Kitabı oku: «Estafar un banco... ¡Qué placer!»

› Augusto «Chacho» Andrés ‹
ESTAFAR UN BANCO... ¡QUÉ PLACER!
y otras historias

Montevideo, noviembre de 2009
Antes de comenzar se impone el sentimiento de agradecimiento a un personaje siempre presente, que sigue el avance de la escritura, exigente, con su mirada penetrante y la sonrisa algo burlona. El recuerdo de Gerardo Gatti fue un estímulo para seguir adelante cuando dudaba.
Prólogo
Una pasión por el pasado recorre el Uruguay. Institucionalistas y antisistémicos, jóvenes y maduros, socialistas y comunistas, tupamaros y anarquistas, todos comparten la misma pasión por hurgar en el ayer, por revolver en particular en las décadas de 1960 y 1970, como retornando a un período de sus vidas difícil e intenso, con el propósito de transferir a las generaciones más jóvenes las enseñanzas de un período que, para muchos, sigue siendo el más fértil de sus vidas. Una etapa, en todo caso, en la que los autores se sintieron protagonistas capaces de modificar el recorrido de las nubes.
Sería fácil concluir que la pasión por el pasado está en relación directa con el apático presente. Un presente que ha condenado a los actores a convertirse en espectadores con escasas opciones en el mando a distancia; que ha trasmutado sus sueños de un mundo nuevo en la pesadilla de verse forzado a aceptar el de hoy, donde no se hicieron realidad ninguna de sus quimeras y sus herederos políticos —por llamarle de algún modo a quienes siguen vibrando por los cambios— se han arrellanado en el cómodo sillón del posibilismo.
Fácil e injusto. Por lo menos con la «novela histórica y social» que nos presenta Chacho. Decir «novela», como el propio autor llama a estas peripecias, puede parecer irreverente cuando estaban en juego algo más que los sueños de una generación de activistas, ya que en realidad ponían sus vidas en el empeño. Sin embargo, los relatos de aquellas increíbles acciones tienen el mismo tono romántico, por quijotesco, que las historias que Osvaldo Bayer recupera del olvido protagonizadas por los «anarquistas expropiadores».
El conjunto de historias que el lector tiene delante están hilvanadas por la memoria del protagonista y siguen el trillo de seres queridos, hombres y mujeres sencillos, muchos militantes pero también, vecinos, amigos y familiares.
Tal vez esa sea la diferencia mayor, y el aporte distintivo, de este libro. La capacidad de hacer una «novela histórica y social» desde abajo. No de los de abajo, porque en ningún momento pretende hablar por ellos. Son los de abajo los que ocupan unas cuantas páginas, con sus deseos, sus anhelos, sus frustraciones y angustias y, claro está, las inconsistencias que hilvanan el tejido de vida de todos los seres humanos.
Estas historias se detienen en algún andén entre la huelga general de 1973 y el exilio europeo. No llegan hasta el presente que, sin embargo, sigue poblado de sueños y, sobre todo, necesita más que nunca miradas como las de Chacho: desde el abajo común de la gente común. Ojalá, y este es un convite, una futura entrega nos transporte hasta el Uruguay del siglo XXI, tan huérfano de aquellas hojas de vida como de relatos frescos y comprometidos como los que cincelan estas páginas.
Raúl Zibechi
Montevideo, noviembre de 2009
Comienzo tienen las cosas
Eran las dos de la madrugada cuando alguien dijo más o menos así:
—Hay que escribir «La novela histórica y social», que cuente las historias de esa desordenada construcción libertaria de gérmenes de poder obrero y popular.
Varios compañeros escuchaban en silencio. Estábamos en una reunión de sobrevivientes, ex desaparecidos de Orletti, en la hora de las despedidas.
Contagiado por la verba florida me tiro al agua.
—En ese fresco social tiene que estar el Penal de Punta Carretas y su rica historia, marcada a fuego por la impronta anarquista y tupamara.
Días después, me detuve a observar la ilustración de los tres Mosqueteros en la tapa de un libro infantil. Desenfadados, desprolijos en el vestir, no tenían nada de marciales. Todos para uno, uno para todos. Y se me hizo la luz. Vi en ellos a Pocho, a Roger y al Plomito, con los que haríamos tareas en conjunto en setiembre del 1976, en Buenos Aires. Al igual que los tres Mosqueteros, que eran cuatro, apareció el cuarto, el «gaucho» Idilio, que no llegó solo; Domingo Aquino lo acompañaba. El último en unirse en su caballo moro, fue Martín «el matrero» y primo de Domingo.
Entrañables personajes, nuestros héroes no son «grandes hombres» sino personas sencillas, tienen humor y en cada hecho que protagonizan, forman parte de un colectivo y reflejan la sociedad en que viven. Son pobres y actúan identificados con su pertenencia social. Sufrieron en carne propia la prepotencia patronal y la violencia policial. Saben que los de abajo no son «iguales ante la Ley». Por eso la acción directa es, para ellos, una respuesta apropiada y natural.
Del otro lado del atlántico aparece un albañil anarquista. Lucio Urtubia concreta «el sueño dorado»: defraudar al First National City Bank of New York, en 25 millones de dólares, según los rumores de la época. El 5 de diciembre del 2008, en un reportaje en Brecha, Lucio insiste en que robar un banco fue: «el mayor placer de mi vida». Al borde de la quiebra, el presuntuoso banco tuvo que cambiar de nombre. Dejó de ser First y pasó a llamarse City Bank.
Este no es un libro neutro. Al elegir el tema ya había tomado partido por los personajes. Hay esbozos biográficos de los mismos, logrados con lectura de libros y de diarios de la época. Hay también muchos dialogos. Soy conciente que, como dicen los historiadores, son interesados y la memoria se puede equivocar o ser selectiva.
Es un trabajo colectivo en el que participaron con entusiasmo familiares, amigos y vecinos de Mechoso, Soba, De León y Julién.
Mi agradecimiento a: Patricio Zuloaga que empujó, Marta Casal de Gatti que leyó, corrigió y enseñó y Edelweiss Zahn por ser y estar.
También a: Maria Bahroum, Zelmar Dutra, Violeta Malet, Alicia, Hernán, Pepe, Magali, a los amigos trabajadores de la Imprenta Aragón y a mis hijos Julia y Diego y Tamara, mi nieta.
1ª PARTE
Alberto Cecilio Mechoso Méndez
Fui uno de los últimos compañeros en ver con vida al Pocho Mechoso, a quien también conocíamos como «El Abuelo», aunque el nombre clandestino en su organización, la Organización Popular Revolucionaria Treinta y tres (OPR33), era «Martín», elegido por él, en reconocimiento «al último matrero». También por ese motivo se le llamaba «Aquino».
Alrededor del 20 de setiembre de 1976, nos encontramos en un boliche de Buenos Aires para discutir mi pedido de pase a «Chola1», el viejo núcleo de la OPR33, que aparentemente se conservaba íntegro y que se planteaba algunas acciones.
Me arreglan el contacto. Llegado al lugar fijado, me mandan a otro lado y me hacen caminar un rato. Me estaban filtrando. Finalmente me encuentro ante él, sentado en un bar y vigilando la entrada. Calmo, me miraba con un esbozo de sonrisa. Sus primeras palabras fueron de crítica, pero con un tono suave.
—Sós un desastre. ¡Ni una vez controlaste si te seguían...!
—Paah... es verdad. Estoy regalado. Tengo que bajar a tierra.
Pocho me clavó los ojos, evaluando mi respuesta.
—Y... ¿Como te encontrás?... ¿Estás para seguirla?
—¿Qué te pasa...? ¡Claro que estoy para seguirla!
Esta escena me quedó grabada, como si fuera un film. Seguramente el paso de los años fue agregando detalles. La memoria se transforma y se enriquece con el tiempo. El resto de la conversación, se me fue borrando con el tiempo y no sé cuánto duró. Escuchó mis opiniones y habló de planes, pero sin entrar en detalles. Decidió mi pase a Chola y mi traslado en un par de días al local de Roger Julien y Victoria Grisonas, muy contentos con la idea de recibirme junto a mis hijos Julia y Diego. También recibí de su boca un saludo de bienvenida del «Plomito» Soba. Nos abrazamos y, por primera vez en los últimos meses, sentí algo parecido a la esperanza, de que podíamos cambiar la suerte. Nada más lejos de la verdad.
Al «Abuelo» lo conocí en mi casa en 1969, venía a una reunión preparatoria de lo que sería la aparición de la OPR33. Mi tarea era la de portero. Le abrí la puerta y levantó la cabeza para entrar pues venía compartimentado. Nos miramos unos segundos, sin hablar.
Lo volví a ver en setiembre de 1972, en el 5º de Artillería.
El oeste montevideano
Entre 1939 y 1946 la situación económica mejoró y en la industria de la carne se crearon miles de empleos. Era la Segunda Guerra Mundial. Las vacas se transformaron en millones y millones de latitas que iban a alimentar a los centenares de miles de soldados que peleaban en Europa. Terminada la guerra la economía declina.
Las exportaciones de carne pasaron de 44 a 18 millones de dólares por año. El pleno empleo se convirtió en trabajo zafral para los más afortunados y en compensaciones mínimas para los otros.
En 1952 se desarrolló la llamada «huelga de los gremios solidarios», en apoyo a la Federación ANCAP donde se habían producido despidos arbitrarios. La presencia de los gremios de la carne fue total. En esos momentos la industria estaba trabajando bien como consecuencia de la guerra y resultó fácil movilizar a la gente. Las manifestaciones hacia el centro de la ciudad resultaron verdaderas puebladas.
El Cerro se transformó en una especie de «tierra liberada», con una barricada en medio del puente sobre el Pantanoso donde el comité de huelga otorgaba los permisos de entrada o salida.
Quedó acuñado el nombre de «Paralelo 38», que era el paralelo que separaba a las Coreas del Norte y Sur en guerra. La policía es enfrentada duramente, por miles de vecinos organizados.
El diario El País escribía: «No somos gubernistas pero estamos con el gobierno», «Se trata de defender el orden contra la subversión, la ley contra la violencia organizada, la libertad contra el libertinaje...».
En 1956 se declara otra gran huelga en la carne. Desde el Paso Molino hasta la playa del Cerro decenas de miles de habitantes se movilizan. La policía ocupa el Cerro. La Guardia Republicana con sus caballos recorre alerta las 30 cuadras de la calle Grecia, avenida principal del Cerro.
Pero llegada la noche, a veces se cortaba la luz y entonces llovían cascotes sobre los uniformados, que debían replegarse hacia el puente. Surgen con naturalidad nuevos métodos de lucha. Decenas de personas utilizando poca violencia, toman supermercados y camiones con alimentos y los reparten entre los huelguistas. Dos camiones del Frigorífico Nacional repletos de carne, son bloqueados por cientos de vecinos que se llevan la mercadería. A veces, casi enseguida del hecho, aparecen volantes del Ateneo Cerro–Teja justificando las acciones y llamando a los vecinos a organizarse en forma permanente.
1958: La gente quiere cambios
El Uruguay batllista, el del estado «escudo de los débiles», llega a su fin. El gobierno colegiado de nueve miembros, seis colorados y tres blancos, es ineficaz y conservador al extremo, incapaz de reconocer sus limitaciones. Fábricas grandes, como la metalúrgica Ferrosmalt y varios talleres del vidrio, ubicados en Nuevo París y La Teja, sufren crecientes dificultades. La carestía sigue en aumento, crece la desocupación y se «funden» bancos.
Todos hablan de cambios urgentes. Pero estamos en año electoral y el gobierno le hace guiñadas a los votantes obreros. Luis Batlle, presidente del Consejo de Gobierno, amenaza «traer el ganado a latigazos». No llega el ganado a La Tablada y el mercado negro de la carne alcanza su máximo desarrollo. Un día sí y otro también la policía, encargada de la «represión del comercio ilícito de la carne», anda a los tiros con los contrabandistas, en su propio país.
El diario El País, vocero no oficial de los ganaderos, critica la política del gobierno por errática. Tiene la solución. Será la llegada de los blancos al gobierno —«el cambio total»—, la «nueva era».
También la Universidad quiere transformaciones de fondo. Todos sus sectores se movilizan por lograr la autonomía. Los estudiantes quieren el cogobierno. Manifestaciones de más de cien mil personas cubren 18 de julio al grito de «obreros y estudiantes unidos y adelante».
Se logra en 1958 la Ley orgánica, que instaura el cogobierno y la autonomía en la universidad, y se consolida el acuerdo de los estudiantes con los trabajadores.
Después de noventa años, los colorados son desalojados del gobierno. Pero no hay «cambios totales» como anunciaba El País. La famosa «nueva era» que iba a llegar con Herrera se frustra con su muerte.
Los Mechoso en La Teja
Nuestro amigo Alberto «Pocho» Mechoso está inserto en esa realidad social. En el corazón de la Teja, en Humboldt y José Mármol, vive junto a sus padres, sus cuatro hermanos y una hermana.
La familia es oriunda de Flores. El padre tenía una peluquería en los suburbios de Trinidad. Buscando una vida mejor, se vinieron a la capital. Un año y medio vivieron en un conventillo en Palermo, Ansina e Isla de Flores, en medio de la colectividad negra. La atracción por los tambores marcó a los hermanos para siempre. En 1944 se mudaron a La Teja. Muchas cuadras no tienen agua potable. En las esquinas existe una gran canilla municipal, un punto obligado de encuentro vecinal. Es la misma pobreza que en Flores, pero acá no hay resignación.
Los varones no terminan primaria. Hay que ayudar a parar la olla... Solo la hermana, Nila, sigue estudiando y se recibe de maestra. La iniciativa fue de la madre, que opinaba que los hombres igual se iban a defender en la vida.
El Pocho es sociable y lidera la barra de amigos. En su casa se funda «El Vencedor», mítico cuadro de fútbol del barrio. Son de hacha y tiza los encuentros con El Tobogán y La Cumparsita, equipos vecinos.
Hay un acuerdo no escrito. No pueden jugar ni milicos ni carneros. Es que las huelgas son duras y a veces hay que zamarrear a los rompehuelgas y quedan rencores.
El boliche preferido de los amigos es el café Garcilaso, Carlos M. Ramírez y Heredia, a media cuadra de la Plaza Lafone (hoy Raúl Sendic), atendido por el «gallego» Riera, obrero del frigorífico Artigas, que cuenta historias de expropiaciones en la Barcelona de 1936. Llegó al Uruguay fugado de Argentina donde estaba requerido.
La mayoría de los clientes ha participado directamente en la toma de supermercados, cuando los conflictos se prolongan y el hambre llega a los hogares. Otros, bromeando, dicen que hay que apurarse a vaciar los bancos antes de que los banqueros terminen de hacerlo.
Esos jóvenes se sienten libertarios y van al Ateneo del Cerro a escuchar al payador Carlos Molina y a un joven cantor, el «bocacha» Durán, después conocido como Alfredo Zitarrosa.
Se construye una sala de teatro de primer nivel. José Jorge «Tito» Martínez, estudiante de Arquitectura, junto a un grupo de compañeros de la Facultad, pone a punto el sonido y la iluminación. El diseño lo hacen en conjunto con Julio Mattos, un profesional, que posteriormente fundará El Tinglado.
Con la dirección de Julio, trabaja con mucho entusiasmo el primer grupo barrial. Es la barra de la «Cachimba del piojo» de la Teja, con Pocho a la cabeza. El debut es con Florencio Sánchez. El Ateneo está colmado. Nadie se quiere perder el ver en su papel de «actores», nada menos que a los chiquilines del barrio. Luego del éxito de la experiencia, se forma otro grupo en el barrio donde participa José Alaniz, alias «Pepe Veneno», futuro director de la murga La soberana.
Se instala además un gimnasio bien montado, donde la gurisada del barrio, entre ellos Alberto, aprende boxeo.
Estábamos claritos
Nos dice Juan Carlos Hornos un referente del sindicalismo clasista de La Teja.
—Empecé a trabajar en el vidrio en 1950. Me acuerdo pues fue el año del mundial de fútbol. No había tetra ni bolsas de plástico. Todos los envases eran de vidrio. Por eso éramos miles de obreros. El trabajo era duro. Ibas aprendiendo el oficio de a poco. Trabajabas con la cabeza pero sobre todo con la habilidad manual.
—No éramos amigos de los patrones. Hacíamos un sindicalismo combativo, de acción directa, que era la forma de arrancarles cosas.
—Ganchou era un Taller grande y los patrones dos hermanos, Santiago y Pedro, unos duros que siempre buscaban la forma de sacar ventajas, de hacerse los vivos. Un día los apretamos dentro de la fábrica y se empezaron ablandar con el paso de las horas.
—Les hicimos firmar «los cuarenta jornales» que era un préstamo que se iba a ir descontando en el futuro. Nos descontaron solo el primer mes... Los patrones eran una seda.
—Fue el triunfo más grande de la Federación del Vidrio. Me acuerdo que en el Comité de huelga de Ganchou estaban el padre de los Mechoso y sus hijos Polo y Juan Carlos y creo que también trabajaba Alberto, que era el menor. Con Polo jugábamos al fútbol en El Tobogán de La Teja. Todos peleábamos por una sociedad sin patrones ni policías…
En la Industria de la Carne
En 1952 El Pocho entró en el Alianza, chanchería y matadero que se especializaba en chacinados. Fue peón en la carga y descarga y el acarreo de cajones de 50 o más quilos a la cámara frigorífica. Se trabajaba sin pausas y con un ritmo acelerado.
En el año 1954 pierden una huelga por mejorar las condiciones de trabajo y queda desocupado. Hace suplencias en el frigorífico Swift pero no llegó a trabajar seis meses seguidos para quedar efectivo. El truco de la patronal era cortarlos antes.
A las cuatro de la mañana se hacía la cola. A las seis los capataces con su dedo señalaban a los afortunados que iban a trabajar varios días o semanas. Pocho como desocupado de la Industria tenía preferencia para ser elegido pues la mayoría de los capataces estaban afiliados al gremio. También elegían los baqueanos, que eran obreros con experiencia que enseñaban el trabajo a los nuevos. Era importante el aprender como ubicarse frente a los vacunos para evitar las cornadas.
La Federación había logrado mejorar las condiciones de trabajo. Los operarios recibían botas y un delantal encerado. Pero cuando había que trabajar en el guano, un fertilizante que se producía con los desperdicios de la faena y los huesos, no había delantal que protegiera del olor a podrido que los impregnaba y que los acompañaba cuando terminaban el turno.
Carro con caballo incluido
Se alquilaban por una semana. Había que tener buen ojo para elegir un animal que fuera capaz de trotar unas cuantas horas sin bellaquear.
Alberto, acompañado por su hermano Juan Carlos, deciden probar otra forma de existencia y cambian la carne por la verdura. Un vecino les enseña el arte de comprar en el mercado a buen precio y vender con un margen de ganancia en los barrios.
Diversas hortalizas y mandarinas llenan el carro. Más tarde recorren zonas atrás del Cerro ubicando montes de manzanilla y plantíos de marcela que venden en la yuyería La Selva. También ofrecen sus servicios a los quinteros del Montevideo rural para limpiar sus terrenos del hinojo que se vuelve invasivo. El hinojo es comprado como sucedáneo del anís en las chancherías. Para los hermanos fue el momento de cambiar la dieta y darse atracones de frutas en las quintas.
En 1956, con otros dueños, reabre el Alianza y la Federación logra que tomen los obreros que habían sido despedidos en 1954. Pocho vuelve a tener un empleo fijo. Pero la profundización de la crisis en la industria hace quebrar a la empresa. El año 1957 lo encuentra nuevamente sin trabajo.
En esos años Pocho se había mudado al Cerro con su familia, pero sigue en contacto diario con la barra del boliche.
Hace tiempo que viene pensando en hacer algo «grande» para pararse por un tiempo. Que sirva para financiar una fuente de «trabajo sustentable», como se dice hoy, y con el resto apoyar económicamente a organizaciones barriales y políticas.
Con dos de los compañeros más experientes empiezan a planificar la acción. Definen que «algo grande» tiene que ser un banco de mucho movimiento de caja y de fácil evacuación. La ventaja es que nadie asalta bancos, por lo que no existe un sistema de seguridad en funcionamiento. Pero les falta un modelo uruguayo a seguir, hay mucho a inventar. Muchos detalles a aprender de los buenos filmes policiales. Durante meses van superando uno a uno, todos los inconvenientes que surgen. El bolichero, que es consultado por los «clientes», les aporta valiosa experiencia personal sobre el tema. También proporciona parte del armamento.
Los Decanos
Ariel Collazo, fundador del Movimiento Revolucionario Oriental (MRO) y del Frente Izquierda de Liberación (FIDEL) lista 1001, publicó en el año 2004 Historia de una pasión política. En la pag.59 afirma:
«[...] la primera expropiación de un banco con fines políticos la realizaron anarcos de La Teja en el año 1958. Fue en La Caja Obrera sucursal Paso Molino. No hay que olvidarse que en 1956 se había fundado la Federación Anarquista Uruguaya (FAU). Tiempo después, al ser detenidos los autores, aparecieron como delincuentes comunes. Según la policía, se encontró una pista al investigarse ayudas económicas, que habían recibido familias necesitadas del barrio. Fueron defendidos por nuestro compañero «Lalo» Cogan. Cabe destacar que se intentó una fuga de Miguelete, pero sin éxito [...]»
El asalto al Banco La Caja Obrera se realizó el 4 de julio de 1958, por cinco hombres armados que actuaron con la cara cubierta con pañuelos negros.
Durante semanas, las tapas de los diarios y revistas de Montevideo y Buenos Aires giraron en torno al hecho. En esos tiempos no existía una sección «Policiales» como hoy.
Se hacía mención de los robos, generalmente sin desarrollar la noticia, en la sección «Informaciones».
Acción, diario de la noche, demoró su salida para cubrir la novedad. El título, en letras gigantes, decía: «Asaltaron Banco en el Paso Molino. Se llevaron 265.000 pesos!» Más abajo un subtítulo: «Barreras cerradas de 13:08 a 13:12 y de 13:14 a 13:18».
Como el operativo comenzó a las 13:04 y duró entre 4 y 5 minutos, las benditas barreras, ubicadas a unos 15 metros, producían un embotellamiento gigante, dando oportunidad a que los asaltantes fugaran tranquilamente para el lado del río. Durante semanas se analizó el tema de las barreras hasta el cansancio, para confirmar la capacidad de los delincuentes en «su planificación».
En esa época no existía el viaducto, que hoy permite al tránsito circular por encima del ferrocarril.
El Pais del sábado 5, insólitamente, dedica dos páginas al hecho. Una gran foto del exterior del Banco muestra una multitud que llena la esquina de Agraciada y Marcelino Díaz y García. Hay reportajes a cada uno de los ocho empleados, que no pueden creer lo que vivieron.
«Fuentes confidenciales» de la policía nos afirmaron, que eran delincuentes argentinos por «su profesionalidad». La calma con que actuaron y al mismo tiempo la firmeza de las órdenes, «no se hagan los héroes» gritó el presunto jefe, cuando saltó detrás del mostrador, acompañado de sus secuaces.
Lo cierto es que el gobierno estaba muy preocupado. El jefe de policía y los encargados de todos los departamentos se hicieron presentes: inteligencia, dactiloscopia y los comisarios de las zonas vecinas.
El Acción, en los días que siguieron, se inclinó por la pista de los marginales, siguiendo las declaraciones del gerente del banco, que no podía ocultar la indignación. «Atorrantes», «mal entrazados, eran unos muertos de hambre», «a 2 de ellos, le puedo asegurar, que a pesar de sus pañuelos, se veía que le faltaban casi todos los dientes. Era muy desagradable mirarlos».
Apareció la camioneta usada para la acción, que había sido robada previamente en la estación de AFE. Según El Pais, era una sutileza más de los ladrones, que seguramente no habían tomado un tren para el interior, sino que se habían ido en barco a Buenos Aires. Agregaba el diario que las investigaciones dejaban ver la capacidad y el oficio en plantearse un plan y seguirlo paso a paso. Habían usado guantes «color patito» y no negros. No se encontraron huellas digitales. Quedaba la idea de que la policía era incapaz, como lo era el gobierno en su conjunto. Faltaban 4 meses para las elecciones y el diario, que respondía a los blancos, aprovechaba la ocasión para criticar. Eso explica un cierto racismo de Acción, diario del gobierno y ya en campaña electoral. Sentían la derrota que se venía y ese asalto inesperado e incomprensible, los molestaba.
Hubo varios días sin novedades. Hermetismo policial, titulaban todos los diarios, sin que trascendieran a la opinión pública las informaciones que recibían de sus colegas porteños descartando la pista argentina. Esto acrecentaba la preocupación al nivel político.
Una semana después nos enteramos que toda la policía estaba en estado de alerta máxima y que se habían suspendido las licencias. El 7 de julio se produjo una batida gigante en el Cerro, La Teja, Nuevo París.
«Con los perros hemos revisado casa por casa y hemos dado vuelta todos los ranchos y casillas de esas zonas». Nada, ni una sola pista de las docenas de informantes. Pasan por Jefatura, por lo menos dos veces, todos los delincuentes con antecedentes.
Los chorros calvos son los que más sufren. En las declaraciones de los funcionarios, se informó que al hombre que llevaba el gran portafolio con la plata, le dijeron 2 veces «pelado».
En el oeste montevideano hay una especie de «estado de sitio» al pobrerío. El presidente presiona y la policía se pone nerviosa. Sobre fin de año vuelve a la prensa la pista argentina. Se mencionan los nombres de cuatro pistoleros. Son de los más duros y cada uno de ellos es acusado de varias muertes, pero no están a la vista.
Sorprende un poco esa mirada superficial de la prensa, dejando de lado la profunda crisis social que generaba una violencia creciente en la sociedad. Es que todavía estaban vivos los mitos de las clases medias batllistas: «Como el Uruguay no hay» o «La Suiza de América». Pero los jóvenes del Cerro y La Teja, y también de los vecinos Belvedere y Paso Molino, vivían otra realidad e iban buscando otros caminos.
El Poder adquisitivo del botín
Nos llamó la atención, el primer título del diario Acción, que le ponía varios signos de admiración al botín: «$265.000!!!».
En esos días, la Junta Departamental había subido la tarifa del taxímetro. La bajada de la bandera pasaba a costar $0,70 y la ficha que caía cada 300 metros valía $0,10. Un viaje desde Av. Italia y Bulevar Artigas hasta Av. Italia y Comercio, redondeaba un peso con cincuenta, propina incluida.
El domingo 13 de julio se anunciaba «el partido del siglo». Sin duda la propaganda era exagerada, pero el match prometía y mucho. Llegaba el Milan Fútbol Club, que había sido campeón de Italia en 1956, para enfrentarse a Peñarol. Se esperaban miles de italianos desde Buenos Aires. Los precios de las entradas subieron bastante. Amsterdam y Colombes $4, Olímpica numerada $8, Tribuna América $10. Peñarol ganó 4 a 1.
La Caída
Abril de 1959 entró en la historia como el mes de las inundaciones. Llueve y llueve, y crecen los ríos. Comienzan las evacuaciones y llega el pánico, reflejado en los titulares de los diarios: «Catástrofe», y es verdad. Evacuación obligatoria de Paso de los Toros. El ejército la ocupa. En la operación rastrillo, máuser en mano para detectar habitantes fuera de la ley, son encontrados dos perros aullando, que sus dueños habían olvidado en la disparada y un viejo loco que no quería irse.
De pronto, el día 18, aparece en los diarios una noticia diferente: «Caen 4 de los asaltantes del paso molino, eran de la teja y no tenian antecedentes».
Sorpresa total. En febrero, disfrutando del carnaval, habían visto a 2 de los «peligrosos porteños» en Montevideo. Pero en abril, los atracadores verdaderos eran 5 jóvenes de la Teja sin antecedentes, cuatro de 22 años y uno de 17, que habían «equivocado el camino», al quedar desocupados, según sus primeras declaraciones. Desilusión en la prensa policial. De nada valieron los trascendidos hablando de investigaciones de calidad, llevadas adelante con discreción. Nadie les creyó. El tema finalizó con una razzia de grandes proporciones, en búsqueda de electrodomésticos y utensilios nuevos, realizada en casa de familiares y vecinos de los «delincuentes».
Pero no hubo nuevos procesados. «El silencio de los inculpados», «la ley del hampa» decía la policía.
Cuenta Enrique Constenla2
—La cosa la empezamos tres. Al «Pelado» Oscar se le murieron los padres y con el Pocho íbamos a hacerle compañía, para no dejarlo solo en el rancho.
—Ahí, entre mate y mate, la fuimos craneando. Éramos medio libertarios, sobre todo el Pocho, que era el mas leído. Decíamos que íbamos a «expropiar», no éramos chorros.
— Después entró el pibe Gadea que tenía 17 años y que siempre estaba dispuesto. Los demás teníamos veinte y pico de años.
—El 5º fue Juan y lo propuse yo. En el boliche era un tipo callado y tomaba lo justo. Dos condiciones obligatorias. Y era un duro.
—Sucedió algo curioso. El día del asalto, en la reunión final, el tipo no aparece.
—Lo vamos a buscar a la casa y empieza a decir que estábamos locos, que él creía que eran fantasías, qué es eso de asaltar un banco. La verdad es que era como planear un viaje a la luna. Lo tuvimos que patotear y decirle que tenía miedo y vino por amor propio.
—El plan preveía dónde se iba a guardar la plata sin tocarla. Por un tiempo se iban a distribuir 5 pesos por día y por persona, para los gastos personales.
—Salió todo como habíamos acordado.
—La plata y las armas fueron para un escondrijo que tenía en mi rancho, en la Cachimba del Piojo.
A los pocos días del golpe y desvirtuada la pista argentina, los suburbios de la capital son cada vez más inseguros. Los participantes del asalto se van para Argentina, donde serán cobijados por anarquistas.
Gadea recuerda3
—Llegamos a Buenos Aires y nos llevan a Córdoba, a un lugar medio apartado. Era un restorán atendido por una pareja de veteranos muy macanudos.
—Allí estuvimos un mes. Después arrancamos para La Boca, donde alquilamos una casa grande de madera y de chapa por fuera, como eran las casas del barrio. Los dueños y otro vecino eran compañeros. Estuvimos unos meses y volvimos sin problemas.
Enjaulado
Es bien gráfico ese término, aplicado a los que están presos. Nos imaginamos a Alberto «Pocho» Cecilio, gorrión de barrio, amigo de los amigos, buen bailarín, peleador con causas, un libertario de 22 años siempre en movimiento, encerrado en una cárcel como Miguelete, superpoblada y ruinosa, con un sistema que educa al preso a ser sumiso ante el más fuerte y a hacerse el tonto frente al abuso y la corrupción.
El Pocho revive I
Nila, la hermana mayor y un poco madre, recuerda a su preferido, el más travieso de sus hermanos.
—Fue Pocholo hasta que una vecina trajo un charabón y le puso el mismo nombre. No podía llamarse igual que un ñandú y decidimos acortarle el apodo.
—Era un niño silencioso y sus travesuras eran muy elaboradas. Le decíamos Juan el Zorro.
—Era un «comprador», siempre dispuesto para ayudar en la casa y muy divertido.
—A los 6 años, la maestra lo agarró de una oreja y lo llevó a la dirección. Se soltó, tomó un tintero y se lo tiró en la ropa.
—Mandaron buscar a los padres y fui yo. Después de los rezongos de rigor, la directora me dice: «¡Que personalidad tiene su hermanito!», con cierta admiración en su voz.
—No soportaba las injusticias ni el abuso de los más fuertes. Viviendo ya en La Teja, jovencito, le tocaba hacer la cola en el expendio de la leche, con su carné de pobre.
—Un milico grandote ayudaba a su suegro, que era el encargado. Prepoteaba a los niños y sobre todo a los viejos. Una vez empujó a uno por ser lento, según su opinión. El Pocho le paró el carro y se desafiaron para después que terminara el reparto. Se llenó de gente. Pelearon un rato y el Pocho lo tumbó y el grandote no se levantó, ante el aplauso de los vecinos. La gente era antimilicos, consecuencia de la represión contra los obreros, sobre todo de la carne.
—Yo lo visitaba seguido. Como era maestra, me hacía respetar con los guardias y a veces le pasaba cosas, que estaban prohibidas entrar. Nunca se quejaba de nada y contaba las cosas que le pasaban con humor, muchas veces negro.
—La lectura fue una compensación.
—Libros de historia universal y sobre todo americana y nacional. Le gustaban los relatos de luchas populares. De los políticos me acuerdo de Malatesta y Estado y Nación. Mucha novela también. Traven, el autor del Barco de los Muertos y Rebelión de los colgados, era uno de sus preferidos. Lo mismo que El hombre rebelde, de Camus, que tenía subrayado.
—Me olvidaba del ajedrez. Profundizó el estudio del juego. Analizaba las jugadas del maestro Capablanca, buscando salidas diferentes.
—Más tarde, trasladado a la Cárcel de Punta Carretas hizo tablas con el campeón nacional, que jugó 15 partidas simultáneas con los presos.
—Estoy convencida que Pocho, lejos de debilitarse con la prisión, salió más fuerte, con más conocimientos y más impulsos para luchar contra este mundo de injusticias y privilegios para unos pocos.
—Al poco tiempo de salir, lo operaron de una úlcera duodenal. Estuvo muy mal, muy dolorido.
Sin duda un «daño colateral» del régimen carcelario y, sobre todo, de las comidas de los Institutos Penales, que en 8 años pueden arruinar el aparato digestivo más resistente.
Camus y el Pocho
Casi en el comienzo de su reclusión, hubo un hecho importante, en la formación de su personalidad. El 4 de enero de 1960 muere Albert Camus. El día 5 El Pais daba una amplia cobertura al hecho, aprovechando la tragedia de su muerte en un accidente de tránsito, a los 47 años. Pocho recibe de la familia el diario y un ejemplar del ensayo El Hombre rebelde.
Sin duda se siente próximo a ese hombre, que había padecido una extrema pobreza en su juventud y que con mucho esfuerzo personal cursó sus estudios en Argelia, su lugar de nacimiento, entonces colonia francesa. En 1940 se trasladó a París y pasó a integrar la resistencia contra el ocupante nazi. Fue periodista del diario France Soir y al mismo tiempo dirigió Combat, periódico clandestino de la Resistencia.
La cárcel puede tener un aspecto positivo. La lectura sin apuro. El leer y releer textos de cierta complejidad e ir avanzando en su comprensión. Es un buen manejo del tiempo «libre» y evita caer en estados depresivos o entrar en una guerra inútil contra presos lacras o guardias provocadores. Aún estando solo, como es el caso de Pocho, se puede crecer intelectualmente.
Estoy convencido que debe de haber pasado mucho tiempo asimilando el pensamiento de ese filósofo y hombre de acción, que incitaba a rebelarse contra el poder y que fue un integrante destacado de la resistencia contra los nazis. Respecto a L’Homme revolté, que es el título original del ensayo, la traducción tendría que ser El Hombre sublevado y no El hombre rebelde. Rebelde es un adjetivo, en tanto que sublevado es un verbo conjugado, lleno de energía y actividad.
«[...] El esclavo, en el momento que rechaza la orden humillante de su dueño, deja de ser esclavo. El movimiento de revuelta, lo lleva más lejos que una simple negativa, lo instala en un compromiso que lo conduce al todo o nada. Con la revuelta aparece la conciencia.
[...] Un hombre sublevado, es alguien que dice No. Pero no es un renunciante. Es alguien que dice Si desde el comienzo de su movimiento. Que le fija un límite a sus patrones. Que deja de aceptar lo que antes soportaba pasivamente.
Es un movimiento que no es egoísta. Se subleva contra la mentira, contra la opresión, contra la soledad, por él y por los otros. —Yo me sublevo, entonces nosotros somos [...]»
Es posible que alguno de estos conceptos fueron los subrayados por Pocho. Lo imagino asintiendo con la cabeza luego de leer que:
«[...] El revolucionario debe ser al mismo tiempo un rebelde. Si deja de serlo, se convierte en funcionario o policía. No puede seguir siendo rebelde en un régimen opresivo. Siempre termina en opresor o hereje [...]»
Sin vacaciones
Alberto tuvo una convalecencia difícil, lenta y dolorosa, con un régimen alimenticio severo. Por lo que nos cuenta Nila, su buen carácter no cambió. Por razones de trabajo de la hermana y de su esposo, a veces se quedaba con Marita, su sobrina mayor, con la que tenía una relación muy tierna. Salió de prisión, con un buen nivel cultural y político, fruto de las variadas lecturas.
Enseguida pidió la integración a la FAU, que festejaba los diez años de vida con un crecimiento sostenido. Era 1966.
Nace «Chola», 1968
Se venían haciendo finanzas ilegales pero su monto era insuficiente. Pocho es propuesto como encargado de un equipo, que llevaría a cabo varias expropiaciones a Bancos. No había experiencia anterior. Se formó un grupo de cuatro compañeros: Pocho, Héctor Romero «el Santa» y los otros dos eran obreros y sindicalistas.
Pocho había analizado en profundidad, su experiencia con el Banco del Paso Molino y la colectivizó en el grupo.
Este sector armado, fue organizado con sumo cuidado, evitando desviaciones militaristas en todas sus variaciones, lo mismo que la aparición de «jefes» o «comandantes». Fue denominado «Chola» que viene de «choleo» —robo— y será el germen de la OPR33. Las operaciones salieron bien y se logró una importante «recaudación».
El Pocho revive II
Primeros días de agosto del 2007. El frío es insoportable y anuncian temperatura en descenso. Congelado y lleno de dudas, voy a entrevistar a una compañera.
Al instalarme en el pasado, en el que vivíamos a los saltos, me olvidé del frío y del calor.
—Lo conocí en los primeros meses de 1972. Yo estaba en un equipo con Lola (Ivonne Trías) y el Peladito (Carlos Rodríguez Mercader).
—El Pocho era el encargado de la Liga y lo veía muy seguido. El sector4 tenía tres Ligas compartimentadas entre sí y con autonomía de funcionamiento. Cada una tenía tres equipos. Había una cuarta Liga de Información.
Hoy en día sus ex integrantes siguen hablando de Chola, el sector de la organización política (FAU), que se fué especializando en resistencia armada, expropiaciones y apoyo técnico a la lucha de clases. No existía el concepto de «sector militar». Tampoco había columnas con sus comandantes o jefes. Encargado, era el nombre adecuado a las funciones cumplidas.
—El Pocho era... (piensa)... sentirse segura.
—Aprendí con él a moverme en la calle, hacer filtros y ser una más entre la gente, sin llamar la atención. Nuestro accionar era prolijo.
—Poseía un sexto sentido para darse cuenta que algo andaba mal, que había un detalle que chirriaba y al toque decidía levantar una operación o el raje, si era necesario.
—Tenía mucha calle y aprovechaba al máximo su conocimiento del mundo del hampa y todos sus recursos.
—La seguridad de cada uno es la seguridad del colectivo, decía. Y tenía razón.
—Tenía autoridad. Preveía las cosas que iban a pasar y no se equivocaba en su juicio sobre la gente. Ahh... y tenía humor.
—Queda pensativa. Luego dice sonriendo: «Nos divertíamos».
—Volvimos a trabajar juntos en Buenos Aires, en 1973. Él había llegado antes que yo y en poco tiempo se fue ubicando en la ciudad.
—La dominó con su estilo de ir viendo, escuchando, conociendo las diferentes partes de ese monstruo que es Buenos Aires, con sus 9.000.000 de habitantes.
En Buenos Aires, 1973
Replegada la estructura militar en Buenos Aires, aparecen otra vez las urgencias. Hubo necesidad de comenzar por cosas grandes en un medio poco conocido, para hacer finanzas rápidamente.
Terminó mal un secuestro. Caen varios compañeros importantes, que bancan sin hablar, un duro interrogatorio y son procesados como comunes. El cobro del rescate, se sabe, es el momento más difícil.
Se aprendió de los errores, se rearmaron los equipos y compañeros de capacidad, como Mauricio y Gerardo Gatti, se integraron a actividades concretas.
Finalmente se hizo el exitoso «aprete» de Hart. El Pocho participó en todas las tareas. y dirigió ese operativo. Cinco meses después fue el responsable del cobro del rescate.
Continúa el dialogo de la compañera
—El nivel de funcionamiento era muy bueno. Se redondearon los objetivos durante semanas hasta dominar todos los detalles. Todo era trabajo y más trabajo.
—Por ejemplo, en una zona muy pituca, para hacer información, nos vestíamos como mucamas y niñeras, delantales y zapatos blancos y cofias... Sí!
—¡Cofias almidonadas! Era un ambiente espeso, lleno de «custodios», como les decían allá, que andaban vichando todo.
—Para el levante de vehículos, se precisaban varios de características diferentes.
—Hicimos de «changonas». Elegimos un par de esquinas interesantes, en una zona propicia. Paraban los clientes y les pedíamos que avanzaran unos metros por una de las calles. Era una maniobra común que se hacía, pues la prostitución estaba prohibida y a las pibas las corrían todo el tiempo.
—En el lugar fijado, el candidato abría la puerta del auto y ¡sorpresa!, aparecían dos compañeros armados que lo reducían.
—Elegíamos los vehículos adecuados y los veíamos en funcionamiento. El «trabajo» lo preparamos cuidadosamente.
—Las participantes, fuimos a algunos lugares medio malevos, frecuentados por prostitutas. «Martín», apodo de Pocho, nos acompañó. Nos relacionamos y observábamos con atención a las mujeres, sus poses, su lenguaje. Hasta en los maquillajes las imitamos.
—Aprendimos pila de cosas, sobre la gente de los barrios y los «provincianos». Nunca tuvimos problemas. A todos nos encantaban esos bolichones
—Nos iba el futuro en no llamar la atención, en ser argentinos a toda costa. Si la quedábamos, había que pasar como comunes. Que los milicos argentinos y uruguayos no se avisparan antes de tiempo, del nivel que teníamos y de los proyectos políticos en proceso.
—Había buen ambiente. La pasábamos bien.
—Varios de esos compañeros habían conocido la prisión y la tortura pero no habían cambiado. El colectivo que habían creado, con sus redes de afecto y confianza les permitía jugar con el peligro e ir creando otro mundo.
—Era la alegría de vivir un presente difícil, con la muerte a la vuelta de la esquina y sentirse construyendo un mañana de libertad para todos.
El levante
Fue en su casa, hecho con mucho oficio y una cuota de humor. Vivía en La Lucila, una zona paqueta del Gran Buenos Aires. A Federico Hart, judío no creyente y hombre desconfiado, se le entró a nombre de la Parroquia católica del lugar, que juntaba muebles en desuso y otras cosas grandes, para habitantes pobres de barrios pobres.
En la visita se miró todo lo necesario y se conversó mucho con los dueños de casa y también con el servicio doméstico. Días después, otra donación está pronta. Una monjita con sus atuendos típicos, acompañada por varios ayudantes, copa la vivienda. Otro grupo entra rápidamente y se lleva a Hart.
La negociación se hizo difícil
dialogo de un participante en diferentes etapas del «trabajo».
—Fue una partida de ajedrez entre maestros. Federico Hart era un duro, una figura de las finanzas internacionales, vinculado a negocios poco claros.
—Estuvo casi 5 meses resistiendo sin aflojar, pero un día escribió en su block de cartas que quería comunicarse con el Dr.Cronos.
—El desenlace estaba a la vista.
Dr. Cronos, es el nombre del único interlocutor que tenía «Manuel» (apodo que se eligió para Hart). La comunicación era por escrito y en lengua francesa. Daba la idea de un grupo internacional, posiblemente palestino. Manuel dio un teléfono seguro, para comunicarse con su esposa y el «segundo hombre». Así se le llamó a un funcionario holandés como Hart y de su total confianza. La compañera encargada del teléfono les hablaba en un buen francés. También colaboraba corrigiendo las cartas dirigidas a «Manuel». El Dr. Cronos era Gerardo Gatti.
Comienza un duelo entre dos mentes brillantes, que aprenden a respetarse. Gerardo tiene ventajas. La iniciativa es suya. El dominio del tiempo también, pues «Manuel» no conoce las urgencias económicas de la organización. El secuestrado aparenta ser indiferente al paso de los días. Es orgulloso, su salud es buena y no tiene miedo. Sin su acuerdo no hay negociación posible. En las primeras cartas a su esposa, va un pequeño mensaje en clave, que es decodificado al mes.
El embajador holandés en persona maneja la situación y no le inquieta el monto del rescate. Su objetivo es recuperar con vida a su importante compatriota.
El prisionero permanece solo, en una amplia habitación subterránea. Lee con atención diarios que le son proporcionados y hace anotaciones. Es consciente que sus captores conocen detalles reservados de sus actividades poco conocidas. Aunque no cree en milagros, no da el brazo a torcer. Es su orgullo, transformado en energía. No quiere aceptar la derrota ante ese enemigo incierto.
Un día se decide, pues siente que su resistencia es inútil. Acepta sin pestañear pagar los diez millones de dólares y es ganado por la urgencia de irse cuanto antes, de volver a Europa. Una semana de trabajo febril. El rescate es en billetes de cien dólares. Cien mil en total, que no sean nuevos y que no estén marcados. Gerardo supervisa el retiro, que debe ser de las cuentas bancarias que Hart tiene en todo el mundo.
El cobro: fue como en el cine
Es el momento más difícil de la operación. Allí se producen la mayoría de los fracasos. Un problema no menor era ser extranjeros. Se había avanzado en el conocimiento del terreno, pero no lo suficiente.
Vuelvo al entrevistado para que me cuente algunos de los secretos del trabajo.
—Lo primero fue elegir la zona. Nos decidimos por Pompeya.
—Era un barrio tranquilo y no muy poblado. Sin accidentes geográficos que dificultaran la visión.
—Un espacio que no parecía difícil de controlar. Que nos diéramos cuenta en seguida si pasaban «cosas raras».
—La hora elegida fue el atardecer, un momento en que los policías estaban algo distraídos por el cambio de turno y había menos gente en la calle. El recorrido sería de una hora y minutos.
—Los cien mil billetes pesaban 47 kilos. Se decidió utilizar dos valijas grandes y de colores chillones, que se veían de lejos. Los portadores eran robustos. El «segundo hombre» y otro empleado de la empresa. Los dos eran bien conocidos físicamente por nuestra gente.
—Dividimos la zona en varios fragmentos. A cada uno se le asignó un responsable, que lo estudiaba en profundidad durante varios días y en horas diferentes. Pero sobre todo en la tardecita. Iba conociendo su población y los lugares más salientes. Al final tenía un conocimiento íntimo de su sector y sus alrededores.
—En cada fragmento se elegían cinco o seis lugares que iban a oficiar de postas, donde se pudiera dejar un mensaje escrito. Cada compañero verificaba que el funcionamiento fuera fácil y seguro, ya que el mensaje contenía indicaciones de la ubicación de la posta siguiente. En la última verificación, una marca hecha con pintura roja en un árbol había desaparecido tapada por el pasto. ¡En ocho dias! Hubo que cambiarla.
—La elección de cada posta se había hecho de forma en que el portador del dinero pudiese ser observado con total claridad y ver si hablaba con alguien en su camino o entraba en algún sitio no indicado en las instrucciones.
—En caso de duda, se podía levantar la operación sin inconvenientes. En todas las participaciones de los compañeros se utilizaban filtros.
—A esas tareas hay que agregar el estudio del recorrido luego del cobro. Los cambios de vehículos y los filtros especiales. Te la cuento otro día...
A Federico Hart se lo soltó unos 20 días después. Luego de ser liberado, la compañera encargada de las comunicaciones, llama a la casa para asegurarse de que había llegado. Le desea buena suerte y le dice que capaz que un día se vuelven a encontrar.
—Si. ¡En el infierno nos vamos a encontrar!— le respondió.
El Pocho revive III
Camino por el costado africano del Casabó: Costa de Marfil, Etiopía, Guinea, Camerún, Senegal... Hay aire de Llamadas por estas calles. Beatriz Castellonese me espera con un sobre lleno de fotos.
—Es lo que me queda, dice. Pero no es cierto.
En poco rato llegan sus hijos: Beatriz «Negrita» y Alberto «Lolo». A las 5, una bandada de nietos llega de la escuela, con sus túnicas y moñas. Anaclara y Camilo de la Negrita, Ezequiel y Facundo del Lolo.
—¡Saluden al compañero, a ver! Un beso para el amigo.
Están las fotos arriba de la mesa. Las del casamiento, el Pocho y la barra... Los gurises las conocen de memoria. Me saludan cariñosamente y se van.
—Qué pena que no esté con los nietos, ¡qué abuelo se perdieron!
Dice Beatriz madre. La emoción nos envuelve a todos.
Llega la esposa del Lolo. Más saludos y besos. La casa es grande y es de todos.
Vive «la Negrita grande» con la Negrita, el esposo y los dos hijos y a una cuadra el Lolo y su familia.
Es una tribu llena de calor.
—Lo conocí en 1967, en la quinta de Casa de Galicia. Bailaba muy bien y hacíamos una buena pareja con el tango. Cantaba, con su voz grave, las canciones de amor de Zitarrosa.
—Lo llevé a casa, pero mi madre soñaba con un «príncipe azul» para la nena. No le gustó por la edad. Pocho tenía 31 y yo 19 y era una niña grande.
—Al poco tiempo me contó que había estado preso por robar un banco. No era por vanagloriarse, quería que me enterase por él mismo del episodio más duro de su vida.
—Qué decepción. El hombre de mi vida era un ladrón.
—Yo vivía en la Unión con mis padres, gente bien, de trabajo, pero atrasados políticamente. Eran pachequistas convencidos, que no entendían los planteos de la izquierda. En unos meses y con la ayuda del Pocho comprendí la economía.
—Se «fundían» bancos y los ahorristas quedaron en la miseria. Los banqueros eran ministros y robar un banco no era un delito
—En 1969 hubo una explosión en la casa de su hermano Juan Carlos, que quedó clandestino. Inmediatamente la policía mandó presos a todos los Mechoso, por «medidas de seguridad», al cuartel de San Ramón. Luego lo trasladaron a Lavalleja.
—Llego a la visita en un cuartel de Minas. En el medio de los dos se instala un oficial, aduciendo la suma peligrosidad del detenido. Aquél no lo acepta, se levanta y se va. Enseguida se declara en huelga de hambre total.
A los 20 días lo internan en el Hospital Militar. Como no querían un muerto, deciden liberarlo. A la mañana siguiente, 17 de noviembre, nace el «Lolo», con su padre presente.
La vida se hace de más en más complicada para la familia. Las responsabilidades son dramáticas y de sus decisiones dependen la vida y la libertad de sus compañeros.
«El Abuelo» como le llaman sus amigos del boliche, es figura clave en la construcción del aparato armado de la FAU en medio de una situación de violencia creciente.
—Aparecía a las 11 de la noche, con su sonrisa burlona.
—¿Te preparo un mate? le preguntaba yo.
—No. Yo lo preparo. Estee... Negrita ¿no te harías unos tallarincitos? Agua, harina, huevos y el palo de amasar. Luego cortarlos parejitos.
—Llegaba el nuevo día y nosotros comiendo y charlando.
—Se veía preocupado y cada vez fumaba más.
—«Negrita, preso no caigo de nuevo», decía.
En agosto de 1972 es detenido en un operativo de las Fuerzas Armadas y se fuga en noviembre.
Descansa unos días en un local de la organización y una compañera enfermera, con mucho trabajo, logra recuperarlo físicamente.
Una Fuga más que difícil
Cuando en octubre de 1972 es liberado León Duarte busca inmediatamente a Gerardo y le dice: «El Pocho se fuga». Este le responde «No tengo dudas. Lo va a hacer».
Analizada fríamente parecía una misión imposible. Poca ayuda interna y sin apoyo exterior, no habría un auto que lo esperara.
En noviembre y con distintos vehículos se hicieron varias pasadas por el frente del cuartel y hubo un trabajo de reconocimiento en los fondos del mismo. Se había formado una especie de «cantegril», una decena de ranchos de mala muerte habitado por compañeras e hijos de milicos. Un rancho más grande oficiaba de prostíbulo y «expendio de bebidas» y atendía las urgencias de la tropa. En horas de la noche había soldados que bajaban por un muro, con la complicidad de la guardia y utilizaban una contraseña especial para ese uso. Cruzando la calle aparecía el alto muro del Cementerio del Norte.
Casi enseguida de la prisión de Duarte y Pérez, los obreros de Funsa contactaron soldados y cabos vecinos o conocidos. Varios de ellos sirvieron de correos entre los presos y el exterior. Duarte con su habilidad para relacionarse y con la confianza que inspiraba a soldados y presos su actitud de desafío frente a la tortura, estableció un cierto poder paralelo. Parecido hizo Ivonne Trías que encontró la forma de comunicarse con el Pocho y más tarde enviar buenos informes de lo que pasaba, a la organización política en el exterior del cuartel. Entonces, a pesar de su aislamiento, Mechoso conocía al detalle el interior y sus alrededores. Inclusive la contraseña para ir al prostíbulo.
El coronel Washington Varela, el mandamás, fue claro «Yo soy el responsable de la tortura y te aseguro que vas a recorrer todos los cuarteles del país hasta que empieces a cantar». Los discursos del Comandante eran alucinantes. Patrióticos, con objetivos confusos y amenazas a los judíos y al gran capital, defendía la tortura en nombre del «bien superior» y del triunfo que estaban logrando. Esas arengas las terminaba casi a los gritos. Mechoso no tenía otra alternativa que irse por la suya lo más rápido posible, antes que aparecieran nuevas acusaciones en su contra.
La mayor dificultad era su estado físico. Era una ruina. Una delgadez que asustaba. No podía respirar bien pues tenía tres costillas averiadas y las piernas y pies estaban muy hinchados por los plantones. En noviembre lo pasan provisoriamente a un pabellón con otros presos y detienen la tortura. Es la oportunidad y aprovecha la flacura para pasar por una pequeña ventana.
Pero escuchemos al Pocho que le relata lo sucedido a Eduardo Galeano, unos días después de recuperar la libertad.
Galeano —Hablemos de la fuga
Mechoso —Yo estaba flaquísimo. Pude doblar dos barrotes largos para que mi cuerpo pudiera pasar y corté el tejido metálico (empapelado para impedir la visual) que había detrás. Entonces quedó abierto un angosto agujero. Me deslicé y pasé por una pequeña ventana de balancín que daba al exterior del barracón. A un metro tenía los reflectores y a diez metros estaba la custodia bien armada. Tenía que trepar a los árboles que se alinean a lo largo de la pared del barracón para ganar la cornisa. Me jugué el todo por el todo y tuve suerte. Me trepé a la copa del árbol con el sentimiento angustioso de que en cualquier momento la guardia podía descargar sus ráfagas de metralleta. Y me pasé de una de las ramas a la cornisa que era muy angosta. Sobre ella me fui arrastrando poco a poco, temiendo que un ruido pudiera sobresaltar a los guardias. Así me aproximé al linde con la calle. La cornisa era demasiado alta para saltar desde ella al suelo. Pasé a un paredón de bloques, guarnecido arriba con vidrios de botellas rotas. Desde allí me descolgué, desde unos cuatro metros y los vidrios rotos me desgarraron las manos. Caí al suelo a unos tres metros de los guardias. Me salvó la sorpresa. Sentí que gritaban «¡Alto!» varias veces y escuché el cerrojo de los fusiles en los segundos que me llevó trepar el último tejido y saltar a la calle. No se si tiraron. Fueron segundos de agonía y no escuché ningún tiro. Solo se que de golpe me encontré en la calle corriendo enloquecidamente hacia el Cementerio. Salté el muro, corrí tropezando con cosas que no veía y me caí en una tumba abierta, donde me quedé un rato recobrando el aliento. Escuchaba las alarmas, los gritos y veía los haces de luz que empezaba a barrer la zona.
—La violencia de la carrera me dejó ahogado y perdía mucha sangre, sobre todo de la mano derecha, pero un instinto animal de conservación me empujaba a continuar. Seguí hasta el arroyo Miguelete y me introduje en sus aguas llenas de basura. Tragué mucha agua podrida y caminé como cinco cuadras dentro del agua. Salí a un campo. Ahí sentí que me había salvado. Todo mojado, sangrando y dolorido, quedé un rato largo acostado boca arriba sobre el pasto. La vida me volvía al cuerpo…
Esa noche el Quinto de Artillería estaba bajo el mando del entonces capitán Manuel Cordero, que oficiaba de mano derecha del Comandante Varela. Hubo un sumario que afectó su foja de servicios.
Pocho tenía decidido donde refugiarse. La casa de un viejo compañero de trabajo del frigorífico Swift, que había sido anarquista de acción directa, pero jubilado hacía tiempo, no tenía actividades políticas. Al otro día y en la casa del amigo vio su foto en la TV «requerido por estar vinculado con la sedición.» Varios días después comenzó el trabajo de reacondicionamiento físico. La encargada fue Asilú Maceiro, licenciada en enfermería y funcionaria del Hospital de Clínicas. Su trabajo «full-time» fue complejo, especialmente la recuperación de la mano derecha.
Se grabaron dos casetes con las declaraciones de Pocho, pero para que el dialogo tuviera otra fuerza se decidió invitar a Eduardo Galeano para entrevistarlo. Eduardo aceptó sin dudar y el largo reportaje fue publicado en España con un seudónimo. En su novela «La Canción de Nosotros» aparece el relato ficcionado de la fuga.
Al mes de estar libre, Alberto fue trasladado a Buenos Aires en una avioneta. Ya en Argentina y con otros compañeros comienzan a trabajar para hacer finanzas. Había una urgencia muy grande en conseguir fondos. La libertad y la vida de mucha gente estaba en peligro.
Beatríz continúa recordando
—Estoy jugado. Me voy a Buenos Aires — me dijo. Si vos y los gurises se quedan, yo los voy a ayudar siempre.
—Además tenés mi familia y la tuya, que te van a apoyar.
—No tengo nada claro que ofrecerte. El futuro tenemos que hacerlo nosotros. Va a ser todo muy difícil. Pero sería más lindo si estuviéramos todos juntos.
—No dudé un momento. Yo también me sentía jugada y quería pelear al lado de él.
En 1976 Buenos Aires se convierte en una trampa mortal. Se suceden las caídas. El 13 y 14 de julio, decenas de compañeros son secuestrados y terminan en Orletti. Hacía un tiempo había aparecido fusilada Telba Juárez, una compañera muy querida.
Su recuerdo quedó como un presagio de males mayores.
—Comentando las noticias, suavemente me larga.
—Vos sos joven. Si me pasa algo, puedes comenzar otra vida. Y me parece bien. Solo te pido, que no dejes que le levanten la mano a los gurisitos.
—Lo podía haber hecho. Pero me fui quedando, con la compañía de los hijos y luego de los nietos.
—Para qué buscar algo nuevo, que podía salir mal.
—Yo había tenido un compañero, un amigo, un buen padre pegado a sus hijos y que estaba a gusto en casa.
Hago una broma para aflojar la emoción
—Con la pinta y la sonrisa picarona que tenía, me parece que no se quedaba todo el tiempo en el rancho...
—Puede ser... Pero al pobre los milicos lo tenían a los saltos. Poco tiempo le quedaba para ser pícaro...
Miro una vieja foto en que está con sus amigos del boliche. Allí aparece escrito «pata cruzada». Pienso y pienso y no tengo más remedio que preguntar el porqué del sobrenombre.
—Era la forma que tenía de estar sentado, cruzaba las piernas y se acomodaba el pantalón.
Me acuerdo del encuentro en Buenos Aires y «veo» a «Martín» con las piernas cruzadas y sentado en ángulo, con su media sonrisa y fumando un cigarrillo. El personaje ha vuelto a la vida.
De pronto la Negrita se larga a hablar. Me doy cuenta de que había dejado afuera a los hijos. Ocupan su lugar sin pedir permiso.
—No sé qué va a salir de esto, pero me gusta el tono afectivo de la entrevista. Estoy agradecida, a todos los que me acercan aspectos de la vida de mi padre.
—Cada vez que hablan de él me siento orgullosa.
—Siento que les robo algo de él, para armar el rompecabezas del que fue mi padre y que conocí poco. Voy a llegar a los 40 y duele igual. A veces más, a veces menos.
El Lolo dice lo suyo:
—Con mi viejo éramos compañeros.
—Íbamos a hacer los mandados juntos y conversábamos.
—A veces me llevaba en el auto, sentado en las rodillas.
—Quería que aprendiera a boxear. Hay que saber defenderse en la vida, decía. Un día, vas a tener que cuidar a tu madre y a la Negrita.
—No abuses de los demás. Pero si tenés que pelear con uno más grande que se hace el vivo, dale con un fierro en la cabeza, si podés.
—La vieja lo buscó toda la vida. Cuartel por cuartel. A veces con nosotros a rastras. Después que salieron los presos, nos fuimos desilusionando.
—Yo tenía 7 años y me acuerdo de todo. Y estoy orgulloso de tener un padre como el que tuve. Desde chiquito, con la cabeza bien alta, decía que a mi padre lo mataron los milicos...
Sigamos el camino. Dejemos por ahora, a esta figura de los mil apodos, y que su recuerdo permanezca entre la gente.
Lo despedimos, con «El Matrero», de Ruben Lena
La leyenda abre camino,
en las ruedas de fogón.
Y en medio de la emoción
pasa la sombra de Aquino
Allá va... Allá va...
1. Nombre en clave de la OPR33, vieja estructura militar de la FAU, que en julio de 1975 pasa a formar parte del recientemente constituido Partido por la Victoria del Pueblo (PVP).
2. Acción directa anarquista: Una historia de FAU; Tomo III; MECHOSO, C. Juan, Montevideo: Recortes, 2006
3. Idem anterir
4 La FAU tenía dos «patas» o sectores, el armado y el de masas. Cada sector estaba integrado por un número variado de Ligas, que a su vez estaban compuestas por equipos, que eran las células de base de la organización.
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