Kitabı oku: «La hermana San Sulpicio»

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Armando Palacio Valdés

La hermana San Sulpicio


Publicado por Good Press, 2022

goodpress@okpublishing.info

EAN 4057664093462

Índice

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI


I

Índice

A las aguas de Marmolejo.

UIERO contar la historia puntual de un episodio de mi vida que no deja de ofrecer algún interés; aunque mi impericia en el arte de escribir quizá llegue a quitárselo. Los sucesos que voy a confiar al papel son tan recientes, que el eco de sus vibraciones aún no se ha apagado en mi alma. Esto hará seguramente más confusa la narración. No han tenido tiempo a depositarse los sedimentos y no es fácil sumergir en esta época importante de mi vida la mirada y distinguir lo que debe tomarse y dejarse para hacer comprensivas y gratas estas confidencias. Pero, en cambio, palpitará en ellas la verdad, y a su mágico influjo tal vez se disipen y se borren las infinitas manchas que mi pluma habrá dejado caer.

Ante todo, es bien que os informe de quién soy, cuál es mi patria y mi condición. Estadme atentos.

Confieso que soy gallego, del riñón mismo de Galicia, pues que nací en un pueblecillo de la provincia de Orense, llamado Bollo. Mi padre, boticario de este pueblo, no tiene más hijo que yo, y ha labrado para mí una fortuna que, si en Madrid significa poco, en Bollo nos constituye casi en potentados. Cursé la segunda enseñanza en Orense, y la facultad de medicina en Santiago. Mi padre hubiera deseado que fuese farmacéutico, pero nunca tuve afición a machacar y envolver drogas. Además, en el instituto de Orense observé que mis compañeros tenían por más noble ejercicio el de la medicina, y esto me decidió enteramente a desviarme de la profesión de mi padre. Así que hube terminado la carrera, solicité y obtuve de él, no sin algún trabajo, la venia para cursar el año del doctorado en Madrid, y a la Corte me vine, donde en vez de dar consistencia a mis conocimientos, no muy seguros por cierto, en las ciencias médicas, perdí bastante tiempo en los cafés, y lo que es aún peor, contraje la funesta manía de la literatura. Quiso mi suerte que fuese a dar con mis huesos a una casa de huéspedes donde alojaba también un autor dramático al por menor, esto es, de los que fabrican piezas para los teatros por horas, el cual me comunicó al punto su inmensa veneración por el arte de recrear al público durante tres cuartos de hora, y un desprecio profundo por todo lo que respetaba y ponía sobre la cabeza anteriormente, por las ciencias exactas y naturales y por los hombres que las profesaban. Collantes, que así se llamaba el poeta, sonreía, no ya con desprecio, sino con verdadera lástima, cuando le hablaba de mis sabios maestros de Santiago, y hasta una vez tuvo la crueldad de tirarme de la lengua en el café delante de otros compañeros, literatos también, para que desahogase mi entusiasmo por Tejeiro y otros que a mí me parecían eminentes profesores. Dejáronme hablar cuanto quise, y cuando más acalorado estaba en el panegírico, soltaron a reír como locos, con lo cual quedé fuertemente avergonzado y confuso. Después que se hartaron de reír, pasaron a tratar de sus asuntos de teatro, pero todavía al despedirse me dijo uno de ellos: «Adiós, Sanjurjo, hasta la vista; otro día hablaremos con más espacio del Sr. Tejeiro», lo que hizo estallar de nuevo en carcajadas a sus amigos. La broma llegó al punto de que cuantas veces me encontraban en la calle, nunca dejaban de preguntarme por la salud de Tejeiro; y esto duró algunos meses.

No había que hablar a aquellos jóvenes, que se reunían todas las tardes y todas las noches del año en torno de una mesa del café Oriental, de otra cosa que de teatros y comediantes. Conocían cuantas obras dramáticas se habían puesto en escena desde 1830 hasta la fecha, y un sabueso no rastreaba mejor la liebre que ellos las semejanzas o filiación de las que se estrenaban en los teatros de la Corte. Eran peritísimos en el arte de hacer reír al público con pisotones en los callos, derrumbamiento de sombreros, tropezones, baños de agua fría con un vaso que se derrama, y otros recursos análogos que jamás dejan de producir dichoso resultado en el teatro. Sobre todo, algunos de ellos eran habilísimos para formar un enredo, haciendo previamente tontos a todos los personajes por medio de una serie de equivocaciones chistosísimas, hasta que al final uno de ellos, iluminado súbitamente, exclamaba: «¡Ah! ¿Conque usted no es el guarda de consumos, sino el arcipreste de...? ¿Y usted no es el padre, sino el nieto de mi amigo Pérez?... ¡Ahora lo comprendo todo!»

Poco a poco, y sin saber cómo, fue penetrando también en mi mente la idea de que todo en el mundo era despreciable, excepto los teatros por horas. La astronomía, la química, la filosofía, la fisiología, cursilerías propias para ser cultivadas por los hombres inferiores, de los cuales mi amigo Collantes y sus compañeros se mofaban con mucho donaire, o como ellos decían, con muy buena sombra. Esto de tener buena sombra fue mi única ambición desde entonces, y me esforcé con ahínco en alcanzar la ventura de poseerla. Pero mis chistes y equívocos, preparados con anticipación en la soledad de mi cuarto, no tenían éxito feliz en el Oriental. Ni una comedia que también forjé y les leí, reuniéndolos al efecto en casa y regalándolos con cigarros y copas de manzanilla, logró su aprobación. Después de fumar y beber cuanto quisieron, comenzaron a saetear mi pobre obra lindamente, y como soy amigo de la verdad, reconozco que lo hicieron con gracia. Pero los gallegos somos casi tan tercos como los aragoneses. No me di por vencido. Escribí otra, y después otra, y logré que se pusieran en escena, y fui estrepitosamente pateado. Tampoco renuncié en absoluto a la literatura, como debía. Escribí algunos artículos de costumbres en los periódicos, y aunque no me dieron un cuarto por ellos, tuve la satisfacción de que Collantes declarase solemnemente, a la hora de almorzar, que «dramático, lo que se llama dramático, no lo sería nunca, pero en el género descriptivo podría aún dar mucho juego». Con este fallo tan lisonjero, confirmado por los tertulios del Oriental, quise volverme loco de alegría y me puse desde entonces con tanto afán a describir cuanto se me ofrecía delante, como si Dios me hubiera mandado al mundo exclusivamente con ese objeto. Las prensas de Madrid y de provincias comenzaron a gemir bajo el peso de mis descripciones. Pronto me convertí en especialista. Poco faltó para que pusiera en las tarjetas Ceferino Sanjurjo, poeta descriptivo. Fui al Ateneo y leí un poema describiendo la siega del trigo, que me valió el ser saludado con los pañuelos por las damas y calurosamente palmoteado por los caballeros.

En esto ¡quién se acordaba, por supuesto, de la medicina legal y de las otras asignaturas del doctorado! Fui a pasar el verano a Bollo, y convencí a mi buen padre de que yo no había nacido para tomar pulsos, sino para describir en verso todo lo creado, y me facilitó dinero para volver al año siguiente a Madrid. Seguí haciendo la misma vida de antes y cultivando la misma especialidad con que casual y dichosamente había acertado. Mas, por efecto de la vida sedentaria y desarreglada que llevaba, o por ventura porque las descripciones cuando se abusa de ellas van directamente al estómago y se sientan en él, es lo cierto que vine a enfermar de este órgano. Tan mal me puse que me resolví en la primavera a ir a tomar las aguas de Marmolejo.

Aquí comienza el período de mi vida que he anunciado como interesante. Y en verdad que ya me pesa, pues nada es peor para obtener buen éxito en las narraciones como despertar la curiosidad con promesas halagadoras. En fin, he cometido una torpeza, y es justo que la pague. Si os reís de mí y de mi loca presunción, yo no estaré a vuestro lado, como la noche funesta en que me silbaron en el teatro de Eslava, para oír vuestras carcajadas. ¡Es horrible! Además, fío mucho en las descripciones.

Arreglados mis bártulos, y después de comer precipitadamente, tomé el tren correo de Sevilla el día 4 de Abril de 188... Cuando hubieron cesado las despedidas, y el pito del jefe dio la señal de marcha y el prolongado tren salió de la estación, dirigí una mirada de examen a los que me acompañaban. El viajero que tenía enfrente era un hombre pálido, de cuarenta a cincuenta años, bigote negro y manos flacas y velludas; el que se sentaba más allá era un caballero rechoncho, de ojos grandes y saltones, con unas cortas patillas entrecanas que le bajaban poco de la oreja, fisonomía abierta y risueña, mientras el otro parecía, por la expresión recelosa y sombría de sus ojos, hombre de carácter oscuro y malhumorado. Así que salimos de la estación, quitose éste, lanzando apagados gemidos, las botas y se puso las zapatillas, colocó el sombrero de castor sobre la rejilla y se encasquetó una gorra de paño.

—Padece usted de los callos, ¿verdad?—le preguntó el caballero gordo con palabra insinuante sonriendo con amabilidad.

—No señor—contestó el otro secamente.

—¡Ah!... Como usted se quejaba al sacarse las botas...

—Es que tengo sabañones—replicó con peor humor y acento catalán bien señalado.

—¡Oh! Pues si usted padece de sabañones es porque quiere.

El catalán le echó una mirada mitad de indignación mitad de curiosidad.

—Sí, señor; porque usted quiere—insistió el otro con aire petulante y satisfecho, mirándole a la cara risueño.

El catalán bajó los ojos, sacudió levemente la cabeza y se dispuso a encender un cigarro.

—Sí, señor; yo, aquí donde usted me ve, he padecido terriblemente de sabañones.

Dijo esto con la misma entonación satisfecha y semblante risueño que si contase que había llegado al polo Norte.

—Pero no tuve más que ponerme unos polvitos que yo tengo, de mi exclusiva invención... y como con la mano.

—Pues hombre, si usted se ha inventado la medicina, ¿cómo quiere usted que yo me haya curado con ella?—dijo el catalán.

—Es que yo puedo facilitárselos cuando usted quiera.

—Muchas gracias; no soy amigo de drogas.

—¿Drogas? Mis polvos no son drogas, señor mío; están hechos exclusivamente con vegetales.

El catalán le miró fijamente, y después volvió la vista a mí, haciendo una mueca expresiva.

—No entra una sola droga en su confección, y lo mismo curan los sabañones, que la calentura, que la tisis, cuando no está en el cuarto grado, se entiende. Las calenturas perniciosas que había en Simancas se han desterrado, y la tisis no se conoce. Las chicas del pueblo los llaman «los polvos de D. Nemesio».

Aquí el catalán soltó una carcajada sonora y brutal que dejó avergonzado al buen D. Nemesio.

—Bueno, señor; si usted no cree en su eficacia, nada hay perdido.

Quedó un poco amoscado y tardó algún tiempo en hablar; pero al cabo de algunos minutos no pudo contenerse y volvió a pegar la hebra asándonos a preguntas. A dónde íbamos, de dónde éramos, qué profesión teníamos, etc. El catalán le respondía con malos modos, cuando le respondía, que no era siempre. Yo satisfice de buen grado su curiosidad. Quedó encantado al saber que iba a Marmolejo. También él se dirigía a este punto, a curarse una afección de la orina.

—Pero, hombre—exclamó el catalán groseramente,—¿no dice usted que tiene usted unos polvos que lo curan todo?

—Sí, señor; que curan casi todas las enfermedades—repuso D. Nemesio algo incomodado;—pero obran mucho mejor ayudados por otras medicinas.

Gracias a sus preguntas supe pronto que el catalán era juez electo de primera instancia en un pueblo de la provincia de Córdoba y que iba a Sevilla a presentarse al presidente de la Audiencia. Se llamaba Jerónimo Puig. Fue todo lo que pudo sacar de él D. Nemesio, quien por su parte nos enteró prolijamente de su patria, condición, familia, carácter y cuantas circunstancias podían ser directa o indirectamente útiles para su biografía. Era un propietario rico de Simancas, donde había nacido y criádose, y tenía mujer y siete hijos, cuatro de ellos casados. La exposición seria y concienzuda que nos hizo del carácter de cada uno de sus yernos y nueras duró cerca de una hora. El catalán, cuando lo juzgó conveniente, hizo de la capa almohada y se tendió a lo largo, y no tardó en roncar. Yo me vi obligado a escucharle largo rato aún, si bien a la postre concluí por pensar en mis asuntos, dejándole despacharse a su gusto.

El tren corría ya por los campos de la Mancha, que se extendían por entrambos lados como una llanura negra interminable que cortaba la esfera brillante del firmamento poblado de estrellas. D. Nemesio, fatigado al cabo de tanto hablar, comenzó a dar cabezadas, pero sin decidirse a tumbarse, como si quisiera mantenerse siempre alerta para coger el hilo del discurso en cuanto el sueño le dejase un momento de respiro.

Paró el tren.—«Argamasilla, cinco minutos de parada»—gritó una voz.—Di un salto en el asiento y me apresuré a abrir la ventanilla, clavando mis ojos ansiosos en la oscuridad de la llanura. Aquel nombre había hecho dar un vuelco a mi corazón; era la patria del famoso Don Quijote de la Mancha; y aunque yo en mi calidad de poeta lírico he despreciado siempre a los novelistas por falta de ideal, todavía el nombre de Cervantes fascinaba mi espíritu por la gran fama de que goza en todo el universo. La negra silueta del pueblo dibujábase a la lejos, y una torrecilla alzábase sobre él destacando su espadaña con precisión del fondo oscuro de la noche. ¡Pobre Cervantes! ¡Aquí fue preso y maltratado como el último comisionado de apremio; en todas partes despreciado y humillado, cual si no hubiese tropezado en el curso de su vida más que con poetas líricos!

—¿Sabe usted que entra un fresquecito regular?—dijo D. Nemesio despertándose.

—¿Quiere usted que levante el cristal?

—Si usted no tiene inconveniente...

—Ninguno—repuse, apresurándome a hacerlo.—Estaba mirando al pueblo de Argamasilla, donde se dice que Cervantes fue preso y colocó la patria de su héroe.

—¡Ah, Cervantes!... ¡Ya!—exclamó D. Nemesio abriendo mucho los ojos para expresar que no era insensible a este nombre. Y luego, encarándose conmigo, me preguntó con interés:

—Cervantes era un hombre muy despejado, ¿verdad?

—No, señor—respondí bruscamente, echándome a dormir y tapándome con la manta.

Comenzó a clarear el día en Despeñaperros. Una banda rojiza y cárdena que se extendía por el Oriente daba al cielo un aspecto fantástico de panorama de feria. La crestería de la sierra lejana teñíase de verde. Con los ojos hinchados por el sueño y sintiendo leves escalofríos en el cuerpo, miré por la ventanilla y vi el pueblecillo de Vilches pintorescamente colgado entre dos montañas no muy lejos de la vía: parece sentado en un columpio cuyos cabos invisibles están amarrados a la cima de aquéllas.

D. Nemesio se alzó del asiento restregándose los ojos, y apenas lo hizo soltó el chorro de nuevo, haciéndome sabedor de los lances curiosos que le habían pasado en los diferentes viajes que había corrido por aquella línea. En Manzanares le habían dado en cierta ocasión un café detestable; la manteca rancia: otra vez el jefe de la estación de Alcázar no le había querido facturar el equipaje por llegar dos minutos tarde: en otra ocasión, en la fonda de Menjíbar, no les dieron tiempo a almorzar; pero él, que es un gran tunante, se burló del fondista apoderándose de lo que había en la mesa y llevándoselo al coche. Mientras tanto yo envidiaba al catalán que, enteramente cubierto por la manta, no rebullía. Pero como no es posible la felicidad en este mundo, cuando yo estaba pensando en ella, apareció el revisor y le despertó exigiéndole el billete. Se levantó de muy mal humor, por no variar. Llegamos a la estación de Baeza, donde el catalán se bajó del coche. Don Nemesio y yo permanecimos en él. Sonó la campanilla, dio el mozo la voz a los viajeros, se oyó el estrépito de las portezuelas al cerrarse, y nuestro catalán no parecía. D. Nemesio experimentó viva inquietud.

—¡Caramba, cómo se descuida el señor de Puig!

Pasó un momento: todos los viajeros estaban ya en sus coches.

—¡Caramba, caramba, ese hombre va a perder el tren!

Cuando sonó el pito del jefe y la máquina contestó con un formidable resoplido, D. Nemesio, presa de indescriptible ansiedad, asomó su calva venerable por la ventanilla gritando:

—¡Puig! ¡Puig!... Mozo, mire usted si en el retrete hay un caballero catalán...

El mozo se encogió de hombros con indiferencia.

Arrancó el tren y comenzó majestuosamente a separarse de la estación, y mi compañero de viaje seguía gritando a la ventanilla:

—¡Puig! ¡Puig!

Al fin se dejó caer rendido en el asiento, con la consternación pintada en el semblante.

—¡Válgame Dios! ¡Válgame Dios! ¡Pobre señor!...

Y principió a hacer comentarios tristísimos acerca de aquel lance desgraciado. No me parecía a mí tan lamentable como a él, pero le seguí el humor, deplorándolo amargamente.

—¡Pobre señor!... ¡Y mañana tenía que presentarse sin falta al presidente de la Audiencia! Yo no comprendo cómo estos hombres se descuidan... Bien es verdad que si una necesidad apremiante... ¡Vaya por Dios! Y vea usted, vea usted, Sanjurjo, las botas y el sombrero allí sobre la red...

D. Nemesio miraba con ojos enternecidos aquellas prendas.

—Se ha quedado el pobre señor con gorra y zapatillas, sin abrigo alguno, sin maleta... Se me ocurre una cosa. En la primera estación dejamos estos efectos al jefe y le telegrafiamos, ¿no le parece a usted?

Encontré razonable la proposición, y como lo pensamos lo hicimos tan pronto como el tren se detuvo un instante. Cumplido este deber de humanidad, volvimos de nuevo al coche con la satisfacción que se experimenta siempre que se lleva a cabo una acción buena, y principiamos a departir alegremente, escuchando yo con más atención que antes los pormenores biográficos en que se anegaba el propietario de Simancas. La luz matinal, esplendorosa ya, y la perspectiva de llegar pronto nos animaban. Sacó D. Nemesio una maquinita con espíritu de vino y se puso a hacer chocolate, que tomamos con increíble apetito y alegría.

Pasaron volando cuatro o cinco estaciones más. Llegamos a Andújar.

—¡Hola, señores! ¿Cómo se va?—dijo una voz, y al mismo tiempo asomó por la ventanilla el rostro cetrino del catalán, esta vez risueño y desencogido, mirándonos con ojos benévolos.

D. Nemesio y yo quedamos petrificados y nos dirigimos una mirada de angustia sin contestar al saludo.

—Buen día, ¿eh?... ¿Se ha tomado chocolate, por lo que veo?... Nosotros nos hemos desayunado a la catalana... Vienen ahí unos paisanos, del mismo Reus, ¿sabe? y vinimos de jarana y de broma... Tomamos unas copitas de ojén, y luego una butifarrita.

Puig se había puesto de un humor excelente con aquel encuentro. Nosotros, cada vez más confusos, le mirábamos con tan extraña fijeza y ansiedad, que por milagro no se fijaba en nuestra rarísima actitud. Abrió la portezuela al fin, y se acomodó alegremente a nuestro lado, mientras a mí me corrían escalofríos por el cuerpo, y D. Nemesio sudaba de angustia. No hacíamos otra cosa que dirigir vivas ojeadas a la rejilla, esperando cuándo el catalán levantara la vista y echaba de menos los bártulos. Al cabo de algunos minutos, no pudiendo sufrir más tiempo tal congoja, decidí acabar de una vez.

—Señor Puig (mi voz salió un poco ronca. D. Nemesio me miró con terror). Señor Puig... nosotros, con la mejor intención del mundo, le hemos hecho un flaco servicio...

El catalán me miró con inquietud y me turbé un poco.

—Nosotros pensamos—dijo D. Nemesio—que usted había perdido el tren en Baeza.

—Que se había usted quedado en el retrete—añadí yo.

—Y comprendiendo que su situación debía ser muy fastidiosa—siguió D. Nemesio.

—Y que le vendría muy bien que su maleta no fuese a dar a Sevilla—dije yo.

—Se la hemos dejado, con los demás bártulos, al jefe de la estación de Jabalquinto—se apresuró a concluir D. Nemesio, clavando sus ojos saltones y suplicantes en el catalán.

—¡Pues es verdad, voto a Dios!—exclamó éste levantando los suyos a la rejilla.

—Dispénsenos usted por favor...

—Ya comprenderá usted que nuestra intención...

—¡Qué intención ni que Cristo, ni qué mal rayo que los parta!—profirió Puig llevándose las manos a la cabeza.—¡La han hecho ustedes buena! ¿Y cómo me presento yo en gorra y zapatillas al presidente?

—¿Quiere usted mi sombrero y mis botas?—le preguntó D. Nemesio.—También le puedo facilitar alguna camisa.

—Déjeme usted en paz con sus botas y sus camisas... Lo que yo quiero es mi equipaje, ¿sabe?... ¿Qué rayos tenía usted que ver con él, ni por qué se ha metido donde no le llamaban?

—Oiga usted, señor mío, me parece que no hay razón para faltarme—exclamó D. Nemesio encrespándose.

—La culpa ha sido de los dos, señor Puig, me apresuré yo a decir.

Cada vez más furioso, y tirándose de los pelos y revolviéndose en el asiento, Puig comenzó a desahogarse en catalán, lo que fue una gran fortuna, pues no lo entendíamos. Sólo por la entonación y por las furiosas miradas que alguna vez nos dirigía, sabíamos que nos estaba poniendo como trapos.

En esto íbamos llegando ya a la estación de Arjonilla. Cuando paró el tren, nuestra víctima se apresuró a salir sin despedirse, dio un gran golpe a la portezuela y no volvimos a verle más.


II

Índice

Conozco a la hermana San Sulpicio.

L ómnibus saltaba por encima de las piedras sacudiéndonos en todos sentidos, haciéndonos a veces tocar con la cabeza en el techo; yo llegué a besar, en más de una ocasión, con las narices el rostro mofletudo de D. Nemesio. El empedrado no es el género en que más se distingue Marmolejo. Por las ventanillas podíamos tocar con la mano las paredes enjalbegadas de las casas. El dueño de la Fonda Continental, hombre de mediana edad y estatura, bigote grande y espeso, ojos negros y dulces, no apartaba la vista de nosotros, fijándola cuándo en uno, cuándo en otro, con expresión atenta y humilde, parecida a la de los perros de Terranova. Cuando quiso Dios al fin que el coche parase, saltó a tierra muy ligero y nos dio la mano galantemente para bajar. Yo no acepté por modestia.

La Fonda Continental era una casita de un solo piso, donde se verían muy apurados para alojarse europeos, africanos, americanos y oceánicos, aunque viniese un solo hombre por cada continente. En el patio, con pavimento de baldosín rojo y amarillo, había cuatro o cinco tiestos con naranjos enanos. La habitación en que me hospedaron era ancha por la boca, baja y cerrada por el fondo, en forma de ataúd, lo cual revelaba en el arquitecto que construyó la casa ciertos sentimientos ascéticos que no he podido comprobar. La cama igualmente parecía descender en línea recta del lecho que usó San Bruno.

Cuando hube permanecido en aquel agujero el tiempo suficiente para lavarme y limpiar la ropa, salí como los grillos a tomar el sol acompañado del patrón, que tuvo la amabilidad de llevarme al paraje donde las aguas salutíferas manaban. Propúsome ir en coche, mas considerando la traza no muy apetitosa del vehículo que me ofrecía, y con el deseo, propio de todo viajero, de ver y enterarme bien del aspecto y situación del pueblo en que me hallaba, decidí emprenderla a pie. Mientras tanto D. Nemesio permanecía en su celda, entregado, quizá, a severas penitencias, por el pecado de haber ocasionado tan cruel disgusto a nuestro compañero de viaje. Porque fue él quien tuvo la culpa de dejar al jefe de Jabalquinto el sombrero y las botas del juez catalán. Les juro a ustedes que yo solo nunca me hubiera atrevido.

Marmolejo está situado cerca de la Sierra Morena, de donde salen las aguas que le han dado a conocer al mundo civilizado. Tiene el aspecto morisco como algunos pueblos de la provincia de Málaga y los de la Alpujarra. La blancura deslumbradora de sus casitas, que cada pocos días enjalbegan las mujeres, la estrechez de sus calles, la limpieza extraordinaria de sus patios y zaguanes, acusan la presencia, por muchos años, de una raza fina, culta, civilizada, que ha dejado por los lugares donde hizo su asiento hábitos graciosos y espirituales.

El pueblo es pequeñísimo: al instante se sale de él. Caminamos hacia la sierra, que dista dos o tres kilómetros. La Sierra Morena no ofrece ni la elevación, ni la esbeltez, ni el brillo pintoresco y gracioso de las montañas de mi país. Es una región agreste y adusta que extiende por muchas leguas sus lomos de un verde sombrío, donde rara vez llega la planta del hombre en persecución de algún venado o jabalí. Sin embargo, el contraste de aquella cortina oscura con la blancura de paloma del pueblo la hacía grata a los ojos y poética. En suave declive, por una carretera trazada al intento, bajamos al manantial que sale en el centro mismo del río Guadalquivir, el cual viene ciñendo la falda de la sierra. Hay una galería o puente que conduce de la orilla al manantial. Por ella se paseaban gravemente dos o tres docenas de personas, revelando en la mirada vaga y perdida más atención a lo que en el interior de su estómago acaecía que al discurso o al paso de sus compañeros de paseo. De vez en cuando se dirigían al manantial con pie rápido, bajaban las escalerillas, pedían un vaso de agua y se lo bebían ansiosamente, cerrando los ojos con cierto deleite sensual que despertaba en su cuerpo la esperanza de la salud.

—¿Se ha bebido mucho ya, madre?—dijo mi patrón asomándose a la baranda del hoyo.

Una monja pequeña, gorda, de vientre hidrópico y nariz exigua y colorada, que en aquel momento llevaba un vaso a los labios, levantó la cabeza.

—Buenos días, señor Paco... Hasta ahora no han caído más que cuatro. ¿Quiere usted un poquito para abrir el apetito?

A mi patrón le hizo mucha gracia aquello.

—Para abrir el apetito, ¿eh? Deme usted algo para cerrarlo, que me vendría mejor. ¿Y las hermanas?

Dos monjas jóvenes y no mal parecidas, que al lado de la otra estaban con la cabeza alzada hacia nosotros, sonrieron cortésmente.

—Lo de siempre, dos deditos—contestó una de ojos negros y vivos, con acento andaluz cerrado y mostrando una fila primorosa de dientes.

—¡Qué poco!

—¡Anda! ¿Quiere usted que criemos boquerones en el estómago, como la madre?

—¡Boquerones!

—Boquerones gaditanos. No hay más que echar la red.

El vientre hidrópico de la madre fue sacudido violentamente por un ataque de risa. Los boquerones que allí nadaban, al decir de la monja, debieron pensar que estaban bajo la influencia de un temporal deshecho. También reímos nosotros, y bajamos al manantial. Al acercarnos, la madre me saludó con sonrisa afectuosa: yo me incliné, tomé el crucifijo que pendía de su cintura y lo besé. La monja sonrió aún con más afecto y expresión de bondadosa simpatía.

Seamos claros. Si este libro ha de ser un relato ingenuo o confesión de mi vida, debo declarar que al inclinarme para besar el crucifijo de metal no creo haber obrado solamente por un impulso místico; antes bien, sospecho que los ojos negros de la hermana joven, atentamente posados sobre mí, tuvieron parte activa en ello. Sin darme tal vez cuenta, quería congraciarme con aquellos ojos. Y la verdad es que no logré el intento. Porque en vez de mostrarse lisonjeados por tal acto de devoción, pareciome que se animaban con leve expresión de burla. Quedé un poco acortado.

—¿El señor viene a tomar las aguas?—me preguntó la madre entre directa e indirectamente.

—Sí, señora; acabo de llegar de Madrid.

—Son maravillosas. Dios Nuestro Señor les ha dado una virtud que parece increíble. Verá usted cómo se le abre apetito en seguida. Comerá usted todo cuanto quiera, y no le hará daño... Mire usted, yo puedo decirle que soy otra, y no hace más que ocho días que hemos venido... ¡Figúrese que ayer he comido hígado de cerdo y no me ha hecho daño!... Pues esta filleta—añadió apuntando a la hermana de los ojos negros.—¡No quiero decirle el color que traía! Parecía talmente ceniza. Ahora tampoco está muy colorada, pero ¡vamos!... ya es otra cosa.

Fijé la vista con atención en ella, y observé que se ruborizó, volviéndose en seguida de espaldas para coger un vaso de agua.

Era una joven de diez y ocho a veinte años, de regular estatura, rostro ovalado de un moreno pálido, nariz levemente hundida pero delicada, dientes blancos y apretados, y ojos, como ya he dicho, negros, de un negro intenso, aterciopelado, bordados de largas pestañas y un leve círculo azulado. Los cabellos no se veían, porque la toca le ceñía enteramente la frente. Vestía hábito de estameña negra ceñido a la cintura por un cordón del cual pendía un gran crucifijo de bronce. En la cabeza, a más de la toca, traía una gran papalina blanca almidonada. Los zapatos eran gordos y toscos; pero no podían disfrazar por completo la gracia de un pie meridional. La otra hermana era también joven, acaso más que ella, más baja también, rostro blanco, de cutis transparente que delataba un temperamento linfático, los ojos zarcos, la dentadura algo deteriorada. Por la pureza y corrección de sus facciones y también por la quietud parecía una imagen de la Virgen. Tenía los ojos siempre posados en tierra y no despegó los labios en los breves momentos que allí estuvimos.

—Vamos, beba usted, señor; pruebe la gracia divina—me dijo la madre.

Tomé el vaso que acababa de dejar la hermana de los dientes blancos, y me dispuse a recoger agua, pues el que la escanciaba había desaparecido por escotillón; mas al hacerlo tuve necesidad de apoyarme en la peña, y cuando me inclinaba para meter el vaso en el charco, resbalé y metí el pie hasta más arriba del tobillo.

—¡Cuidado!—gritaron a un tiempo el patrón y la madre, como se dice siempre después que le ha pasado a uno cualquier contratiempo.

Saqué el pie chorreando agua y no pude menos de soltar una interjección enérgica.

La madre se turbó y se apresuró a preguntarme con semblante serio:

—¿Se ha hecho usted daño?

La hermanita del cutis transparente se puso colorada hasta las orejas. La otra comenzó a reír de tan buena gana, que le dirigí una rápida y no muy afectuosa mirada. Pero no se dio por entendida; siguió riendo, aunque para no encontrarse con mis ojos volvía la cara hacia otro lado.

—Hermana San Sulpicio, mire que es pecado reírse de los disgustos del prójimo—le dijo la madre.—¿Por qué no imita a la hermana María de la Luz?

Esta se puso colorada como una amapola.

—¡No puedo, madre, no puedo; perdóneme!—replico aquélla haciendo esfuerzos por contenerse, sin resultado alguno.

—Déjela usted reír. La verdad es que la cosa tiene más de cómica que de seria—dije yo afectando buen humor, pero irritado en el fondo.

Estas palabras, en vez de alentar a la hermana, sosegaron un poco sus ímpetus y no tardó en calmarse. Yo la miraba de vez en cuando con curiosidad no exenta de rencor. Ella me pagaba con una mirada franca y risueña donde aún ardía un poco de burla.

—Es necesario que usted se mude pronto; la humedad en los pies es muy mala—me dijo la madre con interés.

—¡Phs! Hasta la noche no me mudaré. Estoy acostumbrado a andar todo el día chapoteando agua—dije en tono desdeñoso afectando una robustez que, por desgracia, estoy muy lejos de poseer. Pero me agradaba bravear delante de la monja risueña.

—De todos modos... váyase, váyase a casa y quítese pronto el calcetín. Nosotras nos vamos a dar un paseíto por la galería, a ver si el agua baja. Quédense con Dios Nuestro Señor.

Me incliné de nuevo y besé el crucifijo de la madre. Lo mismo hice con el de la hermana María de la Luz, que por cierto volvió a ponerse colorada. En cuanto al de la hermana San Sulpicio, me abstuve de tocarlo. Sólo me incliné profundamente con semblante grave. Así aprendería a no reírse de los chapuzones de la gente.

Poco después que ellas, subimos nosotros a la galería y dimos algunos paseos contra la voluntad de mi patrón, que a todo trance quería llevarme a casa para que me mudase. Mas yo tenía deseos de permanecer allí para confirmar a las monjas, sobre todo a la jocosa morena, en la salud y vigor de que me había jactado. Cuando pasábamos cerca la miraba atentamente; pero ni ella ni sus compañeras alzaban los ojos del suelo. No obstante, observé que con el rabillo me lanzaba alguna rápida y curiosa ojeada.

—Es linda la monjita, ¿verdad?—me dijo el señor Paco.

—¡Phs! No es fea... Los ojos son muy buenos.

—Y qué colores tan hermosos, ¿eh?

—El color no me parece muy allá... Pero ¿de quién habla usted?

—De la hermana María de la Luz, de la pequeñita.

—¡Ah! Sí, sí... es muy bonita.

Debí suponer que a un patrón de huéspedes le placería más la corrección fría y repulsiva de ésta que la gracia singular de la otra hermana. Porque mi rencor hacia ella no llegaba hasta negarle lo que en conciencia no podía, la gracia. Era una gracia provocativa y seductora que no residía precisamente en sus ojos vivos y brillantes, ni en su boca, un poco grande, fresca, de labios rojos que a cada momento humedecía, ni en sus mejillas tostadas, ni en su nariz, levemente remangada: estaba en todo ello, en el conjunto armónico, imposible de definir y analizar, pero que el alma ve y siente admirablemente. Esta armonía, que acaso sea resultado del esfuerzo constante del espíritu sobre el cuerpo para modelarlo a su imagen, observábase igualmente en todos sus movimientos, en el modo de andar, de emitir la voz, de accionar; pero su última y suprema expresión se hallaba indudablemente en la sonrisa. ¡Qué sonrisa! Un rayo esplendente del sol que iluminaba y transfiguraba su rostro como una apoteosis.

Después de dar unas cuantas vueltas por la galería se fueron hacia arriba, y yo al poco rato manifesté al señor Paco deseo de subir también a ver el parque que en la orilla del río han formado recientemente para esparcimiento y recreo de los bañistas. Es una gran terraza natural sobre el Guadalquivir, con que termina la falda de la colina en que Marmolejo está asentado. En ella hay jardines y paseos, cuyos árboles, nuevos aún, no consiguen dar sombra y frescura; pero ya crecerán, y allá iré, si Dios me da vida, a recordar debajo de sus copas los deliciosos días que pasé a su lado.

La disposición de los paseos, la variedad de plantas que el señor Paco me mostraba con orgullosa satisfacción, no me la producía a mí extremada en verdad. Seguía los caminitos de arena y me perdía en su laberinto con paso distraído, la mirada enfilada a lo lejos.

Al doblar un sendero, en el paraje más solitario del jardín, me las encontré de frente. Venían acompañadas de un clérigo. Al cruzar a nuestro lado saludaron muy cortésmente: el clérigo se llevó con gravedad la mano al sombrero de teja.

—¿Dónde están alojadas estas monjas?—pregunté a mi patrón.

—¿Dónde están alojadas?... ¡Pues en casa! ¿No las ha visto usted?... ¡Ah! No me acordaba que ha llegado hoy... Ocupan dos habitaciones no muy lejos de la que usted tiene.

—¿Son hermanas de la Caridad?

—Me parece que no, señor... Tienen un colegio allá en Sevilla... La más vieja es la superiora... es valenciana. Las dos jóvenes son sevillanas y creo que primas carnales... ¿No conoce usted al sacerdote? Es un jesuita... un señor de mucha fama. Se llama el padre Talavera, ¡Qué linda es la hermana María de la Luz! ¿eh?

—Mucho.

Vagamos todavía un rato por los jardines, pero no volvimos a tropezar con ellas. En cambio, fuimos a dar a un cenador donde tres o cuatro bañistas leían periódicos. Mi patrón entabló conversación con ellos. Se habló de política: la proximidad de una guerra entre Francia y Alemania era lo que preocupaba la atención en aquel momento. Pesáronse las probabilidades de triunfo por una y otra parte. Uno de aquellos señores, hombre gordo, de piernas muy cortas y traje claro, apostaba por Alemania; los otros dos ponían por Francia. Cuando hubieron discutido un rato, mi patrón intervino, sonriendo con superioridad.

—No lo duden ustedes, la victoria esta vez será de Francia.

—Yo lo creo así también. Francia se ha repuesto mucho y se ha de batir mejor y con más gana que la primera vez—dijo uno.

—Pues yo creo que están ustedes en un error—saltó el hombre gordo.—Alemania es un país exclusivamente militar; todas sus fuerzas van a parar a la guerra; no se vive más que para la guerra... Además, ¿qué me dicen ustedes de Bismarck?... ¿Y de Moltke? Mientras ese par de mozos no revienten, no hay peligro que Alemania sea vencida.

—Yo le digo a usted, caballero—contestó mi patrón con sonrisa más acentuada, en tono excesivamente protector,—que todo eso está muy bien, pero que vencerá Francia.

—Mientras no me diga usted más que eso, como si no me dijera nada... Lo que yo quiero son razones—respondió el hombre gordo, un poquillo irritado ya.

—No es posible dar razones. Lo que le digo es que Alemania será vencida—manifestó mi patrón con grave continente y una expresión severa en la mirada que yo no le había visto.

—¿Qué me dice usted? ¿De veras?—replicó el otro riendo con ironía.

Entonces mi patrón, encendido por la burla, profirió furiosamente:

—Sí, señor; se lo digo a usted... Sí, señor, le digo a usted que vencerá Francia.

—Pero, hombre de Dios, ¿por qué?—preguntó el otro con la misma sonrisa.

—¡Porque quiero yo!... ¡Porque quiero yo que venza Francia!—gritó el señor Paco con la faz pálida ya y descompuesta, los ojos llameantes.

Nos quedamos inmóviles y confusos, mirándonos con estupor. Un mismo pensamiento cruzó por la mente de todos. Y reinó un silencio embarazoso por algunos segundos, hasta que uno de los bañistas, volviéndose para que no se le viera reír, entabló otra conversación.

—Allá va el padre Talavera con unas monjas.

Me apresuré a mirar por entre las hojas de la enredadera, y en efecto vi el grupo a lo lejos. El bañista que nos lo había anunciado metía el rostro por el follaje para que no se oyesen las carcajadas que no era poderoso a reprimir.

Mi patrón, avergonzado, y otra vez con aquella expresión humilde e inocente en los ojos de perro de Terranova, me dijo tirándome de la ropa:

—D. Ceferino, ya es la hora de almorzar; ¿nos vamos?

Despedímonos de aquellos señores, que apenas nos miraron, y subimos a una de las calesas que partían para el pueblo. Mientras caminábamos hacia él, el señor Paco me dijo con acento triste y resignado:

—Aquellos señores se han quedado riendo de mi... Bueno; algún día se arrepentirán de esa risa y se llamarán borricos a sí mismos... ¡Si yo pudiese hablar!... Pero no está lejano el día en que vendrán los más altos personajes a pedirme de rodillas que les revele mi secreto...

—¡Diablo, diablo!—exclamé para mí.—¡He venido a parar a casa de un loco!


III

Índice

Me enamoro de la hermana San Sulpicio.

OS días después, el señor Paco, yendo conmigo de paseo otra vez, me reveló la mitad de su secreto. Los alemanes no podían vencer porque tenía pensado ofrecer a la Francia un sistema de cañones que daba al traste con todos los inventos que hasta ahora se habían realizado en materia de artillería. Era un cañón el suyo extraordinario, mejor dicho, maravilloso; un hombre lo podía subir a la montaña más alta.

—No será de hierro.

—No, señor.

—¿De madera?

—Tampoco.

—¿De papel?

—No, señor.

Quedeme reflexionando un instante.

—¿Y tiene el mismo calibre que los demás?

—Cuanto se quiera.

—¡No comprendo!...

El señor Paco me miraba con sus grandes ojos inocentes, donde brillaba una sonrisa de triunfo.

—No puedo decirle ahora, D. Ceferino, de qué está hecho; pero no tardará usted en saberlo... Dentro de pocos días empezará a construirse el modelo en París... Ya verá usted, ya verá adónde llega mi nombre... Por supuesto que si Bismarck supiese lo que tiene encima, ya estaría ofreciéndome el dinero que quisiera... Pero yo no le vendo el secreto así me entierre en oro, ¿está usted?... Aunque sea de balde se lo doy yo al francés primero que al pruso... Cada hombre tiene su simpatía, ¡vamos!... Usted tiene más aquel por una persona, y le da la sangre del brazo, y a otro ni el agua...

—Tiene usted mucha razón—repuse.—El asunto es tan serio y trascendental que los intereses particulares de una persona, siquiera sean los del mismo inventor, deben posponerse a los de tantos millones de seres...

El inventor quiso conmoverse.

—Sí, señor; primero me quedo con él en el cuerpo que se lo dé al príncipe de Bismarck... y eso que mire usted, D. Ceferino, yo no tengo motivo para estar agradecido de los franceses. Aquí ha venido uno hace dos años, un monsieur Lefebre, que me ha quedado a deber quince días de pupilaje.

—Doblemente le honra a usted esa generosidad.

Se enterneció el señor Paco, y si hubiera insistido un poco, tengo la seguridad de que llegaría a revelarme la primera materia de su famoso cañón; pero tenía yo prisa en aquel momento y no abusé de su blandura.

Las monjas, como me había dicho el patrón, ocupaban dos habitaciones no lejos de la mía. En una de ellas dormía la madre y en la otra las hermanas San Sulpicio y María de la Luz. No bajaban a comer en la mesa redonda, sino que lo hacían en su cuarto. Lo mismo los suyos que el mío, tenían la salida a un corredor abierto que daba sobre el patio.

La tarde del mismo día en que llegué, volví a verlas en la galería de las aguas, y las saludé con mucha cortesía. Me contestaron igualmente, y observé que la hermana San Sulpicio me dirigió una franca sonrisa muy amable. Tuve tentaciones de acercarme a ellas y entablar conversación, pero vacilé durante tres o cuatro vueltas, y cuando iba a decidirme a ello, se fueron a buscar la calesa para trasladarse a casa. Al día siguiente por la mañana no las vi. El que escanciaba el agua me dijo que habían estado. Por el patrón supe que se levantaban con estrellas e iban a la iglesia a oír la misa de alba y hacer sus oraciones: después bebían el agua y se retiraban a sus aposentos. Sólo una que otra vez tornaban al manantial antes de almorzar. No sé por qué me molestó un poco no haberlas tropezado; tal vez por ser las únicas personas que allí conocía. Porque D. Nemesio, que me acompañaba bastante, a fuerza de atenciones se me había hecho antipático, abrumador. No podía asomar la cabeza fuera de mi cuarto sin que me invitase a una partidita de billar o de tresillo, o a ir de paseo o a beber una botella de cerveza. Y su conversación interminable, prosaica, me aburría tan extremadamente, que ya le huía como al sol del mediodía. Luego aquella curiosidad maldita, aquel afán inmoderado de saber la vida de uno con todos sus pormenores, lo que había hecho y lo que pensaba hacer, era para desesperarse.

Cuando hube leído algún tiempo tumbado sobre la cama (después de haber rechazado la invitación de D. Nemesio para jugar unas carambolas), salí con objeto de dar un paseo hacia el manantial. La hermana San Sulpicio cruzaba al mismo tiempo por el corredor, y cruzaba tan velozmente que el vestido se le enganchó en un clavo de la pared y se rasgó con un siete formidable.

—¡Jesús, qué dichosos clavos!—exclamó con rabia, dando una patadita en el suelo y mirando con tristeza el desperfecto.

—Ahora me toca a mí reír, hermana.

—Ríase usted, ríase usted sin cumplimientos—me respondió con viveza, riendo ella la primera.

—No soy rencoroso—repuse en tono dulzón y galante; y acercándome al mismo tiempo, me incliné y besé su crucifijo.

—¿Y por qué había de guardarme rencor? ¿Por la risa del otro día?... ¡Pues, hijo, si yo nací riendo, y hasta es fácil que me ría cuando esté dando las últimas boqueadas!

—Hace usted bien en reírse, y aunque sea de mí se lo agradezco por el gusto que me da el ver una boca tan fresca y tan linda.

—¡Oiga! ¿No sabe que es pecado echar flores a una monja, y mucho más que ésta las escuche?

—Me confesaré, y en paz.

—No basta; es necesario arrepentirse y hacer propósito de no volver a pecar.

—¡Es difícil, hermana!

—Pues yo no quiero darle ocasión. Adiós.

Y se alejó corriendo; mas a los pocos pasos volvió la cabeza, y haciendo una mueca expresiva, sin dejar de correr, me dijo:

—Tenemos a la madre enferma, ¿sabe?

—¿Qué tiene?—pregunté avanzando muy serio, con el objeto de no espantarla y obligarla a detenerse.

—No sé... Cosas de mujeres cuando nos hacemos viejas, ¿sabe usted?—respondió con desenfado.

—Pues dígale que si necesita mis servicios, tendré mucho gusto en prestárselos. Soy médico.

—¡Ah! ¿Es usted médico? Pues ya tiene obra en que poner las manos. En cuantito lo sepa la madre, ya le está a usted llamando... váyase, váyase, criatura, si no quiere que le secuestren.

—Le repito que tendré mucho gusto en ello. Aquí aguardo a que me llame.

La hermana entró en el cuarto, y salió a los pocos momentos.

—¡No se lo decía!—exclamó.—Entre, entre, pobrecito, y no eche la culpa a nadie, que usted se la ha tenido.

Y al mismo tiempo me empujaba suavemente.

Estaba en lo cierto. La buena madre era una fuente de chorro continuo para describir las mil y una enfermedades que padecía.

En aquellos momentos decía sentir una gran bola en el vientre, tan fría que la helaba; al mismo tiempo se quejaba de dolor de cabeza. Para ponerme en antecedentes de la dolencia empleó cerca de media hora, con una prolijidad tan fatigosa que a cualquiera desesperaría. Pero yo me hallaba en tan buena disposición de espíritu, que la escuchaba sin disgusto. La hermana San Sulpicio me miraba en tanto con ojos de compasión: parecían decirme: «¡Pobre señor! Conste que yo no tengo la culpa». De vez en cuando fijaba los míos en ella, y también procuraba decirle tácitamente: «No me compadezca usted; me encuentro muy bien. La molestia de los oídos se compensa muy bien con el placer de los ojos».

Cuando la madre hubo concluido su relación, o al menos cuando creí que la había concluido, tomé la palabra y, recordando medianamente las lecciones de mi profesor Tejeiro, comencé a soltar por la boca una granizada de términos técnicos, que yo mismo quedé asombrado. A la paciente debió de hacerle un gran bien, a juzgar por la expresión feliz con que me escuchaba, tanto que estuve ya por no recetar y darla por curada; pero en cuanto terminé comenzaron las preguntas:

—Diga usted, señor, ¿y esta bola fría cree usted que algún día la arrojaré?

—Esa bola no es más que una sensación: no tiene realidad; es un fenómeno nervioso. Porque los nervios, que son los que transmiten nuestras sensaciones al cerebro, a veces nos engañan, son falsos corresponsales... Verá usted; nosotros tenemos un centro nervioso en el cerebro, de donde parten...

Y me enfrasqué en una descripción anatómica, procurando ponerla al alcance de las inteligencias femeniles a quienes iba dirigida. Después me preguntó si tenía algo que ver con el corazón, y le expliqué largamente lo que era esta víscera y sus relaciones con las otras de nuestro cuerpo. Luego tocó el punto del estómago, y no con menor erudición expuse mis conocimientos acerca de este importante órgano, que denominé, muy ingeniosamente, «el laboratorio químico de la vida».

La madre estaba encantada, escuchándome con verdadero arrobamiento. El médico del convento era un buen señor, pero no debía de saber gran cosa, porque apenas les decía nada de sus enfermedades ni se producía tan bien. Según me dijo el patrón más tarde, opinaba que yo era un verdadero sabio y se alegraba en el alma de haber tropezado conmigo, porque tenía muchas esperanzas de curarse con mis recetas. ¡Pobre señora!

Héteme aquí, pues, en relación amigable, y bastante íntima, con aquellas monjas, gozando bien gratuitamente de opinión de médico sapientísimo. No me pesaba de ello, por más que desde entonces saliese a cuatro o cinco consultas por día. Pero era mucho lo que me placía la vista de la hermana San Sulpicio, y mucho lo que me hacía gozar su carácter resuelto, desenfadado, tan poco monjil que verdaderamente en ocasiones asombraba. Por la tarde de aquel mismo día las acompañé mientras paseaban el agua por la galería, y charlamos animadamente con la mayor confianza, lo mismo que si nos conociésemos desde larga fecha. Tal milagro en cualquier otro punto del globo, es cosa corriente en Andalucía, donde el trato y la confianza son cosas simultáneas. No dejaba de sorprenderme que la hermana San Sulpicio me hablase ya en tono festivo y me dijese algunas bromitas delicadas, porque en mi Galicia las mujeres son más reservadas: sobre todo si visten el hábito religioso, por milagro se autorizan el departir con un joven. Pero como me agradaba, dejábame llevar por la corriente, aceptaba las bromas, y las devolvía, procurando, por supuesto, que no traspasasen los límites en que debían mantenerse tratándose de una religiosa, y hacía todo lo posible por mostrarme ingenioso y bien educado, a fin de inspirar cada vez mayor confianza.

Al día siguiente hice que me despertasen muy temprano, y fui a misa de alba. La madre tenía tan buena idea de mí, que no le sorprendió nada encontrarme en la iglesia; pero la hermana San Sulpicio me dirigió una mirada de curiosidad que me puso colorado. La verdad es que nunca he sido muy devoto, y debo confesar ingenuamente que en aquella ocasión me llevó a la iglesia, más que el deseo de asistir al santo sacrificio, la esperanza de ver a la graciosa hermana. Sin embargo, es bien que se sepa al propio tiempo que no soy ateo ni participo de las ideas materialistas del siglo en que vivimos, las cuales he combatido en verso varias veces. Soy idealista, y protesto con todas mis fuerzas contra el grosero naturalismo. Además, a un poeta lírico no le sienta mal nunca un poco de religión.

Al salir de la iglesia vino hacia mí la madre, me hizo la consulta matinal, y no tuve más remedio que acompañarlas a beber el agua, subiendo con ellas a la misma calesa. En los días que siguieron nuestra confianza y amistad crecieron extremadamente. Era su acompañante obligado en los paseos, y también en casa departíamos a menudo, ora en el cuarto de la superiora, ya sentados algún ratito en el patio. Observaba que la gente, al pasearnos en la galería o en el parque, nos miraba con curiosidad. Sobre todo a las jóvenes les llamaba mucho la atención que acompañase a unas monjas, y me dirigían miradas maliciosas y sonrisas, por donde vine a comprender que sospechaban la admiración que las virtudes y los ojos de la hermana San Sulpicio me inspiraban.

Pertenecía ésta, lo mismo que las otras, a una congregación denominada el Corazón de María, que estaba destinada a la enseñanza de niñas y habitaba un convento de Sevilla. Esta congregación era francesa y tenía varios colegios, lo mismo en España que en Francia. El superior de todos ellos era un clérigo viejecito que constantemente los estaba recorriendo para inspeccionarlos. Los votos que hacían duraban cuatro años, al cabo de los cuales se renovaban. A la tercera vez era necesario hacerlos perpetuos o salir de la congregación. Lo mismo la hermana San Sulpicio que su prima, la hermana María de la Luz, se habían educado desde muy niñas en aquel convento, del cual no habían salido más que para ejercer su ministerio en dos o tres puntos de España.

Cada momento me seducía más la gracia y el carácter campechano de la primera; y eso que más de una vez se reía, según sospecho, a mi costa. A los dos o tres días de tratarla me preguntó:

—¿De dónde es usted?

—De Bollo.

Me miró con sorpresa.

—Un pueblecito del partido judicial de Viana del Bollo, en la provincia de Orense—añadí con timidez.

Por sus ojos pasó entonces un relámpago de alegría y observé que se mordió los labios fuertemente, volviendo al mismo tiempo la cabeza.

—¿Qué? ¿Le hace a usted gracia el nombre de mi pueblo, verdad?—le pregunté, comprendiendo lo que pasaba en su interior.

—Pues sí, señor... dispénseme usted... me hace muchísima gracia—repuso, tratando de reprimir en vano las carcajadas que fluían a su boca.—Dispénseme, pero tanto bollo... vamos... es cosa que a cualquiera se le atraganta.

Después que rió cuanto quiso, me dijo:

—No creí que era usted gallego.

—¿Pues?

—No se le conoce a usted nada.

—¿Y en qué distingue usted a los gallegos, hermana?

—Pues en lo que les distingue todo el mundo... Está bien a la vista—replicó con algún embarazo.

Yo me eché a reír, adivinando que se figuraba que todos los gallegos eran criados o mozos de cuerda. Se puso un poco colorada y dijo:

—No es por nada malo... no crea usted que yo quiero rebajarlos.

En los días sucesivos observé que el sentimiento de conmiseración por la desgracia de haber nacido en Galicia no se desvanecía, mostrándome cierta simpatía y benevolencia no exentas de protección. Cuando le hice algunas preguntas acerca de Sevilla, me habló con entusiasmo y orgullo. Se sorprendía de que no hubiese estado allí. Para ella era el paraíso; un lugar de delicias, de donde nadie podía irse sin sentimiento. Apenas salía del convento, y sin embargo, el apartarse de Sevilla considerábalo como un destierro penoso. Dos años había pasado en Vergara, donde la congregación tenía colegio, y en los dos años no había hecho más que suspirar por su patria. Y eso que para la salud le probaba muy bien el país. Pero ¡qué tristeza asomar la frente por las rejas de la ventana y ver aquel cielo siempre encapotado, dejando caer, sin cansarse nunca, agua y más agua! ¡Y luego aquel modo de graznar que tiene la gente para decir lo que se le ocurre! Parecen todos algarabanes. Lo único que había sentido al dejar a Vergara fue una niña con quien se había encariñado mucho, llamada Maximina. Se habían escrito durante una temporada. Después supo que se había casado; después no supo más de ella.

—Ha muerto—le dije.

—¿Ha muerto?—repitió toda turbada.—¿La conocía usted?... ¿Dónde ha muerto?

—La conoce hoy todo el mundo. Ha muerto en Madrid. Su historia sencilla, escrita y publicada recientemente, ha hecho derramar muchas lágrimas. Aún tengo media idea de que se menciona en ella el nombre de usted.

La hermana quedó silenciosa, inmóvil. Estábamos sentados en un banco del parque, a la orilla del río, que corría triste y fangoso a nuestros pies. Delante, a corta distancia, se extendía la cortina sombría de la sierra cerrándonos el horizonte. Al cabo de algunos momentos advertí que la monja estaba llorando.

—Dispénseme usted que le haya dado la noticia así tan de repente... Yo no pensaba...

—¡Pobrecilla! ¡Si usted supiera lo buena que era aquella criatura!—dijo llevándose el pañuelo a los ojos.—Luego ha sido uno de los pocos seres que en el mundo me han querido de veras...

—¡Pocos seres!... Yo creo que se equivoca, hermana. A usted deben quererla todos los que la traten... Al menos por lo que a mí se refiere, hace poco tiempo que la conozco y ya se me figura que la quiero...

Después de decir esto comprendí que era algo descomedido y quedé confuso. Traté de atenuarlo siguiendo:

—Tiene usted un carácter abierto, campechano, que la hace muy simpática. Yo creo que la virtud y la piedad no exigen por precisión ese retraimiento, ese silencio y rostro severo y adusto que suele verse en muchas religiosas, en casi todas. Imagino que la alegría debe ser la compañera de la virtud; lo mismo opinaba Santa Teresa, como usted debe de saber. Además, un rostro sereno, risueño, una palabra cortés, indican en cualquier estado, cuando no es hipocresía, un corazón bondadoso.

Levantó la mirada húmeda hacia mí, diciendo con graciosa severidad:

—Mire que las religiosas no podemos escuchar requiebros: ya se lo he dicho.

—Éstos no son requiebros: no he dicho nada de su figura.

—Pero lisonjea usted mi carácter, que es lo mismo.

Aquella tarde estuvo triste y taciturna, lo cual me dio buena idea de ella, porque, a no dudarlo, la tristeza provenía de la noticia que le acababa de dar. Me vi precisado a conversar exclusivamente con la madre Florentina; porque pensar que se le podía sacar alguna palabra del cuerpo a la hermana María de la Luz, era pensar lo imposible. Cuando llegamos a casa, al tiempo de separarnos, la hermana San Sulpicio me dijo:

—Oiga: ¿podría proporcionarme esa novela de que me hablaba?

—¿La de Maximina?

—Sí: pediré permiso a la superiora y al confesor para leerla. Creo que me lo concederán... Y si no me lo conceden, la leeré de todos modos, aunque me cueste una severa penitencia.

Me hizo reír aquella desenvoltura, y le respondí:

—Sí, se la puedo dar a usted. Hoy mismo escribiré a Madrid pidiéndola.

La casa del famoso inventor, la Fonda Continental, se había llenado por completo. En la mesa redonda comíamos ya doce, y además había que contar las monjas, que comían en su cuarto. Por la noche, aquél me vino a pedir que consintiese poner en mi cuarto otra cama para un joven que acababa de llegar de Málaga.

—¡Pero, hombre de Dios, si apenas puedo revolverme yo!

Pues no había más remedio. El inventor tenía o decía tener con aquel joven un compromiso ineludible, y se empeñaba, con humildad, sí, pero también con firmeza, en que se pusiera la cama. Yo me indigné muchísimo y le dije algunas palabras pesadas. Por lo visto, aquel loco sabía barrer para dentro. Su mirada de perro fiel había llegado a causarme repugnancia. La verdad es que si no hubiera sido por la simpatía invencible, que ya no podía ocultarme a mí mismo, que me inspiraba la hermana San Sulpicio, aquella misma noche me habría mudado de casa. Sufrí a regañadientes la introducción de la cama, y no pude menos de dirigir al intruso, que se paseaba solo por el patio, algunas miradas coléricas. Me dispuse a estar con él lo más grosero posible.

Cuando llegó la hora de acostarse, fuime hacia el cuarto, me desnudé y me metí en la cama. Poco después de estar allí, cuando aún no me había dormido, llegó el intruso. Fingí que dormía para no saludarle. A la mañana siguiente levanteme temprano y fui a misa, según costumbre. Él no se despertó.

Era un joven de veintiséis a veintiocho años: tuve ocasión de verle bien paseando por la galería. Bajo de estatura y de color, cara redonda con ojos pequeños y vivos de una expresión firme y aviesa que le hacía desde luego antipático; pelo negro y lacio que ofrecía al descubrirse una leve y prematura calva en la coronilla. Vestía de un modo semejante a los chulos, como sucede ordinariamente con los señoritos en Andalucía; pantalón muy apretado, chaqueta corta y apretada también y hongo flexible. Aprovechando un momento en que nos encontramos al pie del manantial bebiendo el agua, me creí ya en el caso de dirigirle la palabra.

—Tengo entendido que es usted mi compañero de cuarto, caballero.

—Eso parece—me respondió en tono resuelto no exento de impertinencia.

Un poco picado por él, le dije sonriendo:

—Por cierto que ha sido bien a mi pesar. No tenía ninguna gana de compañía.

—¡Pues qué había usted de hacer! ¿Quién tiene gana de que le introduzcan una cuña?

Puesta la conversación en este terreno de franqueza un poco ruda, seguimos platicando amigablemente mientras dábamos vueltas por la galería. Mi compañero era un malagueño tan cerrado, como lo era sevillana la hermana San Sulpicio. Hablaba de la zeda, mientras ésta hablaba de la ese. Fumaba sin cesar pitillo sobre pitillo y sin cesar también escupía lanzando el chorrito de saliva por el colmillo, como sólo lo había visto hacer hasta entonces a la plebe. No obstante, era de una familia muy distinguida, hijo de un cosechero y exportador de pasas, y se llamaba Daniel Suárez. Hablamos del artículo en que su padre y él comerciaban, y observé que poseía ideas bastante prácticas, pero no muy escrupulosas, en asuntos mercantiles. Tenía un modo de producirse resuelto, serio, un poco malhumorado y desdeñoso. Jamás reía, ni sonreía siquiera. A pesar de esto no acababa de hacerse antipático. Su franqueza era un poco cínica; pero sus ideas siempre prácticas y razonables. Aquel tono malhumorado que usaba se veía bien que procedía de su temperamento, no de un espíritu vanidoso. Le pregunté por el patrón y le hablé de su invención famosa.

—Sí; es un loco mientras no se llegue a los céntimos—me respondió.—En cuanto llega a los céntimos su razón se aclara de repente, y no hay hombre más lúcido en media legua a la redonda. No tenga usted cuidado de que se equivoque cuando le ponga la cuenta.

—Más vale así, porque de otro modo, sus hijos...

—No tiene hijos. No tiene más que a su mujer y una sobrina a quienes hace trabajar como mulas de alquiler. A mi padre y a mi nos ha escrito ya más de cincuenta cartas pidiéndonos dinero para construir su cañón. No se nos ha pasado por la tela del juicio dárselo, por supuesto; pero si se lo diéramos, se quedaría con ello, y pediría en seguida a otra persona.

—Ayer, cuando me vino con la embajada de meter la cama de usted en mi cuarto, estuve a punto de incomodarme de veras y dejar la casa.

—Hubiera usted hecho bien. Si usted se incomoda de veras, le deja en paz a escape. Iría recorriendo todos los huéspedes, hasta tropezar con el tonto que necesitaba.

No me hizo maldita gracia lo del tonto; pero me callé, esperando ocasión de demostrarle que no lo era.

Cruzamos cerca de una joven elegante que venía paseando con un viejo. Mi compañero la saludó con mezcla de cortesía y displicencia, que era lo que le caracterizaba. La joven, que era lindísima, aunque un poco marchita ya, le clavó una mirada dulce y risueña, como si le quisiera fascinar.

—¿Quién es esta joven?—le pregunté.

—Pues esta joven—me contestó lanzando el chorrito de saliva por el colmillo—es hija de ese señor viejo, que se llama D. Serafín Blanco, y viven en Málaga, aunque son de Granada.

—Parece, a juzgar por la mirada que le ha echado, que no le es usted enteramente antipático.

—Ni usted tampoco, si es soltero...

—¿Tanta gana tiene de marido?

—Una mijita. Cuando su padre fue a establecerse a Málaga, hace siete u ocho años, era un hombre rico: esta niña podía tener entonces diez y seis años, lo más. Entonces era otra cosa. Con aquello de que su papá tenía cinco vapores en el muelle y arreaba cuatro jacos de primera cuando salía a paseo, y en todas partes se presentaba soplando por la trompeta, estaba la chica que cualquiera se acercaba a ella. El papá, que la quería tanto como Dios quiere a su madre, la cumplía todos los gustos, y, claro, la niña decía ¡pa riba! Llegó a tener más humo que echa una locomotora. Se acercaron tres o cuatro muchachos, hijos de labradores bastante acomodados, y... ¡de codo!... Pero ese tío ha dado de c... hace dos años. Todo aquello de los vapores y los jacos y los bailes lo llevó el aire: se quedaron con el día y la noche: los pretendientes desaparecieron, los años aumentaron, y naturalmente, la niña, en vez de decir ¡pa riba!, dice ahora ¡pa bajo!... Conque si usted quiere picar, ya sabe...

—Gracias.

—¡Phs! la niña, aunque madurita, no tiene mal aquel... vamos... Me parece, sin embargo, que la pobrecilla irá a sentarse en el polletón?

—¿Qué es eso?

—¿No sabe usted lo que es el polletón?—preguntó, haciendo una mueca rara y dejando escapar de la garganta un sonido más raro aún, que debía de equivaler a una carcajada.—Pues es un lugar muy alto que hay allá en el cielo, donde van a sentarse las que mueren solteras.

Dimos algunas vueltas por el parque y observé que conocía mucha gente, porque al parecer era mucha la que había a la sazón, de Málaga. Lo que más me sorprendía era la seguridad y precisión con que determinaba la hacienda de cada uno de sus conocidos. Veíamos, por ejemplo, una señora con su hijo.

—El marido es comerciante en sederías. Tiene unos cuarenta mil pesos.

Encontrábamos a dos niñas con sus novios respectivos.

—Ni una peseta; el palmito y nada más.

Pasábamos cerca de un caballero anciano.

—Adiós, D. Juan... Propietario rico; su labranza vale más de cien mil pesos.

Parecía que estaba dedicado exclusivamente a tasar los bienes ajenos.

Me repugnó algo aquella sórdida cualidad. A las pocas más vueltas que dimos acerté a ver a las monjas, a quienes acababa de dejar el padre Talavera, y me despedí para acercarme a ellas.

—Vaya usted con Dios—me dijo con un acento donde creí advertir cierta burla. Al mismo tiempo observé que se fijaba descaradamente, deteniendo el paso para ello, en la hermana San Sulpicio.

La primera vez que volví a encontrarle, cuando íbamos a sentarnos a la mesa, me preguntó en tono frívolo y burlón:

—¿Qué tal la monjita?

—¿Qué monjita?—pregunté a mi vez secamente, presto a irritarme.

—¿Pues cuál ha de ser? Esa chatilla de los ojos negros que le trae a usted dislocado.

—¿Que me trae a mí dislocado?—repetí, poniéndome como una cereza.—Vamos, usted está loco o quiere quedarse conmigo... y conmigo no se queda nadie, se lo advierto. Yo conozco esas monjas desde hace cinco o seis días. He sido llamado como médico por la madre superiora, después las he acompañado alguna vez por cortesía. Nada más que esto. Ni yo estoy dislocado por nadie, y mucho menos por una monja, lo cual sería un absurdo, ni tengo con ellas más que un conocimiento superficial, como los que aquí se engendran, ni he reparado si tiene los ojos negros o azules, ni tiene sentido común semejante cosa.

Dije estas palabras con energía y mostrando demasiado claramente mi irritación.

Suárez me miró con sorpresa y respondió con acento mitad afectuoso, mitad despreciativo:

—¡No se apure usted, buen hombre! Déjelo usted correr, que ya parará. Me han dicho por ahí que le gusta a usted esa morena. ¿No le gusta a usted? Pues corriente. A mí sí; porque es una mujer castiza, ¿sabe usted? de esas que al llamarlas dicen con la mano ¡vuelvo!

—A mí no me apura una broma de ese género—dije sosegándome y un poco acortado.—Pero se trata de una monja, y ya comprenderá usted que los que tenemos creencias no podemos tolerarlo. Sería feo y repugnante hablar de una religiosa como de una mujer cualquiera.

—Pues mire usted, amigo—me respondió con mucha calma, soltando el consabido chorrito por el colmillo,—al verle a usted tan bravo, cualquiera diría que le han tocado en lo vivo. Si es así, ¡a ello! Yo le doy la absolución... Oiga usted: le prevengo que no ha sido ocurrencia mía. Todo el mundo dice por ahí que le hace usted la rosca a la monjita: ¡conque ojo!

Respondí con un gesto desdeñoso; pero en realidad me puso inquieto la noticia.

—¿Esas monjas hacen voto de castidad para siempre?

—No, señor; los renuevan cada cuatro años.

—¡Toma! Pues ya sé yo de una que al tocar a renovar va a decir ¡hasta luego!

No quise recoger la alusión, y encaucé la conversación por otros sitios. Cuando quedé solo después de esta plática, me sentí fuertemente desasosegado. Por un lado la noticia de que mi amistad con las monjas llamaba la atención de los bañistas hasta el punto de juzgarme enamorado de una de ellas, me molestaba de un modo indecible. Renegaba en mi interior de la suspicacia malévola que parece inherente al corazón humano en todos los países, y protestaba con irritación de esa tendencia a ver el lado malo en las acciones de los demás, y atribuirlas siempre un móvil interesado o mezquino. Después de todo, ¿qué tenía de particular, vamos a ver, que yo, siendo amigo y médico a la sazón de la madre superiora, viviendo en la misma casa que ellas, las acompañase alguna vez en el paseo? Si fuesen viejas las tres, ¿dirían algo aquellas malas lenguas?... Pero en tal momento cruzó por mi mente un pensamiento contestando a esta reflexión: «Si fuesen viejas las tres, ¿las acompañarías tú tan asiduamente?» Tuve que confesarme que no. Si las tres fuesen viejas las acompañaría menos, y si fuesen todas como la madre Florentina casi nada.

Luego no había duda; a mí me gustaba la hermana San Sulpicio. «Pero, hombre, ¿ahora estamos en esas? me dijo el pensamiento respondón al llegar a este punto. ¡Cuánto tiempo hace que estás enamorado de ella!—¿Cómo enamorado?... ¡Alto, alto!... no transijo...—¡Sí, sí, enamorado! Pues si no estuvieses enamorado, ¿por qué te habías de levantar a las cuatro de la mañana? ¿Por qué habías de ponerte de un humor tan endiablado cuando no la encuentras en el paseo? ¿Por qué, en fin, sientes ahora tal regocijo al escuchar de otros labios lo que tú has pensado más de quinientas veces en seis u ocho días, que la hermana no está atada para siempre por un voto?»

¡Tendría gracia! exclamé después de haber meditado un rato, sonriendo a una idea que me asaltó de pronto. Me propuse, sin embargo, ser más cauto, procurando aparecer las menos veces posible en público con las monjas. En cambio me esforzaba por que los ratos de conversación dentro de casa se prolongasen. Aun escuchando las fastidiosas disertaciones de la madre sobre sus múltiples enfermedades, me placía permanecer en su cuarto. ¡Los ojos de la hermana San Sulpicio disertaban en tanto sobre cosas tan lindas!

Un día, poco después de llegar del manantial, estando sentados un momento en el patio, le pregunté:

—¿Cuál es la verdadera gracia de usted?

—¡Jesús, la verdadera! ¿Pues tengo alguna falsa?

—Nada de eso—respondí riendo.—Toda la que usted tiene (y tiene usted muchísima) es legítima, de pura raza andaluza.

—Vaya, vaya, ya se ha callado usted; si no, me levanto y le dejo en poder de la madre, que se encargará de ponerle menos alegrito.

—¡No, por Dios!

—Pues callando.

—Dígame usted cómo se llamaba antes de ser religiosa.

—¿Para qué quiere usted saberlo? De todos modos, no puede llamarme de ese modo, ni yo puedo responderle.

—No importa, lo guardaré en el fondo del pecho y allí lo tendré sin comunicárselo a nadie, como un recuerdo precioso de usted.

—¡Anda! ¡Cualquiera diría que es usted gallego! Con esas palabritas gitanas, más parece usted un gaditano.

—¿El nombre?

—Nada, no quiero que se lo guarde usted en el pecho. Le va a producir catarros.

—Guasitas, ¿eh?

—Además, ¡quién sabe los que tendrá usted ya ahí almacenados! Una religiosa tiene que mirar mucho la compañía...

Después, quedándose un momento pensativa, sugerida la idea sin duda por la asociación, me preguntó:

—¿Va usted al baile esta noche?

—¿Al baile del Casino?

—Sin duda.

—Pues sí, señora, tal vez dé una vuelta por allí... En estos sitios de baños hay tan pocos recursos para distraerse, que si uno no aprovecha las fiestas... Sin embargo, si usted no quiere, no iré.

—¿A mí qué me importa que usted vaya o no vaya?—respondió con viveza; pero volviendo sobre sí de repente, añadió:—Digo, no, perdóneme usted y que me perdone Dios; he dicho una necedad. Los bailes son lugares de perdición y debemos desear que no vaya a ellos nadie.

—Entonces no los habría... De modo que no quiere usted que vaya.

—Si usted me consulta, tengo el deber de aconsejarle que no vaya—me respondió adoptando por primera vez un tono sumiso y monjil que no le cuadraba.

—Bien, puesto que usted no quiere, no iré; pero en cambio me va usted a decir cómo se llamaba.

—¿Ya pide usted réditos? Las buenas acciones las premia Dios en el cielo.

—Y a veces en la tierra, por conducto de sus elegidos. Sea usted el conducto de Dios en este momento, hermana.

Me miró con la misma expresión curiosa y burlona de otras veces, bajó después la vista y, trascurrido un momento de silencio, levantose de la silla para subir al cuarto. Con el mayor disimulo la retuve suavemente por el hábito, diciendo al mismo tiempo en voz de falsete:

—¿Cómo se llamaba usted?

—¡Chis, suelte usted!

Y dando un tirón se alejó, no sin dirigir una rápida mirada de temor a la madre.


IV

Índice

Peteneras y seguidillas.

¡H diablo! ¿Estaría galanteando a la hermana San Sulpicio? La impresión que saqué de esta plática por lo menos fue ésa. Y si debo declarar la verdad entera, me parecía que la monja escuchaba los galanteos sin gran horror.

La idea despertó en mí una sensación extraña en que el placer se mezclaba con el susto. Fue una sensación viva, un estremecimiento voluptuoso junto con la sorpresa, el temor, el remordimiento, que me puso inmediatamente inquieto; pero con una inquietud suave, deliciosa. Yo tengo un temperamento esencialmente lírico, como he tenido el honor de manifestar, y todos adivinarán fácilmente los estragos que una idea semejante puede hacer en tales temperamentos. No hay joven poeta que no haya soñado alguna vez con enamorar a una monja y escalar las tapias de su convento en una noche de luna, tenerla entre sus brazos desmayada, bajarla por una escala de seda, montar con ella en brioso corcel y partir raudos como un relámpago al través de los campos, a gozar de su amor en lugar seguro. No sé si este sueño poético está inspirado por el espectáculo del Don Juan Tenorio, o si nace espontáneamente en los corazones líricos; pero ninguno de ellos me negará que lo ha tenido, y yo el primero. Puede considerarse, pues, la emoción y el anhelo con que descubrí aquel sacrílego galanteo.

Pero mis sueños tomaron al instante otra dirección más práctica que la de escalar el convento y arrebatar de su celda a la hermana. En estos tiempos hay que contar con la influencia funesta que sobre la poesía ejerce la guardia civil. Si no se cuenta con ella es facilísimo dar un disgusto terrible a la familia. En vez del escalamiento me pareció más factible, si no tan sabroso, gestionar la salida de la hermana por la puerta principal del convento, para lo cual me propuse averiguar si estaba dispuesta a renovar sus votos cuando llegase el plazo. Porque, dada su edad, no podían aún haber trascurrido los ocho años necesarios para hacer el voto perpetuo... A no ser que lo hubiese hecho la primera vez. Este pensamiento me sobresaltó. Aproveché la primer coyuntura para entrar en conversación aparte con la superiora. Con cierta astucia, que no había reconocido en mí hasta entonces, fui llevándola adonde era mi propósito, y pude averiguar una noticia que hizo brincar a mi corazón. La hermana San Sulpicio necesitaba renovar sus votos en el mes entrante, que era cuando terminaban los cuatro años. Según lo que pude colegir de las vagas indicaciones de la madre, no había gran seguridad de que lo hiciese. Halagando la pasión desenfrenada que ésta tenía por hablar, logré que me relatase la historia de la graciosa monja. No necesito advertir que primero le pedí la de la hermana María de la Luz. El amor me hacía un diplomático sutilísimo.

La hermana San Sulpicio se llamaba en el mundo Gloria Bermúdez. Su padre había muerto cuando ella contaba solamente nueve o diez años de edad. Era un comerciante rico de Sevilla. Su madre, una señora muy piadosa que poco después de la muerte de su esposo llevó a la niña a educarse de interna en el colegio del Corazón de María. Desde aquella fecha hasta la presente, la hermana sólo había pasado fuera del convento algunas temporadas, casi siempre para reparar la salud.

—¿De suerte que se le manifestó en seguida la vocación?—pregunté con temor.

—¡Oh, no! La hermana San Sulpicio ha sido siempre una criatura traviesa y rebelde. ¡No puede usted figurarse lo que me ha dado que hacer mientras fue educanda! ¡Jesús, qué chica! Parecía hecha de rabos de lagartijas. Aun hoy habrá usted advertido que su carácter es bastante distinto del de su prima. Ésta sí que desde muy tiernecita decía lo que había de ser: ¡siempre tan quietecita! ¡tan suave! ¡tan modesta!... Yo creo que no se la ha castigado en la vida... Luego, ¡si viera usted qué piadosa! Cuando las demás estaban en el recreo, ella se iba a la capilla solita y pasaba en oración el tiempo que las otras empleaban en divertirse. Jamás tuvo una mala contestación para sus maestras ni riñó con sus compañeras. Donde la ponían, allí se estaba... Lo mismo que hoy, ¿no lo ve usted?

—Sí, sí... La otra nada de eso, ¿eh?—dije sonriendo estúpidamente.

—¿La otra?... ¡Madre del Amparo, qué torbellino! Bastaba ella sola para revolver, no una clase, sino todo el colegio. Los castigos y penitencias nada servían con ella. Al contrario, yo creo que era peor castigarla. Muchas veces estaba de rodillas pidiendo perdón a la comunidad y se reía a carcajadas, o entraba en las clases a besar el suelo y con sus muecas armaba un belén en todas ellas. ¡Las veces que habrá adelantado el reloj para que llegase primero el momento de recreo! No se podía estar tranquila teniéndola a ella en la clase. Cuando no pellizcaba a las compañeras, les escribía cartitas amorosas poniendo la firma de un hombre, o les mandaba retratos de la hermana que les daba lección, hechos con lápiz. Cuando la dejaba cerrada en la buhardilla, hacía señas y muecas a las oficialas de un taller de modistas que había enfrente. Una vez encendió todos los cirios que teníamos allí en depósito, se prendió fuego a una estera y por poco no ardemos todas. ¡Con decirle a usted, señor doctor, que una vez llegó a poner la mano en una hermana! Era una niña medio loca... Muy dispuesta, eso sí; lo que no aprendía era porque no quería aprenderlo. En una hora de trabajo hacía ella más que otras en cuatro... y bien hecho, no vaya usted a creer. Tiene unas manos de oro para bordar, y para los estudios una comprensión tan rápida que pasma. Hoy, sin agraviar a nadie, se puede decir que es la mejor profesora que tenemos... Hasta en los deberes religiosos se conoce que a esta criatura le ha faltado siempre algún tornillo. Generalmente ha sido un poco descuidada en el cumplimiento de ellos; pero a temporadas de dos o tres meses se le enciende de tal modo el corazón en amor de Dios, que no hay nadie en el colegio que la pueda seguir en sus oraciones y penitencias... Apenas come, apenas habla, pasa las horas que tiene libres arrodillada en su celda, y por los pecados más pequeños se humilla de tal modo a nosotras y llora con tantas lágrimas que realmente parece una santa. Pero a lo mejor cambia el viento y vuelve a ser la misma chica alegre y bulliciosa de siempre. Claro está que desde que es religiosa ha mudado mucho; se conoce que la pobre procura dominarse. Pero como, según dicen, genio y figura hasta la sepultura, cierto modo de hablar desenvuelto y alegre, que a usted le habrá sorprendido en una monja, no ha podido reformarlo. Cuando la reprendo me saca a Santa Teresa, que opina que la piedad no se opone a la alegría y buen humor... Y la verdad es que hoy por hoy ella cumple como todas y en algunas cosas mejor que todas. En el colegio todas la quieren, y las niñas se mueren por ella, tanto que hay que cambiarla a menudo de clase, porque por la regla nos está prohibido tener preferencias en el cariño, y la hermana San Sulpicio no puede menos de tenerlas por su carácter apasionado... Le ha costado algunos disgustos a la pobre... Allá en Vergara...

—Sí, sí; ya me ha contado ella cómo se había enamorado de una niña... Uno de los más duros deberes para ustedes sin duda ha de ser el de no poder profesar cariño a nadie... Y no teniendo así una vocación bien determinada, y hallándose, como usted dice, en buena posición, ¿cómo es que esa niña se ha hecho monja?

—No he dicho que careciese de vocación. No era tan clara como la de su prima, pongo por caso, pero sí la tenía. Estas decisiones son demasiado graves para que se tomen sin vocación... Creo, sin embargo, que algo habrá ayudado el no llevarse muy bien con su madre... Al parecer, son genios opuestos.

Esta plática sirvió para despertar aún más mi afición.

La posibilidad que se me ofrecía repentinamente de poder amar sin sacrilegio a la saladísima hermana y de ser amado por ella, fue un rayo de sol que iluminó mi espíritu y lo bañó de alegría. Excitada de súbito mi imaginación, me consideré ya como novio de la monja, y saltando por encima de todos los pasos que debían, como es lógico, preceder a este beatífico estado, me recreaba pensando en la originalidad de conducir al tálamo a una religiosa. Consideraba con placer cuán afortunado podía llamarme, hoy que los antecedentes de una mujer constituyen un problema para el que se casa, pudiendo recibirlos tan limpios y puros. Veíame en mí casita, a su lado, escuchando aquel gracioso acento andaluz que tanto me cautivaba, recordando tal vez con risa los curiosos pormenores de nuestro conocimiento, tal vez interrumpidos en nuestra plática por el juego ruidoso de algunos nenes...

Cuando desperté de aquel sueño feliz, no pude menos de pensar que para llegar a allá aún quedaba mucho camino. No obstante, me sentí con ánimos para emprenderlo, y tomé la resolución de «trabajar a la monja» hasta conseguir que renunciase al claustro o cambiase su celda por otra más amplia donde cupiésemos los dos. Además del ningún enojo con que recibía mis atenciones y galanteos, advertí en ella ciertos síntomas sin duda favorables al cambio de estado. Por ejemplo, la hermana sentía una pasión decidida por los niños. Apenas veía uno en brazos de la niñera, ya le brillaban los ojos, mirábalo con atención insistente, sonreía a la portadora y no paraba hasta que se acercaba a él, lo acariciaba y le hacía bailar sobre sus brazos. Para congraciarse con ellos y también con sus mamas, llevaba consigo siempre buena provisión de bolsitas de seda con unos Evangelios dentro, que colgaba al cuello de los nenes para preservarlos de peligros y que fuesen con el tiempo buenos cristianos. Hasta los chiquillos más feos y más sucios le llamaban la atención. Un día encontramos en la carretera uno de tres o cuatro años de edad revolcándose en el polvo, en cuya delicada operación parecía encontrar gran deleite, a juzgar por las risotadas que daba de vez en cuando, sobre todo cuando el polvo se le metía por los ojos y las narices.

—Mire usted, por la Virgen, esta criatura—exclamó la hermana San Sulpicio.—Mire usted, madre, lo que está haciendo.

Y se acercó a él y le levantó por un brazo.

—Hola, compadre, ¿le sabe a usted muy dulce? ¿A que es más dulce este caramelo?

El niño la miró con espanto y no llevó la mano al que la ofrecía. Hizo pucheritos y estuvo a punto de llorar.

—¡Tontisimo! ¿Lloras porque te doy golosina? ¿Qué haces entonces cuando te azotan?

Ella misma quitó el papel al caramelo, le abrió la boca al chiquillo y se lo metió dentro. Al paladear el saborcillo grato, el niño se humanizó un poco. Sin embargo, seguía mostrando en los ojos un sobresalto que concluyó por hacernos reír.

—¿Vives aquí cerca?

El niño bajó levemente la cabeza en señal de asentimiento.

—¿Dónde está tu casa?

Alzó la manecita sin hablar y apuntó a una casucha que se alzaba no muy lejos sobre la misma carretera.

—Llévame, anda.

Y le cogió de la mano dirigiéndose hacia ella. Era de ver el encogimiento singular y la expresión de dolor y angustia con que el chiquillo caminaba, lo mismo que si le fuesen a ahorcar. La hermana no hacía alto en ello.

—Vamos, ¿quién es tu madre, ésa?—le preguntó mostrándole una mujer que a la puerta de la casa se hallaba en pie, mirándoles con enternecimiento.

—¡Mama!—gritó el niño con angustia.

—¿Qué te pasa, hijo?—dijo la madre riendo.

—Aún tiene miedo a las monjas, pero ya se le irá quitando—dijo la hermana.—Todavía hemos de hacer muchas migas, ¿verdad, buen mozo?... Señora, ¿me deja usted ir a lavar el chico? Porque así no hay alma que le dé un beso.

La madre se puso colorada.

—No crea usted que le he dejado de lavar, que le he lavado dos veces hoy, señora; pero este arrastrao no sé dónde se ensucia tanto.

—Pues yo sí: revolcándose en la carretera.

—¡Ah pícaro!

—¡Corre, corre, que te pega tu madre!

Y arrastró riendo al chico, que caminaba ahora de bonísima gana, hacia una fuente próxima, y allí le lavó y le peinó con las manos todo lo esmeradamente que pudo.

Pues digo que, por estos y otros síntomas semejantes, me parecía que la hermana no estaba haciendo una esposa de Cristo modelo; esto sin tratar de ofenderla. Y comencé a gestionar el divorcio con ahínco, pues no hay nada que peor parezca que un matrimonio malavenido. Lo primero que hice, el mismo día en que la madre me comunicó los pormenores mencionados, fue procurar adelantarme un poco en el paseo en su compañía, y cuando comprendí que no podía ser oído por las otras monjas, decirle a boca de jarro:

—Diga, hermana, ¿piensa renovar los votos el mes próximo?

La pregunta estaba hecha para turbarla, y merced a su turbación averiguar algo de lo que acaecía en su espíritu. Pero yo no había estado en Andalucía, ni tenía idea de lo que es una sevillana.

—¿Y a usted qué le importa?—me contestó sin alterarse poco ni mucho, mirándome con expresión maliciosa a los ojos.

El que se turbó fui yo, y no poco.

—A mí, nada... digo, sí, mucho, porque todo lo que se refiera a usted ¡claro! ¡me interesa! ¡claro!...

—¡Oscuro! digo yo, ¡oscuro! ¿Por qué le ha de interesar a usted que una religiosa renueve sus votos?

Debí espetarle en aquel momento la declaración que tenía preparada, ¿no lo creen ustedes así? La ocasión era que ni encargada. Pues no me atreví, ¡ea, no me atreví! En vez de decirle: «Porque yo la adoro a usted, y sería para mí una horrible desgracia esa renovación que me arranca toda esperanza de ser algún día amado por usted», comencé a balbucir como un doctrino, concluyendo por decir una sarta de necedades que sólo al recordarlas me pongo colorado.

—Porque a mí me complacería que usted los renovase... vamos... que usted los renovase con gusto... No es decir que lo haga sin gusto... vamos... Pero yo creo que cuando se hace un voto como ése con vocación, puede pasar... pero cuando se hace sin ella, debe de ser una gran desgracia... Porque es muy serio... ¡Caramba si es serio!

Cuando yo decía esto, ella parecía muy lejos de estarlo. Mirábame con ojos donde chispeaba la gana de soltar una carcajada. Paré, pues, en firme la lengua, y más colorado que un pavo tosí tres o cuatro veces hasta reventar, supremo disimulo que hallé entonces, y le pregunté, afectando gran dominio de mí mismo, cuántos vasos había bebido ya.

Entablamos una conversación indiferente. Sin embargo, a los pocos momentos ella misma volvió a sacar la otra. Nos habíamos sentado en un banco del parque. Enfrente, sentadas en otro, estaban la madre, la hermana María de la Luz y una señora, de Sevilla también, que estaba tomando las aguas, llamada D.ª Rita. En una pausa me preguntó:

Conque usted deseaba saber si pienso renovar mis votos, ¿verdad?

—Sí, señora—le respondí sorprendido.

—Pues voy a satisfacerle a usted la curiosidad. No, señor, no pienso renovarlos.

—¡Caramba, cuánto me alegro!

—Puedo decirlo sin pecado—añadió sin hacer caso de mi exclamación,—porque es mi propósito firme desde hace tiempo, y así se lo he comunicado al confesor. ¿Quiere usted saber más, fisgón, chinchosillo?

—Sí, señora—repliqué riendo;—quiero saber por qué, no teniendo vocación... Digo, me parece que no la ofendo a usted.

—No, señor, no me ofende usted. Adelante.

—Por que, no teniendo vocación, se ha hecho usted monja.

—¡Oh! Eso es largo de explicar—dijo poniéndose repentinamente seria.—Además, esas cosas sólo se pueden decir a personas de mucha confianza... y usted es un amigo de ayer.

—¿Cómo de ayer?

—Bueno, de anteayer... es igual.

—Pues aunque soy tan reciente, crea usted que lo soy de veras, y que tendría placer muy grande en demostrárselo... aunque fuese con cualquier sacrificio... Porque usted es muy simpática a todo el mundo por su carácter franco y espontáneo, pero crea usted que a mí lo es más que a nadie... A los que nacimos y vivimos en el Norte, esa espontaneidad, esa gracia que tienen las andaluzas nos causa una impresión inexplicable. De mí sé decirle que no encuentro música más grata que el acento de usted. Me pasaría las horas muertas oyéndola hablar. Y no sólo por la gracia y el encanto que tienen sus palabras, sino porque adivino en usted un corazón tierno y apasionado...

Este era el camino más despejado para llegar a una declaración. Creo que hubiera llegado sin mayor tropiezo a ella si no se hubiese presentado inopinadamente delante de nosotros aquel maldito chiquillo que el día anterior habíamos hallado en la carretera.

—¡Perico!—exclamó la monja levantándose.—Pero ¿qué cara es ésa, niño? ¿Dónde te has metido, lechoncillo?... Señores, miren ustedes qué cara—añadió cogiéndole por la cabeza y presentándonoslo, sonriendo.—¿Habrá cosa más chistosa en el mundo? ¿No da ganas de comérselo?

Y sucio y asqueroso como estaba, le repartió en el rostro unos cuantos besos. Después, limpiándose la boca con movilidad pasmosa, arrepentida de haberlo hecho, comenzó a insultarle.

—¡Sucio! ¡gorrino! a ver si te vienes conmigo ahora mismito para que te friegue los hocicos. No tienes vergüenza ni quien te la ponga.

Y cogiéndole de la mano bruscamente, lo llevó medio a rastras en dirección del río. El chiquillo, en veinticuatro horas había tomado con ella gran confianza, y se dejaba conducir sin resistencia. Poco después la vimos allá abajo, a la orilla, lavándole con ademanes tan bruscos, sacudiéndole tan vivamente que a todos nos hizo reír. Aunque no se oían sus palabras, notábase de sobra que le seguía increpando duramente.

Esto sucedía en sábado. El miércoles de la semana siguiente tenían pensado irse. Era, pues, indispensable aprovechar aquel corto plazo para conseguir lo que ya abiertamente me proponía, esto es, que la hermana me diese algunas esperanzas de quererme a la salida del convento. A la mañana siguiente, como viniese de casa con ellas hasta el manantial, encontré a Daniel Suárez, mi compañero de cuarto. Me despedí para dar algunos paseos con él por la galería. Ya he dicho que procuraba presentarme en público las menos veces posible en compañía de las monjas. Las saludó con aquella displicencia y mirada cínica que tanto me desplacía. Así que no pude menos de abocarle con cierta frialdad.

—Buenos días, amigo. ¿Le ha pedido usted la conversación ya a la monjita?

—¿Cómo la conversación? Claro está, puesto que todos los días hablo con ella.

—No me entiende usted. Pedir la conversación, en mi tierra y en la suya, es decirle que se están pasando unas ducas muy grandes por ella. ¿S'anterao uté?

—No, señor; no sé lo que son ducas.

—Faitigas.

—¡Ah! Pues no; aún no se lo he dicho, ni he pensado jamás en ello.

—Lástima que esa niña se haya metido monja. Yo conozco a su familia. Es hija de un comerciante de la calle de Francos que ha dejado lo menos dos millones. La viuda dicen que vive con un señor... ¿sabe usted?... un señor. Y hay quien dice también que a la niña la han metido entre los dos medio a rastras en el convento.

Ahora debo recordar que, aunque poeta, soy gallego. En el fondo de mi naturaleza se encuentran tan bien casadas estas dos cualidades, que casi nunca se mortifican o se dañan. El gallego sirve para refrenar los ímpetus exagerados del poeta. El poeta ejerce el bello destino de ennoblecer, de dar ritmo armonioso a la existencia. Pues bien, al escuchar las palabras de Suárez, el gallego me hizo ver inmediatamente el aspecto práctico del asunto, que el poeta tenía olvidado de un modo lamentable. ¡Dos millones! Las gracias de la hermana, ya muy grandes, crecieron desmesuradamente con aquella repentina aureola de que la vi circundada. El gozo se me subió a la cabeza, y no tuve la precaución de disimularlo.

—Pues, amigo Suárez—dije echándole el brazo por encima del hombro, en un rapto de expansión,—todavía puede remediarse todo.

El malagueño volvió hacia mí la cabeza un poco sorprendido.

—Aún puede remediarse, porque la hermana no parece muy dispuesta a consagrarse a Dios por toda la vida.

—¿De veras?—preguntó con acento indefinible, sonriendo como a la fuerza.

—Hombre, ¿cree usted que una mujer con esos ojos asesinos... y ese aire... y esa gracia, ha nacido para encerrarse en un claustro?

Alzó los hombros desdeñosamente.

—¿Y no tiene usted más datos que esos para creer lo contrario?... Es poco, compadre—dijo, dando un chupetón al cigarro y soltando el consabido chorrito de saliva.

Me hirió aquel acento desdeñoso, y no pude reprimir un desahogo de la vanidad.

—Hay más, hay más, querido. Tengo su palabra terminante.

—¿Palabra de matrimonio?—preguntó con sorna.

—No, palabra de salir del convento.

—Si puede.

—Ya haremos lo posible por que pueda—repuse con fatuidad.

Quedó pensativo, y seguimos paseando un rato en silencio. Al cabo, comenzó, como suele decirse, a meterme los dedos en la boca, y vomité cuantas menudencias de significación o insignificantes habían acaecido entre la hermana y yo en los breves días que la trataba. Sentía yo el gozo de todo enamorado en abrir el pecho y poner de manifiesto mis alegrías, temores y esperanzas. Medianamente satisfecho debió de quedar el malagueño de aquellas confidencias, a juzgar por la afectada indiferencia con que después me habló de otros asuntos enteramente apartados del que me preocupaba; tanto que no pude menos de preguntarle con zozobra:

—Y respecto a la hermana, amigo Suárez, ¿cree usted que mis esperanzas tienen alguna base, o será todo engaño de la imaginación?... Porque ya sabe usted... cuando a uno le gusta cualquier mujer, todo lo convierte en sustancia.

—Phs... Me parece que la hermanita es una chicuela con un puchero de grillos en la cabeza. Ni sabe lo que quiere, ni por lo visto lo ha sabido en su vida. Al cabo hará lo que le manden... Conozco el paño.

Me molestaron grandemente aquellas palabras, no tanto por el desprecio que envolvían hacia la mujer que me tenía seducido, como por encontrar en ellas alguna apariencia de razón.

Poco después, como tratase de despedirme de él para unirme de nuevo a las monjas, me retuvo por el brazo.

—¡Vamos, hombre, no haga usted más el oso!—dijo riendo.—¿No le parece a usted que basta ya de guasa?

—¿Cómo guasa?—exclamé confuso.

No contestó y seguimos paseando. Al cabo de unos momentos, la vergüenza que se había apoderado de mí, hizo lugar a la cólera.

«¿Y quién es este majadero para intervenir en mis asuntos, ni para hablarme con tal insolencia? ¡Vaya una confianza que se toma el mozo!...»

Cada vez más irritado, no respondí a algunas observaciones que comenzó a hacer sobre la gente que paseaba, y al cruzar otra vez a nuestro lado las monjas, me aparté bruscamente, diciendo con el acento más seco que pude hallar:

—Hasta luego.

—Vaya usted con Dios, amigo—le oí decir con un tonillo tan impertinente que me apeteció volverme y darle una bofetada.

La vista de la hermana y su encantadora charla hízome olvidar pronto aquel momentáneo disgusto, si bien no pudo apagar por completo la excitación que me había producido. Manifestose esta excitación por un afán algo imprudente de traer de nuevo a la hermana a la conversación del día anterior, para lo cual procuré que nos adelantásemos otra vez en el paseo. Ella, sin duda, prevenida o amonestada por la madre, o por ventura obedeciendo al sentimiento de coquetería que reside en toda naturaleza femenina, mucho más si esta naturaleza es andaluza, no quiso ceder a aquella tácita insinuación mía. No se apartó un canto de duro de sus compañeras mientras paseamos. Y fue en vano que las llevase al parque, pues sucedió lo mismo. Sin embargo, cuando volvimos a casa tuve la buena fortuna de poder hablarla un rato aparte, gracias a Perico, el chiquillo de marras, con quien casualmente tropezamos. Verle y apoderarse de él, y sonarle y limpiarle la embadurnada cara con su pañuelo, fue todo uno para la hermana. Para ello tuvo necesidad de quedarse un poco rezagada, y yo, claro está, interesadísimo también por el niño, me quedé a su lado. Terminado el previo y provisional aseo, la hermana le prometió darle dos almendras si se venía con ella a casa, y Perico, de buen grado, consintió en perder de vista sus lares por algunos minutos. Tomole de la mano, y yo, por no hacer un papel desairado, le tomé por la otra, y comenzamos a caminar lentamente llevándole en medio. Confieso que maldita la gracia que me hacía aquel chiquillo sucio y haraposo, feo hasta lo indecible; pero quien me viese en aquel instante llevándole suavemente, sonriéndole con dulzura, dirigiéndole frases melosas, pensaría a buen seguro que le adoraba.

Como ya he dicho que estaba algún tanto excitado y deseaba con extraño anhelo declarar mis sentimientos a la hermana, cogí la ocasión por los pelos en cuanto se presentó.

—Di, chiquito, ¿te acordarás de mí cuando me vaya, o te acordarás tan sólo de los caramelos?—preguntaba bajando la cabeza hasta ponerla a nivel de la del niño.

Éste, con su ferocidad indómita, bajaba más la suya, sin dignarse responder.

—Di, tío silbante, ¿sientes o no que me vaya?

—¡Oh, Gloria!—exclamé yo entonces con voz temblona.—¿Quién no ha de sentir perderla a usted de vista?

La monja levantó la cabeza vivamente y me miró de un modo que me turbó.

—Oiga usted, ¿quién le ha dicho que me llamo Gloria?

—La madre.

—¡Valiente charlatana! ¿Y no sabe usted que nos está prohibido responder por nuestro nombre antiguo?

—Lo sé, pero...

—¿Pero qué?

—Me complace tanto llamarla por ese nombre, que aun a riesgo de incurrir en el enojo de usted...

—No es en mi enojo, es en un pecado.

—Pues bien, que me perdone Dios y usted también; pero si algo puede disculpar este pecado, debo decirle que cada día la voy considerando a usted menos como religiosa y más como mujer... Sí, Gloria, mientras he imaginado que sus votos eran indisolubles, la miraba a usted como un ser ideal, sobrenatural, si se puede decir así; pero desde el momento en que entendí que era posible romperlos, se me ha ofrecido con un aspecto distinto, no menos bello, por cierto, porque lo terrenal, cuando es dechado, como usted, de gracia y hermosura, se confunde con lo celestial. Hay en sus palabras, en sus actitudes todas un atractivo que yo no he observado jamás en ninguna otra mujer... Si usted viese o leyese ahora en mi interior...

—¡Huy, huy!—gritó el niño, a quien yo, al parecer, con la vehemencia del discurso, estaba apretando la mano hasta deshacérsela.

—¡Ay, pobrecito, perdona!—dije apresurándome a acariciarle.

La hermana soltó una carcajada tan fresca, tan argentina, tan deliciosa, que yo, en vez de turbarme, me sentí sacudido con dulce y grata vibración y seguí cada vez más sofocado describiéndole con locas hipérboles la impresión que en mi causaba su hermosura. Era una declaración en regla, viva, apasionada, anhelante, como el hombre que a todo trance quiere decir una cosa y teme que el tiempo no le alcance. A la vez llena de incoherencias ridículas. Tan pronto le pintaba un amor platónico, espiritual, sin pizca alguna de sensualidad, como, abriendo la válvula a lo que, en realidad, dentro de mí pasaba, aparecía subyugado, rendido por sus ojos excitantes y su figura de estatua griega. Unas veces me inclinaba a la melancolía y hablaba de la muerte y casi se me saltaban las lágrimas. Otras, animado por un soplo de esperanza, concebía mil ilusiones y prescindía de su estado, y me entretenía a pintar mi felicidad si ella me diese alguna esperanza.

No sé el tiempo que hablé, pero sí que solté muchas, muchísimas cosas, y dicho sea prescindiendo momentáneamente de la modestia, enmedio del desorden extraordinario de las ideas, de algunas repeticiones y no pocas reticencias de que estaba sembrado el discurso, me figuro que estuve elocuente. De vez en cuando hacía paradas, esperando que ella respondiese algo; pero en vano. La graciosa monja, por primera vez desde que la conocía, me pareció un poco confusa y avergonzada. Por supuesto que, en tres o cuatro ocasiones, los gritos de Perico me advirtieron que le estaba apretando la mano muy más de la cuenta. Esto me enfriaba repentinamente; pero mi entusiasmo era tan grande, que pronto recuperaba el calor y seguía desbocado, perdido.

Cuando no tuve más que decir, callé. El silencio pertinaz de la monja me dejó avergonzado. Hubiera preferido una de aquellas salidas burlonas en que era maestra. Pero no se hizo esperar. Doblando el cuerpo y acercando la cabeza a la del muchacho para acariciarle, le dijo con tonillo ligero:

—¿Te duele la mano, pobrecito? ¡Bien empleado te está, por dársela a gente que tiene los malignos en el cuerpo!

Aquella burla no me mortificó. Al contrario, sin saber por qué, me sentí gratamente impresionado, y ya me disponía a tomar pie de ella para insistir en mi fogosa declaración, cuando nos sorprendió una voz que sonó a nuestra espalda.

—Le veo a usted muy inclinado a los niños, amigo Sanjurjo.

Era el malagueño, que nos había alcanzado. Me volví y advertí en su rostro una sonrisa irónica que me crispó. Al mismo tiempo dirigió su mirada insolente a la hermana, que también se había vuelto. Pero ella, sin turbarse poco ni mucho, le clavó otra clara, insistente, un poco provocativa, como quien adivina un enemigo y lo desafía.

—Sí que me gustan. ¿Y a usted, no?—respondí con frialdad.

—A mí me gustan más las niñas—contestó brutalmente, sin dejar de mirar a la hermana.

Si hubiera observado la expresión iracunda y despreciativa que debió presentar mi rostro en aquel instante, tal vez habría un serio conflicto. Por fortuna, yo no le preocupaba a la sazón poco ni mucho. Se puso al lado de la hermana y, con el aplomo cínico que le caracterizaba, trabó conversación con ella.

—Usted es sevillana, ¿verdad?

—Para servir a usted.

—Sí, me parece que he conocido en Málaga a una parienta de usted. ¿No tiene usted una prima que se llama María León?

—Es tía mía, prima de mi madre. ¿Es usted de Málaga?

—Sí, señora.

Y siguió la conversación, animándose cada vez más, él con una amabilidad que a mí me parecía brutal, soltándole el humo del cigarro a la cara; ella con perfecta naturalidad, como si le hubiera conocido toda su vida. Afortunadamente estábamos ya cerca de casa, y no tardamos en llegar. De otra suerte, mi papel no hubiera sido muy airoso.

Por la tarde, en el paseo, volvió a acompañarlas, y yo me sentí por ello fuertemente mortificado. Tanto que me retraje de acercarme, y crucé varias veces a su lado, haciéndome el distraído para no saludarlas. Debió presentar mi fisonomía un aspecto más que sombrío, feroz. En una ocasión tropezaron mis ojos con los de la hermana, y me miró alegremente. ¡Coquetuela! exclamé para adentro. Sin embargo, al fin no pude resistir más, y me acerqué cuando ya se disponían a emprender la retirada. Fue en mal hora, porque Suárez no se apartó un punto de la hermosa monja. Esta vez regresamos en coche, y él, por más esfuerzos que hice para impedirlo, tuvo habilidad suficiente para colocarse a su lado. A mí me tocó escuchar por centésima vez la descripción de las extrañas dolencias que aquejaban a la madre Florentina. Pero mis oídos estaban más atentos a la plática del malagueño y la hermana, y observé con rabia que aquél la requebraba descaradamente con una volubilidad y una gracia que, lo confieso ingenuamente, estaba yo muy lejos de poseer. Mostrábase ella risueña y desenfadada, como siempre, y aún más que otras veces, contestando con salidas ingeniosas y picantes a los galanteos, también picantes, de Suárez. He notado que en Andalucía, al enamorarse dos jóvenes, se establece previamente entre ella y él una graciosa hostilidad, donde ambos ponen de manifiesto su imaginación en rápidas y oportunas contestaciones, diciéndose en son de burla mil frases descomedidas. Es una herencia del genio árabe, tan dado a los certámenes de la fantasía, a sutilizar conceptos y a mostrar la viveza y gallardía del ingenio.

—¿De modo que no quiere usted confesar que le he sido simpático?—decía él.

—Nunca—respondía ella.

—¡Pero si lo estoy leyendo en sus ojos, criatura!

—Pues, hijo, hay que mandarle otra vez a la escuela, porque no sabe usted leer.

—Entonces, ¿por qué me llamaba usted con la mano hace poco?

—¡Qué gracioso! ¡Ni que fuera usted perrito!

—Si fuera perrito, ¿sabe usted lo que haría en este momento?

—¿Qué?

—La lamería la cara.

—Hombre, ¿sabe usted lo que haría yo con usted entonces?

—Vamos a ver.

—Le cogería por el pescuezo y le tiraría a la carretera.

—No lo creo.

Yo, que había hecho mi declaración por la mañana con tantos miramientos, esforzándome en velar a Cupido con mil espesos tules, quedé aterrado ante aquella... ¿por qué no decirlo? ante aquella desvergüenza. Y me sorprendió no poco que ella, una religiosa, por más que estuviera en vísperas de secularizarse, escuchase con tal paciencia y respondiese a semejantes groserías. Pero de estas sorpresas me quedaban aún muchas en aquel originalísimo país.

Declinaba ya bien la tarde cuando llegamos a la fonda. Casi todos los huéspedes estaban fuera paseando. Sólo hallamos a la puerta a D. Nemesio con el dueño, tomando el fresco. A instancia nuestra, las monjas se quedaron un rato de tertulia, y no tardó en salir, sin saber quién la trajera, una guitarra. Empuñola Suárez, y comenzó a manejarla con singular destreza.

—¿No canta usted?—le preguntó la madre.

—Al tiempo de lavarme únicamente.

—Pues aquí la hermana San Sulpicio lo hace muy bien. Alguna vez la hemos oído en el colegio... el día del santo del superior, que es cuando se permiten esas cosas.

—Pues ya está usted arrancándose, hermanita—dijo el malagueño presentándole al mismo tiempo la guitarra.

—¡Quite usted allá, hombre de Dios!—respondió la monja riendo y rechazándola.

—¿Quiere que yo la acompañe entonces?

—Vamos, hermana, déjese usted oír—dijimos casi al mismo tiempo D. Nemesio, el sabio fondista y yo.

—¡Qué guasa! ¿Quieren ustedes reírse?... ¡Haría buena figura una monja cantando a la puerta de casa!

—Por eso no quede—dijo el fondista.—Vámonos a la sala. Ahora no hay nadie...

La hermana siguió riendo, sin dejarse persuadir. No obstante, se adivinaba que la retenían más los respetos de su estado y el de la superiora que la falta de deseos. Cuando ésta, instada por nosotros, le dijo:

—Como no haya nadie más que estos señores, por mí bien puede hacerlo.

Se levantó con graciosa resolución exclamando:

—Malo y rogado son dos cosas malas... Vamos andando.

Levantámonos todos también con alegría y en pelotón fuímonos a la sala. La hermana María de la Luz iba haciendo gestos de susto y escándalo.

La sala era una estancia cuadrada bastante capaz y casi tan desmantelada como el resto del edificio: un sofá de paja, una docena de sillas, una consola de caoba con pequeño espejo de marco dorado encima y algunos cuadros colgados de la pared componían todo su mobiliario.

La hermana tomó la guitarra luego que todos nos hubimos acomodado en las sillas, y comenzó a rasguearla dulcemente. Me fijé en sus manos, que desde que la conocí me habían llamado la atención. Cada hombre tiene su fetichismo respecto a la mujer, y yo poseo el de las manos, como otros el de los pies, el de los ojos, los cabellos, etc. Para mí no hay mujer hermosa con las manos feas. Las de la hermana San Sulpicio eran ideales; no excesivamente pequeñas, pues éstas antes me causan repugnancia que placer, de piel tersa y levemente sonrosada, macizas, de dedos bien torneados aunque no afilados en demasía. Con la mente estaba mandando mil besos a aquellas manos seductoras.

—¡Jesú, qué guitarriyo tan cruel!—exclamó sacudiéndolo con impaciencia.—¿De quién ha sido el hallazgo?

—Es mía—dijo el fondista inventor avergonzado.—Como todo el mundo la trae y la lleva, no es extraño...

—Vaya, déjese de la guitarra y a ello—manifestó Suárez.

Después de rasguear otro poco, la monja gritó volviendo la cabeza hacia la pared, porque la avergonzaban, sin duda, nuestras miradas fijas.

—¡Honraaa!...

Era una voz algo gangosa, si bien se conocía que salía así, más que por ser natural, por la voluntad de parecerse e imitar las voces de las mujeres del pueblo.

Dicen que me andas quitando

la honra, y no sé por qué.

—¡Bueno!—gritó Suárez aprovechando la pausa.

¿Para qué enturbias el agua

que has de venir a beber?

—¡Bravo!—grité yo.

—¡Olé!—dijeron los demás.

La hermana sonrió, dejando ver aquellas filas de dientes blancos y menudos que me hechizaban. Y volvió a cantar:

A mi suegra, de coraje

le he echao una maldisión,

que se la pierda su hijo

y que me le encuentre yo.

—¡Eso, mi niña!—exclamó el desfachatado malagueño.

Yo le eché una mirada atravesada y rencorosa, y dije por decir algo:

—Son peteneras, ¿verdad?

—¡Está usted enterao, amigo!—respondió Suárez riendo.—Malagueñas del riñón mismo del Perchel, cantadas con mucho estilo y con la gracia de Dios.

Quedé bastante avergonzado, y observándolo la hermana, me dirigió una mirada cariñosa, diciendo al mismo tiempo:

—Ahí van peteneras... Por uté.

La Virgen de la Esperansa,

la que se adora en San Gil,

¡Cristo de la Espirasión!

aquella señora sabe

lo que he llorao por ti.

La copla y la voz, levemente bronca y temblorosa, de la hermana me hicieron una impresión tan viva, que sentí removidas todas las fibras de mi corazón, me pasó un frío extraño por el cuerpo y las lágrimas se me agolparon a los ojos, costándome gran trabajo no darles salida.

Otra vez cantó:

Por Dios te lo pido, niña,

y te lo pido llorando,

¡Cristo de la Espirasión!

que no le cuentes a nadie

lo que a mi me está pasando.

Todos palmotearon fuertemente, menos yo, a quien ahogaba la emoción. La madre Florentina exclamó:

—¡Vaya, basta de locuras! Pueden enterarse los de fuera, y sería muy feo.

—Ahora me toca a mí, madre—dijo el malagueño tomando la guitarra.—Uzté no habrá oído cantar una rata, ¿verdá uzté? Pues no se mueva, que ahora mizmito la va a oír.

Manejaba la guitarra con singular maestría, y después de haberla rasgueado y punteado buen rato, comenzó a cantar en voz baja un tango que no había sido inventado precisamente para los oídos de las religiosas. O no comprendieron el torpe sentido de sus palabras, o lo disimularon. Después dio comienzo a unas seguidillas.

—¡Cállese usted, hombre, que no puedo oír eso sin que se me alegren los pies!—exclamó la hermana haciendo un gesto expresivo.

—¿Baila usted?—preguntó Suárez.

—En otro tiempo... ¿Te acuerdas, primita, cuánto hemos bailado en tu casa? ¡Qué jaquecas hemos dado a la pobre tiita!

—¿Quién se acuerda de eso?—dijo la hermana María de la Luz ruborizándose.

—¿Por qué no hemos de acordarnos?... Y bien que lo hacías tú, gachona; bien ajustadito, aunque te hacía falta un poco de garbo.

—Calle, calle, hermana, que ya no nos corresponde hablar así.

Por la regla del instituto no podían tutearse las hermanas aunque fueran próximas parientas. La hermana María de la Luz no olvidaba jamás este precepto; pero su prima lo infringía a cada instante.

—Es necesario ver eso—dijo Suárez.—¡A bailar, a bailar!

—No, no, de ninguna manera—manifestó la madre poniéndose seria.

—Vamos, madre, consienta usted—exclamamos todos a la vez.

Y comenzamos a rogarla con tan vivas instancias, que al cabo de algún tiempo la infeliz mujer no pudo resistir y vino en permitir aquel escándalo, como ella decía, con tal que se explorasen bien los alrededores de la sala, a fin de cerciorarse de que nadie estaba escuchando. Mientras duraron nuestros ruegos, la hermana San Sulpicio mostraba en los ojos una inquietud ansiosa; sus labios rojos temblaban de anhelo. Cuando la superiora dio al fin la venia, todo su cuerpo se estremeció y una sonrisa de dicha iluminó su rostro expresivo.

Pero nos faltaba lo más difícil: convencer a la hermana María de la Luz. Aquella tímida e insignificante criatura rehusaba con tenacidad levantarse de la silla. Fue preciso que su prima la cogiese enérgicamente por los brazos y la alzase casi a viva fuerza.

—Beata, chinchosa, ¿crees que te vas a condenar? Pierde cuidado, que nadie te quita la sillita que tienes en el cielo.

Pero se encontraron con que no había palillos.

El sabio fondista dijo que él los traería; y en efecto, a los dos minutos se presentó con dos pares de castañuelas que entregó a las hermanas. Entonces éstas se despojaron de las papalinas y las tocas. Por primera vez vi los cabellos de la hermana San Sulpicio. Eran negros y lucientes hasta dar en azules, levemente ondeados, no muy largos porque al pronunciar los votos la tijera había hecho feroz estrago en ellos.

Hecho otro viaje de exploración por las cercanías de la sala y cerradas herméticamente todas las puertas, Suárez comenzó a rasguear la guitarra. Hubo un momento de ansiedad. Las dos bailadoras se habían puesto una frente a otra y se miraban sonrientes; la hermana María de la Luz con la cabeza baja y ruborizada hasta las orejas; su prima con los brazos en jarras, un poco pálida, los labios secos, acentuaba el leve estrabismo de sus hermosos ojos negros aterciopelados. A mí me daba saltos el corazón de puro anhelo. El malagueño alzó un poco la voz cantando una seguidilla. De pronto los cuatro pares de palillos chasquearon con brío, las bailadoras abrieron los brazos y avanzaron una hacia otra y se alejaron inmediatamente, levantando primero una pierna, después otra a compás y con extremado donaire. Mis ojos de enamorado percibieron por encima de la tosca estameña el bulto adorable del muslo de la hermana San Sulpicio. Siguieron una serie de movimientos y pasos, ajustados todos al son de la guitarra y de las castañuelas, que no cesaban un instante de chasquear con redoble alegre y estrepitoso. El cuerpo de las dos primas tan pronto se erguía como se doblaba, inclinándose a un lado y a otro con movimientos contrarios de cabeza y de brazos. Éstos, sobre todo, jugaban un papel principalísimo, unas veces abiertos en cruz para presentar el pecho con aire de desafío, otras recogiendo del suelo algo invisible que debían de ser flores, otras levantados en arco sobre la cabeza, formando en torno de ella como un hermoso marco de medallón.

Yo no miraba más que a la hermana San Sulpicio, no sólo por la afición que la tenía, sino porque en realidad era la que mejor bailaba. Su prima, o por temor o vergüenza, o porque no la hubiese dotado la naturaleza con gran cantidad de sal, limitábase a señalar los movimientos y a guardar el compás. Ella los acentuaba en cambio briosamente, gozándose en las actitudes donde la esbeltez y la flexibilidad de su cuerpo se mostraban a cada instante de un modo hechicero. La hermosa cabeza inclinada a un lado, los ojos medio cerrados, la boca entreabierta, dilatada por una sonrisa feliz, donde todo su ser se anegaba, parecía la bayadera del Oriente ostentando con arrobo místico en la soledad y misterio del templo la suprema gracia de su carne dorada como las hojas del loto en el otoño, el brillo fascinador de sus ojos. En aquel momento podía jurarse que no nos veía, absorta enteramente en el placer de ir mostrando una a una las mil combinaciones elegantes a que su airosa figura se prestaba. La pasión del baile era la pasión de su cuerpo, era la adoración extática de su propia gracia. Cuando una mudanza terminaba parecía salir de su éxtasis, y nos miraba risueña con ojos vagos y húmedos.

Yo estaba crispado de la cabeza a los pies. Hubiera deseado que el baile se prolongase indefinidamente, y formé propósito inmutable de escribir unas décimas describiéndolo, que por cierto se publicaron algunos meses después en La Moda Elegante: no sé si ustedes las habrán leído.

Las exclamaciones de Suárez ¡Olé, mi niña! ¡Bendito sea tu salero! ¡Alza, palomita, alza! y otras por el estilo, que soltaba en las pausas del canto, me parecían groseras e impropias. Pero observé que ellas no las tomaban a mal, por lo que vine a entender que eran el acompañamiento natural y obligado de aquel baile. Cuando éste terminó, la hermana María de la Luz corrió a sentarse avergonzada. Su prima quedó en pie, con el pecho agitado, el cabello en desorden, sonriendo siempre con la misma gracia maliciosa. El malagueño, en un arrebato de entusiasmo, puso la guitarra a sus pies, exclamando:

—¡Si eztá podría ezta niña!

Todos rieron menos yo. En seguida, alargando la guitarra a nuestro científico patrón, le invitó a que tocase para echar otro baile con la hermana; mas la madre Florentina se levantó vivamente, y con semblante muy serio se opuso resueltamente a ello. Bastaba de tonterías. Había cedido a lo primero sin deber hacerlo, pero aquello rebasaba ya los límites. Y triste y desabrida, como si le remordiese la conciencia, hizo un gesto imperioso a las hermanas, y salió con ellas de la estancia. Suárez siguió tocando y cantando; pero yo, presa de extraña y dulce inquietud, me salí a dar una vuelta por el pueblo, y no comí hasta muy tarde.

—¡Hombre, si viera usted lo que se ha reído el padre Talavera cuando le conté lo del bailoteo de esta tarde!—me dijo D. Nemesio al entrar en casa.

Quedé clavado al suelo.

—¿Pero ha ido usted a contar al padre Talavera?...—preguntele con acento alterado.

—Le encontré sentado delante de su fonda con otros clérigos y echamos un párrafo. Es una persona muy campechana y muy corriente. Le ha hecho una gracia atroz nuestra pequeña juerga. Estos jesuitas son todos hombres de sociedad, no son como los curas de misa y olla...

Le miré de arriba abajo con expresión rencorosa y le dije con acento irritado:

—¡Usted siempre tan oportuno!

Y sin aguardar contestación, giré sobre los talones y me fui.

Lo que inmediatamente preví sucedió, en efecto. A la mañana siguiente pude verlas en misa y hablé algunas palabras con ellas. En todo el día después no logré echarles la vista encima, ni en los pasillos de casa ni en el manantial. Al día siguiente, mientras estábamos bebiendo el agua, un coche las llevó a la estación para tomar el tren de Sevilla.


V

Índice

A Sevilla.

RANDE fue la tristeza y desconsuelo que sentí al tener noticia de la marcha precipitada, o más bien fuga, de las monjas. Bien imaginé que debió de ser causada por la indiscreción y necedad de D. Nemesio, a quien dediqué desde entonces en mi pecho tanto odio por lo menos como debía de profesarle el juez catalán que con nosotros había viajado. Nunca más quise jugar al billar con él; y eso que llegó a ofrecerme el mísero cuatro rayas. ¡Cuatro rayas a mi, que, dando un trallazo, me salen palos por todos lados!

En cambio, me sentí más inclinado desde entonces al malagueño, o para hablar más propiamente, me fue menos antipático. Después de todo, si a él le gustaba también la hermana, nuestra desgracia era común. Verdad es que la soportaba con más filosofía. Cuando supo la ocurrencia de D. Nemesio, rió largamente y la glosó con muchos y sabrosos comentarios; pero no volvió a acordarse de las monjas. Si yo le sacaba la conversación me respondía en un tono tan frívolo y aun se corría a veces a tan libres y groseras frases que me herían. Debo confesar que allá, en el fondo, el disgusto se mezclaba con la satisfacción de advertir que la graciosa hermana sólo pasajeramente había impresionado su corazón.

Pasaron los días, y llegó el de mi marcha. El malagueño se había ido el anterior para su tierra. Yo, en vez de irme a Madrid, tomé el tren de Sevilla. Porque es bien que sepan ustedes que desde el instante mismo en que tuve conocimiento de la huida de las monjas concebí el proyecto y aun formé propósito de ir a esta ciudad en cuanto pudiese hacerlo sin ser advertido. No lo comuniqué absolutamente con nadie, mucho menos, por supuesto, con Suárez; antes procuraba mañosamente despistarle hablándole de mis quehaceres en Madrid y la necesidad que sentía de terminarlos pronto para restituirme a mi país, donde mi padre reclamaba mi presencia inmediata para otros asuntos urgentes. En fin, que en cuanto llevase los quince días justos de aguas iba a Andújar a tomar el expreso de Madrid para llegar más pronto. Tuve la suerte de que él se fuese primero, y así lo hice a mi salvo.

Cuando el tren arrancó y me vi caminando a gran velocidad hacia el Mediodía, experimenté viva y dulce agitación; sacudió mi cuerpo un estremecimiento deleitoso. Siempre que camino con rapidez en cualquier vehículo me sucede algo semejante. El movimiento me embriaga y me comunica instantáneamente la sensación de la fuerza y el triunfo. Por eso he pensado muchas veces que los carros de los héroes griegos, arrastrados por veloces corceles, debían contribuir no poco a aumentar su esfuerzo y coraje en las batallas. Pues a esta sensación perturbadora añadíase al presente una inquietud vaga, no exenta de voluptuosidad, que me apretaba la garganta y me producía un cosquilleo grato. Pensaba en los ojos de la hermana San Sulpicio. Y como si el tren, con su marcha pujante y vertiginosa, me dotase del poder que me faltaba para hacerla mía, sentíame feliz hasta llorar. Una angustia deliciosa me oprimía el pecho blandamente. Sentía escalofríos de anhelo y voluptuosidad, cual si me hallase a las puertas mismas de la dicha. Pasado aquel extraño transporte, que debe achacarse en gran parte a la material impresión del movimiento, me sentí tranquilo; pero me confesé ingenuamente que estaba enamorado de la monja sevillana mucho más aún de lo que había imaginado. Cruzó por mi mente la idea de lo que debía hacer cuando llegase a Sevilla; pero súbito la aparté con miedo de la imaginación. En realidad, ése era un problema insoluble en tal momento. Más valía entregarse a la esperanza consoladora de que todo saldría a medida de mis deseos, pensar en las gracias de mi hermoso dueño, recrearse rumiando los dichosos instantes que a su lado había pasado, y cuando llegase a la capital de Andalucía, ya veríamos lo que se había de hacer. Me puse a componerle unos versos, unas quintillas; mas a la segunda tropecé con un consonante difícil, labios; resabios no pegaba, ni menos los otros poquísimos que hay. Así que un poco irritado rasgué el papel y lo arrojé por la ventanilla.

La locomotora corría por los campos de la provincia de Córdoba. Cubiertos de tiernos trigos se extendían en planicie de un verde pálido, cortados bruscamente por el muro sombrío y adusto de la sierra. Cuando nos acercamos a la ciudad, me sentí impresionado vivamente por la grandeza de sus recuerdos. Aquel montón de casas que se alzaba pardo y melancólico entre el río y la montaña había sido la gran ciudad del Occidente, la capital del mundo civilizado. Al ruido, a la alegría que en otro tiempo reinaran en ella, habían sucedido años y años, siglos y siglos de silencio y tristeza. Veíala con la imaginación hermosa y feliz enmedio de una comarca fértil, risueña, abundante en toda clase de cosechas, ocupando una vasta extensión con sus murallas resplandecientes, provista de puertas monumentales, de infinitas calles donde las máquinas de riego abatían el polvo. Innumerables transeúntes discurrían por ellas, entrando y saliendo de sus bazares a cuyas puertas pendían ricos damascos y tapices. En todas partes se alzaban suntuosos palacios, más bellos y suntuosos por dentro que por fuera: en todas partes bosques y jardines públicos donde sus felices moradores se solazaban con el aroma del azahar, del cinamomo y almoraduj. En torno de ella los amenos vergeles o almuzaras se extendían a lo lejos, poblados de arboledas umbrías, de fuentes murmuradoras, de pájaros parleros. Enhiesta sobre el alminar de la mezquita la media luna elevaba sus cuernos poderosos protegiendo a la ciudad. El ruido de los carros, de los escuadrones que a todas horas entraban y salían por sus puertas, de las máquinas de guerra, el gozoso rumor que se elevaba de sus talleres, donde fabricaban la inmensa variedad de artefactos que exigía su refinada cultura, la hacían bulliciosa y resonante. Veía la falda de la sierra cuajada de casas de campo, retiros deleitosos donde los caballeros árabes iban con las bellas de la ciudad a celebrar sus orgías. Vínome a la memoria cierta confidencia de un escritor del tiempo del califato, acaso la única que exista de este género en su literatura. Porque esta raza grave y melancólica no gustaba de entretener al público con las propias tristezas o alegrías.

El poeta Ibn-Hazm conoció a su amada, siendo niña, en el palacio de su padre, donde estaba recibiendo educación. Su amada era hermosa, discreta y modesta; pero orgullosa y reservada. Su modo de pensar era muy severo y no mostraba inclinación por los vanos deleites, aunque tocaba el laúd admirablemente. El poeta, de la misma edad que ella, buscaba en vano ocasión de hablarla sin testigos. Una vez, en cierta fiesta que se daba en su palacio, las damas se reunieron por la tarde en un pabellón desde donde se gozaba una magnífica vista de Córdoba. Ibn-Hazm fue con ellas y se acercó al hueco de una ventana donde se encontraba la joven. Apenas le vio ésta a su lado, se huyó con graciosa ligereza hacia otra parte del pabellón. Él la siguió, y se escapó de nuevo. La hermosa niña se había hecho cargo de los sentimientos que inspiraba al hijo de su amo; pero ninguna de las otras mujeres notó nada de lo ocurrido. Cuando más tarde bajaron todas al jardín, rogaron a la amada del poeta que cantase, y él unió también sus ruegos. Cediendo a estos ruegos, comenzó tímidamente a pulsar el laúd y entonó una canción, una sentida y melancólica canción. «Mientras cantaba—dice Ibn-Hazm en su deliciosa confidencia,—no fueron las cuerdas de su laúd, sino las de mi corazón lo que hería con el plectro. Jamás se ha borrado de mi memoria aquel dichoso día, y aun en el lecho de muerte he de acordarme de él. Pero desde entonces nunca más volví a verla en mucho tiempo. Sucedió que tres días después que Mahdi subió al trono de los califas, abandonamos nuestro nuevo palacio, que estaba en la parte oriental de Córdoba, en el arrabal de Zahira, y nos fuimos a vivir a nuestra antigua morada, hacia el Occidente, en Balat-Mogith; pero por razones que es inútil exponer, la joven no se vino con nosotros.»

Luego cuenta el poeta las desgracias que pasaron a su familia cuando Hischam II subió otra vez al trono. Una sola vez vio a su amada, en las exequias de un pariente; pero no la habló. Poco después tuvo que abandonar a Córdoba. «Cuando al cabo de cinco años volví a Córdoba—dice—fui a vivir a casa de unos parientes, donde la encontré de nuevo; pero estaba tan cambiada que apenas la reconocí; tuvieron que decirme quién era. Aquella flor, que había sido el encanto de cuantos la miraban, estaba ya marchita, por la necesidad de acudir a su subsistencia con un trabajo excesivo. Sin embargo, tal como estaba, aún hubiera podido hacerme el más dichoso de los mortales si me hubiera dirigido una sola palabra cariñosa; pero permaneció indiferente y fría, como siempre había estado conmigo. Esta frialdad fue poco a poco apartándome de ella. La pérdida de su hermosura hizo lo restante. Nunca dirigí contra ella la menor queja. Hoy mismo no tengo nada que echarle en cara. No me había dado derecho alguno para estar quejoso, ¿De qué la podía yo censurar? Hubiera podido quejarme de ella si me hubiera halagado con esperanzas engañadoras; pero nunca me dio la menor esperanza, nunca me prometió cosa alguna.»

Busqué, en vano, con la vista el jardín donde aquellos tristes amores habían comenzado, busqué el palacio del noble poeta. ¡Cuánta alegría desvanecida! ¡Cuánta actividad aniquilada! ¡Cuánta palabra de amor, cuánta lágrima, cuánto afán, cuánto suspiro disipados para siempre!

¿Para siempre? ¿Por qué? El amor, que es la vida misma, no muere, se traslada. ¿Por ventura las golondrinas que vienen a anidar en los balcones de la Córdoba actual no aman como las que anidaban en la Córdoba antigua? ¿Y dentro de aquel montón, oscuro y melancólico, de casas no hay risas, no hay suspiros, no se vierten lágrimas de amor? El fuego que ardía en el pecho del poeta Ibn-Hazm no se había extinguido: yo lo sentía en el mío. Los hermosos ojos aterciopelados de mi graciosa sevillana valían, por lo menos, tanto como los de su bella cordobesa. Y como si la naturaleza quisiera responder con un signo afirmativo a mis reflexiones, al salir de la estación, de pie sobre un verde campo de trigo, vi una linda zagala de trece a catorce años y a un zagal de la misma edad, enlazados con un brazo por la espalda y saludando con el otro al tren que se alejaba rápido.

Según nos aproximábamos a la provincia de Sevilla, el paisaje adquiría tonos más secos y calientes. La comarca se desenvolvía ondulante como un mar de olas inmensas, petrificadas, hasta los últimos confines del horizonte. Era una tierra roja, sangrienta, que infinitas hileras de olivos rayaban de verde gris. Y posados entre ellos como blancas palomas, veíanse de vez en cuando algunos molinos donde la amarga aceituna fluía su licor. Sólo rara vez ya el verde pálido y tierno de algún sembrado despedía una nota pacífica en aquella tierra ardiente de una vitalidad feroz.

A medida que avanzábamos, el firmamento se elevaba y su azul se iba haciendo más intenso y profundo. Lucía el sol de un mediodía abrasador. La implacable intensidad de la luz me ofuscaba, haciéndome ver los términos lejanos como masas violáceas envueltas en una gasa blanca. La línea del último más bien se adivinaba que se percibía en los confines del horizonte luminoso. La naturaleza africana anunciaba ya su proximidad con los setos de pita y de higos chumbos erizados de púas. Los olivos se retorcían con furia, adoptaban posturas grotescas, chupando con ansia de aquella tierra roja las escasas partículas de agua; árboles tristes, ridículos, donde alguna vez, como en todos los seres feos de la tierra, brilla un relámpago de hermosura, cuando el viento arranca de sus pobres hojas algunos reflejos argentados.

¡Nos acercábamos a Sevilla! Sentía mi corazón palpitar con brío. Sevilla había sido siempre para mí el símbolo de la luz, la ciudad del amor y la alegría. ¡Con cuánta más razón ahora, que iba hacia ella enamorado! Veíanse ya algunas huertas de naranjos, y entre sus ramajes de esmeralda percibíanse como globos de rubíes, según la expresión de un poeta arábigo, las naranjas que de puro maduras se derretían. En las estaciones próximas, Brenes, Tocina y Empalme, observaba cierta animación, que no podía achacarse al número, harto exiguo, de viajeros. Algunas muchachas de ojos negros, con claveles rojos en el pelo, de pie sobre el andén, sonreían a los que nos asomábamos a las ventanillas. Todas las casetas de guardas tenían ya en sus ventanas macetas con flores. Hasta las guardesas, viejas y pobremente vestidas, que, con la bandera recogida, daban paso al tren, ostentaban entre sus cabellos grises algún clavel o alelí.

Por fin nos apartamos del Empalme. Debíamos parar en Sevilla. Me asomé a la ventana, y escruté con ojos ansiosos el horizonte, que ya no era ondulante, sino llano y dilatado, cubierto de sembrados, de olivos, de naranjos, cuyos distintos verdes lo matizaban alegremente. Los setos azulados de pita contribuían poderosamente a embellecerlo, y le daban ya un carácter enteramente meridional. El río se desplegaba majestuoso por medio del extenso valle. Allá en el confín del horizonte percibí una torre elevada, y al lado de ella otras varias más chicas.

—¡Sevilla! ¡Sevilla!—grité con voz recia, sin poder reprimir la extraña y viva emoción que me embargaba.

Y avergonzado en seguida de aquel grito, me volví para ver si mis compañeros se reían. Mas, contra lo que esperaba, no sucedió; antes se abalanzaron todos hacia las ventanillas, con la misma curiosidad y anhelo que si nunca la hubieran visto. Y eso que la mayor parte eran naturales y vecinos de la provincia.

—Zeviya es—dijo gravemente, después de haber sacado la cabeza por la ventanilla, un viajero de cuarenta a cincuenta años, con patillas hasta la nariz y vestido con chaqueta corta, corbata de anillo y sombrero de amplias alas.

—¿Usted la ha visto?—le pregunté con solicitud.

—¿Que zi la he visto? Veinte años he paseao por la calle de las Sierpes, y veinte mil cañas he bebío del lado de acá y otras veinte mil del lado de allá del río... Pero la suerte mía, que es más negra que un sombrero de teja, hablando con perdón, hace tiempo que me ha botado fuera... En fin, paciencia, que más pasa un cornudo...

Me admiró la tristeza del acento con que pronunció estas palabras.

—¿Ahora no vive usted en Sevilla?

—No, señor; hace seis años que estoy establecido en Cantillana.

Recordé entonces el antiguo adagio español, y le dije sonriendo:

—«Anda el diablo en Cantillana»...

—¡Ca, hombre! Ya hace mucho tiempo que no anda... Se ha marchao aburrío.

Volví a sacar la cabeza por la ventanilla riendo, y sumergí mi vista extasiada en el radioso espectáculo que delante de mí se ofrecía. Aquel panorama despertaba en mi alma una gozosa emoción. Todo parecía reír. La luz caía como una gloria del cielo sobre los campos. El aire vivo que me hería las sienes, el aroma penetrante del azahar, los olores cordiales del campo que a él se mezclaban, la caricia ardiente de aquella naturaleza poderosa que sentía en el rostro me embriagaban, me causaban escalofríos de dicha. La torre que había visto se acercaba, elevándose cada vez más a mis ojos. El blanco grupo de casas yacente a sus pies se extendía.

El tren retardó su marcha: el tic tac de las ruedas llegó más fuerte y acompasado a nuestros oídos. Entramos en la estación. Después de saludar cortésmente al desterrado de Cantillana, y sostener con esfuerzo y coraje una lucha empeñadísima con más de veinte ganapanes que trataban de arrebatarme la maleta, tomé un coche y di al cochero las señas de una casa de huéspedes situada en la calle de las Águilas, que mi sabio patrón de Marmolejo me había recomendado. Y a propósito de mi patrón, no he referido que al tiempo de partir, dándome un apretado abrazo, y sin duda para ofrecerme un testimonio maravilloso de su cariño y estimación, me reveló al oído que su famoso cañón estaba hecho de amianto. Ruego al lector que no divulgue el secreto.

El coche marchaba por una serie de calles estrechísimas, bailando muy más de la cuenta para mis huesos; pero como yo venía dispuesto a admirarme de todo y hallarlo de perlas, lejos de quejarme, sacaba a menudo la cabeza por la ventanilla y echando una ojeada a las casas de pobre apariencia que íbamos pasando, me dejaba caer otra vez sobre el asiento, exclamando lleno de gozo: «¡Oh, qué árabe, qué árabe es todo esto!»

Paramos delante de una casa, como todas las demás, pequeña, de un solo piso, con dos balcones y dos grandes ventanas enrejadas al nivel del suelo. Enrejada era también la puerta, por la cual se veía un patio con pavimento de azulejos y columnas de mármol, donde había grandes macetas con flores y plantas. «¡Qué árabe!» volví a exclamar para mis adentros, mientras buscaba por todas partes el llamador. Di por fin con un cordelito, tiré de él y sonó la campanilla. El joven que atravesó lentamente el patio y se acercó a la cancela mirándome fijamente no tenía nada de árabe, si bien se reparaba: flaco, largo, pálido, con una nariz ¡qué nariz, cielo santo! que merecía los honores de trompa, los ojos pequeños, el pelo lacio. Vestía decentemente, por lo que vine a entender que no era criado; pero traía los pantalones cinco dedos lo menos más cortos de lo justo. Me preguntó con voz débil, como si quisiera exhalar con aquella pregunta el último aliento, qué se me ofrecía. Cuando le dije que venía en busca de alojamiento y recomendado por el dueño del Hotel Continental de Marmolejo, abrió la puerta diciendo: «¡Ah!» Después, haciendo otro supremo esfuerzo sobre sí mismo, dijo: «Matilde, Matilde», dos veces consecutivas. La chiquilla que se presentó acto continuo dando saltitos como una urraca tampoco tenía gran cosa de árabe. Representaba unos trece años, aunque después supe que contaba diez y ocho, y era de una estatura inverosímil: poco más de un metro levantaría del suelo. Con esto, la carita redonda y no desgraciada, los ojillos vivos y a medio cerrar, los ademanes resueltos y petulantes.

—¿Qué deseaba usted, caballero?—me preguntó comiéndose, como andaluza de sangre, la mitad de las letras. Al mismo tiempo cerró aún más los ojillos para mirarme, levantando la cabeza y ladeándola, como un pájaro que escucha ruido.

Volví a repetir mi demanda y la recomendación que traía. El mancebo de los pantalones cortos, tan pronto como se acercó la niña, habíase retirado majestuosamente, proyectando con su nariz en las paredes una sombra gigantesca.

—¡Ah! ¿Una habitación? Venga usted conmigo... Felicia, Felicia, ven a recoger la maleta de este caballero... Por aquí...

Después que solté el equipaje en manos de una criada que se presentó al reclamo de mi diminuta huéspeda, me condujo, sin subir escaleras, a una cámara bastante capaz y medianamente amueblada, que tenía ventana con rejas a la calle.

—¿Le gusta a usted ésta?

Como en realidad no necesitaba otra cosa mejor, dije que sí; pero la chica, temiendo no haberme dejado satisfecho, se apresuró a manifestar que había otra en el piso de arriba, que si deseaba verla...

—¿Es usted el ama?—le pregunté, convencido de que no podía serlo.

—No, señor; soy su hija... pero como si lo fuese—respondió con cierto énfasis.

Y en efecto, tan pronto como me determiné a quedar en aquel cuarto, llamó otra vez a la doméstica y comenzó a dictar una serie de disposiciones respecto al aseo del pavimento, a la cama, al lavabo, etc., en un tonillo despótico, que no dejó de causarme gracia por venir de tan microscópica persona. Observé que la criada la obedecía con prontitud y respeto, y lo mismo un criado a quien llamó para colocar la cómoda que hacía falta.

—¿El joven que salió a abrirme es pariente de usted?—le pregunté.

—¿Eduardito?... Es mi hermano.

Raro me pareció que llamase Eduardito a aquel mastuerzo, y más ella que podría pasar sin inclinarse por debajo de sus piernas.

—¿Pues sabe usted que tienen ustedes bien poco parecido?

—¿No es verdad? A todo el mundo le sorprende... Pues tan poco como en la figura nos parecemos en el carácter. A él se le pasea el alma por el cuerpo...

—Y a usted no le cabe dentro.

—Cierto—respondió riendo.—Vaya, le dejo a usted, que tengo mucho que hacer... ¿Quiere usted tomar algo?... Pues cuando me necesite no tiene usted más que dar una voz... La hora de comer a las siete.,. ¿Quiere usted que le limpien las botas?... Gervasio, Gervasio, ven aquí... Limpia las botas de este señor en un momentito... ¡Vivo! ¡vivo!... Vaya, hasta luego... ¿Su gracia de usted, caballero?

—Ceferino Sanjurjo.

—Mil gracias. Hasta luego.

Así que me hube lavado y aliñado un poco, viendo que aún no eran más de las cuatro de la tarde, salí a dar un paseo por la ciudad. No tengo para qué advertir que la idea que me embargaba totalmente en aquel momento era la de hallar y ver el convento o colegio del Corazón de María, donde tenía el mío prisionero. No quise llamar a Matilde; pero espié sus pasos, y, cuando la vi en el patio, salí de mi cuarto metiéndome los guantes y me hice el encontradizo.

—¿Va usted a dar un paseíto?—me preguntó como si nos tratásemos hacía años.

—Voy a ver un poco las calles hasta la hora de comer... ¿Usted sabe dónde está un convento que se llama, según creo, del Corazón de María?—le pregunté afectando gran indiferencia.

—Del Corazón de María... del Corazón de María—respondió llevándose el dedito a la frente como para recapacitar.—Aguarde usted un poco... ¿No es un colegio de niñas?

—Creo que sí.

—Pues debe de estar, me parece, en la calle de San José... ¿Sabe usted allá?

—¡Si no he estado jamás en Sevilla!

—¡Ah! Bien. Pues es muy fácil. No tiene usted más que seguir esta misma calle hasta la Alfalfa, ¿sabe? Allí tuerce usted a la izquierda por una calle que se llama de Luchana; ve usted una iglesia, la de San Isidoro; en seguidita otra, la de San Alberto; baja usted un poco, y a la derecha encuentra usted una calle que se llama de la Perla; entra usted en la calle de la Carne, y allí está la de San José... ¿Ha comprendido usted?

—Perfectamente—respondí, convencido de que sería inútil hacérselo repetir.

Y salí a la calle dispuesto a llegar allá a fuerza de preguntas. El aspecto de la ciudad me sorprendió y cautivó al mismo tiempo. Aquellas calles estrechísimas, tortuosas, desiguales; aquellos patios de jaspeadas columnas atestados de flores, que se divisaban al través de las cancelas, formando contraste con la modesta apariencia de las casas; el filete de cielo azul resplandeciente que se veía allá arriba, forzando con su viva luz irresistible la angostura de las calles; la animación y el ruido que por todas partes reinaban, despertaron en mi alma una alegría que jamás hasta entonces había sentido: la alegría del sitio. Había visto en mi país hermosos paisajes rientes como no es posible verlos en ningún paraje de la tierra, había asistido al levante del sol en la playa de Vigo, había escalado y hollado con mi pie las famosas montañas de Asturias. En todas partes, el espectáculo de la naturaleza, aun en sus momentos risueños, me había empujado blandamente a la meditación y a una dulce melancolía. Nada de esto sucedía ahora. El cielo comunicaba su alegría a la ciudad y la ciudad la comunicaba al corazón del que la recorría. Por las grandes ventanas enrejadas mis ojos exploraban sin obstáculo lo interior de las viviendas. En una cosían dos jóvenes vestidas de blanco, con rosas en el pelo. Al observar la mirada insistente que les eché, sonrieron burlonamente. En otra, una joven tocaba el piano, de espaldas a la calle: me paré un instante a escucharlo, y conmigo una mujer del pueblo que, metiendo la cara por las rejas, dijo:

—Señorita, señorita.

La joven se volvió preguntando:

—¿Qué se ofrece?

—Na, señorita; que me gutaba uté por etrá y quería ver si po elante...

—¿Y cómo soy por delante?—replicó la chica sin turbarse.

—Como un botón de rosa, mi corasón.

—Muchas gracias.

Y se volvió tranquilamente para seguir tocando.

Yo me alejé riendo de aquella singular escena.

En otra, un padre o preceptor estaba enseñando el abecedario a un chicuelo de doce a catorce años; en otra se merendaba; en otra se tocaba la guitarra, digo, en otras, porque fueron bastantes las en que oí los acordes suaves del instrumento nacional. Cuando venía algún coche o carro, era menester que los transeúntes nos metiésemos en un portal para no ser atropellados, porque la calle, a duras penas, dejaba paso al vehículo. Todos los balcones y ventanas estaban adornados con tiestos que rebosaban de flores: los claveles de una ventana besaban muchas veces las rosas de la de enfrente. Las mujeres que encontraba, jóvenes y viejas, las traían asimismo en el pelo. El piso no era terso ni cómodo: los pies bañaban sobre los guijarros y pseudoadoquines, con grave detrimento de los callos: además, se corría peligro inminente de resbalar en alguna corteza de naranja o de sandía o de tomate, de que había buena copia: de los balcones las dejaban caer sin aprensión ninguna sobre los que pasábamos. De vez en cuando llegaban a la nariz fuertes tufaradas de azahar, que casi le suspendían a uno los sentidos.

Pues no hallé, como digo, medio mejor para llegar a la calle de San José que ir preguntando a los que cruzaban. Y cierto que no me pesó de ello. Todos me respondían con extremada cortesía y se paraban a darme cuantas noticias juzgaban necesarias. Algunos llevaban su amabilidad hasta el punto de acompañarme un buen trecho de camino para dejarme bien encaminado. Y aquí debo advertir que, así como en Madrid la expresión peculiar y nativa de los rostros es la hostilidad, en Sevilla es la benevolencia. Quizá será porque aún no han alcanzado ese grado supremo de la civilización en el que un saludable desprecio de todo es el fundamento de las virtudes públicas y privadas.

—¿La calle de San José?... ¿Me hace usted el favor?...

—Tá uté en eya, cabayero.

—¿Sabe usted dónde se encuentra el convento o colegio del Corazón de María?—pregunté a la buena mujer, viendo, al echar una mirada a la calle, que había tres o cuatro edificios de aspecto eclesiástico.

—No puedo desirle... Pero aguárdeme uté un momentito, que voy a preguntarlo.

Se fue calle arriba y entró en una tienda. A los pocos segundos salió de nuevo y vino a decirme que el colegio estaba próximo a la iglesia.

—En esa casa que hase rincón, ¿sabe uté?

Le di las gracias y me dirigí hacia allá a paso lento. Por si acaso la mujer me estaba mirando, entré en el portal, aunque sin ánimo alguno de llamar a la puerta. Era un edificio viejo sin fachada regular. No tenía más que unas cuantas ventanas distribuidas caprichosamente por ella, lo cual me hizo presumir que lo principal de él debía dar a algún jardín. El portal grande, cuadrado y feo, extremadamente limpio. Empotrada en la pared una hornacina con cristal donde se veía la imagen de la Virgen, a la cual alumbraba una lámpara de aceite colgada del techo. La puerta era de roble viejo, labrada como las de las iglesias: a su lado había una ventanita sin rejas. Al poner allí el pie me sentí fuertemente conmovido. La idea de que detrás de aquella puerta estaba mi dueño querido, la saladísima hermana, hacía brincar mi corazón. Pegué el oído a la cerradura por si lograba escuchar algo, y en efecto, oí voces y risas. La ilusión me hizo creer que la hermana San Sulpicio era la que gritaba reprendiendo a una niña. Mas las voces y las risas se aproximaron repentinamente, y apenas tuve tiempo a ponerme en la calle de dos saltos, cuando se abrió la puerta con estrépito y aparecieron hasta media docena de niñas y detrás de ellas dos criadas que se alejaron calle arriba. Por no exponerme a otro susto, y por considerar que nada adelantaba con quedarme en el portal, también me aparté del colegio echándole, sin embargo, miradas codiciosas y tristes.

Llegué a casa, después de caminar entre calles algún tiempo, a la hora precisa de comer. Mi diminuta huéspeda me salió al encuentro y me abocó con familiaridad no exenta de protección.

—Se habrá usted perdido, por supuesto.

—Alguna vez; pero he preguntado y fui saliendo adelante.

—Pues hijo, como usted tardaba tanto, ya creía que se nos había extraviado. Estaba pensando en poner un anuncio en los papeles... Buena carpanta traerá ya, ¿verdá uté?

—Así, así.

—Pues a comer, hijo, ¡andandito!

Y se alejó como un jilguero que va a posarse en otra rama.

En el comedor, y sentados a la mesa, estaban cuatro señores con los cuales cambié un ceremonioso saludo. Uno de ellos era hombre de unos cuarenta años, de fisonomía simpática, facciones correctas y barba castaña recortada. Supe después que se llamaba D. Alfredo Villa, nacido en Cádiz y comandante de infantería. Otro de los comensales era un señor de patillas blancas, rostro atezado y expresivo, que me dijeron era alcalde de uno de los pueblos de la provincia, no recuerdo cuál: se llamaba Cueto. Otro un jovencito rubio, estudiante de Derecho. Otro, por fin, un catalán de rostro anguloso y escuálido, ojos saltones y bigotes largos y caídos como un chino, a quien llamaban Llagostera. Así que me hube sentado apareció Eduardito, que también tomó asiento, o por mejor decir, se dejó caer exánime en la silla al lado de nosotros. La comida principió silenciosa, pero no tardó en animarse generalizándose la conversación; y ¡caso extraño! a pesar de tanto andaluz como allí había, el que llevaba la voz cantante era el catalán. Y más extraño aún que lo hiciera ordinariamente para decir pestes de Andalucía, y en especial de Sevilla. Siempre se sentaba a la mesa furioso, según pude observar en los días sucesivos. Generalmente su mal humor principiaba adoptando la forma irónica.

—Don Alfredo (dirigiéndose al comandante), ¿no sabe que ma ancargado unos patines?... ¿Para qué?... Pues para andar por las calles. ¿Le parese no estar bien lisas con los cascos de pimientos y naranjas que hay por todas partes?

Abría extraordinariamente las vocales y cerraba los ojos y alargaba los labios para dar realce gracioso a su humorismo.

—Disen, don Alfredo, que es magnífica la enstalasión que el munisipio de Sevilla ha dadicado an la asposisión da Barselona a las cañas da mansanilla. Supongo que no dajarán ustedes de mandar alguna bailaora... Y qué tal, don Alfredo, ¿no ha venido todavía ningún inglés que compre la Giralda?

El comandante y los demás comensales eran de buena pasta y respondían sin incomodarse pizca a estas bromitas. Llagostera pensaba que eran la flor y la suprema expresión del humorismo y la sal ática. Por supuesto que, al cabo de algunos dimes y diretes, salía siempre con las manos en la cabeza.

—Oiga, comandante: no habrán dajado de mandar a la asposisión una buena partida de naranjas y melones...

—Melones, no—respondió Villa.—Con los catalanes no hay competencia en ese ramo.

Los demás reían y Llagostera se amoscaba inmediatamente, y principiaba a poner a la Andalucía y a los andaluces como hoja de perejil.

—Aquí no hay formalitat, ¿sabe? (dirigiéndose a mi). Busté va, pongo por caso, a un café y pide media copa de cognac, y le cobran treinta santimos. Pues al día siguiente pide busté lo mismo, y le cobran treinta y sinco. ¿As esto formalitat? ¿As esto desensia?... Luego busté va al teatro, y por ver una mala comedia le llevan tres pesetas... An Barselona, por una peseta ¿sabe? está toda la noche muy arrellanado en una butaca y oye una ópera cantada por los mejores artistas catalanes, con cuerpo de baile, y además, si quiere, ve también volatines, ¿sabe? Si va a un restaurant, no as como aquí, no le dan camarones y naranjas, y l'assan luego en la cuenta. Allí, buen solomillo, buenas rajas de salchichón, pedasos de ternera como alpargatas... Mire, an el restaurant del Comersio, por una peseta y media ¿sabe? se dan cuatro platos fuertes y vino del Priorato. Si busté porta el pan, antonses son sinco reales...

No se cansaba jamás Llagostera de enumerar las ventajas positivas de Barcelona sobre Sevilla, y sobre el resto del mundo. Además, lo que le ponía fuera de sí era la holgazanería de los andaluces.

—Aquí busté no pida trabajo (siempre dirigiéndose a mí). No hay una mala fábrica. A las cuatro de la tarde ¿sabe? los hombres astán santados a la puerta de casa tocando la guitarra. Cuando les cae del sielo una peseta van al café, piden unas cañas y dan al moso un real de propina. An Barselona ningún moso puede tomar propina. ¿El café cuesta un real? Pues sa deja el real sobre el platillo y sa va...

Esto de la propina lo tenía sobre el corazón. Era, en su concepto, uno de los vicios que roen el corazón de la sociedad contemporánea.

Pues además de la supremacía de Barcelona sobre todas las cosas creadas, Llagostera tenía otra aún mucho más notable especialidad, y era la de haber estado en todos los sitios que se mencionaban en la conversación, haber presenciado todos los sucesos notables e intervenido casi siempre en ellos directa o indirectamente. Había ejercido profesiones tan heterogéneas como las de militar y contratista de obras públicas, inspector de policía y periodista, etc. Si se hablaba de la cuestión de Oriente, él había estado en los principados de la Moldavia y la Valaquia, hoy Rumania, construyendo unos ferrocarriles, y contaba anécdotas más o menos interesantes, describía el carácter de los príncipes rusos con quienes había tratado familiarmente y las costumbres feudales de aquellos países.

—Una tarde iba yo con el prínsipe de Golitchof an una briska, un carruajito, ¿sabe? y ancontramos unos carros que impedían el paso; los carreteros astaban dormidos allí serca. El prínsipe saltó del coche, y a latigaso limpio los fue despertando. ¿Busté cree que sa quejaron siquiera? Nada, sa fueron a los carros y los apartaron sin desir palabra.

Hablando de América, la había recorrido de un cabo a otro, había cazado tigres con el presidente de Guatemala y se había batido en calidad de coronel contra el ejército de San Salvador. Saliendo a cuento el asesinato del general Prim, nos dijo que pocos momentos antes había escuchado en una taberna la conversación de los asesinos, y que no había ido a dar parte porque, advirtiendo que los escuchaban, uno de ellos le había seguido durante varios días después, sin duda para asesinarle en el caso de que los denunciara. Por último, habiendo sacado el estudiante de Derecho la conversación de toros, nos explicó cómo en Burdeos le habían tomado a él por un torero, y con tal motivo le habían agasajado muchísimo. El alcalde de las patillas blancas, que hasta entonces había guardado silencio, sin levantar la cabeza del plato, alzola ahora con sorpresa, y echándole una mirada de sorna y cólera al mismo tiempo, le atajó diciendo:

—¡Compare, no diga uté por ahí que le han tomao por un torero, porque le van a dar un tiro!

El catalán sostuvo con brío lo que había dicho; pero viendo que todos reíamos y que Cueto no respondía, se calló por algunos instantes, con señales de enojo.

Villa comenzó a embromar a Eduardito. Al parecer, este lánguido mancebo estaba perdidamente enamorado de una vecina amiga de su madre y hermana, lo cual era causa de haber perdido el apetito casi enteramente. Lo original del caso es que, según me dijeron, la vecinita contaba más de veintisiete años, y él no había cumplido diez y nueve aún.

—Eduardito, ¿pongo para usted?

—Muchas gracias, señor Villa... Basta... basta.

—Vamos, joven, ¡valor! Este aloncito nada más. Me ha dicho Fernanda que le desagrada muchísimo que usted no coma.

—Ya empieza la guasa, ¿eh?—respondía Eduardito, mostrando síntomas de temor.

—Palabra de honor. Me ha dicho que si usted continúa enflaqueciendo de ese modo, se va a ver en la precisión de darle calabazas... Dice ella, y a mi ver tiene razón, que quiere casarse con un hombre, no con un pájaro disecado de la calle de la Mar.

—Vaya, don Alfredo, no la tome usted siempre conmigo.

—Pues a comer. Tengo encargo de cuidarle a usted... y las órdenes de las damas son sagradas.

El cómo le había entrado el amor a Eduardito nadie lo sabía. Fernanda frecuentaba la casa hacía ya bastantes años: les había visto criarse, lo mismo a él que a Matilde, les había vestido y peinado infinitas veces, les llevaba a su casa a pasar el día, y se divertía en cortar y coser casullas para el primero (que en sus primeros años mostraba decidida vocación por el estado eclesiástico) y en aderezar vestidos para las muñecas de la segunda. Andando el tiempo, como Matilde era precoz, y despierta de inteligencia, Fernanda la hizo confidente de sus secretos, y, poco a poco, a pesar de la diferencia de años, se fue trabando estrecha amistad entre ellas. Es más, como Matilde tenía un carácter más firme, o era más tiesecilla, según la expresión vulgar, pronto llegó a dominar a su dócil y bonachona amiga. Mas por lo que respecta a Eduardito, nunca había cesado aquel sentimiento de protección maternal con que Fernanda le trataba. Cuando iba a la escuela, ella era quien le recosía los sietes de los pantalones, para que su padre, que entonces vivía, no se los abriese en la piel, le limpiaba los mocos con su propio pañuelo, y le pasaba una toalla mojada por la cara cuando ésta venía demasiadamente puerca. Después que entró a cursar la segunda enseñanza, si ya no ejercía estos mismos oficios con él, los desempeñaba análogos. Lavábale y planchábale los pañuelos del cuello, le hacía el lazo de la corbata, ocultaba con alguna piadosa mentira sus fechurías, y de vez en cuando le metía en el bolsillo alguna peseta. Eduardito, como niño mimado, la trataba sin pizca de miramiento, desvergonzándose con ella en cuanto le reprendía cualquier travesura.

Mas hete aquí que a lo mejor nuestro mancebo comienza a estar serio y taciturno delante de ella, y a clavarle a hurtadillas unos ojazos que daban susto. Con esto, en vez de pasear todo el día por las calles con sus amigos, o ir a la puerta de Jerez a echar flores a las cigarreras, o a esperar por la tarde la vuelta de las operarias de la Cartuja, le gusta quedarse en casa cuando Fernanda va a pasar la tarde con su hermana y visitar con frecuencia la casa del padre de aquélla, que era maestro tornero en bronce y marfil. ¿Y todo para qué? Para estarse quieto en una silla las horas muertas sin chistar, como si asistiera a un duelo. A pesar de que las señales eran manifiestas y que las mujeres, sobre todo si son andaluzas, saben leer pronto y bien en el pecho de los galanes, tardó bastante tiempo Fernanda en darse cuenta de la afición de Eduardito. Tan asombroso y extravagante era aquel amor, que aun después de advertido no quería creer en él, y no dio parte a nadie, porque a la verdad le parecía ridículo.

Fernanda era una morena de facciones incorrectas, nada bonita y poco graciosa. Tenía siempre desmesuradas ojeras, que con la edad se iban acentuando, y le faltaba un diente de los más principales, lo que le hacía silbar las palabras de un modo nada grato. Además, estaba bastante ajada, como que ya iba traspasando los límites de la juventud. Pero el amor es ciego, y donde los demás veíamos insignificancia y fealdad, él veía hermosura simpar y perfección. La primera que lo observó, después de la interesada, fue su hermana. Luego fue del dominio público. Eduardito descaecía a ojos vistas; la nariz, siempre protuberante, se le había pronunciado de tal modo insólito y bárbaro, que más parecía accesorio defensivo de algún animal extraño, que parte integrante del organismo humano. Todos deseaban que aquello se resolviese de alguna manera. Porque les dolía la consunción de un joven tan notable en su aspecto físico como en el moral, según tendremos ocasión de ver.

Sin embargo, la protección que los huéspedes le dispensaban, lejos de satisfacerle, le disgustaba, y hasta llegaba a enfurecerle. No podía resistir que hablasen de él a Fernanda y le pintasen su amor y sus penas. Así que manifestó claramente su desabrimiento cuando Villa le dijo que por la tarde había charlado un rato con aquélla a la reja, y que el tema de su conversación había sido él.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
10 ekim 2024
Hacim:
446 s. 28 illüstrasyon
ISBN:
4057664093462
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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