Kitabı oku: «La Trinidad en el Nuevo Testamento»

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Publicado originalmente en inglés bajo el título The Holy Spirit and the Gospel Tradition por © S.P.C.K., London, England, 1969.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org <http://www.cedro.org>) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra».

© 2015 por Editorial CLIE para la edición en español

LA TRINIDAD EN EL NUEVO TESTAMENTO

ISBN: 978-84-8267-753-8

ISBN de la versión impresa: 978-84-8267-704-0

TEOLOGÍA CRISTIANA.

Teología Sistemática

Referencia: 224766

BIBLIOTECA ACADÉMICA CLIE

Libros publicados

Estudios teológicos

James D. G. Dunn, Jesús y el Espíritu

Arthur W. Wainwright, La Trinidad en el Nuevo Testamento

C. K. Barrett, El Espíritu Santo en la tradición sinóptica

Estudios bíblicos

Xabier Pikaza, Mujeres de la Biblia judía

Samuel Pagán, Introducción a la Biblia Hebrea

Comentarios bíblicos

Xabier Pikaza, Comentario al evangelio de Marcos

Douglas J. Moo, Comentario a la espístola de Romanos

A la memoria de mi padre

Índice

Portada

Créditos

Colección

Dedicatoria

Abreviaturas

Prólogo

1. INTRODUCCIÓN

I. El problema de la Trinidad

II. La Trinidad en la religión hebrea

III. Un solo Dios y Padre

2. LA DIVINIDAD DE CRISTO

IV. Jesucristo es Dios

V. Jesucristo es Señor

VI. El culto a Jesucristo

VII. Jesús y el juicio

VIII. Jesús y la creación

IX. Jesús y la salvación

X. El Padre y el Hijo

3. LA DIVINIDAD DEL ESPÍRITU

XI. De la naturaleza del Espíritu y su relación con Cristo

XII. El Espíritu y Dios

4. DESARROLLO DEL PROBLEMA TRINITARIO

XIII. Las fórmulas ternarias

XIV. El pensamiento trinitario del Nuevo Testamento

ABREVIATURAS


ETExpository Times
JBLJournal of Biblical Literature
JTSJournal of Theological Studies
LXXSetenta
SJTScottish Journal of Theology
TWNTTheologisches Wörterbuch zum Neuen Testament, ed. Gerhard Kittel, G. Friedrich
ZNTWZeitschrift für die neutestamentliche Wissenschaft

PRÓLOGO

Frecuentemente se da por supuesto que la doctrina de la Trinidad apareció después de haber sido escrito el Nuevo Testamento, y se da por supuesto también que esta doctrina es meramente especulativa, no esencial al mensaje cristiano. Escribo este libro convencido de que el problema de la Trinidad surgió y tuvo respuesta en tiempos del Nuevo Testamento; sus raíces se encuentran en el culto, la vivencia personal y el pensamiento del cristianismo del primer siglo. Se ha preferido la palabra «problema» a la palabra «doctrina» porque no hay una declaración formal de la doctrina de la Trinidad en el Nuevo Testamento; pero así como una doctrina es respuesta a un problema, del mismo modo aparece la doctrina sobre la Trinidad en el Nuevo Testamento. El problema de la Trinidad se presentó allí y se intentó darle solución.

Una gran parte del capítulo cuarto de este libro está tomada de un artículo con el que colaboré en el Scottish Journal of Theology, vol. 10, n. 3, de septiembre de 1957; y deseo manifestar mi agradecimiento a los editores por haberme permitido hacer uso de él.

Estoy profundamente agradecido al Doctor Rev. R. Newton Flew, que fue el primero en animarme al estudio de esta materia y ha glosado varios capítulos; agradecido también al Rev. Rupert E. Davies, al Rev. Owen E. Evans, al Doctor Rev. C. Leslie Mitton y al Profesor Rev. Philip S. Watson, que leyeron el material escrito a máquina y me hicieron muchas y útiles sugerencias.

Quiero expresar tambi én mi reconocimiento a la Sra. Ena Levine por haber mecanografiado este trabajo, y a mi esposa por su ayuda en la corrección de pruebas y ordenar los índices.

ARTHUR W. WAINWRIGHt

Manchester

Abril de 1962

1

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO I
EL PROBLEMA DE LA TRINIDAD

El propósito de esta obra es descubrir el origen del problema de la Trinidad en tiempos del Nuevo Testamento. Surgió este problema al creer los cristianos que Jesús era Dios, y al expresar su creencia dándole títulos divinos y adjudicándole funciones normalmente reservadas a Dios en el pensamiento hebreo. Esta creencia en la Divinidad de Cristo se manifestó tanto en los escritos del Nuevo Testamento como en el culto que practicaron las primitivas comunidades cristianas. Al sostener la Iglesia cristiana la creencia judía en la unidad de Dios, se suscitó un serio problema como consecuencia de creer también en la divinidad de Cristo. ¿Cómo podía ser Dios el Padre y ser Dios el Hijo y, sin embargo, ser un solo Dios? El problema se complicó desde el momento en que el Espíritu Santo fue considerado como Persona, que tenía una decisiva influencia sobre las vidas de los individuos. ¿Era también Dios el Espíritu Santo? Y si lo era, ¿cómo podría Dios ser uno y tres al mismo tiempo?

Estas dos cuestiones aparecieron completamente claras en el siglo segundo en los escritos de Teófilo, de Ireneo y de Tertuliano. Ello no es como para sorprender, ya que las declaraciones hechas en el Nuevo Testamento sobre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo eran de tal naturaleza como para que suscitaran el problema trinitario en las próximas generaciones de lectores. Es tarea nuestra investigar si los mismos escritores del Nuevo Testamento eran conscientes del problema, consistente tanto en la forma de relación entre el Padre y el Hijo, como en la del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Estrictamente hablando, si se hubiese presentado solo el problema del Padre y del Hijo, habría sido binitario. Pero se trata de un problema binitario-trinitario; el punto crucial es la relación del Padre con el Hijo; porque el problema no habría tenido importancia práctica de no haberse realizado la Encarnación. Si el Verbo no se hubiese hecho hombre no habría habido dificultades con el monoteísmo judío.

El tema de esta discusión es el problema de la Trinidad, más bien que la doctrina sobre la misma. Una declaración doctrinal es una respuesta a un problema doctrinal. No existe una formal exposición de la doctrina trinitaria en el Nuevo Testamento como la podemos encontrar en el Credo Atanasiano o en el tratado De Trinitate de San Agustín. Se podría argüir que el problema de la Trinidad estaba en la mente de ciertos escritores del Nuevo Testamento y que ellos intentaron darle una respuesta. Pero ninguno de sus escritos, sin embargo, se publicaron con el fin específico de tratarlo, y la mayor parte de los indicios de que un determinado escritor abordara el problema son incidentales. No existió una elaborada o sistemática respuesta al problema. Por esta razón, la palabra «problema» ha sido preferida a la de «doctrina». Pero ha de quedar claro que los escritores del Nuevo Testamento no descuidaron por completo dar solución al problema, aunque otras materias ocuparon casi toda su atención.

En la medida en que una doctrina es la respuesta, aunque fragmentaria, a un problema, el Nuevo Testamento contiene una doctrina de la Trinidad. Pero si exigimos una formal exposición, entonces no existe una doctrina de la Trinidad en el Nuevo Testamento.

La diferencia entre un enunciado formal de doctrina y una respuesta incidental o fragmentaria a un problema doctrinal se pone de manifiesto si la forma de abordar el problema trinitario por parte del Nuevo Testamento la comparamos con los credos y las confesiones de las siguientes generaciones. Hay peligro, sin embargo, de acentuar demasiado la importancia de esta diferencia. Es difícil determinar con precisión cuándo la doctrina surgió por primera vez. Si el uso de la palabra «Trinidad» es un rasgo necesario del enunciado de la doctrina, entonces no consta que haya aparecido antes de Teófilo (siglo segundo), que usa la palabra griega τριάς («tríada») para describir al Padre, al Hijo y al Espíritu; o antes de Tertuliano (finales del siglo segundo), que usó la palabra latina TRINITAS con el mismo propósito1. Pero las palabras τριάς y TRINITAS no tienen en estos escritores el profundo significado que adquirirían2 más tarde; y la doctrina trinitaria no se configuró en su forma ortodoxa hasta más de un siglo después. Se podría afirmar que la doctrina apareció cuando los escritores cristianos comenzaron a usar métodos filosóficos de investigación; pero entonces sería difícil determinar si estos métodos estaban presentes ya en Atenágoras e Ireneo o aparecieron primeramente en Tertuliano, Clemente y Orígenes. Además, la aparición de la doctrina trinitaria podría provenir del uso de términos técnicos tales como υπόστασις, οὐσία y πρόσωπον en griego, y PERSONA, SUBSTANTIA y ESSENTIA en latín. Pero todas estas palabras admiten una gran variedad de significado, y sería difícil decir qué uso particular anunció el alborear de la doctrina trinitaria.

En los siglos segundo y tercero, una creciente cantidad de literatura se dedicó al problema de la Trinidad y las respuestas al problema se hicieron más y más sistemáticas. Este gradual desarrollo del pensamiento es más importante que la introducción de términos técnicos. No existe una linde histórica clara entre la era de la exposición doctrinal sistemática y la era menos reflexiva y menos filosófica que la precedió. La diferencia en estilo y carácter entre los escritos del Nuevo Testamento y los trabajos de los Padres del tercer y cuarto siglos no debería oscurecer el hecho de que los escritores del Nuevo Testamento eran conscientes del problema trinitario y se esforzaron por darle una solución. Y ello no debería oscurecer tampoco el hecho de que el problema nunca fue satisfactoriamente resuelto y que los más constantes testimonios de la doctrina no dan completas respuestas al problema, sino que delimitan el ámbito de la discusión. Naturalmente, un problema ha de ser puesto en claro antes de que se le dé una respuesta. En el Nuevo Testamento es más fácil ver los primeros intentos para clarificar el problema que los primeros intentos para solucionarlo. Pero una solución parece comenzar a aparecer y sería engañoso decir que la teología trinitaria es completamente posbíblica.

El problema trinitario no es puramente especulativo. Se ha dicho con frecuencia que los escritores bíblicos son más bien prácticos que especulativos, y que están más preocupados por la actividad de Dios que por su naturaleza eterna. El dicho de Melanchthon: «Conocer a Cristo es conocer sus beneficios» es citado como la clave de la actitud de los primeros cristianos. Esta interpretación del pensamiento bíblico ha sido llevada demasiado lejos. Los primeros cristianos se interesaron por Dios, el Padre, y por Cristo, el Hijo, como personas y no solamente como agentes de salvación. Porque amaban tanto al Padre como al Hijo deseaban conocer cómo se relacionaban entre sí. Sin embargo, cuando discutían sobre la naturaleza de Dios, la asociaban a su actividad por la tendencia a lo práctico de sus pensamientos. Cullmann observó que en el Nuevo Testamento a la persona de Cristo difícilmente se la nombra sin una concomitante referencia a su actividad. El prólogo del cuarto Evangelio, por ejemplo, describe la relación de la «Palabra» con Dios («la Palabra estaba en Dios, y la Palabra era Dios»), y entonces habla del trabajo creativo de la Palabra («todas las cosas fueron hechas por Él»)3. A los primeros cristianos les interesaba más el mensaje de salvación que las cuestiones metafísicas, y su teología refleja este interés. Les preocupaba más la actividad que la naturaleza de Dios. En los siguientes capítulos comentaremos cómo explicaron ellos la divinidad de Cristo, en parte describiendo las funciones que desempeñó. El problema trinitario se dio a conocer y se solucionó haciendo referencia a la actividad de Cristo para con el género humano. Los escritores del Nuevo Testamento creyeron que Él compartía las actividades divinas de creador, salvador y juez. Aunque la cuestión de la eterna relación del Padre y el Hijo era un asunto muy importante, especialmente para Pablo, Juan y el autor de la Carta a los Hebreos, ellos dieron más importancia a la actividad divina que a la divina naturaleza.

El problema de la Trinidad estuvo desde el principio íntimamente unido con el culto cristiano. No fue preocupación de solo los estudiosos, sino principio vital para todo el culto cristiano. El modelo trinitario está patente en la adoración del Padre, porque al Padre se le adoraba a través del Hijo en el Espíritu. Esta fue la forma predominante de adoración; pero aún en los tiempos del Nuevo Testamento Cristo fue adorado del mismo modo que el Padre, aunque probablemente con menos frecuencia. El culto al Espíritu Santo se desarrolló más tarde4. En una época posterior el Credo Atanasiano declaró: «Esta es la Fe católica: que nosotros adoramos a un Dios en la Trinidad y una Trinidad en la unidad». El Credo confiesa la índole de una adoración que ya había sido practicada. El culto cristiano se fue haciendo trinitario de dos maneras: primera, como culto del Padre por el Hijo en el Espíritu, y segunda, como culto del Padre, del Hijo y del Espíritu. Sin embargo, en el Nuevo Testamento su carácter trinitario se encuentra principalmente en el culto del Padre, a través del Hijo, en el Espíritu; y, para ser más breves, en el culto del Hijo. La naturaleza del culto cristiano influenció el desarrollo del pensamiento cristiano; y, a la inversa, el desarrollo del pensamiento influenció la naturaleza del culto. Semejante acción recíproca de pensamiento y culto ayuda a explicar la aparición del problema de la Trinidad.

Esta explicación del acercamiento bíblico al problema de la Trinidad presupone que los escritores del Nuevo Testamento reflexionaron sobre el problema. Un punto de vista distinto nos da Alan Richardson en An Introduction to the Theology of the New Testament. Dice así: «No existe en el Nuevo Testamento ni una insinuación de un δεύτερος θεός5 o δημιουργός6 distinto del Dios de la revelación del Antiguo Testamento y no existe problema en conciliar la divinidad de Cristo y del Espíritu Santo con el monoteísmo judío. Cristo y el Espíritu son igualmente Dios en sus por sí mismos determinados modos de acción en la creación, redención y santificación del mundo»7.

Los siguientes capítulos intentarán demostrar que, si bien a Cristo no se le tuvo como un segundo Dios en el Nuevo Testamento, sí que fue considerado como Dios, y de ahí que la repugnancia de los escritores del Nuevo Testamento en exponer la creencia de que Jesús era Dios manifieste que eran conscientes de un problema. Se dirá que, aunque los escritores del Nuevo Testamento den pocas señales de estar enterados del problema de conciliar la divinidad del Espíritu Santo con el monoteísmo judío, algunos de ellos sí eran claramente conscientes del problema de conciliar la divinidad de Cristo con el monoteísmo.

Otro punto de vista que difiere del que mantenemos en las siguientes páginas es el de Emil Brunner en el primer volumen de su Dogmatics. Brunner dice de la doctrina de la Trinidad esto: «El punto de partida de la doctrina no es, naturalmente, el especulativo, sino el sencillo testimonio del Nuevo Testamento. A nosotros no nos interesa el Dios del pensamiento, sino el Dios que nos revela su nombre. Pero nos revela su nombre como el de Padre; su nombre de Padre nos lo hace conocer a través del Hijo; y nos da a conocer al Hijo como el Hijo del Padre, y al Padre como Padre del Hijo a través del Espíritu Santo»8.

La distinción de Brunner entre el Dios del pensamiento y el Dios que revela su nombre es artificial. En el Nuevo Testamento Dios revela su nombre a través de los pensamientos de los hombres sobre Él. Los cristianos reflexionaron sobre Dios desde los comienzos. Aunque sus reflexiones no siguieron el patrón del pensamiento filosófico griego, no por ello eran menos reflexiones. La frase de Brunner «simple testimonio» no describe adecuadamente la enseñanza de Pablo, de Juan y de Hebreos.

Dice también Brunner: «Este mysterium logicum, el hecho de que Dios es Trino y a pesar de todo Uno, se encuentra por completo fuera del mensaje de la Biblia… A ningún apóstol se le habría ocurrido pensar que existían las Tres Divinas Personas, cuyas mutuas relaciones y paradójica unidad estuvieran fuera de nuestra capacidad de entender. Ningún mysterium logicum, ninguna paradoja intelectual, ninguna antinomia de Trinidad en Unidad tiene lugar alguno en su testimonio, sino solamente el mysterium majestatis et charitatis; sencillamente que el Señor Dios por nuestro amor se hizo hombre y soportó la cruz»9. Sin embargo, a pesar de que las palabras «paradoja» y «antinomia» no aparecen en el Nuevo Testamento, en el prólogo del cuarto Evangelio hay un claro conocimiento de la paradoja de la relación entre el Padre y el Hijo. El hombre que escribió: «El Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios» conocía que su declaración contenía una paradoja.

La actitud de Brunner no es satisfactoria, porque hace una división demasiado rígida entre la triple revelación que es bíblica y la triple interpretación que él cree que es posbíblica. Él distingue demasiado exactamente entre pensamiento y predicación. Su actitud se manifiesta en el juicio crítico que hace de Barth, quien, dice él, «no distingue entre el problema de la Trinidad que nos ha deparado el mensaje de la Biblia y la doctrina de la Trinidad. No ve que la doctrina de la Trinidad es el producto de la reflexión y no un kerygma»10. En los siguientes capítulos se va a demostrar que el problema de la Trinidad está presente no solo en las palabras del Nuevo Testamento, sino también en la mente de los escritores; y que, esté o no esté claro que ellos intentaran una doctrina de la Trinidad, ciertamente intentaron dar una respuesta al problema11. También probaremos que no hay una bien definida división entre reflexión y kerygma. En la primitiva Iglesia la reflexión condujo a la predicación, y la predicación a una más amplia reflexión. Y no se debe olvidar esto: que un lenguaje vigoroso y autoritario puede ser también reflexivo.

La base neotestamentaria de la doctrina de la Trinidad constituye a menudo el tema de un capítulo preliminar, pero raramente el tema de un libro. El primer volumen de la Histoire de dogme de la Trinité, de Lebreton, trata del Nuevo Testamento y de los antecedentes hebreos y helenísticos. (En estos últimos años se ha prestado mucha atención a los antecedentes en el Viejo Testamento, señaladamente en dos monografías: The One and the Many in Ancient Israel, de A. R. Johnson, y The Biblical Doctrine of the Trinity, de G. A. F. Knight). Sugerimos dos razones para explicar la indiferencia ante este tema. La primera es que ha habido una tendencia a decir sin distingos que la doctrina de la Trinidad es posbíblica y responde a un problema que no se les presentó a los escritores del Nuevo Testamento, sino únicamente a la posterior generación de lectores. Ya se ha hecho alusión a esto, y esperamos que los argumentos de este tratado refutarán semejante punto de vista. La segunda razón del descuido del tema es que trasladaría los campos de la cristología y de la enseñanza sobre el Espíritu Santo. Esto es un alerta saludable sobre la necesidad de selección al tratar de la materia. Evidentemente existen ciertos tópicos que son comunes al problema de la Trinidad y al problema de la cristología, y otros comunes al problema de la Trinidad y al del Espíritu Santo. Pero un estudio de la aparición del problema trinitario no necesita ser tratado con el conjunto de la cristología, ni con toda la doctrina sobre el Espíritu en el Nuevo Testamento. Ha de tratarse con la cristología y la doctrina del Espíritu en la medida en que implica o claramente determina que el Espíritu Santo y Cristo son Dios. Una detallada discusión sobre la humanidad de Cristo no pertenece al tema que estamos tratando. Y aunque el hecho de la Encarnación sí que es pertinente, lo que a nosotros nos interesa es la divinidad de Cristo y especialmente todos los testimonios que digan que Él es Dios. Al examinar las enseñanzas sobre el Espíritu Santo nos interesaremos principalmente por las pruebas de que el Espíritu es una persona y por la demostración de que el Espíritu es Dios.

Las pruebas de la creencia en la divinidad de Cristo pueden ser divididas en tres grupos. En primer lugar está la prueba de que Jesucristo fue adorado. Los miembros de la Iglesia le cantaron doxologías, le dirigieron oraciones, le invocaron frecuentemente como a Señor y a veces como a Dios. Probablemente fue reconocido como Dios en el culto más pronto que en el pensamiento reflexivo, pero no lo podemos saber con certeza. De todos modos, se mantendrá que en el culto la primera generación de cristianos invocó a Cristo como Dios; una confesión que es el elemento central y distintivo en la doctrina de la Trinidad.

En segundo lugar, hay pruebas de que se adjudicó a Cristo el desempeño de las funciones de juicio, de salvación, de creación. Estas funciones, en ciertos aspectos, eran consideradas en el pensamiento hebreo como únicamente divinas, y precisamente en estos aspectos se dijo que Cristo las desempeñaba. El pensamiento cristiano en torno a la persona de Cristo era práctico en el sentido de considerar más su actividad que su estado metafísico. En tiempos del Nuevo Testamento no se planteó la cuestión sobre el modo en que su naturaleza era semejante a las naturalezas divina y humana. No hubo discusión sobre su estructura sicológica. Los hombres manifestaron su actitud sobre su persona describiéndole como el que actuaba de unos modos que previamente se habían considerado como divinos.

El tercer grupo de demostraciones lo constituyen los títulos que se dieron a Cristo. No todos estos títulos implican su divinidad. «Señor», «Maestro», «Profeta», «Rabbí», «Hijo de David», y aun el título de «Mesías», no implican la divinidad. «Dios» y «Señor» son de distinta categoría. Por supuesto que «Dios» es un título que explícitamente afirma la divinidad de una persona. La palabra «Señor» la implica y a veces quizá la afirma explícitamente. «Hijo del Hombre» e «Hijo de Dios» no necesariamente indican divinidad, pero estas expresiones pueden ser usadas de tal manera que se refieran a un singular estado sobrehumano, que puede ser divino. El título de «Hijo de Dios» es especialmente importante porque hace surgir la cuestión de la relación de Cristo con el Padre. Por cierto que él nos lleva a un cara a cara con la parte crucial del problema trinitario.

Las pruebas de la divinidad del Espíritu Santo no son tan abundantes como las de la divinidad de Cristo. A través de la historia cristiana la reflexión sistemática sobre el Espíritu Santo se ha retardado más que en torno a la cristología. Se oyen quejas frecuentemente de que la Iglesia carece de una doctrina satisfactoria sobre el Espíritu Santo. Es una crítica dura, porque el Espíritu Santo no puede ser delimitado dentro de las murallas del Dogma, y aunque Cristo es mayor que cualquier dogma, lo concreto de la encarnación hace que sea más fácil para los hombres dogmatizar sobre Él, que sobre el Espíritu Santo.

Tratándose del Espíritu Santo hay que hacer una pregunta, que no es necesaria con respecto a Cristo: ¿es el Espíritu Santo persona? Que no es lo mismo que esta otra: ¿es el Espíritu Santo persona en un sentido o más de los usados por los escritores de la Iglesia primitiva o de los tiempos medievales? Esta pregunta quiere decir: ¿tiene el Espíritu Santo una naturaleza y unas actividades que son, en cierta manera, semejantes a la naturaleza y a las actividades de los seres humanos? ¿Tiene esos puntos de analogía que son: posesión de pensamiento, de sentimiento, de voluntad y de existencia, como centro individual de conciencia, que es capaz de relacionarse con otras personas?

Los escritores bíblicos nunca usaban los términos «persona», «individual», «personalidad», que frecuentemente salen al paso en las discusiones de pensamiento bíblico, pero eran conscientes de las ideas que subyacen bajo estos términos. Hablan de Dios y de la gente como si fuesen personas en el sentido de que eran poseedores de pensamiento, de sentimiento, de voluntad y de individualidad. Aunque estaban convencidos de que las familias y las naciones tenían una personalidad colectiva, también creían que un individuo podía tener una voluntad y un conocimiento independientes. Y creían que Dios mismo tenía estos signos de individualidad.

Ya que Dios era considerado como persona, sería inútil detenerse a pensar si el Espíritu era considerado como Dios; a no ser que al Espíritu Santo se le considerara también como persona. Vamos a demostrar primeramente que en el Nuevo Testamento al Espíritu Santo se le considera como persona. Después procederemos a examinar las pruebas de su divinidad. Se seguirán los mismos procedimientos que en la discusión de la divinidad de Cristo. ¿Cuál fue el lugar del Espíritu Santo en el culto cristiano? ¿Fue realmente adorado? ¿Se creía que desempeñaba funciones estrictamente divinas? Los títulos que se le dieron, ¿reconocían implícita o explícitamente su divinidad? Además de estas cuestiones trataremos de la relación del Espíritu con Cristo y con el Padre.

Los capítulos que tratan las cuestiones planteadas arriba en torno a Cristo y al Espíritu Santo exponen la cristología y la doctrina del Espíritu en la medida en que tienen una directa relación con la doctrina de la Trinidad. Una exposición que coordine estos temas y examine sus relaciones recíprocas nos ayudará a decidir si la doctrina de la Trinidad, tal como fue formulada en tiempos posteriores, era una explicación impuesta por las pruebas bíblicas desde fuera o un natural desarrollo a partir del pensamiento bíblico, una continuación de aquella búsqueda de una comprensión de Dios, que ya se había iniciado en el Nuevo Testamento.

En años recientes se ha discutido mucho la doctrina de la Trinidad. Algunos escritores, particularmente Hodgson, pusieron de relieve la importancia de la analogía social y acentuaron el hecho de que hubiera tres personas distintas en la Trinidad12. Otros, como Barth y Welch, han ponderado la unidad de la Trinidad y han hecho revivir el uso de la palabra «modo» en su exposición de la doctrina. Welch también delinea el debate sobre la Trinidad en el siglo XX13. La parte de la doctrina de la Trinidad en el culto cristiano ha sido tratada por Lowry14. C. C. Richardson ha sostenido que la doctrina no expresa aptamente las actuales distinciones en la Divinidad15. Mucha más atención a la doctrina se ha prestado en el siglo XX que en el XIX. En el siglo XIX había propensión a relegar una exposición de la Trinidad casi al lugar de un apéndice en la exposición de la Teología Cristiana. Schleiermacher, por ejemplo, aunque llama a la doctrina de la Trinidad «brocal de piedra de la doctrina cristiana»16, dedica solamente 14 de las 750 páginas de The Christian Faith a la exposición de la Trinidad, y estas catorce páginas están colocadas en el último capítulo de la obra. En justicia para con él, tenemos que decir que, habiendo admitido que la doctrina contiene problemas sin resolver, sugiere qué pasos se deberían dar para una más cabal interpretación de la doctrina. Sin embargo, él no acomete el trabajo de llevar adelante esta tarea. En el siglo XX Barth comienza su Kirchliche Dogmatik con un estudio de la Trinidad. El lugar que otorga a la doctrina es señal del resurgir del interés por la Trinidad.

Un examen de los antecedentes del Nuevo Testamento nos capacitará para ver cómo surgió el problema de la Trinidad, y nos ayudará a comprender en qué sentido una doctrina de la Trinidad puede ser bíblica. El método de investigación que vamos a seguir es el siguiente:

1. (a) Una discusión de los antecedentes hebreos de la doctrina. Un análisis de las ideas corrientes en el pensamiento israelita, como también de cualquier concepto que haya podido influenciar el desarrollo de la doctrina trinitaria. Será incumbencia nuestra el Antiguo Testamento y la posterior influencia judía en el modo de plantearse el problema, y de solucionarlo en el Nuevo Testamento. (b) Una exposición de la primitiva fe cristiana en la unidad y en la Paternidad de Dios. Los escritores del Nuevo Testamento creían firmemente que Dios era uno y que era Padre. Aduciremos las pruebas de estos artículos fundamentales de la doctrina de Dios.

2. Exposición de la Divinidad de Cristo. Dirigiremos nuestra atención en primer lugar a las pruebas de que Cristo fue objeto de adoración en la Iglesia primitiva. Habrá que estudiar los títulos «Dios» y «Señor», por qué se le aplicaron en el culto a Cristo. Después del estudio de estos títulos vendrá el uso de las citas y de las doxologías dirigidas a Cristo, como también la práctica de dirigirse a Él en la oración. La segunda parte de esta sección tratará de las funciones estrictamente divinas de juzgar, crear y salvar, atribuidas a Cristo. Y en la tercera parte nos ocuparemos de la relación del Padre con el Hijo.

3. Estudio de la divinidad del Espíritu Santo. La primera parte de esta sección trata de la naturaleza del Espíritu y su relación con Cristo. Se tratará también de la persona del Espíritu Santo y su conexión con Cristo. En la segunda parte veremos la relación del Espíritu con el Padre. Y aduciremos las pruebas que nos lleven a la creencia de que el Espíritu Santo es Dios.

4. Desarrollo del problema trinitario. Esta sección final está destinada a analizar las manifestaciones del desarrollo del problema, como problema trinitario. Se reunirán y se examinarán las fórmulas «trinas» del Nuevo Testamento, haciendo ver que en algunas partes del Nuevo Testamento el escritor es consciente de que hay un problema en las relaciones del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y haremos ver que el cuarto Evangelio encierra intentos de querer dar una solución al problema.

1 TEÓFILO, Ad Autol. 2, 15; TERTULIANO, Adv. Prax. 3. Cf. G. L.PRESTIGE, God in Patristic Thought, pp. 88, 93.

2 Cf. PRESTIGE, ibid. p. 94: «Originalmente la palabra “trinidad” no expresó, en modo alguno, la unidad de Dios. Por el contrario, acentuó el hecho de que constituía el principal problema con que los cristianos tuvieron que enfrentarse. El término para expresar el principio del monoteísmo era “monarquía”».

3 ÓSCAR CULLMANN, Die Christologie des Neuen Testament, p. 4.

4 Esto se confiesa en el Credo de Nicea: «El cual con el Padre y el Hijo juntamente es adorado y glorificado».

5 Segundo Dios.

6 Creador del mundo.

7 Pp. 122-23.

8 Dogmatics, I, p. 206.

9 Dogmatics, I, p. 226.

10 Ibid., p. 236.

11 M. F. Wiles es del parecer de que la doctrina de la Trinidad es un análisis arbitrario de la actividad de Dios, que no es de fundamental importancia en el pensamiento cristiano (JTS, N. S. VIII, pp. 92-106).

Esta teoría no se podría refutar si el problema trinitario hubiera surgido en tiempos del Nuevo Testamento, pero esto resulta difícil de mantener.

12 LEONARD HODGSON, The Doctrine of the Trinity.

13 KARL BARTH, The doctrine of the Word of God; C. WELCH, The Trinity in Contemporary Theology.

14 C. W. LOWRY, The Trinity and Christian Devotion.

15 C. C. RICHARDSON, The Doctrine of the Trinity.

16 FRIEDRICH SHLEIERMACHER, The Christian Faith, p. 739.

CAPÍTULO II
LA TRINIDAD EN LA RELIGIÓN HEBREA
LA UNIDAD DE DIOS EN EL PENSAMIENTO HEBREO

Que Dios es uno constituye el artículo fundamental de la fe judía. «Oye, Israel: Yavé es nuestro Dios, Yavé es único» (Dt 6, 4), es el grito que la liturgia judía ha levantado durante siglos dos veces al día. Jesús lo citó en su compendio de la Ley (Mc 12, 29-30), y Pablo y otros escritores de la primitiva Iglesia se hicieron eco de estas palabras1. Cuando Jesús vino al mundo ya hacía mucho tiempo que el monoteísmo se había establecido en el judaísmo. Aunque existen claros indicios de politeísmo en documentos de la primitiva religión hebrea, la fe fue monoteísta a partir del destierro. Los grandes profetas de antes del exilio no negaron la existencia de otros dioses, pero reclamaron un culto que fuera dirigido únicamente a Yahweh. El autor del segundo Isaías, que vivió en la época del destierro, creía ya que Yahweh no solamente era el Dios supremo, sino el único Dios. Los dioses que habían sido fabricados por manos de hombres eran hechuras sin vida. Quedó solo Yahweh. Él era el verdadero, el todopoderoso Dios que decía: «Yo soy el primero y el último y no hay otro Dios fuera de mí» (Is 44, 6).

En los cuatro siglos que precedieron a Cristo, la religión judía se fue modificando por muchas influencias del este y del oeste: la angelología de la literatura apocalíptica era originaria parcialmente de Persia; y la literatura de la Sabiduría era tributaria tanto de Persia como de Egipto. Aunque la filosofía griega tuvo poca o ninguna influencia sobre los escritores del Antiguo Testamento, se pueden encontrar indicios de ella en los Apócrifos. La más notable influencia griega se puede advertir, sin embargo, en las obras de Filón, que fueron escritas en el siglo I d. C., y que muestran el tremendo impacto del platonismo sobre un judío de la diáspora.

Algunas de estas influencias extranjeras eran muy a propósito para debilitar el monoteísmo de los judíos. Un interés por las enseñanzas de las religiones paganas podría haber llevado fácilmente hacia el politeísmo; porque los persas eran dualistas y los egipcios creían que había toda una familia de dioses. La filosofía griega, aunque tendía a aceptar el monoteísmo o el panteísmo, no siempre se oponía fuertemente al politeísmo tradicional. Y a pesar de estas influencias extranjeras, siempre hubo un núcleo de judíos que rehusaba permitir que su fe en un solo Dios fuese adulterada por adherencia pagana alguna. Los escritores de la Sabiduría, los autores apocalípticos y el filósofo Filón estaban tan convencidos como los rabinos de Palestina de que el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob era único y todopoderoso. Filón nunca se dejó arrastrar por los atractivos de la especulación griega, en su creencia de que el Dios de los Hebreos era el Dios verdadero2.

Los autores apocalípticos, que indicaron la constitución de los cielos y enumeraron los órdenes y jerarquías de los ángeles, habrían podido elevar fácilmente a una criatura a la condición de divinidad. Pero, a pesar de todo, las obras apocalípticas que quedan, con todas las extravagancias que puedan contener, no permitieron a ningún otro ser compartir la majestad de Dios. Semejante énfasis tradicional se mantiene en la literatura de la Sabiduría. La divina Sabiduría vino de Dios, estaba subordinada a Él y creada por Él.

Los rabinos trillaron el camino de la ortodoxia. Aunque conocían la existencia de los ángeles, enseñaron que eran criaturas subordinadas a su hacedor. Se ha dicho que los rabinos personificaban conceptos como «Palabra» y «Espíritu». Pero es muy dudoso. Los términos Memra y Dabar, que se traducen por «Palabra», eran usados por motivo de reverencia. Los judíos pensaban que era blasfemo usar el nombre de Dios. Memra y Dabar eran perífrasis, que ponían de relieve la majestad y no comprometían la unidad de Dios. Como tampoco la doctrina judía sobre el Espíritu implica dualidad en la Divinidad. Fue siempre el Espíritu del único Dios.

La liturgia judía del tiempo de Jesús era completamente monoteísta. La unidad de Dios fue explícitamente afirmada en el Shemá. La oposición del judaísmo rabínico a la doctrina de la Trinidad era natural reacción a una religión, que parecía desviarse de un monoteísmo a ultranza. La afirmación de que había un solo Dios estaba profundamente grabada en el corazón de cualquier piadoso judío.

Peligros físicos y pruebas espirituales estimularon la tenacidad de los judíos, y a menudo su ortodoxia anduvo por el camino del rigor. Las persecuciones bajo Antíoco Epífanes y la firme y persuasiva presión de la civilización griega y romana pudieron causar vacilación en la fe de muchos; pero el núcleo del judaísmo permaneció leal a la afirmación fundamental de su religión.

La fortaleza de la fe judía se pone de manifiesto en las concesiones que recibió el pueblo judío de sus amos romanos. Los emperadores romanos juzgaron prudente respetar las creencias de esta austera y orgullosa nación, y le dieron estatuto de religio licita3. Cuando el gobernador Pilatos permitió que los estandartes, que tenían la imagen del emperador, fuesen llevados dentro de las murallas de Jerusalén, estaba, según Josefo, quebrantando una ley, que se había promulgado especialmente por respeto a las costumbres judías4. La actitud modelo de un judío hay que buscarla en la conducta del rabino Akiba, que en la hora de su ejecución continuó repitiendo esta palabra: «Uno»5.

Akiba representa el espíritu del judaísmo. Cualquier herejía o cualquier cisma que haya surgido, siempre encontró un fuerte grupo de judíos que no claudicaron en su lealtad a un solo Dios. Las persecuciones de Antíoco, el desprecio y la opresión de los procónsules y emperadores, los peligros de su propio desarrollo teológico y, finalmente, el crecimiento del cristianismo les llevó a afirmarse más vehementemente y a defender con más vigor la doctrina central de su fe.

LA PLURALIDAD DE DIOS EN EL PENSAMIENTO HEBREO

Porque la religión cristiana nació en el seno del judaísmo, existen apretados lazos de afinidad entre las creencias cristianas y judías a propósito de Dios. Ambas religiones están de acuerdo en que Dios es el creador y el juez y el legislador del universo. Ambas coinciden en que es justo y misericordioso. Ambas concuerdan en que es uno. Con todo, los cristianos han tratado de olvidar, frecuentemente, los lazos de unión entre las dos religiones: algunos de los Padres proclamaron que eran capaces de encontrar testimonios de la doctrina de la Trinidad en las páginas del Antiguo Testamento. Este deseo de establecer un lazo de unión entre las dos religiones no es sorprendente. El cristianismo nació en Palestina. Sus primeros libros sagrados fueron los del Antiguo Testamento. Su fundador era un judío. Y la mayoría de los primeros prosélitos eran judíos de Palestina o de la dispersión. Y porque los Padres se sentían inclinados a buscar coincidencia donde había, de hecho, diferencia, es necesario preguntarse si subordinaban la razón al deseo, cuando encontraban la doctrina de la Trinidad en las Escrituras Hebreas.

Algunos Padres se creían capaces de descubrir verdades que permanecían escondidas para observadores menos agudos. «Los judíos del tiempo de Jesús, pensaban, estaban equivocados respecto de la naturaleza de Dios. Ellos interpretaron mal o pasaron por alto algunos de los más importantes pasajes del Antiguo Testamento. Describieron a Dios en términos estrechos e inflexibles. No entendieron que las palabras “hagamos al hombre a nuestra imagen” no fueron dichas en conversación con los ángeles o como un plural mayestático. La Santísima Trinidad era la que estaba hablando. Ni entendieron ellos tampoco —con la excepción de Filón— que los tres hombres que visitaron a Abraham junto a las encinas de Mambré no solo eran tres, sino también uno; y que el serafín que gritaba “Santo, Santo, Santo” en la visión de Isaías estaba aclamando al Dios trino».

No hace falta volver a los antiguos Padres para encontrar este tipo de interpretación. En nuestra propia generación ciertos hombres de letras afirman haber encontrado la semilla, si no el desarrollado brote, de la doctrina de la Trinidad en el Antiguo Testamento. Dicen que los hebreos combinaban su creencia en un solo Dios con un conocimiento de la pluralidad de la Divinidad. A. R. Johnson y G. A. F. Knight van por delante en estas investigaciones. Johnson escribe: «En todo caso podemos ver cómo era posible para un cristiano judío relacionar a su Mesías tan estrechamente con el Ser divino que permitiera esto echar los fundamentos para la posterior (y griega) formulación metafísica de la doctrina de la Trinidad»6. Knigth va más lejos que Johnson: «Puede ser, y yo diría que se trata de algo más que de una posibilidad, que nuestros modernos estudios de la naturaleza de Dios, tal como está revelada en las Escrituras hebreas, nos hayan descubierto un mucho más claro conocimiento de Dios, como Trinidad del Ser, que el que fue posible para aquellos teólogos que tenían solamente la versión de los Setenta, como fuente de la cual tenían que sacar tanto sus conceptos como su lenguaje, cuando buscaban con avidez establecer una Teología cristiana sistemática»7. Si la tesis de estos estudiosos es correcta, el Trinitarismo, lejos de ser un niño expósito abandonado en el pórtico de la Iglesia por los metafísicos griegos, sería por el contrario un legítimo y honorable hijo de la religión hebrea, cuyo crecimiento fue lento y, en los años del exilio, un tanto retardado; pero que floreció en una vigorosa virilidad durante los cinco primeros siglos de la era cristiana.

Ninguno de estos estudiosos, sin embargo, ha demostrado que la religión del Antiguo Testamento fuese trinitaria o que haya una conexión directa entre la Teología del Nuevo Testamento y los velados signos del Trinitarismo, que proclaman haber encontrado en el Antiguo Testamento. Johnson encara el problema examinando la visión hebrea de la personalidad del hombre. Sostiene que las ideas de «extensión de la personalidad» y de «personalidad colectiva» se encuentran en la concepción hebrea de Dios y del hombre. La primera de estas ideas, clasificada ahora como «extensión de la personalidad», se encuentra en la historia de la destrucción de Acán y de su casa8. En el pensamiento hebreo la personalidad de un hombre no se limitaba a su vida consciente o a los hechos que afectaban su propio cuerpo. La personalidad podía «extenderse» hasta incluir a su familia y servidores. A causa de la solidaridad de la familia, todos sus miembros estaban sujetos al castigo por un agravio del jefe. De aquí que cuando Acán fue condenado a muerte, con él se exterminó su familia, sus siervos y sus ganados. Para purificarse de Acán se creyó necesario purificarse también de todo lo que le pertenecía.

Esta idea de «extensión de la personalidad» está fundada en la creencia de que la personalidad de un hombre se comunicaba a través de su nombre. El hermano de un hombre muerto era requerido para engendrar hijos de su cuñada viuda para conservar el nombre del fallecido (Dt 25, 5). Los siervos de un hombre eran algo tan íntimamente unido a él que se les podía dirigir la palabra como si se tratase de su mismo dueño. En la medida en que fuesen portadores del mensaje de su señor, la personalidad de este moraba en ellos9. Aun las palabras de un hombre se consideraban como parte de su personalidad. Cuando Isaac bendijo a Jacob fue incapaz de revocar su bendición. La palabra que él había hablado era su palabra, y seguía existiendo por derecho propio suyo. Su personalidad se había extendido más allá del dominio de su propio ser consciente (Gn 27, 33 ss.)10.

Johnson dice que en el pensamiento hebreo Dios, como los hombres, tiene una extensión de la personalidad11. Esto no es señal de antropomorfismo, porque los hebreos no pretenden describir a Dios con términos humanos. Más bien quieren describir al hombre con términos divinos. El hombre era una imagen de Dios, que le había creado. Como Dios, podía perdonar y estar enfadado, amar y odiar. Ellos propusieron una concepción teomórfica del hombre, más bien que una concepción antropomórfica de Dios.

No solo se patentizó la semejanza entre Dios y los hombres en las pasiones de amor y de odio, sino también en la extensión de personalidad. A Dios se le podía hablar como a uno o como a muchos. «Debemos estar preparados, escribe Johnson, para admitir en cuanto a la Divinidad tal fluidez de referencia del Uno a los Muchos o de los Muchos al Uno, como hemos advertido ya en el caso del hombre»12. Así, el Espíritu de Dios que «se apoderó» de Sansón y «penetró» a Gedeón13 no era una fuerza impersonal, sino una extensión de la personalidad divina. En la visión del profeta Miqueas, el Espíritu «debe ser considerado como una individualización dentro del Espíritu o ruah corporativo de la extendida personalidad de Yahweh»14. La «Palabra» de Dios debe ser explicada de la misma manera. Ella sale de la boca de Dios y lleva a cabo lo que le agrada (Is 55, 11). Y del mismo modo el «Nombre» de Dios y el «Arca» de Dios son tratados como si ellos fuesen el mismo Dios15.

Johnson sostiene también que los hebreos creían que la personalidad podía ser «colectiva». Palabras que describían personas particulares eran usadas también para describir un grupo social. Por ejemplo: nephesh, que se traduce «vida» o «aliento» o «alma», hace referencia al principio vital en el individuo, sin el cual no puede vivir. Pero esta palabra se aplica del mismo modo a un grupo de personas, lo mismo que al individuo. Según esta cita de Nm: «El nephesh del pueblo estaba desalentado a causa del camino»16.

La palabra leb significa «corazón» y se usa también tanto en sentido individual como colectivo. El sentido individual es el más empleado, pero hay varios ejemplos en los que la palabra «corazón» describe la actitud o los sentimientos de un grupo de personas. «El corazón del pueblo desmayó, según Jos 7, 5, y llegó a ser como agua».

Algunas veces «Israel», nación, es considerada como una entidad única, singular; un modismo que de ninguna forma es exclusivo de la lengua hebrea17. La actitud frente a este modismo puede ser responsable del modo en que las leyes del Deuteronomio van oscilando de la segunda persona del singular a la segunda persona del plural18.

La misma idea de personalidad colectiva ve Johnson en la palabra ‘elohim (Dios), que es plural en la forma, pero singular por su significado en la mayor parte de los casos. La forma plural podría explicarse como una reliquia de politeísmo. Pero el hecho de que los judíos la conservaran también en la era monoteística probablemente indica algo fundamental en su concepción de Dios. Más todavía; hay varios pasajes en el Antiguo Testamento en los cuales Dios habla, refiriéndose a sí mismo, en plural. «Tal forma de hablar, escribe Johnson, pudo llegar a ser al fin una mera cuestión de lenguaje y perder entonces su fuerza original»19. Pero lo que Johnson quiere decir es que en los tiempos primitivos de la historia de Israel es posible que mantuviese su fuerza original.

La argumentación de Johnson tiene sus limitaciones. Habría que aplicarla a la mayor parte del pensamiento preexílico. Las perícopas que proporcionan la mayor parte de las pruebas probablemente hay que volver a buscarlas en una fecha anterior al destierro. Sus argumentos no nos dan información alguna sobre la actitud judía a propósito de la unidad de Dios en el tiempo del nacimiento de Jesús. Él ha mostrado que, por lo menos en tiempos primitivos, la concepción hebrea del Dios único era susceptible de una sutil modificación. Pero para descubrir si esta idea hebrea tuvo algún efecto directo en el pensamiento cristiano primitivo, sería necesario examinar la postura del judaísmo más tardío y del más temprano cristianismo, confrontándola con los pasajes cruciales del Antiguo Testamento.

Primero, sin embargo, vamos a examinar las opiniones de G. A. F. Knight, que en muchas cuestiones está de acuerdo con Johnson, pero aduce algunos argumentos que le son peculiares. Con un argumento que es llamativo, pero no muy convincente, defiende que el «principio activo Padre-Filiación» es parte de la esencia de Dios y debe permanecer siempre20. Dios intentó revelar esta relación (suya) dando a la nación de Israel el estatuto de filiación; e Israel fue llamado «Hijo de Dios». Esta revelación «fracasó por la propia voluntad pecadora y el espíritu rebelde de un pueblo obstinado»21. Hay una grieta en su argumento. Si el «principio Padre-Filiación» es parte de la esencia de Dios, solamente puede ser comprendida a través de la extensión de la personalidad divina. Y no hay pruebas de que Israel fuese considerado de este modo. Aunque Dios cotejara a su pueblo con profetas particulares y ángeles, la nación, como conjunto, no fue considerada como una extensión de la personalidad de Dios. La descripción de Israel como «Hijo de Dios» no nos descubre el «principio Padre-Filiación», sino solamente el «principio Padre» dentro de la Divinidad.

Knight lanza un violento ataque contra la teología de los Setenta, a la que acusa de oscurecer la verdadera doctrina hebrea de Dios con un velo de ideas griegas. Los primitivos Padres cristianos fueron conducidos sin remedio y equivocadamente por los Setenta, y la equivocación ha persistido hasta los tiempos actuales. Sin embargo ahora, después de siglos de oscuridad, parece que los teólogos son capaces, con la benéfica ayuda de los investigadores semitas, de entender la verdadera doctrina de Dios22. No es necesario replicar aquí al ataque general contra los Setenta, pero en la próxima sección serán discutidos algunos hechos que manifiestan la escasa consistencia de los ataques de Knight. Culpa a los Setenta duramente de haber oscurecido la idea de la pluralidad en la Divinidad. Bajo la influencia griega se puso tan de relieve la unidad de Dios que fue imposible admitir la modificación que era característica del pensamiento hebreo primitivo. Esto es verdad solo en parte. Los Setenta manifiestan una clara tendencia a eliminar insinuaciones hacia el politeísmo, pero conservan mucho que no armoniza fácilmente con la más rígida forma de monoteísmo. La forma plural de los verbos en el Génesis y en Isaías se conserva. Y no se eliminan las oscilaciones del singular al plural en Génesis 18 y en el Deuteronomio. Y, cosa bastante extraña, la más cercana aproximación a la doctrina de la Trinidad en el judaísmo está fundada en los escritos de Filón, que fue influenciado por el pensamiento griego, aún más profundamente que lo fueron los traductores de los Setenta.

INDICIOS DE CIERTA PLURALIDAD EN DIOS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO, Y SU INFLUENCIA EN EL CRISTIANISMO DEL NUEVO

Nuestro problema central es saber si los judíos del primer siglo d. C. se encontraban preparados por la tradición para aceptar la noción de un Dios que encerrara pluralidad dentro de su unidad. Examinemos ahora aquellos pasajes que se han considerado pruebas de esta doctrina, e intentemos llegar a la interpretación que se les dio en un judaísmo tardío y un cristianismo primitivo. Las interpretaciones que se van a exponer son aceptadas difícilmente por los modernos escritores, pero se analizarán aquí porque pueden ayudar a indicar el medio en que se desarrollaba el pensamiento en tiempo del Nuevo Testamento.

El grupo primero de pasajes es: Gn 1, 26; 3, 22; 11, 7 e Is 6, 8. En estos pasajes Dios habla de sí mismo en plural. Esto se ha explicado frecuentemente como un plural mayestático23. Johnson hace notar que aun en el estrictamente monoteísta Korán se trata en plural mayestático a Allah24. Por otra parte, a los judíos les parece que estos pasajes necesitan explicación.

Estos pasajes son:

«Dijo entonces Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”» (Gn 1, 26).

«Dijo Yavé Dios: “He ahí al hombre hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal”» (Gn 3, 22).

«Bajemos, pues, y confundamos su lengua de modo que no se entiendan unos a otros» (Gn 11, 7).

«Y oí la voz del Señor, que decía: “¿A quién enviaré y quién irá de nuestra parte?”» (Is 6, 8).

La interpretación estrictamente monoteísta aparece en el Libro de Jubileos, escrito en la segunda mitad del siglo II a. C. Este libro ofrece una narración de la historia del Génesis, en la cual las exposiciones dogmáticamente defectuosas se cambian o se omiten. La historia de la creación está contada de tal manera que se prescinde del plural del verbo de Gn 1, 26. La creación del hombre se describe así: «Y después de esto creó al hombre; hombre y mujer los creó Él» (Jub 2, 14). Omite las palabras de Dios en Gn 1, 26. No hay versículo que incluya la expulsión de Adán y Eva del Paraíso, correspondiente a Gn 3, 22. Y en la historia de la torre de Babel, el autor de Jubileos afirma que cuando Dios dijo: «Bajemos…», se estaba dirigiendo a los ángeles. Los ángeles no son considerados como una extensión de su personalidad, puesto que ellos le llaman «el Señor Dios» (Jub 10, 22).

Los comentarios de Filón a estos pasajes dejan ver las dificultades que le presentan. En su exposición de Gn 1, 26, afirma que, aunque Dios fue el único agente en la creación de las demás cosas, Él fue asistido por poderes subordinados en la creación del hombre. Cuando dijo: «Hagamos al hombre», se estaba dirigiendo a poderes subordinados, inferiores a Él, que no dañaban su unicidad25.

Parecida explicación nos ofrece Filón al tratar del plural del verbo en Gn 11, 7. Dios está rodeado por potencias, aunque Él mismo es «uno». Cuando Él dice «nosotros», se está refiriendo a estas potencias. «Ahora, y en primer lugar, debemos dejar bien asentado, escribe Filón, que a ninguna cosa existente corresponde igual honor que a Dios y que no hay más que un solo soberano, legislador y rey, y que Él solo puede dirigir y disponer de todas las cosas… Dios es uno, pero tiene alrededor de sí innumerables potencias, todas las cuales asisten y protegen al ser creado»26. Fueron estas potencias las que bajaron para confundir las lenguas de los hombres que estaban construyendo la torre de Babel, puesto que no le sentaba bien a Dios infligir por Sí mismo un castigo, que es un mal.

Filón es un típico representante del judaísmo helénico. Judíos de tradición palestina comentaron también estos pasajes. Según Papías, un rabino que vivió al final del primer siglo d. C., Gn 3, 22, significaba que Adán había llegado a ser parecido a un ángel27. En el Talmud de Jerusalén se argumenta que si Gn 1, 27 se refiere a un solo Dios y nada más, entonces también 1, 26 tendrá que referirse a un solo Dios28. El Talmud no aporta pruebas ciertas con relación al judaísmo del primer siglo, y pudo ser influenciado por el deseo de una generación posterior de defender su fe contra el cristianismo. Pero no hay una razón de peso que nos haga suponer que en esta materia no sea fiel con el espíritu del judaísmo del primer siglo.

Los Targums nos muestran también la perplejidad causada por estos pasajes. El más primitivo de los Targums, el de Onkelos, está de acuerdo con el original hebreo en 1, 26 y 11, 7. Pero en el 3, 22 lee de esta manera: «Y el Señor Dios dijo: “He aquí que el hombre ha llegado a ser único en el mundo por sí mismo”».

El Targum Palestino intenta explicar el plural de los verbos suponiendo que Dios se estaba dirigiendo a los ángeles; y en 3, 22 el Targum de Jerusalén ofrece una interpretación parecida.

Las exposiciones judías dejan ver el deseo de interpretar los pasajes de tal manera que se mantenga la doctrina de la unidad de Dios. Pero estos mismos pasajes no se emplean en el Nuevo Testamento con relación a la doctrina de Dios. Se reconoce, es verdad, la importancia teológica de Gn 1, 26. Pablo llama al hombre «la imagen y la gloria de Dios», y Juan habla de los hombres «que son hechos a semejanza de Dios»29. Pero no hay una alusión al plural del verbo «hagamos»… Aunque Pablo y Juan y el autor de la Carta a los Hebreos enseñan que Cristo fue agente en la creación, no citan Gn 1, 26 como prueba. Y era no mucho antes de que los escritores cristianos se apoyaran en ese versículo para probar la actividad de Cristo en la creación. Esta clase de argumento aparece primeramente en la carta de Bernabé, y después en el Diálogo con Trifón30, de Justino. Ireneo decía que Dios estaba hablando a sus dos manos, el Hijo y el Espíritu, cuando decía: «Hagamos al hombre»31. Tiempo después, estos versículos llegaron a ser conocidos textos-prueba para la doctrina de la Trinidad. Pero no existen indicios de que esta clase de interpretación fuera usada por los cristianos en tiempos del Nuevo Testamento.

Isaías 6, 8 no atrajo la atención tanto como los pasajes del Génesis. El Targum, sin embargo, elimina el plural del pronombre y lee: «¿A quién enviaré a profetizar y quién irá a predicar?»32. Para el Nuevo Testamento y para los Padres Apostólicos este versículo no suena a doctrina trinitaria, pero es posible que Orígenes haya sacado de aquí una interpretación trinitaria, como hizo en los versículos 3-6 del mismo capítulo33.

La narración del encuentro de Abraham con los tres hombres en Mambré ha provocado una gran cantidad de teorías. En dicha narración se dan varias fluctuaciones del singular al plural, que ofrecen un razonable soporte para la doctrina de la Trinidad. La narración comienza con una afirmación: «El Señor (Yavé) se apareció a Abraham» (18, 1). Pero cuando Abraham miró vio a tres hombres de pie enfrente de él (18, 2). Y Abraham se dirigió a sus visitantes en singular diciendo «mi Señor» (18, 3); pero en el siguiente versículo les habló en plural. Estas misteriosas fluctuaciones continúan a través del relato. En el capítulo 19 solamente aparecen dos ángeles, y en el versículo 18 Lot se dirige a ellos diciéndoles «Señor».

Aunque el Targum de Onkelos se adhiere fuertemente al sentido del Hebreo, el Targum Palestino trata de explicar la extraña variación entre el singular y el plural. Los tres hombres eran ángeles, y fueron enviados tres en lugar de uno, porque un ángel solamente puede ser enviado para un único cometido al mismo tiempo. Un ángel vino para anunciar el nacimiento del hijo de Sara; el segundo, para librar a Lot del fuego y del azufre; y el tercero, para destruir Sodoma y Gomorra. No se hace ningún comentario sobre el hecho de que Abraham se dirigiera a ellos diciendo «mi Señor»; pero probablemente dieron por supuesto que él estaba hablando solamente a uno de los hombres. De todos modos, en el versículo 10 queda explicado detenidamente que solamente uno de los ángeles habla a Abraham. Y en el versículo 20 claramente se establece que «el Señor» no ha de ser identificado con los tres hombres, por lo que el Targum comienza el versículo así: «Y el Señor dijo a los ángeles, sus ministros».

Filón da una interpretación diferente del suceso. Afirma que la triple visión tiene en realidad un solo objeto34. Dios, como un objeto que proyecta dos sombras al mismo tiempo, puede tener una triple apariencia. Los tres hombres que visitaron a Abraham eran una triple manifestación del único Dios.

«El lugar central está ocupado por el Padre del Universo, llamado en las Sagradas Escrituras “El que Es”, como su nombre propio; mientras que a ambos lados de Él están los más antiguos poderes, los más propios de Él: el creativo y el regio. El título, por razón del primero, es Dios; puesto que hizo y ordenó todo: el título, por razón del segundo, es Señor, puesto que es derecho fundamental del hacedor gobernar y controlar cuanto ha traído a la existencia. Así el Ser central, con cada uno de sus poderes como séquito, se da a conocer a la mente, que ve a veces la apariencia de uno y a veces la de tres»35.

Sostiene Filón que el Ser central se manifiesta a Sí mismo como uno a las mentes sumamente purificadas. Pero se manifiesta como tres a aquellos otros que no están iniciados en los más altos misterios. A la más elevada clase de personas se da a conocer como el eternamente existente, el Padre; a una segunda clase, aunque Él es tres, se le presenta como un Dios bondadoso; y a una tercera, como el Señor que gobierna la creación. Estas últimas clases no adoran a Dios por causa de Él mismo, sino para recibir sus bendiciones o evitar los castigos.

El Ser supremo por sí mismo solo es causa del bien, y deja la tarea de infligir castigos a los poderes. En consecuencia, solamente dos ángeles tomaron parte en la destrucción de Sodoma. El Padre se abstuvo de esta desagradable tarea36.

La exposición de Filón no es del todo coherente. Los poderes se comparan a las sombras del Ser Supremo, y sin embargo, dice que realizan acciones, concretamente el castigo, que el Ser Supremo no hará por Sí mismo. Paradojas de esta naturaleza son difíciles de evitar en la doctrina trinitaria. Según el Trinitarismo cristiano, aunque el vínculo de unión entre las tres personas es más fuerte que cualquiera que pueda existir entre seres humanos; y aunque hay una completa armonía de voluntad y de acción, la vida encarnada era una actividad que se le adjudicaba solamente al Hijo. La creencia de Filón de que solamente los poderes subalternos eran aptos para infligir castigo es un ejemplo característico de la paradoja trinitaria.

Las teorías de Filón sobre la naturaleza de Dios no se deben mirar, sin embargo, como típicamente judías. Era un escritor helenístico, fascinado por Platón. De dos maneras su doctrina no está de acuerdo con la admitida tradición judía. Primeramente insinúa él que Dios y el Señor están subordinados al Ser Supremo. Y además dice que el Ser Supremo no castiga por sí mismo a los hombres pecadores.

Como en el Nuevo Testamento no se comenta Génesis 18 y 19, no parece que las primeras y pocas generaciones de cristianos aceptaran la interpretación dada por Filón. Algunos de los Padres, sin embargo, consideraron importante Génesis 18 y 19. Justino Mártir y Orígenes dieron una interpretación cristológica, diciendo que los tres hombres eran Cristo y dos ángeles37. Cuando Abraham dijo «mi señor» usaba el verbo en singular porque estaba hablando a Cristo. En los escritos de Ambrosio38 y de Agustín39 se da una interpretación trinitaria. La más amplia relación nos la da Agustín, quien dice que a Abraham se le aparecieron las tres personas de la Trinidad, pero solamente el Hijo y el Espíritu Santo a Lot. Agustín aborda un tipo de exégesis, preconizado por Justino y Orígenes. Si un escritor del siglo segundo hubiese sacado una interpretación trinitaria de la narración, habría dado motivo para suponer que era heredada de los tiempos del Nuevo Testamento. Pero no hay pruebas de que los cristianos usaran la narración antes del siglo cuarto para apoyar la doctrina de la Trinidad.

Aunque la mayor parte de los pasajes del Antiguo Testamento que hemos discutido no parece haber influido en el pensamiento de los cristianos en tiempos del Nuevo Testamento, sin embargo, tres importantes ideas hebreas las hicieron suyas los cristianos para expresar sus creencias sobre la singular relación del Hijo con el Padre. Son Espíritu, Sabiduría y Palabra. Estas ideas sentaron un precedente para el Binitarismo más bien que para el Trinitarismo, porque solamente se las encuentra separadas. Siempre se trata de la cuestión de la relación del Espíritu con Dios, o de la Sabiduría con Dios, o de la Palabra con Dios. Son importantes, no porque evidencien la idea de la «dualidad» en la Divinidad, sino porque apoyan la idea de la pluralidad en la Divinidad. Distintos factores contribuyeron al éxito de estos términos en la expansión de la nueva doctrina. Todos ellos estaban enraizados en la tradición hebrea. Todos ellos eran palabras clave en la filosofía griega. Y eran lo suficientemente flexibles como para posibilitar a los cristianos la formulación de una altísima concepción de Cristo sin caer en el politeísmo.

EL ESPÍRITU
Relación del Espíritu con Dios

Al Espíritu se le consideraba de origen divino y, frecuentemente, se afirmaba que venía de Dios y que era el Espíritu Santo40. En ciertos pasajes el paralelismo entraña una identificación del Espíritu con Yavé41. En la mayor parte de los casos, sin embargo, no se identifica con Dios, pero se encontraba íntimamente unido a Él, como si fuera parte suya. Él es el divino poder de Dios, el aliento de Dios que da vida a los hombres, los guía, los impulsa a la acción42. Pero en ningún pasaje del Antiguo Testamento es identificado explícitamente con Dios43.

¿Se consideró persona al Espíritu?

Los hebreos describían al Espíritu con términos antropomórficos: «Enojaban al Espíritu»44. «El Espíritu guiaba a los hombres»45 y «los instruía»46, «les invitaba al descanso»47 o «se apoderaba de ellos»48. Hay razones para creer que este lenguaje es más que metafórico. Kirk hace notar que hay una analogía entre espíritus malignos y Espíritu de Dios49. Tanto los espíritus malignos como el Espíritu de Dios podían dominar las acciones del ser humano. A los espíritus malignos se les concibe personalmente, y esto hace razonable suponer que el Espíritu de Dios es también concebido personalmente. Kirk sostiene también que el Espíritu en el Antiguo Testamento tiene la característica de iniciativa al elegir, que es lo que distingue lo personal de lo impersonal.

«El Espíritu no es lo mismo para todos; se trate de una “cosa” o de un estimulante, escoge sus receptores entre los hombres, como a él (o a Yavé) le place. Es digno de atención el hecho de que los cuatro evangelistas, al comparar el Espíritu al viento, escogen como punto de comparación un rasgo en el que justamente el viento es menos impersonal (aunque la verdad es que de ninguna manera constituye una característica suya): su entera libertad de iniciativa. En lo tocante a los hombres, por consiguiente, no iremos más allá de la evidencia, si decimos que el Espíritu en el Antiguo Testamento se comporta con respecto a ellos como persona»50.

Está claro, sin embargo, como admite Kirk, que en general la iniciativa en los actos del Espíritu es la iniciativa de Yavé. Dice que en un más tardío judaísmo al Espíritu se le adjudicaba «carácter hipostático» en relación a Yavé; y cita Ag 2, 5: «Cuando vosotros salgáis de Egipto, y mi Espíritu more entre vosotros»51. Pero aún en este ejemplo no existe insinuación de interacción entre Yavé y su Espíritu. La acción es en una sola dirección, Dios actuando a través del Espíritu.

La palabra ruah, que se traduce «espíritu», significa «viento» o «aliento», y esto sugiere que al espíritu se le consideraba como algo material o físico52. En un judaísmo posterior al Espíritu se le consideraba como una clase de luz, o como un sonido, o como un objeto que tiene peso53. Pero, aunque el Espíritu sea considerado como físico en cierto sentido, no se sigue que el Espíritu deba ser impersonal54. Las cualidades personales del Espíritu son la capacidad de guiar, de enseñar, de apenarse, cualidades que no son propias del viento, del aliento, de la luz, del sonido o de los cuerpos sólidos como tales. Pero no existen indicios de que los judíos considerasen al Espíritu como personal hasta tal punto que pudiera comprometer su monoteísmo.

El Espíritu y el Mesías

En dos pasajes del Antiguo Testamento al Espíritu se le ha vinculado al Mesías. El primero de estos pasajes profetiza la venida de un descendiente de David que será bendecido con el séptuplo espíritu:

«Y brotará una vara del trono de Jesé, y retoñará de sus raíces un vástago, sobre el que reposará el espíritu de Yavé, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de entendimiento y de temor de Yavé» (Is 11, 1. 2).

El segundo pasaje no es claramente mesiánico, aunque contenga la palabra «ungido»55:

«El espíritu del Señor, Yavé, descansa sobre mí, pues Yavé me ha ungido y me ha enviado para predicar la buena nueva a los abatidos» (Is 61, 1).

La actividad moral del Espíritu

En los más antiguos documentos aparece el Espíritu como causa de comportamientos estáticos y violentos. Se precipitó sobre Sansón y le capacitó para matar a los treinta hombres de Ascalón. Arrebató poderosamente a Saúl y le hizo capaz de cortar en pedazos una yunta de bueyes56. El Espíritu era un regalo intermitente que se iba tan rápidamente como había venido. En escritos posteriores la idea del Espíritu como posesión permanente llegó a destacarse más y más. El Espíritu de juicio, de consejo, de poder, Espíritu de gracia y de súplica llega a ser un don durable57.

La antigua idea de un don intermitente del Espíritu no desapareció, pero dejó de ser su característica. En la medida en que al Espíritu se le consideró más y más como realidad permanente, posesión no-extática, su cometido moral se fue poniendo cada vez más de manifiesto. Él guio a toda clase de hombres por los caminos de la justicia y de la honradez. Esta faceta de la actividad del Espíritu fue más ampliamente puesta de relieve en el Nuevo Testamento y se desarrolló la idea de que el conjunto de la vida era adoración y sacrificio que podía ofrecerse a Dios en el Espíritu58.

Expectación del Espíritu

Era una tradición judía que el Espíritu abandonó a los judíos después de la muerte de los profetas Zacarías y Malaquías. Con esta tradición estaba relacionada una profecía: que habría un futuro don del Espíritu. La profecía se encuentra en Jl 2, 28 ss., y los cristianos creyeron que había tenido su cumplimiento en Pentecostés.

Estos cinco aspectos de la doctrina del Espíritu tuvieron gran influencia sobre la doctrina cristiana. La idea del Espíritu preparó un clima en el que era concebible la pluralidad dentro de la divinidad. No condujo directamente a la doctrina sobre la persona de Cristo, porque los conceptos de Sabiduría y Palabra fueron preferidos en cristología, y el Espíritu era considerado como una persona distinta de Cristo. Aunque esta distinción no fue admitida por completo en el Nuevo Testamento, si exceptuamos el cuarto Evangelio, la experiencia cristiana del Espíritu era tan plena que al Espíritu se le consideraba, no como una idea, que podía explicar la naturaleza de Cristo, sino como una más amplia manifestación de la naturaleza de Dios, que requiere por sí misma una explicación.

SABIDURÍA

Un importante sector de la literatura judía contiene la idea de la Divina Sabiduría, a la que se describe como una emanación de la gloria de Dios, como un poder que procede de Él, que existe por sí misma. Puede discutirse si la idea de Sabiduría es real, o usada como una poética metáfora59. Pero algunas formas de hablar que se usan parecen ser más que una metáfora. Según el Libro de los Proverbios, la Sabiduría grita alto en las calles y da voces en las amplias plazas. Es capaz de amar y de odiar. En la creación estaba al lado de Dios como arquitecto60. En el Libro del Eclesiástico se dice de ella que se alaba a sí misma y se gloría en la presencia del poder de Dios61. La Sabiduría de Salomón la describe como «artífice de todas las cosas»62. Estas descripciones de la Sabiduría, sin embargo, revelan más arte poético consciente que las del Espíritu. Aunque la Sabiduría es descrita como criatura, que asiste a Dios en su obra, no da la impresión de ser un irresistible poder que impulsa a los hombres a la acción. Ella da a los hombres conocimiento y consejo, y es más pacífica en su actividad que el Espíritu.

La relación de la Sabiduría con Dios es muy íntima. Esto se manifiesta vivamente en las palabras de la Sabiduría, 7, 25 ss.:

«Porque es un hálito del poder divino,

y una emanación pura de la gloria de Dios omnipotente,

por lo cual nada manchado hay en ella.

Es el resplandor de la luz eterna,

el espejo sin mancha del actuar de Dios,

imagen de su bondad».

Y a pesar de esta unión tan fuerte, la Sabiduría es distinta de Dios, porque hace a los hombres amigos de Dios, y vive con Dios, y es amada por Él63. Según el Libro de los Proverbios fue formada por Dios y actuó con Él y se solazó ante Él64. Así pues, la Sabiduría es más que un efluvio de Dios, y tiene una vida consciente en sí misma. Es una extensión de la divina personalidad, una extensión sugerente de la pluralidad en la Divinidad.

La doctrina de la Divina Sabiduría se popularizó en los últimos cuatro siglos antes de Cristo. Fue un intento de satisfacer una necesidad profunda en el pensamiento judío a propósito de Dios. Después del destierro fueron dando una importancia progresiva a la trascendencia de Dios. Él era de un orden distinto a todas las cosas que habían sido creadas. El hombre no podía mirarlo y seguir viviendo. Todo debe estremecerse de reverencia ante Él. Esta idea de trascendencia llegó a ser tan fuerte que los judíos encontraban difícil explicar la presencia de Dios en el mundo y su interés en sus asuntos. No podían conciliar la divina inmanencia con la divina trascendencia. Aunque no estaban influenciados por la teoría de Aristóteles de que un Dios perfecto no está interesado por un mundo imperfecto, ellos tuvieron que afrontar la dificultad de Aristóteles. Encontraron difícil de explicar la actividad de Dios en el mundo. Aristóteles llegó a la conclusión de que Dios movía el mundo solamente por atracción. La sublimidad de Dios no se desfiguraba por el pensamiento de los hombres o por las cosas de la tierra. Los judíos rechazaron esta solución porque creían en un Dios personal, que actuaba en el mundo. Intentaron resolver su problema suponiendo que un poder intermediario había tomado parte en la creación y seguía ocupado en la conservación del universo. La Sabiduría era precisamente ese poder.

La idea de la Sabiduría la hicieron suya los pensadores cristianos para explicar la relación de Cristo con Dios. Aunque no estaba especialmente relacionada con el Mesías en tiempos del Antiguo Testamento o en el más tardío judaísmo, era muy apropiada para la adaptación por parte de los cristianos, que deseaban explicar la naturaleza de Cristo. No es de admirar que el lenguaje literario de la Sabiduría lo usara Pablo, como también el autor de Hebreos, para ilustrar su pensamiento sobre la persona de Cristo65.

LA PALABRA

Una tercera idea importante en el judaísmo era «Palabra». Cuando Dios deseaba comunicarse con los hombres, les hablaba. Moisés oyó su voz desde la zarza que se quemaba (Ex 3, 2 ss.). Comunicó su palabra a los profetas66. Cuando fue creado el mundo, este llegó a la existencia al conjuro de su palabra.

«Por la palabra de Yavé fueron hechos los cielos,

y todo su ejército por el aliento de su boca…

Dijo Dios y se hizo;

Él mandó y así fue enseguida» (Sal 33, 6, 9; cf. Gn 1, 3. 6).

Sin embargo, en el Antiguo Testamento la «Palabra» no está personificada. Describe la manera que tiene Dios de ejecutar su propósito. No es ella en sí misma un ser existente. Ni siquiera en los escritos apócrifos se encuentra personificada realmente. Lo más aproximado se encontraría en Sab 18, 15. 16:

«Tu palabra omnipotente se lanzó de los cielos… llevando por aguda espada tu decreto irrevocable; e, irguiéndose, todo lo llenó de muerte; y caminando por la tierra tocaba el cielo».

El lenguaje fantástico parece más metafórico que literal, y aporta una prueba no segura de la personificación de la idea.

Se ha discutido si el concepto Memra («Palabra») se personificaba en los Targums. Memra se usó como un sustituto reverencial de Dios, y por este motivo frecuentemente se dice que realiza actividades personales y que tiene personales sentimientos. Pero desde el momento en que esta palabra y otras fueron empleadas como sustitutos del divino nombre de Yavé, no hay motivo para dar por sentado que Memra fuera personificada67.

Filón hace uso frecuente del término λόγος («palabra»), de tal manera que a veces sugiere tratarse de una persona. C. H. Dodd comenta: «A pesar de toda personificación, Filón no piensa realmente en un guía personal y compañero»68. El «Logos» es el mundo de las ideas. Y, con todo, es difícil borrar la impresión de que Filón considera al Logos como persona, pues dice que sostiene el mundo y a sus habitantes, y lo describe como un sumo sacerdote, un ángel, un capitán y un piloto69. Aunque su explicación del λόγος no siempre es consecuente, en muchos lugares escribe como si el λόγος fuese un ser consciente.

Γόγος está destacado en el primer capítulo del cuarto Evangelio, donde se le usa como un título de Cristo. Este capítulo manifiesta la influencia de la historia de la creación del Génesis. W. F. Howard ha dicho que los evangelistas sacaron la idea del λόγος del Antiguo Testamento y de la tradición rabínica70. Pero esto no tiene que ver a propósito de si el término se usa en un sentido personificado. El uso hecho por Juan del λόγος en un sentido personal se explica muy bien por la influencia de Filón, o de los desconocidos predecesores de Filón. A través de la tradición helenística la idea de «Palabra», como las ideas de «Sabiduría» o de «Espíritu», ayudó a preparar el camino a la teología cristiana.

Otros dos términos influyentes son «Ley» y «Gloria». La palabra «Ley» en el pensamiento judío está relacionada con «Sabiduría» y «Palabra». El Eclesiástico 24 identifica «Ley» con «Sabiduría». Y en el Salmo 119 «Palabra» y «Ley» son usadas recíprocamente. Según la tradición rabínica, la «Ley» existía antes de la creación del mundo y fue instrumento en la creación71.

Shekinah («Gloria») se aplicó, lo mismo que Memra, como sustituto reverencial al nombre divino. No hay indicios de que los rabinos la considerasen persona72.

Tanto «Ley» como «Gloria» estuvieron fuertemente relacionadas con Cristo en el Nuevo Testamento. Era Él mismo la personificación de la nueva Ley del Espíritu73. Él era el mediador de la nueva alianza, que contrastó su ley con la ley de Moisés. Él estuvo en posesión de una gloria que manifestó en diversas ocasiones durante su vida terrenal con milagros y en su transfiguración. En su estado de resucitado reinó con gloria junto al Padre74.

Ya hemos dejado expuesto que los judíos posteriores al exilio tuvieron una idea de pluralidad dentro de la Divinidad; idea que expresaron principalmente a través de conceptos como Espíritu, Sabiduría y Palabra. Esta idea de pluralidad no se encontrará en todos los escritos judíos, pero aparece en ciertas partes del Antiguo Testamento, en algunos de los libros apócrifos y en las obras de Filón.

Teniendo en cuenta que los antiguos (escritores) judíos hablaban de los ángeles como si fueran extensiones de la personalidad divina, los viejos conceptos de Sabiduría, Espíritu y Palabra eran naturalmente menos personales. El lenguaje de los escritores frecuentemente implica que estas entidades tenían una existencia independiente, y pensamiento y sensaciones como los hombres. Pero Sabiduría, Espíritu y Palabra no aparecen en forma humana. Ellas pertenecen más bien al orden de las emanaciones, conscientes en sí mismas, de Dios. Los judíos creían en los ángeles; pero los ángeles eran criaturas de rango inferior a Dios. La Sabiduría, aunque era una criatura, tenía un rango de especial elevación a causa de su conexión con Dios.

Los puntos generales expuestos por Johnson y Knight son verdaderos. El concepto de pluralidad en la Divinidad no es extraño a los judíos. Es, pues, concebible que una doctrina trinitaria hubiera podido crecer en suelo judío. Mientras que el pensamiento helenístico contribuyó en gran manera a la expresión de la doctrina, la idea de pluralidad dentro de la unidad estaba ya implícita en la teología judía.

Extensión e interacción de personalidad

La extensión de la divina personalidad no fue el principal problema para los intérpretes de la doctrina cristiana de Dios. La doctrina de la Sabiduría y del Espíritu era generalmente admisible para los judíos. Rígidos monoteístas no encontraron en ella un obstáculo insuperable para su fe. El problema presentado por la fe cristiana en Cristo era de un orden diferente. Porque Cristo no era una emanación de la Divinidad; no era un concepto personificado, una idea invisible que pensaba como un hombre o sentía como un hombre. Cristo no parecía un hombre; era un hombre. Y, porque era un hombre, sus relaciones con Dios no eran enteramente pasivas. No podía responder a los designios de Dios como un muñeco. Era capaz de cuestionar los mandatos divinos, de orar para evitar el sufrimiento y de dar oído a expresiones de desesperación en el momento de la muerte75. Cuando se comunicaba con el Padre, era una auténtica comunicación. La conversación entre Jesús y su Padre no era unilateral. El tránsito de pensamiento circulaba en las dos direcciones. Aunque Jesús fuera una extensión de la divina personalidad, manifestó ser más que extensión. En su trato con su Padre había una interacción dentro de la personalidad divina. Había un diálogo dentro de la Divinidad.

¿Era esta interacción el rasgo distintivo de la concepción cristiana de Dios? ¿O puede ser encontrado en los escritos hebreos y judíos? Existen pocas pruebas de ello en el Antiguo Testamento; solamente se pueden hallar borrosas huellas en pasajes que describen la actividad del Espíritu, la Sabiduría y la Palabra.

En 1 Re 22, 21 y ss., el espíritu mentiroso que entró dentro de Sedecías habla a Dios en conversación:

«Pero vino un espíritu a presentarse ante Yavé y dijo: “Yo, yo le induciré”. “¿Cómo?”, preguntó Yavé. Y él respondió: “Yo iré y seré un espíritu de mentira en la boca de todos sus profetas”».

Pero desde el momento en que este espíritu no era el Espíritu Santo, sino un espíritu mentiroso, este no es un ejemplo de interacción dentro de la personalidad divina.

Se ha dicho que la Sabiduría vive con Dios (Sab 8, 3), que hace a los hombres amigos de Dios, y que abre su boca en la asamblea del Altísimo (Eclo 24, 2), pero su conversación ante Dios es de un género puramente formal. Ella obedece los mandatos de Dios y se gloría en su presencia. No hay insinuación alguna de que tenga diálogo personal con Él.

No tenemos pruebas convincentes de genuina interacción entre la Palabra y Dios. La afirmación de que la palabra de Dios no volverá a Él vacía (Is 55, 11) no implica una relación personal.

En el Antiguo Testamento existen pocos rastros de la idea de interacción dentro de la personalidad divina. La actitud de los cristianos frente a Jesús, sin embargo, comienza con el hecho de la interacción, ya que Jesús se presentó ante sus seguidores como hombre. Primeramente lo encontraron como alguien que iba con ellos a la sinagoga y al templo. Le vieron retirarse a la montaña para rezar. Le oyeron invocar a Dios como a su Padre. Aún más, les habló de que había algo —en concreto el día del Hijo del Hombre— que su Padre sabía y que Él ignoraba (Mc 13, 32). La narración de Getsemaní nos muestra a Jesús suplicando a su Padre. Y las palabras pronunciadas desde la cruz nos lo presentan perdiendo la esperanza en su Padre. Cuando fue levantado, se creyó que hacía de intercesor ante el Padre76. No era una mera extensión de la personalidad divina. Era una persona independiente con vida propia.

Para un judío ortodoxo lo difícil de Cristo no radicaba en el hecho de que fuese considerado como una extensión de la personalidad divina, sino en que se creyera que se había encarnado. De tratarse solamente de un concepto y nada más, no habría obstáculo serio para los judíos. Lo que contrariaba a los judíos era la combinación de creencias: por una parte, su estado de exaltación y por otra, haber vivido una vida de carne y sangre. Nada parecido a esto existía en el judaísmo. Aunque se usaran conceptos judíos en un intento de explicar la relación de Jesús con el Padre, estos conceptos no bastaban para tal propósito. El pensamiento judío no admitía semejante pluralidad dentro de la Divinidad. No había un lugar para una segunda persona dentro de la Divinidad; una segunda persona que, no solamente hacía la voluntad del Padre, sino que tenía trato con Él, se aconsejaba de Él y le suplicaba. Si Jesús hubiese sido nada más que un mensajero de Dios, su apariencia terrena hubiese sido tolerable, porque hubiese podido ser descrito como un ángel. Pero Él había recabado para sí las divinas funciones de juicio y de salvación. Después de su exaltación había sido considerado por sus seguidores por lo menos igual que la Divina Sabiduría. Aunque el judaísmo proporcionara algunos conceptos, la realidad era demasiado grande para poder ser explicada con ideas del pasado. Quizá por esta razón en la cristología de Colosenses Pablo hizo caso omiso del término «Sabiduría», aunque usaba un lenguaje que estaba asociado a Sabiduría. Quizá fue también por esta razón por lo que la Iglesia buscaba ansiosamente ayuda de los metafísicos griegos y sicólogos. La idea de extensión de personalidad divina es hebrea. La idea de interacción dentro de la personalidad extendida no es ni hebrea ni griega, sino cristiana.

1 1 Co 8, 6; Ef 4, 6; 1 Tm 2, 5; St 2, 19, etc.

2 Cf. G. F. MOORE, Judaism, 1, pp. 361 f.

3 JOSEFO, Ant. XIV. 10; FILÓN, Legat. ad Gaium, 23.

4 JOSEFO, De bell. ]ud. 11. 9.

5 T. J. BER, IX. 7. Cf. MONTEFIORT Y LOEWE, Rabbinic Anthology, pp. 269-70.

6 A. R. JOHNSON, The One and the many in the Israelite Conceptionof God, p. 41.

7 G. A. F. KNIGHT, A Biblical Approach to the Doctrine of the Trinity, p. 4.

8 Jos 7, 24, cf. JOHNSON, op. cit., pp. 6-17.

9 Gn 44, 4 ss., en el cual los hermanos de José se dirigen a su mayordomo como «mi señor»; Jc 11, 12-13, donde a los mensajeros de Jefté se les habla en segunda persona del singular; cf. JOHNSON, ibid., pp. 8-10.

10 Cf. JOHNSON, ibid., p. 7.

11 Ibid., pp. 17-26.

12 Ibid., p. 20.

13 Jc 14, 6. 19; 15, 14; 6, 34. Cf. JOHNSON, ibid., p. 19.

14 JOHNSON, ibid., p. 20, cf. 1 Re 22, 19 ss.

15 Para «Nombre» ver Nm 6, 22-7; Sal 20, y para «Arca» ver Nm 10, 35 s.; 1 Sm 4, 5-8; 6, 7-9, 20.

16 JOHNSON, op. cit., pp. 11-12.

17 Ibid., pp. 13-17.

18 P. e. Deut 27, 2-7.

19 Op. cit., p. 32, n. 1.

20 KNIGHT, op. cit., pp. 66-73.

21 Ibid., p. 73.

22 KNIGHT, pp. 2-9.

23 S. R. DRIVER, Génesis, p. 14.

24 Op. cit., p. 32, n. 1. GESENIUS, Hebrew Grammar, p. 398, arguye que Gn 1, 26 es un caso de autodeliberación.

25 De Op. Mund., p. 75.

26 De Conf. Ling., pp. 170-71 (Tr. F. H. Colson).

27 Cf. MONTEFIORE Y LOEWE, Rabbinic Anthology, p. 664.

28 BERAKOTH, IX; cf. OESTERLEY Y BOX, Religion and Worship of the Synagogue, p. 180.

29 1 Co 11, 7; Jo 3, 9.

30 Bernabé 5, 5; JUSTINO, Diál. 62; 1 Clem 33, 5 cita Gn 1, 26 y siguientes, pero no hace comentario sobre el plural del verbo.

31 Contr. Omn. Haer. IV, Pról. 4, XX. 1; V, 1. 3, VI, 1, XXVIII 4.

32 J. F. STENNING, The Targum of Isaiah, pp. 22-3.

33 ORÍGENES, In Is. Hom. IV, 1, dice que la expresión «Santo, Santo, Santo» se refiere a la Trinidad. Sostiene que Cristo era el serafín que tomó la brasa del altar (Hom. V, 4). Aunque nada dice sobre las palabras «a quién enviaremos» en el versículo 8 (ver Hom. VI. 1), describe a Dios rodeado de serafines antes de proponer la llamada de Isaías. Probablemente da por supuesto que Dios incluyó al serafín en «nosotros» cuando dijo: «¿A quién enviaremos?».

34 De Abrahamo, pp. 119-31.

35 De Abrahamo, pp. 121-22 (traducción de F. H. Colson, Loeb Library, Philo, VI, pp. 63-5).

36 Ibid., pp. 119-30.

37 JUSTINO, Diál. 56, cf. 86. La postura de Orígenes no es suficientemente clara. No es cierto, pero sí probable, que dominus (in Gn. Hom. IV) se refiere a Cristo. En este caso Abraham ve a Cristo. De todas formas, para Orígenes los otros dos hombres eran sencillamente ángeles.

38 AMBROSIO, De Spiritu Sancto, 11, Intro. 4; De excessu fratris Satyri, pp. 11, 96; cf. De Fide, 1, XIII. 80; De Officiis Ministrorum, 11, XXI. 16.

39 AGUSTÍN, De Trinitate, pp. 111, 25.

40 Cf. Jc 13, 25; Is 32, 15; 42, 1; 59, 21.

41 Cf. Sal 139, 7: «¿Dónde podría alejarme de tu Espíritu? ¿A dónde huir de tu presencia?».

En este versículo, «Espíritu» equivale a «Presencia», término usado en el judaísmo como circunlocución para decir Dios.

42 Ez 37, 9; Jc 3, 10, etc.

43 En tiempos posteriores hubo tendencia hacia una más íntima identificación del Espíritu con Dios. Con todo, nunca se llegó a una estricta identificación. Cf. BÜCHSEL, Der Geist Gottes im N. T., p. 35, y E. F. SCOTT, The Spirit in the N. T., p. 43, quien escribe: «Con su desarrollado sentido de que el Creador debe permanecer aparte de su Creación, de que su verdadera actitud hacia Él debe ser la de un temor reverencial y adoración, los pensadores hebreos echaron mano de la idea de un poder intermediario».

44 Is 63, 10.

45 Sal 143, 10.

46 Neh 9, 20.

47 Is 63, 14.

48 Jc 14, 6; 15, 14; 1 Sm 11, 6.

49 K. E. KIRK, Essays on the Trinity and the Incarnation, p. 187.

50 Ibid., p. 187.

51 Ibid., p. 188.

52 Cf. N. H. SNAITH, Distinctive ideas of the Old Testament, p. 143.

53 W. D. DAVIES, Paul and Rabbinic Judaism, pp. 183-85.

54 K. E. KIRK, op. cit., p. 186.

55 En Is 42, 1: «He aquí a mi siervo, a quien sostengo yo, mi elegido, en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él», el Espíritu está enlazado al siervo. Pero no hay una buena prueba de que el siervo fuera ligado al Mesías antes de Cristo; cf. S. MOWINCKEL, He That Cometh, pp. 410-15.

56 Jc 14, 13; 1 Sm 11, 6 ss.

57 Is 11, 2; Zac 12, 10; cf. E. F. SCOTT, op. cit., p. 20.

58 Cf. Rom 12, 1; Hb 13, 15-16.

59 Cf. O. S. RANKIN, Israel’s Wisdom Literature, pp. 222-64, y H. RANSTON, The Old Testament Wisdom Books and their Teaching, pp. 75-81.

60 Prov 8, 1. 2. 13. 17. 30.

61 Eclo 24, 1. 2.

62 Sab 7, 22; cf. 8, 5; 14, 2.

63 Sab 7, 27-8.

64 Prov 8, 22. 30.

65 1 Co 1. 24. 30; Col 1, 15-17; 2, 3; Hb 1, 1-3.

66 Cf. Is 2, 1; Jr 1, 4; Ez 2, 1; Os 1, 1; Am 3, 1, etc.

67 G. F. MOORE, op. cit., p. 416 y ss.

68 C. H. DODD, Interpretation of the Fourth Gospel, p. 69.

69 Ibid., p. 68.

70 Christianity according to Saint John, pp. 47-53.

71 W. D. DAVIES, op. cit., pp. 170-72. En Pirke Aboth 3. 23, la Ley es descrita como «un precioso instrumento por medio del cual fue creado el mundo». Cf. Sifre Deut en 11. 10.

72 Cf. G. F. MOORE, op. cit., pp. 437-38.

73 Cf. W. D. DAVIES, op. cit., pp. 169-75. Nótese cómo diciendo «toma mi yugo sobre ti», contrasta su persona con el yugo del torah.

74 Cf. Jn 1, 14; 2, 11; Lc 9, 32; 2 P 1, 16, 17; 2 Co 3, 18.

75 Mc 14, 36; 15, 34.

76 Rom 8, 34; Hb 7, 25; 1 Jn 2, 1.

CAPÍTULO III
UN SOLO DIOS Y PADRE

Los judíos creían en un solo Dios, a quien llamaban Padre. También le daban otros títulos, y frecuentemente le nombraban con perífrasis tales como «el nombre», «el lugar», «los cielos». Pero, para una comprensión del desarrollo de la doctrina de la Trinidad, el título de «Padre» reviste una importancia especial, porque en la Trinidad una de las personas es Dios Padre. En este capítulo se expondrá cómo los escritores del Nuevo Testamento expresaron su fe en la unidad de Dios y le describieron como Padre.

En los siguientes pasajes se nos presenta a Dios como uno:

«Nadie es bueno, sino solo Dios» (Mc 10, 18).

«El Señor, nuestro Dios, es el único Señor» (Mc 12, 29, una cita del Dt 6, 4).

«Ni llaméis padre a nadie sobre la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el que está en los cielos» (Mt 23, 9).

«…puesto que no hay más que un solo Dios» (Rom 3, 30).

«Sabemos que el ídolo no es nada en el mundo, y que no hay más Dios que uno solo» (1 Co 8, 4).

«Para nosotros no hay más que un Dios y Padre…» (1 Co 8, 6).

«El mediador no es de una persona sola, y Dios es uno solo» (Ga 3, 20).

«…un Dios y Padre de todos» (Ef 4, 6).

«Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, el honor y la gloria por los siglos de los siglos» (1 Tm 1, 17).

«Porque uno es Dios, uno también el mediador entre Dios y los hombres» (1 Tm 2, 5).

«¿Tú crees que Dios es uno? Haces bien» (St 2, 19).

«Uno solo es el legislador y el Juez, que puede salvar y perder» (St 4, 12).

«El solo Dios, salvador nuestro por Jesucristo nuestro Señor, sea la gloria, la magnificencia, el imperio y la potestad desde antes de los siglos, ahora y por todos los siglos» (Jds 25).

«¿Y no buscáis la gloria que procede del Único?» (Jn 5, 44). (Algunos manuscritos dicen «solo Dios» en vez de «Único»).

«Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo» (Jn 17, 3).

En ocho de estos quince pasajes (Mc 10, 18; Mt 23, 9; Co 8, 6; Ga 3, 20; Ef 4, 6; 1 Tm 2, 5; Jds 25; Jn 17, 3) a Dios se le distingue explícitamente de Jesucristo. Y en tres Dios es llamado Padre: Mt 23, 9; 1 Co 8, 6; Ef 4, 6; como también en el contexto de Jn 17, 3.

Es evidente que a Dios se le consideraba uno, y se creyó que este Dios único era el Padre del Señor Jesucristo. Afirmaciones de esta naturaleza difícilmente parecen poder proporcionar una tierra abonada para el crecimiento o desarrollo de una doctrina de la Trinidad. Sin embargo, cuando se las toma en unión de otros testimonios en que se afirma o se implica la divinidad de Cristo, entonces conducen inmediatamente al problema trinitario.

El título de «Padre» se diferencia de la mayor parte de los títulos y funciones de Dios en que este no se le dio nunca a Cristo. En otro capítulo veremos cómo en el Nuevo Testamento el mismo título de Dios se le da ocasionalmente a Cristo. Normalmente, sin embargo, se refiere al Padre de Cristo. El título de Señor, que en el Antiguo Testamento se daba a Dios, en el Nuevo se aplicó tanto a Dios Padre como al Hijo Cristo. Las tareas de juzgar, de crear y de salvar se adjudican, como se dirá más tarde, tanto al Padre como al Hijo. Pero hay un título que nunca se le da a Cristo, el Hijo, y que como se puede suponer, es el de «Padre». No hubiera sido imposible dar a Cristo el título de «Padre», puesto que en Is 9, 6 el futuro rey es llamado «Padre Eterno». Le hubiera caído bien a un ungido rey llamarse el «Padre de su pueblo». Pero, de hecho, el título «Padre» se reservó para aquel que era el Padre de Cristo.

La idea de Dios como Padre no es monopolio del cristianismo, ni siquiera de la tradición hebreo-cristiana. La encontramos en muchas antiguas religiones. En la primitiva religión india se creía que la vegetación era hija de la unión de la Tierra, que era su madre, y el Cielo, o Dyaus, que era su padre1.

En la religión griega, Zeus, el principal de los dioses, regularmente era invocado como «Padre Zeus»; Homero le llama «Padre de los hombres y de los dioses»2. Las religiones mistéricas enseñaron a los hombres a creer en el Padre divino que podía hacerles renacer de nuevo. Mithras fue llamado el «Padre de los creyentes». De Osiris se decía que era el padre de Horus; y en el culto de Cibeles los hombres invocaban a Atis como Padre3.

La doctrina de la Paternidad de Dios se encuentra también en los escritos de los filósofos griegos, especialmente en los influenciados por Platón. En su República, Platón da el título de «Padre» a la Idea del Bien, que creyó era la realidad suprema y la condición necesaria para la existencia de otras ideas y del universo físico4. En otro diálogo, el Timeo, da el nombre de «Padre» al Demiurgo que, según él, es el creador del mundo5. La descripción de Dios como Padre se encuentra también en la más tardía filosofía griega. El estoico Epitecto llama a Dios el «Padre de los hombres»6, y los más tardíos platónicos Neumenio y Porfirio dicen que es el «Padre del Cosmos»7.

La creencia cristiana en la Paternidad de Dios, sin embargo, no tiene su origen en la tradición griega, sino que es tributaria más bien de la ideología hebrea. Aunque «Padre» no sea un título comúnmente aplicado a Dios en el Antiguo Testamento, aparece en muchos y diferentes escritos; y se le encuentra en muchas escenas de la historia hebrea. Como Padre, Dios es el creador del hombre.

«Y con todo, ¡oh Yavé!, tú eres nuestro Padre; nosotros somos la arcilla y tú el alfarero; todos somos obra de tus manos» (Is 64, 8).

El título se emplea sobre todo en relación con la elección de la nación. Él es el Padre de Israel (Jr 31, 9; cf. Ml 2, 10). Las gentes son sus hijos (Is 1, 2; 30, 1; Jr 3, 22; Is 45, 11) y el pueblo, como nación, es su hijo (Os 11, 1; Ex 4, 22). Él es también el Padre del ungido rey (2 Sm 7, 14; Sal 2, 7; 89, 27).

En el judaísmo posterior, a Dios se le miró como Padre, tanto del individuo en particular como de la nación, pero poniendo de relieve la paternidad sobre la nación. Encontramos esta idea en el Targum, en Midrás y en los escritos seudoepigráficos. En un pasaje del Midrás se le nombra como «el Padre de todo el mundo»; pero tal descripción es excepcional8. La Paternidad de Dios queda explicada por su cuidado protector para con la raza judía9.

En los escritos apócrifos la Paternidad de Dios va unida frecuentemente a su condición de Señor; y los títulos de «Padre» y «Señor» se hallan usados con gran afinidad (Eclo 23, 1. 4; 51, 10; Tob 13, 14; 3 M 5, 7). Una frase favorita rabínica era «Padre del cielo». No decían esto para dar importancia a la trascendencia de Dios, sino para distinguirle de los padres de la tierra. La expresión se usaba a menudo en el culto, y a Dios se le invocaba generalmente como Padre (cf. Eclo 23, 4; Sab 14, 3; 3 M 6. 3, 8).

El título aparece tanto en la religión hebrea como en otras religiones, pero el pensamiento y el culto cristiano le dieron un contenido característico. Se encuentra en las enseñanzas del mismo Jesús, como se recoge en los Evangelios de los sinópticos. Normalmente se da por supuesto que uno de los principales rasgos de la doctrina de Jesús era su insistencia en la importancia de la Paternidad de Dios. Si aceptamos el cuarto Evangelio como un relato veraz de las palabras de Jesús, veremos que las enseñanzas sobre la Paternidad de Dios son fundamentales. Pero en los Evangelios de los sinópticos el cuadro es diferente. Por cierto que las fuentes que ofrecen mayor garantía de autenticidad contienen poca doctrina sobre la Paternidad de Dios. En el Evangelio de San Marcos, a Dios se le llama Padre solamente cuatro veces. En Q, material común de Lucas y Mateo, Jesús le llama Padre ocho veces (cuatro de las cuales se encuentran en un solo pasaje), y en el material propio de Lucas Jesús llama Padre a Dios en siete ocasiones. Un cuadro totalmente distinto, sin embargo, nos presenta Mateo. En el material propio de Mateo, Jesús llama Padre a Dios veintidós veces. Por añadidura hay ocho pasajes sinópticos en los cuales Mateo introduce el nombre de «Padre» donde en los paralelos está ausente. Esto pone de manifiesto la tendencia de Mateo a introducir el título. Por lo demás, las pruebas más fidedignas las encontramos en los relatos de Marcos, Lucas y Q.

Marcos llama Padre a Dios en los siguientes pasajes:

«Porque si alguien se avergonzare de mí y de mis palabras ante esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles» (8, 38).

«Cuando os pongáis de pie para orar, si tenéis alguna cosa contra alguien, perdonadlo primero, para que vuestro Padre, que está en los cielos, os perdone a vosotros vuestros pecados» (11, 25).

«Cuanto a ese día o a esa hora, nadie la conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino solo el Padre» (13, 32).

«Abba, Padre, todo te es posible» (14, 36).

T. W. Manson hace notar que todos estos ejemplos tienen lugar después de la confesión de Pedro del mesianismo de Jesús junto a Cesarea de Felipo10. Pero al existir poca certidumbre sobre el orden cronológico de los dichos de Jesús, no se puede sacar una conclusión segura de las observaciones de Manson.

Dos importantes observaciones vamos a hacer sobre estos cuatro pasajes. Primera: en ninguno de ellos Jesús habla de Dios como padre suyo y de los discípulos al mismo tiempo. Dios es Padre de Jesús (8, 38) o Padre de los discípulos (11, 25). El simple «Padre» en 13, 32 está tan fuertemente unido al «Hijo» que queda claro que, en ese versículo, Dios es considerado como Padre de Jesús.

Segunda: la palabra aramea ‘abba, que se retiene en el texto griego de 14, 36, nos muestra la íntima relación entre Jesús y Dios. ‹Abba era un modismo familiar de lenguaje, reservado para el padre de uno. Cuando la gente se dirigiera a Dios como Padre, tendría que usar el más formal de ‘abuna (padre nuestro); pero dirigiéndose al propio padre se tendría que emplear la manera simple del nombre, que es ‘abba. Los judíos no usaban esta forma absoluta para dirigirse a Dios, porque implicaba demasiada familiaridad. Cuando Jesús decía la palabra ‘abba aplicándosela a Dios, estaba haciendo una pasmosa innovación11. Él clamaba por una relación con Dios más íntima que la hasta entonces soñada por ninguno de sus paisanos. Clamaba por la única forma de filiación.

De los dichos comunes de Lucas y Mateo, los siguientes hacen referencia a Dios como Padre:

«Sed, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial» (Mt 5, 48).

Que es semejante a:

«Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36).

«Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeños… Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo» (Lc 10, 21-2 = Mt 11, 25-7).

«Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre» (Mt 6, 9).

Que es paralelo a:

«Padre, santificado sea tu nombre» (Lc 11, 2).

«…cuanto más vuestro Padre, que está en los cielos, dará cosas buenas a quien se las pide?» (Mt 7, 11; Lc 11, 13 es lo mismo excepto que pone «Espíritu Santo» por «cosas buenas»).

«Pero bien sabe vuestro Padre que de todo eso tenéis necesidad» (Lc 12, 30 = Mt 6, 32).

En cinco de estos pasajes el título «Padre» se aplica a Dios cuatro veces en uno de ellos y una vez en cada uno de los otros cuatro. En estos pasajes, como en Marcos, Jesús, cuando llama a Dios Padre, nunca se engloba a sí mismo con otros hombres. En Lc 10, 21. 2 dice es «mi Padre» o «el Padre». En otros pasajes es «vuestro Padre». Una excepción es la «Oración del Señor», que tiene dos formas: «Padre» en Lucas y «Padre nuestro» en Mateo. Si la versión de Lucas es original, como es probable que sea, es otro ejemplo de la forma íntima del trato ‘abba; y Jesús trata de instruir a sus discípulos en el uso de este modo de hablar. Si aceptamos el «Padre nuestro» de Mateo, «nuestro» no incluye a Jesús, sino que se refiere a sus discípulos. «Cuando vosotros oréis, decid «Padre nuestro». «Vosotros» se refiere solamente a los discípulos.

Otro punto de importancia en estos pasajes es que Mateo en 5, 48 y 6, 32 dice «vuestro Padre celestial» por «vuestro Padre» de Lucas. Es este un ejemplo de la afición de Mateo por la forma «vuestro Padre celestial»; más tarde mostraremos más ejemplos de lo mismo.

En lo tocante a lo peculiar de Lucas tenemos los siguientes ejemplos del título de «Padre», aplicado a Dios:

«…tengo que preocuparme de las cosas de mi Padre» (2, 49).

«…porque vuestro Padre se ha complacido en daros el reino» (12, 32).

«Y yo dispongo del reino en favor vuestro, como mi Padre ha dispuesto de él en favor mío» (22, 29).

«Padre, si tú quieres, aparta de mí este cáliz» (22, 42).

«Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (23, 34).

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (23, 46).

«Pues, he aquí que os envío la promesa de mi Padre» (24, 49).

De estos siete dichos, 2, 49 pertenece a las narraciones de la infancia; 24, 49 a la de la resurrección; 23, 34 no se encuentra en los más fidedignos manuscritos. Se ha cuestionado a menudo la autenticidad de 23, 46, porque no forma parte de las palabras en la cruz, conservadas en otras narraciones de la Pasión. De los tres restantes dichos que se citan, dos provienen de las enseñanzas de Jesús y otro de la narración de Getsemaní. En tres de estos dichos Jesús se dirige a Dios como «Padre», probablemente una traducción de ‘abba. Y los adjetivos pronominales en los otros dichos son «mi» y «vuestro».

En Lc 15 el punto más importante de la parábola del Hijo Pródigo es la comparación de la misericordia de Dios con la del padre, y ningún lector dejará de comparar al padre de la parábola con Dios. Sería artificial limitar el punto de comparación a la actitud bondadosa tanto de Dios como del padre del pródigo, y no extenderla al hecho de que tanto Dios como el padre también cumplen un cometido paternal.

A Dios se le da el título de «Padre» cuarenta y cuatro veces en Mateo, dieciséis o diecisiete en Lucas y cuatro en Marcos. Si los ejemplos se dividen según las fuentes indicadas por los Cuatro Documentos Hipótesis, son (como dice T. W. Manson)12 Mc 4; Q. 8 o 9; Mt 22 o 23, posiblemente, y Lc 6. Esta estadística muestra una gran diferencia entre Mateo y los otros Evangelios sinópticos en el uso del título. La naturaleza de las pruebas da a entender que el evangelista propendía a introducir el título donde no estaba presente en la tradición original. Mateo da ocho veces el título «Padre», donde los sinópticos paralelos no lo aplican (Mt 5, 45; 6, 26; 7, 21; 10, 20. 29; 12, 50; 20, 23; 26, 29). Es posible que Jesús profiriera dos dichos semejantes con pequeñas variantes. Pero las pruebas mencionadas no pueden explicarse de esta manera, porque, sin cotejo posible, Lucas emplea el título «Padre» cuando falta en Mateo y Marcos; y Marcos no emplea el título cuando está ausente de Mateo y Lucas. A causa de esta clara tendencia a introducir el título, las veintidós constancias de «Padre» en materia peculiar de Mateo no pueden ser consideradas como prueba segura del normal uso del título por parte de Jesús.

Por otra parte, el pequeño número de ejemplos de empleo del título en Marcos y Lucas indica que la tradición es fidedigna. El testimonio de Marcos y de Lucas no implica que Jesús casi nunca llamara Padre a Dios. Ciertamente implica que el uso del título no impresionó a los discípulos de tal manera que lo recalcaran o pusieran de relieve en la tradición primitiva. Además, el uso de la palabra ‘abba por parte de Jesús resalta como un elemento permanente en la tradición. La versión del Padrenuestro dada por Lucas sugiere que Jesús enseñó a sus discípulos a dirigirse a Dios como ‘abba. Al mismo tiempo, las expresiones «Padre nuestro» y «mi Padre» se usan para hacer una clara distinción entre la relación de Jesús con Dios y la relación de los discípulos con Dios. Se da la impresión de que los hombres pueden valerse de la Paternidad de Dios a través de su calidad de discípulos de Jesús, el cual llama ‘abba a Dios.

La importancia de la Paternidad de Dios queda recogida en los escritos de Pablo, quien frecuentemente usa frases como esta: «El Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo», y parecidas, como en Rom 15, 6; 2 Co 1, 3; 11, 31; Ef 1, 3; Col 1, 3. Se le llama a Dios «Padre nuestro» en 1 Co 1, 3; 8, 6; 2 Co 1, 2; Ga 1, 4; Ef 1, 2; Flp 1, 2; 4, 20; Col 1, 2; 1 Tes 1, 3; 3, 11. 13; 2 Tes 1, 1; 2, 16; Flm 3.

Aunque generalmente se le considera o como Padre de Cristo o de los creyentes cristianos, en Ef 4, 6 es descrito como «un Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos». Pero esta idea no es tema dominante en los escritos de Pablo.

Lo mismo que los evangelistas, Pablo conserva el ‘abba arameo. Así, en Ga 4, 6, escribe: «Y por ser hijos envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su hijo que grita: ¡Abba, Padre!». Y en Rom 8, 15: «…habéis recibido el espíritu de adopción por el que clamamos: ¡Abba, Padre!».

Está de acuerdo con la versión de Lucas del Padrenuestro, al permitir a los creyentes cristianos emplear la forma familiar de dirigirse a Dios.

A Dios se le da el título de Padre dos veces en la Carta a los Hebreos: 1, 5; 12, 9. En Hb 1, 5 el escritor cita 2 Sm 7, 14, que aduce como prueba de que Dios es el Padre del Mesías. Y en 12, 9 se nos presenta a Dios como Padre de los espíritus.

Raramente se encuentra el título en las Cartas Pastorales (1 Tm 1, 2; 2 Tm 1, 2; Tt 1, 4). Se le aplica a Dios en Santiago tres veces (1, 17. 27; 3, 9), en una de las cuales (1, 17) es llamado «Padre de las luces». Se dan tres casos en 1 P (1, 2. 3. 17) y uno en 2 P (1, 17), uno en Judas (versículo 1), cinco en el Apocalipsis (1, 6; 2, 27; 3, 5. 21; 14, 1) y solamente tres en los Hechos de los Apóstoles (1, 4. 7; 2, 33).

Encontramos muy frecuentemente el título en los escritos de Juan, tanto en el Evangelio como en las cartas. De ordinario a Dios se le llama «el Padre», y puede haber algún indicio del ‘Abba arameo detrás de ello, pues el conjunto pudo ser traducido al griego con el nombre y el artículo definido. Jesús frecuentemente se refiere al Padre; en una ocasión dijeron los judíos discutiendo con Jesús: «Nosotros tenemos un solo padre, Dios» (Jn 8, 41). Jesús describe a Dios como «vuestro Padre» solamente en un dicho (Jn 20, 17): «Subo a mi Padre y Padre vuestro». La frase hace distinción entre Dios, el Padre de Jesús, y Dios, el Padre de los cristianos; una distinción que se encuentra ya en los dichos sinópticos de Jesús, confirmada por la contraposición de Juan entre Jesús, el Hijo unigénito de Dios, y sus seguidores, que son hijos de Dios.

Los testimonios aducidos manifiestan que, aunque el título «Padre» se empleó frecuentemente en tiempos precristianos, su uso, sin embargo, en el Nuevo Testamento, particularmente en los dichos de Jesús y en los escritos de Pablo y Juan, recalca que Dios es el Padre de Jesucristo. Al título se le da un sentido claramente cristiano. Raramente se hace alusión a que Él sea el Padre de todas las cosas. A menudo se nos presenta como el Padre de los creyentes cristianos. Pero se pone un énfasis característico tratándose de su paternidad con respecto a Cristo. Esto hizo posible que los cristianos pudieran concebir la relación Padre-Hijo dentro de la divinidad, y descubrir una pluralidad dentro de la unidad de Dios.

1 SCHRENK, TWNT, V, p. 951.

2 Od 1. 28, II. 1.544; cf. TWNT, V, pp. 952-53.

3 TWNT, V, pp. 953-54.

4 Rep. VI. 506e.

5 Tm 41a.

6 TWNT, V, p. 956.

7 Ibid., p. 955.

8 Midr. Prov. X. 1; cf. SCHRENK, op. cit., p. 978.

9 Cf. 3 M 7, 6: «El Dios del cielo ha defendido fuertemente a los judíos, como el padre que siempre lucha por sus hijos».

10 Teaching of Jesus, p. 101.

11 T. W. MANSON, Sayings of Jesus, p. 168; DALMAN, op. cit., pp. 191-92.

12 Teaching of Jesus, p. 99.

2

LA DIVINIDAD DE CRISTO

CAPÍTULO IV
JESUCRISTO ES DIOS

El problema central de la Trinidad: la divinidad de Cristo y su relación con el Padre. Este será el tema del presente capítulo y de los seis siguientes. Trataremos primero de analizar los nombres de «Dios» y «Señor» en cuanto se relacionen con Cristo. Después aportaremos pruebas de la adoración de que fue objeto Jesús y su conexión con las divinas funciones de juicio, creación y salvación. Y seguiremos con el examen de los intentos del Nuevo Testamento para explicar las relaciones entre el Padre y el Hijo; esta será la finalidad del capítulo último de esta parte.

En el decurso de la exposición nos saldrán al paso varios de los títulos de Jesús: «Dios», «Señor», «Hijo de Dios», «Hijo del Hombre», «Sabiduría», «Palabra». En esta enumeración no aparece «Cristo» o «Ungido»; la razón es porque este título no implica que aquel a quien se le aplica sea divino. «Ungido» en el Antiguo Testamento, que se traduce al griego χριστὸς, puede referirse al rey de Israel, al Sumo Sacerdote o a un conquistador extranjero, a Ciro, por ejemplo. En tiempos posteriores se refirió también al Mesías escatológico, pero de ninguna manera connota divinidad. El uso de este título, refiriéndolo a Jesús, no suscita el problema de la Trinidad; y, por lo mismo, no es pertinente a esta cuestión. Los nombres y títulos que discutiremos serán aquellos que implican que Jesús es Dios y desempeña funciones exclusivamente divinas; o aquellos que se emplean para ilustrar la intimidad de las relaciones entre Dios, el Padre, y el Señor Jesucristo.

El primer título que nos proponemos estudiar es «Dios». Los judíos creían en un solo Dios, y esta misma fe fue mantenida por los primeros cristianos. El mismo Jesús citó las palabras de la Ley: «El Señor nuestro Dios es el único Señor» (Mc 12, 29, tomadas del Dt 6, 4). Esta afirmación, repetida por los cristianos de los tiempos del Nuevo Testamento, nunca fue puesta en tela de juicio.

Sin embargo, en varios versículos del Nuevo Testamento parece que a Jesús se le presenta como Dios. El significado de la mayor parte de estos versículos ha sido objeto de discusión. Su interpretación reviste una crucial importancia para entender la actitud de los primeros cristianos con respecto a Cristo. Cada uno de ellos será discutido detalladamente; y en una nota adicional examinaremos otros pasajes en los cuales es posible, aunque improbable, que Cristo sea llamado Dios.

LAS CARTAS PAULINAS

«…ἐξ ὦν ὁ χριστὸς τὸ κατὰ σάρκα ὁ ὢν ἑπὶ πὰντων θεὸς ευλογητὸς εὶς τοὺς αἰῶνας, ἀμήν» (Rom 9, 5).

Si no hay un punto hasta el final del pasaje (ἀμήν), a Cristo se le llama Dios, y se puede traducir así:

«…de quienes procede Cristo según la carne, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén».

Si el punto está colocado después de σάρκα («carne»), o de ἑπὶ πὰντων («por encima de todas las cosas»), entonces el pasaje no implica que Cristo sea Dios, y puede ser traducido de una de las siguientes maneras:

a) «…de quienes procede Cristo según la carne. Aquel que es Dios por encima de todas las cosas sea bendito por los siglos. Amén».

b) «…de quienes procede Cristo según la carne. Aquel que está por encima de todas las cosas es Dios bendito por los siglos. Amén».

c) «…de quienes procede Cristo según la carne, el cual está por encima de todas las cosas. Dios sea bendito por los siglos. Amén».

Como no hay signos de puntuación en el texto original, la traducción del pasaje no puede resolverse con argumentos de puntuación1. Por lo tanto, debemos examinar lo gramatical del pasaje; y ello favorece la opinión de que Cristo es llamado Dios. Tres consideraciones la apoyan.

a) Si el versículo termina con una doxología a Dios Padre, deberíamos esperar que εὐλογητός («bendito») ocupara el principio de la frase. Este es casi siempre el orden de palabras de la doxología en el griego bíblico. Solamente por una razón especial se cambiaría el orden. Pero si la doxología va dirigida a Cristo, εὐλογητός no podría colocarse al principio de la cláusula; sino que como es natural vendría más tarde2.

Además, en los escritos de Pablo las doxologías se dirigen normalmente a alguien de quien antes se hizo mención. El nombre de Dios no aparece en Rom 9 hasta el final de versículo 5; a Cristo se le nombra varias veces. De seguirse en Rom 9, 5 el ritmo general de las doxologías paulinas, el versículo tendría que ir dirigido a alguien de quien se había hecho mención en las frases precedentes; en este caso, el único antecedente posible, Cristo3.

b) Las palabras ὁ ὢν («que está») también presentan un problema. Si la doxología es una frase separada, la palabra ὢν estaría de más y hubiera sido suficiente decir ὁ ἐπὶ πάντων θεός («Dios por encima de todas las cosas»). La colocación de ὁ ὢν sugiere que está conectada con un antecedente. Existen ejemplos de parecidos usos relativos del artículo y el participio, que no hacen referencia a un antecedente4, pero, como puntualizan Sanday y Headlam, «en este caso, como hay un nombre que le precede inmediatamente y a quien las palabras naturalmente habrán de referirse, como no hay señal de cambio de sujeto y no hay tampoco verbo personal en la frase siguiente, un lector corriente consideraría que las palabras ὁ ὢν ἐπὶ παντων θεός se refieren a lo que precede, a no ser que presenten tan gran antítesis a su mente que no pudiera referirlas a Cristo»5.

c) Las palabras τὸ κὰτα σάρκα («según la carne») parecen esperar una antítesis. Aunque la más probable antítesis sería τὸ κατὰ πνεῦμα («según el espíritu»), hay ejemplos en que θεός es contrastada con σάρξ6. La frase τὸ κατὰ σάρκα no requiere estrictamente una antítesis. Como Baur ha señalado, puede defenderse que se introdujo la frase, no para contraponerla a θεός, sino para evitar hacer una concesión a los cristianos judaizantes. Cristo pertenece a los judíos, pero solamente en cuanto se refiere a la carne7. Sin embargo, se leería el pasaje con más naturalidad si hubiera algo así como una antítesis.

Los argumentos gramaticales sostienen la opinión de que a Cristo se le llamaba Dios. Pablo no habría de cambiar su giro, aun inconscientemente, a no ser que estuviese haciendo una declaración importante y llamativa. Pero aquellos que desean dar una interpretación rara al lenguaje no dicen que Pablo haya dicho algo importante y llamativo.

En la discusión de este versículo se ha acudido tanto a argumentos gramaticales como sicológicos. Los estudiosos juzgan que es improbable, por no decir imposible, que Pablo pudiera identificar a Jesús con Dios, porque tal identificación es inconsecuente con la línea de su pensamiento.

Un ejemplo de esta manera de razonar lo encontramos en Christianity according to St. Paul, de Anderson Scott. Según Anderson Scott el monoteísmo judío estaba tan profundamente arraigado en la mente de Pablo, que no hubiera podido identificar a Jesús con Dios. «Lo que nosotros creemos ver es el ser del apóstol presionado por su experiencia y urgido por su convicción hasta el punto de reconocer que Cristo es Dios, pero finalmente tratando de evitar hacer tal confesión a causa de su monoteísmo hereditario»8. En este terreno, Anderson Scott se opone a la opinión de que Rom 9, 5 incluya una identificación de Cristo con Dios.

Por una razón semejante Kirk rechaza la identificación: «Entendido así se trata de una declaración curiosamente cruda de una gran verdad, y muy diferente de la manera de tratar S. Pablo semejantes cuestiones profundas. Es difícil imaginar que si le hubiese gustado hablar tan claramente aquí, no hubiese obrado de la misma manera en cualquier otra parte de sus cartas, donde se le presentaron incontables oportunidades en tal sentido»9.

Otros estudiosos llevan adelante argumentos parecidos10. La razón para insistir la da el hecho de que Pablo era un hombre de un carácter especial, educado en un medio ambiente particular, que le imposibilitaba el declarar que Cristo era Dios. Y, de haber hecho esta declaración, la hubiera repetido.

Estos argumentos no logran convencer. No estamos en situación de decir de una manera tajante lo que era sicológicamente imposible para Pablo. Ciertamente no podemos decir que fuese incapaz de contradicciones. Los trabajos que de él se han conservado son pocos en cantidad. Si uno o dos pensamientos contenidos en ellos no parecen armonizar con el resto, no deberíamos pensar enseguida que la aparente disconformidad solamente puede solucionarse encontrando una interpretación diferente en el griego. Quizá no nos hemos hecho del todo a la manera de pensar de Pablo, pues a causa de la pequeña cantidad de escritos suyos conservados hasta nosotros, tenemos limitadas oportunidades de estudiarlo. Creencias que se mencionan de una manera breve en las cartas conservadas pudieron ser expuestas con mayor extensión en los trabajos que se perdieron. Algunos pensamientos, que tuvieron gran influencia en su enseñanza privada y en su vida de piedad, han podido ser encubiertos deliberadamente en las cartas. Es bastante probable, por ejemplo, que él creyera que Cristo era Dios y que comunicara privadamente esta creencia a sus seguidores; pero que fuera remiso para darle cabida en sus cartas, a causa de no haberlo compaginado en el pensamiento con su monoteísmo judío. Otros hombres han hecho suyas creencias que no podían explicar racionalmente.

Sanday y Headlam afirman que las palabras «que es Dios sobre todas las cosas» caen bien dentro del desarrollo de pensamiento en Romanos 9: «San Pablo enumera los privilegios de Israel, y como el más alto y el último recuerda a sus lectores que fue de esta estirpe judía, después de todo, de donde procede Cristo en su naturaleza humana; y después, para ponderar esto, hace hincapié en la elevada personalidad de Aquel que vino, según la carne, como Mesías judío»11.

Esta explicación no tiene por qué oponerse a la renuencia de Pablo a llamar a Cristo «Dios» en otras partes de sus escritos. Sanday y Headlam han mostrado cómo Rom 9, 5 puede caer bien a su contexto. Ellos no han demostrado cómo compaginarlo con los otros aspectos del pensamiento del apóstol. Si deseaba introducir esta clara proclamación de la divinidad de Cristo en sus cartas, ¿por qué no lo hizo más frecuentemente? ¿Por qué no desarrolla y explica la idea, en lugar de interrumpir bruscamente y pasar inmediatamente a otras cuestiones? En el capítulo noveno de la Carta a los Romanos nada más se dice de la Persona de Cristo, nada de su relación con el Padre, nada sobre su poder, nada de su tarea en la obra de la creación. Podemos suponer que Pablo presentó a Cristo como Dios en otros escritos que no se han conservado; pero la suposición de desconocidas cartas no explica la precipitación con que deja este importante testimonio de la divinidad de Cristo, sin desarrollar y sin explicar.

La clave del pasaje quizá pueda ser encontrada en las emociones de Pablo. Cuando se le presenta la ocasión de decir que «Cristo según la carne» pertenece a los judíos, podría haber procedido a hacer una declaración sobre «Cristo según el Espíritu». En lugar de seguir la esperada marcha de pensamiento, prorrumpe en una descripción de la gloria de Cristo. Se permitió apuntar aquello que, en la intensidad del culto, estaba dispuesto a decir; pero que se negaba a escribir en sus cartas. Reconocía que Jesús era θεός («Dios») y que era εὐλογητός («bendito»). Su profundo sentimiento ante el rechazo de Cristo por parte del pueblo judío le llevó a dar a Cristo los honores plenos de la divinidad. La cláusula final de Rom 9, 5 no es parte de la continuación de pensamiento en el párrafo. Es una interjección, un desahogo en oración, que el apóstol permitió que permaneciera en la carta, quizá porque, cuando repasó lo que había escrito, se dio cuenta de que lo había hecho bajo la inspiración divina.

LA CARTA A LOS HEBREOS

«Πρὸς δὲ τὸν υἱόν,

ὁ θρόνος σου ὁ θεὸς εἰς τὸν

αἱῶνα τοῦ αἰῶνος» (Hb 1, 8).

Esta es una cita de la versión de los Setenta del Sal 45, 6. Hay dos posibles traducciones:

«…pero a su Hijo le manifestó: “Tu trono, ¡oh Dios!, subsistirá por los siglos de los siglos”».

«…pero a su Hijo le manifestó: “Dios es tu trono por los siglos de los siglos”».

(O bien: «Tu trono es Dios por los siglos de los siglos»). (Sugerencia de Westcott).

El significado y el texto del hebreo han sido discutidos, pero como el autor de la Carta a los Hebreos citaba a los Setenta, estos problemas no son pertinentes a la interpretación del pasaje.

Las palabras ὁ θεός podrían ser nominativo o vocativo, ya que el nominativo de θεός normalmente hace las veces de vocativo. La traducción preferida por Westcott no expresa el sentido más natural del griego. La frase εἰς τὸν αἰῶνα τοῦ αἰῶνος («por los siglos de los siglos») se encuentra en una desmañada colocación si ὁ θεός no es vocativo: ὁ θρόνος σου εἰς τὸν αἰῶνα τοῦ αἰῶνος ὁ θεός vendría mejor para la traducción de Westcott.

Opina Peake que la objeción más seria a la primera traducción es que el uso de θεός y el artículo definido referidos a Cristo es algo totalmente único en el Nuevo Testamento12. Y, sin embargo, se da un buen paralelismo en Jn 20, 28, donde Tomás se dirige a Jesús como ὁ θεός μου («Dios mío»). Este es también un ejemplo del nominativo usado como vocativo.

Sugiere también Westcott que una descripción de Cristo como Dios oscurecería el pensamiento del pasaje13, puesto que la intención del escritor es hacer hincapié en la naturaleza eterna de la potestad de Cristo, en contraposición con la mutabilidad de los ángeles. De hecho, sin embargo, la descripción de Cristo como Dios no oscurece el pensamiento del pasaje, sino que da fuerza al contraste entre Cristo y los ángeles. La traducción que implica la divinidad de Cristo es fiel al sentido más natural del griego, y se debe preferir a la de Westcott.

La idea de que Cristo es Dios no cuenta con un ulterior desarrollo en la Carta a los Hebreos. Hay indicios de que se le tributa adoración14; pero, aunque nos lo describen como Hijo, Sumo Sacerdote y agente en la Creación, no hay un intento mantenido por hacer una declaración de su divinidad. No es conveniente pasar por alto Hb 1, 8, aunque no parezca compaginar bien con la cristología del conjunto15 de la carta. Una razonable explicación de su presencia es que, siendo cita de un salmo, se hizo uso de ella en el culto cristiano. Se la introdujo como si se tratara de algo familiar a los lectores. Esta familiaridad con ella provendría posiblemente de oírla en citas de sermones o de cantarla ellos mismos en el salmo. El escritor da por supuesto que Cristo es considerado como objeto legítimo de adoración. Y sus lectores no se sentirían sorprendidos al oír dirigirse a Cristo como a Dios; aunque pudiera resultar insólito dejar constancia de la creencia por escrito. El escritor no desarrolla su declaración. No era su intención discutir la divinidad de Cristo. Su objetivo en este versículo se concretiza en dejar establecida la superioridad de Cristo sobre los ángeles. A la divinidad de Cristo, que viene a propósito, pero no es necesaria para la exposición, se alude solamente de paso.

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Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
362 s. 4 illüstrasyon
ISBN:
9788482677101
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