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Poder, violencia y Estado

Hoy no sería posible pensar las formas concretas que ha adquirido la violencia en América Latina, ni la impotencia que esta es capaz de producir, sin antes descifrar –aunque solo sea de una manera parcial o fragmentaria– cómo es que participamos cotidianamente en la producción y en la configuración de todo tipo de espacios de poder. Las diversas violencias perpetradas todos los días sobre cuerpos individuales o colectivos parecen tener los mismos orígenes y las mismas consecuencias de siempre; pero esto no es más que una mera apariencia de la que debemos cuidarnos. Detrás de la supuesta familiaridad de los paisajes de la destrucción –de las ruinas y ruindades que va dejando tras de sí esta sangrienta violencia– se ocultan los más atroces e innovadores mecanismos de normalización de la atrocidad y el horror: la técnica de su sofisticado ocultamiento y disimulo.

De todo esto se ocupan con inusual ahínco y sentido crítico los autores de los textos reunidos en este volumen, el cual cobra un especial atractivo gracias a la diversidad de métodos y estrategias empleados por ellos, así como por la singularidad de las circunstancias locales que han tomado como punto de partida para detonar análisis y reflexiones, que a final de cuentas han convertido en poderosos testimonios personales sobre el mortal entrecruzamiento que ha tenido lugar en México –y en toda América Latina– entre unos modos específicos de ejercer el poder y la configuración política de los espacios donde todos los días acontece la violencia de maneras inesperadas e inconcebibles.

LUIS ALONSO GERENA CARRILLO · ARTURO AGUIRRE MORENO

editores

JUAN CRISTÓBAL CRUZ R. · MARÍA DEL CARMEN GARCÍA AGUILAR

coordinadores

PODER, VIOLENCIA Y ESTADO

DISCUSIONES FILOSÓFICAS SOBRE LOS ESPACIOS DE CONFLICTO


Índice

  Cubierta

  Acerca de este libro

  Portada

  Nota introductoria

  1. Espacio, territorio y poder, Bily López

  2. Cuerpos nómadas: entre la impotencia y el sentimiento de potencia, Rafael Ángel Gómez Choreño

  3. Del espacio a la espacialidad: espacio social y político, Arturo Romero Contreras y Sabina Morales Rosas

  4. Sobre el totalitarismo: un espacio de ficción para la realización del terror, Luis Gerena Carrillo

  5. Espacios de conflicto: aproximaciones al concepto del campo de concentración, Alicia Paredes Nolasco y Arturo Aguirre Moreno

  6. Dispositivos del feminismo: una aproximación foucaultiana, María Fernanda Miranda González

  7. Políticas de la sustancia, políticas del concepto: poder, violencia y fuerza en Hegel, Zaida Olvera

  8. La “jaula de hierro” y el problema de la pérdida de subjetividad en el ejercicio del poder político según Max Weber, Sergio Lomelí Gamboa

  Créditos

Nota introductoria

Los trabajos de investigación reunidos en este libro tienen como eje de su reflexión la relación entre poder y violencia. Se trata de una relación compleja, en la cual el poder mismo supone la violencia si se comprende como el que se ejerce sobre otro para coaccionarlo o controlarlo con el fin de que actúe en contra de sus propios intereses. Consideramos que este es el tipo de poder que ha prevalecido en la historia de México y Latinoamérica, un poder político y económico que se confunde con el crimen organizado, llegando a una escala de violencia que, siguiendo a Adriana Cavarero, nos paraliza en el horror. En este sentido, suponemos que en la relación de poder se presentan el conflicto y la resistencia. Sin embargo, este libro hace un aporte importante al análisis de estos conceptos al abordarlos desde el espacio, el cual, como lo propuso Henri Lefebvre en su obra La producción del espacio, en el capitalismo no es simplemente un receptáculo de las fuerzas de producción, sino que es producido por las relaciones y los procesos que se presentan en él. Se requiere sin duda un enfoque espacial para abordar los problemas en filosofía y las ciencias sociales, cuya complejidad tiene que ver con que se presentan en distintos espacios que están interrelacionados entre sí, por lo cual proponemos igualmente una comprensión compleja de la espacialidad. En este sentido, fue necesario replantear la espacialidad para abordar la violencia y el cuerpo. Es claro que no puede hablarse de violencia, sino de violencias que se han desatado en México y que corresponden a una geografía, las cuales precisan una formulación del espacio que pueda contenerlas y nos ayude a comprenderlas. Por esto se propone en este libro comprender al espacio desde su dimensión ontológica, lo cual nos lleva a verlo como territorio, que precedería a toda concepción del espacio en el orden de la extensión y nos permitiría conceptualizar, por ejemplo, la narcofosa, un territorio donde los flujos no son de mercancías sino de muerte y de ilegalidad. Sin embargo, estas violencias conducen a someter a examen al cuerpo y ver cómo se ejercen sobre él. Necesitamos comprender que el cuerpo no solo es el cuerpo individual, sino también el cuerpo social y político, en los cuales el poder fija distintos mecanismos de sujeción y control. Tampoco podemos pensar al cuerpo como aislado, pues es él mismo una historia, el relato del poder que se ha inscrito en él, por lo cual se nos muestra como un prisma de relaciones: es así espacial, un territorio habitado. Asimismo, debemos atender a los cuerpos en movimiento, los cuerpos nómadas, cuerpos que han sido puestos en movimiento por el poder o voluntariamente, pero en los cuales existe la posibilidad de traspasar las fronteras impuestas para crear comunidades vivas que puedan generar una nueva dimensión de potencia.

Sin embargo, un fenómeno importante de estudio, donde el vínculo entre violencia y poder se manifiesta de manera prominente, lo constituye el Estado. Principalmente en lo que concierne a su legitimación, a través de un análisis de la propuesta de Hegel, se plantea la pregunta en este libro de si el Estado supone una violencia constitutiva. Señalamos igualmente la importancia que tiene la teorización de este concepto por parte de Hegel en el pensamiento político posterior, su vano intento por concebir un Estado que incorpore la oposición. Para Hegel, el Estado no puede constituirse como un poder que afirme de manera absoluta sus propios intereses, sino que debe admitir los intereses familiares, sociales, religiosos y políticos, por lo cual tiene que integrarse a través de partidos. Sabemos que con la llegada del capitalismo la propuesta de Hegel resultó limitada pues, como señala Max Weber, la racionalización del Estado conduce a su burocratización, por lo cual se convierte en una máquina que somete al hombre a la “obediencia automatizada”, borrando así la idea de un Estado como el que concibe Hegel en el cual se realiza la libertad del hombre. Este Estado burocratizado de algún modo precede al Estado que se presentará después de las guerras mundiales, el Estado totalitario, en el cual, como señala Hannah Arendt, se manifiesta la completa decadencia del Estado: sin una estructura institucional, el Estado es solo la fachada de la verdadera organización que es la del partido en el poder. Sin embargo, se trata de una organización racional y burocratizada para la producción de la muerte, lo cual se manifiesta completamente en el campo de concentración, diseñado para la aplicación del poder total.

En este libro nos ocupamos especialmente de mostrar cómo se origina ese espacio y cómo en él se concreta el movimiento del poder total, cómo es producido para demostrar que todo es posible: en ese espacio se logra el completo control de los actos de los individuos, al despojarlos de realidad jurídica, moral y social, por lo cual viven como simples criaturas biológicamente vivas, en la completa soledad y vulnerabilidad.

Este volumen forma parte de los esfuerzos coordinados de los Cuerpos Académicos “Estudios sobre política, ética y cultura” (CA-117) de la Universidad Autónoma de Morelos y del Cuerpo Académico “Estudios filosófico-culturales” (CA-260) de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, en el marco de colaboración de la Red temática de Cuerpos Académicos “Estudios humanísticos sobre violencia, cultura y poder”. La reflexión sobre eventos actuales, desarrollada desde la filosofía política, da continuidad a la obra Tiempos sombríos. Violencia en el México contemporáneo, publicada por Biblos en 2019.

Extendemos nuestro agradecimiento al Centro Interdisciplinario de Investigación en Humanidades (CIIHU) de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, así como del Programa de Posgrado en Filosofía Contemporánea de la Facultad de Filosofía y Letras de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

1. Espacio, territorio y poder

Bily López

Las líneas que siguen son el resultado de una búsqueda apremiante por comprender el presente, nuestro presente, ese presente violento, herido y zozobrante que nos sale al paso día a día y que reclama nuestra comprensión minuciosa. Más que una reflexión, lo que presentamos aquí es un tanteo, un pequeño segmento de una búsqueda insistente por comprender y descifrar las formas en las que se controla la vida y la muerte en México.

Esta búsqueda nació al interior de un cuerpo académico que con el paso de los años se constituyó como Grupo de Investigación Transversal sobre Biopolítica y Necropolítica, de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, pero que desde un inicio –antes de perfilarse en estos ámbitos teóricos– aprendió a poner en cuestión diversos aspectos problemáticos de la vida en sociedad. Las preguntas “iniciales” de las que proceden estas líneas están vinculadas con la comunidad, con su constitución, con sus procesos, sus excesos y sus defectos: ¿cómo construimos comunidad?, ¿cuáles son sus límites?, ¿cuáles sus peligros? Intentar responder estas preguntas nos llevó al horizonte de pensadores como Friedrich Nietzsche, Sigmund Freud, Jean-Luc Nancy, Jacques Derrida y Roberto Esposito –entre otros–, quienes nos llevaron a pensar la comunidad desde conceptos como la violencia, la inclusión, la exclusión y los procesos de inmunización que conforman todo cuerpo social. Desde ahí, nuestros intereses se fueron desplazando hacia los procesos de gubernamentalidad y normalización de los estados de violencia y coacción que imperan en las formaciones sociales, lo cual nos llevó al horizonte de pensadores como Max Weber, Walter Benjamin, Giorgio Agamben y Michel Foucault –otra vez, entre muchos otros–. Con Agamben y Foucault, sin embargo, aprendimos a ver en la biopolítica un concepto eficaz para comprender diversas formas en las que se ejerce la gubernamentalidad en el mundo contemporáneo; en este sentido, conceptos como disciplina, control, poder, dispositivo, estado de excepción y nuda vida se nos volvieron de capital importancia para decodificar fenómenos actuales en torno a la salud, la milicia, el uso de los territorios, las migraciones y los discursos sobre la seguridad nacional mediante los cuales no solo se justifican diferentes formas de racismo, exclusión y violencia explícita, sino que se construyen dinámicas específicas y cotidianas de formas de intervención directa en la vida de los individuos. En el horizonte de la biopolítica, pues, encontramos una serie de propuestas teóricas y metodológicas que nos ayudaron a pensar con bastante eficacia diferentes formas de construcción y constitución de comunidad, que rebasan el horizonte clásico de la filosofía política, y que toman en cuenta las complejas relaciones de poder que en distintos niveles se ponen en juego en la conformación de toda comunidad y, en este sentido, de todo Estado.

Una vez instalados en este paradigma, las lecturas sobre Esposito, Negri, Hardt, Lazzarato, Agamben y Foucault, así como el aumento exponencial de formas específicas de la violencia en el mundo y en nuestro país, México, comenzaron a desplazar nuestra mirada del control de la vida hacia el ejercicio de la violencia y la producción de muerte. Sin que se tratase de un nuevo problema, la producción de muerte en el mundo contemporáneo se nos presentó como una consecuencia más de la forma biopolítica del ejercicio de la gubernamentalidad. Entre hacer vivir y dejar morir, y hacer morir y dejar vivir, se tejen relaciones tensas y por demás problemáticas. Así, el concepto de necropolítica propuesto por Achille Mbembe se nos presentó como una opción viable para seguir reflexionando sobre nuestro angustioso presente, en el que la producción de muerte se acelera y diversifica de maneras vertiginosas. Sin embargo, al haber nacido en un contexto sumamente específico de prácticas locales, al hacer una interpretación igualmente localista y cuestionable de algunos conceptos –como el de máquina de guerra propuesto por Gilles Deleuze y Félix Guattari–, y al estar situado en un horizonte divergente en muchas maneras al nuestro, dicho concepto, aunque provocador, estimulante y fecundo, no nos permitió dar cuenta de las formas en las que se produce la muerte en países como el nuestro. En efecto, en México no tenemos un apartheid ni el mismo tipo de plantaciones sobre las que discurre la necropolítica de Mbembe, y aunque esto no signifique que no haya formas de producción de muerte que sean cercanas, es necesario reconocer que las formas en las que esta se produce en nuestro país son muy específicas y singulares; se trata de formas peculiares, digamos artesanales, que se construyen bajo sus propios mecanismos; pensamos en los feminicidios, en los que las mujeres, antes de ser asesinadas, son sometidas a violencias de todo tipo, torturas, violaciones, mutilaciones, etc. Pensamos en las diversas formas en las que el narco ostenta la producción de muerte, que pasan por el descabezamiento, la mutilación, el empalamiento, la utilización de fosas clandestinas o narcofosas, la disolución de los cuerpos en ácido para no dejar rastros de los cadáveres, etc. Pensamos también en estrategias gubernamentales de exterminio selectivo, como la esterilización forzada de comunidades enteras, o la creación y el sostenimiento de condiciones paupérrimas para la vida y la salud de las personas. Pensamos en la guerra como estrategia gubernamental, en sus “daños colaterales”. Pensamos en las indecibles condiciones de los migrantes centroamericanos quienes, en su tránsito hacia la frontera norte, corren el riesgo de ser sometidos a la esclavitud, la explotación y el tráfico de órganos. Pensamos en el paradigmático caso de la noche de Iguala, en el que cuarenta y tres estudiantes de la Escuela Normal Rural Isidro Burgos desaparecieron sin dejar rastro aparente, en una operación en la que el ejército, el gobierno y el narco estuvieron a todas luces involucrados y coludidos. Pensamos en Julio César Mondragón, cuyo rostro fue desollado y cuyo cuerpo fue abandonado y colocado estratégicamente para ser encontrado así, descarnado. Pensamos en los periodistas asesinados en los últimos años, cuyos números son más alarmantes que en la guerra de Irak. Pensamos en las miles de personas desaparecidas a lo largo de todo el territorio, cuya cantidad va en aumento conforme se mantiene la estrategia de la guerra contra el narco. Pensamos en Aguas Blancas, en Tlatlaya, en Acteal, en Atenco…

Como se ve a través de los casos que conforman nuestro problemático horizonte, la producción de muerte en México no es unilateral; no se trata solo del gobierno, ni del ejército, no solo es el narco o los grupos criminales, sino que, al parecer, todos estamos involucrados de diversas maneras y en diferentes grados. Estos y otros casos en nuestro país nos han obligado a considerar que el concepto de necropolítica, si bien nos ha ayudado a pensar, no nos es suficiente para dar cuenta de la diversidad y singularidad de las formas de producción de muerte que en México tienen lugar; nos han hecho evidente que es necesario comprender –entre muchas otras cosas– las formas específicas en las que se articula la soberanía y la gubernamentalidad en nuestro país y en nuestras comunidades, pues las relaciones entre gobierno, narcotráfico y ciudadanos están pobladas por instancias profundas que no son evidentes y que van más allá de la denuncia ramplona y los activismos de superficie. El modo de producción capitalista, por supuesto, juega un papel de suma importancia en todo este escenario en la medida en que crea no solo mercancías sino relaciones sociales, es decir, valores, intereses y anhelos, modos de ser; en la medida en que constituye el horizonte sobre el cual se desarrolla la actividad productiva del país, sus formas de trabajo, así como en la medida en que está en la base de la distribución de la riqueza, del territorio, de los bienes y –podríamos decirlo así sin riesgo de exagerar– de toda forma de vida. Por ello, nos hemos dedicado a tratar de entender el funcionamiento de la economía no solo desde el capitalismo marxianamente planteado y criticado, sino desde los diversos modelos propuestos por el liberalismo y el neoliberalismo económicos, desde la transformación del capitalismo de mercado hacia el capitalismo de servicios, así como desde su confrontación con otros posibles modelos económicos.

Desde este momento de la reflexión en el que nos encontramos, el espacio y el territorio –política, física y económicamente– han cobrado una relevancia irrenunciable en nuestras investigaciones en la medida en que, en ellos, en muchos sentidos, acaecen de diversas formas las disputas económicas, políticas y sociales que conforman los paisajes de violencia y producción de muerte que hemos mencionado. Por ello consideramos necesario –entre otras cosas– comenzar a trazar una reflexión sistemática en torno al espacio y el territorio que nos permita avanzar un poco más en la comprensión de los problemas a los que nos enfrentamos. El espacio y el territorio, claro está, han sido abordados teóricamente desde la sociología, la antropología, la geografía social y, por supuesto, la filosofía –entre muchas otras disciplinas–; sin embargo, creemos –y a lo largo del texto expondremos nuestras razones para ello– que es necesario hacer un análisis específicamente ontológico de estos conceptos –para poder obtener un tipo de acercamiento teórico que nos posibilite comprenderlos de manera plural, cambiante y relacional–, cuyo uso es tan cotidiano que suelen escaparse de nuestras manos.

Del espacio al territorio

En la experiencia cotidiana el espacio aparece tan inmediato, tan aprehensible, tan asequible, que la pregunta por su consistencia o composición parece no tener lugar. Simplemente está ahí, afuera, como continente colmado de contenidos de la más diversa índole; y, entre ellos, más espacio, el espacio vacío. En el espacio vivimos, nos movemos; en él acontece la existencia, la danza, la risa; nos desplazamos en el espacio.

Y, sin embargo, pocas cosas más equivocadas que lo inmediato y lo cotidiano.

Basta solo un poco de perspicacia para notar que, en el lenguaje, el espacio tiene distintas acepciones. Hablamos de espacio del pensamiento sin referirnos propiamente al recorrido neuronal de los impulsos eléctricos en el cerebro; hablamos de espacios imaginarios sin necesariamente hacer referencia a una presunta extensión de la imaginación; hablamos de espacio público y hacemos énfasis en el carácter político de lo que podría ser una explanada, un mercado o un trozo de papel; incluso hablamos de espacios virtuales cuando a todas luces lo virtual no tiene una extensión en el sentido tradicional del término. Esta polisemia, lejos de ser un error o un uso inadecuado del lenguaje, da cuenta de las múltiples formas en las que construimos el espacio.

Hay que decirlo así, sin más rodeos: el espacio es una construcción.

Por todos es sabido que la antropología, la sociología y la geografía social, entre otras disciplinas, desde hace varias décadas han insistido una y otra vez en la construcción y apropiación del espacio. Y, sin embargo, cuando así lo han hecho, han hablado de construcciones simbólicas, culturales o políticas. Por muy elaboradas que parezcan, y por muy útiles que nos sean para pensar ciertos fenómenos, los últimos reductos de estas construcciones sigue siendo el sentido común en el que el espacio es un afuera extenso que se ocupa de diferentes maneras.1 Cuando aquí hablamos de construcción no nos referimos a eso.

Aquí pensamos desde la ontología. No es, por supuesto, la primera vez, ni será la última. Desde Demócrito hasta las fenomenologías del siglo XX, la reflexión filosófica se ha detenido una y otra vez en minuciosos resquicios del pensamiento para tratar de dilucidar cuál es la naturaleza de eso que llamamos espacio y, cuando así ha sucedido, lo ha hecho frente a problemas específicos que orientan, constituyen y matizan cada una de sus reflexiones. Esto es lo crucial: la delimitación de los problemas decide siempre el tratamiento de los conceptos.2 En este texto intentaremos proceder de forma similar, aunque no idéntica.

Cuando aquí decimos que el espacio es una construcción, lo hacemos asumiendo el carácter radicalmente ficcional del lenguaje; es decir, sabiendo que las palabras recubren a los entes y les asignan una dirección, un significado, una interpretación. Todo lenguaje es retórico y ficcional en cuanto que no hay una relación necesaria entre palabra y cosa.3 En este sentido, todo ente es una creación humana en la medida en que toda vivencia, pensamiento, sentimiento o experiencia están conformadas por un lenguaje que las constituye. No tenemos, en cuanto seres humanos, un acceso privilegiado a los entes, sino que cualquier acercamiento a ellos se hace en, por y desde el lenguaje.4 Más aún, el pensamiento que piensa a los entes, y que se piensa a sí mismo, está constituido también por un lenguaje, una lengua, una sintaxis y una gramática que le construye sus propios límites, sus orientaciones y sus determinaciones.5 Este es el primer sentido en el que decimos que el espacio es una construcción: construcción lingüística.

Desde ese espacio lingüísticamente construido y ontológicamente ficcional –que, nótese, no estamos asumiendo como falsedad–, concebimos el espectro de lo espacial, ciertamente, como una exterioridad.6 Se trate del espacio mental, del espacio interior, del espacio vacío en una hoja de papel o del espacio en el que se mueven los cuerpos, cuando hablamos de espacio hablamos de la exterioridad fundada por la demarcación o el límite de la composición de la interioridad que asignamos a aquello de lo que hablamos: la mente, nuestro interior, la hoja de papel o la cancha de fútbol. La exterioridad que bordea el límite constituye el espacio de su interioridad, al tiempo que la interioridad se define por su propia exterioridad que funda en tanto interioridad. La exterioridad y la interioridad que constituyen al espacio son, pues, primeramente, conceptuales, y en tanto conceptos son susceptibles de ser colocados en distintos escenarios y registros, como la forma de lo ente, los sentimientos, las imágenes y el pensamiento mismo.

Desde esta frontera que se traza entre interior y exterior es que podemos hablar de diversas formas de concebir el espacio. Los escenarios en los que colocamos este concepto posibilitan diversas construcciones de él. Este sería el segundo sentido de lo que aquí concebimos como construcción del espacio: el espacio en tanto construcción conceptual. No se trata de un espacio que es en sí y que se ocupa de diversas formas, de un continente que se llena con diferentes contenidos. No, eso no sería construcción, sería mera decoración. Se trata de asumir que, en cuanto concepto definido por los límites que se trazan entre un interior y un exterior, el espacio es una noción que tiene aplicaciones prácticamente infinitas. Cualquier cosa que se piense dentro de los márgenes de unos límites definidos es susceptible de ser pensada espacialmente, aun cuando ese espacio se despegue de lo que nuestro sentido común y nuestros usos más cotidianos del lenguaje nos indiquen. Así, el espacio también es un constructo en la medida en que, en cuanto concepto que puede posicionarse en un sinfín de escenarios, adquiere su composición singular en la mezcla de su interioridad y su exterioridad con la naturaleza del resto de las singularidades con las que se mezcla: espacio de los cuerpos, espacio de las ideas, de los sentimientos, etc. El espacio se construye también, pues, en la relacionalidad de los elementos que lo definen y delimitan, sean o no de naturaleza extensa.

Como el problema que estamos intentando abordar con esta problematización del espacio tiene que ver con la experiencia civilizatoria, con la vida cotidiana y con las formas en que vivimos el día a día en sociable insociabilidad –con lujo de violencia, control, disciplina y administración de la vida y la muerte–, en este trabajo queremos explorar el espacio no en su devenir lugar –extensión–, ni en su devenir campo interior del pensamiento –ni de los sentimientos–, sino en su devenir territorio. No terreno, no hábitat, no demarcación de terreno, no tierra, sino territorio. Nos referimos a ese plano de inmanencia en el que Deleuze encuentra la manera de localizar el funcionamiento de lo ente sobre la base de la composición de un cuerpo sin órganos7 de los seres humanos que funciona maquínicamente al establecer conexiones con el resto de los entes.8 Nos referimos a esa forma específica de la ontología en la que el funcionamiento de los entes se hace inteligible por medio del establecimiento de sus relaciones incorporales.9 Un territorio es, ante todo, un plano de inmanencia, un plano abstracto en el que pueden cartografiarse las distintas relaciones entre los entes.10 Pero también es, simultáneamente, algo muy concreto; es ese plano en el que se llevan a cabo los agenciamientos y las composiciones de los entes.

Todos tenemos un territorio, todo tiene un territorio; es decir, su propio plano de inmanencia. Se trata de ese campo intensivo que nos define, que codifica lo ente, que le da sentido, significado –si se quiere, unidad–. Toda experiencia es vivible y pensable gracias a que estamos en un territorio donde las cosas tienen un significado, una codificación. Un territorio es una forma del espacio codificada de tal manera que sus componentes se conectan y adquieren un funcionamiento, un sentido. El territorio sería, en este sentido, la condición de posibilidad de toda vivencia.11

El espacio, entonces, en cuanto radical construcción lingüística, conceptual y relacional de los elementos que constituyen el sentido de su propia interioridad y exterioridad, es susceptible de devenir territorio en el orden de lo incorporal ontológico que posibilita toda comprensión de la extensión, la corporalidad y la subjetivación en el orden de lo ente. Esta conceptualización, podemos colegir, precedería a toda conceptualización del espacio en el orden de la extensión, es decir, precedería en el orden de lo ontológico a la concepción del espacio como lugar o extensión.

Espacio y territorio, lenguaje y flujos

El lenguaje funda el espacio en la medida en que sus vibraciones sonoras, sus grafías, sus íconos, sus señas o sus carraspeos demarcan el contorno de lo expresable. Interior-exterior. El lenguaje no comunica, sino que dictamina, impone coordenadas semióticas, dice “esto es así y así”, “es transmisión de palabra que funciona como consigna, y no comunicación de un signo con información”.12 En el lenguaje hablado, la palabra –apenas se emite– se posiciona por entre los cuerpos para moldearlos, construirlos y establecer relaciones entre ellos. Esta relación que se da entre palabras y cuerpos, entre corporales e incorporales, en Deleuze recibe el nombre de acontecimiento –que siempre está ahí, aconteciendo; pero es necesaria una perspectiva, un punto de vista, para poder adivinarlo, descubrirlo en toda su riqueza y potencialidad–.13

El acontecimiento opera de cualquier forma, se vea o no. Siempre tiene efectos, pues gracias a él el lenguaje tiene esta capacidad ordenadora, segregadora, direccionante, fundante. Si no sabemos advertirlo, su efecto es unívoco. La ignorancia del acontecimiento se expresa en el buen sentido y el sentido común, que comprenden lo nombrado por la palabra como una mismidad con una única dirección.14 Sea un sentimiento, una idea o un ente, el buen sentido y el sentido común se encargan de asignar mismidad y univocidad a aquello nombrado por la palabra; oscurecen el acontecimiento, crean “lo real”, “lo verdadero”, “lo cotidiano”. De esta forma, la palabra, al arrastrarse por entre los cuerpos, dibuja los contornos de los entes, sus límites, su dirección, sus orillas, sus vasos comunicantes, su adentro y su afuera, que también son palabras.

El espacio no es espacio sino hasta que ha sido nombrado y comprendido como tal. Antes de eso, no es. Así sucede con la mesa, el ave, el cielo y el amor; incluso con lo innombrable al nombrarse como innombrable. Más aún: lo que se dice que existe antes de haber sido advertido y haber sido nombrado necesita de la palabra existencia y la categoría de anterior para poder ser así pensado o concebido.

El lenguaje, pues, construye al espacio, pero también al territorio al nombrar aquello que lo compone. Ese plano inmanente poblado de intensidades que acontecen entre los cuerpos y las palabras, además de poseer las mismas prerrogativas que el espacio para ser pensado como una construcción lingüística, tiene la peculiaridad de que, para su concepción, los flujos, cortes y cruces que lo componen necesitan estar codificados, es decir, territorializados. El espacio es construcción abstracta de la exterioridad, mientras que el territorio es el poblamiento, la saturación corporal e incorporal de esa exterioridad.15

Desde una ontología como la que se traza a partir de Deleuze, no hay cosas en sí mismas, ni formas que las sustenten. Lo que hay son flujos, flujos de cualidades que se intersecan, se cruzan y se cortan para dar a luz diversas singularidades.16 En una persona, por ejemplo, no encontramos un cuerpo ni la idea de un cuerpo, sino un flujo de corporalidad compuesto por diversos flujos diferentes que se cruzan en el plano de inmanencia: un flujo de boca, de labios, de órganos genitales, y de cabellos, por decir algo. Esos flujos, a su vez, tienen variaciones en sus intensidades: bocas generosas o tacañas, labios gruesos o delgados, genitales copiosos o escasos, cabellos lacios o rizados. Pero no solo se trata de entidades físicas, pues una persona está compuesta por otro tipo de cualidades menos tangibles: un carácter, una ideología, sus sentimientos, sus más profundas pasiones y las más superficiales frivolidades. Hay, entonces, flujos de rabia, de tristeza, de melancolía, de alegría, de deseo. Hay otro tipo de flujos, un poco más duros, más persistentes: una moral, un modo de producción económica, un sistema jurídico. Cada uno de estos flujos, con sus intensidades respectivas, se cruzan, se juntan y se tensan en lo que nosotros comprendemos como un individuo. “Ahí está Juan Pérez”, decimos. Pero Juan Pérez no es más que el cúmulo de flujos que lo van componiendo a cada momento en un territorio que se va transformando conforme los flujos que lo pueblan van cambiando, mutando.

Cuando Juan Pérez está con su pareja, meloso, su territorio está poblado de flujos pletóricos de deseo y erotismo que lo hacen devenir amante (un flujo de amor romántico, otro de seducción, otro de lujuria en diversos grados), pero cuando está en su trabajo, vestido con un traje de medio pelo y organizando el archivo de una paraestatal, su territorio está poblado de órdenes sin salida, jerarquías aplastantes y pequeños fascismos operando por todas partes, que lo hacen devenir burócrata alienado; mientras que, cuando convive con su hija, su territorio está poblado por juegos infantiles, un flujo de voz impostada, otro de caras ridículas y otro de risas despreocupadas que lo hacen devenir niño nuevamente. Como se ve, Juan Pérez no es Juan Pérez, sino varias series de flujos y aconteceres en un territorio que, según su composición, lo hacen devenir múltiples cosas a cada momento. Su territorio, siempre fugaz y momentáneo, es a cada instante intervenido por distintos flujos e intensidades de flujo que posibilitan una codificación específica de lo que acaece en él. El territorio, pues, se construye, a veces por nuestro influjo, pero a veces sin nuestra intervención.

El territorio es, finalmente, ese espacio abstracto –en el orden de los acontecimientos– colmado de flujos que permiten una codificación específica de los aconteceres; posibilita el sentido, la vivencia; al mismo tiempo que es construido por todo lo que pasa a su interior. Un territorio es siempre fugaz, cambiante, múltiple, plural y relacional, capaz de ser intervenido a cada instante por cualquier movimiento, irrupción o sustracción de los flujos. Todo lo que pasa por el territorio es, de alguna forma, nombrado, de modo que todo flujo está codificado por un lenguaje que lo territorializa y lo pone en sincronía con el resto de los flujos, también nombrados.

Territorio, lenguaje, poder

El espacio –se puede colegir de todo lo anterior– se construye y deviene territorio a través de la palabra que lo nombra y que nombra los flujos y las intensidades que lo componen. Y, sin embargo, con toda la elaboración y el artificio que conlleva su creación, el peligro está siempre a la vuelta de la esquina, acaso dentro de su constitución misma, pues el lenguaje –como se puede advertir– nunca es neutro, inocente. El lenguaje, como bien advirtió Nietzsche, implica siempre el ejercicio de un poder. Se trate del poder del señor a otorgar nombres o del poder procedente del resentimiento que crea valores,17 es importante observar que el lenguaje, en tanto consigna, es siempre una imposición, una arbitrariedad, enarbola una lucha por el sentido. La verdad no opera por adecuación ni por consenso, es un llano ordenamiento, una imposición; lo es en sentido ontológico, pero también en sentido político.

Quizá nadie como Nietzsche y Foucault para mostrar que la palabra y el discurso han servido, a lo largo de la historia, para construir órdenes de subjetivación en los que se pone en juego la moral, los valores y la existencia toda. Sea a través de una genealogía de la moral,18 una arqueología del saber19 o una genealogía del racismo,20 ambos pensadores supieron advertir que en la palabra y en su ejercicio se ponen en juego las instancias más vitales de la existencia en la medida en que todo posicionamiento de la palabra conlleva un cierto ejercicio de poder, una fuerza que se opone a otras fuerzas, o bien en la medida en que instaura un saber, una práctica o un ejercicio cualquiera. La palabra es el vehículo de la moral y del saber,21 y en esa medida es el artífice del valor, de la costumbre, de la disciplina y el control, como se puede adivinar.

El territorio, pues, en tanto construcción espacial extrañada de sí misma y orquestada por la palabra, es un espacio en el que siempre podemos encontrar varias series de fuerzas pugnando en su propia construcción. Para decirlo con claridad: toda construcción territorial es siempre una construcción en la que está implicado el uso de uno o varios poderes.

De vuelta al problema

Así entendido el territorio, la aprehensión, comprensión, construcción y apropiación de lo que comúnmente llamamos espacio cobra una dimensión que presenta interrogantes ineludibles, a saber: cuando construimos un espacio –sea de la índole que sea, como lugar extenso, como espacio del pensamiento, como espacio público, etc.–, ¿qué construimos?, ¿contra qué peleamos?, ¿qué fuerzas o poderes se están poniendo en juego?, ¿sobre qué o quién estamos pasando?, ¿qué o a quién estamos privilegiando o beneficiando?

Llegados a este punto, no tenemos más remedio que volver al problema desde el que se ha hecho necesaria esta conceptualización del espacio y del territorio.

Para nadie es un secreto que los procesos civilizatorios de las sociedades contemporáneas descansan sobre la violencia, la barbarie y el exterminio selectivo. La construcción de los espacios como una construcción estratégica que privilegia o favorece esa violencia, esa barbarie y ese exterminio ha sido puesta de relieve no pocas veces en el último siglo (acaso Benjamin, Lefebvre y Rancière sean los más pulcros ejemplos de ello). Las tensiones entre lo estético y lo político, en este sentido, han sido fundamentales para construir y comprender la mayor parte de los debates más apremiantes del siglo que finalizó. Otro de los elementos irrenunciables que han contribuido a esa violencia, esa barbarie y ese exterminio es sin duda el modo de producción capitalista. Los in-flujos del capitalismo en el último siglo nos obligan a considerar que la lucha de fuerzas o poderes que se instaura en nuestras sociedades a partir de dicho modo de producción ha complejizado generosamente el viejo esquema marxiano en torno a la lucha de clases como una lucha de burgueses contra proletarios, complejizando con ello, también, la manera en la que podemos comprender los ejercicios de poder en distintos estratos de las sociedades. Así, podemos comprender que el poder y la violencia no se ejercen unilateral ni verticalmente. El poder, la violencia y la dominación no son un ejercicio privilegiado de una clase social, sino que se han extendido en todos los estratos de la sociedad construida por los valores, las aspiraciones y los procedimientos del modo de producción capitalista.22

Esta forma en la que los in-flujos del capital se han posicionado en nuestros esquemas políticos de re-presentación nos obliga a reconsiderar los fundamentos más básicos de nuestra cotidianidad para valorar en qué medida esa cotidianidad no está funcionando como un elemento más de un dispositivo dispuesto contra nosotros mismos, pues la forma en que se ha desarrollado el capitalismo nos obliga a observar que se han generado amplios espacios de ambigüedad e indistinción donde no queda claro cuáles son los poderes que se están poniendo en juego, cuáles actúan en un sentido o en otro.

Solo por poner un ejemplo, que por espectacular puede llamar a confusión, vale la pena que pensemos en una de las formas de dar muerte que en México ha cobrado una relevancia innegable en los últimos dos sexenios: la fosa clandestina operada por el narco. En la mayor parte de los análisis en torno a ella encontramos la denuncia del crimen, de la desaparición, de la ausencia de marcos jurídicos para juzgar crímenes donde el cuerpo del delito no existe o es irreconocible. La narcofosa es el mal absoluto, la atrocidad, la ignominia.

Sin embargo, a través de las exploraciones que aquí hemos hecho, nos veríamos obligados a considerar que este tipo de fosa es, ante todo, un espacio; pero no un espacio en cuanto extensión de tierra en lotes baldíos, en el campo o en medio de la selva, sino un espacio en cuanto construcción lingüística con un sentido: narco-fosa. Más aún, tendríamos que reconocer que toda fosa no es solo un espacio, sino un territorio por cuyo campo de inmanencia pasan flujos de muerte, de ilegalidad, de crimen, de infamia –todo esto es cierto–, pero también pasan flujos de capital, de ganancia, de interés, de aspiracionalidad económica; es decir, flujos de una gubernamentalidad administrativa que mide la vida y la muerte sobre la base de cifras, resultados, datos, controles; que mide la vida y la muerte en función de su operatividad, de su efectividad, de su eficacia. Y cuando lo vemos así, no tenemos más que preguntarnos si la racionalidad desde la que nos comprendemos está realmente alejada de esa fosa, es decir, si la forma en la que vivimos la vida está cualitativamente distanciada de eso que, por su espectacularidad, se nos aparece como atroz. Una narcofosa o fosa clandestina, en este sentido, es mucho más cercana a nosotros de lo que desde un análisis superficial del espacio podríamos considerar.

Por el plano de inmanencia que constituye la narcofosa pasan flujos que también son nuestros en distintos sentidos, en la medida en que forman parte de un modo de producción en el que hay ciertas formas de relaciones sociales, ciertas formas de producción de bienes, riquezas y subjetividades. El cuerpo sin órganos de un narco operador de narcofosas, en este sentido, no es muy distinto del de quien trabaja todos los días en una oficina de telemarketing buscando un aumento; hay en ambos flujos de trabajo, de superación, de aspiracionalidad, de cumplimiento del deber, de necesidad económica; puede que por el primero pasen flujos de muerte que no necesariamente estén en el segundo, pero eso no impide que en un momento cualquiera ese flujo de muerte –buscando una ganancia mayor– se coloque también en el trabajador de telemarketing y se conforme otro asesino. En el plano de inmanencia de la narcofosa hay, ante todo, trabajo, ganancia, capital, operatividad, eficiencia, deseos de superación, cumplimiento del deber, formas específicas de saber, y todos estos son flujos que –no podemos negar– forman parte también de los planos de inmanencia de la mayor parte de las sociedades contemporáneas.

Lamentablemente, este ejemplo no es el único posible. Desde esta forma de comprensión de la ontología, las atrocidades, las violencias y la ignominia nos son más cercanas de lo que estaríamos dispuestos a aceptar desde nuestro pundonor y los análisis más clásicos de los problemas señalados. De lo que se trataría ahora, con esta forma de análisis, es de investigar a través de nuestras concepciones del espacio si nosotros en el fondo, o en la superficie, no estamos cavando nuestras propias fosas.

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1. Así ocurre, por ejemplo, con planteamientos sobre el espacio tan lúcidos como los de Henri Lefebvre (La producción del espacio, pp. 125-136), quien al hablar de producción del espacio construye ciertamente un espacio complejo conformado por realidades sociales y políticas, pero cuyo último reducto está colocado en el concepto extenso del espacio como lugar. De igual forma ocurre con David Harvey (Ciudades rebeldes, pp. 5-50), cuya reflexión, en buena medida heredera del de Lefebvre, se ocupa de repensar el derecho a la ciudad a partir de la batalla por su apropiación y construcción desde diferentes formas de lucha por el espacio que, aunque igualmente complejo, es pensado desde nociones comunes como las calles, las plazas y los paisajes; y asimismo ocurre con Manuel Castells (“El espacio de los flujos”, en La era de la información, vol. 1, pp. 409-462) quien, al crear un concepto de notable abstracción como el de espacio de los flujos, no puede evitar vincularlo con lo que él considera “natural” o “físico”, es decir, el espacio en su sentido tradicional que, si bien se construye como espacio social, no es suficiente para salir del concepto de extensión; un último ejemplo que podemos traer a colación es el de Doreen Massey (Space, Place and Gender, pp. 1-16, 175-272, y “Geometrías del poder y la conceptualización del espacio”), quien crea el concepto geometría del poder y maneja una interesante concepción cultural del espacio pero, con todo, no logra desprenderse, al igual que el resto de los pensadores que hemos mencionado, de la noción extensa del espacio como lugar del ejercicio político.

2. Un esfuerzo notable por pensar el espacio en un sentido ontológico a partir de un problema que, además, es muy cercano al nuestro lo constituye el libro de Arturo Aguirre Nuestro espacio doliente (pp. 57-106), en el que, a lo largo de varias páginas, y con diferentes estrategias, se trazan múltiples horizontes para pensar el espacio más allá de su mera extensión.

3. Esto lo decimos asumiendo las tesis en torno al lenguaje formuladas en algunos textos de juventud de Friedrich Nietzsche (Sobre verdad y mentira en sentido extramoral y “Descripción de la retórica antigua”, en Escritos sobre retórica).

4. Esta tesis, de inspiración kantiana pero con la radicalidad del escepticismo nietzscheano, asume que todo fenómeno y todo concepto son, en su fondo último, una creación humana en sentido ontológico, y no solo en sentido factual o epistémico.

5. Cf. B. López, “Prólogo: pensar el lenguaje”, en Filosofía del lenguaje, pp. 9-23.

6. Se trata, por supuesto, de una forma de la exterioridad construida por la inmanencia de un fenómeno cualquiera en su inmanencia misma. Al evocar esta comprensión de la exterioridad lo hacemos desde el uso hegeliano de la inmanencia que hace en la Enciclopedia (§ 254, pp. 312-313), donde Hegel piensa al espacio, en un primer momento, como “la abstracción de la exterioridad inmediata”, es decir, como una indistinción que es “solo una posibilidad” de algo externo a pensarse como un lugar en el espacio una vez que acontece el fenómeno.

7. Sobre el cuerpo sin órganos, dicen Deleuze y Guattari (Mil mesetas, pp. 155-158): “De todas maneras tenéis uno (o varios), no tanto porque preexista o venga dado hecho –aunque en cierto sentido preexiste–, sino porque de todas maneras hacéis uno […] El Cuerpo sin Órganos no hay quien lo consiga, no se puede conseguir, nunca se acaba de acceder a él, es un límite. Se dice: ¿qué es el CsO? –pero ya se está en él, arrastrándose como un gusano, tanteando como un ciego o corriendo como un loco, viajero del desierto y nómada de la estepa. En él dormimos, velamos, combatimos, vencemos y somos vencidos, buscamos nuestro sitio, conocemos nuestras dichas más inauditas y nuestras más fabulosas caídas, penetramos y somos penetrados, amamos […] Un CsO está hecho de tal forma que solo puede ser ocupado, poblado por intensidades. Solo las intensidades pasan y circulan. Además, el CsO no es una escena, un lugar, ni tampoco un soporte en el que pasaría algo […] El CsO hace pasar intensidades, las produce y las distribuye en un spatium a su vez intensivo, inextenso”. Se trataría, pues, de un espacio intensivo e inextenso en el que acontecen –en sentido ontológico– los fenómenos de la subjetivación: “El CsO es el campo de inmanencia del deseo, el plan de consistencia propio del deseo” (p. 159).

8. Sobre el maquinismo o el funcionamiento maquínico de “lo real”, es decir, la ontología maquínica, se puede consultar, sobre todo, G. Deleuze y F. Guattari, “Las máquinas deseantes”, en El anti-Edipo. Capitalismo y esquizofrenia, pp. 9-54; así como “Introducción: Rizoma”, en Mil mesetas, pp. 9-32. En ambos lugares, los autores insisten en el carácter relacional de lo real, en sus conexiones, en su funcionamiento, en la necesidad de comprender y determinar lo real a partir no de una presunta esencia, naturaleza o mismidad, sino de las relaciones diferenciales y el funcionamiento que establecen las cosas entre sí, tanto en el terreno de lo material corporal como en el terreno de lo inmaterial incorporal.

9. El elemento de lo incorporal aparece en el pensamiento de Deleuze tan temprano como en Diferencia y repetición y Lógica del sentido, y tiene diferentes énfasis, sentidos e interpretaciones a lo largo de su obra, pero en general se coloca siempre en el espacio de la ontología como una manera de salir de la inmediatez, es decir, en el espacio de la necesidad de explicar lo corporal o lo dado a través de algo que, sin ser explícito, se puede considerar como algo que está ahí, operando en lo presente. Toda ontología implica, de alguna manera, este paso: salir de lo corporal y lo dado para explicarlo, de alguna manera, por el orden de lo incorporal o abstracto.

10. Un plan de consistance o plan de inmanence sería el principio de todo territorio, incluido el del cuerpo sin órganos. “Este plano no conoce más que relaciones de movimiento y de reposo, de velocidad y lentitud […] Una cosa, un animal o una persona solo se definen por movimientos y reposos, velocidades y lentitudes (longitud), por afectos, por intensidades (latitud)” (G. Deleuze y C. Parnet, Diálogos, pp. 104-105). El plano de inmanencia, pues, constituye ese espacio ontológico incorporal que posibilita una comprensión múltiple y relacional de lo real: “Ya no hay formas, solo relaciones cinemáticas entre elementos no formados; ya no hay sujetos, solo hay individuaciones dinámicas sin sujeto que constituyen los agenciamientos colectivos” (p. 105). No es algo preexistente, sino que se forma en las relaciones de los entes, se acrecienta y disminuye, es decir, se compone, a partir de los elementos que entran en relación en él (cf. G. Deleuze y F. Guattari, Mil mesetas, p. 14). Y, aun así: “No hay nada fuera de ese plano. Ese plano está por todas partes. Todo está sobre ese plano. ¡Ustedes, yo, la sala, todo, todo el mundo!” (G. Deleuze, Cine II, p. 29).

11. En este sentido, el territorio podría pensarse en sentido trascendental, como las categorías kantianas o los existenciarios heideggerianos. Es decir, así como las categorías kantianas son condición de posibilidad de la experiencia y así como los existenciarios son condición de posibilidad de la existencia, el plano de inmanencia y el territorio serían la condición de posibilidad de la constitución de las vivencias y la relacionalidad de lo ente.

12. G. Deleuze y F. Guattari, Mil mesetas, p. 83.

13. Cf. G. Deleuze, Lógica del sentido, pp. 35-49, 188-191.

14. Ibídem, pp. 91-98.

15. En este sentido, en todo plano que conforma un territorio hay movimientos de estratificación, territorialidades, pero también hay movimientos de fuga, de desterritorialización (cf. G. Deleuze y F. Guattari, Mil mesetas, pp. 9-10). Se trata de flujos que entran en el territorio y flujos que salen, y que en su entrada y salida se territorializan y se desterritorializan. La territorialización de un flujo implica su codificación, su composición con el resto de los flujos del plano, pero simultáneamente implica una cierta desterritorialización del resto de los flujos, al abandonar su composición anterior y construir una nueva reterritorialización. La abeja se desterritorializa en la orquídea y la orquídea también en la abeja, pero juntas se reterritorializan como máquina de polinización (pp. 15-16).

16. Los flujos que componen el plano de inmanencia y el territorio pueden entenderse como aquello que constituye lo ente. Así lo afirman en El anti-Edipo: “Bolsa de aguas y cálculos de riñón; flujo de cabellos, flujo de baba, flujo de esperma, de mierda o de orina producidos por objetos parciales, constantemente cortados por otros objetos parciales, que a su vez producen otros flujos, cortados por otros objetos parciales. Todo «objeto» supone la continuidad de un flujo, todo flujo, la fragmentación del objeto” (p. 15). Por otra parte, en Mil mesetas afirman: “En un libro, como en cualquier otra cosa, hay líneas de articulación o de segmentariedad, estratos, territorialidades; pero también líneas de fuga, movimientos de desterritorialización y de desestratificación. Las velocidades comparadas de un flujo según estas líneas generan fenómenos de retraso relativo de viscosidad, o, al contrario, de precipitación y de ruptura” (p. 10; nuestras cursivas).

17. Cf. F. Nietzsche, “Tratado primero”, en La genealogía de la moral, pp. 35-71.

18. En la que el análisis del lenguaje ocupa un papel definitorio para la comprensión del establecimiento de lo bueno y lo malo (cf. F. Nietzsche, “Tratado primero”, en La genealogía de la moral, pp. 70-71).

19. En la que se muestra cómo el enunciado, el discurso y el archivo funcionan como condiciones de posibilidad para el establecimiento de órdenes específicos de saber y poder (cf. M. Foucault, La arqueología del saber, pp. 131-226, y El nacimiento de la clínica, pp. 154-176).

20. En la que los procedimientos arqueológicos foucaultianos de análisis de los discursos devienen análisis específicos de formas de ejercicios de poder gracias al influjo de la genealogía nietzscheana (cf. M. Foucault, Defender la sociedad, pp. 217-235).

21. Como lo bueno y lo malo en Nietzsche, o la episteme en Foucault.

22. En una entrevista titulada “Las mallas del poder” (en Obras esenciales, pp. 889-905), Foucault sintetiza con mucha claridad algunas de sus cavilaciones sobre el poder, y menciona que las sociedades contemporáneas no son más sociedades regidas por lo jurídico, en las que gobierne un ejercicio vertical y unilateral del poder, sino que se trata ahora de sociedades en las que existen diversas tecnologías ejerciendo poderes específicos, regionales, cuya función ya no es tanto la prohibición, sino la creación de eficacias, aptitudes o controles específicos. Afirma también que el modo de producción capitalista ha desempeñado un papel crucial en el desarrollo de estas nuevas tecnologías de poder en la medida en que produce individuos utilizables para producir riquezas, bienes u otros individuos con las mismas características. En este sentido, al final de la entrevista, afirma Foucault: “Por el hecho de ser un estudiante, ya está usted inserto en una cierta situación de poder; yo, en tanto que profesor, estoy en una situación de poder. Estoy en una situación de poder porque soy un hombre y no una mujer, y, por el hecho de que usted sí lo es, se encuentra también en una situación de poder, no la misma, pero todos nosotros lo estamos igualmente. Podemos decir de cualquiera que sabe algo: «Usted ejerce el poder»”.

2. Cuerpos nómadas: entre la impotencia y el sentimiento de potencia

Rafael Ángel Gómez Choreño

El cuerpo ha sido objeto de todo tipo de controversias filosóficas, morales, religiosas, políticas, médicas, pero por lo regular estas siempre han excedido los intereses de una simple indagación teórica porque el objetivo de los participantes en dichas controversias, con frecuencia, responde a intereses meramente políticos, incluso cuando efectivamente tienen un interés teórico. Los cuerpos, especialmente en el desarrollo de la cultura occidental, han sido objeto de todo tipo de mecanismos disciplinarios y dispositivos de control político, y sobre ellos, por lo mismo, se han desplegado todo tipo de violencias y se han establecido todo tipo de discursos, teorías, saberes, creencias, pero también todo tipo de enfrentamientos, disputas, alianzas, treguas, consensos y pactos. También han sido, debido a todo lo anterior, la materialidad a la que se han dirigido siempre las estrategias de control biopolítico, aunque solo en tanto que se han logrado concebir, en su conjunto y en su unidad –con independencia de su diversidad–, como la totalidad que conforma el cuerpo de una población1 y no ya el de unos individuos múltiples, diversos, singulares y concretos. Roland Barthes pensaba que el concepto de población –además de pertenecer a una retórica con fuertes tintes colonialistas, con la que el colonizador igual unifica que separa el cuerpo de los colonizados para poderlos sujetar a todo tipo de dispositivos de control político–, en el vocabulario de la vida burguesa, “tiene como objeto despolitizar la pluralidad de los grupos y de las minorías, colocando a los individuos en una colección neutra, pasiva, que solo tiene derecho al panteón burgués como existencia políticamente inconsciente”.2

Ahora bien, con el paso del tiempo han cambiado los procesos de significación mediante los cuales se ha intentado pensar al cuerpo, modificando, a su vez, los procesos imaginarios y simbólicos que cada época ha tenido que activar para tratar de descifrar la compleja trama material de los cuerpos y para poder asimilar, de esta forma, la deriva social y política que han tenido los diferentes discursos y las distintas prácticas, así como los mitos y los regímenes de verdad vinculados con ellos. Mario German Gil Claros ha señalado muy oportunamente: “Lo que imaginamos lo reivindicamos como real, como posible respuesta al sufrimiento, a la impotencia de dicha condición”,3 ya que, sin imágenes y una estructura simbólica, los enigmas del cuerpo y el sufrimiento asociado no representarían en nuestra vida más que la emergencia de un grave problema, desatando todo tipo de preocupaciones o inquietudes por la “gravedad de las cosas”, pero sobre todo mucho sufrimiento y un profundo e ineludible sentimiento de impotencia. Por eso, algunas líneas antes, el filósofo colombiano nos aclara: “Podemos decir que es la naturaleza humana en sus diversas reacciones, en la que la metafísica no tiene lugar, en la que la impotencia se ve obligada a ficcionar, a ilusionar momentos ideologizados, para soportar la mayoría de las veces dicho estado de impotencia frente al sufrimiento, a la violencia que se padece”. Esto resulta muy importante porque deja al descubierto que lo que sufren cotidianamente los cuerpos humanos los inserta en una lucha interminable para asegurar su vida, pero esto justo los enfrenta a un juego de fuerzas naturales en el que a veces es necesario desplegar sus potencias para poder sobrevivir, pero otras veces, a pesar de sus esfuerzos, ningún derroche de sus fuerzas corporales es suficiente para contener la apabullante adversidad catastrófica que se ve obligado a sufrir al enfrentarse a las implacables fuerzas de la naturaleza, incluidas las de la propia naturaleza humana, frente a lo cual solo le queda algún sentimiento de impotencia que le causa una mayor afectación, pues justo le provoca una auténtica impotencia, es decir, una pérdida de sus fuerzas vitales, de su entusiasmo, agotamiento de las potencias del cuerpo que desata una disminución significativa de su vitalidad, pero, sobre todo, de su voluntad de poder.4 Justo a esto se refería Hannah Arendt cuando afirmaba: “Este mundo de cosas en que los hombres actúan les condiciona y por este motivo toda catástrofe que sufre repercute sobre ellos”.5

Por eso con los discursos sobre el cuerpo siempre se ha tratado de decir o enunciar qué se tiene que hacer con los cuerpos, dónde y cómo tienen que estar o disponerse para poder controlarlos; para hacerlos obedecer, acatar o responder; para hacerlos explotables, reprimibles o exterminables; pero, sobre todo, para poder administrar su sufrimiento y los sentimientos de impotencia que vienen junto con él. El predominio de esta impotencia sufriente, sin embargo, ha provocado que se nos olvide con mucha frecuencia que los cuerpos –especialmente los violentados y sufrientes– también pueden generar todo tipo de potencias (puissances) en medio de su impotencia, sea como el inesperado despliegue de su fuerza vital (Lebenskraft), de sus impulsos, instintos o energías reactivas, en respuesta a su sufrimiento o displacer, o como expresiones de una voluntad de poder (Willen zur Macht) que siempre puede activarse en los cuerpos de un modo o de otro,6 incluso en la adversidad, o simple y sencillamente como un amplio repertorio de paradójicos sentimientos de potencia.7 A partir de estos los cuerpos sufrientes e impotentes también pueden resistir, desplegarse, desatarse y transgredir, sublevar, insubordinar o dinamitar la configuración de su propia escena de aparición o lugar de emergencia, estableciendo –como dirían Gilles Deleuze y Félix Guattari– todo tipo de flujos8 y líneas de fuga9 en oposición directa con las prescripciones que todo el tiempo intentan establecer y fijar su dominación o sus funciones orgánicas, activando su impotencia en todas sus formas y variantes, pero también, paradójicamente, todas sus potencias en un impulso o movimiento completamente emancipador y libertario. Por eso resulta tan esclarecedor que Deleuze y Guattari estuvieran convencidos de que en las sociedades capitalistas “todo descansa sobre la disparidad de dos clases de flujo, como en una sima insondable en la que se engendran ganancia y plusvalía: el flujo de poder económico del capital mercantil y el flujo llamado por irrisión «poder de compra», flujo verdaderamente impotente que representa la impotencia absoluta del asalariado al igual que la dependencia relativa del capitalista industrial”.10

En este sentido, siempre será muy importante, para lograr adoptar una perspectiva auténticamente crítica, tomar en consideración las diferencias existentes entre las potencias y las impotencias de los cuerpos individuales y las potencias y las impotencias del cuerpo social o el cuerpo político de las poblaciones como efecto o marca del ejercicio de un poder soberano11 o de un poder disciplinario,12 o de un poder regulador o biopolítico,13 o incluso –si así se prefiere para ser más precisos– de un biopoder14 que viene articulando estas tres tecnologías de poder que acabamos de mencionar en un mismo proceso de normalización totalitaria en las llamadas “sociedades de control”. Como bien ha visto Natalia Ortiz Maldonado: “Mientras la anatomopolítica aumenta las aptitudes de la vida en los cuerpos individuales, la biopolítica regula la vida poblacional y la ajusta a fenómenos económicos de conjunto. No se trata de un poder que libera a la vida, sino de un poder que intensifica la vida que se produce y administra en sus propias tecnologías”.15 La impotencia que podemos descubrir en un cuerpo reprimido, explotado o aniquilado, de acuerdo con esto, no es la misma impotencia que expresa una población en duelo, aterrorizada o docilizada. Por lo tanto, tomar al cuerpo como punto de partida para la filosofía –como nos sugiere Marina Garcés siguiendo a Maurice Merleau-Ponty– implica no reducir a los cuerpos a su mera anatomía o convertirlos en simples objetos de deseo; tampoco se trata de pensarlos llanamente como una máquina16 o como un mero dato biológico o estadístico, sino de pensarlo como un conjunto de relaciones, carnales y psíquicas, visibles e invisibles, conscientes e inconscientes, verbales y gestuales, en las que se expresa lo que somos, ya que –en un tono más claramente nietzscheano– el cuerpo efectivamente es una “gran razón”, un “nudo de fuerzas en conflicto”, de la que nuestro yo, que siempre pretende elevarse por encima de todo, sabe bien poco o casi nada.17

Por otro lado, cada cuerpo lleva las marcas anónimas que va dejando a su paso la emergencia histórica de lo prohibido, lo bello, lo feo, lo normal, lo anormal, lo sano, lo enfermo, o, para ser más exactos, cada cuerpo se produce y reproduce en el embrollado anillado de múltiples marcas de poder, pero que también son la huella o el vestigio del acontecer material de sus potencias (entendidas aquí como fuerzas activas) y sus posibilidades libertarias o emancipadoras (entendidas aquí como flujos o líneas de fuga). Además, hay que terminar de entender que todas estas marcas siempre son políticas, de un modo u otro, y que lo son por ser productos histórico-sociales, culturales, lingüísticos, pulsionales o afectivos de una estrategia de poder. Viven y se recrean en las formas materiales de las experiencias vivas de una lengua, de las prácticas cotidianas, de los hábitos, de las creencias, de las pasiones, de las instituciones culturales, inscribiéndose y dejando grabadas las improntas de su acontecimiento como afectos de cuerpos que se mueven entre otros cuerpos, como tramas y despliegues que suceden entre cuerpos individuales y colectivos, es decir, como cuerpos entramados que también se despliegan o movilizan como el cuerpo material de individualidades diluyéndose entre las potencias e impotencias de una multitud.18 A final de cuentas, la potencia que la multitud extraña en su impotencia es la que le permitiría sustraerse al poder mientras que, al mismo tiempo, este repliegue ayuda a restarle su potencia al poder,19 para romper así la indiferencia e indolencia individualista predominante en nuestro tiempo y construir, con base en dicha potencia y los sentimientos de potencia vinculados a ella, subjetividades colectivas y antagónicas, un cuerpo social sin sujeciones de identidad, múltiple, diverso, amorfo, sin funciones pre-establecidas.20 Debido a esto, como ha insistido Marina Garcés: “Un cuerpo es un nudo de relaciones que no empieza ni acaba en él mismo”.21

También es necesario tomar en consideración que las implicaciones ético-políticas que han surgido al pensar a los cuerpos de diversos modos han sido centrales en el desarrollo de las estrategias biopolíticas para el control de las poblaciones y que solo se han logrado visibilizar pobremente algunas de las maneras, como los saberes y las prácticas, participan activamente en la construcción de las formas de regulación o normalización que recaen en los nacimientos, en los ciclos de vida, en las enfermedades, en las formas del disfrute, del gozo, en los procesos de sanación, en las formas de la muerte, de los acontecimientos que afectan a los conjuntos poblacionales en circunstancias específicas, pero que también tienen un efecto sobre las complejas operaciones para profundizar la desigualación de clases sociales, de los géneros, de las etnias, de las sexualidades diversas, de toda minoría22 y toda diversidad anómala,23 como parte del establecimiento político y cultural de la norma, la normalidad y la normalización.24

Desde una mirada genealógica, se ha hecho necesario pensar por separado los territorios del alma y los territorios del cuerpo, no para refrendar ningún dualismo, sino tratando de hacer analizable filosóficamente la configuración de territorialidades o territorializaciones específicas, pero también todo tipo de extraterritorialidades, desterritorializaciones, reterritorializaciones o territorialidades en tránsito. Los cuerpos fueron concebidos durante mucho tiempo, bajo una comprensión meramente biológica o médica, como si efectivamente se tratara de organismos con una unidad física, tangible y material. Pero el cuerpo, especialmente cuando se le intenta entender en su materialidad radical, puede pensarse como un amplio territorio por explorar –o incluso como un conjunto de ellos– y también como un misterio o enigma que oculta su funcionamiento estructural exhibiendo solamente su funcionamiento simbólico.

Así, divididos ya los territorios en los que han de desplegarse las acciones y los saberes, y organizadas ya las prácticas y las profesiones sobre el cuerpo, así como los mecanismos disciplinarios y los dispositivos de control, ha sido necesario buscar los puentes articuladores que nos conduzcan al estudio de su devenir esto o devenir aquello, incluso más allá de su visibilidad o invisibilidad, de su espectacularidad o superficialidad, de su profundidad o su máscara. En realidad nada importa si el giro lingüístico y el estructuralismo predominantes en el siglo XX ampliaron o no las condiciones de invisibilidad de los cuerpos y sus relaciones. Puede considerarse, incluso, que las corporalidades se han configurado como los impensados no lugares del lenguaje y la imaginación. De cualquier forma, la contundente materialidad de los cuerpos mantiene siempre abierta la posibilidad de una reflexión filosófica sobre ellos. Solo es necesario no perder de vista que, aunque diversas filosofías hayan avanzado en la deconstrucción del sujeto moderno, tanto los cuerpos de las acciones políticas como los de las diversidades sexuales o los de diseño, en los cuales las tecnologías parecen sostener la posibilidad de dar cuenta de todo tipo de prácticas sociales, así como las formas específicas de la corporalidad y de las territorialidades que estas configuran, han ido más rápido que las teorías.

Los cuerpos son ellos mismos territorios vivos y, justo por eso, conviene pensarlos como espacios lisos o estriados,25 pues son espacios en los que se expresan los afectos de los individuos y las poblaciones como síntomas o efectos de las relaciones de poder. Toda territorialidad cuenta, de acuerdo con esto, con una vitalidad y con una expresión propia, así como con una configuración política.26 Por eso toda corporalidad puede ser leída, descifrada o interpretada. Los cuerpos hablan, tienen una memoria, una expresión material que se cifra y puede ser descifrada. Se ha hecho necesario, por ello, poder reflexionar sobre cómo operan las vitalidades de lo corporal en la configuración de las subjetividades y de las relaciones de poder.

Además, también vale la pena tener presente que incluso los cuerpos de los muertos hablan –aunque muchos desearían que no fuera así– porque, aunque sus cuerpos son inertes, ya no tienen vida, algunos de sus lazos vitales se mantienen presentes en los afectos que se activan o se desactivan en la corporalidad de sus dolientes, quienes de entrada sufren su pérdida, pero también suelen sentir furia, tristeza, desolación –y muchas otras pasiones– como reacción ante la presencia del cuerpo inerte de su muerto, especialmente cuando intuyen los signos que les hablan de una muerte injusta, de un crimen cometido, de una violencia perpetrada, y eso los pueda hundir en la más insoportable impotencia: la que suele sentirse frente a la impunidad, esa dolorosa impotencia en presencia de un crimen sin castigo. Porque es entonces cuando, con la mayor claridad posible, los muertos hablan y reclaman justicia.27 Así que hay que ser consecuentes y empezar a distinguir, entre lo abrumador de las noticias cotidianas y el duelo permanente, esa distancia que separa tajantemente el morir y el matar, pues efectivamente la muerte no es un problema debido a que es nuestro destino manifiesto, pero el asesinato “sí que es un problema que tiene hora, lugar y responsables que pueden ser denunciados y combatidos”.28 El crimen del asesino siempre se revela más profundo en su violencia perpetrada porque –como dice Adriana Cavarero– “va a las raíces mismas de una condición humana que es ofendida a nivel ontológico”.29

Ahora bien, esa doble impotencia –en países como México– es parte de una impotencia mucho mayor y mucho más compleja, pues la provoca la impresión generalizada y apabullante de que la violencia criminal nunca ha de acabarse. Marina Garcés incluso ha llegado a relacionar sorpresivamente esta impotencia de las víctimas con la de los asesinos, pues considera que estamos en una época en que “vivimos y matamos y no sabemos cómo parar, porque no nos mueve la intención sino que nos atrapa la impotencia. Impotencia de no poder parar: la paradoja es tan dolorosa que acaba anestesiándonos mientras seguimos intoxicándonos”.30 A lo que de inmediato agrega una precisión importantísima, siguiendo a Simone Weil:31

Decía Foucault que el poder soberano se basaba en poder matar y que después, con la evolución de las monarquías absolutas hacia los Estados modernos, el poder se hizo biopolítico y se concentró en gestionar la vida. Ahora podríamos decir que la impotencia, compartida por súbditos y poderosos, es no poder dejar de matar, de matarnos. Una necropolítica indirecta, pues, en la que se confunden, finalmente, víctimas y verdugos.32

Ahora bien, tomando en consideración esta formulación sobre la desconcertante emergencia de esta “necropolítica indirecta”, vale la pena preguntarnos junto con Roberto Esposito: “¿Por qué la biopolítica amenaza continuamente con volverse tanatopolítica?”.33

Por otro lado, en relación con los cuerpos nómadas y la investigación filosófica sobre ellos, se ha vuelto absolutamente indispensable distinguir dos tipos de cuerpos en movimiento: están los que han sido forzados a estar en movimiento y los que han decidido, por ellos mismos, ponerse en movimiento. Los del primer tipo –siguiendo a Michel Foucault y a Roberto Espósito– prefiero pensarlos como producto directo de las relaciones de poder, entendidas como meros “ejercicios de poder”, sea los de un poder soberano,34 los de un poder disciplinario o los de un poder biopolítico,35 que son en su conjunto las tecnologías políticas que operan sobre los cuerpos un biopoder;36 son las formas de corporalidad cuyo acontecimiento en el presente contiene ya la exigencia de construir diagnósticos críticos, desde un enfoque genealógico, para plantearnos el desmontaje de su sujeción, explotación o exterminio: el análisis genealógico de los diversos modos de su impotencia. Los del segundo tipo, en cambio –siguiendo mucho más de cerca a Deleuze y a Guattari–, son resultado de una activación de las potencias ético-políticas de los propios cuerpos, cuya acción libertaria, aunque siga siendo parte de las relaciones de poder, es capaz de poner en juego el destino político de cada cuerpo, de cada forma de corporalidad, pues activa paradójicamente sus sentimientos de potencia, así como el despliegue de todas sus potencias creativas, con independencia de su éxito o de su fracaso.

Entre los que han decidido ponerse en movimiento, están los trotamundos, los trashumantes, los conquistadores, los colonizadores, los exploradores y los nómadas. También están los vagabundos. El nomadismo de estos cuerpos implica una movilización voluntaria, intencional, soberana. Implica la expresión viva de un sentimiento de potencia.37 A ellos nadie los ha empujado a ponerse en movimiento, circulan porque solo fluyendo, embriagados o extasiados con el gozo de una fuerza extraordinaria que han descubierto en sí mismos, son capaces de desatar un sentimiento de potencia, que se expresa como la vitalidad en que su libertad encuentra, sin ningún menoscabo, su feliz realización: el gozo alegre de su despliegue ontológico.38

Los que están huyendo, por otro lado, igual se acomodan entre unos y otros. Pero lo que hay que tener en cuenta es que definitivamente el nomadismo voluntario se desarrolla más allá del escape y de la fuga, más allá del tráfico y consumo de mercancías y de las grandes empresas civilizatorias. Los cuerpos nómadas, tras haber roto sus nexos o apegos territoriales, con los procesos y prácticas que parecían constituir o conformar los distintos rostros de su identidad, se convierten en poderosas e incontrolables máquinas de guerra.39 Y también, por lo mismo, desde su irremediable divergencia, diversidad y diferencia, se convierten voluntariamente en “sujetos peligrosos” o “enemigos públicos”.

Ahora bien, entre los que han sido forzados a ponerse en movimiento se destacan los exiliados y los desplazados, sobre todo por el papel que juegan las condiciones de su migración en su inevitable travesía o andanza entre territorios políticos, en su cruce o tránsito de todo tipo de fronteras y marcos jurídicos, pues con alguna frecuencia la marca indeleble de su movimiento en el mundo es la de una situación de conflicto, ilegalidad y vulnerabilidad.40 En el caso de los exiliados, además de su tránsito entre fronteras políticas (nacionales, estatales o regionales), cuenta especialmente su tránsito entre fronteras sociales y culturales, pues debido a eso es muy común que su papel en el exilio, a pesar de las injusticias que pudiera haber generado su movilización forzada, termine siendo el de la transformación o el enriquecimiento cultural de las sociedades que finalmente los alberga hasta terminar transterrándolos por completo, es decir, hasta terminar brindándoles un nuevo enraizamiento, una nueva territorialidad. En el caso de los desplazados, aunque muchas veces no implique un exilio que atraviese las fronteras de una nación, su desplazamiento forzado implica, de todas formas, un desarraigo territorial y el tránsito sin retorno de las fronteras o límites jurídicos del Estado de derecho en el que está basada la idea moderna de Estado y de Nación, pues ahí donde se violenta el mismo derecho para procurar la autoconservación del Estado o de una nación, aunque parezca lograr así efectivamente la conservación de su configuración y sus propósitos jurídicos, termina declarándose irremediablemente como un proyecto fallido debido a su injusticia e impunidad. El cruce de fronteras de los cuerpos desplazados implica, debido a esto, la destrucción de unas fronteras o límites jurídicos que nunca deberían atravesarse, pues se trata de un camino que nos conduce sin regreso hacia la injusticia criminal del exterminio estratégico, irreparablemente genocida e irreversiblemente totalitario. Y esto explica –como bien lo ha puesto en evidencia Mario German Gil Claros– por qué no hay cobardía en el miedo y la huida de los cuerpos nómadas que un buen día se descubren completamente impotentes frente a una violencia que desborda sus fuerzas por completo y por qué, en su movimiento nómada, no hay sino una acción aplastante, completamente arrolladora y apabullante, que se alimenta del miedo, de la sangre, del sufrimiento y de la misma muerte.41

Ahora bien, comprendidas así las circunstancias de este tipo de movilización nómada, así como el hecho de que lo que caracteriza a las violencias que provocan este tipo de nomadismo forzado es el aseguramiento biopolítico de la vida, resulta que la lucha a muerte a favor de la vida arraigada, por parte de los desplazados, se caracteriza por su valiente enfrentamiento a la violencia criminal que ha intentado desarraigarlos y la denuncia permanente que su lucha mantiene viva, no solo como un testimonio de vida a favor de la verdad, sino como un testimonio de vida sobre el valor de la vida y de la misma muerte. Marina Garcés, recordando el grito de “Campanades a morts”, la canción que Lluís Llach dedicó a la matanza de una iglesia de Vitoria, afirmaba lo siguiente con una dolorosa exclamación:

Aquel grito resuena hoy, no dicho, en el silencio impotente que acompaña cada noticia. Los refugiados que no encuentran refugio, está claro. Pero también el engaño del diésel, y las ejecuciones hipotecarias, y los sueldos míseros, y la minería extractiva que hace funcionar nuestros bienes de consumo, el tráfico de mujeres y niños, y las fábricas en las que se cose la ropa que felizmente lucimos a bajo precio […] Es el crimen. El crimen hecho normalidad, actualidad, noticia y también banalidad. ¡Asesinos!42

Pero justo en esta línea de pensamiento crítico también hay que tener presentes a los cuerpos nómadas que han sido víctimas del tráfico de humanos en cualquiera de sus modalidades, así como los que han sido víctimas de una desaparición forzada. Ambos casos son indignantes de inmediato, pero también son esclarecedores sobre la trama que suelen tejer las relaciones de poder para activar o desactivar los pliegues o los despliegues de las potencias vitales de los cuerpos. “El crimen, más que simplemente llevado a cabo, es puesto en escena como una ofensa intencional a la dignidad ontológica de la víctima. Con toda evidencia, la cuestión no es a quién matar sino deshumanizar, ensañarse sobre el cuerpo en cuanto cuerpo, destruyéndolo en su unidad simbólica, desfigurándolo”.43 Y no podemos perder de vista esto aunque se trate del grado cero o anulación de todas las potencias efectivas de esos cuerpos secuestrados, vejados y traficados, o desaparecidos, violados, destazados, disueltos, destrozados, destruidos, aniquilados, porque aún está en juego el poder contener o no la anulación de todas sus potencias posibles. Su acontecimiento es el síntoma de un nomadismo inconsciente e involuntario; sin embargo, al final de cuentas, no deja de tratarse de cuerpos nómadas aunque hayan sido sometidos a un desarraigo, a una desterritorialización radical (movilidad forzada), justo para explotar o anular su nomadismo efectivo o posible, su movilización política, su movimiento como expresión de un sentimiento de potencia.

Todas estas formas de corporalidad violentada, de igual forma, también implican algún tipo de corporalidad nómada, aunque no sea tan evidente, no por haber sido forzados a ponerse en movimiento, sino por efecto de un biopoder que se despliega sobre ellos como resultado de la instalación de algún dispositivo de control o de algún mecanismo de dominación, explotación, represión o exterminio, con la intención de anular, de un modo o de otro, el libre movimiento de las potencias vitales de su corporalidad, que es la forma más básica e importante de todo nomadismo. Su movilidad forzada es el síntoma de una violencia perpetrada directamente sobre su corporalidad territorializada, sobre la vitalidad de su cuerpo enraizado en un terruño, contra sus arraigos, habitaciones o territorialidades.44 “De las formas actuales de la enfermedad del desarraigo”, nos dice Simone Weil, “el desarraigo de la cultura no es el menos alarmante. La primera consecuencia de dicha enfermedad es generalmente, en todos los ámbitos, que, al haber cortado las relaciones, cada cosa es considerada como un fin en sí mismo”.45 Todos son migrantes y conforman poblaciones nómadas por el efecto de poder del despliegue de un conjunto de estrategias biopolíticas, y la suya es ineludiblemente una posición de vulnerabilidad, de precariedad, de vida nuda, pero la radicalidad extrema en el caso de algunos de estos cuerpos nómadas responde simplemente a que han sido arrancados de sus hogares produciendo una profunda desgarradura que hoy se nos presenta, sin embargo, como el testimonio dolorosamente vivo de un acontecimiento funesto: ellos ya no están en movimiento, aunque podamos pensarlos como cuerpos en tránsito, pues su actual movilidad es la misma que suelen tener las mercancías o los materiales de desecho46 de acuerdo con los voraces principios de una economía global, del llamado modo de producción capitalista; sus cuerpos han sido violentamente removidos de su tierra, de su carne, de sus raíces, sin importar ni las fronteras ni los límites, pero las territorialidades que solían encarnar no tienen por qué desaparecer, olvidarse o diluirse. Esas territorialidades siempre pueden volver a recuperar su vitalidad y a ponerse en movimiento desde la potencialidad de los cuerpos que un día fueron. No debemos olvidar –como nos sugiere Marina Garcés– que la “dirección la marcamos nosotros”, especialmente si tomamos en consideración lo siguiente:

En México, entre esqueletos y zombis, nos lo recuerdan insistentemente los relatos de los asesinatos, mutilaciones y desaparecidos, de los muertos que han sido matados. Están por todas partes, antes y después de Todos los Santos, presencias que asedian la vida de los vivos porque son las heridas de su día a día. No son un trasfondo ni una noticia en el periódico. Son una ausencia y una amenaza que refuerza la lógica del poder. Ayotzinapa, el pueblo donde desaparecieron los 43 estudiantes de magisterio, es ahora el nombre, uno más, que concentra el duelo, la rabia y la resistencia por tanta muerte. Un nombre, un grito de vida, que se alza contra el dominio de la muerte.47

Y así de desconcertante resulta, ya que para poder encontrar este tipo de extrañas oportunidades de vida en medio del horror48 es importantísimo aprender a observar y comprender lo positivo en la negatividad de las cosas,49 el misterio que se nos descifra en el corazón de su sinsentido, de su paradójica y desgarradora lógica, pues esos muertos asesinados, desparecidos y muchas veces difamados y criminalizados son efectivamente las “heridas” que nos asedian cotidianamente, cuestionando el sentido de nuestras vidas con su presencia fantasmal, pero también enunciando su enigma y poniendo a nuestro alcance su desciframiento: “La herida es el límite del pensamiento”.50 Así que no queda más remedio que aprender a ocuparnos de nuestras heridas y para ello es importante tener en cuenta –como bien lo ha explicado la filósofa catalana– que “hacerse cargo de la herida es, antes que nada, no taparla, no enmascararla con conceptos que contribuyan a enmascararla, a olvidarla o a justificarla”.51

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15 kasım 2024
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262 s. 4 illüstrasyon
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9789876919791
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