Kitabı oku: «El signo de los cuatro»

“Me apoderé del cofre del tesoro y lo descolgué al jardín, y luego me descolgué yo mismo”.
el signo
de los cuatro
UN NUEVO CASO DE
Sherlock Holmes
de
A. Conan Doyle
Autor de
“Estudio en escarlata” y “El sabueso de los baskerville”
Ilustrado por
Frederick HENRY TOWNSEND

Sumario
Cubierta
Capítulo I Razonamiento deductivo
Capítulo II La exposición del caso
Capítulo III A la búsqueda de una solución
Capítulo IV La historia del hombre calvo
Capítulo V La tragedia del pabellón Pondicherry
Capítulo VI Sherlock Holmes hace una demostración
Capítulo VII El episodio del barril
Capítulo VIII Los irregulares de Baker Street
Capítulo IX La cadena se rompe
Capítulo X El final de un isleño
Capítulo XI El gran tesoro de Agra
Capítulo XII El extraño relato de Jonathan Small
Créditos
The Sherlock Holmes Collection
febrero de 1890
El signo de los cuatro.
de A. CONAN DOYLE
Capítulo I
Razonamiento deductivo
Sherlock Holmes tomó el frasco de la esquina de la repisa de la chimenea, y sacó su jeringuilla hipodérmica de su fino estuche de tafilete. Insertó la delicada aguja con sus dedos largos, blancos y nerviosos, y se remangó la manga izquierda de su camisa. Durante breves instantes, sus ojos se posaron pensativos en el musculoso antebrazo y en la muñeca, cubiertos ambos de puntitos y cicatrices de las innumerables punciones. Por último, clavó en la carne la punta afilada, presionó hacia abajo el minúsculo émbolo y se dejó caer hacia atrás, hundiéndose en el sillón forrado de terciopelo y exhalando un largo suspiro de satisfacción.
Tres veces al día, durante muchos meses, había yo presenciado esa operación; pero la costumbre no había llegado a conseguir que mi alma se aviniese a ello. Por el contrario, conforme iban pasando los días, más me irritaba ese espectáculo, y todas las noches sentía indignarse mi conciencia al pensar que me había faltado valor para protestar. Una y otra vez me había hecho el firme propósito de que le diría todo lo que pensaba sobre ese asunto; pero las maneras frías y despreocupadas de mi compañero tenían un algo que lo hacían el último de los hombres con quienes uno siente deseos de tomarse nada que se parezca a una libertad. Su gran energía, sus maneras dominantes y la experiencia que yo tenía de sus muchas y extraordinarias cualidades, me restaban seguridad y me hacían reacio a llevarle la contraria.
Sin embargo, ya fuese efecto del Beaune1 que había tomado en mi almuerzo, o la irritación complementaria que me había producido el proceder en extremo deliberado con que Holmes actuó, el hecho es que aquella tarde tuve la súbita sensación de que ya no podía aguantarme por más tiempo, y le pregunté:
—¿Qué ha sido hoy, morfina o cocaína?
Alzó la mirada con languidez del viejo volumen de caracteres góticos que había abierto, y contestó:
—Cocaína, en disolución al siete por ciento. ¿Le gustaría probarla?
—De ninguna manera —contesté con brusquedad—. Mi constitución física no se ha repuesto por completo aún de la campaña de Afganistán. No puedo permitirme el someterla a ninguna tensión fuera de lo normal.
Holmes sonrió por mi vehemencia, y dijo:
—Quizá tenga usted razón, Watson. Me imagino que su influencia es físicamente dañina. Sin embargo, me estimula y aclara el cerebro de una forma tan trascendental que sus efectos secundarios me parecen totalmente pasajeros.
—¡Reflexione usted! —le dije con viveza—. ¡Calcule el coste resultante! Quizá su cerebro se reanime y se excite, tal como usted asegura, pero lo hace mediante un proceso patológico y morboso, que trae como consecuencia cambios en los tejidos y que podría acarrear con el tiempo una debilidad permanente. Sabe usted, además, qué funesta reacción le invade luego. Le aseguro que lo pagará demasiado caro. ¿Para qué correr el riesgo, por un simple placer momentáneo, de perder esas grandes facultades de las que usted está dotado? Tenga presente que no le hablo tan solo de camarada a camarada, sino como un médico le hablaría a una persona de cuyo estado físico fuera, hasta cierto punto, responsable.
No pareció sentirse ofendido. Al contrario, juntó las yemas de los dedos de ambas manos, apoyó los codos en los brazos del sillón, como quien se siente deseoso de conversar, y dijo:
—Mi cerebro se rebela contra el estancamiento. Proporcióneme usted problemas, proporcióneme trabajo, deme el más abstruso de los criptogramas, o el más intrincado de los análisis, y entonces me encontraré en mi ambiente. Podré prescindir de estimulantes artificiales. Pero aborrezco la monótona rutina de la vida. Siento hambre de exaltación mental. Ahí tiene por qué he elegido esta profesión a la que me dedico o, mejor dicho, por qué razón la he creado, puesto que soy el único en el mundo que a ella se dedica.
—¿El único detective privado? —le dije, arqueando las cejas.
—El único detective privado que tiene abierta consulta —me contestó—. En el campo de la investigación criminal, soy el más alto y supremo tribunal de apelación. Cada vez que Gregson, Lestrade o Athelney Jones se encuentran confundidos (lo que, dicho sea de paso, les ocurre por lo general), me traen a mí el asunto. Yo examino los datos en calidad de experto y doy mi opinión de especialista. En tales casos, yo no reclamo ninguna gloria. Mi nombre no aparece en el periódico. Mi mayor recompensa está en el trabajo mismo, en el placer de encontrar un campo en el que ejercitar mis especiales facultades. Usted mismo ya ha tenido la oportunidad de ver mis métodos de trabajo en el caso de Jefferson Hope.
—Desde luego que sí —contesté cordialmente—. Nada me ha impresionado tanto en la vida. Incluso le he dado forma literaria en un pequeño folleto que lleva el título, algo absurdo, de Estudio en escarlata.
Holmes volvió tristemente la cabeza y dijo:
—Le he echado un vistazo. Hablando con honradez, no puedo felicitarle por esa obra. La investigación es, o debería ser, una ciencia exacta, que es preciso tratar de la misma manera fría y falta de emoción. Usted ha intentado darle un tinte novelesco, y el resultado es idéntico al que se produciría si se tratase de una novela de amor o de la fuga de dos amantes por el procedimiento matemático utilizado para la quinta proposición de Euclides.
—Pero es que lo novelesco estaba allí, y yo no podía modificar los hechos —le dije en tono de reconvención.
—Hay algunos hechos que es preciso suprimir; por lo menos, al tratarlos se impone mantener un sentido justo de las proporciones. Lo único que en ese caso merecería ser mencionado es el curioso razonamiento analítico, de los efectos a las causas, que me permitió desenredarlo.
Me dolió aquella crítica de una obra que yo había creado de una manera muy especial para que resultase de su agrado. Confieso también que me irritó el egoísmo que exigía que hasta la última línea de mi escrito estuviese consagrada a sus propias actividades especiales. Más de una vez, durante los años que llevaba conviviendo con Holmes en Baker Street, ya me había percatado que detrás de las maneras tranquilas y didácticas de mi compañero se ocultaba una cierta vanidad. No hice, sin embargo, comentario alguno, y seguí sentado, cuidando de mi pierna herida. Tiempo atrás, una bala de fusil jezail2 me la había atravesado, y aunque eso no me impedía caminar, siempre que cambiaba el tiempo tenía molestos dolores.
—Mis actividades se han extendido en los últimos tiempos al continente —dijo Holmes, al cabo de un rato, mientras llenaba su vieja pipa de raíz de eglantina—. La semana pasada me consultó François le Villard, quien, como seguramente ya sabrá usted, últimamente se ha puesto al frente del Servicio Francés de Investigación Criminal. Si bien posee un don para la intuición propio de los celtas, es incompleto en el amplísimo campo de los conocimientos exactos que son indispensables para alcanzar los más altos éxitos en su profesión. El caso tenía relación con un testamento, y presentaba algunos aspectos sumamente interesantes. Le sugerí que consultara dos casos que tenían cierto paralelismo, ocurridos uno en Riga, el año mil ochocientos cincuenta y siete, y el otro en Saint Louis, el año mil ochocientos setenta y uno, y que le han proporcionado la solución exacta. Aquí tiene usted la carta que he recibido esta mañana, en la que me da las gracias por la ayuda que le he prestado.
Al mismo tiempo que hablaba, me pasó una hoja arrugada de papel de cartas extranjero. Lo recorrí con la vista, descubriendo toda una profusión de signos de admiración, y aquí y allá una serie de magnifiques, de coup-de-maître y de tours-de-force, todo lo cual era un testimonio de admiración ardiente de un francés.
—Habla como un discípulo hablaría a su maestro.
—Valora con exceso mi ayuda —dijo Sherlock Holmes con despreocupación—. Es un hombre que posee dotes notables. Cuenta con dos de las tres cualidades necesarias al detective ideal: la facultad de observar y la facultad de deducir. Falla en cuanto a conocimientos, pero eso quizá le venga con el tiempo. En la actualidad, está traduciendo al francés mis pequeñas obras.
—¿Sus obras?
—¿Lo ignoraba? —exclamó, echándose a reír—. Sí, soy culpable de varias monografías. Todas ellas sobre temas técnicos. Aquí tiene usted, por ejemplo, una Sobre las diferencias entre la ceniza de las distintas clases de tabacos. Enumero en ella ciento cuarenta clases de cigarros, cigarrillos y tabaco para pipa, y está ilustrada con láminas en color donde se muestran las diferencias entre sus cenizas. Es un extremo que sale todos los días en los procesos criminales, y hay ocasiones en que resulta de importancia suprema como pista. Es evidente que el campo de búsqueda se estrecha de una manera notable si se puede afirmar de modo terminante que el autor de un asesinato es un individuo que fumaba tabaco lunkah, de la India. El ojo adiestrado encuentra entre la ceniza oscura un Trichinopoly y la pelusa blanca del tabaco Bird’s Eye una diferencia tan grande como entre un repollo y una patata.
—Tiene usted un talento extraordinario para las minucias —dije como comentario.
—Sé apreciar su importancia. Aquí tiene mi monografía sobre las huellas de pisadas, con algunas observaciones sobre el empleo del yeso en la conservación de sus impresiones. Aquí tiene también una curiosa obrita sobre la influencia del oficio en la forma de las manos, con litografías de manos de pizarreros, marineros, taponeros, cajistas de imprenta, tejedores y diamantistas. Es un asunto de gran interés práctico para el detective científico, especialmente en los casos de cadáveres no reclamados por nadie o también para la averiguación de los antecedentes de los criminales. Pero le estoy aburriendo a usted con mis cosas...
—De ninguna manera —le contesté impetuosamente—. Todo esto resulta de gran interés para mí, en especial después de haber tenido ocasión de observar la aplicación práctica que usted hace de ello. Pero hace un instante me hablaba de observación y deducción. Claro que, hasta cierto punto, lo uno va implícito en lo otro.
—En absoluto —contestó Holmes, arrellanándose cómodamente en su sillón y despidiendo de su pipa hacia lo alto espesas volutas azules—. Por ejemplo, la observación me hace ver que usted estuvo esta mañana en la oficina de correos de Wigmore Street; pero la deducción me dice que, una vez allí, puso un telegrama.
—¡Exacto! —exclamé—. ¡Acertó en ambos casos! Pero le confieso que no me explico de qué manera ha llegado usted a esa conclusión. Lo hice por un súbito impulso, y no he hablado con nadie del asunto.
—Es la sencillez misma —dijo él, sonriéndose al ver mi sorpresa—. Tan absurdamente sencillo es, que resulta superflua toda explicación; y, sin embargo, puede servir para definir los límites de la observación y de la deducción. La observación me hace descubrir que lleva usted adherido al empeine de su calzado un minúsculo terroncito rojizo. Delante de la oficina de correos de Wigmore Street han levantado, precisamente, el pavimento y esparcido alguna tierra de un modo que resulta difícil dejar de pisarla al entrar en aquella. Hasta donde llegan mis conocimientos, esa tierra es de un color rojizo característico y no se encuentra en ningún sitio de aquellos alrededores. Hasta aquí es observación. Lo demás es deducción.
—¿Cómo dedujo lo del telegrama?
—Veamos. Yo sabía que no había escrito ninguna carta, porque estuve toda la mañana sentado enfrente de usted. Observo también ahí, en su pupitre abierto, que tiene usted una hoja de sellos y un grueso paquete de postales. ¿A qué, pues, podía usted entrar en las oficinas de correos sino a expedir un telegrama? Así pues, eliminados todos los demás factores, el único que todavía queda tiene que ser el verdadero.
—En este caso lo es, sin duda alguna —le repliqué, después de meditar un momento—. Como usted dice, es de lo más sencillo. ¿Le parecería impertinencia que sometiese a una prueba más severa sus teorías?
—Todo lo contrario —me contestó—; con ello me evitaría tomar otra dosis más de cocaína. Me encantaría ahondar en cualquier problema que usted pudiera someter a mi consideración.
—Le he oído decir que es muy difícil que un hombre use todos los días un objeto cualquiera sin dejar impresa en el mismo su personalidad, hasta el punto de que un observador ejercitado sería capaz de leerla. Pues bien, aquí tengo un reloj que ha pasado a ser de mi posesión hace poco tiempo. ¿Tendría usted la amabilidad de exponerme su opinión sobre el carácter y las costumbres de su último propietario?
Le entregué el reloj, no sin cierta dosis de regocijo en mi interior, porque, en mi opinión, era imposible semejante comprobación, y me proponía que constituyese un correctivo para el tono algo dogmático que de vez en cuando solía adoptar Holmes. Este hizo oscilar el reloj en su mano, examinó con fijeza la esfera, abrió la tapa posterior y estudió la maquinaria, primero a simple vista y luego con una potente lupa. Yo tenía que hacer un esfuerzo para no sonreírme viendo la expresión alicaída de su rostro cuando cerró de golpe la tapa y me devolvió el reloj.
—Apenas si contiene dato alguno —me dijo—. El reloj ha sido limpiado no hace mucho, y esto me priva de los hechos más sugeridores.
—Tiene usted razón —le contesté—. Fue limpiado antes de que me lo enviaran a mí.
Acusé para mis adentros a mi compañero de ofrecer una disculpa tan incompleta como endeble para tapar con ella su fracaso. Pero ¿qué datos esperaría sacar del reloj si hubiese estado sucio?
—Pero mi examen del reloj, aunque no a mi gusto, no ha sido del todo estéril —comentó, mirando al techo fijamente, con ojos soñadores y apagados—. Salvo que usted me corrija, yo diría que el reloj perteneció a su hermano mayor y que este lo heredó del padre de ustedes.
—Lo ha deducido, sin duda, por las iniciales H. W. que tiene en la tapa posterior, ¿verdad?
—En efecto. La W probablemente haga referencia a su apellido. La fecha del reloj es de hace unos cincuenta años, y las iniciales son tan viejas como el reloj. De modo, pues, que fue fabricado para la generación anterior a la suya. Lo corriente es que las joyas las herede el hijo mayor, y es bastante probable, además, que este lleve el nombre del padre. Creo recordar que su padre falleció hace muchos años; de modo, pues, que el reloj ha estado en manos de su hermano mayor.
—Hasta ahí va usted bien —reconocí—. ¿Algo más?
—Este era hombre muy poco limpio, muy poco limpio y muy descuidado. Quedó con muy buenas perspectivas en la vida, pero malgastó sus posibilidades, vivió durante algún tiempo en la pobreza, con cortos intervalos aislados de prosperidad y, por último, se dio a la bebida y falleció. Es todo lo que puedo sacar.
Me puse en pie de un salto y renqueé con impaciencia por la habitación, bastante amargado en mi interior.
—Holmes, eso es indigno de usted —le dije—. Jamás habría creído que fuese capaz de rebajarse hasta ese punto. Usted ha realizado investigaciones sobre la vida de mi desdichado hermano y ahora finge que ha deducido de alguna manera fantástica esos conocimientos que ya tenía. No esperará que me crea que usted ha leído todo eso en el viejo reloj de mi hermano. Lo que ha hecho usted es muy poco amable y, para hablarle sin rodeos, tiene algo de charlatanería.
—Querido doctor, le ruego que acepte mis disculpas —me contestó con amabilidad—. Yo, mirando el asunto como un problema abstracto, olvidé que podía resultar para usted una cosa personal y dolorosa. Sin embargo, le doy mi palabra de que ignoraba que usted tenía un hermano hasta el momento en que me ha entregado su reloj.
—¿Cómo entonces, y en nombre de todo lo más sagrado, ha llegado usted a descubrir todos esos hechos? Porque son estrictamente exactos en todos sus detalles.
—Pues ha sido solo cuestión de suerte, porque yo solo he barajado la mayor parte de las probabilidades. En modo alguno esperaba ser tan exacto.
—Pero ¿no han sido simples conjeturas?
—No, no; yo nunca hago conjeturas. Es ese un hábito repugnante que destruye la facultad de razonar. Eso que a usted le resulta sorprendente, lo es tan solo porque no sigue el curso de mi pensamiento, ni observa los hechos pequeños de los que pueden depender deducciones importantes. Por ejemplo, empecé afirmando que su hermano era descuidado. Si se fija en la parte inferior de la tapa del reloj, observará que solo tiene dos abolladuras; pero muestra, en cambio, cortes y señales por todas partes, debido a la costumbre de guardar en el mismo bolsillo otros objetos duros, tales como llaves y monedas. Desde luego, no es una gran hazaña dar por supuesto que un hombre que da trato tan negligente a un reloj de cincuenta guineas tiene que ser un descuidado. Ni es tampoco una deducción tan descabellada la de que una persona que hereda una joya de semejante valor ha quedado bastante bien provista en otros aspectos.
Asentí con la cabeza para dar a entender que seguía su razonamiento con atención.
—Entre los prestamistas de Inglaterra es cosa muy corriente, cuando toman en prenda un reloj, grabar en el interior de la tapa, valiéndose de la punta de un alfiler, el número de la papeleta. Resulta más cómodo que ponerle una etiqueta, y no hay peligro de extravío o trastrueque del número. En el interior de esta tapa, mi lupa ha descubierto no menos de cuatro de estos números. Deducción: su hermano se veía con frecuencia en apuros. Otra deducción secundaria: gozaba de brotes accidentales de prosperidad, pues de lo contrario no habría podido desempeñar la prenda. Por último, le ruego que se fije en la chapa interior, la de la llave de la cuerda. Observe los millares de rasguños que hay alrededor del agujero, es decir, las señales de los resbalones de la llave de la cuerda. ¿Puede la llave de un hombre que no esté bebido hacer todos estos cortes? Jamás encontrará usted reloj de un borracho que no los tenga. Suele dar cuerda por la noche, y deja esos rastros de su mano insegura. ¿Ve usted algún misterio en todo esto?
—Está claro como la luz del día —contesté—. Lamento haber sido injusto con usted. Debí tener una fe mayor en sus maravillosas facultades. ¿Puedo preguntarle si tiene actualmente en marcha alguna investigación profesional?
—Ninguna. Eso explica lo de la cocaína. No puedo vivir sin hacer trabajar mi cerebro. ¿Qué otra cosa hay por la que merezca vivir? Mire por esa ventana. ¿Vio usted jamás un mundo tan triste, lamentable e improductivo? Vea cómo la niebla amarilla remolonea por la calle y se desliza por delante de las casas de color castaño grisáceo. ¿Puede existir nada tan irremediablemente prosaico y material? ¿De qué sirve a uno tener facultades, doctor, si carece de campo en que poder ejercitarlas? El crimen es una vulgaridad, la vida es una vulgaridad, y no hay en este mundo lugar sino para las dotes vulgares de la persona.
Ya tenía la boca abierta para contestar a esa parrafada; pero, después de unos golpecitos vivos en la puerta, entró nuestra casera trayendo una tarjeta en la bandeja de bronce.
—Una señorita joven pregunta por usted, señor Holmes—dijo, dirigiéndose a mi compañero.
—Señorita Mary Morstan —leyó—. ¡Hum! No recuerdo este nombre y apellido. Diga a la señorita que suba, señora Hudson. No se retire, doctor. Preferiría que se quedase.
1 Vino de Borgoña.
2 Arma larga utilizada en la India británica.
Capítulo II
La exposición del caso
La señorita Morstan entró en la habitación con paso firme y mostrando mucha compostura en sus maneras. Era una joven rubia, menuda, fina, bien enguantada y ataviada con el gusto más exquisito. Sus ropas, sin embargo, eran de una sencillez y falta de rebuscamiento que daban a entender escasez de recursos monetarios. El vestido era de un beis grisáceo más bien oscuro, sin ningún tipo de adorno o complemento; llevaba un turbante pequeño, de la misma tonalidad apagada, y realzado solo por un vestigio de pluma blanca en un lado. Su rostro no era de rasgos regulares ni de complexión hermosa; pero su expresión era bondadosa, y sus ojazos azules resultaban extraordinariamente espirituales y simpáticos. A pesar de que mi experiencia con las mujeres abarca muchas naciones y tres continentes distintos, nunca hasta ahora había visto un rostro que mostrase un ser de personalidad tan refinada y sensible. Cuando ocupó el asiento que Sherlock Holmes le ofreció, no pude por menos que fijarme en que le temblaban los labios, y sus manos se estremecían y exteriorizaban todos los síntomas de una intensa emoción interior.
—Señor Holmes —dijo la joven—, he venido a usted porque fue quien en cierta ocasión hizo posible que la señora Cecil Forrester, con la que yo estaba empleada, pudiera esclarecer una pequeña complicación doméstica que tuvo, quedando muy impresionada de la bondad y de la habilidad demostradas por usted.
—La señora Cecil Forrester —repitió Holmes, pensativo—. En efecto, creo que le hice un ligero servicio. Sin embargo, si mal no recuerdo, el caso aquel fue muy sencillo.
—A ella no se lo pareció. Pero del mío, al menos, no podrá usted decir eso mismo. Difícilmente consigo yo imaginar nada más extraño, más completamente inexplicable, que la situación en la que me encuentro.
Holmes se frotó las manos y sus ojos brillaron. Se inclinó hacia delante en su sillón; los rasgos de su cara, marcados y aguileños, adquirieron una expresión extraordinariamente concentrada, y dijo en tono brusco y propio de hombre práctico:
—Exponga su caso.
Yo experimenté la sensación de que mi situación allí resultaba embarazosa, y dije, levantándome de la silla:
—Ustedes sabrán, sin duda, disculparme en esta ocasión...
Vi con sorpresa que la joven alzaba su mano enguantada para detenerme y que decía:
—Si su amigo tiene la bondad de seguir aquí, me haría con ello un inapreciable servicio.
Volví a dejarme caer en mi asiento, y ella prosiguió:
—Los hechos, expuestos brevemente, son los siguientes: mi padre era oficial de un regimiento en la India, y me envió a Inglaterra cuando aún era muy niña. Mi madre había fallecido y yo carecía de parientes aquí. Sin embargo, fui enviada a un buen internado de Edimburgo, y en él permanecí hasta los diecisiete años. En el año 1878, mi padre, un veterano capitán de su regimiento, consiguió un permiso de doce meses y volvió a Inglaterra. Me telegrafió desde Londres comunicándome que había llegado sin novedad y pidiéndome que me trasladara de inmediato a la capital, a la dirección del hotel Langham, donde se hospedaba. Yo recuerdo que su mensaje rebosaba cariño y amor. Al llegar a Londres, me hice conducir en coche al Langham; en este hotel me informaron de que, en efecto, el capitán Morstan se hospedaba allí, pero había salido la noche anterior y todavía no había regresado. Esperé durante todo el día, sin tener noticias suyas. Aquella noche, por consejo del gerente del hotel, me puse en comunicación con la policía, y a la mañana siguiente publicamos un anuncio en todos los periódicos. Nuestras averiguaciones no obtuvieron resultado, y desde entonces hasta hoy no ha vuelto a oírse hablar de mi desdichado padre. Había venido a Inglaterra, con el corazón rebosante de esperanza, buscando un poco de paz, alguna comodidad, y en lugar de eso...
La joven se llevó la mano a la garganta, y un sollozo ahogado cortó su frase.
—¿Fecha? —preguntó Holmes, abriendo un cuaderno de notas.
—Desapareció el 3 de diciembre de 1878..., hace casi diez años.
—¿Qué fue de su equipaje?
—Se quedó en el hotel. No encontramos nada allí que nos diese alguna pista: algo de ropa, algunos libros y un gran número de curiosidades de las islas Andamán. Había estado allí en calidad de oficial encargado de la guardia de los presidiarios.
—¿Tenía algún amigo en Londres?
—Únicamente sabemos de uno, el comandante Sholto, de su propio regimiento, el trigésimo cuarto de Infantería de Bombay. El comandante había obtenido su retiro poco tiempo antes y residía en Upper Norwood. Nos pusimos en comunicación con él, como es natural; pero ignoraba incluso que su compañero de armas hubiese regresado a Inglaterra.
—Es un caso extraño —comentó Holmes.
—Todavía no le he expuesto la parte más extraordinaria. Hará seis años, el 4 de mayo de 1882, para ser más exactos, apareció en el Times un anuncio en el que se solicitaba la dirección de la señora Mary Morstan, asegurando que se beneficiaría si se daba a conocer. El anuncio no incluía nombre ni dirección. Por aquel entonces, yo acababa de incorporarme como institutriz en la casa de la señora Cecil Forrester. Por consejo de dicha señora, publiqué mi dirección en la columna de anuncios. El mismo día me llegó por correo una cajita de cartón que resultó contener una perla muy grande y de magníficos reflejos. Ni una sola palabra escrita acompañaba al envío. Desde entonces, y en idéntica fecha, he recibido todos los años una caja por el estilo, conteniendo una perla parecida, pero sin la menor pista sobre quién la enviaba. Un especialista dictaminó que eran de una variedad rara y de gran valor. Tal como pueden ver ustedes mismos las perlas son hermosísimas.
La joven abrió, mientras hablaba, una caja plana, y mostró seis de las perlas más finas que yo había visto hasta entonces.
—Su relato resulta por demás interesante —dijo Sherlock Holmes—. ¿Le ha ocurrido a usted algo más?
—Sí, y precisamente hoy. Esta es la razón de mi visita. Esta mañana he recibido esta carta, que quizá prefiera leer usted mismo.
—Gracias —dijo Holmes—. El sobre también, por favor. Sello de correos, Londres, S. W. Fecha, julio, siete. ¡Hum! En la esquina veo la huella de un dedo pulgar, probablemente el del cartero. Papel de la mejor calidad. Sobre de los de seis peniques el paquete. Los gustos de este hombre en lo que se refiere a papelería son francamente curiosos. Sin encabezamiento. «Acuda esta noche, a las siete, a la puerta principal del teatro Liceo, tercera columna contando desde la izquierda. Si desconfía, hágase acompañar de dos amigos. Usted ha sido perjudicada, y se le hará justicia. No se haga acompañar de la policía. Si lo hace, todo será inútil. Un amigo desconocido». ¡Pues sí que resulta un pequeño misterio muy interesante! ¿Qué se propone hacer usted, señorita Morstan?
—Eso es precisamente lo que quiero preguntarle a usted.
—En ese caso, iremos con toda seguridad usted y yo...; sí..., ¿por qué no?..., el doctor Watson es el hombre indicado. El que le escribe a usted habla de dos amigos. El doctor Watson y yo hemos trabajado juntos ya en otras ocasiones.
—Pero ¿querrá venir? —preguntó la joven, con voz y expresión que tenían algo de suplicantes.
—Será para mí un orgullo y una dicha el poder serle de alguna utilidad —exclamé fervorosamente.
—Son ustedes, tanto el uno como el otro, muy amables —contestó ella—. Yo he llevado una vida retirada, y no cuento con amigos a quienes recurrir. Bastará con que esté aquí a las seis, ¿verdad?
—Pero no más tarde —dijo Holmes—. Sin embargo, aún hay otra cuestión. ¿Es esta letra la misma que había en las cajas de las perlas?
—Las he traído —contestó ella, sacando media docena de trozos de papel.
—Es usted, sin duda alguna, una cliente modelo. Sabe intuir de manera correcta. Veamos ahora.
Holmes extendió los papeles encima de la mesa, y fue clavando en ellos, uno después de otro, miradas rápidas y penetrantes, hasta que dijo:
—A excepción de la carta, el resto de las letras están falseadas, pero no cabe duda alguna respecto a quién las trazó. Fíjense de qué manera indudable se destaca la «y» griega y vean el remolino final de la «s». Pertenecen, sin discusión, a la misma mano. Señorita Morstan, no me gustaría despertar falsas esperanzas; pero ¿puede decirme si esta escritura tiene algún parecido con la de su padre?
—No hay nada que se le pueda parecer menos.
—Esperaba esa contestación. La esperaremos, pues, a las seis. Permítame que me quede con estos papeles, para poder examinarlos con más detenimiento de aquí a esa hora. Son nada más que las tres y media. Au revoir, pues.
—Au revoir —dijo nuestra visitante y, dirigiéndonos una mirada viva y amable, primero al uno y luego al otro, volvió a colocar en su seno la caja de las perlas y se retiró apresuradamente.
Me dirigí hacia la ventana y, desde allí, la vi alejarse a paso ligero por la calle, hasta que su turbante gris y su pluma blanca no fueron ya sino una manchita entre la oscura multitud.
—¡Qué mujer tan extraordinariamente atractiva! —exclamé, volviéndome hacia mi compañero.
Este había encendido otra vez su pipa, y estaba recostado en su sillón con los párpados entornados.
—¿De veras? —dijo con languidez—. No me he fijado.
—La verdad que es usted como un autómata, una máquina calculadora —exclamé—. Hay momentos en que observo en usted reacciones decididamente inhumanas.
Holmes sonrió bondadosamente, y dijo:
—Es de suma importancia impedir que nuestro razonamiento pueda verse influido por las cualidades personales. Para mí, el cliente es una simple unidad, un factor del problema. Las facultades emotivas son adversarias del razonar sereno. Le aseguro que la mujer más encantadora que yo conocí fue ahorcada por haber envenenado a tres niños pequeños para cobrar la cantidad en que estaban asegurados; en cambio, el hombre físicamente más repulsivo de todos mis conocidos es un filántropo que lleva gastado casi un cuarto de millón de libras en socorrer a los pobres de Londres.
—Sin embargo, en este caso...
—Yo no hago jamás excepciones. La excepción echa por tierra la regla general. ¿Tuvo usted alguna vez oportunidad de estudiar los caracteres de escritura? ¿Qué saca usted del garrapateo de este individuo?
—Es una escritura clara y regular —contesté—. Se trata de un hombre con hábitos de negociante y que posee cierta fuerza de carácter.
Holmes movió negativamente la cabeza, y dijo:
—Repare en estas letras largas. Apenas si sobresalen del grupo de las corrientes. Esta «d» podría pasar por una «a», y esta «l» por una «e». Las personas con carácter diferencian siempre sus letras largas, por muy ilegible que escriban. Se observa aquí vacilación en la «c» y no hay en las letras mayúsculas sentimiento de propia estimación. Voy a salir ahora. Es preciso que haga algunas consultas. Permítame que le recomiende este libro, que es uno de los más notables que se han escrito. Se titula El martirio del hombre, de Winwood Reade. Estaré de vuelta antes de una hora.
Tomé asiento junto a la ventana con el libro en la mano, pero mis pensamientos se hallaban muy lejos de los audaces razonamientos del escritor. Mi imaginación volaba hacia nuestra hermosa visitante, hacia sus sonrisas, hacia el tono profundo y vibrante de su voz y hacia el extraño misterio que se cernía sobre su vida. Si en el momento de la desaparición de su padre ella tenía diecisiete años, ahora debía de tener veintisiete..., una edad muy agradable, porque en ella la juventud ha perdido ya su presunción y se encuentra un poco dulcificada por la experiencia. Permanecí, pues, sentado y haciendo cábalas, hasta que irrumpieron en mi cerebro pensamientos tan peligrosos que me apresuré a sentarme delante de mi mesa y a hundirme con furia en el tratado más reciente sobre patología. ¿Quién era yo, médico del Ejército, con una pierna débil y una cuenta bancaria más débil todavía, para atreverme a pensar en tales cosas? Aquella joven era una unidad, un factor y nada más; si mi porvenir era sombrío, lo mejor que podía hacer era afrontarlo como un hombre, sin intentar alegrarlo con unos simples caprichos de la imaginación.
Capítulo III
A la búsqueda de una solución
Cuando Holmes regresó, habían dado ya las cinco y media. Venía alegre y animado, un estado de ánimo que en él se alternaba con accesos del más negro abatimiento.
—El asunto este no parece encerrar un gran misterio —dijo, tomando la taza de té que yo le había escanciado—. Los hechos solo parecen presentar una única explicación.
—¡Cómo! ¿Tiene usted ya resuelto el misterio?
—Eso sería demasiado decir. Lo que pasa es que he encontrado un hecho sintomático. Un hecho solo, pero muy sintomático. Habrá que agregarle todavía los detalles. Consultando los archivos antiguos del Times, he descubierto que el comandante Sholto, de Upper Norwood, que perteneció al trigésimo cuarto de Infantería de Bombay, falleció el 28 de abril de 1882.
—Holmes, quizá sea yo muy obtuso; pero no veo qué es lo que puede sugerir ese hecho.
—¿No? Me sorprende usted. Mírelo, pues, de esta manera. El capitán Morstan desaparece. A la única persona de Londres a la que podía haber visitado es al comandante Sholto. El comandante Sholto niega saber que aquel se encontrase en Londres. Cuatro años más tarde, Sholto fallece. Antes de que transcurriese una semana de su muerte, la hija del capitán Morstan recibe un valioso regalo que se repite un año tras otro, y que culmina ahora en una carta que la presenta a ella como perjudicada. ¿A qué otro perjuicio puede referirse sino al de verse privada de su padre? ¿Y por qué razón empiezan los obsequios inmediatamente después del fallecimiento de Sholto sino porque ese heredero del comandante sabe algo del misterio y desea ofrecer una compensación? ¿Tiene usted, acaso, otra hipótesis alternativa capaz de explicar de forma más clara y convincente los hechos?
—¡Qué extraña compensación! ¡Y qué manera más extraña de hacerla! ¿Y por qué, además, escribe una carta ahora y no la escribió hace seis años? Agregue a esto que la carta habla de hacer justicia a la joven. ¿Qué justicia es posible hacerle? Sería demasiado el suponer que su padre vive todavía. No existe, en el caso de la joven, otra injusticia que nosotros conozcamos.
—Hay ciertas dificultades; indiscutiblemente que las hay —dijo Sherlock Holmes, pensativo—; pero nuestra expedición de esta noche las resolverá todas. Vaya; ahí llega un coche de cuatro ruedas, y la señorita Morstan va en él. ¿Está listo? Pues entonces, lo mejor que podemos hacer es bajar, porque pasa ya un poco de la hora.
Eché mano a mi sombrero y al más pesado de mis bastones, pero me fijé en que Holmes sacaba su revólver del cajón y se lo metía en el bolsillo. Era evidente que creía que nuestro trabajo de aquella noche era de índole grave.
La señorita Morstan venía envuelta en un manto oscuro, y su cara expresiva estaba serena, pero pálida. No habría sido mujer si no hubiese experimentado cierto desasosiego ante la empresa sorprendente en la que íbamos a embarcarnos; pero su dominio de sí misma era perfecto, y contestó con facilidad a unas pocas preguntas complementarias que Sherlock Holmes le hizo.
—El comandante Sholto era muy amigo de papá —explicó—. Sus cartas estaban llenas de alusiones al comandante. Este y papá estaban al mando de las fuerzas que había en las islas Andamán; de modo, pues, que convivían muchísimo el uno con el otro. A propósito, en la mesa de papá encontramos un documento curioso que nadie consiguió entender. Yo no creo que tenga importancia alguna, pero pensé que quizás usted querría verlo, y lo he traído. Aquí lo tiene.
Holmes desdobló con cuidado el documento y lo alisó encima de sus rodillas. Luego, procedió a examinarlo metódicamente, de cabo a rabo, con su lupa.
—El papel es de fabricación india —comentó—. Además, en alguna ocasión estuvo clavado en un tablero. El esquema que se ve en él parece ser el plano de parte de una gran construcción que tiene numerosas salas, pasillos y galerías. En un punto del esquema hay una crucecita hecha con tinta roja, y encima de ella, escrito a lápiz y casi borrado, «3,37 desde la izquierda». En la esquina de la izquierda se ve un extraño jeroglífico, como cuatro cruces en línea, con los brazos tocándose. Junto al mismo hay escrito, en caracteres muy toscos, «El Signo de los Cuatro... Jonathan Small, Mahomet Singh, Abdullah Khan, Dost Akbar». Reconozco que no veo qué relación pueda tener esto con el asunto. Sin embargo, no cabe duda de que se trata de un documento importante. Ha estado guardado cuidadosamente en un libro de notas, ya que está tan limpio de un lado como del otro.
—Lo encontramos en el libro de notas de mi padre.
—Pues entonces, señorita Morstan, guárdelo con cuidado, porque quizá nos sea de utilidad. Empiezo a sospechar que es posible que este asunto nos resulte mucho más intrincado y complejo de lo que al principio imaginé. Es probable que tenga que reconsiderar mis ideas.
Se recostó en el asiento del coche, y pude ver, a juzgar por su ceño fruncido y la expresión de ausencia que había en sus ojos, que Holmes meditaba intensamente. La señorita Morstan y yo conversamos en voz baja acerca de nuestra expedición actual y respecto a su posible desenlace, pero nuestro acompañante conservó su impenetrable reserva hasta el final del trayecto.
Era un anochecer del mes de septiembre; todavía no habían dado las siete, pero el día había sido tristón y una bruma densa y húmeda se asentaba a poca altura sobre la gran ciudad. Nubes de color del barro flotaban tristemente sobre las fangosas calles. A lo largo del Strand, las farolas no eran sino manchones nebulosos de luz difusa, que proyectaban un débil brillo circular sobre las pegajosas aceras. El resplandor amarillo de los escaparates se alargaba por la atmósfera envuelta en vaho vaporoso y difundía por la concurrida calle una luminosidad triste y de variada intensidad.
Para mi manera de ver, había algo terrible y fantasmal en el interminable cortejo de caras que pasaban como flotando al través de aquellas estrechas franjas de luz; caras tristes y alegres, macilentas y jubilosas. Al igual que le ocurre a todo el género humano, pasaban de la lobreguez a la luz y volvían de nuevo a la lobreguez. Yo no me dejo impresionar fácilmente, pero parecía como si aquel anochecer, melancólico y pesado, se hubiera combinado con el extraordinario asunto en el que nos habíamos embarcado sin otro fin que para alterar mis nervios y para deprimirme. Por las maneras de la señorita Morstan me di cuenta de que era partícipe de idéntico sentimiento. Holmes era el único capaz de estar por encima de estas aciagas influencias. Tenía abierto sobre sus rodillas el libro de notas, y de cuando en cuando anotaba números y datos en el mismo a la luz de su linterna de bolsillo.
Junto al teatro Liceo, la multitud se apretujaba ya delante de las puertas laterales. Frente a las de la fachada resonaba el estrépito de una sucesión continua de coches de dos y de cuatro ruedas, de los que se apeaban caballeros de planchada pechera y señoras ataviadas con chales y adornos de brillantes. Sin darnos casi tiempo a llegar a la terce-ra columna, que era el sitio de nuestra cita, se nos acercó un hombre bajo, moreno y vivaracho, con traje de cochero.
—¿Son ustedes las personas que acompañan a la señorita Morstan? —preguntó.
—Yo soy la señorita Morstan, y estos dos caballeros son amigos míos —respondió la joven.
El hombre nos miró de soslayo con ojos extraordinariamente penetrantes e interrogadores.
—Usted me perdonará, señorita —dijo con tono algo desabrido—, pero tengo que pedirle que me dé su palabra de que ninguno de estos dos acompañantes suyos es funcionario de la policía.
—Respecto a eso, le doy mi palabra —contestó ella.
El hombre dio entonces un silbido agudo; al oírlo, un pilluelo condujo hasta donde estábamos un coche de cuatro ruedas y abrió la portezuela. El hombre que nos había hablado subió al pescante mientras nosotros tres ocupábamos nuestros sitios en el interior. Apenas nos habíamos sentado, cuando ya el cochero fustigaba a su caballo, y nos lanzamos a toda velocidad por las calles de la ciudad cubiertas de niebla.
La situación era curiosa. Nos dirigíamos hacia un lugar desconocido, para llevar a cabo una misión desconocida. Sin embargo, o bien la invitación era una completa burla, hipótesis que resultaba inconcebible o, de lo contrario, teníamos buenas razones para pensar que aquella excursión nuestra tuviera importantes consecuencias. El comportamiento de la señorita Morstan seguía siendo tan resuelto y sereno como siempre. Yo intenté alegrarla y divertirla con recuerdos de mis aventuras en Afganistán; pero, si he de decir la verdad, yo mismo me encontraba tan excitado por nuestra situación, y sentía tal curiosidad por saber cuál sería nuestro punto de destino, que mis anécdotas resultaban un poco confusas. Todavía hoy, ella suele contar que yo le relaté una anécdota conmovedora en la que se hacía referencia a un cachorro de tigre que asomó al interior de mi tienda a una hora muy avanzada de la noche, y al que le disparé con un mosquete de dos cañones. Al principio tenía yo cierta noción de la dirección que llevaba el coche; pero muy pronto, entre la rapidez con que avanzábamos, la niebla y mis conocimientos limitados de Londres, me desorienté, y ya nada supe, salvo que parecía que nuestra excursión resultaba muy larga. Sherlock Holmes, sin embargo, no fallaba nunca, e iba mascullando los nombres de las calles, conforme el coche cruzaba traqueteante por plazas y entraba y salía por tortuosas callejuelas.
—Rochester Row —iba diciendo—. Ahora, Vincent Square. Ahora desembocamos en Vauxhall Bridge Road. Vamos, por lo visto, en dirección a la orilla del Surrey. Sí, lo que yo pensaba. Ahora estamos cruzando el puente. Se ven destellos del río.
Efectivamente, vislumbramos una vista fugaz de un tramo del río Támesis, con las farolas del alumbrado brillando sobre la superficie ancha y silenciosa de las aguas; pero nuestro coche avanzaba rápidamente, y no tardamos en perdernos en un laberinto de calles de la otra orilla.
—Wandsworth Road —dijo mi compañero—. Priory Road. Larkhall Lane. Stockwell Place. Robert Street. Coldharbour Lane. Al parecer, no se nos lleva hacia zonas muy elegantes.
En efecto, habíamos entrado en una barriada sospechosa y amenazadora. Largas hileras de monótonas casas de ladrillo, que solo interrumpía el resplandor de mal gusto y la luminosidad chillona de las tabernas de la esquina. Se sucedieron luego manzanas de casas de dos plantas, todas ellas con su minúsculo jardín delantero; y otra vez las hileras interminables de edificios de ladrillo nuevo y llamativo, todo ello como tentáculos monstruosos que una ciudad gigantesca proyectaba hacia el campo.
El coche se detuvo, por fin, en la tercera casa de una explanada nueva. Ninguna de las casas restantes estaba habitada, y aquella en la que hicimos alto se hallaba tan a oscuras como las demás, a excepción de un tenue resplandor que se veía en la ventana de la cocina. Sin embargo, y respondiendo a nuestra llamada, un criado hindú abrió instantáneamente la puerta; llevaba el hombre un turbante amarillo, ropas blancas muy amplias y una faja amarilla. Resultaba curiosamente incongruente aquella figura oriental encuadrada en la entrada de una vivienda suburbial londinense de tercera clase.
—El sahib3 los espera a ustedes —dijo.
Pero, sin darle tiempo a terminar, nos llegó desde alguna habitación interior una voz chillona y cantarina, que gritaba:
—Hazlos pasar aquí, khitmutgar4. Vamos, pásalos aquí enseguida.
3 Amo.
4 Mayordomo.
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