minas y tendidos de ferrocarriles, lo que decide en 1850 a la Santa Sede a restablecer en Inglaterra la jerarquía católica, con Wisseman como arzobispo de Westminster y doce obispos sufragáneos43.

En adelante, siguió creciendo el número de católicos de origen irlandés o descendientes, sobre todo en las grandes ciudades industriales inglesas. Aunque pobres, logran con grandes esfuerzos construir sus iglesias, escuelas y hospitales. Poco integrados con la gran sociedad, que les mira con temor y un tanto por encima, van consiguiendo que crezca el número de sacerdotes y religiosos que les atienden, e incluso llegan a enviar misioneros al extranjero –los de Mill Hill– . También la piedad cálida y popular prende entre ellos; en los años 90 se extiende en gran manera la devoción al Corazón de Jesús. Su gran apóstol fue entonces el padre Faber (1814-63), convertido del anglicanismo a ejemplo de John Henry Newman (1801-90), gran teólogo y futuro cardenal, beatificado en el 2010 por el papa Benedicto XVI en la misma Inglaterra44.

Por la evolución de los dirigentes irlandeses (en realidad hacia el liberalismo, común generador de nacionalismos entre católicos por vía romántica, no jacobina45), las relaciones de León XIII con los gobernantes de Inglaterra fueron complejas. Desde Roma se defendían los derechos religiosos de los católicos irlandeses, y a la par se va dando en la isla una preocupante deriva política hacia el nacionalismo con prácticas terroristas (por agravios, viejos y recientes, con los que tratan de ser justificados los atentados46).

Inglaterra, al fin de la Primera Guerra Mundial, deja de ser la potencia hegemónica del orbe, desplazada por los Estados Unidos. Al declive de su poderío político y militar se le suma el de su economía. Pero su problema más grave seguía siendo el de Irlanda, exacerbado durante la guerra mundial. Seguía en pie la propuesta de Londres en 1914 del Home Rule, de una concesión de más derechos. No era aceptada por los republicaos irlandeses del movimiento Sinn Fein (nosotros solos), liderado por Eamon De Valera.

El Sinn Fein declara por su cuenta la independencia, forma un gobierno, y una oleada de terror inunda Irlanda para expulsar a los ingleses. La sublevación en Dublín del Lunes de Pascua de 1916 es dominada al tercer día por el ejército británico. La inutilidad del empeño, apoyado moral y económicamente por irlandeses emigrados a los Estados Unidos, lleva a los moderados del Sinn Fein a aceptar en 1921 el acuerdo que les ofrece el gobierno inglés de Lloyd George de crear el Estado Libre de Irlanda, sin el Ulster, que era de mayoría “unionista”, probritánica desde los tiempos de Cromwell. Aquello, de momento, pacificó notablemente el país47.

La “cuestión irlandesa” había sido durante bastante más de un siglo el “talón de Aquiles” de Inglaterra, su más grave problema político y social, pues a la vez que triunfa al crear su gran Imperio y no es sacudida por revolución social grave alguna (el obrerismo y sindicalismo británicos nunca han aceptado el marxismo), no logra en cambio poner fin a las luchas terroristas que resurgen entre unionistas (que dominan en el Ulster) e independentistas fenianos48.

Cada año, en el Ulster, se repetía la provocadora manifestación de los unionistas (orangistas) que desfilan por las calles de los barrios católicos para recordarles en el día preciso la histórica derrota de Drogheda (1690) por el ejército de Guillermo III Orange49, que no dejaba de saldarse sin muertos pese a la presencia de tropas británicas enviadas por el gobierno de Londres para impedirlo. En este contexto, el terrorismo prosigue por ambas partes hasta casi el fin del siglo XX50. La lucha cesó gracias al Acuerdo de Viernes Santo de 1998, impuesto a ambos bandos –como es conocido– por las cristianas madres de los enfrentados hasta entonces a muerte.

24 Cf. SJ3, 717-741, 914-928; VC1, 136-141; DM, 156-159, 186-191

25 Cf. SJ4, 76s; NH3, 316s; VC1, 337-346, 395-401, 426s; 482s; DM, 290-300, 422-428

26 Cf. NH4, 315-318

27 Numerosos aventureros holandeses, de fuerte credo calvinista y decidido espíritu emprendedor, apoyados a fondo por el Estado y la poderosa banca de Amsterdam, se asientan en las islas del sudeste asiático, en zonas del Caribe, en Sudáfrica, y durante un tiempo en la costa occidental norteamericana. Mientras tanto, los ingleses hacían también grandes negocios en ultramar, pero sin lograr aún dominios de territorios al modo de los holandeses. En la costa oriental norteamericana se fueron estableciendo en los años 1620-1650 colonias de ingleses, en su mayoría puritanos, contrarios al anglicanismo oficial, con grandes dificultades durante tiempo para sobrevivir y consolidar las colonias, la “Nueva Inglaterra”, embrión de los futuros Estados Unidos (cf. VC1, 350-354; DM, 300-304).

28 Cf. VC1, 351s; DM 290-300

29 Cf. VC1, 364-387; DM, 305-316

30 Cf. VC1, 337-346, 395-401; DM, 290-300

31 Cf. VC1, 401-404; DM, 305-316

32 Cf. VC1, 404-412; DM, 387-391

33 Cf. DM, 387

34 Cf. VC2, 64-72; DM, 387-397

35 Cf. VC2, 231-257; FZ, 75-95

36 A muchos lugares llegaba el Evangelio por primera vez. Causas de este trágico retraso por siglos del anuncio del Evangelio por Asia y el interior de África se dieron en la vida de la Iglesia, especialmente en el siglo V en zonas muy indicadas por su situación geográfica para misionar estos continentes (aun antes de aparecer en el siglo VII la casi infranqueable barrera del Islam). Estas causas surgen sobre todo al término del Concilio de Calcedonia (453), dogmático en su doctrina pero al que acompañaron trascendentales imprudencias, graves omisiones disciplinares y un siguiente silencio magisterial de más de 100 años acerca de la espléndida ortodoxia de san Cirilo (“el doctor de la Encarnación”), que permitieron por estas ambigüedades que prosiguiese el nestorianismo y que las multitudes más fervientes del Oriente –de Egipto, Siria y Palestina– se separasen de la Iglesia por incurrir en la tan grave equivocación de pensar que Roma se había vuelto nestoriana (cf. Aps1, 354-358).

37 Cf. VC2, 363s; FZ, 292-312

38 Cf. VC2, 365-369; FZ, 269-279

39 Cf. SJ4, 293-296

40 Así se puede constatar en el extenso y documentado volumen 29 de la colección de Fliche-Martin dedicado a las misiones. Una síntesis preciosa de la inmensa y sacrificada obra misionera realizada en el XIX puede verse en NH5, 373-377

41 Cf. VC1, 344; DM, 295s

42 Cf. JD7, 264-266

43 Cf. NH4, 320-324; NH5, 207-215

44 Cf. NH5, 219-222

45 Van evolucionando los dirigentes irlandeses hacia el liberalismo de la mano de los liberales ingleses, que les apoyan –sobre todo, más adelante, el gran líder whig Gladstone (1809-98) (cf. JD8, 215s)– para alcanzar los reconocimientos políticos y sociales. Sobre los orígenes liberales –no jacobinos sino románticos– de plurales nacionalismos, ver Nota sobre la evolución del romanticismo en Aps5, 109s, y en Aps5, 333-341.

46 Ya en el año 1882 se dan en Irlanda unos cien atentados, con 26 asesinatos (cf. JD8, 225-228)

47 Cf. VC2, 562s; O´BEIRNE RANELAGH, John, Historia de Irlanda, Cambridge University Press, Md 1999, 171-173; SPECK, W.A., Historia de Gran Bretaña, Cambridge University Press 1996, 199-202

48 Cf. VC2, 457s; FZ, 276-279

49 Cf. VC1, 403; Aps4, 44-47

50 Cf. O´BEIRNE RANELAGH, John, Historia de Irlanda, Cambridge University Press, Md 1999, 276-280

3. Francia. Notas sobre su historia anterior a 1914

Sobre la dura situación para los católicos –la mayoría de la nación– a partir de 1879 en que el liberalismo radical se hace con las riendas del poder político se ha hecho ya cierto número de consideraciones en los anteriores Apuntes 5. En este tema nos limitaremos a algunos aspectos.

El gran peso ideológico de Francia en el contexto internacional

La definitiva derrota militar de Napoleón Bonaparte en 1815 no fue impedimento para el triunfo de las ideas sembradas por sus ejércitos por toda Europa. En los años siguientes, las burguesías de Europa irán asumiendo notablemente tales ideas. La imitación de lo francés prende con fuerza por casi todas partes.

Así, al final del XIX y comienzos del XX, pese a que Francia había perdido hacía tiempo la hegemonía política y económica, traspasada a su histórica rival Inglaterra, no obstante, prosiguió ejerciendo un primado internacional en ideas y gustos (en filosofía, literatura, prensa diaria, modas...); y también, por los mismos frecuentes viajes de las altas sociedades del orbe a París, la ciudad de la luz, la capital de la belle époque, embellecida sobre todo durante los años del Segundo Imperio por Napoleón III (1851-70)51.

El espíritu hostil a la Iglesia, encarnado sobre todo en el partido radical francés fundado por León Gambetta (1838-82), será de repercusión universal. En casi todas las naciones latinas, de raíces indiscutiblemente católicas, prende este espíritu entre sus burguesías y alta sociedad, y pronto crean en ellas los homólogos partidos radicales, embebidos en la misma idea de que la tarea de secularizar la vida social de las viejas naciones cristianas ha de traer el gran bien a los pueblos. Muy común fue entonces el viaje a París de políticos radicales de la Europa latina y de Hispanoamérica para recibir consejos e instrucciones. A los pueblos europeos de raíz sajona y nórdica más les afectó y configuró la anterior revolución luterana. No hubo “partido radical” en la Alemania luterana, Inglaterra o los Estados Unidos, ni similar voluntad secularizadora de la vida social. Son diferencias que persisten hasta hoy.

En España, donde no surge una burguesía económica pujante hasta bastante avanzado el XIX, el liberalismo prende ante todo en sus altas aristocracias. La imitación de lo francés se hace presente con fuerza en las Cortes de Cádiz, y luego en el gobierno y alta sociedad isabelinos, con un tono más moderado y ecléctico. Más adelante, a partir de la revolución de 1868, se impone un liberalismo más radical, del que se separará Sagasta, y fue proseguido desde su exilio de París por su adlátere Ruiz Zorrilla. Su discípulo, el joven Alejandro Lerroux (1864-1949), fundará el histórico partido radical español a imagen del francés recientemente creado por Gambetta52.

El Estado Docente y el partido radical

La ideología jacobina francesa tendrá su asiento principal en la Universidad Central de París. Creada por Napoleón, le sobrevivirá por muchos años, y de ella dependerá la entera enseñanza de la nación. Ha sido el alma del “Estado Docente”, decidido a configurar una sociedad secularizada al máximo, ante todo por vía de enseñanza (y también del servicio militar obligatorio). En la misma línea, ejercerá su influjo la prensa de mayor tirada del país, propiedad de la más alta burguesía ya desde los años de su oposición a Napoleón III (1848-70) y a la república “no republicana” (1870-79). Y aún más influirá esta poderosa prensa a partir de 1879, ya con el viento a favor del republicanismo radical en el poder sin casi interrupción hasta 1946, fin de la III República.

En los anteriores Apuntes 5 se ha señalado cómo aquella minoría de grandes burgueses53, que alcanza el poder en 1879, ha ido extendiendo sus ideales para construir una nación sin presencia de la fe en su vida pública. A las altas burguesías de París secundaron las burguesías medias por todo el país (comerciantes, abogados, farmacéuticos, propietarios medianos de tierras...). Estas burguesías son las que engrosarán entonces el principal grupo político de la III República: el partido radical.

El partido había nacido por la decisión de Gambetta de resistir en 1871 hasta lo último a las tropas prusianas que sitian París y provocar una reacción patriótica del pueblo francés como la de 1793 ante la invasión extranjera. El nombre de “radical” lo puso Gambetta por considerar a su partido como el genuino republicano, el consecuente con los principios e ideales de la Revolución francesa, a diferencia de otros liberalismos, “acomodaticios” (en realidad, con la Iglesia), que proclaman los principios de 1789 pero no los aplican con rigor, como sucedió durante la monarquía de Luis Felipe (1830-48), y aún más a continuación de la Revolución de 1848, por la que mucha burguesía liberal, antes más o menos volteriana, vira hacia la Iglesia.

En el curso de su no breve historia, el partido radical pasa por distintas divisiones internas. Con frecuencia carece de mayoría en las cámaras, y necesita para gobernar formar coaliciones con otros partidos republicanos, más conservadores, o con el socialista, adversario declarado del burgués partido radical54, pero éste, invariablemente, une a todos cuando los llama a la lucha contra “el clericalismo”, con la particularidad de que con tal término no se designa lo que propiamente expresa –conducta injusta del clero al abusar de su condición– sino que con él se califica toda actuación de la Iglesia que trascienda o repercuta en la vida pública de la nación55.

Coherente con este espíritu laicista, entre los años 80 y principios del XX, el bloque de izquierda (radicales, oportunistas o republicanos moderados, y también socialistas), “bajo la égida de la francmasonería del Gran Oriente” (como señala Bertier de Sauvigny)56, lleva a cabo (sobre todo desde que Combes en 1902 accede a la presidencia del gobierno) la disolución de las congregaciones religiosas en Francia, la incautación de sus bienes, el cierre de sus tres mil escuelas y la expulsión en los años 1903-1904 de unos 20.000 religiosos y religiosas dedicados a la enseñanza de la juventud.

En vano el ministro de Exteriores de cinco gabinetes seguidos, Delcassé (1898-1905), trata de frenar la aplicación de estas leyes antirreligiosas por contrarias a los intereses internacionales de Francia, sobre todo en las colonias. No lo consigue en la metrópoli, pero sí en gran parte en el recrecido imperio colonial francés, entonces diez veces más extenso que en 1871 (“el anticlericalismo –decía– no es producto de exportación”; los misioneros son “la mejor carta de presentación” de Europa en las colonias)57.

La gran expansión colonial francesa

Desde 1880 el radical Jules Ferry inicia el lanzamiento de Francia hacia la gran expansión colonial, que proseguirán todos los gobiernos de la III República. A partir de Argelia, dominio francés desde 1832, se extiende la colonización hacia Túnez, Marruecos y el desierto del Sahara. Y a partir de sus antiguos establecimientos costeros atlánticos creará dos grandes dominios –el África Occidental Francesa y el África Ecuatorial Francesa– que, unidos al Sahara, formarán un solo e inmenso territorio al tomar la región intermedia del lago Chad expediciones militares enviadas desde Argelia, El Congo y Senegal.

La siguiente expansión –hacia el Este, hacia las fuentes del Nilo– fue detenida en 1898 por el ultimátum del gobierno inglés cuando ya la expedición del capitán Marchand, que cruza África de Oeste a Este, había llegado hasta Fachoda y parecía que alcanzaba el dominio de Egipto, crucial sobre todo desde la apertura del Canal de Suez en 1869. Ante la amenaza de guerra, el gobierno de París retrocede. Entre 1895 y 1907 es conquistada la isla de Madagascar58.


El imperio francés al comienzo del siglo XX

En Asia, desde el dominio de Indochina y el protectorado de Camboya establecidos por Napoleón III, Jules Ferry trata extender la presencia francesa en Annam y Tonkín, lo que provoca una corta guerra con China que concluye con el reconocimiento en 1885 del protectorado galo sobre estas regiones. La construcción de un ferrocarril que desde Tonkín llega hasta a la provincia china de Yunán abre al influjo de Francia, y en especial al de su comercio, una extensa zona59.

El agravamiento de la cuestión social

Al gran auge económico del país durante el Segundo Imperio (1851-70)60, sucede en los años 90 una grave crisis. Los muy numerosos propietarios agrícolas, con el apoyo de los gobiernos radicales, que en gran manera cosechan sus votos, aún logran salir adelante. Pero bastante más grave fue la crisis para el obrero industrial, ya muy numeroso, que percibe, salvo una minoría profesionalmente cualificada, salarios muy bajos, sometidos a la amoral ley de la oferta y la demanda; salarios, de los que un 90% los han de destinar a la comida y el alojamiento. Viven “sin reservas”, en la inseguridad material. Principia entonces a establecerse una seguridad social para la vejez y los accidentes, pero no aún para la enfermedad y el paro. Los gobernantes, a fuer de liberales, son reacios a intervenir en el mundo de las relaciones laborales; una muy extendida falta de sensibilidad social impera en la política.

Surge un movimiento sindical –la DGT– liderado por los obreros más cualificados e instruidos, pero de muy débil afiliación (sólo un 7% ya en 1911, mientras en Inglaterra, de gran tradición gremial, no destruida como en Francia por la Revolución franesa, alcanzaba entonces el 25%). En el Parlamento son representados los sindicalistas por algunos diputados (socialistas, y también radicales) que aspiran a integrar el movimiento obrero en la legalidad del sistema. Pero la gran mayoría de la DGT entiende que las mejoras no han de venir de los políticos; no renuncian a la violencia ni a las revueltas. En muchos pervive el recuerdo de La Commune; prefieren la ideología de un Proudhon o el anarquismo de Bakunin (1814-76) al socialismo legal de Jaurés que, separado de ellos, funda la SFIO, asociada a la Segunda Internacional61.

Nota sobre viejos agravios entre Francia y Alemania

Los antiguos mutuos agravios entre Francia y Alemania tendrán reconocido peso en el estallido en 1914 de la Primera Guerra Mundial. De ello se ha tratado en los anteriores Apuntes62. Aportamos aquí un breve resumen. Es un aspecto clave de la historia de Europa. Drama capital ha sido que los dos pueblos, corazón de la Cristiandad medieval, franco y germano, unidos por una misma fe y un grandioso designio de unidad universal presidida por la soberanía de Cristo y en el seno de la Iglesia, hayan tenido desde incluso algo antes de la quiebra de la Edad Media en el XIV una frecuente relación difícil con los consiguientes enfrentamientos armados.

En el XIV, al prevalecer sobre la fe las distintas razones de Estado de cada una de las naciones, se llegó a la ruptura. Quiebran incluso las “universidades” –así llamadas por acudir a ellas a graduarse estudiantes de toda Europa– al tener que marchar cada uno a su patria, donde cada país se crea sus “universidades nacionales” (términos más bien contradictorios). Permaneció la común fe católica, pero va apareciendo la nación como lo supremo, lo excluyente del otro, que no es lo mismo que el debido amor a la patria. Es el origen de los nacionalismos en Europa. Significativamente, en el Concilio de Constanza (1414-17), que logra acabar con el Cisma de Occidente, las votaciones se tenían “por naciones”, y no por padres conciliares.

La tremenda Guerra de Treinta Años (1618-48), en la que Francia interviene decisivamente en favor de la causa protestante, deja en Alemania muy tristes recuerdos y una enorme humillación por la siguiente supeditación en lengua y modas de la alta sociedad germana a todo lo francés. En el último tercio del XVIII surge la reacción prerromántica del Sturm und Drang de jóvenes poetas y filósofos, entusiastas de Rousseau y afectos al panteísmo de Spinoza, y para los que lo constitutivo de “el pueblo alemán” es un alma única (ein volk, ein geist), “el que le da la vida”. Es un mito que marca trágicamente su historia desde entonces y origen decisivo del nacionalismo germánico, de connotado resentimiento antifrancés.

Deshecha por Francia la unidad nacional germana por la Paz de Westfalia (1648), alcanzará su histórico desquite en la guerra franco-prusiana (1870-71), provocada por el canciller alemán Bismarck para unir en la guerra, por un común resentimiento antifrancés, a los troceados principados germánicos y llevarlos así a la unidad nacional presididos por Prusia.

La derrota de 1871 supuso para Francia la pérdida de Alsacia y parte de Lorena, y quedará como motivo crucial para el futuro enfrentamiento con Alemania en la Primera Guerra Mundial. Cuando el gobierno francés declare en 1914 la guerra, son multitudes, en especial de la alta burguesía, las que se concentran para aplaudirle entusiastamente. En gran manera, aquella guerra y la Segunda Mundial fueron resultado de los nacionalismos europeos encontrados, y cuyas raíces antiguas, propiciatorias de la tremenda llamada “guerra civil europea de 1914 a 1945”, se remontan a la quiebra moral y espiritual de la unidad de la Cristiandad en el XIV.

51 Cf. BR, 323s; MQ, 458s

52 Cf. BR, 337-349; MQ, 405-451; Aps5, 399-440

53 En los años que siguen a La Commune (1871), por sus desmanes y la tremenda siguiente represión, el partido socialista, aunque no fuese el real protagonista de aquella sublevación, tuvo escasa representación parlamentaria; no así, a partir de 1893 en que, guiado por el marxista Jules Guesde y el orador Jean Jaurés consigue ya 50 diputados, aproximadamente un 10% de la Cámara baja (cf. BR, 348s).

54 El auge general de la economía en la época se da de manera muy perceptible en Francia. El Segundo Imperio supuso para Francia un extraordinario crecimiento, que prosigue durante la III República, en especial por el gran impulso que recibe de su recién adquirido imperio colonial.

55 Cf. Aps5, 399-416; BR, 348s; MQ, 423-425

56 Cf. BR, 349

57 Cf. JD8, 706s; BR, 348s

58 Cf. BR, 350-352

59 Cf. BR, 349-350; VC2, 439-441; FZ, 300-303

60 Cf. BR, 320-324

61 Cf. MQ, 428, 460-462; BR, 348

62 Cf. Aps2, 115-130; 177-225, 297-326, 391-438; Aps3, 277-284; 483-487; Aps5, 333, 341

4. Alemania. Notas sobre su historia anterior a 1914

El fin del Sacro Imperio Romano Germánico (1806)

Alemania fue la última nación de Europa en alcanzar la unidad, junto con Italia y por motivo similar: por su vinculación con la Cristiandad medieval, con el Sacro Imperio Romano Germánico. Troceada tras la paz de Westfalia (1648) en más de 300 principados, aún mantuvo cierta unidad, más simbólica que efectiva, por el reconocimiento del Imperio –del Reich– sustentado en la persona de los sucesivos Habsburgo austriacos.

Pero, finalmente, Napoleón Bonaparte, tras su decisiva victoria en Austerlitz (1805), derriba el Sacro Imperio en 1806. Concibe sustituirlo por un nuevo Imperio Romano, hereditario y ya secularizado. Crea en la mitad Sur de Alemania 16 principados, separados del Reich, dependientes de él (entre ellos Baviera, Würtemberg, Baden...), a modo de tapón territorial para proteger a Francia de Austria y de la emergente potencia de Prusia que durante el XVIII ha extendido su dominio sobre la mitad norte de Alemania, incluida la católica Renania, en su larga disputa con Austria por la hegemonía en el futuro mundo germánico unido63.

Tras la derrota de Napoleón, Metternich logra contener a la expansiva Prusia; la hace volver a los límites anteriores a 1795. Un tanto volteriano y nada romántico, es contrario al despertar de las nacionalidades. Pero, a partir de entonces, época del gran despegue del romanticismo, crece entre las élites sociales alemanas un sentir nacionalista y liberal que ve en Prusia, aunque tan militarizada y poco filoliberal, la fuerza capaz de llevar al mundo germánico hacia su unidad.

Momento de alza del espíritu nacionalista germánico, impulsado por sus élites liberales, fue el de la Revolución de 1848, que a continuación de la de París surge en distintas capitales europeas. En Frankfurt se reúne entonces la Dieta de diputados para lograr la unidad alemana. Adoptan como bandera nacional la tricolor negro, rojo y oro. Alcanzan algunos acuerdos para suprimir aduanas entre principados, pero no van más allá. No les apoyan los príncipes de la cuarteada Alemania. Tampoco la corona de Prusia, a la que apelan los nacionalistas germanos (como en Italia los notables de Risorgimento a la dinastía de los Saboya), estará durante tiempo interesada en levantar la bandera de la unidad nacional64.

La Guerra Franco-Prusiana (1870-71), medio para la unidad

Será Bismarck (1862-90), el poderoso político prusiano de tanta trascendencia histórica, que no sentía simpatía alguna por el nacionalismo germánico –“¡qué me importa Alemania, sólo Prusia!”65– quien tome la decisión de emprender el camino hacia la unidad. Entiende que, para que Prusia tenga la hegemonía en la futura nación unida, ha de ponerse al frente del movimiento unitario. Desde joven, entusiasta de Spinoza (la Ética era su lectura preferida66, que más adelante conciliará con un fideísmo pietista seguramente sincero), anuncia con años de antelación que la unidad se alcanzará, pero a un enorme precio: “a hierro y sangre”67; es necesario que así sea.

Con esta convicción, “el canciller de hierro” hace emprender tres guerras seguidas, que costarán “cientos de miles” de vidas68: contra Dinamarca, para arrebatarle el territorio de Schleswig (1864); contra Austria, para eliminarla de la competencia por la dirección del mundo germánico (lo que logra con la victoria de Sadowa en 1866); y finalmente, en 1870, contra Francia. Personalmente no sentía aversión alguna hacia el pueblo francés69, pero entendía que la guerra era el medio necesario para unir a los alemanes. Había que unirlos creando un enemigo común, pues una parte muy importante de ellos, sobre todo los católicos, nada dispuestos a ser gobernados desde el luterano Berlín, preferían a Viena al frente de la unidad. La astuta provocación de Bismarck a Napoleón III hace que éste declare la guerra a Prusia y aparezca ante el pueblo alemán como el injusto agresor. La gran derrota militar de Francia en 1871 lleva a la proclamación en Versalles del Segundo Reich: de la Alemania histórica reunificada, aunque sin Austria, y recrecida con la anexión de Alsacia y parte de Lorena, de mezcla de poblaciones galas y germanas70.

Repercusiones en la Iglesia de la recién lograda unidad alemana

Ya antes del triunfo alemán de 1871, en cuanto las tropas francesas protectoras de la Roma papal han de partir para defender la propia patria, el gobierno italiano se apresta a tomar por la fuerza la urbe pontificia (septiembre de 1870) y consumar así la unidad nacional71.

Después de la victoria sobre Francia en 1871, el luteranismo de la corte de Berlín y las corrientes políticas liberales se aúnan para crearle enormes dificultades a la Iglesia católica en Alemania, pero de las que saldrá muy fortalecida. Bismarck entendía que la persistencia del catolicismo en Alemania (aprox. un 35%) había de ser un factor de división de la nación, y que el Estado debía restringirlo. Pronto decide emprender la llamada “lucha por la cultura” (la Kulturkampf).

Apoya a Bismarck en la Kulturkampf el partido de la oposición liberal-nacional. Hace aprobar en 1873 un conjunto de medidas de claro sentido antieclesiástico (“las leyes de mayo”) por las que comienza expulsando de Alemania a los jesuitas, redentoristas y paules. Contra los jesuitas habían sido presentadas al gobierno numerosas denuncias de los viejos católicos, de la liga protestante y de muchos grupos nacional-liberales72. Todos los centros de formación de sacerdotes son sometidos por ley al control del Estado, y éste se arroga el derecho de vetar cualesquiera nombramientos eclesiásticos. Los obispos prohíben enseguida al clero y seglares toda cooperación para aplicar tales normas73.

En 1875, son suprimidas todas las órdenes y congregaciones religiosas. La firme respuesta de los católicos alemanes, por una parte, y la necesidad que pronto tiene Bismarck de su apoyo político ante el fuerte avance del socialismo, le hace desistir en los años 1878-79 y llegar a un acuerdo con el papa León XIII por el que cesa la legislación anticatólica74.

Proyección internacional de la Alemania reunificada

El Imperio recién restaurado (el Segundo Reich) se configura como una monarquía federal, presidida por el emperador –el kaiser, entonces Guillermo I (1871-88)-, y en la que subsisten los 22 estados monárquicos, que conservan sus soberanos, gobiernos y cámaras legislativas, con ciertas importantes competencias, aunque no la del ejército ni asuntos exteriores.

Por su victoria sobre Francia, Alemania se convierte en la primera potencia continental con diferencia, lo que contraría a Inglaterra que tradicionalmente ha impedido que sobresalga alguna nación del continente y ha favorecido que otra la equilibre o contrapese. Bismarck (1862-90), que hasta 1871 había defendido la necesidad de las guerras, se convierte desde entonces en el gran impulsor de la paz internacional, y en el árbitro supremo en los distintos conflictos. Como nuevo Metternich convoca los Congresos de Berlín para solventar los más graves litigios de la época: el de “el polvorín balcánico” y el del gran reparto colonial de fin del XIX.

Bismarck temía ante todo a sus dos poderosos vecinos. Con Rusia trata de mantener la vieja buena relación, y a Francia intenta no provocarla para un desquite o revancha de la derrota de 1870-71. Pero el empeño conllevaba enormes dificultades. Con tal fin Bismarck (1862-90) teje distintas alianzas internacionales; en primer lugar, con Austria. Contra ella (en la guerra de 1866), y sin ella (en Versalles en 1870), se había hecho la unidad alemana. Pero ahora desea convertir a Austria en su gran aliado. El siguiente será Rusia, lo que lleva en 1882 al llamado tratado de mutua defensa de “los tres emperadores”, suscrito en gran parte ante la deriva del Occidente liberal hacia el socialismo y el anarquismo. Pero Rusia no acoge el tratado sino con grandes reservas por el apoyo que Alemania da a la expansión de Austria-Hungría hacia el Sudeste, hacia los Balcanes y las tierras del Danubio, donde minorías nacionalistas contactan con San Petersburgo para que les proteja y promueva el eslavismo.

Bismarck, siempre muy pragmático, toma numerosas precauciones para que la hegemonía alemana no soliviante a las grandes potencias. Por ello, no quiere entrar en el reparto colonial, o al menos de manera significada, para evitar fricciones con Inglaterra y Francia, ni que en ésta persista un espíritu de revancha por su reciente derrota.

Pese a la difícil relación de Alemania con Rusia, Bismarck logra de una u otra manera no llegar a la ruptura. Pero al acceder en 1888 al trono Guillermo II, éste y sus consejeros dejan de tener la preocupación por la tradicional buena relación con Rusia. Bismarck, en total desacuerdo, dimite en 1890. Con la perspectiva que dan los hechos posteriores (la alineación en 1914 de Rusia en la guerra mundial junto a Francia e Inglaterra) se percibe la trascendencia de la soledad política internacional en que así había quedado Rusia. Ante ello, la gran potencia autocrática rusa, llega en 1893 a la decisiva alianza –entonces asombrosa– con la Francia republicana y revolucionaria, propiciada por otra parte por las grandes inversiones de capital francés para el ingente desarrollo industrial del país que entonces promovían los grupos reformistas de la monarquía zarista.

Otra alianza asombrosa de la época fue la de Italia en 1882 con su secular enemiga Austria. Fue provocada por la entrada en Túnez de tropas francesas para ampliar la expansión colonial gala por el norte de África. En Túnez trabajaban entonces unos 50.000 italianos, y el gobierno de Roma tenía previsto tomarlo como colonia propia. El decidido y abierto apoyo de los gobiernos austriaco y alemán al proyecto italiano condujo a aquel tratado secreto de mutua ayuda en caso de agresión por Francia, que fue renovado sucesivamente casi hasta la misma Primera Guerra Mundial. Pero al estallar ésta, Italia opta por la neutralidad, y en mayo de 1915, por el tratado de Londres, entra en la guerra junto a la Entente, muy presionado el gobierno de Roma por los grupos nacionalistas (muy significado el de Mussolini) que reclaman de Austria la entrega a Italia del Tirol y de parte de Dalmacia (las tierras irredentas).

El nuevo kaiser, Guillermo II (1888-1918), que no comparte las prudencias de Bismarck, proyecta, acorde con una amplia nueva generación pangermanista, hacer de su país el eje del mundo. Apoyado en su potencia económica y militar, provoca sin mayor necesidad una serie de conflictos internacionales, casi sólo acompañada por Austria (y pronto por Turquía y Bulgaria). A estos riesgos externos para la continuidad del II Reich se suma el gran crecimiento de la oposición socialista, que en 1912 llega a convertirse en el primer partido del parlamento, que se declaraba internacionalista y pacifista a ultranza.

La división de los partidos alemanes en el Parlamento (el Reichstag) en los años inmediatos anteriores a la guerra mundial hacía muy difícil llevar adelante una política internacional prudente. El propio kaiser se percata ya del enorme peligro de tener que hacer frente a una gran coalición internacional, y trata en vano en 1912 de que Inglaterra, temible por su poderío naval, se separe de la Entente con Francia y Rusia75.

Discuten los historiadores sobre la adhesión o no de la población en los momentos previos a la ya previsible guerra. No había un sentimiento antifrancés como en 1870, pero fue seguramente el penoso recuerdo en los medios populares de los ejércitos rusos en la Guerra de Siete Años al invadir a Alemania por el Este de Prusia lo que en 1914 motivó, al conocerse la orden rusa de movilización de su inmenso ejército, la rápida gran adhesión popular. Ni los socialistas se proclamarán ya “internacionalistas” salvo en contadas excepciones76.

“El júbilo fue general –comenta la historiadora inglesa Mary Fulbrook– , y gran cantidad de alemanes marcharon hacia el frente [con] entusiasmo; incluso, un número importante de socialistas apoyó el esfuerzo militar, por lo menos oficialmente, y sólo una minoría de la delegación del Reichstag se opuso a la decisión de aprobar créditos para la guerra”77.

63 Cf. VC2, 256-259; LF, 312-355

64 Cf. LF, 359-367; VC2, 292-299; FZ, 97-104, 145s; 200-203

65 LD, 76

66 Cf. LD, 25s

67 Cf. LD, 169, 193, 396s

68 Cf. LD, 91

69 Cf. LF, 397

70 Cf. FZ, 207-209; VC2, 356-358; LF, 385-412; Aps5, 338s

71 Cf. VC2, 346s; FZ, 190-200

72 JD8, 80

73 “Así –señala Rudolf Lill (cf. JD8, 83s)– los directores de seminarios rechazaron la inspección estatal, los estudiantes de teología se negaron a someterse al examen de Estado, los obispos nombraron párrocos, haciendo caso omiso de las leyes de mayo. El Estado reaccionó clausurando la mayoría de los seminarios”.

74 Cf. JD8, 67-93

75 Cf. VC2, 346-358, 437-444, 458-460; FZ, 207-209, 279-286, 372-384

76 Cf. LF, 449s

77 Cf. FL, 210s

5. Austria-Hungría. Notas sobre su historia anterior a 1914

El Imperio, católico en su cabeza, integrado por una multitud de pueblos

La derrota de los Habsburgo al término de la Guerra de Treinta Años (1648) redujo el influjo de Austria en el centro de Europa (sede del histórico Sacro Imperio), pero se extenderá hacia el Sudeste. A partir de la gran victoria de 1683 sobre los turcos que sitiaban Viena, los ejércitos del gran general Eugenio de Saboya avanzan por los Balcanes y son recibidos por las poblaciones, mayoritariamente cristianas, como los liberadores del dominio islámico turco78.

Metternich consigue para Austria en el Congreso de Viena (1815), tras la definitiva victoria sobre Napoleón, un sólido imperio en el corazón de la Alemania meridional a cambio de ceder algunos territorios y enclaves dispersos (como Bélgica); y en Italia, consigue el directo dominio de la Lombardía y el Véneto, y el indirecto de Parma, Módena y la Toscana, entregados a príncipes austriacos79.

La revolución de 1848

Iniciada en París, afecta pronto a gran parte de Europa y muy en particular al Imperio Austro-Húngaro. En Viena, al llegar la noticia de la revolución en París, la juventud burguesa se manifiesta por las calles. La revolución se extiende; el gobierno, atemorizado, hace dimitir a Metternich; y el emperador y la corte se refugian en el católico Tirol (en Innsbruck). Si en Viena tiene la revolución liberal un acento más jacobino que romántico, en los tan dispares territorios del Imperio –multiétnicos y multiconfesionales– tiene más un carácter, creciente entre sus élites, romántico y nacionalista. Pero, el mismo hecho de la disparidad del Imperio actúa de freno de las disidencias, enfrentadas ahora entre sí, lo que las lleva a reconsiderar a la vista de los hechos que más les vale volver a la unidad del Imperio. Antes de finalizar el año, el ejército acaba con las sublevaciones, abdica el monarca, y le sucede Francisco José, cuyo largo reinado llega hasta 191680.

El factor decisivo de la unidad y cohesión del Imperio dirigido por el Austria católica81 era siempre la misma persona del emperador. De manera muy acentuada sucederá esto con Francisco José que, como gran padre de familia, venerado y querido por sus tan diversos pueblos, presidirá durante casi 70 años (1848-1916) la monarquía en la que conviven más de veinte etnias de cinco religiones distintas82.

La revolución de 1848, con notable apoyo de Inglaterra, llegó también a Italia: a Nápoles, los Estados Pontificios, los dominios austriacos del Véneto y la Lombardía, y al reino del Piamonte. En Turín, al conocerse el estallido de la revolución en Viena, los liberales piamonteses impulsan al rey Carlos Alberto (1831-49) a levantar bandera en pro de la unidad italiana, ya no por medio de una república como pretende Mazzini, sino presidida por la dinastía de los Saboya. Carlos Alberto declara entonces la guerra a Austria con el propósito de convertirla en la gran causa nacional, pero sus tropas son gravemente derrotadas en Custozza83.

Concordato de 1855 con la Santa Sede

Pese a la poderosa burocracia estatal de Viena, que considera decisivo para la pervivencia del Imperio mantener vigente el josefinismo del XVIII (la soberanía del Estado sobre la Iglesia), Metternich, a partir de 1830, evoluciona de su anterior actitud para con la jerarquía de la Iglesia un tanto displicente y volteriana. Propicia sucesivos acuerdos con la Santa Sede para no enfrentar la legislación civil al derecho canónico eclesiástico. El abad Joseph Rauscher (1797-1875), formado en la escuela ultramontana del redentorista san Clemente María Hofbauer, fue el mediador decisivo en aquellos difíciles tratos y gestiones que alcanzarán su plenitud con el Concordato de 185584.

El nuevo emperador Francisco José, declarado católico fiel a la Santa Sede, acoge con gozo el Concordato. Entiende, a diferencia de sus políticos josefinistas y proliberales, que es un gran bien para la cohesión de su extensa monarquía, en la que la fe católica es mayoritaria, además de en Austria, en importantes partes muy dispares (la Galitzia polaca, Eslovaquia, Eslovenia, Croacia, Venecia, la zona ucraniana de los uniatas...)85.

Apoyo de Napoleón III a la causa de la unidad italiana

Tras el fallido intento del Piamonte de vencer por las armas a Austria con ocasión de la Revolución de 1848, estallada también en Viena y extendida a parte de su Imperio, el gobierno de Turín vuelve a intentarlo diez años después. El primer ministro italiano, Cavour, en su encuentro secreto con Napoleón III en Plombières (1858), ofrece a Francia la parte francófona de su reino –Niza y la Saboya– a cambio de su ayuda militar. Los aliados franco-piamonteses vencen a los austriacos en Magenta y Solferino, pero Napoleón, temeroso de perder el apoyo de los católicos franceses, desiste pronto de proseguir la guerra y firma por separado con Austria la Paz de Villafranca para gran disgusto de Cavour y humillación del Piamonte que por sí solo es incapaz de afrontar a los ejércitos austriacos. No obstante, por esta paz Austria cede al Piamonte la Lombardía, a la vez que conserva el Véneto y sigue tutelando a los príncipes italianos adictos.

Cavour muda entonces de táctica. A partir de 1860 promueve por toda Italia manifestaciones antiaustríacas y de adhesión al Piamonte. Las poblaciones de Toscana, Parma, Módena y las Legaciones (territorio de los Estados Pontificios) votan la anexión al Piamonte. Y en el Sur de Italia, bajo mano, apoya Cavour al republicano Garibaldi que con sus camisas rojas se apodera de Sicilia y Nápoles, pero por breve tiempo, pues Cavour envía su propio ejército piamontés a hacerse cargo de la situación. Pronto, vencida la resistencia armada de los partidarios de Francisco II de Nápoles, se tienen plebiscitos de los que resulta también la adhesión del Sur italiano al Piamonte. En Turín no aguardan a más: en 1861, recién fallecido Cavour, el parlamento proclama la creación del reino de Italia. En 1866, tras la derrota de Sadowa (Königratz), Austria se desprende del Véneto y es incorporado a Italia86.

Ya no le resta a la unidad italiana para consumarla más que la toma de Roma. Se demora un tiempo por la protección del ejército francés que mantiene Napoleón III en los Estados Pontificios, pero al estallar la guerra franco-prusiana en 1870 ha de marchar. La fuerza militar italiana pronto toma la capital. Fue un hecho –el de la cuestión romana– de enorme trascendencia para la Iglesia –como se ha señalado en los anteriores Apuntes 587– , que a la inmediata afectó ante todo al pontificado de León XIII, y que, como veremos, alcanzará una conveniente solución con los Pactos de Letrán en 192988.

Unidad y diversidad del Imperio Austro-Húngaro

Antiguos fuertes lazos ligaban a Austria con Hungría por la intervención salvadora de ésta en 1740 del trono de María Teresa, acosada con sólo 23 años diplomática y militarmente por media Europa por no serle reconocido el derecho a suceder a su padre Carlos VI. En especial, la oposición internacional a María Teresa era dirigida por el gobierno francés de Luis XV que veía la gran ocasión de acabar con Austria y los Habsburgo89.

A partir de 1867, el Imperio Austro-Húngaro es configurado como tal al conceder Francisco José a los húngaros una gran autonomía para gobernar la parte oriental del Imperio. Pese a ello, y al gran desarrollo económico en la época de la “monarquía del Danubio”, resurge el problema de las nacionalidades; sobre todo, el de la checa, disgustada con ser gobernada por Hungría, que trata de magiarizar su parte del Imperio. Con similares criterios, el gobierno de Viena, sobre todo cuando lo dirigen los liberales, espera reforzar la unidad de la monarquía dual germanizándola, tanto en la administración, como en la escuela, el ejército... El resultado fue el contrario al augurado90.

Limítrofes del Imperio Austro-Húngaro eran la independiente Rumanía y el llamado “avispero balcánico”: Serbia, Bulgaria, Grecia..., en que se padece, en cambio, una gran inestabilidad. Son Estados nuevos, nacidos a medida que los pueblos balcánicos logran liberarse del duro dominio turco, pero que sufren graves convulsiones internas y guerras entre ellos. Poco antes de estallar la Primera Mundial se tuvieron casi seguidas las tres guerras balcánicas. Son pueblos que no logran salir del caos, y sobre los que sobrevuelan los intereses encontrados de las grandes potencias; en especial, los de Austria y Rusia (ésta se sirve del paneslavismo para influir en la zona); y por otra parte, los de Inglaterra, que sostiene al “hombre enfermo” (al decadente Imperio turco) para que mantenga el control de los Estrechos que cierran la salida de las flotas rusas del Mar Negro al Mediterráneo91.

El atentado de Sarajevo (junio de 1914)

En este contexto, sucede en junio de 1914 el asesinato en Sarajevo por un nacionalista serbio del heredero del trono austro-húngaro, Fernando de Habsburgo, sobrino del anciano emperador Francisco José (1848-1916). Fue el desencadenante de la Primera Guerra Mundial, de inmensas consecuencias. El atentado no conducía irremisiblemente a la guerra, pero a ella se llegó (ver Tema 12)92.

78 Cf. VC1, 393-395

79 Cf. FZ, 104; VC2, 292-299

80 FZ, 146-150; VC2, 337

81 En tanto que la monarquía era católica, y pese al josefinismo de sus burocracias y políticos liberales, no elevaba las realidades inmanentes al mundo –la raza, la lengua, la clase social de cada cual...– a la condición de absolutas. Los problemas vendrán sobre todo por la presión del liberalismo vienés que pretende imponer la lengua germana para todo el imperio.

82 Es muy sugerente al respecto el prólogo de François Fetjö a su obra Requiem por un imperio difunto. Historia de la destrucción de Austria-Hungría (Ediciones Encuentro, Md 2016). El autor, judío húngaro, intelectual exmarxista, expone cómo pueblos tan diversos –de más de veinte nacionalidades y cinco distintas religiones– han convivido durante más de 200 años sin necesidad de una tiranía que los una, y que en cambio la eclosión de los nacionalismos profesados por sus dirigentes deshace al advenir la Primera Guerra Mundial (1914-1919) aquella unidad histórica. Los tratados de paz firmados a continuación de la tremenda contienda crearon enorme inestabilidad y vacío en todo el Centro-Este europeo, luego trágicamente tratado de llenar durante unos breves años por el nazismo de Hitler, y después por el comunismo de la Unión Soviética, persistente casi 50 años a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). E inconmensurable fue, desde luego, el daño a la Iglesia católica por la desaparición de la monarquía austrohúngara, como no dejaron de expresar en especial los papas de la época (Benedicto XV, Pío XI y Pío XII).

83 Cf. FZ, 144s; VC2, 334s

84 Cf. JD7, 536-538

85 Cf. JD7, 701

86 Cf. FZ, 196-200; VC2, 346s, 353

87 Cf. Aps5, 345-347

88 Cf. FZ, 199s; VC2, 432-434, 551

89 Cf. VC2, 32-34; DM, 393s

90 Cf. VC2, 459s; DM, 444-447

91 Cf. VC2, 468-470; FZ, 405-407

92 Cf. VC2, 491-494; FZ, 403-410

6. Rusia. Notas de historia anterior a Pedro el Grande (antes de 1689)

La común afirmación de que Rusia ha sido hasta el siglo XVIII –hasta Pedro el Grande (1689-1725)– un mundo cerrado, separado política y culturalmente de Occidente, sin casi relaciones con él, requiere cierta matización. Pues es un mundo que por fe y cultura guarda honda vinculación con Occidente. Reconocido eslabón de unión de Rusia con Occidente ha sido durante casi cinco siglos el Imperio Romano de Oriente que, pese a frecuentes graves actitudes antirromanas de la corte bizantina y sus minorías gobernantes, y a la misma separación de Roma en el siglo XI, el cristianismo bizantino fue el gran transmisor de la fe a los próximos pueblos eslavos situados al Norte de Bizancio (o Constantinopla), y más adelante a la inmensa Rusia, en la que arraigará por siglos una sociedad de Cristiandad pese a barbaries y otras inmoralidades. La definitiva caída del Imperio Romano de Oriente en 1453 no hizo mudar la fe de Rusia, sino que llevó al traslado de la principal autoridad religiosa de la ortodoxia de Constantinopla a Kiev; y luego, a Moscú.

Rusia, con el tiempo, adquirirá una inmensa extensión que englobará multitud de pueblos y etnias de culturas y religiones diversas, pero la fe decisiva y mayoritaria, configuradora de la nación, ha sido la de la Iglesia ortodoxa escindida de Roma.

La formación de la nación rusa

Germen de la nación rusa fueron una parte de los pueblos eslavos emigrados hacia Europa en los albores de la Edad Media, establecidos en los inmensos territorios entre el río Elba y los Urales. Los eslavos asentados en el Este de estos territorios eran un mundo tribal, pagano, sin mayores vínculos asociativos, que no llegan a erigir pronto unos incipientes reinos al modo de los bárbaros de Occidente tras la caída del Imperio Romano en el siglo V. Dedicados a la agricultura, laboran tierras notablemente fértiles, pero expuestas durante siglos a la barbarie de las invasiones, principalmente provenientes de Asia, de donde, con fronteras abiertas y llanas, periódicamente acuden hordas de mogoles y tártaros que con terribles saqueos y asesinatos asolan cuanto encuentran a su paso93.

La necesidad de protección y de una mayor estabilidad conduce a la primera configuración política unitaria de los eslavos del Este (los del Oeste: polacos, fineses, magiares, eslovacos... ya se habían integrado antes en una u otra unidad superior a la tribal). Tal unidad se dio en el siglo IX al aceptar ser gobernados por una dinastía de origen vikingo, escandinavo (los Rus), que establecen su capital en Kiev (actual Ucrania) y pronto levantan centros urbanos fortificados para defensa ante las invasiones y para promover el comercio en una ruta que parte de Escandinavia y llega hasta Constantinopla. La vida se hará así más segura y próspera; propició el desarrollo de la agricultura.

Los príncipes Rus ponían como autoridades de las innúmeras aldeas campesinas a los guerreros que las defendían. La necesidad de protección llevó a instituir algo similar al feudo de la Alta Edad Media occidental en que el campesino busca al señor que sea capaz de defenderle a trueque de algunos servicios en las tierras que él gobierna. La nueva institución, incluso, tiende a ser más participativa que el feudo, más parecida al municipio de la plenitud medieval de Occidente, pues cada comunidad rural, para resolver sus asuntos locales, tenía su asamblea o mir (que significa concordia o paz); y los centros urbanos tenían su respectiva asamblea o veche. Pero, las divisiones y pugnas entre aquellas noblezas territoriales, así como las luchas por la sucesión entre los hijos del rey rus cuando fallece, debilitaban con frecuencia la defensa ante los adversarios exteriores94.

Evangelización de los eslavos de Oriente

Las primeras evangelizaciones de eslavos orientales fueron las de los territorios más próximos a la frontera norte del Imperio Romano de Oriente: Bulgaria y las zonas del Sur del Danubio, misionadas a fines del siglo IX por los santos hermanos Cirilo y Metodio95. Más adelante, a partir del siglo X, prosigue hacia el Norte el avance misionero, aunque sin llegar más que a lugares muy dispersos. Al recibir en el 998 el bautismo Vladimiro, rey rus, desposado con una hermana del emperador de Constantinopla, impulsa con gran celo la conversión de su pueblo, que principia por las clases dirigentes y concluirá probablemente en el siglo XV, cuando fue ya evidente que la fe cristiana configura el entero mundo campesino96.

Los misioneros predicadores fueron bizantinos (eslavo-griegos); y en la primera época, también algunos occidentales. No obstante, la liturgia que prevalecerá será la eslava, que se remontaba a los santos Cirilo y Metodio97 (la parte más occidental del mundo eslavo –Polonia, Bohemia, Moravia, Croacia...– fue misionada por occidentales). Aquellos misioneros bizantinos, sobre todo monjes, tuvieron la capacidad de llevar adelante la obra evangelizadora pese a la poca o casi nula relación del patriarcado de Constantinopla con Roma desde bastante antes del mismo conflicto con Miguel Cerulario en 1054; ya desde el tiempo de Focio (858-867)98.

Pese a las desavenencias entre la nobleza rusa, y las aún más graves entre los posibles sucesores a la muerte de cada rey rus, logran todos ellos unirse frente a las tremendas invasiones que de tanto en tanto les acosan. El nuevo vínculo común de la fe refuerza notablemente la unión, y confiere a la autoridad un sentido religioso: no, para ser ejercida de cualquier manera, sino según la ley de Dios, lo cual hace que esta época fuese tan viable99. El historiador Geoffrey Hosking, para hacer más inteligible la época, aporta estos significativos datos:

“En 1143 los ciudadanos de Kiev invitaron a Vladimir de Pereiaslavl, el jefe militar más victorioso de la guerra contra los kipchaks [invasores, nómadas de las estepas] a gobernarlos como gran príncipe. Por sus victorias, Vladimir recibió de Bizancio una corona forrada de piel que significaba que su autoridad procedía de Dios. Fue un gobernante sabio y piadoso, pero también práctico, que creía que debía asumir la responsabilidad personal de todas las obligaciones de la autoridad principesca: la guerra, el orden dinástico y la familia, la justicia, la caridad, el mecenazgo y la observancia de la pravda [la verdad]. Expuso por escrito en una Exhortación dirigida a sus hijos [cómo han de gobernar], no sólo por medio de la fuerza, sino también mediante «el arrepentimiento, las lágrimas y la limosna». Esta combinación de poder por la fuerza y de moral cristiana arraigó como un ideal para los gobernantes de Rus/Rusia”100.

La relación con Roma

Pese a las malas relaciones desde antiguo de Oriente con Roma (en especial por la sucesión de las herejías trinitarias y cristológicas en esta parte del Imperio, impulsadas principalmente por las conveniencias políticas de la corte bizantina, oficialmente católica), la mayoría del pueblo permaneció por mucho tiempo con muy ferviente adhesión a Roma. Sintió enorme consuelo y gratitud por la firmeza de los papas frente a la iconoclastia de los emperadores bizantinos que, proclamándose cristianos, hicieron durante el siglo VIII y parte del IX miles de mártires entre el pueblo sencillo y los monjes por tratar de defender las imágenes y el culto a ellas101.

En cambio, por desgracia, en la época inmediatamente siguiente, a partir de Focio (858-867), hará gran daño al pueblo de Oriente la inhibición de Roma ante el escándalo por el nombramiento por la corte bizantina de sucesivos patriarcas de Constantinopla indignos con los que en cambio se mantienen relaciones casi como si nada grave sucediese102 .

Después de la separación de 1054, el progresivo y largo acoso de los ejércitos islámicos al Imperio Romano de Oriente propició que los emperadores bizantinos intentasen reiteradamente retornar a la unidad con Roma y lograr el consiguiente auxilio militar de los cristianos de Occidente, que en esa época se habían implicado en el gran movimiento de las cruzadas promovido por papas y santos para recobrar los Santos Lugares. No se alcanzó el fin deseado por las cruzadas más que durante un tiempo, y hubo hechos por parte de los cruzados occidentales que no contribuyeron a la unidad con Oriente, como fueron los graves desmanes por ellos cometidos en Constantinopla en 1204103.

La Iglesia en Rusia, muy vinculada históricamente al patriarcado de Constantinopla, permanecerá unida a la Iglesia universal mientras Constantinopla no se separe de Roma. E incluso después de la separación de 1054 –del cisma104 de Miguel Cerulario– persiste en Rusia durante unos decenios la buena relación con los papas, tanto de la jerarquía de Kiev (sede metropolitana y capital del reino) como de los monarcas rusos, pero de hecho se avanzaba hacia la ruptura “de manera incontenible”105. En la escisión no pesó herejía oriental antigua alguna que reviva (de Arrio, Apolinar, Nestorio...), sino la frecuente subordinación desde antiguo, más o menos grave según los casos, de las jerarquías eclesiásticas orientales a la autoridad política; antes, a la de Constantinopla; luego a la de Kiev, y más tarde a la de Moscú106.

Aquel desentendimiento entre Roma y Oriente, con culpas por ambas partes, tuvo por causa principal el antiguo y persistente cesaropapismo de la corte y gobierno bizantinos, tratado de justificar presentando a Constantinopla o Bizancio como “la segunda Roma”107 (por “traslado” a Constantinopla de la antigua capital del Imperio Romano), llamada a dirigir tanto el gobierno civil como el eclesiástico de todo el Oriente cristiano. Tal pretensión (insinuada ya en el mismo Concilio de Nicea, y siempre rechazada por los papas), durante tiempo no apuntó a discutir el primado de jurisdicción del Romano Pontífice sobre la Iglesia universal, pero sí a lograr la primacía eclesiástica de Constantinopla –en realidad primacía de su emperador– sobre las demás sedes patriarcales de Oriente (Jerusalén, Antioquía y Alejandría), de origen apostólico; no, precisamente político108.

En el siglo XV, por un momento pareció que la Iglesia de Oriente volvía a la unidad con Roma por medio del Concilio de Florencia (1437) –hoy en día básico para un verdadero diálogo ecuménico– al desaparecer en él las divergencias teológicas. Incluso fue reconocido por los obispos orientales el primado del Papa sobre la Iglesia. Pero, por desgracia, enseguida quedó el Concilio sin efecto ante la mala acogida que tuvo al retornar los obispos a sus diócesis de Oriente. Luego, ya no quedará tiempo para una mayor reflexión, pues pronto, en 1453, se vino abajo el más que milenario Imperio Romano de Oriente, y aquellas entonces multitudinarias cristiandades, que aún habían resistido durante largo tiempo al acoso turco, pasarán ya a dominio islámico por siglos109.

Así quedaba en 1453 anulada la autoridad del patriarca de Constantinopla sobre la Iglesia en Rusia. En su lugar, se erige el patriarcado de Kiev, y más adelante el de Moscú, como sede primada para los pueblos eslavos no pasados a dominio turco. Y de ninguna manera prevalece el deseo de retornar a la unidad con Roma. Por ello, ya en 1443 había sido destituido de su sede Isidoro de Kiev, un griego nombrado en 1434 por Constantinopla, significado partícipe en el Concilio de Florencia, y favorable a la unión con Roma110.

La invasión mogol (época de la Horda de Oro: 1237-1480)

Tras una época de bastante paz y notable auge comercial, las tribus mogolas de las estepas del oriente de Rusia (lideradas por Gengis Kan, cuyos ejércitos han conquistado China) invaden en 1237 el Rus, muy debilitado por conflictos internos. Saquean, destruyen y asesinan sin piedad. Los sobrevivientes son vendidos como esclavos o para servir en el ejército invasor. El poder mogol –la llamada Horda de Oro por los historiadores– , ante la dificultad de ocupar de modo efectivo la inmensa Rusia, se retira hacia el Sur, al bajo Volga, pero desde allí ejercerá un duro protectorado durante más de un siglo sobre los príncipes del Rus, sometidos a vasallaje y fuertes tributos.

En aquella situación, la Iglesia ortodoxa se fue convirtiendo en la principal institución que aúna a los sometidos al poder mogol (pagano, y más tarde musulmán); y por su parte, el cabeza de la ortodoxia rusa, el metropolita de Kiev, dependiente hasta entonces del patriarcado de Constantinopla, se considerará a sí mismo como el guardián de la integridad del Rus, y quien ha de visitar casi permanentemente las numerosas diócesis.

No obstante, ante la peligrosa cercanía de las invasoras tribus esteparias, son trasladados en 1325 el metropolita y la capitalidad del reino de Kiev a Moscú, convertida ésta desde entonces en el centro de la cristiandad ortodoxa rusa. Los sucesivos metropolitas, en especial Pedro (1308-26) y Alejo (1354-78), venerados como santos, apoyarán resueltamente a los príncipes del Rus en su resistencia frente a los mogoles por la supervivencia de la nación. El príncipe Dimitri logra en 1380 una gran victoria sobre la Horda; pero no definitiva, pues los mogoles no retrocederán hacia Asia hasta un siglo después111.

El monacato en la Edad Media rusa

En la historia de Rusia, el monacato ha sido de extraordinaria importancia. Las primeras fundaciones monásticas surgen a fines del siglo IX, muy vinculadas espiritual y culturalmente a los monjes de Constantinopla. Antes de principiar el siglo XIII se cuentan ya setenta monasterios, dedicados a la oración y al trabajo de colonización de tierras; unos dos tercios, por donaciones de príncipes y nobles para recibir en ellos sepultura y oraciones por su alma; otros, por la directa iniciativa de jóvenes deseosos de practicar la vida monacal. Para todos ellos la invasión mogola supuso un tremendo golpe.

No obstante, en el XIV y XV, de nuevo florecerá el monacato, y ya no como antes, cercano a las ciudades, sino en su mayor parte muy lejos, buscando soledad y silencio. Atraídos por los grandes bosques, se extienden los monasterios desde el norte de Moscú hasta el mar Blanco y el océano Ártico. Gran impulsor de aquel auge fue san Sergio abad, fundador en la mitad del XIV del célebre monasterio de la Santísima Trinidad en las selvas al norte de Moscú, y que llegó a ser el santo más venerado de Rusia. Este monasterio se convertirá en la sede del Patriarcado de Moscú y centro espiritual de la Iglesia ortodoxa rusa112.

La gran devoción a la Virgen y los iconos

Herencia preciosa de la Iglesia bizantina al pueblo ruso ha sido la devoción a la Virgen. El pueblo fiel del Imperio Romano de Oriente resistió con numerosos mártires, y muy acompañado por sus monjes, en las persecuciones decretadas por los emperadores iconoclastas durante más de un siglo; persecuciones, detenidas en el 717 por la emperatriz Irene, reanudadas el 813, y definitivamente hechas concluir por la emperatriz Teodora en el 843.

Durante las persecuciones, muchos pintores de iconos –pinturas sobre tablas– emigran a las orillas del Mar Negro en la época inicial de la gran evangelización de Rusia, que desde el Sur (en especial, desde la primera capital del país: Kiev) se extenderá hasta al extremo Norte. Ellos suministrarán abundantes iconos de Cristo, la Virgen y distintos santos a las iglesias que entonces se construyen, como las magníficas de Kiev de la Dormición de María y de Santa Sofía; y suministrarán también los iconos a las mismas casas de los fieles, como se había hecho tradición entre el pueblo fiel bizantino al esconder en ellas los prohibidos iconos.


Catedral de Santa Sofía de Kiev (s. XIV-XV)

Sello característico de las pinturas bizantinas es su manifiesto propósito de representar a Cristo y a la Virgen María de la manera más espiritual posible (sin mayor preocupación por guardar los clásicos cánones o proporciones de la figura humana), que ante todo mueva a la contemplación (recuérdese a nuestro Greco)113.


Icono Virgen de Vladimir de Kiev

La unidad nacional iniciada con el zar Iván III (1462-1505)

A fines del siglo XV alcanza Rusia su unidad política, que llegará, muy recrecida, hasta el presente. A partir del aún reducido principado de Moscú, Iván III será su primer y decidido impulsor. Reúne varios principados próximos, ligados entre sí mayormente por lazos familiares y por la defensa mutua frente a tártaros y mogoles, para erigir un Estado centralizado al modo de Occidente. Pronto amplía sus límites territoriales: por el Norte hasta el Mar Blanco, y por el Sur y el Este hasta Ucrania y los Urales. Fue el fundador del imperio ruso, que lo concibe como heredero y prolongación espiritual y política del Imperio Romano de Oriente. No renuncia a darse el significativo título romano de “César” (Zar). Crea una corte con todo el lujo y boato de la bizantina, transforma el Kremlin en un suntuoso palacio, y hace construir magníficas catedrales de estilo bizantino.

El matrimonio en 1472 de Iván III con la bizantina Sofía, sobrina del último emperador de Oriente, hizo concebir esperanzas, sobre todo en Roma, y también en las iglesias ortodoxas sometidas al dominio islámico, de una vuelta a la unidad con el obispo de Roma si se restaura el Imperio de Oriente, con capital desde luego ya en Moscú, y si a la vez Rusia se comprometía a defender a Europa del poder turco. La escuadra turca había avanzado entonces hasta la isla de Malta, que resiste al asedio; y los ejércitos otomanos habían llegado por la cuenca del Danubio hasta Viena, a la que sitian en 1529 después de derrotar a los húngaros en Mohacz (1524). Pero Rusia no era aún adversario serio para oponerse a Turquía, ni la misma emperatriz Sofía persistió en el empeño de la unión114.

Moscú, “Tercera Roma”

El gran progreso de la religión en Rusia hizo concebir la idea de que Rusia –“Nuevo Israel”– está destinada, tras la apostasía de los occidentales (así se dio a entender en Oriente, sobre todo a partir de Focio con el pretexto por él promovido de que el “Filioque” del credo latino era un añadido herético a la fe de Nicea) y del gran avance del Islam (demoledor del Imperio Romano de Oriente, y siempre al acecho en las mismas fronteras rusas) a ser la comunidad fiel a Cristo hasta el fin de los tiempos para bien del universo entero. Así lo comenta el historiador Paul Bushkovitch:


El Imperio ruso, que ya a final del XV llega a Siberia, y aún se extenderá más hasta el fin del XIX

“La nueva cambiante situación de la Iglesia y de Rusia exigía una nueva concepción de su papel en el plan divino de la salvación. Había que concebir a Rusia como el nuevo Israel, y a los rusos como un nuevo pueblo elegido con su capital en Moscú... Como Israel, Rusia estaba rodeada por todas partes de enemigos descreídos: los católicos suecos y polacos al Oeste, los musulmanes tártaros por Sur y el Este. Si [los rusos] lograban conservar la fe, evitarían el sino [–la reprobación–] del antiguo Israel hasta que Cristo regresara a la tierra”115.

En este contexto se ha de entender cómo la idea de que Moscú es “la tercera Roma”, formulada por un monje, probablemente a Iván III, pasan a apropiársela los zares para ser a un tiempo cabeza religiosa y política de su imperio. El monje Filoféi hacía al zar responsable de toda la Cristiandad; y si no actuaba con justicia, el fin del mundo estará próximo, pues no habrá una cuarta Roma:

“Si diriges tu imperio con justicia, tú serás un hijo de la luz y un ciudadano de la Jerusalén celestial... Y ahora te digo: ten cuidado y presta atención... Todos los imperios de la cristiandad están reunidos... en el tuyo, aunque dos Romas han caído, la tercera se mantiene en pie y no habrá una cuarta”116.

La teoría de la traslatio imperii, utilizada por siglos por los emperadores bizantinos para desligarse de Roma y asumir ellos la supremacía espiritual en Oriente, servirá también a partir del XVI a los zares rusos con fin similar. Se considerarán los herederos religiosos y políticos del abatido imperio de Bizancio. Proclamarán a Moscú tercera Roma117, con una confusa mezcla de concepciones mesiánicas –de esperanzas de un reino de Dios traído a la tierra por el creyente pueblo ortodoxo ruso118– , y al mismo tiempo con una Iglesia muy supeditada a los poderes políticos (supeditación, en lugar de la protección que en recta teología debe un gobernante cristiano a la Iglesia para el libre y mejor desempeño de su misión). La confesionalidad del Estado, así malentendida, será factor secularizador de la sociedad rusa –sobre todo, de la alta– a no largo plazo (como no dejó de suceder en Francia con el absolutismo de un Luis XIV, o con el despotismo ilustrado del XVIII en naciones europeas aún oficialmente católicas)119.

Iván IV (1547-84). Consolidación de la unidad nacional y sometimiento de la Iglesia

Al fallecer Iván III en 1505, le sucede una agitada regencia, con numerosos asesinatos entre los clanes de los boyardos (nobles que sirven a la nación en el ejército ante las frecuentes invasiones). A la anarquía pondrá fin Iván IV “el Terrible”, coronado como “Zar” por el metropolitano de Moscú en la catedral de la Dormición de María120. Él y su antecesor Iván III son los iniciadores del moderno Estado ruso, creadores de su unidad nacional. Dan una gran seguridad a la nación al acabar con las devastadoras correrías de los mogoles y tártaros asiáticos. Iván IV, sin dejar de recurrir a medios brutales, consolida la obra política de su antecesor121, y a la vez extiende las fronteras del imperio más hacia el Este (Siberia) y el Sur (el Volga y el Caspio).

Iván IV somete a la Iglesia ortodoxa. Depone uno tras otro a los metropolitas que se le resisten, y a Filipo lo hace ahorcar. Se reafirma como primera autoridad religiosa para todo el mundo ortodoxo: el de su imperio, y también el de los cristianos sometidos al sultanato turco. Éstos verán por siglos en los zares de Moscú a sus mejores protectores, que con frecuencia les atienden en sus peticiones de ayuda, e incluso que podrían emprender –como insinúan algunos patriarcas orientales a sucesivos zares– la reconquista de Constantinopla122.

“Entonces –comenta Bushkovitch– , con una economía en buena medida agrícola a Rusia no le faltaban artesanos ni comerciantes. Tampoco era un país de campesinos al borde de la subsistencia, aislados de todos los mercados” (era un país con bastante fáciles comunicaciones por su llanura, no sometido por ello a las características crisis de subsistencias de la Edad Media por la dificultad de acudir pronto con alimentos de un lugar a otro en caso de una súbita pérdida de las cosechas)123.

El agravamiento de la situación del campesinado a partir del fin del siglo XV

La estructura política de aquel primer Estado creado por Iván III y IV no es aún de fuerte centralización, pues junto al zar coexiste una poderosa nobleza que participa en el gobierno de la nación y en la toma de decisiones importantes. Son los boyardos, representados en la Duma o Consejo del Gran Príncipe; muchos de ellos, príncipes de los territorios recién anexados a la Corona, o recompensados por los príncipes con tierras por sus servicios en defensa de la nación. Eran propietarios de inmensas extensiones, y en sus tierras, o en las del Estado, laboraba la mayoría de la población, millones de campesinos; los más, aún libres, con prolongados contratos de arrendamiento124.

Pero pronto empeora la situación del campesinado, pues la corona y los príncipes, para pagar a sus subalternos –funcionarios del Estado, militares de caballería... – , les entregarán tierras en que ya no vigen los antiguos contratos de arrendamiento. Con lo cual se va hacia la servidumbre de la gleba, hacia un claro endurecimiento de la vida del campesino. Bushkovitch señala que a partir de fines del XVI se llega a “un considerable aumento de la clase terrateniente a expensas de los campesinos libres. Esto influyó mucho en los levantamientos que estallaron en las siguientes décadas”125.

Este comentario del historiador ruso coincide en sustancia con la clara advertencia de Jaime Vicens Vives que replica contra la idea tan extendida de que la situación del campesinado europeo mejora sin cesar a partir del fin de la Edad Media. Aporta Jaime Vicens, en síntesis, estas dos importantes precisiones:

1) que en el Occidente europeo existía durante la Edad Media un fuerte campesinado libre, propietario o arrendatario, ya del señor o de alguna institución eclesiástica, pero con contratos por largos plazos y razonables rentas para el propietario, es decir, con condiciones no sometidas a la pura ley de la oferta y la demanda, como sucederá ya en el XVIII y sobre todo en el XIX (en Inglaterra algo antes) cuando por espíritu liberal o capitalista se impongan los contratos al mejor postor, y surja a continuación un multitudinario proletariado campesino; y más tarde, otro industrial.

2) que en el Este de Europa, y sobre todo en Rusia, a partir del final del siglo XV, la servidumbre se endurece. El siervo feudatario pierde el antiguo régimen más paternal del señor, que con sentido cristiano entendía que debe administrar justicia en sus tierras y no disponer de los administrados como le plazca, lo que en gran manera sucederá desde entonces y será sancionado por ley. Así lo expresa Vicens Vives:

“La cristalización de las clases sociales [–es decir, el comienzo de la división de la sociedad en «clases»–] y el desarrollo del capitalismo industrial tuvieron como consecuencia general en el siglo XVIII el empeoramiento de la condición jurídica y económica de los campesinos y de los obreros de Europa. Este fenómeno, que hasta época reciente no ha sido constatado y estudiado, tiene por característica exterior una recrudescencia de antiguos privilegios feudales, que parecían haber caído en desuso. Contraviniendo la antigua hipótesis de la liberación progresiva e ininterrumpida del campesinado europeo, la realidad muestra las inflexiones profundas de esta historia. Una de ellas, como hemos visto126, corresponde a últimos del siglo XV; la segunda es propia del siglo XVIII.

En el Oriente de Europa [y sobre todo en Rusia, como se ha señalado] la situación de los campesinos es realmente miserable... El campesino se halla sujeto al poder omnímodo del señor o del noble propietario del campo. En el curso del siglo XVIII se acentúan y amplían [estas] facultades... Basta decir que en 1765 Catalina II otorgó a los señores la facultad de enviar sus siervos a trabajos forzados, completando un privilegio de la época anterior en que se les confería poder mandarlos a Siberia”127.

“La época de las perturbaciones” (1605-13) y la reconstrucción del país

A los pocos años de la muerte de Iván IV (1584), su hijo y más probable sucesor, Dimitri, es asesinado. Parece que por orden de Boris Godunov, un noble casado con la hermana de Dimitri que llega a gobernar como zar. Enseguida surgen numerosas gentes convencidas de que el desaparecido Dimitri un día ha de volver (fenómeno algo similar al del tan popular Infante don Sebastián portugués, que nunca volvió y durante largo tiempo fue esperado). Al presentarse un “falso Dimitri”, multitudes le seguirán.

Con ocasión de este pleito dinástico aflora el gran malestar de la nación. Rusia se convierte pronto en un caos. Por una parte, la nobleza de sangre (los boyardos) se subleva al ser desplazada en la dirección del Estado por una nueva “nobleza de servicio” del todo sometida al zar. Casi todos los campesinos del centro y noroeste de Rusia pierden su libertad. Pasan a partir de los últimos años del siglo XV de ser propietarios libres, o del paternal régimen de feudo de la Alta Edad Media, a la condición de siervos de la gleba, aunque las leyes no sean muy explícitas al respecto. Para ellos, el perjuicio mayor no es el de no poder marchar a otro lugar sin permiso del dueño –aunque a veces por la noche huían pueblos enteros hacia el Sur– sino los crecientes malos tratos que de él reciben (incluido el de la deportación a Siberia sin posible recurso de apelación) y por desaparecer los antiguos contratos de arrendamiento de largos plazos, sustituidos ahora por recrecidas rentas impuestas por el, con frecuencia, nuevo propietario.

Multitudes de rurales empobrecidos marchan entonces hacia Moscú a protestar, y se les suman cosacos y otros campesinos del Sur, libres, pero temerosos de que en cualquier momento se les convierta también en siervos. Aquel abigarrado ejército llegó casi hasta las puertas de Moscú dirigido por el boyardo cosaco Bolotnikov.

A las luchas internas se sumaron las depredaciones de suecos, polacos y cosacos. Por el hambre, las epidemias y las tremendas crueldades de los ejércitos invasores, se calcula que en aquella época de las perturbaciones mueren dos millones y medio de personas; algo más de un cuarto del total de la población rusa. Cuando parecía que el Estado ruso se sumía en el caos, con Moscú ocupada por tropas polacas, surge la reacción nacional: un ejército ruso en el que figuran grandes nobles y míseros cosacos acaba con la ocupación, y poco después una Asamblea o Sobor elige zar a Miguel III (1613-45), iniciador de la nueva dinastía de los Romanov.

La pasada tremenda experiencia de las perturbaciones, que han dejado al país devastado, mueve a los divididos clanes de la nobleza boyarda a procurar conciliaciones que redundarán en bien de la reconstrucción del país. Crecen la población y la economía. Nuevas tierras son colonizadas en Siberia y en el Sur. Mejoran en gran manera las defensas del país ante el peligro de las invasiones tártaras; sobre todo tras la incorporación al Rus de los cosacos del Don, que serán firme valladar frente a los intentos turcos de invasión128.

Agravamiento de la servidumbre de la gleba

No desaparece la servidumbre de la gleba, sino que se agrava. La legislación anterior fijaba un límite de tiempo tras el cual al campesino fugitivo se le consideraba libre. Por la nueva ley de 1649 podía, en cambio, el dueño reclamar al siervo en todo momento129. Un atenuante al rigor de la nueva ley era la dificultad real de aplicarla al residir la mayoría de los grandes propietarios en las ciudades y rara vez contar con administradores en las mismas aldeas de los campesinos.

Esto permitió a los mismos campesinos gestionar comunalmente sus aldeas, dirigidas por su asamblea o mir, encargada de los pagos de las rentas al señor, en moneda o especie, y que a la vez atendía a las necesidades de la aldea. Cada mir repartía las tierras entre sus familias (en régimen no muy distinto al del municipio de la Baja Edad Media occidental, dotado de comunal, de tierras propias). Cada aldea disponía de parroquia propia130. Persistía, no obstante, el riesgo, como sucederá más adelante, de un agravamiento de la situación. Los campesinos del Norte y de las fronteras Este y Sur –un 25% del total del país– , que aún permanecían libres, temían por su futuro131.

No es que la cúpula del Estado –los zares y sus consejos– ignorasen el problema, pero temían enfrentarse a los poderosos terratenientes, que eran precisamente los más efectivos defensores del país ante las bárbaras invasiones extranjeras132.

Nota sobre la diferente historia política de Rusia

La historia política de Rusia ha tenido un curso en parte bastante distinto al de Occidente. Quizá la época de mayor similitud en las instituciones ha sido la Alta Edad Media, en que vigía al Este y Oeste de Europa una misma institución social –el feudo133– como medio común de protección del vasallo por un señor ante la anarquía y barbarie que aún subsisten en esos siglos, y pese a que ya se había dado la casi total conversión de los pueblos de Europa a la fe en Cristo, pero aún estaba pendiente la reforma moral, el desarraigo de antiguas bárbaras costumbres paganas, a lo que en Occidente contribuyó en gran manera la obra evangelizadora y a un tiempo civilizadora de los monjes durante los siglos VI al XI.

Mientras en Occidente se avanza hacia la plenitud medieval en los siglos XI al XIII, en el Este de Europa, y sobre todo en Rusia, no se da, ni siquiera retardada, una evolución similar. En Occidente surgen las grandes órdenes religiosas de franciscanos y dominicos, se consolidan decisivas instituciones sociales y políticas (cortes, dietas y parlamentos, universidades, municipios, concejos abiertos, villas francas, fueros, gremios y toda suerte de asociaciones y corporaciones populares promotoras del bien común: hospederías para pobres y peregrinos –entonces llamadas “hospitales”– , montes de piedad... Son instituciones, por las cuales el ejercicio del gobierno, la administración de la justicia, la beneficencia, la enseñanza..., son sumamente plurales y descentralizadas.

En Rusia, en cambio, casi no coexisten por siglos más que dos realidades: la ínfima minoría de la corona y la nobleza que lo dirigen todo, y la inmensa multitud campesina sin casi derechos reconocidos. Puede decirse que Rusia, por las singulares circunstancias de su historia, entrará en la modernidad sin haber pasado por la Edad Media más progresiva, la de mayor plenitud; ni tampoco le afectó el llamado humanismo renacentista como ideología y actitud vital tendente al antropocentrismo de sus élites. Las amoralidades abundarán en la vida de la alta sociedad rusa y en la práctica del gobierno de la nación, pero sin particular ideología que trate de justificarlas. Se mantiene la confesionalidad privada y pública de la fe.

93 Cf. HS, 13s

94 Cf. HS, 14-17

95 Cf. JD3, 258-262

96 Cf. NH2, 319-321

97 Cf. JD3, 258-262

98 Cf. JD3, 378-396; JD4, 227-249

99 Como fue viable la sociedad medieval de Occidente, iniciada cinco siglos antes, al ser configurada ante todo por la fe en Cristo. De esta capital cuestión tratan nuestros Apuntes2, y exponen cómo la quiebra o descomposición de la Edad Media se produce al prevalecer en ella un conjunto de factores desintegradores (cf. Aps2, 391-462)

100 Cf. HS, 20

101 Cf. Aps2, 151-164

102 Cf. Aps2, 164-173

103 Cf. SJ2, 474-476

104 En 1054 no se llegó a la ruptura formal con Roma, como lo declarará en solemne ocasión en 1964 el papa Pablo VI (cf. JD9, 693)

105 Cf. JD3, 391

106 Cf. JD3, 388-391; HS, 17-26

107 Cf. LORTZ, Joseph, Historia de la Iglesia en la perspectiva de la Historia del pensamiento, I, Cristiandad, Md 1982, 43, 230, 291

108 Cf. Aps2, 173-176.

109 Cf. JD4, 763-765; Aps3, 47-54; VC1, 93

110 Cf. BS, 53s

111 Cf. HS, 21-29; NH2, 323

112 Cf. NH2, 323s; HS, 26s

113 Cf. GER12, voz Iconografía; GER12, voz Iconos; Aps2, 151-164

114 Cf. VC1, 206-213; DM, 80-82; JD3, 292-315; BS, 55-65

115 BS, 62s

116 HS, 44

117 Cf. LORTZ, Joseph, Historia de la Iglesia en la perspectiva de la Historia del pensamiento, I, Cristiandad, Md 1982, 43; VC1, 206

118 El historiador Bernard Stasiewski hace este significativo comentario acerca de la tercera Roma: “Motivos de la historia de la cultura, políticos y religiosos, ideas de Roma, nueva Roma, Jerusalén, herencia bizantina, conciencia mesiánica de misión e ideas escatológicas se mezclaron entre sí para formar una concepción que habría de ejercer su influencia en la historia. La teoría de Moscú como tercera Roma confirió a los fieles ortodoxos y al zar una fuerte conciencia de misión, que continuó influyendo en la ideología del Estado y del imperio rusos y que todavía se puede observar en el nuevo patriarcado de Moscú, erigido en los primeros decenios del siglo XX” (cf. JD6, 291s).

119 Cf. Aps1, 222-231; Aps2, 117-127

120 Cf. BS, 66

121 Cf. VC1, 211-213; DM, 80-84

122 Cf. JD6, 292-315; BS, 65-71

123 Cf. BS, 59

124 Cf. BS, 57s

125 Cf. BS, 57-59

126 Cf. VC1, 23-28

127 Cf. VC2, 123-126

128 Cf. VC1, 213-215; DM, 323-326; BS, 71-76

129 Cf. DM, 325

130 Cf. HS, 59

131 Cf. BS, 79-81

132 Cf. BS, 72, 77-79

133 En Occidente vige el feudo con un sentido cristiano (el pacto se jura ante los Evangelios), y de ninguna manera deriva hacia una dura servidumbre de la gleba o semiesclavitud, ni se prolongará indefinidamente. En España casi ni existió el feudo por las singulares circunstancias de la Reconquista en que los reyes priman, para incentivarla, la concesión de franquicias y cartas pueblas a muchos lugares arriesgados por la cercanía de los ejércitos musulmanes. En Cataluña persistió más el feudo por haber sido Marca franca con Carlomagno. Y en la zona de la última fase de la Reconquista (Andalucía, Extremadura...) también se dio una institución algo semejante al feudo al pasar multitud de las poblaciones vencidas al sistema de las reparticiones para servir a señores en extensos latifundios agrícolas y ganaderos (cf. Aps2, 191-194).

7. Rusia. Notas: de Pedro el Grande (1689-1725) a 1890

Antes de que principie el reinado de Pedro el Grande, decisivo para la apertura Rusia a Occidente, ya hubo largo pleito sobre si el país debía abrirse o no a la cultura e ideas del Occidente de la época. La cuestión se había planteado durante el reinado del zar Alejo (1645-75). El pueblo era del todo reacio, y sólo una reducida minoría de la nobleza, no decisiva para el cambio, estaba a favor. El mayor influjo en favor de la apertura era el de las minorías de extranjeros establecidos en Rusia: instructores militares contratados por el gobierno, comerciantes de las capitales, vecinos del barrio alemán de Moscú...

El Cisma de “los viejos creyentes”

Aquella división de los espíritus, anterior a Pedro el Grande, afectó también a la vida de la Iglesia ortodoxa. El intento del patriarca Nikón (1652-66) de modificar ritos y rúbricas de la liturgia tradicional, que no afectaban en realidad a la fe, provoca no obstante un cisma en la Iglesia rusa de larga consecuencia. El Estado apoya la reforma de Nikón y reprime con numerosas ejecuciones a los disidentes (los raskolnitz o viejos creyentes). Éstos, muy numerosos entre el pueblo y los monjes, acusan a los zares y a la jerarquía eclesiástica ortodoxa de abjurar de la antigua fe y traicionar la misión de la tercera Roma. Considerados por ley rebeldes al Estado a partir de 1685, millares fueron ejecutados. La represión del cisma (raskol) tuvo muy graves consecuencias para el monacato ruso, en su mayoría adherido a los viejos creyentes. Muchos monasterios, antes grandes centros de piedad, son suprimidos134.

La decisiva obra de Pedro el Grande (1689-1725)

La apertura de Rusia a Occidente principia sobre todo con Pedro el Grande por su decidida voluntad de reformar la nación, asimilar los progresos militares, técnicos y administrativos europeos, y establecer un Estado centralizado al modo de las monarquías absolutas del XVII occidental. A la creación del fuerte Estado centralizado se oponían ya desde el XVI la nobleza de sangre y la Iglesia ortodoxa en defensa de su libertad, pero Pedro I, con actividad desbordante, impone su omnímoda voluntad sin reparar en la brutalidad de los medios135.

Pedro I orienta su política con las ideas nuevas venidas de Occidente; en particular, del filósofo alemán Samuel Pufendorf, cuya obra De los deberes del hombre y del ciudadano hace traducir. Aunque era creyente, separaba al Estado de los mandamientos de la ley de Dios, que han de quedar para el fuero interno o conciencia de cada individuo; y éste, en cualquier caso, ha de obedecer a los gobernantes del Estado como responsables del bien común del país, sin recurrir a ningún tipo de rebeldía136.

En este contexto estatista, la escasa independencia del patriarcado ortodoxo desaparece en 1700 al sustituirlo Pedro I por un órgano de la política del Estado –el Santo Sinodo– , encargado desde entonces de dirigir la entera vida de la Iglesia ortodoxa. Las resistencias y protestas fueron muchas, pero a todo se impuso la voluntad de Pedro137.

Para con las numerosas comunidades religiosas practicó una dura política. Frente a la nobleza de sangre, opuso la nueva nobleza “de servicio” creada por sus inmediatos predecesores para asegurarse una élite del todo sumisa al zar. Refuerza social y económicamente a esta élite, compuesta sobre todo por altos funcionarios del Estado, entregándoles numerosas tierras y siervos del patrimonio imperial para disponer de ellos con poderes ilimitados.

A la vez que promueve la apertura a Europa para el progreso técnico, económico y militar de la nación, impone con tal fin tremendas cargas. Las grandes resistencias de las masas populares a Pedro I provienen de la brutalidad de los medios a que recurre para sanear la hacienda pública (cosa que logra ampliamente) y construir el Estado occidentalizado que él concibe (por medio de un fisco durísimo para los más pobres, trabajos forzados con pérdida de numerosas vidas, una nueva aristocracia del todo adicta al zar, un servicio militar obligatorio de 25 años de duración por sorteo...). A estas resistencias se les sumaron las anteriores de los amantes de la tradición, multitudes que rechazan las innovaciones religiosas y nuevas costumbres avaladas por los zares138.

Pedro desea armar un ejército poderoso que le permita tratar como a iguales a las potencias de Europa. Promueve para ello las necesarias industrias siderúrgicas, y concede a sus empresarios directores el derecho de escoger los obreros que necesiten; así, muchos siervos de la gleba, campesinos, pasaron, forzados, a serlo de las fábricas. Afrontará entonces la dura y larga guerra con el más fuerte ejército del norte de Europa, el de Suecia, que bloquea el acceso de Rusia al Báltico.

La victoria de Poltava (1709) en la Guerra del Norte convierte a Rusia en la gran potencia con la que en adelante se ha de contar en las pugnas y equilibrios de la política internacional. Una vez ganada así la salida al mar, hará construir la gran ciudad de San Petersburgo en el fondo del Golfo de Finlandia para capital del Imperio y al precio de numerosas vidas de siervos sacados por la fuerza de sus aldeas. Era la única salida entonces viable para sus naves, pues al Norte lo impiden los hielos gran parte del año; y al Sur, los estrechos del Mar Negro permanecen cerrados por los turcos para acceder al Mediterráneo139.

A partir de Pedro I, las élites cultas, entonces sólo gentes de la nobleza, comienzan a asumir las ideas de la Ilustración; no, la democracia de Rousseau; pero sí, el naturalismo de Pufendorf, la separación de poderes de Montesquieu, e ideas de otros escritores menores. La autocracia de los zares no desemejaba del despotismo ilustrado de las monarquías absolutas occidentales del XVIII, aunque el ámbito en que se difunden tales ideas y modas será muy limitado; sobre todo, en la capital San Petersburgo. El corazón de Rusia, su inmenso campesinado, era declaradamente ortodoxo y religioso.

No existía, como en la Francia del XVIII (y en casi todo el Occidente europeo hasta la mitad del XIX), nada parecido a una burguesía rica que, como tal clase social, poseedora del poder económico, puja por hacerse también con el poder político esgrimiendo en su favor las ideas de los filósofos de la Ilustración y de sus inmediatos antecesores (los pensadores de la llamada crisis de la conciencia europea)140.

Época de Catalina II (1762-96)

Tras la muerte de Pedro I en 1725 transcurre un largo período indeciso. A la par que se va consolidando el Estado fuerte y centralizado por él creado, se vacila sobre si esto ha de despersonalizar a Rusia por el afán de imitar a Occidente. El acceso al trono de Catalina II, alemana de origen y educada en la lengua y modas francesas como correspondía a la alta sociedad germana de la época, marca el rumbo de Rusia hacia Europa. Enseguida, Catalina seculariza los bienes de la Iglesia y deporta a Siberia a más de 20.000 viejos creyentes, contrarios al secularismo impuesto por el régimen. No obstante, tras el primer reparto de Polonia entre Rusia y Prusia en 1772, acoge a los jesuitas expulsados de las naciones católicas para educadores de la juventud en las zonas de la católica Polonia pasadas a dominio ruso, y especialmente en la Rusia Blanca141.

Aunque Catalina II, sobre todo a efectos de política exterior, se proclama defensora de la ortodoxia, en realidad impone una política secularizadora. Incluso un principal dirigente del órgano supremo de la Iglesia ortodoxa (del Santo Sínodo), Tschebytschev, se manifestaba abiertamente ateo. El historiador Stasiewski comenta al respecto:

“La Iglesia [ortodoxa], que desde Pedro I dependía totalmente del régimen, corrió peligro de descomposición interna en la segunda mitad del siglo XVIII por la irrupción del racionalismo, de la ilustración y de la francmasonería. Algunos obispos trataron de atajar mediante compromisos esta infiltración... El número de obispos y monjes que se dedicaban con entera conciencia al núcleo esencial religioso de sus deberes era reducido. Entre ellos se contaban [algunos obispos y monjes] que salvaron los monasterios rusos de la crisis de comienzos del XVIII, [aunque una secularización tan acusada les dejó casi sin medios] para hacer frente a sus tareas caritativas y de asistencia social”142.

Catalina, alabada por los filósofos de la Enciclopedia francesa, los agasaja e invita a su corte de San Petersburgo. Pero a aquella penetración ideológica le faltó tiempo y medios para ser más efectiva en Rusia, pues pronto estalla la Revolución francesa, abonada por estas ideologías. Catalina, espantada ante los hechos, se despega de sus viejas amistades de París y trata de salvar la vida de Luis XVI (ejecutado en 1793). Retrocede claramente de su anterior tolerancia para con la Ilustración francesa y hace prohibir toda circulación e importación de libros franceses (recuérdese en la España de Carlos IV el llamado “pánico de Floridablanca” cuando a la corte de Madrid llegan noticias de lo que sucede en París).

En 1794 estalla la rebelión liderada por Tadeo Kosciusko para la liberar a Polonia de la dominación rusa. Catalina, convencida de que el jacobinismo francés alienta tal sublevación, envía al ejército que, con enorme matanza, toma Varsovia. A continuación, se hará un nuevo reparto –el segundo, de nuevo con Austria y Prusia– de la gran Polonia, que incluía, además de la Polonia clásica, la Ucrania Occidental, Lituania y Bielorrusia o “Rusia Blanca”143.

Rusia se expande también durante este reinado hacia Asia, donde levanta ciudades y explotaciones agrícolas e industriales. En conjunto, el país experimenta un acelerado crecimiento económico144. Pero al mismo tiempo endurecerá aún más la servidumbre de la gleba. Sacrifica a los siervos en favor de su alianza con la nobleza. Muchas tierras y siervos fueron entregados a favoritos y altos funcionarios de la corte145. Comenta al respecto Antonio Domínguez:

“Disminuyeron los campesinos libres, y los siervos apenas se diferenciaban de los esclavos. Salvo el de quitarles la vida, los señores tenían sobre ellos todos los derechos; ni siquiera tenían las ventajas de la adscripción a la gleba, pues podían ser enviados a trabajar a cualquier lugar, o deportados a Siberia por una leve falta; podían ser comprados y vendidos, regalados, entregados en dote como otro bien cualquiera... La única oportunidad del siervo estaba en depender de un amo benévolo... La desastrosa situación de los campesinos fue la causa principal de la revuelta acaudillada por Pugatchef... Fue preciso retirar tropas del frente turco y librar batallas sangrientas para derrotar [en 1775] a los sublevados”146.

El impacto inmediato de la Revolución francesa

Pablo I (1796-1801), hijo de Catalina II, accede al trono en el momento en que Napoleón logra sus primeras victorias sobre Austria en el Norte de Italia y crece su gloria en Francia. Se suma el zar enseguida a la coalición internacional contra Francia. Pero a partir del golpe de Estado de Brumario por Bonaparte en 1799, Pablo I se retira de la coalición por estimar que Francia cuenta ya con un gobernante decidido a establecer el orden. Pero mientras tanto, un complot palaciego, por razones personales y por su política conciliatoria con Napoleón, le asesina en 1801.

Le sucede tras un breve reinado su hijo Alejandro I (1801-25). Pablo I había querido dar a la nación una orientación más tradicional, contraria a la secularizante de su madre, pero a la vez con notables desvaríos y contradicciones. Durante diez años (1784-94) puso por preceptor de su hijo al suizo Frederic Laharpe, reconocido racionalista y simpatizante de la Revolución francesa, que le dará a leer y comentar la literatura de la Ilustración; en especial, las obras de Rousseau y del republicanismo contemporáneo. Alejandro, acorde con esta educación, comienza su largo reinado con un manifiesto deseo de adecuar el país a las nuevas ideas de Occidente y de reformarlo en el sentido ilustrado de las monarquías europeas del XVIII.

El liberalismo del nuevo zar es un tanto nebuloso, pues acoge toda suerte de ideas dispares y se detiene al percibir que Napoleón proyecta invadir Rusia. Los ejércitos napoleónicos son, por todas partes, difusores de las ideas revolucionarias, sustituidoras en el gobierno de los pueblos de la fe en Cristo por las ideologías del XVIII; en especial, las de Voltaire y Rousseau. Tal pretensión irreligiosa, y los consiguientes desmanes de profanaciones, blasfemias, incendios de iglesias..., en España habían provocado la gran sublevación (1808-14) que Bonaparte no logra dominar. En Rusia, sucederá en 1812 algo similar, y aún más definitivo para su suerte. El zar decide no pactar con el corso y hacerle frente. Le asiste el profundo sentir religioso de su pueblo que, animoso, se dispone a una resistencia heroica147.

La invasión napoleónica

En junio de 1812 los ejércitos de Napoleón entran en Rusia. Ante el arrollador avance de la Grande Armée, las tropas rusas, dirigidas por el anciano Kutusov, adoptan la estrategia de la retirada, cada vez más hacia el Este del inmenso país, y sin aceptar entrar en combate abierto hasta unos 160 kilómetros antes de Moscú, en que se da, en septiembre, la batalla de Borodino, la más sangrienta del siglo XIX europeo (en un solo día, más de 50.000 muertos de cada parte). Bonaparte, pese al resultado indeciso de la batalla se proclama vencedor y aguarda durante varias semanas desde las colinas próximas a Moscú a que alguna delegación rusa venga a pedirle condiciones de paz. Fue en vano: el ejército ruso no se da por vencido, y después de cruzar rápidamente Moscú marcha hacia el Sudeste.

Cuando Napoleón finalmente se decide a entrar en la capital, horrorizado, la encuentra casi desierta y en llamas, sin cobijo ni alimento para sus tropas. El ejército ruso pronto vira sigilosamente hacia el Oeste, y atrapa al francés bloqueándole el camino hacia las provincias más ricas del Sur que le puedan aprovisionar. Ante esto y el invierno que se echa encima, Napoleón ordena retirarse y salir cuanto antes de Rusia; pero, acosado sin cesar, también por numerosas guerrillas, sufre enormes pérdidas en la retirada a través de la nieve. Sólo una reducida parte, con multitud de heridos y famélicos, logra escapar dirigida por Napoleón y llegar a primeros de diciembre a Vilna (Lituania). Aquello fue el principio del fin del Imperio por él soñado148.

La Santa Alianza ideada por Alejandro I (1801-25)

Tras la victoria sobre Napoleón surge la gran ocasión de dar al pueblo ruso una verdadera reforma social y política acorde con la fe y sus históricas tradiciones, en lugar de ser configurado por el espíritu ilustrado y un tanto caótico que anima al mismo zar. Alejandro I fía entonces la salvación de Rusia, y también la del orden internacional, ante todo al mantenimiento de las legitimidades dinásticas acordadas con las potencias de la Santa Alianza, de la que él fue principal y utópico promotor, y a la que llamó a agregarse con insistencia a la Santa Sede, que nunca accedió.

La compleja personalidad de Alejandro –como se comenta en la Historia del mundo moderno de Cambridge– había evolucionado de una marcada frialdad religiosa hacia un utopismo de conversos iluminados: hacia “un galimatías pseudomasónico”, y luego al misticismo pietista de la baronesa Krüdener. Los otros principales signatarios de Santa Alianza (austriaco, francés e inglés: Metternich, Talleyrand y Castlereagh) se reían a sus espaldas del iluminado zar. Pero todos ellos coincidían en que, de ninguna manera, tras la Revolución francesa, se había de apoyar una reforma social y política en sentido cristiano en las viejas naciones de Europa, alumbradas precisamente por la fe en Cristo149.

Los decembristas de 1825

A partir de Alejandro I (1801-25), los zares no simpatizarán con las ideas de la Revolución francesa, pero, con una política errática, no logran remediar las tremendas miserias del campesinado y del incipiente proletariado industrial, ni atajar las grandes corrupciones morales de la alta sociedad, que contribuyen a tales miserias. En este contexto, crecen las protestas entre la oficialidad rusa, orgullosa de su reciente triunfo, compuesta en su mayoría por nobles jóvenes, cultos que dominan tanto el francés como el alemán, y que en su avance hacia Europa para derrotar definitivamente a Napoleón no han dejado de asumir ideas del adversario francés. Conocen de cerca la vida parisina, sus periódicos, cafés, salones...

Estos militares venían ya preparados para comprender el nuevo pensamiento europeo por su anterior instrucción sobre Kant, Goethe, Rousseau... Y en Francia leerán a los ideólogos del momento, ya liberales (Madame Stael, Benjamin Constant) o ultramontanos y románticos católicos (Chateaubriand, De Maistre). Para muchos de ellos la vuelta a Rusia fue “como un baño de agua helada”150.

En este ambiente surgen las primeras logias masónicas en Rusia en los años 1816-18. En San Petersburgo, donde se estaciona la mayoría de los regimientos, varios cientos de oficiales de la logia Sociedad del Norte conspiran para derrocar la monarquía e implantar un régimen constitucional. Otros grupos de oficiales surgen con similar propósito más al Sur; hasta en la lejana Ucrania.

Pero no se ponen de acuerdo (¿se respetará la vida del zar?, ¿monarquía constitucional o república jacobina?), y para cuando resuelven dar el golpe de Estado, muere inesperadamente el zar Alejandro (noviembre 1825). Pero el intento no cesa, prosigue con su sucesor, Nicolás I, que lo hace fracasar al reunir una tropa leal que dispersa y derrota a los sublevados en diciembre de 1825. Revueltas y conmociones por motivos más o menos particulares ya se habían dado innumerables en el pasado; pero no, revoluciones. Aquél –comenta Bushkovitch– fue “el primer intento de revolución de la historia rusa”151.

La complejidad de la época de Nicolás I (1825-55)

Nicolás asciende al trono inesperadamente. Nadie le había enterado de que su hermano Alejandro lo tenía designado para sucesor en lugar del otro hermano, Constantino. Y cuando le comunican que ésta es la voluntad del difunto, se resiste un tiempo a aceptarla. Sin ambiciones de poder, entiende que debe mantener una fuerte autocracia frente a la revolución y el liberalismo, y al mismo tiempo ejercer un gobierno paternal en bien de su pueblo.

Se enfrentará a la corrupción e incompetencia de la burocracia rusa. Su autocracia era más sinceramente religiosa que la común de los despotismos ilustrados del XVIII y que la de los políticos legitimistas de la Santa Alianza. Desea que la religión sea más la clave de la nación rusa. En lugar de una Iglesia, más o menos afectada por la Ilustración del XVIII y por los utopismos de Alejandro I, promueve una Iglesia “más ortodoxa”, de mayor pureza doctrinal y mejores conductas.

Se produce entonces un gran renacimiento del monacato. Sus monjes –“los ancianos” o starstsy– , de ejemplar vida ascética, son las figuras más carismáticas de la ortodoxia rusa. Realizaron un gran servicio espiritual por toda la nación, y a ellos acudirá toda clase de gentes, incluidos escritores famosos e intelectuales, en busca de guía. Así mismo, proseguían las tradicionales peregrinaciones a templos con reliquias de santos.

No obstante, la complejidad de la sociedad rusa aumentaba, tanto en las clases más altas como en la incipiente burguesía de los negocios (crece la economía notablemente) y en las profesiones liberales salidas de las universidades. Y, por otra parte, las grandes expansiones territoriales de la nación hacia el Oeste (Polonia, el Báltico y Finlandia) y hacia Asia habían llevado a englobar una multitud de pueblos, etnias y religiones muy diversas.

Además de los mayoritarios ortodoxos, convivían los cismáticos viejos creyentes (un 25% del campesinado y ciertas minorías pudientes), los católicos de Polonia, Lituania y Ucrania, los luteranos del Báltico, y muchedumbres de musulmanes por todo el Sudeste de Rusia. El trato a los católicos de la Polonia anexionada a Rusia venía siendo muy duro, sobre todo a partir de la sublevación de 1830; y aún quizá más para con los numerosos católicos de rito bizantino (uniatas), ortodoxos vueltos a la unión con Roma tras el Concilio de Florencia (1437), y sobre todo tras el Sínodo de Brest en 1595.

Aún los zares Pablo I y Alejandro I, por respeto y veneración a Pío VII, tan vejado por la Revolución francesa y siete años secuestrado por Napoleón, habían atenuado algo la dureza para con sus súbditos católicos. Pero Nicolás I desoye aún más las reiteradas quejas de los papas a los zares por tan mal trato152.

La penetración de las ideologías de Occidente en Rusia en el XIX

En los años 1830, el pensamiento de Schelling se abre cauce entre la intelectualidad rusa, pero pronto es desplazado por el de Hegel, asumido primero por jóvenes universitarios de Moscú por considerarlo más riguroso y universal para explicar la historia: las evoluciones de las sociedades y las culturas por el desarrollo de la Idea (la de libertad, concebida como lo antitético a la soberanía de Dios, a modo de divinidad inmanente en la historia destinada a sustituir la ley de Dios en las conciencias y vidas de los humanos por uno u otro voluntarismo absoluto).

Aquellos jóvenes universitarios, liderados por Nikolai Stankevich (1813-40), estudian la literatura y filosofía alemanas. Pronto amplían el reducido círculo inicial. Se les adhieren el futuro anarquista Mijail Bakunin (1814-76), el socialista Alexander Herzen (1812-70) y muchos liberales. Unos y otros tratan de entender, sobre todo con el estudio de Hegel, lo que en Rusia y Occidente sucede, y de apuntar soluciones.

Convencidos de que Europa es el ideal hacia el que avanza la humanidad, y de que Rusia debe imitar a las sociedades occidentales, vacilan aún sobre cuál de las dos opciones europeas –capitalismo liberal o socialismo– han de elegir. Herzen, tras ser detenido en 1847, se reafirma en su socialismo inspirado en el francés de la revolución de 1848, y luego se exilará para influir desde el extranjero, de donde ya nunca vuelve a Rusia. Bakunin, hijo de nobles acaudalados, también marcha a Occidente, donde contacta con hegelianos de izquierda, y pronto evoluciona hacia su conocido anarquismo.

Otro miembro significado del círculo de Stankevich fue Konstantin Aksákov, al que la lectura de Hegel y de la literatura alemana llevan a la reacción contraria, al rechazo. Los considera irrelevantes para Rusia, del todo distinta a Occidente, con una cultura eslava nacional única, una religión –la ortodoxa– y unas grandes tradiciones, sobre todo en su campesinado. Repudia el imitar al individualismo liberal europeo que sume con su capitalismo industrial a multitudes en la miseria. Así nació el eslavismo. Fue corriente de minorías, pero en adelante utilizada por la política exterior rusa para disputarle a Austria el influjo en los pueblos de los Balcanes que se van liberando de la larga dominación turca.

A continuación de estas distintas tendencias culturales y políticas nacidas en Moscú en los años 1840, surge en San Petersburgo una nueva corriente, de significada relevancia futura, dirigida por Petrashevski, noble de grado menor a cuyo salón acuden jóvenes funcionarios para estudiar con él textos económicos y políticos. Provenían del influyente liceo Tsárkoye Seló en el que antes habían cursado muchos de los decembristas.

Pronto se decantarán por el socialismo utópico de Fourier, que augura la próxima extensión de las colonias que él promueve, sin propiedad privada, de trabajo colectivo, y sin necesidad de una revolución social que atente contra la legalidad. Las revoluciones europeas de 1848 alentaban tales expectativas; pero, ya desde antes de conocer su fracaso en Francia, este grupo era consciente de que en Rusia eran inviables las proyectadas colonias.

Los debates entre ellos sobre las tácticas a seguir los dividieron. Unos abogaban por centrarse en la propaganda ideológica; otros, por desencadenar una insurrección armada. Pronto fueron detenidos todos ellos. Cuarenta fueron sentenciados a muerte; entre ellos, además de Petrashevski, el gran literato y pensador Fiódor Dostoievski. La pena fue conmutada a todos ellos por el zar en el último momento, y fueron deportados a Siberia153.

La política exterior rusa en la época de Nicolás I (1825-55)

Otro factor que debilitará notablemente a la autocracia rusa será su política exterior. Ha de afrontar distintos conflictos: al Oeste, en la Polonia sublevada en 1830; al Sudeste, con los turcos y los pueblos islámicos incorporados al Imperio; y al Este, con Inglaterra, que tras la conquista de la India trata de expandirse por Asia y que con Rusia mantendrá una “guerra fría” hasta casi 1917.

Estos conflictos dañan la fortaleza del Imperio, provocan descontento en su aristocracia, las élites intelectuales e incipientes burguesías. Pero particularmente graves fueron las consecuencias del desastre de la Guerra de Crimea (1854-56), que enfrentó a Rusia con Turquía por una disputa inicialmente provocada por el litigio entre católicos y ortodoxos por la tutela de los Santos Lugares. Estaban bajo dominio otomano desde el siglo VII salvo durante el paréntesis de las cruzadas. El hecho es que Rusia, que interviene en favor de los ortodoxos, se ha de enfrentar sola contra el ejército turco y los coaligados de Francia e Inglaterra; potencias, a las que interesa impedir que Rusia llegue a Constantinopla y se haga con el control de los Estrechos, su puerta de acceso al Mediterráneo.

El gigantesco ejército ruso no tuvo medios para desplazarse con rapidez, ni la hacienda del Estado pudo armarlo adecuadamente. La paz se firma en París en 1856, diez meses después de la muerte de Nicolás I. Más grave que la derrota militar fue el impacto moral sobre el pueblo ruso que percibe que el sistema es incapaz de mantener a Rusia como la primera potencia terrestre de Europa, que parecía tan duradera tras derrota de Napoleón en 1815154.

Escritores de la época

Singulares testimonios de la evolución espiritual de la época han dejado grandes literatos rusos. Nikolái Gogol, profundamente religioso, eslavófilo y amante de la tradición, fustiga con corrosiva sátira a la burguesía provinciana y a la burocracia estatal por su corrupción e incompetencia. Su más importante novela, Almas muertas, produjo enormes entusiasmos entre contrarios, aunque no así entre los conservadores progubernamentales. Para los eslavófilos era “una apoteosis de Rusia y su futuro místico”, mientras que para los occidentalizadores como Visarión Belinski, crítico literario de enorme influjo, era un gran alegato contra el presente de Rusia.

El más penetrante de los jóvenes escritores de la época, Dostoievski, se sitúa en la línea religiosa y tradicional de Gogol con sus descripciones de San Petersburgo y sus gentes humildes y más empobrecidas. Belinski daba la razón a Hegel: tanto el arte, como la filosofía, la evolución de los Estados y sociedades... son manifestaciones de la Idea, ya desplegadas en el liberalismo de Occidente, que ha de evolucionar aún –en un siguiente “momento”– para ser transformado por el socialismo utópico francés. Su carta de réplica a Gogol en 1847 fue un modelo de pensamiento liberal para las dos siguientes generaciones:

“El público considera [...] a los escritores rusos sus únicos líderes, defensores y salvadores ante la oscuridad de la autocracia, la ortodoxia y el nacionalismo. Rusia ve su salvación no en el misticismo [...] sino en los éxitos de la civilización, la ilustración y el humanismo”.

De familia noble, amigo de Belinski, aunque menos expresamente liberal, y muy apreciado por el zar Nicolás que lo protegía, fue el escritor Ivan Turguénev, quien por otra parte había mantenido contactos con Herzen y Bakunin, sobre todo durante sus estudios en Alemania. Sus escritos sobre la vida del campesinado serán los más eficaces. Transmiten con afecto la pobreza y humillación bajo las cuales vivía la gran masa del pueblo ruso, los campesinos. Sus relatos causaron enorme impresión155.

La abolición de la servidumbre de la gleba por Alejandro II (1855-81)

La derrota de Crimea puso en evidencia la inferioridad económica e industrial de Rusia frente al potencial de Francia e Inglaterra, y espoleará a los círculos reformadores del gobierno a emprender similares progresos materiales. Comienza entonces el tendido de vías férreas, vital para el desarrollo económico. Surge un primer capitalismo industrial. Pero ya no es solo la autocracia gobernante la que propugna reformas. Dentro del mundo culto de la alta sociedad –la llamada inteligentsia– surgen distintas propuestas de reforma de la nación. La cuestión más grave y persistente era la del campesinado. El nuevo zar Alejandro II desea afrontar el problema156.

La actitud de los zares, tras la victoria sobre Napoleón, había sido de rechazo de la ideología liberal (de manera bastante vaga, pietista e iluminada, en el caso de Alejandro I), y al mismo tiempo sin asumir con vigor los graves problemas de la nación. Sienten la mísera situación del campesinado, tan empeorada a partir del siglo XVIII, pero no la resuelven; mayormente, por la obstrucción de la nobleza, columna vertebral de la nación, propietaria de inmensas extensiones a las que está sujeta la mayoría de la población rusa en muy duras condiciones.

Las quejas eran sobre todo por la frecuente brutalidad en el trato, que incluye los castigos corporales, el látigo, y las deportaciones a Siberia, más que por no poseer tierras en propiedad o por la obligación de la corvea (solía ser de tres días a la semana de trabajo para el señor). En el período 1845-49, los levantamientos populares, crecientes en número y violencia, alcanzan los 650. También, de tanto en tanto, pueblos enteros huyen hacia el Sur, a tierras más prósperas; hacia el Cáucaso157.

Alejandro II, antes de promulgar la ley de la emancipación, reúne en Moscú a gran parte de la más alta aristocracia para expresarle su voluntad de reforma. La mayoría se le opone: reclama que, si se decreta la liberación, la propiedad de la tierra siga siendo del señor, y que el campesino trabaje para él, sea con un contrato de arrendamiento (en realidad, sometido a la dura ley de la oferta y de la demanda, que es lo que se imponía en Occidente conforme avanza la revolución liberal), o con la aún más dura condición del jornalero.

El Estado no disponía de capital para de algún modo indemnizar a la nobleza terrateniente, y asumir él la propiedad para adjudicar tierras al campesinado por módicas rentas anuales. A los reformadores del gobierno les disgusta el planteamiento de una liberación sin conceder tierras, pues temen que surja un inmenso proletariado sin tierra, fuente de interminables conflictos.

Finalmente, Alejandro II da en 1861 el decreto de abolición de la servidumbre de la gleba. Entrega tierras al campesino, pero con fuertes contraprestaciones al antiguo señor y al Estado, e implanta la libre contrata del trabajador por la pura ley de la oferta y la demanda. Despertó enorme hostilidad entre los campesinos. La nueva ley imponía, con algunos atenuantes, el individualismo liberal de Occidente a un campesinado que desde antiguo gestionaba solidariamente (cada aldea era presidida por su mir o asamblea de ancianos) los pagos de las rentas al señor, las necesidades del lugar y el reparto de las tierras entre las familias de la aldea.

En muchos casos aquel intento de reforma agraria fracasa enseguida. A los dos años estallan nuevas revueltas de campesinos a los gritos de “moriremos por Dios y por el zar”, “no queremos más señor”. Los kulaks, la nueva clase social formada por la minoría de antiguos campesinos enriquecidos, que han aprovechado la nueva libertad de comprar y vender (concedida por el decreto de emancipación) para apropiarse de las tierras de otros campesinos que pasarán así a ser jornaleros. Tolstoi, testigo de los hechos, comenta: “los individuos más inteligentes [del campesinado, los kulaks] llegan a apropiarse de la tierra y a sujetar a otros campesinos a la condición de jornaleros”. No obstante, muchos, gracias a la nueva libertad de 1861, pueden emigrar a otras tierras insuficientemente colonizadas; primero, hacia las grandes estepas del Sur; y más adelante, a Siberia.

Otra reforma importante emprendida por Alejandro II fue la de reducir el servicio militar de 25 años por sorteo a seis y un tiempo de servicio en la reserva; reforma, urgida por el ministro de la guerra Miliutov, por humanitaria y por considerarla necesaria para fortalecer al ejército ruso158.

La inteligentsia, que en los años 60 vira del idealismo al positivismo

En los años 1860 aparece una nueva intelectualidad, desapegada de la anterior muy afecta a la metafísica idealista de Hegel. El influjo de Hegel no desaparece, pero surge una nueva inteligentsia, más atenta a los concretos datos empíricos, más positivista, y de bastante mayor extensión social, a menudo ya de origen plebeyo y burgués. Su mayor contingente lo aportan los profesores universitarios, los maestros, médicos, científicos, ingenieros, periodistas...

Turguénev, en su novela Padres e hijos, califica a esta nueva generación con el término que pronto cunde de nihilistas159 por su rechazo de la piedad y creencias del pasado (por no creer en nada, nihil). Pronto la nueva corriente, que se beneficia del ambiente más liberal surgido tras el desastre de Crimea, se difunde entre los estudiantes universitarios que promueven una serie algaradas, sobre todo en San Petersburgo, que llevan al cierre de la universidad. Se extiende la convicción entre la inteligentsia, muy occidentalista, de que tarde o temprano ha de triunfar también el liberalismo en Rusia.

Otra corriente más radical y minoritaria surge del mismo seno de la inteligentsia rusa en la mayoría de las ciudades con universidad. Se forman grupos “más nihilistas” de estudiantes que encuentran la orientación definitiva de sus vidas en la novela ¿Qué hacer? de Chernishevski (1862). Fue la lectura de una entera generación que decide “acercarse al pueblo” y practicar, como lo entendían, “una vida más sencilla”. En 1874, miles de jóvenes de ambos sexos –llamados populistas– comienzan a aprender oficios prácticos para marchar a vivir en comunas con la sociedad campesina. El intento duró varios años y fue un completo fracaso.

Chernishevski era antizarista, pero no impulsaba organización alguna para derribar el régimen. Encarcelado y luego desterrado a Siberia, nunca se probó que tuviese tal propósito. Discrepaba del liberalismo burgués occidentalista por las miserias que estaba causando en Europa (en especial, en la industrializada Inglaterra de la era victoriana) y abogaba por una solución social más genuinamente rusa, que preservase las instituciones comunales campesinas, pero para darles, desde una perspectiva positivista –agnóstica y cientista– , una orientación feminista y superadora de la familia. Las propuestas de este singular socialismo agrario no tuvieron acogida alguna entre los campesinos160.

Los inicios del terrorismo

De momento no surge grupo revolucionario violento alguno. Pero, en 1866, un intento individual, aislado y fallido, de asesinato del zar será premonitorio. En 1876, los restos del fracasado populismo crean en San Petersburgo una organización secreta: la Zemlia i Volta (Tierra y Libertad). Detenidos muchos de sus miembros, convierten los masivos juicios públicos contra ellos en auténticas manifestaciones de propaganda de sus ideas, y da a los rebeldes un halo de mártires.

La mayoría de los populistas se convencen entonces de que la revolución social no se podrá hacer sin derribar antes la autocracia, y para ello había que crear un programa de terror contra el Estado; contra sus más significados funcionarios, ministros y el mismo zar. La mayoría de la organización, que era favorable a recurrir al terrorismo, crea otra nueva secreta: la Naridnata Volia (Voluntad del Pueblo). La minoría restante prefirió proseguir la táctica de la agitación y la propaganda. Muchos de ambos grupos se exilian para conspirar desde el extranjero.

Pronto se suceden reiterados atentados contra la persona del zar. “Alejandro –comenta Bushkovitch– respondió con indolencia, seguro de que su destino estaba en manos de Dios, y las tradiciones de la corte dificultaban enormemente una seguridad estricta”. Cuando quiera cabalgaba por la ciudad sin mayor protección hasta que en 1881 sufre el atentado definitivo. Le sucederá su hermano Alejandro III161.

134 Cf. JD6, 296-300

135 Cf. VC1, 416-420; DM, 323-326; JD6, 300-302

136 Cf. BS, 112s

137 Cf. JD6, 302-313

138 Cf. DM, 454

139 Cf. VC1, 417-425; DM, 324-326, 451-454; CM6, 528

140 Cf. BS, 153s

141 Cf. DM, 459-463; JD6, 308-315, 825

142 Cf. JD6, 313

143 Cf. CM8, 232; BS, 143-147, 152-153

144 Cf. DM, 458s

145 Cf. DM, 454-458

146 Cf. DM, 458

147 Cf. BS, 157-160; CM9, 343-346

148 Cf. BS, 159, 164-166; CM9, 352; FZ, 91s; VC2, 273. León Tolstoi, en Guerra y Paz, ha dejado amplia memoria de estos sucesos (cf. Obras completas, Aguilar, Md 2004, 641-989)

149 Cf. CM9, 111, 352, 452s; BS, 167

150 Cf. BS, 169

151 Cf. BS, 169-171

152 Cf. BS, 173-179; JD7, 774-783; VC2, 311-313, 341-344

153 Cf. BS, 180-218; JD6, 317, 324, 341-343; JD7, 268-270; FZ, 326-333

154 Cf. BS, 182-189; VC2, 341-344; FZ, 219-221

155 Cf. BS, 198-203; FZ, 325s

156 Cf. BS, 203-206

157 Cf. FZ, 313-317

158 Cf. BS, 79, 206-214; FZ, 317-319

159 Thurguénev escribe un diálogo figurado entre un nihilista y un tradicionalista (cf. FZ, 331s)

160 Cf. BS, 214-222

161 Cf. BS, 221-225

8. Rusia. Notas sobre su historia de 1890 a 1914

Los años siguientes a la alianza con Francia en 1893 fueron decisivos para la implicación de Rusia en la Primera Guerra Mundial (1914-18). Un conjunto de factores políticos, ideológicos y económicos concurrieron al histórico vuelco de 1893. Luego, tras la breve y decisiva revolución liberal de febrero de 1917 liderada por Kerenski, se impondrá el marxismo, al que el curso de la Primera Guerra proporcionará el triunfo en octubre de 1917.

El gran desarrollo industrial del fin del XIX

San Petersburgo es la primera de las ciudades rusas en que se produce el gran desarrollo económico e industrial del fin del XIX. En unos pocos años se transforma la bella urbe en el primer centro industrial de Rusia. Acuden a trabajar en sus grandes fábricas numerosos campesinos. La población pasa rápidamente de un millón de almas a dos. Con el auge económico surge una nueva clase media compuesta de empleados de los negocios, médicos, ingenieros, numerosos maestros, comerciantes minoristas ..., que se asientan y crecen en el centro de la ciudad.

El puerto de San Petersburgo, con sus astilleros e industrias anejas y su gran tráfico de importación y exportación, es el centro vital de la expansión económica. Los banqueros, dirigentes industriales y reyes del ferrocarril, entre ellos ricos aristócratas inversores, compran o se construyen grandes mansiones en el centro o alrededores de la ciudad. La urbe siguió siendo el centro cultural y político de la nación, donde residen el gobierno, la mayoría de los grandes escritores, músicos y artistas, y se editan los principales periódicos del país.

Las anteriores industrializaciones habían sido: la textil, desarrollada en Moscú y en el centro del país; la ferroviaria, que siguió a la Guerra de Crimea (1855); y la de algunos centros fabriles del Sur, de las provincias bálticas y de Polonia.

Esencial para el comercio y estrategia rusos había sido la construcción en los años 1860 del ferrocarril, con una red de miles de kilómetros con centro en Moscú, financiada en su mayor parte por el Estado. Para el pertinente pago de las importaciones de equipos y maquinaria se requirió exportar gran parte de los granos hacia Occidente pese a que en años de mala cosecha hubo enorme escasez. En los años 1880, por impulso extraordinario del ministro Witte, con grandes aportaciones de capital francés, pasa la red de 30.000 a 53.000 kilómetros, y da sus primeros pasos la industria pesada (altos hornos, acerías...).

El colosal tendido del Transiberiano, desde Moscú hasta el extremo oriental de Asia (Vladivostok), comenzado en 1891 y concluido en 1905, también por impulso de Witte, abre inmensas tierras de Siberia a la colonización. La industria textil progresa. La cuenca del Donetz, al Norte de Crimea y del mar de Azov, antes agrícola y pastoril, se convierte en un gran centro industrial al descubrirse importantes yacimientos, muy próximos unos a otros, de hierro y carbón. Los grandes hallazgos de petróleo en Bakú (a la orilla del Caspio) antes del fin del siglo hacen que pronto acudan a la región numerosos trabajadores.

Esta industrialización de fines del XIX fue la mayor del país hasta entonces, y decisiva para los cambios de la vida en Rusia. A la vez que en las principales ciudades rusas emerge una amplia burguesía, en las dos grandes urbes –San Petersburgo y Moscú– surge un numeroso proletariado industrial.

El auge industrial prosigue hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 salvo en una breve recesión de la industria pesada en 1900, y otra recesión general en los dos años de la revolución de la Duma (1905-07). Comenta Bushkovitch: “Los últimos años anteriores a la Primera Guerra Mundial fueron testigos de una modernización de la vida urbana. El teléfono, los vehículos a motor, los tranvías, los medios de comunicación de masas, la publicidad y los inicios del cine convirtieron a las ciudades rusas en centros modernos. No sólo San Petersburgo, sino también Moscú, Varsovia, Odesa y Kiev”162.

Persistencia del problema agrario

Mientras tanto el campesinado –en su mayoría demasiado pobre (no así los kulaks), esquilmado por los pagos al Estado y al anterior señor estipulados por la ley de emancipación de 1861, carece de recursos para modernizar su agricultura. Sólo mejorarán sus explotaciones algunos grandes terratenientes, una notable parte de los agricultores de las feraces tierras de Ucrania próximas a puertos para la exportación de los granos, y los campesinos de algunas tierras de Siberia, tan prósperas que en 1914 establecían allí comerciantes norteamericanos almacenes para venta de maquinaria agrícola. No obstante, incluso al más pobre campo ruso le beneficia el crecimiento de las ciudades, y los recién construidos ferrocarriles le proporcionan un mercado mucho más amplio, al que abastecen sobre todo con cereales y lácteos.

Las aldeas, aun las más prósperas, vivían muy pobremente. La falta de higiene de las viviendas, con mucha frecuencia de una sola habitación, multiplicaba las enfermedades, y a mediados del XIX la mortalidad infantil alcanzaba el 40%. El consumo abundante de alcohol era muy común entre los varones, lo que no impedía un hondo sentido religioso en la vida entera de las aldeas. “Los valores tradicionales –señala Bushkovitch– , centrados en la religión y la sabiduría popular, eran intocables”. A la Misa del domingo –rara vez con homilía del sacerdote (pope)– asistían todos.

La mayor transformación de la sociedad campesina advendrá con la emigración a la ciudad, sobre todo a San Petersburgo y a la zona de Moscú. Los hombres para trabajar en las fábricas, en la construcción o en los latifundios del Sur. Y las mujeres, bastante menos, para laborar en la industria textil o en el servicio doméstico de las capitales. Durante gran parte del año muchas zonas rurales eran “reinos de mujeres” al buscar el esposo el sustento de la familia en la emigración.

El viejo problema agrario subsistía. La producción agrícola había crecido, pero no lo suficiente para atender –“redimir”– las deudas contraídas por el campesino tras la emancipación de 1861. A partir de esta fecha baja paulatinamente la riqueza de la nobleza terrateniente. No obstante, –señala Bushkovitch– “alrededor de la mitad de las tierras pertenecían aún a unas pocas decenas de miles de familias. La otra mitad era propiedad –gravada por los pagos de redención– de unos 120 millones de campesinos”163.

El naciente proletariado industrial ruso

La consecuencia social más importante del auge industrial ruso fue la aparición de la clase trabajadora de las fábricas. En 1861, al comienzo de la emancipación, no llegaba al millón el número de obreros en las fábricas y las minas; y en 1913, eran unos cuatro millones. Constituían una mínima parte de la población –180 millones– pero de trascendencia decisiva. La mayor concentración obrera era la de San Petersburgo, en su mayoría jóvenes inmigrantes de las aldeas, casados y solteros, a los que podía atraer el brillo de la capital pero que vivían en pésimas condiciones:

“Los alojamientos –expresa Bushkovitch– eran infames, pero los gerentes los levantaban porque así mantenían a los trabajadores en la fábrica, dado que el acelerado ritmo de urbanización trajo consigo una escasez permanente de viviendas. Los casados y algunos solteros que se instalaban fuera de las barracas acababan alquilando «rincones», partes de sótanos con particiones hechas con cuerda.

El saneamiento era mínimo y el hacinamiento en los barrios más pobres de la ciudad convirtió a San Petersburgo en la capital europea de la tuberculosis. Lo normal eran jornadas de 10 o 12 horas de trabajo, con solo el domingo y unas horas del sábado libres. Aunque la paga era escasa, el bajo nivel de capacitación de la mayoría de los obreros suponía que la mano de obra rusa resultaba onerosa para el empleador... El gobierno apenas supervisaba los lugares de trabajo”.

Los voluminosos informes del oficial Inspectorado de Fábricas eran “papel mojado”, pero se convertirán en precioso legado para los futuros historiadores, para indagar cómo fue posible que la primera nación en que se impone el comunismo fuera Rusia, y en contra de todas las previsiones hechas por Carlos Marx164.

Los inicios del marxismo en Rusia

Los populistas de los años 1870 habían intentado movilizar para la revolución a los obreros de las fábricas y fracasan. No obstante, persisten con la esperanza puesta en el mundo rural agrario. El populista agrario Plejanov, al exiliarse en Occidente, conoce la fuerza del socialismo alemán. Asombrado por la cosmovisión marxista, abandona su anterior populismo agrario y hace suyas, también para su tierra, las palabras de Marx de que el proletariado es “la clase llamada a liberar a la humanidad y que traerá consigo el socialismo”.

Plejanov, con un grupo de exiliados, traduce al ruso El Capital de Marx para hacerlo llegar bajo mano a Rusia, donde el auge industrial de los años 1890 propiciará la expansión del marxismo. Los minúsculos grupos de adheridos, dirigidos, no por obreros, sino por hombres y mujeres de la inteligentsia, crecen año tras año en número e influjo en las ciudades mayores, y en 1898 fundan el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso165.

Pronto, entre los que siguen a Plejanov, destaca el joven Vladimir Ilich Ulianov –Lenin (1870-1924)– , hijo de un funcionario y hermano menor de un ejecutado por participar en un intento de asesinato del zar Alejandro III. Se hace marxista durante sus estudios en la universidad de Kazán, y en los años 1890 se traslada a San Petersburgo para ejercer como abogado y completar su formación marxista. En 1895, dedicado con otros compañeros a distribuir propaganda revolucionaria entre los obreros de las fábricas, es detenido y deportado a Siberia, de donde regresa en 1900 y marcha con otros a Suiza. Funda un semanario de tono popular, Iskra (“La Chispa”), para publicitar el marxismo. Sus artículos destacan por la energía, claridad doctrinal y la precisión práctica con que marca objetivos concretos; el primero, la creación de un partido revolucionario muy definido y organizado, a diferencia del vago y difuso movimiento socialdemócrata ruso.

Difiere en especial de los llamados economistas, grupo de los socialdemócratas, muy influyente al fin del siglo. Les tacha de reducir la revolución a sólo objetivos económicos, a ciertas mejoras laborales y sindicales, y de no promover la auténtica conciencia marxista de que el hombre y la sociedad han de ser totalmente transformados. La actitud de los economistas era un anticipo de la influyente tendencia revisionista que impulsará el socialista alemán Edouard Bernstein166.

Los economistas, en definitiva, no hacían suyo el mesianismo de Marx (1818-83) de transformar por medio de la lucha de clases el orden –natural y sobrenatural– dado por Dios al hombre y la sociedad. Para Marx, sin la conciencia de sentirse los proletarios redentores o liberadores de la humanidad por la superación dialéctica de toda religión no hay verdadera revolución. En sus Tesis sobre Feuerbach repudia el ateísmo de éste por considerarlo insuficiente, por presentar la religión como mera alienación, puro fruto del espíritu humano aún no consciente de que lo divino es él mismo, pero no el mal radical que se ha de destruir, aquello que impide que el hombre afirme que su conciencia es lo divino o absoluto167.

En su Tesis doctoral sobre Epicuro y Demócrito, afirmaba Marx que se siente Prometeo: “yo odio [como Prometeo] a todos los dioses del cielo y de la tierra que no reconocen por suprema divinidad a la conciencia que el hombre tiene de sí mismo”168.

El joven Lenin (1870-1924), siguiendo a Marx, afirmará que incumbe al proletariado convertirse en el mesías de la historia, pero no sin antes ser concientizado por la inteligentsia de su partido, llamado entonces socialdemócrata. Advierte que tal inteligentsia no puede ser de origen obrero sino burgués, como lo fueron Marx y Engels, tanto porque para transmitir esta concientización se requieren élites cultas, provistas de conocimientos filosóficos, históricos y económicos, como por ser la misma ideología socialista consecuencia directa del liberalismo (“resultado natural e inevitable”). Así lo expresaba Lenin en su semanario Iskra:

“Los socialdemócratas centran su atención en la clase obrera e industrial. Cuando los miembros avanzados de esta clase hayan asimilado las ideas del socialismo científico [–no el “utópico” del 48 francés–] y la idea del papel histórico del obrero ruso, cuando esas ideas alcancen una amplia difusión y los obreros creen organizaciones estables que transformen la actual guerra económica dispersa en una lucha de clases conscientes, entonces el obrero ruso, colocándose a la cabeza de todos los elementos democráticos... conducirá al proletariado ruso (junto al proletariado de todos los países) por el camino abierto por la lucha política hacia la victoria de la Revolución Comunista”169.

“La historia de todos los países –prosigue Lenin– atestigua que la clase obrera, librada exclusivamente a sus propias fuerzas, sólo está en condiciones de elaborar una conciencia tradeunionista (sindicalista), es decir, la convicción de que es necesario agruparse en sindicatos, luchar contra los patronos, reclamar del gobierno tales o cuales leyes indispensables para los obreros, etc. En cambio, la doctrina del socialismo se ha desarrollado sobre la base de teorías filosóficas, históricas y económicas elaboradas por representantes cultos de las clases poseedoras, por la inteligentsia. Los propios fundadores del socialismo contemporáneo, Marx y Engels, pertenecían por sus orígenes sociales a la inteligentsia burguesa.

De igual modo, la doctrina teórica de la socialdemocracia ha surgido en Rusia de forma totalmente independiente del desarrollo espontáneo del movimiento obrero, [ha surgido] como resultado natural e inevitable de la evolución entre la inteligentsia revolucionaria socialista... El movimiento socialista contemporáneo sólo puede nacer sobre la base de profundos conocimientos científicos... El portador de esa ciencia no es el proletariado sino la inteligentsia burguesa; el socialismo contemporáneo ha nacido en el pensamiento de determinados miembros de esa clase”170.

Jaime Vicens Vives señala expresamente la inmensa trascendencia histórica que ha tenido el infundir a multitudes la convicción de estar llamadas a transformar el mundo según las ideas y esperanzas del marxismo; multitudes, en especial, mucho más influidas y alentadas por tales esperanzas mesiánicas que por las difíciles especulaciones de El Capital de Marx. Así lo expresa Vicens: “la mayor aportación de Marx a la cuestión social del XIX fue la mesiánica idea de que el proletariado era la casta elegida para regenerar el mundo pervertido por el capitalismo y la burguesía”171.

Marx, como tal judío, poseía una comprensión finalista de la marcha de la historia, tomada de las Antiguas Escrituras, y del todo opuesta a la clásica y universal del mundo pagano de que la historia carece de sentido, que no es más que un cíclico eterno retorno. Marx realiza una inversión secularizante de las auténticas esperanzas de Israel en el Mesías para sustituirlo por “el pueblo”, “el proletariado”, que “un día” ha de traer la redención y la justicia a la humanidad172.

Fundadas en el mismo pensamiento original de Carlos Marx han coexistido en la historia del comunismo tremendas divergencias sobre cómo se han aplicar sus teorías a la práctica. Ya pronto, en el congreso de Londres de 1903, aparece la capital división entre bolcheviques y mencheviques173.

El declive de la autocracia

El atentado mortal contra Alejandro II en 1881 puso fin al reformismo por él impulsado para dar paso a un intento de reforzar el régimen autocrático, que con frecuencia quedaba en intentos sin más. El auge económico e industrial de aquellas décadas no solo llevó a crear –tal como se hizo– focos de futura conflictividad en el mundo del proletariado, sino que también hizo crecer las burguesías urbanas, que adquieren ya un poder social independiente del poder autocrático (por las ideas, dinero, prensa ...) y son cada vez más discrepantes con él, más liberales. Así lo expresa Bushkovitch:

“La industrialización de Rusia había dado a luz nuevas clases sociales: los hombres que poseían y gestionaban las fábricas y los obreros que trabajaban en ellas. Creó nuevas formas de vida urbana y nuevas oportunidades para las mujeres. En última instancia, también dio lugar a las fuerzas sociales que harían volar en pedazos la sociedad rusa”174.

El patente aislamiento internacional de Rusia, que ha perdido en los años 1880 su tradicional alianza con Prusia por apoyar ésta a Austria en la disputa con San Petersburgo por la hegemonía en los Balcanes, así como la mala relación con Inglaterra por su penetración en Asia desde el Norte de la India, llevarán a la autocrática Rusia a la alianza de mutua defensa con la Francia de la IIIª República firmada en 1893. El adversario común las unía. Y el deseo de desquite por la derrota en la guerra francoprusiana seguía muy vivo en Francia.

Más se complica la situación en Rusia al fallecer en 1894 Alejandro III, capaz de tomar decisiones difíciles, mientras que su hijo y sucesor, Nicolás II (1894-1917), cortés y amable, era, no obstante, de muy mudables y vacilantes criterios en la conducción del gobierno. El justificado temor a los atentados terroristas aumentó su aislamiento. Los inacabables viajes con la familia (a Crimea, al mar...) no le facilitaban comprender la situación175.

Organización de la oposición política al régimen

Mientras tanto, crecía la oposición política. Los primeros en organizarse fueron los marxistas, pequeño grupo de intelectuales que hacia 1895 principian a divulgar con cautela en libros y revistas sus doctrinas, rápidamente difundidas entre intelectuales. Rechazan el terrorismo por considerarlo ineficaz para derribar el régimen; juzgan indispensable la previa concientización marxista de los trabajadores industriales. En 1898, el grupo es disuelto y desterrado a Siberia. Al término del exilio se juntan en 1903 en Londres, donde inicia su gran liderazgo Lenin (1870-1924). El objetivo primero de este grupo es hacer “una revolución burguesa”, convencidos de que mientras no se alcance este logro no podrá darse el paso a la implantación del socialismo176.

Era el objetivo primero prefijado por Marx en el Manifiesto comunista de 1848: sólo advendrá el comunismo cuando la burguesía liberal, a la que elogia como necesaria precursora, haya destruido la “sociedad feudal” (el orden social cristiano); luego –prosigue el Manifiesto– , “las armas de que se sirvió la burguesía para derribar el feudalismo se vuelven ahora contra ella”. Es conocido que Marx, al afirmar “ahora”, piensa ante todo en la industrializada Alemania, tierra de pujante burguesía, abonada para dar la primera el salto al comunismo; pues, “la burguesía no ha forjado solamente las armas que deben darle muerte; ha producido también los hombres que manejarán estas armas: los obreros modernos, los proletarios”177.

Lenin (1870-1924) sostenía que el partido había ser sobre todo clandestino, de revolucionarios profesionales. Otros, liderados por Martov, discrepan: el partido ha de ser más amplio. Lenin gana la votación por muy escaso margen. Fue una escisión entre intelectuales: los mayoritarios o bolcheviques, y los minoritarios o mencheviques. Éstos sostenían que la revolución socialista había de venir espontánea, por obra de la previa revolución liberal burguesa que está trayendo el capitalismo a Rusia. Lenin disentía radicalmente: no hay que aguardar, se han de emplear todos los medios, legales o violentos, para provocarla. Mientras tanto, aún eran muy pocos los activistas obreros. Uno de los más relevantes activistas e intelectuales del grupo, y también de origen alto burgués, es León Trotski (1879-1949), alineado entonces con los mencheviques.

Otro grupo antizarista era el de los eseritas o social-revolucionarios (SR), constituidos en partido en 1901 y provenientes en su mayoría del fracasado intento en los años 1870 de organizar políticamente al campesinado ruso según la visión de Chernishevski. Se aproximan entonces a los marxistas para la proyectada revolución, pero sin arraigo campesino, con la mayoría de sus seguidores en las fábricas de las ciudades. Carentes de pensamiento definido, recurren entonces, además de a la agitación en las fábricas, al terrorismo con su Organización de Combate. Gran número de funcionarios del gobierno morirán en atentados.

Los últimos en organizarse políticamente fueron los liberales, Pertenecientes a las clases elevadas y medias (banqueros, fabricantes, periodistas...), toman a finales del XIX notable impulso por el desarrollo económico y la apertura a las ideas del Occidente de la época. Incluso el mismo Ministerio de Finanzas promueve sus asociaciones en las que se debaten cada vez más claramente las cuestiones políticas siguiendo un curso similar al de las burguesías de Occidente que, poseedoras del poder económico, pugnan también por acceder al poder político.

En este contexto, surge un grupo clandestino de activistas liberales, que se oponen al terror y los métodos revolucionarios. Pasan a la ilegalidad convencidos de que de otro modo no han de conseguir gran cosa. De contrabando introducen en Rusia publicaciones afines. En las principales capitales se forman grupos similares, aunque de tendencias bastante diversas, lo que les resta unidad de acción pese a ser el grupo político contrario a la autocracia zarista más numeroso.

A estas dificultades para el gobierno se sumaron: 1) el complejo problema de la diversidad de pueblos englobados en el imperio ruso: al Oeste, el polaco, nunca verdaderamente asimilado; y al Sur, distintas etnias (de georgianos, armenios, azeríes ...); 2) la derrota frente al Japón que sin previa declaración de guerra ha hundido en febrero de 1904 la mayor parte de la escuadra rusa en su base de Port Artur en el Extremo Oriente; 3) el asesinato en junio de 1904 de Plehve, jefe del gobierno, por un eserita.

Los esfuerzos gubernamentales por contener las oposiciones políticas surgidas en las capitales resultaban insuficientes ante la creciente audiencia que comienzan a prestar los obreros urbanos a las incitaciones de eseritas y marxistas (“socialdemócratas”). En esta situación, la policía política de Moscú crea un sindicato de trabajadores secretamente controlado por ella. Aparece como su sincero líder el pope Georgi Gapón, al que sigue una multitud entusiasta de trabajadores. Se produce entonces una huelga espontánea en las gigantescas fábricas de Moscú, y numerosos obreros acuden al palacio del zar a presentar sus quejas y pedir ayuda. Gapón, temeroso de perder el apoyo de los trabajadores, no se opone a la manifestación y decide encabezarla a la espera de que algo haga el zar. Pero cuando la multitud desarmada se acerca a las puertas del palacio de invierno (enero 1905), el gobierno pierde el temple y ordena disparar contra ella. Mueren más de cien personas, y muchas más fueron heridas.

El impacto fue tremendo. En pocos días, los obreros de todo el país convocan espontáneamente huelgas, desde Polonia hasta Siberia. Los partidos revolucionarios, de sólo unos pocos miles de activistas por todo el país hasta el momento, pasan a ser desbordados178.

La Revolución de 1905-1907. La Duma

La revolución que estalla a continuación fue de gran complejidad. Pronto a la enorme agitación de las ciudades se suma por primera vez la general de las aldeas. Por lo común, las clases medias liberales, aunque sólo pasivamente, apoyaban estos levantamientos.

Aún más se le complica al gobierno la situación por las sucesivas derrotas y numerosa pérdida de vidas en la reciente guerra rusoturca de 1878, y en la guerra rusojaponesa librada en el Extremo Oriente asiático al no estar dispuesto el Japón a que Manchurria, por donde discurre el último gran tramo del tren Transiberiano, sea ocupada por Rusia. En marzo de 1905 era derrotado en Mukden el ejército ruso. Aún intentó el gobierno ruso dar la vuelta a la guerra con el envío de la flota del Báltico que, después de recorrer un inmenso periplo bordeando toda África y el sur de Asia, fue hundida por la flota japonesa en mayo de 1905 en Tsusima179.

Mientras esto sucede, la agitación crece. Sólo en San Petersburgo, en 1905, se declara en huelga casi un millón de obreros. En las aldeas, por todo el país, se multiplican las ocupaciones de tierras y los asaltos a las casas de la nobleza. Zonas enteras quedan sin control sometidas al bandidaje. Acontecimiento decisivo fue entonces el motín de los marinos del acorazado Potemkin en verano de 1905 en aguas del Mar Negro, al que siguieron otros motines militares durante casi un año, reclamando, junto a mejores condiciones para ellos, una constitución liberal para el país.

Ante las presiones, Nicolás II (1894-1917) decide acceder a que se constituya una asamblea legislativa, pero de poderes muy limitados. No tuvo efecto alguno: las huelgas y manifestaciones aún crecieron más. En octubre de 1905 se llega a una huelga política general contra la autocracia del zar. A falta de otras instituciones, grupos de obreros comienzan a formar consejos (soviets) en las fábricas, que luego se unen en un soviet de cada ciudad. En San Petersburgo, el dirigente más activo y capaz del soviet de representantes de la ciudad era el menchevique Trotski. Lenin y sus bolcheviques, antes un tanto reticentes, se le suman.

Finalmente, Nicolás II da en 1905, en su Manifiesto de Octubre, la reclamada asamblea representativa –La Duma– , con lo que cesa la huelga general, aunque los bolcheviques tratan llevar más adelante la revolución. No obstante, el paso dado por el zar –comenta Bushkovitch– “cambió por completo la política rusa, quizá más de lo que había pretendido”. Pronto los grupos liberales y conservadores forman partidos, a la vez que aparecen otros menores como las “Centurias Negras”, nacionalistas que se proclaman en favor de la autocracia y la ortodoxia, y achacan los males de la nación a las minorías no rusas, y sobre todo a los judíos, contra los que llevaron a cabo sangrientos progroms. Sólo en la ciudad de Odesa asesinan a unos 400.

A la nueva Duma, según la Constitución proclamada en abril de 1906, le competía legislar, pero a la vez, a modo de una segunda cámara o senado, se erigía un Consejo de Estado de grandes del reino designados por el zar con derecho de veto a toda ley antes de promulgarla. De hecho, el poder del zar siguió siendo decisivo, pues las Leyes Fundamentales le reservaban grandes competencias: la dirección de la política exterior, el declarar la guerra o la paz, el mando sobre el ejército, innúmeros nombramientos administrativos...

De las elecciones en el invierno 1905-1906 sale una Duma que hace imposible el gobierno del país. Han conseguido importante representación los liberales –el partido kadete– , que protestan contra las limitaciones de la Constitución. Los diputados campesinos forman el grupo mayor, pero tardan en definirse por uno u otro partido; muchos se proclaman leales al zar, pero a todos sorprenden votando a favor de cualquier medida que les dé tierras, algo no previsto por el zar y su primer ministro Witte. El zar decide en julio de 1906 disolver la Duma con la esperanza de conseguir mejores resultados en las siguientes elecciones. Pero fue en vano, pues los diputados del campo se organizan como grupo político y reclaman la totalidad de las tierras para el campesinado, lo que desencadena numerosas sublevaciones180.

Disolución de la Duma en 1907

El nombramiento por el zar del nuevo primer ministro, Stolipin, lleva en junio de 1907 a la disolución de la Duma tras reprimir la sublevación campesina (unos 15.000 muertos) y hacer ejecutar a cientos de activistas revolucionarios, sobre todo de la facción terrorista de los eseritas. La disolución de la Duma se produjo sin práctica reacción popular en contra. Comenta significativamente Bushkovitch: “la revolución había agotado sus fuerzas”.

La nueva Duma, con un sistema electoral cambiado, es en gran manera noble y rusa. La representación campesina quedó muy mermada. Ahora Stolipin tendrá que hacer frente al recrecido poder de la aristocracia en la Duma para llevar adelante su plan de modesta reforma agraria. Encuentra la mayor oposición en la nobleza de las provincias occidentales al tratar de dar en 1911 a sus aldeas un mayor peso político estableciendo el zemstvo (asamblea representativa de cada aldea para su gestión comunal). Pero Stolipin, antes de alcanzar resultado alguno, muere en 1911 en el atentado de un eserita.

A partir de este momento, el gobierno carece de conducción definida. Entre los mismos más leales al zar se extiende la convicción de que no afronta, de que elude los problemas del país. La presencia del monje Rasputín en la corte, a quien la zarina atribuye poderes misteriosos y le confía la curación de su hijo hemofílico, el heredero Alexis, aún contribuye más al descrédito público del zar. Finalmente, en 1916, unos jóvenes aristócratas adictos al zar, que se enfurece cuando le previenen contra Rasputín, para atajar los rumores que desacreditan al matrimonio imperial, asesinan al extraño y amoral monje181.

Los partidos marxistas se recomponen en el exilio

Los marxistas, salvo Trotski, habían tenido muy poca participación en la revolución de 1905, dominada del todo por el gobierno en 1907. Cunde entonces un gran desánimo entre muchos de los protagonistas de la revolución. Los desmoralizados partidos más revolucionarios habían perdido en ella miles de miembros, sobre todo entre la intelectualidad. Una minoría marcha entonces al exilio para mantener vivo el movimiento. Trotski (1879-1949), que se ha separado de los mencheviques, funda periódico propio en Viena y acude a los cafés para hacer toda suerte de comentarios sobre política mundial.

Lenin discrepa de esta táctica e insiste de nuevo entre sus colegas bolcheviques en la necesidad de un partido clandestino. Gana progresivamente adherentes a sus criterios, y pronto sucede en el liderazgo del bolchevismo al anciano Plejanov. Una nueva generación se adhiere a él: jóvenes de origen plebeyo, no proletario, rara vez con estudios universitarios, pero con experiencia de actuar en la clandestinidad y en contacto con obreros en su lucha con la policía. Uno de estos jóvenes es el georgiano Soso Yugashvili, hijo de un zapatero del Cáucaso, de madre muy religiosa y antiguo seminarista, el futuro Jósif Stalin.

Ante un intento de algunos notables bolcheviques de reconciliar el socialismo con la religión, Lenin reacciona con violencia en su extensa obra filosófica Materialismo y empiriocriticismo. Con enorme energía combate a todos sus adversarios y mantiene así la unidad del grupo bolchevique182.

162 Cf. BS, 227-240; FZ, 320-322

163 Cf. BS, 235-243

164 Cf. BS, 243-245

165 Cf. BS, 245s

166 Cf. CR, 19-23; VC2, 415¸ FZ, 326s

167 Cf. CANALS, Francisco, Textos de los grandes filósofos. Edad contemporánea, Herder, Bna 1976, 19-22; FERNANDEZ, Clemente, Los filósofos modernos, II, Bac 1976, 203-205; Aps5, 322-327

168 Cf. RODRIGUEZ DE YURRE, Gregorio, El marxismo, II, Bac 1976, 59

169 Cf. CR, 23

170 Cf. CR, 30s

171 VC2, 413-415

172 Cf. RODRIGUEZ DE YURRE, Gregorio, El marxismo, II, Bac, Md 1976, 46-93

173 Cf. CR, 41-60.

174 Cf. BS, 246

175 Cf. BS, 237, 289-294, 300s

176 Cf. BS, 294-296, 301-308. Sobre “la paz armada” y el juego de alianzas que precedió a la Primera Guerra Mundial (cf. 472-481)

177 Cf. Cf. MARX, Carlos, Manifiesto del partido comunista, en FERNANDEZ, Clemente, Los filósofos modernos. Selección de textos, II, Bac, Md 1976, 209s. Las conocidas predicciones de Marx sobre Alemania, como pionera de la revolución internacional comunista no se cumplieron, pese a que al final del XIX su partido socialista era el más fuerte de Europa. El alemán Bernstein (1850-1932), ante tal incumplimiento, emprende la revisión de los postulados de Marx y lidera dentro del partido, pese a la gran oposición de Kautsky, Rosa Luxemburg y otros, un socialismo reformado que asume la legalidad. Menos aún cuaja en Inglaterra un socialismo “ortodoxo”, marxista, por el arraigo en el mundo laboral del sindicalismo de las trade unions de viejo origen medieval (cf. VC2, 415; GER4, voz Bernstein, Edouard).

178 Cf. BS, 296-300

179 Cf. BS, 300; VC2, 448s; FZ, 347-349

180 Cf. BS, 300-303: FZ, 435-437

181 Cf. BS, 305-307; CR, 61-67; FZ, 437s

182 Cf. BS, 307s; CR, 61-81; FZ, 438-440

9. La Iglesia en España (1898-1902)

(la Restauración)

El retorno de los Borbones al trono de España al fin de 1874 en la persona de Alfonso XII, hijo de Isabel II, recibe el nombre de “la Restauración”; término, que más adelante se utilizará también para designar toda una época de la historia de España de más de 50 años, hasta la caída de Alfonso XIII en 1931.

Clave de la implantación del nuevo régimen fue el acuerdo entre Cánovas del Castillo, el gran promotor de la causa de Alfonso XII, y el jefe de los liberales, Práxedes Sagasta (1875-1902), antiguo republicano atraído en 1875 por Cánovas hacia la monarquía restaurada para juntos establecer un régimen de “turno pacífico” en el gobierno de la nación entre sus respectivos dos partidos: el liberal-conservador y el liberal.

Alfonso XII, pronto viudo, contrae nuevo matrimonio con la austriaca María Cristina de Habsburgo, pero en 1885, a los 28 años, muere y sin dejar descendiente varón. Se teme por la continuidad del régimen. Pero, Cánovas y Sagasta, por el llamado “pacto del Pardo”, acuerdan que sea proclamada regente María Cristina. Su regencia se prolongará durante 17 años, hasta que el hijo póstumo, Alfonso (XIII), llegue en 1902 a la mayoría de edad y le suceda como rey.

Problemas que hereda la Regencia

La Regencia de María Cristina transcurre con bastante paz social y mejora de la economía, pero hereda un conjunto de problemas183 que en parte se habían mitigado (tras el caos del “sexenio revolucionario” 1868-74) y aflorarán con gravedad en el siguiente reinado de Alfonso XIII:

a) las relaciones de la familia real –de Alfonso XII y María Cristina– con la Santa Sede habían sido buenas, pero el liberalismo de los gobiernos de la monarquía restaurada, más o menos acentuado según los momentos del turno, ocasionaba fuertes litigios con la Iglesia, principalmente en materia de enseñanza, al no admitir que en ella tengan los obispos derecho efectivo a intervenir en una nación declaradamente católica. La soberanía del Estado era fundamento jurídico del régimen, y cuando Cánovas o sus ministros traten de ceder en uno u otro punto ante las reclamaciones del episcopado, la oposición sagastina les pondrá en serios apuros.

b) la ideología liberal, que prende cada vez más en el conjunto del país; en especial, por medio de la enseñanza y la prensa que repercuten en la vida religiosa del país

c) la empeorada situación de mucho campesinado a partir de las desamortizaciones por la no intervención de los gobiernos en las relaciones capital-trabajo en el que vige el amoral principio liberal del laissez faire, laissez passer que hace sustituir los tradicionales arrendamientos de largos plazos y rentas módicas por la pura ley de la oferta y la demanda. Más adelante, a partir de la primera década del XX, el Estado comienza a intervenir.

d) las consiguientes condiciones pésimas de salarios, vivienda y alimentación para la mayoría de los numerosos emigrados del campo a las ciudades en busca de trabajo.

e) el despojo y empobrecimiento de la Iglesia a mediados del XIX (“la desamortización”) significó el forzado alejamiento de mucho clero y religiosos de los estratos más pobres de la sociedad; estratos, que en la primera parte del XIX habían sido de los más fieles a la Iglesia, y de los que provendrán antes de terminar el XIX las actitudes más hostiles a ella184.

f) a este alejamiento contribuyó en especial la prohibición en España de las órdenes y congregaciones religiosas de 1836 a 1875, en que retornan con la Restauración. Aquellos religiosos, a la vez que atendían el culto y la pastoral de numerosas poblaciones humildes, mantenían toda una red de escuelas gratuitas o casi, que con la desamortización también desparecieron e hizo que en los años de Isabel II se diese la cota más alta de analfabetismo185.

g) los brotes de anarquismo surgidos a partir de la mitad del XIX en las zonas rurales más deprimidas de España (el socialismo era aún muy minoritario), y especialmente en la ciudad de Barcelona con actos de terrorismo (en la procesión del Corpus, en el Liceo de Barcelona...).

El “desastre del 98”

Otra grave cuestión que hereda la Regencia es la de las guerras de Cuba y de Filipinas, últimos restos junto con Puerto Rico del imperio de Ultramar tras las emancipaciones del primer cuarto del XIX. La isla de Cuba, de enorme prosperidad económica crecida en el XIX y sobre todo durante la Restauración por el cultivo de sus productos tropicales en tierras en gran parte propiedad de españoles y que a la vez generaron una burguesía criolla próspera y culta, que será el germen del movimiento independentista. El malestar social por las condiciones en que vive el asalariado que laborea en las plantaciones –en su mayoría negro– contribuirá a la lucha independista, pero no fue lo decisivo. Más determinante fue la ideología de las élites criollas, muy al tanto del proceso liberal en la Península y, por otra parte, el interés de los Estados Unidos por establecerse en estas islas.

Aún, durante la Guerra de los Diez Años en Cuba (1868-78), gran parte de la burguesía criolla no es independentista, y se llega a la paz de Zanjón. Pero pronto reinician los combates en la breve Guerra Chiquita que concluye al año con el compromiso de recibir diputados cubanos en el parlamento de Madrid y de abolir la esclavitud que, aunque mitigada, seguía existiendo en Cuba. Parecía que la buena sintonía con España se había recobrado, pero la nueva ley de aranceles del gobierno de Madrid que prohíbe al cubano comerciar directamente con los Estados Unidos para así proteger el comercio hispano, inclinó definitivamente a la burguesía criolla hacia la independencia. Un intelectual cubano, José Martí, proporcionará al independentismo las ideas clave para forjar la nueva patria y sublevarse.

Un proceso similar, aunque algo posterior, se dio en las islas Filipinas. La burguesía criolla será también la promotora de la independencia, y su intelectual animador fue José Rizal. Fusilado, recoge el testigo en la carrera hacia la emancipación, Emilio Aguinaldo que, por medio de una sociedad secreta, el katipunan, prepara la sublevación.

En 1895 resurge la guerra general en Cuba dirigida por el mulato Antonio Maceo y en la que participa José Martí, cuya pronta muerte en una emboscada le convierte en el mártir de la causa, lo que parece que fue decisivo. El general Martínez Campos, anterior firmante de la paz en Cuba, es enviado de nuevo a la isla con importante número de tropas, pero ya no vence. Los insurgentes, ya no divididos entre sí, no se prestan a negociar, y la guerra prosigue. Martínez Campos, que disponía de 130.000 soldados, no logra resultado ante una guerra de guerrillas y dimite. El sucesor, el general Weyler, adopta la dura táctica de la concentración de las poblaciones civiles en determinadas zonas aisladas separadas entre sí por franjas de Norte a Sur de la isla desarboladas –las trochas– , vigiladas día y noche. A fin de 1896 parecía dominada la situación. Incluso el ferrocarril volvió a circular por toda la isla, pero la victoria electoral en los Estados Unidos de Mac Kinley precipitará la intervención militar norteamericana.

Cánovas del Castillo, antes de que se produzca la intervención, trata de conjurarla y llegar a algún arreglo. Pero mientras cavila sobre cómo hacerlo es asesinado en agosto del 97 en el balneario guipuzcoano de Santa Águeda por un anarquista italiano. Los hechos se sucederán rápidamente. Sagasta (1875-1902) asume la presidencia del gobierno, retira a Weiler, y la insurgencia se recobra. Un crucero acorazado norteamericano, el Maine, ancla en la bahía de la Habana sin más explicaciones en enero del 98. El gobierno español, para evitar lo peor, se comporta como si fuese una visita de cortesía. Pero 20 días después, una explosión hunde el barco y muere la mayoría de la tripulación. La comisión investigadora americana declara que el causante ha sido un explosivo o mina exterior colocada junto al buque. La comisión española afirma, por el contrario, que se trata de una explosión interna (lo que ratificará el Pentágono en declaración oficial, pero ya en 1974). En abril del 98, los Estados Unidos exigen a España el inmediato abandono de Cuba. Ante la negativa, declaran la guerra siete días después.

El ataque comenzó por Filipinas. La escuadra americana vence fácilmente a los barcos de madera españoles y pronto es tomada Manila, aunque la guerra siguió en el interior hasta la firma de la paz. En Cuba, la escuadra española del almirante Cervera, bloqueada en el puerto de Santiago por la poderosa americana, es deshecha al salir a mar abierto con completa inferioridad de medios186.

Ante el poderío del coloso americano, el gobierno español y la propia María Cristina resuelven que no queda otra opción, tras el heroico vano intento de Cervera, que rendirse. Por el Tratado de paz de París, firmado en diciembre del 98, Cuba y Filipinas, declaradas independientes, quedan en la órbita de los Estados Unidos, y la isla de Puerto Rico es anexada a la Unión sin mediar guerra alguna187.

El impacto moral del “desastre del 98” en la nación

El impacto moral por la pérdida de los últimos retazos del imperio de ultramar en 1898 fue inmenso en la nación. Significó una gran humillación, que precipitará hechos decisivos. El Desastre del 98 fue, sobre todo, –como resume Pío Moa– “una quiebra moral en la conciencia de la nación que facilitó la expansión del socialismo, el terrorismo anarquista y los nacionalismos o separatismos vasco y catalán, movimientos mesiánicos apenas significativos hasta entonces”188.

La conocida reacción literaria ante el Desastre, la llamada generación del 98, a la que “le duele España”, hace un diagnóstico sobre las raíces de lo sucedido del todo adverso a la tradición católica de España, salvo en casos contados como el de Ramiro de Maeztu vuelto a la fe. Esta literatura, en lugar de ponderar las raíces cristianas de la nación y el bien que éstas le han reportado por siglos, clama por espíritu liberal que los males le han venido precisamente por “no abrirse a Europa”, al laicismo europeísta.

Así lo hizo incluso uno de los menos incisivos de aquella generación, y a la vez su precursor, el regeneracionista Joaquín Costa. Afirmaba que lo que España necesita es “despensa, escuela y siete llaves al sepulcro del Cid”. Los escritores del 98 proseguían en sustancia la línea trazada por la Institución Libre de Enseñanza, que culpa a la Iglesia del atraso cultural y otros graves males que aquejan al pueblo español.

En este contexto, se dieron en los años inmediatamente siguientes al 98 las representaciones del drama Electra de Benito Pérez Galdós –que solían terminar con motines callejeros y pedreas contra conventos– , los discursos de Canalejas en el Congreso contra el “clericalismo”, y las alteraciones del orden público con ocasión del jubileo en honor de Cristo Rey concedido por León XIII ante la entrada del nuevo siglo189.

El significativo y breve gobierno de Silvela (de marzo del 99 a octubre de 1900)

Tras la firma del Tratado de París, cesa Sagasta en marzo del 99 y le sucede Francisco Silvela, jefe del partido liberal-conservador a la muerte de Cánovas del Castillo, con el propósito de sanear –“regenerar”– la política del país manteniendo los principios liberales. Antes, siendo ministro de Cánovas, había roto con él declaradamente por no impedir las múltiples maniobras electoralistas de su desinhibido ministro de la gobernación Romero Robledo. La política de los gobiernos de turno recurría por sistema a los caciques de cada lugar para llevar a sus candidatos a las Cortes; sistema, que se impuso sobre todo a partir de la implantación del sufragio universal masculino en 1890.

La práctica a gran escala de la compra del voto en vísperas de elecciones se dio en casi todo el país rural. Menos fácil era imponerla en las ciudades. En el mundo rural, sólo fueron refractarias a tal práctica, y no se votaba a ninguno de los dos partidos del turno, en las zonas carlistas, la mayor parte de Navarra y del País Vasco, y en las federalistas republicanas del litoral catalán.

Silvela logra incorporar a su gobierno a algunas notables personalidades representativas de otras fuerzas como el regionalista catalán Durán y Bas, y “el general cristiano”, Polavieja, de gran popularidad desde su gobierno en Filipinas. Entra también como ministro el competente hacendista Fernández Villaverde.

Varios incidentes concurren al rápido crecimiento de las tensiones políticas en el país. Alguna prensa lanza graves acusaciones no probadas contra mandos del ejército vencido en Filipinas. En las elecciones municipales de 1899 triunfan los republicanos en Barcelona, Valencia y otras capitales. La reforma del plan de estudios del Bachillerato, favorable a la enseñanza de la religión, promovida por el católico Alejandro Pidal, desata a la prensa liberal contra él, y es aprovechada la ocasión para multiplicar muy concurridos mítines con oradores republicanos (y también algunos monárquicos como Canalejas). Oradores republicanos reclaman la revisión de los procesos contra los anarquistas detenidos por actos terroristas como el del Teatro Liceo de Barcelona en 1893, que había causado unos treinta muertos y más de ochenta heridos.

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