Kitabı oku: «Tristán o el pesimismo», sayfa 7

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IX
UN TROPEZÓN DE GUSTAVO NÚÑEZ Y OTRO DE SU AMIGO TRISTÁN

Al día siguiente recibió Tristán una carta de Cirilo. En términos dignos le hacía presente que si su enojo procedía de ciertas palabras que con insistencia había repetido en la conversación habida la noche anterior, lo que está arreglado se desarregla y lo que está hecho se deshace, Visita recordaba en efecto haberlas pronunciado hablando con el marqués del Lago. Estas palabras se referían al proyecto que tenía la marquesa de abandonar a Madrid para irse a vivir con su hijo a sus posesiones de Extremadura. El citado marqués del Lago podía dar testimonio de ello si fuese interrogado.

Tristán ya estaba arrepentido de su violencia. Aunque la carta no disipase enteramente sus dudas, le hizo pensar que pudiera haber incurrido en un error. Por otra parte comprendía el daño que tal precipitación podía ocasionarle en el ánimo de la familia Reynoso. Respondió a Cirilo dándole excusas y rogándole guardase reserva de lo ocurrido.

Llegó el día del aniversario del matrimonio de los Reynoso, que siempre se celebraba con alegría. Sólo el segundo año dejó de hacerse por estar reciente el fallecimiento de doña Dámasa, madre de Elena. Tristán cumplió su compromiso llevando al Sotillo a su amigo Núñez, previamente anunciado hacía tiempo. Clara lo recibió con toda la expansión de que era capaz su carácter circunspecto. Se trataba de un amigo íntimo del elegido de su corazón y se esforzó en mostrarse locuaz y afectuosa. Elena, en cambio, prevenida contra él, lo acogió con toda la gravedad de que era susceptible su temperamento infantil y bullicioso. De suerte que equilibrándose por el esfuerzo ambas naturalezas vinieron a producir resultados análogos. Mas no se pasó mucho tiempo sin que la distinta condición de ambas recobrase sus derechos. La charla viva, irónica, chispeante de Núñez empezó a causar secreta alegría a la gentil señora de Reynoso; su rostro serio comenzó a iluminarse y no tardó su linda boca en estallar en carcajadas ruidosas celebrando los donaires casi siempre maliciosos del pintor. En cambio en el dulce y grave semblante de Clara no tardó en señalarse la inquietud y el tedio que tanta charla frívola, tanta frase picante le producían.

Reynoso había hecho colocar la mesa para almorzar en una isleta que había en el centro de una de las dos charcas que en la gran finca adquirida por él y agregada al Sotillo existían. Era la más pequeña y estaba casi siempre vacía, y crecían en ella bosquetes de juncos y cantaban las ranas. Los frailes, a quienes la mansión perteneciera en la antigüedad, habían hecho construir para su recreo sobre esta isleta un gran cenador formado de columnas de granito a modo de templete griego. Estaban las columnas en pie, pero el techo había desaparecido. Don Germán, que tenía instinto artístico, no quiso restaurar ninguna de las ruinas que la pesadumbre del tiempo había causado en las construcciones de los frailes y todos los hombres de gusto se lo aplaudían. Los restos de la abadía, de la iglesia, de los cenadores y los muros estaban cubiertos de maleza y exhalaban la dulce melancolía de las cosas pasadas. Para llegar a la isleta del cenador había un puente de piedra de fábrica suntuosa como todas las demás antiguas construcciones, pero igualmente deteriorado; el piso, formado por grandes bloques de granito, alguno de los cuales se había desprendido. En torno de la derruida columnata crecían algunas acacias y todo lo demás invadido por la yerba y la maleza.

Formaba extraño contraste la gran mesa adornada al gusto moderno, la vajilla resplandeciente, los criados de frac, con la tristeza y desolación de aquellas ruinas. Núñez lo encontró original en alto grado y felicitó calurosamente a Elena por más que no había partido de ésta la idea. Sentáronse a la mesa a más de la familia, de Tristán y Núñez, Cirilo y Visita, el marquesito del Lago, su hermana la condesa de Peñarrubia que se hallaba pasando unos días en el Escorial con su madre, Escudero y su hija Araceli, Narciso Luna, muy popular en el mundo elegante y disipado de Madrid, amigo íntimo de la condesa de Peñarrubia, Gonzalito Ruiz Díaz, primogénito de los duques del Real-Saludo que pertenecían también a la colonia veraniega del Escorial y habitaban en un suntuoso hotel de su propiedad, dos hermanas de éste amigas de Clara y de la edad de ella aproximadamente, el farmacéutico Vilches, primo hermano de Elena, con su señora, el paisano Barragán y otros pocos invitados más hasta el número de treinta.

El gasto de la conversación hiciéronlo Tristán, Gustavo Núñez, la condesa de Peñarrubia y Narciso Luna. Los tres últimos se conocían y se trataban íntimamente, y Gustavo y Narciso se tuteaban como socios asiduos de la Peña. Aquél era ingenioso y culto como ya sabemos; éste un hombre vulgar que suplía a menudo el ingenio con la desvergüenza. Imposible saber los años que tenía: lo mismo podía ser un joven de treinta años envejecido que un anciano de sesenta remozado: el rostro bastante arrugado, pero ninguna cana en la barba ni en los cabellos, de suerte que a primera vista hacía el efecto de llevarlos teñidos; la voz tomada y el aspecto crapuloso.

–Hace un sin fin de tiempo que no veo ningún cuadro de usted, Núñez—dijo la condesa de Peñarrubia dirigiéndose al laureado pintor.

–¡Oh cielos! ¿También usted, condesa?—exclamó aquél con aspaviento cómico de susto.

–¿Qué quiere usted decir?—replicó sonriente la dama.

–Quiero decir que me pareció usted una persona segura tratándose de ese género de terribles inquisiciones… Pero veo que no lo es usted… La pregunta que acaba de hacerme es mi sombra negra, es mi castigo. No voy a ninguna parte que no resuene en mis oídos… Salgo de casa por la mañana, doy unos cuantos pasos y me encuentro con un señor mi conocido que me estrecha la mano efusivamente. Al cabo de un instante se echa un poco hacia atrás y exclama con acento rudo y campechano:—¡Hombre, hace muchísimo tiempo que no veo ningún cuadro de usted!—El año pasado pinté uno para la Exposición de Bellas Artes—contesto.—¿Y desde el año pasado no ha pintado usted ningún otro?—No, señor.—Pero lo estará usted pintando.—Tampoco… La fisonomía de aquel señor, mi conocido, se contrae; sus ojos adquieren una expresión severa que me infunde tristeza y pavor.—¿Y entonces qué se hace usted?—No sé qué responder, vacilo y tiemblo.

La condesa soltó una carcajada, dejando ver el oro de algunos de sus dientes empastados.

–Me arrepiento y pido perdón humildemente. Tiene usted razón; no hay nada más estúpido que fiscalizar el trabajo de los artistas. Alegrémonos del resultado de sus esfuerzos cuando nos lo ofrecen y no les persigamos con nuestras prisas.

La de Peñarrubia frisaba ya, como sabemos, en los cuarenta. Fisonomía bastante ajada, aunque no desprovista de belleza; pintado el rostro y teñidos de rubio los cabellos.

–El predominio de las ideas utilitarias en nuestra sociedad—dijo Tristán—, la fiebre de progreso, el interés social sustituido a la felicidad individual tiende a convertir el hombre en máquina. Una vez determinada su función en virtud de la división del trabajo se le exige un esfuerzo sin tregua. El industrial debe ocuparse noche y día en la fabricación de sus productos, el militar no debe perder de vista jamás la espada, el abogado no debe pasar un día sin pronunciar su discurso, el minero allá en su pozo arrancará noche y día el metal del seno de la tierra y el poeta en su gabinete compondrá desde que Dios amanezca odas, elegías y epitalamios.

–Pero amigo Tristán—repuso la condesa—, he oído decir que el que trabaja es el único hombre feliz.

–Cierto; eso es lo que se dice. En la imposibilidad de emanciparse del trabajo los hombres han convenido de algún tiempo a esta parte en que no es una pena, como se dice en la Biblia, sino un goce. Y razonan del modo siguiente: «Si no trabajásemos nos aburriríamos. Luego el trabajo no es una maldición, sino una bendición.» La conclusión no es legítima, como a primera vista se observa. Lo único que se puede afirmar es que el aburrimiento significa para nosotros una pena mayor que la del trabajo.

–Pues yo no me aburro jamás sino cuando estoy acatarrado y el médico me obliga a sudar en la cama—dijo Narciso Luna: y la frase fue celebrada por su amiga la de Peñarrubia.

–Llámese usted un hombre excepcional—dijo Tristán dirigiéndole una mirada de desdén—, porque la vida, para la casi totalidad de los humanos, oscila siempre entre la pena y el aburrimiento. Cuando no nos domina el tedio nos hallamos en plena catástrofe.

–Con tu permiso, querido Tristán—manifestó Núñez—, para mí el mundo es una comedia muy interesante. El único defecto que la encuentro es que decae un poco al final… del espectador.

–Para entonces también hay ciertos recursos—apuntó Narciso Luna dirigiendo una mirada amorosa a la condesa.—Mientras uno es joven una mujer de veinticinco años le hace feliz. Cuando lleguemos a viejos acaso una botella de Jerez de igual edad nos haga el mismo efecto.

–Pero oye tú—dijo una de las chicas del Real-Saludo al oído de su hermana—, ¿Narciso Luna es joven?

–Naturalmente—respondió la otra—. ¿No has oído que Marcela Peñarrubia tiene veinticinco años?

A las dos les acometió una risa tan loca que los ojos de todos se volvieron hacia ellas. La de Peñarrubia, que sospechó que ella era la causa, les clavó una larga y fría mirada. Pero las chicas no podían reprimirse… ¡no podían…! ¡vamos, que no podían!

–Pues yo, con tu permiso también, querido Gustavo—manifestó Tristán adoptando el mismo tono jocoso—, no pienso que la vida sea una comedia interesante. Me parece que es o una tragedia espeluznante o un sainete no siempre gracioso. En el primer caso debemos retirarnos temprano del teatro. Las emociones fuertes turban la digestión. En el segundo debemos esforzarnos por reír… siquiera para no perder el dinero de la localidad.

–¿Y nuestro anfitrión, el hombre cuya unión feliz celebramos hoy, qué piensa de la vida?—dijo la de Peñarrubia dirigiéndose a Reynoso.

–Como he tenido que luchar con ella casi desde niño la respeto y la honro como hacen los viejos combatientes. En general sólo hablan mal de la vida aquellos a quienes se les muestra amiga desde los comienzos de su carrera. ¿Será que los hombres nacemos todos con un hueco destinado a los disgustos y que cuando se vacia no sosegamos hasta que logramos otra vez llenarlo? No lo sé, pero estoy persuadido de que apenas hay ningún hombre a quien Dios no haya proporcionado en algún momento de su vida los medios necesarios para una existencia segura y tranquila, pero son muy pocos los que saben aprovecharlos. Nos entregan los vientos encerrados en un odre como el rey Eolo a Ulises: pudiéramos caminar por la vida sin fuertes tropiezos y llegar a la muerte sin graves desazones; pero nuestro egoísmo, nuestra imprudencia o nuestra curiosidad nos excita a desatar el odre. Entonces los vientos se precipitan fuera y nos arrastran al través de mil desgracias y conflictos.

Tristán se creyó aludido por estas palabras, y poniéndose serio, dijo con seguridad impertinente:

–Todos los hombres de espíritu elevado llevan dentro de sí un gran fondo de melancolía. Las circunstancias hacen que este fondo se manifieste de un modo o de otro. Cuando el hombre tropieza con serios obstáculos, la envidia, la calumnia, la hipocresía o la miseria, se ostenta de un modo violento y trágico unas veces, otras de suave resignación o de amarga ironía. Cuando por un conjunto de circunstancias felices no tropieza en su vida con obstáculos serios este fondo no se produce y de ahí que se crea que no existe. Es un error. Existe siempre, porque esta melancolía es la medula misma de la existencia.

–En buen hora que sean melancólicos los hombres de espíritu elevado—dijo Reynoso—y que la alegría sea patrimonio de los que no alcanzamos ciertas alturas. Pero creo que tenemos derecho a pedirles que no turben con su hipocondría nuestra vulgar existencia, que no nos agüen la fiesta.

Aunque pronunciadas estas palabras en tono jocoso, Elena, que conocía bien a su marido, descubrió en la inflexión de la voz un poco de cólera. En efecto, don Germán estaba enterado de la escena de Tristán con su amigo y pariente Cirilo. Visita se la había contado en secreto a Elena y ésta también en secreto a él. Con tal motivo nuestro caballero empezó a sentirse inquieto por la suerte de su hermana. Si no fuera por el amor entrañable, frenético, que ésta profesaba a su prometido quizá hubiera pensado en desbaratar su unión. Elena se apresuró a cortar la conversación.

–¡Ea, basta de filosofías!—exclamó con acento mimoso—. Yo soy la obsequiada en este día y nadie se ocupa de mí para nada. Si no fuese por Núñez, creo que me hubiera muerto ya de hambre y de sed.

El pintor, que como nuevo huésped se sentaba en el puesto de honor a su derecha, la envolvió efectivamente en una red de atenciones delicadas. No tardó en pasar a las galanterías. Antes de terminarse el almuerzo le estaba haciendo la corte descaradamente. Pero con todo eso atendía a la plática y no perdía la ocasión de mostrarse ingenioso, incisivo y dominar a los demás por su donaire. Abandonada la filosofía, se había entrado en el terreno de las personalidades. Se trajo a cuento los defectos, las manías y ridiculeces de las personas conocidas de la alta sociedad. Núñez supo excitar la risa a su costa de tal manera unas veces, otras meter el bisturí tan adentro en las carnes de los desgraciados ausentes, que aparecían sus pobres entrañas palpitantes a la vista de los regocijados comensales.

Clara estaba horrorizada de aquella murmuración insolente, de tanta hiel y tanta injuria. Hubo un instante en que no pudo más y encarándose repentinamente con el pintor le dijo sonriendo, pero en tono resuelto:

–Señor Núñez, hace ya bastante tiempo que se está usted cebando en los defectos de los otros, de los que están ausentes. ¿Acaso los que estamos aquí no tenemos ninguno? ¿Por qué no los saca usted a relucir y los castiga con la gracia que le caracteriza? Eso estaría mejor hecho.

Núñez quedó suspenso y acortado ante aquel exabrupto, pero reponiéndose instantáneamente replicó:

–Porque eso, señorita, sería una insolencia.

–¿Y el burlarse de los que están ausentes qué es?—replicó Clara.

–Lo que usted quiera. Me entrego a las severas pero bellas manos de usted y sólo le pido que no me haga demasiado daño—dijo Núñez con galantería un poco irónica.

Tristán, que se hallaba sentado al lado de su prometida, la reprendió por lo bajo aquella descortesía con un amigo suyo que por primera vez venía a la casa; pero ella, tan dócil generalmente a sus observaciones y hasta a sus reprensiones, esta vez se mantuvo firme. De todos modos, la píldora hizo su efecto: cortose la murmuración y se habló de asuntos más inocentes.

A los postres llegaron algunas otras personas del Escorial y de la colonia de Madrid, entre éstas los duques del Real-Saludo y la marquesa viuda del Lago. Era ésta una anciana de elevada estatura, los cabellos enteramente blancos, la faz dolorida y los ojos imponentes, que sólo adquirían una expresión dulce cuando se posaban sobre su niño (que así llamaba siempre al joven marqués).

A este niño obeso, a este botón de oro (como también solía llamarle su mamá) le estaba moviendo terrible guerra otro niño también rubio y hermoso, el dios Cupido, por mediación de los preciosos ojos de la hija de Escudero. Había acudido ésta a la fiesta con su padre. Doña Eugenia no había podido venir por hallarse un poco indispuesta. No tendría nada de extraño que esto fuese una disculpa y que el motivo real estuviera en su invencible temor al contagio, porque nunca le habían satisfecho las aptitudes antisépticas de los señores de Reynoso. Las aspiraciones heráldicas de Araceli hallaron inmediatamente digno objetivo en la persona del joven marqués. Araceli le dirigía las miradas más incendiarias y explosivas de su variado repertorio, le adulaba, le mimaba, le aturdía con el ruido de su charla insinuante, hacía, en suma, esfuerzos prodigiosos por acapararle y hacerle suyo con exclusión del resto de la sociedad. Pero el joven marqués no entendía lo que aquello significaba, se aburría, y más de una vez se le escapó para preguntar a Narciso Luna si no pensaba ir este año a Álava a cazar codornices y si éstas eran tan gordas como las de Castilla, o bien se acercaba a Clara para decirle que dentro de algunos días esperaba de Londres la carabina que tenía encargada y que era una maravilla, al decir del amigo que allí se la había comprado. Y en cada una de estas escapatorias se espaciaba más de la cuenta, y Araceli no podía reprimir su impaciencia y daba con el piececito en el suelo y clavaba miradas iracundas en los interlocutores, y al fin se veía necesitada a acercarse ella también y, como los toreros, echarle de nuevo el capote y sacarle del sitio con una larga que no siempre daba resultados.

Las últimas escapatorias más que a ella molestaban aún a Tristán. No podía ver al marquesito hablar con su novia sin sentirse acometido de un furor ciego, irracional. Irracional, sí, porque no existía motivo alguno para temer ni para sospechar que aquel niño pensase en sustituirle. Existía en el fondo, no hay que dudarlo, un acuerdo entre las naturalezas de ambos. Aquellos dos cuerpos vigorosos, aquellas dos almas quietas, inocentes, debían comprenderse: esto lo advertía Tristán: de ahí sus recelos, transformados presto en negras visiones por su imaginación inquieta.

Tomado el café la sociedad juvenil se derramó por la finca. Los viejos y las personas serias permanecieron sentados en torno de la mesa. Cerca de la pequeña charca estaba la gran charca que se comunicaba con ella. Merecía el nombre de laguna, si no de lago, pues no mediría menos de un kilómetro de largo por medio de ancho. Estaba circundada por pequeñas lomas cubiertas de jara y maleza, donde se albergaban las aves acuáticas, emigradoras, que al cruzar de Norte a Sur o de Sur a Norte descendían allí para reposarse y para ser tiroteadas por la gentil hermana de Reynoso. Había comprado éste dos esquifes para surcarla y pescar cuando le acomodase. A ellos se lanzaron los jóvenes con alegría y hubo risas y choques y sustos, y si no hubo más que un remojón (el de un señorito indígena que trató de lucirse a la salud de una de las niñas del Real-Saludo y cayó al agua) fue porque Dios no quiso.

Mas al poco rato surgió entre la bulliciosa juventud el proyecto de trasladarse al pueblo, hacer una excursión en borrico por los jardines de la Herrería, salvar la pequeña sierra que los separa de Zarzalejo y regresar desde este punto en el tren de las siete y media. No es posible afirmar de un modo terminante de quién partió tan salvadora idea, aunque no es aventurado el pensar que brotó en el cerebro malicioso de algún joven madrileño de los que gustan pescar, no en laguna tranquila, sino en río revuelto. Porque este género de excursiones es venero inagotable de riqueza para los mocitos aprovechados. Pero es indudable que fue acogida con entusiasmo y llevada a la práctica con energía y celeridad pocas veces vistas. Enviose aviso al pueblo para que allí les esperase una razonable cantidad de borriquitos, y en los coches de la casa y en los que habían traído las personas que últimamente habían acudido se trasladó no mucho después la dorada juventud a la gran plaza que hay delante del Monasterio, punto inicial de la correría.

Elena quiso quedarse con las personas serias, pero su marido, que conocía y adoraba su naturaleza infantil, la instó para que formase parte de los excursionistas. Al mismo tiempo dio orden para que los criados llevasen algunas vituallas para merendar. A todo atendía la previsión eficaz y la cortesía llana y tranquila de aquel hombre respetable. Clara, entusiasta de los ejercicios físicos y muy especialmente de la equitación, insinuó a Tristán la idea de hacer el viaje a caballo. Aceptó aquél, porque había aprendido este arte aunque no lo practicaba mucho. Se puso ella un lindo traje de amazona y montó en su caballo favorito, una jaca viva y revoltosa de miembros finos y ojo ardiente. ¡Oh, qué gozoso espectáculo ver a aquella apuesta joven brincar sobre ella, revolverla, agitarla, lanzarla, contenerla, ponerla furiosa y calmarla a su talante!

–¡Lo dicho, Tristán!—le gritó Núñez desde el landau abierto en que iba—. No riñas nunca con Clara, porque preveo tu desaparición del número de los cuerpos sólidos.

La joven sonrió dirigiendo una suave mirada amorosa a su prometido. Su fisonomía, tan dulce, tan humilde, tan plácida, formaba contraste singular con la figura arrogante y poderosa que el cielo la había asignado.

Delante del Monasterio se les reunieron otros jóvenes de ambos sexos que quisieron compartir con ellos los goces del paseo. Dejaron el pueblo y entraron en los famosos y reales jardines, riendo, zumbando, chillando como un bando de pájaros grandes que puso en suspensión y miedo a los otros chicos que cantaban entre la fronda de los árboles. Pero el ave guiadora, la abeja reina de aquel bando o enjambre era la esposa de Reynoso. ¡Cuánto rió, cuánto chilló, cuántas travesuras hizo aquella linda criatura! Gustavo Núñez no se apartaba de ella, sirviéndola de espolique y fiel escudero, porque caminaba a pie como la mayoría de los hombres, mientras las damas iban sentadas sobre los clásicos borriquitos. Con audacia creciente el pintor cambiaba con ella palabras y bromas no siempre respetuosas; la galanteaba y la requebraba abiertamente, aunque disfrazando su insolencia con la burlona excentricidad de que hacía gala. Elena, como un niño en asueto, marchaba tan alegre, tan aturdida con la algazara, con sus propios gritos y graciosas salidas, que no se daba cuenta apenas del galanteo de que era objeto. Considerábalo como una de tantas bromas a propósito para aumentar el regocijo de aquel viaje.

La hija de Escudero, persuadida al cabo de que al marquesito del Lago se le paseaba el alma por el cuerpo y que no era más que un hermoso pedazo de carne, enderezó sus tiros al primogénito de los duques del Real-Saludo, Gonzalito. Este no era un pedazo de carne, sino más bien de hueso. Unos decían que se hallaba en segundo grado de tisis, otros que en tercero, y había también quien sostenía que sólo se hallaba en primero. De todos modos, nadie dejaba de asignarle alguno de estos grados confortables. Era un ser apacible y transparente o por lo menos traslúcido, como si estuviera fabricado de porcelana de Sevres, que vivía, sonreía y tosía. Araceli procuró acercar su borriquito al que él montaba y no tardó en trabar animada conversación, todo lo animada que permitía la extrema languidez de tan interesante joven. Como la mayor parte de los seres débiles era Gonzalito Ruiz Díaz muy sensible al calor y al frío, lo mismo en lo físico que en lo moral. Una atención afectuosa le impresionaba y le conmovía; un pequeño desaire le martirizaba. Por eso acogió con gratitud las muestras de cariñoso interés que Araceli empezó a darle.

–Gonzalo, tenga usted cuidado con esa ramita que le va a dar en la cara. No vaya usted tan a la orilla que ese animal puede resbalar y caer en la cuneta. ¿Ve usted qué aire se ha levantado? ¿Por qué no alza usted el cuello de la americana?

En poco tiempo la hija de Escudero ganó la confianza del primogénito del Real-Saludo. No se pasó mucho más sin que hiciese su conquista.

Al llegar a la falda de las colinas que separan los jardines reales de Zarzalejo y la vía férrea hay una fuente en paraje apacible y deleitoso. Allí echó pie a tierra la caravana y se dispuso a descansar un rato y luego a restaurarse con el contenido de las fiambreras. La juventud se diseminó por los alrededores, que eran amenísimos, principalmente siguiendo el cauce del arroyo que surtía la fuente, todo sombreado de sauces y olmos.

Clara se prendió su larga falda de amazona y se internó con Tristán por los bosquetes recogiendo florecitas silvestres y charlando de su casa y de sus proyectos. No tardó en seguirles y unirse a ellos el marquesito del Lago. Este pobre chico parecía estar dotado del don de la importunidad, al menos en lo tocante a sus relaciones con los novios. A Tristán le supo malísimamente aquella reunión y apenas pudo disimular su disgusto. Clara, que se daba cuenta de ello, tampoco pudo menos de turbarse y ponerse un poco encarnada. Siguieron el paseo hablando poco y deteniéndose a cortar las florecillas más vistosas para hacer un bouquet. El marquesito se entusiasmó en la busca y corría de un lado a otro, saltando las zanjas y los arroyos, trepaba por las escarpas y se pinchaba en los setos, fatigándose por traer alguna florecita rara y vistosa.

–No se moleste más, Nanín, ya tengo bastantes—dijo Clara.

Nanín era el diminutivo de Fernando, con que nombraban cariñosamente al joven marqués la familia y los amigos íntimos. Este diminutivo en los labios de su prometida hacía daño a Tristán. Había estado muchas veces a punto de decírselo; pero sólo ahora a impulsos del desabrimiento que experimentaba se arrojó a hacerlo.

–¿Por qué le llamas Nanín?—le dijo con aspereza en voz baja.—Llámale marqués o Fernando, pues que no es tu pariente ni tu amigo íntimo.

Clara le miró con asombro unos instantes y luego se encogió de hombros.

El marquesito vino gozoso a traerle una linda flor de un azul muy vivo.

–¡Esta sí que es hermosa! Hasta ahora no he hallado otra mejor.

Clara tomó la flor, pero en cuanto el marquesito volvió la espalda para ir en busca de otras, Tristán se apoderó de ella y la dejó caer al suelo. Vino poco después Nanín con una nueva y la entregó a Clara con igual alegría, pero Tristán volvió a apoderarse de ella y, haciéndose el distraído, la arrojó otra vez al suelo. Cuando al cabo de algunos instantes llegó por tercera vez el marqués con una nueva ofrenda, no pudo menos de advertir que sus lindas flores azules no estaban en las manos de Clara. Entonces, sin darse cuenta cabal de lo que aquello significaba, pero entendiendo vagamente, quedó un instante suspenso con sus grandes ojos azules muy abiertos. Y ya no volvió a coger más flores.

Mientras tanto la condesa de Peñarrubia, sentada cerca de la fuente, hacía las delicias de los excursionistas recitando con alta declamación La siesta, de Zorrilla. Desde niña había adquirido fama de decir muy bien los versos. En los salones suele haber señoras que cantan, y se las aplaude; las hay que tocan el arpa, y a éstas también se las aplaude, aunque no tanto; otras, por fin, bailan sevillanas, y éstas son, en realidad, las que más entusiasmo inspiran y consiguen arrastrar los corazones masculinos. Marcela Peñarrubia no pertenecía a ninguna de las tres categorías. Su esfera de dominación no salía del noble recinto de la poesía. Sus aristocráticas amigas sabían que nada lograba halagarla más que pedirle el recitado de alguna composición romántica y se lo pedían por darle gusto, aunque ellas no lo sintiesen muy vivo. Cómo arraigaran tales aficiones románticas en una mujer que arrastraba una vida prosaica con ribetes de escandalosa, entre aprietos y trampas, en relación constante con las prenderas y las casas de préstamos, es lo que cuesta trabajo explicar. Pero suelen ofrecerse en el mundo estos singulares contrastes: basta recordar que durante la revolución francesa, cuando funcionaba la guillotina sin descanso, se representaban en los teatros de París los más suaves y tiernos idilios. De todos modos, si la condesa de Peñarrubia tuviese una voz mejor timbrada y no la ahuecase, si declamase con menos énfasis y le quitasen el acento extremeño, no hay que dudar que sería una notable recitadora de versos.

Elena había comenzado a impacientarse por el galanteo asiduo de Gustavo Núñez. Durante la merienda y en ocasión en que el pintor estaba sentado a sus pies sirviéndole con rendido alarde había sorprendido entre las dos niñas del Real-Saludo una mirada muy maliciosa seguida de una risa más maliciosa aún. Quedose seria y mal impresionada y levantándose bruscamente se reunió a otras personas. Poco después le acometieron deseos de espaciarse por el campo y sin ser notada se apartó de los excursionistas y se introdujo por el bosque adelante. Aunque la tarde era calurosa, entre la espesura de aquella selva umbría se gozaba un fresco delicioso. La naturaleza ejerció presto su influencia sedante. No tardó en recobrar aquélla su inagotable alegría que tanto realzaba el brillo divino de sus ojos.

Unos cabellos más dorados, unos dientes más menudos, unos ojos más picarescos, un talle más esbelto, unos pies mejor torneados no se habían presentado jamás en aquellos parajes solitarios. El bosque se estremeció de júbilo, las flores se dieron prisa a exhalar de una vez sus aromas más delicados, los pájaros agitados por tan celeste aparición se deshacían en trinos y gorjeos sin perderla de vista, los árboles inclinaban paternalmente su cabeza venerable en señal de aprobación.

Elena marchaba sonriendo a las flores, a los árboles, a los pájaros, sonriéndose a sí misma que era más bella que todas estas cosas. Ahora se detenía un instante, recogía del suelo una florecita, la tocaba, la examinaba atentamente, la llevaba a la boca (¡oh venturosa florecita!), ahora corría sobre el césped saltando como una cervatilla, ahora se quedaba repentinamente inmóvil con el oído atento a la canción de un pájaro que allá en lo alto de una rama al columbrarla y cerciorarse de que se había parado a escucharle, convulso, enfervorizado, agotaba todo el repertorio de sus arpegios y florituras en su honor. Pero he aquí que al salir de uno de estos éxtasis idílicos y ponerse de nuevo en marcha acierta a ver delante de sí… ¿Qué? ¿Qué es lo que había visto? ¿Por qué se pone pálida como la cera y deja escapar de su garganta un grito? Nada menos que la figura odiosa, espantable, bárbara del paisano Barragán. En cualquier paraje de la tierra el rostro de este hombre era muy apto para producir una impresión de espanto. En medio de un bosque solitario no hay para qué encarecer lo que haría. Elena no había podido acostumbrarse a mirarle y cuando necesitaba dirigirle la palabra lo hacía bajando los ojos o volviendo la cabeza. Todas las seguridades que su marido se complacía en darle acerca del carácter pacífico de aquel hombre se desvanecían en cuanto le miraba a la cara. Estaba íntimamente convencida de que un día u otro concluiría por asesinar a Germán o secuestrarla a ella.

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Litres'teki yayın tarihi:
01 temmuz 2019
Hacim:
350 s. 1 illüstrasyon
Telif hakkı:
Public Domain
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