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XV
EL PAISANO BARRAGÁN COMERCIA CON LOS ESPÍRITUS Y LUEGO CON LOS CUERPOS
¿Hay Dios o no hay Dios? Si lo hay ¿dónde está? Si no lo hay ¿quién hizo este mundo? ¿Morimos para siempre o resucitamos después en otra vida? ¿Por qué nacemos? ¿por qué morimos? ¿Qué es el cielo? ¿qué es el infierno? Tales eran las graves cuestiones metafísicas que se agitaban incesantemente en el cerebro tenebroso del paisano Barragán. La misa nupcial de Clara y Tristán habíalas despertado y desde entonces nuestro indiano ni había podido darles solución (¡cosa rara!), ni había logrado sosegar. Se puede decir que apenas vivía ya para otra cosa que para pensar en ellas, salvo el cortar puntualmente el cupón de sus títulos y comer algún guisado en el Puente de Vallecas o en los Cuatro Caminos. Doña Mónica, la patrona que le tenía alojado por la módica cantidad de tres pesetas cincuenta céntimos diarios en un cuarto de la calle de las Hileras, le aconsejaba prudentemente «que no hiciese caso y comiese», pero él no podía seguir este consejo prosaico al menos en su primera parte. En lo que a la nutrición se refería acaso lo siguiera más decididamente si doña Mónica al cabo de sus años hubiera adquirido la costumbre de poner los garbanzos más blandos.
–Es terrible, es terrible pensar—decía Barragán engulléndolos con la dificultad que debe suponerse—, es terrible pensar, doña Mónica, que cuando nos muramos quede tanto de nosotros como de las mulas del tranvía, aunque sea mala comparación.
–Y si usted se entristece ¿por qué piensa en ello? Lo mejor es pensar siempre en cosas alegres, en los teatros, en los toros, en las sesiones del Congreso… ¡Ay!, yo me muero por las sesiones del Congreso. Es cosa que enamora ver a aquellos señores que hablan tan bien y sin equivocarse. Unas veces se enfadan y echan fuego por los ojos como si les hubiesen quitado la cartera, otras lo toman a broma y hacen desternillarse de risa a todo el mundo. Sobre todo cuando se llevan la mano al corazón y mueven la cabeza a un lado y a otro y les tiembla la voz, le digo a usted señor de Barragán que es cosa de comérselos. En vida de mi difunto no perdía una sesión, porque era primo hermano del portero mayor; pero ahora ya ve usted… las cosas han cambiado, y los parientes gracias que le saluden a uno en la calle. Vaya usted, vaya usted, señor de Barragán, porque le digo a usted que si allí no se cura la ictericia en ninguna parte se la curará usted.
–Señora, yo no padezco de ictericia ni me duele nada—repuso gravemente Barragán—. Lo único que tengo es que quisiera saber… vamos, quisiera saber si hay algo o no hay nada…
–Para usted hay bastante. ¿No es usted un hombre rico? ¿Pues para qué quiere lo que tiene? Coma, beba, triunfe y ríase de la muerte.
El semblante de Barragán se obscureció. Cualquier alusión a su dinero le crispaba como si temiese que inmediatamente le pidiesen algo.
–¿Por dónde sabe usted que yo soy rico?
La fealdad de su rostro era tal cuando formuló esta pregunta, que doña Mónica no pudo menos de apartar los ojos con horror. Sin embargo, sabía a qué atenerse sobre su carácter y le apreciaba tanto que tenía confianza bastante para no barrerle el cuarto hasta las cuatro de la tarde y llevarle el chocolate quemado dos o tres veces por semana. ¡Buena diferencia con Freire el huésped de la sala! Este que era un hombrecillo, flaco, rasurado, de aspecto tímido e inofensivo, empleado en el Tribunal de Cuentas, guardaba bajo capa de cordero un corazón de lobo. Jamás se vio un nombre más exigente para las patatas fritas y el chocolate. Doña Mónica temblaba en su presencia como la hoja de un árbol. Como ocupaba la mejor habitación de la casa y pagaba cinco pesetas, se creía con derecho a mantenerse constantemente en una actitud rígida. No sólo doña Mónica y la doméstica, sino también los otros huéspedes sentían el peso de su autoridad inflexible. ¿Será aventurado el suponer que Freire en el fondo del alma despreciaba a sus compañeros? Por el momento no tenía otro que Barragán, porque don Matías, el capellán castrense que ocupaba el gabinete, se había marchado con el regimiento a Valladolid. Sobre Barragán, pues, solamente caían los desdenes y vejámenes del empleado del Tribunal de Cuentas. En la mesa le llevaba la contraria constantemente. No podía nuestro indiano emitir un concepto cualquiera, por sensato que fuese, sin que Freire dejase escapar una risita maligna o se llevase el dedo a la frente como si quisiera indicar que el paisano Barragán carecía de sustancia gris en la masa encefálica. Le hablaba siempre en tono protector o despreciativo, apenas contestaba a su saludo cuando le daba los buenos días por la mañana y se reía en presencia de doña Mónica y la criada de sus luengas barbas. Aquí estaba el toque probablemente de su furiosa antipatía. Las barbas de Barragán crispaban al tirano y más de una vez había amenazado con ir a cortárselas por la noche mientras durmiese. Además tenía la fea costumbre de servirse primero siempre y servirse lo mejor. No pocas veces le quedó sólo al paisano la salsa y algunas patatas del escaso guisado de carne que doña Mónica les ofrecía. Barragán era hombre sobrio y no se enfadaba demasiado por estas impertinencias. Solía vengarse de ellas en el queso, con harto sentimiento de aquella señora.
Pero cuanto más comedido se mostraba el indiano, tanto más insolente se iba haciendo el empleado del Tribunal de Cuentas. Sobre todo desde que Barragán se autorizó de sobremesa el dudar de la capacidad financiera de Juan Bautista Trúpita que había sido el protector del empleado en su juventud la rabia de éste ya no tuvo límites. Y cierto día en uno de sus accesos coléricos motivado porque Barragán se había atrevido a leer El Imparcial antes que la criada se lo llevase a él planteó repentinamente la cuestión de confianza.
–Está visto, doña Mónica, está visto: Barragán y yo no podemos vivir bajo un mismo techo. Uno de los dos tiene que salir de esta casa. Elija usted.
Doña Mónica, sorprendida y confusa, no supo qué responder.
–Vamos, decídase usted, señora. ¡O uno u otro!
La patrona vaciló unos instantes, dirigió una mirada compasiva a Barragán que inmóvil, con el tenedor suspendido sobre el plato miraba estupefacto al empleado, y profirió con trabajo:
–Pues bien, señor de Freire, si he de decirle la verdad… prefiero que se quede el señor de Barragán.
Lo mismo éste que doña Mónica esperaban una terrible explosión de cólera. Nada de eso acaeció. Freire, con la mayor alegría pintada en el rostro, miró unos instantes al indiano en silencio y luego echándose hacia atrás en la silla exclamó:
–¿Qué le ha hecho usted, amigo Barragán, qué le ha hecho usted a doña Mónica para que así le quiera?
Naturalmente, la digna señora sintiose herida por esta pregunta grosera y así lo hizo entender inmediatamente dirigiendo a Freire las miradas más furiosas y despreciativas de su repertorio. En cuanto a Barragán parecía no comprender nada de todo aquello. Desde entonces la alegría de Freire fue en aumento cada vez que se sentaba a la mesa con Barragán. En cuanto aparecía por allí doña Mónica se ponía a hacer guiños a aquél con tan poco disimulo, acompañándolos de una tosecilla tan falsa y burlona, que la buena señora enrojecía de indignación, y tanto llegó a irritarse que, aun perdiendo las cinco pesetas cada día, pensó en arrojar a aquel insolente de su casa.
Los pensamientos de Barragán eran más altos, como ya sabemos. Estas minucias domésticas no lograban detener el torrente de sus meditaciones ultramundanas. En el recinto doméstico no daba cuenta de ellas a nadie, porque doña Mónica no parecía interesarse, y en cuanto a Freire, una vez que le comunicó tímidamente algunas de sus lucubraciones filosóficas hizo indigna chacota de ellas y le preguntó si pensaba solicitar la cátedra de metafísica de la Universidad Central que estaba vacante. Pero en cuanto ponía el pie en la calle se placía extremadamente en comunicarlas y consultarlas con cuantas personas se le acercasen. No sólo con sus amigos, sino también con sus conocimientos eventuales, con los comerciantes a quienes compraba algo, con los acomodadores de los teatros, con el camarero que le servía en el café, en todas partes dejaba escapar el flujo de sus dudas crueles, esperando siempre que alguno le pusiese en camino de descifrar el terrible misterio. Había un zapatero en la calle de Carretas atormentado también de la necesidad metafísica con quien echaba largos párrafos. Este honrado industrial había leído la Biblia y el tratado de la Razón de don Pedro Mata, un tomo de la historia de España de Lafuente y varios folletos de Buckner, ¿Qué somos? ¿Adónde vamos? etc. Era hombre ingenioso, afluente, profundo. Barragán le admiraba. Sin embargo, la mayor parte de las veces no lograba penetrar el recóndito sentido de sus razonamientos, quizá porque como neófito no estaba al tanto del tecnicismo filosófico usado en las escuelas.
Por esta razón su confidente más asiduo no era el zapatero, sino un guarda del Retiro. Este le instruía como un maestro de la escuela peripatética paseando bajo las amplias avenidas de olmos. Era un espíritu prudente, metódico, fértil en recursos para explicar el origen y el fin de las cosas, y procedía casi siempre en sus disquisiciones por medio de símiles que extraía del reino vegetal y alguna rara vez también del animal. Sentíase inclinado a creer en la metempsicosis y era capaz de fumarse en media hora una cajetilla de treinta y cinco si Barragán se la hubiera dado, que no se la daba. Sin embargo, cada lección podía costarle bien de tres a cuatro cigarrillos.
Por fin Barragán cayó en el espiritismo. El camarero del café le descubrió que su amo era poseedor de una mesa giratoria por medio de la cual consultaba con los espíritus cuanto quería. Bastó esto para que el paisano ardiese en deseos de conferenciar con el cafetero y asistir a alguna de aquellas sesiones maravillosas. Realizóse este deseo y desde entonces quedó absolutamente convencido de que había resuelto el gran problema de la vida futura. Buscó en el barrio de Chamberí un carpintero que por poco precio le fabricó otra mesa giratoria semejante a la del cafetero, y así que la tuvo en su poder ya no dejó en paz a ninguno de sus amigos difuntos. Generalmente era en las altas horas de la noche cuando éstos se veían obligados a venir a conferenciar con él; pero también durante el día solía molestarles, como si no tuvieran en el otro mundo otra ocupación más perentoria.
Después de tomar café y pasear un rato entre calles buscando fresco, se restituyó cierta noche el paisano a su casa resuelto a tener una conferencia importante con Fernández, un sargento que se había muerto en sus brazos hacía algunos años en Méjico. Deseaba enterarse de algunos detalles referentes a la familia que allí había dejado, y nadie mejor que él podía dárselos sí, como era de suponer, vagaba su espíritu aún por aquella república…
–Fernández… ¡Fernández…! ¿Estás aquí?
La mesa giró y señaló las dos letras de la palabra sí.
Una vez enterado de que el sargento se había decidido a atravesar el Atlántico, Barragán procedió con toda solemnidad a hacerle una multitud de preguntas referentes a su esposa: «¿Estaba buena? ¿Podía vivir con lo que le había dejado? ¿Cómo iban sus negocios? ¿Explotaba la finca por su cuenta o la había arrendado? ¿Le guardaba rencor por haber roto el yugo matrimonial?»
Fernández respondía a estas preguntas con muchas vacilaciones, con incongruencia también. Barragán necesitaba formularlas repetidas veces, instarle con vehemencia, amenazarle, forzar de mil maneras la interpretación de las palabras que la aguja iba componiendo. Al fin la palabra salía bien o mal construida y Barragán podía adivinar que los negocios no marchaban bien, que su esposa estaba muy triste pero que no le guardaba rencor.
Era de ver al paisano en aquel momento agitado, convulso, hablando muy quedo pero con singular vehemencia en la expresión, unas veces imperativa, otras suave, acariciadora, otras terrible y amenazante. Algunas gotas de sudor le rodaban por la frente; sus luengas barbas negras y ásperas barrían como una escoba la mesa cuando bajaba hacia ella la cabeza para invitar dulcemente a Fernández a que se explicase mejor; sus ojos encarnizados rodaban por las órbitas con inquietud y ansiedad.
Al fin se decidió a preguntar:
–¿Y mis hijastros?
–Muerte—dijo la mesa.
Barragán dio un salto en la silla y preguntó otra vez con voz temblorosa y la garganta seca:
–¿Han muerto?
–Sí—respondió la aguja.
–¿Los dos?
–Sí.
Ya sabemos que Barragán a pesar de sus ojos, de sus narices y sus barbas, todo ello excepcional y temeroso, guardaba dentro del pecho un corazón excelentísimo. Sin embargo no pudo evitar al saber la desaparición de sus enemigos que corriese por su cuerpo un estremecimiento placentero.
–¿De qué han muerto?—preguntó con el rostro inflamado y acercándolo hasta casi besar a la mesa.
–Hinchazón—respondió la aguja.
–Se le hinchó algo, ¿verdad?—insistió Barragán cada vez más dulce y más insinuante con Fernández—. ¿Sería el vientre quizá?
–El vientre—dijo Fernández.
–¿Y el otro?
–Caída—señaló la aguja.
–Caída de caballo, ¿verdad?
–Si.
–¡Ya lo creo que sería!—exclamó levantando la cabeza con expresión triunfal—. Federiquito era un temerario que montaba los caballos salvajes en pelo. ¡Cuántas veces le he dicho a su madre que a ese chico le mataría un caballo!
Arrepentido de su inevitable alegría, el paisano sacudió la cabeza a guisa de oración fúnebre, se echó hacia atrás en la silla, sacó la petaca y se dispuso a fumar un cigarro a la memoria de aquellos malogrados jóvenes.
Fumándolo estaba y envolviéndose en nubes de humo y en otras aún más espesas de cavilaciones trascendentales cuando llamaron suavemente con los nudillos y se oyó la voz de doña Mónica:
–¿Está usted visible, señor de Barragán?
Este se apresuró a encerrar la mesa giratoria en el armario.
–Adelante, doña Mónica.
Apareció la buena señora.
–Pues aquí preguntan por usted unos caballeros.
–¿Qué caballeros?—replicó vivamente Barragán, acometido de inexplicable inquietud.
–No se alborote, padre, somos nosotros—pronunció una voz juvenil y melosa con dejo americano.
Al oír esta voz fue precisamente cuando se alborotó el paisano. Dio un salto como si le hubieran pinchado y avanzó dos pasos hacia la puerta con los brazos extendidos como si fuera a cerrarla violentamente. Pero ya los visitantes se habían colado dentro pasando por delante de doña Mónica.
–Buenas noches, padre… ¿Cómo sigue, padre?—dijo uno tomándole la mano con ademán respetuoso. El otro vino a hacer lo mismo.
Eran dos jovenzuelos exiguos y morenos, de cabellos negros ensortijados que gastaban un cuello de camisa tan descotado que casi se les veía el pecho. Ambos sonreían haciendo muecas y contorsiones como monos amaestrados. Barragán se había puesto muy pálido y les miraba con ojos de extravío sin responder a sus repetidas salutaciones. Doña Mónica estupefacta les miraba a unos y a otros olfateando un misterio y no se decidía a salir de la habitación. Al cabo, como los dos extranjeros se volviesen hacia ella mostrando sorpresa de verla aún allí, no tuvo más remedio que abandonar el gabinete. Pero, ¿cómo abandonar el agujero de la cerradura? ¿Qué era aquello? ¿Por qué estos jóvenes le llamaban padre? Barragán jamás le había dicho que tuviera hijos. ¿Sería por desgracia un sacerdote renegado que se hubiera dejado crecer las barbas? El ademán de uno de los chicos le pareció a la buena señora que era de besarle la mano. De esto a darlo por hecho no tardó tres segundos. Por otra parte la manía de hablar siempre de cosas del otro mundo, ¿no era también indicio de su profesión? ¡Tendría gracia que hubiera alojado en su casa a un cura apóstata! ¿Qué diría don Matías el capellán castrense? ¿Qué diría Freire?
Los chicos volvieron a enterarse con creciente interés de la salud de Barragán.
–¿Cómo se encuentra, padre? No ha habido novedad, ya lo vemos. Está gordo, señor; está usted muy lúcido… Pero siéntese, padre, siéntese… No queremos que se moleste.
Barragán se dejó caer en la silla que ocupaba y los dos leopardos (porque eran ellos como ya se habrá supuesto) se acomodaron en otras frente a él sin perderle de vista.
–¿No ves qué gordo y qué florido está el padre?—dijo Federiquito dirigiéndose a su hermano.
–Está brillante como un espejo. Parece que le han dado barniz de muñequilla—respondió Fabricianito (que así se llamaba el otro).
–Yo creo que el sol de América le echaba a perder el cutis.
–Los mosquitos le hacían más daño todavía.
Barragán permanecía silencioso con el fiero semblante contraído, mostrando bien lo poco grata que le era aquella visita. Los chicos no parecían advertirlo y siguieron piropeándole todavía tirándose uno al otro la pelota en el tono más suave y meloso que puede imaginarse.
–Bien se conoce que se da buena vida el padre, ¿no te parece, Fabriciano?
–¿Y cómo no, compadre? Yo haría lo mismo si tuviese tanta plata como él en el bolsillo.
Al oír esto Barragán se encrespó como si le hubiesen hecho una ofensa mortal.
–Yo no tengo ni plata ni oro, ¿estamos? Y si es que habéis hecho un viaje tan largo para enteraros de ello pudisteis haberlo excusado.
–¿Se habrá gastado ya el padre toda la plata que ha traído de allá, Fabriciano?
–No lo pienses, compadre. ¡Si era un montón tan alto que tocaba en el techo! Estoy seguro de que no le ha desmochado todavía el pico.
–¿Qué queréis decir con eso? ¿Que yo he traído algo de allá que no fuera mío?—preguntó Barragán con dignidad.
–Las cuentas estaban muy embrolladas, padre, y sin quererlo se ha podido traer lo que no le pertenecía. ¿Verdad, Fabriciano, que sólo venimos a deshacer ese enredo?
–¡Y que lo digas! Ten confianza en que el padre no nos dejará marchar sin llenarnos bien los bolsillos.
–Si vosotros no lo sabéis, vuestra madre sabe que todo lo que había en la casa me pertenecía. Cuando me casé con ella la finca en que vivís estaba hipotecada. Yo la he desempeñado con mi dinero y al marcharme se la he dejado sin reclamar un centavo. Ya os he hecho, pues, bastante regalo.
–Pero oye, Fabriciano, ¿la finca no ha producido nada en los diez años que el padre la ha explotado?
–¿Que si ha producido, compadre? ¡Una mina de oro! ¡El oro en pepitas, niño! Lo menos le han quedado al padre después de mantener la casa cincuenta mil pesos.
–¿Pero es tanto, Fabriciano? Entonces veinticinco mil pesos son de la madre.
–¡Y que lo digas, amigo! No vayas a figurarte que nos dará menos el padre.
–¡Que yo os voy a dar veinticinco mil pesos!—exclamó Barragán trémulo—. Ya quisiera tener para mí esa cantidad. ¿Sabéis lo que os digo? Que me dejéis en paz y os vayáis por donde habéis venido, porque aquí no estamos en Méjico.
–No se ponga tan bravo, señor—respondió con calma amenazadora Federiquito—. Afloje el bolsillo un poco y ya verá qué pronto embarcamos.
–Os he dicho que estáis equivocados. No sólo no me he llevado nada de vuestra madre, sino que la he dejado los quince mil pesos de la hipoteca. Si habéis venido con intención de correr algunas huelgas a mi costa, podéis esperar sentados, porque no veréis un cuarto.
–¿Es de veras eso, señor?
–¡Y tan de veras!
–Ya lo oyes, Fabriciano. El padre no quiere entregar lo que es nuestro. ¿Qué debemos hacer nosotros?
–Pues sacarle las tripas al aire a ese pendejo—respondió Fabricianito con la misma calma y acento meloso que si ordenara servirle una limonada.
–Toma el fierrito, niño.
Fabricianito no se hizo esperar y echó mano al cuchillo. Federiquito hizo otro tanto. Barragán, dando un salto, gritó: «¡Socorro!» y se abalanzó a la puerta; pero viendo que sus enemigos le cerraban el paso retrocedió velozmente, se dejó caer sobre la puerta vidriera de la alcoba, que se abrió con rotura de algunos cristales, y pudo ganar la de escape que comunicaba con el corredor.
–¡Socorro, que me asesinan!
Los dos leopardos, viendo que su presa se les escapaba, en vez de seguirle hicieron irrupción por la puerta del gabinete para cortarle la retirada, pero allí tropezaron con doña Mónica que había estado escuchando y que ya gritaba desesperadamente también:
–¡Socorro! ¡Asesinos!
Gracias a este encuentro, que les hizo vacilar algunos instantes, Barragán pudo abrir la puerta de la escalera y precipitarse por ella. Sus hijastros le siguieron al instante con los cuchillos abiertos y gritándole:
–¡Suelta la plata, ladrón!
Pero una vez en la calle el paisano les llevaba gran ventaja porque conocía ya bien las de Madrid y pudo muy presto ocultarse a su vista, mientras ellos no tardaron en ser detenidos por los guardias de orden público.
Barragán después de esquivarse llegó a la calle del Arenal y corrió derecho a la casa de Tristán, subió en cuatro saltos la escalera y apretó el timbre de la puerta hasta que vinieron a abrirle. Aquel repique prolongado y angustioso a las once de la noche sobresaltó a Tristán que vivía siempre bajo el temor de una desgracia inmediata. Salió precipitadamente del comedor donde se hallaba con Clara y su niño. Al ver a Barragán su faz se obscureció y dirigiéndose a él con paso un poco teatral y apretándole la muñeca le dijo al oído en voz baja pero con vehemencia trágica:
–¡Los he visto ya!
–¿Los ha visto usted?—preguntó Barragán abriendo los ojos hasta querer salírsele de las órbitas.
–¡Sí, hoy mismo he visto a los traidores!
–Vengo huyendo de ellos. No faltó nada para que me asesinasen.
Tocó la vez a Tristán de abrir los ojos desmesuradamente.
–¡Asesinarle a usted! ¿Pero cómo…? ¿Qué está usted ahí diciendo?
–Sí, en mi misma casa abrieron los cuchillos para mí… Si no escapo a tiempo allí me degüellan sin remisión.
–¿Pero está usted loco, amigo Barragán? ¿De quién habla usted?
–¡De esos granujas! De mis hijastros.
–Yo me refería a Gustavo Núñez y a mi cuñada Elena—replicó Tristán friamente.
