Kitabı oku: «Messi, el genio completo»


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“Este libro de Ariel Senosiain recorre las formas, los momentos, los misterios, las razones: cómo el mejor jugador de las historia peleó contra la historia”.
MARTÍN
CAPARRÓS


PRÓLOGO
POR MARTÍN
CAPARRÓS

Completar
al genio
Es raro el fútbol: algo que solo existe para que lo miremos es, fuera de las canchas, empecinadamente opaco. Nos pasamos tantas horas de la vida escrutando a señores sobre los que no sabemos nada en realidad: nada más que lo que hacen con los pies y, escasamente, la cabeza. Y sobre Messi, menos. Messi siempre fue un misterio: el misterio más conocido del planeta.
Messi lleva más de quince años bajo las luces más potentes: desde que cumplió sus 18, millones de personas lo miran y lo miran. Y, sin embargo, no sabemos quién es.
Messi son hechos, no palabras; como decía algún político, no miren lo que digo, miren lo que hago. Lo que hace –lo que hizo– es absolutamente extraordinario: yo creo que nadie jugó al fútbol como él, con esa facilidad, con esa altura. Hizo, durante años, posible lo imposible; es más: lo hizo demasiado fácil. Siempre pensé –y lo escribí hace tanto– que le hacía falta, si acaso, más incertidumbre. Estaba claro en la famosa competencia con Diego Armando Maradona: dos juegos tan distintos.
Maradona era un concierto precario de tacos, caños y rabonas. La gambeta agónica, la victoria tembleque: lo increíble de ver a Maradona era que siempre inventaba algo que parecía a punto de fracasar por imposible o impensable y estaba por perder y tropezaba, pero, a último momento, se rehacía y lo lograba. Maradona parecía jugar como vivía: al borde del abismo.
Todo en él era desmesurado y frágil; Messi fue lo contrario. Messi hacía las cosas –las cosas más inverosímiles– como si fueran lo más fácil del mundo: como diciendo que cualquiera podría hacerlo. Era su fuerza increíble –se diría que hacía literalmente lo que quería– y era, al mismo tiempo, su debilidad: no terminaba de convencernos de que eran genialidades; parecían bobadas. Bastaba ver a Maradona para saber que lo que hacía era heroico, extraordinario; bastaba ver a Messi para creer que lo que hacía era sensato, cotidiano.
Obviamente, no lo era: nadie podía hacerlo como él. Pero yo solía creer que quizá lo habría beneficiado mostrarlo más: jugar más dramático, simular que no tenía el control que tenía, darse una intravenosa del espíritu Diego. No lo hacía: su espacio de incertidumbre no estaba en los pies, sino en la camiseta. Lionel Messi, el más grande, el que lideró el mejor equipo de la historia, el que ganó todos los títulos y los récords posibles, durante un largo tiempo fracasó –por usar la palabra aceptada– con el equipo de Argentina.
Este libro de Ariel Senosiain recorre las formas, los momentos, los misterios, las razones: cómo el mejor jugador de la historia peleó contra la historia.
Messi, el genio completo usa –con gusto, elegancia, picardía– el atractivo de lo extraordinario. Y nos recuerda, sobre todo, lo ordinarias que son las historias extraordinarias –y viceversa–. El genio completo rebosa de cositas: es el trabajo de alguien que quería conocer la pequeña historia de esa pequeña gran historia que es la vida del mejor jugador de la historia, y averiguó y averiguó, y lo cuenta encantado. El genio… es de esos libros que te dan ganas de citarlo todo: lleno de datos y relatos y momentos alrededor del fútbol.
Por eso leerlo es un placer y es, también, un ejercicio de melancolía, el tiempo que se va. Ya nunca vamos a descubrir a un pibe medio argentino, medio catalán, de pelo largo y cara de opa, que nos va a convencer de que el fútbol era él. Ya nunca aquello empezará de nuevo: estamos viendo su final.
Por eso, Ariel lo cuenta. Con una búsqueda intensa, que supone docenas de charlas y entrevistas; con una prosa ágil, que la circula a un toque; con pasajes que te relatan lo que no sabías, que te explican lo que no entendías, Messi, el genio completo es un recorrido por las razones de por qué un genio no había conseguido lo que muchos otros, tanto menos geniales, consiguieron.
Hasta esa Copa y esa noche. Esa Copa, lo sabíamos, debía ser la demorada revancha de Leo Messi. Messi es un jugador absolutamente incomparable; Messi, además, lleva uno o dos años sin terminar bien la mayoría de sus jugadas. Pero en esa Copa encontró un modo nuevo: en esa Copa –y esa noche más que nunca– el capitán argento consagró su nueva función de recuperador y soporte moral. Esa noche no consiguió terminar ni una jugada, pero corrió contrarios y peleó muchas pelotas y nunca se dio por vencido y gritó y alentó y dejó muy claro qué quería. Y en esa jugada, la que debería haber sido, terminó de redondear su nueva imagen: con una maniobra perfecta le dejó la pelota a de Paul, recibió su devolución solo frente al arquero y quiso ser Messi: quiso sentarlo de un amague, lo sentó y, cuando tenía que empujarla, se resbaló y se fue al piso.
Otra vez no pudo terminarla, pero diez minutos después se terminó el partido, la Argentina ganó, el Maracaná se derrumbó pero no tanto, los muchachos saltaban, el capitán se abrazaba con todos y con todo. Es curioso: ahora que no es perfecto, gana.
Messi, el genio completo es, a fin de cuentas, el retrato de un muchacho que sufrió más de lo necesario. Que quizá porque sufría como sufría consiguió ser quien fue: porque no soportaba el sufrimiento de perder y, entonces, para sufrir un poco menos, debió ser mucho más que todos.
Torrelodones, septiembre de 2021
1
RECUERDO
DE UNA
CONVOCATORIA
–Jorge, soy del Departamento de Selecciones de la AFA. Lo estoy llamando porque nos interesa convocar a su hijo Leonardo.
–Mi hijo se llama Lionel. Y al fin lo llaman. Él sólo quiere jugar para Argentina.
El inicio de una historia siempre es impreciso y subjetivo. Incluso puede haber un conjunto de inicios, un punto de partida fragmentado. Puede establecerse en distintos momentos, desde aquel llamado con respuesta positiva hasta esta propuesta rechazada:
–Oye, Leo. Va a venir a hablarte el entrenador del seleccionado juvenil. Tú sabes que aquí en España tenemos la división sub 16. Te lo cuento solo para que lo sepas y estés preparado. Obviamente, haz lo que quieras.
También el inicio puede ser un trámite burocrático:
–Mañana hay un amistoso, juega el sub 20 de Argentina contra Paraguay. Lo dirigís vos, en la cancha de Argentinos. Llevá las planillas FIFA. Hay que homologar el partido. Y prestale atención a un chiquito que va a entrar en el segundo tiempo, fijate que esté anotado. Al día siguiente traé la planilla como siempre al Colegio de Árbitros. Nosotros la mandamos por fax a Zúrich.
O una indicación que el protagonista escucharía varias veces, aunque no como sugerencia, sino en forma de reclamo:
–Jugá como en el Barcelona.
Contra lo que se pudo haber sentenciado en decenas de charlas de café, Lionel Messi representa un producto típicamente argentino. De época. Es uno más de los tantos que, a principios de siglo, tuvieron que cambiar lugar, hábitos y compañías para desarrollarse profesionalmente. Messi dejó la Argentina en septiembre de 2000, cuando tenía 13 años, antes de que el grueso de miles de compatriotas tomara el camino de Ezeiza como la salida a la crisis económica. Tenía otra meta, claro, pero el desarraigo le cabe a cualquiera.
En esa distancia, sucedieron hechos más conocidos. La sorpresa que causó en la prueba que le realizaron en el Barcelona. La firma de algo parecido a su primer contrato en una servilleta. El regreso a Rosario para esperar el llamado con la aprobación definitiva. El llamado. El viaje definitivo, con sus padres, sus dos hermanos y su hermana, el 1º de febrero de 2001. Su llanto durante todo el itinerario. La falta de adaptación de su hermana y, en consecuencia, la separación de parte de la familia. Y, permanentemente, sus ganas de que en su país lo tuvieran en cuenta.
Mientras Messi atravesaba las categorías juveniles del Barcelona, en la Argentina era un absoluto desconocido. No había llegado a participar en torneos nacionales mientras jugaba para Newell’s, por lo que el de boca en boca sobre sus condiciones se limitaba a su Rosario natal. En España, obviamente, llamaba la atención. El representante Fabián Soldini, que fue parte de su primer viaje a España, cuenta que “Leo prometió no tomar Coca Cola, su perdición, hasta que lo convocaran de las juveniles de Argentina”. Pero la relación no fluía de manera natural, casi como un anuncio de la dificultad que marcaría su trayectoria en la selección. Alguien debía forzar el contacto.
Soldini le acercó una edición de jugadas a Claudio Vivas, en ese momento ayudante de Marcelo Bielsa en la selección mayor. Por entonces, el conocimiento no podía generarse por otra vía más que por un video que ratificara las referencias. Seguramente esos habrán sido “los videos que mandaba desde España para que me conocieran”, según dijo Messi en junio de 2019 en TyC Sports. Soldini recuerda: “Cité a Vivas en el bar Paso Sport, en avenida Pellegrini y Paraguay, en Rosario. Como el Barça participaba en las categorías menores a nivel regional, la desconfianza que siempre surgía era si hacía todo lo que hacía por la falta de calidad de los rivales”.
Luego, Vivas recibió otro VHS, aunque en circunstancias especiales. Mientras descansaba en su habitación del hotel Princesa Sofía, en Barcelona, durante una recorrida de visitas a los jugadores de la selección previa a un 4-1 a Japón, en un amistoso de junio de 2003, se le presentó en la recepción un hombre con material de Lionel Messi. La memoria y su inconstancia construyen cualquier relato. Aquel hombre, quedó instalado en el tiempo, supuestamente se había presentado apenas con el nombre de Jorge, lo que durante años generó la especulación de que probablemente hubiese sido Jorge Messi, el padre de Lionel. Pero la memoria y su versión más fina, tantos años después, emprolijan la historia.
Una foto le permite a Vivas reconocer al hombre en cuestión. La suposición se corta: no se llamaba Jorge, sino Horacio. Y se trataba de Horacio Gaggioli, un rosarino que trabajaba junto con Josep Minguella, agente de futbolistas vinculado al Barcelona. Tanto Gaggioli como Minguella habían firmado aquel vínculo en una servilleta.
Vivas le mostró el video a Bielsa. Y Bielsa le pidió que se lo pasara a velocidad normal:
–Marcelo, es la normal. No está acelerado. Juega así.
Por entonces, Messi había cumplido 16 años. Incluso con uno de ventaja, calzaba justo para el Mundial sub 17 de Finlandia, que sería la única cuenta pendiente de la gestión de José Pekerman y Hugo Tocalli. De vuelta en la Argentina, Vivas le pasó el material a Tocalli, entrenador de las selecciones menores, a quien le llamó la atención lo mismo que a Bielsa: “Vi el video: cuatro, cinco jugadas simplemente. Suficiente. Me sorprendió la velocidad a la que hacía todo. No lo cité simplemente porque no había tiempo. En diez días nos íbamos a Finlandia”.
Omar Souto, histórico empleado de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), agrega: “Nos dieron un video que parecía de una publicidad, hacía maravillas. Hugo les preguntó a varios que estaban en España si habían oído hablar de él: a Pekerman y Eduardo Urtasún, que dirigían al Leganés, y a Juan Pablo Sorín, que jugaba en el Villarreal. Y no lo registraban”. Tocalli detalla: “José no sabía quién era. Y le comenté a Javier Saviola, que estaba en el Barcelona, y me dijo que le habían comentado sobre un argentino, pero que no lo había visto nunca”.
El único integrante de aquella selección sub 17 que lo conocía era el lateral izquierdo, Lautaro Formica: “Yo soy de la camada 86, Leo es de la 87. Los dos habíamos salido de Newell’s. Cuando jugaba en el baby, para nosotros era un disfrute verlo. Había dos pibes que la rompían: el Billy Rodas, en nuestra categoría, y él, en una más chica. Rodas era parte de aquella selección y se lesionó; en ese momento pensé que lo llevarían a Leo. Pero convocaron a Fernando Gago”.
El destino cruzaría a España y Argentina en semifinales en ese Mundial, con victoria de los europeos y destacada actuación de Cesc Fàbregas, compañero de Messi en el Barcelona. Ambas delegaciones compartían hotel en Helsinki. La noche posterior al partido, Tocalli tuvo un informante inesperado:
“¡Fue el cocinero! ‘Oye, Tocalli. Si tú tenías a ese chaval del Barça, eras campeón’, me dijo. Yo giré hacia donde estaban todos los españoles sentados, incluido José María Villar, el presidente de la Federación. ‘No será Messi, ¿no?’, les pregunté. Me respondieron que sí todos juntos. Juro que esa noche no dormí. Me moría si nos robaban a una figura”.
El “chaval”, igualmente, ya le había dicho que no a la posibilidad de usar la camiseta española. Vicente del Bosque, que lo hubiese dirigido en la mayor, puede describir a Leo sin haberlo conocido: “Lo saludé un par de veces, no llegué a tener relación. Pero tengo claro que sigue siendo uno de esos chavales que se desviven por jugar, en la plaza, en la calle o donde sea. No perdió su esencia, es feliz jugando. Ojalá hubiera muchos Messi en un fútbol tan profesional. Mantiene la forma del barrio”.
Desde Madrid, Del Bosque acepta el diálogo. Aunque rápidamente anuncia que no le cabe responsabilidad. Que los especialistas en las selecciones menores fueron quienes trataron de sumar al promisorio argentino. Sí conoció las gestiones para hacerlo propio. Y siempre entendió, también, que Messi rechazara la convocatoria: “Lo vi lógico desde un primer momento. Es cierto que llegó de muy crío a España, pero su sentimiento era esperar para representar a su país. En la Federación, con Ginés Meléndez a la cabeza, hicieron lo posible por tenerlo”.
Meléndez era el entrenador del seleccionado español sub 16. Imaginaba el futuro: “Nuestros ojeadores en Barcelona nos contaron de él cuando tenía 14 años. Era parte de una gran generación del club, de la que teníamos a varios: Piqué, Cesc Fàbregas, Toni Calvo, Riera, Valiente. Solo me faltaba él, que era un diablo. Estábamos seguros de que iba a ser el jugador que fue y es. Solo había que tener paciencia y esperar que no se lesionase. Su entrenador, Álex García, le insistía para que jugara conmigo”.
García había dirigido a Messi en la división Cadetes, a los 14 y 15 años. “Hacía lo que sigue haciendo hoy –cuenta–. Le dije a Ginés: ‘Tenemos un chiquito en el Barça... Nunca vi algo igual’. Igualmente le advertí que creía que le iba a decir que no. ‘Sabe de dónde viene’”, intuyó.
Meléndez fue a la carga. García asegura que ni siquiera pudieron insistirle: “No pasó de una charla con Ginés. Quedó zanjado ahí mismo. Leo no cambia de opinión”. Y descarta una de las primeras leyendas: “Nooo, hombre... ¡De ninguna manera le ofrecimos dinero! Las decisiones de corazón no se compran”.
El Mundial sub 17 en Finlandia se jugó en agosto de 2003; entre noviembre y diciembre, se desarrolló el Mundial sub 20 en Emiratos Árabes Unidos. Los españoles parecían tener más ganas que los argentinos de que Messi jugara para Argentina. Sigue Souto: “Siempre estábamos con los españoles. Cuando estábamos en Emiratos, salimos a caminar con el delegado del Valencia, que le preguntó a Tocalli por qué no habíamos llevado a ese chaval que era mejor que todos los que teníamos. De vuelta al hotel Hugo no paraba de insultarse: ‘¡Soy un boludo! Y nadie me ayuda, ¿cómo puede ser que tengan que avivarme de afuera?’”. Ya eran demasiados indicios. Suficientes como para activar el plan.
El 30 de marzo de 2004, en el Monumental, antes del 1-0 de la selección mayor a Ecuador por las Eliminatorias, se dio el siguiente diálogo entre Tocalli y Julio Humberto Grondona:
–Hay un fenómeno en España. Tenemos que pagarle el pasaje y traerlo a jugar.
–Me contó algo Villar. ¿Qué querés hacer?
–Dos amistosos. Lo hacemos jugar y lo blindamos.
–Organizalos. Yo después me encargo del trámite en la FIFA.
En esa época, bastaba un partido oficial en una selección juvenil para que ese futbolista luego no pudiera actuar en la mayor de otra asociación. Pero rastrear a este jugador en particular no parecía sencillo: nadie en la AFA había tenido contacto con él. Nadie lo había visto.
Tocalli le dio una directiva a Omar Souto: “Ubicá a Leo Messi”. Tiempos artesanales, el camino fue de esos que se valoran a la distancia. Tuvo el sabor de la dificultad. Souto recuerda la cronología: “Me fui del predio de Ezeiza a un locutorio de Monte Grande. Pedí una guía telefónica de Rosario, solo sabíamos que era rosarino. Arranqué la página donde estaban los números de los Messi, hice una llamada cualquiera a mi casa para justificar que había entrado y volví al predio a rastrearlo. A la primera cercana que ubiqué fue a la abuela. La abuela de Lionel me pasó el contacto del tío. El tío, el del padre. Llamé al padre, me presenté y le dije que queríamos contar con su hijo, con el detalle de que le erré al nombre: siempre había escuchado que Leo es el apodo de los Leonardo”.
No era común que la AFA pagara un viaje de un juvenil desde el exterior. La excusa serían dos partidos, uno contra Paraguay en Buenos Aires, el martes 29 de junio, y otro contra Uruguay en Colonia, cuatro días después. Messi se sumó a los compañeros el viernes 25, un día después de su cumpleaños número 17; viajó a Rosario para pasar el fin de semana y se reintegró el lunes 28. “Tocalli nos dijo que íbamos a jugar un par de partidos por Leo. En realidad, hoy es Leo para todos, pero en ese momento sabíamos muy poco de él. La primera impresión de las prácticas es que la tenía atada”, recuerda Pablo Zabaleta, uno de los que armarían relación con Leo con el paso de los años. “Tenía cara de asustado en los primeros entrenamientos”, asegura Souto. “Sabíamos que se iba a sumar uno del Barcelona, pero no más que eso”, agrega Pablo Alvarado, integrante del plantel. “Me acuerdo que en una práctica me tiró un caño de taco que nunca había visto”, suma Federico Almerares, que como centrodelantero lo disfrutaría de cerca.
Luis Segura, entonces presidente de Argentinos y cercano al núcleo de la AFA, reconoce que “no lo podíamos decir en ese momento, pero la única razón del amistoso era asegurarnos a Messi. Ojo, nadie imaginaba lo que iba a ser ese pibe”. Los rivales ya habían sido invitados y si la certificación del rótulo de partidos oficiales en la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) sería un hecho, el escenario no podía ser un problema: “Apenas Julio (Grondona) sacó el tema, yo propuse jugarlo en nuestra cancha. La habíamos reinaugurado hacía poco. Para el club resultó una jornada especial: fue el primer partido de la historia que una selección argentina disputó en Juan Agustín García y Boyacá”.
El 26 de diciembre de 2003 se había jugado algo similar a un partido de un seleccionado juvenil en la cancha de Argentinos: el sub 20 había enfrentado a un combinado de figuras históricas del club en la reinauguración del estadio. No sería el último acto de esos tiempos. El 10 de agosto de 2004, año del centenario del club, un amistoso contra River sirvió para ponerle al estadio el nombre de Diego Armando Maradona, cuarenta y dos días antes de que debutara allí quien cargaría con el peso de ese apellido.
El Argentina-Paraguay se jugó con varios detalles. Las entradas populares costaron 5 pesos; las plateas, 10. Las estimaciones de público oscilan entre los 200 y 500 espectadores, no más. La tribuna de la calle Boyacá estaba vacía; simplemente se veían, aprovechando la ubicación frente a las cámaras, banderas que decían: “Fuerza Kirchner, fuera el FMI”. Corría junio de 2004: la historia sin fin.
“Nos cagamos de frío esa noche”, es el primer recuerdo de Souto. El compromiso no invitaba: jornada hábil, noche invernal, pronóstico de lluvia. Encima, podía verse en vivo por TyC Sports. Los periodistas de la transmisión sabían que el partido podría llegar a tener un atractivo. “Nos enteramos pocos días antes de que teníamos que hacer la transmisión. Y sabíamos que venía especialmente un pibe que decían que era un fenómeno. Pero si alguien recuerda hoy el partido es solo por lo que vino después”, cuenta el periodista Héctor Gallo, que aquella noche, un par de metros dentro del campo de juego, antes del encuentro daba un par de líneas sobre los titulares para luego decir: “Hay una presentación en el banco de suplentes. Va a jugar unos minutos en el segundo tiempo. Lionel Messi, un chico rosarino que a los 12 años ya fue presentado en el Barcelona, que va a hacer la pretemporada con el equipo catalán y que tiene una cláusula de rescisión de contrato a los 17 años, atención, de 15 millones de euros”.
Los jugadores paraguayos también supieron del partido con poca antelación. El arquero titular era Antony Silva, que una década y media después llegaría a Huracán: “Fue todo repentino. Armaron nuestro equipo de apuro; incluso algunos de nosotros ya no éramos de la categoría, habíamos jugado el Mundial sub 20 anterior. Sabíamos que había un chico que tenía la posibilidad de jugar para España y que supuestamente era un fenómeno. Y sí, ya ese día fue un fenómeno”. Igual sucedió con el árbitro del partido, Gabriel Brazenas: “Me llamaron el día anterior. Me explicaron por qué se jugaba. Menos mal que tenía las famosas planillas FIFA en mi casa... Si de algo me lamento es de no haberles sacado una foto”.
Mario Quinteros, fotógrafo de Clarín, le contó al periodista Andrés Eliceche para la revista Anfibia que llegó a la cancha con el encargo claro: “No importa el partido, importa Messi”. Los fotógrafos no suelen tener problemas en pasar por situaciones que a la mayoría le generaría incomodidad. “¿Quién es Messi?”, preguntó Quinteros cerca del banco de suplentes. “Soy yo”, le respondió la razón del partido.
La foto nunca salió: en el diario Clarín del 30 de junio no había lugar para ninguna imagen en el recuadro menor destinado al partido. El día anterior, el anuncio del encuentro requería la ayuda de una lupa: ocupaba menos de cuatro líneas, junto a la fecha del partido que determinaría un ascenso a Primera C y a las incorporaciones de Los Andes.
El equipo juntaba promesas que serían realidad y otras que sufrirían la falta de certezas a futuro del fútbol. Nereo Champagne atajaría en San Lorenzo y en 2012 pasaría de Olimpo de Bahía Blanca al Leganés español. Pablo Zabaleta jugaría el Mundial 2014 y doce años en Inglaterra. Ezequiel Garay completaría apenas trece encuentros en la primera de Newell’s y quince temporadas en la élite del fútbol europeo. Ricardo Villalba, en ese momento en las inferiores de River, pasaría la mayor parte de su carrera en el ascenso. Lautaro Formica, que había conocido a Messi en las infantiles de Newell’s, pasaría por el fútbol griego y en 2019 ascendería a la B Nacional con Estudiantes de Río Cuarto. Juan Manuel Torres, que había debutado a los 17 en Racing, jugaría sus últimos años en ámbitos diversos: en Chaco For Ever en 2016 y en el Aktobe de Kazajistán en 2017. René Lima, elegante volante central zurdo, no encontraría lugar en River; en su derrotero internacional, en 2016 pasaría por Murciélagos de Sinaloa, México. Matías Abelairas superaría los 100 partidos en River y jugaría en ligas como la escocesa, la rumana y la chipriota. Pablo Barrientos ya había debutado en San Lorenzo, adonde volvería dos veces. A Ezequiel Lavezzi, que se convertiría en amigo de Messi, Estudiantes de Buenos Aires lo había transferido al Genoa italiano; sería titular en la final del Mundial 2014 de mayores. Pablo Vitti, después de prometer en Central, pasaría por doce clubes en diez años.
En el banco, junto a Messi, quedaban otros seis futbolistas también con diversa suerte posterior. José Luis García, zurdo creativo, no llegaría a demostrar lo que prometía en San Lorenzo; sí en el título de 2011 en Almirante Brown. Federico Almerares, potente atacante, no se destacaría en River, pero haría carrera en el fútbol suizo. Franco Miranda, lateral por la izquierda, recalaría en Suecia antes de pasar por siete clubes del ascenso argentino. Pedro Joaquín Galván, volante por entonces de Gimnasia, jugaría más de una década en equipos israelíes. Pablo Alvarado saldría campeón dos veces con San Lorenzo. Y el arquero suplente, Emiliano Molina, sería protagonista del hecho más doloroso que recuerde esa generación: un año después, luego de ser figura para Independiente en un partido de reserva contra River, perdería la vida tras un accidente automovilístico.
Lucas Biglia, en ese momento transferido de Argentinos a Independiente, era una fija en esa camada. No jugó justamente por eso: “Vi el partido por televisión. Tocalli había aprovechado el amistoso para citar a nuevos jugadores y obviamente para conocer a este monstruo. Teníamos referencias de la época del sub 17. Y por Lautaro Formica, que nos decía ‘ya van a ver lo que hace’”.
Los juveniles argentinos sacaron clara diferencia frente a sus pares paraguayos durante aquella fría noche en La Paternal. Sin Messi, ya la diferencia futbolística fue notoria desde el primer tiempo. A los 5 minutos Barrientos convirtió el primero de lo que sería un 8-0 tan lapidario como lógico. La fragilidad defensiva paraguaya se veía en cada avance. Barrientos, gran figura antes de que Tocalli moviera el banco, le cedió el segundo a Lavezzi a los 15 y marcó el tercero a los 30. Garay aportó de penal a los 34. Messi lo veía desde el banco; junto a él, Pablo Alvarado: “No recuerdo que haya dicho nada. Incluso en los entrenamientos tampoco hablaba”.
“Cuando terminó el primer tiempo le pedí a Salorio (Gerardo, el preparador físico) que lo calentara en el campo de juego unos minutos y lo mandara al vestuario antes de que volviéramos a salir. Terminé de hablar con los jugadores y no sabía dónde estaba. Me di vuelta y lo vi sentado detrás mío, callado”, recuerda claramente la escena Tocalli. También tiene presente lo que llanamente le recomendó: “Jugá como en el Barcelona. Entrá donde te sientas cómodo”.
Pese a que en muchas crónicas figura que Leo ingresó en el minuto 67, ese fue el momento de la entrada de Almerares por Zabaleta. Messi había entrado para el inicio del complemento. Camiseta número 17, mangas largas que le quedaban más grandes que al resto. Y con la cabellera rebajada para la ocasión: Salorio le había dicho que “el que no se corta el pelo, no juega en la selección argentina”. (Un mes antes, el preparador físico había mandado a la casa a Fernando Cavenaghi y a Maximiliano López sin entrenarse, como reprimenda por haber llegado con el pelo teñido de verde tras los festejos de River campeón).
Messi se movió detrás de los delanteros: un enganche con más desequilibrio que conducción. Más participativo desde la salida de Barrientos, encarador siempre, con los quiebres típicos de sus primeros años. Cada vez que encaró, pasó. Aunque en los pases no resultó tan preciso: 7 de los 18 que dio desembocaron en jugadores rivales; pases que quisieron ser profundos, con su congénita mirada al arco rival. “Estaba un poco nervioso”, según Lautaro Formica, su amigo dentro del plantel. “Por físico no decía nada, pero a nosotros ya nos había sorprendido hasta en el ‘loco’ de las prácticas”, suma Alvarado.
Más allá de todo lo que el tiempo redimensionó, era uno de esos partidos a los que cuesta encontrarles matices para el análisis en la transmisión. Uno de esos encuentros en los que los relatores deben ingeniárselas para que no caiga la motivación propia y, en consecuencia, la atención ajena. Por razones así, alguna vez un empresario de televisión pidió lo siguiente: “Lo único que les pido es que nuestros partidos aburridos sean más vistos que los partidos aburridos de la competencia”.
Pablo Giralt, el relator del partido por TyC Sports, promovió entonces la apuesta entre sus compañeros acerca de quién convertiría el quinto gol de Argentina. Como para tener una idea de la disparidad entre ambos seleccionados, Rodrigo García Lussardi, encargado de la información del seleccionado rival, no dudó: “Lo va a hacer algún central de Paraguay en contra”. A los 25 minutos de ese complemento, Messi envió un tiro libre con el efecto del zurdo que patea desde la derecha, Vitti apenas llegó a rozarla de cabeza y Andrés Pérez, volante paraguayo, peinó hacia su arco: el quinto fue en contra, nomás.
Federico Almerares convirtió el sexto, tras recibir de Messi y enganchar ante un rival. Y el séptimo fue el capítulo que todos esperaban. El beso final de la película. La canción preferida del público. El motivo de la organización del partido, expresado en una jugada.
Llegó tras dos de las ¡diez gambetas! que Messi ensayó durante 45 minutos: primero pasó entre el zaguero César Martínez (también esquivó su hachazo) y Gabriel Ruiz, y luego, superó al arquero Marco Almeda, que quedó desparramado. Las gambetas que el Barcelona importó. “Messi no es ADN Barça; Messi se paseaba por La Masía sin pasarle el balón a nadie”, escribió el español Manuel Jabois. “Lo traía de cuna. Siempre quisimos que nuestros jugadores fueran naturales. Nunca les prohibimos regatear, solo les marcamos dónde. Y en el caso Messi, siempre dije que es más rápido con balón que sin balón”, describe Álex García.
El 17 de octubre de 2003, entrevistado por el recordado Jorge “Topo” López para Olé, en lo que fue su primera nota para un medio argentino, reconocía el aprendizaje: “Me muevo rápido, tengo habilidad. Soy zurdo pero a veces le pego bien con la derecha. En España aprendí a tocar más de primera. Los técnicos me dicen que juegue de una, así hago el fútbol más rápido”.
Giralt y el comentarista Oscar Martínez le pusieron la voz para siempre:
–La tiene Messi. Va Messi, encara, se la juega él. Va Messi, defina que es un golazo, Messi, defina que es un golazo, Messi, golazo, gooolll.
–¿Me deja aplaudir, Giralt? Brillante lo de Messi. Es lo que estábamos esperando, ustedes en su casa también. Gana en velocidad, maneja la pelota cerquita del cuerpo, nunca pierde contacto con la misma. (...) Promesas para la selección argentina. Gol de Messi, el hombre del Barcelona.
“Estuve a punto de cortar la jugada antes de que la recibiera porque se iba a hacer un cambio”, se ríe Brazenas. Es cierto: apenas recibió Messi, el árbitro vio que un futbolista paraguayo había quedado en el suelo y se llevó el silbato a la boca; dejó seguir simplemente porque el zurdo ya había encarado. “En los entrenamientos no encaraba. Solo recibía y tocaba, siempre con buenos controles. En el gol me sorprendió. Le fui marcando el pase por el medio, pero dejó atrás a todos los que le salieron. Ahí dije ‘upa, este va a ser un fenómeno’”, recuerda Almerares.
“Me llevó a la época del baby de Newell’s, cuando agarraba la pelota y hacía lo que quería –dice Formica, que ya tenía vínculo en esa época–. Cuando llegó al primer entrenamiento, me dio un abrazo y se me pegó. Él era un recién llegado, todos los demás nos conocíamos. En el gol a Paraguay, cuando me acerqué a felicitarlo, a los dos nos salió una sonrisa cómplice. Y después, cada vez que la metía, yo me acercaba para decirle ‘gracias por volver’. Como una canción de Leo Mattioli que escuchábamos”.
Ezequiel Garay, el capitán de ese equipo, recibió el trofeo que premiaba la victoria; un trofeo sin ostentación alguna, más propio de un torneo entre compañías de seguros que de un partido de selecciones, comprado un par de días antes por un empleado de la AFA. Se lo entregó Miguel Marotti, otro histórico de las oficinas del fútbol argentino, secretario de Prensa y Relaciones Públicas de Argentinos Juniors: “El entorno previo al partido estaba enfocado en el chico. Lo que vimos los experimentados de Argentinos con Maradona no lo vio nadie. Pero ese día también terminamos todos sorprendidos”.
Cuatro días después, la selección viajaría a Colonia para jugar contra Uruguay el segundo amistoso programado por Grondona. Pablo Alvarado lo tiene presente: “Cuando íbamos al exterior, la AFA nos daba 50 dólares de viático a cada jugador. Esa vez no tenían cambio y a mí me dieron 100 para que le diera 50 a Leo. Le dije que apenas consiguiera, se los daría. Él ni se preocupó, ‘tranquilo, tranquilo’. Nunca conseguí cambio: le debo 50 dólares a Messi”.
El 3 de julio de 2004, en el estadio Alberto Suppici de Colonia, Leo también entró en el complemento. El partido estaba igualado 1-1. A los 3 minutos de su ingreso, hizo el gol que ya había hecho y volvería a hacer infinidad de veces, ingresando desde la derecha hacia el medio; luego aseguró de cabeza un toque de Lavezzi y le sirvió a este el cuarto definitivo. “Pekerman había visto el partido contra Paraguay por televisión. Me dijo que imaginaba que lo iba a poner de titular en Uruguay. ‘No puedo, José. Ya tengo un equipo armado al que tengo que respetar’, le contesté. Lo puse en el segundo tiempo. Y ganó el partido”, recuerda el entrenador.
Ese día alguien redactó en la web del diario Clarín:
“Todo cambió en el complemento. Tocalli mandó a la cancha a Lionel Messi. Y el juvenil del Barcelona no defraudó”.
Es obvio que el redactor no tomó conciencia de lo que implicaba su análisis. Más allá de eso, apenas en la segunda vez que Messi usaba la camiseta de la selección, quedaba una idea implícita: estar o no a la altura de las expectativas. “No defraudó”. Messi debería convivir con la naturalidad del éxito o la pesadez de la derrota. La vara alta como nunca, la aceptación solo de lo extraordinario. Convertir dos veces y generar otro gol en 45 minutos o defraudar.
2
HISTORIA
DE UNA
EXPULSIÓN
Vilmos Vanczák casi nunca simuló. Casi nunca hizo echar a un rival. Casi nunca instaló su nombre en una jugada para siempre. Casi nunca vio a Lionel Messi. Y casi nunca habló con un periodista argentino. Todo lo hizo una sola vez.
Lateral por la izquierda, lo que hizo 79 veces fue ponerse la camiseta de la selección de Hungría, su país. Se retiró a punto de cumplir 35 años, en 2008. “Enfrenté a Raúl, Beckham, van Nistelrooy, Robben, Cristiano y afortunadamente a Messi, el mejor”, resume desde donde vive hoy, en Felcsút, a 40 kilómetros de Budapest, a partir de las posibilidades que otorga WhatsApp. Responde a fines de 2009, mientras trabaja como ayudante del técnico Miklós Benczés en Puskás Akadémia, último paso de su trayectoria. “A veces extraño el fútbol desde adentro. Por suerte pude empezar a trabajar inmediatamente. Fue importante para mi vida personal”, reconoce. El día después de la carrera deja mucho espacio sin llenar. A la edad en la que cualquiera está progresando en lo profesional, el ex jugador finaliza su tarea.
Vanczák enfrentó a Messi en 2005, el año en el que nos acostumbramos a ver a Leo con la camiseta argentina; el del Mundial sub 20 en Holanda, que lo tuvo como figura, goleador y campeón.
En un parate de ese Mundial, Julio Grondona viajó desde Holanda hasta la concentración de la selección mayor, que estaba disputando la Copa Confederaciones en Alemania. Apenas llegó, se sentó a una mesa con parte del cuerpo técnico. El preparador físico Eduardo Urtasún tenía relación con el presidente de la AFA: su padre Juan Carlos había sido otro de los fundadores de Arsenal de Sarandí.
–¿Qué tal los pibes? –preguntó Urtasún.
–Hay un chico que es impresionante. Desde Diego no veía a nadie igual –fue la respuesta de Julio.
Habían pasado pocos días de otra charla de Grondona, esta con un integrante del cuerpo técnico del seleccionado sub 20. En el primer partido, el chico que tanto prometía había entrado en el segundo tiempo.
–¿Por qué no juega de titular Messi? –quiso saber.
–Es más chico que el resto, Julio. Lo vamos a ir llevando de a poquito.
–De a poquito se van a volver a Buenos Aires ustedes... –recomendó a su manera el titular de la AFA.
Para el segundo encuentro, el entrenador Francisco Ferraro lo puso como titular.
No fue la única recomendación que motivó que Ferraro acelerara la inclusión del pequeño talentoso. Catorce años después, Lucas Biglia, integrante de aquel plantel campeón mundial juvenil, cuenta una historia poco conocida: “Tuvimos una reunión con el entrenador y le comentamos que le habíamos visto cosas muy interesantes. Estábamos todos, los 23 futbolistas. Sentíamos que con él seríamos otra cosa. Y desde que fue titular subió la autoestima del equipo”.
Un mes después de la coronación en Holanda, José Pekerman lo incluyó entre los 19 futbolistas convocados del exterior para la mayor. El seleccionado tenía pautado un amistoso contra Hungría para el 17 de agosto. El partido se disputaría en Budapest, en el estadio Ferenc Puskás. El periodista Hernán Claus ubicó a Messi para que contara en el diario Olé sus sensaciones tras la convocatoria: “Se me está dando todo y se lo debo a mi familia”, fueron las escuetas declaraciones de Leo desde el hotel Westin Resort, en la ciudad china de Macao, de cara al choque de pretemporada del Barcelona contra el Shenzhen Jianlibao.
Los jugadores de la selección tenían algunas referencias y pocos puntos de común con el citado por primera vez. “Un año antes, cuando yo estaba en el Espanyol de Barcelona, un chico me había saludado en un restaurante. Me dijo que había jugado en Newell’s, cruzamos unas palabras y me olvidé de él. Hasta que lo vi en aquella gira de la selección y lo reconocí. En las prácticas jugaba como en el patio de la casa”, hace memoria Maximiliano Rodríguez.
“Ya tenía idea de quién era. En noviembre del año anterior, Leo había ido a ver un Barcelona-Milan por Champions. Él todavía no jugaba y ese día yo estuve en el banco del Milan. En el vestuario preguntó por mí, lo conocí, le di la camiseta y desde ese día empecé a seguirlo”, sorprende Hernán Crespo. “Creo que no le escuché la voz en ese viaje. Ojo, el resto tampoco habrá escuchado la mía”, recuerda Lisandro López, que jugaría su segundo partido de los siete que jugó en la selección. “En los entrenamientos vimos lo mismo que habíamos visto por televisión en el Mundial sub 20: iba en el aire. El que no lo agarraba o no le pegaba, no podía pararlo”, reconoce Lucas Bernardi.
“Queríamos que se sintiera cómodo –asegura Juan Pablo Sorín, uno de los referentes principales de la selección de Pekerman–. Teníamos la preciosa responsabilidad de cuidar al que podía ser algún día el mejor jugador del mundo. Lo habíamos visto definir los partidos con el juvenil y asumir la responsabilidad de tirar dos penales en la final”.
Daniel Lagares escribió en Clarín sobre la intimidad de aquel grupo: “A la tarde, después del almuerzo, mientras los ‘grandes’ (Sorín, Ayala, Heinze) y los ‘intermedios’ (Lux, Leo Franco, Demichelis, Quiroga) celebraban la llegada de Crespo con una charla entre amigos, el pibe rosarino buscaba un lugar en el inmenso lobby, miraba si del ascensor salía Zabaleta para que le hiciera pata. Se percibe que todavía no se anima a sumarse como uno más donde están los ‘pesados’ del grupo”. Pablo Zabaleta había compartido plantel en el Mundial de Holanda: “Como capitán de aquel sub 20, había sentido la responsabilidad de hacerlo sentir a gusto. No era fácil, pero se adaptó gracias a su carácter. Siempre tuvo un gen tremendamente competitivo y, a la vez, un perfil sumamente tranquilo. En la concentración en la mayor, estábamos juntos por lógica. Para nosotros era un mundo nuevo”.
Fue en aquella nota de Clarín donde Messi dijo que se sentía cómodo “de media punta”, que no sabía si esa temporada en el Barcelona jugaría en el primer equipo o en el filial, aunque “me dieron un dorsal, el 30”, y que “sería lindo entrar un ratito y tocarla con estos monstruos”.
Pekerman dejó en el banco a la promesa y dispuso este equipo titular para enfrentar a Hungría: Leonardo Franco; Lionel Scaloni, Roberto Ayala, Gabriel Heinze, Sorín; Luis González, Bernardi, Maxi Rodríguez; Andrés D’Alessandro; Lisandro López y Crespo.
Hungría era un rival de tercer orden. Un mes después, perdería un partido clave como local ante Suecia y terminaría en cuarto lugar en su grupo de las Eliminatorias para Alemania 2006, con lo que se perdería el quinto mundial consecutivo. Su técnico era Lothar Matthäus, el histórico futbolista alemán que suma su testimonio gracias a su agente de prensa: “Sabía que en el banco de Argentina esperaría un jugador joven y especial. Me habían hablado de un niño prodigio”.
El árbitro fue el alemán Markus Merk, que también sabía lo que sucedía:
“Cualquier persona interesada en el fútbol estaba al tanto de la joya sentada en el banco y que podría ser su debut internacional. Es cierto que no podía aventurar todo lo que vendría después”.
En la soleada tarde en Budapest, Argentina tuvo la iniciativa, aunque necesitó de un par de pelotas aéreas para convertir. A los 18 minutos, llegó un centro preciso de Sorín, que aprovechó Rodríguez con su histórica capacidad para ubicarse en el lugar clave. Maxi ya se destacaba por su intuición, su permanente atención mientras se desarrolla la jugada y su vocación goleadora para imponerse incluso con dos centrodelanteros en el área, Lisandro López y Crespo.
Sin embargo, a la media hora de juego, en un ataque húngaro sin atinadas coberturas defensivas en el seleccionado de Pekerman, Roberto Ayala persiguió al delantero en vez de frenarse y dejarlo adelantado. El punta de 1,85 m, Sándor Torghelle, que en esa época jugaba por única temporada de su carrera en el fútbol inglés (en el Crystal Palace), empató parcialmente.
La nueva ventaja sucedió recién a los 16 minutos del segundo tiempo. D’Alessandro envió un córner al punto penal y desde atrás irrumpió Gabriel Heinze. El cabezazo, seco, resultó inatajable para Gábor Király, conocido por atajar con pantalones grises del estilo de los joggings.
En la transmisión pareció que Pekerman había dispuesto el ingreso de Messi luego de ese segundo gol. En realidad, lo había llamado un par de minutos antes. De hecho, Leo no vio el cabezazo de Heinze porque, justo en ese momento, estaba pasando su camiseta por su cabeza. Pekerman le dio indicaciones por espacio de 40 segundos, luego se le acercó Tocalli durante otros 20 y, antes de que entrara, el técnico volvió a marcarle algo en 10 segundos; en total, un minuto y 10 segundos de recomendaciones, una proporción absurda para lo que sería su intervención en la cancha.
En Hungría no solo Matthäus tenía el dato de quién podría entrar: “Antes del encuentro todos hablaban especialmente de un joven entre ellos. Decían que era muy bueno, pero verdaderamente nosotros no lo conocíamos. Apenas entró, demostró su calidad. Enseguida entendí que se trataba de un gran talento. Claro, ese día no tuvo mucho tiempo para jugar”, anticipa Vilmos Vanczák.
A los 18 minutos 15 segundos de ese complemento, Messi ingresó por Lisandro López. Apenas había cumplido 18 años y llevaba la 18 en la espalda. Hugo Tocalli fue quien le dio un par de conceptos: “Siempre fuimos simples con José. Le dije simplemente que se fijara que desde la derecha podía enganchar, pero si tenía que moverse detrás del 9, que también lo hiciera”.
Con su ingreso se cerraba el círculo: todas las notas periodísticas durante la semana anterior habían apuntado a la coincidencia del rival. Diego Maradona también había debutado contra Hungría en la selección mayor. En su caso, con 16 años y 4 meses, y la camiseta número 19. Aquel 27 de febrero de 1977 en La Bombonera, la recomendación de César Luis Menotti fue similar a la de Tocalli: “Haga lo que sabe y muévase por toda la cancha”, le dijo antes de hacerlo entrar por Leopoldo Jacinto Luque con el partido 5-1 (así terminaría).
Desde el ingreso de Messi todo fue tan veloz como efímero en la tarde de Budapest. Leo saludó a Lisandro al entrar, recibió la palmada de Lucas Bernardi (“fue una forma de decirle que disfrutara, que jugara sin responsabilidad”) y se ubicó por la derecha. Listo para demostrar, enseguida se mostró.
“Toqué dos pelotas”, es el recuerdo actual de Messi. En realidad, fueron tres. Su primera participación, inmediata, fue un pase hacia atrás a Scaloni, que jugaba de lateral. Y enseguida quiso juntarse con D’Alessandro por adentro. Abierto y detrás del 9, las dos alternativas que le habían pedido. Antes de cumplirse los 19 minutos, Bernardi lo buscó en tres cuartos de cancha:
“Lo que más queríamos era verlo, que entrara en juego. Así como no sabíamos lo que podría venir con los años, tampoco podía imaginar que con ese pase quedaría en la historia”.
Sin un wing clásico a quien marcar, Vilmos Vanczák debía vigilar a Messi. Con la inercia de una defensa que achicaba hacia atrás, le había dejado espacio para recibir y Messi pudo girar. Pero antes de que llegara al cuarto paso en su aceleración, Vanczák lo sujetó de la camiseta. Sin querer otra cosa que seguir con la pelota, Messi tiró dos manotazos hacia atrás para desatarse del agarrón; el primero dio apenas en el pecho del defensor rival y el segundo, en el cuello. Vanczák simuló que había sido en la cara. Boca arriba en el suelo, se tocó el rostro y se miró la mano, como si se fijara si tenía sangre.
Después de casi una década y media, el villano de la historia evoca el momento: “Recibió el balón y me pasó muy rápido. Pensé que tenía que detenerlo y lo eché hacia atrás. Quiso escaparse y tiró un golpe. Honestamente, me tocó un poco, pero actué como si hubiese sido más fuerte. No era para roja”.
Sorín, Scaloni, Bernardi y Heinze no pudieron darle vuelta la decisión a Merk. Tampoco D’Alessandro, quien como jugaba en el Wolfsburgo sabía alemán, pudo decirle en su idioma que se estaba apurando y hasta le preguntó si quería ser figura. El resto no sabía cómo frenarlo.
“Lo primero que hice fue mirar al árbitro. Y lo vi ensimismado. Temí que quisiera figurar expulsando a una futura estrella mundial. Le hablamos en todos los idiomas posibles: inglés, español, lo que nos surgía. Lo rodeamos. Le decíamos que ni siquiera había reaccionado, simplemente había querido sacarse de encima el brazo del rival. Merk no quería ni dialogar. ‘Te vas a arrepentir’, le marcábamos. Y no hubo caso”, repasa Sorín como si fuera hoy. “No podíamos hacerle entender que era injusto y que estaba echando a un chico. Le dije cuatro o cinco palabras en inglés y otras barbaridades”, suma Bernardi.
A los 19 minutos 45 segundos de aquel complemento, apenas una vuelta y media del minutero después de su ingreso, el árbitro alemán amonestó a Vanczák y expulsó a Messi.
En la transmisión en vivo para la Argentina no llegó a escucharse el apellido de uno de los protagonistas:
–No le hizo nada –dijo sobre la repetición Alejandro Fabbri, desde los estudios de TyC Sports en la transmisión en vivo.
–Si hubo un golpe fue en el pecho… –agregó Walter Nelson. Y siguió–: No me digas que va a echar a los dos... Las patadas que le dieron a Maxi Rodríguez y ni amonestó... Los va a echar a Messi y al jugador húngaro, acordate. Están desesperados para hacerle entender que no lo puede echar, no se puede creer.
–¿Por esto echarlo?
–Si no es amarilla, es roja, seguro. No, amarilla, bueno... Amarilla para... Y roja para Messi, ¿viste? No se puede creer. La bronca que tiene...
La jugada adquirió importancia con el tiempo y la dimensión que tomó el expulsado. Para el periodismo húngaro fue una jugada más, sin sentido para analizarla después del partido. Y lo que no hicieron en su momento tampoco lo hicieron después: “En mi país no recuerdan la jugada. Pero en YouTube aparece enseguida con mi nombre. Varias veces me preguntaron si realmente soy yo”, cuenta Vanczák, que nunca había tenido que remitirse a ese momento. Hasta ahora: “Yo no era un jugador así. Te digo más, no quise simular para que a Messi lo echaran. Me preocupaba más que me sacaran una tarjeta a mí. Simulé para evitar la mía, no para provocar la de él”. Sí, la expulsión de Messi nació no solo de una simulación, inédita para quien fingió, sino también de una manera de esquivar el castigo propio.
Lothar Matthäus aporta la voz disidente: “La roja estuvo justificada. Le pegó un codazo a uno de mis jugadores. Evidentemente quería empezar a mostrar sus condiciones, por lo que le vi la tristeza en los ojos cuando tuvo que irse de la cancha. Parecía decepcionado consigo mismo”.
Markus Merk, el otro villano de la historia, o el que debió desentrañar la trampa y no pudo hacerlo, había sido elegido por la Federación Internacional de Historia y Estadísticas del Fútbol como el mejor árbitro del mundo en 2004. La controvertida expulsión a la figura naciente no le impediría repetir el logro en ese 2005.
Según escribió Luis Calvano en el diario Olé, Merk solo atinó a decir “no comment” cuando los periodistas lo abordaron a la salida del vestuario, interesados en saber qué había visto para expulsar al invitado de honor de la fiesta. El tiempo ubica, suaviza y permite el diálogo. Ahora, la insistencia sí trae frutos: Merk responde.
Dentista de profesión y con un pasado de diecinueve años de trayectoria como árbitro, vive en Otterbach, un municipio cercano a Kaiserslautern con menos de 5000 habitantes. Desde allí se refiere a la jugada que quedaría en la historia: “Aún hoy me siguen reclamando por esa acción. Todavía me conmueve haber dirigido aquel partido”.
En su caso, pide que el contacto se realice mediante correo electrónico. Y la respuesta sobre la famosa expulsión es digna de un experto en conceder y leer entrevistas, a juzgar por el detalle del final: “Creí que le había pegado, por supuesto. Él se apartó y tiró el golpe hacia atrás. En el campo interpreté que el golpe había sido mucho más violento. Pero no tuvo intención. Me engañó el jugador húngaro. Desafortunadamente, habría bastado con una tarjeta amarilla para Lionel Messi. Habría sido la mejor y más justa decisión. Yo habría sido más feliz y nadie se habría ofendido. Ciertamente fue un hito en la carrera de Lionel y su posterior desarrollo. ¡Pero no me invitará a su partido despedida! (Risas)”. Así redacta Merk, incluido el “risas”: para copiar (traducir en realidad) y pegar.
“Siempre traté de proteger a los artistas del fútbol –sigue Markus–. Los virtuosos como él tienen que ser personajes fuertes, calmos, que no entren en las provocaciones. Que no se contaminen con el intento de destrucción del juego. Fue interesante cómo, con el correr de los años, Lionel Messi se ganó cada vez más respeto de los rivales. Además, su habilidad y su ojo para diversas situaciones le permitieron evitar los duelos. Por todo eso no es común el juego sucio contra él. También por su personalidad. Ya en sus inicios era un jugador reservado, tanto con el árbitro como con los rivales”.
Después de caminar sin saber adónde mirar, probablemente con mezcla de vergüenza y rabia, Messi enfiló hacia la salida. La cámara lo perdió cuando se le acercaron Sorín (“quería sacudirle la energía negativa; ‘esto no es nada’, le decía”) y Hugo Tocalli. Sí lo tomó primero consolado por el médico Donato Villani (“no llorés, no tenés nada por qué llorar”) y luego acompañado por el masajista Marcelo D’Andrea, conocido como Daddy.
D’Andrea llevaba cinco años trabajando en la mayor. Ya tenía buena relación con Leo y, con los años, ese vínculo quedaría sellado a fuego. “Siempre espero a los jugadores que se van expulsados. Es una manera de acompañarlos en la mala –dice y recuerda puntualmente ese momento–: Me surgió abrazarlo rumbo al pasillo. Le dije que se fuera con la frente alta. Entramos juntos en el vestuario, le pedí que se bañara y que se tranquilizara. Lo hizo, pero igualmente estaba caído. Muy caído. Tan chico de edad y de físico dentro de un plantel de jugadores de nombre, no podía entender lo que había pasado”.
A los 21 minutos 12 segundos de aquel segundo tiempo de un partido cuyo resultado no se movería y tampoco importaría demasiado, Messi se perdió en el pasillo rumbo al vestuario. La imagen podría haber fundido a negro, aunque quedaba media hora de juego.
En el estadio estaba el portugués José Mourinho. El entrenador había llegado a la mañana desde Londres junto con Fernando Hidalgo, por entonces representante, entre otros, de Hernán Crespo. Mourinho quería ver justamente a Crespo, a quien empezaría a dirigir en el Chelsea inglés. El entrenador que luego dirigiría a Inter, Real Madrid y Manchester United ya había ganado una Champions, la de la temporada anterior con el Porto, pero Pekerman no lo reconoció o por lo menos no demostró registrarlo en el saludo. Hidalgo cuenta que “a los dos nos pareció una boludez la expulsión. Sabíamos que era un pibe que prometía mucho y que la selección argentina usaría ese amistoso para hacerlo jugar. Igualmente Mourinho no lo conocía demasiado”. Ya tendría tiempo para estudiarlo.
Trece años después, Messi recordaría en TyC Sports: “No lo podía creer cuando me expulsaron. Llegué al vestuario y me puse a llorar. Vinieron varios a consolarme: Ayala, Sorín, Maxi, Crespo. Pero yo no podía más”.
“Lo que lloraba en el vestuario ese chico...”, recuerda Tocalli. “Lo arropamos. Tenía una tremenda culpa”, acota Zabaleta. “En ese momento, además de la vergüenza, tenía miedo de lo que pudiera pensar el técnico. Me salió decirle muy convencido que la bronca no se la iba a sacar nadie, pero que iba a jugar en la selección hasta cuando se cansara”, imaginó Sorín. “Estaba muy caído. Le decíamos que se quedara tranquilo. Que todo iba a quedar en una anécdota”, coincide Crespo. “Tengo la imagen de cómo trataba de consolarlo Ayala. El Ratón, una eminencia”, elogia Bernardi al capitán de aquel equipo. Pero a Ayala lo perjudica su memoria: “Son muy pocos los partidos que recuerdo bien. De hecho, en la concentración de la Copa América 2019, una noche Scaloni empezó a hablarme de ese día y le dije que yo no había jugado, que lo había visto por televisión. Perdí la cena que me apostó”.
La familia Messi no había viajado a Hungría. Era uno de los primeros partidos que Jorge, su padre, no vivía en persona. Antes lo había acompañado en el viaje a Barcelona para probarse, se quedó solo con él cuando la hermana de Leo no quiso permanecer en la nueva ciudad (los otros dos hermanos y la madre también regresaron a Rosario) y estuvo en Holanda para verlo destacarse plenamente en el Mundial sub 20. No solo eso, también era quien lo activaba en sus distracciones durante sus partidos en la adolescencia. Pero ya habrá tiempo para recordar esos momentos. Ahora la narración sigue remitiendo a lo que sucedió en Budapest, a casi 12.000 kilómetros de donde Jorge miraba todo por televisión.
“Hablé cuando terminó el partido. Estaba angustiado. ¿La verdad? Estaba hecho mierda. Creía que era culpa suya, no había manera de levantarlo. Y menos a la distancia”, recuerda quien caminaría toda su carrera a la par, también en la representación.
Messi se quedó con un récord negativo que tenía Cristian González. El 8 de noviembre de 1995, en un 1-0 de Brasil en el Monumental, el Kily fue expulsado en su debut en el seleccionado por una infracción que cometió 3 minutos después de su ingreso. González conoció a Messi en octubre de ese año y le contó lo vivido: “Le dije que la historia es larga. Que tendría tiempo. Que si yo llevaba diez años en la selección, él podría hacer lo mismo. Me quedé corto... Y también lo chicaneé: lo había visto con la camiseta 18 y es la que usaba yo. ‘¿Me querés borrar?’, le pregunté”.
Víctor Tujschinaider, de TyC Sports, fue uno de los pocos periodistas argentinos enviados a Budapest. En el estadio no pudo entrevistar a Messi porque lo vio “desolado”. Sí lo hizo en el hotel donde la delegación estaba alojada, no sin antes hacerle entender que no pretendía acorralarlo con preguntas, sino darle la oportunidad para que contara su versión: “Le prometí que simplemente le ponía el micrófono. Que él dijera lo que sentía, que se descargara”.
La exposición fue concreta, básica, lógica:
“Tengo un poco de bronca. Me venían agarrando, yo intenté sacarlo para poder seguir y el árbitro interpretó que quise pegarle. No sé… Me echó. Lo que yo quería era sacármelo para seguir adelante. Ya está”.
También había viajado Cristina Cubero, periodista del diario Mundo Deportivo, de Barcelona: “Lo había conocido el año anterior, en la pretemporada del Barça en China. Ronaldinho me dijo ‘ese será mejor que yo’. Estaba embarazada y tenía a tope el instinto maternal. Enseguida vi a ese chico que hablaba muy poco y me interesó saber quién era, qué pensaba. Le prometí que cuando debutara en su selección, allí estaría”.
Así fue. Y lo entrevistó en los días previos: “Me contó que Maradona era muy importante para los chicos argentinos de su edad. Que si iban a la casa de conocidos de sus padres, él y los otros niños se quedaban viendo goles de Maradona. Me habló del río de su ciudad, un río turbio. Y le pregunté por qué era tan callado pese a que los argentinos son tan famosos por hablar mucho. Respondió que a él le gustaba más escuchar que hablar, que así podía formar su opinión”.
Cubero también habló con él después del partido. Lo vio en el hotel, llorando todavía, “abrumado. Me decía ‘no puede ser, jugué solo un minuto y medio. No me van a convocar más’. Y yo atiné a recordarle cómo había sido su primer gol oficial en el Barcelona, tres meses previos a su partido con el seleccionado: se lo hizo al Albacete, a pase de Ronaldinho y por arriba del arquero, exactamente igual que uno que le habían anulado equivocadamente minutos antes. ‘Verás que también aquí tendrás otra oportunidad’”.
Luego, Messi hablaría en el aeropuerto de Barcelona, a su regreso. “Lo pasé, me venía agarrando y yo quería soltarme para seguir. El árbitro creyó que le había tirado un codazo. –Y terminó el relato sin entender todavía la expulsión–: Pasó lo que pasó”. Solo el tiempo y las siguientes convocatorias fueron sacándole el temor de no volver a jugar donde había soñado hacerlo. En ese momento no podía ocurrírsele, por ejemplo, que llegaría a ser el máximo goleador de la historia de la selección argentina.
Matthäus volvería a verlo en distintos ámbitos, tales como entregas de premios y alguna ceremonia de la FIFA: “Nos encontramos varias veces. Cada encuentro se caracterizó por un gran respeto mutuo. De aquel partido nunca hablamos. A mí me sigue sorprendiendo que lleve un período tan largo en tan buen nivel de juego. Es genial, uno de los mejores cinco futbolistas de la eternidad”.
Distinto fue lo de Vilmos Vanczák. Su trayectoria no le permitió enfrentar nuevamente a Messi. Argentina y Hungría no volvieron a cruzarse, y solo podría haberse medido en un partido de Champions, pero no tuvo la suerte de disputarla en los clubes donde jugó: el Újpest, de Hungría; el Sint-Truiden, de Bélgica; nueve años en el Sion, de Suiza y dos en el Puskás Akadémia. “Desafortunadamente no volví a verlo. Quizás él hoy no recuerde lo que sucedió”, cree Vilmos. O quiere creer.
Obviamente, Messi tiene presente la jugada. No la olvidará. Durante más de trece años esa expulsión fue la única de su carrera. “Me permitiría una broma si pudiera hablar con él: fui el primero que logró que le sacaran una roja”, se anima el húngaro. El final también es suyo: “Estoy contento de estar en su historia. En algún punto para mí es un orgullo”.
3
LEYENDA DE
UN CAMBIO
Si todavía alguno afirma que la resistencia a las invasiones inglesas privó a la Argentina de ser parte del Primer Mundo, es totalmente lógico que se siga conjeturando sobre el día en que Lionel Messi no entró en el Mundial de 2006 y la selección no pudo sostener el resultado que la llevaba a semifinales.
La ucronía es un género literario. Se trata, básicamente, del desarrollo del “qué hubiera pasado si”. Lo describió fantásticamente el libro Ucronías argentinas, de Javier Aguirre, Fernando Sanchez y Eduardo Blanco, cuando, por ejemplo, imaginaron una jornada nublada el día de la elección de los colores patrios por parte de Manuel Belgrano. O cómo habría reaccionado Víctor Hugo Morales si el árbitro tunecino Ali Bennaceur hubiese observado la mano de Maradona en el gol a Inglaterra: “¡Es un gil a cuadros! ¡Mano de Diego! ¡La más grande pelotudez de todos los tiempos!”.
El 10 de mayo de 2006 José Pekerman había adelantado que, si bien esperaría el final del plazo posible para confirmar la lista, no estaba en duda la presencia de Messi en la Copa del Mundo, más allá, incluso, de que se recuperaba de una lesión muscular. “No se puede predecir su futuro. Sí está claro que es un jugador elogiado y envidiado por todos”, lo definía. Hugo Tocalli, ayudante de José, asegura hoy que “ya teníamos la decisión de llevarlo al Mundial antes de que jugara ese primer amistoso contra Hungría. Lo del sub 20 había sido suficiente”.
Por entonces ya era protagonista de noticias diversas. Su juventud (festejaría los 19 años durante la competencia), su explosión en el Barcelona (hasta allí, 34 partidos oficiales y 9 goles) y su historia de vida lo hacían un personaje del que valía la pena hablar. Así, algunos medios contaban que estaba de novio con Macarena Lemos, de 14 años, sin muchos más argumentos que la palabra de la involucrada. Las mismas publicaciones también detallaban que Messi y Lemos se habían visto apenas dos veces.
El plantel de aquel Mundial en Alemania era una reunión de líderes. La mayoría de ellos eran o serían capitanes en sus equipos: Roberto Ayala, Juan Pablo Sorín, Juan Román Riquelme y Esteban Cambiasso, entre otros. De los 23 citados, diez superaban los 28 años. Los menores eran Oscar Ustari, cerca de cumplir 20, y Messi. “Éramos un grupo fuerte. Y Pekerman cobijaba a Messi”, dice Fabricio Coloccini, que tenía 24, pero ya germinaban también en él condiciones de liderazgo.
Sorín recrea la época:
“Era un grupo muy horizontal, más allá de que había varios líderes. No hubo ni un conflicto. Leo es una persona de grupo, aunque obviamente en esa época se estaba adaptando y no hablaba mucho. Queríamos conocerlo. Cuando tenés a un diferente, debés lograr que se sienta cómodo y no a prueba. El profe Salorio armaba juegos para que cada uno estuviera incorporado. En la Play me habrá puteado cuando fuimos compañeros: soy malo, lo único que trataba de hacer era dársela a él”.
Ayala, que llevaba la cinta por segunda Copa del Mundo consecutiva, lo tiene presente: “Era muy introvertido. Si hoy sigue siendo así, en su primer Mundial lo era mucho más. Tenía un perfil superbajo. Casi no se le veía, solo en los entrenamientos”. Similar a lo que había dicho en pleno Mundial: “Es muy cerrado; si se abriera, tal vez le aconsejaríamos más”.
Seguramente haya pesado la intención de arropar a la nueva joya en la elección del tercer arquero. Oscar Ustari fue uno de los arqueros de mejores condiciones técnicas de las dos últimas décadas, pero en su competencia con Germán Lux, además, pesó su amistad con Messi tras haber sido compañeros en el sub 20. “Con Leo no metíamos un bocado”, se ríe Ustari. Obviamente estaban juntos en la habitación: “Jugábamos al fútbol tenis dentro del cuarto. De red usábamos una venda y llegamos a dormirnos a las 3 de la mañana por jugar. Yo tenía lo que a él le faltaba, cabezazo. Y él tenía todo lo demás. Teníamos más de diez pelotas –sigue Ustari–. Y él estaba todo el tiempo con una. Era la época del Messenger para chatear. Yo me sentaba en el suelo frente a la computadora y él pateaba por arriba mío. La hacía rebotar en la pared y la paraba antes de que picara. Siempre compitiendo, claro: en cualquier cosa que surgía, jugaba por algo. Por la música, por ejemplo: él quería poner Los Palmeras y yo, rock. Un día me apostó que hacía cincuenta jueguitos con un mate con forma de calabaza. Obviamente ganó”.
“Las diez pelotas habían sido un regalo de Adidas: las réplicas de las que se habían usado en todos los mundiales, en versión más chica, obviamente. Messi y Ustari estaban siempre juntos, y los vi jugar más de una vez casi a la madrugada. Leo estaba desesperado por jugar. Tengo una filmación de un día en el que primero le tiré una tapita y se puso a hacer jueguitos, y después le fui tirando otras cosas, hasta un bollo de papel, y nada se le caía”, recuerda el masajista Marcelo D’Andrea.
La selección atravesó la fase de grupos en muy buen nivel, sobre todo por el 6-0 a Serbia y Montenegro, que incluyó el ingreso de Messi en el segundo tiempo con asistencia a Crespo y gol propio. El duelo de octavos, 2-1 a México con la volea inolvidable de Maximiliano Rodríguez, fue tan disputado que, antes del tiempo suplementario, los jugadores hablaban de lo que debían cambiar para dejar de padecer el trámite, y a cada uno se le ocurría algo distinto: el desborde táctico era total.
Messi ingresó para el epílogo de los 90 minutos, clave para sostener la pelota y funcionar siempre como descarga. En la media hora de alargue recibió 23 pelotas y de las 9 gambetas que intentó, en 8 ganó. El tiempo pasaba distinto con él en la cancha.
“Leo nos dio cambio de aire, la estábamos pasando mal”, recuerda Maxi Rodríguez. “Teníamos que mantener la pelota y también desequilibrar. Por eso entraron todos los bajitos”, refuerza Sorín. Los tres son parte de la jugada histórica de aquella jornada.
Messi fue quien inició la maniobra de derecha al medio, abrió a la izquierda y Sorín continuó con un cambio de frente al vértice derecho del área grande. “Se la di a Maxi como el Negro Enrique a Diego… Me habrá llegado energizada la pelota con el pase de Leo, porque yo no tenía tanta fuerza para cambiar de frente. Y Maxi controló y armó esa preciosura”, describe Sorín. Cuando Rodríguez dominó de pecho, Messi se la pidió con los brazos abiertos. Años más tarde, probablemente cualquier compañero hubiese optado por el pase; Maxi eligió su aventura: dominó de pecho y probó de volea, nada menos que de zurda, su pierna menos hábil. El remate se convirtió en uno de los mejores goles en mundiales de la selección argentina. (Tiempo después, Ricardo Lavolpe, técnico de aquel conjunto mexicano bien trabajado, encontraría a la madre de Maxi Rodríguez y le diría: “Usted no tiene nada que ver, pero su hijo es un hijo de puta”).
Así llegó el choque de cuartos de final: el viernes 30 de junio de 2006 se midieron Alemania y Argentina, que se habían repartido una final cada uno en los encuentros entre ambos en las últimas dos décadas. El cruce se haría costumbre para los siguientes dos mundiales (siempre con el mismo ganador).
El primer gol llegó en el arranque del segundo tiempo, mediante el característico imponente salto de Roberto Fabián Ayala, que superó a Miroslav Klose tras el córner de Riquelme. Cumplido el cuarto de hora, los embates en la búsqueda del empate se hicieron insistentes. Todavía Alemania no disfrutaba de la mezcla de capacidad atlética y riqueza técnica con la que dominaría el fútbol mundial. Riqueza para la cual realizaron un planificado trabajo de formación infantil, que incluyó el conocimiento del método Pekerman en las selecciones juveniles argentinas. No eran lo que serían, pero les bastaba con la fuerza.
Entre los 15 y los 20 minutos de aquel complemento, la selección anfitriona dispuso de tres córneres. En el segundo de ellos, el que más peligro generó, Coloccini cabeceó hacia adentro del área y el remate de Ballack dio en el pecho de Ayala justo cuando iba camino al gol, porque no había arquero: Abbondanzieri había caído por un rodillazo sin intención de Klose, producto de un salto más alto incluso que aquel del central argentino.
Enseguida después de ser atendido por el médico Donato Villani, Abbondanzieri volvió a tomarse la zona golpeada, hasta que a los 23 minutos se tiró. Villani se acuerda de los detalles: “Cuando entré a atenderlo, le dije que era un golpe fuerte, pero que se le iba a pasar en unos minutos. Les marqué a los centrales que no lo dejaran patear. El rodillazo había sido justo en un nervio en la cresta ilíaca. Llegué al banco y vi que estaba en el suelo de nuevo. Abbondanzieri había atajado finales con Boca, evidentemente no podía seguir. ‘Me van a patear de cualquier lado. ¡No me puedo mover!’, me gritaba”. Lo reemplazó Leonardo Franco.
Enseguida ingresó Esteban Cambiasso por Riquelme. Pekerman quería reforzar el medio. Tocalli memoriza: “Había entrado un ligerito, el 22, que estaba complicando a Sorín. La idea era ayudarlo con un volante zurdo. Además, veíamos que Riquelme estaba perdiendo algunas pelotas; se había cansado”. El 22 era David Odonkor, de padre ghanés; después de la Copa, el Borussia Dortmund lo vendería al Betis español.
El partido se hacía largo. Aunque no había llegadas claras, se jugaba en campo argentino. En esos momentos los entrenadores no pueden convivir con la duda; deben actuar. Saben que se los juzgará por el resultado de su decisión. Ante todo tienen que decidir. Están quienes se guían por su instinto y los que argumentan su elección en un detalle del momento. Los que repiten lo que les dio éxito en una circunstancia parecida anterior y los que analizan de sobra la situación. Todos generan su Punto Jonbar, el giro literario de la ucronía: el momento que podría haber cambiado lo que sucedió luego. Así se llama desde La legión del tiempo, una novela escrita por Jack Williamson en 1938. Una decisión de John Barr, el protagonista, implicaba generar un Estado o una tiranía.
El fútbol es un terreno de eternos debates. No hace falta ni haber jugado de manera aficionada para elaborar una teoría. Cualquiera se ubica en el lugar de John Barr. Cualquiera opina qué hubiese hecho “en el lugar de”, incluso si tiene que resolver de inmediato.
Tocalli interviene: “Cuando estaba tirado Abbondanzieri, Crespo vino a decirme que lo sacáramos, que se había desgarrado el gemelo. Me decía que no podía caminar”. El cuerpo técnico tenía alternativas diferentes: un marcador central (Leandro Cufré, Gabriel Milito), un creativo para enfriar el juego (Pablo Aimar), un centrodelantero con quien simplemente reemplazarían la pieza y no desordenarían el esquema (Julio Cruz), un atacante rápido (Rodrigo Palacio, Javier Saviola) o la promesa del fútbol mundial, el que semanas antes había generado un diálogo entre Julio Grondona y Joseph Blatter.
El suizo llevaba ocho de sus diecisiete años como presidente de la FIFA, período que tuvo al titular de la AFA como su vice y, sobre todo, su socio en la práctica. Una tarde, a la salida de una reunión de protocolo, se detuvo ante una gigantografía de Adidas que promocionaba la Copa con tres futbolistas: el brasileño Kaká, el alemán Michael Ballack y Messi. “El único que no juega es el tuyo”, disparó Blatter. Grondona había intervenido en la titularidad de Leo en el Mundial sub 20, pero a Pekerman nunca le dio más que su opinión sobre alguna otra presencia en la lista.
A los 33 minutos, con un solo cambio en la recámara, luego de haber realizado uno por lesión y supuestamente obligado a hacer el tercero por la misma razón, el técnico decidió: afuera Hernán Crespo, adentro Julio Cruz. Lionel Messi quedaba sin posibilidad de ingresar. Se abría, de esa manera, la primera ucronía histórica de su carrera en la selección. El Punto Jonbar de la Copa del Mundo.
Sin embargo, Crespo se defiende: “Nunca pedí nada. Sacarme fue una decisión táctica. Y mi pregunta es por qué no entró Saviola, que la estaba rompiendo. Todavía no entiendo por qué dejó de jugar”. Crespo también recuerda una charla con Messi previa al debut:
“Era divino verlo en los entrenamientos. Lo cagaban a patadas y los seguía encarando. Le dije que yo lo iba a llevar a semifinales y que él nos iba a sacar campeones. ‘La semi y la final las ganás vos’. No tenía dudas: era un desconocido, iba a hacer un desastre porque no lo tendrían en cuenta. Fallé por unos minutos”.
Coloccini se para en el momento: “Con el diario del lunes es fácil decir que debía entrar Leo. En aquella época hacía diferencia, pero todavía no era un indiscutido en la selección. Además, lo que decía Pekerman nosotros lo incorporábamos sin dudar”. Ustari reconoce: “En ese momento no nos dimos cuenta de que podría haber entrado él”. Maxi Rodríguez coincide: “Con el tiempo es más fácil. La verdad es que Leo era muy joven y los alemanes eran fuertes en la pelota parada. Tenía lógica que entrara Cruz”. Ayala resume las opiniones: “Se habló tanto de que no ingresó debido a la carrera que hizo después”.
Por una lesión en la rodilla en el tercer partido del Mundial, el 0-0 ante Holanda, Nicolás Burdisso se perdió los dos siguientes. Los vio desde un palco. Y conoce a Pekerman: “Cuando entró Leo contra México, perdió cuatro o cinco pelotas en un momento en el que sufríamos mucho. José se fijaba en pequeñas cosas para tomar decisiones. Recuerdo que Palacio se había resbalado un par de veces en un partido anterior y se lo hizo notar. Seguramente haya entendido que era un partido para jugadores más curtidos. Y apostó por la experiencia de Cruz. A nosotros en ese momento nos pareció normal”.
El propio Julio Cruz, poco afecto a entrevistas periodísticas, rara vez se refirió al tema. Aunque sí lo hizo en redes sociales en marzo de 2020: “Todo el mundo habló de ese cambio, de por qué Cruz (sic) y por qué no entró Lionel. La verdad es que fue lo que pedía el partido: salía Hernán y entraba yo. Estábamos muy convencidos de lo que hacíamos dentro de la cancha y afuera, éramos un grupo muy compacto. Ese partido lo dominamos. Pero el fútbol es así. Le llaman mala suerte y para mí no hay mala suerte, todo está escrito”.
Cristina Cubero, la periodista española que supo llegarle a Messi en sus inicios, cree que “Pekerman lo quería tanto que no quiso pasarle la presión”.
Gabriel Milito ya veía el fútbol como un entrenador: “A José lo condicionó el cambio de arquero. Y sin margen, debe de haber tenido en cuenta que Crespo iba al vértice del área chica en las pelotas paradas. Alemania nos estaba llenando de centros. Me puse en el lugar de José ahí mismo. Si lo ponía a Leo y después nos empataban con un gol de cabeza, le iban a preguntar por qué no puso a Cruz”.
En febrero de 2020, Leandro Cufré, integrante del plantel, daría una versión distinta. En FM 94.7 justificaría la decisión desde el estado físico del pibe que prometía tanto: “Solo algunos sabemos que Leo no estaba para jugar dos partidos en tan poco tiempo. Todos decíamos ‘sale Román y entra Messi, que es otro que puede tener la pelota’. Pero Román ya estaba viendo cómo le pasaba la pelota por arriba y había que poner gente alta. Hay cosas que tenés que resolver en fracciones de segundo y en ese momento José hizo ese cambio. Todos nos preguntamos por qué José no dice la verdad: es que todos sabemos que Pekerman es un señor”.
Con la herida cicatrizada, pero la sensación de todavía tener que rendir explicaciones, Tocalli relata: “Hoy nos siguen recriminando no haberlo puesto. Pero Leo venía con un dolor en el quinto metatarsiano. En las prácticas no podíamos exigirlo. Y ese partido no daba para él. De hecho, no solo podría haber entrado Messi, sino Saviola, que había arrancado el Mundial como titular y estaba en el banco. Pero nosotros creíamos que solo nos podían empatar de cabeza”.
En noviembre de aquel 2006, Messi sería operado por una fractura en el quinto metatarsiano del pie izquierdo. Sin embargo, Villani descarta una lesión o, por lo menos, un problema físico como la razón de que se quedara con las ganas: “Le habíamos detectado una fractura por estrés envejecida en la zona del quinto metatarsiano. Se notaba que había sufrido un golpe y no le habían prestado atención. Pero siempre estuvo para jugar”.
Meses antes del Mundial, Messi había pedido desde Barcelona que Marcelo D’Andrea viajara para que lo atendiera por unos problemas musculares recurrentes. “Cuando empecé a masajearlo, se le notaban cicatrices en los posteriores. Sufría por el dolor en esa zona. Viajé, estuve con él en la previa del Mundial y obviamente en Alemania. Puedo asegurar que estaba perfecto”, resume. Si más de una década después pudo haberse instalado que su ausencia se debió a su condición física, los especialistas rápidamente lo descartan.
Solo 90 segundos después de aquel tercer cambio, en la segunda pelota al área que Alemania envió por arriba en tan corto lapso, Podolski peinó la pelota y Klose le ganó a Sorín para empatar el partido. Faltaban 10 minutos; tan cerca, tan lejos.
En el tramo restante, Argentina tuvo un par de aproximaciones; entre ellas, un centro de Cruz, extrañamente abierto a la derecha pese a ser la única referencia ofensiva, que no le llegó a Cambiasso. Pasaron a la media hora del tiempo suplementario, en el que prácticamente no hubo peligro en ninguna de las áreas, salvo alguna jugada nacida en la rebeldía de Tevez y un par de intervenciones sorpresivas de Coloccini, toda la vida central y aquella vez lateral: “Como tenía que compensar porque juntaba muchos jugadores de ataque, José me puso a marcar la punta. En el alargue me solté. Aunque mis avances fueron más por ver que se nos escapaba la posibilidad”.
Los penales decidieron la historia. Oliver Neuville inauguró la serie y Julio Cruz empató. Ballack volvió a desnivelar y el anunciado tiro de Ayala, rasante y apenas a la derecha del arquero, fue sencillo para Lehmann, que había leído en un papel referencias de los jugadores argentinos. Podolski estiró la cuenta y Maxi Rodríguez, seguro a sus cortos 25 años, descontó. Tim Borowski, volante central de 1,94 m, definió con suficiencia. Y Cambiasso, con la carga en sus hombros, sin margen para errar, dejó su penal en las manos de Lehmann. El arquero en ese momento del Arsenal inglés casi ni lo festejó; apenas movió el índice de arriba hacia abajo. Mientras tanto, 76.000 personas saltaban en el Olímpico de Berlín. Otra permanecería sentada.
La imagen de Messi en soledad recorrió el mundo. Sentado a un lado del banco de suplentes, con la vista perdida en un punto fijo, estaba sencillamente triste. No hablaba con nadie. Quedaba lejos del llanto de algunos compañeros y del consuelo de otros. Si casi no se relacionaba en la concentración con ellos, menos podría surgirle alguna palabra en ese momento.
Se le acercó D’Andrea, el mismo que lo había consolado un año antes, el mismo que trataría de consolarlo varias veces más en su carrera en la selección: “‘Dale, pendejo. Levantate’, le dije, tratando de agitarlo. ‘La concha de tu madre, gordo’, me contestó. Quería que se sacara el enojo. ‘No te sirve de nada estar acá, solo’. Hasta que se levantó y fuimos al vestuario. La verdad es que tenía unas ganas tremendas de entrar. Y volaba”.
“Ahí ya empecé a recibir de la prensa –declaró Messi en 2019 sobre aquel Mundial 2006–. Dijeron que no me importaba nada, que vi el final del partido sin los botines. Y me los había sacado porque ya no podía entrar. Estaba caliente por no jugar. Pero era mentira que me daba lo mismo el resultado. El vestuario era terrible. Todos lloramos, amargados, yo el primero”.
“Fue un puñal la eliminación. Creíamos que íbamos a pasar”, recuerda Maxi Rodríguez. “Sentíamos que podíamos ser campeones. Lo percibíamos”, se lamenta Milito. “Lástima que no pudimos avanzar más en el Mundial. Jugamos un fútbol de pases y verticalidad que nos identificaba a todos”, asegura Sorín.
Lionel Scaloni no imaginaba que en el futuro se convertiría en técnico de Messi. En ese momento compartía el banco de suplentes con Leo. “Fue un partido fatal. El arquero pidió el cambio, hubo un segundo cambio táctico. Alemania tenía torres y nosotros defendíamos las pelotas paradas con Crespo en el primer palo. Había que terminar el partido ahí, nadie pensaba en que nos empataran y llegar frescos al alargue. Me pareció lógico, habría hecho lo mismo. El fútbol evoluciona, hoy tendríamos un cuarto cambio en el suplementario”. Es cierto: actualmente se permite una modificación más en la media hora de alargue. En esa época, el ingreso de Julio Cruz impedía el de Lionel Messi. Evidentemente, también, entre los futbolistas existió y existe unanimidad en la aceptación de la decisión de Pekerman. No así en la prensa, hoy y ayer.
En los medios predominó la valoración por el rendimiento futbolístico de la selección en el Mundial, aunque resultó tema de debate la permanencia de Leo en el banco. Víctor Hugo Morales, en ese momento relator en radio Continental, criticó: “La ausencia de Messi provocó no solo mi sorpresa, sino también la de periodistas españoles e italianos, que nos miraban como si nosotros pudiéramos darles una explicación de por qué no entraba a la cancha ni como el tercero de los suplentes”. Héctor Hugo Cardozo elaboró una línea de tiempo en Clarín: “Messi nos ilusionaba. Pero nos quedamos con las ganas. Y no es nuevo esto que vivimos en Berlín. La historia no nos desmiente. Cuando se pudo disfrutar de Enrique Sívori o Alfredo Di Stéfano, la costumbre de la época les negó la chance de la repatriación. Después fue a Diego Maradona al que postergaron. Y a Ramón Díaz más tarde, y a Claudio Caniggia en Francia y a Saviola y a Riquelme en Asia. Ahora, en caliente, esperar cuatro años por la revancha y con Messi, parece mucho”.
El diario Perfil llevó el tema a su tapa: “Messi, más minutos de avisos que en la cancha. ¿Quién se equivocó? ¿Pekerman, que no lo puso, o los fans y los anunciantes, que lo eligieron como ídolo?”. En las páginas interiores no desarrollaban las preguntas; suele pasar.
Mario Kempes no dudó: “Haber hecho entrar a Julio Cruz en vez de a Lionel Messi o Javier Saviola fue el momento clave y decisivo del partido”. Jorge Valdano había dicho: “Admiro a Pekerman, pero lo admiraría más si pusiese a Messi de titular”.
La previa del Argentina-Colombia de la Copa América 2015 sería una de las pocas ocasiones en las que Pekerman se referiría al tema, obviamente ya como técnico del seleccionado rival. En realidad, dejaría un recuerdo sin demasiados argumentos: “La imagen fue dura. Quería seguir jugando. Es como James, que se enoja cuando pierde; quiere ganar todo. Así son los grandes jugadores”.
Messi no vería ninguno de los cuatro partidos restantes del Mundial: ni las semifinales ni la final ni mucho menos el que definió el tercer puesto. A Messi le gusta el fútbol, pero mucho más jugarlo que verlo.
Un mes después, en una jornada de presentaciones comerciales en Buenos Aires, le hicieron una pregunta sin signos de interrogación:
–A la gente le hubiese gustado que jugaras más.
–A mí también –fue su sincera respuesta. Suficiente.
El fútbol siempre fue su expresión. Con ese talento rompió su caparazón. Así se presentó en Barcelona, cuando su físico dejaba dudas y su introversión no lo ayudaba. Se desprendió de sus raíces, de su gente. Para paliar el déficit en la hormona de crecimiento, se inyectó una dosis diaria de somatotropina sintética. Todo, muchas veces, en soledad. Desarrollado en un ámbito sin estridencias, forjó aún más sus maneras. La pelota, la sencillez, la falta de locuacidad.
En su debut en la selección, una equivocada decisión de un árbitro lo sacó del campo. En su primer torneo importante, una elección del entrenador volvió a dejarlo fuera del ámbito donde es decisivo. En la primera ocasión, le brotaron incertidumbre y angustia; en la segunda, desolación. Lejos de la cancha, nunca le interesó demasiado manifestarse. Sin jugar, no le queda más que el silencio.
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