Kitabı oku: «RRetos HHumanos»
RRetos HHumanos
TIEMPOS DE PANDEMIA
Rosa Allegue, Juan Antonio Esteban Bernardo, Luis Expósito Rodríguez, Aurora Herráiz Águila, Astrid Nilsen de la Cuesta, Tomás Otero Pino, Manuel Pozo Gómez, Lorenzo Rivarés Sánchez, Enrique Rodríguez-Balsa, Julio Rodríguez Díaz, Beatriz Soriano Muñío, Juanjo Valle-Inclán Bustamante

Categoría: Directivos y líderes
Colección: Gestión de personas y del talento
Título original: RRetos HHumanos.
Tiempos de pandemia
Primera edición: Septiembre 2021
© 2021 Editorial Kolima, Madrid
www.editorialkolima.com
Autores: Rosa Allegue, Juan Antonio Esteban Bernardo, Luis Expósito Rodríguez, Aurora Herráiz Águila, Astrid Nilsen de la Cuesta, Tomás Otero Pino, Manuel Pozo Gómez, Lorenzo Rivarés Sánchez, Enrique Mª
Rodríguez Balsa, Julio Rodríguez Díaz, Beatriz Soriano Muñío, Juanjo
Valle-Inclán Bustamante
Dirección editorial: Marta Prieto Asirón
Maquetación de cubierta: Sergio Santos Palmero
Maquetación: Carolina Hernández Alarcón
Colaboradora: Mercedes Galán García
ISBN: 978-84-18811-27-2
Impreso en España
No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares de propiedad intelectual.
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Por Lourdes.
Por Juan Antonio.
Prólogo
Es realmente curiosa la obsesión que tienen los seres humanos por ser humanos y la cantidad de consejos y sugerencias que se les hacen en este sentido para alcanzar la excelencia en la materia. A lo mejor bastaría con convencerlos de que los seres humanos son siempre forzosa e inevitablemente humanos «velis nolis» y cualesquiera que sean sus talentos, virtudes o capacidades.
Prologar un libro de relatos o retratos humanos no es por ello cosa sencilla. En los dos primeros volúmenes, Paolo Vasile y Carme Chaparro lo han hecho con decisión y sin darle más vueltas de las necesarias. Yo pretendo hacerlo con dudas de todo género y dándole revueltas hasta el límite del mareo porque ellos ya han ocupado todo el terreno por cubrir y todas las ideas sensatas aplicables. Mi propuesta sería hacer una colección de historias inhumanas para que los lectores pudieran comparar los dos extremos y llegar a conclusiones que muy probablemente representarían el término medio entre lo uno y lo otro porque, como dice el refrán romano, «in medio stat virtus».
La humanidad ha dado todo género de ejemplos de comportamientos, incluyendo los más dramáticos y los más brillantes, y ese proceso dual continuará «sine die».
Ojalá algún día acaben siendo un yin-yang en donde las fuerzas distintas sean opuestas pero interdependientes y tengan capacidad para transformarse en sus opuestos.
Sugiero, con otros que lo han hecho antes, eliminar la palabra recursos y sustituirla por activos, o cualquier otra mejor que dignifique a los trabajadores y su función en la empresa. Y ya puestos, seguir perfeccionando las medidas para humanizar el trabajo y no darnos ningún descanso en esta tarea decisiva.
Antonio Garrigues Walker
Presidente de Honor del bufete Garrigues
Presidente de la Fundación Garrigues
Presidente de Honor de España con ACNUR
Introducción
Muchas cosas han sucedido en nuestras vidas desde que en agosto de 2015 un grupo de profesionales vinculados a los Recursos Humanos decidimos embarcarnos en la maravillosa aventura de escribir un libro. Si hacemos un repaso rápido nos puede parecer hasta mentira cuántas cosas pueden pasar en la vida de once personas en tan pocos años. En lo literario conseguimos publicar aquel primer libro con la editorial LID (RRelatos HHumanos, 2016), y le dimos continuidad con un segundo libro publicado por la editorial Kolima (RRetratos HHumanos, 2019). En lo personal hemos vivido matrimonios, el nacimiento de nuevos hijos, enfermedades severas, el fallecimiento de los seres más queridos, cambios importantes en la trayectoria profesional, la jubilación de algunos miembros del equipo y también hemos sufrido una pandemia.
El grupo inicial se ha modificado ligeramente. En este tercer proyecto no nos han podido acompañar ni Ana López Seisdedos ni Carlos Cid Babarro, pero se han incorporado tres mujeres, Aurora Herráiz, Beatriz Soriano y Astrid Nilsen, con lo que hemos aumentado el grupo a doce personas. Nuevas voces, perspectivas nuevas, que nos han traído como fruto una mayor diversidad. En aquel primer libro hablábamos de las emociones, y tuvimos presente que lo humano está antes que el recurso y que las personas son el valor más importante que tiene la empresa. En el segundo encontramos que el tema de fondo deberían ser los valores, y nos inspiramos en una cita de Albert Einstein, que se extendió por el libro como un hilo conductor perfecto: «Procure no ser un hombre de éxito, sino un hombre de valores». Este tercer libro es más personal, más intimista, pues sus relatos dejan más desnudo que nunca a cada autor. Por fuerza, en este contexto una palabra tenía que brillar más que las demás: sentimiento.
Y esto es lo que se va a encontrar el lector en este libro de doce relatos: sentimientos. Porque no podemos eludir el hecho de que hemos vivido un confinamiento, de que nuestros horarios, nuestras costumbres, el mundo laboral, y también nuestras relaciones personales y familiares, se han visto modificados por esta pandemia. Por ello, porque la realidad no se puede esquivar, el lector se va a encontrar con nuestros sentimientos, que le llegarán a través de los personajes de este libro, y principalmente a través de nuestra protagonista, Irene Díaz de Otazu, directora del departamento de Recursos Humanos de la empresa Green Technology, que con el paso del tiempo y de tres libros se ha vuelto más sensible y más humana, aunque también se ha ganado unos cuantos detractores. Desde luego nuestra Irene es una persona que no pasa desapercibida.
Pero no hemos querido quedarnos bloqueados en una época removiendo nuestras lamentaciones. Hemos querido hurgar en lo más profundo del tiempo de reflexión que nos ha tocado vivir para buscar una salida airosa, positiva y optimista, pensando que después de la pandemia hay algo más, que hay un nuevo tiempo al que nos tendremos que adaptar para afrontar la vida con entusiasmo y fortaleza.
Este tercer libro es ante todo un libro de amor que nace para mantener vivo el recuerdo de Lourdes, la esposa de Juan Antonio Esteban, a quien está dedicado el libro. «El dolor de ahora es parte de la felicidad de antes. Ese es el trato». La cita del británico Clive Staples Lewis no puede ser más acertada para iniciar el primer relato del libro, «La distancia», un auténtico poema de amor que Juan Antonio Esteban escribe en recuerdo de Lourdes.
No puede faltar el homenaje a las personas mayores que con tanta entereza y ejemplaridad han transitado por este tiempo de sombras. «Sourire, toujours sourire», de Manuel Pozo, un relato que toma su nombre de una canción de Joséphine Backer, y «El hada del vergel», de Aurora Herráiz, son el claro homenaje a la generación que tiene ahora alrededor de ochenta años. En este contexto de honrar a nuestros mayores y a la tierra que les vio nacer situamos también el relato «Todos los hombres que fui», de Julio Rodríguez Díaz, que sorprenderá al lector por su lírica, por la belleza descriptiva de sus paisajes... y por algo más imposible de anticipar en esta introducción.
La COVID-19 nos ha puesto las cosas difíciles en lo personal y en lo laboral, obligándonos a sacar lo mejor de nosotros mismos. Hay relatos que describen nuestra inmensa capacidad de superación personal de cualquier obstáculo. Son relatos que emocionarán al lector porque se verá innegablemente reflejado en sus personajes y en su lucha por sobreponerse a las adversidades. «Retazos Humanos», de Lorenzo Rivarés, nos presenta la dignidad de un discapacitado en una empresa llena de hostilidades y luchas de poder. Y «María se hizo invisible», de Astrid Nilsen, nos demuestra que, con tenacidad y astucia, las nuevas situaciones que se han producido en las empresas, que han traído un impulso tecnológico, ocultan herramientas que bien aprovechadas pueden contribuir al desarrollo personal. Este relato tiene continuidad en «La reina multitarea en el embudo del amor», de Beatriz Soriano, en el que la protagonista nos revela las extrañas amistades y alianzas que se tejen a través de las redes sociales y cómo estos nuevos círculos de amistad pueden ayudar a superar los problemas.
Pero si queremos destacar un relato que contiene un verdadero ejemplo de superación personal hay que leer «Una de las ocho», de Rosa Allegue. Estoy convencido de que muchos lectores no se conformarán con una única lectura y una vez terminado volverán al inicio para recrearse en lo emocionante de sus líneas. A estas alturas del libro el lector habrá descubierto la carga personal que hay detrás de cada personaje, y le será difícil separar qué pertenece a los protagonistas de la historia y qué al autor de cada relato.
«El problema eléctrico», de Tomás Otero, viene a incidir en las posibilidades tecnológicas que ha abierto esta nueva etapa y en lo necesario de encontrar nuevas perspectivas y nuevas personas que permitan desbloquear los problemas y las relaciones estancadas.
«Mi mejor año», de Enrique Rodríguez-Balsa y «El club de los siete», de Luis Expósito, son relatos endogámicos, metaliterarios, ya que hablan de nuestro grupo y de las actividades que hemos realizado al margen de estos libros que hemos escrito. Tocando de manera tangencial el mundo de los Recursos Humanos, plantean una visión personal y optimista de cómo afrontar una época de crisis y de cómo ayudar a los demás en momentos difíciles como los que nos ha tocado vivir. Desde la conversación entre dos amigos en un café con tintes literarios que se plantea en «Mi mejor año» hasta los múltiples escenarios que se nos presentan en «El club de los siete», el lector se ve inmerso en una búsqueda personal para abrir nuevos caminos a recorrer en la vida, ya que las viejas sendas por las que transitábamos en el pasado se han cerrado por distintas circunstancias.
Pero hemos dicho que no nos queremos quedar anclados en el presente, que queremos mirar hacia el futuro. No se me ocurre mejor cierre para nuestro tercer libro que un relato futurista y distópico como el que ha escrito Juanjo Valle-Inclán con el título «Jaque mate en tres». Juanjo nos sitúa en la España de 2034, tan cerca y tan lejos, año en el que las cosas en España habrán cambiado de manera significativa. Esperamos que podamos avanzar juntos hacia ese 2034 que está a la vuelta de la esquina y que nuestras historias, lector, te hagan más llevadero el camino.
Manuel Pozo Gómez Coordinador literario de la obra
I. La distancia
«El dolor de ahora es parte de la felicidad de antes.
Ese es el trato».
C.S. Lewis
En las primeras semanas de la pandemia todos estábamos un poco aturdidos. La empresa nos había mandado a trabajar a casa y nuestro día a día era frenético.
Pasábamos la jornada, y mucho más, enfrente del ordenador y enganchados al teléfono. Los primeros días de tele-trabajo habían transcurrido entre la incredulidad y una mezcla de euforia por la sensación de libertad al quedar fuera del escrutinio físico de compañeros y jefes, y de incertidumbre por lo que significaba la amenaza del virus. Se había generado una necesidad compulsiva de estar activos y en contacto, negando la realidad del confinamiento.
Era extraño mirar por la ventana y ver la calle desierta. La enfermedad aún era un enemigo invisible, una cifra que había que creerse. Lo único tangible eran los aplausos en el frío de la noche. Ver a todo al mundo asomado a las ventanas provocaba la sensación de estar viviendo una película. Éramos prisioneros en una cárcel familiar y nos asomábamos por las rejas de nuestras celdas para aplaudir a los carceleros.
Recuerdo que ese día estábamos en una videoconferencia todos los directores de departamento, con el director general. Era la tercera de la tarde y estaba siendo especialmente complicada. Por alguna razón había un problema en la red y nos escuchábamos con retardo. Un retraso breve, pero lo suficiente para que las conversaciones se solaparan de manera incómoda.
En esas reuniones nadie se mira a los ojos. Todos están observando desde arriba un punto indeterminado, y así es difícil mantener una conversación con un mínimo de humanidad. La mayoría de los hombres se habían dejado crecer la barba, en una inconsciente protesta por el encarcelamiento, o quizás era una señal rebelde de abandono, como si estuvieran de vacaciones.
Recuerdo lo que estaba pensando cuando el teléfono sonó, porque confieso que me fascinan los segundos planos. Me gusta mirar la decoración del hogar, lo que hay detrás de las caras y adivinar –o imaginarme–, algo personal de la vida de los demás.
Era una llamada de la empresa de Mario. Había perdido el conocimiento. El asunto parecía muy grave y una ambulancia con UCI se lo acababa de llevar.
***
Del hospital recuerdo el silencio.
Las salas de espera de Urgencias parecen haber sido diseñadas especialmente para ser odiadas. Esa noche el panorama helaba el alma. En plena pandemia estaba llena, pero todos allí parecíamos estar solos. Nadie se atrevía a mirar a nadie. Solo se oían las toses. Los enfermos, a la espera de que se les llamara; y los familiares, separados, inmóviles y cabizbajos.
Recuerdo el camino en el coche hacia el hospital. En realidad recuerdo la sensación física que me acompañó. Y si me esfuerzo un poco, aún soy capaz de sentirla de nuevo. Un vacío en la boca del estómago, como si tuviera ahí dentro una mano invisible que hubiera cerrado el puño oprimiendo todo lo que encontraba y una pesadez en la frente que me cerraba los ojos y me nublaba el pensamiento, dejando solo y en primer plano la incertidumbre y el miedo.
Recuerdo, como envuelta en niebla, la primera conversación con el médico: «Su marido ha sufrido un síncope provocado por un ictus frontoparietal derecho. Es grave, muy grave, y estas primeras cuarenta y ocho horas son críticas». Recuerdo la flojedad en las piernas y cómo iba oyendo su voz cada vez más lejos. Recuerdo haberme dejado caer en la silla sin atreverme a mirar a nadie.
Me entregaron sus cosas en una impersonal bolsa gris. Casi con escalofríos guardé en mi bolso su cartera, su reloj y cogí su teléfono. Lo encendí para tratar de entender qué había pasado, pero también, qué absurdo, para sentirme más cerca de él. Abrí su wasap, por si había mensajes. Encontré uno, inacabado. «Cielo, ¿qué tal vas? ¿Y si preparas». Lo último que Mario había estado haciendo antes del ataque era intentar hablar conmigo.
***
El tiempo en los hospitales es distinto que en el resto del mundo. En la frontera de la sala de espera transcurre con cuentagotas. Imaginas que dentro están pasando muchas cosas, y todas afectan a tu vida. Ves médicos y enfermeras moviéndose con indiferencia, y esa falta de empatía con tu angustia te hiere. Cuanto más tiempo pasa, más te consumes. Cuanto más tiempo pasa, más te convences de que todo está peor.
Recuerdo haber pensado que los prisioneros de los campos de concentración debieron pasar por algo muy parecido. Tanto tiempo sin hacer nada, en una espera programada para destruir poco a poco su esperanza.
Recuerdo haber deseado no tener dos hijas para no sufrir la tortura de tener que llamarlas para ver cómo estaban, decirles que se hicieran la cena y tranquilizarlas como si no pasara nada. Cómo odié a cada miembro de la familia que me llamó o me mandó un mensaje, seguros desde el cobijo de sus casas, para preguntarme. Recuerdo cómo me apuñalaba la envidia cada vez que veía a un paciente irse con el alta.
Recuerdo con una claridad muy vívida cuando me llamaron por segunda vez, la impresión que me produjo el médico tras su traje de protección, lo alejada que sonaba su voz, como la de un robot, y lo sola e indefensa que me sentí.
–Vamos a llevarlo a la Unidad de Cuidados Intensivos… No, no puede quedarse con él… las normas son muy estrictas… Su seguridad y la de todos… Solo le permitimos verle unos segundos, en el traslado... La informaremos por teléfono...
Y recuerdo, sobre todo recuerdo, el esfuerzo que me costó poner mi mejor cara para sonreír a Mario cuando su camilla pasó a mi lado. Tenía los ojos entreabiertos y no sé si miraba; me pareció que hacía amago de levantar la mano para intentar coger la mía sin conseguirlo, y mientras veía cómo se lo llevaban los enfermeros envuelto en máquinas, no pude evitar preguntarme si sería esa la última vez que iba a ver a mi marido vivo.
***
La gente me pregunta cómo puedo ser tan fuerte.
A mí me parece que todos somos lo suficientemente fuertes si se nos ponen las pruebas adecuadas para demostrarlo.
Hace un año yo tenía una vida plácida. Plácida, sí. Un trabajo llevadero que casi me gustaba, y eso que Green no es una empresa fácil. Un buen marido que me quería y al que amaba, y unas hijas que crecían felices.
Pero la pandemia llegó a escondidas, aprovechándose de nuestra ingenuidad, para cambiarnos la vida para siempre. Para algunos fue una molestia larga e incómoda que puso a prueba su habilidad para adaptarse a cambios que no habían planeado. A otros les arrojó a la cara su incapacidad para estar solos o les enseñó lo que es vivir con miedo. Y a unos cuantos nos ha enseñado que todo lo que nos une a la felicidad está atado con un nudo muy fácil de deshacer, que más nos vale no renegar de lo cotidiano, no vaya a ser que tengamos que usar esa fuerza que mantenemos escondida.
Lo que hacía más irreal la situación era el tener que hablar con los médicos por teléfono. Una llamada al final de la mañana era el parte diario. Apenas unos minutos para escuchar, con mi corazón latiendo tan fuerte que podía oírlo, los avances o retrocesos. Por muy amables que fueran, cuando colgaba me quedaba una sensación heladora de vacío. Las preguntas siempre se me ocurrían después.
Por necesaria que fuera la medida de impedir visitas a los pacientes, era de una crueldad infinita. Es un dolor imposible de compartir. No habría sido capaz de explicarle a nadie lo que se siente al imaginar la soledad de la persona a la que quieres. Se supone que de alguna manera el orden natural de las cosas de pareja te lleva a cuidar del otro hasta el final de sus días. Pero arrancarte de repente a tu ser querido sin posibilidad ni siquiera de verle es tan inhumano, tan animal… Día a día, minuto a minuto, pensando en qué hará, qué sentirá, quién y cómo le estarán cuidando, con la angustia de no poder aliviarlo estando junto a él…
Tener que pensar en la empresa de Mario mientras él estaba ingresado fue un salto al vacío que tuve que dar sin ni siquiera saber si llevaba paracaídas. Al principio los médicos me dijeron que la recuperación iba para largo y que podría haber secuelas severas. Enseguida supe que su ausencia no iba a ser como cuando tienes gripe o coges unas vacaciones, en las que puedes resolver cualquier problema aunque te cueste varias horas de teléfono.
Mario había heredado de su padre una imprenta de barrio en las afueras de la ciudad, que con mucho trabajo había conseguido reconvertir en una empresa de artes gráficas que vendía al mundo de la televisión y la organización de eventos.
Él llevaba esa responsabilidad de manera muy liviana, como si apenas le pesara. Ahora que yo tenía delante la tarea majestuosa y enigmática de cuidar del negocio de la familia, del futuro de mis hijas y de las casi treinta familias a las que daba de comer el negocio, me sentía muy pequeñita, algo así como estar en la base de un enorme rascacielos mirando hacia arriba.
Juan Fran era la mano derecha de Mario. Leal, abnegado y polivalente, era el escudero ideal, un complemento que lo convertía en una ayuda impagable.
Cuando le conté por teléfono que había decidido tratar de cubrir su ausencia, asumiendo el peso de compaginarlo con mi actual trabajo y el cuidado de la familia, pareció sentirse complacido.
–No te preocupes mucho por no conocer el negocio. En el fondo, da igual que imprimas carteles para saraos de la farándula o que vendas naranjas. Lo que hace funcionar a los negocios son las personas. Trata de hacer que estén a gusto y lo demás vendrá solo.
»¿Sabes? Cuando tu marido está en el taller nadie de fuera sabría decir quién es el jefe. De alguna manera él les hace sentir que no son empleados, sino personas. Es una cosa tan simple y que sin embargo hace tan poca gente…
»¿Te ha contado que los días del cumpleaños de sus hijos les da la tarde libre? Sin pedirles que recuperen las horas. Incluso les da dinero de su bolsillo para que les compren un regalo. Pues no te puedes imaginar el efecto que eso tiene. Y muchas cosas así. Luego ellos se lo devuelven con creces.
»Tú solo tienes que ser tú misma; no trates de imitarle. Procura que la gente sepa que hay alguien al frente para que no tengan miedo y déjame a mí el trabajo sucio.
Tan sencillo y tan complicado.
Sí. ¿De dónde salen las fuerzas para llevar una casa, manejar una empresa que no conoces, seguir con tu trabajo y tranquilizar a tus hijas para que hagan vida normal cuando tu marido está grave en el hospital rodeado de muerte?
¿Voy a estar a la altura? ¿Qué va a ser de mí? ¿Cómo me voy a quedar después de esto?
La voz de Juan Fran seguía sonándome en la cabeza. Necesitaba recordar su tono sereno para calmarme.
«Sobre todo, procura estar atenta y tranquila. Todas las crisis, pero esta más, sacan lo mejor y lo peor de cada uno. Va a ser el momento para las personas de verdad».
***
Sus palabras a lo largo del confinamiento se fueron convirtiendo en una turbadora profecía.
En Green, cada día que pasaba, la distancia nos iba desgastando sin piedad. Parecía que las paredes de las oficinas hubieran sido el dique de contención de una serie de problemas latentes, como si el contacto físico fuera el cordón umbilical que nos unía a la cordura.
La actividad también se multiplicó de manera insólita. Yo creo que en cierto modo muchos se sentían obligados a demostrar que estaban ahí, detrás del teléfono o del ordenador, y las llamadas y las videoconferencias se convirtieron en la razón que justificaba nuestro trabajo. Lo irreal de la situación apenas camuflaba el cansancio que íbamos acumulando.
Clientes, compañeros y directivos estaban confusos y asustados, y pronto se pudo ver que nadie se ponía al frente, por lo que unos y otros parecíamos náufragos que no saben nadar y se mueven de forma frenética para evitar ahogarse.
Debe ser difícil manejar el miedo de los otros cuando parte de tus obligaciones es cuidar de ellos. Los bebés se tranquilizan cuando ven el gesto de su madre u oyen su tono de voz. Pero eso tan mágico se pierde con el tiempo. No todos estaban preparados para manejar ese temor, ni el propio, ni mucho menos el de los demás.
Pero tampoco es tan fácil esconderse. Y la temeridad y la ignorancia, mezcladas con la distancia, pueden ser muy destructivas, como lo fue la torpe intervención de nuestro presidente ya bien avanzado el confinamiento.
Por aquel entonces todos nos preguntábamos, de forma más o menos abierta, adónde iba Green y cómo íbamos a salir de esta.
Nuestra relación con la empresa apenas se limitaba a recibir noticias, casi nunca buenas, desde Recursos Humanos, que además se preocupaban de hacerte ver que estaban trabajando desde la oficina, como para expiar sus decisiones.
Cuando te llamaban, o peor, te escribían un frío correo, solía ser para notificarte que te quedabas en ERTE, o si lo estabas, para decirte que ibas a trabajar aún menos. Hubiera sido de mucha ayuda que alguien explicara cosas básicas como el porqué y el para qué de esas decisiones, para no minar más el estado de ánimo de una plantilla que esperaba las noticias como los legionarios traidores esperaban la señal del centurión para ser diezmados.
Pues bien, el presidente nos convocó a una conferencia multitudinaria un viernes por la mañana a última hora. Se me pasó por la cabeza, como un presentimiento, que todos los despidos mal hechos que he visto durante mi carrera se habían hecho ese día de la semana y a esas horas.
Su discurso causó un efecto devastador. Incómodo tras la pantalla, en un tono tan optimista que parecía irreal e insultante, y con muy pocas ganas, se limitó a agradecer el esfuerzo de todos y a darnos ánimo ante lo que nos quedaba por delante, «que es mucho y desconocido». Ni siquiera tuvo la decencia de ponerse ropa adecuada para la ocasión y se dirigió a nosotros con una camiseta deportiva desde el salón de su casa, un escenario en el que detrás asomaba una bicicleta estática que no se dignó a quitar.
Sin rumbo, sin sensibilidad, con la mitad de los trabajadores de Green agotados y la otra mitad derrotados por el desaliento, no fue de extrañar que a partir de ese momento se abriera la veda para el saqueo de la moral y de los valores, como cuando en una ciudad en toque de queda se apagan todas las luces y los vecinos se lanzan a la calle de rapiña porque saben que no hay nadie al mando.
***
No sé cómo habría actuado yo en este estado de cosas si no hubiera ocurrido lo de Mario.
Descubrí que hay varios tipos de horror, y que cada uno puede ser más terrible que el anterior hasta el punto de anularlo.
En el hospital me repetían una y otra vez que las visitas estaban prohibidas debido a la pandemia, fuera cual fuera la causa por la que mi marido estaba hospitalizado, y que en este caso además mi presencia no iba a resultar de ayuda para el enfermo y era una práctica de riesgo para él, para mí y para los demás.
Lloré, protesté, supliqué, busqué influencias, quién sabe de lo que hubiera sido capaz para poder visitarlo. Todo en vano.
Y comprendí que la angustia es más que un estado mental: es un lastre físico, como llevar en el estómago un globo lleno de ácido que alguien ha pinchado y que va dejando escapar un hilo que te come por dentro, que no te permite olvidarte ni un segundo de tu tragedia. Tan cruel que aunque no duermas y debieras estar agotado, te mantiene no solo alerta sino en un estado de clarividencia asesino.
Vivir sin noticias cuando la persona a la que quieres se consume en la distancia se parece mucho a morir. Todos los días, al final de la mañana, el médico llamaba puntual para informar de las novedades. Una llamada corta, protocolaria, fría como la sala de urgencias. Si acaso, esa conversación servía para reanimar un poco el espíritu, pero hasta el mediodía el ácido fluía hasta provocar dolor.
Después de hablar con el hospital había una tregua, muy breve, pero que me daba fuerzas para informar a mi entorno y mantener el tipo ante las niñas, guardar una sonrisa para responderles cuando levantaban la cabeza de sus deberes y preguntaban por papá, ajenas a mi tortura.
Todo lo demás era accesorio. Eran miedos anulados por el miedo supremo.
El interés de todos, las llamadas de la familia, los wasaps de los amigos, los despachaba con frialdad inmisericorde. Ellos me decían que admiraban mi fuerza y mi entereza, yo no les contestaba que en realidad era indiferencia.
En Green también había miedo.
Lo vi enseguida en las videoconferencias posteriores al discurso del presidente. Aunque el malestar aún no fuera explícito, los comportamientos se convirtieron en síntomas inequívocos de putrefacción. No era difícil recibir mensajes de compañeros que estaban en la misma reunión, intercambiando memes, o burlándose de cualquier aspecto que se comentara.
Y cada vez más veces el tiempo intermedio se llenaba de llamadas para comentar los saqueos. «Fulanito» se ha cogido una baja por estrés. A «menganito» le han pedido que trabaje aun estando en ERTE. «Zutanito» lleva tres meses sin cobrar del SEPE y parece que ha tenido que pedir dinero a sus propios hijos. La madre de «merengano» ha muerto sola en la residencia.
Dicen que ser valiente no es no tener miedo, sino saber mantener la calma cuando lo tienes. Yo me pregunto cómo se puede tener templanza y cordura en un mundo en el que los padres y los seres queridos mueren solos.
***
Vivir pendiente de que el silencio se interrumpa; es lo que pasa cuando tu esperanza se asocia al timbre del teléfono.
Mario continuaba sin responder favorablemente. Se había estabilizado y los doctores decidieron sacarlo de la UCI y llevarlo a planta, seguir con las pruebas y determinar con más precisión la gravedad y el pronóstico. Las visitas seguían prohibidas y la información se limitaba a los partes diarios, cada vez más cortos, más monótonos.
Una tarde, el teléfono sonó. Sentí que el corazón se me paraba, como siempre que llamaban a deshoras. Me lancé sobre el aparato, temiendo lo peor. Para alivio mío vi en la pantalla que era el móvil de Juan Fran.
Él solía mantenerme informada de cómo iba el negocio por wasap a diario, y los fines de semana me enviaba un largo correo con detalles. Yo también le informaba cada noche de la evolución de Mario. Por él sabía que la empresa, como casi todas, prácticamente había dejado de funcionar.
La compañía estaba saneada, aunque no había que confiarse. Si la situación duraba mucho más íbamos a entrar en dificultades. Me decía que a pesar de todo había buen espíritu y los trabajadores habían comprendido la situación y estaban respondiendo bien.
En los últimos correos me mandaba cada vez más cifras, señal inequívoca de que estaba preocupado, y me señalaba los temas que requerían mi atención.
Juan Fran tenía siempre un tono de voz tranquilizador:
–¿Cómo estás, Charo?
Dejó que me explicara y me desahogara, pero de alguna manera me pareció que todo lo que le estaba contando ya lo sabía.
–Puedo intentar imaginarme lo que tienes en la cabeza. Aquí ya sabes cómo van las cosas, pero he pensado que podías venir a verlo en persona, y así te distraes. Y la empresa es vuestra; nadie te va a poner problemas para circular por la calle.
»No es imprescindible que vengas, pero harás mucho bien… y probablemente a ti también.
***
Con el único argumento de la esperanza que me transmitía Juan Fran, me armé con las pocas fuerzas que tenía para acercarme a la empresa en la que Mario dejaba parte de su vida.
Tuve que justificar mi viaje en dos controles. En el segundo estuve a punto de darme la vuelta.
Juan Fran me recibió en la puerta con una sonrisa franca y sincera. A pesar de la mascarilla se le podía adivinar por las arrugas de las comisuras de sus ojos.
–Han venido todos a verte, Charo.
Aquello sí que no me lo esperaba. Yo iba a despachar con Juan Fran la marcha de la empresa, no a someterme a un tercer grado por parte de la plantilla ni a ofrecer soluciones que no tenía.
–No se lo he pedido yo. Han venido ellos a darte su apoyo y su cariño. Están muy afectados. No les he podido convencer de que era más seguro quedarse en casa. Ya ves, la indisciplina tiene a veces un lado amable.
En efecto, estaban todos esperándome en el taller. Algunos habían llevado a sus familias y se podía ver a niños corriendo entre las prensas, ajenos a la gravedad de la situación.
Yo no solía visitar mucho la empresa, pero a la mayoría los conocía de vista. Se me fueron acercando uno a uno, chocando los codos, pero muchos me acariciaban el brazo con calidez. Me presentaron a sus mujeres, maridos e hijos, y todos tenían un gesto o una palabra de ánimo.
Al terminar la ronda de saludos hicieron un círculo espontáneo alrededor de mí y de Juan Fran.
–Bueno, Charo, las cosas están así. Lo que te cuento a ti ya lo saben ellos, porque es lo que solía hacer Mario. Es bueno que todos sepamos cómo está la situación.
»Ya sabes que está todo parado; nosotros llevamos sin pedidos desde el 13 de marzo.
»La mayoría de la plantilla está en ERTE, ya sea total o parcial. Todos sabemos que esto es una empresa familiar y que nuestra capacidad de aguante es limitada. Así que todo va a depender de lo que dure el cierre y del nuevo negocio que seamos capaces de traer.
»Han surgido algunas iniciativas interesantes. Hemos asumido algún pedido de empresas más pequeñas que la nuestra que han tenido que cerrar, y Jorge y Pablo, que están allí –saludaron con orgullo al oír sus nombres–, han empezado a ofrecer servicios de formatos virtuales a productoras de televisión. También estamos buscando otro tipo de clientes; todos están dando ideas sobre ello.
Mientras Juan Fran hablaba, yo miraba a los demás. Vi en sus ojos más determinación que tristeza. Qué difícil se estaba haciendo el mundo con la barrera de las mascarillas. ¿A nadie se le había ocurrido inventar unas que fueran transparentes? Debajo de ellas, una persona podía pensar cualquier cosa sin temor a ser descubierta; ahora era más fácil ocultarse. Pero, afortunadamente, una mirada sincera no podía esconderse tras una mascarilla.
Aun estando físicamente separados en el amplio taller, me pareció que allí existía una conexión muy poderosa. Había algo común en todos ellos, algo que me resultaba familiar. De repente lo entendí: todos tenían la mirada de Mario.
Quise saber de sus familias, de sus mayores, cómo estaban llevando en casa los nuevos hábitos de vida, las compras, el encierro de los niños.
–Donde no alcanza la empresa, Charo, intentamos llegar nosotros. Nos hemos organizado con grupos de wasap para ayudarnos en lo que cada uno pueda.
Nuria, una robusta mujer con aspecto decidido que trabajaba en el taller, había tomado la palabra.
–Unos cuidan a los niños cuando tenemos que venir a trabajar, otros hacen compra para los mayores que viven cerca… Mira, la hermana de Belén, esa que está allí, trabaja en una compañía de teatro y una vez a la semana organiza un Zoom para todos los niños. Ya se han apuntado hasta los primos.
»Somos más fuertes si somos más que una empresa, si nos apoyamos como una familia. Es lo que Mario nos ha enseñado.
»Para que lo sepas, Charo, si las cosas empeoran estamos dispuestos a ajustarnos e igualarnos en el ERTE según la situación familiar de cada uno. Sabemos que cuando Mario vuelva encontrará la forma de compensarnos. Pero seguro que no va a hacer falta. Ya verás, entre todos vamos a sacar esto adelante.
Pregunté, tratando de que no se me notara la emoción, si necesitaban algo de mí.
–Nada, Charo, céntrate en Mario. Él nos ha hecho sentir como si fuéramos su familia. Cuida de él y nosotros cuidaremos de la empresa hasta que vuelva.
Fue solo entonces cuando noté que una preciosa niña rubia, hija de una de las empleadas más jóvenes, se había acercado por detrás y me había cogido con su manita.
***
Necesitaba asimilar lo que había visto y oído. Tras llegar a casa bajé a dar un paseo con la excusa de hacer algo de compra. Madrid seguía pareciendo una ciudad fantasma y llena de miedo.
Era fácil percibir cómo nos alejábamos los unos de los otros al cruzarnos en la acera, al esperar la cola de la tienda, en el descansillo del portal... Nos mirábamos de reojo y nos sentíamos como amenazas. La distancia había alterado de un tajo la condición humana, pero aún quedaban sitios, y lo había visto por la mañana, en los que a pesar de ello podías sentirte cerca de tus semejantes.
De regreso, las ventanas se abrieron y los vecinos salieron a aplaudir. Después de todo, había vida, agazapada a la espera de poder mostrarse. Los aplausos me caían encima como la lluvia fresca en verano, y pensé que eran para animarme; sentía que me empujaban y me abrían el camino.
El ambiente onírico me había atrapado hasta el punto de que apenas presté atención al sonido del teléfono que salía de mi bolso. Lo cogí con despreocupación, pero al instante el ácido del globo de angustia que llevaba en el estómago salió a borbotones. Mario se había infectado de COVID.
***
A veces la vida utiliza a la gente insensible para borrar todo el sentido al dolor que causa.
Apenas dos días después de contagiarse, Mario volvió a la UCI con muy mal pronóstico, y a la vez yo fui convocada por Hernán a una reunión presencial. No podía esperar, no podía excusarme.
Encontrarnos en persona era una demostración de autoridad que él disfrazó de preocupación por mantener la confidencialidad del tema a tratar. La indiferencia por mi estado anímico ante el agravamiento de la salud de mi marido solo podía deberse a una bajeza moral imperdonable en quien dirige personas en momentos de normalidad, y letal cuando en una crisis dependes de ellas.
Tras una pregunta personal protocolaria, que yo esperaba, Hernán me lanzó a bocajarro sus órdenes. No había que esperar más, ni siquiera atender los escrúpulos de Recursos Humanos: el negocio estaba parado y tenía que ser radical con los recortes de mi departamento. Despidos donde se pudiera, más ERTEs donde no. Sin piedad, sin prisioneros. Sin proyecto y sin esperanza.
«No es tu trabajo plantear alternativas». «La empresa en esta época no puede entender de personas». «Así por lo menos tienes la cabeza entretenida».
Si no tenía fuerzas para ponerme en pie, ¿cómo iba a tenerlas para despedir a nadie? Ni siquiera discutir o negociar estaba a mi alcance, de modo que me levanté y me fui a casa sin decir adiós, todo lo insensible que se esperaba de mí.
Convoqué al equipo al día siguiente para informarles del agravamiento de la situación. Tenía la extraña esperanza de que finalmente alguien lo fuera a hacer por mí, pero el tiempo me arrastró como arrastra al condenado al patíbulo. Cuando estábamos apenas comenzando, el teléfono sonó. Apagué el micrófono del ordenador, pero no la cámara.
Me han dicho que a pesar de estar en modo silencio casi pudieron oír mi grito, que vieron cómo se me rompía el alma y el cuerpo, que siempre recordarán las caras de miedo y dolor de mis hijas cuando aparecieron, que me olvidé de que estaba conectada a la mitad de mi mundo y que todos lloraron conmigo cuando lloré la vida, por mucho que en esa llamada me dijeran algo que ya sabía.
***
¿Cómo se llora cuando no se puede llorar?
¿Cómo se puede convivir con un dolor tan grande que siento que ni me pertenece ni cabe dentro de mí?
¿Quién ha puesto esta historia tan macabra en el centro de mi vida? ¿Por qué? ¿Por qué?
Necesito comprender cómo he llegado hasta aquí. Quién o qué me ha arrojado a la puerta de un tanatorio, sola y con el alma helada, después de estar más de dos semanas esperando que me devolvieran a mi marido.
Todavía no me creo que lo que he vivido vaya conmigo. No lo merezco, no lo he pedido, no lo quiero.
¿Cómo voy a ser capaz de convivir con esto el resto de mis días? Sin saber por qué me han arrebatado el derecho a estar con él en su partida, enseñándome con ello el final de mi vida. O sin saber si murió solo o tenía a alguien cogiéndole la mano, y si voy a poder perdonarme alguna vez el pecado que no cometí de no haberle velado.
No puedo llorar. Debería estar haciéndolo todo el día pero no soy dueña de mi pena. Solo a veces, y si tengo la suerte de estar sola, cuando un recuerdo –por leve que sea–, una frase inocente mencionada por alguien o una foto vista de reojo hacen desbordar el caudal de lágrimas retenidas puedo desahogarme. Y eso me da fuerzas durante algo más de tiempo.
Mario, no me conformo con tus recuerdos. Quiero seguir mandándote wasaps con canciones, esas que tú decías que elegía tan bien porque sus letras te explicaban mi estado de ánimo. Quiero seguir recibiendo los tuyos, esos mensajes con los que coqueteabas y que me hacían sentirme deseada.
Quiero seguir intercambiando contigo besos de chocolate y champán. Quiero seguir oyendo cómo me dices que te encanta mi sonrisa, despeinada y sudorosa, porque me convierten en la chica que hace años te enamoró como a un niño.
Nadie te ha llevado, Mario, y sin embargo yo te he perdido, perdido para siempre. Daría todo lo que me queda de vida por pasar un solo día más contigo.
Ahora cierro los ojos y no soy capaz de recordarte, y lo único que tengo de ti es el peso de tus cenizas en una bolsa, el roce de tu anillo de boda en mi mano, y en el teléfono tu último wasap sin terminar de escribir.
***
Esta mañana, al despertarme, he pasado un largo rato en la ventana, esperando para comprobar la terquedad del sol, ese empeño en demostrarnos que la vida sigue.
Y el sol va a seguir saliendo. Pero eso es lo único de mi vida que no depende de mí. Es duro descubrir que tienes que valerte por ti misma, pero es bueno intuir que puedes hacerlo. Aunque he perdido la poca fe que tenía y sé que la misericordia no existe, presentir que lo que yo haga puede mejorar la vida de otros y que estoy aquí porque Mario me ha puesto en este camino me da fuerzas para vivir por segunda vez.
Hace ya días que dejé Green. No ha sido especialmente doloroso; creo que he hecho lo que debía. Además, tengo que aprovechar que me siento anestesiada para los sentimientos más básicos, buenos o malos.
Irene quería que me lo pensara; creía que era una decisión fruto de la pena. Pero yo le he dicho que el peor ausente es el que tiene el alma en otro sitio aunque físicamente esté ahí. Y ahora hay demasiadas personas así en Green.
Le he deseado mucha suerte; ella seguro que la necesita más que yo porque su trabajo va a consistir en tratar de traerlos de vuelta, y estoy segura de que muchos no van a querer.
Ahora, en la puerta de mi nueva empresa, mi empresa, respiro hondo y por primera vez en mucho tiempo me siento sonreír.
Estamos unidos a las cosas de la vida, la familia, la pareja, el trabajo, por un hilo muy fino. Pero a veces los hilos más finos son los más resistentes.

II. Mi mejor año
«Considerad vuestra simiente:
hechos no fuisteis para vivir como brutos
sino para perseguir virtud y conocimiento».
Dante, La Divina Comedia, «Infierno»
Lo encontré mucho mayor. Sin embargo, el brillo había vuelto a sus ojos y la ironía había invadido de nuevo su lengua, algo de lo que me di cuenta algunos minutos después. También eran evidentes los kilos de más que acolchaban aquí y allá su anatomía. Pelo más canoso y un aire más informal. Las gafas eran nuevas.
Gus hoy era una versión muy mejorada de aquella que me inquietó tres años y medio antes, cuando coincidimos en un evento. Me pareció entonces desecado y esquivo. Las conversaciones con él eran un borbotón de ideas e intercambios acerca de todo y de todos, pero en aquel momento no me resistió ni medio asalto. Me miraba y desviaba sus ojos, como en búsqueda de alguien que hiciera sonar la campana. Rehuía el contacto.
Hace dos días me llamó. Me propuso tomar un café. Gus era adicto a la cafeína y a cualquier ritual asociado a ella. Le vi invadir el santuario cafetero en el que habíamos quedado y avanzar hacia mí con una energía poco habitual a esas horas. Su sonrisa –detectable bajo su mascarilla– presagiaba buenos momentos.
–Te veo bien, Gus –le dije tras concluir el baile de saludos de pandemia en el que nos enfrascamos por unos instantes.
–Ahora sí –me respondió–, por eso quería verte.
En aquella ocasión en la que lo vi por última vez, Gus no solo me evitaba. Con su capacidad de adjetivar casi todo y como ausente, me dirigió entonces una retahíla de lamentos que describían una escena recurrente en su vida.
–Estoy jodido. Jodido y agotado. No aguanté más, ¿sabes? Llegué a un acuerdo con la empresa. Me tragué los elogios de buenas personas con mejor voluntad –me explicaba mientras sus ojos apuntaban a un foso imaginario que se abría a sus pies y daba golpecitos en una botellita de agua cerrada– que estaban muy lejos de la realidad. Ahora todo esto me supera.
–Gus, chaval, para el carro –le interrumpí–. Hace solo dos meses que has salido de Green. ¿Quieres frenar un momento y explicarme qué te pasa?
No, Gus no pensaba en parar o detenerse. De hecho, realizó un quiebro por mi izquierda y cuando me quise dar cuenta, vi, tan solo por un segundo, su abrigo persiguiéndolo por la puerta del salón hacia la salida. Anunciaron el inicio del evento y ocupé un asiento, mientras dedicaba unos segundos de atención a la situación que acababa de vivir.
Casi cuatro años después estábamos frente a frente de nuevo. Nos habían servido, con la alabada diligencia del establecimiento, unas tazas de café con canela y unos tentadores bollitos. Le observé con detenimiento: las canas habían acampado con gracia en su cuero cabelludo, la alianza se había mudado a la mano izquierda, su atuendo no era el habitual juego de telas grises o azules que contrastaban con corbatas de colores vivos, sino que tenía un aire británico informal que relajaba su porte. De todos sus rasgos físicos, la mirada aguda y su sonrisa eran los más intensos.
Gracias a la distancia social, la burbuja facilitada por la limitación del aforo permitía una conversación más íntima.
–Me alegro de que me llamaras –comenté.
–Te lo debía.
–Estaba preocupado por ti.
–Lo sé.
Jugueteaba con la efímera flor de Edelweiss que habían delineado en la superficie de su café y tras el peloteo verbal de bienvenida y un sorbo de prueba, que dejó un bigotillo en su labio, entramos en faena.
–En estos largos meses, he sido descartado de un buen número de oportunidades laborales por motivos casi todos fuera de mi control: mi edad, mi sexo, el sector en el que trabajé previamente…
–Ojalá tu historia fuera la única, Gus.
–Cierto; me he encontrado a muchos que han vivido lo mismo. Somos víctimas de una estética social que te convierte en sospechoso de obsolescencia por tener más de cincuenta años y no descansar despreocupado en el regazo de una prejubilación generosa.
–O porque te cuelgan del cuello los vergonzantes sambenitos del arcaísmo tecnológico o la rigidez mental. Sí, lo he escuchado demasiadas veces.
No me gustaban este tipo de conversaciones. Más veces de las que era capaz de aguantar las había tenido con otros «Guses» de mi entorno. Denuncias de la traición colectiva, de los dorados postulados del talento, del reaprendizaje y la reinvención, del mentoring, del elogio de la verdadera experiencia. Gus era en ese momento una encarnación más del fracaso del parloteo de salón y las teorías sin vida. Volví a la conversación cuando alzó un poco su tono de voz y me rescató de mi evasión momentánea.
–¿Cómo decírtelo? –se preguntó mientras lamía su espumoso mostacho–. He obtenido un postgrado vital en estos años. Cuando nos vimos por última vez sentía que empezaba a cumplir una condena sin fecha de terminación. Hace poco me he dado cuenta de que, en realidad, he completado un máster por inmersión.
–Eso es bueno, ¿no? –se me ocurrió apostillar.
–Sí, doloroso pero bueno.
Miró hacia un letrero con la lista de productos que antaño servían en el establecimiento cuando el agua de Seltz o el mosto no sufrían la competencia del «gin-tonic». Uno de esos carteles que te animan a empezar una colección que nunca acabarás. Pero en realidad su vista vagaba por el interior de su memoria e imponía orden a las escenas.
–Fue hace unos días, ¿sabes? –Gus había encontrado el hilo–. Dicen que unos somos autillos y otros somos gallos. A mí se me ve la cresta. Me gustan las mañanas. Me regalan la sensación de una página en blanco, de una oportunidad adicional, de una pequeña victoria sobre una rutina limitante, de novedad ante lo repetitivo. Disfruto del tránsito de lo onírico a lo real.
–Sí, a mí me pasa algo similar –convine.
–Hace unos días –dijo, tras bajarse un poco la mascarilla y esbozar una sonrisa– oficiaba mi liturgia matutina y posé mis ojos en el calendario del Sagrado Corazón.
–Mi abuela tenía uno. Lo recuerdo.
–Cada hoja de ese calendario es una maravilla, con su santoral, sus datos astronómicos y el variado catálogo de temas en su reverso: chistes, notas históricas, estadísticas, reseñas de libros…
–El de mi abuela no lo recuerdo así –le dije.
–Y también citas de celebridades. Olvido con frecuencia leer la frase diaria; mis ojos no siempre están fijos en el «hoy y ahora». Pero aquel día sí la leí: «Cuando nada es seguro, todo es posible», de una tal Margaret Drabble.
–No me suena.
–No me extraña. A mí me resultan desconocidos muchos de los protagonistas de esas frases.
Los compases de «Night in white satin» inundaron de dulzura y armonía el viejo local. La melodía produjo un efecto de frenado en los movimientos de todos los que compartían –alejados entre sí– ese espacio social. Gus se dejó invadir por un momento de ese bálsamo y continuó su relato.
–Casi nada ha sido seguro para mí en los últimos cuatro años. Yo pensaba que sí: tenía trabajo, una familia, una magnífica casa, mi fe asentada, mi dulce rutina, un cierto prestigio… una edad.
–Sí, bueno, ahora hay muchos sin todo eso –apunté–. Aunque la edad no perdona.
–¿Sabes? Tengo que pedirte un favor.
Como si estuviera plasmado en un guion, Gus interrumpió su anuncio y apuró de dos sorbos el resto del café. Recogió con su cucharilla la espuma de café que se refugiaba en el fondo de la taza. Yo no sabía qué decir y, mientras le observaba, capté la escena del otro lado del ventanal frente a mí. Nada grave: una mujer de edad tropezó y, tras ser ayudada por unos viandantes, se ajustó la mascarilla azorada y con sonrisa de circunstancias mostró su agradecimiento a quienes la habían ayudado. «La gente es buena por naturaleza», pensé.
–Sí, claro Gus. Si está en mi mano…
–Ahí es justo donde está. En tus manos.
–Tú dirás.
–¿Conoces a Irene Díaz de Otazu? –me preguntó.
Irene Díaz de Otazu. ¿Quién no había oído hablar de su salvaje atropello? Una historia negra que sorprendió mucho a los que la conocíamos de Green Technology.
Irene había contribuido desde joven al desarrollo admirable de una de las empresas más innovadoras en el campo de los videojuegos y la realidad virtual en España. Luego vino el boom de las plataformas alternativas y los lenguajes de programación abiertos, y Green Technology se vio obligada a reinventarse y adelgazar. Pero lo más tenebroso fue el desenlace de un oscuro juego de intereses torcidos y miserables afanes de poder: una salvaje agresión, tras la cual Irene tuvo que soportar una penosa y larga rehabilitación, de cuerpo y de alma. Tuvo un buen final, pero el trayecto fue arduo.
–Sí, claro que la conozco. Somos colegas de la misma asociación profesional.
–Ya lo sabía; era una pregunta retórica. Irene me ha hablado muy bien de ti, aunque llovía sobre mojado; sabes que te aprecio mucho –dijo Gus.
–Bueno, es mutuo. Irene me apoyó en algunas cuestiones técnicas, pero sobre todo me ayudó con su capacidad de escucha en un momento difícil.
–Sí, sé de lo que hablas. Nos vimos en uno de esos eventos a los que asistía antes, más arrastrado por el sentido del deber que por convicción, como el último en el que tú y yo coincidimos y en el que batí el récord de velocidad en huida. –Se rio cuando recordó aquella anécdota–. Irene se detuvo a hablar conmigo, me hizo dos preguntas y la sola escucha de sus ojos provocó un inicio de cambio en mí.
Gus volvía a hablar con un tono vivo, como si hubiera recibido una inyección de energía. El local se unió a esa dosis de vitalidad: los apliques de estilo retro se encendieron y sus bombillas led difundieron su luz sostenible al entorno. Pude ver con más claridad su rostro cuando me habló.
–Irene ha sido un buen regalo en el que es probable que haya sido mi mejor año.
–¿Tu qué? –me pilló por sorpresa–. ¿Sabes que te pueden apedrear por decir eso?
–¿Sí, verdad? Todo el mundo enterrando 2020 sin funeral y yo a lo mío. Memes, parodias, artículos de demonización y yo aupando ese año maldito a un pedestal con focos. Un gran año.
–¿Y se puede saber por qué? Además, ¿qué pinta Irene en todo esto? Y ya puestos, ¿qué pinto yo, Gus?
Tres en una. Gus no se inmutó. Parecía esperar tres y más preguntas siguiendo un guion. Con renovado brío comenzó una descripción cronológica y emocional que parecía ser fruto de repetidos ensayos ante un espejo.
Habló de deterioro físico, de vértigo creciente, de somatizar y trasladar a su cuerpo las decepciones externas y los acusadores juicios internos que brotaban con fuerza en su cabeza. La pérdida del trabajo dio paso vertiginoso a la de confianza, a la percepción de inutilidad, a la ausencia de valor…
–Podías haberme llamado, Gus.
Pero Gus no estaba conmigo. Revivía su historia.
–Estaba hundido en un pozo. Sentía frío a todas horas. A la sensación de frío contribuían mi pérdida de peso y mi mala condición física. Me abandoné por completo sin darme cuenta. El proceso se aceleró cuando en casa empecé a verme privado de ayuda. Me puse a la defensiva con mi mujer y con mi tribu de adolescentes.
Y adoptando una postura diferente, con un casi imperceptible ladeo del rostro, pareció dar entrada a un tercer e imaginario individuo, aunque conocido, alrededor de la mesa.
–«No te lo tomes así», me decía Irene; «no te lo dicen a ti, sino a ellos mismos. Necesitan remediar su inseguridad y acallar sus temores».
–«Ya, Irene, pero golpean fuerte», le decía yo, porque sus comentarios entraban como cuchillos en mi alma de mantequilla.
–«Esto pasará, ya lo verás; es cuestión de tiempo» sentenció Irene.
Gus abordó la cuestión del tiempo. No el cronológico, sino uno percibido por él, con voluntad propia e intención dañina. Irreal. Los días laborables se le pasaban raudos, neutros y sin metas, con un silencio atronador. Los fines de semana, por el contrario, ralentizaban su paso con desgana y prorrogaban arteramente un tiempo de convivencia familiar que la falta de perspectiva convertía en una «escape room» de comentarios, actitudes, silencios y conductas que emponzoñaban sus imaginarios agravios y sus más que reales pesares.
–Gus, ¿te apetece otro café?, ¿una copa? –le ofrecí para sobrellevar lo que me parecía una espiral peligrosa.
–¿Eh?, ¿otro café?... Sí, sí, lo que quieras.
–Dos gin-tonics, por favor –pedí al camarero que se había incorporado al turno de nuestra mesa–. ¿Tiene Nordés? ¡Perfecto!
El camarero asintió con una cálida sonrisa que se le intuía tras la mascarilla con el logo del local, mientras sus manos de profesional eran capaces de amontonar tazas y platos, limpiar migas, recoger sobrecitos arrugados y levantar el soporte del código QR con la carta del local. Me fascinan esos códigos: todo un mundo de información detrás de unos horripilantes trazos.
Gus seguía a lo suyo.
–El diálogo interior resultaba incontrolable, erosivo, inútil… y reconfortante a la vez, porque retardaba una acción que se me presentaba imposible, de proporciones ciclópeas. Era la chispa que provocó un incendio devastador en mi esfera personal: empezó con el trabajo, saltó a las raíces de la salud, ganó cuerpo en las praderas familiares, no encontró el cortafuegos de la amistad y debilitó las más firmes convicciones que creía sólidas e inamovibles. Una hoguera vital que solo producía frío en mi alma y mi cuerpo.
Gus estaba metido de lleno en una montaña rusa emocional. Su lenguaje corporal expresaba sus recuerdos de aquella época.
–Recuerdo que me decían: «Tú vales mucho. Has sido capaz de realizar grandes proyectos y mantener a tu familia. No puedes admitir pensar que toda esa capacidad ha desaparecido sin más».
–Es verdad, Gus –me atreví a apuntar.
–Ya, pero su buena voluntad caía en saco roto. Estaba convencido de mi derrota; en el trabajo, como padre, como esposo, como persona… No veía la solución. Y la que entreveía me superaba con creces. No tenía fuerzas.
Gus me contó que Irene comenzó a hablarle del «aquí y ahora», pero que él solo veía, con gafas de mármol negro, el «ayer y el mañana». Se aferraba a ellos como un adicto a un placer destructivo. Y cuando el «aquí y ahora» se presentaba sin anuncio previo cargado de realidad, el «ayer y el mañana» se desataba en forma de recuerdos de culpa y visiones de fracaso y falta de esperanza.
Gus abrazó con sus dedos la copa, en la que se dibujaban las estelas de vapor helado que se desprendían de la mezcla de ginebra, tónica y los dos espectaculares cubitos de hielo circulares que flotaban a la deriva en el combinado. Tocar la copa pareció sosegar el ritmo de su relato.
–Y entonces me rompí –pareció sentenciar.
–Bueno, hombre; era lógico. Nadie aguanta así mucho tiempo –pretendí contemporizar.
–Ya, pero yo me quebré y me ingresaron en agudos. Dos veces.
–¡Joder! –no quise indagar más. Me quedé de piedra.
–«Pasas que cosan», como dice mi hijo pequeño –sentenció Gus.
La situación era una mezcla de consulta médica, charla amistosa, confesión general y desahogo sentimental en la que no tenía muy claro cuál era mi papel. Se lo hice saber.
–Tienes razón. Llevamos ya un par de horas aquí y a este paso nos va a caer la nevada del siglo que anuncian sin que sepas por qué te he pedido venir.
–No estoy mal, entiéndeme. Quiero ayudarte en lo que necesites. Pero cada vez lo tengo menos claro.
–Fijar mi memoria.
–¿El qué?
–Fijar mi memoria. Quiero que me ayudes a recordar.
–Gus, tío, otra cosa no, pero recordar… Créeme, se te da de fábula.
–No, pero a hacerlo bien, a recordar lo que pasó y lo que hice o no hice y no una versión cualquiera.
–Pero yo no estaba ahí, Gus; no te puedo enseñar la repetición de la jugada –dije desconcertado para ganar algo de tiempo.
Este era el momento. Mi vejiga se había sincronizado con mi cerebro y una razonable excusa y pico después me encaminaba hacia el aseo. Me encantó el contraste del monigote que anunciaba en una sola figura el uso permitido para hombres y mujeres, con el estilo clásico del establecimiento.
Esta parada era fisiológica por más de una razón: además de la obvia, mi lado racional no llegaba a entender muy bien el interés de Gus por mí y la profundidad de su desnudo interior con una «amistad de eventos» como yo.
Decidido a resolver la incógnita, volví a la mesa. En la televisión del local una atractiva mujer del tiempo con atuendo veraniego compartía pantalla con un rótulo que anunciaba el carácter histórico de «Filomena». No tenía mucho sentido, pero poco de lo que aparecía en televisión en tiempos recientes lo tenía. En la mesa, mi gin-tonic aún mostraba un puntito de dignidad.
–¿Qué me dices? –me espetó.
–Déjame apurar el gin-tonic de un trago y te lo cuento –contesté malhumorado.
–¡Uo, uo, uo…! Tranqui, tranqui; déjame que te explique.
Y se intentó explicar. Algunas de las personas a las que había acudido en busca de ayuda le aconsejaron ciertas líneas de acción. Una de ellas fue la que ya me había anunciado en titulares antes de mi escapada escatológica.
–…entonces me quedó muy claro que la memoria no es solo selectiva, sino también maleable. Mis sentimientos, tanto los positivos como los negativos, podían acallar, distorsionar, engrandecer o incluso engendrar nuevos recuerdos sin fundamento real.
–Sí, lo suelen llamar «memoria imaginativa». La de los falsos recuerdos –dije siguiéndole el hilo.
–¡Eso es! Me aconsejaron redactar esos recuerdos, con la ayuda de alguien que supiera hacerlo, para recrear con precisión el contexto, los hechos, las emociones, los sentimientos… Quiero que me ayudes tú –concluyó Gus.
–¿Yo?, yo no escribo diarios –dije a la defensiva.
–Me encantaría que lo hicieras conmigo. Me han hablado maravillas del grupo de escritores al que perteneces y de cómo en vuestros relatos habéis logrado describir emociones reales en contextos cotidianos, proyectando con fidelidad vuestras experiencias personales y profesionales.
–¡Ya, bueno…! –exclamé con un esbozo de sonrisa.
–He leído vuestros libros.
Tocado. Me acababa de mandar un misil directo a la línea de flotación. ¿No era este uno de los fundamentos de nuestro grupo de «autores con alma»? Sospeché de inmediato que la última frase de Gus tenía muy poco de cosecha propia. Era un guion preparado.
–Si accedo, ¿qué quieres hacer con el resultado? –le dije entregado a la causa.
Aquí empezó un segundo bloque de confidencias de sus conversaciones con conocidos comunes. Muchos elogiaban el acierto que mi grupo de escritores había tenido al describir experiencias personales y profesionales. Se sentían retratados en sus páginas.
Fue definitivo el que el psicólogo de confianza de Gus lo convenciera de que el trayecto vital que había conducido a mi interlocutor a considerar el 2020 como su «mejor año» podía ser de utilidad para alguien, siempre y cuando fuera fidedigno y sincero.
–He reflexionado mucho gracias al bendito parón del confinamiento y creo que si llamo al 2020 «mi mejor año» –reforzó esta referencia con un movimiento de «comillas» con los dos pulgares y dedos corazón– lo hago por pequeñas grandes victorias conseguidas, junto a generosos aliados, y por haber logrado un cierto control de mis sentimientos.
–¿Y crees que tu vida le interesará a alguien? –pregunté, lo confieso, con un cierto desdén.
–No, dicho así, no, desde luego. Pero que un tipo al que le han sacudido varios terremotos en casi todas las esferas de su vida considere un año maldito como uno de bendiciones podría dar una pista a algún desnortado. No aspiro a nada más. Decidí convertir deseos en hábitos de vida y establecerlos como objetivos de mejora personal. Ya sabes; no basta con tomar una decisión: hay que ponerle patas.
Gus había sufrido una ligera metamorfosis. El dicharachero entusiasta parecía haber encogido de tamaño y ralentizado su ritmo vital. Su mirada se posaba en algún punto de una vía pública bulliciosa, según los estándares sociales de la pandemia. La noche empezaba a hacer acto de presencia. La luz de la cafetería se intensificaba para competir con la penumbra exterior.
–Tendremos que hablar más, Gus. Un relato así solo se cocina a fuego lento y tras muchas pruebas de sabor y consistencia. ¿Estás dispuesto a dedicarle tiempo?
–Si tú lo estás, yo lo estoy –contestó con resolución.
–Bien. Entendido. Una pregunta: ¿qué hace de 2020 tu «mejor año»?
La pregunta pareció empujarlo hacia atrás. Su cabeza se irguió y su mirada recorrió por unos instantes el techo del local, con elaboradas representaciones de materias primas y productos de la gastronomía española y madrileña. Juntando las manos y con la barbilla posada sobre ellas, dirigió su mirada hacia mí.
–2020 me ha regalado un frenazo vital, ha ralentizado mi ansiedad por encontrar soluciones y me ha obligado a bucear en mis convicciones. 2020 ha acallado el ruido de los acontecimientos diarios y me ha obligado a lidiar con el silencio incómodo de una vida conmigo mismo. 2020 ha sido un año lleno de acechos a nuestra salud y a nuestras vidas y a mí me ha ayudado a ser más agradecido y más consciente tanto de mi valor como de lo prescindible que soy.
–¿Y todo lo que hemos perdido, Gus?, ¿todo el daño vivido a nuestro alrededor?
–Tremendo. Un tsunami emocional, desde luego. Pero también muy humano.
–¿Muy humano? –pregunté sorprendido.
–Así lo pienso. Vivíamos sin perspectiva, ensimismados en nuestros logros, preocupaciones y pequeñas tragedias diarias. El coronavirus nos ha devuelto a lo que ha sido la experiencia de la humanidad desde que hay registros. Las pandemias, la invasión de los microorganismos, es algo que nuestra presunción había relegado al olvido. Pero hasta hace cien años no había sociedad sin memoria de que, tarde o temprano, una plaga se llevaría por delante a un tercio de sus habitantes.
–Ya, hombre, visto así…
–Escucha, no quiero quitarle hierro al asunto, pero la diferencia de esta pandemia es que ahora en la escala del drama parecen igualarse la pérdida de vidas, la imposibilidad de hacer fiestas, la disminución del nivel de vida o la limitación para el ejercicio físico. Los sentimientos están desbocados y no siempre ayudan.
–Es que sentimos todos a la vez, los nuestros y los de los demás, renovados a diario y mezclados con toneladas de información indigerible.
El camarero, que mostraba en su chaqueta señales de su combate profesional con mil deliciosas sustancias y sus restos, recogió con discreción nuestras copas vacías y secó sus huellas sobre la madera. Con su voz amable, algo distorsionada por la mascarilla, nos avisó de que teníamos tiempo para una consumición más antes de que el local cerrara, en cumplimiento de las ordenanzas municipales. Pedimos un par de botellas de agua mineral: normal para Gus y con gas para mí. Necesitábamos fluidos.
–Tendremos que vernos más. Hay que explorar mucho en tu cabeza y en tu corazón. Verbalizar los sentimientos, reconocerlos con precisión… No es una tarea de primeros intentos.
–Como digas. No sabes cómo te lo agradezco.
–Bueno, no vendamos la piel del oso… Oye, me interesa saber algo más de esas victorias que comentas.
Gus comenzó a hablar al tiempo que se quitaba las gafas, unas lentes con una finísima estructura que sostenía ambas por dos puntos de apoyo. La apariencia de fragilidad encubría una consistencia de materiales a prueba de casi todo. Sacó un pañuelo de su monedero, y tras mojarlo en una solitaria muesca de agua que había escapado del eficaz secado del camarero, procedió a frotar con mimo los dos cristales. Segundos después, una mirada algo más limpia acompañaba sus palabras.
–Esta fue la primera: no pretendas alcanzar nada relevante en tu vida si no cuidas con dedicación y responsabilidad tu cuerpo, tu organismo; en mi caso, y entre muchas otras cosas, tratar mi cerebro y mi alma con cuidado. Aunque suene brutal, en muchas ocasiones he tenido que doblegar las ganas de herirme. Ha supuesto aceptar que mi mente tiene tanto derecho a sufrir una enfermedad como el tobillo lo tiene a un esguince, o los pulmones a ser víctimas de un puñetero virus. Parece simple, pero esta pandemia nos avisa con tozudez de que preparar nuestro sistema inmune para las condiciones de la batalla es la mejor estrategia de combate; algo no está bien hecho por nuestra parte.
–Desde luego; la gente está cuidándose como nunca.
–¿Tú crees? Ojalá sea así, pero mi propia experiencia me dice que oponemos resistencia cuando alguien cuestiona cualquiera de nuestras prácticas «saludables». Y en especial las que tienen que ver con nuestra mente. Alimentar bien nuestros pensamientos es la primera obligación de la conservación personal saludable.
Asentí. Tenía sentido.
–La segunda victoria me costó mucho más: es la de la aceptación personal. Somos lo que somos y somos como somos, pero no todos sabemos o aceptamos lo que eso significa.
Gus describió su lucha personal por conocerse a fondo en lo bueno y en lo mejorable, sin permitir que la culpa, el remordimiento o los sentimientos negativos descontrolados quebraran la opinión que se hacía de sí mismo.
–He redescubierto un campo de batalla fascinante. Cada día puedo decidir en qué puedo quererme más y aprender mejor que no debo exigirle a nadie su aprecio, y mucho menos su amor. Si ofendo no puedo pretender que actúo bien, pero tampoco me hundiré, porque no debo caer en la trampa de asumir que lo que hago es lo que soy; y al revés: si amo, si hago el bien, no puedo exigir ser amado, querido o perdonado. Lo que importa es ponerme metas para llegar a ser quien quiero ser. ¿Tiene sentido?
–Hombre, Gus, condensas varios años en unas pocas palabras. Antes ya te avisaba de la necesidad de cocinar a fuego lento el relato: hay que revisar bien los ingredientes y estudiar la receta. Me has lanzado un buen órdago y estoy seguro de que hay mucha miga detrás. Déjame procesarlo. ¿Cuál es la tercera victoria?
Ambos parecimos necesitar una parada técnica tras una etapa agotadora en nuestro viaje de prospección. No quedaba mucho tiempo para que este primer encuentro finalizara y sabíamos que el futuro exigiría más de los dos. Un relato así no podía ser ni condescendiente ni riguroso, ni vida ejemplar ni caso perdido, ni recetario ni disertación existencial. ¿Qué les parecería a mis compañeros escritores? Una idea empezó a darme vueltas en la cabeza: ¿podríamos iniciar un nuevo proyecto con las ideas de Gus? ¿Encajaría el relato como una de nuestras experiencias en tiempos de pandemia?
Con un par de tragos, tanto Gus como yo apuramos nuestras botellas de agua mineral. Al ser la mía con gas, la bebí con algo más de parsimonia para evitar efectos secundarios incómodos; un intervalo que él aprovechó para jugar con la etiqueta de la botella y arrancarla de su base de vidrio. Un vidrio que, cortado con pericia, podría transformarse en un bonito vaso de colección; eso me dio por pensar. ¿Y si invito a Gus a sumarse a nuestro proyecto? ¡Qué cosas pienso!
–La tercera victoria no es mía –prosiguió.
–Esta es buena, caballero. Mía no es, desde luego.
–Es que es así.
–Pues ya lo estás explicando.
Gus me contó que su fe se había venido abajo. No entendía la aridez y la falta de respuestas por parte de un Dios que sí le había acompañado en otros momentos duros de su vida. La pérdida de un hijo, años atrás, fue demoledora; pero incluso tras ese brutal momento, el dolor y la ausencia encontraron sentido –sin desaparecer jamás– gracias a una convicción no basada en la razón, la emoción o la adicción, sino en la confianza. «Hágase tu Voluntad» era su marca. Pero este convencimiento no estaba presente, ni de lejos, en el estado anímico del que Gus me hablaba.
–Para mí, Dios había dejado de ser Padre. Como mucho, era un vecino con el que me unían relaciones de vecindad educadas. No nos veíamos mucho, ni tampoco nos relacionábamos más allá de un breve y cortés saludo si coincidíamos.
–No puedo decirte mucho, Gus. Para serte franco, Dios está en mi lista de asuntos pendientes y no en las primeras posiciones, –apunté con cierto desdén e incomodidad.
–Lo mismo me dicen muchos amigos. No te preocupes.
–Puede sonarte materialista, Gus, pero no entiendo por qué en esta sociedad de la imagen Dios no juega con nuestras cartas y se muestra visible. En la Biblia aparece página sí y página también, por lo que recuerdo, lanzando fuego, hablando con voz de trueno, derrotando enemigos o curando enfermos.
–Escucha, no pretendo sermonear. Nada más lejos de mi intención. Ya te contaré más detalles si después de esta tarde decides ayudarme. Tan solo quiero compartir contigo una experiencia personal.
–Adelante, te escucho –respondí resignado.
–Me costó meses darme cuenta. En medio del confinamiento me vino a la cabeza la escena de la tempestad en el lago, cuando los discípulos acuden aterrorizados a la popa de la pequeña barca zarandeada por el tremendo oleaje y golpeada por los vientos furiosos que se describen en el Evangelio, y encuentran a Jesús dormido, echando una siestecilla, fíjate. Logran despertarlo y, cuando abre los ojos y ve ese horror de escena, echa mano de su lógica especial y les suelta: «¿Por qué tenéis miedo?».
La nieve caía abundante y las papeleras fijadas a las farolas que quedaban a la vista comenzaban a convertirse en granos gigantes del mobiliario urbano. Un peatón hizo ademán de resbalarse, mientras que otro abría la mano para recoger una cosecha de nieve. La nevada era una oportunidad de oro para acortar esta conversación, que tomaba un cariz inesperado.
–Gus, ya nos han dado un toque los camareros y fíjate cómo está empezando a caer. No sé tú, pero yo no me fío mucho ya del acierto de nadie que haga predicciones, y los del tiempo no van a ser menos. Dicen que Filomena llega mañana, pero yo prefiero llegar a casa y ver lo que tenga que caer desde mi ventana y con las pantuflas.
–Sí, en un minuto acabo, prometido. En realidad tan solo quiero contarte que esa duda acerca del miedo normal en una situación dramática me recordó a decenas de ejemplos de naturaleza paradójica similar, a los que el Nazareno calificaba de «camino, verdad y vida».
Estábamos ya levantados los dos y Gus estaba anudándose su voluminosa bufanda alrededor del cuello. Yo no la necesitaba gracias a mi gabardina con forro polar incorporado, uno de mis hallazgos estrella en Wallapop por precio y calidad. Me bastó proteger mi gaznate con un simple movimiento de cremallera. Gus no fue capaz de seguir hablando mientras iba incorporando capas de abrigo a su cuerpo, pero retomó la palabra cuando iniciamos el camino hacia la salida. En el local solo quedaba una pareja de tortolitos, sentada a una mesa central y ajena a la realidad que les exigiría en breve despertar de su arrebato romántico.
–Comprendí que frases como «el que quiera seguirme, niéguese a sí mismo», o esa impresionante de «el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado» eran un auténtico recetario de remedios inaceptables para la lógica de nuestro mundo.
– ¡Ya! Dicen que fue un revolucionario… –apunté tímidamente.
–Querido amigo, dime qué insurgente humano ha desarrollado en su arenga un método tan absurdo para captar seguidores. Cítame solo uno.
Ya estábamos en la calle, mi campana salvadora: no tendría que proporcionarle un nombre. La nevada arreciaba y toda la plaza se llenaba de reflejos mágicos y sonidos nuevos, al tiempo que se vaciaba de peatones. Había que acelerar la vuelta a casa. Gus tuvo tiempo aún de regalarme una última reflexión.
–Esa victoria es la que cierra el círculo. Pero no es mía: comprendí que solo una experiencia personal profunda facilitada por Él me permitiría compaginar la aparente contradicción de quererme como soy y como nadie, cuidar de mi cerebro y de mi cuerpo como dos grandes regalos, y hacerlo todo desde la perspectiva radical de esa nueva verdad que esperaba en la entrada de mi ser, con intención de invadir mi corazón y mi pensamiento. En esos dilemas estoy, y gracias a ello, «cuando nada es seguro, todo es posible», ¡fíjate!; hasta que este año de pandemia haya sido mi mejor año. O uno de los mejores.
–Me alegro. Me alegro mucho.
–¿Me ayudarás entonces? ¿Cuento contigo para no olvidar nada?
–Te llamo en unos días, Gus –sentencié, muerto de ganas de dirigirme al parking y reproducir a pleno volumen mi cinta favorita de música country.
Repetimos la danza ritual de saludos típicos de pandemia: un codo por aquí, una mano al corazón por allá, y nos acabamos despidiendo con un sencillo gesto de manos.
El garaje no quedaba muy lejos. Mientras intentaba pisar por los improvisados senderos que algunos viandantes habían fabricado en las aceras para evitar la ruina de mis zapatos de nobuk con suela de fino cuero, el vaho que se escapaba por los laterales de la mascarilla creaba una nube privada a mi alrededor.
En medio de ella, mi cabeza consideraba si el sábado proponer a mis amigos escritores el que mi relato recreara ese mejor año en la vida de Gus. La propuesta de mi amigo encajaba con el hilo temático que habíamos acordado.
–Acelera, majo, y vamos rápido al coche, que por primera vez en mucho tiempo «Filomena» va a hacer real una predicción –me sorprendí diciéndome mientras Madrid la iban tapizando desde el cielo y desde el suelo con copos de nieve y puñados de sal.

III. Retazos Humanos
«Más tonto que el tonto es
a quien el tonto hace tontear».
«Sonríe, sonríe y sonríe, una sonrisa nunca falla», me repetía sin cesar. Mi inseparable miedo a parecer distinto me recordaba que en esta vida la única salida es sonreír. Sonreír y luchar.
–Sácame bien guapo güey, que quiero sentir el orgullo de mi mamá cuando la feliciten sus vecinas en Monterrey.
Imagino la cara de mi mamá cuando nací. Seguro palideció, seguro lloró varios días, seguro pensó que era el castigo de dios por sus pecados: un hijo sin piernas en un país tan duro como México. ¡Qué cabrón ese dios y qué ingenua mi mamá! Si existiera ese dios habría escuchado los rezos de una pobre viuda y le habría dado un hijo completito. Si existiera ese dios le preguntaría donde se mete cuando se le necesita, si soy el plan que falló o solo un retazo de su creación. ¡Me vale madres ese dios!, ese dios no existe, pues en mi historia no hay retazos ni creación.
De mi infancia recuerdo el café con leche por la mañana al lado de mi mamá, las tardes de otoño jugando a las adivinanzas y hablando de la vida, los apapachos y los infinitos «te quiero», que en el regazo de una madre saben mejor. «Sonríe siempre mi Chuchito, una sonrisa nunca falla», me decía mientras acariciaba mi pelo y se dejaba ganar en nuestros juegos. A los catorce llegaron las hormonas y quise correr detrás de las chavas. Entonces descubrí que me faltaban las piernas y se vinieron a vivir conmigo la amargura y la rabia. Rabia y amargura, por no poder correr, por no poder saltar, por no poder ir a pistear con mis amigos en busca de la chava que me pudiera gustar. Las chavitas solo veían las piernas que me faltaban; tan solo me veían como el mejor amigo o el peor amor. En la adolescencia aprendí a fijarme en lo que me faltaba, a sentirme un retazo de la creación.
A mis veintidós, mi mamá lloró de orgullo en mi graduación de los estudios de Marketing Digital. Ya era todo un egresado, pero no me quitaba el amargo sabor de sentirme perdedor. Me acompañaba el dolor de ver que los amigos no me llamaban para ir de fiesta, o que las chicas solo veían en mí a un buen bato con un adorable corazón. Mi mamá insistía «Sonríe, sonríe y sonríe», pero yo me había cansado de sonreír, de ser el buen hijo, el perfecto pendejo. El pendejo que acompaña a la chava hasta la entrada de su casa, pero ella no le invita a pasar al interior. El pendejo al que llaman para ir al cine, pero no para ir de peda hasta cagar de risa en el amanecer. El pendejo al que nunca llaman para romper una norma, pues si hay problemas será un lastre o un soplón, que no sé qué es peor. Yo no quería quedarme en la entrada, ni ir al cine, ni ser el olvidado cuando se rompieran las normas. Tenía que demostrar que sabía ser el alma de la fiesta, que no era un coyón.
En Monterrey sabes dónde está la droga y la droga sabe dónde estás tú. Si de romper normas se trataba yo iba a demostrar que lo haría tan bien como el mejor. Conseguir mota sería sencillo y así mostraría que no me rajo. Robé tres mil pesos a mi mamá y me armé de valor. Sabía dónde comprar:
–Quiero tres mil pesos de mota.
–Anda de aquí jueputa, eres un niño, vete de aquí cabrón.
–No hay pedo con mi lana, dame la mota y me voy.
Desapareció aquel dealer sin decir nada, y a los cinco minutos volvió acompañado del jefe del cártel de Nuevo León. El jefe, el gran Jefe, el mero mero.
–Bueno, bueno, bueno, un bato en su sillita motorizada buscando mota, ¿Quién crees que eres Chucho?
–No quiero problemas, dame mi mota y me voy.
–No seas pendejo. Aquí nadie va a darte nada. Vuelve a cuidar a tu mamacita, que no hay mujer más santa en todo Nuevo León.
En México los narcos conocen a todo el mundo, por eso el mero mero sabía quién era yo y quién era mi mamá. Conocía su lucha por sacar adelante a un hijo que no puede escapar corriendo del peligro. Si hubiera tenido piernas me habrían pasado la droga y en unos meses la habría vendido yo. Luego, a traficar unos años para acabar en una zanja con un tiro en la nuca o en una cárcel mexicana, que no sé qué es peor. Desde entonces sé que mis piernas ausentes pueden llevarme a los mejores sitios o sacarme de la peor situación.
Sin saber bien cómo, aunque creo que fue el mero mero, mi mamá se enteró de aquella compra fallida y actuó con el coraje de las madres luchadoras. Habló con un padre salesiano que me había dado clase en bachillerato, quien me metió en un programa de empleo rumbo a España. Sin contemplaciones me subieron en el primer avión. Recuerdo el enfado con mi mamá y recuerdo no darle besos en el aeropuerto. Ella, con la cara desencajada por el llanto, decía que me quería y que se le partía el alma, pero que mi futuro estaba fuera de allí. Cada noche extraño aquellos besos negados, más que a mis piernas, por mucho que me lleven a los mejores sitios o me subieran a aquel avión.
***
Siempre me han atraído los zapatos, fantaseo que reflejan la personalidad de su propietario. Si te fijas bien, sus detalles muestran rasgos de la personalidad difíciles de descubrir. Además, como yo no tengo, me permiten conocer a los demás sin mostrar cómo soy.
Recuerdo la primera impresión que me causó Hernán cuando lo conocí. «Este es Hernán, el director del Departamento de Marketing, tu jefe», me dijeron cuando entré a trabajar en Green Technology. Su imagen era impecable, de gentleman inglés. El traje ceñido se adaptaba como un guante a su cuerpo, sin una sola imperfección. El pelo, retacado de gel, potenciaba el plateado de sus canas y revelaba que Hernán tenía la madurez perfecta para mandar. Sin embargo, fueron sus zapatos quienes me advirtieron del peligro que suponía no temer a Hernán. La suela de cuero estaba hecha para pisar alfombra. Sabía que no iba a encontrar ningún obstáculo que le hiciera resbalar, pues su dueño fulminaría cualquier inconveniente del camino. Las agujetas enceradas, nuevecitas y brillantes, estaban atadas con un doble nudo muy apretado, mostrando que su propietario ansiaba oprimir. El brillo del zapato era un brillo de espejo, que cuando lo mirabas devolvía tu imagen pequeña e insignificante. Los zapatos de Hernán generaban un abismo entre el que mira y el que muestra ser perfecto, la perfección pluscuamperfecta, intencionadamente inalcanzable.
Mis estudios en Monterrey me habían abierto las puertas del Departamento de Marketing de Green. En cuanto Hernán me vio, ideó una campaña de publicidad para mejorar la imagen de la empresa en sus clientes: yo era latino y discapacitado, no se podía pedir más. Acabé siendo el modelo en la campaña y pidiendo al camarógrafo que me sacara bien guapo.
–Sácame bien guapo, güey, que quiero sentir el orgullo de mi mamá cuando la feliciten sus vecinas en Monterrey.
Hernán llegó tarde a la grabación de la campaña; decía que la puntualidad era para la tropa, que al jefe hay esperarle sin rechistar, y sólo actuar cuando él diga qué se debe hacer. Tuvimos que esperar una hora sin hacer nada hasta que llegó a la grabación. Se situó en la distancia sin mezclarse con los demás y fijándose en todos los detalles. No tardó en hacer una mueca de desagrado. Se chingó el cigarro en dos fumadas, lo tiró violentamente contra el suelo y lo aplastó sin que su zapato perdiera por ello ni un ápice de perfección. Se estaba poniendo nervioso. Decía que la estupidez le sacaba de sus casillas, y aquel camarógrafo no iba a ser una excepción:
–¿Eres tonto o qué? Debe verse que le faltan las piernas y debe lucir bien mexicano. Ya que le hemos contratado, que se vea que somos una empresa diversa y abierta a todo tipo de gente.
Me sorprendió la agresividad de Hernán, pero todos a mi alrededor siguieron centrados en su tarea, como si estuvieran acostumbrados a ella. Buscando una explicación miré al camarógrafo y él me miró pidiendo paciencia con su gesto. Sonrió y le devolví la sonrisa. Respiró, aunque se le notaban las ganas de llorar. Sabía que todos los que habían osado enfrentarse con Hernán habían acabado despedidos, y él tenía dos hijos y muchas cuentas por pagar. Siguió con su trabajo «cuando dirige un idiota no hay que entender, hay que obedecer», me confesó más adelante.
Hacía mucho tiempo que aquel hombre tenía su mente fuera del trabajo. Hacía años que su alma no entraba en Green; había aprendido a quedarse esperando en la puerta a que el cuerpo regresara, protegiendo así las ilusiones que aún mantenía y que quería conservar. El camarógrafo forzó una sonrisa y dijo:
–Si quiere luego lo arreglo con el ordenador, señor Hernán.
Hernán tiró lo que quedaba del cigarro, y gritó:
–¿Quieres grabar de una vez? Y tú, Chucho, pon cara de contento, que aquí te hemos dado la oportunidad de tu vida y parece que estés de velatorio.
Hernán no podía reprimir su necesidad de hacer al resto partícipe de lo que pasaba por su cabeza. De repente gritaba o susurraba, insultaba o elogiaba, y jamás se arrepentía de nada. Debió de pensar que había sido brusco con el pobre camarógrafo, así que se acercó a él y le susurró:
–Quiero una grabación cojonuda. Debe verse que le faltan las piernas, debe dar pena, que se vea que es un retazo de persona. Cuanto más minusválido parezca mejor que mejor.
Juro que lo oí. Juro que me llamó retazo. Yo estaba suficientemente cerca para escuchar y Hernán era lo suficientemente idiota como para no calcular. Puto, maldito cabrón que me había tocado de jefe. El brillo de sus zapatos me pareció entonces falso, de ese tipo de limpieza conseguida con esponja abrillantadora del súper. El tipo de brillo que luce al principio, pero que estropea el calzado y se ensucia con facilidad.
Acababa de aterrizar en Green y ya notaba que me quería largar. Pero necesitaba aquel trabajo tanto o más que el camarógrafo y el resto de los compañeros que me rodeaban. Respiré profundo y dibujé la mejor de mis sonrisas. Si quería al discapacitado alegre para su campaña lo iban a tener. «Sonríe, sonríe, sonríe, una sonrisa nunca falla», me repetía sin cesar.
***
Lo primero que hice cuando llegué de México fue incorporarme al programa de los Salesianos llamado «Segunda oportunidad»: discapacitados latinos que buscaban abrirse camino en España. Para nuestros países era una forma de quitarse un problema de encima, para los españoles una manera de limpiar su conciencia, y para nosotros la posibilidad de vivir de nuestros trabajos, no de la caridad.
Durante el primer mes del programa hicimos un chingo de cosas: cursos, pláticas y prácticas a discreción para entender a los españoles. Las empresas colaboradoras del programa nos daban formación para el empleo, nos daban pláticas sobre cómo es el mundo de la empresa y de paso seleccionaban a quien les pudiera gustar. Cuando las empresas nos ofrecían un trabajo era nuestra primera oportunidad. Si conseguíamos un contrato permanente, los Salesianos nos instalaban en un departamento compartido con otros compañeros para dar así por concluido el programa. Esta era la segunda y verdadera oportunidad.
En el curso nos enseñaron materias como Historia, donde aprendí el punto de vista de los españoles sobre la invasión colonial: olvidaron decir que Colón descubrió a quien estaba descubierto, Hernán Cortés mató para conquistar y los españoles se llevaron el oro que nunca han devuelto. Había otra clase llamada Comunicación, donde aprendí a tutear y a decir joder, coño, hostia y cojonudo a todas horas. La asignatura que más me gustó fue Comportamiento en la Empresa, impartida por Irene Díaz de Otazu, la directora de Recursos Humanos de la empresa Green Technology.
Recuerdo la primera clase de Irene. Llegó puntual y, con una sonrisa dibujada en su boca, empezó a platicar:
–La puntualidad demuestra el respeto, y desde el respeto se construye el resto. Si queréis tener éxito en una empresa, debéis comenzar por el respeto, la educación y la sinceridad; si a esto añadís trabajo duro, lo demás está de más.
A pesar de ser Irene una gran directiva, al menos así la presentó el salesiano, me sorprendió que vestía muy parecida a nosotros: tenis, jeans desgastados y un suéter amplio de color negro que no mostraba sus formas, como si evitara impactar. Sus tenis eran blancos sin marca, unos tenis normales, elegidos para pasar desapercibidos. Su ropa decía que lo importante no era ella, sino estar cerca de nosotros. Se notaba que Irene quería ser agradable, que lo principal éramos los alumnos y nuestras ganas de aprender. La clase fue magistral, fuera del aula y lejos de los libros, que es donde se aprende de verdad:
–Queridos alumnos, vamos al zoo a aprender cómo os debéis comportar.
Los zoológicos son sitios donde los animales malgastan su vida para saciar la curiosidad de los humanos. La llovizna nos acompañó en el viaje en autobús al zoológico, como si quisiera quitar la ilusión que acompaña a los adolescentes cuando hacen algo nuevo. Irene sonreía, platicaba con todo el mundo y procuraba que todos pudiéramos intervenir. Me pareció Irene de esas personas que generan ambientes en los que todo el mundo se siente incluido. Su ánimo compensó lo gris del día, contagiando su alegría y entusiasmo en el trayecto. Escuchaba, respondía y sonreía, y eso que no paraba de platicar. Comenzó su lección en el autobús, de manera pausada explicó lo qué íbamos a ver en el zoológico.
–Recordad que somos homos y somos sapiens. El que se comporta como un mono no debería salir de la selva, el que se comporta como un sapiens tiene mucho que aportar. Aportar en una familia, en la escuela, en un grupo de amigos o en una empresa. Os traigo al zoo para que aprendáis a distinguir a los monos de las personas con las que os gustaría trabajar.
Ver por primera vez un elefante me pareció inolvidable, y el oso hormiguero que está bien cabrón. Lo que más me impactó fue nuestra enorme semejanza con los gorilas y pensé que no somos más que monos versión superior. El recinto de los gorilas era sombrío, silencioso y olía mal. Olía a caca, a perro mojado, a pedo de frijoles con veneno. Era de esos olores que se huelen desde la garganta, que cuesta acomodar varios minutos. Una vez adaptado a la penumbra y al olor pude descubrir que los gorilas no estaban en silencio, sino que compartían gemidos y murmullos, y se comunicaban entre ellos. Intuí que había cierta organización en aquel murmullo, pero no la supe comprender. Pensé en comentarle a Irene que pasa lo mismo con los humanos, que al principio no los entiendes y todo parece un caos, pero cuando pasa el tiempo ves que siempre están organizados. Sentado en mi silla, mientras observaba a los gorilas, me percaté de la parte más penosa del espectáculo: un montón de presos en un recinto aparentando normalidad durante su cautiverio. Los más cercanos al cristal de protección eran los más sociables, hacían muecas a los espectadores, sonreían ampliamente y se desparasitaban unos a otros mientras se hacían cariñitos. Uno me sonrió y le devolví la sonrisa. Entonces leí la incomodidad en sus ojos y comprendí que la sonrisa era parte de un papel que alguien le había asignado. En verdad tenía ganas de llorar. Otros más alejados parecían perturbados; uno miraba a la pared, otro comía su propia mierda y un tercero no paraba de comer y reír. Eran los inadaptados y distintos del grupo, puestos allí para poder sospechar de ellos y para encontrar un culpable cuando se necesitara. También pensé en comentarle a Irene que siempre hay un grupo de raros entre los humanos, que se utilizan para echarles la culpa si algo sale mal. Son los sospechosos. Lo pensé porque me recordó lo que ocurría en el patio de mi escuela, donde siempre había alguien dispuesto a echar la culpa al distinto. Más al fondo estaban las hembras con sus crías, ocupadas en protegerlas y en atender al gran macho de espalda plateada que presidía toda la situación. Para ellas era importante no molestar y atender a sus crías, no molestar y evitar mirar frente a frente al espalda plateada, no molestar para mantenerse en la organización.
El espalda plateada no era el más grande, ni siquiera parecía ser inteligente, pero se notaba que era quién tenía el control. Estaba en lo más alto del recinto y observaba con una mueca de desconfianza al resto de gorilas. Vigilaba a las hembras y a las crías, aunque con distancia y desapego. En la cara de los otros gorilas se leía que era él quien mandaba, que debían conseguir su aprobación para efectuar cada movimiento, y evitar que se pudiera enfadar. Me miró tan penetrante que temblé. Su mirada dejaba claro que él mandaba allí, y que solo el cristal de protección me salvaba de ser despedazado, simplemente por ser un extraño, simplemente por observar y darme cuenta de la situación. Sostuvo su mirada de esa forma autoritaria que la sostiene el que manda, ordenando que bajara la mía. Un escalofrío me hizo notar el miedo, como si el cristal no estuviera entre los dos, y bajé la mirada mientras me rascaba la cabeza, un pretexto que permitió disimular mi acción cobarde. De reojo me pareció ver que el muy cabrón sonreía, porque los dos sabíamos quién mandaba. Supe que todos los gorilas de la jaula sentían lo mismo que yo.
Ya no notaba el hedor del recinto, ni notaba la penumbra, ni el cristal de protección. Me sentía como si fuera un gorila más en medio de aquel grupo. Percibía la desconfianza del resto de los compañeros y la obligación de pasar inadvertido con el temor a ser descubierto en mis pensamientos. Aquella sensación duró un momento, un instante, lo justo para pensar en si este era el mensaje que quería mandar Irene: el miedo en la empresa mantiene al grupo unido, unido para que nada cambie.
Mientras pensaba en los gorilas y los humanos, en el zoológico y en la empresa, mi mirada se perdía entre los gorilas. Entonces un macho joven regaló un plátano a una hembra, quizá por congraciarse, quién sabe si con otra intención. Rápidamente otra hembra celosa avisó al espalda plateada, quien de un salto llegó hasta el mono joven y le golpeó con furia. Golpeó, golpeó y golpeó. Todos miramos absortos y atemorizados. Humanos y simios vimos el escarmiento paralizados por el miedo. Incluso los cuidadores contemplaron sin intervenir. Pasado el castigo todo volvió a la calma. Las crías volvieron a jugar, las hembras a cuidarlas y los inadaptados a simular ser idiotas. El espalda plateada, con mirada desafiante, mostraba su autoridad. Me alegré de notar entonces el cristal de protección, que me mantenía a salvo de cualquier agresión. Salimos del recinto de los gorilas mientras los cuidadores llevaron al macho joven al veterinario para evaluar su estado. El resto de gorilas supieron qué pensar.
Allí acabó la visita al zoológico, para Irene fue suficiente y al resto no nos quedaron ganas de más. En el camino de vuelta Irene se hizo dueña del micrófono del autobús.
–¿Qué habéis visto?
La pregunta no era fácil. No habíamos visto monos sino a nuestros primos los gorilas, que me habían recordado mi infancia en el patio de la escuela y quizá un futuro que no quería vivir. Una chava contestó:
–Está claro que ha habido un mono que algo ha hecho mal. Supongo que habrá quebrado una norma y el jefe lo ha castigado. ¿Qué se podía esperar?, son monos.
–El problema no es ese –me apresuré a intervenir yo–, sino que el resto ha visto lo injusto del castigo, y nadie ha movido un dedo por pararlo, ni tan siquiera los cuidadores. Si nadie hace nada ante la injusticia, esta sigue para siempre. Sí, son monos, pero no los veo muy distintos a nosotros.
Mi compañera insistió en su punto de vista:
–Lo que está claro es que alguien debe mandar y que hay que obedecer las normas porque, ¿en quién vas a confiar? ¿en el que regala un plátano dentro de una jaula apestosa?, ¿en aquel tonto que no para de sonreír?, ¿en el que se come su mierda? Al frente se necesita quien sepa mandar, y el resto debe obedecer, que es la única manera de proteger al grupo.
Irene sonrió, había conseguido su propósito: hacernos pensar. Yo me preguntaba cómo aquella chava podía decir que tener uno al mando es la única manera de proteger al grupo. Irene dio por concluida su lección en el mismo autobús de vuelta:
–No olvidemos que somos homo, y que por tanto nos paraliza el miedo, la amenaza y la sinrazón. No olvidéis que somos sapiens, y que queremos ver a nuestro grupo mejorar. Para mañana os mando una tarea, que vamos a llamar «Si no eres la solución eres el problema». Se trata de exponer cual debería haber sido vuestro comportamiento en caso de que hubierais sido gorilas dentro de la jaula.
«Si no eres la solución eres el problema». Esa frase me acompaña desde entonces. «Si no eres la solución eres el problema», es un principio que te obliga a actuar. Expliqué en mis deberes que quien calla ante la injusticia merece estar en la jaula de los gorilas. Sin embargo, no podía olvidar que, cuando me sentí en la jaula, mi reacción fue bajar la mirada y callar.
***
Irene llegó puntual a nuestra primera reunión en Green, donde entré a trabajar gracias al curso Segunda Oportunidad. Tenía la suerte, al menos eso pensé en un principio, de conocerla, pues había sido una profesora muy fregona. Decía que con la puntualidad se demuestra el respeto, y que a partir del respeto se construye todo lo demás. Como ya la conocía del curso de formación con los Salesianos, no me sorprendió la limpieza de sus zapatos, una limpieza sin reflejos ni brillo, una limpieza funcional. La suela era de hule para caminar sin hacer ruido, sin querer perturbar a quien no quiere ser molestado. No tenían agujetas enceradas ni hebilla, sino un elástico para ponérselos sin esfuerzo, dispuestos a meterse y quitarse fácilmente. El color era mate, elegido para no deslumbrar. Yo diría que eran zapatos hechos para alguien centrado en los demás.
–Hola, Irene, de lejos creí que eras mi compañera becaria, pero cuando acercaste te he reconocido. Te ves espectacular.
Irene sonrió, pues estaba claro que era un piropo desmedido, pero también una declaración de mis ganas de agradar.
–¡Qué amable eres, Chucho! ¿Cómo te hemos tratado en estos primeros días? Recuerda tener paciencia, acabas de aterrizar.
Quería contarle a Irene lo extraño del comportamiento de Hernán y el miedo que provocaba en el equipo, pero ella me pedía paciencia. Parecía como si supiera lo que le iba a decir, así que dude y callé. Callé al igual que callan los cobardes, callé cuando no debía callar. Para los del Departamento de Marketing, Hernán era sinónimo de peligro y vivían entre el temor y el sinsabor de una situación que alguien debía denunciar. Yo sentía hervir en mis venas las ganas por combatir a los injustos, a los acosadores y a los elitistas. Mis ganas por luchar y mostrar que un mundo mejor era posible me decían que debía hablar. Irene, sin embargo, solo se interesó por mi comodidad en la empresa, los horarios, el locker o el seguro médico. Quizá Irene pensó que yo tenía que aprender a esperar para hacer un juicio, aunque fuera algo tan patente como Hernán.
Su actitud me frustró, se caía el mito de la gran directora de Recursos Humanos, no entendí qué estaba esperando para actuar. Sus huecas palabras me parecieron excusas para no afrontar su responsabilidad, tan inservibles como los rezos de mi mamá a un dios cansado de desaparecer. ¿Sería Irene una líder desaparecida, de esas demasiado comprensivas, educadas y cobardes? No me estaba gustando aquella primera reunión. «Irene y yo no nos parecemos en nada», pensé para mis adentros. Ella parecía saber leer mis pensamientos y pidió más paciencia:
–Eres muy joven, Chucho. Date tiempo para entender lo complejo de Green. Todo el mundo necesita comprensión. En los trabajos hay que entender a la gente para ayudarle a mejorar.
Estaba confundido. Irene, en sus clases, hablaba de actuar, de ser la solución y no el problema, de defender el respeto, la educación y la sinceridad; sin embargo, en aquella primera reunión, no me dejaba ni hablar. Yo había imaginado una Irene fulminando a los malos en defensa de los débiles y necesitados. Muy al contrario, sentí que Irene nada quería cambiar.
***
Sonreí, sonreí y sonreí, confiando en que mi sonrisa cambiaría las cosas en la grabación de aquella campaña de publicidad. Al menos, pensé, hago la vida agradable al camarógrafo y al resto de compañeros. Sonreír me recordó que me encantaba la idea de ser imagen de marca y poder así sentir el orgullo materno desde Monterrey. Pero estar delante de Hernán me hacía cuestionar si Green era mi lugar. Ajeno a mis pensamientos, encendió otro cigarrillo desobedeciendo la prohibición de fumar. Se lo chingó de una fumada y, señalando con su dedo índice al camarógrafo, insistió:
–Debes sacar su cara de minusválido, que se note que es latino, que ha pasado necesidad.
Tras la grabación Hernán estaba exultante. Pensaba que todos aplaudían su liderazgo arrollador. Al ser yo el recién llegado se quiso congraciar conmigo, así que me susurró:
–Esta campaña va a ser un éxito. Soy la hostia, si no fuera por mí, esta empresa hace años que se habría ido al garete. Tú también eres la hostia, ven a mi oficina, tenemos cosas serias que hablar.
La alfombra de la oficina era de esas tan tupidas que frenó mi silla de ruedas al entrar. No estaba hecha para recibir, sino para excluir a quién no la supiera pisar. Alfombra hecha para contentar suelas limpias que no están manchadas por el trabajo. Hernán se sentó en su señorial sillón de cuero, respiró profundo dándose importancia, y… no pudo evitar mirar mi silla y mis piernas ausentes, como si faltara algo.
–Perdona por haberte chillado, Chucho, pero estar rodeado de tontos me saca de mis casillas. Yo quiero que la empresa funcione, tener profesionales de verdad. Sin embargo, la inepta de Irene deja que esta empresa esté llena de mediocres, y a mí me toca compensarlo.
En la pared de aquella oficina había una enorme foto de Hernán. En ella posaba orgulloso, con un birrete en su cabeza y recogiendo lo que parecía un título, con la bandera de Estados Unidos detrás. Mensaje para la galería, pensé. Parecía que aquel enorme sillón estuviera colgado del cielo, tanto que me hacía mirar a Hernán hacia arriba, mientras yo me sentía más y más pequeño. Pensé que cuando alguien tiene que auto-proclamarse importante, es porque quizá no lo sea tanto. ¿A qué venia ese ataque gratuito a Irene? Quizá supiera que había sido mi profesora en el curso, tal vez pensó que yo la apreciaba o puede que solo pretendiera congraciarse conmigo gracias a la vieja estrategia de criticar por criticar.
–Recursos Humanos es un departamento de segunda, todo comprensión y segundas oportunidades, el reino de la mediocridad. Debes saber que Irene os critica a todos los nuevos. Sin embargo, protege, protege y protege a los ineptos que llevan años contratados, tontos como el cámara, monumentos a la incompetencia.
Aquella crítica a Irene fue la gota que derramó el vaso de mi esperanza con Hernán. Noté que mi alma ya no estaba en aquella oficina, me esperaba fuera protegiendo las ilusiones que no quería abandonar. Supe que Hernán era patético. Si obviabas su coraza de mala educación, la alfombra tupida y el sillón colgado del cielo, quedaba su esencia. Hernán no miraba a los ojos cuando mentía, tartamudeaba buscando las palabras en su cabeza y sus manos temblaban al no saberse expresar. De pronto hablaba, de pronto callaba, mostrando que no sabía qué decir. Vi que uno de sus zapatos se movía nervioso, buscando una salida, queriendo salir corriendo. Cuando los zapatos quieren salir corriendo es porque quien los lleva quiere escapar. Nefasto me pareció Hernán en su lucha por ganar entre sus aliados a un batito recién aterrizado. Sus zapatos, manchados por pisarse, habían perdido su perfección pluscuamperfecta. Los zapatos y yo firmamos una tregua, pues ambos estábamos cansados de los esfuerzos de Hernán por resultar veraz.
–Hernán, no se preocupe. He captado el mensaje y tengo claro a quién no debo defraudar.
Hernán se limpió la saliva de las comisuras de sus labios y dejó de tartamudear.
–Sabía que eras de los míos. Nada te va a faltar en mi equipo. Mañana hablo con Irenita y le digo que conviertan tu contrato en permanente. Bienvenido Chucho, me gusta la gente con hambre como tú, con hambre de verdad.
En aquella oficina recordé que yo era un tipo con suerte. Yo era un tipo muy completito y no un retazo de persona, que diría Hernán. Quizá el retazo fuera él pues, si quitabas la coraza que protegía su esencia, quedaba la nada más patética, su falta de humanidad. Me pregunté cómo podía ser Hernán un directivo. ¿Acaso era Green una empresa que contrata personas para tratarlas como monos? Nadé en un mar de dudas, no supe qué pensar. Extrañé mucho a mi mamá, el café con leche por la mañana y los apapachos infinitos.
***
«Irene Díaz de Otazu, Directora de Recursos Humanos», se leía en el cartel de la puerta de la oficina de Irene. Me recordó su entrevista en la revista de los Salesianos, que había leído unos días antes:
–«Irene Díaz de Otazu, experta en Recursos Humanos, experta en personas y en empresas, una referente en el mercado laboral», iniciaba el periodista.
–Mi función en la empresa es ayudar al grupo de personas que la integran a mejorar, y a la empresa a obtener beneficio económico. Estos dos objetivos son complementarios y solo pueden lograrse con ambición por alcanzar las metas, y con respeto los integrantes del grupo.
Aquellas respuestas de Irene tan medidas, tan perfectas, con su parte personal, su parte profesional y su parte humana, me hicieron saber que había preparado concienzudamente la entrevista. Irene era de esas personas que nunca dejan nada al azar. El resto de la entrevista fue una estudiada exposición de la importancia del respeto y la educación para que el equipo pueda progresar. En la entrevista hablaba de su principio «si no eres la solución eres el problema», que yo había hecho mío. De soluciones precisamente quería hablar. No hizo falta llamar a su puerta porque siempre estaba abierta; no obstante pedí permiso para pasar.
–¿Se puede Irene?
–Por supuesto, mi querido Chucho, mi sapiens preferido, entra hasta el final.
La oficina tenía un piso laminado de esos que parecen madera, funcional para limpiarlo fácilmente y a la vez acogedor, que invita a pasar. Cuando frenas la silla en la oficina de Irene, el piso no resbala y tampoco te atrapa si quieres arrancar.
–Te he llamado porque llevas ya un mes con nosotros y tu jefe ha pedido que te hagamos fijo en la plantilla, sin embargo, no conozco tu opinión sobre Green. Para nosotros es importante la opinión de nuestros jóvenes…
Agradecí el interés de Irene por mí, sin embargo, me pareció que estaba echando el típico choro sobre la importancia de respetar los tiempos en la empresa, de saber esperar y otros tópicos por el estilo. Al ver que se extendía demasiado sentí que no llegaría mi turno y recordé mi primera reunión con ella, en la que ni tan siquiera pude hablar. Mientras ella hablaba y hablaba pude ver encima de su escritorio una placa de agradecimiento de los Salesianos por el programa «Segunda Oportunidad». Pensar en los Salesianos me recordó a mi mamá, la gran luchadora orgullosa de su hijo, la que defiende la sonrisa como receta ante la adversidad. Hacía días que no la llamaba. La tenía más abandonada que aquel dios al que le reza, aquel que haciendo hombres no recordaba ponerles piernas, como si fueran un retazo que se pueda olvidar.
–¡Chucho! ¿Me estas escuchando? Te he preguntado cómo te ha ido con Hernán.
–Para serte totalmente sincero, Irene, esto no es lo que me esperaba, creo que este no es mi lugar.
–Vas demasiado rápido, Chucho, debes tener paciencia. Creo que tu juventud e inexperiencia te hacer ser impaciente con la empresa y quizá con Hernán…
Otro choro de Irene sobre la empresa y la ética. Entonces vi un gran cuadro colgado en la pared. Era una foto de todo el personal de Green Technology celebrando los primeros diez años de la empresa y, en letras superpuestas, el eslogan «Todos hacemos Green». La foto era bonita, aunque había perdido el color por el paso de los años, y el ancho marco de madera que la soportaba pedía a gritos una renovación. Aquella foto reflejaba a Irene: con principios excelentes, pero con un formato desfasado. Me molestó darme cuenta de que se había quedado anclada en el pasado, un pasado con otros ritmos, con cambios que se producían muy poco a poco. Bajé la mirada y me tropecé con sus zapatos. Su color mate había tomado una tonalidad apagada, de esas que aburren y aburren porque nunca van a cambiar.
–Perdona que te interrumpa Irene, quizá no me expresé bien. Yo creo que sabes que Hernán critica continuamente, llama tonto a todo el mundo y ataca sin piedad. Yo no quiero trabajar con él pues me quita la alegría por trabajar. Además, perdona mi insolencia, pero si alguien piensa que todo el mundo es tonto, es porque el tonto es él.
–No te puedo consentir estas palabras. Debes ser más respetuoso y paciente con la empresa y, si te toca trabajar con Hernán, tendrás que trabajar con él. Ya eres mayorcito Chucho, ahora toca ser responsable.
Los zapatos de Irene delataron su incomodidad. En los momentos de vergüenza la gente encoge sus pies dentro de los zapatos intentando liberar presión, queriendo aliviar por allí la resistencia que no quieren mostrar. Los zapatos de Irene se abultaron contradiciendo lo que ella estaba diciendo, dejando al descubierto su lucha interna. Agradecí a los zapatos su sinceridad.
–Irene, me pides que tire mi tiempo a la basura, que acepte tu realidad. Me niego a ser parte de este problema, no voy a ser el tonto a quién el tonto hace tontear.
Sonreí y miré fijamente a Irene, pues ya no quedaba nada por decir. Calló, se empañaron sus ojos y la frustración rodó por su mejilla. Salí de aquella oficina que ni resbala ni atrapa. Yo sonreí, sonreí y sonreí, e Irene me dejó volar.

IV. Y María se hizo invisible
Se miró las yemas de los dedos, las huellas dactilares. Con el dedo gordo de la mano derecha se acarició los dedos de la mano izquierda, la palma de la mano, la muñeca, el antebrazo, el codo. Hizo el mismo recorrido a la inversa. ¿Cuánto tiempo puede pasar una persona sin contacto con otro humano? Volvió a realizar el mismo recorrido, esta vez con las uñas en vez de con las yemas. La sensación era distinta. Se le erizaba la piel. Levantó el brazo por encima de su cabeza e intentó observarlo, pero la oscuridad de la estancia apenas le permitía saber dónde estaba. Veía sombras, reflejos. Tal vez ni siquiera veía su brazo, tal vez era solo su imaginación que conocía a la perfección cada detalle de su cuerpo. Más desde que el confinamiento había empezado a resultar pesado. Nunca había sentido tanta necesidad de recorrer su cuerpo con las yemas de sus dedos, con sus manos. A veces se descubría a sí misma en una especie de abrazo que no cubría su necesidad de contacto. Pasaba su brazo derecho por su barriga y se llevaba la mano a la espalda. Se engañaba a sí misma con ese contacto humano, que no era más que el propio, apenas sensible, apenas tranquilizador. Nunca pensó que el contacto con la piel de otra persona fuera tan importante para ella, más aún cuando solía preferir tener una burbuja a su alrededor. En apenas unas semanas las palabras «espacio propio» habían cambiado de significado en su diccionario personal. Muchas más cosas habían cambiado en su diccionario: casa, trabajo, invisibilidad, horas, minutos, segundos.
Si cerraba los ojos parecía que era otra persona quien le acariciaba el brazo. Si bloqueaba los sentidos esa otra persona era su madre. Si se dejaba llevar por los recuerdos olía su perfume. Durante años se había obligado a rechazar ese recuerdo, convencida de que traerlo a la realidad solo le causaría más dolor. En pleno confinamiento el dolor por la ausencia de sus padres era más pronunciado que cuando fallecieron. Todo era más penoso, más oscuro, más siniestro.
Abrió los ojos con la intención de obligarse a permanecer en ese momento y no dejarse llevar por los recuerdos, no volver a aspirar el perfume de su madre. No veía nada en la oscuridad. Encendió la tenue luz de la mesita y solo vio el techo, como todas las noches. «Se va a derrumbar», pensó. No sabía por qué, pero desde hacía unas noches empezaba a colarse en su cabeza el pensamiento de que el techo se iba a derrumbar sobre ella. Apartó la idea y se obligó una vez más a no dejar que su mente se disparara; ella podía controlarla. Recordó que había empezado el confinamiento con ilusión. Le daba muchas más oportunidades, le permitía sentirse menos expuesta al hacer presentaciones, le evitaba el tráfico y el trayecto de una hora de duración a la oficina, le dejaba tiempo para leer, le ahorraba las excusas absurdas para no asistir a compromisos sociales… ¿Qué más, qué más, qué más?… ¿Qué más motivos le debían hacer sentirse feliz? Cerró los ojos. Los abrió. El techo se derrumbaba. Iba a caerse. Apagó la luz y se protegió los ojos con los antebrazos.
¿Era depresión lo que sufría? Si era depresión, no tenía derecho. Por ejemplo, Chuchín, que no tenía piernas, sí tenía derecho a sufrir una depresión. Ella no. ¿De qué se quejaba? Siempre le había gustado disfrutar de la soledad. Su introversión la había acompañado toda su vida, así como los consejos para superarla. Siendo pequeña sus padres la animaban a tener más confianza en sí misma, confundiendo su gusto por el silencio y la oscuridad con baja autoestima. Dedicaban esfuerzos a animarla en sus sueños e ilusiones, creyendo que si ella confiaba en sus decisiones las tomaría con más fuerza y saldría de su pequeño caparazón. Solo hubo una ocasión en que no contó en absoluto con su apoyo. Cuando tenía dieciséis o diecisiete años comenzó a decir que cuando terminara el bachillerato se sacaría el carné de conducir y buscaría trabajo de chófer. Primero se rieron con ella, pero cuando mantuvo esta posición durante meses, sin saberlo abrió un campo de batalla. De un lado ella, sin aliados, y del otro sus padres, atrincherados con muchos aliados inesperados entre sus filas.
En otro ambiente se pensaría que hablaba de ser chófer de autobús; en el suyo todo el mundo sabía que hablaba de chófer particular, uno como el de su casa, que la llevaba al colegio, la recogía en sus clases de natación, en casa de sus amigas, a la salida de la discoteca… Un chófer un tanto distante; nada que ver con esa imagen de las películas en que es confidente y hasta guardaespaldas. Para María, el chófer era un señor que siempre era mayor y que le abría la puerta y le preguntaba cómo había sido su día. María, con exquisita educación y timidez, a pesar de conocerlo desde hacía años contestaba con escasas palabras.
Los aliados del bando de sus padres eran innumerables, imprevistos y estaban por todas partes: sus abuelos, los padres de sus amigas, los profesores, sus propias amigas. Ganaron incluso para su bando a su chófer. Le pidieron que hablara con ella para explicarle que era un trabajo poco motivador. Pensaron que sería una buena conversación para ella sin tener en cuenta cómo le haría sentir a él. Como era bien mandado, en uno de los silenciosos viajes se esforzó lo imposible por iniciar una conversación con la que no se sentía cómodo. Como si se tratara de un guion previamente elaborado, enumeró todos los inconvenientes de su trabajo: dolor de espalda, peligros en la carretera, poca compañía, jornadas eternas con muy pocas horas productivas, sensación de vivir en el día de la marmota… «¡Si la señora ni siquiera sabe si le gusta conducir!», concluyó.
La última baza de los padres fue un acierto, aunque no por los motivos que ellos habían pensado. María dejó de querer ser chófer no por lo que él le expuso, sino porque de pronto la magia de la profesión se había desvanecido. Él era, al fin y al cabo, una persona como las demás, que escuchaba y tenía que ser escuchado.
Después de esta hubo muchas más batallas que María perdió. Como una profecía autocumplida, de tantas veces como escuchó que su problema era que no tenía autoestima, el mensaje acabó calando en ella. A veces se decía a sí misma que valía mucho, muchísimo, pero la realidad era que ella era demasiado diferente. Muchas veces había acabado preguntándose si no viviría en un mundo equivocado, y no porque su voz fuera débil, sino porque los demás eran sordos.
Se licenció en Económicas, acumulando matrículas de honor año tras año. Eligió Alemania como destino para su año Erasmus, donde disfrutó de calles con poco ruido, de la noche que en invierno avanzaba hasta media mañana y teñía los días de silencio. Terminó el año con tristeza por volver a España, aunque la ilusión de estar en casa con sus padres también era fuerte. Sin embargo, algo había cambiado en el ambiente; ya no era el que recordaba. Al principio lo achacó a que ella había cambiado, pero había algo más. El aire en su casa era más denso, más delicado, más inestable. Las pocas palabras que sus padres se entrecruzaban entre sí estaban inundadas de educación y mantenían un falso equilibrio para que la discusión no estallara. Ya no estaba María en un bando y ellos en otro: ahora cada uno de los tres estaba en un bando distinto.
Antes de terminar la carrera les planteó a sus padres que la matricularan en un máster. Para su sorpresa, su primera pregunta fue cuánto costaba. No le confirmaron si podría hacerlo, alargando la decisión en el tiempo con la excusa de que no era necesario tomarla antes de que se graduase. Entonces desaparecieron los coches del garaje. «Eran demasiado antiguos y no los usábamos», le explicaron. Luego los valiosos cuadros. «Han sido una gran inversión, hemos ganado mucho dinero; no tenía sentido tenerlos colgados de la pared solo para nuestro disfrute. En realidad hemos hecho una acción benéfica vendiéndolos para que otras personas puedan disfrutarlos». Luego las joyas dejaron de iluminar la mirada de su madre. Cuando lo material desapareció, fueron reduciendo el número de personas que mantenían su enorme hogar en marcha: el chófer, el jardinero, la señora que limpiaba y hacía la comida. Los árboles crecían sin límite, las flores se morían, la piscina se tornó verde. No volvieron a mencionar el máster y la animaron a buscar trabajo. Ella lo hizo, pero en Alemania. Los siguientes meses transcurrieron muy rápido, con una intensidad que no había vivido ni siquiera durante el Erasmus. Conoció a un alemán, se enamoraron apasionadamente, compartieron tardes interminables de conversaciones, de secretos no compartidos con otros, se unió a su grupo de amigos y se sintió libre de quien había sido hasta ese momento.
Mientras tanto, sus padres le dijeron que habían vendido la casa porque estaba muy vacía sin ella, era demasiado grande. Se habían ido de alquiler a un piso en Madrid. Ella preguntó si todo iba bien y el silencio, del que tanto disfrutaba antes, se volvió espeso. Podía masticarlo incluso. Las llamadas se espaciaron y la urgencia por tenerla cerca se disipó, lo cual, por otra parte, fue un alivio para ella.
Cuando sus padres fallecieron en un accidente de coche un año después, María volvió a Madrid dejando atrás su vida en Alemania. Tan atrás la dejó que pronto le pareció un simple espejismo. Es cierto que nada la ataba ya a la capital española, pero estar en Madrid le hacía sentirse en casa y cerca de ellos, aunque ya no estuvieran. Su pareja se ofreció a acompañarla y así lo hizo los primeros días, pero María no tenía espacio en su cabeza para él mientras luchaba por no llorar la pérdida de sus padres. Él le estorbaba. Y con la pequeña maleta con la que había llegado se fue.
En su herencia no había nada; al menos tampoco deudas, como le dijo el abogado de la familia. Era un hombre regordete, con barba espesa, ojos pequeños, sonrisa nerviosa y recurrente. Su lenguaje era técnico, complicado y misterioso; intencionadamente enrevesado. Atesoraba el secreto de que detrás de sus palabras imposibles se escondía el pavor a ser descubierto por incompetencia.
María intentó buscar trabajo con los sentidos aún nublados. Los números rojos de su cuenta la motivaban a salir, pero a su buzón tan solo llegaban ofertas de prácticas. Aceptó la que le ofrecieron en Green Technology con la promesa de un trabajo indefinido, promesa en la que ella no creyó mucho al principio, pero que se cumplió. Sus primeros años se centró en hacer bien su trabajo, en no permitir que nadie supiera que sus padres habían fallecido hacía poco juntos en un accidente, en demostrar que a pesar de tener un miedo atroz a hablar en público tenía buenas ideas, en hacerse un hueco entre los que habían entrado con una beca como ella y mantener un estrecho contacto con los que se habían ido a otra empresa. Con los años aspiró a hacer más que «un buen trabajo»: buscaba formas de aportar mejoras al departamento y encontraba momentos en los que presentárselas a su jefe sin sentirse expuesta en las grandes reuniones. Él solía responder con poco énfasis, aunque sus ideas solían implementarse. Ella sospechaba que él se llevaba todo el mérito. Al principio no le importó, pero según maduraba comprendió mejor las bazas que jugaban todas las personas con las que trabajaba. Anotaba mentalmente las normas del juego de todos ellos y se adaptaba a las mismas, ansiando que llegara el día en que ellos jugaran con las suyas. «Algún día, algún día», se decía.
Llevaba ya nueve años en la empresa pero nadie se adaptaba a ella. Cuando conoció a Chuchín casi había tirado definitivamente la toalla. Si no eran capaces de ver con absoluta claridad lo que él necesitaba jamás seguirían las tímidas pistas que ella dejaba. Chuchín, con su silla de ruedas, se pasaba gran parte del día hablando hacia arriba. Quienes estaban de pie lo miraban desde su altura y no se planteaban sentarse a su lado para tener una conversación desde el mismo nivel. Si no podían ver la tortícolis que le estaban provocando, era imposible que vieran que ella necesitaba otros foros distintos para comunicarse.
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