Kitabı oku: «Cuentos, fábulas y lo demás es silencio»
© Augusto Monterroso, 1996.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
CÓDIGO SAP: OEBO658
ISBN: 9788490562130
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
Monterroso, el genio miniaturista por domingo ródenas de moya
I. OBRAS COMPLETAS (Y OTROS CUENTOS)
míster taylor
uno de cada tres
sinfonía concluida
primera dama
el eclipse
diógenes también
el dinosaurio
leopoldo (sus trabajos)
el concierto
el centenario
no quiero engañarlos
vaca
obras completas
II. MOVIMIENTO PERPETUO
movimiento perpetuo
homenaje a masoch
el informe endymion
fecundidad
tú dile a sarabia que digo yo que la nombre y que la comisione aquí o en donde quiera, que después..
bajo otros escombros
cómo me deshice de quinientos libros
las criadas
el paraíso
la vida en común
navidad. año nuevo. lo que sea
el poeta al aire libre
rosa tierno
la brevedad
III. LA PALABRA MÁGICA
llorar orillas del río mapocho
la cena
de lo circunstancial o lo efímero
las ilusiones perdidas
IV. LA OVEJA NEGRA Y DEMÁS FÁBULAS
agradecimientos
el conejo y el león
el mono que quiso ser escritor satírico
la mosca que soñaba que era un águila
la fe y las montañas
la tela de penélope, o quién engaña a quién
la oveja negra
el sabio que tomó el poder
el búho que quería salvar a la humanidad
la tortuga y aquiles
el camaleón que finalmente no sabía de qué color ponerse
el apóstata arrepentido
el rayo que cayó dos veces en el mismo sitio
la jirafa que de pronto comprendió que todo es relativo
los otros seis
monólogo del mal
la cucaracha soñadora
el salvador recurrente
la rana que quería ser una rana auténtica
pigmalión
monólogo del bien
las dos colas, o el filósofo ecléctico
el grillo maestro
sansón y los filisteos
el cerdo de la piara de epicuro
caballo imaginando a dios
el perro que deseaba ser un ser humano
el mono piensa en ese tema
el burro y la flauta
la parte del león
el paraíso imperfecto
la honda de david
«gallus aureorum ouorum»
la buena conciencia
la sirena inconforme
los cuervos bien criados
origen de los ancianos
paréntesis
el fabulista y sus críticos
el zorro es más sabio
V. LO DEMÁS ES SILENCIO (LA VIDA Y LA OBRA DE EDUARDO TORRES)
Epitafio
Primera Parte: Testimonios
un breve instante en la vida de eduardo torres
e. torres. un caso singular
recuerdos de mi vida con un gran hombre
hablar de un esposo siempre es difícil [grabación]
Segunda Parte: Selectas de Eduardo Torres 057-
una nueva edición del quijote
carta censoria al ensayo anterior
traductores y traidores
el pájaro y la cítara (una octava olvidada de góngora)
decálogo del escritor
día mundial del animal viviente
el salto cualitativo
ponencia presentada por el doctor eduardo torres
de animales y hombres
imaginación y destino
Tercera Parte: Aforismos, dichos, etc.
breve selección de aforismos, dichos famosos, refranes y apotegmas del doctor eduardo torres
Cuarta Parte: Colaboraciones espontáneas
el burro de san blas (pero siempre hay alguien más)
análisis de la composición «el burro de san blas
Addendum
punto final
bibliografía
abreviaturas usadas en este libro
Notas
MONTERROSO, EL GENIO MINIATURISTA
POR
DOMINGO RÓDENAS DE MOYA
Ni el nombre, Augusto (pero siempre fue «Tito»), ni el apellido, Monterroso, ni la magnitud de su obra hablan de pequeñez, aunque su animal favorito fuera la pulga, aunque las formas breves —y brevísimas— fueran su hábitat natural y aunque el conjunto de toda su producción quepa en un par de volúmenes no muy prietos. Si la calidad literaria se dejara medir con unidades de capacidad, en los metros cúbicos que ocuparía la suya cabrían bibliotecas enteras, con las obras completas de bastantes escritores. Y es que donde otro escritor necesita el despliegue aparatoso de una novela, a Monterroso le basta con una página, incluso con las pocas líneas de un párrafo (cuando no un párrafo de una única línea) que tiene mucho de cepo para lectores incautos en su ligereza aparente, en el sabroso humorismo que destila, en la rapidez con que promete ser despachable. Nada de eso es verdad, puro trampantojo, de suerte que el lector que se enfrente con estos cuentos y microensayos (o ensayitos) como una lectura light, hipocalórica y de tentempié, se llevará la corteza y se dejará la pulpa. Los de Monterroso no son canapés literarios sino plantas carnívoras dispuestas a engullir al insecto que las sobrevuele sin prevención. Sirvan, pues, estas palabras preliminares para advertir de ese riesgo, poniendo a la entrada del libro el rótulo «Cave canem», como en el umbral de la Casa del Poeta Trágico en Pompeya.
Hoy es Monterroso, a diez años de su muerte, un autor irreversiblemente canonizado, convertido en dios tutelar de los narradores breves en lengua española y en modelo de rigor en el estilo y en la composición. Su inclinación a la prosa impecable y engañosamente sencilla tiene que ver con el rechazo de la fastuosidad y la altisonancia y quizá también con un movimiento compensatorio de su autodidactismo, que le empujó en su juventud a devorar y asimilar todos los clásicos grecolatinos (Juvenal y Horacio con atención) y españoles (adoraba a Garcilaso y Góngora) pero también las gramáticas y retóricas que pudieran enseñarle a evitar errores de redacción. En 1972 declaraba con tanta ironía como seriedad que el «escritor debe ocuparse de lo verdaderamente arduo: del buen uso del gerundio, por ejemplo, o de la preposición a, que se acostumbra a emplear mal». Con el mismo empeño que ponía en colocar las comas en su sitio (expresión suya que repitió a menudo), rehuyó la repetición de formas y géneros ya probados y lo parodió todos, como si concibiera su tránsito por la escritura a la manera de una aventura de itinerario azaroso y bienhumorado pero sin retornos a los lugares ya visitados. Monterroso es escurridizo, se hurta al encasillamiento y las rutinas, burla el etiquetado y solo puede ser definido por acumulación y con todas las reticencias: humorista, satírico, moralista, ludópata del lenguaje que escribe sobre lo ridículo, divertido y triste que es el género humano sin la menor pretensión de juzgar, aleccionar o absolver a nadie. Del lector solo espera que no se aburra y engrase su inteligencia, así como él escribe por no aburrirse pero sabiendo que le observan por detrás dos mil quinientos años de literatura y que, por lo tanto, con lo escrito tiene que ser supremamente estricto mientras que consigo mismo como escritor no puede ser sino condescendiente. Monterroso brinda el retrato opuesto al del escritor joven arrogante y mediocre (o malo): publicó tarde y sin prisas, se mostró humilde, nunca se tomó en serio (ni a sí mismo ni el oficio literario) y produjo una de las obras más depuradas y cautivadoras de la literatura en español.
Dio sus primeros pasos como cuentista satírico fuertemente conectado con los problemas sociales y políticos de América Latina, y en particular con su país de origen, Guatemala, para saltar diez años después al género antiguo de la fábula, desde el que daría otro salto hacia otro formato venerable, el de la miscelánea donde lo narrativo y lo ensayístico se buscan y alejan en fragmentos sueltos, y desde ahí saltó hacia la novela (o la biografía apócrifa) y luego hacia el diario y hacia la autobiografía y las semblanzas..., siendo todo ello expresiones multiformes de una vocación esencial de escritor que observa con escepticismo la vida, que se diferencia de la literatura en que el texto que escribimos (o escrivivimos) no admite corrección. Porque, como deja bien establecido en el pórtico de Movimiento perpetuo (1972), la «vida no es un ensayo, aunque tratemos muchas cosas; no es un cuento, aunque inventemos muchas cosas; no es un poema, aunque soñemos muchas cosas. El ensayo del cuento del poema de la vida es un movimiento perpetuo; eso es, un movimiento perpetuo». Un moverse de una cosa a otra, de un género a otro, de unas curiosidades a otras, según sintetiza el endecasílabo de Lope de Vega que sirve de exergo a ese mismo libro: «Quiero mudar de estilo y de razones». Monterroso lo dijo en su prosa paradójica: «En vez de buscar la seguridad yo me aferro a la inseguridad, la aventura», que es una versión moderna de aquel confiar únicamente en la duda de Montaigne, tan presente en toda la obra del guatemalteco, como Cervantes y Kafka.
Lo que de verdad le hubiera gustado a Tito Monterroso es no escribir; por eso durante más de medio siglo escribió poco, despacio y corto, que era lo más parecido a no hacerlo. No debe extrañar que el tema del escritor bloqueado, enmudecido o medroso aparezca con tanta frecuencia en sus relatos. Ni siquiera puede decirse que publicara un primer libro, porque hasta el acto solemne del debut literario estuvo contagiado por la timidez. En lugar de un libro, Monterroso salió a la plaza con un opúsculo, en 1952, que albergaba solo un par de cuentos: El concierto y El eclipse, al que siguió en 1953 otra remesa idéntica: Uno de cada tres y El centenario. Los cuatro relatos formaban parte del delgado volumen que, por fin, iba a ser su opera prima en 1959: Obras completas (y otros cuentos), publicado por la Universidad Nacional de México. En los trece textos que lo componen está cifrado el mundo de su autor y prefigurado el heterodoxo camino por el que se adentrará su escritura a lo largo de cincuenta años, hasta su muerte en 2003, que es el del rechazo de los géneros al uso y el amor a la mezcolanza, el desafecto a las normas y las hormas y el amor por la sencillez elaboradísima de una prosa ceñida a lo esencial y sembrada de ecos literarios. También se reflejan en esas primicias dos cualidades asociadas con su peculiar perspectiva moral: el humorismo en su amplia gama de registros (del cruel brochazo negro a la ingrávida ironía) y el pesimismo ante los seres humanos y su gestión del mundo, empezando por la política internacional y terminando por los lúgubres complejos psicológicos y las conductas anómalas. En aquel primer libro es donde asoma el célebre dinosaurio que aún estaba allí o que despertó (nunca la ambigüedad sintáctica ha dado tanto de sí) y, con el dinosaurio, comparece la máxima concisión que es propia del aforismo y que Monterroso impone al cuento con una camisa de fuerza milagrosa. Léase y reléase «Vaca» para comprobar el prodigioso concierto de elementos orquestado por el autor para un narrador-perro, quizá un cachorro (¿recordando al artista «as a young dog» de Dylan Thomas?), que se amohína al proyectar sobre el cadáver de una vaca vista desde la ventanilla de un tren su propia neurosis de escritor-animal de compañía y su sentimentalidad canino-humana traspasada de conciencia social.
En 1959 nació el Monterroso escritor armado hasta los dientes, como Atenea de la cabeza de Zeus, pero menos belicoso que la diosa griega. Y, no obstante, el primero de los cuentos del libro, «Mr. Taylor», una sátira política sangrante del expolio que la United Fruit Company practicaba en Centroamérica, fue considerado una agresión en toda regla. Ese cuento, probablemente el más antologado de todos los suyos después de la novela «El dinosaurio» —pues novela era para él—, lo escribió en estado de indignación tras el derrocamiento en 1954 de Jacobo Árbenz de la presidencia de Guatemala mediante un golpe de Estado organizado por la CIA. Estaba el escritor en Bolivia, donde trabajaba como diplomático, cuando eso sucedió y, tratando de encauzar la rabia hacia la disciplina literaria, imaginó la historia del gringo Mr. Taylor que, perdido en el Amazonas, descubre el negocio de exportar a su país cabezas reducidas, del que va a encargarse la Compañía, con la cooperación entusiasta del guerrero Ejecutivo y los brujos Legislativos de la tribu. El cuento, que tanto recuerda aquella «modesta proposición» de Jonathan Swift que Monterroso tradujo, le granjeó al escritor la condición de persona non grata en los Estados Unidos, adonde se le prohibió la entrada en 1972 (¡casi veinte años después!) por su condición de dangerous writer.
El compromiso político que revela el corrosivo anti-imperialismo de ese cuento se muestra también en el abismo terrible entre el poder corrupto y el pueblo humillado en «Primera dama» o en la burla en «El eclipse» del menosprecio con que los europeos del siglo XVI distinguieron a los indígenas americanos, pero no en el resto de cuentos, que abordan, con técnicas diversas, otros temas relacionados con la incapacidad de los seres humanos para ver y admitir sus propios defectos. Así, la carta comercial de «Uno de cada tres» con un remedio técnico para quienes necesitan constantemente recitar sus desdichas y recibir la conmiseración ajena, o el trastorno mental del narrador en «Diógenes también», o la codicia que rompe el saco —y los huesos— en «El centenario», o la deprimente primacía de la mediocridad sobre el talento y de la erudición agusanada sobre la palabra viva en «Obras completas». Y no falta un cuento con claras reverberaciones autobiográficas, «Leopoldo (sus trabajos)», en torno al tema muy querido para Monterroso del escritor que, en vez de escribir (Leopoldo lleva siete años escribiendo un cuento sobre un perro), busca excusas para postergar el momento de hacerlo (adquirir destreza gramatical y retórica, documentarse a fondo, desdeñar la gloria, corregir hasta la extenuación). Este Leopoldo se engaña a sí mismo diciéndose «mañana», pero, como en el verso de Lope de Vega, «siempre mañana y nunca mañanamos».
Es éste, con sus ramificaciones, un tema recurrente para Monterroso: la renuncia a la escritura (¡nunca a la lectura!) por aplazamiento, silencio o parálisis, afán de perfección o miedo. El caso es que después de Obras completas (y otros cuentos) a Monterroso se lo tragó la tierra o casi. Pasaron diez años hasta que en 1969 dio a la estampa otro volumen, tan delgado como el anterior pero de género muy diferente: un fabulario. El título, La oveja negra y demás fábulas, sigue la matriz del primero: se destaca uno de los apólogos y se añade la clasificación genérica de los textos. Enseguida echa de ver el lector que estas fábulas tienen poco que ver con las de Esopo o Fedro o La Fontaine porque donde éstos inyectaban una enseñanza (una moraleja), Monterroso coloca un interrogante, cuando no un rebencazo satírico. Sus animales son muy humanos, tanto que vienen a ser la misma cosa, como avisa la cita que encabeza el libro, de un sospechoso K’nyo Mobutu. Siendo, pues, su galería zoológica un desfile de actitudes y estereotipos humanos, nadie mejor para juzgarlos que un psicoanalista, que es quien nos recibe en el primer cuentecillo para demostrar lo desviado o insuficiente que puede ser el ejercicio de interpretar intenciones. Ojo, lector, parece decir Monterroso, no vayas a atribuirme significados retorcidos o extravagantes pero tampoco te conformes con lecturas planas. A continuación, con aplastante lógica, aparece el propio autor convertido en «El mono que quiso ser escritor satírico» aturullado por un serio problema al reparar en que toda sátira (contra los ladrones, los oportunistas, los laboriosos compulsivos, los promiscuos...) va a ofender a algunos de sus amigos y conocidos que lo aplauden, lo que le aboca, por no perder el favor de éstos, a desistir de su propósito y dedicarse «a la Mística y el Amor y esas cosas». Consecuencia: pierde justamente lo que pretendía conservar, el aprecio de los aludidos, y desperdicia también su propio genio satírico.
Otro mono al que «le dio por la literatura» —o el mismo que quiso ser satírico— se pregunta por qué es tan atractivo el tema del escritor que no escribe o que se pasa la vida preparándose para serlo o, en resumidas cuentas, que sufre todo tipo de efectos perversos por su manía ineluctable de escribir y publicar sus ocurrencias. Si el libro empieza con dos fábulas metaliterarias, no ha de ser menos su cierre, al que Monterroso destina tres fábulas de la misma índole protagonizadas por trasuntos suyos: la Pulga escritora, el Fabulista y el Zorro escritor. En «Paréntesis», la Pulga insomne, haciendo una pausa en su lectura, imagina que es Kafka, Joyce, Cervantes, Catulo, Swift, Goethe, Leon Bloy, Thoreau y Sor Juana Inés de la Cruz sucesivamente a pesar de sus respectivas debilidades, fantaseando con alcanzar una voz distintiva y personalísima, con ser «Lui Même», una Pulga con estilo inconfundible y único, el sueño de todo escritor. Como alguna vez escribió Monterroso, lo que eleva a un escritor por encima de los demás no es tener un estilo inimitable sino, contra el tópico, ser dueño de un estilo perfectamente imitable hasta el punto de merecer un adjetivo: kafkiano, borgesiano, joyceano, cervantino. La Pulga finalmente logró ser monterrosiana. Muchos años después, Monterroso, preguntado en la Universidad Menéndez Pelayo de Santander por el animal con el que se identificaba, contestó tras rumiar la respuesta (o fingir hacerlo) que con la pulga.
En «El fabulista y sus críticos», Monterroso parece replicar al cuento del mono que fracasó en su pretensión de ser escritor satírico en su prurito de no ofender a nadie. El fabulista de la Selva es un satírico que fustiga los vicios y flaquezas de los animales. Éstos se reúnen para presentarle sus quejas como si fueran las de otros ante unas censuras que parecían nacer no tanto del deseo de enmendarlos como del odio, en lo que el escritor les da la razón: los desprecia más de lo que pretende corregirlos, igual que le sucedía a Demócrito. Como él, Monterroso se ríe de las contradicciones y miserias de los seres humanos, ajeno a los píos deseos de instruirlos o edificarlos moralmente. Sus fábulas son antifábulas, torsiones jocoserias de la fábula educativa, retorcimientos impulsados por la melancolía y por los resortes del ingenio. Hay en Monterroso un Erasmo y un Montaigne equipados con el aparato verbal de Gracián y la gimnasia mental de Quevedo. Y hay un guasón con un denso poso de tristeza, porque ésta siempre está agarrada a la raíz de lo humano y basta escarbar a la adecuada profundidad para que afluya con su negro espesor a la superficie. Su esposa, Bárbara Jacobs, recordó en Vida con mi amigo (1994) que una vez le dijo: «Mientras más te acercas al fondo de un tema, más riesgo corres de toparte con la tristeza». Fue precisamente con ella con quien, en los años ochenta, había tramado una Antología del cuento triste (1992) a partir de la chispa que se había encendido en 1981 en un viaje de regreso de Nueva Orleáns a México. En el escueto prólogo escrito al alimón se lee: «La vida es triste. Si es verdad que en un buen cuento se concentra toda la vida, y si la vida es triste, un buen cuenta será siempre un cuento triste». Como muchos de Monterroso, envueltos en la luz granulosa de un humorismo a veces feroz, a veces tierno, a veces susurrado y a veces a voces.
En la última de las fábulas, el humor se dirige hacia el Zorro escritor que, aburrido, melancólico y sin blanca, escribe un primer libro que es un éxito tremendo, superado sin embargo por la repercusión internacional de su segundo libro. El Zorro inspira libros sesudos a los universitarios norteamericanos y agiganta la expectativa sobre su tercera obra. Pero ésta no llega. Ni llegará, porque el Zorro sabe que una forma de perversidad humana consiste en alegrarse de la caída de quienes están en la cumbre y resuelve no propiciar esa satisfacción, de modo que no volvió a escribir, convirtiéndose en un nuevo Juan Rulfo. O en un Monterroso si éste hubiera clausurado su carrera en este punto, con una explicación anticipada e irónica de los motivos de su silencio.
Pero él sabía que no iba a ser así, que su última fábula no era advertencia ni profecía, puesto que para entonces, 1969, Monterroso tenía otros dos libros muy avanzados, que habían ido creciendo en paralelo con Las oveja negra y otras fábulas. Los lectores de la Revista de la Universidad de México conocían los fragmentos de uno de ellos desde 1959, porque desde entonces habían ido apareciendo escritos variopintos atribuidos a un escritor de provincias, radicado en la imaginaria ciudad de San Blas, llamado Eduardo Torres. Pero el volumen que los iba a reunir —no en su totalidad— no se publicó hasta 1978 con el título shakespeareano Lo demás es silencio. La vida y la obra de Eduardo Torres. El otro libro apareció antes, en 1972, Movimiento perpetuo —título, por otro lado, trae reminiscencias montaigneanas—. En esta ocasión, el título no informaba sobre el género de la obra, pero la referencia al panta rhei (todo fluye) de Heráclito y a la afirmación de Montaigne en el ensayo «Del arrepentimiento» («El mundo no es más que movimiento perpetuo») apunta a la estructura fragmentaria y el desembarazo irrestricto de la escritura ensayística, capaz de integrar casi todos los formatos. Movimiento perpetuo fue un libro de aluvión, una mezcla felicísima de cuentos, citas, glosas eruditas, notas autobiográficas, anécdotas y una antología de la presencia en la literatura universal de las moscas, unas veces como símbolo del Mal, otras del tedio de lo cotidiano, otras del propio movimiento incesante de todas las cosas, del escribir incluso. El movimiento de una escritura a otra, de lo privado a lo público, de lo antiguo a lo actual, de las fijaciones neuróticas del escritor a las declaraciones de principios teóricos (véanse «Fecundidad», «Humorismo» y «La brevedad») va tejiendo en su vaivén esta regocijante miscelánea.
Como manda la norma de la miscelánea, Movimiento perpetuo es el reino ancho y ajeno de la libertad, donde Monterroso enfoca en primer plano lo que hasta entonces había aparecido en segundo: la literatura en sus múltiples dimensiones, como profesión, como actividad social, como vocación y estado mental, como disciplina erudita, como tradición cultural y hasta como ludoteca lingüística. Ninguna de esas manifestaciones de lo literario está tratada con reverencia o solemnidad, en ninguna hay destemplanza o crítica adusta, porque incluso el cinismo (en dosis homeopáticas) o el escepticismo (a espuertas) que genera el mundillo literario están suavizados por una actitud que parece desenfado vital y es más bien gravedad humorística. Cuando Monterroso asegura que el conocimiento directo de los escritores es nocivo no bromea, pero produce un irresistible efecto cómico que a continuación proponga, para contentar «a la mayoría de los poetas y novelistas», que las obras «muy malas» (nótese la relación entre las expresiones cuantitativas) se editen a todo lujo por parte del Estado con el fin de haberlas prohibitivas a los pobres («Homo scriptor»). Tampoco anda lejos de la verdad cuando, en «A lo mejor sí», afirma que el aumento de sus relaciones sociales ha acabado por arruinar lo poco que tenía de escritor, puesto que ahora no puede escribir nada sin ofender o adular a sus amigos y protectores, como le sucedió al mono que quería ser satírico. Y aunque nos hagan reír las diez consecuencias de leer a Borges («Beneficios y maleficios de Jorge Luis Borges»), tienen muy poco de chistes, empezando por la décima —benéfica—, que consiste en dejar de escribir. Ya se sabe que el humorismo no es una evasión de la realidad sino la inmersión más radical en la misma, es «el realismo llevado a sus últimas consecuencias», el que practicaron, por ejemplo, los «dos más grandes humoristas que conoces»: Kafka y Borges («A escoger»).
En todos los cuentos, apuntes y fragmentos brilla el ingenio, una peculiar cabriola de la inteligencia que permite soslayar el automatismo mental o verbal, un giro fuera de guión que abre una perspectiva inopinada, como en el ensayito «De atribuciones», que parte de una constatación («No hay escritor tras el que no se esconda, en última instancia, un tímido») para concluir en una genial presuposición, la de que el Quijote de Avellaneda no fue sino la primera versión del Quijote, publicada por Cervantes bajo ese seudónimo con el fin de crear un imaginario impostor que lo injuria como viejo y manco y le brinda, así, «la oportunidad de recordarnos con humilde arrogancia su participación en la batalla de Lepanto». Pero el ingenio de Monterroso, tan emparentado con el conceptismo del Barroco, va más allá de las ideas para contagiar la morfología y la fonética de las palabras, convirtiéndolas en un montón de piezas de mecano con la que divertirse en montajes y desmontajes. Véase el delicioso ensayo «Onís es asesino» sobre el pegadizo vicio de los juegos de palabras y, en especial, de los palíndromos. Monterroso llegó a utilizar como divisa una de estas frases reversibles con la que proclamaba su singularidad: «Acá solo Tito lo saca».
Ya en Movimiento perpetuo se menciona al escritor apócrifo Eduardo Torres, el orgullo de San Blas, S. P., eje de rotación absoluto de la novela Lo demás es silencio (1978). El ensayocuento «Cómo me deshice de quinientos libros» se abre con un consejo suyo: «Poeta: no regales tu libro; destrúyelo tú mismo» y «Estatura y poesía» lleva como exergo un chiste de su cosecha: «Los enanos tienen una especie de sexto sentido que les permite reconocerse a primera vista», que le da pie a Monterroso para uno de los hilarantes comienzos: «Sin empinarme, mido fácilmente un metro sesenta. Desde pequeño fui pequeño». Pero la presencia de Eduardo Torres y San Blas se extienden hasta el diario La letra e (1987). En el cementerio de la ciudad se encuentra el que podríamos llamar epitafio de la ansiedad de las influencias: «Escribió un drama: dijeron que se creía Shakespeare. Escribió una novela: dijeron que se creía Proust» y así sucesivamente hasta que, tras escribir un epitafio le acusaron de creerse un difunto (puede verse completo en el volumen gemelo de éste, La letra e y otras letras, RBA, 2012, pp. 59-60). Y en las afueras de San Blas aparece el manuscrito «encontrado junto a un cráneo» que registra la pugna íntima de todo escritor: «Algunas noches, agitado, sueño la pesadilla de que Cervantes es mejor escritor que yo; pero llega la mañana, y despierto». No puede representarse con más desenfado y concisión el drama del escritor que pretende poseer el genio que íntimamente sabe que nunca tendrá. Una vanidad de vanidades que subraya la calavera anónima que yace junto al papel.
Lo demás es silencio responde al vago formato de «vida y obra» o, más exactamente, al género de la novela que se organiza como una vida y obra, las de Eduardo Torres, a quien su condición de gloria provinciana ha proporcionado suficientes reconocimientos para mantener su sed de notoriedad a raya. Este filósofo que, al revés de César, «llegó, vio y fue siempre vencido tanto por los elementos como por las naves enemigas», es un cruce de Juan de Mairena (sin su sabiduría) con Bouvard o Pécuchet (o con ambos), o de Bernardo Soares (sin su fecundo ennui) con el Mr. Pickwick de Dickens. Un tontilisto dedicado a las letras, a ratos ignorante, a ratos también majadero que, en un descuido, lanza destellos de agudeza y que le permite a Monterroso pintar un retrato desopilante del prohombre de cultura. Torres se expresa avanzando de tópico en tópico, asegurando cada posición en el lugar común, como si el libre pensamiento fuera tierra no ya incógnita sino movediza, que es exactamente lo contrario que ocurre con su creador. Allí donde Torres se pone solemne, Monterroso sonríe (o se carcajea) y la prosopopeya con que el doctor Torres se toma a sí mismo es para Monterroso pasto de parodia y motivo de chanza. El propio Torres, tras leer el libro que lo antologa y biografía, se refiere a su autor —que no es otro que Monterroso— como alguien «que goza de cierta fama de burlón que (y perdónenme) no acaba de gustarme».
Las cuatro partes del libro reúnen, sucesivamente, los testimonios de la vida familiar y pública de Torres, unas obras selectas, una selección de sus aforismos y dichos famosos y un par de colaboraciones espontáneas finales antes del «Punto final» que acabo de citar en el párrafo anterior. El conjunto es una sucesión de textos breves, en su mayor parte paródicos, pertenecientes a muy distintos géneros (el testimonio, la réplica de polemista, la reseña, la carta, la nota erudita, el microensayo, la ponencia, el decálogo, la cita, la glosa...) con los que va configurándose la imagen del apócrifo Torres. No sé si Monterroso pudo tomar el apellido —común en todo caso— del de otro apócrifo, el Jusep Torres Campalans de Max Aub que precisamente en 1958 nació en México (en la editorial Tezontle), solo un año antes de que lo hiciera este otro Torres con una nota sobre el Quijote en la Revista de la Universidad de México. Pero de uno a otro va un mundo, y no solo porque Torres Campalans sea pintor y cosmopolita, sino porque Aub hizo del simulacro un empeño serio, manipulando incluso fotografías para mostrar a su personaje compartiendo tertulia con Picasso. Con todo, no le faltan imágenes al Torres de Monterroso, aunque sea el bestiario de dibujos de palo que ilustra la nota «Día mundial del animal viviente», como tampoco le falta la incorporación de personas bien reales juntas y revueltas con los personajes ficticios. Ahí están las cartas de Eduardo Torres le escribe a sus colegas mexicanos Salvador Elizondo, José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska o el filósofo Luis Villoro. O, para mayor alborozo, la reseña que el incorpóreo Torres escribe de La oveja negra y demás fábulas del corpóreo aunque bajito Monterroso, un brillantísimo ejercicio de pirandellismo en el que el personaje comenta y valora el libro anterior de su autor, «ya conocido por su falsa ambigüedad de todo género y número».
En Lo demás es silencio no queda títere con cabeza (digámoslo con el gusto por el cliché de Torres) ni títere que no diga esta boca es mía (si es que no hay contradicción con lo dicho). Nada escapa a la burla monterrosiana, ni él mismo, pero todos los personajes tienen su turno de palabra para hacer el ridículo sin ayuda externa. Así, el libro va haciéndose con voces distintas, las de quienes han conocido y convivido con Eduardo Torres y refieren sus cualidades de amigo, padre o esposo, unas para alzarlo, otras para rebajarlo, o las de quienes le reprochan su ignorancia, lo escarnecen en el anónimo epigrama «El burro de San Blas (pero siempre hay alguien más)» o la de quien se toma la molestia de analizar verso a verso el infame y divertido poema bajo el seudónimo de Alirio Gutiérrez. Libro coral o corral de voces en el que conviene aguzar el oído y no dejarse engañar por el guirigay. De este modo, el “Decálogo del escritor», compuesto por doce mandamientos (para que cada cual escoja los diez que más le cuadren), puede leerse en serio o en broma o, más prudentemente, ora en serio ora en broma. Pero esta necesidad de estar despierto y hasta suspicaz en la lectura ya la advierte la primera línea de la obra, que no es de Eduardo Torres, ni siquiera de Monterroso, sino de Shakespeare, y es que la cita de la que sale el título, Lo demás es silencio, no procede de La tempestad, como se consigna, sino de Hamlet. Una travesura malévola e intencionada (hay más en el libro) que Monterroso perpetró —así se lo contó a Rafael Humbergo Moreno-Durán en 1982— para poner a prueba al lector y luego se dio cuenta de que varios críticos mordieron cándidamente el anzuelo. Sospechando que eso podría ocurrir, Monterroso hizo que Eduardo Torres, en su despedida, lance una alerta refiriéndose a «Próspero y Hamlet de la mano en el epígrafe de estas páginas, epígrafe llamado sin duda a confundir». Pero —sigue diciendo—, no haya temor, porque todo, antes o después, «irá a dar al bote de la basura».
Como para contrarrestar ese golpe de realismo final, el siguiente libro de Monterroso se acogió a una cita del poeta romántico Joseph F. von Eichendorff: «Es preciso encontrar la palabra mágica para elevar el canto del mundo» y se llamó La palabra mágica (1983). Fue un libro precioso, ilustrado con los dibujos de trazo ingenuo del autor e impreso en páginas coloreadas y tipografía creativa. En él reunió ensayos en los que evoca a escritores que encontraron esa palabra mágica, como Horacio Quiroga, Borges, Quevedo, Shakespeare o quienes, en la estela de Valle-Inclán, escribieron novelas sobre dictadores. Pero también incluyó otros escritos narrativos (que son los que se incorporan en la sección III de este volumen), alguno que recuerda su exilio en Chile en 1954, donde permaneció dos años (y colaboró con Neruda), y otros que se acomodan mejor a las hechuras de un cuento, sea el de la vida secreta de un escritor de cuentos y sus cortocircuitos matrimoniales, sea el de un boxeador borracho que revela una fatal resistencia a ser asesinado. Entre todos destaca «La cena», que es de hecho un relato onírico. La cena es en casa de Bryce Echenique en París y, además de Monterroso y Bárbara Jacobs, están invitados Julio Ramón Ribeyro, Miguel Rojas-Mix y Franz Kafka. Kafka se retrasa porque ha ido a buscar una tortuga con la que quiere obsequiar a Tito, pero, a medida que avanza la noche, llegar al departamento de Bryce se convertirá en una misión imposible, una y otra vez entorpecida, hasta que Kafka, con su tortuga, entristecido y a punto de lograrlo, claudica.
Quien no claudicó nunca fue Tito Monterroso, pese a la radiación triste que es consustancial al pensamiento, según Schelling, pese a la lentitud de tortuga con que el mundo se transforma sin perceptible mejora, pese a que Kafka no acudirá a cena alguna ni la dedicación a la literatura vacunará nunca contra la estolidez humana. Sus libros siguientes persistieron en la actitud irreverente y desacralizadora, pintando bigotes en las giocondas sagradas y manteniendo la sonrisa imperturbable y la fe en que la palabra a veces logra ser mágica.
D. R. M.
I. OBRAS COMPLETAS (Y OTROS CUENTOS)
MÍSTER TAYLOR
—Menos rara, aunque sin duda más ejemplar —dijo entonces el otro—, es la historia de Mr. Percy Taylor, cazador de cabezas en la selva amazónica.
Se sabe que en 1937 salió de Boston, Massachusetts, en donde había pulido su espíritu hasta el extremo de no tener un centavo. En 1944 aparece por primera vez en América del Sur, en la región del Amazonas, conviviendo con los indígenas de una tribu cuyo nombre no hace falta recordar.
Por sus ojeras y su aspecto famélico pronto llegó a ser conocido allí como «el gringo pobre», y los niños de la escuela hasta lo señalaban con el dedo y le tiraban piedras cuando pasaba con su barba brillante bajo el dorado sol tropical. Pero esto no afligía la humilde condición de Mr. Taylor porque había leído en el primer tomo de las Obras completas de William G. Knight que si no se siente envidia de los ricos la pobreza no deshonra.
En pocas semanas los naturales se acostumbraron a él y a su ropa extravagante. Además, como tenía los ojos azules y un vago acento extranjero, el Presidente y el Ministro de Relaciones Exteriores lo trataban con singular respeto, temerosos de provocar incidentes internacionales.
Tan pobre y mísero estaba, que cierto día se internó en la selva en busca de hierbas para alimentarse. Había caminado cosa de varios metros sin atreverse a volver el rostro, cuando por pura casualidad vio a través de la maleza dos ojos indígenas que lo observaban decididamente. Un largo estremecimiento recorrió la sensitiva espalda de Mr. Taylor. Pero Mr. Taylor, intrépido, arrostró el peligro y siguió su camino silbando como si nada hubiera visto.
De un salto (que no hay para qué llamar felino) el nativo se le puso enfrente y exclamó:
—Buy head? Money, money.
A pesar de que el inglés no podía ser peor, Mr. Taylor, algo indispuesto, sacó en claro que el indígena le ofrecía en venta una cabeza de hombre, curiosamente reducida, que traía en la mano.
Es innecesario decir que Mr. Taylor no estaba en capacidad de comprarla; pero como aparentó no comprender, el indio se sintió terriblemente disminuido por no hablar bien el inglés, y se la regaló pidiéndole disculpas.
Grande fue el regocijo con que Mr. Taylor regresó a su choza. Esa noche, acostado boca arriba sobre la precaria estera de palma que le servía de lecho, interrumpido tan sólo por el zumbar de las moscas acaloradas que revoloteaban en torno haciéndose obscenamente el amor, Mr. Taylor contempló con deleite durante un buen rato su curiosa adquisición. El mayor goce estético lo extraía de contar, uno por uno, los pelos de la barba y el bigote, y de ver de frente el par de ojillos entre irónicos que parecían sonreírle agradecidos por aquella deferencia.
Hombre de vasta cultura, Mr. Taylor solía entregarse a la contemplación; pero esta vez en seguida se aburrió de sus reflexiones filosóficas y dispuso obsequiar la cabeza a un tío suyo, Mr. Rolston, residente en Nueva York, quien desde la más tierna infancia había revelado una fuerte inclinación por las manifestaciones culturales de los pueblos hispanoamericanos.
Pocos días después el tío de Mr. Taylor le pidió —previa indagación sobre el estado de su importante salud— que por favor lo complaciera con cinco más. Mr. Taylor accedió gustoso al capricho de Mr. Rolston y —no se sabe de qué modo— a vuelta de correo «tenía mucho agrado en satisfacer sus deseos». Muy reconocido, Mr. Rolston le solicitó otras diez. Mr. Taylor se sintió «halagadísimo de poder servirlo». Pero cuando pasado un mes aquél le rogó el envío de veinte, Mr. Taylor, hombre rudo y barbado pero de refinada sensibilidad artística, tuvo el presentimiento de que el hermano de su madre estaba haciendo negocio con ellas.
Bueno, si lo quieren saber, así era. Con toda franqueza, Mr. Rolston se lo dio a entender en una inspirada carta cuyos términos resueltamente comerciales hicieron vibrar como nunca las cuerdas del sensible espíritu de Mr. Taylor.
De inmediato concertaron una sociedad en la que Mr. Taylor se comprometía a obtener y remitir cabezas humanas reducidas en escala industrial, en tanto que Mr. Rolston las vendería lo mejor que pudiera en su país.
Los primeros días hubo algunas molestas dificultades con ciertos tipos del lugar. Pero Mr. Taylor, que en Boston había logrado las mejores notas con un ensayo sobre Joseph Henry Silliman, se reveló como político y obtuvo de las autoridades no sólo el permiso necesario para exportar, sino, además, una concesión exclusiva por noventa y nueve años. Escaso trabajo le costó convencer al guerrero Ejecutivo y a los brujos Legislativos de que aquel paso patriótico enriquecería en corto tiempo a la comunidad, y de que luego luego estarían todos los sedientos aborígenes en posibilidad de beber (cada vez que hicieran una pausa en la recolección de cabezas) de beber un refresco bien frío, cuya fórmula mágica él mismo proporcionaría.
Cuando los miembros de la Cámara, después de un breve pero luminoso esfuerzo intelectual, se dieron cuenta de tales ventajas, sintieron hervir su amor a la patria y en tres días promulgaron un decreto exigiendo al pueblo que acelerara la producción de cabezas reducidas.
Contados meses más tarde, en el país de Mr. Taylor las cabezas alcanzaron aquella popularidad que todos recordamos. Al principio eran privilegio de las familias más pudientes; pero la democracia es la democracia y, nadie lo va a negar, en cuestión de semanas pudieron adquirirlas hasta los mismos maestros de escuela.
Un hogar sin su correspondiente cabeza teníase por un hogar fracasado. Pronto vinieron los coleccionistas y, con ellos, las contradicciones: poseer diecisiete cabezas llegó a ser considerado de mal gusto; pero era distinguido tener once. Se vulgarizaron tanto que los verdaderos elegantes fueron perdiendo interés y ya sólo por excepción adquirían alguna, si presentaba cualquier particularidad que la salvara de lo vulgar. Una, muy rara, con bigotes prusianos, que perteneciera en vida a un general bastante condecorado, fue obsequiada al Instituto Danfeller, el que a su vez donó, como de rayo, tres millones y medio de dólares para impulsar el desenvolvimiento de aquella manifestación cultural, tan excitante, de los pueblos hispanoamericanos.
Mientras tanto, la tribu había progresado en tal forma que ya contaba con una veredita alrededor del Palacio Legislativo. Por esa alegre veredita paseaban los domingos y el Día de la Independencia los miembros del Congreso, carraspeando, luciendo sus plumas, muy serios riéndose, en las bicicletas que les había obsequiado la Compañía.
Pero, ¿qué quieren? No todos los tiempos son buenos. Cuando menos lo esperaban se presentó la primera escasez de cabezas.
Entonces comenzó lo más alegre de la fiesta.
Las meras defunciones resultaron ya insuficientes. El Ministro de Salud Pública se sintió sincero, y una noche caliginosa, con la luz apagada, después de acariciarle un ratito el pecho como por no dejar, le confesó a su mujer que se consideraba incapaz de elevar la mortalidad a un nivel grato a los intereses de la Compañía, a lo que ella le contestó que no se preocupara, que ya vería cómo todo iba a salir bien, y que mejor se durmieran.
Para compensar esa deficiencia administrativa fue indispensable tomar medidas heroicas y se estableció la pena de muerte en forma rigurosa.
Los juristas se consultaron unos a otros y elevaron a la categoría de delito, penado con la horca o el fusilamiento, según su gravedad, hasta la falta más nimia.
Incluso las simples equivocaciones pasaron a ser hechos delictuosos. Ejemplo: si en una conversación banal, alguien, por puro descuido, decía «Hace mucho calor», y posteriormente podía comprobársele, termómetro en mano, que en realidad el calor no era para tanto, se le cobraba un pequeño impuesto y era pasado ahí mismo por las armas, correspondiendo la cabeza a la Compañía y, justo es decirlo, el tronco y las extremidades a los dolientes.
La legislación sobre las enfermedades ganó inmediata resonancia y fue muy comentada por el Cuerpo Diplomático y por las Cancillerías de potencias amigas.
De acuerdo con esa memorable legislación, a los enfermos graves se les concedían veinticuatro horas para poner en orden sus papeles y morirse; pero si en este tiempo tenían suerte y lograban contagiar a la familia, obtenían tantos plazos de un mes como parientes fueran contaminados. Las víctimas de enfermedades leves y los simplemente indispuestos merecían el desprecio de la patria y, en la calle, cualquiera podía escupirles el rostro. Por primera vez en la historia fue reconocida la importancia de los médicos (hubo varios candidatos al premio Nobel) que no curaban a nadie. Fallecer se convirtió en ejemplo del más exaltado patriotismo, no sólo en el orden nacional, sino en el más glorioso, en el continental.
Con el empuje que alcanzaron otras industrias subsidiarias (la de ataúdes, en primer término, que floreció con la asistencia técnica de la Compañía) el país entró, como se dice, en un período de gran auge económico. Este impulso fue particularmente comprobable en una nueva veredita florida, por la que paseaban, envueltas en la melancolía de las doradas tardes de otoño, las señoras de los diputados, cuyas lindas cabecitas decían que sí, que sí, que todo estaba bien, cuando algún periodista solícito, desde el otro lado, las saludaba sonriente sacándose el sombrero.
Al margen recordaré que uno de estos periodistas, quien en cierta ocasión emitió un lluvioso estornudo que no pudo justificar, fue acusado de extremista y llevado al paredón de fusilamiento. Sólo después de su abnegado fin los académicos de la lengua reconocieron que ese periodista era una de las más grandes cabezas del país; pero una vez reducida quedó tan bien que ni siquiera se notaba la diferencia.
¿Y Mr. Taylor? Para ese tiempo ya había sido designado consejero particular del Presidente Constitucional. Ahora, y como ejemplo de lo que puede el esfuerzo individual, contaba los miles por miles; mas esto no le quitaba el sueño porque había leído en el último tomo de las Obras completas de William G. Knight que ser millonario no deshonra si no se desprecia a los pobres.
Creo que con ésta será la segunda vez que diga que no todos los tiempos son buenos.
Dada la prosperidad del negocio llegó un momento en que del vecindario sólo iban quedando ya las autoridades y sus señoras y los periodistas y sus señoras. Sin mucho esfuerzo, el cerebro de Mr. Taylor discurrió que el único remedio posible era fomentar la guerra con las tribus vecinas. ¿Por qué no? El progreso.
Con la ayuda de unos cañoncitos, la primera tribu fue limpiamente descabezada en escasos tres meses. Mr. Taylor saboreó la gloria de extender sus dominios. Luego vino la segunda; después la tercera y la cuarta y la quinta. El progreso se extendió con tanta rapidez que llegó la hora en que, por más esfuerzos que realizaron los técnicos, no fue posible encontrar tribus vecinas a quienes hacer la guerra.
Fue el principio del fin.
Las vereditas empezaron a languidecer. Sólo de vez en cuando se veía transitar por ellas a alguna señora, a algún poeta laureado con su libro bajo el brazo. La maleza, de nuevo, se apoderó de las dos, haciendo difícil y espinoso el delicado paso de las damas. Con las cabezas, escasearon las bicicletas y casi desaparecieron del todo los alegres saludos optimistas.
El fabricante de ataúdes estaba más triste y fúnebre que nunca. Y todos sentían como si acabaran de recordar de un grato sueño, de ese sueño formidable en que tú te encuentras una bolsa repleta de monedas de oro y la pones debajo de la almohada y sigues durmiendo y al día siguiente muy temprano, al despertar, la buscas y te hallas con el vacío.
Sin embargo, penosamente, el negocio seguía sosteniéndose. Pero ya se dormía con dificultad, por el temor a amanecer exportado.
En la patria de Mr. Taylor, por supuesto, la demanda era cada vez mayor. Diariamente aparecían nuevos inventos, pero en el fondo nadie creía en ellos y todos exigían las cabecitas hispanoamericanas.
Fue para la última crisis. Mr. Rolston, desesperado, pedía y pedía más cabezas. A pesar de que las acciones de la Compañía sufrieron un brusco descenso, Mr. Rolston estaba convencido de que su sobrino haría algo que lo sacara de aquella situación.
Los embarques, antes diarios, disminuyeron a uno por mes, ya con cualquier cosa, con cabezas de niño, de señoras, de diputados.
De repente cesaron del todo.
Un viernes áspero y gris, de vuelta de la Bolsa, aturdido aún por la gritería y por el lamentable espectáculo de pánico que daban sus amigos, Mr. Rolston se decidió a saltar por la ventana (en vez de usar el revólver, cuyo ruido lo hubiera llenado de terror) cuando al abrir un paquete del correo se encontró con la cabecita de Mr. Taylor, que le sonreía desde lejos, desde el fiero Amazonas, con una sonrisa falsa de niño que parecía decir: «Perdón, perdón, no lo vuelvo a hacer».
UNO DE CADA TRES
Más querría encontrar quién oyera las mías que a quien me narre las suyas.
PLAUTO
Está dentro de mis cálculos que usted se sorprenda al recibir esta carta. Es probable, también, que al principio la tome como una broma sangrienta, y casi seguro que su primer impulso sea el de destruirla y arrojarla lejos de sí. Y, no obstante, difícilmente caería en un error más grave. Vaya en su descargo que no sería el primero en cometerlo, ni el último, desde luego, en arrepentirse.
Se lo diré con toda franqueza: me da usted lástima. Pero este sentimiento no sólo resulta natural, sino que está de acuerdo con sus deseos. Pertenece usted a esa taciturna porción de seres humanos que encuentran en la conmiseración ajena un lenitivo a su dolor. Le ruego que se consuele: su caso nada tiene de extraño. Uno, de cada tres, no busca otra cosa, en las más disimuladas formas. Quien se queja de una enfermedad tan cruel como imaginaria, la que se anuncia abrumada por el pesado fardo de los deberes domésticos, aquel que publica versos quejumbrosos (no importa si buenos o malos), todos están implorando, en el interés de los demás, un poco de la compasión que no se atreven a prodigarse a sí mismos. Usted es más honrado: desdeña versificar su amargura, encubre con elegante decoro el derroche de energía que le exige el pan cotidiano, no se finge enfermo. Simplemente cuenta su historia, y, como haciendo un gracioso favor a sus amigos, les pide consejos con el oscuro ánimo de no seguirlos.
A usted le intrigará cómo me he enterado de su problema. Nada más sencillo: es mi oficio. Pronto le revelaré qué oficio sea ése.
Continúo. Hace tres días, bajo un sol matinal poco común, abordó usted un autobús en la esquina de Reforma y Sevilla. Con frecuencia las personas que afrontan esos vehículos lo hacen con expresión desconcertada y se sorprenden cuando encuentran en ellos un rostro familiar. ¡Qué diferencia en usted! Me bastó ver el fulgor con que brillaron sus ojos al descubrir una cara conocida entre los sudorosos pasajeros, para tener la seguridad de haberme topado con uno de mis favorecedores.
Obedeciendo a un hábito profesional agucé furtivamente el oído. Y en efecto, no bien había usted cumplido, de prisa, con los saludos de rigor, se produjo el inevitable relato de sus desgracias. Ya no me cupo duda. Expuso los hechos en tal forma que era fácil ver que su amigo había recibido las mismas confidencias no más allá de veinticuatro horas antes. Seguirlo durante todo el día hasta descubrir su domicilio fue como de costumbre la parte de mis disciplinas que, me gustaría saber la razón, cumplo con más placer.
Ignoro si esto le servirá de enojo o de alegría; pero me veo en la urgencia de repetirle que su caso no es singular. Voy a exponerle en dos palabras el proceso de su situación presente. Y si, aunque lo dudo, me equivoco, tal error no será otra cosa que la confirmación de la infalible regla.
Padece usted una de las dolencias más normales en el género humano: la necesidad de comunicarse con sus semejantes. Desde que comenzó a hablar, el hombre no ha encontrado nada más grato que una amistad capaz de escucharlo con interés, ya sea para el dolor como para la dicha. Ni aun el amor se iguala a este sentimiento. Hay quienes se conforman con un amigo. Existen aquellos a quienes no les bastan mil. Usted corresponde a los últimos, y en esa simple correspondencia se originan su desgracia y mi oficio.
Me atrevería a jurar que se inició usted refiriendo su conflicto amoroso a un amigo íntimo, y que éste lo escuchó atento hasta el fin y le ofreció las soluciones que creyó oportunas. Pero usted, y de aquí arranca el interminable encadenamiento, no consideró acertadas esas fórmulas. Si le propuso con firmeza cortar, como se dice, por lo sano, usted encontró más de un motivo para no dar por perdida la batalla; si, por el contrario, su consejo fue seguir el asedio hasta la conquista de la plaza, usted se inundó de pesimismo y lo vio todo negro y perdido. De ahí a buscar el remedio en otra persona apenas si hay algo más que un paso. ¿Cuántos dio usted?
Emprendió un esperanzado peregrinaje, hasta agotar su concurrida libreta de direcciones. Incluso trató (con éxito creciente) de entablar nuevas relaciones para apurar el tema. No es extraño que de pronto reparara en que el día tiene tan sólo veinticuatro horas, y en que esa desconsideración astronómica constituía un monstruoso factor en su contra. Fue preciso multiplicar los medios de locomoción y planear un horario de sutil exactitud. El uso metódico del teléfono vino en su auxilio y ensanchó, es cierto, sus posibilidades; pero este anticuado sistema todavía es un lujo, y el setenta por ciento de aquellos a quienes usted quiere mantener enterados carecen de esa dudosa ventaja.
No contento con los desvelos y el insomnio, principió usted a madrugar para ganar un tiempo cada vez más fugitivo e irreparable. El descuido de su aseo personal se hizo notorio: la barba le creció montaraz; sus pantalones, antes impecables, se vieron invadidos por las rodilleras, y un terco polvo gris cubrió de pesadumbre sus zapatos. Le pareció injusto, pero tuvo que aceptar el hecho de que, si bien usted madrugaba lleno de entusiasmo, escaseaban los amigos dispuestos a compartir esa vehemencia matinal. Así, ¿hay que decirlo?, ha llegado el momento ineludible en que usted es físicamente incapaz de conservar bien informado al amplio círculo de sus relaciones sociales.
Ese momento es también mi momento. Por una modesta suma mensual yo le ofrezco la solución más apropiada. Si usted la acepta —y puedo asegurar que lo hará porque no le queda otro remedio— relegará al olvido el incesante deambular, las rodilleras, el polvo, la barba, los fatigosos telefonemas.
En pocas palabras: estoy en condiciones de poner a su disposición una excelente radiodifusora especializada. Dispongo en la actualidad (por el sensible fallecimiento de un antiguo cliente afectado por la Reforma Agraria) de un cuarto de hora que, si tomamos en cuenta lo avanzado de sus confidencias, sería más que suficiente para sostener a sus amistades ya no digamos al día, pero al minuto, de su apasionante caso.
Creo de más enumerar a usted las ventajas de mi método. Sin embargo, le insinuaré algunas.
1ª EL EFECTO SEDANTE SOBRE EL SISTEMA NERVIOSO ESTÁ GARANTIZAdo desde el primer día.
2ª DISCRECIÓN ASEGURADA. AUN CUANDO SU VOZ PODRÁ SER RECIbida por cualquier sujeto poseedor de un aparato de radio, juzgo improbable que personas ajenas a su amistad quieran seguir una confidencia cuyos antecedentes desconocen. Así, se descarta toda posibilidad de curiosidad malsana.
3ª MUCHOS DE SUS AMIGOS (QUE HOY ESCUCHAN CON DESGANO LA versión directa) se interesarán vivamente por la audición radiofónica con sólo que usted mencione en ella sus nombres en forma abierta o alusiva.
4ª TODOS SUS CONOCIDOS ESTARÁN INFORMADOS AL MISMO TIEMpo de los mismos hechos. Circunstancia que evita celos y reclamaciones posteriores, pues solamente un descuido, o un azaroso desperfecto en el aparato propio, colocaría a alguno en desventaja respecto de los demás. Para eliminar esa contingencia deprimente cada programa se inicia con una breve sinopsis de lo narrado con anterioridad.
5ª EL RELATO COBRA MAYOR INTERÉS Y VARIEDAD, Y PUEDE AMENIzarse, cuando así se considere oportuno, con ilustrativas selecciones de arias de ópera (no insistiré sobre la riqueza sentimental de las italianas) y trozos de los grandes maestros. Un fondo musical adecuado es obligatorio por reglamento. Además, una amplia discoteca, en la que se recogen hasta los más increíbles ruidos que el hombre y la naturaleza producen, está al servicio del suscriptor.
6ª EL RELATOR NO VE LA CARA DE LOS OYENTES, LO QUE EVITA TODA suerte de inhibiciones, tanto para él como para los que lo escuchan.
7ª SIENDO LA AUDICIÓN UNA VEZ AL DÍA Y POR UN CUARTO DE HORA, el confidente dispone de veintitrés horas y tres cuartos de hora adicionales para preparar sus textos, impidiendo así, en absoluto, contradicciones molestas y olvidos involuntarios.
8ª SI EL RELATO ALCANZA ÉXITO Y AL NÚMERO DE AMIGOS Y CONOCIdos se suma una considerable cantidad de oyentes espontáneos, no es difícil encontrar casa patrocinadora, lo que une a las ventajas ya registradas cierta factible ganancia monetaria que, de ir creciendo, abriría las posibilidades de absorber las veinticuatro horas del día y convertir, así, una simple audición de quince minutos en un programa ininterrumpido de duración perpetua. Mi honestidad me obliga a confesar que hasta ahora no se ha producido este caso, pero ¿por qué no esperarlo de su talento?
Éste es un mensaje de esperanza. Tenga fe. Por lo pronto, piense con fuerza en esto: el mundo está poblado de seres como usted. Sintonice su aparato receptor exactamente en los 1373 kilociclos, en la banda de 720 metros. A cualquier hora del día o de la noche, en invierno o en verano, con lluvia o con sol, podrá escuchar las voces más diversas e inesperadas, pero también más llenas de melancólica serenidad: la de un capitán que refiere, desde hace más de catorce años, cómo se hundió su barco bajo la aciaga tormenta sin que él se decidiera a compartir su suerte; la de una mujer minuciosa que extravió a su único hijo en la poblada noche de un 15 de septiembre; la de un delator atormentado por el remordimiento; la de un ex dictador centroamericano, la de un ventrílocuo. Todos contando interminablemente su historia, todos pidiendo compasión.
SINFONÍA CONCLUIDA
—Yo podría contar —terció el gordo atropelladamente— que hace tres años en Guatemala un viejito organista de una iglesia de barrio me refirió que por 1929 cuando le encargaron clasificar los papeles de música de La Merced se encontró de pronto unas hojas raras que intrigado se puso a estudiar con el cariño de siempre y que como las acotaciones estuvieran escritas en alemán le costó bastante darse cuenta de que se trataba de los dos movimientos finales de la Sinfonía inconclusa así que ya podía yo imaginar su emoción al ver bien clara la firma de Schubert y que cuando muy agitado salió corriendo a la calle a comunicar a los demás su descubrimiento todos dijeron riéndose que se había vuelto loco y que si quería tomarles el pelo pero que como él dominaba su arte y sabía con certeza que los dos movimientos eran tan excelentes como los primeros no se arredró y antes bien juró consagrar el resto de su vida a obligarlos a confesar la validez del hallazgo por lo que de ahí en adelante se dedicó a ver metódicamente a cuanto músico existía en Guatemala con tan mal resultado que después de pelearse con la mayoría de ellos sin decir nada a nadie y mucho menos a su mujer vendió su casa para trasladarse a Europa y que una vez en Viena pues peor porque no iba a ir decían un Leiermann* guatemalteco a enseñarles a localizar obras perdidas y mucho menos de Schubert cuyos especialistas llenaban la ciudad y que qué tenían que haber ido a hacer esos papeles tan lejos hasta que estando ya casi desesperado y sólo con el dinero del pasaje de regreso conoció a una familia de viejitos judíos que habían vivido en Buenos Aires y hablaban español los que lo atendieron muy bien y se pusieron nerviosísimos cuando tocaron como Dios les dio a entender en su piano en su viola y en su violín los dos movimientos y quienes finalmente cansados de examinar los papeles por todos lados y de olerlos y de mirarlos al trasluz por una ventana se vieron obligados a admitir primero en voz baja y después a gritos ¡son de Schubert son de Schubert! y se echaron a llorar con desconsuelo cada uno sobre el hombro del otro como si en lugar de haberlos recuperado los papeles se hubieran perdido en ese momento y que yo me asombrara de que todavía llorando si bien ya más calmados y luego de hablar aparte entre sí y en su idioma trataron de convencerlo frotándose las manos de que los movimientos a pesar de ser tan buenos no añadían nada al mérito de la sinfonía tal como ésta se hallaba y por el contrario podía decirse que se lo quitaban pues la gente se había acostumbrado a la leyenda de que Schubert los rompió o no los intentó siquiera seguro de que jamás lograría superar o igualar la calidad de los dos primeros y que la gracia consistía en pensar si así son el allegro y el andante cómo serán el scherzo y el allegro ma non troppo y que si él respetaba y amaba de veras la memoria de Schubert lo más inteligente era que les permitiera guardar aquella música porque además de que se iba a entablar una polémica interminable el único que saldría perdiendo sería Schubert y que entonces convencido de que nunca conseguiría nada entre los filisteos ni menos aún con los admiradores de Schubert que eran peores se embarcó de vuelta a Guatemala y que durante la travesía una noche en tanto la luz de la luna daba de lleno sobre el espumoso costado del barco con la más profunda melancolía y harto de luchar con los malos y con los buenos tomó los manuscritos y los desgarró uno a uno y tiró los pedazos por la borda hasta no estar bien cierto de que ya nunca nadie los encontraría de nuevo al mismo tiempo —finalizó el gordo con cierto tono de afectada tristeza— que gruesas lágrimas quemaban sus mejillas y mientras pensaba con amargura que ni él ni su patria podrían reclamar la gloria de haber devuelto al mundo unas páginas que el mundo hubiera recibido con tanta alegría pero que el mundo con tanto sentido común rechazaba.
PRIMERA DAMA
—Mi marido dice que son tonteras mías —pensaba—; pero lo que quiere es que yo sólo me esté en la casa, matándome como antes. Y eso sí que no se va a poder. Los otros le tendrán miedo, pero yo no. Si no le hubiera ayudado cuando estábamos bien fregados, todavía. ¿Y por qué no voy a poder recitar, si me gusta? El hecho de que él sea Presidente, en vez de ser un obstáculo debería hacerlo pensar que así le ayudo más. Y es que los hombres, sean presidentes o no, son llenos de cosas. Además, yo no voy a andar recitando en cualquier parte como una loca sino en actos oficiales o en veladas de beneficencia. Sí pues, si no tiene nada de malo.
No tenía nada de malo. Terminó de bañarse. Entró en su dormitorio. Mientras se peinaba, vio en el espejo, detrás de ella, los estantes llenos de libros en desorden. Novelas. Libros de poesía. Pensó en algunos y en lo mucho que le gustaban. Antologías de las mil mejores poesías universales, titanes y recitadores sin maestro en los que había señalado con papelitos los poemas más bellos. Reír llorando. La cabeza del rabí. ¡Trópico! A una madre. Dios mío, de dónde sacaban tanto tema. Pronto ya no iban a caber los libros en la casa. Pero aunque uno no los leyera todos, eran la mejor herencia.
Sobre el tocador tenía varios ejemplares del programa de esa noche. Si se animara a dar un recital ella sola. Hasta ahora no había organizado ninguno, por modestia. Sabía, sin embargo, que de cualquier manera ella era la figura principal.
Esta vez se trataba de una velada preparada algo a la carrera para el Desayuno Escolar. Alguien había notado que los niños de las escuelas andaban medio desnutridos, y que algunos se desmayaban a eso de las once, tal vez cuando el maestro estaba en lo mejor. Al principio lo atribuyeron a indigestiones, más tarde a una epidemia de lombrices (Salubridad) y sólo al final, durante una de sus frecuentes noches de insomnio, el Director General de Educación, nebulosamente, sospechó que podrían ser casos de hambre.
Cuando el Director General convocó a un buen número de padres de familia, la mayoría se indignó de viva voz ante la suposición de que fueran tan pobres, y, por orgullo frente a los demás, ninguno estuvo dispuesto a aceptarlo. Pero en cuanto se disolvió la reunión, varios de ellos, individualmente, se acercaron al Director y reconocieron que en ocasiones —no siempre, claro— mandaban a sus hijos a la escuela sin nada en el estómago. El Director se asustó al confirmar su sospecha y decidió que era necesario hacer algo pronto. Por fortuna recordó que el Presidente había sido su compañero de colegio y dispuso ir a verlo cuanto antes. No se arrepintió. El Presidente lo recibió de lo más simpático, probablemente con mucha más cordialidad de la que hubiera desplegado desde una posición menos elevada. De manera que cuando él comenzó: «Señor Presidente...» se rio y le dijo: «Dejate de babosadas de Señor Presidente y decime sin rodeos a lo que venís», y siempre riéndose lo obligó a sentarse, mediante una ligera presión en el hombro. Estaba de buenas. Pero el Director sabía que por más palmaditas que le diera ya no era lo mismo que en los tiempos en que iban juntos a la escuela, o sencillamente que hacía apenas dos años, cuando todavía se tomaron un trago con otros amigos en El Danubio. De todos modos, se veía que empezaba a sentirse cómodo en el cargo. Como él mismo dijera levantando el índice en una reciente cena en casa de sus padres, de sobremesa, ante la expectación general primero, y la calurosa aprobación después, de sus parientes y compañeros de armas: «Al principio se siente raro; pero uno se acostumbra a todo».
—Pues sí, ¿qué te trae por acá? —insistió—. Apuesto a que ya tenés líos en el Ministerio.
—Bueno, si querés saber la verdad, sí.
—¿Verdá?—dijo triunfante el Presidente, aprobando su propia sagacidad.
—Pero, si me lo permitís, no vengo a eso; otro día te cuento. Mirá, para no quitarte el tiempo, te lo voy a decir de una vez. Fíjate que ha habido varios casos de niños que se desmayan de hambre en las escuelas y yo quisiera ver qué podemos hacer. Prefiero decírtelo a vos de una vez porque si no es la bruta andar de aquí para allá. Además, mejor te lo cuento yo porque no faltará quien te venga a decir que no hago nada. Mi idea es que me autoricés para tratar de conseguir algo de dinero y fundar una especie de Gota de Leche semioficial.
—¿No te me estarás volviendo comunista, vos? —lo detuvo él, soltando una carcajada—. Aquí sí que se echaba de ver su excelente humor de ese día. Los dos se rieron mucho. El Director le advirtió en broma que tuviera cuidado porque estaba leyendo un librito sobre marxismo, a lo que él repuso sin dejar de reírse que no se lo fuera a ver el Director de la Policía porque lo podía joder. Después de cambiar aún otras frases ingeniosas alrededor del mismo tema, él le dijo que le parecía bien, que fuera viendo a quién le sacaba plata, que dijera que él estaba de acuerdo y que quizá la UNICEF podía dar un poco más de leche. «Los gringos tienen leche como la chingada», afirmó por último, poniéndose de pie y dando por terminada la entrevista.
—Ah, y mirá —añadió cuando ya el Director se encontraba en la puerta—: si querés hablale a mi señora para que te ayude; a ella le gustan esas cosas.
El Director le dijo que estaba bueno y que le iba a hablar en seguida.
No obstante, esto más bien lo deprimió, porque no le agradaba trabajar con mujeres. Peor de funcionarios. La mayoría eran raras, vanidosas, difíciles, y uno tenía que andarse todo el tiempo con cortesías, preocupándose de que estuvieran siempre sentadas y poniéndose nervioso cuando por cualquier circunstancia había que decirles que no. De paso que a ella no la conocía mucho. Pero lo mejor era interpretar la sugerencia del Presidente como una orden.
Cuando le habló, ella aceptó sin vacilar. ¿Cómo podía dudarlo? No sólo le iba a ayudar haciendo propaganda entre sus amigas, sino que personalmente trabajaría con entusiasmo, tomando parte, por ejemplo, en las veladas que se organizaran.
—Yo puedo recitar —le dijo—; ya sabe que siempre he sido aficionada. «Qué bueno», pensó mientras se lo decía, «que haya esta oportunidad». Pero al mismo tiempo se arrepintió de su pensamiento y le dio miedo de que Dios la castigara cuando reflexionó que no era bueno que los niños se desmayaran de hambre. «Pobrecitos», pensó rápido para aplacar al cielo y eludir el castigo. Y en voz alta dijo:
—Pobres criaturas. ¿Y como cada cuánto se desmayan?
El Director le explicó pacientemente que no se desmayaban los mismos en forma periódica, sino que una vez era uno y otra otro, y que lo mejor era ver cómo le daban desayuno al mayor número posible. Tendrían que fundar una organización para reunir fondos.
—Claro —dijo ella—. ¿Y cómo le pondremos?
—¿Qué le parece «Desayuno Escolar»? —dijo el Director.
Pasó su mano sobre el programa, un trozo cuadrangular de papel satinado elegantemente impreso:
lº Palabras preliminares, por el Sr. D. Hugo Miranda, Director General de Educación del Ministerio de Educación Pública.
2º BARCAROLA DE LOS CUENTOS DE HOFFMAN, DE OFFENBACH, POR un grupo de alumnos de la Escuela 4 de Julio.
3º TRES VALSES DE F. CHOPIN, POR RENÉ ELGUETA, ALUMNO DEL Conservatorio Nacional.
4º LOS MOTIVOS DEL LOBO, DE RUBÉN DARÍO, POR LA EXCMA. Sra. Doña Eulalia Fernández de Rivera González, Primera Dama de la República.
5º CIELOS DE MI PATRIA, POR EL COMPOSITOR NACIONAL D. FEDErico Díaz, su autor al piano.
6º HIMNO NACIONAL.
Ella creía que estaba bien. Aunque quizá era demasiada música y poca recitación.
—¿Te gusta lo que voy a recitar? —le preguntó a su marido.
—Con tal que no se te olvide a medio camino y no hagás el ridículo —replicó él malhumorado pero incapaz de oponerse en serio—. Realmente no sé para qué te metiste a esa babosada. Parece que no conocieras a los muchachos cómo son de fregados. Ya ya van a empezar a hacerte chistes. Pero como cuando se te mete una cosa en la cabeza nadie te la saca.
En los tiempos en que la enamoraba le gustaba que declamara y hasta le pedía que lo hiciera para quedar bien con ella. Pero ahora era otra cosa y sus apariciones en público lo irritaban.
—«¿Veperdapa quepe epes lopo quepe dipigopo?» —pensó ella— «no pueden ver que la esposa tenga ninguna iniciativa porque luego luego empiezan a poner peros y a querer acomplejarlo a uno».
—Qué se me va a andar olvidando —dijo en voz alta, levantándose a buscar un pañuelo—; me la sé desde niña. Lo que no me gusta es que estoy algo acatarrada. Pero yo creo que es por los nervios. Siempre que tengo que hacer algo importante en una fecha fija me da miedo de enfermarme y empiezo a pensar: ya me va a dar catarro, ya me va a dar catarro, hasta que me da de veras. Sí pues. Deben de ser los nervios. La prueba está en que después se me pasa.
Enfrentándose bruscamente con el espejo, se puso a levantar los brazos y a probar la voz:
—El varóooooon que tiene corazóooooon de liz
aaaaaalma de queeeeeerube, lenguaaaaaa celestialllllll
el míiiiiiinimo y dulce Francisco de Asíiiiiis
está con un rudui
torvoa
nimal.
Pronunciaba liz. Era bueno alargar las sílabas acentuadas. Pero no siempre sabía cuáles eran, a menos que tuvieran el acento ortográfico. Por ejemplo: «varón», oooooon; «mínimo», miiiiii; «corazón», oooooon. Pero en «alma de querube, lengua celestial» no había modo de saberlo. En fin, lo importante era sentir, porque cuando no se siente de nada sirve conocer todas las reglas.
—El varón
el varón que tiene
el varón que tiene corazón
el varón que tiene corazón de liz.
Cuando llegó a la escuela era aún demasiado temprano. Sin embargo, se sintió desalentada porque había pocas personas ocupando los asientos. Pero pensó que entre nosotros la gente siempre llega tarde y que cuándo nos iríamos a quitar esa costumbre. En el pequeño escenario, detrás del telón improvisado, las alumnas de la Escuela 4 de Julio ensayaban en voz baja la Barcarola. El profesor de canto, muy serio, les daba el «la» con un pequeño pito de metal plateado que emitía esa única nota. Al observar que ella estaba allí, viéndolo sonriente, le dirigió un breve saludo con la cabeza y dejó de mover los brazos; pero por cortedad, o por no parecer demasiado servil, o porque de plano no lo era, no interrumpió su ensayo. Ella se lo agradeció, pues en ese ratito estaba repasando mentalmente el poema y si la interrumpían tenía que tomar otra vez el hilo desde el principio. Como si en realidad la estuviera usando, aclaraba la garganta cada cinco o seis versos, a pesar de que sabía que con eso sólo lograba irritarla cada vez más, igual que aquel maestro a quien sus alumnos por molestarlo le dijeron que tenía colorado el ojo y él se puso a restregárselo y a restregárselo, hasta que se lo dejó tan colorado que ellos no podían contener la risa; o como los monos, que si les ponen un poco de excremento en la palma de la mano no paran de olerlo hasta que se mueren. Cómo era eso de las obsesiones. Lo que más cólera le daba es que estaba segura de que todo pasaría en cuanto terminara su número. Sí pues. Pero era molesto, mientras tanto, pensar que se le iba a salir un gallo en medio de la recitación.
La verdad es que sería una estupidez tenerle miedo al público. En el supuesto caso de que sus intervenciones no agradaran, no se debería a ella sino a que la gente en general es muy ignorante y no sabe apreciar la poesía. Todavía les faltaba mucho. Pero precisamente por eso aprovecharía cuanta ocasión se le presentara para ir dando a conocer los buenos versos y revelándose como declamadora.
—Pero señora —le reprochó preocupado el Director General cuando llegó sudoroso—, si yo iba a pasar por usted. No está bien que se haya venido sola.
Ella lo miró comprensiva y lo tranquilizó cortésmente. Desde que se convirtió en la Primera Dama se alegraba cuando tenía la oportunidad de demostrar que era una persona modesta, posiblemente mucho más modesta que cualquiera otra en el mundo, y hasta había estudiado en el espejo una sonrisa y una mirada encantadoras que significaban más o menos: «¡Cómo se le ocurre! ¿Se imagina que porque soy la esposa del Presidente me he vuelto una presumida?». Pero el Director quiso entender más bien que lo trataba con ironía, y, deprimido, se puso a hablar sin ton ni son de esto y lo otro. No bien los demás artistas fueron llegando y rodeándola, aprovechó la ocasión para retirarse. Después se le veía gordito dando órdenes y disponiéndolo todo, de acuerdo con el principio de que si uno mismo no hace las cosas no hay quien las haga.
Sólo se acercó de nuevo para decirle:
—Prepárese, señora. Vamos a empezar.
Como contaba ya con alguna práctica, el Director explicó sin apuro que estábamos allí movidos por un alto espíritu de solidaridad humana. Que había muchos niños subalimentados cosa que el Gobierno era el primero en lamentar porque como le había dicho personalmente el Presidente cuando lo llamó para hacérselo ver hay que hacer algo por esos niños en interés de los altos destinos de la patria mueva usted las conciencias remueva cielo y tierra conmueva los corazones en favor de esa noble cruzada. Que ya eran varias las personas de todas las capas sociales que habían ofrecido su desinteresada ayuda y que nuestros amigos norteamericanos esa noble y generosa nación que con justicia podíamos llamar la despensa del mundo habían prometido hacer un nuevo sacrificio de latas de leche en polvo. Que nuestra tarea era modesta en sus comienzos pero que estábamos dispuestos a no omitir esfuerzo alguno para convertirla no sólo en un hecho real y concreto del presente sino en un estimulante ejemplo para las generaciones futuras. Que teníamos el alto orgullo de contar también con la ayuda de la Primera Dama de la República cuyo arte exquisito tendríamos el honor de apreciar dentro de breves instantes y cuyas entrañas generosamente maternales se habían conmovido hasta las lágrimas al saber la desgracia de esos niños que ya fuera por alcoholismo de sus padres o por descuido de sus madres o por ambas cosas no podían disfrutar en sus modestos hogares de la sagrada institución del desayuno con peligro para su salud y en desmedro del aprovechamiento de la instrucción que el Ministerio que nos honrábamos en representar esa noche estaba empeñado en impartirles, convencido de que el libro y sólo el libro resolvería los seculares problemas a que se enfrentaba la patria. Y que había dicho.
Después de los aplausos las niñas de la Escuela 4 de Julio cantaron con su acostumbrada dulzura el la, lalá, lalalalalá, lalalalalá, lalá de la Barcarola, mientras el pianista nervioseaba ansioso de atacar sus valses que, como tantas otras cosas ese día en diversas regiones del globo, comenzaron también y terminaron con toda felicidad y gloria.
Ella inclinó la cabeza, diciendo gracias mentalmente. Cruzó las manos y se las contempló durante un momento, esperando que se produjera la atmósfera necesaria. Pronto sintió que de su boca, a través de sus palabras, se iba asomando al mundo San Francisco de Asís, mínimo y dulce, hasta tomar la forma del ser más humilde de la tierra. Pero en seguida esa ilusión de humildad quedaba atrás porque otras palabras, encadenadas uno no sabía cómo con las primeras, cambiaban su aspecto hasta convertirlo en un hombre iracundo. Y ella sentía que tenía que ser así y no de otra manera porque se encontraba llamándole la atención a un lobo, cuyos colmillos habían dado horrorosa cuenta de pastores, rebaños y cuanto ser viviente se le ponía por delante. Sí pues. Su voz tembló luego y se le escapó una lágrima en el preciso instante en que el santo le decía al lobo que no fuera malo, que por qué no se dejaba de andar por ahí sembrando el terror entre los campesinos y que si acaso venía del infierno. Aunque inmediatamente después casi se veía brotar de sus labios una gran tranquilidad cuando el animal, no sin haberlo reflexionado un rato, seguía al santo a la aldea, donde todos se admiraban de verlo tan mansito que hasta un niño le podía dar de comer en la mano. Las palabras le salían entonces dulces y tiernas y pensaba que el lobo le podía dar de comer también al niño para que no se desmayara de hambre en la escuela. Pero volvía a angustiarse porque en un descuido de San Francisco el lobo se iba nuevamente al monte a acabar con las gentes del campo y con sus ganados. Su voz adquiría aquí un tono de condenación implacable y la elevaba y la bajaba conforme iba siendo necesario, sin acordarse para nada del catarro ni de los malditos nervios de los días anteriores, como ella sabía de antemano que sucedería. Por el contrario, la envolvía una grata sensación de seguridad de seguridad de seguridad pues era fácil notar que el público la escuchaba fuertemente impresionado ante las barbaridades de la fiera; a pesar de que ella sabía que ya, en ese momento, se cambiarían los papeles y el lobo se convertiría de acusado en acusador cuando San Francisco lo iba a buscar de nuevo con su acostumbrada confianza para meterlo otra vez en cintura. Por más que uno no quisiera, había que ponerse de parte del lobo, cuyas palabras eran fácilmente interpretables: Sí, ¿verdad?, muy bonito; yo me estaba ahí todo manso comiendo lo que se les antojaba arrojarme y lamiendo las manos de todos como un cordero, mientras los hombres en sus casas se entregaban a la envidia y a la lujuria y a la ira y se hacían la guerra unos a otros y perdían los débiles y ganaban los malos. Decía las palabras «débiles» y «malos» con tonos tan diferentes que a nadie podía caberle la menor duda de que ella estaba de parte de los primeros. Y se sentía segura de que la cosa iba bien y de que su recitación era un éxito, porque verdaderamente se indignaba ante tantas canalladas que dejaban chiquitas las del lobo, que al fin y al cabo no era un ser racional. Sin darse cuenta ni cómo se acercó el instante en que sabía que ya, ahora, ahora, las palabras debían brotar de su garganta ni muy fuertes, ni muy tiernas, ni furiosas, ni mansas, sino impregnadas de desesperanza y amargura, pues no otra cosa debió de sentir el santo cuando le dio la razón a la fiera y se dirigió finalmente al padre nuestro que estáaaaaaaaaaas en los cieeeeeeeeeelos.
Permaneció unos segundos con los brazos en alto. El sudor le corría en hilitos entre los pechos y por la espalda. Oyó que aplaudían. Bajó las manos. Se arregló con disimulo la falda y saludó modestamente. El público, después de todo, no era tan bruto. Pero buen esfuerzo le estaba costando hacerlo llegar a la poesía. Era lo que ella pensaba: poco a poco. Mientras estrechaba las manos de los que la felicitaban se sintió embargada por un dulce y suave sentimiento de superioridad. Y cuando una señora humilde que se acercó a saludarla le dijo que qué bonito, estuvo a punto de abrazarla, pero se contuvo y se conformó con preguntarle: «¿Le gustó?», pues la verdad es que ya no estaba pensando en eso sino en lo bueno que sería organizar pronto otro acto, en un local más grande, quizá en un teatro de verdad, en el que ella sola se encargara de la totalidad del programa, porque lo malo de estas veladitas era que los músicos aburrían a la gente, a pesar de que al otro día también los elogiaban en el periódico, lo que no era justo. No pues.
Ya en la puerta de su casa invitó al Director General y a dos o tres amigos a tomar un whisky «para celebrar». Deseaba prolongar un rato más la conversación sobre su triunfo. Ojalá estuviera su marido para que oyera lo que le decían y para que se convenciera de que no eran cosas de ella. Qué bien había resultado todo, ¿verdad? ¿Y como cuánto sacarían?
El Director General le informó muy elaboradamente que tenían utilidades por $7.50.
—¿Tan poquito? —dijo ella.
Él pensó con amargura pero dijo con optimismo que para ser la primera no estaba tan mal. Que les había faltado propaganda.
—No —dijo ella—. Yo creo que se debe al local que es muy chiquito.
—Bueno, claro —dijo él—. En eso tiene razón.
—¿Cómo hiciéramos? —dijo ella—. Hay que hacer algo para ayudar a esos pobres niños.
—Bueno —dijo él—; lo importante es que ya comenzamos.
—Sí —dijo ella—; pero la cosa es seguir adelante. Tenemos que preparar algo más serio.
—Yo creo que si contamos con su ayuda... —dijo él.
—Sí sí podemos conseguir un teatro yo voy a recitar ya va a ver pero que sea teatro grande porque si no ya vio lo que pasa se esfuerza uno preparando las cosas y total casi no se saca nada de todos modos le voy a hablar a mi marido siempre me está empujando a recitar es mi mejor estímulo ¿se fijó?, la gente tiene gana de oír poesía si viera la emoción que sentí cuando una señora que ni me conoce me dijo que le había gustado mucho yo creo que un recital de poesía sería un éxito ¿qué dice usted? —dijo ella.
—Claro —dijo él—; a la gente le gusta mucho.
—Fíjese que estoy preocupada —dijo ella— por lo poco que sacamos hoy. ¿Qué le parece si le doy cien pesos para no salir tan mal? Tengo muchas ganas de ayudar. Yo creo que poco a poco vamos a ir saliendo.
Él dijo que claro; que poco a poco iban a ir saliendo.
EL ECLIPSE
Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de Los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
—Si me matáis —les dijo— puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.
DIÓGENES TAMBIÉN
Sooner murder an infant in its cradle than nurse unacted desires.
WILLIAM BLAKE
En cuanto a tiempo, en cuanto a distancia, lo que se dice el hecho material de transportarse de un lugar a otro en el espacio, era ciertamente muy fácil para P. (como lo llamaba el Director de la escuela cuando, fuertes nudillos, bigote tembloroso, lo reprendía) llegar hasta su casa. Y sin embargo, ¡tan difícil! Y no; no es que fuera débil o enfermo. Aparte de una imperceptible y poco molesta deformación craneana era un niño como todos los demás.
Era el ambiente de su casa lo que le disgustaba; el aspecto no diré sombrío pero tampoco agradable de las dos habitaciones; su oscuridad y el fino polvo que lo invadía todo, hasta su nariz, haciéndole consciente la respiración; y algún mal olor indefinible, constante, que flotaba por todos los rincones; todo esto acompañado a la monótona insistencia de su madre: «Debes estudiar tus lecciones, debes estudiar, debes», eran motivos suficientes para convertir en difícil y odiosa la simple tarea del regreso.
Notaba en cambio el alborozo, el contento de sus compañeros —ocho, nueve, once años— cuando llegaba el momento en que todavía el sol bien alto abandonaban el viejo caserón de aulas estrechas y lleno de maestros —ahora tan distantes, tan irreales— cuyos nombres olvidaba, o ha olvidado, tan fácilmente como la precisa ubicación de mares de colores y ríos imposibles.
Mi casa —creo que ya lo dije— quedaba a unas pocas cuadras, tal vez cuatro y unos pasos más, de la escuela. Tal vez cinco. No lo puedo decir con certeza, pues es inútil que trate de recordar alguna vez en que haya hecho el recorrido directamente. Solía yo entonces, lo acostumbraba, lo necesitaba, como se desprende de los primeros párrafos de este relato, hacer un gran rodeo antes de llegar.
Al salir de clases me iba por lo general a los mercados, donde me extasiaba viendo las frutas amarillas y rojas y oyendo —y aprendiendo— las bárbaras expresiones de las verduleras; o a los barrancos, en los que se escuchan extraños y misteriosos ruidos justo a la hora en que el sol se pone; o, a veces, a las iglesias, en las que había santos (algunos mutilados. Nunca supe si así fueron en vida o si su manquedad se debía a efectos del tiempo en el material de que estaban construidos) y santas que me inspiraban un natural terror, que todavía siento.
Tenía como medida de tiempo esperar a que el sol se ocultara por completo antes de acercarme a mi casa. La puerta estaba siempre abierta; mi madre la abría desde temprano —quizá no la cerraba nunca— para que yo no interrumpiera con mi llamado su labor de crochet. No formaba parte de mis conocimientos en esa época el hecho de que la hora de la caída del sol va variando de día en día. Por esta razón, en junio, cuando los días se alargan y parece que no van a terminar nunca, llegaba tan tarde que mi madre algunas veces, preocupada por lo que pudiera acontecerme, estaba esperándome a la puerta. Entonces me azotaba con un poco de furia y me clavaba las uñas en los brazos mientras me reprendía. Pero a pesar de los golpes y de las reprimendas yo nunca entendí que el sol pudiera atrasarse y seguía llegando tarde, en ocasiones con los pies llenos de barro y empapado por los insultantes aguaceros del verano, que en mi país se llama invierno.
Fue durante unas vacaciones —ansiadas todo el año, pronto insoportables— cuando tuve conciencia cabal de que en mi casa no marchaban muy bien las cosas.
Mi padre estaba ausente. Recordé, confirmé entonces, que se ausentaba con frecuencia. Y tuve la sensación de que a pesar de que cuando no estaba, ella parecía más tranquila, mi madre —¡imposible, imposible!— mentía un poco al asegurarme que él estaba trabajando en tal o cual ciudad del interior, trabajando para traer muchas monedas de oro a la casa que —y esto sea dicho sin afán de crítica— bien las necesitaba, por lo que yo podía entender. Yo preguntaba entonces que cuándo iba a ser eso, y ella callaba, o hablaba de otra cosa, o me mandaba estudiar, o me regañaba (con la evidente intención de desviar el curso de mis pensamientos) por algo que yo había hecho —o deshecho— mucho tiempo atrás.
Estoy seguro de que no debería decir esto: ciertamente mi padre era un pícaro, lo que se llama un verdadero pícaro. Sentía el orgullo de serlo y gozaba tratando de aumentar su mala fama, que por lo demás nadie le regateaba ya entre el vecindario.
Creo que ningún otro niño (excepto mi hijo) ha tenido un padre como el mío. ¿Se podría, acaso, llamar padre lo que yo tuve?
Él mismo, durante mucho tiempo, trató de que la idea de que yo era su hijo no se afirmara en mi cabeza. Aún puedo ver, sentir con claridad, esta escena repetida muchas veces en la misma forma: llegaba por las noches cuando ya todo el mundo dormía en la vieja casa de vecindad, completamente borracho, llenando toda la habitación, con su respirar fuerte y fatigado, de un abominable olor a vino devuelto. Cierro los ojos y puedo verlo caminar haciendo el menor ruido posible, como un fantasma, con el dedo índice puesto sobre los labios para indicar silencio, mientras se tambaleaba de un lado para otro sin perder jamás por completo el equilibrio.
Un extraño que lo viera entonces pensaría que se trataba de un borracho hasta cierto punto considerado y, sobre todo, respetuoso del sueño ajeno. Pero su silencio y sus ademanes no respondían por desgracia a cualidades tan recomendables en un bebedor. Encerraban más bien un sentido diabólico. No tenían más objeto que el de sorprender la presencia de un amante ilusorio en el cuarto de mi madre.
Era su obsesión por aquel tiempo. Más tarde he comprobado que no era ésta la única. En cierta ocasión (entre muchas), algún tiempo antes, había abandonado por completo nuestra casa seguro de que todos nosotros —mi madre, yo, el perro— tramábamos asesinarlo mientras estuviera dormido. Aunque después he pensado que mi madre debió haberlo hecho, tal sospecha era absurda e infundada, pues ella lo amaba.
Cuando terminaba por convencerse (él lo creía así) de que había sido burlado una vez más y de que el amante era más astuto o menos trasnochador que él, se llegaba hasta el catre en que yo dormía y me tomaba en sus brazos sacudiéndome con furia, haciéndome daño con su aliento y con sus suaves manos de holgazán. Yo prorrumpía entonces en interminables chillidos capaces de despertar a la ciudad entera. Pero él no quedaba contento hasta que me golpeaba a su gusto durante largo rato, gritando: «¡No eres hijo mío, no eres hijo mío!», como si quisiera convencer a los vecinos y convencerme a mí, un niño de seis años, de que era hijo no de una madre como todos los niños, sino de una (la palabra la aprendí más tarde) de una puta.
Mamá terminaba siempre por ir en mi rescate apartándome de aquella voz y de aquel aliento alcohólico, lo que yo le agradecía desde el fondo de mi corazón. Me quedaba entonces con el cuerpo recogido, temblando de frío y sin poder dormir, nervioso, asustado, viendo extrañas cosas en la oscuridad hasta mucho tiempo después. Por lo general sollozaba largamente —a ratos ya sin ganas— para que mi madre me tuviera lástima, para que me compadeciera y para hacer que ella llorara, también, un poquito.
Por lo reiterado de aquellas situaciones llegué a pensar que en efecto mi padre no era mi padre. Sólo se me hacía difícil comprender cómo, no siendo yo su hijo, me pegaba en aquella forma sin que nunca se le hubiera ocurrido hacer lo mismo, ni una sola vez, con los otros chicos de la vecindad, que sin duda alguna tampoco lo eran.
A no ser a aquella hora, casi nunca lo veía. Acostumbraba levantarse muy tarde, cuando yo ya estaba en la escuela cayéndome de sueño y sin comprender las operaciones de aritmética que el maestro, sin duda seguro también de que nosotros no éramos hijos suyos, trataba de meternos en la cabeza a fuerza de golpes y coscorrones. Hoy me maravillo de haber aguantado tanto y de poder repetir, aunque con titubeos y con cierto temblor que no puedo dominar, las tablas de multiplicación.
Llego con los brazos cargados de paquetes. Arrojo algunos sobre la cama que parece una gran mesa de comedor cubierta con un extenso y liso mantel blanco de crochet. Hay sobre ella unos platos. Unos grandes platos llenos de fruta. Pero pronto descubro que no son platos sino enormes floreros con (extrañas) rosas verdes, bordadas con hilo de seda brillante.
Me quito el sombrero, lo tiro, y va a caer justamente en la cabeza del perro, que se lo sacude gruñendo. (Me fijo en los ojos del perro, tienen un raro fulgor.) Después, como quien se prepara a dar una sorpresa y con los ojos llenos de malicia, miro a mi esposa y a mi hijo (quien se me parece extraordinariamente) y me pongo a extraer como a escondidas, de un bolsillo interior de mi saco, algo que con gran lentitud —con gran lentitud— va adquiriendo la forma de un velocípedo. Mi hijo —yo— siempre ha querido uno, ¿por qué no se lo he de dar ahora que traigo dinero en abundancia? Sólo que debe existir un error, pues en lugar de las tres ruedas necesarias, oportunas, clásicas, van saliendo muchas en número infinito, una tras otra, hasta inundar la habitación y convertirse en algo molesto, insoportable. Pienso: un error de construcción. Un poco avergonzado, sonrío y vuelvo a meter todo de la misma forma que antes, sólo que al revés, en el bolsillo de mi saco. Las ruedas van desapareciendo con metálico retintín dorado, pero las últimas —que fueron las primeras— entran con suma dificultad oprimiéndome el corazón, haciéndome respirar trabajosamente, casi ahogándome, asfixiándome como un bocado de carne demasiado grande que se queda en la garganta. Siento cómo brotan unas gotitas de sudor en mi frente. Tengo que terminar pronto. Un rato más y caería desmayado echando a perder la alegría de mi esposa y de mi hijo. Me obsesiona el pensamiento de que si muero nadie sabrá desentrañar el mecanismo del velocípedo, explicado solamente en un pedazo de papel —o papiro— que el vendedor del aparato masticó y tragó, ruidosamente, para que nadie pudiera divulgar el secreto de su construcción.
Para sobrevivir tengo que volver a sacar las ruedas, pero el mecanismo tiene otra falla y ahora se resisten tanto a salir como a volver a su primitivo sitio. Inspirado —inspirado— decido quitarme el saco y arrojarlo lejos de mí —o cerca, lo mismo da—. No lo puedo hacer porque las mangas están sujetas a mi espalda con fuertes cintas blancas. No me gusta la camisa de fuerza. Es un aparato infernal. Me arrojo al suelo. No es la solución. Agito con furia los pies. Siento frío. Los dejo quietos. Cuando ya no puedo más, cuando ya no puedo menos, empapado de sudor, lloro y grito con todas mis fuerzas. Mi esposa y mi hijo me contemplan con enormes ojos azorados. Viene mi esposa —mi madre—; me pasa la mano por la frente, me limpia el sudor con suavidad, me da un poco de agua —muy poca— y me explica que aquello se llama una pesadilla.
En los últimos tiempos ya no me trataba tan mal, ni me insultaba. Sólo de vez en cuando me daba un puntapié sin mucha fuerza, cuando tenía la ocasión de hacerlo.
Mi madre y yo tardamos algunas semanas en darnos cuenta de que una nueva idea fija se había apoderado de su pensamiento. Ya no buscaba amantes debajo de las camas, ni olía los alimentos para comprobar que no habían sido previamente envenenados, como si con olerlos hubiera podido descubrirlo; ni tiraba los platos al suelo vociferando que no habían sido bien lavados y que se le trataba peor que a un extraño. Había encontrado una nueva víctima: los perros.
En efecto, de un día para otro fue apoderándose de mi alma un profundo desprecio por estos animales. Llegué a aborrecerlos como a ninguna otra cosa en el mundo.
Todas las pasiones que pude haber alimentado fueron formando en mí como un sedimento espeso y compacto para dejar en la superficie, en la primera capa de lo cotidiano, aquel asco, esta repulsión hacia animales tan serviles y bajos, cuyos ojos lacrimosos y mansos y cuyas lenguas exudantes están siempre prontos a lamer con gusto la planta que los hiere.
Mi primera víctima (y cuántas más no han caído ya) fue nuestro propio perro, cuyo nombre, demasiado denigrante, demasiado perruno,* no quiero declarar aquí. Ahora que lo pienso bien, creo que su nombre tuvo parte principalísima en el desenlace. Quizá si se hubiera llamado de otro modo yo no habría reparado en él. El nombre de un perro es tan importante como el perro mismo. Un hombre, una mujer, pueden, si les da la gana, y por motivos a cual más extraño y pintoresco, buscarse otro apelativo. Esto es cuestión de gustos y con tres publicaciones del Registro Civil en los diarios de menor circulación queda todo arreglado. Pero un perro tiene que sufrir su nombre de por vida, a menos que tome la decisión de lanzarse a la calle y convertirse en un perro vagabundo, huesoso, innominado; mas ésta es una vida dura y triste, y es evidente que son pocos los que se resignan a que los echen de los restaurantes y de los mingitorios de las cantinas con el genérico de «¡perro!», «¡perro!», cuando no con un mal golpe en el vientre. Recordaba yo que el viejo filósofo lo escogió como lo más bajo y despreciable que pudiera darse: can. Y me complacía en admirarlo por haberse dado a imitarlos para que los hombres lo despreciaran tanto como él despreciaba a los hombres. Llegué a leer en un libro: «Estando en una cena, hubo algunos que le arrojaron los huesos como a perro, y él acercándose a los tales, se les meó encima, como hacen los perros». Odié también al viejo cínico, ¡tan cándido!
A veces tiene uno que decir cosas monstruosas. Esto que voy a decir es un poco monstruoso: creo que mi padre sentía celos del animal. Asociando algunas ideas he llegado a esta conclusión y no puedo explicarme la muerte de Diógenes de otro modo.
En todo caso, el perro tuvo una buena parte de culpa. ¿Quién les manda a los perros poseer esa mirada tan húmeda, tan tierna, tan amorosa, en fin? ¿Y quién le ordenaba al nuestro esconderse debajo de la cama en cuanto mi padre aparecía? ¿No fuera más conveniente salir a su encuentro (aun a riesgo de recibir una patada) en vez de provocarlo con su inútil huida? No. Hacía siempre lo menos indicado, lo más estúpido. En ocasiones se ponía a chillar antes de que mi padre le pegara. No duró mucho. Mi padre no pudo soportarlo.
Un día mi padre nos sorprendió a los tres.
Era una tarde calurosa. Yo repasaba con ahínco algunas tablas de multiplicar. Mi madre hacía su infinito trabajo de crochet. No puedo evocarla sin asociar su memoria con aquella aguja plateada y con el ovillo de hilo blanco tirado en el suelo, sobre un periódico. No me explico de qué modo salía de los otros deberes domésticos, ya que me es imposible recordarla de otra manera que tejiendo o planchando sus tejidos. Mantenía las habitaciones inundadas de tapetes, lo que en vez de embellecerlas (como sin duda era su propósito) les daba un aspecto pueblerino de mal gusto.
Sus planchas, negras, de hierro colado, se encontraban en los lugares más inesperados y absurdos. Su labor era también una obsesión, supongo. Cuando no trabajaba en ella, movía los dedos febrilmente como si lo estuviera haciendo, sin darse cuenta, tal como si no quisiera perder por ningún motivo el ritmo comenzado quién sabe cuántos años atrás. Si yo no me hubiera acostumbrado a ver la bola de hilo en el pavimento hubiera podido creer sin dificultad que ella misma lo producía, como las arañas.
El perro se había tirado en un rincón sudando copiosamente por la lengua y la nariz.
El ladrillo en que apoyaba la cabeza se llenaba de vapor a cada golpe de sus pulmones. Sobre este vapor me gustaba escribir con el dedo las iniciales de mi nombre, pero mi madre no siempre me permitía hacerlo: «Eres un niño muy sucio».
Digo que nos sorprendió a los tres. Lo que menos esperábamos era su llegada y la forma en que lo hizo. Llegó temprano y de muy buen humor. Sobrio. Limpio. Sonriente. La alegría se comunica con facilidad. Nos comunicó a todos su alegría. Daba gusto tener un padre así y por momentos me olvidé de sus golpes.
Se quitó el sombrero y lo lanzó con mucha gracia (así me pareció) hasta el gancho fijo que estaba en el otro extremo de la habitación.
Después se acercó a mi madre y la acarició pasándole la mano, lenta y suavemente, por el cabello. Inclinándose para besarla le dijo algunas palabras que no alcancé a oír o que no recuerdo, pero que siento no recordar porque estoy seguro de que eran dulces y bondadosas.
Cuando llegó mi turno vino hasta mí, me dio dos palmadas en el hombro y pronunció con una sonrisa:
—¿Qué tal?
Yo bajé la vista sintiendo un poco de fuego en las mejillas:
—Bien, papá.
Después se sentó. Parecía un poco avergonzado. Hacía varios meses (o años) que no lo veíamos. Se notaba que quería hablar, seguir diciendo cosas agradables; pero se estuvo quedo, con los ojos o bien semicerrados o bien perdidos en las vigas (un poco sucias de humo se me ocurrió) que sostenían el techo.
Mi madre ofreció o simplemente dijo algo. Sólo se levantó para cerrar la ventana pues empezaba a oscurecer y un poco de viento frío había irrumpido en la habitación. Después de esto volvió a su trabajo, en silencio.
Todos oímos con claridad cuando el perro empezó a gruñir como acostumbran cuando sienten una calma pesada. Estaba en una esquina, echado al estilo de los lagartos, las cuatro patas estiradas y la panza pegada al piso, como si el calor aún fuera excesivo.
Cuando lo oí moví los ojos lentamente en dirección a mi padre. Sonreía. Mi madre también lo observaba; cuando lo vio sonreír, sonrió. Cuando yo la vi sonreír, sonreí. Entonces coincidimos todos en volver a ver al animal, que también sonrió a su modo. Qué alivio sentí al oír que mi padre rompía de nuevo el silencio haciendo sonar sus dedos con la evidente intención de que Diógenes se le acercara.
A su llamada el perro comenzó a moverse con lentitud, arrastrándose, empujándose con las patas traseras. Nunca esperó que lo llegara a tratar con tanto cariño. Imagino que hasta él mismo se daba cuenta de que mi padre no estaba borracho como siempre, de que aquél era un día distinto.
Mientras tanto, mi padre, sin duda para que perdiera por completo el miedo, seguía llamándolo con silbidos y diminutivos cariñosos: «perrito», «perrito».
Ese día tuve una vaga idea de lo que era la felicidad. Veía a mi madre contenta. Contemplaba a mi padre limpio y contento. Notaba el contento en los ojos del perro. Cuando éste recorrió toda la distancia que lo separaba de mi padre se veía feliz. Movía la cola con fuerza extraordinaria y emitía de vez en cuando uno que otro gruñido. Por un momento —quizá exagerando su papel— se dio vuelta y quedó con las patas para arriba, como queriendo demostrar todo su gozo; pero pronto volvió a su posición normal, tal vez un poco avergonzado. Mi padre lo acarició con un pie.
¿No tuvo él una parte de culpa, sin que esto sea estar, Dios sabe bien que no, en su contra? Hoy está muerto y yo debería respetar su memoria, pero ¿cómo conociendo a mi padre hizo lo que hizo? No lo afirmo, mas es posible que su único deseo haya sido el de compartir su alegría. El caso es que en cierto momento volvió su cabeza hacia mí. Cuando se cansó de mirarme, o cuando yo dejé de hacerle caso, volvió sus ojos estúpidos hacia mi madre y se estuvo así un rato, con la lengua colgando, en espera de alguna palabra.
Entonces fue cuando la expresión de mi padre cambió. Alargó con mucha calma su brazo derecho hacia la mesa que estaba a su lado, tomó una de las planchas de mi madre y la dejó caer como un rayo sobre la cabeza del animal. Este no tuvo la más pequeña oportunidad de defensa. Ni siquiera se movió del lugar en que estaba. Tampoco lo hizo mi madre. Ni yo. No era necesario.
Bueno, ya pueden imaginar esos minutos. Cuando la cola dejó de moverse, cuando mi padre se convenció de que estaba bien muerto, se levantó sencillamente, tomó su sombrero y se fue. Desde entonces no lo hemos vuelto a ver.
Tal vez, en realidad, mi marido no era tan malvado. Me inclino más bien a pensar que estaba un tanto enfermo, aunque fuera un poco, como él mismo diría. Su internamiento en un sanatorio, en el que después de infatigable búsqueda lo encontré, es una pequeña de las innumerables pruebas en que me fundo para afirmarlo.
Hoy es como un niño obstinado en la creencia de que su padre lo tortura a causa de algún imaginario delito cometido por su madre antes de que él naciera. Cuando esta idea desaparezca de su mente, sanará.
Yo, por mi parte, digo esto: uno no está libre nunca de la calumnia. Y ésta puede venir de donde menos se sospecha, hasta de los propios hijos. Espero que nadie dé crédito (porque hay personas dispuestas a creer cualquier cosa, hasta la más visible mentira) a toda esta insensata patraña, urdida con la pérfida intención de perjudicarme. Es fácil notar —y sería un insulto dudar de que todos lo advirtieron— que mi hijo empieza a mentir desde el principio, cuando se describe a sí mismo, a sabiendas de que miente, como víctima de una «imperceptible y poco molesta deformación craneana». La verdad es que su cabeza es monstruosa. Yo no tengo la culpa. Nació así. Ya desde el primer momento nos dimos cuenta, cuando su alumbramiento fue tan difícil.
Es inocentemente falso que asistiera a la escuela: aprendió a leer y a escribir en casa.
Soy agente viajero. Esto lo puede abonar la firma Rosenbaum & Co., de quienes estoy en capacidad de mostrar hermosas cartas que, sin que yo lo merezca, me favorecen.
Mi esposa murió hace mucho tiempo. Mi hijo no la conoció. Se crió en brazos de mi madre.
Y en cuanto a perros se refiere, estoy seguro, puedo certificarlo, de que nunca, excepción hecha de Diógenes, he matado a ningún otro. Tuve que hacerlo. Ningún perro está libre de la rabia. ¿Por qué él iba a ser una excepción? En cualquier momento podía atacarlo esta enfermedad que, como todos saben, se multiplica en progresión geométrica, con tal eficacia que en poco tiempo termina con poblaciones enteras.
Si esta inmoderada dolencia lo hubiera atacado algún día, no puedo ni siquiera pensar qué habría sido de todos nosotros. Las consecuencias serían incalculables.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.